Capítulo catorce
Réquiem
Por Altair
Has osado atacar a un dios. Yo soy un dios. Un dios habrá de castigarte.
Poseidón/Julián Solo
Era como si nada hubiera ocurrido dentro de la Cámara de las Moiras. Cada una había regresado a su labor, sobre todo Cloto, aunque ahora se ocupaba de los cordeles que había en otros telares. La única que no parecía regresar a su momento presente era Shaina, quien sin darse cuenta se había dejado caer sobre el piso.
Muchas imágenes regresaban a su mente y ella volvía en el tiempo con ellas. Como de costumbre, no ofrecía resistencia al pasado. Pero por primera vez, la culpa no le fue tan pesada, a pesar de estaba precisamente recordando la visión que tuvo al entrar al Erebo.
Shaina nunca supo quién fue su madre y durante su infancia jamás conoció a alguien a quien pudiera considerar como su padre. Ante el gran secreto que era la existencia del Santuario, muchas mujeres se embarazaban sólo para continuar la tradición guerrera en sus hijas, aunque nunca les confesarían quiénes eran en realidad. Ella fue hija de una de ellas; cuál, quién sabe. Durante toda su vida sólo conoció el Santuario en Grecia, y cuando mucho, las aldeas cercanas. Por eso, en la visión, se había visto como una niña encerrada entre columnas de mármol, rodeada por estatuas femeninas de rostros severos, sin saber a cuál de ellas decirle “mamá”. Su destino era claro, a pesar de que ella jamás tuvo la oportunidad de elegirlo. Sería una amazona de Atenea.
En esa visión, también vio cómo, desde joven, se había convertido en una hermosa serpiente de color esmeralda. Sin embargo, aunque el interior de la serpiente estaba lleno de luz, ella no se había dado cuenta de poseerla hasta esa tarde, varios años atrás. La serpiente, después de un entrenamiento, había vuelto a ser una joven cuando se quitó la máscara de plata que usaba como parte del ritual, desde el día en que fue aceptada en la Orden. El pretexto había sido un animalito cualquiera y no habría pasado de un evento sin importancia ni memoria de no haber sido porque alguien más estaba persiguiendo al conejo. Un joven de cabello color chocolate y ojos pícaros que le vendó una herida con un lienzo que cortó de su propia ropa.
¿Por qué le había afectado tanto aquella tarde? Shaina lo comprendió hasta que se vio a sí misma en el Erebo. Había adquirido la conciencia de estar llena de luz. Ahora sabía que, si ella lo deseaba, podría abandonar el Santuario y adquirir una vida normal, quizá al lado de aquel muchacho que le había mostrado que, antes que ser una amazona, era una mujer. Y lo odió con todo su corazón por hacerle eso. ¡Los que sirven a una diosa no tienen el derecho a enamorarse ni a pensar en nada que no sea su deber!
Y Shaina se concentró en ocultar esa luz hasta a sus propios ojos.
Mientras tanto, el heredero del hombre más fuerte de la Época del Mito le encomendó que entrenara a su hermano menor. Con tal de olvidar lo ocurrido, ella lo entrenó, en ocasiones empleando excesiva rudeza. Tenía que olvidar que algunas veces basta un gesto amable o unos ojos brillantes para comprender lo que antes se desconocía, como el propio corazón. Pero Casios la obedeció sin protestar, y también se convirtió en uno de los mejores combatientes del Santuario. Al menos, el entrenamiento había servido y su mente se había alejado del recuerdo.
Esto es, hasta el día en que habría de decidirse quién ganaría la vacante armadura de bronce, y su alumno se enfrentó, como en una novela rosa, al joven de cabello chocolate. Y éste triunfó al cortarle una oreja, convirtiéndose en un caballo alado que la serpiente trataría de estrangular en repetidas ocasiones. En su sed de venganza, peleó contra él, contra un dragón, un cisne y una mujer encadenada, y también contra una joven por quien el Patriarca mostraba gran interés. Pero cuando la joven demostró ser la reencarnación de la diosa a quien su anónima madre y ella habían consagrado sus vidas, no tuvo más remedio que convertir su vendetta en algo personal. La serpiente tuvo que excluir a las otras criaturas de su mapa, a excepción del caballo alado.
Hasta que descubrió que lo amaba. Que lo había amado desde esa tarde en que le devolvió la luz que ignoraba que tenía.
Y eso fue lo más cruel que jamás le había ocurrido. Lo amaba porque únicamente él había sido capaz de despertar ala mujer que vivía en la cobra.
Un león la dejó inconsciente cuando se interpuso para proteger al Caballo Alado. Casios la cuidó con paciencia y con ternura, y el día de la batalla, fue su turno de interponerse entre León y Pegaso, el nombre de ella impulsándolo y siendo la última palabra que pronunciaría. Hasta entonces, la serpiente supo que su alumno la había amado al extremo de morir en su lugar, y que no es imposible combinar amor y deber aunque el sentido común diga otra cosa. Guiada por la sed de venganza, pero también por el ansia de justicia, se unió a aquellos a quienes antes combatió.
Pero, ¿de qué le había servido? La diosa y el Caballo Alado estaban unidos. Y nada le devolvería la vida a Casios.
Fue en ese punto de la visión donde las emociones pudieron más que Shaina. Aunque estaba por iniciar su participación en la Última Guerra Santa, contra Hades, se había dejado caer de rodillas, llorando. Hasta que el cálido abrazo de alguien le devolvió la conciencia de estar viva. La última imagen que el Erebo le había presentado había sido la de un Unicornio acercándose, como si fuera una virgen medieval, para liberarla de la prisión del remordimiento.
Shaina acababa de devolverle el favor.
Con ojos tristes, miró de nuevo al telar en donde había visto los posibles futuros. Todos permanecían en ella. Desde el cumplimiento del Fin del Ciclo hasta la muerte de todos al lado de Atenea. El único que había desaparecido era el futuro que habría podido compartir con Seiya de haber entrelazado sus cordeles vitales. Por un instante, los ojos de Shaina se llenaron de lágrimas. Sabía que jamás tendría la misma oportunidad
Pero de inmediato se sustituyeron por luz.
De acuerdo, era una mujer.
Pero también era la serpiente.
“No tengo por qué lamentar mi decisión”, pensó. “¿Habría servido de algo obligar a Seiya a sentir algo por mí? Lo amo, pero sé que él nunca lo habría hecho a menos de que usara ese hechizo.”
Suspiró y, sin querer, añadió:
“Atenea, ¡cuánta suerte tienes!”
Cloto siguió cortando cordeles, pero a pesar de escuchar el sonido de las tijeras, Shaina sonrió.
“Te sacrificaste por mí, Casios. Era justo que yo también lo hiciera por alguien. Es lo justo... Perdóname que no haya aprovechado el momento, ¿pues no era eso lo que deseabas para mí? Pero sé que me comprendes y que incluso aunque mi destino sea permanecer sola para siempre, habría elegido igual siempre que alguien más dependiera de mí.”
Y concluyó con una ligera melancolía:
“Sobrevivieron. Yo no importo.”
– ¿Sonríes, Shaina? –preguntó Laquesis, su rostro cercano a la piedad aunque las Moiras, en teoría, no conocían tal sentimiento.– ¿Sientes ánimos de hacerlo?
Si bien sus ojos continuaron tristes, Ofiuco mostró más luz de la acostumbrada en ellos.
– Jabu está vivo y Elis de Thanatos también. ¿Seguirán así por largo tiempo?
– Puedes revisar el telar –propuso Atropos.
– No, gracias –respondió en voz más baja y negando con la cabeza.– Nunca más. ¿Tú qué ves?
La Moira tardó un momento en contestar mientras revisaba los Cordeles Vitales. Al hacerlo, pareció que se encontraba con algo inesperado, pero inmediatamente se reservó su expresión.
– Sus destinos son nuevos y es demasiado pronto para saber qué tan largas o plenas serán sus vidas. Si de algo te consuela, no puedo vislumbrar el final de alguno de los dos.
La sonrisa de Shaina se volvió más brillante. Le había salvado la vida a Jabu, pero también había preservado la de Thanatos. Elis era de las pocas personas que la habían tratado con respeto por el solo hecho de ser una mujer, así que el que también viviera era otro motivo para animarse.
– Es suficiente para mí –afirmó, poniéndose de pie.– ¿Ya puedo marcharme?
– No tienes ya a qué quedarte –respondió Laquesis, suspendiendo su trabajo un instante.– Sabes que jamás podrás cambiar un destino nuevamente, así que si has de seguir tu propio camino, nada te detiene.
– Sólo debes seguir la ruta por donde entraste y ella te guiará –intervino Cloto.
Las dos Moiras vieron a la joven a los ojos. Tan breve contacto con su verdadera naturaleza la había dotado de un aire de dignidad que, a nivel femenino, se creía que sólo pertenecía a las diosas, avatares o princesas. A pesar de que había perdido su capacidad de alterar destinos a nivel de cordeles, las Moiras no dudaron que Shaina seguiría cambiándolos únicamente con su presencia. Una Moira que camina sobre la Tierra.
– Les agradezco que se hayan interesado por mí –dijo Shaina con sinceridad.– Espero que no me guarden rencor por la decisión que tomé.
– Lo has dicho: Tu decisión. Nosotras no tenemos por qué juzgarte.
Pues no hemos conocido el amor ni la amistad ni la lealtad, ni seríamos capaces de luchar por nuestra felicidad y sacrificarla como tú lo hiciste, fue lo que no dijeron. Somos casi eternas, pero únicamente sabemos cumplir nuestro deber sin involucrarnos en él, pensaron las tres. Sufres, pero realmente vives, y por eso te envidiamos.
Shaina quiso decir algo más, pero aquel mensaje no expresado entre todas y que había percibido de algún modo impidió que lo hiciera. Pensativa, se dispuso a salir de la Cámara, confiando ciegamente en las palabras de sus hermanas espirituales.
En eso, vio a Cloto cortando cordeles sin cesar. Dudando, se le aproximó y murmuró;
– ¿Puedo pedirte un favor?
Cloto la miró en silencio, como si le estuviera dando permiso de hablar. Pese a que había titubeado en expresarse, Shaina afirmó con seguridad:
– Sé que Atenea debe morir apenas alcancemos la superficie y no te suplicaré que lo impidas si tal es su destino.
La entonación de sus últimas palabras remarcaron la muda posibilidad de dejar viva a Atenea, pero la joven había comprendido que entre Moiras no se pedían cosas así. Cada una tenía su deber y lo cumplía sin consultarlo con las otras.
– Por favor, sólo permítele vivir un poco de tiempo adicional, el necesario para que se despida de todos. Que su muerte no sea tan repentina como para romperle el corazón.
– ¿A Seiya de Pegaso?
Shaina asintió, su mirada expresando más que sus palabras. Cloto, prudente aunque estricta, sentenció:
– No puedo prometerte nada mientras su destino no se defina. Hay muerte y destrucción para aquellos a quienes ama...
– Sé que lo pensarás –interrumpió Shaina, sonriendo otra vez.– Sé que lo harás. Gracias.
Obligándose a sí misma a no mirar de nuevo a las Moiras, la joven amazona corrió hacia la puerta por la que había entrado. Ellas no lo habían dicho, pero de algún modo supo que, de haberlo querido, se habría podido quedar para siempre a su lado, ocupándose de los destinos de los seres humanos. Pero era más guerrera que Moira: no decidía destinos, sino que luchaba por ellos. Poco a poco, dejó de escuchar las ruecas y las tijeras y sólo sus pisadas se escucharon sobre el mármol.
En la Cámara, sus tres hermanas espirituales vieron cómo se marchaba. Una vez que ya no podría enterarse de lo que hablaban, Atropos les hizo la seña a Laquesis y a Cloto de que se acercaran para ver el telar sobre el que Shaina había golpeado.
Y ninguna pudo leer por un momento la expresión de las demás.
– Creo que aquí queda lo que los humanos hablan sobre el karma y el darma –murmuró Cloto.
Le dolía absolutamente todo. Cada célula, hueso y centímetro de su cuerpo, hasta el cabello, y las uñas, y podía percibir el dolor de su armadura después de haber perdido su casco (¿por qué comprendo que es un ser vivo hasta ahora?, se preguntó). Pero el dolor nunca le había parecido una sensación tan placentera.
Jabu vivía y, de tener energía, bailaría por la felicidad. Sin embargo, apenas si podía caminar después de su batalla contra Elis de Thanatos; se había alejado lentamente de la biblioteca, dejando un pequeño rastro de sangre tras de sí.
Mientras caminaba, meditaba en lo que el Guardián le había dicho y comprendía qué había pasado, o al menos eso creyó. Cómo su cosmo se unió al de un Santo y reflejó su luz, y cuando estuvo a punto de ser destruido por ese poder, logró canalizarlo milagrosamente. Aún así, Unicornio no era el mismo de antes. Su cosmo había aumentado pero con su propia energía; sus sentidos, limitados por sus heridas, tenían la mejor percepción de su vida entera. Alguna vez, cuando no comprendía lo que Seiya le explicaba sobre el Séptimo Sentido, pensó que su mente estaba cubierta por un velo de neblina, y hasta ese segundo comprobó que sí y que ésta acababa de disiparse.
Además, le agradaba otra idea. El haberse topado con esa barrera indicaba que los Santos también estaban en el Averno y que era muy posible que estuvieran vivos. “Esto va a ponerse interesante”, pensó. “Los cuatro, ellos y nosotros. Si no logramos rescatar a la señorita Atenea, al menos va a organizarse una buena masacre.”
Sin embargo, Jabu tenía de momento otra prioridad. Buscar a Kiki y a Shaina.
Apenas recuperó el sentido, intentó atravesar el librero por donde Shaina había desaparecido, sin lograrlo. Aunque hubiera alcanzado –¿temporal, permanentemente?– el Séptimo Sentido, todavía no lograba darle a la materia la dimensión apropiada. Bueno, se dijo, los descubrimientos debían ser poco a poco, aunque eso no solucionaba en su problema. Asimismo, la frase “Cuerno Celeste” permanecía en su mente, y ni siquiera se imaginaba por qué la había dicho a menos de que hubiera – ¿accedido a, inventado?– un nuevo ken.
Había muchas cosas a las que tendría que acostumbrarse, empezando con que el casco de la armadura del Unicornio era un recuerdo. Polvito de bronce en el suelo. Ni Moo de Aries lograría reparar lo que quedó de él.
Pensar en Moo le tranquilizó. Si estaba en el Averno, era posible que Kiki lo hubiera encontrado y, a pesar de su falta de prudencia, se encontraría fuera de peligro. Al menos Jabu se sentía un poco más animado, aunque no existía confirmación alguna. Pero tenía esperanza, y eso ya valía la pena.
Su preocupación era otra. Shaina. ¿Dónde iba a hallarla? ¿Se encontraría bien? Elis había dicho que jamás volvería a verla y sólo recordarlo hizo que le doliera el estómago. Si algo le ocurría, jamás iba a perdonárselo, sobre todo porque el impulso que la guió a través del librero había tenido la intención de protegerlo.
Curioso: ahora que estaba solo, entendía cuán importante era su compañía y qué valiosa había sido para su vida sin darse cuenta, animándolo cuando renegaba de su nuevo entrenamiento y comprendiendo, sin palabras, cuán duro es estar enamorado de alguien que ama a otro. “Seiya, eres un zopenco”, pensó, sonriendo con ironía. “Si la señorita Atenea, al ser una diosa, no iba a poderte corresponder, ¿por qué no descubriste el tesoro que tienes en el alma de Shaina?”
Su sonrisa cambió al comprender dos cosas. La primera, que no hablaba de la señorita Saori, sino de Atenea. ¿Era que al fin había captado la diferencia entre servir a una humana y a una diosa? El segundo...
“Diablos”, pensó.
¿Acusaba a Seiya de algo que él tampoco había hecho?
En fin, ya lo descubriría apenas la reencontrara. Y le podría decir que había vencido a Elis de Thanatos y que quizá alcanzaría algún día a las Cuatro. Pero, sobre todo, volvería a ver sus misteriosos y aceitunados ojos, y podría volver a reír como antaño.
– Hay personas a quien les gusta atacar en grupo a aquellos que no pueden defenderse –continuó Moo, al ver que Cerbero se había quedado mudo ante su llegada.– No sé por qué lo hacen y en realidad me interesa poco. Pero el verdadero espíritu de lucha es aquel que te impulsa a pelear en igualdad de circunstancias, aún si tienes que renunciar a parte de tus capacidades para estar al nivel de tu contrincante. Si no actúas así, es frecuente que te lleves una sorpresa.
Mientras Moo hablaba, él y sus dos compañeros habían entrado a la mazmorra. Aldebaran había sonreído al escuchar la última parte, recordando la sorpresa que recibió en la Batalla de las Doce Casas, y Shaka permaneció impasible. De los tres emanaba luz dorada, y a pesar de que la obscuridad de la celda amenazó con ahogarla, continuó brillando. Resplandor semejante rodeaba a los tresors que traían para los demás Santos, y sobre todo a Aioros de Sagitario. Era como si la esencia del joven espíritu fuera idéntica a la del Escudo de Atenea, creada por el deber y exaltada por el sacrificio. Al Guardián, aún con la sorpresa de la llegada de los otros Santos, no le pasó desapercibido que ninguno de ellos se había descontrolado por la presencia del espíritu. ¿Por qué, si él vivía en el Reino de los Muertos, se asombraba por la llegada de un alma más que aquellos que, en teoría, no deberían estar acostumbrados?
– ¿Y les parece que son diferentes a mí? –preguntó, obligándose a recuperar su intención irónica.– Cinco Santos vienen a atacar a uno, ¡perdón!, cinco Santos y un alma. ¿Es ése el ejemplo que pretender dar la Orden del Zodiaco?
– Hablas de más –sentenció la serena voz de Shaka de Virgo.– No nos conoces, y juzgar sin conocer es un error.
Laertes enrojeció del coraje. No sólo estaba rodeado, sino que también le decían que estaba equivocado y, como si fuera poco, le fastidiaba hablar con alguien que tenía los ojos cerrados pero que parecía verlo.
De un salto, Milo se levantó, aunque al hacerlo resintió la herida en su abdomen. Mentalmente, llamó al Tresor de Escorpio, y en casi un parpadeo, la dorada armadura se separó en partes y lo cubrió de pies a cabeza. Como siempre, él mismo colocó su tiara sobre su cabello.
“Al fin esto mejora”, pensó a la vez en que sonreía y su rostro recuperaba su usual expresión entre calma y sarcasmo.
– No somos verdugos para pelear los cinco contra ti al mismo tiempo –afirmó Moo, obligando al Guardián a que lo viera a los ojos.– Ese no es nuestro estilo.
– ¿A qué te refieres? –preguntó el Laertes de la derecha, pero el gesto de rabia fue idéntico en los tres.
– A algo muy simple. Quítate de nuestro camino y te dejaremos vivir. No habrá enfrentamiento con ninguno de nosotros, por lo que tu vida será respetada.
El Guardián sonrió, sus ojos conservando un leve tinte de sospecha.
– ¿Quieres decir que, si intento huir, no me atacarán?
– Tienes nuestra palabra –prometió Moo.
– Si lo único que te interesa es sobrevivir, como me dijiste –dijo Milo con marcada ironía– no hay por qué dudar. Te conviene.
Laertes miró a Escorpio en silencio por algunos instantes, y el Santo le sostuvo la mirada sin parpadear. En sus mutuas expresiones, ambos desprendían odio.
– Tienes razón –sentenció con burla al fin.– Será mejor que me marche.
Sin volverse a reunir en una sola persona, los tres Laertes se dirigieron hacia la puerta de la mazmorra. Cuando pasaron al lado de los Santos, no los vieron ni de reojo, cual si su meta estuviera fija en la puerta. Aldebaran se cruzó de brazos y dijo en voz baja a Moo, quien estaba junto a él.
– No confío en este sujeto.
Aries negó con la cabeza.
Mientras, Aioros se acercó a Aioria. El hermano menor, aún dentro de sus heridas y de su debilidad, resplandecía de gozo. Tenía ocho o nueve años cuando el Santo de Sagitario murió a traición y fue acusado de rebelde, y gran parte de su vida se había dedicado a odiarlo. Pero ahora que lo veía de nuevo frente a sí y que además le había salvado la vida, pareció como si nunca se hubieran separado.
– ¿Te encuentras bien? –preguntó Aioros.
Leo se sintió estúpido. Hacía mucho que dejó de ser un niño, pero sentía las lágrimas empañando sus ojos.
– ¿Por qué has venido? –murmuró.– Deberías estar en el Eliseo.
Aioros sonrió con tristeza.
– Ya me escuchaste. Aunque esté muerto, debo seguir protegiendo a Atenea, como lo he hecho por años. Y no soy el único.
– ¿Quieres decir que otras almas más ha venido?
Aioros asintió, comprendiendo que su hermano ignoraba sobre todas las almas que habían participado en aquella batalla.
– Ellos han ayudado mucho, así que pude proteger a alguien a quien nunca dejé de amar, aunque lo pareciera –afirmó.
Los ojos de Aioria brillaron. Su hermano mayor añadió, su expresión un poco más obscura.
– Y también disculparme.
Antes de que Aioria pudiera preguntar a qué se refería, una luz negra inundó la mazmorra.
– No sé si conozcan una vieja leyenda griega –sentenció la voz de Laertes.
Los cuatro Santos vieron a los tres Guardianes perdiendo de nuevo la definición de sus siluetas, pero no intervinieron. Mala señal, pensó Milo, colocándose en guardia, al igual que Aldebaran y Shaka. Aioria contuvo el aliento, mientras Aioros miraba al guardián con desprecio. Sólo Shaka permaneció calmado.
– Hesiodo narraba que el Can Cerbero, el Guardián de los Infiernos, no tenía sólo tres cabezas –afirmó el servidor de Hades mientras sus siluetas continuaban desdibujándose.– Lo describía como un ser horrendo, con cola de serpiente y ladrido que resonaba como el bronce, pero lo más impresionante era el número de cabezas que le atribuía. Decía que podían ser hasta cincuenta.
Antes de que ninguno de los Santos pudiera hacer algo, un relámpago de obscuridad inundó la mazmorra y rodeó a cada uno. Todos reafirmaron sus guardias, preparándose para cualquier ataque; sólo Aioria, aún encadenado al muro, no pudo imitarlos. Por ello tal vez logró ver con más claridad lo que estaba ocurriendo.
Al igual que el humo, la obscuridad se propagó en el cuarto, opacando cualquier rastro de luz, incluso el de los Tresors. Era tan densa que impedía notar en dónde comenzaba y dónde terminaba, y separó a los Santos hasta que cada uno dejó de ver a sus compañeros. Después de algunos segundos, parte de aquella aura empezó a condensarse sin perder profundidad alguna.
– No necesito cincuenta cabezas –escucharon, aunque no podían definir ni de dónde provenía la voz ni en dónde habían quedado sus compañeros.
“De acuerdo, esto se puso interesante, pero no entiendo qué ocurre”, pensó Milo, mirando de reojo a su alrededor sin encontrar a los otros. “Es como si hubiera sido llevado a otro plano, aunque sigo en el mismo lugar, o mis pies me están engañando. ¿Es este el verdadero poder de Laertes de Cerbero?”
Al igual que Escorpio, los demás trataron de buscar a sus compañeros sin descuidar su guardia. Aldebaran, apretando los dientes, vigiló de un lado al otro, el poder mostrado por su enemigo causándole la misma desconfianza que la “sombra” que Syd de Dzeta-Mizhar había trazado sobre el suelo de su Templo. Aioria trató de liberarse con la fuerza que había reunido, más le fue imposible y tuvo que limitarse a esperar; junto a él, Aioros permaneció en silencio. Shaka empezó a separar las palmas de sus manos, sonriendo débilmente mientras preparaba un Sei-Samsara, como si el Guardián no le provocara preocupación alguna. Al igual que la vez anterior, Moo fue el único que permaneció impasible, esperando un combate que por años había rechazado.
– Me basta con una por cada uno –escucharon, cada vez más cerca.– Por cada Santo, un Guardián. ¡Sí, pude haber escapado, pero jamás tendré la oportunidad de acabar nuevamente con ustedes!
– Porque sabrás, Escorpio –Milo escuchó junto a él– que aún más que a mi vida, valoro a mi causa.
– Aparece, maldito cobarde –murmuró el Santo: al voltear, encontró a Laertes aguardando, con sus manos vibrando de energía.
– No me impresiona el tamaño de mi oponente, ni su supuesta fuerza cuando una ráfaga de hielo ya lo detuvo en el pasado –dijo otra réplica, ahora frente a Aldebaran.
– No debiste recordarme eso –respondió, la combinación de sarcasmo y seriedad notoria en su voz, mientras se cruzaba de brazos.– Lo único que vas a conseguir será ponerme de mal humor, y no te conviene.
– Ningún alma logrará detenerme –afirmó la tercera réplica, dibujándose claramente en la obscuridad mientras se aproximaba a los hermanos.– ¿De qué les servirá lo que intenten, si uno de ustedes está muerto y el otro no tarda en estarlo?
– ¿Por qué no te callas de una vez y demuestras que sabes pelear además de hablar? –preguntó Aioria, tratando de restarle importancia al asunto aunque su mirada continuaba nublada. Aioros miró con algo de sorpresa a su hermano más joven, pero se preocupó al ver que no conseguía encender su cosmo.
– Ni lo más elevado del espíritu será suficiente para salvarte de la obscuridad y de la muerte –amenazó el cuarto, que se encontraba junto a Shaka.
– Aquel que se niega a aceptar la existencia del Infierno está destinado a la Necedad y a la Ignorancia –sentenció Virgo, luz comenzando a nacer entre sus palmas.
– Dices que ha llegado el momento de pelear hasta la muerte –afirmó el quinto Guardián, mirando a Moo a los ojos.– Ya que la pides, te la concederé.
Moo , por toda respuesta, bajó la vista.
– No sabes lo que dices –murmuró Aries casi con pena.– No lo sabes.
Cuatro auras doradas brillaron en la obscuridad, pero ni siquiera aquel hermoso brillo sobreviviría a la falta de luz.
La primera vez que vio a Saori Kido en su vida no había estado de humor para presentaciones. Maltratado, separado de Seika, odiando a todo el mundo, Seiya llegó a la Fundación Galahaad con ganas de matar a alguien, de hacer pagar a otro por el sufrimiento que estaba viviendo. En eso, y al igual que Jabu hizo días atrás, vio a una niña en la entrada a la mansión. Su corto cabello combinaba con su vestido color agua, y de momento Seiya sintió que observaba un ángel. En el futuro, comprendería que se debió a la sensibilidad espiritual de los niños y de los pre-adolescentes, y que a pesar de que no había sido entrenado aún, ya había captado la presencia divina en aquella niña. Claro que Saori lo miró con desdén de inmediato y el encanto se rompió; la primera impresión se había perdido en el recuerdo.
Hasta entonces.
Saori-Atenea lucía debilitada; sus ojos, que habían llorado por horas, y su espíritu que había estado a punto de rendirse la dotaban de una fragilidad hasta ese instante desconocida. Y, sin embargo, no perdía el porte que tanto humana como diosa tenían. Su tiara, gargantilla, brazalete y cinturón relucían como oro, pero no podía compararse con el resplandor que emanaba de sus obscuros ojos. Seiya se sintió tan feliz y maravillado que de momento olvidó que tenían que salir rápido de ahí, antes de que Hades los descubriera.
– Saori... –murmuró, sus labios llenándose con ese sonido tan dulce.
Sus ojos también relampagueaban, su tono sepia apenas notorio en medio de tanta luz. Las heridas de su corazón sanaron casi de inmediato, y las de su cuerpo se volvieron casi imperceptibles. Pensar en ella lo había guiado a través del Santuario y del Averno: lo había impulsado a querer aceptar la tentación de Minos de Caronte, y también le hizo negarse a tal posibilidad. Ella. Sólo ella. Y ahora que la volvía a tener frente a sí, cuando no habían pasado dos días de su separación y de haber creído que nunca volvería a verla, se negó a sí mismo el pensar que su misión era conducirla a la muerte. Su sonrisa no fue fingida, incluso cuando notó que las finas cejas de Saori se fruncían, como si estuviera enojada con él.
– ¿Qué haces aquí, Seiya? –preguntó con voz grave.
En otra situación, Pegaso habría respondido con un tono diferente. Pero entonces respondió con un tono idéntico:
– ¿Qué crees que hago? ¡Hemos venido a rescatarte!
Para su sorpresa, Saori dio un paso hacia atrás.
– Han cometido una gran imprudencia al llegar hasta aquí –sentenció con firmeza.– Lord Hades es uno de los dioses más poderosos de la Era Mítica, y los matará por su atrevimiento.
Por un instante, Seiya no pudo reaccionar. Saori continuó:
– Si en algo valoras tu vida, será mejor que des la vuelta y salgas del Averno lo más rápido posible.
– ¿Perdón?
– Fuiste imprudente al venir, pero irresponsable al arrastrar a tus amigos –prosiguió ella como si no lo hubiera escuchado.– Sé que ellos te siguieron por su propia voluntad, mas una palabra tuya los habría hecho recapacitar.
¿Estaba oyendo de nuevo a Minos de Caronte?, se preguntó Seiya casi por inercia. Sí, debía encontrarse frente a un metamorfo idéntico a Léumnades; había adoptado la figura de Saori y trataba de descorazonarlo. Sin embargo, podía percibir con claridad que era ella, a pesar de que su cosmo estaba casi extinto. En tal caso, ¿por qué le hablaba así?
– ¿Ése es tu modo de dar las gracias? –respondió, volviendo a ser el mismo Caballero grosero de siempre.
La voz de la diosa reencarnada no fue tan estricta en esa ocasión.
– No es que no te lo agradezca –dijo en voz más baja.– Es sólo que están corriendo un riesgo demasiado grande, y aunque sé que los demás habrían venido tarde o temprano, veo tu mano en todo esto.
Seiya sonrió, aunque el momento no se prestaba.
– Al fin empiezas a hablar como la Saori que conozco.
– Prometiste que no intentarías nada...
– Ah, ah –interrumpió el caballero, acercándosele.– Prometí que no impediría que Hades te trajera a este sitio y no tienes idea de cuánto trabajo me costó obedecerte. Pero no prometí que no vendría por ti.
Saori dio otro paso hacia atrás, cual si no quisiera estar cerca de él. Seiya no estaba de humor para juegos, aunque se sentía feliz de haberla reencontrada, y se detuvo. Sus ojos relampaguearon cuando preguntó:
– ¿Qué te pasa?
Su voz no había sido la usual combinación de entusiasmo y ternura que siempre empleaba al dirigirse a ella; al contrario, era la misma de cuando consideraba a la heredera de Kido como su enemiga y la causante de todo lo malo que había ocurrido en su vida. De igual manera, la actitud de Saori había vuelto a la época en que desconocía su verdadero nombre y se comportaba como una niña egoísta y caprichosa. Aún así, sus obscuros ojos temblaban y Pegaso tuvo el presentimiento de que todo era una actuación.
– Vete, Seiya –pidió, desviando la mirada.– Por favor, vete y déjame aquí.
– ¿Qué?
– Tu lucha ha sido inútil –dijo en voz todavía más baja.– Se nota que te han lastimado mucho y lo único que te queda es tu propia vida. Márchate.
Seiya dio un respingo. Olvidando que hablaba con una diosa, se le aproximó a pesar de que ella inconscientemente se había colocado detrás de una mesa.
– ¿Cómo puedes pedirme eso? –preguntó, rabia contenida en su voz.– ¿No comprendes por lo que todos hemos pasado para llegar hasta acá?
Saori lo miró en silencio.
– ¡A cada uno de nosotros le han destrozado el alma y han jugado con nuestras emociones! De acuerdo, seguimos vivos, ¡pero sé que nadie es el mismo aunque no hemos podido hablar! –y añadió, sin comprender bien por qué llegaba a esa conclusión.– Shiryu no quiso contarme nada, Hyoga está muy tranquilo y no sé por qué Shun actúa tan raro... ¡No puedes pedirme que nos vayamos!
– Lamento lo que les ha pasado –murmuró ella.– Lo siento mucho.
– Pues si tanto lo sientes, ¡vámonos de aquí!
– ¡No puedo!
La exclamación de Saori había ido acompañada de una negación de cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas, así que se obligó a darle la espalda. Seiya quiso aproximársele más, pero oir su silencioso llanto lo dejó en su sitio. Nunca sabía qué hacer cuando una mujer lloraba; menos aún si era ella.
– ¿Qué te hizo Hades?
– No me preguntes nada –murmuró.– Vete.
Seiya suspiró. La tristeza de su diosa empezaba a contagiarlo.
– ¿Sabes? –preguntó, mostrando ese mismo pesar.– Toda mi vida me he dedicado a desobedecerte y a obedecerte a ratos, pero sólo por mí mismo. Si te hacía o no caso, al único al que afectaba era a mí. Tal vez, si esa fuera la situación, te obedecería.
Y añadió con algo de su acostumbrada franqueza:
– Pero no puedo y no lo haré, por que no vengo solo.
Saori siguió dándole la espalda, mas era notorio que su actitud ya no era igual de decidida.
– Si estoy aquí contigo, es gracias a muchas otras personas –prosiguió el Caballero.– Hilda está en el Santuario, manteniendo el Portal abierto, y con ella vinieron Lady Flare y los Guerreros Divinos. Ikki nos dejó como testamento la forma para entrar al Averno. Y los Santos Dorados evitaron que los Guardianes nos mataron, aunque no sé si fue a costa de sus vidas.
A la mención de los Santos, Saori palideció. Había recordado a Aioria. ¿Habría muerto?
– Muchas almas nos han guiado aquí, a través de las murallas, y ahora mismo Shiryu, Hyoga y Shun me ayudan a cruzar la obscuridad y alcanzarte. No puedo tomar una decisión por todos ellos. Sería despreciar sus sacrificios.
Extendió la mano aunque ella no lo estaba viendo.
– Ven conmigo, Saori. Por favor.
Por unos segundos, ninguno habló. La diosa había adivinado su gesto y, con lo poco que le quedaba de su alguna vez poderoso y magnífico cosmo, sentía su cálida aura pidiéndole que se marcharan cuanto antes. Para Seiya, fue un lapso eterno. El tiempo se había detenido por siglos, justo cuando no podían darse el lujo de malgastarlo.
En eso, Saori alzó la cabeza, sin mirarlo y preguntó:
– Sabes que en el momento en que regrese a la Tierra moriré, y no volveremos a vernos sino hasta que llegue tu hora. ¿Estás dispuesto a ello?
Fue el turno de Seiya de no responder de inmediato, aunque no bajó la mano que le había tendido.
