Capítulo once
Punto sin retornoPor Altair
Jamás en mi vida he culpado a la gente que no puede olvidar el pasado y que en ocasiones estalla en llanto por lo mismo. La gente común es así. Pero tú no. ¡Deberías agradecerme por acabar con él!
Camus de Acuario
Para él sí existía el Paraíso en la Tierra, a pesar de que Dios exilió del Edén al ser humano después del primer pecado. Estaba rodeado por cinco antiguas montañas que protegían a un valle como si fueran una fortaleza natural. Estaba en China y se llamaba Rozan.
El centro de ese paraíso no era un árbol, sino una hermosísima cascada. La tradición narraba que la corriente se había formado después de que todas las estrellas del firmamento cayeron sobre China. Mientras atrapaba su luz bajo la corriente, la cascada había forjado la armadura más fuerte de la ochenta y ocho que protegerían a Atenea como parte de su Orden del Zodiaco. El traje de bronce del Dragón.
Por más profundos que fuesen su dolor, confusión o desasosiego, Shiryu siempre encontraba paz en Cinco Picos. Ahí, al igual que las estrellas, se había concentrado toda la tranquilidad del mundo. La cascada, los campos que él mismo había cultivado por años, las pulidas rocas y el apacible río... Tanto los amaba que su principal deseo era vivir ahí el resto de su existencia, pues su felicidad se encontraba en ese valle y en las dos personas que habitaban a su lado.
Pero durante el último año no había encontrado paz, ni siquiera junto a la cascada ni en la dulzura con la que Sunrei lo miraba. Su corazón estaba preocupado y triste, al grado que su cosmo transmitía sus emociones casi como si fueran luz o calor.
– Shiryu...
La voz hizo que abriera los ojos y abandonara su meditación. De inmediato, se reprochó haberlo hecho. Frente a él, Shaka de Virgo lo veía en silencio. Dragón no supo qué lo descontrolaba más: que lo regañasen o que el reproche fuera en silencio y con ojos cerrados. Aunque había sido así por meses, no acababa de acostumbrarse.
– Llevabas mal tu meditación –afirmó Shaka con voz inexpresiva.
– La realizaba del modo en que siempre la llevo –dijo Shiryu, tratando de justificarse.
– Si hubieras sido así, no me habrías escuchado. Tus sentidos no se concentran en tu mente, sino en el mundo que te rodea.
Shiryu bajó la vista. Era cierto, más que cierto, y estaba muy consciente de ello. Pero tenía demasiado en qué pensar, tantas cosas que lo habían angustiado por meses...
Involuntariamente, miró hacia la roca donde Dokho de Libra solía sentarse mientras lo instruía. A diferencia de sus seis años de entrenamiento, estaba desierta. Su maestro se había sentido indispuesto y se encontraba en el interior de la casa.
Aunque Shaka nunca abría los ojos, su Séptimo Sentido le permitió ver a su nuevo alumno y, más aún, percibir lo que le ocurría. Era curioso que ellos, hombres acostumbrados a la muerte violenta, se sintieran tan inútiles ante la lenta muerte natural. Y era igual para el Caballero que para el Santo.
– El Anciano Maestro me encomendó que prosiguiera tu instrucción –afirmó.– Mas tu espíritu no está tranquilo y así no hay manera de avanzar.
De momento, Shiryu no respondió. Se preguntó si Shaka estaría afectado por los mismos sentimientos de impotencia que lo dominaban a él. Claro que en el Caballero eran mucho más profundos. Para Dragón no era separarse poco a poco del hombre a quien le debía cuanto era, de su guía espiritual y cósmica y de una de sus principales razones de ser. Era como si estuviera perdiendo a su padre.
– Es difícil continuar, Shaka –confesó, viéndolo de nuevo.– Roshi ha sido mi apoyo desde que era muy joven y no sólo en combate.
En voz un poco más baja, aunque no menos firme, añadió:
– No sé cómo voy a seguir adelante si algo le pasa.
– Ese "algo" va a ocurrir pronto, y tú lo sabes tan bien como él y como yo.
La frase del Santo, aunque cruda, era por completo realista. La corriente de los ojos del joven Dragón fue momentáneamente más lenta y menos brillante, mas no se detuvo.
– En cuanto a que no sabes cómo proseguirás, puede que sea cierto. Sin embargo, también sabes que lo harás cuando llegue el momento.
– Es sólo que...
Shiryu se interrumpió a sí mismo. Miró de nuevo hacia la roca vacía y la cascada no le pareció tan hermosa como siempre.
– No comprendo por qué la vida tiene que ser así –confesó.– Todo funciona por ciclos, pero sólo queda vacío y pesar cuando uno se cierra. Nunca he peleado sin el apoyo de mi Roshi, y aunque sé que un nuevo combate está lejos de nosotros, no puedo imaginar qué haría si se presentase.
Por un instante, la caída del agua por la cascada fue su única respuesta.
– Ignoraba que Dokho hubiese ido contigo al Santuario, a Asgaard y a Atlantis. Creí que nunca había abandonado Rozan desde su voluntario exilio de Grecia –sentenció Shaka con voz calmada.
Shiryu lo miró con extrañeza.
– Nunca lo hizo. Me acompañó en espíritu.
– Y por lo que dices, cuando él muera, ¿no seguirá haciéndolo?
Dragón no respondió. La idea había revoloteado en su mente sin llegar a formarse del todo, y ahora la escuchaba con la voz del Espíritu de Oriente al que había sido encomendado.
– Dices demasiados "no" y "nunca" –continuó Shaka, como si estuviera meditando en voz alta.– Para lo que has vivido, en especial ante los milagros de que recuperaras la vista, que Atenea te devolviese la vida y que hayan detenido el Segundo Diluvio, tienes muy poca fe.
Shiryu se sonrojó ante tal frase. Los Caballeros habían realizado prodigios durante la pasada guerra, y aún recordaba las palabras de Seiya en relación a que lograrían milagros si luchaban por ellos. Dichos milagros habían ocurrido, y varios lo habían afectado directamente y, sin embargo, comprendía que el Santo tenía razón. Su fe era muy poca.
– Habiendo llegado tan alto en el cosmo, –continuó su nuevo maestro– es extraño que no comprendas la verdadera dimensión de la muerte. Es una separación física y temporal, no espiritual. Lo que Roshi y tú han vivido juntos permanecerá en ti aunque su cuerpo muera.
"Seiya me dijo que lo guié hacia la Cámara del Maestro aunque estaba muerto", recordó Dragón ante las palabras de su nuevo Maestro. "¿Ocurrirá lo mismo con mi Roshi?"
– Dokho planea dejarte su mayor tesoro como herencia, pero debes hacerte digno de él primero –murmuró el Santo, su voz finalmente mostrando un poco de emoción.– El mejor modo de honrarlo será llegar a donde tu Roshi quiere que llegues.
El Caballero asintió. Su gesto volvió a mostrar decisión. Shaka sonrió débilmente y regresó a la meditación que había interrumpido. E igual hizo Shiryu, pero por primera vez encendió su cosmo. Y su superficie poco a poco se volvió más dorada que verdemar.
Pero había pasado mucho tiempo de eso. Dokho murió, terminando su ciclo. Shaka desapareció, y otro más, el de la diosa a la que protegía, debía cerrarse. Para eso estaba en el Averno.
¿O no?
Shiryu entreabrió los ojos sin saber qué esperar. Al hacerlo, descubrió que su vista seguía nublada, aunque ya no tanto como cuando perdió el sentido al inicio de su combate con el Guardián. ¿Su ceguera había sido real, o fue parte del ken de Cíclope, o él mismo la había adquirido involuntariamente? El suave aroma de los asfodelos lo rodeó, dándole la bienvenida, pero su olor estaba lleno de nostalgia.
Trató de levantarse, mas un dolor en el pecho lo impidió y tuvo que volverse a dejar caer entre las flores. Poco a poco, sus ojos intentaban volver a ser los mismos: alcanzó a ver la obscuridad del firmamento y a uno o dos relámpagos que lo agrietaban. ¿Había estado inconsciente tanto tiempo como para que anocheciera? No, se respondió de inmediato. Esa falta de luz no era natural. Había sido provocada por un cosmo muy poderoso, un cosmo capaz de dominar al cielo mismo del Averno.
¿Hades?
"¿Contra quién estamos peleando?", se preguntó. "¿En realidad comprendemos la magnitud del poder de Hades o nos engañamos pensando que podremos derrotarlo?"
Respiró profundamente, su corazón protestando ante el esfuerzo. La herida que Arges le había causado no lo había matado, pero lo había lesionado bastante. Sin embargo, a pesar del dolor, tenía que levantarse y continuar su camino hacia el Tártaro. No quería pensar en ello, mas no debía olvidar que Seiya y Hyoga se enfrentarían con gente igual o más peligrosa que Arges, y que era muy posible que Shun estuviera muerto. Aunque fuese el único en sobrevivir, tenía que seguir adelante.
Por sus amigos. Por Saori. Por todos los que lo protegían a distancia. Por Terra.
Por Dokho de Libra.
Trató de ignorar el dolor de su pecho cuando intentó levantarse de nuevo. Tal sensación se extendió a su cabeza, pero no tenía tiempo para prestarle atención. En eso, se miró a sí mismo al recordar lo que Arges le había hecho. A pesar de las intenciones del Guardián, su armadura (incluyendo el Escudo del Dragón) lo protegía y se encontraba intacta. Encendió su cosmo, que brilló con un tono casi completamente dorado apenas lo invocó. No tenía pretexto alguno para retrasarse. Jamás los había necesitado.
Sintió cómo su cuerpo se estremecía mientras se incorporaba, y apretó los dientes para darse fuerza. Su cabello cayó sobre su rostro y notó que estaba empapado en sudor.
Y entonces se preguntó por qué estaba ahí.
Miró a su alrededor, encontrando sólo la muralla y los asfodelos. Vagamente recordó que Saori y algunos de sus amigos estaban vivos. que se encontraba en el Averno para rescatarla de un pariente. Pero, ¿era cierto?
Shiryu se llevó las manos a la cabeza tratando de concentrarse, como le había enseñado alguien que no recordaba. Arges de Cíclope, al atacarlo con su ken, lo había confundido entre realidades paralelas y abanicos de posibilidades. ¿Cuál era la vida en la que se encontraba?
"Qué inteligente fuiste", dijo mentalmente al Guardián, quien yacía muerto cerca de él. "No acabaste conmigo, pero no te bastó con dañarme físicamente. Porque..."
Sus ojos mostraron tristeza y vacío.
"No sé qué es lo que tengo que hacer.”
Por un segundo, el silencio lo rodeó. Una suave brisa agitó el campo, mas no produjo sonido alguno, una la leve desesperación comenzó a apropiarse de su espíritu. Nunca se había sentido tan perdido, ni siquiera...
“¿Ni siquiera cuando te enfrentaste conmigo después de quedar ciego?”
Sin querer, Shiryu sonrió. Con el recuerdo, o con los oídos, o con ambos, había escuchado la voz de Okho, y entonces descubrió que la había oído hacía relativamente poco. Ahí se encontraba el principio de su hilo conductor, las ideas que lo guiarían al momento en que se encontraba si tenía el valor suficiente de enfrentarse a los recuerdos y elegir los correctos. Por desagradables que fueran.
"Tenía mi memoria hace apenas un segundo. Estuve a punto de volver a perderla, pero no puedo permitirlo", se dijo.
De lo único de lo que estaba seguro era de que Roshi estaba muerto. Ignoraba por qué no dudaba sobre ello, justo como no se duda que la luz que llegará con el amanecer. Y, sin embargo, también percibía a Dokho muy cerca de él. Quizá más que cuando estaba vivo.
Empezó a recordar, uno a uno, los eventos posteriores a la muerte de Okho. Mientras lo hacía, caminó lentamente al lado de la muralla, su velocidad más producto del dolor que de la paciencia. Tenía dos laberintos por cruzar, y el más importante en aquel momento se encontraba dentro de su mente.
– ¿Te comió la lengua el ratón? ¿O fue la cobardía?
La voz de Reda no había cambiado nada, a pesar de los años que habían pasado. Era el mismo tono, la misma inflexión, el mismo desprecio que mostró en Isla Andrómeda y en aquel astilladero en Tokio. ¡Cuánto tiempo había pasado y, sin embargo, todo seguía igual!, pensó Shun al mirarlo. Pero no, no todo era igual.
– ¿O quizá te impresionó esto? –preguntó el Guardián, llevándose la mano a la rojiza cicatriz que empezaba justo abajo de su ojo derecho y terminaba al inicio del cuello.– No tendría por qué hacerlo. ¡Tú me la causaste!
La escena regresó a la mente del Caballero. Había sido un día antes de la Batalla del Santuario. Se había dirigido a la Yatch House a buscar a Seiya (e, inconscientemente, esperar que Ikki también apareciera si lo veía solo), pero al llegar, su amigo ya se había marchado al aeropuerto. Como aún tenía tiempo, no tomó un taxi para alcanzarlo, sino que se fue caminando por el astilladero. Hasta que June lo detuvo.
Isla Andrómeda había sido destruida por Milo de Escorpio. Albiore de Cefeo, su maestro, había muerto, y ella no quería que ése fuera su mismo destino. Aunque tuviera que convencerlo a latigazos.
Justo después de que, sin querer, le tiró la máscara y le explicó que ése era su destino, aunque muriera, aparecieron Reda y Spica, sus dos compañeros de entrenamiento. Ellos también querían detenerlo, pero para cortarle la cabeza y ofrecerlo en sacrificio al Patriarca para que perdonase a los alumnos de Cefeo que habían sobrevivido. ¿O no era el destino de Andrómeda sacrificarse por los demás?
Preso por las cadenas de sus compañeros, Shun estuvo a punto de rendirse, hasta que el recuerdo de lo que Ikki alguna vez le dijo sobre el destino lo impulsó a luchar. En el pleito, Reda lastimó a June y él, en respuesta, le dio un cadenazo que de milagro no le había sacado el ojo. Tal encuentro provocó que, durante la Batalla del Santuario, las imágenes de su entrenamiento, de su maestro y de sus compañeros estuvieran muy presentes.
– ¡Te juro que no fue mi intención, Reda! –exclamó, su voz mostrando absoluta sinceridad.– ¡Tú me obligaste a hacerlo!
– ¿No querías porque me tenías miedo o por tu estúpido rechazo a toda forma de violencia?
Su frase no era tanto una pregunta como una agresión.
– Nunca te tuve miedo –respondió Shun.– Aunque Albiore nos obligara a pelear uno contra el otro, jamás te temí.
El nombre de su maestro hizo que los ojos de Reda relampaguearan.
– ¿Por qué? –preguntó, aunque era obvio que conocía la respuesta.
– Eras mi amigo, a pesar de las peleas. Uno no teme a los amigos.
Reda, con movimientos casi invisibles, trató de golpearlo. Shun apenas logró evadir su ataque, las cadenas que debían alertarlo completamente inmóviles.
– ¿Amigo? –insistió, la voz llena de sarcasmo.– ¿Me considerabas tu amigo?
Con desprecio, escupió. Cuando volvió a mirarlo, su expresión estaba llena de odio.
– Puede ser que tú hayas creído que era tu amigo por el simple hecho de que estudiábamos juntos, pero nunca fuiste uno para mí –y sonriendo, añadió.– Siempre te vi como un niño llorón que, a falta de las faldas de su madre, se refugiaba en el regazo de June.
Shun se sonrojó de coraje, sin saber qué contestar.
– Nunca comprendí qué veía en ti –prosiguió.– ¿Alguien a quién proteger y mimar como si fuera su hijo?
– Mi relación con June es algo que no te importa –respondió en voz más baja.
– ¿Toqué una de tus fibras sensibles? Tal vez debería decirte que lo siento, pero no lo haré. No soy un hipócrita como tú.
Hipócrita. Justo la palabra que estuvo flotando en la mente de Shun durante su paso por la Alameda Blanca y que nunca llegó a formarse del todo. Dos caras. Aquel que sabe cuándo usar cuál. Dos protecciones, dos personalidades, dos naturalezas.
– ¿Por qué dices eso? –preguntó, tratando de ignorar ese pensamiento.
– ¿Por qué será? ¡Porque lo eres!
Reda se le acercó, pero las cadenas siguieron sin reaccionar.
– Supongo que crees que tienes una excelente imagen –afirmó con ironía.– Dulce mirada en un rostro bien parecido, palabras corteses y voz mesurada. Y aderezado con tu frase de "no me agrada lastimar a las otras personas". ¡Estupideces! Aunque debo admitir que te funcionó con Albiore y con June.
– No era una máscara.
Reda se rió.
– Si no lo era, ¿por qué ocultaste tu verdadero poder?
Shun no respondió. No esperaba que Reda supiera sobre la Tormenta Nebular. Pero en las dos ocasiones en que peleó contra él, tanto por ganar el derecho al Ritual del Sacrificio como esa mañana en el astilladero, el no poder recurrir a la Cadena lo obligó a mostrar parte de él. Bastante como para romper los eslabones que lo apresaban y vencer a sus contrincantes, debió haber deducido.
– Tu cosmo es muy brillante y poderoso, Caballero Andrómeda. Deberías usarlo y, en combinación con la Cadena, podrías llegar al nivel de Santo. ¡Pero no lo haces!
– Mi poder puede matar a alguien.
– ¿Eres tan débil que no sabes controlarlo?
– No. Mato si lo controlo.
Fue el turno de Reda de no responder de inmediato. Shun aprovechó para preguntar.
– ¿Qué haces aquí?
Reda le volteó la cara y contestó, viéndolo por encima del hombro:
– ¿Qué te parece que hago?
– Sirves a Hades, aún cuando eres un Caballero Ateniense.
– Corrección: era un Caballero. Ahora soy uno de los siete Guardianes del Estigio.
– Pero, ¿por qué? –preguntó Shun, dando un paso hacia él.– En el pasado, querías congraciarte con el Patriarca. ¿Cómo es posible que hayas renegado de tu grupo?
La expresión de Reda fue la misma que recibía años atrás, cuando se negaba a pelear. Lo insultaba en silencio.
– No estoy en contra de Atenea, ignorante. Mi Señor jamás ha sido su enemigo. Estoy en contra tuya, y tú eres el responsable.
– ¿Yo?
El Guardián no respondió. Empezó a caminar en círculos alrededor del Caballero, quien no se movió de su sitio.
– Supongo que sabes que eras el alumno preferido de Albiore de Cefeo –dijo, cambiando la conversación.
– Nunca estuve completamente seguro de ello.
Reda dio un respingo.
– ¿Tampoco sabías que June te amaba desde entonces?
– Ya te dije. Eso no te importa.
¿Por qué estaba reaccionando así cada vez que se aludía a June? ¿Era acaso la otra mitad de su carácter que por fin estaba despertando?
– Como ocultabas tu poder, yo era el ganador seguro de la Armadura de Andrómeda –continuó Hecatónquiro.– Parecía ser el alumno más aventajado de Cefeo.
– ¿Y a qué viene todo esto?
– Simple. A que tú me quitaste todo.
Al decir esa frase, se detuvo y miró a Shun a los ojos. Por primera vez desde su reencuentro, notó que no eran tan brillantes como en el pasado. Así que él también había cambiado.
– Yo no te quité nada –respondió el Caballero.– Gané todo lo que mencionas. Si, como dices, era el preferido de Albiore, sus razones tendría. Te vencí limpiamente en el combate, y sobre todo, jamás lastimé a June.
El nombre de la joven provocó que los ojos del Guardián relampaguearan, pero de una forma distinta a como lo hacían cuando mencionaba a Cefeo.
– ¿Sigues viéndola? –preguntó en voz más baja y con menos agresividad.
Shun asintió, su rostro mostrando más que cualquier palabra.
– Pues los dos son un par de estúpidos si creyeron que la vida continuaría sonriéndoles –opinó con amargura.– La guerra los alcanzó. Atenea nunca saldrá del Averno, los daimons matarán a cuanto Caballero encuentren sin importar si son hombres o mujeres, y yo voy a acabar contigo en este lugar. Se acabó la historia.
– No voy a pelear contigo, Reda.
El Guardián volvió a mirarlo con desprecio.
– Aunque hayamos combatido en el pasado y el destino nos coloque en bandos opuestos, no quiero enfrentarme a ti –prosiguió Andrómeda.– Crecimos uno al lado del otro y Albiore fue como nuestro padre. Y créeme, no encuentro odio hacia ti en mi corazón a pesar de lo que haya ocurrido. No voy a pelear.
– ¿Vas a decirme, como en el pasado, que uno de los dos puede salir lastimado e incluso morir? –preguntó el Guardián, cada una de sus palabras más obscura que la anterior.
– No quiero herirte. No me obligues y déjame entrar al Tártaro.
Otra vez Hecatónquiro se echó a reír. Pero, a diferencia de antes, no se estaba burlando. Estaba tratando de fingir seguridad.
– ¿Y quién te ha dicho que yo no quiero matarte?
Involuntariamente, Shun se puso en guardia. La otra parte de su personalidad había vuelto a actuar.
– Te prometo algo –dijo Reda, dándole la espalda y alejándose un poco.– Para el final de nuestro combate, no sólo me odiarás, sino que te odiarás a ti mismo, muera quien muera. Por supuesto que no planeo ser yo, pero será mi venganza en el caso de que sea yo quien caiga.
– ¡No quiero pelear contigo!
Los ojos de Reda relampaguearon y su cicatriz pareció más rojiza cuando dijo:
– Pronto querrás destrozarme y tal vez lo hagas. No me importa.
Se puso en guardia.
– De todos modos, voy a ganar. Porque tu gentil corazón nunca volverá a ser el mismo.
– ¡Águila de Fuego!
La intensa luz, semejante en intensidad a una Lluvia de Meteoros, atacó a los daimons con la misma velocidad con la que lo haría el ave que le daba nombre. Muchos de los soldados cayeron ante su poder; algunos pocos aprovecharon la oportunidad para escabullirse en dirección ala Cámara del Maestro y sólo contados lograron soportar el golpe. Nunca se habían enfrentado a un ken semejante, y menos aún cuando éste proviene de la última opción de una amazona.
A decir verdad, Marine misma no comprendió de dónde había emanado tal poder, si estaba a punto de desfallecer. No sabía si los daimons eran capaces o no de percibir el cosmo ajeno y adivinar su color, pero estaba consciente de que su aura estaba debilitada. Ese ataque había sido desesperado, pero no se acercaba, lo sabía, al máximo nivel del que ella era capaz.
Angustiada, miró hacia la Cámara del Maestro. Habían llegado demasiados daimons a ese lugar y peleaban contra los Guerreros Divinos. No quiso preguntarse si lograrían sobrevivir o si su inexperiencia en combate les costaría la vida. A cada segundo, había más soldados de Hades en esa dimensión y el Portal continuaba cerrándose sin importar los esfuerzos de Hilda.
Se prohibió pensar en Seiya y en lo que le ocurriría si el Portal se cerraba antes de que saliera del Averno. Moriría como un Caballero de Atenea si la situación lo exigía. Honraría con su fallecimiento a su diosa, al Santuario y a su propia Maestra.
Pero, ¿y el hermano a quien se negó a abrazar durante años?
"¡No, Marine!", gritó la voz de Seika en su interior. "¡No pienses en Seiya, que tú misma estás en peligro! ¡Concéntrate en tu deber!"
Sintió un latigazo mental. Pero no provenía de su hermano.
"¡Aioria!"
No había modo, según ella, de percibir un cosmo a través del Portal. Pero Marine, por alguna razón, había percibido un impacto espiritual. Y supo que algo grave le había ocurrido a Aioria. Quizá tan grave que...
Ese segundo de distracción bastó para que un daimon que había soportado su ken se le acercara corriendo, sus manos brillando rojas de veneno. Marine estaba de espaldas y, de momento, no lo notó. Cuando su intuición le alertó que volteara, fue para ver cómo el daimon se abalanzaba sobre ella.
El latigazo resonó seco al crujir en el aire. El daimon apenas alcanzó a rozar la armadura de Marine antes de ser lanzado hacia atrás, donde cayó sobre algunos de sus compañeros que no habían evadido el ken. Marine, sorprendida, notó que el látigo regresaba con su dueña, una joven rubia cuyo cabello estaba cortado en dos tamaños.
– ¡June!
Sonriendo débilmente, la amazona protegida por Camaleón se le aproximó. Ya a su lado, volvió a chasquear su látigo, como una amenaza a los daimons que intentaban reagruparse. Portaba su armadura completa a excepción de la máscara, primera vez en un año que ella y su constelación guardiana volvían a unirse.
– Creo que sí extrañaba esto –confesó.
Marine no comentó nada, concentrándose de nuevo en los daimons que se preparaban a contraatacar. Sin embargo, su corazón permaneció angustiado.
¿Qué le había ocurrido a Aioria?
En eso, June y ella alcanzaron a ver cómo el Portal se cerraba un poco más.
No había una luz especial a su alrededor, como Hyoga alguna vez imaginó que debía rodear a los Santos muertos. El cielo no se aclaró ni los álamos se estremecieron, y menos aún Alecto de Erina bajó la mirada. Pero Camus de Acuario, el Santo de la Onceava Casa, se encontraba frente al grupo. Su obscuro cabello caía más abajo de sus hombros, sus ojos inexpresivos pero tristes a la vez los miraban en silencio, y su túnica relucía como fuego blanco.
Después de la Batalla de las Doce Casas, los Santos que habían fallecido fueron enterrados en sepulcros de piedra dentro de una cámara que fue sellada. Los cinco fueron ataviados con blancas túnicas de lino, sin adornos a excepción de un bordado en el cuello. Camus, o más bien el espíritu de Camus, había llegado investido con tal ropa, y Hyoga recordó a Kaysa de Léumnades, quien se había presentado ante él portando una imitación del Tresor de Acuario. "Los Tresors tienen su propio espíritu y no pertenecen ni siquiera a los muertos", pensó Cygnus aunque sabía que no era el momento.
– Te has equivocado de momento, alma –afirmó Alecto, mirándolo con altivez y ocultando la sorpresa que su inesperada llegada había provocado.– Todavía no te he llamado.
El Santo respondió con tanta o más dignidad de la que tuvo en vida.
– En vida, fui uno de los Doce Elegidos que protegen a la diosa Atenea. No necesito ser requerido para presentarme.
Erina sonrió, aunque su gesto fue en mucho una máscara.
– Me alegro. Al menos uno de ustedes no necesita un impulso ajeno para expresar su rencor.
Dio un paso hacia atrás, apartándose y cediéndole el paso. Camus no dijo nada y caminó en dirección a Hyoga, quien no se había podido levantar. Por sobre su hombro, miró a Crystal y a Isaac, cuyas expresiones eran de asombro y expectación. Isaac jamás lo había visto a tan poca distancia y se maravilló ante la serenidad que emanaba de su persona.
Crystal, en cambio, no supo si tranquilizarse o preocuparse más. Amaba a Camus como si hubiese sido apenas menos que su padre, pero Hyoga era su hijo y no hay modo de saber cuál de los dos afectos es más grande.
Hyoga notó que la sombra del Maestro de su Maestro empezaba a cubrirlo, pero no tuvo el valor suficiente para alzar la mirada.
– Hyoga... –dijo Camus, sin expresar emoción alguna.
Al principio en voz baja, pero aumentando su volumen poco a poco, Cygnus preguntó:
– ¿Eres tú en verdad?
– Tus sentidos, ¿qué dicen?
Aún cuando no se movió, el Caballero lo miró con asombro.
