Capítulo quince

Ave Hades, morituri te salutant

(segunda parte)


Por Altair



Contra lo que los Santos esperaban, Hades lucía tranquilo. Continuaba empuñando su espada, sin envainarla, pero su pulso se encontraba lejos de la agitación aunque Elis de Thanatos continuara absorbiendo su cosmo. Su armadura relucía con obscuridad, al igual que sus ojos y el cielo que se dibujaba atrás de él, y daba la impresión de que en otras circunstancias jamás habría combatido contra aquel grupo.
Miró por sobre su hombro a su Guardián y sonrió. El joven lo miró en silencio, obligándose a sostenerle la mirada. Era lo mínimo que le debía a su dios, por más que lo estuviera traicionando.
— ¿Así que quieres mi poder? —preguntó Hades.
Elis supo qué seguiría, pero no retiró la mirada.
— Lo siento, Milord —insistió.
— Yo también lo siento.
Y dicho eso, Hades elevó su cosmo al máximo
Una descarga semejante a la electricidad y lo bastante intensa como para provocar miles de relámpagos atacó al Guardián. Por más que Elis intentó absorberlo, fue demasiado para él, y lanzando un grito, fue azotado contra el suelo.
— ¡Elis! — exclamó Shaina.
Estuvo a punto de correr hacia él, pero Jabu la sujetó del brazo para detenerla. Antes de que pudiera voltear para abofetearlo, comprendió la razón. El cosmo negro había desaparecido: Elis estaba inconsciente y parecía no respirar.
Varios de los Santos gritaron en su indignación, aún cuando el joven había sido su enemigo. Así, a pesar de la apariencia calmada del dios, comprendieron que era más peligroso que nunca. Hades miró a Elis sin demostrar emoción alguna y le dio la espalda.
— Sí que has sido diosa y humana —sentenció, dirigiéndose a Atenea.— Has sido dos personas diferentes, la inmortal y la mortal, y no conté con ello al traerte. No me importa en absoluto lo que pienses en tu parte humana, de tu mitad sentimentaloide que ama a los humanos, que llora y que ríe y que coloca su felicidad y la de los demás por encima de su deber. A mí me interesa tu parte divina, la cual pareces haber olvidado. ¿O no recuerdas cuál es el papel de los dioses en este mundo?
— ¿Qué le pasa? —preguntó Jabu en voz baja.— ¿Por qué no nos mata en lugar de hablar?
Hyoga, que estaba junto a él, murmuró:
— A cada uno de nosotros nos tentó con lo que más amamos.
“Y a algunos de nosotros con lo que nunca llegaríamos a ser”, añadió Jabu mentalmente.
— Es posible —continuó Hyoga, sus ojos volviendo a helarse— que quiera hacer lo mismo con Saori.
— Eso, o le gusta llamar la atención —concluyó Seiya.
—Por milenios, dominamos el mundo e hicimos nuestra voluntad antes de que aparecieran los humanos —prosiguió Hades, quien no hizo señal de haberlos escuchado.— Tú elegiste proteger a Terra, representada por la ciudad que nombraron en tu honor. Luchaste contra tu propio tío para cuidarla, participaste en Troya y cubriste con la Nike a aquellos que te invocaban en sus hazañas. Te daba igual que fuesen héroes predestinados como Perseo, pecadores arrepentidos como Heracles, jinetes orgullosos como Belerofonte o justicieros trágicos como Orestes. A todos los ayudabas en su lucha y volvías a unir sus cordeles vitales si era necesario. Ellos te lo agradecieron al convertirte en la diosa más reverenciada de toda Grecia.
Hades se interrumpió un segundo. Su entonación siguió calmada cuando continuó:
—En cambio, yo me dediqué a cuidar el Averno que me correspondió en suerte y en acuerdo con mis hermanos. No subía a la superficie porque no me interesaba. Fue la Era Dorada del planeta. Pero el Omnipotente decidió que ya no debía ser de esa manera.
Un relámpago remarcó sus palabras. Por primera vez, la diosa y sus Santos percibieron tristeza en su expresión, como si realmente añorara esos tiempos.
— ¡Me ofenden los seres humanos que se atreven a afirmar que nunca existimos! —exclamó Hades, mostrando enojo por primera vez desde que había comenzado a hablar.— Debes haberlo escuchado, Atenea: la gente de hoy califica a la mitología griega como una proyección del inconsciente colectivo o, por lo menos, como mitos de origen estelar. ¡No comprenden que las constelaciones se integraron en honor a nosotros! Y ese desprecio no ocurrió únicamente hacia nuestro mundo: también han humillado a los celtas, a los egipcios y a todos los americanos, e incluso a tus queridos asgaardianos aunque en algún tiempo se compusieran Eddas en su honor. Dicen que las criaturas fantásticas nunca existieron, pero todos nosotros sabemos que sí habitaron la Tierra. Niegan los milagros, la fe y la magia.
Y añadió con absoluta seriedad:
—Se atreven a negar la existencia del Omnipotente
Contra lo que esperaba, Atenea permaneció en silencio.
— De no ser por la Orden del zodiaco, nadie en el mundo sabría que reencarnas cada doscientos años para guiar a la humanidad en sus Eras Obscuras —continuó Hades.— Como ya dije, te calificarían de demente cuando en el pasado te consagraron templos y ciudades. Igual ocurriría conmigo si ascendiera y me presentara como Hades, el Justo y el Invisible, Señor del Averno y de las Riquezas Subterráneas. La solución es muy simple. Los humanos tienen que reconocernos aunque no quieran.
Se escucharon algunos “¿qué?” apagados por parte de los Santos. Adoraban a Atenea, pero también defenderían a su planeta y a la gente que lo habitaba, a mucha de la cual también amaban. La diosa permaneció nuevamente callada.
— No creo, como Poseidón, que Terra deba ser purificada mediante la destrucción. Lo juro por esta región que vigilo. Bastará con que nos manifestemos en todo nuestro poder, obliguemos a los humanos a arrepentirse de sus palabras y a respetarnos y venerarnos como en el pasado. Pero soy el Señor de los Muertos, no de los Vivos. Tú sí lo eres.
— ¿A dónde quieres llegar? —preguntó Atenea al fin.
Hades sonrió.
— Si te unes a mí, podremos recuperar nuestro lugar en el Universo. Podremos volver a habitar en Terra sin tener que ocultarnos. Con nosotros regresarán nuestros parientes, incluyendo a tu padre, y todos mis sobrinos y hermanos tuyos. Regresará la Era Dorada, pues no seremos los únicos. También regresarán los dioses de las diferentes regiones del mundo. Purificaremos el planeta y lo presentaremos ante el Omnipotente limpio de pecado y sin que una sola alma esté sufriendo.
Y concluyó, extendiendo su mano derecha:
— Me preguntaste si dejaría que te marcharas sin combatir. Mi respuesta es afirmativa, siempre que me jures en nombre del Omnipotente que secundarás mi idea. Sin embargo, si te niegas, espero que comprendas que tendré que detenerlos.
— Entonces, acabas de decidir mi destino.
La frase de Atenea, aún en su sencillez, fue lo más digno que jamás se había escuchado en el Averno. Ninguno de los Santos se sorprendió: conocían tanto a su diosa que imaginaron su respuesta desde antes que Hades terminara de tentarla. Lo único que no esperaron era fue Hades tampoco se asombrara, como si no hubiera esperado una respuesta afirmativa. Los Doce Tresors relucieron aún más contra la obscuridad que los rodeaba.
— Hablas de una Época Dorada, y en parte tienes razón —afirmó Atenea, tomando su turno.— Pero, ¿estás seguro de que la fue? Cuando los dioses caminábamos en Terra, ¿no existían las mismas pasiones y pecados que hoy, quizá más graves porque éramos entidades superiores?
— ¿Nos comparas con los humanos?
— No olvides que, cuando se cometió el primer pecado, ellos sólo existían en la mente del Omnipotente. Fue uno de sus enviados a quien inundó el orgullo y quien creó al Mal, si quieres verlo así —prosiguió, sus ojos dulces a pesar de la gravedad de sus palabras.— No fuimos precisamente ejemplos de bondad y nos guiaron las pasiones que ahora crees exclusivas de los humanos. Ira, lujuria, envidia y violencia dominaron a los dioses griegos, entre los cuales tú y yo nos encontramos, y eso provocó nuestra caída.
A esas palabras, toda ella pareció brillar, sus vestiduras blancas contrastando con la armadura de su tío justo como hacían sus palabras.
— Has dicho que presentaríamos un mundo inmaculado frente al Omnipotente, sin hombres que sufran ni pecados que se cometan. Yo digo que eso es imposible, pues del pecador no puede surgir perfección, y tanto tú como yo somos pecadores. La Nueva Era que propones no sería Dorada, sino Obscura. Por eso fracasaron Ares y Poseidón. No quiero que tú fracases.
Hades entrecerró los ojos.
— Reduces todo a Bien y a Mal, sobrina. Simplificas demasiado.
— Sólo veo las cosas como son.
Por un comento, el Señor de los Muertos no respondió. Parecía lastimarle la decisión que tomaría y las consecuencias que traería para él, para ella y para el mundo, pero no fue motivo suficiente para cambiarla.
— Prefieres morir —murmuró finalmente.— Sólo que perderás tu alma junto con tu vida e igual ocurrirá con tus Santos.
— Sé que ellos no protestarás ante mi decisión, ni siquiera dentro de sus mentes y corazones.
Doce rostros serenos demostraron la verdad de sus palabras aunque permanecieron en silencio.
— ¿No hay nada con lo que pueda convencerte, Atenea? —preguntó Hades, aunque era en realidad una meditación personal.— El deber que te correspondía se unió al amor, y por eso te resulta imposible renunciar a él.
Y añadió, con un poco de ironía:
— ¡Con razón fuiste una de las pocas elegidas para reencarnar!
El rostro de Atenea se suavizó:
— Pero uno de los dioses fue obsequiado con un honor aún más grande. El de no morir.
Hades no demostró emoción alguna.
— Lord Hades... Tío... Nunca fuiste un dios cruel —empezó la joven, y sus palabras demostraron que hablaba con una persona que le era muy querida e importante.— Eres estricto, ¿pero de qué otra manera puede ser aquel cuya misión es tan importante? Yo cuido a los vivos, pero tú velas por las almas y las guías hacia su sitio de descanso eterno. Por favor, recuerda las razones por las cuales el Omnipotente te eligió y no cedas a la tentación del orgullo.
El dios cerró los ojos.
— Nunca atentaste contra un ser humano —prosiguió la joven.— Ni contra tu propia familia. Será la última vez que te lo pida, pero te lo ruego: escúchame. Déjanos salir sin violencia y no lucharemos en tu contra. Te lo juro.
— El tentador de la familia soy yo, no tú, sobrina —afirmó Hades, dando la espalda al grupo.— Ya tomaste tu decisión.
Silenciosamente, empezó a caminar en dirección a la Primera Muralla. Pasó al lado de Perséfone, sin mirarla, y junto al cuerpo de Elis sin demostrar emoción alguna. Aunque su actitud parecía resignada, no había envainado su espada, y todos los transgresores, empezando por la diosa, se pusieron más alerta que nunca. Seiya sintió cómo su recién revivido corazón palpitaba con fuerza, su latir alcanzando sus sienes. Tuvo el presentimiento de que podría ser la última vez que escuchara tal sonido.
En eso, Hades se detuvo. No había alcanzado la Muralla, pero mirando hacia el frente, sentenció:
— También he tomado la mía.
El sonido de un trueno coincidió con un blanquísimo relámpago que cayó exactamente sobre su armadura, convirtiendo lo obscuro en claro y viceversa. En una reacción involuntaria, todos colocaron una mano o el antebrazo frente a sus ojos, protegiendo sus ojos de tal explosión luminosa. Ni siquiera Atenea o Perséfone pudieron evitarlo.
Cuando el sonido se apagó, se obligaron a mirar hacia donde había estado el dios.
Hades había desaparecido.
— ¿Dónde está? —exclamó Aldebaran en un franco tono de exigencia mientras los demás miraban a su alrededor sin encontrar rastro alguno.
— No puedo percibirlo —dijo Shun, el más sensible de todos.— Es como si su cosmo se hubiera apagado y hubiera abandonado el Averno.
Seiya negó con la cabeza.
— Dudo que tanta belleza sea verdad.
El rostro de Moo se obscureció de repente.
— Aioria, —preguntó.— ¿Hades portaba esa armadura cuando te atrapó?
El Santo de Leo, sin mirar a su compañero con tal de no descuidar su guardia, respondió:
— No. Jamás la había visto.
Shiryu volteó a ver a Aries, comprendiendo repentinamente el por qué de su pregunta. Al escuchar a Aioria, había recordado unas palabras sobre mitología antigua que el Anciano Maestro había dicho, ¿o las había escuchado como si se las susurrara al oído?
— ¿Te refieres a ese yelmo?
Moo, en respuesta, exclamó:
— ¡Atención! ¡Hades se ha vuelto invisible!
Sin pensarlo ni pedir otra explicación, los doce formaron un círculo alrededor de Atenea, quien permanecía tranquila aunque no había forma de saber qué sentía en su interior. Cada uno trató de imitar su actitud, pero algunos lo lograron con mayor éxito que otros.
Jabu nunca había estado en un combate ni en algo remotamente parecido, pero no le fue difícil comprender a qué se referían Shiryu y Moo. En la Era Mitológica, Zeus había condenado a los Cíclopes al Averno, pero Hades les permitió marcharse después de un tiempo. En agradecimiento, forjaron una armadura negra, incluyendo una poderosa espada, que no sólo lo protegería contra cualquier ataque sino que también le daría el don de la invisibilidad. Se preguntó si sería capaz de enfrentarse a lo que habría de venir, pero no temió lo que pudiera ocurrirle. Por la posición que había tomado, se encontraba cerca de Saori, de Shaina y de Seiya, y algo tan simple llenó su corazón de valor.
Una risa empezó a escucharse en el Averno. No era como la histérica de Saga-Ares, la despectiva de Hilda o la burlona de Julián-Poseidón: era una combinación de todas y de ninguna, sin alegría ni triunfo pero con algo parecido a un lamento, y parecía tener la profundidad misma de la noche o de lo más obscuro que existiera en tierra, cielo y mar. Y también fue la más auténtica de todas las que hubieran escuchado, pues no provenía de un avatar sino del dueño de la voz. A pesar de que no lo demostraron, cada Santo sintió que la sangre se les congelaba, cual si el sudario de la muerte física y espiritual los cubriera antes de tiempo.
— ¿Saben rezar, Santos de Atenea?
La voz tenía la misma profundidad de la risa y fue como si nunca la hubieran escuchado. Y en cierto modo, no lo habían hecho, pues ya no se enfrentaban al dios justo, sino al cruel. Atenea trató de ver en dirección de dónde provenía la voz, pero le fue imposible porque parecía rodearlos como si se tratara de aire.
— ¿Creen en el Omnipotente, a quien juraron respetar?
Seiya trató de permanecer inmóvil, fingiendo seguridad aunque su mirada iba de un lado al otro. Internamente, pensó que no había por qué preocuparse: la Orden del Zodiaco se había integrado en una sola fuerza y pelearían juntos hasta derrotar a Hades, pero su sentido común le preguntó si tenía razones para pretender sentirse confiado. No era el único. Shiryu parecía aguardar cualquier señal para actuar, Hyoga no demostraba emoción alguna, Shun se veía ansioso e Ikki era un completo enigma.
— ¡Deberán elevarle sus oraciones y suplicarle que su muerte sea rápida!
— ¡Hades, por favor, detente! —gritó Perséfone, su cabello agitándose contra su rostro.— ¡Se ha derramado demasiada sangre!
El viento sopló con más fuerza, como demostrando que planeaba ignorarla.
— ¡Hades! —insistió Perséfone, apretando las manos en puños.
Atenea extendió la mano derecha en dirección a su tía, sin apartar la mirada de los relámpagos, que se habían vuelto más constantes.
— ¡No insistas, tía! —pidió, su voz mezclando firmeza con amabilidad.— ¡Si en verdad quieres apoyarme, por favor, apártate y permite que seamos nosotros quienes combatamos! Ya has hecho demasiado por mí y por los míos! ¡Ya no deben perderse más vidas de este reino!
Perséfone asintió, comprendiendo aunque no estuviera del todo de acuerdo, y se retiró hacia donde Elis yacía. El cielo del Averno empezó a compactarse en nubes, formando siluetas indefinidas que parecían descender hasta la tierra.
—Hablas con gran generosidad y sabiduría para ser tan joven, Lady Atenea, —afirmó Hades, su voz negándose a concentrarse en un solo lugar y rodeando al grupo con un trazo complicado y sutil parecido al de una telaraña.— No en vano eres la diosa de la Estrategia. Lástima que no recordaste que hay batallas de las que más valdría retirarse a tiempo.
En medio de la obscuridad, una luz dorada volvió a brillar. Era el Báculo de Nike, que parecía haber quedado abandonado aunque era obvio que Hades lo estaba presentando a manera de burla, como cuando se ofrece algo pero no se tiene la menor intención de entregarlo.
— ¿Por qué no suplicas misericordia por sus vidas, Atenea? —preguntó el dios.— No te servirá, pero me gustaría escucharlo de todos modos.
Atenea frunció el ceño.
— No te daré ese gusto.
La voz fingió sorprenderse.
— Entonces, adiós.
De atrás de Nike brotó un resplandor negro diferente a los que Hades había empleado hasta entonces. Ahora lucía la clara silueta de un relámpago, sus ángulos perfectamente definidos y agudos, el más afilado dirigiéndose hacia la diosa. En una reacción unísona, doce figuras doradas parecieron desaparecer, aunque en realidad se movían a la velocidad de la luz.
La rápida trayectoria del relámpago disminuyó de pronto, cual si se topara poco a poco contra una barrera cuyo poder aumentaba a cada segundo. La barrera adoptó una tonalidad dorada como el Sol, y poco a poco se definieron las cuatro siluetas que la habían formado. Adelante se encontraban Moo y Shaka, quienes con la Revolución Estelar y una Barrera Mental casi podían sujetarla; detrás de ellos, Aldebaran usaba la parte defensiva del Gran Cuerno para que no pasara. Los pocos destellos que alcanzaban a superar a los tres escudos chocaron contra la brillante superficie de uno de los dos Escudos de Libra, que eran capaces de soportar una lluvia de estrellas.
Ni uno solo alcanzó a Atenea, aunque la diosa no había hecho ademán de defenderse. Sólo miraba hacia el frente en una actitud de franco desafío, y Shiryu, quien alcanzó a verla por sobre su hombro, comprendió que nunca había visto así a Saori.
Una nueva descarga intentó atacarla, y ella de nuevo permaneció inmóvil y sin hacer el menor intento por defenderse. Sus cuatro Santos volvieron a detener el ataque.
Otros cuatro relámpagos dorados se dirigieron hacia el Báculo de Nike, mientras cuatro más corrían hacia donde las nubes parecían concentrarse más, algunos ya adivinando una silueta entre ellas. Seiya, el más rápido, fue el que llegó primero: por su mente pasaban todo tipo de imágenes y emociones, dominado por la sensación de haber vivido, haber muerto y estar vivo de nuevo, y otra vez en peligro de muerte. Pero sobre ellas estaba la imagen de Saori infundiéndole valor.
—¡Lluvia de meteoros! —exclamó, lanzando su múltiple ataque contra la silueta y esperando que funcionara al combinarse con los ataques de los demás.
Casi al mismo tiempo, escuchó a su lado:
— ¡Galope del Unicornio!
Una onda concéntrica pasó junto a sus meteoros, dotándolos de mayor velocidad en su trayectoria e inmovilizando las nubes lo suficiente para que ninguno fallara. Sin querer, y más por costumbre que por otra cosa, Seiya preguntó:
— ¿Qué haces aquí?
Jabu, su gesto en parte el del Caballero orgulloso y en otra el de su aprendiz, respondió:
— ¿Qué quieres que haga? ¡Protejo a la señorita Atenea!
Hasta entonces, Seiya acabó de comprender que así como él era el Santo de Sagitario, Jabu se había convertido en el Santo de Capricornio, y sin querer sonrió.
— ¿Cómo alcanzaste el Séptimo Sentido tan rápido, cabrita?
— Es una larga historia... ¿cómo me dijiste?
— ¡Hablan demasiado! —escucharon cuando a su lado pasaron otros dos destellos e identificaron al que había hablado como Aioria.— ¡Luego se cuentan sus vidas!
Alcanzaron a ver que el otro era Milo, su astuta mirada diciendo exactamente lo mismo, y tanto Seiya como Jabu pensaron que, a pesar de haberse convertido en Santos Dorados, todavía les faltaba mucho por aprender de ellos. Claro, si vivían para hacerlo.
Como si fuesen una sola persona, Leo y Escorpio corrieron hacia la silueta que las nubes habían formado y percibieron la poderosa aura de Lord Hades en ella. Aioria recordaba con muchísima claridad el ataque que el dios había aplicado contra él y cómo había estado a poco de matarlo, y le extrañó de que no lo preparase. Lanzó su ken de luz a la vez que gritaba:
— ¡Relámpago de Voltaje!
El dedo índice de Milo brilló con un tono rojizo justo antes de liberar su ataque. Sin embargo, su intuición le indicó que algo estaba mal, incluso mientras exclamaba:
— ¡Aguja Escarlata!
El destello rojizo del escorpión brilló junto al rayo luminoso del león, y ambos se dirigieron hacia el centro de la figura. Ambos Santos esperaron a que Hades reaccionara, más no fue así: la silueta absorbió los ataques sin ser afectada, como si no se encontrara ahí. Aioria y Milo se detuvieron en seco.
— ¿Qué demonios pasa? —preguntó el primero.
Milo, por reflejo, miró hacia donde estaba el Báculo de Nike. Los cuatro Santos que restaban iban a recuperarlo a pesar de las obscuras nubes que había a su alrededor. En eso, entre las nubes aparecieron un relámpago dorado, un rayo escarlata y una serie de meteoros que identificó de inmediato.
— ¡Cuidado! —alcanzó a gritar.
No supo si Shaina, Hyoga, Shun e Ikki alcanzaron a oírlo oírlo. La joven, que era la más veloz de los cuatro, estaba a punto de tocar la Nike. Pero haber combatido antes contra Seiya le demostró a quién realmente le pertenecía al menos uno de esos ataques.
Con la habilidad de una serpiente (aunque ahora la protegía un pez), logró apartarse del camino, aunque tal maniobra le impidió recuperar a Nike. Hyoga, en una reacción instintiva, entrecruzó sus manos frente a él y gritó:
— ¡Polvo de Diamante!
El aire helado detuvo un instante los rayos, lo suficiente para que lograra apartarse. Sin darse cuenta, sonrió. A pesar del tiempo, el aura de Camus todavía permanecía en su tresor y aumentaba su capacidad para manipular el agua y el aire.
Ikki, en contraste, miró los tres ataques sin demostrar emoción alguna; incluso, cerró los ojos, como si no le importasen en absoluto. Cuando estaban a punto de alcanzarlo, se teletransportó y trató de acercarse hacia Nike. Una vibración muy negativa que la rodeaba lo impidió y, sorprendido, abrió los ojos. Era una verdadera suerte que Shaina no la hubiera tocado, o la obscuridad que protegía al báculo hubiera entrado en contacto directo con su piel.
Alcanzó a ver que un rayo muy debilitado, lo único que restaba de los ataques, se dirigía hacia Shun, pero prefirió esperar. Tenía muy presente lo que Nox de Hypnos había dicho sobre él.
Más por costumbre que por distracción, Shun llamó mentalmente a la Cadena para que lo protegiera. Cuando ésta no respondió, se reprochó haber dependido tanto de ella en el pasado. No le quedaría sino su propio cosmo para actuar de entonces en adelante.
Aún así, cuando lo encendió, notó que uno de los rayos provenía de una Lluvia de Meteoros. Involuntariamente, la imagen de Reda se formó en su mente.
Ikki vio cómo los tres ataques golpeaban a su hermano en el pecho, y lo arrojaban hacia atrás. Se acercó velozmente hacia él: aunque sus ojos relampagueaban. Corrió hacia él; el contraataque de Hyoga y el tresor de Géminis habían impedido que sufriera cualquier lesión, además del golpe que lo había tirado, pero pese a ello encontró a Shun muy pálido. Como si peleara contra un recuerdo.
— ¿Qué te pasa? —preguntó, ofreciéndole la mano para ayudarlo a levantarse.— Pudiste haber evitado el golpe con el Vapor Nebuloso. ¿Por qué no lo hiciste?
De momento, Shun no aceptó la mano que le tendía.
— No puedo hacerlo... —murmuró.
Ikki frunció el ceño.
— ¿De qué hablas?
— De mi poder —respondió, bajando la vista.— No lo entenderías, pero si lo uso, no traeré más que desgracias sobre todos. Yo no...
Sintió que su hermano mayor lo sujetaba por los hombros con firmeza, obligándolo a que lo mirara a los ojos.
— No sé qué te pasó y no preguntaré si no quieres contarme —afirmó con severidad.— Sólo voy a decirte una cosa.
Señaló hacia Atenea, quien seguía contemplando la escena con aparente desinterés y, en especial, a la tela que rodeaba su muñeca izquierda.
— Esa mujer derramó su sangre con tal de devolverte la vida. No me importa si tienes que destrozarte el alma. ¡Vas a responderle con la dignidad que merece!
Shun no respondió, avergonzado. Era cierto: No podía rechazar el único camino que quedaba, incluso aunque regresaran los fantasmas de la tentación hacia el mal. Ikki pareció leer su mente.
— No dudaste en atacar a Saga con tu propio cosmo en el pasado —recordó, con voz más suave.— Confía en que puedes usarlo sin ceder a tu lado obscuro.
Antes de que Shun le preguntara cómo lo sabía, añadió:
— No permitiré que eso te suceda.
