Epílogo


Por Altair

Mientras haya personas que se amen unas a otras y que deseen la paz, este mundo no podrá ser destruido porque estará lleno de amor y de compasión. Por eso hemos peleado. Y por eso lucharemos de ahora en adelante.
Atenea


El último vestigio del fuego se consumió y se apagó, pero su luz ya no era necesaria. El amanecer había llegado y el sol se colaba a través de las ventanas, reflejándose en las lágrimas que cruzaban el rostro de Alpheratz.
Su padre había terminado de narrar la única historia que jamás le había contado.
– Atenea no ha muerto... –murmuraba.– Atenea no ha muerto, y tú y Lady Hilda de Polaris son los únicos que lo saben.
Shun asintió. Quince años no habían pasado en vano: su rostro lucía más tranquilo, su cabello ya lucía algunas canas y sus ojos no parecían tan grandes como en el pasado. Eso sí, conservaban su mismo brillo; conforme habían narrado lo ocurrido, se habían humedecido y relampagueado en diferentes momentos, y ahora observaban a su hijo con paciencia, conmovidos ante su reacción.
– ¿Comprendes ahora por qué me altero cuando Seiya dice que Atenea murió? –preguntó, su voz igual de gentil que en su juventud.– No puedo entender cómo ha vivido quince años junto a ella y no se ha dado cuenta.
Alpheratz lo miró de frente, sus ojos mostrando sorpresa.
– ¿No le has dicho la verdad?
– Juré no hacerlo. Atenea no reveló mi secreto, así que yo no puedo revelar el suyo. Es lo justo.
Por un rato, el aprendiz lo miró sin ver en realidad. Había sido una noche muy larga, llena de recuerdos y confesiones. Una Era Obscura podría estarse acercando. Nadie sabía si tenían cien o doscientos años para prepararse; sólo que, si llegaba, lo haría en silencio aunque la Orden del Zodiaco no estuviera lista. Así que debía estarlo, aún cuando muchos de sus integrantes no entendieran las causas.
El sol que empezaba a entrar por las ventanas se proyectó sobre Shun, trazando su sombra claramente contra el muro. Alpheratz supo que no sólo comprendía el por qué había guardado el secreto, sino que entendía más a su padre. Su gentileza, su paciencia, el cariño con el que siempre lo entrenaba y dedicaba todo su tiempo (y que él llegó a ver como debilidad), realmente eran consecuencias de su gran fuerza interior, del constante dominio de su lado obscuro que, al igual que su sombra, no se separaba de él.
Shun pareció leer su mente y dijo:
– No tienes de qué preocuparte. Como Atenea dijo, el mal se ha alejado de mí; tal vez no para siempre, pero lo hizo. Y fue como ella lo predijo.
Alpheratz asintió sin darse cuenta. Trataba de pensar de dónde provendría la nueva amenaza y no encontraba una respuesta. Durante las guerras santas habían recibido demasiados ataques por parte de otros dioses y legiones del mundo, y por más que lo intentaba, no lograba imaginar una fuerza más poderosa que ellos.
Recordó de pronto que Seiya de Sagitario había contenido el golpe que habría acabado con la vida de Hades, y la sangre se le enfrió en las venas.
– ¿Crees que sea Lord Hades quien vuelva a atacar? –preguntó con emoción contenida.
Shun no respondió de inmediato. Cerró los ojos como si pensaba en lo que acababa de oír, o más bien, como si lo hubiera hecho varias veces antes. Finalmente llegó a la misma conclusión a la que había alcanzado en cada una de esas ocasiones.
– No. Hades tuvo su oportunidad y no la usó. Han pasado quince años y no ha hecho nada. Aunque nunca comprendí por qué nos dejó marchar, no creo que él sea nuestro enemigo.
Abrió los ojos. Para Alpheratz, e incluso para él, pasó desapercibido el brillo de sus ojos, el brillo de aquel que podría haberse convertido en el hijo de los Señores de los Muertos si así lo hubiera deseado.


–Durante todo el camino de regreso me pregunté qué le ocurría a mi señor, –le contó Elis una noche, los dos acostados en la misma cama, el rostro de ella apoyado contra su pecho y él rodeando sus hombros con el brazo que tenía libre.
Había llegado al momento en que cada uno desnudaba su alma. Aunque no era la primera vez que Elis le contaba esa historia, también supo que no sería la última y que en cada ocasión ella le ayudaría a tratar de entender lo que había pasado.
Respetuosamente, Elis había tratado de mantenerse a dos pasos de distancia de Hades. Por momentos, le parecía que su Señor caminaba con más lentitud, como si tratara de reducir la distancia entre ambos, pero el Guardián de Thanatos cuidaba de mantenerse rezagado. No sólo se debía al respeto, sino también a la confusión –aunque cuidaba de no demostrarla.
No podía encontrar una buena razón por la cual Lord Hades había descargado la estocada hasta que Lady Atenea y los suyos se encontraron del otro lado del puente, y menos el por qué no lo había matado a pesar de mi rebelión cuando era uno de los dioses más estrictos de las antiguas mitologías. Minutos antes sí había intentado matarlo, y había estado a punto de hacerlo, así que Elis no podía entender qué había cambiado. Claro, a menos de que lo hubiera perdonado.
Pero Elis sabía que su traición había sido demasiado grande. Tal vez Hades sólo quería llevarlo ante los daimons para que ellos lo mataran, o para que Thanatos se ejecutara a sí mismo, en castigo a su desobediencia y como ejemplo para los demás.
Pero durante todo el regreso, Hades había lucido demasiado cansado. Años después, Elis todavía no podía comprender del todo qué había ocurrido dentro del corazón de su señor.
No tenía forma de saber que el corazón de Lord Hades, Señor de los Muertos, había sido inundado por la más absoluta de las tranquilidades. Lo habían golpeado como nunca en su vida, pero sonreía. Igual que antes, su espada estaba envainada, su armadura no había adquirido el menor brillo y, sobre todo, sus ojos estaban calmados. Como si la rabia, la ambición y la ira que lo habían dominado finalmente se hubieran apagado y tal vez extinto.
Había vuelto a ser el dios estricto, pero no cruel ni maligno, del cual hablaban los mitos.
La libertad verdadera del albedrío había alcanzado al dios: había tenido la oportunidad de claramente elegir entre el bien y el mal y, aunque en apariencia había perdido, en realidad había ganado.
Había ganado su alma. Había comprendido que, a pesar de lo mucho que la hubiera herido y lastimado, jamás había dejado de amar a Atenea.
Y todo porque su sobrina había aludido al único nombre que le recordaba que un ser vivo ya había entrado y salido del Averno sin sufrir daño alguno. No lo había guiado más sentimiento que el amor ni más ambición que la de permanecer junto a la mujer que amaba, y Hades vio su propio corazón reflejado en él y permitió que se marchara. Justo como había hecho con los Santos y caballeros de Atenea.
"Nunca fuiste un guerrero, Orfeo", pensó, sonriendo ante el recuerdo. "Pero ganaste esta batalla. Mi sobrina sabía que con sólo recordarme tu existencia la dejaría escapar porque tú representas mi verdadero corazón. He peleado y he matado, pero nunca sin justificación. Hoy lo hice y estuve a punto de perderme. Hace siglos te permití que salieras del Averno; hoy, me recompensaste al salvarme."
Atrás de él, Elis sentía que volvía a ser el dios al cual le había dedicado su vida. Quizá las cosas volverían a ser lo que antes, a pesar de que habían quedado decenas de recordatorios de aquel día.
Como el increíble campo de colores que rodeaba a Lady Perséfone.
Ella los había esperado ansiosa, temiendo que la espada de Hades llegara cubierta con la sangre de su sobrina. Pero había percibido todo, incluyendo el momento en que su esposo había contenido la estocada que mataría a todos junto con Atenea. Hades se detuvo al sentir su presencia, y la vio, observándolo con las manos entrelazadas y ojos llorosos.
Ella lo había traicionado.
Ella sonreía.
– Gracias... Muchas gracias... –murmuró Perséfone, felicidad y alegría en el tono de su voz.
Hasta entonces, Hades notó que el campo que la rodeaba no estaba compuesto por manchones de colores, sino por figuras bien definidas. Algunas eran azules, otras verde pálido, otras blancas, las de allá magentas y, sobre todo, había doradas.
Eran flores. ía flores en el Averno.
Estaban justo en los lugares donde había caído la sangre de los cuatro caballeros, y que junto con la del sacrificio de Atenea había sido absorbida por el suelo. Esa sangre se había traducido en vida.
Junto a los asfodelos, las flores lucían el color de los cosmos de los cuatro caballeros y de su sobrina. Algunas más tenían el color del fuego del aura del quinto caballero, y otras más eran violetas y rojizas, como los cosmos del Unicornio y de la Moira. Otras tenían el tono del oro, en honor a los Cinco Santos. Pero no era todo.
Justo donde Shun había alcanzado a enterrar el broche de Perséfone, había nacido un árbol de flores blancas. No le fue difícil entender que así Atenea le agradecía su intercesión. Mientras existiera aquel árbol de hojas perfumadas, las flores permanecerían. Les recordaría aquel pacto entre Terra y el Averno y prometía una reunión futura, pero hasta el momento correcto.
Perséfone se abalanzó sobre su esposo y lo abrazó, y él correspondió al gesto de inmediato. Había estado a punto de perderla por su necedad, pero ella lo había perdonado.
¿Poder? ¿Dominio? ¿Quién los necesitaba?
Perséfone seguía amándolo. Con eso bastaba.
Elis, respetuosamente, había permanecido a cierta distancia. Tampoco tenía forma de saberlo entonces pero, poco tiempo después se convertiría en el hijo adoptivo de un dios. Había sido el único que había comprendido el error de su dios y, por respeto y amor hacia él, había tratado de impedirlo. Debería haber encontrado la muerte, pero en lugar de ello, había encontrado la gracia y el honor.
Por eso, cuando Elis dejaba escapar alguna frase que demostrara que todavía no lo entendía del todo, Chryseis lo veía con ternura y besaba su frente para tranquilizarlo un poco. Después de todo, ella también había conocido a uno de aquellos invasores; nadie que se hubiera enfrentado con ellos seguía siendo el mismo.
Por ello, era la única que podía comprender el corazón de Thanatos, tal como Perséfone era la única que podía entender el corazón de Hades. Y así sería por el resto de su inmortalidad.