– Tu imagen es justo como la recuerdo, si bien eres un espíritu. Tu cosmo es el mismo del pasado. No eres un impostor. Eres el verdadero Camus de Acuario.
El Santo no comentó nada, ni a favor ni en contra del joven. Empezó a caminar alrededor de Cygnus, descubriendo el bloque de hielo que cubría su pierna. Pareció que percibía la temperatura del área, mas no hubo forma de saber si alguno de esos factores lo sorprendió.
– ¿Por qué no te has levantado, Hyoga? ¿Cómo pudiste ser tan torpe como para congelarte a ti mismo?
– Lástima de alumno –intervino Alecto sin moverse de su lugar.– Hay personas que nunca aprenden, sin importar cuántos años lleven combatiendo.
Antes de que el Caballero pudiera decir algo, Camus añadió:
– Estoy decepcionado de ti, Cygnus. Un guerrero de tu nivel no debería ser víctima de su propio ataque. Das la impresión de haber olvidado todo lo que tu maestro y yo te enseñamos, y nos deshonras de ese modo.
– Camus, yo...
– ¡No me interrumpas! –exclamó, a pesar de que su rostro no se alteró.– ¡No te he dado permiso para hablar!
Hyoga sintió esa frase como si hubiera sido una bofetada. Nunca en toda su vida lo habían regañado así, ni siquiera cuando Crystal se ponía estricto, y menos aún aquella tarde en la Onceava Casa. Pero ahora le había recordado con toda claridad que, a comparación de ellos, no era más que un Caballero común y corriente y que todavía le faltaba mucho por aprender.
– Creí que haberte encerrado en el ataúd de hielo te habría enseñado a superar este tipo de maniobras.
"¡Y lo hizo!", pensó Hyoga, recordando la segunda vez que Camus lo atacó de ese modo. "Pero. ¿por qué no recurrí a esa técnica esta vez?
En reacción, el bloque de hielo pareció volverse aún más frío, entumiendo todavía más su pierna.
– En realidad, eso no es importante –prosiguió Camus con desdén.– Si eres tan incapaz como para dejar que tu cuerpo se congele, es tu problema por ignorar tu aprendizaje. Lo realmente grave es que no aprendiste nada de nuestra batalla, y eso sólo me demuestra –añadió, bajando la voz– que mi muerte fue en vano.
Hyoga palideció. Sabía lo que seguía.
– Tú me mataste, Hyoga.
A diferencia de los reproches anteriores, la voz del Santo no mostraba furia ni deseos de venganza. Al contrario, lo dominaba la más profunda de las tristezas, pero no por sí mismo. Por alguna razón, Cygnus presintió que era por el alumno. Eso no evitó que se sintiera tan o más culpable que antes, y no tuvo ánimos para responder.
– Espero que al menos no hayas olvidado lo que ocurrió esa tarde –prosiguió el Santo.– Cuando te enfrenté en la Casa de Libra y te encerré en el Ataúd de Hielo, fue para que dejaras tus sentimientos de lado. Por lo que veo, ya no lo recuerdas.
"O no serías una víctima tan fácil del remordimiento", pensó Erina, sin intervenir.
– Nuestro reencuentro en la Onceava Casa no fue sino el final de nuestro ciclo de Maestro y Alumno. Esa vez ya no te tentaste el corazón para hacer lo que debías.
¿Hyoga alucinaba, o veía sus manos cubiertas de sangre?
– ¿Te arrepientes de lo que ocurrió esa tarde?
– ¡Claro que lo hace! –intervino Erina, soltando una carcajada.– ¿Por qué crees que no deja de llorar?
Camus, que al rodear al alumno caído le había dado la espalda, lo miró por sobre el hombro con desprecio. Ésa fue la única señal que demostró que lo había escuchado, ya que por lo demás lo ignoró.
– Mataste a todos los que amabas, Caballero Cygnus, sin importar cuánto les debías o la razón por la cual combatieron contigo.
Sólo su dignidad como guerrero impidió que Hyoga ocultara su rostro contra el suelo. Sus ojos estaban nublados nuevamente por el recuerdo y el arrepentimiento. ¡Había matado a sus seres amados, y en especial a aquel a quien aprendió a respetar y a venerar casi como a alguien sagrado! "El Maestro de mi Maestro es también mi Maestro", había pensado cuando era más joven. Lo que nunca imaginó fue que él moriría a sus manos al enseñarle la máxima lección de un Guerrero de Hielo.
Su sexto sentido empezó a vibrar, más el arrepentimiento no permitió que le hiciera caso.
– Lo sé... –murmuró, tratando que no se le quebrara la voz, sin lograrlo.
– ¿Y qué tienes que decir a todo esto?
La pregunta de Camus lo descontroló. Crystal e Isaac le habían hecho cuestionamientos similares, ametrallándolo con cada una de sus palabras, pero nunca le dieron la oportunidad de responder. Los pecadores no tienen ese derecho.
Pero Camus, comprendió, no lo hacía para atormentarlo. Su paciente silencio demostró que sí quería escuchar sus razones. Alecto los miró con desconfianza; Crystal e Isaac con expectación.
Hyoga sintió cómo se atoraban las palabras en su garganta.
– ¿Tengo algo que decir, Maestro?
– No nos mataste sólo porque sí. Responde.
"Dios mío", pensó Cygnus, la niebla de su mente haciéndose un poco más densa, justo como el cielo se cierra antes del amanecer. "En verdad quiere oírme."
Con un visible esfuerzo trató de levantarse, mas no logró ponerse de pie. Permaneció de cuclillas, las palmas contra el suelo, pero la mirada fija en el Santo.
– Fue por Atenea.
Un relámpago los proyectó a todos como siluetas.
– Si alguien me convirtió en lo que soy, –prosiguió Hyoga– fueron ustedes tres. Jamás acabaría de confesar todo lo que me enseñaron. Pero no fue sólo porque haya sido su elegido. Fue por ella, la reencarnación perdida.
A Isaac tales palabras le fueron un tanto desconocidas, más no del todo. "Yo también tomé el entrenamiento para servir a Atenea, pero mi destino me hizo obedecer a Poseidón. ¡Hyoga, te envidio!"
– Una vez, el maestro Crystal me dijo que vivíamos una Era Obscura, justo como el largo invierno de Siberia. Pero que todavía, al igual que la Aurora Boreal, había una esperanza. Que la Orden del Zodiaco protegía esa luz. Atenea era la luz para el mundo, y yo iba a ser uno de los que la cuidara –y añadió, con voz emocionada.– ¡Mi desafortunado nacimiento al fin tenía un por qué!
– ¿Y para proteger esa luz, como la llamas, tenías que matar a los que amabas? –preguntó Erina, los ojos inyectados en sangre.
– El destino los puso en su contra –respondió Hyoga, incorporándose con dificultad.– No tuve opciones.
Camus permaneció en silencio.
– ¡Pues maldita sea la Orden a la que perteneces, Cygnus! –exclamó el Guardián.– ¡No te importa acabar con quien sea, pero ni siquiera puedes superar el arrepentimiento!
– ¡Sí me importa! ¡El arrepentimiento es grande, no lo niego, pero mi misión lo es mucho más!
Erina sonrió con desprecio.
– Mientes. El dolor te devora por dentro.
– Cierto.
– Nunca vas a dejar el pasado atrás.
– Tal vez.
– ¡Y eres tan cobarde que, de tener la oportunidad, darías tu propia vida por evitarlo!
– No.
Fue el turno de Erina de descontrolarse. Hyoga, haciendo honor a su título de Guerrero del Hielo, confesó con voz indiferente y con ojos completamente fríos:
– Juro que gustoso habría dado mi vida con tal de preservar las de Camus, Crystal e Isaac. Soy un pecador y me he condenado al Infierno. Pero confieso que volvería a matarlos si atacaran a Atenea, aunque mi alma volvería a morir al hacerlo.
Ahora fue él quien no permitió que el Guardián apartara la mirada. Su rostro manchado de sangre, su cabello cayendo sin ser detenido por la tiara y el rubor que había cubierto sus mejillas al confesarse le daban un nuevo aire de dignidad. No se dio cuenta de que Camus asentía, como aprobando su afirmación.
Erina se estremeció de rabia y gruñó entre dientes:
– Asesino.
– Lo soy. No tuve opciones.
– Tu seguridad no es más que un disfraz. Vas a morir aquí, tu alma será destruida, y ni siquiera tu famosa misión podrá salvar a los tuyos ni a la mujer que amas.
Hyoga, a pesar de su evidente debilidad, se puso en guardia.
– No me importa morir. Por ellos y por Atenea.
Los ojos del Guardián relampaguearon cuando exclamó:
– ¡No necesito la ayuda de las miserables almas de los muertos! ¡Tengo mi propio poder!
Los brazos de Hyoga, en un trazo suave como el vuelo de un cisne, trazaron su kata al momento en que encendió su cosmo blanco y dorado. Alecto de Erina activó su aura, cuya obscuridad pareció devorar la zona.
– ¡Kholodnyi Smerch!
Del aura del Caballero fluyó una corriente de aire helado que condensó las partículas de agua en filosos cristales de hielo. El espectro de la Aurora Boreal volvió a brillar en las armaduras y en los álamos cuando Hyoga lanzó el rayo contra el Guardián. A su paso, más ramas de los árboles se congelaron y murieron. Sin embargo, el hielo volvió a evaporarse al acercarse a Erina, sin ni siquiera iluminar un poco la obscuridad.
– ¿Quieres que vuelva a atacarte, inútil? –preguntó el Guardián en son de burla.– ¡Congélate entonces!
La azul mirada de Hyoga fue menos fría cuando Alecto guió su propio ken en contra suya. Iba a volver a hacerlo.
– ¡Hyoga! –exclamó Isaac.
Un resplandor blanco rodeó al Caballero y lo envolvió. Erina sonrió, seguro de que esta vez sí lo había vencido. Kraken trató de ver más allá de esa luz, sin lograrlo. Crystal trató de percibir el cosmo de Cygnus, pero no sintió nada. Camus simplemente esperó.
La luz descendió de intensidad casi al instante. Mientras desaparecía, todos vieron que Hyoga, en una reacción desesperada y a la que, sin embargo, había recurrido en una ocasión similar, había atrapado su propio ken con la mano derecha y lo condensaba en una pequeña esfera de luz y hielo.
Erina, contra su voluntad, dio un paso hacia atrás.
Sin perder la concentración, Hyoga arrojó la esfera al suelo. Al golpear el suelo, la superficie se congeló de inmediato y se astilló.
– Tu contraataque es inútil, Guardián –afirmó, señalándolo justo como él lo hizo antes.– A menos de que me ataques con tu propia energía, no podrás matarme. Mi propio ken ya no me daña.
– Pues estamos a mano, Caballero. Tú no puedes congelar mi armadura y, a menos que lo hagas, no podrás seguir tu camino –y añadió, con una sonrisa siniestra.– Ya te dije, no hay modo de congelar el Fuego del Infierno.
– Hay uno.
Por un segundo, Hyoga no supo decir si esa voz era la de Camus o la de Crystal. Tampoco logró determinar si la había escuchado con los oídos o con su cosmo, más de momento careció de importancia. Su sexto sentido seguía vibrando frenéticamente.
– Nadie puede extinguirlo –insistió Erina.– Ni siquiera los Santos Dorados. Esa sería una cualidad exclusiva de los dioses.
¿Por qué, se preguntó Hyoga, veo la llanura de Siberia?
– Un Guerrero de Hielo no es un dios, pero sí puede hacerlo –insistió Camus.
¿La Casa de Libra?
– Te valoras demasiado, Santo.
¿La Casa de Acuario?
– No hablo de mí. Hablo de él.
La Armadura de Bronce se congela a los ciento cincuenta grados bajo cero.
– ¡No me hagas reír!
La Armadura de Plata se congela a los doscientos grados bajo cero.
– ¡Ese estúpido sentimental ni siquiera es digno de su constelación protectora!
¿Cuál es el...?
Erina no separó la mirada burlona de Camus, retándolo en silencio y sonriendo despectivamente. En respuesta, el alma permaneció callada. De repente, al Guardián le pareció que era a propósito. Como si intentara ganar tiempo.
Una helada corriente de aire empezó a rodear los álamos, formando un círculo que rodeó a todos pero sin atacar a nadie. No pretendía hacerlo, pero la temperatura estaba descendiendo por abajo de los cero grados centígrados. Una fina capa de hielo empezó a aparecer en toda la superficie y la armadura del Guardián volvió a rodearse de vapor, producto del choque entre calor y frío.
Alecto de Erina volteó a ver a Hyoga. Éste, en silencio y perfectamente erguido, había encendido su cosmo, su poder aumentando más y más. El tono blanco de su aura empezaba a convertirse en dorado.
– ¿Qué haces?
Hyoga no respondió. En medio de la luz, la sombra de un cisne en pleno vuelo se dibujó contra el suelo, los árboles y las murallas, y se trazó con mayor claridad conforme ejecutaba la kata máxima de un Guerrero de Hielo. Piernas separadas, mirada al frente, los brazos extendidos sobre la cabeza y dedos entrelazados formando la silueta de un cántaro.
– ¿Vas a usar el ken con que mataste a tu maestro?
– Ya no me afectas, Erina –respondió con voz helada.– Camus regresó para recordarme qué es lo que debo hacer.
El Guardián buscó al Santo con la mirada. Camus observaba a Hyoga en silencio, su mirada completamente inexpresiva y casi integrándose al hielo que lo rodeaba, y comprendió por qué había aparecido ante ellos sin esperar a su llamado. "¡Maldito seas, Camus de Acuario!", pensó, estremeciéndose al sentir la ira que crecía dentro de él. "¡Maldito seas por toda la eternidad!"
– ¿Qué está haciendo? –murmuró Isaac a su maestro, quien no apartaba la mirada de Cygnus.– Él me atacó con esa técnica, pero lo único que me explicó fue que sería un castigo por parte de ustedes.
– ¿Cuál es el Cero Absoluto? –respondió Crystal.
"El frío que congela todo", recordó Kraken. "El que detiene absolutamente cualquier movimiento molecular al llegar a los doscientos treinta y siete grados bajo cero".
– Es la kata del Aguador –prosiguió su Maestro, presenciando por primera vez el ataque máximo de Cygnus.– Antes era el privilegio exclusivo de Camus.
Y añadió, su voz por completo tensa.
– Si falla, no tendrá otra oportunidad.
Erina, tratando de disimular su descontrol, se cruzó de brazos y sonrió.
– El Maestro de tu Maestro debería descansar en paz en lugar de preocuparse por ti –y añadió, su voz más siniestra que antes.– No vas a lograrlo.
Hyoga, en lugar de responder, aumentó la fuerza de su cosmo. Ya casi no se notaba el tono blanco y, de repente, el bloque de hielo de su pierna se estrelló en mil pedazos.
– En primer lugar, –insistió Alecto– tu armadura no soportará la temperatura.
Las imágenes de Hilda de Polaris y de Milo de Escorpio provocaron que Cygnus sonriera con cinismo.
– No cuentes con ello.
– En segundo, tu espíritu continúa inquieto. Tu último secreto acabará contigo.
Isaac sintió que la angustia comenzaba a dominarlo. Y al notar que Crystal palidecía, supo que no había sido el único.
– No necesitas usar las manos para matar a alguien, Cygnus. Eres responsable de muchas muertes, pero una en especial te condenará.
Hyoga se mordió los labios y aumentó su cosmo al máximo nivel.
– Puedes ignorar el pasado, pero no olvidarlo –insistió Erina.– Desiste y te evitaré ese último dolor.
En respuesta, Cygnus empezó a bajar sus brazos. El cántaro espiritual empezó a mostrar el agua de su interior. Alecto, furioso, gritó:
– ¡Tú lo quisiste! ¡Ánima, ven!
Una intensa luz negra y blanca empezó a brillar entre ambos enemigos, ráfagas de luz y obscuridad, bien y mal, pasado y presente, que abrían un portal de dimensiones entre el Averno y el Paraíso. Hyoga no continuó el ataque, pero no deshizo la kata y sintió vibraciones de calor y frío contra su rostro. Los ojos del Guardián centellaron con un tono rojizo mientras una silueta aparecía gracias a su ken.
Aun a contraluz, Hyoga alcanzó a notar detalles. El alma era la de una mujer de cabello claro, y sus ojos...
– ¡Dios mío, no! –murmuró, su voz quebrándose.– ¡No, por favor!
Erina sonrió con deleite.
– ¡Contempla tu secreto, Hyoga de Cygnus, y prueba hasta dónde estás dispuesto a llegar!
La luz se disolvió, dejando un alma entre el Guardián y el Caballero. Como si no estuviera acostumbrada a ese lugar, parpadeó varias veces y se sorprendió al ver a Hyoga frente a ella. El silencio era más elocuente que cualquier palabra.
– Maldito... –dijo Crystal en voz baja.– Mil veces maldito por hacerle esto.
– Ella... –murmuró Isaac, recordando que la había visto antes. Y lo que era más, ¡que ella había intercedido para que no fuera condenado al Averno!
Camus se cruzó de brazos y se limitó a observar la escena, pero sus ojos relampaguearon, temiendo lo que podría ocurrir.
Hyoga miró al alma recién llegada con la veneración y el amor reservado a Dios. No deshizo la kata, pero todo su cuerpo se estremeció y no pudo contener el llanto que fluía de sus ojos. No supo si reír o lamentarse al murmurar la palabra que era el centro de su universo.
– Mamá...
Aioria casi pudo sentir cómo se rompía cada uno de sus huesos, y tal habría ocurrido de no haber sido bendecido con un cosmo dorado. El Guardián lo había golpeado justo en el abdomen, y el ataque había reunido la fuerza suficiente para destrozar a cualquiera que no tuviese su tipo de aura. El golpe lo arrojó hacia atrás sin que pudiera evitarlo. Su espalda chocó contra el muro que tenía detrás de sí y lo cuarteó; la piedra del que estaba hecho lo detuvo un segundo en su superficie antes de que cayera al piso.
Sintió que la caída era eterna. Antes de que tocara el suelo, pudo jurar que escuchaba la voz de Aioros, muerto hacía tantos años, indicándole que golpeara el mar para entrenar su cosmo. Escuchó las voces de los guardias que lo habían golpeado e interrogado para saber dónde estaba el traidor, qué había hecho con su Tresor y si se había llevado una bebita con él. Escuchó la voz de una joven diosa a la cual acababa de pedirle perdón y jurarle lealtad, diciéndole que ahora que conocía la verdad podría distinguir entre lo bueno y lo malo. Escuchó de nuevo cuando el Patriarca le reveló que él había tratado de matar a Atenea y a su hermano hacía muchos años, y que ahora que lo había descubierto sería su turno de morir.
Iba a morir, lo sabía, pero trató de no sentir temor alguno. En contraste, lo dominaron el coraje y la impotencia por no haber protegido bien a Atenea. Ni siquiera alcanzó a interponer las manos antes de golpear de cara contra el piso.
No acababa de sentir el impacto cuando dos manos, fuertes como el hierro, buscaron el frente de su capucha. Sintió el contacto del aire directo contra su rostro, la última señal de que había sido descubierto, mientras lo sujetaban y lo levantaban. Se encontró cara a cara con el Guardián de Cerbero, cuya furiosa expresión no era sino el principio de lo que le iba a ocurrir.
– ¡Estúpido! –gritó Laertes mientras lo golpeaba de nuevo, esta vez en el rostro, y volvía a arrojarlo al suelo.– ¡Más te habría haber muerto en el Santuario!
Aioria trató de reaccionar, pero no lo logró y regresó al suelo. Un intenso sabor a sangre dominó su boca y percibió que un hilillo de la misma fluía por ella.
– ¿En realidad creías que ibas a hacer algo por Atenea? –preguntó Elis de Thanatos, reuniéndose con su compañero y tratando de mantener fría la mirada.
– ¡Eres un insolente! –exclamó Laertes.– A pesar de tu rango, no sabes respetar las decisiones de los dioses. ¡Te condenarás por ello!
El Santo se puso de pie, tratando de ignorar el dolor que lo dominaba, y los miró de frente, permitiendo que su orgullo fuera mayor que su temor.
– ¿Condenarme? ¡El que se está condenando es tu Señor!
Laertes enrojeció de furia.
– En cuanto a dioses, –continuó el león– yo sirvo a Atenea y al Omnipotente. ¡Las suyas son las únicas decisiones que respeto!
– ¿Aunque muera la diosa a quien sirves? –preguntó Elis, su exterior agresivo y firme, pero su interior intrigado.
– Aunque yo también muera –afirmó con dignidad.
– Te voy a... –gruñó Laertes, preparando un nuevo ataque.
– Detente, Cerbero.
Por mirar a los Guardianes a los ojos, Aioria no estaba preparado para la voz que había intervenido. Su entonación, como correspondía a alguien de su jerarquía, era grave y pausada, y sin querer sintió un genuino respeto al escucharla. Desvió la mirada de Elis y de Laertes y se encontró con la de Hades.
– Santo de Leo, –afirmó el dios, su rostro un completo enigma hasta para sus seguidores– has cometido el peor de los errores y el más grave de los pecados al entrar al Averno a desafiarme.
Aioria no respondió, pero sintió un escalofrío. Podía percibir con claridad, aunque no estaba activado, el aura de Hades, y descubrió que era más negra de lo que podría imaginarse. Sintió los cosmos de Thanatos y de Laertes, los dos firmes y listos para actuar como verdugos si era necesario. A un nivel inferior, detectó una vibración nueva. No pudo identificarla de inmediato, pero era cálida y, de momento, sintió que el valor renacía en su corazón a pesar de lo que estaba a punto de ocurrirle.
– Debes saber –continuó Hades– que el castigo a tu osadía será la muerte inmediata y la pérdida de tu alma inmortal. Eso no puede cambiarse. Pero de ti dependerá cuán cruel o generosa resulte tu ejecución.
Laertes sonrió, como lo hacen aquellos que tienen a la victoria de su parte. En contraste, el rostro de Elis permaneció impasible.
Los ojos de Aioria relampaguearon al escuchar las palabras de Hades, y recordó la breve visión que había tenido de su hermano. Y entendió, demasiado tarde, que Aioros no había tratado de advertirle sobre Atenea. Había tratado de protegerlo a él.
Hades se le acercó, cada paso firme y digno, mientras ordenaba:
– Vas a decirme dónde están tus compañeros, los otros Santos que entraron contigo al Averno. Ahora.
Fue hasta entonces que el león comprendió las palabras de Moo y su insistencia en que no se comunicaran entre ellos. Y entendió también cuán tonto había sido al criticar el plan. Porque era obvio que, si uno de los Santos que supuestamente habían desaparecido se encontraba dentro del Averno, los demás no deberían estar lejos. Al caer en la trampa, había puesto en peligro a sus compañeros.
No le quedó más opción que cerrar los ojos, cual era su costumbre, y sin perder su fachada orgullosa, sugerir con voz calmada:
– Será mejor que me ejecute de una vez, Lord. Soy el único que entró al Averno. Ignoro qué habrá sido de mis compañeros después de nuestro combate en el Santuario.
– ¡Mientes! –gritó de nuevo Laertes, pero esta vez encendió su cosmo mientras lo hacía.
La vibración que había percibido se hizo un poco más fuerte, pero no pudo identificar su origen.
– Nunca entendí por qué a la Orden le gustaba tanto jugar al heroísmo –afirmó Hades.– Tampoco me interesó saberlo, así que no tiene caso que intentes engañarme.
Alrededor del dios empezó a brillar su negra aura, ocultando con ella la luz que había desenmascarado al Santo. Los contornos de los Tresors y el brillo de las armaduras de los Guardianes fueron lo único que permaneció visible en la obscuridad. Aioria descubrió que el cosmo de Hades era tan o más poderoso que el de Atenea, quien había realizado tantos prodigios, y confirmó que no habría modo de derrotarlo. "Ni Doce Santos lo lograrían", pensó, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas al comprenderlo. "¡Ni siquiera los ochenta y ocho Caballeros de la Orden!"
– ¿Quién más entró contigo? –insistió Hades con su voz de trueno.– ¡Responde!
Aioria permaneció callado. En el exterior se sucedía una serie de relámpagos y truenos, pero su sonido llegaba apagado a la Cámara.
– ¿Sabe Atenea que estás aquí? ¿Hablaste con ella?
Un nuevo silencio fue su respuesta. Hades notó que el débil brillo de los Tresors se reflejaba en el rostro del Caballero, haciendo que sus azules ojos lucieran más intensos, incluso como si la luz procediera de ellos. Sus propios ojos sin pupilas relampaguearon, maravillado ante el orgullo del Santo aún cuando lo estaba desafiando. Como si en verdad estuviera en lo correcto.
Algo en su interior le dijo que lo escuchara, que en realidad los seguidores de Atenea eran los que tenían la razón, que su sobrina se consumiría en el Averno porque era un ser vivo y esa dimensión absorbería su cosmo hasta que su luz se perdiera por siempre, y que si en verdad la amaba tanto debería permitir que se marchara con los suyos.
Eso significaría que, desde el principio, había estado en un error.
¡Pero un dios nunca se equivoca!
Alzó la mano derecha, la obscuridad concentrándose en su palma y brillando con los tonos menos luminosos del espectro. Y añadió con un tono autoritario y eterno:
– Tú lo quisiste.
Aioria no desvió la mirada.
Y antes de que el dios acabara la frase, recibió el ken en el pecho. La obscuridad más profunda del universo, aquella que proviene de la eternidad a la que están condenados los muertos indignos, lo envolvió en ráfagas heladas de sufrimiento, de crimen y de dolor. Un grito se ahogó en su garganta al percibir uno de los reflejos del verdadero espíritu del Averno, encarnado en Hades, y al recibirlo de frente, sin siquiera intentar defenderse.
Para cuando su cuerpo tocó el piso de nuevo, la ropa que lo había cubierta estaba quemada y rasgada, y la piel que alcanzaba a verse a través de ella mostraba grandes quemaduras y heridas.
Por un segundo, no estuvo seguro si su corazón seguía latiendo. "¿Estoy muerto?", se preguntó al sentir que su cuerpo comenzaba a relajarse y el dolor a ceder. Sus pensamientos, sin vacilar, se dirigieron hacia Atenea y hacia una silueta que en sus recuerdos invariablemente se presentaba detrás de ella.
"¿Te fallé, Aioros?”, alcanzó a pensar. ¿Fui alguna vez digno del Tresor con que me honraron? ¿De ti?"
Su vista se obscureció, pero poco a poco volvió a llenarse de una luz brillante y cálida. Era un cosmo dorado ajeno al suyo pero semejante en frecuencia, y entonces notó que empezaba a despertar a su propia aura.
Con esfuerzo, alzó un poco la cabeza y notó que la energía, la misma vibración que había percibido antes y que ahora aumentaba, provenía de los Siete Tresors robados, en especial del de Sagitario. Cuando antes apenas había podido distinguir cuál era cuál, las siete figuras ahora se dibujaban claramente, y su cosmo amenazaba con aumentar todavía más.
Para Hades y sus Guardianes no pasó desapercibido. Hades miró de reojo a las Armaduras Doradas sin sorprenderse, quizá como si hubiera esperado algo semejante. Laertes, asombrado, alternaba su mirada entre las armaduras, el Santo y su Señor. Elis, en cambio, trató de mantenerse tranquilo. Pero no lo logró.
