Capítulo nueve
Tentación


Por Altair

Así que Mitsumasa Kido ha muerto. ¡Se lo merecía! ¡Durante años, él no hizo más que causar sufrimientos y penalidades a muchas personas inocentes!
Seiya de Pegaso



Algo estaba mal. No sólo eso: terriblemente mal. Pero qué era o por qué lo sentía así, era inexplicable para Sorrento de Sirene.
Había permanecido en la terraza frente al mar tocando su dulce réquiem hasta que el cielo se llenó de estrellas. Sin embargo, no se movió de su sitio, ni siquiera cuando bajó la marea, la luna dejó de brillar y apareció la luz del sol en el horizonte. Toda la noche interpretó el réquiem más hermoso de su vida en honor a la diosa que sería llevada al Averno y que le había mostrado el verdadero camino, y también en respeto a los Caballeros que por ella combatían, incluso desafiando a los dioses. Ya que no podía pelear a su lado, era lo menos que podía hacer.
¿En verdad no podía?
El caso es que llegó la mañana al igual que todos los días, pero por alguna razón el amanecer fue menos luminoso. Claro que para los enterados, entre los cuales él se encontraba, la razón no era un misterio. Sorrento tocó las últimas notas de su sinfonía y guardó la flauta en uno de los desvanes de la mansión Solo, dentro de la urna de la Escama de Sirene, y se dirigió a su habitación a tratar de dormir. Sin embargo, su sueño fue escaso e inquieto y no podía culpar al sol.
Era como si alguien intentara llamar a su cosmo, pero no pudiera establecer una comunicación completa. Presentía quién podría ser, y bastaba para saber que algo estaba mal, y no solamente en Atenas.
¡Claro que no había forma en que todo estuviera bien! ¿Cómo iba a estarlo si Atenea había sido llevada al Averno en lugar de morir? Sorrento nunca había estado en el Santuario, pero su cosmo marino le había brindado hipersensibilidad suficiente para percibir una poderosísima aura que no se había disuelto, sino que había sido cubierta por otra más grande y poderosa. Además, nueve cosmos se habían trasladado de Asgaard a Atenas. Y no necesitaba que le aclararan quién guiaba al grupo.
Sorrento no había sido de las personas que pedía disculpas ni daba las gracias. No iba con su personalidad, pues no había aprendido ni a sentir gratitud ni a arrepentirse. Hasta que escuchó la canción de Atenea, ¡siempre ella! Entonces, había aprendido a contener la mano que asesinaba, aún cuando Fénix era su enemigo, aún cuando odiaba a Canon y con motivos suficientes. No decía la palabra "gracias", pero le advertía a Andrómeda sobre la amenaza de Hades. Y, por primera vez en toda su vida, lamentaba que Sigfried no hubiera aceptado obedecer a Poseidón. Había sido un desperdicio enorme matar a una persona tan valiente, generosa y llena de poder.
Durante el año anterior, más de una vez estuvo a punto de viajar a Asgaard a buscar a Hilda de Polaris. Pero, ¿qué haría una vez que estuviera frente a ella? ¿Decir "lo siento", que jamás era suficiente? ¿Bajar la mirada y esperar una reprimenda? No, Sorrento se conocía lo suficiente para saber que la miraría en silencio, incapaz de decir una sola palabra aunque las sintiera. Incluso aunque le hubiera impuesto la peor tortura y la más cruel de las agonías a Sigfried de Alpha-Dubhe. Por tanto, no iba a Asgaard, a pesar de que el recuerdo de esa última batalla se presentaba cada vez con mayor frecuencia.
Y ahora, Hilda estaba en Atenas. Tal vez, sin que ella lo supiera, eso había motivado un cambio en la corriente espiritual entre Tierras místicas. Eso era lógico. Pero también había vibraciones extrañas entre el Reino de los Muertos y el Reino de los Vivos. Le había dicho a Andrómeda que la gente que vive debajo del mar se vuelve más sensible a lo que ocurría en las Tierras Místicas. Al rato iba a saberse por todo el mundo de espíritus inquietos, de muertos que se agitaban en sus tumbas, de niños que veían fantasmas y de espectros que buscaban venganza.
¿Sigfried entre ellos?
La gran alteración del mundo tenía un origen. Estaba en Atenas.
"¡Ven al Santuario, ayúdanos a protegerla contra Hades, y sírvele también!"
Sin darse cuenta, Sorrento se apoyó sobre el balcón de la terraza, la vista fija en el mar. Y por primera vez, dejó fluir su pensamiento. "¡Qué más quisiera, Andrómeda, qué más quisiera! ¡Sé que Atenea fue quien me llamó y que me necesita, y ustedes también aunque no me convenza mucho esa idea! ¡Pero no puedo! ¡Soy un pecador que ha matado, y mi víctima fue el hombre más noble de Asgaard¡ ¿Crees que merezco el perdón? ¡Nunca voy a alcanzarlo, y es mi penitencia alejarme de la luz de Atenea si he de expiar mi culpa algún día!"
La tristeza se reflejó en sus ojos carmesí mientras la brisa mediterránea agitaba su cabello. Atenas estaba a una hora de camino de su cuerpo, pero a miles de años de su corazón.
— Eres un tonto si piensas así, Sirene.
Sorrento, un poco sorprendido, miró hacia el mar que estaba justo abajo de la terraza. Vio a una joven sumergida en las aguas hasta el pecho; su piel era blanca, su boca pequeña y rosada, y sus arrogantes ojos azules relampagueaban en contraste con su dorado cabello.
— ¿Qué haces aquí, Thetys? —preguntó, bajando un poco la voz por si Julián Solo aparecía cerca.— Te hacía aún en el templo submarino.
La sirena lo vio con curiosidad y con desprecio en su gesto cotidiano.
— Regresé a ese sitio para recordar la gloria que pudo ser nuestra —respondió.
— Pudo. Lo has dicho.
— Entre otras cosas, si hubieras matado a Fénix.
Otra persona no habría respondido a tal reproche, y hubiera titubeado sobre si la joven tenía o no razón. Una vida a cambio de la gloria de Atlantis. Pero esa persona no habría estado convencida de sus acciones, y Sorrento sí lo estaba.
— Me alegro de no haberlo hecho —respondió con la voz más seca que tenía.— Ella no me lo habría perdonado.
Thetys pareció fastidiada.
— ¿Vamos a regresar a Atenea?
— Sí. Cuantas veces sea necesario.
De momento, la sirena no respondió. No era la primera vez que discutían sobre lo mismo en el último año, y por eso había dejado de visitar la Mansión Solo. Pero invariablemente regresaba para que Sorrento y ella volvieran a pelear.
— Si tanto la amas, entonces, ¿por qué no te postraste a sus pies y de declaraste tu servidumbre?
— Lo que haga no te importa —contestó, dando por terminada esa parte de la conversación.— ¿A qué volviste?
Thetys se sentó sobre una de las rocas que estaban en la base de la terraza. Su largo cabello la cubría hasta la cintura y rozaba su rojiza aleta.
— Percibí tu descontrol, Sirene —respondió con la voz tan especial que caracterizaba a su raza.— Sé que no me importa y que tú ignoras cómo dar las gracias, pero vine a darte un consejo.
— ¿Ah, sí? —preguntó Sorrento con desinterés.
Thetys lo miró a los ojos, su mirada llena de luz y de obscuridad.
— Podría decirte que olvidaras todo lo que ha pasado. Una vez superándolo, encontrarás en tu corazón el sitio correcto para el arrepentimiento y el perdón y podrías dirigirte al Santuario a pelear para rescatar a Atenea de Lord Hades.
Los ojos de Sorrento mostraron sorpresa.
— ¿Lo sabes?
— Provenimos del mismo lugar. ¿Tú lo percibiste? Yo también. Además,—y al llegar a este punto, su voz fue menos fría— algo ocurre entre el mundo de los muertos y el de los vivos, pero no sabría decirte qué.
Así que no se había equivocado. En efecto, existía una corriente de energía entre ambos reinos, y el centro estaba en el Santuario. Thetys sonrió al ver que le había adivinado el pensamiento y continuó:
— Pero no voy a motivarte para que vayas a Atenas. Sería una estúpida si lo hiciera.
— Entonces, ¿cual es tu consejo? —preguntó Sorrento aunque, a decir verdad, no le interesaba averiguarlo.
— Que dejes de soñar y aceptes lo que eres y que nunca, óyeme bien, nunca vas a servir a Atenea.
Sorrento le dio la espalda y se dispuso a regresar al interior de la mansión.
— No tengo necesidad de escucharte.
— ¡Anda, huye, que siempre lo has hecho! —exclamó Thetys, alzando la voz.— ¡Huiste de Fénix, huiste de Canon, huiste de Atlantis y ahora huye de mí! ¡Eso no cambiará lo que eres!
Sorrento se detuvo. La sirena, sabiendo que oiría detenidamente cada una de sus palabras a pesar de su aparente desinterés, prosiguió:
— Dices que Atenea te cambio con su canción, que detuvo la mano que asesinaba y que te hizo comprender el mal que habías hecho. Estupideces. Darías todo por haber nacido en otro sitio y haberte convertido en uno de sus Caballeros. Despierta, Sorrento de Sirene. Eres un Shogun de Marina y lo serás hasta el día en que mueras. Tu señor fue y es Poseidón, y desde la Era del Mito fue enemigo de Atenea.
Deseó poder ver el rostro de rabia del muchacho, pero estaba de espaldas y no pudo hacerlo. Sorrento sentía que escuchaba no a Thetys sino a su propia mente, las mismas frases que lo detenían cada vez que planeaba ir a Asgaard.
— Gracias por recordármelo —dijo con ironía.— Pero lo que pienso ya es bastante, gracias.
— Es la realidad —respondió Thetys.— Así que olvida la tonada que escuchaste ese día y continúa tu vida. Vives en un sitio muy hermoso. No te será difícil olvidar.
Sorrento bajó la mirada. Eso era lo que había estado haciendo durante los últimos meses. Olvidar. Y él no lograba hacer nada para superar los sentimientos encontrados que ello le provocaba. Thetys pareció ablandarse y murmuró:
— No tiene caso que sigas torturándote. Deja que la vida prosiga sin ti, es lo mejor. Olvida.
Quizá eso era lo que debía hacer. Pero Sorrento de Sirene, Shogun de Marina, Guardián del Pilar del Pacífico Sur, respondió:
— No puedo.
— ¿Con quién hablas, Sorrento?
En la puerta que guiaba hacia la mansión, Sorrento encontró a Julián Solo cuando alzó la vista. Thetys, en una reacción inmediata, se arrojó bajo el mar de nuevo.
— Con nadie —respondió aunque sus emociones eran visibles.
El joven heredero se acercó. Su camisa de seda volaba en la suave brisa marina al igual que su cabello.
— ¿Con nadie? Creí oír una voz que te respondía.
Se asomó por el balcón, mirando hacia el horizonte. Sólo encontró olas que golpeaban la base de la mansión.
— ¿Sabes lo que se dice de las olas? —afirmó Sorrento.— Que a veces se escuchan como voces si hay alguien dispuesto a escucharlas.
Julián volteó a verlo y sonrió. Desde que el espíritu de Poseidón lo había abandonado, su mirada se había vuelto más reservada y un poco soñadora, y había perdido todo su aire de autoridad. A simple vista, no era más que un muchacho común y corriente, quizá demasiado joven para ser el magnate naviero más importante del Mediterráneo.
La brisa agitó su largo cabello tras sí, mientras miraba con fijeza el horizonte. Sorrento se preguntó en qué pensaba. Según Thetys y él, había olvidado cuando había ocurrido el año anterior, y las conversaciones que tenía con él parecían confirmarlo. Pero cuando Julián observaba el mar de esa forma, dudaba que hubiese olvidado todo.
— Vine a buscarte porque se acerca la hora de comer —afirmó, mirando los destellos que se formaban sobre el agua.— No tenemos invitados, pero me agradaría salir más tarde.
— ¿Irás a la ciudad?
— No. Quiero pasear por la playa. Puedes acompañarme, si quieres.
Dio la vuelta, dirigiéndose a Sorrento.
— Gracias, pero preferiría quedarme —respondió.
No supo interpretar la mirada de Julián, aunque había cierta comprensión en ella.
— Vamos al comedor —dijo el heredero, sonriendo con un gesto más débil.— Quizá no hablabas con nadie, pero creo que te agradaría hacerlo.
Sorrento no respondió y dejó que Julián lo condujera hacia la mansión. Únicamente miró por sobre su hombre por si Thetys había reaparecido, pero no la encontró.
Ella había salido de abajo de la superficie del mar, alcanzando a verlos desde su roca y apenas conteniendo el deseo de cantar con su mágica voz. Cantar para el Shogun arrepentido y para aquel que alguna vez albergó a un dios. Y que, sin embargo, conservaba todavía esa aura de eternidad que sólo los inmortales poseían.


La espada cayó sin energía ni palabras que la detuvieran. Su hoja cantaba mientras cortaba el aire, y su melodía era de triunfo. Arges sonrió, su mirada relampagueando bajo sus lentes.
La hoja cortó la piel de Shiryu y el Guardián dejó de sonreír. Porque no había herido su cuello.
— ¿Qué haces? —gritó, la furia en cada una de las letras resonando como si proviniera de su armadura.
El joven dragón había interpuesto su brazo derecho, la espada apenas hiriendo la superficie de su piel. Aunque su armadura no lo protegía, empezó a levantarse, resistiendo la fuerza de Arges. El Guardián no supo qué pensar al ver que su espada no le cortaba el brazo a pesar de la presión pero, sobre todo, al tener frente así su ciega mirada y el rostro lleno de determinación.
— ¿Cómo has podido hacerlo? —exclamó Cíclope, presionando más la hoja pero apenas obteniendo algunas gotas de sangre.
— El alma con quien hablaste lo dijo –respondió Shiryu entre dientes.— La Espada del Lago.
Se incorporó por completo sin ceder un solo paso. Su brazo, aunque él no lo veía, comenzó a resplandecer con un brillo dorado.
— ¡No sé si fue en este mundo o en otro, pero he recibido muchos dones! —exclamó, su voz mostrando todo lo que sus ojos no.— ¡Fui instruido por el hombre más sabio de China, quien me encomendó a la protección del Dragón! Y quizá en sueños, no lo sé, el Espíritu de Oriente me enseñó que necesito la vista para pelear, y el Santo más leal a Atenea me encomendó el regalo de la diosa para que yo lo guardara.
Usando su brazo como si fuera la hoja de una espada, arrojó a Arges hacia atrás. Cíclope tuvo que retroceder un paso para no perder el equilibrio y se le quedó viendo, asombrado.
— No sé siquiera si fue verdad o si fue un sueño —confesó Shiryu, mirando en su dirección aunque no sabía qué lo estaba guiando.— ¡Pero el conocimiento es mío, y con él voy a derrotarte aunque haya muerto todo lo que amo!
El resplandor dorado comenzó a extenderse hacia el resto de su cuerpo, casi convirtiéndose en una fuente de luz. Abajo de los lentes del Guardián, el relámpago fue distinto, un tanto inseguro por primera vez.
Y es que, contra la muralla, se proyectaba la sombra no de un hombre, sino de un joven Dragón Chino. En lugar de una de sus garras, se trazaba el contorno de una espada. Y no necesitó que le dijeran que era la mítica Excalibur.


