Capítulo trece

La fuerza del destino

Por Altair

¿Alguna vez has renegado de tu propio destino?
Ikki de Fénix




La sangre había sido el mejor de los combustibles para su pira funeraria. Olviden la madera, la gasolina y el carbón. No había nada como un cosmo encendido y sangre de Caballero y, mejor aún, de aquel protegido por el Fénix.
Ikki sintió cómo su garganta se llenaba de humo al gritar por el dolor de sentir su piel quemándose. Cuando despertó en un lugar desconocido, descubrió que eso era lo único que podía recordar.
Era la segunda vez que moría, pero antes no había sido tan doloroso. ¿O sí?
De la primera ocasión, recordaba haber sido enterrado vivo por rocas y lodo durante aquella absurda batalla en el Valle de la Muerte. Nunca había tenido la oportunidad de contarle a otra persona lo que había visto entre el alud y su resurrección, que habían tenido lugar en dos lugares cercanos. O más bien, nunca había buscado dicha oportunidad.
Los demás, su hermano incluido, habían pensado que Ikki murió una segunda vez durante el combate en la Casa de Virgo. Sólo Shaka y él sabían que ninguno de los dos había fallecido, pero tampoco habían intentado aclararlo. El Santo lo había guiado por cada uno de los seis infiernos en cuerpo y alma, y al momento de la explosión de sus cosmos, habían quedado atrapados entre ellos. No estaban vivos, pero tampoco habían muerto. Por eso, Shaka le había podido pedir a Moo que los teletransportara de regreso al Santuario.
Recordó que, alguna vez, Shiryu había mencionado la existencia de las Capas del Espíritu, el "puente" que unía a la Tierra de los Vivos con la de los Muertos. También había comentado que aquella zona existía alrededor del Foso de Yomotsu, aquel que conducía a la muerte definitiva. Ni siquiera el Santo de Cáncer, cuyo don del Sekishiki le permitía ingresar a voluntad a las Capas del Espíritu, había logrado salir de ahí. De toda la Orden, sólo uno de los ochenta y ocho podría lograrlo, a excepción de la ocasión que fuera la definitiva. Pero a Ikki, a pesar de lo mucho que odiaba su inmortalidad, no le interesaba morir en aquel momento. Al menos no para siempre.
También recordó que, en la carpeta del abuelo de Ellen, había leído sobre la existencia del Tribunal al cual eran remitidas las almas de los fallecidos para ser juzgadas y enviadas a alguna de las zonas espirituales. Las Capas del Espíritu, el Foso de Yomotsu, el Tribunal... ¿por qué no podía recordarlos?
Indudablemente, el amor que Atenea sentía por él y por sus compañeros le habían preservado de recordar su agonía en aquella explosión y, más aún, su paso por los niveles espirituales. Sin embargo, Ikki estaba seguro de haber muerto, aunque el paisaje tan hermoso que lo recibió era semejante a los de la Tierra.
Se encontraba en un campo lleno de flores y árboles, un sol invisible brillando en un cielo despejado e intensamente azul. Escuchaba el sonido del mar y de las innumerables criaturas que en él vivían, e igual alcanzó a ver muchos otros animales a su alrededor. La paz y el amor flotaban en aquel jardín, demostrando la presencia de Dios sin ninguna de las barreras creadas por los humanos. Frente a él, vio una hermosísima construcción tan blanca como el sol que brilla sobre la nieve, y seguro de que eran las Habitaciones de los Muertos, corrió hacia ella.
Atravesó la puerta sin detenerse, descubriendo que miles de almas seguían su misma ruta y eran recibidas por incontables espíritus. Lo único que le llamó la atención fue que nadie era viejo. Apenas cruzaban el umbral, las almas de los ancianos rejuvenecían, y dedujo que, por ello, el Paraíso o Eliseo, como quisiera llamarlo, recuperaba el plan original que el Creador tuvo para Terra. Todas las almas brillaban, cosmos blancos y dorados fácilmente perceptibles, y sintió que cada una portaba ropa hecha de luz, tal vez la misma con la que solían ser recordados.
Una vez que cruzó el umbral, se encontró en un jardín enorme. Alcanzaba a ver los edificios blancos a poca distancia, pero con eso –imaginó– bastaba. Sabía que había traspasado la última barrera, que estaba muerto y que sólo faltaba algo. Ese algo que le permitiría seguir adelante.
Cerró los ojos y se concentró lo más que pudo. ¡Que las palabras de Nox de Hypnos hubieran sido verdaderas!
Su mente permaneció vacía.
¡Que el recuerdo de aquella llamada Esmeralda volviera a él y le diera sentido nuevamente a su vida!
Ni siquiera se formó una silueta en sus pensamientos.
Que su arriesgado plan hubiera dado resultado...
No hubo más que vacío. Y entonces empezó a comprender que no había manera alguna de recuperar el recuerdo. Ikki, rezó, rogó y suplicó sin resultado alguno, y finalmente maldijo cuando la desesperación inundó su espíritu.
“¡No, no puede ser!”, gritó mentalmente, dejándose caer de rodillas y apretando sus manos con tanta fuerza que, de haber tenido su cuerpo anterior, las habría hecho sangrar. “¡Esto debe ser una pesadilla!”
Nox de Hypnos había mentido. La muerte no le había devuelto el recuerdo de Esmeralda. Y él se había privado de la vida en el peor de los momentos, con Atenea prácticamente en manos de Hades, y Seiya y sus amigos a punto de enfrentar una nueva Guerra Santa. ¡Y se había matado enfrente de...!
– ¿Qué te ocurre, Ikki?
Cuando alzó la mirada, vio que una joven lo observaba fijamente. De rasgos finos y cabello rubio que caía hacia abajo de sus hombros, irradiaba una luz suave y cariñosa. Aún así, no fue eso, ni su fina ropa de luz rosada lo que más llamó su atención, sino sus ojos verdeazules cubiertos con espesas pestañas doradas. Aún cuando era una mujer, le recordaba muchísimo a Shun.
– Estás llorando las lágrimas del espíritu –continuó la joven, tristeza visible en su rostro.– Todavía no era tu momento. ¿Por qué estás aquí?
Hasta entonces, Ikki notó que estaba llorando, y comprendió que, al estar muerto, no te reduces sólo a espíritu. Las almas también están hechas de materia, y aunque ya no necesitan comer ni dormir, todavía sienten. Y pueden llorar con lágrimas hechas de agua y de aire. Pero la joven, al igual que todos los que ahí vivían, no había llorado en largo tiempo, y se le notaba en la expresión.
– ¿Sabes quién soy? –preguntó el Caballero.
La joven sonrió, sus ojos brillando al igual que su gesto.
– Eres Ikki de Fénix, Caballero Ateniense del nivel de Plata, integrante de la Orden del Zodiaco que protege a la diosa Atenea. En el Santuario también se te conoce como el Quinto Integrante de los Caballeros del Zodiaco, y los más allegados a ti saben que eres el Caballero de la Esperanza. ¿Cómo no voy a saber quién eres?
Por primera vez, su rostro mostró extrañeza.
– ¿No recuerdas quién soy?
Ikki bajó la mirada.
– No recuerdo haberte visto en mi vida. Lo siento.
No verla de frente le impidió descubrir su expresión de sorpresa, pero pudo percibirla. La joven se arrodilló a su lado, pensando qué decirle, cuando notó la herida de su muñeca izquierda. Ya no fluía sangre de ella, pero incluso en su alma había dejado una enorme cicatriz.
– Te suicidaste –dijo en tal tono que no podía saberse si era una pregunta o una afirmación, mientras lo sujetaba de la muñeca.– Por eso estás aquí antes de tiempo.
Ante su contacto, Ikki se estremeció. Como si eso debiera recordarle algo.
Pero no lo hizo.
– Agradezco que estés conmigo aunque no sepa quién eres –afirmó, mirándola a los ojos.– Créeme, no es necesario que lo hagas.
Se puso de pie, pero la sensación de sus manos soltándolo lentamente no le pareció algo nuevo.
– Sí, acabo de suicidarme, si quieres decirlo así. No sé si fue o no antes de mi tiempo y ya no me interesa. Sólo sé que cometí una estupidez.
La joven no respondió. Ikki, sin verla, continuó:
– He dejado a mi hermano y a mis amigos en peligro frente a una gran amenaza. Ellos contaban conmigo, pero no puedo seguir adelante, ¡no así! Ahora, Hades no encontrará oposición gracias a mi gran idea, y Atenea estará atrapada en el Averno para siempre.
Y sonriendo con sarcasmo en su gesto incompleto, añadió:
– ¡Cómo pude ser tan estúpido!
– Debiste tener una buena razón.
Ikki volvió a mirarla. Por algún motivo, en sus ojos encontraba la luz y el calor que evitaron algo en su pasado.
– Un enemigo me robó un recuerdo –confesó, aunque ignoraba por qué le tenía la confianza suficiente para confesarlo, si jamás había hablado con ella.– Fue el de la persona que era el centro de mi vida, y eso me inutilizó para el combate. No me importa cuál fue su intención, pero me advirtió que el único modo de recuperarlo era muriendo. El muy maldito me mintió.
La joven empezó a levantarse. Ikki le tendió la mano, y al sentir cómo se la estrechaba, un relámpago cruzó su mente.
– Debiste esperar hasta tu momento –dijo ella.– Ahora que has muerto, no podrás regresar con tus amigos aunque portes la armadura del Fénix.
El Caballero no se había fijado que, desde su muerte hasta su entrada al Eliseo, había conservado la investidura de su constelación protectora. Sin embargo, lucía opaca, no por haberse dañado en el paso, sino porque carecía de la vida con que su hermano y Shaka la habían dotado.
– Así que estoy atrapado aquí por toda la eternidad –sentenció Ikki con amargura.
– ¿Ves al Paraíso como una trampa?
– Sí, cuando hay muchas personas que dependían de ti en la Tierra y amas a esas personas más que a tu vida.
Fue el turno de la joven de bajar la mirada. Había vuelto a tomar su mano y acarició sus dedos con ternura.
– Siempre he pensado que hay cosas mucho más hermosas que la guerra y la violencia –murmuró.– El Paraíso donde estamos es el mejor ejemplo de ello.
Un momento, titubeó la mente de Ikki, yo ya escuché esto. ¿Cuándo fue? ¿En dónde?
– Creo saber cuál fue tu intención –prosiguió ella sin voltear a verlo.– Te quitaste la vida seguro de que el poder del Fénix podría revivirte para regresar con tu hermano y tus amigos. No podías pedir a alguien que te matara porque, como no entenderían tu verdadero propósito, no querrían ayudarte. Así que no tuviste más remedio que quitarte la vida tú mismo. No fue un suicidio, sino un sacrificio.
Ikki no respondió, pero se puso helado.
– No contabas con que no recuperarías el recuerdo –continuó ella.– Era una apuesta arriesgada y podías morir definitivamente y no volver, y estabas preparado para pagar el precio. Pero en el fondo, no lo esperabas.
Y añadió con un tono más triste:
– Lo siento tanto.
En eso, la joven sintió que el Caballero la sujetaba por la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Aunque su expresión era tímida, también le inspiraba confianza, e Ikki afirmó:
– Ni mi propio hermano comprendió eso. Creyó que me cortaría las venas por miedo o por tristeza.
Y en voz más baja, preguntó:
– ¿Cómo puedes entenderme, si nunca antes nos habíamos encontrado?
– ¿Ni buscando en tu corazón puedes hallarme?
Permanecieron así varios segundos, uno mirando en los ojos del otro. La joven no decía nada, pero Ikki no necesitaba escuchar su voz para percibir cómo sus almas estaban unidas desde tiempo atrás. Quizá se debía a que no llevaba mucho tiempo de muerto o a que había pasado hacía poco por el Erebo, pero el Caballero podía ver otras imágenes borrosas detrás del rostro que lo contemplaba. El cielo tan azul del Paraíso se tornó rojo obscuro. El edificio blanco se convirtió en un volcán humeante, y la hierba cambió en roca seca. El rostro de la joven no le pareció limpio, sino que estaba cubierto de polvo, y su hermoso cabello lucía descuidado y sucio. Pero sus ojos permanecieron tan tiernos y luminosos como en aquel momento.
Death Queen Island...
– ¿Será cierto? –murmuró Ikki, incapaz de creer que una criatura tan angelical, casi etérea, pudiera estar relacionada con el Infierno en la Tierra.
De inmediato, negó con la cabeza. Era imposible.
– Tu enemigo no te mintió del todo –afirmó la joven.– Sí hay una forma de que recuperes tus recuerdos, pero debes pagar un precio además de la muerte.
Los ojos de Ikki relampaguearon, y ella pareció fijarse por primera vez en la cicatriz que nacía en su entrecejo y se trazaba hacia abajo de su ojo izquierdo.
– ¿Fue ese día, verdad? –preguntó, extendiendo sus blancos dedos hacia la marca.
Sus ojos se llenaron de las lágrimas del espíritu.
– Fue él, ¿verdad?
La palabra “él” fue especialmente obscura, pero no pudo continuar. Ikki, al escucharla, la había sujetado por los hombros.
– ¿Hay un modo? –preguntó, el corazón en la garganta.– ¡Por favor, tienes que decírmelo!
Y como si hasta ese momento analizara lo que había escuchado, preguntó:
– ¿De qué me hablas?
Ella bajó la vista. Sus plateadas lágrimas fluyeron por sus mejillas, e Ikki sintió como si se estuviera ahogando. No era la primera vez que la veía llorar, pero antes las lágrimas se debieron a la tristeza y...
Al dolor.
A la agonía.
– ¿Cómo moriste tú?
– No me pidas que te responda –dijo, sin mirarlo a los ojos.– Es muy difícil para mí.
Ikki también bajó la vista. Otra imagen cruzó su mente al mirar los pliegues que la túnica luminosa formaba sobre el pecho de la joven. Rosa y rojo. Ropa y sangre. Una visión cubierta en parte por su propia sangre que, caliente aún, salpica su ojo derecho.
– ¡Lo veo! –exclamó con voz ahogada, sujetando aquel rayo de luz y negándose a dejarlo ir. Sin soltar a la joven, apretó las manos en puños.
– ¿Qué te pasa, Ikki? ¡Respóndeme, por favor!
– ¡Hay un hombre con una máscara que me lanza un rayo de luz, pero apenas alcanza a herirme! ¡Atrás de mí, alguien más recibe el ataque, y cae, y...!
Se interrumpió. Abrió los ojos y se encontró con la mirada de la joven.
– Estoy dispuesto a pagar el precio del que hablaste –sentenció Fénix, conteniendo la oleada de emociones que lo inundaban.– En el pasado, alguien pagó ese precio con tal de que me convirtiera en Caballero.
– ¿Puedes recordarlo?
– Mi Maestro trató de matarme. Por años trató de que odiara para así ganar la armadura, pero sólo lo logró cuando mató a la persona que había impedido su propósito. En ella está el secreto.
A Ikki no le pasó desapercibido el cambio en la expresión de la joven al mencionar al Maestro de Death Queen Island. La dulzura de su rostro no desapareció, pero se convirtió en firmeza cuando dijo:
– Aquel que está protegido por el Fénix puede resurgir de sus cenizas cuantas veces sea necesario. Está condenado a la inmortalidad.
“Entonces, ¿por qué deseaba tanto la muerte?”, pensó Ikki. “¿Es por esa persona, la que Nox me robó?”
– Si cumples la condición necesaria, perderás tu inmortalidad al poseer algo de la Tierra de los Muertos –continuó la joven.– Podrás regresar a la vida, justo como el Fénix, pero la siguiente vez que mueras será la definitiva, sin importar que alguien siga necesitándote. ¿Estás dispuesto?
Ikki asintió.
– ¿Por qué sabes tanto sobre el Fénix?
Entre sus lágrimas, ella sonrió.
– ¿Cómo no voy a saber todo sobre ti?
Antes que Ikki pudiera preguntar el por qué, ella se levantó. Al hacerlo, alcanzó a ver sus finos pies envueltos en zapatillas de luz. Pero no siempre fue así. En el pasado, estuvieron descalzos, a pesar del terreno. Por reflejo, sujetó la mano que ella le tendía y la siguió con absoluta confianza.
“No debería hacerlo”, protestó con una sonrisa, pero sin ofrecer resistencia. “Todavía no termina mi entrenamiento.”
La joven lo guió a través del jardín. Innumerables almas pasaron cerca de ellos, algunas extrañadas por el hecho de que su acompañante no portara una túnica. Pero para Ikki, no había más mundo que ella y el camino que seguían.
Distraído, se concentró en la sensación de su piel sobre la suya, y supo que no era la primera vez. La había abrazado en espíritu antes, en un sueño que no alcanzó a dañarlo aunque esa había sido la intención del usurpador. Una daga ilusoria clavada en su estómago, guiándolo a la muerte que tanto deseaba...
“¿Cómo pudiste hacerlo, amor mío, si tú no serías capaz de lastimar a nadie?”
Trató de contemplar su dulce rostro nuevamente, y por un segundo fue como si viera a Shun. Pero no se quedaba en la simple evocación: así como amaba a su hermano, descubría un sentimiento hacia ella similar y diferente a la vez. Aunque ya no lloraba, sus lágrimas no se habían secado. No le eran desconocidas.
“He pensado que lo mejor sería que ya no nos viéramos. Si tu padre nos descubre, me aterra pensar que podría ocurrirte algo.”
– Tú... –murmuró.
Ella volteó a verlo. Ikki, con sorpresa, descubrió que había visto esa mirada antes. En el húmedo y descuidado sótano que le sirvió como habitación durante su entrenamiento. En breves escapes de sus sesiones, entre las rocas. En un milagroso campo de flores blancas. De noche y de día, esa sonrisa siempre a su lado, o en su corazón, o en su recuerdo. Tres veces la estrechó entre sus brazos, pensó mientras ella lo guiaba a una luminosa y amplia cámara con una fuente en el centro. Una, aquella noche en que ella bajó al sótano y, con tan simple gesto, impidió que cayera en la desesperación justo como su presencia retrasaba la llegada del odio. Otra, en una ilusión, cuando descubrió que Kaysa de Léumnades podía haberle hecho creer que ella lo mataría al reencontrarlo.
Y la tercera, cuando exhaló su último suspiro entre sus brazos, tras haber recibido el mortal ken que iba dirigido hacia él, pero que logró evadir a excepción del roce que le causó su cicatriz. Cuando él, impotente entre lágrimas y desesperación, estrechó su aún cálido cuerpo entre sus brazos, suplicando a Dios no se la llevara y odiando a su asesino, a sí mismo, a su cruel destino, y su pecho se cubrió con la sangre que manaba de su muerto corazón. Y cuando, ataviado con la armadura que su muerte le hizo ganar, tomó su cadáver en sus brazos y la llevó a la sepultura que había excavado y cubierto con las milagrosas flores del Infierno en la Tierra, y besó su frente como nunca se atrevió a besar sus labios y le dijo adiós al amor por el resto de su vida.
Recuerdos que un Guardián del Estigio le había robado, pero...
– ¿Ikki? –preguntó ella, deteniéndose en el borde de la fuente.– ¿Estás bien?
Los ojos de Ikki se llenaron de lágrimas.
– ¿Cómo no voy a estarlo...?
No pudo contenerse y la abrazó contra su pecho, hundiendo el rostro en su rubio cabello que olía a flores. Ella también lo abrazó, comprendiendo.
– ¿...si estoy contigo, Esmeralda?



Estoy muerto, pensó Shun. Hyoga estaba equivocado: si te matan en el Averno, tu alma no muere. Ikki está ahí. Nox también está muerto. Todas las plantas están muertas. Eso, o estoy loco.
O Ikki está vivo.
– Así que has vuelto, Fénix –afirmó el Guardián de Hypnos, poniéndose de pie y olvidando a Andrómeda.– ¿Quieres que te aplauda? Fue una maniobra arriesgada la que intentaste, y te salió bien. No pensé que te atreverías a reducirte a cenizas.
¿Maniobra? Shun, confundido, no logró entender a qué se refería, pero su hipersensiblidad le mostró que estaba relacionado con algo que él había pensado (erróneamente) sobre su hermano, y se sintió un poco culpable.
Sin embargo, esos sentimientos no eran lo importante en aquel momento.
Ikki, todavía rodeado por su cosmo color fuego y dorado, continuó avanzando hasta detenerse a poca distancia de su enemigo.
– No me interesa lo que opines y menos aún que me aplaudas –sentenció, su cicatriz brillando con el tono de su aura.– Eres culpable de tantos pecados que jamás acabarías de confesarlos.
– Entre ellos, ¿haberte robado el recuerdo de Esmeralda?
Para su sorpresa, Ikki sonrió, y ese gesto tan sencillo le provocó más daño que cualquier ataque.
– Fue un pecado, pero no siento hacia ti más que gratitud.
– ¡Te has vuelto loco!
Ikki sonrió con sarcasmo. ¿Por qué, se preguntó Shun, aunque su gesto seguía incompleto, le parecía que era distinto?
– Quisiste matar mi alma, Nox de Hypnos, y lo lograste –sentenció Fénix, sus ojos relampagueando.– Pero también me dijiste cómo resucitarla, y gracias a ello, no recuperé sólo la imagen que me habías quitado. También me devolviste momentos que la memoria olvidó con el paso natural del tiempo, ¡y al fin cumpliste el mayor de mis deseos!
– ¡Imbécil! –gritó el Guardián, sus transparentes ojos relampagueando.– ¡Más te valdría haber permanecido muerto! ¡Ni el Fénix podrá salvarte si mueres en el Averno!
El gesto de Ikki se volvió más reservado. Aunque hablaba con Nox, desvió la mirada hacia su hermano, y Shun entendió que sus siguientes palabras no eran para el enemigo, sino para él.
– El Fénix no podrá volver a salvarme. Nunca.
A lo lejos, escucharon un trueno que caía. La tormenta que azotaba al Averno comenzaba a aumentar de intensidad.
– Hubo un precio a pagar además de la muerte –afirmó Ikki, sin separa la vista de Shun.– Para salir del Paraíso, tuve que renunciar a mi inmortalidad. El Fénix seguirá protegiéndome y yo podré recurrir a su poder, pero jamás me devolverá la vida nuevamente.
Y añadió, viendo de nuevo a Nox:
– Te lo agradezco.
Contra su voluntad, Hypnos dio un paso hacia atrás.
– ¿A qué te refieres? ¿Cómo puedes agradecerme que la próxima vez que mueras será la definitiva, tú, que eras el único inmortal de entre tus compañeros?
– Tú también has sido inmortal desde que entraste al servicio de Hades. ¿Nunca has sentido el deseo de morir, de regresar con tus seres queridos, de descansar por fin?
Nox frunció el ceño.
– ¿A qué te refieres, Fénix?
– Simple –sentenció Ikki, su sonrisa incompleta siendo un enigma tanto para el enemigo como para el hermano.– Es mi turno de platicar contigo.



De mil preguntas que Jabu pudo hacerse en ese momento sobre los mil eventos que conformaron su vida, en ese instante sólo se lamentó de uno. Del momento en que entró en el cuarto de Seiya, un año atrás, a pedirle que lo entrenara para convertirse en un Caballero digno de la señorita Saori.
¿Por qué lo había hecho? ¿Fue por igualar a Seiya y a los demás en el cosmo, y elevarse espiritualmente hasta donde estaba destinado? ¿Fue para que Saori, o Atenea, o cualquiera de sus dos nombres lo mirara no sólo con afecto, sino también con gratitud, e incluso con admiración? ¿O fue por el orgullo, por no permitir que aquellos a quienes alguna vez humilló lo superaran? Jabu se hizo esas preguntas, mas no supo responderse. Quizá se debía a esas tres razones, pero debía haber algo más. ¿Qué era?
Había recibido el ken de Elis en el estómago y había salido impulsado hacia la pared. Golpeó contra el borde de un librero, su espalda permaneciendo intacta casi por milagro –aunque gran parte de dicho milagro se debió al noble metal de su armadura. De momento, se preguntó si el Guardián de Thanatos había usado o no su verdadero poder. Su mente se desviaba, asimismo, hacia el por qué de su decisión y también hacia Shaina. ¿Dónde se encontraba? ¿Qué había sido de ella? ¿Por qué Elis dijo que nunca nadie volvería a verla?
Ella y Seiya y Marine siempre le aconsejaron cómo actuar mientras lo entrenaban.
Ahora estaba solo.
– ¿Por qué insistes tanto en morir como un héroe, Unicornio? –preguntó Elis, su gesto casi una máscara tras la desaparición de la joven.– Me ofrecí a dejarte ir y te negaste. Me ofrecí a respetar tu miserable e indigna vida, y no quisiste.
Y añadió, su mirada un poco más expresiva.
– ¿Por qué?
Jabu estaba frente a sus ojos, pero de momento Elis no lo vió a él. Su cabello parecía un poco más obscuro, sus ojos verdes habían cambiado en azules, su piel lucía más bronceada. No era un Unicornio, sino un León. Estaba casi muerto, sangre brotando de sus heridas, su aliento apenas audible... y aún así, negándose a morir y a dejar a Atenea en manos de Hades.
¿Por qué lo hacían, fueran Santos de Oro o Caballeros de Bronce?
– Todos han arriesgado sus vidas por Atenea en el pasado –afirmó Jabu mientras volvía a ponerse de pie.– No voy a escapar y a seguir viviendo cuando todos se arriesgan.
– Entonces, realmente es el orgullo lo que te guía.
Jabu no respondió. El orgullo no debía ser lo único que lo impulsara, pero era posible que fuera así. A menos de que encontrara la verdadera razón por la cual había entrado al Averno.
Encendió su cosmo nuevamente que, sin querer, había apagado. Su tono violeta y ligeramente dorado, este último sobrepuesto, le dio luz a su rostro. Elis sólo había visto a Seiya durante la escaramuza en el Santuario y, sin embargo, le pareció que combatía con alguien parecido a él. Si no eran hermanos por las obvias diferencias físicas, lo único que se le ocurrió es que podría ser su alumno.
– Lo haces por Atenea, ¿verdad? –preguntó el Guardián, su voz un poco más gentil.– Te guía una diosa hermosa y digna, y se nota la protección tan especial que te ha dedicado al darte a... Shaina... por compañera.
Al pronunciar el nombre de la joven, aunque dudara que fuera el real, Thanatos se sintió como un pecador. ¿Cómo podía una palabra tan común designar a aquella joven, cuando en realidad estaba muy por encima de ellos?
De repente, frunció el ceño, y miró a Jabu con rencor.
– Tú eres el menos digno de tu grupo y sin embargo las dos están contigo. Esa gracia no la tenemos ninguno de los Guardianes del Estigio. ¡Y tú no eres mejor que yo!
Una pregunta muy cruel saltó a su mente, dolorosa para el más leal de los seguidores de Hades. Se mordió los labios, y para olvidarla, gritó:
– ¡Voy a acabar contigo en nombre de la Atenea que tan inútilmente ha confiado en ti!
Jabu no había comprendido ni una palabra del soliloquio del Guardián, pero apenas escuchó su última amenaza, respondió:
– ¿Ah, sí?
Y se concentró como Seiya le había enseñado a hacerlo.
Era su hora. El momento de combatir hasta la muerte o hasta el triunfo. Si perdía, lo aguardaba el olvido eterno. Si ganaba, podría reunirse con los Cuatro. “Estoy listo, señorita Saori, pero no como en el Desafío Galáctico”, pensó. “No quiero gloria personal. Sólo quiero verla de nuevo.”
Sin querer, sonrió con el gesto irónico que lo caracterizaba. Encendió su cosmo al máximo, concentrándose para ejecutar el Galope del Unicornio.
Pero cuando quiso correr y atacar al Guardián, fue como si sus piernas estuvieran sepultadas en piedra.
“¡Demonios, no puedo moverme!”, pensó, descubriendo que sus puños cerrados estaban como suspendidos en el aire, y que la energía que había reunido empezaba a desaparecer.
No necesitó que le dijeran la causa. Frente a él, la negra aura de Elis de Thanatos llenaba la biblioteca. “¡Diablos, diablos, diablos!”, pensó. Contra lo que habría imaginado, eso sí, el rostro del Guardián no mostraba deleite. De hecho, era como si tratara de no reflejar nada.
– No voy a permitir que mueras sin luchar, Unicornio. Tú lo pediste. –sentenció.– Si has decidido enfrentar a los Guardianes del Estigio, tendrás que pelear hasta por tener una muerte decente.
– ¡Deja mi cosmo en paz!
– No olvides que soy un vampiro de energía, como me llamarían en Terra. Un vampiro no necesita combatir si sus habilidades pueden ayudarlo.
Jabu sintió como si un enorme peso se colocara sobre sus hombros y empezara a presionarlo contra el suelo. Tuvo que recurrir a toda su fuerza y voluntad para no dejarse caer de rodillas. ¿Cómo podía ser tan poderoso su enemigo? Claro que la evidente superioridad cósmica de Elis sobre él era una excelente justificación, así que prefirió no pensar más en ello.
En contraste, su mente voló hacia Seiya, ordenándole que le dijera qué hacer. ¡Tú conveniste en enseñarme todo lo que sabías, pero no lo hiciste! ¡Tenías mi nivel cuando te enfrentaste a los Santos y descubriste el Séptimo Sentido! ¿Por qué yo no puedo hacerlo?
– ¿Estás listo para rendirte, Unicornio? –insistió Elis. Mil pensamientos extraños inundaban su alma y no entendía la razón, aunque presentía que en mucho se debía a Atenea.– Si lo haces, te dejaré vivir.
Jabu continuó tratando de encender su cosmo, pero lo poco que aumentaba era devorado de inmediato.
– ¡Déjame en paz! –gritó.– ¡Deja de querer aplastarme! Y, sobre todo, ¡deja de tenerme compasión!
Elis sintió como si le pusieran un espejo enfrente. ¿Compasión? Él nunca había dudado en cumplir sus misiones, dejando la compasión como la última de sus prioridades. ¿Por qué tantos escrúpulos ahora? Era culpa del Santo de Leo y de su estúpida insistencia en atacar a Hades, era culpa de Jabu de Unicornio y del estúpido orgullo que le matería el alma.
Pero también era el recuerdo de Atenea, ya fuera interponiéndose para evitar que mataran a uno de los suyos o conservando su dignidad ante las afrentas de su tío; era el recuerdo de los siete Tresors robados uniéndose para proteger al portador de uno de ellos; era la convicción de que ser inmortal le había robado la capacidad de asombrarse ante la abnegación y de admirar el heroísmo.
Recordó las palabras de Laertes. Lo único que valía la pena eran los seres queridos. Si iba a traicionar a Hades, preferiría matarlo él mismo. Tenía amigos y personas que lo querían, incluyendo a su señor y a su señora, quienes le habían dado un sentido a su vida cuando aparentemente carecía de ella.
– ¡Nunca te he tenido compasión! –respondió, obligándose a concentrarse en su deber.– ¡Lo que siento por ti...!
¿Por qué Jabu descubría que ya no podía percibir ningún sabor, ni siquiera el de la sangre en el interior de su boca?
– ¡... es lástima!
Hay ocasiones en que es necesario recibir una herida para decidirse a salvar la vida, como si el daño que provocó mostrara la cercanía de la muerte. De igual forma, la principal causa del orgullo no son ni el poder ni la riqueza. Es la humillación.
Apenas escuchó sus palabras, Jabu se obligó a incorporarse por completo. ¡Nadie sentía lástima por él, al menos que él lo dejara vivo! Había sido como querer apagar el fuego con alcohol, y su cosmo aumentó al doble. Un leve tono dorado volvió a rodearlo, pero no le interesó averiguar si era suyo o si provenía de su choque contra aquella barrera invisible. Elis, en cambio, frunció el ceño. Quería que el caballero se largara o se rindiera fácilmente. Pero no, parecía dispuesto a luchar. En fin...
– ¿Lástima? –preguntó Jabu, sus ojos relampagueando de furia, pero su sonrisa sarcástica en su rostro.– ¡El Unicornio era un símbolo de luz y nadie debe sentir lástima por él!
Y antes de que el Guardián respondiera, elevó su cosmo tan alto como le fue posible. Por un segundo, el tono dorado cubrió por completo al violeta, y Jabu sintió nuevamente la descarga de horas antes, aunque su efecto no fue tan devastador como entonces. Un intenso mareo inundó su cabeza, y el único modo en que se le ocurrió deshacerse de él fue lanzando su ken a la mayor intensidad posible.
– ¡Galope del Unicornio!
En su casco se formó un apéndice luminoso que lució con el resplandor del relámpago. Confiado por su anterior triunfo sobre el capitán de daimons, lo lanzó hacia Elis para inmovilizarlo.
Casi se le detuvo el corazón al ver que Thanatos extendía su mano derecha y detenía las ondas en su palma.
– Maldición –murmuró entre dientes, su cabello comenzándose a empapar en sudor.
– Si quieres vencerme, tendrás que elevar mucho más tu aura –afirmó Elis.– Hay algo dentro de ti que quiere volar, pero tu incompetencia es un lastre.
¿Algo? Seiya había hablado sobre un cosmo especial, exclusivo de la Orden del Zodiaco. El máximo poder al que se puede acceder; tan grande es que suplirá tus otros sentidos, ocultará tus debilidades, sanará tus heridas y te permitirá conocer lo que, hasta entonces, había permanecido oculto. Y, sin embargo, por más que te lo expliquen, jamás podrás entender qué es, hasta que tú mismo lo alcances. Y nunca podrás definirlo para otros, por más que intentes hacerlo.
– ¡El Séptimo Sentido! –exclamó al comprender a lo que Elis se refería y lo que Seiya le había enseñado.
– Así que sabes de lo que hablo –afirmó el Guardián, también sonriendo.– El reto es muy claro. O accedes al Séptimo Sentido del que tanto presume la Orden del Zodiaco o no verás otro día.
Jabu no supo si maldecir o bendecir. La solución era tan clara que habría resultado obvia de pensar un poco en ella, pero no significaba que fuera sencilla. Era lo único que ni Seiya pudo explicarle, y ahora él tenía que averiguarlo ipso facto, a menos que quisiera morir.
En reflejo, continuó elevando su cosmo, el cual aumentó casi al doble. Sin embargo, al hacerlo lo inundó un profundo dolor de cabeza. Era como si su corazón se hubiera alojado en sus sienes después de correr un maratón, y apenas alcanzó a dominarse para no llevarse las manos a las sienes. Jamás se había sentido tan mal, y menos cuando activara su cosmo. Seiya le había enseñado que, entre más se acerca uno al nivel dorado, más podía soportar sus heridas. Si su Maestro no se había equivocado, ¿por qué se sentía tan mal, el palpitar de su corazón iniciando en su cabeza y extendiéndose a todo su cuerpo mientras el aire comenzaba a faltarle?
Y, sin embargo, mientras aumentaba el dolor, también percibía como incrementaba su poder y su unión con el cosmo.
Sin saber a ciencia cierta cómo, superó por un momento la presión que el Guardián ejercía sobre él. Su cosmo otra vez se volvió más dorado que violeta, el tono reflejándose en sus ojos y concentrándose en su frente. Elis se sorprendió, aunque no lo demostró. Se necesitaba de una gran energía para superar a un vampiro. ¿Cómo lo estaba logrando?
El reflejo de Atenea pasó fugazmente por su cabeza.
– ¡Galope del Unicornio! –exclamó, enviando su ken y sintiendo que cada una de sus venas iba a reventar.
Aunque Elis ya había visto el ataque de Jabu, éste se acercó con tal velocidad que no pudo detenerlo. Para cuando lo absorbió por completo, descubrió que había sido inmovilizado por ondas concéntricas.
– ¡Esto no es posible! –dijo para sí, pero Jabu alcanzó a escucharlo.
Antes de que lograra volver a absorber el cosmo y liberarse, Jabu corrió hacia él y lo golpeó en el estómago, su brazo derecho convirtiéndose momentáneamente en un rayo que lo arrojó hacia atrás.
Elis fue arrojado hacia atrás y golpeó de espalda contra uno de los libreros más altos. Se dejó resbalar por el mueble, y se detuvo hasta que llegó al suelo y varias docenas de libros y pergaminos cayeron sobre él.
En otra ocasión, Jabu se habría vitoreado a sí mismo, se habría reído y/o burlado del Guardián y se habría apresurado en ir a buscar a Shaina. Pero le fue imposible.
Se sentía demasiado mal. El más profundo de los dolores lo inundó de pies a cabeza, y apenas contuvo un gemido al dejarse caer de rodillas. Ni los daimons, ni su capitán, ni tampoco Elis, lo habían lastimado a ese grado, y tampoco sus lesiones eran tan graves. En el pasado, Ikki sí lo había malherido. Pero, a excepción de los golpes de sus combates recientes, no entendía el por qué de su mal estado.
Hasta que recordó su choque contra la barrera invisible.
– ¡Eres el primer miserable que alcanza a golpearme! –gritó Elis, interrumpiendo su meditación y saliendo de abajo de la pila de libros.
Jabu apenas si levantó la cabeza, sus ojos recibiendo demasiada luz para su gusto. Hasta entonces, descubrió que ya no podía percibir el olor del papel viejo de la biblioteca, aunque lo había tenido consigo hasta hacía un segundo.
"¿Qué me pasa?", pensó confundido.
En eso, un relámpago del exterior proyectó la sombra de Elis sobre el piso, casi tocándolo. Sólo que no era la sombra del humano que se había convertido en un Guardián del Estigio. Más bien, era la de una figura encapuchada y delgada que portaba un extraño instrumento en la mano derecha.
– No sé de dónde estás robando ese cosmo, Unicornio... –empezó a amenazar.
– No lo estoy robando –contestó, sin separar las manos de sus sienes.– Es mío.
– ¡Eso ni tú lo crees!
Jabu no pudo responder, no sólo porque desconociera la verdad, sino también porque había descubierto un extraño resplandor en los ojos de Elis. Era como si la obscuridad empezara a concentrarse en ellos, trazando dos cavidades en su rostro, semejantes a las de las representaciones populares de su protectora. Thanatos, la personificación de la Muerte.
– Esto es muy sencillo, infeliz. Sólo pocos han probado este ken en el pasado, y me da asco pensar que el siguiente serás tú, pero no tengo otra opción.
Aunque Jabu nunca había visto el ánima de Excalibur ni en Shura ni en Shiryu, no necesitó haberlo hecho para comprender que se encontraba ante su opuesto. El brazo de Elis brillaba como la noche, y había curvado la mano hacia el interior. Otro relámpago trazó con claridad el contorno del instrumento que portaba la sombra, y hasta entonces notó que se trataba de una guadaña.
– Sólo que antes de morir y de perder tu miserable alma, vas a confesar por qué los tuyos están tan dispuestos a llegar al Séptimo Sentir aunque Atenea permanecerá en el Averno –ordenó el Guardián, su pálido rostro semejando el de un esqueleto ante la falta de luz.– Y entonces, sólo entonces, probarás el dulce sabor del olvido.
Jabu no pudo apartar la vista de Elis, pero su mente sólo alcanzó a formular una pregunta. ¿Dónde diablos estaba Seiya cuando lo necesitaba?



