Capítulo doce
El lado obscuroPor Altair
"¿Es verdad lo que me ha dicho Mime? ¡Seiya! ¡Shiryu! ¡Hyoga! ¡Saori! ¿Por qué no me responden? ¿Por qué pelean? ¿Es que esto es lo que me espera después de una batalla? ¿Sólo otra pelea?"
Shun de Andrómeda
Según la tradición nórdica, el mundo entero estaba condenado al Día del Juicio Final, al igual que en la mayoría de las religiones y sistemas mitológicos. Sólo que, a diferencia de los demás, los nórdicos creían que, cuando llegue el Ragnarok, también caerían los dioses. Thor moriría al enfrentar a la Serpiente del Mundo, Heimdall mataría a Loki pero moriría a sus manos, y destinos semejantes aguardarían a Freyr, a Surt, a Freya y a Tyr. Todos, junto con Odin, finalmente morirían al lado de los hombres y de los héroes.
Por ello, en Asgaard no existía la ligereza de espíritu que en ocasiones se percibía en Grecia. Tampoco se percibía el misticismo de Tíbet, la vibración de Aztlán o la Presencia Divina Eterna de Jerusalem. En cambio, la conciencia del final inevitable era algo con que se nacía, crecía y moría, y lo único que se podía buscar era un fallecimiento heroico, a lo cual se dedicaba la vida entera.
La misma leyenda contaba que Asgaard, la región de los dioses a la cual sólo se accedía después de cruzar el puente arco iris de Bifröst, se dividía en diferentes zonas: Midgard era el campo de batalla para los hombres y el Valhalla era la habitación de los héroes. Ahí vivían las Valkyrias, jóvenes mujeres de gran belleza que mantenían las copas siempre llenas, cumplían las decisiones de Odin respecto a quién vencería en una batalla, y llevaban los cuerpos de los héroes ante su dios. Nunca se dijo si las Valkyrias se enfrentarían o no al Ragnarok.
Pero esa noche, los Guerreros Divinos lo averiguaron.
El grito de Hilda pudo escucharse en todo el Santuario. Marine y June cerca de la estatua de Atenea, los Siete Guerreros Divinos en la Cámara del Maestro, hasta Sunrei, quien rezaba en las Cámaras; todos la oyeron y sintieron que la sangre se congelaba en sus venas. La exclamación mostraba dolor e impotencia, y de momento no fue tanto la de la representante de un dios como la de una mujer.
Al igual que la presencia de Hades dio nuevas fuerzas a los daimons caídos, el llanto que el dolor provocó en su avatar fue como un fuego que golpeó el corazón de Bud. Se quedó congelado en su lugar por la impotencia y el asombro al ver el negro cosmo de Hades, sordo a los gritos de los daimons y a toda voz que no fuera la de Hilda.
“¡Así debió gritar cuando Poseidón la atacó y le colocó la Sortija del Nibelungo!”, pensó en un relámpago, sintiendo su corazón latiendo contra su armadura. “¡Derramó esas mismas lágrimas mientras suplicó a Odin que la perdonase esa noche!”
Apretó las manos en puños y apretó los dientes, los recuerdos de aquel día regresando a su mente sin misericordia alguna.
“¡Ese día murió mi hermano!”
Antes que pudiese evitarlo, cinco daimons se le echaron encima, las manos rojas por el veneno que en ellas latía. Bud sólo volteó y, con ojos relampagueantes y una velocidad cercana a la de la luz, gritó:
– ¡Garra del Tigre Vikingo!
Bud había encendido su cosmo casi sin percatarse, su mente concentrada en Hilda y en la muerte de Syd. Una ráfaga de aire helado, con cristales que cortaban como navajas, traspasó a los cinco daimons, provocándoles numerosas heridas y encargándose de que al menos uno de ellos no volvería a levantarse. Al ver a sus compañeros cubiertos con una capa de hielo, otros daimons se arrojaron hacia el Guerrero de Mizhar-Alcor. Bud casi los invitó a que lo atacaran, la primera vez que usaba su ken sin referirse a sí mismo como una sombra.
Al ver que su líder usaba su cosmo, los demás Guerreros Divinos supieron que ya podían (¡y debían!) recurrir a los suyos y, a una, encendieron sus cosmos. Como todos los asgaardianos, sus auras brillaban con el color de la nieve en diferentes momentos del día y vibraban con la electricidad que era tan evidente en los combatientes jóvenes.
Uno de esos resplandores tenía un tono adicional semejante al del fuego. Al igual que antes, tal ataque sólo podía provenir del protegido por la armadura de Beta-Merak. Dietrich acababa de amenazar con él a tres daimons que trataban de franquear su territorio y acercarse a Hilda y a Flare.
– ¿Se conforman con eso o insisten? –preguntó.
Aunque Dietrich resentía mucho el calor por venir de un país de hielo eterno, trató de no demostrarlo. A los daimons pareció no importarle, y trataron de acercársele para atacarlo. En respuesta, el Guerrero exclamó:
– ¡Aro de Brynhild!
A sus palabras, alrededor de los tres surgió un aro de fuego, idéntica a aquélla que protegió a la legendaria Valkyria mientras dormía. Tal ataque provocó que los daimons se quedaran en su lugar, dudando si cruzar la barrera o no.
– No es una ilusión –aclaró Dietrich, sus amielados ojos reflejando destellos anaranjados.– Pueden intentar traspasarlo y lo que encontrarán será la muerte.
Su seria actitud demostró que no bromeaba, pero internamente el Guerrero se estaba riendo. Se necesitaría ser tan valiente como el Sigfried de la Era del Mito para traspasarlo, justo como él lo hizo para despertar a Brynhild. Quizá si se enfrentara a un Guardián, tendría de qué preocuparte, pero los daimons no dieron señales de querer moverse y respiró tranquilo un segundo, buscando su siguiente objetivo.
– Acérquense, no sean tímidos –decía Erich, blandiendo las dos hachas de la armadura de Pertha-Gamma como si fueran dos espadas de un legendario samurai.– No les va a doler.
Los daimons, al ver la estatura, porte y pícara mirada del Guerrero Divino, tuvieron una excelente razón para no aproximarse ni medio centímetro. Los grises ojos de Erich centellaron con decepción.
– ¿No quieren cooperar conmigo? Bueno, si no serán voluntarios, no queda más que obligarlos a integrarse.
Y exclamó, a la vez que soltaba las dos hachas:
– ¡Golpe de Mjöllnir!
Al invocar el nombre del legendario martillo de Thor y empleando su cosmo como impulso, Erich realizó un cuidadoso trazo luminoso con el mismo esfuerzo que ponía en sus dibujos y planos, y después lanzó sus armas. Las hachas, siguiendo la trayectoria diseñada por su portador, se dirigieron hacia los daimons. Cuando se acercaron a ellos, se detuvieron en el aire y sus afiladas hojas hirieron a los soldados aunque no los habían tocado. Erich, fijando la vista en ellas, extendió los brazos para recibirlas cuando regresaron a él.
En cambio, Hildebrand de Delta-Megrez se había sentado en el suelo, las piernas cruzadas y las palmas en estrecho contacto con la tierra. Con tan sencillo gesto, trataba de percibir cómo era el espíritu de aquella Región Mística.
“Por Odin, qué maravilla”, pensó, su rostro inocente adornado por una débil sonrisa. “Es muy parecida a Asgaard, a pesar de las diferencias físicas entre ambas. ¡Esto es increíble!”
Al descubrir su aparente debilidad, unos siete daimons corrieron hacia él. No tendría tiempo de ponerse de pie y defenderse, lo sabían. Hildebrand abrió sus ojos café, tan semejantes al tono de la tierra que sostenía y acariciaba en sus manos.
– Sus sucias pisadas han roto la armonía de este lugar –condenó en voz baja.– Es un gran pecado contra los espíritus de Grecia.
Y mirándolos, su rostro inexpresivo al haber alcanzado un estado superior de conciencia, pidió:
– Vibra, Midgard.
Ante las palabras de Hildebrand, los daimons fueron inmediatamente rodeados por decenas de espectrales figuras, la mayoría ataviadas como hippeis, los primeros Caballeros Griegos. Espantados, los soldados trataron de echar a correr en otra dirección, pero no les sirvió de nada. A aquellos que habían visto a los espectros, la tierra misma los retuvo, inmovilizándolos hasta que todas las batallas griegas terminaran, a pesar de que podrían pasar siglos antes de ello. Hildebrand, con sencillez, dio las gracias a los espíritus griegos y les pidió que continuaran ayudándolos en su lucha.
– Eres un completo inmaduro, Heimdall.
La voz de Balder, serena y grave, reprochaba al Guerrero Divino de Eta-Benetnasch con justa razón. Heimdall, el de los ojos violeta, se dedicaba apresuradamente a afinar su arpa. Si no se hubiera puesto a jugar con ella mientras esperaban el ataque de Hades, habría podido usarla desde el principio. Balder, en contraste, parecía ajeno a la batalla y lo regañaba como si todavía estuvieran en su aldea de origen.
– ¡Éste es el momento de combatir, no de distraerse! –insistió.
Heimdall lo miró con rencor.
– No me regañes.
– Pues haz algo.
– Sí, cómo no, como me estás dando una maravillosa lección de combate –respondió con sarcasmo mientras ajustaba la última cuerda de su arpa.
Durante todo ese diálogo, se habían limitado a esquivar los golpes que muchos daimons les lanzaban –eso sí, sin dejar de discutir. En eso, uno pasó demasiado cerca, casi para tocarlos. Heimdall dio una patada en el suelo, haciendo un berrinche.
– ¡Deja de criticarme, burro! ¿Por qué mejor no me pones un ejemplo? –preguntó, mientras eludía a otro daimon.
– ¿Necesitas uno?
En ese momento, Heimdall pasó las manos por las cuerdas de su arpa, produciendo una extraña nota.
– A decir verdad, –respondió, sus ojos centelleando– no.
Y empezó a tocar una dulce melodía, vibrante pero tranquila, a diferencia de la tonada de Mime que se había caracterizado por su nostalgia. Aunque era una canción que había adaptado desde años atrás, cuando la interpretó con el arpa adquirió un ritmo suave e hipnotizante, y los daimons a su alrededor empezaron a atacar con mayor lentitud.
– ¡Sientan el poder de la Música Nocturna! –exclamó, el nombre de la melodía resonando con las notas.
Balder se llevó una mano a la frente. Heimdall había robado el nombre de su ataque de una obra de teatro musical.
Al mismo tiempo, una de las cuerdas empezó a emitir un rayo de luz de tal intensidad que se convirtió en un arma intangible. Al acercarse a los daimons, en cambio, se convirtió en una espada de luz y destrozó las armaduras de muchos de ellos.
– ¿Qué te pareció, Balder? –preguntó, sus dedos sin dejar de moverse y esperando la aprobación de su mejor amigo.
– ¿Atacaste a esos soldados sólo por presumir? –respondió, sus verdes ojos mostrando algo semejante al pesar.
– No fue sólo por eso –protestó Heimdall pero, antes de que pudiera seguir quejándose, exclamó– ¡Cuidado!
Un daimon enorme corría hacia Balder, su mano dejando un momento el veneno para aplicar un golpe de daga. Heimdall supo que no alcanzaría a dirigir la Música Nocturna en su contra y apartó la mirada.
Sin voltear a verlo, sin siquiera descruzarse de brazos, Balder dijo:
– Luz de Hel.
Al invocar el nombre de la diosa mitológica de la muerte, la única que tal vez sobreviviría al Ragnarok, una brillantísima luz emanó del cosmo de Balder. A menos de un metro de distancia, el daimon se quedó congelado y se convirtió en una estatua de cristal.
– Impresionante... –murmuró Heimdall.
Balder ni siquiera volteó a verlo, pero su rostro se volvió triste.
– A mi padre no le gustaría ver esto –murmuró.
Sin embargo, parecía que no importaba qué tan bien combatieran. El cosmo de Hilda seguía bajo ataque directo, y no existía modo alguno en que los suyos pudieran ayudarla. Aunque no vieran directamente su sufrimiento, cada uno de los Guerreros Divinos podía percibirlo. E, incluso más que ellos, lo sentía la hermana de la avatar.
Hilda se había dejado caer sobre una de sus rodillas, su falda azul cubriendo gran parte del suelo. Presionaba sus manos contra sus sienes, sujetando a su vez su plateada tiara. Su piel estaba muy pálida y perlas de sudor caían junto a su cabello. Había cerrado sus ojos con fuerza, invocando el máximo poder de su cosmo. Pero parecía como si una niña quisiera pelear contra un fuerte adulto, y cósmicamente era lo que estaba pasando.
– Hilda... –murmuró Flare, incapaz de moverse de su lugar o de pensar con claridad.
Mil imágenes pasaban por su mente, todas relacionadas con la Batalla de Asgaard. Volvía a presenciar la muerte de Hagen, de Sigfried, de los demás valientes que juraron cuidarlas, la destrucción de los témpanos y la crecida del mar, el cosmo de Atenea extinguiéndose y la esencia de su hermana, hecha de luz y nieve, cayendo sobre todos para salvarlos.
Ese día casi perdió a la persona a la que más amaba en el mundo y se separó de los mejores amigos de toda su vida. Esa noche, ¿sí iba a hacerlo?
Involuntariamente, apretó más la Cruz del Norte en su mano, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. “¡Señor, cualquiera que sea Tu Nombre, ayúdanos por favor!”, suplicó. “¡Por favor!”
– ¡Dime qué puedo hacer! –exclamó, no supo si para el Omnipotente o para su hermana.
Notó entonces que Hilda, aunque estaba doblegada por el dolor, extendía su mano derecha lo más que le permitía el cosmo que la dañaba. Con dedos temblorosos, trataba de alcanzar algo, más la confusión impidió que Flare adivinara de momento qué quería.
– Balmung... –escuchó que Hilda decía con voz ronca.
– ¿Balmung?
La Valkyria apretó los dientes, esforzándose en vano.
– ¡Balmung! –dijo con voz más débil.
Flare miró en la dirección a la que Hilda quería acercarse. Sobre el altar improvisado, vio la hoja brillante de la legendaria Espada Balmung. “¿Cómo pude ser tan ciega?”, pensó, corriendo hacia ella. Por un instante, no pensó en nada, excepto en conseguir el arma que, de acuerdo con el mito, Odin le dio a Sigfried para matar al dragón.
Al tomarla, se sorprendió de que le pareciera tan ligera, como si se hubiera dedicado toda su vida a pelear con espadas, o como si hubiera sido una guerrera y no una princesa. Dio la vuelta para ir con su hermana, pero al hacerlo se encontró frente a frente con un daimon que, burlando a los Guerreros, había llegado hasta allá.
– ¡Dame eso! –ordenó con voz tan profunda que parecía que venía del Averno.
Flare, asustada, apretó la espada contra sí.
– No –dijo en voz baja pero decidida.
El daimon dio un paso hacia ella. Flare, sin darse cuenta, comenzó a blandir la espada para defenderse, aunque en teoría no sabía ni pío de esgrima.
– ¡Oigan! –escucharon ambos.
El daimon miró hacia atrás, buscando al dueño de la voz que lo había llamado. No había nadie ni nada, a excepción de un espacio vacío. De esa nada, aún así, surgió un rayo luminoso al tiempo en que la voz que había hablado antes exclamaba:
– ¡Trankappe!
Casi sin que Flare pudiera distinguir los movimientos, el rayo perforó el cuerpo del daimon, que cayó muerto a sus pies. Una figura se trazó frente a ella, regresando de su estado temporal invisibilidad. Apenas volvió a ser nítido, Gunther de Alpha-Dubhe respetuosamente inclinó la cabeza en una veloz señal de respeto.
– Mientras haya un soplo de vida en mí, las protegeré a ambas, milady –afirmó.
Flare apenas asintió, con reconocimiento y gratitud. Gunther volvió a invisibilizarse con el don del Trankappe que le había pertenecido al Sigfried del mito. Ella, por su parte, corrió hacia Hilda y le extendió la espada para que la tomara.
– Aquí está Balmung, como querías.
Hilda pareció querer tomarla, pero el cosmo que la atacaba impidió que lo hiciera. Flare no sabía si lo que iba a hacer estaba correcto o no, pero el caso fue que sujetó la mano de su hermana, sintiendo la increíble pesadez que la oprimía, y colocó en ella el mango de la espada.
– Así como protegió a Odin y a Sigfried, ahora te protegerá a ti –sentenció, aunque no supo de dónde provenía ese conocimiento.
Apenas la tuvo en su mano, Hilda la apretó por la empuñadura y Flare tampoco la soltó. Su cosmo pareció brillar con nueva intensidad al levantarse y retar con la luz de la nieve propia de Odin a la obscuridad del Señor del Averno. Claro que no pudo liberarse de su hechizo, pero lo detuvo de momento, al igual que al Portal.
Era la representante de un dios. Un dios no podría derrotarla tan fácilmente.
– Vete, Flare –murmuró Hilda, mirándola con gratitud y de momento aliviada.– Es mi batalla.
– No. Es nuestra.
Ninguna de las dos soltó la Espada Balmung, en cuya hoja se reflejó la luz de todas las constelaciones del cielo como si fuera su única defensa. Flare no sabía que su cosmo se había vuelto a encender, ahora a un nivel bajo que amenazaba con aumentar. Hilda encontró en ella nueva fuerza y empuñó la espada con fuerza.
– Éste es el momento –sentenció la valkyria, su azul mirada desafiando al destino mismo.– Hoy será nuestro Ragnarok, pero ¡por Odin que no permitiremos que también sea el de Atenea!
Un pequeño grupo de daimons, separándose de la brigada, echó a correr en dirección a las Casas del Santuario. Habían perdido su ventaja inicial y necesitaban encontrar algo o a alguien que les pudiera servir como rehén o como chantaje.
Sus pesadas botas metálicas resonaban seco contra los suelos de mármol de las cámaras cercanas a las del Maestro, mientras se dirigían hacia la escalera que guiaba de Piscis a Aries y de ahí a la parte inferior del Santuario. Sabían que los Santos habían desaparecido, la mayoría muerto en años anteriores; que los Caballeros de Plata también se habían marchado, y que los únicos que podrían defender al Santuario de la profanación que realizaban combatían en lo que había sido la Cámara del Maestro.
A diferencia de los Guardianes del Estigio y de los Caballeros Atenienses, los daimons no peleaban en base a un cosmo. Sin embargo, sí podían percibirlo. Olfateando el aire como si fueran sabuesos, empezaron a rastrear por los blancos edificios la presencia de algo o alguien sagrado. Pero Hades se había llevado la Nike y a los Tresors. Los atributos del Patriarca, al no haber uno nombrado, se encontraban en Star Hill. La estatua de Atenea era lo único material que podía considerarse sagrado, pero era demasiado grande para ellos.
Quizá lo mejor sería regresar a lo más alto del Santuario, matar a las dos amazonas que se negaban a rendirse y tratar de cerrar el Portal de un modo u otro.
En eso, uno de ellos señaló hacia las pequeñas Capillas de las cámaras secundarias. No había percibido un cosmo, sino un aura como la de la las personas comunes. Pero de ella emanaba una energía suave y protectora, propia de alguien que ha estado muy cerca de integrantes de la Orden.
Sin dudar, se dirigieron a donde Sunrei rezaba, ignorante del peligro que corría. No importaba que no fuera una amazona ni una sacerdotisa.
Viva, podría servirles de algo. Muerta, también.
Recordar no siempre es fácil. A menos que se haya tenido el regalo de una vida tranquila y próspera, suele ser bastante doloroso, e incluso en aquellas existencias felices no faltan momentos de soledad y sufrimiento, por aislados que sean.
Por tanto, para alguien cuya vida no había sido por completo feliz, recordar no resultaba sencillo.
Sin dejar de buscar la ruta que lo guiaría hacia el Tártaro, Shiryu realizaba un recorrido semejante al nivel del espíritu. Le parecía que se encontraba en el interior de un laberinto que, a cada vuelta y en cada pasaje, se desplegaba en un abanico de opciones y posibilidades, y había tenido que confiar más en su mente y en la imaginación, más que en la vista que recuperaba poco a poco. Él tenía que encontrar la salida, tanto en el mundo real como en su memoria. Sólo que en su mente tenía que elegir una posibilidad cada vez, y la única forma era enfrentándose a su pasado. En más de dos ocasiones se había equivocado, y la pérdida paulatina de detalles correctos lo hacía, dolorosamente, regresar al momento de su error.
Después de la muerte de Okho, había recordado, el Anciano Maestro desapareció por un corto tiempo. A su regreso, Deathmask de Cáncer intentó matarlo y él descubrió cuán insignificante era su poder ante el de un Santo. Justo cuando iba a atacarlo con el Sekishiki, Moo de Aries intervino y, junto con Dokho y Shiryu, juró pelear por la verdadera Atenea.
Lo siguiente fue la Batalla del Santuario –y le había sido bastante difícil llegar a ese momento, pues juraba que en efecto había decidido quedarse en China debido a su ceguera–, donde derrotó a Deathmask gracias a la protección de la suave aura de Sunrei. Al elevar su cosmo por primera vez al Séptimo Sentido, el Agua de la Vida que Seiya y Kiki habían conseguido para él surtió efecto, y sus ojos volvieron a tener luz.
Una vez que aclaró lo que había ocurrido en las Casas de Géminis y Cáncer, completar aquel día en su memoria fue un reto menor. Ahora recordaba claramente haber usado una de las Espadas de la Armadura de Libra para liberar a Hyoga del Ataúd de Hielo, y haber encontrado el testamento de Aioros, ante el cual los cuatro juraron proteger a Atenea con sus vidas. Después fue el combate en la Casa de Capricornio, de nuevo alcanzó el Séptimo Sentido, y el Dragón Ascendente se enfrentó contra Excalibur, cuya ánima también le sería encomendada. Y entonces vino la muerte.
Y le siguió la vida.
Al recordar que lo primero que vio al despertar del que debía ser el sueño eterno fueron los luminosos ojos sin pupilas de Atenea, involuntariamente una lágrima resbaló por su rostro.
Ella lo había guiado en todo momento desde el instante en que conoció su verdadero nombre. Cuando perdió la vista, su espíritu le ayudó a combatir contra Argol de Perseo. Cuando peleó contra Okho, pensar en ella y en sus amigos le dio una razón para seguir adelante. Al agonizar mientras derrotaba a Shura, su dulce voz le reprochó que se sacrificara cuando todavía faltaban dos Casas. Su imagen le dio una causa para enfrentarse a Fenrir de Alioth-Epsilon y a Alberich de Delta-Megrez, y le recordó, a través de la intervención de su Roshi, que el invulnerable Sigfried debía tener un punto débil. ¿No fue ella quien, con su luz, le mostró los Siete Chakras de Crysaor y le ayudó a activar, por vez primera, el ánima de Excalibur? ¿Y quién le consoló apenas murió el Anciano Maestro, iluminando su camino hacia el Eliseo y demostrándole con su luz que jamás se quedaría solo?
Por ella, él y sus amigos desafiaron a un Santuario entero, combatieron a los representantes de los dioses y evitaron un Segundo Diluvio., Por ella, ahora recordaba, habían entrado al Averno a retar al Señor de los Muertos.
Porque debían sacarla de ahí para que pudiera morir y así cerrar el Ciclo.
– Saori... –murmuró, su cosmo más dorado que verde iluminándose al pensar en la diosa que protegía.– Lo que ha de ocurrirte no es lo que mereces después de haber salvado a la Tierra de Poseidón. Y mucho menos es lo que desearía para ti.
Cuando miró hacia la muralla, notó que su vista se había vuelto más clara. Sin saber por qué, se le acercó. Tocó el bronce de su superficie con la palma de su mano; aunque su temperatura era baja, le pareció que vibraba, casi como si estuviera viva. Suspiró y murmuró, parte para la diosa que no podía escucharlo y parte para sí:
– He reunido mis recuerdos hasta el momento anterior a que me encontrara con Arges y peleara con él, pero no sé si son los correctos. Hay un gran vacío en mi interior, y eso me hace dudar...
Y añadió en voz más baja.
– ¿Es porque has de morir y separarte de nosotros?
Alrededor suyo, escuchó cómo el viento aumentaba de fuerza. Algunos asfodelos perdieron sus pétalos, que fueron llevados por la corriente. Shiryu sintió que la nostalgia invadía su corazón y su expresión se volvió triste.
– He acomodado los hechos, pero no sé si mi ruta es la correcta –continuó sin comprender a quién le hablaba.– Ahora sé que peleo para que Saori muera y se cierre el Ciclo. Pero cuando Atenea regrese en el próximo, ya no será igual. No necesitará ocultarse y sus Caballeros ya habremos muerto y sido sustituidos por otros.
Alzó la vista. Recordaba la obscuridad de las Capas del Espíritu, y la idea de que alguno de sus seres queridos (empezando por Dokho y terminando con Atenea) pasara por ahí desgarró su corazón. Volvió a suspirar y murmuró:
– Maestro, guardo tus palabras en mi interior, más nunca me explicaste por qué hemos de soportar esta crueldad. ¿Por qué, de todos, es ella quien debe morir?
– ¿Las leyes de la muerte y de la vida necesitan explicación,joven dragón?
Sorprendido, Shiryu miró en todas direcciones. ¡Era la voz de Dokho de Libra! No identificó en ella, sin embargo, el tono de los años anteriores. Al contrario, la voz parecía joven de nuevo, y el Caballero descubrió que no era la primera vez que la escuchaba de esa forma.
¿Acaso...?
– ¡Maestro! –llamó, sin encontrar a nadie que pudiera responder.
La voz se encontraba en el aire, en todas partes y en ninguna, y preguntó:
– Has combatido solo desde que nos separamos, aunque antes tuviste que pelear así en muchas ocasiones mientras yo te guiaba a distancia. ¿Has notado alguna diferencia?
Para sorpresa suya, Shiryu respondió:
– No, Roshi. Al contrario, lo he sentido más cerca, a pesar de que no pueda verlo. Sus consejos han permanecido conmigo y siguen orientándome aunque usted esté...
Aunque no pudo terminar la frase, el viento sopló con más suavidad mientras escuchaba:
– La muerte no es mala, joven dragón. Si viviéramos eternamente en un mundo imperfecto, al final no habría más sentimiento que el odio. En contraste, el mundo perfecto que el hombre tenía y que al pecar despreció es el único donde pueden existir las verdaderas unión y armonía. Por eso, incluso aunque tus sentidos no pudieran percibirme, tu corazón siempre lo hará, porque nuestras almas han estado unidas y seguirán estándolo.