– De entre toda tu Orden, soy el que menos lo desea –murmuró.– Pero si estás dispuesta a cumplir tu misión hasta el final, a dejar caer el telón sobre la obra...
Y añadió con mayor determinación:
– Yo también lo estaré.
– Comprende que esto no es Doce Casas, ni Asgaard, ni Atlantis –dijo Saori, apenas atreviéndose a mirarlo por encima del hombro.– Ahí, por más difíciles que hayan sido las pruebas que ustedes enfrentaron, siempre existió un rayo de esperanza. Aquí no hay ninguno.
– ¿La esperanza de reencontrarnos algún día?
Ante esa frase, la diosa no supo qué contestar. Claro que creía en que, después de la muerte, todas las almas se reencontrarían en el Paraíso o en el Eliseo, y que jamás volverían a separarse porque la Muerte ya no existiría para nadie. Sin embargo, no era eso lo que deseaba para ambos, y se negaba a admitir la verdadera razón.
Sin mirarlo de frente, se dirigió hacia el punto por el cual él había entrado en su habitación. Hasta entonces, Seiya notó que a través de la ventana y de la puerta no se veía más que obscuridad; la siguió sin hacer preguntas y se detuvo a un paso de distancia de la joven, quien murmuró:
– ¿Alcanzar a ver a tus amigos?
Como si se encontrara frente a un túnel, Seiya miró hacia su interior. La Cadena seguía firme en su sitio, suspendida justo por donde el extraño broche que lucía en el extremo la había guiado. En ese momento, Seiya notó las figuras que se veían en el fondo, en la luz. Al principio fueron borrosas, pero poco a poco se definieron para formar los rasgos de sus tres amigos.
De haber tenido la oportunidad, Pegaso habría reconocido las ironías y sorpresas que a veces tenía la vida. Cuando en el pasado Ikki y Shun cubrieron a Hyoga y a Shiryu, ahora era justo al revés. Cygnus y Dragón, con sus respectivos kens, impedían que los Daimons que los atacaban dañaran a Andrómeda, quien no soltaba la Cadena ni un milímetro. Claro que en las dos situaciones los protegidos había sido él y la diosa a la que servían, y se habría preguntado qué lo había hecho digno de tal honor.
Mas no tuvo oportunidad. Al definirse los contornos, descubrió las heridas que el combate había dejado en los tres, heridas que se sumaban a otras que tenían desde antes y que el ritmo de los eventos le impidieron notar antes. ¿Qué significaban esas profundas sombras bajo los ojos de Shiryu y por qué su brazo izquierdo, bajo su armadura, lucía tan lastimado? ¿Por qué la piel de Hyoga estaba amoratada, como si hubiera estado expuesta a demasiado frío? ¿Por qué la apariencia general de Shun era tan pálida y frágil, como si le faltara sangre y ánimo al mismo tiempo? Y sangre fluía de entre sus dedos en ese momento por sujetar la cadena; sangre brotaba de entre el cabello de Cygnus, fuera por una herida vieja o una nueva; sangre amenazaba con aparecer en los brazos de Dragón (¿o amenazaba con volver a hacerlo?)
– Si Lord Hades los atrapa antes de que salgamos de sus dominios –escuchó la voz de Atenea, como si se encontrara en medio de un sueño– las heridas que nuestros amigos y tú muestran serán casi rasguños en comparación a lo que hará con ustedes. Un alma que muere en la Tierra de los Muertos no encuentra el camino a seguir y se disuelve en la Nada. El reencuentro deja de existir.
“Es cierto”, pensó Seiya. “Flare nos lo advirtió, pero eso no fue suficiente para abandonar nuestro propósito”.
– Hace años, cuando éramos niños, cada uno de nosotros era un solitario en el fondo –siguió escuchando.– Ustedes se marcharon a sus entrenamientos, mi abuelo murió y todos sufrimos mucho a pesar de la distancia. Cuando volvimos a estar juntos, seguíamos siendo solitarios. Sólo el destino y el sufrimiento pudieron unirnos y lograron que dejáramos de estar solos. Atenea protegía, pero no amaba, y ahora los amo como si fueran parte de mí misma. Aunque toda la Orden es importante para mí, nadie puede compararse con ustedes Cinco. Fueron los compañeros de mi infancia y los amigos de mi juventud, porque ninguno de los demás dioses ha sido bendecido con personas semejantes a cada uno de mis Caballeros del Zodiaco.
Conforme Atenea confesaba sus sentimientos, Seiya había separado la vista del túnel y la había dirigido hacia ella. Su rostro, en su divina firmeza, cambiaba hacia la suavidad de los seres humanos, aún cuando no debería (teóricamente) ocurrir así.
– Por mi culpa, Ikki se cortó las venas –afirmó Atenea en voz más baja y conmovida.– No me obligues a presenciar cómo mueren a manos de mi tío los otros Cuatro a los que tanto quiero. Te lo suplico, márchate antes de que te encuentre.
Saori lo miró de reojo, y al descubrir que Seiya la veía fijamente, se apresuró en dar la vuelta y retirarse hacia lo más profundo de su cuarto. Sin embargo, no pudo andar ni dos pasos.
Seiya la había sujetado del brazo, aunque no la obligaba a verlo de frente.
– ¿Tienes medio a morir? –preguntó.
Atenea cerró los ojos.
– Te juro que desde que llegué aquí no he hecho más que rogar al Omnipotente que me permita morir, pero parece que no quiere tener misericordia de mí y me obliga a pasar por esto.
Sintió cómo su caballero la sujetaba con más fuerza.
– Entonces, a lo que temes, ¿es a amarnos?
Saori-Atenea no respondió, pero sus ojos no parecieron tan obscuros por un instante.
– Todo lo que has dicho es cierto –prosiguió Seiya, su voz rondándola en respuesta a lo que ella hizo antes.– Sé que hablo por todos al decirte que conocíamos el riesgo al que nos enfrentaríamos si osábamos entrar al Averno sin morir antes, y también sé que no dudamos ni un instante en tomarlo. Lo que no sé si sepas es que no lo hicimos ni por impulsividad ni por desobediencia, ni permitimos que destrozaran nuestros corazones porque debiéramos protegerte, o porque un destino ajeno a nosotros lo decidió así. Lo hicimos porque te amamos.
– Seiya...
– ¿Temes perdernos?
Saori asintió, y el Caballero vio con toda claridad cómo una lágrima resbalaba por su mejilla.
– Por favor, no llores –suplicó.– Si morimos y perdemos nuestras almas, lo haremos con gusto y con una sonrisa porque no será por nuestra diosa. Será por ti.
Sin querer, Seiya sonrió. Jamás pensó que algún día llegaría ese momento: suplicándole a su diosa que le permitiera protegerla, cuando antes le exigió que le dejara marcharse a vivir su propia vida.
– Vámonos.
– ¡No, no puedo! –respondió Saori con voz quebrada.– Si les ocurre algo, como a Ikki...
– Ikki eligió su propio camino –repuso Pegaso.– No temo a la muerte.
Saori volteó a verlo. Sus ojos relampagueaban por la impotencia que sentía.
– ¿No ha sido suficiente con todos lo que han muerto? ¿No comprendes que no quiero perderte?
– ¿Y tú no entiendes que no soporto la idea de que permanezcas aquí por siempre? –preguntó el Caballero, subiendo el tono de su voz.
– ¡No me obligues a ver tu cadáver!
– ¡Y tú –exclamó Seiya, sujetándola por los hombros– no me obligues a permanecer lejos de ti sabiendo que estás viva! ¡No me obligues a arrancarme el corazón al imaginar que Hades te tiene en su poder! ¡No me obligues a pensar que moriré y que nunca volveré a verte, porque seguirás con vida en el Averno! ¡No me obligues, Saori, porque te amo!
Y sin darse cuenta, acercó su rostro al de ella y, con una extraña mezcla de fuerza y ternura, la besó en los labios.
De momento, Saori no supo reaccionar. Sus ojos temblaron, incapaces de cerrarse, y sus propios labios no pudieron responder al amoroso gesto de Seiya. Porque nadie, en toda su vida, había besado a la diosa Atenea. Ni siquiera se habían atrevido a sujetarla de la mano, ni a aspirar a su cariño. Palas Parthenon Atena, la joven diosa virgen, no se casó, no tuvo amantes, tampoco hijos. Amaba a los humanos en conjunto y a la Tierra como un ser, y sobre todo,a los habitantes de su ciudad protegida por los Santos y Caballeros que le habían jurado lealtad. Pero no había amado a un solo hombre.
Ahora amaba.
En el fondo de su mente, se preguntaría si la que empezaba a responder era la humana o era la diosa, pero no le prestó mucha atención a tal duda. Suavemente, había extendido sus brazos y tocaba a Seiya en el pecho, y lo besó con la misma ternura y fragilidad que él había notado al entrar a rescatarla. Sintió que sus cosmos se activaban poco a poco: el de Pegaso era brillante como el Sol, pero el suyo fue débil y opaco. Seiya estaba tan feliz que ni cuenta se dio de ello, ni que la extraña vibración que dominaba al Averno parecía adquirir nueva fuerza.
Al contrario, era como si hubiera muerto e ido al Cielo, y desde ahí descubría que Saori había tenido razón aquella noche, en la Batalla de las Doce Casas. El mundo todavía no ha sido corrompido del todo: el amor existe en las personas que se quieren unas a otras, y mientras exista una sola alma capaz de sentirlo, Terra tendrá la esperanza de no caer en el Infierno y de aspirar al Paraíso.
Las heridas del pasado regresaron al ayer y el futuro fue incierto. No sabía si siquiera contaba con un mañana. Pero el Hoy existía, e iban a luchar por él.
Los dos se separaron, mirándose a los ojos en silencio. Medio apagados por el túnel, llegaron los sonidos del combate. Ya sin decir nada, Seiya sujetó a Saori de la mano y la guió hacia dentro de la obscuridad, con la otra mano tomando la cadena. La diosa no se resistió, ni tampoco pidió que se marchara y la dejara ahí.
Mientras avanzaban, Atenea percibió el cosmo de Hades rodeándolos. Descubrió que el aura antes inflexible pero justa de su tío había desaparecido, y en lugar de ello sólo percibía obstinación. “¿Qué nos espera?”, se preguntó angustiada, y estrechó la mano de Seiya con más fuerza.
Al cruzar el túnel, a pesar de que su aura seguía dominada por el Averno, su figura emanó tanta luz que los pocos Daimons que quedaban huyeron a advertir a Hades. Ante tal reacción, Shiryu, Hyoga y Shun miraron hacia el túnel. Seiya y Saori-Atenea acababan de salir de él.
– Saori... –murmuró Dragón, maravillado ante la dignidad y la luz que el Averno no podría robarle por completo.– ¿Te encuentras bien?
Ella asintió, sonriendo.
– Muchas gracias por todo, Caballeros –respondió dulcemente.
Hyoga colocó su mano sobre el hombro de Seiya, felicitándolo en silencio, pero Pegaso no supo bien a qué se refería. Shun sonrió al ver libre a su diosa, pero no se atrevió a mirarla de frente.
– Larguémonos de aquí –ordenó Seiya, señalando hacia las escaleras.– Cuanto más pronto, mejor.
El eco de los veloces pasos de una diosa y de sus cuatro caballeros resonó hasta lo más profundo del Tártaro. La presa escapaba. Con ella, el triunfo.
En el interior de una de las Cámaras, un cosmo se unió a otro de increíble poder.
Era un mal presagio.
Jabu podría haber estado ciego, sordo e insensible, y aún así habría logrado encontrar su camino a pesar de que no conocía el Palacio del Tártaro. ¿Conocimiento? ¿Orientación? Él mismo ignoraba cuál era el motivo y también por qué se sentía tan calmado a pesar de la debilidad que lo dominaba. Si Elis o cualquier otro Guardián aparecía, comprendió, no le costaría ningún trabajo acabar con él de un solo golpe. Había perdido mucha sangre y sus sentidos no habían regresado a la normalidad. Pero no sentía temor alguno.
¿Acaso se debía a esa nueva tranquilidad que lo inundaba después de haber vislumbrado el Séptimo Sentido? No importaba que lo tuviera consigo para siempre o que lo conservara sólo por algunos instantes: lo había alcanzado y sabía que podría volver a hacerlo. Si tan sólo tuviera tiempo y oportunidad de seguir practicando...
Decidió que no tenía caso preocuparse por un imposible. De inmediato, su mente se dirigió hacia Atenea; un segundo después, a Shaina. Tenía que encontrarlas.
Ya había dejado atrás la salida de la torre de la biblioteca y se encontraba cerca de la escalera principal del Tártaro. Gracias a su nueva percepción, alcanzaba a sentir con debilidad los cosmos de los Cuatro Caballeros y, en una frecuencia inferior, el de su diosa. Lo único que lo confundió era que también notaba el aura de Ikki de Fénix, pero, ¿no se suponía que estaba muerto? Se concentró un poco más y comenzó a descubrir más cosmos, incluyendo los de los Santos, y ésa fue su mejor motivación para seguir adelante. Una gran batalla estaba a punto de iniciar, ¡y por primera vez Jabu de Unicornio no desperdiciaría la oportunidad de participar en ella!
Quizá sería su última oportunidad, después de todo.
En eso, una ráfaga de energía llamó su atención. Provino de las escaleras, no muy lejos de él, y la velocidad con la que pasó demostraba que la causa intentaba escapar de aquel lugar. No le costó mucho trabajo reconocer a los responsables.
– ¡Señorita Atenea! –murmuró, deteniéndose en medio de su asombro.
Junto a ese cosmo tan débil, iban otro cuatro y Jabu no tuvo oportunidad de preguntarse por qué el aura de su diosa se estaba apagando. ¡Seiya!, identificó. ¡Y también Shiryu, Hyoga y Shun! ¡Debían haberla rescatado y huían del Tártaro antes de que Hades los descubriese!
“Dios mío”, alcanzó a pensar, sin querer estremeciéndose. “Todos han resultado heridos y ninguno se encuentra en su mejor forma. Si Hades los encuentra, nada podrá salvarlos.”
Jabu empezó a rastrear en qué dirección huían para unírseles y ayudarlos. Pero en ese instante, recibió una segunda ráfaga de energía. Miró hacia su izquierda, donde encontró un largo pasillo obscuro. Dentro de él, alcanzó a ver una silueta que también se había detenido y que lo observaba.
Ya más por costumbre que por verdadera precaución, Jabu se colocó en guardia.
– ¿Quién eres? –gritó.
La figura, sin responder, corrió velozmente hacia él. Jabu maldijo hacia sus adentros. Lo que menos necesitaba era otro combate que le impidiera reunirse con Atenea y con los demás.
Sin pensar, encendió su cosmo a todo lo que daba, comenzando a invocar su ken básico para librarse del obstáculo lo más rápido posible. No notó que su aura compartía un tono violeta con uno dorado que había dejado de pertenecerle a un Santo y que ya era completamente suyo. Pero al verlo, la figura se detuvo, justo donde caía un poco de luz.
– Lo lograste... –murmuró, sorpresa en su voz.– ¡Al fin lo lograste!
– ¿Qué dices? –preguntó Jabu.
En esa obscuridad, le pareció que la voz del extraño era alegre, incluso conmovida.
– Tu cosmo finalmente brilla –añadió la figura.– Comprendiste que ascenderías en el momento en que quisieras. ¡Y lo quisiste!
Unicornio miró a esa persona con extrañeza, aunque no por ello deshizo su guardia, y entonces fue su turno de sorprenderse. Porque no era un “él” quien había llegado, sino una “ella” que portaba tiara y antifaz de plata.
– ¡Shaina!
La joven sonrió, y su gesto fue muy luminoso. Jabu no recordaba haberla visto sonreír jamás, pero en una reacción natural al saber que estaba viva, corrió hacia ella. Ofiuco, en contraste, murmuró:
– Estás a salvo. Ellas no mintieron, estás a salvo...
Claro que no le pasó desapercibido que ya no usaba casco, que estaba muy herido y que sus pasos no eran tan firmes como al inicio de su aventura, ¡pero qué importaba! La sombra de la felicidad que había sacrificado para que ese Caballero viviera se volvió más pálida y casi desapareció.
A dos pasos de distancia, Jabu se detuvo. Acababa de recordar que a Shaina no le agradaba que la tocaran, y vaya que se lo había demostrado en el Erebo.
Pero ella recorrió los dos pasos y rodeó el cuello del Caballero con sus brazos, sepultando su rostro en su hombro.
Jabu permaneció inmóvil, a pesar de que creía escuchar que decía “¡Estás a salvo!” una y otra vez. Que se acordara, casi nadie lo había abrazado en su vida.
Nadie abraza a los huérfanos, a los recogidos, a los Caballeros Indignos.
Pero, ahora que lo pensaba, tampoco nadie estrechaba entre sus brazos a las amazonas solitarias.
Sin darse cuenta, correspondió al abrazo, y tampoco se percató de que también sonreía. Elis se había equivocado en cuanto a que jamás volvería a verla, y comprendió que había sido un estúpido al perder la esperanza. Shaina volvía a estar con él, pero por un instante, le pareció como si no se hubieran separado. Como si ella hubiera estado a su lado durante su combate contra Thanatos. Como si hubieran estado unidos desde siempre.
Y justo así, abrazados, los encontró una pequeña figura encapuchada que de repente apareció a su lado.
– ¡Vaya! –exclamó.– ¡Sí que me ahorran el trabajo de reunirlos! Sólo me faltan cuatro más.
Jabu y Shaina se soltaron de inmediato e, intrigados, vieron al encapuchado. La tela le cubría el rostro y le distorsionaba un poco la voz, pero la estatura era inconfundible. Caballero y Amazona intercambiaron una mirada y, sin decir nada más, corrieron hacia la escalera. El recién llegado trató de seguirlos, aunque era obvio que iba pisando el borde de su capucha y que podría tropezar en cualquier momento.
¿Qué tortura no había aplicado a ese hombre? En aquel instante, no pensó en que le había controlado la mente por medio de su música, ni en que se había destrozado los tímpanos para no escucharlo, tampoco en que con un golpe de espada le había destrozado el corazón, y menos en que, en plena ascensión hacia Dubhe, lo obligó a que lo soltara al recurrir a una ilusión.
Quizá, pensó, la tortura más grande era que Sigfried de Alpha-Dubhe había comprendido cuán inútil había sido la Batalla de Asgaard y que las muertes de sus amigos, los otros seis Guerreros Divinos, habían sido en balde. Que había combatido no a favor de su amada princesa, sino de aquel que quería destruir al mundo. Esa, dedujo, había sido la verdadera tortura, aunque quedaba otra opción que de repente era clara al verlos juntos. De no haber sido por Poseidón, Hilda y Sigfried habrían compartido el resto de sus vidas, quizá reconociendo lo que sentían uno por el otro. Sólo Sorrento de Sirene se había interpuesto en aquel luminoso destino, matándolo a él y destrozándole el corazón a ella.
Y Sorrento de Sirene estaba, de nuevo, frente a Sigfried de Alpha-Dubhe y a Hilda de Polaris.
Nada lo había preparado para eso.
A su alrededor, continuaba la batalla a pesar de que el tiempo parecía haberse detenido después de la aparición de la luz blanca. Con velocidad y ritmo, casi con incomprensible alegría, los Guerreros Divinos combatían a los pocos Daimons que quedaban en pie. Aunque Erich había recuperado su martillo, lo mismo recurría al Golpe de Mjöllnir que al Hércules Titanicum; a su lado, sentía al espíritu de Thor protegiendo a aquella Hilda que tanto admiró. Hildebrand se dividía entre el místico Midgard, las almas griegas combatiendo con la misma nobleza y valor de las nórdicas, y la Coraza Amatista; de algún modo, supo que el anterior portador de su armadura (¿Alberich?) había traicionado a Hilda, pero jamás a Asgaard. Balder había logrado combinar la Garra del Lobo del Norte con la Luz de Hel, a pesar de la herida de su brazo, mientras Fenrir finalmente comprobaba que Shiryu había tenido razón y que sí había personas en las que puedes confiar, como aquel hijo de sacerdote que canalizaba sus ataques. Heimdall oscilaba entre el ensueño de la Música Nocturna y la melancolía del Réquiem de Cuerdas, e igual ocurría con Mime, que al fin encontraba algo más que el pesar y el arrepentimiento y volvía a creer en el futuro.
Pero nadie sabía –ni podía saberlo– si Gunther estaba vivo o muerto. Su cuerpo se movía y, en ocasiones, se veían los ojos negros y el cabello obscuro del Guerrero más apegado a las señoritas y a Hyoga. Pero en otras, a distancia, sólo se veían rizos del color de la madera y ojos tan transparentes como el agua, aunque llevaban más de un año convertidos en polvo de estrellas. Si el alma de Sigfried había regresado, ¿dónde estaba la de Gunther?
O al menos eso fue lo que se preguntó Bud al verlo. Sin embargo, del temor porque uno de sus mejores amigos hubiera muerto, pasó a una involuntaria alegría. Su Garra del Tigre Vikingo era el doble de fuerte. Había una explicación y su corazón se estremecía al comprenderla.
Entre las ruinas, alcanzó a ver un trozo de mármol tan pulido como un espejo. Su reflejo lo miró en silencio, brillando con la luz de las estrellas. Por alguna razón de óptica, no alcanzaba a ver su largo cabello, por lo que parecía que lo usaba tan corto como antes.
Eso, o el reflejo era el de alguien más.
– Syd... –murmuró, la voz ahogándose en su garganta.
Sacudió la cabeza, negándose a permitir que sus ojos se llenaran de lágrimas aunque eso ocurría contra su voluntad. Le pareció que el reflejo sonreía. ¿Sería él o sería Syd?
– Ya somos hermanos de nuevo, ¿verdad? –preguntó.– ¿Como debió ser desde siempre?
La luna brilló intensamente en respuesta.
Dietrich, en una reacción que ni él mimo supo explicarse, se había aproximado a Flare. La joven valkyria no había dejado de rezar, su dulce cosmo rodeándola, pero al percibir un ken de fuego cerca, abrió los ojos. Vio que el guerrero de Beta-Merac usaba una de sus manos para los ataques de hielo y otra para el Infierno Ardiente y el Aro de Byrnhild, según conviniera. En eso, notó que Flare lo estaba viendo; de repente, cesó sus ataque y cruzándose de brazos sentenció:
– ¡Nunca me habría atrevido a decirle esto, Lady Flare, pero Hyoga de Cygnus no me agrada nada para usted!
Flare, sorprendido, lo miró. ¿Cómo podía sentenciar algo semejante, si Dietrich había sido uno de los alumnos más cercanos al Caballero de Hielo? En eso, descubrió que los ojos usualmente grises del guerrero se habían vuelto casi transparentes, tendiendo a lo azul.
– ¡Pero él ha sabido hacerse digno de usted! –dijo con voz ronca.– Sé que la protegerá y la hará feliz, por lo que no sólo lo acepto, sino que lo envidio. ¡Sea feliz, señorita mía!
– ¿Hagen? –murmuró Flare, llevándose las manos al rostro.
Dietrich, ante ese nombre, agitó la cabeza de un lado al otro.
– ¿Qué diablos dije? –exclamó, sus ojos volviendo a ser grises.
"Las valkyrias eran las enviadas de Odin", recordó Flare en una exhalación. "Iban al campo de batalla y elegían las almas de los guerreros que habrían de morir. Las conducían al Valhalla, donde los atendían y protegían hasta aquel día en que esas almas tuvieran que regresar al combate."
Estuvo a punto de desmayarse. Pero, con una firmeza que no se conocía, pensó:
"No. Hasta que todo termine."
Sorrento y Sigfried seguían observándose mutuamente en silencio. Hilda, incluso en medio de su confusión, había regresado a sus oraciones y se encontraba muy pálida.
– ¿Qué haces aquí? –preguntó el alma, sus transparentes ojos centellando con desprecio.
Sorrento no encontró respuesta. A pesar de que había sido un Shogun de Marina, el mismísimo Heraldo de Poseidón, jamás imaginó que su penitencia sería esa. En el pasado, se habría limitado a ver al fantasma con altivez. Pero esa noche, se limitó a sujetar su flauta con ambas manos y con tanta fuerza que pareció que quería romperla.
– ¿Has venido a dañar a Lady Hilda? –preguntó Sigfried con mayor enojo.– Antes servías a Poseidón. ¿Ahora eres esclavo de Hades?
– Yo... –murmuró Sorrento.
Antes que pudiera decir algo, sintió un golpe en el rostro. Sigfried había usado el cuerpo de Gunther para agredirlo. Como Sirene no estaba preparado, ni siquiera intentó defenderse y cayó de espaldas sobre el suelo.
– ¿No fue bastante con haberme matado? –exclamó el Guerrero Divino, apretando los puños.
Sorrento lo miró con expresión vacía. Pensó en las Erinias, quienes persiguen a los asesinos y les recuerdan sus pecados, pero sospechó que, de existir, estarían dentro del Averno. Sigfried no era ese tipo de espíritu griego. Sólo quería justicia, no venganza.
– ¡Me destrozaste la vida, Sorrento de Sirene! ¡Hiciste que conociera la desilusión y la impotencia por la muerte de mis amigos y el terrible destino que aguardaba a Milady Hilda y a Asgaard!
Y añadió, en voz más baja:
– Créeme que mi muerte fue lo de menos. Incluso cómo ocurrió.
Miró de reojo a Hilda. Ahí estaba la mujer que en silencio había amado, la misma a quien juró fidelidad años atrás y a quien le había entregado su corazón casi desde el inicio. La Hilda que lo había visto morir había estado poseída por los demonios que habitaban en la Sortija de los Nibelungos, y no mostró pesar ni arrepentimiento hasta después de que su cuerpo se convirtió en polvo de estrellas.
Y Sorrento comprendió que ésa había sido la peor de las torturas que le había aplicado. Sigfried había muerto creyendo que a su amada no le había importado el que diera su vida por ella.
Había sido demasiado cruel.
– Nunca entenderás lo que sentí –murmuró el espíritu.– Nunca has amado.
Los ojos de Sorrento relampaguearon. De acuerdo, jamás había amado a una persona del modo en que Alpha había adorado a la avatar. Pero sí amaba algo.
La canción de Atenea.
Esa plegaria transformada en tonada, capaz de detener la mano que asesina y de guiar a los pecadores al arrepentimiento, era la verdadera causa de que se encontrara ahí. Lo había obligado a rechazar la vida superficial que pudo tener. Y aún así, amaba esa canción al grado que no imaginaba su existencia sin su sonido en sus pensamientos. Justo como le pasaba entonces.
– Te equivocas –respondió Sorrento sin meditar.– Sé lo que es amar. Mi diferencia contigo es que no sé qué sea perder.
Y añadió con voz más obscura:
– Aunque el mundo, y yo con él, está a punto de averiguarlo.
La furia que Sigfried reflejaba en sus ojos desapareció poco a poco, transformándose en tristeza.
– No soy quién para juzgarte ni condenarte –murmuró.– Cumplías con tu deber. Sólo quiero que me respondas algo.
Sirene lo miró, aguardando.
– ¿En verdad me odiabas tanto como para matarme? –preguntó, volviéndolo a ver a los ojos.
El Shogun no respondió de inmediato, hasta que sin desviar la mirada, dijo:
– No sé qué te habría respondido el Sorrento de hace un año. Me desesperó que eligieras la muerte a la vida y me sorprendió tu aparente ingratitud hacia mi Señor Poseidón. No lo sé. Pero hoy sólo puedo decirte que jamás te odié, ni entonces ni ahora...
Involuntariamente, bajó la mirada.
– Por eso estoy aquí. No me creas si no quieres, pero vine a proteger a Hilda, y con ella a Atenea.
La mirada de Sigfried perdió totalmente el rencor. Sorrento, antes de darse cuenta, murmuró:
– Lo siento mucho.
Las palabras que jamás se formaron ni en su mente ni en su corazón acaban de brotar de sus labios. Había pedido perdón a su víctima guiado no por el temor, sino por el arrepentimiento. Antes de que comprendiera lo que había hecho, tuvo un pensamiento más.
“Esto se debe a ti, Atenea. A nadie más que a ti.”
Alzó la vista. Sigfried había extendido la mano, ofreciéndole ayuda para que se levantara. Sorrento la aceptó.
– También siento lo que ha pasado –afirmó el espíritu.– Pero ya no tiene caso pensar en ello.
Un grito de Hilda sacó a ambos de tan sombría meditación. Alarmados, voltearon a verla. Físicamente parecía estar bien, pero sus ojos mostraban pánico absoluto.
Flare, sin apagar su cosmo, exclamó:
– ¿Hilda, qué tienes?
Polaris negó con la cabeza.
– A mí, nada. Pero...
Por inspiración, Flare miró hacia el angosto portal que, aún así, permanecía abierto. La Avatar se obligó a pronunciar las siguientes palabras.
– Acaba de manifestarse el Odio. Es un Odio como nunca hemos conocido antes y lleva consigo el Arma de su venganza.
Flare, Sigfried y Sorrento se miraron entre sí, sin saber qué hacer o qué decir. Ellos podían combatir al Mal, ¿pero existía alguien inmune o invulnerable al Odio?
La primera imagen mental que tuvo fue la silueta de una mujer. De momento, creyó que jamás la había visto y que ella, como un ángel de la Muerte, venía a llevarse su alma. Pero al fijarse en los detalles, descubrió que ya la conocía. No era muy alta, su talle era esbelto y su largo cabello amielado con reflejos violetas caía hasta abajo de la cintura. Su piel era blanca, con mejillas y labios sonrosados; el tono de sus ojos variaba entre el negro nocturno y el azul obscuro, pero brillaban con la luz de miles de estrellas bajo sus espesas pestañas y transmitían miles de emociones que no supo definir. Vestía una túnica blanca que, en pliegues, caía al piso aunque se delineaba su suave cuerpo bajo ellos, y lo adornaba joyería dorada que le daba la apariencia no de una reina, sino de una diosa.
Atrás de ella, había otra mujer. Al igual que con la primera, no supo si era la primera vez que la tenía ante sí, pero tardó menos en descubrir su error. Sólo que no venía vestida como la había conocido. Una túnica obscura la cubría desde los hombros hasta los pies, y si podía ver su rostro era porque se había quitado la capucha. Cabello del color de las hojas al inicio del otoño caía en rizos sobre su rostro y hombros, apenas detenido por una diadema plateada. Ojos aceitunados lo observaban, pero su expresión estaba llena de tristeza. Su piel también era blanca, más sus mejillas eran pálidas y sus labios parecían haber olvidado lo que era una sonrisa. No era una humana ni una diosa. Era una Moira y una Amazona al mismo tiempo.
Sin saberlo, la diosa le había demostrado el error en que se encontraba su Señor –y con él, el suyo. La Moira no había hecho más que probar su teoría. Ahora, las dos lo observaban en silencio, con tal dignidad que hicieron que se sintiera avergonzado. Había una muda pregunta en su expresión.
¿Qué vas a hacer?
Cuando abrió los ojos, descubrió que no había observado más que con la visión de la mente. Seguía en el piso de la biblioteca, justo donde el Cuerno Celeste del Unicornio lo había dejado. De su enemigo no quedaba más rastro que una pequeña hilera de gotas de sangre. En el pasado, se habría lanzado a acabar con él, aprovechando su obvia superioridad física. Pero en aquel momento permaneció quieto y callado. Lo único que hizo fue arrodillarse, la cabeza baja. Así estuvo por varios minutos.
Cuando alzó la mirada, sintió cómo una lágrima surcaba su rostro hasta su mentón sin que hubiese emitido sollozo alguno. Había olvidado olvidado que podía llorar, y sin embargo, descubrió que podía hacerlo. Así como también descubrió que podía admirar el heroísmo, envidiar a un Caballero y reconocer que estaba equivocado. Que su Señor estaba pecando y él a su lado, y aunque tal vez estaría dispuesto a condenarse al Infierno por él, el precio representado por la vida de Atenea era demasiado grande.
Pero si se permitía llegar a la conclusión de que Hades estaba equivocado y de que Atenea –y con ella, sus Santos y Caballeros– no debía estar en el Averno, era como si traicionara a aquel que le había dado sentido a su vida. Porque él no era de los hombres que se quedan con su pecado en el corazón y tratan de olvidarlo. Era de los pocos seres que estaban dispuestos a corregir su error. O a menos, a cumplir su penitencia.
¿Estaba realmente dispuesto a cumplirla?
Dudó un instante. El camino era tan claro que era inútil tratar de buscar alternativa alguna. Pero él era, o había sido, el más leal de los Guardianes del Estigio que protegían a Lord Hades. ¿Podría atreverse a ir en contra de sus propios principios, de sus ideales, incluso de la gratitud que guardaba hacia su Señor y hacia Lady Perséfone?
Nunca había rezado. Si supo cómo hacerlo antes de entrar al Averno, lo había olvidado, y lo único que deseaba era poder recordar algunas palabras o frases apropiadas que pudiera dedicar al Omnipotente. Necesitaba un poco de luz para descubrir si lo que quería hacer era lo correcto, o si en un exceso de celo cometería un pecado aún más grande.
Más no recordó ninguna. Sólo atinó a alzar la mirada, pero el techo cubría al Cielo, y de cualquier manera, no lo habría visto a través de las nubes que rodeaban al Averno.
Otra lágrima fluyó por su rostro sin que él reaccionara. Lo único que pudo murmurar fue:
– Por favor, Guíame.
Al haber dejado de rezar años atrás, también había dejado de escuchar la Voz del Omnipotente dentro de su corazón.
Pero aún así, comprendió algo.
Había envidiado a Jabu por ser protegido y acompañado por una Diosa y por una Moira. ¿Y no habían sido ellas quienes le habían mostrado el verdadero camino?
¿No lo protegían y lo acompañaban a él también?
Y comprendió que la Voz nunca se había callado. Era sólo que no había querido escucharla.
Un sollozo brotó de su garganta como hacía años no ocurría. Apretó los ojos hasta que las lágrimas brotaron de ellos con libertad absoluta; igual presionó sus manos y volvió a inclinar la cabeza. Más no fue por la desesperación, sino de alivio, e incluso una sonrisa débil iluminó su rostro.
Un rato después, Elis de Thanatos respiró profundamente, se puso de pie y salió de la biblioteca.
A cada paso que daba, Saori-Atenea recordaba detalles de su vida que creía haber perdido. El que más la impresionaba era el de otro momento en que también tuvo que correr, pero por una razón distinta. Mitsumasa Kido la había llevado de día de campo a una de las regiones más hermosas de Kyoto; todavía no llegaban los huérfanos que se convertirían en sus compañeros de infancia y la amenaza que pendería sobre su vida no figuraba ni en su imaginación. Los pájaros cantaban, el pasto emanaba frescura y toda la región olía a cerezos en flor. Como siempre, había sido un día pacífico y hermoso, y el abuelo había pasado un largo rato enseñándole a amar al planeta en sus menores detalles y criaturas.