En eso, un fuerte viento comenzó a agitar el cabello de todos. No importó en dónde se encontraran: volvieron a escuchar la grave voz rodéandolos y Shiryu volvió a alzar el escudo frente a Atenea.
— ¿Realmente pensaban que iba a revelarles en dónde me encuentro?
Más relámpagos cruzaron el cielo, convirtiendo lo negro en blanco y viceversa. Incluso los tresors adquirieron momentáneamente un tono azul pálido, como si fueran una versión negativa de su color original. Lo único que conservó su resplandor dorado fue Nike, a pesar de que la obscuridad a su alrededor se volviera más y más densa.
— Me agrada su grupo —continuó la voz.— Saben dividirse para cumplir sus misiones, pero en el fondo siguen siendo independientes. No estás cumpliendo la profecía, Atenea.
Atenea se limitó a verlo en silencio. Si alguna duda o preocupación la dominaba, no lo demostró.
— Los conozco perfectamente —prosiguió, Hades esta vez rondando a cada uno de los Santos y hablándoles al oído como en confidencia.— Durante sus combates en mi reino no permanecí tan inactivo como quisieron pensarlo, ¿o acaso creyeron que no los descubrí desde un principio? Sé cómo es cada una de sus miserables almas y cuáles son sus infiernos particulares.
¿Infiernos?, se preguntó cada uno de los Santos en silencio. Aunque la palabra tenía un significado que todos podían comprender, adquiría connotaciones individuales en dependencia de sus personalidad propias. Shaka, Hyoga e Ikki fueron los únicos que permanecieron impasibles, al menos en el exterior. Atenea tampoco reaccionó aunque la voz la rodeara como si se tratara de una enredadera.
— Por ejemplo, Atenea, sé que el tuyo es ver sufrir a los que amas. Cuando maté a tus Caballeros, rompí tu corazón aunque a lo largo de la batalla había resultado muy herido. ¿Te gustaría volver a vivir tu infierno?
— ¡Ya cállate! —gritó Seiya por reflejo.— ¡No permitiré que la lastimes!
Por toda respuesta, escuchó una carcajada. “Va a empezar de nuevo”, pensó Shiryu al notar la intención de aquella risa. “Hades no ataca físicamente, como Saga, Hilda o Poseidón. Ni siquiera trata de destruir tu mente. Lo que quiere destruir es tu corazón. Para enfrentarlo no te bastará con ser fuerte o inteligente.”
Antes de que pudiera continuar con su meditación y encontrar una respuesta a cómo enfrentarse al Señor del Averno, la voz dejó de reír y afirmó.
— No te preocupes, muchacho, no pienso lastimarla. Más bien...
Y añadió con burla:
— Voy a lastimarte.
Perséfone contuvo el aliento al ver cómo la obscuridad se tornaba aún más densa. Deseó poder ayudar a Atenea y a su grupo, pero no podía hacerlo. Amaba demasiado a su esposo para volver a traicionarlo, sobre todo después de dar a su sobrina cuanto necesitaba para solucionarlo por sí sola. Y quizá más importante, a diferencia de Atenea, no había sido una diosa guerrera. Tal vez le estorbaría al querer ayudarla.
Miró a Elis de Thanatos, quien yacía inconsciente junto a ella. El ataque de Hades había destrozado parte de su armadura y rayos negros todavía brillaban un poco entre el metal y su piel. ¿Estaría muerto? Todo había ocurrido tan rápido que no había tenido la oportunidad de ayudarlo. Se había quedado tan quieto que temió lo peor. Ni siquiera parecía respirar. Al menos, pensó Perséfone, arrodillándose junto a él, como no era un transgresor su espíritu no habría sido destruido.
¿Qué tipo de consuelo era ése?
Seiya y los demás Santos se habían colocado en guardia, listos para enfrentar un ataque de obscuridad o un lance de espadas. En lugar de eso, sólo los rodeó la obscuridad hasta que apenas pudieron distinguir el brillo de los tresors de sus compañeros. Los cinco Santos originales miraron la neblina con recelo, obviamente recordando a Laertes.
Una silueta empezó a trazarse frente a Sagitario. Seiya estuvo a punto de lanzar un ataque hacia ella, pero se detuvo al ver que era una silueta de mujer. Aunque todavía no podía definir sus rasgos, le pareció que conocía su forma de caminar.
— ¿Quién eres?
— ¿No me reconoces, hermano?
Al escuchar la frase, Seiya se alertó aún más. Había reconocido aquella silueta como la de Marine, pero como sabía que se había quedado en Terra, no podía tratarse más que de algún metamorfo. “Estoy en la región a donde son condenadas las almas de los pecadores”, recordó. “Muchos de mis enemigos fueron enviados a este sitio, y no creo que Kanon, Deathmask y Afrodita sean los únicos por aquí.”
— ¡Largo de aquí, maldito impostor! —gritó, reconociendo a Leúmnades en aquella figura de blanca piel, cabello rojizo y ojos sepia vestida con una larga falda escarlata.— ¡No vuelvas a asumir la personalidad de mi hermana!
— Ahora sí pensaste —respondió el metamorfo con su propia voz, aunque conservó la apariencia de la joven.— No intentaba engañarte, pero pensé que serías lo bastante torpe para volver a creerlo.
“Es una trampa”, le advirtió la voz interna a la que últimamente no prestaba mucha atención, pero claro que no se retiró. Lo único que hizo fue verificar, de reojo, que Atenea estuviera a salvo.
— Quítate. Mi problema es con Hades, ya no contigo.
Leúmnades-Marine frunció el ceño y sonrió con burla.
— ¿Ni siquiera si vengo a confesarte la verdad?
Seiya lo miró con sospecha. Justo como en la Batalla del Mediterráneo, su aspecto era idéntico al de su maestra y hermana hasta en el menor gesto, pero su experiencia previa bastaba y sobraba como antecedente.
— Sabes que soy un lector de mentes, —dijo la voz masculina en la figura femenina.— Tomé esta apariencia porque así convenía a mis fines en esa ocasión, y me creíste como el estúpido que eres. Lo mejor es que has creído todo este tiempo en una mentira, así que al final gané yo.
Los ojos de Seiya relampaguearon.
— ¿Mentira?
— ¿O realmente creíste que tu maestra Marine era tu hermana Seika? ¡Qué tonto!
Y el metamorfo se echó a reír.
— Mientes de nuevo —respondió Seiya.— ¡No sabes hacer otra cosa!
Leúmnades, o Seika, o Marine, quien fuera, volvió a sonreír.
— Ve en tu corazón y verás que es cierto. O ella te lo habría dicho.
El joven Santo se sintió incapaz de respirar por un instante. ¿Marine no era Seika? Las palabras resonaron en sus oídos y su corazón se negó a aceptarlo.
— Dos figuras semejantes y queridas y la duda que un Caballero Plateado sembró en ti. Fue muy sencillo saber cómo tenía que actuar —continuó Leúmnades sin borrar su sonrisa.— ¿Querías la verdad? ¡La verdad es que nadie sabe nada sobre tu hermana!
“Todo lo que creí por años fue un error y una mentira”, pensó Seiya, confundido ante ese mundo que se volvía más y más irreal. “Por eso Marine se negó a decírmelo, porque era una mentira y no quería que me hiciera falsas esperanzas.”
No escuchó nada a excepción de los latidos de su propio corazón. Involuntariamente, negó con la cabeza.
“Cuando Saori muera, ¡ni siquiera me quedará el consuelo de haber recuperado a Seika!”
Tan profundo fue su dolor que no se dio cuenta de que no era el único atormentado por sombras del pasado, fantasmas vengativos o ilusiones que les recordasen sus pecados. La obscuridad los había separado pero no dividido, y aunque los Santos podían verse entre ellos, en ese momento había otras cosas que les preocupaban.
— ¡No quise matarte, Casios, te lo juro! —exclamó Aioria, dando sin querer un paso hacia atrás.
Ante él, se encontraba la figura del enorme aprendiz que murió a sus manos durante la Batalla de Doce Casas. Lo miraba en silencio, su cuerpo cubierto por las heridas hechas por el Relámpago de Voltaje en toda su intensidad y que le habían provocado la muerte. Su expresión era tranquila, y Aioria sintió como si le acusara con toda la razón del mundo.
— Saga me obligó a hacerlo... —murmuró, llevándose las manos a la cabeza como si hubiese vuelto a recibir su ken hipnótico.—Te lo juro...
— ¡Maestro! —exclamó Shiryu al ver la tranquila imagen de Roshi de Libra cruzando la niebla del Averno.— ¿En verdad es usted?
No le había sido difícil identificar a la figura de aquel que le enseñó durante tanto tiempo y se le acercó como si no estuvieran en Cinco Picos y no a la mitad de una batalla. Para Shiryu fue como si hubiera un rayo de luz dentro de aquella obscuridad. Sin embargo, de inmediato recordó la última frase que le había dicho mientras lo guiaba entre las murallas y preguntó extrañado:
— ¿No dijo que nos volveríamos a encontrar hasta que fuera el momento apropiado?
Roshi había conservado la mirada hacia el suelo mientras se aproximaba sin prisa alguna.
— Un evento me obligó a regresar antes de tiempo —sentenció, deteniéndose frente a su alumno.— Te encomendé una herencia que ahora portas, aunque habías muerto.
— Sí, Maestro —respondió el ahora Santo de Libra.— Atenea nos devolvió la vida.
— Imagino que pronto derrotarán a Hades —continuó Roshi sin voltear a verlo.
Shiryu asintió, preguntándose por qué percibía algo extraño en el cosmo de su sensei.
— Y cuando Atenea regrese a la Tierra, por fin se perderá el equilibrio por el que tanto hemos luchado.
— Pero, Maestro, ¿no era el equilibrio lo que intentábamos recuperar?
Dokho finalmente alzó la vista. Sus ojos brillaban con un resplandor rojizo.
— Es muy fácil que los jóvenes den sus vidas si es por algo que creen correcto... Serán útiles siempre y cuando no conozcan la verdad.
Alrededor de él, comenzó a fluir un cosmo de color negro. Shiryu alcanzó a percibir una increíble concentración de maldad en él, y de momento le resultó difícil creer que esas palabras procedían de aquel que había sido más que un padre para él.
— ¿A qué han vuelto? —preguntó Shaina a las tres figuras que la rodearon, aunque no sentía temor alguno. Después de todo, eran Cloto, Átropos y Laquesis, las Moiras con las que había estado hasta hacía poco y que, aún dentro de su firmeza, habían sido tan amables con ella.
Ninguna de las tres respondió de inmediato.
— Creí que sólo la cuarta y la quinta Moira podían abandonar la Torre e intervenir directamente en el destino de los hombres —continuó, mirándolas alternadamente.— Lady Perséfone vino a ayudarnos. ¿Ustedes también?
— ¿Nosotras? —preguntó Laquesis.— Nosotras jamás intervenimos a favor ni en contra de persona alguna. No es nuestra misión.
— Venimos personalmente a cumplir el destino que tú seleccionaste para la Orden del Zodiaco al no unir tu vida con la de Seiya —afirmó Átropos.
Shaina miró a Cloto. Ésta, en silencio, mostró sus tijeras doradas.
— No... —murmuró.
— ¿Nos harías el honor? —preguntó Cloto.
— Creí que éramos amigos, Santo de Escorpio —dijo la figura que, a través de la neblina, había aparecido ante Milo.
Éste, haciendo acopio de toda su fortaleza, trató de no mostrar lo que sentía. Sin embargo, era demasiado difícil. Frente a él había aparecido el espíritu de Camus de Acuario, vestido con la misma capa con la que fue enterrado, pero con el rostro cubierto por los golpes y quemaduras provocadas por el intenso frío que le había dado muerte.
— Si éramos amigos, —insistió— ¿puedes decirme qué te hice para que vengaras de ese modo?
Milo negó con la cabeza, su exterior lo más calmado que podía aunque sus ojos vibraban por la emoción contenida.
— Jamás tuve nada en tu contra, Camus. Fuiste mi mejor amigo y eso lo sabes.
— ¿Estás seguro? No habrías ayudado a mi asesino de ser así.
Milo frunció el ceño.
— Sólo interpreté el verdadero significado de tus acciones, Camus. Fui la única persona que realmente comprendió qué intentabas al encerrarlo en el Ataúd de Hielo.
— ¿Y quién te manda andar interpretando? —preguntó Camus con ojos relampagueantes.— ¡Tienes mi sangre en las manos! ¡Gracias, amigo!
Jabu dio de patadas contra el suelo, pero no pudo liberarse. Era como si el Averno mismo hubiera descubierto su indignidad: la neblina parecía condensarse en ataduras, y varias habían rodeado sus piernas hasta más arriba de sus rodillas, uniéndolo al suelo.
“¡Suéltenme!”, ordenó mentalmente aunque no sabía a quién se dirigía. “¡Algo le pasa a los demás! ¡Tengo que ayudarlos! ¡Es mi oportunidad de combatir por la señorita Atenea!”
¿No comprendes que por eso mismo no mereces estar aquí?
— ¿Quién dijo eso? —preguntó, mirando a su alrededor sin encontrar a nadie.
El poco orgullo que te queda, escuchó.
— ¿Disculpen? —insistió, extrañado.
Siempre fuiste el testigo, oyó a su alrededor e identificando esa voz como la suya. No hay que romper la costumbre.
Otros dos lazos de neblina lo sujetaron de las muñecas, uniéndolo aún más al suelo. Antes de que pudiera decir algo más, otro le rodeó el cuello y ahogó su voz.
— Moo, ¿ves lo que provocaste?
El Santo de Aries no se sorprendió cuando la silueta de Aioros de Sagitario comenzó a acercársele. Lucía igual que la última noche que lo vio con vida, años atrás, su espíritu y ánimo brillándole en los ojos.
— ¿A qué te refieres? —preguntó tranquilamente y sin apartar la mirada, aunque conocía la respuesta.
En eso, Aioros trastabilló, como si hubiera recibido un golpe invisible en el pecho, deteniéndose un segundo. Cuando volvió a alzar la vista, sangre manaba de su pecho.
— Tú percibías el mal que acechaba a Atenea —continuó con voz más grave.— Presentías que Ares había regresado. Sabías que uno de nosotros sería poseído y que otro sería sacrificado.
Un nuevo golpe invisible azotó a Aioros. Esta vez, le fue mucho más difícil incorporarse; al hacerlo, su cuerpo estaba cubierto de sangrientas estocadas producidas por una Excalibur invisible. Aunque Moo trató de permanecer calmado, sus ojos mostraron gran tristeza y arrepentimiento.
— ¿Por qué me enviaste?— insistió Aioros, esforzándose en respirar.— Ya era mucho más joven que tú, ¡tenía mucho más por vivir! ¡Tenía un hermano a quien cuidar! ¿Por qué me elegiste a mí?
La falta de agresividad en sus palabras, más un reproche que una acusación, conmovió a Moo aunque su intuición y su lógica le decían que se trataba de una trampa.
— ¡Shun, qué tienes! —preguntó Ikki, sujetando a su hermano por los hombros.— ¿Qué te pasa?
Shun se había puesto en exceso pálido, sus ojos enormes mirando a un solo punto fijamente y con una mezcla de odio y de espanto en el rostro. Cuando Ikki miró en esa dirección, no encontró nada, pero el más joven se negó a reaccionar.
— ¿Qué te pasa, Shun? —preguntó el fantasma de Reda, sonriendo con burla y deleite, sus heridas aún muy frescas.— ¿Todavía no te atreves a usar el poder que te da tu lado obscuro?
El Santo trató de decir algo, sin conseguirlo.
— Maldito asesino —añadió Reda con desprecio.— Si no empleas tu ken, no le servirás de nada a tus compañeros. Espero que enciendas tu cosmo porque, ¿sabes algo?
Y añadió con maldad:
— Quiero ver cómo matas a tu diosa.
Shun negó débilmente, sus labios moviéndose sin pronunciar palabra. Ikki no comprendió qué pasaba, y se desesperó al pensar que podría relacionarse con el cambio del que Nox había hablado. Pero en eso, escuchó una voz grave y apagada, como si tuviera una máscara colocada sobre la boca.
— Querías matar a tu hermano. ¿Por qué no te alegras de verlo así?
Fue como si la peor de las pesadillas de Ikki se hubiera vuelto realidad. Sin soltar a Shun, miró por encima de su hombro y también palideció, sintiendo que el aire le faltaba.
Frente a él, estaba un hombre robusto, cubierto por una máscara roja. La única persona capaz de aterrarlo.
—¡Maestro! —exclamó.
— En el pasado fue Esmeralda, Ikki —respondió.— Te ahorré el trabajo de matarla para convertirte en el Fénix. Te ahorraré el trabajo de matar a tu hermano para que puedas convertirte en Cáncer.
Encendió su cosmo y hasta entonces Ikki descubrió que había tenido un tono absolutamente negro. Trató de moverse para proteger a Shun, pero fue como si su cuerpo se hubiera congelado.
Justo como el día que Esmeralda había sido asesinada.
Aldebaran miró con absoluto desinterés a los recién llegados, pues los conocía de antes. En el pasado, se enfrentó a ellos sin saber que eran gemelos y por ello fue derrotado, pero en esa ocasión observó cómo dos figuras idénticas se le acercaban, una vestida de negro y otra de blanco.
— ¿Nos recuerdas? —preguntó Syd de Dzeta-Mizhar.
— Los únicos capaces de convertir tu fortaleza en debilidad —afirmó Bud de Alcor.
— En apariencia no tienes demonios internos —opinó Syd.
— Excepto el formado por tu propio orgullo —completó Bud.
— Mismo que destruimos al casi matarte —sentenció Syd.
— ¿Estás listo para pelear contra ambos al mismo tiempo? —inquirió Bud.
— ¿O no puedes enfrentarte con tu pasado? —insistió Syd.
Aldebaran torció la boca en un claro gesto de burla.
— A lo que no puedo enfrentarme es a esta farsa.
Y añadió, su mirada fija en los gemelos:
— Ninguno de ustedes proviene de Asgaard y también sé que uno de ustedes no ha muerto todavía.
— ¡Déjame en paz, Alecto de Erina! —exclamó Hyoga al activar su dorado cosmo.— ¡Un mismo truco no sirve si lo utilizas en una segunda ocasión!
Alternadamente veía a su madre, a Crystal y a Isaac. En silencio, esperaban, pero no supo decir si rezaban por él o si lo acosaban. “¡Qué poco original!”, alcanzó a pensar.
— ¡Hablaste de Infierno, Hades! —exclamó.— ¿No comprendes que lo he vivido toda mi vida?
— El del Pasado —escuchó a su alrededor.— Pero no el del Presente.
Vio otro par de figuras que no habían aparecido hasta entonces. Una era una princesa vestida de novia, pero el muchacho que la escoltaba no era él mismo, aunque esa fue su primera imagen.
— Sabías que morirías y que dejarías sola a Lady Flare —sentenció Hagen con rostro fantasmal.— ¿Tenía algún caso matarme?
— ¿Cómo te atreviste a considerarte el Santo más cercano a Dios, si has combatido en su contra? —le preguntó la voz de Radamantis a Shaka de Virgo, aunque no estuvo presente más que entre las sombras.— ¡A ti no se le puede presentar un demonio únicamente, sino todos los que se encuentran en el infierno!
Ante el Santo empezó a aparecer la imagen de una región completa. Si era típico, correspondía a la representación tradicional del Infierno, pero no por ello era menos terrible: Un desierto con aire sofocante y dominado en su totalidad por el tono rojizo de un incendio permanente. Pero ésa no era ea la peor parte, sino la de las almas que fueron condenadas ahí por sus acciones y que ahora vagaban y se lamentaban con rostros vacíos carentes de esperanza o de alegría incluso aunque no fueran torturadas. Shaka había tratado de alejarse de las emociones, y si bien no sintió temor de caer ahí, lo dominó una enorme compasión.
“Esto es un engaño de los sentidos”, pensó, su tranquila energía calmando su corazón. “El Infierno existe en la Tierra. La mayor tortura de un ser humano es saber que está lejos del Omnipotente aunque no se le apliquen otros castigos.”
Cerró los ojos, colocando las palmas de sus manos una ante la otra.
“Mi poder es presentar planos irreales. Era lógico que iba a atacarme así.”
El viaje al Averno había sido una prueba constante de su fe. Pensó en el Omnipotente y en Atenea y se obligó a modular el ritmo de su respiración para aclarar sus pensamientos.
Atenea no había hecho más que observar el desasosiego de los suyos, como si estuviera y no al mismo tiempo. Hades había tenido razón: su propio infierno era presenciar cómo sus amados Santos sufrían, y se obligó a alejar su corazón de la escena.
Pero no pudo hacerlo. Eran los suyos, habían peleado por ella y no los iba a abandonar en medio de ese trance. Si eso la convertía en la humana sensiblera de la que su tío se había burlado, le importó poco.
Necesitamos una esperanza y ésa eres tú, había dicho Ikki.
La diosa encendió su cosmo
— ¡Demasiado tarde, Atenea! —exclamó Hades desde donde se encontrara.— ¡La ventaja es mía!
Sin mayor advertencia, de las nubes fluyeron relámpagos negros, la Obscuridad de Hades tornándose en una franca ofensiva contra los Santos y canalizándose a través de cada uno de los fantasmas o ilusiones que los atormentaban. Seiya fue el primero en recibir su ataque en el pecho, la risa de Leúmnades todavía en sus oídos, pero fue incapaz de encender su cosmo para evitarlo. El falso Casios atacó a Aioria, y éste, a pesar de que cayó al suelo, supo que su tresor lo había protegido de un impacto parecido al que antes casi le había costado la vida; el falso Dokho atacó de la misma manera a Shiryu, quien fue incapaz de alzar el escudo contra su propio maestro. Un rayo igual de intenso, pero dividido en tres, golpeó a Shaina, justo como Camus —o el espíritu que pretendía ser él— atacó a Milo y una corriente proveniente del suelo del Averno envolvió a Jabu para tratar de ahorcarlo. Por primera vez en años, Moo sintió un golpe contra su cuerpo, mientras que los mismo rayos atacaban a Ikki y a Shun a la vez. Aldebaran apenas alcanzó a formar el Gran Cuerno antes de que dos relámpagos lo atacaran, y aunque los sintió, no recibió daño alguno; Hyoga, en cambio, fue atacado de frente aunque había entendido a la perfección cuál era el hechizo que empleaban en su contra.
— ¡Sei samsara!
Un rayo dorado se estrelló contra la obscuridad. Shaka había vuelto a abrir sus azules ojos y el Sei samsara fluía de sus manos sin interrupción, su luz dorada dirigiéndose hacia la abandonada Nike. Aldebaran comprendió al instante lo que compañero intentaba, así que separó los brazos para lanzar el rayo de luz que conformaba su Gran Cuerno Ofensivo.
—¡Hades está junto a la Nike! —gritó Shaka, sus ojos relampagueando con algo parecido a la emoción.— ¡Ahí está!
Sin embargo, el único ken que le ayudó fue el de Aldebaran. Tauro, sin descuidar su guardia, miró a sus compañeros heridos y gritó:
— ¿Qué esperan? ¡Los necesitamos!
Pero los demás Santos habían caído bajo el golpe de obscuridad y, aunque seguían conscientes, no podían reaccionar. Solamente los tresors se habían interpuesto entre ellos y la muerte, mas no era en aquel momento la muerte del cuerpo o del alma la que los dominaba. Era la pérdida del corazón.
“Sigfried dijo que nunca nos habíamos enfrentado a nadie como los Guardianes del Estigio, pero no sé si habrá conocido a Hades”, pensó Seiya, tirado sobre su espalda y todavía resintiendo el ken del dios en los latidos de su corazón. “Jamás pensé que esta batalla iba a ser así.”
Su deber como Caballeros (¡no, ya no como Caballero, como Santo!) le ordenó que se levantara y peleara, que Shaka y Aldebaran los necesitaban o que morirían, y luego seguiría Atenea y que también ellos perecerían aunque no combatieran. Aún así, su corazón había sido herido y eso era más doloroso que cualquier daño físico que hubiera recibido desde que era un niño.
Era un dolor muy parecido al de aquel atardecer en que aquellos hombres vestidos de negro lo subieron a un auto y sólo alcanzó a ver a Seika llorando y tropezando detrás del vehículo.
O a cuando supo que Saori tenía que morir.
“Poseidón destrozó las armaduras e incluso alcanzó a herirme con su cosmo cuando este tresor me protegía. Pero nunca intervino con mis temores o sentimientos, y mucho menos me mató.”
No había tenido tiempo de pensar en lo que había ocurrido después de que se clavó la espada de Hades en el estómago, y supo que se negaría a meditar en ello por mucho tiempo. Sólo recordaba la impresión de haberse vuelto muy ligero, casi sin peso alguno, de ser rodeado por la noche y de encontrar un túnel lleno de luz, sólo para perderlo de inmediato antes de sentir un intenso dolor en cada célula de su... ¿alma? Ahora sabía que Atenea había dado parte de su sangre para revivirlo y que gracias a Perséfone su alma se había conservado; tenía hasta la protección del tresor de Sagitario para seguir adelante y continuar con su misión. Pero, después de cumplirla, ¿qué le quedaría?
Saori-Atenea lo amaba, había confesado en silencio al besarlo. Pero iba a morir para cerrar el Ciclo. Se quedaría solo, consolado únicamente por la presencia de Marine quien, quizá compadecida por su tristeza, le confirmaría finalmente que era Seika. O mejor dicho, eso había pensado.
¿No le había dicho Leúmnades que en realidad era una mentira? ¿Que Marine no era Seika, sino otra persona?
Ahora veía con claridad que no le quedaría absolutamente nada. Su voluntad de vivir y de pelear acababa de abandonarlo. Lo que no sabía era que, lo que para él había sido dolor, para otros había sido arrepentimiento o decepción.
— Insisto en que me agrada tu Orden, Atenea —afirmó la voz de Hades.— Tienen buen corazón y han peleado con valor. Pero no pasan de ahí.
