Guía
(un fanfic sobre la espiritualidad de los Transformers en un mundo de dioses de Luz y Obscuridad)
Por Altairél era algo para observarse
al acercarme, escuché una voz
que erizó y estiró cada uno de mis nervios
tuve que escuchar, no tuve elección
no creí en la informaciónx
debía confiar en mi imaginación
mi corazón latió boom, boom, boom
"hijo", él dijo, "toma tus cosas,
he venido a llevarte a casa"
“La colina de Solsbury”, Peter Gabriel
En el principio, existieron la luz y la obscuridad, y como siempre que hay opuestos, empezaron los problemas. Nadie acepta que los opuestos deben convivir y complementarse mutuamente para conservar el equilibrio eterno. Ni siquiera los dioses, representantes mismos de la luz y de la obscuridad.
El universo había sido destruido y recreado, y la historia amenazaba con volver a comenzar. Esta vez sería diferente. Los dioses de luz se habían preparado para combatir y defender la creación del Omnipotente.
No sabían que Unicron venía en camino.
Dentro de la habitación obscura, el suave reflejo azul apenas lograba definir siluetas. La ventana ennegrecida para impedir el paso de la luz estelar, el escritorio desordenado, la computadora apagada. Y, sobre todo, el rostro del único autobot dentro de la habitación, cuyo corazón palpitaba con el mismo ritmo con que pulsaba el reflejo azulado.
Su brillo era a la vez gentil y vigoroso. Y eterno. Luz capaz de destruir a un dios y de iluminar la hora más obscura. De darle al joven que la sostenía en sus manos el único motivo por el cual soportaba responsabilidades y soledad, aceptando guardar sus dudas y temores para sí mismo.
Por supuesto que Magnus lo mataría si supiera que la Matriz del Liderazgo, la mística y poderosa Joya cuya posesión indicaba quién era el líder autobot, no se encontraba dentro de su protección. Esto es, en el interior de su joven cuerpo. A veces, Rodimus Prime se preguntaba por qué a-quien-fuera-que-inició-la-tradición no se le había ocurrido un mejor método de protección (tal vez, se le había ocurrido, dentro de una caja fuerte) que introducirla en el cuerpo de un individuo que indudablemente se convertiría en el principal blanco de los decepticons.
En ese instante, la pregunta ni siquiera rondaba su mente. No podía separar la vista de la Joya, como había ocurrido en muchas otras noches, y en su mente sólo escuchaba dos palabras.
¿Quién eres?
Rodimus se había enfrentado a la Matriz como ningún otro transformer lo había hecho en milenios. Pero había escuchado tantas explicaciones, teorías y profecías sobre la verdadera naturaleza de la Joya que no sabía cuál creer –o cuál quería creer.
Por una parte, había escuchado que la Matriz del Liderazgo contenía la esencia misma del dios luminoso que los había creado. Primus. En honor a él se habían celebrado festivales durante la Gran Guerra, habían existido órdenes de sacerdotes, y se había adoptado el apellido “Prime” para distinguir al Portador, al Elegido. Rodimus había querido creerlo con todas las fuerzas: la idea de que existiera un dios y de que su esencia estuviera tan cerca, dentro de él, lo consolaba en los momentos en que se sentía solo, lo animaba a continuar cuando se desesperaba, y en general le daba un mayor sentido a su vida. Pero le había resultado imposible abandonarse a dicha creencia. Los anfiteatros donde se celebraban los Festivales se habían convertido en cementerios, ya no quedaban sacerdotes vivos, y casi nadie recordaba qué significaba el apellido Prime. Y, para colmo, había descubierto que los Quintessons, aquellos desagradables seres pentagonales que hablaban con retórica, los habían creado tanto a ellos como a Cybertron. Primus había sido olvidado, aunque sea pecado hablar así de un dios.
Rodimus también había escuchado que la Matriz era el receptáculo de todo el conocimiento acumulado por los líderes autobot a lo largo de la historia. Esa idea, aunque era menos cálida, era igual de motivadora –al inicio. Cuando Rodimus se enteró, se sintió mucho menos nervioso con respecto a su papel como líder: No importaba que fuera un inútil veinteañero con la cabeza en las nubes y el pie en el acelerador, porque la Matriz le indicaría cómo actuar para bien suyo y de los demás autobots. Pero cuando se enfrentó a una de sus primeras decisiones difíciles, y trató de invocar su Sabiduría, no ocurrió nada. No escuchó una voz interior que le dijera “haz esto” o “haz el otro”. No hubo milagros, no funcionó su sexto sentido. Tenía la sabiduría, pero no podía acceder a ella. Era como poseer la llave sin saber en dónde se encuentra la puerta.
Por último, Rodimus había escuchado que la Matriz del Liderazgo albergaba las almas de todos los autobots que morían. No importaba si la causa había sido natural o había sido asesinado; la chispa (aquel espíritu que apenas lograba definir como aquello que le daba vida a un cuerpo y sentimientos y personalidad a un individuo, y cuya pérdida significaba la muerte) era guardada dentro de los intrincados patrones de luz de la Joya. Luz Viva que se encontraba en movimiento constante.
Esa idea era la única que Rodimus no creía ciegamente. Había descubierto que era verdadera. Antes que nada, estaba la voz que lo había reconocido como el Elegido, como el Autobot que sobresaldría de entre las filas para activar el poder de la Matriz e iluminar la Hora más Obscura. Había sido la misma voz que había pronunciado aquellas cabalísticas palabras en su lecho de muerte, evento provocado por el que se convertiría en el Elegido. La voz de Optimus Prime.
Sin embargo, había algo más. Algo que había ocurrido segundos antes de convertirse en el nuevo líder autobot. Había sido una visión tan breve y tan personal que no había querido confesarla a ninguno de sus amigos. Pensaba que Magnus tal vez no le creería –estoy juzgando mal a mi tutor, de acuerdo–; Kup lo consideraría como un desvarío juvenil –bueno, él me ha escuchado en situaciones menos serias–; y no sabía si debería compartirla con Scoundrel, quien se encontraba tan obsesionado con la muerte de su hermano y podría hallar tanto esperanza como angustia en sus palabras.
El caso es que, cuando el todavía Hot Rod se enfrentó a Galvatron para recuperar la Matriz, y el decepticon había estado a punto de ahorcarlo, los ojos del lunático no fueron lo único que vio.
En el momento en que comprendió que, hiciera lo que hiciera, iba a morir por la sencilla razón de que Galvatron era más poderoso, Hot Rod había mirado la luz de la Matriz como un último consuelo. Y entre sus luminosos patrones vivos, descubrió varias siluetas que lo esperaban. A algunos los había conocido, de otros había escuchado. Pero a todos los identificó como autobots muertos durante el transcurso de la guerra, parte del equipo de elite que había abandonado Cybertron hacía tantos millones de años. Optimus Prime estaba con ellos, y Hot Rod se había obligado a mirarlo de frente y aceptar que, si su chispa se encontraba ahí, era por su culpa. Optimus se había limitado a verlo en silencio, sus ojos conteniendo tal cantidad de emociones que Rodimus, tiempo después, no había logrado identificar del todo.
Y lo había nombrado su sucesor.
Eso era lo que significaba “Hasta que todos seamos uno”. Hasta aquel día en que la Matriz se abrirá por sí sola, sin necesidad de un Elegido, y su brillante luz unirá a los autobots vivos con los muertos, y ya no habrá miedo, ni tristeza, ni soledad, ni guerra. Pero Rodimus también había descubierto que, si se trataba de convertirse en “Uno”, faltaba una gran parte de la ecuación transformer.
Los decepticons.
Si, en efecto, el Molde reunía las almas de los muertos, ¿por qué no habrían de reunirse los espíritus de los decepticons en su interior? ¿Sólo porque combatían contra ellos? ¿Porque cuando inició la guerra, a un autobot se le ocurrió ocultar la Joya?
Por esa razón, Rodimus le había pedido a Nightbeat (“el mejor detective de la galaxia”, recién de vuelta a Cybertron después de un largo autoexilio) buscara a algún Sacerdote de Primus que hubiese sobrevivido. Cuando le reportó que todos habían muerto, le pidió que entonces rastreara la localización de las Crónicas originales, pensando que la respuesta podría encontrarse en sus textos. Nightbeat DEBE odiarme, se le ocurrió.
Pero hasta que Nightbeat obtuviera algún resultado, hasta que aprendiera a invocar la Sabiduría, hasta que lograra mencionar a los Quintessons y a Primus en la misma frase, hasta entonces, a Rodimus no le quedaba sino pensar. Y esperar.
– ¿Quién eres?– preguntó en voz alta.
La Matriz sólo palpitó, su ritmo idéntico al de su corazón.
Contra su voluntad, Primus se dejó caer sobre una de sus rodillas. La imagen debía ser graciosa, un Dios de Luz flotando sobre el plano astral como antes había flotado en el espacio. Pero si en otra ocasión había pensado en ello, en esa sólo deseó que todo terminara. Y pronto.
La guerra contra los Dioses de Obscuridad había sido muy cruel. Hasta entonces, la sangrienta batalla había valido la pena. La Creación permanecía.
Hasta entonces.
Porque sobrevivían dos combatientes. Por un lado, Primus, el más joven de los Dioses de Luz; por el otro, Unicron, el-que-trae-el-caos, el más despiadado de los Dioses de Obscuridad. Y el más poderoso.
Para Primus, parecía que el combate había durado milenios y, considerando que las mediciones de tiempo diferían para dioses y para mortales, era muy probable que fuera verdad. Empezaba a sentirse agotado y falto de recursos. Había creado con su aura todo tipo de armas, y Unicron había respondido con equipo idéntico. Había conducido la batalla a cuantos planos de existencia pudiera pensarse, pero tampoco había dado resultado. Se terminaban su tiempo y su fuerza y el problema era que a Unicron parecía sobrarle de ambas.
Miró a Unicron. Su vacío rostro no indicaba emoción alguna. Sus facciones estaban dominados por una expresión de indiferencia. Primus comprendió que le daba igual destruir o no al universo, pero que el Vacío era lo único que le guiaba.
DEJA DE RESISTIR, MUCHACHO, escuchó, la vacía voz lastimando sus oídos. VUÉLVETE UNO CON EL VACÍO Y DESCANSA.
Descansar. Esa sí era una idea agradable. Sin embargo, ni por un momento Primus se sintió tentado a obedecer. ¿Qué tipo de descanso habría en el saber que no pudo defender a la creación? ¿En desperdiciar el sacrificio de todos los dioses luminosos previos a él? ¡Debía haber alguna forma de detener a Unicron!
Ya había intentado todo. Unicron era el fuerte entre los dioses, y ningún objeto creado directamente por uno de ellos podría contenerlo. Tendría que ser algo cuyo origen divino se perdiera en el tiempo. Alguna vez había aprendido que no se puede atrapar a una mariposa con un delicado rayo de luz.
¡Eso era!
Descubrió que Unicron se abalanzaba sobre él, sus garras dispuestas a clavarse en su carne para devorarlo, como había ocurrido con algunos de sus hermanos. Y Primus hizo lo único que le quedaba, lo único que no había intentado.
Huyó.
Atrás de sí, notó que Unicron lo perseguía, rugiendo. Primus jamás había escuchado un rugido que careciera de cualquier emoción, fuera frustración, ira o rabia, y sintió que su sangre espiritual se congelaba. Con toda la fuerza que le quedaba, trató de escapar con mayor rapidez, atravesando planos de existencia hasta regresar a la creación misma. No había a dónde correr, pero siguió adelante.
IMBÉCIL, escuchó. AL DEVOLVERME AQUÍ, PRIMERO SERÁS TÚ Y DESPUÉS EL UNIVERSO.
Primus sintió un intenso dolor en su tobillo y gritó, su exclamación cambiando por momentos la fibra del continuo y creando un agujero negro a la distancia. Unicron lo había atrapado, y sus garras cortaban su piel divina. Primus se detuvo y lo enfrentó.
//No, hoy no, Unicron.// sentenció, forzándose a sonreír.
Dio una patada a su adversario, desgarrándose aún más su pierna, y lo arrojó hacia un planetoide que flotaba cerca de ellos. Unicron no esperaba tal reacción, y no pudo detenerse hasta que su ser fue absorbido por los metales del planeta. Después de todo, los dioses están formados por energía pura.
Primus suspiró, aliviado. Ahí estaba la burda red con la que se atrapa a las mariposas. Unicron jamás podría volver a salir de su prisión.
ESTO ES INÚTIL.
Asustado, miró hacia el planetoide, que vibraba.
ERES UN ESTÚPIDO. escuchó. MIENTRAS PUEDA PERCIBIRTE, MIENTRAS TE TENGA CERCA, PODRÉ SEGUIRTE. Y ENTONCES USARÉ ESTA PRISIÓN PARA ACABAR CONTIGO.
“¡Es verdad!”, pensó Primus, casi dándose un manotazo en la frente. “¡Este universo está basado en el equilibrio, y nosotros somos polos opuestos. Mientras yo esté libre, ¡él tendrá la posibilidad de escapar!”
