Capítulo quince
Ave Hades, morituri te salutant
(primera parte)
Por Altair
Ellos harán que volvamos a ver el Sol de nuevo.
Roshi Dokho de Libra
Cuatro figuras entraron en la sala que la nieta del poderoso Mitsumasa Kido usaba para recibir únicamente a personas muy importantes. Afuera nevaba, y la imagen que se presentaba a través de las ventanas no contribuyó sino a aumentar la depresión que la joven sentía y que los cuatro recién llegados reflejaban.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó, levantándose de su asiento.
El que venía hasta el frente, el muchacho de ojos sepia y cabello chocolate, el mismo con el que siempre chocaba, traía un objeto cubierto por un lienzo. Desde niños no habían podido llevarse bien (corrección: ni siquiera lo habían intentado), pero su expresión no fue tan hosca mientras se acercaba a su escritorio.
— ¿Recuperaron la Armadura de Oro? —preguntó ella.
Por toda respuesta, el muchacho retiró el lienzo y dejó un casco dorado sobre el mueble.
— Lo siento, Saori —afirmó, aunque el tono de su voz dejaba muy claro que no era por ella, sino por el Tresor y por algo más que todavía no confesaba.
— ¿Es lo único que lograron recuperar?
Ante su insistencia, Seiya se dejó caer sobre uno de los sillones. No se sentía con humor para discutir y sitió que, ante esa actitud, la tan odiosa nieta de Kido captaría el mensaje. Ella estuvo a punto de decir algo, pero recordó que la visión que tuvo de su abuelo le había aconsejado ser dulce y humilde, y se contuvo.
Mientras tanto, los tres acompañantes de Seiya habían entrado a la sala, pero ninguno se había sentado. Shiryu se apoyó contra el respaldo del sillón donde su amigo, a la vez nuevo y viejo, se encontraba. Hyoga se instaló cerca de una ventana, mirando la nieve que caía y preguntándose si todo estaría bien en Siberia. Shun, cruzado de brazos, se apoyó en una pared opuesta, junto a un viejo reloj de péndulo. Era como si no quisiera ver ni hablar con nadie.
— ¿Qué ocurrió con Ikki? —preguntó Saori, pese a que su intuición le advertía que no era una pregunta prudente aunque sí necesaria.
Una nube pareció cruzar los rostros de todos. Hyoga fue el único que tuvo corazón para responder:
— Murió.
Saori contuvo el aliento. Cygnus, mirando hacia afuera, añadió:
— Lo hizo con tal de salvarnos la vida.
La joven miró a todos, comprendiendo de pronto la causa por la cual mostraban ese estado de ánimo. De momento, nadie la veía a los ojos cuando hablaban y supo cuán difícil sería ganar su confianza después de su difícil convivencia, tanto cuando eran niños como en días recientes.
Shiryu fue el único que trató de mirarla de frente, pero no fue por un lapso largo.
— Combatíamos cuando llegó un nuevo grupo de caballeros negros, guiados por un tal Dócrates —explicó.— Antes de que hiciéramos algo, ya tenían los demás fragmentos del tresor. Ikki sólo alcanzó a darnos el casco.
Antes de desviar la mirada, sus grises ojos fueron lo bastante expresivos para pedirle a Saori que no le preguntara más detalles. Ella comprendió, así que permaneció en silencio. Sintió que debía aproximarse más a los Cuatro, tratar de romper la invisible barrera que había entre ellos, más no pudo hacerlo.
— Shun... —murmuró, mirando hacia el muchacho apostado junto al reloj.— No sé cómo decirlo... Lo siento mucho...
Shun se limitó a asentir, sin verla, y respondió en voz baja:
— Gracias.
Saori no fue capaz de soportar tanta frialdad y se colocó detrás del escritorio, inconscientemente colocando el mueble como una barrera protectora.
Por un rato, los cinco jóvenes permanecieron en silencio. Seiya miraba fijamente la mesa que tenía enfrente, el candil del techo trazando sombras curiosas sobre los muebles, y preguntó cómo podría haberse complicado tanto la simple, casi absurda, promesa que Mitsumasa Kido le había hecho.
Shiryu había cerrado los ojos, su mente volando hasta Rozaan. ¿Cómo podría darle al Anciano Maestro que, a pesar de sus consejos y preparación, de haber viajado a Jammyel y realizado el sacrificio que Moo el Restaurador pidió, no había servido de nada?
Hyoga, en cambio, no separaba la vista de la ventana. La nieve caía sin ruido, los copos flotando suavemente. Trató de imaginar si Jacob cumpliría su promesa y velaba por su madre, obligándose a olvidar las visiones que Ikki le había mostrado.
Shun había fijado la vista en el piso, pero no observaba nada. De repente, todo le parecía en vano, sin sentido alguno; el objetivo que lo guió a no rendirse en el entrenamiento, reunirse con Ikki, había desaparecido para siempre. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y tuvo que esforzarse para no derramarlas.
— Supongo que lo único que nos queda por hacer es despedirnos, ¿no es así?
A la pregunta de Saori, todos voltearon a verla. Ella miraba con evidente tristeza el casco del Tresor, pero sus pensamientos no estaban en él. La muerte de Ikki, a pesar de todo lo que había ocurrido en las últimas semanas, la conmovía profundamente. El había sido uno de los niños que más habían llamado su atención.
— ¿A qué te refieres? —preguntó Seiya, sus ojos relampagueando.
Saori se obligó a mirarlos de frente.
— Todos regresaron a Japón con el solo propósito de competir entre ustedes y ganar la Armadura de Oro —continuó.— Ésta ya no se encuentra con nosotros, así que ya no tienen por qué permanecer aquí. La Fundación se encargará de sus traslados a sus sitios de origen o a donde ustedes deseen, y Seiya, buscaremos a tu hermana de cualquier forma.
— Oye, gracias, pero ésa no es la idea —respondió el aludido, sin cambiar su postura pero sí el tono de sus palabras.— Por mejor que sea la tecnología con que cuentes, no podrá compararse con el cosmo de Dócrates y compañía.
— Necesitarás ayuda —añadió Shiryu.— Permaneceremos contigo hasta que la recuperes y entonces aceptaremos el viaje que nos ofreciste.
Saori los miró con asombro. En realidad, no esperaba que dijeran algo así.
— Nos enfrentaremos a peligros enormes —se sintió obligada a recordarles, aunque presintió que estaban muy conscientes de ello.— Estuvieron a punto de perder sus vidas y lo que nos espera será peor.
Y con tristeza, añadió:
— Jabu todavía está muy delicado de salud y Nachi necesitará de tratamiento psiquiátrico.
Notó que una nube aún más obscura cruzaba por el rostro de Shun.
— Si permanecen con la Fundación, no serán sino los primeros. E Ikki con ellos.
— Pues yo me quedo —respondió Seiya.— No he pasado por todo esto para despedirme, dar las gracias y retirarme.
Lo que no dijo, pero que Saori entendió, era que en parte era para asegurarse de que cumpliría su promesa y continuaría buscando a Seika.
— Yo también me quedo —sentenció Shiryu, apenas su amigo guardó silencio.— Una fuerza capaz de enviar a alguien como Dócrates no se tentará el corazón para atacarte y hacerte daño.
Saori lo miró con gratitud. De momento, trató de encontrar una doble intención en sus palabras, pero Shiryu era completamente sincero, y sonrió a modo de respuesta.
— Cuenten también conmigo —afirmó la indiferente voz de Hyoga.— Esto todavía no acaba, y no quiero quedarme sin que esa armadura regrese a donde debe estar.
“Perdóname, mamá”, pensó, lamentando por primera vez haber dejado la Cruz del Norte sobre la tumba de Ikki. “Te prometo que apenas recuperemos el Tresor, volveré contigo y permaneceré en casa para siempre.”
— Yo... también me quedaré.
Todos miraron a Shun. Aunque con un poco de duda, se había unido a la promesa; alzando la vista, confesó:
— A Ikki le habría agradado que lo hiciera.
— Al fin y al cabo somos un grupo —dijo Seiya, recuperando un poco su tono sarcástico.— ¿No nos llamaste los Caballeros del Zodiaco?
Saori sonrió débilmente. Por fin, sentía que la barrera que existía entre los cuatro y ella podría superarse.
Esto es, hasta que la puerta se abrió con violencia y Tatsumi entró, gritando con furia:
— ¿Cómo que se llevaron cuatro piezas de la armadura y sólo regresan con una?
Los cuatro, en respuesta, cerraron los ojos y trataron de ignorarlo. Saori supo que, con interrupciones semejantes, podrían pasar meses antes de que la aceptaran como parte del grupo.
El grupo se había formado. El grupo acababa de separarse. Para siempre.
Como un milagro, la lluvia se había detenido. Ya no caía sino una débil llovizna sobre el Averno, pero para Saori la sensación de frío permanecía con ella. Lo haría por el resto del tiempo.
Los aros de hielo que la habían atrapado acababan de disolverse. Ya no tenían quien los sostuviera.
Temblando, se acercó hacia las cuatro figuras que yacían entre ella y Lord Hades. No se percató de que los dos espíritus que habían atestiguado la última escena se habían marchado, aunque todavía alcanzaba a escuchar sus risas. Tampoco notó que la mística Nike resplandecía como el sol. No quiso fijarse en que su tío no la miraba a los ojos y que no había envainado su espada.
Ni que la hoja estaba llena de sangre.
Sólo atinó a arrodillarse junto a los cuerpos de los cuatro jóvenes. Al hacerlo, su blanca túnica de pliegues se manchó con lodo, sangre y lluvia, y todo se unía a la tierra. No le importó en lo absoluto; su mente daba vueltas y demasiada tristeza inundaba su corazón. Ya fluían lágrimas de sus obscuros ojos.
Por un instante, no supo qué hacer, ni siquiera rezar para que todo fuera una pesadilla. Porque sabía que no lo era. con manos temblorosas, tocó el rostro del que estaba más cerca de ella.
— ¿Shiryu? —preguntó con voz dulce y entrecortada.— Por favor... Despierta... Te lo ruego...
Sólo le respondió el sonido de una gota de sangre que resbalaba de su pecho y caía sobre un charco.
— ¡Seiya, no!
Hades blandió su espada. A pesar de los gritos de sus amigos, Seiya se acercó tan rápido como pudo.
— ¿Cómo te atreves, ingrato? —rugió el dios, un relámpago trazando su silueta.
Antes de que alguien pudiera hacer algo, Hades dio tres pasos para enfrentarse a aquel rebelde. Seiya alcanzó a ver la afilada hoja de la espada y encendió su cosmo.
— ¡Muérete! —gritó Hades, dejando caer el golpe mientras otro relámpago borraba momentáneamente la escena.
Sintió sangre caliente salpicándole el rostro. Percibió en el pomo de su espada que había clavado la hoja en un cuerpo.
Pero cuando la intensa luz se redujo, vio a quién había matado.
No había sido a Pegaso.
— No... —murmuró Seiya, estremeciéndose.— No, por favor, no...
La espada de Hades estaba clavada en el cuerpo de Shiryu. Su mejor amigo había aprovechado el resplandor para interponerse entre él y el dios.
Hades, sin pensar, retiró la hoja. El cuerpo de Shiryu cayó hacia atrás, ya sin vida y con el pecho completamente cubierto de sangre. Seiya apenas pudo reaccionar para sujetarlo e impedir que cayera al suelo.
Una lágrima cayó sobre la frente del joven Dragón. Saori cerró los ojos, esperando que todo fuera un mal sueño. Pero no lo era.
Con un estremecimiento semejante, miró al que yacía junto a Shiryu. Su rubio cabello, en algunas zonas, estaba teñido de rojo, y a través de sus entreabiertos ojos la diosa alcanzó a ver un par de reflejos azules.
— ¿Hyoga? —insistió, con voz aún más débil.— No puedes dejar sola a Flare....
Pero Cygnus no respondió, ni siquiera ante el nombre de la mujer que amaba.
— ¡Shiryu!
Hyoga jamás había escuchado su voz tan quebrada como en ese instante. Habían estado dispuestos a morir, pensó en una ráfaga, ¡pero no así!
Hades le estaba dando la espalda y, sin pensar, se arrojó contra él, concentrando todo el frío de su aura en sus manos.
— ¡Maldito, siempre maldito! —gritó, abalanzándose.
Pero no existía quien pudiera tocar a un dios cuando su cosmo estaba activado. Hyoga sintió como si lo golpearan y tuvo que dar dos pasos hacia atrás.
Y al segundo siguiente, sintió que sangre escapaba de su cuello.
No había visto el momento en que Hades había dado la vuelta y tirado una estocada contra su cuello.
Y tampoco cuando, con la velocidad del rayo, clavaba su espada en su abdomen.
Lo último que comprendió fue que jamás volvería a ver a Flare.
Saori cerró los ojos de Hyoga no sólo con sus helados dedos, sino también con sus cristalinas lágrimas. Se obligó a sí misma a seguir adelante y mirar al tercero y lo llamó, aunque sabía que ya no obtendría respuesta.
— ¿Shun? —murmuró.— Ya no pelearás, te lo juro. Pero háblame... por favor...
No pudo soportar el ver su suave gesto, tan parecido a una sonrisa. Tuvo que apartar la mirada.
— ¡Seiya, vete!
Eso fue lo único en lo que podía concentrarse. En que Seiya se fuera con Atenea.
Trató de restarle importancia al hecho de que le estaban destrozando las palmas de las manos.
¿En qué momento se le ocurrió sujetar la hoja de la espada? Quizá fue la desesperación. Hades, en una reacción visceral, giró la hoja con más fuerza y Shun no pudo contener un grito.
La exclamación se ahogó en su garganta. El dolor ahora procedía de su pecho. De reojo, alcanzó a ver que la hoja de una espada estaba clavada justo en su corazón.
Pero también alcanzó a ver algo más allá, cerca de las murallas, y cuando cayó al suelo, su último suspiro se escapó a través de una sonrisa.
¿Por qué sonreía?. pensó Saori. ¿Acaso ni la muerte podría quitarle la luz de su alma?
Cerca de él, había más sangre derramada, pero no era suya, y la diosa se negó a comprobar a quién había pertenecido. Pero aunque su corazón lo rechazaba, se obligó a mirar hacia dónde guiaba.
El pequeño arroyo fluía de la última figura, la que necesariamente le sería más dolorosa.
Conteniendo un estremecimiento, Saori apretó al cuarto contra su pecho.
— No me dejes... te amo...
Había sido demasiado rápido para que pudiera hacer algo. Así son los combates a la velocidad de la luz.
Pero sólo supo algo y era que no permanecería en silencio.
Dejó caer el cuerpo de Shiryu y, encendiendo su cosmo, atacó a Hades.
El dios le lanzó una, dos estocadas.
Él esquivó una, dos estocadas.
Pero no la tercera.
El dolor que ya sentía en el estómago aumentó. Jamás lo habría creído posible. Hades lo miraba a los ojos, su expresión no la de un juez estricto, sino la de un dios que quiere venganza.
Y sin embargo, Seiya no cayó de inmediato. Antes bien, le devolvió la mirada al dios y sonrió, como si el triunfo fuera suyo.
— Nos ha matado —sentenció.— Pero no somos los primeros en morir por Atenea.
Y sujetando la hoja, añadió:
— Sólo seremos los últimos.
Y sin que Hades hiciera nada, Seiya mismo acabó de clavarse la hoja en la herida, hasta que sintió que era atravesado por la misma espada que había matado a sus amigos. El dios se estremeció al observarlo, sorpresa y admiración en su rostro.
El Caballero cayó al lado de los demás, formando un grupo unido en la vida y también en la muerte.
Avergonzado, el dios había dado la espalda al cuadro. No había vuelto la mirada atrás, hasta que escuchó los sollozos de Atenea.
— No es justo... —murmuraba, sus lágrimas cayendo sobre el rostro de Seiya.— ¡No es justo!
Tratando de conservar la frialdad que su último gesto le había robado, Hades le arrojó cuatro objetos que sujetaba en la mano izquierda. Como uno solo, cayeron al lado de Saori, en un charco. Ella, al mirarlos, identificó los cuatro dijes de sus amigos, con sus cadenas cortadas.
— Siempre cumplo mis promesas, Atenea —sentenció con una voz monótona.— La iba a cumplir. Ellos fueron los que no me creyeron.
Saori lo miró, sus obscuros ojos relampagueando.
— Los mataste, tío. ¡Los mataste sin la menos compasión!
— No fui sólo yo. Fuimos los dos.
La diosa lo miró con asombro, lágrimas empapando su rostro cual lo había hecho la lluvia.
— ¡Tú y tu estúpida rebeldía! —exclamó Hades, como si se lamentara.— ¡Si hubieras aceptado tu destino, los cuatro seguirían vivos!
— No, Hades, no fue ella. Fue tu blasfemia.
Hades y Saori miraron hacia atrás,de donde había procedido la voz, y ella entendió por qué Shun había sonreído antes de morir.
Ikki de Fénix estaba a su lado. Había contemplado la veloz escena, demasiado rápida para que terminara de teletransportarse e interviniera. Vio cómo morían su hermano y sus amigos y lo único que había podido hacer fue observar.
— ¿Tú? —preguntó Hades.— Deberías estar muerto. Nox de Hypnos me lo confirmó.
