Finis 114

Por Altair


“Mi vida no ha sido muy larga, pero fue plena. He atestiguado el bien y el mal, lo divino y lo humano, y he visto milagros que yo mismo provoqué. Ha llegado el momento de pagar por ello”, pensó Seiya conforme observaba las enormes marejadas que rodeaban las ruinas del templo de Poseidón. De algún modo, gracias a esa amistad tan grande que compartía con sus amigos, sabía que los demás pensaban exactamente igual, y lo único que se le pudo ocurrir fue agradecer a quien hubiese determinado que partiría junto con ellos.
Atenea y sus Caballeros se habían reunido en la parte más alta de las ruinas. No había forma de escapar, y todos lo sabían, pero la habían rodeado en la que sería su última protección a la diosa reencarnada. Seiya sentía, junto a él, los cosmos de Shiryu y Hyoga, y los de Shun e Ikki del otro lado del círculo que habían formado. Ninguno de ellos parecía renegar de su destino, más no era difícil percibir el natural descontrol que surge cuando se acerca la muerte. Shaina estaba con ellos, sus ojos siempre tristes mirando hacia el mar que se aproximaba y Kiki, el niño-elfo, se limitó a apretar sus manos contra sí.
De reojo, Seiya miró a Saori. Contrario a lo que había pensado, su rostro mostraba tranquilidad absoluta en sus negrísimos ojos sin pupilas. Miraba las olas y sonreía, y con ese gesto hizo sentir a Seiya que nada había sido en vano. Le había ofrecido su vida a su diosa, y su alma a la mujer que amaba. Morir es parte de vivir, comprendió aunque esa había sido la gran realidad de los años pasados, y prácticamente abrazó el agua que golpeó contra su cuerpo al caer la marejada sobre todos. Se dirigía a un mundo más lleno de luz, junto con ella y sus hermanos espirituales. Nada más importaba.
Esto es, hasta que sintió que el agua se retiraba y podía respirar de nuevo. Sorprendido, abrió los ojos para descubrir que habían sido rodeados por una esfera de luz dorada. Los rostros de asombro de sus amigos eran idénticos al suyo en cuanto a lo inesperado de su salvación, hasta que, sonriendo, se dio una palmada en la frente.
Saori-Atenea los había reunido con su cosmo y protegido del peligro. Había cerrado los ojos y extendido los brazos, y ahora salían hacia la superficie sin mayor peligro. Seiya descubrió el calmado asombro de Shiryu, la antes imposible vibración en los ojos de Hyoga, la sensible alegría de Shun y el fuego vital que emanaba de Ikki; Shaina, involuntariamente, se creyó indigna de ser salvada, y si Kiki no saltó de la felicidad, fue porque la energía de Saori lo mantuvo en su sitio.
Porque había vivido y provocado milagros. Pero, de momento, había olvidado que estaba con una diosa. Si ella detuvo al mal, congeló el hielo y evitó el Segundo Diluvio, ¿qué no iba a hacer por ellos?
Los amo, decía aquel gesto. Y Seiya supo que estaba especialmente dedicado para él.
Como una estrella, la esfera salió del mar. Aunque no iba al Paraíso todavía, se dirigía a un mundo lleno de luz, por el que los ocupantes habían peleado tanto.