Alpheratz no supo qué responder ante la segura afirmación de su padre. Era lógico lo que decía con respecto a Hades: si no había actuado en el pasado, cuando estaban más vulnerables, menos lo haría si Atenea volvía a manifestar su poder. Porque... lo haría, ¿verdad?
Si no era Hades, entonces, ¿quién?
– Poseidón –murmuró.– Ya antes fue liberado de su prisión y Julián Solo sigue vivo. Posiblemente sea Poseidón el que regrese, y entonces...
En lo que hablaba, Shun se había levantado y se había dirigido a uno de los muebles de la Cámara. De una de las cajoneras, sacó un estuche mientras su hijo trataba de deducir cómo regresaría el dios del Mar y cómo podrían detenerlo.
– Alpheratz...
Cuando el joven volteó a verlo, tomó el estuche que su padre le ofrecía.
– Eso no pasará –afirmó Shun, confiado.– El hombre que me entregó esto se asegurará de que jamás ocurra.
Alpheratz abrió el estuche. Adentro, cuidadosamente envuelta en telas protectoras, había una flauta de marfil.


Sorrento cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, disfrutando la brisa marina que agitaba su cabello. Por primera vez en años, quizá en toda su vida, se sentía feliz, pero el único indicio fue su débil sonrisa.
Habían pasado semanas de la Batalla del Averno, y a pesar de todo, él era libre. Libre. Ésa era la palabra adecuada.
Se recostó sobre la arena sin importarle que su ropa estuviera hecha con las telas más finas de Europa. Se sentía libre del arrepentimiento, el rostro de Hilda y la mirada de Sigfried claros en su mente. Había sido perdonado por su crimen, y había cumplido su penitencia. Era libre de su pasado.
Aunque Hilda le dijo que sería bienvenido en Asgaard, ambos sabían que nunca volverían a verse. Nunca volvería a encontrarse con nadie de la Orden. Pero no lo lamentaba.
Ése no era su lugar.
– Así que regresaste.
La voz no sonó tan presuntuosa como de costumbre, lo cual llamó su atención. Sorrento decidió que estaba demasiado contento para discutir con ella, pero de todos modos tenía que responderle.
– Sí, Thetys. Volví. Y esta vez para quedarme.
– No dudo que así será.
Sorrento se incorporó, extrañado ante la súbita amabilidad de la sirena. Había salido del mar y se había sentado sobre una roca continuamente golpeteada por el mar. Su larguísimo cabello era lo único que ocultaba la desnudez de la parte superior de su cuerpo, y su rojiza aleta parecía estar hecha de rubíes. Sus ojos brillaban más azulados que nunca, aunque sus labios conservaban un ligero mohín despectivo.
– Tú eres un Shogun de Marina, después de todo. Ningún hechizo musical puede cambiar eso.
– Entonces, nuestra discusión no ha cambiado –respondió, volviéndose a dejar caer sobre la arena.– Tú calificas de hechizo lo que para mí fue un milagro.
– Lo que es un milagro es que estés de buen humor. Y no necesitas contarme nada.
Sorrento se encogió de hombros.
– De todos modos no planeaba contarte nada.
– La amenaza que pesaba sobre tu amaba Atenea se ha desvanecido –afirmó Thetys, mirando hacia el mar sin mostrar interés alguno.– Por lo que veo, te sucedieron cosas buenas. Tu vida al fin te pertenece, o mejor dicho, al fin notaste que te pertenece.
Sorrento cerró los ojos, disfrutando el calor de los rayos solares y el continuo vaivén de las olas. Sin querer, sus pensamientos volaron hacia Atenea y hacia Hilda, las dos como una sola, perdonándolo y velando por él. De igual manera, pensó en Julian y el sol no le pareció tan caluroso como antes.
Ahora que tenía la oportunidad de meditar en lo ocurrido, comprendió que si había podido dirigirse al Santuario había sido gracias a la intervención de Julian Solo. Fue él quien le dijo que no perdería nada intentando lo que no le permitía estar tranquilo, el que sin saberlo lo impulsó a enfrentarse a su pasado y a aceptar la culpa que había en su alma.
¿Sin saberlo?
Había hablado de una pesadilla en la cual veía a los Shoguns de Marina, incluyéndolo, a Atenea y a Thetys, y al espíritu mismo de Poseidón. Mientras lo escuchaba, Sorrento entendió que de nada habían servido tantos años de secreto, pero ahora ya no sabía a qué conclusión llegar. Tal vez sólo era una confusión, un mal sueño. Él, en su angustia, lo había malinterpretado. Seguramente.
Thetys, sin su acostumbrada ironía, lo vio de reojo y le preguntó:
– Permanecerás aquí el resto de tu vida, ¿verdad?
Sorrento se levantó, se sentó sobre la arena y miró hacia el mar. No por primera vez, Thetys reparó en que era un joven bien parecido y lamentó el horrendo carácter que tenía.
– Mi misión es muy clara y si mi sitio está aquí, te he dicho todo.
– Deberías marcharte. Si tu amada Atenea ya murió, la amenaza que insistes en ver también ha desaparecido.
Sorrento nunca volvió a pensar en ello, pero el momento en que escuchó la palabra "murió", su mente automáticamente respondió "no es cierto".
– ¿Por qué no regresas a la realidad, Sirene?
– ¿A qué te refieres?
Thetys sonreía. Aunque hermosa, su gesto no era agradable.
– Creo que ha llegado el momento de que despiertes. Atenea se fue e Hilda de Polaris está en Asgaard, y te conozco lo suficiente para saber que jamás volverás allá. Se acabó tu historia con los dioses. Vive como el resto de la gente.
Thetys le había dicho eso incontables veces, siempre obteniendo la misma reacción de enojo por parte del Shogun, y era obvio que sólo quería estropearle su tranquilidad. Pero para su sorpresa, Sorrento sonrió, mirándola a los ojos. Su expresión se había vuelto gentil, incluso cálida.
– Si vivir como el resto de la gente significa pasármela renegando sobre el pasado o el presente, sin gozar lo mucho o poco que tengo, prefiero vivir en lo que llamas sueños.
La sirena enrojeció por el coraje. Sorrento sacó de entre sus ropas la flauta de la Escama de Poseidón y, pensativo, la llevó a sus labios. Antes de tocarla, sin embargo, añadió:
– ¿Por qué no te buscas un sueño, preciosa?
Música de flauta empezó a escucharse por la playa. Thetys no pudo encontrar una respuesta y perdió su primera discusión desde que lo conocía. A pesar de su rabia, sabía que volvería a esa playa una y otra vez, y que hablaría una y otra vez con Sorrento de Sirene.
Igual lo sabía el joven que los miraba desde el ventanal del comedor de la mansión Solo, condenado a vivir sin poder pero con recuerdos. A pesar de ello, sonreía. Atenea finalmente se había salido con la suya, ganándose el corazón de Sorrento y engañando al mundo justo como él también lo hacía.
La canción de Mitsumasa Kido, versión en flauta, se escuchó sobre las olas.


Alpheratz miró la flauta con sumo cuidado. Shun jamás había vuelto a ver a Sorrento, pero de algún modo sabía que todo estaba bien. Eso se debía en gran parte a la eterna calma del mar frente a la Isla, vivo y animado pero ya sin la extraña magia que había caracterizado al tiempo de Poseidón.
– Hijo, deja de preocuparte por el origen de la amenaza –escuchó el joven mientras cerraba el estuche.– Nos hemos hecho la misma pregunta por años pero no hemos encontrado respuesta alguna.
El aprendiz alzó la vista. Su expresión no era tan alegre como siempre; más bien, parecía dominada por una ligera ansiedad. Shun lo notó, no sólo por su sensibilidad sobrehumana, sino por el fuerte lazo que existe entre padres e hijos; apoyó ambas manos sobre los hombros del muchacho, obligándolo a mirarlo a los ojos, y murmuró:
– No te angusties por lo que ignoras. Que te baste con saber que estamos haciendo todo lo posible para estar preparados.
Y añadió, con la confianza de que Alpheratz también lo sabía:
– Mis amigos y yo aguardamos, al igual que en otras Tierras Místicas.
Alpheratz, en respuesta, murmuró:
– Asgaard.