— Nox de Hypnos está muerto —respondió Ikki con frialdad.— El Fénix me trajo de vuelta para cumplir la misión por la cual murieron mi hermano y mis amigos.
Saori lo miró como quien observa a un ángel. Recordó las últimas palabras que habían intercambiado antes de que Ikki se quitara la vida. Su arriesgado plan había funcionado, pero no podía encontrar en su corazón alegría suficiente para celebrarlo.
— Ikki... —murmuró, aferrándose a aquel nombre como Seiya lo había hecho a su luz.
Ikki la miró con ternura.
— Perdóname —murmuró la joven.
— No tengo nada que perdonarte —sentenció con firmeza.— Yo soy quien debería disculparse, pero no servirá en absoluto.
Cuando Ikki volvió a ver hacia los cuerpos de los cuatro, un débil rayo de luz golpeó en su rostro. Saori notó una lágrima resbalando por su rostro, incluso aunque había tratado de mantener su exterior frío y su voz calmada.
— Sus almas han muerto. Nada las hará regresar.
En eso, escucharon más pasos que se acercaban corriendo y que se deternían al descubrir que una de esas figuras era Ikki. Shaina, Jabu y Kiki se quedaron congelados en su sitio al hacerlo, pero la alegría de sus expresiones pronto cambió en sorpresa e impotencia.
— ¡Seiya! —exclamó Shaina, sus aceitunados ojos llenándose de lágrimas.
Jabu, protectoramente, la obligó a apartar la mirada y a ocultarla sobre su propio hombro, pero eso no significó que no sintiera el mismo dolor. Los cuatro a los que siempre quiso alcanzar yacían muertos. Habían realizado el máximo sacrificio.
— ¿Por qué ahora? —preguntó, rabia en su voz.— ¿Por qué justo ahora?
Le pareció que Shaina, en su tristeza, murmuraba que ella podía haberlo evitado. De reojo, vio que dos gruesos lagrimones nublaban los ojos de Kiki, sus dedos entrelazados en su desesperación.
— ¿Por qué lo hizo? —exclamó, apretando los puños y olvidando que le hablaba a un dios.— ¡Ni siquiera portaban sus armaduras!
Aunque seguían flotando, los cuatro trajes habían dejado de brillar, como si parte de ellos hubiera muerto también. Hades, en respuesta a las palabras del Unicornio, sentenció:
— Hice una promesa. Atenea podrá salir del Averno y ustedes la acompañarán sin que yo los detenga.
Los ojos de Saori brillaron. Ikki se le aproximó, su rostro apenas conteniendo sus emociones, y se atrevió a colocar su mano derecha sobre su hombro para consolarla.
— Por la sangre que estos cuatro Caballeros derramaron, las vidas que ofrendaron y las almas que perdieron, juro que no los atacaré. —concluyó Hades.— Ahora, váyanse.
Dio la vuelta, lo que le quedaba de conciencia obligándolo a marcharse cuanto antes y a dejar de contemplar su pecado.
— Quédate ahí, Hades.
La voz, firme y vibrante, lo detuvo en su lugar. Alguien se había atrevido a darle una orden en su propio reino.
Al voltear, vio la digna figura de Ikki, furia en los ojos y los puños apretados, listo para atacar.
— No te marcharás tan fácilmente. Destruiste las vidas de nuestros amigos y de mi hermano, y no me limitaré a lamentar su pérdida.
Suplicando que no fuera a cometer la locura que temía, Saori observó a Ikki, e igual hicieron Shaina, Jabu y Kiki. Ikki seguía llorando, pero ya no era de tristeza. Las lágrimas que surcaban su rostro eran de rabia.
— ¡La verdadera batalla está a punto de comenzar, Hades! ¡Y juro, por el Dios Omnipotente y por todo lo que considero sagrado, que vas a arrepentirte de tu crimen!
Hilda sabía, por experiencia, que el corazón puede doler aunque esté perfectamente sano. La angustia y la impotencia que traen la pérdida de un ser querido —y más aún, el saber que no se pudo hacer nada por evitarlo— ahogan más al alma que cualquier padecimiento físico.
Casi dos años atrás, un sufrimiento semejante se alojó en su pecho, cuando al hacer penitencia por sus pecados, observó con los ojos del recuerdo cómo murieron sus Guerreros Divinos, uno a uno, sin que ella hubiera derramado una lágrima por ellos. Vio cómo sacrificaban sus jóvenes vidas por ella, porque creían que hacían lo correcto y perecían generosamente en el nombre de Hilda de Polaris y de la mítica tierra de Asgaard. Y ella lloró como nunca lo había hecho, el corazón doliéndole como si le hubieran enterrado una cuchilla hasta el mango. Por cada uno de ellos, pero en especial por aquel con quien pudo haber pasado el resto de su vida de sólo haber despertado a tiempo.
Hay cosas que uno desearía que jamás le ocurrieran a los seres queridos. Menos aún, a alguien tan cercano como lo es una hermana menor. Y en ese momento, Hilda veía cómo su querida Flare, la persona a la que más amaba en el mundo, se encontraba en aquel dolor que no le habría deseado a nadie. Ver cómo el hombre que puede llegar a ser todo para ti, o que incluso ya lo es, muere mientras cumple con su deber y sin que tú lo ayudes, a excepción de tus oraciones.
Porque Hilda, que como era avatar era en extremo sensible, sabía que Hyoga de Cygnus había muerto, y con él los otros tres caballeros a los que llegó a admirar. Frente a ella, Flare había ocultado su rostro en sus manos, con las que sujetaba la Cruz del Norte. June y Sunrei se habían abrazado, consolándose mutuamente, y Marine no veía a nadie y miraba en dirección hacia las Doce Casas, que ya lucían bastante lejos. Los Guerreros Divinos y los Caballeros de Bronce permanecían en silencio, y la misma avatar sintió cómo se llenaban sus ojos de lágrimas. Sorrento continuaba tocando su Réquiem.
— Tenemos que seguir adelante —murmuró Hilda, tratando de recuperar la fortaleza propia de una Valkyria.— Nuestra labor no ha concluido.
Sujetó a Flare por los hombros, esperando con ello obligarla a que la mirara de frente.
— Vámonos, hermanita. Dijiste que me ayudarías a encontrar la grieta que necesitamos y no percibo ninguna por aquí. Tenemos que continuar.
De momento, la princesa no respondió más que con un sollozo.
— Flare...
— Hilda, Hyoga está muerto.
La valkyria no respondió de inmediato.
— Y Seiya, Shun y Shiryu murieron con él... —añadió en voz baja.
— No, hermanita, —mintió Hilda, inconscientemente apartando la mirada.— Sólo es un mal presentimiento. No hay modo de...
— ¡Pero lo sé, Hilda, lo sé! —insistió Flare, cerrando los ojos.— ¡Tú también lo sabes, todos nosotros lo sabemos! ¡Los cuatro están muertos y no habrá modo de que recuperen sus almas, porque éstas ya no existen!
El silencio provocó que sus desesperadas palabras se escucharan en prácticamente todo el Santuario. Después de ellas, no se oyeron más que sollozos por parte de las jóvenes y maldiciones en voz baja por parte de los guerreros y caballeros. Sorrento tuvo que interrumpir su Réquiem, sus manos temblando aunque continuaba sin llorar.
Polaris comprendió que de ella dependía que la situación permaneciera así o que siguiera adelante. Con voz firme, pero dulce a la vez, afirmó:
— Quizá lo sepas, Flare, pero sólo hay una manera de comprobarlo. Hay que abrir el Portal.
— Pero, ¿ya qué? Están..
— ¡Atenea sigue viva! —exclamó, aludiendo a su hermana pero dirigiéndose a todos.— ¡Por más que los Cuatro hayan muerto, nuestra misión no habrá concluido hasta que ella regrese y muera en Terra!
Soltó a su hermana, irguiéndose y mirando a todos sus compañeros. La luz de la Luna brillaba en su armadura y en su tiara, justo como a Saori la protegía el Sol. Una dignidad nueva y a la vez eterna emanó de su rostro y de sus azulados ojos mientras hablaba.
— Ellos sabían el precio que podían pagar, igual que nosotros. Valerosamente cumplieron con su parte hasta sacrificar lo único que tenían, y si es verdad que han muerto, seguro que no huyeron cuando su destino fue evidente. ¿Hemos de permanecer aquí, llorando a los Caballeros que admirábamos y queríamos?
Al llegar a ese punto, fijó la vista en Sigfried/Gunther.
— No hemos cumplido nuestra parte. Honremos sus vidas realizando su sueño, porque Atenea y Terra dependen de nosotros. Y entonces, sólo hasta entonces, lloraremos en su recuerdo, sin negar nuestra tristeza pero también con alegría al saber que sus muertes no fueron en vano.
Miró a todos de nuevo y añadió:
— Quien quiera acompañarme, venga de una vez.
Dio la vuelta, reiniciando el camino que, por alguna razón, percibía que podría guiarlos hacia la única grieta en el continuo que debía, por equilibrio cósmico, permanecer abierta. Sigfried fue el primero en seguirla, y los demás no tardaron casi nada en imitarla, incluyendo a Flare. Ahora que a muchos de ellos ya no los guiaba la esperanza de reencontrarse con sus seres amados, sólo les quedaba cumplir el deseo por el cual habían muerto.
Atenea iba a salir del Averno. Ya se había pagado un precio muy alto, pero si tenía que subir aún más, a Hilda no le importaba hacerlo.
Mientras caminaban, la valkyria pensó en cuán curiosa, irónica y hasta cruel puede llegar a ser la vida. Cuando Atenea fue llevada al Averno, le había encomendado a su Orden, pero muy en especial a los que fueron sus amigos más cercanos. Ahora, ese pequeño grupo se había marchado para siempre, dejándole la misma encomienda pero en sentido opuesto. No quiso meditar en que al final se quedarían solos, sin diosa ni sus seguidores.
Sintió cómo todos se detenían atrás de ella, como si se enfrentaran a algo inesperado. Al mirar a su alrededor, encontró la figura de un hombre que los aguardaba a la mitad del desolado camino.
Ése no era el problema, aún cuanto era extraño encontrar a alguien en un Santuario abandonado y prohibido.
El detalle era que vestía la túnica blanca destinada a los muertos.
Cuando amanece, la luz no emana de un solo lugar, sino que aparece en el horizonte. No destruye a la obscuridad zona por zona, sino que lo hace en general. Igual podría acontecer en el nivel más bajo del Palacio del Tártaro.
Dependería de los protagonistas.
— ¡Muérete! —gritó Laertes a Milo, a la vez que lanzaba en su contra el último Resplandor de Ánimas.— ¡Quienes dudan no merecen vivir!
Escorpio no tuvo mucho en qué pensar; estaba acorralado contra el piso y la pared, sin poder escabullirse, y su única arma estaba en su brazo. A la vez que sentía cómo le estallaba algo en el interior de su abdomen, alzó la mano derecha y gritó:
— ¡Antares!
Un relámpago rojizo iluminó la obscuridad de la mazmorra, cortando el aire a su paso y brillando aún más en medio de la falta de luz. Como el más poderoso de los Aguijones Escarlata, atravesó al Resplandor de Ánimas y lo rompió en dos, liberando las almas que Laertes había atrapado en él. No acababa de destrozarlo cuando, a manera de una espada, se clavó en el cuerpo del Guardián de Cerbero; al hacerlo, soltó el veneno espiritual de la constelación de Escorpión, paralizando todos los nervios de su enemigo.
“¿Lo hice?”, se preguntó Milo.
Pero sólo dejó caer su brazo a un lado, apoyando por completo su espalda contra el muro, la boca llena con un intenso sabor a sangre.
Alcanzó a ver que la réplica del Guardián se disolvía en la obscuridad y que ésta se volvía menos densa.
“Lo hice”, alcanzó a pensar.
Su vista se nubló. Cerró los ojos, apoyó la cabeza contra el muro y ya no supo más.
En otra área de la mazmorra, otro Resplandor de Ánimas se dirigió hacia Aldebaran, quien seguía riendo. El Santo no colocaba defensa alguna, notó el Guardián. Tenía que ser fácil acabar con él.
— ¡Síguete riendo! —exclamó con burla.
En respuesta, Aldebaran rió con todavía más fuerza.
Los ojos del Guardián resplandecieron de gozo. La postura del Gran Cuerno seguía rota. No tendría modo de defenderse.
Esto es, hasta que el Resplandor de Ánimas se deshizo en miles de fragmentos de luz, uno por cada alma que había absorbido al conjurarlo. Laertes, sorprendido, se quedó en el sitio desde donde lo había lanzado. Cuando la luz se disolvió, vio a Aldebaran con los brazos extendidos hacia arriba, sonriendo.
— La diferencia entre ustedes y la Orden del Zodiaco es que nosotros sí aprendemos de nuestros errores, por más dolorosos y humillantes que sean —afirmó con una sonrisa.
La réplica no supo qué contestar. De las manos del Santo parecía que empezaban a brotar relámpagos.
— De acuerdo, —prosiguió Aldebaran con su acostumbrado tono presuntuoso— una espada que abandona su postura ofensiva y defensiva a la vez es un arma muerta. Pero ése no es el único truco de esgrima que sé.
Reunió toda la fuerza que brillaba en sus manos en dos golpes de energía que duplicaban la fuerza del Gran Cuerno, y lanzó ambos hacia Laertes. Añadió, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
— ¡Estampida!
La réplica no pudo huir; los recibió en el pecho y fue arrojado hacia atrás, su armadura hecha trizas. Pero no alcanzó a golpear contra el muro; antes de alcanzarlo, su cuerpo ya se había disuelto en la nada.
Conforme la obscuridad se hacía menos densa, Aldebaran miró a su alrededor, sin encontrar a sus compañeros. Esos se sacaba el Guardián por recordarle cómo le ganaron un Caballero de Bronce y la Sombra de un Guerrero Divino, pensó satisfecho.
Pero de inmediato, la leve sensación de triunfo desapareció.
Faltaban cuatro cosmos en el Averno. No en la mazmorra, sino en el exterior. No le fue difícil deducir a quiénes le habían pertenecido. Involuntariamente, negó con la cabeza.
— ¡Moo! —gritó, esperando que lo pudieran escuchar.— ¡Milo! ¡Aioria! ¡Shaka!
No obtuvo respuesta. Deseaba salir de ese sitio y dirigirse al Erebo, aun cuando ya fuera demasiado tarde. Pero la obscuridad que dominaba esa zona le impidió hallar el camino.
— Así que tú también quieres combatirme y morir, Ikki de Fénix —afirmó Hades sin emoción en la voz.
Aunque la lluvia había cesado, el obscuro firmamento del Tártaro no se había aclarado ni un poco. La tormenta eléctrica permanecía, iluminando los rostros del dios, la diosa, los sobrevivientes y los muertos. Por ello, aunque Ikki no había encendido su cosmo, parecía que un aura brillante lo rodeaba; por un momento, Saori, Shaina y Jabu lucieron el mismo tono. Kiki, esperanzado, notó que ese cosmo aparente rodeaba los cuerpos de los cuatro, pero cuando se disolvió el relámpago, igual desapareció la luz.
Hades miró a Ikki a los ojos. Lo recordaba a la perfección. Imaginó que el Fénix lo había revivido y por eso ahora estaba de nuevo ante él.
Pero ya no mostraba humillación ni la tristeza de antes, cuando Nox lo llevó ante su presencia. Sólo había orgullo e indignación.
— ¿Por qué insistes en buscar la muerte? —preguntó el dios, sin apartar la mirada.— Los tuyos yacen muertos a tus pies. No entiendo por qué quieres compartir su destino. Todos ustedes saben qué ocurrió con sus almas, ¿me equivoco?
Shaina, Jabu y Kiki voltearon a verlo a los ojos, pues la pregunta de un dios obliga a actuar así. Saori lo miró, aunque no soltaba el cuerpo de Seiya. Al observar la triste expresión de todos, el Señor de los Muertos pensó que ya no habría caso en lastimar más a su sobrina y sus Caballeros, pero aún así dijo:
— El alma se separa del cuerpo, como debe ocurrir a todos los mortales. El trauma en sí es doloroso, pero no insuperable si encuentras la Luz y al Ángel Custodio que te llevará a ella. Pero si mueres en el Averno, todo cambia. Ves el túnel, pero cuando quieres alcanzarla no puedes moverte, y ésta se aleja de ti por más que llores y supliques. Hasta que quedas solo.
Jabu sintió cómo Shaina se estremecía. Lo único que atinó a hacer fue abrazarla con más fuerza. Las cristalinas lágrimas de la joven caían sobre su armadura, pero no se había dado cuenta de que las suyas caían sobre su cabello.
— Cuando la obscuridad te rodea, deseas volverte loco y volver a morir con tal de reencontrar la luz —continuó el dios.— Aunque ya no tienes cuerpo, sientes cómo cada una de tus células vibra, amenazando con separarse de las demás, hasta que esa sensación llega a tu cerebro y destruye tus recuerdos uno a uno. Al final, ya no te quedará ni tu nombre, ni la conciencia de quién fuiste. Estás muerto nuevamente.
Saori, llorando, ocultó su rostro en el cabello de Seiya.