El planetoide se agitaba frenéticamente. Unicron tenía razón, era una simple cuestión de tiempo... Primus comprendió qué era lo que debía hacer, aunque no le gustó la idea.
Mientras Unicron continuaba maldiciendo, cruzó sus brazos frente a su pecho, concentrando la poca energía que le quedaba. “Lo siento, en verdad lo siento”, pensó, esperando que el Omnipotente lo escuchara y lo absolviera. Tan brillante que había sido su futuro, tan largos los años que le quedaban, tan grande el potencial de sus manos para crear belleza... Ahora todo debía perderse. Era un suicidio.
Era lo único que le quedaba.
Lanzando un fuerte grito, Primus separó los brazos de su cuerpo y liberó toda su energía. El resplandor que provocó, que lucía un tono azulado, envolvió al planetoide donde Unicron continuaba luchando por escapar y lo arrojó lejos, al otro extremo del universo. Primus escuchó con claridad las últimas maldiciones de el-que-trae-el-Caos, que sin duda traerían sobre él el peor de los augurios. Ya no importaba.
Exhausto, Primus se dejó caer. Junto al primer planetoide había otro parecido, de menor tamaño y también compuesto en su mayoría por metales. Su prisión eterna.
Sintió cómo el metal absorbía cada fibra de su ser, la luminosa energía que lo había formado comenzando a separarse. Murmuró un “lo siento mucho” por última vez antes de perder el conocimiento.
Springer dio un último vistazo a sus planos por aquella noche, y como siempre que lo hacía, se sintió orgulloso. La nave sería una belleza.
Hacía bastante tiempo que todos los demás –a excepción de los de la guardia– se habían retirado a dormir. La última luz en apagarse era, como de costumbre, la de la habitación de junto. A Arcee no le agradaba mucho que Springer trabajara hasta tan tarde, pero comprendía que ese proyecto se había convertido en una de las tres pasiones de su esposo. Las otras dos, por supuesto, eran ella y el bebé que estaba esperando.
A Springer le parecía extraño pensar en “matrimonio”. Esa costumbre era humana de origen. Pero los ideales que involucraba, como el permanecer juntos hasta que la muerte los separara, ser leales y amarse con todo el corazón, bueno, esos conceptos le eran familiares a cualquier raza. “De millones de planetas en el universo, el Ark se tuvo que estrellar contra la Tierra”, pensó. “Debe ser karma, o alguna de esas supersticiones que tanto les agradan a los humanos.”
Al pensar en el Ark, volvió a ver sus planos y sonrió. Sí, el Ark había sido la mejor nave de su era, equipada con la mejor computadora de entonces. Pero había tenido algunos defectos. No había sido la mejor combinación entre una nave exploradora y un vehículo de combate, y el resultado había sido el choque contra Mt. St. Hillary. Y si bien Springer sabía que no existían las naves a prueba de choques (quien las invente podrá retirarse joven y vivir de las regalías, pensó), sí podrían combinarse ambas funciones de una mejor manera. Una nave exploradora, pero preparada con el mejor armamento para enfrentarse a cualquier eventualidad, un abordaje incluido.
Como piloto, Springer conocía lo suficiente de naves para tratar de diseñar una, y era lo bastante sensato para pedir ayuda si consideraba que la necesitaba. Ahí, en los planos, estaba su cada vez más completa creación. Bastaría que Roddy –jamás me acostumbraré a decirle Rodimus– y Magnus le dieran el visto bueno para que iniciara su construcción.
Y ya sabía cómo llamaría a la primera en fabricarse. Axalon, en honor a la hija que Arcee y él habrían de tener.
Porque todos sabían que Springer deseaba una niña. Era gracioso. Él, el autobot más sarcástico y realista de la brigada, esperaba que su descendiente fuera una mujer. En primer lugar, en la guerra las mujeres suelen estar más protegidas que los hombres; por experiencia sabía que, incluso si se convertía en una guerrera, sus compañeros la cuidarían. En segundo, podría heredar la belleza de su madre. Springer sabía que Axalon tendría que poseer algún rasgo suyo y, sonriendo, deseó que eso no estropeara su rostro.
Guardó los planos dentro de la compuerta donde los almacenaba cada noche y se dirigió a su cuarto. Invariablemente, siempre que apagaba la luz tenía el mal hábito de recordar que la situación actual de los autobots no era completamente agradable. Galvatron había regresado, más loco de lo que podría pensarse, y sus ataques para reconquistar Cybertron cada vez eran más poderosos. El trato diario con Sky Lynx le seguía provocando migraña. Y Roddy –heh– había caído en tal introversión que eran raras las ocasiones en que platicaban de algo en verdad importante.
Pero cuando entraba a su habitación y veía a Arcee durmiendo sobre la bio-bed que compartían, tanto decepticons como autobots podían irse al diablo. Springer estaba aprendiendo a ser feliz.
Alguna vez escuchó que, cuando una mujer transformer quedaba embarazada, durante las noches se podía descubrir un brillo extraordinario en su armadura. Aquella noche, mientras contemplaba a Arcee, pudo descubrirlo. Era tenue y de color plateado y rodeaba todo su cuerpo dormido. Conforme pasara el tiempo y se formara por completo la chispa de Axalon, el brillo aumentaría de intensidad hasta casi verse durante el día.
Springer se estremeció. Su hija vivía, supo con ver el resplandor.
Se arrodilló al lado de la bio-bed, pensando. Extendió la mano hacia el vientre de su esposa y, sin darse cuenta, murmuró.
– Sólo espero que seas muy feliz, Axalon. Que las angustias que te toquen sean pocas, y que puedas superar cualquier contratiempo como lo ha hecho tu madre. Que sepas encontrar la alegría, que te la mereces sólo por hacerme tan dichoso.
Sonrió. Nadie, excepto Arcee, había visto antes la expresión de ternura que cubría su rostro.
– ¿Sabes? –confesó, su sonrisa volviéndose un poco irónica. –Jamás creí en el alma, o en la chispa, o en como sea que quieras llamarla. Siempre he pensado que no tenemos vida después de la muerte. Pero ¡cuánto daría por saber que tú sí tienes esa chispa! –y añadió, en un tono aún más confidencial– Quizá yo la tendría también y podríamos encontrarnos después de la muerte. Y así siempre estaría con tu mami y contigo, princesita.
Sintió que alguien lo tomaba de la mano que había extendido. Arcee, medio dormida, había entreabierto los ojos y sonreía débilmente. Y Springer sintió que su alma, o chispa, o lo que suponía que tenía, no necesitaba más para seguir adelante por muchos días, siempre que todas las noches fueran así.
Cuando Primus despertó, lo primero que hizo fue preguntarse dónde estaba. Porque no se encontraba en el mismo planetoide contra el que se había estrellado. Eso, o habían cambiado el planetoide por completo.
Recordó que, lo que para un dios es un segundo, para los mortales pueden ser siglos, y comprendió que eso había ocurrido. Mientras él dormía, después de haber arrojado a Unicron al otro lado del universo, el planeta había sido habitado y modificado. Una brillante aleación metálica recubría toda la superficie, y había bandas sin fin para ensamblado en todas partes. Lo habían –dioses– convertido en una fábrica. La fábrica Cybertron, alcanzó a leer en uno de los letreros que le daban la bienvenida al consumidor.
Los propietarios de la fábrica (por no decir de su cuerpo, que era una idea bastante desagradable) eran unas extrañas criaturas de forma pentagonal, con tentáculos que sobresalían de su silueta y que se movían sobre rayos de energía. Cada uno lucía cinco rostros diferentes, según el costado de su figura que se estuviera viendo, y a Primus no le costó trabajo descubrir que uno de ellos era la mitológica Representación de la Muerte. Eran los Quintessons, los cerebros más perfectos de la galaxia –tan perfectos que, en aras de la inteligencia, se habían arrancado el corazón.
Entonces, decidió prestar un poco de más atención a lo que construían. Eran robots. Algunos eran altos y robustos, completamente cubiertos de armas. Otros no estaban armados ni tenían alas, pero sus miembros eran mucho más finos. Y el último grupo era de robots decididamente femeninos. Era lógico que los primeros eran vendidos como soldados, los segundos para trabajo manual, y no quiso responderse para qué enfermos propósitos se vendían los terceros. El primer grupo era marcado con una insignia, el segundo con uno diferente, y a los robots mujeres según los gustos del comprados. Los Quintessons tenían todas las áreas cubiertas, por lo visto.
A Primus no le molestaba el que una raza descubriera los procedimientos para crear vida artificial y los pusiera en práctica. Después de todo, sabía que lo que distingue a los dioses de los mortales a ese respecto es la creación de la "chispa", o espíritu que logra que cada creación sea distinta, y que suele regalarse al momento de la concepción. Así que los Quinties tenían la libertad de hacer lo que quisieran, mientras él meditaba en otras cosas más importantes.
En un Dios Obscuro que, si estaba en lo correcto, también acababa de despertar.
Unicron no estaba muerto y lo demostraban dos razones muy sencillas. La primera, obvio, porque Primus estaba vivo. Claro que cada uno tenía el poder de seguir adelante si el otro moría, pero eso solamente si la esencia de uno llenaba a la esencia del otro con lo que era, creando una integración nulificadora y...blablabla, toda la plática filosófica que le había gustado tanto a sus hermanos dioses. La segunda razón era que si él, en el estado en que se encontraba, había logrado sobrevivir, ¿cómo no iba a hacerlo el poderosísimo señor del Vacío?
Aunque conocía los riesgos, Primus se concentró y buscó mentalmente la esencia de Unicron a través del universo. Y cuando lo encontró, se quedó frío. Porque el planetoide de Unicron también había cambiado, sólo que por su propia voluntad. Poco a poco, había sido recubierto con placas metálicas doradas y plateadas, y lo mismo veía al planetoide que a una figura metálica parecida a su antigua persona. Y seguía teniendo hambre.
Con eso sí que no había contado. Había esperado que el planetoide absorbiera la esencia de Unicron (tal cual había pasado con él) y no al revés. Era cuestión de tiempo para que el-que-trae-el-Caos acabara de dominar su prisión, comenzara a devorar mundos y lo encontrara de nuevo. Esta vez, el tiempo se encontraba de parte de Unicron. Y él, el único que podía oponerse, estaba atado de pies y manos, con todo su poder pero sin una forma física, ni el conocimiento para alterar la actual. ¿Qué iba a hacer?
¡Si tan sólo tuviera un ejército que peleara por él! ¡Que tomara su esencia y la usara como un arma contra Unicron! Una brigada físicamente resistente, tal vez no inmortal, pero determinada a pelear hasta el final. ¿Cómo encontrarla dentro de una fábrica?
Una idea divertida comenzó a formarse en su mente. Tenía los materiales, tenía los cuerpos, tenía incluso hombres y mujeres que se asegurarían de perpetuar la raza. Claro, estaban los Quintessons, pero al fin y al cabo nunca le simpatizaron del todo.
Y así, Primus empezó a repartir chispas entre los robots de la fábrica Cybertron. Era la vida verdadera, llena de sentimientos, emociones y recuerdos que difiere tanto de la vida creada artificialmente y lo único que los Quinties no podían entender. Los robots comenzaron a preguntarse "¿por qué?" y "¿hasta cuándo?". Primus, sonriendo, decidió relajarse y contemplar la escena. Sus niños se encargarían de lo demás, mientras él pensaba cómo combatir a Unicron.
Blitzwing miró con tristeza a través de la ventana en su habitación en Charr, y dejó escapar un suspiro. No era, cual muchos de sus compañeros podrían interpretar, por el exilio que se les había impuesto desde la batalla contra Unicron, aunque no le agradaba y en ocasiones francamente lo molestaba. Era, simplemente, porque sentía que había perdido el camino, mismo que había tenido muy claro durante millones de años.
Antes, había sido un decepticon de nombre y de corazón. Ahora, lo era de corazón, pero no estaba muy seguro que de nombre.
Durante los últimos acontecimientos, aquellos que habían cambiado el rumbo de la Guerra de Cybertron, Blitzwing había sido más un testigo que un partícipe. Por años, había sido uno de los decepticons con rango más alto en la armada. Era uno de los guerreros más cercanos a Megatron y se había hecho de cierta reputación al haber sido uno de los Triple Changers originales (“¿pocos?”, pensó sonriendo a su pesar. “¡Si sólo éramos Astrotrain y yo!”). Había conocido muy bien a su líder y a todos aquellos cercanos a él. Como a Starscream, el personaje más confuso de aquella brigada, y del que más se acordaba Blitzwing en sus momentos de tristeza.
Starscream había alcanzado un lugar alto en la brigada gracias a su trabajo constante e innegables capacidades militares. Megatron se había dado cuenta de la calidad del entonces piloto, y reconoció en él muchas de las cualidades que lo habían distinguido cuando era más joven. Por ello, cometió el que muchos consideraban como el único error de su brillante carrera. Había confiado en Starscream.