En eso, el Sol había sido cubierto por densas nubes y, sin advertencia previa, empezó a llover. En lo que Tatsumi recogía todo, el abuelo la tomó de la mano y,corriendo, regresaron al automóvil. Ella había querido permanecer bajo la lluvia, pues le encantaba el aroma a cerezo combinado con tierra húmeda. Pero Kido no lo permitió. Por instantes, ella no alcanzaba a ver bien, así que confiaba en su abuelo para dejar que la guiara.
Justo como entonces.
Sin dudar, permitía que Seiya la llevara de la mano a través de los corredores del palacio; sus tres amigos iban con ellos, sin alejarse ni un centímetro del grupo. Sólo que no era una tormenta lo que los amenazaba, sino la muerte. Por momentos, no percibía nada mas que el tacto de la mano de Pegaso y la carrera de los cinco en conjunto; no se fijaba en cuántos escalones habían bajado ni en qué nivel iban y menos en los adornos del Tártaro. Huían como criminales y ladrones y no había más opción que correr. A veces, su pensamiento no se dirigía únicamente a los recuerdos y se disculpaba con su tía por marcharse sin despedirse a pesar de cuán amable había sido con ella durante su estancia en el Averno. Si pensaba en su tío, en cambio, la dominaba un escalofrío.
Al igual que a Saori, los Cuatro tampoco podían fijar su mente en algo que no fuera el escape. Shiryu olvidaba que muchos detalles de su pasado no estaban claros y que existía la enorme posibilidad de que no volviera a ver a Sunrei o al Anciano Maestro; Hyoga, a pesar de que su alma había perdido la culpa, sentía una enorme angustia no por dejar de cumplir su misión, sino porque Flare le parecía más lejana que nunca; Shun, poco a poco, trataba de volver a ser el Caballero de siempre, pero no olvidaba las visiones que Reda le había impuesto, aunque el deber debía estar antes que su propia debilidad o que el dolor. Sólo Seiya conservaba las palabras de Caronte en su mente, pero al sentir a Saori tan cerca, daba cada paso con mayor velocidad y trataba de huir de ellas y de su destino.
Apenas alcanzaron el final de la escalera, un violento terremoto sacudió al Averno. Por prudencia, se detuvieron un instante antes de continuar; a pesar de que no hubo daño dentro del palacio, no temieron a la manifestación física, sino a lo que espiritualmente significaba. Shiryu frunció el ceño, mostrando inquietud en su rostro.
– Algo maligno está tomando lugar.
– Mi tío... –murmuró Saori.– Debe saber que he escapado.
Seiya recorrió el lugar con la mirada. Habían llegado al pie de la escalera e imaginó que sólo les faltaba por cruzar varias salas para salir del palacio.
– ¡Pues tendrá que alcanzarnos! –exclamó, iniciando la carrera.
Por sólo un segundo, Saori estuvo a punto de pedirles que la dejaran, que huyeran ellos porque quizá sería la única manera en que encontrarían misericordia por parte del Señor del Averno. Sin embargo, vio tanta decisión en las miradas de los suyos que supo que sería inútil. Aunque el terremoto no disminuía, los cinco corrieron hacia la entrada.
Cuando pasaron cerca del invernadero, cada uno percibió la vibración del cosmo de Ikki, pero nadie lo comentó. En medio de la lucha que tantas almas habían sostenido a su lado, no sería extraño que el Fénix también los protegiera en espíritu, así que siguieron adelante. Shun estuvo a punto de llamar a su hermano, pero no lo hizo y tampoco comentó que estaba vivo. En aquel momento, la vida de cada uno de los que estaban en el Reino de los Muertos se encontraba en una balanza, y no se podía hablar de resurrecciones cuando una separación eterna se encontraba tan cerca de todos.
En eso, escucharon el rumor de decenas de aullidos acercándose.
– Demonios –murmuró Hyoga.– Más guardias.
– Deben ser muchos –afirmó Seiya sin soltar a su diosa.– Si no los detenemos, nos seguirán.
Shun, Shiryu y Hyoga intercambiaron una rápida mirada.
– Vete, Seiya –ordenó Dragón.– Nos quedaremos aquí.
Antes de que Pegaso lograra protestar, los Daimons aparecieron y los atacaron.
Pero dos kens impidieron que los Daimons alcanzaran a un solo integrante del grupo; uno era de tono rojizo y el otro violeta, y ambos lucían tonos dorados.
– ¡Disculpa, Shiryu, pero es mi turno de protegerte!
Y entonces los causantes de los nuevos ataques se detuvieron un instante y los otros pudieron verlos.
– ¡Shaina! –exclamó Seiya sin sorprenderse del todo e inmediatamente después, realmente asombrado, añadió– ¿Jabu?
La joven protegida por Ofiuco los vio con firmeza, pero nadie entendería jamás la expresión de sus ojos al fijarse en Pegaso.
– Sabemos cómo combatirlos –sentenció, lanzando otra ráfaga de la Cobra.– ¡Váyanse!
– ¡Ya tenemos experiencia! –afirmó Jabu con orgullo.– ¡Cuiden a Atenea!
Ninguno de los dos se quedó a escuchar queja alguna. Casi a la velocidad de la luz, Seiya y los demás escucharon un “¡A mí, Cobra!” y un “¡Galope del Unicornio!” que se dirigían contra los Daimons y vieron como varios caían ante el impacto. Seiya se quedó con la boca abierta al ver el dorado cosmo de Unicornio.
– Al... fin... los... encuentro...
Voltearon a ver quién los había llamado y encontraron a la misma figura baja y encapuchada que había hallado a Shaina y a Jabu. La figura estaba doblada sobre sí misma y parecía que le faltaba el aire.
– ¿Quién eres? –exclamó Seiya, poniéndose en guardia.
Ante esa imagen, la figura dio un salto y gritó:
– ¡Paz, paz! ¡Soy yo, amigo Seiya!
Y con una mano, se apartó la capucha del rostro, revelando un rostro pecoso y siempre animado.
Una exclamación general de “¿Kiki?” se escuchó, pero el medio-elfo negó con la cabeza.
– Tengan. Mi Maestro se las envía. Les ayudará a salir.
Y dicho esto, sacó de abajo de su capucha una llave plateada. Sin pensar, Shiryu la tomó.
– Deben entrar al salón de fiestas... una puerta casi invisible colinda con la pista de baile. Esa llave lleva al exterior casi de inmediato.
– Pero, ¿cómo lo...?
– ¡No hay tiempo para eso! –exclamó Kiki.– ¡Váyanse!
Y dicho eso, volvió a teletransportarse para ayudar a Shaina y a Jabu en lo que necesitaran. Los cuatro Caballeros y la diosa vieron la plateada llave que les había entregado, ignorando de qué forma había llegado a sus manos.
– Nos están dando el tiempo que necesitamos –sentenció Shiryu, mirando hacia los dos Guerreros que peleaban contra los Daimons.– Es un insulto quedarnos aquí.
– Son más que ellos –titubeó Shun.– ¿Crees que estarán bien?
Hyoga, con su frialdad acostumbrada, respondió:
– Pues deberán estarlo. La amenaza que hay sobre nuestras cabezas es peor.
A la vez, los cinco reiniciaron su escape. Gracias a Kiki y a quien hubiera conseguido esa llave, el camino estaba abierto, pero también lo estaba la posibilidad de morir. Más que nunca.
Antes de que llegaran al salón, Hyoga congeló la puerta principal, que cayó hecha astillas. Sin dudar, todos entraron y dos segundos después vieron el pasaje oculto que había sido creado para Perséfone.
“¡Crúzalo y estarás prácticamente del otro lado!”, pensó Seiya al guiar a su diosa y compañeros hacia a él.A la distancia, oía los muebles y muros crujiendo, y las ventanas vibraban con tal intensidad que solamente podía venir de un dios. Shiryu adhirió la llave a la puerta, que se abrió de inmediato.
Como uno solo, los cinco entraron a un túnel. El terremoto se detuvo. Viene por nosotros, pensó Saori espantada, y redujo la velocidad de su carrera, pero Seiya (temiendo que fuera a pedirles alguna barbaridad) apretó el paso, obligándola a seguir adelante. En aquel pasillo, la poca luz que entraba apenas daba un poco de brillo a ojos, armaduras y atributos. Shun liberó los eslabones de la Cadena Cuadrada, el broche de Perséfone en la punta, para que les mostrara la dirección que debían seguir por si había alguna curva; cual un relámpago, el metal se perdió en el túnel. Su débil luz plateada apenas destacó en esa noche prematura, pero fue suficiente y la siguieron, seguros de que los llevaría al exterior.
Hasta entonces, Saori comprendió qué sentían los Caballeros cuando peleaban por salvarle la vida. Ella siempre había estado inmóvil, ya al pie de la Casa de Aries o en el Altar a Odin o en el Soporte Principal, así que nunca participó de aquellas carreras contra el tiempo. Por primera vez, la diosa corría al lado de los suyos, y de tener su cosmo intacto, también combatiría. Sin embargo, no les quedaba sino rogar para que no se presentase batalla alguna.
El ruido de la intensa lluvia del exterior se hizo cada vez más fuerte. Al final del pasillo, el broche abrió la puerta correspondiente y salieron el primer patio. Una tormenta caía sobre el Averno, relámpagos iluminando la noche eterna. Días antes, bajo una lluvia semejante, Seiya pudo ofrecerle a Saori una capa y un paraguas, pero en ese momento no tenía nada con qué cubrirla. Esto es, a excepción de su vida y, sabía, la de sus compañeros.
Tendría ser suficiente.
En el momento en que Atenea y los suyos cruzaron la Tercera Muralla y entraron a la Alameda Blanca, un nuevo terremoto estremeció al Averno. Adentro del Tártaro, la puerta de una Cámara se abrió, mostrando una figura vestida con un yelmo tan obscuro que los colores a su alrededor parecían disolverse.
Una mano cubierta con un guante metálico tomó el arma que llevaba al cinto.
Era una espada.
Sin prisa, salió de la Cámara y se integró al aire, desapareciendo de aquel lugar. Primero tenía que ir por algo.
Para el resto, tenía tiempo suficiente.
Marine guiaba a su grupo de regreso a las ruinas de la Cámara del Maestro por el pasaje que existía atrás de las Doce Casas. A pesar de que prácticamente había desaparecido la fuerza de ataque enemiga, se sentía más preocupada que nunca. ¿Cuántas horas habían pasado? No sabía exactamente cuántas, pero eran demasiadas.
“¿Por qué tardas tanto Seiya?”, pensó, mirando hacia las cercanas ruinas. “El tiempo se ha convertido en tu peor enemigo, como si no tuvieras bastante con Hades y con los Guardianes del Estigio. ¿Ya encontraste a Atenea? ¿Estás bien...?”
No quiso concluir su pregunta. La palabra lógica que seguía era “hermano”, pero Marine se había obligado a ni siquiera formarla en su mente. Seiya era hermano de Seika, no de ella.
Por un segundo, cerró los ojos. El viento de la noche golpeaba su rostro sin obstáculo alguno por primera vez en muchos años, y tal sensación fue como un consuelo.
“Por favor, regresa”, pensó la hermana mayor que se había negado a abrazarlo cuando estaba triste o a punto de rendirse. “Cumple tu misión”, fue la respuesta de la amazona, de la Maestra, de aquella que lo protegía pero le ordenaba que jamás mirara hacia atrás.
Lo único que quedaba perfectamente claro era que habían transcurrido demasiadas horas de su separación y eso no le traía más que malos presentimientos.
– ¿Estás bien, Marine?
Volteó a ver a June. Aunque Camaleón no lo decía, estaba igual de preocupada que ella.
– No moriré de esto –respondió, restando importancia a sus heridas.
– ¿Crees que sigan vivos?
Marine suspiró, bajando la vista.
– Me gustaría pensarlo y que ya vienen en camino –murmuró.– Me encantaría saber que en cualquier momento cruzarán el Portal y estarán fuera de peligro. Pero de nada sirve lo que pueda desear si ellos no lo cumplen.
– Sé que están cumpliendo su misión y que por nada se rendirán, aunque sus almas sean torturadas –sentenció una tercera voz, que identificaron como la de Sunrei.– Ése es el deber de los Caballeros, y si lo han cumplido hasta hoy y siempre han regresado, ésta no será la excepción.
Marine estuvo a nada de atribuir tan confiada afirmación a la inocencia de la joven oriental, mas no lo hizo. El rostro de Sunrei no era la faz del ensueño, sino el vivo reflejo de la fe. Su papel en las anteriores guerras santas había sido el de orar y esperar a que algún fenómeno manifestara el triunfo o el fracaso. Ella no podía ayudar sino con sus oraciones, y era la que más lágrimas había derramado en los años anteriores por su misma incapacidad para ayudarlos. Y, sin embargo, también era la que más confiaba en que regresarían con bien.
¿En qué consistía la fuerza de los que aparentaban ser los más débiles?
Junto a ellas, June se detuvo. Sus enormes ojos temblaban.
– ¿Qué es eso?
Marine, Sunrei y los Caballeros de Bronce la imitaron y vieron hacia el Portal. O más bien, hacia lo que quedaba de él. Hacía cinco minutos habían alcanzado a distinguirlo a la perfección, su breve superficie brillando contra el obscuro cielo, pero ahora se había reducido a menos de la mitad. Un niño pequeño con trabajos pasaría por ahí, pero ese no era el verdadero problema.
Un cosmo negro parecía nacer en su centro.
– El plazo se ha cumplido –sentenció Marin, obligándose a permanecer serena aunque su primer impulso fue o correr a evitar que se cerrara o bien comenzar a rezar por el alma de su hermano.
Cuatro Guardianes les destrozaron el alma. Los enfrentaron a sus demonios internos, al pasado que no podían superar, al arrepentimiento, a sus temores ocultos, a sus deseos reprimidos, al lado obscuro de sus personalidades. Cruzar las murallas en aquella huida reavivaba los sentimientos que habían logrado contener, más no olvidar, de aquellas batallas en que se habían enfrentado a sí mismos. Saori alcanzó a percibir las sensaciones de tristeza y de rabia de cada uno de sus Caballeros, incluso aunque había perdido casi todo su cosmo, y entendió cuánto debían amarla para haber pasado por todo eso y aún así seguir adelante. Un vínculo semejante se había extendido entre los cuatro caballeros; a pesar de que no lograron averiguar con exactitud lo que había vivido cada uno de ellos, percibían su mutuo descontrol, y con eso bastaba.
Shun trató de no mirar, ni de reojo, al Palacio del Tártaro antes de cruzar la Tercera Muralla. Junto a uno de sus muros, bajo esa misma lluvia, estaba el cadáver de Reda de Hecatónquiro; con él, la muy viva realidad de que su poder era mortal. Que había matado varias veces al usarlo y que, si perdía el control, podría atacar a los que más amaba.
Al ingresar a la Alameda Blanca, Hyoga vio con añoranza el sitio donde había estado la Fuente de Lete. Y recordó las imágenes de su madre, de Camus, de Crystal y de Issac. Se preguntó si el presentimiento de que no sobreviviría a esa batalla era el correcto, y en lugar de sentirse aliviado y absolutamente feliz por haberse reconciliado con sus seres queridos, estaba angustiado. Jamás volvería a verlos, y tampoco se reencontraría con Flare. Y eso no podía perdonárselo, incluso sin un Alecto de Erina que insistiera en sus pecados.
También a través de la Alameda, Seiya recordó las palabras de Minos de Caronte. Él y sus amigos iban a morir cumplieran o no su misión. Recordó cómo había estado a punto de traicionar al grupo y entrar al servicio de Hades con tal de salvarles la vida. Lo único que le impedía arrepentirse era sentir el contacto de la mano de su diosa. Minos se había reunido con la mujer que amaba. Pero él pronto se separaría de ella.
Cruzaron la última muralla y entraron al Campo de los Asfodelos. Mientras corrían a través de las melancólicas flores, Shiryu sintió una punzada en su brazo. Excalibur seguía activa, preparada para el momento en que la necesitara. Pero los retos no se limitaban a vencer a un Guardián, como había ocurrido con Arges de Cíclope, sino se extendían a reconocer los fragmentos reales de los falsos de su propia vida. Ese momento, aún así, era completamente verdadero, y si moría, perdería la única existencia que conocería junto con su alma.
El broche de Perséfone, todavía sujeto a la Cadena Nebular, les abría paso como un faro a través de la niebla. Saori no había tenido la oportunidad para mirarlo detenidamente y Shun no había comentado nada sobre la extraña mujer que se lo había dado, así que la identidad de su protectora permanecía en el misterio. Sin embargo, eso no alteraba la maravillosa función que iba cumpliendo, ni tampoco el que a cada segundo pareciera ir más rápido, como si hubiera descubierto algo que los cinco aún no notaban.
Finalmente, cruzaron la Primera Muralla y se encontraron en el Erebo. Para aquellos que ya lo habían cruzado en el pasado, el sitio no traía más que un débil y mal recuerdo, a pesar de que vieron sus vidas pasar delante de sus ojos en una ráfaga. Sin comentarlo, cada uno lo tomó como un mal presagio.
Pero Saori-Atenea había cruzado el Erebo protegida por el Cosmo de Hades y ahora que lo hacía sin esa cubierta, fue su turno de perderse en las visiones. Las siluetas de sus amigos, incluyendo la de Seiya, se disolvieron, dejando en su lugar nuevas imágenes.
Se vio como un bebé de unos cinco o seis meses. Su corto cabello amielado brillaba con destellos violeta, lo que indicaba la presencia de un cosmo superior y su rostro, aunque tierno como el de todos los infantes, poseía la serenidad de una estatua. Era una diosa reencarnada.
En eso, su cuna fue cubierta por un sacerdote; sin duda que iba a bautizarla. Sólo que el líquido que cayó sobre su frente era cálido y rojizo, y empezó a llorar. El sacerdote había querido matarla; pudo detectar que dos esencias compartían ese mismo cuerpo, pero también que alguien acababa de sacrificar su vida por ella. Ese bautizo de sangre no era sino el preludio que lo que sería su vida. Y, lo peor de todo, Saga y Ares creerían (y en ocasiones demostrarían) que estaban haciendo lo mejor por Terra.
Un Santo que ya era más un alma que un cuerpo, el Centauro Arquero que la había salvado, alcanzó a encomendarla a una antigua efigie japonesa antes de desaparecer. El anciano, de cuya imagen emanaba dignidad y orgullo, la tomó y la amó, pero para protegerla la convirtió en una niña alejada de la serenidad que la había caracterizado de recién nacida. A su alrededor, reunió a un conjunto de niños tan solitarios como ella, todos protegidos por la estatua dorada y por un hombre calvo que en otros tiempo habría sido un samurai. Algunos de los niños la querían; otros, la detestaban y ella, para no diferenciar, los trataba a todos con altivez. Los niños se marcharon, quizá cansados de sus humillaciones pero dispuesto a a todo para conseguir su objetivo, que a ella no le quedaba muy claro todavía. La figura oriental desapareció por más que le suplicó que no se fuera.
Y volvió a quedarse sola.
En eso, se dio cuenta que jamás se quedó por completo solitaria. Además de la protección espiritual de la figura oriental y de aquel que había muerto por ella, una luz dorada parecía cuidarla. Estaba formada por una estatua alada que, por algún motivo desconocido, el anciano había insistido que estuviera siempre con ella. Pero también la integraba una figura de metal que representaba a un centauro arquero. En eso, regresaron los niños que se habían marchado, pero transformados en criaturas fantásticas.
Saori, ataviada con oro y joyas, presenció los combates entre un Unicornio y un Leoncillo, un Pegaso y un Oso, un Cisne y una Hidra, un Pegaso y un Dragón, un Unicornio y una Mujer Encadenada... Hasta que un Fénix entró en escena, llevándose la estatua e iniciando la verdadera historia de los Cinco Caballeros del Zodiaco. Observó rápidamente la sucesión de imágenes que narraba tal leyenda: diferentes criaturas y espíritus se enfrentaban contra los suyos, la estatua se dividía en dos y la luz comenzaba a rodearlos a todos. En eso, se dio cuenta de que ese resplandor emanaba de ella misma, su verdadero nombre habiendo sido pronunciado en voz alta por primera vez en años.
Su apariencia volvió a ser serena y distante, como corresponde a una diosa, más su interior continuó siendo el de una joven humana. El Fénix ya estaba de su parte, aunque se marchaba de vez en vez; el Dragón perdió la vista, pero su espíritu continuó con ellos; el sacerdote reapareció, su figura amenazante al igual que sus enviados. Pero todavía faltaba lo más difícil.
Doce constelaciones se interpusieron entre ella y la vida. Su luz era como el oro y la armadura que la había protegido se reunió con ellas. En mayor o menor grado, cada una presentó un reto a los suyos, y su propia vida dependió de ellos, pues su cuerpo había resultado herido. En el último segundo de aquel día, la luz volvió a brillar sobre ella, aunque aquellos dedicados a protegerla habían muerto o estaban a punto de hacerlo. Fue su turno de luchar contra el dios que tomó posesión de uno de sus santos, de rehilar cordeles vitales y de cuidarlos. Había llegado el momento de que al fin disfrutaran su juventud, después de haberse ganando la felicidad con sangre.
Sin embargo, una nueva amenaza surgió. Venía del Mar.
No acababan de recuperarse de su pasado sufrimiento cuando una feroz Valkyria apareció en el horizonte, protegida por siete estrellas y amenazando al mundo con desaparecerlo bajo el agua del hielo derretido. Ella peleó su propia batalla, rezando para que el mundo no fuera destruido, pero la peor parte la llevaron sus guerreros y las estrellas. Ese día se cometió un error enorme, pues todos tenían el mismo propósito y el mismo corazón, sólo que el destino los había colocado en dirección opuesta. Y al final, cuando los siete luceros se apagaron, todos lloraron. No fue la alegría por el triunfo o por la salvación del planeta. En ese segundo, fue por el desperdicio de siete valiosas vidas.
Una cortina de agua la separó de sus amigos y, por un segundo, volvió a ser humana. ¿La razón? El recuerdo que un joven (y a la vez un anciano) aludía, al volver a pedirle que uniera su vida a la suya. Pero logró ver su verdadera alma y en ella la destrucción del mundo y fue encerrada bajo los Siete Mares. Justo cuando iba a exhalar su último suspiro, una luz dorada la liberó. Los Siete Pilares de los Siete Océanos habían sido destruidos por sus cinco protectores, y fue su turno de luchar por aquello en lo que creía. El anciano fue encerrado en una urna cuando seis cosmos se unieron para derrotarlo; el mundo fue salvado para el resto del Ciclo. Y la vida volvió a comenzar.
Los seis se separaron. Saori comprendió que, desde aquella mañana en que rezó junto al Mar Mediterráneo, había presentido que se acercaba el momento de morir, aunque la idea no se presentaba con claridad en sus pensamientos. Su aura era de diosa, pero su mente y corazón se habían vuelto de humana; jamás se atrevió a formar la frase y tampoco lo comentó con los cinco –a pesar de que las seis constelaciones que permanecían después de la gran batalla parecían intuirlo. La tierra del mármol se unió con la región del hielo, pero cada uno de sus amigos más cercanos tomó su propio camino. El fin se anunciaba sin trompetas, y se presentó en la figura de un hombre casi eterno, acompañado de siete símbolos de La Otra Vida.
– Dios Santo... –murmuró, más Seiya no alcanzó a oírla. Sólo sintió cómo estrechaba más la mano que sujetaba.
Con símbolos, vio lo ocurrido a lo largo de la última Guerra Santa, la Batalla del Averno. No podía ser cierto lo que presenciaba, y tampoco que ella no hubiera podido hacer más por los suyos que rezar sin imaginar cuán cruel habían sido los destinos a los que se habían enfrentado. El Dragón tuvo que perder la vida que conoció hasta entonces y ahora poseía una serie de recuerdos incompletos. El Pegaso fue tentado para servir a su enemigo o dejarse morir, todo por el amor que sentía hacia ella. El Cisne fue enfrentado por las almas de aquellos que amó y mató, el remordimiento más doloroso que cualquier ataque. La Mujer Encadenada fue guiada a su lado obscuro, a descubrir y enfrentarse a sus demonios internos y peores temores. El Unicornio fue obligado a superar su orgullo herido y tratar de elevarse, incluso si tuvo que distinguir entre diosa y humana. La Serpiente recibió la oportunidad para asegurar su propia felicidad, más debió renunciar a ella en beneficio de otra persona. El León estuvo a punto de morir, consumido por la Obscuridad; el Carnero y la virgen fueron juzgados, condenados y a punto de ser ejecutados; los tres, junto con el Toro y el Escorpión, arriesgaban en ese momento sus vidas ante un feroz perro de cinco cabezas. La Valkyria casi había sido ahogada por la obscuridad, al igual que la princesa, siete estrellas, un águila, un camaleón y una figura de porcelana oriental. Y un Fénix...
¿Ikki?
¿Ikki lo había logrado?
Pero antes de que lograse exclamar de alegría, la visión continuó. Los cuatro primeros, acompañados por la diosa, corrían a través de ilusiones. Un relámpago negro las destrozó y atacó a los Cuatro. Saori no logró observar nada más que un velo rojizo cubriendo sus ojos.
– ¡No! –exclamó, negando con la cabeza.– ¡No, por favor!
Algo tiró de su pierna derecha; en medio de su confusión, cayó hacia la árida tierra, más no alcanzó a tocarla. Seiya había reaccionado de inmediato, sujetándola cuidadosamente.
– ¿Te encuentras bien, Saori?
Ella lo vio a los ojos, aunque de momento lo vio todo con una tonalidad rojiza. De reojo, miró a su alrededor. Las visiones habían desaparecido; sus tres compañeros los aguardaban, sin abandonar su guardia.
– No puedo levantarme –respondió tras intentarlo.– Algo me sujeta.
Seiya y Shiryu intercambiaron una rápida mirada y el Dragón ya había extendido la mano hacia el tobillo de la diosa cuando sintió que algo lo sujetaba antes de tocarla. Su Séptimo Sentido le permitió descubrir la causa; al oir las exclamaciones de sorpresa de sus amigos supo que no había sido el único.
Una mano fantasmal sujetaba a Saori y otra a él. Una silueta empezaba a dibujarse frente al grupo.
– Parece que no encontrarán la salida –escucharon.– Quienes se comportaron como niños, ahora deben actuar como hombres y superar sus infiernos, pero lástima que la madurez no sea inmediata.
Shiryu, de un tirón, se liberó de su hasta entonces invisible captor.
– ¡Deathmask!
Los demás voltearon a verse, sus rostros una combinación de asombro y espanto. La otra figura que aparecía, al definir colores, tampoco les era desconocida; al identificarla, Shun palideció.
– Es triste que ni siquiera habrá un sepulcro para su cuerpos ni reposo para sus almas –sentenció Afrodita mirándolos con odio.– No habrá dónde visitarlos para dejar flores.
– ¡Pero ustedes están muertos! –exclamó Seiya.
Internamente, se reprochó haber pensado que únicamente las almas de los dignos los ayudarían y jamás haber imaginado que los pecadores podrían intervenir, aunque no portaran sus Tresors.
Deathmask emergió de abajo de la tierra para colocarse junto a Afrodita. Al hacerlo, soltó a Saori; en una reacción natural, Seiya la atrajo hacia sí, abrazándola para protegerla. Sus tres amigos los rodearon.
– ¿Muertos? –preguntó el Santo de Cáncer, sonriendo con burla.– La muerte, tal como la imaginan los hombres comunes, no existe. Sólo existe un paso.
– Ustedes sí van a conocer la verdadera muerte –sentenció Piscis.– Y ninguno de los infiernos que experimentaron hasta ahora se comparará con ella.
– ¿Por qué hacen esto? –preguntó Shun, tratando de llamar a las Cadenas sin obtener respuesta, como si no estuvieran ahí.– ¡Ustedes eran Santos de Atenea y es su deber protegerla!
Hyoga, con serenidad dentro de su asombro, completó:
– Las almas de otros guerreros nos han apoyado en esta lucha. ¿Cuál es su enfermo propósito al detenernos?
Deathmask los miró con sarcasmo y Afrodita con fingida compasión. Las sonrisas de ambos congelaron la sangre de los caballeros, pero sobre todo la de Seiya. Las palabras de Minos resonaban en su interior.
– Fuimos condenados al Averno por el papel que nos tocó desempeñar –sentenció Piscis, apartando un fantasmal mechón de cabello de su hermosa faz.– Contra lo que pudiera pensarse, no fue por atentar contra Atenea ni los suyos. Fue por no arrepentirnos.
Y añadió con desprecio:
– Ustedes, ¿ya han pedido perdón por sus pecados?
Sonrió descaradamente al ver a Shun palidecer todavía más. Hyoga, que estaba junto a él, apretó los puños pero, ¿cómo se pelea contra un espíritu?
– Ustedes no pueden herirnos –afirmó Shiryu; a diferencia de los otros, no estaba más sorprendido de lo usual.– Independientemente del arrepentimiento, su obligación es proteger a Atenea, ¡no interrumpir su escape!
Sonriente, Deathmask se les acercó. Los tres Caballeros dieron un paso hacia atrás para cubrir a Seiya y a Saori, pero nadie desvió la mirada.
– La compasión y el arrepentimiento son para los tibios de corazón –sentenció, viendo a Dragón a los ojos.– Ustedes no se merecen el infierno, sino algo peor. El vacío. Ni su amada diosa podrá salvarlos.
Torció la boca, a punto de soltar la carcajada.
– ¿Recuerdas el Abismo de Yomotsu? Mi alma debió ser destrozada porque caí en él, pero tal tortura me fue negada a cambio de pasar en el Averno el resto de la eternidad. Ese castigo sería demasiado suave para con ustedes. ¡Más vale el Infierno que la Nada!
– ¿Aunque jamás puedas aspirar a la Luz?
La voz de Saori-Atenea había fluido tierna y suavemente, como si en lugar de una diosa fuera una niña. Su porte estaba lleno de majestad al librarse del abrazo de Seiya y hablarle a los que, en algún tiempo, tuvieron el deber de protegerla.
– La Luz es un sueño –sentenció Deathmask.
– Eso afirman los necios que no merecen contemplarla –respondió ella.– Lamento con todo mi corazón que estén tan ciegos porque, ¿saben? El Omnipotente es misericordioso. En especial, cuando una de las diosas le ha rogado incluso por los pecadores que la traicionaron.
Ante tal frase, los dos Santos permanecieron en silencio. Las sonrisas se habían borrado de sus rostros y, poco a poco, desaparecieron. La lluvia fue el único sonido que se escuchó. Cuando se desvanecieron, sólo quedó la aridez del Erebo.
– No fue un mal sueño, ¿verdad? –preguntó Shun en voz baja.
– Fue un mal augurio –murmuró Hyoga en igual volumen.– Como dos cuervos.
Shiryu miró hacia el frente. A poca distancia, alcanzó a ver la Estigia y, en medio de un débil resplandor, el Portal.
– No tenemos tiempo que perder ni para lamentarnos –dijo.– Vámonos.
Saori volteó a verlos y asintió. Seiya volvió a extenderle la mano, que ella aceptó, y todos juntos empezaron a correr hacia la laguna.
La Cadena Nebular se puso en guardia, vibrando frenéticamente como jamás lo había hecho. Por sobre sus hombros, alcanzaron a ver un relámpago negro dirigiéndose a ellos. Seiya y Shiryu se arrojaron a la izquierda, cubriendo a Saori; Hyoga y Shun cayeron hacia la derecha, pero todos lograron observar la trayectoria del relámpago.
El resplandor no se detuvo. Al contrario, tomó mayor velocidad y se dirigió hacia el Portal. Antes de que alguien dijera o hiciera algo, entró en él.
En el Santuario, el brillo negro que había aparecido en la puerta vibró con el ritmo de palpitaciones que iban en aumento y sin previo aviso, apareció el mismo relámpago. En milésimas de segundos, Hilda lo vio ante sí y supo que iba a matarla.
Sorrento apenas alcanzó a apartarla del camino; Dietrich, que no se había alejado, hizo lo mismo con Flare. Sigfried tomó a Balmung y se interpuso para contrarrestar el relámpago al estrellarse éste contra su reluciente hoja.
– ¡Protege a la Avatar de Odin! –exclamó con su voz y con la de Gunther, haciendo acopio de la voluntad que tenía su alma y del espíritu de su antiguo escudero para no ceder.
Únicamente la luz de la mítica espada logró quebrar el relámpago en millones de astillas negras. Sigfried agradeció mentalmente a su viejo amigo, cuyo cuerpo le había servido de tanto, pero también a Sorrento (aunque jamás lo creyó posible) por apartar a su amada de su trayectoria. Sirene mismo habría sido la viva imagen de la confusión de no ser porque no tuvo oportunidad de demostrarlo.
Hilda miraba hacia el Portal, extendiendo uno de sus pálidos brazos hacia él con un gesto de impotencia. Cuando Sorrento, Sigfried y los demás la vieron, comprendieron la causa, y la única persona que logró contener una expresión de asombro, rabia o terror fue Marine, desde donde había permanecido con su grupo.
En el Averno, los cuatro caballeros se levantaron más por impulso que deseo. No dijeron nada, pero sus expresiones eran semejantes. Hyoga trataba de imponer frialdad a su mirada, sin conseguirlo. Shun sujetó las cadenas con manos temblorosas. Shiryu apenas controló un estremecimiento. Seiya sintió un escalofrío que llegó hasta su alma. Saori, a su lado, se mordió los labios con tal de no mostrar su desesperación.
El Portal de Espacio había sido cerrado.
Estaban atrapados dentro del Averno.
– El día del Juicio ha llegado, Caballeros del Zodiaco.
Contra su voluntad, los cinco miraron hacia atrás. Ante ellos, se encontraba Lord Hades, Señor del Reino de los Muertos, ataviado con la negra armadura que los Cíclopes forjaron para él en la Era del Mito y de la cual se decía que podía devorar la misma luz del Sol. Una larga capa caía desde sus hombros hasta casi tocar el suelo, y su obscura tela brillaba más que la armadura. En su mano izquierda, sujetaba el Báculo de Nike, con lo que aseguraba su victoria. En la derecha, parecía traer el relámpago mismo. Al definir contornos, se trazó claramente una espada, y Shiryu recordó que Arges le dijo que jamás podrían derrotar a la otra hoja que se encontraba en el Averno.
Con truenos en el cielo remarcando sus palabras, Lord Hades sentenció:
– Yo seré su juez y su verdugo.
