Capítulo diez
Yo, pecador
Por AltairEscuché el rumor de que diste muerte a nuestro instructor, el Caballero Crystal. Y en la Batalla de las Doce Casas, también acabaste con la vida de Camus de Acuario. ¡Y no fuiste sólo tú! ¡Los demás Caballeros, quienes debían mantener la paz en la Tierra, también mataban como desquiciados!
Isaac de Kraken
Ése era el lapso más peligroso de cualquier vigilia: cuando la amenaza parece haberse desvanecido, pero no ha ocurrido nada todavía que demuestre que lo ha hecho. Es el momento en que empiezas a distraerte, a divagar, a bajar la guardia. Dietrich miraba hacia el firmamento, tratando de descubrir constelaciones que no viera en su tierra. Balder parecía meditar. Hildebrand, el asombro en el rostro, había descubierto el Reloj del Zodiaco a la distancia. Gunther no separaba la mirada del cosmo de Lady Hilda, pero empezaba a mostrar cansancio. Erich, con la punta de su dedo índice, trazaba un dibujo sobre la tierra. Heimdall afinaba las cuerdas de su arpa. Flare, aunque ya no lloraba desde rato atrás, veía con amor y ternura un crucifijo que tenía en su mano.
Él, Bud de Dzeta-Mizhar-Alcor, el más (o el único) experimentado en batalla, debía advertirles que era el momento de estar más alertas que nunca. La noche había llegado junto con el tedio y la fatiga. Si no reaccionaban, estarían a merced del enemigo.
Pero él también ya era víctima de la espera, y su mente se encontraba lejos de ahí, en tiempo y espacio.
Siete casas se encontraban de luto en Asgaard. Desde la caída familia de Fenrir hasta la orgullosa estirpe de Alberich; el bosque donde Thor cazaba ciervos reales y el pueblo que Folkel y Mime habían protegido; la nobleza de la que Hagen provino y el mismo Valhalla, en donde Sigfried vivió.
La casa frente a la que Hyoga de Cygnus se encontraba no era la excepción. Más aún, había vivido en la tristeza desde años atrás, cuando la madre de la familia dio a luz gemelos y uno debió ser abandonado en la nieve. Pero, a pesar de la semejanza en el pesar que se percibió en ella años atrás, ahora el luto honraba al otro de los hijos. Syd de Dzeta-Mizhar, Guerrero Divino de Odin, muerto en la Batalla de Asgaard.
¿Realmente sabía lo que le esperaba al prometer a Hilda que buscaría a Bud? En aquel momento, se había dejado guiar por su corazón: no podría aceptar ser un Guerrero Divino (le agradaba ser un Caballero Ateniense y además estaban sus amigos), pero tampoco quería dejar a las Damas indefensas ante peligros futuros.
Lo de menos sería buscar a siete muchachos dignos, entrenarlos personalmente y dejarse de viajes al pasado. Pero no debía ser de ese modo. No sería justo para el único sobreviviente de esa absurda batalla.
Ikki le había hablado lo suficiente sobre Bud para hacerse una idea de cómo era. Nunca lo había visto aunque sabía que era idéntico a Syd, a quien sí conoció. Sin embargo, antes de que lograse pedirle más información, Fénix se marchó del Santuario (a dónde era una gran pregunta que presentía que Atenea podría responder, pero que no lo haría). Shun e Hilda completaron algunos detalles que ignoraba, pero todavía faltaban bastantes.
Syd y Bud habían sido hermanos gemelos. Sin embargo, en Asgaard se creía que ese tipo de hermandad traía mala suerte y separaba a la familia; cumpliendo la ley, esa misma noche el padre abandonó a uno en la nieve, dejando una daga con su nombre sobre su regazo. Bud debería haber muerto, pero un campesino lo encontró y se lo llevó consigo. Tal vez habría sido feliz para siempre de no haberse encontrado con un niño muy parecido a él y que portaba una daga idéntica a la suya, sólo que con otro nombre.
Desde entonces, Bud se entrenó para enfrentarse a Syd algún día y arrebatarle lo que a él también debería haberle correspondido. Pero cuando renacieron las Armaduras Sagradas, él volvió a ser su sombra al encontrarse bajo la protección de Alcor. Hilda, en aquel tiempo poseída por la Sortija del Nibelungo, le prometió que, si Syd moría, el tomaría su lugar. El sitio que le correspondía entre los Guerreros Divinos y entre las familias de Asgaard y que la cobardía de sus padres le había quitado.
Sin embargo, el lazo con su hermano había sido más profundo de lo que imaginaba. No pudo soportar ver cómo caía a manos de Andrómeda. Y no pudo hacerle daño ni cuando Fénix le juró que no se defendería para que pudiera matarlos a ambos. Ni siquiera al descubrir que Syd sí conocía su existencia y que nunca había dejado de pensar en él.
Lo último que cualquier Caballero supo de él fue que, llevando el cadáver de Syd, salió del Valhalla sin mirar una sola vez hacia atrás.
Por eso Hyoga se encontraba ahí. Todavía veía el crespón luctuoso sobre la puerta de la mansión en recuerdo de uno de los hijos y trató de no prestarle atención. El criado le había dejado cruzar el patio cubierto de nieve, y ahora, intentando concentrarse únicamente en el por qué estaba ahí, llamó a la campanilla que se encontraba junto a la entrada. Su cristalino tintinear fue lo único que se escuchó a la redonda.
Un minuto después, más o menos, la puerta se abrió. Atrás de ella encontró a una mujer mayor, aunque no vieja, de cabello dorado rayado por las canas. Sus ojos color miel emanaban profunda tristeza. Por un momento, Hyoga recordó a su madre, perdida para siempre en el mar de Siberia; alejó de inmediato ese pensamiento y dijo:
– Buenas tardes. Soy Hyoga de Cygnus y me gustaría hablar con Bud, por favor.
La mujer lo miró con cierto temor en el rostro.
– ¿Eres un Guerrero Divino?
Con esa prodigiosa intuición que sólo las mujeres poseen, había identificado su origen como integrante de una Orden con apenas mirarlo. Hyoga no permitió que su expresión demostrara su sorpresa y respondió:
– No lo soy, señora.
– Entonces, ¿eres amigo de mi hijo?
Sólo los años que llevaba sin expresar sus emociones permitieron que se controlara por completo. Así que esa mujer era la madre de Syd y de Bud, la misma que permitió que uno de ellos fuera abandonado en medio de una tormenta.
– Tampoco lo soy –confesó.– Pero necesito hablar con él. No será más que un momento, por favor.
Ella pareció dudar en abrir la puerta, pero lo hizo de todos modos. Hyoga, agradeciendo con una inclinación de cabeza, entró a una de las casas más hermosas que vería en toda su vida. Sobria, de excelente gusto, y llena de detalles que indicaban que la habitaba una familia unida... o que lo había sido hasta hacía poco más de un mes.
La mujer cerró la puerta y preguntó:
– ¿Por qué vienes a buscar a Bud?
Prudentemente, Cygnus respondió:
– Es un asunto privado que sólo puedo discutir con él. Vengo en nombre de Hilda de Polaris.
En otros tiempos y en otros lugares, el nombre de la Avatar de Odin habría motivado una reverencia inmediata. Pero la herida de la batalla de Asgaard era demasiado reciente y más en esa casa. No importaba que hubiera estado poseída: por su culpa, Syd había muerto y Bud había llevado su cadáver.
– Me temo que tendré que suplicarte que te vayas –afirmó, su voz cortante.– Ese nombre no volverá a ser pronunciado en este sitio.
Hyoga no se sorprendió ante su reacción. En el fondo había esperado algo así.
– Es un asunto de vital importancia. Seré breve y me marcharé por donde vine –insistió.– Pero necesito hablar con él.
– ¡Mi hijo ha sufrido bastante a causa de esa mujer! –exclamó.– ¡No tiene por qué hablar con nadie que provenga de ella!
"El sufrimiento de Bud no sólo se debió a Hilda", pensó el Caballero, mirándola en silencio y preguntándose por qué de repente sentía afecto por la Valkyria y no sólo por su hermana.
– Como lo ha dicho, provengo de Lady Hilda –respondió con voz fría.– Por ello mismo, comprenderá que no está en mí el retirarme.
– ¿Qué está pasando aquí?
La voz de un hombre joven hizo que Hyoga y la mujer miraran hacia la otra puerta del salón. Ahí se encontraba un muchacho no mayor de veintidós o veintitrés años. Su cabello era plateado, casi blanco, con destellos azulados y ojos que lucían un tono intermedio entre la miel y el oro. Idéntico a Syd de Dzeta-Mizhar, pensó Hyoga. De no saber que había muerto y que había tenido un hermano gemelo, los habría tomado por la misma persona.
– Este muchacho estaba a punto de marcharse, hijo –afirmó la mujer, tratando que su tono fuera afectuoso.
Bud, en respuesta, volteó a verla y luego a Cygnus. A Hyoga no le costó ningún trabajo descubrir una obvia confusión de sentimientos encontrados en su mirada. Supo lo que Ikki, aquel que a pesar de su frialdad conocía perfectamente la naturaleza humana, habría pensado. He aquí a la mujer que permitió que fuese abandonado a su suerte, y aún así es su madre. Por un lado, la desprecia, pero por el otro sólo quiere que le dé un beso y un abrazo.
No era la primera vez que estaba de acuerdo con Fénix.
– ¿Vienes de parte de Lady Hilda? –preguntó Bud, sin que en su expresión pudiera adivinarse emoción alguna.
– Así es –respondió Hyoga. – Y me gustaría hablar contigo.
Tras un momento de silencio y tal vez de duda, Alcor vio a su madre y pidió:
– Por favor, déjanos solos.
– ¿Estás seguro, hijo?
Con voz cortante, Bud afirmó:
– Siempre he estado seguro de lo que digo. Déjanos.
Fue visible la pena que esa respuesta provocaba en ella. Mientras cruzaba el salón para salir, Hyoga se sintió un poco culpable aunque no tenía por qué. Si su madre viviera, y por más enojo o rencor que le tuviera, jamás podría hablarle así. No tendría el corazón para hacerlo.
– No eres uno de los integrantes de la corte de Lady Hilda –dijo Bud apenas se quedaron solos.– Y menos aún, un asgaardiano. ¿Quién eres?
Hyoga lo miró a los ojos.
– Si siempre seguías a tu hermano, debes saberlo.
"Eras la sombra de Syd" fue la frase que no pronunció pero que quedó en el aire. A Bud, sin embargo, pareció que no le afectaba.
– Eres el Caballero Ateniense del Cisne, el que tiene el poder de congelar lo que desee. Pero no conozco tu nombre y me agrada saber con quién hablo.
– Soy Hyoga de Cygnus y provengo de Siberia –respondió, tratando de aligerar un poco el ambiente de tensión que los rodeaba.
– ¿Te envió Lady Hilda?
– Sí y no.
Los ojos de Bud relampaguearon al preguntar:
– Entonces, ¿fue Fénix?
Hyoga fue lo bastante hábil para descubrir que ahí había algo en común entre ambos: su relación con Ikki. Decidió intentarlo por ese lado, recordando que había sido él quien le había demostrado a Alcor que realmente amaba a su hermano.
– Ikki se marchó del Santuario. Con la Era Obscura terminada, supongo que quería buscar su propio camino, y partió sin despedirse. Si quieres saberlo, sí, fue él quien me dijo meses atrás todo sobre ti, pero no sabe que vine a buscarte. Y para esto –añadió– Hilda tampoco quería que viniera. Estoy aquí por decisión propia.
Bud desvió la mirada, fijándola en la espada de su padre que estaba colocada sobre la chimenea.
– Hilda sigue considerándome una sombra, entonces –dijo.– Por eso se negó a que me buscaras.
– No fue eso. Ella temía que la rechazaras si venía a hablar contigo.
De momento, Bud no respondió. Hyoga se sintió en libertad de continuar:
– Ella está consciente de que, incluso aunque Poseidón la controlaba, jugó con tus sentimientos para que actuaras a su favor. Sabe que te hizo mucho daño. Por eso no se atrevió a venir personalmente.
– ¿Y te envió a ti, Cygnus?
– Yo me ofrecí a venir.
Bud se encogió de hombros.
– Para el caso es lo mismo. ¿Y qué es lo que quieren?
A pesar de su tono orgulloso y cortante, no se atrevió a mirar al Caballero a los ojos. Hyoga lo observó mientras atizaba el fuego de la chimenea, y comprendió que, a pesar de todo el dolor y el sufrimiento que él había vivido, siempre habría infiernos más grandes que otros. Aquellos que no provienen de la muerte, sino del rencor.
– Supongo que sabes lo que ocurrió después de la Batalla de Asgaard –dijo, y como no obtuvo una negativa ni una pregunta, prosiguió.– Atenea estuvo a punto de morir a manos de Poseidón hace ya casi un mes al caer el principio del Segundo Diluvio. Pero el Emperador del Océano fue derrotado y la Tierra ha entrado en una edad de paz.
Uno de los leños de la chimenea cayó sobre las cenizas.
– Qué bueno que me lo aclaras –respondió Bud sin interés mientras tomaba el atizador y comenzaba a reacomodar la leña.– ¿Y a mí qué?
– Aunque sea una Era tranquila, las Órdenes deben permanecer y seguir preparándose.
Ante esa frase, el asgaardiano arqueó una ceja, pero continuó en silencio.
– Atenea cuenta con nosotros, pero Hilda sólo tiene armaduras vacías. Lo que vengo a pedirte –afirmó, dando dos pasos hacia él– es que regreses al Valhalla y seas el primero de sus Nuevos Guerreros Divinos.
Lo único que Hyoga escuchó en los siguientes segundos fue el crepitar del fuego y el viento del exterior. Bud, pensativo, había bajado la vista.
– ¿Ser más que una sombra? –murmuró.– ¿Quieres decir que tomaría el lugar de mi hermano?
– Si tú quieres –propuso Cygnus– podrías incluso superarlo y tomar el sitio de Sigfried.
Bud comenzó a reír. Pero no era producto de la alegría, la sorpresa o el descontrol. Era una obvia risa de sarcasmo.
– Perdiste tu tiempo, Hyoga de Cygnus. Fue un buen intento, e Hilda debería agradecértelo, pero fue inútil.
El Caballero frunció el ceño, pero no dijo nada. Esperaba algo así. Bud, con ironía y autocompasión, soltó el atizador y apoyó el brazo sobre el hogar, pensativo.
– Me contaste qué le ocurrió a Atenea después de la batalla, pero no sabes qué fue lo que me pasó a mí.
De repente, pareció como si Bud se hubiera quedado solo. Más para sí que para Hyoga, empezó a hablar y el Caballero no lo interrumpió mientras lo hacía.
– Caminé por horas llevando el cuerpo de Syd, decidido a llegar hasta la que debió ser mi casa desde mi nacimiento –murmuró.– En eso, empezó el terremoto provocado por la destrucción de los glaciares, y me tumbé sobre la nieve y junto al cuerpo de mi hermano. Pensé que había llegado el Ragnarok y que moriría. Por Odin, me alegré al pensarlo...
Su confesión mostraba el sentimiento que sólo comprenden aquellos que han pasado por un dolor semejante. Después de todo, Bud había crecido creyendo que odiaba a su hermano y ésa había sido su razón de ser. ¿Para qué? Para que en el momento decisivo, en aquel que su venganza contra aquel que representaba todo el odio que sentía y el rechazo que recibió estaba al alcance de su mano y sin obstáculo alguno... Simplemente, no pudiera lanzar el ken, el llamado de la sangre o del corazón más grande que el de la mente o del odio.
Bud había vivido una mentira. Y se había mentido a sí mismo. ¿Tenía a qué regresar? ¿A qué continuar vivo?
– Pero no tuve tanta suerte –continuó.– El hielo, casi mágicamente, volvió a su sitio y mi vida al camino que el destino eligió.
Hyoga permaneció callado, pero cuando el asgaardiano lo miró a los ojos encontró sólo comprensión en ellos. Un mudo "te entiendo" ante un futuro que alguien más había escrito.
– Creo que sobraría decirte lo que ocurrió cuando llegué aquí –concluyó.– Los padres tienen una percepción que supera a lo que ustedes llaman Séptimo Sentido. Aunque Syd y yo somos... éramos idénticos, con una mirada bastó para que supieran que yo no era el gemelo que habían criado y qué había ocurrido. Ahora, tratan de recompensar toda una vida... Lo intentan... –añadió con ironía.
Por un instante, Hyoga no tuvo corazón para insistir. Seguro que los padres intentarían amarlo todo lo que no lo hicieron cuando era pequeño. En algunas familias, era lo más común después de la muerte de uno de los hijos. Pero, ¿y si habían sido idénticos en apariencia y el que había llegado era el que debía haber muerto años atrás? Esas preguntas permanecieron en su mente al decir:
– ¿Y aún así no te interesa regresar al Valhalla?
– Hilda hizo mi vida todavía más miserable de lo que ya era –respondió Bud de inmediato.– No sólo procuró que continuara a la sombra de Syd... También fue la causante de que tuviera que regresar a casa llevando el cadáver de mi hermano.
– Sabes tan bien como yo que ella no fue completamente culpable.
Bud no respondió de inmediato y Hyoga comprendió que sí lo sabía. Pero de ahí a reconocerlo había un trecho muy grande, sobre todo cuando trató de recuperar su frialdad y dijo:
– Da lo mismo. Syd murió y mis padres pretenden que yo tome su lugar.
De nuevo se hizo el silencio. Bud no había apartado la mirada de los ojos de Hyoga y ambos podían leer claramente los sentimientos del otro. El asgaardiano se preguntó por qué, si el Caballero había estado a punto de morir junto con sus amigos aquel día, ahora defendía a la culpable.
– Asgaard entero está de luto –prosiguió.– Los siete valientes que protegían esta tierra murieron como héroes. ¿Crees que alguien, incluyéndome, iba a tener el espíritu suficiente para reclamar las armaduras y empezar de nuevo?
La mirada de Hyoga se congeló al responder:
– Hilda lo tiene. Tan es así, que quiere recrear su grupo. Pero no generalices a toda tu tierra lo que tú sientes, porque si alguien se niega a volver a empezar eres tú.
Bud sonrió con burla y pesar.
– Para ti es fácil decirlo. Tus amigos siguen vivos.
– Vaya, –exclamó Hyoga en uno de sus raros despliegues de sarcasmo.– No sabía que ser una sombra te convertía en un ignorante.
– ¿Qué dices? –preguntó Bud entre dientes, apretando los puños.
– Tal vez tu hermano lo sabía, o quizá no, pero la Orden del Zodiaco a la que mis amigos y yo pertenecemos nació de la sangre de un hombre. Y lo que es más, ese muchacho que tendría nuestra edad al fallecer, fue asesinado por uno de sus compañeros, un Santo Dorado.
El asgaardiano no supo qué responder. Después de la Batalla de Asgaard, e incluso desde antes, habían cundido muchos relatos sobre la Orden del Zodiaco, los Santos de Oro y el grupo de Cinco que siempre acompañaba a Atenea. Pero nunca se había hablado sobre aquel crimen que dio origen al nuevo equipo. Hyoga se había convertido en la viva imagen de la indiferencia y de la frialdad al contarlo.
– La guerra por recuperar el Santuario y las batallas que les siguieron fueron demasiado crueles. Cada uno de nosotros ha tenido que renunciar a lo que más ama, y algunos tuvimos incluso que destruirlo. Aún así –añadió, cambiando el tema para proteger su propio corazón– conservamos el espíritu que nos ha traído hasta aquí, sin que nos importe el sufrimiento.
– Ya he vivido bastante –respondió Bud con voz seca.
– Y vas a vivir más si permaneces encerrado en este sitio.
En ese momento, fue como si Bud escuchara en otra persona las mismas frases que él se decía cuando estaba a solas, y palideció.
– No quiero ser brusco –afirmó Hyoga, sin permitirle retirar la mirada– pero debes observarte a ti mismo. Eres idéntico a Syd, te peinas como él, ahora te vistes como él y vives como él. En poco tiempo, actuarás junto a tus padres como él lo habría hecho. Pero no eres Syd de Mizhar, eres Bud de Alcor.
Sin darle oportunidad a que respondiera, continuó:
– Entiendo lo que sientes y también comprendo a tus padres. Pero toda tu vida te han reducido a ser una sombra de tu hermano. Si te quedas aquí y sigues el camino de Syd, cuando mueras descubrirás que nunca tuviste una vida propia.
– ¿Y mi única alternativa es regresar al servicio de Hilda, Cygnus?
Hyoga se dirigió a la puerta, listo para marcharse. Antes de hacerlo, volvió a mirar a Bud.
– Eres un guerrero. Siempre lo fuiste, o no habrías sobrevivido a esa noche.
Abrió la puerta. Una helada brisa empezó a colarse hacia el interior.
– Yo sólo te ofrezco un camino y una opción. Si encuentras otra que te convenza más, te deseo suerte. Pero, por favor, honra a tu hermano dejando de ser su sombra.
Y añadió, antes de salir:
– Estoy seguro que, en tu lugar, él lo habría hecho.
El sonido de la puerta cerrándose, de la brisa al detenerse y del crepitar del fuego fue lo único que rodeó a Bud cuando se quedó solo. No era la primera vez que pensaba en todo ello.
Distraído, miró su reflejo sobre la hoja de la espada de su padre. Y supo que no era a Bud al que observaba. Era a una mala copia de Syd.
Cuando Hyoga volvió al Valhalla aquella tarde, no quiso comentar nada ni con Hilda ni con Flare, ni tampoco prometió que alguna vez lo haría. Aunque había estado preparado para una reacción semejante, también había creído que el espíritu de los asgaardianos era diferente. Y sí, era una tierra de valientes que desde su nacimiento se enfrentaban a todo, empezando por el clima, pero a él le había tocado el único que daba prioridad al rencor y no al valor.
Durante los dos días siguientes, trató de imaginar algún modo de formar al nuevo grupo. Debió culparse por haber confiando en que Bud aceptaría y que no habría ningún problema para integrarlo al grupo. Pero ahora que comprendía que nunca fue algo seguro, se enfrentaba a una terrible sequía de imaginación. Sus primeros días en Asgaard estaban resultando incómodos y, como si no fuera bastante, estaba quedando mal con sus anfitrionas aunque ellas no lo supieran.
Para el tercer día, Hyoga dio por concluida su meditación sin haber llegado a nada. Quería buscar a sus amigos para pedirles consejo, pero sabía que ya era demasiado tarde para ello porque el grupo se había separado. Rendirse no iba con su carácter, pero cada vez se preguntaba con mayor frecuencia qué iba a hacer.