Megatron siempre había estado consciente de que no sería eterno. Vivía una salvaje guerra contra una pequeña y miserable brigada, de acuerdo, pero el riesgo existía. Y no quería que todo lo que había logrado se echara a perder una vez que el faltara, por el simple y sencillo hecho de que no hubiera tenido el cuidado suficiente para elegir un sucesor. Su colaborador más cercano, Shockwave, tenía la emotividad de una computadora con pies y tal vez no comprendía que había más en la guerra que estadísticas y estrategias. Soundwave, su amigo más cercano, era excelente en su trabajo, pero una cosa era controlar a un equipo de cintas rebeldes y otra guiar a un grupo tan peculiar como, por ejemplo, los Constructicons. Necesitaba a alguien que sintiera, al igual que él, la pasión por lo que hacía, la convicción de que su causa era justa, y la capacidad para imponer sus decisiones sin importar el carácter de sus seguidores –incluso aunque tuviera que disparar un par de veces para imponer el orden. Y tenía que preparar a ese alguien para convertirse en líder en el caso de que algo le ocurriera. Starscream había reunido todas esas características.
Starscream se había visto de repente convertido en el preferido de Megatron, en el líder del importantísimo escuadrón de pilotos, en el segundo al mando de la brigada terrestre. Pero no era suficiente. Al igual que un niño malcriado, quería más. Y lo único que le faltaba era el liderazgo, a pesar de que tendría que pasar sobre el cadáver de Megatron para alcanzarlo.
El error, pensó Blitzwing, tal vez no había estado en elegir a Starscream. Había sido no detenerlo cuando tuvo la oportunidad. ¿Por qué Megatron no había matado a Starscream al descubrir sus asesinas intenciones? Blitzwing había escuchado tantas explicaciones que dudaba que una sola fuera la correcta. Megatron había pensado primero en el equipo y después en él. Megatron no dejaría que una circunstancia personal interfiriera con su misión. Megatron necesitaba a Starscream en el ejército porque nadie tenía su misma capacidad. Megatron no quería matar a su protegido porque lo estimaba. Megatron...
Cualquiera que hubiera sido su motivo, sólo había algo seguro. La decisión no debía haber sido nada sencilla. Blitzwing no dudó que Megatron (que sería el comandante de la brigada más peligrosa de todo el universo, pero en el fondo era un ser vivo como cualquier otro) habría deseado por momentos que alguien tomara la decisión por él, y él limitándose a ejecutarla. Todos los seres sensibles se sienten así de vez en cuando. Pero cada quien debe tomar sus propias decisiones y vivir con las consecuencias. El Libre Albedrío puede ser tanto una maldición como una bendición.
Los últimos eventos habían sido tan veloces que Blitzwing no comprendía muchos de ellos. Starscream había tratado de deshacerse de Megatron después del sitio de Autobot City, arrojándolo al espacio y nombrándose Emperador de Cybertron. Sin embargo, en plena coronación, se presentó un recién llegado vestido de púrpura, el color de luto para los decepticons. Mató a Starscream, reduciéndolo a cenizas. Tiempo después, Blitzwing se había enterado que Unicron (que ojalá se pudra en el infierno por toda la eternidad) había convertido a Megatron en el recién llegado, que se hacía llamar Galvatron. Con esa perspectiva, aún así, surgía una última pregunta que nadie había logrado responder.
Antes de morir, Starscream había preguntado al recién llegado, “Megatron, ¿eres tú?”. Galvatron, transformándose en el cañón de energía pura que habría de terminar con su vida, respondió: “Aquí tienes una pista.” Y disparó.
Pero, ¿por qué?
¿Porque la paciencia de Megatron había alcanzado su máximo, al grado que ya no importaban la lógica ni el afecto, sino sólo la venganza?
¿Porque ya no era Megatron, sino Galvatron, y quería borrar el último nexo con su pasado?
Sólo dos palabras parecían justificar la decisión. Libre Albedrío. Y justo como Megatron y Starscream antes que él, Blitzwing comenzaba a percibir a su propio Libre Albedrío como una carga. Porque pronto debería tomar una decisión.
Él había adoptado la causa decepticon porque creía en ella. Porque daría todo para que la raza de los transformers se elevara sobre las demás como se lo merecía. Pero jamás había decidido seguir a un loco, y Galvatron era el mayor de los dementes. A pesar de lo que dijeran, no podía ser Megatron. La diferencia entre ellos era como el día y la noche, y la lealtad de Blitzwing estaba a punto de cambiar de la misma manera. Quería que los decepticons recuperaran su espíritu original.
¿Qué debía hacer? ¿Quedarse con Galvatron y obedecerlo a ciegas, sin prestar atención a sus gritos, y tratar de recuperar la esencia decepticon? ¿Iniciar su propio grupo, dedicado exclusivamente a dicha búsqueda, e incluso retar a Galvatron? Porque jamás desertaría, y mucho menos se uniría a los autobots, de eso estaba seguro. ¿Qué hacer?
Blitzwing suspiró de nuevo. No sería la última vez que lo haría. Las decisiones de Starscream lo habían llevado a la tumba. Él no quería el mismo destino. Pero no sabía qué era lo que tenía que hacer, y no había nadie que decidiera por él, o por lo menos, que lo orientara.
Incluso en su forma incorpórea, Primus sonrió. El libre albedrío había sido una broma bastante pesada y los Quinties maldecirían su nombre por toda la eternidad, pero había valido la pena. Sus niños crecían como raza, libres del control de sus amos, y cada uno con su propia personalidad.
Algunos de sus hermanos dioses habían estado en contra de regalar el Libre Albedrío a sus criaturas, alegando que jamás debe dársele libertad absoluta a los mortales. “Hazlo y acabará negando tu existencia”, advertían. Sin embargo, Primus se sentía optimista. Él orientaría a sus niños para que descubrieran su nombre y lo respetaran por siempre, y todo saldría muy bien. Además, el Libre Albedrío era indispensable para su plan.
Unicron representaba al Vacío y a la Nada, y lo único que puede vencerlo es un Todo, la reunión de casi todas las cosas que existen el en universo. Por supuesto que no podría ser un “Todo” absoluto por la regla del Eterno Equilibrio, así que a la larga Primus tendría que elegir qué elemento se quedaría fuera de su plan. En su estrategia, por tanto, debía incluir cuantos contrastes y opuestos fuera posible. Sus niños habían conocido la esclavitud. Ahora, debían disfrutar la libertad para que estuviesen dispuestos a luchar por ella.
Por otra parte, combatir a un dios no es tarea de todos los días, y se necesita una gran voluntad para lograrlo. La voluntad aparece cuando libremente has elegido amar algo que de repente se encuentra en peligro. Y si el Libre Albedrío era el riesgo que Primus debería tomar para acabar con el-que-trae-el-Caos, iba a tomarlo. Unicron no tendría piedad alguna.
Su plan no estaba completo aún, pero comenzaba a tomar forma y eso lo ponía de muy buen humor. En su afán por destruirlo, Unicron devoraría primero los Mundos Metálicos, estuvieran o no civilizados, porque en todos latía la amenaza de que Primus se escondiera en su interior. Así, cuando Unicron se acercara y abriera sus fauces, listo para comérselo, aparecerían sus niños. Los robots que se habían dedicado al trabajo doméstico, y que ahora se hacían llamar autobots –¿Consumergoods? ¿Qué tipo de nombre es ese?–, combatirían con el corazón, la parte emotiva. (Yo no tengo la culpa, se decía Primus, de que los Quinties hayan decidido incorporarles muchos circuitos emocionales para que pudieran detectar el estado de ánimo de sus dueños). Los robots militares, que ahora se hacían llamar decepticons, pelearían con el cerebro y con el poder de sus cuerpos. Primus sabía que, a la larga, los decepticons serían más útiles para sus planes que los autobots, así que a cada uno que era creado lo dotaba con una férrea voluntad. Pero como deseaba conservar el equilibrio en su creación, y aprovechando su mayor sensibilidad, había decidido que daría a conocer su nombre a través de uno de los autobots. Todos los dioses necesitan guerreros y sacerdotes si quieren permanecer en la memoria de sus niños.
Claro que todavía le faltaba determinar cómo autobots y decepticons utilizarían su esencia el día del Armageddon, cuando unidos como una sola raza se enfrentarían al señor obscuro. La idea de limitar su esencia para que pudieran usarla no le agradaba, pero tendría que ser así si habría de convertirse en una Espada que blandiese uno de sus niños y necesitaba ser práctico. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia se veía obligado a interrumpir sus pensamientos, y no podría llegar a la conclusión que necesitaban tanto él como el Universo.
El motivo era que sus niños no siempre estaban de acuerdo entre ellos, una de las desventajas propias del Libre Albedrío.
Entre las prioridades de Primus al reclamar la fábrica Cybertron para sí se había encontraron darle una identidad tanto al planeta como a sus habitantes. Había decidido conservar el nombre “Cybertron” para el primero, no sólo porque había sido su denominación original y distintiva, sino porque en realidad le gustaba. En el segundo caso, había decidido que la raza debía ser identificada por alguna característica especial. Y si, como había observado hacía ya tanto tiempo, Unicron podía cambiar de forma, sería muy útil que sus niños también poseyeran ese don. Así, les había regalado la capacidad de modificar su apariencia en vehículos, equipo y armas. En todo el sistema, los autobots y los decepticons eran identificados como la raza de los Transformers, las máquinas sensibles que pueden alterar su apariencia y el orgullo de las Criaturas Metálicas.
Pero se habían comportado con demasiado orgullo y habían tenido varios conflictos entre ellos. Los decepticons, de acuerdo con el concepto que guardaban de sí como raza, pensaban que era indispensable conquistar otros mundos y expandir un imperio que los honrara. Los autobots no estuvieron de acuerdo, ya que estaban muy conformes con quedarse en su planeta y no veían la necesidad de combatir si en Cybertron tenían todo. Los enfrentamientos verbales entre los representantes de cada uno en el Consejo Unido se volvían cada vez más amargos, y en menos ocasiones se lograba alcanzar un acuerdo. A Primus no le molestaba la controversia, pero no le agradaba que el tono que adquiría. Y no podía intervenir porque había concedido el Libre Albedrío.
Y llegó el día que cambiaría la historia de Cybertron, de los transformers y del mismo Primus para siempre.
La reunión había comenzado de la manera usual y gradualmente se había degradado a los pleitos y discusiones que ya tenían lugar a diario. Primus, incluso, no le había prestado atención, imaginando que terminaría como todos los días. Esto es, hasta que escuchó que el líder de los decepticons ordenaba silencio, se ponía de pie y afirmaba:
– Puesto que no nos dejan otra opción, y por el bien de la raza de los Transformers, nos vemos obligados a expulsar a los autobots de este Consejo.
A sus palabras siguieron una serie de gritos y reclamos por parte de los integrantes de aquel grupo, y de argumentos defendiendo su decisión por parte del otro. Los autobots se estaban convirtiendo en un lastre para su raza, y sería mejor que ya no intervinieran en las decisiones importantes.
Al calor de la discusión, un autobot muy joven se puso de pie y gritó a un decepticon, también joven, que estaba cerca de él.
– ¡Lo que ustedes quieren es una maldita guerra!
El decepticon lo miró sorprendido.
–¡No! – exclamó, sinceridad en sus palabras. – ¡Queremos que nuestro planeta, nuestra raza, ustedes con nosotros, sobresalga y se convierta en el mito que merece ser!
–¿A costa de qué? –preguntó el autobot –¿De otras razas?
–¿Qué no entiendes que son inferiores a nosotros? ¡Es nuestro derecho! ¡Y necesitamos que ustedes nos dejen de estorbar!
Los ojos del autobot relampaguearon. Primus jamás había visto ese resplandor en una de sus creaciones, y aunque era un dios, no pudo interpretar qué significaba. Con voz grave, el autobot sentenció:
– Ahora veremos quién le estorba a quién.
Y se abalanzó contra el decepticon, sujetándolo del cuello. Nadie trató de separarlos debido a que el debate continuaba y pocos le prestaban atención a las discusiones aisladas. Pero a esta sí acabarían atendiendo.
Porque un disparo interrumpió el debate. El seco sonido hizo que todos voltearan a ver la causa. Y encontraron a un asustado decepticon, grandes marcas de dedos en su cuello, con una pistola humeante en su temblorosa mano. Y, a sus pies, el inmóvil cuerpo de un autobot.
Asustado, Primus comprendió que había cometido un error, aquello que podría acabar con su plan y destruir cualquier esperanza de destruir a el-que-trae-el-Caos. Sus niños habían recibido la vida, pero también les había regalado la muerte.
Y sus niños acababan de descubrirlo.
¿A cuántos amigos había perdido durante el transcurso de la guerra? ¿Cuántos autobots habían muerto? ¿A cuántos conoció? ¿A cuántos amó? Aunque Jazz había tratado durante muchos años de alejar su mente lo más que pudiera de dichos pensamientos sombríos, no siempre lo lograba del todo. Y en ese momento, ni siquiera lo intentaba. Lo estaba disfrutando.
Desde que Scoundrel había llegado a New Iacon, el pasado había regresado con su fuerza que era a la vez devastadora y consoladora para el solitario oficial. De entre todos los autobots que estaban regresando a Cybertron después de la Guerra de Unicron, ese joven era muy especial para Jazz. Scoundrel era el hermano menor de Ironhide y, al pensar en él, recordaba los felices días de Iacon. Y a Mist en ellos.