– Saori me dijo que igual ocurriría con ella –recordó, sin decir el nombre de la diosa, sino el de su amiga.
– Hades le está negando el descanso que merece. A ustedes no les agrada el tener que separarse de ella, pero...
– Es lo mejor –concluyó Shiryu.– Y es lo justo.
Ante sus palabras, un cosmo dorado fluyó de sus dedos sin que él lo invocara. En su mente, no hubo más Abanico de Posibilidades, y sólo un camino se reveló como la única opción que debía seguir. Parpadeó, y su vista volvió a ser la de antes, sus ojos recuperando por completo el gris color de las rocas que yacen bajo un avivado río. Y, a su tacto, una puerta se abrió en la muralla, aunque supo que no había sido su propio poder el que la había activado, sino el cosmo de aquél que hasta muerto seguía guiándolo.
– Nos volveremos a encontrar, joven Dragón –dijo la voz de Dokho, el afecto fácilmente perceptible en ella.– Cuando llegue el momento.
Shiryu presintió que jamás volvería a escucharlo hasta el día en que él mismo muriera. No estuvo muy seguro sobre qué era lo más adecuado que podía decir, y sin que se diera cuenta, murmuró:
– Lo haremos, Roshi. Se lo juro.
Miró hacia la puerta. A través de ella, alcanzó a ver un camino de álamos blancos y corrió en esa dirección. No le gustaba el destino que debían cumplir, mas la idea de que era lo único que quedaba por hacer revivió la esperanza en su corazón. Algún día, todos estarían reunidos otra vez. En el otro mundo.
Eso, si evitaban que los Guardianes mataran sus almas.
Al entrar a la Alameda Blanca, percibió el mismo aire congelado que Seiya había sentido poco antes. No tenía modo de saber que su amigo apenas le aventajaba y, sin dudar, siguió el rastro que lo conduciría con Hyoga.
Por alguna razón, las clases de mitología de Shun regresaron a él con una rapidez asombrosa. Lecciones impartidas por Albiore de Cefeo y que él aprendió al lado de June, Spica... Ah, sí, y Reda.
Hecatónquiros, también llamados Centimanos. Tenían, como su nombre lo indica, cien manos, con las cuales ayudaron a Zeus en su guerra contra los Titanes, combate que lo convertiría en el más importante de los dioses olímpicos.
También venían a su mente algunos de los conocimientos cósmicos y espirituales que aprendió con Moo de Aries, en Jammyel, durante el año pasado. Llámese “Dejavu” a aquella sensación de haber vivido antes una experiencia del presente que, por supuesto, nunca se ha tenido, al menos de forma consciente. No se sabe a ciencia cierta qué es: si otra reencarnación, la consecuencia de una vida en ciclos, una extensión del cosmo más allá del Séptimo Sentido...
Lo único de lo que estaba completamente seguro era que Reda lo atacaba con el ken que era propiedad exclusiva de Seiya. Y no le agradaba nada.
Cada uno de los meteoros de la lluvia estelar golpeó con enorme fuerza su cuerpo. Nunca en su vida había peleado contra Seiya –ni, en este caso, contra el Pegaso Negro–, y ahora comprendía por qué su amigo se había ganado la reputación como Caballero invencible. Aquellas zonas que su armadura no protegía fueron dañadas sin que pudiera hacer nada: sentía las piernas y los brazos como si fueran de jalea; un golpe en el abdomen le impidió respirar y otro en la cara le sacó sangre de la nariz y de la boca. Sin embargo, en medio de su confusión, supo que no recibía todo el poder de su antiguo compañero. El aura azul no indicaba la presencia del Séptimo Sentido, pero sólo el que Aldebaran de Tauro hubiera vertido su sangre sobre su armadura impidió que ésta se fracturara bajo los impactos.
Cuando finalmente cayó al suelo, no tuvo fuerza para ponerse de pie de inmediato. Comprendió que Reda lo había lastimado bastante, más su intención no había sido matarlo. De hecho, recordaba que Seiya había derrotado a Thor de Pertha-Gamma con un golpe parecido al que acababa de recibir en el estómago. También, para su desgracia, supo por qué el Guardián actuaba así.
– ¿Qué te pareció? –preguntó Reda, una intención burlona en su tono.– ¿Ahora comprendes lo que se siente cuando un conocido tuyo te ataca sin que lo esperes?
Shun alzó la vista, rencor en su mirada. Hecatónquiro sonrió.
– No voy a perder el tiempo explicándote cómo es mi ken...
– Ni necesitas hacerlo –interrumpió Andrómeda.– Con el Dejavu aprendiste la técnica de Seiya a partir de lo que yo he visto, y el don de los Centimanos hizo el resto. ¿Me equivoco?
Reda se le acercó.
– Uno no tiene por qué ensuciarse las manos durante un combate. Los reyes enviaban a sus ejércitos mientras ellos disfrutaban la cena. Yo adopto los trucos ajenos, sólo que no los de los enemigos que has vencido, sino los de aquéllos con quienes nunca combatiste: tus propios amigos. Y, para esto, también aprendo otras cosas.
Shun empezó a levantarse, limpiándose el rostro con el dorso de la mano, y sin separar la mirada de su enemigo.
– Guardas un pequeño rencor en contra de cada uno de tus amigos y, para esto, no sólo porque te hayan abandonado en la Estigia.
El Caballero no tenía forma de saber qué había ocurrido tras separarse del grupo. Haber perdido el sentido después de ser impulsado por la Tormenta Nebular no le había mostrado que el efecto hipnótico del Erebo era instantáneo, desconectando a la persona de su realidad en segundos. Mientras Perséfone lo salvaba del envenenamiento, sus compañeros se habían separado para combatir a los Guardianes, y el medallón que le había dado hizo innecesario buscar alguna entrada –y, con ello, reencontrarlos. La idea de que, en efecto, lo hubieran abandonado a su suerte en la laguna hirviente había sido tan absurda que se rehusó a formarla en su mente, pero una parte de él sí la conservó.
El lado obscuro que no había dejado de hablarle...
– No siento ningún rencor contra ellos –respondió, mirándolo a los ojos.– Mis amigos son lo más valioso que tengo. Siempre hemos actuado juntos, y si tuvieron que dejarme atrás habrá sido por algo.
¿Estás seguro?, le preguntó una de sus voces.
– Yo lo dudo –dijo Reda, sonriendo.– Inconscientemente tus sentimientos hacia los tres no son tan puros. Y, como te dije, sientes rencor hacia cada uno de ellos.
Nuevamente encendió su cosmo, que seguía luciendo un tono azul.
– ¿Qué te parece si empezamos con Pegaso? –y, sin esperar respuesta, prosiguió.– Una vez le dijiste que, si alguien podía llegar al final de las misiones, era él.
“Lo recuerdo”, pensó Shun. “Fue en la Isla del Espectro, pero no sólo ahí.”
– No me interesa si fue por generosidad o por falta de confianza en ti mismo, pero el caso es que no fue esa la única vez en que te quedaste atrás. La Casa de Sagitario fue un buen ejemplo, al impulsarlo hacia el otro lado del abismo. ¿Y qué tal en la Casa de Piscis? Ahí no aceptaste caer solamente a un precipicio, sino...
Shun sujetó las cadenas.
– Morir –respondió.
– Lo recuerdas al instante, ¿y dices que no guardas rencor hacia él? Basta con que recuerdes el dolor físico de cada uno de tus sacrificios, todos para que Pegaso continuara en lugar tuyo aunque eres más poderoso que él.
– Él nunca me pidió que lo hiciera. Fue mi decisión.
Reda empezó a reír.
– ¡Da lo mismo! ¿Que él no pudo oponerse a tu decisión? ¿O qué no tuviste la voluntad necesaria para ser tú el que siguiera adelante?
Sin que lo supiera, Shun se había sonrojado de coraje.
– Admítelo. Cuando piensas en tu muerte, sabes que Seiya pudo evitarla.
– Fue mi decisión –insistió.
– ¡No existe nadie, por más estúpido que sea, que corra a abrazar su propia muerte! ¡Ni siquiera tú!
Y con voz más malintencionada, preguntó:
– ¿En serio que no te habías dado cuenta de que sentías ese odio hacia Pegaso?
– ¡No lo odio! ¡Ni a él ni a mis otros amigos!
Reda encendió su cosmo y aumentó su poder. Su tono azul permaneció y brilló todavía más.
– ¡Hipócrita! ¡Lluvia de Meteoros!
En aquel segundo, Shun sintió que le mundo daba vueltas a su alrededor. Por un instante, su vista se había nublado para ver no a Reda, sino a Seiya lanzándole su ken. Hasta entonces, recordó que había sido envenenado por los daimons y que no se encontraba en la mejor de las condiciones.
“¡No quiero pelear contigo!”, pensó, pero no comprendió si se refería a Reda o a la idea de que fuera contra la imagen que guardaba de Seiya en su corazón.
La Lluvia de Meteoros se acercó a toda velocidad. En una reacción inmediata, Shun sujetó los eslabones y los desplegó:
– ¡Defensa Rodante!
A su orden, la plateada cadena empezó a girar en torno suyo, cubriéndolo de pies a cabeza a una gran velocidad. El Caballero había encendido su cosmo magenta y dorado, lo que impulsaba a su protección a casi cortar el aire; en su trayectoria, dejó de distinguirse cada segmento de cadena de los otros, borrando límites y creando una barrera completa.
Los impactos de la Lluvia de Meteoros golpearon contra la protección. Los que no eran tan fuertes, se disolvieron y liberaron su energía sin mayores consecuencias. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con los de mayor poder. Estos, al estrellarse, hicieron que toda la barrera vibrara. Shun aumentó su cosmo para impedirles el paso y rebotaron, con una nueva dirección, hacia su emisario.
– ¡Reda, quítate! –alcanzó a gritar.
En respuesta, Hecatónquiro extendió los brazos, dándoles la bienvenida. Aproximadamente la mitad de los golpes que había enviado se impactaron contra su cuerpo, hiriéndolo justo como lo habían lastimado a él antes. A duras penas el Guardián alcanzó a mantenerse de pie, pero su armadura había sido fragmentada y sangre brotaba de entre sus labios.
– Magnífico –opinó mientras desactivaba su cosmo y la tonalidad azul de sus ojos desaparecía.– No la reacción que preferiría, pero es un buen comienzo.
Shun ordenó mentalmente a la Defensa Rodante que se retirara. Reda sonreía, la sangre en el rostro parecida a la cicatriz que le había causado años atrás.
– Voy ganando, Albiore –afirmó con el respeto de un hijo que quiere probar su error a su padre.– Pronto dejará de ser el alama noble que conociste.
– ¿Qué quieres decir?
Reda lo miró a los ojos.
– A que no sólo me estás atacando a mí, sino a tu amigo Seiya. Respondiste a su ken sin importarte a quién pertenecía.
Y añadió:
– Parte de ti lo odia y también me odia a mí.
“No puede ser cierto”, protestó una de las voces de Andrómeda. “Actué contra una amenaza, no contra un amigo. Jamás lo haría.”
“¿En verdad no te desquitaste de lo que ocurrió en la Batalla del Santuario?”, preguntó la otra. “Si ya conocías el ken, ¿no podrías haberte apartado?”
– ¿Con cuál de tus amigos quieres que continúe? –dijo el Guardián, aunque en verdad no le interesaba su opinión.
Tratando de acallar sus dos voces internas, Shun respondió en voz más alta.
– ¿Por qué me haces eso? ¿Es tanto el odio que merezco de tu parte?
– No sólo tú –confesó Reda.– Tú eres la víctima y mi objetivo principal, pero no te odio sólo por los méritos que has reunido. Es algo que deberías agradecerle de corazón a June y a Albiore.
Ante el nombre de su Maestro, el Caballero permaneció callado, pero sus ojos relampaguearon al oir que mencionaba a la joven protegida por Camaleón.
– Yo fui el protegido de Albiore, como ya te dije, hasta que llegaste –recordó el Guardián, empezando a encender su cosmo aunque todavía no se definía ningún color.– Ya no me importa recuperar su estima, porque está muerto. Pero quiero demostrarle que yo tenía la razón en cuanto a ti.
Sus ojos relucieron con un ligero color verdemar.
– Deja al alma de nuestro maestro descansar en paz –ordenó Shun, notando la alteración.– Ya tienes lo que querías, ¿o no? Estoy peleando contigo.
– No es suficiente. Quiero que me odies y que intentes matarme.
Shun estuvo a punto de suspirar, dándose por vencido. Su parte violenta lo fastidiaba, y la mitad pacífica ya no tenía fuerzas para indicarle que tratara de hablar con él.
– No entiendo qué buscas ni qué quieres ganar, Reda.
Hecatónquiro frunció el ceño, pero sonreía a la vez. Sus ojos ya eran completamente verdes, y su negro cosmo relucía con el mismo color.
– Por lo que he visto, también deberías odiar a Albiore –afirmó, en apariencia cambiando la conversación.– Sientes rencor hacia Dragón por lo mismo que Cefeo pensaba con respecto a ti.
Esta vez, el tono de Shun al responder fue menos firme. No porque lo que dijera fuera mentira, sino porque el cambio que el Guardián quería obtener de él comenzaba a rendir efecto, y lo sabía.
– No odio a Shiryu ni siento rencor hacia él.
– ¡No me digas que te agrada que siempre te trate como si fueras un niño!
Dentro del grupo, como en todas las relaciones de amistad, cada uno había asumido un papel sin darse cuenta del todo. Seiya era la iniciativa, el que comenzaba una misión y la llevaba hasta el final. Hyoga, en cambio, era la reserva y la seriedad, aquel cuyo secreto hacía que pareciera que le agradaba combatir aunque no fuera así. Ikki se había convertido en un símbolo de la esperanza, el que hablaba con frases duras y realistas, pero también el único que sabía exactamente en dónde se encontraban y cuál sería su destino.
Shiryu representaba la madurez y la generosidad, aquél a quien no le importaba sacrificar cualquier cosa por los demás y que, sin perder ni ocultar sus emociones, sabía que lamentarse no servía de nada.
Hasta ese segundo, Shun estuvo consciente de cuál era su propio rol. Él era el pacifismo, el que creía que todo debería solucionarse sin pelear aunque, por su poder, siempre llevaría las de ganar. Pero así como Seiya era el más propenso a ser herido, Hyoga a sufrir en silencio, Ikki a apartarse de los demás y Shiryu a perder todo, Shun era el que más debía ser protegido debido al desagrado que sentía hacia el combate. Pegaso, Cygnus y él tenían casi la misma edad, por lo que no era muy notorio. En contraste, Fénix y Dragón...
– Sabes, tan bien como lo hago yo ahora, –prosiguió Reda, sin necesitar ser un lector de mentes para imaginar lo que pensaba– que así como Dragón te ha salvado la vida en múltiples ocasiones, tú no has hecho nada por ayudarlo. Al menos nada importante.
La batalla contra los Caballeros Negros. El sacrificio de sacarse los ojos con tal de que Seiya y él volviesen a la vida. Arrojarlos hacia el lado opuesto en la Casa de Capricornio antes que Shura atacara...
– Claro que, si a esas vamos, todos tus compañeros creen que no podrías enfrentar a tu oponente tú solo, pero no es lo que me interesa ahora –continuó, mirándolo a los ojos y con voz tan cortante como una espada.– Han pasado casi siete años, Caballero Andrómeda. ¿Has entendido por qué, cuando tus amigos fueron a buscar al doctor Mamori, tú preferiste quedarte en el hospital a aguardar el resultado de la operación a la que Dragón fue sometido?
Shun no respondió, la cadena vibrando a su simple toque.
– ¿Por qué, en la puerta de la Casa de Acuario, cuando una estrella fugaz resplandeció en el cielo, tú fuiste el único que lo llamó, esperando una respuesta milagrosa?
La vibración se hizo más intensa.
– La única razón es el remordimiento. Pero lo que debería ser agradecimiento, se trocó en rencor, sobre todo cuando te prohibió comentar nada al respecto.
– No es verdad –respondió Shun en voz baja.
– Odias a Shiryu porque nunca pudiste salvarle al vida como el lo hizo por ti. Odias a Shiryu porque él es el Caballero por excelencia. ¡Odias a Shiryu porque darías todo por ser como él, pero a su lado no eres más que un niño llorón! –y nuevamente, sin dar oportunidad a nada, gritó.– ¡La Cólera del Dragón!
Esa vez, quizá porque lo hablado le indicó lo que el Guardián planeaba hacer, Shun no esperó a recibir el ken sin defenderse. Conocía bien el ataque de Shiryu, lo suficiente para saber que, si permitiría que lo tocara, podría matarlo. Y sin dudar desplegó la cadena mientras ordenaba:
– ¡Protección!
Dejó a los eslabones en libertad plena para que adoptaran la forma más conveniente para protegerlo. El Caballero apenas rozó la cadena en lo que ésta fluía a gran velocidad, en dirección hacia el brazo del Guardián y a la luz que brotaba de él. A pesar de que, por un segundo, no vio a Reda atacándolo, sino al Caballero del Dragón, con todo y sus grises ojos y su largo cabello.
La Cadena se enroscó alrededor del ken como si lo hiciera en torno a un dragón oriental de esbelta figura. De haber sido Shiryu quien realmente lo atacaba, los eslabones se habrían desintegrado al simple contacto con un cosmo poseedor del Séptimo Sentido. Pero no ocurrió así con el ken robado: un cosmo que empezaba a ser más dorado que magenta los impulsó, ordenándoles que no soltaran a su presa. Electricidad fluyó de ellos, e igual que ocurrió con la Lluvia de Meteoros, la energía que liberaron regresó al Guardián.
– ¡Reda! –gritó Shun, al ver cómo la Cólera del Dragón se estrellaba contra el pecho del Guardián, lanzándolo contra la muralla.
Hecatónquiro no había hecho nada por evitar el golpe, justo como la primera vez. En su negra armadura relució el brillo magenta y dorado de la cadena, mientras su cosmo verdemar se apagaba. golpeó de espaldas contra el muro, resbalando lentamente hacia el suelo. Shun se dio cuenta que la negra armadura que lo protegía había sido cuarteada y que caían gotas de sangre al piso, pero Reda continuó sonriendo.
– Mejoras, Andrómeda –dijo con voz un poco más ronca mientras se ponía de pie.– No acababa de atacarte cuando reaccionaste. Pronto me atacarás sin pretexto alguno.
Shun se reprochó haberlo hecho. Estaba siguiendo el juego de su enemigo, cumpliendo las reglas que él le marcaba, actuando justo como él pretendía que lo hiciera. Sin embargo, y por primera vez en un combate, no se arrepintió.
Reda se le acercó, deteniéndose a la misma distancia de antes.
– Ya aceptaste tu rencor hacia Dragón y tu odio hacia mí aumenta. Vamos bien.
– ¿Por qué me atacas con kens robados? Si tanto quieres vengarte, ¿por qué no lo haces con tus propias manos?
– ¿Cómo quieres que me comporte con un ladrón?
Un breve silencio entre ambos permitió que se escuchara el sonido del viento, más fuerte a cada instante.
– Albiore creía que las técnicas de combate eran importantes y el cosmo fundamental –afirmó Reda, una sombra cruzando su rostro.– Yo cumplía con ambas y por eso era su preferido. Pero cuando llegaron los combates finales y tú quisiste luchar por la armadura –añadió con odio– resultó que también valoraba el buen corazón porque, según él, un Caballero que no lo tenga no podrá manejar adecuadamente su poder.
– Corazón y cosmo son complementos –respondió Shun,su tono ya no tan cordial como antes.– Ninguno debe dominar al otro.
– ¿Y tú eres el mejor ejemplo? Voy a contarte algo que nadie sabe, ni siquiera Spica ni el señor Hades.
Un relámpago brilló en el horizonte, y el casi inmediato retumbar del trueno mostró lo cerca que la tormenta se encontraba.
– Pocos días antes que Albiore fuera asesinado por apoyarte, –sentenció, remarcando las últimas palabras– le pregunté por qué un cobarde como tú pudo derrotar a todos los aspirantes, y me salió con esa estupidez del corazón y del cosmo. ¡Fue la primera y única vez que discutí con él! Le dije que cualquier alma, por buena que sea, puede caer en la tentación del odio y perderse, incluyendo la tuya. ¿Y sabes qué me dijo?
Shun lo miró en silencio, la luz apenas reflejándose en sus ojos.
– ¡Que como en ti el corazón superaba al cosmo, cuando tal tentación se presentara la superarías sin mayor problema! Confió en ti hasta el último segundo de su vida, incluso mientras dos Santos lo mataban, ¡y ese error lo llevó a la muerte!
– Por eso me odias tanto... –murmuró el Caballero, sin saber si era afirmación o pregunta.
El rostro calmado de Hecatónquiro había trocado en uno que mostraba el más intenso de todos los odios.
– ¡Sacrificar al causante de su muerte era la retribución apropiada! Pero después de la batalla donde tus compañeros y los Santos se integraron en un mismo equipo, ya no había modo de cumplirla. Spica regresó a su vida normal y yo entré al servicio de Lord Hades. Y creí haberte olvidado. ¡Cómo es sabio el Destino!
– ¿Por eso quieres que te odie? –preguntó Shun con voz sombría.– ¿Sólo para demostrar que Albiore estaba equivocado con respecto a mí?
– ¡Basta de palabras! –gritó Reda, activando de nuevo su cosmo.– ¡Albiore está muerto, y el odio nace en tu corazón!
Shun volvió a sujetar la cadena. El segundo color del aura del Guardián era blanco, lo que le permitía adivinar quién seguía.
– ¡No intentes continuar, Reda! –ordenó, su tono cercano a la amenaza sin que se percatara de ello.– ¡Ahora que sé el por qué de este combate, todos tus intentos serán inútiles!
– ¿Quieres decir que tratarás de no odiarme? Confías demasiado en ti mismo.
El iris de los ojos del Guardián se volvió blanco, una delgadísima línea negra apenas marcando su separación del resto de la córnea.
– Habíamos quedado en que odiabas a Pegaso y a Dragón, pero eso no es nada comparado con el rencor que guardas hacia Cygnus.
– Mientes –respondió en voz un poco más baja.
Pero en esa ocasión, Andrómeda supo a qué momento de sus vidas iba a referirse y, por primera vez, Hecatónquiro tendría un poco de razón.
Reda se dio cuenta y, decidido a continuar su labor, afirmó:
– Por alguna extraña razón del destino, todos tendemos a sentir mayor simpatía hacia alguien, quizá porque en una misión o un combate tuvimos que pelear lado a lado. Es inútil decir que, aunque todos están muy unidos en su grupo, Pegaso se identifica más con Dragón y tú con Cygnus. Por esto, tu odio interno es más claro.
Las cadenas volvieron a vibrar.
– No tiene caso que sigas, Reda –dijo Shun, su mirada prácticamente sin luz.– Ya sé qué sigue.
– ¿La Casa de Libra?
Shiryu había liberado a Hyoga del ataúd de Hielo, pero el ataque de Camus no se había limitado a su cuerpo. Estaba dominando su corazón. Lo único que podía devolverle el calor y la vida era otro cosmo. Shun elevó su aura a su máximo nivel, dispuesto a ofrecer gustoso su vida por su amigo. Pero...
– Cygnus revivió, aún cuando tú casi mueres. ¿Y cómo te lo agradeció?
– No le pedí que me lo agradeciera –dijo Andrómeda, frunciendo el ceño.
– Va directo a la Casa de Acuario...
– Era nuestro deber.
– Pelea con Camus...
– Yo habría hecho lo mismo.
– Y sacrifica su vida.
Shun no respondió.
– No le importó que hubieras estado a punto de morir por salvarlo. Aceptó la muerte y con eso despreció tu sacrificio.
“¡No es cierto!”, exclamó una de las voces internas, pero su volumen fue tan bajo que casi no la escuchó. “¡No fue así!”
– ¿Sabes una cosa? –continuó el Guardián.– Tu rencor no es por su ingratitud. Se debe a algo más.
Las cadenas se pusieron en alerta.
– Sabes que si no hubieras quemado tu cosmo...
– Cállate –ordenó entre dientes.
– Al llegar a la Doceava Casa y combatir contra Afrodita de Piscis...
El cosmo del Caballero se tornó lentamente en más dorado que magenta.
– Habrías estado en tu máximo nivel y no habrías...
– Basta.
– Muerto.
El único sonido que recibió por respuesta fue el de los eslabones agitándose frenéticamente.
– ¡Le debes tu muerte a tu mejor amigo!
– ¡No es cierto! –exclamó Shun, sin mirarlo a los ojos.
Reda dio un paso hacia atrás.
– Y ahora le deberás también esto.
En un instante, la temperatura descendió, pero el Caballero apenas le prestó atención.
– ¡Polvo de Diamante!
Reda no acaba de terminar la frase cuando escuchó;
– ¡Ondas relámpago!
Ante tal orden, antes que pudieran fluir los cristales desde su cosmo, recibió un golpe en la mano derecha y una descarga de electricidad. El hielo que había producido se convirtió de inmediato en vapor, neutralizando su ofensiva, y la energía que emanó de la cadena fluyó por todo su cuerpo, la negra armadura funcionando como conductor. Aún así, alcanzó a ver al Caballero, y descubrió que su mirada era por completo inexpresiva.
Shun retiró la cadena más por prisa que por gentileza. Frente a él, Reda apenas se mantenía de pie, la cicatriz de su rostro a punto de volver a abrirse. Pedazos de su traje negro habían caído sobre el adoquín, y Andrómeda, de repente, se preguntó qué era lo que había hecho.
– Te subestimé –dujo Reda con voz cada vez más ronca.– Odias a Cygnus y me atacaste aunque el peligro apenas era visible. Felicidades.
Esa frase hizo que el corazón de Shun regresara a la normalidad.
– ¿Yo te causé ese daño? –preguntó, a pesar de que la respuesta era obvia.– ¡Dijiste que la Cadena Nebular no podría atacar ni herir a alguien que procediera de Filistia!
El Guardián sonrió, sangre brotando de entre sus labios.
– No me atacaste a mí. Atacaste a Cygnus en tu mente y por eso reaccionó –y ante el espanto del Caballero, concluyó.– No puedo culparte. Su ken es mortal, y si hubiera alcanzado el Séptimo Sentido, no habrías sobrevivido a uno solo de mis golpes.
Y añadió, sonriendo de nuevo:
– Pero me alegro. Te has desquitado de tus tres amigos.
