Capítulo dieciseis

Herencia

Por Altair

Os encomendaré a Atenea.
Aioros de Sagitario


Los siguientes días fueron muy difíciles para todos. La esperanza que la última visión de Atenea les había brindado no desapareció, pero la tristeza fue más fuerte y en momentos dada la impresión de haberla borrado por completo.
Después de algunos días de lluvia, el sol volvió a salir. El Ciclo volvía a iniciar a pesar de la muerte de Atenea, y así sería durante el resto de la eternidad. Al principio, aquel sol fue helado y tristón, pero para el atardecer del tercer día lució tonos relucientes. Al amanecer del cuarto día, relució como si fuera de oro. Shaka de Virgo supo, con una extraña seguridad, que el alma de la joven al fin había llegado a donde debía estar. Tal pensamiento alegró el corazón de la mayoría, pero algunos necesitarían más que eso para regresar a la vida diaria.
Para muchos, el principal consuelo fue el trabajo. La diosa había muerto, pero sus últimas advertencias habían sido muy claras. Los demonios de la soledad, el odio y el rencor los dominarían si no superaban su dolor; por otra, debían mantener viva la memoria de Atenea. El mundo que les había tocado proteger se había vuelto demasiado materialista, valoraba demasiado la tecnología mientras destruía la naturaleza, y el dinero y la fama estaban por encima del amor o de la compasión. Si había quienes negaban la existencia del Omnipotente, ¿quién creería que Atenea reencarnaba cada doscientos años? Además, después de la Era Obscura que acababa de vivir, el Santuario necesitaba recuperar su antiguo esplendor.
Pero aunque la tradición continuara, se requerían cambios.
Atenea los había iniciado al decidir que ninguna mujer tendría que volver a ocultar su rostro. El siguiente fue que, dado que casi todos se habían convertido en Santos y necesitaban un líder, sólo alguien podía sustituir al Patriarca y guiarlos hacia una era más pacífica. Asgaard era un excelente ejemplo de lo que podía lograrse cuando el líder era una mujer.
Y la elegida no podía ser otra que Marine de Aguila.
La joven se había negado al inicio, pero los argumentos a favor de que se convirtiera en Matriarca pesaron más que cualquier protesta suya. Era la mejor Maestra del Santuario, dominaba todas las técnicas de combate y daba especial importancia al crecimiento cósmico. Su constelación protectora representaba la grandeza y el deseo de ascender, un augurio prácticamente insuperable. Y seguro que durante años se narraría cómo ella, sola, logró detener a docenas de daimons e impedirles el paso al Santuario.
Hilda de Polaris había decidido permanecer algún tiempo en Atenas, fiel a la promesa que le había hecho a Saori de cuidar a los suyos hasta que el dolor desapareciera. Si fuera por ella, permanecería a su lado cuanto tiempo se necesitara, pero pronto debería volver a Asgaard. Marine también recordaba lo que Atenea le había pedido, así que entre las dos decidieron que, quien así lo deseara, podría acompañar a la Valkyria a su tierra por algún tiempo —y tal vez la sugerencia se convertiría en orden para algunos.
Mientras tanto, los Guerreros Divinos conocían al sol y ayudaban a los Santos en lo que podían. Había mucho que reconstruir, querían colocar un discreto memorial en el sitio en el que Atenea y Aioros habían muerto, y tenían que registrar todo el conocimiento que habían adquirido. Afortunadamente, tenían la guía para hacerlo: la carpeta recopilada por el abuelo de Ellen.
Erich, con su innata facilidad para el dibujo, había trazado una serie de dibujos que se integrarían a ella. Había dibujado con sumo cuidado las nuevas armaduras de Pegaso, Dragón, Cygnus, Andrómeda y Fénix, las adaptaciones hechas a la armadura de Ofiuco, la reconstruida armadura del Unicornio y, en especial, lo que podía recordar sobre la Armadura de Atenea. También corrigió los pequeños errores que había en las Armaduras de Odín y, con las descripciones de los testigos directos, diseñó las Escamas Marinas y los trajes de los Guardianes del Estigio. Para él, era la mejor forma de pasar el tiempo, ser útil y alejarse un poco de la tristeza que se respiraba en el Santuario.
Sabía que pronto se añadiría un nuevo texto: el de la última encarnación de Atenea. Los Cinco no habían querido narrar su historia, pero Moo se encargaría de que su leyenda no fuera olvidada. Como siempre, Aioria, Milo, Aldebaran y Shaka cooperaron en todo cuanto les fue posible, y al final, reunieron una narración bastante completa sobre los hechos.
En lo único en lo que Shiryu aceptó ayudar, sin hacer mención alguna a sus hazañas, fue en la redacción de lo que cada una de las Casas del Santuario había significado como parte de su crecimiento en el cosmo. Erich todavía no recibía su texto para ilustrarlo, y no tenía forma de saber era que, mientras Shiryu escribía, en ocasiones miraba a través de la ventana un largo rato para, al final, dejar escapar un suspiro.
De algún modo, todos habían recorrido el camino de las Doce Casas, pero el primero de ellos que lo había logrado había perdido su orientación. Y aunque era el amigo a quien más amaba, no se le ocurría nada para animarlo.
Tomaría tiempo devolver al Santuario a una época de esplendor. Como indicaba la tradición, no se divulgaría su existencia, pero el tiempo había demostrado que, aún así, la gente acudiría a servir a Atenea.
Incluso, comentó uno de los cinco (¿acaso Ikki de Cáncer?), aunque se estuviera al otro lado del mundo y no se supiera sobre la existencia del Santuario.


Hilda estaba acabando de acomodar las pocas pertenencias de Atenea, la única con fuerza suficiente para hacerlo a tan poco tiempo de su muerte. Marine se había ofrecido, pero la valkyria le pidió que le permitiese hacerlo: por un tiempo demasiado breve, Atenea había sido su mejor amiga. Sabría cuáles objetos habían sido los más importantes para ella.
Sus vestidos fueron envueltos en lienzos y dejados donde estaban, al igual que sus artículos personales. Para haber sido humana, Atenea guardaba pocos recuerdos, pero Hilda comprendió que la mayoría deberían encontrarse en Japón. Había tenido la esperanza de encontrar algo de poco valor que pudiera conservar como recuerdo, pero no encontró nada hasta que abrió el cajón de su mesa de noche.
El cajón estaba lleno con papeles y fotografías. Hasta abajo, había un libro que explicaba las leyendas y significados de cada constelación; estaba viejo y gastado, pero no se extrañó al leer una cariñosa dedicatoria de Mitsumasa Kido en la primera página. Hilda también encontró varias cartas: muy pocas eran de ella (siempre prefirieron el contacto mental), pero había bastantes que provenían de China, de Jammyel y del mismo Asgaard. Eran de aquel año en que Shiryu, Shun y Hyoga estuvieron lejos del Santuario y, aunque no las leyó, imaginó qué detallaban buenas y malas noticias, reportes de su continuo crecimiento en el cosmo y detalles sin importancia de su vida cotidiana que, sin embargo, Atenea apreciaría. Se extrañó ante la falta de cartas de Seiya y de Ikki, pero supuso que el primero jamás se había separado de Atenea y que el segundo nunca le escribió. Aún así, encontró muchos recortes sobre el misterioso vigilante llamado "Ave de Fuego" y entendió que ésa era la forma en la cual habían sostenido correspondencia.
Suspirando, tomó el libro, las cartas y los recortes. Se los daría a Hyoga para que las devolviera a sus dueños (aunque no imaginó quién podría guardar el libro) y lamentó no haber hallado algo para Seiya o para ella.
Hasta que, al levantarse, un sobre cayó de entre las páginas del libro.
Al abrirlo, encontró varias fotografías de tiempo atrás, cuando las Armaduras de los Cinco todavía no habían sido restauradas por primera vez; tal vez, dedujo, antes de la Batalla de las Doce Casas. No parecía una reunión preparada, lo cual se notaba en que sólo Ikki y Shun portaban armadura, en que los demás lucían cansados (como si acababan de llegar de viaje), y en que sólo se había recurrido a las fotos sin usar que quedaban en el rollo de una cámara. Hilda no conocía el lugar, pero en algunas imágenes, un ventanal revelaba que se encontraban en un bosque.
Había fotos de cada uno con Saori, de todos juntos e incluso una de Tatsumi —quien miraba enojado a la cámara por haber tomado la foto sin su consentimiento. Todos se veían extraordinariamente alegres, e Hilda se sintió igual por un momento. En eso, descubrió que casi todas estaban dedicadas.
"Saori, somos tus amigos y siempre estaremos juntos", decía atrás de la foto donde estaba con Shiryu.
"Saori: Gracias por hacerme sentir alegre después de días tan tristes", reconoció la letra de Hyoga.
"¡Cómo me alegro de que hayas estado conmigo en el día más feliz de mi vida!", se leía tras una alegre foto de Shun.
En cambio, la de Ikki simplemente decía: "Desde hoy y para siempre."
¿Qué querría decir?
"¿Para cuando la siguiente fiesta, niña caprichosa? Seiya."
Hilda sonrió; ya sabía qué le entregaría a Seiya: aquellas fotos de un día realmente feliz, aunque todos hubieran estado cansados, Saori más pálida que de costumbre y Shun con una quemadura ligera en el rostro. Y también había hallado su propio recuerdo.
Entre el resto de las fotografías que no estaban dedicadas, había una que mostraba a los seis amigos, reunidos en el momento en que todos alzaban sus copas en una especie de brindis. Todos lucían sumamente felices, Saori incluida.
Así quería recordarla.
Tratando de contener las lágrimas que insistían en nublar sus ojos, Hilda se dirigió hacia la puerta, salió y se dispuso a cerrarla tras sí. De momento, se quedó mirando la habitación. Un rayo de luz entraba por la ventana, iluminando el cuarto como si fuera polvo de estrellas, e Hilda decidió no cerrarlo con llave. Sentía como si Atenea estuviera de viaje, no muerta, y como si de un momento a otro fuera a regresar a su habitación a ver sus fotos o a probarse sus vestidos.
"Es tan triste", pensó, más no se atrevió a clasificarlo como una injusticia. La vida no era justa ni injusta.
Así que sólo pudo cerrar la puerta tras de sí.


Sólo sus pasos se escucharon en el pasillo. Hilda llevaba la cabeza inclinada, y estrechaba el libro y las fotos contra su corazón. "Tal vez el mundo esté a salvo del mal durante los próximos doscientos años", meditaba, "pero el Santuario ha perdido tu luz y tardará mucho en recuperarla. Me siento tan inútil..."
Suspiró.
"Será muy difícil cumplir mi promesa de animar a los tuyos, amiga, cuando yo tampoco lo estoy."
— Milady...
Hasta ese instante, Hilda notó que alguien la había esperado a la vuelta del pasillo y que había pasado sin verlo. El joven se quitó el casco en señal de respeto, más no había necesidad. Lo había reconocido y, sin querer, la valkyria se tensó. Las cosas habían cambiado, ¡pero todavía quedaba tanto sin resolver entre ellos!
Sorrento no supo qué decir. Después de todo lo que había ocurrido, creyó que Hilda de Polaris lo insultaría o le hablaría amablemente. Pero permanecía callada, mirándolo como si observara a una serpiente. Supo que jamás acabaría su penitencia, y de momento su orgullo regresó. Sin embargo, se limitó a fruncir débilmente el ceño y afirmó:
— No le quitaré mucho tiempo, así que no tiene por qué alterarse. Sólo vengo a despedirme.
Hilda comprendió que su reacción no había sido la más adecuada, pero solamente preguntó:
— ¿A despedirte?
— Mi misión aquí ha terminado —asintió el Shogun.— No tengo a qué más quedarme y ya nadie me necesita. Así que, con su permiso, regresaré a donde sí soy útil.
Con respeto, inclinó la cabeza, se puso el casco y dio la vuelta. Había perdido su tiempo a lo miserable, y la única persona que lo habría entendido ya estaba en el Eliseo. Al menos conservaba la misión de mantener dormido a Poseidón, o su vida tendría muy poco sentido.
— Sirene...
Ni siquiera pudo empezar a a alejarse. Hilda, con voz segura dentro de su gentileza, lo había llamado. Contra su educación habitual, Sorrento no volteó a verla, presintiendo que todavía tendría que soportar más humillaciones. La valkyria pareció dudar un poco, pero preguntó:
— Atenea fue quien te llamó al Santuario, ¿me equivoco?
Sorrento no supo que sus ojos se suavizaban al pensar en la fallecida diosa. Tratando de no demostrar sus emociones, respondió:
— Parece imposible que ella haya llamado a un pecador tan indigno como yo, pero lo hizo —y añadió con fingido sarcasmo.— ¡Qué locura! Poseidón fue mi dios y cometí demasiados crímenes para que alguien tan puro como Atenea haya pensado en mí.
Miró a la valkyria por encima de su hombro.
— Pero usted la conoció mejor que yo. Era demasiado generosa.
A Hilda no le era sencillo hablar con él. Cada vez que lo veía, creía distinguir junto a él la sombra de Sigfried, muerto por su mano. Pero si él lo había perdonado, al igual que Atenea, ella no podía hacer menos.
— Atenea no sólo era generosa, sino también inteligente —respondió.— Si ella te llamó a esta batalla, es porque confiaba en ti.
Hilda dio un paso hacia adelante, obligando al Shogun a mirarla a los ojos. La generosidad de la valkyria fue mayor que el rencor y dijo con toda sinceridad:
— Gracias por salvarme la vida y mil gracias más por ayudarme a abrir el Portal. Si tú no hubieras estado aquí, todos nuestros esfuerzos habrían sido inútiles.
El rostro de Sorrento se suavizó. Por segundos, fue como si no viera únicamente a la avatar, sino a Atenea con ella.
— No tiene que darme las gracias —murmuró.— Era mi deber.
— No, no lo era. Y el sacrificio de enfrentarte a tu pasado fue demasiado grande.
Aunque la voz de Hilda se había obscurecido, no desvió la mirada. Era triste y dulce, y Sorrento no pudo soportarlo. Bajó la vista.
— Por favor, no hable de ello...
— No lo haré. Pero no por ello dejo de estarte agradecida.
Antes de que alguno se diera cuenta de lo que ocurría, el Shogun se arrodilló frente a la avatar. Había querido hacerlo por meses, detenido por el orgullo y la vergüenza; ahora, lo impulsaba el arrepentimiento.
— Hilda, perdóname todo el daño que les causé, a ti y a Sigfried. No puedo decirte que no fue mi intención, pero hoy comprendo la maldición que provoqué que cayera sobre mí.
Por la posición en la cual se encontraba, no pudo ver el rostro conmovido de Hilda. La sensación de que su amado Guerrero estaba cerca de su asesino se hizo más fuerte, pero de un modo distinto. Sigfried ya no agonizaba, sino vivía y le sonreía. Él había encontrado el perdón.
Sorrento, en cambio, volvía a hablarle de tú como en el pasado, pero sin el tono despectivo que usó entonces. Al contrario, humildad y respeto dominaban cada una de sus palabras, incluso cuando alzó la vista y aseguró:
— Te juro que si arrancándome el corazón pudiera devolvértelo, no dudaría un instante en usar mi propio golpe de espada en contra mía. Pero no serviría, y lo sabes, y ésa será mi penitencia eterna.
— Sorrento... —murmuró Hilda, enternecida.
— Por favor, di que me perdonas. Pero si no lo haces, tendrás razón en despreciarme.
Meses antes, Sorrento no habría podido decir esas palabras, e Hilda no habría querido escucharlo. Pero todo ocurría en el momento adecuado: la joven lo escuchaba con el corazón, y los ojos humedecidos del Shogun demostraban que no mentía. De pronto, Sorrento ya no soportó el arrepentimiento y volvió a inclinar la cabeza, lágrimas cayendo al suelo sin obstáculo alguno.
Hilda también bajó la mirada, incapaz ya de guardarle rencor. Lo que había pasado ya no podía cambiarse. Sólo quedaba seguir adelante, y en ella estaba que él pudiera hacerlo.
En eso, notó que las fotos amenazaban con salirse del sobre donde las había guardado, en especial una de Atenea sola.
— Te perdono en nombre de la diosa por quien peleaste, así que sabes que te lo digo de todo corazón.
Sorrento alzó la vista. Lo primero que vio fue la foto de Atenea que Hilda le ofrecía.
— Sé que tienes que regresar con Julián Solo y que te tocó la muy difícil misión de mantener dormido a Poseidón mientras vivas. Quédate con esta fotografía, y cada vez que tu fe se debilite, recuerda que Atenea siempre estará cerca de ti.
Sorrento tomó el papel y lo miró con reverencia. Se puso de pie, apenas conteniendo un estremecimiento. Hilda supo que a Sigfried le alegraría su decisión, y añadió:
— El palacio del Valhalla siempre estará abierto para ti.
Sorrento no lo esperaba. Con respeto, hizo una reverencia y murmuró:
— Ten por seguro que, aunque mi cuerpo no esté ahí, mi corazón y mi mente sí lo harán.
Hilda asintió y sonrió débilmente. Por meses, debido a la ambición de un dios, las regiones del mar se habían separado. Ahora volvían a unirse gracias al perdón y al arrepentimiento. Sorrento dio un paso hacia atrás y murmuró:
— Saludos, Lady Hilda de Polaris, avatar de Odin.
La joven inclinó la cabeza en respuesta. Sorrento dio la vuelta y se dirigió al otro lado del pasillo, sin volver la vista atrás ni una vez.
Hilda vio cómo se marchaba, pero no lo detuvo. Desde el Eliseo, Sigfried y Atenea sonreían, y los rayos de sol que no acostumbraba ver en Asgaard fueron la mejor prueba de ello.


— Así que al fin hemos vuelto a ser doce, —dijo Aioria, pensativo.— Pero, ¿de qué nos sirve estar completos? Ya no tenemos por quién velar.
Como en los meses anteriores, los cinco Santos originales se habían reunido en una de las cámaras y, a pesar de todo lo ocurrido, sin los tresors seguían pareciendo cinco caballeros comunes. Sin embargo, una tristeza de la que antes carecían se reflejaba en el rostro de todos. El joven león miraba a través de la ventana, fijando la vista en el templo de Atenea. Aldebaran había vuelto a tumbarse en el diván. Shaka meditaba sentado en el suelo, fiel a su costumbre. Milo iba de un lado a otro de la cámara. Y Moo, concentrado, acababa de reparar la Armadura de Ofiuco. A la frase de Aioria, aún así, volteó a verlo y preguntó:
— ¿A qué te refieres?
— ¿No es obvio? —preguntó.— La Orden, en especial los Santos, cuida a Atenea. Pero ella se ha marchado.
Milo detuvo su paseo. Era obvio que pensaba lo mismo que Aioria.
— Bueno, fuimos doce hasta que ocurrió lo de Saga —opinó Aldebaran, abriendo los ojos y mirando hacia el techo.— No volvimos a ser doce hasta ahora, pero todavía queda mucho por hacer.
— Lo sé —respondió Aioria, encogiéndose de hombros.— Es sólo que no me agrada la idea de seguir adelante sin volver a verla.
Por un rato, se hizo el silencio en la cámara. Para la élite de la Orden, el paso de Atenea por sus vidas, aunque intenso, había sido muy breve. La joven había tocado los corazones de todos y era muy difícil aceptar que se había marchado.
— Aldebaran tiene razón —sentenció Milo.— Lo de menos sería regresar a nuestros países de origen, o bueno, que ustedes lo hagan, pero nuestra misión no ha terminado. Atenea nos advirtió que los demonios acecharían al mundo y que su nombre podría olvidarse. ¿No es suficiente misión, Santos?
Pocas veces Milo hablaba tanto. Aún así, sus palabras eran verdaderas y esperanzadoras. Desde su puesto en la ventana, Aioria sonrió débilmente y miró de nuevo hacia afuera.
— Éste será un nuevo Santuario —opinó Shaka, quien había empezado a levitar sin darse cuenta.— Todos los Maestros serán Santos, como en la generación que siguió a la Primera Orden.
— Es una excelente señal —dijo Moo, apagando su cosmo mientras revisaba la armadura, ya reparada.— Los que estén a nuestro cuidado tendrán mayor oportunidad de ascender aunque no conozcan a Atenea.
— ¿Crees que resulte? —preguntó Milo.
Ante esa frase, todos menos Aioria voltearon a verlo. Era extraño que el escorpión hiciera cuestionamientos semejantes, papel que casi siempre le dejaba al león. Sin embargo, sabrían que no eran los únicos. En el resto del Santuario, muchos pensarían igual.
— Funcionó con la Primera Orden —recordó Aldebaran, sin moverse.
Aioria se puso de pie, dando la espalda a la ventana.
— A lo que Milo se refiere es que, de acuerdo, Atenea no ha acompañado a la Orden todo el tiempo, pero lo que ha cambiado es el mundo. Hades dijo que ya nadie amaba al planeta ni veneraba al Omnipotente ni recordaba los mitos...
— ¿Y crees que tenga razón? —preguntó Moo.
De momento, ni Milo ni Aioria supieron qué responder.
— En parte sí —respondió el león.— Hades dijo que el mundo se ha materializado demasiado, y es tan cierto que nuestra misión consistirá en evitar que se olvide el nombre de Atenea cuando en el pasado la ciudad más hermosa de Grecia se edificó en su honor.
Todos guardaron silencio. Aioria sentía el latir de su corazón en sus oídos, apesadumbrado y enojado a la vez. Respiró profundamente y murmuró:
— Pero...
— En parte no —completó Milo.
Aldebaran se incorporó, Shaka entreabrió los ojos y Moo esperó. Años atrás, ellos se preguntaron exactamente lo mismo y se enfrentaron a las mismas dudas. Milo y Aioria las superarían del modo más difícil tras presenciar la muerte de Atenea, pero lo harían, y la prueba estuvo en lo que el escorpión murmuró:
— Muy pocas personas saben del Santuario cuando antes era un honor ser elegido para ingresar a él. Pero este sitio jamás se ha quedado solo, ni siquiera cuando Ares envió a todos los Caballeros a pelear contra los Cinco. De algún modo, siempre ha habido al menos un pequeño grupo de aprendices.
— Lo que quieres decir es que jamás nos hemos quedado desprotegidos —sentenció Moo con tranquilidad.— Nuestro mundo es pequeño, limitado en mucho al Santuario, pero el mundo no es pequeño.
Mientras hablaba, los usualmente calmados ojos del Santo de Aries brillaron con una emoción que jamás demostraba. Era en mucho felicidad, pero la tristeza de los eventos recientes tampoco desaparecía. Quizá no lo haría nunca.
— Sin que nosotros lo imagináramos, en el momento en que Aioros murió y que Ares poseía a Saga, cinco niños nacían, habían nacido o estaban por nacer en territorios lejanos al Santuario. Cada uno vivía demasiado lejos de los otros, sus vidas prometían ser comunes y corrientes y Atenea ignoraba su divinidad. De haber sabido que existíamos, pensarían que éramos ángeles con la misión de destruir al mundo. Pero el cosmo ya empezaba su Plan Divino.
Todos volvieron a quedarse callados. Algo que siempre los había conmovido, sin excepción, era el increíble número de personas que habían intervenido en el último ciclo, muchos sin saberlo siquiera. "Plan Divino", dijo Moo. Exactamente.
— Si Atenea se ha ido, también fue por algo —intervino Shaka, sus ojos azules reluciendo.— Ella dijo con mucha claridad que la amenaza no ha terminado, pero si llegó su momento de morir es porque Alguien confía que podremos superarlo solos.
— Así que, muchachos —concluyo Aldebaran— no es sólo que resulte. Es que tiene que resultar y, justo como en una batalla, sin que importe el precio.
Contra lo que cualquiera podría pensar, Milo sonrió con reserva, sus ojos con el leve tinte de sarcasmo que lo caracterizaba.
— En tal caso, no hay más que discutir —sentenció.— Nuestra misión está tan o más clara que antes y no nos faltará ayuda.
Aioria también sonrió. Casi podía sentir la presencia de Aioros con ellos, y también de Saga, Shura y Camus. Y, por supuesto, de Atenea. Nunca habían estado solos, y nunca lo estarían.
— ¿Por dónde comenzamos? —preguntó.
— Ése es nuestro primer reto —respondió Moo.— Hay que esperar.
El resplandor de la Armadura de Ofiuco, completamente reparada, disminuyó.
— Aquellos que estuvieron más cerca de Atenea no sólo han perdido a su diosa —afirmó Aries, mirando a sus compañeros a los ojos.— Tenemos que esperar que su dolor disminuya un poco.
Aioria volvió a asomarse por la ventana.
— Marine me comentó que Hilda quiere llevarnos a Asgaard por un tiempo —comentó, sin notar cuánto se habían suavizado sus ojos al mencionar a la joven Matriarca.— Supongo que nos hará bien.
— ¿Vas a marcharte con ellos? —preguntó Milo.
— No mentiré si te digo que me agradaría.
— Cada quien elegiría lo que le convenga —intervino Aldebaran, volviéndose a tumbar sobre el diván.— No puedo decir que también iré. Aún no lo he pensado.
— Yo permaneceré aquí —afirmó Shaka.— Necesito estar en el Santuario.
Moo fue el único que no comentó lo que pensaba hacer. Milo, tras pensar un instante, confesó:
— También me gustaría ir a Asgaard. No conozco otra tierra mística que no sea Grecia. Pero después tengo una promesa que cumplir.
Antes que le que le preguntaran cuál era (o que, por discreción, no lo hicieran), añadió:
— Bajo las órdenes de Saga, destruí el campo de entrenamiento de Isla Andrómeda. Hace meses le prometí a Shun que le ayudaría a reconstruirla. No he olvidado mi promesa y creo que el trabajo me hará mucho bien.
Shaka, con expresión pensativa, cerró los ojos:
— Yo debo ir a India por algún tiempo. Mis dos discípulos más cercanos murieron en Doce Casas, pero hay otros que han continuado su entrenamiento por sí solos.
— ¿Esa será la siguiente fase, Moo? —preguntó Tauro sin moverse de su cómodo diván.— ¿Reanudar los entrenamientos?
Aries sonrió.
— Haremos que el nombre de Atenea vuelva a ser escuchado para que otros vengan a buscarla, y sin el campo de Death Queen Island, sólo habrá Caballeros Blancos. Doscientos años parecen mucho tiempo, pero no son más de tres o cuatro generaciones. Tenemos mucho por hacer.
Desde la ventana, Aioria pensó en lo que había escuchado. Aguardar, trabajar y seguir adelante. Un nuevo ciclo había comenzado y las batallas serían más complicadas que los combates a la velocidad de la luz porque dependerían de su ánimo y de su espíritu. Ahora sí comprobarían cuán tenaces y fuertes eran sus cosmos.
En ese instante, casi pudo ver a todos los demonios que los atormentarían en el futuro: la duda, el pesar y la indiferencia no poseían nombres griegos ni mitológicos, pero en un mundo que insistía en perder la fe eran igual de peligrosos que los dioses.
Pero, con ellas, casi podía ver la silueta de Aioros y de los demás Santos, y con ellos, de Atenea. Sintió a su lado sus cosmos, igual de cálidos que si estuvieran vivos y como si las guerras santas jamás hubieran ocurrido. Justo como esas noches en las que escoltaba a la diosa al comedor y miraba de frente a la belleza, a la bondad y al poder.
La sonrisa del león se volvió tan brillante como no lo había sido en años.
— No estamos solos. Y tenemos tiempo.