Bumblebee les había prestado su viejo álbum de fotografías –algunas tomadas con equipo de Cybertron y otras con una cámara terrestre, propiedad de Spike– para que Scoundrel conociera a los amigos y compañeros de su hermano. Por supuesto que había huido ante la posibilidad de explicar quiénes eran los que aparecían en las imágenes (“condenado abejorro”, pensó Jazz sonriendo sin querer), y como el viejo Grimmy tampoco quería viajar por el callejón de los recuerdos y Blaster tenía trabajo (“claro que sí. Quiere verificar que la estación de radio que fundó en Autobot City siga funcionando”), solamente había quedado Jazz. Al principio, no le agradaba la idea –como tampoco le habían agradado las fotografías hace años–, pero conforme pasaba el rato, se sorprendió al descubrir que lo estaba disfrutando.
– Estos son Hound y Mirage, justo antes de que iniciaran una excursión a lo largo de Estados Unidos– afirmó, señalando la foto donde los dos autobots agitaban sus manos a la cámara. – Llegó el momento, cuando estábamos en la Tierra, que nos podíamos dar el lujo de salir de paseo.
Scoundrel sonrió. Él había tratado de alejarse de la guerra lo más pronto que le fue posible, al considerarla como fuente inacabable de sufrimiento y dolor. Y sí, sin duda que los tenía, pero también había traído momentos de alegría a sus participantes.
– ¿Y qué ocurrió con ellos?
Por un momento, Jazz comprendió cuánto trabajo le costaba la conversación en ocasiones. Scoundrel tenía prácticamente las mismas facciones de Ironhide (sobre todo el azul tan puro de sus ojos) y era extraño verlas en una armadura azul y no escuchar un acento sureño. Scoundrel lo había achacado a que, cuando viajas por muchas partes, no tienes tiempo para desarrollar uno.
– Bueno, los dos están bastante bien. – respondió Jazz. –Hound se quedó en Arkbase, porque siempre le gustó más la Tierra que Cybertron, y todavía debe conservar los hologramas que tomó durante ese viaje. Llegó más feliz que Bumblebee cuando fue a Disneyworld. Y Mirage, aunque abandonó el ejército hace mucho tiempo, sigue en contacto con nosotros.
– ¿Desertó? –preguntó Scoundrel, extrañado. –¿Optimus Prime lo permitió?
Jazz asintió. Siempre que recordaba a su antiguo líder, lo había con cariño y respeto, y ambos fueron muy obvios cuando respondió:
– Prime sabía que no podría retener a nadie a la fuerza, y Mirage fue a la larga el mejor ejemplo. Claro que trató de disuadirlo, pero Mirage detestaba tanto pelear que prácticamente se ensordeció a sus palabras. Todos lo extrañamos mucho, pero creo que Prime fue el que más.
– Mas por gestos tan simples es que todos lo recuerdan con cariño.
Jazz volvió a sonreír. Optimus Prime había aparecido en muchas de las fotos y esa no era la primera ocasión en que comentaba algo sobre él. Si querer, pensó qué habría pensado su líder si Scoundrel se hubiese unido a los autobots años atrás. ¡Le habría caído bien!, pensó de inmediato, y de seguro lo habría reunido con Hot Rod, la madurez y el entusiasmo en un equipo perfecto. Aunque el “hubiera” no existe, y Rodimus había ocupado el lugar de Hot Rod, y Scoundrel ni siquiera estaba auto-marcado, se habían convertido en amigos cercanos. Claro que a la “madurez" y al "entusiasmo” se les habían unido el arrepentimiento y la inseguridad, pero ¿no era curioso cómo ocurren las cosas?
– Ese es Tracks, justo cuando ganó un premio especial en el Auto Show de Nueva York –continuó, señalando fotos. – Todavía vive y también se quedó en la Tierra, donde todos lo admiran aunque él diría que lo veneran. Esos otros son los dinobots en sus modalidades prehistóricas. Ya los conoces y están viendo la tele.
Scoundrel, divertido, trató de enfocar la imagen en la pantalla.
– ¡Parque Jurásico! –exclamó.
– ¿Podría ser alguna otra? –respondió Jazz y soltó francamente la carcajada al ver la siguiente imagen. –¡Ese es Blaster bailando breakdance!
Riendo, Scoundrel dio la vuelta a la hoja. De inmediato, Jazz se volvió muy serio, la risa congelándose en su garganta. El recién llegado también guardó silencio.
Porque entre una foto de Bumblebee en Splash Mountain y una de los Aerialbots imitando un cartel de la Fuerza Aérea, había una imagen de dos autobots, un hombre y una mujer. Él había rodeado su cintura con la mano y ella lucía un collar de cristal. Y eran las dos personas más queridas para los dos que contemplaban el álbum.
– Ella es Mist, ¿verdad? –preguntó Scoundrel con suavidad.
Con mucho cuidado, Jazz sacó la foto del álbum para mirarla de cerca. La imagen era realmente buena, y su esposa lucía tal cual la recordaba.
– Ella era Mist –respondió con un poco de tristeza, pero también con mucha ternura. – La única mujer que he amado en la vida.
Scoundrel, prudentemente, decidió no preguntar más sobre ella. Sabía que Starscream había matado a Mist justo frente a su esposo poco antes de la Guerra de Unicron. Jazz jamás había vuelto a ser el mismo. Miró con atención el collar y descubrió que acababa de verlo, sobre la mesa de noche de Jazz. Y también, como por primera vez, notó la confiada actitud que tenía su hermano con respecto a ella.
– Ironhide y Mist eran los mejores amigos del universo –afirmó Jazz, que había notado la expresión del joven. –Ella lo quería mucho, y siempre que ella necesitó apoyo, él estuvo ahí. Es de las cosas que nunca pude agradecerle.
La mirada de Scoundrel encerraba muchísimas preguntas y Jazz trató de imaginar a cuántas podría responder. Aquel tiempo, ya tan distante, había sido la época más feliz de su vida, y en pensar en él le demostraba cuán solo se había quedado.
– Tu hermano y yo nos llevábamos bien, aunque él tenía mal genio y yo estaba en otra onda en aquellos días. Pero los dos trabajábamos de cerca con Prime y Mist nos unía.
“Aunque nunca comprendí cómo era el cariño que él sentía hacia ella", pensó Jazz sin externarlo. "A veces, la protegía como si fuese su hermana pequeña y en otras actuaba como si quisiera algo más. Creo que fue mejor que jamás lo supiera.”
– Cuando ella murió, –continuó– nuestra relación se fue perdiendo. Yo estaba demasiado sumido en mi dolor y verlo me la recordaba. Tal vez él sentía lo mismo.
Scoundrel tomó la foto y la observó en silencio. El remordimiento de no haber permanecido junto a Ironhide durante los días difíciles de la guerra era muy fuerte, y aunque Jazz no tenía hermanos, comprendía cómo debía sentirse.
– Él era una buena persona, ¿verdad?
– Todos lo apreciábamos mucho, Prime sobre todo. Era su mejor amigo. Y para mí bastaba con que Mist lo quisiera para hacerlo.
Scoundrel pareció titubear, pero finalmente preguntó:
– ¿Cómo murió mi hermano? Sé que iba en una nave que los decepticons interceptaron, pero ¿qué le ocurrió realmente?
Jazz suspiró. ¿Debía responderle la verdad? ¿Que después de la Guerra contra Unicron y cuando reconstruyeron Autobot City, encontraron los restos de la nave entre las montañas cercanas? ¿Que dentro de ella, aunque estaba quemada, encontraron a Brawn con el pecho destrozado, a Ratchet acribillado, y a Prowl derretido desde el interior? ¿Que Ironhide había sido acribillado y que un disparo le había destrozado el rostro, signo de que Megatron mismo había sido su verdugo?
– No lo sé –mintió, obligándose a ver al joven a los ojos para que le creyera. –Si quieres, podemos buscar a alguien que te lo diga, aunque no creo que nadie lo sepa porque no quedó mucho de la nave que se pudiera revisar. Pero creo que lo mejor será que lo dejes.
Scoundrel lo miró en silencio. Jazz volvió a tomar la fotografía y, mientras la colocaba de nuevo en el álbum, concluyó:
– Sé que todos esperamos volver a ver a nuestros seres queridos. Chispas, vaya que lo deseo. Pero...
Miró una foto de la misma página. En ella, Prowl trataba de ocultarse del fotógrafo.
– Es mejor que algunos eventos se pierdan en el tiempo...
“¡No, esto no debe perderse!”, pensó Primus al recibir la chispa del primero de sus niños que moría y comprender cuán grande había sido el desperdicio. Aunque había sido joven, había vivido tantas experiencias que no le quedaba sino pensar cómo habría sido su futuro. El autobot había sido un artista, y aunque todavía estaba aprendiendo, varias de sus esculturas eran en definitiva prometedoras. Se había enamorado de una muchacha a la cual no le era del todo indiferente. Le había gustado escuchar viejas historias y todas las guardaba en su memoria...
Primus no pudo ver más. El autobot había sido un microcosmos, que ahora debía ser olvidado y borrado.
Sin embargo, casi de inmediato recibió otra chispa y la identificó como la del decepticon que había matado al autobot. Por más que los suyos habían tratado de protegerlo, alegando que sólo se había defendido, un grupo de furiosos autobots lo habían encontrado y ejecutado, en la retribución del sangre por sangre, justo tal vez para los morales pero desagradable para la mayoría de los dioses. El decepticon había amado las estrellas, y como había tenido el don del vuelo, había soñado con alcanzarlas algún día. Había creído en su causa con todo el corazón, y había esperado que los transformers convirtieran al universo en un lugar tan hermoso como Cybertron.
Aún en su forma incorpórea, Primus sintió deseos de llorar. Esas dos chispas habían tenido un poco de Todo lo que existe en el universo, y ahora se perderían.
A menos de que él hiciera algo.
Tal vez se debía a que Primus era un dios joven, todavía muy apegado a sus emociones. O tal vez se debió a que identificaba al Vacío y al Olvido con Unicron. Sin embargo, en ese momento decidió que evitaría que todas las almas, tanto de autobots como de decepticons e incluso de aquellos pocos que permanecían neutrales, se perdieran en la Nada. Reuniría cada una de ellas. Llegaría el día en que terminara aquel estúpido conflicto y todos volverían a ser una raza, como lo había soñado en el inicio.
Que podría entonces enfrentarse a Unicron.
Primus se sorprendió ante el razonamiento que acababa de hacer. Una sola raza, no sólo de autobots y de decepticons, sino de transformers vivos y muertos. Los primeros tendrían la energía; los segundos, la experiencia. Un poco de Todo lo que hay en el Universo para llenar la Nada de el-que-trae-el-Caos. Ese Todo era la Espada que necesitaba. Tendría que parecer insignificante para ocultar el maravilloso poder de su interior. Debería ser pequeña y al mismo tiempo hermosa, capaz de inspirar un respeto instintivo en todos sus niños, para que no fuese destruida por error. Una Matriz de poder.
Recordó a Vector Sigma, el súper ordenador que los Quintessons habían utilizado para implantar circuitos de memoria en sus productos y que, irónicamente, la mayoría de los transformers habían olvidado. No había visto una fuente parecida de luz en todo el planeta, y comprendió que sería su mejor ayuda. Reuniendo toda su fuerza, Primus convocó al ordenador, que había permanecido inactivo durante mucho tiempo. Después, comenzó a reunir la luz que había generado al hacerlo girar sobre sí mismo. Al poco tiempo, en el aire flotaba una esfera llena de patrones de luz, cuyo movimiento evocaba vida y que, aunque sus niños creerían que estaba hecha de cristal, estaba formado con energía pura. La esfera podría abrirse, esparcir su contenido y cumplir su misión, y luego volverse a reunir. Era el arma perfecta.
Primus, sin embargo, comprendió que ninguno de sus niños podría tocarla directamente, a riesgo de quemar todo su cuerpo. Después de todo, eran criaturas metálicas y no podía exponerlos a que transmitieran una corriente eléctrica y se electrocutaran. Por fortuna, la solución era muy sencilla: construir un estuche metálico que protegiera al Portador. Así, con el mismo metal que formaba a Vector Sigma, creó una protección que cubría casi todos los costados de la esfera, y que se prolongaba en dos asas cuadradas; su única precaución fue recubrir el estuche con su espíritu para aislarlo. Un dios es, ante todo, un científico, y no puede dejar absolutamente nada al azar.
Los últimos pasos serían los más complicados. Por una parte, Primus debería lograr que todas las chispas se dirigieran hacia la Matriz una vez que se separaran de su cuerpo. Las dos primeras, instintivamente, acudieron con su dios y creador. La forma más sencilla para que las imitaran sería guardar parte de su esencia en la Matriz. A Primus le entusiasmaba muy poco tener que almacenar parte de él dentro de la esfera, pero le desagradaba más la idea de guardar su ser completo antes de que hubiera descubierto cómo detener a Unicron o arriesgarse a perder un par de chispas confundidas.