Un sirviente, en eso, le había dicho que alguien que se identificó como "un viejo amigo" lo esperaba en una de las Cámaras de Visitantes y que también buscaba a Lady Hilda. Hyoga le había dicho que avisara a la Valkyria en lo que él averiguaba quién era y se dirigió a la entrada, tratando de adivinar su identidad. No podía ser Shiryu, pensaba, que estaba en China, ni Shun que ya debía encontrarse en Jammyel. Debían ser Seiya o Ikki, y el pensamiento de ver a alguno de los dos le alegró el corazón.
Pero al llegar a la cámara, abrió la puerta y se detuvo en el dintel por la impresión. Un hombre le daba la espalda mientras veía a través de la ventana la blanca nieve. Venía envuelto en una larga capucha negra y, a sus pies, había dos valijas. Cuando lo miró por sobre el hombro, Hyoga encontró un par de ojos dorados que jamás pensó que volvería a ver.
Bud notó su sorpresa. Dio la vuelta y se le acercó, tendiéndole la mano derecha.
– He venido. Para quedarme.
– ¿Tú? –preguntó Hyoga, incapaz de salir de su asombro.– ¿Tú eres el viejo amigo que me buscaba?
Bud sonrió, un poco de tristeza en su gesto.
– Sólo un amigo dice a otro la verdad aunque sea dolorosa. De entre toda la gente de Asgaard, sólo un siberiano demostró ser mi verdadero amigo.
Hasta entonces, Hyoga reparó en su mano extendida y la estrechó con fuerza y con una sonrisa en el rostro.
– Bienvenido entonces, Bud.
– Te debo una, Hyoga de Cygnus.
En eso, al oír que la puerta se abría, vieron que Hilda entraba en la habitación. La faz de la dulce Valkyria, que el guerrero sólo había visto trastornada por el odio, reflejó alegría y pesar a la vez.
– Bud... –murmuró, sus ojos llevándose de lágrimas.
Alcor se aproximó a ella, arrodillándose a sus pies; sujetó su mano derecha y la besó con respeto.
– Os juro que le serviré y la protegeré, Milady, como el primero de sus Nuevos Guerreros Divinos –prometió.
A pesar de su rango, Hilda se inclinó, mirándolo a los ojos e instándole a que se levantara.
– Perdóname, por favor –murmuró, las lágrimas rodando por sus mejillas.– Si en verdad quieres servirme, primero te suplico que me perdones.
Bud, en respuesta, sonrió y asintió. En Asgaard, al igual que en otras tierras, los hombres no acostumbraban mostrar sus emociones, pero las lágrimas de un héroe siempre eran consideradas honrosas. En aquel segundo, tanto la Valkyria como su Guerrero parecían recordarlo. Hyoga sonrió débilmente, pero su expresión se hizo más alegre al descubrir que Flare había acompañado a Hilda, que lo miraba y que también sonreía.
A partir de esa tarde, Bud y Hyoga no habían tenido prácticamente descanso. El asgaardiano visitaba a sus padres cada vez que podía, tratando de acostumbrarse a tenerlos. Así, poco a poco, sus tres corazones sanaban. "Hubo un tiempo en que los hijos amaban a sus padres y los hermanos se amaban entre sí", recordó que Fénix le había dicho. Y por Odin que estaba dispuesto a recuperar ese tiempo.
Pero también tenía un deber, y era ahí donde entraba en acción el siberiano.
Justo cual Hyoga lo había imaginado, Bud supo exactamente dónde buscar a los otros seis muchachos que formarían el grupo. De la aldea donde vivió de niño, llegaron Dietrich y Hildebrand queriendo conocer una vida de la cual sólo habían leído. De uno de los altares secundarios de Odin, vino Balder, enviado por su padre, el sacerdote local, a servir a la Avatar. Su amigo Heimdall lo acompañó, motivado más por la curiosidad que por el deber. Erich llamó su atención durante una fiesta en un poblado en el cual, a pesar de su posición social, se entretuvo haciendo dibujos para todos los asistentes. Y Gunther... a Gunther lo encontraron en el mismo Valhalla, en la persona del muchacho que había cuidado los caballos del palacio y que había reverenciado a Sigfried casi como a un dios.
Durante el transcurso de ese año, Bud y Hyoga no sólo entrenaron a los muchachos, sino también se volvieron amigos. Para el asgaardiano fue obvio que Hyoga se había enamorado de Flare y se alegró por ambos. Por su parte, había dejado crecer su cabello y aceptado usar la armadura que fue de Syd, la de Dzeta-Mizhar aunque Alcor seguiría protegiéndolo. Lo único que podía desear era que en la siguiente generación de Guerreros Divinos Mizhar y Alcor pudieran pelear uno al lado del otro bajo la misma luz.
En eso, trató de regresar al momento en que se encontraba. A pesar de su distracción, nada había cambiado en la cámara del Santuario. Hilda había comentado que Hades ya sabía de ellos, pero no había ocurrido nada hasta entonces.
¿Era un mal presentimiento o una amenaza?
– Este sitio es bellísimo –escuchó, distraído, a Hildebrand.– ¿Alcanzas a ver el Reloj?
Dietrich, a quien había llamado, se le acercó. Como la Cámara del Maestro estaba en ruinas, podía verse todo el Santuario desde ahí.
– Me pregunto qué serán los signos que tienen las pequeñas llamitas –preguntó el primero.
– Son los doce signos del Zodiaco, inculto –respondió Dietrich en broma y presumiendo que su educación había sido más cuidada.– Así como las estrellas de Ursa Major nos protegen a nosotros, una constelación de la Eclíptica protege a cada Santo Dorado.
– ¡Cómo sabes! –dijo Hildebrand con fingida ironía.
Dietrich enderezó su postura al notar que Lady Flare, interesada en su plática, se les aproximaba. De acuerdo, sabía que Hyoga moría por ella, pero quiso causarle una buena impresión. Después de todo, era la hermana de su jefa.
– Según sé, el Santuario está guiado por Atenea –explicó, recordando la plática que sobre arquitectura había tenido alguna vez con Erich.– Le sigue un Patriarca y luego los Doce Santos. El resto de la Orden viene después. Si te fijas, el Santuario está diseñado de esa forma.
A distancia, Erich levantó la vista de su dibujo y reconoció la conversación; elevó los ojos al cielo y pareció murmurar "niños...".
– Si te fijas –continuó Dietrich con aire de maestro– verás que allá abajo hay Doce Templos o Casas. Hay una por cada signo, igual que las horas en el Reloj.
– Lo sé –dijo Hildebrand y, señalando con el dedo, comenzó– Aries, el carnero; Tauro, el toro; Géminis, los gemelos; Cáncer, el cangrejo; Leo, el león; Virgo, la virgen; Libra, la balanza; Escorpio, el escorpión...
– Parece rima... –murmuró Dietrich.
– Sagitario, el arquero –continuó Hildebrand, ignorándolo– Capricornio, la cabra...
– Acuario, el aguador –intervino Flare, viendo la Onceava Casa fijamente y pensando en lo mucho que sufrió Hyoga en ese lugar antes de conocerla.
– ¡Y Piscis, los peces! –exclamó Hildebrand.– Ahora, dime las leyendas de cada uno.
Fue el turno de Balder, desde donde estaba, de sonreír débilmente. Apostaba a que Dietrich, a pesar de su fachada culta, no sabría ninguna. Pero si estaban con ánimo de platicar, él sí las conocía y no le molestaría nada narrarlas. Las ventajas, diría Heimdall, de tener un padre sacerdote.
– Mejor primero te acabo de explicar el orden del Santuario, ¿no? –protestó Dietrich.
Si Balder no se rió fue por su innata prudencia. Había tenido razón.
Dietrich no esperó la respuesta de su compañero y, tratando de recuperar la actitud docta que había tenido hacía un minuto, continuó:
– Al igual que en la jerarquía, después de cruzar todas esas casas, llegas aquí... o bueno, llegabas aquí que es donde vivía el Patriarca, y luego, como sólo falta Atenea, te diriges al Templ...
No pudo concluir la frase. Había girado para mostrar que, según el orden, seguía el Templo de Atenea. Pero había visto un numeroso grupo de guerreros acercándose por las escaleras. Hildebrand y Flare también miraron en esa dirección, y de solo verlos, supieron que no pertenecían a la Orden del Zodiaco.
– Gran Odin... –murmuró Hildebrand, su asombro cambiando en temor.
– ¡Nos atacan! –exclamó Dietrich.
Ante su frase, los demás salieron de su meditación o de su distracción y miraron hacia las escaleras. En una reacción inmediata, Erich empuñó una de sus hachas y Heimdall su arpa, aunque casi rompió una de sus cuerdas por el poco cuidado con que la sujetó. Balder, Hildebrand y Dietrich inmediatamente se colocaron en guardia. Gunther, con respeto y prisa a la vez, se acercó a Flare y le dijo:
– Milady, lo mejor será que salga de aquí.
Flare volteó a verlo a los ojos.
– ¿Y ustedes? ¿Y mi hermana?
– Milady Hilda debe permanecer en este sitio, pero nosotros la protegeremos –intervino Bud.– Si se marcha ahora, al menos llegará a la Casa de Piscis antes de que esos soldados estén aquí.
– No –respondió Flare, decidida.– Me quedaré con ustedes. Y no se preocupen, que no les voy a estorbar.
– ¡Será muy peligroso! –protestò Gunther.
– Pues no me iré.
Antes de que su amigo pudiera volver a insistir, Bud sentenció:
– De acuerdo, pero quédese junto a su hermana.
Flare asintió y dejó que Gunther la condujera al lado de Hilda. La Valkyria continuaba rezando y no comentó nada. Tal vez no quiso hacerlo.
– ¡A ver, todos! –llamó Bud.– ¡Escuchen esto! ¡Hildebrand y yo trataremos de cerrar el paso de los soldados! ¡Gunther y Dietrich, permanezcan cerca de las señoritas y defiéndalas! ¡Balder, Heimdall y Erich, ocúpense de los soldados que queden entre nosotros!
Los demás asintieron. De no haber sido porque el nerviosismo de todos podía sentirse en el aire, habrían parecido escolares en su primer día.
– Y algo más –añadió Bud.– De momento, no usen sus kens.
Si no le respondió un grito fue porque los demás estaban demasiado sorprendidos como para protestar.
– No conocemos cuáles sean los poderes de estos guerreros –intervino Gunther, tratando de apoyar la decisión de Bud.– Recuerden lo que nos enseñó Hyoga: ken visto, ken previsto.
– Los usaremos cuando veamos que no tenemos otra opción.
– Que espero que no ocurra –murmuró Heimdall para Balder y él.
En eso, el grupo de daimons acabó de bajar la escalera y corrió en su dirección. A una mirada de Bud, los otros Guerreros Divinos se dirigieron a las posiciones que les había asignado.
Y sólo Gunther descubrió que Alcor estaba muy preocupado.
– La señorita Flare no debería quedarse aquí –insistió mientras se acomodaba el casco de la armadura de Alpha-Dubhe.
Bud, haciendo lo propio, respondió:
– Tiene sangre de valkyria. Habría más sido más fácil combatir contra ella que tratar de convencerla de que se fuera.
Los aullidos de los daimons demostraron su proximidad. Gunther y Bud intercambiaron una rápida mirada de apoyo y se separaron.
– A ver si este año sirvió de algo... –murmuró Bud para sí.
Y sin decir nada más, igual que sus compañeros, corrió hacia los guardias de Hades para comenzar el combate.
– ¿No te has cansado ya, Pegaso?¿Por lo menos no te has aburrido?
Seiya trató de no hacer caso a las preguntas del Guardián. Tenía que concentrarse en romper la cuerda del Rigor Mortis y liberarse. La decisión a la que había llegado era sumamente difícil, pero también sabía que era la única correcta.
Sin embargo, en lugar de debilitarse ante su esfuerzo, la cuerda le apretaba más a cada segundo. En las zonas donde sólo lo protegía su ropa rojiza, la tela comenzaba a rasgarse, y el filo del lazo provocaba que sangre fluyera de varias delgadas cortadas. Su armadura empezaba a cuartearse, como si se encontrara bajo el peor de los ataques aunque había permanecido inmóvil. Y su cosmo, un poco más dorado que azul, parecía pertenecerle a alguien más, pues si bien respondía a su llamado, no lograba actuar como su dueño quería y necesitaba.
– Nunca vas a romper la cuerda, amigo –dijo Caronte, preocupado ante la escena.– ¿Por qué, si tuviste la oportunidad de salvarte, no la aprovechaste?
Pegaso no respondió. Su luz pareció crecer por un instante sólo para ser absorbida de inmediato.
“Es inútil”, pensó. “Por más que lo intento, no puedo liberarme.”
– Mejor ríndete –insistió Minos.– Hazle un favor a Atenea y a ti mismo. Si te rindes, prometo matarte sin dolor y llevarle tu tiara a tu diosa para que la conserve como recuerdo.
– ¿Y dónde crees que voy a permitirlo? –preguntó Seiya, mirándolo a los ojos.– Te juro que voy a soltarme y entonces lamentarás haberme conocido.
Minos trató de sonreír, pero su gesto era demasiado triste para que lo lograra.
– Amenazas. Sólo amenazas.
En eso, su expresión se volvió furiosa. Como si lo dominara algo más que su deber como Guardián, miró a Seiya a los ojos y exclamó:
– ¡En serio que no puedo comprenderte! ¡La mujer a la que amas va a morir! ¡Tú eres el único que puede evitarlo! ¿Y, aún así, insistes en sacarla del Tártaro?
– Es mi deber como Caballero –respondió, la dignidad de su rostro enmarcada por su cosmo azul-dorado.
– ¡Eres un estúpido! ¿Sabes lo que vas a sufrir cuando ella te deje?
Aunque la respuesta de Seiya no fue inmediata, no careció de firmeza.
– Muchas veces ya sentí que la perdía. Y no me importa cuánto se destroce mi alma si con eso sé que ella está bien.
Por alguna razón, el rostro de Minos de Caronte regresó a su casi absoluta tristeza.
– ¿En serio crees que al morir llegaremos a un mundo más agradable?
– No sé si yo. Pero ella sí, porque es una diosa.
– ¿Y no es más hermoso seguir vivos y juntos?
Ante esa pregunta, Seiya bajó la mirada, aunque sin dejar de encender su cosmo.
– Eso ya no lo decidimos nosotros –admitió.– Alguien más lo elige.
– ¡Estúpida resignación!
Minos había vuelto a enfurecerse. Dio dos pasos hacia el inmovilizado caballero y siguió exclamando:
– ¡Me enferma que la gente confíe tanto en Alguien a quien no han viso! ¿Tú crees que tu fe ciega va a salvarle milagrosamente la vida a Atenea? ¿Crees que, como has sido un buen hombre, la tuya también será preservada? ¡Eres un idiota si lo crees!
Seiya no apagó su cosmo, pero volteó a verlo de frente. El rostro de Caronte mostraba tal rencor (y un rencor inútil, descubrió, pues parecía dirigirse hacia el Omnipotente) que lo compadeció, aunque era más que obvio que iba a matarlo.
– Estoy tratando de evitarte el sufrimiento, Pegaso –continuó el Guardián– ¡No quiero que veas a la mujer a quien adoras, por la que darías gustoso tu vida, morir en tus brazos! ¡No quiero que sepas que jamás volverás a escuchar su voz o a mirarla a los ojos! ¡No se lo deseo a nadie!
– ¿Es eso, Caronte? –murmuró Seiya, sorprendido.– ¿Por eso entraste al servicio de Hades? ¿Para buscar a una mujer?
Minos apretó los dientes y las manos. Era un idiota. Había revelado con su inútil insistencia la verdad que había en su corazón, el único motivo por el cual sinceramente había intentado de convencer al Caballero de unírsele en lugar de matarlo de inmediato. Ahora, su enemigo conocía su alma, y alcanzaba a leer en la mente de Pegaso el asombro provocado por aquel secreto al descubrir que la tentación que le había ofrecido era la misma a la que él había sucumbido tiempo atrás.
Y que, por la eterna tristeza de su espíritu, adivinaría que no había encontrado a la mujer a quien había amado en el Reino de los Muertos de Hades. Pero ya había prestado el juramento que le evitaría salir de ahí a menos de que muriera.
– Voy a hacerte un último favor, Pegaso –murmuró, mirándolo a los ojos con odio y dolor contenidos.– Soy el protegido de aquel que lleva a las almas a través de la Estigia y tengo un don especial. Has de saber que, el día en que uno va a morir, una alteración en el aura lo indica. Sé que la mía la presenta y que no llegaré al anochecer. Pero tú...
No pudo continuar. Se le había hecho un nudo en la garganta. Respiró profundamente y confesó con voz genuinamente triste:
– Desde que entraron al Averno, noté que tú y tus amigos tienen el mismo cambio. Sus cosmos empiezan a oler a muerte. Tampoco verán la luz de mañana. Los cuatro.
Aunque lo había imaginado, nunca había dejado de considerarlo y se había preparado mentalmente lo mejor que había podido, Seiya contuvo el aliento al esuchar las palabras del Guardián, y el escalofrío que sintió le demostró que el Guardián no mentía. “Vamos a morir...”, pensó. “Es cierto, moriremos aquí y perderemos nuestras almas. Hyoga ya lo presentía...”
Trató de concentrar su cosmo en la cuerda para alejar esa idea que contra su voluntad lo alteraba. Pero no lo logró. Era como si él también pudiese descubrir la alteración de la que Minos hablaba, aunque ignoraba cómo era. Y no sólo él iba a morir, sino los tres amigos a los que tanto amaba y que tanto tenían a qué regresar.
Dioses, no...
– Te evitaré el sufrimiento de saber que tu amada Atenea morirá, y evitaré en lo posible que ella se entere de lo que te ha ocurrido –prometió Caronte con amabilidad.– Te dejaré aquí hasta que el Rigor Mortis absorba toda tu energía y tu muerte sea gentil y silenciosa. Será como si murieras durante el sueño. Atenea vivirá para siempre con Lord Hades y te juro que la protegeré en tu nombre. Ojalá y mis compañeros sean tan compasivos con tus amigos como lo soy yo.
Dio la vuelta y empezó a alejarse.
– Felices sueños, Seiya de Pegaso. Espero que encuentres la paz en el mundo del Vacío Absoluto.
Seiya agitó violentamente la cabeza. ¡No, no podía quedarse ahí, atascado en esa trampa para siempre y esperar una muerte tranquila! La opción era sencilla y tentadora, ¡pero no debía ser así!
Daría su alma por asegurarse de que Saori estuviera bien. Si supiera que lo que Caronte prometía era verdad, que velaría por ella por la eternidad y ella sobreviviría a la eternidad, dejaría de resistirse. Pero Kido dijo que el Averno estaba absorbiendo su bellísimo cosmo y que, si eso seguía, se convertiría en una muerta viviente.
Seiya no quería eso para Saori.
¿Y sus amigos? Si el Guardián decía la verdad y todos iban a morir, ¿sería justo que él se rindiera mientras ellos perdían sus almas en vano?
Años atrás, Shiryu y Hyoga le dijeron que, cuando los Caballeros mueren, lo hacen juntos.
¡Pero no sólo eso!
¡También morían luchando!
En eso, descubrió que la cuerda que apretaba la protección de su pecho también presionaba un pequeño objeto contra su piel. Era su dije, la pequeña placa de Pegasus-Nike que la diosa le regaló en recuerdo del cariño que sentía por él. “No sé si invocarte te pondría en riesgo, Saori”, pensó, sus ojos empezando a liberarse del resplandor del Rigor Mortis. “¡Pero sí puedo tenerte en mi mente y en mi corazón para recordar que eres la razón de mi vida!”
Casi sin darse cuenta, la energía de su cosmo empezó a aumentar. En respuesta, la cuerda lo apretó aún más, aunque casi era imposible, y le provocó mayores heridas. La vibración combinada del Rigor Mortis y de su aura empezó a escucharse entre los álamos y Caronte se detuvo al oírla.
– ¿Rehúsas la muerte pacífica que te ofrecí? –preguntó con tristeza y sin voltear a verlo.– ¿Por qué, si ya hueles a cadáver, te niegas a que tu tránsito sea gentil?
El cosmo de Pegaso empezó a tornarse más dorado que azul.
– Porque no le temo a una muerte dolorosa –respondió, fijando su mirada en el Guardián.
– Perderás tu alma. ¿Lo has olvidado?
Involuntariamente, Seiya sonrió con burla.
– Bueno, hay precios que pagar.
Minos giró para verlo. Había fruncido el ceño y no logró contener una expresión de asombro al descubrir que la cuerda se había vuelto más delgada, a pesar de que absorbía más energía que antes.
– Esto no puede estar pasando –murmuró, sus ojos mostrando descontrol.– El Rigor Mortis debería absorber su cosmo hasta hacerlo desaparecer.
Chispas de energía empezaron a brillar alrededor de la cuerda, como la electricidad crepita en un corto circuito. Su presencia no se debía sólo al cosmo de Seiya, sino a la presencia de algo más.
– ¿Qué es eso? –exclamó, sin querer retrocediendo un paso.
La armadura de Pegaso, al igual que el día de la Batalla de Atlantis, se había vuelto dorada. Formada en un inicio por bronce, restaurada con sangre hasta alcanzar el nivel de plata, ahora resplandecía como si fuese uno de los Doce Tresors. Sobre su superficie, reflejaba la luz azul-dorada del cosmo de su Portador y el brillo de la sangre que manaba por sus heridas.
– Esta armadura ha sido destruida y vuelta a la vida muchas veces –respondió Seiya, viéndolo a los ojos mientras su energía agitaba las ramas de los árboles que los rodeaban.– Tres personas muy valiosas han dado su sangre por ella y por mí.
Casi podía sentir la generosidad de Shiryu, la luz de Aioria y el amor de Shaina vibrando en su armadura, y sonrió.
– Minos, eres un excelente guerrero aunque sólo me has atacado una vez. Me ofreciste la más hermosa de las tentaciones y estuve a punto de aceptarla. Pero aunque ame a Saori con toda mi alma y vaya a sacrificar mi vida por ella, todavía no puedo olvidar lo que soy.
Y gritó, mientras su cosmo se tornaba completamente dorado:
– ¡Soy un Caballero de Atenea!
A su exclamación, su energía alcanzó un nivel máximo. “El cosmo proviene de tu interior, Seiya”, recordó, la voz de Marine tan presente en su memoria como si la amazona se encontrara a su lado. “Tienes que hacerlo explotar, justo como el universo se creó con una gran explosión.”
Y esa explosión no venía tanto de su mente como de su corazón.
En un reflejo casi natural, Seiya apretó las manos en puños y se colocó en guardia. Por un segundo, un intenso dolor provino de todas las zonas que la armadura no cubriese, pero pasó de inmediato apenas rompió sus ataduras. Trozos de cuerda cayeron a sus pies y se quemaron contra la hierba. Su dorado traje estaba lleno de arañazos y también lucía algunas cuarteaduras, pero cuando recuperó su tono blanco, fue como si nunca hubiera sido dañada.