El sexto sentido que aprendió a desarrollar, aunque todavía no confiaba mucho en él, le advirtió que le esperaba una sorpresa si hacía lo que tenía pensado. Aún así, Jabu supo que no descansaría bien por las noches hasta que lo intentara. Apenas conteniendo un estremecimiento, cerró los ojos y encendió su cosmo; era dorado, pero conservaba un filo violeta.
Se había encerrado en una de las cámaras de la Casa de Capricornio a pensar y se había alejado lo suficiente del tresor y de la estatua de Atenea entregando a Excalibur. Quizá por el temor de no obtener respuesta, no salió de la Décima Casa cuando, tras encender su cosmo, extendió los brazos y exclamó:
— ¡Túnica de Guerrero Ateniense, ven a protegerme!
Nuevamente sintió una corriente de elementos frente a él, y se preguntó si siempre lo rodearía cuando conjurara a su armadura, si era el único o si a todos les ocurría igual pero no lo confesaban. Vibraciones metálicas se integraron a los elementos y Jabu escuchó claramente cómo la puerta de la Cámara se abría para darle el paso a un recién llegado, una entidad con vida y conciencia propia aunque fuese de metal.
Sin embargo, no se colocó sobre él para protegerlo. Jabu supo que ésa era la sorpresa que había temido.
Al abrir los ojos, descubrió que frente a él estaba el tresor de Capricornio reluciendo con su tono dorado. Pero también lo aguardaba la armadura de Unicornio.
— ¿Y ahora?
— ¿No recuerdas lo que te advirtieron Seiya y mi maestro Moo?
Sorprendido, Jabu miró hacia el rincón obscuro del que la voz había provenido. Kiki, las manos cruzadas atrás de la cabeza, estaba sentado sobre una base de mármol y lo miraba con su sonriente y pecosa cara.
— ¿Cómo entraste aquí? —preguntó Jabu, molesto por tener una visita cuando deseaba estar solo y rumiar su descontrol.
Kiki cerró los ojos en actitud de sabiduría.
— Las Doce Casas no tienen puertas y a un niño-elfo no le es difícil entrar en los cuartos cerrados.
El joven lo miró con un odio más fingido que real.
— Algún día, Appendix, vas a pagarme todas las que me has hecho y créeme que no olvido ninguna.
Ya no vio el gesto de "sí, como no" que le dedicó Kiki. En cambio, se quedó viendo los dos ropajes que tenía ante sí. Los dos habían acudido a su llamado y esperaban a que eligiera cuál usar, como si fueran piezas de tela que aguardaban dentro de un clóset. Sólo por hacer la prueba, exclamó:
— ¡Unicornio!
La armadura se separó en partes y lo cubrió. No era el mismo diseño que en el pasado; un ataque de Elis había destrozado el casco y Hades el resto de las piezas. Pero Moo la había reconstruido, y aunque su trazo era más sencillo y en lugar de casco llevaba una tiara, había vuelto a vivir. Y era suya.
— Capricornio —murmuró, desesperanzado.
Al escuchar el nuevo nombre, el Unicornio lo abandonó. Había cedido su lugar al tresor conjurado, que dejó estelas doradas tras de sí al dirigirse hacia Jabu y mientras lo cubría. El joven había cerrado los ojos y si bien se sorprendió al sentir su protección, en cierto modo procedió más del alivio que del asombro. El tresor de Capricornio también había respondido. También era suyo.
— Te falta mucho por aprender, amigo Jabu.
Mirándose en el espejo de la habitación, Jabu notó que detrás de él se trazaban dos siluetas estelares. La primera tenía un cuerno; la segunda, dos.
— Lo sé. Moo y Seiya me lo dijeron.
Atenea te otorgó un tresor por la urgencia del momento, le había dicho su maestro.
Y porque te hiciste digno de él, corrigió Aries. Pero aún te falta dominar el Séptimo Sentido, aunque lo dominaste maravillosamente, porque la presencia constante del máximo cosmo es lo que llama a un Tresor. Serás Unicornio, pues todavía te protege, pero también serás Capricornio porque Atenea te lo concedió para protegerte y ante sus decisiones nadie desobedece.
— Sólo el paso del tiempo hará que sólo sea Capricornio —recordó en voz baja.— Jamás dejaré de serlo, pero de mí depende en cuánto tiempo el Unicornio ceda su lugar y busque a un nuevo portador.
Kiki dio un salto para bajar de la base y se le acercó.
—¿Y eso te preocupa?
La expresión de los ojos de Jabu fue respuesta suficiente.
— Dijeron que de ti dependería, amigo —afirmó con sincero aprecio, entendiendo lo que el joven sentía.— En un momento en que todos dependieron de ti, demostraste que no los dejarías caer, ni siquiera aunque era la primera vez que peleabas contra un dios o contra un Guardián.
Jabu sonrió débilmente.
— Va a pasar lo mismo —murmuró Kiki.— Cuentas con todos nosotros y con la señorita Atenea, que será muy feliz cuando lo logres. Ella va a ayudarte, igual que Seiya y mi maestro y que todos los demás.
Mentalmente, Jabu ordenó al tresor que lo abandonara y éste obedeció, dejando nuevamente estelas doradas a su paso. Sin querer, sus pensamientos se dirigieron hacia Atenea y la recordó justo en el momento en que lo convirtió en Santo a pesar de sus protestas.
"Milady", murmuró sin que su voz saliera de entre sus labios. Su compañera de juegos, la razón de su vida, su diosa y protectora aunque era indigno. Pero también, creyó, la mujer a quien había amado.
Sin embargo, hasta entonces comprendió que no había amado ni la diosa ni a la mujer,al menos con lo que implica un amor de pareja. Había adorado lo que ella representaba: el rescate de una orfandad miserable, la gratitud, la clase y finalmente la luz. Era más veneración que amor.
¿Por qué lo descubría hasta entonces? No era porque ella se hubiera marchado; lo habría comprendido aunque siguiera viva.
Mientras tanto, Kiki miraba la armadura de Unicornio con admiración a pesar del diseño tan sencillo (al maestro Moo le faltaron materiales, justo como cuando reconstruyó las armaduras de Seiya y de los demás, pensó). Era un trabajo magnífico: las botas eran más estilizadas, como si fueran las patas de un caballo; el cinto lucía una hebilla bastante trabajada y las hombreras eran más rectas. La tiara todavía poseía un cuerno espiralado, pero el resto era sencillo y brillante. Los unicornios debían poseer igual belleza.
— ¿Cuándo repararon la armadura? —preguntó.
— Hace dos días. Moo me llamó para entregármela y fue cuando Seiya y él me advirtieron lo que podría pasar —confesó, distraído.— La verdad, me sorprendí al verla. No creí que con el polvo que quedó podría hacerse algo.
— Bueno, el señor Moo es un genio para reparar Armaduras —dijo Kiki.— Sólo necesita polvo, sangre, su cosmo...
No pudo terminar la frase. Justo como en el Averno, Jabu acababa de tomarlo de los hombros y lo levantaba del suelo. Kiki ni siquiera tuvo la oportunidad de decirse que ya debería estar acostumbrado a esas reacciones.
— ¿Cómo que sangre? —le preguntó.
— ¡No me digas que olvidaste el procedimiento! —exclamó Kiki.— ¡Toda reconstrucción de armaduras necesita sangre humana!
"¡Lo había olvidado!", pensó Jabu, furioso consigo mismo. "Lo olvidé aunque ya lo he visto. Soy un estúpido."
Pero, ¿quién podría haber dado la suya en beneficio de un santo indigno, sobre todo ahora que todos pensaban más en su propio dolor por la muerte de Atenea?
Sólo alguien que hubiera estado dispuesto a dar su vida por él.
— Shaina.
Sin pensar soltó a Kiki, quien previendo la decisión anterior, levitó para evitar el golpe. Jabu no pudo decir nada más, sus ojos relampagueando ante la idea que acababa de ocurrírsele y que no podía ser incorrecta; lo único que hizo fue salir de la habitación y de la Casa, preguntándose en dónde podría encontarla.
Kiki, dando saltitos, lo siguió hasta la entrada y luego solamente con la mirada. Quizá porque era un elfo no comprendía a los que eran por completo humanos. Pero había visto a hombres capaces de destrozar las estrellas y derrotar a los dioses antiguos sucumbir ante el nombre, la mirada o el recuerdo de una mujer, y con eso bastaba.
Sonrió con picardía.


Desde lejos, le impactó la digna y triste figura de aquel Caballero, perdón, Santo. No era la primera vez que percibía fuego en un cosmo, y en aquella ocasión también había procedido de la misma persona. Si antes cruzó tres palabras con él habían sido demasiadas, pero suficientes para comprender que el alma de Ikki de Fénix, ahora de Cáncer, era muy profunda. Más que la de cualquier hombre común; por necesidad, la de un solitario que ha sufrido mucho.
June se preguntó en qué pensaba Ikki, sentado y mirando al mar en Cabo Sunión. Y también se preguntó por qué, de todo el Santuario, se le había ocurrido que el único que podía ayudarla era él.


Desde la muerte de Esmeralda, Ikki se había acostumbrado a quedarse largas horas pensando, sin notar si estaba solo, tenía hambre o hacía frío. Sus pensamientos invariablemente se dirigían hacia ella, y con más razón ahora que estaba cerca del mar. Durante el tiempo en que la locura inundó su mente y lo dominaron los deseos de poder y de muerte, su recuerdo fue lo único que evitó que su corazón se volviera por completo malvado. Ares podría controlarlo a través del odio, pero ni siquiera su influencia lo alejaba del pasado y del deseo de volver a escuchar la voz de Esmeralda sobre el sonido de las olas.
Habían transcurrido años y habían pasado muchísimas cosas. Dioses, batallas, guerras y destrucción no habían ocurrido en balde, la cicatriz de su rostro muestra visible de todas las cicatrices que cubrían su alma. Y la última guerra no había sido la excepción: el dejar de ser la encarnación del Fénix; saber que quizá pasaría mucho tiempo antes de ver de nuevo a Esmeralda y que él no podría adelantarse ni una hora; descubrir el lado obscuro de su hermano; recordar que seguía siendo un ser humano, a pesar de su poder, y que era vulnerable a las emociones...
La muerte de Atenea, a quien lo unía algo más profundo que la amistad y que la veneración, y que se negaba a aceptar incluso entonces.
Todo representado por la nueva cicatriz en su muñeca izquierda, marca que él mismo se había hecho para quitarse la vida.
Estaba vivo, pero más solo que nunca.
"¿Cuánto tiempo debe pasar para que esté contigo, Esmeralda?", se dijo con tristeza. "Antes deseaba con todo mi corazón volver a verte, pero me resignaba a que no ocurriría jamás porque era el Fénix y no podría morir. Ahora que sé que la siguiente vez que muera será la última..."
Y sonriendo con ironía, pensó en cuán difícil le resultaría aguardar.
El sol brillaba sobre el mar, sus dorados rayos recordándole el rubio cabello de Esmeralda. Nox quiso destrozarle el alma, pero le había hecho un favor. Sin embargo, hasta entonces Ikki comprendía el verdadero motivo de su propio aislamiento, algo que en algún momento le pareció tan estúpido que no le había dedicado gran tiempo —y que entonces resurgía con intensidad.
No había querido volver a amar a una mujer. Pero lo había hecho.
Se había negado por largo tiempo a combatir en nombre de Atenea, hasta después de que ella realizó el milagro de devolverles la vida a su hermano y amigos durante la batalla de las Doce Casas. Ya en Asgaard peleó por su diosa e igual en el Mediterráneo tras comprender que había sido muy egoísta. Y lo confirmó hasta el año anterior, cuando le dijo que se marcharía del Santuario, y ella le dedicó una triste mirada, pero no lo detuvo.
Su amor por Atenea era tan obvio que se preguntó por qué no lo había visto antes. En cada uno de los ataques de Ave de Fuego, el dije de Fénix-Nike le recordaba que alguien le aguardaba. Cuando se presentó en su balcón, la sonrisa de ella iluminó la noche. Cuando ella se quedó a su lado porque pensaba matarse a la mañana siguiente, pudo dormir en paz.
Ikki siempre supo que Saori amaba a Seiya, y él amaba a Esmeralda aunque estuviera muerta. Era en verdad estúpido.
Sin embargo, ahora se sentía muy solo. Porque había descubierto que su dañado corazón había vuelto a amar a un imposible y no había nada que le quitase ese dolor. O mejor dicho, no lo haría hasta el día de su muerte.
"Fue mejor así", pensó, inclinando la cabeza y cerrando los ojos. "Ella nunca me había correspondido y yo no habría tenido corazón para robarle a Seiya su rayo de luz."
Miró de nuevo al horizonte y sintió como si, desde el Eliseo, alguien lo observara a través de la fuente de Mnemosine.
"No debo ser egoísta. Yo tengo mi propia luz. ¿Y qué son algunos años en comparación con la eternidad que nos aguarda?"
En eso, percibió que no sólo lo observaban a través de la fuente. No estaba solo.
Tranquilamente, miró por encima de su hombro y encontró a June quien, habiendo percibido tristeza en su cosmo, no se había atrevido a acercarse.
— Perdona que te moleste, Ikki —murmuró.
— Tú eres June, ¿o no? —preguntó sin mostrar gran interés aunque su mirada era gentil.— Te recuerdo aunque te he visto muy poco.
June asintió.
— Yo también —respondió en voz baja.
Ikki volvió a ver hacia el mar, esperando a que Camaleón le dijera qué la había llevado ahí. June descubrió que se había sonrojado sin ningún motivo, que no sabía si tutear a Ikki o tratarlo de "usted", y que a ella, que podía ser tan parlanchina, las palabras se le habían escapado. Por fortuna, lo que le preocupaba fue mucho mayor que las emociones que el Caballero y su cosmo de fuego le provocaban y dijo, decidida:
— Necesito tu ayuda.
— ¿Tienes algún problema con Shun? —preguntó, sin dejar de mirar el mar y los reflejos que le recordaban a Esmeralda.— No es mi costumbre intervenir en discusiones ajenas.
A pesar de que se sonrojó aún más, June respondió:
— No tengo ningún problema con él. Él es el problema.
Si bien Ikki no volteó, percibió que le prestaba más atención a lo que tenía que comentarle. Como si estuviera sola, June afirmó:
— Al principio, creí que era por la muerte de Atenea que se negaba a hablarme. Ya antes lo vi lamentando una muerte y su reacción había sido distinta, pero pensé que era por eso que se encontraba alterado. Sí tiene que ver, pero no es lo único.
Ikki no respondió, aunque era obvio a qué otra muerte había hecho referencia.
— Hoy fui a buscarlo, segura de que hay algo más —continuó June, fijando también la vista en el mar.— Era como si se estuviera escondiendo. Pero cuando lo encontré e insistí en hablar con él, me respondió que lo mejor sería que nunca nos volviéramos a ver. Que algo terrible podría ocurrirme si continuábamos juntos.
Una ola se estrelló justo bajo ellos, pero Ikki no la escuchó. Lo dominaban los latidos de su corazón y de sus recuerdos. ¡Las mismas palabras que él le había dicho a Esmeralda años atrás, poco antes de que su padre la matara!
June, al igual que la joven a quien más había amado en su vida, tenía los ojos llenos de lágrimas cuando le preguntó:
— ¿Qué le ocurrió en el Averno? Sé que sigue siendo el mismo, pero cuando me mira aparta los ojos de inmediato y no se atreve a hablarme, como si estuviera avergonzado.
E insistió en voz más baja.
— ¿Tú lo sabes?
Claro que lo sabía. Él mismo lo escuchó de boca de Nox: había despertado a su lado obscuro. Era una maldición de aquellos protegidos por un signo estelar doble, Andrómeda primero y Géminis en su máxima expresión. Y si el destino estaba siendo tan cruel como para que algunas frases volvieran a escucharse (porque el destino sí existía, le había demostrado la batalla), Ikki no veía sino tragedia en el horizonte de su hermano. Shun no temía que alguien lastimara a la mujer a quien amaba.
Temía lastimarla él mismo.
Demonios.
— ¿Dónde está? —preguntó, poniéndose de pie y mirando a la joven.
Ella señaló hacia la playa que estaba bajo ambos. A cierta distancia, alcanzaba a ver una figura solitaria que caminaba junto al mar.
June iba a preguntarle al Caballero qué podría hacer, pero la decisión que vio en su rostro impidió que lo hiciera.
— No te prometo nada —afirmó Ikki, mirándola.— Pero hablaré con él.
Sin decir nada más ni permitir que ella lo hiciera, el joven se dirigió hacia las rocas que le permitirían alcanzar a Shun. Podía teletransportarse, pero necesitaba pensar en sus palabras. El destino había sido lo bastante cruel para arruinarle la vida, ¡pero por Dios que no permitiría que eso le ocurriera a su hermano!
Había pensado mucho en los muertos, pero era hora de preocuparse por los vivos.
June vio cómo se alejaba; no pudo pensar qué era lo que debía hacer, y trató en vano de imaginar qué podía ocurrir para cambiar tanto a una persona. En especial, a una cuyo corazón era de oro y que parecía haberse quemado en el fuego del dolor.