– ¡Hola Moo! ¡Hacía tanto tiempo que no te veía!
La sonrisa, como en otras ocasiones, fue franca y alegre aunque no había un motivo especial para estar contentos. Aunque ya era de noche y hacía un rato que todos se habían retirado a sus respectivas habitaciones, en la Casa de Sagitario todavía había luz, y a Moo no le asombró descubrir la causa. Un muchacho de no más de dieciséis o diecisiete años jugaba, a pesar de la hora, con un niño de alrededor de diez años muy parecido a él.
Mientras el muchacho se levantaba y se le acercaba, Moo meditó en cuán curiosa era la vida. Nadie diría, de sólo verlo, que ese chico de cabello castaño, chispeantes ojos azules y nariz respingada estaba a punto de convertirse en el hombre más respetado del Santuario. El Patriarca, aquel a quien durante mucho tiempo llamó Maestro, había decidido nombrar a su sucesor. Y a pesar de la presencia del dedicado Saga de Géminis, del leal Shura de Capricornio e incluso de él, Moo de Aries, su propio alumno, había hecho un anuncio sorprendente.
El próximo Patriarca, a su muerte, sería un muchacho que tal vez se habría hecho merecedor del Tresor de Sagitario, pero que todavía tenía la infantil costumbre de apartarse el cabello de los ojos con una pañoleta roja.
Y, sin embargo, había sido precisamente por eso que había acudido a buscarlo a él y no a alguien más.
Apenas estuvo frente a él, Aioros le dio un abrazo. En verdad lo había extrañado, aunque su ausencia no había pasado de un par de semanas. Moo le devolvió el abrazo con menos efusividad, no por falta de aprecio sino porque algo más ocupaba su mente. Ninguno de los dos estaba ataviado con su Tresor, y cualquiera que los viera pensaría que eran amigos desde la infancia.
Como en efecto había sido.
Aunque la apariencia del Santo de Aries no lo delatara, Moo no era tan joven como los demás Santos. Para su raza, la de los elfos, era un adolescente todavía... pero los elfos maduran a un ritmo diferente, y se vuelven adultos en pensamiento y corazón mientras los demás aún piensan en juegos. Quizá por ello pensó que Shion lo elegiría a él como futuro Patriarca, pero la decisión ya había sido tomada y a él no le quedaba más que aceptarla.
– ¿Gustas sentarte, Moo? –dijo Aioros, señalando una mesa con sillas que había en esa parte del Templo de Sagitario.– De haber sabido que vendrías...
– ¿No sabías que regresé ayer?
La expresión de Aioros demostró que lo ignoraba. Moo, sin embargo, no se sorprendió. Ante lo que había percibido a su llegada al Santuario, había preferido hablar de inmediato con el anciano Dokho de Libra (quien solía encerrarse a piedra y lodo en su respectivo templo) y, ante lo que ambos concluyeron, se había retirado a meditar por horas. Pensaba en una buena justificación para no haber acudido antes a saludar a su amigo, pero el rostro del Santo de Sagitario se volvió comprensivo y dijo:
– Bueno, ayer no estuve mucho tiempo en la Casa. Estuve entrenando con el cachorro casi todo el día.
Y dicho esto, sonrió con el orgullo propio de un hermano mayor. El niño se había acercado y, mientras los Santos hablaban, buscaba la jarra con leche que Aioros siempre guardaba para él en su Templo. Era obvio que tenía sueño pero también estaba contento, y sobre todo, que en ese momento no le preocupaba más que la jarra.
Moo lo miró en silencio, quizá reconsiderando lo que quería platicar con Aioros, pero cuales fueran sus pensamientos, su decisión no cambió.
– Seré franco contigo, Aioros. Lo mereces porque eres mi amigo y pronto serás mi líder –dijo con amabilidad.
El joven volteó a verlo con un poco de sorpresa.
– No sabía que la noticia ya fuera de dominio público.
– No podía ser de otro modo, ¿no crees?
A pesar de la eterna gentileza del Santo de Aries, Sagitario presintió que algo estaba mal. Vio que su hermano al fin había llenado un vaso con leche y, tratando de no demostrar su presentimiento, llamó:
– Oye, Aioria...
Dicho eso, el niño (sin soltar el vaso) se le acercó. El hermano mayor sonrió mientras decía:
– Tengo que hablar con Moo un rato. ¿Puedes esperarme en mi cuarto?
– Si quieres, –respondió con el tono propio de alguien que está a punto de dejar la infancia– puedo regresar a las cabañas de una vez.
A pesar de lo que presentía, Aioros sonrió y le desordenó los leonados rizos que le caían sobre la frente.
– Sí, sé ya que sientes que eres maduro y responsable –insistió en son de broma–, pero está muy obscuro y preferiría acompañarte. ¿De acuerdo?
Aioria rió con el timbre nítido de alguien que sigue siendo niño y, con todo y vaso, se fue al cuarto de su hermano a esperar. Moo siguió mirándolo en segundo, preguntándose cómo era posible que los niños que entrenaban para convertirse en Caballeros y Santos, niños de los cuales sólo sobreviviría una décima parte al final del entrenamiento, pudieran conservar esa risa a pesar de las exigencias físicas y mentales a las que eran sometidos a diario.
Apenas se escuchó que la puerta se cerraba, Aioros volvió a mirar al elfo a los ojos.
– La decisión de Shion me sorprendió a mí más que a nadie –confesó.– Nunca pensé que me elegiría a mí habiendo tantas personas más maduras que yo. Creí que el honor sería para Saga... –y aunque titubeó un momento, finalmente añadió.– O para ti.
Moo se limitó a mirarlo, sus sentimientos en cuanto a esa decisión siendo un enigma.
– Debió tener una buena razón –respondió finalmente.– O quizá es por...
Bajó la vista. Aunque sabía que había personas con quienes no debía tener secretos, y que Aioros siempre había sido una de ellas, no le resultaba nada fácil comentar lo que seguía:
– Porque cree que tú serás el único capaz de resolver esta situación.
– ¿Situación?
El Santo de Sagitario se reclinó sobre su silla, desviando la mirada a las columnas de su templo mientras sonreía con alegría.
– No hay nada que solucionar. Nuestra amada Atenea acaba de reencarnar. Nuestro tiempo de espera ha terminado, y no nos queda más que protegerla y luchar por ella.
Moo no respondió.
– ¿La has visto? –continuó Aioros, su mirada adquiriendo la misma expresión tierna de su voz.– Es una bebita linda. No llora a menos de que tenga hambre y, cuando te ve, pareciera como si intentara recordarte de sus vidas anteriores y saber qué es lo que debe hacer. Jamás pensé que una bebita podría nacer con el don de la sabiduría... y aún así, cuando sonríe, presientes que hay más en ella que estrategias o planes, sino también cariño...
Ante sus palabras, Moo comprendió por qué Shion había elegido a Aioros como su sucesor. Ni Saga, ni Shura ni él hablaban de Atenea con tal cariño. La veían con respeto, pero también como una obligación, si bien la más noble de todas. En cambio, para el joven Santo de Sagitario, el único de ellos que tenía un hermano menor (o al menos, recordó, que lo aceptara publicamente), era la obligación más hermosa de todas.
Shion había elegido bien.
– Tus palabras, entonces, me demuestran que no sabes a qué me refiero.
– ¿Perdona?
– Quizá sólo yo pueda percibirlo porque he pasado una semana en el Tíbet y no he estado aquí.
– ¿A qué te refieres?
– Tal vez sí me hubiera quedado aquí, tampoco lo notaría.
– ¡Moo!
– Hay otra presencia divina en el Santuario.
Tal vez fue su imaginación, pero le pareció que Aioros palidecía.
– ¿Otra presencia? –preguntó con firmeza, pero en voz baja.
Moo asintió.
– No sé decirte qué o quién es –confesó Moo, volviendo a mirar a su amigo a los ojos.– Supongo que su entrada aquí fue demasiado sutil como para que no la hayan percibido. Pero es semejante al aire. En Tíbet el único olor era el de la nieve. Aquí percibo el olor del olivo incluso lejos de las cocinas, pero no lo haría de no haber salido de Grecia.
En eso, notó que Aioros había apretado las manos en puños.
– El enemigo podría haberse infiltrado sin que nadie lo notara... –murmuró, su voz agravándose un poco.
– No dije que fuera un enemigo...
– Y yo ciego no por voluntad, sino por la astucia del otro –continuó, ignorando las palabras del Santo de Aries.– ¿Puedes percibir en dónde está?
– No lo sé.
– ¿Cómo que no lo sabes?
– Yo...
Moo comprendió que la respuesta que había estado a punto de darle había sido más automática que meditada. Porque en el momento en que Aioros se puso de pie, tirando su silla hacia atrás, se le acercó y lo sujetó por los hombros sin permitirle apartar la mirada, olvidó qué era lo que iba a decirle.
– Tú eres el único que puede sustituir a mis ojos, Santo de Aries –sentenció.– Puedo empezar a buscar esa presencia, pero si ha venido a dañar a Atenea, podría llegar demasiado tarde...
– Pero...
– ¡Por favor, Moo!
El elfo no dijo nada, pero la expresión de su mirada provocó que Aioros lo soltara. Era obvio que él tampoco lo sabía. Sólo podía notarla, pero no localizarla. Hasta entonces, el Santo de Sagitario notó que había sido brusco y, esforzándose en sonreír de nuevo, dijo:
– Lo siento. Ya has hecho bastante con quitarme la venda de los ojos.
Dicho eso, se dirigió a la puerta posterior de su Templo, hacia la escalera que conducía a los niveles superiores del Santuario.
– ¿A dónde vas? –preguntó Moo, su expresión de nuevo tan calmada como al inicio de su visita.
Aioros volteó a verlo por sobre el hombro.
– Voy a alertar al Patriarca sobre lo que está pasando. Quizá convenga montar una guardia alrededor de Atenea, por lo menos hasta que recupere la conciencia de sí mismo y pueda defenderse sola.
– ¿Por qué no esperas a mañana?
Sin querer, Aioros sonrió. Sabía que era lo lógico, pero...
– Esa presencia podría atacar esta noche –respondió con sencillez.
Moo volvió a alzar la vista.
– Entonces, voy contigo. Te acompañaré a hablar con el Patriarca.
Aioros meditó un segundo, como si pensara en aceptar su propuesta. Pero, de repente, dio la vuelta y volvió a acercarse a Moo.
– No creo que sea necesario –confesó.– Apenas el Patriarca lo sepa, dará las órdenes correspondientes y ya nos pondremos de acuerdo. Si algo pasara esta noche, entre él y yo defenderemos a Atenea sin problema alguno.
Moo volvió a permanecer callado, pero su mirada dijo más que todas las palabras que podría pronunciar. La sonrisa de Aioros se volvió más franca, aunque la preocupación no desapareció de su rostro. Colocando su mano derecha sobre el hombro izquierdo del elfo, dijo:
– Acabas de llegar de viaje. Necesitas descansar primero, amigo.
– Lo correcto es que vaya también.
– No te preocupes, le diré a Shion que te asigne el primer turno de vigilancia de mañana –respondió, tratando de bromear.
Moo estuvo a punto de protestar de nuevo, pero comprendió que el Santo de Sagitario tenía razón. No tenía caso que los dos fueran a hablar con el Patriarca. De momento bastaba con alertarlo. Así que se limitó a asentir.
Aioros lo soltó y volvió a dirigirse hacia la escalera. En eso, sin embargo, vio que la luz en su cuarto seguía encendida. Con mucho cuidado, abrió la puerta y se asomó hacia el interior.
– Parece que el cachorro se ha quedado dormido... –murmuró con ternura.– Moo, ¿podrías hacerme un favor?
Aunque no recibió una respuesta audible, supo que eso equivalía a un “sí”.
– ¿Podrías llevar a Aioria a su cabaña, por favor?
– Claro –repuso Moo, contento de al menos poder ayudarle en algo. Después de todo, las habitaciones de los aprendices no quedaban lejos de su Templo.
Apenas escuchó la respuesta de su amigo, Aioros tomó con suavidad a su hermano del hombro y lo agitó suavemente. El niño entreabrió los ojos, obviamente agotado por el esfuerzo que representaba su entrenamiento diario.
– ¿Pasa algo, hermano? –alcanzó a decir, aunque sus palabras no fueron tan vivaces como un rato atrás.
– Nada, no te preocupes. Oye, voy con el Patriarca a preguntarle algo. No creo tardarme. Pero le he pedido a Moo que te lleve a tu cabaña para que ya no tengas que esperarme.
Más dormido que despierto, Aioria asintió casi sin darse cuenta.
– Nos vemos mañana entonces, cachorro. ¿De acuerdo?
El niño volvió a asentir, comprendiendo hasta entonces que sería Moo quien lo llevaría a su cuarto. Aioros sonrió, volteó a ver a su amigo y le dijo, a manera de despedida:
– Apenas sepa algo, te lo diré.
– Gracias.
– No, gracias a ti.
Y dicho esto, salió de su Templo. Moo tomó en brazos a Aioria, quien se estaba quedando dormido aunque estaba de pie, y comenzó a bajar la escalera, aplicando un poco de su velocidad de luz para poder retirarse a descansar. Sólo que presintió que no dormiría mucho aquella noche.
No acababa de regresar a su Templo cuando lo sintió.
Un estallido cósmico. El poder de un dios manifestándose. Un dios violento.
Fue cuestión de segundos para que se escuchara la alarma en todo el Santuario. Alguien había intentado asesinar a Atenea y reemplazarla con otro bebé. Al escuchar la alerta en su cosmos y el sonido de las campanas que alertaba a peones y aprendices, Moo se puso en guardia. Estaba listo para detener al responsable y, si era necesario, matarlo.
Lo que nunca imaginó fue el nombre del culpable.
Aioros de Sagitario.
Al escucharlo, sintió que la sangre se congelaba en sus venas. No podía ser. Era una mentira. Tenía que serlo. Él no intentaría matar a Atenea. Le había consagrado su vida.
Y, sin embargo, era el Patriarca mismo quien lo había dicho y quien lo había sentenciado a muerte. Moo esperó que Aioros pasara por su Casa en su huida para enfrentarlo y pedirle –no, exigirle– una explicación. No podía creer que la presencia que había percibido se encontrara en su amigo ni que, estando en el mismo espacio, no la hubiera notado.
Pero Aioros, supo después, había pasado a su Templo por su Tresor y huido por las laderas. Shura de Capricornio, su amigo más cercano, fue quien recibió la misión de matarlo.
Shura regresó al amanecer, y afirmó que había ejecutado a Aioros y al bebé que llevaba en las afueras del Santuario. Mientras el Patriarca lo anunciaba, maldecía al traidor y decidía que nadie podría volver a hablar con Atenea si no era a través de él, Moo miró a su alrededor. Vio a Shura, y le fue obvio que, a pesar de la frialdad de su rostro, estaba destrozado por dentro, haciendo un gran esfuerzo por no derrumbarse frente a los otros. Vio a Aioria; notó que había sido golpeado en el rostro y que dos sombras comenzaban a formarse bajo sus ojos, pero también percibió que el llanto que no podía controlar no era de dolor, sino de odio. Vio a Dokho, su sabio rostro alterado por el pesar, pero también por algo más que no pudo definir de momento. Escuchó la voz del Patriarca más grave que antes, quizá por la decepción de descubrir que el traidor había sido aquel en el que más había confiado.
Y, en eso, volvió a detectar aquella presencia divina. Continuaba en el Santuario.
Jamás se había alejado de él.
Aioros no podía haber sido el traidor. O, cuando mucho, habría sido un instrumento temporal.
Moo sintió que iba a volverse loco al comprender lo que había ocurrido. Si él hubiera acudido con el Patriarca, le habría ayudado a localizar la presencia que se había manifestado como enemiga. Pero al enviar a Aioros, al no insistir en acompañarlo, algo más había ocurrido, y nunca sabría qué era. No supo qué era lo que debía hacer.
Por fortuna, la respuesta vino días después. Dokho de Libra anunció que se retiraría del Santuario, pues debía regresar a Rozan a continuar con su misión. El Patriarca lo despidió con todas sus bendiciones, pidiéndole que se mantuviera en contacto.
Antes de que se marchara, Moo lo alcanzó a las afueras del Templo de Libra.
– ¿Se marcha ya, Maestro?
Dokho volteó a verlo con aprecio. Moo siempre había sido tan educado que no podía acostumbrarse a tutearlo.
– Vuelvo a Rozan. Mi misión no puede quedarse pendiente.
– ¿Regresará pronto?
Dokho miró a Moo como si quisiera leer su corazón. Con firmeza, sentenció:
– No hasta que comprenda qué es lo que ha ocurrido.
– ¿Se refiere a la traición de Aioros, Maestro?
– No. A la mentira del Patriarca.
Moo, asombrado, lo miró en silencio.
– Eres demasiado joven aunque seas un elfo, Santo de Aries –dijo Dokho con voz calmada y profunda.– Tu percepción es amplia, pero está limitada. Podrías contemplar el mundo, pero no sales de lo que ven tus ojos. No puedo hacer nada hasta saber dónde está Atenea, pero...
– Está en sus habitaciones, Maestro.
Dokho lo miró como si el elfo no supiera de lo que estaba hablando.
– Llegará el día en que la verdad saldrá a la luz. Si me he equivocado, pediré perdón. Pero si no lo he hecho, pelearé, sea yo mismo o a través de un enviado.
Y aconsejó con severidad:
– Mira dentro de ti antes de mirar hacia el exterior, Moo de Aries. Traición es una palabra demasiado fuerte como para decirla con tanta frecuencia.
Y dicho esto, Dokho desapareció en un resplandor dorado. Moo se quedó confundido, pensando en sus palabras, hasta que concluyó que debía actuar según los consejos de Dokho. Días después, pidió al Patriarca que le dejara volver al Tíbet a purificarse, a meditar y a buscar un aprendiz. Obtuvo el permiso sin problema alguno.
– Y así, se alejó del Santuario por años. Pero no pudo alejarse del recuerdo de esa noche, y menos aún del arrepentimiento que lo dominaba. Había dudado de uno de sus mejores amigos y abandonado a aquellos que lo necesitaban, pero, en contraste, su sospecha fue ínfima cuando se enteró que Shion había muerto y que, ante la falta de un nuevo Patriarca, su asistente Ares se había convertido en el nuevo líder del Santuario.
La voz de Kanon resonaba, fuerte y musical, contra las paredes del juzgado. Mientras hablaba, el espejo de agua que separaba a los enjuiciados de los jueces se había elevado hasta formar una cortina, proyectando las imágenes de aquella noche, veinte años atrás.
Moo había reconocido al momento lo que ahí habría de observarse, y aunque palideció y se estremeció en un par de ocasiones, no protestó. Kiki, demasiado asombrado por lo que había pasado, había puesto inconscientemente distancia entre su Maestro y él, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Shaka, en contraste, permaneció calmado y frío, como si no tuviera relación alguna con lo que estaba ocurriendo.
– Dudó de uno de sus mejores amigos –continuó Kanon, un deje de sincero pesar en su voz.– Pero apenas si sospechó del verdadero culpable. Aioros de Sagitario dijo que le había quitado la venda de los ojos, pero el único verdaderamente ciego fue él.
Moo bajó la vista. Radamantis, con voz grave y estricta, preguntó:
– ¿Es esto cierto, Santo de Aries? ¿Mandaste a un amigo tuyo a la muerte?
El Santo se obligó a sí mismo a alzar la vista. Sus ojos estaban húmedos.
– Nunca fue esa mi intención, señor. No pensé que lo matarían.
Aeacus, ordenando mentalmente a la cortina de agua que regresara a su sitio, afirmó:
– Es cierto. El Santo nunca vio peligro alguno. Y aún así, Aioros de Sagitario era uno de los Santos más poderosos del grupo. No tenía de qué preocuparse.
– Lo atacaron el dios Ares, mi hermano Saga de Géminis y Shura de Capricornio, señor –terció Kanon, apuntando algo que igual y era innecesario, pero que valía la pena recordar.– Nadie podría sobrevivir a eso.
Aeacus lo miró con paciencia prácticamente infinita.
– Tan era posible sobrevivir, que alcanzó a encomendar a Atenea a alguien más a la mañana siguiente. A mi juicio, el Santo de Aries pecó de ignorancia en esa situación. No imaginó que alguien ajeno al Santuario podría salir al paso de su amigo para rematarlo.
Moo, Kiki e incluso Shaka se desconcertaron. ¿Eso significaba que Aioros podría haber sobrevivido a esa noche?
Kanon, en cambio, sólo los miró de reojo. Era obvio que, al estar muerto, se había enterado de la verdad, pero no iba a confesarla y menos en ese momento.
Radamantis, en cambio, suspiró:
– Tiendes demasiado a ver el lado bueno de las personas, Aeacus.
– Y tú el malo.
– Es nuestro trabajo, ¿recuerdas?
Y alzando la voz, preguntó:
– ¿Por qué no acompañaste a tu compañero con el Patriarca, Moo de Aries?
Moo, conservando tanta calma como le fuera posible, respondió:
– Creo que quedó claro en las imágenes que han visto. Estaba cansado y confundido, y me pidió llevar a su hermano de regreso a las cabañas.
– ¿Y por qué no saliste en su defensa cuando se escuchó la alarma?
Moo no respondió. Kanon comprendió que era un buen momento, y afirmó:
– Es obvio, señor. Porque siempre dudó de Aioros. Le envidiaba por haberse convertido en el elegido de su propio Maestro, por haber sido seleccionado como el próximo Patriarca, y por eso no tuvo inconveniente alguno en considerarlo un traidor.
– No es...
– ¡Silencio! –dijo Radamantis ante la protesta de Moo.– ¿Niegas acaso, Santo de Aries, que en algún momento te cuestionaste por qué tu propio Maestro eligió a alguien más como su sucesor?
– No, pero...
– ¿Niegas acaso que, en lugar de pensar que le habían tendido una trampa a uno de tus mejores amigos, automáticamente pensaste que los había traicionado?
– No. El Patriar...
– ¿Acaso negarás, Moo de Aries, que prefieres que uno de tus amigos muera a rechazar tu misión? ¿Que prefieres que haya sangre de un ser querido en tus manos en lugar de ir contra las reglas, contra lo que diga el Patriarca o lo que dijera el Anciano Maestro, aún cuando otros murieran en tu lugar?
Moo sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
– ¿Vas a negar –intervino Kanon– que, ahora mismo, ese niño por el que debiste velar hace años, pero que abandonaste a su suerte, está muriendo en una celda del Averno y que, sin embargo, no has hecho nada por ayudarlo?
Con toda la dignidad de la que fue capaz, Moo alzó el rostro, que había bajado sin darse cuenta. Miró hacia el frente, sus ojos llenos de lágrimas que no derramaría, y, sin fijar la vista en Aeacus o Radamantis, afirmó:
– No. No lo voy a negar.
– No hay más que hablar sobre este asunto, –dijo Kanon.– Las torcidas reglas del Santuario de Atenea lo considerarán como un Santo digno, pero creo que el verdadero traidor, en todo este asunto, sólo ha sido él.
Aeacus, apesadumbrado, bajó la vista. Radamantis también, pero no sin antes fruncir el ceño.
– Así sea, entonces –sentenció.
De inmediato, una luz negra y blanca brotó de los cuadros de mármol del piso, y comenzó a rodear a Moo, aunque no intentó quitarle el Tresor que portaba. Moo no apartó la vista de los dos jueces al sentirse completamente inmovilizado e incapaz de decir una sola palabra, ni siquiera en su defensa. Por ello, no notó cuando Kanon, un tanto conmovido, apartó la vista.
Al verlo, Shaka automáticamente se puso en guardia y Kiki gritó, pero la luz no atacó a Moo. Se limitó a sujetarlo en su sitio, impidiéndole moverse. Radamantis, ante esa escena, afirmó:
– Moo de Aries, eres culpable del crimen de traición constante y frecuente en contra de aquellos que han confiado en ti. Pero se te dictará sentencia hasta que este juicio haya terminado.
El Santo se limitó a permanecer en silencio, el orgullo impidiéndole apartar la mirada.
– Punto menos para la causa de Atenea –murmuró Aeacus, molesto y apesadumbrado a la vez.
– Nadie dijo que esto fuera fácil –respondió Radamantis, un pesar semejante en su tono.
– Si se ha terminado con el primero, –afirmó Kanon, tratando que su voz sonara convincente– hay que pasar al segundo.
Shaka, al escuchar que era su turno, deshizo su guardia y se limitó a ver a todos con ojos cerrados. Kanon se enfureció al ver la actitud del Caballero de Virgo y, sin pensarlo, afirmó:
– Si fue fácil juzgar a Moo de Aries por traición a sus seres queridos, con éste será mucho más sencillo. Aquí tienen a alguien que se ha autoproclamado el Más Cercano a Dios y que, en su eterna soberbia, ni siquiera se digna a mirar al mundo con sus propios ojos. Cree que le hace un favor a Atenea al protegerla, aún cuando debería ser al revés.
Aeacus y Radamantis, obviamente interesados, miraron con curiosidad a Shaka. El Santo de Virgo, como si apoyara la afirmación de Kanon, se limitó a alzar el rostro, calmado como de costumbre. Kiki no supo si soltarse a llorar podría resultar perjudicial para Moo, quien se limitaba a seguir viendo hacia el juzgado. Pero sólo quería dejarse caer al piso y llorar como nunca lo había hecho.
Kanon, inconscientemente, volteó a ver al Santo de Aries. Lo vio sujeto por la luz, declarado culpable, esperando su sentencia y sabiendo que sólo podría ser una de muerte. Y, al haber pasado por eso, lo único que pudo pensar fue un sincero “lo siento mucho” por lo que acababa de hacer.



El Pegaso, el Dragón, el Cisne... Los tres luminosos kens golpearon contra el mismo punto de la muralla de bronce. De inmediato, fueron absorbidos por la superficie y no quedó ninguna señal de ellos. Seiya, por reflejo, maldijo en voz baja. Hyoga empezó a aumentar la intensidad de su cosmo, listo para acceder al Kholodnyi Smerch. Al notar que el tercero del grupo ni actuaba ni comentaba nada, voltearon a verlo.
Shiryu era la vida imagen de la paciencia. Con un sencillo ademán, indicó a sus amigos que esperaran tan sólo un segundo, y Seiya estaba a punto de protestar cuando un sonido seco resonó en el aire.
Pegaso no supo si agradecer o maldecir cuando, desde el punto en el que sus kens se habían unido, se formó una red de cuarteaduras en la muralla. "¡Escucha eso, Hades, llora y ríe, porque tu derrota se acerca, pero también nuestra muerte!", pensó con amargura al ver cómo parte de la muralla caía en pedazos.
No sería un hueco lo suficientemente grande, pero ahí estaba: la última puerta hacia el Averno, por fin abierta. Ya nada se interponía entre ellos y Atenea.
Y la muerte.
– Esto no es simple suerte, ¿verdad? –preguntó Hyoga, sin poder apartar la mirada de la abertura en la muralla.
– Somos simples Caballeros de Palta –completó Shiryu.– Antes, logramos destruir el Soporte Principal, pero nos protegían los Tresors. ¿Cómo es que ahora, sin ellos y con nuestros ataques básicos, lo logramos?
Seiya no dijo nada, pero se preguntó si al fin comenzaba a ocurrir lo que Moo les aconsejó durante la primera hora de la Batalla del Santuario. ¿Era que el Séptimo Sentido ya se había convertido en parte de ellos? Quizá de estar seguros de ello, entrarían corriendo en el Tártaro, pensando que ya nada ni nadie podría detenerlos. Pero Hyoga sólo podía pensar en sus seres queridos, Shiryu en qué le aconsejaría su Maestro y en si Sunrei estaría bien, y él mismo en Saori y en todo lo que Caronte había dicho.
– ¿Qué estamos esperando? –preguntó Hyoga, superada la sorpresa.– El tiempo se acaba y nosotros estamos aquí sin hacer nada.
Miró a sus compañeros. Shiryu asintió, sonriendo, pero Seiya conservó la vista baja.
– Vámonos –respondió Dragón.– Atenea aguarda.
Los dos corrieron hacia la muralla. Estaban tan cerca de su diosa que cualquier obstáculo que los esperara dentro del Palacio careció de importancia en ese momento. No acababan de pasar entre los escombros de las murallas, cuando se les ocurrió mirar atrás.
Seiya no se había movido de su lugar, la mirada fija en el suelo. Dragón se detuvo y, al notarlo, Cygnus actuó igual.
– ¿Qué te pasa, Seiya? –preguntó el primero, el invisible vínculo que compartían mostrándole con claridad la ansiedad que sentía.
Como si acabara de notar que sus amigos se habían adelantado y lo esperaban, Pegaso alzó la mirada. Su expresión era reservada.
– ¿Estás herido? –preguntó Hyoga, aunque le pareció que no tenía heridas más graves que las que él mismo había sufrido.
– No –respondió en voz baja.– Estoy bien.
– ¿Entonces? –insistió Cygnus.– Ya no falta casi nada para llegar con Saori, y el tiempo se acaba. Tenemos que darnos prisa.
Por la relación tan estrecha que compartían, Shiryu entendió que su negativa a seguir se debía a algo más profundo. Prudentemente, permaneció en silencio, aguardando. Seiya pudo sentirlo y eso sólo lastimó más su corazón.
– Si cruzamos la muralla y entramos al Palacio, –respondió– salvaremos a Saori. Pero, ¿están conscientes de lo que nos puede pasar?
El rostro de Hyoga mostró descontrol, pero el de Shiryu inquietud por su amigo.
– Claro que sí –afirmó Cygnus.– Después de los Guardianes, de los cuales aún deben quedar cuatro, está Hades. Pero igualmente, Poseidón estaba detrás de los Shoguns de Marina y Saga de los Santos.
– No me refiero a eso.
– ¿Hablas de que, si nos matan, también morirán nuestras almas? –preguntó Dragón.
Seiya asintió en silencio, la lluvia empezando a aplastar su cabello color chocolate. Shiryu comprendió que había algo más, y añadió:
– Siempre hemos estado preparados para perder todo. Pero no es eso lo que te preocupa. ¿Qué es?
El primer Caballero no pudo sostenerle la mirada al segundo, ni buscó apoyo en el tercero. ¿Cómo confesarles la verdad, a ellos que, sin dudarlo, siempre exponían sus vidas con tal de que él alcanzara a Atenea? ¿Cómo decirles que se iba a repetir la masacre de las tres últimas Casas del Santuario, sólo que esta vez él también moriría, y ni siquiera el poder de su diosa podría devolverles por lo menos su alma? Seiya se distinguía por su valentía e impulsividad, pero esa fue la primera ocasión en su vida que no encontraba corazón para recurrir a ambos y atreverse a decir la verdad a sus amigos. La verdad de lo que les iba a ocurrir.
– Tú tienes a qué regresar a Terra, ¿no Hyoga? Y no me salgas con que no hay nada en Asgaard para ti.
Su tono era lejano a las bromas que solía gastarle. Mala señal.
– ¿Qué quieres decir?
– No puedes morir aquí, ni permitir que te maten –sentenció, obligándose a mirarlo a los ojos.– Flare te ama y tú a ella. Y tú, Shiryu, quieres a Sunrei y ella a ti, pero hay algo más. Eres lo único que le queda en el mundo. Tampoco puedes permitir que te maten.
Ni Cygnus ni Dragón pudieron responder de inmediato. Era verdad, y tanta que no habían dejado de pensar en ello durante el transcurso de la batalla.
– Por favor, regresen al Portal –pidió Seiya con sinceridad absoluta.– Vuelvan a Terra. Hemos llegado muy lejos, y el resto del camino será sencillo para mí aunque lo recorra solo.
– ¡No puedo creer lo que dices! –repuso Hyoga, primera vez que sus ojos relampagueaban en mucho tiempo.– ¿Crees que va a ser sencillo y que Hades no intentará matarte?
– ¡No! Pero si yo muero...
Seiya se interrumpió y maldijo por no poder conservar su tono calmado.
– Esta guerra ha sido muy cruel –murmuró.– Ikki está muerto, los Santos posiblemente y no hemos vuelto a saber nada de Shun. No quiero adivinar qué le pasó.
Ante los nombres de los desaparecidos, la lluvia cayó con más fuerza. No tardaría en convertirse en una tormenta.
– ¿Qué caso tiene arriesgarnos todos? –prosiguió.– Ustedes tienen personas que los aman y los esperan, pero yo no tendré causa alguna para seguir con vida cuando Sao... Atenea regrese a la superficie.
Y añadió en voz más baja:
– Morirá apenas lo haga y no podré soportarlo... Demonios, Hyoga, si me burlaba de ti es porque yo siento por ella lo mismo que tú sientes por Flare. Sólo que lo nuestro sí es imposible.
Sólo el increíble control que le daba haber ascendido en el cosmo impidió que se soltara llorando, aunque su vista sí se nubló.
– No seas tan egoísta –respondió Hyoga, visiblemente conmovido.– Tienes a Marine y a Shaina, y también a Jabu aunque no quieras aceptarlo.
– Pero sus vidas no cambiarán si falto.
– Nos tienes a nosotros –sentenció Shiryu.– ¿O vas a decirme que tampoco nos harías falta?
Seiya apretó las manos en puños. ¿No comprendían que sólo trataba de protegerlos?
– No sé qué es lo que te pasa y no voy a preguntártelo –continuó Dragón, sus ojos grises buscando la mirada de los sepias.– Sólo te voy a pedir que recuerdes nuestro juramento.
– Pero, ¿por qué? –protestó, las palabras de Aioros marcadas en su mente justo como habían estado grabadas en piedra.
La mejor razón por la cual...
– Nuestras vidas no importan. Ni siquiera nuestra amistad, aunque ustedes son los seres a quienes más amo en el mundo. Atenea está primero.
– Y aunque tengas razón en lo que dices, en que hay personas que nos esperan y nos quieren, –añadió Hyoga– debemos dejar nuestros sentimientos de lado y cumplir nuestro deber. Aunque perdamos todo.
Las palabras se le ahogaron a Seiya en la garganta. ¡Tenía que advertirles que, en efecto, iban a perder todo, sus almas incluidas! ¿Pero lograría algo? ¿Podrían cambiar su destino?
– Vamos, Seiya –insistió Shiryu, sonriendo con confianza.– No pierdas la fe.
Aunque pasó un segundo, Pegaso sintió que había estado callado durante una eternidad.
– De acuerdo –respondió, obligándose a que su voz fuera firme y a dar un paso hacia sus amigos.
Alcanzó a Shiryu y a Hyoga, y los tres se dirigieron hacia el Tártaro. Y a cada paso, Seiya sintió cómo dejaba un fragmento de su corazón detrás, de su esperanza y de su vida futura, pero también dejaba atrás las dudas. Era como si el espíritu de Aioros los impulsara, animara y obligara a proseguir, y a él más que a nadie, pues en algún momento había sido su heredero.
“Sigue riendo, Hades”, retó mentalmente. “Dentro de poco, ya no tendrás de qué reír.”
Se mordió los labios.
“Y nosotros tampoco.”