Los ojos de Atenea cambiaron. Aunque conservaban el mimo brillo, se habían vuelto decididos incluso dentro de su dulzura. En lugar de reflejar luz, ahora parecían generarla.
— Como ha ocurrido a lo largo de esta guerra, los subestimas —sentenció.— Los atacaste a traición, pero ni aún así has logrado detenerlos.
Hades miró con burla a los Santos caídos. Todos vivían, pero no se habían puesto de pie, y tenían una expresión de espanto y de dolor en el rostro. Shaka y Aldebaran ni siquiera voltearon a verlos y continuaron atacando, aunque no pareció servir de mucho.
— No me parece que estén muy preparados para continuar —opinó el Señor del Averno.
Saori sonrió, pero su gesto fue muy diferente al de antes. Era gentil, pero fuerte a la vez.
— Porque antes no estuve a su lado.
— Qué exageración —afirmó Hades, las nubes condensándose un poco.— Aunque representas a la Estrategia, nunca te ha gustado pelear. No portas tu armadura...
— No la necesito —interrumpió Atenea.— Tengo a mi Escudo.
Los ojos de Saori parecían no ver nada en específico, su expresión sin definirse, pero su cosmo relució con un resplandor todavía más dorado. De ella, fluyeron ondas del mismo color, pero no atacaron a Hades. Cada una fue y rodeó a un Santo, estuviera peleando o inmóvil. Al momento, Shaka y Aldebaran sintieron un nuevo impulso para seguir atacando. Los dos miraron a su diosa: mientras que los ojos de Virgo demostraban lealtad y admiración, Tauro murmuró:
— De aquí no nos retirarán sino muertos.
“Desde la Era del Mito”, dijo la dulce y decidida voz de la joven diosa a sus cosmos, “Atenea fue obsequiada con dos atributos: la Nike, que siempre estaba a su lado para asegurar su victoria aunque era una virtud personificada, y el Escudo que la protegería del mal. Alrededor de ella, se reunió un grupo de valerosos jóvenes para combatir en su nombre y defenderla de cuanto enemigo amenazara a Terra. Atenea, como era una diosa gentil, decidió que debían pelear sin armas, recurriendo únicamente a su aura y a su conexión con su constelación protectora. A cambio, les otorgó una armadura. Las doce más poderosas, por su importancia, representaban a los Doce Signos de la Eclíptica. Eran los Doce Tresors.”
Pareció que, de momento, no estaban en el Averno, sino de nuevo en Grecia. Bajo ese cielo sin sol, parecía haber aparecido un poco de luz, y dicho resplandor comenzó a curar las heridas no del cuerpo, sino del corazón.
“Ustedes fueron elegidos por el Omnipotente para convertirse en la Nueva Orden del Zodiaco. Fueron honrados con un Tresor. ¿No es momento de demostrar por qué fueron elegidos? ¿De pelear y seguir adelante? Todos moriremos tarde o temprano, pero aún no es el momento. Y si morimos, no lo haremos suplicando misericordia ni dejándonos vencer por una ilusión. ¡Entreguemos nuestras vidas con los ojos mirando al cielo!”
Sus palabras hicieron que los demás fijaran la vista en lo que les rodeaba. Había fantasmas, pero también estaba cada uno de ellos y sus compañeros. Y seguían vivos.
“Ustedes son guerreros que han vivido en soledad. El destino marcó que desde muy jóvenes estuvieran solos, y yo también crecí de ese modo. Daríamos todo por tener una familia, por regresar con nuestros seres amados que hemos perdido o encontrar a aquellos de quienes nos separamos. Pero ustedes no son seres humanos comunes que puedan rendirse al dolor. Todos tendremos que sobreponernos a la añoranza, por más que duela.”
Seiya se obligó a sí mismo a contener el llanto que insistía en nublar su vista y a ahogar el pesar que lo inundaba. Hyoga insistió en que Flare no estaba ahí y que esa visión era un arma en su contra, y entonces vio cómo desaparecía en la neblina.
“Yo los entiendo más de lo que imaginan”, prosiguió Atenea, su mirada perdida pero su voz afectuosa. “Sé que cualquiera de ustedes desea una vida común y corriente, y no puedo culparlos. La vida de los Caballeros y de los Santos jamás es sencilla. Siempre habrá fantasmas a su alrededor. Algunos tratarán de cobrarse los errores de nuestro pasado, como si no los lleváramos en el corazón. Pero estoy segura de que sus almas en realidad comprenden nuestros motivos. Si no lo parece así, es por el arrepentimiento que sentimos.”
Casios dio la vuelta y se marchó en silencio, como si le hubiera bastado con escuchar las disculpas de Aioria. Camus se volvió transparente hasta que desapareció, y tanto Milo como el león comprendieron que el aprendiz y el amigo nunca habían estado ahí.
“Otros fantasmas vendrán del pasado aunque no los llamemos. No vienen a reprocharnos nada, pero pueden representar muchas cosas. Nuestros temores ocultos, aquellos que intentamos olvidar a toda costa, a la muerte y al sufrimiento, o nuestras aspiraciones, las que creemos que están demasiado lejos y que tememos jamás ser capaces de alcanzar.”
Hades jugó con nuestras almas otra vez, pensaron Ikki y Shiryu conforme las visiones de sus maestros desaparecían. Sabe que para nosotros no sólo son personas, sino también símbolos, y los empleó como le convenía.
“En cada momento, el ser humano debe tomar decisiones grandes o pequeñas, pero muchas de ellas jamás influyen demasiado en su destino. Pero con los Santos y Caballeros es diferente, al igual que con las diosas, porque de nosotros dependen muchas otras personas. Aunque nos arrepintamos, a pesar de que lamentemos lo que ocurrió bajo nuestra responsabilidad, no nos queda sino seguir adelante. ¡Créanme, si ya cambiamos el destino una vez, podemos hacerlo de nuevo!”
Moo se levantó mientras murmuraba una disculpa a Aioros. Le juró que, en su nombre, seguiría su ejemplo y pelearía por Atenea hasta el final, y al escuchar eso, el fantasma desapareció. Shaina cerró los ojos y se concentró en percibir el cosmo de las Moiras. Cuando las detectó en la Torre, comprendió que nunca habían salido de ahí; al abrir los ojos, las impostoras se habían marchado.
“Desde hoy, les juro que combatiré con ustedes porque no soy más valiosa ni importante que cualquiera de mis Santos. No me importa que haya demonios que los atormenten ni que se consideren indignos. Sólo quiero estar con ustedes, y si únicamente fuera humana, me daría igual. Somos un grupo y somos amigos, y aunque guardemos secretos o diferencias entre nosotros, nos queremos y permaneceremos juntos.”
Sus palabras fueron a la vez tierno bálsamo y afilada espada. Shun sintió como si recibiera la mejor de sus medicinas en su corazón y en su espíritu. Jabu fue liberado de inmediato por el suelo del Averno cuando sus ataduras se rompieron de golpe.
“Dos de ustedes pelean sin ayuda contra el único dios que no reencarna. ¿Vamos a permitir que continúen así?”
En respuesta, cada uno se levantó, tratando de ignorar el dolor físico que les había provocado el Golpe de Obscuridad. Los ojos de Shiryu relampaguearon, la corriente en ellos más viva que nunca, y llegó a la conclusión de lo que había meditado antes del ataque.
— El modo de vencer a Hades es aceptándonos como somos y perdonándonos nuestros errores —murmuró.— No es cuestión de fuerza ni de poder ni de espíritu. Es de corazón.
— Sólo aquellos capaces de superar las trampas de los sentimientos podrán luchar y vencer —completó Atenea, y su cosmo brilló de forma muy parecida al Sol.
El primero en reaccionar fue Moo, quien localizó de inmediato a qué atacaban Aldebaran y Shaka. Al Sei samsara y al Gran Cuerno se les unió una Revolución de Luz Estelar. Pronto se añadieron un Relámpago de Voltaje y una Restricción que intentaban que Hades no escapara de la ofensiva aprovechando su invisibilidad.
Y de inmediato se escuchó:
— ¡La Cólera del Dragón!
A diferencia de los kens de los Santos anteriores, el tono de ese último era azul-verdoso, cual lo eran los dragones cuando habitaban en China. Conforme se acercaba a su objetivo, se tornaba más y más dorado hasta que se estrelló contra las nubes cercanas a Nike. Seiya miró en esa dirección. No alcanzó a ver a nadie en ese sitio a pesar de la abundancia de rayos dorados. En contraste, Hyoga exclamó:
— ¡Cómo no lo vi antes!
Y añadió, lanzando su ken de aire helado:
— ¡Polvo de Diamante!
— ¡A mí, Cobra! —gritó Shaina, una corriente de electricidad fluyendo de sus dedos hacia la figura invisible. En una batalla ordinaria, habría preferido correr hacia su enemigo para atacarlo. Sin embargo, y bien lo recordaba, un dios no es un oponente común y prefirió conservar su distancia.
Seiya continuó buscado la silueta de Hades, pero no la encontró. Hasta hacía un instante sabía en qué dirección voltear, pero la había perdido a pesar de que sus compañeros no tenían el menos problema para encontrar su objetivo. ¿Por qué no podía verla? Miró a los demás, inconscientemente esperando no ser el único al que le ocurría. Pero al mismo Jabu concentró su cosmo en su cabeza y gritó:
— ¡Galope!
Sus ojos relampaguearon con un extraño tono dorado que no le pasó desapercibido a Seiya. “¿Qué me pasa?”, pensó, empezando a preocuparse.
En eso, vio que Shun no había atacado y se preguntó si él tampoco podía descubrir la localización de Hades. Sin embargo, al prestar más atención, notó que sí veía algo —aunque al seguir la dirección de sus ojos tampoco encontró nada—, pero que no parecía decidirse a...
— ¡Vapor Nebuloso!
A Seiya le resultó obvia la expresión de ansiedad que dominó la mirada de Shun cuando usó su poder, pero ésta poco a poco cambió en determinación. Se obligó a descubrir a Hades, más le fue imposible.
Si no actuaba pronto, Saori...
— ¿No estás olvidando algo, Seiya?
Sorprendido, el joven Santo miró en todas direcciones. Hacía días, había escuchado esa voz anunciándole desgracias. Pero entonces, presintió, su presencia se debía a algo más.
— ¡Saga! —murmuró
— ¿Qué no escuchaste a Atenea? —insistió, la voz del Santo que desearía jamás haber sido poseído por un dios.— ¿Que no has aprendido nada en los tres Guerras Santas?
Seiya dejó de buscarlo. Tampoco podía verlo.
— ¿A qué te refieres?
— ¿Qué es lo que distingue a los Santos y a los verdaderos caballeros de los demás humanos? No es el cosmo, puesto que todos poseemos uno desde que tenemos un alma. No es la armadura ni la constelación protectora, porque todos estamos protegidos por la segunda aunque sólo algunos se hacen dignos de la primera.
Y añadió con voz un tanto más grave:
— No puede ser que tú, de todos, lo hayas olvidado.
“No deben enfrentarse a los Santos Dorados con un sentido de la batalla común”, evocó Seiya, lo que había dicho Moo en la primera hora de aquel eterno día. “La verdadera fuerza no se encuentra en el uso de sus armaduras, sino en el uso del...
— Séptimo Sentido —concluyó, hipnotizado por el recuerdo.— De aquel que está por encima de los cinco sentidos físicos, vista, olfato, gusto, oído, tacto, y del mental, la intuición.
— El verdadero Séptimo Sentido no está en la percepción de Cosmo, Santo Seiya —añadió Saga.— Está en no dejarte rendir sino hasta el final y encender tu cosmo hasta el infinito, como hiciste en Doce Casas.
— ¿No dejarme rendir? —preguntó Seiya con amargura.
La voz de Saga permaneció en silencio.
— Saori va a morir. Tal vez Marine no sea mi hermana —confesó el Santo de Sagitario.— Sé por qué no debo rendirme. Lo que me cuesta trabajo saber es por qué no quiero rendirme.
— ¿Acaso lo quieres?
— Estoy actuando sólo porque es mi deber.
A lo lejos, siguió escuchando los ataques de sus compañeros y amigos. La voz de Saga suspiró y dijo:
— Tu Séptimo Sentido no te ha abandonado, pero le falta aquello que lo impulsa. Fe.
Seiya bajó la vista.
— ¿Sabes qué es la fe?
— Es confiar ciegamente en el Omnipotente —dijo el Santo con voz apagada y añadió.— Aunque vaya a quitarte lo que más amas.
— Seiya, el Omnipotente no da ni quita. Sólo atestigua el destino que cada uno elige.
— ¿Y Saori eligió morir?
— Eso no lo sabemos ni tú ni yo, y tal vez tampoco ella lo sepa.
— ¿Entonces? —gritó el joven, la voz quebrándose.
— ¿Por qué intentas comprender las razones en este momento? —exclamó Saga, su tono adquiriendo la autoridad que lo había distinguido como Patriarca.— Nada se entiende en el momento. No entendías por qué debías subir hasta mi Habitación para salvar a Atenea. No entendías por qué necesitabas los Zafiros de Odin, ni tampoco por qué debías destruir los Pilares. No fue sino hasta después que comprendiste que yo sabía cómo destruir la flecha, o que los Zafiros llamaban a la Armadura de Odin, o que los Pilares sostenían al mar. Pero lo hiciste. Eso es la fe.
Seiya volvió a mirar al frente, hacia sus amigos. Hacia Atenea.
— Actúa momento a momento, Santo de Sagitario. El hombre que te precedió hizo lo mismo y actuó únicamente basado en su fe. Tú no eres diferente a él.
Seiya torció la boca.
— ¿Confiar y esperar? —preguntó.
— Es mejor que morir en el Averno —sentenció Saga.
Seiya sonrió, aunque su tono no perdió la ironía. “Confiar y esperar y tener fe y vivir sólo un instante a la vez”, se dijo. “No sé si mañana saldrá el Sol, pero cuando me voy a dormir, creo que lo hará. Ni siquiera me lo pregunto.”
Hubo una nueva descarga y alcanzó a verla.
“Saori, sé que vas a morir. Pero no sé si lo harás sola. Si iré contigo, o si volveremos a estar juntos algún día. Pero quiero creerlo. Y esa será mi única fe.”
Cuando llegó a esa conclusión, dos cosas pasaron al mismo tiempo. Aunque no escuchó ya a Saga, le pareció percibir que sonreía. Y, de repente, vio a Hades.
Estaba de pie, cruzado de brazos, al lado de la Nike.
— ¡Ahí estás! —gritó, el corazón volviéndole a latir con fuerza.— ¡Lluvia de Meteoros!
Lanzó su ataque, miles de golpes fluyendo a partir del menor de sus movimientos y concentrándose en una lluvia de estrellas que se dirigió hacia las nubes. Los meteoros se combinaron con rayos de diferentes colores e intensidades, con particulares capacidades ofensivas y defensivas, y atacaron al Señor del Averno como si fueran uno solo. Hades lucía una expresión de sorpresa en el rostro: nadie había osado atacarlo antes, y a pesar de que no había sentido ninguno de los ataques, comprendía que situación entera había sido un error desde el principio, desde la misma reencarnación de Atenea, ¡quizá desde el Plan Divino de conceder a los dioses el Libre Albedrío y que ahora era su tentación y su pecado!
Miró a Atenea. “En verdad es una diosa y una humana”, pensó. “La primera sabe la misión a cumplir y está dispuesta a absolutamente todo con tal de lograrlo, incluso a sacrificarse junto con los que deben protegerla. La segunda no alza la mano contra su propia familia, si bien su cosmo está encendido. Consuela en lugar de ordenar. ¡Con razón la aman tanto!”
¿Por qué el aura de su sobrina se hacía más brillante a cada instante?
— No puedo negar que me asombran —afirmó con sinceridad.— Nunca conocí humanos tan valientes, aunque la temeridad suele confundirse con la estupidez. ¡Felicidades, Atenea! Sin ti, muchos de tus Santos no habrían superado sus infiernos personales.
El rostro de Atenea permaneció impasible.
— ¿Nos dejarás salir entonces?
Hades sonrió débilmente.
— No confundas la admiración con la debilidad.
Hizo el además de descruzarse de brazos para atacarlos, pero quedó sólo en eso. No podía moverse.
— ¿Qué demonios...? —murmuró.
Hasta entonces comprendió que ya no era invisible para nadie y que el ataque de los Santos no había sido a ciegas, sino que había sido planeado y consciente. Su armadura ya no le servía más que para protegerlo, y eso relativamente: sus pies estaban fijos al suelo a partir de la mitad de sus muslos, congelados dentro de dos irregulares bloques de hielo. Sólo que, a diferencia de la primera ocasión en que fue atacado de esa forma, los destellos del hielo no eran transparentes ni azules, sino dorados.
— ¡Qué estupidez! —murmuró, tratando de destruir los bloques al dar un paso
Sin embargo, le resultó imposible mover las piernas. Tampoco podía mover los brazos y sólo su cuello conservó su capacidad de movimiento.
Al tratar de averiguar la causa, notó que dos kens distintos lo detenían. Uno tenía la forma de ondas concéntricas y cuidaba que no pudiera moverse de ese sitio; el otro, una corriente que aire, le impedía cambiar de posición e incluso intentaba dominar los latidos de su corazón. Cuando descubrió eso, percibió como si un veneno recorriera el interior de su cuerpo, un tercer cosmo que no había percibido.
— ¿No contabas con algo, Lord Hades? —preguntó Atenea.
El dios no respondió y se limitó a apretar los dientes con furia. Era imposible que aquellos humanos estuvieran deteniendo a un dios. En una especie de reflejo retardado, sintió cómo ataque de luz pura golpeaba su estómago, a la vez que una corriente de electricidad lo recorría de pies a cabeza y creía oír el rugido de un dragón estrellándose contra su pecho. Perdió los sentidos del oído y de la vista un instante, y los recuperó para ver una serie de golpes luminosos, miles quizá, atacándolo. Sólo un poder desconocido de atracción y repulsión evitaba que tantos rayos luminosos se estrellaran entre sí y que el mismo dios escapara de su influencia.
Un ataque tan fuerte como una manada de toros se dirigió a su rostro y, cuando lo golpeó, lo arrojó hacia atrás.
— ¡Sí! —exclamó Seiya.
Hades alcanzó a mantenerse de pie, las barreras rotas pero el impacto de todos los ataques provocándole un dolor que no había sentido desde el fin de la Era del Mito. En ese tiempo, tuvo que combatir al lado de Zeus contra muchísimos enemigos que se negaban a reconocer su ascenso al Olimpo. Jamás habían vuelto a golpearlo.
— ¡Idiotas! ¡Van a pagar por esto!
Concentró su aura y, al recuperar su habilidad de movimiento, extendió los brazos para sujetar la espada que había envainado cuando se invisibilizó. Sin embargo, no tuvo oportunidad de usarla. Un rayo dorado apareció de la nada y sólo alcanzó a escuchar:
— ¡Gen Ma Ken!
Ikki le había dado el tiro de gracia.
El dios quedó inmóvil, la mirada fija y perdida. Una ligera brisa agitó el cabello dentro de su yelmo, y todo el dolor que le había producido el ataque múltiple desapareció de pronto y fue sustituido por un vacío sensorial. Como era su costumbre, Ikki no volteó a verlo una vez que se detuvo, pero la ausencia de sonido le indicó que lo que había ocurrido estaba a su favor.
Los demás Santos se aproximaron, sorprendidos.
— ¿Qué has hecho, Ikki? —preguntó Milo, interesado ante todo ese tipo de fenómenos y casi como si fuera a tomar notas.
Cáncer, antes Fénix, dio la vuelta lentamente.
— Nuestro querido Hades observa su propia alma.
— ¿Qué verá un dios? —preguntó Shiryu no sin cierto respeto en su voz.
— El Señor del Averno debe estar mirando su propio infierno —respondió Shaka, sin elaborar conjeturas sobre en cuál habría caído.
Jabu se llevó la mano a la cabeza para frotarse el cabello cual acostumbraba, pero su nuevo casco lo impidió.
— ¿El dios del Averno en el Infierno? ¿Cómo...?
— ¡Mejor lo discutimos después, con café y galletas! —exclamó Seiya tras dar un respingo.— ¡Es nuestra oportunidad!
Miró a su lado. Saori se les había acercado. Su rostro mostraba preocupación por su tío, pero no arrepentimiento. Sintió cómo Seiya sujetaba su mano; en respuesta, le sonrió y luego miró hacia donde Perséfone se encontraba.
La señora del Averno se había arrodillado junto a Elis y sostenía su cabeza en su regazo. Desde donde se encontraban, no había modo de saber si el Guardián había muerto.
— Vete, Atenea —pidió, respondiendo a su muda solicitud.— En un rato se encontrará bien. No te preocupes por nosotros.
— Pero...
— Tu tío habla mucho, pero sabrá perdonar. ¡Vete! ¡Ahora!
Saori asintió, su mirada decidida. Moo miró a Kiki y este, obediente, lo alcanzó dando saltitos.
— Escucharon, Santos —afirmó Atenea.— Hay que buscar la salida.
A una, todos empezaron a correr hacia la Estigia, mientras Perséfone los miraba en silencio. Por costumbre y reconocimiento, se permitió que los Cinco fueran los que escoltaran a su diosa en esa huida. Aldebaran, Moo y Shaka iniciaban la comitiva, Kiki a su lado; luego, venían Atenea, y Seiya, entre Hyoga y Shiryu, por un lado, e Ikki y Shun por el otro. Cerrando el grupo iban Aioria y Milo, al igual que Jabu y Shaina. Ella miró hacia atrás, sus ojos tristes al ver a Elis.
— ¿Estará bien? —preguntó a las Moiras, aunque sabía que no iba a obtener respuesta.
Jabu pensó que se dirigía a él y frunció el ceño. ¿Desde cuándo a Shaina le importaba tanto un Guardián? ¿Ese Guardián en particular?
— Está con una diosa —respondió.— No tendría por qué estar mal.
Shaina volteó a verlo, hasta entonces comprendiendo que había hablado en voz alta.
— Tú también estás con una diosa y no estás del todo bien —sentenció con sarcasmo.
Jabu no supo qué responder, pero durante el resto del camino, cuidó que su compañera no fuera a rezagarse por ir con Thanatos.
No tardaron mucho en alcanzar la ribera de la Estigia. Todos miraron al frente, hacia la Alameda Negra por la que todos habían entrado al Averno, pero no alcanzaron a ver alguna alternativa para cruzarla.
— No hay puentes ni barcos —murmuró Hyoga, recordando cómo habían cruzado antes.— Tendremos que encontrar la forma para pasar sobre el agua.
Aioria volteó a ver a Moo, preguntándole en silencio si los tresors soportarían el paso por las aguas de la Estigia, y obtuvo una negativa en respuesta. Nada que procediera del mundo de los humanos sería invulnerable a la laguna, por más que perteneciera a una diosa.
— Hay algo más importante —dijo Ikki, su tono sin mostrar emoción alguna.— Necesitamos un Portal de Espacio.
Y mirando a Saori, preguntó:
— ¿Puedes abrir uno?
— Lo intentaré.
Saori-Atenea entrecruzó los dedos de sus manos e inclinó la cabeza, empezando a rezar. “Señor, Tú que nos has permitido que lleguemos hasta aquí, por favor, ayúdame a encontrar el modo de salvar a los míos”, inició su súplica.
Seiya supo que una vez que empezaba sus oraciones, no las interrumpiría hasta que cumpliera su meta y que lo mejor sería no distraerla. Miró a sus compañeros, como si quisiera verificar que todos estuvieran ahí. En eso, vio que Ikki permanecía junto a Saori, y notó en él que la miraba con una expresión extraña, bastante parecida a la que Shaina le había dirigido por años.
¿Acaso él también...?
— Ahí está —murmuró Saori de repente.— Ahí está...



Hilda abrió los ojos. La esperanza la había guiado hasta ese momento, pero aún así la señal que acababa de percibir la había sorprendido. Se parecía al latido de un corazón, el sonido opacado por múltiples capas de piel y ropa, y también era como el brillo de una estrella que alcanza a verse a pesar de estar rodeado por nubes tormentosas. Pero la había percibido, audible y visible a pesar de las barreras, y la identificó gracias a sus dones de avatar.
Era el cosmo de Atenea.
— Ahí está —murmuró.— Está tratando de abrir un portal.
Sigfried y Sorrento voltearon a verla. La joven había palidecido por la pérdida de sangre, pero sus ojos brillaban más azules que nunca. La sangre física y espiritual de los tres se había mezclado y se derramaba a lo largo de la Espada de Balmung. Algunas gotas caían al árido suelo.
— ¿Ya empezó a abrirlo? —preguntó Sigfried, mirándola a los ojos.
Hilda negó con la cabeza.
— Creo que ya encontró dónde abrirlo, pero todavía no empieza.
Y añadió, sus ojos relampagueando:
— Nos está enseñando en dónde debemos concentrar nuestros cosmos. ¿Lo notan?
Sigfried asintió. Sorrento se atrevió a verlos de frente e hizo lo mismo.
— Todavía falta mucha energía, pero es un buen inicio —opinó.— Pero percibo otro poder amenazándola. Será cuestión de tiempo para que la ataque.
— Hay que ayudarla —ordenó Hilda.— Pase lo que pase, no debemos rendirnos.
Sus dos compañeros asintieron y elevaron más sus cosmos.
Por sobre su hombro, la joven avatar notó que ninguno de los demás se había retirado, fuera mucho o poco en lo que pudieran ayudarlos. Dos sombras seguían trazándose por cada Guerrero Divino y Flare no había soltado la Cruz del Norte. La tristeza que emanaba de ella la alcanzó sin obstáculo algo.
“Daría mi vida con tal de evitarte lo que estás sufriendo, hermanita”, pensó. “Pero no puedo hacer nada, excepto cumplir la misión por la que tu amado Hyoga dio su vida.”
— Hilda...