— Ni cuenta te das cuando el final ha llegado y tu alma se deshace.
— ¡Basta! —gritó Ikki, su tono imperativo a pesar de su voz ahogada.— ¡Disfrutas torturando a los que son más débiles que tú! ¿Cómo pudieron elegirte para no reencarnar?
Hades volvió a blandir su espada.
— ¿Y cómo puedes hablar de dignidad, viendo quiénes son los últimos tres Caballeros de Atenea? ¡Uno asesinó a su Maestro y quiso matar a su hermano!
Ikki apretó los puños, obligándose a dejar de llorar.
— ¡El otro es un inútil que no se atreve a elevar su cosmo al máximo!
Jabu frunció el ceño, sus ojos relampagueantes.
— Y la última...
Hades se interrumpió. Shaina, separándose de Jabu, lo miraba con sus ojos tristes, y sin querer se presentaba en su verdadera naturaleza. Esa mujer era una Moira: tenía el cosmo de aquellas que cambian destinos.
Si hasta las Moiras se encontraban en oposición a sus decisiones, no podría sino significar que siempre había estado en el error. Sólo que, a diferencia de cuando o comprendió por vez primera, ahora había cuatro cadáveres de por medio.
La expresión de Shaina, tan semejante a la de Atenea (¡y tan parecidas ambas a la de Perséfone cuando acababa de llegar al Averno!) lo obligaron a murmurar:
— Largo. Será la última vez que lo diga. Llévense a Atenea a Terra y que muera como lo desea. No me culpen ni me reclamen cuando se queden solos, llorándole. Lárguense en este momento, antes de que me arrepienta.
Cerró los ojos, indicándoles el camino a seguir aunque no alcanzaba a verse un Portal de Espacio.
Por un segundo, ninguno supo qué hacer ni decir. El sentido común les dictaba a todos, en especial a Saori, que debían marcharse antes de que hubiera más muertes.
Pero algo estaría mal, pensó Jabu.
Por suerte, pronto supo qué era.
— Para un dios es muy fácil, ¿verdad?
La voz de Ikki estaba llena de amargura. Hades lo vio con desdén, pero eso no impidió que notara la dignidad que emanaba de él, orgullo e ira contenidos en su alma. Sus ojos jamás habían lucido tan profundos ni su cicatriz tan rojiza como cuando añadió:
— Pocas veces me he atrevido a pensar como lo haría un dios. Soy un simple humano, y cualquier dios está por encima de mí. Pero hoy me alegro de no ser un dios, aunque esté condenado a morir y hasta a perder mi alma. ¡No tienes idea de cuánto me alegra!
Hades sujetó su espada con mayor fuerza, temblando del coraje, aunque no volvió a alzarla.
— Si fuera un dios y siguiera tu ejemplo, despreciaría la vida y el sufrimiento porque jamás me alcanzarían —continuó, lleno de dignidad.— Sería eterno, pero olvidaría todos los sentimientos que poseen los humanos. ¿Y sabes? ¡No vale la pena!
Contra su voluntad, los ojos de Ikki volvieron a llenarse de lágrimas. Alzó su puño derecho, que se estremecía en su rabia.
— ¿De qué me serviría ver la vida de los demás si no pudiera amar a alguno? ¿Qué de bueno habría en conservar mi alma, si me daría igual destrozar a quienes no tengan mi suerte? ¡Podría torturarlos, matarlos, destruir sus espíritus sin importar si lo merecían o no! ¡Sería un dios!
Saori bajó la vista de nuevo. Ella era una diosa. Y aunque no actuara como su tío, era igual (o más) indigna.
— Hablas como si supieras a qué te refieres, Fénix —afirmó Hades, mirando con curiosidad a apenas el segundo ser humano con el cual conversara de la naturaleza divina.
En una esquina de su memoria, Orfeo sonreía.
— Fui inmortal, Hades —respondió.— Pero nunca dejé de ser humano. No recuerdo lo que es el amor de una familia, no he conocido sino la soledad y, ¡más que eso!, conocí el odio y la muerte.
Se acercó un poco más hacia el dios, pero no se alejó de los cuatro cuerpos. Saori lo vio con ojos llorosos; aunque había perdido la percepción de cosmo, logró sentir cómo vibraba su aura de fuego, incluso apagada.
— No lo sabía, o quizá no te importó —afirmó, señalando a sus amigos.— Cada uno abandonó lo que más deseaba con tal de cumplir el deber que les fue asignado. Te dio igual que tuvieran una vida por delante, un deseo por cumplir o un ser querido con quién regresar. Los mataste de igual manera.
La hoja de la espada de Hades empezó a brillar con luz negra, y al hacerlo, resaltaron las enormes manchas de sangre que la cubrían casi desde el mango.
— Ellos merecían morir —sentenció Hades, tratando de mantenerse tranquilo.
— En eso tienes razón —respondió Ikki.
Jabu, Shaina y Saori lo miraron con sorpresa.
— Todos los Caballeros merecemos morir en nombre de Atenea. No debería existir un honor más grande. Pero no les permitiste entregar sus almas dignamente.
Miró hacia donde, brillando, flotaban las Cuatro Armaduras. A diferencia de las Guerras anteriores, estaban intactas. Pero, ¿de qué había servido?
— Les quitaste sus armaduras. Los humillaste y mataste con una espada aunque estaban desarmados. No sé qué tortura les hayas aplicado, pero sí sé que ése es el estilo del Averno.
Y concluyó, mirando al dios con expresión furiosa y tranquila a la vez:
— Atenea dijo que no era justo, y tenía razón. No es justo que seas un dios. No lo mereces.
Un relámpago acompañó sus últimas palabras, pero no provenía del cielo. El Señor del Averno lo había conjurado.
— Hablas demasiado, Ikki de Fénix —sentenció Hades con voz tan grave que hizo que el Caballero se pusiera en guardia.— Demasiado.
Kiki, asustado, se escondió atrás de Jabu. Los otros no podían apartar la vista del dios, cuya negra armadura empezaba a brillar.
— Si tanto hablas de dignidad y honor, conocerás lo que es enfrentar con ambas a la muerte. Dejarás de llorar a los tuyos y te les unirás en el Vacío.
Hades alzó la mirada. Sus ojos negros relampagueaban. Aunque su cosmo no había sido encendido, todos percibían su ira.
— No te quitaré tu armadura, maldito, ni te torturaré ni te humillaré. Simplemente voy a matarte.
Ikki se colocó en guardia, encendiendo su cosmo dorado.
— No me apartaré, Hades.
— ¡Yo tampoco! —exclamó Jabu, acercándose.— ¡Toda mi vida quise alcanzar la dignidad que ellos representaban!
Hades frunció el ceño.
— ¡Pelearé al lado de Ikki! ¡Ya no me importa morir si es en nombre de Atenea!
— Seremos tres los que combatiremos.
La voz de Shaina sonó clara y firme, incluso en su tristeza. Había alcanzado a Fénix y Unicornio y encendido su aura.
— Combatí contra ellos e incluso llegué a odiarlos —dijo, sin intentar justificar su culpa.— Por el respeto, ya no por el aprecio que compartimos, no me importará morir a su lado.
— No serán sólo ustedes.
De entre todas las voces posibles, ésa fue la única que no esperaban escuchar. Ikki, asombrado, miró por encima de su hombro.
— Atenea...
Jabu y Shaina vieron con sorpresa la figura que se acercó, pasó entre los tres y se situó al frente al grupo. Su vestido estaba sucio, manchado con barro y sangre. Estaba empapada en lluvia y en lágrimas, y en su mano derecha sujetaba cuatro cadenas cortadas con sus respectivos dijes. Era la imagen de la dulzura y de la eternidad, de la fortaleza en la fragilidad, de la combinación de la humana y la diosa.
Saori miró a su incrédulo tío a los ojos y sentenció:
— Por años, los Caballeros lucharon por Atenea aunque ella era una diosa guerrera. Ellos dieron su vida por mí, y otros más también están dispuestos a sacrificarse.
Fue el turno de que sus obscuros ojos fueran los que relampaguearan.
— Al igual que en la mitología, la diosa Atenea combatirá junto a los suyos. Y morirá con ellos si es necesario.
Una intensa corriente de aire agitó el cabello de Aioria. Sin embargo, por segundos dudó si se trataba del cabello de su cuerpo o del de su alma. Se sentía mucho más ligero que nunca, incluyendo aquellas ocasiones en que había perdido mucha sangre y sentía como si su cabeza se encontrara en otro lugar.
Siempre había pensado que, el día que muriera, abrazaría esa sensación sin dudar porque al fin podría reunirse con su hermano. Sin embargo, sabía que no debía morir ese día, o al menos todavía no. ¡Tampoco a manos del Guardián, sino de Hades y sólo por proteger a Atenea!, se dijo, aunque no supo si los pensamientos provenían de su cuerpo o de su alma.
Por reflejo, había cerrado los ojos; al obligarse a abrirlos, se asustó al descubrir que veía doble. Una de sus perspectivas era clara y definida, y provenía del cuerpo; la otra era difusa y luminosa, como si estuviera soñando, y era la de su alma.
No necesitó que le dijeran que ambos se estaban separando.
— ¿Contra cuál de tus compañeros prefieres que te use? —se burló Laertes, sonriendo y aumentando la velocidad de la corriente.— Bueno, ¿para qué te pregunto, si no vas a sentir nada?
Aioria descubrió que ya no podía respirar. De momento, sintió como si se estuviera ahogando, pero al siguiente, descubrió que ya no necesitaba hacerlo.
— Todavía te defiendes, Santo —escuchó.— ¿No entiendes que sería menos complicado para ti si solamente te dejaras llevar? Lamento advertirte que no sé si tu alma morirá o seguirá viva. Nunca he intentado matar así a alguien que esté dentro del Averno. Que sea lo mejor para todos, ¿no te parece?
“¡No debo dejar que me venza!”, Aioria alcanzó a pensar. “Sé que mi destino es morir por mi diosa, ¡pero por favor no permitas que sea de este modo, te lo ruego!”
Trató de encender su cosmo, pero apenas logró que generara un débil resplandor. No supo si no podía convocarlo en su totalidad por las heridas que había recibido o por el efecto del Resplandor de Ánimas. Entonces, intentó concentrar la poca energía que le quedaba en sus brazos para romper los grilletes que lo sujetaban al muro, pero no lo logró.
No veía solamente sus manos, sino que las acompañaban sombras que no se debían a la luz. No, no era sombras... era su alma desprendiéndose poco a poco.
— Es triste que los dos hermanos tengan que morir de la misma manera.
“¡No, no puede ser así!”, exclamó el Santo, pero no salió voz de su garganta. Como cuando se habla en medio de un sueño, sabía que había dicho algo, pero sólo lo escuchó en su pensamiento. ¿O era que sus oídos no alcanzaban a percibir el sonido?
Ante sí, en medio de la obscuridad, comenzó a ver un túnel lleno de luz, y sintió como si alguien lo llamara desde aquella tranquila y cálida atmósfera. Y poco a poco, también comenzó a sentir que esa paz lo inundaba.
Atenea entendería si seguía su camino hacia el interior del túnel, supo. Ella quería que todos vivieran felices y tranquilos. Marine también, y algún día volvería a verla. Aioros...
Al pensar en su hermano, volteó a verlo. Al fantasma del Santo de Sagitario no le afectaba en lo absoluto el Resplandor, su impulso vital habiendo sido robado mucho tiempo atrás. Pero en lugar de alegrarse porque estaría con su hermano menor para siempre en cuestión de segundos, su rostro mostraba ira y tristeza a la vez. Aioria no comprendió a qué podría deberse. ¿No alcanzaba a percibir la paz que lo envolvía?
“¿Qué te ocurre?”, quiso preguntarle, pero su voz ya no pertenecía a su cuerpo.
— Te dije que venía a disculparme, hermano —sentenció Aioros, aunque no había modo de saber si lo había escuchado o no.
Aioria recordó cuando su hermano lo entrenaba a la orilla del mar. El sol brillaba sobre ambos, las olas los acompañaban y el trabajo, aunque muy pesado, lo hacía sentirse feliz. A pesar de sus deberes como uno de los Santos más cercanos al Patriarca, Aioros apartaba varias horas a diario para acompañarlo, y ese lapso era casi sagrado para ambos. Hacia el final del día, el más joven a veces caía rendido por el cansancio, y el mayor lo llevaba en brazos cuando ya no tenía energía ni para caminar.
Aioros, vamos hacia el mar de nuevo, estuvo a punto de decirle. Pero también supo que su vida estaba pasando frente a sus ojos sin misericordia alguna.
— Perdóname porque no pude decirte lo que en realidad ocurrió aquella noche —continuó Aioros, su mirada triste.— Te juro que quería ir por ti y sacarte del Santuario junto con Atenea y el tresor, y estuve a punto de hacerlo. Pero me arrepentí no por mí, sino por ti.
El sonido del mar estaba cada vez más cerca. Sus aguas, bajo la luz del Sol, parecían tibias y agradables al contacto. Aioros, vamos...
— Habrían creído que tú también eras un traidor, hermano. Habrías muerto conmigo, y esa tortura habría sido infinitamente más grande que las heridas que me causó Saga, el castigo que me impuso Shura o aquella lucha contra Cerbero.
¿Quién era Cerbero? Ante Aioria, sólo estaban el túnel y el mar. Y ya quería hundir sus pies en la arena y regresar a la época donde la mayor preocupación era encontrar el cosmo que sabía que latía en su interior.
— No tienes idea qué orgulloso me sentí cuando ganaste el Tresor de Leo —siguió el Santo de Sagitario.— Incluso aunque parte de tu poder provenía del odio que sentías hacia mí.
De repente, el mar ya no pareció tan cálido. Ahora que lo decía, era cierto. Había odiado a su hermano el traidor, y gran parte de su lucha la dedicó a limpiar el honor de su familia.
El mar también era recuerdo de los años que tuvo que entrenar solo, apartado de los otros aprendices y detestando el recuerdo del único hermano que había tenido.
— Perdóname por dejarte solo.
Aioros trató de salvar su vida. Pudo haberlo logrado.
— Perdóname por no poder aclararte las cosas.
Pudo haberlo logrado.
— Perdóname por haberte dejado crecer en el odio.
Un Guardián evitó que lo hiciera.
— Perdóname porque no puedo ayudarte si te niegas a luchar.
¡Aquel Guardián estaba tratando de hacerle lo mismo!
Y algo destruyó la paz que estaba sintiendo. Furia. Y la furia se convirtió en energía, y un cosmo brillante como el Sol que había querido alcanzar lo rodeó, uniendo nuevamente su cuerpo a su alma, cual lo estuvieron desde el día de su nacimiento y lo estarían hasta el día de su muerte. Los grilletes que lo sujetaban empezaron a quebrarse, fragmentos de metal cayendo al suelo.
Laertes dio un paso hacia atrás. Aunque su ataque no era infalible, ninguna alma se le había resistido antes.
A excepción de Aioros...
Extendió los brazos y gritó:
— ¡Resplandor de Ánimas!
Una corriente de aire todavía más fuerte envolvió al Santo, tratando de separar cuerpo y alma de una vez. Pero la corriente se interrumpió sólo un instante, lo suficiente para que Aioria rompiera sus ataduras y exclamara:
— ¡Relámpago de Voltaje!
La luz que emanó de su puño golpeó al Guardián en el pecho, destrozando su armadura. Al no contar con una protección, la réplica se disolvió en una obscuridad que se volvió menos densa. Lo último que Laertes alcanzó a ver fue qué había interrumpido la corriente del Resplandor de Ánimas.
El tresor de Leo estaba colocado entre Santo y Guardián. Y Aioros de Sagitario sonreía, como si hubiera sido él quien lo había convocado.
Aioria observó cómo esa réplica de Laertes se desvanecía y, aliviado, estuvo a punto de caer de rodillas. Sin embargo, la dorada figura del león atacando se desensambló en fragmentos que cubrieron su cuerpo para protegerlo. La calidez que emanaba de la armadura empezó a sanar lo que Milo ya había iniciado.
— ¿Fui digno de que me ayudaras? —murmuró. Esa vez, la voz sí brotó de su garganta.
Miró a Aioros. El espíritu de su hermano mayor sonreía, lleno de orgullo.
— Uno no puede hacerlo todo —bromeó, volviéndose más transparente.— Ahora, protege a Atenea, que algo muy desagradable acaba de ocurrir. ¡Busca a los demás y dense prisa!
Aioria comprendió que su hermano estaba marchándose de vuelta al Eliseo. Aunque su corazón se negó a aceptarlo, su mente le dijo que era lo correcto. Aún así, exclamó:
— ¡Espera!
— ¿Qué pasa?
— ¡Perdóname por haberte odiado!
Aioros sonrió, y ese gesto iluminó su rostro.
— Calla. ¿Quién recuerda ya eso?
Y al decir esas palabras, el fantasma desapareció. Aioria sintió que sus ojos se nublaban, pero supo que era tanto de tristeza como de alegría, justo como ocurrió esa tarde en el jardín del hospital. Un “cuídate mucho” permaneció en el aire, como la última petición de Aioros de Sagitario hacia su hermano menor.
En eso, recordó sus palabras. ¿Algo desagradable acababa de pasar? ¿Atenea?