– ¿Por qué estás tan sorprendida, Shaina? ¿No nos recuerdas?
La voz de la mujer más joven resonó con dulzura contra los millones de telares de la cámara, cual si encontrasen en el interior de un arpa. Shaina no pudo menos de aceptar que había escuchado tal entonación en el pasado, aunque no las recordase ni de vista ni de nombre, y aunque fuera bastante posible que lo hubiera hecho durante un sueño.
– ¿Quiénes son ustedes? –preguntó, dando un paso hacia atrás.– ¿Qué lugar es éste? ¿Cómo saben mi nombre?
– ¿Quién no conoce el nombre de sus hermanas? –respondió la más vieja.
– ¿Hermanas?
Era la primera vez que se encontraba con esas tres mujeres y, sin embargo, no le parecían tan desconocidas como deberían. Era como si su percepción completa del mundo hubiera cambiado, pero Shaina sabía que había ocurrido desde mucho tiempo atrás aunque la afectó por primera vez hasta que estuvo en la biblioteca. Y sabía qué día había sido: cuando descubrió que la joven a quien Seiya protegía –y de quien se había enamorado– no era otra sino Atenea, la diosa a quien ella juró proteger.
Pero desde su entrada al Averno, y sobre todo al Tártaro, todo había cambiado. Como si una faceta de ella misma al fin se presentara ante sus ojos. Y nada que hubiera ocurrido en el pasado la había preparado para aquel momento.
– ¿Quiénes son ustedes? –murmuró.
La más joven, que parecía tener su misma edad, sonrió débil y comprensivamente.
– Es obvio que los últimos años han afectado tu memoria, Shaina. Soy Laquesis, ella es Átropos y la de más allá es Cloto –afirmó, indicando a la anciana y a la mujer madura respectivamente.– Representamos el futuro, el pasado y el presente de los seres humanos.
Los ojos de Ofiuco se estremecieron. ¿Acaso estaba con...?
– Los antiguos griegos nos llamaron Moiras.
Sin querer, Shaina dio un paso hacia atrás. Cualquier Caballero, sin importar el rango, debía conocer de mitología, y las hazañas de las antiguos dioses siempre se veían determinadas alrededor de aquellas tres mujeres. Las Hilanderas de las Vidas de los humanos.
Y entonces comprendió que toda la habitación estaba llena de Cordeles Vitales de los hombres que nacían, vivían y morían en Terra, y por eso Cloto hilaba, Laquesis acomodaba y Átropos cortaba finas hebras luminosas sin dudar.
Vidas.
– ¿Quieres decir que ustedes son las que deciden la longitud de las vidas humanas? –preguntó, su firme carácter apenas ayudándole a superar la sorpresa.
– No exactamente –respondió Cloto, sin dejar por ello de hilar.– El Único lo decide. Nosotras sólo ejecutamos.
– Tú ya lo has hecho, Shaina –intervino Laquesis, mirándola con extrañeza.– ¿Aún así no comprendes?
Hasta ese segundo, la joven recordó haber sido nombrada como “hermana” de las tres mujeres, y comprendió el por qué del respeto que Elis de Thanatos le había demostrado antes. Sin querer asustada, negó con un movimiento de cabeza.
– ¡No soy una Moira!
Átropos, que parecía ser muda, la miró un instante con una expresión que no comprendió, y continuó cortando cordeles en uno u otro telar.
– Sí lo eres –respondió Laquesis.– Eres nuestra hermana, una de las muchas en esta encarnación...
– ¡No es cierto! –interrumpió.– ¡Yo soy Shaina de Ofiuco! ¡Tuve padre humanos aunque no los conocí! ¡Pertenezco a la Orden del Zodiaco! ¡He portado esta armadura por años! ¡Soy una mujer de carne y hueso, no un espíritu creado por los trágicos griegos para explicar el destino, y tampoco corto vidas a mi voluntad!
De repente, no pudo continuar. La silenciosa mirada de Átropos le preguntaba si esa última afirmación era cierta.
– Creo que malinterpretas lo que es una Moira, hermana –afirmó Cloto, aunque su atención se concentraba en su telar.– El que los griegos nos imaginasen como espíritus ancianos y omnipresentes no ha hecho más que limitar la percepción que todos tienen de nosotros. Sobre todo de nuestras hermanas que caminan sobre la Tierra.
– Todo comenzó con Eva –completó Laquesis, regresando a su lugar.– Existen almas que, al decidir su propio destino, suelen cambiar el de otros. Y por cierta sabiduría ancestral y genética, siempre somos mujeres. ¿Te parece conocido?
Shaina asintió débilmente.
– Es por Casios, ¿verdad? –murmuró.
– Como lo dijiste, eres un ser humano, pero incluso entre ellos eres distinta –prosiguió la mujer madura.– Tú tenías un destino, el de servir al Patriarca y luchar contra los Caballeros rebeldes aunque, en teoría, tú deberías servir a Atenea. Una decisión cambió el rumbo de tu corazón y eso fue todo. Nadie te obligó a cambiar, lo pensaste bien antes de hacerlo, y jamás te arrepentiste de ello, a pesar de lo mucho que sufrirías. Tu destino se convirtió en otro, y de convertiste en una Moira al modificar también el de tu alumno y los de tus nuevos aliados.
Y añadió, al descubrir la tristeza de Ofiuco:
– No cualquiera tiene el valor de atreverse a renunciar a su vida anterior. Eso convierte a las mujeres osadas, que cambian su propio destino y con ello el de los demás, en Moiras. Como tú. Y hay muchas en Terra, aunque ellas no lo sepan.
El sonido de las tijeras de Átropos llenaba la cámara, y Shaina no lograba separarse de las lúgubres meditaciones que le provocaba.
– ¿A qué he venido aquí? –preguntó.
Ante su aparente resignación, las dos Moiras que habían hablado se miraron entre sí. La tercera continuó con su labor.
– Es por decisión de la Quinta Moira.
– ¿La quinta Moira?
– La cuarta Moira, según los griegos, era Afrodita. Y la quinta era, o mejor dicho es, Atenea.
Ante el nombre de la diosa, todo un telar vibró. De reojo, Shaina descubrió que en ese telar faltaban variar cuerdas.
– Los antiguos griegos sabían que el amor y la guerra son lo que más influye sobre el destino –sentenció Cloto, terminando de hilar una nueva serie de Cordeles Vitales.– Para ellos, y a pesar de nuestra existencia, Afrodita y Atenea eran las más grandes de las Moiras.
Átropos cortó varios cordeles de una vez, como si varias personas hubieran muerto en Terra al mismo tiempo, pensó Shaina. Pero, ¿cómo había llegado a esa conclusión?
– Has de saber que Atenea, cuando estaba en Terra, rezaba constantemente por que encontraras tu felicidad. Nunca imaginó que tendrías la oportunidad de decidirlo personalmente, pero... aquí estás.
– Bienvenida –añadió Laquesis, sonriendo de nuevo.
– No puedo permanecer en este sitio aunque Atenea haya influido para que viniera aquí –dijo Shaina, sorprendida (a su pesar) ante la actitud de Saori.– Hay muchos que me necesitan, y no puedo decidir sobre mi felicidad cuando mis amigos están a punto de morir.
Esta vez, fue el turno de Cloto de levantarse de su lugar.
– ¡Con razón Atenea rezaba para que encontraras tu felicidad merecida! Shaina, ven conmigo. Sólo tomará un segundo y luego podrás volver a la lucha.
Cloto la sujetó de la mano para guiarla hacia donde ella debería encontrarse, y por segunda vez en el día, Shaina no opuso resistencia. Cuando la Moira la tocó, sintió una especie de vibración entre ambas. No la que emana al rozar a un ser superior o a uno inferior, sino el que se crea entre dos personas que provienen del mismo origen.
– Aquí puede estar tu felicidad, hermana –afirmó Cloto, mostrándole el telar al que le faltaban varias cuerdas.
Por un instante, Shaina encontró únicamente cuerdas sobre su superficie, todos dorados pero rodeados por colores distintos. Había uno azul, otro verde, uno blanco, uno magenta, uno del color del fuego, uno violeta, varios dorados (aunque uno de ellos palidecía) y tres negros. Otros cuatro cordeles estaban rotos, y había tres más que brillaban demasiado, como si pertenecieran a personas sumamente poderosas. Uno dorado y tres negros.
Y contuvo el aliento.
Los tonos no eran arbitrarios. Eran los cosmos que pertenecían a cada uno de los dueños del cordel, aunque se preguntó de momento cómo era posible que el cordel de Ikki estuviera hilado de nuevo. Y como si observara una veloz película, de pronto los cordeles se convirtieron en imágenes, y Shaina pudo ver a todos los Caballeros y Santos Atenienses que habían entrado al Averno, a los Guardianes del Estigio que seguían vivos y, más aún, a la diosa que estaba atrapada por Hades dentro de su habitación.
En eso, vio a Jabu combatiendo con el dueño del cordel de junto, Elis de Thanatos, y no le iba nada bien. Y, entre el de Jabu y el de Seiya, vio el de una joven de expresión triste que, en ese momento, miraba sobre un telar su propia historia. Era el suyo.
– ¿Los reconoces? –preguntó Laquesis desde su lugar.
Shaina asintió.
– Son los Cordeles Vitales de la Orden del Zodiaco y de los Guardianes del Estigio, que se encuentran en el Averno. Los reconozco, pero no comprendo por qué me los muestran.
– Supongo que no has olvidado que Atenea rezaba para que encontraras tu felicidad.
En reacción, la joven bajó la mirada.
– Si Atenea quería que la hallara, debía saber también que me está negada –afirmó en voz baja.– Pequé mucho en el pasado, y mi penitencia es muy grande.
– ¿Porque el hombre a quien amas adora a la diosa a quien proteges?
Simple y directo. Presenciar el destino de todos los hombres les había quitado a las Moiras la piedad y la compasión, o al menos eso le pareció. No tuvo corazón para responder, pero era tan obvio que no necesitó hacerlo. Seiya jamás sería suyo y había dejado de luchar por él tiempo atrás, aunque sus sentimientos no cambiaran.
– Sabes que Atenea permanecerá en el Averno por siempre –sentenció Cloto.– Su destino todavía no ha cambiado lo suficiente como para poder afirmar lo contrario.
– ¿Quieres decir que nuestro esfuerzo es inútil? –preguntó Shaina, alarmándose.
Átropos cortó tres cordeles, sin prestarle atención.
– Deja de interesarte por los demás y piensa un poco en ti misma –intervino Laquesis, y añadió, en confidencia.– En ti y en Pegaso.
Antes de que Shaina pudiera preguntar a qué se refería, Cloto afirmó:
– Atenea estará aquí por siempre. Y si te ha enviado aquí, es para que asegures tu futuro al lado del hombre del que estás enamorada. Aunque él no te quiera en este segundo, créeme, de ti depende que pronto lo haga.



Largas hebras de cabello caían a lo largo de su rostro, al igual que lo habían hecho las lágrimas que desde rato atrás se habían secado sobre sus mejillas. Sentada junto a su cama, su esbelto cuerpo en completo abandono, Saori ya no parecía una digna y poderosa diosa, sino una simple joven humana atrapada por el dolor.
Quizá porque sólo era eso último.
Sin percepción de cosmo, ni energía dorada, ni don de curación, la diosa Atenea se había consumido casi por completo y había vuelto a ser simplemente Saori, la nieta de Mitsumasa Kido. Y tal vez, no le habría molestado recuperar la vida normal que había conocido durante su infancia de haberse debido a otra razón.
Porque a cada segundo sentía cómo su esencia le era robada por aquella dimensión: su brillante aura se convertía en alimento del Averno, y la diosa en ella volvía a dormir como si nunca hubiera existido. Triste y confundida, se preguntó si, en efecto, dos personas habían vivido en ella –y su tío habría tenido la razón a este respecto– y ahora una había desaparecido, quizá para siempre. O, de no ser así, y si Saori y Atenea eran una misma persona... la humana no podía hacer nada, y a la divina había renunciado hasta a rezar o a tener esperanza.
Hilda y ella habían creído (y todavía se esforzaba en hacerlo) que “Saori” era un nombre de infancia, como un apodo cariñoso que le hubiera dado su abuelo, mientras que Atenea siempre había sido el real, el verdadero, el que bastaba con pronunciar en el momento adecuado para liberar el poder que latía en ella. ¿Por qué entonces se hacía tan clara la diferencia entre ambas? Una, la joven arrogante que había tenido que aprender a ser humilde; la otra, la poderosa diosa de la Guerra Inteligente.
Aunque no podía comprender si la avatar y ella, y con ambas la Orden del Zodiaco, se habían equivocado realmente, descubrirlo no le serviría de mucho de cualquier forma. No podía retomar el hilo de sus oraciones. Ni siquiera podía pedir ayuda.
Los suyos estaban muriendo, y no podía hacer nada por ellos. Ya no tenía poder suficiente para hacerlo.
– Atenea...
Parte de ella reaccionó con dignidad. La otra ni siquiera quiso voltear a verlo, pero lo hizo de cualquier modo.
– Sois vos –dijo,mirándolo con ojos que trató de mantener inexpresivos, sin lograrlo del todo.
El señor de los Muertos había entrado en su propia obscuridad sin problemas, aún cuando había hecho desaparecer las escaleras que guiaban hacia el cuarto. A diferencia de cuando la joven había entrado al Averno horas atrás, simbolizando su triunfo, ahora su gesto era más reservado. En su rostro podía leerse una sombra de... ¿preocupación?
– ¿Por qué me hablas de usted, si te pedí que no lo hicieras?
Saori desvió la mirada.
– Quizá seáis el pariente que el Mito me asignó y el hermano de mi padre. Pero en vos ya no reconozco al tío que amaba.
Hades no respondió, ni su rostro mostró emoción alguna.
– Me tratas como a un extraño que no soy, pero con una severidad que indudablemente merezco. Pero, si a justificaciones vamos, yo no fui quien inició esta batalla.
– No es momento de culpar a nadie –sentenció Saori, su voz por completo desanimada.– Tampoco yo inicié esta estúpida guerra.
– Uno de tus Caballeros entró al Averno para vulnerarme.
– Después de que vos me amenazasteis. Él sólo reaccionó como su corazón le ordenaba. Y estoy segura que cualquiera de vuestros Guardianes habría hecho lo mismo de haber sido yo quien amenazó primero.
De nuevo se hizo el silencio entre ambos. Debido a la obscuridad de Hades, no alcanzaba a oírse el sonido de la lluvia ni se percibía la batalla que tenía lugar en la biblioteca o la que habría de iniciarse en el invernadero. El señor de los Muertos se había percatado de ambos, más no intervendría ni comentaría nada. Menos aún a ella.
– ¿Sabéis? –preguntó Atenea, sin mirarlo ni aludir a su nombre.– Es irónico que vos y yo jamás habíamos sido enemigos, ni siquiera en la época donde era tan sencillo pelear contra los demás dioses.
Hades tampoco respondió esa vez.
– Y ahora que nos encontramos en lados opuestos, ni vos ni yo combatimos uno contra el otro para matarnos mutuamente. Tienen que ser los nuestros, vuestros Guardianes del Estigio y mis Santos y Caballeros, los que pelean, sufren y mueren. Es injusto.
– ¿Propones acaso que combatamos personalmente hasta la muerte?
Saori lo miró a los ojos, pero fue el turno de el tío de apartar la mirada.
– Sí, si eso me permite salvarles la vida.
– Atenea, eres demasiado idealista. Tanto tus Santos y Caballeros como mis Guardianes sabían lo que hacían cuando prestaron sus respectivos juramentos. Se puede llorar por ellos y lamentar su muerte. ¿Crees que yo no lo hago? Pero también es lo que decidieron, y sería deshonroso para ellos quitarles la opción de luchar y de morir.
Hades dio la media vuelta, dirigiéndose de vuelta a la obscuridad y dando por terminada la conversación. Justo antes de marcharse, afirmó sin voltear a verla:
– Jamás pelearé contra ti, porque a pesar de lo ocurrido, siempre te he querido, la única de mis sobrinas a quien jamás pude negarle nada aunque fuera contra las leyes de la Vida y de la Muerte.
Y añadió, más sombrío.
– Combatiré contra tus representantes, contra tus favoritos, tus Santos y contra tu amiga Hilda de Polaris, quien ha firmado ya su sentencia. Me odiarás, pero el tiempo hará que me perdones o que los olvides. Cualquiera de las dos dará lo mismo.
– ¿Es tu última palabra?
Hades reinició su camino. En el pasado, le habría dicho que de ella dependería, y tal vez si ella le suplicaba, dejaría que los suyos regresaran a Terra aunque ella se quedara ahí.
En el pasado.
– Es mi última palabra –sentenció, uniéndose a la obscuridad y desapareciendo en ella.
Saori miró fijamente cómo se marchaba, incapaz de pensar en nada más. Derrotada, dejó caer la cabeza sobre sus brazos cruzados y deseó poder rezar y llorar. Pero así como la diosa había desaparecido, la humana estaba demasiado débil y descorazonada como para intentar alguna de las dos cosas.



En el pasado, cada vez que había llamado a su cosmo, éste la había rodeado con cariño y con protección. Le había transmitido la fuerza de su constelación protectora si necesitaba pelear, o la había consolado cuando se preguntaba si hacía lo correcto al negarse a mostrar sus sentimientos. Ésa fue la primera vez, en toda su vida, que Marine encendió su cosmo y éste no le respondió de inmediato ni con todo su brillo. Si no reparó en que los daimons que iban a atacarlas no estaban cubiertos por la obscuridad de Hades fue porque ignoraba que eso había ocurrido en la Cámara del Maestro. Pero aunque no contaran con el poder de su Lord, no les sería muy difícil acabar con ellas: una amazona retirada, una joven que no había descubierto su cosmo, y una guerrera que había dado diez veces más de lo que se habría creído humanamente posible.
Los daimons comenzaron a gruñir y a olfatear el aire, como si fueran depredadores listos para atacar a su presa. June hizo chocar su látigo, tratando de mantenerse calmada pero sin lograrlo. Sunrei apenas contuvo un grito de miedo. Marine, sin querer, pensó en Seiya y en que nunca le había confesado la verdad, en Aioria y qué podría haber significado el latigazo mental que sintió, en que iba a fallarles a todos los que amaba y a la diosa que había jurado proteger.
Y, aunque nunca había apartado la vista del peligro, por primera vez en su vida desvió la mirada cuando los daimons se arrojaron contra ellas, sabiendo que ya no tendría fuerzas para defenderse.
Sólo escuchó los frenéticos rugidos de los daimons.
Pero también oyó cómo esos mismos rugidos pasaban de largo, como si de repente las tres mujeres hubieran dejado de tener importancia para ellos. Siguió una sinfonía de golpes y ataques, y cuando abrió los ojos, no sólo descubrió idéntico asombro en los rostros de sus compañeras, sino a cuatro recién llegados que peleaban contra los daimons con el ímpetu que debería caracterizar a un Caballero de Atenea.
Uno era alto y robusto, con armadura en tonos naranja, y ni siquiera trataba de contener una especie de rugido triunfal al combatir contra sus adversarios. Otro, de físico semejante, dependía de sus anchos brazos, concentrando en ellos toda su fuerza física y cósmica. El tercero era tan esbelto y ágil como una serpiente marina y tan feo como una, pero las protegía con una armadura dotada de garras, seguramente envenenadas. Y el último, con pecas en el rostro, se movía con la velocidad de un lobo, repartiendo golpes a quienes se colocaran en su camino.
– ¡Hemos mejorado! ¿O no? –dijo éste a sus compañeros por encima de la gresca.
Entonces, Marine recordó que ya los había visto: el día de la Batalla del Santuario, cuando ellos y un quinto caballero escoltaron a Atenea mientras tomaba posesión de su Santuario. El quinto había sido Jabu. Por tanto...
– ¿Quiénes son, Marine? –preguntó June, sin apartar la vista del combate cuando los cuatro encendieron sus respectivos cosmos.
– Son los otros cuatro Caballeros de Bronce que combatieron por el Tresor de Sagitario hace años –respondió.– No sé qué están haciendo aquí.
Como en una inspiración divina, ambas voltearon a ver a Sunrei. Ésta afirmó con sencillez:
– Shiryu me pidió que los llamara.
Marine y June intercambiaron una rápida mirada.
– Pues acabas de salvarnos la vida –afirmó June, sonriendo débilmente.
En eso, escucharon que varios cuerpos caían al suelo. Al mirar hacia donde se había sostenido el combate, sólo vieron a Ban de Leoncillo, Geki de Oso Menor, Ichi de Hidra y Nachi de Lobo acercándoseles. Los daimons que se encontraban a sus pies no estaban muertos, y Marine comprendió que, a pesar de sus uniformes y sus aullidos, sus perseguidores se habían encontrado al nivel de los peones que protegían los primeros niveles del Santuario. De haber conservado su cosmo a su nivel acostumbrado, los habría podido vencer. Pero hay situaciones en donde la ayuda no sobra.
– ¿Se encuentran bien, señoritas? –preguntó Nachi, sacándola de sus pensamientos.
– Esos sujetos no volverán a molestarlas en un rato–sentenció Geki tratando de inspirarles confianza.
Sunrei, que los conocía desde los días en que se realizó el Desafío Galáctico, respondió por todas:
– Gracias por ayudarnos.
E inclinó la cabeza a la manera oriental.
– Recibimos tu telegrama –dijo Ban, obviamente alegrándose de volver a verla.– Pero no imaginamos que la situación fuera tan grave.
– Tatsumi no sabe que estamos aquí, como nos dijiste –agregó el Oso, como si recordara su petición.
Sunrei volvió a agradecer con otra inclinación de cabeza. Marine, recuperando un poco de fuerza, preguntó:
– ¿Vienen desde Japón? ¿Cómo llegaron tan rápido?
Por alguna razón del destino, siempre que se encontraban con Marine, ésta acababa de recibir una golpiza. Luego lo comentarían entre ellos, pero de momento, fue el turno de Ichi de presumir:
– Cuando trabajas para la Fundación Galahaad, los aviones salen sobrando.
– Además, –añadió Nachi, quien no podía apartar la mirada de June– el muchacho que nos trajo hasta las afueras del Santuario nos ayudó mucho.
June había decidido no mirarlo directamente con cuanta educación le fuera posible, pero le extrañó lo que dijo.
– ¿Los trajo?
– Lo encontramos en el ferry que conducía a la isla, y luego nos trajo en su convertible. El muchacho venía al Santuario... y no cupimos bien –añadió Geki un tanto avergonzado, como sí el “no cupimos” hubiera sido su culpa.
– Pero es imposible –dijo Marine, sorprendida.– Nadie recorre los caminos que llevan al Santuario en auto, y menos aún a esta hora. ¿Quién podría ser?
Antes que alguno de los Caballeros de Bronce pudiera aclararle esa duda, una suave música empezó a escucharse en el Santuario.
Música de flauta.



En teoría, lo único que debería haber escuchado era el resonar de sus botas sobre el solitario pasillo. Pero la escena que acababa de vivir se repetía una y otra vez en su mente, por más que Milo intentaba concentrarse en lo que tenía que decirle a quien estaba buscando.
Y, sobre esa escena sólo pensaba en una palabra. Paréa.
Porque cuando sujetó a Chryseis de los hombros y le dijo que le daría lo que estaba buscando, por las buenas o por las malas, ella no respondió. Se limitó a mirarlo, como si esperara una explicación, una disculpa, o por lo menos que la golpeara si creía que se resistía. Milo la apretó con mayor fuerza y dijo, con su voz suave y peligrosa a la vez:
– Tienes una llave maestra, ¿verdad?
La joven no respondió y el Santo la sacudió, insistiendo aunque sin alzar la voz:
– ¡Respóndeme!
Chryseis se limitó a asentir nerviosamente, sus enormes ojos grises relampagueando con miedo. Al verla, Milo se sintió momentáneamente culpable, pero no tenía ni tiempo ni derecho para pensar como lo haría un hombre común.
– Me vas a dar esa llave. Ahorita. Y no vas a decir ni una sola palabra, o te...
– ¿Vas a matarme?
Quizá fue el obvio temor en su voz cuando hizo esa pregunta (aunque Milo no quiso meditar en ello), pero al escucharla, tuvo que obligarse a sostenerle la mirada y responder:
– Depende de ti. Dame la llave por las buenas y vivirás para ver otro amanecer, si es que los hay en esta tierra. Niégate y no vivirás para tener hijos.
Para su sorpresa, la expresión de Chryseis se volvió tranquila, sus ojos grises tan calmados como el firmamento del Averno antes que comenzara la tormenta. Aunque un leve temblor todavía estremecía su cuerpo, fue el turno de la joven de sostenerle la mirada y sentenciar:
– Entonces, mátame de una vez.
Contra su voluntad, Milo sintió un escalofrío.
– Por favor... –murmuró Chryseis, bajando la vista.
El Santo permaneció un instante en silencio, dudando entre pedirle una disculpa o matarla de una vez. Sacudió la cabeza, como alejando un pensamiento absurdo, y exclamó:
– ¡No te entiendo! ¿Te importa tanto tu señor?
Chryseis no respondió. Milo se preguntó si su actitud se debía a la estupidez o a la necedad (que, pensó, en el fondo no eran tan distintas) y dijo:
– En esta miserable región no hay Sol ni Luna, las flores brillan por su ausencia y tu compañía son los muertos. Entiendo que hayas prestado algún juramento, pero ¿vale más eso que tu propia alma?
La joven movió los labios en silencio, como si meditara en su respuesta, y finalmente dijo:
– No. No lo vale.
– ¿Entonces?
– Es por mis amigos.
Por Atenea... El condenado asunto de la paréa de nuevo. Milo suspiró, en un claro gesto de desesperación.
– Créeme que me da igual matarte o dejarte viva. Pero me pregunto si tu ridícula cabecita sabe lo que hace.
– ¿Y lo sabes tú?
En cualquier otra situación, Milo habría insultado y/o golpeado a quien se atreviera a hablarle así. Después de todo, era el Escorpión, el más temible de los Santos Dorados y el asesino por excelencia de entre ellos. Pero había algo en la actitud de la joven que evitó que lo hiciera.
No, no eran ni la necedad ni la estupidez que había creído. Más bien, parecía valor.
– ¿Pensado qué? –preguntó.
– Para qué quieres esa llave.
Milo, inconscientemente, apretó más sus hombros.
– Lo que yo planee no te importa.
– Pero sí a tu amigo, ¿verdad?
Milo recordó que Chryseis había visto a Aioria en el interior de la mazmorra. Aunque no había confesado que, en efecto, eran amigos, lo había deducido. Niña lista...
– Por eso los daimons salieron –continuó Chryseis.– Porque invadieron el Tártaro. Y tú eres uno de ellos.
– Quieres que te corte la garganta, ¿verdad?
– Si quieres hacerlo, lo harás de todos modos.
El Santo no respondió. Igual y la cercanía de la muerte la había vuelto imprudente. Ni siquiera valía la pena preocuparse por ella. Tal vez bastaría con quitarle la llave y dejarla inconsciente...
– Sólo dime una cosa –dijo la joven, volviendo a mirarlo a los ojos.– ¿Irás por tu amigo?
– No te importa.
– Sí me importa. ¿Irás por él?
¡Eso ya era demasiado! Nadie tenía derecho a entrar en su mente y en sus pensamientos, y menos una desconocida. Sin pensar, extendió su mano derecha hacia el cinto de la joven y, con un sencillo tirón, le arrancó la llave mientras ella contenía un grito de miedo. Con su usual cinismo, la colocó frente a los ojos de Chryseis y sentenció:
– Ya no te importa. En serio. Si voy o no voy por él, es mi problema.
Soltó a Chryseis quien, todavía asustada, tropezó y cayó sobre el piso. Aunque no se levantó, alzó la mirada y volteó a verlo. Milo le había dado la espalda y parecía estar listo para marcharse.
– Al menos... –murmuró.
– Al menos, ¿qué?
– Me dijiste que perdiste a un amigo... –murmuró Chryseis, sonrojándose y buscándole la mirada.– Si me quitaste esa llave para salvar a otro...
Milo se detuvo, suspirando profundamente. No estaba de humor para melodramas y, aún así, no se atrevía a callarla.
– ... te llevas una llave equivocada.
Frunciendo ligeramente el ceño, el Escorpión volteó a verla.
– ¿No dijiste que es una llave maestra?
– Para los niveles superiores del Tártaro –respondió, un poco más de seguridad en su voz.– Pero no para los niveles inferiores.
Por alguna razón, Milo sintió una ligera angustia. No tenía por qué, se dijo. Su objetivo, después de todo, estaba en el salón de baile, un área cubierta por la llave que tenía en la mano. Habían hecho el juramento de que, si alguno de los Santos caía, los demás seguirían adelante sin mirar atrás.
Aioria lo sabía.
Milo también lo sabía.
Camus había muerto congelado porque su mejor amigo dejó pasar por su templo a aquel que le daría muerte.
– No me importa... –dijo, más para sí que para ella.
– Pero lo hace.
Volteó a verla con ojos furiosos, como si estuviera a punto de liberar su ken. Al hacerlo, descubrió que Chryseis tenía algo en sus manos.
Otra llave.
¿Acaso...?
– No me importa morir –insistió la joven, sus ojos tranquilos pero llenándose de lágrimas.– Pero al menos, me gustaría saber que me mataste para salvar a un amigo tuyo.
De momento, Milo no supo qué responder. Y menos aún cuando Chryseis le extendió la segunda llave, ofreciéndosela con manos temblorosas.
– Estás loca –fue lo único que pudo decir.
Sin su voluntad en ello, Chryseis sonrió débilmente.
– Tú también, o no me habrías pedido que te acompañara a la mazmorra.
Sin querer, Milo sonrió con su gesto reservado y sarcástico. Se arrodilló junto a la joven y, con un gesto mucho menos brusco que el anterior, tomó la segunda llave. A diferencia de la primera, que era plateada brillante, ésta lucía un tono azul metálico.
– Estás traicionando a tu señor, ¿sabes? –preguntó, alternando la mirada entre la llave y la muchacha.
– Pero no a mi paréa.
– ¿Qué dices?
Chryseis desvió la mirada, fijándola en un obscuro rincón del armario.
– Si no te doy esa llave e intentas liberar a tu amigo, tendrías que enfrentarte a los sirvientes de estos niveles. Tu mirada es la de alguien que ha matado antes y no dudaría en hacerlo de nuevo...
Y de repente todo se volvió claro. Milo sintió un leve escalofrío al comprender el por qué de su conducta y, sin pensar, dijo:
– Tus amigos están en ese nivel.
Chryseis asintió.
– No quiero que les pase nada... –murmuró.– Son más valiosos que mi vida... Y si alguien tiene que morir...
Cerró los ojos, esperando el golpe y dejando en claro que no le importaría ser ella quien cumpliera el sacrificio. Pero lo único que percibió fue que alguien se levantaba.
Cuando abrió de nuevo los ojos, notó que Milo estaba de pie frente a ella, mirándola en silencio. De pronto, sonrió, y esta vez su gesto fue mucho más franco que antes.
– Si alguien tiene que morir hoy, –dijo– no serás tú. Y tampoco tus amigos.
Los ojos de Chryseis brillaron con alegría. Milo le ofreció la mano para levantarse y, apenas lo hizo, la sujetó de la cintura con fuerza, impidiéndole escapar mientras murmuraba en su oído:
– Y como tampoco quiero que descubran que traicionaste a Hades y te maten por ayudarme, espero que perdones lo que va a pasar.
Ella lo miró en silencio. Cuando notó que una luz dorada empezaba a rodear la mano derecha del joven, comprendió a qué se refería.
– Al menos, –murmuró– ¿me dirías tu nombre?
– No te conviene –respondió Milo, tratando de mantenerse frío, sin lograrlo.
Chryseis bajó la vista.
– Pero... quién sabe... –dijo Milo, sin querer recuperando el alegre cinismo que tan popular le había hecho en el Santuario.– Si algún día vas al Santuario de Atenea, y sobreviví a esto... ¿me visitarías en el Octavo Templo?
Chryseis volteó de nuevo a verlo, sorprendida.
– ¿Eres el Santo de Esc...?
Pero no pudo terminar la frase. Milo, cerrando los ojos, la besó apasionadamente en los labios. No sentía por ella más que simpatía y agradecimiento pero, como esperaba, Chryseis se perdió a sí misma al corresponder a su acción. Y apenas si sintió cuando la atacó con una Restricción.
Fue cuestión de segundos para que el cuerpo de la muchacha se volviera pesado y estuviera a punto de golpear contra el piso. Milo, sin abrir los ojos, la sostuvo y la colocó suavemente sobre el piso. La miró un segundo en silencio, confiando en que despertaría, con suerte, cuando ya todos hubieran salido del Averno. O muerto en él.
Y, sujetando sus dos llaves, salió del armario, cerrándolo tras de sí y usando su cosmo para fundir la cerradura. Chryseis no podría salir sin ayuda, y nadie le creería que había cooperado con el enemigo.
Durante los minutos siguientes, Milo no quiso meditar en lo que había ocurrido mientras buscaba al último eslabón del plan que los cinco Santos habían trazado en aquel día lluvioso. Pero cuando finalmente se topó con un daimon enorme que, aburrido, se apoyaba contra un muro, sólo pensó que algunos planes se crearon para ser rotos.
Con el mayor descaro posible, se apoyó contra el muro opuesto, miró a sus costados para comprobar que no hubiera nadie cerca y dijo:
– Necesito hablar contigo.
El enorme daimon, sin inmutarse, miró en derredor suyo, como comprobando la vigilancia de su amigo.
– Me alegro –confesó con una voz cuya dicción evidenciaba que su lengua materna no era el griego, sino un idioma más suave, como el portugués.– Estaba empezando a perder la voz.
– No pareces haber estado muy ocupado –dijo Milo con franca ironía.
Aunque fue con voz baja, el daimon empezó a reír. Involuntariamente, la sonrisa de Milo se hizo más abierta. En verdad que la risa de Aldebaran de Tauro era particularmente contagiosa.
– Lo dices porque no estuviste noqueando capitanes de daimons, insecto –respondió.– Romper cráneos y ocultar bultos lo más rápido posible no es tan glamoroso como buscar una llave, pero indispensable para la misión. Y aún así, se me escaparon varios.
– Pues la próxima vez, tú buscarás la llave.
– ¿Lo dices en serio?
– Por supuesto que no.
De momento, los dos Santos permanecieron en silencio. Era como si tuvieran muchas cosas que platicarse, pero no tenían tiempo. Y sabían que era posible que no volvieran a tenerlo jamás.
– Esto será rápido –afirmó Escorpio, tratando de recuperar su profesionalismo.– He terminado la parte que me correspondía. Ya sé cuál es la manera más rápida para salir del Tártaro.
Aldebaran no dijo ni una palabra, pero a una leve indicación de su compañero, sujetó la llave que le extendía por debajo de su capa y la guardó dentro de su uniforme.
– Es muy simple, así que recuérdalo bien –prosiguió Milo.– Dentro del salón de fiestas, cerca del invernadero interior, hay una pequeña puerta que colinda con la pista de baile. Está tan bien diseñada que no se encuentra a simple vista, pero a quien tenga el Séptimo Sentido no le será difícil descubrirla. Escuché que Perséfone la utilizaba para salir del Palacio cuando Hades se lo prohibía.
Guardó silencio, volviendo a comprobar que nadie se acercara, y continuó:
– La salida al exterior es casi inmediata. De ahí, tienes que volver a cruzar las murallas, pero con la llave que incluyo no será un problema.
Claro que Milo no aclaró a quién le había quitado la llave. Y menos aún, qué tuvo que hacer para obtenerla.
– De ahí a la Estigia. Si Moo aparece, se encargará de llevarlos hacia la otra orilla, y si no, tendrás que improvisar.
– Eso es sencillo –respondió Aldebaran, su voz resonando debido a la la máscara que se veía obligado a usar.– Entonces, prácticamente lo único que falta es ir por nuestros tresors, esperar a Moo y a Shaka el tiempo convenido e ir por Atenea aparezcan o no.
Milo asintió.
– Una cosa más. Hades la encerró en su cuarto y la está cubriendo con su cosmo. Será necesario traspasar su energía para liberarla...
– Eso también es sencillo –respondió Tauro con seguridad.
– El Averno mismo tratará de evitar que escape.
– Tendrá que tragarnos con ella.
– Entonces, buena suerte.
Esa última frase, dicha en medio de advertencias y recomendaciones, fue lo único que Aldebaran no esperaba. Miró a Milo, pero éste permaneció tan tranquilo como de costumbre.
– ¿A qué te refieres con “buena suerte”? Es hora de pensar en ella y conseguirla, no de desearla.
– Para mí, sí –contestó el Escorpión, bajando la mirada y conservando la sonrisa.– No voy a acompañarte.
Lo único que evitó que Aldebaran gritara fue el increíble control que su alma había desarrollado al ser protegido por un signo de fortaleza. Aún así, sus siguientes palabras no fueron tan prudentes como antes.
– ¿Por qué dices que no vienes? Eres el autor del plan de escape y no sé qué te pasa, pero te necesitamos.
– Aioria me necesita más.
Miró a Aldebaran. A pesar de la máscara, Milo percibió el dolor que su compañero sentía al saber que uno de ellos estaba muriendo en uno de los sótanos del Palacio. Y también comprendió que había requerido muchísima fortaleza para no rescatarlo y ceñirse al plan. Justo como había ocurrido con él.
Pero Aldebaran nunca había perdido a un amigo, y menos aún por su culpa.
– Sé que juramos que, si algo le ocurría a uno de nosotros, seguiríamos adelante sin mirar atrás. Fui el primero que apoyó tal idea, pero... –dijo Milo, interrumpiéndose, y luego añadió en voz más baja.– Es más fácil hablar que actuar.
Antes que su amigo pudiera decir algo, prosiguió:
– Medité mucho durante el año pasado. Y algo que me pregunté fue por qué los Cinco sobrevivieron a tantos peligros y accedieron con rapidez al último cosmo aunque acababan de ganar su armadura. La respuesta es muy simple. Porque permanecieron juntos.
Desde el exterior, se alcanzó a escuchar el rumor de la lluvia.
– Si perteneces a una paréa, –continuó Milo, un tanto emocionado a pesar del volumen de su voz– te es más fácil seguir adelante. Tienes alguien por quién continuar luchando y no rendirte.
El toro siguió callado. Milo alzó la vista y lo miró a los ojos, a pesar de la capucha y de la máscara.
– Por eso nos derrotaron. Porque nosotros éramos un grupo sólo de nombre. No estábamos unidos, como ellos.
Aldebaran permaneció en silencio.
– Creo que el tiempo que ha pasado nos integró como uno. Y si antes permití que muriera alguien muy valioso para mí, –continuó Milo, en clara alusión a Camus de Acuario– hoy no puedo hacerlo. No lo haré.
Y, con una sonrisa todavía más misteriosa que su gesto usual, añadió:
– Alguien acaba de enseñarme cuán importantes son los amigos.
Aldebaran, leal por naturaleza, jamás se había planteado las mismas dudas que su compañero, así que se limitó a señalar:
– Van a matarte junto con Aioria.
– Al menos lo habré intentado.
– Entonces, no hay más que hablar. Voy contigo.
– No. Yo puedo apartarme. Tú no.
Aunque el cosmo de su amigo se encontraba apagado, Milo pudo percibir cómo se alteraba y enfurecía. “Ya hiciste enojar al toro”, se dijo, sonriendo débilmente aunque no se sentía con ganas de hacerlo.
– ¿Quién eres para decirme si puedo o no ayudarte? –preguntó Aldebaran con furia contenida, honrando a su constelación protectora.– He sido Santo más tiempo que Aioria o que tú, y soy mucho más fuerte que ambos.
– Pero Moo, Shaka, Aioria y yo te necesitamos en donde estás. Eres el único eje entre nosotros, y el único que podrá liberar a Atenea si todos los demás faltamos.
Siguió un breve silencio. Escucharon pasos a los lejos, quizá un daimon, y prefirieron no arriesgarse.
– No todos debemos contradecir el plan –insistió Milo.– Con que uno lo haga, será suficiente.
– ¿Y tú tresor?
– Me basta con esto –sentenció, alzando las manos.
Nuevo silencio. Era obvio que Aldebaran no quería irse y permitir que su compañero se marchara y buscara su propia muerte. Milo, en cambio, sólo dijo:
– Tengo que irme. Nos vemos.
Dio la espalda y se dirigió hacia la escalera que lo llevaría a la mazmorra.
– ¡Milo!
Miró por encima de su hombro. A pesar de la máscara, casi podía adivinar el rostro preocupado, pero sereno, de Aldebaran. De entre mil frases que podría haber dicho, sólo pronunció las siguientes palabras:
– Haz que se arrepientan.
Debajo de la capucha, Milo sonrió en respuesta. Mientras se marchaba, prometió:
– Si alguien se atreve a detenerme, tendrá que sujetar un escorpión como penitencia.
Sus pasos se perdieron en el pasillo. Aldebaran, fuerte con la voluntad del hierro, se obligó a sí mismo a dirigirse en sentido contrario.