Él podría haber evitado esa escena si se hubiera quedado callado, si no hubiera entrado a la Cámara de Hades a decirle que había descubierto un intruso en el Tártaro y que conocía la forma ideal para emboscarlo. Por más que su sentimiento de lealtad estaba satisfecho por la decisión que había tomado, su corazón empezó a oprimírsele en el pecho.
Respirando con dificultad, Aioria se apoyó sobre las palmas de sus manos e intentó levantarse, sin conseguirlo.
– ¿Ya estás dispuesto a hablar? –preguntó Hades, la obscuridad todavía latiendo en su palma y sus palpitaciones adquiriendo un ritmo que se intercalaba con el de los Tresors.– Quizá puedas sufrir un poco menos cuando lo hagas.
– Lord Hades... –murmuró Aioria con voz extremadamente ronca.– Escúcheme...
El Señor del Averno arqueó una ceja.
– ¿Por fin vas a confesar lo que te dijo la traidora de mi sobrina?
El joven león lo miró con odio. Sobre cualquier cosa, incluyendo al recuerdo mismo de su hermano, veneraba a Atenea. Ni siquiera su tío, por más dios que fuera, tenía derecho a despreciarla así.
– Milady Atenea no es una traidora –respondió, sus emociones visibles en su rostro.– No sabe que estoy aquí.
Sin querer, Hades se desconcertó. No era la primera vez que escuchaba esa frase. La imagen de Ikki de Fénix, herido y humillado, apareció de inmediato en su mente. Atenea no había sabido que el Caballero había estado ahí.
Iba a pasar de nuevo. Un guerrero dedicado a la protección de los dioses iba a ser torturado, a morir, frente a sus ojos. Ante aquel que jamás había matado a un ser humano, y menos aún si éste pertenecía a una de las Órdenes Sagradas.
“¿En qué me he convertido?”, alcanzó a pensar.
Pero la impresión provocada por el recuerdo pasó de inmediato, o al menos intentó que fuera así.
– Entonces, –continuó, tratando de alejar ese pensamiento– ¿vas a decirme dónde se ocultan tus compañeros?
Aioria negó débilmente con la cabeza. Al hacerlo, su rostro empezó a cubrirse con sangre que fluía de algún lugar por debajo de su cabello.
– El lugar de Atenea no es aquí, Lord –afirmó, mirándolo de frente con ojos nublados.– Se consumirá si permanece en el Averno.
Y con voz más segura y firme, añadió:
– Y usted lo sabe.
Atrás de Hades, Elis apenas contuvo un estremecimiento. El dios, en cambio, permaneció en silencio, tratando de acallar la voz de su conciencia.
– Usted siempre respetó el Fin del Ciclo, igual que ella e igual que las Órdenes anteriores –prosiguió Aioria, levantándose y sintiendo un intenso dolor en cada célula de su cuerpo mientras lo hacía.– Atenea nunca será suya.
– ¿Eso crees?
– Ella proviene del Omnipotente. Y si quiere acabar con su luz...
Encendió su cosmo. A pesar de su debilidad, era muy luminoso, y fue rodeado de inmediato por el dorado y palpitante resplandor de los Tresors. El león respiró con fuerza, alzó el rostro con orgullo y sentenció:
– Tendrá que acabar con la Orden primero.
¿De dónde provenían los Santos y los Caballeros?, pensó Elis al ver cómo su cosmo, tan parecido a los rayos del Sol que apenas recordaba, vibraba a su alrededor. ¿Por qué no temen por su vida y están dispuestos a morir con tal de proteger a su diosa? ¿Es que poseer la vida eterna ha hecho que ya no comprenda lo que representa ese sacrificio?
¿Qué he hecho?
Hades volvió a reunir la obscuridad de su cosmo en sus manos. No debía seguir, lo sabía, no debía.
Pero los dioses nunca se equivocan, aunque no puedan mirar a los ojos a aquellos que morirán a sus manos.
– Tú lo pediste, Santo de Leo. Nadie, excepto tú, ha elegido tu destino.
Aioria siguió aumentando la intensidad de su aura. "¡Ayúdame a morir con honor, hermano!", pidió, su último pensamiento volando a Grecia y sin querer preguntándose si Marine lloraría por él. Antes de que se diera cuenta, preparó su propio ataque.
Y fue cuestión de segundos para que la obscuridad de Hades chocara contra su Relámpago de Voltaje.
"¿Qué fue eso?"
Saori-Atenea no había querido salir de su cuarto, en el caso de que los Santos o los Caballeros fueran a buscarla. Había intentado activar su cosmo, pero había resultado inútil. A cada segundo que permanecía en el Averno, perdía más de su aura. Primero había sido su percepción, luego el don de devolver la vida y, poco a poco, volvía a ser la joven común y corriente que había heredado la Fundación Galahaad antes de conocer su verdadero nombre. Había perdido la costumbre de ser normal.
Hasta ese segundo.
Un latigazo mental agitó hasta los niveles espirituales más profundos del Averno. A pesar de que no contaba con su percepción completa, había sido lo suficientemente fuerte para percibirlo.
Ya no había tiempo de preguntarse si los Santos irían por ella. ¡Esa vibración le había parecido tan conocida...! Sin pensar, abrió la puerta de su habitación y salió a buscarla.
No tuvo modo de saber que no era la única que la había percibido. Un joven parcialmente ciego; otro que rezaba al lado del cadáver de su enemigo; uno que se enfrentaba a un fantasma de su pasado; otro más que se negaba a combatir; un niño elfo, un Caballero y una Amazona; dos Santos que aguardaban en otro plano y, sobre todo, uno de los daimons y otro de los sirvientes. Y esa fue la señal, aunque no pudieran interpretarla entonces, de que el tiempo, su principal enemigo, estaba empezando a acabárseles.
Laertes se acercó lentamente al cuerpo que yacía frente a él. Así mueren los traidores, recordó, una lección perdida de cuando vivía en Terra y estudiaba. Y permaneció impasible mientras se aproximaba.
Elis había desviado la mirada, pero su cosmo estaba activado al máximo. No quiso ver... no podía ver... Porque lo que había ocurrido él lo había provocado.
Cerbero se arrodilló junto a Aioria. Suspiró, más por cansancio que por cualquier otra emoción; lo vio unos segundos y sentenció:
– Todavía respira, Milord. ¿Quiere que termine con él?
Hades negó con la cabeza pesadamente, cual si no sólo lo oprimiese la furia o el rencor, sino también el arrepentimiento. Y, algo que sólo él sabría, la confusión.
No había podido liberar toda su energía en el momento decisivo. La había tenido consigo, pero lo que no tuvo fue corazón para hacerlo. Y entonces comprendió la verdadera razón por la cual no le había ordenado a Nox que matara a Ikki, por más que entonces serían otras manos las que se ensuciarían.
En la Era del Mito jamás mató a un ser humano. Y menos aún a un Santo o a un Caballero. Eran los seres a quienes más admiraba de Terra: jóvenes dedicados a la protección de los dioses menores, sacrificando todo lo hermoso que tiene la vida –de quizá la única que tendrían– e incluso su existencia con tal de cumplir su misión. Y ahora que había estado a punto de acabar con uno, había sido como mirarse en un espejo.
Estaba actuando como Poseidón.
Estaba actuando contra todos los principios que siempre lo habían impulsado, desde que al lado de sus hermanos se alzó en armas contra Cronos.
Los poetas dijeron de él que era estricto, pero no cruel.
Y estaba haciendo que mintieran.
Casi imaginó a Perséfone frente a él, recordándole que los Santos y Caballeros sólo cumplían su deber y que no tenía por qué matarlos, que para eso tenía a los Guardianes. Y añadiría que era una teoría y no un hecho, después de todo, porque no había vuelto a enfrentarse a ninguno de sus parientes después de la guerra contra Cronos. ¿En realidad continuaba siendo él mismo?
Hasta entonces notó que los Tresors vibraban frenéticamente en sus portaarmaduras, y se escuchaba levemente el inicio de su canción, la misma que resonó en el Santuario cuando Nike llamó a la armadura de Sagitario.
– Milord, perdone, pero la energía de los tresors aumenta –interrumpió Elis, que se seguía negando a mirar a su Señor, a su amigo o a su víctima.– Si todavía vive, será mejor sacar al Santo de aquí.
Hades lo miró y Elis se obligó a responder de igual forma. Fue la primera vez que su Guardián más cercano no pudo interpretar su expresión.
– ¿Absorbiste la energía de las armaduras doradas?
– Por un momento, Milord. Pero es tanta que ya no podré controlarla.
Hades comprendió lo que había ocurrido. De no haber estado Elis con él, los Tresors se habrían arrojado a atacarlo para proteger a Aioria. Su cosmo lo había protegido en parte de cualquier forma, o no habría sobrevivido al ataque por más que lo había contenido. Podrían haberlo detenido, lo supo, de haber estado el Escudo completo, pero parte estaba perdida.
Al pensar en los Tresors que le faltaban, comprendió que igual y todo ocurría por algún motivo y ordenó.
– Llévenlo a la mazmorra y permanezcan con él.
– Milord... –dijo Laertes en una prudente protesta.
– Sus compañeros seguramente detectaron lo que ocurrió y querrán salvarlo –continuó Hades en un tono que no admitía réplica.– Podrán atraparlos cuando lo hagan. Si no, ya confesará dónde están apenas despierte. Si lo hace.
"Pero, si tiene suerte, morirá sin volver a abrir los ojos", se dijo, tratando de convencerse. "Morirá por las heridas y porque sus amigos no lo salvaron, y entonces ya no será mi culpa."
Esas últimas palabras resonaron en su mente, y él permitió que lo hicieran.
No quiso ver cuando Cerbero tomó el cuerpo de Aioria y lo arrojó sobre su hombro. Así, no observó la sangre que manaba de su boca y de sus oídos, de su pecho y de abajo de su cabello, ni las múltiples quemaduras y heridas que tenía en todo el cuerpo. Pero sí percibió el cosmo que trataba de aferrarse a la vida, aunque se extinguía más a cada segundo.
Tampoco pudo ver la fugaz mirada que Elis le dirigió, preguntándose si ése era el verdadero Señor al que le había jurado fidelidad y a quien le había dedicado su vida entera. Ni sintió la confusión entre arrepentimiento y deber que empezaba a dominar su alma.
Cuando sus Guardianes y el prisionero salieron de la habitación, los Tresors recuperaron su silencio poco a poco. Hades dudó un momento en salir de la Cámara, pero finalmente lo hizo y los siguió a distancia.
Si se atrevía a matar y se arrepentía al segundo, ¿en dónde estaba quedando su verdadera alma?
Alguna vez había escuchado que existieron caballeros que solían combatir por el honor de sus damas, incluso aunque no las amasen o no fuesen amados por ellas. Si la justicia, los valores y la dignidad de una mujer estaban en peligro, el caballero le pedía su pañuelo para usarlo como insignia y peleaba por ella. Claro que no habían sido parte de la Orden del Zodiaco, sino de una época supuestamente obscura colocada entre tiempos de luz. Y como la Orden no combatía por una mujer, sino por una diosa, había pensado que hasta ahí llegaba la similitud entre la Era del Mito y la época de la caballería.
Hasta que un hombre había tomado su lugar en el combate, y había muerto a manos de una persona que ni siquiera había tenido la intención de matarlo. Ella sabía que esa batalla e incluso esa muerte debían haber sido suyas, pues estaba dispuesta a aceptarlas por amor. Pero no había ocurrido de esa manera, y de vez en cuando la imagen de Casios todavía se presentaba en sus sueños, atormentándola aunque, de haber estado vivo, jamás lo habría hecho. Lo peor había llegado poco después, cuando el hombre por el que había estado dispuesta a dar todo se había dedicado a otra persona. Y, en el colmo de las ironías, se había consagrado a la diosa que ambos debían proteger.
Tal vez por ello, Shaina había pensado que la conducta caballeresca de los hombres hacia las mujeres había pasado de moda o se presentaba en casos extraordinarios. Y ése era el motivo por el cual no acababa de creer lo que estaba ocurriendo.
Un hombre acababa de tomar su lugar en el combate. Se llamaba Jabu de Unicornio, y estaba listo para darle una golpiza al capitán de daimons. Claro, si sabía cómo.
– Puede que tenga todos los defectos del mundo –decía el Caballero, recuperando la actitud orgullosa que lo había caracterizado durante el Desafío Galáctico.– Pero al menos nunca he golpeado a una mujer. ¿Por qué no te enfrentas a un hombre?
El capitán, en respuesta, recuperó la parte intacta de su cuerda de energía.
– Lo único que estás ganando es que tu amiguita tenga que esperar su turno. Voy a destrozarte de dos patadas.
– ¡No pienso permitirlo! –exclamó Jabu, frunciendo el ceño.
En lugar de responder, aunque fuera con una burla, el capitán trató de atraparlo con la cuerda. Unicornio logró evadirlo, aunque no estuvo muy seguro cómo lo logró.
– ¡Vaya! ¿Nos estamos oxidando? –preguntó.
“No seas tan confiado”, pensó Shaina al verlo. “No conoces a tu enemigo y corres un gran riesgo si lo subestimas.”
Kiki, en cambio, había dejado de saltar, pero su rostro era un claro reflejo de entusiasmo.
El daimon continuó atizándolo con la cuerda, cada vez más rápido que la anterior. En lugar de un lazo, su arma comenzó a adquirir la apariencia de varios rayos luminosos. Jabu pudo escapar de ellos, pero comenzó a darse cuenta que cada uno le costaba más trabajo que el anterior. No se encontraba en su mejor forma, con su armadura quemada y todo el cuerpo dolorido, pero algo en su interior le daba una nueva y extraña energía. Nunca se había sentido tan vivo.
En ese segundo, el pesado mazó cayó justo en el lugar a donde intentaba saltar. Su reacción no fue tan rápida como esperaba y titubeó un segundo, pensando a dónde dirigirse. Un segundo.
Suficiente para que el lazo de energía lo sujetara del cuello, apretándole tan rápido que no pudo respirar.
Shaina corrió hacia ellos para ayudarle. Aunque Jabu no la había visto, la percibió por medio de su cosmo, y extendió uno de sus brazos hacia ella, pidiéndole que no se acercara. También intentó gritarlo, pero la voz no salió de su garganta. En eso, aquellos daimons a quienes el capitán había interrumpido y que todavía podían tenerse en pie rodearan a la Amazona, impidiéndole el paso. Shaina maldijo en voz baja, mirando a su alrededor para planear su siguiente movimiento, para el cual no contaría con mucho tiempo.
Miró hacia Jabu. Vio que había sujetado el lazo con la otra mano, tratando de separarlo de su cuello sin éxito. Otros lazos lo ataron de las muñecas y uno más de las piernas, haciéndolo perder el equilibrio y caer al suelo.
– ¿Qué te parece para alguien que está oxidado? Nada mal, si me preguntas –dijo el capitán, apretando los lazos con la mano derecha mientras con la izquierda recuperaba el mazo.– Ahora el oxidado será otro.
Empezó a girar el mazo en grandes círculos, listo para destrozarle la cabeza. Shaina, al verlo, atacó a la barrera de daimons que estaban entre ella y su amigo. Algunos cayeron, pero no todos los que necesitaba para escaparse del grupo.
Miró de nuevo a Jabu. Sus labios amoratados mostraban la falta de oxígeno que sufría. Con un gran esfuerzo, abrió los ojos, tratando de concentrarse en romper los lazos como hizo antes.
No pudo hacerlo. No podía fijar la mente en un solo objetivo.
“¡Tenías razón, Seiya!”, alcanzó a pensar. “¡Esto es demasiado para mí!”
Decidió dejar de oponer resistencia. El capitán era mil veces más fuerte que él, y si no moría estrangulado, lo haría con el cráneo aplastado. “¡Muerte. ven y acaba con la inútil vida que llevé! ¡Seiya, perdóname!”
Y en eso comprendió que, si se dejaba morir, no sería únicamente su vida la que se perdería. También serían las de Shaina y Kiki. El capitán pediría refuerzos hasta atrapar y matar a Ofiuco, y Kiki no sería adversario para nadie. ¿Así sería como les agradecería haber permanecido con él durante el año anterior, cuando su propia incapacidad le evitaba unirse a los Cinco y convertirse no sólo en su compañero, sino también en su amigo? ¿Así actuaría el mítico Unicornio? ¿Dejándose morir?
Por alguna razón, vio un resplandor dorado que lo rodeaba al intentar encender su cosmo, aunque éste debía ser únicamente de color violeta en teoría. De acuerdo, iban a matarlo, ¡pero por todos los que confiaron en él que no se dejaría morir!
El daimon, que había estado viendo el combate de Shaina contra sus soldados, lo miró con la expresión de quien recuerda algo sin importancia. Hizo girar el mazo en trayectorias más pequeñas.
– ¿No quieres esperar tu turno? –preguntó.– Por mí no hay problema.
Con otro movimiento de su muñeca, dirigió la maza hacia la cabeza de Jabu. Shaina, al verlo, involuntariamente apartó la mirada.
Jabu abrió los ojos, y un relámpago dorado los cruzó al observar la maza que iba a matarlo. Con una velocidad asombrosa, concentró su cosmo en el cuerno de su casco. Un segundo después, el único sonido en la zona fue el del metal que se rompe.
Una maza cortada en dos cayó lejos del Caballero, cada trozo en dirección opuesta al otro.
De momento, la actitud del daimon mostró la incredulidad que no reflejó su rostro debido a la máscara. Furioso, arrojó la cadena a un lado y tiró con mayor fuerza de las ataduras que sujetaban al Caballero. Pero justo como pasó con la maza, las cuerdas se trozaron en dos. Jabu respiró profundamente apenas percibió que la presión en su cuello disminuía, y de inmediato volvió a levantarse.
Alcanzó a notar un resplandor rojizo cerca de él. De reojo, volteó y descubrió que Shaina, encendiendo y concentrando su cosmo, había atacado a los soldados que la habían cercado. De inmediato, la joven vio hacia su compañero, y se sorprendió un poco cuando Jabu, con una mirada, le pedía que permaneciera en donde se encontraba.
– ¡Ya me hartaste! –gritó el daimon, arrojando las cuerdas lejos de él.– ¡No necesito armas si tengo mis propias manos!
Sus palmas relucieron con un tono rojizo que no habían mostrado antes mientras corría hacia el Caballero, listo para estrangularlo y envenenarlo a la vez. Jabu, sin apagar su cosmo, dio un salto y exclamó:
– ¡Galope del Unicornio!
Su cosmo violeta vibró con la luz de las estrellas, una delgadísima capa de luz dorada cubriéndolo y reflejándose en sus ojos. Del cuerno de su casco emanó un ataque de energía en ondas, pero Shaina descubrió que no tenía la misma intensidad de aquel ken con que se le había enfrentado en Grecia días antes. Era muchísimo más poderoso.
Los movimientos del capitán de daimons se detuvieron a escasos centímetros de que lo sujetara del cuello. Por más que intentó moverse, no le fue posible, y antes de que se recuperara, Jabu lo golpeó en el abdomen. Ese impacto tenía la misma intensidad del Galope y, para su sorpresa, destrozó la armadura del daimon y lo arrojó hacia atrás, contra la muralla. Vio cómo su enemigo se estrellaba contra la superficie y se dejaba caer al suelo.
– Bueno, no fue tan difícil –dijo, la voz más ronca de lo usual y dando claras señales de lo que había estado a punto de pasarle.
Miró hacia Shaina y descubrió asombro en su expresión. Lo que no sabía era que no sólo se debía a su ataque, sino al extraño resplandor que había aparecido en sus ojos.
– ¿Ese maldito no alcanzó a tocarte, verdad?
– ¿Cómo lo hiciste? –preguntó Shaina al mismo tiempo.– Seiya nunca me dijo que tuvieras tal poder.
Jabu sonrió, sin querer torciendo la boca al escuchar el nombre de su Maestro.
– Quizá debería decirte que fue gracias a mi habilidad, –continuó, sacudiendo las palmas de sus manos– pero la verdad es que no lo sé.
Shaina comenzó a acercársele a gran velocidad. Jabu pensó que quería abrazarlo y darle las gracias por haberla ayudado, y estuvo a punto de extender los brazos para recibirla. Sólo que se detuvo al ver que su cosmo estaba activado y que sus largas uñas brillaban con una tonalidad neón.
– ¡A mí, Cobra! –gritó al pasar a su lado.
Por sobre su hombro, escuchó un enorme peso que golpeaba seco contra el suelo después de recibir una descarga eléctrica. De reojo vio que el capitán se había levantado y había vuelto a atacarlo. Sólo la reacción inmediata de su compañera le había salvado la vida.
Shaina regresó con él, imitando su ademán de sacudirse las manos.
– Nunca le des la espalda a tu enemigo hasta que estés seguro que no volverá a levantarse –sentenció al pasar junto a él.
Jabu no supo si deprimirse o reír ante el sarcasmo de Ofiuco. Era un recordatorio de que todavía no alcanzaba su máximo potencial. Pero la expresión en los ojos de la Amazona le decía, en silencio, que iba por buen camino. Sonriendo débilmente, bajó la mirada, y descubrió un objeto que había caído a sus pies cuando se enfrentó al capitán.
Parecía una llave de latón, aunque su diseño era muy estilizado. Con curiosidad, la levantó para mirarla con mayor detalle. Al hacerlo, escuchó un sonido semejante al de una puerta que se abría y, sorprendido, miró hacia la muralla. Aunque la pared no se había alterado, parte del suelo se había abierto y revelado una escalinata.
– ¡Shaina! ¡Kiki! ¡Miren esto!
La joven se acercó de inmediato y vio la escalera recién aparecida bajo el suelo.
– ¿Cómo la encontraste?
– El daimon traía esto –respondió, mostrándole la llave.– Supongo que así salen para sus rondas.
– Ahora que lo dices, –comentó Shaina, pensativa– si nos preguntaron qué hacíamos aquí era porque no habían visto ni a Seiya ni a los demás. Quizá tengas razón.
En otro tiempo, la expresión de Unicornio habría sido una de “yo, siempre”. Pero en ese momento se limitó a asentir.
– ¿Crees que podamos alcanzarlos en el Palacio?
– No perdemos nada con intentar –respondió la joven.– Y si sigues peleando como lo hiciste, tendremos una oportunidad más grande.
Por un segundo, el Caballero no contestó. Los aceitunados ojos de la Amazona nunca habían mostrado tanta silenciosa gratitud, y menos si se dirigían a él. Tampoco podía interpretar su débil sonrisa, sobre todo después de la discusión que habían tenido un rato atrás.
“¿Qué me pasa?”, se preguntó.
Se limitó a volver a asentir y a desviar la mirada, mientras llamaba:
– ¡Kiki! ¡Ya puedes venir!
No obtuvo respuesta.
– ¡Kiki, deja de estar jugando! –exclamó, mirando hacia donde Appendix había permanecido.– ¡Ven a la de ya!
Su reciente combate le había devuelto el aire de seguridad del que careció por meses, pero en ese segundo lo perdió por completo. Kiki había desaparecido.
Alguien la llamaba. En el pasado, en medio de las innumerables batallas a las que sus Caballeros se habían enfrentado, había sentido el mismo llamado que le solicitaba protección, guía o luz. Algunas veces pudo contestarlo, en otras no, pero ellos supieron que ella los acompañaba siempre.
Sin embargo, ahora que el Averno la había privado de su percepción de cosmo, Saori-Atenea sólo sentía una señal fragmentada, sin lograr definir quién era o para qué la necesitaba. Incluso, no estaba segura de si parecía apagarse desde el origen o si se debía a un error suyo.
El pasillo al que daba su cuarto estaba desierto, y eso le preocupó. Contra lo que había pasado durante horas, no descubrió ningún sirviente a la vista. Tan rápido como le era posible, caminó sobre la alfombra en dirección a la escalera. Aunque no sabía qué esperar, la peculiar angustia de las guerras pasadas había regresado y le ordenaba que se diera más prisa.
Se asomó por sobre el barandal hacia el jardín interior. Desde ahí, alcanzaba a ver la escalera completa y parte de cada uno de los niveles, y de momento no encontró nada extraordinario. Abajo, la actividad de sirvientes, doncellas y soldados parecía normal. Entonces, ¿por qué se habían ausentado de los niveles superiores? Saori apoyó los brazos sobre el mármol de la escalinata, suspirando.
Ese lugar la estaba volviendo loca.
Vio que, dos niveles más abajo de donde se encontraban, caminaban dos jóvenes ataviados con armadura negra. Guardianes del Estigio. No los había visto en un buen rato... De hecho, ¿no había temido que hubieran salido del Palacio para enfrentarse a sus Caballeros?
En eso, el llamado que había percibido vibró con mayor fuerza, y notó que uno de los Guardianes llevaba sobre su hombro a una figura envuelta en una capucha rasgada y quemada, aunque no alcanzó a verle el rostro. Parecía ser un hombre que estaba inconsciente, probablemente herido. Para su parte humana, su identidad estaba oculta.
Pero no para su parte divina.
Sus ojos sin pupilas, con el don que había disminuido desde que llegó a ese lugar, detectaron el resplandor dorado que envolvía a la inmóvil figura. Pero cuando en otros tiempos había sido intenso y brillante, en esos instantes se apagaba lentamente, sumiéndose en la obscuridad. Y descubrió que aquel cosmo tan débil no sólo tenía el color del Sol de verano, sino también el de la melena de un león en plena juventud.
– Aioria... –murmuró al descubrirlo.
De repente, todo se volvió claro. Los Guardianes habían descubierto a Aioria y lo llevaban quién sabe a dónde, y por la intensidad de su aura supo que, a pesar de que todavía estaba vivo, no soportaría mucho tiempo así a menos de que alguien hiciera algo. Atenea, la diosa de la estrategia, habría permanecido inmóvil en su sitio, cuando mucho elevando una plegaria por el alma que estaba a punto de perderse. Pero Saori, la muchacha que había aprendido a amar a sus protectores aún cuando sólo debería haberlos visto como su guardia personal, no pensó en su propia seguridad ni un solo instante. y gritó:
– ¡Esperen!
Elis y Laertes voltearon a verla. Al descubrir que la misma Atenea los había llamado, la saludaron con una inclinación de cabeza y permanecieron en su sitio. Saori corrió hacia ellos, casi volando, como si el aire mismo quisiera ayudarla. Thanatos la miró maravillado. “Sabe lo que le ha ocurrido al Santo”, comprendió de repente. “Milord podría matarla por lo que está a punto de hacer, pero no le importa.”
Y, apretando las manos en puños, pensó:
“¡Con razón la aman tanto!”
Con el corazón en la garganta, Saori llegó al nivel donde se encontraban. Habría alcanzado a los Guardianes, pero una mano pesada como el hierro la sujetó del hombro.
– ¿A dónde vas, Atenea? ¿Por qué tanta prisa?
El tono de la voz de Hades no había sido el de cariñoso reproche que había empleado hasta entonces. Era profundo y estricto.
– Quiero ver al herido que llevan los Guardianes, tío –respondió Saori, mirándolo a los ojos.
– ¿Te importa en algo?
– Todos los que sirven aquí son seres humanos y proceden de Terra –afirmó, detectando un deje de sospecha en la intención y en las palabras de Hades.– Soy una diosa dedicada a protegerlos y quiero ver si puedo sanarlo.
– ¿Te dedicas a protegerlos o éste tenía por misión protegerte?
Saori contuvo el aliento, tratando de conservar una expresión de firmeza mientras le sostenía la mirada.
– No me engañas, Atenea –prosiguió el Señor del Averno, apretándole más del brazo.– También sé quién es ese hombre. No permitiré que lo salves.