El segundo paso era más complicado, porque no dependía de él. Tenía que entregar la Matriz a alguno de sus niños para que ellos la tuvieran, la protegieran y la utilizaran en el momento apropiado. ¿De qué forma podría hacerlo? A algunos dioses les gustaba llamar a sus Elegidos, presentarse ante ellos y explicar su misión, pero además de que a Primus no le gustaba mucho este tipo de parafernalia, no quería que se empezara a hablar de él por todo el sistema. De hacerlo, Unicron confirmaría en dónde se encontraba y lo atacaría antes de tiempo.
La Matriz se llenó con chispas de inmediato. Mientras él había estado con Vector Sigma, se había desatado una guerra a gran escala y sus niños se mataban mutuamente. De inmediato sintió el deseo de intervenir, pero se detuvo. Él les había dado el Libre Albedrío, y ahora tendría que aguardar a que ese mismo Libre Albedrío les guiara a retornar al camino indicado.
Notó a un autobot de armadura dorada que lloraba amargamente. En segundos, Primus descubrió que durante el último ataque una brigada de decepticons había matado a su esposa y a sus dos hijos, y que de su cuidad no quedaba más que cenizas. Se había quedado completamente solo y no tenía por qué seguir adelante. No era el único en el planeta, pero las palabras que pronunciaba eran especiales.
– He conocido a criaturas de otros planetas que en sus horas obscuras piden a su dios que los ilumine. ¿Acaso porque mi cuerpo es metálico no tengo derecho a rezarle a un dios?
Primus no necesitó escuchar más. Él había sido lo bastante descuidado para no revelar su nombre a sus niños y ahora se sentían solos. Pero aunque sólo algunos lo conocieran por nombre, sí les daría la Luz que iluminara su Hora más Obscura. La Matriz.
Así, el autobot notó que una luz intensa brillaba ante sí. Descubrió una esfera cristalina rodeada por una protección metálica flotando en el aire. De inmediato, y cual su dios lo había previsto, sintió por ella el mayor de los respectos. Y también sintió amor. Era la respuesta a sus oraciones.
Temeroso, el autobot tomó la Joya en sus manos y, como en una revelación, comprendió que era una Matriz de Vida y Muerte. Y escuchó un nombre
– ¿Primus? –murmuró.No pudo escuchar la entusiasta respuesta de su dios. Tampoco vio las chispas que entraban a la Matriz, cada vez más rápido, ni el dolor que eso le provocaba al dios que había invocado. Sólo supo que debía proteger esa Joya costara lo que costara.
Primus sintió que podía confiar en él. Después de todo, una vez que la vieran, ninguno de sus niños podría destruir la Matriz. Al igual que tantos años atrás, intentó relajarse y seguir pensando en Unicron. Pero escuchó el sonido de los disparos y explosiones que dominaban a Cybertron, y por primera vez, no le fue posible hacerlo.
Pasaría mucho tiempo antes de que lograra relajarse de nuevo.
– Contarme otra historia del pasado, Kup.
Había pronunciado las palabras mágicas. No importaba que fuera de noche ni que casi todos se hubiesen ido a dormir; las palabras recién dichas por Grimlock garantizaban que tanto el dinobot como el old-timer permanecerían despiertos durante un largo rato.
– ¿Qué quieres decir, Gran Grim? –preguntó, girando su silla. En una consola cercana, un impresionante robot alto y robusto aguardaba, ocultando su impaciencia. Kup sonrió: no existía un autobot que en cierta escala no le temiera (o respetaran, como decían) al feroz dinobot que tenía enfrente. Ni siquiera Rodimus, que poco a poco se había ganado su respeto, podía verlo como a un amigo. Pero bajo la terrible fachada de Grimlock, se escondía una gran inteligencia –oculta por sus deficientes hábitos lingüísticos– y un buen corazón, y sólo lo sabían sus leales dinobots y Wheelie, el muchacho que encontraron en Quintessa.
Kup también sabía que al dinobot le fascinaba escuchar sus historias. Esa era una de las razones por las cuales le caía bien.
– Haber muchas cosas que Mí, Grimlock, no comprender. Nunca saber nada de Matriz hasta muerte de Prime. ¿De dónde salir Matriz?
Kup se frotó el mentón, como siempre que trataba de recordar. La historia era muy vieja. Había ocurrido antes de que abandonara Cybertron y se uniera a una brigada de exploración con la que vivió miles de aventuras que le dieron las miles de anécdotas que narraba a los demás.
– La verdad no recuerdo muy bien esa época– aceptó. – Entonces tenía la edad de Hot Rod. Sólo me acuerdo que, de pronto, se empezó a mencionar el nombre de Primus y se decía que era nuestro dios y creador. No todos lo conocían, pero aquellos que escuchaban su nombre parecían creer en él de inmediato.
– ¿Y de dónde salir tal nombre? –preguntó Grimlock con su impaciencia acostumbrada.
– Sólo vi a ese autobot una vez, pero con eso bastó. Era un autobot dorado llamado Emirate Xaaron, que decía que cuando se encontraba en su hora más obscura Primus le había regalado una Luz. También decía muchas cosas que en su momento no comprendí y que recordé hasta que el muchacho se convirtió en líder. Decía que nuestra raza debía volver a ser Una, y que uno de nosotros usaría la Matriz para iluminar la Hora más Obscura de Cybertron.
Grimlock se rió con su grave y ronca expresión.
– ¿Volver a ser una raza? ¿Realmente creer eso?
– En ese momento no. Y la verdad, si es cierto, no creo verlo en mi vida. ¡Imagínalo, autobots y decepticons juntos nuevamente! Pero Xaaron lo creía con todo el corazón.
– ¿Y Matriz ser esa luz?
Kup asintió. Pensar en aquel autobot que predicaba a oídos sordos le entristecía, sobre todo porque parecía haber sido el único en todo Cybertron que había creído en la existencia de un dios.
– Aunque muchos le decían que debía ocultar la Matriz porque eran tiempos muy violentos, Xaaron no quería escuchar. Decía que nadie que viera la Matriz querría destruirla. Pero no era eso lo que pensaban quienes lo aconsejaban. Temían más bien que alguien tratara de robarla.
Los ojos de Grimlock relampaguearon. Él había contemplado la luz de la Matriz durante la última batalla contra Unicron. Era lo más hermoso que había observado en toda su vida, así que comprendía las intenciones de Xaaron.
– Si Xaaron llevar Matriz a todas partes, ¿cómo acabar teniéndola Optimus Prime?
Kup ya iba a responder que fue entonces que él había abandonado el planeta cuando una tercera voz entró a la conversación.
– Prime mismo me contó esa historia. ¿Te importa si soy yo quien te la cuento?
El dinobot y el old-timer miraron al que acababa de hablar. Ultra Magnus, segundo al mando de la brigada autobot, seguramente había escuchado la narración desde el principio, mas nadie había atendido su presencia hasta que habló. Así era Magnus, discreto y paciente al máximo debido a la poca importancia que se daba a sí mismo. No imaginaba cuán importante era para los demás.
– Ser buena fuente –respondió Grimlock, señalando una silla.– Contar.
Al escuchar su invitación, que podía considerarse así, la tranquila expresión de Magnus pareció brillar. Kup sonrió, en un gesto de ceder las labores de la narración, y se dispuso también a escuchar. Una vez que se sentó, Magnus continuó la historia:
– Como Kup te dijo, a Xaaron le importaba muy poco su propia seguridad. Cualquiera diría que Primus mismo lo había desquiciado Pero muchos autobots y decepticons que creyeron sus palabras dejaron de pelear y se volvieron Sacerdotes de Primus, en un intento por lograr que Todos fueran Uno, y comenzaron a efectuar grandes celebraciones en su honor.
Al ver la extrañada mirada de Grimlock, quien parecía incapaz de creer que hubieran tenido lugar tales acontecimientos en Cybertron, Magnus añadió.
– Todavía no existía la guerra que conocemos. En aquel entonces, era un asunto de guerrillas, con muchos civiles involucrados.
– ¿Y Xaaron utilizaba la Matriz en esas celebraciones? –preguntó Kup, muy interesado.
Magnus asintió. Él había sido muy joven entonces, pero recordaba perfectamente aquel día.
– Ese fue el único error de Xaaron –opinó, su expresión obscureciéndose un poco. –Amaba tanto a la Matriz que quería compartir su luz con todos, sin comprender que no todos reaccionarían de la misma manera. El día de la última celebración, o más bien la que sería la última celebración, un decepticon quiso robar la Matriz. Era muy joven, pero muy poderoso, y se enamoró de la Joya en el momento en que la vio.
Grimlock hizo un gesto de disgusto al pensar en un decepticon controlando la Matriz.
– ¿Quién ser decepticon?
– Nadie de los que estaban ahí lo identificó y yo mismo no lo recuerdo. Había más comandantes decepticon en ese tiempo que transformers en la Tierra.
Grimlock rió. Para el año 2006, y sin importar cuántos autobots hubiesen regresado a Cybertron, la Tierra continuaba siendo el destino turístico número uno de su raza.
– El decepticon trató de robar la Matriz, cual muchos habían temido –continuó Magnus. – Los sacerdotes de Primus trataron de detenerlo, así que su grupo mató a muchos para permitirle el paso. Fue una masacre que se comentó en todo el planeta, y el último de aquellos Festivales.
– ¿Y Xaaron?– preguntó Kup, mientras Grimlock pensaba en la batalla de aquel día.
– Nunca volvió a saberse nada de él.
– ¿Morir? –interrumpió Grimlock.
Magnus negó con la cabeza.
– Nadie lo sabe, pero Prime... Optimus, quiero decir, pensaba que no. Poco después de la masacre, apareció un autobot que fue reconocido por muchos como líder del ejército, si entonces podía llamarse así. Se llamaba Prima, y reunió a muchos autobots que terminarían siguiéndolo. Optimus creía que Xaaron le dio la Matriz y que había adoptado tal nombre para indicar a los enterados que actuaba en nombre de Primus.
– Es lógico, añadió Kup, frotándose el mentón de nuevo. – La masacre le demostró a Xaaron que él no podía proteger la Matriz como debía y se lo dio a quien sí podía hacerlo. Prima la ocultó dentro de su cuerpo para que no pudiesen robarla.
– Algunos reconocer presencia de Matriz en Prima –completó Grimlock.– Y seguirlo.
Magnus suspiró. Aunque no lo demostraba, siempre le resultaba difícil hablar de la Matriz. Recordaba que no había sido elegido por ella, y se preguntaba por qué había resultado indigno. No que no lo fuera, se decía, pero le habría gustado saber cuál de sus defectos había sido culpable.
– Creo que el resto de la historia es conocido –concluyó. –Prima cedió el liderazgo a Prime Nova, y ahora sabemos que eso significó darle la Matriz. Prime Nova, al morir, se la dio a Sentinel Prime, y cuando Megatron se convirtió en líder de los decepticons y lo mató, la Matriz pasaría a manos de Alpha Trion, quien la ocultó muchos años. Finalmente la entregó a Optimus Prime. Xaaron desapareció, pero es muy posible que haya muerto, sobre todo cuando los decepticons tomaron control de Cybertron. Muchos lo han olvidado junto con Primus.
– Al grado que muchos dudan si Primus realmente existe o si fue un invento para reunir a nuestra raza –añadió Kup, recordando cómo Rodimus trataba de creer en su dios a pesar de todas las decepciones que el destino le daba día a día, y más desde que había descubierto el origen de su raza a manos de los Quintessons.
Grimlock se balanceó en su silla, como siempre que terminaba de escuchar una buena historia. Como líder de un escuadrón (aunque dicho grupo fueran sus cuatro mejores amigos, cuya lealtad se debía a la admiración y al cariño más que a los rangos militares), siempre había comprendido a Optimus Prime más de lo que el líder autobot lo sabía, e igual ocurría con Rodimus. Pero ahora los entendía más: no sólo eran responsables de una brigada, sino de la Luz que, según un profeta, provenía de un dios. No los envidió ni tantito.
– Al menos algo bueno surgir de todo eso –sentenció, cruzando sus brazos detrás de la cabeza. – Matriz quedarse con autobots. Decepticons nunca salirse con la suya.
"Soy un fracaso. Quise crear una raza, y por hacerles amar su planeta, se dividió en dos. Quise darles a conocer mi nombre a mis niños y sólo provoqué una masacre. Quise que tuvieran en sus manos la Espada que usarán contra Unicron, y lo único que conseguí fue que tuvieran que ocultarla. Ahora dicen que un autobot sobresaldrá de entre sus filas cuando en realidad también podría ser un decepticon, y le llaman la Matriz del Liderazgo cuando jamás pensé que una sola persona debería tenerla. Viva el Libre Albedrío.
"Y ni siquiera he descubierto cómo derrotar a Unicron."
Habían pasado varios días en los que Primus había estado completamente deprimido, y considerando las diferencias de tiempo, habían realmente sido millones de años. No le faltaban motivos. Lo que había comenzado como una guerrilla se había convertido en una guerra mundial, con dos ejércitos bien definidos guiados por dos líderes que ya llevaban bastante tiempo en ello. La Matriz albergaba a millones de chispas en su interior y cada día recibía más aunque el Portador no se daba cuenta. Bien por él, añadió Primus, o el pobre Optimus se volverá loco. Dejen eso a los dioses.