"Odin, señor Odin, Señor de Asgaard", rezó la figura que se encontraba en el altar, manos entrelazadas y ojos cerrados mientras la helada brisa del norte de Europa agitaba su cabello y su túnica. "Somos el pueblo que vive en Asgaard. Se nos ha destinado a vivir aquí, despojados del sol, por la salvación de los otros pueblos, pero lo aceptamos gustosos. Y mientras que el mundo descanse gracias a este sacrificio, lo realizaremos con amor y valentía."
Habían pasado muchos años, pero no cambiaban ni las frases ni la actitud. Hilda de Polaris permanecía en su altar, aunque ya no fuera la misma joven de años atrás. Una vez había abandonado sus deberes y el mundo había sufrido mucho; en primer lugar, la que habría de convertirse en su mejor amiga. Jamás volvería a permitirlo.
Cuando se encontraba en el altar, su cosmo parte nieve y parte estrellas podía percibir las auras de aquellos más cercanos a ella, sobre todo de la familia de Flare y de sus leales Guerreros Divinos. Era su muy personal manera de comprobar que todos sus seres queridos se encontraban bien. Ellos también la sentían cerca, y los lazos entre el grupo se afianzaban cada día más.
Asi que, una vez que terminó el ritual de veneración a Odin, elevó su cosmo para saber de los suyos. Aunque los Guerreros Divinos permanecían en contacto con ella y seguían entrenando para lo que fuera que hubiera de venir, ésa era la mejor forma de saber qué ocurría en el fondo de sus corazones. Hilda sabía que si la amenaza que Atenea y ella temían se presentara todavía en su ciclo, ninguno dudaría un instante en volverse a poner las Armaduras y a combatir en su nombre. Lo único que dudaba era si tendría corazón para pedírselos, porque eran felices.
El que más la alegraba era Bud. El pasado finalmente había quedado atrás, y la unión espiritual entre Syd y él le había demostrado cuán diferentes eran. Durante la batalla de Asgaard, Bud había sentido que era una mala copia, una sombra. Ahora, brillaba con su propia luz.
Justo como lo había imaginado, sus padres no comprendieron mucho cuando les platicó lo que había ocurrido y que había vuelto a ver a Syd, pero se alegraron al verlo más tranquilo. Su rostro reflejaba lo que sentía, aunque él no lo supiera, y lo que reflejaba desde entonces era calma.
Ahora comprendía que Syd no le había mentido al decirle que sus padres siempre habían pensado en él, y lo comprobaba con sus propios hijos. Contra la tradición había decidido mantenerlos unidos, y cada vez que los veía, sentía como si Syd también los observara.
Bud no era el único que se había casado. Dietrich y Hildebrand también lo habían hecho, casi uno detrás del otro, porque parecía haber una epidemia de bodas desde años atrás en la Región del Hielo y de la Luna. Los dos habían encontrado buenas muchachas con las que eran felices mientras sus familias crecían. Hilda alcanzaba a verlos mientras rezaba, contándoles a sus hijos historias de aquella primera batalla en la que habían defendido a Asgaard y a Atenas al mismo tiempo, y era feliz con ellos.
Erich, en contraste, no se había casado y había preferido dedicarse al arte. Muchas jóvenes lo visitaban a diario, tratando de llamar su atención, pero Erich no tenía más ojos que para los hermosos pergaminos que reunía en una carpeta semejante a la que tenían los Santos de Atenea, sólo que narrando la historia de Asgaard. Cuando Hilda le preguntaba si seguiría soltero por siempre, Erich sólo sonreía. Ya llegaría su momento, respondía, aunque de momento no le interesaba buscarlo.
Balder tampoco se había casado. Su verdadera vocación lo había guiado a convertirse en Sacerdote de Odin, como su padre y cuyo lugar había ocupado. El joven poseía el cosmo más poderoso después del de las valkyrias, pero jamás presumía de ello; antes bien, para él era motivo de una gran humildad. Además, aunque era sacerdote, no había dejado de ser un Guerrero Divino. La idea de los Sacerdotes Guerreros se había perdido tiempo atrás, así que él mismo no comprendía ni a qué se debía ni qué habría de ocurrir. Algo le decía que se acercaba el tiempo en que no bastaría con ser un santo o un combatiente, sino que tendría que ser ambos.
Heimdall, su eterno contraste, siguió un camino opuesto. Seguía, por supuesto, quejándose de sus hermanos, y claro que seguía trepándose a los árboles o a las vigas de los altos techos del palacio. Balder, por supuesto, seguía haciéndole advertencias desde el suelo. La única diferencia era que le enseñaba a sus hijos cómo trepar con más facilidad y que siempre debían tener a un amigo cerca que los salvara cuando estuvieran a punto de romperse el cuello.
Tanta felicidad a su alrededor podría haber amargado el corazón de Hilda. "Esta generación no es la mía", solía pensar apenas terminaba su ronda mental y comprobaba que todos los Guerreros Divinos estaban bien y contentos. Por fortuna, tenía tres excelentes razones para no rendirse a la tristeza.
La primera era el continuo titilar de Dubhe. En su luz, casi podía ver a Sigfried pidiéndole paciencia; pronto estarían juntos por el resto de la eternidad, y cada día que pasaba era uno menos. Hilda comprendía el mensaje y se obligaba a sonreír.
La segunda era su nueva misión. Una avatar, justo como un sacerdote, necesitaba preparar a su sucesora. Flare y Hyoga le habían regalado la mejor razón para esperar su día con paciencia.
Y la tercera era una presencia que no la abandonaba.
Apenas terminó sus rezos, Hilda reacomodó su túnica para protegerse contra el frío y descendió del altar. Uno de sus Guerreros la aguardaba, el único al que no había observado con su cosmo.
– Milady... –murmuró cuando pasó a su lado, haciendo una reverencia.
– ¿Estás bien, Gunther? –preguntó Hilda con voz suave.
El Guerrero de Alpha Dubhe asintió.
– Lo estaré siempre que me permita estar a su lado.
Hilda sonrió y le extendió su brazo para que la acompañara hacia el Valhalla. No acostumbraban hablar mucho, pero el cálido cosmo de Gunther tranquilizaba a la valkyria y le daba fuerzas para seguir adelante.
Gunther había vuelto a tener otro sueño, y tal vez Hilda lo sabía, aunque nunca le comentó nada al respecto. Al igual que antes, Sigfried se había aparecido ante él y le había hablado.
Ahora, Gunther sabía que su último día de vida coincidiría con el último día de vida de Hilda. Y había decidido acompañarla en cada uno de ellos, demostrando por qué había sido digno del honor de ser elegido por la avatar y por el anterior guerrero de Alpha.
Hilda sonreía y percibía calor en su aura, que era muy diferente a la de Sigfried pero que la sostenía en su silencio. Y los ojos de Gunther siempre reflejaban luz, pues habían dejado de ser negros y ahora lucían un tono azul casi transparente. Así, dos condenados a morir el mismo día (aunque parecía muy lejano) pasaban juntos el resto de sus vidas, rodeados por una felicidad general que, en ocasiones, los alcanzaba y envolvía. Y los contagiaba.


– El Averno, el Mediterráneo, Asgaard... –murmuró Alpheratz, pensativo, enumerando con los dedos.– Pareciera como si un ciclo se estuviera cerrando.
– ¿Te das cuenta? –preguntó Shun, notando que el joven empezaba a cambiar de actitud. La desesperación que lo había inundado al inicio comenzaba a tornar en calma y quizá en algo más que apenas se sembraba en su corazón.
Alpheratz retiró un mechón dorado de su frente. Sus ojos, idénticos a los de su padre, brillaron cuando explicó lo que había comprendido.
– Las tres Guerras Santas ocurrieron en tres territorios místicos diferentes: la región de hielo de Asgaard, la región acuática del Mediterráneo y la región de los muertos del Averno. Cada una se alejó y permanece a distancia, a excepción de la primera que está unida en espíritu a Atenas. Y todo nos lleva a...
Sonrió. Sus ojos relampaguearon cuando, en tono de confidencia, afirmó:
– No me has contado qué ocurrió en el Santuario después del regreso de Atenea.
Shun correspondió a la sonrisa. Había muchos motivos para ello.