– ¿Platicar conmigo?
La voz de Nox de Hypnos, aunque cautelosa, mostraba un leve tono de diversión y curiosidad. El gesto de Fénix, misterioso y reservado, era diferente al de su encuentro anterior, y al enigma que su frase representaba se sumaba el hecho de que hablaba con un hombre que había estado muerto. Cuando Ikki entrecerró los ojos, dando más sarcasmo a su expresión, miró su muñeca izquierda. A pesar de la protección de la armadura, Nox alcanzó a ver en ella una cicatriz semejante a la de su rostro, e igual descubrió Shun desde el sitio donde había caído.
Todavía estaba tan asombrado de ver a su hermano vivo que no podía reaccionar como teóricamente debía.
– La otra vez fui yo el único que habló –afirmó Ikki con su característica ironía, mirándolo de nuevo y sin borrar la sonrisa de su rostro.– Ha llegado el turno de invertir los papeles y escucharte.
Justo como en su primer encuentro el Caballero había tenido el presentimiento de que se encontraba en peligro, una sensación similar inundó al Guardián.
– No tienes nada que escuchar de mí, Fénix –sentenció.– Lo único que te queda por hacer es morir.
– ¿Nada? Es precisamente tu problema.
Ante esa frase, Shun notó que Nox palidecía. En contraste, el rostro de Ikki permaneció inexpresivo.
– Todos desarrollamos nuestro ken según nuestras habilidades, nuestra constelación protectora y en gran parte por nuestra personalidad –continuó el Caballero.– Eres el enviado del Sueño y de la Fantasía, que para los antiguos griegos en ocasiones era más peligroso que la Muerte. Tu poder consiste en robar los recuerdos. ¿No dice eso mucho de ti?
– No entiendo de qué hablas, Fénix –respondió, sus transparentes ojos temblando por la rabia aunque trataba de conservarse tranquilo.– Deberías dejar de lado la filosofía y todas esas meditaciones bonitas pero inútiles, y concentrarte en preservar tu última vida. De nada te servirá haber regresado de la muerte. Tú y tu hermano morirán y perderán sus almas.
Ikki sonrió con mayor sarcasmo.
– El Señor de los Muertos me ha rechazado dos veces, a pesar de que había cumplido con todos los requisitos para integrarme a su reino. Incluso cuando tú mismo me condujiste ante él, no ordenó que me mataran. Es como si se dedicara a protegerme.
– ¡Blasfemo! ¡Cómo te atreves a decir eso!
Por primera vez, el rostro de Ikki se volvió sombrío.
– Todos nosotros, Shun y yo incluidos, hemos sido rescatados de la muerte. Es como si no nos quisiera y antes bien nos protegiera –y añadió, su tono todavía más obscuro.– Y el Sueño tampoco nos dañará.
– ¡Ya quisieras!
Nox temblaba del coraje, sus transparentes ojos relampagueando. Había apretado las manos en puños, mas no se movió de su lugar. Shun, que se recuperaba de sus heridas, no comprendió el por qué de aquella reacción en una persona supuestamente insensible.
– Voy a destrozarte, Ikki de Fénix. ¡Has blasfemado contra mi señor y contra mi protector!
– No podrás hacerlo, Nox –respondió Ikki, absolutamente calmado.
Nox sonrió con burla.
– Ya una vez maté tu alma –afirmó, comenzando a acercársele.– No me será difícil volver a acabar con ella.
A pesar de que ya había pasado por esa situación y, peor aún, conocía las consecuencias, Ikki no se movió.
– ¿Qué piensas hacer?
– No sólo voy a robarte tu recuerdo más precioso. Eso ya lo hice.
Shun empezó a percibir cómo la influencia hipnótica de la voz del Guardián rodeaba el invernadero. Va a intentarlo otra vez, lo supo, va a volver a destrozar a mi hermano, va a volver a guiarlo al suicidio...
– Voy a quitarte toda tu memoria, Fénix –prosiguió, a cada paso más cerca de su enemigo.– Así como en el pasado un Santo robó tus seis sentidos, te privaré de toda tu historia y no sólo de tu razón de ser, sino de tu ser mismo.
Un paso lo separaba del Caballero, quien seguía inmóvil, viéndolo con algo semejante al desinterés. Extendió su mano hacia su frente, un cosmo negro comenzando a verse entre sus dedos.
– ¡Ikki, cuidado! –gritó Shun, incapaz de moverse para ayudarlo.
– Tu alma morirá de nuevo.
Pero a milímetros de la cicatriz de su adversario, la mano de Nox se inmovilizó. Sin mostrar la menor emoción, Ikki lo había sujetado de la muñeca, y lo apretaba tan fuerte que el rostro del Guardián palideció, aunque no pudo saberse si era por el dolor o por la rabia.
– Hay un dicho en la Orden del Zodiaco, Nox de Hypnos, que mis recuerdos parecen no haberte revelado –dijo Ikki con voz seca.– Ken visto, ken previsto.
– Maldito... –gruñó Nox entre dientes.
Ikki sonrió, como agradeciéndole el cumplido.
– Dijiste que los recuerdos más preciosos son los de aquellas personas muertas que sólo uno conoció –recordó, sin soltarlo.– Te equivocas. Los recuerdos más preciosos no se limitan a determinados seres.
Nox forcejeó con él, tratando de liberarse. Ikki lo sujetó con más fuerza y prosiguió:
– Los recuerdos más preciosos, los más hermosos e indispensables, son los que te devuelven un poco de inocencia. Esos iluminan tus horas obscuras y determinan quién eres. Ésos son los que jamás debes perder, Nox de Hypnos, los que debes defender con tu vida. Ni siquiera cuando uno mismo desea olvidarlos.
Y, con toda la mala intención de la que el Fénix era capaz, preguntó:
– ¿Estás de acuerdo conmigo?
– ¿A qué te refieres?
Casi a la velocidad de la luz, Ikki lo arrojó hacia atrás. El Guardián no acababa de dar un paso cuando el Caballero, envuelto por un cosmo color fuego y dorado, gritó:
– ¡Gen Ma Ken!
Un rayo de luz que tomó por un instante la silueta del ave mitológica cortó el espacio entre ambos enemigos. Nox ni siquiera tuvo oportunidad de apartarse cuando el espíritu del Fénix se dirigió a su frente, entró en ella y lo sumió en el más absoluto estado de inconsciencia.
Sintió como si estuviera flotando, el viendo producido por el ken tirando su casco sin que se diera cuenta y agitando su rubio cabello. Vio todo negro a su alrededor, los dos Caballeros desapareciendo de su vista, al igual que el invernadero.
En cambio, se vio a si mismo cuando no tenía más de ocho años. Era un niño hermoso, de enormes ojos verdes y cabello dorado que brillaba como el sol que se colaba por las ventanas de su habitación. A través de ellas, veía a los pájaros y al azul cielo en perfecta armonía. Y con esa sola imagen, recordó que había sido feliz. A lo lejos, escuchaba las voces de dos personas, un hombre y una mujer, que siempre lo observaban con cariño cuando jugaba en el jardín. En el exterior, la brisa soplaba con suavidad, llevando a su cuarto el aroma de la hierba recién nacida y de las flores que cubrían los arbustos cercanos a su ventana.
En aquel entonces, no se llamaba Nox todavía. Tenía un nombre ordinario, como el de la gente común, y aunque le pareció escucharlo, no supo a bien cuál era. Todavía no era el protegido de la Noche y del Sueño.
Mismo que empezaba a dominarlo, aunque estaba dentro de su cuarto y todavía era de día. La tibieza del clima empezó a dominar su cuerpo, adormeciéndolo. Quizá estaría bien si dormía un rato, alcanzó a pensar, aunque tenía pendientes los deberes de la escuela. Y se quedó dormido, soñando con lo que sueñan los niños, imágenes gentiles procedentes de un mundo fantástico.
Hasta que la vida real entró en escena.
Escuchó gritos que provenían de la parte inferior de la casa, y las voces eran tan estridentes que lograron sacarlo de sus sueños. De momento pensó que se trataba de una pesadilla, pero la luz del Sol que atacó sus ojos apenas los abrió le demostró que era realidad. Aún así, jamás había escuchado que esas dos voces se hablaran con tanta agresión y en tonos tan agudos.
Porque no podían ser ellos, ¿verdad?
Lentamente y tratando de no hacer ruido, salió de su habitación y comenzó a bajar las escaleras, sin estar seguro sobre qué encontraría en la planta inferior de la casa. Mientras lo hacía, las palabras comenzaron a hacerse más claras, aunque no entendió mucho su sentido de cualquier manera. Cada vez subían más de tono, como si un hombre le estuviera reclamando algo a una mujer, con palabras que él nunca le había escuchado y que no comprendía. ¿Cómo podía amarse a otra persona si ya estaba casada con otra?, se preguntó, sin llegar a respuesta alguna. ¿Qué significaba ser infiel? ¿Qué significaba el ridículo, el escándalo, el insulto?
Tenía que ser un malentendido, una comedia o algo semejante. La mujer a quien le reclamaban todo ello era buena, le daba besos todas las noches antes de dormir y lo cuidaba cuando estaba enfermo.
Cuando llegó al último escalón, sigilosamente se acercó a la habitación donde los dos hablaban.
Y no acababa de dar un paso dentro de ella, cuando un sonido sordo resonó en toda la casa. Sin querer, se tapó los oídos, sintiendo que se quedaría sordo, y en la misma reacción cerró los ojos. Hasta que sintió que un líquido caliente golpeaba contra su rostro.
Una gotita del líquido le cayó en los labios. Alcanzó a probarlo, detectando un sabor a hierro en él. Como en aquella ocasión en que se había cortado un dedo mientras rasgaba papel y se lo llevó a la boca por reflejo. Era...
Sangre.
Sangre tibia, que no había tenido tiempo de enfriarse.
Sangre que lo había salpicado por todo el cuerpo.
Y que pertenecía a la mujer que había caído a su lado, el pecho destrozado como si algo le hubiera explotado dentro.
A su madre.
Y fue en ese instante que el niño aprendió, con toda claridad, que todos los seres tienen que morir.
– No... ¿qué he hecho? No quería llegar a tanto, ¡qué he hecho!
Alzó la mirada, encontrándose frente a la persona que había matado a su madre, aunque jamás comprendería por qué había deducido lo que había pasado. El Sol lo proyectó a contraluz, y de momento no pudo definir sus facciones. Sólo vio que, en una de sus manos, traía un instrumento metálico que no sabía que había en su casa.
– Lo viste... –dijo el hombre.– Demonios, lo viste...
Pero su voz ya no era tan furiosa como antes. Al contrario, ¿temblaba? ¿Dudaba? ¿Estaba sollozando incluso?
El niño, por toda reacción, volvió a tocar el cuerpo de su madre, manchándose aún más con su sangre. Suavemente, comenzó a sacudirlo, esperando que despertara aunque en lo más profundo de su corazón presintió que jamás sería así.
– Lo siento, de verdad lo siento, hijo mío.
Alzó la mirada de nuevo, ahora nublada por el llanto y por la sangre que le había resbalado hasta los ojos. Y el niño sólo alcanzó a ver cómo la figura a contraluz elevaba el instrumento metálico a su rostro, introducía una de sus puntas en su boca, y...
El mismo sonido sordo de minutos antes volvió a escucharse en su casa, pero esa vez, el niño no pudo ni taparse los oídos ni apartar la vista.
No fue sino hasta que la figura cayó al piso, el rostro completamente destrozado, que el niño descubrió que poseía un rostro que le era demasiado conocido, o más bien, lo había tenido hasta antes que el balazo lo destruyera.
Idéntico al de su padre.
Y comprendió qué había ocurrido.
E incapaz de soportar tanto dolor, maldijo su destino, aunque apenas era un niño.
Desde entonces, por más que trataba de olvidar ese día y su vida anterior, en que había sido tan feliz, le había sido imposible. El recuerdo se presentaba, invariable e inexorablemente, en cualquier momento del día, y no lo logró sacar de su memoria. Era como si se hubiera convertido en un cadáver junto con sus padres.
Consagró su vida a tratar de olvidar, pero nunca lo consiguió. Ni siquiera cuando, por azar o destino, encontró uno de los pocos portales de espacio que conducían al Averno. Buscando la muerte, entró al Reino de los Muertos, pero la vida eterna tenía mucho que podría agradarle. En especial, cuando fue nombrado protegido de la irrealidad, y al fin pudo borrar, con su propia voluntad, aquel día de su memoria.
Hasta aquel segundo.
Cuando Nox volvió a abrir los ojos, o más bien, a percibir colores, se encontró nuevamente en el invernadero. Estaba de rodillas, las palmas de sus manos contra el suelo y un sudor frío rodeándole el rostro. La boca le sabía a sangre, como aquel día, aunque en esa ocasión la sangre era suya. Cuando alzó la mirada, sintió lágrimas fluyendo de sus ojos, aunque no sollozaba.
Frente a él, Ikki de Fénix lo miraba con compasión. Sus ojos ya no eran tan fríos como hasta antes de aplicarle el ken. No podían serlo. Él también había sido testigo del recuerdo y ningún corazón, por indiferente que fuera, sería incapaz de conmoverse.
De momento, Ikki no supo qué decir. Ni siquiera él, el único de los Cinco que afrontaba la realidad tal cual, era lo bastante cruel como para comentar algo, con todo y con que su víctima era su enemigo y había destrozado su alma. Nox, apretando los dientes, lo vio en silencio mientras sus lágrimas caían al piso.
– Por eso robas los recuerdos –sentenció el Fénix, aunque también podría haber sido una pregunta.– Porque intentas olvidar.
Nox bajó la vista, temblando. Ikki, que en su fortaleza no era insensible, continuó:
– Lo que has vivido jamás debería ocurrirle a nadie –y, con su mirada mostrando un atisbo de piedad, concluyó.– Enfrentarte a ese recuerdo ya es demasiado castigo.
Ikki dio la vuelta, decidiendo no prestar más atención al Guardián aunque fuera por lástima. Antes de irse, miró a Shun por encima del hombro: aunque su actitud no había perdido su firmeza, Andrómeda jamás había visto en su mirada tal grado de compasión. Ni siquiera hacia su hermano menor.
– Seiya, Shiryu, Hyoga y yo seguiremos adelante –afirmó Ikki con gesto estricto.– No vamos a esperarte, así que ponte de pie y vámonos ya.
No era exactamente lo que Shun esperaba por parte de su hermano después de aquella horrible separación. Quizá, aunque era un Caballero Ateniense, le habría gustado que le dijera cuán increíble era volver a estar juntos. Pero si algo le demostró que Ikki había regresado y que seguía siendo el mismo, fue la severidad de su advertencia.
Aún no podía empezar a levantarse, a pesar de las protestas de sus huesos, e Ikki no acababa de dar dos pasos hacia el exterior, cuando el invernadero volvió a llenarse con una cosmoenergía sumamente hostil. Fénix se detuvo, pero a diferencia de Shun, no miró hacia atrás.
Nox de Hypnos había encendido su cosmo. Su tono negro superaba la más absoluta de las obscuridades.
– Jamás debiste remover mis recuerdos, Fénix –sentenció sin alzar la mirada.– Había olvidado, había sanado, y seguía adelante...
Shun contuvo el aliento, pero Ikki no demostró emoción alguna. El Guardián empezó a levantarse, manteniendo la cabeza baja.
– Si ya me tenías, debiste matarme –continuó Nox.– Habría sido mucho más compasivo que dejarme vivir recordando esta herida.
El interior del invernadero se llenó de relámpagos.
– ¡Las ofensas de sangre sólo se lavan con sangre! –gritó, su voz quebrada y su cosmo aumentando.– ¡Te juro por mi vida que vas a morir!
Hasta entonces, Ikki dio la vuelta. Su rostro lucía completamente sereno cuando encendió su cosmo y su tono de fuego se reflejó en su cicatriz. Al mismo tiempo, Nox alzó la mirada, y hasta entonces se notó que sus ojos habían dejado de ser transparentes, como si el recuerdo de aquel día le hubiera devuelto el tono verde obscuro de su infancia. Las lágrimas todavía surcaban su rostro y, sin pensar, tensó su mano derecha.
– ¡Te quitaste la vida con un golpe de espada!
Y, con una velocidad cercana a la de la luz, se abalanzó contra el Caballero.
– ¡Ahora te voy a quitar el alma!



– Tienes la oportunidad de obtener lo que tantos sueñan y que muy pocos logran.
– ¿A qué se refieren? ¿Por qué me hacen esto?
– Lo hacemos porque eres una de nosotras y nos referimos a conseguir tu felicidad.
Una reacción humana es retroceder cuando estamos ante algo demasiado terrible, y un sabio dijo que lo peor que el destino puede hacer es cumplirnos nuestros deseos. Así, no fue extraño que Shaina diera un paso hacia atrás, negando con la cabeza.
– ¡La felicidad no puede regalarse! –exclamó– ¡Uno debe luchar por ella!
– ¿Y qué caso hay en luchar, si tú misma la calificas como algo imposible? –preguntó Laquesis.
Involuntariamente, los ojos de Shaina se llenaron de lágrimas.
– ¡Seiya ama a Atenea! ¡Eso es algo que nadie puede cambiar!
– Excepto una Moira.
La voz de Átropos hizo vibrar a todos los cordeles de aquel telar. “Pero yo no soy una Moira”, protestó la mente de Shaina. “Soy una mujer humana, que nació, vive y morirá, que tuvo padre humanos aunque no los conoció, que pertenece a Terra y no a este mundo de dioses y espíritus.”
Justo entonces, recordó lo que las Moiras le habían dicho. Los antiguos griegos creían que, sobre Átropos, Cloto y Laquesis, había dos Moiras más. Una era Afrodita, la diosa del amor, y la otra era Atenea, diosa de la sabiduría. Esta última sí podía cambiar destinos, preservar de la muerte y conceder la felicidad a los suyos, siempre que aceptaran la oportunidad que les ofrecería. Era la única de las diosas a quien el Omnipotente le permitió conservar los dones que Zeus le había dado durante la Era del Mito.
Y eso significaría que Atenea misma, a través de meses de oraciones, la había conducido a ese lugar.
– Ven aquí y observa el telar –indicó Atropes.
Shaina obedeció, sin notar que sus verdes ojos empezaban a brillar de manera extraña. Tanto si era o no una Moira, pensó, protegía a una. Quizá en el fondo era un poco lógico.
Apenas se encontró junto al telar, volvió a mirar los cordeles. Y esta vez se presentaron imágenes ante ella, como si fuera una profetisa de tiempos antiguos. La visión era nublada, en ocasiones muy poco definida. Como si estuviera en medio de un sueño.
– El destino no se decide todavía –escuchó a lo lejos a Átropos, sus sentidos empezando a adormecerse de forma semejante a un leve estado hipnótico.– Todo parece indicar que Atenea permanecerá en el Averno...
Y los suyos morirían al tratar de rescatarla, dedujo Shaina no tanto con la mente, sino con la vista. Con el corazón encogido y en medio de aquella nublada visión, observó cómo dos Santos eran juzgados y condenados mientras uno más moría dentro de una mazmorra. Hades se enfrentaba a los cuatro Caballeros en las afueras del Palacio, quizá después de la última muralla y a poco de llegar a la Estigia. Ninguno de ellos portaba su armadura y, al querer ayudar a Atenea, el Señor del Averno los mataba uno a uno. No alcanzó a ver cómo ocurría, pero sólo su obscuro cosmo dominó la escena. Incapaz de soportarlo, Shaina apartó la mirada y cerró los ojos con fuerza.
– Pero también hay otros destinos.
Al escuchar esas palabras, la Amazona volvió a abrir sus ojos y encontró una densa neblina cubriendo los cordeles de nuevo. De pronto, comenzó a reflejar nuevas imágenes, rápidas y sin relación aparente. En una de ellas, vio que Seiya había regresado a la superficie, pero que permanecería solo y lejos de Atenea por lo que faltara de la eternidad –y, por ello, triste y sin luz por el resto de su vida. Otra visión, en cambio, la llenó de esperanza a pesar de su contenido: le mostraba a Seiya con Atenea, más no logró definir dónde se encontraban ni cómo ella había sobrevivido al fin del Ciclo, pero estaban juntos y eran felices. En una visión más, vio a los Cinco combatiendo contra diversos dioses, de quienes ignoraba si habían reencarnado o no: una mujer de gran belleza, pero que sembraba la discordia; un hermoso joven reluciente que tocaba un arpa; un ángel caído; el representante de una región de hielo. En otro hilado, el Mal se manifestaba en su verdadera forma, la más inocente posible, y provocaba la muerte de todo y de todos en una obscuridad que había cubierto al Sol mismo.
Shaina se sintió incapaz de soportar tantas imágenes terribles de destrucción y muerte, cual si el autor de todas las historias no estuviera conforme con el sufrimiento que habían vivido hasta entonces. Quiso apartar de nuevo la mirada, pero una última visión evitó tal movimiento.
Una imagen la mostraba al lado de Seiya. Estaban en Grecia, lejos de las Guerras Santas, y aunque era obvio que Atenea había muerto, de alguna forma eran felices.
– El futuro no está escrito, como te dije –seguía escuchando a Átropos, su voz conservando su efecto hipnótico.– Los eventos que actualmente ocurren conducirán a un destino funesto y doloroso para la Orden del Zodiaco, incluso a su destrucción absoluta.
Shaina sintió que el corazón volvía a encogérsele y, con la voz más firme de la que era capaz, preguntó:
– ¿Puede cambiarse?
– Dependerá de ti –intervino Laquesis desde su lugar.– Has de saber que, sin importar qué tan poderosas seamos, las Moiras no tenemos la capacidad de modificar los Cordeles Vitales mismos. Sólo una vez, en cada ciclo de existencia, podemos cortar, rehilar o, en su caso...
Y añadió con una voz más sugestiva:
– Entrelazar.
¿Entrelazar? Shaina miró hacia los telares de los humanos comunes, ajenos a la Orden y descubrió que, a pesar de que cada cordel tenía su propio principio y tendría su propio final, muchos no estaban solos, sino entrelazados con otros. Al observarlos con su nueva percepción, captó que las personas involucradas compartían relaciones amorosas tan profundas que integraban a dos seres en una sola alma. Esposos, novios, amantes...
–Piensa en esto –escuchó a lo lejos.– Seiya de Pegaso te quiere, pero sólo como a una amiga, y no pasará de ahí mientras su corazón esté ocupado por Atenea. Sin embargo, pase lo que pase, ellos dos van a separarse y entonces tendrás tu oportunidad.
Shaina volteó a verla en silencio como si no comprendiera, aunque lo hacía a la perfección.
– Entrelaza tu cordel con el suyo –continuó la Moira.– Al principio, no se dará cuenta de que lo atraes, y lo achacará a esa amistad que comparten. Y poco a poco, se enamorará de ti.
– ¿Es eso amor?
Laquesis sonrió débilmente. El sonido de las tijeras de Cloto cortando cordeles seguía, sin detenerse, aunque parecía no prestarle atención.
– La unión no podría surgir si al menos no te apreciara. Y si quieres asegurarte de que será amor verdadero... nunca olvides que una mujer enamorada puede lograr lo que se proponga.
Shaina tenía buen corazón. Hasta cuando combatió contra Seiya y sus amigos, todo se debía a que había querido ocultar la bondad de su alma. Pero el amor es, a la vez, la emoción más generosa y la más egoísta, y esa paradoja se vuelve más obvia cuando no es correspondido. No iba a a obligar a Seiya a quererla, sino sólo a aumentar la simpatía que ya sentía por ella, y ya de ella dependería que ese sentimiento se convirtiera en amor. Además, ¿no estaba ahí por voluntad de la misma Atenea?
Había combatido toda su vida por la felicidad de otros. Había llegado el momento de luchar por la suya.
– Hazlo, Shaina –ordenó Átropos con voz persuasiva.– Será la única oportunidad que tendrás en toda tu vida para alterar un cordel. Hazlo.
Su tono era persuasivo como una melodía, suave y embriagador. Quizá en una situación normal no aceptaría, pero sin darse cuenta, Shaina extendió su mano derecha hacia el telar donde estaban los Cordeles de la Orden del Zodiaco y de los Guardianes del Estigio.
Encendió su aura, parte roja y parte dorada, su mirada llena de determinación y comenzó a percibir las vibraciones de los cordeles sobre las puntas de sus dedos. No era egoísmo, se dijo. Si lo hacía, quizá podría salvar la vida de Seiya con tal gesto. Quizá la de todos. Habría cambiado el destino y posiblemente encontraría su felicidad debido a ello.
Alzó la mano, comenzando a rozar el cordel de Seiya con un dedo y el suyo con otro, y concentrándose en unirlos y vivir felices para siempre, durara esa eternidad lo que durara. Su sentido del tacto se elevó al máximo, y pudo percibir la vibración de todos los cordeles del telar. Del suyo, del de Seiya...
Y en especial, del otro que estaba a su lado y que vibraba frenéticamente. Lo miró con poco interés, pero lo que encontró hizo que se congelara un instante. Podía ver sobre él lo que estaba ocurriendo en otro lugar y comprendió que el propietario estaba a punto de morir.
Era Jabu.
– ¿Sabes por qué los Guardianes del Estigio no proyectamos sombra? –preguntó Elis, acercándose a Jabu quien, habiendo caído de rodillas y de palmas, descubría que escuchaba esa voz muy, muy lejana.– Por la misma razón por la cual los Caballeros proyectan las siluetas de sus constelaciones. Son su verdadero ser.
Jabu alzó la mirada, desesperado por el terrible dolor que le producía aumentar su cosmo, y descubrió que su vista se perdía proporcionalmente a su oído. ¿Sus sentidos, por qué demonios disminuían? ¡Seiya, explícame esto!, alcanzó a pensar. ¿No se supone que conforme crece tu energía, tu percepción se vuelve más sensible?
– El verdadero ser de los Guardianes del Estigio es demasiado horrible para la mentalidad humana. Muchos ni siquiera se atreven a pensar en la muerte o en el arrepentimiento, ¿cómo van entonces a verlos al rostro? De ahí que preferimos no trazar sombras. Hasta que nuestra esencia se manifiesta, como ahora.
Y añadió con sarcasmo:
– Deberías sentirte honrado, Jabu de Unicornio. La Muerte misma va a acabar contigo.
De nueva cuenta, Jabu intentó elevar su cosmo. Éste se tornó casi por completo dorado y tal poder fluyó de su interior con tal fuerza que no supo cómo iba a controlarlo. Pero antes que lo imaginara siquiera, el dolor resurgió en su cerebro, extendiéndose a cada uno de sus nervios. Sólo su orgullo impidió que gritara, pero finalmente lo hizo, llevándose las manos a la cabeza.
A Elis no le pasó desapercibido el sufrimiento por el que pasaba Jabu. Aunque no lo confesó, sabía que no se debía a que estuviera absorbiendo su cosmo –lo cual, de hecho, hacía a un ritmo mucho menor desde instantes atrás. Había algo en ese dolor que ninguno comprendía, pero que iba más allá de la diosa a la que Unicornio juró servir o de la Moira que lo acompañaba.
Era otro tipo de protección, semejante pero lejana, involuntaria, pero en la misma frecuencia. ¿Provenía de un espíritu superior? ¿Acaso de un Santo? Y sin embargo, el Caballero no había mentido. El aura que sostenía a ese poder adicional era suya, y no lo había robado o al menos no conscientemente.
¿Qué hacía a Jabu más digno que él?, se preguntó. Tenía menor rango, menor poder y una armadura del nivel más bajo, pero era protegido por muchas personas más que aquel que era el más cercano a Hades. La pregunta que había pensado un rato atrás surgió de nuevo en su mente con crueldad e inclemencia, y por más que lo intentó reprimir, la tuvo con toda claridad ante sí.
¿Por qué, cuando buscó respuestas y razones para vivir, no encontró a Atenea en lugar de hallar a Hades? ¿Por qué no escuchó sobre el Santuario y no sobre el Averno? ¿Por qué no había tenido la oportunidad de elegir?
La pregunta era una traición.
Mental si quería. Pero al fin y al cabo, una traición.
– ¿Qué existe en Atenea que hace que los suyos no se contenten con cumplir con su deber de protegerla, sino que también la amen? –preguntó a Jabu, quien continuaba en el piso.– ¡Dímelo, Unicornio, y entonces te ayudaré a morir!
Jabu continuó aumentando su cosmo, percibiendo que Elis seguía absorbiéndolo. Mientras lo hacía, su vista y su oído disminuyeron aún más, a la vez que una sensación de adormecimiento emanó de sus heridas. Empezaba a no sentir nada. Como si no estuviera ahí.
– ¿Para qué quieres saberlo? –preguntó con actitud desafiante a pesar de su dolor.– ¿A ti qué te importa lo que sintamos hacia la señorita...?
Apenas no pronunció el nombre humano de la diosa. Hasta ese segundo, Jabu comprobó que no amaba tanto a Atenea como a Saori, y que a diferencia de los Cinco, jamás suplicaba ni invocaba su protección cuando combatía. ¿Era eso lo que lo detenía, el único detalle que le impedía ascender en el cosmo y alcanzarlos? ¿Que él veneraba a la mortal, no a la inmortal? ¿A la humana y no a la diosa?
– ¿Saori? –murmuró.– ¿A quién protejo?
Elis no alcanzó a escucharlo.
– El que no entiendas por qué me importa no significa que no lo haga –sentenció, su negro cosmo envolviéndolo como en un velo.– Te estoy reduciendo a pedacitos, al igual que los otros Guardianes han deshecho los corazones de tus compañeros...
“Seiya...”, alcanzó a pensar en su dolor.
– ... y ni aún así luchan por conservar sus vidas, sino por ella. ¿Por qué?
Sin saber cómo las palabras fluyeron de su interior, Jabu lo miró a los ojos y comenzó a hablar. No se había enfrentado veces suficientes a la muerte para comprender que, cuando estás a punto de perderlo todo, es tu corazón el que habla.
– ¡Hablas tanto que aburres, Elis! ¡La verdadera razón es que amamos a la señorita! ¿O nunca has amado a alguien?
Elis palideció de rabia. El Caballero contuvo otro grito de dolor, pero con lentitud se puso de pie. En lugar del Guardián, percibía una mancha negra, sus oídos se habían cerrado casi por completo y ya no percibía el dolor. Su lengua se había vuelto densa y torpe, pero sus palabras se volvieron muy seguras.
– Todos deberíamos tener una razón. ¡No importa cuál sea, con tal que un ideal justifique tu muerte!
Sus casi vacíos ojos miraron hacia Elis, ya sin definir colores ni formas.
– Admiro a la gente que hace el mal convencida de lo que hace, e igual admiro a aquellos que siguen al bien por algo más que conservar las apariencias –siguió, en voz un poco más baja.– Tienen la fuerza y el valor de actuar conforme a lo que creen. Eso es lo que ocurre con la Orden del Zodiaco. La vida y la muerte nos son indiferentes si lo hacemos en el nombre de aquella que trae la luz a la obscuridad.
Y sentenció con más fuerza:
– En nombre de Atenea.
Por primera vez en su vida, Jabu pronunció las seis letras sintiendo la maravillosa musicalidad que brotaba de ellas. Athenae, dijeron los griegos al descubrir el nombre de la diosa que protegía a la más hermosa de sus ciudades. Athenae, decía él justo al borde de la muerte. No Saori. El verdadero nombre de aquélla a quien había consagrado su vida aún cuando en el origen la decisión no le había pertenecido.
El nombre de aquélla a quien había de consagrar su muerte.
Dentro de él, sintió como si su corazón estuviera a punto de explotar. Pese a que vivía sus últimos momentos, no dedicó sus pensamientos ni a Seiya, ni a Shaina, ni tampoco a Saori. Lo hizo a Atenea, suplicándole le diera fuerza, valor y dignidad para lo que iba a ocurrir.
– Respondí tu pregunta, Elis. Atenea viene del Omnipotente. Por tanto, del Bien y por ella vivimos. No te queda sino intentar matarme.
Su ceguera le impidió adivinar qué pensaba el Guardián.
– Dije “intentar” –concluyo, colocándose en guardia para el contraataque.
“Justo lo que imaginé”, se dijo Elis. “Su causa es Atenea. La misma del Santo de Leo, la misma de todos los imprudentes que entraron en el Averno. No, Atenea no es sólo su causa. Es la razón de su vida y de su muerte. Ser inmortal me había robado la capacidad de asombro, pero estos combates sin sentido me la han devuelto.
“Sí, sin sentido.
“Milord Hades está en el error.
“Mis compañeros están muriendo por un error. Yo también podría morir por él.
“Atenea no debería permanecer en este lugar, o su luz se extinguirá y se perderá. Justo como ocurrió con Lady Perséfone.
“Pero no tengo opciones.”
– ¿En verdad quieres la muerte? –preguntó, sin esperar respuesta.– Lamento tener que cumplir tu deseo.
Jabu, todos sus sentidos perdidos menos la intuición, volvió a concentrar su cosmo en su frente en lo que sería su último ataque. Lo que jamás sabría era que, mientras concentraba su propio cosmo, Elis invocó el nombre de Atenea, pidiéndole perdón por lo que iba a ocurrir.
– Esto no puede ser... –murmuró Shaina, sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas.– El Guardián también cree en Atenea, y aún así va a matar a Jabu...
Cloto cortó más cordeles, sin prestarle atención.
– Los seres humanos son demasiado confusos –sentenció Átropos– y en eso los Guardianes del Estigio son idénticos a los Caballeros Atenienses.
– Pero, ¿a ti qué te importa? –intervino Laquesis.– Limítate a entrelazar tu cordel con el de Seiya de Pegaso y asegurar tu felicidad.
Shaina la miró con sorpresa, a pesar de que se dirigía a una inmortal hilandera de destinos.
– Jabu va a morir –afirmó, casi gruñendo entre dientes.
– ¿Te interesa?
– ¡Claro que sí! –exclamó, apretando las manos.– ¡Es mi amigo y está en peligro! ¿Cómo puedo limitarme a observar cómo lo matan?
– Deberías –aconsejó Átropos.– ¡Él no tiene la menor oportunidad!
A la joven se le congeló la sangre en las venas.
– ¿Ves ese cosmo que no puede controlar? Es su aura reflejando la luz de otra. Como no controla la energía, lo va a devastar desde el interior. Claro, si Elis no lo mata primero, y en todo caso, quizá sea Thanatos el que deba cuidarse de la explosión. De cualquier modo, su tiempo acabó.
Al decir eso, Cloto se acercó al telar con sus tijeras de oro en la mano. En silencio, hizo la seña a Shaina para que se apartara.
– ¡No! –gritó la Amazona, extendiendo los brazos para cerrarle el paso al telar.– ¡No lo permitiré!
– No digas estupideces. Preocúpate por tus asuntos.
– ¡Él es asunto mío!
– No puedes hacer nada por él –afirmó Átropos.– A menos que alcance el Séptimo Sentido o que ocurra un verdadero milagro, no podrá controlar esa energía. Es su destino.
Por un instante, Shaina se sintió perdida. No podría hacer nada por Jabu, excepto ver cómo moría dominado por un reto mucho mayor a sí mismo. Era una amazona, más estaba lejos del combate para poder ayudarlo.
Pero también era una Moira.
– Dijiste que una sola vez en la vida tenemos la oportunidad de cambiar un destino, ¿verdad? –preguntó a Láquesis.
La Moira asintió.
– Para eso estás aquí.
Shaina sonrió, luz emanando de sus verdes ojos.
– Cierto... –murmuró.– Para eso estoy aquí.
Y mirando a Cloto, dijo:
– Yo cortaré el Cordel.
– Aunque seas tú quien lo haga, su muerte no dejará de ser dolorosa –advirtió Átropos.– Tu misericordia desperdiciará tu única oportunidad.
Shaina encendió su cosmo, elevándolo lo más que podía, y se dirigió al telar.
– No voy a cortar el cordel de Jabu. Voy a cortar el de Elis.
– No debes hacerlo.
Asustada, la joven miró hacia Cloto. Había hablado por primera vez y, a pesar de su apariencia, su voz era muy parecida a la de una niña.
– El momento de Elis aún no llega –continuó.– No podrás matarlo porque no ha cumplido con su misión. Y estarás renunciando a tu propia felicidad.
Ofiuco permaneció callada.
– Sólo podrás intervenir en el telar una vez en toda tu vida. Renunciarías a tu felicidad por una causa perdida y créeme, no vale la pena que lo hagas.
Shaina, mordiéndose los labios, miró el telar. Si no entrelazaba su cordel con el de Seiya, lo habría perdido para siempre. Y tampoco podría matar a Elis, por más que intentara cortar el cordel y salvar a su amigo.
Sólo pudo ver cómo Jabu y Elis preparaban sus últimos ataques.