Jabu nunca se había enfrentado (vamos, ni siquiera había conocido) las mismas amenazas contra las que los Cinco habían peleado. Lo más cerca había sido sufrir el ataque de la Cadena Nebular durante el Desafío Galáctico, ser golpeado por Ikki en la misma ocasión y congelado por Syd de Dzeta-Mizhar en el jardín de la Fundación. Pero sí había sido testigo de eventos peligrosos, sorprendentes y casi mágicos durante el día de la Batalla de las Doce Casas, el más impresionante cuando los Cinco unieron sus cosmos para derrotar a Saga de Géminis.
Pero nunca pasó de espectador. Por ello, en esa primera ocasión en que se enfrentaba a peligros físicos, mentales y espirituales, se sentía fuera de lugar, un poco asustado y llenos de dudas, mas también decidido.
Al pasar por el Portal, había sido como si colocaran frente a él el espejo de su verdadero corazón. Entre ráfagas de luz y obscuridad, de vida y de muerte (habría dicho de no ser un tanto escéptico), vio al verdadero Jabu, aquel que aunque poseía el conocimiento no lograba elevarse al nivel que su constelación protectora determinaba. En gran parte, porque no se sentía capaz de hacerlo. Su grado era el del bronce, el de aquéllos que se quedaron en la base de los sistemas, los que nunca pasan más allá de cierto límite. Pero él seguía aprendiendo, incluso renunciando a todo lo que podría haber significado prestigio en el mundo de los humanos comunes. Algún día, comprendió, podría vencer esa fachada de orgullo con que ocultaba su propia inseguridad y ascendería, pero era probable que transcurriera mucho tiempo antes de que lo lograra.
Shaina, que iba atrás de él, también fue atrapada por el contraste de opuestos y ya no pudo preocuparse más por Marine, por Jabu o por Kiki. El reflejo le preguntaba si quedaba algo de la Shaina valerosa y decidida, capaz de vencer a cualquier oponente gracias a una fuerza de voluntad superior a la de los hombres. ¿Había algo de la amazona del pasado en aquella persona débil y sumisa que había renunciado al hombre a quien amaba sólo porque él estaba enamorado de la diosa a la que ambos debían proteger? ¿O seguía latiendo en su interior la decisión que la había convertido en la mejor Amazona de Plata? De momento, la joven no pudo responderse.
Al único a quien, en apariencia, no le afectó la entrada al Averno fue a Kiki. El Portal presentaba el reflejo del corazón humano, pero Kiki, al igual que Moo, no era por completo humano. Provenía de los elfos que se refugiaron en el Himalaya y de los atlantes que sobrevivieron a la Era del Mito, ante él no vio más que mil reflejos de su imagen, no se su alma. Su escasa estatura, su cabello rojizo, sus pecas saltarinas... El máximo efecto que resintió al salir del Portal fue el de bizquear los ojos, como si hubiese visto demasiado de sí mismo.
Jabu, al salir del Portal, se quedó quieto en su lugar, tratando de ordenar sus ideas. Shaina apenas alcanzó a esquivarlo mientras acomodaba las propias.
— ¡Ten más cuidado! —exclamó, pero no estuvo segura de si se debía a la torpeza de él o a las imágenes que se le habían presentado.
Jabu se le quedó viendo como si fuera la primera vez que se encontraban.
— Disculpa —respondió casi por inercia.
Contra el obscuro cielo, los ojos verdes de Shaina parecían brillar con luz propia. Jabu intentó apartar de su mente cualquier pensamiento absurdo y continuó:
— ¿Dónde estamos?
Ofiuco miró a su alrededor. Se encontraban en una alameda negra, el mar resonando a lo lejos.
— En un sitio horrible —intervino Kiki, tratando de recurrir a su percepción de cosmo sin conseguirlo.— De que es el Averno, lo es.
— No podemos perder más tiempo —afirmó Shaina.— Vámonos.
— ¿Y Marine? —preguntó Jabu, recuperando por completo la conciencia de quién era, dónde estaba y qué pretendía, seguro de que Seiya querría morirse si se enteraba de que se había desconcertado con tal facilidad.
El rostro de la joven se volvió inexpresivo.
— Está bien, pero no va a acompañarnos.
Sus ojos mostraron preocupación a pesar de sus palabras y a Unicornio no le pasó desapercibido. Cuánto le gustaría decirle algo que le animara, poder asegurarle que, a pesar del peligro al que Marine se enfrentaría, saldría con bien. Pero no se le ocurrió nada. Shaina pareció comprender lo que pensaba y dijo con voz suave:
— Supongo que no debo preguntarte a qué estás dispuesto, ¿verdad?
Jabu asintió.
— Ya fue el momento de todos ustedes. Ha llegado el mío.
A Shaina le agradó ese espíritu, pero no comentó nada al respecto. En lo que guiaba al grupo hacia la Estigia, pensó cuán parecidos eran Seiya y Jabu, sólo que uno moldeado por el sufrimiento y el otro por el deshonor.


Seiya había combatido contra todo tipo de personas, desde simples guardias hasta Santos poderosos, de pecadores irredimibles hasta nobles guerreros que creían hacer lo correcto. Y era a estos últimos a los que admiraba y por los que siempre oraba cuando llegaba a hacerlo. En especial había alguien en su memoria. Sigfried de Alpha-Dubhe.
Hay muertos que se olvidan poco a poco; otros, en cambio, son ignorados de inmediato. Pero algunos son recordados no sólo por sus amigos, sino por todos aquéllos que los conocieron e incluso por sus enemigos. Aioros de Sagitario era uno de ellos, alcanzando casi el nivel de leyenda. Saga de Géminis también, con todo y su eterno contraste entre bien y mal. Pero si un grupo se había hecho digno de la memoria colectiva había sido el de los Guerreros Divinos de Odin.
Ni a Seiya ni a sus compañeros les había pasado desapercibido que los Siete eran justo como ellos, y que si combatieron por Hilda fue por protegerla de los invasores atenienses. Lejos habían estado de saber que Poseidón la controlaba por medio de la Sortija del Nibelungo y que la Tierra sería destruida a menos de que les ayudaran a obtener la Espada Balmung. con el paso de los años, habían comprendido las palabras que Thor, Fenrir, Hagen, Mime, Alberich y Syd habían dicho sobre Lady Hilda y Asgaard y su deseo de conocer la luz del sol, y eso sólo aumentaba la sensación de desperdicio vital que provoca una guerra sin sentido.
Pero, si uno de los Siete había sido un misterio, era Sigfried, contra quien Seiya había peleado. Había presenciado su muerte a manos de Sorrento de Sirene y, después, había dedicado buena parte de su tiempo a pensar un detalle de ese día que no alcanzaba a comprender.
Flare le había dicho a Hyoga (y así se había enterado él) que, antes de la batalla, Sigfried le había confesado a la princesa que seguiría a Hilda hasta el infierno mismo si era condenada por sus acciones. Cuando vio que la amenaza pendía sobre la Tierra y que la primera víctima había sido Polaris, no había dudado ni un minuto en entregarle su Zafiro de Odin, aunque para hacerlo había tenido que herirse de muerte.
En uno de sus pensamientos ociosos, Seiya se preguntaba qué habría pasado si Sigfried hubiera escuchado a Flare y enfrentado a Hilda, e incluso si les hubiera ayudado antes de la llegada de Sorrento. Y en ese mismo ocio, descubrió que eso jamás habría podido ocurrir. Porque Sigfried, el Guerrero Divino más poderoso, no se limitaba a ser el más leal a Hilda. Estaba enamorado de ella. Y el amor te ciega, obstaculiza tu visión hacia lo más obvio y te hace cometer muchas tonterías.
Todo eso había regresado a su memoria en medio de intensas palpitaciones de tu corazón, el sudor frío del Rigor Mortis creando el vacío en sus oídos. La causa era la última pregunta de Minos de Caronte, que todavía resonaba en su mente.
— No creas que no comprendo lo que sientes, Pegaso —había dicho, la expresión de su rostro mostrando más edad de la que cronológicamente tenía.— tu misión es idéntica a la mía. Defender a un dios implica demasiados sacrificios para tu alma.
Seiya había intentado reírse en son de burla, pero la cuerda cósmica del Rigor Mortis se lo impidió. Apenas respondió entre dientes:
— ¿Tú qué sabes de sacrificio?
Caronte lo miró con expresión triste.
— El amor es lo más hermoso del mundo. Pero el servicio a un dios casi siempre impide obtenerlo. Es tu deber o tu corazón.
De momento, la imagen de Hyoga pasó fugazmente por sus pensamientos. Antes de que Seiya pudiera preguntarse si era eso lo que había ocurrido en Asgaard, Caronte continuó:
— No te importa el por qué estoy aquí, en el Averno. Tampoco me importa por qué entraste al servicio de Atenea.
— Al menos en algo estamos de acuerdo —respondió, el Rigor Mortis apretándole el cuello.
— El caso es que no me gustaría que nadie atraviese por lo que yo viví, incluso aunque sea mi enemigo —dijo Minos sin prestarle atención y añadiendo como en presunción.— He leído tu mente...
Seiya deseó que pudiese leer la larga lista de insultos que le estaba dedicando.
— Y he descubierto un amor que no debería ser.
Furioso, Seiya trató de lanzarle un puñetazo, pero sólo se provocó una grieta en la muñequera de su armadura. Minos sonrió débilmente y prosiguió:
— Eres en verdad imprudente, Seiya. Si sabías que Atenea no iba a corresponder a tu cariño por ser una diosa, ¿cómo pudiste alentar en tu alma semejante amor?
— ¡Cállate!
— ¿Nunca te diste cuenta de que ella sentía lo mismo?
Seiya intentó cerrar su mano en puño para lanzar una Lluvia de Meteoros, pero la cuerda cósmica lo sujetó e hizo que sus dedos sangraran. Caronte negó lentamente con la cabeza.
— ¿Por eso no querías que viniera al Averno? No te preocupes. Existe una forma de que, por lo menos, puedas seguir cerca de ella.
— ¡No voy a escucharte!
Intentó llevarse las manos a los oídos, pero no pudo moverlas ni un centímetro. Caronte paseó alrededor de él, su gesto mitad apesadumbrado y mitad irónico.
— Atenea nunca se casó. No tuvo amantes y menos aún hijos.
— ¡Demonios, cállate!
— Lord Hades no te permitirá ni que beses su mano.
De nuevo, intentó liberarse sin conseguirlo y sólo pudo maldecir a todos los telépatas del universo.
— Pero puedes permanecer a su lado por siempre.
— ¡Sí! —gritó Seiya, los ojos relampagueando.— ¡Deshaciéndome de ustedes y de su famoso Hades y regresándola a la superficie!
Nunca supo de dónde provino el golpe. Pero de repente Seiya sintió una fuerte bofetada en la mejilla derecha. Además de que no pudo evitarla, el movimiento que provocó hizo que l cuerda se tensara más e hiriera su cuello.
Cuando volvió a ver a Caronte, sus ojos habían cambiado. Ahora despedían rayos de furia, producto no sólo del enojo, sino de algo más. ¿Acaso de...?
— ¡Eres un miserable egoísta, Pegaso! —gritó Seiya, apretando los puños.— ¡Sabes que si Atenea regresa a Terra, caerá muerta apenas lo haga!
Claro que lo sabía, y tan consciente estaba de ello que un nudo se formó en su garganta al recordar cómo sabrían que había ganado esa batalla.
— Lo sé —murmuró Seiya, mostrando su pesar sin darse cuenta.— Pero es lo que el Omnipotente ha determinado y, por difícil que sea, debemos cumplirlo. Atenea está dispuesta...
— ¿Y tú?
Caronte no necesitó una respuesta para averiguarla. Sus ojos se suavizaron y su voz fue menos agresiva.
— No —murmuró.— No quieres que muera.
Seiya lo miró fijamente y ya no intentó ocultar sus pensamientos. Caronte pareció recordar lo que iba a preguntarle y continuó:
— Tengo la respuesta a tu petición, Seiya. Atenea vivirá por siempre en el Tártaro. Los seres vivos que llegan aquí son eternos, como los unicornios en la Edad Media, a menos de que alguien los mate. ¿Comprendes?
— ¿¿Qué quieres decir? —preguntó el Caballero, sintiendo el furioso rubor que cubría su rostro y entendiendo lo que iba a escuchar.
Caronte volvió a sonreír.
— Simple. Renuncia a la Orden del Zodiaco y entra al servicio de Lord Hades.
— ¡Nunca!
—Tu reacción es más visceral que racional. No seas orgulloso y acepta.
Seiya lo miró con odio. Pocas veces había detestado a alguien, pero ahora lo hacía con toda su alma.
— ¡No voy a traicionar a mis amigos!
— ¿Y a quién amas más? ¿A Atenea o a los otros Caballeros?
Como precaución, el Guardián ordenó mentalmente a la cuerda que se tensara más. Seiya sintió que empezaba a perder el aire mientras Caronte decía:
— Si entras al servicio de Lord Hades, no morirás, al igual que tu amada Atenea. Como te dije, no podrías amarla por la conducta que tuvo en la Era del Mito. Pero estarías con ella hasta el fin del tiempo. ¿Y quién dice que Hades no podría cambiar de opinión?
— No es cierto... —murmuró Seiya, su tono menos convencido.
— Entonces, ¿prefieres que ella muera?
Pegaso no respondió, ni siquiera en su mente.
— Sé que todo ha sido demasiado rápido —dijo con sincera compasión.—Voy a dejarte aquí un rato para que pienses lo que te he propuesto y me des tu respuesta.
Dio la vuelta, listo para marcharse.
— ¡Espera! —exclamó Seiya, internamente temeroso que quedarse solo con sus pensamientos.
— A propósito, ni siquiera trates de liberarte —dijo el Guardián sin mirarlo.— El Rigor Mortis está absorbiendo tu energía, pero lo hará más rápido si intentas soltarte.
Sonrió con tristeza y preguntó:
— Por amor a Atenea, ¿entrarías al servicio de Hades?
Y sin decir más, se alejó. Seiya lo llamó hasta cansarse, pero no volteó ni regresó y lo dejó solo consigo mismo. Justo lo que no quería. Y de ahí había recordado a Sigfried, pensando en lo semejante de sus situaciones.
Saori-Atenea, por los eventos de su última reencarnación, se encontraba dividida en dos facetas. La divina provenía de la Era del Mito, y era la diosa de la Guerra Inteligente, la de los Ojos Brillantes, la que debía reencarnar como enviada del Omnipotente para guiar a la humanidad a través de las Eras Obscuras. Pero también era humana, la joven heredera de Mitsumasa Kido, la joven arrogante pero dulce a la vez de la que Julián solo se prendió con sólo verla y a la que Seiya había odiado y amado. Tal división en la guía había provocado, sin querer, una separación semejante en cada uno de sus caballeros, pero el joven Pegaso apenas empezaba a darse cuenta de ello.
Por una parte, estaba él, Seiya, un huérfano elegido por la Fundación Galahaad para el entrenamiento de Caballero, con una hermana perdida, enamorado de Saori desde aquella noche en las montañas después de haberla odiado por años. Pero también estaba Pegaso, el más veloz de los Cinco Caballeros del Zodiaco, el más cercano y rebelde a las decisiones de su diosa, protegido por el Tresor de Sagitario en varias ocasiones y su heredero seguro hasta que Hades se lo llevó al Averno.
Ambos se encontraban dentro del mismo cuerpo y habían convivido pacíficamente por los últimos años. El nombre daba igual. Ambos protegían y amaban a Saori-Atenea, querían a sus cuatro amigos y esperaban una respuesta de Marine de Águila sobre si eran o no parientes. Nunca se le había ocurrido que hubiese dos personas en su interior por el simple hecho de que nunca se habían enfrentado.
Eso es, hasta ese día.
El Rigor Mortis comenzaba a emitir una leve vibración sonora, producto de la misma tensión que Caronte le había impuesto. Seiya se sentía más débil a cada instante. La única ventaja, pensó, era que todavía su cuerpo no se percibía como si fuera de jalea; al contrario, estaba listo para actuar. Claro, si la cuerda no lo detuviera. sin embargo, su velocidad se encontraba en el nivel más bajo, como si tuviese demasiado cansancio para tratar de soltarse.
"¿Por qué siento como si mi cuerpo fuera de plomo?", pensó, mirando en la dirección en que el Guardián se había marchado. "Caronte dijo que el Rigor Mortis te inmoviliza en los momentos previos a tu muerte. Debe ser por eso."
Encendió su cosmo, concentrando su poder cuánto le fuera posible. Su aura azul-dorada relampagueó en cada una de las cuerdas, pero fue inútil. cuando intentó romperla, sólo consiguió que le apretara más. En las zonas donde su armadura no lo cubría, empezó a cortarle la piel y la ropa. Decepcionado, apagó su aura, tratando de imaginar qué más podría hacer.
Rendirte, escuchó a lo lejos.
— ¡No voy a hacerlo! —exclamó aunque estaba solo.— ¡No voy a renunciar a la Orden!
De momento, sólo escuchó el ruido del viento que agitaba las ramas de los álamos. sin duda, el Rigor Mortis empezaba a afectar su mente. Había jurado que...
¿Ni siquiera por la mujer a la que amas?
— Eres tú, ¿verdad, Caronte? —gritó, sus ojos relampagueando y la furia renaciendo en su corazón.— ¿Por qué no apareces frente a mí, en lugar de enviar el mensaje con tu mente?
Silencio. Quizá se había arrepentido de tentarlo o, en efecto, había sido una alucinación. Seiya suspiró, queriendo dejar caer la cabeza sobre su pecho sin conseguirlo.
"No hay modo de escapar", pensó, desanimado. "Estoy suspendido en el tiempo y espacio y eso ha aumentado el peso de mi cuerpo."
En las ocasiones en que lo atacaron con kens semejantes, Shiryu siempre lo había salvado. Supuso que eso significaba que, para superar una congelación mental y física, debían contar con toda tu capacidad de movimiento. Genial: algo le había ocurrido a Shiryu, Hyoga debía estar en camino hacia la siguiente muralla y Shun... ¿vivía?
¿Sabría Saori que estaban en el Averno?
"Tengo que salir de aquí", pensó, dando otro tirón a sus ataduras sin provecho alguno. "El Portal se cierra y si los daimons que vimos hacen justo lo que imagino, la vida de Hilda también depende de nosotros."
¿Para qué? ¿Para que Atenea muera frente a tus ojos?
De tratarse de otra persona, Seiya habría gritado un "¡maldito!" muy fuerte. Pero hablaba de Saori, que se encontraba en su mente y corazón, y no dijo nada.
"Es cierto", pensó con tristeza. "Atenea va a morir y se llevará a Saori con ella. Jamás imaginé tener una misión tan horrible."
Tú tienes la solución.
— ¡No voy a traicionarlos!" —volvió a gritar, el corazón palpitando en sus oídos.
El viento volvió a soplar entre los álamos.
"He crecido con mis amigos desde que regresé de Grecia y nunca hemos vuelto a separarnos", pensó, concentrándose en sus compañeros par no meditar sobre su amor a Saori. "Hemos dado nuestra sangre los unos por los otros, e incluso descubrí que una familia no necesita compartir el mismo origen para unirse. No sería ni la mitad de lo que soy si no los conociera. ¿Cómo pretende Caronte que los traicione y entre al servicio de Hades?"
Si tanto los amas, querrás protegerlos.
Seiya no respondió en voz alta.
Lord Hades no es un dios injusto. Es estricto, pero tiene buen corazón.
"Sí, como no", pensó, fingiendo fastidio.
Sintió como si Caronte volviera a rondarlo, leyendo hasta su menos pensamiento y tentándolo con sus deseos más profundos.
Por experiencia, puedo decirte que perdona a quienes entran vivos al Averno si le juran lealtad y les regala la vida eterna. ¿Comprendes? Vivir por siempre.
— Cuando mueres, obtienes lo mismo —respondió Seiya, confesando una de sus creencias.
La voz ignoró esa última frase.
Lady Atenea no morirá. Ha conseguido la vida eterna sin necesidad de dar el paso final. ¿No tiene suerte?
"Si lo piensas así..." se dijo, consciente de que de cualquier modo el Guardián averiguaría sus ideas.
Tú puedes tener la misma suerte. Está en tus manos.
De nuevo se hizo el vacío en sus oídos, en medio de fuertes palpitaciones de su corazón en los puntos donde la cuerda le apretaba.
"¡Ya te dije que no voy a traicionarlos!"
Ellos podrían tener la misma suerte, si te escuchan como siempre han hecho.
Seiya miró fijamente al vacío, sin creer las palabras de Caronte.
Nunca han establecido quién es el líder del grupo, pero es obvio que eres tú, decía el viento. Los demás te respetan tanto como a Atenea y te protegen igual. ¿Tú darías tu vida por ella? Bueno, ellos tres la darían por ti... o debería decir, ¿ya lo han hecho?
— La Batalla de las Doce Casas —murmuró Seiya.
Si tú los convences de que servirán igual a Atenea si permanecen ene l Averno, lo cual no te sería difícil, ninguno tendrá que volver a ser lastimado. Ustedes cinco, la diosa y sus Caballeros, estarán juntos hasta el final del tiempo. El precio es muy pequeño: defender también a Hades.
Involuntariamente, Seiya comenzó a reír.
— Estás loco, Caronte —dijo, apenas conteniendo la risa.— Si yo no traicionaría al grupo, ellos menos. Shiryu, Hyoga y Shun preferirían morir antes que hacerlo.
Y, por tanto, estás dispuesto a que vuelvan a sacrificar sus vidas. Por tu culpa.
El viento sopló con más fuerza.
Si no hubiese sido por Atenea, los tres tendrían varios años bajo tierra. Uno, con el corazón destrozado; otro, congelado hasta el Cero Absoluto; el último, con su sangre en el interior de una rosa. Por tu culpa.
— No lo fue —dijo con voz firme.— Teníamos un deber y estuvimos dispuesto a cumplirlo, sin importar el precio.
¿Por qué no te quedaste en la Casa de Capricornio?
— Shiryu nos alejó sin darnos oportunidad de protestar.
Pero diste la espalda y te marchaste. ¿Por qué no te quedaste en la Casa de Acuario?
— Era algo personal entre Hyoga y Camus.
Pero ya habían intervenido entre él y Crystal. ¿Por qué no te quedaste en la Casa de Piscis?
— Shun me hizo prometer que dejaría que él combatiera a Afrodita.
Pero las promesas pueden romperse.
— ¡Déjame en paz!
El viento, cada vez más fuerte, empezó a romper ramas de los árboles cercanos, que cayeron cerca del Caballero inmovilizado.
Ya lo dije. Eres un miserable egoísta, Pegaso.
— ¡No lo soy! —respondió a gritos.— ¡Yo habría hecho lo mismo por ellos!
¡Mientes, maldito!
El cielo, cada vez más obscuro, se iluminó con un relámpago. Una gran tormenta amenazaba al Averno.
¡Tienes en tus manos el poder para evitar que los Guardianes vuelvan a matarlos! ¡Entra al servicio de Hades y convéncelos de que se te unan o de que vuelvan a Terra! ¡Te estoy dando ese poder!
— No aceptarán jamás —exclamó, su fe en sus tres amigos motivando sus palabras.— Ni siquiera si Atenea se los pidiera. ¡Primero está su deber, incluso sobre sus vidas!
¿Ahora piensas por ellos?
— ¡No, sólo lo sé!
Estúpido. No los amas tanto como dices.
Seiya contuvo el aliento.
"¿Qué quieres decir?", pensó.
Tienes tres amigos que estuvieron dispuestos a entregar sus vidas, ¡y que lo hicieron!, con tal de que tú vivieras. Si los conoces tanto como presumes, sabes que no fue tanto por la misión, aunque sabían que si alguien podría llegar con el Patriarca eras tú. Lo hicieron porque te quieren más que a sus propias vidas... Lástima que no les correspondas.
— ¡No es cierto!
¿Por qué no estás dispuesto, no a morir por ellos, sino a salvarles la vida?
Los ojos de Seiya relampaguearon.
Lo dicho, eres un egoísta. No piensas ni en lo mucho que Atenea te ama y cuán feliz sería de tenerte a su lado por siempre. No piensas en lo mucho que tus amigos han sufrido por ti y cuánto añoran dejar de pelear.
"Yo..."
Qué generoso líder. Y qué excelente amigo.
Aunque el viento no dejó de soplar, la voz se extinguió justo como el eco se apaga lentamente. Seiya no quiso llamarlo, ni siquiera para tratar de defenderse, y menos aun porque no quería quedarse solo. La cuerda seguía apretándole, pero poco a poco dejaba de sentirla, cual si estuviera perdiendo su sentido del tacto. La pesadez de su cuerpo había empezado a extenderse hacia su cabeza.
Seiya suspiró débilmente, sus ojos lejanos a la furia y muy cercanos a la tristeza y a la culpabilidad.
¿Y si Caronte tenía razón?