La voz de Sigfried hizo que volviera a mirar al fantasma de Alpha encarnado en el cuerpo de su heredero. También mostraba pesar y a la valkyria no le fue difícil adivinar de qué podría hablarle.
— Cuando Atenea regrese y el Portal de Espacio se abra por última vez en un par de siglos... —empezó Sigfried.
Se interrumpió. Parecía que las palabras se complicaban y que no podría seguir, pero la voz de Hilda completó la idea por él.
— ¿Tendrán que regresar al Valhalla?
La mirada de Sigfried se entristeció. Sorrento deseó poder escapar de esa escena, la que más había temido por ser directamente responsable de la separación entre ambos. Pero como de su sangre y cosmo dependía el regreso de Atenea en una cuarta parte, lo único que pudo hacer fue apartar la mirada y resignarse a que su penitencia no había acabado.
— No tenemos elección —murmuró Alpha.— Todo deberá volver al lugar al cual pertenece, en especial los asgaardianos.
Y al ver que los ojos de Hilda se llenaban de lágrimas, se apresuró en añadir:
— No puedo quedarme, aunque es lo que más deseo. No tengo un cuerpo propio y...
— No quiero oírlo —dijo la Valkyria, inclinando la cabeza.— Quiero ir contigo.
— Lady Flare te necesita.
Una lágrima rodó por el rostro de Hilda. De momento, pareció que no respondería y sólo se percibió la vibración de los cosmos en el aire. Sigfried permaneció en silencio, comprendiendo sus razones. Pero de pronto, la joven murmuró:
— Te amo, Sigfried. Siempre te amé, desde que llegaste al Palacio y desde atrás de una cortina escuché que te nombraban mi protector. Te amé mientras crecíamos y soportábamos juntos la soledad y la nieve. Te amé tanto que te elegí como el más cercano de mis Guerreros, y toda mi vida supliqué a Odin no sólo para que mantuviera el hielo, sino para que nunca te ocurriera nada malo...
Sorrento se mordió los labios, esperando que el dolor bloqueara los sonidos. No funcionó.
— Pero cuando llegó el momento en el cual debí ser fuerte y pelear a tu lado, sólo te vi morir sin confesarte lo que sentía por ti, ni agradecerte que...
No pudo continuar. Los tres sabían qué seguía: que Sigfried había muerto por ella, frente a sus ojos, y que debido a su posesión la joven ni siquiera había sido capaz de llorar por él.
Esa fue la peor penitencia que Sorrento pudo haber recibido. Sabía que al matar a uno había destruido a ambos, y aunque había imaginado la gravedad de su pecado, hasta entonces no había comprendido cuánto daño les había hecho. “Lo siento tanto”, pensó, pero las palabras no se formaron en sus labios y se limitó a apretar los párpados y a desear jamás haber nacido.
— Ya no digas nada, por favor —pidió Sigfried.— No tiene caso que te tortures...
— ¡Pero tampoco tiene caso que siga viva!
Sorrento sintió esas palabras como si fueran una puñalada. No, el que no debía haber sobrevivido era él. Pero de nada servía pensar en los “debiera” cuando no había forma de solucionarlo.
— ¿Para qué? —continuó ella con voz quebrada.— Regresarás al Eliseo y Flare seguirá con su vida aunque Hyoga esté muerto. Pero, ¿y yo? ¡Te juro que...!
Una mano, físicamente la de Gunther y espiritualmente la de Sigfried, se colocó sobre su mejilla y con suavidad la obligó a mirarlo a los ojos. Hilda descubrió que el joven lloraba con el cuerpo y con el alma, y con esa expresión le transmitió lo que las palabras jamás alcanzarían a confesar del todo.
Sin darse cuenta, la valkyria murmuró:
— Llévame contigo.
— Sabes que no puedes pedírmelo.
Hilda sonrió con tristeza.
— No será la primera vez que cometo un error.
Alpha apartó la mirada y no respondió. No tenía corazón para hacerlo.
Por algunos minutos, los únicos sonidos en el lugar fueron la vibración de sus tres cosmos y el goteo de su sangre sobre el suelo. Al final, Sigfried murmuró:
— Sabes que volvería a dar mi vida con tal de que estuviéramos juntos por siempre, princesa mía. Por ti iría al Infierno. ¿Cómo no querría estar a tu lado en el Valhalla?
Suspiró mientras volvía a verla a los ojos.
— Pero tienes una misión, querida Hilda. Todavía no puedes acompañarme.
Hilda no preguntó cuál era y Sigfried no dio muestras de planear revelarla. Por toda respuesta, Hilda colocó la mano que tenía libre sobre la del fantasma y la apretó con suavidad contra su mejilla, sus lágrimas mojándolas.
— ¿No es triste? —murmuró.— Atenea debe morir y sé que no quiere hacerlo. Yo quiero morir y no se me permite. Si al menos supiera cuánto tiempo falta, esperaría esa fecha con gozo.
— No pienses en cuánto tiempo falta. Sólo piensa en que algún día...
Presionó más sus manos contra el rostro de la joven.
— Volveremos a estar juntos y ya no tendremos que separarnos. Nunca.
Hilda no respondió de inmediato, como si meditara en lo que Sigfried le había dicho y descubriera la verdad de sus palabras. Suspiró y murmuró:
— Prométeme que serás el último en irse cuando llegue el momento.
— Te lo juro —respondió Sigfried, obligándose a sí mismo a sonreír.
Un relámpago mental los obligó a guardar silencio. El cosmo de Atenea empezaba a aumentar, intentando agrandar la grieta en el continuo de espacio, ¡y por Odin que iban a ayudarla, aunque eso volviera a separarlos! Sorrento, al igual que ellos, intentó elevar su cosmo al máximo.
Pero cuando abrió los ojos, sintió que lágrimas fluían de ellos. Por años, se había negado a derramar una sola. Pero en ese momento, no le quedó sino aceptar que había matado a un hombre noble y, con ello, había destruido la vida de una mujer buena y valerosa. En el fondo de su alma, encontró el arrepentimiento que se había negado a aceptar por un año y, al hacerlo, su corazón empezó a sanar.


¿Cuál era el infierno de un dios?, se habían preguntado los Santos en algún momento de su huida. En la mente de todos permanecía el instante en el que Ikki, casi a la velocidad de la luz, lanzó el Gen Ma ken contra Hades. Había pasado tiempo suficiente para que se alejaran de las Murallas y llegaran a la Estigia y para que Saori buscara la forma de salir del Averno. Sin embargo, la duda permanecía en cada uno: desde una visión espiritual, como la de Shaka, hasta la simple curiosidad de Jabu. Sólo Seiya parecía más interesado en que se abriera el Portal. A Ikki no le importaba en absoluto.
Todos sabían —algunos por experiencia— que el Gen Ma ken mostraba los temores más ocultos, el alma verdadera y los infiernos individuales de cada persona. Quizá un dios no vería nada, o tal vez se enfrentaría a todo.
Pero lo que ninguno de ellos pudo saber era que Hades tenía una visión y que el Averno que lo rodeaba estaba nublado a sus sentidos. No oía nada salvo su propio corazón, y la única sensación que lo envolvía era la de encontrarse en el principio del tiempo, cuando dioses y semidioses habitaban la Tierra.
Se vio a sí mismo en lo más alto del Monte Olimpo, en Grecia, rodeado por columnas del mármol más perfecto que existía y bajo un techo tan alto que no alcanzaba a verse. El Sol resplandecía en lo alto, el cielo lucía el tono azul que los humanos le robaron con su civilización, y a lo lejos alcanzaba a contemplar el mar más brillante de todo el planeta.
Descubrió que no estaba solo, sino que le acompañaban otras dos personas. En el centro, se encontraba un hombre de piel y ojos claros vestido con una túnica blanca; a manera de protección, usaba sobre ella una armadura hecha con millones de relámpagos; en sus manos sostenía un cetro con un águila y una pequeña figura alada. A su izquierda había otro hombre, y el parecido entre ambos le indicó que eran hermanos. Su armadura y el tridente que sujetaba eran dorados, con el tono de la arena que hay junto al mar; sus ojos eran del color del agua y su cabello blanco, al moverse, lucía tonalidades semejantes a las de la espuma. Él se encontraba a la derecha, vestido con su armadura hecha de obscuridad y con la espada de los Cíclopes al cinto; en la mano sostenía un bidente tan negro como sus ojos y su cabello.
De algún modo, supo que acababan de repartirse el dominio del mundo y que sus acompañantes eran sus hermanos Zeus y Poseidón.
En el mismo Olimpo, pero a un nivel inferior de aquel donde se encontraban, vio a otros dioses y diosas, pero no recordó de inmediato el nombre de todos. Distinguió a Hera por la corona que le detenía el cabello y por su porte, que las matronas romanas intentarían imitar sin éxito. Démeter, en cambio, había adornado su rostro con espigas. Junto a ellos, una joven de largo cabello negro y ojos violetas llamó su atención.
— Perséfone... —murmuró.
Pero ella sonreía y no dio señales de haberlo escuchado.
Otros dioses lo distrajeron. Uno iba de un lado al otro, su gorro y botas aladas indicándole que era el mensajero Hermes. Otro más, de notable hermosura, parecía irradiar luz de su rostro y de su voz. Al descubrir a su lado a una joven parecida a él, sólo que vestida en traje de caza y con una luna en su diadema, supo que eran Febo-Apolo y Artemisa-Diana. Junto a una bellísima mujer, que llevaba un cinto de oro cuya luz parecía llegar a los corazones de todos (Afrodita, dedujo), conversaba un joven armado con un yelmo, pica y escudo. La pasión brotaba de sus ojos, al igual que un increíble amor hacia Terra y el deseo de protegerla. Era Ares.
Sin embargo, solamente una muchacha de entre todos ellos osó acercarse a donde se encontraban Zeus, Poseidón y él. Su expresión era dulce y gentil, pero venía preparada para la guerra, protegida por una armadura dorada como el sol y por un escudo, aunque no portaba armas. Si bien era hermosa, no destacaba por su rostro, talle o cabello suavemente rizado, sino por el hecho de que sus ojos brillaban con luz propia. Como los de una lechuza, pensó.
Cuando la joven se presentó frente a los tres, se inclinó en una muestra de respeto. Los ojos de Zeus relampaguearon con el amor dedicado al hijo favorito, y le extendió la figura alada que había sostenido hasta entonces.
— La Nike será para Palas Parthenon Athena —sentenció.— Al igual que el cuidado de Terra.
La joven guerrera la tomó y se inclinó de nuevo.
En eso, el cielo se obscureció y de inmediato fue inundado por la luz más intensa que se hubiera visto en el universo. Aunque eran dioses, algunos de ellos trataron de ocultarse. Zeus, Ares y Poseidón alzaron sus almas, y él descendió para proteger a Perséfone. Sólo Atenea permaneció en su sitio, aguardando lo que habría de venir.
A su alrededor, descubrió que muchas otras figuras aparecían. Eran dioses de otras partes del mundo, occidentales y orientales, del Norte y del Sur. Era como si Grecia no hubiera sido la única región mística del planeta, sino una entre muchas, y un Poder Eterno y Superior los había reunido. Y Hades supo que la Luz provenía del Omnipotente, del Dios Desconocido del cual hablaban los griegos, y el Único que estaba sobre todos ellos.
Los demás dioses desaparecieron, Atenea entre ellos, pero él sólo se concentró en abrazar a Perséfone para evitar que algo le ocurriera. Cuando abrió los ojos, se encontró en el Averno que en suerte le había tocado: su esposa ya era una mujer madura y él había encanecido. Jamás habían tenido que morir como los demás, custodios eternos de la Región de los Muertos Indignos, hasta aquel día en el que todas las almas serían juzgadas y las que hallaran arrepentimiento y bondad serían enviadas a un sitio de alegría eterna. Y supo que había recibido un honor y decidió cumplir la misión que le había sido encomendada.
Hasta que Atenea volvió a presentarse frente a él. No era la primera vez en la cual se reencontraban, sólo que en todas las ocasiones anteriores se limitó a comunicarle que el momento había llegado y a esperarla en su reino. Nuca le había parecido tan aniñada, pues las batallas parecían rejuvenecerla en lugar de avejentarla; su expresión era más dulce que antes y le recordaba a Perséfone. Sin embargo, había algo diferente en ella.
Parecía tener dos auras. Una divina y otra humana.
No existía libertad si bien ni mal. El libre albedrío se encontraba en la capacidad para decidir entre ambos, y el Omnipotente no se lo había concedido sólo a los humanos, sino también a los dioses. La tentación se le presentaba por primera vez. En el pasado, ni siquiera había pensado en ello, pero la última encarnación de la joven había sido difícil, amenazada por los demás dioses desde el inicio. Había recibido la humanidad, al menos en espíritu.
Pero él era diferente a Ares y a Posesión y cuanto dios hubiera pensado en dominarla, aún cuando lucharan en su contra en otras dimensiones o sólo en sus mentes. Hades no quería conquistar a Terra y destruirla o purificarla.
Quería a Perséfone.
Quería acercar el Averno a Terra y recuperar la vida que ambos tuvieron en el Olimpo, llena de luz y de flores.
No quería matar a Atenea, sino convencerla de que lo ayudara, aunque fuera con engaños porque su proyecto iba contra la naturaleza misma de las tierras.
Extendió la mano para invitarla, pero Atenea la apartó. Lo único que había alcanzado a tocar era a la Nike. Insistió e insistió en que hiciera su voluntad, siempre de buen modo, y cuando no le hizo caso, la sujetó por brazo. Un destello blanco la obligó a soltarla y sin mirar, lanzó un rayo de obscuridad contra la causa. Hasta entonces notó que había matado a cuatro guerreros y lo único que había conseguido era que Atenea lo observara con ojos gentiles y tristes, extrañada y dolorosamente sorprendida ante su proceder.
Una luz todavía más intensa iluminó la escena. Aquellos a quienes había matado despertaban y ahora formaban doce figuras doradas. Al mirarlos, descubrió que no venían solos. Había alguien más detrás de ellos, y aunque no alcanzó a ver su rostro, sintió el peso de su mirada.
De momento, creyó que sería Perséfone, pero ella se encontraba junto a las doce figuras y a aquel Guardián suyo que representaba a la Muerte. Pensó que sería Zeus, quien había encontrado la forma de escapar del Juzgado de la Eternidad y, furioso, quería vengar aquel atentado contra su hija favorita. Pero por algún motivo supo que no eran ellos. ¿Quién sería su acusador?
No quedaba otro que el Omnipotente.
De inmediato, sintió el más profundo de los arrepentimientos y el mayor de los temores. Aunque el recién llegado emanaba tanta luz que no alcanzaba a ver su rostro, pudo adivinar su expresión severa. Había traicionado su confianza y el honor de haber sido elegido como el único dios antiguo que no tendría que morir. El espectáculo que se presentó ante sus ojos fue el de su castigo, no el del Infierno sino el de la soledad eterna. Buscó a su amada Perséfone, pero ella se había marchado con Atenea. Llamó a sus Guardianes, pero todos habían muerto, uno por su propia mano.
Entonces, lo dominó la misma sensación que sufrían todos aquellos cuyas almas eran destruidas, y comprendió que la había percibido desde la aparición de la luz, pero que no había sido tan dolorosa. El relámpago, que identificó como el túnel que llevaba a la otra vida, se apagó de inmediato, y sólo su valor impidió que gritara aunque estaba asustado.
Has pecado, creyó escuchar. No sólo contra el Omnipotente, quien te honró, sino contra la familia a la que amabas. Te has hecho indigno de la protección de ambos.
Su armadura se fundió, consecuencia de un intenso calor que contrastaba con el frío que sentía. El ardiente metal derretido cayó sobre su piel, quemándola, e igual ocurrió con su espada. De inmediato, sintió cómo cada una de las células de su cuerpo vibraban, amenazando con separarse de las demás, y se estremeció con el mayor sufrimiento que hubiera padecido en su vida.
— ¡Perséfone! —fue lo último que alcanzó a gritar antes de que su garganta se llenara de sangre.
Su piel dejó ver músculos y huesos en algunas zonas. Una punzada de gran intensidad dominó toda su columna vertebral hasta llegar a su cerebro. Su vista se cubrió de sangre y de lágrimas y sintió cómo todos sus órganos vitales estallaban sin misericordia alguna. Sus recuerdos comenzaron a perderse: el Olimpo, sus hermanos, Atenea... Perséfone.
Más muerto que vivo, Hades (a quien lo único que lo sostenía era recordar su nombre) miró hacia donde la Luz había estado. Lo único que le quedaba era suplicar perdón antes de ser eliminado del recuerdo, de la historia y del tiempo.
Pero no era el Omnipotente quien lo había condenado. Ni siquiera estaba ahí.
La figura que había llegado y que lo había juzgado y condenado era Lord Hades mismo, resplandeciente de majestad en el Reino de los Muertos.
— Jamás debiste atacar a Atenea —sentenció.— Los suyos están dispuestos a todo por salvarla junto con Terra. ¡Ese pecado te ha condenado!
Mientras hablaba, la obscuridad lo rodeó y perdió la conciencia de haber existido.
Esto es, hasta que sintió que alguien lo tomaba de la mano, o al menos del recuerdo que tenía de su mano. No fue el gesto amoroso de Perséfone, y tampoco le pareció que se tratara de la mano de una mujer. Más bien, era como si el hijo que nunca había tenido fuera a su encuentro, y la voz que escuchó le confirmó que era un muchacho joven:
— Milord, aún está a tiempo de evitarlo.
Había escuchado esa voz antes. Su entonación musical no era algo común, pero tendría que haberlo hecho bastante tiempo atrás para que no pudiera recordar de inmediato a su dueño.
— Ya una vez dio una oportunidad de salir de su reino. No permita que el orgullo lo condene a esto.
Hades intentó responder, pero no pudo hacerlo. Quiso preguntar: “¿Quién eres?”, más no tuvo voz para hacerlo.
Hasta que abrió los ojos.
Estaba en la llanura del Erebo, justo en el lugar donde los Santos y él habían combatido. Se encontraba solo, empapado en sudor y todavía temblando por la visión que acababa de percibir. ¿De dónde había venido?
Recordó la última frase que escuchó. Gen Ma Ken.
Una ilusión.
Sin embargo, y a pesar de que hubiera sido víctima de un ataque, supo que había presenciado su verdadero corazón. No se preguntó cómo aquel Santo lo había logrado; no importaba. Sólo sabía que había atestiguado los dos extremos de su alma, la que representaba a su conciencia y la que habría de condenarse eternamente si insistía en su propósito. Era un reproche que él mismo se hacía después de haberlo escuchado en boca de todos los que le rodeaban. Quizá había sido el reproche más fuerte de todos, pues provenía de su alma.
Permaneció quieto por algunos segundos. Había tenido muchas oportunidades durante aquella guerra absurda, pero de algún modo sintió que se encontraba ante la última oportunidad para elegir lo que habría de hacer.
Era obvio que, por más que quisiera, no podría unir a Terra con el Averno. No había logrado convencer de ello a Atenea, quien para fines prácticos era la protectora del mismo. Podría tratar de obligarla, pero dudó que sirviera de algo si no contaba con su voluntad. Quizá la habría convencido con engaños, pero él mismo había acabado con esa posibilidad al serle sincero. Los dioses no debían volver a dominar al planeta, al menos no todavía, y faltaba mucho tiempo para que las dos regiones volvieran a unirse.
Ante esa situación, ya no tenía caso que Atenea permaneciera en el Averno. Era inútil para cualquiera de sus propósitos. El problema era, ¿la dejaba marchar con los suyos, a pesar de que encontraría la muerte apenas lo hiciera? Tal vez sería un destino injusto desde la perspectiva de los humanos, pero tendría que cumplirlo de cualquier modo. Los hombres dramatizaban demasiado por cuestiones eternas, y Atenea moriría por más que lo lamentaran, dormiría cien o doscientos años y reencarnaría para iniciar un nuevo ciclo. Una nueva era obscura amenazaría a Terra (¡como si alguna vez dejara de hacerlo!), otro grupo de jóvenes se reuniría en torno a ella y la historia se repetiría. Ad infinitum, ad nauseum. Cuando lo hiciera, él, Señor del Averno, recibiría de nuevo la misión de advertirle que su hora había llegado, y el recuerdo de esa guerra cruel y estúpida evitaría que intentara engañarla otra vez.
Así debía ser.
Que Atenea se fuera, muriera y renaciera, con su bendición.
Pero, ¿y si los demás dioses se enteraban que una joven diosa, encima de todo mal encarnada, lo había derrotado? No hablarían de la generosidad de Lord Hades, sino de su debilidad. Sabrían que cualquiera era capaz de humillarlo y vencerlo en su propio terreno, y podrían enfrentarlo para obtener el dominio del Averno. Afirmarían ser mucho más dignos que él.
No podía permitirlo. Atenea no debía salir de la Región de los Muertos. O permanecía con él o moría ahí mismo.
¿Podría comprenderlo? ¿Perdonarlo?
Hades no se sintió muy convencido al revisar que su espada siguiera con él, dar la vuelta y dirigirse hacia la Estigia. Amaba a Atenea, pero tal vez no le quedaban opciones. No sólo por sus ya inútiles proyectos, sino por su propio honor a pesar de que sabía que se estaba condenando.
En eso recordó a quién le había pertenecido la última voz que escuchó durante la pesadilla. Cerró los ojos y trató de bloquearla de su mente, o por lo menos, de su corazón, e inició el camino hacia la laguna.
— Lo temía...
Perséfone apenas notó que había murmurado en voz alta. Conocía tan bien a su esposo que casi podía leer sus pensamientos.
“Y ya no debo ayudarte, sobrina”, pensó, sintiendo cómo la inundaba la impotencia. “No puedo volver a traicionarlo. Lo amo demasiado. ¡Lo siento, pero sé que lo entenderás porque tú también amas!”
Inclinó la cabeza y cerró los ojos, deseando poder llorar como en el pasado. Hubiera dado su alma con tal de no tener que elegir entre su esposo y su sobrina, pero lamentarse no le serviría de nada. La primera vez, eligió a la joven porque había cuatro almas inocentes de por medio. Pero en esa segunda ocasión, ni siquiera se permitió pensarlo.
No se dio cuenta de que, a su lado, los ojos de Elis de Thanatos estaban abiertos y que su mirada era decidida. Porque así como ella había elegido, él también acababa de hacerlo.


Cósmicamente tenía el tamaño de la cabeza de un alfiler, y sólo podrían detectarla los dioses o sus representantes en Terra. Seiya ni siquiera intentó encontrar el inicio de la grieta, e ignoraba qué estaba pasando al otro lado del Portal. Sólo presentía que entre más pronto se fueran, mejor, aunque no supo si tal ansiedad se debía a su intuición o a la experiencia. El año anterior, Poseidón había reaparecido con más poder que antes justo cuando creían que el escape estaba seguro, y algo le decía que Hades seguiría su lindo ejemplo.
— ¿Te sientes bien?
Sin querer, la primera reacción de Sagitario fue colocarse en guardia. Sólo la tranquila mirada de Shiryu pudo tranquilizarlo.
— Sí, creo que sí— respondió, esperando que su mejor amigo no notara su estado de ánimo aunque temía que ya lo hubiera hecho.— ¿Por qué lo preguntas?
Aunque había dejado de ser Dragón para convertirse en Libra, la expresión de Shiryu conservaba su aire de eternidad. Tal vez pensaba lo mismo que él, pensó Seiya: su amigo era un caballero ataviado como Santo, dueño de un cosmo dorado y capaz de percibir el Séptimo Sentido y, sin embargo, era la misma persona a quien había conocido por años. Resultaba muy confuso.
— Si me hubieran advertido todo lo que nos iba a ocurrir, no lo habría creído —confesó Shiryu.— Siento como si todavía estuviera muerto y soñara, o como si toda mi vida hubiera sido un sueño y la única realidad es la que vivo ahora.
Seiya lo miró con extrañeza. No se había permitido pensar en ello, pero era posible que su conclusión fuera parecida. La expresión de su mejor amigo, en contraste, se tornó un poco más reservada, y comprendió que a pesar de todos los cambios por los que habían pasado, el invisible vínculo entre ambos permanecía intacto.
— La verdad, —confesó Shiryu en voz más baja— el que me preocupa eres tú.
Hasta entonces, Sagitario se percató de la expresión de su propio rostro. A excepción de sus ojos, el resto de sus facciones se había endurecido y se mordía los labios con más frecuencia que antes. No necesitó que le dijera que palidecía y se ruborizaba sin explicación alguna.
— No tienes por qué preocuparte —respondió con sarcasmo, seguro de que, en nombre de la amistad que compartían, Shiryu no se ofendería.— Estoy a punto de disfrutar el mejor momento de mi vida.
Miraron hacia donde Saori-Atenea oraba, los dedos entrelazados, la cabeza inclinada y sus ojos cerrados, concentrándose en la grieta en el continuo espacio-tiempo. A pesar de la suciedad de su vestido y de su rostro, jamás había lucido más hermosa; por el sacrificio que había hecho, su piel estaba pálida, pero sus labios y mejillas permanecían rosados.
— Si abre el Portal, cuando lo crucemos se cumplirá el Ciclo y morirá —sentenció Seiya, su voz monótona y sus ojos tristes.— Te juro que no sé qué es lo que siento. Hades no tardará en contraatacar y quizá nos mate, pero daría todo con tal de que este instante, a pesar de su incertidumbre, fuera eterno.
Shiryu sospechaba cuáles los sentimientos de Seiya hacia Saori y entendió. A pesar de su crueldad, la separación entre ambos había sido mandada por el mito. Aún así, Sagitario trataba de no mostrar el dolor que lo invadía. No lo haría hasta que la diosa que juró proteger se marchara a la otra vida, llevándose con ella a la mujer a quien adoraba. El Santo de Libra no supo qué decir, y todo lo que pudo hacer fue colocar su mano derecha sobre el hombro de su amigo.
— Es la primera vez que no puedo ayudarte.
Seiya intentó sonreír, sin conseguirlo.
— Me ayudas al estar conmigo.