— ¿Te encuentras bien, Shiryu?
A la dulce voz de Shunrei, el joven descubrió que se había quedado largo rato mirando su plato pero sin comer, a pesar de que le había preparado uno de sus platillos favoritos. Su mente se había alejado por completo y ni siquiera sentía hambre. Sólo la voz de su compañera de toda su vida lo había sacado de sus obscuros pensamientos.
— Sí, Shunrei —se apresuró en responder.— Gracias.
Ella sólo lo miró con sus ojos grandes y tristes. A pesar de que no se dijeron nada, cada uno conocía tan bien al otro que sabía qué le ocurría. Shiryu empezaba a comprender lo mal que Shunrei se sentía (alejada de Rozan, sin el Anciano Maestro, tras un día de tensión y de angustia durante el cual había sido atacada y había percibido su muerte...). Pensaba en algo que pudiera animarla, cuando ella le preguntó:
— Estás así por Seiya y por Atenea, ¿verdad?
La corriente de los ojos del joven se detuvo un instante. Su mirada se había vuelto más profunda, como si el Dragón se hubiera alojado ahí en su ansia de continuar protegiéndolo aunque no fuera su estrella.
— Tienes razón —respondió, con voz firme en su tristeza.— Todavía no puedo crer todo lo que ha ocurrido.
Como Shunrei permaneció callada, sintió la necesidad de externar lo que pensaba y continuó:
— Hace poco más de una semana, nuestras vidas eran diferentes. Estábamos en Rozan con el Anciano Maestro y con Shaka, y parecía que teníamos garantizada la eternidad. ¿Me comprendes? Sabía que él iba a morir, pero seguía vivo como si el tiempo no avanzara. Pero ahora todo ha cambiado. Él murió, y Saori también...
Y añadió en un tono más grave:
— Trato de pensar en qué pude haberlos ayudado y no encuentro nada que podría haber hecho y eso no sé si me alivia o si me entristece más.
— Pero me dijiste que el Anciano Maestro te ayudó cuando peleaste en el Averno, e incluso vimos su alma junto a la de Atenea —respondió la joven.— Los dos siguen vivos aunque ya no podamos verlos.
Shiryu la miró en silencio. Era verdad. Lo que acababa de decir era cierto, e incluso mucho más que eso. Los había visto, los había percibido a su lado, protegiéndolo y aconsejándolo, y los conservaría ahí con el don de los recuerdos. ¿Cuál era la verdadera causa de su tristeza?
La razón se le presentó claramente.
— Lo que no sé —confesó, más para él mismo que para ella— es si hice bien al pelear para que Atenea pudiera morir en lugar de encontrar el modo de salvarle la vida.
Shunrei no dijo nada.
— Siempre combatimos por salvar la vida de Saori —continuó, sus ojos empezando a llenarse de lágrimas.— La sola idea de que moriría a menos de que nos diéramos prisa e hiciéramos lo que fuera necesario me daba fuerzas para seguir adelante y enfrentarme contra quienes lo impidieran, sin importar lo que me podría ocurrir. Porque el que ella siguiera con vida era mucho más importante que lo que yo sufriera.
Shunrei estuvo a punto de contradecirlo, pero permaneció callada.
— El Anciano Maestro dijo que había llegado la hora de cerrar el Ciclo. Saori lo sabía y Hades también, y si entramos al Averno fue para cumplirlo por más doloroso que fuera. Y, de acuerdo, lo logramos. Pero...
Una lágrima cayó al lado de su plato. A pesar de que trataba de mantenerse tranquilo, era obvio su estado de duda y pesar, o al menos lo fue para la joven.
— Saori era más joven que yo. Y su misión era más importante que la mía. ¿No pudimos tratar de salvarla?
En eso, sintió cómo Shunrei le tomaba la mano. Su contacto era tibio y suave, el mejor consuelo que había recibido en toda su vida. Ella lo miró con sus ojos enormes y cariñosos, obligándolo en silencio a que la viera de frente cuando afirmó:
— Era tu deber.
Y añadió con más firmeza, aún dentro de su dulzura:
— Tus sentimientos no importan. Era tu deber y tenías que cumplirlo.
No necesitó añadir nada más. Se decía que el Séptimo Sentido sólo se alcanzaba al dejar las emociones de lado, y tal había sido su experiencia aunque lo comprendió hasta ese momento. Ahora que lo poseía permanentemente, simbolizado por el Tresor de Libra, se daba cuenta de que sólo funcionaba para el combate: seguía siendo un ser humano y conservaba sus sentimientos. Pero también era un Santo y tenía que apartarlos cuando el deber lo exigiera.
Atenea había debido morir para cerrar el Ciclo iniciado doscientos años atrás. Ahora dormía y, en doscientos años, volvería a despertar e iniciaría uno nuevo, en el cual una Era Obscura volvería a ser derrotada. Él ya no estaría ahí para observarlo, o quizá el mismo Plan Divino los regresaría a él y a sus amigos bajo otros nombres, identidades e historias.
Shunrei estaba en lo correcto. Había sido su deber y no importaba cuánto le doliese. Habría ocurrido de cualquier manera.
—Tienes razón —respondió, apretando su mano.— Muchas gracias.
Por un instante se miraron en silencio, comunicándose como en el pasado sin necesidad de frase alguna. Shunrei pareció volver a su realidad y apartó la mano, que Shiryu apenas dejó ir. Un ligero rubor cubría sus mejillas cuando se dirigió a la ventana, con pretexto de abrirla, y al Santo no le pasó desapercibido.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó la joven sin entender qué le ocurría.
— Esperaré un tiempo y regresaremos a Rozan. El Anciano Maestro me dijo que el lugar de un Santo se encuentra en Grecia, pero sé que el mejor lugar para elevar mi cosmo es en Cinco Picos. Ahí cualquier persona puede sanar.
Y añadió, pensativo:
— Debe haber algún modo de llevarnos a Seiya con nosotros.
Shunrei no se extrañó de que hablase sobre la partida de ambos. Después de todo, su lugar estaba en China y no en el Santuario, aunque si era necesario acompañaría a Shiryu hasta el fin del mundo. Pero al escuchar el nombre de aquel que era más su hermano si que amigo, percibió mucha tristeza.
Shiryu pareció darse cuenta y, mirándola, confesó la verdadera causa del pesar de su amigo más cercano:
— Seiya estaba enamorado de Saori y ella de él. Se ha quedado completamente solo a pesar de que ha encontrado a su hermana.
— ¿Por eso le escribiste esa carta?
— No sé cómo hablarle. Espero que lo que escribí le ayude un poco.
De nuevo, miró a Shunrei a los ojos.
— Seguramente lo hará —repuso ella.
Shiryu ya no dijo nada. Había pensado demasiado en Atenea y en Seiya y en el Anciano Maestro. ¿Por qué ahora, contra su voluntad, sus pensamientos regresaban a la persona que más quería en el mundo?
Aún así, decidió no adelantarse. Al igual que en los ciclos, todo se daba en el momento adecuado. Y, después de todo, su mayor virtud era su paciencia.


Hyoga vio el libro sin saber qué pensar, su corazón inundado por la tristeza. Ignoraba si sus amigos lo harían, pero él recordaba a la perfección haberlo visto en manos de Saori en más de una ocasión. A veces, cuando se quedaba despierto, podía ver a la joven con Mitsumasa Kido a través de su ventana, trazando constelaciones en el firmamento nocturno, comparándolas con las figuras de su libro y aprendiendo las leyendas de cada una. Ahora que volvía a verlo, la memoria había regresado con su carga de imágenes tristes. Le parecía imposible creer todo lo que había vivido durante los últimos días.
— Hilda me pidió que te lo diera —murmuró Flare, sus ojos mostrando la misma emoción al extenderle el libro.— Me dijo que lo encontró en la habitación de Atenea, pero que tus amigos y tú sabrían qué hacer con él.
Hyoga no pudo separar la vista del tomo, los recuerdos siempre su principal enemigo.
— Gracias, —murmuró mientras lo tomaba.— Espero que se nos ocurra algo.
Al sujetarlo, sus dedos rozaron los de Flare. En otro tiempo, nada lejano, se habría apartado de ella, pero entonces no lo hizo. La princesa tampoco reaccionó como antes. Con su cosmo recién despierto, logró percibir la infinita tristeza que provenía del Santo y de inmediato se sintió igual.
Cuando Hyoga volteó a verla, descubrió que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
— ¿Cómo te consuelo? —preguntó Flare.— Dime cómo y te juro que no dudaré un instante en hacerlo.
— ¿Crees que necesito consuelo? —respondió, sus ojos calmados, pero ya no fríos.
Flare asintió débilmente.
— Te conozco mejor de lo que imaginas. Sé que has sufrido mucho y que ahora mismo tu corazón está destrozado.
Y añadió, notando que Hyoga se negaba a soltar el libro para poder tocarla de ese modo.
— Nunca necesitaste fingir que no sentías nada.
Casi sin que se diera cuenta, percibió cómo Hyoga soltaba el libro y lo dejaba caer al piso. En una reacción idéntica, lo abrazó fuertemente y apoyó la frente contra su hombro izquierdo.
— Sólo déjame estar contigo, mi amor, y todo estará bien —lo escuchó suplicar, la voz quebrada por el llanto.
Lo que notó entonces fue que sus lágrimas caían sobre su cabello, primera vez en muchos años que el Santo se permitía llorar frente a alguien.
Flare nunca supo por cuánto tiempo escuchó el llanto del Santo, su máscara de frialdad destruida y dejando ver el profundo dolor que lo consumía. "¡Qué amada eres, Atenea!", pensó, llorando a su vez. "¡Los tuyos te adoran y lo harán siempre, e hicieron lo correcto aunque se les destrozaba el alma!"
— ¿También lloras, Flare?
Cariñosamente, Hyoga la sujetó de los hombros y la apartó un poco. Ella bajó la vista.
— Soy muy mal consuelo —dijo con sinceridad.— Me duele lo que a ti te lastima. Lo siento.
— No pienses eso. Eres lo mejor que me ha ocurrido.
Contra su voluntad, el Guerrero de los Hielos sonrió débilmente.
— Sé por qué me siento tan mal, —confesó. A la mirada curiosa de la princesa, respondió sin titubear.— Porque incluso en medio de este dolor, soy lo bastante egoísta para encontrar la felicidad.
Flare lo miró en silencio, sus ojos brillantes. Hyoga comprendió que quizá había sido demasiado franco y que ella estaba acostumbrada a algo diferente. Sin embargo, no se disculpó. Mientras se inclinaba a recoger el libro, decidió cambiar el tema.
— Escuché que hiciste maravillas para proteger a su hermana. Me agradaría que me lo describieras cuando tengas la oportunidad.
Y concluyó, volviendo a verla a los ojos:
— No te imagino en el papel de feroz valkyria.
— Muchas cosas ocurrieron ese día —respondió Flare con sencillez.— Aunque no lo creas, algunas fueron agradables.
Al decir eso, pensó en el fantasma de Hagen. Sea feliz, señorita mía, había dicho, que el día de hoy Hyoga de Acuario se ha hecho digno de usted. Su destino era muy claro, a pesar de que también se sintiera egoísta en medio de tanto dolor.
— Lo sé, —dijo Hyoga sonriendo.
Aunque ya no estaba en el Averno, casi podía ver a su madre, a Crystal, a Isaac y a Camus observándolos. Y casi juraría que aguardaban, y que Kraken le hacía la discreta señal de que la hora había llegado.
El hombre feliz era aquel que hallaba el amor y el perdón. Éste lo había conseguido con su sangre. El otro...
Sintió cuando Flare, cariñosamente, lo tocaba en la mejilla. Descubrió que se había quedado mirándola sin ver, todo su universo centrándose en sus ojos de cielo primaveral y en su cabello de sol. Ella sonrió, sus lágrimas dándole una extraña belleza.
— ¿Me contarás algún día qué te ocurrió? ¿Y también por qué sonríes de esa forma?
"¡Ahora, Hyoga, ahora!", pudo jurar que escuchaba, pero no supo si fue en su alma o en su corazón.
— Escuché que eres capaz de hacer maravillas, —repitió, su intención un misterio.— ¿Sabes? No lo dudo.
— ¿Por qué lo dices?
Hyoga la tomó suavemente por la muñeca, evitando que la joven retirara la mano de su rostro. Flare se sonrojó, pero no insistió; menos aún cuando él confesó en un tono de confidencia que no usaba con nadie:
— Porque no conozco a muchas personas que logren que un corazón de hielo se convierta en un corazón de carne con una mirada, ni que un muerto en vida sienta del deseo de vivir de nuevo incluso lejos de su diosa y de sus amigos.
Y añadió, acercándosele.
— Tú lograste ese milagro.
Hyoga jamás sabría cómo ocurrieron las cosas exactamente. Pero sí recordaría por el resto de la eternidad el momento en que vio que Flare cerraba sus ojos y él cerró los suyos y sus labios se unieron en el beso que el destino les había negado días atrás. Fue una caricia tierna y breve, pero no por ello menos sincera, y el corazón de carne que la princesa había revivido latió con tanta fuerza que Hyoga pensó que en cualquier momento se detendría y se encontraría en el paraíso.
Cuando se separaron, sólo pudo mirarla con toda la adoración del universo. "Gracias, Señor", alcanzó a pensar. "Gracias, gracias."
Flare lo observó con idéntico amor y, sin apartar la vista de él, sujetó una cadena que portaba al cuello. Era la Cruz del Norte e iba a devolverla a su dueño cuando Hyoga pidió:
— No, no es necesario. Quédate con ella.
— Pero no es mía —respondió Flare.— Tu madre te la dio...
— Y yo te la di.
La princesa sonrió con ternura.
— Ya pasó el peligro —insistió.— A ella no le gustaría que yo la conservara.
No supo interpretar la mirada del Santo. Su gesto era tierno y triste, pero también lleno de esperanza.
— Sé que podría parecerte una tontería y que pensarás que estoy loco —afirmó, él mismo incapaz de entender sus palabras.— Pero sé que mamá piensa que, por amor, todo está bien.
Si hubiera podido escuchar las voces de sus seres queridos desde el Eliseo, lo habrían rodeado bendiciones y exclamaciones de alegría.
— Y sólo hay una forma para que los dos la conservemos.


Las olas iban y venían, deteniéndose a escasos centímetros de donde se había sentado sobre la arena. Había flexionado sus piernas y apoyado la cabeza sobre sus rodillas mientras miraba el mar en silencio. No podía concentrarse en pensamiento alguno, pero eso no evitaba que se sintiera el ser más indigno del universo.
"¿Por qué las cosas tuvieron que pasar así, Atenea?", pensó Shun, una ola a punto de mojarlo pero retirándose de inmediato, como si no se atreviera a tocarlo. "¿Por qué tuviste que marcharte ahora? ¿Justo ahora?"
Comprendió que muchos de los años de su vida habían transcurrido de un modo similar: la tentación latía, pero siempre estuvo opacada por la luz, la seguridad y el exceso de confianza; aquel que desconocía el odio había podido amar sin reserva alguna. La luz, obvio, era Atenea. Pensar en ella y en lo que representaba era suficiente para ignorar que poseía un lado obscuro y peligroso.
Pero sabes odiar, le había dicho la última mirada de Reda. Tu alma ya no es pura y te has convertido en un ser humano completo.
"¿Un ser humano completo?", quiso preguntarle a la sombra.
Ya ni siquiera tienes a la cadena como barrera. Tu poder está al alcance de la mano. ¿No me estás agradecido?
Otra ola se detuvo a milímetros de él, y Shun estuvo a punto de preguntarle por qué no lo mojaba. Había pensado en matar a su diosa, había descubierto los rencores que guardaba contra sus amigos, y el Señor de los Muertos le había ofrecido quedarse en su reino. Podía detener las funciones vitales de cualquier persona si lo deseaba, había dejado de pertenecerle el arma que le impedía hacerlo, y la luz que lo guiaba se había extinguido. Si perdía el control una sola vez en su vida, ¿qué haría? ¿Lastimar a aquellos a quienes más amaba?
— ¿Me tienes miedo? —murmuró al mar que se retiraba de nuevo, y sus ojos se empañaron.
La imagen de Reda volvió a su mente. "¡Cómo te odio!", pensó sin vergüenza alguna. "¡Si no fuera por ti, mi vida seguiría igual! ¡Sería el mismo de antes!"
— Saori... —dijo en voz más alta, mirando al cielo.— ¿No hay esperanza para mí?
Una gaviota pasó cantando cerca de ahí, y la melodía le pareció conocida. Porque en eso descubrió que no había sido una gaviota, sino una flauta. Como en una respuesta divina, recordó la frase que Atenea les había dedicado en aquella batalla.
"Abraza fuertemente el corazón del cosmo, que se encienda con calor y crearás un milagro."
Miró hacia atrás, a las rocas. El músico se interrumpió al saberse descubierto.
— ¿Dónde aprendiste esa tonada, Sorrento?
El Shogun de Marina, desde su sitio en la roca, apartó la flauta de sus labios.
— La escuché a lo lejos, poco antes de que se abriera el Portal, y de inmediato supe que provenía de ella— respondió, su rostro conmoviéndose ante el nombre que no había mencionado.— No me equivoqué, ¿verdad?
Shun lo miró en silencio, sus ojos brillantes como en el pasado pero llenos de tristeza. Sorrento decidió no preguntar qué le había ocurrido, pero percibió su pesar. "Necesitan a su diosa", pensó. "Yo también, pero sé que estará conmigo aunque por mucho tiempo fui indigno de ella. ¿Por qué ellos no pueden verlo?"
— Vengo a despedirme— afirmó el Shogun, quien no portaba su Escama ni usaba la flauta correspondiente.— Y esta vez no creo que volvamos a vernos.
— Me sorprendió verte aquí, —confesó Shun.— Ya habías hecho mucho por Atenea y por la Orden al advertirnos sobre Hades. No esperaba que vinieras al Santuario.
— Yo tampoco...—murmuró Sorrento, mirando al mar.
Shun no tenía forma de saber lo que había ocurrido en el alma del Shogun, y viceversa. Pero los dos habían cambiado y podían percibirlo.
— ¿Puedo preguntarte a dónde irás? —preguntó el Santo, pero su tono dejaba en claro que comprendería si no recibía respuesta.
Sorrento suspiró y respondió en voz baja:
— No te lo dije, ¿verdad? Da igual que te lo diga o no, que de cualquier forma acabarás averiguándolo.
Y con un tono más firme, sentenció:
— Vivo en la Mansión Solo. Soy el misterioso amigo del joven Julián, quien alguna vez albergó a Poseidón. Cuido que jamás recupere el recuerdo de aquellas semanas para que el Sello de Atenea permanezca intacto, al menos durante el transcurso de nuestras vidas.
Shun contuvo el aliento; no notó que el mar volvía a acercársele y que esta vez sí lo tocaba. En medio de sus temores, había olvidado las guerras entre dioses y la amenaza que eternamente pendería sobre Terra. Como para completar su pensamiento, Sorrento añadió:
— Es curioso. Los dioses duermen, pero no mueren. Siempre están ahí aunque sus cuerpos desaparezcan, y te responden aunque los llames en oraciones silenciosas. Por eso mismo, Julián Solo nunca debe recordar y Atenea no debe ser olvidada. Ella está aquí, contigo y conmigo. No lo comprendo del todo, pero me siento mejor al saberlo.
Shun no supo qué responder y miró de nuevo al mar. Todo lo que había dicho Sorrento era verdad: era como si una luz empezara a brillar dentro de su alma, indicándole el camino.
En eso, sintió que algo lo tocaba en el hombro. Al voltear, encontró la flauta de marfil que el Shogun había estado tocando, y apenas alcanzó sujetarla antes de que cayera sobre la arena.
Miró hacia donde Sorrento estaba, pero descubrió que se marchaba.
— ¡Sorrento!
— Adiós, Santo —respondió sin voltear a verlo.— Sólo recuerda que nada es tan grave como parece.
Aunque se puso de pie, Shun permaneció en su sitio.
— Olvidas esto —afirmó, alzando la flauta.
— Es para ti. En parte, para que no olvides lo que acabo de decirte. En otra, porque me es difícil decir "gracias".
— ¿Gracias?
Sorrento se detuvo. Vio a Shun por sobre el hombro y, sonriendo, murmuró:
— Porque gracias a lo que dijiste, yo también sirvo a Atenea.
Por primera vez en días, Shun sonrió. No imaginó que lo que había comentado aquella vez sirviera de algo, pero lo había hecho. Sorrento de Sirene sonrió en un último saludo al nuevo Santo, volvió a dar la vuelta y se fue sin mirar hacia atrás. Shun no tenía forma de saber que aquel hombre se llevaba una fotografía en el bolsillo y una tonada en el alma.
Suspirando, Shun volvió a sentarse sobre la arena. Por un rato, vio la flauta que le había regalado mientras pensaba en las palabras de Sorrento. "¿Estará Atenea conmigo, aunque no puedo verla ni hablar con ella?", se preguntó sin mucha esperanza.
Se preguntó si estaba condenado a vivir solo por el resto de su vida. Lejos de su hermano, de sus amigos... de June. ¡Todo con tal de jamás lastimarlos!
Dejó caer la cabeza sobre sus rodillas, sintiendo cómo se ahogaba en algo más profundo que el mar.
— Por favor, Saori, si es verdad lo que Sorrento dijo, —suplicó en voz baja— mándame una señal.
Fijó la vista en las sombras que se proyectaban sobre la arena y el mar, los ojos llenos de lágrimas. En eso, descubrió que otra sombra se trazaba y se unía a la suya cuando el sol la proyectó. Alzó la vista para encontrar una silueta muy conocida cerca de él.
— ¿Pensando?
La voz de Ikki, como de costumbre, era firme y dulce a la vez. En otra época, Shun habría exclamado gustoso el nombre de su hermano, pero entonces se limitó a mirarlo en silencio y, después, a mirar de nuevo hacia el mar. Ikki comprendió que June no había exagerado en su temor, pero no comentó nada y se sentó junto a su hermano.
Por un rato permanecieron callados. El mar no tocaba a ninguno de los dos y las gaviotas ya volaban lejos de la costa. Ikki, tranquilamente, comentó:
— Es curioso que a los dos nos guste mirar al mar. Ambos crecimos a sus orillas y aunque nos recuerda cosas diferentes, regresamos a él cuando estamos confundidos.
Shun no respondió.
— Cuando murió Esmeralda y mi alma se consagró al mal, únicamente el vaivén de las olas conservó un poco de bien en mí —prosiguió, como si estuviera solo.— ¿Nunca te has detenido a mirarlo con cuidado? La superficie está llena de luz al reflejar al sol y a las estrellas, pero abajo de ella no hay más que obscuridad que, aún así, genera vida. La obscuridad sube con las olas, se une a la luz y las dos se convierten en espuma. Incluso entonces, dominado por la locura y por el odio, lo comprendí. Por eso amo al mar.
De nuevo no obtuvo respuesta. Era mucho más grave de lo que había imaginado, pero no había modo de olvidar lo que estaba pasando. Sujetó entonces un puñado de arena, las partículas más finas siendo arrastradas por la brisa, y continuó:
— La arena completó la enseñanza del mar. Hace millones de años cada grano de arena era una roca, y en millones de años volverá a serlo. Pero su verdadera naturaleza no cambia. Yo seguía siendo el mismo, aunque odiara, y tan cierto fue que mira en dónde me encuentro. He conocido el mal, el odio y el rencor, pero también el bien.
Y al notar un leve relámpago en los ojos de su hermano y entender en dónde se encontraba el problema, añadió:
— Por un tiempo te envidié muchísimo. Y a los demás también.
El que Shun permaneciera callado no significó que no le prestara atención. Un temblor que no pudo controlar hizo que tirara la flauta sobre la arena. Ikki lo notó.
— Envidiaba a Seiya porque su vida estaba resultando justo como lo quería. ¿Recuerdas que de niño pensaba en ganar una armadura para encontrar a su hermana? Sus planes estaban funcionando, pero yo no tenía nadie por quién luchar. Envidiaba a Shiryu porque él fue entrenado por un maestro sabio y generoso, y eso se reflejaba en su carácter. ¿Por qué yo no recibí una bendición semejante? Envidiaba a Hyoga porque, aunque muerta, tenía a su madre en su corazón, y ella le daba la fuerza que necesitaba para seguir adelante. ¿Por qué yo había perdido ese recuerdo? Envidiaba a Saori porque ella simbolizaba mi mala fortuna. Ella tenía todo, y yo no.
Y con voz más grave, añadió:
-— Te envidié porque guardaba un estúpido rencor. Pensaba que tú eras el culpable de mi sufrimiento y lo único en que pensaba era en vengarme y matarte. Envidiaba el que hubieras podido conservar tu inocencia. Creo que nunca sabré qué fue lo que me evitó matarte en el Coliseo, porque sé que quería hacerlo.
Sintió que Shun, sorprendido, lo miraba. Su inesperada confesión empezaba a surtir efecto.
— Me alejé por muchas razones, pero hasta ahora comprendo algunas. Si fui exageradamente duro con ustedes fue porque no quería que sufrieran lo que yo pasé. No quería que sufrieran y tampoco quería lastimarlos por lo que, a sus ojos, parecería crueldad. ¿Sabes qué lamento ahora? Todos los momentos que pude compartir con Saori y con ustedes y que perdí.
Shun se sobresaltó ante su última frase. Los ojos de Ikki, relampaguearon como el fuego al confesarse.
— ¡Si quieres se debió a mi carácter y por eso prefería estar solo, pero perdí momentos que no se repetirán! Sé que mucho de lo que vivieron fue desagradable, pero ahora que Atenea ya no está, cambiaría días enteros de mi vida con tal de regresar en el tiempo y acompañarla.
— Ikki...
El Santo se había levantado, presa de su propio e inconfesado dolor. El mar se estrelló contra las rocas lejanas en violento oleaje, y se calmó cuando, en voz baja, Ikki concluyó:
— Pero también sé que no tiene caso llorar. Yo elegí mi camino y viviré con él por siempre, como a Atenea le habría gustado que lo hiciera.
Shun se puso de pie, sujetando la flauta en la mano derecha.
— Tengo miedo.
Ikki no volteó a verlo.
— Desconocía el odio y ahora lo siento. Descubrí el rencor que guardo contra mis seres queridos. Encontré el lado obscuro de mi alma y ya no tengo la cadena que me impedirá recurrir a mi poder. ¿Por qué el destino me escogió y no a alguien más?
"El destino existe y no existe", pensó Ikki. "No hay otra verdad."
— Saori lo sabía y de algún modo me ayudó a controlarlo por años. Pero ahora que ella ya no está y que mi poder se convirtió en mi penitencia, ¿cómo saldré adelante?
— Me tienes a mí.
Aquellas sencillas palabras, de algún modo, golpearon su alma justo como el mar golpeteaba contra las rocas. Justo como en la batalla del Valle de la Muerte, en el momento en el cual la verdadera alma del Fénix resurgió para pedirle perdón a Andrómeda, ahora Cáncer apoyaba ambas manos sobre los hombros de Géminis, obligándolo así a mirarlo a los ojos.
— Somos muy parecidos —sentenció.— Somos como el mar, hecho de luz y de obscuridad. También como la roca, que permanece igual aunque se convierta en arena. ¿Dijiste que nada te impedirá usar tu poder? Te equivocas. Nos tienes a mí, a Seiya, Hyoga y Shiryu y a June. Y Atenea siempre estará con nosotros. Pero aún cuando te faltáramos, tienes tu corazón, que aunque conoció el odio, también conoce el arrepentimiento.
Shun quiso decir muchas cosas, pero no tuvo palabras para hacerlo.
— No permitiré que cometas mis mismos errores —aseguró Ikki.— Te lo juro.
Como si alguien se uniera a su promesa desde el Eliseo, un rayo de sol se reflejó en el mar y su luz dio contra los rostros de los hermanos. Ikki supo que no sería fácil; su hermano y él estaban llenos de cicatrices en el espíritu. Pero también sabía, por experiencia, que las cicatrices sanaban aunque no desaparecieran. Shun únicamente miró a su hermano, sus ojos reflejando la luz que empezaba a volver a su corazón. Que, de hecho, nunca se había marchado del todo.