Es la última vez que acepto una misión así, lo juro. Sí, sé que ésta puede ser mi última misión. ¿Y qué?
En medio de mi mal humor, recordé cómo había llegado a ese momento. Casi pude volver a ver el Templo de Aries rodeándonos a mí y a mis compañeros. El ambiente en el Santuario era el peor de muchos años, pero nosotros no teníamos derecho a sentirnos mal. Al contrario, teníamos la obligación de seguir adelante y de impedir que aquel recién llegado del Averno se saliera con la suya.
— No podemos tomar una acción directa —dijo Moo ante la enésima protesta de Aioria.— Si tratamos de detener a Hades en este mundo, la Tierra será destruida.
— De acuerdo, eso ya lo entendí —protestó Aioria, sin darse cuenta que estaba aludiendo a lo mismo que yo pensaba.— Pero, ¿por qué tenemos que escondernos si entramos al Averno?
— Cuando entremos al Averno —corrigió Aldebaran, como siempre, tratando de pensar con optimismo.
A veces me gustaría ser tan iluso como él.
Moo intercambió una mirada con Shaka, o bueno, trató de hacerlo porque el Santo de Virgo, para no variar, tenía los ojos cerrados. Después volvió a vernos y explicó:
— Sé que parece difícil de creer... pero aunque Hades y los Guardianes serán los obstáculos más visibles a los que nos enfrentaremos, no serán el más difícil.
A excepción de Shaka, los demás lo miramos con escepticismo. Vaya que era difícil de creer.
— El Averno —explicó Shaka, sin abrir los ojos— no es igual a este mundo. Tiene la capacidad de absorber la energía de las personas que entran a él. Y siempre comienza por las más poderosas.
— En otras palabras, —añadió Moo— apenas Atenea entre en él, comenzará a perder su cosmo.
Sus palabras, por supuesto, nos inquietaron. Haber vivido tantos años sin sentir el cosmo de Atenea nos había hecho valorar su luz por sobre todas las cosas, y la sola idea de que pudiera perderse para siempre era terrible.
— ¡Por eso mismo deberíamos atacar a Hades! —protestó Aioria otra vez.— ¡No sólo estará el Portal contra nosotros, sino también el Averno!
De momento, me pareció que Moo pensaba cómo responder de la forma más apropiada. Por fortuna, no era el único que entendía a lo que se refería; desde su sitio y todavía con los ojos cerrados, Shaka afirmó:
— No es tan fácil. Hay que pedir permiso.
— ¿A quién? —preguntó Aldebaran.— ¿A Hades, como hizo Orfeo?
— Pues me temo que no nos va a dejar —añadí, sin querer siendo sarcástico.
Después de un instante de silencio, Moo desvió la mirada.
— Hades, claro, tendrá la última palabra. Pero después de haber absorbido parte del cosmo de Atenea, el Averno tendrá derecho a reclamarla como suya.
La historia me pareció conocida, aunque tal vez un poco diferente. ¿No le había ocurrido algo parecido a la esposa de Hades cuando llegó al Reino de los Muertos por vez primera? Cómo se llamaba...
— La Autoridad Suprema debe darnos permiso para sacar a alguien de él, sobre todo si ya ha absorbido parte de su energía —continuó.— Sin ella, ni todos los planes del universo podrán servir de algo.
— ¿Te refieres a alguien superior a Hades? —preguntó Aioria.
Moo no respondió de inmediato.
— Digamos que es alguien... parecido —intervino Shaka.
Otra vez nos quedamos callados, escuchando cómo caía la lluvia afuera del Templo. Las cosas, presentí, sólo iban de mal en peor.
— No cualquiera puede buscar a la Autoridad Suprema —murmuró Moo, mostrando pesar en su voz.— Sólo pueden hacerlo aquellos que usen al espíritu como arma y como defensa. Pero eso tomará tiempo, y no podemos exponernos a que Hades nos descubra en el ínter.
Volteó a vernos de nuevo. Por un momento, lo compadecí. A la muerte de Dokho, él había quedado como nuestro líder, y la primera crisis a la que se enfrentaba no era nada sencilla.
— Es obvio que Shaka es el único que puede buscar a la Autoridad —sentenció.— Pero no puede ir solo, así que yo lo acompañaré.
— Imagino que eso significa que nosotros tendremos que introducirnos al Tártaro —dijo Aldebaran.
No sé cómo le haga para estar permanentemente animado. Creo que era el único de nosotros que en realidad pensaba que podíamos salirnos con la nuestra. Ante sus palabras, Moo nos miró con un aire de dignidad que a veces mostraba e indicó:
— Necesitamos alguien que esté cerca de Atenea y la proteja de cualquier peligro en el que pudiera encontrarse. Necesitamos a alguien que esté al tanto de los movimientos en el Palacio para que no puedan sorprendernos. Y necesitamos que alguien...
Y al llegar aquí, volteó a verme. Era obvio que, sin importar de lo que se tratara, me iba a encomendar esa parte a mí.
— Explícate —respondí, tratando de no darle importancia, aunque la tuviera.— ¿Cuál va a ser mi misión?
Y ante esas palabras, Moo describió mi encomienda. Todos los palacios, por tradición, tienen más de una puerta y más de una salida. El Tártaro no sería la excepción. Era lo más lógico que dicha puerta oculta no estaría tan vigilada como la principal, así que alguien tenía que buscar dicha ruta de escape. Y quién más, según él, que una persona que sabe moverse entre las sombras.
No me quedó más opción que aceptar la parte que me correspondía en el plan, y creo que a Moo le agradó no tener que discutir conmigo para convencerme. Quizá debí protestar, pero ya es demasiado tarde para hacerlo. Y no tengo la menor idea sobre dónde esté Moo.
Y ahora estoy aquí, envuelto en mi capucha en uno de los pasillos más obscuros del Tártaro, pensando qué es lo siguiente que voy a hacer. Necesito hablar con alguien, desahogarme por lo que había descubierto, pero Aldebaran, Aioria y yo habíamos acordado en que no nos buscaríamos a menos de que ocurriera algo demasiado grave —o que llegara el momento de escapar junto con Atenea.
Tratando de pensar como lo haría alguien que no quiere ser descubierto mientras sale del Palacio, había deducido que el posible pasaje secreto tendría que pasar por un lindo salón de baile cercano al invernadero. Era el sitio más alejado de la puerta principal y también el más abandonado —digo, no me parecía que se organizaran muchas fiestas en ese lugar. Fingiendo que iba a sacudir el salón, examiné con cuidado cada una de las paredes. Y, como había pensado, encontré una puerta oculta entre los cortinajes. Me limité a sonreír con una expresión de triunfo. Quizá la existencia de ese pasaje se había vuelto inútil con el tiempo, pero es agradable ver que algo te sale bien de vez en cuando.
Por supuesto, la puerta estaba cerrada. Por más que la busqué, no encontré cerradura alguna ni panel en los muros cercanos que, al presionarse, activara algún mecanismo secreto. Debía tratarse de una llave de energía, presentí, de las mismas que se empleaban en algunos templos antiguos para evitar que cualquier persona entrara en las cámaras reservadas a los sacerdotes.
El siguiente paso, por tanto, era descubrir quién podría tener esa llave. Tenía que ser alguien que ocupara un puesto de confianza en el Tártaro, o no se le encomendaría algo semejante. ¿Un mayordomo, tal vez? No importaba, pensé. Bastaría con destrozarlo para obtenerla.
Y ahí era donde estaba el punto desagradable de mi misión. Porque resultaba que el Tártaro carecía de mayordomo. Tal puesto era ocupado por una ama de llaves y, por lo que había alcanzado a ver, era joven y nada fea.
Tendría que enfrentarme a una mujer y la idea no acababa de gustarme. Los escorpiones y las jóvenes no suelen llevarse muy bien, y no creo ser la excepción.
Suspirando, repasé el plan que se me había ocurrido para enfrentármele. "Vamos, Milo," me dije. "No puede ser tan grave tratar de vencer a una simple camarera. Al contrario, será bastante fácil. Pero, ¿cómo voy a atacar a una mujer?"
Jamás creí que sentiría escrúpulos semejantes.
En eso, percibí ligeramente que un cosmo conocido pasaba cerca de mí y me distraje de mis pensamientos. Al otro lado del pasillo, vi a un sirviente encapuchado y supe que era Aioria. Quise preguntarle si ya le había advertido a Atenea de nuestra presencia, pero recordé nuestro acuerdo y me limité a verlo a distancia. A pesar de que podríamos pasar por cualquier otra persona que viviera en el Palacio, había algo en su actitud que me permitía identificarlo, e imaginé que a él le pasaría igual si alcanzara a verme.
Y, por algún motivo, mientras lo veía tuve un mal presentimiento. Como si...
Traté de borrar la última idea que se había formado en mi mente y regresé a mi plan. Lo único que podía desear de momento fue que no tuviera que enfrentarme a un lío de faldas. Ya tenía bastantes problemas como para añadir uno de ese tipo.