Un relámpago iluminó parcialmente su rostro, haciéndolo tan terrible que ninguno, por un instante, se atrevió a mirarlo de frente.
El deber lo llamaba, más intenso en ese lugar que en Terra misma. Sin embargo, Ikki fue un poco egoísta y se negó a cumplir su misión de inmediato. ¿Cuándo iba a regresar al Campo Eliseo, después de todo? ¿Y cuántos años tendrían que pasar antes de que pudiese reunirse de nuevo con Esmeralda?
Tal vez ninguno de sus amigos y compañeros, su hermano incluso, entenderían cómo había logrado estar tanto tiempo abrazando a la joven a quien amaba hasta después de muerta. Pero la razón era sencilla. Él también estaba muerto; el tiempo se volvía eterno después del paso. Lloraba en silencio, no de dolor sino de felicidad, y las llamadas lágrimas del espíritu caían sobre el cabello de Esmeralda. Ella también lloraba a pesar de su sonrisa.
– Ikki...
Al escucharla, comprendió que no era un sueño. Se separó un poco de ella, sin soltarla, y la miró a los ojos, luz emanando de los suyos. Gran parte provenía de su alegría, pero también del reflejo del agua de la fuente.
– Sé que no debería preguntarte esto –dijo Esmeralda, tomándolo de la mano.– ¿Me perdonarás después de que te lo diga?
A pesar de que se sentía completamente feliz, la sonrisa de Ikki siguió siendo incompleta.
– ¿Realmente quieres regresar con los tuyos?
Por un instante, no se escuchó más ruido en la Cámara que la caída del agua en la fuente y el murmullo de las demás almas que iban a visitarla. Ikki no había soltado las manos de Esmeralda, lo cual parecía hacerle dudar; aún así, cuando respondió su voz fue tan segura como siempre.
– Tú misma lo dijiste. No era mi momento todavía.
Si a ella le desagradaba esa frase tan cierta, no lo demostró. Al contrario, sus ojos reflejaron absoluta comprensión. Ikki apartó la mirada y vio hacia la fuente, la única persona en el mundo con quien le ocurría eso.
– Atenea fue amenazada por Hades, el Señor del Averno –continuó el Caballero, sin notar que ante el nombre del dios el agua no fluía con el ritmo anterior.– Puesto que fracasé en encontrar algún modo de protegerla, será conducida al Tártaro y deberá permanecer ahí por siempre. Pero sé –añadió– que los demás no se quedarán tranquilos, aunque el riesgo sea muy grande.
Se obligó a mirarla de frente.
– Soy el Caballero del Fénix –concluyó.– No puedo permanecer aquí, por más que lo desee. Debo regresar con mi diosa, mi hermano y mis amigos, aunque muera peleando por ellos.
– ¿Incluso si pierdes tu alma?
Los ojos de Ikki relampaguearon.
– Incluso si la pierdo.
Fue el turno de Esmeralda de quedarse callada. Desde que lo conoció, había estado consciente de cuáles son los deberes de un Caballero para con el dios o diosa que le corresponde proteger; jamás renegó de ellos ni (por más que lo quisiera) trató de influir en Ikki para que los rechazara. ¿No fue ella, cuando él visitó su tumba en Death Queen Island, quien le suplicó que no se dejara morir, aunque de haber aceptado su muerte se habrían reunido y permanecido juntos por siempre?
Pero esta vez era diferente. Perder la vida era un sacrificio, más perder el alma era una locura, un crimen y la muerte absoluta. Si Ikki moría en el Averno, el reencuentro que tanto habían esperado no llegaría jamás, y si bien ese instante podía ser eterno si él decidía no regresar, Esmeralda ni siquiera pensó en mencionarlo.
Ikki entendió cuán difícil le resultaba a la joven encontrar las palabras adecuadas, así que prefirió cambiar de tema.
– Dijiste que sólo hay una forma para que pueda regresar a Terra, pero que hay un precio que debo pagar.
Esmeralda alzó la mirada.
– ¿Quieres saber cuál es?
– Debo saberlo. Por mí y todos a los que amo.
La triste expresión de la joven le preguntaba en silencio “¿aunque eso signifique separarnos otra vez?”. El Caballero supo leerla y sujetó sus manos con mayor ternura.
– Como ha ocurrido hasta hoy, –murmuró Esmeralda– el Fénix te ha devuelto la vida o te ha dado la capacidad para salir adelante porque eres más que su protegido. El Fénix y tú fueron uno mismo.
– ¿Fuimos?
A Esmeralda le partió el corazón encontrar duda en la expresión de Ikki, más no podía mentirle.
– Te convertiste en la encarnación humana del mitológico Fénix. Tu voluntad, tu capacidad para resurgir de las cenizas de tu espíritu, incluso ser tan objetivo aunque tu corazón fuera cálido, en todo eras justo como él. El destino acomodó todo para que pudieses aspirar a su protección y lo hiciste, y por eso te concedió la inmortalidad.
Al llegar aquí, bajó la mirada. Lo que seguía era un tanto difícil.
– Cuando te hiciste el harakiri, cumpliste el ciclo del Fénix.
Ikki volteó a ver su opaca armadura.
– El Fénix mitológico se hería mortalmente con su pico –recordó.– Su sangre era el mejor combustible para la pira que había construido y se consumía hasta reducirse a cenizas. De ahí nacería un nuevo Fénix.
– Mientras otra fue la causa de tu muerte, su poder no tuvo inconveniente en revivirte –añadió ella.– Pero ahora, tú te heriste. El Fénix te ayudará a volver a la vida una vez como despedida, más ya no encarnará en ti. No dejará de protegerte...
– Pero empezará a buscar a alguien nuevo o por lo menos esperará hasta que surja su nuevo protegido. ¿Me equivoco?
Ella no respondió.
– ¿Cuál es el precio a pagar por revivir, entonces? ¿Mi inmortalidad?
– La próxima vez que mueras será la definitiva.
– ¿Y llamas a eso un precio a pagar?
Esmeralda sintió cómo Ikki la sujetaba del rostro. Un poco sorprendida ante su respuesta, lo miró a los ojos y descubrió luz y alegría en ellos.
– No he recuperado todos mis recuerdos, pero debes comprender lo que me ocurre –dijo con un tono muy poco usual en él.– Desde aquel fatal día en que nos separamos, no he deseado otra cosa mas que estar contigo para siempre, ¡y ahora me dices que la próxima vez que muera ya no podré revivir!
– Ikki...
– ¡Amor mío, es lo mejor que podrías decirme!
Casi sin darse cuenta, Esmeralda sonrió.
– Cuando muera, ya nada podrá separarnos, pero no por eso dejaré de cumplir mi deber como Caballero –murmuró Ikki.– Debería ser una penitencia, pero para mí es una gracia. ¿Puedes creerlo?
– Pero si algo te pasa en el Averno...
– Esmeralda, –afirmó, pasando sus dedos por sus mejillas– te juro que no permitiré que nada me ocurra. Te lo juro.
Hasta ese momento, Ikki comprobó algo que escuchó cierta vez. Cuando mueres, tu alma se separa de tu cuerpo, pero no se convierte en un ente por completo espiritual. Sigues teniendo un cuerpo, sólo que es de materia diferente; por eso, puedes tocar a los demás y llorar y disfrutar con tus sentidos las bellezas del Campo Eliseo. Y, en su caso, pudo inclinarse hacia Esmeralda y besarla tiernamente en los labios, en un gesto que jamás se permitió cuando ambos vivían. El temor de que algo pudiera ocurrirle a ella había quedado muy atrás y de nada habían servido las precauciones en el ayer; la joven había sido asesinada y había expirado en sus brazos. Ahora, tenían todo el tiempo a su disposición, o mejor dicho, lo harían de no existir cierto dios a quién enfrentar y derrotar.
Mientras la besaba, y como si nada existiera en el universo más que ella, Ikki recuperó el recuerdo de su vida juntos, incluso fragmentos que el tiempo y la memoria le habían quitado de forma natural. ¿Había sido una penitencia o una gracia?, volvió a pensar. ¿Nox de Hypnos había querido ser su verdugo o su benefactor?
La imagen mental que conservaba del Guardián fue como una orden de regresar a Terra lo antes posible; apenas se separaron, dio a Esmeralda un segundo beso, sólo que en la frente.
Sin verla a los ojos, preguntó;
– ¿Qué es lo que tengo que hacer?
Ella no le respondió de inmediato. La felicidad había llegado únicamente para volver a marcharse; era muy injusto, hasta cruel, que Ikki tuviera que combatir de nuevo, tal vez al grado de perder la vida y su alma. Pero aunque su corazón se le rompía, no lo demostró.
Con suavidad, se apartó del abrazo del Caballero y, con ambas manos, tomó un poco de agua de la fuente.
– Bebe –indicó, extendiendo los brazos hacia su rostro.
Ikki no se sorprendió mucho.
– ¿Quieres decir que ésta es la Fuente de Mnemosine?
Esmeralda asintió.
– Nosotros bebemos de sus aguas para recordar nuestra vida en la Tierra. Pero a ti te devolverá a la vida porque, hasta hoy, fuiste el Fénix encarnado. También por eso, la próxima vez que mueras será la última, pues llevarás contigo algo del Eliseo y tendrá el derecho a reclamarte para sí.
Cuidadosamente, Ikki tocó las manos que se le ofrecían. Sabía que podía tomar él mismo el agua, pero no quiso hacerlo.
– Por favor, –escuchó– prométeme algo.
Cuando volvió a mirarla, descubrió que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
– Prométeme que jamás volverás a buscar la muerte. Mejor espera hasta que ella te llame, a pesar de que transcurran años. Por favor...
Él sonrió con su gesto incompleto.
– Si me suicidara, merecería purificarme primero o tal vez sería condenado al Averno. Mi amor, ¿crees que voy a exponerme a estar más tiempo lejos de ti?
Esmeralda sonrió a través de sus lágrimas; una de las cristalinas gotas cayó sobre el agua que había tomado y la hizo brillar todavía más. Ikki quiso confesarle cuán importante era para él, tanto viva como en recuerdo, pero no fue necesario. Con ella, las palabras jamás habían sido indispensables. Y continuaba siendo así.
Apenas bebió un poco, sintió que su cosmo se encendía a su máximo nivel, su tono de fuego opacado por un color dorado. La armadura del Fénix comenzó a recuperar su brillo, y no le fue nada difícil percibir las vibraciones de la sangre de Shaka de Virgo y la calidez de la de su hermano. Dejaba a Esmeralda, pero regresaba con Shun, sólo que ahora sabía que en el futuro los tres podrían estar juntos sin jamás tener que volver a separarse. Y ya no habría ni dolor ni sufrimiento por nada, por el resto del tiempo.
Pero debía luchar por ello.
Su vista se nubló rápidamente, lo cual le mostró que abandonaba el Eliseo en medio del Fuego del Fénix. Lo último que sintió fue el segundo en que besó las manos de Esmeralda, agradeciéndole todo lo que era y había hecho por él. Lo último que vio fue a ella diciéndole no adiós, sino hasta pronto. No estuvo seguro de qué fue lo que él respondió, pero no se preocupó mucho. Podría preguntárselo en el futuro.
Al revivir, se inmediato se teletransportó al Portal de Espacio y, de ahí, al Averno. Nadie alcanzó a notarlo, pero nadie habría tenido la posibilidad de prestarle mucha atención en medio del ataque de los daimons. Ikki comprendió por qué Hilda y los Guerreros Divinos se encontraban en el Santuario, pero no quiso permanecer ahí.
Alguien lo necesitaba más que ellos.
Todo eso regresó a su mente al extender los brazos para recibir la Luz Negativa que Nox de Hypnos lanzó en su contra. “Prométeme que no buscarás la muerte”, recordó al retirar toda defensa y tuvo que bloquear sus pensamientos para no distraerse.
Nox sonrió con maldad. El Caballero era un estúpido.
– ¿Por qué renuncias a defenderte, Fénix? –gritó.– ¿Ya quieres reunirte con tu amada Esmeralda? ¡Lástima que tu hermano y tus amigos no podrán alcanzarlos!
Por toda respuesta, Ikki volvió a sonreír con su gesto incompleto. Su expresión no desapareció cuando la Luz Negativa lo rodeó, inhibiendo su dorado cosmo como si fuera una crisálida. Nox trató de ver o escuchar su agonía, más no le fue posible: en el sitio donde su enemigo había estado, no parecía haber quedado nada más que una barrera de obscuridad.
– ¿Por qué lo hiciste, Ikki? –dijo para sí, entre dientes.– Si sabías que el Fénix no iba a salvarte, ¿tenía algún caso renunciar a tu vida otra vez?
Torció la boca. Al hacerlo, sintió las lágrimas secas contra su piel.
– Ojalá y cuando tu alma pierda su camino te destroces completamente –deseó.– Es lo menos que mereces.
– ¿Lo menos que quién merece, Nox?
Sorprendido, el Guardián volvió a fijarse en la crisálida de obscuridad que se había formado. Vibrantes destellos dorados relucían debajo de ella, y esa misma luz empezó a superar al tono negro. Una explosión provocada por el resplandor la deshizo por completo y reveló su contenido: Ikki aguardaba, al parecer ileso y con la armadura del Fénix luciendo, al igual que su aura, el color del oro.
– ¡Es imposible! –exclamó Hypnos, apretando las manos.
Ikki cerró los ojos, inclinando la cabeza.
– Parece que no aprendes nada del pasado, Nox –sentenció con burla.
El Guardián maldijo en voz baja.
– Presumes de que tu ken se basa en la moralidad de la persona, de modo que no dañará a aquellos que conozcan la maldad –continuó.– Si se supone que conoces mi vida, ¿por qué no imaginaste que tu ataque no me afectaría?
– ¿Qué quieres decir?
Ikki abrió los ojos. Su mirada relampagueaba de un modo similar a como debía hacerlo el firmamento del Averno, de acuerdo con el sonido de la lluvia.
– Yo conocí el odio, Nox de Hypnos. La muerte de Esmeralda me guió hacia el mal y no ofrecí resistencia, justo cual a ti te ocurrió cuando tu padre mató a tu madre. Traté de matar a mi propio hermano y a mis amigos y hasta luché en contra de mi diosa, aunque entonces no sabía que lo era. ¿No te parece suficiente maldad?
Nox dio un paso hacia atrás.
– Estuve maldito por mi propio odio durante mucho tiempo –concluyó.– Con sólo evocarlo, le demostré a tu ataque que soy uno de los tuyos.
En eso, el Guardián se fijó en algo y volvió a sonreír.
– No fuiste del todo invulnerable, Fénix.
Ikki no entendió de inmediato, hasta que escuchó como si una gota de agua cayera sobre un charco. Miró su mano izquierda, de donde provenía el sonido, y descubrió que la herida de su muñeca había vuelto a abrirse. Sangre caía al suelo y comenzaba a formar una débil corriente sobre él. Tuvo que recurrir a toda su frialdad para no demostrar que no había contado con ello.
– Quizá fuiste maligno en el pasado, pero te has regenerado –sentenció Hypnos.– No es una herida grave, pero bastará. ¿O es que no te recuerda algo?
Ikki vio la herida otra vez. Claro que le recordaba un evento muy reciente, en el cual la sangre fluía de su muñeca mientras su cosmo estaba encendido.
Un harakiri.
– No podrás atacarme ni recurrir a tu ken sin colocarte en riesgo de volver a explotar –indicó Nox con sarcasmo, aunque el Caballero ya lo sabía.– El Fénix no te resucitará cuando mueras, y si lo haces en el Averno, también perderás tu alma.
Ikki no respondió, pero no logró ocultar su preocupación del todo.
– Creo que el destino te muestra una solución muy sencilla y menos comprometedora para tu conciencia –prosiguió el Guardián con burla.– Deja que yo te mate. Atenea, tu amada y tu hermano no tendrán que soportar la vergüenza de un segundo suicidio tuyo... porque créeme que eso va a parecer.
– ¿El destino o tu torcida mente?
Nox se cruzó de brazos.
– Tú no crees en el destino. Elige la opción que quieras, aunque si persistes en negar su existencia sólo demostrarás tu necedad.
– Me has malinterpretado por completo –respondió Ikki.– Creo en el destino, pero no soy tan cobarde ni tan irresponsable como para culparlo por mis decisiones.
El Guardián frunció el ceño.
– Y en cuanto a dejarme matar, serías muy infantil en esperar una respuesta afirmativa. Justo como yo sería un iluso al tratar de convencerte de que desistas de tu lucha para que continúes vivo.
– Esa línea es de tu hermanito, me parece.
Ikki se colocó en guardia y encendió su cosmo. Al hacerlo, la sangre que manaba de su herida fluyó con mayor rapidez, avivando el fuego que empezaba a surgir a su alrededor. El eco de la lluvia era demasiado parecido al de aquella mañana, algunos días atrás. Un error, sólo uno, y el Fénix volvería a incinerarse en su pira, incluso si ésa no era su intención.
Nox, en respuesta, también preparó su ataque.
– Que sea como tú quieras y como el destino lo ha marcado –murmuró.
Y de inmediato, gritó:
– ¡Luz negativa!
El torbellino de obscuridad producido por el Guardián se acercó a gran velocidad al Fénix. Ikki se obligó a ignorar la temperatura (que subía de intensidad a milésimas de segundo) y el estremecimiento de su cuerpo mientras volvía a experimentar el calor de una pira funeraria. “¡Te juré, Esmeralda, que no buscaría mi propia muerte!”, pensó, esperando quizá que con eso bastaría para que ella comprendiera y gritó, mientras batía sus brazos y los reunía para atacar.
– ¡Alas Ardientes del Ave Fénix!
Los dos ataques se estrellaron, pero no sólo eso. Al paso del ken de Fénix, muchas de las vacías plantas del Averno se incendiaron y murieron; el cristal del invernadero, con el cambio tan brusco de temperatura, se quebró en millones de astillas. Por su parte, la Luz Negativa ahogó cuanto luminosidad había en el sitio, y fue como si la noche hubiera caído de pronto dentro del Tártaro.
Ikki alcanzó a escuchar la última maldición de Nox de Hypnos al recibir su ataque de frente, pero ya no logró verlo. Por más que se resistió, el calor fue demasiado y su vista comenzó a fallar, y cayó de bruces contra el piso, incapaz de levantarse.
– Esmeralda... –murmuró con voz ronca.– Shun...
Trató de alzar la mirada, pero lo único que vio de reojo fue la sangre en su mano. El Guardián no lo había dañado. Sus debilidad procedía de su cosmo, que comenzaba a devorarlo de nuevo. Trató de apagarlo, más no le fue posible.
Si no lo lograba...
– Atenea...
Dejó caer la cabeza sobre el brazo. Al instante, su rostro se manchó con sangre, pero el calor que lo rodeaba no dio señales de disminuir de intensidad.
Si iba a ser un duelo de velocidad, Milo de Escorpio no pensaba permitir que el Guardián le ganara. Nadie podía clavar los Aguijones Escarlata con mayor presteza que él; dejar que alguien lo superara, fuera quien fuera, iba contra su natural orgullo. El único inconveniente era que Laertes no estaba demasiado herido y él sí, pero, ¿de cuándo a acá un Santo se rinde tan fácilmente?
– Empecemos por la cortesía –afirmaba la réplica de Cerbero que estaba frente a él.– ¿En dónde quieres que te clave mis colmillos?
Milo lo observó con la expresión de astucia que le sentaba tan bien.
– Al menos sabes ser educado, pero es inútil –le respondió.– Tú y todas tus cortesías pueden irse al demonio. Tienes ya tres agujas en el interior. Si quieres salvar tu vida, te doy la oportunidad de marcharte.
– ¿No comprendes que no me voy a ir?
Milo se encogió de hombros.
– Tu problema, entonces. No me interesa acabar contigo, pero si eso quieres... Nunca he rechazado mi deber.
Laertes arqueó la ceja burlonamente.
– ¿Es verdad lo que escucho? Creí que huir de tu deber le había costado la vida a Camus de Acuario, pero claro –añadió con ironía la descubrir la apenas perceptible furia del Santo– tal vez me equivoqué.
Milo encendió su dorado cosmo, esperando que con ello la obscuridad se disolviera. Sin embargo, no sirvió de nada y la luz tuvo que concentrarse en su Tresor; no podía ver a los demás, pero no se preocupó por percibir su presencia en la mazmorra. El Guardián había conseguido que todas las batallas fueran uno contra uno, y era muy posible que guardase todavía un as en la manga.
– No me interesa que comprendas qué fue lo que ocurrió ese día, Cerbero –afirmó, su mirada relampagueando por todas las emociones que contenía.
– ¡Pero si es claro! ¡Dejaste que mataran a tu mejor amigo!
La burla del Guardián fue más de lo que Milo estaba dispuesto a soportar. Corrió hacia Laertes, su mano derecha brillando con un resplandor rojizo, y gritó:
– ¡Aguijón Escarlata!
Pasó junto a Laertes, clavándole las tres siguientes agujas de la constelación de Escorpio en diferentes partes del cuerpo. Con esas, ya había aplicado seis veces el ataque y sonrió débilmente al pensar que llevaba cierta ventaja.
Pero antes de que lograra dar la vuelta y repetir el ataque, un calambre inundó su cuerpo. Partía de su abdomen y se extendió con rapidez.
Sin su voluntad en ello, Milo cayó sobre una rodilla, llevándose la mano al sitio en donde nacía el dolor.
– ¿Sorprendido? –preguntó el Guardián.
Milo se obligó a voltear a verlo. Laertes estaba más pálido que antes (obviamente, sí había recibido el Aguijón Escarlata), pero la sonrisa que lucía su rostro demostraba que tenía cierta ventaja.
– Tu ken es muy bueno, Escorpio –sentenció con sinceridad.– Me has herido seis veces. El problema es que no contabas con que yo te heriría primero cuando no portabas tu Tresor, y eso me ha ayudado.
Milo retiró la mano de su estómago. A pesar de la dorada armadura que lo protegía, estaba llena de sangre.
– Al igual que el Aguijón Escarlata me herirá tres veces más cada vez que me ataques, la herida que yo te hice crecerá más y más, hasta que te destroce. Hablaste de Restricción, pero yo lo hago de Retribución. ¿No te parece más agradable? Tu única opción, si quieres sobrevivir, es dejar de atacarme.
El Santo se puso de pie, la serenidad de su rostro ocultando su dolor.
– Ahora que recuerdo, –dijo como restándole importancia a las palabras del Guardián– Hesiodo también dijo que el rabo del Can Cerbero estaba llena de veneno.
– ¿Te sorprende?
– En absoluto. Tu personalidad ya lo demostraba.
– Pues si vamos a empezar con los insultos –respondió el Guardián, picado– mejor sigamos con los ataques.
Milo se cruzó de brazos. En realidad, no sabía a ciencia cierta cómo actuar. El dolor de su abdomen aumentaba, y aunque estaba en la mejor posición para aplicar los nueve aguijones que faltaban, se preguntó de qué modo podría lograrlo sin que aumentara su propia herida. Jamás se había enfrentado a una situación semejante.
Cinco Caballeros del nivel más bajo jamás se habían enfrentado a un guerrero del nivel de un Santo, pero no dudaron en hacer lo que fuera necesario para salvar a Atenea.
Tal recuerdo hizo que Milo se avergonzara. Él fue uno de los obstáculos más difíciles en la Batalla del Santuario, al creer que hacía lo correcto cuando en realidad cometía un error. Los Cinco habían estado guiados por la justicia y la luz brilló sobre ellos durante todo el combate.
Si ahora, por primera vez en la vida, combatía por lo que estaba bien, ¿podía hacer menos?
No tuvo necesidad de seguir cuestionándose. Con la misma determinación de antes, Milo volvió a arrojarse sobre el Guardián y le clavó cuatro agujas de un solo ataque. Laertes no pareció defenderse, aunque sí trató –inútilmente– de apartarse de su camino.
“¡Esto es por todo lo que debí hacer en el pasado y no cumplí, por ese destino que me impidió ser uno de los más cercanos a mi diosa!”, pensó Milo para animarse, al ver de reojo la expresión de dolor de Laertes al recibir su ken. Pero no acababa de hacerlo cuando volvió a caer al piso. Era como si se estuviera quemando por dentro, y la sangre que manaba de su cuerpo empezó a unirse con la del Guardián que estaba en el piso.
– ¿Por qué todos los Caballeros de Atenea son unos suicidas? –preguntó Laertes en voz más baja, por el esfuerzo que le causaba respirar mientras apoyaba sus manos sobre sus rodillas para sostenerse.
– Por la misma razón por la que los Guardianes de Hades son unos idiotas –sentenció Milo, obligándose a ponerse de pie aunque las piernas no le respondían tan bien como antes.
– Sólo faltan cinco aguijones, Escorpión, y cuánto más me agredas, más te destrozarás a ti mismo. No hay modo de evitarlo, en serio.
– No lo estoy buscando –afirmó el Santo.
Laertes se forzó a sonreír. Milo empezó a ver doble, cual si volviera a desdoblarse, pero pronto comprendió que únicamente se debía a la pérdida de sangre. Cerbero seguía siendo una sola réplica, aunque (por lógica) si se dividiera en más acabaría con él sin mayor problema.
¿Por qué no lo hacía?
En la mano de Laertes, vio de nuevo la obscuridad del ataque que lo había herido. Palpitaba como un corazón.
– ¿Has visto gente agonizando? –preguntó al notar que el Santo lo veía.
– ¿A qué viene eso?
– A que mientras una sola persona en el mundo se encuentre en el paso entre la vida y la muerte, yo tendré poder para matarte.
Milo palideció. No podía ser, ningún hombre era capaz de semejante crueldad... ¿O sí?
– ¿Quieres decir –preguntó con voz ronca– que usas la energía de los moribundos?
– Exacto.
En esta ocasión, el Santo no logró ocultar sus emociones como solía hacerlo.
– Todos los que se encuentran en el umbral de la muerte empiezan a separarse de sus cuerpos –le dijo Laertes, esforzándose en respirar.– Sin un sustento espiritual, éste se echará a perder, y sin uno físico, el alma se liberará. Sólo que, instantes antes del final, el moribundo recupera un poco de energía. Si la sabe canalizar, quizá pueda salvarse.
Y al llegar aquí, sonrió débilmente.
– Yo sólo convierto en tal vez en un no.
– ¡Eres un monstruo! ¡No eres Dios para quitarle esa oportunidad a nadie, y menos a alguien que no puede defenderse!
Aunque Laertes no respondió, su expresión demostró su falta de interés. Quizá no era maldad, sino que solamente se había acostumbrado a tener un poder tan espantoso. Milo comprendió que, debido a que el Portal de Espacio estaba abierto (que ojalá y fuera así), le sería más sencillo robar la energía a los moribundos, a esas personas ajenas a las Guerras Santas.
Ya una vez había permitido que alguien muriera sin intervenir.
No podía permitirlo otra vez, ¡a ningún precio!
Ya sin pensar en sí mismo, corrió hacia el Guardián para lanzar los últimos cinco aguijones. Sin embargo, no alcanzó a tocarlo: otro golpe, semejante al primero, se estrelló contra su abdomen y lo arrojó hacia atrás, hasta que chocó contra un muro de la mazmorra. En el aire, alcanzó a ver cuatro trayectorias escarlata trazándose y clavándose en el Guardián, quien se tambaleó, pero supo que no era suficiente.
Faltaba Antares.
Casi incapaz de moverse, resbaló por el muro hasta caer sobre el piso. “¡No, espera un poco más!”, pensó, aunque ignoraba si se lo decía a Dios o a la Muerte. “¡Un poco más, sólo un poco!”
Laertes se le acercó lentamente, dejando un rastro de sangre tras de él.
– Buen estilo, Escorpio –afirmó, su voz bastante más grave.– Lástima que no sea suficiente.
Milo apenas alcanzó a ver cómo se generaba en su mano un nuevo resplandor mortal. Y cuando le pareció que su vida pasaba ante sus ojos, supo que no tendría ocasión siquiera de arrepentirse de sus pecados.
Estar ante el peligro, ante la muerte segura, produce las reacciones más incomprensibles en el género humano. Algunos lloran, otros ríen, unos pocos salen a buscarla con los brazos abiertos. Otros maldicen a su destino, mientras unos recurren al heroísmo y la demandan para justificar sus vidas. Hasta ese momento, a pesar de lo vivido en tres Guerras Santas, del riesgo constante, de la muerte temporal de tres de ellos, los Cuatro Caballeros observaron a la Muerte acercárseles en la figura de Lord Hades. No era el dulce sueño que promete la religión, sino el final definitivo. La pérdida del alma inmortal.
Seiya, sin dudar, se colocó frente a Saori-Atenea, tratando de poner la mente en blanco. Shiryu, en cambio, alzó el Escudo y se puso en guardia, por si un rayo emanaba de Hades y para detenerlo, aunque fuera un poco. Hyoga también se alistó para pelear, sólo que su pensamiento voló hacia el Santuario y hacia la hermosa princesa asgaardiana que ahí se encontraba. Shun ordenó mentalmente a la Cadena que soltara el broche y, antes que nada, lo enterró con el pie. Nadie, excepto ellos, debería ser condenado en ese lugar.
Porque ya una vez se enfrentaron contra un dios y sabían perfectamente que el tipo de blasfemia que habían cometido se castigaba con la muerte. En el pasado, los ayudó el que estuvieran en la Tierra que juraron defender, pero ahora que se encontraban en el Reino de la Muerte, ¿qué esperanza tenían?
– Llegaron muy lejos, caballeros –sentenció Hades.– Cruzaron el Averno, entraron al Tártaro y derrotaron a mis Guardianes. Incluso traspasaron mi propia obscuridad. Los felicito.
Su última frase había sido sincera, pero añadió de inmediato:
– Qué desperdicio de voluntad. Ahora sus almas serán destrozadas y conocerán la muerte máxima.
Seiya vio claramente tres fantasmales siluetas que se dibujaban atrás de Lord Hades; era obvio que no iban a pelear, sino solamente a ver, y parecía haber deleite en las expresiones de por lo menos dos de ellas. Esas dos eran Deathmask y Afrodita, lo que no le extrañó nada. En cambio, la tercera era idéntica a Saga. Era ilógico, se dijo, si el Santo de Géminis se había encargado de advertirle la amenaza de Hades.
En una reacción inmediata, se acordó de lo que Ikki le había platicado sobre le verdadero causante de la Batalla del Mediterráneo, la otra mitad de la Constelación de Géminis. Era Kanon de SeaDragon.
Deathmask y Afrodita sonreían, sabiendo que al fin serían vengados. Pero Kanon permaneció cruzado de brazos y en silencio, como si fuera a limitarse a observar.
Antes de que lograra maldecir al terceto de almas o comprobar si sus amigos también las veían, Seiya escuchó una voz a su lado.
– Tío...
– ¿Ahora sí soy familiar tuyo, Atenea? –preguntó el dios con rencor.
Saori inclinó la cabeza como si fuera a pedirle una disculpa, pero se arrepintió, y con toda la dignidad de la que era capaz, afirmó:
– Lord Hades, quiero pediros que permitáis que estos guerreros regresen a la superficie sin daño alguno. Como os lo aseguré antes, yo permaneceré en el Averno.
No apartar la vista de su tío le impidió ver las expresiones de los suyos, aunque sí oyó sus protestas.
– ¿Qué garantía me darías, Atenea? –preguntó Hades en tono altanero.
– ¿Necesitáis una?
Blandiendo su espada, señaló hacia los cuatro caballeros. A cada uno le pareció que la obscura y afilada hoja apuntaba contra su corazón.
– Tus Caballeros protectores se encuentran en mi territorio, han matado a mis Guardianes y violado mis defensas. Si no hubiera intervenido, ya habrían escapado del Averno. ¿Cómo esperas que vuelva a confiar en ti?
Si en el pasado y debido a un juramento, Seiya apenas se contuvo cuando Hades humilló a Saori en el Santuario, ahora nada lo ataba. Ni siquiera preservar su propia vida.
– ¡Ella no nos pidió que viniéramos! –exclamó.
Ante su frase, Hades volteó a verlo.
– ¡Nosotros, solamente nosotros, tomamos esa decisión!
– ¿Cómo te atreves a hablarte así a un dios?
La voz del Señor de los Muertos resonó como un trueno; a pesar de la lluvia que no cesaba, todos lo escucharon con claridad.
– Seiya ha dicho la verdad –afirmó Shiryu, su calmada expresión contrastando con la latente furia del dios.– Atenea jamás nos ordenó que viniéramos por ella.
Hades lo miró en silencio. El joven poseía la dignidad de un verdadero dragón.
– Antes bien, nos instó a que no intentáramos nada en su contra –añadió de un modo educado.
– Pero un Caballero Ateniense jamás permanece inactivo ante un crimen, por más que la diosa a la que protege se lo haya ordenado –completó Hyoga, su tono casi tan frío como su mirada.
Fue el turno del dios de observar a Cygnus. Con insolencia, había hablado de un crimen, más no se arrepentía ni cambiaba de actitud.
– Si hemos hecho todo lo que dijo, fue nuestra decisión –sentenció Shun, adquiriendo una seguridad que pareció haber perdido por instantes.– ¿Cómo podríamos dejar que su luz se extinga en esta región, cuando nuestro planeta la necesita tanto?
Al ver a Shun, Hades se sorprendió. Por algún motivo, siempre había logrado adivinar cómo eran en verdad las almas de los seres humanos. Descubrió que su actitud había obligado a pelear contra sus propios principios a aquellos que detestaban el combate; eso le confirmó, por última vez, que estaba en un error.
Sin embargo, si antes quizá los habría dejado marcharse y a Atenea con ellos, en ese instante ni siquiera consideró la idea.
– ¿Su mundo la necesita o son ustedes quienes no se resignan a perderla?
Seiya fue el más adecuado para responder.
– Ambos la necesitamos, pero nosotros la amamos. Aunque su destino sea morir.
Un relámpago iluminó la escena. Sólo una vez en toda la Era del Mito Hades se había enfrentado a un espíritu semejante en franqueza, pero ni Orfeo mismo logró rescatar a Eurídice después de la terrible prueba que le había impuesto. Además, el protegido de Apolo no había llegado en son de guerra, sino de súplica, y estos...
– Insolentes –afirmó, la obscuridad posterior al relámpago reuniéndose en su mirada.– Han desobedecido la voluntad de un dios. ¿Quiénes demonios creen que son?
Ante sus palabras, la tierra se estremeció levemente. Sin dar a los cuatro oportunidad de responder, ordenó:
– Atenea, quítate de ahí.
“Ha llegado el momento”, pensó Seiya, sintiendo que aún bajo la lluvia, su cabello estaba empapado en sudor. “Ya ha dictado sentencia y es de muerte.”