"Seiya,
"Sé que lo que pueda decirte será inútil. Tu dolor es demasiado grande para que una simple nota logre aliviarlo. Lo único que sé es que pasé hace poco por un dolor semejante al tuyo, y que tal vez por eso te comprendo un poco más que los otros. Tampoco olvido que sabemos leer nuestras mentes y almas, pues por algo somos amigos, y que comprenderás y perdonarás cualquier error que cometa.
"Podría hablarte sobre la profundidad de la vida y del ciclo que lleva, que desde el momento en que somos concebidos todos comenzamos a morir y que por más elevado que esté nuestro espíritu es una condición humana sentir dolor ante la muerte. Podría decirte que ella y tú, tarde o temprano, tendrían que separarse, si no ahora dentro de años, cuando quizá habría sido más doloroso. Sin embargo, sé que no es eso lo que necesitas escuchar en este momento.
"La verdad, no tendría idea de lo que quieres escuchar de no ser porque he pasado por lo mismo.
"Sé que justo ahora dudas de la bondad del Omnipotente, en especial por cómo ocurrió. Sé que darías todo por arrancarte el corazón y alcanzarla en el Eliseo. Sé que no tienes la menor idea de qué harás por el resto de tu vida. Todos nos hacemos las mismas preguntas en algún momento, y éste es el tuyo. La diferencia está en que tienes que salir adelante. No sólo porque eres un hombre y has superado pruebas mucho más difícil y crueles. Debes pensar también en ella, porque aunque no lo puedas creer, ella sigue viva y permanecerá siempre contigo.
"Es posible que dudes de la existencia del Eliseo, pero también sé que eres lo bastante inteligente para no negar lo que todos presenciamos. Así que no tienes por qué rechazar el hecho de que Saori nos estará aguardando hasta que llegue nuestro momento, a ti en especial, ni que algún día volveremos a estar todos juntos. Ella se nos adelantó, pero en algún momento todos, tú, yo, ella y nuestros amigos, maestros y compañeros nos reuniremos otra vez, y entonces descubrirás que la espera en realidad fue breve.
"Un hombre sabio me dijo que la muerte es una separación temporal y física, pero nunca espiritual ni mental porque lo que realmente duele es la ausencia. Otro hombre muy sabio, que fue como un padre para mí, me enseñó que la muerte es necesaria para llegar al mundo de armonía perfecta que el hombre rechazó.
"Pero un amigo, aquel que es casi mi hermano, sabe que la muerte no es más que un paso y que un ser querido permanece sobre todo en los recuerdos y que no hay modo de perderlos. ¿Comprendes?
"Llora, pero no te destruyas. Recuérdala como era y vive como si ella estuviera contigo. Y cuando nos reunamos después de morir, será como si nunca nos hubiéramos separado, porque en realidad habremos permanecido juntos, Saori con nosotros."
Seiya miró el papel por enésima vez, los pliegues de la carta marcados por tantas veces que la había desdoblado y vuelto a doblar. La había encontrado debajo de la puerta de su cuarto, y aunque no traía firma, sabía a la perfección quién la había escrito. Shiryu, su querido amigo, preocupado por él como lo haría por un hermano. Pero sus palabras, aunque ciertas, le parecían escritas en un idioma que desconociera.
Para él no había más que una realidad, y era que Saori había muerto. No sufría por todo lo que tuvo que pelear y padecer por ella, sino por la joven a la que no pudo salvar porque no debía hacerlo. La joven a quien amaba.
El sol que caía sobre el anfiteatro no lo calentaba en absoluto. Tras días nublados y lluviosos, al fin había vuelto la luz. A Seiya le daba igual, y tampoco le importaba estar solo. Como lo pensó antes, cada uno de sus amigos poseía una vida por la cual seguir adelante, pero a él ya no le quedaba nada.
Jamás imaginó el verdadero peso de aquella palabra. Nada.
Casi podía ver a Saori frente a sí. Su largo cabello del tono de la miel caería sobre su espalda y sus hombros formando rizos muy suaves, casi invisibles, en las puntas. Su vestido blanco (su favorito, el de mangas esponjadas y faldón rosado) vendría cubierto de polvo, pero bastaría con un solo movimiento de sus delicadas manos para limpiarlo. Quizá no portaría más joyas que un discreto collar o que un par de aretes pequeños, pero sí usaría sus guantes de encaje, un detalle de femineidad que nunca se negaba. Sus ojos sin pupilas parecerían reflejar la luz de aquel helado sol, y tal vez arrugaría la nariz con el gesto despectivo que le sentaba tan bien. Lo regañaría por algo. A veces eres tan imprudente que me desesperas, Seiya, diría, pero me alegro muchísimo de tenerte a mi lado. Su voz sería dulce y tranquila, pero llena de vida.
Vida que la había abandonado.
— Saori... – murmuró, inclinando la cabeza para ya no ver aquella insoportable luminosidad.— Llévame contigo...
— Esa petición nunca se le hace a una diosa, sobre todo a una a quien has amado.
Alzó la vista a pesar de que había reconocido la voz. Cerca de él se encontraba una figura vestida con una larguísima túnica blanca. Aunque era mujer, lucía sencillos atributos de plata y de oro, incluyendo una tiara que sujetaba su cabello rojizo. Un cinturón de plata, el único adorno de la túnica, ceñía la tela a su cintura.
De momento, Seiya no supo cómo llamarla. Por años se acostumbró a decirle Marine, y siendo su maestra conservaría ese nombre. Pero también era Seika, nombre que sólo usaba en su mente. Ella notó su confusión.
— Lo que le pides a un dios podría serte concedido.
— Ojalá —murmuró, desesperanzado.
Marine se sentó a su lado, sobre las gradas del anfiteatro. Sus ojos eran gentiles, todo lo opuesto de lo que habría parecido cuando portaba su máscara y no alcanzaban a verse. Seiya no tuvo corazón para mirarla de frente, especialmente después de tanto tiempo, y ella lo notó.
— No digas eso, Seiya —respondió, la voz en parte la de la maestra y en otra la de la hermana.— Sé que estás pasando por una gran tristeza, pero muchos te necesitamos, aquí y ahora.
El Santo la miró en silencio. Ella interpretó su expresión y añadió con sinceridad:
—Te necesito, hermanito. Siempre te necesité.
Seiya se sentía demasiado deprimido para continuar con esa plática. Marine le cedía el lugar a Seika, y justo como todos sus conocidos, le pedía no sentir el dolor y pretender que saldría adelante. Prefirió cambiar la conversación.
— ¿Qué tal se siente ser la nueva Maestra del Santuario? —preguntó en un tono casual que hacía días que no utilizaba.
Seika-Marine captó su propósito y decidió seguirle el juego, al menos por algunos instantes.
—Es un honor que no merezco —respondió.— Cualquiera de ustedes es más sabio o poderoso que yo y merecería esta distinción.
— No es eso lo que oí. Dijeron que tú sola venciste a treinta daimons, si no es que a más.
La joven sonrió débilmente, fijando la vista en las sombras que se trazaban sobre las gradas.
— Era lo menos que podía hacer. Todos mis seres queridos estaban en el Averno y yo era la única que podía proteger esa puerta.
— ¿Pensabas en mí como tu alumno o como tu hermano?
A pesar de sus palabras, el tono de Seiya había sido alegre. Dentro de su dolor, uno de sus sueños se había realizado y el que no pudiese gozarlo del todo le parecía injusto. Marine, de momento, no respondió; inclinó la cabeza sobre uno de sus hombros, como acostumbraba, y todavía pensativa dijo:
— Por años me acostumbré a verte sólo como un alumno. Eras el hermano menor que busqué y de pronto volvía a tenerte muy cerca. Pero ya no éramos jóvenes comunes y corrientes, por más que lo deseáramos.
Prudentemente, no mencionó por quién habían debido abandonar la vida de todos los muchachos de su edad para dedicarse a la protección de una diosa.
— Aún así, en los últimos años volví a verte como mi hermano —confesó, volteándolo a ver aunque Seiya no la miró.— Presentía que algo estaba por ocurrir y quería protegerte como cuando éramos niños, pero por más que me lo aconsejaban sabía que todavía no debía confesártelo.
— Ya lo sé. Para que lograse alcanzar el Séptimo Sentido sin enfrentarme a mis sentimientos... —murmuró Seiya sin prestar mucha atención a sus propias palabras, hasta que recapacitó en lo que había oído.
Miró a su hermana y preguntó:
— ¿Te aconsejaron?
Marine asintió.
— Déjame adivinar. Uno fue Aioria, ¿verdad?
El nombre del Santo de Leo provocó en la Maestra un leve brillo en sus ojos que antes no tenía –o más bien, que no era visible debido a su máscara. Seiya recordaba que desde el entrenamiento Aioria y Marine habían sido amigos y trató de imaginarse si pronto tendría un nuevo hermano. Su corazón se inundó de tristeza y de envidia al pensar en ello.
— ¿Cómo pudiste contarle a Aioria algo que a mí no? —preguntó, frunciendo el ceño aunque no estaba molesto.
— No se lo dije. No tengo idea cómo lo adivinó. Quizá por actitudes mías que no noté —respondió Marine, sus ojos mostrando que decía la verdad.— El día en que Ikki se marchó, tuve que confesarle la verdadera relación entre nosotros.
Y añadió en voz más baja:
— Tal vez necesitaba decírselo a alguien.
— Bueno, al menos me cae muy bien —opinó Seiya, restándole importancia al asunto.— ¿Quién más te aconsejó?
— Shaina. No sabía si éramos hermanos o no, pero lo presentía por lo que llegaste a comentarle, e insistió en que te lo aclarara para que no sufrieras.
Al escuchar el nombre de la amazona, Seiya pareció recordarla en medio de su dolor. En los últimos días, en medio de tantos problemas y tribulaciones, en medio del profundo amor que sentía por Saori, Shaina se había convertido en una sombra. "¿Por qué será así el destino?", pensó fugazmente. "Tú y yo podríamos estar juntos y yo respondería a ese corazón tan enorme que tienes." la realidad volvió apenas Marine dijo:
— La otra persona fue Atenea.
Al escuchar ese otro nombre, Seiya desvió la mirada. No podía responder nada, su cosmo mostrando su tristeza. Marine lo sintió no tanto con su aura de maestra, sino de hermana.
— Cuando estabas adentro del Averno, llegué a lamentar no haberte confesado la verdad antes de que te marcharas —murmuró.— Pero ahora comprendo que todo ocurre en el momento adecuado. A veces lo provocamos nosotros mismos, a veces es por causas que no podemos comprender. Pero todo pasa en el instante en que debe hacerlo. ¿Me entiendes?
Seiya sintió que su hermana lo tocaba en el hombro, gesto que se había prohibido a sí misma por años. Su contacto era suave y tierno, y el joven sintió que prácticamente llegaba a su alma. Volteó a verla con sus ojos llenos de lágrimas. Ella sintió que su corazón se rompía, pero dijo:
— Sé cuánto amabas a Atenea, hermanito. Y sé que nada ni nadie va a aliviarte ese dolor, excepto el tiempo. Pero debes ver más allá de tu propio sufrimiento y comprender que no somos sino personajes en un proyecto muy grande del que ninguno conoce el desenlace ni el propósito completo.
— ¿Y yo qué? —preguntó Seiya con voz ahogada.
Marine suspiró mientras se ponía de pie. Su túnica cayó a lo largo de su cuerpo, agitada por una ligera brisa.
— Yo voy a estar contigo. Y todos tus amigos también. Pero tú eres el único que podrá superarlo.
Dio la vuelta y empezó a alejarse. Todo lo que decía era cierto, mas Seiya no estaba listo aún para olvidar el sentimiento y regresar a la razón. Volteó para mirar a su hermana, quien lo dejaba solo con sus pensamientos, y exclamó:
— ¡No podré logarlo, Seika!
La joven se detuvo. Sin embargo, cuando Seiya miró a su hermana por encima de su hombro, no era el gesto de los últimos días. Volvía a ser la maestra estricta de toda su vida, sus ojos firmes como un trozo de ágata, cuando sentenció:
— Tendrás que hacerlo, Seiya de Sagitario. No eres un hombre cualquiera. Eres un Santo de Atenea.
Seiya no logró responder. Las palabras se congelaron en su mente al mirar sin ver las ruinas del anfiteatro. Marine, sin decir más, lo dejó solo.
"Llora, pero no te lamentes", había escrito Shiryu.
"Eres un Santo de Atenea", sentenció su hermana.
"Deben ser fuertes aunque ya no esté físicamente", encomendó Atenea.
"Te amo", había confesado Saori al besarlo.
Soy un Santo, se dijo a sí mismo.
Pero, ¿de qué le servía, si su razón de ser, su diosa, ya no estaba con él?


Mientras las lágrimas de Seiya caían sobre el suelo griego, dos gotas cristalinas resbalaban de unos ojos aceitunados que lo observaban.
"¿Cómo puedo quitarte este sufrimiento?", pensó Shaina, mordiéndose los labios. "¿Cómo puedo aliviar tu soledad yo, que no tengo nada que ofrecer?"
Había observado la escena sin querer, Marine apenas ganándole el turno de hablar con Seiya. Pero ahora que lo había escuchado, comprendía cuán inútil habría resultado.
No tuvo corazón ni para mirarlo a los ojos. Con pasos ligeros, dio la vuelta y corrió de regreso a las Cámaras sin producir un sonido. Lo único que escuchaba eran los latidos de su corazón rompiéndose, y aunque no detuvo su carrera, cerró los ojos en un vano intento de olvidar lo que ocurría.
Y que había tenido la oportunidad para cambiarlo.
— ¡Un momento, señorita! ¿Qué te pasa?
Justo cuando escuchó eso, sintió que la sujetaban por los hombros y frenaban su carrera. Al abrir los ojos, se encontró frente a frente con Jabu; éste, conociéndola, la soltó de inmediato.
— ¡Nada! ¡Y no te importa! —exclamó.
Jabu se limitó a verla en silencio, sus ojos relampagueando. No le agradaba en absoluto cómo le había hablado, pero entendía por qué lo había hecho.
— Claro que no me importa, —respondió con tono un poco cortante.— Pero sé que es por Seiya.
Shaina no respondió de inmediato, su rostro mostrando su tristeza; aún así, volvió a ser la joven enérgica de siempre y dijo:
— Si ya lo sabes...
— ¿Para qué pregunto?
La frase de Jabu la desconcertó. Sus ojos eran firmes pero dulces a la vez, y la joven se preguntó por qué no se había ddado cuenta de que tenían ese tono tan particular de verde. Le dio la espalda, incapaz de soportar su mirada, y de pronto confesó:
— Entiendes lo que me pasa, ¿no es así? Si conoces tanto a Seiya y me conoces tanto a mí y también conocías tanto a Atenea, debes entenderlo.
Y añadió, su voz menos alterada.
— Por años lo he amado con todo mi corazón. Él me enseñó el verdadero camino. Pero decidí no obligarlo porque él amaba a Atenea.
Meses atrás, Jabu se habría preguntado qué le interesaba de aquella telaraña de amores mal correspondidos, pero en ese momento sintió que ahí era donde debía estar. Aunque no fuera un buen consuelo, tenía que estar a su lado.
— ¿Y ahora? La señorita Saori ya no se interpone entre ustedes.
Con ojos tristes, Shaina murmuró:
— Lo sigue haciendo.
Cuando no recibió respuesta, continuó:
— Está en cada uno de sus pensamientos. Si respira, es porque ella se lo pidió. Si hace algún movimiento, es para tocar su recuerdo. Y si sale adelante, será porque ella lo observa desde el Eliseo. ¿Cómo quieres que alguien como yo intente romper ese amor?
Y murmuró con un leve deje de ironía:
— No, Jabu. Lo que pasa es que murió la persona equivocada.
Unicornio-Capricornio frunció el ceño.
— Atenea le importaba a todos —murmuró ella.— Si yo hubiera muerto, nada habría cambiado.
— ¿Eso crees?
Shaina sintió que Jabu volvía a sujetarla por los hombros, aunque había respetado su deseo de no mirarla a los ojos. Su cosmo, aunque distinto, era parecido en calidez al cosmo de Seiya en el jardín del hospital.
— Tú también eres muy importante para todos —afirmó Jabu con voz decidida.— No quieres notarlo, pero lo eres. También para Seiya, aunque de un modo diferente al que te gustaría. Para mí...
¿Por qué había sentido la necesidad de incluirse?
— Y para Elis de Thanatos —concluyó a modo de broma, aunque esta fue un tanto amarga.
Shaina volteó a verlo, su turno de fruncir el ceño.
— ¿Por qué lo dices de esa forma?
— ¿Ya conocías desde antes a aquel sujeto?
— No, no lo conocía y no es ningún sujeto, aunque jamás lo vuelva a ver —respondió. En su turno de bromear, preguntó— ¿Por qué te molesta? ¿Celos?
Ahora fue Jabu quien le dio la espalda.
— No tendría por qué sentir celos —respondió fríamente y cambió el tema. — Espera a ver qué ocurre. Quizá Seiya reaccione algún día o Elis abandone el Averno y venga por ti.
¿Por qué decía eso con tristeza?
— En serio que es difícil comprenderte, —confesó Shaina.
— No, —interrumpió Jabu.— Tú eres la del carácter difícil.
Al decir "carácter difícil", dos ideas cruzaron velozmente sus pensamientos. La primera, que a esa mujer le debía demasiado, incluyendo su vida y su armadura, como para ser grosero con ella. En segunda, la de otra persona difícil de tratar. Se llevó la mano a la fuente, dándose una palmada por haberlo olvidado.
— Tatsumi —murmuró.
— ¿Perdona?
Cuando Jabu la miró, parecía haber olvidado la discusión sobre quién tenía el carácter difícil.
— Antes de que Hades se la llevara, la señorita Saori me encomendó que le diese a Tatsumi una carta que escribió para él. Era su mayordomo. Tengo que ir a Japón.
— Al menos te distraerás.
Shaina, de momento, no comprendió la sonrisa en el rostro de Jabu. Su expresión pícara añadió luz a sus ojos al decir:
— ¿Recuerdas lo que te prometí en el Tártaro?