– ¿Cómo escapaste del Rigor Mortis? –preguntó Minos, mirándolo con respeto.
– Dijiste que me inmovilizarías en el instante previo a mi muerte –respondió.– Pero no hay nada capaz de contener más energía que la que se supone que debe guardar. ¡Tu ken es perfecto para los moribundos y los desesperados que están a punto de rendirse, Caronte, pero no puede deterner a los que intentan continuar!
Un silencio de tensión creció entre ambos, sin que uno apartase la vista del otro. Los relámpagos empezaban a ser más constantes, y los álamos relucían como plata contra el obscuro firmamento.
– Minos, me ofreciste rendirme. Noté sinceridad en tu expresión cuando lo hacías, y sé que quizá hubiera sido lo mejor para mí –afirmó el Caballero, sin bajar la guardia.– Es justo que yo haga lo mismo.
Caronte no respondió.
– Déjame pasar hacia el Tártaro, por favor. Deja que encuentre el paso hacia la siguiente muralla y no te atacaré. Así ninguno de los dos tendrá que morir el día de hoy.
– Eres muy ingenuo, Seiya.
Ante esa frase, los ojos de Pegaso relampaguearon en sincronía con un rayo que iluminó el cielo.
– El destino existe y nadie puede cambiar el día que se encontrará con la muerte –sentenció Caronte con voz obscura.– No importa cuánto lo intentemos. Para esta noche, ninguno de los dos permanecerá con vida. No hay modo de cambiarlo.
– Yo no creo eso.
– Tu cosmo no miente. Y el mío tampoco.
Después de decir eso, el Guardián se preparó para atacar.
– Ha llegado el momento de combatir, Seiya de Pegaso. Uno de los dos morirá aquí y el otro lo hará en un sitio diferente, pero el resultado es el mismo. ¿Es esto lo que realmente quieres?
De momento, aunque sin perder la decisión, la mirada de Seiya se hizo triste.
– Sabes leer las mentes, Minos de Caronte. Conoces mi respuesta.
El Guardián se mordió los labios.
– No quiero morir –confesó Seiya.– Tampoco quiero que Atenea muera. Pero hay una voluntad superior a mí, y debo cumplirla.
La expresión del Guardián se volvió idéntica a la del Caballero.
– Tampoco quiero morir –confesó.– Sé que es el único modo en que posiblemente vuelva a verla, pero no es seguro y no soportaría otro fracaso.
Los dos encendieron sus cosmos. Uno, mas dorado que azul; el otro, negro como la noche.
– Que sea nuestro destino entonces –sentenció Seiya.– El destino que nosotros mismos hemos elegido.
Un relámpago remarcó sus palabras.
– ¿No pasamos ya por aquí, amigo Jabu?
– Quizá debería decirte que sí. Pero no lo sé.
Después de haber cruzado el Erebo sin mayores obstáculos que vadear dos de los ríos infernales, Shaina, Jabu y Kiki habían alcanzado la Primera Muralla. Su primer impulso fue saltar el muro, pero la presencia de la protección invisible se los impidió. Aunque el niño elfo podría haberse teletransportado, prefirió permanecer con ellos en lugar de dividir el grupo (y después de, comprensiblemente, negarse a transportarlos con él en una segunda ocasión). Así, no les había quedado sino una opción: rodear la muralla hasta encontrar la puerta.
Conforme caminaban, Jabu comprendió que no había imaginado en realidad contra quiénes se enfrentaban. El sitio era tan grande como el Santuario, sólo que mientras el primero había sido construido en niveles, el Tártaro se encontraba en uno solo. La muralla era tan alta que, a su lado, no se alcanzaba a ver el Palacio, ni siquiera el siguiente muro. No se atrevió a calcular la distancia que habían recorrido.
“Quizá en realidad soy un tarado”, pensó. “Seiya tenía razón. Este sitio y las batallas que se pelearán están mucho muy lejos de mi nivel. ¿Cómo pretendo enfrentarme a los Guardianes?”
Estuvo a punto de darse una bofetada.
“¿Cómo te permites pensar eso, Jabu?”, se dijo, apretando los puños. “¡No olvides que tú eres el Caballero del Unicornio, y que fuiste el primero en regresar con la señorita Saori! Si quieres, puedes alcanzar el nivel de los Cinco... ¡es sólo cuestión de intentarlo!”
Antes de que pudiese preguntarse a sí mismo si estaba seguro de su optimista pensamiento, sintió un latigazo mental. Era la primera vez en toda su vida que algo semejante lo atacaba estando su cosmo inactivo, y supo que se había convertido en campo fértil para la ascensión del espíritu. Más no pudo felicitarse, y miró a Shaina, quien había estado callada desde la discusión que habían tenido. Ella se había detenido y miraba hacia la muralla.
– Seiya... –murmuró.
– ¿También lo sentiste? –preguntó Jabu.
Shaina no apartó la vista de la superficie metálica.
– Algo le ocurrió a Seiya –respondió en voz monótona.– Es como si su cosmo estuviera a punto de desaparecer.
– Pero fuera de eso está bien, ¿verdad?
La amazona no respondió. No había forma de averiguarlo a menos de que encendieran sus auras. Y, por precaución, todavía no debían hacerlo.
De repente, Kiki preguntó:
– ¿Pueden percibirlo, amigos?
Confundido, se tocaba repetidamente la nariz.
– ¿A qué te refieres, Kiki? –respondió Shaina, volteando a verlo.
Kiki extendió sus brazos, fijando la vista en una zona cercana a la muralla y arrugando su pecosa nariz.
– Siento una frecuencia conocida, pero no puedo determinar cuál es.
– Entonces, ¿de qué te preocupas? –comentó Jabu.
Shaina, en cambio, se le acercó a Appendix, y notó que sus enormes ojos empezaban a reflejar un brillo especial.
– No lo sentiste aquí, sino en la Tierra –afirmó más para ella que para el niño elfo.– ¿Reconoces a tu maestro Moo?
Kiki negó con un movimiento de cabeza.
– No es él. Pero es alguien parecido... como si...
Jabu se encogió de hombros y reinició su camino.
– Estamos perdiendo tiempo valioso –afirmó.– Si no lo recuerdas ahora, ya lo harás después. Lo que importa es alcanzar a Seiya y a los otros.
No notó que Shaina y Kiki no lo seguían. El niño elfo se había concentrado lo más que su inquieta naturaleza le permitía, y aunque Ofiuco no podía ver lo que ante él se presentaba, estaba atenta a cualquier comentario o reacción. Como si una espesa niebla se aclarara de pronto ante sí, Kiki alcanzó a mirar, frente al grupo, cinco destellos dorados, pero no pudo delimitar bien las figuras ni dónde se encontraban. Porque antes de que pudiera hacerlo, vio que Jabu se dirigía exactamente hacia ellos.
Y descubrió una extraña muralla (¡la causa de la vibración que sentía!) que los rodeaba.
– ¡No, Jabu, detente! –alcanzó a gritar.
Shaina, asustada, miró hacia el frente, pero sólo pudo ver la desolada llanura del Erebo.
Jabu suspiró, fastidiado, pero no se detuvo.
– ¿De qué hablas? –preguntó por sobre su hombro.
– ¡No des un...!
Kiki no pudo terminar la frase. Jabu acababa de tocar la barrera invisible y, con su percepción especial, detectó que su cosmo se fundía con el de ella.
A diferencia de la protección de otras defensas parecidas, el cuerpo del Caballero no se limitó a chocar contra ella. Fue como si un relámpago hubiese caído exactamente en el cerebro de Jabu: energía pura, semejante a la electricidad pero más poderosa, lo recorrió desde el cabello hasta los pies, y su armadura se activó como si fuera el mejor de los conductores. Un grito se ahogó en su garganta y su corazón se detuvo un instante. En respuesta, su aura violeta lo rodeó, relámpagos vibrando en ella. Por un segundo, sintió que sus sentidos se expandían al máximo: pudo escuchar el sonido de las botas de unos guardias, oler el metal de la Primera Muralla, ver a través de un plano irreal que estaba frente a sus ojos, saborear el polvo del Erebo, sentir el aire inmóvil contra su rostro e intuir dónde se encontraba cada uno de los Cuatro. “¡Esto es el Séptimo Sentido!”, alcanzó a pensar.
Todo ocurrió en un par de segundos. Entonces, la energía de la barrera lo arrojó hacia atrás, casi hasta donde se encontraban sus espantados amigos. Cayó boca arriba sobre la tierra y no se movió.
Shaka estuvo a punto de gritar, el sonido quedándose en su garganta pero la impresión lo bastante fuerte para arrojarlo hacia atrás. Moo, que había estado aguardando a que llegara a quien esperaban, apenas pudo voltear para ver cómo caía al suelo.
– ¡Shaka! –gritó, asustado por lo que tan de improviso acababa de ocurrir.
Se aproximó a su compañero y levantó su cabeza para ver si necesitaba ayuda. Aunque no había abierto los ojos, notó que el Santo de Virgo se había puesto helado. Un extraño sudor caía por su cabello hacia su rostro.
– Estoy bien –dijo Shaka con voz cortante, como si no estuviera acostumbrado a que se preocuparan por él.
Moo decidió no insistir más y le ofreció la mano para ayudarlo a que se levantara. Shaka, tratando de recuperar la compostura, la aceptó y se puso de pie.
– ¿Qué fue lo que ocurrió? –preguntó Moo, mirándolo fijamente.
Shaka tardó un par de segundos en responder, como si él mismo tratara de comprenderlo, y dijo:
– Alguien se estrelló contra el subplano donde están los Tresors.
Los ojos de Moo mostraron descontrol y sorpresa.
– ¿Los han descubierto?
– No –sentenció Shaka enfáticamente.– Era alguien de Terra. Pero es extraño...
El Santo de Aries prefirió no interrumpirlo en su meditación.
– Era alguien de Terra, lo bastante preparado en el espíritu para ser afectado por la energía que reuní –dijo Shaka, pensativo–, pero no lo suficiente como para poder superar la barrera.
– Nadie que no estuviera bien entrenado podría haber entrado al Averno –afirmó Moo.
El Santo de Virgo no respondió de inmediato.
– Eso no debe ser de nuestra incumbencia –afirmó.– La barrera está intacta y estamos perdiendo demasiado tiempo.
Moo bajó la vista. Sabía que si estaban retrasándose era porque le había pedido que esperaran un poco.
Trató de percibir la presencia a la que aguardaban. Pero al tratar de hacerlo, detectó que al cosmo de uno de sus acompañantes, quizá el que había recibido el impacto de energía, le estaba ocurriendo algo demasiado extraño como para poder descifrar qué era.
– ¡Jabu!
Shaina corrió hacia donde Unicornio había caído, gritando su nombre y sintiendo que el corazón le palpitaba con fuerza. Kiki, de dos saltos, la alcanzó. Del cuerpo de Jabu fluía un suave humo, con un aroma parte a quemado y parte a incienso. Apretaba los dientes dentro de sus amoratados labios y su piel lucía como si lo hubieran golpeado. Sus ojos estaban cerrados, pero se notaba que temblaban bajo sus párpados. Brotaban lágrimas de ellos.
– ¡Amigo Jabu, por favor responde! –exclamó Kiki, sacudiéndolo por los hombros sin que reaccionara. Parecía como si estuviera muerto.
Shaina, tratando de mantenerse calmada, colocó dos de sus dedos sobre su cuello. Descubrió que su piel ardía, como si tuviese fiebre.
– Está vivo –murmuró.– Puedo sentir su pulso.
Recibió por respuesta un profundo suspiro de alivio.
– ¿Qué provocó esto? –preguntó Kiki.– ¿Serían los rayos de luz que vi?
– ¿Qué dices?
El niño-elfo asintió, señalando en dirección a donde Unicornio se había estrellado contra la muralla invisible.
– Los sentí justo ahí. Sé que no los ves, pero ahí están.
Shaina miró hacia esa zona sin encontrar nada y dudó si activar o no su cosmo para detectar de lo que Kiki hablaba. Antes de hacerlo, escuchó una voz muy grave, mas no pudo entender sus palabras.
Era Jabu, quien movía los labios sin emitir sonidos coherentes.
– ¿Qué ocurre? –preguntó, acercando su rostro al de él.
Jabu aspiró con fuerza, como si no pudiese respirar bien. Dijo otras dos o tres palabras ininteligibles y una que fue lo suficientemente clara.
–Daimons...
Shaina se incorporó rápidamente e hizo la seña a Kiki de que guardara silencio. En esa ausencia de ruidos, los dos pronto descubrieron el compás de varios pares de botas metálicas que se acercaban cada vez más. Una escolta de daimons, quizá en una de sus rondas.
Lo de menos sería escapar. Pero, por delante, tenían una barrera invisible y peligrosa que les cerraba el paso. A un costado estaba la muralla y, del otro, un campo carente de escondites. Y Jabu no se encontraba en condiciones de moverse.
Sin dudarlo, Shaina se puso en guardia. Seguro que esos daimons iban a matarlos, ¡pero por Atenea que les iba a costar trabajo!
– Has visto morir a mucha gente, Caballero. Has matado a muchas personas, Cygnus. Pero pareciera que te complace destruir a los que más de han amado. ¿Qué dices ante ello, Hyoga?
Los ojos del Tercer Caballero se habían vuelto tan fríos como el hielo, cual aprendió años atrás para soportar el dolor. En el pasado, nadie habría podido adivinar sus emociones. Pero, con el paso de los años, el conocimiento del dolor y del amor habían debilitado tal efecto. Ya no podía ocultar sus sentimientos por completo.
Antes la acusación de Isaac, dio un paso hacia atrás, sintiendo las lágrimas contenidas en su rostro. Sin embargo, no perdió su aspecto digno ni un instante.
– ¿Por qué dices eso, Isaac?
– ¿Vas a negar que me mataste?
La imagen de Kraken era la de la furia personificada. Bajo sus ojos habían aparecido poco a poco dos sombras, y su rostro se había endurecido. Se levantó, su cuerpo temblando por la ira. Hyoga se detuvo, enfrentándose no sólo contra su amigo, sino también al pecado del que lo acusaba.
– No. No voy a negarlo –respondió, tratando de mantenerse frío.
Isaac sonrió con burla.
– Entonces, ¿por qué preguntas?
– Amigo, nunca me reclamaste nada, ni siquiera cuando el destino nos convirtió en enemigos –afirmó Cygnus aunque su mirada insistía en empañarse.– ¿Abandonaste el Campo Eliseo sólo para hacerlo?
Con esas palabras, los ojos de Isaac parecieron suavizarse.
– ¿Hyoga? –murmuró.
Por reflejo, se llevó la mano a la frente.
– ¿Qué es lo que me pasa? –preguntó en voz baja.– Yo no quería venir, pero...
– ¿Pero qué, Isaac? ¿Qué te ocurre?
Los ojos de Kraken se estremecieron mientras él palidecía y de pronto exclamó:
– ¡Vete, Hyoga, vete! ¡Sal del Averno! ¡Es tu última oportunidad!
“Algo le está pasando”, pensó Cygnus. “Isaac no está actuando como siempre lo hizo y, sin embargo, puedo percibir que sí es él.”
Sin responder, activó su cosmo blanco como la nieve y brillante como el hielo a su alrededor.
“Ninguno de mi sentidos puede ayudarme y no confío mucho en mi intuición. Sólo hay una alternativa. Tengo que alcanzar el Séptimo para descubrirlo.”
Mientras elevaba su energía, vio que Isaac volvía a caer de rodillas y a extender la mano en actitud suplicante.
– ¡Hyoga, por favor, márchate! ¡No hagas caso a lo que pudiera decirte y abandona el Averno! ¡Antes de que él...
No pudo terminar. Gracias a la activación de su cosmo, Hyoga vio cómo lo envolvía un aura negra llena de relámpagos que lo atacaban al mismo nivel espiritual en el que se encontraba. Por reflejo, desactivó su cosmo y se le acercó.
– ¡Isaac!
– ¡No me toques, asesino!
La palabra reunía todo lo que Cygnus había temido por años. Asesino, resonó en su mente y en su corazón. Asesino, la definición de lo que realmente era. Fue lo bastante doloroso como para afectarlo, pero la expresión de Isaac le demostró algo que no había imaginado antes.
– ¡Sal de donde estés, Guardián! – exclamó– ¡Sé que tú eres el que está manipulando a mi amigo, así que si eres tan valiente, muéstrate con tu propio rostro!
– Estás subestimando a Isaac, Hyoga.
La voz que había respondido fue la última que el Caballero pensó escuchar en ese sitio. Miró a su derecha, hacia los álamos. Detrás de ellos emergió una alta figura vestida en una armadura azul y plateada que parecía estar hecha de hielo. Su grisáceo cabello estaba peinado hacia arriba, sostenido por una tiara que enmarcaba una mirada estricta.
– Maestro Crystal...
– Hyoga, vete –duplicó Isaac, casi sin voz.
Crystal se aproximó a sus dos alumnos. A pesar de que era físicamente el mismo que días atrás había advertido a Cygnus sobre el Fin del Ciclo, había algo diferente en él.
– Isaac sólo quiere ayudarte –afirmó el Maestro, su mirada sin expresar emociones.– Los Siete Guardianes son más poderosos de lo que imaginas. No hay modo de salvar a Atenea. Regresa al Portal, que aun estás a tiempo.
– Pero usted fue quien me reveló los planes de Hades –replicó Hyoga, sus ojos relampagueando.– ¿Cómo puede decirme ahora que me marche?
– Es por tu bien.
– Vete... –insistió Isaac con un hilo de voz, todavía de rodillas.– Por favor...
Cygnus dio un paso hacia adelante. Apretó las manos en puños y miró a las dos personas que tanto había amado durante seis años.
– Ya te lo dije, Isaac. No voy a marcharme sólo por salvar mi alma y, para esto, tampoco porque ustedes me lo pidan.
¿Por qué percibía de nuevo la presencia de ese cosmo negro?
– Antes que nada, que mi felicidad o que mi propia vida, soy un Caballero y tengo un deber –continuó.– Voy a hacer justo lo que aprendí de usted, Maestro, y de tu ejemplo, Isaac. Voy a entrar al Tártaro a liberar a Atenea aunque me maten.
– ¿Y a cuántos seres queridos tendrás que matar esta vez, Hyoga?
La pregunta de Crystal fue peor que una bofetada. Aún así, faltaba otra frase.
– A nosotros ya nos mataste. No puedes dañarnos más.
– Yo... –murmuró Hyoga.
– ¡No me interrumpas! –exclamó Crystal mientras Isaac se levantaba y se colocaba a su lado.– ¡Tú eres el único culpable de que nuestros cordeles vitales se hayan roto antes de tiempo!
Y añadió, con voz más obscura.
– Tú nos mataste.
Toda la seguridad que Hyoga había mostrado al manifestar su propósito desapareció. Por más que intentó conservar la mirada fría, no pudo hacerlo; sus ojos empezaron a vibrar nuevamente y la palidez cubrió su rostro.
– Maestro... Isaac... –empezó a decir, su voz mostrando profundo dolor.– Les juro que yo nunca quise lastimarlos...
– Llámalo por la palabra verdadera, Cygnus –insistió Isaac.– Asesinarnos.
Hyoga trató de ignorarlo, mas no le fue posible.
– Pero fue lo que en ese momento tuve que hacer... –murmuró.– Hubiera deseado poder arrancarme el corazón con tal de encontrar otra manera, pero ustedes me enseñaron a dejar mis sentimientos de lado y a hacer lo que fuera necesario con tal de cumplir mi misión.
Fue incapaz de sostenerles la mirada. Bajó la vista; al hacerlo, las lágrimas escaparon de sus ojos.
– Perdónenme. Se los suplico, perdónenme.
– No tienes disculpa alguna, Hyoga de Cygnus. Ni caso tiene que pidas perdón, porque tus crímenes están más allá de cualquier penitencia.
Hyoga jamás había escuchado esa voz. Al alzar la mirada, encontró una figura ataviada con armadura negra que se acercaba por detrás de Crystal y de Isaac. Era alto y pálido, con largo cabello del color de la plata. Sus grises ojos transmitían infinito pesar. Al verlo, el Caballero se sintió todavía más culpable.
– ¿Quién eres? –preguntó, apretando las manos en puños al percibir en ese Guardián, el mismo cosmo negro que rodeaba a su maestro y amigo.
– Soy Alecto de Erina –respondió con voz seca.– Supongo que reconoces a mi protector.
¿Erina? Una repentina revelación hizo que Hyoga se estremeciera. En Roma, el griego ‘erina’ se convirtió en ‘furia’. Según contaba la mitología, cuando Zeus se rebeló contra su padre Cronos y lo mutiló, parte de la sangre que fluyó de sus heridas creó a tres criaturas de venganza. Ellas tendrían la misión de atormentar y ajusticiar a aquellos que atentaron y mataron a miembros de su propia familia.
Él, el único de los Cinco que tuvo que matar a personas que amó más que a un padre o que a un hermano, acababa de encontrarse con su protegido.
Antes de entrar al Tártaro, Seiya le había advertido que los Siete Guardianes del Estigio iban a destrozarles el alma con tal de vencerlos. “¡No debo escucharlo!”, pensó. “¡No debo, o no podré enfrentarlo!”
Pero fue inútil: lo que su mente dictaba era contradicho de inmediato por su corazón. Frente a él, Crystal se cruzó de brazos e Isaac, su actitud protectora olvidada, lo miró con desprecio. Seguía percibiendo algo extraño alrededor de ellos, mas no logró concentrarse para tratar de entenderlo.
– Has derramado la sangre de muchos, Caballero –continuó Erina.– Pero, sobre todo, la de las personas que más te amaron.
Aún en su aparente tristeza, el Guardián sonrió amenazadoramente.
– ¿Comenzamos a repasar tus pecados?
Perdí todo en un momento. En un instante te tenía a mi lado y al siguiente te marchaste. Pero no porque te hubiera ofendido o dejaras de amarme. Fue la muerte quien te alejó de mí aquella tarde, sin que yo pudiese hacer nada más, excepto ver cómo tus ojos dejaban de brillar para siempre.
Creí que no tenía por qué ser así. Ya una vez alguien entró al Reino de los Muertos para rescatar a su amada y estuvo a punto de lograrlo. Yo sabía dónde estuvo su error y no lo repetiría, y juré que me sacaría los ojos para no verte antes de tiempo y así lograr que volvieras a la vida. A mi lado. Como habría estado escrito de no ser por esa tarde.
Porque quizá no creía mucho en Dios, pero si naces en Grecia y respiras su aire desde la infancia, acabas creyendo en los dioses. Y sabía que la historia de Orfeo era cierta y ahora iba a repetirla paso a paso, a excepción del momento en que se equivocó y volteó a ver a Eurídice antes de tiempo.