Dios santo, Seiya y...
¡No podía percibir sus cosmos!
Vio un resplandor dorado al otro lado de la mazmorra. Sin dudar, se dirigió a él entre una neblina obscura que, aún así, era mucho menos densa que antes.
De nuevo se vieron frente a frente, la joven de largo cabello amielado y el hombre tan viejo como el Mito cuya apariencia no rebasaba los cuarenta años, sin decir nada. De nuevo los ojos fueron tan obscuros que ocultaban las pupilas, y de nuevo sólo el brillo que la luz reflejaba en ellos permitió saber que estaban vivos y que no eran fragmentos de acerina. De nuevo, en su silencio se percibió como si el aire se electrificara y se llenara de relámpagos, el llamado del Mito y de una época perdida, cosmo dorado frente a cosmo ausente. Sólo que esta vez la expresión de Saori-Atenea permaneció grave, y Hades tampoco se esforzó ni en suavizarla ni en sonreír.
Cerca del Señor del Averno, Nike relucía como el oro. Se había convertido en el símbolo del triunfo final de éste sobre la joven diosa y cuantos la protegían, pero ni así Atenea apartó la mirada de su poderoso tío.
Alguna vez, rechazó a los cuatro que acababan de morir por ella. Le confesó al espíritu de su abuelo que no los soportaba y que creía que no existía modo de que su lucha pudiera salir adelante. Pero eso quedó en el pasado, junto con aquel tiempo en que pensó que no era más que un ser humano común y corriente. Y también había quedado atrás la época en que peleó batallas más espirituales que físicas, que quedó detrás y no al lado de sus amados Caballeros. Los relámpagos daban una luz mística a su rostro, al grado que parecía más estatua que mujer, una criatura milenaria atrapada en el cuerpo de una joven. Una diosa que no debería llorar, pero cuyos ojos estaban irritados y su rostro sucio por las lágrimas.
— No comprendes lo que estás diciendo, Atenea —sentenció Hades, obligándose a hablar aunque su voz era en extremo grave.— En tu vida humana lo único que conociste fue el sentimentalismo y lo único que aprendiste fue la estupidez.
— ¡No le hable así a la señorita! —gritó Jabu.
Hades lo ignoró.
— Te traje aquí para evitar que murieras...
— Mientes —afirmó Atenea, digna a pesar de su aspecto.— No quieras culparme ni echarme absolutamente nada en cara, como has hecho todo el día. Tu único interés era traerme al Averno para controlar mis encarnaciones futuras y algún día unir a Terra con tu reino.
Hades bajó la vista.
— ¿En realidad creíste que fue sólo por eso y que nunca me importaste?
Atenea no respondió. El dios apretó el mango de la espada y volvió a verla de frente.
— Créelo si quieres. Si pensaste que era el villano de la historia y aún así te rendiste, admiro tu generosidad —afirmó con marcada ironía.— En el planeta al que tanto amas, por el que has luchado y que proteges, ni siquiera saben que estás viva. Tú los salvaste a todos, pero si se enteraran de que la diosa Atenea reencarnó en esta época, te encerrarían en un manicomio y a los tuyos los acusarían de ser una secta. ¡No seas ingenua! Les mostraste el poder de la Orden del Zodiaco hace años, y ya lo olvidaron.
Y añadió con más furia en su voz:
— Ya no existe quien ame a ese planeta. Sus plantas y animales han muerto, sus aguas se envenenaron y ya no es posible respirar su aire. El hombre lo ha reducido a menos de una mala imitación de sí mismo. ¿Y qué me dices de la gente? El triunfador no es quien eleve el espíritu, sino el que tenga más dinero. La gente buena es vista como idiota, los hombres de paz como ilusos y los religiosos como fanáticos dignos de encerrarse en un museo. El honor y los valores se han convertido en estigmas, y la muerte se considera algo horrible porque se le ha alejado de su verdadero sentido. Poca gente ve más allá de lo material y descubrir que el inicio del Segundo Diluvio no se debió a la contaminación, sino a la justa ira de Dios.
— Colocas a Poseidón y a ti mismo al nivel del Omnipotente —corrigió Atenea.— ¿Perdiste de vista que no eres sino uno de sus Emisarios?
A la mención del Único, cuyo nombre no era mencionado ni por sus enviados, los ojos de Hades titubearon. Pero sólo fue un segundo.
— Él no intervendrá. Permitirá que cada quien en Terra haga lo que quiera, hasta maldecirlo, e igual será con nosotros.
En contraste, Saori sonrió débilmente.
— Qué ciego estás, tío —respondió casi con compasión.— Dices que Él no interviene, y sin embargo, ¿no me envió para que, junto con un grupo de humanos, por pequeño que fuera, lográramos darle una segunda oportunidad al planeta?
Hades no respondió de inmediato. Mientras Saori hablaba, una débil luz comenzó a iluminar su rostro.
— El Omnipotente nunca deja de actuar. Siempre lo hace, aunque sea por medio de sus emisarios y sin importar que sean hombres de fe o dioses reencarnados. Tal es la naturaleza de los Ciclos. Él permitió que intentaran matarme cuando niña, pero que alguien me salvara y me llevara a Japón. Él quiso, por vez primera, que Atenea tuviera amigos y no sólo protectores.
Y al llegar a esas palabras, pareció que la luz brillaba en todo su cuerpo.
— Sabía que Ares, Poseidón y tú intentarían acabar conmigo y purificar a Terra, así que se aseguró de que no estaría sola. Un soldado cumple su misión porque es su deber, pero un amigo lo hará por amor. Y viendo eso, una diosa defenderá al amor que todavía exista en el planeta, por poco que sea.
— ¿Y el Libre Albedrío? —repuso Hades.— Tus palabras parecerían demostrar que yo tampoco elegí mi destino, ni traerte aquí ni matar a los tuyos, sino que Él ya lo había contemplado. ¿Quieres decir que sólo somos peones?
— Un peón que tuvo la opción de dejarnos ir sin pelear. De no haberlos matado.
Y señalándolo, la diosa acusó:
— No culpes a Dios. Tú eres el único que, a pesar de las oportunidades que has tenido, nos ha traído aquí. Asume tu responsabilidad en todo esto.
Un trueno resonó en el Averno y el rayo cayó justo atrás de Hades. Su rostro había cambiado por completo. La apariencia de cientos de años se combinó con la furia destructiva de los jóvenes; su obscura capa se arremolinó en torno a su opaca armadura y un cosmo negro vibró a su alrededor. Ante este último, el débil resplandor de la luz de Atenea se volvió aún más tenue.
— Eres insolente e imprudente —sentenció Hades.— Con tu poder absorbido por el Averno, no te quedará nada con qué pelear, excepto tu vida de humana.
— Y nosotros.
Hades miró cómo Ikki, Shaina y Jabu volvían a acercarse para rodear a Atenea. Kiki, aunque también quería ayudar, permaneció atrás a un gesto de Unicornio.
— Los tres que debimos acompañarla desde el inicio, pero que no lo hicimos porque el odio, la venganza y el orgullo nos detuvieron, pelearemos en esta última batalla —sentenció Ikki, sin piedad aludiendo a las fallas de los tres que quedaban.— ¡Vamos, qué esperas!
En las manos de Hades empezó a vibrar un resplandor de obscuridad y lo desvió hacia su espada.
— ¡Vaya, Santos y pecadores quieren morir el mismo día! —exclamó con sarcasmo.— El Libre Albedrío sí que es incomprensible. Pero tú elegiste, Atenea.
Y dicho esto, lanzó el relámpago a gran velocidad hacia Saori, quien no había logrado encender su cosmo en su totalidad.
Tres figuras se interpusieron. La primera recibió el ataque con una sencilla defensa de brazos, y si bien la obscuridad lo arrojó hacia atrás provocándole una herida en el pecho, se negó a dejarse caer. La segunda lo evadió con su característica agilidad y a su vez trató de ahogarlo con su propio ken, como una serpiente ataca a su presa, pero un instante después, recibió una herida en el rostro. La tercera recurrió a su recién descubierto cosmo y, aunque ya no tenía caso, no dudó en enviar un golpe de luz hacia la obscuridad. La luz se apagó de inmediato, golpeando al emisor en el pecho y justo en el centro de su armadura.
La obscuridad rozó la ropa de Atenea y entonces se detuvo y desapareció. La diosa miró hacia Hades, y supo que éste la había detenido. Jamás había tenido verdaderamente la intención de herirla.
El dios pasó entre los tres que acababan de caer aunque no estuvieran muertos. Ikki, había conseguido sostenerse sobre una de sus rodillas e intentaba levantarse aún cuando el dolor en su pecho era fuerte; al llevarse la mano a él, descubrió que Hades había cortado la cadena del dije de Fénix-Nike y que sólo por un milagro lo había conservado consigo.
Shaina se llevó una mano al rostro y sintió que fluía sangre entre sus dedos. El ataque había partido en dos toda su armadura, iniciando con su diadema y terminando con la protección de pecho y hombros. Pero si no contaba la estocada que tenía en la frente, estaba bien. ¿Acaso el dios no había querido matarla, sino sólo quitarle sus armas para que dejara de pelear?
Jabu había caído cerca de ella. Tenía una herida de cierta consideración en el pecho, pero eso no le pareció tan grave de momento. En cambio, el golpe había destrozado casi por completo la armadura de Unicornio, fragmentos metálicos y de polvo de estrellas a su alrededor.
— ¡Y ahora que ya no hay quien la restaure! —exclamó con sarcasmo.
Su frase llegó a oídos de Saori y sus ojos relampaguearon. Aún así, no tuvo tiempo de hacer ni decir nada. Hades estaba frente a ella, la espada en alto.
— ¿Cuándo hemos visto que los pecadores sean buenos protectores de las diosa? —preguntó el Señor del Averno.— No te preocupes, sólo quiero que te disculpes y quizá seré misericordioso con todos. A excepción, por desgracia, de los primeros.
“Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun”, pensó Saori como en una revelación.
— No te mataré, jamás lo haría, y quiero que lo recuerdes —murmuró Hades.— Pero quizá una pequeña humillación te obligue a aceptar que eres diosa y no humana
Y, blandiendo la espada, atacó a la joven.
— ¡Atenea! —gritó Ikki, el único capaz de ponerse de pie y prácticamente volar hacia ella. Sin embargo, no llegó a tiempo: una intensa luz explotó justo donde el metal y la piel debían encontrarse, congelando la sangre del Caballero en sus venas.
Pero no tanto como lo que vio.
La espada se había detenido a escasos milímetros del corazón de la diosa, pero no por voluntad ni del agresor ni de la víctima. Por más que Hades luchaba con ambas manos por recuperar su espada, una poderosa fuerza detenía la hoja, como si intentara evitar que pudiera hacerle daño, intencionalmente o no.
¿Atenea?
No, ella estaba igual de sorprendida que él.
— ¿Qué? — murmuró.
La hoja de la espada brillaba frenéticamente, pero no se debía al metal forjado desde la Era del Mito. Era por las manchas de sangre que la cubrían, la sangre de los Cuatro Caballeros que acababan de morir no tanto por su diosa como por su amiga. Esa sangre realizaba su última protección hacia Atenea.
Saori también miró la hoja, sus ojos mostrando una extraña combinación entre dulzura, tristeza y determinación.
— Gracias, Hades —afirmó con sinceridad.— Aquellos a quienes amo me han protegido y acabas de demostrarme qué debo hacer.
— ¿De qué hablas? —preguntó, tratando de retirar la espada sin conseguirlo.
Saori sonrió, alzando la muñeca izquierda. Ikki comprendió y palideció.
— A que todavía me queda una misión por cumplir.
Sin dudar, acercó la mano a la hoja de la espada de Hades y, de un solo tajo, se cortó la muñeca. Gotas de sangre cayeron de inmediato al suelo.
Cuando abrió los ojos, creyó encontrarse bajo el más azul de los cielos. Se decía que ése estaba en Grecia, al igual que el mar más azul, y él había nacido en ese país. El firmamento que le pareció ver tenía un tono muy particular, marco perfecto para el más dorado de los soles, del cual alcanzaba a ver los rayos. Se sintió tranquilo y alegre, y no deseó más que tumbarse para siempre en la arena, aunque fuera de piedritas, y no pensar más que en el cielo y en el mar.
Pero cuando su vista se volvió más nítida, descubrió que no estaba en Grecia, ni bajo su brillante cielo ni cerca de su hermoso mar. El tono azul pertenecía a los ojos de uno de sus compañeros.
— Shaka... —murmuró con voz ronca.
El Santo de Virgo asintió.
— No te muevas —ordenó gentilmente.— Aún no acabo de curarte.
Apenas acabó de decir esas palabras, Milo sintió como si lo estuvieran cosiendo por dentro. Las curaciones cósmicas no son nada sencillas, aunque no alcance a verse sangre.
— Aguanta un poco más, muchacho —escuchó, e identificó la grave y festiva voz de Aldebaran.— La herida era bastante grave.
— Apenas llegamos a tiempo —completó Shaka.
Milo, cada vez con mayor claridad, notó cómo el Santo más cercano a la Divinidad encendía su dorado cosmo y lo concentraba en las partes de su cuerpo que habían sido heridas por el Resplandor de Ánimas. Apretó los dientes en respuesta al dolor provocado por la sutura y cicatrización de sus órganos internos, apenas conteniendo una queja, y se odió al percibir que tenía lágrimas en los ojos.
— Si no duele, es que no está vivo —sentenció Aldebaran como en broma.
Milo lo miró con rencor.
— ¿Ah, sí? —dijo, su voz bastante menos grave que antes.— ¡La próxima vez que alguien tenga que arriesgarse y buscar llavecitas y enfrentar carceleros y cosas así, te tocará a ti! ¡Casi me matan!
— ¿No que te interesa la muerte? —insistió Tauro, casi sin contener la carcajada ante la actitud del más joven de los Santos.
Milo frunció el ceño e hizo el ademán de levantarse; sólo la oportuna mano del Santo de Virgo lo detuvo en su sitio.
— Sí, pero no quería conocerla de cerca —gruñó.
Shaka sonrió con un gesto muy poco común en él.
— Ignoraba que los escorpiones fueran supersticiosos.
— Pues ya lo son.
En eso, escucharon pasos que se acercaban corriendo, la neblina aclarándose al tiempo en que Shaka terminaba la curación.
— ¿Están todos bien? —preguntó el recién llegado.
Aldebaran torció la boca en burla.
— Se supone que el que no estaba bien eras tú.
— ¿Y Aioros? —preguntó Shaka.
Aioria tardó un momento en contestar. Los eventos estaban resultando demasiado confusos. Rato atrás, todos habían estado en peligro. Ahora, una leve tranquilidad comenzaba a rodearlos, o tal vez era solamente la calma que precedía a la peor de las tormentas.
— Mi hermano volvió al Campo Eliseo. Pero me dijo algo que no...
La voz se ahogó en su garganta. Por más peligro en que se hubieran encontrado, se negaba a aceptar que había ocurrido algo peor y que no habían logrado evitarlo. Shaka se levantó y volteó a verlo.
— Lo sabemos —murmuró con pesar aunque, por costumbre, sus ojos permanecieron inexpresivos.— Sólo esperamos a Moo para alcanzar a Atenea.
— ¿Esperarlo? ¿Quieres decir que todavía no aparece?
Milo empezó a levantarse. Aldebaran le extendió la mano para que se apoyara, pero la rechazó para obligarse a sí mismo a mantenerse en pie. Aioria, ansioso, miró hacia la poca neblina que quedaba, y sintió que la calma de Aldebaran y de Shaka comenzaba a irritarlo. ¿Que no estaban preocupados por Moo?
Lo único en lo que podía pensar era en que los Cuatro habían muerto y jamás había visto pelear al Santo de Aries. Moo era demasiado gentil y Laertes había demostrado ser muy cruel. ¿Se encontraría bien?
En eso, se aproximó una nueva figura, apenas visible en la niebla que seguía disolviéndose.
— Vámonos —afirmó con voz apagada.— Atenea nos necesita.
Mientras hablaba, la neblina acabó de disolverse por completo, y Aioria pudo ver a Moo frente a frente. Hasta entonces se sintió más tranquilo. El Santo venía con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, su expresión de tristeza absoluta.
— Moo... —empezó Aioria, pero se calló de inmediato.
El Santo parecía estar perfectamente bien; les dio la espalda y comenzó a guiarlos hacia afuera de la mazmorra.
Shaka fue el primero en seguirlo, aunque conservó los ojos abiertos. Después se les unieron los demás. Con una mirada, Aioria le agradeció a Milo su ayuda; el Escorpión comprendió y guiñó un ojo en respuesta.
Conforme se dirigían al exterior, pasaron junto a una réplica de Laertes que había permanecido después de sus batallas. Ciego, sordo, mudo e insensible, el Guardián había quedado de pie, envuelto en El Tesoro del Cielo hasta que lograra liberarse de las ilusiones de aquel plano irreal y así regresar a su propia dimensión. Aioria, habiéndose enfrentado algún día al Santo de Virgo, sintió una oleada de compasión.
Pero no tanta como la que sintió cuando, cerca de la puerta, vio pedazos de una armadura negra en el piso. Era casi polvo de estrellas. No había rastros de esa réplica por ningún lado, aunque sí de su protección.