Aunque como dios –y más aún, como uno que había tenido la "brillante" idea de otorgar el Libre Albedrío– Primus debía ser imparcial. Pero tenía que aceptar que el Portador de la Matriz, un tal Optimus Prime, le simpatizaba bastante. Gracias a su naturaleza divina, había atestiguado su nacimiento, vida y muerte como Orion Pax, y después su nacimiento y ahora su vida con su nueva identidad. Había descubierto muchas cosas de él que le agradaban: cómo de la nada había unificado a las diversas guerrillas bajo su liderazgo casi de la nada, cómo había salvado la ciudad de Iacon y establecer su base ahí, y cómo no sólo se había ganado la obediencia y el respeto de los suyos, sino también su cariño. A Primus le enternecía especialmente sus a veces desesperados intentos por tener una vida normal al lado de la mujer que amaba y de sus mejores amigos, y atestiguaba su desesperación cada vez que la guerra contra los decepticons se interponía en su camino. La experiencia acumulada por todas las chispas que se encontraban dentro de la Matriz se había traducido en sabiduría, y si bien Optimus no podía evocarla –no es como leer un libro, saben–, estaba con él. Prime era imperfecto, y esa era la principal razón por la que Primus lo apreciaba.
Sin embargo, también le agradaba el principal enemigo de Optimus, sobre todo porque él, como dios, era el único que lo conocía realmente. Hacía años, había percibido que un decepticon había tratado de robar la Matriz, pero no se había debido a la ambición, como muchos habían creído. El decepticon, entonces un joven que apenas guiaba a una pequeña brigada, había comprendido que la Matriz era el objeto más precioso de los transformers. No era justo que tal tesoro se convirtiera en una curiosidad. No era una Joya. Era una Espada, y eso lo había impulsado a tratar de obtenerla. Su nombre era Megatron.
A diferencia de Optimus, Megatron no había recibido el liderazgo por medio de una cadena hereditaria. Él había tenido que luchar por lo que creía, por convertir a toda una variedad de grupos independientes en un ejército unificado que demostraría a todas las criaturas del universo que si existe una raza poderosa y digna de gobernar, era la de los transformers. Había tenido que demostrar su valía, aprender de sus errores incluso antes de cometerlos, y sobrevivir tanto a los rumores como a los atentados en su contra. Y mientras los primeros líderes autobot morían con la velocidad con la que aparecían, él continuaba luchando y subiendo posiciones. Por supuesto que él también había intentado tener una vida normal, con amigos que lo apoyaran y personas que lo quisieran, pero no podía confiar en nadie. Aquel a quien había criado como a un hijo proclamaba su propósito de matarlo. Todo lo que sentía, fuera dolor, desesperación o rabia, se quedaba en su interior, sustentado por el amor a su causa y a sus objetivos.
Primus comprendía que ninguno de los dos podía ganar la guerra. Eran tan opuestos que se complementaban, y se atrevía a pensar que no podía existir un Optimus Prime sin su Megatron correspondiente. Los dos brillaban con distintas frecuencias luminosas, la inexperiencia de uno compensada con la experiencia del otro la sencillez con la ambición, y el corazón con la inteligencia. Ambos formando un Todo, justo como él y Unicron. Uno no podía vivir sin el otro, a menos de que uno se convirtiera en el otro. Pero Optimus no se convertiría en un decepticon, y Megatron no se uniría a los autobots, y Unicron integraría a Cybertron con el Vacío antes de combinarse con el Todo. Y él...
Dios Omnipotente, ¡ahí estaba la respuesta!
Primus se negó a creer que después de tanto tiempo de angustia, hubiera encontrado la forma de destruir a Unicron. Luego gritó de alegría en su forma incorpórea (exclamación que, por supuesto, nadie escuchó). Los opuestos en equilibrio constante sólo pueden destruirse si uno se convierte en el otro. Si autobots se convirtieran en decepticons, o viceversa. Y si el Todo se integrara a la Nada, la llenaría. Por ello Unicron estaba tan ansioso por destruirlo. Sabía que Primus era más peligroso que él mientras continuara existiendo, sin importar su poder ni su edad, porque era capaz de integrarlo al Todo.
Todo lo que Primus tenía que hacer era buscar la forma de llenar la Nada que era Unicron. Ya había decidido que, para ello, emplearía los recuerdos y emociones de las chispas guardadas dentro de la Matriz. Hasta entonces comprendió que era un error. La Matriz necesitaba más. Requería el poder capaz de destruir a un dios. El poder de otro dios. Pero para conservar el equilibrio, un elemento necesitaba quedarse fuera de la ecuación.
La primera respuesta, sin querer, se la había dado Xaaron. "La Matriz es la Luz que ilumina las Horas Obscuras". Si Primus y la Matriz eran luz, lo único que no debería entrar era Obscuridad, el poder de Unicron y de la Nada. Ahí estaba el Todo Incompleto, que impediría que ambos dioses fueran anulados en la Batalla Final. La segunda respuesta, aún así, no era tan agradable.
Como había temido años atrás, tendría que encerrarse en la Matriz. Su esencia era el poder capaz de detener a Unicron.
Eso significaría abandonar a sus niños justo cuando más lo necesitaban,. No podría permanecer con ellos, incluso si nunca lo notaban. Perdería su capacidad para afectar a la materia. Y lo peor, tendría que esperar a que Unicron atacara y que uno de sus niños tuviese la sabiduría necesaria para activar la Matriz.
Si algo en el plan no había estado bien pensado, la Matriz sería inútil, él moriría y Unicron destruiría al universo.
¿Tenía opciones?
Notó que Optimus Prime había sido herido y lo estaban operando. No despertaría en un rato y no se daría cuenta de que la Matriz había sufrido un cambio. Así que Primus rezó una última plegaria y, al igual que tantos años atrás, se dejó caer hacia la Joya.
Ningún transformer lo confesaría a los demás. Pensarían que estaban locos. Pero a la mañana siguiente, algo parecía faltar en Cybertron. Su superficie estaba helada y un silencio sepulcral, jamás percibido, dominada sus calles. Fue cuestión de meses para que toda la energía de Cybertron desapareciera y comenzara una era de Obscuridad.
Rookie bostezó, signo inconfundible de que ya estaba relajada. Bueno, después de dos horas colgando de cabeza dentro de su cuarto, era lo menos que podía sentir. Cuando vives sola durante mucho tiempo, adquieres conductas muy raras. Es la única manera de no volverte loca, sobre todo cuando sólo hay decepticons sobre tu cabeza.
Con la agilidad que adquirió durante los cuatro años que vivió bajo la superficie, se descolgó y cayó de pie. Cualquier otro habría tropezado, pero ella no. Aunque la habitación estaba completamente obscurecida, para ella era tan clara como si la viera a la luz del día. En las profundidades no hay luz, y Rookie se había acostumbrado tanto a ella, que hasta la opaca superficie de Cybertron había lastimado sus ojos. First Aid había dicho que su fotoceguera era temporal, nada que el uso de unas gafas obscuras no solucionase, y que si no se acostumbrara, bastaría con una sencilla operación. Pero cuando salió de su escondite después de que los Preydacons lo habían destruido (bastardos, pensó, lo pagarán), los ojos le habían dolido tanto que no podía ser tan optimista como First Aid.
Cuando cayó al suelo, cubriéndose los ojos con las manos, Scoundrel se había asustado y Rodimus se había sorprendido. Vaya, parece que es el único sentimiento que puedo provocarle al chico, pensó al echarse sobre su cama. Sorpresa al descubrir que alguien había sobrevivido al dominio decepticon de Cybertron. Sorpresa al descubrir que había sido una mujer. Sorpresa al descubrir que Scoundrel, el recién llegado, y ella no sólo se habían conocido, sino que habían sido amantes. Sorpresa al escuchar que ella no quería regresar a New Iacon, y que se había necesitado un ataque Preydacon para que lo hiciera. Sorpresa al ver que no podía soportar la débil luz de la superficie de Cybertron.
Sorpresa al ver un autobot que reniega de su grupo y que, aunque nunca se volverá un decepticon, jamás volverá a combatir por los ideales en los que había creído y que casi le habían costado la vida. Rodimus tenía, en efecto, mucho de qué sorprenderse. Pero Scoundrel había tenido más de qué asustarse.
¿Quién puede culparlo?, pensó, apoyándose sobre un costado y distinguiendo colores a pesar de la obscuridad. Cuando nos conocimos, yo era una persona completamente distinta. Parte de la Brigada Violeta, un escuadrón secreto de autobots que apoyaba a la Elite de Iacon, aunque dudo que Prime hubiera aprobado nuestros métodos. No teníamos un líder oficial, pero Hi-8 era el más maduro de todos y lo seguíamos. Scoundrel lo conoció y decidió unirse un tiempo a nosotros, aunque no se marcara. Pobre, no sabía entonces qué hacer con su vida. Por orgullo, no aceptaba que lo que realmente quería hacer era pelear al lado de su hermano. Y lo peor es que creo que todavía no encuentra su camino.
Hi-8 creía en Primus. No sé de dónde sacó tal creencia, pero el caso es que la tenía y acabó convenciéndonos a todos. Necesitas ser muy cínico para creer que, en la situación en que nos encontrábamos, puedes salir adelante sin el apoyo de un dios. ¿Por qué no fui más cínica?
Ese día que Scoundrel me dijo que Cybertron lo ahogaba, que ya no soportaba la guerra y que quería buscar su propio camino, no creí que Primus nos separaría. Por favor, recé, deja que recapacite y se quede conmigo, porque sabe que no abandonaré mi causa. ¿Cómo me iba a largar de viaje dejando a mis amigos atrás? Pero Scoundrel no compartió mis ideales, y sin importar cuánto nos amamos, ni que nos hubiéramos dado todo, se largó. Desde ahí, debí empezar a dudar de Primus, pero no podía. Me convencí pensando que cada quien tiene su destino y que Primus no concedía caprichos si eso era lo mejor para los dos.
Lo siguiente no fue un capricho.
Hace cuatro años, los decepticons invadieron Iacon y nosotros tratamos de defenderlo. Si caía Iacon, la resistencia autobot en Cybertron sería destruida y aniquilada. No podíamos permitir que ocurriera.
Eran más que nosotros. Pedimos refuerzos, suplicamos que un grupo pequeño, no importaba de cuántos, saliera de Iacon y nos ayudara. Nunca llegaron. Todavía tengo los gritos de mis amigos frescos en mi memoria, igual súplicas que maldiciones. Y también recuerdo que Hi-8, a pesar de sus heridas, se dio tiempo para decirnos que Primus nos ayudaría y que él sabía qué era lo mejor para nosotros. No acababa de decir eso cuando nos cubrió una nueva ráfaga de disparos. El que recibí tenía tanta fuerza que hizo que me cayera por uno de los muchos ductos cercanos. Casi me mato. Fui la afortunada.
Desperté días después, en un lugar completamente obscuro. Estaba bajo la superficie. No veía nada y no escuchaba nada. Pasaron meses para que mis sentidos se acostumbraran y pudiera encontrar la salida. Todo el tiempo, todos y cada uno de los días que pasé así, recordaba las palabras de Hi-8, y por vez primera, no le supliqué a Primus por mí, sino porque mis amigos y compañeros estuvieran bien. Espié las bases decepticon, convirtiéndome en una sombra, y me enteré qué le había ocurrido a la Brigada Violeta, que a todos y cada uno los habían matado, que a los hombres los habían decapitado y que a las mujeres las habían violado antes. A Hi-8, que nunca perdió su fe, lo habían torturado con fuego hasta matarlo, negándole incluso un tiro de gracia... Hasta entonces, comprendí que había perdido el tiempo. Primus nunca existió y, si lo hizo, jamás le importó que sus criaturas sufrieran.
Supongo que por eso me desespera que Rodimus busque a Primus con tantas ansias. Me daría mucha tristeza ver cómo sus esperanzas se pierden en el silencio. Yo estaba con él cuando Nightbeat, simplemente, le dijo que no había ninguna evidencia física de que Primus existiera. Lo único que pensé fue, "¡Rodimus, por tu propio bien, despierta!". Pero el muy tarado sólo sonrió y preguntó: "¿Que no es la Matriz prueba suficiente?"
Molesta, Rookie se incorporó y se dirigió a la ventana, cuidando de colocarse los lentes antes de correr la persiana. Observó la belleza de Cybertron, incluso después de millones de años de guerra civil. Notó que, a pesar de la hora, muchos autobots continuaban activos. El planeta estaba vivo, y muchos de sus habitantes habían sobrevivido hasta a los embates de Unicron.
Tú también sobreviviste. Saliste adelante cuando solamente la muerte te rodeaba, y tú sola no pudiste tener tal fuerza. Te has reunido con los autobots y continuas odiando a los decepticons a tal grado que no soportas quedarte en New Iacon cuando Rod y Scoundrel salen a pelear. Algo continúa vibrando en tu corazón.
¿Realmente has dejado de creer?
Rookie, furiosa consigo misma, cerró las persianas y volvió a acostarse. No necesitaba creer en nada, ni en un dios ni en una causa. No quería creer. Que Scoundrel continúe asustado, que Rodimus siga sorprendiéndose, que al fin y al cabo es culpa de ambos que esté pensando esto.