– No voy a intentarlo –respondió, sus ojos relampagueando sin que Hades, por primera vez desde su reencuentro, pudiera interpretar su mirada.– Voy a hacerlo.
Saori trató de soltarse, pero Hades volvió a apretarle el brazo para detenerla y confesó:
– Yo fui quien lo hirió de esa manera.
La diosa palideció.
– No existe quien pueda sobrevivir a mi obscuridad –continuó el dios, su voz adquiriendo una entonación más grave a cada segundo.– Estás perdiendo tu tiempo. Tu Santo va a morir.
Saori volvió a mirar a Aioria. Esa vez, gracias a la poca distancia que existía entre ambos, descubrió la gravedad de sus heridas. Así como la sangre prácticamente luchaba por permanecer en su cuerpo, su cosmo estaba peleando por seguir vivo. Y no lo estaba logrando.
Comprendió por quién había estado dispuesto a morir, y el corazón se le encogió dentro del pecho.
– ¿Por qué insistes en traicionarme? –preguntó Hades, obligándola a mirarlo nuevamente.– Conspiraste con este miserable para escapar de mi dominio en lugar de aceptarme. ¿Por qué te niegas a aceptar tu destino?
– ¡Porque éste no es mi destino! –gritó Atenea de repente, sus ojos brillando.– ¡Debería estar muerta!
Hades, sorprendido ante la actitud de su sobrina, no respondió. Era cierto. Deberían haberla recibido en espíritu, no en cuerpo y alma. Pero en lugar de un funeral, tenía lugar una batalla igual de cruel como el resto de las guerras santas entre dioses antiguos. ¡Deja que se marche!, gritó su conciencia. ¡Déjala morir en paz, deja que los suyos la lloren y conserven su nombre y su luz en su propio mundo!
Pero esta vez no quiso escucharla.
Miró a sus Guardianes y, en silencio, les ordenó que continuaran su camino. Laertes obedeció de inmediato. Elis dudó un segundo al ver el dolor que se reflejaba en los ojos de la diosa, pero también dio la vuelta y acompañó a su amigo.
– ¡No! –gritó Saori.– ¡Aioria!
– No los vas a acompañar –ordenó Hades, sujetándola con mayor fuerza.– Él sólo será el primero en morir de los que lograron entrar al Averno, y tú mirarás sin intervenir.
Voltearon a verse frente a frente, el Señor de los Muertos y la Protectora de los Vivos. Y por primera vez desde que se debía haber cumplido el Fin del Ciclo, Hades descubrió que los ojos de su sobrina favorita mostraban rencor, casi odio. Con un ademán brusco para una mujer, Saori-Atenea se soltó y dio un paso hacia atrás.
– Me estás pidiendo que me niegue a mí misma. Que observe tranquilamente cómo matas a los que me protegen y me aman.
– Tú eres quien me obliga a ello –respondió con frialdad.
– Desde que nos reencontramos has intentado destrozarme el alma, engañándome e insultando a los míos –continuó Saori, su voz adquiriendo una profundidad que nunca había tenido.– Ahora quieres matar a mis Santos y Caballeros. Uno de ellos murió por tu culpa, y el otro está muriendo porque lo atacaste.
Y sin apartar la vista de su tío, Atenea encendió su cosmo.
– ¡Te juro por todo lo Sagrado que no lo permitiré!
– Ellos están dispuestos a morir por ti –afirmó Hades, cruzándose de brazos.– ¿Les negarás ese honor?
– Todos han sufrido demasiado por mi causa. Quiero tener el honor de morir por ellos.
Dicho eso, empezó a elevar su cosmo, esperando que su tío actuara igual y se enfrentara a ella. Pero no fue así: Hades se limitó a verla en silencio, esperando.
Y entonces notó que la intensidad de su aura no era la de siempre. No tenía la luz que mostró el día en que le fue revelado su verdadero nombre. No era aquella que se enfrentó a Ares, ni el que había evitado que se destrozaran los témpanos en Asgaard o que recibió toda la lluvia del mundo para proteger al mundo. Extendió sus manos y descubrió la negra aura que la envolvía, deteniendo el crecimiento de su cosmo y robándoselo a la vez. Lo intentó de nuevo, bloqueando todo pensamiento y sentimiento, y concentrándose sólo en su nombre.
Pero resultó imposible: su poder no venía a ella, sin importar que fuese una diosa.
– ¿Comprendes que es inútil, sobrina? –preguntó el Señor del Averno, su voz llena de tristeza.
Saori-Atenea lo miró, sus ojos comenzando a llenarse de lágrimas por la impotencia y la desesperación.
– ¿Qué me has hecho?
– Nada –respondió Hades y su tono fue completamente sincero.– No soy yo el responsable de esto.
Ella volvió a intentarlo, pero no sirvió de nada. No era humana, pero estaba dejando de ser una diosa, y regresó a ella la confusión que había superado en los últimos meses. Una fuerza negativa, casi tan poderosa como Dios, la oprimía e impedía que fuera ella misma y realizara su propósito.
– Se debe a que estás en el Reino de los Muertos y eres un ser divino que no pereció antes de entrar –continuó Hades, conmoviéndose ante los inútiles esfuerzos de su sobrina.– El Averno ha robado tu energía y lo seguirá haciendo, hasta que te hayas convertido en una persona que dependa de aquel que gobierna este lugar.
Y añadió en voz un poco más baja, pero no por ello menos grave.
– En verdad esperé que no ocurriera. Pero fue en vano.
Saori-Atenea no respondió y cerró los ojos. Al hacerlo, dos ríos de lágrimas fluyeron por sus mejillas. Hades no tuvo corazón para añadir: “Sí, eso fue lo mismo que le ocurrió a Perséfone, pero no lo sabía entonces.”
– ¿Y aún sabiéndolo, vas a obligarme a permanecer aquí? –preguntó entre sollozos.
Hades se mordió los labios y activó su cosmo negro.
– Nunca entenderás por qué lo hago. Sólo te pido que comprendas que no puedo permitir que te vayas. Y para esto, tampoco que tu Orden te rescate.
Saori lo miró otra vez. La obscuridad que emanaba de su tío empezaba a unirse con la que lo restringía.
– Te juro que tus Caballeros morirán con el honor que merecen, y que olvidarás y sanarás.
Extendió sus brazos hacia ella, justo como antes había hecho para invocar a los Tresors, mientras decía:
– Perdóname.
– ¡Tío, espera!
Si Hades alcanzó a escucharla, no lo demostró. Saori se vio rodeada por la más negra de las obscuridades, la de la noche sin estrellas y del dolor sin esperanza. Por un segundo, perdió todos sus sentidos menos la intuición, y ésta se encontró tan confundida que no le sirvió de mucho. En un remolino de imágenes, vio a cada uno de los Santos y de los Caballeros, en especial a Ikki, a Aioria y a Seiya, y su corazón les suplicó una disculpa por no ser lo bastante fuerte para enfrentarse a Hades y, al mismo tiempo, tan poco digna de su protección y de su amor.
Una luz apareció al final del túnel de su mente. Abrió sus ojos llenos de lágrimas para encontrarse de nuevo en su cuarto, el más alto en el Palacio del Tártaro. Su tío la había devuelto a su habitación.
Corrió hacia la puerta. Pero el cerrojo no obedeció y permaneció fijo en su lugar. Se dirigió entonces a la ventana, pero estaba atrancada. Entre las rendijas sólo se vislumbraba obscuridad.
– ¡Tío, sácame de aquí! ¡Déjame salir!
No obtuvo respuesta por más que permaneció un rato llamando. Cada uno de sus golpes y gritos fue más débil que los anteriores. Trató de encender su cosmo y éste apenas le respondió. Finalmente se dejó caer de rodillas, llorando de rabia y de tristeza.
Aquéllos a quienes amaba iban a morir. Y ni siquiera tendría el consuelo de brindarles su luz como guía por última vez.
Afuera de la habitación, el pasillo cambió casi mágicamente. El espacio adyacente a la puerta se transformó en un área vacía, cortando la escalinata a la mitad. Nadie podría alcanzar la puerta, cuando la habitación fue separada del piso, a menos de que se reintegrase la superficie de la escalera o se encontrase alguna forma para atravesar la obscuridad.
Cuando Hades dio la vuelta, no supo qué era lo que sentía. ¿Pesar? ¿Arrepentimiento? ¿Dolor?
¿Confianza en su próximo triunfo?
– ¿Qué has hecho?
Al voltear, descubrió que una mujer lo esperaba,.
– Has vuelto –afirmó sin interés aparente.
– No respondiste a mi pregunta –insistió Perséfone.– ¿Por qué has tratado así a tu propia sobrina?
Hades no respondió. Pasó al lado de su esposa sin atreverse a mirarla y se dirigió hacia otra cámara.
– ¡Hades!
La miraba de reojo. No alcanzó a verla y fue mejor así.
– Discúlpame. No tengo tiempo.
– ¿Qué quieres decir? –preguntó Perséfone, siguiéndolo.
Hades miró al frente. Su rostro, aún así, no reflejó emoción alguna.
– Esta batalla debe terminar ya. Y sólo yo puedo hacerlo.
– Pero...
– Te dije que no tengo tiempo –insistió, su voz cortante.
Perséfone se quedó en su sitio, incapaz de creer que él le hubiera hablado así. Hades siguió su camino, los recuerdos de la imagen de Atenea y de la voz de su esposa en la mente.
Sin embargo, también los acompañaban la actitud de desafío del Santo y el cosmo de la avatar que evitaba que se cerrara el Portal. De uno ya se había ocupado. Y de la otra estaba a punto de hacerlo.
Aunque, para no perder la costumbre, la comida en su plato despedía un olor delicioso, Sorrento la miró con desgano. Si bien su tenedor había cortado en pedazos el cordero agridulce y separado y vuelto a reunir sus vegetales, el alimento permanecía intacto y al joven parecía no importarle. Sus pensamientos se encontraban a kilómetros de distancia.
Nada le había pasado desapercibido a Julián Solo, quien ya había llegado al postre de queso. Tal vez debería decir que Sorrento se había comportado de manera extraña desde la noche anterior, pero no era exactamente así. Había actuado de ese modo por días.
– No tienes que comerlo si no lo quieres –dijo, fingiendo distracción mientras alzaba su copa de vino.
Su compañero pareció salir de un ensueño. Reparó en su plato como por primera vez y dijo:
– No es necesario. Está sabroso.
– Podrías pasar al postre si así lo quieres.
Sorrento miró, distraído, al plato de Julián. ¿Cuánto tiempo había estado distraído?
– En realidad, no tengo hambre –confesó finalmente.– No apetezco nada.
– En tal caso, es vino lo que necesitas.
Hizo la señal al sirviente para que llenara la copa de su amigo y se retirara. El sirviente obedeció. Entre tanto, Sorrento descubrió que no podía interpretar la mirada de su amigo. Era la primera vez en mucho tiempo que eso pasaba, desde aquel amanecer en que Julián despertó en la orilla del Mar Mediterráneo, sin estar muy seguro de lo que había ocurrido desde el día de su cumpleaños. A su lado, el único ser vivo que encontró fue Sorrento, quien se convertiría en su compañero y mejor amigo, pero que no respondía a ninguna pregunta que se hiciera sobre el pasado.
Una vez que estuvieron solos, Julián se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana. Uno de los muchos comedores de su mansión, su preferido, estaba protegido por una ventana en sustitución de un muro. Desde ahí, podía observarse al inquieto mar griego casi como si se estuviera en la playa. El atardecer se reflejó sobre su blanca ropa de seda y en el mármol de la construcción, y en su copa pareció haber sangre por un segundo. Sorrento lo observó desde su asiento, preguntándose qué habría sido del mundo si el dios que habitaba en ese cuerpo joven no hubiese sido derrotado, y sintió un escalofrío.
– Siempre que estoy confundido –empezó a decir el último heredero de los Solo, sin separar la vista de las olas– miro al mar. En su vaivén, el agua acomoda al mundo, e igual hace con los pensamientos. No en vano los seres humanos estamos formados por agua.
– Procuraré seguir tu consejo –afirmó Sorrento, aunque sabía que la conversación no había terminado.
Como si no hubiera dicho nada, Julián continuó:
– Igual ocurre con los sueños. El mar los acomoda y los sitúa en su dimensión real. ¿Alguna vez has soñado que no eres quien eres?
Sorrento se levantó de su lugar y se le acercó mientras respondía.
– Nunca sueño. Mi mente borra los delirios que tengo y sólo veo un espacio negro toda la noche.
Julián dio un sorbo a su copa, y hasta entonces su amigo se dio cuenta que había dejado su propia copa sobre la mesa.
– Un psicólogo diría que tu realidad es tan horrible que ni así puedes enfrentarla. Te recomendaría hablar con alguien.
La imagen de Thetys se presentó en la mente del General. Ella era la única con quien podía hablar de ese “mundo reprimido”.
– En cambio, –prosiguió Julián– yo tengo un sueño que se repite constantemente. En él me veo como un anciano vestido en una armadura dorada. No es mi cuerpo, pero sé que soy yo. Vivo en unas ruinas bajo el mar y sostengo en mi mano un tridente de oro que luce un sello roto.
Sorrento palideció. El sol del ocaso le prestó a su rostro los colores que acababa de perder.
– Me rodean siete hombres vestidos con armaduras del mismo tono de la mía. Me han jurado lealtad, y viene una sirena con ellos. El mundo está a punto de ser mío, pero otra mujer lo impide. Una mirada de sus ojos basta para que el anciano que domina mi cuerpo desaparezca y yo quede, solo y sin armadura. Es un sueño extraño, ¿verdad?
El General no supo qué responder.
– Lo más curioso de todo es que, en mi delirio, veo personas que conozco. Uno de los hombres que están junto a mí eres tú, y al igual que en la vida real, tocas la flauta.
“Sabe todo”, pensó Sorrento, el corazón palpitándole en las sienes. “De nada sirvieron nuestros esfuerzos para que olvidara. Sabe que fue Poseidón, recuerda a sus guardias y a Thetys. Y también a...”
– Lo más curioso es la identidad de la mujer que me derrota. ¿Alguna vez te hablé de Saori Kido?
Una ola se estrelló contra el cimiento de la casa. A distancia, una parvada de gaviotas se atravesó frente a los últimos rayos del Sol.
– No –murmuró Sorrento.
Julián sonrió débilmente.
– Es la mujer más extraña que conozco. Es bonita, quizá no guapa, pero sí muy atractiva. Cuando tus ojos te ven, es como si pacientemente te aguardara por todo el tiempo del mundo y te ofreciera el perdón por tus debilidades.
“Y cuanto canta”, pensó Sorrento, apretando los labios, “su cosmo habla del amor en el mundo, que la guerra debe ser lo último a lo que recurramos. Es capaz de hacer que un pecador se arrepienta, pero no puede mostrar qué sigue después de la conversión.”
– No sé qué sería de ella –escuchó a Julián a distancia.– Sé que regresó a Japón y luego organizó el Desafío Galáctico. Pero qué pasó después, es un misterio. Aún así...
Sorrento lo miró. El rostro de Julián mostraba duda y seguridad mientras decía:
– Después de nuestro viaje, hace ya un año, entre todos los mensajes que se acumularon en nuestra ausencia, encontré uno suyo. En él, preguntaba por mi salud y por mi casi ahogo. Sorrento, –y volteando a verlo, preguntó– ¿cómo lo supo?
– Eh... ¿intuición?
– ¿Por qué tocaste la flauta toda la noche?
Sorrento volvió a desviar la mirada.
– Lamento haberte despertado.
– No lo hiciste. Tampoco podía dormir. Sólo respóndeme: la canción que interpretabas, ¿era para alguien?
El General supo que ya no había modo de quedarse callado, pero tampoco podía decir la verdad, al menos no todavía. Sin apartar la vista del mar, que empezaba a reflejar un color azul obscuro, respondió:
– Hace tiempo, una mujer cambió mi vida. No me preguntes quién era ni cómo lo hizo, pero la cambió. Hace días, me enteré que un mal muy grande la acecha y que no hay modo de ayudarle. En lugar de maldecir, interpreté un réquiem en su honor. Eso es todo.
Sorrento se había sonrojado levemente al hacer esa confesión a medias. Julián lo miró, su rostro inexpresivo.
– ¿Por qué dices que no hay nada que hacer?
– Porque hay gracias que no alcanzan a los pecadores –respondió sin darse cuenta.
El sonido de las olas fue lo único que se escuchó en el comedor. Julián parecía meditar y la mente de Sorrento era invadida por cientos de pensamientos y por ninguno a la vez.
– No sé en qué dios creas... –murmuró el primero después de un rato.– Yo mismo no sé cuál es el mío.
¿Cómo saberlo, si uno había reencarnado en él?
– Sólo sé que hay un pecado mayor que todos los demás, y contra lo que se piensa, no es la ira, la lujuria, la pereza ni la soberbia. Es la desidia.
Sorrento volvió a mirarlo, pero Julián observaba al mar.
– Mi padre decía que, si está en ti actuar, lo hagas aún cuando fracases. Si crees que cometerás un error, siempre habrá modo de disculparse o de arreglarlo. Y en cuanto al arrepentimiento, creía que era mejor pedir perdón que permiso –y añadió como en broma.– Mi padre fue un triunfador hasta el día de su muerte.
Los ojos carmesí de su compañero vibraron. El heredero de los Solo dio el trago final a su copa y se dirigió a una de las puertas del comedor mientras decía con desinterés:
– Voy a la playa a caminar un rato. Si de algo te sirve, todos los autos están en perfecto estado y, debido a la hora, el camino a Atenas está despejado. Hasta la noche, Sorrento.
El joven no volteó al escuchar la cristalina puerta que se cerraba. Sólo miró su reflejo sobre el cristal de la ventana, parte un ser humano y parte las olas que comenzaban a brillar con la luz de las estrellas.
Únete a nosotros entonces. Ven al Santuario, ayúdanos a protegerla contra Hades, y sírvele también.
Un rato después, Julián Solo miró cómo uno de los autos de su colección particular salía de la casa, tomaba uno de los pequeños caminos y parecía dirigirse a la carretera principal hacia Atenas. Como era un convertible y traía abajo la capota, alcanzó a ver el cabello de Sorrento, agitado por la brisa marina. A su lado, llevaba una urna de color dorado que alguna vez vio escondida en uno de los desvanes. El metal del cofre reflejaba el brillo de las estrellas.
“Buena suerte, Sorrento de Sirene”, pensó cruzándose de brazos. “Corre hacia el Santuario y ayuda a rescatar a Atenea. Pase lo que pase, te agradezco que hayas tratado de protegerme de mi pasado. Pero, ¿sabes?, eso se encuentra en mi interior y jamás podré escapar de él.”
Y como todas las noches, cuando bajó a la playa, las olas del mar rodearon cariñosamente sus tobillos. El mundo parecía haberlo olvidado, mas el Emperador Poseidón, cuyo poder se encontraba dentro de la Urna Ateniense, aún deambulaba sobre la Tierra.
El viento del norte de Europa era helado y deprimente. Hyoga nunca comprendió por completo por qué se sentía un poco triste cuando abordó el barco que los llevaría de regreso a la región de Rusia donde vivían, pero no le dio mucha importancia de momento. De su mano izquierda sujetaba a su madre, quien protectoramente lo guiaba hacia la cubierta. Alzó la cabeza y la miró en silencio; en respuesta, Natassya sonrió y le indicó que tuviera cuidado con los escalones sobre los que caminaba.
Antes que el barco zarpara, ella le pidió por treceava vez que se acomodara la capucha del abrigo sobre su cabeza, y por treceava vez Hyoga trató de desobedecerla. Cariñosamente, Natassya se arrodilló a su lado para colocársela ella misma; al hacerlo, sus azules ojos se encontraron. Ella miró entonces al rosario que incluía la Cruz del Norte que le había colgado al cuello. Un rosario, sabía, no suele guardarse así, pero era la única manera de que no lo perdiese –y que no olvidara encomendarse a Dios en todo momento ni lo que Él significaba. Al instante en que el barco se hizo a la mar, una parvada de cisnes sobrevoló el muelle. Hyoga, con la fascinación propia de un niño que todavía no cumple los diez años, los observó y se maravilló ante lo agraciado que era su vuelo en contraste con la fuerza de cada uno de sus movimientos. Por un segundo, cuando pasaron frente al sol, le pareció que no estaban cubiertos de plumas, sino de los cristalinos copos de hielo que caían en su aldea. “De diamante”, dijo Natassya al escucharlo. “Es como si estuvieran formados de polvo de diamante.”
El resto del día, mientras navegaban, Hyoga se la pasó pensando en los cisnes. Eran hermosos y fuertes y se integraban al hielo como si fueran extensiones del mismo. De vez en cuando, sacaba la Cruz de abajo de su abrigo y comprobaba que recordaba correctamente las oraciones que su madre le había enseñado. Mientras las decía, le pareció que murmuraba parte de un hechizo, una especie de magia contenida en las palabras y que, imaginó, sólo conocían los ángeles. Después de rezar, su madre volvió a acomodarle el abrigo. Se acercaba la hora de ir a cenar y no quería que se enfriara y se enfermara. El clima de Siberia es el más cruel de todo el mundo incluso para quienes nacieron ahí.
En eso, el barco se sacudió bruscamente y se escuchó una explosión en la parte inferior del mismo mientras comenzaba a moverse con violencia. Hyoga sólo sintió que su madre lo estrechaba contra su pecho, ahogando en parte el sonido de los gritos que emergía de todos los rincones del barco. Natassya no se atrevió a moverse hasta que el movimiento fue un poco más suave; le ordenó a su hijo que no la soltara por ningún motivo y lo guió hacia el pasillo. Hyoga permaneció en silencio, muy asustado pero tratando de confiar ciegamente en su madre, como lo había hecho hasta entonces.
En el trayecto hacia la cubierta, los rodeó un intenso olor a humo, a madera, a metal mojado y a sal. Mujeres y hombres gritaban histéricamente, corriendo de un lado al otro del barco e insultándose si se estorbaban. Hyoga comenzó a sentirse angustiado, pero mirar que su madre era la única inmune al pánico parecía protegerlo. Hasta mucho después comprendería que ella estaba igual o más asustada que él, sobre todo cuando vio que, atrás de ellos, el agua estaba subiendo de nivel.
Cuando por fin llegaron a cubierta, Hyoga se espantó al ver que el barco estaba inclinándose hacia atrás, y entendió que por eso la ascensión había resultado tan difícil. La parte posterior del barco empezaba a ser devorada por las llamas. Estrechó con mayor fuerza la mano de su madre, temblando en parte por el miedo pero también por el frío siberiano que golpeaba su rostro. Tan rápido como le fue posible, Natassya lo guió hacia los botes salvavidas, donde los marineros de la tripulación distribuían a los pasajeros hacia la única oportunidad que tendrían para sobrevivir.
De repente, escuchó que gritaban que ya no había espacio en los botes que se encontraban de ese lado del barco. Natassya apenas pudo escuchar sus indicaciones sobre lo que tendrían que hacer y, tratando de fingir la mayor calma posible, se dirigió con velocidad hacia el otro extremo. Sentía la helada mano de su hijo en contacto con su palma y, sin darse cuenta, comenzó a rezar en silencio, suplicando misericordia para ambos, pero sobre todo para Hyoga.
Mientras corrían, el barco volvió a estremecerse. Decenas de personas, incapaces de mantenerse tranquilas, se arrojaron por la borda, y muchas encontraron la muerte entre el hielo que cubría al mar. Por todos lados, se escuchaban gritos que clamaban ayuda o que instaban a la gente para que se diera prisa, y Hyoga no supo si le daba más miedo ver a la turba perdiendo el control o el helado mar que podría convertirse en su tumba.
Finalmente, llegaron a uno de los botes que estaba listo para ser soltado. Uno de los marineros le extendió la mano a su madre, indicando que debía subir. Ella negó con la cabeza; de inmediato, tomó a Hyoga en brazos y se lo dio. El marinero sujetó al niño, y mientras lo depositaban en el bote salvavidas, Hyoga alcanzó a ver el enfurecido mar que los aguardaba. A pesar de su edad, comprendió que era muy posible que no sobrevivieran, pero el bote y las corrientes mismas le parecieron más seguras que el barco donde se había encontrado.
Una nueva explosión sacudió al barco con tal violencia que nadie pudo mantenerse en su lugar. Hyoga cerró los ojos, asustado, y escuchó que algunas de las personas que habían estado con él en el bote caían hacia el mar. En eso, sintió como si él mismo estuviera cayendo y dejara el estómago varios niveles más arriba, pero no sintió el golpe del agua. Un par de marineros habían cortado las cuerdas que lo habían sujetado al barco, y en medio de la obscuridad y del aire frío, comenzaban a alejarse de él.
Hyoga tardó un momento en comprender lo que había ocurrido, y uno más en entender que se encontraba a salvo. Pero no tuvo tiempo de sonreír ni de sentirse aliviado; de inmediato, miró a los otros ocupantes del bote para comprobar que su madre estaba con ellos.
Y sintió que el corazón se le estrujaba al descubrir que no era así.
Volteó hacia el barco. Éste comenzaba a hundirse en el mar, en medio de las llamas y del humo, y a pesar de la distancia, descubrió la esbelta silueta de su madre envuelta en su abrigo, todavía en el lugar de la cubierta frente al cual había estado el bote. A diferencia que los otros pasajeros que habían quedado atrapados en el barco, ella no corría ni gritaba ni maldecía. Se limitaba a mirarlo en silencio, inconscientemente protegiéndose el pecho con el abrigo.
“¡Mamá!”, gritó Hyoga mientras trataba de bajarse del bote y nadar hacia ella. Dos de los marineros que lo acompañaban lo sujetaron, y era tal la fuerza que provenía de su desesperación que estuvo a punto de escapárseles. Sin dejar de llamar a su madre, extendió los brazos hacia ella, viendo cómo se hundía con el barco. Las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos y todavía no crecía lo suficiente como para pensar que quizá debería ocultarlas.
La última imagen que vio de su madre (y, de hecho, que recordaba de aquel día) fue que murmuraba algo. Por la distancia, no alcanzó a escuchar sus palabras ni su voz por última vez, ni tampoco distinguió que estaba llorando, pero no le fue difícil imaginarlo.
“Adiós, Hyoga. Cuídate mucho.”
En el barco, incapaz de controlar el llanto al ver a su amado hijo, tan pequeño y que quedaría solo en el mundo, Natassya supo que no podía permitir que Hyoga la viera así, ni cómo moría entre el hielo. Dio la vuelta y, lentamente, volvió a su camarote.
Hyoga no recordaba más de aquella noche. Sólo que, a la mañana siguiente, despertó en un muelle de la región de Siberia, aunque no sabía si había dormido o no. Un hombre lo había envuelto en una frazada y le había dado una taza de chocolate caliente, pero su dulce sabor fue lo más amargo que había probado en toda su vida. Lo rodeaba la intensa y casi irreal luz del amanecer y los sollozos por los muertos y heridos llenaron sus oídos. Pero él no lloraba. Era como si todas las lágrimas se hubieran secado en su interior.
Sin comprender cómo, salió del albergue y miró hacia el mar. Su madre todavía estaba ahí, y lo estaría por siempre, entre el hielo. Hasta entonces, notó que su capucha estaba caída y que el viento helaba su rostro, pero no la acomodó. Sólo una persona tenía la costumbre de hacerlo.
Y su propio espíritu había muerto junto con ella.