– Oye Balder, ¿que tanto sabes sobre el Ragnarok?
Un ken obscuro cruzó el espacio que había entre ambos.
– No creo que sea el mejor momento para preguntarlo.
A la voz prudente, siguió el crepitar de un cuerpo que se convierte en cristal. Sólo uno. Faltaban demasiados.
– No, en serio. Si no es ahora...
La voz, aún un poco alegre a pesar de la situación, se interrumpió para ser substituida por una armonía hecha con cuerdas. Cuando la música se detuvo, exclamó:
– ¡...quién sabe cuándo sea! ¿Qué tanto sabes acerca del Ragnarok?
A su pregunta siguió un débil suspiro.
– ¿Qué sabes tú acerca del Ragnarok, Heimdall?
Otro grupo de daimons se les acercó, y la conversación tuvo que interrumpirse. Algunos minutos después, volvió a empezar.
– ¿Estás bien, Balder? Estás muy pálido.
Se escuchó el sonido de alguien que intentaba respirar, aunque no estaba peleando contra nadie.
– Nada... –murmuró, con voz un poco más débil que antes.– ¿Y tú?
– Yo estoy bien. Pero Gunther está mal herido.
– ¿Vive?
El ruido de más kens acercándose fue su respuesta provisional.
– No lo sé...
Y tras un instante, preguntó:
– ¿Esto es el Ragnarok?
Balder se apoyó contra una de las derruidas columnas, tratando de respirar como antes. No alcanzaba a ver muy bien a su alrededor, así que dudó que Heimdall pudiera verlo, a excepción de la luz lunar que se reflejaba en su rostro y le había permitido notar su palidez.
– Oí que el Ragnarok será el fin de nuestro mundo –continuó Heimdall, retomando la conversación en donde se había quedado.– Habrá esa gran batalla donde todos los asgaardianos moriremos. ¿Eso incluye a los dioses?
Por un instante, pareció que Balder meditaba, y su voz no fue tan armoniosa como de costumbre cuando respondió:
– Los dioses morirán con los humanos. No sólo los menores, como el legendario Balder, sino también los mayores, como Odin, Thor y Freyr.
– ¿Y Heimdall?
A los dos les parecía un tanto extraño hablar de dioses que tuvieran sus mismos nombres, aunque en realidad ambos fueron llamados en su honor.
– Loki lo matará durante una batalla, cuando se destruya el Puente del Arcoiris.
– ¿No fue ése el mismo que mató a Balder?
Epsilon asintió. Otros daimons se acercaban, así que tendría que ser breve. Heimdall también lo entendió y comentó:
– Loki... La locura y la destrucción nos matarán a ti y a mí. Amigo...
Volteó a ver a Balder. Había cerrado los ojos, sudor empapando su cabello y el brazo comenzando a adormecérsele, pero al escuchar a su mejor amigo, se obligó a mirarlo. Los dos habían crecido juntos, unidos siempre en las buenas y en las malas, y ahora iban a morir juntos. Heimdall le extendía la mano y Balder apenas logró reaccionar.
– Ojalá que Loki se tarde mucho en venir por ti –le dijo, sonriendo débilmente.
Pero la sonrisa se borró de su rostro al sentir que la mano de su compañero esta humedecida. Balder estuvo a punto de perder el equilibrio y Heimdall, con el brazo que tenía libre, lo sostuvo de los hombros.
Y hasta entonces notó que Balder estaba mal herido, y que el líquido que había percibido era sangre que le fluía de una horrible herida que tenía en el brazo.
En eso, un resplandor tan blanco como la luna provino de donde estaba Hilda, y los dos miraron hacia allá, a pesar de los daimons que se acercaban. Pero no era la avatar, su poder todavía dominado por la obscuridad de Hades.
Tal luz provenía de Lady Flare, y poseía tal intensidad que el mármol del templo pareció gris en comparación. Los daimons detuvieron un instante su ataque, e igual ocurrió con los Guerreros Divinos que, maravillados, presenciaron cómo ese cosmo tan puro crecía alrededor de las Valkyrias. Pero más sorprendidos estuvieron al percibir cómo esa energía empezaba a rodearlos, sin importar qué tan heridos o alejados de las damas se encontraran. Balder notó que su brazo ya no le lastimaba tanto y que la hemorragia se detenía, e incluso Gunther, que seguía tumbado al pie de sus protegidas, pareció querer levantarse.
– ¡Gran Odin, esto es magnifico! –exclamó el místico Hildebrand con su voz infantil al percibir esa energía en su interior.– ¡No puede estar pasando!
Dietrich, quien era muy sensible debido a que su ken se basaba en el fuego, alcanzó a percibir el cosmo casi como si pudiera tocarlo. Se sentía como nieve, pero también como pétalos de flores que reflejaran la luz de las estrellas.
– ¿Es esto cierto? –se preguntó, recordando que el año pasado se había presentado un fenómeno semejante en Asgaard.– ¡Pero si los milagros no se repiten!
En medio de las exclamaciones de asombro de sus compañeros, Bud permaneció inmóvil. Era el mismo fenómeno de ese día, sólo que era el cosmo de la princesa, no de la avatar, y si antes cayó sobre Asgaard para evitar que los glaciares se destruyeran, ahora ¿qué podría ser? Vio hacia Flare, su vestido blanco emanando luz, y alcanzó a distinguir que, en una de sus manos, sujetaba una cruz, quizá la misma que Hyoga acostumbraba portar. ¿Ante qué tipo de milagro se encontraba?
Gracias al aura de su hermana, el cosmo de Hilda también aumentó. Su poder, hasta hacía un segundo contenido por Hades, se manifestó a su máximo nivel, y el brillo de la Espada de Balmung pareció cortar el velo negro que se le había impuesto al cielo. Entre las nubes, las estrellas volvieron a brillar, entre ellas la constelación de Ursa Major, con sus ocho luceros centelleando.
– ¿Flare? –preguntó Hilda, mirando a su hermana por sobre su hombro.
Ella no respondió. Había cerrado sus ojos con fuerza, y sus manos apretaban la Cruz del Norte contra su pecho. Que yo sólo sea Tu instrumento, murmuraba.
Los daimons, pasada la sorpresa inicial, volvieron a atacar a los asgaardianos.
– ¡Cuidado todos! –llamó Bud, regresando a su estado de alerta.– ¡Querrán aprovechar nuestra distracción!
No acababa de advertir a los demás cuando los combates ya se habían reiniciado. Cada uno de los Guerreros se sentía con nuevos ánimos a pesar de sus heridas; incluso, no comprendían por completo por qué repentinamente sentían tanta energía dentro de ellos... ¡pero qué importaba!
– ¿Donde nos quedamos? –preguntó Bud al enfrentarse con otro de los guardias.– Ah, sí... esto... –y activó su ken, gritando– ¡Garra del Tigre Vikingo!
Y lanzó el ken, un zarpazo luminoso cruzando el espacio que había entre él y el daimon.
Pero se desconcertó al ver el efecto de su ataque. La Garra del Tigre Vikingo jamás había tenido el poder para congelar no una armadura, sino las tres de los daimons que se habían acercado a ayudar al suyo. Los soldados, al momento, cayeron muertos, sus trajes metálicos reducidos a astillas heladas.
“¿Qué es esto?”, se preguntó, sintiendo la luz de las estrellas en su rostro. “¿Por qué se duplicó el poder de mi ken?”
Escuchó una maldición. Un daimons demasiado arriesgado había logrado quitarle uno de sus mazos a Erich, evitando que pudiera aplicar su propio ataque. Claro que no había sido sencillo, y eso lo probaba la herida que el Asgaardianos lucía en la mano y la que el daimon tenía en el estómago.
“Ahora, ¿qué hago?”, se preguntó Erich, su curso de acción alterado. “Hyoga siempre me dijo que no dependiera de mi armadura, pero...”
Al ver que dos soldados se le acercaban corriendo con sus negras auras activadas, dejó de pensar y se guió por su instinto: concentró su cosmo en sus puños lo más que pudo, como Cygnus le había enseñado, y tiró un puñetazo hacia ambos, esperando que sirviera de algo.
Lo que no esperó fue que, con tan sencillo ataque, un haz de luz destrozara las dos armaduras –y, más que ello, atravesara a los dos guerreros sin mayor problema.
Sin querer, contuvo el aliento al mirar su puño cerrado que todavía brillaba, su cosmo listo para seguir atacando.
– ¿Yo hice eso? –murmuró, al notar que ni siquiera sentía el impacto en su piel.
– ¿Qué le pasa a esta arpa? –gritó Heimdall, molestia notoria en la voz.– ¿Por qué no tocas las notas que te pido?
Por más que comprobó y volvió a comprobar que había colocado los dedos en las pisadas correctas, la melodía era diferente. Ya no podía escuchar la Música Nocturna, sino otra tonada que, aunque armoniosa, tenía tal aire de nostalgia que hasta él se sintió triste.
Tristeza que no fue tan grande cuando descubrió que los daimons que lo rodeaban habían caído al suelo, cual si estuvieran o muy deprimidos o perdiendo sus sentidos. De su arpa, entonces, brotaron varias cuerdas tan afiladas como cuchillos, atrapando a aquellos que todavía lucharan por ponerse de pie.
– ¡Bueno! –exclamó, su alegre sonrisa misteriosamente melancólica.– ¡Del azul surge el verde!
A su lado, Balder negó con la cabeza.
– Nada de esto es normal –respondió, obviamente percibiendo que algo estaba mal.– No debería estar ocurriendo...
– No seas ingrato –opinó Heimdall, quien seguía a su lado.
– ¡No soy ingrato! ¡Esta energía es extraña, diferente a la nuestra, pero también me es muy conocida y debería serlo para ti también! ¡Mira a Dietrich!
Heimdall siguió tocando la melancólica tonada mientras observaba en dirección al guerrero de Beta-Merac. Igual que antes, usando un ken de fuego, pero no era en círculo, como el Anillo de Brynhild. Tenía una temperatura más alta y casi pareció lava cuando se acercó a un daimon y lo dejó calcinado en su sitio.
– ¿Cómo...? –murmuró Dietrich, espantado ante el poder que había fluido de él.
Otros daimons que se le acercaron aullaron de furia. En una reacción natural, todavía con temor de usar ese enorme ken, Dietrich se limitó a lanzarles un puñetazo de energía semejante al que Erich había usado. Y cuando los congeló, encerrándolos en bloques de hielo, casi se desmayó de la impresión.
No fue el único. Heimdall, sorprendido, dejó de tocar el arpa un segundo.
– Dietrich no sabe manejar fuego y hielo simultáneamente... –murmuró.– ¿Cómo puede hacerlo ahora?
– No lo comprendo... pero no puede ser...
Heimdall volteó a verlo, asustado ante el temor que había escuchado en la voz de Balder. Éste alzó el brazo que tenía herido cual si una voluntad superior a él lo guiara, y lanzó un ataque hacia otro conjunto de soldados, que se tradujo en un sin fin de cortes semejantes a los hechos con garras. Las armaduras de todos cayeron rasgadas en pedazos, y eso bastó para que se echara a correr.
– Esto es muy distinto de la luz de Hel –sentenció, viendo de reojo a Heimdall y tratando de recuperar la calma en su voz.– Puedo manejarlo, pero sé que no es mío.
– ¿De quién es, entonces?
Balder miró hacia Lady Flare y palideció.
– No creo que te guste la respuesta, amigo... –murmuró.
Hilda no había separado la visita de su hermana, esperando a que abriera sus ojos por sí lograba descubrir qué estaba pasando. De reojo, notó que cuatro daimons se acercaban, preparando sus cosmos para atacarlas.
– ¡Flare! –exclamó, tratando de llamar su atención para que huyera.
La hermana menor no reaccionó.
En eso, un haz de luz rodeó a los daimons e hizo explotar el suelo que estaba abajo de ellos. Hilda contuvo el aliento al ver precisamente ese ken, pero al notar que Gunther se levantaba, respiró con alivio. El poder que Flare manifestaba le permitió hablar a su Guerrero sin temer que el portal se cerrara sin aviso.
– ¿Estás bien, Gunther?
De momento, el Guerrero no respondió, ya que estaba dándole la espalda. Como con indecisión, empezó a dar la vuelta hasta que se encontró frente a frente con Hilda, todo en absoluto silencio.
La Valkyria sintió que perdía el aire, sus azules ojos abiertos al máximo por la impresión y los latidos de su corazón casi llegando a su cabeza. Sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y, por un segundo, estuvo a punto de soltar la Espada de Balmung debido al temblor que agitaba su cuerpo. Trató de decir algo, mas las palabras se le ahogaron en la garganta y, aún así, sonrió con toda la felicidad del universo.
– ¡Oigan! –gritaba Hildebrand, quien al querer conjurar al Midgard, había creado una docena de corazas rosadas alrededor de sendos daimons.– ¡No me van a creer! ¡Ya no sólo hay espíritus griegos en esta zona, también hay...!
Se interrumpió. Era demasiado increíble para ser cierto, demasiado hermoso y ellos eran muy poco dignos.
Bud sólo miró al suelo y notó que, por alguna razón, estaba proyectando dos sombras. Igual que sus compañeros.
–Lo sabemos, Hildebrand... lo sabemos... –respondió, sin querer su voz llenándose de alegría.
Porque una Valkyria tiene el don de convocar a las almas de los valientes, estén en el Valhalla del cielo o en el infierno de Hel, y no sólo llevarlos a descansar, sino también a pelear si es necesario. Flare se había convertido en una valkyria verdadera.
Y ya no había siete Guerreros Divinos. Había catorce.
– Te dije que te protegería por siempre, princesa mía –dijo, un fantasma con una voz que en parte era y no suya.
Los pocos daimons que aún trataban de organizarse conjuraron a la obscuridad de su Señor. Uno de ellos corrió hacia Hilda, quien miraba al Guerrero de Alpha-Dubhe como en sueños.
Hasta que la dulcísima música de una flauta le obligó a reducir su velocidad, cambiar de rumbo hacia el intérprete, y finalmente caer de bruces con su mente destrozada. Hilda y el Guerrero miraron hacia el causante.
Sobre unas rocas, se dibujaba la silueta de Sorrento de Sirene, ataviado con su Escama Marina y con su suave capa de lino agitada por el mismo viento que movía a las nubes. Todavía tenía la flauta en los labios.
Por un instante, Sorrento no supo cómo reaccionar. Ése era el momento que su conciencia le había insistido por años, y que él se había negado a aceptar. Estaba ante la joven avatar a quien su pecado le había destrozado el corazón.
– Saludos, Lady Hilda de Polaris –afirmó con respeto y con una ligera inclinación de cabeza.– Me alegro de reencontrarla.
Quizá habría pedido la disculpa que su corazón le exigía y que le había negado la paz, de no haberse fijado bien en el rostro del Guerrero.
Justo como otros seis espíritus habían usado los cosmos y armaduras de los Guerreros Divinos para lanzar sus ataques, un alma había utilizado el cuerpo de Gunther para materializarse. Frente a Hilda y Sorrento, y ataviado con la armadura de Alpha-Dubhe, se trazaban claramente unos ojos de color azul pálido, casi transparentes, nariz delicada y cabello color madera que, en suaves rizos, caía sobre sus hombros. Bajo él, sin embargo, alcanzábanse a ver las facciones de alguien más, de ojos y cabellos negros. Porque, a pesar de su intervención, el recién llegado seguía muerto.
Muerto por el Shogun de Marina que tenía enfrente.
– Sigfried... –murmuró Sorrento, conteniendo un fuerte temblor en sus manos.– Así que ésta es la penitencia que me corresponde.
Ni Hilda ni Sigfried supieron qué responder.



– Servimos a la humanidad al defender a la luz en sus horas obscuras. Servimos a la humanidad al proteger la tierra del mar y del fuego. Servimos a la humanidad al proteger la tierra del viento y de la muerte. Servimos sin esperar recompensa, sin aguardar gratitud, sin posibilidad de reconocimiento. Servimos en el anonimato, en el silencio, en la ignominia. Servimos a Atenea sólo porque ella es la Representante de la Luz. Servimos al Omnipotente...
– No me gustó tu tono de duda, Shaka.
El muchacho, que no tendría más de doce años, alzó la vista. Junto a él, se encontraba el Patriarca, el hombre que se ocupaba de la instrucción espiritual de todos los aspirantes a los Tresors. Aunque el representante de Atenea portaba su máscara, Shaka sentía como si éste pudiera verlo a través del metal y del cristal, y más aún, a través de su propio cuerpo como si su alma, su mente y su corazón no guardaran secretos para el responsable de velar por aquella luz a la que dedicaba su juramento cada mañana.
Esa mañana era particularmente luminosa. Los amaneceres en Grecia eran semejantes a los amaneceres en Nueva Delhi, los cuales apenas recordaba, pero podría jurar que el cielo y el mar eran muchísimo más azules en Europa que en Asia. Eso, recordó, decían las guías turísticas de Grecia, pero reconoció que no exageraban. Quizá esa región había sido bendita por albergar en algún momento a dioses que caminaron sobre la Tierra.
Cada mañana, cada uno de los aspirantes a tener un Tresor y que se encontraban en el Santuario debía hablar con el Patriarca. Cualquier persona lo vería como una pérdida de tiempo, pero Shaka admitía que nunca abandonaba esa Cámara sin haber aprendido algo. Además, no siempre debía esperar mucho antes que su turno llegara. De momento, en el Santuario sólo estaban los dos aprendices griegos que entrenaban para los Tresors de Escorpio y de Leo, y él que se encontraba de visita. Se decía que ya había aprendices para Acuario y Tauro, pero no entrenaban en Grecia y ni siquiera estaba seguro de haberlos visto alguna vez.
Miró al Patriarca con su profunda mirada llena de destellos azules y respondió:
– ¿Duda, Maestro? Pero si yo no...
– No lo notaste, pero la tienes.
Shaka miró hacia las enormes terrazas que flanqueaban la Cámara. Más allá de ellas, alcanzaba a ver el mar que rodeaba a la isla donde el Santuario de Atenea había sido edificado. Desde muy niño, había presentido que la respuesta a todo estaba en el infinito, y pocas cosas hay más infinitas, al menos a la vista, que el mar.
– No encuentro duda en mi corazón –respondió, con una seguridad poco propia de su edad.– Servimos a la humanidad, a Atenea y al Omnipotente.
– ¿Y qué entiendes por cada uno?
Shaka no volteó a ver al Patriarca. Se preguntó a qué podría referirse con su pregunta, pero no lo externó. No le gustaba demostrar dudas frente a otra persona, por más que fuera alguien superior a él. Nunca le había agradado.
– La respuesta a esa pregunta tomaría bastante tiempo, Señor.
– En este lugar, tienes todo el tiempo del mundo a tu disposición.
– ¿Es la Eternidad de la que tanto habla?
Fue el turno del Patriarca de mirar hacia el mar. Shaka presintió algo extraño en su cosmo, como si estuviera buscando sus propias respuestas dentro de su alma. Pero desechó esa idea de inmediato. Era absurdo que una persona tuviera que buscar sus propias respuestas, como si compartiera cuerpo con otra alma. Además, ¿cómo podría él, con un cosmo apenas en entrenamiento, intentar comprender a alguien que sabía más que él?
– Cuando lo Divino se une a lo Humano, como ocurrió en Grecia y como quedó plasmado en los pilares que nos rodean, –dijo el Patriarca– la Eternidad es el resultado.
Por un momento, ninguno de los dos habló, como si esa meditación representara el final de la plática. Sin embargo, el Patriarca insistió:
– No has respondido a mi pregunta, Aspirante al Tresor de Virgo.
Shaka, concentrándose de nuevo en el mar, respondió:
– En pocas palabras, mi Señor, entiendo por Humanidad a los hombres comunes que no conocen nuestra existencia, a Atenea como a la diosa que vive dentro de la Cámara, y al Omnipotente como Aquel que dispuso que debería ser así.
– Me pareció que dijiste que las respuestas serían necesariamente largas.
Shaka comprendió que se había aventurado en su respuesta, pero no estuvo dispuesto a reconocerlo. Así que bajó la vista, fijándola en el piso de las terrazas de mármol.
– Podría decir muchas palabras, pero al final ésa sería mi conclusión.
– ¿Es ésa tu conclusión, entonces?
Estuvo a punto de responder un “me parece”, pero se contuvo en el último momento y dijo:
– Sí, lo es.
– Es incompleta. Tus conceptos están limitados y son, por tanto, defectuosos.
El Patriarca se levantó y, dándole la espalda, caminó hacia la terraza. El Aspirante sintió que enrojecía levemente por la vergüenza de haber fallado, y se alegró de que no pudiera verlo.
– Has dicho –comenzó el Patriarca, deteniéndose justo en el último segmento de sombra antes que la luz lo tocara– que consideras a la Humanidad como aquellos que no conocen nuestra existencia.
– Y sostengo mi idea, mi Señor.
El Patriarca no respondió de inmediato. Shaka pudo percibir una leve vibración de temor en el aire, pero era muy extraño que pareciera provenir del hombre más poderoso en el Santuario. Era como si temiera que algo se manifestara... debían ser sus ideas absurdas de nuevo.
Fruto de la imaginación hiperactiva de un Aspirante que acaba de cometer un error y busca algo que lo distraiga.
– Si ésa es tu idea, ¿niegas entonces que los iniciados en este secreto sean parte de la humanidad?
Shaka se desconcertó un segundo, pero casi de inmediato recuperó su calma.
– No deberíamos serlo –respondió.– No podemos quedarnos en el nivel de los seres humanos comunes y vulgares.
– ¿No te consideras entonces un ser humano?
– Cada uno de nosotros debería ser un hombre superior, mi Señor.
El Patriarca negó levemente con la cabeza, sin dejar de ver hacia el mar.
– Nunca pierdas tu humanidad, muchacho –dijo, ya sin tono de enseñanza, sino de consejo.– Eres igual que todos aquéllos a quienes has calificado de vulgares, aunque tu misión sea tan diferente y evite que puedas ver tu propio corazón.
Shaka decidió que no respondería. Aunque el razonamiento del Patriarca parecía interesante, sería mejor meditar en él cuando ya estuviera a solas. El que siguiera siendo un ser humano de carne, hueso y sangre no significaba que tuviera que estar sujeto a las mismas pasiones y deseos de los humanos comunes. Su objetivo era superior: era Defender a la Luz. No podía darse el lujo de sentir lo mismo que las otras personas, o pondría en riesgo a toda su misión debido al egoísmo que caracteriza a todo ser vivo, lo sabía. Pero lo meditaría de todas formas, aunque ya conocía la conclusión a la que llegaría.
– En cuanto a que Atenea es la diosa que vive dentro de la Cámara... es una forma muy simple para referirte a ella.
– Podría explicarle sobre los atributos mitológicos de Atenea, pero sería decir cosas que usted ya sabe.
– Y no era eso lo que en realidad te preguntaba.
Shaka, por supuesto, no preguntó a qué era lo que se había referido, y al parecer el Patriarca no se extrañó de que no lo hiciera.
– Atenea es una diosa, eso cualquiera lo sabe –dijo el Maestro.– Pero, ¿qué representa?
– La Inteligencia que guía al triunfo por medio de la Estrategia.
– En verdad, ¿sólo representa eso?
El Aspirante no respondió de inmediato. Se decía que Atenea también era la protectora de las ciudades, de las artes manuales, del hilado y de algunos otros atributos, pero dudó que ésa fuera la respuesta que el Patriarca quisiera escuchar.
– Atenea no es la única diosa de la Guerra –dijo su Maestro, pero el Alumno pudo percibir un ligero temblor en su voz. ¿Acaso algo lo preocupaba?– De acuerdo, representa la Inteligencia aplicada al Combate, pero si la limitamos a eso, entonces no será diferente de los héroes que, protegidos por ella, usaron su mente para ganar batallas. ¿Sabes por qué tan pocos de sus protegidos fueron al Campo Eliseo después de morir?
Shaka no negó con la cabeza para ocultar sus emociones, pero la carencia de un ademán no significó que lo supiera.
– Aquiles fue condenado al Averno... –comentó, parcialmente para disfrazar el hecho de que no entendía a dónde quería llegar.– Ahí cuentan que lo vio Eneas. Belerofonte y Jasón se le unieron después. Pero Perseo, Orfeo y Orestes fueron al Eliseo, o al menos eso mantiene la tradición.
– La tradición raras veces se equivoca. ¿Sabes en qué consistió la diferencia entre ambos?
Nuevo silencio. El único sonido dentro de la Cámara fue el lejano murmullo del mar.
– Perseo honró a Atenea, pero no usó los dones que había recibido para combatir a la Gorgona sólo porque sí –dijo el Patriarca, su voz con un tono como si se perdiera en aquellas épocas lejanas.– ¿Recuerdas por qué lo hizo?
– Para proteger a su madre Dánae y salvar a la princesa Andrómeda –respondió Shaka, que aunque no se sentía fascinado por la mitología griega, la conocía bien.
– ¿Y sabes por qué Orfeo entró al reino de Hades?
– Para tratar de rescatar a su esposa Eurídice, aunque...
– ¿Y por qué, cuando los Olímpicos enjuiciaron a Orestes, quien había ejecutado el plan de su hermana Electra y matado a su madre y a su padrastro, y dudaron si condenarlo o perdonarlo, Atenea intervino a su favor y salvó a ambos?
– Porque Electra y Orestes no mataron a Clitemnestra y a Egisto por ningún motivo, sino para vengar el asesinato de su padre Agamenón. No les importó que regresara de Troya con una amante, sino que era su padre y había muerto a traición.
– ¿Y aún así no encuentras la respuesta?
Al escuchar esa pregunta, Shaka la encontró de inmediato y comprendió por qué Atenea era diferente de los otros dioses, reflejando tal distinción en los favores que otorgó a sus protegidos después de su muerte. No dijo nada, pues no acostumbraba demostrar cuando algo lo emocionaba, pero presintió que el Patriarca percibiría que ya había comprendido.
– Y, por último, ¿por qué dudas del Omnipotente?
El cambio de conversación desconcertó un poco al Aspirante. Creyó que seguirían hablando sobre Atenea un rato más, pero de repente, su Maestro daba por terminada esa parte de la conversación y pronunciaba la pregunta que deseó que jamás dijera.
– No dudo del Omnipotente –respondió.– Él existe y eso es obvio.
– No dije que dudaras de su existencia. Cuando dices tu Credo cada mañana, tu voz baja de volumen imperceptiblemente cuando pronuncias su Nombre. ¿Por qué te resulta tan difícil decir “Servimos al Omnipotente, quien protege a Atenea y a la Humanidad, aunque Él será el único que sabrá nuestros nombres por el resto del tiempo”?
– Porque no sé si es cierto.
Por unos momentos, Shaka había dejado de ser un aprendiz de no más de doce años y hablaba con la seguridad propia de un hombre que ha vivido muchas décadas. Sus palabras no tuvieron el tono de duda o de temor correspondientes a de un muchacho que apenas aprende a controlar su cosmo y que todavía no se hace digno de su Protector Estelar. Eran confiadas y firmes, y cualquiera que lo escuchara comprendería que era algo que había meditado durante mucho tiempo, quizá años, y era una conclusión extraída de tales pensamientos.
– ¿Cómo saber si el Omnipotente nos protege, si la Humanidad a la que juramos proteger se destruye con cualquier pretexto y sin que nadie lo impida?
El Patriarca no respondió.
– ¿Cómo saber si el Omnipotente nos protege, si el mundo que nos regaló es destruido a cada segundo, y no trata de impedirlo?
El Patriarca siguió callado.
– ¿Cómo puede el Omnipotente preocuparse por la humanidad, por los seres humanos, por los dioses reencarnados, por cada ser vivo del planeta, si permite que existan el hambre, la guerra, la muerte, el odio y la envidia? ¿Qué tipo de Dios es si con decir una palabra podría terminar con la destrucción de sus hijos y de su mundo, pero permanece en silencio?
Era raro que Shaka hablara tanto, pero no tuvo el menor problema en expresarse. Lo extraño, un tanto sobrenatural, es que a pesar de sus frases no hubo emoción en su tono. No hubo rabia, ni indignación ni tristeza. Hubo seguridad y firmeza en su juicio, pero nada más.
El Patriarca lo contempló algunos instantes sin pronunciar palabra, obviamente meditando en lo que acababa de escuchar y, sobre todo, de ver.
Se separó de la ventana, dirigiéndose hacia sus Cámaras personales y dando a entender que la lección de aquel día ya había terminado. Shaka ni se alegró ni se lamentó al observarlo, pero al fin y al cabo llevaba años tratando de deshacerse de cualquier rastro de emoción que hubiera en su alma, así que no se preocupó más de lo conveniente.
Antes de entrar a su cámara, sin embargo, el Patriarca se detuvo, lo miró por sobre su hombro y dijo:
– Si aprendes a ver, serás el más poderoso de los Santos, Aspirante al Tresor de Virgo.
Y lo dejó solo.
Shaka meditó mucho tiempo sobre lo último que le había dicho el Patriarca, a pesar de que jamás volvieron a tocar el tema. El único cambio visible que hubo en él fue que, justo un año antes de que fuera su turno de obtener su Tresor, decidió cerrar los ojos y no volver a abrirlos más que en combate. Percibió que muchos en el Santuario querían preguntarle la razón, desde los curiosos como los Aspirantes a los Tresors de Escorpio y de Tauro, hasta los Santos mayores que él, como el de Aries.
–Pero justo en ese momento, el Patriarca comenzó a prohibir el contacto entre sus Santos, y no supo, sino hasta años más tarde, quiénes se habían hecho merecedores de sus Armaduras Doradas. Y poco después, cuando el ambiente parecía volver a ser de paz, un Caballero de Bronce que acababa de ganar su armadura huyó del Santuario y comenzó una época difícil, en la cual nadie se animaba a hablar con los demás. Los únicos que no temían al Santo de Virgo, de quien se decía que sólo tenía que abrir los ojos para matar a quienes le rodeaban, eran Moo, quien se había auto-exiliado, y el Patriarca mismo. Pero la siguiente vez que habló con él, ya no platicaron sobre la Humanidad, ni sobre Atenea, y menos sobre el Omnipotente. Sólo recibió la orden de mandar a sus alumnos a una isla llamada Khan y de matar con sus propias manos, de necesitarse, a aquel Santo que se atreviera a retar al Patriarca. Pero ni siquiera entonces Shaka pidió una explicación. Nunca las pide, ni las da.
Al igual que había ocurrido con Moo, se había elevado una cortina de agua que proyectó las imágenes de aquella mañana tan lejana, pero los presentes en el juzgado pudieron adivinar los pensamientos del acusado en aquel tiempo con un énfasis mayor. Kanon había dado las conclusiones de la presentación, pero su tono era mucho más cansado que antes. Moo permanecía en silencio desde el sitio en donde había sido atrapado y Kiki no parecía comprender muy bien cuál era el pecado del que se acusaría al Santo de Virgo. Aeacus y Radamantis, en cambio, lucían un franco gesto de indignación.
Kanon volteó a mirarlos mientras la cortina descendía y volvía a convertirse en la fuente que unía al juzgado con los jueces. Era como si supiera que Shaka había perdido desde el principio, quizá desde esa misma mañana, y ya no tuviera mucho interés en arrojar más leña a su hoguera.
– El pecado es obvio, mis Señores. No hay mucho más que añadir. El acusado no cree en la Humanidad, ni en Atenea, y menos aún en el Omnipotente. He aquí a un Santo sin fe.
Kiki no entendió por completo cómo se había llegado a esa conclusión, pero la última frase le hizo comprender que la situación era bastante grave. Moo bajó la vista, comprendiendo que todo estaba perdido.
Aeacus se apoyó sobre el respaldo de su asiento, muy molesto ante lo que veía. Sus ojos se habían vuelto completamente verdes, y el contraste con su piel aceitunada le daba un brillo literalmente sobrenatural.
– En todo el tiempo que llevo aquí, he encontrado a mucha gente sin fe. Pero jamás encontré a alguien que no sólo fuera un protector de los dioses que los ha visto hacer milagros y aún así carezca de fe, sino que permaneciera tan calmado mientras lo acusaban.
Shaka, en respuesta, abrió lentamente los ojos. No tenía la intención de atacar a los jueces, y menos aún de defenderse. Se limitó a ver a Aeacus y a Radamantis con sus azulísimos ojos y permaneció en silencio y en completa calma.
– Hay algo más –añadió Kanon con un tono que pretendía ser indiferente, sin lograrlo por completo.– Éste supuesto protector de Atenea no sólo actuó en su contra, sino que también hizo que se le conociera como “el hombre más Cercano a Dios.”
Ante sus palabras, Radamantis dio un respingo.
– Eso es una blasfemia –sentenció.– Simple y llana blasfemia.
Los dos jueces voltearon a ver a Shaka, quien seguía observándolos con una paciencia que parecía infinita.
– Careces de fe y presumes de estar cerca del Omnipotente –añadió Aeacus, indignándose más a cada palabra.– Desprecias a la Humanidad a la que perteneces, atacaste a los protegidos de Atenea aunque le juraste lealtad... ¿Tienes algo que decir al respecto?
En contraste con la desesperación y la culpa que Moo había demostrado durante su turno, Shaka permaneció completamente calmado.Miró a los jueces con sus brillantes ojos y afirmó con tranquilidad:
– Quien confía en sus ojos, es engañado por ellos. Y es obvio que eso le pasa a ustedes.
A pesar de la situación en que se encontraba, Moo se preguntó si era por ello que Shaka siempre mantenía los ojos cerrados. Pero no, no era excusa suficiente. Los Santos desarrollan el Séptimo Sentido, y ése está más allá de la intuición. Ésa no podía ser la razón, pero en ese momento se encontraba más convencido que nunca de que el Santo de Virgo no cerraba los ojos solamente porque, según decía, todo lo que lo rodeaba debería morir cuando los abriera.
Qué poco se habían conocido, a pesar de su edad y de lo cercanos que debieron haber estado.
– ¿Qué quieres decir? –preguntó Kanon.– ¿Que los Jueces se equivocan?
Shaka miró a Kanon con una expresión igual de tranquila.
– Mi alma está en paz –sentenció.– No me preocupa lo que haya de ocurrir, ni siquiera si aquellos que deciden los destinos de los hombres no se atreven a pensar como dioses ni como humanos. Vine a pedir permiso para sacar a Atenea del Averno, pero jamás creí que me enfrentaría a un par de ciegos.
El silencio más profundo inundó la Cámara. Hasta el agua de la fuente pareció callarse. Moo sintió un escalofrío, Kiki se aterrorizó, Aeacus frunció el ceño, Radamantis apretó las manos y Kanon bajó la vista, como si maldijera a Shaka por haber dicho eso.
– Eres un blasfemo –calificó Radamantis entre dientes.
– Al menos sé ver cuando debo hacerlo –respondió Shaka sin intención agresiva y con tranquilidad absoluta.
Radamantis dio un puñetazo sobre la mesa y sentenció:
– Es suficiente. No necesitamos escuchar más. Shaka de Virgo, eres culpable del pecado de blasfemia. Debiste dejar que la fe te guiara y con ella guiar a otros, pero la soberbia pudo más que tu fe. Lástima.
Y la misma luz negra y blanca que había sujetado a Moo brotó del piso, envolviendo a Shaka y elevándolo. No apartó la mirada ni de los Jueces ni de Kanon, y se limitó a decir:
– No envidio su trabajo.
Kanon, sin querer, sonrió. Así que el Santo de Virgo tenía cierto sentido del humor, después de todo. Lástima que ya no podría demostrarlo.
Kiki, en contraste, pareció dudar si correr hacia su señor Moo o hacia Shaka, quien permanecía tranquilo. Murmuraba alternadamente sus nombres y, de pronto, sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, aterrado. Finalmente, se dejó caer sobre el piso, sin separar la vista de los dos Santos condenados y ya sin ánimo para preguntarse qué sería de él.
Conservando su papel, el antes Shogun de Marina volvió a colocarse frente a los Jueces y afirmó:
– Esto ha terminado, entonces. La Orden del Zodiaco no es digna de proteger ni de rescatar a Atenea. Los dos protectores que vinieron a abogar por ella resultaron ser un traidor y un blasfemo. Y los demás integrantes de su elite, –añadió, con un gesto levemente irónico– no son mucho mejores. Uno es demasiado ingenuo, otro tiene fama de asesino y el último fue el único de entre ellos que se atrevió a atacarla. Me temo que la sentencia que recibirán será muy obvia.
Aeacus suspiró. Las palabras de Kanon guardaban una terrible verdad. Radamantis, claramente decepcionado, afirmó:
– Atenea no debe encontrarse en el Averno, y sin embargo, no hay quien resulte digno de rescatarla. Tendrá que permanecer aquí hasta que aparezca alguien que posea tal dignidad, aunque podrían pasar años... En cuanto a ellos.
Aeacus bajó la vista. No le gustaba lo que seguía, pero sabía que su compañero tenía razón.
– Moo de Aries y Shaka de Virgo, han sido encontrados culpables de sus respectivos crímenes, y por tanto, son sentenciados a muerte. Sus cuerpos serán destruidos por las ataduras que los sujetan y sus almas serán destruidas al morir dentro del Averno. Lástima que no tendrán otra reencarnación para aprender de sus errores.
Kanon desvió la mirada, intentando mantenerse frío sin lograrlo del todo.
– ¡No! ¡Por favor, no lo hagan!
Hasta entonces, pareció que los Jueces se acordaban que Kiki estaba ahí. El aprendiz trató de acercarse a la fuente, cuyas aguas se elevaron impidiéndole el paso. Kanon se adelantó y lo sujetó con fuerza de los hombros, impidiéndole seguir, y rodeando su cuerpo con sus brazos cuando comprendió que iba a soltarse.
– ¡Si tocas el agua, te mueres! –advirtió.– ¡Por favor, cálmate!
– ¡No, Kanon, no lo comprendes! –siguió Kiki, lágrimas fluyendo por sus mejillas.– ¡Nadie lo comprende! ¡El señor Moo es bueno, leal y cariñoso, y es casi como mi hermano! ¡Sé que jamás me traicionaría! ¡Y Shaka sí tiene fe! ¡Una vez me dijo que si rezaba nunca estaría solo!
Intentó liberarse de nuevo, mientras las luz negra y blanca que sujetaban a los Santos comenzaban a brillar con más fuerza. Kiki, comprendiendo lo que iba a pasar, exclamó, mientras Kanon hacía un verdadero esfuerzo para detenerlo:
– ¡Sí son dignos de la señorita Atenea! ¡Sí lo son!
– La dignidad puede ocultarse, pero está presente. Sólo debe mirarse con mayor cuidado.
Ante esas palabras, tanto los Jueces como el Fiscal miraron hacia la puerta que daba acceso al Juzgado. Moo y Shaka hicieron lo mismo lo más que pudieron, reconociendo esa voz, y el silencio se hizo de nuevo en la cámara.
En la puerta, había un hombre alto, vestido con una túnica. Su largo cabello rubio le caía por los hombros y bajaba por la espalda, y su grave voz resonó con fuerza contra los muros de mármol. Kanon, contra su voluntad, palideció. Kiki sólo pudo murmurar la misma palabra que había dicho un rato atrás.
– Saga...
Y el Santo, el Patriarca, el hombre que había sido poseído por Ares, que había intentado matar a su diosa y que después había repartido Armaduras y Tresors a los que se convertirían en defensores de la diosa, en un gesto completamente extraño, sonrió.