– Lo único que existe es lo que puedo ver –dijo en voz alta, tratando de convencerse.
Pero había muchas cosas en la luz que tampoco podía ver. Y existían.
La espera había sido larga y muy cansada. Desesperante. Y en ese momento, completamente impredecible. Porque la Matriz era de nuevo el centro del universo transformer, y no era exactamente el mejor momento.
¿Hice bien en brindarles el Libre Albedrío y creer que tendrían sentido común?
Primus notó que las cosas habían cambiado algunos años atrás. Desde que se había encerrado dentro de la Matriz, parte de su percepción se había limitado a lo que Prime conocía y sentía. Y había sentido muchísima tristeza en fechas recientes. ¿La razón? Primus se había encontrado con algunas de las chispas de los mejores amigos de Optimus. Y de la mujer que había amado. Primus habría dado todo por decirle que volvería a encontrar a sus seres queridos. Que la muerte era sólo física y temporal, y que el dolor sería pasajero en comparación con la felicidad que le aguardaría. Pero un dios no puede hablar con los mortales, sobre todo después de brindarles el Libre Albedrío.
Descubrió que la Matriz se había alejado de Cybertron durante mucho tiempo, y que tampoco se encontraba en la Tierra, el planeta que sus niños habían adoptado como un segundo hogar y que había terminado por agradarle. Descubrió la razón por medio de Prime: los decepticons habían tomado control del planeta y les habían exiliado.
Pero algo más le preocupaba. El universo mismo había sufrido una alteración. Sólo él, como Dios de Luz, podía sentirla. Y comprendió que Unicron, el-que-trae-el-Caos, había comenzado su labor destructiva. Se había comido uno de los mundo metálicos (Lithone?), esperando que Primus estuviera ahí. Y esta vez venía muy en serio.
Sus pensamientos se interrumpieron al sentir cómo la Matriz se tensaba y vibraba. Algo estuviera ocurriendo. Escuchó a muchas chispas gritar "¡No!". Algunas de ellas acababan de llegar. ¿Qué estaba ocurriendo? Uno era el segundo al mando de Optimus, otro era su mejor amigo...
Un disparo le mostró la razón. Optimus acababa de ser acribillado y estaba muriendo. Segundos después, descubrió que Megatron también estaba muriendo.
Una intensa luz se hizo frente a sus ojos. Por primera vez desde que se había encerrado en la Matriz, la Joya era extraída el cuerpo de un líder autobot e iba a ser heredada. Contra su voluntad, Primus pensó: "¡No, ahora no, o Unicron descubrirá que estoy aquí!"
Pero los gritos de un dios mudo nunca son escuchados. Optimus sacó la Matriz de su cuerpo y la presentó a Ultra Magnus, su heredero. Pero antes de que Magnus volviera a guardarla, Primus descubrió que no estaban solos. Uno de sus acompañantes era un joven autobot, de rostro suave y ojos tristes, devorado por la culpa y la ansiedad, que atrapó la Matriz cuando a Prime se le resbaló de las manos.
Primus jamás había sentido algo semejante. Pero ese autobot lucía la misma edad y expresión que él había tenido al combatir contra Unicron al inicio del tiempo. Era como si se viera en un espejo, y eso es prácticamente imposible para los dioses. Justo en ese instante, llegó la chispa de Optimus Prime y Primus olvidó al joven. Quería recibir personalmente al Portador de la Matriz, y asegurarle que todo iba a estar bien. ¡Cuánto habría dado porque alguien le asegurara lo mismo!
Un rato después, Primus notó que la chispa de Megatron no había llegado. Era extraño. Trató de buscarle mentalmente –igual y los suyos le habían salvado la vida, aunque era muy difícil–, pero no pudo encontrarlo.
En eso, sintió un profundo dolor que venía de su cuerpo. //¡Pero no he tenido cuerpo por millones de años!//, pensó y tuvo que corregirse de inmediato. Claro que tenía un cuerpo. Era Cybertron.
Unicron estaba frente a él. Acababa de comerse sus dos satélites, pero había detenido su ataque.
"Dios mío, llegó el momento", pensó Primus, sintiéndose mortalmente asustado. "Es el día de la batalla final. Pero, ¿por qué no ataca?"
Comprendió por qué. Unicron aguardaba. La Matriz no estaba en Cybertron. Quién sabe de qué manera había llegado a Junkyard, uno de los muchos tiraderos de basura de la galaxia. Unicron, sin duda, podía detectar su esencia pero no su presencia, y prefería esperar creyendo que su antiguo enemigo le estaba tendiendo una trampa. Vaya que se llevaría una sorpresa, pensó Primus con ironía. El arma perfecta creada para su llegada está al otro lado del universo.
La sorpresa de Unicron, aún así, no pudo compararse con la que él estaba a punto de recibir. Porque nuevamente vio la luz, cuando Magnus sacó la Matriz del interior de su maquinaria. Percibió el contacto de las manos del Portador con las asas de la Matriz, y cómo trataba de abrirla. Sin embargo, permaneció cerrada. Combatir decepticons no era la misión de la Matriz y Primus no iba a manifestarse antes de tiempo, aunque se sintiera culpable al escuchar las súplicas y maldiciones de Magnus. Este no es el momento, hijo mío. Hay una batalla más grande aguardando.
– ¡Magnus! ¡Quiero la Matriz!
Frente a Magnus, Primus descubrió un grupo de decepticons. Su líder tenía una piel muy pálida y estaba vestido en violeta, el que muchos consideran que es el color de luto de ese ejército.
¿Megatron? ¿Qué le había pasado a Megatron?
Porque era el comandante decepticon quien estaba ahí. Al igual que Primus, sólo quedaba su esencia. Su nombre y su apariencia eran por completo distintas. ¿Por qué había cambiado?
El poder de Unicron lo rodeaba. Primus se estremeció; el-que-trae-el-Caos había convertido a uno de sus niños en su Emisario.
– Nunca –respondió Magnus.
Primus no acababa de reponerse de la sorpresa cuando descubrió que la escolta de Galvatron, igualmente cubierta por el poder de Unicron, estaba acribillando a Magnus. Por más que trataba de mantenerse en pie, el autobot empezó a morir, pero su orgullo era tan grande que no se quejó ni soltó la Matriz.
"Sólo recuerdo a una persona con tal dignidad. Tampoco era un guerrero de corazón, y si se convirtió en líder, fue porque amaba a la Joya. Emirate Xaaron. He subestimado a mis niños. Nunca pensé que fueran capaces de tal honor ni de tanto amor", se dijo.
Comprendió que Magnus debía tener una misión mayor, algo que ni su creador pudiera vislumbrar. Él no era un líder en el campo de batalla, pero su corazón era el de un líder del espíritu. Todavía no debía morir.
Por ello, cuando su cuerpo explotó y su chispa acudió a él, sólo le dijo:
– Duerme, Ultra Magnus. Pronto despertarás de este sueño.
Y volvió a enviar su espíritu hacia su cuerpo destrozado, cubriendo ambos con energía de la Matriz. Ojalá y sus amigos supieran qué hacer.
Sintió que algo quemaba su espíritu, como si Unicron hubiera vuelto a atacarlo. Descubrió que, en cierto modo, estaba ocurriendo. Galvatron tenía la Matriz en la mano, y la estaba atando a su cuello con una cadena.
– Con esto, mi amo, te he convertido en mi esclavo.
Era obvio que no se lo estaba diciendo a él. Primus confirmó que Unicron lo había transformado. Aún así los ojos del ahora llamado Galvatron no relucían con ambición. Miraban la Matriz con... ¿amor?
"No la has olvidado, ¿verdad?", pensó, sintiendo cómo Galvatron acariciaba y contemplaba la Joya. La Matriz había sido el único consuelo de Megatron en sus horas de soledad, y aunque no lo demostró, le había torturado la idea de que hubiera sido destruida al morir Optimus Prime. Porque su enemigo jamás había comprendido que no era la Joya, sino una Espada y que no había conocido al Verdadero Enemigo.
Él sí.
ASÍ QUE VOLVEMOS A ENCONTRARNOS, PRIMUS.
Las palabras que acababa de escuchar lo dejaron frío. Galvatron, con la Matriz al cuello, se había presentado ante Unicron. El Dios Obscuro había descubierto la esencia del Dios Luminoso. Sonreía y se comunicaba con él en el plano divino de la existencia.
– ¡Unicron! – gritó Galvatron. El-que-trae-el-Caos no le prestó atención.
//Era nuestro destino//, respondió Primus, suplicándose calma y hablando de la misma manera.
CON RAZÓN PERCIBÍA TU PRESENCIA EN ESTE PLANETA, PERO NO TU ESENCIA, concluyó Unicron y añadió, ERES UN IDIOTA. TE HAS REDUCIDO A UNA SIMPLE ARMA, MIENTRAS QUE YO CONSERVO TODO MI PODER. ¿CREES REALMENTE QUE TUS CRIATURAS PODRÁN DERROTARME?
– ¡Unicron! –gritó Galvatron y volvió a ser ignorado.
//Espera y verás//, respondió Primus, fingiendo seguridad.
ME MUERO DE IMPACIENCIA.
– ¿Ves esto? – gritó Galvatron. – ¡Es la Matriz! ¡Es a lo que tú más temes!
Unicron al fin prestó atención a su Emisario. Primus comprendió que había llegado el momento determinado desde el inicio del tiempo, donde el Todo y la Nada pelearían la batalla final. Galvatron alzó la Matriz, sujetó las asas y...
Él provenía de la Obscuridad de Unicron. Tenía lo único que no debía ingresar a la Matriz. Obscuridad.
Aunque Primus había estado listo para liberar su poder, se detuvo. No importaba cuánto amara Galvatron a la Matriz. Él no debía abrirla.
IMPRESIONANTE, PRIMUS, dijo Unicron con desprecio y sarcasmo. AHORA, DISFRUTA EL ESPECTÁCULO.
Dichas estas palabras, Unicron se transformó a su modalidad de ataque, cada uno de sus movimientos digno e imponente. Primus percibió cómo Galvatron se tensaba, su sangre congelándose en sus venas, y hasta que el asombroso cambio hubo concluido, notó que él se sentía igual. Su enemigo tenía la misma forma que en el origen del tiempo, aunque su cuerpo ahora era de metal.
POR UN TIEMPO, PENSÉ EN PERDONAR A CYBERTRON, escucharon el Dios de la Luz y el Emisario. PERO AHORA, PRESENCIARÁN SU DESTRUCCIÓN.
Unicron alzó la mano y arrancó un área de Cybertron. Primus gritó, el dolor mucho más intenso que cuando, tanto tiempo atrás, había resultado herido. Sintió cómo su enemigo se comía parte de él. Era el fin.
Galvatron no estaba tan dispuesto a rendirse. Se transformó a módulo de cañón y disparó. Aun en medio de su dolor, Primus se sorprendió ante su fuerza de carácter y por primera vez comprendió que había subestimado a sus criaturas. Jamás se darían por vencidos. Él no podía hacer menos.
Unicron tomó a Galvatron y se lo comió. Sólo la voluntad del decepticon lo impulsó a tratar de huir hacia otra zona del Dios Obscuro que no fuera su estómago. Primus sólo pudo esperar.
Esperaba un milagro.
No creo en milagros. No debo creer en milagros. No puedo creer en milagros. ¿Sabes por qué, entre tantas cosas, no debo creer en milagros? Porque si creo en milagros, tendría que aceptar que uno ocurrió ese día. Y que yo no pude crear ese milagro. Fue él. Por eso, mejor no creo en milagros.
Tampoco creo en dioses. No debo creer en dioses. No puedo creer en dioses. Hubo un tiempo en que creí en dioses, al menos en uno. Él me había creado con un propósito. Nunca me dijeron exactamente cuál, pero nunca me importó. ¿Existe otro objetivo que no sea convertirse en un guerrero? ¿En luchar y pelear hasta el final? ¿Hay más vida además de ello? Lo comprendí ese día. Fuimos creados para combatir contra un Dios Obscuro. Pero si acepto que peleamos contra un Dios Obscuro, creería en dioses. Y no debo creer en dioses porque acabaría creyendo en milagros. Y acabaría creyendo en mi propia inutilidad.
Sí, creí en un dios. Nunca lo vi. Nunca lo escuché. Pero no se necesita ver para creer. Creí en su Espada. En el arma más fuerte de todo el universo. Todos los demás idiotas decían que era una Joya digna de venerar. ¡Estúpidos! Nunca descubrieron que era un arma por empuñar. Yo tenía que empuñarla. Tenía que se mía. Yo era el Guerrero.
Pero tampoco debo creer en mi vida anterior. Nunca tuve vida anterior. No debo tener recuerdos. No debo evocar nada. Yo nací en la energía de un dios. Pero tampoco creo en los dioses.
¿Sabes? Mi vida es más complicada de lo que crees. Ya ni sé si es mi vida, o si es la vida de alguien más, o si ese alguien más está decidiendo qué va a ser de mi vida como si fuera un pasatiempo. Por supuesto que ese alguien no puede ser un dios. No creo en dioses. Pero mi vida sí es muy complicada.