Sobre el muelle pasó la parvada de cisnes del día anterior, pero esta vez cantaban. Su tono era triste, casi el de un lamento, y Hyoga recordó las historias que decían que los cisnes cantaban antes de morir. Al mismo tiempo, los rayos del Sol se reflejaron sobre la Cruz del Norte y sobre las lágrimas que por fin dejaba escapar, pero que serían las últimas que derramaría frente a otras personas.
Hyoga se había preguntado si habría sido capaz de superar la muerte de su madre como otros tantos huérfanos, y si el paso del tiempo sí habría podido curarlo. Pero no existía modo de saberlo. Lo único que había logrado razonar, tratando de ser lo más objetivo posible, era que la principal causa de que no pudiese olvidarla había estado en su entrenamiento en Siberia. Con los años, esa parte del mar se había vuelto a cubrir de hielo, y estar tan cerca de la tumba de su madre (así como haber encontrado su cuerpo incorrupto y visitar el mausoleo acuático cada determinado tiempo) le impedía olvidar y sanar. Él mismo lo evitaba sin darse cuenta.
La otra causa era más un sentimiento que una certeza, y Hyoga jamás había querido profundizar en ello a pesar de que aparecía en su mente de vez en cuando. Estaba seguro que, indirectamente, él había matado a su madre.
Ella habría podido ocupar su lugar en el bote. Podría haber subido primero y después tomarlo en brazos. Pero al cederle su turno, había firmado su sentencia de muerte a cambio de la vida de su hijo. El día que Hyoga llegó a esa conclusión fue aquel en que pudo superar la pena que la desaparición de Isaac había provocado para regresar al barco hundido. Ya no era por deseo, por añoranza ni incluso por obsesión. Era por gratitud. Y por arrepentimiento.
Por eso se había estremecido cuando Erina le dijo que conocía su secreto. Porque jamás le había confesado a nadie lo que verdaderamente sentía. Él había matado a su madre y nada que pudiera hacer lo separaría de esa idea.
Camus lo presentía, justo como Crystal e Isaac lo habían entendido en un momento u otro. Pero lo que para Kraken se había traducido en ira y para el Maestro en innumerables consejos, para el Santo había sido en acción. Si estaba tan atado al pasado, sólo quedaba un modo de liberarlo. Destruyendo ese mismo pasado. Hundir la tumba en el helado mar de Siberia, donde ningún ser vivo podría alcanzarla.
Hyoga odió a Camus, lo desafió y perdió. Pero después no sintió más que admiración y gratitud por lo que había hecho. Le había roto el corazón, de acuerdo, pero había sido por su bien. La añoranza jamás desaparecería, mas el recuerdo y el deseo de seguir habían sido más firmes después de ello. Extrañaba verla, pero la sentía tan cerca de él –en cada amanecer, cada vez que rezaba, cuando miraba la Cruz del Norte que Ikki le había regresado tras su renacimiento, hasta en la felicidad que había encontrado en Asgaard– que su sentimiento se había tornado más dulce, lleno de amor y alejado del vacío y en gran parte del arrepentimiento.
Hasta ese segundo.
Su madre era tal como la recordaba. Su largo cabello rubio caía hasta su cintura, formando delicados rizos cerca de las puntas. Su blanca piel parecía porcelana, y sus mejillas se veían como pétalos suaves al tacto. Sus delicadas facciones, su boca sonrosada y sus hermosas y delicadas manos, con uñas que, aún sin pintar parecían nacaradas... Era igual que antes. Pero lo que más le llamó la atención y desbordó su corazón fueron sus ojos.
Por años los había contemplado cerrados e inmóviles, cubiertos por sus espesas pestañas doradas. Ahora, lo observaban con su tono azul obscuro y su dulce expresión. Vivían.
Su cuerpo incorrupto estaría bajo el mar de Siberia, fuera del alcance de cualquier ser humano para toda la eternidad, pero su alma vivía y estaba frente a él. ¡Cuánto deseó correr hacia ella y abrazarla, aunque Crystal le había dicho que el contacto físico entre las almas y los vivos no estaba permitido!
Sin embargo, atrás de ella estaba Alecto de Erina. Sonreía triunfalmente.
Natassya, al verlo, pareció contener el aliento de su espíritu. Ante ella se encontraba el hijo a quien tanto amaba y por quien tanto había rezado en la Tierra y en el Edén. Hyoga estaba herido y cubierto de sangre, y al ser un alma pudo descubrir como apenas continuaba palpitando la vida en su roto corazón.
– Hyoga... –murmuró cariñosamente.– Hijo mío, ¿qué te han hecho?
Cygnus sintió las lágrimas que fluían por su rostro, pero no supo si eran de pesar o de alegría.
– ¡Eres tú, mamá! –exclamó, la voz quebrándosele.
Dio un giro de cabeza para deshacerse de su llanto, aunque no sirvió, y continuó:
– ¡Estás viva! ¡Sí existe la vida después de la muerte!
– Para ti ya no la habrá, Caballero –intervino el Guardián.– No importa que creas en el Omnipotente ni que Él haya enseñado que la muerte no es más que un paso. Tu alma va a morir.
Hyoga lo ignoró. Una de las principales reglas del combate es nunca distraerse, jamás olvidar que tu enemigo está cerca y que podrá destruirte apenas descubra que no le estás prestando atención. Su descuido no fue voluntario. Era feliz de nuevo, inmensamente feliz, y al mismo tiempo sentía mucho miedo aunque no había deshecho la Kata del Aguador.
– Mamá...
– No sé por qué te da tanto gusto verla, Cygnus –opinó Alecto, acercándose un poco.– Durante todo nuestro encuentro nos hemos dedicado a recordar tus crímenes y pecados. Asesinaste a las personas más importantes de tu vida... Y tu madre no fue la excepción.
Las palabras del Guardián resonaron como el trueno, y un relámpago remarcó su última frase. Hyoga volteó a verlo, la verdad lo que había dicho lo único capaz de distraerlo de su contemplación.
– Yo no maté a mi madre.
Pero palideció al afirmarlo.
– Claro que lo hiciste –insistió el Guardián.– ¿O es que has olvidado el viaje en barco?
Cygnus no respondió.
– A una madre no le importa dar la vida por su hijo. Pero un acto tan generoso de una parte es, en contraste, uno de egoísmo del receptor. –Y añadió como con desinterés.– Tu madre era muy joven al morir...
El Caballero permaneció callado e inmóvil, pero el agua que estaba en el interior del Cántaro empezó a agitarse por el temblor de sus manos.
– Dedicó su vida a cuidarte aunque bien pudo haber seguido con la suya. Dime, ¿cómo te dedicaste a honrar su sacrificio?
Cygnus permaneció inmóvil en su sitio, aunque su cosmo ya no aumentaba de intensidad y el cisne que había trazado su reflejo comenzaba a desaparecer. Crystal e Isaac intentaron liberarse, pero habían estado mucho tiempo sujetos a la energía del Guardián. Camus, en cambio, permaneció en silencio, como si la escena le resultara ajena.
– ¿Sabes que un alma puede rechazar el descanso eterno si aquellos a quienes amó no encuentran su propio camino? –preguntó Erina.– Te negaste a aceptar la muerte de tu madre. Es comprensible. Pero lo que es en verdad preocupante es que te hayas dedicado a visitarla no en el panteón, sino en su propia tumba.
Y añadió con fingida pena:
– ¿Estabas consciente de cuánto daño le hacías al verte tan necesitado de cariño y de protección?
Hyoga miró de nuevo a su madre. Aunque Natassya habría dado todo por mentir, la vida espiritual se lo impedía y bajó la vista. El Caballero se mordió los labios al comprender que era verdad.
Erina se acercó a Natassya, sin tocarla.
– No tiene ningún caso que yo hable –y añadió en voz más suave.– A ver, alma, exterioriza tus pensamientos y rencores hacia aquel que resultó tan poco digno de ser tu hijo.
Hyoga apretó los ojos, obligando a que las lágrimas fluyeran de ellos.
– Dile que moriste con tal de que él viviera.
– ¡No lo escuches, Hyoga! –exclamó Crystal, el corazón de su hijo presentándose claramente ante sus ojos.
– Dile que no te importó hacerlo si era por él.
La posición de los brazos del Aguador ya no era tan firme.
– Dile que ni siquiera te permitió disfrutar el paraíso.
– ¡Hyoga, atácalo! –gritó Isaac.– ¡Mátalo ya!
– Dile que toda tu vida la dedicaste a él, desde su nacimiento, y que ningún dolor o pesar fue lo suficientemente grande para ti aunque estabas sola. Dile que volverías a morir con tal de que él viviese...
Y añadió con absoluta maldad:
– ¡Pero otro tipo de vida!
– Hyoga, escúchalo.
La última voz había sido firme e incluso fría, aunque no era de extrañarse. Sin deshacer la kata por completo, Cygnus miró a Camus. Su mirada era igual de estricta que su frase, y siguió siéndolo cuando sentenció:
– Acabemos con esto de una vez. Escúchalo, Caballero de Cygnus, y no repliques a menos de que realmente tengas una forma de defenderte.
Hyoga sintió que el corazón se le estrujaba igual que el momento que comprendió que su madre continuaba en el barco. El Maestro de su Maestro, ¿cómo podía decirle eso? Crystal volteó a ver a Camus con absoluta sorpresa, e Isaac incluso lo miró con odio.
El Guardián sonrió y, por telequinesis, atrajo hacia sí la tiara que Cygnus había perdido. La sujetó con desprecio e inclinándose con educación hacia Natassya, se la presentó:
– Esto simboliza la existencia que le regalaste a costa de la tuya. Es el emblema de los criminales, de aquellos que matan a los seres que más aman, sin importar si es su madre, su maestro o su mejor amigo. Tu hijo lo ha portado orgullosamente por años. Dime, ¿es esto lo que deseaste para él la primera vez que lo colocaron sobre tu regazo? ¿Es esto por lo que rezabas todas las noches, junto a su cuna, o lo que suplicaste justo antes de morir?
Natassya no respondió.
Las palabras del Guardián golpearon mil veces peor que un ken el corazón de Hyoga, y aunque insistía en conservar la kata, su posición ya no era perfecta.
– Dile cuán avergonzada estás de él y cuánto desearías que hubiese muerto en lugar de cometer tantos crímenes y manchar tu recuerdo.
En respuesta, Natassya sujetó la tiara de Cygnus. Alrededor de sus dedos brilló una luz semejante a la del hielo al tocar un objeto que pertenecía al mundo de los vivos. Aún así, no lo observó con curiosidad. Necesariamente la tiara le resultaba muy conocida.
En lugar de ello, miró a su hijo a los ojos. Su expresión, al igual que la voz, fueron suaves cuando confesó:
– No era ésta la vida que soñaba para ti, Hyoga.
Cygnus sintió que el corazón se le partía dentro del pecho. No pudo respirar al escucharla, y las lágrimas surcaron su rostro con más fuerza. El Guardián sonrió y estuvo a punto de reír. Crystal e Isaac descubrieron hasta entonces que también estaban llorando. Camus fue el único que miró fijamente al Caballero, aguardando.
Natassya comenzó a acercarse a Hyoga, la tiara en sus manos. Sus ojos eran tristes, y el Caballero recordó aquel momento en que se hundía el barco. Era la misma expresión.
– Has hecho mucho daño, hijo mío...
Hyoga ni siquiera tuvo corazón para responder. A cada segundo había menos distancia entre ambos.
– Volvería a dar mi vida con tal de que tú pudieras tener la existencia por la que rezaba todas las noches...
Camus bajó la vista. Por un momento, su expresión pareció conmoverse un poco.
– Pero el que no sea la vida que soñaba para ti, ni el que hayas dañado a otros, ni el hecho de que ya no haya vuelta atrás, significarán que deje de apoyarte o de rezar por ti.
Los ojos de Cygnus relampaguearon. Su madre estaba justo frente a él y, si deshiciera la Kata, podría tocarla, pero no lo hizo.
– ¿Qué quieres decir, mamá? –murmuró.
– ¿Qué haces? –exclamó el Guardián.
Sin voltear, ella dijo:
– Mi hijo, Hyoga de Cygnus, no debe atacarte...
Y al igual que años antes, sus manos tocaron su cabello. Sólo que esta vez no fue una capucha con lo que lo cubrió, sino con la tiara que lucía un cisne y que era el único signo que indicaba que era un Caballero Ateniense.
– Hasta que su armadura lo proteja por completo.
El rostro de Erina mostró su descontrol, e involuntariamente dio un paso atrás.
– ¡No sabes lo que haces, alma! –exclamó.– ¡Deberías odiarlo por provocar tantas muertes, incluyendo la tuya!
Natassya sonrió débilmente
– No tengo por qué odiarlo.
– ¿Existe un ser incapaz de sentir odio? –respondió Alecto con una intención entre burlona y cínica.
– Sólo tuviste un error.
Y al escuchar esa voz, Erina tuvo que voltear a ver a Camus de nuevo. Su frío e indiferente semblante se había vuelto amable, e incluso sonreía débilmente.
– Un maestro o un amigo pueden sentir rencor, odio incluso... Pero el corazón de una madre...
Miró a Hyoga. El Caballero miraba alternadamente a las dos almas y sonreía como hacía muchos años que no sentía deseos de hacerlo.
– Puede rezar porque su hijo regrese al camino de Dios. Pero jamás podrá odiarlo.
Natassya, en voz más suave, dijo:
– Haz lo que tengas que hacer, Hyoga.
– ¡Estás condenándolo a muerte! –exclamó Erina como último recuso.– ¡Acabará conmigo, pero no sobrevivirá al Cero Absoluto en esas condiciones!
– Hazlo –insistió Camus.
Hyoga asintió, su expresión volviéndose seria de pronto. De inmediato volvió a encender su cosmo hasta el máximo, esta vez sin que palabra, frase o fantasma alguno lograra detenerlo. El cisne que proyectaba se definió claramente, mostrando que no habría nadie capaz de hacerlo desaparecer en esa ocasión. El ambiente bajó todavía más de temperatura, una gruesa capa de hielo y nieve cubriéndolo todo. El Guardián, maldiciendo, miró hacia la mujer que, calmada, se había apartado de la trayectoria que tendría el ataque. Buscó a Camus de Acuario, pero ya no lo encontró. Se había marchado de la misma forma en que había llegado.
– ¡Eres un insolente, Cygnus! –gritó Erina.– ¡Moriremos los dos!
– ¡No trates de atemorizarme con la idea de morir! –respondió Hyoga.– ¡Sé que lo haré el día de hoy!
Crystal e Isaac intercambiaron una breve mirada. ¿Cómo lo sabía?
– Este ataque –continuó Hyoga, su armadura reluciendo con el frío de Siberia y Asgaard y con la luz de Grecia– me fue descrito por el Maestro Crystal cuando era niño. Con él acabé con un Santo Dorado a quien le debo todo y con mi mejor amigo. ¡Es su venganza, y la mía también!
– ¡Espera!
El cosmo de Hyoga se volvió completamente dorado cuando bajó los brazos y derramó el cántaro espiritual. Un arco iris pareció emanar de su cuerpo cuando gritó:
– ¡Ejecución Aurora!
Y de sus manos brotó el más helado de los vientos, el ken máximo de los Guerreros de Hielo. El aire, a una temperatura de doscientos setenta y tres grados bajo cero, convirtió en cristal de agua todo cuanto le rodeaba, a excepción de aquellos que carecían de un cuerpo físico, y detuvo el movimiento molecular d los árboles y de los dos guerreros que se enfrentaban.
Alecto de Erina, al igual que la vez anterior, desvió la Ejecución Aurora hacia Hyoga, pero esa fue su última reacción. La armadura forjada con el Fuego del Infierno fue cubierta con cristales y el vapor se transformó en hielo al instante. Un segundo después, se rompió en millones de fragmentos, al igual que el cuerpo del Guardián, que todavía se esforzaba en sonreír con burla. Al caer, el negro cosmo que sujetaba a sus almas prisioneras se desvaneció. Isaac y Crystal se desplomaron sobre la helada capa que cubría el suelo, sin moverse de inmediato por la falta de energía.
Se hizo el silencio. Ambos alzaron la mirada a donde se suponía que Hyoga estaba. En su lugar encontraron la mal formada estatua de un hombre realizando una Ejecución Aurora. Había sido congelado en un nuevo ataúd de hielo, creado por su propio Cero Absoluto.
Las dos almas se levantaron y se le acercaron lentamente. Aunque el Maestro trató de mantenerse calmado, su rostro mostró absoluto pesar. Isaac lloraba las lágrimas del espíritu.
– Pudo matarlo así desde el principio –murmuró con tristeza.– Nosotros evitamos que lo hiciera. Y ahora...
Entonces, miraron a la tercera alma que se acercaba. Al igual que a ellos, el Cero Absoluto no la había dañado. Sonreía. Crystal la miró a los ojos, no la primera vez que los padres del muchacho se encontraban de esa forma. Fue obvio que quería abrazarla, pero no se animó de momento.
– Lo siento...
Ella, en cambio, lo tomó de la mano.
– No hay nada que lamentar.
– Pero, el alma de Hyoga...
Isaac se interrumpió. Aunque habían sido Natassya y Atenea quienes habían intercedido por él para que sus obras buenas contaran más que las malas y pudiera acceder al Edén y no al Averno, siempre le resultaba difícil dirigirse a ella.
– Ustedes vivieron con él por años –respondió Natassya con dulzura.– No hay nada que podamos hacer, excepto...
Una débil luz dorada comenzó a brillar abajo del hielo.
– Confiar en él.
Al inicio, la luz dorada pareció el tenue resplandor de una vela. Lentamente, su intensidad aumentó hasta convertirse en el brillo del sol de verano, definiendo la forma de la figura sepultada en el hielo.
El bloque comenzó a agrietarse en distintas zonas. Lo que fue primero una quebradura se pronto se transformó en una red. Un resplandor dorado fue lo único que se necesitó para destrozarla, arrojando fragmentos de hielo alrededor de una figura envuelta en vapor.
“Debería odiarte, Alecto de Erina, pero no siento más que gratitud hacia ti”, pensó Hyoga, quien había caído sobre sus palmas y conservaba el sonido de una cuerda rompiéndose en su mente. “Me hiciste enfrentar a mis demonios. Y aunque ahora sé que el perdón es algo difícil de conseguir...”
Al levantarse, su armadura relució como si fuera de oro. Al alcanzar el máximo cosmo, la sangre de Milo y de Hilda habían hecho a la túnica de Cygnus tan fuerte como un Tresor, el único tipo de armadura capaz de soportar el Cero Absoluto.
“Sé que no es imposible.”
Miró, sonriendo, a las tres figuras que lo esperaban. Crystal sonreía como aquel día en que ganó la Armadura de Cygnus, alegría, afecto y orgullo en su expresión. Isaac también sonreía, pero como en el pasado, cuando la guerra sólo era un sueño y el ideal era permanecer juntos. Y ella...
Temblando, con el corazón en la garganta e incapaz de coordinar un solo pensamiento, Hyoga caminó hacia su madre. Temía que, si corría, su imagen desaparecería, como había ocurrido tantas veces en sus sueños. Pero ésa era la realidad. La más hermosa de todas.
Se detuvo a poca distancia de ella.
– Mamá, perdóname. No porto conmigo la Cruz del Norte.
Los ojos de ella lo miraron con severidad y ternura a la vez.
– Te dije que te protegerías del mal si rezabas con ella. ¿O es que...?
Miró a su hijo a los ojos y volvió a sonreír.
– La entregaste por amor. Justo como yo te la di.
Se hizo un silencio entre ambos. Hyoga sabía que el contacto físico entre vivos y muertos estaba prohibido, que incluso podría ser un pecado, pero no le importó. Sin pensar nada más, abrazó a su madre como si nunca se hubieran separado y como si nunca volvieran a hacerlo. Lloraba, y ella también lo hacía, pero por primera vez no hubo tristeza ni añoranza en su llanto, sino la más pura de las alegrías. Alrededor de ellos se encontraban Crystal e Isaac, y todavía percibía el espíritu de Camus protegiéndolos. ¡Ojalá y Flare estuviera con ellos!, pensó mientras murmuraba mil frases cariñosas a su madre. ¡Y también Seiya, Shiryu, Shun, Ikki y Saori, y todos sus amigos! Y así podría conocer el significado completo de la felicidad.
Porque gran parte de ella le estaba siendo revelado en ese instante.
– ¿Hasta cuando vas a dejar de exagerar, Kiki?
El niño elfo dejó de frotarse las orejas, aunque ya se las había dejado rojas como el fuego. Titubeó en alzar la vista, imaginando qué era lo que le esperaba.
Apenas lo hizo, se encontró con los obscuros ojos de su Maestro y volvió a bajarla.
– ¡Ay Maestro, no sé qué decir!
– Podrías empezar por explicar qué haces en el Averno, Appendix.
Kiki sabía cómo actuar en todas las situaciones, e incluso pensaba con anterioridad qué debía responder a lo que iban a decirle. Pero por primera vez en toda su vida, su astuta mente estaba por completo en blanco, y no se debía a su paso por la muralla.
Moo y Shaka se habían percatado de su entrada al Averno desde el momento mismo en que cruzó el Portal. El destino, la casualidad o la buena suerte (o, por qué negarlo, la percepción de cosmo del aprendiz) lo habían guiado justo en dirección a donde los dos Santos habían ocultado los tresors. Un segundo en el que Shaina y Jabu no le prestaron atención había bastado para que, usando su cosmo, Moo atrapara a su alumno, ahogando su voz y lo llevara hacia el mismo plano intermedio en que se encontraba.
– Yo...
Kiki se tronó los dedos, las pecas saltando en su nariz mientras pensaba en una buena mentira, sin encontrarla.
– ¿Veniste con los Cuatro? –preguntó Moo sin mostrar emoción alguna.
Kiki lo miró a los ojos... un poquito.
– No exactamente.
Sin salir de su meditación y sin detener su caminata (y así llevando consigo a Maestro y alumno aunque fueran hablando), Shaka preguntó:
– Un Caballero se estrelló contra la barrera hace poco. ¿Venías con él?
Las palabras se le habían terminado, así que Kiki no tuvo más remedio que asentir.
– Así que no sólo tenemos a cuatro Caballeros en el Averno, sino a dos más... –dijo Moo pensativo. – Podría equilibrarse la balanza... pero uno de nosotros...
Ver a su Maestro tan serio, casi tan sombrío como el día de la Batalla del Santuario, provocó un mal presentimiento en el niño elfo.
– ¿Qué ha ocurrido, señor Moo? ¿Qué le pasó a Jabu al chocar con la barrera?
Moo no respondió de inmediato.
– Jabu no tiene de qué preocuparse –explicó finalmente en voz baja.– Su cosmo se fundió con la barrera que un Santo Dorado generó con su propia aura, así que está reflejando su luz y su poder.
– ¿Y eso es peligroso?
– Dependerá de él. Si no lo activa, el efecto secundario se limitará a un dolor de cabeza, y si hay mañana –añadió con voz obscura– volverá a ser él mismo. Pero si lo activa y no es lo bastante fuerte para controlarlo...
De momento no se atrevió a seguir, pero al final preguntó:
– ¿Recuerdas lo que te expliqué sobre las novas?
Kiki contuvo el aliento. Una de las lecciones que más le habían impresionado durante su aprendizaje en Jammyel volvía a su mente a gran velocidad, erizándole el cabello. Hay estrellas que no pueden canalizar apropiadamente toda la energía que poseen, y se llaman novas porque explotan y dan origen a otras nuevas. Eso significaba que si Jabu no podía controlar las vibraciones ajenas que se habían integrado a su cosmo, se convertiría en el equivalente humano de una nova.
– ¡No podemos permitirlo, señor Moo! –exclamó.– ¡Jabu no debe encender su cosmo por ningún motivo! ¡Tengo que advertírselo!
El niño elfo quiso empezar a correr en alguna dirección, esperando hallar la barrera que había atravesado y regresar al plano donde se encontraba el Tártaro. Sin embargo, ni siquiera pudo decidir cuál dirección tomar; sintió la mano de Moo deteniéndolo mientras, con voz severa, decía:
– Esa barrera fue hecha para rechazar a los del Averno, pero es lo único que te protege.
– ¿A mí?
– El Averno absorbe la energía de los seres vivos hasta que dependan de Hades para continuar su existencia. Con algunos actúa mucho más rápido que con otros. Pero a aquellos que provienen en parte de la magia como tú y yo, –añadió, mirándolo a los ojos– nos quita nuestros poderes y finalmente la vida.
Kiki palideció. De ahí el por qué no podía teletransportarse ni percibir auras ajenas tan bien como acostumbraba. Parte de su energía, de su magia y de su propia vida ya eran parte del Reino de los Muertos.
– Entonces, ¿no hay nada que podamos hacer? –preguntó, bajando la vista.
– Tendremos que esperar que sobrevivan.
Su alumno lo miró con sorpresa.
– ¿Sobrevivan, señor Moo? Creí que Jabu era el único que estaba en riesgo.
El silencio que siguió a su pregunta fue lo más desesperante que el niño elfo había conocido durante toda su vida. Los ojos del Santo de Aries se volvieron tristes al responder:
– Hades descubrió a Aioria dentro del palacio.
Kiki contuvo el aliento.
– Hubo un choque de kens, y justo ahora podemos sentir cómo su aura se extingue poco a poco.
– ¿Y no vamos a rescatarlo, Maestro?
Moo no tuvo corazón para responder. Eso hizo que Kiki apretara furiosamente los puños y gritara:
– ¡No puedo entenderlo, y menos aún los comprendo a ustedes! ¿Van a dejar a Aioria y a Jabu a su suerte? ¿Qué tipo de amigos son?
La seria mirada de Aries hizo que el aprendiz guardara silencio y de inmediato se sintiera culpable por haber preguntado eso.
– Tanto Shaka como yo daríamos nuestras vidas por salvarlos –afirmó con severidad.– Somos un grupo pero también somos amigos. Vamos, ¡he conocido a Aioria desde que éramos niños! ¿Crees que no quiero ir a rescatarlo?
Kiki permaneció en silencio.
– Ya es hora que comprendas que mucho más que nuestras vidas está en juego –continuó.– Esta batalla es por el bien de Atenea y de los ciclos futuros. Del mundo, si quieres verlo así. Cualquiera de nosotros es perfectamente prescindible con tal de llevar a Atenea a la superficie.
– Pero la señorita Saori morirá.
Moo desvió la mirada.
– Es su destino.
Por un rato, sólo sus pasos llenaron el silencio. Ni Maestro ni alumno tenían corazón suficiente para pensar que la razón de sus vidas estaba a punto de extinguirse, y que con ella podría llevarse las almas de muchos de ellos.
– ¿Y ese es –murmuró Kiki– también el destino de Jabu y de Aioria?
– Hemos llegado.
La indiferente voz de Shaka interrumpió la conversación. Kiki alzó la vista y se encontró frente a una enorme puerta de madera alojada en una imponente arco de piedra de estilo griego, aunque no supo de qué podría tratarse. Moo internamente agradeció que se cortara la plática de esa manera. Su alumno, sin darse cuenta, le había recordado cuán difícil es pertenecer a lo más alto de la Orden del Zodiaco.
Y su verdadera misión, aquélla por la que estaba dispuesto a sacrificar no sólo la vida de sus mejores amigos sino también la suya, estaba a punto de comenzar.
Cada uno de sus golpes fue a matar, pero no se sorprendía de ello. Shun estaba comprendiendo que Reda siempre intentó matarlo, aún cuando era únicamente un entrenamiento.
– ¡Defiéndete! –gritaba Hecatónquiro al ver cómo, en lugar de responder, el Caballero retrocedía.– ¡Defiéndete como un hombre!