– Hace tiempo, una joven de cabello y ojos grises...
– ¿Mamá?
– No, Shaula, no era tu mamá, pero se le parecía mucho. Bueno, esa joven me invitó a tomar un café aunque estábamos en medio de una batalla. Acepté porque tenía que robarle una llave, aunque en realidad quería ir a patear a alguien para salvar a Aioria.
– ¿Papá estaba en peligro?
– Como bien lo sabes, querido Aioros, tu papá siempre ha sido un imprudente. Para no variar, estaba en un peligro mortal.
– Y claro, tú en el ínter estabas tomando café y socializando.
– ¿Quién es el narrador? ¿Tú o yo? Porque si quieres me callo y tú le cuentas esta historia a tu cachorro y a mi princesa.
– ¡No, no, tío! ¡Tú narras mejor las historias que papá! ¡Siempre olvida los detalles importantes y te los cuenta hasta el final!
– ¿Sabes que esa expresión de autosuficiencia te queda muy mal, Milo?
– Lo sé. ¿En qué íbamos?
– Tío Aioria moría y tú tomabas café.
– Gracias por recordármelo, princesa. A ver... ¿saben qué es una pandea?
– No.
– Yo tampoco lo supe hasta entonces. Esa joven me lo enseñó.
– ¿Y qué es una pandea?
– Es el grupo de tus amigos cercanos. Pero no cualquier amigo, sino aquellos a quienes quieres tanto, tanto, que darías tu vida por protegerlos.
– ¿O sea, como papá, mis otros tíos y tú?
– Exactamente.
– ¿Y por qué sonríes así?
– Tu papá sonríe porque no siempre fuimos una pandea, Shaula. Descubrimos cuán buenos amigos éramos hasta esa batalla.
– No es cierto.
– Lo es.
– Aioria tiene razón, princesa. Antes éramos compañeros, pero ese día descubrimos que realmente éramos amigos.
– ¿Y cómo lo supieron?
– Pues...
– Tuvimos que confiar uno en el otro porque estábamos separados, Aioros. Donde no hay confianza absoluta, no puede haber amistad.
– Aldebaran tenía que vigilar y servir de enlace entre nosotros...
– A propósito, Milo, ¿supiste que tres aprendices nuevos quisieron renunciarle? Los que ya están avanzados les dijeron que la primera parte del entrenamiento es la más pesada y que vale la pena aguantar porque Aldebaran es un excelente maestro, pero ellos no les creyeron.
– ¿Y él qué dijo?
– Que si quieres que remodelen la Casa de Escorpio, sólo tienes que decírselo. Marine ya le pidió que remodelen la de Leo.
– Oye, no es mala idea...
– ¡Papá!
– ¿Sí?
– ¿Pueden continuar con la historia?
– Ah, sí... Bueno, Aldebaran de Tauro, hoy terror de los aprendices que creen que sólo porque es una gran persona será un tutor poco estricto, tenía que protegernos a todos durante nuestro escape. Mientras, Moo y Shaka fueron a pedir permiso a la Autoridad Suprema para que nos dejara escapar en cuanto llegara el momento.
– ¿Y pudieron enfrentarla?
– No sólo eso, sino que les dieron el permiso.
– Tío Shaka es muy poderoso.
– ¿No lo has visto cuando entrena a sus aprendices, Shaula? Hace que se sienten en semicírculo y que mediten. No se da cuenta cuando empieza a levitar. Dicen que no ha envejecido ni un día en años y que es el más cercano a Dios
– Y es muy guapo... Cuando crezca, quiero casarme con alguien como él.
– ¿Quieren o no que continúe con la historia?
– Disimula tus celos paternales, Milo.
– Qué gracioso eres, Aioria... Shaka y Moo consiguieron el permiso, alcanzaron a Aldebaran y llegaron justo a tiempo para salvar a tu papá. Fin.
– Olvidas el detalle de que tú estabas salvándome a mí.
– ¿Le salvaste la vida a papá, tío Milo?
– Sí, lo hizo.
– ¿Por eso dices que ese día descubrieron que eran una pandea?
– En parte, princesa. Teníamos una misión muy importante que cumplir, pero en ese momento lo primero que hicimos fue protegernos entre nosotros.
– Pero Atena está primero, ¿no?
– ¿Sabes que a veces pienso que tu hermano reencarnó en tu hijo, Aioria?
– Atenea está primero, Aioros, pero la única forma de protegerla es si confías y amas a tus amigos. De ahí viene tu verdadera fuerza como Santo y Caballero, algo que no descubrimos sino hasta entonces.
– ¿No proviene de las estrellas?
– Y del amor.
– ¿Incluso para alguien tan poderoso como el tío Moo?
– Princesa, ¿alguna vez has notado que Moo esté solo?
– Mmm... no. Siempre está con Kiki o con alguno de ustedes. E incluso cuando está solo, pareciera como si estuviera acompañado porque su aura es muy cálida.
– Entonces, una pandea son los amigos por los cuales darías tu vida. Y ese amor es el que te da tu fuerza como Santo y Caballero junto con las estrellas.
– Lo entendiste muy bien, Aioros.
– Aunque Atenea ya no esté con nosotros, ¿verdad?
Y a esas palabras de Shaula, Milo y Aioria intercambiaron una mirada breve. Siempre hacían lo mismo cuando se mencionaba su nombre. Y si estaba el resto de la pandea, también mirarían a Moo y a Aldebaran y a Shaka, y estos voltearían a verlos de igual forma.
Los integrantes de una pandea también sabían compartir secretos, incluso aquellos relacionados con los dioses.
Y entonces, todos dejarían escapar una sonrisa o una carcajada, aunque Aioros y Shaula nunca entendían qué estaba pasando.


"Mi muy estimado Tatsumi,
"Te envío esta carta para que no pienses que me he olvidado de ti. El que ya no pueda salir tan fácilmente de Grecia me ha obligado a no ir a Japón con la frecuencia que acostumbraba, pero comprenderás qué tipo de deberes me mantienen aquí. Aún así, te recuerdo con mucho aprecio y me alegra que a pesar de tu edad conserves un buen estado de salud y un temperamento que provoca pánico.
"Antes que nada, Geki, Ban, Ichi y Nachi te mandan muchos saludos. Cada vez avanzan más en el cosmo y me da muchísimo gusto, porque es un desperdicio tener el potencial de ascender y no recurrir a él. Lo digo por experiencia. El caso es que han mejorado mucho y, aunque no participaron en ninguna de las Guerras Santas, entre los aprendices se ha creado una especie de leyenda en torno a ellos. Me dan mucha risa: cuando alguien los mira, fingen ser muy serios cuando todos los que los conocemos sabemos que son exactamente lo contrario.
"Aunque hace un rato que no veo a Shiryu, a Shun y a Hyoga estoy seguro de que también te mandarían saludos. No creo que pase mucho tiempo antes de que vuelvan al Santuario y se queden un buen tiempo en Grecia, como acostumbran. De Seiya y de la señorita Saori no te digo nada porque en proporción tú los ves más que yo.
"¿Te acuerdas de Kiki, el niño-elfo que solía molestarte? Sorpresa: Ya es todo un Caballero de Bronce. Cuando empecé a escuchar que iba ganando y ganando combates que le permitirían acceder a la Armadura de Appendix (título que se agenció aunque no era suyo), pensé que era por suerte. Pero cuando llegó el día del combate definitivo, que a propósito fue la última vez que nos reunimos todos, casi no podía creerlo. Creció bastante más de como lo recuerdas y es tan delgado como Moo de Aries, pero en su interior late un cosmo muy poderoso. Para no hacerte el cuento cansado, con telekinesis pura derrotó a su oponente, un muchacho tan fuerte como puedas imaginarlo. Te juro que ni siquiera necesitó tocarlo, hasta que con una sonrisa le preguntó si se rendía. Apenas obtuvo un sí, lo dejó caer el suelo. Todos, en especial Moo, estábamos muy contentos. Lo mejor fue que cuando Marine le entregó la túnica lo primero que hizo fue gritar un "¡Viva yo!" que le ganó una regañada posterior. Dudo que cambie, a pesar de que ya es un Caballero.
"Pero ocurrió algo todavía más interesante. Había estado tratando de concluir mi propio entrenamiento dado que no entendía por qué, si mi técnica era perfecta y si mi cosmo prácticamente era dorado, el Unicornio se negaba a abandonarme. Una noche me quedé afuera de la Casa de Capricornio, pensando en ello sin encontrar respuesta mientras veía las estrellas.
En eso, Shaina bajó de su respectiva Casa y se quedó conmigo, tratando de guiarme aunque no era una de mis noches más brillantes mentalmente hablando. Estuvimos callados por un largo rato, pero ella no estaba ni aburrida ni cansada, y así en silencio llegó el amanecer.
"De pronto, ella me dijo: '¿Ves al sol? Creerías que extrae su poder de sí mismo, pero en realidad es la energía que extrae de todos nosotros. Por eso, se extinguirá hasta que nos marchemos todos. Tiene su cosmo, pero también lo obtiene de los demás.'
"Entonces recordé detalladamente mi pelea contra Elis de Thanatos y descubrí que fue hasta el momento en que invoqué a Atenea que logré usar mi poder, e igual ocurrió cuando nos enfrentamos contra Hades. Así como el sol extrae su poder de todos nosotros, yo había extraído el mío de Atenea, igual que todos los demás.
"¿Cómo pude ser tan ciego como para no haberlo notado?, me pregunté, dándome una palmada en la frente. Ante la mirada de Shaina, quien me veía con una expresión divertida, me levanté y, sin cerrar los ojos, grité con todas las fuerzas de mi corazón: ¡Túnica de Caballero Ateniense, protégeme! Y luego simplemente esperé.
"De pronto me rodeó una luz dorada, la del Tresor de Capricornio, mientras un rayo violeta conducía la armadura de Unicornio hacia la cámara destinada a los trajes que no pertenecen a nadie y que aguardan a un nuevo portador.
"De momento sentí que me faltaba el aire. Al fin era Jabu de Capricornio, tan digno de mi rango como cualquiera de mis compañeros.
"Sentí deseos de gritar por la alegría y en parte se cumplió porque lo primero que supe fue que Shaina me abrazaba para felicitarme. Antes le disgustaba ese tipo de contacto, pero ya no es así. ¿Y te confieso algo? De entre todas las personas del mundo, me hizo muy feliz ganar la armadura frente a ella. Quizá empecé a acompañarla para que no se sintiera sola por lo de Seiya, pero hoy...
"No sé, tendría que platicártelo en persona. Espero que nos veamos pronto para hablar como se debe.
"Bueno, hay muchas otras cosas que querría platicar contigo en persona. Es muy difícil de explicar en papel, pero Shaina y yo hemos notado algo raro. Quizá es porque hemos pasado diferentes etapas de nuestras vidas aquí, pero el Santuario no es el mismo de antes. A pesar de la sequía del terreno, por alguna razón las montañas no lucen tan desérticas como antes. Y la vibración mística también ha cambiado, como si la presencia divina de la señorita Atenea nunca se hubiera marchado.
"Es como si ella no..."
Se interrumpió. ¿Cómo podría explicar con palabras algo que sentía con su cosmo, y que era que Atenea seguía viva? Antes, habría pensado que era una alucinación producida por lo mucho que la había querido a lo largo de los años, pero Shaina percibía lo mismo que él.
No acababa de pensar en Shaina cuando sintió su presencia dentro de su habitación. Desvió la mirada del papel hacia la puerta, y vió que la joven lo esperaba para ir juntos con los aprendices. Sus ojos aceitunados resplandecían como fuego verde.
Jabu se levantó para alcanzarla. Ya tendría tiempo de acabar la carta, pensó mientras se le acercaba. La joven permaneció quieta, incluso mientras él le apartaba un mechón de cabello y la besaba en la frente. Era su forma de darle los buenos días.
Shaina sonrió y lo besó, correspondiendo a su suave caricia. En los labios.
Jabu, como cada mañana, se preguntó qué había hecho para merecerla.
De haber visitado a las Moiras, y de haber recibido su autorización, Jabu podría haber visto el telar de los Cordeles Vitales. Y habría descubierto que, cuando el cordel de Elis rebotó ante el impacto del ken de Shaina, el de la joven se había entrelazado con el suyo, uniendo sus almas para siempre.
"Al principio no se dará cuenta de que le atraes y lo achacará a esa amistad que comparten, pero de pronto estará enamorado de ti", había dicho Laquesis aunque se había referido a otra persona. Ahora, a las Moiras no les quedaba sino sonreír al ver a la Cuarta Moira encontrar poco a poco la felicidad que tanto merecía y por la que la Quinta Moira todavía rezaba.