No podía ver. No recordaba cómo activar su cosmo. No portaba su armadura. Pero, aún así, Shiryu se encontraba listo para pelear hasta el final, a pesar de que todos aquéllos a los que amaba habían muerto. O tal vez por ellos mismos si, como Arges había insinuado, habían muerto indirectamente por su culpa. Y tal vez así, algún día, podría alcanzar el perdón para su alma, se dijo.
— Eres un insensato, Shiryu —sentenció Arges, sujetando su espada con fuerza y tratando de no prestar atención a la sombra que el muchacho proyectaba.— ¿Realmente quieres pelear aunque dejaste de hacerlo hace mucho tiempo?
Dragón miró en su dirección. Por alguna razón incomprensible, aunque estaba ciego, sabía exactamente dónde, en qué posición y cómo sostenía Arges su espada.
— Mi Maestro habría dicho que nunca se olvida lo bien aprendido.
Cíclope rió con burla.
— ¿Y con qué piensas atacarme? ¿Con tus manos desnudas?
— Si, como tú dijiste, fui el protegido del Dragón, espero que no le moleste que vuelva a recurrir a su poder —afirmó, siguiendo por intuición los movimientos que el Guardián hacía.— Además, ya lo has escuchado. Se habló de la Espada del Lago.
¿Por qué, de repente, pensaba en la constelación de Capricornio?
— ¡Eres un estúpido, muchacho, un verdadero estúpido! —exclamó Cíclope, el relámpago bajo sus lentes empezando a transformarse en un rayo de luz blanca.— ¿Cómo puedes creerle a un par de almas perdidas a las que ni siquiera conoces?
— No es cuestión de creerles —respondió Shiryu, recuperando un poco de la seguridad que siempre lo caracterizaba.— Se trata de creer en mí mismo. Sé que no lo comprendes, Arges, pero poseo el conocimiento suficiente para derrotarte o para morir peleando.
— ¿Extraes el conocimiento de los sueños?
— No. De mi mente.
Por primera vez, Shiryu empezó a ejecutar su kata sin recordar a su Maestro ni preguntarse qué movimiento seguía. De algún modo, sabía que el poder estaba en su interior, incluso si había perdido su cosmo. En respuesta, el brillo dorado que se reunía en su brazo derecho empezó a propagarse al resto de su cuerpo como sustituto para su aura verdeazul. Cíclope activó su cosmo negro, una luz blanca brillando de forma permanente en el centro de sus lentes.
— ¿Estás preparado para morir? —exclamó.— O mejor dicho, ¿para volver a morir?
— Recuerdo haber estado en un sitio obscuro y silencioso, cerca de cientos de siluetas que caminaban hacia el olvido sin ofrecer resistencia —dijo Shiryu, sin meditar si había ocurrido realmente o si había sido en una realidad paralela.— No puedo temer a la muerte después de haber estado ahí.
— Entonces, —concluyó Cíclope— será un placer regresarte a ese sitio. ¡Unificación!
Y lanzó un rayo que concentraba a su negro cosmo y a la blanca luz de sus lentes contra él. Shiryu, en una reacción natural, gritó:
— ¡La Cólera del Dragón!
Lo que no supo fue que, en lugar de su cosmo verdeazul, había tirado el golpe protegido por un aura dorada.
La silueta del Dragón Chino se dirigió hacia el rayo negro y blanco del Guardián. Como en una danza de la muerte, los dos se entrelazaron, midiendo el poder de sus portadores a cada instante y, finalmente, chocando entre sí. Parte de la energía del impacto se dispersó hacia sus respectivos enemigos. La Cólera del Dragón golpeó a Arges en el pecho, arrojándolo contra la Segunda Muralla; golpeó contra ella, pero no soltó la espada. La Unificación, en contraste, volvió a rodear a Shiryu y, por un momento, pareció que volvería a absorber su cosmo, esta vez extinguiéndolo por completo.
Shiryu apretó lo puños al sentir nuevamente la amenaza y cómo empezaba a perder esa extraña energía que lo había cubierto. Sin embargo, no volvió a llamar a su Maestro pidiendo ayuda porque no estaba seguro sobre si estaría vivo o muerto o si esa nueva fuerza le permitiría comunicarse con él. En lugar de ello, trató de concentrarse en todo lo que creía haber perdido. En que, por su culpa indirecta, Saori había muerto y el mundo era dominado por Poseidón; que Deathmask, aquel Santo tan indigno, había matado a Seiya y a Shun; que Ikki y Shaka habían muerto en vano, y que Hyoga dormiría hasta el fin del tiempo. "¡Perdónenme!", exclamaron su mente y su corazón. "¡Perdónenme y permítanme vengarlos, a todos y a cada uno, para que algún día pueda reencontrarlos y juntos descansemos en paz!"
La Unificación, ante ese esfuerzo, se concentró en su pecho, tratando de ahogarlo. Pero el cosmo dorado que protegía al joven chocó contra ella, destrozando su camisa e hiriéndolo en una decena de lugares.
— Impresionante —reconoció Cíclope mientras se levantaba.— Ya que has restaurado tu honor de combatiente, ¿vas a rendirte?
— No.
La voz de Shiryu mostró toda la seguridad y confianza que debía poseer un Caballero del más alto nivel. A pesar de su mirada vacía, no demostraba temor a lo que pudiera ocurrirle. Arges, ante eso y mirando el resplandor dorado que lo envolvía, se preguntó si no estaría peleando contra un Santo que hubiese entrado disfrazado al Averno.
— Es inútil que continúes —afirmó, borrando de su mente ese último pensamiento.— He visto tu punto débil en el Erebo. Y es un mal hábito que no has logrado superar.
Shiryu no respondió.
— Cuando atacas, inconscientemente retiras la mano que protege tu corazón. Es una milésima de segundo, pero basta. No importa cuál ken uses: se debe al Dragón.
Sobre la brillante superficie de la muralla, como confirmando su teoría, Arges alcanzó a ver el reflejo de la espalda del Caballero. Entre los jirones que quedaban de su destrozada camisa, podía verse el tatuaje de un Dragón Oriental —que, presentía, sólo aparecía cuando lo invocaba con su cosmo. La garra derecha se ubicaba justo sobre su corazón.
— Morirás si volvemos a pelear —sentenció.
— Pero tú también —respondió Shiryu, confiado.
El relámpago bajo los lentes de Cíclope se estremeció por un segundo.
— Ya has lanzado dos veces la Unificación —continuó Dragón, señalándolo como si lo estuviera viendo.— He detectado también la trayectoria de tus golpes, y sé que proceden de tus ojos.
"¡No puede ser!", pensó Arges, sin querer dando un paso hacia atrás. "¡Está ciego!"
— Si te golpeo ahí, será igual que si tú golpearas mi corazón. Estamos a mano.
— ¡De acuerdo! —exclamó Cíclope de repente.— ¡Peleemos hasta que uno caiga muerto, o incluso hasta que los dos lo hagamos! ¡Ése es nuestro deber, y no pienso huir de él! ¿Sigues preparado?
— Siempre lo he estado.
De nuevo activaron sus cosmos. Esta vez, Arges colocó su espada frente a su rostro, concentrándose en su brillo estrellado. Shiryu, mentalmente, se preparó para ejecutar otra vez la Cólera del Dragón.
"No", escuchó en su mente, la voz del Maestro que había interrumpido al Guardián cuando iba a ejecutarlo. "Es momento de llegar al máximo nivel, y sabes cuál es el ken que necesitas."
A pesar de su ceguera, los ojos del joven resplandecieron.
"Gracias", pensó. "Sé qué es lo que tengo que hacer."
Activó el cosmo dorado que le había sido regalado, pero en lugar de permitir que lo envolviera, se concentró para que girara a su alrededor. Arges lo miró con determinación y lanzó su ken, esta vez usando su espada como transmisor.
— ¡Unificación!
— ¡Dragón Naciente!
El negro cosmo, en lugar de entrelazarse con el dorado, siguió de frente, directo hacia el pecho de Shiryu. Un dragón que relampagueaba como si reuniese a diez de los seres mitológicos prácticamente voló hacia su cabeza, rugiendo, y lo golpeó justo en la frente.
Shiryu gritó al recibir el impacto de la Unificación en el pecho. Sintió cómo si le faltara el aire y todo diese vueltas a su alrededor, mientras un intenso dolor invadía su cuerpo a cada palpitar de su corazón. El golpe lo lanzó contra la pared e hizo que se estrellara contra ella, y resbaló por su metálica superficie hasta que cayó, la cara contra el suelo, entre los asfodelos.
Arges también gritó cuando, por relejo, se llevó la mano izquierda a la frente. El casco de su armadura se partió en dos, al igual que sus lentes, y cayó al suelo. Sangre manaba por abajo de su cabello. Clavó su espada en el suelo, buscando algún apoyo mientras recuperaba el aliento.
"Excelente golpe, muchacho", pensó tratando de levantarse. "De no ser por mi armadura, me habrías matado."
Sintió cómo resbalaban pequeños fragmentos de cristal por su rostro.
"En verdad, es una pena que no te haya protegido nada, o habrías tenido mi misma suerte. Lo siento, pero era mi obligación."
— Arges...
Sorprendido, Cíclope miró hacia el Caballero. Con visible esfuerzo, Shiryu se estaba incorporando, su largo cabello cayendo a lo largo de su tembloroso cuerpo. Sobre el reflejo de la pared, notó que el color del Dragón de su espalda había disminuido de intensidad, pero no amenazaba con desparecer.
— ¿Cómo puedes seguir vivo? —preguntó, sin ocultar su asombro.— ¡Te golpeé justo en el corazón!
Shiryu lo miró de frente, incluso en su ceguera.
— No lo sé —confesó.— Una vez, Seiya me golpeó ahí y apenas alcanzó a resucitarme. Pero hoy... ¡no lo sé! Siento...
Se llevó la mano al pecho, buscando algo, pero su tacto no percibió más que piel.
— Como si algo me hubiese protegido. La vibración de tu golpe llegó a mi corazón, pero sólo me ha herido. No me pudo matar. Pero siento algo más...
Cíclope, en reacción, volvió a colocar la espada frente a su rostro. "No, no es Atenea quien lo ha protegido", comprendió. "El Averno está inhibiendo su cosmo y no puede alcanzarlo. Es algo más..."
— Arges... —dijo Shiryu, bajando un poco la voz.— Sé que la Unificación te muestra el total de realidades que surgen a partir de una decisión diferente. Si has podido herirme, es que no morí esta mañana. Sigo vivo.
"¿Cómo lo ha averiguado?", se preguntó el Guardián, estremeciéndose de nuevo. "¿Es posible que haya salido del abanico de realidades? No, sigue ciego... No lo ha superado por completo."
— ¿Y qué buscas entonces? —respondió en voz alta.— ¡Quien entra vivo al Averno debe jurarle lealtad eterna a Lord Hades, o morir con su alma destrozada a nuestras manos!
Shiryu no respondió de inmediato. Acababa de descubrir algo que su ciega mirada no podía mostrarle, pero no puedo deducir cómo lo había hecho.
— Tengo una misión —respondió.— No recuerdo con claridad cuál es, pero sé que debo llegar al Tártaro. No te pido que me aclares la mente. Sólo que me dejes pasar porque no quiero lastimarte.
Arges sonrió.
— Iluso. Respeto tu misión, pero no debes olvidar que también poseo una —y añadió, parte sinceridad y parte ironía.— Al ver que te rendías tan fácilmente, creí que no valías la pena como guerrero, pero ahora comprendo que no es así.
Blandió su espada a su alrededor.
— No voy a devolverte tu realidad ni a dejarte pasar. Al contrario, ¡que éste sea el último ataque! Dudo que tengas otro as bajo la manga.
Shiryu volvió a permanecer callado, concentrándose en lo que había descubierto. Arges alzó su espada, paseando el pulgar sobre la hoja, como si probara su filo.
— Debes saber que los Cíclopes de la Era del Mito eran herreros, igual que Hefaestos, y que lo que ellos forjaban raras veces era destruido. Esta espada es una de las dos hojas que se encuentran en el Averno. No puede romperse y siempre encuentra su blanco. Y ahora, será la causa directa de tu muerte.
En respuesta, Shiryu cruzó su brazo derecho a lo largo del pecho, a manera de protección y de desafío.
— Recuerdo haber escuchado —respondió— sobre una diosa que entregaba una espada a su Caballero más leal. Ese Santo la guardaba en su brazo derecho, y de algún modo llegó a mí.
— Lo soñaste.
— El caso es que sé que está en mi brazo y que es la única arma con la que cuento —concluyó Shiryu, ignorándolo.— Su nombre es Excalibur.
La sonrisa de Cíclope se volvió más burlona.
— Entonces, que sea un lance de espadas lo que decida quién continúa vivo —afirmó.— Conozco tu punto débil y es mucho más fácil de alcanzar que el mío.
— ¿Crees que es tan difícil destrozar tu único ojo?
Arges contuvo el aliento. Por última vez, se repitió que la Unificación había cegado al Caballero, que no había forma de que supiera lo que lo rodeaba. Pero no, había descubierto (de algún modo) que bajo sus lentes no tenía dos ojos, como la gente común, sino sólo uno, colocado sobre la frente a la manera de los antiguos cíclopes. Era posible que lo hubiera presentido antes de romper sus lentes. Pero, ¿cómo lo había confirmado? ¡Había perdido el sentido de la vista!
¿Cuál es el Séptimo Sentido?
"¡Así que existe!", pensó, sintiendo cómo la ira y la admiración crecían dentro de él. "¡No es un invento de la Orden del Zodiaco!"
— Arges, no volveré a pedirlo —amenazó Shiryu, sus ojos brillando a pesar de su ceguera.— Déjame pasar.
Apretando los dientes con furia, el Guardián gritó:
— ¡Nunca!
Y corrió hacia el joven dragón, activando su negra aura y tirando estocadas. Shiryu logró evadir las dos primeras y, a la tercera, interpuso su brazo derecho, que centellaba como el oro, y contuvo su ataque.
— ¡Excalibur es magnífica! —reconoció Arges, presionando su espada contra el brazo del Caballero.— ¡Pero no deja de ser de carne, hueso y sangre ante el metal de la mía!
— ¡El ciego no soy yo si crees eso! —respondió Shiryu, fijando su vacía mirada en el único ojo de su rival.
Los dos presionaron sus respectivas espadas; una, hecha de metal estrellado; la otra, un brazo humano rodeado de luz. Como resultado de la fuerza aplicada, ambas empezaron a dañarse. El metal de la hoja de Arges comenzó a mellarse y, cerca de la punta, a cuartearse. Todas las venas del brazo de Shiryu estaban resaltadas y de los lugares en que se encontraba con su enemiga ya fluían delgados hilos de sangre.
Tras una última presión, los dos dieron un salto hacia atrás.
— Tienes una excelente espada, pero ha comenzado a dañarse —dijo Cíclope, sonriendo.
Con su único ojo brillando como el fuego y el rostro parcialmente bañado en sangre, Arges ofrecía un aspecto impresionante. Shiryu pudo verlo no con los ojos, sino con la mente, y comprendió que la siguiente sería la última ofensiva.
— ¡Te espero, Guardián! —exclamó, su rostro mostrando determinación pura.— ¡Que éste sea el final!
— ¡De acuerdo!
Volvieron a atacarse mutuamente, las espadas chocando entre sí sin detenerse, chispas doradas y obscuras saltando a cada vez. El metal volvió a cuartearse y la piel siguió sangrando, pero ninguno de los combatientes dio señal alguna de rendirse. A cada estocada, el cosmo de Arges se ennegrecía más; el de Shiryu, se volvía más dorado, como si nunca hubiese sido verdeazul.
Y más que eso: el joven dragón empezó a distinguir un poco entre realidades. Aunque su mente estaba en el combate, su corazón comenzó a borrar un poco de la niebla que Arges le había impuesto.
Ahora presentía que Saori estaba viva, que Seiya y Shun no habían muerto y que Hyoga había despertado, aunque los detalles completos continuaban escapándosele. Y, con ellos, otra persona estaba viva. Y rezaba por él.
— ¡Sunrei! —murmuró.
Cíclope, con la habilidad propia de un excelente espadachín, notó su sorpresa. En eso vio una espesa mata de asfodelos justo atrás del dragón y, dando otro golpe con su espada, hizo que perdiera el equilibrio.
Shiryu, que no sabía tanto esgrima como él, cayó hacia atrás, sobre su espalda. Pero sólo un pensamiento dominaba su mente. Sunrei estaba viva.
Arges se le acercó, blandiendo de nuevo la espada como antes de una ejecución. Colocó su punta a poca distancia del corazón de Shiryu.
— Debiste permanecer en el abanico de realidades. Tus sentimientos han hecho que pierdas.
Shiryu percibió la vibración de la espada junto a su pecho. Iba a matarlo.
— Me despediré de Atenea en tu nombre y le diré lo bien que peleaste, Shiryu de Dragón —sentenció Arges.— Ahora, muere.
"¡Saori!", pensó Shiryu, la mente llenándosele de luz.
Arges, su negro cosmo activado, empuñó la espada y la dirigió contra el pecho del Caballero. Sin razonar, Shiryu interpuso el brazo izquierdo mientras encendía el derecho. Al momento en que sintió cómo la hoja de la espada se clavaba contra él, gritó:
— ¡Dragón Naciente!
El rugido de un dragón dominó el Campo de los Asfodelos mientras un aura dorada chocaba con una negra y ambas explotaban. Cíclope sintió un terrible dolor en la frente, la vista de su único ojo nublándose para siempre a poco de haber visto la silueta de una criatura mítica acercándose a gran velocidad.
El choque de kens lo arrojó hacia atrás, contra la pared. Una vez que resbaló por ella, ya no tuvo fuerza para levantarse. Había sentido, al instante de perder la vista, cómo su espada se clavaba en el Caballero.
De acuerdo, iba a morir. Pero no sería el único.
Shiryu, todavía tirado sobre el suelo, trató de respirar. No sentía ningún dolor adicional al que ya tenía y se preguntó si estaba muriendo por fin y si su cuerpo finalmente empezaba a relajarse. Por reflejo, había cerrado los ojos al lanzar el Dragón Naciente contra Arges. Cuando volvió a abrirlos, para su sorpresa, percibió un poco de luz. Era muy poca y no distinguía entre siluetas, pero podía ver de nuevo. En las Capas del Espíritu, divagó, había recuperado la vista cuando Deathmask había estado a punto de matarlo. En el Reino de los Muertos, Arges le dijo, no puede haber ceguera. ¿Ahora sí había muerto?
En eso, notó que la espada de Arges estaba clavada sobre su pecho. Pero no se había incrustado en su piel, sino en una superficie metálica de color verdeazul, redonda, fuerte y protectora como sólo existía una entre ochenta y ocho armaduras. Relucía con el color del oro después de haber sido revivida por la sangre de Moo de Aries y de Dokho de Libra.
Era el Escudo del Dragón.
Shiryu, sin poderlo creer, llamó a su cosmo y éste respondió, aunque por la debilidad de su vista, no pudo descubrir que se había vuelto completamente dorado. Su armadura con atributos completos lo cubría de nuevo, y su brazo derecho resplandecía como la hoja de la mítica Excalibur. Y hasta entonces comprendió que, a pesar de lo que había creído y percibido, nunca lo habían abandonado por completo. Siempre estuvieron con él, pero al dudar sobre lo que realmente había ocurrido en su pasado, dejaron de acompañarlo espiritualmente, como si en efecto hubieran desaparecido. Si venció, fue porque había dejado de depender de ellos.
Trató de levantarse y, hasta entonces, notó que se encontraba malherido. Cuando intentó extraer la espada de Arges del Escudo, ésta se cuarteó y cayó al suelo convertida en astillas de metal.
Lentamente, se dirigió hacia donde Arges agonizaba. Cíclope no pudo ver su figura brillante como el Sol, pero sintió el momento en que llegaba junto a él.
— Así que te has salvado... —murmuró.
Shiryu bajó la mirada.
— No me he salvado solo. No puedo recordarlo bien, pero si estoy aquí, es por la ayuda de muchas personas.
— Tienes suerte.
De momento, Cíclope no dijo nada. En lugar de su único ojo, quedaba una masa llena de sangre que cubría todo su rostro.
— Escúchame, Dragón —murmuró con su último aliento.— Te enfrentaste a mi espada con honor, y con honor ganaste. Pero ni Excalibur podrá derrotar a la otra espada que hay en el Averno...
— ¿Otra espada?
Un sonido resonó a lo largo del Averno. El de una cuerda que se rompía. Shiryu miró por sobre su hombro, pues lo había escuchado muy cerca de él. Cuando volvió a mirar a Arges, éste ya había muerto.
"Perdóname, Arges", pensó con sinceridad. "Sé que tu deber era detenerme, pero el mío es continuar. Nuestro enfrentamiento era inevitable."
Trató de fijar la vista en la siguiente muralla, pero la espesa niebla que se había colocado frente a sus ojos le impedía observarla con claridad.
"Si pude vencerte, fue porque me ayudaron y protegieron. Pero, sobre todos ellos, un ángel terreno que se encuentra en el Santuario"
La imagen de Sunrei relució en su mente, sus enormes ojos brillando con ternura. A su lado, entonces, surgieron dos más. No había podido ver a las dos almas que habían interrumpido su ejecución y que le habían recordado que podía acceder al Séptimo Sentido, pero las tenía muy presentes. Había algo familiar en ellas, ¿pero qué?
Intentó marcharse, más un intenso dolor provocó que se tambaleara. Arges no le había detenido el corazón, pero lo había lesionado gravemente. Shiryu sintió que todo daba vueltas a su alrededor y, a pesar de lo que había presentido, de repente volvió a preguntarse qué eventos lo habían llevado a ese momento. No se había librado por completo de la Unificación y su mente estaba confundida, y tampoco había recuperado la vista por completo. Y antes de que lograra preguntarse por qué, cayó inconsciente en medio del perfume de los Asfodelos.