Contra su voluntad, un estremecimiento sacudió a Shun. ¡Reda no podía estar en lo correcto! ¡Tenía que ser un error, un juego de palabras para confundirlo! Pero la cadena se había negado a atacarlo antes y ahora agredía con una facilidad espantosa.
– Odias a Pegaso por ser superior a ti, a Dragón por ser más generoso que tú, y a Cygnus porque moriste por su culpa. La sangre que me has hecho derramar no es sólo mía. Es la de ellos.
– ¡No, no es cierto! –exclamó Shun con voz quebrada y palideciendo.– ¡Me estás tratando de lastimar en lo que más amo!
– ¡Deberías darme las gracias! ¡Ahora eres libre!
Libre. Andrómeda se negaba a aceptarlo, pero parte de él se alegraba de haber externado su agresión, la que por años fue contenida por su buen corazón. Se sentía tranquilo. Se sentía... libre.
Le pareció que todo daba vueltas a su alrededor cuando miró sus manos y creyó verlas cubiertas de sangre, cual su enemigo decía. Sangre de Seiya, Shiryu y Hyoga brillaba sobre el metal de su armadura y en los blancos eslabones.
En eso, la imagen de June se presentó en su mente. “Temo que te pierdas a ti mismo”, dijo al despedirse, hacía casi una eternidad. “Si has de aceptar ese cambio, por favor no vayas al Averno.”
– No... –suplicó en voz baja, negando con la cabeza.
“¿Estás consciente de tu naturaleza estelar doble?”
– No...
La máxima dualidad, después de vida y muerte, es bien y mal.
– ¡No!
Con manos temblorosas, se quitó los portacadenas tan rápido como le fue posible y los arrojó lejos de él,sin siquiera ver en dónde habían caído. Respiró profundamente hasta calmarse un poco, y miró a Reda.
– ¡Ya no hay modo en que pueda atacarte! Me he desprovisto de mis armas y, por más que lo intentes, la batalla terminó. ¡La víbora se ha quedado sin veneno! Así que, si quieres, mátame, ¡pero que sea de una vez!
Hecatónquiro empezó a reír.
– ¿La víbora ya no tiene veneno? Bonita comparación, aunque equivocada. ¡La víbora guarda aún el más poderoso de los venenos, uno hecho de aire!
– ¡Jamás usaré la Tormenta Nebular contra ti, Reda! –juró Shun, todavía más pálido.– ¡Nunca!
– Tal vez –concedió el Guardián, mientras encendía su como.– Quizá no contra mí, pero...
Su negra aura y sus ojos se volvieron del color del fuego. Andrómeda, al comprender quién faltaba, retrocedió.
– ¡Sí lo harás contra la persona que más odias en el mundo!
“No, por favor...”
– ¡Contra el hermano a quien tanto amabas, pero que intentó matarte a pesar de tus ruegos!
“Ikki no...”
– ¡Aquel que pasó años odiándote y pensando en tu muerte!
“Nii-San...”
– ¡Pero no lo odias por eso!
“Reda, no lo hagas...”
– ¡Lo odias porque cometió la cobardía de suicidarse frente a ti!
– ¡Cállate!
– ¡GenMaKen!
Todo fue tan rápido que Shun no tuvo tiempo de reaccionar, ni para bien ni para mal. De los dedos de Reda fluyó un rayo que tomó por un instante la forma de un fénix recién nacido. El fénix voló directa a su frente y, en medio de una sensación de fuego y viento, atravesó su cabeza y se alejó en su cerebro.
Shun sintió como si de repente se hubiera quedado dormido con los ojos abiertos. No hubo más sonido a su alrededor que los latidos de su corazón, el vacío haciéndose en sus oídos. Frente a él, todo se nubló con un velo obscuro, y al aclararse, empezó a distinguir una escena de la que él era el protagonista.
Se vio a sí mismo ataviado con su armadura completa, la capa cayendo bajo sus hombros justo como Saori la había arreglado antes de marcharse. Estaba en un campo rodeado por ruinas griegas, y el Sol poniente daba a todo una coloración rojiza. Al principio, creyó que ése era el efecto el Sol que producía sobre el mármol, pero al fijarse bien, descubrió que no era luz, sino sangre.
Manchas de sangre por todos lados.
Asustado, miró hacia el suelo.
Estaba cubierto por docenas de lápidas y crucifijos. El Santuario se había convertido en un cementerio. Cada señal tenía nombre, y aunque su intuición le indicó que no lo hiciera, caminó entre ellas y las leyó. Andrómeda Negro. Dante de Cerberus. Afrodita de Piscis. Syd de Dzeta-Mizhar. E de Escila. Reda de Hecatónquiro.
En eso, sintió una presencia detrás de sí. No alcanzó a percibir su cosmo, pero en un lugar así era obvio lo que quería. Sin pensar, volteó de inmediato y liberó su ken. La figura se quedó de pie, inmóvil un par de segundos, y se derrumbó al piso. Otros dos cosmos vibraron a su izquierda y, sin voltear a ver de quién se trataba, volvió a atacar. Después de un par de golpes, los dos cosmos se disolvieron de inmediato.
Lo estaban cazando. Lo estaban vigilando. Lo odiaban.
Sobre todo las últimas tres figuras que habían llegado. Una parecía brillar con el tono de las llamas, otra con una luz semejante a la del Sol, y la última no reflejó luz alguna, como si esperara antes de atacar. Shun frunció el ceño, pero sonrió. Cerró los ojos y convocó a su poder, liberándolo con su energía completa.
El viento cortó como navajas a las figuras que habían llegado. Detuvo sus funciones vitales hasta que se convirtieron en objetos inútiles, y con una débil sensación de satisfacción, Shun les dio el golpe final. Los tres cayeron en una pila a sus pies.
En eso, salió la luna e iluminó la escena. Y Shun descubrió las identidades de aquéllos que se le habían acercado, quizá con intenciones de atacarlo.
Seiya.
Shiryu.
Hyoga.
Ikki.
Saori.
June.
Y sintió que el corazón se le detenía en el pecho, comprendiendo lo que había ocurrido.
Ése era su principal temor y el más grande de sus infiernos. Shun comprendió que atestiguaba el día en que habría aceptado finalmente el poder como parte suya, ¿y qué había hecho con él? Había cedido a su lado obscuro, matando con él a cuanto enemigo se enfrentase. Y después, a sus amigos. A su hermano. A su diosa. A la mujer que amaba.
Llevándose las manos a la cabeza, gritó sin comprender qué decía, cerró los ojos y se dejó caer de rodillas. La mitad violenta de su persona exigió venganza por aquel cruel espejo de lo más profundo de su corazón, de lo que había permanecido como un secreto hasta para él por años. La mitad pacífica permaneció en silencio.
Al abrir los ojos, se encontró de nuevo en el Averno. Reda, frente a él, estaba cruzado de brazos y reía. ¡El muy maldito se reía!
– ¡Usaste el ken de mi hermano para destruirme! –exclamó, aunque más que amenaza su frase era un lamento.– ¡Juro por Dios que lo pagarás muy caro!
Cuando se puso de pie, su cosmo casi dorado brillaba a su alrededor, generando una intensa corriente de aire. Reda lo observó, la mirada alegre pero la sonrisa congelada en sus labios. Los relámpagos que alumbraron el cielo no provinieron del poder de Hades, pero Shun ni siquiera pensó en desear que fuera así.
“¡Qué tormenta más espantosa hay allá afuera!”
Aunque se encontraba dentro del Palacio, e incluso en el interior de uno de sus muchos pasadizos, Jabu alcanzaba a percibir las vibraciones que los truenos provocaban en las antiguas piedras. Cuando entraron al túnel que encontraron junto a la Primera Muralla, el cielo había estado obscuro, casi anunciando una tempestad. Imaginó que había empezado en el tiempo que llevaban dentro del palacio. Eso sí, vaya que debía ser intensa para producir tales estruendos.
Por lo demás, Shaina y él estaban rodeados por una obscuridad casi absoluta. Mientras ascendían, habían descubierto que la escalera daba vueltas en torno a sí misma: la ausencia de puertas o descansos indicaba que era muy posible que estuvieran en el interior de una torre, y por el tiempo que llevaban subiendo, debía ser bastante alta. Ya no debían estar lejos del techo, pues débiles rayos de una luz opaca y dispersa atravesaban el espacio con mayor frecuencia cada vez.
Durante el ascenso, habían guardado silencio para detectar si alguien los seguía o se aproximaba frente a ellos. Debido a eso, Jabu podía meditar en lo que había pasado. Todo había ocurrido demasiado rápido, pero tampoco le ayudaba tener la oportunidad para reflexionar. Lo único que recordaba era que, mientras estaban en el Erebo, su cosmo se había fundido con otro, lo que había llevado sus sentidos al máximo pero había lesionado su cuerpo. Cuando tuvo que encender su aura, descubrió que era diferente. No era el Séptimo Sentido, había comprendido, más no estaba muy lejos de él.
Lo que no sabía es que ese cosmo, que en apariencia lo acercaba un poco a los Cuatro, era prácticamente una bomba de tiempo.
Pero gracias a él podía percatarse de algo más. Y era que Shaina también había cambiado.
Desde que se encontraban en la torre, la joven guerrera parecía otra. Su seguridad y voluntad no la habían abandonado, pero su actitud no era la misma. Al principio, parecía haber tenido fuego en las venas y en la mirada; ahora, en contraste, una perceptible tranquilidad emanaba de ella. Como quien vuelve a su hogar después de un largo viaje, concluyó. Como si todas sus ideas y confusiones personales, presentes debido al paso por el Erebo, al fin hubieran vuelto a su lugar correcto. No había modo de adivinar sus pensamientos y Jabu se preguntó a que se debía su calma. ¿A qué ya se encontraban cerca de Seiya? No de la señorita Saori. De Seiya.
Los sentimientos de Ofiuco, al contrario de su mente, eran tan claros que no eran secreto para nadie, o por lo menos para el Unicornio. Amaba a Seiya con todo su corazón. Pero la diosa a la que había jurado proteger sentía lo mismo. Atenea lo amaba, y aunque esa relación era mitológicamente imposible, ¿qué otra opción había tenido la amazona excepto apartarse del camino y ocultar sus sentimientos? “La vida no es justa”, pensó Jabu, distraído. “Ella ama a Seiya, más él nunca dejará de verla como una amiga porque ama a la señorita Saori, a quien he idolatrado desde niño pero que también ama a Seiya, aunque nunca podrán estar juntos. ¿Quién diseñará estos enredos? Ya sé, alguien con mente torcida...”
A pesar de la amistad que Shaina y él habían compartido durante el último año, había muchas cosas sobre ella que ignoraba. El por qué odió tanto a Seiya, ni por qué decidió seguir a Atenea cuando antes combatió contra los Cuatro. Sobre todo, ¿quién era el tal Casios, cuya tumba visitaba a menudo, sobre todo cuando se deprimía, y al que había mencionado en el Erebo?
En contraste, ella sabía casi todos los detalles de su vida. En realidad, porque no había mucho que ocultar. Más bien, nada.
En eso, Shaina se detuvo. La distancia que faltaba para alcanzar el techo era poca, y aún quedaba un tramo de escalera por subir. Pero había encontrado el primer descanso de la escalera y, sin dudar, lo miró fijamente.
– Es aquí –afirmó, la débil luz apenas iluminando su cabello.– Aquí es donde debemos salir.
Aunque Jabu no había activado su cosmo, logró percibir el aumento en la energía, que habían seguido desde el sótano. Preguntar un “¿cómo lo sabes?” sobraba, pero mentalmente trató de encontrar una respuesta.
– ¿Puedes ver alguna puerta?
– No. No parece haber ninguna división en la piedra –respondió Shaina.– Pero sé que hay una aquí.
“Más misterios”, pensó Unicornio, conteniendo las ganas de suspirar de desesperación. “Ahora me va a salir con que ya conocía el lugar.”
– La ventaja es que traemos una llave que solucionará el enigma –dijo, mientras se llevaba la mano a su cinturón.– Si existe la puerta de la que hablas, esto nos lo mostrará.
Claro que, al pronunciar “esto”, la idea había sido sujetar la llave y apuntarla contra el muro. Pero lo único que halló fue un espacio vacío; apenas se mordió la lengua para exclamar alguna frase desagradable de sorpresa, al menos frente a la joven.
– ¿No funciona?
Diablos, ¿por qué siempre tenía que quedar mal?
– No –admitió en voz más baja.– No la encuentro.
– ¿Perdiste la llave?
Jabu, para compensar, se apoyó contra el muro en el que se suponía que estaba la puerta. Ésta no apareció, ni sintió vibración alguna que indicase que podría hacerlo.
– Supongo que sí –y, al ver que no servía su esfuerzo, añadió.– Quédate aquí, voy a buscarla.
No acaba de bajar dos escalones cuando escuchó:
– No tiene caso que vayas. Está demasiado obscuro y te será imposible encontrarla.
Contra lo que Unicornio había pensado, su tono carecía del menor reproche. Jabu obedeció y se quedó en su sitio; miró a Shaina, la débil luz haciendo que su antifaz brillara un poco.
– ¿Y qué vamos a hacer? –preguntó.– ¿Quedarnos a esperar a que se abra mágicamente?
Shaina extendió la mano hacia el muro.
– Sé que hay una puerta aquí –sentenció con confianza.– Lo único que nos falta es hallar la perilla.
Conforme sus dedos se acercaban al muro. Jabu alcanzó a sentir un cambio de vibraciones en el aire, semejante a una palpitación. Sólo su cosmo sobreactivado le permitió ver cómo la roca se iluminaba al ser tocada por Shaina; en el acto, un rectángulo se trazó en la pared y se separó, revelando la puerta que había estado oculta para el Caballero, mas no para la Amazona.
Shaina se sorprendió.
– ¡Qué buena suerte! –exclamó en voz baja.
– ¿Suerte?
¿Acaso no se daba cuenta de lo que había hecho?
– Ven, Jabu. No hay que perder más tiempo.
A su indicación, el caballero la siguió y cruzó la puerta. Apenas la atravesaron, ésta volvió a cerrarse.
La habitación a la que habían entrado, a diferencia de la escalera, estaba muy bien iluminaba. Era una enorme cámara pentagonal con altísimas paredes, y una simple mirada bastó para mostrarles que se encontraban adentro de la biblioteca del Tártaro. Millones de libros se colocaban en libreros, estantes, repisas y mesas, desde el suelo hasta el techo, sin que ninguna clasificación fuese obvia a simple vista. Escalinatas rodantes permitían el acceso a los niveles más altos, y una sala de lectura ocupaba el centro del cuarto. Igual había libros que pergaminos y tablillas, en cuantos idiomas se hubieran hablado en la historia de la humanidad e incluso en la Era del Mito, y el lugar, aunque carecía de ventanas, estaba perfectamente limpio, como si cualquier persona pudiera entrar a esa habitación en el momento que deseara.
– Qué maravilla –murmuró Jabu sin separar la mirada de los libreros.– Esta biblioteca es mucho mayor que la del Santuario.
Shaina, igualmente asombrada, se aproximó a uno de los estantes.
– Debe ser imposible contar cuántos libros hay en este sitio.
Por un instante, guardaron silencio mientras contemplaban la biblioteca. Sólo su deber los regresó al presente.
– Salgamos de aquí –ordenó Shaina, aunque casi podría jurar que debía permanecer en ese lugar por alguna razón.– Atenea no se encuentra aquí.
– Continúo sintiendo una energía muy poderosa –afirmó Jabu.
– Pero no es la suya. Es semejante, pero no igual.
Unicornio, sin más que decir, se encaminó hacia una puerta que se encontraba justamente en la pared opuesta a la que usaron para entrar. A decir verdad, y sin importarle cuán bonita era la cámara, la biblioteca le provocaba un mal presentimiento. Se estaba volviendo paranoico.
– ¡En fin! –dijo, animado.– Ya adentro del Tártaro no será tan difícil encontrar en dónde tienen a la señorita Saori. ¿No lo crees?
Miró por sobre su hombro justo cuando escasos diez pasos lo separaban de la puerta. Si no querría abrirse, pensó, seguro que el toque mágico de la joven se encargaría de ello. Pero Shaina no lo había seguido.
En cambio, miraba con atención uno de los libreros empotrados contra el muro, sin poder definir qué le atraía de los títulos. Jabu, al verlos a distancia, encontró los lomos de distintas obras de diversas partes del mundo, todas en sus idiomas originales. Las tragedias griegas de Sófocles, incluso las que la humanidad creía perdidas; las obras teatrales de Shakespeare, las novelas históricas de Víctor Hugo, cantares de gesta, sagas, épicas, y hasta humildes folletines de aventuras que invariablemente terminaban cada entrega con “esta historia continuará...” ¿Qué tenían en común todas esas historias, en apariencia diferentes?, se preguntó distraído.
Sin darse cuenta, comprendió. Los personajes eran seres humanos. No alcanzó a ver que hubiera entre ellas algún ensayo o un tratado sobre cualquier tema, ni diccionarios ni mapas, aunque sí biografías. En ese librero sólo había narraciones, historias de vidas ajenas, determinadas o no por un destino ajeno, escritas por personas que creaban, sin saberlo, vidas cercanas a la realidad, cortándolas cuando la trama lo necesitaba. Por alguna razón, sintió un escalofrío al entenderlo.
– Oye Shaina, ¿qué te pasa? –preguntó Jabu desde el lugar donde se encontraba.– Si te gusta alguno, tómalo o apréndete el título, y te lo regalaré cuando regresemos, pero date prisa.
En voz baja, y con aire ausente, ella respondió.
– Me llaman.
El Caballero prestó más atención. Shaina miraba fijamente el librero, concentrando sus sentidos en él. Había una extraña fuerza que comenzaba a envolverla, y no se debía únicamente a los títulos. Algo estaba pasando, y no le gustaba nada.
– ¿Qué quieres decir?
Shaina no tuvo oportunidad de responder. Se escuchó el sonido de una puerta que se abría, pero no volvió a cerrarse. Jabu miró en esa dirección e igual ella, aunque la fuerza que la envolvía no cedió.
– ¿Tú? ¿De todo tu grupo tuve que volver a encontrarme contigo?
Sin querer, Jabu palideció y sintió que las piernas le temblaban. En el dintel, todavía sujetando la perilla, estaba Elis de Thanatos. Y su expresión decía que no guardaba un buen recuerdo del día que se conocieron.
Seiya no era ni muy religioso ni muy supersticioso. Creía en el Omnipotente y en todos sus enviados (por supuesto, Atenea sobre los demás), y tampoco tiraba la sal o pasaba abajo de las escaleras. Pero, ante lo que veía, no supo si rezar una plegaria por el descanso de los muertos, o doblar los dedos centrales de su mano hacia ellos para alejar al mal.
Había seguido el rastro de aire congelado, buscando tanto a Hyoga como a la puerta que guiaría al próximo –y último– nivel antes de ingresar al Tártaro. No había encontrado la segunda, pero cada vez se encontraba más cerca del primero. Lo sabía gracias a la intensidad del frío, que iba en aumento a cada paso. Además, hacía pocos minutos había encontrado toda una zona congelada, álamos y una sección de muralla cubiertos con fragmentos cristalinos. Lo que más le demostró que Hyoga había pasado por ahí eran los fragmentos congelados de una armadura negra.
Tal vez Cygnus todavía no había encontrado la entrada y por eso continuaba su camino, dejando sin percatarse el frío de su cosmo tras de sí. Ante esa idea, Seiya corrió más de prisa, listo para alcanzarlo y continuar juntos. Al doblar una de las esquinas de la muralla, logró verlo a poca distancia, y descubrió que Hyoga andaba con toda calma, como si no tuviera prisa alguna. Sin embargo, en lugar de llamarlo para que lo aguardase, permaneció quieto, la frase en su garganta.
Hyoga no estaba solo.
En realidad, no le sorprendió que su amigo estuviera acompañado. Tenía muy claro el recuerdo de que cuando llegaron con Saori a Asgaard, estaba al lado de Lady Flare. Además, no todos en el Averno debían compartir las ideas de Hades, pensó. Tenía que haber alguien que no estuviera de acuerdo con él.
Así que no lo había detenido el ver que Hyoga caminaba al lado de un muchacho envuelto en una capa, ni tampoco de una mujer rubia de la que emanaba tranquilidad. Lo que le perturbó fue identificar a su tercer acompañante.
Porque también tenía muy claro el recuerdo de un combate en Siberia, en aquella época en que no sabían qué era un tresor, ni por qué el Santuario los atacaba, ni Saori conocía su verdadero nombre. Una pelea había roto el corazón de Hyoga por primera vez, y ésa había sido una de las pocas ocasiones que lo había visto llorar.
De ese modo, comprendió que Cygnus era acompañado por almas. Se preguntó qué hacer: si hablarle o sólo verlo, aunque no creyó que se encontrara en peligro. Parecía haber olvidado que él mismo había hablado con el alma de Mitsumasa Kido horas atrás.
– Seiya...
La voz que escuchó junto a él le hizo dar un salto. Cuando miró a quien lo había llamado, apenas se contuvo para no gritar.
– ¡Shiryu!
Pasado el momento de sorpresa inicial, añadió:
– ¡Estás vivo! ¡Llegué a temer que...!
La seria expresión del rostro de Dragón impidió que continuara. Algo en su mirada mostraba que había cambiado, consecuencia de que un Guardián hubiera jugado con su alma. Seiya ignoraba que a él le pasaba lo mismo.
– El combate fue difícil, pero aquí me encuentro –dijo Shiryu en voz baja.– ¿Y tú? ¿Estás bien?
Los ojos de Seiya fueron lo único que demostró su dolor interno. Involuntariamente, trataba de adivinar una alteración en el cosmo de su amigo, aquélla que Caronte afirmó que indicaba la muerte cercana. Shiryu, prudente como siempre, no preguntó qué le había ocurrido ni insistió en averiguar cómo se encontraba. Con ese vínculo invisible que compartían, Seiya entendió y volvió a mirar a Cygnus y su séquito.
– ¿Qué le ocurre a Hyoga? –preguntó Shiryu.– ¿Quiénes lo acompañan?
Seiya, sin titubear, respondió:
– Muertos.
– ¿Por qué lo dices?
El tono de Dragón, para asombro de su mejor amigo, era calmado. Las últimas palabras que había escuchado de su Roshi habían modificado su concepto sobre la muerte.
– ¿Ves al hombre del cabello gris? –respondió Seiya, señalando al grupo que se marchaba sin percatarse de que estaban ahí.– Yo lo conocí. Es Crystal de Siberia, el Maestro de Hyoga.
– ¿No tuvo que combatir con él hace tiempo? –y por primera vez, el tono de Shiryu mostró sorpresa.– Me dijiste que había muerto.
– Es que murió. Hyoga tuvo que matarlo. Vi cuando Crystal murió en sus brazos y después lo acompañé a enterrarlo.
Los dos miraron otra vez a su compañero. En su rostro no había ni arrepentimiento ni pesar.
– ¿Sabes quién es el otro? –preguntó Seiya.– Hyoga nunca me habló sobre él.
– A mí tampoco. Pero recuerdo que...
Se interrumpió un segundo, tratando de repetir las palabras exactas.
– Después de la lucha contra Poseidón, Hyoga no quiso comentar nada sobre lo que ocurrió en el Pilar del Ártico, ni cómo logró derribarlo. Sólo me dijo que había cometido otro pecado horrible, y que esperaba que el Cielo lo perdonara por dañar a alguien a quien debía tanto.
– No un maestro ni un familiar... ¿Un amigo?
– Posiblemente.
Cygnus y los demás volvieron a doblar por una esquina. Sus dos compañeros los siguieron a distancia, tratando de no hacer ruido.
– En cuanto a la mujer, –comentó Seiya– creo que pensamos igual aunque Hyoga casi no hable sobre ella.
Shiryu asintió.
– Es su madre –murmuró.
– Entonces, Hyoga no está en peligro –sentenció Seiya.– ¿A dónde irán?
– ¿No has encontrado la puerta?
– No.
– Tal vez lo guían hacia ella.
En silencio, bastó una mirada para que Shiryu y Seiya quedaran de acuerdo. Los siguieron a distancia, sin hablar ni llamar su atención, pero preparados para reaccionar a la menor señal de peligro.
La mente se equivoca. El corazón no. El cosmo, muy pocas veces. En esa ocasión, Milo hubiera dado todo por haber errado, mas estaba en lo correcto.
Camus estaba muerto.
Congelado hasta el Cero Absoluto por su propio alumno.
Y él podría haber...
Aunque su fachada no lo demostró, Milo no se atrevió a concluir la frase. Había transcurrido apenas una hora del fin de la Batalla de las Doce Casas. Saga había muerto en los brazos de Atenea. Shura se había convertido en polvo de estrellas. Afrodita yacía muerto en el Templo de Piscis, y no habían encontrado el cuerpo de Deathmask. Pero, si era sincero, ninguno de ellos le importaba en ese momento.
Mientras los otros Santos (era raro hasta pensar en llamarlos “compañeros”, se le ocurrió) se llevaban a los Cinco a la enfermería del Santuario, Milo le había pedido, prácticamente suplicado, a Atenea que salvara a una sola persona. Le había devuelto la vida a Dragón, a Cygnus y a Andrómeda. Era una diosa. Debía ser capaz de ayudarlo.
Atenea, un tanto confundida por su petición, accedió de inmediato y siguió al Santo de Escorpio hasta el Templo de Acuario. Cuando entraron, los recibió el aire congelado, y Milo recordó hasta entonces que la diosa ya había pasado por ahí, pero que no había ayudado a su amigo en la primera ocasión. Atenea pareció reconocer a la figura que yacía en el helado suelo, y Milo tuvo que hacer un gran esfuerzo para no demostrar lo que sentía.
– Es él, ¿verdad? –preguntó la joven.
Milo miró a la persona de la que hablaba. Aún muerto, Camus conservaba la serenidad en su rostro. Era como si hubiera esperado morir en ese lugar a manos de...
No pudo terminar la frase. De nuevo.
– Sí, mi señora. Por favor, ayúdele.
Atenea se le acercó. De momento, pareció indecisa. El Santo entendió de inmediato y dijo:
– Le juro que Camus de Acuario le era leal. Sinceramente creía que usted vivía en el Santuario.
– Atacó a su propio alumno –sentenció la diosa con sequedad. De haberla visto, Seiya habría evocado sus primeros días de convivencia.– Trató de matarlo incluso.
– Tenía una buena razón –insistió Milo, empezando a desesperarse.– Al descubrir el engaño de Saga, Cygnus se convirtió en su única razón de ser. Tenía que volverlo perfecto.