La vida, igual que el destino, tiene ciclos, y si bien no eliges todo, sí puedes decidir en la mayoría. A esa conclusión había llegado Ikki al cumplir su propio ciclo y regresar a la isla de Khan, como cada año, después del periodo durante el cual se dedicaba a pelear contra el crimen y antes de volver al Santuario.
Rodeado por la tranquilidad de la isla, Ikki confirmaba que en cada situación había tomado la decisión más apropiada. De nada servía lamentarse, y por más dolor que sus decisiones le hubieran provocado e incluso a pesar de sus errores, sabía cómo seguir adelante. Arrepintiéndose, tal vez, pero sin derramar una sola lágrima.
Ya no era el Fénix, pero continuaba pensando como él.
En ese momento, meditaba en la decisión que tomó en el balcón del Palacio del Valhalla, durante el compromiso de Hyoga y Flare. La que le hizo ver que de nada serviría luchar por el amor de Atenea y que traería más dolor que dicha a todos sus seres queridos. Se había condenado a la soledad con tal de no enfrentar a Atenea contra una decisión difícil y de no quitarle a Seiya el motivo por el cual vivía –o la confianza en uno de sus mejores amigos.
No lo lamentaba. Antes bien, sonreía con su gesto incompleto. Había sido la mejor decisión.
Se había quedado de pie viendo al mar, como siempre; justo en ese momento, el sol poniente daba a las nubes una tonalidad dorada. Como en cada ocasión en que eso ocurría, pensó en Esmeralda. "Ya es un día menos, amor mío", pensó. "Un día menos para que volvamos a reunirnos y nada vuelva a separarnos."
Decía lo mismo cada anochecer mientras aguardaba, pero nunca lo hizo pasivamente. El mundo no había mejorado ni cambiado después de la Batalla contra Hades. Ikki de Cáncer conservaba su intención de ayudar a aquellos que no contasen con poderes para protegerse, aunque no fuera mucho en comparación con lo que ocurría en un planeta entero.
Igual que en todos los atardeceres, sintió que alguien lo observaba. Aquella persona, a quien había conocido cuando apenas era una niña y que se había convertido en una joven, lo miraba con ojos tristes.
– Hace frío, Ellen –afirmó, sin voltear a verla y aunque el frío en la isla de Khan era una cuestión muy relativa.– Vuelve a tu casa.
La joven, de cabello obscuro y enormes ojos azules, no respondió de inmediato.
– Volveré en un momento. Cuando regreses también.
Ikki supo por dónde iría el resto de la conversación.
– No tengo frío, así que me tardaré bastante –sentenció, cortando de tajo el resto de la plática. No había volteado a verla a los ojos.– Mejor vete.
Más que mirarla, percibió el momento en que se sentó sobre el suelo, cerca de él. Siempre lo hacía en completo silencio y se retiraba hasta que él también volvía a la aldea.
A pesar de que Ikki había dedicado su vida a evitar que otras personas sufrieran, no podía lograrlo con Ellen. Se había enamorado de él por más que nunca le había dado esperanzas, y ni siquiera podía hallar en dónde estuvo su error, si así podía llamársele. Esperó a que se marchara, aunque también supo que sería en vano.
– ¿Volverás pronto al Santuario?
Ikki asintió. Debía haber dejado de visitar la isla de Khan, pero no existía otra parte en el mundo en donde encontrara la misma tranquilidad. Su hermano y amigos habían coincidido en ello después de conocerla.
– No sé cuándo vaya a regresar –añadió, sin separar la vista del mar.– Espero que cuando lo haga, te encuentre feliz y establecida.
Ellen alzó la vista, sus ojos brillando. Sus mejillas se habían ruborizado.
– No entiendo a qué te refieres.
– Lo comprendes, Ellen –continuó Ikki, su voz una eterna combinación entre franqueza y dulzura.– Me agradaría que, cuando vuelva, te encuentre al lado de un buen muchacho.
Por un instante, lo único que le respondió fue el sonido de las olas estrellándose bajo la roca en la cual se encontraban. Finalmente, en un tono muy débil, la joven murmuró:
– No podré hacerlo y sabes por qué.
El Santo volteó a verla. Ellen lo percibió e inclinó aún más la cabeza, avergonzada ante su osadía. Habían aclarado su situación en el pasado, pero parecía como si fuera la primera vez en que hablarían del tema. Se obligó a sí misma a mirarlo a los ojos y no encontró más que gentileza en ellos, a pesar de que estaban enmarcados por una cicatriz rojiza.
Idéntica a la que lucía en la muñeca izquierda.
– Me duele que digas eso, Ellen –confesó Ikki, el tono de su voz mostrando sinceridad.– Es muy difícil para mí confesarlo, pero he decidido que permaneceré solo el resto de mi vida. Mi corazón amó y perdió, y eso no es justo para ti.
La joven desvió la mirada, sus manos apretando su vestido con un estremecimiento.
– ¿Por qué vas a pasar tu vida así? ¡No es justo!
Ikki se había hecho la misma pregunta muchas veces, y en cada una había hallado la misma respuesta.
– Es el destino que he elegido.
Y un momento después, añadió:
– No puedes comprenderlo, pero para mí no es una tragedia. Al contrario, es una gracia.
Un sollozo interrumpió sus palabras. Ellen estaba llorando. Ikki descubrió que sus intentos anteriores por aclarar su situación habían sido en vano y que ella nunca había entendido.
Se dirigió hacia la joven, quien lo miró a los ojos sólo hasta que su sombra alcanzó a tocarla. Entonces, Ikki se inclinó sobre una de sus rodillas y dijo con voz firme:
– En un tiempo, pensé que podría olvidar a Esmeralda y amar a otra persona, pero el Omnipotente, o mi destino, o como quieras llamarlo, me demostró cuán inútil era.
Lo que no confesaría era que, en ese instante, la expresión de Ellen era idéntica a la de Atenea aquella noche hace años. Pensaría en ello hasta que estuviera solo.
– Cada vez que trato de pensar en una mujer, es a ella a quien veo y a quien recuerdo. Por más que quisiera amarte, sólo la buscaría en ti. Tú mereces a alguien que te quiera por lo que eres, no por lo que le recuerdes.
– Pero es que siempre te he querido –protestó en voz baja.– Yo...
– No es eso. Crees que es amor, pero es algo diferente.
Ellen volvió a bajar la mirada. No había querido reconocerlo, pero era muy posible que el Santo tuviera razón. Ikki quiso tomarla por los hombros, pero no se atrevió a hacerlo.
– Para cuando regrese, lo habrás comprendido.
Odiándose por romper el corazón de Ellen, Ikki se levantó, dio la vuelta y se dirigió hacia la playa. Alcanzó a escuchar un sollozo, pero ni así miró hacia atrás. "Es lo mejor para ella", pensó, convencido. "Es mejor que sufra un poco ahora y no cuando todo sea más confuso. Por Atenea, en verdad que es mejor."
Aunque había usado esa expresión por años, sin querer sonrió con su gesto incompleto al mencionar el hombre de la diosa. ¿Cómo habían podido creer que Atenea había muerto? Había sido muy hábil al ocultar su cosmo cuando regresó y al inventar toda esa historia sobre la pérdida del mismo, pero había detalles que no pudo esconder del todo. ¿O por qué seguía sintiendo su protección cada vez que iba a enfrentar a una banda de criminales, justo como en el pasado?
"Mi querida Atenea, algo te preocupa y por eso no te dejaste morir", pensó, mirando las estrellas que empezaban a aparecer en el cielo en dirección al Santuario. "No quisiste confesármelo, pero estaré contigo pase lo que pase."
Claro que respetaría su secreto y no le demostraría lo que sabía. Seiya, Shiryu y Hyoga no lo averiguarían por él. En cuanto a Shun...
Volvió a sonreír. Seguro que él ya lo sabía; no se lo había dicho, por supuesto, pero su hermano menor nunca podía ocultarle algo. Él tampoco había podido ocultarle algo, como quién reclamaría la Armadura de Fénix.
"Sabes a lo que me refiero, ¿verdad Esmeralda?"
Volvió a sonreír. Fue la primera ocasión, desde que era niño, que su gesto fue completo.