– ¡No quiero pelear contigo! –insistió Andrómeda, cruzando sus antebrazos frente a su rostro como protección.– ¡Por favor, desiste!
Reda tiró un puñetazo a su cara. En respuesta, Shun saltó hacia atrás, poniendo distancia entre ambos. “¿Qué puedo hacer?”, se preguntó, mirando en todas direcciones y descubriendo que no había modo de escapar. “¡No puedo tardarme aquí!”
– Siempre se lo dije a Cefeo aunque me regañara después. Eres un inútil como oponente. Ni siquiera te animas a pelear.
– Ya te dije que no pelearé contigo –respondió Shun, mirando a los ojos.
– Cobarde.
– No me importa lo que opines.
En ese instante, se dio cuenta que había sujetado las cadenas aunque no las había utilizado. Las soltó, dejando que los eslabones colgaran sin voluntad, y extendió sus palmas vacías en señal de que no pensaba recurrir a ellas.
– Por favor, Reda, no insistas en que combatamos. Debo entrar al Palacio cuando antes y no quiero tener que pelear para lograrlo. Déjame pasar.
– Bonitos Caballeros protegen a Atenea –respondió Reda.– Dime, ¿todos tus amigos suplican antes de combatir?
Shun lo miró en silencio. Sonriendo, Hecatónquiro sentenció:
– ¡Con razón estuvieron a punto de morir tantas veces! Tú y tus amigos no son más que un conjunto de niñitas.
Rómpele la cara, escuchó el Caballero dentro de su mente. Cállalo en definitiva y mátalo.
¡No puedo!, contestó su otra voz. ¡Fue mi compañero! ¡No debo matarlo!
Él lo hará sin titubear. Acaba con él.
Mientras tanto, Reda pareció darse cuenta que Andrómeda dudaba. “¿Qué tenemos aquí?”, se preguntó. “Cuando entrenábamos no titubeaba en permanecer inmóvil, y la única vez en que llegó a atacar se decidió casi de inmediato. ¿Qué le pasa ahora? ¿Algo que podría resultarme útil?”
– Parece que ni siquiera planeas defenderte –comentó, simulando restar importancia al asunto.– ¿Has perdido el deseo de vivir o consideras que es un honor que yo te mate?
– ¡Ninguna de las dos! ¡Mi vida pertenece a Atenea, y aunque no quiera seguir adelante, debo hacerlo!
Reda soltó una carcajada.
– ¡Me aburres, Shun! ¿Por qué no combatimos de una vez? Estamos perdiendo mucho tiempo, tú para ir a rescatar a tu diosa, aunque dudo que lo logres, y yo para matarte –y, colocándose en guardia, ordenó.– ¡Vamos, atácame!
Andrómeda no respondió ni reaccionó. Hecatónquiro suspiró con fastidio y, sin cambiar de postura, afirmó:
– ¿Sabes? ¡Tienes un problema de actitud! ¡Intentas actuar como un verdadero Caballero pero en realidad no quieres serlo! Atenea ya debió darse cuenta de ello. Lo que no entiendo es por qué ha dejado que permanezcas a su lado.
Y con voz semejante a la de una serpiente, añadió:
– Para esto, tampoco imagino qué pensarán tus amigos. O qué decía tu hermano.
Shun frunció el ceño. Por primera vez de manera consciente, tomó la cadena en sus manos.
– ¿A qué te refieres?
Los ojos de Reda relampaguearon. Antes de que dijera nada más, lanzó un puñetazo hacia él. A pesar de la distancia, de sus dedos surgió una ráfaga de energía que golpeó a Shun en el estómago, arrojándolo hacia el muro del Palacio. El Caballero logró detenerse al apoyar las piernas con fuerza sobre el suelo y no alcanzó a golpear contra la pared.
– ¿Te dolió? –preguntó Reda.
Shun lo miró con una expresión como si realmente no lo estuviera viendo. Había alcanzado a observar con claridad cómo y cuándo había preparado su ataque, pero la cadena no reaccionó ni en alerta ni como protección. No era la primera vez que ocurría, de acuerdo, pero en el pasado se había debido a otros factores. Ningún Santo podía activarla por la increíble seguridad que tenían en sí mismos, y Mime de Eta-Benetnash había sido invisible a su percepción porque no sentía odio hacia su oponente.
Pero Reda había afirmado que estaba dispuesto a morir, lo que eliminaba el primer factor. En cuanto al segundo, mejor ni pensar en ello.
Después de su asombro, su mente regresó al punto donde se había distraído.
– ¡No hables ni de Atenea ni de mis amigos!
– ¿Y sí puedo hablar de tu hermano?
Shun se puso de pie. Su tono no demostró tanta convicción al insistir.
– Por favor, déjame pasar. Albiore nos ponía a combatir en el entrenamiento, pero no creo que su espíritu estaría de acuerdo con que peleáramos y uno de nosotros muriera. Por su alma y por su recuerdo, no te interpongas en mi camino.
– Pierdes tu tiempo –respondió Reda, mirándolo a los ojos.– Esto ya no es un asunto de las guerras de dioses, ni de compañeros de entrenamiento, y menos aún de Albiore de Cefeo. Esto es un problema entre tú y yo.
Un relámpago remarcó sus palabras. Los ojos de Shun lo miraron con muy poco brillo, casi con tristeza. Era obvio que recordaba lo que había ocurrido en los años pasados, en especial durante los seis años que estuvieron juntos en Isla Andrómeda.
“¿En esto terminará todo?”, se dijo. “¿En la muerte y en la violencia sin sentido, en los enfrentamientos que podrían evitarse? ¿Es éste el único camino? ¿No hay otro modo de solucionar los problemas?”
Involuntariamente, la voz de Ikki resonó en su mente. Hablar no era de cobardes, pero si al enemigo le muestras tan sólo un poco de tu corazón, te tendrá en su poder.
¿Cómo enfrentarse contra alguien que lo conoció por seis años?
Reda lo miró como si pudiera leer su mente.
– Te hice una promesa –afirmó.– No importa lo que pase. Al final de nuestro combate yo habré ganado de todos modos. ¿No te interesa saber cómo voy a lograrlo?
Shun permaneció callado. En eso, empezó a correr hacia el Palacio, en una frenética carrera por evitar ese combate. Jamás lo había hecho. Nunca huyó de ninguna batalla. Pero ésa era una situación diferente a las anteriores, pues se estaba enfrentando con un antiguo compañero. Y, los demás lo perdonasen, no quería hacerlo.
– ¿A dónde vas? –gritó Reda, siguiéndolo.
No había ninguna puerta ni ventana por la que pudiera entrar. Sin más pensamiento que eludir a su perseguidor, el Caballero corrió a lo largo del enorme muro de ese costado del Tártaro. ¡Detente y pelea!, gritó una voz en su interior, mientras que la otra lo impulsaba a seguir adelante.
Lo único seguro era que no debía enfrentarlo así, en medio de su confusión interna.
– ¡Eres un maldito cobarde!
La voz del Guardián estaba muy cerca. ¡No, no lo soy!, quiso responder, ¡pero tú no entiendes!
– ¡Deshonras a nuestro Maestro!
¡No lo escuches!, dijo de nuevo una de sus voces.
¡No permitas que te hable así!, respondió la otra. ¡Por Albiore!
– ¡Nunca fuiste digno de convertirte en Caballero de Atenea! ¡Toda tu vida es un error!
Su siguiente paso no fue tan veloz como los anteriores.
– ¡Van a matar a tus compañeros en lo que tú huyes de tu destino!
Tuvo que morderse los labios para no responder.
– ¡Si yo fuera tu hermano, estaría avergonzado de ti! ¿Cómo pudieron creer los demás que tuvieras la misma sangre que Fénix! ¡Se mató por recuperar su honor, pero seguro que también porque no encontró apoyo en ti!
Reda apenas evitó el cadenazo que, con toda la intención de herirlo, había sido dirigido en su contra. Shun había dado la vuelta, deteniéndose y atacándolo sin convocar al poder cósmico de la Cadena Nebular. Sus ojos relampagueaban con un sentimiento que nunca habían mostrado. ¿Era odio acaso?
Sin embargo, en lugar de preocuparse, Reda trató de contener una sonrisa. Estaba lográndolo.
– De mí puedes decir lo que quieras –afirmó Shun entre dientes, su mirada perdiendo aún más brillo.– Puedes insultarme y despreciarme, que no me importa. Pero no te permitiré que hables, ni bien ni mal, de Ikki. Nadie tiene derecho a opinar sobre él, y menos un Guardián del Estigio.
Reda se cruzó de brazos.
– Ahora sí te lastimé. ¿Me equivoco?
– ¿Por qué me obligas a pelear contigo?
– Simple. Si fueras un poco más listo, ya lo habrías entendido. Te odio.
Contra lo que Andrómeda pensó, la cadena no se puso en guardia.
– Te odié desde siempre porque representas exactamente lo contrario de lo que un Caballero debe ser. Parecía que escuchabas atento las lecciones de Albiore, pero en realidad sólo oías la voz de tu egoísmo. Si él nos decía que había que combatir, en el fondo tú pensabas en luchar por la paz.
Contra su voluntad, sus puños empezaron a temblar de rabia al exclamar:
– ¡Albiore estaba perdiendo su tiempo contigo! ¡Por eso te agredía tanto, para ver si al fin decidías despertar de tus estúpidos ensueños! Y cuando no resultó, ¡por lo menos para que lamentaras tu necedad! ¿Y qué ocurrió? ¡Que siempre presentaste tu otra cara y ganaste la armadura, maldita sea! ¡Ni siquiera mientras los Santos lo mataban aceptó que se había equivocado contigo!
– El que se equivocó fuiste tú, Reda.
La voz de Shun, contra su costumbre, había sido fría. Igual sus ojos, aunque siempre habían demostrado sus emociones.
– Albiore habló mucho conmigo sobre lo que llamas estúpidos ensueños –afirmó, sujetando los plateados eslabones de la cadena.– Al igual que tú, no estaba completamente de acuerdo conmigo. Pero también decía que mis ideales debían ser los principios que distinguieran a los Caballeros, a pesar de que la realidad demostrara la contrario. Además, supongo que nunca te comentó que sí sabía todo sobre mí.
Los ojos de Reda empezaron a estremecerse.
– Mientes... –murmuró.– Albiore me contaba todo.
– Pues por primera vez te ocultó algo. Ni June ni mi hermano sabían sobre mi verdadero ken, pero Albiore sí.
– ¡No es cierto! ¡Él no pudo haber apoyado tu secreto!
Negándose a aceptarlo, Reda activó su cosmo. Al igual que el de aquellos que habitaban en el Averno, su tono era negro, pero lucía destellos magenta en medio de su obscuridad. Shun, en respuesta, también encendió su aura magenta con dorada.
– No quería pelear contigo por respeto a Albiore y al pasado y también por mis convicciones –continuó.– Sin embargo, acabas de recordarme que otro de los Guardianes del Estigio provocó la muerte de mi hermano.
Una débil voz protestó dentro de su corazón cuando concluyó:
– Iré en contra de todo en lo que creo. Mas, si así lo quieres, pelearemos y seguiré mi camino hacia el Tártaro.
Aún cuando lo consumía la ira, Reda preguntó:
– ¿Venganza, rencor, odio? Te creí incapaz de sentirlos.
Shun tomó uno de los extremos de la Cadena y exclamó:
– ¡Cadena de Andrómeda!
Con su canción semejante a la del cristal y gracias al cosmo de su portador, los eslabones empezaron a multiplicarse alrededor suyo. Siguiendo el patrón de la Nebulosa, con el Caballero en el centro, la cadena rodeó una extensión del suelo y definió su territorio a proteger.
– Eres una contradicción –afirmó el Guardián.– Hablas de combate y lo primero que haces es establecer tu defensa. ¿Igual actuarás cuando llegue el momento de matarme?
Shun no respondió, mas la expresión de sus ojos no fue tan clara como sus palabras anteriores.
“No te preocupes”, pensó Reda, sonriendo. “Aún cuando ahorita no quieras acabar conmigo, me encargaré de que tu principal anhelo sea matarme. Entonces...”
Un relámpago cercano iluminó el negro muro del Palacio.
“Le habré demostrado a Albiore que estaba equivocado. Y te habré ganado aunque sigas vivo.”
El último relámpago había convertido lo negro en blanco y lo blanco casi había desaparecido. Sin embargo, había sido un efecto temporal y todo había recuperado sus colores casi de inmediato. Pero alrededor de Seiya, todo siguió siendo muy obscuro.
No sabía en dónde se encontraba. Sólo había álamos blancos, vacío y soledad. Ni siquiera se había topado con daimons y menos aún con otro Guardián. Estaba solo, con sus pensamientos.
Desde la Alameda, alcanzaba a ver parte del perfil del Tártaro. Sólo le faltaba cruzar una muralla y se encontraría junto a él, los puños listos para buscar a Saori y rescatarla.
¿Para qué?
Las palabras de Minos de Caronte resonaban en su interior. “El cosmo de tú y tus amigos presentan la alteración que indica la muerte cercana. No verán otro amanecer.”
Y presentía que había dicho la verdad.
Tal vez lograrían rescatar a Saori-Atenea y regresarla a la superficie y verla morir (dioses...) para restituir los ciclos eternos. Pero no tendrían esperanza ni el consuelo de la vida más allá de la muerte. Shiryu, Hyoga, Shun y él iban a morir y, si lo hacían en el Averno, sus almas se disolverían en el vacío. La verdadera muerte.
En el Santuario, Asgaard y Atlantis, la esperanza lo impulsó a continuar aún cuando su cuerpo hubiera sido destrozado. En ese momento, seguía adelante más por obligación que por deseo, más deber que ánimo.
Bien que mal, Seiya había estado al borde de la muerte en tantas ocasiones que le daba pereza contarlas. Las voces de los ya fallecidos no le eran nada extraño, e incluso perder su alma, con todo lo que implicaba, le parecía que equivaldría a una noche sin sueño en donde perdería la conciencia de alguna vez haber vivido. Haber peleado por alguien que no fuera él, además, le había vuelto un tanto indiferente ante su propio destino.
El problema eran sus amigos. Aunque habían pasado varios años, no podía olvidar cómo cada uno de ellos había muerto en las tres últimas Casas del Santuario. Atenea había podido realizar el milagro de devolverles la vida. Pero si, como Kido había dicho, el Averno le estaba robando su luz, ¿podría realizar devolverles el alma? O. peor aún, ¿tendría la oportunidad de hacerlo?
Involuntariamente, se detuvo. No había esperanza y, sin embargo, menos que nunca se daría por vencido. De acuerdo, Saori moriría y su destino se cumpliría al mismo tiempo, si solamente dependiera de él y a pesar de que el corazón se le destrozaría al hacerlo. Lo que lo detenía era saber que Shiryu, Hyoga y Shun tenían sus propios caminos, y que en ninguno de ellos se contemplaba una muerte temprana. Si iban a perderlos, ¿no debería hacer algo por evitarlo, él que sabía lo que iba a ocurrir?
“¿Por dónde debo seguir?”, se preguntó, mirando hacia el obscuro cielo. “Falta ya tan poco... mas no encuentro mi camino. No sé qué es lo que debo hacer.”
Miró con añoranza y angustia a la vez hacia donde alcanzaba a recortarse la silueta del Tártaro.
“Saori, sé que no me escuchas... Pero guíame, por favor.”
El viento empezó a soplar entre los álamos, preludio de la lluvia que caería sobre el Averno y que los relámpagos anunciaban. Nunca imaginé que moriría en un día lluvioso, pensó, cerrando momentáneamente los ojos.
Y percibió una corriente de aire helado.
– ¡Hyoga! –exclamó.
Abrió los ojos, mirando en la dirección de donde procedía la ráfaga. A distancia, no alcanzó a distinguir si su cosmo se encontraba cerca; la temperatura era tan baja que podría encontrarse a la vuelta de la muralla o bastante lejos si era llevada por el viento. Eso sí, no parecía haber ningún peligro acechándolo, al menos por el momento.
Seiya activó su cosmo y percibió con claridad el aura de Cygnus. ¡Qué importaba si llamaba la atención de alguien! ¡De todos modos ya sabían que estaban ahí!
Una vez que detectó en dónde podría localizarse Hyoga, empezó a correr hacia su compañero. No había encontrado la puerta, así que era posible que él sí la hubiera hallado.
Además, si iban a ser las últimas horas de todos, ¿no era mejor pasarlas juntos?
Aunque Jabu estaba empezando a acostumbrarse a estar alerta cada segundo, eso no significaba que dejara de admirar el profesionalismo (por decirle de algún modo) de Shaina. Antes que él volteara para decirle que se acercaba un grupo de daimons, ella ya había reaccionado y lo había guiado para que se ocultaran atrás de una columna. En sí, todo su viaje por debajo del Tártaro había sido casi mágico, si bien unido a la más cruel de las realidades, y en gran parte se debía a los eventos inexplicables que habían ocurrido en el Erebo.
Sus sentidos estaban al máximo. Poco a poco se había reducido su percepción casi inhumana y regresaba a algo parecido a la normalidad, ¿más qué podía entender por ella ahora? Era como si toda su vida la hubiera pasado en el interior de una bolsa que de repente le hubiese sido retirada. Todo era nuevo a la vez que conocido, pero aun así sabía que no se debía al Séptimo Sentido. Seiya nunca logró explicarle qué era, pero sí le había advertido que, cuando lo adquiriera, lo notaría de inmediato.
Su percepción no era el único misterio. Cuando entraron al Averno, habían sido tres. Ahora era dos.
A pesar de que Shaina y él habían activado su percepción de cosmo, no lograron encontrar a Kiki. El niño elfo había desaparecido, y era como si su espíritu se hubiese integrado al aire. Jabu jamás creyó en la magia, pero todo lo que le rodeaba estaba cambiando esa idea.
Habían tenido dos opciones. Quedarse en esa zona hasta encontrar a Kiki, corriendo el riesgo de que otra brigada de daimons los encontraran y atacaran, o entrar al pasaje que la llave del capitán había abierto y tratar de llegar al Palacio, aunque eso significara dejar atrás a su compañero. Shaina, ante tal dilema, se acercó más a las escaleras, aunque era claro que no impediría que Jabu tomara y siguiera su propia decisión.
Unicornio, por supuesto, quería ir en su búsqueda: Kiki había sido su compañero y amigo cuando voluntariamente se había apartado de los demás Caballeros, y no debía (ni podía, ni quería) dejarlo a su suerte.
En eso, sin embargo, se había presentado la imagen de Seiya en su mente. Durante uno de sus entrenamientos, le había dicho, más o menos, las siguientes palabras: “Dejar atrás a un compañero, herido o peleando, es lo más doloroso a lo que te enfrentarás en tu vida. Vas a odiarte a ti mismo y al enemigo que te obliga a hacerlo; querrás maldecir al destino y a tu propia debilidad. Pero cuando alguien más valioso que tú está en riesgo, es la única decisión a tomar, y no serás débil, sino fuerte, al aceptarla.”
Y había añadido, con ojos relampagueantes: “Atenea es lo único que importa.”
¿Por qué siempre pensaba en Seiya cuando no sabía qué hacer?
El interior del túnel estaba cubierto por mosaicos y construido sólo en parte. Columnas del mismo material sostenían una bóveda no muy alta y el vacío hacía que sus pasos resonaran casi como tambores. Toda la zona se iluminaba por medio de antorchas, lo que le daba al pasaje un tono rojizo que no lo tranquilizaba nada. Shaina y él habían andado tan rápido como se los permitiera el ruido que provocaban con sus armaduras, conteniendo el aliento en ocasiones si creían que alguien se acercaba en dirección opuesta, y ocultándose detrás de las columnas si era así, como en ese momento. La falta de luz se había convertido en su principal aliado.
Marchando rítmicamente, la brigada de daimons pasó a su lado sin darse cuenta de que estaban ahí. Mientras se escondían, Jabu miró a Shaina de reojo. El rostro de la joven era la viva imagen de la determinación, la misma que le había hecho dejar atrás a Marine y a Kiki, y más en el pasado, convertirse en un escudo humano para proteger a Seiya en varias ocasiones. Unicornio permaneció en silencio, pero supo que esa mujer era más fuerte que cualquier otro Caballero o Santo, quién sabe si en cosmo, pero al menos en lo que a voluntad se refería. “Uno es tan importante como la otra”, pensó.
Y él, ¿qué tal andaba en ambos?
Apenas el último de los soldados se perdió de vista, Jabu murmuró:
– ¿Dónde crees que estemos?
Shaina miró hacia el techo. A diferencia de la zona anterior, estaba cubierto por azulejos, pero en partes cercanas a las esquinas había rastros de humedad. No en vano llevaba construido desde la Era del Mito.
– Estoy segura que nos encontramos abajo del Tártaro –respondió en voz baja.
– ¿Quieres decir que ya superamos las tres murallas?
Shaina asintió, la luz rojiza generando la ilusión de que brotaba fuego de su mirada.
– Vaya que fue rápido –dijo Jabu más para él, apretando las manos en puños.
– Lo que es no tener que cruzar murallas ni combatir Guardianes –contestó la joven, mirando por detrás de la columna para comprobar que no se acercaran más soldados.
Unicornio se le acercó para ver también.
– Es como si tomaras el subterráneo de Tokio. De repente, y antes que lo notes, llegaste a tu destino sin percatarte de la distancia que has recorrido.
– ¿El subterráneo de Tokio?
Aunque la expresión de Shaina mostraba que no se había distraído, Jabu notó que no sabía bien de qué le hablaba. “He aquí una chica que ha pasado toda su vida en las Tierras Místicas. No conoce más ciudad que Atenas, y la alta tecnología no le sorprende porque siempre ha dependido del cosmo”, se dijo.
Involuntariamente sonrió. Al fin sabía algo que ella no.
– Un sistema de transporte en la ciudad de donde provengo –explicó.– Viaja bajo tierra a grandes velocidades, y algunos de sus túneles son parecidos a éste. No es nada impresionante, pero si quieres, puedo llevarte a conocerlo.
Por un segundo, ninguno de los dos habló. Sin querer planeaban un futuro que no les pertenecía, y visitar Tokio se había convertido en un sueño, cuando días antes habría sido un simple plan de vacaciones.
– Vamos –ordenó Shaina, dando el ejemplo y con expresión seria.
Nuevamente, Ofiuco y Unicornio corrieron por el pasillo. “Estamos abajo del Tártaro”, pensó Jabu, incapaz de asimilar que hubieran llegado tan lejos. “¡Pronto nos encontraremos, Seiya, y te juro que esta vez sí te ayudaré a rescatar a la señorita Saori!”
En contraste, los pensamientos de Shaina fueron un enigma. Sus ojos relampagueaban al igual que antes, pero si su mente se dirigió a alguien además de Atenea, no había modo de saberlo.
Llegaron a un área más amplia. Instintivamente, ambos volvieron a ocultarse hasta que comprobaron que no había nadie cerca. Al salir de su escondite, se encontraron frente a una serie de puertas, seis en total, colocadas en semicírculo.
– ¿Es una adivinanza o qué? –preguntó Jabu con sorpresa.– ¿Qué premio nos espera detrás de cada una?
– Sólo espero que sea un premio y no un castigo –opinó Shaina, cruzándose de brazos.
Todas las puertas eran iguales, de metal negro con complicados relieves cerca del picaporte. No había marcas o indicaciones que permitieran adivinar a dónde guiaba cada una. Después de un rato de mirarlas y tratar de resolver el posible enigma que guardaban, sin lograrlo, la joven dejó caer sus brazos a los costados.
– Es inútil. No sé cuál debamos elegir.
Jabu torció la boca. No le agradaban los misterios. Entonces sonrió; sujetó la llave que había guardado y afirmó:
– Puesto que no puede ayudarnos el conocimiento, que nos lo indique la suerte.
Con un gesto orgulloso, apuntó la llave hacia las puertas, presionando la superficie que previamente había activado la entrada al pasaje.
En respuesta a la vibración que emitió, las seis puertas se unieron al unísono.
– Genial –opinó Shaina, sin querer sonriendo ante el gesto de desilusión de su compañero.– Ahora podemos ver qué hay adentro, pero estamos igual de orientados que al inicio.
Unicornio miró la llave con enojo, casi con ganas de tirarla a la basura.
– ¿Qué podías esperar de un capitán de daimons? –gruñó.
En el interior de cada puerta se alcanzaba a ver una escalinata de piedra iluminada por antorchas. Todas ascendían, lo que significaba que debían estar abajo de los sótanos del Palacio. Los dos se acercaron para mirar hacia arriba, pero las escaleras eran en espiral y no alcanzaron a ver nada que pudiera ayudarles.
Mientras pasaba junto a ellas, Jabu volvió a percibir cómo su cosmo aumentaba, aunque no lo había activado. Iba a pasar un buen tiempo antes que se acostumbrara, se dijo, cuando descubrió que cada escalera conducía a una frecuencia diferente. Era como si cosmos únicos habitaran en los diversos niveles a los que cada puerta guiaba, pero la falta de experiencia y de conocimiento sobre el Averno le impidió descubrir a quién o quiénes pertenecían.
En eso, sintió la presencia de un cosmo mucho más intenso que los demás y, sorprendido, se detuvo. Era muy parecido al de Atenea, pero no podía decir que fuera el suyo. Reparó que, en la primera puerta, había percibido algo semejante y, sin comentar nada, regresó a ella. La frecuencia en ese lugar parecía estar opacado por algo que no le era del todo desconocido, pero que no había podido definir en el pasado y por tanto seguía siendo un enigma para él.
– ¿Qué pasa? –preguntó Shaina.
Jabu no respondió de inmediato, pero la amazona pareció comprender.
– Hay dos cosmos semejantes en estas puertas, y ambos son parecidos al de la señorita Saori.
– ¿Puedes decir cuál es cuál?
El Caballero negó con la cabeza.
– Son demasiado parecidos –respondió mientras ella se le acercaba.– Es como si uno de ellos estuviera dominado por otro, y el segundo es muy intenso, pero su frecuencia ha cambiado.
– Al menos se reducen nuestras opciones –dijo Shaina, viéndolo a los ojos.
– ¿Crees que deberíamos separarnos?
La joven desvió la mirada en dirección a las puertas. La lógica le decía que sí, que cada uno debería tomar su propio camino hasta llegar a donde Atenea se encontraba. Pero el Averno había demostrado ser un lugar peligroso, y por ende el Tártaro sería mucho peor. ¿Tenían oportunidad alguna de sobrevivir si se separaban?
– ¿Cuál dijiste que es más intenso?
Jabu señaló a una de las últimas puertas.
– Vamos entonces –ordenó Shaina.– Siempre tendremos modo de regresar.
Unicornio asintió y la siguió. Entró al cubo de la escalera que habían elegido y, apenas estuvo adentro, cerró la puerta, deseando que la suya fuera la única llave disponible a la redonda.
Sin embargo, cuando volteó a buscar a Shaina, la obscuridad fue demasiado para sus lastimados ojos; de momento no pudo ver bien y chocó contra la pared.
– ¿Estás bien?
Escuchar la voz de Ofiuco fue el complemento ideal para su humillación, aunque entonces lo primero que se preguntó fue, de nuevo, qué le estaba pasando. Por reflejo había cerrado los ojos y, al abrirlos lentamente, vio con mayor nitidez las escaleras, las paredes y a Shaina.
– La falta de costumbre –respondió, subiendo los escalones y alcanzándola, tratando de restarle importancia al asunto.