La parte humana que habitaba en ella pareció no comprender ni las palabras de Milo ni la intención de Camus. No hay humanos perfectos, decía su expresión. Miró de nuevo a Escorpio, y su rostro se suavizó un poco.
– Es muy importante para ti, ¿verdad?
Milo podría haber dicho mil frases en ese momento. Que Camus había sido su amigo desde la niñez, que era la única persona en todo el Santuario en la que realmente confiaba, que habría dado cualquier cosa por protegerlo... Pero sobre todo, que había muerto indirectamente por su culpa. Sin embargo, no dijo nada y se limitó a asentir. Atenea pareció entender a lo que se refería; se hincó junto al helado cuerpo de Camus y extendió su mano hacia él.
Milo sólo pudo esperar, deseando lo mejor y sin saber a qué dios rezar cuando el dorado cosmo de la diosa se encendió y envolvió el cuerpo de su amigo.
En cualquier momento, esperaba, Camus abriría los ojos, reconocería a Atenea y le juraría lealtad... Dejen eso, le daría un abrazo a su mejor amigo y le perdonaría que le hubiera salvado la vida a Hyoga.
Pero Camus no abrió los ojos.
Milo notó que Atenea fruncía el ceño y trataba de concentrarse. Dejó que pasaran algunos segundos... algunos minutos... lo que fuera que había transcurrido, para él fue una eternidad. Pero Camus siguió con los ojos cerrados, helado y completamente inmóvil.
– No puedo hacerlo –murmuró la diosa, y Milo notó sincera pena en su voz.
– Pero...
Atenea volteó a verlo. Sus ojos eran tristes, y el Santo comprendió que no estaba mintiendo.
– Cuando reviví a los otros –confesó– conocía sus cosmos y pude volver a llamarlos. Pero no puedo llamar al de tu amigo.
– ¿Por qué? –preguntó Milo, su voz baja pero firme.– Si pudo hacerlo antes...
No se atrevió a seguir. Por más razón que tuviera, no era forma de hablarle a una diosa, sobre todo cuando se ha combatido a sus enviados. Atenea volvió a mirar a Camus y murmuró:
– Había integrado mi cosmo con ellos antes. Somos uno. Pero con él...
Y así Milo comprendió que, hicieran lo que hicieran, fuera o no una diosa quien lo llamaba, Camus permanecería muerto. La razón era simple. Podrían haber sido sus Santos, sus protectores supremos, la Elite de la Orden del Zodiaco... pero en realidad, para Atenea, no eran más que un conjunto de extraños. Sus auras jamás se habían integrado, sus almas jamás se habían llamado sin palabras, ella jamás había rezado por ellos. Por eso, no podía encontrar la forma de convocar al alma de Camus y ordenarle que regresara a su cuerpo: porque en realidad no lo conocía. Y habría dado igual que la persona a sus pies fuera Moo, o Dokho, o incluso él mismo; leales o rebeldes a su causa, los Santos Dorados no eran protectores de Atenea más que de nombre. Tal honor se le había concedido a cinco Caballeros de Bronce.
Atenea estuvo intentándolo un rato más, hasta que Milo le pidió que se detuviera.
Al día siguiente, él mismo preparó el cuerpo de Camus para que fuera enterrado en una cripta que sería sellada por el resto de la eternidad. Y todo el tiempo, no pudo más que pedirle perdón por haberlo traicionado. Por haber ayudado al que se convertiría en su asesino.
Durante los años que siguieron a aquella noche, Milo había tratado de bloquear de su mente cuanto detalle de ella fuera posible. Pero en ese momento, habían regresado sin piedad alguna. Porque estaba a punto de permitir que un amigo suyo muriera. De nuevo.
A través de las estrechas ventanas de la mazmorra y de la tenue luz que alcanzaba a filtrarse, veía al único prisionero del Tártaro. Había sentido el choque del ken de Aioria contra el de alguien mucho más poderoso, y cómo se había ahogado en la obscuridad. Ahora, ante sus ojos, veía al Santo de Leo aferrarse desesperadamente a la vida.
Supo que tenía que sacarlo de ahí y tratar de curarlo, o sería demasiado tarde. Pero un Guardián, visiblemente aburrido, se encontraba cerca de él. Por otra parte, los Cinco Santos habían jurado liberar a Atenea sin importar el precio. Cada uno sabía que, si era descubierto, tendría que arreglárselas solo desde entonces porque no podían distraerse de su misión principal. Aioria no había sido la excepción. Milo tampoco.
Sin embargo, ¿cómo podría dejarlo a su suerte? Los atraparan o escaparan, Lord Hades buscaría venganza. ¿Y quién es mejor víctima que aquél que está a mano? Comprendió que Aioria era hombre muerto de cualquier forma.
Camus había sido hombre muerto desde que su mejor amigo evitó que Hyoga se desangrara sobre el piso de la Casa de Escorpio.
Hasta entonces, se percató que Chryseis seguía a su lado, viendo también al prisionero. Sus ojos grises mostraban compasión hacia él, pero estrujaba sus manos con nerviosismo. Era obvio que, a pesar de tener una de las llaves maestras del palacio, casi no visitaba la mazmorra. Eso, o no solían tener prisioneros con frecuencia.
Hasta hacía un rato, Milo había tratado de continuar con su plan, bebiendo su café y fingiendo que todo estaba bien. Pero no había podido hacerlo. Había sido como si el fantasma de Camus apareciera detrás del asiento de Chryseis, cuestionándolo en silencio sobre si volvería a interceder por uno de sus amigos cuando ya fuera demasiado tarde. De repente, Milo se había puesto de pie, le había pedido a la joven que lo acompañara y habían terminado afuera de la mazmorra, comprobando que su corazón y su cosmo no lo habían engañado nuevamente.
– ¿Qué hacemos aquí? –murmuró Chryseis, mirando a Milo y a Aioria, y sin duda reconociendo a Laertes de Cerbero.
– Curiosear –sentenció Milo, sin poder pensar en una mejor respuesta.
– Eres demasiado morboso.
Sin darse cuenta, Milo sonrió con amargura. Solía decirse eso de los escorpiones.
– Puede ser.
– ¿Lo conoces?
Aunque no respondió, el Santo volteó a verla, un tanto sorprendido. La pregunta había sido simple y honesta, y al parecer sin segundas intenciones. Pero lo había desconcertado de momento, como si fuera muy obvio que estaba mortificado.
Eso significaba que, en cualquier momento, esa chica podía identificarlo y llamar al Guardián, y entonces...
Con una velocidad cercana a la de la luz, Milo le tapó la boca a Chryseis y la sujetó con fuerza, evitando que gritara o que pudiera defenderse. Recordó que, mientras se dirigían hacia la mazmorra, había visto un armario donde se almacenaban escobas y otros utensilios de limpieza. Con rapidez, y soportando el asustado pataleo de la chica, regresó hacia él mientras comprobaba que no había nadie cerca. Abrió la puerta y entró con la joven, poniendo el pestillo tras de sí.
Ya adentro del armario, le descubrió la boca, pero no la soltó. Chryseis debía ser más lista de lo que parecía, pues no gritó ni se expuso a que la matara.
– ¿Qué te pasa? –preguntó, y sólo su voz demostró que estaba asustada.
– No grites, o...
– Eres uno de ellos, ¿verdad?
A pesar de que no podían verse, Milo trató de mantenerse tranquilo. Lo último que necesitaba era a un ama de llaves histérica que gritara que había más invasores dentro del palacio.
– ¿Recuerdas lo que me preguntaste sobre mi paréa?
Percibió que Chryseis volteaba a verlo, a pesar de la falta de luz. Sin soltarla, continuó:
– Perdí a un amigo,como te dije. Y no quiero perder a otro. Lo malo es que no es el único que depende de mí.
Al decir esto, supo que se odiaría a sí mismo por lo que estaba a punto de hacer, tanto como se odiaba por haberle salvado la vida a Hyoga.
– Tú tienes algo que quiero –sentenció con la voz más amenazante de la que era capaz.– Y vas a dármelo, por las buenas o por las malas.
Chryseis sólo pudo mirarlo en silencio. Y Milo no supo si bendecir o maldecir a la obscuridad, que le evitó ver la expresión de sus ojos inocentes, pero no ocultó al remordimiento con el que convivía a diario.
Ya no cruzaban más daimons por el portal. Éste se había vuelto tan estrecho que no podía pasar persona alguna, y si no se había cerrado por completo, era debido al cosmo de Hilda. Alrededor de ambas, más de dos docenas de daimons yacían inmóviles, aunque hacía poco que la fuerza de Hades los había impulsado. Aún así, supieron que sólo era un descanso momentáneo.
Sin querer, Marine se dejó caer de rodillas, exhausta. Cerca de ella, June se apoyó contra una de las columnas del templo, respirando con fuerza. Había sido un combate muy pesado, y todavía no acababa.
Miró hacia la destruida Cámara del Maestro. En medio de las ruinas, la batalla estaba lejos de terminar. Los Guerreros Divinos lograban detener a los daimons, pero estos eran más que ellos y no parecían cansarse. Hilda y Flare sujetaban una brillante espada como única defensa contra un cosmo negro que trataba de envolverlas. Y supo a quién le pertenecía esa aura.
“¿Así acabará todo?”, se preguntó, cuidando de no externar su pensamiento ante Marine. “Sé que podría ser el fin de Atenea y de su Orden, pero ¿también tiene que ser el de los Guerreros de Asgaard?”
Por sobre su hombro, vio hacia el Portal.
“¿Estás bien, Shun?”, pensó con tristeza. “¿Por qué presiento que algo te ocurrió?”
Esa había sido una de las razones que la motivaron a entrar en la Cámara de las Armadura y llamar al Traje del Camaleón, pero no había sido la única. Por un lado, estaba su deber como amazona, a pesar de que Atenea le había dado permiso para retirarse. Por otro, se encontraba el agradecimiento hacia la diosa. Una razón más había sido la lealtad hacia todos los que arriesgaban sus vidas en ese momento. ¿Cómo podría pretender que nada estaba pasando? ¿Permanecer en Atenas, esperando noticias en lugar de ayudar en lo que pudiera? Para su sorpresa, su abandonado protector había acudido de inmediato, como si también estuviera ansioso por entrar en la batalla.
Pero si algo la había decidido a regresar, fue percibir que algo malo le había pasado a Shun en el Averno. No tenía modo de saber que casi había caído a la Estigia, que lo habían envenenado, ni que estaba peleando contra Reda. Era sólo intuición y presentía que ésa era la mejor arma de una mujer. Debería comentarlo con Marine algún día.
Si podían vivir para ese día.
– ¿Estás bien? –preguntó mientras se le acercaba.
Hasta entonces, June recordó que, en el momento que había llegado a ayudarle contra los daimons, había tenido la impresión de que Marine había sufrido un latigazo mental. ¿Qué lo habría provocado? ¿Acaso uno semejante a aquél que la había llamado? Tampoco traía su máscara y sangre corría por su rostro.
Sí. Era el final.
– No es nada grave –respondió la amazona de Aguila.– ¿El Portal...?
– Sigue abierto, pero ya no entran más daimons. Los que lograron pasar tampoco podrán volver al Averno.
Marine se su puso de pie. Todo su ser mostraba agotamiento, a excepción de sus ojos. Estos eran tan decididos como de costumbre, aunque por primera vez eran visibles.
– Iré a ayudar a los Guerreros Divinos –sentenció June, sujetando su látigo.– Quédate aquí.
Marine negó con la cabeza.
– Voy contigo.
– Estás herida. Debes descansar un poco, o...
– June, –interrumpió Marine, mirándola a los ojos.– Ya no hay nada que perder, y las posibilidades de ganar son pocas. No importa lo que nos pase –y añadió, en voz un poco más baja.– Descansaré cuando muera.
June ya no pudo sostenerle la mirada y bajó la vista. Siempre le pareció heroica la frase “nuestras pequeñas vidas ya no importan”, que no recordaba dónde había escuchado. Sin embargo, en ese momento que era tan cierta, comprendió que el heroísmo nunca es fácil.
Todavía flotaban las vibraciones del cosmo de Marine en la zona. Tal vez por ello, Águila logró percibir algo que June no. Asustada, miró en dirección a las Cámaras Auxiliares, que se localizaban al pie de las Doce Casas.
– ¿Hay alguien más en el Santuario aparte de nosotros? –preguntó.
– No lo sé –respondió June, sin entender.– Quizá Shaina, Kiki...
– No, ellos y Jabu entraron al Averno –interrumpió.– ¿Quién más?
– Sunrei, supongo.
Camaleón se asustó al ver que Marine palidecía. Nunca la había visto así.
– Tenemos que encontrarla de inmediato –afirmó, la voz vibrante aunque trataba de mantenerse calmada.– Una fuerza maligna se dirige a esa zona.
June apenas contuvo una exclamación de sorpresa. ¿Qué otra fuerza maligna había en el Santuario, excepto los siervos de Hades? Si Aguila tenía razón, y una brigada de daimons había entrado en las Cámaras y la encontraba... Sunrei no era amazona. No sabría cómo defenderse.
–Sígueme –insistió Marine, tratando de apresurarla con el tono de su voz.– Hay una forma de alcanzarla antes que ellos.
Y, con una velocidad que habría parecido imposible en alguien tan agotado, la amazona corrió hacia la parte trasera del Templo de Atenea. Mientras seguía a Marine hacia el pasaje secreto que unía a las Doce Casas y que nadie conocía a excepción de Atenea, el Patriarca y sus ayudantes más cercanos, June sintió que se estremecía, y no supo a bien a qué se debió. ¿Al frío de la noche? ¿A la rabia? ¿Al miedo incluso?
La impotencia formó un nudo en su garganta. Esa última batalla no iba a terminar sólo con las Órdenes, sino también con todos aquéllos relacionados con el grupo, aunque fueran personas comunes y corrientes. E inocentes.
La noche dominaba al Santuario desde un rato atrás, pero para June la luz de la luna de repente dejó de simbolizar a la esperanza en medio de la obscuridad. Y se convirtió en la luz del ocaso.
¿Cómo había llegado a ese punto? ¿Habían sido los insultos o la humillación? ¿Ser atacado sin misericordia alguna por los kens de sus amigos y, peor aún, por el de su hermano? ¿Descubrir el rencor que guardaba hacia ellos, un rencor que podía tornarse en odio con suma facilidad? ¿O fue, al contrario, descubrir cómo era realmente su corazón? ¿Que nunca fue completamente puro? ¿Que había ocultado su lado obscuro hasta a él mismo?
Nunca sintió nada semejante. Había conocido el dolor, el arrepentimiento y el amor, pero jamás el odio. Su corazón había sido uno de los pocos en el mundo que desconocía lo que era detestar a alguien hasta desear matarlo.
Ya no lo era.
Shun había encendido su casi dorado cosmo hasta llevarlo más allá de la energía necesaria para activar las cadenas. Casi sin darse cuenta, había creado el capelo propio de la primera fase de su verdadero ken, y que los rodeaba tanto a Reda como a él. Una fuerte corriente de aire agitaba su cabello, pero no le importó.
Siempre peleó por Atenea y sus amigos. Nunca deseó matar a nadie, haciéndolo sólo cuando ya no quedaban opciones.
– ¡Cómo cambian las personas, Shun! –exclamó Reda, quien parecía no enterarse de que se encontraba en peligro.– ¿Ya no quieres hablar ni suplicarme que no combatamos?
Cuando miró a Andrómeda, notó que sus ojos ya no brillaban. La luz había desaparecido de ellos. Sonrió con deleite: el triunfo era suyo, sin importar quién sobreviviera a esa batalla.
– Me alegro –concluyó con tono burlón.– Quizá ahora te conviertas en un hombre común y en un verdadero Caballero.
Ante esa frase, Shun volvió a escuchar la débil voz de su conciencia. Él ya era un verdadero Caballero. Su muerte en Grecia fue la primera prueba. Asgaard y Atlantis lo confirmaron. ¿Iba a ser el Tártaro el siguiente peldaño en su ascenso cósmico y espiritual, o se convertiría en el inicio de su caída?
“¡Guarda silencio!”, gritó mentalmente a su conciencia. “¿No es esto lo que todos querían de mí? ¿No me aconsejaban que dejara los sentimientos de lado, que olvidara la piedad y matara antes de que me mataran? ¿No me dijo Ikki que así funciona el mundo? ¡Bueno, aquí me tienen! ¡Ahora soy igual a todos ustedes, y mataré sin pensarlo dos veces cuando se necesite! ¡Deberían estar felices de que finalmente les he hecho caso!”
– Me has guiado hasta esto, Reda –afirmó, su voz lejos de su gentileza usual.– Jamás debiste meterte con lo que amo.
– Me subestimas –respondió el Guardián.– Dices que no debí, pero supe muy bien qué era lo que hacía. ¡Vamos, atácame ya, cumple tu misión!
– Dame un último pretexto para matarte, Reda de Hecatónquiro.
– ¿Necesitas más?
Shun negó con la cabeza.
– Es suficiente con lo que me has dicho.
– ¿Entonces?
– Quiero que me digas por qué, si tanto me odias, te has tomado tanto trabajo para que supere mi debilidad.
– ¿Así que aceptas ser débil?
El Caballero ignoró su última pregunta.
– No soy tan ciego como para creer que lo has hecho por generosidad –sentenció con voz hosca.– Muchas personas han intentado convencerme de buena manera y no lo lograron, pero tú lo lograste al destruir mi corazón...
“Con el poder de Ikki”, fue la frase que no dijo, al menos no todavía. Ya llegaría el momento en que lo aceptaría, y quizá hasta lo agradecería.
– ¡Dime por qué lo hiciste! –gritó, un relámpago subrayando sus palabras.
– ¿Te digo parte de la verdad? –respondió Reda con altanería, mientras encendía su cosmo negro, que vibró como si esperara obtener un nuevo color adicional.– ¡Parte fue para demostrarle a Albiore que estaba equivocado con respecto a ti! ¡Para probarle que el corazón jamás puede superar al poder!
La corriente se volvió más intensa.
– ¡Pero también fue porque me fastidian los hipócritas! ¡No puedo aceptar que un maldito dos caras me haya ganado la armadura, me haya quitado a June y me haya reemplazado en el afecto de mi Maestro!
Shun permaneció callado. Con sarcasmo, Reda exclamó:
– ¡Ya no puedes negar que eres un hipócrita! ¡Descubriste el odio en tu interior, un odio que siempre estuvo ahí, odio hacia tus amigos y a tu hermano! ¿Querías un pretexto, dijiste? ¡Entonces date cuenta de que ellos también tienen razones para odiarte, y bastantes!
Otro relámpago volvió a iluminar el cielo.
– ¡Tus amigos no te soportan porque eres más débil que ellos, porque eres lo bastante necio como para negarte a usar tu verdadero poder y tan egoísta para ni siquiera emplearlo cuando todos están en peligro! ¡Ya se cansaron de tener que protegerte cuando tu cadena no basta! ¡Y tu hermano se mató porque nunca encontró apoyo en ti! ¡Por eso ellos te abandonaron en la Estigia y él se cortó las venas!
– ¡Vapor Nebuloso!
Shun estuvo por completo consciente del momento en que separó los dedos de sus manos, liberando a su ken. También supo que no intentó controlarlo en ningún instante. Y, con ello, supo que su corazón estaba muriendo.
Casi pudo ver los rostros de sus amigos y hermano frente a él y casi se le escapó gritar su rencor hacia sus fantasmales figuras. “¡Te odio, Seiya, porque fuiste capaz de permitir que uno más joven que tú sacrificara su vida por ti! ¡Te odio, Shiryu, porque tu generosidad demostró cuán miserable y egoísta me comporté! ¡Te odio, Hyoga, porque despreciaste el cosmo que gustoso quemé y que después costaría mi vida! ¡Pero sobre todo, te odio a ti, Ikki de Fénix, por haberte matado, por no escuchar mis súplicas, por suicidarte justo cuando podía demostrarte que había cambiado!”
“¡Pero los odio más porque no pueden defenderse de todo lo que dijo Reda!”
A lo lejos, le pareció escuchar de nuevo la voz de June. Si iba a cambiar, era mejor que no entrara al Averno, le había dicho. “No hay esperanza”, respondió de inmediato. “Todos vamos a morir y de nada habrán servido tus palabras ni descubrir que te amaba. Lo siento.”
Entonces escuchó otra voz en su cosmo y en su mente.
“El poder es bueno si lo utilizas para el bien. El secreto es impedir que te corrompa... Y sé que no lo hará.”
¿O se había equivocado?
– ¡Saori! –murmuró.
El recuerdo había sido claro, las mismas palabras que le dijo la última vez que se vieron, mientras trataba de acomodarle una capa antes de la triunfal llegada de Hades y los suyos al Santuario. Justo como la luz corta la obscuridad, el eco de sus frases pareció retirarle la venda de los ojos y un peso del corazón, al menos por un momento. Shun miró a Reda y descubrió que el Vapor Nebuloso lo rodeaba y empezaba a disminuir el ritmo de sus funciones vitales.
– ¿Qué hice? –murmuró.
– ¡Vamos, Shun, continúa! –insistió Reda al percibir que el ken no era tan fuerte como antes.– ¿Qué diablos esperas?
Así como minutos antes la voz del Guardián le ofreció el reflejo de su temor más oculto, el recuerdo de la dulce voz de Saori-Atenea acababa de mostrarle la imagen de aquello en que se estaba convirtiendo. Alguien que odiaba a aquellos a quienes amaba, que despreciaba su causa, que odiaba sus ideales. Y, ¿por qué? Porque un enemigo había sabido cómo jugar con su alma.
“¿Qué he estado a punto de hacer?”, se preguntó, lleno de angustia.
La imagen de Saga de Géminis regresó a su mente. Bien y mal llevado a sus extremos, tan parecido a él en el fondo sin que nadie lo hubiera notado hasta ese día. Pero entonces, comprendió que no era el único del grupo compuesto por luz y obscuridad. El valor y la impertinencia de Seiya. La generosidad y la soberbia de Shiryu. La osadía y la frialdad de Hyoga. El amor y el odio que habían determinado la vida de Ikki, e incluso la misma fragilidad y fuerza de Atenea. Todos eran en realidad dos personas, no tanto por sus virtudes y defectos, sino por los muchos contrastes que componían a sus almas. Contrastes que formaban a una persona única, comprendió, aunque a veces una de las voces se escuchaba con más fuerza que la otra.
Su semejanza con Saga, entendió, era sólo en cuanto a naturaleza estelar doble. Hasta ahí. Por lo demás, eran tan parecido a él como cualquier otra persona que intenta dominar su mitad violenta con la pacífica, siempre expuesto a la tentación de ceder a la primera. Lo que lo hacía único era que, en él, esa tentación se presentaba como un poder inmenso, igualmente capaz de permanecer en la luz o de caer en el lado obscuro que, como todos los seres humanos, tenía, pero había descubierto hasta ese día.
– ¡No intentas probar nada a Albiore! –afirmó, sin desactivar su ken.– ¡Ni siquiera quieres demostrar que soy un hipócrita!
Reda, por vez primera, frunció el ceño.
– ¡Quieres convertirme en un asesino! –sentenció.– ¡Quieres que me vea a mí mismo con desprecio por el resto de mi vida!
– ¡Exactamente! –gritó Reda, sus ojos relampagueando con odio y sinceridad.– ¡Esa será mi verdadera venganza! ¡Tu corazón ya está muerto! ¡Sólo me falta matar tu alma, pero tú serás quien le dé el tiro de gracia!
Shun permaneció callado, el aire girando alrededor de ambos.
– ¿Qué demonios esperas para soltar el golpe? –insistió el Guardián.
El Caballero alzó la mirada hacia el obscuro cielo, el cual pareció devorar su esperanza. Sus ojos sin brillo buscaron una estrella o la luz del sol, algo que pudiera servir de brújula a su espíritu, pero no los encontró.
– Atenea, siempre fui indigno de ti, pero hoy lo soy más –murmuró con tristeza.– Ha estado a punto de matar por venganza. Ni siquiera por servirte.
El destello de un relámpago se reflejó en su armadura, pero Shun no separó la vista del cielo.
– Hermano, no podré cumplir la promesa que te hice antes de que murieras –continuó, su tono en extremo triste, sus ojos nublándose aunque las lágrimas no se derramaron.– Maestro, tampoco demostré por qué confiaste en mí. June... Cambié aunque me suplicaste que no lo hiciera. Perdónenme.
Tres imágenes se presentaron en su mente. Shun se obligó a verlas de frente, como si estuvieran ahí.
– Seiya... Shiryu... Hyoga... Lo siento... Lo siento muchísimo.
– ¿Qué tanto dices?
– Reda, –contestó, alzando la voz.– Este combate terminó. Ninguno de los dos ganó.
El Guardián notó que el Vapor Nebuloso no se había retirado aunque, según Andrómeda, habían llegado al fin de la pelea. A pesar de lo que había dicho, el Caballero tampoco parecía rendirse.
– ¿Qué quieres decir con que ya terminamos?
– El Vapor Nebuloso te ha inmovilizado en ese sitio –confesó con voz monótona.– Jamás podrás volver a moverte...
– Tampoco tú –interrumpió.– Para mantener al Vapor, debes quedarte ahí. No puedes marcharte.
Shun asintió débilmente.
– Quizá muera por este ataque –prosiguió Hecatónquiro sin mostrar su descontrol.– Pero tú también morirás, por cansancio o hambre, o porque agotes tu cosmo, lo que ocurra primero. Ambos seremos cadáveres al final de esto.
Y al no recibir respuesta, exclamó:
– ¿Y qué ocurrió con tu deber de salvar a Atenea?
– Saori comprenderá –dijo Shun con seguridad absoluta.– Ella preferirá que mueran mi cuerpo y mi alma a que yo mismo mate a mi corazón al asesinarte a sangre fría.
– ¡Maldito seas! –gritó Reda.
– Perdóname por arruinar tu plan de venganza.
El cosmo negro del Guardián se hizo tan intenso como la noche sin estrellas que los rodeaba. Toda su persona emanaba un odio tan profundo como el Averno mismo, y al escuchar el tono de su voz, Shun comprendió que lo peor estaba por llegar.
– ¡Puede que estés dispuesto a morir en sacrificio, pero yo no! ¿Se supone que el Vapor Nebuloso me inmoviliza? ¡Pues mira esto!
Shun contuvo el aliento al ver que Reda daba un paso hacia él, a pesar de la corriente que debía detener todo movimiento. En ese instante, su adversario se parecía a un muerto viviente por su torpe andar y por las heridas que le había causado, pero sobre todo por su negativa a quedarse quieto en su sitio.