— ¿Quieres hablar de esto?
Sagitario negó con la cabeza.
— La verdad, —murmuró, su voz tan baja que su amigo apenas alcanzó a oírlo— lo que quiero es morirme cuando ella lo haga.
De momento no lo rodeó mas que el silencio. El joven dragón no podía culparlo por lo que sentía; no era nadie para juzgarlo ni para condenarlo. Y aunque había sido alumno del hombre más sabio de China, no podía ofrecerle consuelo alguno.
— Tienes que ser fuerte, Seiya —dijo.— Por ella y también por ti. Y te juro que voy a estar contigo en todo momento.
Seiya asintió débilmente. Sabía que Shiryu estaría con él como lo había hecho desde niños, en la tristeza y en la alegría, pero ni siquiera la compañía de su mejor amigo aminoraba su dolor. “Sólo quiero abrazarte, Saori, para que la muerte no pueda distinguir entre uno y otro, y nos lleve a ambos”, pensó, obligándose a permanecer tranquilo.
En contraste, los demás estaban alerta. Después de enfrentarse a sus demonios individuales, los cinco Santos originales habían logrado tranquilizarse. Shaka y Aldebaran habían recuperado su calma usual; Milo observaba a Atenea, fascinado por todo lo sobrenatural; Moo trataba de percibir la grieta para ayudarla si era posible; y Aioria pensaba que, de no haber tenido esa última visión, no tendría obstáculo para ser feliz después de reencontrarse con Aioros y pedirle perdón. En cambio, Shaina miraba con preocupación hacia el Tártaro, esperando que Elis de Thanatos siguiera con vida, y Jabu la miraba a ella, preguntándose por qué demonios le molestaba que pensara en Elis. Hyoga veía en silencio la ubicación del Portal, tratando de evitar que sus pensamientos se dirigieran hacia Terra para no alterar a Saori, aunque empezaba a invadirlo el temor de que le algo le hubiera ocurrido a Flare. Ikki seguía al lado de Atenea y sólo dejaba de verla para mirar de reojo a su hermano. Shun estaba vivo, al igual que sus tres amigos, gracias a aquella mujer condenada a muerte por el Destino cuya existencia él se empeñaba en negar. Aún así, le preocupaba que la actitud de Shun hubiera cambiado: se había alejado del grupo y cruzado de brazos, miraba atrás, hacia el Tártaro. Sus ojos ya no mostraban la menor duda sobre lo que debía hacer si se presentaba la necesidad de combatir.
Justo como entonces.
— ¡Ahí está Hades! —gritó a manera de aviso.
Antes de que terminara la frase, un relámpago negro crujió en el aire y se dirigió hacia el grupo.
Sólo la unión de doce cosmos dorados que se activaban al mismo tiempo disolvió la obscuridad antes de que se acercara a Atenea. Pero en lugar de entusiasmarlos, eso les demostró que Hades no los había atacado con todo su poder. Cuando alcanzaron a verlo, descubrieron que no se había invisibilizado, pero que tampoco se daba prisa en alcanzarlos. Seiya miró la espada que colgaba de su cinto y sintió un alivio momentáneo al ver que estaba envainada.
— Hay que impedir que distraiga a Atenea, —ordenó Moo, colocándose en guardia.— Nuestro escape depende de ella, y el error más pequeño nos atrapará aquí para siempre.
— O nos llevará a otro plano de realidad, —añadió Shaka.— Claro, si tenemos suerte.
Los demás asintieron y, en preparación. trazaron las katas que fueran necesarias. Ikki se alejó de Atenea para no ponerla en riesgo. “Te juro que te protegeremos con nuestras vidas. Incluso, con nuestras almas”, pensó con devoción absoluta.
— Me prometiste Doce Constelaciones, Atenea, y no he visto sino doce pálidos destellos —afirmó Hades al detenerse a cierta distancia del grupo.— Además de rebelde, das la impresión de ser pedante.
Los Santos más jóvenes fruncieron el ceño ante tal insulto y los mayores sólo lo tomaron como la provocación que era. Saori fue la única que no respondió ni reaccionó, y aunque Hades adivinó la causa, fingió que se sorprendía.
— ¿No respondes para comprobar lo que digo?
— ¡No insulte a Atenea! —exclamó Seiya antes de darse cuenta de que lo había hecho.— ¡Es una diosa tan o más valiosa que usted!
Hades arqueó las cejas.
— Ya me hartaron. La muerte no fue castigo suficiente y el dolor que enfrentaron no bastó para que comprendan el destino que se han ganado.
— El destino no existe —respondió Ikki.— Cada uno lo crea.
Hades sonrió con burla, aunque esa frase le recordó la pesadilla que había enfrentado y cuál podría ser su futuro si persistía en su orgullo. Se obligó a decir:
— Estúpido.
Alzó la mano e hizo que la obscuridad comenzara a reunirse en su palma. La actitud de la Orden del Zodiaco le mostraba a qué estaban dispuestos a llegar. Tal vez lo habían detenido antes, pero ahora los obligaría a que lo respetaran. Moo, Shaka y Shiryu fueron los primeros en comprender qué intentaría, pero ninguno de los Santos pudo evitarlo.
Un rayo de obscuridad brotó de su mano. A una velocidad que pareció superior a la de la luz, atravesó la distancia que los separaba y se dirigió hacia Atenea. Pero no la atacó.
No fue sino hasta que, junto a ella, la Nike estalló en mil pedazos que todos entendieron qué había ocurrido. Los Santos reaccionaron con diversas exclamaciones y maldiciones, y Hyoga en especial comprendió el poder que tenían los símbolos, como cuando portaba la Cruz del Norte.
Hades bajó la vista un instante. Cuando alzó el rostro, ninguna emoción se mostraba en él.
— Si es mía, no será de nadie. Ahora pelearemos en igualdad de circunstancias.
— ¡Zeus le regaló ese tributo a Atenea, no a usted! —exclamó Aioria, sus ojos relampagueando.— ¡No tenía derecho a destruirlo!
Pero Atenea no reaccionó, como si no importara nada, ni la destrucción de la Nike ni la presencia de su tío.
Un relámpago cayó justo atrás de Hades. Aunque la lluvia había cesado, seguía la tormenta eléctrica, y el cambio de blanco en negro y viceversa angustió al corazón de Seiya.
— No son más que un grupo de ignorantes que pretende entender a los dioses —dijo Hades.— La Nike acompañará al Inteligente. Eso explica por qué se le dio a Atenea. Pero yo he sido el más inteligente de todos, pues esta batalla se ha peleado en mi territorio y bajo mis condiciones.
Y añadió:
— Esa ventaja no debía pertenecerle. Era un error.
Su obscuridad volvió a rodearlos, en especial a Atenea, pero ella siguió sin prestar atención. Sus Santos intercambiaron una mirada y volvieron a prepararse para el ataque. Sólo Moo pareció buscar algo por sobre sobre su hombro, en dirección a Atenea, y se cruzó de brazos después de bajar la guardia. Hades lo vio y aunque se preguntó qué era lo que pretendía, no demostró curiosidad. Antes bien, imitó su ademán y cruzó sus brazos sobre el pecho.
— ¿Error? —exclamó Seiya.— ¡Error fue haber traído a Atenea aquí!
Y tirándole un golpe que en realidad eran miles, exclamó:
— ¡Lluvia de Meteoros!
— ¡Relámpago de Voltaje! —gritó Aioria, liberando su ataque luminoso.
— ¡La Cólera del Dragón! —terció Shiryu, el brillante dragón emanando de su puño y adquiriendo una resplandeciente tonalidad dorada.
Hades no cambió de postura.
— Me subestiman de nuevo, Santos. Es un error imperdonable para guerreros de su nivel.
Para demostrarlo, intentó moverse, pero no pudo hacerlo. Volvió a mirar hacia el grupo, el cual se había separado para acercársele y atacarlo. A un costado, Jabu había convocado al Galope, Hyoga formaba círculos de hielo a su alrededor, una leve brisa indicaba la presencia del Vapor Nebuloso de Shun y la parálisis que empezaba a sentir en las piernas era por cortesía de Milo. Sin embargo, este último notó que el dios no se esforzaba por liberarse. Algo intentaba, y no podía tratarse de algo bueno.
— Osaron levantarse contra el Señor de los Muertos. Cualquier castigo será demasiado gentil.
El suelo se estremeció como si una manada de búfalos corriera sobre él, aunque el causante permaneció cruzado de brazos. Aldebaran ni siquiera se molestó en gritar su ken, aunque su rostro lucía una sonrisa cautelosa.
— ¡Sei-samsara!
Luz brotó de entre las palmas de Shaka y se dirigió justo hacia la frente de Hades. Al mismo tiempo, Shaina corrió hacia él, lista para descargar el golpe y uñas brillando con tonalidades neón,.
— ¡A mí...!
No terminó la frase.
Un rayo de obscuridad absoluta fluyó alrededor del dios, se dirigió hacia la joven y la envolvió antes de que pudiera escapar; acto seguido, le devolvió la descarga eléctrica con la que había estado a punto de atacarlo. Shaina no pudo contener un grito y, estremeciéndose, cayó al suelo.
— ¡Shaina! —gritaron Seiya y Jabu al mismo tiempo.
— ¡Imbéciles! —exclamó Hades, sus ojos relampagueando con un fulgor que no le habían visto antes.— ¡Sus ataques son tan predecibles y su técnica es tan simple que provoca lástima! ¿Se atreven a emplear los elementos en mi contra? ¡Idiotas! ¡Yo presencié cuando fueron creados!
La obscuridad que los cubrió en un instante fue mucho más profunda que todas las anteriores, cual si la noche misma hubiera encarnado en Hades. Jamás en una Guerra Santa, por difícil o peligrosa que fuera, se habían enfrentado a algo semejante, y Seiya empezaba a recordar los peligros que conlleva el combatir contra un dios cuando notó que un rápido ataque regresaba de Hades hacia él. Sólo que, a diferencia de lo ocurrido con Shaina, no era el suyo, sino el de...
— ¡Seiya, cuidado! —gritó Shiryu al descubrir que la Cólera del Dragón era desviada hacia su mejor amigo.
Pero justo como Sagitario no pudo huir y recibió el impacto en el pecho, aquella distracción fue suficiente para que Shiryu recibiera el ataque luminoso del Relámpago de Voltaje.
— ¡Pero qué demonios...! —exclamó Aioria, furioso al ver el uso que se le daba a su ken.
La voz se le ahogó en la garganta cuando lo golpearon cientos de meteoros por todo el cuerpo.
— ¡Es estúpido que me ataquen con Luz, si esta acababa de llegar al mundo cuando nací! —exclamó Hades.
Jabu se concentró más para detenerlo, pero era obvio que ni él ni los demás lo estaban logrando. Si el Señor de los Muertos estaba inmóvil no se debía a sus ataques, sino a que quería permanecer quieto.
“¿Y ahora?”, se preguntó sin encontrar respuesta alguna, hasta que una ráfaga de aire congelado lo rodeó e interrumpió sus ideas. Nunca había percibido temperaturas bajo cero y, aunque usaba el tresor de Capricornio, no pudo moverse.
— Maldición —murmuró Hyoga entre dientes, recordando lo que había hecho Alecto de Erina pero, sobre todo, lo que había ocurrido con Poseidón.
A su lado, sólo la expresión en los ojos de Milo le permitió adivinar que pensaba en exactamente la misma palabra.
— ¿Qué podemos hacer? —se preguntó Shun, interrumpiendo su ken a pesar de que sabía que lo único que conseguía era retrasar un poco el contraataque.
—No hay nada que puedan hacer —respondió Hades, mirando a los tres.— ¡El Aire no puede lastimarme, pues fui uno de los primeros que recibió su contacto sobre la piel!
Justo en el momento en que pronunció esas palabras, Hyoga sintió que su corazón se saltaba una palpitación, sus funciones corporales detenidas por un instante; Milo se paralizó por completo, consecuencia de un ataque en ondas, y para Shun fue como si el más poderoso de los venenos inundara sus venas. Pocos segundos después, todos cayeron al lado de Jabu.
— No sólo devuelve los ataques, sino que usa su cosmo para multiplicar su intensidad —comprendió Shaka, colocando sus brazos en actitud defensiva al ver que su Sei-Samsara había desaparecido.
— ¿Quieres decir que no está usando sus poderes? —preguntó Aldebaran.
Los dos escucharon una carcajada justo antes de que recibieran el ataque de su compañero. El Santo que peleaba con la mente fue arrollado por el Gran Cuerno, mientras que aquel que recurría a la fuerza física sintió que sus pensamientos se ahogaban en un mantram oriental.
— ¡Atestigüé el momento en el cual se entregaron la inteligencia y la fuerza a los seres humanos! —exclamó Hades.— ¿En verdad esperaban que hombres, simples hombres, pudieran usarlos para atacarme?
El dios alcanzó a ver un resplandor que se acercaba. Ikki había replegado su brazo derecho hacia atrás, listo para descargar el golpe. Cuando estuvo frente a su enemigo, empezó a invocar al Gen Ma Ken, pero la irónica sonrisa de Hades lo detuvo.
— Soy el Señor de los Muertos —dijo como en confidencia, mirando al joven a los ojos.— El infierno no me afecta porque vivo en él.
El relámpago en su mirada fue lo último que Ikki alcanzó a ver antes de que el mundo se obscureciera.
“Alzaste el puño contra un dios por última vez y tu terca insistencia volverá a matar a los que amas”, escuchó. “Tú serás el primero.”
Ikki se sujetó la cabeza con ambas manos y cayó al suelo. Apenas lo hizo, Hades miró a su alrededor con desprecio. A sus pies, entre él y su sobrina, yacían once Caballeros Dorados. Ninguno estaba muerto o inconsciente, pero recibir sus propios ataques los había sacado del juego. Si lo más alto de la Orden del Zodiaco había sido incapaz de detenerlo, ¿quién podría hacerlo?
Nadie.
A excepción de él mismo, le pareció escuchar dentro de su corazón. La misma voz musical de antes.
Se obligó a mirar a Atenea, quien continuaba rezando para abrir la grieta como si su tío no estuviera ahí. “Llegó tu hora, sobrina”, pensó. “Sólo espero que comprendas qué me impulsa a esto.”
Hasta entonces, se dio cuenta de que uno de los Santos seguía en pie, su cosmo encendido y brillando con suavidad. Moo lo observaba en silencio, su gesto tranquilo y nostálgico a manera de reproche. Al verlo, Hades permaneció en su lugar.
— Todavía no termina con la Orden del Zodiaco, Lord —sentenció Moo.— Queda uno en pie.
Hades se obligó a sonreír.
— Volvemos a enfrentarnos, Santo de Aries —dijo, evocando su primer encuentro en el Santuario.— Pareces tener el don de contradecirme cuando ya no queda nada por qué seguir luchando.
— Temo decirle que se equivoca, Lord. Siempre hay algo por qué continuar peleando. En el pasado, fue por los tresors, y para nosotros valió la pena. Hoy es por milady Atenea.
En el suelo, Seiya abrió los ojos, pero no se atrevió a levantarse. Habían tenido una sola ventaja, la Nike, la Victoria que acompaña a la Inteligencia. Y en un parpadeo, la habían perdido.
Por primera vez en su vida, su corazón se llenó con verdadera desesperanza.
Como una ráfaga, pasó por su mente la idea de que tal vez sería más sensato dejarse morir, tal vez aguardar a que Hades los decapitara a todos. De inmediato se avergonzó y, en reacción, intentó levantarse, pero no pudo hacerlo.
Una fuerza obscura lo presionaba contra el suelo del Averno. La energía de la región de los muertos indignos parecía abrazarlo, y presintió que tal control se extendía hacia sus pensamientos y a su estado de ánimo. Sin duda que a los demás les ocurría lo mismo, y lo comprobó al ver que, cerca de él, Aioria trataba de levantarse, al igual que Shaka, Shiryu y Milo a un poco de más distancia.
— Ese desgraciado matará a Moo y luego a Atenea —murmuró Aioria.
Por toda respuesta, Milo maldijo entre dientes.
— Después de la Batalla de las Doce Casas, te convertirse en el guía espiritual de los Santos aunque no eras su líder —continuó Hades, sin dar importancia a lo que ocurría a sus pies.— Fue a la muerte del Santo de Libra que adquiriste ese rango.
Moo inclinó la cabeza.
— Tal es la función de aquel que es honrado con el Primer Signo de la Eclíptica hasta el nombramiento del nuevo Patriarca.
— Entonces, si eres el líder del grupo, ¿por qué no combatiste a su lado?
Los ojos de Jabu relampaguearon cuando se dio cuenta de que no podía levantarse y de que no se debía a su poca experiencia con el Séptimo Sentido. Notó que tanto los Santos como los Cinco también trataban y eso en cierto modo lo tranquilizó, hasta que descubrió que no podía apartar la mirada de uno de ellos.
— ¿Shaina?
La joven había quedado muy lastimada después de haber recibido su propio ataque, y eso le demostró a Jabu cuán poderosa se había vuelto (¿o había sido desde el principio?). Pero en lugar de darse por vencida o de intentar reponerse un poco, Shaina intentaba incorporarse con tanto o más esfuerzo que los demás Santos. Sus ojos relampagueaban con furia, y Jabu descubrió que lágrimas de dolor y de impotencia escapaban de ellos.
— ¡Ya me enojé! —gruñó el Santo, ira naciéndole en la boca del estómago mientras intentaba romper la atracción que lo detenía, sin conseguirlo.
— Siempre he estado en desacuerdo con la que parece ser una idea universalmente aceptada, Lord —respondió Moo con sencillez, como si fueran viejos amigos debatiendo sobre filosofía en lugar de los últimos guerreros de dos Ordenes milenarias.— Suele pensarse que los únicos combatientes son aquellos que golpean a los demás. En lo personal, creo que no hay nada más erróneo.
— Tienes razón —aceptó Hades, intrigado sobre a dónde los llevaría esa conversación.— Están aquellos que planean, coordinan y apoyan a los guerreros que van al frente. Pero ninguna de esas misiones es tuya. Mitológicamente, le pertenecen a Atenea.
Fue el turno de Moo de obligarse a sonreír como si nada malo estuviera ocurriendo.
— Es verdad. Pero ella, de momento, no podía ocuparse de ello. Le faltaba algo.
— ¿Faltaba? —murmuró Hades, frunciendo el ceño.
“El infierno no existe más que en mi mente y el destino es una condena sólo cuando se buscan pretextos”, se dijo Ikki y abrió los ojos, obligándose a olvidar las visiones que se había provocado. “Eso es lo que la vida me enseñó. Es en lo que creo. Todo lo que Hades me muestre será una mentira.”
Hyoga intentó levantarse, sintiéndose tan inútil como si lo hubieran vuelto a encerrar dentro del ataúd de hielo. Mientras pensaba cómo soltarse, miró hacia Saori y al descubrir lo que Moo había hecho, exclamó:
— ¿Otro milagro?
Ante la frase, todos siguieron la dirección de mirada. De momento, ninguno dio crédito a lo que veía. Hades tampoco.
De las manos de Atenea, colgaban cinco cadenas con sus respectivos dijes y ella, inconscientemente, continuaba sujetándolas a modo de amuleto. Sólo que, por suerte o intercesión divina —y todos creían más en lo último—, los cinco grabados se habían acomodado, se habían unido y formaban la efigie de una figura alada, las cinco letras griegas de cada dije unidas en la palabra “atena”.
“Si los colocan uno junto al otro, del menor al mayor de ustedes, se dibujará una Nike antigua”, había confiado la joven a sus mejores amigos hacía una eternidad. Fénix, Dragón, Cygnus, Pegaso y Andrómeda formaban de pies a cabeza el símbolo que tanto les había faltado. Pero ya no estaban separados sino, gracias a Moo, integrados en un solo dije.
— A nuestra diosa le faltaba su Victoria Alada y no puede concebirse a una sin la otra —sentenció Moo.— Y con ella, también nos acompaña a nosotros. Así que, Lord Hades...
Aquel símbolo dotó de nueva esperanza a todos. La Victoria también estaba con ellos, a pesar de que combatían contra un dios y sus poderes no soportaban comparación alguna. Pero una diosa los cuidaba, protegía, e iluminaba su camino. Moo resumió el sentimiento de cada uno al sentenciar:
— Pelearemos en igualdad de circunstancias, cada dios con sus atributos correspondientes, y los guerreros sólo con nuestros cosmos y nuestras armaduras.
Haciendo un obvio esfuerzo, los Santos originales se incorporaron cuando sus auras doradas disolvieron la obscuridad que los había apretado contra el suelo. Los ojos de cada uno (los expresivos de Aioria, los misteriosos de Milo, los alegres de Aldebaran y los eternamente tranquilos de Shaka) relampaguearon con emociones incomprensibles para Hades, las mismas que admiró en el pasado y dedicaba a la valentía y al heroísmo de aquellos Caballeros decididos a entregar sus vidas por una diosa reencarnada. Los Santos nuevos intentaron levantarse, siguiendo el ejemplo de sus mayores e impulsados por un amor más profundo, ya que ellos habían conocido por más tiempo a Atenea, cuando apenas era Saori y el Santuario no existía más que en la mente de Mitsumasa Kido.
¿Y cuando todos hablaban japonés?
Un verso en aquel idioma llegó a los oídos de los Santos y del dios, y aunque varios jamás habían abandonado Grecia, lo entendieron con el espíritu más que con la razón o con el conocimiento. Al igual que en el Mediterráneo, las oraciones de Atenea se traducían en una canción, pero en lugar de la música que había atemorizado a Kanon, conmovido a Sorrento y ahogado el sonido de la canción de la muerte, se habían convertido en una suave tonada con letra. Seiya recordó haberla escuchado alguna vez, y de nuevo el rostro de Mitsumasa Kido apareció ante él, aún cuando en ese entonces no había entendido lo que significaban sus palabras.
//Abraza con fuerza el corazón del Cosmo//, escuchó en su aura.
El lenguaje, tan diferente al griego que solían emplear, trajo a los Cinco y a Jabu el recuerdo de una infancia casi perdida. Recordaron la inocencia que en algún momento tuvieron y que dejaron atrás. Por un instante, de nuevo desconocieron lo que era el temor, el odio o la violencia. Pero lo único que sintieron fue una leve nostalgia, pues en aquel entonces habían sido niños comunes. Ya no lo eran.
//Enciéndelo con tu calor y crea un milagro.//
Eran Santos de Atenea.
“Abrazar el corazón del Cosmo”, pensó Seiya, sabiendo que sus amigos lo escucharían. “¿No escuché esto antes, en otra situación?”
“No era el corazón entonces”, respondió Shiryu a qué se refería. “No, era el alma de nuestro propio cosmo.”
“Fue Moo quien nos lo enseñó”, afirmó Hyoga, percibiendo que la atracción que lo sujetaba al suelo disminuía. “Lo pasamos por alto por la desesperación que sentíamos.”
“Porque el cosmo proviene de la mente, vida y corazón”, prosiguió Shun, sonriendo ante el recuerdo. “Pero también de cada uno de los sentidos.”
“Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Uno mental, la intuición”, dijo Ikki, su cicatriz más rojiza que nunca. “Y aquel que sustituye a todos y que supera a cada uno.”
Seiya, por toda respuesta, encendió su cosmo casi hasta incendiarlo. Sus cuatro amigos hicieron lo mismo, el resplandor dorado uniéndose al de los Santos originales cuando se levantaron.
— ¿Cómo no lo entendí antes? —se preguntó Jabu, dándose una palmada en la frente.
Apenas lo hizo, notó que, sin darse cuenta, se había liberado de la Obscuridad. Una emoción muy fuerte sacudió su cuerpo y su corazón. ¿En verdad vivía ya con el Máximo Cosmo?
Al levantarse, miró a Shaina. Su bello rostro estaba pálido y manchado de sangre, pero se había incorporado antes que él y parecía aguardarlo. Sus ojos aceitunados relampagueaban con un brillo que no tenía antes. ¿Por qué su figura lucía más dignidad que antes, aunque no fuera una diosa? ¿Qué le había ocurrido mientras estuvieron separados?
Pero no pudo meditar en ello, al menos no entonces.
Doce Santos dorados volvían a estar de pie ante el Señor del Averno. Sólo que en esa ocasión, sus doce sombras se trazaban nítidamente contra el suelo, proyectadas por la luz que cada uno generaba. Un carnero. Un toro. Unos gemelos. Un cangrejo. Un león. Una virgen. Una balanza. Un escorpión. Un centauro arquero. Una cabra. Un aguador. Unos peces. Las Doce Constelaciones de la Eclíptica destinadas a proteger a una diosa.
— Llegó el momento de finalmente saber si saldremos o no del Averno —sentenció Moo, su tresor dándole mucha luz a sus ojos.
Hades había contemplado la escena con interés y no sin cierto respeto. Se descruzó de brazos mientras, por más que intentaba controlarse, sus ojos se estremecían. No era en respuesta al desafío que la Orden del Zodiaco acababa de lanzarle, sino porque comprendía que estaba ante su última tentación.
¿Debía permitir que se fueran?
El heroísmo, la generosidad y el valor estaban ante él. Eran guerreros, y lo menos que se merecían era...
— Eleven sus cosmos —sentenció.— Los estoy esperando.
Al decir eso, Hades activó su propio cosmo y la obscuridad volvió a inundar la escena. Pero por primera vez la luz regresó casi de inmediato. Los Doce Santos habían jurado entre ellos que no serían derrotados con tanta facilidad, y cuando Hades les lanzó el rayo de obscuridad, casi todos evadieron el ataque y rodearon al Señor del Averno. Aldebaran fue el único que no se movió de su sitio y se quedó como defensa de Saori, quien seguía concentrada en sus oraciones.
La obscuridad se estrelló contra la postura ofensivo-defensiva de Tauro sin que alguien resultara herido.
— Empezamos mal —comentó Aldebaran con burla.