Antes los recuerdos sólo acudían a torturarlo. Si una imagen del pasado se presentaba ante él, no era sin provocar temor y remordimiento; Hades le había hecho un favor porque esas emociones ya no lo dominaban, pero los recuerdos volvían de cualquier modo. Y en ese momento, habían regresado sin misericordia alguna y a gran velocidad.
De pronto volvía a ver la capilla asgaardiana en el día de su boda, al grado que casi podía volver a oler el aroma de los miles de flores que la adornaban. Ahí estaban sus amigos, sonriendo, los Guerreros Divinos, esperando; Hilda con todos sus atributos de Avatar y, sobre todo, Flare vestida de novia, lazos de blanco encaje y flores del mismo color en el cabello.
Recordaba también las palabras de la joven valkyria sobre lo importante que era que permanecieran juntos, y que Freya, la diosa nórdica del amor y del matrimonio, velaría por ellos. Claro que Hyoga era católico, y vivir rodeado de divinidades no había cambiado sus creencias, pero supo que así sería.
Después, Bud le diría que jamás hubo una fiesta más alegre y hermosa en toda la historia de Asgaard. Nunca había sido tan feliz, incluso aunque eso representaba que aceptaba separarse de sus amigos y del sol. Recordó el gesto de cada uno de sus ellos, y sobre todo, el de Saori cuando les desearon lo mejor del universo. Fue la primera vez, desde la batalla de Hades, en que notó algo extraño al hablar con la joven, pero entonces no tuvo la oportunidad de pensar en ello.
Otro recuerdo volvió tan rápido como el anterior. Fue tiempo después de la boda, y a diferencia de ésta, no era en un palacio inundado de luz. Afuera, nevaba intensamente, pero no era por ello que se sentía helado. Desde que había dejado de pelear, no había vuelto a sentir tanto miedo y sólo sus ojos lo demostraban.
Quién sabe de qué modo sus amigos se habían reunido con él en el Valhalla, pero ahí estaban, acompañándolo como siempre. Shiryu, en nombre de todos, le había recomendado que se tranquilizara porque de nada serviría que se angustiara; él sólo pudo asentir, en apariencia tranquilo aunque no había hecho nada más que rezar. Era lo único en lo que encontraba consuelo.
La puerta de la habitación se abrió con un chirrido que le heló el corazón y entró al cuarto sin esperar a que Hilda o Saori lo permitieran. Si pensaba en ello, volvía a dominarlo la angustia.
Pero también recordó cómo, apenas salió del cuarto tambaleándose como si estuviera ebrio, Seiya, Shiryu, Shun e Ikki se le aproximaron, su preocupación evidente al no poder interpretar su estado de ánimo. Se obligó a decirles:
– Ya soy padre.
Todavía recordaba el grito de alegría de Seiya.
El parto había sido sumamente peligroso para Flare, así que decidieron no arriesgarse de nuevo. Hyoga habría deseado tener más de un hijo, su experiencia propia motivándolo a ello, pero decidió no insistir. Además, le aguardaba un futuro bastante complicado.
Porque no había tenido un hijo, sino una hija, y para alguien que se había criado en un ambiente exclusivo de muchachos, no quedaba mas que una pregunta: ¿qué iba a hacer?
Deneb, que así la llamaron, tenía la piel tan clara como la de Flare, al igual que sus ojos de cielo primaveral; de su padre había heredado el cabello dorado como el oro. Pero eso no era todo; de la unión de la región del hielo y de la luna con la del sol había resultado un cosmo excesivamente poderoso. Hyoga no había necesitado que nadie le dijera cuál sería el destino de su hija, a pesar de lo que podría ocurrirle, y cuando Hilda empezó a educarla en los deberes de una avatar, no le quedó sino aceptarlo con resignación.
En otra situación no se habría preocupado en absoluto. Como Hilda no se había casado, era obvio que la siguiente representante de Odin debería provenir de Flare, y se le había ocurrido tal idea incluso antes de que Deneb naciera. Sin embargo, poco a poco había comprendido lo que en realidad pasaba en el Santuario, y en especial con Saori. Ella no se lo había dicho, y aunque presentía que Hilda estaba enterada, tampoco lo había confesado. Aún así, Hyoga percibía que Atenea no había muerto, y temía estar en lo correcto.
Porque si Atenea seguía en Terra, eso indicaba que la amenaza no había terminado. Y cada año que pasaba aumentaba el temor de que no sería él quien la enfrentaría, sino su hija.
Era curioso, pensaba cuando estaba solo. Nunca había rechazado un combate aunque habría preferido una vida ordinaria. Pero la idea de que Deneb debería pelear lo horrorizaba, a pesar de que su cosmo era el más luminoso de todas las avatares de Odin. Eso era lo único que nublaba su felicidad.
Todos aquellos recuerdos habían vuelto al mirar a su hija, ya adolescente, tejiendo collares de flores blancas en un pequeño prado. Se encontraban en la primavera asgaardiana, breve pero luminosa, y en poco tiempo regresarían por algunos meses al Santuario. Trató de imaginar qué dirían su madre, sus maestros e Isaac al verla tan linda, todavía con ademanes levemente infantiles, y si comprenderían su temor hacia la incertidumbre de su futuro.
En eso, Deneb alzó la vista y descubrió que Hyoga la estaba mirando. No fue eso lo que le extrañó, porque siempre había alguien observándola –en especial, los jóvenes que visitaban el Valhalla. Se debía a la expresión de sus ojos.
Deneb se levantó, corrió hacia Hyoga y lo abrazó. El Santo no lo había esperado, y menos cuando escuchó:
– Recuerda que te quiero mucho, papito.
Hyoga apenas logró corresponder a su gesto, más confundido cuando vio sus ojos azules brillando como nunca lo habían hecho. Sonriendo, Deneb lo soltó y regresó a las flores.
Hyoga no entendía qué pasaba, pero en eso sintió que lo tomaban de la mano. Era Flare.
Y comprendió que lo único que le quedaba era confiar y esperar en el Dios representado por la Cruz del Norte de su madre, que ahora pendía del cuello de su hija.