– Tal vez sí arruinaste mi venganza –afirmó el Guardián mientras se aproximaba, su ronca voz cercana a lo sobrenatural.– Tu alma es más fuerte de lo que creía y tu buen corazón no es una mentira. ¡No eres el hipócrita que pensé! En eso quizá fallé. Pero siempre hay una venganza opcional...
En su negra aura empezó a flotar una tonalidad magenta.
– Siempre queda la muerte –sentenció y, sin darle tiempo al Caballero de reaccionar, gritó– ¡Vapor Nebuloso!
Shun apenas alcanzó a ver que se formaba una corriente de aire en el cosmo del Guardián. Un segundo después, se encontraba inmovilizado y expuesto al golpe que se dirigía a su pecho.
El encuentro de su propio ken contra su armadura fue ensordecido por el rugir de un trueno. Como en cámara lenta, Shun sintió que su respiración se detenía un instante mientras su boca se llenaba de sangre. Salió impulsado hacia atrás, la tiara desprendiéndose de su cabeza, hasta que se impactó contra el suelo a varios metros de donde se encontraba, cuarteando el adoquín al golpear contra él. Pero no fue ese sonido el que lo perturbó.
Al recibir el golpe, la cadena que Saori le había regalado salió de la armadura y quedó sobre el traje metálico y no oculto por él. Tanto a ésta como al dije de Andrómeda-Nike no le ocurrió nada, pero el broche de Perséfone, que no estaba sujeto de igual modo, se desprendió. Cayó sobre el piso a varios metros de él, girando en su eje hasta detenerse. O, más bien, hasta que una mano lo detuvo.
Reda alzó el broche al nivel de sus ojos, sin que por ello el aire se detuviera. Lo examinó, identificando el bidente, y cuando comprendió qué era y qué significaba, sus ojos relampaguearon con furia.
– ¿Quién te dio esto? –preguntó, gritando.– ¡Demonios, quién te dio esto!
Shun apenas pudo alzar la vista. Se le heló la sangre al descubrir que Reda tenía el prendedor que aquella misteriosa mujer le había dado. El Guardián tenía el aspecto de un ángel caído, su cicatriz rojiza igual al fuego que tenía en la mirada.
– Te lo dio ella, ¿verdad? ¿Lady Perséfone? ¡Fue ella!
– ¿Lady Perséfone? –murmuró, su voz apenas audible.
Reda no esperó su respuesta. Temblando de ira, apretó el broche en la mano.
– Quédate aquí y desángrate hasta que mueras. Voy a ver a milord Hades.
– ¡Espera! ¿Qué vas a decirle?
El Guardián le dio la espalda.
– Que hay una traidora cerca de él.
Reda empezó a dirigirse al Palacio, sus pasos firmes y con el rostro deformado por la ira. Poco antes de la entrada al Tártaro, había unos escalones que tenía que subir. El primero no le costó trabajo alguno, pero no pudo completar el movimiento que lo llevaría al siguiente.
Maldición, se dijo.
Todo su cuerpo estaba inmovilizado por una corriente de aire aún más fuerte que la anterior.
– Devuélveme el broche, Reda –escuchó tras sí, una voz ya no gentil ni quebrada, sino firme y decidida.– Dámelo y permitiré que te marches sin hacerte más daño.
El Guardián miró al Caballero por sobre su hombro. Shun se había puesto de pie, aunque era obvio que respirar le empezaba a resultar difícil por culpa del Vapor. Sus ojos no habían recuperado su brillo, pero había en ellos una decisión que no le había visto nunca, ni en los años que pasaron en Filistia ni durante todo el combate. Nunca, comprendió, lo había visto así.
– No entiendo tu interés en protegerla –afirmó.– Lady Perséfone traicionó a milord Hades y merece ser castigada. Pero a ti no debería importarte, puesto que no es una de tus aliadas.
Shun no respondió. En lugar de ello, extendió la mano, exigiendo en silencio que le diera el broche.
– ¿O es que no comprendes la magnitud de su pecado? –insistió Reda.– ¡Ayudó a uno de sus enemigos en lugar de matarlo! ¡El que tú hayas tenido este broche es la prueba!
Shun recordaba haber escuchado el nombre ‘Perséfone’ alguna vez. Su entrenamiento en Isla Andrómeda parecía relacionarse con él, mas en ese momento no trató de recordar el origen.
– Por favor, Reda, dame el broche –insistió, mirándolo de frente con sus ojos sin brillo.– No me obligues a quitártelo.
– ¿Y cómo lo harías? –preguntó el Guardián, arqueando un ceja.– Ya empleaste todos los trucos de la Cadena y has llegado al máximo nivel del Vapor Nebuloso.
Y añadió con toda la mala intención del mundo.
– Sólo te queda un ken. Tú sabes cuál es.
El rostro de Shun no mostró emoción alguna. Por primera vez, Reda no supo qué esperar de su oponente.
– También sabes que podré usarla contra ti –continuó, fingiendo seguridad.– Mi ataque será tan poderoso como el tuyo. No tendrás forma de derrotarme.
– Te equivocas. Sí existe una forma en qué podré vencerte. La he conocido en el pasado y debo decirte que, por experiencia, no me cuesta trabajo acceder a ella.
Y añadió con absoluta seguridad:
– ¿Has escuchado sobre el Séptimo Sentido?
– Si estás tan seguro de recuperar el broche, quítamelo. Recurre a todos los sentidos que quieras, que da igual
Reda, desafiante, encendió su cosmo y lo llevó al máximo. Alrededor de él, la corriente se volvió tan intensa que pareció encontrarse en el centro de un huracán. Shun lo miró sin responder a su agresión inicial, sus ojos de nuevo tristes.
– Sé que dirás que es inútil y creerás que es debilidad o cobardía –insistió en voz baja.– Pero por favor, sólo dame el broche. No pelearé contigo si lo haces, pero si te niegas, tendré que matarte.
Hecatónquiro sonrió, pero su gesto tuvo más ironía que sinceridad.
– Estuviste a punto de asesinarme para vengar el daño que hice a tu corazón, más contuviste el golpe y estuviste dispuesto a morir. Ahora, romperás todos tus principios por proteger a una mujer que en realidad es tu enemiga.
– Por favor...
Reda sujetó el broche en su armadura, negándoselo por última vez con ese gesto.
– ¡Suficientes palabras! ¡Veamos hasta donde llegarás! –y añadió, gritando hacia el cielo.– ¡Albiore, observa y descubre cuál de los dos estaba en lo correcto, si tú o yo!
Shun, en respuesta, cruzó sus brazos sobre su pecho. Alrededor suyo, el viento aumentó conforme su cosmo se tornaba completamente dorado. “No quise activar este ken cuando comprendí que ése era en realidad tu propósito, lo que estuviste buscando desde el inicio”, pensó, viendo cómo su enemigo hacía lo mismo. “¿Por qué tuviste que amenazar a la dama que me salvó?”
Reda empezó a desplegar sus brazos, comenzando a liberar el último nivel del cosmo de Andrómeda. Shun, en un relámpago, sólo pudo pensar: “¡Saori, ella me salvó la vida y me ayudó para que lograra rescatarte! ¡Permíteme corresponder del mismo modo!”
Nunca supo cuándo desplegó sus propios brazos y permitió que el viento soplara a tal velocidad que arrancó algunas zonas del adoquín. Jamás se enteraría de que los relámpagos que alumbraban el firmamento eran producidos por su aura, ni que ésta se había vuelto tan brillante como el Sol. Tampoco notó que, contra los muros del Tártaro, proyectaba dos sombras que se alternaban, la de una mujer encadenada y la de una Nebulosa. De lo único de que estuvo consciente fue cuando, al abrir sus palmas y lanzar el ken contra Reda, gritó desde el fondo de su alma:
– ¡Tormenta Nebular!
Alcanzó a escuchar que el Guardián exclamaba lo mismo, pero a un volumen más bajo, o al menos eso le pareció. Se obligó a mantener los ojos abiertos, aunque el viento agitaba su cabello contra su rostro, para ver cómo su ken atacaba a Reda directamente en el pecho, rompiendo parte de su armadura y arrojándolo hacia la Tercera Muralla. Antes que pudiera decirse que jamás se lo perdonaría, miró una ráfaga de intensidad semejante, aproximándose hacia su propio pecho. También él iba a morir, y al igual que en la Casa de Piscis, no logró apartar la mirada.
El ataque golpeó justo en el corazón. Su fuerza lo arrojó hacia atrás una decena de metros, y Shun sólo esperó el momento en que la armadura que lo protegía caería destrozada y el aire entraría en su corazón, deteniéndolo para siempre. Ni siquiera pudo pensar en Ikki, en June o en sus amigos, y menos decirles adiós o volverles a pedir perdón.
Y el viento se detuvo.
Sorprendido, el Caballero notó que el aire que lo atacaba se había disipado. Al buscar la causa, descubrió que la corriente se había estrellado contra un obstáculo con el cual ni Reda ni él habían contado. La Armadura de Andrómeda relucía con un tono dorado. La sangre de Aldebaran y el cosmo de un restaurador nato habían cumplido su deber en silencio.
Por reflejo, Shun miró hacia donde el Guardián debía encontrarse, esperando inútilmente que su ken no lo hubiese dañado. Pero Reda había caído al lado de la muralla tras estrellarse contra ella. Su armadura había sido parcialmente destruida y sangre manaba de incontables heridas.
– Reda... –murmuró, acercándose con lentitud.
Apenas estuvo junto a él, el Guardián abrió los ojos con obvio esfuerzo y sonrió burlonamente. Con manos temblorosas, sujetó el broche que, de milagro, había permanecido con él, y se lo extendió. Shun entendió lo que quería y lo tomó.
– Te lo ganaste, Andrómeda –afirmó, su ronca voz casi parte del otro mundo.– En el pasado, fue la armadura y el cariño de June. Ahora es el broche...
– Perdóname, Reda –murmuró Shun.– En verdad que lo siento mucho. No quería hacerlo.
El rostro de Hecatónquiro se alteró, aún en la proximidad de la muerte. De repente, pareció la cara de un demonio, que al mismo tiempo despreciaba y sonreía y, con la poca fuerza que le quedaba, gritó:
– ¿No quisiste? ¡Estúpido! ¡Claro que quisiste matarme y lo lograste!
Shun palideció, sus ojos llenándose de lágrimas mientras negaba con la cabeza. Reda, con un gesto amargo, añadió:
– ¡Yo tenía la razón, Albiore! ¡No existen las almas buenas! ¡Cualquiera puede matar!
– Reda...
Y, mirándolo con odio por última vez, Reda murmuró:
– Gané.
Shun vio cómo cerraba los ojos y no pudo contener un estremecimiento. El viento, todavía parte de su cosmo, llevó a sus oídos el sonido de una cuerda que se rompía. Antes de que se diera cuenta, había inclinado la cabeza, las lágrimas fluyendo por su rostro sin que nada lograra consolarlo.
En su mente, sintió que Ikki, June, Seiya, Shiryu y Hyoga lo observaban, pero no logró interpretar sus expresiones. Y Shun supo que, aunque seguía vivo, Reda sí lo había vencido. Su corazón jamás volvería a ser el mismo.
Al menos una vez en tu vida conoces a una persona a quien deseas jamás volver a encontrar. Es humano. Por cualquier motivo, hay al menos un hombre o mujer que, si no se vuelve a ver, no sólo no importa, sino que se agradece. Puede deberse al rencor, a la envidia o a la simple antipatía.
Jabu había tenido problemas con muchas personas a lo largo de su vida, y reconocía que se debía en gran parte a su carácter. Sin embargo, sólo existía una persona a la que sinceramente deseó nunca volver a ver. Y era desde hacía tan poco tiempo que no había tenido la oportunidad de comprenderlo. No era por odio ni por antipatía. Era por temor.
Su nombre era Elis de Thanatos.
Y lo tenía frente a él.
Involuntariamente, Jabu se había puesto pálido al encontrarlo en el dintel de la puerta de la biblioteca, el único obstáculo que se interponía entre él y la salida. Al contrario de lo usual, no pudo reprochárselo ni siquiera mentalmente. Tenía excelentes razones para sentirse mal en la presencia del Guardián.
No habían pasado cinco días de su primer encuentro, cuando Hades casi engaña a Atenea para llevársela con él. Como todo leal e imprudente Caballero, Jabu había tratado de impedirlo. Sólo que el sujeto de que encargó de ponerlo en su sitio había sido el Guardián más cercano al Señor del Averno. Como si no fuera suficiente, además era un vampiro de energía, capaz de robar los cosmos ajenos. De milagro no murió a sus manos aquella vez, y ese milagro había sido la oportuna llegada de los Cuatro.
Había vuelto a verlo cuando Hades se llevó a Atenea, a la Nike y a los siete Tresors vacíos al Tártaro. Pero en esa ocasión, la batalla campal había sido breve y apenas había alcanzado a avistarlo a lo lejos. Ahora, de Siete Guardianes del Estigio y de decenas de daimons, ¡tenía que encontrarlo precisamente a él!
– Vaya, vaya –dijo Elis, sonriendo con un gesto maligno.– Percibo un cosmo conocido y resulta que es el tuyo, Jabu de Unicornio.
Sus últimas palabras habían sido completamente irónicas.
– Veo que portas la armadura de bronce a la que supuestamente te hiciste merecedor. Al menos tu título no es un invento –reconoció, mirando el traje violeta que protegía al Caballero, o al menos así pareció hasta que añadió.– ¿A quién le pagaste para obtenerlo?
Jabu ya le tenía una réplica preparada (y no había nada de educado en ella), pero en eso notó que Elis había dejado de prestarle atención. El Guardián acababa de darse cuenta que el Caballero no estaba solo, y miraba a Shaina, quien seguía frente al librero con un aire perdido, pero también lo observaba fijamente.
– ¿Quién eres? –preguntó Elis con obvia curiosidad en su voz.
El cosmo de la joven era diferente a cualquiera que hubiera conocido antes. No era diosa ni avatar, pero tampoco era una simple amazona. De reojo, vio el rostro de Jabu, el cual le demostró que Unicornio no comprendía el por qué de su actitud. Sin embargo, si el Caballero era tan inútil como parecía, concluyó, no le extrañaría en absoluto que no comprendiera quién había hecho el honor de acompañarlo.
– Soy Shaina de Ofiuco –respondió ella con firmeza, y recordando lo que Seiya había logrado comentarle sobre uno de los Guardianes, añadió.– Tú debes ser Elis de Thanatos, ¿me equivoco?
– Estás mintiendo –afirmó Elis, sin prestar atención a su última pregunta.– No eres una amazona, aunque ése sea tu título. ¿Qué haces aquí?
Shaina frunció el ceño con coraje y extrañeza.
– Ya dije mi nombre y no pienso repetirlo.
Elis se mordió los labios. Eso era algo que no había contado en su plan. No sólo era una mujer, sino alguien más, y ella parecía ignorarlo. Pero él no. Nadie que supiera cómo emplear el cosmo y viviera en el Averno podría pasarlo por alto. Era imposible, una verdadera locura... Y sin embargo, después de ese día, ya nada le parecería extraño aunque tuviera la inmortalidad por delante.
– No pelearé contigo.
– ¿Qué?
– Un Guardián nunca combate contra una mujer, y menos contra una de tu tipo –prosiguió Elis.– Sería un crimen.
Jabu, que había pasado a segundo término, no entendía nada de lo que pasaba. Lo único de lo que estuvo consciente fue de que Elis o respetaba o galanteaba a su compañera, y que eso le producía un sentimiento no del todo desconocido. Como cuando veía que la señorita Saori le ofrecía el brazo a Seiya y no a él.
– Voy a pedirte que me acompañes con Milord Hades –continuó Thanatos, olvidándose de Jabu como si se tratara de un insecto.– Es importante que él sepa que estás aquí.
– ¿De qué me estás hablando? –respondió ella, sus ojos verdes reflejando que no entendía absolutamente nada.
Elis cerró la puerta tras sí, el sonido seco resonando en la biblioteca. Se acercó a Shaina, dejando a Unicornio (quien estaba a punto de hacer un berrinche, si el color de su rostro indicaba algo) atrás. Una vez que estuvo frente a ella, se arrodilló y bajó la vista.
– No lo comprendes, pero tu viaje ha sido largo e innecesariamente peligroso. No en vano te dirigiste a esta habitación al entrar al Palacio. Por favor, sígueme con milord Hades. Él podrá guiarte mejor que yo.
Shaina buscó con la vista a Jabu. El Caballero estaba visiblemente molesto y con razón: había sido olvidado y casi despreciado. Sin embargo, su intuición le confiaba que existía más detrás de ese gesto enojado que un simple orgullo ofendido.
No, era demasiado ridículo...
– Creo que me confundes con alguien más, Elis de Thanatos –afirmó, mirando al Guardián que se había postrado ante ella y pensando que ninguno de los Caballeros en la Tierra había tenido tal atención con ella en años.– Mi nombre es Shaina de Ofiuco, pertenezco a la Orden del Zodiaco desde que era niña y no conozco vida afuera del Santuario de Atenea.
– Milord Hades se encargará de recordarte tu verdad –insistió Elis.– Por favor, ven conmigo.
Se levantó y la tomó de la mano con amabilidad, pero también con firmeza. Nunca nadie la había sujetado de ese modo, e internamente Shaina se habría sentido halagada de no encontrarse en medio de una Guerra Santa.
– No sé quién pienses que soy, pero te equivocas –insistió, mirándolo a sus negros ojos.– No iré con Hades. Es mi enemigo y tiene atrapada a mi diosa.
– Atenea nunca fue enemiga de mi señor, aunque el momento actual parezca contradecirlos. Igual es contigo. No te ocurrirá daño alguno, te lo juro.
Sin soltar a Shaina, Elis se levantó y se dirigió hacia la puerta, y fue tal la confusión que la mutua influencia del joven y de la biblioteca ejercieron sobre ella, que la joven no pudo resistirse. Se había acostumbrado a pelear contra los demás cuando quería algo y a ser considerada sólo como un integrante más del grupo. Ahora, un enemigo no sólo la trataba con respeto, sino que se negaba a pelear contra ella. Quizá hubiera acabado frente a Lord Hades, explicando que no era quien se pensaba que era, de no haber sido por un súbito retorno a la realidad.
Llamado Jabu de Unicornio cerrándoles el paso.
Justo a la inversa de como había ocurrido, Jabu se encontraba frente a la puerta, impidiendo que Elis y Shaina salieran. Su expresión era un completo enigma para ambos, aunque, si hubiera podido verse en un espejo, también lo habría sido para él.
– Discúlpeme, señor Guardián, pero creo que se equivoca –sentenció con sarcasmo.– Ella es Shaina a secas, y no venimos aquí a realizar presentaciones, sino a sacar a Atenea de esta pocilga. Así que haga el favor de soltar a la señorita. Ahora.
Elis lo miró con fastidio.
– En realidad eres una molestia, Caballero. Primero interrumpes con Atenea y ahora con la señorita. ¿Nadie te enseñó a no meterte en lo que no te importa?
– No, por suerte –dijo Jabu con altivez.
– Tal parece que no aprendiste nada de nuestro encuentro anterior. ¿Quieres que continúe con tu educación o mejor razonas lo que haces y te largas? Ya podré encontrarte después.
– ¡No eres nadie para educarme! –gritó Unicornio, apretando los puños.
Elis sonrió, obviamente divertido ante su actitud.
– Quieres seguir con esto –dijo, un tanto para sí.– De acuerdo. Un Guardián del Estigio nunca rechaza la ocasión de convertir a alguien en puré.
Volteó de nuevo a ver a Shaina. Al hacerlo, la expresión de sus ojos cambió por completo.
– Espera un poco –pidió.– No tomará más de un minuto.
Jabu lo maldijo desde el fondo de su corazón. ¿Un minuto?
– Hay minutos muy largos, Thanatos.
Su temor había desaparecido casi por completo. Ese condenado Guardián se había dedicado a humillarlo, y ningún Caballero estaba dispuesto a aceptar algo semejante, él menos que nadie. “¡Veme, Seiya!”, pensó. “¡Ha llegado el momento de probarnos como maestro y como alumno!”
En contraste, Elis suspiró con desgano. Por un instante, había creído que sí, que Hades estaba equivocado con respecto a esa batalla y que Atenea debía salir del Averno cuanto antes. La presencia de esa joven parecía confirmar su presentimiento, como si fuerzas más allá de los dioses se opusieran al gran error que tenía lugar en el Averno.
El Caballero le había dado realmente igual. Pero no: ahí estaba el estúpido orgullo que le impedía entender que, si se enfrentaba contra un Guardián del Estigio, llevaría las de perder. Y aún así, o quizá debido a todo lo que había ocurrido en las últimas horas, no sentía deseos de poner su corazón en esa batalla.
– No vas a estar contento hasta que te dé de patadas, Unicornio –sentenció, sus ojos relampagueando.– De acuerdo, tendré que complacerte.
Jabu se puso en guardia. Elis soltó a Shaina, quien aparentemente había vuelto a caer bajo el influjo de la biblioteca, no sin antes decirle:
– No intervengas. Esto es entre el escudero y yo.
“¡Otra vez con lo de escudero!”, pensó Jabu, el temor cegado por la ira.
Encendió su cosmo violeta, todavía rodeado por un filón dorado que no se integraba a él, como si no le perteneciera. El Guardián se cruzó de brazos, aguardando.
– ¿Para eso haces que me quede? –preguntó.– No entiendo cómo pudieron darte una armadura, aunque fuera de bronce.
Unicornio decidió que ya no le prestaría atención.
– Nunca subestimes a un Caballero –afirmó.
Elis encendió su negro cosmo sin cambiar de posición. Dos segundos después, Jabu sintió cómo empezaba a perder luz en el suyo.
“¡Lo está haciendo otra vez!”, pensó, alarmado.
– Y tú jamás debiste subestimar a un Guardián. Te supero en todo, desde la armadura que me protege hasta en el poder de mi aura. No me obligues a llegar a mi ken máximo, que no me gustaría derramar tu sangre enfrente de la señorita.
– ¿Qué quieres decir? –preguntó Jabu, tratando de mantener su cosmo encendido.
– Te estoy dando la oportunidad de que te largues.
A pesar de los años que llevaba en la Orden, Jabu jamás se había visto en un combate de vida o muerte. Había sido derrotado antes de las grandes batallas, lo que le impidió participar en ellas. Ahora, por primera vez, miraba de frente a la muerte, personificada por el Guardián a quien ella protegía. Si el recuerdo de Thanatos lo había hecho dudar o temer, su última frase le ayudó a decidir.
El orgullo le había hecho bajar la cabeza, admitir su poca valía como Caballero e ir con la persona que le resultaba más odiosa para pedirle ayuda e instrucción. En apariencia, había suprimido su orgullo; en realidad, lo había transformado en dignidad.
La voz interna que le había obligado a superar sus debilidades no estaba dispuesta a guardar silencio, y menos en ese segundo:
– ¡No quieras ser piadoso! –gritó, sus ojos resplandeciendo por la furia.– ¡No lo necesito!
Sin pensar claramente lo que hacía, Jabu corrió hacia Elis. Seiya le había enseñado que, antes de acceder a un combate a nivel cósmico, se deben agotar las técnicas marciales básicas. Claro que se borró de su memoria el que Pegaso hubiera dicho también que saltarse las reglas de vez en vez no era malo: reunió cuanta fuerza le fue posible y lanzó el golpe, recordando cómo había vencido a Ban de Leoncillo en el pasado.
El tirón que sintió en el brazo no se comparó con ningún dolor que hubiera sentido antes. De milagro no se había roto, alcanzó a pensar en lo que el negro cosmo de Elis lo empujaba hacia atrás. Supo que ni siquiera lo había rozado y menos aún herido, pero el Guardián lo había dañado al hacerle rebotar contra su propia aura.
Jabu golpeó de espalda contra una mesa de lectura y cayó sobre su superficie. Por un instante no fue capaz de moverse y la madera se quebró bajo su peso, pero su inmovilidad se debió más a la confusión que al dolor en su brazo derecho.
“¿Contra qué me enfrento?”, se preguntó. “Nunca peleé contra un Caballero Dorado, ni contra un Guerrero Divino y menos aún contra un Shogun de Marina. ¿Cómo puedo combatir contra él?”
– Me das pena, Unicornio –afirmó Thanatos, acercándosele.– Una criatura tan hermosa jamás debió tomarte a su cuidado.
“Seiya tenía razón. ¡Debí elegir una rata como protector!”, pensó, recordando su vieja rencilla.
Se obligó a levantar la cabeza y mirar al Guardián. Su aura brillaba como la noche estrellada, prometiendo a la vez la muerte y el dulce olvido.
– Voy a hacerle un favor a tu constelación. Ya no tendrá que avergonzarse de ti –sentenció, colocando su brazo para dar un golpe de espada.
Jabu alcanzó a ver en la faz de Thanatos a la muerte personificada. Quiso levantarse, pero le fue imposible, y aún así no logró separar la mirada de los ojos de su verdugo.
– ¡Muérete!
– ¡A mí, Cobra!
Elis no completó el golpe, su espada deteniéndose a centímetros de Jabu y hundiéndose en la madera. El Caballero, por reflejo, se arrojó hacia un lado, dejándose caer sobre la alfombra. Vio cómo el Guardián se estremecía al recibir un ken rojo y dorado en su espalda, cayendo después de rodillas.
Por sobre su hombro, Elis vio a Shaina. Su aura bicolor brillaba a su alrededor, dando a sus largas uñas una tonalidad neón. Contra lo que Ofiuco esperaba, el Guardián no se enfureció. Al contrario, su expresión se volvió triste, pero siguió siendo respetuosa.
– ¿Por qué me estás atacando? He buscado tu bien. No deberías responderme de esta manera.
Shaina se sintió un poco culpable, pero no por ello lamentó su decisión.
– Jabu de Unicornio no es sólo mi compañero, sino también mi amigo –respondió con voz firme.– Agradezco que seas tan amable conmigo, pero sólo tengo una elección posible.
El rostro de Elis se ensombreció.
– ¿Cómo es posible que alguien como tú defienda a alguien como él? ¡No es ni remotamente digno de ti!
Los ojos de Shaina relampaguearon en respuesta, pero sus labios permanecieron en silencio.
– No me obligues a pelear contigo –pidió Elis, incorporándose y sin atreverse a verla de frente.– Mi alma se condenará si te lastimo.