— ¿Qué le pasó? —preguntó Milo en voz baja, igualmente intrigado.— No percibo rastro de su cosmo.
— Yo tampoco —murmuró el león.
Aldebaran se les aproximó, deteniéndolos por los hombros para detenerlos sin que Moo los escuchara. Quizá Shaka se percató, pero prudentemente no hizo comentario alguno.
— ¿Alguna vez —preguntó en voz baja— oyeron hablar sobre Moo el Restaurador?
Los dos Santos más jóvenes asintieron.
— Fue el nombre que Moo adoptó al marcharse a Jammyel —murmuró Milo.— Cuando reparaba trajes en la Tumba de la Armadura.
— ¿Y saben en qué consiste la reparación de una armadura?
De momento ninguno respondió. Ellos se dedicaban a la curación de seres humanos. Pero por lógica, Aioria afirmó:
— Es unir las moléculas que la forman y se han dispersado y separar aquello que no sirve. Es como sanar a una persona; unes y separas células con tu cosmo.
Aldebaran miró hacia el frente.
— Acabas de responder a tu pregunta.
De dos pasos, Tauro alcanzó a los dos Santos que se habían adelantado. Milo y Aioria se observaron en silencio, comprendiendo por qué Moo jamás usaba su ken. Ninguno pudo decir palabra alguna.
— ¡Saludos, Lady Hilda de Polaris, Avatar de Odin!
La exclamación de la figura no estaba fuera de lugar, a pesar de la situación. Era obvio que sabía quién era la joven que luchaba por mantener el portal abierto, y muy posiblemente que también sabía quiénes la acompañaban. Lo que hizo que la Valkyria se detuviera, los demás con ella, fue lo que conocía sobre los rituales del Santuario.
A los muertos no se les enterraba con su armadura siempre que era posible. En lugar de eso, se les ceñían largas túnicas blancas sin adornos para contribuir a la purificación de sus almas. Era muy raro que un ser vivo utilizara una, a menos de que su alta posición en el Santuario lo ameritara. Por eso, y sabiendo que nadie más se encontraba en las ruinas, Hilda adivinó que quien la había saludado era un muerto.
Quizá en otra situación, se habría desconcertado, pero no cuando la Puerta entre los Reinos de la Vida y de la Muerte había estado abierta por tanto tiempo. Y menos cuando, a su lado, estaba el hombre a quien había amado pero que también había muerto.
— ¡Saludos! —se obligó a responder con naturalidad, ante la sorpresa de muchos de su grupo.— ¿Quién eres y qué te trae de vuelta al Reino de los Vivos?
Los Caballeros de Bronce nunca se habían enfrentado a tales prodigios y apenas lograron mantenerse en silencio. Igual ocurrió con los Guerreros Divinos, aunque como percibían las vibraciones de sus antecesores con ellos, no se desconcertaron tanto. Sorrento permaneció tranquilo (quizá por ser el más acostumbrado a presenciar milagros) y Sigfried pareció reconocerlo. El fantasma era de piel clara, con ojos obscuros y cabello negro rebelde, y aunque hablaba en griego, lo hacía con un fuerte acento.
— ¿Eres acaso un Santo Dorado? —preguntó el fantasma de Alpha.
La figura lo miró con un poco de asombro al notar que había poseído un cuerpo para manifestarse. Respondió con educación:
— Tuve el honor de serlo, aunque el tiempo demostró que siempre fui indigno de ello.
Marine volteó a verlo y lo reconoció, pero permaneció callada. En su interior, sin embargo, se acumularon varias preguntas sobre almas en pena y Santos que no se daban el lujo de descansar.
— ¿Y qué haces aquí? —preguntó Hilda, más por formalidad que por curiosidad.— Terra no es el sitio adecuado para las almas, aunque esta batalla podría demostrar lo contrario.
— En el lugar del que provengo, se ha sabido que Milady pretende volver a abrir el Portal de Espacio que Lord Hades cerró, de modo que Milady Atenea pueda escapar del Averno —respondió el fantasma con educación y con un habla indiscutiblemente arcaica.— He venido a mostrarle el sitio donde la posibilidad para abrirlo es mayor, pero también a hacerle una advertencia.
Hilda asintió, decidida. Los demás se miraron entre sí, esperando que dicha advertencia no fuera que intentaban un imposible.
El fantasma continuó:
— Nunca un mortal, por más dones que posea, ha intentado abrir un Portal entre Terra y el Averno. Ése era un privilegio exclusivo de los dioses. Sin embargo, existe una manera para crear un poder semejante, aunque no igual. Es por medio de la unión de las diferentes Vibraciones Místicas que existen.
— ¿Vibraciones Místicas? —murmuró Heimdall, tratando de comprender.
Un codazo simultáneo de Balder y Hildebrand hizo que guardara silencio.
— ¿Te refieres a aquello que distingue a las regiones sagradas del mundo? —preguntó la Valkyria y sin querer sintió que la desesperanza la inundaba.— Será entonces imposible. Hay un gran número de Tierras Místicas en el mundo, y no hay modo de poder reunir a un representante de cada una a tiempo.
Por su mente pasaron muchos nombres. Jerusalem, Tíbet, Aztlan, Stonehenge...
El Santo notó su descontrol y se apresuró en aclarar:
— Existen cuatro Vibraciones Místicas que, reunidas, son más fuertes que los mismos representantes de las Tierras. Se sabe que las Tierras Místicas dependen no sólo de los Espíritus Divinos que hayan pasado por ahí, sino también de fuerzas naturales básicas.
— ¿A qué te refieres? —preguntó Hilda, frunciendo el ceño.
— En cada una, ha predominado un elemento. Stonehenge no tiene las mismas vibraciones de Aztlan, por ejemplo, y no tiene nada que ver con la gente que vivió ahí.
Hilda meditó algunos segundos y dijo, más para sí que para el fantasma.
— Stonehenge estaba en una región de tierra sólida, pero Aztlan se construyó sobre una laguna. Lo que en el fondo las separa es que una es dominada por la tierra y la otra por el agua. ¿Es eso?
— Y en Jerusalem se presentó el Fuego Divino en todo su esplendor, mientras que en Tíbet, al intentar alcanzar el cielo, lo que domina es el aire —añadió el Santo.— ¿Comprende ahora, Milady?
Y la Avatar comprendió, porque sus ojos relampaguearon.
— Las Cuatro Vibraciones Místicas son los cuatro elementos, o regiones en los cuales domine un elemento diferente —concluyó.— Aire, agua, fuego y tierra.
El Santo sonrió, mirándola a los ojos, y apuntó:
— Milady ya ha reunido tres.
Como en un relámpago, Hilda asintió.
— Yo soy el Espíritu Místico de Asgaard, región del Viento. Y conmigo vienen los Guerreros Divinos.
Contra su voluntad, Heimdall murmuró un “¡sí!”.
— Otra es el Eliseo, la región del Fuego Purificador —dijo Sigfried con aquella voz que era en parte la de Gunther.— También está cubierta por mis amigos y por mí.
No recordaron que los acompañaba una tercera región hasta que escucharon su voz.
— La siguiente región es el Mediterráneo, Centro Espiritual del Agua de Mar —sentenció Sorrento con voz tranquila aunque suave.— Aunque sólo sea un Shogun de Marina, el único que está sobre mí es mi dios. Espero que baste.
A pesar del momento, se cuidó de no pronunciar el nombre de Poseidón. No fue tanto por superstición como por tacto. Hilda lo comprendió y sonrió débilmente en su dirección.
— La única que falta es la Tierra misma, representada por el Santuario —concluyó el espectro.— Y aquí está el principal inconveniente al que se enfrentará, Milady. Solamente podrá ayudarle uno de los Enviados más cercanos a Atenea.
Una leve sensación de desilusión rodeó al grupo. ¡Pero si todos ellos estaban en el Averno! Los que habían permanecido en Terra no eran, de ningún modo, los más cercanos a la diosa, y Marine y los demás lo sabían. ¿Cómo podrían ayudarlos?
Sólo Hilda conservó la calma y con voz firme, dijo:
— Pues tendrán que apoyarnos desde el interior. Cuando vean que no nos hemos dado por vencidos, ellos tampoco lo harán.
“Si es que siguen vivos”, fue la frase que nadie se atrevió a pronunciar.
— Saben que pueden perder la vida —advirtió el fantasma.
— Aunque todos muramos, —sentenció Bud de inmediato— les debemos el intento. Los Cuatro confiaron en nosotros. Es justo que cumplamos el sueño por el cual perdieron sus vidas.
Hilda asintió.
— En tal caso, sólo nos falta encontrar el lugar del que hablaste.
El rostro del fantasma se obscureció y dijo:
— Ya lo han encontrado.
Ante sus palabras, Hilda prestó más atención al sitio en donde se habían detenido. Siguiendo nada en particular, excepto su propia intuición, habían llegado a una de las laderas del Santuario, en medio de cañadas de relativa profundidad. A lo lejos, todavía alcanzaban a ver las ruinas y las Doce Casas.
— ¿Éste es? —preguntó al fantasma.
— Hace más de veinte años, dos eventos cambiaron la naturaleza del Ciclo —respondió con voz triste.— Uno se presentó en Cabo Sunión...
Los ojos de Sorrento relampaguearon. ¿Se refería acaso al despertar de la mitad obscura de Saga de Géminis y al resurgimiento casi simultáneo del cosmo de Poseidón?
— Y el otro ocurrió aquí —dijo el fantasma en voz aún más baja.— En esta tierra manchada con la sangre inocente. Cuando el que en verdad fue leal a Milady Atenea dio su vida con tal de protegerla de manos del que supuestamente debía haber permanecido a su lado en todo momento.
Guardó silencio un instante y luego añadió con voz quebrada:
— Cuando traicioné a mi mejor amigo y lo maté.
Hilda notó que el rostro del fantasma mostraba mucho arrepentimiento, y que sus ojos miraban el sitio con tristeza, pero también con dolor.
— ¿A qué te refieres?
El fantasma alzó la vista y sonrió débilmente. Hizo una reverencia y murmuró:
— Mucha suerte, Milady.
Y dicho esto, se desvaneció.
La Valkyria trató de interpretar sus últimas palabras, sin conseguirlo, hasta que escuchó la voz de Marine.
— Shura...
— ¿Perdona?
Marine miró a Hilda a los ojos y dijo:
— Era el fantasma de Shura de Capricornio. Eso significa que aquí fue... donde hirió de muerte a Aioros de Sagitario la noche en que intentaron matar a la infanta Atenea.
¿Cuántos prodigios se estaban llevando a cabo aquella noche?, se preguntó Balder, mirando con renovado respeto a su alrededor. Maravillado, trató de imaginar el conjunto de eventos como parte de un plan cuidadosamente trazado desde siglos atrás, quizá desde el principio mismo del tiempo. ¿Y él, por qué merecía participar en él? Quizá su padre tendría alguna respuesta.
Sigfried tomó a Balmung, alzándola y sujetándola de la hoja con la palma de su mano. La sangre que brotó de tal contacto no fue solamente la física de Gunther, sino la de su propia alma.
— Es claro lo que tenemos que hacer —sentenció.— Llegó el momento.
En respuesta, Hilda sujetó a Balmung del mismo modo, sus ojos frente a aquellos del hombre que había amado. Si muero, comprendió Sigfried que pensaba, al menos podré reunirme contigo. El fantasma sonrió con ternura.
La tercera y última mano en sujetar la hoja titubeó, no por el hecho de que fuera a arriesgar su vida, sino por quién era él. Sorrento había tomado a Balmung a distancia de donde Sigfried e Hilda habían colocado sus respectivas manos, y desvió la mirada apenas lo hizo.
Sin embargo, sintió que alguien reunía a las tres en la parte superior de la hoja. Al mirar, notó que la Valkyria lo había tocado, uniéndolas. Para su sorpresa, Sigfried parecía sonreírle.
Sin decir nada, se concentraron y encendieron sus cosmos, tratando de encontrar la grieta. Los demás los observaron en silencio.
— No permanezcamos sin hacer nada —ordenó Flare.— Hay que ayudarlos.
Y poniendo el ejemplo, activó su aura mientras estrechaba contra su pecho la Cruz del Norte. Los seis Guerreros Divinos, empezando por Bud, la imitaron y sintieron la curiosa simbiosis entre sus almas y las de los anteriores propietarios de sus armaduras. Marine, sin dudar, activó también su cosmo, e igual hizo June, redescubriéndolo después de tanto tiempo de retiro. Los Cuatro Caballeros de Bronce intentaron encender los suyos, aunque siempre habían dependido más de las artes marciales, y Sunrei se arrodilló, rezando con la misma intensidad que tuvo la noche que vio una estrella fugaz en dirección al dragón.
Lo único que les quedaba a todos era esperar o morir.
Lo que ocurriera primero.
Hades se estremeció al ver la sangre de Atenea cayendo al suelo del Averno, y supo que no había sido sólo él. También Fénix, Ofiuco, Unicornio y Appendix, y la tierra misma, temblaron al ver abierta la vena de la diosa, gotas de su líquido vital cayendo como si fueran lluvia y manchando la espada del Señor del Averno, uniéndose a la sangre de aquellos que murieron a manos de esa misma hoja. A pesar de que la cortada era necesariamente dolorosa, Atenea se esforzó en sonreír.
– Te has vuelto loca... –murmuró Hades, espantado.– ¡Te has vuelto completamente loca!
Ikki miró con admiración y miedo a la joven. Había comprendido qué era lo que pretendía al cortarse de ese modo.
– ¿Estás tan desesperada que prefieres el suicidio? –preguntó Hades, retirando la espada aunque ya era tarde.
– No... –murmuró Fénix, negando con la cabeza.– Eso no es lo que quiere. Al contrario, no busca la muerte sino...
Titubeó. Era demasiado, incluso para su diosa.
– La vida...
Saori se sujetó la muñeca izquierda con la otra mano, como queriendo contener la hemorragia por un momento.
– Ya lo dijo Ikki. Para ti todo es muy sencillo –sentenció la joven diosa, sus ojos relampagueantes.– Lo que deseas, lo tomas, y lo que no quieres o te estorba lo destruyes. Lo que no te conviene lo apartas, sin pensar si es una persona y podría tener sentimientos o incluso morir. Pero no piensas en los demás ni confías en ellos, o al menos no demuestras hacerlo.
Dio la vuelta, aunque se exponía a que su tío la atacara por la espalda, y caminó hacia los cuatro cadáveres. Gotas de su sangre cayeron sobre la que estaba derramada a sus pies.
– Ser inmortal te robó los sentimientos, justo como ser humana me los dio. No recuerdas lo que es el sacrificio, por lo menos el tuyo. Sólo piensas en los sacrificios de los demás.
– Los dioses no tenemos por qué sacrificarnos por nadie, sobrina –repuso Hades, aunque permaneció en su sitio.
Saori-Atenea lo miró con indulgencia.
– No sabes nada. Ya no sobre nosotros, sino sobre el Único que está por encima de todos.
Jabu se puso de pie. Cerca de él, Shaina hizo lo mismo.
– ¿Qué intenta la señorita? –murmuró a la joven, quien al igual que Fénix había entendido lo que pasaba.– ¿Por qué se ha herido a sí misma?
De momento, Shaina no pudo contestar ni Jabu insistir. Saori estaba junto a los cuatro; apretando la mano izquierda, giró el brazo y se soltó la muñeca. Su sangre cálida y brillante cayó sobre el pecho de Seiya y de ahí se extendió hacia la herida que lo había matado.
– No es posible... –murmuró Shaina.– Lo está haciendo.
– Pero, ¿qué?
Ante la pregunta de Jabu, y sin voltearlo a ver, respondió con un poco de brusquedad:
– ¿Que no sabes cómo se reparan las armaduras?
Hades se echó a reír, aunque no se debió tanto a la burla como al nerviosismo que sentía al ver a su sobrina favorita actuando así. Sus carcajadas resonaron en todo el Averno como truenos mientras, de dos estocadas, limpiaba la sangre que permanecía en la hoja de su espada.
– Eres una estúpida, Atenea –dijo, aunque no estaba muy convencido de cómo la llamaba.– ¿Crees que de ese modo vas a devolverles la vida?
Jabu contuvo el aliento. Acababa de recordar algo que Shaina había dicho durante su último entrenamiento, cuando Seiya hizo que se le enfrentara en el coliseo del Santuario hacía una eternidad (¿menos de una semana?) atrás: el único modo en que una armadura muerta y reducida a pedazos podía ser reconstruida. ¡Jamás pensó que su comentario sin sentido hubiera importado tanto tanto!
Pero Atenea ahora derramaba su sangre sobre el pecho de Shiryu, justo donde Hades dio la primera estocada. Entonces, notó que un débil resplandor rodeaba a la diosa, como si intentara encender su cosmo pero sin conseguirlo.
– Una vida humana no es igual a la vida de la armadura –prosiguió Hades, como si quisiera instruirla.– La armadura puede ser destruida y aún así revivir, ¡pero para un ser humano no hay segundas oportunidades!
Saori, sin mirarlo, respondió.