Los dos, entonces, se apresuraron a subir por la escalera. Como no conocían el Tártaro, no tenían modo de saber que ésa era la única torre que no se comunicaba con las otras, ni que sus puertas solían permanecer cerradas a excepción de algunos días cada doscientos años. Jabu, por el golpe, tampoco había alcanzado a escuchar que había tirado la llave al golpearse contra la pared. Y de haber sabido que no se dirigían hacia Atenea, sino al otro extremo del palacio, tal vez habría regresado a buscarla. O, mejor aún, habría vuelto al Portal.
Elis no podía comprender sus pensamientos ni sus emociones mientras veía cómo Laertes encadenaba a Aioria a un muro en el sótano del Tártaro. El Santo no había despertado, e incluso llegó a pensar que ya no respiraba, pero parecía que no podía decidirse a morir... aún.
“¿Para qué buscaste tu muerte, Santo?”, le preguntó mentalmente a la inconsciente figura, sin entender por qué, si había cumplido su deber, se sentía tan mal. “¿Tenías necesidad de entrar al Averno, si el destino de tu diosa ya había sido decidido? ¿Sabías lo que podías perder?”
Involuntariamente, suspiró.
“Bueno, no puedo culparte, “añadió, mirando al Santo con algo cercano a la tristeza. “A mí tampoco me agradaría que a Lord Hades le hicieran lo que él está haciendo con Atenea.”
El sonido de los grilletes cerrándose en las muñecas y tobillos de Aioria lo perturbó, y se alegró que Laertes no lo estuviera viendo para que no lo notara. Su compañero lo había asegurado con fuertes cadenas que procedían de la Era del Mito, convirtiéndolo en una carnada perfecta para atraer a sus compañeros –si en verdad se encontraban en el Averno. Elis lo miró fijamente, como si reparara por vez primera en su cuerpo cubierto de sangre, su ropa rasgada y su cabeza apoyada en el pecho. Hasta entonces descubrió que su cabello parecía la melena de un león en plena juventud, y que debía tener su misma edad, la etapa en la que el futuro se definía en base a matrimonio y trabajo en el mundo cotidiano. ¿No era irónico que, en contraste, sus propios destinos coincidieran en una guerra absurda? Pero si alguien sabía que la muerte jamás hace distinciones, ni siquiera en edades, era su protegido.
“La Luz de Atenea se apaga”, continuó diciéndole en sus pensamientos. “En poco tiempo, de tu diosa no quedará más que una figura humana que vivirá eternamente, y de su poder sólo sobrevivirá el recuerdo. Milord Hades la mandará a la superficie cuántas veces desee, hasta que la Tierra y el Averno sean uno solo y podamos volver a ver la luz del Sol. Quizá sí salga algo bueno de todo esto, pero ¿a qué precio?”
Un ligero deje de culpabilidad empezó a inundar su alma. Él estaba del lado de aquél que llevaba los eventos en dirección equivocada. Él había desenmascarado al Santo frente a su Señor. Él estaba actuando a favor de algo que no debía ser y, peor aún, lo sabía.
Un latigazo mental lo sacó de su sombría meditación. Dos presencias habían entrado al Tártaro. No podía identificar a la segunda, pero la primera, la que había motivado el choque de percepción, le era conocida. Había cambiado con respecto a la vez anterior en que se encontraron, más en esencia era la misma.
Había más Caballeros en el palacio. Dos habían llegado muy lejos, aunque si querían llegar a Atenea se encontraban en el camino equivocado. Iban justo al lugar más inconveniente de todo el Palacio y no había nada ni nadie que los detuviera.
Excepto él.
– Ahora vengo –dijo a Laertes, quien volteó a verlo al escuchar su voz.
– ¿También los percibiste?
De momento, Elis no supo qué responder. Esperaba que su amigo no los hubiera notado y así pudiera enfrentarse solo a las presencias, quizá despejando las dudas que tenía en su corazón al mismo tiempo. Pero Laertes también las había descubierto, y lo miraba con una expresión que Thanatos no lograba descifrar.
– Sí. Voy a detenerlos.
– Te acompaño.
– No –ordenó, su rostro sin mostrar emociones pero con voz más estricta de lo usual.– Permanece aquí y, si alguien intenta rescatarlo, acaba con el intruso. Y a él, –añadió, señalando a Aioria y tratando que su voz resultara indiferente– mátalo.
Cerbero asintió con lentitud, sin apartar la mirada. Elis de momento no quiso preguntarse el por qué de su expresión y, tratando de permanecer calmado, se dirigió hacia la puerta. Pero apenas le dio la espalda a su amigo, escuchó:
– Elis, estás dudando.
Sin querer, Thanatos se detuvo. Era cierto y lo sabía, y por eso quería enfrentarse sin ayuda a quienes habían llegado.
– ¿Qué te hace pensarlo?
– El que no me estás mirando a los ojos.
Elis permaneció callado e inmóvil. Voltear y ver de frente a su amigo sería casi como aceptar lo que había dicho, y aunque tuviera razón, no podía mostrarse ante él con tanta franqueza. No porque no existiera confianza suficiente entre ellos para decirle que sí, que estaba en lo correcto, que no pensaba que lo que Hades estaba haciendo estuviera bien o poseyera alguna justificación; más bien, se contuvo porque no era sólo su amigo, sino su líder, y no importaba cuánto lo apreciara ni cuánto le debiera. No podía mostrar debilidad alguna, y aún así, respondió:
– Siempre has sido el que me ha conocido mejor.
Laertes tampoco respondió de inmediato. Bajó la vista, después de que no pudo decidirse entre mirar a Elis o ver a su prisionero y confesó:
– ¿Sabes? No me interesa si lo que hace nuestro señor está bien o mal. No es mi papel juzgarlo.
Elis supo que esas palabras estaban especialmente dedicadas para él. Y a pesar de todos los años que llevaban de amistad, tampoco pudo definir si tenían o no alguna intención agresiva, o tal vez no quiso hacerlo.
– Lo único que sé –continuó Laertes– es que tenía una vida miserable en Terra, y él le dio un sentido. Por él daría todo. Cualquiera que tenga un poco de agradecimiento lo haría.
Thanatos siguió sin voltear, pero sintió que palidecía.
– No me importa lo que tengas que hacer, ni siquiera si tienes que ir contra tus principios. Elis de Thanatos, haz tu trabajo y no cuestiones a Lord Hades. Si lo haces, –y al llegar aquí, su voz se volvió obscura– yo mismo te mataré.
Elis volteó a verlo, sorprendido. El rostro de Laertes era calmado, incluso triste.
– ¿Lo harías? –preguntó.
Laertes se obligó a alzar la vista.
– Le debo todo a Hades y eres el único amigo que he tenido en mi vida. Prefiero verte muerto que enemistado con él y sufriendo el mismo castigo que este intruso.
Y de pronto, Elis comprendió el verdadero corazón de su amigo. En el Averno, cuando la vida es eterna, lo único que te hace conservar la cordura es la gente que te rodea. Sea tu jefe, sea tu hermano, sea tu amigo, el título no importa. Sólo hay una forma de soportar la inmortalidad, y es estando con tus seres queridos.
¿Qué importaba lo que le ocurriera a Atenea, a sus Santos o a sus Caballeros? Lo realmente valioso era no defraudar la confianza de la gente que lo quería y que lo había acompañado por años. De un lado se encontraban sus principios e ideales, y del otro aquéllos a quienes amaba y respetaba, como Hades, Perséfone y Laertes.
Y supo que se había engañado. Jamás había tenido el derecho a dudar.
– No te preocupes –sentenció, su voz estremeciéndose un poco.– No olvidaré todo lo que le debo a nuestro Señor. Te lo juro.
– Más te vale, viejo amigo.
Laertes dijo la última frase con su acostumbrada mezcla entre ironía y afecto. Elis desvió la mirada y se dirigió hacia la puerta. Ya no quiso ver a Aioria, ni pensar en la luz perdida de Atenea, ni preguntarse si en esa guerra existían el Bien y el Mal y cuál lado le tocaba a él. Sólo le quedaba demostrarle a Hades (y más que a él, a sí mismo) que jamás abandonaría a la gente a quien amaba. Y con ese propósito en mente, se dirigió hacia la torre.
– ¿Estás bien?
Milo suspiró, no porque realmente quisiera hacerlo sino porque no se le ocurría una reacción mejor. Había pensado mucho en la mejor forma de adquirir la llave maestra que abriría todas las puertas del palacio, y había tratado de olvidar el hecho de que iba a quitársela a una mujer. Ahora que tenía más o menos trazado el plan, no le quedaba más que seguir con él, y volvió a suspirar al pensar en ello.
Un segundo después, el suave aroma del café volvió a golpear contra su rostro. Y no perdió la ironía de su situación: mientras todos sus amigos estaban peleando y muriendo por sacar a Atenea del Averno, él socializaba.
Se encontraba en uno de los niveles inferiores del Tártaro, justo donde los sirvientes tenían sus habitaciones. En esa zona, estaba permitido el conversar siempre que no se hiciera demasiado ruido, y Milo pensó que ahora esa sería su principal (y quizá única) arma. Muchas de las amazonas que vivían en el Santuario lo habían calificado como uno de los Santos más atractivos, y el que nadie se atreviera a decírselo de frente no significaba que él no lo supiera. Siempre había tenido fama por su buen porte y su sensual sonrisa, o por lo menos eso le habían dicho (y él, en su orgullo de Escorpión, lo había creído). Después de todo, representaba a un signo carismático y atractivo, y en más de una ocasión había comprobado que, al pasar junto a una muchacha, ésta le buscaba la mirada con intención de sonreírle. Claro que las conquistas amorosas nunca le habían importado demasiado.
El problema era que tendría que realizar una. Y lo más rápido posible.
No le gustaba hacer trampa. De acuerdo, por signo era el ideal para planearlas y realizarlas, pero no significaba que le gustara mucho llevarlas a cabo. Sabía que iba a engañar a su víctima y, por alguna extraña razón, no acababa de convencerse.
La joven que le interesaba tenía cabello y ojos grises, era griega al igual que él, y su figura era fina y bonita. Y, sobre todo, tenía una llave maestra colgando de su cintura, la única clave que, había averiguado, abriría absolutamente todas las puertas del Palacio. De momento, Milo pensó que era una responsabilidad demasiado grande y peligrosa para una muchacha, pero de inmediato supo que había exagerado. Era la primera vez, desde la Era del Mito, que Hades se enfrentaba a otro dios. La joven, que se llamaba Chryseis, sólo poseía una responsabilidad muy grande.
Y hasta entonces reparó en que le había hablado.
– ¿Disculpa?
– Te pregunté si te sientes bien. Me pareció que te habías puesto pálido.
Milo se esforzó en sonreír con su gesto confiado y cínico, tratando que su mirada compartiera tal expresión. Pero por dentro, sabía que Chryseis tenía razón. Claro que se había puesto pálido. Había sentido el latigazo mental que le decía que uno de sus mejores amigos estaba en peligro y ahora sabía que Aioria estaba muriendo en algún lugar del Tártaro, sin que él pudiera hacer más que cumplir su parte de la misión y seguir tomando su taza de café.
– Claro que estoy bien –respondió con confianza.
– Ah... –dijo la joven, bajando la mirada.– Lo siento, pensé que ocurría algo.
Y dicho esto, dio otro sorbo a su bebida.
De momento, Milo sintió deseos de maldecir a la Orden que le había quitado la oportunidad de tener una vida común y corriente. No porque realmente la deseara, sino porque en ese momento le habría servido como una referencia excelente.
Lo de menos, había sabido el Escorpión, había sido acorralar a la joven en algún lugar donde nadie pudiera verlos, amenazarla para que le entregara la llave y, si se negaba, aplicar desde una sencilla Restricción hasta los Quince Aguijones, en dependencia de la fuerza de la chica. Pero en el momento en que se quitó la capucha para hablar con ella y tratar de llevarla a tal sitio privado, le dijo que la había visto desde tiempo atrás y que le gustaría hablar con ella, y Chryseis sonrió con un gesto tierno y risueño a la vez, Milo de Escorpio descubrió que era muy fácil hablar y planear su estrategia, pero bastante difícil llevarla a cabo.
“Soy una mala persona”, había sido su conclusión.
Pero las guerras entre dioses no dan oportunidad a que uno se comporte como una buena persona, pensó, de nuevo intentando convencerse de que estaba haciendo lo correcto.
– No, no me pasa nada grave. Sólo estoy un poco cansado. Ya sabes, recorrer el costado este del palacio, el costado oeste, el este de nuevo... No puede decirse que tengamos una vida muy variada –dijo, tratando de dar cierta naturalidad a sus palabras y dar a entender que había vivido algún tiempo en el Averno.
Chryseis sonrió de nuevo, como si comprendiera y compartiera incluso el mismo aburrimiento.
– Ser inmortal no es tan sencillo como parece –repuso con voz suave.– Deberían advertirlo antes de entrar a este mundo.
Por un segundo Milo pensó que era todavía más difícil convertirse en inmortal cuando existía el riesgo de que te mataran en cualquier momento, pero prestó atención a las palabras de la joven. El que su plan incluyera engañarla no significaba que no le interesara lo que había dicho y, antes que se diera cuenta, preguntó:
– ¿Te arrepientes de haber tomado esta decisión?
– No –repuso ella de inmediato, y su sonrisa y mirada fueron completamente sinceras.– Entré con mi pandea y con ellos permaneceré hasta el fin del tiempo.
– ¿Pandea?
– ¿No me dijiste que eras griego?
El Santo, desconcertado, asintió. Chryseis frunció el ceño levemente e insistió:
– ¿Eres griego y no sabes qué es una pandea?
“¡Piensa una buena mentira, Milo de Escorpio!”, se dijo frenéticamente, aunque su exterior conservó su fachada cínica y encantadora a la vez.
– Soy griego, pero no viví en Grecia más que un par de años.
Bueno, pensó, era mejor que nada. Chryseis, en cambio, pensó un momento lo que había escuchado y repuso:
– Es lógico. Es una tradición griega que sólo aprendes viviendo ahí, y si eres de nacimiento pero no has habitado en ese lugar, es lógico.
Y, mirando de nuevo a Milo a los ojos, Chryseis dijo:
– En Grecia llamamos pandea a nuestro grupo de amigos cercanos. Antes de que entráramos al Averno, cuatro amigos y yo hicimos el juramento de permanecer siempre juntos. Y hasta ahora lo hemos hecho.
Aunque el Santo conservó su rostro tranquilo, de inmediato comenzó a hacer cuentas.
– ¿Cuatro amigos y tú? ¿Y se ven seguido?
Chryseis asintió alegremente, y Milo comprendió que, si alguno de los integrantes de la famosa pandea aparecía en un momento inoportuno, mínimo tendría que repartir unos tres aguijones por cabeza.
– Eso no significa, aún así, que no tengas una pan... digo, un grupo de amigos –repuso la joven, con entusiasmo propio de una niña.– ¿Entraste con ellos al Averno?
A pesar de la fachada que tenía que ofrecer, el rostro de Milo se obscureció. De momento se preguntó si Chryseis le tendía una trampa, pero desechó de inmediato esa idea. Era demasiado, ¿inocente? para hacerlo. Más bien, la palabra “amigos” le había remitido a un hecho que deseaba olvidar.
– No. Vine solo –repuso.– Tuve un amigo, pero...
– ¿No quiso acompañarte?
– Murió. Pude evitarlo, pero no lo hice.
La joven lo miró en silencio, obviamente sorprendida ante sus palabras y la franqueza con que las había dicho. Milo trató de volver a sonreír, pero descubrió que por un segundo no pudo hacerlo con el cinismo que acostumbraba. Sí, había permanecido inmóvil después de perdonarle la vida a Hyoga, limitándose a esperar y preguntándose si había hecho lo correcto hasta que percibió cómo desaparecía el cosmo de Camus. Y después, cuando nadie lo veía, había llorado en silencio, mordiéndose los puños y maldiciéndose a sí mismo por haber puesto a su deber antes que a su amigo, esa sombra amargándole un tiempo que debía haber sido de paz y de alegría.
Y ahora estaba a punto de permitir que se repitiera esa secuencia de eventos. Aioria estaba muriendo y él tenía que permanecer inmóvil, esperando, limitándose a conseguir la llave que permitiría sacar a la diosa del Averno. ¿Cuántas lágrimas derramaría si, con la suerte que lo caracterizaba, sobrevivía a esa batalla y recordaba que había vuelto a perder a un amigo a quien había podido salvar?
– Y ahora... –preguntó Chryseis con timidez– ¿no te gustaría encontrar una pandea?
Milo pensó en Moo, en Shaka y en Aldebaran. En Aioria. En Camus. Y no supo qué responder.
– Provienes del mismo lugar que yo, Reda. También trataste de ganar la armadura que me protege.
Hecatónquiro lo miró con burla.
– Así que sabes qué pasará si entras a la Nebulosa formada por la cadena.
La voz y la actitud de Shun habían cambiado otra vez. Al contrario de lo que había mostrado hasta antes de decidirse a pelear, Andrómeda era la vida imagen de la seguridad provocada por tener una ventaja oculta, representada en la Cadena Nebular. Igual que en el Desafío Galáctico cuando se enfrentó a Jabu, o en el jardín de la Fundación Galahaad al retar a Syd de Dzeta-Mizhar, había cerrado los ojos y sonreía débilmente. Pero si en el pasado tal gesto provino de su confianza, en ese segundo sólo fue una máscara. Reda lo sabía.
– Se supone que la Nebulosa me atacará si me acerco, ¿me equivoco? –preguntó.
– Si es necesario, hasta matarte.
Shun había dicho esas palabras viéndolo fijamente. En el poco brillo que le quedaba a sus ojos, el Guardián podía leer un “no me obligues a pelear” que no desaparecía. Sin embargo, parte de su expresión también decía un “dame un pretexto”, que seguro que el mismo Caballero aún no descubría del todo.
– ¿Sabes, Shun? –preguntó sin cambiar de posición.– Las noticias sobre las batallas de Asgaard y de Atlantis llegaron hasta acá. Estuve pensando mucho en ellas, en tus amigos y en tu hermano, y sobre todo en ti.
El rostro de Andrómeda no demostró nada, pero su cosmo provocó que los eslabones de la Cadena empezaran a vibrar. A Reda no le pasó desapercibido y continuó:
– Lo que escuchaba me hacía pensar que habías descubierto tu naturaleza estelar doble.
La imagen de Perséfone regresó como un relámpago a la mente de Shun, y de igual manera sus dos voces se hicieron presentes. “Esto no debería estar pasando”, se dijo. “Combatí muchas veces en el pasado, y siempre dudé si era o no lo correcto, o si tendría la voluntad suficiente para seguir adelante aunque tuviera que romper mis principios. Mis ideas chocaban con mi deber, pero no pasaba de ahí. Sin embargo, una parte siempre dominó a la otra. ¿Por qué ambas insisten en controlarme?”
– Ahora entiendo que estás marcado de esa forma desde el entrenamiento –prosiguió el Guardián.– Ocultabas tu poder detrás de una fachada de pacifismo. Tonterías, a mi gusto, pero una ventaja al fin y al cabo.
– ¿Ventaja para quién?
Los ojos de Reda brillaron de modo siniestro cuando dijo:
– Tú estas dividido en dos facetas. Una pacífica, noble y amable, que te ha caracterizado hasta hoy. Y otra violenta y rencorosa, que ni siquiera sabías que tenías... también hasta hoy. Por eso fuiste honrado con la armadura de Andrómeda, porque en el fondo es un traje para alguien que posee dos facetas, igual que ella.
La imagen de Saga de Géminis volvió a pasar por la mente del Caballero.
– La faceta débil siempre ha dominado a la fuerte. ¿Lo recuerdas? “¡Socorro, hermano, ven a salvarme aunque sea tan poderoso como tú!”. Ikki debió disfrutar esos momentos.
– ¡No hables de Ikki! –gritó, su cosmo intensificándose.
– ¿Alguna vez te has preguntado qué ocurriría si tu parte más fuerte dominara a la débil y tierna?
“Yo no quería llegar a esto, Afrodita. Pero me estás obligando a usar mi verdadero poder”, había murmurado, la armadura destrozada y el olor a rosas impregnándose en su sangre. Se levantó, tirando el polvo de estrellas de las cadenas de Andrómeda mientras lo hacía; apartó la mirada y encendió su cosmo, impidiendo que el Santo pudiera moverse de momento.
– ¿Si recurrieras a la violencia en lugar de intentar hablar?
Las vidas de Seiya y Hyoga estaban en peligro dentro de aquella habitación helada. Sólo faltaban dos Zafiros, y la cadena estaba congelada e inerte. Syd se sorprendió al ver que se quitaba la armadura, sólo porque juró que nunca tendría ventaja sobre su oponente. Pero se sorprendió más que, a pesar de que confesaba que usaría su último ataque, el Caballero parecía lamentar lo que estaba a punto de hacer.
– ¿Si perdieras el control?
Sorrento no hizo caso a sus ruegos y se llevó la flauta a los labios. Casi sin darse cuenta, Shun entrecruzó sus brazos y llamó a su verdadero ken, maldiciendo a Sirene por no querer escucharlo, pero más a sí mismo por no contar con tiempo para insistir. Y antes de que lo notara, ya había empleado la Tormenta Nebular, aunque no quería matar al Shogun de Marina.
– ¿Si mataras conscientemente a alguien?
– Ya lo he hecho –murmuró Shun con tono sombrío.
– ¡No eres un verdadero Caballero! –exclamó Reda, como dándose por vencido.– ¡Aquel digno de portar una armadura debe ser más decidido que paciente, debe pelear en lugar de hablar! –y añadió, con la intención propia de una víbora.– Tú puedes serlo todavía y eso voy a lograr, o al menos a intentarlo.
– ¿Y qué te importa? –respondió la faceta menos tolerante.
Reda se acercó un paso a la Nebulosa.
– Mi venganza es muy sencilla. Ahora no estás muy convencido de querer pelear en mi contra, pero empiezas a desearlo. Te juro por el alma de Albiore que, antes de acabar nuestro encuentro, vas a querer matarme y que lo vas a intentar. Y peor aún, no lo harás para salvar tu vida, sino porque me odiarás.
Shun palideció.
– Tu alma conocerá el rencor y el ansia de matar y dejará de ser pura. Esa será mi venganza. ¿Te gusta?
– Nunca. Pelearé contigo si es necesario, mas sólo para apartarte del camino.
– ¿Quieres apostar?
El viento que soplaba en el Averno se hizo un poco más intenso, y pareció girar en derredor de los antiguos compañeros. Su efecto recordó a Shun las características de su propio ken. “Vete de mí, Tormenta Nebular”, pensó sin darse cuenta. “Nunca te busqué ni te quise. Vete.”
– No soy tu enemigo, Shun de Andrómeda –afirmó Reda, dando otro paso e inquietando a la Nebulosa con ello.– Afróntalo. Tu principal obstáculo y, por tanto, enemigo, eres tú mismo.
– Tu venganza está perfectamente planeada –respondió el Caballero, regresando a su actitud de confianza aunque su verdadero interior era más que visible.– Pero olvidas que no necesito pelear contigo.
Sin apagar su cosmo, levantó la mano derecha y mostró los plateados eslabones que sujetaba.
– No requiero de ataques si cuento con la mejor defensa del mundo.
El Guardián sonrió.
– ¿Eso crees, ingenuo?
Y al decir eso, dio otro paso y entró en la Nebulosa. En una reacción inmediata, los eslabones vibraron y transmitieron energía eléctrica entre ellos, pero sin aviso alguno, se callaron. A los pies de Reda yacía una cadena que podía ser igual a otros millones de cadenas en la Tierra. Shun la miró con incredulidad y asombro.
– ¿Otra vez? –exclamó, tirando de los eslabones sin obtener respuesta.–¿Vamos, qué te pasa?
Miró al Guardián. Sonreía triunfalmente, de pie en medio de los eslabones.
– Deberías saberlo, Caballero de Andrómeda. La Cadena Nebular es parte de ti, y si has recurrido más a ella que a tu propio don, pues...
Se interrumpió, dando a sus palabras una intención irónica. Shun encendió todavía más su cosmo, transmitiendo su energía a los eslabones. De momento, todos vibraron con renovados bríos, demostrando que estaban listos para el ataque. En desafío, Reda dio otro paso hacia el interior de la defensa. Nuevamente, la cadena se calmó, negándose a atacarlo. Shun notó que los eslabones que se encontraban detrás de él, y por tanto alejados de su oponente, no habían perdido su ímpetu y continuaban vibrando.
– No. No se debe a mi armadura –afirmó Reda, encogiéndose de hombros en actitud de disculpa.– Aunque lo hayas pensado, no está imantada. Depende de mi cosmo al igual que la tuya.
Al comprender que de nada servía tenerla desplegada, Shun dio un tirón a los extremos de la Nebulosa. Los eslabones, trazando curvas en el aire, regresaron a sus brazales en el número en que acostumbraban estarlo. Mientras lo hacían, la inercia hizo que chocaran contra el muro o contra el suelo, pero ni una sola vez rozaron al Guardián.
– ¿Insistirás en pelear entonces, Reda? –dijo Shun, mirándolo a los ojos y no encontrando más que ira en ellos. Sin que él lo supiera, su propia expresión ya era levemente parecida a la de su ex-compañero.
– Más bien, insistiré en que me mates.
– Aunque combata contigo, no querré hacerlo.
Por un segundo, Andrómeda volvió a ser el mismo de siempre. Su tono no reflejaba más que sinceridad, un auténtico deseo de solucionarlo todo sin recurrir a la violencia y convicción absoluta de que el secreto está en hablar y llegar a un acuerdo. Al Guardián no le agradó nada lo que descubrió.
– ¿En verdad nunca has deseado matar a nadie? –preguntó con incredulidad.– Lo has hecho, al igual que todos tus compañeros. ¿Siempre lo hiciste sin poner tu corazón en ello?
A pesar de que su brillo era muy poco, los ojos del Caballeros reflejaron su luz al decir.
– No hablo sólo por mí, sino también por mis compañeros. Matar es el último recurso y jamás queremos recurrir a él.
– ¡Tu vida está incompleta!
Shun frunció el ceño, más permaneció en su lugar y en silencio en lo que Reda, dando otro paso hacia él, opinaba:
– Toda tu vida sin conocer el desprecio, la ira o el odio. ¿Y te llamas a ti mismo un ser humano? Me pregunto qué es lo que aprendiste de tus compañeros y qué es lo que has conocido de ellos.
Con velocidad cercana a la de la luz, Reda alzó su mano derecha con dedos perfectamente extendidos y palma hacia el Caballero, y gritó:
– ¡Dejavu!
Aún si la Cadena Nebular hubiera reaccionado, no habría tenido tiempo para actuar, e igual ocurrió con Shun. De la mano de Reda, brotó un haz luminoso de tono negro con pequeños destellos magenta que de inmediato lo rodeó, justo como el aire cubre a todos los seres humanos de forma permanente. En ningún instante la luz se quedó quieta, a semejanza de un cosmo recién activado, mas no lo atacó ni dañó. Shun no sintió dolor ni, curiosamente, presintió estar en peligro.
Tras rodear unos cientos de veces al Caballero en apenas unos segundos, las luz regresó hacia el Guardián. Sólo que, a diferencia de cuando fue enviada, ahora lucía el más amplio espectro del arco iris. Los siete colores relucían en todo su esplendor y en gamas completas y casi infinitas, y en el momento en que tocaron la frente de Reda y parecieron entrar en ella, cambiaron en luz blanca hasta que el proceso finalizó. En reacción, el Guardián cerró los ojos.