El golpe se escuchó seco al cortar el aire, y habría destrozado cuerpo y alma justo como lo anunciaba de no haber sido ahogado por la musicalidad del acero estelar. O más bien, por el ritmo de los eslabones de una cadena.
A apenas centímetros de clavar sus manos en el corazón de Ikki, Nox descubrió que no podía moverse. Su cuerpo había sido detenido por una fuerza invisible, que apenas percibía como una ligera corriente de aire. Su brazo, en cambio, estaba rodeado por una plateada cadena desde la muñeca hasta el codo, cual si ésta se asegurara que no podría moverse si la corriente llegaba a interrumpirse. Maldijo en voz alta, tratando de liberarse sin conseguirlo. Fénix, en cambio, había conservado la calma y ni siquiera había intentado esquivar el golpe ni encender su cosmo para defenderse.
Shun se había puesto de pie a la velocidad del rayo a pesar de sus heridas, había activado el Vapor Nebuloso para detener a Nox y empleado la Cadena para asegurarse de que no lograría superarlo. Sólo una vez había recurrido a ambos al mismo tiempo, pero la pelea contra Poseidón había sido tan rápida –y tan urgentemente necesaria– que jamás meditó sobre las consecuencias. Ahora, en cambio, era fácil advertir su angustia al tener que emplear su ken después de haber matado a Reda con él.
Ikki lo miró y se sorprendió al descubrir su gesto. Presintió que algo le había ocurrido a su hermano. Algo bastante malo
– ¡Maldito, suéltame! –gritó Nox, dando un tirón a los eslabones.
– Prometí a mi hermano que lo vengaría de aquel que lo dañó tanto –sentenció Andrómeda, sus ojos recuperando un poco de luz.– Aunque esté vivo, sigo dispuesto a cumplirlo.
Su cosmo era casi completamente dorado, un filo magenta apenas mostrando cuál había sido su tono original. Sí, había cambiado otra vez, pero Ikki no se alegró de lo que veía. Los ideales o la protección estelar no habían tenido nada que ver en ello, y el arrepentimiento que Shun mostraba no podía ser bueno.
– Shun, este combate es mío –afirmó con voz tranquila y mente preocupada.– Nox y yo tenemos muchas cuentas pendientes, así que suéltalo y déjanos pelear.
Andrómeda lo miró con sorpresa. Fénix continuó:
– Ayuda a Seiya, Shiryu y Hyoga en mi lugar. No deben encontrarse lejos de aquí.
– ¿Llegaron al palacio? –preguntó Shun, más reaccionó de inmediato y protestó.– ¡Ikki, te juré que te vengaría! ¿Cómo quieres que me marche ahora?
– Te libero de tu juramento. Haz lo que te digo y encuéntralos –sentenció Ikki, y con tono más estricto y reservado, añadió– Nox todavía no sabe todo lo que debería sobre mi retorno. Te prometo que los alcanzaré apenas termine aquí.
Shun casi ni se percató de la lucha del Guardián por liberarse de su ken y de la cadena. Pensó que debería sentirse aliviado por ya no tener que cumplir el juramento de matar a una persona, pero en lugar de eso, lo inundó la ansiedad. ¿Por qué ese cambio repentino en la actitud de su hermano?
Ignoraba que Ikki se preguntaba exactamente lo mismo.
– ¿Qué esperas? –gritó Fénix con ojos centelleando.– ¡Márchate ya!
Andrómeda no se decidió a obedecerlo. Su hipersensibilidad había vuelto, y su intuición le advertía que, si se iba, Ikki y él jamás volverían a encontrarse.
– ¡Lárgate! –escuchó en voz de su hermano.
Mordiéndose los labios, Shun ordenó a la cadena que se replegara y soltara a Nox. Aún así, no desactivó el Vapor Nebuloso.
– Adiós, Nii-San –murmuró.– Adiós...
¿Adiós para siempre?
¿Por qué había pensado en esas palabras, aunque fuera un segundo?
Shun se obligó a sí mismo a dar la vuelta y no mirar hacia atrás, y corrió, entre plantas y vidrios rotos, para salir del invernadero. Mientras se alejaba, su ken se debilitó paulatinamente. Al percibirlo, Nox sonrió con burla aún en medio de sus lágrimas.
– Eres un idiota, Fénix –sentenció.– No sabes lo que acabas de hacer.
– ¿Te parece? –preguntó Ikki, de nuevo tranquilo.– No le mentí.
El Guardián se cruzó de brazos, confirmando que había recuperado su capacidad de movimiento, y permaneció en silencio.
– Todavía no acabo de hablar contigo. Dijiste que las ofensas de sangre sólo se pagan con sangre, y eso es exactamente lo que pienso. El primero que atacó fuiste tú, así que es justo, si quieres verlo así, que me vengue.
La sonrisa de Nox se volvió aún más siniestra.
– Por vengarte de mí acabas de destruir la última oportunidad que tenías para salvar el alma de tu hermano y las vidas de tus amigos.
Los ojos de Ikki relampaguearon y apenas se contuvo para no demostrar su descontrol.
– No me refiero al cambio que notaste en Andrómeda y que te motivó a evitar que peleara conmigo –prosiguió, disfrutando cada una de las palabras.– Porque lo notaste, ¿verdad? Andrómeda ha conocido el odio. No le sería difícil convertirse en un ser obscuro el día que se decidiera a hacerlo. Pero no hablo de ello.
¡Así que era eso!, pensó Ikki. Uno de los pocos corazones puros que quedaban en el mundo finalmente había conocido al odio y al deseo de matar a alguien, aunque ignoraba los detalles. Pero de ahí a que Shun pudiera unirse al Mal si lo deseaba existía una gran diferencia. ¿Tan terrible había sido para su hermano aceptar su propio poder?
Pero no fue eso lo que le preocupó más.
– Me refiero a que tu hermano va directo a su muerte corporal y espiritual, e igual tus amigos. Sus cosmos lo demuestran: la vibración en ellos es como las últimas notas de una canción.
Y añadió con malignidad:
– Y cada vez se acercan más al final.
Por más control que Ikki tuviera sobre sí mismo, las palabras del Guardián fueron demasiado para él y no logró contener un estremecimiento. Su cosmo estaba muy sensible, tal vez por su reciente regreso a la vida, y recordó haber percibido la alteración en el aura de su hermano sin saber a qué se debía.
Shun iba a morir.
Y Seiya, Shiryu y Hyoga con él.
No acababa de girar hacia la salida del invernadero para alcanzarlos cuando Nox, con la velocidad de la luz, le cerró el paso.
– ¿Te mueres por alcanzarlos y evitarlo, Fénix? –preguntó con toda la mala intención que existe en el rencor.– ¡Olvídalo! Sus destinos están marcados y nadie podrá cambiarlos! ¡Ni siquiera tú!
– ¿Y me llamaste idiota? –respondió, tratando de recuperar su cinismo usual.– El destino existe, pero los hombres poseemos la capacidad de cambiarlo.
Nox frunció el ceño. Las lágrimas en su rostro empezaban a secarse.
– Tu cosmo no comparte esa misma vibración de muerte, quizá porque el Fénix acaba de revivirte. Si como tú dices, los hombres podemos cambiar el destino...
Encendió su aura. Ikki respondió igual.
– ... Voy a cambiar el tuyo para que también mueras hoy.



La puerta se abrió lentamente apenas recibió el primer contacto de la luz dorada. Quizá si hubiera estado más familiarizado con la cultura contemporánea, habría esperado que chillara mientras cedía. Pero el cine era un arte muy poco conocido en el Santuario, y Milo se limitó a aguardar a que el espacio entre puerta y dintel fuera lo suficientemente ancho para pasar al interior de la mazmorra.
Aunque no portaba su armadura, Milo recordaba haber visto al Guardián de Cerbero y estaba dispuesto a enfrentarse a él –y más que eso, estaba preparado para atacar desde el instante en que puso pie en el calabozo. Pero solamente lo rodearon la obscuridad y el silencio y no alcanzó a verlo. Tampoco pudo percibir la menor señal de su cosmo y a pesar de que presintió que podría ser una trampa, comprendió que no tenía más remedio que esperar a que su enemigo se revelara a sí mismo. Si lo hacía. Que ojalá no lo hiciera.
Aunque en un rápido vistazo a su alrededor no detectó el menor rastro de luz dentro del calabozo, su Séptimo Sentido le permitió observar con toda claridad a Aioria, quien seguía encadenado al muro. Y que estaba demasiado quieto para su gusto.
Cuidadosamente, cerró la puerta detrás de sí y se le acercó. Mientras lo hacía, la figura de su compañero poco a poco se volvió más nítida. Milo trató de conservar la calma al descubrir, como por vez primera, que el cuerpo de su amigo apenas se tenía en pie por los eslabones. Su dorada cabeza seguía apoyada sobre el pecho, sus ojos seguían cerrados, su ropa estaba rota y empapada en sangre...
¿Respiraba?
Se alegró de que nadie pudiera ver cómo aspiraba profundamente cuando llegó a su lado, tratando de calmarse para no gritar por la rabia. "Eres el Santo más interesado en la Muerte", se dijo, como si eso bastara para contemplar la situación con objetividad. "Si Aioria está muerto, de nada servirá llorar."
"Sólo vengarlo."
Mordiéndose los labios, Milo activó y concentró su cosmo dorado en sus manos, sus dedos brillando de forma semejante a lámparas delgadas. Sin tocar a Aioria, los acercó a donde estaban sus heridas y concentró su energía en tratar de sanarlo. Pero le pareció que ninguna de las lesiones se cerraba a pesar del intento.
Como si la sangre en las venas de su amigo hubiera dejado de correr, y por tanto no pudiera cicatrizar, y eso significara que su alma...
“No puedes morir todavía, Aioria de Leo”, pensó, apoyando su mano derecha sobre su frente y hallándola demasiado fría a pesar de la energía que trataba de pasarle. “Tenemos una misión que cumplir. No puedes darte el lujo de partir antes de que Atenea haya salido del Averno. No te conviertas en otro Camus de Acuario...”
Alzó el rostro del moribundo, pero el Santo no abrió los ojos ni dio señal de enterarse que estaba ahí. Notó que las ojeras que usualmente se formaban bajo sus ojos estaban más obscuras que nunca.
“Fuimos amigos cuando éramos niños, pero de repente se me dijo que debería separarme de ti porque eras el hermano de un traidor", pensó con cierta nostalgia, preguntándose a dónde se había ido el tiempo. "Lo siento, debí seguir a mi corazón, no las órdenes de alguien más. Porque supe que estabas solo, y aún así no hice nada."
Aioria siguió inmóvil.
"Cuando nos reencontramos años después, en el salón del Patriarca, tú y yo discutimos. ¿Lo recuerdas?”, y al recordarlo, sin querer sonrió débilmente. “Dijiste que si decidía asignarme la misión de matar a los Cinco, me harías pedazos antes de marcharte a cumplir mi trabajo. ¡Cómo te maldije ese día, estúpido león entrometido!"
Un esfuerzo más, se dijo. Sólo uno más...
"Pero luego comprendí que actuabas así porque sentías que debías probar que eras leal a Atenea, no como tu hermano. De haber permanecido contigo desde niños, jamás habría dudado de ti ni me habría enojado tanto esa tarde.”
El último esfuerzo...
"Los cinco Santos que sobrevivimos nos unimos el último año, pero nadie entendió cuán fuerte era nuestra paréa cuando juramos que, si perdíamos a alguien, lo dejaríamos atrás. Ahora debería estar con Aldebaran aguardando cualquier señal de Moo y de Shaka, pero aquí estoy... Si sobrevives, me las vas a pagar".
Aioria no reaccionó.
"Sobrevive, por favor..."
Su temperatura estaba muy baja y Milo no se atrevió a encender su cosmo para percibir si el de su amigo todavía existía. Contra su voluntad, el escorpión cerró las manos en puños y estuvo a punto de golpearlo, pero se contuvo.
– ¡Demonios, no te rindas! –exclamó en voz baja.– ¿Dónde está tu espíritu de combate? ¿Dónde dejaste al cosmo más luminoso del grupo? ¿Te atreverás a decirme que te diste por vencido?
Apagó su cosmo. Había hecho todo lo que podía y, si no había reacción, no tenía mucho caso seguir. Maldito Aioria, pensó aunque su rostro se mantuvo inexpresivo. Maldito, maldito...
– Dejaste que te mataran... –murmuró.
Y en eso escuchó un suave gruñido que escapaba de entre los labios de Aioria. Por alguna razón, le pareció que estaba protestando, aunque todavía seguía inconsciente. Pero después de todo, había sido una expresión demasiado débil para que una persona común lo escuchase. Por primera vez en mucho tiempo, se alegró de poseer el Séptimo Sentido.
– Así que vives –comentó con ojos brillantes.– Muy bien, los demás nos esperan...
Cuando dirigió sus manos hacia los grilletes que lo sujetaban, notó que sus heridas ya iniciaban la cicatrización. Milo sonrió, esperanzado y alegre de haber llegado justo a tiempo. Camus seguramente se alegraría en el Eliseo.
– Sólo tengo que soltarte y sacarte de aquí...
– Para los intrusos, sólo existe una manera de salir del Averno. Con los pies por delante.
Si alguna señal de clase tenían los Santos Dorados era que jamás se sorprendían cuando un enemigo llegaba y los amenazaba. Con calma que rayaba en la locura, Milo lentamente dio la vuelta hasta encontrarse frente a frente con Laertes de Cerbero. Y aunque no portaba el tresor de Escorpio, nadie podía ayudarlo y perdería su alma y la de Aioria si lo mataban, se obligó a sí mismo a conservar la sonrisa en los labios.




Los pasos metálicos de tres pares de botas resonaron rítmicamente sobre el suelo del Palacio. En ese sonido había prisa y preocupación, fiel reflejo de los corazones de sus dueños y, a diferencia de hacía horas, era obvio que ya no les importaba el que los descubrieran.
Seiya, Shiryu y Hyoga habían entrado al Palacio del Tártaro seguros de que, en el momento en que lo hicieran, se les echarían encima una brigada de daimons y los cuatro Guardianes que teóricamente faltaban. No tenían manera de saber que estos últimos habían sido enfrentados o estaban por serlo en diversas zonas del Averno, ni que a la mayoría de los daimons se les había dado otra misión más importante en Terra. Sin embargo, descubrir dónde estaban sus posibles enemigos era la menor de sus preocupaciones en aquel momento.
– ¿Puedes percibirla? –preguntó Shiryu tras haber encendido su cosmo, sin dejar de correr.
Hyoga y Seiya habían actuado igual. Cygnus negó con la cabeza, mientras Pegaso apretaba las manos en puños.
– No. No siento la presencia de Saori por ninguna parte –respondió el primero.– Es como si no se encontrara dentro del Palacio.
Shiryu se detuvo y miró en derredor suyo mientras sus amigos lo imitaban. Desde ahí, alcanzaba a ver el invernadero y el salón de baile.
– Eso es imposible –sentenció.– Sabemos que Atenea está aquí. ¿Por qué no podemos percibirla?
– ¿Crees que Hades le haya hecho algo? –preguntó Hyoga.
De momento, no obtuvo respuesta.
– Espero que sólo la tenga oculta –murmuró Dragón.– No hay modo de extinguir un cosmo excepto...
– ¿Quieres decir que Hades mató a Saori?
La exclamación de Seiya mostraba tal desesperación incluso dentro de su control, que ninguno de sus compañeros tuvo corazón para dar voz a lo que todos pensaban. Que era demasiado posible que Hades hubiera matado a la que llamaba su sobrina favorita, o bien que el Averno ya hubiera absorbido su cosmo por completo –y de ser así, ¿qué habría ocurrido con ella?
Tal idea afectó más a Seiya que a sus compañeros. En una ráfaga, pensó en Saori y en qué sería de su vida si ya había muerto, y también en que todos morirían en vano. Porque si bien la idea de perder la vida todos juntos por ella (o con ella) era su juramento, intención y firme propósito, no era lo mismo perder el alma.
Contra su voluntad, Seiya sintió un nudo en la garganta, producto de la impotencia. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en la más leve señal del cosmo de su diosa. “Vamos, Séptimo Sentido, guíame hasta encontrarla”, suplicó mentalmente. “No temo a mi muerte. Temo a que ella muera.Temo a que ella permanezca aquí toda la eternidad.”
Shiryu y Hyoga lo miraron en silencio, tratando a su vez de percibir el aura de Atenea. Seiya, aunque se negaba a perder la esperanza, dejó caer la cabeza sobre su pecho. ¿Para qué quería encontrarla?, se dijo involuntariamente. ¿Para guiarla a la superficie y que muriera de todos modos?
En eso, una vibración cálida empezó a rodearlos, al principio con tanta suavidad que ni cuenta se dieron. Sin embargo, poco a poco fue aumentando de intensidad, hasta el punto en que los tres sorprendidos Caballeros no sólo la percibieron, sino que también pudieron verla. Parecía un cosmo dorado que no pertenecía a persona alguna, y que sin embargo no les era completamente desconocido. Más aún, no parecía ser solamente un cosmo, sino tres, pero eran tan semejantes entre sí que bien podrían haber pasado por uno solo.
En medio de esa suave energía, Seiya, aunque conservaba los ojos cerrados, pudo ver una silueta de mujer. Estaba sentada en el piso, completamente agotada y apenas apoyándose contra una cama. Parecía encontrarse dentro de una habitación, y por algún motivo supo que era una de las más altas aunque la ventana estaba cerrada y sólo alcanzaba a ver obscuridad a través de las rendijas. La mujer no tenía el porte ni la dignidad que había mostrado toda su vida, pero el simple hecho de percibirla y descubrir que estaba con vida fue suficiente para que sus ojos volvieran a brillar y su corazón a animarse.
Su esperanza se renovó con tal fuerza que no se dio cuenta de que no la había visto ni por medio de sentidos ni de intuición. Había sido otro cosmo, aquel que antes sólo poseía cuando elevaba su aura al máximo y que, a diferencia del pasado, había reaccionado a la menor provocación.
– ¡Saori! –exclamó.
Al pronunciar ese nombre, la energía que se las había mostrado brilló por última vez, indicándoles la escalera principal, y se retiró, aunque no pareció a extinguirse. Seiya volteó a ver a sus compañeros: los rostros de sorpresa de Dragón y de Cygnus le demostraron que ellos también habían “visto” a Atenea.
– Está arriba –sentenció, seguro de que lo comprenderían.– En una de las torres.
Sin motivo alguno, los tres sonrieron débilmente.
– ¿Qué estamos esperando? –preguntó Hyoga.– Ya sabemos el camino.
– ¡Vamos! –exclamó Seiya, su corazón palpitando con fuerza y alegría.
Y angustia.
Los tres corrieron hacia la escalera y, sin dudar, subieron por cada nivel con tanta velocidad como eran capaces. Shiryu, a diferencia de los demás, iba meditando en la energía o energías que les habían mostrado el camino.
No le había resultado desconocida y de hecho, casi podría imaginar de dónde provenía. Pero si estaba en lo correcto, ¿acaso...?
En su veloz carrera, no se percataron de que alguien trataba de alcanzarlos. Un leve tintineo de cadenas se escuchaba débilmente a cada uno de sus pasos, pero el sonido de los tres pares de botas fue mayor que él.
´¡Ya voy a estar contigo, Saori!”, pensó Seiya, apretando a tal grado los puños que, de no traer sus guantes, los habría hecho sangrar. “No me importa lo que me ocurra si con ello consigo que tú te salves. No quiero imaginar lo que nos va a pasar si Hades nos encuentre. ¡Pero te juro que mientras estemos juntos, sean segundos, horas o años, no me separaré de ti ni permitiré que nadie te lastime!”
Sólo sintió cómo sus pasos se volvían más veloces. Quiso pensar que se dirigía hacia los brazos de su diosa y hacia su salvación. Pero también sabía que se dirigía hacia su muerte.
Su única reacción fue dar otro paso y seguir subiendo la escalera.



“El Unicornio legendario peleaba sólo cuando era necesario, llamando al Cielo para que lo apoyara a través de rayos luminosos. Nunca se rendía, ni siquiera cuando combatía a demonios, aunque al hacerlo perdiera la inmortalidad si era herido fatalmente. Aquel que pretenda hacerse digno de su protección debe actuar igual, sin importarle lo que ha de ocurrirle.”
Ese texto lo había impulsado a tomar su armadura y seguir a los Cuatro al Averno. Por esa sencilla decisión iba a morir, pero a diferencia de las ocasiones anteriores, Jabu no lamentó haberla tomado. Ya tampoco se arrepentía de haber buscado a Seiya hacía ya un año y pedirle que continuara con su entrenamiento. Combatiría como un verdadero guerrero, como el Caballero Ateniense que jamás había sido, y entonces, sólo entonces, moriría sin apartar la mirada, por Atenea y también por él mismo.
En el fondo de los ojos de Elis, en contraste, brillaba un leve dejo de tristeza. Comprender que había traicionado mentalmente a su señor lo había afectado más de lo que creía. El Unicornio estaba dispuesto a sacrificarse, y el verdugo tendría que ser él, a pesar de lo que pensaba, creía y sentía. Había hecho un juramento y no le quedaba más que cumplirlo.
¿Y qué tal si, terminando esa misión, se dirigía a Hades y le pedía, le suplicaba incluso, que permitiera a Atenea regresar a su mundo y cumplir con el Fin del Ciclo?, pensó con tristeza. Tal vez así podría intervenir por la diosa y tratar de ayudarla, aunque al cumplir la suya y haber combatido por su señor se habría convertido en el más indigno de los asesinos.
– ¿Estás listo entonces, Unicornio? –preguntó con voz obscura.
Jabu asintió, su cosmo brillando con tanta intensidad que parecía que iba a explotar. Le faltaba aire, cual si portara un peso demasiado grande, pero trató de sonreír. Presentía que en poco se encontraría libre...
Libre del dolor, de la indignidad, de la humillación.
No importaba que también se liberara de la vida.
– Nunca he estado más listo, Thanatos.
“Sayonara, Seiya", alcanzó a pensar, sin querer sonriendo débilmente. "Que mi muerte me haga digno de Atenea, de Shaina y de ti y de todo el grupo. Sayonara.”
– Jabu... –murmuró Shaina, contemplando el telar en la Cámara de las Moiras.– No te mueras, por favor... ¡Todavía no debes hacerlo!
A su lado, Cloto sujetaba las tijeras doradas. Átropos y Laquesis las observaban desde sus respectivos lugares, como si sintieran demasiado temor o respeto para aproximarse.
– No hay remedio –insistió la Moira.– El Caballero del Unicornio va a morir.
Shaina buscó su mirada, sin conseguirla cuando Cloto desvió el rostro. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero giró la cabeza para deshacerse de ellas y preguntó con voz firme:
– ¿No hay nada que pueda hacer?
El aumento en la vibración de ambos cordeles demostró que los cosmos de los dos combatientes estaban llegando al máximo. El de Jabu palpitaba como un corazón que está dando su último esfuerzo.
– No puedes hacer nada en favor de Unicornio y tampoco puedes matar a Elis.
– ¿Por qué no?
– Elis de Thanatos debe seguir vivo. No ha cumplido su misión, y si tratas de cortarlo, podrías romperte el brazo por el rebote. Y en cuanto a Unicornio, sólo depende de él. O mejor dicho, ya depende de nosotras.
Las lágrimas finalmente fluyeron por el rostro de la amazona, por más que se negó a ello. La Moira, sujetándola del brazo, la miró a los ojos. Su voz era gentil, demasiado parecida a la de una niña, y no fue tan fría como hasta entonces.
– No tiene caso que llores por algo que no tiene remedio, hermana. Busca tu propia felicidad, que no habrá otra ocasión. Hazlo.
Shaina miró el cordel de Seiya mientras pensaba en él. Lo amaba con toda su alma y ahora su vida estaba en sus manos. Sería tan sencillo lograr que finalmente le correspondiera, cambiando el destino de ambos y aliviando sus respectivas soledades cuando Atenea muriera. Toda su vida se había dedicado a sacrificarse por los demás. ¿No era justo que, por fin, encontrara su merecida porción de felicidad, por la cual Atenea había rezado tanto?
Sin pensar, volvió a extender la mano hacia los cordeles, rozando el suyo y del de Seiya con la punta de sus dedos.
"No puedo salvarte, Jabu, pero al menos podré salvar a Seiya", se dijo.
Empezó a percibir la textura del cordel de Pegaso contra su pulgar. Era cálido, al igual que su cosmo. En su dedo índice, en cambio, percibía el suyo, y le sorprendió descubrir que su aura era tierna aún dentro de su fuerza.
"Seiya, lo hago por ti...", se dijo como si Pegaso pudiera escucharla. "Te amo. No quiero que mueras. No quiero que estés solo. No quiero..."
Una tercera vibración alcanzó su mano, aunque había hecho el esfuerzo de no acercar ni uno de sus dedos a ese cordel. Se parecía a una canción que sube y que baja, que parece estar a punto de terminar pero que vuelve a comenzar. Era el de...
"Jabu, perdóname."
Presionó los dedos y empezó a acercar su cordel al de Seiya. Unos instantes y...
– ¿Te consolaría el que interceda en favor de Atenea, Unicornio?
"Elis, por favor... déjalo en paz..."
– Lo que hagas o dejes de hacer ya no me importará. Pero se agradece el detalle.
"Jabu..."
Unos milímetros más...
– ¡Galope del Unicornio! –gritó Jabu, lanzando su ken a través del cuerno de su casco.
– No puedo... ¡No puedo!
– ¡Moriendum est! –exclamó Elis, arqueando su mano derecha y moviéndola como si fuera la guadaña de la Muerte.
En ese instante, Jabu sintió como si la energía que lo inundaba fuera a explotar dentro de su interior. Sin darse cuenta, extendió los brazos, obligándose a sí mismo a canalizarla lo más rápido que pudiese, antes de que reventara su corazón. Justo entonces, el ken de Elis lo tocó con el filo de una espada. “Sayonara”, alcanzó a pensar sin apartar la mirada.
Shaina apartó la vista del telar, incapaz de presenciar lo que iba a ocurrir.
Jabu notó que el Moriendum Est se dirigía a su cuello, y comprendió que Elis planeaba cortarle la cabeza. Cruzó sus antebrazos como protección, aunque sabía que no le serviría de nada.
Al hacerlo, perdió por completo sus sentidos. Ciego, sordo, insensible, sin percibir olores ni sabores, ni tampoco poder pensar, sintió que su corazón se detenía y no alcanzaba a respirar. Estoy muerto, supo, y como su última luz, se obligó a pensar en Atenea.
La vibración adicional que tenía en su cosmo se elevó a su máximo, palpitando con mayor fuerza.
Y lo único que se escuchó después fue un golpe seco, como el de algo que se corta.
Una vez que se hizo el silencio en la Cámara de las Moiras, Shaina se obligó a volver a mirar al telar. No alcanzó a ver nada en la biblioteca, más que humo y niebla. Poco a poco, empezó a distinguir una figura.
Jabu estaba tendido en el piso. No se movía.
– No... –murmuró Shaina, negando con la cabeza débilmente.– Jabu, no...
Las lágrimas nublaron un momento su vista y sus sollozos fueron lo único audible. Jabu estaba muerto, pensó, y ella no había hecho nada por evitarlo. En medio de su dolor, ni siquiera pensó en Seiya y que ahora no tendría obstáculo para entrelazar sus cordones. No había tenido corazón para hacerlo, de cualquier modo.
Cuando inclinó la cabeza, tratando de contener el llanto, una de sus lágrimas cayó sobre el telar, justo sobre uno de los cordeles.
Y un cristalino sonido le obligó a mirarlo.
La plateada gota había tocado el cordel del Caballero del Unicornio. No estaba roto.
Jabu todavía no estaba muerto.
Entonces vio que Elis había recibido el impacto del Galope del Unicornio en su armadura y había salido impulsado varios metros hacia atrás. Por algún motivo –quizá precisamente el que todavía no hubiera cumplido la misión de la que Cloto hablaba–, había resultado herido, pero seguía con vida. De momento, era obvio que no le importaba tanto como lo que estaba viendo. Era un milagro o algo por el estilo.
Del cuerpo de Jabu emanaba la extraña energía que había percibido como ajena a él. Ese cosmo, tan semejante al de un Santo, lo estaba abandonando en la forma de una brillante luz. Hasta entonces, Elis notó que la energía se disolvía en el aire y que había roto el casco de la Armadura del Unicornio en su escape.
“Este muchacho no tiene poder ni conocimiento para utilizar esa extraña e intensa aura”, se dijo Elis, sorprendido y estremeciéndose contra su voluntad. “Pero ha conseguido librarse de ella ¿Cómo lo hizo?”
Una imagen fugaz de Atenea pasó por su mente.
Estremeciéndose‚ Jabu alzó la cabeza. Su vista era borrosa, su oído deficiente y sentía dolor en todo el cuerpo. Sus sentidos restantes se encontraban en el mismo nivel que aquéllos, pero al menos habían regresado. ¿O era un nuevo sentido que reemplazaba a aquellos que conoció toda su vida?
No puede ser, se dijo. No tan rápido.
Por reflejo, encendió su cosmo. Su tono era el violeta acostumbrado, pero el delgadísimo filón dorado que reflejó por primera vez era auténticamente suyo, justo como el brillo que continuaba en sus ojos y que no había notado todavía
– ¿Qué fue eso? –preguntó en voz baja.– ¿Qué me pasó?
– ¡Muy bien, Jabu de Unicornio! –gritó Elis, sintiendo cómo la ira, la envidia y la admiración combatían por el dominio de su alma.– ¡Has demostrado que sí sabes luchar! ¡Al menos en esta guerra me tocó combatir contra un verdadero Caballero!
“¿Yo?”, pensó Jabu, confundido.
– Ahora sí, tendré el honor de matarte –sentenció, su rostro convirtiéndose en una máscara para ocultar el odio que sentía hacia su deber.– Lástima...
– Llegó el momento –sentenció Cloto y, dirigiéndose a Shaina, ordenó.– Déjame pasar.
La joven la miró con incredulidad.
– No puedes estar diciendo eso.
– Pero lo hago. Por favor, déjame pasar.
– Jabu logró superar el Moriendum Est... se deshizo de esa energía... ¡Iba a morir, pero no lo hizo! Y ahora, ¡tiene el Séptimo Sentido con él por vez primera en su vida! ¡No puede morir ahora!
Aunque la mirada de Cloto era fría, por un instante pareció un poco menos cruel.
– El ken de Elis de Thanatos puede destruir la energía ajena, el grado máximo al cual puede llegar un vampiro –afirmó la Moira.– Fue su ataque lo que permitió que desapareciera la energía que sobraba en Unicornio. Y el Séptimo Sentido que dices que alcanzó...
Por un momento, pareció como si se compadeciera del extremo al cual la situación había llegado.
– Puede acceder a él porque esa aura adicional lo poseía y se lo ha dejado en consecuencia de habérsele integrado temporalmente. Debería ayudarle a sobrevivir, pero Unicornio carece del conocimiento suficiente para manejarlo. Por desgracia, su destino sigue siendo el mismo. Quítate.
Jabu acabó de ponerse de pie, su cosmo y sus ojos reflejando tonos violetas y dorados, menos poderosos pero mucho más vivaces que antes.
– Lo lamentaré todo, menos morir por Atenea –juró, su empapado cabello cayéndole sobre los ojos.
– Te juro que, en tu nombre, le pediré a mi Señor que deje que se vaya –prometió Elis con sinceridad.
– No voy a quitarme –sentenció Shaina, su mirada volviéndose fría e igual de vibrante como cuando combatía contra otro guerrero.– En todo caso, yo cortaré el cordel.
– Su muerte no será más compasiva si tú lo haces.
– Lo haré. Dame las tijeras o tendré que lastimarte, seas Moira o no.
Para reafirmar sus palabras, Shaina encendió su cosmo. Conforme aumentaba su energía, comenzó a perder el tono escarlata de su origen, que fue sustituyéndose por uno dorado. Las lágrimas se secaron en su rostro debido al calor generado por su aura, y sus ojos relampagueaban con ira mientras extendía la mano, exigiendo las tijeras.
Cloto dio un paso hacia atrás, apretando las tijeras contra su pecho y encendiendo su propia aura, que era del mismo tono del de la mayoría de los cordeles.
– ¡Moriendum est! –gritó Elis, lanzando de nuevo su ataque.
"¡Atenea, perdóname!", alcanzó a pensar.
"¡Atenea, guíame!", suplicó Jabu al comprender que el Galope del Unicornio no sería suficiente para detenerlo.
Y como un relámpago, recordó lo que había leído. El Unicornio Legendario llamaba al Cielo cuando necesitaba ayuda.
Como ya no tenía casco, Jabu extendió sus brazos justo como la vez interior, usándolos como si se tratara de un doble cuerno y concentró su cosmo en el área que se hallaba entre ellos, listo para lanzarlo.
– ¡En nombre de Atenea, por favor, Señor, ayúdame! –suplicó y exclamó algo más, sin saber a ciencia cierta qué.
Shaina comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Con su velocidad de la luz, dio la vuelta y exclamó:
– ¡Serpiente de energía!
Y lanzó su ken contra el cordón de Elis.
Una nueva explosión se escuchó en la biblioteca, de nueva cuenta seguida por el más profundo de los silencios.
Lo último que Elis alcanzó a oír fue “Cuerno de Luz” o algo así, pero no estuvo muy seguro antes de caer, sin sentido, al suelo.
En la Cámara de las Moiras, lo único que se escuchó fue el débil sollozo de Shaina. A su lado, Cloto miró el telar.
– Sabías que no ibas a lograrlo sin las tijeras, y sin embargo lo intentaste –afirmó.– Tu ataque no lo mató, pero de momento es suficiente.
– Ya no podrás intervenir en un telar por el resto de la eternidad –opinó Laquesis, sorprendida e incluso ofendida.– ¡Renunciaste a tu felicidad!
Shaina le dio la espalda al telar, decidida a no ver nunca más las imágenes que se presentaban sobre él. A pesar de ello, escuchó con claridad el sonido de un cuerpo que se estremecía y daba un par de débiles y titubeantes pasos. Cuando se detuvieron, fue como si el portador se arrodillara, intentando despertar a alguien sin conseguirlo.
– No pude ser yo... –escuchó Shaina, una voz conocida.
Sabía que no iba a resultar. Que la misión de Elis no había sido cumplida aún y que, por más fuerte que recurriera a su Séptimo Sentido, no podría cortar su Cordel Vital sin las tijeras. Pero al menos, al golpearlo, lo había hecho vibrar lo suficiente para dejarlo inconsciente.
¿O acaso había sido la energía del Cuerno de Luz la causa de la vibración y ella sólo una emisaria de la casualidad?
De reojo, miró hacia la rueca. El destino donde ella y Seiya vivían felices se disolvió ante sus ojos, más se negó a llorar. Se sorprendió al descubrir que no tenía ganas de hacerlo.
– Valió la pena –sentenció, sonriendo débilmente.
En eso, Jabu también perdió el sentido y cayó al lado de Elis. Pero a diferencia de la fría muerte que pensó que encontraría, sólo sintió la calidez del sueño. En su último pensamiento, agradeció a Dios y a Atenea su protección.
Y, sonriendo sin darse cuenta, también murmuró “arigato” al pensar en Seiya.