– Si no quieres pelear, llévanos con Atenea.
Por encontrarse de espaldas, el Guardián no permitió que Shaina notara su indecisión. Ella, precisamente ella, le pedía que traicionara a su Señor. Ella, alguien a quien no podría negarle nada.
Por un instante, pensó en el Santo moribundo que se encontraba en la mazmorra. Atenea no debía estar ahí, y Hades lo sabía, había dicho poco antes de recibir el golpe de obscuridad por última vez.
¿Seguiría permitiéndolo? Sobre todo, ¿cuando era ella y, por tanto, alguien más, quien se lo pedía?
Pensó en la luz de Atenea, extinguiéndose en el Averno para siempre.
Y las palabras de Laertes volvieron a su mente. Algo sobre no abandonar a aquellos que te aman.
– No puedo hacerlo –respondió con voz ronca.– No debo traicionar a Milord Hades, ni siquiera cuando eres tú quien me lo pide.
Shaina trató de imaginar el por qué de tanto respeto hacia su persona. Al no encontrar una respuesta clara, dijo, volviéndose a colocar en guardia:
– Entonces, lo lamento. Tendrás que pelear con nosotros, pero será contra mí primero.
– ¡No, Shaina! –exclamó Jabu desde el sitio en donde había caído y sin levantarse todavía.– ¡Robará tu energía!
Ofiuco no dio señal de haberlo escuchado. Encendió su cosmo al máximo, los dos colores en él fundiéndose de repente en uno solo. Sus manos volvieron a brillar con el tono neón de la técnica de la serpiente.
– ¡Prepárate, Elis de Thanatos!
Sin mirarla, el Guardián también activó su aura. Por alguna razón, no lucía muy decidido.
– No es necesario que te ataque para vencerte –afirmó, su voz menos estricta.– No era así como quería conducirte ante Milord Hades, pero me estás obligando a lastimarte y a que acabe con ese inútil a quien defiendes.
– ¡A mí, Cobra!
Shaina gritó con toda la fuerza de su alma, y sólo el cosmo sensibilizado de Jabu percibió que surgía una extraña y nueva vibración en la biblioteca ante su voz. Ella corrió hacia el Guardián, llevando su ken al máximo y esperando que, como el Guardián no lo había visto la primera vez, no pudiera contrarrestarlo.
Sin embargo, y al igual que Unicornio, se estrelló contra una barrera. Sólo que esta no provenía exclusivamente del Guardián. Era su propia energía que la detenía. Elis conservó su vista baja: no quería robarle la energía ni atacarla, más tampoco podía quedarse aguardando. Lo único que le había quedado por hacer era regresarle su ataque, aunque eso la lastimara.
– Tú me obligaste –murmuró.– Perdóname.
Shaina había acumulado tal intensidad en su ken que, cuando éste regresó, la impulsó hacia atrás, en dirección al librero que había estado observando. Jabu estuvo a punto de gritar su nombre en una reacción natural, pero se le congeló en la garganta. En el segundo en que la joven tocó el mueble, vio con toda claridad cómo brotaban delgados hilos de entre la madera y los libros, como si éstos no estuvieran ahí. La sujetaron con fuerza en menos de un segundo y, sin darle oportunidad de defenderse, se la llevaron, traspasando mueble y papel al hacerlo.
– ¡Estoy soñando! –exclamó el Caballero.
Cerró los ojos con fuerza, esperando que hubiera sido una ilusión generada por su cansado sentido de la vista.
Pero cuando volvió a abrirlos, descubrió que Shaina había desaparecido a través del librero. Se levantó y corrió hacia él, tratando de traspasarlo y seguirla, pero le fue imposible. La madera y el papel habían vuelto a ser completamente sólidos, en el caso de que en algún momento hubieran dejado de serlo.
– ¡Shaina! –gritó, quitando los libros sin resultado alguno.– ¡Respóndeme, por favor! ¡Shaina!
Lo rodeó el silencio. Ella, presa por quien fuera, no contestó ni una palabra, y Jabu comprendió que Seiya no había mentido al decirle que lo más difícil para un Caballero era perder a sus amigos.
– Shaina... –murmuró con tristeza.
¿Podría volver a encontrarla?
En eso, descubrió que, pesar de que la habitación carecía de sonidos, podía percibir una furia en aumento. Miró hacia atrás y encontró rabia en el rostro del Guardián.
– La tienen... –decía para sí.– Traté de salvarla, pero la tienen... Se encontrará con ellas y ya nadie volverá a verla jamás...
– ¿Jamás? –preguntó Jabu.– ¿Cómo que jamás? ¿A dónde ha ido? ¿Quién se la llevó?
Elis volvió a reparar en Unicornio, su desprecio mucho más evidente.
– Tú tienes la culpa –sentenció.– Si no hubiera tratado de salvarte, no la habrían atrapado.
– ¿Yo? ¡Yo no fui quien la arrojó hacia allá!
– Si antes sólo me fastidiabas, ¡ahora te juro que voy a destrozarte!
Thanatos encendió su cosmo nuevamente, sus ojos relampagueando por el odio y el coraje. Jabu, sin dudar, se puso en guardia.
Finalmente había llegado su momento. Frente a frente contra el enemigo, Atenea y una amiga dependiendo de él. Y aunque su corazón no estaba acostumbrado a las batallas, no titubeó ni un instante en encender su cosmo y tratar de elevarlo al máximo.
Durante el lapso que les había tomado cruzar el pasillo y llegar a la otra puerta, ni Moo ni Shaka dijeron nada, y Kanon pareció disfrutar el silencio en que se encontraba. Kiki recordó, aunque no supo decir a bien de dónde, que en la mitología griega no existían realmente ni el Cielo ni el Infierno, o por lo menos como lo hacían en la cosmogonía hebrea. Los héroes y gente virtuosa eran enviados al Campo Eliseo, donde los días eran permanentemente cálidos, había juegos y música y, los que así quisieran, podrían regresar a la Tierra. Aquellos que no habían sido ni buenos ni malos eran remitidos a los Campos de los Asfodelos (¿serían aquellas flores blancas que vi junto con Shaina y Jabu?, se preguntó distraído). Y, por último, aquellos que habían causado mal a sus semejantes eran condenados a vivir en el Averno hasta que llegara su momento de pasar al Eliseo –claro, si se arrepentían y merecían salvarse. No era propiamente un sitio de tortura, como el Infierno cristiano, pero en todo caso era, al menos, un lugar muy aburrido. Eso, o Kanon habría tenido otra actitud.
Hasta entonces notó que Kanon había notado que lo estaba observando, aunque no se detuvo. Cuando quiso apartar la vista, ya era demasiado tarde.
– ¿Qué me ves, enano? –preguntó sin verdadera agresión en su tono, como si usar un término despectivo fuera parte indispensable de su imagen.
Kiki sintió el enorme deseo de ocultarse detrás de Moo o de Shaka, pero se obligó a permanecer en su lugar y a ocultar lo más posible el descontrol que sentía.
– No soy un enano –respondió, tratando de dominarse para que el temblor en su voz no fuera muy obvio.
– Pues sigues teniendo la misma estatura de hace un año.
Kiki percibió que enrojecía del coraje y que las pecas le bailaban en el rostro, pero no dijo nada, o al menos nada relacionado con lo que acababa de decirle... aunque no por ello dejara de ser cierto que no había aumentado casi nada en estatura durante el año anterior.
– ¿Cómo moriste, Kanon de SeaDragon?
Ante la voz firme y triste a la vez de Moo de Aries, Kanon dejó de prestarle atención al aprendiz. Al igual que Shaka, Moo iba vestido con el Tresor que le correspondía y traía puesto su casco y una capa de lino. Por un momento, pareció que Kanon se percataba que Kiki y él eran los únicos que no venían ataviados con trajes de combate, pero la impresión pasó de inmediato y sonrió con su acostumbrado gesto burlón.
– ¿En verdad te interesa saberlo, Santo de Aries?
– Si no lo hiciera, no te lo preguntaría –respondió Moo con voz calmada.
Ni por un instante la sonrisa se borró del rostro de Kanon. Había conocido a Moo mucho tiempo atrás, recién se había convertido en el Caballero Dorado de la Primera Casa. En teoría, Moo no debería haber sabido que existía, constantemente oculto entre las sombras y confundido con Saga. Pero sus últimas palabras demostraban que sí había sabido de él. Malditos sean los elfos, pensó distraídamente.
– Del modo en que, supongo, los Caballeros de Bronce te dijeron –respondió.– Ahogado entre las ruinas de Atlantis y del imperio de Poseidón.
– ¿Nada más?
– Nada más. La estúpida de Atenea se enfrentó a Poseidón y encerró su alma en la urna sellada. Ya no tenía por qué seguir vivo.
El rostro de Moo se volvió un poco más triste.
– Insultas a la diosa que te salvó la vida.
Kanon se contuvo de responder con brusquedad. Era obvio que Fénix, Appendix –o, por qué no, Sorrento– habían comentado que un cosmo cálido y dulce había evitado que se ahogara en Cabo Sunión. Durante todo el año anterior había pensado en ello, pero no había llegado a ninguna conclusión y tampoco quería hacerlo.
– Insulto a la diosa que arruinó mi plan y que ni siquiera intercedió por mí para sacarme de este sitio.
– ¿Tenía por qué hacerlo? –preguntó Moo.
De momento, Kiki se descontroló un poco. Era muy raro ver a su Maestro, siempre tan calmado y atento, hablar de esa forma. Era como si siempre hubiera ocultado parte de su ser tras su fachada eternamente gentil. Kanon, en cambio, no se sorprendió y respondió con sequedad:
– Lo hizo por otros.
– ¿Y cómo sabes que no lo hizo por ti?
La sonrisa del Shogun Marino se hizo más cínica mientras respondía:
– Porque sigo aquí. O es una diosa a quien el Omnipotente no escucha, o es que en realidad no le intereso.
Moo estuvo a punto de replicar algo, pero no lo hizo. Shaka, que había permanecido ajeno a la conversación, se detuvo de repente ante la puerta que se encontraba en ese extremo del pasillo. Kanon se adelantó para abrirla. Antes de hacerlo, volvió a mirarlos y, borrando un momento la sonrisa de su cara, dijo:
– Les deseo suerte, Santos de Atenea. Van a necesitarla.
Sin darles oportunidad de responder, llamó tres veces a la puerta y, apenas se escuchó un permiso cuyas palabras fueron bloqueadas por la madera, la abrió parcialmente.
– Ante los Jueces del Averno –anunció Kanon con voz fuerte y grave– se presentan nuevos acusados. Solicitan permiso para entrar a la zona donde el tiempo acaba y comienza, y si no fuera concedido, sus almas se perderán sin derecho a sentencia.
Kiki se frotó las manos, incapaz de decidir sobre si debía ver a Moo, a Shaka, a Kanon o a la condenada puerta que le bloqueaba casi todo su campo visual. Moo parecía concentrado, como si esperara una sola palabra para actuar aunque toda su vida se había comportado del modo opuesto. Shaka, en contraste, lucía tranquilo, y de momento fue como si cerrara los ojos para no ser deslumbrado por la luz del Sol en un día de campo.
– Han llegado sin la muerte previa –alcanzaron a escuchar.– ¿Quiénes son y por qué se creen dignos de venir a este sitio?
Kanon, sin mostrar inflexión alguna en su voz, respondió:
– Santos de Atenea que vienen a pedir permiso.
– ¿Permiso? –preguntó una voz diferente a la primera.– Desde Orfeo que no escuchábamos esa palabra.
– Que pasen, aunque la autorización sea por curiosidad y no por derecho –añadió la primera voz.
Dicho esto, Kanon miró fugazmente a Moo. Por un instante, el Santo de Aries descubrió un leve brillo de sinceridad en la expresión del Shogun Marino. Cuando les había deseado suerte, lo había dicho de corazón, aunque de momento no pudo razonar la causa. Shaka no perdió ni la calma, presintiendo que a pesar de las palabras de Kanon, la pregunta anterior no había sido más que un mero formulismo. Kiki deseó estar en Grecia.
Kanon abrió la puerta por completo, permitiéndoles el paso y guiándolos hacia el sitio donde habrían de colocarse. El lugar era enorme, el techo sostenido por enormes columnas que se perdían en la obscuridad sin que pudiera definirse a qué altura se encontraba. El piso conservaba, en la mayoría del Juzgado, el patrón de cuadros blancos y negros semejantes a un tablero de ajedrez, con rayos luminosos y sombras alternándose en cada uno. Los pasos de todos resonaron contra el suelo mientras se acercaban a un enorme estrado de color negro, cuya negra superficie relucía como el cristal, pero no parecía ser ni de éste, ni de metal ni de piedra. A unos diez metros alrededor del estrado, el piso era diferente. De un vistazo, Kiki pensó que podría tratarse de una fuente cuya agua respondiera a las vibraciones, pero cuando estuvo más cerca, no lucía tanto como agua, sino como metal. Parecía un espejo líquido.
Sobre el estrado, a cierta altura sobre ellos, alcanzaban a verse tres figuras. Las tres estaban encapuchadas y sobre cada una caía una cascada luminosa desde el techo, aunque no podía verse su origen. Atrás de cada una, en contraste, había una puerta, aunque ninguna de ellas era lo bastante sólida para poder determinar de qué estaban hechas.
Apenas estuvo frente a las figuras, Kanon hizo una ligera inclinación y anunció:
– Aquí están los Santos, mis señores.
– ¿Conoces tu papel en lo que ha de suceder, alma? –preguntó la primera voz, que pertenecía a la figura que estaba a la extrema izquierda.
El Shogun asintió y afirmó:
– Lo conozco, señor, y estoy listo para cuando ustedes lo decidan.
– En tal caso, –respondió la segunda voz, que provenía de la figura que estaba a la extrema derecha– que los acusados se presenten.
Kanon volteó a mirar a Moo, como indicándole que era su turno. Aries miró a Shaka quien, a pesar de sus ojos cerrados, pareció comprender lo que quería decirle; a una, los dos dieron un paso al frente e inclinaron levemente las cabezas.
– Moo de Aries, Santo Dorado de la Primera Casa en la Orden del Zodiaco de Atenea, diosa de la Guerra Inteligente.
– Shaka de Virgo, Santo Dorado de la Sexta Casa en la Orden del Zodiaco de Atenea, diosa de la Guerra Inteligente.
Los jueces, de momento, no respondieron. Moo alzó levemente la vista, como si presintiera que no debería ser así, y notó que Kanon miraba a Kiki.
– No se han presentado todos –sentenció el de la primera voz.– No podemos comenzar.
Al comprender que se referían a él, Kiki dio un salto. Sin darse cuenta, se arrodilló con piernas y palmas sobre el piso y anunció:
– Kiki... Kiki de Appendix.
– ¿De Appendix? ¿Y tu armadura? –sentenció el segundo.
El niño-elfo deseó morirse.
– Bueno.. es que...
– En realidad es Kiki de Jammyel, aprendiz de Caballero y Aspirante a la Armadura Sagrada de Appendix –terció Moo con la voz más calmada de que capaz.– Pero es un error que se encuentre aquí, señor.
– Aquí todos los errores cuentan –afirmó el primero.
Al escucharlo, Kiki deseó poder cavar un agujero en el suelo y enterrarse en él. Aunque su Maestro no volteó a verlo, no le fue difícil percibir un leve reproche ante su imprudencia. Kanon sonrió débilmente en su dirección, pero el niño-elfo no pudo saber si se burlaba de él o si trataba de inspirarle confianza.
– Conocidos los acusados, se presentarán los jueces –dijo la segunda voz.
A sus palabras, el primer Juez se retiró la capucha del rostro. Bajo ella, todos alcanzaron a ver a un hombre que aparentaría unos treinta años. Su piel era aceitunada, semejante a la de los gitanos, y sus ojos cambiaban de color según la luz, de verdes a marrones. Su cabello era color madera y caía en suaves rizos más abajo de sus hombros.
– Aeacus, Juez de Europa, Protector de la Camino al Eliseo –sentenció, mirando por primera vez a los acusados de frente.
El segundo juez se quitó la capucha, imitando las acciones del primero. En contraste con Aeacus, su piel era color bronce. Sus rasgados ojos eran negros; su cabello era largo y negro también, y caía lacio y pesado sobre su espalda. No parecía tener más de cuarenta años humanos.
– Radamantis, Juez de Asia, protector del Camino a los Campos de Asfodelos –dijo con una voz que, a pesar de su gravedad, no carecía de cierta amabilidad en su tono.
Moo y Shaka inclinaron la cabeza y Kiki se apresuró en imitarlos. Los tres miraron al Juez que ocupaba el lugar central en el estrado, pero la figura permaneció inmóvil, sin dar señales ni de hablar ni de quitarse la capucha para presentarse. Moo hizo un gran esfuerzo por no demostrar su descontrol: en teoría, ése debería ser Minos, el Juez de los Casos Difíciles. Pero notó que Shaka también fruncía levemente el ceño, y comprendió que no era paranoia lo que sentía, sino un temor bien justificado.
– Se nos ha dicho que vienen a pedir autorización –afirmó Aeacus, quizá dándose cuenta de lo que pensaban los Santos e interrumpiendo sus pensamientos.– ¿Autorización para qué?
Shaka, que parecía más ajeno a la situación que sus compañeros, alzó el rostro y dijo:
– La diosa Atenea, a quien debemos nuestras vidas y nuestras almas, ha sido traída viva al Averno.
– Si ella accedió, –interrumpió Radamantis– no es a nosotros a quienes tienen que consultar.
– Ella accedió bajo presión, señor –terció Moo.– Hades, señor del Reino de los Muertos, amenazó con destruir a Terra si ella se negaba. No está aquí por su voluntad.
No recibió respuesta de inmediato. Aeacus y Radamantis intercambiaron una rápida mirada y el primero dijo:
– Siendo así, han hecho lo correcto al venir a este Juzgado. Es lógico que Atenea debe salir del Averno.
Ante esas palabras, Kiki estuvo a punto de dar de saltos por la alegría. Esos tipos no iban a poner peros para que sacaran a la señorita Saori, así que sólo tendrían que ver la forma de ir al Tártaro a rescatarla...
Pero nadie compartió su entusiasmo, y el salto se quedó en una simple intención. Aeacus miraba a Kanon y afirmó:
– Pero no juzgaremos ni a Atenea ni a Hades, que ése no es el caso en este momento. ¿Shogun?
Fue el turno de Kanon de dar un paso hacia el estrado y nadie pudo interpretar su mirada como antes. Con un tono que a la vez era cínico, sincero y algo más que no pudieron definir, afirmó:
– No se juzgará si Atenea debe o no salir del Averno. Se juzgará si la Orden del Zodiaco es lo suficientemente digna para protegerla y escoltarla, en las personas de dos de sus protectores.
Kiki volvió a esconderse detrás de Moo, sobre todo cuando Kanon añadió:
– Protectores que enviaron a otras personas a morir en sus lugares, la primera vez hace casi veinte años. ¿O no es cierto, Moo de Aries, que tú mandaste a Aioros de Sagitario a la Cámara de Atenea la noche en que fue asesinado?
De momento, le respondió el silencio. Kiki, espantado, miró al rostro de su Maestro, preguntándole en silencio si la monstruosidad que Kanon había dicho era cierto. Y no supo si sorprenderse o no al ver que Moo se estremecía, como si se enfrentara a un recuerdo que había querido olvidar durante toda su vida.
Pocos instantes en la vida parecen sueños. Al ser humano no le está dado descubrir que es feliz hasta que ha dejado de serlo, a menos que se le regale una revelación. Y aún así, parecen lapsos demasiado breves. La felicidad es tanta que no piensas ni en el pasado ni en el futuro, y si los recuerdas, sólo quieres olvidarlos.
Hyoga se encontraba en ese lapso.
Durante su vida, un sueño se había repetido constantemente. Se encontraba en un hermoso campo cubierto de hierba fresca y flores blancas que parecían hechas de nieve. En eso, una figura se trazaba ante él. La silueta de su madre, ataviada con un ligero vestido blanco y con sus rizos cayendo a lo largo de su espalda. Él corría hacia ella, llamándola, pero justo cuando iba a alcanzarla, se desvanecía entre las flores. Tal sueño se hizo muy constante después de la Batalla del Santuario, cuando Camus logró separarlo de su tumba para siempre, pero poco a poco, había disminuido de frecuencia.
En ese instante, sólo se preguntaba si su sueño al fin se había vuelto realidad, o si Alecto lo había matado y había sido honrado con el Paraíso. Caminaba a lo largo de la Alameda Blanca, entre su madre y Crystal. La había sujetado de la mano, percibiendo la inusual energía que resultaba del contacto entre vivos y muertos. Ignoraba a dónde se dirigían, pero nunca en su vida se había sentido tan seguro.
– El Edén es un sitio tan hermoso que no existen palabras para describirlo –decía su madre con voz tierna y pausada.– Es la Tierra como debió permanecer, de no haber pecado el hombre. El amor de dios se percibe en todos los lugares y la paz es eterna. Tu única preocupación son los seres queridos que aún no te alcanza.
– Debiste sufrir mucho por mí –murmuró Cygnus.
– Toda madre lo hace por su hijo –respondió, sujetándole la mano con más fuerza.– Pero sabía que estabas con personas buenas, y eso me tranquilizaba mucho.
Hyoga desvió la mirada de su madre hacia Crystal, quien sonreía con su gesto reservado, y hacia Isaac, quien venía a su lado. En otro mundo, sabía, serían una familia perfecta: el padre, la madre, los dos hijos unidos no tanto por la sangre como por el espíritu. Al pensar eso, se le ocurrió que la familia podría extenderse. Él tenía otros cuatro hermanos cósmicos y una mujer que deseaba como esposa.
– Amas mucho a esa muchacha, Hyoga –escuchó que decía Isaac.– Es bonita y buena, y se ve que también te quiere.
– Me alegro –añadió Crystal.– No es bueno que un hombre esté solo, ni siquiera si es un Caballero.
La sonrisa de Cygnus se hizo aún más brillante al recordar a la princesa asgaardiana.
– Flare se ha convertido en la luz de mi vida –confesó.– Desde aquel día en que me rescató, no he dejado de pensar en ella. Pero ahora...
Se interrumpió. Ahora, sabía, Flare estaba en peligro, e igual Hilda, Bud, Gunther y los otros Guerreros Divinos. Todo su mundo estaba en riesgo de desaparecer, comenzando por su propia alma, pero él se encontraba dentro del Edén que existía en el Averno, y no quería salir todavía de él.
– Hyoga, es necesario que sepas algo –afirmó su maestro.– Las puertas de los Reinos de los Vivos y de los Muertos han permanecido abiertas más tiempo del debido, y esto está comenzando a afectar a la Tierra.
– ¿A qué se refiere? –preguntó el caballero, reaccionando de inmediato a su deber aunque su corazón lo rechazara de momento.
Crystal miró al frente, como comprobando que siguieran la dirección indicada. Estaban a punto de llegar.
– Cuando regreses a Terra con Atenea, escucharás relatos recientes sobre visiones, fantasmas y espíritus que fueron vistos por todo el mundo, y podrías tomarlo como una fantasía. Hyoga, serán verdad. En este instan te, las almas que dejaron algo pendiente están tratando de regresar a la Tierra.
– No pueden permanecer ahí –añadió Isaac, quien se encontraba alegre tan sólo de ver a su amigo feliz.– A menos que tengan un sustento físico, no podrían lograrlo y quedarían como almas en pena.
– ¿Sustento físico?
– Un cuerpo aún incorrupto.
Hyoga meditó en lo que había escuchado. Esa guerra santa no sólo afectaba a las Órdenes o a los dioses. Dañaba hasta a los muertos. ¿Por qué tendrían que ocurrir tales eventos?
– Si no nos apresuramos –dijo en voz baja– el mundo espiritual se unirá al físico antes d tiempo. Ya no se alterará únicamente el Ciclo de Atenea, sino el mismo de la Vida y la Muerte –y añadió en voz baja– Debemos darnos prisa.
Crystal asintió. Hyoga estaba doblemente consciente de su deber, pero el contacto de la piel de su madre era lo único que lo detenía.
– Tengo que marcharme –dijo, pero por su entonación no era muy claro si era una afirmación o una pregunta.
En eso, el grupo se detuvo ante un paraje donde los álamos estaban formando un círculo. Isaac, ante lo dicho por su amigo, respondió:
– Todavía no. Sólo te falta algo.
Kraken entró en el círculo, guiándolos. Hyoga y su madre lo siguieron, y Crystal fue el último en pasar. Al ver lo que les esperaba, Cygnus se maravilló como si nunca hubiera atestiguado un milagro.
En el centro del jardín, había una hermosa fuente de mármol. Aún cuando había empezado a caer una ligera llovizna sobre el Averno, esa zona estaba protegida por un domo invisible, y el único líquido presente era la cristalina y brillante agua que fluía por sus cinco delicados niveles. En las gotas se reflejaban espectros completos de color, y casi podía jurar que una dulce pero inaudible melodía surgía de ella.
– Esta es la Fuente de Lete, o del Olvido –sentenció Crystal.– Las almas beben de ella parra olvidar el sentimiento que implica encontrarse condenado al Averno.
– Hasta en eso Dios es misericordioso –añadió Natassya.
– Es una vista hermosa –comentó Hyoga, asombrado.
– Pues deberá ser más que eso.
Al comentario final de Crystal, Hyoga se obligó a desviar la vista de la Fuente de Lete hacia él. Su rostro, aunque serio, era alegre a la vez.
– Hyoga, bebe del agua de la Fuente –indicó con voz suave.
De momento, el Caballero no supo si obedecer, aunque en el pasado había seguido a ciegas cada una de sus indicaciones.
– ¿No dijo que esa agua está reservada a las almas? –preguntó.– Yo sigo vivo...
– Hyoga... –murmuró su madre, y no acababa de pronunciar su nombre cuando su hijo ya la miraba de nuevo.– Haz lo que Crystal te ha dicho, por favor. Es lo mejor para ti.
– ¿Para mí?
– Ese maldito de Erina –intervino Isaac– jugó con tus recuerdos y arrepentimientos. No lo notas, porque estamos contigo, pero apenas nos separemos, el dolor volverá a ti.
¿Separarse? Esa frase regresó al Caballero a su realidad, y aunque su mente apoyó tal idea, su corazón se negó.
– Esa fuente trae el olvido, como su nombre lo indica –respondió, como si fuese su único recurso.– Si bebo de ella, olvidaré este momento...
Y añadió, viendo atentamente a su madre, a su maestro y a su amigo.