– Ya una vez lo hice. A tres de ellos les di esa segunda oportunidad que consideras imposible, y tan regresaron a la vida que ahora vuelven a estar muertos.
– ¡Sólo que entonces sus almas no habían muerto también!
Ella no mostró emoción alguna. Hades, temblando de frustración y de rabia, insistió:
– ¡Lo único que estás consiguiendo es desangrarte y morir en el Averno! ¡Quiéraslo o no, tú también eres una transgresora y perderás tu alma si no has salido de aquí a tiempo!
Por toda respuesta, Saori cambió su brazo de posición para que su sangre cayera sobre el cuello de Hyoga.
– Lo sé. Y no voy a retirarme.
A pesar de que adoraba a su sobrina, fue hasta entonces que Hades consideró la muerte de Atenea como una realidad palpable. Ahí se encontraba su sobrina favorita, la única persona a quien le concedió cuanta gracia le pidiera desde la Era del Mito, la única a quien las Moiras le permitían rehilar Cordeles Vitales, la preferida de su hermano Zeus, dispuesta a sacrificar su vida por cuatro almas muertas. ¿Qué había en los humanos para que ella, una diosa, los amara tanto? ¿O era verdad que la inmortalidad, como había dicho, le había robado los sentimientos que algún día tuvo?
De momento, se imaginó a Atenea desangrándose y cayendo al lado de los cuatro Caballeros muertos. Su hermoso cuerpo se pudriría junto a los de aquellos que habían osado rebelarse a sus designios aunque sólo eran humanos; su tierna alma se disolvería en el vacío de la Nada, siguiendo a las de aquellos que murieron primero.
Sujetó su espada con mayor fuerza, temblando.
– Quieres una muerte de humana, Atenea –sentenció, relámpagos remarcando sus palabras.– Pero olvidas que eres una diosa.
Involuntariamente, sus ojos se nublaron. “No estoy llorando”, se dijo, pero no supo si creerse o no. Cuando en la ocasión anterior la había atacado guiado por la ira, ahora lo conducía la razón.
– Me odiaré por esto... pero yo te daré la muerte de una diosa.
Saori no lo miró, aunque percibió la vibración negativa de su cosmo. Sin embargo, no sintió el menor temor; en lugar de ellos, empezó a derramar su sangre sobre la herida en el pecho de Shun. Hades encendió su negra aura y corrió hacia ella, su espada apuntando de nuevo hacia su corazón. A la velocidad de la luz, se encontró junto a su sobrina, alzando la hoja para descargarla sobre ella y haciéndolo antes de que su conciencia protestara, diciéndole que era lo justo, que moriría como una diosa, que no desperdiciaría su vida como pretendía hacerlo.
La espada volvió a mancharse con sangre.
No era de Atenea.
– ¡Fénix!
Ikki, en una reacción que rayaba en lo desesperado, se había interpuesto entre los dioses, atrapando la hoja con las palmas de sus manos. Al igual que había ocurrido antes con Shun, la rapidez del movimiento le había provocado cortadas en los dedos, pero a diferencia de su hermano, sí había logrado detenerla.
– Matarás a Atenea sobre mi cadáver –sentenció con firmeza.
Hades retiró la espada y volvió a descargar el golpe mientras murmuraba:
– Qué más da que sean cuatro o cinco...
Un rayo de luz dorada golpeó al dios en el estómago. No le provocó daño alguno, pero lo tomó lo suficiente por sorpresa como para detenerlo. Hades miró que la luz se había concentrado en una esfera que empezaba a disolverse, y, sabiendo quiénes podían ser los únicos responsables, volteó a verlos.
– Saludos, Milord.
Todos, incluyendo a Atenea, miraron al que había hablado. Moo, con su expresión más seria que de costumbre, terminaba de teletransportarse; alrededor de su mano, su cosmo continuaba encendido. A su diestra, pronto aparecieron Shaka y Aldebaran; a la izquierda, Milo y Aioria.
– ¿Nos recuerda? –preguntó este último, sonriendo con burla.
Hades se obligó a sí mismo a sonreír en respuesta.
– Es imposible olvidar a la élite de la Orden del Zodiaco –afirmó con sinceridad.– Por más que quise creer que estaban muertos, en el fondo presentí que no lo estaban. Y ahora todos están rente a mí.
Ikki aprovechó el momento para acercarse a Saori, dispuesto a protegerla a cualquier costo. Era una imagen muy poco común ver al feroz Caballero con los ojos irritados y marcas de llanto en el rostro y a la gentil diosa manchada con su propia sangre. Pero, después de todo, muchas cosas estaban ocurriendo por primera vez.
– ¿Estás bien? –le preguntó, mirándola por encima del hombro y listo para protegerla si ocurría algo.
Saori se había puesto muy pálida, pero sus ojos continuaban igual de brillantes.
– No moriré por esto –murmuró.
Ikki se quitó de la muñeca la tela que había usado como torniquete. La herida se había cerrado parcialmente, y aunque se había adherido a su piel, no dudó en retirársela y atarla alrededor de la muñeca de la joven. Como ella no la aceptó de inmediato, él mismo se la colocó sin descuidar su guardia, aunque Hades no separaba la vista de los Santos Dorados.
– Fue un sacrificio honroso, ¿pero crees que funcione? –preguntó.
Por toda respuesta, Saori trató de encender su cosmo. No provocó un resplandor mayor al de una vela, y una luz igual de débil se reflejó en la sangre que había derramado sobre los cuatro.
– Tiene que resultar. Si la sangre de cualquier Caballero es capaz de devolverle la vida a las Armaduras, debería ser proporcional con la sangre de una diosa.
Esperanzada, miró hacia el resplandor, pero éste no aumentó en absoluto. “No va a funcionar”, pensó Ikki. “No es lo mismo devolver la vida que devolver el alma.”
– No era mi intención destruir a la Orden del Zodiaco –afirmaba Hades, mirando alternadamente a cada uno de los Santos.– Si existe un grupo de hombres y mujeres al que respeto, es a cualquiera que esté dispuesto a perder la vida con tal de servir a un dios. ¿Por qué insistieron en unirse en mi contra?
Fue el turno de Moo de responder, sin perder el aire de eternidad que tanto lo caracterizaba.
– Me temo que nos ha malinterpretado, Lord. Nunca nos aliamos en su contra, sino a favor de Atenea, y por ella enfrentaríamos al mismo demonio.
– Hablas de retos como si fuera lo más sencillo y común, sin comprender que de presentarse el Mal Absoluto, acabaría primero con ustedes. Pero yo no soy el Mal Absoluto, aunque así quieran verme. En el fondo, sólo estoy cumpliendo con mi deber.
Y a pesar de las pruebas a las que se habían enfrentado ese día, nadie respondió. Sabían que estaba en lo correcto. Hades alcanzó a percibirlo y, con toda la mala intención del mundo, afirmó:
– Finalmente van a actuar como los Santos que son y no como los aprendices que por años han pretendido ser. Ustedes cinco se hicieron dignos de un Tresor, el máximo honor de la Orden, hace tiempo, pero jamás lo usaron cuando debieron hacerlo.
Moo notó cómo Shaka permanecía tranquilo, una leve molestia empezaba a inundar a Aldebaran y una mucho mayor amenazaba a Milo y a Aioria.
– En la historia de este ciclo, sólo dos de ustedes se comportaron como verdaderos Santos Dorados: uno para matar y el otro para morir, pero ambos mientras cumplían su misión –continuó Hades.– Bonitos herederos dejaron Aioros de Sagitario y Shura de Capricornio. Lástima que los que actuaron como ustedes debieron hacerlo acaban de morir.
Aldebaran se cruzó de brazos.
– ¿Vienen sólo a atestiguar su partida?
Milo se esforzó en controlar sus emociones, sin conseguirlo por completo.
– Supongo que ése es su único propósito.
Aioria apretó las manos en puños.
– Ya vieron a qué se enfrentan, así que en ustedes quedará la última decisión.
Shaka, sin cerrar los ojos, colocó sus palmas una frente a la otra.
– Pueden pelear contra mí y seguir a estos cuatro hacia la Nada si pierden. Si ganan, los dejaré marcharse. Yo mismo abriré el portal. –afirmó Hades.– O pueden elegir lo que verdaderamente les conviene tanto a su diosa como a ustedes.
Al oír esa frase, Saori volteó a ver a su tío sin apagar su débil cosmo. Hades se había convertido de nuevo en la imagen de la tentación, y su voz fue tan suave como antes mientras decía:
– No tienen oportunidad alguna contra mí. Soy el único dios que no necesita reencarnar y el único cuyo Santuario, la Tierra de los Muertos, no decae. Mi espada se ha encargado de acabar con mis enemigos desde eras mitológicas, pues fue forjada en las llamas de los volcanes por los Cíclopes cuando los dioses todavía no caían y los hombres no dominaban la Tierra. No ha habido un solo enemigo al que no pueda derrotar, y eso incluye a los Cuatro Caballeros que osaron atacarme. Ellos, debo aceptarlo, ya eran tan poderosos como ustedes...
Los ojos de Saori relampaguearon, pero Ikki estaba dándole la espalda y no alcanzó a verla.
– Seguramente acabaré con ustedes con la misma facilidad, aunque sus tresors disminuirán la rapidez de mi ataque. Lo único que conseguirán será una muerte más lenta, pero hay un modo de evitarla.
Moo frunció el ceño.
– ¿A dónde quiere llegar, Lord Hades?
– A que acepten integrarse a mi propia Orden. Me servirían a mí a la vez que a Atenea, y sus vidas no serían únicamente perdonadas, sino que se volverían eternas.
– ¡Jamás! –exclamó Aioria.
Hades lo miró con ojos brillantes.
– Hablas sin pensar aunque has sido quien en mayor peligro ha estado. No sean estúpidos: piensen lo que les he propuesto, pero no tanto por su gloria personal como por el bien de Atenea, a quien nunca han servido como debieron hacerlo.
“Maldición”, pensó Ikki al ver que los Santos no respondían ni para aceptar ni para rechazar la propuesta. “Es peor que cualquiera de los demonios de los que Hyoga hablaba. Quizá no lea tu mente pero sí tu corazón, y por eso es excesivamente peligroso”.
Otro relámpago cayó, pero más lejos de ahí. Si cada uno de los Santos dudó, nadie dio señales de demostrarlo.
– Lo que ha dicho es cierto, Lord –afirmó Moo, aunque de momento no quedó claro si lo hacía en su nombre o en el de todos.– Jamás nos hemos comportado a la altura de nuestro nivel a pesar de que la situación se prestó en innumerables ocasiones. No voy a disculparme por ello, y sé que ninguno de mis compañeros lo hará. Sin embargo...
Al decir esto, la mirada de Aries se volvió casi tan profunda como la del Señor del Averno. Kiki, que se había alejado del grupo a la indicación de Jabu, sintió que nunca había conocido en realidad a su maestro. Su rostro oscilaba entre lo humano y lo divino, entre el bien y el mal. Su tresor sólo le daba más luz, como la claridad que precede al amanecer pero que todavía está amenazada por la noche.
– Si hubiéramos sido tan indignos como lo afirma, habría ocurrido lo que comenté en nuestro primer encuentro, aunque tal vez no lo recuerde. Los tresors dorados nos habrían abandonado a la menor señal de indignidad, justo como le ocurrió a aquellos que se entregaron al mal conscientes de ello. Pero permanecen con nosotros, incluso en el Averno. Ellos, y por tanto el Omnipotente, todavía nos consideran dignos de servir a Atenea.
– El mensaje está muy claro, ¿no le parece? –preguntó Milo.– Sólo hay dos formas de quitarnos las armaduras. Una sería sirviéndolo...
– Lo cual ni en sueños pensamos hacer –completó Aldebaran.
Hades se obligó a sonreír.
– Conozco a la perfección la otra –afirmó.
Con orgullo, blandió su espada y encendió su negro cosmo. El Averno pareció unirse a él cuando lo hizo, y los cinco Santos se colocaron en guardia.
– Tengan mucho cuidado –aconsejó Shaka, a pesar de que su exterior permanecía calmado.– La fuerza de la Obscuridad está con él. A comparación suya, toda la luz que podríamos generar no pasará de la que hay en una noche de luna.
Los demás asintieron en señal de aprobación.
– Pierden su tiempo. Una leyenda afirma que nadie podría derrotarme, –sentenció Hades, conservando su sonrisa.– Ningún humano, por poderoso que sea, logrará hacerlo. Lo único que puede acabar con la obscuridad del Averno sería la Luminosidad del Cielo, integrada por innumerables estrellas.
Y blandiendo otra vez su espada, añadió con fingida compasión:
– ¡Cómo lo siento, señores! ¡Aquí jamás alcanzan a verse!
Al decir esto, se abalanzó sobre los Santos. Estos unieron sus cosmos para formar una especie de barrera al mismo tiempo que lo atacaban, alejándose de Atenea y de los suyos. Ikki presintió que estaba a punto de atestiguar la segunda parte de una masacre; miró a Saori y, con la firmeza que adquiría en sus peores momentos de angustia, preguntó:
– ¿Lo lograste?
Saori trató de aumentar su cosmo, logrando que la sangre brillara un poco más. Pero no hubo otro cambio.
– Ya debería haberlos revivido –dijo en voz baja, obvio reflejo de la desesperación en que se encontraba.– En el pasado ni siquiera necesitaron de mi sangre para regresar, pero no parece ser suficiente.
– ¿Qué le pasa a tu cosmo? Es como si nunca hubieras conocido tu nombre.
Jabu y Shaina se acercaron, relámpagos dorados atrás de ellos. Saori intentó elevar su aura por última vez. Al no conseguirlo, dejó caer la cabeza sobre su pecho.
– El Averno absorbió mi cosmo –murmuró.– Soy casi una humana común y corriente.
– Pero eres una diosa –sentenció Ikki, frunciendo el ceño.– Tu cosmo es inmensamente más poderoso que el de cualquier persona. Y es eterno. No tendrías por qué perderlo, ni siquiera en este lugar.
Saori se dejó caer de rodillas, lágrimas fluyendo de sus ojos.
– ¿Creen realmente que ustedes cinco podrán detenerme? –alcanzaron a oir a Hades, junto con el sonido de una espada vibrando y estrellándose contra la barrera.
– No hay tiempo que perder –insistió Ikki, arrodillándose frente a su diosa mientras sus compañeros los rodeaban.– Si no enciendes tu cosmo...
– ¡Es que no puedo!
– ¡Tienes que poder! ¡Demonios, no tienes opciones!
Sorprendida, Saori miró a Ikki. En su desesperación, el Caballero la había sujetado con firmeza por los hombros, pero su rostro no mostraba ni dolor ni tristeza. Era rabia combinada con decisión, y de momento no vio al muchacho que le servía sino a la encarnación misma del mitológico Fénix. Y el Fénix estaba dispuesto a todo, hasta a gritarle a la diosa a quien protegía y a la mujer a quien, sin atreverse a aceptarlo, amaba.
– ¡Esto no es por sus vidas! –exclamó Ikki con ojos relampagueantes y su cicatriz más rojiza que nunca.– ¡Ni siquiera es por los Santos, ni por nosotros tres! ¡Es por ti! ¡Deja esa actitud sumisa y conviértete en la diosa que supuestamente eres!
Jabu se sonrojó por la ira. Nunca nadie le había hablado así a Saori-Atenea, al menos delante de él, sin que interviniera. Sujetó a Fénix del brazo y exclamó:
– ¡Oye!
Ikki, con la frialdad que mostraba cuando combatía, respondió, mirándolo por encima del hombro.
– Sabes que digo la verdad, aunque tu corazón se niegue a aceptarlo.
Un rayo de luz negra pasó cerca de ellos. Hades seguía tratando de romper la barrera que los Santos habían puesto entre ellos y el dios del Averno, pero era obvio que no podrían mantenerla por mucho tiempo. Kiki, de lejos, se preguntó por qué su maestro actuaba de esa manera, impidiendo que sus compañeros atacaran. ¿No era como si estuviera esperando algo?
– Atenea, tu corazón es bueno y gentil y odias combatir, –prosiguió Ikki, sin soltarla y mirándola a los ojos aunque ella no correspondió con el mismo gesto.– La violencia es lo peor que existe y sabes que lo digo porque ha destrozado mi vida y a todos los que he amado.
– ¡Peleen! –escucharon al Señor del Averno.
Jabu bajó la vista.
– No puedo soportarlo, –murmuró.– Es demasiado para cualquiera.
Shaina compartió el mismo sentimiento de angustia, aunque no lo demostró: Hades sería mucho más compasivo matándolos a todos de una vez. Miró hacia donde Kiki se había refugiado y se alegró al no verlo cerca de ahí. !Quizá él sobreviviría.
– Pero en la Era del Mito, Atenea era una guerrera. No le gustaba pelear, pero lo hacía si no le quedaban opciones y era por una causa justa. Si tú no luchas, –insistió Ikki, su voz suavizándose un poco–, de nada habrá servido tanta muerte en tu nombre. Los Santos, nosotros... yo mismo, necesitamos una esperanza. Sólo tú puedes dárnosla.
Saori lo miró a los ojos, su gesto triste partiéndole el corazón al Fénix. Soy un desgraciado, se dijo, pero no tengo otra opción.