– Sé que no quieres hablar conmigo. No voy a obligarte a que me respondas. Sólo quiero que me escuches, ¿de acuerdo?
Al otro lado del salón, alcanzó a ver la silueta de su esposo a pesar de la obscuridad que imperaba en el lugar. Escuchaba el rumor de lluvia a lo lejos y de una tormenta eléctrica de gran intensidad que azotaba a todo el Averno, y su apagado ruido fue su única respuesta. Un relámpago, a su vez, trazó la figura de Perséfone contra la obscuridad, sus ojos violeta lo más luminoso en ese sitio.
– Imagino que no has inhibido tu percepción de cosmo –continuó con voz segura.– En esta batalla, sabrás entonces, ya han muerto cuatro de tus Siete Guardianes. Tres más están en combate en este mismo instante.
No obtuvo respuesta.
– También debes percibir cómo el cosmo de Atenea se pierde poco a poco, disolviéndose en la energía de esta tierra. Su luz se extingue sin misericordia. Aunque en el futuro regresara a la superficie a cumplir la misión que le asignes, no podrá lograr grandes cosas. En estas condiciones, no soportaría los retos de batallas anteriores. Moriría en Asgaard en cuestión de minutos, y se ahogaría dentro del Soporte Principal sin ofrecer resistencia.
Si la escuchaba, no dio señales de hacerlo, ni siquiera después de la alusión a su hermano. La Señora del Averno titubeó un momento antes de proseguir.
– Esta batalla ha sido cruel e inútil. Tu Orden está siendo diezmada, y los daimons que pelean en Terra no corren con mejor suerte. Atenea pierde su luz y poder, y atacas a los que antes respetaste. No olvides que, cuando las Moiras cortaron varios de sus Cordeles Vitales en el pasado, permitiste que tu sobrina volviera a unirlos. Hoy ordenaste a los tuyos que los corten.
Y añadió con voz un tanto inexpresiva.
– Están dentro del palacio, y son más de los que pensabas.
El rugir de un trueno a distancia fue lo único que le respondió.
– Sí las cosas siguen así, tarde o temprano alcanzarán a Atenea.
Por primera vez, el dios del Averno volteó a verla a los ojos. Su iris negro carente de pupilas brillaba como el acero.
– ¿Y qué me propones entonces?
– Deja que se marchen una vez que la encuentren. Que se vayan a su superficie, que muera y se cumpla el Ciclo.
El dios volvió a desviar la mirada, pero su expresión no careció de cierto desprecio.
– Sería una tontería hacerte caso cuando hemos llegado tan lejos, mujer.
Perséfone unió sus manos.
– Por favor...
– ¿Has olvidado por qué empezó esto? No los combates, no la tormenta. La verdadera razón de por qué traje a mi sobrina favorita al Averno.
Y cuando Perséfone permaneció en silencio, añadió:
– Fue por ti.
Durante un lapso, el rugir de la tormenta distante fue el único sonido en el salón.
– Empezó el mismo día que aceptaste quedarte conmigo en el Averno para siempre, cuando el Omnipotente me encomendó la misión de velar por él. Teníamos todo para ser completamente felices, y lo intenté lo más que pude. Te di cuanto deseaste, y te amé como jamás he amado. Pero siempre estuvo esa sombra entre nosotros, tu increíble deseo de regresar a Terra a pesar de todo lo que tenías aquí. De repente, comprendí que lo que extrañabas eran la brillante luz del Sol y tus campos de flores...
Y mirándola de nuevo a los ojos, preguntó:
– Te amo. ¿Qué querías que hiciera, sino tratar de complacer tus deseos?
De momento, Perséfone no tuvo corazón para responder ni para protestar.
– Te lo agradezco. Siempre lo he hecho, y también sabes que te amo –murmuró finalmente.– No he olvidado lo que has hecho por mí. Pero, ¿y Atenea?
– No le estoy privando de nada excepto de su propia muerte –sentenció con firmeza.– ¿No debería estarme agradecida? ¡Cuántas veces al día escucho el clamor de seres humanos suplicando ser protegidos contra la muerte! ¡Ella misma ha intercedido en favor de los suyos! No le he hecho un daño: le he dado la vida eterna.
– Tú no eres quien debe darla.
– La tiene. Da igual.
La última frase había sido muy cortante, a diferencia del resto de la conversación. Perséfone supo que su esposo había cambiado en unas horas lo que nunca ocurrió en miles de años. Supo que si no recapacitaba, ganara o no esa batalla, se condenaría por el resto de la eternidad, justo como había ocurrido con muchos dioses griegos el día que el Omnipotente decidió manifestarse.
Y ella sería indirectamente responsable.
– Los Caballeros han cumplido su misión –siguió Hades.– Los Guardianes hacen lo propio, y te juro que no permitiré que sus muertes hayan sido en vano.
– ¿Aunque los condenes?
– Aunque me condene. Pero tienes razón –y añadió con voz más obscura.– Si los Guardianes del Estigio no han logrado detenerlos, no tiene caso que sean los únicos en arriesgarse.
Perséfone contuvo el aliento. Sabía que su esposo utilizaba ese salón para recibir almas o conferenciar con los suyos porque en el cuarto de junto guardaba un objeto de infinito poder. Se lo habían regalado en la Era del Mito y lo había utilizado en contadas ocasiones. Sólo en las grandes batallas que habían sacudido al Olimpo, siempre con un resultado funesto para sus adversarios.
– Nunca has sido un dios cruel ni injusto –murmuró.
– Sin embargo, los antiguos griegos me calificaron como un dios sin piedad.
Ninguno de los dos habló por un instante. Sólo la lluvia se escuchaba a lo lejos, interrumpida en ocasiones por los truenos.
– Recuerdo que, cuando la Era del Mito terminó, nos fue hecha la promesa de que algún día el Mundo de los Muertos se uniría al de los Vivos y que la muerte ya no tendría poder sobre los seres justos –murmuró Hades.– Quizá es mi misión iniciar esa nueva época, o al menos acercarla.
Perséfone no respondió.
– Llegó el momento de comprobarlo.
Con paso firme, Hades se levantó de su trono y se dirigió hacia la habitación de junto. Antes de cerrar la puerta, volvió a ver a su esposa. Sus ojos habían perdido la capacidad de llorar hacía siglos, más el estremecimiento que los dominaba era un buen sustituto.
– Hades...
Él la miró en silencio.
– No lo hagas, por favor...
No respondió de inmediato. No faltaba casi nada para que el Portal de Espacio terminara de cerrarse y podría dejar esa decisión al Destino. Si en verdad Atenea iba a permanecer con ellos por siempre, ¿por qué no librarse de la responsabilidad de elegir?
Pero en lugar de ello, preguntó:
– ¿Dónde está el broche que te regalé?
Ella palideció, incapaz de encontrar una excusa apropiada.Sin decir más, Hades la observó con reproche y cerró la puerta.
Perséfone comprendió que había sido muy ingenua al creer que Hades no descubriría que había perdido una llave maestra y que, casualmente, habían entrado Caballeros a su Palacio.
Comprendió que había sido muy egoísta por milenios, incapaz de aceptar con alegría el amor que su esposo le regalaba sin pedir nada a cambio. Que ella, sin darse cuenta, lo había obligado a tratar de reunir el Averno con Terra por medio de Atenea.
Y también comprendió que todos –dioses, Caballeros y Guardianes, seres vivos y seres espirituales– se acercaban a un punto del cual ya no habría retorno posible.


– ¿Has venido por tu libre voluntad, Saga de Géminis?
Saga miró de frente hacia el juzgado, como si todavía portara la máscara que usó durante tantos años, mientras se hacía pasar por el Patriarca y simulaba que Atenea estaba recluida dentro de una cámara, y su mirada no pareció reflejar emoción alguna. Vio a los jueces de frente, como si no fuera la primera vez que los enfrentaba (y Kiki después comprendería que ya los había encontrado antes, el día que había muerto). Miró a Moo y a Shaka, atrapados por los rayos luminosos y suspendidos sobre el piso, y finalmente vio a su hermano gemelo, quien lo contemplaba a su vez desde el otro extremo del juzgado. Al contrario de lo que había ocurrido cuando estaban vivos, la mirada de Saga no fue fría ni rencorosa contra aquel que había despertado a su lado obscuro. De momento, permaneció impasible, pero por un instante, sus ojos parecieron entibiarse con algo semejante a la compasión.
– He venido por mi libre voluntad –respondió con la voz grave y digna que antes resonaba contra los muros del Santuario.– Igual que todos los que estamos aquí.
Kanon dio un respingo prácticamente imperceptible, pero Kiki lo notó porque lo miraba con furia. Todos los gestos de presunta amabilidad que Kanon había mostrado durante el juicio, comprendió, había sido una farsa. El Shogun de Marina había asistido al juicio como fiscal sin una verdadera intención de ayudarles, sino para condenarles.
Con un ademán brusco, Kiki se apartó de Kanon. Este permaneció callado, a diferencia de lo que había ocurrido durante el juicio, y por un instante hubo un brillo en sus ojos que sólo Ikki y Sorrento habían visto antes.
– Si tienes algo que decir, has llegado en buena hora –dijo Aeacus.– La sentencia acaba de dictarse, pero básicamente porque no hubo defensa que hablara en su favor.
La sonrisa de Saga dejo de ser tan animada como antes. Con un gesto que obviamente no expresaba lo que en realidad sentía, afirmó:
– Me parece que los Santos de Virgo y de Aries se defendieron muy mal, entonces.
Aeacus pareció querer contener una sonrisa. En contraste, Radamanthys frunció el ceño. La persona que había prácticamente bloqueado las oportunidades que tuvieran para defenderse había sido él, aunque siempre acusaba a Aeacus de pensar demasiado bien de los mortales.
– Pudieron defenderse mejor –intervino Aeacus para salir del paso y se apresuró en preguntar, más por formalidad que por desconocimiento.– ¿Quién eres y a qué has venido?
"¡Es un traidor, un mentiroso y un asesino!", Kiki estuvo a punto de exclamar, sin pensar, pero la escasa prudencia que había adquirido en su entrenamiento con Moo le ayudó a permanecer callado. Porque si bien era cierto que Saga había sido todo eso y mucho más, como buen Géminis había tenido otra cara. También había instruido a los Santos, había dado la armadura de Pegaso a Seiya y había revelado cómo salvar a Atenea, aunque al final todo eso le costaría la vida.
–Soy Saga de Géminis, alguna vez Santo de la Tercera Casa, posteriormente Patriarca del Santuario en la Orden del Zodiaco de Atenea, diosa de la Guerra Inteligente.
Dijo todo eso sin inclinar la cabeza y mirando a los Jueces a los ojos. Estos no parecieron molestarse, como si el ritual verdadero ya hubiera sido cumplido hacía años. Aeacus, más paciente que Radamantis, afirmó:
– Has dicho que vienes a defenderlos. ¿Sabes de qué se les acusa?
Saga permaneció callado. A Kiki le pareció que asentía, pero fue un gesto tan leve que ni siquiera él, que estaba cerca, podía decir si había sido o no así. Radamantis, sin esperar una respuesta más clara, afirmó:
– Se hacen llamar Santos de Atenea. Si fuiste uno de ellos, como afirmas, debes saber que hay varias virtudes que deberían tener los protectores de un dios. Estos dos –y al decir eso, señaló en dirección de Moo y de Shaka con desprecio– han violado dos de los más importantes. La lealtad y la fe.
Saga siguió en silencio.
– Moo de Aries, quien se ha autonombrado líder de los Santos que han quedado vivos después de la muerte de Dokho de Libra, traicionó a Aioros de Sagitario hacía años. No fue capaz de acompañarlo a la Cámara del Maestro y así evitar que fuera asesinado. Peor aún, creyó en las acusaciones que se hicieron en su contra. Shaka de Virgo, por su parte, se hace llamar “el hombre más cercano a Dios”, cuando es obvio que ni siquiera cree en él. Las blasfemias son intolerables si se ha de servir a una divinidad.
Saga, por toda respuesta, sólo sonrió y bajó la vista.
– He escuchado estas acusaciones antes –murmuró.– En mi propio juicio.
Ante sus palabras, los ojos de Kanon relampaguearon. Miró a los Jueces con incredulidad y luego de nuevo a su hermano. Por último, volvió a mirar a Aeacus y a Radamantis y, sin poderse contener, gritó:
– ¡Este hombre... mi propio hermano... fue acusado por los dos crímenes por los cuales han condenado a muerte a estos Santos! ¡Y sin embargo, vive en los Campos Eliseos!
Sintió como su cuerpo espiritual temblaba por la rabia. Con las manos apretadas en puños, miró de nuevo hacia los Jueces y añadió:
– ¡A mí me condenaron al Averno por esos mismos crímenes!
Saga vio tranquilamente a Kanon, como quien contempla a un niño haciendo una rabieta, pero su mirada estaba llena de compasión. Moo miró a Kanon con sorpresa y Shaka permaneció impasible, como si todo lo que ocurriera le fuera demasiado ajeno.
– ¿Qué tipo de justicia hay en este lugar? –gritó el Shogun de SeaDragon.
– Una justicia que en teoría no se equivoca –respondió Aeacus.
– Y que, aunque se equivoque, no lo reconocerá –dijo Radamantis con algo semejante a la vergüenza, aunque lo combinaba con desprecio.
Kanon los miró todavía con más incredulidad y rabia; negó con la cabeza y afirmó:
– Bonita justificación tienen los inmortales.
Sin pensar, dio un par de pasos hacia la puerta. Pasó junto a Saga, quien no lo volteó a ver, pero escuchó que le preguntaba:
– ¿Te vas tan pronto, Kanon?
El Shogun se detuvo, mirándolo a los ojos.
– Jamás pensé que pudiera odiar más a Atenea, hermano... Sé que no es tu culpa y por eso mismo no quiero odiarte a ti también.
– ¡Shogun de SeaDragon! –exclamó Radamantis.– ¡Te recuerdo que no has cumplido tu parte todavía!
Kanon giró sobre sus talones, mirando de nuevo hacia los Jueces. Un gesto en extremo amargo dominaba sus facciones y lágrimas de coraje se habían formado en sus ojos.
– ¿Parte? ¡Si sólo quieren tener a alguien a quien culpar de las decisiones que tomen!
Radamantis pareció enojarse todavía más, mientras que Aeacus bajó la vista, como si aceptara que había razón en las palabras de ese espíritu.
– No respetaron –dijo casi entre dientes, pero lo bastante fuerte como para que todos los escucharan– el papel que quería interpretar en esta comedia. Me forzaron a hacer algo que no quería, y encima me corresponderá a mí pagar eternamente por la condena que decidan para ellos. Si no estuvieran en el Averno, los mandaría directito a él.
Y añadió con furia:
– Búsquense a otro.
Moo dio un respingo. Jamás había esperado eso y volteó a ver a Shaka, como si esperara que alguien compartiera su sorpresa. La expresión del Santo de Virgo, sin embargo, permaneció tranquila.
– Comprendan a mi hermano –dijo Saga, como si Kanon ya no se encontrara ahí.– Siempre, muy en el fondo de su corazón, ha querido hacer lo correcto. Indiscutiblemente, se ha equivocado en los caminos que ha tomado. No quería, después de todo, que Atenea se enfrentara a Poseidón, y pensó que si él lo controlaba, la Tierra no tendría de qué preocuparse.
Kanon se detuvo a algunos pasos de la puerta, pero no miró hacia atrás.
– Sólo ha tenido mala suerte –continuó el Santo de Géminis.– Hoy quería hacer un bien, pero la suerte que le tocó era completamente opuesta. Fue muy cruel de su parte, señores.
– ¿Y quién crees que eres para juzgarme, hermano? –preguntó Kanon, todavía sin voltear a verlo e interrumpiendo a Radamantis, quien ya iba a protestar.– Cuando estábamos vivos, no diste señas de conocerme mucho.
– ¿Eso crees, hermano?
– ¡¿Quieren dejarse de pleitos familiares?!
Todos voltearon al causante de la última frase. Kiki, los puños apretados, miraba a jueces y gemelos.
– ¡Esto ya fue demasiado! –gritó el niño-elfo, las pecas saltándole en el rostro.– ¡Todos estamos perdiendo el tiempo y la señorita Saori sigue atrapada por Hades! ¡Vamos a hacernos viejos antes de que lleguen a algún acuerdo!
– ¿Acuerdo? –preguntó Radamantis con desprecio.– ¡Aquí no hay acuerdos! ¡Aquí sólo hay sentencias, y esas ya se dictaron!
Kiki se mordió los labios, preguntándose si había condenado a su maestro en lugar de ayudarlo.
– El chico tiene razón.
Fue el turno de que todos voltearan hacia la parte de en medio del juzgado. En lo que discutían, un Tercer Juez había ocupado el sitio central, mirando hacia los acusados y hacia los gemelos. No alcanzaban a ver su rostro y su voz era muy profunda, como si no viniera solamente de su garganta. Kiki no supo si llorar o reír, presintiendo que en esa persona quedaría la decisión final. Saga conservó una expresión tranquila en el rostro, pero Kanon frunció el ceño, como si lo reconociera.
– Ha habido muchas contradicciones y sólo hemos escuchado acusaciones –afirmó con voz calmada.– ¿Quién va a defender a los Santos?
De momento, nadie respondió. Era como si Kanon y Saga no quisieran compartir nada entre ellos, ni siquiera la defensa de sus alguna vez compañeros. El rostro de Aeacus se obscureció y Radamantis no pudo contener una sonrisa.
– Supongo que eso significa –afirmó el Tercer Juez– que no nos queda más que llevar a cabo la sentencia de muerte...
Kiki cerró los ojos. Todo estaba perdido, comprendió. Volvió a abrirlos y miró hacia Moo, quien seguía muy pálido.
No podía terminar así.
– No es necesario... señor –dijo Kanon, dando un paso al frente aunque sin salir de la sombra que lo cubría en esa parte de la sala.– Se les ha acusado por pecados de los cuales son inocentes.
Aunque no podían ver su rostro, el Tercer Juez demostró sorpresa por abajo de su capucha.
– ¿En verdad?
– Moo de Aries jamás traicionó a Aioros de Sagitario –afirmó Kanon.– Sólo se comportó como un amigo confundido. Pero en el fondo nunca creyó que Aioros fuera el traidor.
Radamantis miró en dirección al Santo de Aries, quien habia recuperado su usual aplomo, y preguntó:
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque los conocía –respondió Saga.– Los había visto varias veces, aunque sólo Moo se dio cuenta de su presencia. Los dos eran amigos. Uno no duda de un amigo cercano.
– Claro, siempre que sea un amigo verdadero –acotó Aeacus.
– De haber creído en mi palabra, Moo no habría buscado un pretexto para marcharse al Tíbet.
Se hizo el silencio ante las palabras de Saga. Kiki notó que Radamantis negaba lentamente con la cabeza, como si estuvieran a punto de contradecirlo, y Aeacus sonreía débilmente.
– Moo de Aries –continuó el Santo de Géminis– supo, con el paso de los años, que Aioros había tenido la razón. Un Caballero Ateniense se presentó ante él con dos armaduras que tenía que reparar. ¿Le negó su ayuda? No... porque presentía que Aioros estaba con ellos.
– ¿Es eso cierto? –preguntó Radamantis .
Moo, mirándolo a los ojos, respondió con voz vibrante, aunque su expresión era más tranquila:
– Percibí su espíritu en ellos –afirmó.– Además, ya sabía que Atenea nunca estuvo en el Santuario. Pero sólo se percibe cuando uno se aleja de Grecia.
Kiki abrió los ojos con sorpresa. ¿Por eso no habían salido del Tíbet en años? ¿Porque así comprobaba que Atenea no estaba donde debería encontrarse?
– El problema es el pecado del otro Santo –dijo Radamantis, como si quisiera cambiar el tema y asignar ya cualquier culpa.– La blasfemia es mucho más sutil.
Para sorpresa de todos, Shaka los siguió mirando con absoluta tranquilidad, como si nada de lo que hubiera ahí tuviera relación con él.
– Blasfemia... –dijo Saga, como si buscara una respuesta.– ¿En verdad es sólo porque se hace llamar “el hombre más cercano a Dios”?
– La verdad, –comentó Aeacus, como si quisiera disculparse– este hombre tiene un problema de actitud. Simplemente, cerrar los ojos todo el tiempo...
– Es mi culpa –sentenció Saga.– Yo le dije que lo hiciera, o se lo insinué. Hace muchos años.
– Eso ya lo vimos –afirmó Radamantis.– Pero, ¿de qué forma cerrar los ojos se relaciona con el conocimiento divino?
– El Santo busca a Dios en su interior.
Por un momento, Kiki pensó que estaba alucinando. De todos los asistentes, no podía ser... él... quien dijera esas palabras.
– Mi hermano le dijo a Shaka que si apartaba la vista del mundo, podría elevarse sobre todos los demás –afirmaba Kanon, acercándose de nuevo al estrado.– Lo sé, porque le dijo lo mismo a todos sus aprendices... incluyéndome. Pero Shaka fue el único que comprendió a la perfección a qué se refería.
El rostro de Radamantis comenzó a suavizarse un poco, como si entendiera. Aeacus apoyó el rostro sobre sus manos.
–No lo comprendí sino hasta mucho tiempo después –murmuró Kanon, como si no le agradara confesar lo que vendría pero fuera necesario decirlo.– Los dioses reencarnados son falibles. Tienen pasiones demasiado humanas. Pero el Omnipotente está más allá de todos nosotros. Y aún así...
Los ojos de Saga brillaron. Sabía lo que seguía.
– Hay una forma de conocerlo –añadió Kanon.– Está dentro de nosotros. Shaka cerró sus ojos para encontrarlo. Sólo los abre cuando piensa que debe manifestarlo.
Alzó la vista. Pareció que Kanon finalmente comprendía lo que había hecho y, sin decir nada más, regresó a las sombras de la Sala.
– Interesante... –comentó Aeacus, pensando en lo que acababa de escuchar.– Así que si el Santo de Virgo cierra los ojos es...
– Para ver la parte de Dios que tiene en su interior –explicó Saga.– Por eso se hace llamar de esa forma. Porque sabe que muchos hombres jamás miran dentro de ellos.
– No se atreven a hacerlo –sentenció Shaka, su mirada eternamente tranquila.– Sienten temor ante lo que van a encontrar.
Sin querer, Radamantis dejó escapar una risa burlona.
– ¿Tú no tienes miedo? ¿Acaso no eres un pecador?
Sin perder la calma, Shaka respondió:
– Prefiero ver que soy un pecador a rechazar al Omnipotente por miedo a lo que vaya a encontrar.
– Para mí es suficiente.
La voz del Tercer Juez volvió a resonar en la sala.
– Pero, señor... –comenzó Radamantis, pero se interrumpió cuando el Tercero alzó una mano en ademán de silencio.
– El centro de este debate es juzgar si estos dos Santos son dignos de sacar a... la diosa Atenea del Averno. Todavía no están muertos como para juzgar todos sus pecados y determinar a qué Tierra Eterna serán enviados.
Todos guardaron silencio. Kiki sintió el corazón en la garganta mientras escuchaba las palabras siguientes:
– Es obvio que el Santo de Aries jamás traicionó al Santo de Sagitario... vamos, ni siquiera pecó de deslealtad en su contra. Y el Santo de Virgo... Lo único que queda obvio es que sí tiene fe. Quizá demasiada en su propia idea del Omnipotente y de una forma bastante particular, pero eso ya tendrá que solucionarlo con Él cuando muera.
Radamantis iba a protestar, pero prefirió quedarse callado. Aeacus, en cambio, sonrió.
– Que salgan de aquí lo más pronto posible. Les doy permiso de sacar a Atenea del Averno.
Sin querer, Kiki dejó escapar un grito de alegría, mismo que contuvo de inmediato cuando todos voltearon a verlo. Con un ademán, Aeacus indicó a las ataduras que sujetaban a ambos desaparecieron, y tanto Moo como Shaka cayeron sobre el piso con poca elegancia. Pero no importaba, o al menos eso pensó el niño-elfo. Estaban libres.
– Que quede muy claro –escucharon todos– que hay una condición en todo esto. Mi... El dios Hades ha tomado su decisión y el Averno lo obedecerá. Para que Atenea realmente salga, el corazón mismo del Averno deberá estar de acuerdo con su escape, o le será imposible.
De momento, tanto el rostro de Moo como el de Kiki mostraron sorpresa. Aunque Shaka no lo demostró, estaba tan confundido como sus compañeros.
– Disculpe, –inició Aries– ¿qué quiere decir con...?
– Eso será todo. Ahora, márchense. Han desperdiciado demasiado tiempo.
Moo, Shaka y Kiki comprendieron que sería imposible tratar de obtener una respuesta de ellos. Los dos Santos se inclinaron ante el Estrado (acción que Kiki imitó de inmediato) y dieron la vuelta.
– Señor Moo... –murmuró Kiki con ojos brillantes.
– Espera un poco –advirtió el Santo con prudencia, aunque le acarició el cabello para acabar de tranquilizarlo.
Cuando los tres pasaron cerca de Saga y de Kanon, aún así, se detuvieron. Saga los miró con expresión tranquila.
– Mucha suerte –dijo.
Moo y Shaka lo vieron a los ojos y, en un idéntico ademán, inclinaron la cabeza.
– Gracias –respondió Shaka.– Volveremos a vernos.
– Algún día, que espero que no sea pronto.
Sin querer, los Santos sonrieron.
– Lo intentaremos –prometió Moo.
En eso, miraron más allá del hombro de Saga. Kanon los veía en silencio, su expresión un enigma completo.
– Eh... ¿estará... ? –preguntó el Santo de Aries.
Saga miró a su hermano por encima del hombro y murmuró:
– Váyanse. Esto es algo que debí arreglar hace mucho tiempo.
Ambos Santos asintieron y reiniciaron su camino. Kiki miró a Saga sin saber a bien qué sentía hacia él y, un segundo después, siguió a su Maestro.
Saga, todavía tranquilo, caminó hacia su hermano. Kanon apartó la mirada.
– Estoy orgulloso de ti, Kanon –dijo.– Siempre lo estuve, pero hoy más que nunca.
Kanon sonrió con tristeza e ironía a la vez.
– Es difícil creerlo cuando siempre me ha tocado la parte del villano –murmuró.
– A uno de los dos debía tocarle, por desgracia.
De momento, los dos permanecieron callados. Al final, Kanon alzó la vista. Sus ojos eran sumamente tristes cuando preguntó:
– ¿Por eso mismo tú estás en el Eliseo y yo en el Averno?
Para sorpresa suya, Saga sonrió débilmente.
– No. Estás en el Averno porque así lo has querido.
– Claro –respondió con sarcasmo.– Me encanta estar por aquí. Y todo porque no tengo una diosa que rece por mí.
En eso, sintió cómo Saga apoyaba su mano sobre su hombro izquierdo.
– Kanon... todos los rezos de una diosa no servirán de mucho si te niegas a escucharlos.
Sorprendido, Kanon miró a Saga a los ojos.
– ¿A qué te refieres?
– Nos veremos en poco tiempo. Estoy seguro de ello.
Y sin aclarar nada más, Saga dio la vuelta. Kanon suspiró, preguntándose si su hermano tendría o no razón.
Fénix había tenido razón, lo sabía aunque jamás se lo había confesado a nadie. Había sido Atenea quien lo protegió en la caverna de Cabo Sunión, su aura impidiendo que se ahogara.
¿Por qué lo había abandonado?
A menos de que su mano siempre hubiera estado extendida hacia él. Y hubiera sido él quien se negó a tomarla.
Con la mente hecha un torbellino, decidió regresar al Campo de los Asfodelos. Algo le decía que pronto comprendería del todo.


Aunque no lo dijo en voz alta, Kiki estaba completamente feliz de alejarse de ese sitio. Las condenas, a su juicio, se otorgaban con demasiada facilidad en ese juzgado de locos.
Hasta que escuchó las palabras de los dos Santos.
– ¿En verdad creíste –preguntó Shaka como en broma apenas salieron de la sala– que Kanon quería acusarnos?
– ¿A qué te refieres?
– A pesar de lo que dijo en nuestra contra, jamás hubo agresión en su tono –dijo Shaka, como si le explicara una solución muy obvia a alguno de sus alumnos.– Kanon quería defendernos, pero los Jueces no se lo permitieron.
Kiki dio un salto, sorprendido ante las palabras del Santo.
– ¿Quieres decir que sabían que Saga aparecería para defenderlos?
Shaka cerró momentáneamente los ojos, como si se preparara a recibir de nuevo la luz del Sol en el rostro.
– Yo creo que sí. Lo sabían. Pero ésa fue nuestra prueba y no nos quedó más que enfrentarnos a ella con valor.
– ¿Una prueba?
– Appendix, no iban a condenarnos –afirmó Shaka, sonriendo.– No nos iban a matar por nuestros pecados. La prueba que determina si un guerrero es o no digno del dios al que protege no depende del bien o del mal... depende del valor.
– Y creo que pasamos –añadió Moo.– Ninguno suplicó misericordia.
Kiki no pudo contenerse más y, apretando las manos en puños, con pecas saltando sobre su rostro, exclamó:
– ¡Vaya prueba! ¡Les debió parecer muy divertido!
– Cuando sirves a un dios, Appendix –dijo Moo en tono de enseñanza– debes aprender algo.
– ¿Hay algo de aprender de esto?
Shaka, en un gesto poco común en él, dijo:
– Todo, absolutamente todo, es parte de un ritual. Sabes en qué terminará, pero tienes que cumplirlo.
Kiki puso cara de no entender absolutamente nada, pero en ese momento ya no pudo preguntar más. Shaka había encontrado el Portal de regreso al Averno y, en un par de minutos, se encontraron de nuevo cerca de la Estigia.
Un daimon los miraba tranquilamente, como si los estuviera esperando. Cerca de él, había dos figuras doradas.
– Ya era hora, ¿no creen?
Y Kiki reconoció la voz de Aldebaran.



– ¿Está seguro de que eran inocentes, mi Señor? –preguntó Aeacus apenas estuvieron completamente solos.
– Define inocencia, joven juez.
– No eran inocentes y eso era obvio –insistió Radamantis.– Quizá no eran tan culpables... pero inocentes no eran.
– A ver, explícame por qué.
– Bueno, el Santo de Aries... De acuerdo, no traicionó a Aioros de Sagitario ni creyó del todo que él hubiera sido el traidor... Pero le falló a alguien más.
– Al hermano del Santo de Sagitario –añadió Aeacus.– No debió marcharse al Tíbet, sino protegerlo. Pero lo abandonó y lo dejó solo cuando más lo necesitaba.
– Ahí estuvo su verdadera traición –añadió Radamantis.
– Tienen razón. ¿Y el Santo de Virgo?
– Su caso es el más divertido –respondió Aeacus, sin querer riendo un poco.– Su pecado, ahora comprendo, no era el no creer en el Omnipotente. Cree en Él, de eso no hay duda. Pero su creencia se limita en lo que Él pueda comprender.
– No se puede creer en el Omnipotente sólo por razonamientos –añadió Radamantis, frunciendo el ceño.– No tiene nada de malo tratar de comprenderlo. Pero a veces sólo se puede contemplarlo. Es demasiado Inmenso... No puede entenderse del todo.
– En otras palabras, su pecado no es la falta de fe, sino el exceso de soberbia.
– Exacto –dijo el Tercer Juez.– Han aprendido bien.
– Entonces, eso significa que hemos perdonado a dos pecadores.
– Tienes razón, Aeacus.
– Los Santos no deberían comportarse como humanos comunes, Señor.
– También lo sé –dijo el Tercer Juez.– Pero son lo único con lo que mi hija cuenta en este momento si quiere salir del reino de mi Hermano. De momento, son suficientes.
– Eso es parcialidad –repuso Aeacus.
– Esa misma parcialidad hacia mis favoritos y hacia mis amantes fue lo que me condenó aquí, en lugar de recibir una misión como mi hermano y como mi hija... un poco más no hará ningún daño.
– Como usted diga, Señor Zeus.