Se dice que, cuando buscas a los dioses, estos se manifiestan solos, y pude comprobarlo. Así, al igual que mis compañeros, encontré uno de los muchos Portales que conducen al Reino de los Muertos. Como era un ser vivo, me atraparon de inmediato y me condujeron hacia Hades para que le jurara lealtad o matara mi alma en ese instante.
Y con tu nombre en mi mente y en mi corazón, respondí: "Os juro, Milord Hades, que primero derramaré cada gota de mi sangre antes que tener un solo pensamiento desleal hacia usted."
¿Por qué lo juré? Para ganar tiempo. El Reino de los Muertos es enorme. Buscar un alma no es nada sencillo. Y confié en que, si no te encontraba en el Averno, como ocurría con todas las almas en la antigüedad, siempre podría ir hacia el Eliseo, que también era el dominio de mi nuevo Señor desde la Era del Mito.
Recuerdo que sólo pude maldecir cuando comprendí que ya no estábamos en la Era del Mito. El Omnipotente había tomado al Eliseo, al Paraíso, a las Islas Afortunadas, como quieras llamarlo, bajo su cuidado. Hades sólo protegía al Averno desde la Revelación y por el resto de la eternidad.
Y maldije más cuando descubrí la fría y cruel verdad. Tú no estabas en el Averno. Estabas en el Eliseo. Lejos de mí. Orfeo había entrado al lugar equivocado, había vencido al Cerbero para nada, había hecho un juramento que no podía romper. Ya ni siquiera tenía caso mirar hacia atrás y exponerse a perder a Eurídice, porque Eurídice jamás estaría a su lado. Jamás.
Había hecho un juramento y muchas veces pensé en romperlo. Pero no pude hacerlo. Porque Hades, mi señor, era un dios justo aunque estricto. Y no podía traicionarlo. No quería hacerlo. Mi única opción era morir y tener la libertad de viajar hacia el Eliseo a buscarte. Pero, ¿y si volvía a equivocarme? ¿Y si no estabas ahí? ¿Y si Dios se había burlado de mí desde el principio y tu alma se había perdido en el vacío? Sin atreverme a responder a esas preguntas, serví a Hades y, antes de lo que imaginaba, me convertí en uno de sus Guardianes. Pensé que sería así por siempre.
Hasta que ellos llegaron. Y comprendí que el "siempre" no existe.
Todos esos pensamientos acudieron a la mente de Minos en un instante. De inmediato, sintió un vacío en el corazón, el mismo que lo dominaba desde la tarde en que había perdido a la mujer que amaba y decidió ir a buscarla al Reino de los Muertos. Había aprendido a silenciar ese dolor hasta que encontró a alguien más que se encontraba a punto de experimentarlo, y ya no pudo permanecer callado.
Y ahora esa persona, o mejor dicho, ese Caballero y él estaban a punto de matarse. Porque así lo percibía en sus cosmos.
– Ya usaste la Lluvia de Meteoros y yo ya te ataqué con el Rigor Mortis –dijo, tratando de acallar la cascada de pensamientos que inundaba su corazón.– Tu ken no me dañó en lo mínimo, pero el mío logró quitarte gran parte de tu energía. ¿Cómo piensas continuar, Pegaso?
Como en aquellas lejanas batallas del Desafío Galáctico, Seiya y Caronte se sostuvieron la mirada para evitar que el otro estudiara sus movimientos. Con los brazos en guardia, giraban en un lento círculo, retando a su oponente a atacar o rendirse. Ante las palabras del Guardián, el Caballero respondió:
– Podría decirte, pero echaría a perder la sorpresa.
Minos sonrió, aunque su gesto estaba lleno de amargura.
– En tu mente no hay sino niebla. Ni tú sabes a ciencia cierta qué vas a hacer.
"No olvides que es un lector de mentes", se dijo Pegaso a la vez en que intentaba encontrar una respuesta. Su cosmo azul dorado flotaba a su alrededor, impulsándolo y protegiéndolo, y lo mismo ocurría con la negra aura de Caronte.
– Como no tienes el privilegio de leer las mentes ajenas, debo confesarte algo –dijo este último.– Me sorprende tu terquedad.
Seiya, fingiendo asombro, enarcó una ceja.
– Podrías haber vivido con Atenea para siempre, y sin embargo lucharás a pesar de que ambos mueran al final –prosiguió.– ¿Qué felicidad encuentras en ello?
– Ya no podrás engañarme, Caronte –respondió Seiya, sonriendo con burla.– El mismo ken no funciona en dos ocasiones y tu poder de tentación ya no es nuevo para mí.
– El Caronte de la Era del Mito hacía que las almas cruzaran de un lado al otro de la Estigia. Es más interesante el tránsito del corazón. Pero –añadió, su mirada relampagueando– estarías en un error ror si crees que es mi única habilidad.
Cual si esa palabra fuera una señal, los dos dieron un salto hacia atrás. Seiya empezó a ejecutar su kata, trazando las trece estrellas de la constelación de Pegaso. Minos, en respuesta, pareció dibujar un círculo frente a él.
– ¡Rigor Mortis!
– ¡No seas ingenuo! –exclamó el Caballero, involuntariamente adoptando la actitud de muchos de sus antiguos adversarios.– ¡Ya conozco tu ken!
Antes de que Minos contestara, casi se llevó la mano a la frente. "¡Sí, ya lo vi!", se dijo. "¡Pero...!
– ¡Nunca lo superaste, Pegaso!
De nuevo, el negro rayo avanzó hacia Seiya. Éste, en el acto reflejo que le había faltado la vez anterior, se apartó de su camino.
Sin embargo, el ken golpeó contra la muralla y rebotó El Caballero volvió a apartarse, protegiéndose detrás de un álamo. El rayo chocó contra el tronco y, en medio segundo, no quedó mas que madera chamuscada en el lugar del impacto. Seiya apenas contuvo la exclamación de sorpresa ante el verdadero poder del Rigor Mortis.
– Olvidé decírtelo –confesó Minos, su voz llenándose de sarcasmo, más por pose que porque realmente quisiera burlarse de él.– Si el Rigor Mortis te envuelve, da a tu cuerpo la rigidez de la muerte cercana. Si te golpea, te da la rigidez de la muerte definitiva.
– Gracias por la aclaración –respondió, preocupado.
De momento, ninguno de los dos se movió ni habló. Seiya trataba de encontrar el modo de superar el Rigor Mortis (que había comenzado a brillar como una red de cordeles alrededor del Guardián) mientras intentaba ocultar sus pensamientos. Minos, en contraste, volvió a mostrar tristeza y su oponente supo que no era fingida.
– Pegaso, escúchame un momento –pidió, sin desactivar su cosmo.
Obviamente, el Caballero tampoco lo hizo.
– Yo sé lo que es perder a la mujer que amas sin poder hacer nada más que mirar. Entré al Averno para buscarla, pero ella está en el Eliseo y no pude salir de aquí. Quiero ahorrarte el dolor de la separación. Créeme, por favor.
– No me tientes, Minos –advirtió Seiya, negándose a detectar la verdad en sus palabras.
– Sé que vamos a morir, pero aún estamos a tiempo de cambiar nuestro destino. Atenea será feliz al volver a verte.
– No me tientes... –repitió, su voz más grave.
– Escúchame...
– ¡Lluvia de Meteoros!
Su ken había fluido casi naturalmente, una respuesta visceral a la lógica propuesta de su enemigo. Como en la ocasión anterior, Seiya vio cómo la trayectoria de sus meteoros disminuía de velocidad poco a poco hasta disolverse justo antes de tocarlo. Sin embargo, esta vez no dejó de atacar.
– ¡Basta con esto! –pidió Minos, la luz de los meteoros reflejándose contra su armadura.– ¡Si tanto quieres morir, puedo acabar contigo rápidamente! ¡Tú eliges!
Seiya, sin responder, siguió lanzando su ataque. Caronte pasó de la tristeza a la furia, su rostro mostrando la ira que empezaba a dominarlo, y gritó:
– ¡Nunca vas a tocarme! ¡Déjalo por la paz!
Sin embargo, sintió que la sangre se le congelaba. Por costumbre, había estado leyendo la mente de su rival y acababa de descubrir algo. En lugar de hablar, Pegaso pensaba cuidadosamente las frases, como si le enviara el mensaje a su propia mente.
"El escudo que te protege no es invulnerable, y lo sabes."
– ¿Qué dices? –murmuró, más por reacción que porque tuviera la intención de responderle con su propia voz.
"Has colocado una barrera frente a ti, justo como la cuerda cósmica del Rigor Mortis que me envolvía", dijo Seiya mirándolo fijamente a los ojos y sin dejar de atacar. "Es como una red que detiene todo movimiento. Pero ya te lo dije: ninguna barrera puede soportar más energía de la que debe."
Minos se echó a reír, pero fue obvio que su risa era fingida.
– ¡Un ser humano no puede generar tanta energía! –repuso.– Aún con tu armadura restaurada, se destrozará antes de que generes el nivel que necesitas.
"Es cierto. Una persona no puede generarla por sí mismo a riesgo de morir, pero sí puede atraerla si se mueve a la velocidad adecuada."
Involuntariamente, Caronte palideció y dio un paso hacia atrás, aunque la red que lo cubría permaneció en su sito.
– ¡Tendrías que alcanzar la velocidad de la luz!
Seiya sonrió y aseguró:
– Ya lo he hecho. La alcancé en la Batalla de las Doce Casas y en muchas ocasiones después.
El Guardián ya no respondió, pero se concentró en la barrera que lo cubría. Sí, en su paso por el Erebo presenció la vida de los Caballeros y había descubierto que su mayor desafío estuvo en el Santuario. Ese caballero sabía llegar a la velocidad de la luz y tan lo estaba logrando que ya no alcanzaba a ver la trayectoria de su mano, sino sólo un rayo luminoso.
"¿Quiénes son ellos?", pensó, su mente deteniéndose en Hades y, por primera vez, preguntándose si en efecto tenía la razón en ese conflicto. "¿Qué tipo de Orden tiene Atenea, que en lugar de rendirse por amor, en él encuentran la fuerza para seguir adelante? ¿Aunque pierdan la vida, se les destroce el alma y se les desgarre el corazón?"
En la zona dominó un ruido semejante al de una cuerda de guitarra que se rompe. Minos miró que, frente a él, la protección del Rigor Mortis se había vuelto completamente visible. En la zona que protegía a su corazón, parecía como si la red se hubiese debilitado y los cordeles que la integraban estuviesen a punto de separarse.
"Si no hubiese sido por la barrera, me habría matado", pensó al comprender la magnitud del daño. Por reflejo, miró al Caballero y el escalofrío que ya sentía aumentó al descubrir algo nuevo en él.
La figura de Seiya estaba envuelta en un cosmo completamente dorado que relucía como el Sol mismo. Tan poderosa aura no provenía ni de Atenea, que estaba encerrada en el Palacio, ni del traje restaurado con la sangre de Amazonas, Caballeros y Santos. Seiya mismo la estaba produciendo al alcanzar el nivel máximo en velocidad y cosmoenergía. Tanta luz proyectaba contra la muralla y los álamos la sombra de un Pegaso en pleno vuelo, como si no hubiese un hombre frente al Guardián, sino una criatura mitológica que hubiera tomado su lugar.
– He encontrado el punto débil del Rigor Mortis –afirmó Seiya, señalando la zona debilitada de la red.– Si lo golpeo, mi ken te atacará directamente y es muy probable que mueras.
Caronte frunció el ceño, pero no respondió.
– Fuiste lo bastante amable para ofrecerme conservar mi vida –prosiguió el Caballero.– Por simple decencia, debo proponerte lo mismo. Déjame pasar hacia el Tártaro y te dejaré vivir. Incluso aunque el destino nos volviese a enfrentar, no te atacaré porque demostraste ser generoso.
Minos sonrió débilmente.
– Te lo ofrecí como una tentación y ahora tú haces lo mismo. Me propones salvar la vida, pero no es algo que yo valore mucho.
Se colocó en guardia, pero esta vez en su pose hubo más cansancio que agresividad.
– Insisto, Seiya. Los dos moriremos antes del anochecer. Y no me asusta mucho la muerte después de haber vivido en el Averno.
Seiya también se puso en guardia, su cosmo dorado rodeándolo. El aura negra de Caronte volvió a activarse.
– No voy a cometer la deshonra de permitir que me mates sin defenderme –insistió el Guardián y, de repente, gritó.– ¡Vamos, Seiya de Pegaso, que ésta sea la última ofensiva y que muera quien haya de ser el primero de esta batalla!
Acabando de decir eso, extendió su mano derecha nuevamente y exclamó:
– ¡Rigor Mortis!
Fue como si todo ocurriera en cámara lenta. Seiya vio claramente cómo, de entre los dedos de Minos, fluía un rayo negro que volvía a entrelazarse con su cosmo. Iba a volver a detenerlo, a colgarlo entre los álamos, pero ya no para tentarlo sino para matarlo junto con su alma.
"¡Saori, por favor, ilumíname!", alcanzó a pensar.
En ese instante, la zona de la red que ya había debilitado comenzó a brillar con luz propia. Una Lluvia de Meteoros no sería suficiente, presintió en un segundo.
– ¡Dame tu fuerza, Pegaso! –gritó Seiya, elevando su cosmo al máximo.– ¡Golpe de Cometa!
La energía de varias Lluvias de Meteoros se concentró en un solo golpe que dejó una cauda blanca tras de sí. Pero no era únicamente la serie de impactos, sino también la fuerza adicional que sólo logra aquel que ha superado su propia aura. En medio del resplandor dorado, Seiya había llegado al Séptimo Sentido sin darse cuenta del momento en que lo había alcanzado. Porque ya se había convertido en parte de él.
En medio de su ataque, notó que el Rigor Mortis, incapaz de estrangular su cosmo, se concentraba en un rayo único que se dirigió hacia su corazón, como si fuera una afilada estaca lista para detener su palpitar. Sin preguntarse si resultaría o no, Seiya interpuso su mano izquierda en una milésima de segundo, cerrando los ojos involuntariamente y esperando lo peor.
Un intenso dolor dominó la palma de su mano cuando sujetó el rayo; al hacerlo, el cosmo negro se disolvió, pero alcanzó a empujar violentamente su brazo contra su pecho. Al chocar las dos secciones de la armadura, Seiya percibió cómo se cuarteaban y apenas pudo agradecer que el daño estuviera en el traje de Pegaso y no en sus huesos. Abrió los ojos y descubrió por qué: la armadura, que había recuperado su tonalidad blanca y azul, había vuelto a tornarse dorada. Brillaba con el mismo color de su cosmo, como si fuera parte de él y estuviera dispuesta a sacrificarse a sí misma antes que permitir que su portador sufriera cualquier daño.
Pero eso lo comprendería después. Antes de que entendiera lo que había pasado, escuchó el ruido de varias cuerdas que se revientan, el de una armadura que se quebraba... Y el de un cuerpo que cae al suelo, ahogando un grito en su agonía.
La energía del Rigor Mortis se disolvió en el aire, dejando sólo una sensación de vacío a su alrededor. Seiya corrió hacia donde Minos de Caronte yacía y, consternado, sostuvo su cabeza sobre su regazo. De una mirada, supo que parte de su profecía se estaba cumpliendo: el Golpe de Cometa había destruido la barrera y atravesado su armadura, hiriéndolo directamente en el corazón. Sangre manaba de su pecho y de entre sus labios, y un helado sudor bañaba su frente mientras intentaba respirar. Le quedaban segundos de vida.
Minos, con la última fuerza que le quedaba, lo miró con ojos nublados.
– ¿Estas bien, Pegaso? –preguntó con voz ronca.
Seiya asintió, sintiendo un nudo en su garganta.
– Lo siento.
Minos sonrió débilmente.
– No lo hagas. Te lo agradezco.
El viento volvió a soplar alrededor de los álamos. A diferencia de las ocasiones anteriores, su ulular no traía tentaciones, sino lamentos. Seiya lo miró con tristeza, odiando ver cómo una vida joven se extinguía. y más cuando era un alma tan parecida a la suya.
Pero, para su sorpresa, el Guardián mostró alegría. Sus ojos brillaron como no lo hicieron mientras estuvo vivo y, sobre sus pupilas, comenzó a dibujarse una silueta de mujer. Seiya alcanzó a verla gracias a su Séptimo Sentido y miró hacia el frente, intentando encontrar a la propietaria, sin lograrlo.
– Al fin –murmuró Minos.– Al fin. bendito Dios, al fin.
Y sonrió con la poca fuerza que le quedaba, sintiendo que todo había valido la pena pese a la larga espera que tuvo que vivir. Orfeo y Eurídice por fin estarían juntos.
– Espero enfrentarme a la muerte con tu mismo valor –confesó el Caballero, lleno de asombro y de respeto.
– Me gustaría encontrarte del otro lado y ser tu amigo... –murmuró Minos, su voz casi inaudible.– Pero mi alma se salvará... La tuya...
No hubo necesidad de que completara la frase. Y, para esto, tampoco tiempo. El sonido de un cordel que se rompía dominó incluso al lamento de los álamos, mientras el último aliento escapaba de entre la sonrisa de Minos de Caronte. Seiya sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, e intentó contenerlas, pero no pudo hacerlo.
"Los cuatro vamos a morir en el Averno", se dijo viendo sin ver el rostro de Caronte. "Perderemos nuestra vida futura y nuestras almas, y también la esperanza de la vida eterna. Pero, si Saori se salva", continuó apretando la mano en un puño, "no me importa el precio."
Tenía que continuar su camino, dirigirse al Tártaro tan rápido como fuera posible. Sin embargo, por un momento no tuvo fuerza para incorporarse y seguir. Casi sin percatarse, elevó una oración por el alma de Minos. Y antes de que lo comprendiera, empezó a hacerlo por la futura –e inevitable– muerte de los Cuatro Caballeros de Atenea.
Hades, dentro de sus aposentos, sintió cómo se extinguía el cosmo de otro de sus Guardianes, pero trató de no inmutarse. Lo lamentaba, mas era el deber que los siete jóvenes habían jurado en el pasado. ¿Y hay un honor más grande que morir por un juramento?
Casi al mismo tiempo, empezó a sentir la fuerza que únicamente emana de los oraciones. Alguien estaba rezando en el Averno. Y no sólo una persona, sino dos. Una de ellas se encontraba en la Alameda Blanca, justo donde el cosmo de Minos se había apagado. La otra...
– Atenea –murmuró.
Así que su sobrina estaba rezando. Por su percepción de cosmo, supo que se había retirado a la capilla y que oraba por sus Caballeros, se encontraran donde se encontraran. "Eres inocente, Atenea", se dijo. "Ni siquiera tus súplicas van a salvarlos."
En medio de la obscuridad, un relámpago rojizo cruzó por su mirada. Su triunfo estaba tan cerca que casi podía tocarlo.
Y, aún así, una voz interna le preguntó qué ocurría en él, por qué su alma gentil aunque estricta no protestaba ante tanta destrucción y muerte. Obviamente, Hades no se respondió.
No sabía por qué la sombra que proyectaba no correspondía con la que debería mostrar ni las causas por las que tal fenómeno ocurría en ese reino. Lo único que Shun pudo hacer fue sonreír al ver cómo la débil luz de la lámpara le mostraba una silueta por completo distinta a la suya.
De lejos, alcanzaba a ver la borrosa figura de una mujer vestida con una larga túnica. En su cabello, notaba la silueta de una corona –pues era la princesa de Etiopía– y era obvio que había sido sujetada por las muñecas con dos cadenas. Como su imagen real no se parecía en nada a la de su sombra (simplemente porque el hecho de que él era hombre, no portaba una túnica, usaba una tiara en vez de una corona y las Cadenas estaban en reposo), comprendió que la mujer que lo había salvado había averiguado de esa manera quién era. Atrás de la silueta de Andrómeda, y mucho más borrosa, parecía trazarse el contorno de la nebulosa que también lo protegía.
– ¿Qué te parece? –preguntó Perséfone, aproximándosele.
– Es sorprendente – confesó Shun al ver que, si movía la mano, la mujer de la sombra actuaba igual.– ¿Por qué ocurre esto?
– Porque después de pasar por el Erebo sólo queda tu verdadero ser, y eso será lo que proyectes ante quienes habiten en esta dimensión. En el caso de un Caballero, sus verdaderos seres adquieren la forma sus constelaciones protectoras.
Al mencionar la palabra "Caballeros", el rostro de Perséfone se obscureció. Acababa de salvar a uno de los enemigos de su esposo cuando lo que debió hacer fue matarlo, mas no podía arrepentirse. Hades nunca iba a perdonarla, pero en ese momento sólo podía pensar en Atenea.
Shun empezó a levantarse de entre el heno. Con mucho cuidado, colocó los pies sobre el suelo y se incorporó. Al hacerlo, sintió que todo le daba vueltas. El envenenamiento a manos de los daimons había sido mucho más grave de lo que había imaginado y, por reflejo, se apoyó en las tablas sobre las que se encontraba la lámpara. A Perséfone no le pasó desapercibido, pero no se movió de su lugar.
– ¿Para qué te has puesto de pie? –preguntó, aunque conocía la respuesta.
Respirando profundamente, el Caballero soltó las tablas y empezó a caminar.
– Ya sabe por qué estoy aquí, milady –dijo, su tono siempre educado.– He venido a rescatar a Atenea y conducirla de nuevo hacia la superficie.
– ¿Aún cuando esa acción provoque su muerte?
Shun no respondió de inmediato, pero la señora del Averno percibió que la palabra "muerte" provocaba un dolor muy particular en ese muchacho.
– Es mi deber –murmuró.
Dio otro paso hacia la puerta y de nuevo sintió como si algo lo golpease en la cabeza. Perséfone, todavía en su sitio, afirmó:
– Eres todavía más confuso de lo que imaginaba, Caballero. Apenas acabas de salvar la vida para exponerla de nuevo.
Shun volteó a verla, aunque su sentido no se encontraba todavía a la perfección. ¿Qué había en esos ojos violeta de expresión tan parecida a los de Saori?
– Mis amigos y yo juramos servir a Atenea hasta el final –respondió.– Aunque quisiera que existiera otro modo, combatiré por ella.
– ¿Porque es tu deber?
El Caballero se sorprendió al confesar:
– No. Porque amo a Atenea y a mis amigos.
De momento, se sintió confundido. Durante el año en que se había alejado de la violencia, llegó a pensar que peleaba porque debía hacerlo, porque se le había entrenado para ello y porque lo había jurado. Pero no, acababa de comprender que la verdadera razón era otra. Incluso aunque no fuera su deber, combatiría junto a Seiya, Shiryu y Hyoga porque eran las personas más importantes de su vida. Igual que Saori.
Igual que Ikki.