Hades bajó por la escalera sin prisa, demostrando calma absoluta en cada uno de sus movimientos. Al haber vivido por tanto tiempo, siglos de hecho, sabía cuán importante es la imagen que uno proyecta, tanto a tus amigos como a tus enemigos. Y, en un renglón más abajo pero no por ello menos importante, a uno mismo.
Hacía muy poco que acababa de salir de su meditación pero, a decir verdad, no le había ayudado en nada. En primera, no había logrado entrar en el cosmo reflejado que había descubierto. A pesar de sus esfuerzos, permaneció como si se viera a sí mismo sobre un espejo, en aquella luz tan semejante a la de Atenea que casi parecía parte de ella. Además, no quería leer la mente de su sobrina; los dioses no solían hacerlo por respeto a los demás y a su libre albedrío. Así que no le quedaba sino preguntarse en qué consistía aquel extraño cosmo y si su sobrina también lo había percibido.
Otro evento más importante había contribuido a que interrumpiera su meditación. Arges de Cíclope había muerto.
A diferencia de lo que ocurriría con un invasor, el alma de aquellos que han aceptado vivir en el Averno no se perdía con la muerte. Al igual que ocurría con los unicornios, entrar al Reino de los Muertos y jurar lealtad a los soberanos de la Tierra Mística equivalía a obtener la inmortalidad —a menos de que alguien interfiriera y trajera la muerte consigo. Una vez liberada del cuerpo, el alma no era destruida; al contrario, recibía la oportunidad de elegir si quería permanecer en el Averno (como ocurría con la mayoría de los sirvientes y soldados, que eran bastante felices a pesar de su voto de silencio) o si prefería dirigirse al Campo Elíseo. Sólo quienes no estuvieran unidos a Hades y a Perséfone por un juramento de lealtad perderían sus almas si llegaban a morir en el Averno.
Desde el momento en que escuchó cómo las Moiras cortaban el cordel vital de su primer Guardián, Hades lamentó lo que había ocurrido. Jamás volvería a ver a Arges, prudente y silencioso detrás de los lentes de su armadura, cumpliendo con su deber como si eso fuera lo único importante en su vida. Y había recordado qué era lo que más le desagradaba de que los dioses hubiesen dejado de combatir entre ellos: que vidas inocentes se perdieran, como soldados que mueren en las trincheras mientras los generales dictan órdenes desde la seguridad de sus campamentos. Por esa misma razón le había alterado el averiguar que Fénix había muerto, aunque no podía demostrarle ese sentimiento a Atenea.
Los Caballeros que había visto estaban dispuestos a todo, comprendió. Lo hicieron en las Doce Casas, en Asgaard, en Atlantis... Pero esas fueron batallas entre humanos y dioses mal encarnados, se dijo. Había llegado la hora de que se manifestaran los dioses puros, y ni siquiera quería considerarlo como una guerra.
Después de todo, había ganado sin necesidad de combatir. Atenea ya se encontraba en su dominio. ¿Por qué aquellos jóvenes se negaban a aceptarlo? ¿No comprendían que, si morían, ellos sí perderían sus almas?
Y, sin embargo, había sido uno de sus Guardianes el primero en morir.
Inmerso en sus pensamientos, había llegado al invernadero. En eso, vio una figura sentada sobre la fuente. Se sintió un poco culpable al notar la tristeza que irradiaba de su aura y, más aún, que era un poco más débil que antes. Perséfone se lo había advertido y él no había querido escucharla: Si Atenea permanecía en el Averno demasiado tiempo, perdería sus poderes, igual que le había ocurrido a ella en la Era del Mito. Ni siquiera el Señor de los Muertos, el Soberano del Averno, podía evitarlo.
Hades nunca deseó que su luz se apagara. En realidad amaba a su sobrina. ¿Y si, se le ocurrió, permitía que regresara a la superficie, aunque muriera al instante?
Imposible, se respondió de inmediato. Había llegado demasiado lejos. Cuatro caballeros y un poco menos de brillo en el cosmo de su sobrina no iban a cambiar absolutamente nada.
— Atenea —llamó, permaneciendo en la entrada al invernadero.
La joven volteó a verla. Sus ojos mostraban tristeza infinita y el Señor del Averno volvió a sentirse culpable. En eso, notó que en su mano sujetaba una plantita muerta.
— Espero que te haya agradado tu habitación —dijo, tratando de eludir la obvia pregunta de cómo se encontraba.
— Es muy bonita —respondió Saori-Atenea en voz baja.— Gracias.
Hades se acercó y se sentó a su lado. El sonido del agua en la fuente era lo único que se escuchaba, a pesar de que se conocían desde la Era del Mito. Dos parientes cercanos sin nada que hablar entre ellos. En ninguna de las pasadas encarnaciones de la diosa había ocurrido algo semejante.
Yo no fui el que empezó, se insistió Hades mientras preguntaba en voz alta:
— ¿Por qué sostienes esa planta, sobrina?
Saori bajó la mirada. Abrió la palma de su mano y contempló las cenizas que cayeron entre sus dedos.
— La quemé por accidente, tío. Y ahora no puedo regresarla a la vida.
Hades, tomando el papel de pariente sabio, respondió:
— Quizá no te concentraste lo suficiente. A veces ocurre.
— Pero si antes logré devolver la vida humana, ¿cómo es que no puedo regresarla a una simple planta?
El Señor del Averno prefirió no mencionar cuáles vidas había preservado.
— Debe ser por tu estancia aquí —afirmó, tomando su mano y sacudiéndole la ceniza, que cayó al suelo.— Tu cosmo no se ha acostumbrado todavía.
Saori suspiró, mirando hacia afuera del invernadero. A lo lejos vio pasar un pequeño grupo de sirvientes en dirección a los sótanos, e involuntariamente se preguntó si Aioria o Milo no estarían entre ellos. Sin embargo, ocultó su pensamiento al instante. Hades pareció no darse cuenta.
— Sé que todo ha estado mal, Atenea —admitió, buscando su mirada sin hallarla.— No me comporté como debería haberlo hecho.
Ella no respondió.
— Es demasiado tarde para volver atrás —continuó con sinceridad.— Pero al menos quisiera que nuestra relación volviera a ser como en el pasado.
— No creo que sea posible —murmuró Saori.— Han pasado muchas cosas que lo impiden.
"Y la muerte de Ikki se encuentra entre nosotros", pensó.
Hades, mostrando una ternura que cualquiera creería imposible en él, volvió a sujetarla de la mano y la apretó suavemente.
— Perdóname.
Por primera vez en la plática, Saori volteó a verlo a los ojos. Al hacerlo, sintió como si estuviera hablando con su padre y no con su tío.
— No puedo regresarte a la superficie —aclaró Hades.— No quiero que mueras. Pero admito que no debí ser tan estricto contigo. Será difícil...
Apretó más la mano de Atenea.
— Pero quiero comenzar de nuevo.
— Han pasado muchas cosas —replicó la joven, sus ojos sin pupilas centelleando.— No es fácil olvidar todo lo que ha ocurrido.
De momento, Hades permaneció callado. De algún modo, Atenea había recordado sus encuentros de reencarnaciones anteriores y lo demostraba en su digna actitud. Aun así, si ella iba a quedarse en ese mundo, no tenía caso iniciar de ese modo.
— Tal vez no haya modo de perdonar —reconoció.— Perro la oportunidad sí puedes dármela, ¿o no?
Saori vio la sinceridad en su expresión y se preguntó por qué el tío cariñoso que Hades realmente era se ocultaba detrás de esa fachada de ambición. Recordó el momento en el que Saga de Géminis murió en sus brazos tras arrepentirse de sus pecados y pedirle perdón. "El poder corrompe, incluso a los dioses", pensó.
A pesar de ello, sentía que un débil sentimiento comenzaba a renacer en su corazón, el cariño que sentía hacia Hades desde la Era del Mito.
Y que la sombra del Fénix estaba ocultando.
Antes de que pudiera notarlo, Atenea asintió débilmente a la propuesta de su tío. "No va a dejarme salir del Averno", pensó. "Pero al menos debo tratar de que las cosas sean más sencillas para todos. Para él, para mí... Para ellos..."
Nunca supo si Hades imaginaba o no sus verdaderas intenciones, pero la sonrisa del dios fue más reservada.
— Tu tía se alegrará al saberlo —respondió.
Pero, ¿estaría igual de contenta al descubrir, justo como él lo estaba haciendo, que el cosmo dorado de Atenea empezaba a ser rodeado por un halo negro?