– No quiero que eso ocurra.
– No vas a olvidarnos, hijo mío –dijo ella, comprendiendo lo que sentía.– Ni tampoco perderás este contacto que debería estarnos prohibido. Pero al fin harás algo que encerraste en ti mismo por todos estos años.
Hyoga la miró en silencio.
– Vas a perdonarte.
Involuntariamente, Cygnus sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Entonces, comprendió que Isaac tenía razón: Erina estaba muerto, pero no sin haberle dejado mucho dolor dentro del corazón.
– Lo siento tanto... –murmuró.
– Nada de eso –interrumpió Crystal antes que su alumno volviera a caer en la trampa emocional que el Guardián le había tendido.– Cuando algo llevó al bien, no hay por qué pedir perdón ni disculparse.
– Pero es que yo acabé con ustedes –insistió en voz todavía más baja.– Yo...
– Los únicos que elegimos nuestro destino fuimos nosotros –afirmó Isaac.– Creo que hablo por todos si te digo que cada uno fue libre para hacerlo.
Se le acercó y, a pesar de sus palabras, su sonrisa fue franca.
– No nos busques en el fondo del mar, en el hielo de Siberia ni en las ruinas de Atlantis –pidió.– No estamos ahí. Estamos aquí.
Y colocó su mano derecha sobre el corazón del Caballero.
Hyoga sintió que su madre lo soltaba, igual que cuando era niño, para permitirle correr con libertad. Trató de honrar su título de Caballero de Hielo al dar tres pasos hacia la Fuente, manteniendo la vista alta. Sin embargo, miró por sobre su hombro.
Los tres seguían esperándolo.
– En el momento en que beba de la Fuente, ustedes regresarán al Eliseo. ¿No es verdad?
– Lo es –respondió Crystal.
– ¿Llegarán ahí sin correr peligro alguno?
– Sí –dijo Isaac.
– ¿Y volveré a verlos?
El rostro de Natassya, tranquilo y hermoso, reflejó la verdad de sus palabras:
– Cuando llegue el momento.
Sin contenerse, Hyoga corrió de regreso hacia ellos, consciente de que quizá sería su última oportunidad por el resto del tiempo. Abrazó a a su madre, intentando contener el llanto. Sintió cómo ella le correspondía a su gesto; como despedida final, la besó en la mejilla y ella lo besó en la frente tras apartar su cabello.
Crystal, en una actitud que nunca se permitió cuando estaba vivo, abrazó también a su alumno y demostró así cuánto lo quería. Isaac al principio se limitó a extenderle la mano, pero Hyoga lo obligó a que lo abrazará también, el pasado olvidado aunque todavía no había probado el agua.
– Ahora, muchacho –indicó Crystal, los ojos brillantes por las lágrimas contenidas– salva a Atenea.
– Lo juro –respondió Hyoga.
– Buena suerte, amigo –dijo Isaac.– Y regresa pronto con Flare.
Cygnus asintió, sonriendo. Antes de dar la vuelta, miró a su madre por última vez.
– Dios te bendiga, Hyoga de Cygnus.
El Caballero inclinó la cabeza, recibiendo su bendición con respeto y amor. Les dio la espalda y se dirigió con paso firme hacia la Fuente.
Por ello, no vio cuando su madre empezó a llorar en silencio. Sabía, la igual que el maestro y que el amigo, que su hijo moriría ese día. Pero si lo hacía en el Averno, su alma sería destruida y nunca podrían reencontrarse.
Hyoga no lo supo. Subió el pequeño escalón que guiaba al primer nivel de la fuente y vio su rostro reflejado en la superficie del agua. Casi sin pensar, metió sus dos manos en el frío líquido y extrajo un poco de ella. Cuando la bebió, sintió como si se estuviera purificando de todos sus crímenes. Tuvo la seguridad de que el Dios en que su madre creía ya a quien le había enseñado a amar lo había perdonado, sin importar cuán grande había sido su pecado, y sus ojos se volvieron cálidos y su sonrisa franca. Al fin sabría disfrutar la vida al máximo, el ayer en el ayer pero también en el futuro. Aguardando y bendiciéndolo.
Al mirar hacia donde sus seres queridos habían esperado, descubrió que ya no se encontraban ahí. Habían regresado al Eliseo.
– Gracias –dijo en voz alta con tono vibrante.– Gracias por todo. No sé cómo lo haré, pero les prometo que nos reencontraremos algún día.
Bajó de la fuente y, sin mirar atrás, dejó el jardín cubierto por álamos. Percibió que también desaparecía que que nunca recordaría el camino hacia él. Lo único que lamentó fue que no podría llevar a sus amigos hacia ella para que el Agua de Lete también los protegiera.
Porque, frente a él, Seiya y Shiryu lo esperaban bajo la lluvia.
“Soy un maldito. Estoy maldito. Fui maldito con un poder que no quiero. nunca debí usarlo ni para salvar mi vida. Nunca debí lastimar a otra persona. ¡Nunca debí matar a otra persona! Ikki... Escila... Sirene... ¡No sabían lo que decían cuando me aconsejaban emplear mi poder y empelarlo!”
Las lágrimas fluyeron libremente por su rostro y cayeron sobre el inmóvil cuerpo de Reda, al igual que las gotas de la aún débil lluvia que empezaban a cubrir el Averno. Shun estaba herido y el veneno no había salido por completo de su cuerpo. No portaba ni su tiara ni sus portacadenas, y sólo sujetaba el broche que había ganado al precio de la vida de su antiguo compañero.
A pesar de que sabía que ya nada se interponía para que entrase al Averno y buscara a Saori, no reunía la suficiente voluntad para continuar su camino. No porque no quisiera buscar a Atenea y salvarla de ese horrible sitio lo más pronto posible –y así cumplir no sólo el encargo de su destino y la voluntad de Lady Perséfone. Era algo más. Era el descubrir que no eres como pensabas, que guardas rencores hacia tus amigos más queridos y que puedes llegar a matar si te decides a hacerlo. La violencia y el odio que Shun rechazó por años habían vuelto, llamándolo en voz alta.
– ¿Por qué me obligaste a hacerlo, Reda? –preguntó en voz baja al cadáver tendido frente a sí.– ¿Tanto me odiabas? ¿Tanto querías ganar?
Un relámpago fue su única respuesta.
– Tenías razón. Ganaste.
– Habrás permitido que te gane si permaneces aquí.
Shun, sorprendido, descubrió que una figura se encontraba a su lado. Era un hombre alto y joven, de piel bronceada por el Sol y rubio cabello que caía por sus hombros. Sus obscuros ojos miraban con pesar al Guardián muerto, pero reflejaron más tristeza al ver al Caballero vivo. Venía ataviado con una túnica azul que tenía el mismo tono de la armadura de la constelación de Cefeo, quien en la mitología había sido padre de Andrómeda y en la realidad había sido su guía espiritual.
– ¡Maestro Albiore! –murmuró Shun.
Aunque no había tenido una relación tan cercana con su instructor como sus amigos, Shun guardaba un especial respeto hacia él. Albiore de Cefeo, responsable del campo de entrenamiento de Isla Andrómeda, lo había sometido a un aprendizaje difícil, con diarias golpizas por parte de sus compañeros porque percibía el enorme poder que había dentro de él, pero , más que eso, la increíble generosidad de su corazón. Pero jamás había intentado aconsejarle que aprovechara uno y negara al otro. Al contrario, dejó que su alumno tomara su propia decisión, guiado por su corazón. El cosmo y el corazón en los que creyó hasta su muerte a manos de Milo de Escorpio y de Afrodita de Piscis.
– Shun, –preguntó, mirándolo a los ojos.– ¿por qué crees que Reda ganó?
Haberse encontrado primero con un compañero y luego con el espíritu de su Maestro ya no sorprendió a Andrómeda, y respondió:
– Porque Reda sabía que, si aceptaba matar, negaría mi principio de no recurrir a la violencia. Además...
No pudo continuar. Eso significaría admitir el rencor que ni él mismo había conocido. Albiore parecía saberlo.
– ¿Recuerdas cuando te marchaste de Isla Andrómeda? –preguntó de nuevo.
Shun asintió. Esa había sido la última vez que vio a su Maestro.
– Me mostraste el poder de la Tormenta Nebular, aunque decías que nadie más lo conocería –afirmó Albiore.– Fuiste a Japón a buscar a tu hermano, pero yo sabía que un gran peligro te aguardaba en otro ciclo que todavía debía cumplirse. Aún así, me quedé tranquilo. Estarías a salvo.
– Nunca he querido dañar a nadie –respondió Shun.– No me gusta la violencia y es lo único en que estoy en desacuerdo con la Orden. Pero ahora...
– ¿Recurres a tu poder para lastimar a los inocentes?
Al Caballero le extrañó la pregunta, pero respondió:
– No. Nunca.
– ¿Has tomado otra causa que no sea defender a Atenea? ¿Has buscado gloria y poder? ¿Lo has usado contra alguien que no te haya agredido primero?
Shun negó con la cabeza.
– O, al contrario, –prosiguió Albiore– ¿lo has empelado cuando ya no te quedaban opciones?
– ¿A qué quiere llegar, Maestro? Usted me conocía tan bien que, aunque no le confesara lo que sentía o pensaba, lo sabía. usted fue el único en conocer la existencia de la Tormenta Nebular por mucho tiempo...
– Porque juraste nunca usar tu verdadero cosmo.
Shun secó sus lágrimas con el dorso de la mano.
– Te has enfrentado a muchos enemigos y peligros en tu vida, y no sólo cuando te amenazaban a ti, sino a Atenea y a tus compañeros –continuó Albiore, cruzándose de brazos.– Y, sin embargo, sólo has utilizado tu ken siete veces, y en una ni siquiera atacaste a otra persona. A cualquier otro, tal poder ya lo habría corrompido. Porque supongo que estás consciente de que, entre tu ken y la Cadena, no habría existido quien te derrotara.
Shun desvió la mirada.
– Lo sé. Por eso nunca los empleo al mismo tiempo.
– Tomaste esa decisión. ¿Vas a cambiarla?
Shun lo miró en silencio, sin comprender a qué se refería.
– Reda te enfrentó a tu lado obscuro. Ya conoces hasta dónde eres capaz de llegar si tu propósito deja de ser el que te ha guiado hasta hoy. ¿Cuál es el que vas a elegir?
– Maestro, yo querría continuar con los principios que tenía, pero... –y tras un breve titubeo, confesó.– No sé si pueda hacerlo.
Albiore no respondió. Shun se sintió en libertad para continuar.
– Entré al Averno guiado por la venganza. Y ahora conozco el rencor que guardo contra mi hermano y contra cada uno de mis amigos. Si vuelvo a aceptar mi misión y continúo mi camino, quizá mi peor pesadilla se realice.
– Y si no lo haces, tus amigos podrían morir a manos de Hades, pero tú te salvarías.
Avergonzado, el Caballero inclinó el rostro.
– Es cierto... –murmuró.– ¿Cómo pude pensarlo?
Por un segundo, ninguno de los dos habló. No había necesidad de ello. Si Andrómeda cedía a su lado obscuro o si permanecía en ese sitio para no arriesgarse, Reda ganaría de cualquier modo. La única opción era sencilla pero dolorosa.
– Reda tuvo razón en que tu corazón no volverá a ser el mismo –afirmó Albiore.– Tu alma, que era pura, se ha manchado por el odio y el rencor hacia lo que amas. Jamás olvidarás eso, ni recuperarás esa inocencia que tan pocos poseen. Debes estar consciente de ello.
Shun no se atrevió a desviar la mirada.
– Ahora, todo depende de ti. Puedes permitir que tu inocencia perdida te marque, te detenga o te amargue, o puedes tratar de superarla aunque quizá nunca lo hagas del todo.
Albiore le extendió el objeto que tenía en la mano. Andrómeda no recordaría en qué momento su Maestro habría recogido los portacadenas o su tiara y los miró inexpresivamente al tenerlos frente a sí.
– ¿Qué decides?
– ¿Cómo puedo superar el rencor que siento hacia mis amigos?
– Nadie conoce su futuro –respondió Albiore.
En voz más baja, Shun preguntó:
– ¿Podré vengar a mi hermano sin perderme más?
– Dependerá de ti.
Casi en un suspiro, el Caballero preguntó por última vez.
– ¿Me perdonarán Atenea y mis amigos?
– De eso estoy seguro.
Y añadió con voz tierna:
– Y sé que June comprenderá.
Sin decir nada más, Shun sujetó los portacadenas y se los colocó; acomodó la tiara sobre su cabello y volvió a unir el broche de Perséfone a su cadenita dorada.
– A pesar de lo que ha ocurrido, tu corazón sigue aventajando a tu cosmo –dijo Albiore mientras su alumno se preparaba.– De ahora en adelante, y por lo mucho o poco que te quede de vida, tendrás que consultarlo antes de actuar. Antes lo escuchabas sin preguntarle.
Shun lo miró a los ojos. Aunque todavía era demasiado poco, habían recuperado parte de su brillo.
– Que sea tu penitencia aceptar tu poder y usarlo con mayor frecuencia. Pero siempre obedece a lo que te diga tu corazón.
– Lo haré, Maestro –respondió sin alegría, mientras se ponía de pie.
Albiore sonrió débilmente. Era la misma despedida de aquella otra ocasión, cuando dejó Isla Andrómeda tras seis años de entrenamiento. Shun, sin decir más, se obligó a responder a la sonrisa; inclinó la cabeza con gratitud y corrió hacia el interior del palacio, no sin antes pedir mentalmente una última disculpa al alma de Reda. Sólo una vez miró hacia atrás y, al alcanzar a ver a ambos, corrió con más rapidez, fijando la vista al frente.
Al doblar una de las esquinas del Tártaro, miró una pequeña puerta cerca de un cuarto. Notó que era muy parecido a aquel en que la llamada Lady Perséfone lo había curado, un cobertizo de jardinería, y se acercó lentamente, esperando la menor reacción de la Cadena Cuadrada. Trató de recordar dónde había escuchado antes el nombre de aquella misteriosa mujer, pero su mente, confundida por el dolor, los sentimientos desconocidos y todavía parte del veneno, no encontró la respuesta.
Apenas estuvo al lado de la puerta, ésta se abrió, como siguiendo la indicación del pendiente. Como la cadena no reaccionaba, Shun entró y se halló en un hermoso jardín interior. Éste se encontraba rodeado por altos muros de cristal que protegían a la multitud de árboles y plantas que ahí creían. Aunque Shun no sabía mucho de jardinería, le pareció que había cada una de las especies que habitaban en la Tierra, todas concentradas en un mismo lugar. A lo lejos, escuchaba el rumor de una fuente que no alcanzaba a ver.
Al mirar bien las plantas, descubrió que podrían ser parecidas, pero no eran iguales a las de la Tierra. “Son copias excelentes, pero copias al fin”, dedujo al prestarles un poco de atención. “No necesitan la luz del Sol ni producen oxígeno. Son simple decoración.” Hasta entonces reparó en que no había flores.
La Cadena Nebular se activó, indicando hacia atrás de él. Shun volteó de inmediato.
– Así que te gusta la jardinería, Caballero Andrómeda –dijo con sarcasmo una figura vestida en armadura negra.– Ahí me tienes, aguardando un guerrero, y lo que llega es un jardinero.
¿Esperándolo? Shun miró al Guardián que hablaba, su piel pálida y ojos transparentes enmarcados por cabello rubio. Sonreía.
– Mi error, sin duda –continuó.– Pensé que l ocurrido daría a tu pusilánime alma un poco más de voluntad. Reda de Hecatónquiro falló miserablemente.
– ¿Cómo lo sabes? –preguntó Shun, sujetando la Cadena. Su hipersensibilidad comenzaba a advertirle algo que no le agradaba.– ¿Quién eres?
El Guardián sonrió con mayor ironía.
– Aquel destinado a terminar con tu estirpe. Primero tu hermano. Ahora tú.
Shun contuvo el aliento.
– ¡Tú eres....!
– Sí. Nox de Hypnos.
Cuando abrió los ojos, se encontró sobre un suelo cuyo material no pudo definir. Se encontraba un poco mareada, producto de haber traspasado un objeto. Pero cómo había logrado hacerlo era un misterio para Sahina, al igual de quién la había sujetado ni por qué Elis de Thanatos la había tratado con tanto respeto.
confundida, se incorporó. Mientras lo hacía, intentó descifrar alguno d los tres enigmas, sin conseguirlo. A su alrededor sólo había obscuridad cubierta de neblina, y así le pareció lo que hasta entonces había vivido. Distraída, pensó en cómo había sido enemigo de Seiya y ahora era una de sus principales aliadas. Shaina misma no estaba segura de cómo había cambiado su destino de un extremo a otro, pero sí sabía el precio que había pagado. La vida de Casios.
Sólo una persona antes de Thanatos la había tratado con tanto respeto, y había sido su único alumno. Y ahora que estaba muerto, a veces sólo se preguntaba para qué había sacrificado su vida, si el mundo permanecería exactamente igual si ella hubiera muerto.
Tratando de evitar ese pensamiento y de ignorar a su corazón, se aproximó al muro que había traspasado. Tenía que regresar con Jabu lo antes posible. Si Elis de Thanatos era tan poderoso como Seiya le había dicho, y después del extraño fenómeno que lo había afectado, era muy posible que el Guardián lo matara. Jabu no tenía una armadura de plata ni un cosmo dorado, y menos aún había descubierto el Séptimo Sentido. Además, en cierta forma, también era alumno suyo.
El muro era completamente sólido a su tacto. Shaina estuvo a punto de lanzarle su ken para intentar destruirlo, pero hasta ella llegó un sonido ahogado. Alcanzaba a escuchar a lo lejos las palabras de Elis y de Jabu.
– No sólo eres estúpido, sino también insolente y muy poco inteligente –decía el Guardián de Thanatos.– Voy a reducirte al nivel de recuerdo en un par de segundos.
aunque Shaina no pudo verlo, podría jurar que Jabu se había enfurecido al oír esas palabras.
– ¡Deja ya de hablar y demuéstralo! ¡Si eres tan poderoso, atácame!
“¡No seas tan imprudente, Jabu!”, pensó Shaina, apretando los puños.
Pero, ¿por qué no había de entenderlo? No sólo era alumno de Seiya, a quien había considerado su rival por años, sino que sentía que tenía que demostrarle a todos, y sobre todo a sí mismo, que era un Caballero digno, como los demás.
Hubo un instante de silencio. Cuando Elis habló de nuevo, su tono estaba lleno de burla.
– Soy mucho más poderoso que tú y eres un perfecto imbécil si le pides a un Guardián del Estigio que te ataque. ¿Quién eres, de cualquier manera? ¿Y no me digas que eres el Caballero del Unicornio, porque a veces ni tú mismo te lo crees!
Jabu no respondió. Shaina comprendió que ni él mismo estaba seguro de quién era, y lo siguiente que escuchó confirmó su pensamiento.
– ¡Mírate a ti mismo! ¡No eres más que un Caballero d bronce, tu cosmo en el nivel más básico de entre tu grupo! ¿O crees que sólo porque has estado rodeado de Santos y Caballeros de Plata ya eres uno de ellos? ¡Despierta!
De nuevo, le respondió el silencio, y Shaina lamentó no poder ver a su compañero para pedirle que no lo escuchara.
– Además, –continuó Elis– parece que te golpearon hace poco. No estás en tu mejor forma. Espero que no pierdas de vista que, si peleamos, voy a deshacerte.
“¡Jabu, di algo!”, pensó la joven. “¡No dejes que te humille!”
– La muerte no suele ser misericordiosa, y no debería serlo aquel que está protegido por ella. Pero ella te acompañaba, y en consideración a quien es, te dejaré marchar. Sal de Averno, ahora.
Shaina percibió que Elis desactivaba su cosmo y, después, escuchó pasos que parecían marcharse. Sin querer, suspiró, aliviada. Al menos no le ocurriría nada a Jabu. Podría buscar la salida de ese extraño lugar y reunirse con él. Dio la vuelta, lista para irse.
– Un momento.
Aunque sus palabras no iban dirigidas a ella, también se detuvo. Jabu, el orgullo notorio en su voz, afirmaba:
– Puede que sea un Caballero de Bronce, justo como lo mencionaste, y que haya sido acompañado por la señorita por la cual me dejarás marcharme. Y también es cierto que, si peleo contra un Guardián del Estigio, seguramente moriré.
Casi podía percibir la digna figura del Unicornio, aunque el muro impedía que pudiera verlo. Aún dentro de su preocupación, Shaina se sintió conmovida.
– Si soy tan indigno de mi constelación protectora y de los maestros que me instruyeron y de la joven que venía conmigo, entonces no merezco vivir.
Los pasos se detuvieron en seco.
– ¿Estás pidiéndome que te mate?
– Sí y no. Un Caballero nunca busca la muerte sencilla.
Una leve vibración cambió en el aire. Shaina comprendió que Jabu continuaba tratando de elevar su cosmo.
– Trata de matarme, Elis de Thanatos. Si he sido tan miserable durante toda mi vida, al menos déjame obtener un final honroso. ¡No en la huida, sino en el combate!
Contra su voluntad, Shaina se soprendió de la actitud del Caballero. Tal vez Elis también, porque su siguiente respuesta no fue tan rápida ni tan segura.
– ¿O me dirás, Elis de Thanatos, que no te atreves?
Shaina contuvo el aliento. Jabu había cometido una estupidez. Y, sin embargo, admitió que Seiya y ella habrían actuado igual.
– Que sea como tú quieres –sentenció Elis con voz sombría.
Otra vibración llenó el aire, indicando que el Guardián había vuelto a activar su aura. Inmediatamente después, se lanzó un ken y se escuchó un impacto contra otra sección del cuarto.
– ¡Jabu! –gritó, golpeando la pared que los separaba.– ¡Jabu!
Otra descarga fue su única respuesta. Shaina comprendió que no podía perder más tiempo y, sin dudar, dio la vuelta y corrió en busca de alguna salida. Si la encontraba, no sería difícil dirigirse a la biblioteca y evitar que Jabu muriera. Aunque tal vez...
Había dado una decena de pasos cuando vio un destello de luz entre la niebla y la obscuridad. ¡Eso esa! Se dio más prisa en alcanzarlo y, cuando llegó a la luz, entró en ella. Sólo que no encontró la salida que había esperado. Era otra habitación.
Al principio, le pareció que las paredes estaban cubiertas de espejos por el brillo que reflejaban, pero cuando los miró con más cuidado, descubrió que los destellos no eran productos ni del cristal ni del metal. Eran miles de millones de finísimos cordeles, unos colocados junto a otros en amplios telares. Decenas de ellos estaban colocados sobre cada uno de los cinco muros de la cámara. Cada cordel crecía sin salir de su propio espacio, y había tantos que supo que le llevaría años contarlos, aunque para entonces de seguro habría más.
Pero no encontró solamente telares.
Tres mujeres estaban sentadas ante telares y ruecas. Hilaban, medían y cortaban cordeles. En ese instante, se detuvieron. Una de ellas, la más joven, se levantó y se dirigió hacia la recién llegada, su larga túnica negra cubriéndola hasta el suelo.
– Bienvenida, hermana. Te estábamos esperando.
“¡Señor, cualquiera que sea Tu Nombre, no te suplico que nos apartes de la muerte ni que esta carezca de dolor! ¡Si hemos de morir, sólo permite que sea con honor y cumpliendo la misión que tú nos has encomendado!”
¿De dónde había sacado Flare la fortaleza suficiente para no retroceder ni un centímetro ante la amenaza de Hades? Ella misma lo ignoraba. Quizá diría que el valor supera a la fragilidad cuando todo lo que amaba estuvo a punto de desaparecer: su hermana, sus amigos, Hyoga adentro del Portal.. Todos eran su motivación y apoyo y la principal razón por la cual no soltaba la Espada de Balmung, ayudando a Hilda a sostenerla. La joven avatar se había repuesto lo suficiente para volver a ponerse de pie, y su cosmo volvía a ser tan brillante como de costumbre.
A su alrededor, continuaba la victoria, e indirectamente eso les daba más fuerza. En un espacio limitado, el Aro de Brynhild se unía a la Luz de Hela; Midgard vibraba mientras la Música Nocturna determinaba el compás del Trazo del Martillo Estelar, y la Garra del Tigre Vikingo se confundía con el Trankappe para proteger a las dos Valkyrias. La energía que cada uno de los Guerreros Divinos había activado impulsaba a Hilda tanto en su cosmo como en su espíritu. Su mirada había vuelto a ser desafiante, la espada de Balmung brillando igual que sus ojos. La única vez en que los kens de sus guerreros se unieron fue en la Batalla de Asgaard, y ese día todos perdieron sus jóvenes vidas. “Sé que tú y los demás están viendo esto, Sigfried”, pensó, decidida. “Te juro por Odín que no permitiré que mi debilidad sea la causa de una sola muerte más.”
La luz negra que la rodeaba no había desaparecido ni disminuido, pero ella la resistía sin titubear. La amistad, el deber y el recuerdo eran como el fuego en su alma, y cuando el fuego se extinguiera, ella moriría. Pero había una diferencia entre morir y dejarse morir, e Hilda tenía la determinación suficiente para demostrarlo.
“¿Todavía sigues luchando, Hilda de Polaris? ¿Acaso no comprendes que es inútil?”
Hilda abrió los ojos, pero no vio a nadie frente a sí. La voz de Hades se dirigía a su cosmo, sin necesidad de proyectar su figura aunque no había salido de la Cámara de Cualquier Parte.
– Si ver esta lucha como un sacrificio inútil es comprender, prefiero permanecer en la ignorancia, milord –respondió.
Flare alcanzó a oírla. Para su sorpresa, también lograba escuchar la voz de Hades.
“Hablaste de la Batalla de Asgaard y de la deuda que guardas con Atenea. Lo que no mencionaste fue la muerte de los Siete Guerreros Divinos de Odin a manos de la Orden del Zodiaco. Supongo que los recuerdas.”
Hilda trató de mantenerse impasible, pero su corazón no logró permanecer inmune al dolor.
– Jamás podré olvidarlos. Fue mi culpa me murieran.
“¿Y aún así defiendes a Atenea?”
– Ella y sus Caballeros no fueron más que el instrumento –confesó, su voz triste.– Yo fui quien los mató, aunque no con mis propias manos. Ellos cumplieron su deber a pesar de lo ilógico de mis órdenes o de mi conducta. La única que fue lo suficientemente desconfiada para traicionarme está a mi lado, y a a ella se le debe la salvación de Asgaard.