“Toda tu vida luchaste por Atenea”, se dijo Shiryu, alzando el Escudo a pesar de que sabía que era un gesto inútil. “Ha llegado la hora de que des tu alma por ella.”
“Al fin llegó a lo que le realmente le interesaba”, opinó Hyoga para sí mismo, sus ojos menos fríos que antes. “Flare, por favor, no te olvides de mí.”
“No temo morir si lo hago con mis amigos”, se consoló Shun, sujetando la Cadena y alistándola para el ataque. “Sólo espero que Ikki sepa que combatí hasta el final.”
La única voz que se oyó, sin embargo, fue la de una mujer.
– No lo haré, tío.
Ni siquiera el Señor de los Muertos evitó sorprenderse. En los rostros de los Cuatro había la misma clase de asombro.
– No voy a quitarme para que los mates –confirmó la diosa, mirando a Hades a los ojos.– Si ya has decidido qué será de ellos, tendrás que castigarme de la misma manera.
Eso era lo único que Hades no esperaba. Todo su plan había partido de un objetivo muy simple: evitar que Atenea muriera. Pero en ese instante, la joven misma pedía la muerte junto a los suyos, ya no la que el Fin del Ciclo había determinado desde hacía milenios, sino una al lado de los Caballeros que tanto amaba. En esa lluvia, que pegaba su vestido a su cuerpo y a su largo cabello sobre ambos, sus ojos sin pupilas centellearon como las estrellas.
Pero sólo fueron sus ojos.
– El Averno ha devorado tu cosmo casi por completo –sentenció Hades, sin mostrar lo mucho que le afectaba pensar en la muerte de su sobrina.– No pensarás atacarme cuando ni siquiera puedes defenderte.
– Si eso es cierto y me has reducido a una simple humana, aceptaré mi muerte con todavía más gusto. Acaba con nosotros de una vez.
La sencillez de su respuesta conmovió a los cuatro y enfureció al dios. Pero no era eso lo que debía ocurrir y todos los presentes lo sabían, aunque agradecieran o lamentaran su actitud.
– ¡Es loable tu sacrificio, pero patéticamente inútil! –exclamó Hades.
Alzó su espada mostrando su negra hoja, y continuó:
– He poseído esta arma desde la Era Mitológica. Millones de espadas se rompieron bajo su fuerza, y otros tantos semidioses y humanos perecieron al mismo tiempo. Sin embargo, y a pesar de su poder, jamás mató a quien no debía morir. ¡Es justa y es exacta!
Por primera vez, notaron con absoluta claridad el resplandor de furia en los ojos del Señor del Averno. Ni siquiera Saori lo había presenciado en sus discusiones anteriores, y sin querer todos contuvieron el aliento. Sólo dos de las tres almas sonrieron, disfrutando cada instante de la escena.
– Si te pedí que te quitaras, fue para no mancharte con la sangre de estos miserables –afirmó Hades.– No importa qué tipo de estocadas dé. No te dañaré a menos que mi voluntad guíe mi espada hacia ti, y eso sólo si en verdad mereces la muerte. Y en cuanto a ellos, son cadáveres que no acaban de aceptarlo.
Una carcajada de Deathmask se escuchó en todo el Averno. Instantes después, Afrodita se le unió, aunque Kanon permaneció callado. Más aún, se escucharon voces que provenían del subsuelo. Eran los espectros de los muchos guerreros contra quienes habían combatieron y que, al no hallar el arrepentimiento, se encontraban en el Averno. Involuntariamente, los cuatro dieron un paso hacia atrás, reuniéndose en un grupo un poco más compacto; Saori-Atenea apretó sus manos por la impotencia de no poder ofrecerles ningún consuelo.
– ¡Aquí comienza, Caballeros! –exclamó Deathmask.– ¡La sangre está pidiendo sangre!
– No puede ser –murmuró Hyoga, la furia alterando su usualmente calmado rostro.– ¿Vamos a morir frente a todos ellos?
Shun miró de un lado a otro. Aunque los espíritus permanecían bajo tierra, identificaba a la perfección cada una de las voces que, burlonas, los rodeaban. La cadena, aunque continuaba señalando a Hades, empezaba a perder su orientación.
– Esto es una pesadilla –murmuró.
– Se acabaron las oportunidades y el tiempo de la súplica –afirmó el dios, blandiendo su espada.– Atenea, vas a mirar cómo mueren los tuyos y no harás nada.
– Todos estos espíritus buscan venganza –murmuró Shiryu, la corriente de sus ojos no tan vivaz como de costumbre.– Es justo y cruel a la vez, pero creo que también es obvio qué es lo que tenemos que hacer.
A su lado, Seiya asintió al tiempo en que soltaba la mano de Saori.
Hades alzó su espada, esperando que cualquiera de los cuatro suplicara misericordia por sus vidas, o bien que Atenea lo hiciera. Pero no fue eso lo que ocurrió.
– ¿Qué? –exclamó, conteniendo la estocada un instante.
Frente a él, cuatro cosmos se habían activado. Todos eran de color dorado, apenas conservando un filón que mostraba que sus colores originales habían sido el azul, el verde, el blanco y el magenta. Sus cuatro propietarios se habían apartado de la diosa a la que juraron proteger, y sus actitudes mostraban que no estaban dispuestos a dejarse matar tan fácilmente.
– Tal vez esto sea un error –afirmó Seiya en nombre de todos sus compañeros.– Pero si algo aprendimos en todos estos años es que un Caballero Ateniense sólo tiene una manera de morir.
Conforme aumentaron sus cosmos, las armaduras de cada uno se volvieron doradas como el sol.
– Creo que todos sabemos cuál es –concluyó.
Contra su voluntad, dos arroyos de lágrimas fluyeron de sus ojos cerrados. Por más que Hilda concentraba su cosmo, no encontraba la manera de reabrir el Portal de Espacio que Hades había cerrado, y su aura, generalmente fría como el hielo. comenzaba a vibrar con una energía semejante a la del fuego por la desesperación que la inundaba.
A su alrededor se habían reunido los Guerreros Divinos, terminada la batalla contra los daimons. Flare había apagado su cosmo y se había sorprendido al descubrir que cada uno de los jóvenes proyectaba dos sombras contra el piso, comprendiendo que en verdad catorce personas las habían defendido en lugar de las siete que estaban presentes. Sigfried, todavía sujetando la Espada Balmung, miraba fijamente a su amada avatar; Sorrento, en cambio, había fijado la vista en el suelo. No se atrevía a ver ni a Hilda ni al fantasma a la cara, y todos los demás lo observaban preguntándose quién era él, qué hacía ahí y por qué tenía esa actitud tan rara.
Sin importar cuánto le suplicaba a Odin que le permitiera encontrar una fisura en el continuo espacio-tiempo, por pequeña que fuera pero que pudiera servirle como punto de partida para abrir un nuevo Portal, era como si el dios se negara a escucharla. Hades, con su ataque, había cerrado el continuo y la única puerta que había en el Santuario griego. ¿Cómo podía una simple avatar desafiar a alguien más poderoso que ella?, se preguntó. ¿En especial, estando tan lejos de su propia tierra y del poder que emanaba de ella?
En el pasado, Atenea había estado a punto de perder la vida por salvar a Asgaard, aunque no fuera su tierra. ¿Por qué no tenía la capacidad para hacer lo mismo?
“¡Te fallé, amiga!”, pensó, concentrándose al mismo tiempo en encontrar el Portal. “¡Era indigna de tu amistad por los pecados que había cometido, pero no te importó y protegiste a mi tierra cuando yo me negué a hacerlo! Y ahora... ¡ni siquiera logré mantener abierta tu única ruta de escape!”
Sus lágrimas empezaron a caer sobre tierra griega.
“¡Te fallé!”, pensó, apretando las manos y dejándose caer de rodillas.
Todos estaban tan conmovidos por el espectáculo del Portal cerrado y la visión de las lágrimas de la avatar que apenas se percataron de la llegada del grupo que había combatido en las Cámaras secundarias. Marine, a manera de líder, venía al frente, y la luz que emanaba de Balmung mostró con mayor claridad cuán pálida se encontraba; fue casi imposible que perdiera aún más color en su rostro al comprobar que el Portar estaba clausurado. June se mantuvo alerta por si las heridas de Marine le provocaban un desvanecimiento, pero no por ello dejó de sentir vacío en el estómago al comprender qué tan grave era la situación. Sunrei, a pesar de su aparente fragilidad, permaneció en silencio y contuvo las lágrimas; únicamente entrelazó los dedos de sus manos en una oración ya tardía. Los Caballeros de Bronce no supieron por completo qué pasaba, pero comprendieron que llevaban perdida la batalla aún cuando no quedaba ningún daimon a quién combatir.
“¡No puede acabar así!”, pensó Hilda, alzando la mirada. “¡No puedo permitir que termine así! ¡Odin, por favor, ayúdame!”
– Hilda, tranquilízate...
La suave voz que escuchó a su lado fue el mejor de los bálsamos para su angustia. Flare la miraba con tristeza, lágrimas en sus ojos, pero había algo más en ellos que la serenó un poco.
– No puedo abrir otro Portal, hermanita –confesó.
Mentalmente, agradeció que cuantos se habían reunido no dijeran ni una palabra en reacción.
– Es como si el poder de Hades hubiera sellado todas las fisuras del continuo. No encuentro un solo punto de dónde partir.
Flare vio hacia el sitio en donde se había encontrado el Portal. Atenea y sus caballeros estaban atrapados en el Averno, Hyoga entre ellos. Jamás volverían a salir de ahí sin importar cuán importantes fueran para quienes continuaban en Terra. Estuvo a punto de soltar el llanto, pero una sensación adicional lo impidió.
La Cruz del Norte permanecía en la palma de su mano. Sólo que brillaba con parte de su propio cosmo, cual si su alma se hubiera unido al corazón del Caballero representado en aquella figura metálica.
– La grieta existe, Hilda –aseguró, aunque no entendía la razón de su propia confianza.– Sé que logarás encontrarla y reabrir el Portal.
Hasta ese segundo, la valkyria reconoció cuál era esa luz en los ojos de su hermana.
– Y voy a ayudarte.
Era fe.
Y la fe trae esperanza.
Como de muy lejos, Hilda recordó los últimos instantes de la Batalla de Asgaard. Atenea estaba inconsciente, el hielo estaba derritiéndose y la muerte había llegado, lista para cosechar los frutos finales de aquel día. El poder de la Armadura de Odin no bastaba. Y no lo hizo sino hasta que su Avatar reencontró su fe en el dios que la había elegido desde antes de su nacimiento.
Aunque para ello tuvo que sacrificar parte de su cosmo. Parte nieve, parte estrellas.
Decidida, miró hacia el pie de las Doce Casas. Algo (quizá su cosmo superior o su intuición, o tal vez ambos) le decía que podría encontrarse lejos del Templo de Atenea. Sin comprender por qué, se puso de pie y se dirigió hacia las escaleras.
– Por favor, Flare, no vengas –pidió, mirándola de reojo.– No quiero que algo te ocurra.
Para su sorpresa, la joven princesa la alcanzó.
– Esta ya no es sólo tu batalla –respondió, decidida.– Vamos a llegar al final. Juntas.
Hilda desvió la mirada.
– Podría costar la vida de todo aquel que lo intente –afirmó.
– Pues que así sea –insistió Flare.– No voy a dejarlos solos.
La valkyria no necesitó que le aclarara por quién, además de Atenea y de ella, la princesa estaba dispuesta a combatir por primera vez.
Alguien más se aproximó, aunque el cuerpo que usaba no era el suyo.
– Juré que te protegería siempre –afirmó Sigfried.
No había soltado a Balmung, la cual empezó a brillar como el Sol, e igual relampaguearon sus transparentes ojos de fantasma.
Hilda lo miró con gratitud y amor, justo como lo hacía dentro del Valhalla antes de que surgiera Poseidón. Lo que no esperó es que el siguiente en unírseles fuera, precisamente, el heraldo de ese dios.
Sorrento también se había acercado, manteniéndose un paso atrás del fantasma. Al encontrar los ojos de la avatar, trató de decir algo, sin conseguirlo, pero sus ojos fueron lo suficiente expresivos para que no necesitara palabras y anunciar que los acompañaría.
– Quédense aquí, muchachos –ordenó Bud a los Guerreros Divinos, comprendiendo qué iban a intentar.– No creo que nadie sobreviva si Milady tiene razón, así que esperarán y luego regresarán a Asgaard. Es una orden.
Como si fueran una sola persona, los cinco voltearon a verse. Erich supo leer perfectamente la expresión de Hildebrand, y éste la de Dietrich, y él miró a Heimdall quien en silencio encomendó la misión a Balder. Este último, apartando un mechón de cabello de la cara, respondió:
– Lo siento, Bud, pero nosotros sólo obedecemos a Odin, por más que te respetemos y apreciemos. Iremos contigo porque tal es su voluntad.
– Es cierto. Odin no ha dicho que no lo hagamos. ¿O alguien escuchó algo? –preguntó Heimdall con una expresión que no dejaba de ser traviesa a pesar de la situación.
– Además, –murmuró Dietrich en voz más baja– creo que es lo menos que podemos hacer. Por Milady Hilda, Lady Flare y Hyoga. Y también por Gunther.
Tal vez Bud los habría atacado con la doble Garra del Vikingo para convencerlos de que no debían exponerse tan tontamente, que comprendieran que igual y tendrían que quemar sus cosmos como aquel día y que no todos son capaces de sobrevivir a algo así. Pero la mención de los nombres de aquéllos a quienes guardaba tanta gratitud y del primero de los jóvenes que confió en él (¿Estaría muerto? ¿Estaría vivo?) fue suficiente para que permaneciera en silencio.
“También va por ti, Syd”, pensó mientras asentía.
Al ver que no faltaba nadie, Hilda reinició su camino hacia la Casa de Piscis.
– Un momento, Milady.
Una voz femenina la detuvo por un instante. Volteó a ver a la causante; frente a ella, estaba Marine.
– ¿Qué pasa? –preguntó con impaciencia.– No tenemos tiempo que perder.
– Precisamente, Milady –sentenció la amazona.
Hilda y los suyos la miraron con sorpresa, sin entender a qué se refería.
– Hay un camino más corto hacia el exterior del Santuario –respondió, recordando lo que había descubierto durante la Batalla de las Doce Casas.– Porque eso es lo que quiere, ¿verdad? Ir a un sitio donde no haya tanto poder concentrado.
La valkyria comprendió que se había alterado sin necesidad y se apresuró en sonreír.
– Por favor, guíanos.
Sin decir más, Marine empezó a conducirlos lo más rápidamente posible hacia el camino secreto que usaban el Maestro y sus asistentes. A la ya numerosa comitiva se unieron los Caballeros de Bronce, June y la misma Sunrei. Hilda los miró de reojo y entendió que todos dispuestos a sacrificarse con tal de encontrar la grieta.
“Si algo sale mal”, pensó, “esto será la masacre que los daimons no consiguieron.”
Pero también supo que, aunque se los advirtiera, el grupo no perdería ni a uno solo de sus integrantes.
– Dicen que el Gran Cuerno es una de las mejores técnicas de combate. Reúne las posturas ofensiva y defensiva y es prácticamente imposible superarlo.
Aldebaran no respondió, viendo con desdén al Guardián que lo rodeaba mientras se burlaba de él.
– ¿Cómo es posible que un simple Caballero de Bronce haya sido capaz de vencerla en el pasado?
Como era su costumbre, Aldebaran lo miró con el rabillo del ojo. La expresión de su rostro no dejaba de ser ligeramente festiva y segura a la vez, como si estuviera hablando con otro Santo y no contra un enemigo.
– Si sabes leer las mentes o averiguaste mi pasado, corta la conversación y actúa.
La réplica de Laertes fingió no prestarle atención.
– El poder que obtengo es ilimitado –comentó.– No tengo por qué explicártelo y de hecho no voy a hacerlo, pero basta que sepas que, si antes el ataque constante de un Caballero rompió tu postura, no será nada comparado con la energía que canalizaré en tu contra.
Aldebaran no se inmutó. Cruzado de brazos, con las piernas separadas, parecía esperar un amanecer en lugar de prepararse para un combate que podría costarle la vida. Su cosmo dorado brillaba a su alrededor y hacía que luciera como un toro de oro puro, sereno pero innegablemente peligroso.
– En el pasado, tú habrías podido ayudar a Atenea y a los suyos con sólo salir de la Segunda Casa –opinó Laertes a la vez que encendía su negro cosmo, uniéndolo con la obscuridad que ya existía alrededor de ambos.– ¿Nunca te has enfrentado a las razones de por qué permaneciste quieto aún cuando tuviste la oportunidad?
Y añadió, con maldad:
– Indirectamente causaste muchas muertes ese día, aunque tal vez no era esa tu intención.
Aldebaran torció la boca, como si estuviera conteniendo la risa.
– Dijiste que no ibas a explicarme cómo adquieres tu energía. Supongo que no te importa lo que hice o dejé de hacer aquel día, y aunque te te importara, tampoco intentaría aclarártelo.
– Sí, supongo.
– Lo de enfrentarse a las razones verdaderas de algo suena muy bien, pero es algo que debería hacerse a diario. Es tan importante como comer o dormir, claro, si tienes el carácter suficiente
Y añadió, su severo rostro suprimiendo sus risueños gestos anteriores:
– No me parece que los Guardianes del Estigio tengan esa sana costumbre.
Con cinismo, cerró los ojos cuando Laertes se abalanzó contra él, lanzando su obscuro ken. A diferencia de cómo combatía contra Milo y los demás, el Guardián prefirió dividir el ataque en miles de golpes rápidos, esperando romper su postura. Todos se estrellaron contra el Santo, que no se movió ni un centímetro.
– ¿No te has cansado, Guardián? –preguntó.
Laertes no respondió, pero tampoco dejó de golpear con tanta velocidad como le era posible. Aldebaran conservó su postura, sabiendo que tarde o temprano rompería el Gran Cuerno de continuar así, más no hizo nada por evitarlo. Más bien, aumentó su cosmo para ganar un poco más de tiempo en lo que Laertes se cansaba.
“Piensas que fue muy sencillo quedarme en la Casa de Tauro mientras un conjunto de niños peleaba por Atenea”, se dijo mentalmente, como si Laertes pudiera oírlo. O quizá sí podía y no desperdiciaba tanto sus pensamientos. “Tenía una sola razón: había percibido una gran voluntad apoyándolos, más no sabía que era una diosa. Menos aún, la diosa que se suponía que estaba en el Templo.”
El ataque continuó, sin dar señales de detenerse.
“Yo pertenecí a una época distinta”, pensó Aldebaran, percibiendo un poco más cada impacto. “La amistad nunca estuvo prohibida en el Santuario, pero no era muy común, sobre todo entre los Santos. Ahora entiendo que ése era el objetivo de Saga y de Ares. Al tenernos separados, nunca supimos qué era lo que ocurría ni que una fuerza maligna controlaba la tierra que debíamos proteger. Aquel grupo de niños eran rebeldes y nada más.”
Laertes no decía nada y continuaba atacando. Todos sus golpes se estrellaban contra la invisible muralla que el Gran Cuerno colocaba a su alrededor, pero la cercanía parecía mayor a cada instante.
“¿Qué me hizo cambiar ese día?”, siguió pensando Aldebaran, sin dar importancia al Guardián. “Algo demasiado sencillo. Un traidor nunca pelea con semejante fe. A un traidor le da igual lo que ocurra, y si siente que su vida está en peligro, abandona su causa sin arrepentimiento. Los Cinco no eran traidores, pero yo sí porque no me decidí a cumplir el deber que estaba apareciendo frente a mí. Nunca había enfrentado la inseguridad hasta aquel segundo. Moo confiaba en que los Cinco tenían la razón, pero a mí me faltaba un poco todavía para creerlo.”
Por primera vez, sintió que un ataque golpeaba contra su tresor, pero no demostró emoción alguna.
“Cuando el Tresor de Sagitario regresó y se puso en armonía con todos, una luz me enseñó el camino. No tengo justificación. Pero no me queda más que aceptar lo ocurrido sin lamentos, ¿verdad?”
– ¡Ya te tengo! –exclamó Laertes, aumentando la velocidad de su ataque.– ¡Nada podrá salvarte ahora!
Aldebaran abrió los ojos con desinterés. Sin moverse, empezó a teleportar grandes losas y a arrojarlas contra el Guardián para detenerlo, pero no sirvió de mucho. Laertes era bastante ágil y eludió cada uno de los pedazos de roca sin gran esfuerzo.
– Eres un necio –sentenció Tauro.
Laertes sonrió. En su mano, volvió a brillar el Resplandor de Ánimas al concentrarlo en un solo ataque. Lanzando y un fuerte grito, lo arrojó contra su adversario, y tenía tal velocidad que casi pareció que el aire se cuarteaba al igual que los muros que los rodeaban.
Aún así, Aldebaran no dio señales de preocuparse. En silencio, rompió su postura al extender los dos brazos al frente para atrapar el ken que se dirigía a su corazón. Al recibirlo, le pareció escuchar el lamento de miles de almas que iban en ese golpe, y un poco de imaginación y de lógica bastaron para que sintiera nacer la furia en su interior.
Aunque el ken era muy rápido e intenso, apenas había empujado al Santo un poco hacia atrás. La fuerza que Tauro había aplicado en su piernas dejó dos surcos hacia atrás. Sin embargo, no llegó a estrellarse contra el muro; más bien, apretó el golpe de obscuridad en sus manos hasta romperlo.
Los lamentos se hicieron más débiles conforme se disolvía y finalmente cesaron.
– El necio es otro –afirmó Laertes al acercarse.– Tu postura está completamente rota y el Gran Cuerno ha dejado de ser ofensivo y defensivo a la vez. Sólo te queda atacar, pero cualquier soldado diría que tu arma está murta.
El Guardián se echó a reír. En medio de sus carcajadas, completó:
– ¡Con tu postura, rota, un Caballero de Bronce cortó uno de tus cuernos! ¡Un Guerrero Divino... qué digo, la sombra de un Guerrero Divino estuvo a punto de matarte! ¡Sin el Gran Cuerno eres un inútil!
De repente, Laertes dejó de reír. ¿Escuchaba un eco?
No, era Aldebaran. Justo como él, reía a carcajadas y no podía contenerse. Hasta entonces, Cerbero recordó que el Santo lo había amenazado con que no le recordara aquel día, y no le quedó sino preguntarse si esa risa era su defensa ante la idea de que iba a morir o si toda la Orden del Zodiaco de Atenea se estaba volviendo loca.
En el pasado, combatieron contra Santos y pecadores, Guerreros Divinos y Generales de Marina, avatares y dioses reencarnados. Cada combate trajo nuevas enseñanzas, nuevas heridas y nuevo poder. Y, sin embargo, para los Cuatro fue como si jamás hubieran peleado y apenas iniciaran su entrenamiento –jamás se enfrentaron a la certera muerte de sus almas, como iban a hacerlo.
Sin embargo, no por eso disminuía el brillo de sus ya dorados cosmos. Cuando se enfrenta a la muerte, hay quien huye y hay quien se defiende. Iban a pelear contra su verdugo, por más que éste fuera el Señor del Averno.
– ¡Son unos blasfemos! –exclamó Hades, alzando su espada pero conteniendo el temblor de sus manos.– ¡Cómo osan rebelarse contra un dios! ¡No merecen vivir, ni siquiera conservar sus almas!
A pesar de la situación, los rostros de los cuatro mostraban absoluta seguridad.
– ¡El que se ha rebelado eres tú, Hades! –exclamó Seiya sin pensarlo.
Sólo un ser humano había osado tutearlo, y había sido apenas días atrás, pero el dios no mostró más furia de la que ya lo dominaba.
– ¡El Omnipotente, que está por encima de todos ustedes, decidió hace siglos que Atenea protegería a la humanidad de las fuerzas que quisieran dominarla! –continuó Pegaso, sus ojos brillando con el mismo tono de su cosmo.– ¡Ella debe morir para cumplir su destino y tú se lo estás negando! ¡Tú eres el blasfemo!
– ¡Cállate!
Al tiempo en que gritaba, Hades lanzó uno de sus ataques de obscuridad. Como si fueran uno solo, los cuatro Caballeros se adelantaron para poner más distancia entre Atenea y ellos, de modo que no resultara lastimada. Apenas lo hicieron, la obscuridad se acercó, devorando cuanta luz hubiera en su camino.
Quizá por el peso de sus propias palabras o por esa visión, Seiya no atinó mas que a cruzar sus brazos en actitud defensiva, los ojos fijos en la trayectoria del relámpago. De pronto, vio a tres figuras que se cruzaban frente a él: la primera alzó un escudo exactamente contra el ken; la segunda, gritando “¡Ondas relámpago!”, ordenaba a cientos de plateados eslabones cuadrados traspasar la obscuridad; el tercero, en cambio, creó una muralla de hielo frente a todos.
Ante las tres barreras, el ataque se detuvo.
Pero sólo un momento.
La obscuridad traspasó el hielo como si fuera papel, eludió a la Cadena (que cayó al suelo) y golpeó contra el escudo con gran fuerza, a pesar de que su velocidad había disminuido un poco. Por más que Shiryu resistió el impacto, llegó el momento en que lo empujó hacia atrás. Al hacerlo, también empujó a Shun, Hyoga y Seiya; los cuatro, sin lograr contener un grito, cayeron a varios metros de distancia del lugar.
– ¡No! –exclamó Saori-Atenea, empezando a correr hacia ellos.
Sin embargo, una fuerza la detuvo y no provenía de la obscuridad de su tío, sino de la luz de uno de los suyos.
A su alrededor, flotaban cinco aros de aire helado. No la tocaban, pero impedían que se moviera del área, relativamente alejada de donde se encontraban los usos.
– Lo siento, Saori –murmuró Hyoga al ver que lo había descubierto.– Era la única manera de evitarlo.
Saori apretó las manos en puños. En otro tiempo, con un solo pensamiento habría superado no sólo esa barrera, sino cualquier otra. Pero el Averno había absorbido casi todo su cosmo y de diosa no le quedaba sino el nombre.
Tratando de que el esfuerzo que hacían no resultara tan evidente, los cuatro se levantaron aunque les dolía todo. Tenían golpes, en los brazos y rostro los más visibles, y sus armaduras habían regresado a sus colores originales. Shiryu se apresuró a revisar el Escudo, sin descubrir una sola grieta en su superficie; cuando Shun llamó a la Cadena, ésta reaccionó como de costumbre.
– Hemos contado con suerte –sentenció Dragón al comprobar que las cuatro armaduras estaban intactas.– La sangre que corre por nuestros trajes ha evitado que se rompan. Eso será una ventaja.
Seiya se pasó la mano por el cabello. La cabeza empezaba a dolerle.
– Creo que será la única que tendremos.
– ¿Qué esperan, Caballeros? –preguntó Hades, que no se había movido de su lugar pero usaba un tono más seco.
Los cuatro no se movieron. Aunque la lluvia no había disminuido de intensidad, la figura del dios se trazaba claramente contra el horizonte. Además, ya no tenía caso mirar más allá. El Portal estaba cerrado.
– No podemos atacarlo directamente sin que nos devuelva el golpe –recordó Hyoga, de acuerdo con lo ocurrido con Poseidón.– Tendría que ser un impacto demasiado grande para lastimarlo, ya ni siquiera pensar en detenerlo.
– ¿Pero qué ganaríamos? –preguntó Seiya, el pesimismo claro en su voz.– No hay modo de salir del Averno.
Cygnus dio un paso al frente.
– Estoy seguro de que no nos dejarán morir aquí adentro –afirmó, sin necesidad de aclarar a quiénes se refería.– Debe haber algún modo y necesitarán tiempo.
En respuesta, Shiryu se adelantó para alcanzarlo. Seiya los imitó, pero antes notó que Shun miraba hacia atrás, en dirección al Tártaro. Si ya no les quedaba nada en ese lugar, ¿por qué su expresión era como si quisiera regresar a él aunque no fuera a hacerlo?
– Tratemos de debilitarlo –propuso Dragón, encendiendo de nuevo su cosmo.– Hay que atacarlo uno por uno, sin darle oportunidad de responder.
Ante su propuesta, Shun volvió a atender indicaciones y, al igual que sus otros dos compañeros, activó su aura. Saori entrecruzó los dedos de sus manos, tratando de encender su cosmo sin conseguirlo, pero no dijo una palabra que pudiera distraer a los suyos y, menos aún, humillarlos. Los tres espíritus guardaron silencio.
– ¿Creen que me asustan, insectos? –preguntó Hades en tono burlón.
Hubo una época en que admiró el heroísmo. Respetaba a aquellos humanos que, sin importar los riesgos, se enfrentaban al dolor y a la muerte por alguien más, sin dudar y mirando de frente al final por más cruel que éste fuera.
De todos los valerosos humanos, a los que más admiraba eran a aquellos elegidos que integraban las Órdenes. Iban más allá de combatir por un territorio o de luchar por una recompensa o por el poder mismo. Ni siquiera peleaban por un ideal. Si ofrecían sus vidas, frecuentemente perdiéndolas, era porque combatían en nombre de dioses que no solían enfrentarse entre sí. Jamás era por ellos.
Hades nunca sabría si fue una decisión consciente o inconsciente cuando clavó su espada en el suelo, negándose a utilizarla de momento a pesar de que con ese fin se había investido con su armadura mítica. En ese instante, se justificó pensando cuánto iba a divertirse al ver a cuatro miserables guerreros de plata combatir solamente con sus cosmos; quería presenciar las reacciones de Atenea como castigo a su rebeldía anterior. No hizo caso a lo que pudiera decirle su conciencia.
Al primero que vio fue al caballero rubio, dirigiéndose contra él mientras trazaba una kata. El diseño de la misma se asemejaba a un ave iniciando el vuelo, y cuando se suponía que ésta debía alejarse, exclamó:
– ¡Polvo de Diamante!
Y lanzó una corriente de aire helado contra él. Más de cerca, notó que estaba formada por millones de fragmentos de hielo afilado, cual sólo se encuentra en la regiones al Norte del planeta. Por un segundo, se maravilló ante los colores que reflejaban la superficie de cada uno, pero el asombro no evitó que el ataque se detuviera a escasos centímetros de tocarlo y regresara con mayor velocidad hacia su creador. Hyoga apenas alcanzó a atraparlo en sus manos, condensándolo en una esfera de hielo y mentalmente agradeciendo a Alecto de Erina el que lo hubiera obligado a aprender cómo hacerlo.
No acababa de regresar aquel ken cuando otro caballero (esta vez, el insolente que siempre hablaba, el del cabello color chocolate) gritó:
– ¡Lluvia de Meteoros!
A simple vista, pareció que lanzaba un solo puñetazo hacia Hades pero al dios no le pasó desapercibida su verdadera naturaleza. Eran en realidad miles de golpes, algunos con mayor fuerza que otros pero todos innegablemente mortales. Ningún otro ser humano habría sido capaz de alcanzar tales niveles de velocidad, pero se necesitaba más que semejante ritmo de ataque para derrotar a un dios. La Lluvia de Meteoros se estrelló frente a Hades; los débiles se deshicieron en su cosmo y los fuertes regresaron. Seiya esquivó a la gran mayoría, su Séptimo Sentido dejándolo ver sus trayectorias y a unos pocos los detuvo con una postura defensiva.
Entre la luz de aquel ataque, surgieron cientos de plateados eslabones que tenían luz propia. El responsable era el guerrero de cabello amielado, que ordenó:
– ¡Cadena Nebular!
Con la velocidad del rayo, las dos cadenas multiplicaron sus eslabones en dirección al Señor de los Muertos. Éste alcanzó a distinguir que a una de las hileras la guiaba una placa triangular y que seguía un movimiento en ángulos rectos; la otra tenía un aro metálico en el extremo, señalando una trayectoria en curvas suaves. A pesar de que escuchó en el pasado sobre aquella legendaria Cadena, creyó que eran más rumores que verdades hasta que la vio, pero no por eso permitió que lo hiriera. Antes bien, las dos cadenas se estrellaron sobre la barrera, eslabones colocándose sobre eslabones y arrojándose con violencia hacia atrás. Shun apenas alcanzó a ordenarle que se detuviera, y ésta cayó al suelo, exhausta.
En medio del sonido de los eslabones desplomándose, se escuchó como si un dragón iniciara su vuelo al emerger de un lago. Era el último guerrero, el del largo cabello obscuro.
– ¡La Cólera del Dragón!
El rugido se tradujo en la luz que brotó del único puñetazo que el caballero lanzó, pero no por su número Hades dejó de reconocer el poder que concentraba. Tenía la intensidad y el conocimiento de uno de los dragones más antiguos, pero su resplandor demostraba que pertenecía a uno de los más jóvenes. Un golpe semejante sería mortal para casi cualquier persona, pero el dios ni siquiera se molestó en cerrar los ojos. El impacto no alcanzó a rozarlo antes de ser enviado de regreso contra su creador. Sin embargo, y aunque era muy poderoso, a Shiryu le bastó con alzar el Escudo como protección para que su ken se extinguiera sobre su superficie, apenas haciéndolo vibrar un poco.
– Bueno, no hay sorpresas por aquí –sentenció Seiya mientras los cuatro volvían a reunirse.
– Parece que nunca combatieron contra un dios –afirmó Hades, aludiendo a la anterior Guerra Santa.– Si atacaron igual a mi hermano Poseidón, no entiendo cómo lograron sobrevivir. No hay modo de atacar a un dios con golpes tan sencillos y menos aún cuando nunca he tenido que morir como los otros.
Inconscientemente, Saori asintió. De todos los dioses, él era el único que no tenía que reencarnar ni requería de avatares. Su poder no necesitaba descansar ni disminuir, sino que era constante e incluso era posible que aumentara. ¿De qué otro modo se atrevería a desafiar al Omnipotente?
– Tiene razón, fuimos muy ingenuos –murmuró Shiryu a sus compañeros.– Ni siquiera rasguñamos su armadura.
– ¿Por qué no nos ataca con su espada? –preguntó Shun, notando que la hoja estaba clavada en el suelo.– Podría habernos matado.
Un relámpago ilumino la escena; poco después, se escuchó un trueno.
– Ha de querer divertirse con nosotros primero –dijo Hyoga friamente.– No ha habido quien lo desafíe en siglos y no piensa perder esta oportunidad.
“O algo le impide matarnos de inmediato”, pensó Shiryu al notar el extraño brillo de sus ojos. “Pero, ¿hay forma de entender la mente de un dios?”
– ¡Ya estuvo bien de atacar solos! –exclamó Seiya.– ¡Sé que no derrotamos a Poseidón con esto, pero fue suficiente en el pasado!