Hades concentró su energía en su mano derecha y arrojó otro puñetazo que igualmente fue evadido por once relámpagos dorados. Cuando se preparaba para lanzar el siguiente, descubrió que no podía mover el brazo.
No se debía, como antes, a una combinación de cosmos, sino a uno solo, y miró hacia el causante. Era el ken de Jabu, quien aprovechaba la doble cornamenta de su nuevo casco. En un gesto típico, sonreía al arquear una sola ceja, sus brazos extendidos en la misma dirección de su frente. Las ondas que habían inmovilizado a Hades mostraban un trazo claro que se dirigía del santo hacia el dios.
— ¿No lo esperaba? —preguntó, su actitud igual de cínica y de orgullosa que años atrás.
Y cuando empezó a correr hacia Hades, exclamó:
— ¡Cuerno de Luz!
Hades le lanzó un puñetazo y Jabu apenas lo evitó, a la vez que un rayo de luz fluía de su cabeza y golpeaba al dios en el abdomen. El muchacho estuvo a punto de burlarse, pero no lo hizo porque comprendió que se había salvado de un peligroso ataque: un rayo de obscuridad había pasado muy cerca de su cuello, pero había sido desviado por una descarga eléctrica.
La responsable era la única mujer del grupo, sus ojos verdes relampagueando como si fueran de fuego.
— ¡Gracias! —dijo el muchacho con una franca sonrisa en los labios.
No supo si Shaina lo había escuchado. La joven lucía totalmente concentrada y Jabu no tenía forma de saber que se debía a algo más que la preparación de su ataque.
“Si he llegado hasta aquí, si en realidad pertenecí al grupo desde el principio, si es cierto que soy una Moira, ¡debo cambiar nuestro destino!”, pensó la joven, sus ojos tan brillantes como Capricornio lo había notado.
E igual relampaguearon sus manos por la carga de electricidad que había concentrado en ellas. Una descarga moderada detuvo cualquier movimiento que Hades intentara, y disparó una más fuerte cuando pasó junto al dios mientras gritaba:
— ¡Serpiente de energía!
La descarga eléctrica duplicaba la potencia de aquella que la había derribado. Dejando un trazo luminoso tras de sí, el ataque rodeó al dios del Averno como una serpiente y lo estranguló, su energía circulando por la armadura. Por mítica que fuera, estaba hecha de metal, y Hades sintió que lo electrocutaran.
“¡Ayúdenme a cambiar un destino más!”, suplicó Shaina mentalmente, aunque no supo si las Moiras podían escucharla.
Apenas alcanzó a ver una figura borrosa que, a su lado, se movía a gran velocidad. Notó que en medio del resplandor dorado, generado por la combinación de cosmo y tresor, destacaba un destello escarlata. No se preguntó a quién le tocaba atacar; no era necesario.
Hades sólo sintió cinco piquetes con efectos parecidos al veneno. Era diferente al de las cobras de Terra, pero tan o más peligroso porque, además de perforar su armadura a pesar de su tamaño, eran lanzados por...
Otro relámpago semejante pasó junto a él y le clavó otros cinco aguijones.
“¡Esto no debe ser!”, pensó. “¡Soy un dios! ¡Un humano no debería herirme!”
Pero estaba siendo inmovilizado, electrocutado y envenenado, como confirmaron los cuatro piquetes nuevos que entraron por su espalda.
— ¡Reciba cada Aguijón Escarlata y aguántese! —dijo Milo con ironía, su mirada astuta contrastando con su sonrisa reservada.— ¡Uno por cada susto y coraje que usted y los suyos nos han hecho pasar, y este último por haber lastimado a Atenea!
Y lanzando con el dedo índice un relámpago tan rojo como la sangre, exclamó:
— ¡Antares!
El quinceavo aguijón, de acuerdo con el trazo de la constelación de Escorpio, se incrustó en el pecho de Hades. El dios cerró los ojos mientras sentía que las heridas se dilataban con rapidez y empezaban a sangrar. Cuando los abrió, aún así, no esperaba encontrar las imágenes que vio.
Se encontraba en un campo perfecto y hermoso, tan tranquilo como el Edén habría permanecido si el hombre no hubiera pecado. No había guerra ni odio ni tampoco deseo o ambición que atormentaran a dioses y a humanos por igual. Descubrió que no podía sino contemplarlo en silencio; su boca percibía el más puro sabor del aire, y sus oídos escuchaban la música de las esferas celestiales, la armonía perfecta creada por el Omnipotente. Igual ocurrió con sus sentidos del olfato y del tacto, el contacto de la brisa perfumada a flores tentándolo a permanecer ahí por siempre.
Se obligó a mover la cabeza y a concentrarse en el Olimpo. Sí, era increíblemente parecido al Edén, pero como dios conocía y anhelaba lo bastante de él para saber que se encontraba ante un espejismo. Cerró los ojos con tanta fuerza que brotaron lágrimas de ellos.
Al abrirlos de nuevo, se encontró frente a Shaka, cuya azul mirada contrastaba con el resplandor dorado que brotaba de sus dos manos, colocadas como en oración.
— ¡El Tesoro del Cielo! —alcanzó a escuchar.
Hades, al verlo, salió del plano irreal. Shaka, en contraste, pensó: “¡Cuán digno de lástima eres, señor del Averno! ¡Has contemplado la luz y aún así te empeñas en negarla!”
Y, por primera vez en mucho tiempo, el rostro del Santo de Virgo demostró compasión.
Parecía que Hades adivinó lo que pensaba, pues su expresión mostró odio. Intentó arrojarse contra el blasfemo que osaba compadecer a un dios, pero un intenso dolor azotó cada una de las células de su cuerpo. Fue como si se unieran y separaran al tiempo en que su armadura se apretaba contra su piel con tanta fuerza que no había modo de saber cuál se rompería primero. Hades había olvidado la sensación de dolor desde el fin de las legendarias batallas en el Olimpo, y el recordarla fue casi insoportable.
En medio de su tormento, miró por sobre su hombro. Moo de Aries inclinaba la cabeza y cerraba los ojos mientras utilizaba su ken, aquel que había advertido al Guardián de Cerbero que no provocara.
— Todos hemos cambiado, Lord —sentenciaba, aunque bien podría haber sido una plegaria.— Usted nos guió a este punto, y por el amor que Atenea le tiene, nosotros le mostraremos el camino de regreso. ¡Revolución de Luz Estelar!
El Señor del Averno alcanzó a escuchar el nombre de su sobrina. ¿Por el amor de Atenea?
Antes de que entendiera a qué camino se refería Moo, dos golpes lo bastante fuertes como para desgajar una montaña lo azotaron a izquierda y derecha. Su cuerpo estaba recibiendo los ataques de sus enemigos uno a uno, y se estaban sumando en una combinación casi tan letal como su propio poder.
Pero de momento sólo vio a Aldebaran de Tauro. Sonreía.
—Estampida —afirmó, pero su voz fue tan vibrante que pareció que gritaba.
Su postura era ofensiva, defensiva y prácticamente perfecta. Hades alcanzó a maldecirlo mientras cerraba los ojos y apretaba las manos en puños debido al dolor, pero no pudo saber si lo había dicho o si sólo lo había pensado. Llamó a la obscuridad y le invitó a que continuara siendo su eterna compañera, y ella respondió.
Al menos hasta que una intensa luz, muy parecida a la del Sol, la rasgó y la convirtió en pálidas sombras.
— Me debe algo, Lord —escuchó, la misma voz a la que horas antes se había enfrentado.— ¡Relámpago de Plasma!
De las manos de Aioria brotó la luz más intensa que hubiera generado en toda su vida, y Hades supo que se parecía a la de Atenea debido a que provenía de ella. La poca obscuridad que protegía a Hades desapareció, y el joven Santo detectó a tiempo la trayectoria del golpe, semejante a aquella que casi le había costado la vida. Logró evadirla y concentró su ataque en la armadura de Hades, lo cual aumentó la fuerza de los kens que le habían precedido.
— ¡Arderán en el Infierno por esto! —exclamó Hades, su voz más ronca y mostrando una rabia sobrehumana.
— ¿Hablas del Infierno? ¡Vas a conocerlo!
Y antes de que pudiera ver quién era, escuchó que alguien gritaba:
— ¡Alas ardientes!
La luz se desvaneció en un elemento brillante, caliente y violento. La corriente de aire que azotó a Hades pareció estar hecha de fuego y, a su paso, arrancó miles de fragmentos de roca y seca tierra que golpearon el cuerpo del dios.
Hades reunió fuerza suficiente para mover el brazo y protegerse un poco los ojos con el dorso de la mano y se obligó a mirar a su atacante.
— Tú...
Ikki lo miró con la expresión reservada y sarcástica que tanto lo distinguía.
— Me humillaste, Hades —dijo con su sonrisa incompleta, atreviéndose a hablarle como si se tratara de un igual.— Aprovechaste mi error para chantajear a mi diosa y casi triunfas, ¡pero fuiste demasiado arrogante! ¡La Orden del Zodiaco siempre renacerá de sus cenizas!
Los ojos del dios relampaguearon, enmarcados por el sudor que empapaba su rostro.
— Vas a morir, insolente—amenazó, esforzándose en llevar el puño hacia su cinturón.
Ikki no apartó la mirada al ver cómo empezaba a tocar el mango de su espada. Sin embargo, la débil sonrisa de Hades se congeló en su rostro. Había vuelto a quedar inmóvil, pero el Santo no se sorprendió.
— Permíteme ayudarte, Nii-san.
Había percibido el cosmo de Shun a su lado, así que Ikki se limitó a asentir. Se obligó a conservar su sonrisa al notar que lo veía, pero se preguntó por qué la expresión de los ojos de su hermano menor había cambiado. Ahora parecía estar en completo control.
— Lamento tener que actuar así, Lord Hades —afirmó Shun con gentileza y sinceridad.— No sólo por usted, sino también por Lady Perséfone, quien tan amable fue conmigo sin que lo mereciera. Ojalá hubiera otra forma de solucionar esto, pero si algo aprendí hoy es que no tiene caso rechazar la verdad, por difícil que resulte. ¿Me entiende?
— ¿De qué demonios hablas?
En contraste con su encuentro anterior, Shun no desvió la mirada. Al contrario, su gesto fue el más seguro de toda su vida cuando separó los dedos de su mano derecha.
— ¡Tormenta Nebular!
La fuerte corriente de aire no aumentó el dolor que Hades sentía, al menos hasta que descubrió que no podía respirar. Sus oídos zumbaron y su vista se nubló cuando su corazón se detuvo y conoció la muerte por algunos segundos. Sólo su condición divina lo salvó, pero entendió que la sensación de estar a punto de morir no lo abandonaría por el resto de su vida.
— No lo sientas —gruñó, sangre empezando a brotar de entre sus labios.— Yo no voy a hacerlo.
Su mano estaba tan cerca de su espada que sentía cómo su vibración lo llamaba. Pensando solamente en vengarse, trató de tomarla más, pero un segundo después dejó de percibir el cosmo de su espada y en su lugar quedó un frío intenso.
Su mano estaba envuelta en un bloque de hielo.
— Dijo que los elementos estaban a su favor. El fuego y el viento se negaron a obedecerlo. ¿Creyó que el agua sí lo haría?
***
El tono de Hyoga era el usual: respetuoso y sarcástico al mismo tiempo, el que se emplea para maldecir sonriendo y que se complementa con una mirada cuidadosamente inexpresiva. El tono dorado de su cabello parecía extenderse al color de su armadura, y sus ojos lucieron más azules que nunca cuando entrelazó sus dedos y extendió sus brazos uno al lado del otro, hasta que quedaron por encima de su cabeza.
— No lo tentaré a rendirse —añadió con calma.— No conozco sus demonios internos y no me interesa descubrirlos. Sólo quiero que sepa que, por considerar al amor como una tontería, sus ambiciones no se realizarán. Cada uno de nosotros ama a Atenea y ella nos ama. ¿Hay forma de detenernos?
Al contrario de Hyoga, quien hablaba de amor, los ojos del dios relampaguearon con odio.
—¡No digas cursilerías!
Tal vez Hyoga se encogió de hombros, pero no lo vio con claridad. Lentamente, el Santo bajó los brazos y gritó:
— ¡Ejecución Aurora!
Del cántaro de Acuario fluyó una intensa corriente de aire y agua helada. Su temperatura exacta era de menos 273 grados, el Cero Absoluto. Todos sus compañeros percibieron el intenso frío que generaba y cómo sus tresors los protegían, pero Hades recibió el ataque de frente y de inmediato fue envuelto por una capa de hielo y escarcha que lo heló hasta los huesos.
Sólo la ira que sentía mantuvo su corazón caliente. Lleno de furia, rompió el bloque de hielo que rodeaba sus manos y su cintura, y su espada vibró en respuesta.
— ¡Excalibur!
La vaina, todavía con el arma adentro, cayó al suelo, y aunque por reflejo Hades trató de inclinarse y recuperarla, los ataques que había recibido impidieron que lo hiciera. En eso, el hielo se tiñó de rojo y Hades vio que había recibido una estocada que había destrozado la protección de su mano derecha y lesionado la piel debajo de ella.
Durante un par de segundos, no hizo más que mirar su herida con un estado parecido a la fascinación. No había visto su propia sangre en una eternidad. Varios dioses habían combatido en su contra, pero ninguno tuvo el honor de decir que había lesionado al Señor del Averno. Pero un humano, un simple mortal por más Santo de Atenea que fuera, acababa de conseguirlo.
— Se me dijo que no existe arma que presente una digna oposición a su espada, Lord Hades —sentenció Shiryu, su brazo resplandeciendo con la luz dorada del ánima de Excalibur.— Quizá sea cierto. Nuestros tresors tampoco se comparan con su armadura. Pero en algo tenemos que ser iguales: ¡en nuestro ímpetu por seguir adelante!
De todo lo que había escuchado, eso fue lo que más enfureció a Hades.
— ¿Te atreves a comparar a un dios con los humanos?
Recuperó su voz y su actitud digna a pesar de estar bajo once kens simultáneos. Hasta entonces, notó que los Santos se habían colocado en círculo alrededor suyo; sus cosmos activados indicaban la influencia de varios ataques simultáneos. Miró a todos con desprecio y gritó:
— ¡Tal vez Atenea cometió la idiotez de permitir que pensaran eso! ¡Tal vez han triunfado bastante para que la soberbia los consuma! ¡Pero ni siquiera en espíritu pueden comparase con un dios!
— Usted ha pecado. Nosotros también. Usted siente. Nosotros también. Usted ama y sufre, y nosotros también. La diferencia está en que nosotros nos arrepentimos por nuestros errores y usted no.
Y la misma voz añadió con sarcasmo:
— Quizá tenga un poco de razón.
Seiya, quien había hablado y el único que no lo había atacado, sonreía con confianza. La canción de Mitsumasa Kido permanecía en su mente y parafraseó una estrofa mientras se impulsaba hacia el aire, el vuelo de Pegaso ahora convertido en el vuelo de Sagitario.
— ¡Sí, tal vez sea un sueño, pero no podrá quitárnoslo porque son las alas de nuestro corazón! ¿O que no puede verlo?
E impulsándose hacia el dios, empezó a girar sobre su propio eje y a concentrar su cosmo en su puño derecho. Hades lo miró con asombro, mas no pudo apartarse; los demás Santos, conociendo el poder de Seiya, se quitaron del paso tan rápido como pudieron.
— ¡Golpe de Cometa!
El impacto luminoso, toda una Lluvia de Meteoros concentrada en un solo ken, dio contra el pecho de Hades con tanta fuerza que, de momento, interrumpió la influencia de los once ataques previos y lanzó con fuerza al dios hacia atrás.
“Sí, su sueño es claro”, pensó Hades mientras escuchaba únicamente los latidos de su corazón. “Su sueño es vivir al lado de Atenea y protegerla cueste lo que cueste.”
Cayó boca abajo, sobre la tierra, con tanta violencia que una extensa área a su alrededor se cuarteó y hundió. Permaneció inmóvil a pesar de que los doce ataques, después de unirse en esa ofensiva final, se habían concentrado para luego desaparecer.
Seiya cayó al lado de sus amigos. Jamás había lanzado un golpe tan poderoso (¿había sido desesperación, voluntad o coraje?) y no pudo mantenerse de pie. Shiryu y Hyoga alcanzaron a sostenerlo mientras los demás se le acercaban.
— ¡Qué golpe! —exclamó Jabu.
No cayó en la cuenta de que era la primera vez que le reconocía algo a Seiya en público. Éste sí y asintió a modo de agradecimiento.
— ¿Estás bien? —preguntó Shun.
— ¿Cómo está Hades? —preguntó a su vez.
Moo miró hacia el dios caído. A pesar de que sus ojos relampagueaban, su exterior mostró absoluta cautela.
— Al parecer inconsciente, pero dudo que dure mucho.
— Entonces, estoy bien —repuso Sagitario.— Vámonos.
Solamente a Shiryu le fue obvio que su tono mostraba un cansancio diferente al físico, pero no quiso ni preguntarle ni meditar en sus razones. Shaina también pareció entenderlo porque la expresión de sus ojos no fue la misma.
Juntos, los doce regresaron a donde Atenea estaba. A distancia, alcanzaron a ver que frente a su diosa, del otro lado de la Estigia, había aparecido una pequeña estrella dorada. No necesitaron decirse que era la abertura que necesitaban, la grieta que, al abrirse, los llevaría de regreso a Terra.
O más bien, no tuvieron oportunidad de comentarlo.
Un frío mucho más intenso que el Cero Absoluto dominó a cada uno, pues no tocaba sus cuerpos, sino sus almas. La obscuridad volvió a rodearlos y a pesar de que no los presionó contra el suelo, volvió mucho más lentos a sus movimientos. Supieron por instinto que sus ataques a la velocidad de la luz se ejecutarían casi en cámara lenta, pero el peso de la obscuridad fue tan grande que apenas alcanzaron a ver qué ocurría.
Hades se había puesto de pie. Lucía imponente, su roja sangre contrastando contra su negra armadura y su espada que relucía como las estrellas. El dios no era invulnerable y en su rostro mostraba los efectos de doce kens, pero sus ojos habían enrojecido, como si estuvieran inyectados en sangre por la furia o bien conteniendo el llanto. Tal vez ambos.
— Maldición —murmuró Hyoga.
— ¿Que no hay forma de detenerlo? —preguntó Aioria.
Milo sonrió con sarcasmo.
— ¿Cómo se puede detener a un dios?
“Sólo una persona puede detener a un dios”, pensó Shaka. “Y es otro...”
Incluso para el Santo de Virgo, comprenderlo fue demasiado, y por primera vez en años su rostro mostró descontrol. Adivinaba el pensamiento que había motivado a Hades a levantarse.
La mirada del dios no se dirigía hacia ningún integrante de la Orden.
— Tenían razón. Cometí un error, pero puedo solucionarlo —sentenció.— Todas sus katas se basan en movimientos a la velocidad de la luz. Esa obscuridad les impedirá realizarlos. Querrán correr para detenerme, pero no podrán hacerlo. Y ya comprendí algo más: el error fue atacarlos a ustedes.
Sus ojos sin pupilas lucieron más negros que nunca cuando blandió su espada y apuntó hacia la joven que oraba frente a la Estigia sin percatarse de lo que estaba ocurriendo. Todos los Santos trataron de interponerse entre él y Atenea, pero fue como si sus piernas hubieran sido sepultadas en fango, y sus auras, de momento, no bastaron para liberarse.
— Debí atacarla a ella primero.
En medio de la obscuridad, sólo la espada de Hades brilló con vida propia cuando apuntó hacia la espalda de su sobrina, justo donde encontraría su corazón. Los Santos se maldijeron por ser tan simplemente humanos como para ser dominados por un dios y por su tierra, pero ninguno apartó la vista al observar cómo toda la hoja vibraba con una luz negra.
Que sólo fue detenida por un resplandor dorado cercano a Atenea.
— ¡Insolente! —gritó Hades al verlo.— ¡Sigues atreviéndote a atacar a un dios!
Una luz semejante a la del Sol se había concentrado en la punta del Arco de Sagitario, y Seiya se había obligado a tensarlo a pesar del dolor que lo inundaba. No podía recurrir a su ken, pero sí a recursos más sencillos, como un arma, y la suya era la única con la cual contaban. El contraste de luz y obscuridad nublaba su vista, impidiéndole distinguir con claridad al dios, pero no dejó de apuntar en su contra.
— Creí que había entendido, Lord Hades.—afirmó.— Justo antes de que dispare contra Atenea, esta flecha se clavará en su corazón y morirá. Usted decide.
De momento, Hades dudó en lanzar el rayo de obscuridad contra Atenea, en parte porque no estaba muy convencido de querer lastimar a su sobrina (y esa insistente voz en su mente se negaba a dejarlo en paz). Sin embargo, ¿cómo podría lastimarlo una simple flecha dorada, por más que estuviera consagrada a una diosa,? El arquero debería poseer un objetivo superior a la venganza para herirlo, pero aunque lo tuviera, comprendió, tal vez...
— Si tan seguro estás, libera esa flecha, atácame y destruye el equilibrio de los Ciclos Míticos.
Seiya palideció. No podía ver con claridad aunque estaba seguro de que heriría a Hades, pero la frase impidió que tensara más el arco. La sensación no le resultó desconocida: ya una vez había sido presa de igual indecisión y angustia al sostener un arma —y el triunfo— en sus manos pero enfrentarse al hecho de comprender que no debía disparar.
¡Ella es inocente!”, había pensado al alzar la espada de Balmung, a punto de descargar la estocada final. “¡Por más que esté poseída, ella es inocente! ¡Si Hilda muere, Asgaard recibirá la muerte de mis manos! ¿Y es eso justicia?”
Un pensamiento semejante se formó en su mente. De entre todos los panteones mitológicos, el Omnipotente había elegido a Hades para que cuidara la Tierra de los Muertos Indignos, aquellos que no merecían la gloria del Edén ni las torturas del Infierno. Esa región permanecería sin cambios hasta el Día del Juicio, cuando vivos y muertos se enfrentarían a las consecuencias de sus acciones. Hasta aquel día necesitaría un guardián.
Hades.
No debía matar a Hades.
— Vamos, Seiya, dispara esa flecha —decía el dios, leyendo su mente.— Está consagrada a una diosa, así que perforará mi armadura y se clavará en mi pecho. Mi corazón estallará con tanta fuerza que mi sangre los salpicará a todos. Podrán huir del Averno sin prisa. Al fin y al cabo, lo único que se pierde es mi vida... y con ella, esta tierra.
Las manos del joven se estremecieron. ¡Si no disparaba, Hades atacaría a Saori! Pero si lo hacía, ¡el Averno sería destruido!
“¿Qué debo hacer?”, se preguntó angustiado, perlas de sudor rodando por su cara. “¡Dios mío, por favor, dime qué hacer!”
Sus compañeros notaron su angustia, pero no podían aconsejarle, ni siquiera ayudarlo a encontrar una solución. Aioria, Milo y Jabu, en silencio, desearon que disparara; Shaka, Moo y Shaina, que permaneciera quieto. Aldebaran, en contraste, supo que Seiya tomaría la decisión correcta, cualquiera que fuera.
Pero si alguien resintió el sufrimiento por el que Seiya pasaba fueron sus tres amigos más cercanos. Con el invisible nexo que compartían, Shiryu percibía su angustia como si fuera algo tangible; los ojos de Hyoga se suavizaron al comprender el tamaño del dilema; y la expresión de Shun mostraba su empatía por cuán difícil es depender sólo de uno mismo.
“¿Qué hago?”, insistió Seiya sin destensar el arco pero apartando el rostro mientras cerraba los ojos.
Sólo la voz calmada, firme y extrañamente gentil de Ikki le sirvió como guía.
— Kyudo.
Hades frunció el ceño mientras los demás miraban a Cáncer sin entenderlo. La palabra japonesa parecía no decirles mucho... excepto a alguien que viniera de esa región del mundo. Shiryu, Hyoga y Shun comprendieron de inmediato y Seiya, abriendo los ojos, también.
El kyudo, había aprendido en la Mansión Kido, era la antigua técnica de los arqueros zen. En ella no importaba dar en el blanco, sino alcanzar objetivos espiritualmente elevados. En consecuencia, nunca podría fallar.
Las tres metas del Kyudo eran en apariencia sencillas: Bondad, Verdad y Belleza. Y en ese momento, Seiya supo que tenía que encontrarlas para no equivocarse.
Un cosmo se unió al suyo, como tantas veces en el pasado, para ayudarle cuando su fuerza física y anímica no bastaran para cumplir su misión.
“¿Buscas la Bondad, amigo?”, escuchó la voz de Shiryu. “Servimos a una diosa que ama al planeta en el cual nacimos y a la era que nos tocó vivir. Ha sacrificado su felicidad por él y ha estado a punto de dar su vida. Eso es Bondad”.
Un segundo cosmo se les integró, la helada vibración indicando a quién le pertenecía.
“¿Buscas la Verdad, amigo?”, escuchó la voz de Hyoga. “Fuimos elegidos desde antes de nacer para un fin más complicado que la vida humana, más hermoso y más importante. Dios sabía que podríamos fallar pero confió en nosotros y aquí estamos. Eso es Verdad.”
El tercer cosmo que los rodeó era cálido y tierno a pesar de su peligrosidad.
“¿Buscas la Belleza, amigo?”, escuchó la voz de Shun. “Cada uno de nosotros nació solo y morirá solo, pero hasta entonces estaremos juntos. Éramos guerreros solitarios, pero los nexos entre nosotros son eternos e irrompibles, y así será en la otra vida. Eso es Belleza.”
El cuarto cosmo tenía la intensidad del fuego.
“Cuentas con Atenea, con Dios y con nosotros, Seiya”, sentenció Ikki. “Dispara.”
Seiya, confiando en lo que había oído, se percató de que su vista había mejorado. El contraste entre luz y obscuridad permanecía pero ya no nublaba su mirada y podía ver mejor a Hades. Apuntaba contra su corazón y estaba a punto de disparar cuando percibió que otros cosmos se unían al suyo para protegerlo y guiarlo.