El agua de la cascada de Rozan seguiría cayendo por el resto de la eternidad. Eso no había cambiado en lo absoluto. Tampoco los campos cercanos a ella, siempre arados por la misma persona, ni la tradicional casa de madera aunque ya no era ocupada permanentemente, ni el modo en el cual las estrellas brillaban sobre el agua. De hecho, ni siquiera los habitantes de la casa habían cambiado demasiado. En el interior, en cambio, nada había permanecido de la misma manera.
No habían pasado más de dos años de la Batalla contra Hades, pero a Shiryu le habían parecido dos siglos. Contra lo que sus amigos, Seiya incluido, podían pensar, no se debía a la ausencia de Dokho; ya lo había superado gracias al Señor de los Muertos. Tampoco era consecuencia de haber regresado a Rozan, pues si era para él el paraíso en la Tierra, ¿cómo podía resistirse a volver? No, era algo diferente, algo que nadie podría haber imaginado y que iba en contra de todos sus principios. O al menos así le parecía.
Dokho le había encomendado varias herencias: sus libros y pergaminos, que Shiryu no sólo cuidaba sino que estudiaba y aumentaba en número ("Se convertirá en sabio antes de que él mismo se dé cuenta", comentó Seiya después de la última vez que se vieron.) El tresor de Libra, al cual no sólo se hizo merecedor sino que le fue concedido por Atenea, permanecía en el Santuario pero no respondía a nadie más que a él. Y la tercera, más espiritual que material, había sido cuidar de Shunrei. Shiryu recibió con gusto la última misión del Anciano Maestro, considerándola como una responsabilidad más grande que convertirse en un Santo Dorado.
Sin embargo, la situación ya no era la misma que a la muerte de Dokho. Shiryu ni siquiera se percató al inicio, pero una vez que las Guerras Santas terminaron y pasó un poco de tiempo, la peor de las vergüenzas y de los desconciertos se apoderó de su joven alma al comprender lo que verdaderamente sentía.
Acababa de descubrir que amaba a Shunrei. La había amado siempre.
No podía comprender cómo había ocurrido y no se atrevía a pensarlo. Shunrei había sido como su hermana, la niña de enormes ojos y piel de porcelana que no contuvo la risa al ver cómo trataba de hacer méritos ante Roshi. Si se hizo Caballero, fue en parte para corresponder a su confianza; siempre que entrenaba, sabía que ella lo miraba; cuando quedó ciego, fue ella quien lo cuidó y lo inspiró para que no se diera por vencido; y fue su cosmo el que lo protegió de Deathmask de Cáncer aún cuando se encontraban en las Capas del Espíritu. Cuando tuvo que marcharse a pelear contra Poseidón, ni siquiera supo cómo despedirse de ella, y cuando el combate fue contra Hades, apenas tuvo corazón para dejarla. Pero él mismo no había entendido a qué se debían las emociones que lo dominaban cuando la veía, en especial cuando regresó del Averno.
Ya lo había comprendido y se negaba a aceptarlo.
Al igual que Dokho, se había sentado frente a la cascada a pensar. Era obvio que no podía decirle a Shunrei lo que había descubierto, o la avergonzaría. ¿Qué podía hacer?
Había fijado la vista en la caída del agua y, recordando lo enseñado por Shaka, trataba de continuar su meditación aunque su inquietud le impedía conseguirlo. En eso, empezó a mirar no sólo el agua, sino figuras detrás de ella.
No la roca de la montaña, sino imágenes lejanas: una urna, un portal cerrado, un espíritu guerrero que aguardaba...
Sorprendido y un poco asustado, parpadeó hasta que volvió a ver la caída del agua.
– ¿Qué fue eso? – murmuró.
– ¿Acaso has olvidado tan pronto a tus tres enemigos?
Si la visión fue inesperada, la voz lo fue más. Sobre la corriente de la cascada, ahora podía distinguir la figura de Dokho hablándole. Pero no era el Anciano Maestro al que conoció toda su vida, sino el joven que había vuelto a ser al encontrarse en el Eliseo. Físicamente era parecido a su alumno, aunque su cuerpo era un poco más delgado, su nariz más achatada y su cabello mucho más corto. Shiryu sintió como si hablara con alguien que no hubiera muerto, y entonces recordó que Dokho seguía vivo, aunque en otro mundo. Que algún día se reunirían.
– No los he olvidado, Maestro –respondió con calma porque ya consideraba a la muerte como parte indispensable de la vida.– Eran Poseidón, Hades y Ares, cada uno donde Atenea los dejó. Es sólo que no imaginé que podría observarlos.
– La cascada de Rozan tiene la virtud de presentar lo que está ocurriendo en otras regiones del mundo –respondió Dokho con ojos brillantes.– Una vez que alguien se establece aquí, podrá vigilar a los enemigos de su gurpo. Esa fue mi misión y por eso logré advertirte antes de cada una de las Guerras Santas. Ahora, hijo mío, tú vigilarás por tus compañeros.
Shiryu se descontroló un poco: era un honor (y una responsabilidad) demasiado grande.
– No sé si podré volver a verlos...
Roshi sonrió.
– Estuviste ciego y aprendiste a ver con la mente. Eso debería bastar, ¿pero acaso no eres un Santo Dorado?
Hasta entonces, el muchacho notó que no lo había llamado "joven dragón". Aunque conservara el tatuaje en su espalda, ya no era él. Otro más surgiría para reclamar la armadura y la protección de la constelación, pero su rostro se obscureció al recordar que, según Marine, debería provenir de él. Dokho pareció entender lo que pasaba por su mente.
– Me extraña que no me hayas preguntado por qué estoy aquí, si la última vez te dije que nos reencontraríamos hasta tu muerte.
Esta vez, fue Roshi el que se sorprendió cuando su alumno, con la mayor sencillez, respondió:
– Usted siempre está conmigo, Maestro, aunque no se manifieste físicamente como ahora. Si no hablara en este instante, yo lo habría escuchado con el recuerdo.
– Entonces, sabes por qué he vuelto.
Shiryu no necesitó confesar nada, y se limitó a bajar la mirada.
– Me avergüenza que usted lo sepa –confesó.
– ¿Y desde cuando amar es vergonzoso? El amor fue lo que impulsó a Atenea a pelear por ustedes y a vencer a sus enemigos.
Confundido por sus emociones, el nuevo Santo de Libra permaneció en silencio. Pero la visión interna que había adquirido le mostró un extraño resplandor en los ojos de su maestro cuando mencionó a la diosa; como cuando uno guarda un secreto.
– Shunrei es como mi hermana –continuó sin mirarlo.– ¿Cómo puedo atreverme a mirarla como una mujer, o peor aún, a confesárselo? Ella...
Ni siquiera logró pronunciar la frase. No quería ni imaginar lo que ella diría al enterarse. Por un momento, Roshi no respondió y sólo se escuchó la caída de la cascada.
Finalmente, el maestro preguntó:
– Cuando entrenabas a mi cuidado, descubriste que tenías un gran defecto. ¿Recuerdas cuál era?
– El orgullo, Maestro –respondió Shiryu sin titubear.
– El último paso para que acabes de superarlo es que aprendas a mirar sin temor en el corazón de los demás –sentenció, su tono siempre entre estricto y cariñoso.– El orgullo nos hace predecir lo que piensan los demás. La humildad nos impulsa a preguntarlo.
Shiryu lo miró, todavía más confundido. La imagen de Dokho empezaba a disolverse en la cascada.
– ¿A qué se refiere? –preguntó, presintiendo que jamás volverían a hablar así.– No lo comprendo.
– Mis enseñanzas por fin terminaron –sentenció Dokho.– Si tienes alguna duda, ¿por qué no consultas mis libros?
Y sin añadir más, excepto una cariñosa sonrisa, desapareció. Shiryu se quedó un rato tratando de percibirlo nuevamente. Cuando el sol empezó a ocultarse, se levantó y se fue a la casa. Se acercaba la hora de cenar.
Mientras Shunrei estaba en la cocina, Shiryu siguió el consejo de Dokho y entró en la biblioteca. Hasta ahí escuchaba el suave canturreo de la joven. El Santo, confundido como nunca lo había estado, empezó a rebuscar entre los libros y pergaminos. Algo tenía que ayudarle, pensaba.
Casi sin darse cuenta, tomó uno de los libros que no eran ni de Dokho ni suyos. Lo abrió sólo para descubrir que era de Shunrei, una colección de viejas poseías. Intentó devolverlo a su sitio. Sin embargo, descubrió que había algo entre las páginas y, guiado por una voluntad que no era la suya, cambió de página.
Era una flor.
Que podría estar seca, pero conservaba el tono violeta y rosado de las que él cultivaba. La misma que él le regaló poco antes de que se convirtiera en el Dragón, colocado justo en uno de los versos más románticos.
Había un nombre escrito justo antes de que iniciara el poema, a manera de dedicatoria.
– No puede ser –murmuró.
Era su nombre.
Y entonces comprendió el por qué ella había tenido esa mirada tan triste cuando partió al Mediterráneo, y lo que era la verdadera humildad.
Años después, Shiryu seguía entendiéndolo. Sobre todo, cuando entrenaba a sus hijos, Thuban y Rabastan, junto a la cascada. Junto a él, invariablemente se encontraban la dulce canción de Shunrei desde el interior de la casa, la paternal mirada de Dokho desde el Eliseo y la conciencia de que, en el fondo, todo se debía a la intervención de una diosa que no se había decidido a partir al otro mundo.


¿No era curioso cómo ocurría todo? Su vida había empezado en un orfanato de Japón y ahora se centraba en Grecia. Era el más común de los humanos y se había casado con quien había sido la reencarnación de una diosa. Su adolescencia, marcada por el trabajo, el entusiasmo y la amargura, había cedido su lugar a una juventud tardía pacífica y bastante feliz que jamás habría podido imaginar.
Ni siquiera sabía por dónde empezar a contar las bendiciones que había recibido, como años atrás no supo cómo comenzar a enumerar los problemas que lo rodeaban y que empezaban con una "s". Tenía a su hermana, a sus valiosísimos amigos y a Saori, a quienes amaba con todas las fuerzas de su corazón. Era un Santo de Oro, un honor al cual se hacían dignas sólo doce personas del planeta. Tenía una vida propia y un destino muy claro. Y como si no fuera bastante, su querida esposa y él eran padres de dos hijos: una niña llamaba Metis y un niño llamado Markab.
Al inicio, a Seiya no le agradaba mucho el nombrecito para su hija, pero aceptaba todo lo que Saori le pidiera. Curioso, investigó el significado del nombre y descubrió que Metis había sido la madre de Atenea en la mitología antes de que Zeus se la tragara; al saberlo, se encogió de hombros y sonrió. Alguna vez se había preguntado de dónde provendría la siguiente encarnación de Atenea, y ahora sabía que provendría de él.
El Seiya del pasado, al descubrirlo, habría tratado de alejar a su familia de todo lo relacionado con el Santuario. Ya se había derramado bastante sangre y no quería que la de sus hijos se derramara en una próxima Guerra Santa. Pero ya no era el del pasado, así que lo único que le quedaba era confiar en que no ocurriría nada malo, y en que si ocurría, estaría ahí para protegerlos.
Aquel día, su familia había dejado el Santuario para dirigirse a una de las playas griegas, el mar más azul del mundo según sus habitantes. Markab, de once años, dibujaba en una libreta bajo un parasol; curioso, Seiya había observado de reojo que lo había dibujado a él sobre lo que debía ser un risco, mirando al horizonte y con el casco en la mano en una pose que pretendía ser heroica. Su hijo tenía demasiada imaginación y demasiado tiempo libre.
Metis, de ocho años, jugaba con la arena a la orilla del agua. Saori y él la observaban a distancia.
Entre sus cosas, Seiya había encontrado su vieja guitarra y trataba de recordar cómo tocarla. Después de algunos ritmos alegres, sus dedos interpretaron una canción más lenta y suave, de la cual había olvidado la letra pero que sabía que se llamaba "Blue Dream". Las notas que producía empezaron a entristecerlo por alguna razón, pero ni así dejó de tocarla hasta que acabó. Seiya no comprendió qué le ocurría, pues había estado de perfecto humor.
Entonces, miró a Saori. Pensó que ella había estado leyendo, más no fue así: Miraba hacia el mar. Por reflejo, miró a Metis y hasta ese instante descubrió que las olas no la habían tocado ni una vez, como si la respetaran.
De inmediato negó con la cabeza. Era absurdo lo que se le acababa de ocurrir.
– ¿En qué piensas? –le preguntó a su esposa.
Por un momento Saori no respondió, como si no hubiera oído. Finalmente miró hacia él y dijo:
– En nada.
– ¿Ah, sí? –insistió Seiya, su mirada pícara igual a la que tenía cuando era más joven.– No me pareció. Las veces que mostrabas esa mirada era porque algo te preocupaba.
Y tomándola de la mano, preguntó:
– ¿Qué te preocupa ahora?
Con toda tranquilidad, Saori le sostuvo la mirada.
– Nada. Te lo juro. Sólo pensaba en todo lo que ha ocurrido. Atenea era una diosa virgen. Tú y yo no deberíamos estar aquí y nuestros hijos tampoco deberían existir, pero se nos dio esa oportunidad.
Su voz mostró mucha tranquilidad cuando preguntó:
– ¿Por qué?
Saori no logró interpretar la expresión de los ojos de Seiya. Nunca lo había visto de esa forma. Suavemente, para que él no lo notara, leyó su mente. "Porque estaba escrito desde antes de que nosotros lo supiéramos, porque he investigado y sé que Atenea no siempre fue una diosa virgen, porque nos ganamos ese derecho a base de sangre y sufrimiento, porque era nuestro destino", leyó, como si su esposo buscara una respuesta apropiada. Pero Seiya finalmente contestó:
– Porque le simpatizamos a Alguien allá arriba.
Soltó la mano de su esposa y volvió a tocar la guitarra, como si su vida dependiera de ello. Su voz fue tan cariñosa como siempre cuando murmuró:
– Olvida todo lo que ha pasado, ¿de acuerdo? Tu vida pasada ya quedó atrás, cuando eras una diosa y peleabas por el mundo. No sé qué traerá el futuro, pero ya será entonces. Vamos a estar con nuestros hijos y te juro por mi alma que no permitiré que les ocurra nada.
Y mirándola de nuevo, sin dejar de tocar, sonrió y añadió:
– Mejor disfruta este momento, porque nunca volverá.
Saori sonrió.
Escucharon gritos de "¡mami, mami!", que provenían de la orilla del mar.
– Veo a qué te referías –comentó en broma mientras se levantaba y se dirigía a su hija. La mirada entre ambos fue breve pero, como de costumbre, se dijeron más en ella que con todas las palabras del mundo.
Seiya vio cómo se dirigía hacia Metis, mientras Markab parecía empezar un dibujo nuevo, y dejó de tocar. "¿De verdad creíste que jamás me daría cuenta?", le preguntó mentalmente a la joven, sonriendo sin querer. "¿Que no notaría cómo cambia el color de tus ojos y pierdes tus pupilas sin que lo notes? ¿Que cuando caminamos el sol parece seguirte y la luna aguardarte? ¿Que no percibiría una ligera vibración en el aire cuando te comunicas mentalmente con Hilda para saber cómo está y si hay novedades? ¿Que has cubierto a mis amigos y a mí con tu protección, y que los ojos de nuestros hijos no brillan como en los demás niños de su edad? ¿Que las estrellas relucen como nunca lo habían hecho, y que a veces te rodea un aura de oro por la noche? ¿Que no noto cómo el mar te respeta y no se atreve a tocarte, ni a ti ni a Metis, como ahora? ¿Que no me doy cuenta cuando lees mi mente?"
– En verdad debes amarme –murmuró– si crees que no me doy cuenta de que sé que lo haces por mí.
Sin darse cuenta, las notas de "Blue Dream" fluyeron de entre sus dedos.
– También te amo, Atenea.