Al decirlo, encendió otra vez su cosmo. Los demás entendieron el instante a cual estrategia se refería y lo imitaron. Hades, desde su lugar, fingió sorprenderse.
– ¿Hablas de mi hermano? –preguntó.– Si lograron detenerlo fue porque no había llegado a su máximo de poder. ¿Por qué no desisten y se enfrentan a su muerte con dignidad?
Esta vez, fue el turno de Shiryu de responder.
– ¡Porque un Caballero jamás busca la muerte tranquila y sin dolor cuando de él dependen su diosa y su planeta! ¡Nuestras vidas no importan!
Para completar su frase, los cuatro cosmos se integraron en uno solo. Justo como antes, el aura de cada uno se unió a la de sus amigos para lanzar un solo ataque, pero esta vez no pudo concentrarse en una Flecha Dorada porque no contaban con ninguna. Y Seiya, sin querer, pensó que no era sino un símbolo más de que habían sido abandonados hasta por los espíritus que en el pasado los habían protegido.
Elis de Thanatos caminó sin prisa, bajando las escaleras del Palacio y sorprendiéndose por el silencio que lo dominaba. En los años que llevaba de vivir ahí, jamás se percató de cuán grande e imponente podía ser si sus habitantes salían de misión o si los sirvientes se escondían en sus cuartos.
“Esta guerra ha sido innecesaria, cruel y estúpida”, se dijo, su rostro más expresivo de lo que había sido en su vida entera. “¿Cuánta sangre se ha derramado? ¿Cuánta falta por sacrificarse? El Averno no ganará nada y todos perderemos una luz muy importante. Si Atenea no regresa a Terra, aquellos que hayan muerto serán los afortunados”.
Apretó los puños, pero no aumentó su velocidad ni cambió de ritmo.
“Laertes, perdóname. Nunca fue digno de la protección que recibí de nuestros Señores y menos aún de tu amistad. Fue mi turno de actuar y fallé. No puedo darme el lujo de fallar en esta ocasión.”
De no sentirse tan preocupado y arrepentido a la vez, habría sonreído ante la ironía de que iba estaba yendo en contra de aquel que le dio un ideal que había buscado por años. Pero no tenía alternativa. Incluso si significaba fallarle a su señor.
Y a la figura que apareció frente a él.
Por alguna razón, Elis se había concentrado en Hades, Atenea y Shaina, apenas recordando a Unicornio y a los demás Caballeros. Lady Perséfone se había borrado por instantes de su mente a pesar de que era la esposa de su Señor y de que le debía una lealtad semejante. Sin embargo, no se le ocurrió que ella podría intervenir en su decisión o en su camino, y no le quedó sino reprocharse tal descuido.
– ¿A dónde vas, Elis de Thanatos?
Perséfone había permanecido un largo rato cerca de la Cámara donde Hades guardaba su armadura. Sintió cuando su energía se liberaba y salía del Tártaro, y cómo había cerrado el Portal. Pero hasta entonces había reaccionado y salido de esa habitación.
El joven Guardián no supo leer su expresión, así que se limitó a responder:
– Milady, me dirijo hacia afuera de Palacio.
– ¿Hacia afuera? ¿No es tu deber permanecer aquí y proteger al Tártaro?
Elis se obligó a no mostrar descontrol, pero apretó más los puños.
– Lo es, Milady.
– Entonces, –preguntó Perséfone con ojos brillantes– ¿qué evento es tan importante como para obligarte a abandonar tu puesto?
Y, con una expresión que el Guardián no pudo interpretar, añadió:
– Supongo que tiene algo que ver con el combate que tu Señor enfrenta contra Atenea y sus Caballeros.
Elis no mostró reacción alguna, pero sintió un nudo en la garganta.
– Tu deber es proteger a Lord Hades contra cualquier invasor, aunque en ello pierdas tu vida –prosiguió, mirándolo con tal fijeza que lo forzó a bajar el rostro.– No te detengo más, Thanatos. Ve y ayúdalo.
– No, Milady –respondió con voz moderada.– Iré, pero no pelearé por él.
Perséfone, sin cambiar de expresión, se cruzó de brazos. Con esa actitud vulneró más a Elis que si le hubiera exigido una explicación. El Guardián alzó la mirada y, al encontrarse con sus ojos violeta, comprendió que no podría mentirle aunque lo intentara.
– Usted sabe que si mi vida tiene sentido se lo debo a Milord Hades –confesó.– Cuando el mundo de los humanos no me dio respuesta, fue él quien me guió y, a la distancia debida, se convirtió en el padre de mi alma.
¿Por qué no lograba descifrar la mirada de su señora?
– Sin dudar, lo seguiría a donde me ordenara, pero hay algo más en juego. Milady, es la vida de Atenea –y añadió, con tono más firme.– Voy a salir del Tártaro para ayudar a los Caballeros a que la saquen del Averno y para que ella pueda recuperar su luz.
El rostro de Perséfone no reflejó emoción alguna.
– Eres el Guardián más fiel de mi esposo –sentenció.– El simple pensamiento de lo que intentas hacer ya es una traición hacia, como lo llamaste, tu padre espiritual.
Elis asintió.
– Sabes que mereces un castigo por tu intención. Una pena de muerte.
Por toda respuesta, el Guardián le sostuvo la mirada, dignidad y valor perceptibles en su actitud. Su voz nunca fue más segura que cuando afirmó:
– Estoy dispuesto a aceptarla, Milady. Se dice que usted es capaz de quitar el alma, a veces sin necesidad de contacto físico, pero que cuando lo hace así es más doloroso.
La Señora de los Muertos no respondió.
– Pues bien, quíteme el alma si tal es la condena a la que me he hecho merecedor.
Lady Perséfone lo miró en silencio. De repente, alzó su mano derecha y tocó a Elis en el rostro. Hasta entonces, el Guardián desvió la mirada. “Es demasiado gentil”, pensó. “No quiere que mi muerte sea dolorosa y por eso me está tocando”.
– Conoces el precio, pero sabes que tu Señor está equivocado y tratarás de salvarlo aunque te cueste la vida.
Sorprendido, el Guardián alzó la mirada. Perséfone sonreía débilmente y murmuró:
– Estamos juntos en esto.
Se dice que los espíritus son capaces de muchas cosas. Flotar, traspasar muros, observar o aconsejar, según sea el caso. Aioros de Sagitario, a pesar de estar muerto, había sido capaz de innumerables proezas para salvar a Atenea, proteger a sus leales Caballeros y a su posible heredero, e incluso para mostrarle a su hermano menor cuál era el camino verdadero. Pero lo único que no había hecho (y que Aioria empezaba a cuestionar) era abrir los grilletes que lo sujetaban a la pared.
Laertes de Cerbero, o al menos la réplica que se le acercaba, parecía estar consciente de ello. Su sonrisa era amplia y burlona.
– ¿Por qué te resistes, Santo? –preguntó con la misma intención.– La muerte te ha llamado desde hace horas pero rechazas su dulce contacto. Sería mejor para todos que la escucharas.
– No puedo –murmuró Aioria.– No tengo el derecho de dejarme morir.
¿Había escuchado esas palabras entre sueños? ¿Había sido la voz de Milo?
– Primero están Atenea y luego mis amigos –añadió.– Muchos ya han peleado las batallas que a mí me correspondían.
El Guardián torció la boca.
– Bonitas palabras, viniendo de uno que alzó los puños contra su diosa e intentó matarla con su propio ken.
Al ver que el rostro del león se obscurecía, añadió:
– Fuiste el único de todos que la atacó directamente. ¿No te da vergüenza llamarte un Santo de Atenea?
Después de esa pregunta, Aioros volteó a ver a su joven hermano. Aioria había enrojecido tanto del coraje como de humillación y se mordía los labios.
– Odiaste a tu hermano porque su fama de traidor era una infamia contra tu familia. El eco de todas las voces del Santuario acusándolo amargó tu vida, pero en lugar de apoyar su recuerdo, preferiste despreciarlo.
Aioria no tuvo ánimo para ver al espíritu de Aioros. Era cierto.
– Y en cuanto a Atenea, es verdad que no querías matarla, sino comprobar que la historia que te había contado era cierta. Pero insisto, ¿no debió guiarte tu fe en lugar de tu orgullo?
– No sé a dónde pretendes llegar –dijo Aioria de repente, viendo al Guardián con fijeza.– Si quieres que me arrepienta y desprecie, es inútil porque lo he hecho durante años. Si quieres que me rinda, también es inútil porque prefiero morirme. Todas mis lágrimas se secaron hace mucho, así que si lo que quieres es verme llorar, ni caso hay en que te diga que es inútil.
Y añadió, con ojos relampagueantes:
– Lo único que estás logrando es que te parta la cara apenas me libere, pero dudo que quieras eso.
La sonrisa de Laertes se volvió más burlona.
– ¿Dices partirme la cara? ¡Estás más cerca de la muerte que cualquiera de tus compañeros! ¿Por qué no le preguntas a tu hermano qué se siente estar muerto? Digo, para que te vayas haciendo a la idea.
Hasta entonces, el león notó que Aioros miraba a Laertes con un rencor que sólo podía calificarse como particular. Si se suponía que jamás había visitado el Tártaro (porque nunca se había presentado la necesidad) y que Laertes no iba a Terra más que cuando acompañaba a Hades, o sea casi nunca, ¿por qué esa expresión?
Como si no fuera la primera vez que lo veía.
– Fuiste tú, ¿verdad? –preguntó Aioros al Guardián.– Estuviste conmigo esa noche, hasta el amanecer.
Los ojos de Laertes centellearon.
– Tardé menos en identificarte, Aioros de Sagitario. No fue de inmediato, de acuerdo, pero lo hice antes que tú.
Aioria los miró, confundido. A pesar de que su hermano era un alma que habitaba en el Eliseo, el rencor de su expresión empezaba a tornarse en odio.
– Recuerdo nuestro combate con especial aprecio –gruñó Laertes.
– ¿Peleaste contra él? –preguntó Aioria.– Nunca me contaste que habías combatido contra un Guardián del Estigio.
Aioros, sin separar la vista de Cerbero, respondió:
– Jamás tuve la oportunidad de contártelo.
Aioria sintió que la sangre se congelaba en sus venas.
– Básicamente, porque tu hermano no sobrevivió.
No, no podía ser cierto.
A menos de que...
La noche a la que parecían hacer referencia era aquella en que Aioros salvó a Atenea de Saga-Ares y que, según le fue narrado, terminó cuando exhaló su último suspiro a la mañana siguiente...
No, Aioros no fue víctima de Laertes de Cerbero. Shura de Capricornio fue quien le dio el golpe de gracia, completando las heridas infligidas por Saga.
Pero si murió hasta la mañana siguiente, en las ruinas de Atenas...
Si vivió varias horas después de haber sido herido de muerte...
– He poseído el Resplandor de Animas desde hace mucho tiempo –confesó Laertes con una sonrisa cínica.– Combato sólo de vez en cuando, si aparecen enemigos de Milord, pero no debo dejar de practicarlo. Tú sabes, entrenamiento. Y pocas veces –añadió sarcásticamente– encuentro un reto tan bueno.
Aún sin saber la causa, Aioria empezó a negar con la cabeza.
– Tu hermano fue herido por Saga y por Shura. Dos Santos Dorados. Pero era joven y Atenea estaba a su lado. La lucha por su propia vida fue frenética, mas pudo haber ganado. Era fuerte y valiente.
Y al llegar aquí, miró al león.
– Lástima que se encontró conmigo.
– Nunca te vi –murmuró Aioros entre dientes.– Tu sombra me rodeó en el camino a Atenas. Nubló mis ojos y me impidió contemplar un último amanecer. Cuando hablé con aquel hombre y le encomendé a mi diosa, estabas detrás de él.
– Y yo fui quien tomó tu último suspiro en mis manos y lo usé para destruir un muro que no me agradaba –completó Laertes.
– ¿Quieres decir que mi hermano pudo haber sobrevivido a esa noche? –exclamó Aioria con voz quebrada.
Y entonces comprendió muchas cosas que por mucho tiempo le parecieron ilógicas. Saga separó a los Santos porque temía que Aioros estuviera siendo oculto por uno de ellos y así podría vigilarlos. Actuaba como si temiera su regreso durante la Batalla del Santuario. Shura nunca habló de muerte, sino de castigo...
Por eso, el espíritu de Aioros se había negado a descansar. No sólo por Atenea, sino porque no debía morir todavía. ¡Tenía que haber sido rescatado junto con ella!
Pero el Guardián lo había encontrado y no había podido resistir...
– Dices bien, Aioria de Leo –sentenció Laertes.– Tu hermano poseía espíritu suficiente para sobrevivir, pero yo se lo quité. Sujeté su alma en mis manos. La estreché como si fuera una simple hoja de papel, la rompí y arrojé ese impulso vital contra lo primero que se me ocurrió.
– ¡Maldito! ¡Eternamente maldito!
Laertes alzó su mano derecha y la colocó justo frente al corazón de Aioria. Este, inmovilizado, trató de liberarse sin conseguirlo. Aioros lo miró con aprensión, diciéndole en silencio que no podría ayudarlo. Era tan sólo un espíritu.
– No me maldigas –ordenó Cerbero, su mano empezando a reflejar un tono más negro que la obscuridad que lo rodeaba.– Estás en el mismo trance y voy a hacerte ese mismo favor.
Una corriente de aire comenzó a rodear a Aioria, agitando su cabello y los jirones de su ropa. De pronto, se sintió muy cansado. Fue como si se encontrara a punto de caer vencido por el sueño, quizá en lo que los científicos llaman el inicio del Estado Alpha, la vigilia perfecta. El momento en que, según los iniciados, es la ocasión ideal para que el alma se separe del cuerpo y se inicie un viaje astral. También dicen que, cuando el cuerpo está vacío, otro espíritu puede ocuparlo.
Pero nadie pretendía robarle su cuerpo, sino su alma. Cerbero estaba tratando de quitarle el último impulso vital, el que Milo apenas había detenido. Era justo como años antes robó el de Aioros que, impotente, sólo podía observar la escena. El Guardián sonreía y se deleitaba hacia la resistencia que el alma de Aioria ofrecía, como si se tratara de un pez atrapado en el anzuelo.
“No tienes el derecho de dejarte morir”, recordó el Santo, pero la voz se escuchó a lo lejos.
– Y lo peor, –sentenció Laertes– es que acabarás agradeciéndomelo.
Hades se maravilló por enésima vez en ese día. Hacia él, con toda la intención agresiva del universo, se dirigía un ataque combinado de cuatro cosmos diferentes. Hielo combinado con luz, acero al lado del mito, cuatro espíritus unidos en un ken de alta intensidad cuando antes cada uno había atacado por sí solo. ¿Qué había en ese golpe? ¿Desesperación, estupidez, soberbia? Porque sólo alguien desesperado, estúpido y soberbio se atreve a combatir contra un dios.
¿O al contrario, tenía osadía, valor y esperanza? Porque el combate no era tanto por ellos como lo era por su diosa, quien sólo podía observar lo que ocurría. Al contrario de lo que había esperado, los aros de hielo que la rodeaban se hacían cada vez más fuertes, y a Saori no le quedaba sino ser testigo y no partícipe de lo que iba a pasar.
El heroísmo, pensó Hades, está formado por dos facetas inseparables, como los lados de una moneda. Por un lado, existe la conciencia de que todo lo que se intente por conservar la propia vida será inútil, pues el obstáculo es demasiado grande; de ahí, proviene el miedo a perder la vida, sin dejar mayor recuerdo que el que queda de una ola que se ha estrellado contra las rocas.
Pero, por el otro, está la fe de que, si nuestro espíritu no lo logra, el ideal permanecerá y vendrá otro espíritu más a ocupar el sitio que ha quedado vacío, y así hasta que el sueño se cumpla o todos mueran; de ahí, surge el valor para sacrificarse, porque no se es más que uno y los ideales los forman muchos.
Los cuatro Caballeros, presintió, se enfrentaban a esa dualidad como si fuera la primera vez que combatían. Porque por primera vez en sus vidas, sabían que morirían en vano. No como en Doce Casas, cuando la sangre de unos marcó el camino a seguir para otros. Estaban solos, sin nadie que pudiera ayudarlos o seguir adelante cuando ellos ya no existieran. El sitio se vaciaría y se quedaría así.
En un reflejo que, a pesar de su sencillez le resultó inexplicable, Hades volvió a tomar su espada y trazó cuatro estocadas en el aire. Todas fueron suaves, sin agresión, cual si su único objetivo hubiera sido defenderse. Sin embargo, el aire cortado disolvió los ataque a distancia del dios, deshaciéndose en millones de partículas luminosas que se apagaron de inmediato.
Aún así, el efecto de las cuatro estocadas no se limitó a eso. Cada una tuvo el efecto no de un golpe de espada, sino de un sencillo pero poderoso impacto, y se estrelló contra los caballeros sin importar qué defensa pusieran. Sin excepción, los cuatro fueron lanzados hacia atrás, sus cosmos momentáneamente apagados y sin que pudieran contener un grito; cuando chocaron contra el suelo, la dura tierra del Erebo se quebró por la fuerza con la que habían sido impulsados.
– ¡Tío, déjalos en paz! –gritó Saori, tratando de nuevo de liberarse de los aros de hielo.– ¡Hacen lo que creen correcto, nada más!
Hades miró a su sobrina sin que esta lograra interpretar su mirada. Atenea, con lágrimas en sus obscuros ojos, insistió:
– Lo que te han dicho es cierto únicamente en parte. Para ellos, sus vidas no son importantes siempre que con ello me protejan, pero no es así. Son las personas más importantes del mundo para mí, y ya han sufrido demasiado.
No muy lejos de ella, Seiya trató de levantarse, pero fue en vano. Aunque la armadura de Pegaso seguía intacta, sin más daño que algunos rasguños en su superficie, el cuerpo al que protegía estaba muy lastimado. A pesar de todas las batallas a las que se había enfrentado, no fue sino hasta entonces que Seiya comprendió que las armaduras se limitan a cumplir su misión, por más que Moo hubiera dicho que eran seres vivos. Por eso, podían ser eternas: porque era raro que se sacrificaran por alguien, aunque ese alguien fuera su portador.
– ¿Qué sigue, Caballeros? –escucharon la burlona voz de Deathmask.– ¿Ya llegó el momento de que comiencen a llorar?
Empezó a reír y Afrodita se le unió, y ese fue el peor insulto que cualquiera de ellos hubiera recibido en toda su vida. Kanon, extrañamente, siguió callado.
– Esto es demasiado –murmuró Hyoga, apoyando las palmas contra el suelo para levantarse, pero sin fuerzas para hacerlo.– ¿Por qué no nos mata de una vez?
Seiya miró hacia Hades y descubrió que empezaba a acercarse. Había dejado a la Nike en donde había estado, pero traía su espada consigo.
– Creo que viene a cumplir tu deseo –respondió.
Aunque Shun tampoco podía incorporarse, alcanzó a exclamar:
– ¡Cadena Nebular!
Obligándose a sí misma a responder, la Cadena de Andrómeda empezó a multiplicar sus eslabones y a distribuirse en círculos alrededor de los Cuatro. Hades se detuvo por un instante para contemplar la luz de las estrellas contenida en esa canción metálica.
– Sorprendente –afirmó con sinceridad.– Sorprendente y hermoso. Pero inútil.
La Cadena se electrificó al percibir que iba a ser traspasada y empezó a vibrar con frenesí, lista para atacar. Los eslabones cuadrados se dirigieron hacia el rostro de Hades, mostrando en sus relámpagos la enorme carga de electricidad que portaban y que era suficiente para matar a cualquiera.
En el último segundo, Hades la interceptó con la mano derecha, apretándola y obligándola a liberar toda su energía. Un relámpago cayó cerca de ahí.
Instantes después, el dios soltó los eslabones, que cayeron al piso con un sonido seco, y continuó avanzando.
– Ya ni la cadena puede protegernos –murmuró Shun, sin encontrar el caso en ordenarle que se reuniera.– ¿Es el fin?
Todos permanecieron callados y Andrómeda involuntariamente pensó en Ikki. ¡Ojalá y pudiera despedirse de él! Pero al mismo tiempo deseaba que no se acercara, o compartiría su mismo destino.
La sombra de Hades se acercó más y más. En eso, el orgullo que Shiryu se había obligado a suprimir por años, resurgió. Alzó la cabeza lo más que pudo y exclamó:
– ¡Que sea nuestro final, pero enfrentémoslo con dignidad! ¡No desviemos la mirada ni supliquemos por nuestras vidas, sino muramos como verdaderos Caballeros de Atenea!
Aunque sus palabras habrían podido interpretarse como los delirios de un alma desesperada, infundieron nueva esperanza en los corazones de todos. El nombre de su diosa era consuelo suficiente.
De repente, Seiya sintió el cuerpo muy ligero y se preguntó si ya había muerto y su alma comenzaba a despegarse de la materia. Pero no, en verdad estaba flotando, pero no tenía control sobre ninguna de sus extremidades y de pronto dejó de tocar el suelo. Miró hacia los demás: Shiryu, Hyoga y Shun también flotaban, expresiones de asombro en sus rostros y miradas. Todos estaban rodeados por una ligera neblina obscura.
Sin aviso, los cuatro fueron separados, lo bastante para no escucharse si hablaban en voz baja. Los ojos de Hades brillaron, al igual que los de Saori. Empezaba a oir no con su sentido, sino con su mente.
“Atenea, el Averno puede robarte tu cosmo y dones divinos, pero hay uno que no puede quitarte. Tu intuición”, afirmó el Señor del Averno. “Sólo si fueras un hombre podría eliminarlo, pero eres mujer y es parte de ti tan íntegramente como cualquiera de tus demás sentidos.”
Saori lo miró fijamente sin responder, a pesar de que sabía que bastaba con pensar para hacerlo. El contacto telepático era nuevo para ella, pero nunca había intentado enlazarse con el Señor de los Muertos.
“Presumes de que tu Orden te es absolutamente leal y de que han sufrido mucho”, prosiguió Hades. “Me has pedido que los deje ir. Está bien, voy a darles la oportunidad, pero ellos serán quienes decidan su destino.”
“¿Qué quieres decir?”, preguntó Saori.
“No podrás comunicarte con ellos, pero sí podrás oírlos”, y añadió. “Recuerda, tendrán su oportunidad. Pero el futuro dependerá de ellos.”
Con seguridad, Hades se acercó al primero de los Caballeros. Shiryu todavía intentaba soltarse de la neblina, sus brazos y piernas separados del tronco, y el dios pensó que era más propio empezar con él. Sus amigos vieron que Hades se aproximaba a Shiryu y Seiya presintió que iba a matarlo. Aún así, tampoco pudo liberarse y, aunque gritó, ni él mismo alcanzó a oírse.
– ¿Te llaman Shiryu de Dragón, no es así? –preguntó Hades apenas estuvo frente a él.
El Caballero dejó de luchar y miró al dios a los ojos. De inmediato, sintió como si estuviera leyendo su mente y su corazón, y no pudo resistirse. Así que, con la seguridad que inevitablemente adquiría cuando existía la posibilidad de morir, respondió:
– Así he sido llamado desde hace más de siete años.
– Tu maestro fue Dokho de Libra. ¿Él te asignó al dragón como protector?
El rostro del joven mostró absoluta sorpresa. ¿Cómo lo sabía? De inmediato, ocultó tal expresión. Se encontraba, después de todo, ante un dios.
– Responde –ordenó Hades.
– Usted sabe todo sobre mí y sobre mis compañeros. ¿Le sirve de algo que se lo confirme?
Hades arqueó una ceja, su expresión irónica.
– ¡Vaya! ¡Uno que confunde la insolencia con la valentía! ¿Sabes? –y al llegar aquí, apoyó la punta de su espada contra el pecho del joven.– He visto muchos guerreros que me respondieron igual que tú. No se veían muy valientes después de haber muerto.
Shiryu no bajó la vista, como si esperara la estocada. Hades confirmó que su actitud no se debía a la insolencia, sino a la valentía, y separando un poco el afilado acero de la piel, empezó a trazar en el aire una diagonal que empezaba en el pecho del Dragón y terminaba en su cintura.
– Conocí a tu sensei. Nunca personalmente, pero sé quién era –afirmó Hades mientras lo hacía.– Un hombre sabio y pacífico, muy poderoso, pero jamás combatió a menos de que fuera absolutamente necesario.
Detuvo el trazo y volvió a ver al joven a los ojos.
– Es lógico que, con tal maestro, el alumno haya desarrollado un carácter parecido.
– ¿Qué quiere decir? –preguntó Shiryu con toda la calma del mundo.
Hades sonrió y el joven presintió que el demonio que tentó a los primeros humanos debió poseer un gesto muy semejante.
– Hay almas que nacieron para la guerra y otras que nacieron para la paz –afirmó, sin borrar su sonrisa.– Algunos descansan sólo hasta el día de su muerte, pero otros desean el reposo antes de esa fecha. Dokho de Libra era de estos último. Y tú –enfatizó– eres justo como él. Tú no deseas estar aquí, sino en Rozaan. Tu destino es una pena.
– Es el que yo he elegido.
– Un destino donde combates sin cesar, sacrificas tu sangre y tu vida y guardas un terrible miedo, casi patológico, a volver a quedarte ciego –continuó, cual si nunca hubiera hablado.– Un joven de tu valor y madurez no merece un destino así y estoy dispuesto a cambiarlo.
Shiryu lo miró con sorpresa, su intuición ordenándole que no lo escuchara. Pero, ¿de qué forma se puede desobedecer a un dios?
– Deberías meditar lo que voy a proponerte –prosiguió Hades.– No sólo por ti, sino por esa indefensa joven que dependía de tu maestro y que ahora confía en ti.
Los ojos del Dragón relampaguearon. ¡Sunrei! ¡El Señor de los Muertos sabía de Sunrei!
– Si entras a mi servicio, Shiryu de Dragón, serás uno de mis enviados en Terra.
Hasta entonces, el Caballero sintió cuán helada era la lluvia que caía sobre él. Saori negó con la cabeza, no por temor a una posible traición sino por la horrible prueba a la que estaba siendo sometido.
– ¿A su servicio, Lord Hades? –preguntó Shiryu con cautela.
– Mataste a uno de los Guardianes del Estigio. Es más que justo que tomes su lugar y, con la Nueva Era que planeo, podrías vivir en Rozan para siempre. También le concedería la inmortalidad a aquella niña. Basta con que lo pidas.
– ¿Lo que me está proponiendo es que renuncie a Atenea y a la protección del Dragón?
Hades asintió. Shiryu agradeció mentalmente la neblina que lo sujetaba, porque no permitió que se notara un leve estremecimiento que lo dominaba. Y, sin embargo, incluso si el bienestar de Sunrei y su deseo de al fin vivir en paz dependían de su respuesta, afirmó sin titubeo alguno:
– Se lo agradezco, Milord, pero no puedo aceptarlo. Mi diosa y mi constelación están muy por encima de mis sueños y de mi propia vida.
– Tú decisión –sentenció Hades sin tono alguno.
Un relámpago iluminó el horizonte. Saori, que había escuchado el diálogo sin decir ni pensar una sola palabra, temió que el dios matara a Shiryu. Pero para su sorpresa, se limitó a dirigirse hacia donde estaba Hyoga.
El Caballero había tratado de congelar la neblina, pero por alguna razón esa corriente de aire no respondió a sus órdenes. Al percibir la presencia de Hades, dejó de intentarlo y lo miró a los ojos. También sintió, de inmediato, como si todos sus secretos estuvieran siendo revelados.
– Te llaman Hyoga de Cygnus y eres ruso, ¿no es así? –preguntó Hades al tenerlo frente a frente.
– Soy Hyoga de Cygnus –corrigió con bastante más insolencia que Shiryu, pero conservando su acostumbrada frialdad.– Y sí, soy ruso. De Siberia, por si le interesa
Hades frunció el ceño.
– No me interesa averiguarlo, pues ya lo sé. Pero, si a esas vamos, no procedes únicamente de Siberia.
Y añadió con sarcasmo.
– También eres de Asgaard.
Sólo la frialdad que caracterizaba al Caballero impidió que perdiera el control de sí mismo (aunque estaba bastante limitado por la neblina) y le soltara un golpe al dios. Aún así, sus ojos relampaguearon con furia.
– No sé en qué le importe, pero sí. Soy de Asgaard en parte de mi espíritu –respondió.– Pero no entiendo para qué lo menciona. Sólo le interesaba saber mi nombre.
– He visto muchos nombres escritos en muchas tumbas, y a pesar de los idiomas, el resultado era el mismo. Estaban muertos. Y en cuanto a que no entiendes, me parece que más bien no quieres comprender a qué voy a referirme.
Era cierto. Hyoga entendió a la perfección por qué hablaba de Asgaard, aunque se había negado a formar la imagen en su mente. Sin embargo, sabía que ya era muy tarde y que si el dios de algún modo había atacado a Hilda, a fuerza tenía que haber visto a Flare.
– Los asgaardianos odian la guerra por temor al Ragnarok –continuó Hades, trazando líneas en el aire justo sobre los brazos y piernas de Cygnus.– Los atenienses creen en el Eliseo. Eres la curiosa unión entre dos mitologías completamente distintas, por no decir opuestas. Pero no lo hiciste para estrechar lazos entre Tierras Místicas. Te fuiste a Asgaard por otra razón.
– Usted lo sabe –afirmó friamente aunque su interior estaba angustiado.– También sabe que voy a morir. Así pues, ¿a dónde quiere llegar?
Hades sonrió. Hyoga presintió que sería como enfrentarse a un ángel caído que te tentara con lo que más amabas. Y ahora que sabía que su madre, Crystal e Isaac vivían en el Edén, no quedaba nadie más con quien pudiera mortificarlo.
– Me refiero a que quiero cambiar tu destino para que puedas vivir con tu amaba princesa feliz y para siempre, como narran los humanos en sus cuentos.
Cygnus permaneció lo más tranquilo que le fue posible. Casi nada.
– Érase una vez una princesa asgaardiana y un caballero ateniense, que se amaban –empezó a narrar el Señor de los Muertos.– Su unión traería mucho bien y felicidad, no sólo porque el amor que sentían era admirado por sus pueblos, sino porque al fin integrarían a sus tierras en un solo espíritu. El cosmo espiritual del mundo se iluminaría con su boda, un representante de la Tierra del Sol unido por fin a una princesa de la Tierra de la Luna. ¿Te gusta mi historia?
– Miserable –murmuró Hyoga, apretando los dientes.
– Puede volverse realidad, si lo deseas.
El Caballero no dijo nada, maldiciéndolo internamente aunque fuera un dios.
– Entra a mi servicio, Hyoga de Cygnus y serás uno de mis emisarios más importantes en Terra, pues estarás en dos tierras místicas al lado de la mujer que amas.
Saori miró con rencor a Hades. ¿Cómo podría hacerle eso al Caballero que más soledad había experimentado en su vida? ¿Cómo podía ofrecerle aquella tentación tan cruel?
– ¿Qué dice?
– Mataste a uno de mis Guardianes del Estigio. Es más que justo que tomes su lugar y, con la Nueva Era que planeo, podrás vivir en Asgaard para siempre –afirmó.– También concedería la inmortalidad a aquella joven. Basta con que lo pidas.
– ¿Pretende que traicione a Atenea y a todos lo que confían en mí?
– Serías Erina en lugar de Cygnus. ¿Qué te parece?
Hyoga no respondió. Lo que más deseaba era volver a ver a Flare, sobre todo ahora que sabía que el amor que sentía hacia ella era correspondido. Aún así, ni siquiera se preguntó cuál sería su elección y de inmediato respondió con su acostumbrada frialdad.
– Está loco, milord. Es verdad que amo más a Flare que a mi propia vida, pero ésta le pertenece a Cygnus y a Atenea y no puedo decidir por ellos.
– Tu decisión –volvió a sentenciar Hades sin mostrar emoción alguna.
Otro relámpago iluminó el horizonte. El dulce rostro de Saori se encontraba distorsionado por el rencor que comenzaba a dominarla, y no se extrañó en absoluto de que abandonara a Hyoga y se dirigiera hacia Shun.
El Caballero palideció al ver que el dios se le acercaba. Un solo error y Hades sabría que Ikki estaba vivo.
– ¿Te llaman Shun de Andrómeda, no es así?
El joven se limitó a verlo en silencio, tratando de bloquear los pensamientos referentes a su hermano. La Cadena yacía en el suelo bajo él, mas no pareció que confiara mucho en ella después de que el dios la había sujetado.
Hades sonrió, pero por primera vez en esa batalla, su gesto fue sincero. Había encontrado algo distinto, incluso triste, en ese muchacho. Saori, al percatarse de ello, tuvo un mal presentimiento.
– De todos, tú eres el que menos debería temer –afirmó el dio, mirándolo a los ojos.– Así que tú eres aquel a quien mi esposa protegió.
Y preguntó, extrañado ante la sorpresa del Caballero:
– ¿O me dirás que ignorabas que Lady Perséfone, de quien aún siento sus vibraciones en tu aura, es mi esposa?
“¡Mi tía!”, pensó Saori, aunque en el fondo no se sintió muy asombrada por su conducta.
Shun trató de apartar la mirada, pero la expresión del Señor del Averno se lo impidió.
– Esto guerra, aunque lo dudes ahora, quizá haya sido muy provechosa para ti –afirmó Hades, apartando la espada.– Has conocido el lado obscuro de tu personalidad...
– ¿Cómo lo sabe?
– Soy un dios. Si quiero, puedo saberlo todo. En especial –y al llegar aquí, su expresión se volvió más sincera– cuando gracias a mi esposa sé a quién proponerle algo muy especial.
Shun quiso decir algo, pero no se le ocurrió ni una palabra. En parte se debía a la revelación de que había sido protegido por la esposa de un dios (¡y de qué dios!), pero fue más por la actitud de Hades. No se comportaba como el conquistador que habló con sus compañeros, sino una figura que parecía invitarle a que confiara en él. ¿Sería una trampa para averiguar sobre Ikki?
– He conocido a muchos hombres que, como tú, tenían un lado obscuro. Te diré que en realidad todos los seres humanos son capaces del mal. Pero en lugar de aceptarlo, trataron de defender la imagen de bondad que poseían y acabaron muertos.
– ¡Pero los que lo aceptaron y se tornaron al mal no trajeron más que desgracias a los suyos! –exclamó Shun, volviendo a pensar en Saga.
Hades negó con la cabeza, como quien observa a un niño pequeño cometer un error. Saori oyó, espantada, cómo el más gentil de los suyos había perdido la pureza de su corazón, pero se asustó más por lo que presentía que seguía.
– Esas son ideas de los humanos. Los inmortales sabemos que en realidad todo es diferente.
– No puede serlo –murmuró Shun, tratando de desviar la mirada, sin lograrlo.