“También cuentas con nosotros”, afirmó Moo. “Siempre lo hiciste, aunque no estábamos a tu lado.”
“Tuviste la fuerza para seguir adelante. Te ganaste tu lugar como Santo de Atenea”, añadió Aldebaran.
“Elevaste tu cosmo hasta el infinito y perdonaste el sufrimiento con el cual te atormentamos”, siguió Aioria.
“Supiste distinguir entre verdad y mentira, y tu espíritu igualó a tu cuerpo y tu cosmo”, señaló Shaka.
“Venciste en la Tierra, en el Aire y en el Mar. Llegó la hora de vencer en la Muerte”, dijo Milo.
“Todos estamos contigo. Sólo tú puedes disparar ese flecha y terminar esta historia”, insistió Jabu.
“Pase lo que pase, seguiremos juntos en vida, espíritu y cosmo”. Como desde el inicio”, aseguró Shaina.
La última voz iluminó aún más su camino.
“No dudes, Seiya. Dispara a donde tu corazón te indique y yo guiaré la flecha. Tu ataque será tan brillante como los rayos del Sol.”
— ¡Saori! —exclamó Seiya y sonrió.
Un camino del luz se trazó frente a sus ojos, los doce cosmos reunidos por el cosmo de Atenea. Hades se estremeció al descubrir que, impulsado por sus amigos y compañeros, Seiya extendía hacia atrás, sin titubeos, la mano derecha. Iba a matarlo, y el fuego que comenzó a envolver a la flecha fue prueba de ello.
Por primera vez en su vida, se pregunto si morir sería un tránsito fácil o difícil.
Seiya disparó. Un segundo antes, sin embargo, había dado la vuelta.
La flecha se convirtió en un brillante cometa que dejaba una acuda dorada detrás de sí mientras se dirigía hacia Atenea. Y esa fue la primera vez en todo el día en que Hades sintió que la sangre se le congelaba en las venas.
— ¡Están locos! —gritó al ver cómo el arma que lo había amenazado se acercaba a su sobrina.— ¡No la maten!
Ninguno de los Santos dijo palabra alguna, pero esperaron ansiosos lo que habría de ocurrir. Seiya apenas se atrevió a bajar el arco.
Cortando el aire, la flecha se acercó hacia Atenea, quien ni siquiera volteó a verla. En el último instante, pasó a milímetros de su rostro y se clavó en la estrellita dorada que, al otro lado de la Estigia, marcaba la grieta interdimensional. El cabello de la joven fue agitado por el viento que provocó el paso de la flecha, se detuvo un segundo y de inmediato se agitó en sentido opuesto, lo cual indicaba la fuerza del impacto.
Una explosión marcó el instante en el cual la flecha traspasó la grieta y una intensísima luz brotaba del otro lado.
En el Santuario, Hilda abrió los ojos, como si alguien la llamara.
— ¿Atenea?
Balmung empezó a resplandecer como lo hizo en la Batalla de Asgaard, su brillo reflejando el de la nieve, la plata y las estrellas de Ursa Mayor a pesar de que su hoja permanecía helada. Sigfried miró el fenómeno con sorpresa aunque era un fantasma, y Sorrento supo que estaba a punto de presenciar un evento que no se repetiría en siglos.
Fue cuestión de segundos para que una minúscula estrella apareciera frente a ellos y fuera traspasada por una flecha dorada. El pequeño cometa en el cual se había convertido no rozó a ninguno de los presentes y se dirigió a toda velocidad hacia las Doce Casas. Flare, Sunrei y June, los Guerreros Divinos y los Caballeros de Bronce miraron la trayectoria, que relucía en la obscuridad de la noche, y más de uno dejó escapar una exclamación cuando empezaron a escucharse las campanas del Reloj del Zodiaco. La flecha siguió adelante, atravesó cada Casa y la inundó de luz, y no se detuvo sino hasta que entró al templo y se clavó en la base de la estatua de Atenea.
“Es una conexión entre el Averno y el Santuario”, pensó Marine, maravillada al igual que los demás. “¿Qué significa? ¿Acaso?”
No pudo completar la idea. La conexión luminosa empezó a retraerse de vuelta hacia la Tierra de los Muertos, y su brillo aumentó aunque parecería algo imposible. Cuando llegó al punto por el cual había entrado al Santuario, relució con más intensidad antes de adoptar un tono blanco y dejarlo tras de sí. Sigfried y Sorrento soltaron la Espada de Balmung e Hilda la bajó.
Un Portal de Espacio estaba abierto frente a ellos.
Hades también lo notó, pero no sintió más que maravilla en su interior aunque no dio muestras de ello. Alguien más había tomado la decisión por él, o al menos eso parecía. Quizá todavía tenía la oportunidad de salvarse.
Pero entonces, sintió cómo su espada de obscuridad se estremecía en sus manos. No recordaba que algo así le hubiera ocurrido antes y apretó la mano para evitar la vibración. Sin embargo, la vibración aumentó y antes de que pudiera hacer algo, la espada se soltó de sus manos y se dirigió hacia Atenea, quien contemplaba el Portal.
Seiya lo miró de reojo y sólo alcanzó a ver un relámpago obscuro que pasaba cerca de ellos.
— ¡No! —gritó, tratando de moverse y evitarlo, sin conseguirlo.
Lo que no notó es que Hades había gritado la misma palabra.
Nadie logró apartar la espada de su trayectoria, creyendo que el Señor del Averno la había lanzado en contra de su sobrina. La luz dorada se estrelló contra la negra y detuvo el tiempo por instantes que parecieron siglos. Ninguno de los Santos se atrevió a respirar ni a hablar, el momento en el cual la espada se clavaba en su diosa congelado en sus mentes.
“Fallamos”, pensó Seiya con desesperación. “Fallamos, fallamos...”
— Tío, pese a todo, no me has fallado.
El contraste de luces desapareció mientras todo recuperaba su color normal. Los Santos de Atenea comprobaron, como si no hubiera bastado lo que habían vivido ese día, que los milagros existían. La espada estaba suspendida en el aire, rodeada por una luz dorada que era y no el cosmo de Atenea. Cuando la diosa encendía su cosmo, éste parecía envolverla con la misma intensidad en todo su cuerpo. Sin embargo, parecía que otra capa luminosa la había envuelto. Dicha capa resplandecía con todas las tonalidades del oro pero no se quedaba estática, como si estuviera viva. Y hasta entonces, notaron que la espada había sido mellada.
Entonces, la luz se concentró en placas luminosas que relucían, y así como la Obscuridad se había integrado para formar la armadura de Hades, todos supieron que la Luz formaba una especie de armadura para Atenea. La joven diosa había sido cubierta por una armadura hecha de luz que había nacido junto con los Doce Tresors, durante el mismo ritual y en el mismo día. Justo como en el pasado, un casco estilo griego cubría su cabeza, y el diseño creaba la ilusión de que rayos luminosos emanaban de él. Un peto con grabados detallados le cubría el pecho, y destacaba el trazo de una cabeza de gorgona, la misma que había sido consagrada por Perseo. Larguísimos brazaletes cubrían sus brazos casi por completo, e iban de las muñecas a la parte superior, cercana a los hombros; guantes del mismo material cubrían sus manos. El peto, que dejaba ver partes de su túnica, se unía a un enjoyado cinturón, y por debajo de él se extendía su blanquísima falda, aunque ahora parecía tener aberturas a los lados; sus piernas, aún así, estaban protegidas por botas que las envolvían casi en su totalidad. La Nike se había transformado en una verdadera estatua de oro, pero con un ademán de la diosa, se convirtió de nuevo en un báculo.
Pero a diferencia de la armadura de Hades, cuya obscuridad se había vuelto una con el metal al paso del tiempo, permanecía como cuando fue creada. Por ello, Atenea no parecía envuelta por placas metálicas propiamente dicha, sino por chispas luminosas que permanecían en su sitio a modo de protección, tan o más resistentes que cualquier material.
— Te prometí doce estrellas, Lord Hades —afirmó Atenea con una dulce sonrisa en su decidido rostro.— Te hemos dado doce constelaciones y un Sol que brilla en el Averno.
Sus ojos relampaguearon. Glaukopis, habían dicho los griegos. La de los ojos de lechuza.
— Ha llegado la hora de que la Luz del Cielo termine con la Obscuridad del Averno.
Mientras hablaba, el firmamento usualmente nublado de la región de los Muertos pareció aclararse. Fue como si el Sol hubiera estado oculto atrás de las nubes, esperando su oportunidad de mostrarse y lucir un brillante tono azul. Seiya sintió que su cuerpo se aligeraba mientras la barrera que lo había detenido se esfumaba poco a poco, e igual le ocurrió a los demás.
Sin embargo, a diferencia de sus compañeros que recibieron el fenómeno con cierta alegría, una pesada tristeza oprimió su corazón con una fuerza que la obscuridad había carecido. El susto que acababan de pasar no era sino un recordatorio de que estaba a punto de perder a Saori.
— Quisiera estar de acuerdo contigo, sobrina, y poder volver a creer en milagros. Pero ya no puedo verlos —gritó Hades, interrumpiendo sus pensamientos.
— Puede más tu orgullo que tu virtud y por ello estás condenándote —respondió ella, su sonrisa aún más dulce..
Y añadió, sus ojos brillantes dulcificándose un poco pero más por producto del pesar.
— Es tu última oportunidad de recapacitar...
— ¡Sabes que no puedo hacerlo!
Hades convocó a la obscuridad y, apenas la concentró en su espada, se echó a correr hacia Atenea. Tenía que olvidar que aquella joven era su sobrina favorita, la única a la que le concedió privilegios que a muchos otros les negó. Únicamente era su enemiga. Tenía que serlo. Atenea dejó de sonreír al ver su ataque, pero no se inmutó al ver que la carrera de su tío había sido interrumpida.
La espada de obscuridad acababa de encontrarse con otra.
Ya en dos ocasiones en el pasado, Shiryu había sujetado la espada dorada con cuidado, arma que había estado al cuidado de su maestro. Con ella, la primera vez le salvó la vida a un amigo; la segunda, destruyó el Pilar que sostenía a uno de los siete mares. Desde joven se había acostumbrado a combatir sin armas, y el Escudo del Dragón le había servido como protección. Pero en ese segundo, parecía como si toda su vida hubiera combatido con una espada; no con la mítica Excalibur que habitaba en su brazo derecho, sino con una de las Doce Armas de Libra. No había pensado al ver que Hades planeaba atacar a Atenea: sólo había tomado el arma y se había interpuesto, y bloqueaba al dios y le impedía avanzar.
— ¿Qué es esto, Moo? —preguntó Aioria, tan sorprendido como los demás y el corazón prácticamente detenido en su pecho.— Nunca hemos combatido con armas. ¿Qué ocurre?
Los ojos del Santo de Aries brillaban casi con el mismo tono de su armadura. Sin separar la mirada de Shiryu y de Hades, respondió:
— En la Era Mitológica, Atenea nos prohibió usar armas porque éramos un Escudo. No quería que tuviéramos más ventajas que nuestros oponentes para que los combates fueran justos, aún cuando no terminaran a nuestro favor.
Vio que la Espada de Libra ni siquiera era mellada por la obscuridad del arma de Hades.
— Sólo podemos usar las Armas de Libra si Atenea lo aprueba —concluyó.
— ¿Quieres decir que cree que no tenemos oportunidad alguna?
Milo, con su usual ironía, añadió:
— ¿Ahora sí comprendes cómo se puede detener a un dios?
Aioria volvió a mirar a Hades, y por primera vez no le pareció tan invencible. Ni él ni Shiryu habían cedido un milímetro de terreno.
— Se le dieron las armas a Libra porque él puede medir el equilibrio entre bien y mal —dedujo.— El mal es poderoso, pero con ellas y con la luz de Atenea al fin estamos en igualdad de circunstancias.
Y sonriendo, pensó: “¿Estás viendo esto, Aioros?”
Hades podría ser un dios, pero Shiryu era mucho más joven. De un empujón, obligó al Señor del Averno a dar un paso hacia atrás; en ese instante, su cosmo se intensificó gracias al resplandor de su armadura.
— Doce Armas para Doce Santos —dijo, evocando sus mismas palabras cuando vio el tresor en la Séptima Casa.
Extendió brazos y piernas y, a una orden mental, las once armas restantes se separaron de su tresor y, guiadas por una voluntad superior, se dirigieron hacia cada uno de sus compañeros. Cuatro de ellas habían sido empleadas en el pasado para derribar los Pilares que sostenían océanos. Así, Seiya volvió a sostener el escudo, Shun se alegró al volver a sostener una cadena gracias a unos chacos, Ikki recuperó el tridente y Hyoga sujetó el tonfa, ofensivo y defensivo a la vez.
Pero no fueron los únicos: Aldebaran recibió la barra doble, al igual que Shaka. La tranquila naturaleza de Moo obtuvo un escudo; la impulsiva de Aioria, una espada. A Milo le correspondió un tonfa, a Jabu unos chacos y Shaina recibió un tridente. Las armas, al ser blandidas, dejaron estelas de luz que parecían cortar la obscuridad y aclararon todavía más el paisaje del Averno.
— ¿Qué piensa ahora, Lord Hades? —preguntó Seiya con una ligera entonación burlona, el arco de nuevo en su cinto.— ¿Ya empieza a creer en milagros?
Por toda respuesta, Hades blandió su obscura espada. Los Doce, sin ponerse de acuerdo, alzaron sus armas y se alistaron para la defensa.
— Deténganse, Santos.
Todos voltearon a ver a Atenea, su decidida voz lo único capaz de apartarlos de la batalla por venir. La diosa los miró con dulzura y severidad a la vez y sentenció:
— Esas armas no les fueron otorgadas para atacar a Lord Hades, sino para encontrar la salida del Averno.
Solo Moo, Shaka y Shiryu no se asombraron. Como de costumbre, Seiya, Shun, Jabu, Aioria y Aldebaran mostraron sorpresa, mientras Shaina, Milo, Hyoga e Ikki lucía una inquietud disimulada. Hades miró a su sobrina a los ojos.
— Te dije que sólo había un modo para salir del Averno —sentenció.
Aún dentro de su decisión, la expresión de Atenea volvió a ser dulce.
— Tú no quieres matarme, tío, y lo has demostrado.
— Mientes.
— No, no miento ni malinterpreto. En tu corazón, sabes que pudiste destruirnos, pero algo te impidió hacerlo. Y ese último ataque no lo lanzaste tú.
Hades palideció. Atenea decía la verdad, pero se había negado a aceptarla, justo como se había negado a aceptar su error. La conciencia de haber pecado le había demostrado que su sobrina tenía la razón.
Un fuerte viento empezó a emanar del Portal de Espacio, y aunque estaba al otro lado de la laguna, agitó el cabello de todos y la seca tierra del Averno.
— Ha llegado el momento de despedirnos, tío—sentenció Atenea.— El ciclo se cerrará como es debido y algún día volveremos a encontrarnos. No guardo rencor contra ti, lo aseguro, y sé que tú no lo harás contra mí.
— ¡No debo permitir que escapes! —gruñó el dios, más por orgullo que por deseo.
— Lo harás. También lo sabes. Eres un dios estricto pero no cruel, y Orfeo puede dar testimonio de ello.
Seiya miraba pensativo a su escudo. Si no podía combatir contra Hades, ¿para qué lo quería? Hasta entonces, pareció percatarse de que el Portal se había abierto, pero que estaba al otro lado de la Estigia, sin puentes ni barcazas de por medio. Sus ojos brillaron con el simple pensamiento y preguntó:
— Hyoga, ¿no dice algo la Biblia sobre un mar que se separó?
El guerrero de los hielos respondió con el conocimiento que poseía sobre religión, aunque sin separar la vista de Hades.
— Dios abrió las aguas del Mar Rojo para que los israelitas, guiados por Moisés, escaparan de las tropas del Faraón. Un momento, ¿te refieres a...?
— ¡Es una idea insensata! —intervino Jabu, quien estaba cerca y había alcanzado a escucharlos.— ¡Me agrada!
Junto a ellos, los demás Santos los oyeron y entendieron. Más de uno sonrió.
— ¡No menciones a Orfeo! —exclamó Hades, sus ojos relampagueando con la duda que lo atormentaba.— ¡Sólo era un ser humano!
— Pero lo dejaste escapar —respondió Atenea.— Era un humano, pero su corazón lleno de amor lo volvió digno ante tus ojos. Y uno no puede encontrar dignidad en lo que no conoce.
Hades cerró los ojos, tratando de bloquear las palabras de su sobrina. Eran ciertas, tenía razón, había pensado en dejarlos salir, había pecado de orgullo, los demás dioses se reirían de él...
En su mente, volvió a ver al joven que lo había liberado del Gen Ma Ken. Su rubio cabello caía sobre sus hombros, sus ojos eran brillantes pero suplicaban piedad, apretaba un arpa contra su pecho...
Orfeo.
El amante de Eurídice.
Aquel que le suplicó que permitiera rescatar a su amada del Averno.
El único humano a quien se lo había concedido. Porque había encantado al Can Cerbero, porque había conmovido su corazón, porque alguien que ama lo suficiente para entrar al Reino de la Muerte a salvar a otra persona es el más valiente, y digno, y merecedor de todo lo bueno, aún cuando haya ido contra las reglas.
Y de momento, el rostro de Orfeo cambió en el de Seiya. Pero no estaba solo, sino que lo acompañaban once Santos más. Que habían entrado al Averno porque amaban a su sobrina.
Eran igual de valientes y dignos que Orfeo.
Y él no podía sino reconocerlo.
Atenea comprendió qué ocurría dentro del alma de su tío y sonrió.
— ¡Sabes que tu corazón también está lleno de amor! ¡Igual que el nuestro! Me diste la oportunidad y la rechazamos, ¡pero esta vez no será así, tío!
La última palabra vibró en todo el Averno, la resonancia alcanzando el corazón de Hades. “¿Qué me pasa?”, pensó. “Hace un momento tenía que matarla y ahora...”
Entonces, notó que estaba envuelto en una luz dorada. No era suya. Era parte del cosmo de Atenea, o tal vez era parte de su Armadura de Luz, o ambos. Y lo rodeaba como si con ello pudiera envolver su alma.
— Ése es tu verdadero corazón, Hades —murmuró Atenea.— El corazón justo que te separó de los demás dioses y gracias al cual fuiste elegido para nunca morir.
La joven alzó la mano derecha. El cosmo dorado, cálido y gentil que envolvía a Hades estrechó al dios con la ternura de un abrazo. El más peligroso de todos los ataques.
El perdón.
— ¡Ahora! —gritó Seiya.
Como un solo resplandor dorado, doce armas se estrellaron contra el suelo del Averno. Algunas, como la espada, la barra y el tridente, se clavaron contra él. El escudo, la tonfa y los chacos sólo lo golpearon. Pero fue suficiente: un haz de luz empezó a aparecer en las grietas de la tierra, latiendo y amenazando con crecer. Todos supieron que ahí estaba la salida.
Pero algo pareció ahogar al puente y le impidió crecer. Moo y Shaka intercambiaron una mirada de preocupación. El Averno mismo les impedía escapar.
“Para que Atenea salga, el corazón mismo del Averno deberá estar de acuerdo con su escape, o le será imposible”, había dicho el Tercer Juez. Pero si Hades parecía estar a punto de estar de acuerdo con su salida, ¿cuál era entonces el Corazón del Averno?
Al pensar eso y no encontrar respuesta, Moo se mordió los labios y Shaka, quizá por primera vez en su vida, dejó escapar una maldición.
En eso, las grietas se abrieron y el puente de luz escapó de entre ellas. Cortando el aire, se dirigió hacia el Portal por encima de la Estigia, aunque las vibraciones luminosas en su superficie revelaban su inestabilidad.
Sorprendidos, Moo y Shaka primero y luego los demás Santos miraron al causante, el negro cosmo del cual se integraba al puente. Y los Santos de Aries y de Virgo comprendieron qué era el Corazón del Averno, sin el cual aquella tierra no existiría: su protegido se encontraba frente a ellos.
— Elis... —murmuró Shaina.
Atrás de Hades, un cosmo negro resplandecía. Elis de Thanatos, Guardián de la Muerte, estaba herido, y a duras penas podía mantenerse en pie, pero con todas sus fuerzas absorbía la vibración del Averno que les impedía escapar.
— Os he servido, milady —respondió, sin aclarar si le hablaba a la diosa o a la Moira.— ¡Pero daos prisa, que no soportará mucho!
Atenea lo escuchó y sonrió en agradecimiento. Shaina sonrió con dulzura, a pesar del gesto celoso de Jabu y del sorprendido de Seiya.
— Adiós, tío —afirmó Atenea, dejándole el cosmo dorado como recuerdo.— Despídeme por favor de mi tía y, a pesar de lo ocurrido, espero que perdones todas las ofensas que cometí contra ti. Te quiero mucho y espero nuestro próximo reencuentro.
Iba a dar la vuelta, pero se detuvo y exclamó mientras saludaba:
— ¡Saludos, Lord Hades, Señor del Averno!
Hades no pudo responder. Se quedó de pie, mirándola, imágenes de su sobrina, de Orfeo y de los Santos revolviéndose en de su mente y el cosmo dorado envolviendo su corazón.
Atenea sintió que la tomaban del brazo y la suavidad del contacto le demostró que era Seiya, quien la apresuraba en silencio. Los Doce habían recuperado las armas y el puente empezaba a palidecer. Atenea entendió la urgencia y, corriendo, alcanzó a sus Santos. Kiki, teletransportándose, corrió a su lado.
Catorce personas atravesaron el puente de luz, las aguas de la Estigia revolviéndose con furia al no poder alcanzar a los seres vivos que escapaban del Averno. Vapores y neblina anunciaban qué les ocurriría si caían o si el puente, sostenido sólo por el poder de Elis, se partía. Hades notó las grietas que tenía en la base, mismas que podrían destruirse con facilidad. Vio a su sobrina y a los suyos escapando, avergonzándolo ante los demás dioses.
Tomó su espada.
Caminó hacia la base del puente, alzó la hoja, concentró su negro cosmo en la hoja y descargó la estocada en su base.
Apenas, claro, había comprobado de reojo que catorce figuras habían cruzado el puente y entrado al Portal de Espacio que los llevaría a Terra. La estocada destruyó el ya vacío haz de luz y cerró la puerta sin violencia alguna.
Por algunos momentos, el silencio dominó al Averno. En la mente de Hades, había quedado grabada la última imagen de Atenea mirando por sobre su hombro y diciéndole adiós. No podía comprenderla y nunca lo haría, pero ella había tenido razón.
Los había dejado huir.
Pudo matarlos y los dejó huir.
Claro que nadie podría decir que Hades, dios del Averno, había permitido que Atenea y trece humanos escaparan de sus dominios. Sólo que había llegado demasiado tarde para impedirlo, al menos técnicamente hablando. Estaba seguro de que la vibración de su estocada se habría sentido hasta en el Olimpo.
Pensativo, dio la vuelta. Hasta entonces, recordó la presencia e intervención de Elis de Thanatos, quien ya había apagado su cosmo y lo aguardaba. Su cuerpo estaba herido y su expresión era cansada, pero sus ojos brillaban con satisfacción.
Cuando lo tuvo frente a él, el Guardián se dejó caer de rodillas y dirigió el rostro hacia el suelo.
— Milord, he pecado contra vos y no intentaré justificarme. Disponed de mi vida, que es el castigo que merezco.
Sin titubear, ofreció el cuello a esa espada que tanta sangre había recibido en las últimas horas. Escuchó cómo Hades la blandía y, sin siquiera cerrar los ojos, Elis esperó el golpe. Había servido a dos dioses y a una Moira, moriría a manos de aquel a quien amaba como a un padre y su protectora había sido la Muerte. No le temía en absoluto.
Lo único que escuchó fue el sonido de la espada guardándose dentro su vaina, y lo único que sintió fue la mano de Hades en su hombro. ¿Iba a matarlo con un destello de obscuridad?
— Has sido leal y valiente, Elis, yo he sido muy testarudo y ha sido un día muy largo y difícil.
Sorprendido, el Guardián alzó la vista. El dios sonreía débilmente.
— Vámonos a casa.


Desde que el Portal se abrió, nadie había osado pronunciar una palabra. Casi podían escucharse los latidos de cada corazón y se notaba que la respiración de cada uno de los presentes estaba casi detenida. Hasta hacía poco, se había escuchado el ruido de una batalla, la presencia de rayos de luz, incluso el sonido de gritos apagados por la distancia. Y luego se hizo el silencio.
Guerreros Divinos y Caballeros de Bronce esperaban, ansiosos por los pasos que empezaban a escucharse a la distancia, y que no había modo de saber si pertenecían a un amigo o a un enemigo. Las jóvenes, en cambio, aguardaron con esperanza, e incluso el rostro de Marine mostró las emociones que había contenido por años.
Hilda colocó a Balmung en el suelo y, entrelazando, sus manos aguardó. Sabía que debía rezar, pero ya no tuvo fuerzas para hacerlo. La batalla había sido cansada y peligrosa, y lo único que le quedaba por hacer era esperar el desenlace, cualquiera que éste fuera.
Sigfried volteó a verla y, usando el cuerpo de Gunther, tocó el rostro de Hilda. Ella apenas se atrevió a mirarlo.
— Princesa mía...
Hilda no quiso responder.
— Llegó el momento... —murmuró Sigfried con ternura.— Debo...
Con suavidad, Hilda negó con la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando preguntó:
— ¿Volveré a verte?
De momento, los ojos de Sigfried no fueron los de Gunther. Fueron los del primer guerrero de Alpha-Dubhe y brillaban con intensidad porque seguía vivo. Lo estaría por siempre.
— Te juro que cuando sea tu hora, seré el primero que te espere al otro lado del túnel. Siempre que te sientas sola, mira a Dubhe, y cuando titile, te guiñaré un ojo para recordarte mi juramento.