El sol entró abiertamente en la habitación, la historia concluida. Por las ventanas, los rayos dorados se reflejaron en el cabello de Alpheratz y en sus ojos. Ahora comprendía absolutamente todo, aunque ignoraba qué amenaza habría de venir. Pero no importaba, o por lo menos no parecía hacerlo en ese momento. La Orden del zodiaco estaba lista, como lo había hecho desde la Era Mitológica.
– Ahora, Alpheratz, ¿comprendes por qué no te había dicho nada?
El joven alzó la vista, mirando a Shun a los ojos. En eso, descubrió que no había pensado sino en el resto de los habitantes del Santuario y en los dioses que podían atacarlos, y no se le había ocurrido que frente a él estaba un Santo que poseía un lado obscuro. Por un instante, la sangre de Alpheratz se heló en sus venas, aunque el cosmo de su padre era tan cálido como de costumbre, o quizá hasta más.
– Sí, lo entiendo –murmuró mientras sus ojos relampagueaban.– Debe conservarse en secreto que Atenea no ha muerto y que un enorme peligro podría estar amenazando al mundo. Pero también hay algo más que comprendo.
No se atrevió a sostenerle la mirada. Desviando la vista, preguntó:
– Que tú tienes un lado obscuro y que no querías que yo lo supiera.
– No es agradable saber que tu padre es tan capaz del mal que lo protegen los Gemelos, ¿verdad?
– ¡Pero tú no eres así! –gritó Alpheratz de pronto, volviéndolo a ver de frente.– ¡En las Guerras Santas tratabas de solucionar todo sin violencia! ¡Los demás confiaban en ti porque sabían que no les fallarías! ¡Ocultaste tu poder para no lastimar ni a tus enemigos, y eso desesperaba a tío Ikki! Tú...
Y añadió, en voz más baja:
– Eres mi padre.
En eso, el sol alcanzó el rostro de Shun y brilló en sus verdeazules ojos. A su alrededor, en medio de la obscuridad del cuarto, parecía flotar una luz entre blanca y dorada.
– Gracias por tu confianza –afirmó, sonriendo con el gesto que lo caracterizó desde joven.– Es por personas como tú que la tentación se alejó de mí, y como ya te dije, prácticamente ha desaparecido. En cada ocasión en que se acercó a mí, encontré a mi alrededor al amor del que tanto habla Atenea y pude alejarla.
Alpheratz lo miró confundido, pero entendió. No hay personas completamente buenas ni malas; sólo seres humanos capaces de elegir los dos extremos. Su padre, Shun de Géminis, era igual que todos, aunque en él la diferencia era mucho más obvia por el poder que poseía.
– Atenea también confía en ti –murmuró.– Por eso fuiste al único al que le contó lo que en realidad pasó esa noche.
– Y confiará igual en ti cuando surja la amenaza que teme. Eso es, –bromeó– si deseas seguir perteneciendo a la Orden.
Algo en el interior del joven le dijo que tal vez lo más prudente sería esperar y pensar, pero el ímpetu que caracterizaba a todos los Caballeros del Zodiaco ya le pertenecía aunque apenas era un aprendiz. Se levantó de un saltó y exclamó:
– ¡Claro que lo estaré! ¡Y sé que Ankha también lo hará!
Shun sonrió abiertamente. En eso, se abrió la puerta, pero antes de que Alpheratz notara quién era, añadió:
– Sólo hay algo que no me queda muy claro...
– Alpheratz, tu padre y tú han hablado toda la noche. ¿No creen que es justo que ambos descansen un poco?
Al voltear, el joven notó que su madre había entrado en la habitación. De la misma edad que su padre, lucía su rubio cabello atado sobre la espalda, atrás el tiempo en que lo usó cortado en dos tamaños; lo que no cambiaba era el tono azul de sus ojos. Aunque los conocía de toda su vida, Alpheratz pareció descubrir hasta entonces la mirada que intercambiaban, y entendió que ahí estaba la principal razón, junto con su tío y sus amigos, por la que Shun jamás cedió a su lado obscuro. Años atrás, cuando Saori-Atenea le dijo a June de Camaleón que ya encontraría la forma de pagarle sus estudios, ¿imaginaba que lo haría de ese modo?
– ¿Por qué no vas a dormir un rato, aunque sea de día? –propuso June con su tono siempre alegre.
– Pero todavía no acaba de...
– Tu madre tiene razón –apoyó Shun, como si olvidara que Alpheratz ya tenía catorce años.– Vete a tu cuarto a descansar. Seguiremos hablando más tarde.
El joven no necesitó recurrir a su sexto sentido para entender que su madre, a pesar de su ánimo, parecía preocupada por lo que habían hablado y quería averiguarlo.
– De acuerdo –dijo, en apariencia rindiéndose.– Pero antes pasearé un rato por la playa, ¿está bien?
La sonrisa que le dirigió Shun fue respuesta suficiente. En ese instante, el sol tocó su dije de Andrómeda-Nike, e igual relució el rostro de Alpheratz cuando salió de la cámara.
Todo estaría bien. No lo presentía. Lo sabía.
La única duda que tenía (y que debería preguntar después) era qué pasaría en el futuro, cuando tuvieran que usar las Cinco Armaduras. Sí, como dijo Marine, sólo las portarían aquellos que provinieran de los Cinco, y Pegaso sería de Markab, Dragón de Thuban o de Rabastan, Cygnus de Deneb y Andrómeda tal vez suya, ¿qué pasaría con la de Fénix?
Miró hacia el mar. Contra el agua se dibujaba la silueta de una joven de doce años. Estuvo a punto de llamarla, pero notó que había alguien con ella. La joven parecía entrenar mientras el recién llegado la guiaba, aconsejándola.
Era Ikki, su tío, en una de sus raras y no anunciadas visitas.
Y hasta entonces, notó que el cosmo de Ankha no era solamente cálido. Aunque apenas despertaba, su aura era de fuego.
– ¿Tú, Ankha? –preguntó en voz baja a la figura de ojos verdeazules y cabello amielado.– ¿Por qué tienes el aura del tío Ikki? ¿Acaso...?
A manera de respuesta, notó que la luna aún no acababa de esconderse y que todavía alcanzaba verse una estrella en el horizonte. La estrella brilló como si le sonriera, y Alpheratz comprendió, al igual que todos los Caballeros hacían tarde o temprano, que era mejor no conocer la explicación de todos los milagros.
– Gracias, Atenea –murmuró.– Muchas gracias.
La brisa del amanecer sopló. Alpheratz sonrió, su alma en ese gesto.


finis


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