Después de la cena, los cinco tenían las costumbre de reunirse en una de las cámaras para platicar. La tenían desde hacía tiempo, sólo que entonces Saori solía acompañarlos e Ikki estaba ausente. A pesar de los días tan difíciles que vivían, conservaban el hábito aunque hablaban muy poco entre ellos; pasaban una hora, tal vez dos, juntos y luego se iban a sus respectivas habitaciones a tratar de dormir.
Aquella noche había algo distinto. Cada uno se había impuesto inconscientemente una ley de silencio que habían roto en algún momento del día, y se notaba. Shiryu ya no estaba tan tenso como en días anteriores. Shun se había sentado cerca de sus amigos cuando en días anteriores se retiraba lo más posible. Ikki se encontraba en la habitación, mirando a través de la ventana. Seiya, aunque callado, ya no tenía los ojos tan enrojecidos.
Cuando se abrió la puerta, Hyoga entró con varias cosas en las manos. Sin embargo, no fue eso lo que llamó la atención de Shiryu: su rostro parecía relucir con una alegría inconfesada. Presintió que le había ocurrido algo tan agradable que no lograba ocultar, pero que por su misma naturaleza mantendría en secreto hasta un momento más propicio.
— Hilda me pidió que les diera esto —afirmó en medio del silencio que lo rodeaba.
A cada uno les fue entregando lo que la valkyria había encontrado en la habitación de su diosa. Aunque habían olvidado —o más bien, no tenían presente— el tiempo en que se comunicaron por medio de cartas, Shiryu y Shun recibieron con agrado los dos montones de correspondencia que recibieron. Seiya reconoció de un vistazo el sobre lleno de fotografías y empezó a verlas sin interés. En cuanto a Ikki, no esperaba nada hasta el instante en que Hyoga le dio el sobre lleno de recortes de periódico.
— ¿Qué es esto?
— La prueba de lo mucho que ella pensaba en ti –respondió Hyoga en voz baja.
Seiya extendió las fotos sobre la mesa, viéndolas todas a la vez.
— Ya no recordaba esto –confesó. Con voz menos triste, añadió.— Creo que he crecido y que he adelgazado. No. Todos lo hemos hecho.
Miró con ternura la foto donde sólo estaban Saori y él. "¿Segura de que algún día volveremos a estar así?", le preguntó en silencio, y aunque no escuchó respuesta, sintió como si la hubiera recibido.
Ikki también sonrió con su gesto incompleto. La joven había reunido prácticamente toda su carrera como vigilante en papel impreso, hasta el recorte de su última aventura, cuando lo habían herido. "Siempre me acompañaste, Atenea", pensó, sus ojos brillantes. "Gracias".
En cambio, el rostro de Shiryu se obscureció un momento. En una de las cartas, había encontrado una nota que decía: "Por favor, si tienes la oportunidad, ven a Rozan. Cada día encuentro más enfermo al Anciano Maestro, y aunque estoy consciente de lo que ha de pasar, me sentiría mejor si pudiera verte. Creo que él también." Esa carta no llevaba mucho tiempo de haber sido escrita y ya las dos personas a las que hacía referencia habían muerto, pero justo como le había dicho a Seiya, no se lamentaría aunque llorara. Una paz diferente había inundado su alma.
Shun sonrió por primera vez desde su regreso del Averno. "¡Ya sé reparar armaduras!", había leído después de una larga descripción de cómo había aprendido a conjurar el polvo de estrellas. Recordar todas las horas que se había tardado, cuando ahora podía hacerlo en minutos, era una muestra de que había mejorado. A Ikki no le pasó desapercibido su gesto, señal clara de que empezaba a sanar.
Después de dos breves golpes en la puerta, ésta se abrió y entró Jabu. A pesar de que los conocía desde niños, raras veces intervenía en aquellas reuniones, pero sabía que no existiría inconveniente alguno si lo hacía. Se sorprendió al encontrarlos leyendo, sus rostros más tranquilos que antes, y sin esperar dijo:
— ¡Qué bueno que están todos aquí, porque tengo algo que decirles!
Todos voltearon a verlo.
— Si necesitan algo de Tokio, díganme qué es y dónde puedo encontrarlo. Nos vamos a Japón pasado mañana.
— ¿Nos? —preguntó Seiya.
Jabu respondió, mirándolo a los ojos.
— Shaina y yo —y ante la sorprendida expresión de su maestro, añadió.— Le debo un favor y quiere conocer Tokio, así que aprovecho que tengo que ir para cumplir una promesa.
Seiya no supo qué decir.
— ¿Vas a la Fundación? —preguntó Hyoga, interesado.
— La señorita Saori me pidió que le llevara una carta a Tatsumi. Lo de menos sería enviarla por correo, pero él la quería tanto que me parece injusto —y en un tono más amable, añadió.— Yo le diré lo que pasó. Es lo menos que puedo hacer por ustedes.
A decir verdad, ninguno imaginó que Jabu tendría semejante delicadeza ni que, sin comentarlo con los demás, ya había pensado de qué modo le daría la triste noticia al leal Tatsumi.
Jabu pensó que la conversación había terminado, hasta que Hyoga dijo:
—Voy con ustedes. Hilda encontró un libro de Saori en su cuarto y no sabía qué hacer con él. Creo que lo mejor será que esté en la biblioteca de la Fundación.
— Perfecto —respondió Jabu, su gesto sincero. No había nada mejor que contar con apoyo moral.
Claro que no imaginó que llevaría tanto.
— Me gustaría ir también –pidió Shiryu.— No sería justo que fueras el único que tiene que pasar por esto.
— Cuenten conmigo –añadió Ikki sin mayor explicación.
— Conmigo también –dijo Shun, sonriendo débilmente.
Nadie más se sumó al grupo, y aunque cada uno lo lamentó en silencio, ninguno quiso presionar al único que faltaba. Jabu lo entendió y concluyó:
— De acuerdo. Ya le había comentado a Marine y dijo que no había problema, así que creo que no habrá inconveniente alguno en que vengan conmigo. Voy a avisarle de una vez.
— Dile que iré con ustedes.
El tono de Seiya no había sido alegre ni entusiasta, como siempre que se le hablaba de un viaje. Pero se había unido al grupo de cualquier modo, y eso era lo que importaba.
Lo que ninguno de sus amigos notó era que no se lo había dicho a Jabu. Se lo había dicho a una de las fotos de Saori, quien lo miraba fijamente desde el papel.


"Somos guerreros sin hogar. Somos guerreros sin final."
Shaina no entendió la siguiente frase de la canción, pero el coro era lo bastante simple para comprenderlo. Lo que había conocido de Japón había sido una combinación entre misticismo y modernidad, y de algún modo ahora podía entender mejor a los Caballeros que procedían de aquel país. Hyoga, quien siempre manejaba aunque tenían un chofer a su disposición, ya había salido del área urbana y se dirigía hacia el suburbio donde se encontraba la Fundación, mientras Jabu le mostraba los sitios de interés que iban encontrando por el camino.
Resultaba curioso ver la limosina, llena de jóvenes, seguir su amino hacia la Fundación. Jabu había enviado un telegrama a Tatsumi avisándole que estarían ahí –claro que sin explicar el motivo de su visita—, así que encontraron el auto a su disposición apenas aterrizó el avión. No había modo de saber si Hyoga iba más despacio de lo que acostumbraba a propósito o inconscientemente, pero lo hacía, y a excepción de la sencilla tonada del radio y de las explicaciones turísticas de Jabu no se escuchaba el menor sonido. Shun miraba a través de la ventana las construcciones que iban dejando atrás. Shiryu pretendía leer un periódico, pero en realidad meditaba; Ikki, más franco, había cerrado los ojos y se había cruzado de brazos, dejando muy en claro que no quería hablar con nadie.
Seiya miraba a través de la ventana, pero no se fijaba en nada en particular. Recordaba lo último que habían hecho justo antes de abandonar Grecia.
Al amanecer, Marine los había llamado al Templo de Atenea. De momento, pensó que sería únicamente para despedirse, pero cuando sus amigos y él llegaron, se encontraron con algo que no esperaban.
"Durante la noche, ascendí a Star Hill para averiguar lo que debemos hacer", decía la Matriarca con su tono calmado. "Escrito en las estrellas, descubrí que la misión que Atenea nos ha dejado es más grave de lo que pensábamos. El mundo ha perdido demasiado la fe, y si las grandes religiones se tambalean a pesar de las Verdades que han revelado, peor ha de ocurrir con las mitologías de la antigüedad. Está en nosotros evitar que esto ocurra, sobre todo en ustedes, porque son la sangre nueva entre los Santos."
Ante los rostros preocupados de los siete jóvenes, la Matriarca los guió hacia el interior del templo a confirmar lo que habían alcanzado a ver.
"Tal vez el siguiente ciclo sea el más difícil, pues no quedará nadie que aguarde a Atenea si nosotros fallamos. Pero no pierdan la esperanza. No nos han abandonado."
Ante ellos, notaron que una flecha dorada estaba clavada en la base de la estatua. Era la misma que Seiya había disparado para abrir el Portal y que, cruzando las Doce Casas, llegó hasta el templo. En eso, los rayos del amanecer la iluminaron y la piedra contra la que estaba clavada se volvió transparente, demostrando que no era tanto una base sino una urna.
En el interior, estaba la armadura de luz que había protegido a la diosa.
"Contamos con la Armadura que el Mito dio a Atenea, y reaccionará cuando el mal sea demasiado grande. También están los Doce Tresors Sagrados. Pero hay algo más."
Atrás de la estatua había un resplandor dorado. Al dar la vuelta, encontraron cinco figuras de oro. Eran las mismas que Lord Hades les había quitado después de juzgarlos, las mismas por las que lucharon, con las que se unieron y que los protegieron por tantos años, las mismas por las que Santos, Caballeros, Amazonas, Avatares y Shoguns habían derramado su sangre. En el fondo de sus corazones, sabían que serían Pegaso, Dragón, Cygnus, Andrómeda y Fénix por el resto de sus vidas, aunque ahora fueran portadores de Tresors, y se conmovieron al pensar que aquellas armaduras de bronce, plata y oro habían querido obedecerles por última vez, la voluntad de Hades siendo lo único que lo había impedido.
"También tenemos las Cinco", dijo Marine, orgullosa de lo que había ocurrido. "Cinco armaduras que han pasado por todos los niveles hasta alcanzar el oro, si no es que más, y que son tan fuertes como un Tresor aunque no pertenezcan a la Eclíptica. Sin embargo, también me fue revelado que solamente los pueden portar ustedes Cinco o, en su defecto, alguien que provenga de ustedes."
Hasta entonces, Seiya reparó que, después de que las armaduras se habían tornado en oro, no habían regresado a sus colores originales. "¿Qué significa esto?", se preguntó, aunque era obvia la respuesta.
Atenea los había elegido como sus Caballeros del Zodiaco y, en su herencia, había querido que todos se dieran cuenta de ello.
Claro que si Marine tenía razón y los únicos que podrían usarlos debían proceder de ellos, debería empezar a entrenar muchachos a la voz de ya. Era el único modo en que la Armadura de Pegaso contaría con un portador.
Un rayo de sol brilló sobre su dije, sacándolo de sus recuerdos. Shun había reparado las cinco cadenas después de que la Nike se separó y cada uno había recuperado el suyo. Su luz fue dorada como la del Tresor de Sagitario o la de la Armadura de Pegaso, y Seiya regresó al presente para descubrir dos cosas. La primera, que la canción ya había terminado.
La segunda, que acababan de llegar a la Fundación. Hyoga apagó el radio y Jabu guardó silencio cuando las puertas al jardín se abrieron frente a ellos. Ninguno dijo nada, pero Shun suspiró e Ikki abrió los ojos. Ya no habría forma de escapar a lo que les esperaba.
El sol brilló con intensidad conforme pasaban por el sendero de árboles. En medio de su silencio, cada uno recordó su vida en ese jardín, entrenando y jugando, amando y odiando a pesar de su edad. Prácticamente nada había cambiado, pero a todos les faltó un fragmento muy especial. Una niña altanera de cabello amielado y enormes ojos obscuros, vestida con trajes de encaje.
Cuando el auto se detuvo frente a la puerta, Jabu comprendió que había llegado el momento de dar la mala noticia.
— Espérenme aquí —pidió, sin voltear a verlos.— Yo entraré primero.
Ya iba a tomar el libro cuando Hyoga apagó la marcha del vehículo.
— No, Jabu –respondió Shiryu en nombre de todos.— Somos un grupo y vamos a acompañarte.
Como para confirmar sus palabras, los demás abrieron las puertas del carro y salieron. Incluso Shaina, que jamás había estado ahí, los acompañó. Jabu dejó que Hyoga tomara el libro (que al fin y al cabo le había sido confiado a él) y pronto se reunieron en la escalinata que conducía a la entrada. La joven no podía dejar de mirar en todas direcciones, asombrada ante el buen gusto del arquitecto, en especial después de que un sirviente les permitió pasar. Los otros, en cambio, encontraban el lugar muy conocido, si bien algunos detalles habían cambiado después del incendio.
Aunque el sirviente se ofreció a conducirlos a alguna sala, Jabu insistió en que preferían aguardar a Tatsumi frente a la escalera. Los rayos de sol que entraban por la ventana trazaban la silueta del candil a capricho y, sin querer, Seiya comparó el complicado trazo con lo que estaba a punto de ocurrir. Sentía como si, en cualquier momento, Saori fuera a descender por esa escalera, como era su costumbre, pero la calma que reinaba en la Fundación le mostraba que no ocurriría jamás.
— ¿Por qué están ahí? —escuchó, y su sangre se heló al pensar en lo que seguía.— ¿Por qué no pasaron a la estancia?
Se obligó a mirar a quien había hablado y que venía del mismo nivel en el cual se encontraban. Él, guerrero de tantas batallas santas, descubrió que no tenía corazón para mirar a los ojos a aquel hombre alto, fornido y calvo que no parecía envejecer. Tatsumi, eternamente vestido de etiqueta, se les aproximó, ante lo cual Jabu dio un paso al frente. Hyoga e Ikki mantuvieron la mirada fría, Shiryu permaneció calmado y Shun desvió la vista. Shaina se colocó atrás de ellos en un gesto de discreción.
— ¿Es ése el modo de saludarnos, Tatsumi? —preguntó Jabu, tratando de aligerar el ambiente que los cosmos de los siete provocaban, sin conseguirlo.
Pareció que hasta entonces Tatsumi se daba cuenta de que venían todos. Cuando llegaba a enterarse de algo, generalmente lo visitaban uno o dos.
— Qué raro que todos se encuentren aquí, —sentenció, mirando a cada uno.— ¿Por qué no se quedó alguien en Grecia?
— Nadie quiso –confesó Jabu, la voz empezando a fallarle.— Para lo que venimos a hacer, necesitamos estar todos.
El mayordomo notó que las miradas de todos, por más que intentaban conservar su expresión tranquila, mostraban un cierto grado de tristeza. Aparentemente calmado, Hyoga apretaba contra su pecho el libro que llevaba, que de inmediato identificó como perteneciente a la señorita Saori.
— Si lo que querían era devolver ese libro, habría bastado con que lo enviaran por mensajería.
Seiya no dejaría de admirar a su alumno cuando, reuniendo toda su voluntad, afirmó:
— No venimos a devolver el libro de la señorita. Tenemos que decirte algo.
Como si presintiera algo, el mayordomo abrió enormes los ojos y dio un paso hacia atrás.
— ¿Qué pasó?
Tatsumi había desviado la vista de Jabu y la dirigía hacia él y sus amigos, y sólo Ikki y Hyoga le habían sostenido la mirada. Seiya y Shun ni siquiera se atrevieron a alzarla, sólo que el pesar de uno era la angustia del otro. Jabu apenas se obligó a asentir.
— Tienes que ser muy fuerte, Tatsumi —sentenció con voz tranquila.— A la señorita Saori le habría gustado que lo fueras porque te quería mucho.
El mayordomo frunció el ceño.
— ¿De qué demonios hablas?
— Sí pasó algo –intervino Seiya, asombrado por su renovada voluntad para hablar al ver que su alumno había palidecido.— El Ciclo tuvo que cerrarse y a ella no le quedó sino cumplir su misión.
— A lo que Seiya y Jabu se refieren —concluyó Hyoga, con el tono más frío del que era capaz— es que hace pocos días que Saori murió.
Y añadió con visible tristeza:
— Lamento ser quien te lo diga.
Tatsumi lo miró con incredulidad, sus ojos desorbitados.
— No es cierto –respondió.— Ella no puede estar muerta.
— Es verdad —insistió Ikki quien, a pesar de sus sentimientos hacia el mayordomo, se sentía conmovido por la situación.— Tampoco podíamos creerlo, pero así ocurrió.
Contra lo que esperaban, Tatsumi no se entristeció. Antes más, enrojeció por el coraje.
— ¡No es cierto! —gritó, apretando los puños.— ¡La señorita Saori no está muerta!
— Pero...
— ¡No me interrumpas, Jabu! Son un conjunto de estúpidos. ¿Cómo pueden inventar algo así?
"Ya no lo soporto", pensó Seiya. "Es demasiado."
— ¿Cómo pueden decir que la señorita está muerta, si...?
— ¿Por qué gritas de ese modo, Tatsumi? ¿Qué forma es esa de expresarte?
Esa voz provocó un escalofrío general. Más aún, cuando añadió:
— No te permitiré que les hables así, en especial después de todo por lo que han pasado.
El vacío se hizo en los oídos de Seiya y no se escuchó más sonido que el de un libro que caía al suelo. Nadie tuvo valor ni para respirar al dar la vuelta y encontrar a una figura en la escalinata. Tatsumi, en defensa suya, respondió:
— ¿Cómo pueden decir que la señorita Saori murió, si llegó a este lugar hace tres días?
Ahora eran los siete los que murmuraban que no podía ser cierto. A media escalinata, los aguardaba una joven esbelta, de piel clara y con largo cabello del tono de la miel. Sus enormes ojos azul obscuro contrastaban con el elegante conjunto color vino que vestía. Ella sonrió, su gesto siempre luminoso, y comenzó a acercárseles.
— No te indignes, Tatsumi —sentenció.— Entiendo lo que sienten.
Por reflejo, Ikki se puso en guardia.
— Es una trampa de Hades —murmuró, su voz temblando.— ¡Es una trampa!
— Ikki, te juro por el Omnipotente que soy yo —aseguró Saori, sin detenerse.
Hyoga ya había pasado antes por eso, y al igual que su amigo, se preparó para atacarla.
— Debe ser un metamorfo. ¿Quién te envía?
— ¿Se han vuelto locos? –preguntó Tatsumi, extrañado ante su reacción.
— No soy un metamorfo ni provengo de Hades —insistió la joven.— ¿Qué puedo decirles para convencerles de que soy yo?
— Esa voz... —murmuró Shiryu, mirando a Saori a los ojos.
— Sé que es muy difícil de creer, pero deben hacerlo. No soy Atenea, sólo yo misma. Y tan lo soy, que recuerdo eventos anteriores a que conociera ese nombre. Sé que sus cuartos estaban en el piso de arriba, del lado contrario al cuarto donde veían televisión, y que el primero a mano derecha era el tuyo, Jabu.
El caballero-Santo dio un paso hacia atrás.
— Recuerdo que desayunaban muy temprano, y que las veces en que llegué a acompañarlos fue porque mi abuelo insistía —continuó.— Tú, Shiryu, comías muy poco porque no estabas acostumbrado a la comida de aquí, pero te acabó gustando. ¿No lo recuerdas?
"¡Es cierto!", pensó en respuesta. "Creí que nadie se había dado cuenta, pero.."
— Tú pasabas todo el día en la piscina, Hyoga. Incluso cuando habían apagado el calentador y el agua se helaba. Mandé a mi abuelo a que averiguara por qué y tú respondiste que así era en la tierra donde naciste.
Hyoga, sin darse cuenta, deshizo su guardia.
— Antes había un árbol lleno de marcas en el jardín. Eran huellas de puños. Tus manos, Ikki, porque pasabas horas golpeándolo para aprender a soportar el dolor. ¿Vas a decir que me equivoco?
Por toda respuesta, el joven apenas negó con la cabeza.
— Pero no recuerdo sólo eventos tan pasados. Shaina, ¿verdad que hace poco tiempo, cuando ofrecimos esa fiesta a Hilda, tú me ayudaste a decidir qué habría de cenar, porque no conocía mucho de cocina tradicional griega?
Shaina, quizá la que menos reflejaba la sorpresa que la inundaba, asintió.
— Es cierto... –murmuró.
— Shun, tú eres el más sensible —afirmó Saori, casi llegando al pie de la escalera.— ¿Te estoy mintiendo? Mi aura, ¿es diferente a la que poseía cuando éramos niños?
— No —respondió el aludido, su rostro mostrando una gran alegría.— ¡Es la misma!
Saori se detuvo, mirando a todos a los ojos y fijándose en Seiya.
— Si aún tienen dudas, abran el libro que traen. Encontrarán que hay pequeñas marcas en las constelaciones que antes los protegían, en las esquinas, y en la primera página se lee en la dedicatoria: "Para que encuentres tu destino en las estrellas. Te ama, tu abuelo".
Y finalmente, con ojos dulces, preguntó:
— ¿Todavía dudan?
— Saori...
La voz de Seiya se había ahogado en su garganta, pero de repente, fue como si la vida volviera a él, al mundo mismo, y gritó:
— ¡Saori!
Y sin pensar, corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, percibiendo su cálido cosmo humano, ¡simplemente humano! Riendo y llorando a la vez, hundió el rostro en su cabello, que como de costumbre, olía a flores. No podía controlar el temblor de su cuerpo y no podía decir nada que no fuera su nombre.
— ¡Perdónenme por no decirles antes! —murmuró Saori, quien también estaba llorando.— ¡Estaba muy confundida después de la muerte de Atenea!
— ¿Atenea murió? —preguntó Seiya, sin soltarla.
— Ella sí.
Seiya la abrazó con más fuerza.
— Pero tú estás viva...
En eso, sintió que lo tocaban en el hombro.
— Quítate —exigió Jabu, quien también mostraba los ojos llenos de lágrimas.
Contra su voluntad, pero entendiendo lo que sentían los demás, Seiya soltó a la joven y fue el turno de Jabu de abrazarla. Y al poco rato, Hyoga lo apartó sin decir nada, su felicidad completa por primera vez en toda su vida aunque lloraba. Shiryu, contra su costumbre, apenas esperó su turno y, cuando su amigo se retiró, la abrazó también.
— Es un milagro... —murmuró.
Shaina veía la escena con silenciosa alegría. Saori había vuelto y su amado Seiya era feliz de nuevo. Saori la vio, sus miradas comunicándose más que con todas las palabras, y se abrazaron.
— Fuiste tú... —murmuró Saori, tan bajo que apenas la escuchó.— Gracias a ti estoy viva.
— ¿Yo?
Apenas se separaron, respondió en voz baja:
— Eres una Moira. Cambiaste mi destino. Convenciste a tus hermanas.
Por contener el aliento, Shaina no se dio cuenta de que Shun pasaba junto a ella, su turno de abrazar a Saori. Y era tanta la felicidad de todos que nadie notó la expresión de sorpresa de ambos al abrazarse, como si una descarga eléctrica se hubiera creado en ese gesto. Saori y Shun se vieron con asombro.
— Tú... —murmuró ella, mirándolo a los ojos.
— No es cierto... —fue lo único que se le ocurrió responder.— Dijiste que...
Ikki no le dio tiempo de terminar su frase y se interpuso entre ambos. De momento, no se atrevió a abrazarla, sino que se limitó a mirarla con veneración. Antes vio así a Esmeralda, en el Eliseo. Pero no estaba en el Eliseo, sino en Terra.
— Gracias, Dios mío... —murmuró, primera vez en años que se dirigía al Omnipotente.
Y dicho esto, también abrazó a Saori. Estaba tan feliz que no se dio cuenta de que se había puesto helada.
— Me quiero morir —dijo Seiya, una expresión que Jabu le había contagiado durante su entrenamiento. No supo qué más decir e insistió.— Me quiero morir.
— No hables de muerte —dijo Saori, sonriendo, mientras soltaba a Ikki.— Ya no es necesario que lo hagas.
En eso, volvieron a escuchar la voz de Tatsumi, sólo que ya se le había quitado el enojo.
— ¿Ahora sí quieren pasar a la sala?
Sin esperar respuesta, se dirigió a una de las estancias y abrió la puerta, invitándolos a pasar con un gesto.
— Creo que nos vendría muy bien sentarnos —afirmó Seiya.— En definitiva bien.
Hyoga se inclinó a recoger el libro y el grupo, como si fuese uno solo, caminó al lado de Saori hacia la sala. Solamente Shun se quedó un momento rezagado, incapaz de moverse. Saori lo miró por sobre su hombro, su gesto reservado.
En silencio, le decía que tendrían que hablar después.
Shun empezó a seguirlos, sin comprender por completo lo que sentía. Sí, conocía a la mujer que se presentó ante ellos. Pero él, con la hipersensibilidad que lo caracterizó desde niño, había descubierto que no les había dicho toda la verdad.