Sigfried hincó rodilla en tierra y le hizo una reverencia a la que había sido su avatar y guía. Pero antes de que Hilda pudiera decir algo más, se puso de pie y la besó en los labios. Hilda cerró los ojos y, aunque su mente le dijo que en realidad estaba besando a Gunther, comprendió que tocaba el alma de Sigfried, la primera y la única vez que lo harían en esa vida.
Comprendió que guerrero y valkyria siempre estarían juntos, incluso cuando una leve brisa procedió del suelo y se dirigió al cielo. Sigfried había vuelto a ser un fantasma: su etérea figura le sonreía y comenzaba a elevarse. Hilda también sonrió a pesar de la tristeza que inundaba su corazón.
De igual forma, otros seis fantasmas iniciaron el vuelo. Cada Guerrero Divino descubrió que volvían a tener una sola sombra, y presenciaron una breve visión de aquellos que los abandonaban. Thor miró con seriedad al enorme Erich, apenas más alto que él. Alberich, inclinando la cabeza como en penitencia, se separó de Hildebrand. Balder sintió cómo Fenrir no sólo lo abandonaba sino que le agradecía, aunque ignoraba qué. La Música Nocturna volvió a fluir de los dedos de Heimdall cuando Mime se unió a sus compañeros.
— Nos veremos, hermano —escuchó Bud.— Cuídate mucho.
Bud volteó a ver a Syd, quien le sonrió con cariño, y descubrió que aunque siempre se parecerían físicamente, desde el inicio habían sido diferentes. Sus padres, aunque no lo dijeran, también lo sabían, y lo comprobó en el brillo de los ojos de su gemelo.
Había dejado de ser su sombra. Cada uno tenía su propia luz.
— Estarás orgulloso de mí, Syd, y nuestros padres también —prometió, sonriendo a pesar de sus lágrimas.
El Hagen que habitaba en Dietrich miró otra vez a Flare y ella correspondió al gesto con timidez.
— Sea feliz, señorita mía, que hoy Hyoga de Acuario se ha hecho digno de usted.
Flare palideció al escucharlo. ¡Hyoga estaba muerto y Cygnus, no Acuario, había sido su protector! Dio un paso hacia el guerrero mientras exclamaba:
— ¿Qué quieres decir?
Pero Hagen sonrió y abandonó a Dietrich sin explicarse. El joven guerrero cayó de rodillas. Flare se acercó a ayudarlo y, al comprobar que sus ojos tenían de nuevo el color de la miel, supo que Hagen se había marchado.
Siete haces de luz blanca, con el tono de la nieve bajo la luna, se unieron muy por encima del Santuario y, a la velocidad del rayo, se dirigieron hacia el cielo asgaardiano y se desvanecieron. Hilda, Flare y los Guerreros los miraron con añoranza y sorpresa, hasta que una voz los regresó al momento.
— ¡Gunther!
Erich apenas había alcanzado a sostener al guerrero de Alpha-Dubhe, quien se desplomaba. Hasta entonces, recordaron que había sido malherido por los daimons y se le acercaron, temiendo lo peor.
Pero para sorpresa y alegría general, el joven se estremeció. Se había convertido en médium por varias horas y el efecto no había sido agradable, pero al parecer le había salvado la vida. Estaba muy pálido, con grandes ojeras debajo de sus ojos cerrados y su rizado cabello empapado en sudor. Las heridas permanecían, pero se habían cerrado, tal vez como una muestra de agradecimiento de Sigfried. Cuando abrió los ojos, su tono no pareció el mismo, aunque nadie le prestó atención de momento.
— Milady.. —dijo con voz ronca.
La valkyria se inclinó sobre él, de modo que fue la primera persona a quien vio.
— ¿La protegí? ¿Pude hacer algo por usted?
Hilda sonrió con ternura, apartando un mechón de obscuro cabello de su frente.
— No tienes idea cuánto, Gunther... —murmuró.
El joven la miró en silencio, sin comprender.
En eso, aumentó el sonido de las pisadas que se acercaban. La carrera de estas se detuvo de momento, como si dudaran hacia dónde se dirigían, y los pasos redujeron su velocidad. Se acercaron sin prisa, como con reverencia, y adentro del Portal empezó a relucir un tono dorado que palpitaba como un corazón.
Todos contuvieron el aliento al notar catorce perfiles aproximándose, el contraste de luz a sus espaldas trazando sólo siluetas que, pudieron notar, venían casi todas ataviadas con armadura. La mayoría portaba armas y se habían dividido en dos grupos de seis, uno a cada costado de la joven que estaba en el centro, quien venía ataviada con luz. Todos formaban un grupo indivisible como hacía décadas que no existía en el Santuario. Y como el corazón podía distinguir quién era quién a pesar de las semejanzas, el cambio de armadura en tresor no bastó para que una princesa asgaardiana se confundiera, incluso aunque pensaba que el portador estaba muerto.
Flare apretó las manos con fuerza, estremeciéndose e incapaz de creerlo; sin evitarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas contuvo un sollozo. No pudo controlarse y corrió hacia uno de los integrantes del grupo mientras gritaba:
— ¡Hyoga!
El joven Santo se detuvo y su expresión fue como si hubiera vuelto a morir y viera a un ángel. Pero no era un espíritu divino, sino la mujer a quien amaba. Arrojó la tonfa a un lado y murmuró:
— Flare...
Y sintiendo que sus ojos se nublaban, corrió hacia ella.
Al encontrarse, Hyoga y Flare se abrazaron de inmediato. La joven ya no tenía fuerzas para murmurar “estás vivo”, y el Santo encontró en ella la razón por la cual había sobrevivido a tantas torturas. Cariñosamente, la besó en la frente, demasiado conmovido para intentar algo más.
Los dos fueron el inicio de la desbandada general. Antes de que alguien intentara evitarlo, los Santos más jóvenes se separaron del grupo y corrieron hacia los seres queridos que los esperaban. Atenea, sonriendo, no tuvo objeción en que lo hicieran, y buscó con la mirada a Hilda. La valkyria sonrió, feliz de volver a su amiga pero con una sensación de dolor en el pecho. Y no era por Sigfried.
Shun y June también se acercaron y él, como antes, la sujetó en sus brazos y le dio de vueltas. La joven, como era su costumbre, no podía dejar de hablar:
— ¿Por qué diablos me haces pensar que has muerto? ¿Sólo para hacerme sufrir?
— No fue por eso —respondió Shun con tranquilidad.— Es que estuve muerto.
La mirada de Shun respaldó sus palabras, y June comprendió que no era eso lo único ni lo más grave que había pasado. No supo por qué se angustiaba en medio de su alegría hasta que junto a ellos pasó un relámpago dorado que la distrajo.
Aioria no dijo nada al detenerse frente a Marine, aprovechando que era la única persona a quien le permitía acercarse tanto. Ella también lo miró en silencio, la sangre que había manchado su rostro volviendo a manar al reabrirse la herida. Lo único que el león atinó a hacer fue colocar su mano derecha sobre la frente de la joven y a encender su cosmo para cerrar la herida.
— Recordaba que eras bonita, pero no tanto —confesó.
Jabu apenas alcanzó a pensar que había entrado al Portal siendo un aprendiz y salía convertido en Santo cuando cuatro amigos se arrojaron sobre él, dándole de palmadas en la espalda, felicitándolo y preguntándole cómo lo había logrado. Al ver a Geki, Nachi, Ichi y Ban, cayó en la cuenta de que apenas había transcurrido un día (tan largo para él como un siglo) y, alzando el brazo, exclamó:
— ¡Momento! Antes que nada...
Dio un paso hacia un lado, mostrándoles a la joven que lo había acompañado en su aventura.
— Ella es Shaina.
La joven sonrió por educación, pero sus pensamientos estaban muy lejos. “Por favor”, suplicó con toda la fuerza de su corazón. “Espera sólo un momento”.
No había forma de que obtuviera respuesta.
— Shiryu...
Se habían mirado en silencio por largos instantes, cada uno dando gracias porque el otro se encontraba bien. Y la primera palabra pronunciada después de ese silencio era su nombre. Shiryu no supo qué decir, presintiendo que el cansancio en el rostro de Sunrei no sólo era producto de una larga vigilia, pero de momento no se preguntó las razones.
No entendía por qué le parecía tan hermosa si era la misma joven de antes.
— Has recuperado tu herencia —afirmó Sunrei, mirando el tresor de Libra.
Alzó la vista hasta encontrar los ojos del amigo de toda su vida. No pudo entender su expresión, pero de repente Shiryu la atrajo hacia sí y la abrazó.
—He recuperado mis herencias —corrigió mientras sonreía.
— ¿En verdad son Santos? —preguntó Heimdall a Balder, asombrado por la dignidad de los portadores de los tresors.
Cuando su amigo asintió, exclamó:
— ¡Nunca imaginé conocer a uno!
Balder, sonriendo con gozo dentro de su usual prudencia, respondió:
— Yo tampoco imaginaba verte convertido en Guerrero Divino, y ya ves. Los milagros existen.
Kiki, por la felicidad, daba saltitos de un lado a otro, las pecas brincando sobre su nariz. El triste ambiente de los días anteriores, las lluvias y las batallas al fin habían terminado, ¡y ya podía quitarse la estorbosa capucha que lo había protegido! Además, Moo había traído por medio de telekinesis las armaduras de los cinco y de Ofiuco, y el polvo que había quedado de la armadura de Unicornio. Quizá mucho tiempo después, cuando Appendix ya fuera un verdadero Caballero, comprendería que en aquel momento realmente había poco para celebrar, pero entonces volteó a ver a los Santos y exclamó:
— ¡En verdad es un final feliz!
El rostro de Moo, sin embargo, se volvió muy triste y Kiki dejó de saltar. Junto a él, Milo, Shaka y Aldebaran mostraban un pesar semejante.
— Kiki, debes aprender algo —sentenció su Maestro, sus ojos nublándose.— En la vida no hay finales felices ni tristes. No hay finales.
Seiya se encontraba en éxtasis. Sentía la mano de su amada diosa sujetándolo con ternura, su gesto comunicando lo que las palabras no podrían. Y frente a él, junto a Aioria, estaba Marine.
No portaba su máscara.
Bastó con verla para comprenderlo todo. El cabello que le caía sobre la frente, las pecas en la nariz, los finos labios, los ojos sepia cubiertos por espesas pestañas. No había duda.
— Seika...
Ante ese nombre, se hizo el silencio en el Santuario. Todos los amigos de Seiya sabían, en mayor o en menor grado, la búsqueda que lo había sostenido por años, búsqueda que al parecer estaba a punto de terminar. Atenea soltó a Seiya, permitiéndole acercarse a su maestra, y Aioria, al notarlo, se apartó. Shiryu, Hyoga y Shun aguardaron, felices por su amigo. Sorrento, de quien nadie se había acordado, observaba el cuadro con desinterés hasta que lo asaltó un mal presentimiento.
Por años, Seiya había meditado lo que habría de decirle a Marine apenas le confesara quién era en realidad. Cambió su discurso cien veces y ensayó todas. Pero en ese momento sólo escuchó los latidos de su corazón y cómo aumentaban cuando la joven sonrió. Era Seika, siempre lo supo, la Seika que lo cuidó como si fuera una madre, que se convirtió en amazona con tal de volver a verlo, y también era Marine, la maestra que lo convirtió en el Caballero de Pegaso y cuyas enseñanzas lo convirtieron en Santo de Sagitario. La mujer que jamás se permitió tocarlo, porque se traicionaría a sí misma. Pero en ese momento, justo cuando Seiya estuvo a dos pasos de ella, murmuró:
— Hermanito...
Era como estar de nuevo en Star Children.
Seiya quiso decir algo, y Seika quiso pedir perdón, pero ninguno lo hizo. Con ojos húmedos, los dos se abrazaron, pero esta vez no fue una ilusión de Léumnades. Era la realidad, el reencuentro después de años y la confesión que les permitía saberlo.
— ¡Perdóname, Seiya, perdóname! —murmuró Marine sin decir siquiera por qué se disculpaba.
Pero el joven apenas si escuchó, demasiado feliz como para decir algo, y sólo asintió. Quería soltarse riendo. Al fin era feliz.
No supo en qué momento ocurrió. Pero fue como si una puñalada se hundiera en su corazón, deteniendo todas sus sensaciones. No escuchó nada y el tiempo volvió eterno, pero cuando miró hacia atrás, vio cómo Atenea se desvanecía. Ikki, quien había permanecido a su lado, alcanzó a sujetarla.
“No, no, no...” pensó Seiya, negando con la cabeza, más no serviría de nada. Su corazón se rompió cuando gritó:
— ¡Saori!
Soltó a Marine y los dos corrieron hacia su diosa. Igual hicieron los otros. La joven estaba demasiado débil para mantenerse de pie e Ikki la recostó sobre el suelo, sosteniéndola de los hombros como años antes había sostenido a Esmeralda durante el mismo trance. El último enemigo no la había atacado en el exterior, donde la luz y sus Santos podrían protegerla. Y ni siquiera era un enemigo. Era la muerte.
Seiya se arrodilló a su lado; Shiryu, Hyoga y Shun, sus felicidades olvidadas, hicieron lo mismo aunque permitieron que su amigo e Ikki fueran los más cercanos. Los demás Santos, en especial Jabu, los rodearon, e Hilda y Flare también se unieron al grupo. Kiki logró colarse entre ellos, y a Sorrento no le importó lo que pudieran decirle si se acercaba más. Con prudencia, Marine, June y Sunrei, los Guerreros Divinos y los Caballeros de Bronce cedieron la cercanía a aquellos a quienes Atenea había amado más a lo largo de su vida.
La joven respiraba con dificultad, se había puesto muy pálida y sus ojos se habían vuelto todavía más brillantes. La Nike que había sujetado cayó al suelo y volvió a separarse en los cinco dijes que la habían formado. Pero aunque casi no tenía fuerza, se esforzó en mirar a cada uno con cariño. Hilda asintió en silencio, recordando su promesa de cuidarlos a todos, pero Flare no pudo soportarlo y apenas se contuvo de ocultar el rostro en las manos. Cuando fue el turno de Sorrento, éste se sintió más indigno que nunca, pero la mirada de Atenea le agradeció que hubiera respondido a su llamado. Esa mirada acabó de transformar el alma del Shogun.
Seiya estrechó la mano de Atenea con todas sus fuerzas, como si pudiera transmitirle un poco de la vida que la abandonaba. Ella volteó a verlo y sonrió con dulzura.
— No sufras, Seiya —murmuró, su voz muy parecida a un susurro.— Sabes que no voy a abandonarte y que siempre voy a estar contigo.
— ¡Y lo estarás! —exclamó el Santo.— ¡No permitiré que te marches! ¡No voy a dejar que este cruel ciclo se cierre y te lleve con él!
Shiryu le dirigió una mirada a su amigo, suplicándole que no lo hiciera más difícil para la joven, pero Seiya sólo tenía ojos para ella y no le prestó atención.
— Eso no lo decidimos ni tú ni yo —afirmó Atenea.— Viene de Aquel de quien no puede provenir el mal.
Seiya trató de protestar, pero había tanta dulzura y aceptación en su tono que no tuvo corazón para hacerlo. Atenea miró a los demás y dijo:
— Les doy las gracias, Santos y Caballeros de la Orden del Zodiaco, por haber combatido en mi nombre y a mi lado por tanto tiempo. Gracias a ustedes, Terra está a salvo y vivirá en paz muchos años. Gracias.
“No hables, por favor”, pensó Seiya, lágrimas rodando por sus mejillas.
— En ustedes queda la misión de proteger al planeta. Terra le ha sido encomendada al hombre y de él dependerá su ascenso o su caída, pero sé que ustedes la elevarán hacia Dios.
Como si se sorprendiera, preguntó:
— ¿Por qué están tristes? No es el fin. Es el principio.
Hyoga, el único capaz de hablar, murmuró:
— ¿En verdad es necesario?
La joven trató de asentir, sin conseguirlo del todo:
— Es mi momento como algún día será el de ustedes.
“¡Ojalá y fuera hoy!”, suplicó Seiya, deseando que lo atacara un terrible dolor al que no ofrecería resistencia. Pero el único sufrimiento fue el de su corazón.
— Sacrificaron todo por mí y ahora los dejo solos —murmuró la joven.— Es lo único que me duele. Mas debo encomendarles la que será mi última petición.
Ante esa frase, todos guardaron silencio. Con el sexto sentido que cada uno aprendió a desarrollar, presentían que ésas serían las últimas palabras que de ella escucharían.
— La luz brilla sobre Terra, pero no será eterna—advirtió Atenea, su vista empezando a nublarse.— Los invasores fueron detenidos, pero el mal no descansa y tratará de derrotarlos ya no en una batalla, sino dentro de sus almas. Pero no teman, que los cuidaré por siempre.
Al decir esto, su mirada se detuvo en Shun.
— Deben ser fuertes, aunque ya no esté con ustedes físicamente. Expandan sus cosmos hasta el infinito, únanse con otras personas y aprendan a ser felices. Lo merecen
Esta vez, su mirada se posó en Hyoga.
— Pero, por favor, mantengan vivo mi nombre. Bastará con que uno solo recuerde que iniciará otro ciclo y me aguarde al momento de mi regreso.
Esto lo dijo mirando a los ojos a Shiryu.
— Sufrieron mucho. Pero les juro que no los olvidaré y que cada uno hallará la felicidad que se han ganado. Si no en la tierra, en el cielo, donde los aguardaremos.
Si bien no pudo ver a Ikki, el joven supo que esas palabras eran para él.
Atenea se estremeció. Aunque fue un murmullo, todos alcanzaron a escuchar sus últimas frases.
— Los amo.
Pero al decir esto, había visto a Seiya.


Una Moira jamás llora cuando cumple su misión. No llora ante el milagro de la concepción ni ante el milagro de la vida, y menos aún ante el misterioso milagro de la muerte. Pero por vez primera en toda la eternidad, una lágrima de Moira cayó sobre el telar. Cloto se odió por lo que iba a hacer, pero tenía que hacerlo.
Con todo el dolor de su alma, tomó las tijeras y cortó el Cordel.


— ¿Saori?
La diosa no respondió al llamado de Seiya. Una sonrisa se había quedado congelada en su rostro, sus ojos cerrados para siempre.
Hilda, sin poder evitarlo, empezó a llorar, e igual hicieron Flare y los demás. Los ojos de cuanto guerrero y caballero estaba presente se nublaron, inundados por las lágrimas. Shaka empezó a rezar, suplicando por el alma de Atenea, su llanto lleno de destellos azules. Aldebaran y Milo lloraban en silencio aunque nunca lo hacían, producto del dolor y de la impotencia. Aioria ni siquiera se atrevió a enojarse, como era su costumbre, y se limitó a mirar hacia el cielo estrellado mientras lágrimas resbalaban por su rostro. Moo sintió que Kiki lo abrazaba, mas de momento no tuvo consuelo alguno que ofrecerle a su aprendiz.
Jabu creyó que el mundo caería destrozado a su alrededor y que una catástrofe terminaría con Terra en ese instante. Su amada y admirada amiga se había marchado para siempre y de pronto volvía a encontrarse en el jardín de la Fundación ofreciéndose a ser su montura con tal de que ella sonriera.
Sintió que alguien colocaba una mano sobre su hombro. Supo quién era, aunque no volteó a verla, y se limitó a sujetarla mientras dejaba escapar un sollozo. Shaina apretó la mano de Jabu mientras murmuraba:
— Gracias.
Sabía que la escucharían.
Shiryu, Hyoga y Shun lloraban desconsolados, la idea de continuar sin Atenea abrumadora para sus jóvenes corazones. Pero no se lamentaban por ellos.
Seiya sujetaba a la diosa de la mano, besándola con desesperación en un vano intento de que recuperara la calidez que comenzaría a perder.
— No me dejes, por favor... Te amo, Saori, ¡no me dejes!
— Seiya...
La serena voz de Ikki fue lo único capaz de llamar su atención. Al verlo, notó que sus ojos estaban arrasados de lágrimas y supo que se debía al mismo sentimiento que le destrozaba el corazón. Sólo que Ikki ya lo había vivido antes y la rojiza cicatriz de su rostro era el recordatorio.
Ikki lo sujetó de la mano y lo obligó a soltar la de Atenea.
— Tienes que dejarla ir —murmuró, su tono mitad súplica y mitad orden.
Seiya inclinó el rostro y cerró los ojos.
En eso, una luz muy intensa empezó a emanar del cuerpo de la diosa. Como si obedeciera a una orden, la luminosa armadura de Atenea se separó en partes, abandonó a la diosa y se dirigió hacia el Templo. Pero nadie se preocupó en seguirla con la mirada: otro fenómeno ocurría cerca de ellos.
El cuerpo de Atenea, desprovisto de su armadura, empezó a hacerse transparente. En breve, Ikki no sostuvo más que aire cuando la figura de la joven se desvaneció y dejó vacío en el lugar que había ocupado. El llanto de Seiya se volvió más intenso. ¡Ni siquiera tendría el consuelo de poder sepultarla!
— ¡Miren!
A la exclamación de Aioria, todos alzaron la vista hacia el firmamento. Todas las estrellas relucían como si estuvieran hechas de plata y luz, pero no eran sólo estrellas. Entre su brillo, se alcanzaba ver una silueta de mujer. Era el alma de Atenea.
De entre las mismas estrellas, otra alma pareció salir a recibirla. Era un muchacho de cabello café obscuro y ojos azules muy intensos, alguna vez el Santo que dio su vida por ella y que, en las horas pasadas, había salvado la vida de su hermano y de sus compañeros.
— ¿Aioros? —murmuró Aioria, sonriendo aunque no sentía ánimos de hacerlo.
Aioros ofreció el brazo a Atenea, quien lo aceptó al igual que, cuando viva, se dejaba guiar por su hermano menor hacia el comedor. Entonces, ella sonrió y cada estrella se convirtió en un alma que la aguardaba.
Los primeros en recibirla fueron otros Santos. Hyoga identificó a Camus y Shiryu a Shura, y todos distinguieron a Saga quien, humildemente, bajó la vista cuando Atenea pasó junto a él. De momento, muchos pensaron que veían doble, hasta que la figura que estaba junto a él alzó el rostro y sonrió, tal vez por primera vez en toda su vida. Kiki, sin pensar, exclamó:
— ¡Kanon!
Otro santo los acompañaba, pero nadie supo quién era. No recordaban haber visto su cabello negro, nariz chata y enormes ojos antes hasta que Moo preguntó:
— ¿Dokho?
Shiryu sonrió al descubrir al Anciano Maestro, rejuvenecido en espíritu, como aquel Caballero... ¡y como el hombre que le había ayudado a superar la visión única de Cíclope! Junto a él, descubrió a su acompañante.
— Okho...
De pronto, todo el cielo estuvo cubierto de almas que parecían surgir de entre las estrellas. Tras ser recibida por los Santos, siete Guerreros Divinos se inclinaron ante Atenea en señal de respeto. Uno de ellos, de ojos casi transparentes, se atrevió a mirar hacia tierra, tanto a la valkyria a quien amó como al joven que le había servido de médium. Gunther se desconcertó al ver así a Sigfried, Hagen, Thor, Fenrir, Mime, Syd y Alberich, aunque sus amigos, en especial Bud, no se sorprendieron. Hilda, en cambio, sólo murmuró:
— Cada vez que Dubhe titile...
Guerreros de todo el mundo abrieron paso para que Atenea continuara su camino. Shun y June descubrieron a Albiore de Cefeo, quien en un gesto poco común, reía. Junto a él. Hyoga vio a Crystal y a Isaac, y comprobó que la comitiva no estaba integrada únicamente por guerreros: su madre estaba a su lado y, por algún motivo, tomaba de la mano a su Maestro. Ikki vio a Esmeralda y sonrió, repitiendo en voz baja su juramento de jamás buscar la muerte, y ella sonrió como si lo hubiera escuchado.
También estaban ahí Casios, lo que tranquilizó el corazón de Shaina; Babel de Centaurus, el caballero de plata que murió tras haber sido el primero en reconocerla como diosa; Eo de Escila, quien fue perdonado por cumplir su deber sin maldad en el corazón; Minos de Caronte, acompañado por una joven rubia a quien abrazaba, y el abuelo de Ellen, autor del escrito que los había guiado a ese momento. La Orden no logró identificar a absolutamente todos los que aguardaban a Atenea, pero las sensaciones de bondad, valor y heroísmo dominaron el ambiente al grado de que ya nadie podía llorar.
Era cierto: Atenea los acompañaría por siempre.
La comitiva se detuvo. Alguien más esperaba a la diosa y ella sonrió.
“¡Abuelo!”, notaron que gritaba aunque no alcanzaron a oírla.
Y Atenea se abalanzó sobre el alma de Mitsumasa Kido, quien la abrazó como a la nieta que tanto había amado. En eso, la Luna brilló con intensidad y opacó las estrellas, y cuando la luz disminuyó, la visión se había desvanecido.
Permanecía el pesar, pero todos tenían motivos para sentirse consolados. La muerte no era sino un paso hacia la otra vida. Los seres queridos que se adelantaban no se perdían en la nada, sino que aguardaban. Y algún día estarían juntos de nuevo, sin que nada volviera a separarlos.
Ahora lo sabían.
Y hasta entonces, notaron que había música en el aire.
Sorrento había llevado la flauta a sus labios y la tocaba, el único modo que conocía para rendir homenaje a alguien. Pero a diferencia de horas antes, no era un réquiem. Era la canción que había emanado del cosmo de Atenea durante la batalla en el Mediterráneo. Le había tomado meses adaptarla y ahora comprendía por qué no se había dado por vencido.
Pero lágrimas fluían por su rostro.
No era el único.
Seiya supo, al igual que los demás, que algún día volvería a ver a Saori. Pero, por el momento, se había quedado solo. Y comprendió que jamás podría volver a amar a una mujer, por más que lo protegiera un tresor dorado y que una diosa orara por él desde el Paraíso.


Continuará...

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