Apenas acabó el fenómeno, Shun comprobó que nada le había ocurrido. Su cosmo seguía encendido y conservaba su poder, sus sentidos estaban intactos, e incluso, temiendo que le pasara lo mismo que a Ikki, comprobó que todos sus recuerdos siguieran con él. ¿Qué tipo de ken era el Dejavu?
Ahora que lo pensaba, ya había escuchado esa expresión antes. ¿Qué significaba?
– Qué interesante –dijo Reda sin abrir los ojos.– Cuántos detalles ignoraba sobre tu grupo.
– ¿Detalles?
Lentamente, Reda abrió los ojos. Su expresión era la de aquellos que no pueden enfocar una imagen en especial después de ver demasiada televisión. Pero el color de sus pupilas había cambiado. Si antes eran negras, ¿por qué ya no podía definirse su tono?
– Ésta es tu última oportunidad, Shun –afirmó, sus ojos empezando a brillar con un tono azulado.– Mátame ahora que puedes. Destrózame hasta que de mí no quede nada, pero hazlo con tus propias manos.
Shun volvió a sujetar los eslabones de la Cadena, sin saber qué contestar.
– Será inútil que recurras a la Nebulosa, y ya deberías haberlo entendido –continuó el Guardián.– Enciende tu cosmo y utiliza tu ken en mi contra. Hazlo.
El Caballero sintió que las palpitaciones de su corazón se concentraban en sus oídos, pero más que en ellos, en su cabeza. Por primera vez, se enfrentaba a la posibilidad de acabar con su enemigo a la de ya, recuperando así el tiempo que había perdido y que, sin duda, debería estar afectando de alguna manera a Saori. No era la primera ocasión en que sus principios se oponían a su deber. Pero jamás se le había dado la opción de elegir por sí mismo lo que habría de ocurrir. Afrodita, Mime, Syd y Sorrento habían decidido matarlo, quitándole por ende el derecho a decidir si en verdad quería usar su ken o si prefería seguir sus principios. Reda se lo estaba cediendo.
“Vamos, ¡ataca!”, escuchó dentro de sí. “¡Saori no cuenta con tiempo y Hades la dominará por completo a menos que actúes rápido!”
“Pero, ¡no quiero matarlo!”, se respondió. “¡Y menos a sangre fría!”
– ¿Por qué dudas, Shun? –insistió Reda, su voz haciéndose más imperativa.– ¡Vamos, mátame ya!
El Caballero miró sus manos, sus ojos mostrando la desesperación que empezaba a invadirlo. La lógica, el deber, parte de su mismo ser, le ordenaban acabar de una vez con su enemigo y seguir adelante, que Saori esperaba. Los principios, la no violencia y la otra parte de su ser lo instaban a no matarlo. Y en su mente, resonaron la preguntas que ya nadie podría aclarar, porque Ikki estaba muerto y él había sido quién le ayudaba a descifrarlas. ¿Para qué demonios le servía tener un buen corazón y tratar de seguir lo que él le mandaba, si en el mundo tal don es visto como debilidad, cobardía o estupidez? ¿No habría sido más fácil que todos naciéramos inherentemente maliciosos y la bondad fuera un máximo a alcanzar, como el Nirvana del que Shaka habló alguna vez?
Un nuevo pensamiento le congeló la sangre. ¿Por qué sentía tantos escrúpulos en matar, si al fin y al cabo había entrado al Averno con el propósito de acabar con la vida de otro de los Guardianes?
– ¿Ya decidiste? –preguntó Hecatónquiro al ver un relampagueo en sus ojos.
Shun volvió a mirarlo de frente. Ninguno de los dos había desactivado su cosmo, y quizá gracias a eso descubrió que el cambio de color en las pupilas del Guardián, del negro al azul, no había sido producto de su imaginación. Alzó un poco sus brazos mientras decía con voz que intentaba permanecer serena:
– Hace tiempo, luché contra un Shogun de Marina llamado E de Escila. Antes de morir, creyó hacerme un favor al aconsejarme lo mismo que tú haces ahora, Reda. Matar sin compasión apenas tuviera la oportunidad.
A sus palabras, las dos cadenas volvieron a vibrar. La cuadrada se irguió por sí sola, no advirtiéndole de algún peligro sino lista para responder a cualquier agresión. La redonda permaneció atrás, preparada para cubrir su portador en caso necesario.
– ¿Sabes por qué me dedicó sus últimas palabras?
Por un segundo, creyó adivinar en la expresión de su enemigo que sí, sí sabía la causa.
– Porque en lugar de matarlo, hice esto.
Y sin dar posibilidad de respuesta, exclamó:
– ¡Trampa de Andrómeda!
Con la velocidad de la luz, justo como en aquella batalla, los plateados eslabones se multiplicaron al dirigirse a Hecatónquiro, mas no lo atacaron. En lugar de ello, empezaron a girar en direcciones opuestas alrededor suyo, hasta centrarlo en el corazón de un torbellino. Como si intercambiaran una clave secreta, a un tiempo los eslabones cerraron el espacio que los separaba de su presa, amarrándolo desde los hombros hasta la parte inferior de los muslos. Reda permaneció inmóvil mientras Shun, sin acercársele, comprobaba que sus metálicas ataduras fuesen firmes.
– ¿Qué pretendes hacer? –preguntó el Guardián sin demostrar emoción alguna.
– Nada más de lo que ves. La Cadena está formada por el metal más dócil del mundo, y mi armadura es una de las pocas que pueden recibir órdenes y cumplirlas. Le he indicado que no te suelte hasta que Atenea haya salido del Averno y la distancia nos impida combatir.
Dicho eso, un eslabón de cada una de las cadenas se separó de los brazales, yéndose a clavar como estacas entre los mosaicos del piso. Al acto, fueron reemplazadas en la armadura por otros semejantes.
– No creo que me comprendas, Reda, ni quiero que lo hagas –y pidió, al dar la vuelta para continuar su comino.– Perdóname por frustrar tu venganza.
Empezó a correr en dirección de alguna de las posibles entradas al Tártaro, su corazón libre del peso de la responsabilidad que traen las decisiones difíciles. No acaba de dar una decena de pasos cuando escuchó:
– ¡Eres un estúpido, Shun!
Al mirar por sobre su hombro, lo que descubrió hizo que se detuviera en seco. Alrededor del Guardián flotaba un cosmo azul con negro que se reflejaba en sus pupilas. Los eslabones que lo sujetaban vibraban de nuevo, como si estuviesen perdiendo su energía.
– ¡Albiore debió advertírtelo! –gritaba Reda con furia.– ¡La única debilidad de la Cadena de Andrómeda es que no debe atacar a quienes provengan de Filistia!
Ante el verdadero nombre de Isla Andrómeda, aquella donde, en la Era del Mito, se encadenó a Andrómeda, la hija de los reyes Cefeo y Casiopea para calmar la furia de Poseidón y las Nereidas, los eslabones cayeron a los pies de Hecatónquiro, liberándolo. Shun palideció. Desconocía lo que acababa de oír, tal vez porque Albiore jamás pensó que dos de sus alumnos lucharían en bandos opuestos.
– El problema de la armadura es el mismo que el tuyo –prosiguió, sonriendo.– ¡Son demasiado sentimentales! Y por esa debilidad, voy a matarte.
Su cosmo azul con negro resplandeció, al igual que los relámpagos en el horizonte. con velocidad superior a la humana, tiró un puñetazo que de inmediato se convirtió en cientos de impactos de energía.
Shun se quedó congelado en su sitio, un “¡no puede ser” ahogado en su garganta. No sólo porque Reda se hubiera liberado de la armadura, sino por el ken con que lo atacaba.
Sólo Seiya conocía esa técnica. Era una Lluvia de Meteoros.
Kiki, en una reacción natural, se había ocultado detrás de Moo, aunque frente a ellos no había más que la puerta de aspecto extraño. Había cierta vibración en ella que lo inquietaba, aunque no había ocurrido nada todavía, y por alguna razón, sintió que se encontraba frente a algo eterno e inmutable, aún cuando sabía que en el mundo no hay nada permanente.
Claro, si se encontraran en el mundo del cual procedían. Así que tuvo que descartar esa idea y limitarse a imaginar qué estaba ocurriendo.
Miró de reojo a su maestro y a su compañero. Moo contemplaba la puerta en silencio, su inexpresiva mirada impidiendo que se supiera qué era lo que pensaba o sentía. Shaka, en cambio, era la expresión absoluta de la calma, como si no se enfrentara a nada nuevo o desconocido.
– ¿Dónde estamos, señor Moo? –preguntó en voz baja.
El Caballero de Aries, sin apartar la mirada de la puerta, respondió:
– En el lugar donde comienza y termina todo. Si no nos dan autorización, es que perdimos este combate desde antes que empezara.
– ¿Autorización?
– Para sacar a Atenea del Averno.
Kiki arrugó la nariz, confundido. ¿Autorización para rescatar a Atenea? Cuando estuvo en peligro antes, sólo tenían que vencer a los Doce Caballeros Dorados, juntar los siete zafiros o destruir los siete pilares, como si se tratara de rompecabezas mágicos que, al completarse, redujeran a nada las prisiones que atrapaban a la diosa. Pero, ¿pedir permiso?
– ¿Es que vamos a hablar con Hades?
– No.
– Entonces, ¿a quién vamos a pedirle permiso?
Shaka, mientras Maestro y alumno hablaban, se aproximó a uno de los costados del arco. Pareció pensar un segundo lo que tendría que hacer y, sin decir nada, tocó la plancha de acero de la puerta.
Como si estuvieran esperándolos y sólo necesitaran el menor contacto para reaccionar, las dos hojas de la puerta se abrieron, no de par en par, pero sí lo suficiente para que los tres pudieran cruzarlas. Kiki se desconcertó: las puertas, a su juicio, eran demasiado grandes para que Shaka pudiera abrirlas con tanta facilidad, pero a pesar de la curiosidad que sentía, no se atrevió a tocarlas.
– Por eso no quería que vinieras con nosotros, Kiki –dijo Moo, dirigiéndose hacia la abertura que acababa de formarse.– En el Averno, perderás tu energía y tu vida, pero si no somos lo bastante dignos, perderemos nuestras almas. Y tú con nosotros porque nos has acompañado.
– ¡No entiendo! –exclamó Kiki, aunque cuidando que fuera en voz lo suficientemente baja para no molestar a quien pudiera encontrarse al otro lado de la puerta.– ¿Vamos a combatir ahí adentro?
– No.
– ¿Entonces?
– Appendix, Hades no es la Autoridad Máxima en el Reino de los Muertos.
La calmada voz de Shaka, a pesar de la revelación que acababa de hacer, acabó de sorprender al aprendiz. Los tres ya habían cruzado la puerta y estaban caminando por un largo pasillo cubierto con cuadrados de mármol obscuro y blanco, acomodados a manera de un tablero de ajedrez. Altas columnas sostenían una bóveda que Kiki no alcanzaba a distinguir, pero por algunas zonas entraban haces luminosos que combinaban con los cuadrados blancos en el suelo. Era obvio que no se encontraban en el Averno, pero tampoco estaban en Terra.
– ¿Cómo que no lo es? –preguntó.– ¿Significa que estamos peleando contra la persona equivocada?
– No hemos errado de enemigo –sentenció Shaka, siguiendo su camino con un paso constante.– Pero Hades es como el regente de un territorio. Su palabra quizá sea la más importante, pero no es la definitiva.
– No entiendo.
Moo suspiró. Sus ojos se volvieron tristes al murmurar, sin detenerse:
– ¿Qué es el Averno, Kiki, sino un lugar de condena? Hades vigila ese lugar, lo ha hecho desde la Era del Mito. Pero él...
De momento, no pudo continuar. Notó que una figura que no alcanzaba a distinguir los estaba aguardando al final del pasillo, frente a otra puerta idéntica a la que habían dejado atrás. Esperó que Shaka reaccionara, pero el Santo de Virgo, con una tranquilidad que otros habrían calificado como insensatez, no varió el ritmo de sus pasos.
– Hades no juzga –explicó, mirando al recién llegado con ojos cerrados.– Él no es el que condena, ni el que determina cuánto tiempo han de permanecer las almas en este lugar, y mucho menos el que decide cuándo pueden marcharse. Quizá tenga la última palabra, pero si los Jueces no están de acuerdo con él, de nada servirá que diga que sí. Justo lo que pasó con Orfeo.
La última frase hizo que Kiki se estremeciera. Algo había escuchado sobre los Jueces, pero ahora comprobaba que no le había prestado la atención debida a aquella lección.
Eso significaba que iban a enfrentarse a alguien superior a Hades.
Eso justificaba que Shaka y su maestro estuvieran tan serios.
Eso explicaba por qué habían querido alejar a los Caballeros y a los otros Santos, por qué decían que, si ellos fracasaban, todo habría sido en vano. Porque tendrían que pedir, según entendía, permiso a los Jueces para sacar a Atenea del Averno.
¿Y si decían que...?
– Creí que llegarían antes –dijo el hombre que estaba ante la puerta, cruzado de brazos y mirando a los Santos y al aprendiz con un deje de burla.
Shaka permaneció en silencio, mirándolo con ojos cerrados y sin demostrar emoción alguna. Moo se esforzó en alzar la vista y ver de frente a aquella persona que, vestida con una túnica azul, franqueaba la puerta que daría al juzgado. Kiki lo miró y se encontró frente a un joven bastante alto, con largo cabello rubio que caía formando rizos a lo largo de su espalda. Sus ojos azules eran fríos, quizá hasta un poco crueles, y de repente comprendió que ya había visto a ese hombre en el pasado. Y que era el mismo que había empezado todo.
Volvió a esconderse detrás de su Maestro y, sin querer, gritó:
– ¡Saga!
La figura sonrió con un gesto irónico, y entonces Kiki comprendió que no, no era Saga a pesar de las semejanzas. Eso sólo significaba que...
– Hasta muerto me confunden con él –respondió el hombre, descruzándose de brazos.– Pero para el juicio que está a punto de tener lugar, realmente no tiene importancia.
Moo lo miró en silencio, pidiendo lo que no había dicho en voz alta. Ante su expresión, el aparecido abrió la puerta y, cediendo el paso al grupo, los dejó pasar.
– ¿Qué significa eso? –murmuró Kiki.
Antes que Moo o Shaka lograran responder, el hombre sentenció:
– Simple. Los Jueces del Averno juzgarán a la Orden del Zodiaco en las personas de dos de los Santos Dorados para ver qué tan justos son sus fines.
Y Shaka, por primera vez mostrando un poco de emoción en su tono, añadió:
– Y es obvio que Kanon de SeaDragon será nuestro fiscal.
La Cámara era pequeña y redonda, más alta que ancha, y se encontraba en la más profunda de las obscuridades. Nadie sino él podía entrar en esa habitación, uno de los privilegios exclusivo del Señor del Averno.
Ya no recordaba la última vez en que la usó, así que debió haber sido en la Era del Mito. Hades miró las vacías pero brillantes paredes que formaban un cuadrado perfecto, sin lámparas ni adornos, que se alargaban hasta integrarse a una cúpula hecha de cristal. Un tragaluz, si el cielo sobre el Tártaro no hubiese sido obscurecido por su voluntad. Pero más que ello.
Era gracias a esa habitación que Hades, a pesar de la separación entre Olimpo, Océano, Tierra y Averno, había sido capaz de comunicarse con sus hermanos Zeus y Poseidón en aquella Era de Oro, hasta que la Revelación del Omnipotente condenó a todos los dioses antiguos, excepto a él y a unos otros, al Sueño. Con ella se enteraba qué ocurría en cualquier parte del mundo con mayor detalle y menos obstáculos que con las Moiras. Era la Cámara de Cualquier Parte.
Por un segundo, dudó si lo que iba a hacer era lo correcto, más se reprendió de inmediato. Ya había pasado el momento de las consideraciones. Atenea misma se encargó de que terminaran.
Entonces, ¿por qué llevaba un rato ahí, limitándose a pensar?
Con paso decidido, Hades caminó hasta encontrarse precisamente abajo de la cúpula y encendió su cosmo. Al hacerlo, el cristal del tragaluz brilló con una luz blanca, iluminando el área donde se encontraba el dios. Y con esa luz, llegaron las imágenes y los sonidos.
Aun sin que se los dijeran, los asgaardianos que se encontraban en el Santuario sabían que peleaban la mayor batalla de sus vidas. No era por su tierra ni por su avatar, pero indirecta y prácticamente las protegían, y sus invocaciones a Odin en solicitud de ayuda eran la mejor prueba de ello.
Bud dio una rápida mirada a su alrededor. Además de comprobar el frío de las noches griegas y de la luz que las estrellas y la luna les brindaban (como si también participaran en aquella batalla), vio qué tal le iba a los otros Guerreros Divinos. ¡Nada mal!, fue la agradable respuesta. Aunque Hildebrand y él, a pesar de sus esfuerzos, no lograban evitar la llegada de más daimons, Balder, Dietrich y Heimdall controlaban a casi todos los que se acercaban. Erich y Gunther, por su parte, impedían que alguno atacara a las Damas. Sin embargo, las horas de combate y la superioridad numérica de sus enemigos empezaban a causar estragos: todos se veían cansados y menos firmes que al inicio. ¡Si tan sólo dejaran de llegar más daimons!, deseó Bud sin darse cuenta. ¡Si tan sólo dejaran de recuperarse los caídos!
Si tan sólo pudieran soportar un poco más sin necesidad de emplear sus kens...
Pero no eran más que buenos deseos. Bud había visto a dos amazonas combatiendo junto al Portal, y ellos siete no habían descansado ni un segundo, y no podía observar progreso alguno. Y ni siquiera podía desquitarse preguntándose por qué Hyoga y los demás tardaban tanto, pues si ellos la estaban pasando tan mal, seguro que la situación de ellos sería mucho peor.
En eso, otros tres daimons se lanzaron a atacarlo, poniendo fin a su distracción. La batalla siguió igual, o por lo menos pareció que así lo haría. Hasta entonces.
Una intensa luz negra y blanca empezó a aparecer sobre la Cámara del Maestro, cerca de donde Hilda y Flare se encontraban. Su presencia hizo que los daimons detuvieran sus ataques y, a una, se arrodillaran en señal de respeto. Los Guerreros Divinos sabían que debían contraatacar, pero también permanecieron quietos, mirando con temor y nerviosismo la fuente de luz.
Flare, que había estado rezando, interrumpió sus oraciones y observó también el fenómeno, sintiendo que su corazón estaba a punto de explotar. Asustada, miró a Hilda, y se sorprendió al descubrir que el rostro de su hermana era su completo opuesto. Reflejando gran calma, la Avatar de Odin había abierto los ojos y esperaba, sin apagar su blanquísimo cosmo. Su aura poseía tal luminosidad que el fenómeno recién aparecido lucía obscuro a comparación.
En el interior de la luz, empezó a trazarse la figura de un hombre vestido de negro. El poder de los dioses emanaba de él, en especial de sus negrísimas pupilas. Todos los presentes contuvieron el aliento al comprender quién era el visitante. Los Guerreros Divinos apenas se obligaron a colocarse en guardia, y Flare, inconscientemente, dio un paso hacia atrás. Sólo Hilda no se inmutó. Antes bien, saludó con voz decidida y tranquila:
– ¡Saludos, Hades, Señor del Reino de los Muertos!
Aunque no esperaba tal reacción, el rostro del aludido no mostró sorpresa alguna al responder en un tono igualmente amable:
– ¡Saludos, Hilda de Polaris, Avatar de Odin!
Siguió un momento de tenso silencio. Polaris no había apagado su cosmo, lo cual podría interpretarse como un desafío, y tampoco había preguntado qué hacía Hades en el Santuario, aunque fuera en la forma de una proyección espiritual. Además que una Avatar jamás cuestiona a un dios sobre sus intenciones y motivos (regla rota por Atenea en ocasiones sólo por la amistad que existía entre ambas), la respuesta era más que obvia. Hades fue el encargado de iniciar la conversación.
– Veo que has traído la Espada Balmung a Grecia –afirmó, refiriéndose a la brillante hoja que refulgía sobre un improvisado altar de piedra.– ¿Qué te ha motivado a sacarla de Asgaard?
Hilda supo que el dios la llevaría a confesar su traición para poder matarla, ya que ni siquiera un dios puede asesinar a un avatar sin una razón clara, y menos aún perteneciendo a sistemas mitológicos diferentes. Sin mostrar temor alguno, respondió:
– La amistad, Lord.
– ¿La amistad?
– Sí. Ella fue quien me obligó a separar la Espada Balmung de la Armadura de Odin y a traerla de Asgaard a Grecia.
El rostro de Hades se volvió más severo. Un mal presentimiento estremeció los corazones de Flare y Bud.
– Supongo que la amistad que te obligó a salir de tu tierra no es otra que la de Atenea. ¿Estoy en lo correcto?
Respetuosamente, Hilda asintió:
– Lo es, Lord.
– Al hacerlo, has ido en contra de lo que se estila en las Tierras Místicas. Supongo que tu amistad con Atenea es un vínculo muy fuerte, pero no es de mi incumbencia. Más bien –y al llegar aquí, los Guerreros redoblaron sus guardias– te pregunto por qué has llegado ataviada como Valkyria, con un arma natural de tu tierra y acompañada por tu escolta personal. No parece que vengas a visitar a una amiga, sino a combatir en una guerra.
Ya no había modo de eludir sus preguntas sin confesarse, aunque significara firmar su sentencia de muerte, la de sus Guerreros y muy posiblemente la de su hermana menor. Pero si Hilda pensó en suplicar clemencia por oponerse a las decisiones de los dioses y permitir que Hades cerrara el Portal, fue un pensamiento demasiado rápido que no alteró nada a su valiente y sereno espíritu.
– Lord, habrá escuchado sobre la Batalla de Asgaard, ocurrida hace un par de años en el territorio del Valhalla –afirmó, mirando a la proyección de Hades a los ojos.– Fue un día obscuro de nuestra historia, puesto que tal batalla no se debió a una invasión extranjera, sino a mi debilidad para poder enfrentarme a la influencia de Poseidón, Emperador de los Siete Océanos.
El silencio de Hades le demostró que sí sabía sobre el evento al cuál se refería y le permitía continuar.
– Aquel día, –prosiguió Hilda con voz vibrante– Atenea, la diosa de la Guerra Inteligente, y parte de su Orden del Zodiaco, fueron los únicos capaces de detener la amenaza que mi pecado había arrojado sobre el mundo. Como si no hubiera bastado con ello, también salvó a Asgaard de su eminente destrucción. Ella llegó, al igual que yo, ataviada como diosa, con la Nike como arma y con su escolta. Hubo guerra y sangre y se perdieron las vidas que me eran más valiosas, pero al final regresó la paz y la amistad surgió entre nosotras y nuestras tierras. He venido a corresponder a esa deuda.
– Terra se encontraba en peligro. En este día, no lo está. Tus razones no son suficientes –afirmó Hades, cada vez más parco en sus palabras.
– Atenea y Terra se encuentran en peligro, Lord.
– ¿A qué te refieres?
– Si el Fin del Ciclo no se cumple, Atenea perderá su poder y Terra a la emisaria a la que el Omnipotente recurre para iluminar las Eras de Obscuridad. Atenea debe morir y no lo digo, como en el pasado, motivada por el rencor. Seré la primera que llorará su ausencia, pero la aceptaré porque es su destino.
El silencio que siguió pareció llenar el aire con electricidad, y justo como Hilda hablaba de destino, todos supieron que acababa de firmar el suyo. El dios frunció el ceño y, con voz seca, sentenció:
– Yo, Hades, Señor del Reino de los Muertos, he determinado que el Ciclo no debe cerrarse en esta ocasión, aunque traiga las consecuencias a las que has hecho referencia. ¿Por qué te has opuesto a mi decisión?
A pesar de sus palabras, Hades pensó de momento que debería detenerse. En medio de la noche, Hilda parecía estar formada por luz de estrellas. De su figura emanaba tal dignidad que la estatua de Atenea no podía opacarla; al contrario, parecían venir de un mismo origen y sus características eran semejantes, casi idénticas. Si continuaba con la decisión que había tomado, la única alternativa que la Avatar le estaba dejando, el mundo perdería no sólo a la emisaria del Omnipotente, sino a una joven fuente de luz y paz que, si bien no pertenecía al rango de los dioses en su poder, al menos lo hacía en su dignidad.
– Ya lo he dicho, Lord –respondió. Por amistad y por deber.
– ¿Estás consciente de que, por tu desobediencia, merecerías morir si así lo determino?
– ¿Qué? –murmuró Heimdall.
Apenas si escuchó que sus compañeros reaccionaban igual.
Los ojos de Flare se estremecieron.
Hilda, mirando a Hades de frente y sin demostrar temor alguno, afirmó:
– Lo estoy.
– En tal caso, deja de mantener abierto el Portal de Espacio. Renuncia a tu propósito y regresa de inmediato a Asgaard con los tuyos. Es una orden.
– No lo haré.
A nadie, ni siquiera al dios, sorprendió su respuesta.
– No pido perdón por mi desobediencia, ni misericordia por la actitud que usted considera errónea –sentenció la Valkyria.– La amistad y el deber son superiores a mí, al grado que mi vida se ha vuelto algo dispensable.
Aún en su temor, Flare creyó ver que el rostro de Hades se ensombrecía, como si lamentara lo que estaba a punto de hacer. Sin embargo, tal impresión duró apenas unos segundos.
– Que sea como tú dices... –murmuró.
Los siete Guerreros Divinos se contuvieron a atacarlo aunque fuera una proyección. Con severidad, Hades concluyó:
– Como dios que soy, y por tanto dueño de una mayor jerarquía que tú, te condeno, Hilda de Polaris, a muerte por el crimen de traición y rebeldía.
– No... –suplicó Flare, llevándose las manos a la boca.
Furiosos relámpagos cruzaron los ojos de los Siete.
Como si no los hubiera visto ni escuchado, Hades prosiguió:
– La sentencia se llevará a cabo inmediatamente.
Dicho esto, su imagen se disolvió, dejando únicamente luz blanca y negra. Un furiosos rugido brotó de decenas de gargantas, todos los daimons plenamente recuperados y más poderosos que antes gracias a la influencia de su Señor. Se abalanzaron sobre los Siete sin más aviso que un aullido de guerra.
Pero eso no fue todo. La luz que había quedado atrás atacó a Hilda. Sin que nadie lograse hacer nada, la luz se fundió con su blanco cosmo, empezando a absorberlo justo como el Averno le robaba su energía y poder a Atenea. La Valkyria no pudo contener un grito al sentir cómo empezaba a perder su esencia.
– ¡Hilda! –gritó Flare, esta vez su expresión no de dolor, sino de impotencia.
A la vez en que eran atacadas por los recuperados daimons, Marine y June vieron cómo el Portal empezaba a cerrarse sin traba alguna.
En el obscuro firmamento de Asgaard ya era muy entrada la noche. Las estrellas brillaban sobre las heladas estepas, el desierto Palacio del Valhalla y la cristalina armadura colocada sobre el altar, sustituyendo a una avatar.
Ursa Major, la constelación que vigila a la Estrella Polar, relucía justo sobre ella.
Pero de repente, una súbita obscuridad empezó a llenar la noche. Y Polaris, Dubhe, Merak, Pertha, Alioth, Megrez, Benetnasch, Mizhar y Alcor titilaron, amenazando con extinguirse.