La luz del sol inundó al planeta entero. En un hemisferio, los habitantes de la Tierra atestiguaron el amanecer más resplandeciente de sus vidas. En el otro, las nubes se retiraron y permitieron que la luna volviese a observarse. Por supuesto que muy pocos comprenderían que sus existencias habían sido salvadas por un milagro, y aquellos que lo expresaran jamás serían creídos. Y mientras los gobiernos se felicitaban a sí mismos por su suerte e investigaron cómo sus enemigos habían estado a punto de ahogarlos, unos pocos comprendieron que los milagros sí existen aunque el hombre los niegue.
En Japón, Jabu fue el primero en salir al jardín de la Fundación Galahaad y recibir los rayos del sol. Aspiró con todas sus fuerzas el aire, lleno de humedad y del olor de la madera de los árboles, y empezó a reír alegremente. “¡Maldito Seiya, lo lograste!”, pensó, pero por primera vez no hubo envidia ni rencor en su intención. Tras él, también salieron Ban, Geki, Nachi e Ichi, y el fiel Tatsumi tomó al azul cielo como señal de que la señorita Saori se encontraba a salvo.
En Asgaard, Hilda y Flare recibieron la buena noticia cuando las cubrió la luz de la luna y vieron que el mar estaba en completa calma. Ursa Major brillaba con un resplandor casi sobrenatural y la joven Valkyria comprendió que sus siete Guerreros Divinos las observaban. Su sonrisa fue un poco triste al pensar en sus vidas interrumpidas, sobre todo en Sigfried.
El gesto de su hermana menor fue un contraste absoluto. No sabía explicarse por qué, mas sabía que Hyoga estaba bien y que pronto volvería a encontrarse con él.
En Grecia, las últimas gotas de lluvia resbalaron a lo largo de las columnas de mármol del Templo de Aries. Cinco Santos miraron al sol, al cielo y a las nubes que, cada vez más transparentes, marcaban el fin de la Guerra Santa. Confíen en ellos, había ordenado Dokho de Libra, y hasta entonces Milo y Aldebaran comprendieron por qué lo había dicho. Shaka, con su espíritu elevado, percibió que por fin las vibraciones del Cosmos Divino se encontraban en su lugar apropiado, como debió ser desde años atrás, mientras Marine se unía al grupo y, junto a un sonriente Aioria, miraba hacia las nubes. El rostro del joven león resplandecía, su furia olvidada al poder distinguir claramente cómo cuatro almas los observaban desde el firmamento. Cuatro Santos, supieron todos, cuando con el Séptimo Sentido percibieron los cosmos de Saga, Shura y Camus. Y, por supuesto, el de Aioros de Sagitario.
Moo también lo sintió, pero a diferencia de sus compañeros, su mirada fue un poco menos alegre. La presencia de los fallecidos le recordaba algo que tendría que ocurrir ahora que la Guerra Santa había acabado.
“El emperador Poseidón, gobernante de los Siete Océanos del mundo, al fin se ha quedado dormido”, pensó Dokho, en su eterno lugar frente a la cascada de Rozan. “Es un milagro.”
A través del agua, pudo ver la Urna Ateniense, nuevamente sellada por la diosa, entre las ruinas de Atlantis. Y casi al mismo tiempo, a los responsables de que ahí descansara, ninguno mayor de veintidós años.
“¡Y estos chicos lo han logrado!”, pensó, echándose a reír.
Sunrei, a su lado, elevó una oración de agradecimiento. Con su actitud, Roshi acababa de confirmar que Shiryu regresaría pronto.
Desde donde se habían reunido, cerca del mar, nadie alcanzó a ver al joven que, todavía vestido de seda blanca, yacía inconsciente sobre la orilla. Tampoco observaron a la hermosa sirena, de cola roja y cabello rubio, que se alejaba tras haberlo depositado ahí, ni tampoco al muchacho de grandes ojos que, con una flauta en la mano, esperaba a que despertara. Pero, a decir verdad, no les habrían prestado mucha atención aunque los hubiesen descubierto.
Porque sólo tenían ojos para el sol y las nubes de tonos dorados que rodeaban Cabo Sunión. Nadie jamás pensaría que aquellos jóvenes reunidos ante el mar habían salvado al planeta entero una y otra vez, ni que volverían a hacerlo si era necesario.
Saori miró a los suyos con amor. Discretamente, leyó sus pensamientos como siempre, y descubrió la increíble alegría que inundaba los corazones de todos. Seiya pensaba en cuánto todavía le faltaba por aclarar sobre su vida, su principal inquietud Marine ahora que ya no combatiría, pero el amanecer inundó de esperanza su corazón. La mente de Shiryu volaba hacia Rozan, su anhelo de vivir en paz finalmente al alcance de su mano. Hyoga recordaba a Crystal, Camus e Isaac, y en especial a su madre, seguro de que sus almas descansaban en paz, pero también pensaba en Flare. Shun no podía concentrarse en nada, su corazón demasiado rebosante de felicidad para nublarse por cualquier causa, y su Nii-San Ikki fue el único que sutilmente evitó que Saori leyera sus pensamientos. Shaina sonreía, comprendiendo cuánto había cambiado su vida, mientras Kiki levitaba en el aire.
“Cuando la Tierra esté en peligro, siempre surgirán los Sagrados Guerreros de Atenea, nuestra esperanza en el futuro”, pensó Saori, viendo al mar que, en completa calma, reflejaba los rayos del sol. Al igual que los suyos, recordó las palabras que Mitsumasa Kido había dicho hacía tantos años, y que la guerra había terminado y que podrían vivir como jóvenes normales desde entonces. Y que los cinco y ella estarían juntos por siempre, y siempre, y...
Con el corazón palpitándole de gozo, las palabras se formaron en su mente.
“¡Juro por Dios que, sin importar las penalidades a las que habremos de enfrentarnos, siempre voy a creer en mis Cinco Caballeros del Zodiaco, y que junto con ellos voy a continuar amando y protegiendo a esta Tierra tan hermosa!”
El viento se arremolinó a su alrededor, agitando su cabello. Y todo el grupo se echó a reír. Arriba, entre las nubes, alcanzaban todavía a verse las estrellas.


Continuará...

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