"No sé si es el carácter del japonés o si es el del guerrero que al fin ha llegado a su merecido descanso", diría Shaina tiempo después. "Lo único que entendí en aquel momento fue que veía a hombres que habían conocido la muerte y el dolor jugando soccer como si fueran niños de nuevo, todo con tal de entretener a los huérfanos de Star Children. Y entendí que la felicidad al fin había encontrado a cada uno de ellos."
Shaina no tenía más recuerdos del día anterior que los de una intensa alegría, como si todos hubieran vuelto a una infancia inocente y protegida. El cansado viaje a Oriente, los tres días de luto, la Batalla del Averno, todo pareció olvidarse en aquellas horas que pasaron junto a Saori tratando de encontrar algún sentido a lo que pasó.
Y resultó que el único que había tenido razón desde el inicio había sido Hades. La joven sí había tenido dos existencias, la divina y la humana. Saori Kido y Atenea eran dos personas diferentes, aunque habitaran en el mismo cuerpo.
De no haber ocurrido la intervención de Ares, ella habría sido únicamente la diosa, pero su vida en Oriente había creado a la humana. Por primera vez desde el inicio de las Guerras Santas, los integrantes de la Orden se alegraban de darle la razón al enemigo.
En el momento en que Atenea murió, las Moiras habían descubierto la presencia del Cordel Vital de Saori, aunque era mucho más delgado. Y decidieron darle la oportunidad de continuar con vida (aquí, la nieta de Kido quiso explicar que se debía a la intervención de Shaina, quien demostró a las otras Moiras cuán importante sería que continuara con vida. Sin embargo, una fugaz mirada de la Santa de Piscis le suplicó que no dijera nada).
Como su cuerpo se había disuelto en luz, Cloto rehiló el cordel de Saori y ella apareció, desmayada, en el único lugar que la llamaba además de Grecia: Japón.
Cuando despertó en el jardín de la Fundación Galahaad, Saori descubrió que había perdido su cosmo de diosa. No tenía percepción ni comunicación, y su aura era tan normal como la de cualquier otro ser humano que conociera las Tierras Místicas pero que no proviniera de ahí. La principal señal de ello era que sus obscuros ojos habían recuperado su tono azul original. Confundida, lo único que atinó a hacer fue a llamar a la puerta. Tatsumi, asustado ante su aspecto débil, la cuidó desde entonces, y ella le había pedido que no avisara a nadie en el Santuario antes de que comprendiera qué había ocurrido.
Ahora, sentada en una de las bancas cubierta por la sombra de los árboles, Shaina veía a los poderosos Santos jugar soccer con los niños. Al observarlos, nadie imaginaría que esos jóvenes habían llegado a un altísimo nivel espiritual, pensó. Miho, a su lado, se había convertido en una mujer tierna y bonita, su negro cabello cayendo sobre sus hombros y sobre sus ojos eternamente dulces.
— Me da tanto gusto que hayan venido... —dijo con sinceridad.— Pensamos que se habían olvidado de Star Children.
Shaina nunca había estado ahí antes, pero sintió como si también hubiera procedido de ese lugar.
— Makoto y Akira siempre me preguntaban por ustedes, –continuó Miho, señalando a dos adolescentes que jugaban, uno de enormes ojos negros y el otro un poco regordete.— Querían verlos a todos, en especial a Seiya. A propósito, ¿dónde está?
Hasta entonces había notado que su amigo de la infancia no participaba en el juego. En uno de los equipos jugaban Ikki (¿quién es él?, había querido preguntar, pero era tanto el cariño que demostraban hacia él que la respuesta resultaba obvia), Hyoga y Shun, a quienes no había vuelto a ver desde el día anterior a la Batalla de las Doce Casas. En el otro estaban Jabu, que se había presentado a sí mismo; Shiryu ("¡Dragón!", gritaron todos los chicos al reconocerlo) y el joven con quien estaba comprometida, de ojos y cabello negro. En ese justo momento, dieron por terminado el encuentro en un justo empate; Akira corrió hacia donde Shaina y Miho se encontraban y exclamó:
— ¡Mino! ¡Masami no me dejó anotar!
— Eras del equipo contrario, jovencito —respondió el muchacho de cabello negro.— No iba a dejarte.
Miho sonrió, el llamado Masami guiñándole el ojo en complicidad. Sin querer, Shaina envidió su suerte. Los demás, fueran niños o santos, se acercaron también, incluso las niñas a quienes no les gustaba el soccer.
— Son muy buenos chicos —sentenció Shiryu, mirando a Miho a los ojos.— De inmediato se nota quién los crió.
— Han tenido muy buenos modelos —respondió la joven, devolviendo el cumplido.— ¿Quieren pasar? Le pedí a la cocinera que preparara algo.
Antes de que alguno pudiera aceptar, la estridente voz de Makoto se escuchó aunque en ese momento peleaba con Jabu por quedarse con la pelota.
— ¡Todavía no! ¡Falta que nos cuenten una historia, lo último que hayan hecho o lo primero que se les ocurra!
Miho ya iba a regañarlo, pero una seña de Masami lo impidió. Era obvio que los chicos no se habían divertido así en bastante tiempo y no tenía caso interrumpirlos. Otorgado el permiso, sólo le quedó levantarse y decir:
— Voy por un poco de agua para que festejen.
— Te acompaño —añadió Masami y pidió.— No empiecen sin nosotros, ¿de acuerdo?
En lo que entraban al edificio, los demás se sentaron en el suelo. De ordinario, cuando les narraban sus recientes aventuras en el cosmo (obviamente en una clasificación apropiada para su edad) solían hacerlo de pie, pero el juego había sido entretenido y cansado. Makoto finalmente le quitó la pelota a Jabu y se sentó entre este y Shiryu, a quien admiraba profundamente. Akira, en cambio, se instaló junto a Hyoga con tal exceso de confianza que se apoyó contra su espalda; al guerrero del Hielo no le importó que lo hiciera. Shun de inmediato se vio rodeado por tres niñas que no le habían despegado la vista desde que cruzó la reja. Ikki estuvo a punto de retirarse discretamente, poco acostumbrado a tales reuniones, pero en eso sintió que alguien lo sujetaba de la pierna. Era una niña que no tendría más de seis años y se le había acercado, quizá percibiendo el calor de su aura; recordando a Ellen, se sentó junto a su hermano y la colocó sobre su regazo, sus ojos lo único que demostraba que estaba enternecido. Los otros niños de Star Children no tardaron en unírseles, sentados en donde mejor pudieran escuchar.
— ¿Y por dónde quieren comenzar? —preguntó Shiryu, un rayo de sol que se colaba entre las ramas iluminando su rostro.
— Antes que nada, ¡que nos expliquen quiénes son ellos! —reclamó Makoto, señalando a Ikki y a Shaina, quien bajaba de la banca y se sentaba junto a Jabu, a quien ya conocían.
— Pero Masami dijo que lo esperáramos —protestó una de las niñas más pequeñas, quien empezaba a trepar por la espalda de Shun; éste, acostumbrado, la sostuvo de las manos para que no se cayera.— Y también a Miho.
— Además, —intervino Akira, Hyoga sirviéndole como un cómodo respaldo— también falta Seiya. No podemos empezar sin él.
— No creo que Seiya aparezca pronto —afirmó Shiryu.— Tenía que hablar con Saori.
Makoto fingió enojarse. No notó, al igual que los demás, que Ikki había permanecido en silencio, ni que los ojos de Shaina se entristecían. Jabu sí se dio cuenta y, para distraerla, le extendió una de las hojas que habían caído del árbol y que se había entretenido en deshacer. Por suerte, en ese momento apareció Masami, con una enorme jarra y muchos vasos y Miho, atrás de él, con otro envase más.
Por un momento fue como si todos volvieran a ser niños. En especial cuando Hyoga, a la petición de Makoto, dijo:
— Antes que nada, ellos son Shaina e Ikki, dos de los mejores amigos y guerreros que conozco. ¿Empezamos ya?


El jardín de Star Children se comunicaba, por una pequeña puerta, a un parque que estaba detrás de él. En aquel momento, a Seiya le hubiera dado igual estar en la playa vecina, en el parque o incluso en una transitada calle de Tokio, pero a Saori le gustaban más los árboles y ahí se encontraban. Caminaban por un vereda natural, rodeada por arbustos con flores y cubiertos por la protectora sombra de los árboles. Era como si el destino, o quien fuera al fin, les regalara la privacidad que las Guerras Santas les impidió tener, simbolizada por aquella soledad en que se encontraban
Seiya no podía creer que al fin, después de tantos años, había encontrado su felicidad. No sólo había hallado a su hermana y había sido elevado al Nivel de Oro, sino que la mujer que amaba y que se había marchado estaba de nuevo junto a él. Dentro de su alegría, no hallaba modo de agradecer lo que estaba viviendo, y se sentía el mayor ingrato del universo por todas sus quejas anteriores.
— Todos se van a llevar una sorpresa cuando regreses con nosotros a Grecia —dijo, sus ojos brillantes mostrando su alegría.— Mandé un telegrama a Seika diciéndole que impida que alguien abandone el Santuario antes de que volvamos, pero no le dije por qué.
Y añadió, pensando en los Santos.
— No puedo esperar a ver sus caras.
Con prudencia, Saori afirmó:
— Recuerda que ya no soy una diosa. Soy una persona común.
— Pero eres tú, ¿verdad? Llorábamos a Atenea, pero créeme que no era ni tu nombre ni tu poder lo que extrañábamos.
Sobre ellos, escucharon aves trinando, escondidas entre las ramas. A lo lejos se escuchaba una voz de mujer, casi infantil, cantar una melodía triste y suave. Aunque había perdido su parte divina, el sol trazaba un contorno brillante alrededor de Saori, como siempre ocurría con aquellos que habían sido habitados por un ser superior. Quedaban marcados con ese brillo por toda la eternidad.
— ¿Sabes? Me pregunto si en tus otras encarnaciones ya había ocurrido esto —comentó Seiya, tratando de encontrar a la persona que cantaba.— Es obvio que cumplieron su misión, pero ignoro si ellos te habrán querido tanto como nosotros.
De momento, Saori no respondió. Una vez escuchó que la vida no era sino un continuo girar de ciclos, donde todos nacían, se encontraban, morían y se reencontraban. De ser así, quizá en el pasado ya había conocido a los Cinco, aunque en otras circunstancias, mas no tuvo modo de comprobarlo. Lo único seguro era que la unión del grupo, conseguida en esta encarnación a través de tanto esfuerzo y paciencia, parecía venir de mucho tiempo atrás. Estaban unidos con los lazos de la amistad y del amor, lazos irrompibles si son verdaderos, y seguirían estándolo cualquiera que fuese su futuro. Eso era la eternidad.
— ¿De qué te serviría saberlo? —respondió.— Lo importante es el aquí y el ahora.
Seiya se detuvo y la miró a los ojos. La expresión de los mismos era lo que le demostraba que sí era Saori, a pesar de que habían dejado de ser totalmente negros y ahora eran azul obscuro.
— Es curioso, —afirmó la joven, una suave brisa envolviéndolos.— Conservo todas las imágenes de cuando era Atenea. Es mi pasado y no me fue quitado a pesar de lo que ocurrió.
Extendió las manos, permitiendo que el sol las tocara y brillara sobre ellas.
— Fui capaz de detener la lluvia del diluvio, de unir los hielos de Asgaard y de resucitar a los muertos. En mí brilló el esplendor de la luz cuando sólo nos rodeaba obscuridad. Podía unirme mentalmente con quien quisiera o me necesitaba, y el Oro, Plata y Bronce, y las mismas criaturas de la naturaleza me obedecieron. Ahora, ni siquiera puedo evitar que el viento sople en una dirección o en otra, y si quiero comunicarme con alguien, tengo que hablar.
Cerró los ojos, percibiendo la brisa que la rodeaba, y sonrió.
— Pero ahora estoy más tranquila —murmuró.— Y puedo vivir la vida que deseo, no la que debería tener.
Abrió los ojos al sentir que Seiya la tomaba de la mano. Sus ojos color chocolate relucían sin la picardía con la que solían ver a todos, y eran gentiles y cálidos.
— Solías ser caprichosa y exigente —confesó.— No sé por qué causa te volviste más dulce, pero lo hiciste. Quizá Atenea tuvo mucho que ver con ello, no lo sé. Pero sólo dime una cosa.
Al llegar a ese punto, sujetó su mano con más fuerza.
— En esa vida que deseas y que ya puedes llevar... ¿hay lugar para mí?
Saori no respondió, pero su mirada y su sonrisa dijeron todo. Lo abrazó con tanto amor y entusiasmo que las aves que cantaban salieron volando, el sonido de sus aleteos llenando el aire.
— Siempre lo hubo.
Seiya sonrió, recordando cuando eran niños y ella le cruzó la cara con el fuete con el que estaba jugando. Aunque la odiara, desde ese instante supo que sería especial en su vida, pero no lo descubrió hasta esa noche en los acantilados. Por ella saltó al vacío y desafió a los dioses, cruzó el hielo y el mar y subió por las Doce Casas. Y volvería a entrar al Averno si fuera necesario. Por ella.
Sin darse cuenta, se separó un poco de ella y mirándola a los ojos, la besó tiernamente. Sin embargo, y a diferencia de la primera ocasión, esta vez ella no dudó en responder. Aunque fueran humanos, tenían todo el tiempo del mundo.
Aquellos que crecían entre dioses lo sabían.
A lo lejos, se escucharon las campanas de la Iglesia cercana a Star Children. Años atrás, campanadas semejantes marcaron el fin de la Batalla de las Doce Casas; ahora, señalaban el final del Ciclo de Atenea. Pero también un principio, y eso era lo importante.
— Debemos regresar —propuso Seiya, sin soltarla.— Se supone que venimos a ver a Miho y ni oportunidad hemos tenido de hablar con ella.
Saori asintió, tomándolo de la mano. Conforme regresaban, alcanzaban a oír el mar, como si no hubiese tráfico en las calles. Por alguna razón, el oleaje parecía alegre, pero la joven no supo explicarse por qué pensaba eso.
— Todos hemos cambiado tanto que da gusto —decía Seiya.— Fueron crueles con nosotros en el Averno, pero gracias a ellos creo que hemos madurado.
Y en broma, añadió:
— ¿Yo dije eso?
— ¿A qué te refieres?
Seiya miró al frente, como si pudiera ver a sus amigos desde ahí.
— No puedo hablarte por los Santos originales, pero fíjate bien. Shiryu está mucho más tranquilo, como si eso fuera posible, a pesar de lo que le ocurrió al Anciano Maestro. ¿Desde cuándo Ikki se queda con nosotros y nos acompaña a sitios así? Hyoga es la imagen misma de la felicidad, como si ya no tuviera nada por qué arrepentirse. Nunca creí que Shaina fuera tan tierna, ¿o no has notado que ya no se enoja por todo? Shun está muy cambiado...
Ante el nombre de Géminis, Saori apretó los labios, pero Seiya no lo notó.
— ...como si hubiera madurado. Jabu, bueno, ¿qué puedo decirte de él? Creo que es el inicio de una hermosa amistad.
Llegaron ante la reja, que Seiya abrió e, inclinándose ante la joven, concluyó:
— Y yo soy absolutamente feliz.
Saori sonrió mientras ambos entraban al Orfanato. Después de volver a cerrar la reja, vieron al grupo que escuchaba historias mientras acababan con el agua que Miho y Masami-no-sé-qué habían llevado. Hyoga tenía que estarles contando algo muy especial, porque no sólo los niños y niñas escuchaban. Los demás caballeros también lo escuchaban con asombro.
— Entonces, —decía el Santo— la princesa comprendió que aquel caballero en realidad la quería mucho, y que si no se atrevió a confesarlo antes era por el temor de que algo le pasara y ella sufriera. Pero al fin, aceptó darle su mano...
— ¿Qué tantas mentiras estás contando? —preguntó Seiya, acercándose.
Shaina notó que venia de la mano de Saori, pero no demostró emoción alguna. En cambio, Makoto protestó:
— Le pedimos una historia de lo que han vivido y nos contó un cuento de hadas.
— No es cierto —respondió Hyoga.— Lo que te conté es absolutamente real. Como podrán decirte mis amigos, la princesa de quien te hablé es Lady Flare de Asgaard.
— ¿Y el caballero? —preguntó la niña que estaba sobre la espalda de Shun.
— Soy yo.
Entre los niños se escucharon frases de asombro, pero la más fuerte vino de parte de Jabu.
— ¡Quieres decir que...!
— ¿Pero en qué se termina la historia? —insistió Akira.
Saori y Seiya intercambiaron una mirada. Habían entendido todo. Hyoga, orgulloso, sentenció:
— No lo sé. Pero en un mes, todos podrán averiguarlo.
Makoto, Akira y las niñas lo vieron con curiosidad, pero no fueron los únicos.
— Porque en un mes habrá una fiesta en Asgaard. La celebración de mi compromiso con Lady Flare.
Las niñas gritaron, emocionadas por el hecho; algunos niños rieron y otros pusieron expresión de asco. Los demás caballeros miraron a Hyoga sorprendidos mientras Jabu exclamaba:
— ¡Lo sabía!
— ¡Felicidades! —afirmó Shiryu con sinceridad.
Hyoga sintió que le daban un puñetazo en el hombro.
— ¿Por qué no nos dijiste antes? —gruñó Seiya, pero entendió por qué había guardado el secreto y por qué lo revelaba justo hasta entonces.
El Santo sonrió, sus ojos brillantes y lejos por fin de la frialdad. Saori había tenido razón: todo era parte del inicio de un Ciclo y, presentía, este tendría más luz que los anteriores.
Shun, sin embargo, se limitó a verla en silencio.


Seiya tenía razón en cuanto a las sorpresas. El secreto que Tatsumi había guardado tan celosamente fue compartido por los siete nuevos Santos, quienes sentían la ansiedad de querer contar lo ocurrido y a la vez no querer compartirlo por temor a que fuera un sueño. En eso, llegó el día de su regreso al Santuario. De nuevo, el leal mayordomo permaneció en Japón, eternamente a cargo de los asuntos de la Fundación Galahaad, sólo que esta ocasión sabía que la joven a la que servía regresaría con mayor frecuencia.
El viaje, a pesar de lo largo, fue muy agradable para todos. Como era obvio, Saori fue junto a Seiya, por fin atreviéndose a planear un futuro juntos; Hyoga sólo pensaba en lo que Flare diría, y Shiryu trataba de encontrar una explicación para el milagro, sin hallarla y alegrándose por ello. Ikki le preguntó a Shun qué le ocurría para que estuviera tan serio aunque hubiera recuperado su carácter habitual, su hermano no respondió. Shaina se la pasó mirando por la ventana, agradeciendo a las Moiras que le diesen felicidad a aquel a quien amaba. Jabu se durmió.
Apenas llegaron al Santuario, Seiya llamó a Marine y a Hilda de Polaris a una de las Cámaras secundarias, y Hyoga insistió en que Flare también estuviera presente. La Maestra, la Avatar y la Princesa entraron a la cámara sin imaginar lo que ocurría, Sagitario muy poco expresivo, y cuando la joven que los esperaba dio la vuelta, apenas creyeron lo que ocurría.
Entre llanto de alegría, exclamaciones de sorpresa y abrazos, Marine quiso devolverle el control del Santuario, a lo que Saori se negó porque había dejado de ser una diosa. Flare no encontró más forma de expresar su felicidad que abrazándola y llorar desconsoladamente. Hilda se resistió a creer la explicación para su regreso, pero lo que la hizo aceptarla fue ver a su querida amiga ante sí.
Ni siquiera Flare notó que, al igual que Shun, Hilda miraba a Saori como si entre ellas quedaran muchas preguntas sin respuesta.