– Creeme, si les devuelves la vida, yo seré el primero en bendecirte. Pero si no lo haces, no te lo echaré en cara. Sólo quiero que seas la mujer decidida a quien seguí en el pasado y no la niña llorona en quien te has convertido.
Apenas escuchó el sonido de una cadena resbalando y cayendo al suelo. El dije de Fénix-Nike al fin cedía, resbalando por su armadura hasta llegar al lodo. Con voz baja, pero diferente a la de antes, Saori preguntó:
– Una vez me dijiste que cada uno debe tomar sus propias decisiones, en especial las diosas. Sólo dime, ¿permanecerás conmigo, decida lo que decida?
– Te lo juro.
– No sólo él, Atenea.
Shaina se había arrodillado también junto a ellos, su espíritu oscilando entre la fuerza y la fragilidad.
– Toma mi cosmo y úsalo para aumentar el tuyo –pidió, los ojos verdes reflejándose en los obscuros.– No me importa morir si es ayudándote a cumplir su sueño.
Ninguna de las dos necesitó aclarar a quién se refería.
– Señorita... –afirmó Jabu, deteniéndose de inmediato. Era obvio que no sabía por cuál de sus nombres llamarla, pero finalmente exclamó– ¡Le daría mi vida, mi alma, aunque no me las pidiera!
Saori sonrió débilmente. Ikki tomó el dije que había caído y se lo ofreció; cuando ella lo sujetó con la mano en donde sostenía los otros cuatro, Fénix no volvió a soltarla. Los cosmos de ambos estaban encendidos y no pasaron dos segundos antes de que otras dos auras se les unieran, las cuatro integrándose en una sola luz.
Un resplandor negro, más intenso que los anteriores, rodeó a Hades. Milo lo había atrapado con la Restricción, aunque sabía que no serviría de nada por mucho tiempo.
– ¡Tenemos que atacarlo directamente! –exclamó.– ¿Qué estamos esperando?
Aioria miró a Moo, cuestionándolo en silencio. Aldebaran también se había reunido con ellos, preguntándose si convenía desobedecer a Aries y ordenar al suelo del Averno que vibrara.
– ¡Nunca me ha gustado jugar al gato y al ratón! –opinó a su vez.– ¿Qué estamos esperando? ¿A que se harte y nos destroce?
Moo negó con la cabeza, aparentemente percibiendo un cambio al principio débil pero que aumentaba a gran velocidad. Shaka también lo notó y sus azules ojos relampaguearon. Lord Hades también logró percibirlo y detuvo cualquier ataque.
Una luz tan intensa como el sol empezó a brillar cerca de ellos. Su tono era más dorado que el oro más puro de la Tierra, y el calor que generaba sólo podía compararse con el que emana de un alma cariñosa. Era el amanecer tras la más larga de las noches.
– Lo que esperábamos, queridos impacientes, –dijo Shaka a sus sorprendidos compañeros– era un milagro.
En el centro de aquel brillante cosmo alcanzaban a notarse cuatro figuras que se ponían de pie. Tres, obvio, pertenecían a seres humanos comunes que habían logrado elevar su aura al máximo y que servían de apoyo a la cuarta. Esta última comenzó a trazar una silueta tras de sí, la de una mujer que despertaba de un largo sueño, su luz devorando a la obscuridad por primera vez en aquella guerra.
– Ya lo dije, Hades, y no me creíste –afirmó ella, su voz segura dejando de vacilar pero sin perder su dulzura.– Hoy combatiré al lado de los míos hasta la muerte si es necesario, y saldremos del Averno aunque para ello tenga que enfrentarme contigo.
En otra situación, Hades se habría burlado al escuchar a su sobrina, pero no se atrevió a hacerlo. La figura de Saori... no, de Atenea, relucía como el sol, la luz concentrándose en sus ojos sin pupilas sobre todo. Su tiara, collar y brazalete parecían hechos de fuego y la blancura de su vestido era similar a la de las estrellas. Las manchas de sangre no habían desaparecido, pero impregnaban su imagen con la majestad que la había revestido en la era mitológica. En su mano sujetaba cinco cadenas con sus respectivos dijes.
Los tres guerreros que la acompañaban mostraban igual determinación, aunque se notaba en sus rostros que el esfuerzo de entregar sus propios cosmos para activar el de su diosa amenazaba con agotarlos. Al notarlo, los cinco Santos sólo intercambiaron una mirada y encendieron los suyos para apoyarlos.
– Has perdido más de un tercio de tu sangre, sobrina –dijo Hades, un poco de preocupación notándose en su tono.– No podrás hacerme nada, sólo consumirte.
– ¿Te parece? –preguntó Atenea.
Y sonrió aún más cuando un nuevo resplandor comenzó a brotar del suelo.
– Cuando derroté a tu hermano Poseidón no había llegado al máximo de mi poder y ahora tú me obligas a alcanzarlo –continuó.– Puede ser que todos muramos, la diosa al lado de sus Santos y Caballeros, pero lo haremos con dignidad y combatiendo al egoísmo que te está dominando, convirtiéndose en mal.
Hades notó que la fuente adicional de luz era la sangre que había derramado sobre los Cuatro Caballeros muertos.
– Intenta derrotarme si quieres, muchachita insolente, que sigue existiendo un obstáculo que no lograrás superar.
Y señalando los cadáveres con su espada, sentenció:
– ¡Eres una diosa, pero no puedes devolver la vida cuando el alama se ha perdido! ¡No podrás revivir a los que más amas en el mundo y tendrás que soportar ese fracaso hasta el instante en que mueras!
– ¿Tiene razón? –preguntó Aioria en voz baja.
El rostro severo de Moo no le infundió esperanza alguna.
Hades apuntó su espada contra su sobrina, lanzándole un rayo de obscuridad. Éste se estrelló contra la barrera dorada, sus vibraciones resonando en cada tresor y armadura.
– Sigue intentándolo, Atenea –murmuró, su expresión volviéndose cínica para ocultar su momentáneo descontrol.– No me cansaré de atacarte. Y estamos en mi casa.
Y lanzó otro destello obscuro. Santos y Caballeros se concentraron aún más en su defensa, a pesar de que a cada embate del Señor del Averno notaban que su poder comenzaba a flaquear. No fue necesaria ningún tipo de comunicación entre ellos para saber que no lo soportarían mucho tiempo.
Ikki miró los cuatro cuerpos que, aunque relucían, no recuperaban la menor señal de impulso vital. Por más que deseaba con todo su corazón que su hermano y sus amigos revivieran, en aquel momento no le importaba tanto volver a estar con ellos como el que Atenea alcanzara su máximo poder. Si el Averno la había estado controlando, esa expresión luminosa era su última esperanza. Devolverles la vida no era tanto un deseo como la necesidad de un símbolo.
Sin embargo, cuando miró a la diosa, noto que su rostro palidecía, no por debilidad sino por desilusión. No podía devolverles la vida, por más que lo lo intentara.
Una nueva descarga azotó al grupo. Saori, por reflejo, cerró los ojos; al abrirlos, vio que el rayo se había estrellado justo donde Aldebaran estaba. La fortaleza del Santo les habría dado un poco más de tiempo.
“¿Vas a contentarte con esperar a que tu tío, tu propia sangre, acabe con tus guerreros?”, se preguntó Atenea, frunciendo el ceño. “Si continúa así, en pocas descargas herirá a los Santos y nadie sobrevivirá.”
– ¡Me están hartando! –gruñó Hades.
“Aquellos que en este instante me protegen representan los puntos cardinales, las virtudes y también los defectos que con fe pueden superarse. Cada uno pudo tener una vida lejana a la violencia y al sacrificio, como tantos seres humanos, pero me consagraron su existencia, algunos sin desearlo en su momento. ¿Soy acaso digna de ellos?”
Cerró los ojos, tratando de concentrarse y de encontrar una solución.
“¡No, no lo soy! Siempre dejé que los otros pelearan por mí. ¡Es justo que lo haga ahora, que me convierta en la diosa que supuestamente soy! Si no lo hago, tanta muerte será en vano. Desde Aioros hasta...”
A pesar de la siguiente descarga, no tuvo corazón para formar los cuatro nombres en su mente. Le parecía imposible que hubieran muerto. Si de niños vivían sin pensar en el futuro, ¿por qué habían cambiado tanto las cosas? ¿Cómo había podido guiarlos a su destrucción?
“Abuelo, ¿qué puedo hacer?”
En su mente, se trazó la imagen de Mitsumasa Kido como cuando era pequeña y simplemente humana: una figura sobria, estricta pero dulce, vestida a la tradicional usanza japonesa cuando estaba en su casa, con ella en el planetarium enseñándole cada constelación...
No somos únicamente Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun. Somos Pegaso, Dragón, Cygnus y Andrómeda, y todos somos Caballeros de Atenea.
Las palabras de Shun, las últimas que los habían motivado a no dejarse morir, resonaron en su mente. Abrió los ojos, el corazón palpitando con fuerza en su pecho.
“¿Cómo no pude verlo antes?”
Hades miró con extrañeza cuando Saori extendió su mano hacia las armaduras que les había quitado a los cuatro caballeros.
– ¿Las estás llamando?
Saori-Atenea no respondió. Sus amigos tenían todo para revivir, hasta sangre de diosa. Sólo que no eran humanos comunes y corrientes. Estaban unidos a las estrellas y las necesitaban como fuente de vida. Los Santos y Caballeros, sin comprender qué pretendía, orientaron sus cosmos en su dirección hasta que las luz dorada rodeó a las cuatro figuras. Estas, en respuesta, se tornaron en armaduras de oro, pero esta vez no regresaron a sus colores originales.
Sin embargo, ni el Caballo Alado, ni el Dragón, ni el Cisne ni la Mujer Encadenada acudieron al llamado de su diosa. Era como si reconocieran su poder, pero no estuvieran en posición de ayudarla.
– ¿Por qué no me obedecen? –preguntó Atenea, regañándolas porque sabía que eran seres vivos y podrían sentir vergüenza.– Les he pedido que regresen con sus dignos portadores, más insisten en permanecer inmóviles. ¿Qué les ocurre?
– ¡Ni así lograrás convencerlas! –gritó Hades.– Yo fui quien les ordenó que se retiraran, y por más que te sirvan, no obedecerán hasta que yo las libere. ¡Están vivas, pero si fueran humanas, serían sirvientes!
Los ojos de la diosa brillaron con tal intensidad que todas, de momento, recordaron que su nombre griego significaba “la de los ojos de lechuza”.
– No, no es eso –sentenció, mirando a su tío pero hablando más para sí misma.– Es sólo que esta misión es demasiado para ellas.
Y tras un instante de silencio, exclamó:
– ¡Gracias abuelo! ¡Ahora lo sé!
Hades blandió su espada, finalmente mandando cualquier consideración a volar, y concentró más de la mitad de su cosmo en su hoja. Aioria, de reojo, vio que la eterna serenidad de Moo se perdía ante tal despliegue de poder, y sintió un escalofrío. Aldebaran contuvo la respiración mientras Milo apretaba los dientes y el mismo Shaka parecía dudar. Jabu, en una reacción tal vez inútil, se colocó delante de Shaina para protegerla. Ikki fue el único que se obligó a permanecer impasible, pero su mente voló hasta Esmeralda en una cariñosa despedida.
– Han tentado al poder, estúpidos mortales.
Saori-Atenea no parpadeó, ni siquiera cuando apuntó el arma contra ellos.
– Pagarán por su osadía.
Un relámpago enmarcó el momento en que la obscuridad empezaba a abandonar la espada en un último y letal resplandor, y cegó a todos por ese lapso. Pero al desaparecer la luz, notaron que aquella aura negra permanecía en la hoja. Al apagarse el sonido, escucharon una tonada metálica.
Hades miró al grupo, asombro en su rostro, y descubrió una expresión idéntica en ellos. Todos habían escuchado esa música hace poco menos de dos años, en el Santuario, en la Novena Hora.
Eran las vibraciones de los Doce Tresors.
Una columna de luz brotó del Tártaro, destruyendo cuantos niveles de techo y piedra hubieran estado en su camino, y fue como si el sol hubiera descendido al Averno. Fuego, tierra, aire y agua se encontraban en ese resplandor, los cuatro elementos físicos obedeciendo al llamado de la diosa a la que habían sido consagrados. La lealtad de generaciones de guerreros estaba representada por siete figuras doradas que, a pesar de encontrarse en la Tierra de los Muertos, no perdían su luz.
Unos Gemelos. Un Cangrejo. Una Balanza. Un Centauro arquero. Un Aguador. Un Pez.
Santos y caballeros miraron con admiración y sorpresa los Tresors que Hades había robado, en especial cuando se acercaron a donde ellos estaban. A pesar de que Ikki jamás mostraba sus emociones, no logró contenerse y exclamó:
– ¡No puede ser!
– Las constelaciones protectoras de las cuatro ya no responden ni otorgan vida –murmuró Shaka, intentando encontrar algún sentido a lo que pasaba.
“¡Quiere cambiar sus constelaciones!”, perdió Milo, demasiado aturdido como para decirlo.
– ¡Esto es una estupidez, un desperdicio de voluntad y de energía! –tartamudeó Hades, intentando ordenar a los Tresors que se detuvieran, sin lograr que lo obedecieran.– ¡El Tesoro de Grecia será destruido en una lucha inútil! Sobrina...
Y al llegar aquí, sus palabras fueron completamente francas:
– ¡No debiste hacerlo!
– Al contrario, –sentenció Atenea, sonriendo con sus ojos llenos de luz.– Es algo que debí hacer hace mucho tiempo.
Alzó sus delicados brazos, un con el vendaje y otro con los dijes. A su indicación, la sangre derramada relampagueó y cuatro cadáveres se separaron del suelo con suavidad, flotando en el aire. De momento, pareció que los cuatro no estaban muertos, sino dormidos, y que la diosa solamente iban a despertarlos.
– ¿Qué estamos viendo? –preguntó Shaina, más para sí.
Jabu, sin saber por qué, respondió:
– Una ceremonia.
A todos los que se encontraban cerca, incluyendo a Hades, no les pasó desapercibida la presencia de cuatro elementos en la columna de luz y en los tresors vacíos que relampagueaban. Una calidez superior a la del Sol, el fuego, giraba en círculos, y era impulsado por el aire que agitaba el cabello y túnicas de los presentes. Una ligera llovizna, ya no opresiva sino esperanzadora, cayó sobre ellos, representando al agua, y ésta fue absorbida por la tierra que de momento no lució tan árida. Pero no era sólo un despliegue de fuerza natural: cada elemento cumplía un propósito, Atenea ordenándoles que hicieran lo necesario para revivir a los suyos.
El agua lavó las heridas de los cuatro, obligando a cada uno de los cuerpos a absorber la sangre que su diosa les había regalado.
La tierra recogió el líquido vital que sobraba, pero también conservó para sí los destellos obscuros que les habían provocado la muerte.
El fuego, en ráfagas veloces, cauterizó cada herida, pero dejando enormes cicatrices en todo el torso de Shiryu, el pecho de Shun, los abdómenes de Seiya y Hyoga y una casi invisible en el cuello de este último.
El aire mantuvo a todos los elementos unidos.
Entonces, Atenea miró hacia los tresors, como dándoles permiso de actuar.
Y estos permanecieron quietos, relampagueando con fuerza. Tres de ellos parecían listos para actuar, pero el cuarto que podía hacerlo ya tenía portador. Atenea miró de reojo que el Tresor de Shaka parecía palpitar.
“Cada uno de los Caballeros tiene dos constelaciones protectoras”, recordó de inmediato. “Aquella estrella bajo la cual nacieron, y que equivaldría a una armadura de bronce o de plata, y la constelación por la cual pasaba el Sol al momento de su nacimiento. ¿Eso significa que un Tresor sólo puede ser usado por alguien de su signo?”
Atenea sintió un escalofrío. Su plan no resultaría de ese modo: la profecía a la que Hades se había referido era muy clara en cuanto a qué se necesitaba para salir del Averno. Y ahora, por algo tan... simple como un signo zodiacal de nacimiento, los Tresors no podrían obedecerla.
Y, para sorpresa de todos, se echó a reír.
Tanto Hades como los suyos voltearon a verla, preguntándose si al fin la tensión había superado a la diosa de la sabiduría al grado que esta no encontraba más forma de desahogarse que la risa.
“Primero, Ares intenta atacarme a traición, poseyendo a uno de mis Santos poco después de mi nacimiento. Luego, Poseidón no me ataca directamente sino que usa a Hilda, sabiendo que no me atreveré a matarla porque es una Avatar. Y Hades alega que he tenido dos vidas para traerme viva al Averno. O sea, todos hacen trampa.”
Y al pensar eso, volvió a reír.
“Soy la única que ha seguido las reglas en esta encarnación. Pero no siempre lo hice. No lo hice en Troya. Tampoco cuando defendí a Egisto. La verdadera sabiduría no consiste en vivir de acuerdo con el libro, sino en actuar como debe hacerse en cada ocasión.”
Dejó de reír, pero siguió sonriendo.
“Así que hoy haré trampa. Muy ligera, casi inofensiva... pero vamos, es de familia”.
– ¿Soy o no una diosa? –preguntó en voz alta.