Algo en el ambiente le recordaba Jammyel. Era esa extraña presencia que había llegado a identificar como el cosmo de su maestro Moo. Y si lo sentía en el Averno, pensó en una inspiración, ¡era porque estaba vivo y en ese mundo! Kiki, de pura alegría, sintió deseos de gritar y de aplaudir, festejando su descubrimiento, pero no tuvo oportunidad. Acababa de teletransportarse, llevando consigo a Shaina y a Jabu, al otro lado de la Estigia.
Nunca había intentado teleportar a alguien más consigo; menos aún a dos personas. Pero, como Seiya había dicho alguna vez, la vida te obliga a hacer cosas desesperadas. Eso aumentaba cuando el tiempo era poco, la única salida se estaba cerrando y no tenía la menor idea sobre qué seguía en la misión. Sin embargo, apenas alcanzó el Erebo, Kiki se dejó caer de rodillas, cerrando los ojos y tratando de recuperar el aire. Y por eso no notó cómo afectaba esa zona a sus compañeros.
Jabu olvidó de momento las últimas palabras de Marine para regresar a su pasado. Pero, ¿cuál pasado?, se dijo al ver cómo había sido abandonado a las pocas horas de nacido en un orfelinato de Tokio. El lugar era pequeño, pobre, y estaba lleno de otros desafortunados como él. En un sitio tan miserable, apenas mejor que la calle que se encontraba al otro lado del muro, tenías que cuidar tu comida antes de que te la robaran e impedir que los demás descubrieran que eras débil o abusarían de ti. Sólo había una forma de sobrevivir. Nunca demostrar cuando estabas triste o necesitabas ayuda. Tenías que volverte orgulloso.
Con un poco de nostalgia y con una sonrisa al recordar cuánta valentía hay en la inocencia, Jabu presenció cómo a los diez u once años se escapó del Orfanato y vagó por la bahía cercana. Hasta que un automóvil se detuvo a su lado y dos hombres lo metieron a la fuerza en él, con rumbo desconocido. Sólo su orgullo le impidió demostrar su miedo, pero recordaba con claridad todas las historias sobre qué les ocurría a aquellos niños de la calle que eran secuestrados.
Sin embargo, para su sorpresa, lo llevaron a una hermosísima mansión, la Fundación Galahaad. La primera visión que tuvo del lugar fue la de una linda niña vestida con encajes, su cabello amielado cortado hasta el mentón. Y de inmediato supo que no estaba en peligro.
Nunca fue más feliz que en ese sitio, idolatrando en silencio a la señorita Saori, sus modales cultivados por Tatsumi y hallando lo que necesitaba: un niño débil a quién molestar, otros a quién envidiar, y uno más con quien pelearse. El incidente del caballito, como Seiya lo llamaría después —y justo el que contemplaba en ese segundo— era el mejor ejemplo de su vida en la Fundación.
Su estancia en Liberia le pareció breve y eterna a la vez. Quería convertirse en Caballero para honrar, servir y velar por la señorita Saori. Quería volver a verla y cada noche prácticamente la veía frente a sí, su imagen reflejada contra el firmamento nocturno. Pero todo llevaba un ritmo, y hasta entonces comprendió que no había sido culpa del Maestro que había tenido el que no hubiera aprendido a encender su cosmo o a extraer el poder de su constelación protectora. Había sido su culpa, por haberse concentrado tanto en las artes marciales para ganar su armadura y regresar cuanto antes a Japón. Y aún así, lograría convertirse en un Unicornio, aunque su figura no tuviera toda la luz que debería.
Combatió contra un Leoncillo en Oriente después de haberse reencontrado con la niña que idolatraba, pero ya convertida en mujer. Volvió a discutir con un Pegaso y a envidiar a un Cisne y a un Dragón, pero esta vez la Mujer Encadenada se desquitó y lo humilló frente a todos. Cuando un Fénix lo golpeó y lo dejó inconsciente por días, fue como si su vida se detuviera. Y se repitiera. Regresó a Liberia y siguió sin hallar su conexión con las estrellas, y fue a Grecia, donde la joven por la que se volvió Caballero se había transformado en una estatua luminosa. Su vida se detuvo de nuevo y comenzó a ver sin actuar. Cuando las otras criaturas pelearon y murieron por ella, él permaneció quieto. Cuando un tigre vikingo trató de matarla en la Fundación, él siguió inmóvil. Y cuando el Segundo Diluvio empezó a caer, él no hizo nada, más que observar y lamentarse.
Incapaz de permanecer sin actuar por toda su vida, el orgulloso Unicornio se humilló ante el Pegaso y le pidió su ayuda. Una luz violeta empezó a rodearlo, su cosmo finalmente despertando y el camino hacia su constelación protectora por fin comenzando a trazarse. Y junto al Pegaso, vio cómo aparecían un águila, un elfo y una hermosa serpiente.
Entonces su vida volvió a detenerse. Se había quedado atrapado en el mismo ciclo de siempre, viendo su pasado y comprendiendo que no había hecho nada y que no haría nada a pesar de lo mucho que se esforzara. ¿Era ése su destino? ¿Observar sin actuar? Sintió como si su cuerpo se hubiese convertido en piedra, el eterno espectador condenado a no hacer nada sino ver hasta el fin del tiempo.
En eso, sintió que lo tiraban fuertemente del brazo.
— Amigo Jabu, ¿estás bien?
Jabu no respondió. Para él mismo ya no era más que una estatua. Las pecas empezaron a saltarle a Kiki en la nariz como reflejo de su preocupación, y gritó:
— ¡Jabu, responde, responde por favor!
Si había algo molesto en el ambiente de la Orden era los gritos de Kiki de Appendix. Con los tímpanos lastimados, Jabu murmuró:
— ¿Qué quieres?
— ¡Que me respondas! —exclamó.— ¿Qué estás viendo?
— Yo...
Jabu sacudió la cabeza, comprendiendo que se había quedado atrapado en un espejismo, y de repente gritó:
— ¿Qué demonios me pasó?
Kiki adoptó una pose que pretendía ser filosófica y respondió:
— El Erebo, amigo. Me dijiste que nada aquí sería real.
Jabu comprendió el error que había cometido al no haberse resistido ni un poco a las visiones. Se dio una palmada en la frente y exclamó:
— ¡Soy un tarado! ¡Lo primero que advertía el texto era eso y lo olvidé!
Appendix, en un gesto comprensivo, asintió. Unicornio se dio cuenta hasta ese segundo de un detalle al que no le había dado importancia y preguntó:
— ¿Y tú? ¿Por qué no te afecta?
— ¿Yo? —y, encogiéndose de hombros, confesó.— No tengo la menor idea. Mi maestro me decía que los elfos pueden crear ilusiones, así que tal vez sea por eso.
¿Crear ilusiones? Jabu no respondió, pero presintió que cuando Kiki creciera (y claro, si se disciplinaba), podría convertirse en uno de los Caballeros Dorados más poderosos. No pudo comentárselo, aún así. Acababa de encontrar a Shaina.
Por más que trató de contemplar la alucinación que rodeaba a la joven, le fue imposible. Lo único que se presentaba ante sí era un campo desierto, un río de fuego a lo lejos, y la figura de la joven protegida por Ofiuco. Estaba inmóvil, presenciando un sueño. Jabu supo que ni siquiera teniendo el Séptimo Sentido podría observarlo, pues era producto —y consecuencia— de la vida pasada. A pesar de ello, su intuición le dijo que no estaba resultando nada agradable para la joven.
Lo de menos sería permitir que las "sutilezas" de Kiki la despertaran, pero no le pareció que fuera correcto. Se preguntaba cómo la sacarían del trance cuando, de repente, ella se dejó caer de rodillas y ocultó el rostro entre sus manos.
— ¿Shaina? —murmuró, acercándosele.
Kiki, en contraste, se sorprendió de que la amazona más poderosa de la Orden actuara de esa manera y permaneció en su sitio.
Jabu llegó a su lado y trató de tocarla en el hombro para despertarla. Pero se detuvo al ver que estaba llorando. Cristalinas lágrimas fluían por entre sus dedos, y eso fue lo único para lo que el Unicornio no había estado preparado. Las lágrimas de mujer le impedían pensar con claridad.
— Perdóname... —murmuró Shaina entre sollozos.— Por favor, Casios... perdóname...
¿Casios? No era la primera vez que escuchaba ese nombre y, si no se equivocaba, no lo había pronunciado Shaina, sino Seiya. Pero no pudo recordar la causa y de momento no le interesó averiguarla.
Por lo que acababa de experimentar, Jabu sabía que la joven se quedaría en ese trance por siempre a menos de que hiciera algo. Y no dudó ni un momento en actuar de la única forma en que se le había ocurrido.
Kiki también lo sabía, pero no por ello dejó de asombrarse y apenas se mordió la lengua para no gritar cuando Jabu, arrodillándose junto a la joven, la abrazó tiernamente. Shaina, dominada por la visión, no opuso resistencia.
— Casios... —murmuró, sin dejar de llorar.
Jabu se sintió un poco extraño al estrecharla contra su pecho. Con ternura y justo como calmaría a una niña pequeña, le acarició su largo cabello y dijo en voz baja:
— Todo está bien, Shaina. Lo que estás viendo no es real.
De momento, aunque ella no respondió, su llanto fue más suave.
— Está en el pasado —continuó Jabu, su voz volviéndose más gentil sin que él mismo lo advirtiera.— Este sitio te está torturando. No lo permitas.
— ¿Jabu?
A su pregunta, notó que Shaina lo había volteado a ver, sus ojos verdes llenos de lágrimas. Unicornio sonrió para infundirle un poco de confianza.
— Sí, soy yo.
Shaina, de reojo, miró a su alrededor. Las visiones se habían marchado y alrededor del grupo sólo quedaba el árido Erebo.
— ¿Y Casios?
— Nunca estuvo aquí —respondió el Caballero, pensando cuidadosamente en las palabras adecuadas.— Sólo fue una pesadilla. Y ya terminó.
La joven suspiró y, sin darse cuenta, apoyó el rostro contra el pecho de Jabu.
— Si quieres platicarme qué fue lo que viste...
Esas palabras devolvieron a Shaina a su realidad. De repente, comprendió que un hombre la estaba abrazando y, peor aún, que ese hombre no era Seiya ni Casios,. De un empujón lo apartó; Jabu, que no lo esperaba, perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Para cuando volvió a verla, descubrió relámpagos furiosos en su mirada.
— ¿Para qué quieres saberlo? —preguntó con su acostumbrado tono agresivo.— ¿Y qué pretendías al abrazarme?
Jabu la miró con tal desconcierto que Shaina de inmediato se arrepintió de haberle gritado. Su gesto no había tenido ninguna intención oculta. Sin embargo, antes de que pudiera disculparse, regresó el orgullo al joven.
— ¡Por si no te has dado cuenta, trataba de ayudarte! —exclamó, poniéndose de pie de un salto.— ¡Y no me importa lo que hayas visto ni pretendía nada! ¡Sólo intentaba ser amable!
Shaina no pudo responder de inmediato. Se levantó en silencio mientras limpiaba sus ojos con el dorso de la mano. Jabu desvió la mirada, sus ojos reflejando lo que no decía con palabras. Kiki, por un instante, no se atrevió a acercárseles.
— Disculpa —murmuró Shaina.— No quise lastimarte.
— No lo hiciste —mintió Jabu sin voltear a verla.
— Gracias por tu ayuda.
Unicornio ya no quiso seguir con la conversación. Dio la vuelta; más allá del Erebo, se recortaba la silueta de la Primera Muralla.
— ¿Ése es el Tártaro? —preguntó con voz fría.
— Debe serlo —respondió la amazona, ya sin insistir.— Hay una fuerza extraña rodeándola, parecida en fuerza a la de Atenea pero en una frecuencia diferente.
Jabu volteó a verla por encima de su hombro.
— Vamos. Tenemos que encontrar alguna entrada.
Empezó a caminar en dirección a la muralla. Kiki, en silencio y dando saltitos, lo siguió. Por un segundo, Shaina no se movió de su lugar, pero finalmente los acompañó. Siempre había sido agresiva con los demás, Seiya y Casios entre ellos. En tal caso, ¿por qué por primera vez se sentía culpable?
En silencio alcanzó a Jabu y caminó a su lado. Sólo esperó que su enojo no durara hasta que fuese demasiado tarde para seguir siendo amigos. No porque el orgullo les impidiera reconciliarse. Más bien, porque algo le ocurriera a alguno de ellos.


La luz lastimó sus ojos a pesar de su falta de intensidad, e igual ocurrió con el clima templado, casi frío, del Averno. Lo único que vio fueron las sombras que le rodeaban. Lo único que sintió fue el helado sudor que cubría su cuerpo. Le pareció que su brazo derecho le pertenecía a alguien más y, antes de que intentara moverlo, notó una silueta que se le acercaba. Por un instante, el suave perfil de aquella mujer le recordó el de alguien más.
— ¿Mamá? —murmuró, sintiendo la voz ronca y la garganta seca.
— No. No soy tu madre —respondió la figura suavemente.— El paso por el Erebo debió devolverte su recuerdo y por eso ahora me confundes.
Cuando ella estuvo a su lado, comprobó que no la había visto antes. Su piel era pálida, su cabello negro como la noche y sus ojos tenían un tono violeta semejante a los reflejos del cabello de Saori. Shun cerró los ojos. Sí, la imagen de su propia madre estaba fresca en su memoria, junto con la de su padre y la de Ikki.
Perséfone lo miró con expresión triste mientras reducía más la luz de la única lámpara del cuarto.
— Estuviste a punto de morir, Caballero —dijo en voz baja.— Cuando un daimon te toca, apenas puedes sobrevivir si te atienden a tiempo.
Su tono era gentil y dulce en su pesar. Idéntico al de Saori cuando se despidió de ellos en el Santuario. Antes de que...
— ¿Dónde estoy? —exclamó, tratando de levantarse y sólo consiguiendo que todo le diese vueltas. Se encontraba sobre unas pacas de paja en una especie de cobertizo, pero no pudo fijarse en los detalles.
Perséfone lo sostuvo e hizo que volviera a acostarse sobre el heno. Shun, con ojos nublados, descubrió que había llorado hacía poco tiempo.
— Estás en un lugar seguro. Por el momento, al menos.
Poco a poco, la visión de Andrómeda empezó a aclararse. Igual ocurrió con su mente, y recordó. Los daimons lo habían atacado después de que cruzó la Estigia (si a eso podía considerarse como cruzar); usando la Cadena, había pasado la Primera Muralla y perdió el sentido. Ahora que lo pensaba, sí había visto a aquella mujer antes, e incluso en su delirio había sentido que se le acercaba y le había tocado el cuello. Y ahora estaba junto a él.
— ¿Quién es usted?
— No debes saberlo —respondió Perséfone.— Por tu propio bien.
— Me salvó la vida, ¿o no?
Ella no contestó de inmediato. Shun, gracias a su extrema sensibilidad, comprendió que no era por timidez, pero no pudo identificar la causa.
— Si quieres verlo así, lo hice —dijo la Señora del Averno.— Pero más que la vida, te salvé el alma. Ahora...
Se inclinó sobre él, viéndolo directo a los ojos. Su mirada no fue tan serena como hasta entonces.
— Quiero que me digas qué estas haciendo en el Averno.
— ¿Intentará detenerme si se lo digo?
— Dependerá de ti, Caballero.
Aunque su cosmo estaba débil, Shun sintió cómo aumentaba el aura invisible de aquella mujer y cuán poderosa era. Pero no tuvo miedo. Quizá estar con ella era como enfrentarse a la muerte misma, pensó distraído. Encantaba y atemorizaba a la vez, pero es imposible apartar la vista aunque vaya a terminar contigo.
Con cuidado, se sentó sobre el heno. Todavía estaba un poco mareado a causa del veneno, pero respondió con firmeza:
— Parece que usted ya sabe que soy un Caballero de Atenea —y, sin dudar, confesó.— Entré al Averno para rescatarla de Lord Hades y devolverla a la superficie.
Los ojos de Perséfone relampaguearon.
— ¿Vienes solo?
Shun no respondió ni desvió la mirada. No, no es el único que burló la puerta del Reino de los Muertos comprendió la diosa aunque de algún modo ya lo presentía.
— Si quisiera —continuó— podría matarte aquí mismo, y ni siquiera necesitaría tocarte. Pertenezco al Averno y Hades es más que mi señor. ¿Estás consciente de lo que arriesgas?
Shun asintió.
— Quien muere en el Averno, pierde su alma —respondió sin mostrar temor.— Para eso existen los Guardianes del Estigio. Para darte la muerte verdadera.
Perséfone frunció el ceño. Sin alejarse, sujetó algo que había dejado junto al heno. Shun se sorprendió, mas trató de no demostrarlo.
— ¿Lo reconoces? —preguntó la diosa.— Es parte de tu armadura, el protector donde portas tu cadena de ataque. Sería innecesario mostrarte que también te quité tu cadena de defensa. ¿Cómo evitarías que acabara contigo?
En cualquier situación, el Caballero habría aludido a su ken como el último recurso. Sin embargo, no lo hizo, quizá por inocencia, ingenuidad o por una inexplicable confianza en aquella extraña. Antes bien, respondió:
— Tratándose de usted, Milady, no creo que lo haga. Con todo respeto, acaba de salvarme la vida aunque traicionó el lugar al que pertenece.
En respuesta, Perséfone le entregó el portacadena y, con un ademán, le indicó dónde estaban el otro y su tiara. Mientras Shun se lo colocaba, la diosa se apartó un poco y continuó:
— No debí salvarte. Estuve a punto de quitarte el alma. ¿Comprendes? Estuve a punto de matarte.
El muchacho la miró con sorpresa.
— Fue tu dije lo que me impidió hacerlo.
Fue hasta entonces que Shun notó que la dorada cadenita que Saori le había regalado colgaba fuera de su armadura y no dentro de ella. El dije mostraba una estrella, parte de la Nike y la Alpha de Atenea.
Ella volvió a mirarlo, sin acercarse.
— Atenea te lo dio, ¿verdad?
— Fue su regalo después de la Batalla de Atlantis del año pasado —respondió.— A todos nos dio uno en recuerdo de nuestra amistad.
Por primera vez, Perséfone sonrió débilmente. Así que no era sólo un Caballero Ateniense, sino uno de aquellos amigos por los que su sobrina no había querido ir al Averno.
— Y por esa amistad arriesgan sus almas con tal de salvarla —meditó, más para ella que para él.— Los humanos son generosos, pero confusos.
Shun, acomodando la tiara sobre su cabello, preguntó:
— ¿Por qué lo dice?
— No estás aquí porque sea tu deber, o tal vez sólo en parte. Entraron al Averno por Saori, no por Atenea.
Esta vez Shun sí demostró su sorpresa. ¡Conocía el nombre humano de la diosa reencarnada! ¿Cómo era posible? Para aumentar su asombro, Perséfone continuó:
— Tú eres especialmente confuso, Caballero. Una cadena de ataque y otra de defensa. Eres un muchacho, pero tu constelación protectora representa una mujer. Te cuidan tanto una constelación como una nebulosa. Y, a pesar de tu dulce expresión, percibo un gran poder dentro de ti.
Volvió a acercársele. Se inclinó de nuevo, mirándolo a los ojos e impidiendo que desviara la vista.
— ¿Me equivoco, Caballero Andrómeda? ¿O hasta ahora estás consciente de que tu naturaleza estelar es doble?
Shun la observó boquiabierto, sus ojos estremeciéndose. Esa mujer, con sólo un vistazo, había adivinado todo acerca de él. Le había salvado la vida pero también lo amenazaba de muerte. Conocía el nombre de Saori. Y, antes de colocarse el portacadena izquierdo, acababa de descubrir una profunda cortada sobre su piel que no recordaba que le hubiese hecho ningún daimon.
De las miles de preguntas que surgen cuando se está ante la eternidad, sólo una dominó su mente. ¿Quién era ella?