Pocas veces el sol había brillado con tanta fuerza sobre el Santuario, notó Aioria mientras, junto con los demás Santos, se dirigía hacia la Cámara del Maestro. Parecía como si la vida hubiera vuelto a esa Tierra Mística y, divagando, se preguntó si eso significaba que estaban a punto de brotar flores de entre el mármol.
Decidió no comentarlo en voz alta. Milo no lo dejaría en paz.
De reojo, miró a sus compañeros. Moo y Shaka subían por la escalera con absoluta calma, como si se dirigieran a la cocina y no a ver a la Matriarca. Aldebaran, en cambio, tenía cara de haber querido ir a la cocina y de haber sido interrumpido en tan importante misión. Por último, Milo no decía nada y su rostro no mostraba nada, así que Aioria no tuvo modo de saber si él también pensaba en la cocina.
¿Qué querría Marine?, se preguntó. Sabía que los Santos nuevos habían regresado unas horas atrás de su viaje a Japón, pero ninguno los había buscado. Debían estar demasiado cansados. Quizá Marine quería pasarles algún mensaje, o seguir consultándolos para definir cuáles de las reglas antiguas se cambiarían y cuáles permanecerían igual. A pesar de ser la nueva líder de la Orden, les pedía muchísimo su opinión, decidida a aprender y a escuchar antes de decidir.
En fin, no tenía mucho caso pensar en ello si estaba a instantes de saberlo.
Apenas llegaron al nivel de la Cámara del Maestro, Aldebaran murmuró:
— Escaleras...
Por supuesto que el Santo de Tauro no estaba cansado, pero siempre protestaba de esa manera ante el hecho de que, exceptuando a Moo, era el que más escalones tenía que subir.
— ¿Envejeciendo? —preguntó Milo.
Aldebaran lo ignoró y siguió a Shaka y a Moo. El Escorpión sonrió con su acostumbrado gesto sarcástico y lo imitó.
El pasillo que llevaba a la Cámara, contra lo usual, estaba vacío. A ninguno le extrañó; era posible que Marine hubiera ordenado a los aprendices que solían estar de guardia que volvieran a sus cabañas. Otra de las novedades a la que estaban empezando a acostumbrarse.
Moo llamó a la enorme puerta de madera que, extrañamente, estaba cerrada. Una voz, apagada por la barrera, les dio permiso para entrar.
— Sería bueno que se comportaran —sugirió Shaka con tono didáctico mientras la puerta se abría.— Ya saben, para que parezcan Santos Dorados.
Escorpio y Tauro lo vieron con fingido odio hasta que la puerta se abrió y los Cinco entraron a la cámara que Marine estaba usando provisionalmente. La habitación estaba completamente a obscuras.
— ¿Nos llamó, Matriarca? —preguntó Moo, por más que Marine les había pedido que no la llamaran así.
— No fue ella, sino yo —escucharon la voz de Hilda de Polaris.— Necesito pedirles algo antes de que mis Guerreros y yo regresemos a Asgaard.
Los Cinco Santos guardaron un respetuoso silencio, aunque Aioria pudo jurar que escuchaba una risita contenida. Como a pesar de los cambios seguía sin haber muchas mujeres en el Santuario, no le fue difícil reconocer a Lady Flare.
— Estamos a su servicio, Lady Hilda —respondió Moo, nuevamente en nombre de todos.— ¿Qué necesita de nosotros?
Hilda no respondió de inmediato, como si pensara bien sus palabras.
— Como ustedes saben, —dijo con voz pausada— la diosa Atenea me encomendó cuidar no sólo de esta Tierra Mística, sino también de ustedes. Sin embargo, ha llegado el momento de que los míos y yo regresemos a Asgaard.
— Nos ha honrado con su presencia, Milady —respondió Moo, inclinando la cabeza.— Lady Atenea fue muy afortunada de tenerla como amiga.
A pesar de la obscuridad, le pareció que Hilda sonreía.
— Las dos fuimos muy afortunadas —dijo con voz suave. Entonces, como si recordara aquello para lo cual los había llamado, cambió de entonación y afirmó.— Si bien le han jurado lealtad y obediencia a Marine de Águila como nueva Matriarca del Santuario, hay alguien más a quien deben proteger de ahora en adelante.
Los Santos intercambiaron una discreta mirada.
— ¿Significa eso que alguien permanecerá en el Santuario? —preguntó Shaka.
— ¿Otra Avatar? ¿Lady Flare? —añadió Milo.
— No se trata de alguien que proceda de Asgaard —sentenció Hilda.
En ese momento, Aioria supo que algo había ocurrido. La voz de la Valkyria se había quebrado, y hasta entonces detectó la presencia de un cosmo desconocido y familiar a la vez, oculto hasta entonces por la poderosa aura de Polaris. Percibió cómo sus amigos levantaban el rostro; no era el único en notarlo.
Y entonces, vio que alguien más estaba con ellos. Una joven de piel clara, ojos azules y cabello amielado, que sonreía y sólo podía decir:
— Hola.
Cuando Saori se había presentado ante los Cinco, Shaina y Jabu, la primera reacción fue de escepticismo. Cuando se reencontró con Hilda, Flare y Marine, no pudo reaccionar antes de que la princesa de Asgaard, más impulsiva que su hermana mayor, la abrazara. Pero ante los Santos originales, sólo le respondió el silencio.
Los cinco la miraron sin pronunciar palabra, y por primera vez desde que se conocían, Saori no pudo interpretar sus expresiones. La usual calma de Moo había desaparecido, al igual que la fácil sonrisa de Aldebaran. Milo había abierto desmedidamente los ojos, y aunque los de Shaka no mostraron tanta sorpresa, estaban abiertos y eso bastaba y sobraba. Aioria parecía haberse quedado congelado en el tiempo, como si dudara en pasar al siguiente segundo.
De repente, los cinco se postraron ante ella, bajando sus rostros.
Saori ya había vivido eso antes, el día que Hades llegó al Santuario para llevarla al Averno. Todavía recordaba aquel silencioso homenaje que le habían rendido, y cómo Milo había murmurado que no eran dignos de ella. Hilda se sintió impresionada, y la risa emocionada de Flare había desaparecido. Al planear esa sorpresa, ninguna imaginó que reaccionarían así.
Frente a Saori estaban cinco de los hombres más poderosos del mundo, honrándola aún cuando su cosmo era simplemente humano. Su corazón se llenó con ternura.
— Por favor, levántense —pidió con gentileza, aunque prácticamente era una súplica.— Ya no soy más que una persona común. No tienen por qué honrarme, en verdad que sólo quiero estar con ustedes.
Moo, sin alzar la vista y en nombre de todos, respondió:
— Siempre habrá algo divino en ti, pero incluso aunque no lo hubiera, te respetamos por lo que fuiste, por lo que eres y por lo que serás.
Cuando alzaron la mirada, los cinco tenían lágrimas en los ojos. No importó que fueran el prudente Moo, el persistente Aldebaran, el noble Aioria, el místico Shaka o el enigmático Milo, ni tampoco que, cuando se levantaran no se atrevieran mas que a besarle la mano en absoluto respeto y adoración. En los días recientes, los cinco Santos originales se habían unido entre ellos, y lo estarían por siempre a aquella joven que había albergado a una diosa.


Saori regresó a su habitación como si nunca se hubiera marchado. Se había acordado que nada cambiaría aunque fuese solamente humana, y que de hecho sería la única persona que, sin ser parte de la Orden, podría entrar y salir del Santuario a su libre albedrío. Como conservaba todo el conocimiento de Atenea, continuaría con su jerarquía aunque no tuviera a su poder. Todo seguiría igual y a la vez sería distinto. A todos agradó la idea.
Por lo pronto, había muchas cosas en qué pensar y qué planear. Reorganizar la Tierra Mística; permitir que, quien lo deseara, regresara a su lugar de origen; reconstruir cuanto hubiera sido destruido... Y, por supuesto, esperar el día del compromiso de Hyoga y Flare.
Hilda, quien ya lo sabía pero no lo había comentado por respeto al luto, fue la primera en regresar a Asgaard, junto con su hermana y los Guerreros Divinos. Su propia Tierra Mística la necesitaba, y ahora que había en el Santuario una representante de Atenea ya no necesitaba quedarse. No fue en realidad una despedida, pues todos volverían a verse en poco tiempo y las dos regiones pronto estarían unidas en espíritu, así que sin decir un "adiós", sino un "nos vemos", el grupo se marchó.
Lo más curioso es que, a excepción de Bud (quien sólo pensaba en cómo contarle todo a sus padres) y de Balder (quien era mucho más sensible que los demás), algunos de los Guerreros Divinos seguían sin comprender del todo qué había ocurrido.
— Es simple —explicó Hildebrand a sus amigos.— Esta tierra finalmente está en equilibrio.
Erich y Dietrich se limitaron a responder un "ah, bueno", mientras que Heimdall olvidó sus palabras apenas las pronunció. Lo importante era que habían cumplido su primera misión con éxito, y eso era un excelente presagio para las misiones que seguirían.
El único que no comentó nada fue Gunther. Pero desde la batalla, era rato que comentara algo a menos de que fuera absolutamente necesario.


Los siguientes en partir fueron los Caballeros de Bronce. Saori les agradeció la ayuda que habían prestado durante la batalla y les invitó a regresar al Santuario a continuar con su propio crecimiento espiritual.
Por toda respuesta, Ichi, Ban, Nachi y Geki se vieron nerviosamente.
— ¿Y? —preguntó Seiya.— No me digan que tienen que pensarlo.
Los cuatro no respondieron. Una cosa era ayudar a repartir golpes, pero activar sus cosmos y elevar su nivel era otra cosa.
Al menos, hasta que Jabu les dijo:
— Yo pude hacerlo. ¿Ustedes por qué no?
Ante las palabras del que había sido uno de ellos hasta hacía poco, ya no tenían pretexto para negarse o para dudar de sí mismos. Los cuatro se marcharon a Oriente, prometiendo regresar en poco tiempo. Pocas veces Jabu los había visto tan animados.


Todo empezó a ocurrir tal como lo habían planeado.
Shaka se marchó durante algunas semanas a India para reunirse con sus discípulos.
Moo, junto con Kiki, regresó a Jammyel para respirar el aire puro del Tíbet; al regresar, notó que el aire del Santuario era mucho más claro que antes.
Aldebaran, Milo y Aioria permanecieron en el Santuario, empezando a sondear entre los aprendices a quiénes les gustaría tomar clases con ellos. Varios eligieron a Aioria, a quien conocían gracias a aquellas tardes en las que el joven león paseaba con ropa ordinaria y sin armadura mientras conversaba con ellos. Algunos atrevidos, en su mayoría mujeres, eligieron a Milo, quien se limitó a sonreír con el gesto conquistador que tan bien le quedaba. Pero para sorpresa de todos, Aldebaran fue el que recibió más alumnos.
— Creen que voy a ser muy gentil con ellos porque, a diferencia de ustedes, casi siempre estoy de buen humor y nunca se me ha visto enojado. Deben pensar que eso me convierte en un maestro fácil —confesó el Santo de Tauro una tarde en que los tres conversaban en el anfiteatro.
Entonces, sonrió con un gesto más amplio que antes y añadió:
— No saben la que les espera.
No pasó ni una semana para que la mitad de los alumnos de Aldebaran, aterrados, pidieran un cambio de maestro. Que no les fue concedido.
— Y eso, —dijo Milo a sus alumnos, mientras Aioria contenía apenas la carcajada al ver cómo Aldebaran regresaba por los suyos y les provocaba tal sobresalto que algunos se escondieron detrás de unas piedras— es el mejor ejemplo de por qué nunca deben confiar solamente en una sonrisa.


Seiya, obviamente, se quedó al lado de Saori, fuera en Grecia o en Japón. Al fin vivía la existencia que tanto había deseado, al lado de la joven a quien amaba, de su hermana y de sus amigos.
Marine era la hermana cariñosa que siempre había deseado, pero continuaba siendo estricta, e incluso más que antes, cuando Seiya descuidaba sus deberes como Santo. Eso sí, comprendía que la felicidad era el distractor más grande del mundo.
Sorpresivamente, Shiryu quiso regresar a Rozan durante algunos días. Sus amigos más cercanos, Saori y Shaka entre ellos, no habían imaginado que querría ir a China hasta que pasara el dolor por la muerte de Dokho. Pero el joven hablaba con entusiasmo de ello. Una vez que estuvo ahí, Shiryu volvió a encontrarse en casa, junto a la cascada y rodeado por el valle más tranquilo del universo.
No sin cierto temor, preguntó a Shunrei dónde prefería quedarse, si en China o en Grecia, y cuando ella respondió que lo seguiría a dondequiera que fuera, lo dominó una alegría tal que no comprendió del todo ni siquiera al ser un Santo.
La vida de Hyoga, en contraste, no se alteró mucho. De nuevo alternaba entre Grecia y Asgaard, entre estar con sus amigos y con su prometida, entre elevar su propio cosmo y continuar el entrenamiento de los Guerreros Divinos. Los únicos cambios fueron que el tono de su voz ya no era indiferente y que su mirada se había vuelto muy expresiva.
Poco antes de marcharse a Asgaard, al evento que cambiaría su vida para siempre, se le vio rezando ante la tumba de Camus y en Cabo Sunión, y a nadie le extrañó que hiciera un rápido viaje a Siberia. Era una despedida, pero también una promesa.
Shaina no demostraba lo que sentía, así que no había un modo seguro de saberlo. En ocasiones, sus ojos se entristecían al ver a Seiya junto a Saori, pero de inmediato se iluminaban con una generosa alegría. Además, poco a poco dejó de preocuparse por ellos; tenía sus propias obligaciones como Santa, honor jamás concedido a una mujer. Pronto comenzaría a recibir nuevos alumnos y la perspectiva de volver a entrenar le alegró. Supo que Casios también estaría contento.
Además, y por alguna extraña razón, siempre que se encontraba triste alguien aparecía como por arte de magia para animarla. Y casi siempre era Jabu. A diferencia de la joven, Unicornio-Capricornio apenas si pensaba en Seiya y Saori, y cuando lo hacía, lo único que agradecía era la oportunidad de que la señorita siguiera con vida para seguir siendo uno de sus amigos más cercanos.
Una mañana, Ikki desapareció del Santuario. Fiel a su costumbre, se marchó sin decir adiós, ni siquiera a su hermano, pero a diferencia de antes, no se despidió de Saori.
Ellen fue la única persona que supo que había regresado a la Isla de Khan a descansar, a reponerse y a pensar.
Poco a poco, Shun volvió a ser el mismo de siempre. Las rachas de odio inspiradas por el recuerdo de Reda se hicieron menos frecuentes, aunque no desaparecieron, y todos pensaron que nada había cambiado. Nadie notó el cambio más importante.
Antes, Shun había observado a Saori con absoluto respeto y cariño; ahora, sus ojos mostraban desconfianza. Trató de encontrarla a solas para la conversación que había quedado pendiente, pero por una u otra razón no había sido posible. Cuando coincidían a la hora de la comida, preferían no mirarse, Shun temiendo que alguien más se diera cuenta de lo que había notado. Saori pensaba igual.
Sólo una vez, sin planearlo, Shun entró a la biblioteca y encontró a Saori en el interior sin compañía. Ella puso de pie apenas lo vio. Shun comprendió que era el momento de hablar, pero todas las palabras se borraron de su mente, así que la joven decidió que ella empezaría.
— No debes decírselo a nadie más.
Esas palabras alteraron al Santo, aunque su tono había sido gentil. Frunció el ceño, sintiendo que su corazón latía tan fuertemente como si estuviera a punto de combatir.
— ¿Pero cómo puedes...?
No logró terminar la frase. Gritos de "¡Señorita Saori!" se escucharon en el pasillo, su estridencia exclusiva de un niño-elfo que había vuelto de viaje. Kiki llegó al umbral de la puerta, que estaba abierta, y exclamó:
— ¡Hola! ¿Me extrañaron?
Kiki jamás comprendería el por qué de la mirada de reproche que Shun le dedicó antes de salir de la habitación, ni la causa de la extraña tensión en el ambiente. La única conclusión a la que pudo llegar era que no, no lo habían echado mucho de menos.
Así, antes de que se dieran cuenta, transcurrió un mes. Los Doce Santos se reunieron en el Santuario, Ikki incluido y siguiendo a Saori y a Marine, se dirigieron a Asgaard.


Para ser una fiesta de compromiso, había tanto lujo y alegría como si ya se tratara de la boda. Después de tanto tiempo de luto y tristeza, por fin Asgaard se llenaba de luz y alegría, y la Tierra Mística devota a Odin dejaba su aislamiento para unirse al resto del mundo, representado por Grecia. El pueblo, que seguía amando a Lady Hilda y la obedecía con devoción absoluta, no quería menos a Lady Flare y —gracias a los Guerreros Divinos— también a Hyoga aunque fuera un extranjero. La última vez que se había celebrado una boda semejante había sido la de los padres de las jóvenes, y por años se había aguardado con gusto el compromiso de la Valkyria con el Guerrero más valiente del Valhalla. Poseidón había impedido tal fiesta, pero no la que se llevaría a cabo.
Todos aquellos que participaron en la última guerra contra Hades fueron invitados, sin importar si eran viejos conocidos o no, e igual ocurrió con todos los habitantes distinguidos (y los no tanto) de Asgaard. Lo mismo se veía a sacerdotes de Odin, gracias a Balder, que a algunos nobles, como las familias de Bud y Erich; asistió gente sencilla por parte de Hildrebrand y Dietrich, y no faltaron los famosos hermanos de Heimdall. Gunther fue el único que no quiso invitar a nadie, pero nadie recordaba que tuviera familia. Nadie podía negar que el joven había cambiado aunque su sonrisa siguiera siendo luminosa.
A la fiesta asistieron personas provenientes de todo el mundo. Caballeros de bronce de Japón convivían con jóvenes provenientes de China, mientras que algunos niños orientales, sentenciados por los dos muchachos que los acompañaban, se esforzaban en comportarse. Y, por supuesto, los acompañaban doce Santos de Oro, ataviados con sus tresors dorados y con largas capas que casi llegaban al suelo. La túnica blanca de Marine había sido sustituida por un largo vestido bordado de oro. Y también se encontraba una joven de cabello amielado que usaba un vestido blanco, sin hombros y con talle alto.
Hilda, feliz por la alegría de su hermana, lucía un vestido azul del tono del plenilunio con adornos en plata. Una sencilla tiara marcaba su condición como avatar, pues ella sería la encargada de anunciar el compromiso. Transcurrido un tradicional año de espera, ella sería quien casaría a los dos que, desde entonces, serían sus hermanos. Ésa era la costumbre en Asgaard.
Hyoga usaba el tresor dorado de Acuario con especial orgullo. Él, que nunca conoció a su padre, se había hecho digno de la herencia de sus dos tutores, Camus y Crystal. Una larga capa caía de sus hombros, arreglada especialmente por Saori, y la Cruz del Norte lucía sobre su pecho. Contra lo que sus amigos (en especial Seiya) habían pensado, se encontraba completamente tranquilo. Lo único que revelaba sus emociones eran sus ojos, al contrario de como había sido en el pasado, y esto lo notaban sólo aquellos que le eran más cercanos. Los demás Santos también lucían los tresors restantes, aunque se cambiarían una vez que la ceremonia terminara. No sólo era un compromiso romántico, sino una unión entre dos Tierras Místicas, y era necesario comportarse como en un asunto de estado aunque el afecto entre todos fuera el de una familia.
Shiryu, Shun y Seiya veían con cariño a su amigo, el primero del grupo que tomaba la importante decisión de casarse. Por largo tiempo, se pensó que aquellos dedicados a Atenea deberían permanecer solteros por el resto de su vida, pero la misma diosa les había invitado a tener familias poco antes de abandonar a Saori. Así que ahora no les quedaba sino mirar a Hyoga, preguntándose si algún día les llegaría su turno. Ikki prefería evitar este último cuestionamiento, la respuesta demasiado obvia en su caso; un poco más alejado del grupo, disfrutaba de la fiesta a su modo.
Seiya había apostado que, por más control que Hyoga tuviera sobre sus emociones, cometería algún error que revelaría sus nervios. Saori, que estaba junto a él, opinó que eso no ocurriría, e igual dijo Shiryu, quien confiaba por completo en la prudencia de su amigo. Shun prefirió permanecer callado. Así que no les quedó si no esperar a que ese momento llegara, Sagitario confiado en que ganaría.
Cuando Flare entró al salón y los ojos de Hyoga resplandecieron como si la luz proviniera de ellos, Seiya anticipó su triunfo.
En la figura de la princesa de Asgaard se habían combinado la belleza de su juventud, la pureza de su alma y el resplandor de su cosmo recién despierto; parecía que brillaba. Su vestido era de seda blanca, adornada con el más fino encaje y con lazos de color durazno que se entrelazaban en su cabello y en las mangas. Sus adornos eran de oro blanco y reflejaban la luz de las antorchas, y aunque su rostro parecía más infantil, era la viva imagen de la hermosura encarnada en una mujer. Todos los invitados notaron la amorosa mirada que intercambió con Hyoga. A pesar de la distancia y de las guerras, no cabía duda de que su destino era estar juntos.
Mientras Hilda, tomando a cada uno de una mano, daba la gran noticia de la unión de dos Tierras Místicas, aquella iluminada por el sol y la otra por la luna, Hyoga sintió que había muerto y que se encontraba en el paraíso. Cuando la valkyria anunció que, siguiendo la tradición, pasaría un año antes de la boda pero que lo único que rompería el compromiso sería la muerte, sintió que parecería un instante aunque todavía faltaba mucho tiempo. Flare no le quitaba la vista y apenas escuchaba a su hermana.
En eso, las llamas de las velas se movieron con suavidad, pese a que no había viento. Hyoga vio cuatro sombras sin cuerpo presenciando la ceremonia: la de una mujer, la de un muchacho, y las de dos hombres de digna silueta que lo miraban con orgullo. Cerca de ellos, una sombra más observaba con tranquilidad la escena, y de algún modo supo que era Hagen.
Seiya esperó en vano que su amigo le ayudara a ganar la apuesta. Cuando Hyoga juró fidelidad a la princesa en voz alta, lo hizo con calma; cuando le entregó a Flare el anillo de compromiso, sólo ella notó que las manos le temblaban.
"Todo pudo haber sido tan diferente", pensó la princesa, recordando las últimas horas de la batalla en contra de Hades.
Pero no había sido así. Y era hora de celebrar.