– Entonces, no tiene caso que te sugiera que regreses a tu mundo –comentó Perséfone, más para ella que para el joven.– Vas a morir en el Averno.
La mirada de Shun mostró tristeza.
– ¿Intentará detenerme, milady?
Su expresión era clara. No quería tener que pelear contra quien lo había salvado de la muerte, pero rescatar a Saori estaba sobre cualquier sentimiento.
En contraste, Perséfone sonrió y se le acercó. Cuando estuvo frente a él, le sujetó la mano izquierda del Caballero y la alzó al nivel de sus ojos. Y Shun descubrió que, aunque esa mujer perteneciera al Averno, por alguna razón no le temía. Al contrario.
– ¿Qué viste de raro cuando te colocaste el Portacadena, Caballero?
– ¿De raro?
– Algo que no tenías en la piel antes de desmayarte.
– ¿La cortada? –murmuró Andrómeda, recordando el detalle que le había llamado la atención hacía un rato.
Perséfone asintió.
– El veneno de los daimons llega directamente a la sangre. Sólo hay un modo de salvar a quien haya sido infectado, en especial cuando lo han tocado dos veces.
Shun comprendió, incluso antes de que la señora terminara. Contuvo la respiración y palideció involuntariamente.
– Sí, tuve que extraer parte de tu sangre –continuó Perséfone, adivinando sus pensamientos.– No estás mareado por el veneno, sino por la sangre que has perdido.
Su mirada se hizo astuta y comprensiva a la vez.
– ¿Entiendes que, si hubiera querido matarte, simplemente no habría cerrado la herida? La opción era entre dejar que te desangraras o permitir que el veneno llegara a tu cerebro; de cualquier forma, no me ensuciaría las manos. Pero elegí algo más, y eso demuestra que no tengo la menor intención de detenerte.
– ¿Y por qué lo ha hecho, milady? –preguntó Shun, esa ocasión siendo su turno de querer averiguar motivos.– Usted pertenece al Reino de Hades...
"Más que eso", pensó Perséfone, apartando la mirada.
– Soy enemigo de todos ustedes, pero me ha rescatado para que ahora combata contra su señor. ¿Por qué?
Perséfone le dio la espalda. No quería que nadie, ni siquiera el Caballero a quien había ayudado, interpretase su expresión.
– Atenea no debe estar aquí –confesó, primera vez que expresaba su sentir por la decisión de su marido.– Su destino es cruel, pero será mucho peor si permanece en el Averno.
– Entonces, sabe que debo marcharme, milady. El tiempo está en nuestra contra.
Shun estuvo a punto de dar la espalda y marcharse de inmediato, más no lo hizo. En lugar de ello, volvió a acercarse a Perséfone. Cuando ella volteó a verlo, descubrió que se había arrodillado frente a ella.
– Le agradezco infinitamente el que me haya salvado la vida –afirmó, la cabeza inclinada.– Cumpliré mi misión, ahora no sólo por Atenea y por mis amigos, sino también por usted.
Antes de que se levantara, escuchó el roce de una túnica. Perséfone se había arrodillado frente a él y extendía la mano hacia su pecho. Sujetó la cadenita que Shun todavía no volvía a guardar dentro de su armadura y, de ella, prendió un extraño prendedor que tenía un bidente en su superficie.
– Tu principal enemigo, debes saberlo, no es Hades ni tampoco los Guardianes, por más peligrosos que sean –dijo mientras lo aseguraba junto al dije de Andrómeda-Nike.– Es el Averno mismo.
Shun, maravillado, observó el prendedor. Alzó la mirada y vio a Perséfone a los ojos, de nuevo preguntándose por qué sentía algo familiar en ella. Como si hubiera convivido mucho tiempo con alguien semejante.
– El Reino de los Muertos absorbe la energía de los que han entrado vivos aunque ellos no lo perciban –prosiguió.– Si siente que su alimento intenta escapar, se cerrará en sí mismo para evitarlo. Las murallas son sólo un ejemplo. Sin embargo...
Tocó el prendedor por última vez. Un resplandor negro y dorado pareció rodearlo a manera de despedida.
– Te he dado una llave que te permitirá acceder a cualquiera de las zonas de esta tierra, incluyendo las murallas. Ya no habrá obstáculos para que llegues al Tártaro.
– ¿Por qué hace esto? –insistió Shun en voz baja.
– Ya te lo dije. Por Atenea.
Perséfone se levantó, como si de momento dudara lo que estaba haciendo. Shun, en respuesta y con un infinito respeto, de momento cercano al que sentía por Saori, tomó su mano y la besó.
– ¿Cómo podría darle las gracias, milady? –murmuró.
Y, en voz un poco más alta, preguntó de nuevo:
– ¿Quién es usted?
Perséfone no respondió de inmediato y se apartó en dirección hacia la puerta.
– Si conoces mi nombre, firmarás tu sentencia de muerte. Ya no insistas, por favor.
Miró hacia el exterior por una rendija y, apenas comprobó que no había nadie cerca, abrió la puerta y dijo:
– Márchate, Caballero de Andrómeda. Rescata a Atenea, busca a tus amigos y abandona el Averno antes de que mueras.
Shun se incorporó. Asintió a modo de respuesta y se dirigió hacia la salida, conteniendo un mareo. Al pasar junto a Perséfone, la saludó respetuosamente y abandonó el cobertizo en dirección hacia la Segunda Muralla. El dije de Saori y el medallón de la Dama estaban unidos en su cadenita, sus invisibles auras protegiéndolo a cada paso y ayudándole a recuperar su fuerza poco a poco.
Perséfone miró cómo se alejaba, angustia y pesar en su corazón. Pensó que, si hubiera tenido hijos, le habría agradado que fueran como ese muchacho que se alejaba. Pero también comprendió que acababa de traicionar a Hades, el esposo a quien tanto amaba y que nada que hiciera, dijera o soñara eliminaría ese hecho. ¿Podría perdonarla algún día si descubría lo que había ocurrido?
Mas no sintió arrepentimiento. Ella ya se había perdonado.
Mientras Shun cruzaba el Campo de los Asfodelos, uno de los Guardianes que permanecían en el interior del Tártaro salió de su habitación, su armadura completa y la máscara frente a su rostro. Sin hablar, se dirigió hacia la puerta principal del Palacio.
Había llegado el momento.
"Yo, pecador, me confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes hermanos, que he pecado mucho..." ¿Hacía cuánto tiempo que no rezaba esa oración, una de las muchas que su madre le había enseñado? Y, sin embargo, sus palabras venían claramente a su memoria, sílaba por sílaba, mientras el Guardián que lo amenazaba sonreía. He pecado mucho, he pecado mucho, resonaba en su mente y en su corazón, sin poder eliminar ese pensamiento. He pecado demasiado, Señor, pues maté a aquéllos a quienes amaba, a aquéllos a quienes debo todo, a aquéllos por quienes debí morir. A aquel que fue más que un padre para mí. A aquel que fue más que un hermano para mí. No soy digno de alcanzar el perdón, sin importar cuánta penitencia haga.
– El día que llegaste a Siberia fue uno de los más brillantes de mi vida. Con sólo verte, percibí la energía que latía en tu interior, lista para crecer, para expandirse, para dar origen a milagros. Nunca te lo dije, pero me alegraba pensar que esa energía, ese cosmo que te pertenece, estaría bajo mi cuidado. Era la mayor de las responsabilidades, pero también el más hermoso de todos los deberes y bendije al Creador por haberla recibido.
– Ese mismo día, supe que serías muy importante para mí. De momento, temí que fueras como los otros chicos que no soportaron el entrenamiento y se marcharon, y temí encariñarme contigo para perderte poco tiempo después. Pero algo me dijo que tú no serías igual que ellos. Por más difícil que resultara el futuro, presentí que tú permanecerías a mi lado. Y yo al tuyo.
– Durante los años siguientes, vi cómo crecías y eso llenaba mi corazón de alegría y de inquietud. Conocí algo muy cercano a la paternidad al cuidarlos a ambos. Pero si uno de mis dos discípulos me preocupaba, eras tú. Percibía que guardabas un dolor muy profundo y no encontraba ninguna forma para ayudarte a superarlo. Ni siquiera cuando finalmente quisiste compartirlo conmigo supe qué decirte ni cómo consolarte. Y eso me partió el corazón.
– A pesar de que sabía que, cuando creciéramos, tú y yo deberíamos enfrentarnos para ganar la armadura, nunca pude odiarte. ¡Vamos, ni siquiera me resultabas antipático por más que intenté obligarme a sentirlo! Cada día te estimaba más y más, y esa competencia a la que estábamos predestinados no me importaba. Sería un honor convertirme en el Caballero de Cygnus, pero si tú me superabas, sería el primero en felicitarte desde el fondo de mi corazón.
– Pero ese día que me confesaste que habías encontrado la tumba helada de tu madre y que si soportaste el entrenamiento había sido sólo para volver a verla, un mal presentimiento me estremeció. No seas sentimental, te aconsejé, y tú me prometiste intentarlo. Mas tus sentimientos han sido tu perdición desde siempre. Lo que no sabía era el enorme precio que tú y yo tendríamos que pagar por lo que estaba a punto de ocurrir.
– Aún hoy no comprendo por qué te desprecié tanto al enterarme. ¿Fue porque crecí pensando que eras idéntico a mí, o fue porque me ocultaste un secreto? Pero cuando te golpee, sentí que me golpeaba a mí mismo. ¡Cómo quería odiarte, y ni siquiera después de tu egoísta confesión pude hacerlo! Tan era así que no dudé en ir a ayudarte cuando presentí que la corriente te había atrapado. Y tampoco pude odiarte ni cuando el hielo me sacó el ojo y el agua a mi alrededor adquirió el sabor de la sangre. Estaba a punto de morir, mas tú estabas a salvo y eso bastaba.
– ¿Sabes por qué no te reclamé cuando volviste después del accidente, a pesar de que por tu culpa había perdido a uno de mis hijos? ¡Fue por tu propio bien! Si lo que le había pasado a tu madre te había marcado tanto, ¿qué ganaría con recordarte que había otra muerte en tu conciencia? Esperé que pensaras que así es la guerra y que los caídos son inevitables. Al parecer, lo hiciste, y muy bien.
Y añadió con voz más grave:
– ¿Quién diría que dos de los que caerían a tu paso seríamos nosotros?
– ¿En verdad no tenías otro recurso, excepto matarnos? La guerra fue cruel y Atenea estaba en peligro, ¿pero por qué a los que tanto te amaban?
– ¿Por qué mataste a tu maestro? –preguntó Crystal.
– ¿Por qué mataste a tu mejor amigo? –preguntó Isaac.
Hyoga había escuchado sin responder, congelado en su sitio mientras ambos hablaban y se le aproximaban. Tratándose de otro acusador, seguro que habría dicho algo, cualquier palabra en su defensa. Pero no pudo pensar en las frases apropiadas. Cada una de las palabras de Crystal y de Isaac había sido una puñalada en su corazón, no sólo por la terrible intención con las que habían sido dichas, sino porque eran absolutamente ciertas.
Si los maté fue porque Terra estaba en peligro, pero jamás quise hacerlo, pensó con dificultad.
Las palabras no se formaron en su garganta. Sin importar cuánto intentó mantenerse sereno, fue demasiado para él y se dejó caer de rodillas. Las lágrimas que no derramaba insistían en nublar sus ojos.
– ¿Sabes qué es lo más triste de todo, Cygnus? –preguntó Erina, acercándose.
Un relámpago proyectó su sombra. Era larga y malformada, como la de un demonio; caía exactamente sobre el Caballero y era tan pesada como la culpa que inundaba su corazón. Hyoga lo percibió en su cosmo; a pesar de cuánto lo oprimía, también sintió que lo obligaba a alzar la mirada. Sus ojos se encontraron con los del Guardián, y su claro color le transmitió la mayor de las tristezas, como si no observase a uno de sus enemigos, sino a una de sus muchas víctimas.
Por reflejo, negó débilmente con la cabeza. La voz de Alecto parecía dominada por el sufrimiento, pero el Guardián sonrió mientras hablaba.
– En primer lugar, pese a que eres uno de los asesinos más eficaces del mundo, ni siquiera tienes el... ¿cómo decirlo?... orgullo profesional de aceptarlo y no sentir remordimientos. Al contrario, te llenan los sentimientos más estúpidos.
Esa frase, contra lo que el Guardián aparentemente esperaba, hizo que los ojos de Hyoga relampaguearan. Aunque no se levantó, apretó las manos en puños y respondió:
– ¿Así que he de matar sin siquiera arrepentirme?
– Eres un Caballero de Atenea, pero esa no es excusa suficiente –intervino Isaac.– ¿Recuerdas por qué me alié con Poseidón?
Y sin aguardar respuesta, añadió:
– ¡Porque aquellos que debían proteger la Tierra, en lugar de hacerlo pacíficamente, se volvieron locos y mataron hasta a sus maestros y a sus amigos!
Hyoga trató de ignorarlo.
– Mis maestros siempre insistieron en que no debía ser tan sentimental, sobre todo a la hora de combatir –prosiguió.– Pero nunca lo logré por completo, por las mismas pruebas que el destino me impuso. ¿Cómo puedes hablar de sentir orgullo por acabar con las vidas de los que más amas, Erina?
– Si no hubieras matado a tu amigo y a tu maestro, no habría necesidad de que tuviéramos esta conversación.
El Caballero sintió que las lágrimas comenzaban a recorrer su rostro.
– No tendrías que decidir cuál es la actitud correcta, si el orgullo o la frialdad, y menos aún vivirías inmerso en un arrepentimiento absurdo que ya no tiene razón de ser. Porque... –y al llegar aquí, su tono se volvió aún más obscuro– no importa cuánto llores. No vas a devolverles la vida.
Hyoga no pudo responder. No supo qué decir. Pero no fue necesario que meditara en una buena excusa. Percibió el cosmo negro y pesado del Guardián rodéandolo, tan grande como una losa e insoportable como la peor de las cargas. La misma aura rodeaba a Crystal y a Isaac con una presión semejante y a la vez distinta sobre ellos. Aunque no estaba consciente de haber activado su Séptimo Sentido, podía percibir su poder y su influencia. En ese instante, un relámpago pasó de Erina hacia Kraken y Cygnus detectó una vibración negativa en el cosmo de su amigo, incluso dolorosa. En respuesta, Isaac palideció casi imperceptiblemente y dijo:
– Además, vas a tener la vida que nos correspondía y que nos arrebataste.
Hyoga no dijo nada, en parte por el descubrimiento que acababa de hacer, pero también por las palabras del Shogun Marino. Un cosmo semejante rodeó a Crystal mientras afirmaba:
– Sabes bien de qué hablamos. De Asgaard.
Hyoga se mordió los labios. La expresión de su maestro lo obligó a mirarlo a los ojos. Había algo en ellos que, aunque nuevo, era semejante a algo ocurrido en el pasado.
– Si hubieras escuchado a Isaac, habrías regresado a tu mundo, a esa mujer a la que amas. Tu porvenir es muy brillante, Cygnus. Puedes convertirte en el príncipe de Asgaard si te casas con ella.
La imagen de Flare se presentó en su mente y en una reacción inmediata, apretó las manos en puños. A su lado, recordó a Hilda, pero no a la gentil y estricta Valkyria de siempre, sino a la avatar poseída por la Sortija del Nibelungo. ¿Por qué siento la misma inquietud ahora?, se dijo.
– ¿Te das cuenta –preguntó Isaac– que, por la edad que compartimos, yo también debería estar pensando en matrimonio? Claro, ¡si tú no me hubieras matado!
Regresé a Siberia buscando ayuda y consejo, pues no comprendíamos de dónde provenía el mal que había dominado a Ikki y que ahora tenía casi todo el Tresor de Sagitario en su poder. La única persona que podría guiarme era el hombre que me había convertido en lo que era. Pero cuando llegué, la aldea donde crecí había sido saqueada y él quería matarme. Nunca entendí la razón. ¿Por qué lo recuerdo ahora?
– ¡Tú estás viviendo la historia que tu maestro no conoció por dedicarse a su deber y que tu amigo no tendrá por haber muerto a tus manos! –exclamó el Guardián.- ¿Cuál crees que sea el castigo que mereces?
Seiya me contó que, en la Batalla de las Doce Casas, Aioria lo atacó aunque le había jurado lealtad a Saori. Casios, un antiguo rival, permitió que el Santo lo matara con tal de que despertase de un hechizo. Un hechizo impuesto por Ares, quien había poseído a Saga.
Un hechizo...
– Eres un maldito, Alecto de Erina –afirmó Hyoga, poniéndose de pie aunque sentía un nudo en la garganta.– Juegas con las almas ajenas, ¡y ni siquiera las dejas descansar en paz!
– ¿Buscas cómo escapar de la culpa, Hyoga de Cygnus?
El Caballero trató de ignorarlo, pero no lo logró del todo.
– Mi corazonada era cierta –continuó mientras alzaba la vista.– Estás manipulando a Isaac y a Crystal para que me reclamen lo que pasó.
En respuesta, Erina comenzó a reír.
– ¡Estás loco! –exclamó.– ¡La culpa te afecta tanto que intentas proteger tu débil mente del espejo que te he regalado!
Casi mecánicamente, Hyoga comenzó a ejecutar la kata del Cisne.
– No es cierto. La culpa es grande, pero no es su voluntad la que me acusa.
– No puedes negar la verdad, Caballero.
– Lo sé. No puedo –respondió en voz baja, sin detenerse mientras su blanquísimo cosmo se avivaba y aumentaba de poder a cada segundo.– Pero tampoco debo permitir que los manipules.
Alrededor de ellos, algunas de las ramas empezaron a cristalizarse y murieron en el acto. Una fina capa de hielo cubrió a los álamos cercanos y el suelo, e incluso el helado aire opacó una parte de la hasta entonces brillante muralla. Sólo el que fueran almas impidió que Isaac o Crystal resultaran heridos y al Guardián, de momento, lo protegió su armadura.
– ¡Pierdes tu tiempo, Cygnus! –gritó, su tono más el de un lamento que el de una amenaza.– ¡Debiste marcharte hacia el Portal cuando pudiste hacerlo!
El cosmo blanco se volvió más intenso y Hyoga exclamó:
– ¡Polvo de Diamante!
A diferencia de sus compañeros, Cygnus había usado su ken con frecuencia durante el año anterior. En Asgaard, donde el frío era parte de la vida misma, parecería innecesario producir más –a menos de que estés entrenando a un grupo de guerreros. Y, a base de práctica, había logrado que su ataque fuera más poderoso que en el pasado.
Por ello, su aura logró enfriar el aire hasta producir los más delicados cristales de hielo sin problema alguno. Rodeados por una brillante luz, los diamantes de Siberia cruzaron rápidamente el espacio que separaba al Caballero del Guardián, pasando en medio de las dos almas y agitando las casacas de ambos. Erina recibió la ráfaga sin moverse, intenso pesar en su mirada pero una sonrisa en los labios. En un segundo, toda su armadura quedó cubierta por una gruesa capa de hielo que se extendió a su piel hasta que, en su lugar, se irguió una estatua cristalina.
Hyoga aguardó un momento, temiendo que –al igual que muchos enemigos anteriores– rompiera el cristal y escapara. Mas no lo hizo. Sin bajar por completo la guardia, se acercó a Crystal y a Isaac. Ellos habían permanecido en su sitio, sus expresiones sin transmitir emoción alguna.
– ¿Se encuentran bien?
Isaac volteó a verlo. Aunque sonrió, Hyoga no alcanzó a adivinar lo que pensaba o sentía.
– Mejor que nunca, amigo.
Involuntariamente, Cygnus dejó escapar un suspiro de alivio.
– ¿Cómo es que se encuentran en el Averno?
Crystal, imitando la expresión de Kraken, miró a su alumno con gentileza.
– El Guardián nos trajo en materia. Para él es sencillo, pues tiene el poder de convocar a las almas estén donde estén. Y ninguna puede desobedecer a su llamada.
– Es necesario que regresen al Eliseo cuanto antes –afirmó el Caballero, mirándolos a los ojos.– Hay demasiado peligro en este lugar, y como él, restan varios Guardianes más. Por favor, váyanse.
– ¿Y qué vas a hacer? –preguntó Isaac.– ¿Regresarás a Terra, con esa muchacha?
La mirada de Hyoga se suavizó un poco y, en voz baja, confesó:
– Eso quisiera, más no puedo. Primero debo buscar a Atenea y llevarla a la superficie.
– Esa es la misión que te encomendé cuando nos encontramos en Asgaard –señaló Crystal.
Cygnus asintió.
– Pero sabes que, si regresa a Terra, morirá apenas lo haga. ¿Deseas tanto ser responsable de una nueva muerte?
– ¿Qué?
– Después de matar a tu maestro y a tu mejor amigo, ¿ahora quieres matar a la diosa que juraste proteger? –preguntó Isaac.– ¿Hasta cuándo tendrás suficiente?
"¡No puede ser!", pensó Hyoga, y sin querer el temor se reflejó en sus ojos. "¡Deberían haber sido liberados del hechizo cuando Erina desapareció, pero...!"
– ¿Por qué amas tanto matar? –preguntó Crystal con rencor.
– ¿Por qué matas a los que tanto amas? –preguntó Isaac con desprecio.
"¿Cómo puedo romper el hechizo?", pensó Hyoga, sin querer sintiéndose desesperado. Sus seres queridos volvieron a aproximársele lentamente, obligándolo a dar dos pasos hacia atrás.
– ¡Despierten, por favor! –exclamó, su voz quebrándose.
Una risa burlona y amarga empezó a resonar por toda la zona, rodeándolo y cerrándose en turno suyo, a punto de ahogarlo. Fue entonces que Hyoga descubrió que provenía del interior del hielo.
– No podrás acallar la voz de tu conciencia, por más que lo supliques.
En ese segundo, el hielo se cuarteó en diferentes puntos hasta que la tensión en la superficie llegó al máximo y lo reventó en cientos de pequeñas astillas. Alrededor de Erina apareció una delgada capa de vapor cuando los cristales de agua congelada se derritieron contra su cosmo. Hyoga trató de no reflejar emoción alguna ni en su rostro ni en su mirada, pero le resultó demasiado difícil.
– Tu famoso Polvo de Diamante es inútil contra el Fuego del Infierno, Cygnus –afirmó Erina, sonriendo.– Toda la ira y la sed de venganza de los muertos que perecieron a manos de sus seres queridos se concentran en mi armadura. No hay frío alguno que pueda detenerlo.
Hyoga maldijo en silencio. Si lo que el Guardián decía era cierto, todos sus ataques serían inútiles.
Antes de que se diera cuenta, Crystal e Isaac estuvieron a su lado y, por un momento, intentó no retroceder.