– Tú nunca has querido pelear, muchacho –prosiguió Hades, aparentemente sin haberlo oído.– Siempre creíste que los problemas debían solucionarse de un modo ajeno a la violencia, pero las Guerras Santas no hicieron más que destruir tu ideal.
Y añadió, en un tono indescifrable tanto para Andrómeda como para Atenea.
– Tengo la solución para que jamás vuelvas a combatir ni a lastimar a nadie. Ni a matar, por justa que sea la causa.
Involuntariamente, Shun trató de hacerse hacia atrás, pero le fue imposible moverse.
– Entra a mi servicio, Shun de Andrómeda, y te guiaré para que aprendas a convivir con ese lado obscuro. Serás más que mi emisario. Perséfone te eligió como su protegido y sus decisiones son leyes para mí. Vivirías tanto en la Tierra como en el Averno.
Shun contuvo el aliento, su corazón palpitando con fuerza. Él apenas recordaba a sus padres y su única familia era Ikki, pero no era eso lo que realmente lo tentaba. Era el no volver a pelear, el no estar en peligro de acceder a su lado obscuro y traer la desgracia sobre sus seres amados. El día que perdiera el control, Reda le había revelado, mataría hasta a su propia diosa, pero si lo aceptaba (y más aún, si alguien lo guiaba) se conjuraría el peligro. Saori fue capaz de leer su corazón por conducto de Hades, y sus labios se movieron en silenciosa plegaria al comprender que los temores de su Caballero no eran exagerados.
– ¿Su protegido?
– Sí, mi protegido. Perséfone te eligió –y añadió, como para cumplir con el ritual.– Mataste a uno de los Guardianes del Estigio. Es más que justo que tomes su lugar y, con la Nueva Era que planeo, vivirás en certidumbre para siempre. Basta con que lo pidas.
La frase “Nueva Era” reveló al caballero la verdad de la propuesta.
– ¿Quiere decir que debo dejar de ser Andrómeda y ya no servir a Saori-Atenea?
Hades asintió.
Si antes la idea de dejar de pelear y rechazar su lado obscuro pudo tentarlo, ahora le pareció lo más horrible que jamás había oído, y se apresuró en exclamar:
– ¡No! ¡Es verdad que viviría en paz conmigo mismo, pero no sé cómo seguiría adelante sabiendo que los traicioné!
Y añadió, al fin apartando la mirada del dios:
– Aunque eso signifique tener que rechazar el honor de ser su protegido.
Sin querer, Saori respiró aliviada ante su decisión, pero de inmediato volvió a tensarse. El rostro de Hades reflejaba decepción; sujetó de nuevo su espada y apuntó a un solo punto sobre el pecho de Shun.
– Tu decisión –afirmó sin entonación alguna y se dirigió hacia Seiya. Un relámpago volvió a iluminar la escena.
Durante todo ese tiempo, al Caballero de Pegaso no le había pasado desapercibido que Hades había hablado con sus compañeros. Un mal, no, un pésimo presentimiento lo dominaba desde un rato atrás, y no había dejado de luchar por liberarse de la neblina. Notó que Saori miraba hacia donde él se encontraba, y aunque sus obscuros ojos lo distrajeron un segundo, de inmediato volvió a ponerse en guardia.
Hades estaba frente a él.
– ¿Te llaman Seiya de Pegaso, no es así?
Seiya dejó de luchar por soltarse. Con ojos brillantes y pícaros, observó al dios y, con plena conciencia de su falta de respeto, contestó:
– Si ya lo sabe, ¿para qué pregunta?
Contra lo que imaginó. Hades permaneció aparentemente tranquilo. Sin embargo, comenzó a balancear su espada de izquierda a derecha, a la altura del abdomen del Caballero.
– No esperaba más de ti –afirmó el dios con desprecio.
– ¿Entonces? –insistió Seiya.
No supo si era porque esa sería su última Guerra Santa o porque sabía que su vida estaba por concluir, pero había perdido todo instinto de supervivencia con tal de comportarse del modo más grosero del que fuera capaz. Ni siquiera con Mitsumasa Kido había pensado actuar así.
– He conocido a muchos que intentaron ser más listos que yo, por diversión o por la desesperación que da el saberse muerto –afirmó Hades.– Todos están bajo tierra.
Seiya se obligó a sonreír con burla.
– ¡Bueno, al menos eso demuestra que sí entierra a sus enemigos! ¿También pondrá mi nombre en la lápida?
– Depende de ti que esa lápida exista. Más aún, que esa tumba exista.
Esas palabras fueron un tanto desconcertantes para el Caballero. Durante el lapso en el cual habían hablado, había aguardado impacientemente a que el dios se decidiera y le clavara la espada en el estómago. Pero en lugar de ello, escuchaba que ni siquiera iban a sepultarlo.
¿O quería decir que...?
– Amas a mi sobrina –afirmó Hade, mostrando la figura de Atenea a lo lejos.– Decisión estúpida si sabes quién es, pero los humanos tienden a colocar primero el corazón y después el cerebro. Estoy dispuesto a aceptar que vivas a su lado por siempre, pero dependerá de ti.
Seiya arqueó una ceja, como preguntándose si no había vivido eso antes. Saori miró a su Caballero con ansiedad.
– Por tus pecados, maldito muchacho, debería cortarte la cabeza aquí mismo sin darte la oportunidad de elegir –continuó Hades, viendo a Seiya con genuino odio.– Has ido más allá de la insolencia hasta con Aquel que te encomendó a tu diosa. Si profundizamos, hasta con ella fuiste grosero. Lo único que mereces es la muerte.
Pegaso observó al dios en silencio, casi con altivez. Hades se extrañó de que no respondiera y continuó:
– Has amado a mi sobrina por años, aunque nunca se lo dijiste. ¿Qué pretendías?
Con toda la calma del mundo, Seiya dijo:
– Nada. Habría sido mejor que nunca lo supiera, pero el destino no siempre es amable.
Hades sonrió. Si iban a competir en ironía, no iba a dejarse vencer.
– Eres el más despreciable del grupo. No entiendo cómo fue que ella te eligió a ti y no a alguien más.
– Saori tiene mal gusto, supongo.
Desde su sitio, la joven palideció. Lo único que Seiya estaba consiguiendo era que Hades lo matara sin otra consideración, pero a pesar del peligro en que se encontraba, Pegaso sonreía.
– El modo es simple –afirmó Hades, aunque era muy obvio que era más por obligación que por sincera iniciativa.– Entra a mi servicio. Seiya de Pegaso, y te permitiré vivir al lado de mi sobrina Atenea y ser mi emisario cuando ella regrese a la Tierra.
Y añadió con odio absoluto.
– Quizá hasta te permita aspirar a su mano.
– ¿Quiere decir que...?
– Mataste a uno de los Guardianes del Estigio. Es más que justo que tomes su lugar y con la Nueva Era que planeo, podrás vivir con ella para siempre. Basta con que lo pidas.
Por un instante, Seiya no respondió. No era lo mismo desearlo o escucharlo de boca de un Guardián a oírlo del único que (de momento) tenía autoridad sobre todos.
Sin embargo, más tardó Hades en tentarlo que en responder con una abierta carcajada. Su sonido, en gran parte sincero, fue escuchado por todos a pesar de que el resto de las conversaciones habían permanecido en secreto.
– ¡Milord Hades, muchas gracias, pero no era necesario que me dijera esto! ¿Quería proponerme que traicionara a Pegaso y a mis compañeros y que permaneciera la lado de Saori? ¡Demasiado tarde!
Hades frunció el ceño, temblando de rabia.
– ¡La amo con todo mi corazón y en algún momento dudé en aceptar la tentación que acaba de ofrecerme! –continuó– ¡Pero entonces se me recordó que no soy mas que un instrumento y que mi deber está primero! Aún así, ¡muchas gracias!
Saori no supo si sonreír o si soltarse llorando. Hades, ahogando su furia, sentenció:
– Tu decisión.
Sin decir nada más, dio la vuelta y empezó a alejarse de los cuatro hacia donde Atenea estaba. Los Caballeros se miraron entre sí, preguntándose qué habría de ser de ellos y si con ello terminaba esa parte de la tortura.
En eso, Hades dio la vuelta bruscamente. Había enojo en su expresión, pero también hubo mucha decepción cuando gritó:
– ¿A quiénes he tratado inútilmente de convencer para que salven sus vidas? ¡A un soberbio que quiere vivir como si fuera un anciano! ¡A un egoísta que lo único que busca es que lo amen! ¡A un cobarde que se niega a aceptar lo que es! ¡A un insolente que se atrevió a mirar a una diosa como se ve a una mujer!
Un nuevo relámpago cayó justo atrás de él, trazando su silueta pero sin proyectar sombras, y Saori-Atenea supo que era el principio del fin.
Hades hizo un ademán con la mano y la niebla se disolvió de inmediato. Los cuatro cayeron al suelo, pero antes de que lograran incorporarse, un increíble dolor inundó a cada uno.
– ¿Qué es esto? –preguntó Seiya, sin poder contener una queja por el ardor que provenía de su abdomen.
Al mirarse, notó que la trayectoria que el dios había trazado con su espada estaba abierta. Una profunda herida cruzaba su estómago, empapándolo en sangre.
– Seiya...
La voz era tan grave que no alcanzó a distinguir a quién le pertenecía. Miró a sus compañeros aunque su vista empezaba a nublarse. Aún así, notó que Shiryu había sido herido desde el pecho hasta la cintura, que Hyoga tenía cortadas a todo lo largo de sus piernas y brazos, y que el pecho de Shun estaba completamente cubierto de sangre, al parecer por una sola herida. Se estaban desangrando.
– ¡Es patético que ensucien las armaduras de las que fueron indignos! –escucharon a Hades, como en medio de un sueño.– ¡Por suerte, las armaduras sólo son sirvientes!
Seiya apenas alcanzó a pensar un “no” al percibir una vibración en su traje, pero no sirvió de nada. Hades extendió los brazos, y en respuesta, las cuatro armaduras que los protegían se activaron sin que ellos los llamaran.
– ¡No tío, por favor! –exclamó Saori.– ¡No los humilles, te lo suplico!
En un destello, los cuatro trajes abandonaron a sus hasta entonces portadores. Y, de momento, Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun sólo pudieron observar cómo se formaban las figuras de Pegaso, Dragón, Cygnus y Andrómeda muy por encima de ellos, y presintieron que jamás volverían a usarlas.
Se preguntó si haber llegado hasta ese momento significaba que al fin se había convertido en un verdadero Caballero. De ser así, ¿a qué se lo debía? ¿A haber estado a punto de morir? ¿A haber usado su propio cosmo como arma sin canalizarlo a través de su armadura? ¿A haberle dado un vistazo al Séptimo Sentido? ¿O fue el invocar a Atenea? Jabu no estuvo seguro a excepción de algo, y era que al fin se había vuelto digno del Unicornio que lo había protegido por años. Quizá jamás alcanzaría a los Cuatro en cuanto a desarrollo espiritual, lo sabía, pero ascendía y eso era lo único que le importaba de momento.
Y que Shaina estaba con él.
Comprendió que bastaba con que existiera el riesgo de perder a alguien para comprender cuán importante era para uno. Jabu no acababa de entender el por qué ella lo había tomado a su cuidado desde hacía un año, ni por qué acababa de darse cuenta de lo valiosa que su presencia era en su vida. Bueno, para esto tampoco se explicaba cómo era que Kiki se había reunido con ellos –ni cómo había desaparecido ni la razón por la que usaba esa absurda capa–, pero lo único que sabía era que había dejado de ser la persona que fue por años.
Había desaparecido la soberbia; permanecía el orgullo. Se controlaba la agresión y surgía la valentía. Era el fin de la autocompasión y el inicio del respeto hacia sí mismo. O al menos, eso le parecía. Era como si Elis de Thanatos sí lo hubiera matado, pero sólo con respecto al ayer y hubiera renacido para el hoy.
Sin embargo, todavía faltaba la mayor de las pruebas. Hades.
Esa era su única preocupación. Por algún motivo, Jabu no sentía la menor duda mientras enfrentaba al último grupo de daimons que se habían interpuesto en su camino. De Shaina no se veía sino el rastro de un relámpago rojizo que atacaba por todas partes y Kiki, incluso dentro de su ridícula capa, aplicaba su telekinesis contra todos los que pudiera controlar de una vez. Y aún así, todo estaba mal.
“Tenemos que apresurarnos”, presintió, con una curiosa sensación de angustia que nunca había experimentado. “Seiya y los demás no nos han necesitado tanto como ahora.”
El sonido del último daimon inconsciente cayendo al piso lo sacó de su inusual meditación. Jabu miró a su alrededor sólo para encontrar la pecosa cara de Kiki de Appendix frente a él. Por reacción, intentó apartarlo de un manotazo, pero eso nunca era suficiente con un niño-elfo.
– ¡Terminamos, amigo Jabu!
Unicornio recordó de golpe todo lo que había ocurrido , sentido y/o pensado desde la desaparición de Kiki, y por reflejo, lo sujetó de los brazos con fuerza. Éste pataleó, pero no consiguió que lo soltara.
– ¿Terminamos? –preguntó el Caballero.– ¡Apenas vamos empezando y en especial contigo!
Lo acercó más a su rostro y preguntó, gruñendo entre dientes:
– ¿Dónde demonios estabas?
Llevaban un buen rato de haberse encontrado y hasta entonces reaccionaba como quería hacerlo desde antes.
– ¡Con amigos, Jabu, te lo juro!
– ¿Y no pudiste avisar? ¡Nos preocupaste!
– ¡No tuve oportunidad! –exclamó Kiki, agitando manos y pies con frenesí.– ¡El Maestro Moo... !
Jabu, involuntariamente, lo soltó; el niño elfo cayó al suelo, sin ocurrírsele que podría haber evitado el golpe levitando. Shaina se les acercó, habiendo vencido a su respectiva porción de daimons, y alcanzó a escuchar el nombre del Santo de Aries.
– ¿Quieres decir que Moo está aquí? –preguntó Jabu, casi gritando y olvidando el respecto que le debía al Santo Dorado.– ¿En el Averno?
Kiki asintió de inmediato, antes de que Unicornio volviera a enojarse.
– ¡No sólo él! ¡Todos los Santos están aquí!
Shaina contuvo el aliento.
– Ellos, los Cuatro, nosotros... Casi toda la Orden del Zodiaco se encuentra en el Averno –y añadió, en voz tan baja que apenas ella se escuchó.– ¿Ellas lo sabrían?
– ¡Moo fue el que te atrapó, entonces! –continuó Unicornio, mientas el niño-elfo se ponía de pie.– ¿Por qué no nos dijiste nada?
– No tuve oportunidad –insistió Kiki.– El Maestro Moo me dijo que este sitio absorbería mi energía mágica y atraparme fue el único modo de impedir que lo siguiera haciendo. Y luego me dio esta capa cubierta de polvo de estrellas –añadió, mostrando la enorme tela que parecía haber sido una cortina en mejores tiempos.– Dijo que el polvo de estrellas continuaría protegiéndome aún si me alejaba de él.
Jabu se llevó una mano a la frente, como si la cabeza comenzara a dolerle.
– Vamos por partes –insistió.– ¿Protegerte?
– Sí, de la energía del Averno. También estaba con Shaka y luego nos encontramos con Aldebaran una vez que conseguimos permiso para salir del Averno.
En una reacción natural, Jabu agitó la cabeza.
– Me quiero morir –murmuró.– ¿Cómo es que estoy en medio de todo esto?
Shaina, en contraste, miraba hacia la puerta del Tártaro. La revelación de Kiki cambiaba bastante la perspectiva general de los eventos, pero no necesariamente para bien. Y una vibración muy negativa provenía del Erebo, como si algo terrible estuviera ocurriendo ahí.
– Tenemos que darnos prisa –afirmó.– No podemos quedarnos aquí platicando. ¿Tu Maestro te comentó algo sobre en dónde se encontraría?
– Nada en especial –respondió Kiki.– Decía que tenían una última misión antes de alcanzarnos en el combate final.
La frase “combate final” regresó a Jabu a su realidad. Sin tener el mismo nivel que los otros participantes, se había arrojado de cabeza a la que sería la batalla más complicada de la Orden.
Sin embargo, no dudó ni un instante en qué era lo que debía hacer. Como si fueran uno solo, el Caballero, la Amazona y el Aprendiz se dirigieron hacia las Murallas.
Ojalá y pudieran llegar a tiempo...
Laertes miró a Shaka con absoluta precaución. Durante su vida, había aprendido a aprovechar las debilidades de aquellos que fingieran seguridad al enfrentarlo. Pero el Santo de Virgo iba más allá de ésta. Reflejaba casi paz.
Cuando se formó la obscuridad y rodeó a los Santos, la única reacción de Shaka había sido sentarse en el suelo, cruzando las piernas y colocando los dedos de sus manos en una posición extraña. Había cerrado los ojos, y sin querer se alegró de ello. Existía algo en su azul resplandor que le impedía tranquilizarse.
Laertes estaba seguro de conocer el nombre que dicha posición recibía en las enseñanzas místicas, pero lo había olvidado y no le interesaba recordarlo. Lo cierto es que a esa réplica le había tocado un gran reto y no necesitaba que nadie se lo dijera. Aún así, se negó a renunciar a su acostumbrada actitud sarcástica.
– Cierras los ojos, Santo.
Shaka no respondió, pero su dorado cosmo empezó a brillar a su alrededor.
– Cualquiera diría que eres ciego o que temes ver lo que te espera –insistió Laertes, tratando de destruir su concentración.
– Los necios suelen quedarse en el exterior. Los perceptibles saben ver el interior. Sólo los sabios pueden conocer ambos.
Laertes se obligó a sonreír, aunque no tenía ningún motivo para hacerlo, al contrario. Shaka estaba empezando a levitar, como si la obscuridad no lo afectara en absoluto.
– Además, –añadió el Santo– se dice que cuando abro los ojos lo que me rodea debe morir.
– Mitos.
Shaka sonrió con el gesto débil que tan bien le quedaba a su suave rostro.
– Sólo los necios afirman que no hay realidad en las leyendas y en los mitos. Cualquiera que sea un poco inteligente lo sabe y guarda respeto y terror hacia ellos.
– ¿Quieres decir que debería sentir miedo por enfrentarte? –preguntó Laertes, frunciendo el ceño.– ¡Pues sí a esas vamos, tú deberías inclinarte ante mí!
Virgo no dijo nada, pero su cosmo se volvió aún más brillante. Al Guardián no lo molestó tanto lo que no llegaba a comprender, sino más bien el que al Santo no parecía importarle ni contra quién iba a pelear, ni lo que pudiera ocurrirle ni cualquier poder especial con que pudiera dañarlo.
– Debes saber que obtengo mi energía de los espíritus de los moribundos –presumió Cerbero, de modo parecido a como había actuado con los demás.– Les robo su última oportunidad de sobrevivir y la utilizo como energía de ataque. Por eso mi poder es ilimitado y podría combatirte por días sin cansarme ni debilitarme.
El Santo continuó en silencio, lo cual enfureció aún más a Laertes.
– No habrá modo de que te enfrentes a mi ken –insistió.– ¡No hay nada que pueda igualarse a la fuerza de un alma, más aún cuando lucha por permanecer con el cuerpo al que ha estado unida!
– Excepto el infierno que la espera.
De momento, Laertes no supo qué responder. La frase había brotado de los labios de Shaka con tal seguridad que no dejaba duda alguna de que, si hablaba del infierno, era porque lo conocía. Esa réplica captó cómo habían actuado las demás frente a sus respectivos enemigos y afirmó con toda la mala intención que le fue posible:
– Si eres tan peligroso, ¿por qué no ayudaste a los Cinco cuando tuviste la oportunidad?
Sin esperar a que el Santo respondiera, Cerbero lanzó un Resplandor de Ánimas contra él. Shaka torció los labios, al parecer percatándose de cuántas almas iban en ese ataque; aún así, no mostró emoción alguna al responder:
– Sei Samsara.
El ataque luminoso que poseía parte del Espíritu de Oriente se estrelló contra el Resplandor de Ánimas. Sin embargo, en lugar de destrozarlo, pareció abrazar la obscuridad e integrarla a sí mismo, como si la envolviera. Poco a poco, la disolvió, hasta que no pareció quedar nada entre ellos.
Laertes dio involuntariamente un paso hacia atrás.
– ¿Qué hiciste? –preguntó, su voz mostrando su furia.– ¿Absorbiste mi ken?
– No, jamás me mancharía las manos de esa forma –afirmó Shaka, poniéndose de pie aunque continuaba suspendido en el aire.– Tú te dedicas a robarle a las personas comunes la oportunidad de sobrevivir a sus agonías. Yo me limité a guiar a esas almas en la dirección correcta, orientándolas hacia cualquiera de los seis infiernos.
Y añadió con seguridad, entreabriendo los ojos.
– Atácame cuanto quieras. Las almas no me harán daño. Antes bien, bendecirán mi nombre.
Hasta entonces, el Guardián recordó algo que se afirmaba sobre Santo de Virgo, incluso en el Averno y a manera de rumor. Algo incomprensible si se consideraba que, en el fondo, todas las Ordenes estaban integradas por simples humanos –capaces de llegar a un nivel espiritual superior, pero humanos al fin.
– Tú eres el que afirma que el Cielo no es más que otro infierno...
– El más dulce de todos –respondió Shaka, sin inmutarse.
Laertes, contra su voluntad, se echó a reír.
– ¡Eres un blasfemo!
El Santo no respondió, pero empezó a cambiar la posición de sus manos.
– ¡Afirmas defender a Atenea y a través de ella al Omnipotente, pero te atreves a decir que el Cielo no es más que un círculo más del Infierno! ¡No fue bastante con atacarla, sino que también insultas a quien la envía! ¿Y te haces llamar El más cercano al Espíritu Divino? ¡Qué irreverencia!
Nuevamente le respondió el silencio. Shaka seguía flotando, cual si no se hubiera formulado pregunta alguna. Pero no sólo en ese momento, sino como si la duda jamás hubiera existido, al menos para él. En eso, Laertes se fijó en lo que ocurría alrededor suyo: la luz que procedía del Santo empezaba a disolver su obscuridad, cual si se encontraran en medio del amanecer más hermoso desde la Creación.
– ¿Qué es esto? –preguntó, sin querer asustándose.
– Es la Luz que emana del Cielo, el único sitio en todo el cosmos que no conoce ni es dominado por la Obscuridad.
El Guardián trató de llamar al Resplandor de Ánimas, pero le fue imposible. De sus propias manos no brotó más que luz.
– No puede ser...
– ¿No sabes por qué soy el más cercano al Espíritu Divino? –preguntó Shaka.– Por la misma razón por la cual no puedes dañarme. Porque he superado cualquier duda. No temo a lo que ha de pasar. Puedo vivir sin arrepentirme ni titubear. El Espíritu Divino no se arrepiente. Ni titubea.
La luz empezó a envolver a Laertes a manera de ataduras, y el Guardián intentó liberarse sin conseguirlo. El Santo, casi sonriendo, añadió:
– En el Cielo, el más dulce y peligroso de todos los infiernos, dejas de sufrir y de dudar. Una vez que llegas a él, no te importa sino permanecer ahí por toda la eternidad rodeado por esa paz absoluta. Dejas de ser humano para convertirte en un fragmento de divinidad. Por eso también es un infierno, pero el más deseado de todos. Trae la perfección del espíritu, la Perfecta Armonía.
Shaka abrió los ojos, su resplandor azul impidiéndole al Guardián apartar la mirada.
– Algún día llegaremos al Cielo. Pero debe ser a su tiempo –sentenció.
Laertes jamás sabría cuánto comprendió en realidad de las palabras que escuchaba. Sólo supo que nunca había sentido miedo y entonces lo hacía. Y supo por qué Shaka de Virgo no ayudó a los Cinco el día de la Batalla del Santuario.
No había dudado que la Guerra acabaría a favor de Atenea. E incluso si no lo hacía, ¿tenían algo que temer si el mayor peligro al que se enfrentarían era llegar al Cielo antes de tiempo?
Y, sin embargo, esa también había sido la única ocasión en la que el Santo de Virgo había dudado.
Lo último en lo que pensó Laertes fue en el momento en que el Sol ilumina por completo al mundo después del amanecer. A lo lejos, creyó escuchar que alguien llamaba al Tesoro del Cielo, pero no le importó entender qué era.
Lo estaba viendo.
La primera vez en que vio la armadura ante sí fue como si la luz de las estrellas se hubiera concentrado en la figura de un Caballo Alado. En aquel entonces, su vida estaba en un peligro que jamás había imaginado ni conocido; Shaina estaba dispuesta a todo con tal de matarlo y Marine se había cruzado de brazos para ver cómo se las arreglaba él solo. En una reacción desesperada, había abierto su recién ganada urna, recordando que quizá sería lo único que podría ayudarlo, y la armadura de Pegaso apareció, reluciendo contra el estrellado cielo como si fuera un astro más. Claro que antes su diseño era diferente y presentaba otros tonos, pero la sensación de maravilla y encanto que le provocaba cada vez que la observaba seguiría siendo la misma por siempre.
Esa no fue la excepción. La diferencia estaba en que él no le había ordenado que se retirara de su cuerpo.
Seiya imaginó que sus amigos pasaban por lo mismo, aunque ellos hubieran extraído sus armaduras de la base de una cascada, de un glaciar eterno o de una marea ascendente. Pocas veces las cuatro figuras habían estado juntas, y casi siempre, sólo cuando eran reparadas o revividas. Y aún así, a pesar de que fueran destruidas, de que tuvieran que despojarse de ellas para vencer al reto en turno, o de cualquier otra situación, siempre habían sentido que eran suyas. Como desde el instante en que las ganaron.
Sin embargo, acababan de comprobar que nunca lo fueron.
A la orden de Hades, cada fragmento de cada una de las armaduras se había retirado de sus cuerpos, ensamblándose en sus respectivas figuras y flotaban muy por encima de ellos. Mentalmente, Seiya llamó a la armadura, extendiendo los brazos como acostumbraba, pero el traje no respondió, aunque le pareció que intentaba hacerlo. En sus pensamientos, le suplicó, ordenó y exigió que regresara a él, mas fue como si no hubiera dicho nada. Sin darse cuenta, gritó:
– ¡Demonios, ven aquí! ¿No me oyes?
Hades, desde su sitio, sonrió. La escena era realmente conmovedora, e igual interés prestaban Deathmask y Afrodita. Kanon, sin descruzarse de brazos, había apartado la vista.
– ¡Escudo del Dragón, te liberé de tu prisión milenaria! –gritó Shiryu, extendiendo el brazo izquierdo para que volviera a él.– ¡Te ordeno que respondas a mi llamado!
Cual si el Dragón estuviera preso de nuevo, permaneció en su sitio. Su única respuesta fue que brilló aún mas que cuando el Caballero lo portaba, cual si se esforzara en responderle.
– ¡Cadena Nebular, protégeme! –exclamó Shun, extendiendo la mano como cuando acostumbraba liberar los eslabones.
Sin embargo, las cadenas se habían reunido en la armadura y permanecieron ahí. Shun sintió como lo dominaba la angustia: él era el que más dependía de su traje y ya ni hablar de sus armas.
Hyoga fue el único que no reaccionó visiblemente. Sus azules ojos relampaguearon con furia al llamar al Cygnus sin obtener respuesta, pero no dijo una sola palabra. Era como si la frialdad de la armadura se encontrara en él. Aunque ninguno se había levantado del sitio en que habían caído después de haber sido heridos, alzó la vista, miró a Hades y dijo:
– Vamos, maldito, disfruta ahora que puedes.
Si Hades lo escuchó, no dio señales de hacerlo, pero tampoco dio muestras de estar disfrutando la escena. Por medio de su obscuridad, mantenía a las armaduras en un cofre invisible, y a pesar de que las colocó mentalmente en el suelo, siguieron sin obedecer a sus portadores.
– Otras cuatro joyas para mi colección –sentenció, sin transmitir una emoción que pudiera distinguirse.– Eran de bronce, pero fueron reparadas con sangre de Santos, Avatares y Guerreros. ¿No te parecen extraordinarias, sobrina?
Vio hacia donde Saori continuaba atrapada por los aros de hielo. Su rostro empezaba a obscurecerse, las lágrimas contenidas en sus ojos.
– Me decepcionas, Hades –afirmó sin vergüenza alguna.
El dios no respondió, pero Saori-Atenea continuó, enrojeciendo de rabia.
– El tío al que yo admiraba jamás humilló a nadie, menos aún si eran guerreros valerosos. No privó de su armadura ni al soldado de menor nivel, ni lastimó a nadie de su propia familia por algo tan vacío como la ambición. Respetaba y amaba a la Tierra. Respóndeme, ¿dónde quedó mi tío? ¿Cómo has podido llegar a esto?
– Tú me orillaste, sobrina –respondió con voz seca.
– ¡Es muy fácil decir eso! –exclamó Saori.– ¡Es fácil echarme a mí, a quien sea, la culpa de tus decisiones! ¿No tienes libre albedrío?
Ante esa pregunta, el dios volvió a mirar a los Caballeros. Todavía no podían levantarse, yacían en charcos de su propia sangre, y las expresiones de sus ojos iban de la desesperación a la furia. Él les había hecho eso, si bien (sabía) existían otras alternativas de dónde elegir.
Recordó haber dicho: En el libre albedrío están mi tentación y mi pecado. No le quedó sino confirmar tal frase.
– Claro que tengo, al igual que tú –afirmó, desviando la mirada de la joven.– Tu capacidad de elección te llevó a tratar de rebelarte. La mía me llevó a tratar de detenerte. Estamos a mano.
Hasta entonces, pareció fijarse en los tres espíritus que habían presenciado todo. Obviamente, eran habitantes del Averno o los rostros de dos de ellos no tendrían tal expresión de gozo ante lo que ocurría. Dedujo que, en otro tiempo, debieron servir a Atenea o a otros dioses; habían sido enterrados con ropajes griegos. El que estaba al centro, que había hablado en dos o tres ocasiones, sentenció:
– Qué triste final para los Cuatro Caballeros. Sin sus armaduras, se vieron obligados a desangrarse hasta morir. Qué humillación...
Y añadió, riendo:
– ¡Me alegro!
Afrodita también empezó a reír.
– Quítales las armaduras y son como conejos asustados.
– Ojalá y permanezcan así –respondió su compañero.– Será un final menos desagradable, aunque para el caso da igual cómo lo enfrenten.
El tercer espíritu continuó sin decir una sola palabra.
A sus risas, se unieron muchas más, y todos supieron que pertenecían a espíritus que habían sido condenados a esa tierra. Caballeros Negros, de Bronce, incluso Caballeros de Plata y quizá algún Shogun de Marina. Todos se habían reunido para presenciar la humillación y muerte inútil de los Cuatro que antes los derrotaron. Saori, furiosa, llamó a su cosmo para defenderlos, pero apenas iluminó lo que una decena de velas. Hades, en cambio, frunció el ceño.
– ¡Basta! –exclamó Hyoga, tratando de ponerse de pie.– ¡He soportado muchas cosas en mi vida, pero nada, por más espíritu que sea, va a reírse de mí!
Al apoyar sus brazos contra el suelo, una doble cantidad de sangre fluyó por ellos. No supo de qué manera iba a soportar su helado cosmo con semejantes heridas, pero no tenía opciones.
A su lado, Seiya también comenzó a incorporarse, aunque el dolor que porvenía de su abdomen le impedía hacerlo tan rápido como quería. Al cerrar los puños, la seca tierra del Averno fluyó entre sus dedos. No dijo nada, pero miró a Saori con adoración; al ver que no podía encender su cosmo y que eso provocaba aún más risas entre los espectros, sintió cómo crecía la furia en su interior.
– Estos malditos no se ríen sólo de nosotros... ¡También se burlan de ella!
Shiryu retiró de su pecho los jirones de ropa que la estocada de Hades había dejado. A pesar de sus heridas, notó que la espada no había tocado su punto débil. No tenía pretextos para no combatir, incluso aunque ya no contara con el Escudo del Dragón.
– ¡Pueden humillarnos lo que quieran, pero no a Saori! –respondió, levantándose.
Shun fue el único que, por un instante, no se movió. Miles de imágenes confusas se presentaban ante él, y todas relacionadas con el interior de su corazón. Hades acababa de proponerle que se convirtiera en su protegido, y su intuición le hacía sospechar que había sido al único. Y ahora, sin las cadenas, no le quedaba sino su propio odiado y temido poder, con la eterna tentación de ceder a su lado obscuro.
Pero, ¿no era esa la penitencia a la que Albiore lo había sentenciado? E Ikki, ¿qué diría si supiera que, por temor a lo que pudiera ocurrir, se negó a combatir en la última batalla?
Avergonzado, bajó la vista y encontró algo que casi no recordaba. Sobre su pecho, manchado con sangre y colgando de una cadenita, estaba el dije que Saori le había regalado años atrás. Andrómeda-Nike, con una estrella al frente y atrás un fragmento de la victoria junto a una alpha.
– Amigos –preguntó, levantándose y sintiéndose extrañamente esperanzado.– ¿Conservan esto?
Los demás voltearon a verlo mientras sujetaba el dije, y hasta entonces parecieron recordar que portaban uno semejante. Las estocadas de Hades no habían cortado ninguna de las cadenitas, que milagrosamente continuaban con sus dueños a pesar de que se habían manchado de sangre. Regresó a sus mentes el recuerdo de aquella mañana en que Saori, en lugar de despedirse, les entregó cuatro pequeñas cajas con figuras distintas en cada una de las placas, incluso si ése había sido un día brillante y en ese momento la lluvia no dejara de caer.
En los años siguientes, ninguno se despojó de su dije. Cuando Shiryu estrechó a Sunrei después de la muerte del Anciano Maestro, sintió que Dragón-Nike le infundía nuevas fuerzas; todas las noches, Seiya se atrevía a besar con suavidad la imagen de Pegasus-Nike, como si con ello su gesto pudiera llegar a su diosa; Hyoga, tras darle la Cruz del Norte a Flare, había adoptado en su mente al Cygnus-Nike como representación de todo lo que amaba, quizá sin la devoción destinada al símbolo de su religión pero con el respeto que corresponde a algo que procede de la divinidad.
– Atenea nos regaló estos dijes –continuó Shun, con ojos absolutamente brillantes.– Son nuestras constelaciones unidas a la Victoria. ¿Comprenden? Somos nosotros unidos a ella.
Hades volvió a prestarles atención. Los Cuatro se habían puesto de pie y aunque lo que el más joven decía no se dirigía a él, lo escuchaba con toda claridad.