— ¡Propongo un brindis por Hyoga y Flare! —exclamó Seiya, levantándose de su asiento en la mesa de honor y alzando su copa de cristal.
Ante su espontáneo gesto, los demás santos y amigos cercanos lo imitaron, incluyendo a los aludidos. Algunos ya se habían cambiado y otros habían preferido conservar sus tresors, pero todos llevaban la cabeza descubierta y aguardaron a que Sagitario terminara su propuesta.
— No soy muy bueno para los discursos —confesó, aunque todos sabían que no era cierto— pero para esto no necesito grandes palabras. Espero que sean muy felices, porque se lo merecen; que tengan muchos hijos, que ya le hacen falta a nuestro grupo; y sobre todo que permanezcan juntos muchísimos años, hasta que los dos a estén viejos. ¡Salud!
Todos respondieron "¡Salud!" llenos de entusiasmo mientras veían a la joven pareja. En voz baja, Seiya confió a Hyoga:
— Eso sí, la próxima vez ayúdame a ganar las apuestas.
— ¿A qué te refieres?
Con mirada pícara, Sagitario dijo:
— Ya te contaré después.
— Un momento —escucharon la voz de Moo, llamándolos antes de que volvieran a tomar asiento.— Es costumbre que todos los amigos cercanos dediquen un brindis.
Y mirando a los Santos nuevos, preguntó:
— ¿Van acaso a romperla?
— Esto sí que quiero escucharlo —murmuró Aioria en voz baja a Marine, quien estaba a su lado.
Hilda, ganándole el turno a los demás, afirmó:
— No tengo mucho que decir en este momento, pues debo ir pensando lo que diré el próximo año. Lo único que puedo desearles, hermanitos, es toda la felicidad del mundo. Sólo faltan doce meses para el mejor día de sus vidas, y de la mía también.
Únicamente Saori notó una leve expresión de tristeza en su mirada. Sin embargo, a través de la ventana que tenía enfrente, Hilda alcanzó a ver a Ursa Major. Dubhe titilaba, y al descubrirlo, su sonrisa se volvió más grande.
— El Anciano Maestro me dijo una vez que lo único que demuestra que un ser humano lo sigue siendo, incluso en lo más alto de su poder, es su capacidad de amar —sentenció Shiryu cuando quedó claro que él seguía.— En aquel momento no lo entendí, pero he comprendido a qué se refería.
La corriente en sus ojos se volvió más intensa que nunca. A su lado, Shunrei sonrió débilmente.
— Muchas gracias por ayudarme a entenderlo —concluyó Libra, mirando a Flare y a Hyoga a los ojos.
— Esto no me agrada mucho, así que seré breve —confesó Ikki, sin esperar su turno.— Como Santos, sabemos que hay muchas vidas y que todas van en ciclos. Pero amor, sólo hay uno en todas ellas. Nunca lo olviden.
La frase de Ikki había sido justo como él, franco y directo. A diferencia de sus amigos, no había joven alguna a su lado que lo motivara a hablar sobre temas románticos. Pero el recuerdo lo motivaba, y Hyoga y el resto no pudieron recibir un mejor regalo que ver a Ikki empezando, aunque fuera un poco, a abrirles su alma.
Para cualquiera sería difícil seguir a Ikki, excepto para Shun.
— No me acuerdo en dónde leí que no se debe desear suerte a unos novios —dijo Shun, apenas separando la vista de su copa.— Sólo sé que ustedes están contentos y yo lo estoy con ustedes. Si ésa es la suerte, qué bueno, pero creo que también es la felicidad. Entonces, en lugar de suerte, les deseo felicidades.
Cuando miró a Hyoga, éste notó que sus ojos habían vuelto a ser tan brillantes como cuando eran niños. Sin decirlo, comprendió que gran parte se debía a que su relación con June había vuelto a ser la de siempre. Ikki también se dio cuenta.
Por último, todos miraron a Saori. De momento, había fijado su mirada en el contenido de su copa, como si no supiera qué decir. Pero cuando los vio de frente y los rayos de luna se posaron justo sobre ella, fue como si Atenea no la hubiera abandonado.
— Mi abuelo solía decir que la felicidad de un amigo se convierte en la felicidad de uno mismo —empezó.— Nos hemos conocido desde que éramos niños pero ya desde entonces luchábamos contra el destino. Ustedes, Santos que protegen a Atenea, sufrieron por devolverle al mundo la luz de un nuevo día y la confianza en el futuro, y hablo en su nombre al decirles que sus esfuerzos han hallado gracia ante Dios.
Y mirando a cada uno, hasta fijar la vista en Hyoga y Flare, concluyó:
— La felicidad que se han ganado todos, sin excepción, por fin ha comenzado a alcanzarlos. Hyoga, Flare, ahora son ustedes, pero pronto, antes de que lo imaginen, todos seremos dueños de nuestros sueños. Brindo por eso.
La expresión de los demás fue más solemne que antes al corresponder al gesto. Se habían convertido en una familia, y a nadie le había pasado desapercibido. Bud, que quería muchísimo a Hyoga, dijo:
— Al fin se acabó la guerra, señores. Y tú eres el inicio del cambio.
Como si alguien más lo hubiera escuchado, empezó a escucharse una música muy alegre. Hyoga miró a todos sus amigos, sujetó la mano de su prometida, y con ojos resplandecientes murmuró:
— Si soy feliz, o más bien, si Flare y yo somos felices, se debe en mucho a ustedes. Mil gracias, y que el Dios en quien cada uno confíe los bendiga.
Discretamente sacudió la cabeza para deshacerse de las lágrimas que insistían en nublar sus ojos. Luego, con voz alegre, exclamó:
— ¿Qué esperan? La fiesta aún no termina, y no lo hará por horas.
E inclinándose hacia Flare, preguntó:
— ¿Quieres bailar?
— Creí que no sabías hacerlo —respondió ella en broma.
Mientras le ofrecía el brazo, respondió con voz tierna:
— He mejorado, amor mío.
Conforme se retiraban al espacio acondicionado como pista, como si fueran una sola persona, los demás confirmaron que estaban hechos el uno para el otro. Al poco tiempo, otras parejas se les unieron, y Hyoga no se extrañó de ver a Shiryu con Shunrei, quien vestida en un kimono de seda roja parecía otra persona. Seiya bailó con Saori, y más allá alcanzó a ver a June y a Shun bailando como dos adolescentes. De repente, el gigantesco Aldebaran condujo a una tímida joven asgaardiana del brazo ante el asombro de sus amigos —en especial de Aioria, aunque en ese momento y gracias a la suave música, se distrajo al ver que Marine apoyaba la cabeza sobre su hombro.
Los jóvenes Guerreros Divinos no se quedaron atrás, y aunque Erich fue el más asediado, no faltaron parejas para Hildebrand y Dietrich. Bud fue de los pocos que tuvo el honor de bailar con Flare. Milo se decidió a invitar a Lady Hilda quien, aunque se negó al inicio, acabó aceptando. Balder, por naturaleza, no sintió deseos de imitarlos, y de punto se encontró platicando con Shaka y Moo, y aprendiendo mucho con ellos. Gunther no tardó en unirse a la conversación, pero él hizo énfasis en las posesiones espirituales. Kiki bailó solo de un lado a otro.
Heimdall se acerco a Shaina, invitándola a salir, pero ella lo rechazó amablemente. Mientras el joven se retiraba en busca de alguien más, Jabu se acercó a su amiga, extrañado.
— ¿Por qué no lo aceptaste?
En eso, notó que la mirada de Piscis iba hacia Saori y Seiya, pero no había tristeza en su expresión. Jabu no encontró razón alguna, fuera de que todavía no se había quitado la armadura, y algo picado, preguntó:
— ¿Sólo aceptas invitaciones de Thanatos?
Por toda respuesta, Shaina lo volteó a ver con una expresión rencorosa que hacía tiempo que no usaba.
— ¿Por qué no te metes en tus propios asuntos? —preguntó.— ¿O es que no entiendes que Elis y yo no teníamos nada que ver y que, a propósito, se quedó en el Averno?
— ¿Lo llamas Elis?
— Nos ayudó, y tal vez murió por ello. ¿De qué otra forma podría llamarlo?
Jabu prefirió no insistir. Para superar su frustración, hizo la única pregunta que se le ocurría en ese instante.
— ¿Quieres bailar conmigo?
La mirada de Shaina fue completamente sincera.
— No sé bailar.
— ¡Eso no es cierto! —exclamó Jabu, sonriendo.— El baile lo inventaron las mujeres y nacen con ese don. Baila conmigo, por favor.
Shaina miró su armadura.
— Tendría que cambiarme y tendrías que esperarme.
— Te prometo que no volveré a molestarte con Thanatos y no me moveré de aquí y te esperaré cuanto tiempo necesites, pero sólo si quieres bailar conmigo. Si no quieres, dímelo con franqueza y ya no insistiré. ¿Te parece bien?
Pensó que Shaina lo mandaría mucho más lejos que al Averno, pero por alguna razón, la joven se levantó de su asiento.
— No tardo.
Y se marchó.
Un rato después, y a pesar de la sorpresa que lo había inundado inicialmente, Jabu presintió que lo había engañado. Se quedó partiendo y volviendo a partir un pedazo de pastel que había quedado en la mesa, sintiéndose como un perfecto idiota y pensando que tal vez Shaina no había querido rechazarlo, así que había huído. Aunque eso iría contra el carácter de la joven, claro.
Pero cuando ella regresó, vestida con un hermoso traje del color de las esmeraldas, Jabu sintió una extraña vibración en su corazón. No era la primera vez que la sentía cuando miraba a la joven.
Ikki salió al balcón a pensar.


— Es sorprendente cómo ocurren las cosas, ¿no te parece?
Saori volteó a ver a Hilda. Las dos estaban dentro de una de las cámaras privadas, no muy lejos del salón, a donde habían ido con el pretexto de que la valkyria le mostrara una vieja fotografía de sus padres. Estaban solas aunque la fiesta continuaba y amenazaba con prolongarse por un largo rato.
— ¿De qué hablas?
Hilda, con una misteriosa sonrisa, recordó:
— Hace años, desde este salón yo sólo deseaba verte muerta, aunque de haber ocurrido Poseidón se habría adueñado del mundo. Oía tu nombre y me ponía de mal humor, por más que Flare insistía en que estaba equivocada y de que Sigfried me mirara con dudas. Hoy, no puedo sino alegrarme de que estés aquí conmigo.
Por primera vez desde que estaba en Asgaard, los ojos azules de Saori mostraron inquietud.
— Yo también me alegro mucho de estar aquí —respondió.— Asgaard es un sitio hermoso. Pero creo que estás equivocada; con la que querías acabar era con Atenea, no conmigo.
La valkyria la ignoró, inclinándose a la chimenea para atizarla. En la habitación no se escuchaba nada a excepción del crepitar de los leños y, por alguna razón, el corazón de la joven griega empezó a palpitar con fuerza.
— ¿Sabes? —comentó Hilda.— He tenido sueños muy raros últimamente. No sé si se harán verdad.
— ¿Y son agradables?
— Lo son, aunque no por mucho tiempo —respondió, volviendo a verla a los ojos, pero sin soltar el atizador.— Sueño que mi tiempo ha pasado. Hyoga y Flare tienen una hija, una joven que une a nuestras dos tierras y que es la siguiente avatar de Odin. Es bella, sabia y valerosa, y se enfrentará a una gran amenaza. La acompañan otros jóvenes, hombres y mujeres, y de algún modo sé que son hijos de tus Santos y de mis Guerreros. Y no están solos.
Tras una breve pausa, añadió:
— Todavía tienes una misión que cumplir.
Saori pensó muy bien antes de responder:
— Pero no es más que un sueño. ¿No lo has dicho?
— Aunque no lo fuera, tiene lógica. Porque de ti, a través de los años, habrá de venir la siguiente encarnación de Atenea. Y a pesar de todo lo que ha pasado, su época será aún más difícil que la tuya.
— Eso no es posible. Sí, quiero tener hijos, pero no tienen por qué estar relacionados con los dioses. Ya no tengo nada que ver con ellos.
Hilda le sostuvo la mirada, en silencio, y Saori no la apartó, el sol y la luna volviéndose a enfrentar. Una extraña tensión empezó a vibrar en el Valhalla, imperceptible para los invitados pero de intensidad semejante a aquella que había despertado a la Armadura de Odin.
Al final, Hilda sonrió. Era un gesto de complicidad.


— ¡Qué frío hace aquí afuera!
A la exclamación de Seiya, sus cuatro amigos parecieron sentir el aire de Asgaard por vez primera.
— Hace más frío en Siberia —opinó Hyoga, recordando palabras que en algún momento había dicho el maestro Crystal.— Ahí el aire es más cruel.
— Es más fría la base de una cascada —añadió Shiryu, cerrando los ojos para sentir cómo el viento le movía el cabello.— Incluso en verano.
— Estamos bajo cero, pero el cambio no se dio en horas —comparó Shun, sin querer buscando el mar en el horizonte.— Isla Andrómeda era así, y créeme que era peor.
Ikki se había sentado en el balcón, su piel ligeramente cubierta con nieve.
— Si tienes un cosmo cálido, esto no tiene por qué afectarte —concluyó.
— No se puede con ustedes —sentenció Seiya, fingiendo enojo mientras apoyaba los brazos sobre el barandal.— En serio.
Del interior alcanzaban a escuchar el ruido de la fiesta. En aquel instante, todas las jóvenes se habían reunido para platicar un rato y hacer planes para las siguientes fiestas. Muchos todavía bailaban y algunos pocos volvían a disfrutar otra ración de postre.
— Ha sido una fiesta magnífica —dijo Shiryu, mirando a las jóvenes y distinguiendo a Shunrei entre ellas.— Hacía mucho que no la pasaba tan bien.
— Si así fue el compromiso, imagínate la boda —dijo Seiya, envolviéndose en su capa.
Hyoga se acercó hasta el balcón e imitó la postura de Seiya.
— Todavía no puedo creer que todo esté pasando —confesó.— Estamos juntos, Saori está viva, al fin acabó la guerra... Cuando era niño, nunca pensé que viviría esto.
Pensativo, miró hacia el cielo y añadió:
— Después de que mi madre murió, no le vi caso a lo que me quedaba de existencia. Creí que me quedaría en un orfanato por siempre, maldiciendo mi destino, y que mi vida sería vacía e idéntica a la de otros millones de personas. ¿Pueden creer que hoy sea un Santo y que esté comprometido con una princesa de Asgaard?
Lo que no dijo en voz alta fue: "¿y que me haya perdonado a mí mismo?"
— Pues mi destino no era muy diferente —murmuró Shiryu, recordando.— Yo estaba condenado a ser un campesino, a despertarme con el sol e irme a dormir al tiempo en que él lo hiciera, y a ser una de esas personas que jamás conocen más allá de su tierra. Tienen elevado el espíritu pero no comprenden por qué. No puedo negar que en parte soy un campesino, pero me han obligado a ir más allá. Y me alegro por ello.
No tenía modo de comprobar que Dokho estuviera de acuerdo con él, pero percibió su muda aprobación. La corriente de sus ojos se hizo muy, muy intensa.
— Yo ni siquiera puedo decir cómo creí que sería mi destino, porque nunca pensé en ello —confesó Shun, mirando hacia las construcciones que delimitaban el poblado vecino.— Sólo sé que ahora estoy muy cerca de ser feliz. No le temo a lo que ha de venir, porque he vivido tantas cosas que no creo que pueda ser peor, y porque también sé que siempre estaremos juntos.
Al decir eso último, miró a Ikki. Lo único que le impedía ser por completo feliz era, por una parte, su pendiente conversación con Saori; por otra, la idea de que su solitario hermano pronto volvería a marcharse. Para su sorpresa, Ikki afirmó:
— Lo único de lo que me siento satisfecho es que yo he creado mi propio destino. El mal quiso dominarme, y lo hizo, pero sólo cuando yo lo permití, e igual ocurrió con el bien. Sé que mi vida no ha sido la mejor y que todavía me falta mucho por lo cual seré juzgado. Pero así lo he querido.
Y añadió, con una ligera vulnerabilidad que nunca mostraba.
— Ahora sólo quiero descansar por un tiempo.
Esa noticia fue recibida con muda alegría por Shun.
Extrañamente, Seiya permaneció en silencio. Sus ojos mostraron mucha calma cuando, después de un rato, preguntó:
— Sé que vamos a regresar a Grecia después de esto. ¿Cuánto tiempo van a quedarse ahí?
Como si confirmaran sus temores, ninguno respondió de inmediato. Una suave nevada empezó a caer sobre ellos.
— Yo tendré que regresar a Asgaard por largos periodos de tiempo —empezó Hyoga.— Iré al Santuario con frecuencia, pero mi lugar se encontrará aquí.
— Yo volveré a Rozaan —continuó Shiryu.— Ése es mi hogar.
— Yo quiero reconstruir isla Andrómeda —siguió Shun.— Se lo debo a June y a Albiore.
— Yo iré y vendré —concluyó Ikki.
Seiya suspiró, su cosmo irradiando tristeza. Era obvio que él se quedaría en Grecia, al lado de Seika y de Saori, y que de vez en cuando viajaría a Japón.
En eso, sonrió, lleno de esperanza.
— El año pasado, cuando les pregunté lo mismo, también les pregunté si sería el fin de nuestro grupo. No lo fue, y sé que nunca lo será.
Volteó a ver a sus cuatro amigos, el corazón palpitándole con una intensa alegría.
— Compartimos un mismo planeta y una misma era, pero también mucho más que eso. Compartimos un lazo que jamás se rompe si es verdadero, y es el lazo de la amistad. No importa que estemos separados físicamente, porque nuestras almas seguirán juntas. Lo estarán durante el resto de nuestras vidas, y cuando muramos, nos volveremos a reunir en el más allá.
Los demás lo miraron fijamente y sonrieron, cada uno en su muy peculiar estilo. Seiya comprendió que se había pasado de sentimental y, bromeando, añadió:
— ¿Ahora sí podemos entrar? Hace mucho frío.
— Una taza del chocolate caliente de aquí te caerá muy bien —aconsejó Hyoga.— Hace maravillas.
Ikki se bajó del balcón y siguió a Seiya, Hyoga y Shiryu de regreso al interior del palacio. En eso, notó que Shun no se había movido de su sitio y que ahora miraba el paisaje mientras la nieve caía sobre él.
— ¿Estás bien?
Shun volteó a verlo. Su exterior continuaba alegre.
— Sí, Nii-san, gracias. Sólo quiero permanecer un rato más aquí afuera.
Se hizo el silencio entre ambos. Era obvio que había algo más que Shun no se atrevía a decirle, pero no era la primera vez en que le ocultaba un secreto, e Ikki finalmente se obligó a decir.
— De acuerdo. Te esperamos adentro.
Shun apartó la mirada en lo que su hermano regresaba al interior del Valhalla. Como ya no podía verlo, sus ojos mostraron su verdadera expresión. No estaba solo en el balcón, y cuando supo que Ikki ya no podría escucharlo, murmuró:
— ¿Al fin vamos a hablar?
Como de la nada, apareció una figura vestida de blanco. Sobre su vestido se había colocado una capa que la protegía del frío, pero que la hacía verse como un fantasma.
— Estás preocupado —escuchó, la voz de Saori acercándosele.— No tienes por qué estarlo. Además, si tú mismo no quisieras hablar, habrías regresado al palacio con los demás.
— ¿E ignorar que me estabas esperando?
Cuando Shun volteó a verla, descubrió que ya estaba junto a él. Sus ojos azules, enmarcados por cabello del color de la miel, lo miraban de tal forma que parecían leer su alma.
— La otra vez, —empezó ella— te prohibí que le dijeras a los demás la verdad. ¿Has pensado por qué?
Los ojos de Shun relampaguearon.
— ¿Cómo puedes engañarlos a todos? —dijo en voz baja, cerciorándose de que nadie se acercara al balcón y confiando en que la nieve sería motivo suficiente.— Todos creen que les has dicho la verdad.
Saori no respondió.
— Es obvio que no les contaste toda la verdad de tu regreso a Japón. De acuerdo, apareciste allá, pero no en la situación que les dijiste.
— Justo como tú no has perdido tu lado obscuro y éste continúa exigiéndote que lo liberes. Aunque sea en sueños.
A pesar de la frase, las palabras de Saori habían sido gentiles y suaves. Shun palideció al descubrir que conocía su secreto.
— Te fue revelado que en otros mundos tú fuiste el causante indirecto de la muerte de todos —continuó la joven, su rostro siempre dulce.— Por eso, aunque no lo sabían, tú fuiste aquel a quien Lord Hades y Lady Perséfone quisieron proteger. Y eso te produce sufrimiento, porque no lo puedes confiárselo a nadie, ni siquiera a tu hermano.
Shun desvió la vista, sus ojos mostrando absoluta tristeza.
— Pero tú lo sabes —murmuró.
— Yo te comprendo más que nadie —respondió Saori, tomándolo de la mano que había apoyado en el balcón.— No es fácil guardar un secreto.
Sin agresión alguna, el Santo preguntó.
— ¿Como que, cuando despertaste, conservabas todo tu poder y que todavía lo tienes contigo?
Por un momento, la joven no supo qué responder. Los dos eran secretos de luz y de obscuridad, pero eran secretos y por ello eran cargas.
— Eres el único que lo sabe, Shun. Es por tu sensibilidad superior a lo humano, justo como yo descubrí tu secreto por la misma razón. Nos ha correspondido ser el equilibrio uno del otro por el resto de nuestras vidas.
— ¿Por qué yo? Habiendo tantas personas abiertamente malignas, ¿por qué tuvo que pasarme a mí?
Con el simple contacto de su mano, Saori lo obligó a verlo a los ojos.
— Porque la luz resplandece con más fuerza cuando está junto a la obscuridad. Y tu luz interior es muy, muy brillante.
Shun se mordió los labios.
— No es imposible que tu lado obscuro finalmente duerma —continuó la joven, nieve cayendo sobre su túnica.— Dependerá de ti y de los seres queridos que te rodean. Tienes a Ikki y a June, a Seiya, a Shiryu y a Hyoga... y me tienes a mí. Nadie tiene por qué saberlo, pero entre todos impediremos que la obscuridad te domine, y llegará el momento en que tú mismo sentirás que la amenaza pasó. Te lo prometo.
Había tal confianza y ternura en su voz que Shun estuvo seguro de que así sería. El camino que lo aguardaba sería muy difícil porque su carga era demasiado pesada, pero contaba con todos aquéllos a quienes Saori había mencionado. Y con ella.
Correspondió al gesto y la sujetó de la mano.
— Gracias —respondió, mirándola a los ojos.— Eso ayudará a solucionar mi problema. Pero, ¿y tú?
El rostro de Saori se obscureció levemente. Soltó a Shun y se dirigió hacia el barandal, dándole la espalda. Prudentemente, Shun permaneció en su lugar.
— Cuando morí, escuché a las Moiras —confesó.— Casi pude verlas frente a frente. Habían decidido escuchar a la Cuarta Moira y habían visto más de cerca su telar, y por eso descubrieron algo. Yo había tenido dos cordeles, y habían cortado el equivocado.
La nieve cayó con un poco más de fuerza. Parecía casi un milagro que nadie hubiera notado que seguían en el balcón, pero nadie se acercaba a invitarlos a que entraran. O tal vez sí era un milagro.
— Eso cambió todo. Ya no hay modo de saber mi propio futuro. Es posible que ni siquiera transcurra el ciclo de doscientos años antes de que aparezca una nueva amenaza e inicie la siguiente Era Obscura. O tal vez ésta ya no regrese y podamos vivir en paz para siempre. Ni ellas están seguras de qué ocurrirá.
— ¿Cómo lo sabes?
— Ellas me lo dijeron —respondió la joven, sin verlo.— Si existe una amenaza, no saben de dónde vendrá, ni qué intentará. Tal vez no se acerque. Pero lo más seguro es que sean nuestros hijos quienes tengan que enfrentarla, o quizá nuestros nietos.
Shun contuvo el aliento.
— Y si llega esa amenaza, ¿habrá forma de combatirla?
Para sorpresa suya, le pareció que ella sonreía.
— Siempre hay una forma. Está la Orden del Zodiaco. Tenemos los Tresors y la Nike, y ahora también tenemos a las Cinco Armaduras. Pero nadie más debe saberlo, a menos de que querramos poner sobre aviso a nuestro adversario. Sólo Hilda, tú y yo, porque conocemos nuestros mutuos secretos.
— Que mi lado obscuro permanece...
Alguien los llamó desde el interior del salón, y la joven dio la vuelta para regresar. Sus ojos se habían vuelto tan negros como la obsidiana, tan obscuros que parecían no tener pupilas. Shun sonrió.
— Y que Atenea no ha muerto.


Continuará...

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