A veces tengo recuerdos. A veces vienen a mí imágenes de otros tiempos. Veo un planeta ridículamente hermoso que identifico como la Tierra. Veo que vivo bajo el mar. Veo un conjunto de soldados siguiéndome y protegiéndome. Veo que me quedo planeando estrategias hasta la noche. Veo que tengo esperanza. Y lo veo a él, al bastardo culpable de que hoy yo esté así. Lo veo junto a mí, criticándome y amenazándome, pero también obedeciendo. Escucho su voz en mi mente, y quisiera arrancarme la cabeza para dejar de hacerlo y volver a matarlo y quemar su cuerpo y convertirlo en cenizas y acabar con los recuerdos. Pero ya está muerto. Ni siquiera tengo el gusto de volver a matarlo.
Esos no pueden ser mis recuerdos. Son de otra persona. Yo se los guardo por encargo porque somos amigos. Él volverá por ellos y entonces nos reiremos mucho e iremos por una bebida e iremos a matar a Magnus, que me debe una, y bailaremos sobre su cadáver, como dicen los humanos. Y luego iremos por el chico y él lo sujetará mientras yo le abro las entrañas para sacar la Matriz y quedármela. Y el chico gritará y llorará y suplicará que lo matemos y yo le diré, "No, porque no te has portado bien y me humillaste al arrojarme de ese modo y abrir la Matriz y dejarme en este maldito estado. Porque la Matriz es mía. Es la Espada y yo soy el Guerrero."
Y al fin regresaré a mi hogar y mostraré al universo cuál es la raza que debe guiarlos. Y abriré la Matriz y me convertiré en un dios, en el único en el que podré creer.
Y la Espada no volverá a rechazarme. No conservará su misma luz cuando la sostenga, sino que relampagueará. Y cuando la sujete, obedecerá y se abrirá y salvará a mi mundo y acabará con el Dios Obscuro que debe estarse retorciendo en el infierno. Y me hará más poderoso y me apellidaré Prime, porque llevaré el arma de un dios.
Pero no creo en los dioses. Porque si creyera, aceptaría que yo no fui el Elegido. La tentación de sobrevivir y de vengarme fue fuerte y habría vendido mi alma al diablo para seguir adelante. Lo hice. Y ahora mis recuerdos, o los de alguien más, vienen a atormentarme a todas horas.
Me vengaré. Del Elegido, del seguidor del Elegido, del dios que me impidió realizar un milagro.
Pero no creo en milagros.
– Galvatron, ¿necesitas algo?
Cyclonus apenas logró esquivar el objeto que el líder decepticon arrojó en su contra.
– ¡Te diré cuando necesite algo! –rugió, amenazando hacia la puerta con su cañón de energía.
Cyclonus no respondió y, por su propia seguridad, cerró la puerta. Galvatron se había vuelto insoportable, en especial cuando no tramaba nada contra los autobots y se aburría. "Me pregunto en qué piensa", se dijo, mientras se alejaba de la habitación.
Porque, en algún momento, Galvatron había sido un líder brillante y calmado. Megatron transformado en Unicron, con todos sus pensamientos y capacidades pero en un cuerpo nuevo. ¿Acaso el recuerdo de su vida anterior era lo que lo cambiaba en esa bestia furiosa durante las noches?
No lo creo, se respondió Cyclonus de inmediato. Él quería acceder a sus recuerdos y saber cuál de los guerreros de Megatron había sido convertido en el líder de la Guardia Elite de Galvatron. En las noches, cuando soñaba, Cyclonus sólo veía un espacio vacío. Deseaba que ese espacio mostrara imágenes. Quizá recuerdos.
Algo le tenía que haber ocurrido a Galvatron, una impresión lo bastante fuerte para trastornarlo de esa manera. No era posible que por estrellarse de cabeza contra un planetoide se hubiera vuelto loco. Soundwave afirmaba que físicamente sus circuitos ya estaban curados, así que la razón debía ser más profunda.
El único momento en que Cyclonus se separó de su líder fue cuando Unicron se lo tragó. El secreto estaba en aquella escasa media hora humana. Le gustaría saber qué había sido lo único capaz de convertir a Galvatron en un lunático. Tenía que haber sido algo en definitiva feo.
Sólo había obscuridad alrededor suyo, la misma Obscuridad que había jurado destruir desde el inicio del tiempo. La hermosa Luz de la Matriz parecía ahogarse en ella junto con la última esperanza del Universo.
Primus apenas si podía sentir su ser divino casi adormecido por completo. Unicron continuaba su ataque contra Cybertron, destruyendo su superficie, y era como si su cuerpo estuviera siendo destrozado poco a poco. Demonios, su cuerpo estaba siendo destrozado poco a poco. Ya ni siquiera percibía el dolor. Sólo notaba que sus niños, los decepticons en el cielo, los autobots en sus naves, luchaban como una sola raza. Estaban cumpliendo el objetivo de su creación.
Y él no podía ayudarlos. La Matriz estaba perdida, devorada por Unicron, y no podía abrirse. Lo único para lo que servía el Arma Mística era para que Galvatron lo apretara contra sí. Primus podría jurar que lo había escuchado sollozar, pero no estaba seguro.
Él también lloraría si pudiera. Todo estaba perdido.
Notó que ya no lo rodeaba el silencio. Galvatron hablaba con alguien. Alguien más estaba ahí.
– La Matriz no puede abrirse. –sentenciaba Galvatron con voz grave.
– ¡Por un decepticon, claro que no!
Primus trató de descubrir quién había llegado, aunque se sentía muy débil. Para comenzar, tenía la idea equivocada: claro que un decepticon podría abrir la Matriz (¿quién demonios tuvo la idea de que era una Matriz Autobot?, pensó distraído), pero Galvatron había sido tocado por Unicron.
Se sorprendió al descubrir quién era. era el mismo joven que había acompañado a Optimus Prime en su lecho de muerte, el que había llamado su atención. Pero en cierto modo no era el mismo. En el pasado, Primus no había percibido tanto dolor ni culpa en su espíritu y no era difícil adivinar por qué las sentía.
= ¿Hot Rod? =
Una de las chispas había hablado. La de Optimus. Cerca de él, estaban sus amigos más cercanos y también habían visto al muchacho.
= ¿Cómo llegó el chico aquí? =
= Preferiría saber qué es lo que va a hacer. =
= ¿Con qué? ¿Con la Matriz o con Galvatron? =
Optimus permaneció callado. Había descubierto el cambio en el espíritu de Hot Rod casi al mismo tiempo que Primus.
= No, Rod, no lo pienses. = murmuró, apretando los puños en la impotencia de saber que no podía escucharlo. = Era mi destino. No fue tu culpa. =
Una descarga de energía divina rodeó a la Matriz. Adentro, las chispas sólo percibieron tensión, pero Primus sintió que le quemaba las entrañas. Era energía de Unicron.
DESTRUYE AL AUTOBOT, GALVATRON.
El autobot... Hot Rod... La esperanza regresó al espíritu de Primus. Unicron había descubierto que todavía existía una posibilidad para activar la Matriz y quería destruirla.
Él no podía hacer nada, excepto esperar.
= ¡Corre Hot Rod! ¡Corre! = gritó Optimus, sintiendo la misma desesperación que su dios.
Hot Rod no pudo escucharlo, ¡pero por Dios que corrió! Galvatron, sonriendo en el exterior pero con el corazón pesado, comenzó a seguirlo. E inició otro lapso de silencio.
¿Cuánto tiempo fue? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Segundos? A Primus le daba igual. Se sentía débil pero esperanzado, aunque sabía que casi no quedaba tiempo. Él no escribiría el último acto del drama que se registraba afuera, sobre la superficie de Cybertron, por más que se hubiese asignado tal papel.
De pronto, Hot Rod estuvo nuevamente ante Galvatron, lo golpeó y trató de cegarlo con sus luces. A su lado, Primus notó cómo las chispas gritaban para animarlo y aconsejarlo, aunque el muchacho estuviese sordo a las voces de los muertos.
Vamos, Rod, dijo casi sin darse cuenta. No lo sabíamos ni tú ni yo, pero tú debes terminar el combate que yo inicié.
Todos guardaron silencio. Galvatron estrangulaba a Hot Rod después de vencerlo físicamente.
= ¡Hot Rod! = volvió a gritar Optimus. = ¡No te rindas, hijo! ¡Lucha! =
Las demás chispas comenzaron a gritar también. Primus se quedó callado. Era el fin. Ya no restaba nada por hacer. La Matriz quedaría en manos de Galvatron, el único de sus niños que no podía abrirla. Aquella chispa que a pesar de su edad había sufrido tanto, pronto se uniría con ellos. Y Primus moriría junto con el universo.
El cuerpo de Hot Rod se sacudió. Estaba muriendo.
= ¡No! = gritó Optimus, sintiendo que la sangre volvía a congelarse en sus venas. = ¡No, no debe ser! ¡Hot Rod! =
Sin pensar lo que hacía, Optimus corrió hacia la superficie del cristal, la única cara sin ocultar de la Matriz. Primus no pudo culparlo, ni a sus amigos, al escucharlos.
= ¡Espera, Op', no sabes qué hay ahí! =
= ¡Prime, aguarda! =
= ¡Prime! =
Varias chispas se reunieron junto a Optimus frente al cristal. Sólo vieron el rostro de agonía de Hot Rod.
Y éste alcanzó a verlos.
¿Qué habría pensado Hot Rod en ese momento? ¿Que los muertos venían por él? ¿Que estaba delirando? ¿Que era el final? Bueno, casi fue el final. Total, es cuestión de tiempo para que esté aquí y pueda preguntarle personalmente.
El caso es que Rod ve las chispas, extiende la mano tratando de alcanzarlas y llama a Optimus Prime con voz tan baja que apenas puedo escucharlo. Y tocó la superficie de la Matriz.
Ahí comienza mi parte de la historia, o más bien, vuelve a iniciar. Porque yo fui el que inició esta aventura hace billones de años, cuando me ofrecí para luchar contra los Dioses de Obscuridad. Jamás imaginé que, en lugar del combate que pensaba, acabaría creando una raza. Mis niños. Y que acabaría encontrando a mi Elegido.
Verán, cuando Hot Rod tocó el cristal de la Matriz, sentí cómo recuperaba toda mi fuerza. El muchacho estaba lleno de imperfecciones, pero también estaba lleno de luz. Era una de mis creaciones, devorado por Unicron pero sin haber sido tocado por su maldad. Tenía el mismo microcosmos que encontraba en cada una de las chispas que acudían a mí después de morir. Y era justo lo que necesitaba.
Al sentir su contacto, la implosión de energía que sentí produjo tanta luz que la Matriz se liberó de su prisión y arrojó a Galvatron lo bastante lejos para que Hot Rod la tomara en sus manos. Noté que Rod era apenas un muchacho y que su cuerpo, a diferencia del de Optimus, no estaba preparado para albergar la Joya. Lo bueno es que, como tenía todo mi poder, ya podía volver a actuar sobre materia: envolviéndolo con la luz de la Matriz, reconstruí su armadura, convirtiéndolo en el Transformer que sobresaldría de entre las filas.
= Adelante, Rodimus Prime. = murmuró Optimus, conmovido al entender qué estaba pasando.
Y comprobé que Hot Rod, o Rodimus, siempre estaría unido a la Matriz. Porque alcanzó a escuchar la voz de Optimus, aunque él estaba muerto y en teoría no debería haber ocurrido.
Galvatron volvió a atacar al Elegido, pero no me preocupé ni un instante. La Gran Batalla estaba frente a nosotros. Rodimus también lo sabía, así que no permitiría que le estorbara. En lo que Rodimus se ocupaba de Galvatron, reuní a los millones de chispas que estaban conmigo y les dije:
//Niños míos//, llegó la hora para la que fueron creados. //Esta raza, por un momento, ha vuelto a ser Una. Autobots y Decepticons pelean en la superficie y ha llegado el momento en que los Vivos combatan junto a los Muertos. //
Todos me miraron en silencio, aguardando. Estaban tan listos como yo, así que tratando de controlar mi nerviosismo, continué:
//Lo único que tienen que hacer es evocar todos sus recuerdos. No importa si son emociones tristes o agradables, conocimientos o cosas que hayan visto. Recuerden y traten de comunicar lo que vivieron. La luz de la Matriz los guiará por donde se necesite. Sólo no se acerquen a la Mente de los Mil Espejos. Ahí está la esencia de Unicron y esa es mi misión.//
A uno, mis niños exclamaron, preparados. Ya en voz más baja, en medio del escándalo, me acerqué a Optimus y le dije,
//Optimus, te encomiendo a los tuyos. Seguirán mejor tus órdenes que las mías. //
En un gesto de humildad, Optimus se inclinó y respondió,
= Así se hará. =
Alcancé a ver que junto a él se reunía su amada brigada, comenzando por la mujer que había amado a su izquierda y por su mejor amigo, el de la voz grave, a la derecha. Sonreí. La felicidad que Optimus tanto se merecía estaba muy cerca. Con suerte, t