— Arges está muerto, ¿no es así?
Elis volteó a ver a la persona que le había dirigido esa pregunta, la misma que llevaba un rato haciéndose a sí mismo. Si había pensado que refugiándose un rato en la cocina iba a poder pensar con calma, había estado equivocado, comprendió.
Laertes de Cerbero estaba sentado frente a una de las mesas destinadas a los sirvientes. No portaba armadura y, como era su costumbre, sonreía, aunque en esta ocasión su gesto fue un poco más reservado. Frente a él había un vaso con leche y algunas golosinas, y era obvio que estaba tratando de entretenerse lo mejor posible en medio del asedio del que el Tártaro era víctima.
Elis tampoco portaba su armadura. Pero a diferencia de su compañero, su gesto era obscuro. Él también había percibido la interrupción en el aura de Arges de Cíclope, había sentido el momento en que las Moiras habían cortado su cordel vital... ¿cómo no iba a hacerlo, si él era el protegido de la Muerte? Pero no se atrevió a decirlo con tanta frialdad como la que Laertes había empleado y apenas respondió:
— Me parece que sí.
Laertes desvió la mirada. Sin duda, esa actitud era muy propia de Elis. Para ser el Guardián de Thanatos a veces era demasiado prudente cuando se hablaba de fallecimientos ajenos.
— Pero no se perdió su alma, ¿verdad? —preguntó, fijando la vista en el vaso con leche.— ¿Podrá quedarse aquí o ir al Eliseo, o no?
— Si en verdad está muerto, supongo que ya ha elegido.
— Elis, acéptalo. Está muerto.
Thanatos volvió a mirar hacia uno de los patios interiores. Por supuesto que estaba muerto. Igual que Fénix. Igual que quién sabe cuántos más para el final de la batalla. Por experiencia, sabía que la Muerte en sí no era mala, pero no podía evitar el preguntarse si era en realidad necesaria.
Sobre todo cuando se debe a un conflicto entre dioses. Y sobre todo cuando...
Sacudió la cabeza para despejar ese último pensamiento.
— ¿Hace cuánto que no moría un Guardián en el Averno? —preguntó Laertes, más para sí que para Elis.— ¿Años?
Elis no respondió de inmediato.
— Creo que la última vez fue hace uno o dos años... —murmuró.— Pero fue un accidente, según entendí, así que no pasó del luto tradicional.
— ¿Y te parece que esta vez quedará alguien para guardar luto?
Thanatos respondió con un nuevo silencio. No quería responderse esa pregunta.
— No es que me parezca o no —sentenció, tratando de recuperar la calmada actitud que lo había convertido en el líder no oficial de los Guardianes del Estigio.— Es que tiene que quedar alguien. Debemos proteger a Lord Hades y a Lady Perséfone cueste lo que cueste.
Contra su voluntad, Laertes sonrió. Mientras tomaba una galleta de una caja que estaba sobre la mesa, sentenció:
— No me refería a nosotros. Hablaba de los Caballeros Atenienses.
Y dicho esto, rompió la galleta a la mitad, sumergió una de las partes en leche y comenzó a mordisquearla. Apenas pasó el bocado, continuó:
— Arges murió, de acuerdo, pero eso no significa que nosotros tengamos que acompañarlo.
— No, claro que no —respondió Elis con frialdad.— Los Caballeros no entrarán al Palacio.
Miró de nuevo a su compañero y, con el aire digno que adquiría en las situaciones más formales, sentenció:
— Minos y Alecto están en la Alameda Blanca. Conoces sus ataques. Quienes se enfrenten a ellos desearán no haber nacido. Y si quedara algo de los Caballeros, siempre estaremos nosotros dos.
Antes de tomar un nuevo bocado de galleta, Laertes comentó:
— Vi a Nox hace rato paseando por las habitaciones. No sé, me parece como si esperara a alguien.
— Sabes que Nox es así. No le gusta ir a buscar pleito si el enemigo puede ir a él.
— ¿Y Hecatónquiro?
De momento, Elis pensó cuán extraño era hablar de todos los Guardianes por su nombre y, sin embargo, referirse a Hecatónquiro por su protector. Pero así había sido durante el tiempo que llevaba en el Averno; siempre callado, sin intimar con nadie, sin siquiera saludar si no era indispensable. Igual y por eso siempre lo dejaba hasta el final en sus pensamientos.
— Supongo que tendrá sus propios planes —sentenció—. Pero mientras proteja a nuestros señores, su agenda personal me importa poco.
Y volvió a guardar silencio. Aunque no había muchas ventanas en esa área del Tártaro, el ambiente se había puesto más obscuro que de costumbre, y comprendió que el cosmo de Hades debía ser la causa. Laertes seguía comiendo pero, de repente, se detuvo y preguntó:
— ¿Qué te preocupa?
Elis lo miró por encima del hombro.
— Nada. Sólo cumplir con nuestro trabajo.
— ¿Crees que no te conozco?
Y al decir esto, tanto Thanatos como Cerbero sonrieron. Laertes ya vivía en el Averno cuando Elis llegó y, con el paso de los años, se habían convertido en amigos cercanos. Elis pensaba que se debía al destino: el Guardián de la Puerta como el mejor amigo de la Encarnación de la Muerte. El caso fue que Laertes, sin soltar el vaso con leche, se levantó de la mesa y se le acercó:
— A ti te preocupa algo más. Eso es obvio. Y no tiene que ver con Arges ni con ninguno de nosotros porque conoces demasiado a la Muerte como para temerle.
Elis, sin querer, desvió la mirada de nuevo. Eso era lo malo de tener amigos cercanos.
— ¿Me juras... —preguntó en voz baja— que si te digo lo que me ocurre, no le dirás a nadie?
Por primera vez en la plática, Laertes mostró signos de preocupación. Había pasado tanto tiempo desde que Elis se había puesto tan serio que no podía recordarlo, y ahora la persona más sensata de entre los Guardianes (sin mencionar que era al que más apreciaba) se comportaba con inquietud. Le ofreció la galleta que traía en la mano a manera de rompehielos, pero Thanatos la rechazó de reojo.
— Sabes que no necesito jurarlo, amigo —respondió.
— Es que... ¿has percibido el cosmo de Atenea?
Al escuchar esa frase, Laertes puso la cara de "exagerado" que corresponde a las ocasiones en que se espera que la tensión de deba a algo peor.
— Sí. Es lindo, bonito y luminoso. ¿Y qué?
— ¿Acaso no has sentido que ya no es ni lindo ni bonito ni luminoso, como dices?
Laertes suspiró y negó con la cabeza mientras regresaba a su lugar frente a la mesa. Elis miró de nuevo hacia uno de los patios interiores y confesó:
— En Terra, su aura era cálida y poderosa aunque, según nuestro señor, nunca la había empleado a su intensidad completa. Ahora, se está volviendo fría y débil.... Laertes, —y al llegar a esa frase, volvió a ver a su amigo a los ojos— el cosmo de Atenea se está extinguiendo.
— ¿Y eso a nosotros qué? —respondió, volviéndose a sentar.— Lord Hades la quiere aquí en el Averno. Mientras esté dentro del Palacio, ¿qué más da cuál sea la intensidad de su cosmo?
— ¿No te parece que no debería ocurrir?
— Si le sirve de algo a nuestro señor, que el resto del universo se las arregle como pueda.
— ¿No será una señal de que está...?
No se atrevió a continuar. Laertes se le quedó viendo fijamente, dejando por primera vez su comida sobre la mesa y con una expresión sorprendida en el rostro mientras preguntaba con voz seca:
— No estarás pensando que Lord Hades está equivocado, ¿verdad?
Ante esas palabras, Elis sintió que se le congelaba la sangre en las venas. Eso era lo que estaba pensando. Lo había presentido desde el momento en que el dios le ordenó a Nox que torturara a Fénix. El Hades al cual le había jurado lealtad era estricto, pero no vengativo ni cruel. Y sin embargo, por alguna razón desconocida, se había manchado las manos con sangre y estaba permitiendo que la cálida aura de una de las diosas más poderosas de la Era del Mito se extinguiera en la obscuridad del Reino de los Muertos. Elis no podía percibir maldad en él ni en sus fines, pero tampoco estaba del todo convencido de que estuviera haciendo lo correcto.
Y aún así, se obligó a erguirse del todo y a recuperar la compostura que caracterizaba al prometido de la muerte al afirmar:
— No dudo de él. Y no lo haré jamás.
Laertes frunció el ceño ante su respuesta, pero pareció relajarse un poco.
— Me alegra escucharlo.
En ese momento, un daimon se asomó dentro de la cocina, como si buscara a alguien, y al hallar a Elis se le acercó. Inclinó la cabeza, cual era la costumbre antes de que se hiciera una excepción indispensable al voto de silencio, y dijo en voz baja:
— Señor de Thanatos, Milord Hades os ha mandado llamar.
Elis agradeció con una inclinación de cabeza y viéndolo de reojo con el aire soberbio al que recurría por costumbre. El daimon volvió a inclinar la cabeza y se retiró. El Guardián comenzó a seguirlo, sin ánimos para despedirse de su amigo.
— Elis... —escuchó cuando ya estaba en el dintel.
Volteó a ver a Laertes. Había regresado a su leche y a sus galletas, como si no estuviera ocurriendo nada importante en el Averno, como si uno de sus compañeros no acabara de morir, como si una diosa no estuviera perdiendo su luz y como si su mejor amigo no le hubiera confesado veladamente sus dudas.
— No cuestiones a Lord Hades, lo digo por tu bien —aconsejó mientras tomaba otra galleta y la partía en dos.— Cumple con tu deber y no pienses en algo que en realidad no debería interesarte.
Por un segundo, el Guardián de Thanatos no supo qué responder, pero finalmente dijo:
— No lo hago.
Y salió de la cocina, tratando de dejar atrás la confusión que tenía dentro de la cabeza. Laertes tenía razón: cuando has vivido mucho tiempo en la obscuridad, ¿qué más da que se extinga la luz?


El destino te atrapa cuando menos lo esperas. No da señales de estarse acercando, ni te advierte y mucho menos te permite preparar tu defensa. El destino llega por sorpresa, te toma del cuello y hace de ti lo que quiere. En muchas ocasiones, tú has creado tu propio destino. En otras, toma la forma de alguien más, a quien desconoces y a quien puedes llegar a odiar.
Mi destino se llamó Mitsumasa Kido.
Él me sacó del orfanato, me separó de Seika, de Minho y del único mundo que había conocido hasta entonces. A cambio, me ofreció convertirme en un Guerrero Sagrado, en un Caballero Ateniense. Aunque la idea nunca acabó de convencerme, la promesa de volver a ver a Seika sí conseguía una armadura fue suficiente. Me convertiría en Pegaso, el Caballero más veloz de los ochenta y ocho. Pero no todo era honor y gloria para mí porque no era mi interés principal. Mi verdadero plan consistía en renunciar a todo apenas Kido cumpliera su palabra y volviera a ver a mi hermana. La Orden, presentía, no iba a dejarme mas que combates, crecimiento cósmico, una armadura y el Séptimo Sentido. Pero, sobre todo, bastante sufrimiento y mucha, mucha soledad.
Pero me dio mucho más, tanto doloroso como agradable, y es esto último lo que llevo en mi corazón y lo que pesa tanto en este instante.
Gracias a la Orden, conocí más que a una diosa y a cuatro compañeros de equipo. He pertenecido a un verdadero grupo de amigos, a quienes amo con todas mis fuerzas y por los que haría cualquier locura. Por una mirada de Saori. Por un consejo de Shiryu. Por un secreto de Hyoga. Por una lágrima de Shun. ¡Y también por ti, Ikki, con tal de que no hubieras muerto!
Pero, en lugar de eso, ¿qué conseguí? Ver a Saori con una flecha clavada en el pecho, o caminando entre el hielo que se derretía, o sentir que Poseidón la había encerrado en el Soporte Principal y que iba a ahogarse a menos de que actuara pronto. Casi maté a Shiryu cuando nos reencontramos, ¿y él cómo me respondió? Ofreciendo su sangre para reparar mi armadura muerta, impulsándome a seguir adelante aunque él muriera en mi lugar, protegiéndome de la Flecha Dorada que Poseidón lanzó en mi contra. ¡Nada es más terrible que sentir cómo el vínculo que compartes con otra persona se rompe, como ocurrió esa tarde! Igual de horrible, eso sí, que ver cómo cae un solo copo de nieve aunque apenas sea otoño, y comprender que Hyoga y Camus se han matado mutuamente. Y es horrible escuchar que él no es el único que me está cubriendo de los ataques de Hilda o de Poseidón, sino también escuchar que Shun trata de alejarlos de mí con tal de que yo cumpla la misión por la cual todos hemos luchado. Todavía recuerdo la promesa que me obligó a hacerle esa noche, a pesar de que estaba seguro de que moriría, y no tanto porque quisiera probarse como Caballero ante Afrodita de Piscis, sino porque (¡el mismo lo dijo!) si alguien podía llegar con hasta el final, ¡era yo! ¿E Ikki? ¿No me protegió también contra Saga y contra Hilda y contra Poseidón, como si yo fuera su hermano y no solamente un amigo? ¿Como si en el pasado no nos hubiéramos odiado y combatido uno contra otro, e incluso como si no hubiéramos tratado de matarnos? ¿No he maldecido su muerte lo suficiente?
Y yo, ¿qué he hecho, sino observar, recibir su protección y presenciar su muerte? ¿Soy digno de tener amigos como ellos? ¿Soy digno de servir a una diosa? ¿Soy digno de amarlos?
En realidad ellos han sacrificado más por Atenea que yo mismo, a pesar de que yo fui quien golpeó a Saga, quien rompió la Sortija del Nibelungo y quien destruyó el Soporte Principal. Si seguimos peleando, no dudo que volverán a ofrecer su felicidad y sus vidas para sacar a Saori del Averno. ¿Y es eso justo?
¿Es justo que le quite a Saori la vida eterna que tendrá en este lugar?
En el momento en que regresemos al Santuario, Atenea morirá porque ese es el destino que las Moiras marcaron para ella como parte del Fin del Ciclo. Dioses, ¿estará ella de acuerdo con morir? ¿Estará dispuesta a renunciar a su vida sólo porque su misión ha terminado? ¿Para ello murieron tantos hombres y mujeres valientes, iniciando con Aioros y terminando con Ikki? Durante todos los años en que ella ha estado en Terra, las Guerras Santas no trajeron más que sufrimiento, separaciones y muerte a jóvenes cuyas vidas fueron cortadas sin importar el bando al que pertenecieran, ni siquiera aunque creyeran estar haciendo bien o incluso si sabían que actuaban mal.
Sólo estoy seguro de algo. No quiero que Saori muera. Nunca lo quise y por eso combatí con todo mi corazón sin que me importara hacerlo. Pero ahora sé que es por otra razón.
La amo.
Y sé que ella me ama.
Si antes la protegí porque defendía a Terra junto con ella, hoy sólo lo haría porque es la mujer a quien adoro. Sé que Atenea nunca tuvo esposo, amante ni hijo en la Era del Mito, pero en esta época no sólo es una diosa, sino también una humana. Tal vez, en otro mundo, ella y su caballero más cercano encontrarían la felicidad... ¡Demonios, por qué no ha de ser en este!
Tal pensamiento, por completo involuntario, hizo que Seiya volviera a abrir los ojos. Había permanecido mucho tiempo atrapado por la cuerda cósmica y su cuerpo ya no podía sentirse más pesado e inmovilizado. Pero no fue eso lo que lo asustó; al fin y al cabo, jamás había huido de un reto. Había sido comprender que sí, estaba dispuesto a permitir que Saori permaneciera en el Averno con tal de que no muriera. Y que sí, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario por permanecer a su lado y para que sus amigos ya no sacrificaran sus vidas por impulsarlo a seguir adelante.
¿Incluso servir a Hades?
De haber estado completamente bien, Seiya se hubiera dado un par de bofetadas para recuperar la conciencia de la monstruosidad que se gestaba en su interior. Pero la cuerda impedía sus movimientos y las heridas no estaban tanto en su cuerpo como en su corazón, donde eran más peligrosas.
"¿Qué estás pensando?", le dijo lo poco de voz interna que conservaba. "¿Vas a traicionar a tus ideales?"
Al menos no sería ni a Saori ni a sus compañeros, se respondió de inmediato. Si ellos no querían permanecer en el Averno, tendrían a qué regresar; capaz que Hades estaría de acuerdo y no los detendría si era tan justo como se rumoraba en la Era del Mito. Pero si permitía que Atenea muriera, a él no le quedaría nada.
La vida te obliga a hacer cosas desesperadas, se dijo una vez. La posible muerte de Saori era motivación suficiente. Y si entrar al servicio de Hades, suplicarle compasión y pedir que perdonara la vida de sus amigos era desesperado, no le importaba hacerlo.
Pero tenía que ser ya, antes de que cambiara de opinión.
— ¡Caronte! —gritó, un zumbido en sus oídos volviéndose cada vez más fuerte.— ¡Ven! ¡Ya he decidido!
El viento sopló con más fuerza. El cielo se había cerrado por completo, su tono el de la obscura noche carente de estrellas. Los relámpagos empezaban a volverse más frecuentes y tornaban lo negro en blanco y viceversa. "Dios mío, perdóname porque soy el peor de los pecadores", suplicó mentalmente. "Soy un Caballero, pero nunca seré un Santo. Perdóname... Pero la amo."
Una silueta comenzó a proyectarse a contraluz frente a él, acercándose lentamente con toda la dignidad del mundo. Seiya se sintió más culpable que nunca al comprender que estaba a punto de traicionar no sólo sus creencias, sino al sustento mismo de su vida. El corazón le palpitaba en la garganta y su cuerpo parecía rendirse. Ven y déjame hacer lo que manda mi corazón, suplicó. Empecé con la seguridad de que jamás traicionaría a mi diosa, a mis amigos y mi deber, y mucho menos a mi Constelación Protectora, pero estoy listo para hacerlo.
— Francis Bacon escribió que, quien inicia con certidumbre, acabará con dudas...
Seiya contuvo la respiración. Un relámpago acababa de iluminar la zona, mostrándole que quien se le acercaba y hablaba no era Minos de Caronte.
— Pero que, quien inicia con dudas, acabará con certidumbre.
Su destino estaba frente a él. Era Mitsumasa Kido.