Si hubieran estado en otra situación, Flare se habría ruborizado y sonreído. Su hermana jamás había sido lo anterior, no por ingratitud, sino por negarse a recordar en voz alta aquel horroroso día.
– Si persistes, Hilda de Polaris, serás responsable no sólo de siete muertes, sino de otras siete más, de la de tu hermana y finalmente de la tuya –amenazó Hades, aunque cierto pesar se notaba en su voz.– Una vez que deje la Cámara, dejaré de observarte y mis daimons reflejarán mi poder. ¿Es eso lo que quieres?
Hilda no respondió. ¡Claro que no deseaba eso! Ya era demasiado llorar siete pecados en su alma para perder a su querida Flare y a los jóvenes que, conociendo el riesgo, se habían atrevido a convertirse en los nuevos Guerreros de Odin. Pero Atenea, los Ciclos futuros, el mundo mismo estaban en peligro, y la Avatar entendió que la decisión de sacrificarse nunca le había pertenecido del todo.
– ¿Has decidido? –preguntó Hades.
– Si pudiera, milord, le juro que entregaría mi vida a cambio de la de todos ellos. Jamás los habría arriesgado de haber estado en mí. Sin embargo...
Hades permaneció en silencio.
– Creo que no es necesario que externe mi respuesta, milord –afirmó Hilda con orgullo.– Ya la conoce.
El cosmo que la rodeaba vibró en una frecuencia diferente. ¿Había arrepentimiento o dolor en él? Aunque no lo confesaría, Hilda comprendió que el Señor de los Muertos estaba dispuesto a ganar su triunfo al precio de su condenación, y esas victorias son por completo amargas.
– ¿Por qué me has obligado a esto? –preguntó con voz ronca.– ¿Tanto deseas morir?
La orgullosa Valkyria no contestó, pero tampoco pareció lamentarse por su destino.
– Yo no elegí tu condena, Hilda de Polaris. Fuiste tú.
El cosmo que comunicaba a ambos se disolvió, aunque la influencia del aura negra continuaba. Hilda entendió que no volvería a hablarle y que lo que había decidido ya no había forma de evitarlo. “Odin, perdóname”, rezó tristemente. “He vuelto a condenar a los míos por no poder enfrentarme a un dios.”
Su temor no era infundado. Apenas se cortó la comunicación, el cosmo negro se extendió a los daimons, cubriéndolos y dándoles nuevas fuerzas. Abajo de las máscaras de todos los que estaban en esa zona, brilló una luz amarilla y helada, y a la obscura aura permaneció en ellos, concentrándose en sus manos.
– ¿Qué demonios....? –murmuró Bud, dando un paso hacia atrás. Alcanzó a percibir un descontrol semejante en sus compañeros. A su espalda, Gunther volvió a hacerse visible y contuvo el aliento.
La marca rojiza del veneno desapareció de los soldados de hades. En sustitución, apareció una luz negra, del mismo tono del que está hecha la desesperanza.
– Amigos... –dijo Heimdall, palideciendo.– Creo que...
De las manos de los daimons empezaron a brotar ataques, provenientes del poder de su Señor. Aunque no peleaban contra Caballeros ni contra Guardianes, los Siete supieron que ya no se enfrentaban a simples soldados.
Cada uno apenas evadió el ken que les había sido dirigido. Erich colocó su martillo a forma de escudo, sintiendo la vibración que provocó en su superficie. Heimdall logró disminuir la velocidad de la ofensiva con música, más no detenerla, y al final tuvo que apartarse. Balder, usando la luz de Hela, transformó a sus emisores en cristal, mas no bastaba para acabar con todos los daimons. Hildebrand rogó a los espíritus del Midgard que viniesen en su ayuda, pero a pesar de que logró inmovilizar a los soldados, no ocurrió igual con sus ataques, aunque logró desviarlos a donde no causaron daño. Dietrich intentó, ahogar los rayos negros con fuego, pero no era suficiente destruir uno cada vez.
“Ahora sí es el final”, pensó Bud, cortando los rayos obscuros con la Garra del Tigre Vikingo a la mayor velocidad de la que era capaz. “Vamos a morir, Syd, y al fin podremos encontrarnos y ser los hermanos que debidos ser.” Y apretando los dientes, añadió, “Lo siento por nuestros padres, pero Asgaard es primero.”
Hilda se obligó a sí misma a no mirar hacia atrás y ver únicamente la Espada Balmung. Alcanzaba a escuchar cuando uno de los Guerreros Divinos era rozado por la obscuridad indirecta de Hades, pero ni así dejó de rezar para mantener abierto el Portal. La única diferencia era que en su oración a veces se intercalaba la palabra “perdónenme.”
Flare, en cambio, miró a los muchachos, tristeza y desesperación en su expresión. Sus rostros ya no eran los mismos. Eran los de Hagen y sus compañeros. “¿Es así como siempre debe acabar todo? ¿En la muerte y en los sueños rotos?” y, sin darse cuenta, también se preguntó: “¿Es este realmente nuestro destino, Hyoga? ¿El futuro que te negaste a planear? ¿Fue por esto?”
Gunther había estado evitando que ninguno de los rayos se acercara a las Valkyrias. Ignoraba que sus pensamientos eran idénticos a los de Flare, y se preguntaba si le correspondería (indignamente) compartir el destino de los primeros Siete, y si al menos Cygnus se sentiría satisfecho de sus alumnos. “Sé lo que sientes por Lady Flare, Hyoga”, pensó. “Te juro que primero me matarán a que le hagan daño.”
En eso, un daimon se detuvo exactamente frente a él. Antes de que el Guerrero de Alpha-Dubhe lograra evitarlo, disparó un rayo hacia las hermanas, la obscuridad opacando de momento sus blancas auras.
No había tiempo para contraatacar ni desviarlo. Sólo quedaba algo por hacer.
Flare sintió que la sangre se le congelaba al escuchar un grito cerca de ella y, peor aún, ver la causa. Gunther se había interpuesto entre las Valkyrias y el daimon, recibiendo el ataque directamente en el pecho. Quiso llamarlo, pero la voz no salió de su garganta cuando el joven se desplomó s sus pies, todavía intentando levantarse aunque fluía sangre de entre sus labios. Bud, furioso, atacó al daimon hasta que se alejó de ellas.
“¡No, esto no puede ser nuestro destino!”, pensó Flare, agitando la cabeza. “’¡El Dios del que Hyoga tanto hablaba es un dios de amor, no de guerra ni violencia ni muerte! ¡Esto es un error, y .lo será más si permitimos que siga así!”
Sujetó con fuerza la Cruz del Norte. Y en ese momento, su cosmo se elevó al máximo, casi sosteniendo por sí mismo la Espada de Balmung. “¡Señor, que yo sea Tu instrumento, pero demuestra que los dioses están en el error!”
En el pasado, Seiya se sintió feliz de sólo reencontrarse con sus amigos. Fuera en el Templo de Atenea, en el Altar a Odin o en la Cámara de Poseidón, y a pesar de los difícil de la situación, su corazón había saltado sólo de saber que estaban bien. Pero, pro primera vez, no encontró la alegría del ayer. Antes, su alma se cubrió de pesar y de impotencia al ver cómo Hyoga se les acercaba a Shiryu y a él.
Porque sabía que él y sus amigos iban a morir. Y que no podía, no DEBÍA, advertirles de su futuro y de la pérdida de sus almas.
Trató de no pensar en ello y menos aún buscar en el aura de Hyoga la alteración de la que Caronte había hablado. No le fue en exceso difícil gracias a la expresión de su compañero. Sonreía, sus ojos tan cálidos como nunca lo habían sido. Lo habían seguido a él y a las almas que lo acompañaban hasta un jardín de álamos. Seiya había querido entrar, pero Shiryu (prudente como de costumbre) lo impidió. Sabía que Hyoga regresaría en poco tiempo. Lo que no imaginó fue que el cambio en el Caballero de Hielo fuera tan notorio.
– ¡Amigos! –exclamó, acercándoseles.– ¡Qué bueno volver a verlos! Temí que algo malo les hubiera ocurrido.
– ¿Te encuentras bien? –preguntó Seiya, extrañado ante su actitud.
Hyoga sonrió, confundiéndolo más.
– Estoy mejor que nunca.
Pegaso siguió igual de sorprendido, pero Dragón correspondió a la sonrisa. Había recordado otro cambio semejante en Cygnus, aquel día en el Santuario, cuando Shun elevó y quemó su cosmo con tal de devolverle la vida. Había sido la primera vez que Hyoga había llorado abiertamente, sin intentar ocultarlo, y que sus ojos habían empezado a perder su frialdad, pues había descubierto que tenía amigos que lo amaban. Quizá, si tuvieran la oportunidad, Shiryu podría explicar los tres cambios en su compañero (la Casa de Escorpio, el Combate contra Beta y lo que imaginaba como su reconciliación con sus seres queridos), cada uno sanando su corazón.
Pero no tenían tiempo.
– ¿Encontraste la última puerta? –preguntó.
Hyoga negó con la cabeza.
– No me parece que se encontrara allá –opinó, señalando hacia donde había estado la Fuente de Lete.– ¿Tampoco la han visto?
– Esto comienza a hartarme –confesó Seiya.– Ya hemos perdido demasiado tiempo y todavía no podemos entrar al Tártaro. Hades debe estar atacado de la risa.
– Pues será el único que se ría –dijo Shiryu, cruzándose de brazos.– Demasiada gente depende de nosotros.
Atenea, Hilda, Flare, los Guerreros Divinos, Marine... Lo que Dragón no se atrevió a hacer fue a añadir a Sunrei a la lista, pero un mal presentimiento empezaba a dominarlo.
… ¿Qué podemos hacer?
Ante la pregunta de Hyoga, Seiya encendió su cosmo. Su aura, al contrario del pasado, era casi completamente dorada, un delgado filo azul en su borde.
– No sé si mi idea resulte... ¡No, tiene que resultar! –exclamó, más para sí que para sus compañeros, a quienes volteó a ver.– Ya una vez activamos nuestros cosmos al máximo y los unimos y logramos destruir el Soporte Principal.
– Esa vez nos protegieron los tresors de Aioros y de nuestros Maestros –completó el joven Dragón.– Hoy no los tenemos, pero hay que intentarlo de todos modos.
– Peor no podemos estar –concluyó Cygnus.
Los dos imitaron a Pegaso y llamaron a sus cosmos. Al igual que el suyo, sus colores eran dorados, un leve destello verde y otro blanco indicando cuáles habían sido sus tonos originales.
– Intentémoslo primero con nuestros ataques básicos –sugirió Shiryu.– No sabemos si Hades nos vigila, y más vale no recurrir a nuestro poder máximo antes de tiempo.
Seiya y Hyoga asintieron, y cada uno preparó su primer ataque en silencio, trazando sus respectivas katas. El primero miró hacia el Palacio, al cual ya alcanzaba a ver por encima de la muralla. “Saori, aguarda un poco más”, pidió mentalmente. “Estamos tan cerca de ti que casi puedo sentirte. Tu espera ya no será larga, te lo prometo.”
Sin ponerse de acuerdo, los tres gritaron a la vez:
– ¡Lluvia de Meteoros!
– ¡La Cólera del Dragón!
– ¡Polvo de Diamante!
La luz que emanó de los tres se dirigió hacia un solo punto en la muralla, y fue tan intensa que apenas se obligaron a no desviar la mirada. Sin que ellos lo supieran, sus armaduras habían vuelto a tornarse doradas, e igual relució el muro de bronce ante el cosmo combinado de los tres caballeros.
Sunrei no había dejado de orar ni un segundo, tanta su angustia que se había olvidado de comer o dormir. En lugar que el paso del tiempo la tranquilizara, se sentía más nerviosa a cada instante. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero sentía que había sido demasiado.
Era tal el silencio en aquella cámara que, aunque imaginaba que una batalla se sostenía en lo más alto del Santuario, no alcanzaba a oírla. El crepitar de las antorchas era el único sonido que percibía y, por supuesto, había dejado de prestarle atención.
Por eso, oyó claramente el resonar de botas contra el suelo. No eran metálicas, como las armaduras de todas las órdenes. Más bien, lo que resonaban eran espuelas o algo parecido. ¿Qué podría ser?
Se dirigió a la puerta de la Cámara y se asomó. Lo que vio fue una escolta de unos cinco daimons que habían entrado a ese lugar y caminaban por el pasillo. Sus rostros cubiertos y horribles trajes hicieron que contuviera el aliento, llevándose las manos a la boca para no gritar.
– Está por aquí –dijo uno de ellos.
Sunrei no tenía modo de saber qué era lo que buscaban, pero su intuición le dijo que era muy posible que estuviera relacionado con ella. Uno de los daimons olfateaba el aire como lo haría un lobo; cuando puso mayor atención hacia esa cámara, Sunrei se ocultó en las sombras, incapaz de pensar. ¿Qué iba a hacer? Si fuera una amazona, sabría cómo combatir o al menor cómo defenderse, pero no había sido más que la hija adoptiva de un Santo. ¡Si tan sólo estuviera Shiryu en el Santuario!
Pero no, sin el Anciano Maestro y sin Shiryu estaba completamente sola. Y no había más que hacer que tratar de escapar.
Tratando de no provocar ruido, Sunrei se dirigió al otro extremo de la cámara. La luz de la luna se colaba a través de un delgado ventanal, apenas lo bastante ancho para que lograse pasar por ahí. Sin dudar, se estiró lo más posible hasta que alcanzó el marco, el golpetear de las botas cada vez más cerca. Una vez que lo tocó, se impulsó hasta sentarse sobre el muro y, con cuidado, giró hacia el exterior. El suelo no se encontraba a gran altura.
En ese instante, los daimons entraron en la Cámara.
– ¡Es ella! –gritó el rastreador.– ¡Atrápenla!
Por un segundo, Sunrei se quedó congelada en el marco. A pesar de haber vivido rodeada por integrantes d la Orden, su inocente alma desconocía el horror y la maldad que se presentaban ante ella, e incluso si esos daimons no habían sido cubiertos por la obscuridad de Hades, no por ello dejaban de ser peligrosos. Sólo hasta que uno de ellos se abalanzó en su contra se arrojó hacia el exterior.
Cuando cayó, no logró contener el equilibrio y tropezó. Escuchó que los daimons corrían adentro de la Cámara, y se obligó a sí misma a levantarse y correr. Ignoraba qué dirección tomar ni hacia donde huir, pero corrió tan rápido como sus piernas y el miedo le permitieron hacerlo.
El golpe del metal contra el suelo le indicó, al igual que los aullidos, que los daimons habían saltado por la ventana para perseguirla. En su temor, no pudo preguntarse qué era lo que querían de ella, pero haber sido atacada por Deathmask de Cáncer en el pasado evitó que se sorprendiera. Lo único que podía pensar era llamar mentalmente a Shiryu, aunque no podía ayudarle.
Sin detenerse, salió del área de las Cámaras secundarias, los daimons cada vez más cerca a pesar de sus pesados ropajes. Sin querer, Sunrei cerró los ojos al escuchar un aullido mucho más cercano. “¡Ayúdeme alguien, por favor!”
Por reflejo, abrió los ojos al sentir que una persona frente a ella le cerraba el paso. Se detuvo al descubrir que no era una, sino dos; la que tenía enfrente la sujetó por los hombros, rápidamente colocándola atrás de ella en un gesto de protección.
– No te preocupes, Sunrei –afirmó June, mirando a los daimons sin expresión alguna.– No permitiremos que te pase nada.
Marine, su voluntad sosteniéndola más que su fuerza, estaba a su lado. Su intervención tan inmediata (¡tan necesariamente inmediata!) había impedido que formularan algún plan de ataque; lo único que vio fue a los daimons, encendiendo sus manos, correr hacia las tres, y supo que esta vez nada podría salvarlas.
“¿Qué se supone que debo sentir?”, se preguntó Shun mirando boquiabierto a Nox de Hypnos. “He ahí al hombre que dañó a Ikki a tal grado que lo condujo a su muerte. Juré matarlo, no sólo a mí mismo, sino a mi hermano en nuestra última promesa. ¿Por qué no lo encontré antes que a Reda? Si hubiera sido así, no tendría dudas. Pero si acabo de matar a un antiguo compañero, y sé que he conocido el odio y estuve a punto de perderme, ¿cómo puedo cumplir mi juramento?”
El Guardián continuaba sonriendo, la cabeza alzada en un gesto de desdén. Aunque estaban dentro del Palacio, nadie se percató de que en el jardín había un intruso.
– Reda de Hecatónquiro hizo un tal trabajo –sentenció con fingido desinterés.– Se suponía que, o te mataba o prácticamente te convertía en un monstruo, y no hizo ninguna de las dos cosas. Qué triste.
Shun no reaccionó. Su corazón palpitaba con fuerza en sus oídos, su alma, que antes le había aconsejado pelear (o, en el caso reciente, matar) no podía decidir. Quizá no por piedad, de eso estaba consciente. Más bien, por el reflejo de convertirse en aquello que vio en su pesadilla.
– ¿Por qué no me atacas? –preguntó Nox, su voz suave semejante a la de una serpiente que empieza a hipnotizar a su presa.– ¿No soy yo acabo el culpable de tu sufrimiento? Según lo que vi en Fénix, tus ojos antes eran brillantes y tiernos. Ahora lucen opacos y hay maldad en tu interior.
El caballero no pudo responder. En sus recuerdos, escuchaba la voz de Ikki advirtiéndole que la entrada al Averno lo haría vulnerable, que los Guardianes del Estigio no lo atacarían sino con la mente, que no le permitiera a Nox de Hypnos nada de él... Pero lo único que logró murmurar fue;
– Tú mataste a mi hermano.
– No, Shun de Andrómeda–continuó Nox, avanzando lentamente hacia él.– Yo no maté a tu hermano. Él se suicidó. ¿Que no lo recuerdas?
La hipersensibilidad del caballero le advirtió que el Guardián intentaría hacerle lo mismo que a Ikki, que iba a tratar de robarle un fragmento de memoria. “¡Atácalo, o por lo menos escapa!” Más permaneció inmóvil, como la presa ante la serpiente.
– He descubierto que tú no tienes un recuerdo exclusivo sobre una sola persona, muchacho –prosiguió Nox, cada vez más cerca.– Todos tus seres queridos se conocieron entre sí, así que quitarte la imagen de uno de ellos sería inútil. No como con tu hermano.
Los ojos de Shun se estremecieron. Las dos cadenas se habían colocado en guardia, pero sin una reacción del Portador, no servían de mucho.
– Quizá pueda hacerte un favor –sentenció, deteniéndose a un paso de él, y extendiendo la mano hacia su frente.– Puedo liberarte del instante en que Fénix se cortó las venas y encendió su propia pia, sin importarle cuánto sufrieras. Te quitaré de la memoria su grito de agonía y el espacio vacío que dejó.
Apenas centímetros separaban sus dedos de la frente de su enemigo.
– Algún día me lo agradecerás.
Shun había visto el vacío en los ojos de Nox, y eso lo había hecho incapaz de moverse o siquiera apartar la mirada. Supo que no tenía escape.
Un sonido semejante al del cristal se escuchó de repente. Los plateados eslabones cuadrados fluyeron con la velocidad del relámpago. Nox apenas dio un paso hacia atrás al interponerse entre él y su presa, y sólo el que Andrómeda no hubiera ordenado un ataque impidió que fuera herido. Shun, a la vez, se liberó del control hipnótico del Guardián, y también retrocedió. La cadena, al percibir que el peligro había pasado momentáneamente, regresó al portacadenas y permaneció quieta.
– ¡Eres un estúpido, Andrómeda! –gritó Nox, su voz carente de suavidad.– ¡Te ofrezco robarte tu infierno y te niegas!
Shun negó con la cabeza, sus ojos mostrando que la hipnosis había desaparecido.
– ¡Quizá tengas razón, pero no debe ser!
Hasta él mismo se sorprendió de sus palabras.
– ¡Amo a mi hermano con todas mis fuerzas, incluso aunque esté muerto e incluso aunque se haya suicidado frente a mí! –confesó.– Creí que podría odiarlo, ¡pero me es imposible! Si me robas ese recurso, me quitarás el momento en que me pidió que lo vengara, ¡y más aún, parte de mi vida aunque no me guste!
Contra lo que pensaba, Hypnos sonrió. No había tanto deleite en su expresión como antes, pero continuaba disfrutando su combate.
– ¿Quieres decir que intentarás matarme?
Shun asintió.
– Si me matas, te perderás definitivamente –sentenció el Guardián.– Conociste el odio y continuarás con el crimen. ¿No temes a la penitencia que enfrentarás?
– Yo no importo –murmuró Andrómeda.– Si mi alma muere, es una pérdida menor. La promesa que le hice a mi hermano es primero.
Nox se echó a reír. Apenas se contuvo un poco para exclamar:
– ¡Qué hermoso ejemplo de amor fraternal! ¡Ikki estaría orgulloso de ti! ¡Pero también lo lamentaría!–y con tono más siniestro, añadió.– Nunca podrán encontrarse. Tu alma será destruida.
Encendió s negra aura, condensándola en un rayo muy parecido al que Hades producía:
– ¡Luz Negativa!
– ¡Cadena de Andrómeda! –gritó Shun en reflejo, activando su cosmo y armadura.
A su orden, nuevamente los eslabones se multiplicaron, dirigiéndose a atacar a Nox. En aquel momento, Shun no pensó tanto en vengar a Ikki como en defenderse a sí mismo. Sin embargo, una carencia total de luz rodeó a las Cadenas, ahogando su plateado brillo. Ni hay rayo de sol que pueda superar a la noche, y lo mismo ocurrió con el ken de Nox.
– Dios mío... –murmuró Shun al comprender qué pasaba.
La armadura del Guardián, a diferencia de la de Reda, carecía del reflejo de la noche estrellada, y por alguna razón, supo que era la única de entre las siete que presentaba tal alteración.
La Cadena quedó suspendida en el aire, sin moverse pero sin rendirse tampoco. Por más que Andrómeda encendió su cosmo, más dorado que magenta por vez primera, su arma permaneció congelada. “¡Esto será más difícil de lo que pensé, Ikki!”, confesó mentalmente.
– Lo que te va a ocurrir se lo deberás a tu amado hermano –sentenció Nox, volviendo a liberar la energía que había contenido un instante.
La Luz Negativa se enroscó alrededor de la Cadena y, a gran velocidad, se dirigió hacia Shun. Éste no logró evitar que el ken lo rodeara, iniciando por sus brazos e inhibiendo su cosmo, sin extinguirlo. Sintió como si un par de enormes manos lo sujetaran por el cuello, tratando de ahorcarlo. Le faltó el aire y apenas si notó cuando el ken, al no lograr ahogar su aura por completo, se estrellaba contra él y lo arrojaba hacia atrás.
Shun golpeó de espalda contra uno de los cristalinos muros del invernadero, que se quebró por el impacto. Miles de fragmentos de vidrio cayeron sobre él, provocándole múltiples heridas en todo lugar que no protegiera su armadura. De milagro no lo mataron, y eso sólo porque su cosmo estaba activado. El veneno, su combate con Reda y el ken de Hypnos habían sido demasiado, y aunque intentó levantarse, apenas alzó la mirada. La sangre que emanaba de una cortada en su cabeza le ocultó de momento a Nox, quien se le aproximaba.
– Eres más fuerte de lo que creía y menos perverso de lo que esperaba –afirmó, arrodillándose y sin apagar su cosmo.– Ya no deberías respirar siguiera, y en cuanto a mi ken, no te habría dañado tanto si Reda hubiera cumplido su promesa.
“Nii-San...”, alcanzó a pensar, su mente también sumergiéndose en la obscuridad. “La promesa... Yo... Voy a ...”
– No te preocupes –concluyó el Guardián, tomando un afilado fragmento de cristal entre sus dedos.– Tu hermano cegó su vida con un golpe de espada de su propia mano.
Sonriendo con maldad, alzó el cristal como si fuera una daga.
– Lo menos que puedo hacer es acabar contigo del modo más parecido posible.
E impulsó su brazo.
Un sonido seco se escuchó en el invernadero. Pero no fue el del vidrio que se clava en la piel y destruye una vida, sino el del cristal que se reduce a astillas.
Nox, sin levantarse, vio polvo cristalino cubriendo su mano. Sólo sus guantes lo habían protegido. Shun había dejado caer el rostro contra el suelo, y aunque no se movía, respiraba y estaba consciente.
Notó que un objeto se había clavado en uno de los troncos cercanos a él.
– La joven no tenía más de diecisiete años, no era muy alta pero sí esbelto. Su cabello rubio caía por debajo de sus hombros y olía a flores frescas. Su piel era blanca y suave, apenas dorada por el Sol de aquel maldito lugar. Sus ojos tenían ese tono azul verdoso tan poco común, y eran la mayor fuente de luz de mi vida, justo como otros ojos parecidos me habían conducido a ese sitio.
Era una pluma de ave... Hecha de metal.
– La conocí en Death Queen Island, donde vivía como una flor en medio del fuego. Sólo ella evitó que me convirtiera en el monstruo que pude llegar a sí. El mismo que fui cuando, en un descuido mío, su propio padre la mató sin mostrar arrepentimiento. Ella se convirtió en mi razón de ser, su suave sonrisa y su dulce voz guiándome aunque estuviera muerta, nombrándome Caballero de la Esperanza.
En el otro extremo del invernadero, surgió un cosmo. Tenía el color del fuego.
– ¿Qué fue ella de mí? ¡Qué no hubiera querido que fuera! La amé con todo mi corazón y ella también me amaba, pero jamás me atreví a tocarla por temor a que su padre le hiciera daño. Sólo una noche, en que mis heridas eran tan dolorosas que no podía levantarme y que mi dolor era tan profundo que quería morir, ella me abrazó tímidamente y no se marchó de mi lado hasta poco antes del amanecer. ¿Cómo no querías que fuera el centro de mi vida?
El fuego quemó algunas de las plantas cuando apareció, dentro de él, una figura vestida con armadura.
– ¿Cómo no querías, Nox de Hypnos, que estuviese dispuesto a recuperar su recuerdo, cualquiera que fuera el precio? ¡El nombre de Esmeralda está al lado del de mi hermano y del de Atenea, y sólo los supera el de Dios!
El Guardián permaneció en su sito al descubrir quién había hablado, y lo contempló impasible. Shun, pálido como un fantasma, se obligó a alzar el rostro, y cuando contempló lo que parecía un sueño, sólo pudo murmurar:
– ¡Ikki!