– ¿Tú qué le harías a un asesino, Hyoga? –preguntó su maestro con el mismo tono de cuando se encontraban en una sesión de entrenamiento.– En la antigüedad, la sangre se pagaba con sangre. Pero, ¿no te parece que quien mata a sus seres queridos merece un castigo todavía mayor?
– Maestro...
Sintió un golpe seco y directo en el estómago. ¿Cuándo se había movido Isaac? No tuvo tiempo de reaccionar y recibió otro golpe idéntico, esta vez por parte de Crystal, en el mismo lugar. Estremeciéndose, Hyoga dio tres pasos hacia atrás y cayó sobre una de sus rodillas, presionando sus manos contra su abdomen.
"¡Sólo son almas!", pensó confundido. "¿Cómo es que pueden dañarme?"
La sombra de Erina volvió a proyectarse sobre él. En medio de la obscuridad, los álamos parecían brillar con luz propia, cual visiones de espectros, y los ojos del Guardián relampagueaban como fuego.
Como el Fuego del Infierno que lo rodeaba y que le daba su fuerza.
– La venganza más dulce no es la del verdugo –sentenció, sonriendo con todavía más maldad.
Se cruzó de brazos, como si se dispusiera a contemplar una escena nueva.
– Es la de la víctima.
Hyoga sintió que la sangre se congelaba en sus venas al observar que, apenas acabó esa frase, Crystal e Isaac empezaron a ejecutar las katas de sus respectivos kens. "¡Esto no puede estar pasando!", se dijo. "¡Es imposible!"
Pero pudo percibir sus cosmos, tan helados como el suyo, activándose y resplandeciendo. En otra situación, automáticamente se habría puesto en guardia, pero su cuerpo pesaba más que el plomo.
Una vez alzó la mano contra el que había sido su padre. En otra, lo hizo contra aquel que fue como su hermano. ¿Con qué alma, con qué corazón, con qué valor podría volver a enfrentarlos? ¿Qué les ocurriría si, por algún milagro inexplicable, lograba hacerles daño?
– Por favor, despierten... –suplicó de nuevo, en voz baja y los ojos de nuevo nublados.
– ¿Qué te pasa, Cygnus? –preguntó Erina, su voz llena de sarcasmo.– ¿Por qué no preparas tu defensa? Si ya una vez los agrediste y los mataste..,.
Un relámpago alumbró la zona.
– ¿Por qué tantos escrúpulos esta vez?
Hyoga sintió el vivo deseo de abalanzarse sobre el Guardián y destrozarlo con sus propias manos hasta que liberara a las almas. Pero justo entonces, miró a Crystal y a Isaac y escuchó sus exclamaciones.
– ¡Polvo de Diamante!
– ¡Aurora Boreal!
Hyoga recibió el ataque de frente. Ni siquiera trató de cubrirse el rostro con sus manos.
– Hyoga...
¿Por qué murmuraba el nombre del Caballero Ateniense?, pensó distraída y más que ello, angustiada. Flare no necesitó explicaciones científicas, espirituales ni cósmicas para saber que algo horrible le había ocurrido a Hyoga en el Averno y que ella lo presentía por alguna razón.
Tal vez, pensó, se debía a estar tan cerca de Hilda y casi percibir su cosmo con el tacto. A Flare no le agradaba mucho encontrarse ahí: sentía que interrumpía involuntariamente el aura de su hermana y ahora la necesitaba a su máximo nivel. Pero había una buena razón para que se hubiera quedado ahí en lugar de dirigirse, como Gunther bien había aconsejado, a refugiarse a los Doce Templos cuando las cosas se pusieron feas.
No podía pasar.
Un daimon cayó justo a sus pies, casi rozando el borde de su vestido. Sólo su increíble prudencia impidió que gritara, sobre toco cuando el soldado se levantó de inmediato. Sin embargo, en lugar de atacarla, se abalanzó contra el guerrero con quien combatía y que intentaba alejarlo de las princesas. Erich apenas logró exclamar educadamente:
– ¡Usted disculpe, Lady Flare!
Y, distrayendo al soldado, logró llevar su combate a otro sitio.
Flare no tuvo oportunidad de responder ni con una mirada. Erich volvió a enfrascarse en su lucha contra el daimon e igual ocurría en toda el área que alguna vez fue la Cámara del Maestro. Los nuevos Guerreros Divinos combatían contra los daimons, que parecían multiplicarse y casi salir de abajo de las piedras. Bud había ordenado a Gunther que permaneciera cerca de las hermanas, y él mismo trataba, junto con Hildebrand, de cortar el paso de los hombres de Hades.
La intención, aún así, se quedaba en ello. Los cercaban lentamente.
– ¡No activen sus kens todavía! –indicó Bud.– ¡Deténgalos cuanto sea posible sin encender su cosmo aún!
Una vez que han visto tu ataque, si tu adversario es bueno, no podrás emplearlo por segunda vez porque sabrán cómo detenerlo, pensaron los demás en muda respuesta. A pesar de la advertencia, más de uno pensó que sería mucho más sencillo si lo activaban e incluso Heimdall acarició distraídamente el borde de su arpa como si fuese una espada. En eso, sin embargo, alcanzó a percibir una vibración extraña, como de alguien que pasara corriendo cerca del grupo y en dirección al Portal. Intercambió una breve mirada con Balder para ver si él también la había percibido, pero antes de que su mejor amigo pudiera responder, dos daimons se le echaron encima y tuvo que dejarlo para después.
La princesa contempló la escena con temor. Donde un daimon caía, otro más surgía. Superaban numéricamente a los Siete y nadie podía venir en su ayuda. En el momento en que vencieran a los Guerreros...
Inconscientemente, miró a Hilda. Aunque su cosmo no descendía de intensidad, su blanca piel estaba más pálida que de costumbre y había cerrado los ojos con fuerza.
"El Portal debe estarse cerrando", se dijo, angustiada. "Y el cosmo de mi hermana está consumiéndose."
Sus azules ojos reflejaron temor. El fin del mundo, de su mundo, se acercaba y ella no servía más que de testigo. Los Guerreros, Hilda... Hyoga dentro del Averno... "¿Es que no hay nada que pueda hacer, excepto observar y lamentarme?"
Por segunda vez en su vida, Flare se sintió completamente inútil. En su impotencia, apretó las manos y notó que aún sostenía la Cruz del Norte que Hyoga le había dado antes de marcharse. Y recordó algo que le había dicho meses atrás, en Asgaard.
Su madre le había regalado un Rosario el día que le enseñó a rezar. Si bien no recordaba a la perfección las palabras que le dijo, su ejemplo había sido suficiente: amar a Dios sobre todo y demostrarlo a través del amor, de la amistad y del valor. "Ese día", había confesado, "sentí que me habían revelado el secreto que cambiaría mi vida, pero era muy pequeño y no lo entendí por completo".
Dios era la divinidad Omnipotente. Aquel que está sobre los demás dioses, incluyendo a Hades, a Atenea y a Odin. Pese a ser la hermana de una avatar, Flare no lo había entendido hasta que conoció a Hyoga. Su propia revelación, el secreto que, si permitía, podría cambiar su vida.
"Señor, cualquiera que sea tu Nombre", rezó, apretando de nuevo el crucifijo. "Ten piedad de todos nosotros, ayuda a Hilda y a Hyoga y a todos los demás. Pero..."
No supo que sus ojos relampaguearon al suplicar:
"Por favor, ¡no permitas que me quede sin hacer nada!"
A cada paso, Shun sentía que recuperaba un poco de su fuerza. Lástima que fuera tan poca, se dijo: su vista no se había restablecido por completo, seguía doliéndole las cabeza y, de vez en vez, descubría que no seguía una línea recta. La Dama había extraído la mayor parte del veneno de los daimons, pero su propio cuerpo no parecía darse por enterado.
Se detuvo un instante para mirar hacia atrás. Ya no alcanzó a ver el cobertizo en el cual había sido curado, y menos aún a la Dama. ¿Se había desviado tanto de su camino original? Quizá, mas no podía era olvidar el tono violeta de sus ojos.
Sobre su pecho estaba la cadenita dorada que Saori le regaló, pero ahora tenía dos dijes. Por primera vez observó el medallón que acababa de recibir: era un broche redondo plateado con brillos negros. Sobre su superficie estaba grabado un bidente.
Sin querer recordó al tridente de Poseidón. ¿Qué significaría un bidente en la Era del Mito?
Con la duda en la mente, reemprendió su camino. Para evitar que alguno de los dos se perdiera, volvió a guardar la cadenita dentro de su armadura, como la había usado hasta entonces. Al sentirla contra su piel, pensó en Atenea y en la Dama y en que ahora más que nunca debía cumplir su misión. Y también pensó en la otra que había aceptado.
"Estuve a punto de morir, hermano", pensó. "Si me salvaron la vida es para que rescate a Saori, pero también para que te vengue. Te juro que no voy a permitir que me maten..."
Por un segundo, su mente se negó a continuar. Pero lo hizo.
"Y voy a matar a Nox de Hypnos."
No quiso escuchar a su corazón, que le preguntaba si realmente utilizaría su poder para matar a otra persona, cualquiera que fuera su razón. Había dañado a muchos guerreros, había matado a varios enemigos... ¡había jurado no volver a hacerlo!
El rostro de Mime de Eta-Benetnash empezó a trazarse en sus recuerdos. "Has dañado a muchas personas, Andrómeda, y tú también resultaste herido. ¿Y qué fue lo que conseguiste?"
– Ya lo sé …–murmuró, sin detenerse y apretando aun más las cadenas.– Sólo otra batalla.
Su tono no mostró tristeza ni dolor como aquella vez. Sólo mucho cansancio.
Frente a él, vio la Segunda Muralla de bronce. Casi por arte de magia, una puerta apareció en su superficie y se abrió. Agradeció mentalmente la protección de la Dama y cruzó hacia la Alameda Blanca. Trató de no pensar en nada más, pero su corazón se negó a callarse.
Lo llevaron ante Hades con fuerza, casi con violencia, pero no pudo culparlos. Era un trasgresor y así se les trataba, y de hecho pensó que estaban siendo amables con él. Había entrado vivo al Averno y todavía no lo golpeaban. Quizá tenía suerte o quizá estaba a punto de empezar lo peor.
Entraron a una cámara muy grande, posiblemente una especie de salón del trono. Frente a él, vio a un hombre de cabello encanecido y figura regia, y supo que era Hades, el Señor del Reino de los Muertos, aunque no había pronunciado ni una palabra. A su lado, estaba una bellísima mujer de ojos violeta. ¿Sería acaso Lady Perséfone?
– ¡Milord, hemos encontrado a este intruso! –dijo uno de los daimons que lo habían atrapado.– ¡Lo traemos para que decida qué hacer con él!
Hades lo miró con expresión estricta y, mientras se sentaba en el trono (que hasta entonces comprobó que estaba ahí), preguntó con voz seca:
– ¿Qué pretendías al entrar al Averno? ¿Acaso deseas la muerte para tu alma?
Apenas lo soltaron los daimons, el joven se arrodilló ante el dios, pero lo miró a los ojos y obligó a que él también lo mirara. De momento, Hades se desconcertó. Nunca había pasado algo semejante.
– Señor, he vivido sin causas ni fines, una vida mediocre si las hay. Jamás se me inculcó el amor a una causa o a un objetivo. No hay nada que desee y no hay nadie que me eche de menos.
Su voz resonó contra los muros del Tártaro. Perséfone lo miró con curiosidad, preguntándose por qué mostraba tanta fuerza y serenidad. Hades, en cambio, le sostuvo la mirada.
– Dicen que los locos dicen la verdad, Señor –continuó el joven.– Un vidente habló del Reino de los Muertos y de la inmortalidad que se obtiene si se sirve al soberano de ese lugar. Pero, sobre todo, habló de usted y de su esposa.
Hades sonrió con burla. Sabía qué era lo que seguía: el recién llegado alabaría sus virtudes hasta cansarse y le suplicaría que le permitiera entrar a su servicio.
– Si soy digno de servirle, Señor, déle un sentido a mi vida y a cambio se la entregaré sin dudarlo. Si no lo soy, mate mi alma de una buena vez. Ya estaba muerta en la Tierra.
Sin querer, el dios se sorprendió, al igual que su esposa y que los soldados que estaban presentes. El joven, aún así, le sostuvo la mirada no en actitud de desafío, sino para demostrar su sinceridad.
Y era cierto. Jamás en su vida en aquel poblado griego había encontrado un sentido que justificara por qué se despertaba cada día. En un mundo donde el dinero y las conquistas amorosas determinaban la felicidad, un joven que quería ideales más altos no tenía ni cabida ni lugar. No perdía nada: su alma estaba a punto de morir en ese planeta y en esa época. Si Hades decidía matarlo, sólo completaría una muerte que día a día progresaba.
Pero Hades se levantó de su trono y se le acercó, hasta que estuvo junto a él. Quizá quería matarlo con sus propias manos o con la espada que, según el Mito, los cíclopes le regalaron. El joven se obligó a bajar la vista y esperar.
– ¿Cuál es tu nombre? –preguntó con su voz tan semejante al trueno.
– Elis, señor.
– ¿Sabes el precio que puedes pagar por tu osadía?
– Lo sé, señor, y estoy preparado.
– Entonces, Elis, sé bienvenido al Averno.
Sin querer, había repasado una y otra vez los eventos de aquel día en que, hastiado de su vida mediocre y siguiendo las palabras de un demente que pedía limosna fuera de una iglesia, decidió dedicar su vida al servicio de Hades. En aquel momento, había estado seguro, sin la más ligera duda en su alma y listo para enfrentarse a lo que fuera.
Cómo añoraba sentirse así.
Hades había convocado a la obscuridad y el interior del Tártaro había perdido casi toda su iluminación. Eso, y el que sólo se escuchara el resonar de sus botas metálicas sobre el piso de mármol, hacía que su cabeza diera vueltas a gran velocidad.
Convertirse en un Guardián no lo había privado de la duda o de la confusión, y trataba de superarlos mientras caminaba de un lado a otro de ese salón. Por primera vez en toda su vida, no sabía cómo actuar aunque su objetivo de proteger a Hades y a Perséfone era tan claro como siempre. Quizá hasta más.
No en vano, con el paso del tiempo, se había convertido en Thanatos, el protegido de la Muerte.
Elis, en todos los años que llevaba en el Averno, jamás se había enfrentado a la duda. Lord Hades y Lady Perséfone eran gentiles y el Reino de los Muertos, si bien no era tan hermoso como Terra, se había convertido en su hogar. Pero el último ciclo había cambiado todo, y de repente, Hades hablaba de poder, Perséfone desaparecía y una diosa de ojos tristes ingresaba al Tártaro. Y, para rescatarla, los invadían Santos y Caballeros.
Acababa de descubrir a uno de ellos.
Sabía que lo de menos habría sido matarlo ahí mismo. El Santo no lo había visto y su cosmo estaba apagado. Pero no había podido hacerlo, quizá por lo que acababa de hablar con Laertes o tal vez por los verdaderos pensamientos que ahogaban su mente y su corazón, y mejor se había encerrado a piedra y lodo en un salón para pensar qué debía hacer.
Ignoraba si el Santo venía o no solo, o si acompañaba a los cuatro caballeros que combatían a sus amigos en las murallas. Lo único que importaba era que los enemigos de su Señor se habían infiltrado a su propio palacio, y era bastante posible que se hubieran comunicado con Atenea.
De repente, comprendió por qué había percibido algo conocido en ese sirviente la primera vez que lo vio. Cuando se enfrentaron en el Santuario, había absorbido parte de un cosmo. El cosmo del Santo de Leo.
"¡Voy a destrozarte!", juró mentalmente al descubrir la verdadera identidad del sirviente. "¿Cómo te has atrevido a desafiar a Lord Hades? ¿Que no sabes lo que arriesgas?"
Esa última pregunta hizo que detuviera su caminata. ¡Por supuesto que debía saber el peligro que corría! No se llega a Santo desconociendo la mitología ni la existencia y costumbres de las demás Órdenes.
Entonces, ¿por qué él y sus compañeros eran tan necios como para insistir en sacrificar sus vidas? ¿Era estupidez o lealtad?
Una breve imagen de Atenea pasó por su mente. Y eso aumentó su inquietud.
Hades no lo había dicho, pero podía percibir cómo su cosmo era absorbido por el Averno. No supo si Laertes y los demás también podían percibirlo, peo no importaba. Él era un vampiro de energía y no le pasaba desapercibido.
Aunque debía. No tenía por qué interesarle lo que le pasara a una diosa a la que no servía. Pero...
Había percibido mucha calidez en su aura, que era tan semejante en poder a la de su Señor pero poseía una frecuencia distinta. Ahora, el amor y el calor que emanaba se convertían en el alimento de la Tierra de los Muertos, que no se detendría hasta dejarla seca. "¡Qué horrible desperdicio!", pensó. "Lord Hades tiene que estar..."
Apenas contuvo la palabra en su mente. ¿Equivocado? ¿Su Señor, aquel que le había dado un sentido a su vida y lo recibió con gentileza, estaba errado? ¿Cegado por la ambición?
En tal caso, comprendía perfectamente a los Santos y a los Caballeros. Venían a rescatar a Atenea sin importar el precio que podrían pagar. Él haría lo mismo por Hades si se encontrara en un peligro semejante. No podía culparlos, ni siquiera al que osó entrar al Tártaro y que había descubierto.
¿Quieres decir –le preguntó su voz interna– que si fuera por ti, dejarías que se llevaran a Atenea a la superficie?
Elis sintió que palidecía. Sí, sí lo haría. Que rescaten a su diosa y se marchen antes de que su luz se extinga, como cuentan que ocurrió con la de Lady Perséfone. Antes de que ese amor y ese calor se pierdan en el polvo para siempre. No le diré a Milord lo que descubrí por error. No les voy a estorbar para que se la lleven rápido. Ella tiene que salir de aquí pronto.
¿Qué tipo de Guardián eres, Thanatos?
En el Averno, había encontrado una meta por la cual combatir, el objetivo del que careció su existencia en la Tierra y que lo habían convertido prácticamente en un muerto en vida. ¿Iba a traicionar a Hades sólo porque una diosa brillaba más que él?
"Si le digo a Milord lo que vi,", pensó, tratando de razonar, "ordenará que lo maten de inmediato. Si no se lo digo, los Santos y Caballeros podrían llevarse a Atenea a la superficie y frustrar su ambición."
¿Ése era su verdadero corazón?
¿Así le demostraría su agradecimiento?
¿Se había convertido en un vulgar traidor?
Furioso, Elis tiró un puñetazo contra uno de los muros y lo cuarteó. Antes de que su conciencia pudiera reclamarle, salió del salón. Y se dirigió hacia la cámara de Lord Hades.
No fue la primera vez que sintió cristales de hielo golpeándolo, y tampoco fue la primera ocasión en que lo atacaban su Maestro o su mejor amigo. La sensación de dolor, más moral que físico, tampoco le era desconocida. Al igual que en el pasado, se negó a colocar una defensa ante sí o a protegerse con los brazos. Lo único nuevo, en todo caso, fue que jamás había sido atacado por un alma, y descubría que era igual de difícil que enfrentarse a un ser vivo.
La intensa corriente de aire frío, parecida al viento de Siberia, lo arrojó hacia atrás. Hyoga gritó, cerrando los ojos, al sentir que no únicamente lo hería en toda zona de su cuerpo que no estuviese cubierta por la armadura, sino que también lo separaba del suelo y lo empujaba hacia la muralla, derribando ramas de álamos en su trayectoria.
Sólo se escuchó el sonido seco de su espalda golpeando contra el metal. Por un instante, pareció que se había quedado incrustado en él, pero cayó hacia el suelo y golpeó boca abajo. La armadura de Cygnus brillaba como el hielo y sus brazos lucían innumerables cortadas bajo la cristalizada capa que lo cubría desde el cabello hasta las botas. No se movió.
Alecto de Erina se le aproximó lentamente; pasó entre Crystal e Isaac, que se habían quedado en su sitio, y llegó a su lado. Lo miró, burla y desprecio sustituyendo a la tristeza de su expresión, e intentó moverlo con el pie. Hyoga no respondió.
– Creí que ofrecería más resistencia, tratándose de uno de los Caballeros más cercanos a Atenea –dijo para sí, un tanto decepcionado.
Volteó a ver a sus dos prisioneros. Los ojos de ambos eran vacíos, como si no ese encontraran ahí. Sonrió con burla.
– Buen trabajo, almas. Tendría que deshacerme de ustedes, pero en teoría no hay modo de matar un alma ya separada del cuerpo. Aunque…
Redujo la intensidad de su cosmo. Aunque el cambio había sido muy débil, las dos almas empezaron a reaccionar. Crystal pareció despertar a la más horrible de las pesadillas cuando sus ojos recuperaron su brillo acostumbrado. Por un instante, no reconoció el lugar donde se encontraba, pero lo adivinó al ver a Erina.
– ¿Qué hago aquí? –preguntó, llevándose la mano a la frente.– No recuerdo haber venido por mi propia voluntad.
La sonrisa de Erina reflejó todavía más deleite.
– No, alma. Yo te traje con un propósito que cumpliste a la perfección. E igual tu alumno.
Hasta entonces, Crystal reparó en la figura inmóvil que se encontraba al lado del Guardián. Isaac, quien había despertado con mayor lentitud, agitó la cabeza para recuperar la conciencia por completo.
– ¡Hyoga! –exclamó Crystal, incapaz de creer lo que había ocurrido.
Isaac miró a su mejor amigo. Desde la distancia en que se encontraba, parecía no respirar. Sus ojos reflejaron odio y dolor.
– ¿Qué hice? –se preguntó, apretando las manos.– ¡Hyoga, no quería lastimarte, te lo juro!
En eso, los dos notaron que Alecto de Erina los observaba con una leve sensación de placer y triunfo.
– ¡Fuiste tú! –exclamó Isaac, furia reflejada en sus ojos.– ¡Puedo recordarlo, fuiste tú!
– ¡Nos trajiste aquí para obligarnos a dañarlo! –gritó Crystal.
Erina se cruzó de brazos.
– Ése es mi poder –afirmó con desdén.– No tengo por qué ensuciarme las manos si siempre hay víctimas a quién manipular. Sí, los atraje para que ustedes mismos lo mataran. Deberían estarme agradecidos.
Maestro y alumno se pusieron en guardia.
– No todas las almas tienen la oportunidad de vengarse de sus asesinos –concluyó.
– La venganza nunca fue uno de mis objetivos –afirmó Crystal dignamente.– No pedí destruir a quienes me dañaron, ¡y menos aún a Hyoga!
Encendió su blanco cosmo, que tal vez por su naturaleza espiritual se había convertido en una fuente autónoma de luz.
– Jamás busqué ser vengado, pero voy a restituir el daño que me obligaste a hacerle –afirmó mientras llamaba al poder del Polvo de Diamantes.