– No tenemos a nuestras armaduras protegiéndonos, pero tenemos nuestras constelaciones y nuestros cosmos. Y también a Saori –añadió.– No somos únicamente Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun. Somos Pegaso, Dragón, Cygnus y Andrómeda, y todos somos caballeros de Atenea.
Contra su voluntad, sonrió y su gesto contagió a los demás, a pesar de las heridas y de la lluvia. Los espíritus habían dejado de reír, cual si algo inesperado estuviera ocurriendo; Kanon alzó la mirada. El Señor de los Muertos también aguardaba.
– No hay que dejarnos morir entonces –afirmó Hyoga, su rostro una extraña combinación de determinación helada y cálida humanidad.– Combatamos hasta el final, sin importar la agonía por la que hemos de pasar. No somos humanos comunes y corrientes.
– Ni siquiera somos Caballeros comunes –continuó Shiryu, la corriente de sus ojos tan viva como si el río sólo estuviera bajo una llovizna de verano.– Somos los Cuatro Caballeros del Zodiaco; así nos llamó ella.
Seiya sonrió. Era como si el ánimo hubiera regresado a su alma.
– ¿Qué esperamos, amigos? –preguntó con expresión pícara.– El camino es claro. Incluso si no cumplimos la misión, al menos lo intentaremos.
– Por ella y por nosotros –concluyó Hyoga.– Amen.
Los cuatro miraron hacia Hades, se colocaron en guardia y volvieron a encender sus cosmos. Sólo que tan concentrados estaban Pegaso, Dragón y Cygnus en trazar sus katas y Andrómeda en cruzar los brazos sobre su pecho para concentrar su energía que no se percataron de que sus auras se habían tornado completamente doradas, ya sin el filón que identificaba el tono original de cada una. No se había debido a las armaduras restauradas por Santos, Avatares y Guerreros, pues ya no las portaban. Ese resplandor sólo se debía a ellos mismos y al Séptimo Sentido que las Guerras Santas les habían obligado a adquirir, y también a la diosa a la que habían jurado proteger incluso al precio de sus vidas.
Hades y Atenea los observaron, maravillados. Sin embargo, el Señor del Averno empuñó su espada, oscilando entre la seguridad y la duda. “Mi sobrina, dijeron, es una de las encargadas de dar luz al mundo”, pensó. “Pero estos muchachos poseen la misma misión. Están muriendo, pero siguen adelante sin preguntarse qué les va a pasar. Debería dejar que se marcharan.”
En su mente, una figura se presentó ante él. Su cabello ligeramente rizado y del color del fuego caía sobre sus hombros y sus ojos verdes resplandecían, aunque estaban hinchados. ¿Había pasado días llorando, acaso?
Mi señor, había dicho mientras se hincaba frente a él. Me he enfrentado a grandes pruebas y sé que sólo me queda usted.”
Y dicho esto, había empuñado una lira.
Un relámpago seguido por un trueno proyectó cuatro sombras contra el suelo, cada una procedente de los Guerreros. Un Caballo Alado, un Dragón Oriental, una Cisne en pleno vuelo, una Mujer encadenada a una Nebulosa...
Hay una forma de entrar al Averno que no requiere morir, había afirmado el joven de la lira, viéndolo a los ojos. Alguien a quien amaba ha muerto. He entrado sin morir. Usted es el único que puede decidir sobre nosotros. Y confío lo suficiente para poner mi vida en sus manos.
Has cometido un error, había dicho. Nadie debe burlar a la Muerte.
– ¡Son unos estúpidos y blasfemos! –gritó Deathmask.– ¿Cómo se atreven a retar a un dios, malditos? ¡Supliquen misericordia y déjense morir!
Recordó su propia voz ese día, después de música, súplicas y debates. Vete, dijo, pero hay una condición.
La cumpliré, había respondido el muchacho.
Tengo el derecho a decidir sobre los vivos y muertos que entran aquí, había afirmado. Es mi derecho y mi deber. No puedo permitir que las almas salgan sin pruebas ni condiciones, o se pensaría que puede burlarse a la Muerte.
“Es cierto”, pensó, regresando al presente. “Soy un dios. No, El dios. Yo decido sobre las almas y sobre los vivos que entraron al Averno sin dejarme impresionar por nadie, ¡sea quien sea! Es mi deber. Es mi derecho.”
– ¡Suficiente! –gritó, blandiendo su espada.– ¿Quieren llevarse a Atenea del Averno? ¡De acuerdo, háganlo!
Los cuatro lo miraron, sorprendidos y suspendiendo de momento sus ataques pero sin bajar la guardia.
– ¿Escuché lo que dijo? –murmuró Seiya, sorprendido. La imagen de Saga luchando por liberarse de la posesión de Ares acudió a su mente.
Hyoga, en cambio, negó con la cabeza.
– Es una trampa.
–Permitiré que Atenea se marche sin intentar detenerla –continuó Hades, sus obscurísimos ojos relampagueando.– Podrá buscar una salida del Averno y, si la encuentra, no intentaré convencerla ni obligarla a que permanezca aquí. Es un juramento.
Shiryu negó con la cabeza.
– No puedo creerlo –comentó en voz baja.– Aquí hay algo muy extraño.
Saori-Atenea, en contraste, miraba a su tío con sorpresa. ¿Al fin había vuelto a ser el mismo de siempre?
– A cambio, –prosiguió el dios, su expresión adquiriendo una intención muy estricta– quiero tres de sus dijes, ¡y no intenten preguntar de qué hablo, que desde aquí alcanzo a verlos!
A cambio, había dicho, debes salir sin mirar hacia atrás. Si lo haces...
Por reflejo, Seiya tocó al Pegasus-Nike. Por más que amara ese regalo, no era más que una plaquita metálica grabada por ambos lados, e igual eran los de sus amigos. No tenían poderes ni luz propia, como las armaduras. ¿De cuándo a acá un poderoso dios intercambia a una cautiva por tres adornos bellos y simbólicos, pero simplemente humanos?
– ¿Por qué no los cuatro? –preguntó, mirando al dios de frente –Si tanto los quiere y con tal de que Atenea se marche, no habría problema en darle todos.
Shun palideció. El sexto sentido que tanto odiaba le advertía que jamás debieron hacer esa pregunta.
– Uno de ustedes podrá conservarlo –sentenció Hades, su voz obscureciéndose– porque será el único que podrá marcharse con Atenea y guiarla a la Tierra.
Otro relámpago iluminó a la zona, congelando la sangre de los cuatro caballeros. No hubo necesidad de que Hades concluyera la condición.
– Los otros tres dijes permanecerán conmigo después de que corte sus cadenas y con ellas las vidas de sus tres portadores.
Porque nadie debe pensar que puede burlarse a la Muerte.
Nadie debe volver a burlar a la Muerte.
Como casi lo logró.
Se obligó a olvidar al muchacho y a preguntar, mientras los cuatro se volteaban a ver en silencio.
– Ahora díganme, ¿cuál de ustedes será el que se marche y permanezca vivo?
Los ojos de Saori se llenaron otra vez de lágrimas, y esta vez resbalaron por sus mejillas.
– Te odio, Hades –murmuró con voz quebrada.– Te odio.
Moo permaneció inmóvil mientras Laertes daba vuelta en torno suyo, como un perro que vigila a su presa. Había inclinado la cabeza y cerrado los ojos, pero percibía la amenaza del Guardián latiendo a su alrededor.
– ¿Por qué no hablas, Aries? –preguntó Cerbero, apenas conteniendo el deseo de soltarle un golpe antes de iniciar propiamente el combate.– ¿Dónde quedó tu fingida seguridad?
El silencio fue su única respuesta, como si Moo no lo hubiera escuchado.
– Hablabas de perdonarme la vida –prosiguió, con curiosidad y enojo.– Que si me marchaba me dejarían sobrevivir a esta batalla. ¿No te parece que la situación ha cambiado por completo?
Por enésima vez, le respondió el silencio. La actitud del Santo no había cambiado en lo absoluto y volvió a preguntarse por qué mostraba tristeza en lugar de cualquiera de las otras emociones disponibles. Miedo y/o respeto estarían bien.
– Ahora está en mí dejarte vivir o acabar con tu alma –prosiguió, sonriendo con interés ante la respuesta que podría recibir.– Sólo con desearlo, te reduciré al nivel de recuerdo.
Pero Moo siguió sin decir nada.
Ante ese nuevo silencio, el Guardián finalmente se desesperó y gritó:
– ¡Caray, ahora entiendo por qué nunca combatiste en ninguna de las Guerras Santas! ¡Te quedaste esperando que algo bueno pasara en lugar de pelear por conseguirlo, aunque muchos otros murieran en tu lugar!
Moo abrió los ojos. Su expresión era de absoluta tristeza. ¿Habría sido la intención del Guardián que tantos recuerdos regresaran a su mente? Volvía a ver aquella noche en que le comentó a Aioros que Atenea podría estar en peligro; y cuando en Doce Casas, los Cuatro Caballeros llegaron a la Casa de Aries y todo lo que pudo hacer fue reparar sus armaduras y hablarles del Séptimo Sentido; y cuando comenzó el Segundo Diluvio y Aioria le exigió que fueran al Mediterráneo a salvar a su diosa, y a cambio amenazó con matarlo si se atrevía a desobedecer.
Recordó cómo planeó entrar al Averno sin tener que combatir con las armaduras, pero cuatro imprudentes los siguieron y combatieron en su lugar. Habían derramado su sangre de nuevo, cuando su intención había sido que permanecieran en Terra y conservaran a la Orden.
– No sabes lo que dices –respondió el Santo por tercera vez en esa noche.– Un Guardián del Estigio, sobre todo uno con el alma tan negra como la tuya, jamás comprenderá a un Caballero Estelar.
Laertes sonrió con burla.
– Comprendo el egoísmo en todas sus facetas.
– Lo dicho –afirmó Moo, alzando la vista y mirando al Guardián de frente.– No sabes lo que dices.
El Guardián encendió su cosmo, integrándolo a la obscuridad que rodeaba a todos y que había separado a cada Santo de sus compañeros. Sus manos empezaron a brillar con el Resplandor de Ánimas, pero en contraste, Aries ni siquiera encendió su dorada aura.
– Hablas poco y combates menos, Santo. Lo que no entiendo es si quieres que te mate para ahorrarte el trabajo de un suicidio, o si además de Santo pretendes ser un mártir. En fin, –añadió con una sonrisa aún más grande.– prefiero que sea así. Es más sencillo.
– El que habla mucho y no piensa eres tú.
Laertes no le dio tiempo a que explicara tal frase y lanzó el obscuro Resplandor de Ánimas en contra de su enemigo. La falta de luz de su ataque borró de su ángulo de visión a Moo, sumergiéndolo en una obscuridad más intensa que la de la noche. El Santo ni siquiera gritó.
Y entonces siguió el silencio.
Laertes pensó que al menos una de sus cinco batallas había resultado sencilla y dio la vuelta, satisfecho.
Un ataque lo golpeó en la espalda y estuvo a poco de romperle los huesos. Era un ken de obscuridad.
Laertes se tambaleó pero logró conservar el equilibrio. ¿Un ataque de obscuridad?, se preguntó. Sabía que el aura de los Santos era dorada. ¿Acaso de un ser de luz puede brotar un ataque obscuro?
Un momento... era su propio Resplandor el que lo había atacado.
Hasta entonces notó que Moo finalmente había encendido su aura. Entre ambos, parecía flotar un muro.
Un Muro de Cristal.
¿El verdadero poder del Santo de Aries?
– Podrías haberte desdoblado en cincuenta réplicas, una por cada cabeza del Cerbero descrito por Hesiodo, pero sólo lo hiciste en cinco –sentenciaba Moo con ojos entrecerrados.– Entre más te divides, más repartes tu poder y más te debilitas.
Y añadió:
– ¿O me equivoco?
Laertes se estremeció. ¿Cómo lo sabía?¿Es que el Santo acaso sabía leer mentes? ¿O es que...?
Por eso siempre estaba callado. El Santo de Aries observaba... pensaba... deducía. Con o sin poder, era el más poderoso de los enemigos que hubiera conocido.
En eso, recordó algo que escuchó alguna vez. El ken de Moo de Aries era un misterio. Nadie lo había visto, pero se rumoraba que otro de los Santos había preferido retirarse a tener que enfrentarse con él.
Hasta entonces, entendió la verdadera razón por la cual Moo había repetido la misma frase tres veces.
Con su terca insistencia, lo había guiado a atacarlo con su ken. Justo como empezaba a hacerlo.
¿Extinción Estelar, se llamaba?
Y comprobó que no sabía lo que había dicho.
Había muerto dos veces en el pasado. La tercera, sabía, sería la definitiva y al averiguarlo supo que, aunque era una penitencia, para él sería una gracia. Ninguno de sus amigos era inmortal; la perspectiva de que algún día debería quedarse solo, todos aquellos a quien amaba aguardándolo inútilmente en el Más Allá, era terrible.
El único prácticamente inmortal del grupo era el único que había añorado el día de su muerte.
Pero no debía hacerlo.
Todavía no. No sólo porque perdería su alma, sino porque demasiado dependía de él en esa batalla. Si moría en ese lugar, no podría evitar que su hermano y los demás murieran... ¡o al menos intentarlo!
En medio del delirio provocado por el intenso calor que lo rodeaba, Ikki veía de nuevo el rostro de Shun suplicándole que no se cortara las venas; junto a él estaban Seiya y Hyoga demandándole lo mismo y los ojos de Shiryu diciendo más que todas las palabras del mundo. Sólo que esta vez, a diferencia de la anterior, también venían Atenea y Esmeralda, sus expresiones iguales a las de sus amigos. A una le juró fidelidad; a la otra, que jamás volvería a atentar contra su propia vida. Y a ambas...
´¡Maldita sea!”, pensó, desesperado. “¡Esto es demasiado, no puedo soportar este calor!”
Escuchó el sonido de un cordel que se rompía y alzó la mirada, pues continuaba tendido en el suelo. Con los ojos parcialmente cubiertos de sangre, notó que Nox de Hypnos había dejado de respirar. Había muerto con una sonrisa en su rostro, como si el triunfo final fuera suyo. Ikki moriría, como el mitológico Fénix, sólo que esta vez no sería rescatado de entre las cenizas de su pira funeraria.
“¡Tengo que hacer algo!”, se dijo, apenas conservando suficiente claridad de pensamiento para formar la frase. “¡No puedo, no debo dejarme morir! ¡Por Atenea y Esmeralda y Shun y por todos los que cuentan conmigo!”
Se obligó a sí mismo a ponerse de pie, sintiendo cómo las ondas de calor empezaban a rodearlo en círculos. Era justo como el día anterior: la sangre se había convertido en el mejor combustible para avivar la hoguera. En una reacción natural, presionó la cortada de su muñeca con la otra mano, con tanta fuerza que sus venas resaltaron, en un intento por contener la hemorragia. Gotas de helado sudor resbalaban por su ardiente rostro y, sin querer, sus ojos empezaron a nublarse.
“¡El destino existe, pero sé que es posible cambiarlo!", se dijo, el único credo que le quedaba en ese instante. "¡Lo sé! ¡Nox no pudo tener la razón!”
Sólo le quedaba una oportunidad. Trató de concentrar toda su energía en sus puños, sin aumentarla en cuanto le fuera posible, y gritó:
– ¡Alas Ardientes del Ave Fénix!
Ikki lanzó el ken hacia el techo, intentando deshacerse de la energía que lo había invadido. Una columna de fuego se formó donde él se encontraba y se elevó como si quisiera alcanzar el techo, destrozando un área de la construcción al pasar por ahí y consumirse en el negro firmamento del Averno. La lluvia que azotaba al inframundo entró por el agujero y cayó sobre el Caballero, más las gotas no acababan de acercársele cuando la intensidad de su cosmo provocó que se evaporaran.
Ikki respiró con dificultad, empezando a sentir la cabeza muy ligera. Un buen intento, pero no suficiente.
Inclinó la cabeza. No quería darse por vencido. No lo haría. Pero ya no sabía qué hacer.
“No tendrás forma de saberlo, Esmeralda”, alcanzó a pensar, un nudo formándose en su garganta. “Pero veas lo que veas, te juro por lo más sagrado que no me suicidé.”
Y cerrando los ojos, añadió:
“Fue mi destino.”
Sintió el cuerpo muy pesado, como si fuera a desmayarse; de ahí, a la muerte. En un último esfuerzo, alcanzó a sostenerse al apoyarse en una de sus piernas. Y cuando quiso reaccionar, no le fue difícil hacerlo.
Sorprendido, abrió los ojos y fue como si viera todo por primera vez. La lluvia caía directamente sobre él, empapándolo. El calor había disminuido hasta la acostumbrada calidez de su cosmo, y aunque la herida no se había cerrado, su sangre había dejado de actuar como combustible. Obviamente, no se encontraba en el perfecto estado que tenía a su llegada del Eliseo, pero estaba listo para seguir adelante.
Y la ruta era clara, al igual que su misión.
Ikki rasgó un trozo de su ropa y envolvió su muñeca con ella, haciendo un torniquete. Se preguntó qué habría ocurrido en el último momento mientras, más no encontró respuesta alguna.
Ni la buscó.
La misma angustia que había dominado su corazón en Doce Casas empezaba a invadirlo, un vacío en el estómago extendiéndose al resto de su cuerpo.
Apenas ajustó el torniquete, se teletransportó. Las vibraciones del Averno confundían su percepción lejana de cosmo y quizá no aparecería donde quería al primer intento, más no había tiempo para dudar.
De haberlo tenido, quizá habría notado dos figuras que observaban el invernadero desde la escalera y que parecían seguir su mismo camino. Una era una mujer de túnica blanca y cabello negro; la otra era el Protegido de la Muerte, que había activado su cosmo.
Y tal vez, sólo tal vez, Ikki había aceptado que el destino sí existía.
Eran Caballeros de Atenea, pero también eran seres humanos. Aún más, eran jóvenes. Cada uno tenía una vida por delante, una vida que los hizo dudar antes de entrar al Averno, pero que trataron de hacer a un lado con tal de cumplir con el deber determinado para ellos desde hacía una eternidad. Y en ese momento, ante la pregunta planteada por Lord Hades, la más grande de todas las tentaciones regresó a ellos con mayor fuerza.
Uno, solamente uno, podría salvarse al sacar a Saori-Atenea del Averno. El Señor de los Muertos al fin había comprendido que su decisión estuvo mal y le permitiría a su sobrina marcharse. Por un precio.
A cambio de las vidas de tres de sus Caballeros, simbolizadas por sus dijes, en castigo a su osadía.
La diosa miró a Hades con odio y decepción. ¿Cómo podía ofrecerles semejante tentación, una decisión tan difícil y horrible e innecesariamente injusta? ¿A aquéllos cuatro, que se amaban como si fueran hermanos, que darían la vida uno por el otro y que, sin embargo, desearían continuar con sus propias existencias?
“¡Señor, por favor, evítales esta decisión! ¡Déjame morir aquí y líbralos de la muerte, por favor!”, rezó, apretando las manos. Pero el Omnipotente no dio señal de haberla escuchado.
En medio de la lluvia, tres espíritus miraban con interés la escena. Las sonrisas de dos de ellos eran siniestras, y lo único que lamentaron fue que faltara uno de los Cinco Caballeros, porque así su venganza habría sido perfecta. Pero nadie iba a quejarse.
– ¿Quieren apostar a quién elegirán para dejar vivo? –preguntó Deathmask, sin separar la vista de los Cuatro.
Estos se habían reunido y permanecían en silencio, observaban sin ver a Hades y a Saori y ninguno se atrevía a dirigir la mirada hacia sus compañeros.
– Apuesto a que elegirán al Dragón –continuó Deathmask, habiendo respondido Afrodita con una inclinación de cabeza y Kanon con el silencio.–Todos saben que no es únicamente su vida la que va en juego con esta decisión.
Los fantasmas de los dos Santos observaron a Shiryu, su largo cabello empapado en lluvia y sangre, y el brazo derecho cubierto de heridas. Sus grises ojos relampagueaban, y en su interior pensaba lo mismo que ellos.
– Dokho le encomendó dos herencias al morir –prosiguió el anterior Santo de Cáncer.– Uno fue su tresor, pero al chico ya no le preocupa porque Hades lo tiene en su poder.
– ¿Y la segunda?
Los ojos de Deathmask relampaguearon ante el recuerdo.
– Le pidió que cuidara de la joven oriental que creció con él. El Maestro la crió como si fuera su hija y el chico se acostumbró a verla como si fuera su hermana. O al menos así le gustaba pensarlo –añadió con mala intención.– Es obvio que no la quiere como a alguien de su familia, pero no sé por qué se niega a aceptar lo obvio.
– No creo que sea suficiente –opinó Afrodita.– Es cierto que ese Caballero ama la paz y que daría todo por vivir tranquilo y al lado de esa joven hasta su muerte...
Deathmask sonrió. Había muchas personas a las que odiaba y conocía, y Shiryu de Dragón era la principal de todas. Daría cualquier cosa por verlo muerto, su alma destrozada en el Abismo de Yomotsu. Sin embargo, si odiaba a alguien después de a Shiryu, era a Sunrei por haber evitado que lo matara en Doce Casas.
– Mátalo a él y destruirás la vida de la muchacha –insistió.– No cuenta con nada ni nadie en el mundo. Los otros son capaces de elegirlo a él.
– Pero él no lo aceptaría –opinó Afrodita.– Es demasiado generoso. En cambio, apuesto que el que va a salir de aquí es Andrómeda. Él es más egoísta.
Fue el turno de que miraran a Shun, sus grandes ojos azul-verdosos habiendo recuperado casi todo su brillo. Sangre continuaba manando de la única herida en su pecho.
– Él jamás quiso pelear, y si se convirtió en Caballero de Atenea fue para poder reencontrarse con su hermano –continuó, sus ojos claros resplandeciendo con odio.– Tanto aborrece la violencia que no utiliza su poder verdadero porque sabe que mata si recurre a él. Los demás nunca se lo han reprochado, pero lo saben. Fénix no es el único que lo ve como a un hermanito menor.
– ¿Y crees que esa será razón suficiente para elegirlo? –preguntó Deathmask.– Por más que quieran protegerlo, tal vez él no acepte por simple vergüenza.
Afrodita sonrió, como si lo que fuera a decir constituyera de antemano un triunfo.
– Hay algo que lo obligará a hacerlo –sentenció– En parte es una joven, pero no ha pensado mucho en ella debido al otro y enorme factor. Este día, ha conocido el lado obscuro de su personalidad y sabe que, si continúa peleando, podría recurrir a él para destruir todo lo que ama.
Y concluyó, la sonrisa aún más grande.
– La única solución que queda, no sólo por su bien sino por el de todos, es que deje de combatir. Como te dije, es lo suficiente egoísta para colocar ese deseo de paz sobre su deber. Siempre lo ha hecho.
– Tampoco creo que baste –protestó Deathmask.– Otra forma de deshacerse de esa dualidad es morir.
Deathmask y Afrodita voltearon a ver a Kanon, como preguntándole por quién iba a apostar. Pero el General de Marina permaneció en silencio, contemplando la escena. Su rostro no mostraba emoción alguna.
Ante su indiferencia, Deathmask preguntó a Afrodita:
– ¿A quién proponemos entonces? ¿A Pegaso?
El anterior Santo de Piscis negó con la cabeza.
– Los demás creen que si alguien puede llegar hasta el final es él, porque es el más cercano a su diosa –afirmó.– Pero si él la acompaña a Terra, será para verla morir apenas lleguen. Es lo único que él no desea. ¿O no te has dado cuenta de las tiernas miradas que intercambian? Cuando ella muera, él quedará solo. Te apuesto a que preferirá dar su vida aquí que enfrentar ese destino. No, en todo caso apostaría por Cygnus.
Mientras hablaban de Seiya, lo habían observado obligándose a incorporarse por completo a pesar de la herida de su abdomen, pero al escuchar el otro nombre, miraron a Hyoga. Aunque sus brazos y piernas sangraban profusamente, su mirada había vuelto a ser fría como el diamante.
– Cygnus no ha conocido sino la soledad desde que era niño y vio morir a su madre –opinó Afrodita, tratando de humanizar sus pensamientos.– A lo largo de su vida, ha tenido que matar a aquellos a quienes amaba, como si la soledad fuera su destino, y por eso tardó tanto en integrarse al grupo. Ahora ama a sus amigos, pero hay alguien más a quien quiere y no solamente por sobre ellos, sino por encima de su propia alma.
– Asgaard –comentó Deathmask con desprecio.– Para ser los Caballeros más cercanos a Atenea, son un conjunto de estúpidos sentimentales.
Afrodita se encogió de hombros. ¿Qué podían esperar de ellos?
– Se dice que el amor es la fuerza más generosa del mundo, pero también la más egoísta– prosiguió.– Colócate en el sitio de Cygnus: después de una vida completamente solitaria, tiene la oportunidad de unir su espíritu al de alguien más. Destruyó la familia que el destino le dio y ahora puede formar una propia. Y no con cualquiera, sino con la misma princesa de Asgaard. ¿Tú qué harías?
– Simple y llana humanidad –concluyó Deathmask.– Ni siquiera podía culpársele si se le propone marcharse y lo acepta sin dudar.
– No lo creo.
Eran las primeras palabras que Kanon había dicho desde que los tres aparecieron en ese lugar. Su voz fue inexpresiva, pero su mirada mostró un poco de tristeza, cuando dijo:
– Ama a esa muchacha más que a su vida, pero ya tuvo la oportunidad de quedarse en Terra y la rechazó. ¿Les parece que si no aceptó cuando era más sencillo, lo hará ahora? Aunque lo desee, es capaz de dejarse morir por su deber. Todos lo son.
Un relámpago trazó sus siluetas, más no fue capaz de extraerles sombras.
– ¿Qué no comprenden? –continuó el General de Marina como si por fin pudiera desahogarse después de una vida de silencio.– Todos tienen por qué vivir y sin embargo todos están dispuestos a morir, y no son ellos quienes deberían estar ahí. Deberíamos estar nosotros, peleando contra Hades y tratando de sacar a nuestra diosa del Averno.
Y ante la expresión que pusieron Deathmask y Afrodita, añadió:
– Sí. Nuestra diosa.
– Valiente diosa que nos abandonó aquí... –gruñó el antes Santo de Cáncer.
– No. Nosotros permitimos que nos abandonara aquí –insistió Kanon.– Ella nos tendió la mano y nosotros la rechazamos.
Otro relámpago cayó y devolvieron su atención a la escena. A pesar de su conversación, nada había cambiado. Hades seguía con la espada desenvainada y lista para atacar. Atenea intentaba activar su cosmo entre los aros de hielo. Los cuatro Caballeros seguían en su sitio, sin cambiar de expresión.
– ¿Ya tomaron su decisión? –preguntó el Señor de los Muertos, la gravedad de su tono semejante al del trueno.– ¿Quiénes se quedan y dan sus vidas? ¿Quién se va y sobrevive?
– Di lo que quieras. De cualquier modo –concluyó Deathmask– esto va a ser muy divertido.
Volteó a ver a Kanon para descubrir qué expresión ponía ante esa frase, pero ya no lo encontró. El espacio que había ocupado el General de Marina estaba vacío, y el asombro de Afrodita demostró que tampoco lo había visto marcharse.
Por un rato, no se escuchó sino el sonido de la lluvia cayendo sobre el grupo, muchas de sus gotas uniéndose a la sangre de todos y cayendo hasta el suelo. Ninguno de los cuatro había alcanzado a escuchar la apuesta, pero tenían muy presentes todas esas razones. La vida común que tanto añoraron en el pasado se presentaba ante ellos, prácticamente suplicándoles que pelearan por ser el elegido. ¡Cuánto habrían dado en ese momento por jamás conocer la normalidad, o la tentación no sería tan intensa!
Seiya se negó a escuchar la voz de sus recuerdos, pero lo hizo.
“Noté que tú y tus amigos tienen el mismo cambio. Sus cosmos comienzan a oler a muerte. Tampoco van a ver la luz de mañana. Los cuatro.”
"¿Por qué me dijiste eso, Minos?”, pensó, deseando que el alma del Guardián de Caronte, donde se encontrara, lo oyera. “¿No comprendiste que me has robado toda esperanza?”
Miró a sus amigos, quienes observaban a Hades sin atreverse a separar la mirada del dios. No supo si era un efecto de la lluvia o de su propia desesperación, pero le pareció que sus rostros no estaban húmedos sólo por las gotas que caían del firmamento. Y entonces se dio cuenta de que él también lloraba contra su voluntad, de rabia e impotencia porque a ellos no les correspondería elegir su destino, o al menos elegirlo realmente.
Apretando los puños, desvió la mirada. ¡No podía enfrentarse a sus amigos y confesarles que, casi desde el principio, supo que todos morirían en esa batalla, que perderían sus almas y que aún así no les dijo nada! Él era también su verdugo, junto con el dios que los amenazaba. ¿Por qué demonios habían sido condenados? ¿Por qué demonios permaneció en silencio? ¿Por qué demonios no encontraba la forma de evitarlo?
No se dio cuenta de que, atrás de él, sus tres amigos intercambiaban una fugaz mirada. Shiryu asintió, su rostro sin mostrar emoción alguna, y fue tal la unión que habían creado entre ellos que no necesitaron palabra alguna para comunicarse. En respuesta, Shun se mordió los labios, más no dijo nada, y Hyoga pareció murmurar una plegaria.
– El que sobreviva de ustedes tendrá la misión de velar por lo que los demás dejen pendiente –afirmó Hades, sintiéndose un poco avergonzado de sí mismo.– ¿Eligieron?
Seiya quiso decir algo, pero antes de que tuviera la oportunidad, Shiryu tomó la palabra:
– ¿Jura que aquel que elijamos seguirá vivo?
– Por mi honor –sentenció Hades.– Pero si no se dan prisa, mi espada se impacientará y decidirá por ustedes.
Seiya sintió que lo sujetaban del brazo, y el frío del contacto le reveló que era Hyoga.
– Espere un momento, por favor, Milord –pidió Cygnus, la expresión de su voz un misterio.– Sólo un segundo.
Shun dio un paso hacia adelante, mirando al dios a los ojos.
– Es una elección difícil –afirmó con seguridad.– Pero creo que todos estamos conscientes de que sólo uno de nosotros es digno del honor que nos ha propuesto.
– ¡Ahora! –gritó Shiryu.
A su orden, Shun y él se abalanzaron contra el dios, encendiendo sus cosmos mientras lo hacían. Hyoga, reuniendo toda su fuerza, sujetó a Seiya y lo arrojó hacia donde Saori, espantada, veía la escena sin poder moverse. Pegaso contuvo el aliento, sin reaccionar a la velocidad que acostumbraba, y alcanzó a escuchar:
– ¡Dile a Flare que la amo!
Apenas lo soltó, Hyoga alcanzó a los demás, activando su aura y listo para el ataque. Hades miró con sorpresa cómo esos tres jóvenes renunciaban voluntariamente a sus vidas y a sus almas y no tuvo el corazón suficiente para blandir la espada antes de que lo alcanzaran.
Seiya miró a Saori, la luz que emanaba de ella lo único que quedaba de realidad en medio de esa pesadilla. Atenea lo miró, ternura, impotencia y dolor en su expresión. El Caballero comenzó a extender su mano hacia ella, odiándose cada instante.
Otra vez miró hacia Hades. Hyoga le había congelado las piernas al suelo; Shiryu lo sujetaba por abajo de los brazos mientras intentaba elevar su cosmo; Shun controlaba el viento para detenerlo.
Y fue hasta entonces que Hades comprendió qué estaba pasando.
– ¡Estúpidos! –gritó, elevando su negrísimo cosmo.
– Saori, perdóname –murmuró Seiya.
El cosmo de Hades arrojó a sus tres atacantes lejos de él. Los tres se incorporaron y volvieron a arrojarse contra él.
– ¡Cuando morimos, lo hacemos juntos!
Y Seiya soltó a Saori y corrió hacia Hades, obligándose a no mirar hacia atrás.
– ¡Seiya, no vengas! –gritó Shiryu, percibiéndolo antes de mirarlo a través de su lazo psíquico.
Hyoga y Shun miraron por encima de sus hombros.
– ¡Seiya, no! –gritaron al mismo tiempo.
Hades blandió su espada, reluciente como la noche.
Un relámpago cayó justo atrás del Señor del Averno.
– ¡No, tío, espera! –gritó Saori, quemándose la piel al arrojarse contra los aros de hielo.
Y sólo escuchó cuatro sonidos como respuesta. Cuatro cordeles que se rompían.
En medio del silencio del grupo, se escuchó un ruido. El del metal cayendo contra el suelo.
Cuando todos miraron hacia la causa, notaron que Flare había dejado caer la Cruz del Norte. La cadena que la había sujetado se había roto sin motivo aparente.
– ¿Qué ha pasado? –murmuró la princesa, más por fe que por superstición.
Bud se inclinó a tomar la cruz. Contra lo que pensaba, el metal de su superficie estaba helado aunque Flare la había sujetado por horas.
Por reflejo, miró a Sigfried. Al hacerlo, vio que estaba completamente pálido y que temblaba. El fantasma, sus ojos transparentes reflejando miedo y dolor, murmuró:
– Algo terrible...
Trató de decir más, pero le fue imposible y sólo añadió, apretando las manos en puños:
– ¡No puede ser!
Con un horrible presentimiento, Sunrei y June voltearon a verse. Los ojos de ambas se llenaron de lágrimas.
– ¿Crees que...? –murmuró la joven oriental, sin encontrar valor para continuar.
June negó con la cabeza.
– No... –respondió con voz ahogada, su corazón más realista que su mente.
Flare alcanzó a oírlas. Sujetó la Cruz que Bud le extendía y, sin evitarlo, se soltó a llorar. Hilda quiso decir algo, pero podía percibir lo que Sigfried no quiso confesar... y por mucho que amara a su hermana, no podría mentirle.
Sólo Marine tuvo la fuerza suficiente para mirar al cielo. Y al descubrir que las cuatro constelaciones que debían estar en el cenit habían dejado de brillar, sintió que el llanto fluía por su rostro. Por primera vez, no se contuvo.
Sorrento de Sirene, con esa sensibilidad tan aguda que poseen quienes provienen del mar, comprendió que no era superstición, sino realidad. La falta de luz, la cadena rota, la palidez de Sigfried... incluso, el que ya no pudiera percibir absolutamente nada.
Pensó en los cuatro caballeros que acababan de morir por la diosa que él mismo aprendió a amar. En cómo sus vidas y sus almas habían sido destrozadas, y elevó una plegaria por todos de la única manera que conocía. Llevó la flauta a sus labios, cerrando los ojos aunque no se habían formado lágrimas dentro de ellos.
Y la dulce música de un réquiem llenó el Santuario.