Creía haber perdido la capacidad para angustiarse. Después de conocer el Infierno en la Tierra, de vivir dominado por el odio, de morir y renacer y de pelear en tres Guerras Santas, pensó que ya nada podría ser tan sorprendente y que él ya no podría estar tan indefenso como para preocuparse o sufrir por lo desconocido. Cuando le fue robado el recuerdo de Esmeralda, lo dominaron más la ira, el dolor y la sensación de pérdida que la angustia misma. Pero ahora era distinto.
Ikki estaba angustiado, y la sensación le nacía en la boca del estómago y se extendía a todo su cuerpo.
Aunque la muerte era algo común en la vida de un Caballero, jamás le había parecido tan cercana como entonces. Nox había afirmado que Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun lucían en sus cosmos la vibración que indica la muerte cercana. Perecerían en el Reino de los Muertos y perderían también sus almas y la vida eterna. ¿Por qué le creía, si el muy maldito ya lo había dañado antes?
¿Acaso porque él también percibía la ligera alteración en el cosmo de su hermano, algo que todas las auras adquieren tarde o temprano, sin importar su intensidad o su propósito, si eran humanos comunes o Santos?
En apenas un instante, un recuerdo volvió a la mente de Ikki. Nunca había confesado lo que vio aquella noche, la de la Batalla de las Doce Casas, después de que Moo lo regresó del Limbo junto con Shaka. Cómo, lleno de esperanza y de voluntad renovada tras haber alcanzado el Séptimo Sentido con éxito, corrió de la Casa de Virgo hacia la de Libra para alcanzar a sus amigos en el Templo de Atenea. Ahí, encontró una urna dorada y un ambiente húmedo que empezaba a disolverse, así que no se detuvo.
Después, pasó por la Casa de Escorpio, hallando hielo en los muros y sangre en el piso. No encontró al Santo correspondiente, pero por un segundo percibió con claridad que alguien lo observaba, sin detenerlo.
Después, superó la Casa de Sagitario sin mayor problema, donde le pareció que un espíritu lo animaba a seguir adelante. Le hubiera gustado quedarse un momento para averiguar quién permanecía entre esos muros, pero no tuvo tiempo. No podía teleportarse a la Cámara del Maestro, y sentía la necesidad de cruzar cada una de las Casas restantes cuanto antes. Lo guiaba un impulso de angustia, muy semejante al que comenzaba a dominarlo.
Porque, por más que los llamaba, no podía percibir tres cosmos, y el cuarto se debilitaba lentamente.
Fue entonces cuando entró a la Casa de Capricornio, o más bien a las ruinas que la habían formado. Tantos escombros cubrían el camino que pensó en saltarlos y seguir adelante, pero un resplandor que vio a un costado de las ruinas impidió que lo hiciera. Mientras se acercaba, descubrió el tresor de Capricornio brillando, aunque parte de su superficie lo hacía con un tono rojizo. Cerca de él, vio a alguien que yacía inconsciente. Era Shiryu.
Ikki se le aproximó, llamándolo por su nombre pero sin obtener respuesta. Cuando estuvo a su lado, notó que se encontraba boca abajo, así que lo volteó cuidadosamente. Al hacerlo, se estremeció.
En el pecho, Shiryu tenía una profunda herida cubierta de sangre. A través de ella, Ikki alcanzaba a ver su corazón, destrozado. Éste no latía. Su amigo no respiraba. Estaba muerto.
Tratando de concentrarse sólo en su misión, Ikki se dirigió hacia la Casa de Acuario, aunque la sensación de angustia continuó aumentando. Cuando se acercó al umbral, una corriente de aire helado lo detuvo en seco. Vivir en Death Queen Island le había robado el recuerdo de esa sensación, pero de inmediato supo que la temperatura en el interior del Templo debía encontrarse muy por debajo del cero.
Cuando entró, su respiración se tradujo en un denso vapor que fluía de su nariz y boca, y sólo su aura de fuego evitó que se congelara, justo como los dos Caballeros que yacían en el piso. A uno no lo conocía, pero la presencia de tresor y capa le indicó que era un Santo, o que más bien lo había sido. Frente a él, un muchacho no mayor de veinte años estaba cubierto por una delgada capa de hielo y no portaba armadura. Por alguna razón, era imposible adivinar los colores de su cuerpo a simple vista.
Al acercarse, Ikki notó que su cabello era dorado. Era Hyoga.
Pero cuando trató de tocarlo, su cuerpo estaba tan frío que quemó sus dedos. Descubrió que, a diferencia de él, ningún vapor emanaba ni de su nariz ni de sus labios, y que sus dedos se encontraban en una posición extremadamente rígida.
También estaba muerto.
Mientras se dirigía a la Casa de Piscis, Ikki sintió cómo su corazón palpitaba con fuerza, la angustia prácticamente insoportable cuando encontró parte del Templo destrozado. A través de las ruinas, todavía alcanzaba a percibirse una ligera corriente de aire y, esperanzado, entró al lugar aunque sus piernas pesaban como si estuvieran hechas del mismo mármol de las columnas.
Cuando encontró a dos figuras tiradas en el piso, comprendió la causa.
Ni siquiera miró al hermoso joven que, cubierto de rosas y protegido por un tresor, yacía junto a Shun. Sin atreverse por completo a aproximársele, llamó a su hermano y sólo le respondió el silencio. Ikki se obligó a llegar a su lado, tratando de adivinar desde lejos si respiraba. Cuando estuvo junto a él, y con manos temblorosas, tocó su frente. Estaba tibia.
Casi suspirando de alivio, Ikki volvió a llamar a Shun, sin obtener respuesta. Se dio cuenta de que su hermano estaba más pálido que de costumbre, su clara piel tan blanca como las estrellas.
Y entonces vio que tenía una rosa roja sobre el pecho.
Sin saber qué significaba, trató de tomarla, pero las gotas de rocío que cubrían a los pétalos lo impidieron.
Porque no era rocío, sino sangre, y el tallo estaba clavado en el corazón de su hermano. Shun estaba muerto, y no tendría más de diez o quince minutos de haber fallecido.
Al comprender que había perdido para siempre a su único hermano, el ser que más amaba en el mundo, y a los dos amigos que tanto quería y que a pesar de sus pecados le habían concedido el perdón, Ikki corrió hacia la Cámara del Maestro. Y salvó a Seiya, y peleó contra Saga, y por primera vez otro ser vivo presenció sus lágrimas de tristeza y de impotencia, al tiempo que juraba cumplir el sueño de su hermano y amigos aunque debería estar rezando por la paz de sus almas. Sólo la bendita intervención de Saori-Atenea volvió a reunir a los Cinco en esta vida, y por eso había aprendido a amarla tanto, decidiéndose a pelear en su nombre de ese día en adelante aún cuando en el Santuario ni siquiera la había invocado.
Ahora, esa misma angustia lo dominaba. Sólo que sabía que, si los demás morían, nada ni nadie podría traerlos de regreso. Ni siquiera Atenea.
– Te ves alterado, Fénix –opinó Nox, sonriendo con deleite.– ¿Te duele algo?
– Eres un infeliz –sentenció entre dientes.
– Yo no lo soy. El destino lo es.
Ikki apretó las manos en puños.
– Es el mismo destino que te condenó a sufrir desde antes de tu nacimiento –continuó el Guardián.– El que marcó que tus padres murieran y tú quedaras a cargo de tu hermano, que Esmeralda falleciera y que ahora acabará con tu Orden. El destino, Fénix, nadie más que el hado que te fue asignado al nacer. ¿Por qué no lo maldices, justo como hiciste antes?
Y añadió con voz más obscura.
– Los griegos decían que a mi Señor le agrada el eco de las maldiciones y de los lamentos.
– Pues tu Señor se quedará esperando –sentenció Ikki con desprecio.– En el pasado, maldije a mi destino, de acuerdo. Pero ahora pienso que cada uno es responsable de construir su camino. Si hay alguien a quién maldecir, es a uno mismo.
La sonrisa de Nox se volvió un tanto amarga.
– ¿Insistes? ¿Dirás entonces que yo elegí mi destino, el cual me esforcé en olvidar hasta que me lo devolviste?
– Tú fuiste quien eligió no olvidarlo.
– Estupideces –murmuró con tristeza.
Ninguno de los dos había apagado su cosmo. Mientras que la armadura de Fénix relucía con tonos de fuego, la de Nox seguía opaca, como la noche sin estrellas. “Puede que esté vivo, pero su alma está muerta”, pensó Ikki al notarlo. “En verdad es digno de lástima. Preferiría haber muerto en el pasado y su existencia eterna no le ha dejado nada, ni bueno ni malo. Simplemente nada.”
– Escuché cuando atacaste a Shun con la Luz Negativa –afirmó, cambiando la conversación.
– ¿Ya habías regresado de la muerte? –preguntó con burla.– ¿Por qué no ayudaste a tu hermanito en lugar de esperar a que estuviera en peligro?
Ikki frunció el ceño.
– No sé por qué lo preguntas, si no te importa. ¿A qué te referías con que fue más fuerte de lo que esperabas y menos maligno de lo que creías?
Nox se cruzó de brazos. Su negro cosmo, tras haber recordado el ayer, se había vuelto todavía más intenso y obscuro. Aunque en ese entonces todavía no podía distinguir los colores de las auras, Ikki pensó en el maestro enmascarado de Death Queen Island. El cosmo del Guardián le provocaba una sensación parecida.
– ¿Yo sí tengo que responder a tus preguntas?
– Te dije que es mi turno de platicar contigo.
– En tal caso, me da igual solucionar tus dudas –opinó Nox, dejando caer los brazos al lado de su cuerpo.– La Luz Negativa es diferente a cualquier ken mental o físico que conozcas. Mata instantáneamente, en especial si se ha sido herido antes. De ahí la primera parte de mi comentario. Andrómeda no debió haber sobrevivido al golpe. En cuanto a la segunda...
Sus ojos centellaron con maldad.
– Un ataque común no distingue la moralidad de su víctima. Puede ser buena o mala, y el golpe causará el mismo daño. Pero la Luz Negativa es diferente. Si conoces el odio, no te hará tanto daño. A tu hermano no debería haberlo lastimado después de lo que ha conocido, y aún así lo hizo. Por eso la otra mitad de mi frase.
Fénix no respondió.
– Porque, como ya te dije, Andrómeda no es el mismo que presenció el momento en que te suicidabas. Ha cambiado. Tardará bastante en comprenderlo, pero ahora yace en él el potencial de irse al Lado Obscuro con sólo desearlo.
– No es cierto –dijo Ikki sin mostrar emociones.– Shun posee el corazón más puro de todos nosotros. No podría elegir el mal ni queriéndolo.
– ¿Tú crees?
El tono de Nox fue por completo irónico e igual intención lució su sonrisa.
– He confiado en poca gente en mi vida, pero sólo en dos personas lo he hecho ciegamente.
– Esmeralda y tu hermanito, supongo.
Y, sin darle oportunidad a que contestara, Nox prosiguió:
– Pero él no sólo tiene, o tenía mejor dicho, un buen corazón. También posee una naturaleza estelar doble por su constelación protectora. Y la máxima dualidad, después de Vida y Muerte, es Bien y Mal. ¿Por qué te extraña, si tú lo provocaste?
Ikki palideció, su rostro la viva imagen de la furia.
– ¿Qué esperabas, si fue testigo en primera fila del momento en que te cortaste las venas?
– Nunca fue mi intención suicidarme.
– Pero no se lo dijiste cuando tuviste la oportunidad. No quisiste ponerlo sobre aviso. ¿Acaso podría imaginar otra cosa, si no sabía que era un honroso harakiri?
El cosmo de Ikki se volvió aún más violento que en el pasado. No podía ser cierto. Aunque por años deseó que Shun aceptara el poder que había recibido y que comprendiera que no toda la gente es buena ni pacífica, jamás creyó que podría ser dañino para él. Y, sin embargo, el Guardián hablaba de una orientación hacia el mal, provocada en parte por su insistencia y en otra por su harakiri.
– ¿Vas a maldecir a tu destino?
Para sorpresa de Nox, Ikki dio la media vuelta para alejarse. Su expresión había vuelto a ser tranquila, pero al ojo experto del Guardián, era obvio que estaba ocultando sus emociones.
– Te he dicho que el destino no determina nuestras vidas.
– Iluso. El destino eligió que mi padre matara a mi madre, que tu hermano tenga la opción de volverse maligno, y que tú y yo vayamos a combatir.
Ikki lo miró por encima del hombro, sonriendo forzadamente.
– No voy a ensuciarme las manos contigo –sentenció.– Haz de tu vida lo que quieras, que yo me ocuparé de la mía.
Ya se alejaba cuando la obscuridad lo detuvo. Nox había ordenado a su cosmo que rodeara a su oponente para impedirle el escape. Ikki no ofreció resistencia alguna.
– ¡No permitiré que me recuerdes mi pasado y te largues así de fácil!
Y un segundo después, escuchó:
– ¡Luz Negativa!
Ikki escuchó el crepitar del ken de su enemigo en el aire sin sorprenderse. Nox, en cambio, se asombró al ver cómo el Caballero, con toda la sangre fría del mundo, daba la vuelta y extendía los brazos para recibir el ataque, de frente y sin defensa alguna.



Con toda la velocidad de la que eran capaces, subieron el último trayecto de la escalera. Una vez que ésta terminó, hallaron solamente un pasillo en ese nivel. Sin hablar, los tres lo recorrienron hasta el fondo, mas lo que encontraron ahí superaba la peor de las alucinaciones que hubieran experimentado a lo largo de sus vidas.
Seiya, Shiryu y Hyoga se encontraron frente a una habitación que flotaba en el aire, sin salir por ello del Tártaro. Era como si hubieran existido escaleras que condujeran a ella, pero éstas habían desaparecido. Un aura más negra que el espacio o que la noche la rodeaba, y no necesitaron que les dijeran el por qué se encontraba ahí.
– Éste debe ser el poder de Hades –opinó Hyoga con voz calmada y, tras un instante, añadió.– Nunca vi nada igual.
Shiryu asintió en respuesta.
– Cuando Saga, Hilda y Poseidón nos atacaron, aunque malignos, sus cosmos poseían luz. Éste no la tiene –sentenció.– Es la más pura de las obscuridades.
– Y Saori está adentro –concluyó Seiya.– Hay que sacarla de inmediato.
Precavidamente, Pegaso extendió la mano hacia el aura. Su experiencia de la Laguna Estigia le había enseñado a ser cuidadoso y lo brutal de su aprendizaje no había sido en vano. Lo más sorprendente, sin embargo, fue que, aunque en teoría no debería tocar un cosmo, Seiya sintió como si sus dedos se toparan con helado mármol.
– Genial. Habrá que romperlo –dedujo y, sin evitar una sonrisa, dijo.– Lo bueno es que ya sabemos cómo.
“La experiencia que da la práctica”, pensó con ironía, mientras daba un paso hacia atrás y encendía su cosmo.
Tan contento (y angustiado) se encontraba ante la perspectiva de reencontrarse con su amada diosa que no prestó atención a sus compañeros. Shiryu era la viva imagen de la concentración, aunque no acababa de comprender por qué, su mente aún ligeramente perdida en el Abanico de Posibilidades, recordaba las últimas palabras de Arges de Cíclope. Hyoga, en cambio, temía que jamás volvería a ver a Flare, a pesar de que la posibilidad de regresar con bien era mayor que al inicio.
El cuarto guerrero del grupo, sin embargo, permaneció en las sombras del pasillo, no por miedo ni por su desagrado hacia el combate. Se relacionaba más con la vergüenza de haber tenido un mal pensamiento en referencia a sus seres queridos.
Pegaso, Dragón y Cygnus ya habían encendido sus dorados cosmos, preparándose para lanzar su kens hacia la barrera (sin la necesidad de que Shiryu recomendase iniciar con sus ataques básicos) cuando se escuchó un furioso rugido que provenía de las escaleras. Parecían los aullidos de varias decenas de lobos.
– ¿Qué es eso? –preguntó Hyoga, mirando por sobre su hombro.– ¿Será Hades?
“¡No, ahora no!”, suplicó Seiya mentalmente. “¡Permíteme liberar primero a Saori y luego, si Tú quieres, me enfrentaré a lo que sea!”
A pesar de que Shiryu ya había trazado la kata del Dragón, dio la vuelta en dirección a los aullidos. El sonido era cada vez más cercano, con una entonación agresiva capaz de helar la sangre del más valiente de los guerreros.
– Nos encontraron. Tratarán de impedir que abramos esa obscuridad.
En eso, al fondo del pasillo, alcanzaron a ver una veintena o más de daimons que, furiosos, se acercaban corriendo. Sus manos rojizas brillaban en la ausencia de color.
– Yo los detendré –dijo el Dragón, mirando hacia los soldados.– Ustedes liberen a Saori.
“¡Pero si todos vamos a morir!”, pensó Seiya involuntariamente.
– ¿Crees que podrás abrir por ti solo la barrera, Hyoga? –preguntó Shiryu, ignorándolo.
Cygnus miró hacia los reflejos de la armaduras, cada vez más cercanos.
– Lo intentaré –prometió, no muy convencido.– Pero son demasiados. ¿Podrás detenerlos?
Shiryu no respondió. En lugar de ello, corrió en dirección a los daimons, listo para un combate mano a mano.
No alcanzó a acercarse mucho: en la obscuridad del pasillo, se escuchó un rápido tintinear de eslabones y, como un rayo de luz, la Cadena Nebular cruzó desde ese lugar hacia la obscuridad que rodeaba a la habitación. Seiya alcanzó a notar que, en el extremo, la Cadena portaba un pequeño broche negro y que, con él al frente, traspasó la barrera sin dificultad alguna.
Los tres miraron a la causa, incapaces de creer lo que veían.
– ¡No permitan que los daimons los toquen! –exclamó Shun, tratando de mirarlos a los ojos, pero desviando los suyos.– ¡Sus manos están impregnadas de veneno!
Alcanzó a notar que los tres sonreían, la alegría de reencontrarlo demasiado inesperada y grande. Se sintió todavía más culpable.
– ¡Shun! –exclamó Hyoga con ojos relampagueantes.
– ¡Estás vivo! –añadió Seiya.– ¡Creímos que...!
¿Por qué su amigo negaba con la cabeza con tanto pesar?
– ¡No hay tiempo que perder!
Ante su frase, los daimons se les echaron encima. Advertido sobre el veneno en sus manos, Shiryu usó el Escudo del Dragón para combatir, golpeando sobre las armaduras para evitar cualquier contacto. Hyoga, de reojo, vio que la Cadena había entrado en la barrera y, con una fugaz mirada, indicó que ayudaría a Shiryu. El Polvo de Diamante sería un ataque ideal contra alguien que no debía tocar.
– ¿Cómo llegaste aquí? –preguntó Seiya.
Shun no lo vió de frente, pero Pegaso notó que sus ojos habían recuperado parte de su brillo original.
– No me pidas que te responda ahora –contestó.–  Sostendré la cadena. Tú sujétala en todo momento y rescata a Atenea.
– ¿No sería más fácil que tú fueras por ella? –preguntó Seiya, su deseo de salvarla sometiéndose a la prudencia propia de un guerrero.
Shun se obligó a mirarlo a los ojos y a sonreír débilmente.
– Ya te lo dije una vez. Si alguien puede llegar al final, eres tú.
Y añadió con gentileza:
– Y si alguien quiere hacerlo, también eres tú.
Seiya sonrió sin darse cuenta. Sus amigos sabían cuánto amaba a Saori, y desde años atrás Atenea les había enseñado que, si existía un poder capaz de vencer a la obscuridad y a la muerte, era el amor. Lo único por lo que valía la pena preservar un mundo lleno de pecadores, dijo la diosa en su propio templo, hacía una eternidad.
Sin decir nada más, Shun encendió su cosmo para asegurarse de que la Cadena no regresaría sin que él se lo ordenara. Seiya activó su aura y, tocando los plateados eslabones, comenzó a caminar hacia la barrera de obscuridad. Atrás de él, escuchaba los combates de sus amigos mezclados con los aullidos de los daimons. Pero, por amor, no miró hacia atrás ni una sola vez.
Cuando entró en la obscuridad, fue como si nadara en lo más profundo del mar, traspasara el vacío y recorriera la distancia que separaba a la vida de la muerte. A pesar de haberse enfrentado contra un dios, Seiya jamás había entrado en un cosmo. Le sorprendió cuánta eternidad hay en las auras de los inmortales y, al mismo tiempo, cuántas pasiones adormecidas, completamente ajenas a los seres humanos. Sin comprenderlo, agradeció el que Atenea fuera a morir y volver a nacer para que así adquiriera un corazón humano y no uno divino. Un corazón muy diferente al del Eterno que la había atrapado.
En eso, vio una luz muy intensa frente a sí. Cuando los colores se definieron, se trazó una habitación ante sus ojos. Fue obvio que Seiya no fue el único sorprendido. En esa luz, una figura se levantaba y miraba en su dirección con sorpresa, deleite e impotencia en su rostro. Y Seiya descubrió que jamás, ni siquiera en la montaña en donde comprendió que la amaba, las facciones, cabello y obscuros ojos de Saori le habían parecido tan hermosos.



– Los Santos son suicidas, me parece.
A diferencia de la sonrisa de Milo, el gesto del Guardián no era fingido. Al contrario, mostraba el más absoluto de los deleites, como si al fin hubiera llegado su turno de combatir tras una larga espera. Hasta entonces, Escorpio pareció recordar que se encontraba dentro de la fortaleza de Hades, sin el tresor que se acostumbró a utilizar como protección desde que era muy joven, que si mueres en el Averno pierdes tu alma inmortal y que, como si no fuera suficiente, la vida de Aioria dependía de él. Ah, sí, y que estaba solo.
Pero no maldijo, aunque quería hacerlo. Se obligó a congelar su sonrisa en su rostro y a fingir calma absoluta.
– Estás confundiendo los términos –afirmó con seguridad.– Suicidio, temeridad y valentía no son lo mismo, aunque se parecen.
– No portas tu tresor –respondió Laertes.– ¿Crees que vas a derrotarme de ese modo?
– Los Santos dependemos de algo más que de nuestras armaduras.
Cerbero estuvo a punto de echarse a reír.
– El problema de cuando eres el mejor de tu grupo es que siempre esperan cosas realmente grandes de ti. ¿Crees que sin protección alguna sobrevivirás a mi ken?
Los ojos de Milo reflejaron burla.
– Los Santos de Atenea poseemos el Séptimo Sentido. Será suficiente para enfrentarte y vencerte –y añadió con sarcasmo.– Aunque por cuánto te preocupas por mi armadura, pensaría que los Guardianes del Estigio dependen demasiado de un traje de metal para sobrevivir.
Durante ese diálogo, el Santo se había alejado poco a poco de Aioria. No conocía al grupo de Hades más que de vista, pero si ese Guardián se parecía un poco a él, no tardaría en lanzarle un ataque y no le convenía tener a su amigo detrás.
Bueno, es lo que él lo haría de encontrarse en la posición opuesta.
– Supongo que si conoces tanto sobre nosotros –afirmó Laertes, quien había palidecido del coraje– sabrás que es mi deber llevarte ante Milord Hades para que le jures lealtad o mueras a sus manos.
– Te lo dije en el Santuario, aunque quizá ya lo olvidaste. ¿Tú y cuántos más van a obligarme?
En respuesta, el Guardián encendió su cosmo. Milo, a la velocidad de la luz, se quitó la capucha y quedó solamente en su ropaje de entrenamiento, a la vez que encendía su dorada aura.
– No debiste responder eso –afirmó Laertes como en reproche.– De todos los Guardianes, a mí es al único a quien no debes decirlo.
Milo se colocó en guardia, frunciendo ligeramente el ceño al advertir que, debido al negro cosmo de su enemigo, la imagen de Cerbero ya no era tan definida como antes. Recordó la batalla en la Cámara del Maestro cuando le tocó combatir en su contra y cómo de repente se vio atacado por tres réplicas del mismo.
El número de cabezas que los antiguos griegos afirmaban que tenía el perro guardián del Averno.
– Demonios... ¡Restricción!
La invisible barrera de energía del Santo rodeó de inmediato a las réplicas que comenzaban a dividirse. Por un momento, la imagen de Laertes volvió a dibujarse a la perfección, sobre todo su sonrisa.
– Si piensas que evitarás mi Desdoblamiento con ese ataque tan simple, o me has subestimado o estás enfermo.
Laertes cerró los ojos y su imagen volvió a desdibujarse. Milo no reflejó emoción alguna, pero internamente se maldijo por haber empezado así. Comprendió que luchar contra los Guardianes del Estigio sería casi igual que pelear contra otro Santo Dorado, o tal vez peor, y por lo visto, tendría que enfrentarse contra tres de ellos.
– ¡Vamos, Escorpio, atácame! –gritó Cerbero con burla.– ¿Has perdido tu confianza? ¡Vamos, hazlo!
– ¿Por qué haces esto? ¡Atenea no debe estar en el Averno y si eres un poco listo ya deberías haberte dado cuenta!
– ¡Todos ustedes hablan demasiado de deberes sin comprender que están equivocados! –dijo el Laertes que empezaba a trazarse hacia la izquierda.– Entiendo que sigas las órdenes de tu diosa, pero ¿por qué no mejor dejas que sean los dioses quienes arreglen sus problemas?
La mano derecha del Santo empezó a brillar con un tono rojizo.
– ¿Cómo puedes decir eso? –preguntó.– Si tu Señor está equivocado, ¿no se lo harías saber? ¡Atenea perderá su poder si permanece aquí!
– ¿Tiene que importarme? Que se caiga el mundo si quiere, siempre que sea mi Señor quien lo decida. Y si es necesario –añadió con voz más grave– que tu diosa se seque y quede en los huesos.
– ¡Maldito! –gritó Milo, corriendo hacia él.– ¡Aguijón Escarlata!
A la velocidad a la que iba y por la rabia tan grande que lo invadió, percibió cómo clavaba las tres primeras agujas de la Constelación del Escorpión en el Guardián. De reojo, vio cómo Laertes se doblaba sobre sí mismo, el veneno del Aguijón empezando a entrar en su cuerpo.
– Puedes decir o pensar lo que se te antoje –exclamó Milo, aunque tal despliegue de emociones iba en contra de su cinismo habitual.– ¡Pero lo único que jamás te permitiré será hablar mal de Atenea!
No escuchó sonido alguno detrás de él. Sabía que tres aguijones no serían bastante para inmovilizar al Guardián, y comprendió que algo estaba mal.
Dio la vuelta, pero antes de que la completara, vio a un Laertes frente a sí.
– Peleaste contra ella –dijo con sarcasmo.– Sólo quieres expiar tu culpa.
Milo sintió algo semejante a una explosión en el abdomen, aunque el Guardián no había invocado ningún ken. El choque de aquel poder contra su desprotegido cuerpo lo arrojó hacia atrás, un intenso sabor a sangre inundando su boca como hacía años que no sentía. Antes de que perdiera el equilibrio, alguien lo sujetó por debajo de los brazos.
– No culpes a nadie más que a ti mismo –escuchó, por más que deseó que no fuera esa voz.– Pensaste que sería sencillo...
Milo lo miró por sobre el hombro. Laertes de Cerbero lo sujetaba, Laertes de Cerbero estaba frente a él y Laertes de Cerbero se separaba un poco del conjunto. Las tres cabezas del can guardián del Averno.
– Con tu tresor, un golpe de energía tan básico no te habría dañado –dijo el que tenía frente a sí.– Lástima que lo dejaste atrás.
– Ahora tú eres el que me subestima –respondió, tratando de recuperar su confianza aunque fuera en simple apariencia.– No le has quitado el aguijón al escorpión.
Los tres Laertes sonrieron.
– No tiene caso. Voy a matarte.
El que tenía enfrente encendió su negro cosmo, y Milo comprendió que había sido otro el Laertes que lo había herido.
– Pero antes –continuó– tengo un pequeño deber que cumplir.
Hasta entonces, Milo notó que el Cerbero que se había separado de ellos estaba acercándose a Aioria. Tratando de reprimir su expresión de sorpresa, miró al primero a los ojos, exigiéndole que le dijera qué planeaba hacer.
– Te dije que sólo hay una forma para salir del Tártaro –sentenció, una energía negra comenzando a brillar a su alrededor.
– El ken con que te atacó recurre a una energía inagotable –dijo el que estaba frente a él y que se le aproximaba.– Si recuerdas los antiguos mitos, el Can Cerbero tenía la misión de destrozar a aquellas almas que intentaban escapar del Averno sin haber pagado sus culpas. También destazaba a los que querían ingresar a él sin haber muerto.
– Llámalo una extensión de mis obligaciones actuales –dijo el que lo sujetaba.
– Claro que nunca se supo que el Can Cerbero fuera misericordioso con nadie –concluyó el que estaba cerca de Aioria.– Y no será ésta la primera ocasión.
Milo prestó mayor atención a su enemigo. Conforme aumentaba su cosmo, dos afilados colmillos salían de entre sus labios y prolongaciones parecidas crecían en sus manos. Trató de soltarse, pero uno de ellos había pasado los brazos por debajo de los suyos, impidiéndole usar alguno de los Aguijones. El otro ya se encontraba junto a él, colocando la mano sobre su abdomen.
– La energía que uso viene directamente del Yomotsu –sentenció, obligando al Santo a que lo viera a los ojos.– Es un ataque, si quieres, lleno de pecado y de culpa, pero también de eternidad.
Milo desvió la mirada y la dirigió hacia Aioria. Aunque su respiración se había normalizado, permanecía inconsciente.
– Dos almas eternas van a perderse para siempre.
– ¡Déjalo en paz! –gritó Milo.– ¡No seas tan cobarde como para atacar a alguien que no puede defenderse!
Un Laertes sonrió.
– Su culpa. No la mía.
– ¡No! –exclamó Milo, negando con la cabeza.–  ¡Aioria! ¡Demonios, Aioria!
– ¿Milo?
El Guardián de Cerbero había estado a punto de clavarle las manos en el estómago cuando el Santo de Leo empezó a alzar la mirada. Laertes se detuvo para ver qué ocurría y Milo no supo si preocuparse o alegrarse por el hecho de que su amigo había recuperado la conciencia justo entonces.
– ¿Estás aquí? –preguntó Aioria en voz baja, apenas abriendo los ojos.
– No sólo él –dijo el Guardián.
– Ah. Eres tú.
– ¡Qué bueno que te has recuperado! –exclamó el Laertes que estaba a su lado.– No hay nada más lindo que despachar juntos a los amigos.
Dicho esto, de sus manos empezó a emanar un intenso calor. Aioria no pudo contener un grito de dolor. Milo también sintió que su piel se quemaba como si fuera ganado y lo estuvieran marcando, pero se esforzó en no quejarse. Su cosmo lo protegía un poco más que a su compañero y se sintió egoísta por ello; intentó soltarse por última vez, más le fue imposible.
– ¡Los Santos arderán en el Fuego del Infierno! –sentenciaron los tres Laertes al mismo tiempo.
– ¡Qué hermosa Orden tiene Hades! ¡Atacando a los caídos!
Una energía dorada rodeó a las tres réplicas y, aunque no las atacó, los obligó a apagar sus cosmos. Los dos primeros separaron sus manos de Aioria y de Milo, y el tercero soltó a este último, quien cayó al suelo.
Milo jamás había oído esa voz. Miró al muchacho que había hablado, pero le estaba dando la espalda y no alcanzó a ver bien sus rasgos en la obscuridad.
– ¿De dónde vienes? –preguntó el Guardián al recién llegado.
– De un lugar al cual tu egoísmo te impedirá entrar –respondió una voz confiada.
– ¿Acaso me habla el símbolo de la generosidad?
– Depende de cómo quieras verlo.
Laertes se fijó en el recién llegado. Sonreía, pero su mirada mostraba determinación absoluta.
– ¡Eres un Caballero de Atenea! –gritó.
– Lo fui hace algún tiempo.
– ¡Pues eres un perfecto idiota al regresar a su servicio justo ahora! –gruñó el Guardián, las tres réplicas empezando a formar un círculo en torno al recién llegado.– Debiste permanecer en el sitio del cual vienes, porque desafiarme equivale a morir.
El joven no dio señales de querer defenderse. Ni, para esto, de marcharse.
– Conozco muy bien a la Muerte como para temerle. Pero también la conozco lo bastante para evitar que ellos dos se entreguen a ella a traición.
Dos Laertes se colocaron a su lado. Otro más, frente a él. Pero el muchacho se limitó a sonreír, o al menos eso le pareció a Milo desde donde se encontraba.
– No traes ni tresor ni has encendido tu cosmo –dijo el primero.– ¿Vas a pelear?
El joven negó con la cabeza, conservando su sonrisa.
– No vengo a combatir contigo. Mi misión es otra.
Los tres Cerberos acercaron sus manos al muchacho, sin tocarlo pero activando su negra aura.
– No podría pedir más cooperación a un Santo de Atenea –dijo uno de ellos.– ¿Y aún así dices que la sirves?
– La serviré por toda la eternidad.
– ¿No comprendes que estás desperdiciando tu vida?
El joven frunció el ceño, obviamente en desacuerdo.
– El sacrificio no es igual al desperdicio irreflexivo –afirmó con ojos brillantes.– Mi vida está consagrada a Lady Atenea y sé que, por cada uno de nosotros que caiga, uno más se levantará.
Y añadió con orgullo:
– Así lo ha determinado el Omnipotente que la envía, y así deberá ser por el resto del Tiempo.
– ¿De qué me hablas?
Milo notó que la voz de Laertes empezaba a mostrar una expresión de sospecha. Algo en el recién llegado no estaba bien.
Se le ocurrió voltear a ver si Aioria estaba bien. Vio que había alzado la vista y que quería decir algo, pero la voz no parecía salir de su garganta.
– El Ciclo debe terminar –sentenció el muchacho.– Si la Orden muere al intentarlo, que lo haga. Pero que el Ciclo se cumpla.
– ¡Lo que vas a cumplir es tu cita con la muerte!
Al grito de Laertes, los tres reflejos lanzaron su energía hacia el joven.
Ataques que lo atravesaron y que hirieron a los demás Laertes.
– ¡Demonios! –gritó Cerbero.
– Hay algo más que debo decirte –confesó el muchacho, todo su cuerpo empezando a brillar con la misma energía dorada que mostró a su llegada.– Es sobre mi cita con la Muerte.
Aioria se estremeció. Milo al fin pudo ver al joven cuando éste dio la vuelta. Era un muchacho que no tendría más de veinticinco años, alto y bien proporcionado, de piel clara pero bronceada por haber pasado largas horas bajo el Sol. Su rizado cabello, del tono de la madera obscura, caía sobre su rostro, apenas detenido por una banda roja que portaba en la frente. Sus ojos eran azules, del tono de la noche estrellada.
Y tenían la misma forma que los ojos de Aioria, quien murmuró:
– Hermano...
– Ya lo cumplí, hace muchos años –sentenció Aioros de Sagitario.
Ante tal afirmación, los Tres Laertes se apartaron.
– Te conozco... Te conozco.
– También te recuerdo –afirmó Aioros, su rostro volviéndose más obscuro.
– Estás muerto. Eres un maldito muerto que cruzó la Estigia.
Aunque no portaba el Tresor de Sagitario, la dignidad que Aioros emanaba era tan grande que no parecía necesitarlo. Aunque portaba ropa de entrenamiento, la luz que emanaba de su aura lo cubría como una ropaje dorado.
– Atenea está en peligro –sentenció.– No fui más que el primero en morir por ella, e incluso si tuviera que perder mi alma, lo haría gustoso. ¡Ni los muertos deben permanecer indiferentes ante el crimen de tu Señor!
Los tres Laertes parecieron recuperar su serenidad. Habían peleado antes... el desenlace debería ser semejante.
– Lamentarás haber abandonado el Eliseo, te lo juro...
Aioros, ignorándolo, se alejó del Guardián y se dirigió hacia su hermano, quien lo miraba con adoración.
– No lamentaré nada. Mi turno llegó hace tiempo y no volveré a pelear contigo.
– ¿Te has vuelto cobarde?
Aioros lo miró por encima del hombro.
– ¿Lo dice aquel que necesita apoyarse en dos réplicas para pelear?
Laertes enrojeció por la ira.
– Además –añadió el Santo– mi misión está cumplida.
“¡Pero Aioros cumplió su misión hace años!”, pensó Milo en medio de la confusión en que sus pensamientos se encontraban. “¡Evitó que Saga matara a Atenea y la encomendó junto con su tresor, aunque murió por las heridas que Shura le provocó! ¿Qué lo trajo de vuelta? ¿Acaso...?”
Se interrumpió. La sola idea era demasiada, incluso para aquel que tenía fama de no impresionarse por nada.
“¿Dejó el Eliseo sólo para salvarnos la vida?”
– ¿De qué misión hablas? –gritó el Guardián.– ¡De qué maldita misión me hablas!
– ¿Acaso no es obvio? –preguntó Aioros.– Aioria de Leo y yo...
– Son hermanos, o mejor dicho, lo fueron –gruñó Laertes.
– Milo de Escorpio intentó salvarlo.
– Y salvarás a cualquier amigo suyo... qué cursi –siguió gruñendo por lo bajo.
– Y además...
Aioros sonrió por primera vez desde su llegada.
– Ya es tiempo.
– ¿Tiempo?
Laertes no acababa de responder cuando la puerta de la mazmorra cayó destrozada. Milo, Aioria y él miraron la causa, pero Aioros fue el único que no los imitó. Quizá porque ya lo sabía desde un rato atrás.
No había ni luces ni sonidos que anunciaran su llegada, pero no por ello el aire dejó de vibrar frenéticamente. En la entrada a la celda, había tres figuras que relucían como el oro. La más alta, seguramente la causa de aquella entrada, se había cruzado de brazos. Otra, de rasgos fríos y ojos entreabiertos, presionaba sus palmas en oración. La tercera dio un paso al frente, su tranquilidad representando una sutil amenaza cuando preguntó:
– ¿Es una reunión privada, o cualquiera puede participar?
– ¡Lo sabía! –murmuró Milo, sonriendo.
El rostro de Cerbero mostró aún más furia. Ante él, habían llegado Aldebaran de Tauro, Shaka de Virgo y Moo de Aries, ataviados con sus luminosas armaduras. Con ellos, descubrió, traían los Tresors de Leo y Escorpio.
– Si en el pasado la indiferencia costó la vida de aquellos al lado de quienes debimos combatir –sentenció Moo, mirando alternadamente a Laertes y a Aioros– hoy no volverá a ocurrir.
Los tres activaron sus cosmos, reflejando una luz tan brillante como la del sol.
– Este día, los Santos pelearán como uno solo. Hasta la muerte.



Continuará...

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