Isaac, ante su ejemplo, también activó su cosmo. Al ver su determinación, Erina sonrió abiertamente y dijo.
– Intentaste convencer a tu amigo de que se marchara, pese a que no te ordené que lo hicieras. No llevas tanto tiempo muerto, ¿me equivoco?
Kraken no respondió, pero su actitud proyectó una respuesta afirmativa.
– Es increíble que, a pesar del tiempo, todavía te aferres a tu vida anterior, muchacho –prosiguió el guardián.– Deberías seguir el ejemplo de tu viejo amigo y dejarte morir sin ofrecer resistencia.
– Si Hyoga reaccionó así fue porque no soportaba el arrepentimiento –respondió Isaac, preparando su poco ataque.– ¡Es preferible morir que pensar que no existe el perdón!
Los ojos del Guardián se volvieron astutos. Dio un par de pasos hacia el frente, dejando a Cygnus atrás.
– Todos los Caballeros son unos exagerados –sentenció al cruzarse de brazos, como si rechazara cualquier tipo de defensa.
Las dos almas elevaron su cosmo al nivel máximo del que cada uno era capaz. A un mismo tiempo, los dos estiraron sus brazos hacia el frente a la manera de los Guerreros de Hielo.
– ¡Polvo de Diamante!
– ¡Aurora Boreal!
De sus manos fluyó una luz tan blanca como la de sus auras y se dirigió hacia Alecto de Erina. Pero sus brillantes rayos rodearon al Guardián en una espiral sin provocarle daño alguno, a excepción de la intensa luminosidad que se reflejó en la muralla y en su armadura.
El reflejo traspasó los párpados de Hyoga en un amanecer nada común; en reacción, el Caballero se movió débilmente, obligándose a sí mismo a despertar del sueño que el hielo le había provocado.
Con ojos nublados, miró la luz que emanaba de Crystal y de Isaac. Y notó que ambos se sorprendían ante la inutilidad de sus ataques.
– No puede ser... –murmuró Kraken, mientras su maestro trataba de no demostrar su descontrol.
En contraste, Erina empezó a reír a carcajadas.
– ¡Además de sentimentales, son estúpidos! ¿Creen realmente que las almas pueden atacar a los vivos?
Sus ojos empezaron a volverse rojizos. Con un brusco ademán, se descruzó de brazos y aumentó su negro cosmo, arrojando relámpagos en dirección de ambos. La luz que emanaban se extinguió al instante y la obscuridad volvió a rodearlos. Hyoga estuvo a punto de gritar, pero se contuvo y siguió observando.
– Si pudieron dañar al Caballero, fue porque yo les ayudé –continuó Alecto.– De acuerdo, usé su energía y su poder, pero yo fui el catalizador. Sin mí, no hubieran podido hacer nada. Justo como ahora.
Crystal e Isaac trataron de moverse, mas les fue imposible. Aun siendo espíritus, en el Reino de los Muertos poseían un tipo muy particular de cuerpo y eso era lo que controlaba.
– No se puede matar a un alma, ni siquiera aquí. Pero puedo aprovecharlos para mi propio beneficio.
Y al decir esto, alzó los brazos, convocando a su propia aura. Incapaces de resistirse, maestro y alumno fueron elevados en el aire, sus respectivos cosmos siendo reemplazados por la energía del Guardián. Crystal apretó los dientes, concentrándose sin lograr respuesta alguna: Isaac, más joven y por tanto menos experimentado en combate, continuó agitando la cabeza y sus brazos cual si sus ataduras no fuesen cósmicas sino físicas. En la obscuridad que los rodeaba, los relámpagos y tonos opacos del Guardián los dominaron y comenzaron a extraer la energía que poseían en su naturaleza espiritual.
– Lo que haré –afirmó Alecto con una sonrisa maligna– será absorberlos poco a poco, hasta que se integren a mi armadura y formen parte de su fuego. Como les dije, no puedo matarlos, pero ¿no es una bonita forma de continuar viviendo?
– ¡Maldito!
El ataque de aire frío que lo golpeó por detrás enfatizó la palabra que había escuchado. Si bien no fue lo bastante poderoso para dañarlo, congeló parte de su armadura aunque se derritió de inmediato. Erina volteó a mirar a Hyoga, quien se había puesto de pie, aunque era notorio que respiraba con dificultad.
– Creí que me habías encontrado tu misericordiosa muerte, Cygnus.
– Ya me enfrenté en el pasado a los kens de Isaac y del Maestro Crystal y logré superarlos.
– Justo a tiempo para matarlos.
Hyoga trató de ignorarlo. Señaló a Erina con un gesto acusador, justo como hizo Isaac al reencontrarlo.
– Llamaste a las almas de los seres a quienes más amé y los obligaste a hacerme daño al reclamarme sus muertes y atacarme con sus kens.
– Cierto.
– ¡Y ahora pretendes consumir sus espíritus para alimentar tu maligna armadura!
– ¿De dónde creías que proviene el fuego del que está formada?
Cygnus apretó las manos y se colocó en guardia.
– ¡Pues aunque sea el mismo Fuego del Infierno, juro que voy a destrozarte!
– ¡Hyoga, ten cuidado! –exclamó Isaac.
De nuevo, el Caballero encendió su cosmo parte blanco y parte dorado. Por un segundo, pareció que el Guardián se sorprendía ante la nueva intensidad de su aura, superior a la de cualquier guerrero con quien se hubiese enfrentado. Pero tal impresión desapareció y su rostro se volvió de nuevo una máscara fría.
– Pierdes tu tiempo, Cygnus. Morirás de todas modos.
El corazón de Hyoga se detuvo un instante. Si bien observaba al Guardián y había seguido el movimiento de sus labios, no había escuchado su voz. Era la de...
– Jamás congelarás mi armadura. Tendrías que llegar muy alto para hacerlo, más lejos del nivel al que puedes llegar.
Los ojos de Cygnus temblaron. ¡Ya escuché esto, ya lo hice, hace años, en la Batalla de las Doce Casas!
– ¡Infeliz! –gritó Crystal desde su prisión, por primera vez mostrando el odio y la impotencia que lo dominaban.– ¡No perturbes al alma de mi Maestro!
Erina lo miró por sobre el hombro. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero continuaban mostrando pesar. Volteó otra vez hacia Hyoga, quien no había desactivado su cosmo aun en medio de su descontrol.
– Crystal merecía morir porque fue un hombre débil –prosiguió sin misericordia, usando la voz robada.– Era un sentimental, al igual que tú.
Hyoga se cubrió los oídos con las manos.
– ¡No quiero oírte, Camus!
El Guardián sonrió.
– Tú me mataste, Hyoga. No comprendías que sólo quería guiarte al Máximo Cosmo, aun a costa de mi vida. Tú me mataste.
– ¡No! –insistió Cygnus, negándose a cerrar los ojos para no ceder ante su voz.– ¡Tú no puedes ser Camus!
Erina dio un paso hacia él.
– Un impostor tomó mi imagen y ¿cuál fue tu primera reacción? Atacarlo con todo tu poder. ¿Es que mi sacrificio mereció que me odiaras tanto?
– ¡Eres otro impostor!
– Soy Camus de Acuario.
– ¡Hyoga, no lo escuches! –suplicó Isaac, tratando de liberarse y sólo logrando que la obscuridad aumentara alrededor suyo.– ¡No es quien dice, es Alecto de Erina!
– El maestro de tu maestro.
Dio otro paso en dirección al Caballero. En respuesta, el cosmo de Hyoga aumentó, pero él continuó congelado en su sitio.
– No debo creer lo que veo –murmuró para sí tratando de cubrir en su mente la voz de Camus.– ¡No debo creer lo que escucho! Mis sentidos...
– Tú me mataste. Mataste a tu maestro, a tu amigo y a mí y ahora quieres matar a Atenea con tu decisión. ¿Ésa es la misión de un Caballero Ateniense? ¿De un Guerrero de Hielo?
– ¡No debo confiar en mis sentidos!
– ¡Eres un cobarde, Cygnus! –exclamó el Guardián.
Quizá fue la frase, la voz con la que había sido dicha, o que el Caballero se había enfrentado a algo semejante tiempo atrás. El caso es que, como a través de una neblina, Hyoga juró que se enfrentaba al mismo Santo de Acuario, vestido con el Tresor que Hades había robado. ¡No puede ser!, pensó, sintiendo otra vez un nudo en la garganta mientras su cosmo disminuía un poco de luminosidad.
– No podrás matarme de nuevo. Ya estoy muerto.
– ¡Kholodnyi Smerch!
Nunca podría explicarse de dónde reunió la voluntad suficiente para activar su siguiente ken, pero lo hizo. Un sólo rayo continuo en cuya superficie blanca se reflejó el espectro luminoso fluyó de entre sus dedos en dirección al que creía que era Camus.
Cual Alecto había afirmado, su poder no fue suficiente para congelar la armadura protegida por las almas que buscaban venganza. Pero el Kholodnyi Smerch golpeó a Erina en el abdomen, arrojándolo hacia atrás. El Guardián tuvo que reunir su fuerza para no caer; cuando la energía se disolvió, descubrió que la fricción provocada por sus pies había dejado un par de profundos surcos entre los álamos.
– ¡No sé si eres Camus o si no lo eres! –exclamó Hyoga, su cosmo brillando a su alrededor.– ¡Creo que es lo que menos importa! ¡No es tu figura lo que me ataca, sino el arrepentimiento!
Erina no respondió con ninguna de sus voces.
– No una, sino muchas veces, he tomado un corazón todavía palpitante en mis manos –confesó Cygnus, su mirada helada.– Sentí la sangre fluyendo por entre mis dedos hasta que el corazón moría sin que yo pudiese hacer nada, porque yo mismo lo había matado. Alecto de Erina, ¡era mi propio corazón!
Yo, pecador, me confieso...
– Tuve que matar a las personas que amaba más que a mí mismo, aunque no comprendo por qué el destino fue tan cruel como para enfrentarme con ellos –prosiguió.– El Maestro Crystal fue más que el padre que nunca conocí y por sus enseñanzas soy lo que soy.
Aun en su prisión, el Caballero sonrió débilmente. Ante sus ojos, veía a su hijo, al Hyoga a quien entrenó durante seis años, pero también al hombre con quien combatió en Siberia. Y del cual había estado orgulloso desde el día de su nacimiento, aunque no le había confesado la verdad para que sus sentimientos jamás le estorbaran. Una precaución que, al final, había resultado inútil.
– Isaac se convirtió en mi motivación personal. siempre me impulsó a seguir adelante y había dado su vida por mí. ¿Podría yo rendirme y desperdiciar su sacrificio?
¿Por qué el Hado nos convirtió en enemigos?, se preguntó Isaac con tristeza. ¿Por qué cuando lo reencontré no corrí a su lado para abrazarlo y ayudarle a vencer a Poseidón?
– Camus... ¿qué podría decir de Camus, el Maestro de mi Maestro, que prefirió matarme él mismo a permitir que otro lo hiciera y quien, aún después de muerto, no ha dejado de protegerme?
Al llegar a ese punto de su confesión, los ojos de Cygnus se llenaron de lágrimas. Hablaba de aquéllos a quienes tuvo que enfrentar, cuya sangre había empañado su esperanza en el futuro.
– Tienes razón, Erina. Soy un asesino. Corté las vidas de los seres a quienes amé –y en voz un poco más baja, añadió.– Ni siquiera el más profundo de los arrepentimientos los traerá de vuelta. ¡Pero puedo y debo vivir por ellos!
Le respondió el silencio. Y Alecto de Erina comenzó a aplaudir, cada uno de sus golpes más seco que el anterior y con un ritmo parecido al de los truenos.
– Bonito discurso, Cygnus.
Hyoga volvió a ponerse en guardia.
– Voy a decirte el propósito del Destino al enfrentarte con ellos –afirmó Erina, su mirada perdiendo la tristeza que habían reflejado y convirtiéndose en fiel espejo de la furia.– Eres un maldito sentimental. Si has de llegar a tu verdadero poder, debes alejar las emociones.
– Es cierto –respondió Hyoga.– Mis maestros siempre me lo dijeron y mi amigo lo confirmó.
– ¿Y cómo demuestras haber aprendido la lección? ¡Mírate! Tus ojos están llenos de lágrimas y tu corazón se inunda de cursilería.
“¿A qué se refiere?”, se preguntó, apretando las manos.
– Veamos quién quedará al final, Caballero. La venganza o el arrepentimiento.
– Como quieras.
La voz de Hyoga había vuelto a ser tan indiferente y fría como cuando acababa de llegar de Siberia a Japón. Su cosmo relampagueó, su poder aumentando sin que se percatase de ello. Pero Isaac sintió que algo estaba mal; de reojo, miró a Crystal, y aunque su rostro no lo traicionaba, percibió que sus pensamientos debían ser semejantes o no estaría tan tenso.
– Traigo a las almas para obligarlas a que castiguen a los asesinos –sentenció Erina, cruzándose de brazos.– No hay un espíritu lo bastante fuerte como para desobedecerme. Además, como ya sabes, me protege una armadura que arde con el Fuego del Infierno. ¿Cómo piensas detenerme?
– Los milagros ocurren –respondió con seguridad.– Aunque tenga que congelar al Infierno.
Erina sonrió abiertamente.
– No vas a lograrlo. Voy a matarte y sus almas ingresarán a mi armadura para darle el calor que la sostiene. Y tengo una sorpresa para ti.
– No voy a escucharte.
– Deberías. ¿Recuerdas a cierta joven de cabello rubio y ojos azules o tus batallas te han hecho olvidarla?
Los ojos de Hyoga relampaguearon.
– Aquella a quien amas con todo tu corazón –…prosiguió el Guardián, a punto de reírse al ver cómo un furioso rubor empezaba a cubrir el rostro de su oponente.– Pero también que respetas demasiado y no quisiste dañar. Lástima que no la besaste antes de venir, porque no tendrás otras oportunidad.
– ¿Y qué tiene que ver Flare en todo esto?
Al mencionar el nombre de la princesa, un relámpago iluminó al Averno.
– Voy a darte un motivo más para acabar conmigo. Cuando tu adorada, ¿cómo dijiste?, Flare muera, no sé si hoy o cuándo, llamaré a su alma y la encerraré en mi armadura.
Hyoga sintió que perdía el aire.
– No podrá vivir en el Eliseo. Se unirá a Crystal y a Isaac en la armadura de Erina y me ayudará a atormentar a asesinos como tú. ¿Te gusta la idea?
Con una sonrisa, comprobó que Cygnus se estremecía de rabia. Perfecto, está regresando a su estúpido sentimentalismo.
– ¡Si quieres dañar a Flare, tendrás que hacerlo sobre mi cadáver!
– Me agrada esa idea. Vamos, ¡destrúyeme!
A pesar de la fuerza con que latía su corazón, del zumbido constante en sus oídos y de la obscuridad que empezaba a rodearlo al igual que Crystal y a Isaac, Hyoga ejecutó de nuevo la kata del Cisne, Ahora estaba seguro de que moriría en el Averno, que jamás regresaría a Terra.
Que nunca volvería a ver a Flare.
Aún así, el recuerdo de su imagen bastó para que su cosmo vibrara más intensamente. “Va a matarme, Flare. Lo sé. Pero te juro que nunca podrá hacerte daño, y no me importa si en ello me va la vida.”
En el pasado, tuvo que matar a los que más amaba. En ese instante, otra persona valiosa para él sería la razón de su muerte.
Precavidamente, Kiki se había quedado al lado de Jabu. No se sabe cuándo un daimon puede acercarse a envenenar al compañero caído, así que lo mejor era protegerlo. Además, todavía no era un Caballero; no tenía ni la estatura ni la edad ni el poder, aunque ser un aprendiz (y, más aun, un niño-elfo) le había otorgado el don de la telekinesis.
Eso sí, cuidar a Jabu le había dado la oportunidad de observar un espectáculo en verdad sorprendente: el combate de Shaina contra los daimons.
Desde que había dejado de usar la máscara, los sentimientos de la joven protegida por Ofiuco se habían vuelto más evidentes, en especial cuando peleaba. Durante sus combates de años pasados, había parecido un rayo de cabello y ropa rodeado por un cosmo rojizo que golpeaba a todos sus enemigos con la fuerza de un hombre y el cuerpo de una mujer. Ahora, el relámpago provenía de sus brillantes ojos y de su aura levemente activada. Cada uno de sus movimientos era ágil y gracioso a la vez, como si fuera una verdadera serpiente.
Cuando la guardia de daimons los encontró, le ordenó en voz baja a Kiki que se quedara al lado de Jabu, pasara lo que pasara. Cuando se negó a confesar quiénes eran ni por qué se encontraban ahí (y menos aún accedió a que los condujeran a la presencia de Hades), los daimons la habían atacado. Shaina se adelantó para poner distancia entre ellos y el caballero y evitaba que cualquiera se aproximara de más. A la mayoría los había vencido con golpes, siempre cuidadosa de no tocarles las manos, y a unos pocos gracias a la leve activación de su ken.
– ¡Eso es, Shaina! ¡Espera, hay uno detrás…! ¡Eso, muy bien! –vitoreaba Kiki, de pie y dando saltos en su lugar.
Ella no demostró si alcanzaba a escucharlo, pero en respuesta pateó en el estómago a otros dos daimons que se habían acercado.
En eso se escuchó un ruido nuevo, semejante al de una cadena que se estira. Ante él, los pocos daimons que quedaban de pie saludaron. Shaina miró por sobre su hombro y, aunque se sorprendió, su rostro no dio la menor señal de ello. Al grupo se estaba acercando un daimon con el doble de altura que los demás; su armadura con distintivos señalaba que pertenecía a un rango superior. En sus manos, llevaba una gruesa cadena de la que colgaba un mazo metálico.
– ¡Son verdaderamente unos idiotas! –exclamó mientras se aproximaba.– ¿Cómo es posible que no hayan logrado atrapar a un mujer?
Uno de los daimons estuvo a punto de responder, mas se limitó a decir:
– ¡Sí mi capitán!
"Un capitán de daimons", pensó Shaina. Notó que sus manos no mostraban la marca roja del veneno y se preguntó qué tipo de trucos sabría realizar.
El daimon se detuvo a cierta distancia. Aunque su rostro estaba cubierto por una máscara, haber portado una por tanto tiempo permitió que Ofiuco adivinara sus emociones. Desprecio sobre todas las demás, concluyó. Permaneció alerta mientras su nuevo adversario decía con voz burlona.
– Hace mucho tiempo que no veía a una mujer terrestre. ¿Qué te trajo aquí?
Shaina no respondió, mirándolo directo a los ojos.
– ¿Eres muda? –preguntó su intención igual de sarcástica.– ¿Es ese el único de los sentidos que has perdido? Porque tu compañero parece haber perdido todos.
Hasta entonces, se fijó en Kiki, quien había dejado de saltar para arrodillarse al lado de Jabu.
– Un niño-elfo –reconoció, sonriendo de modo siniestro.– A Lord Hades le agradará saber que hay uno en su Reino. Son una excelente fuente de energía para la tierra.
Kiki no dijo nada, pero sus pecas brincaron incansablemente sobre su pálida nariz. Al daimon pareció provocarle risa; vio con desprecio a Jabu, quien seguía inconsciente, y regresó su mirada a Shaina.
– Ahora, ¡vengan para que los lleve ante Lord Hades!
Shaina reafirmó su guardia.
– Nunca –respondió con firmeza.
– ¿Y quién va a evitarlo? ¿Tú, mujer?
Los ojos de la joven relampaguearon como si estuviesen hechos de fuego verde.
– Soy una de las guerreras que protegen a Atenea y no la simple mujer que te gustaría que fuese.
– ¿Una amazona, entonces? –preguntó el capitán, arqueando una ceja.– Es bueno que lo digas.
Y añadió, estirando la cadena.
– Así tendrá más mérito acabar contigo.
Sin decir más, usó su cadena como si fuese un látigo. El mazo cayó justo donde Shaina había estado hasta un segundo antes; pero de un oportuno salto, se apartó, y vio cómo el arma del daimon había destrozado esa parte del suelo.
– Mi juguete puede romperte los huesos con sólo rozarte –amenazó, recogiendo el mazo para un nuevo ataque.– Nunca he visto los huesos de una amazona.
– ¡No será está la primera vez!
A su exclamación, Shaina corrió tan rápido como un rayo; esquivó un puñetazo y otro ataque del guardia y lo golpeó en la boca del estómago con toda la fuerza de la que era capaz. Pero sólo sintió cómo sus dedos protestaban ante el dolor, e incluso uno comenzaba a sangrar. Era como golpear una estatua.
El capitán empezó a reír.
– ¿Es esto lo mejor que sabes hacer, amazona? Vamos a acabar antes de lo pensado.
Shaina, en una reacción inmediata, dio un salto hacia atrás para planear su siguiente ataque. La máscara que había aprendido a colocar ante su rostro impidió que se notara que ignoraba qué demonios iba a hacer.
Kiki estaba tan asustado viendo la escena que no notó que Jabu comenzaba a moverse. Y lo primero que hizo fue preguntarse qué había pasado.
Parecía como sí se encontrara sumergido en un remolino de sensaciones. Casi podía percibir el sonido, sabor, olor, textura, e imagen espiritual del polvo, como si su cosmo hubiera sido aumentado al máximo por arte de magia. Nunca se había sentido tan raro, cual si fuese el dueño de un sentido extra o como si su cosmo se hubiese vuelto increíblemente sensible. No era el mismo Jabu de diez o quince minutos antes, pero al mismo tiempo era el de siempre, ¿o estaba descubriendo una parte de sí mismo que hasta entonces había sido un secreto? No sabía contra qué se había estrellado. Pero lo cierto era que, lo que fuera que hubiera ocurrido, había atenuado una capa de niebla en su mente que tuvo durante toda su vida.
Shaina encendió su cosmo. Un aura rojiza con partes reluciendo con el tono del oro flotó en torno suyo.
– ¿Qué te parece si te rindes? –preguntó el capitán, dando vueltas al mazo como si fuese un volantín.
– ¡Jamás me he rendido ante nadie!
Su cosmo vibró con mayor intensidad cuando corrió hacia el capitán. Saltó en el aire y alzó el brazo derecho, lista para ejecutar la kata de la Cobra.
– ¡A mí…!
No logró terminar la frase. Un lazo de energía pura se enrolló en su muñeca y de un tirón la arrojó bruscamente al suelo. Cuando alzó la mirada, notó que el capitán la había atrapado, usando el mazo como distracción.
– Olvidé presentarte a mi otro juguete.
Shaina trató de liberarse, pero fue imposible. La cuerda era de energía y empezaba a quemar la muñeca de su armadura y, peor aún, a adormecer su mano. El daimon, que era más alto y fuerte que ella, empezó a atraerla hacia sí; por más que intentó detenerse con las piernas y con el brazo que tenía libre.