Por supuesto que no esperó respuesta: miró a los Tresors, y les dijo:
– Se me entregaron las Constelaciones como Guardianas. Siempre las he respetado, al igual que a sus designios. Pero el Omnipotente mismo un día le ordenó al Sol que se detuviera para favorecer a los suyos. Yo no se los ordeno; se los pido. Obedézcanme y sírvanme, por favor.
Y a sus palabras, los Tresors brillaron con más intensidad. Y actuaron.
El primero fue aquel que pertenecía al más impulsivo y decidido de todos los Santos, de aquel que está dispuesto a morir pero conserva con él un arma que le permita combatir hasta el final. Años antes, su portador fue asesinado, pero no sin alcanzar a encomendarle a Atenea a cuantos siguieran su legado, en especial al joven al que su Tresor y herencia cubrió después de separarse en partes. Seiya de Sagitario
El segundo en actuar representaba al Santo que, por medio de signos, enfrentaba los cambios y derramaba su inmenso poder contra ellos, aún cuanto al hacerlo destruyera parte de su propio corazón al enviarlo en ese ataque. Era el símbolo propio de las Guerreros del Aire y del Agua congelada, y entonces correspondería al último sobreviviente de ese grupo. Hyoga de Acuario.
El tercero no esperó a actuar por dudas, sino porque evaluó la situación con todos sus pros y contras. Por deber más que por tradición, debía corresponder al Santo más prudente y sabio del grupo, a aquel capaz de distinguir los momentos propicios de los incorrectos al poseer la enorme responsabilidad de ser el único Tresor con armas. De momento, la armadura se preguntó si era acertado proteger a un joven. Pero al descubrir quiénes habían sido sus maestros, se separó en partes y se unió a su nuevo portador. Shiryu de Libra.
El cuatro fue el último en separarse, y lo hizo hasta que el Tresor de Virgo entendió las palabras de su diosa y dejó de palpitar, permaneciendo con Shaka aunque él también debería haber reaccionado. Representaba al Santo dual, al que estaba en el mal y en el bien al mismo tiempo, el que iniciaba y el que terminaba. Sobre todo, a aquel cuya naturaleza estelar doble dividía su personalidad quizá no en un contraste absoluto entre positivo y negativo, pero sí en la enorme gama de contradicciones que formaban a todos los seres humanos. Shun de Géminis.
Una vez que las cuatro armaduras doradas cubrieron a sus nuevos portadores, todos aguardaron a que estos despertaran.
Lo que tampoco ocurrió.
Los Tresors protegían aún a cuatro cadáveres, ninguna luz animándolos a actuar. Sólo Atenea no mostró su desilusión, sus ojos serenos y brillantes.
Hades había atestiguado al fenómeno no sin cierto temor ante lo desconocido, preguntándose si su sobrina había realmente alcanzado el máximo de su poder. Al comprender que nada más ocurriría, se entristeció por el dolor que ello debería causarle a Atenea. Trató de no demostrarlo
– Has recurrido a la sangre, a los elementos y a la luz en tu lucha, Atenea, pero olvidaste lo más importante.
La diosa lo miró, su expresión un completo enigma.
– Un ser humano no se compone solamente de un cuerpo. Su otra mitad, tan importante como la primera, es el alma. Y ya no existen las de estos cuatro.
– Pero el cosmo es inmortal y eterno.
Aquella voz no pertenecía a ninguno de los presentes. Era firma y dulce como sólo puede serlo la voz de una mujer madura, y al seguir la dirección del sonido, todos miraron a tres personas que, aunque recién llegadas, daban la impresión de haber presenciado todo desde el inicio.
– Perséfone... –murmuró Hades.
– ¡Tía! –exclamó Atenea.
Junto a la serena figura de Perséfone, había un guerrero vestido con armadura negra, de ojos y cabello obscuros. Su rostro mostraba haber recibido una golpiza hacía poco tiempo; a pesar de que observaba hacia su señor, desvió la mirada hacia los Caballeros. Shaina lo reconoció de inmediato, pero fue Jabu quien murmuró:
– Elis...
Al mismo tiempo, notaron que el tercero en llegar no era sino Kiki de Appendix, envuelto en su larga capa. Desesperado, había ido a buscar ayuda, la que fuera. Y la había encontrado.
– ¿Qué haces aquí? –preguntó el dios, la aparición de su esposa lo único con lo que no había contado.
Perséfone sonrió débilmente y respondió:
– Dijiste que esta guerra inició por mi obsesión de regresar a Terra. Y tienes razón.
– Vete –ordenó Hades, enrojeciendo por el coraje.– Por favor.
Ella negó con la cabeza.
– Soy la única que realmente debe estar aquí. No combatiré ni a favor tuyo ni a favor de Atenea. Los iniciadores suelen ver la batalla desde lejos. Sólo vine a equilibrar las cosas.
Y entonces, mostró que traía algo en la mano derecha. Era una esfera de luz.
– Atenea, tendrás que disculparme con los tuyos. Robar el alma a distancia es muy doloroso, pero de momento no tuve alternativa. Lamento el sufrimiento que les hice pasar.
Al interior de la esfera, parecían brillar cuatro estrellas. Una era azul, otra verde, una más era blanca y la última era de color magenta.
– Dios mío... –murmuró Atenea.– Mi tío no... no...
– Hades no alcanzó a matarlos. Les quité las almas antes de que las tocara.
Atenea notó que el ahogado grito de alegría que no pudo contener no fue el único. Numerosas expresiones semejantes, de sorpresa y alegría, le hicieron coro.
– Dale las gracias también a Elis de Thanatos –añadió Perséfone.– Sin su poder, no habría podido guardarlas tanto tiempo.
Shaina miró a Elis a los ojos. Éste, con un leve guiño, respondió a la muda gratitud que recibía. Jabu se preguntó, un tanto celoso a su pesar, si se dirigía a Shaina o a Atenea.
Un relámpago volvió a caer cerca del grupo. El rostro de Hades se había obscurecido por completo, sus ojos se habían inyectado en sangre y sus manos temblaban.
– Traidores... –sentenció.– ¡Jamás te perdonaré, Perséfone! ¡Elis, firmaste tu sentencia de muerte!
Ante sus palabras, el Guardián inclinó la cabeza, aceptando su culpa pero sin mostrar arrepentimiento. Perséfone, en cambio, sentenció:
– No es el momento de hablar de muerte.
Atenea comprendió y volvió a encender su cosmo.
– Debemos hablar de vida.
La esfera se separó en cuatro fragmentos y se alejó de Perséfone y de Elis para dirigirse a sus cuatro propietarios.
– ¡No lo harás! –exclamó Hades, blandiendo su espada y lanzando un rayo de obscuridad.
Pero no alcanzó a tocarlos. Su energía había sido absorbida al instante por un cosmo que imitaba su obscuridad. Hades no necesitó que le dijeran quién era el responsable y volteó a verlo.
– Lo siento, Milord –pidió Elis, sin desviar la mirada.
Y ello le impidió interrumpir la luz que rodeó a los cuatro. Sus cosmos encontraron con rapidez a sus propietarios, se detuvieron sobre ellos y comenzaron a palpitar con un ritmo semejante al de un corazón. En cada palpitación empezaron a perder sus colores originales y a tornarse dorados.
Y de repente produjeron más luz que todos los amaneceres del universo, rodeando a los cuatro jóvenes y uniéndose a sus cuerpos. Los Tresors relampaguearon, canalizando aquella energía y transformándola en vida.
Atenea misma contuvo el aliento cuando, sobre las vibraciones de los Tresors y de los cosmos, alcanzó a oír una voz.
– Seiya... No vengas...
Era Shiryu.
Y no fue el único.
– Flare... –murmuró Hyoga, entreabriendo los ojos.
Shun, como en medio de una pesadilla, dijo en voz baja:
– Cumplí mi promesa, Nii-San.
Fénix sintió que el corazón le estallaría de gozo. Y entonces se escuchó la última frase.
– Saori... Te amo...
Seiya abrió los ojos, murmurando lo último que le habría gustado decirle a su diosa en su vida anterior y lo primero que le decía en su nueva vida. Una luz terriblemente intensa lo cegó de momento, y el calor que lo rodeaba le recordó cuando se dormía bajo el sol para conseguir pecas como las que tenía Seika. Por reflejo, se cubrió el rostro con el brazo, pero no pasó mucho antes de que exclamara:
– ¡Dioses! ¿Qué nos pasó?
Porque aquel brillo dorado, tan parecido al Sol, provenía de él mismo.
Shiryu se obligó a despertar por completo. El dolor en su pecho desapareció apenas lo hizo.
– ¡Seiya! ¡Hyoga! ¡Shun! –exclamó con voz vibrante.– ¿Se encuentran bien?
Lo primero que vio fueron los azules ojos de Hyoga. El color rojizo que la sangre había dejado en su cabello desaparecía.
– Estamos vivos... ¿Pero no nos mató Hades?
– ¡Amigos!
Ante la emocionada voz de Shun, los demás voltearon a verlo. Los cuatro descendían lentamente al suelo, pero en aquel instante le asombraba algo más. Como si no encontrara palabras, mostró el Tresor que lo protegía y preguntó:
– ¿Estoy soñando?
Tocaron de nuevo el suelo del Averno, cada uno sorprendido ante su nueva armadura y más aún, ante sus nuevas vidas. Porque sabían que habían muerto, pero sus almas no se habían perdido y vivían de nuevo. Una de las responsables los veía con amor, alegría y asombro, aunque no se había movido de su sitio. Con sus dedos entrelazados, parecía una niña y no la diosa que había contribuido al milagro. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
– ¡No, no están soñando! –exclamó Saori-Atenea.– ¡No es un sueño!
– ¡Saori! –exclamó Seiya, escuchando cómo sus amigos también mencionaban el nombre de su amada.
Junto a ella, los Cinco Santos sonreían, su alegría demasiado evidente aun cuando algunos de ellos no solían mostrar sus emociones. Era más que el regreso de los Cuatro a quienes tantos admiraban.
Atenea había alcanzado el máximo de su poder.
– Los Santos viven. No murieron y están aquí –dijo Hyoga, su rostro por primera vez emocionado en mucho tiempo.– ¿Qué significa esto?
– ¿Importa? –respondió Seiya, sintiendo muchas ganas de reír aunque su misión estaba lejos de completarse.– ¡Y no vienen solos!
Señaló hacia los tres caballeros que acompañaban a Saori.
– ¡Nii-San! –exclamó Shun, sintiendo un nudo en la garganta.
Y no fue el único.
Ikki había atestiguado muerte y vida, eterna y temporal, en muy poco tiempo. Y todo se lo debía a la mujer a quien había odiado en el pasado, a la cual insultó, contra la cual combatió y a quien desafió, negándose a pelear en su nombre por tantas batallas. Por eso, su única reacción fue arrodillarse al lado de Atenea, tomarle de la mano como había hecho un año atrás y besársela con todo respeto.
– Gracias –murmuró, primera vez que decía aquella palabra.
La joven lo miró. Con voz tierna y ojos brillantes, respondió:
– Todavía no me agradezcas nada, Ikki.
El cosmo del caballero se activó sin que él lo llamara, pero no logró separar la vista de la joven.
– No he terminado.
Apenas dijo esas palabras, la armadura del Fénix se volvió completamente dorada y abandonó a Ikki por su propia voluntad, sin que el humano lo hubiera decidido. Él no protestó, recordando que Esmeralda le había dicho que había dejado de encarnar a la criatura mitológica y que ésta buscaría a alguien más en poco tiempo. Se limitó a cerrar los ojos, aceptando la voluntad del Fénix con resignación.
Hasta que percibió que lo rodeaba una oleada de calor. Abrió los ojos, preguntándose si la energía que había generado antes regresaba para destruirlo. Pero era un cosmo dorado que lo levantaba a él también del suelo; de inmediato, vio a Saori para rechazar tal honor, pero la expresión de su mirada le impidió pronunciar una sola palabra.
“Es mi decisión y no tienes por qué cuestionarla”, escuchó en su mente.
E Ikki no tuvo más remedio que asentir, media sonrisa formándose en su rostro.
Atenea miró a las dos personas que faltaban y sentenció, un poco en broma:
– Me alegro de que sean ustedes los dos que me faltan. La Profecía, saben...
Shaina contuvo el aliento, sus verdes ojos relampagueando y su mente inundándose en un torbellino de pensamientos. No, ella no, ella no había hecho nada sino atacarlos... Pero el cosmo que la rodeó era el más cálido de los abrazos que jamás había recibido, perdonándola e invitándola, jamás ordenándole, a que se uniera al grupo.
En su mente, vio a las tres Moiras que la observaban, y asintió en respuesta.
Jabu fue más práctico.
– ¡No señorita! –gritó, viendo a Atenea.– ¡Yo no! ¡No soy digno, no he hecho nada que valga la pena!
Trató de patalear cuando el cosmo también lo rodeó, pero ya lo había separado del suelo. “¡Yo no!”, exclamó, pero su voz fue ahogada por las vibraciones metálicas del Tresor que se le acercaba.
Porque sólo uno de los Santos conocía libremente la tierra que se encuentra entre la vida y la muerte, en ocasiones añorando el día que pasará por ahí. Era el único que no le temía, pues la conocía, pero tampoco la amaba por completo, pues significaba cambio. Si a eso se le añadía que había perdido el don de renacer, Ikki aceptó convertirse en el Caballero de Cáncer, aunque vio que el Tresor de Leo había palpitado como si hubiera dudado en obedecerlo a él o en permanecer con Aioria.
Otro Santo representaba a la belleza, aunque por muchos años se había limitado a la exterior. Pero la verdadera belleza, la interna, aquella capaz de verse en un espejo y aceptar sus errores, de asumir el sacrificio propio en bien de la felicidad de otros, de optar por el bien habiendo podido elegir el mal. Ése era el verdadero significado de los peces en movimiento. Además, creyó escuchar Shaina de Piscis que le decían tres voces, ¿había criatura más hermosa que una mujer?
El único Santo que faltaba era el más leal a su diosa. El único que jamás osaría levantar la voz ni la mano en su contra no sólo por su deber, sino por comprender que ella era alguien superior. Lo haría incluso aunque no supiera que era una divinidad, por simple y fiel intuición combinada con respeto, pero cuando descubría su nombre estaba más dispuesto que nunca a morir por ella. Jabu de Capricornio siguió pataleando hasta que se convenció –al igual que Ikki y Shaina– que la decisión no era suya, sino de Atenea, y rechazarla sería rebelarse. Lo único que jamás haría.
Ya hablarían después
Los Cuatro Caballeros miraron la nueva ceremonia con agrado, aprobando y agradeciendo la decisión de Atenea. La sonrisa de Shun se hizo más grande al ver que Ikki también había sido elevado al nivel de Santo, mientras que Seiya comentaba con orgullo:
– ¡Estos alumnos hacen quedar bien a sus maestros!
El cosmo dorado brilló por última vez, reuniendo físicamente a los Doce Santos frente a Atenea. Estelas relucientes brotaban de cada tresor, cubriéndola con su propia luz ante los ojos de Hades y Perséfone, hasta que en su orden correspondiente, las Doce Constelaciones de la Eclíptica formaron una barrera protectora.
El mítico Escudo de Atenea, integrado por Moo de Aries, Aldebaran de Tauro, Shun de Géminis, Ikki de Cáncer, Aioria de Leo, Shaka de Virgo, Shiryu de Libra, Milo de Escorpio, Seiya de Sagitario, Jabu de Capricornio, Hyoga de Acuario y Shaina de Piscis.
Atrás de su Escudo, Atenea brilló con su luz, más divina que nunca.
– Lord Hades, –anunció– se dice que el día que Doce Estrellas brillen en el firmamento del Averno, la Luminosidad del Cielo acabaría con su obscuridad –sentenció, sus ojos sin perder aquel extraño resplandor.– He hecho más de lo que marca la profecía. En lugar de Doce Estrellas, te doy Doce Constelaciones y, más aún, doce valientes y dignas almas a quienes no sólo protejo, sino a las que también amo. Sólo lo preguntaré en una ocasión.
Hades miró a Atenea con absoluta dignidad, su poder apenas contenido momentáneamente por el cosmo de Elis. Y no mostró ni una sola emoción cuando ella dijo:
– ¿Vas a dejarnos salir de tu reino sin combatir contra nosotros?
Continuará...
Breve nota: Pues eso. Cuando escribí el MF, no había visto la Saga de Hades. Pero más aún, no sabía ni de qué signos eran Shun, Ikki, Jabu y Shaina, y menos que los tresors sólo pueden usarlos personas del signo zodiacal correspondiente. Se me ocurrió asignarlos por simbolismo y no por signo (eso sí, con algunas adaptaciones físicas para que se ajustaran a sus nuevos portadores, en especial Shun y Géminis). Sin embargo, se me echa a perder esta parte al saber lo que Kurumada realmente pretendía.
Lamento salirme tanto del canon y no encontrar una mejor solución.
Ah, y una notita religiosa. Según recuerdo, durante una batalla, Josué le pidió al Sol que se detuviera en pleno atardecer porque la obscuridad significaría la muerte para el ejército israelita, y el Sol obedeció. A eso me refiero cuando menciono que el Sol obedeció alguna vez al Omnipotente, quien era el que protegía a Josué.