Las manos del capitán empezaron a brillar con un tono rojizo.
– ¡Shaina! –gritó Kiki, espantado ante lo que ocurría.
La joven continuaba ofreciendo resistencia aunque no servía de nada. Menos de medio metro la separaba del capitán.
– Olvidé cómo se sentía la piel de las humanas –amenazó este, extendiendo la mano hacia su prisionera.
Los ojos de Shaina relampaguearon al ver cómo la marca roja del veneno estaba a punto de tocarla en el brazo. Trató de soltarse, sin conseguirlo, pero se negó a bajar la vista y concentró su energía en el brazo que tenía libre para atravesar al capitán apenas lo tuviera junto a sí. Si era una amazona, moriría peleando.
En eso, la cuerda se partió en dos. Del esfuerzo que se había aplicado en ambas direcciones, el capitán de daimons trastabilló hacia atrás y Shaina logró rodar dos metros en sentido opuesto.
¡Pero si ella no había roto el lazo!, se dijo, y en una reacción casi inmediata, miró hacia atrás.
Jabu se había puesto de pie, su armadura opaca y su cuerpo golpeado, pero con su acostumbrado orgullo intacto. Un cosmo de color violeta brillaba a su alrededor, concentrándose en el cuerno único de su casco.
– ¿Nunca te enseñaron cómo tratar a una dama? Además, resulta que ella viene conmigo –y añadió, sonriendo de modo un tanto siniestro– y soy muy celoso.
El daimon lo miró con desprecio. Jabu, en respuesta, se colocó en guardia. Al hacerlo, sus ojos verde obscuro relampaguearon con un tono dorado del que habían carecido. O, más correcto aún, al que se habían negado a despertar.
“No mires hacia atrás. Es lo que hemos jurado.” Esa frase, dicha con la voz de su hermano, resonó en la mente de Shun mientras cruzaba la Alameda Blanca. Era un pensamiento cruel y demasiado estricto, pero los Caballeros Atenienses no tenían opciones.
Mientras corría entre los álamos, había percibido el cosmo de Hyoga y de uno de los Guardianes. ¡Cuánto hubiera dado por desviarse de su ruta e ir a ayudarlo y luego buscar también a Seiya y a Shiryu y así los cuatro juntos entrar al Tártaro! Pero el tiempo era su peor enemigo y si el Averno mismo impediría que rescataran a Atenea...
Había momentos en los que Shun odiaba pertenecer a la Orden.
“Perdóname, Hyoga”, pensó, dominando su voluntad de ir en su ayuda. “Te juro que si por mí fuera, no continuaría con mi camino.”
Ni siquiera estaría en este lugar.
Ese último pensamiento lo descontroló un segundo. ¿Desde cuándo se permitía esas ideas?
Desde que había decidido matar a alguien.
En respuesta, Shun corrió más rápido. Alcanzaba a ver la Tercera Muralla. Al cruzarla, se encontraría prácticamente a la entrada del Palacio. ¡Seguro que Seiya y Shiryu ya habían llegado ahí!
Claro, después de que me abandonaron a mi suerte en la Estigia.
Esa idea hizo que se detuviera. ¿Qué le estaba pasando? De acuerdo, todavía no recuperaba toda su fuerza ni se encontraba en las mejores condiciones físicas. Pero eso, no tenía nada que ver con las frases que saltaban a su mente.
Recordó el reflejo que había tenido de sí mismo mientras cruzaba el Portal. Y de momento pensó en la Tormenta Nebular.
“Juré nunca usar mi ken de nuevo aunque estuviese en peligro”, pensó, mirando a su alrededor. “Pero, desde que Ikki murió, siento cómo exige que lo libere.”
Recordar a su hermano le robó un poco más de brillo de los ojos. La imagen de cómo se convertía en una pira no lo abandonaba, ni siquiera en medio de su misión. ¿Por qué había hecho eso?
Porque fue un egoísta. No aguantó su dolor y lo más fácil fue matarse.
– ¡Ya! –exclamó, aunque no había nadie cerca de él.– ¡Ya!
Miró sus dos cadenas, esperando (¡deseando!) que detectaran la presencia de algún enemigo, el mismo que jugaba con sus pensamientos. Sin embargo, tanto la cuadrada como la redonda colgaban tranquilamente de su armadura. No había nadie cerca.
Así que el enemigo tenía que ser él mismo.
Reinició su carrera hacia la muralla, esperando dejar esos horribles pensamientos detrás y tratando de poner la mente en blanco. Lo que Perséfone había dicho sobre su naturaleza estelar doble había regresado a su cabeza.
Eres un hombre y te protege una mujer.
Una cadena de ataque y otra de defensa.
Tu nombre es el de una constelación y una nebulosa.
A pesar de tu dulce expresión, hay un gran poder dentro de ti.
Una naturaleza buena y otra mala. Una no quiere pelear, la otra ha jurado matar. Una extraña a su hermano, la otra lo condena. Una desea reunirse con sus amigos, la otra cree que lo abandonaron en la Estigia.
– ¡No es cierto! –dijo para sí, sacudiendo la cabeza y corriendo más de prisa.
Una era Shun de Andrómeda.
La otra también.
En su carrera, Shun cerró los ojos. “¿Qué me pasa?”, peguntó en silencio. “¡Yo no soy así!”
Cual en el Portal, la imagen de Saga de Géminis se presentó ante él. Una de sus naturalezas intentó matar a Atenea, la otra le pidió perdón al morir.
“¡No soy como Saga!”
Para su suerte, sintió una leve activación de energía que porvenía de su cuello. Era el broche que Perséfone le había dado y que estaba transmitiendo una orden, En respuesta, abrió los ojos justo para ver cómo se trazaba una puerta sobre la Tercera Muralla y, sin dudarlo, la cruzó.
El tercer nivel del palacio era el Patio de los Guardias, donde los daimons solían reunirse antes de iniciar sus rondas. El suelo estaba cubierto de losetas negras y, a poca distancia, se erguía el Tártaro. Shun se detuvo un instante para admirarlo, y se sorprendió al descubrir que, desde donde estaba, los muros parecían alcanzar al obscuro cielo... pero también se asustó al pensar que tendría que entrar en él.
¿Y por qué no regresaba mejor al Portal y se marchaba?
Shun palideció. Había deseado que esa voz interna fuese producto de su paso por la Alameda Blanca, pero no. Seguía con él. Porque era parte de él mismo.
“Tengo que controlar mis pensamientos”, se dijo. “Si no lo hago, menos aún podré rescatar a Saori.”
¿Para que muera? Sería más feliz si viviera eternamente. Ha hecho tanto por la Tierra, que es injusto que ése sera su premio.
El cristalino sonido de la Cadena Cuadrada tensándose bastó para que, tratando de ignorar ese pensamiento, mirara hacia donde le indicaba. Sorprendido, apenas eludió el ataque de una figura vestida con armadura negra que llevaba una máscara frente al rostro.
Shun dio un salto hacia atrás. Era obvio que el Guardián lo había seguido, pero hasta entonces la Cadena había podido percibido –y, por tanto, alertarlo. Su cosmo era en exceso agresivo, como si todo el odio del mundo se concentrase en él. En respuesta, sujetó la cadena.
Notó entonces que quien lo atacaba (y que se detenía para retarlo en silencio) era el mismo que lo había agredido justo después de la partida de Atenea. El Guardián de Hecatónquiro.
– ¿Tú otra vez?
La figura no respondió.
– No sé qué tengas en contra mía, pero créeme que no quiero pelear contigo –confesó mientras, en contaste con sus palabras, sujetaba fuertemente ambas cadenas.– Déjame continuar mi camino y no te haré dañó.
Dio un paso para seguir, mas el Guardián le cerró el paso. Con su hipersensibilidad, Shun notó que su cosmo no sólo estaba lleno de odio, sino que en su tono negro había un ligero resplandor magenta.
– ¿Así que quieres pelear? –preguntó en voz más baja.
Hecatónquiro se puso en guardia. Shun bajó la vista, enfrentándose como de costumbre a su dilema personal sobre el uso de la violencia.
“¿Por qué todo ha de resolverse de este modo?”, se dijo.
Porque el hombre sólo entiende con la Ley del Más Fuerte. Mátalo.
– ¿Qué? –murmuró, sus ojos temblando.
¡Él no podía haber pensado eso!
Para borrar la orden que él mismo se había dado, sujetó la cadena cuadrada y dejó fluir sus eslabones libremente en dirección al Guardián.
– ¡Cadena de Andrómeda!
Centellando con la luz de millones de estrellas, los blancos eslabones de la Cadena Nebular atacaron a Hecatónquiro, quien no se movió. Su particular sonido metálico y cristalino a la vez fue lo único que se escuchó.
Esto es, hasta que, a escasos centímetros del rosto de Hecatónquiro, la cadena se detuvo y cayó al suelo como si estuviera muerta.
– ¡No puedo creerlo! –exclamó Shun, involuntariamente demostrando su descontrol.
Eso ya había pasado una vez, hacía poco. Contra la misma persona. Shun miró al Guardián con recelo y éste preguntó:
– ¿Así que tu amada cadena no te responde?
¡Esa voz! ¡La había escuchado en el pasado, hacía ya mucho tiempo!
De un tirón, el Caballero reunió la Cadena.
– ¿Cómo sabes mi nombre?
– Porque te conozco lo suficiente para detestarte con toda el alma.
¡Y él también lo conocía!
– ¿Quién eres? –preguntó Shun.– ¿Qué te hice para que me odies con tal fuerza?
Por alguna razón, sintió que se le helaba la sangre al ver cómo Hecatónquiro, ceremoniosamente, sujetaba su máscara y empezaba a quitársela.
Cuando al fin pudo ver su rostro, sintió como si el mundo diera vueltas a su alrededor. ¡Claro que lo conocía! ¡Jamás iba a olvidar ese rostro pálido de ojos rasgados y obscuros y áspero cabello que caía sobre un rostro alargado!
– ¡Reda!
Hasta entonces, notó la enorme cicatriz que le cruzaba el lado derecho de la cara. Y que él...
– ¿Ahora comprendes el por qué de mi odio, Shun? –preguntó Reda con altivez.– No sólo te debo esta marca en mi rostro, sino que esa armadura que portas debió ser mía...
La imagen de Isla Andrómeda volvió a su mente.
– He regresado a que pagues lo que me debes. Con tu vida.
Miles de cristales de hielo cruzaron el aire, congelando las ramas de los álamos cercanos y opacando tanto murallas como armaduras. El helado viento hizo que, por un segundo, creyera que estaba en Siberia o en Asgaard y no bajo el oscuro cielo del Averno. Mas no podía permitirse los recuerdos, ni siquiera a nivel de sensaciones.
Hyoga sabía que esta sería la batalla de su vida. Ni siquiera cuando se enfrentó a Crystal y lo mató, un hijo que levanta la mano contra su padre; tampoco el combate en el Santuario, cuando su corazón le ordenó rendirse y acabó matando a su también maestro Camus; Asgaard, cuando mató al enamorado de la joven que significaría todo para él; y el Mediterráneo, cuando peleó contra el que fue su mejor amigo por años. Ni siquiera aquellos días en que derramó su sangre y entregó su vida por Atenea podían compararse con ese momento.
Porque no solamente peleaba por la diosa o por el planeta que ella protegía. Y mucho menos por salvar su propia vida. Era por todo eso, pero también por mucho más. Por las almas de aquellas a quienes mató y de la mujer a la que amaba y también para demostrar al Guardián (y a sí mismo) que tenía la fuerza suficiente y superaba la culpa que lo había marcado.
El aire frío y los cristales de hielo empezaron a rodear a Erina. Como había dicho, no hacía nada por defenderse; en cierto modo, porque no lo necesitaba. El Polvo de Diamante se vaporizaba al acercarse a su armadura.
– ¿No te has cansado, Cygnus?
Hyoga no respondió, concentrado en lanzar su ataque.
– Lo único que estás consiguiendo es extinguir tu cosmo. Y siempre escondo un truco capaz de romperte el corazón.
El vapor se hizo mucho más denso. El caballero continuaba atacando, ya con el Polvo de Diamantes, ya con el Kholodnyi Smerch, y su aura había perdido casi por completo su tono blanco, sustituido por uno dorado.
– No me importa si mi corazón se destroza o si pierdo la vida –afirmó Hyoga, sin dejar de atacar.– ¡Te juro que no seré el único que muera!
El aire se volvió aún más frío.
– ¡Estúpido! ¿Cuánto tiempo has empleado el mismo ken? ¡Ya lo vi y puedo bloquearlo!
– ¡Un hombre no puede detener una tormenta de nieve!
– ¡Basta!
Alecto de Erina extendió los brazos. A su gesto, el aire congelado que no lo tocaba fluyó en dirección opuesta y él controló su impulso.
En ese instante, Cygnus descubrió que el efecto combinado del Kholodnyi Smerch y del Polvo de Diamantes iba a atacarlo. Por reflejo, suspendió su ken mientras saltaba lo más alto que podía y trataba de evitar la ráfaga.
– ¡Eres un ingenuo, muchacho! ¡Recuerda que no sólo controlo almas! ¡También canalizo sus ataques!
En un ademán que remarcaba esa última frase, Alecto extendió la mano derecha y señaló hacia donde Hyoga había saltado. Obediente, el aire frío lo siguió como si fuera un relámpago y lo alcanzó antes de que regresara al suelo. Involuntariamente, Cygnus gritó al sentir cómo el aire frío rodeaba su pierna izquierda y se concentraba en un bloque de hielo que lo cubrió hasta a la altura de la rodilla.
Crystal e Isaac gritaron.
Erina empezó a reír.
Los cristales de hielo ascendieron en una corriente contante que, de momento, interrumpió su caída. El hielo, si bien no se reunió en un nuevo bloque, rasgó partes de la ropa del Caballero. Sus brazos y rostro empezaron a lucir cortadas, de las cuales fluyó sangre. La sensación de adormecimiento se extendió de su pierna al resto de su cuerpo, y sin querer recordó cómo se quedó dormido a consecuencia del frío cuando peleó contra Camus.
La misma sensación comenzaba a dominarlo.
“No debo ceder”, pensó, apretando los dientes. “¡No puedo hacerlo!”
Por un segundo, creyó ver el rostro de Flare entre la brillante nieve que había cubierto a los álamos. Extendió el brazo para sujetarse de sus ramas, como si ella fuese su única salvación, pero el árbol no resistió su peso. La rama, con un sonido seco, se rompió. Hyoga golpeó contra el congelado suelo y lo cuarteó. Del impacto, su tiara se desprendió de su cabeza y cayó a varios pasos de él.
Escuchó de nuevo que gritaban su nombre, pero esta vez las voces de su maestro y su amigo le parecieron muy lejanas.
No como los pasos que se acercaban.
– Has perdido, Cygnus.
Sintió que la sangre fluía entre su cabello y el calambre que iniciaba en su pierna ya alcanzaba su torso. ¡Vamos, ponte de pie!, se dijo mientras lo intentaba sin conseguirlo. ¡Este maldito va a matarte!
Flare...
– Ríndete de una vez, Caballero –ordenó Erina, su sombra volviendo a extenderse hasta tocarlo.– Aunque no mereces compasión, podrías obtenerla.
“No puedo...”
– Sólo un asesino puede ser tan insistente. Amas tanto al mal que luchas por seguir adelante, aunque la diosa a la que juraste fidelidad muera. Eres un traidor.
– No soy un traidor –respondió con voz ronca.– Hades lo es al tratar de controlarla para sus propios fines.
Erina sonrió. Con ojos nublados, Hyoga vio su gesto y casi pudo jurar que tenía colmillos tan afilados como los de los lobos. “Es un monstruo”, pensó. “No hay modo de derrotarlo.”
– Los fines de mi Señor no le importan a nadie. Lo mejor que puedes hacer es cerrar los ojos y dejarte morir.
Hyoga lo miró con sus ojos opacos. La sangre ya cruzaba su frente y bajaba hasta su rostro.
– Nunca.
– Eres un idiota. La muerte dulce se presenta ante ti y la rechazas para buscar una violenta.
Un relámpago enfatizó sus palabras.
– ¿Qué no comprendes que no hay forma de congelar la armadura que me protege? Dijiste que un hombre no puede detener una tormenta de nieve. ¡Pues tampoco existe manera para helar el Fuego del infierno!
– Para los hombres comunes, no. Pero sí para los Guerreros de Hielo.
La voz había provenido de entre los álamos cercanos. Todos miraron en esa dirección y encontraron la figura de un hombre de largo cabello negro y reflejos azulados que los observaba fijamente. Sus ojos azules eran muy fríos, aunque su expresión mostraba cierta tristeza. Venía vestido justo como fue enterrado, con una túnica blanca a la usanza griega, sin cinturón ni adornos.
Sólo Crystal tuvo ánimos para decir algo.
– Maestro...
Hyoga, al verlo, palideció. He ahí a otro hombre a quién maté, cuando lo que debí hacer fue venerarlo y morir a sus manos. El espejo de esa acción fue cruel y casi se cubrió los oídos con tal de no escuchar los reproches que el Guardián le obligaría a dirigirle.
– Yo, pecador, me confieso... –murmuró.
Crystal miró a Camus con absoluta reverencia, aunque el Santo pareció ignorarlo. Isaac, sorprendido, miró hacia el hombre que tanto respetaba. Y los dos comprendieron que la verdadera tortura de Hyoga estaba a punto de comenzar.
La sorpresiva llegada de Camus evitó que cualquiera de los tres mirara a Alecto de Erina. Si un rostro mostraba descontrol, era el suyo.
No había llamado a Camus de Acuario. Él había llegado por su propia voluntad.
Aioria apenas controló el impulso de subir corriendo las escaleras y lo hizo a paso normal, aunque cada paso fue más fuerte que el anterior. La visión que había tenido de su hermano tratando de comunicarse con él le provocaba un mal presentimiento, pero no había tiempo de meditar en ello.
Había sido extraño encontrar una carta sellada en la habitación que Milo y él compartían en el Averno. Pero el contenido no lo había sido tanto. En letras griegas, el papel decía: “Necesito hablarte. Ve a la Cámara de las Armadura y avisa a tus compañeros. Saori.”
No había dudado un segundo en arrojar la carta al fuego y subir la escalera que lo conduciría a dicha habitación, preguntándose que podría ocurrirle a Atenea. No podía ser cualquier tontería; ella estaba consciente de cuánto los arriesgaba al comunicarse de esa forma. Preocupado, Aioria casi llevaba la cuenta del número de escalones que le faltaban y descubría que seguían siendo demasiados. Sin embargo, y a pesar de la angustia que empezaba a dominarlo, no se había comunicado con los demás.
No había tenido tiempo de buscarlos. Sería muy sospechoso que uno de los sirvientes saliera del palacio en medio del asedio bajo el cual se encontraba y, quizá el motivo más fuerte, ¡la verdad no tenía la menor idea de dónde se encontraban Milo y Aldebaran! Y no podía activar su cosmo para buscarlos.
Lo bueno era que, si algo malo ocurría, podría activar su cosmo para llamarlos. Habría llegado el momento de revelarse, el mismo en que había insistido y que Moo decidió que se evitaría al máximo.
“¿Es esto lo que trataste de advertirme, Aioros?”, pensó, sintiendo un vacío en la boca del estómago. “¿Que algo iba a ocurrirle a Atenea y que nos necesitaría?”
Afuera resonó un trueno al tiempo en que sus ojos relampagueaban. “Si algo le ha pasado, milady, ¡le juro que Hades pagará por ello!”
Llegó al nivel en que se encontraba la Cámara de las Armaduras. No vio a nadie en los pasillos ni en el salón que se encontraba en el centro del nivel, y tuvo otro mal presentimiento. Mas no podía ser supersticioso; con la sangre más fría de la que era capaz, caminó hacia el lugar de la cita, tratando de concentrar la vista sobre su puerta metálica. A cada paso, sentía las piernas más pesadas y apretaba más los puños, pero no se detuvo.
“No permitiré que la dañen, milady”, juró mentalmente. “Mi hermano murió por usted. No temo que me ocurra lo mismo si con eso la protejo.”
Una vez junto a la puerta, reviso que su capucha cubriera por completo su rostro. Suspiró, concentrándose en que debía mantenerse calmado (hubiera ocurrido lo que hubiera ocurrido) y llamó a la puerta tres veces. No recibió respuesta. Volvió a llamar, pero tampoco obtuvo autorización. Su sexto sentido comenzó a alertarlo.
“Algo está mal”, se dijo, su angustia aumentando. “Atenea...”
Tratando de controlarse, empujó la puerta metálica con cuidado. Al hacerlo, un rayo de luz se trazó sobre el suelo y, durante el breve instante en el que entraba se dibujó la silueta de un león. Aioria cerró rápidamente la puerta, observando la obscuridad y tratando de descubrir alguna silueta en ella.
Apenas sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, distinguió siete resplandores dorados muy suaves. Cada uno era producido por una figura metálica, y no necesitó que le dijeran que eran los tresors que Hades había llevado al Averno. Su gentil luz pareció darle la bienvenida, como si reconocieran a uno de los integrantes de la Orden. Los contornos que se trazaban contra el fondo negro de la habitación le permitieron saber cuál era cuál, y cuando descubrió al de Sagitario, frunció el ceño con coraje e impotencia.
En eso, notó que la débil luz dorada generada por las armaduras caía sobre una figura arrodillada en el otro extremo de la cámara, como si la protegiera. Alcanzó a ver su largo cabello amielado y su túnica blanca que caía sobre el piso, y casi dejó escapar un suspiro de alivio al percibir que estaba bien.
A pesar de la luz que había entrado con él, Atenea no volteó a verlo. Estaba demasiado concentrada en sus oraciones. Aioria, en voz baja, preguntó:
– ¿Llamó usted, milady?
Atenea no respondió. el Santo volvió a temer que algo le hubiera ocurrido y se le acercó, deteniéndose a pocos pasos de ella.
– ¿Se encuentra bien?
En eso, escuchó un sollozo y vio de reojo que la diosa estaba llorando. No supo la causa pero bastó para enfurecerlo. En un impulso, caminó con velocidad los últimos pasos que lo separaban de su diosa y afirmó:
– Soy yo, Milady. Aioria. ¿Qué le ocurre?
Sin pensar, extendió su brazo para tocarla en el hombro y hacerle saber que estaba ahí. A su contacto, Atenea se convirtió en vapor.
Una intensísima luz llenó la cámara. Aioria protegió sus ojos, cubriéndolos parcialmente con el dorso de la mano y sin querer dando un paso hacia atrás. A su espalda, notó que su sombra se trazaba nítidamente sobre el piso, revelando un joven león preparado para el ataque.
Frente a él, alcanzó a ver a dos Guardianes del Estigio. Elis de Thanatos y Laertes de Cerbero.
Entre ambos, estaba Hades.