Había crecido a su lado en Siberia, los dos hermanos bajo la tutela de un Maestro que fue como su padre. Aunque su corazón se negaba a amar desde la muerte de su madre, amó a ese muchacho y amó al Maestro. Y aunque no eran su familia, se convirtieron en algo muy parecido.
Hasta aquel día en que, después de años de crecimiento físico, espiritual y cósmico, de haberse convertido en los mejores amigos del mundo, confesó el por qué no se había rebelado al entrenamiento a pesar de lo difícil que había resultado a ratos. Y ese mismo día, sintió lo que es que te golpee tu mejor amigo y que ni siquiera tengas derecho a responderle, porque al guardarle un secreto en cierto modo has traicionado su confianza. Para cuando llegó la noche de aquel día, ya sabía lo que era que un amigo esté dispuesto a morir por ti, y el sabor a sangre que percibía en su boca (sangre de ese amigo que se había mezclado con agua helada y con trozos de hielo) sería un recordatorio de por vida. Era la segunda persona que moría por salvarlo. Y su corazón siguió congelándose, sobre todo cuando el Maestro de ambos no lo culpó por lo que había ocurrido.
Lo último que imaginó aquella tarde fue que volvería a ver a ese amigo muchos años después. Ya había sido honrado con la armadura por la que ambos habían competido amistosamente, y descubría que él también poseía un traje y un protector místico. Pero el mundo se inundaba, una diosa era cubierta por lluvia y faltaban varios pilares por derribar. Era el escenario ideal para un reencuentro.
Por un segundo, Hyoga recordó la tarde en que le confesó a Flare lo que había pasado entre él e Isaac durante la Batalla de Atlantis. Para no variar, nevaba afuera del Valhalla, y el sonido del viento y de la leña quemándose en la chimenea era lo único que remarcaba sus palabras. Con voz monótona, narró cómo estuvo dispuesto a permitir que Isaac le sacara el ojo izquierdo en compensación por lo que el hielo le había hecho el día que le salvó la vida, y cómo luego no se defendió para que lo matara si tal era su propósito. Pero cuando descubrió que Kiki y el tresor de Libra estaban en peligro, tuvo que apartar sus sentimientos y combatir.
Y acabó matando a su mejor amigo.
También recordó que, por primera vez cuando confesaba algo, sus ojos se llenaron de lágrimas por el arrepentimiento que inundaba su corazón. Flare no dijo nada, sabiendo que las palabras sobran en algunos momentos. En lugar de ello, tomó las manos del Caballero entre las suyas y las sujetó con ternura. Ese fue el mejor consuelo que Hyoga había recibido en toda su vida.
Pero en ese instante, Isaac estaba frente a él, en medio de los álamos blancos. No portaba la Escama Marina de Kraken aunque la vestía al morir; en lugar de ello, lo cubría una ligera casaca color agua y, sobre ella, una capa blanca. Antes de que Hyoga pudiese reparar siquiera en que observaba a un muerto, notó que el ojo que había perdido lucía en su rostro como en su infancia, como si el accidente nunca hubiese tenido lugar.
— Hola, Hyoga de Cygnus —saludó el fantasma al ver el descontrol de su amigo. Sonrió débilmente, su gesto idéntico al de años atrás.— No es el mejor momento para hablarte así, pero no se me ocurre nada.
Los ojos del Caballero temblaron, como cuando se le llenaban de lágrimas y se negaba a dejarlas escapar.
— Isaac...
Sacudió la cabeza, tratando de sobreponerse, y preguntó:
— ¿Qué haces en el Averno? ¿Acaso..?
Kraken bajó la mirada un instante.
— No, no fui condenado al Averno, a pesar de que lo merecía. Gracias a la Misericordia Divina de la que tanto hablabas y a la intervención de tres personas, sólo tuve que purificarme por algún tiempo.
Se interrumpió un instante, volvió a ver a Hyoga y añadió:
— Vivo con nuestros Maestros en el Campo Eliseo.
— No deberías estar aquí, entonces —respondió Cygnus.— Ésta es la región de los condenados.
Isaac quiso responder, pero sus labios se estremecieron. De repente, como si cambiara el tema, afirmó con voz cortante:
— Tienes que salir de aquí. Yo estoy muerto, pero tú vives. Debes regresar a tu mundo lo más pronto posible.
Esa vez, fue Hyoga quien sonrió.
— ¿Veniste a advertirme, viejo amigo?
Isaac palideció, pero Cygnus pareció no darse cuenta y continuó acercándose mientras decía:
— El Maestro Crystal debió decirte lo que ocurre. Atenea está prisionera en el Tártaro y si los inocentes a los que amaste han de continuar en paz, debemos liberarla. En verdad que te agradezco que hayas venido hasta aquí, pero no puedo seguir tu consejo.
— Es por tu propio bien —insistió Isaac, sin verlo a los ojos.— Después de todo por lo que has pasado, sería sumamente cruel que murieses aquí.
Hyoga dio otro paso hacia él.
— No puedo jurarte que no va a ocurrirme nada, pero sí que no dudaré en hacer lo que sea necesario con tal de sobrevivir a esta batalla.
— ¡Pero es que no comprendes a lo que te enfrentas! —gritó Kraken, mirándolo a los ojos.
Su expresión hizo que el Caballero se detuviera. Algo en su interior, el sexto sentido en el que no le gustaba confiar, empezó a advertirle que tenía que irse. Pronto.
— ¡En todos tus combates te enfrentaste tanto a tus enemigos como a tu infierno personal! —continuó Isaac, en clara alusión a lo que había pasado entre ellos y a que sólo había podido vencerlo hasta que comprendió que los sentimientos no cuentan.— Pero este sitio es diferente. ¡Tus enemigos te atacarán con tus propios demonios hasta que tú mismo pidas la muerte para tu alma!
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Hyoga, frunciendo ligeramente el ceño.— Desde que éramos niños, tú fuiste quien me impulsó a enfrentarme a lo que obstaculizara mi camino.
La mirada de Isaac se volvió suplicante, como si un intenso remordimiento lo consumiera por dentro.
— ¿O no fuiste tú —continuó Hyoga— quién rompió el hielo para que buscara a mi madre, aun cuando estabas furioso conmigo por ocultarte mi secreto?
— Tienes mucho por qué regresar a la superficie —interrumpió Isaac, tratando de ignorar el obvio recuerdo al que estaba aludiendo.— Te espera una vida plena al lado de esa muchacha a la que amas. En el Averno sólo encontrarás el sueño eterno del que no habrá despertar. Vete. Regresa al Portal y vete.
— ¿Qué te pasa, Isaac? Tú nunca has actuado así.
Hyoga extendió la mano hacia él para tocarlo en el hombro como cuando eran niños. Pero el General de Marina dio un paso hacia atrás, estremeciéndose.
— Vete. Por favor, aún estás a tiempo.
— No voy a hacerlo. Y vas a decirme que te está pasando.
Kraken lo miró a los ojos. Su expresión era insegura.
— El mal te rodea, Cygnus. Si no te marchas...
En respuesta, la mirada de Hyoga se endureció.
— Es inútil que insistas —sentenció.— No voy a marcharme del Averno sino al lado de Atenea y de mis amigos. Eso es lo que el Maestro Crystal quería de mí y voy a cumplirlo.
Isaac siguió negando con la cabeza, dando otro paso hacia atrás hasta que topó de espalda contra uno de los álamos.
— Es también por nuestro Maestro... —confesó en voz baja.— Él...
Un relámpago iluminó la zona e Isaac comenzó a gritar, presa visible de un intenso dolor. Se llevó las manos a las sienes, presionándolas con fuerza y se dejó caer de rodillas, su cuerpo sacudiéndose con violencia.
— ¡Isaac!
Hyoga trató de cerrar la distancia que quedaba entre ellos para ayudarlo. Pero su amigo extendió su mano derecha hacia él con la palma de la mano al frente, impidiendo que lo hiciera.
— ¡No es nada! —respondió con voz quebrada.— ¡Vete al Portal, te lo suplico!
— Pero...
Isaac volvió a gritar y, aunque estaba de rodillas, inclinó su cuerpo hacia adelante. El brazo que había extendido comenzó a temblar, como si se resistiera ante una fuerza superior, y cerró su mano en un puño, el dedo índice señalando al Caballero.
— ¡Tú! —gritó.— ¡Tú eres el culpable de que yo esté así! ¡Nadie más que tú!
Hyoga se quedó quieto en su sitio.
— ¿Por qué lo dices? —murmuró aunque ya conocía la respuesta.
Isaac alzó la cabeza y lo miró de frente. Su rostro estaba muy pálido, producto del dolor y de la rabia, y sus ojos centellaban como el fuego.
— ¿Qué sentiste cuando mi sangre caliente te tocó, Hyoga de Cygnus? ¿Qué significó escuchar mi último suspiro, Caballero Ateniense? ¿No fue suficiente que perdiera mi ojo izquierdo por salvarte?
Todas esas acusaciones fueron como una puñalada para Hyoga. No era la primera vez que las escuchaba, pero no era lo mismo hacerlo con la voz de su conciencia que con la voz de aquel que fue su víctima. Isaac lo miró con odio y gritó:
— ¿Qué se siente matar a tu mejor amigo, Hyoga?
Cygnus, involuntariamente, dio un paso hacia atrás mientras su cuerpo se estremecía. Isaac se puso de pie, manteniendo su expresión acusadora.
Un nuevo resplandor brilló en el cielo, iluminando a una figura vestida de negro de, detrás de un álamo, contemplaba la escena y sonreía. Pero ninguno de los dos amigos alcanzó a verla.


"Espera y confía", le había aconsejado Dokho hacía muchos años, cuando su autoexilio en Jammyel le parecía una carga demasiado pesada. "Llegará el momento en que la verdad saldrá a la luz y entonces sabremos si hemos estado equivocados durante todo este tiempo o si percibimos la verdad antes que nadie. Y entonces lucharemos al lado de Atenea."
Aunque esas palabras no lo tranquilizaron del todo cuando las escuchó por primera vez, cada ocasión que las recordaba comprendía que el Anciano Maestro había tenido razón. No les quedaba más alternativa que confiar y esperar.
Así ocurrió durante la Batalla de las Doce Casas, cuando no le quedó más remedio que aguardar a que cinco Caballeros del nivel más bajo realizaran un milagro que demostrara que esa joven realmente era la reencarnación de Atenea.
Igual ocurrió durante la Batalla de Asgaard, cuando la diosa les pidió que aguardasen a que tratara de convencer a Hilda de Polaris de que estaba equivocada y que, si necesitaba su ayuda, los mandaría llamar. Lo que nunca ocurrió.
Igual ocurrió durante la Batalla de Atlantis, cuando Dokho les prohibió abandonar el Santuario con el pretexto de que un terrible mal podría manifestarse, pero en realidad para que no interrumpieran el crecimiento cósmico de aquellos que sí fueron dignos de la diosa.
E igual le ocurría en ese momento. Pero por vez primera no bastaba con confiar en la Providencia. Tenía que confiar en una persona y descubrió que esperar y confiar en un ser humano resultaba mucho más difícil que esperar y confiar en el destino.
Shaka de Virgo llevaba un rato meditando y rezando, sus labios pronunciando silenciosamente frases en uno de los muchos dialectos de su natal India. Su dorado cosmo brillaba a su alrededor, pero Moo no se preocupó porque pudieran descubrirlos. Al fin y al cabo estaban y no en el Averno, al alcance de Hades y al mismo tiempo muy lejos de él.
Si Saga hubiera estado vivo, sabía, habría sido el tercer integrante de aquella expedición. Y habrían ganado bastante tiempo. Después de todo, Saga podía moverse entre dimensiones y no habría tardado nada en encontrar el subplano al que tenían que dirigirse y al cual los seres vivos tenían vedado el paso. Pero el Santo de Géminis había muerto y sus dones se habían perdido, así que no les quedaba más opción que tratar de buscar el subplano por ellos mismos. Shaka, por supuesto, había sido el segundo candidato gracias a su capacidad para enviar a sus enemigos a los seis infiernos, pero le estaba llevando más tiempo que al Santo difunto. Y a Moo no le quedaba mucho por hacer, de momento, más que confiar y esperar.
Miró hacia el resplandor dorado que los acompañaba. Un carnero, un toro, un león, una virgen y un escorpión: cinco figuras que brillaban con el oro del que estaban hechas. Si Hades supiera que los Tresors que le faltaban para completar estaban tan cerca de él...
Sin querer, Moo recordó lo que había ocurrido hasta entonces. Cómo, después de que se despidieron de sus compañeros justo antes del último ataque de los Guardianes del Estigio, Shaka había ejecutado un Tesoro del Cielo para encerrarlos a ambos y a los Tresors (apenas los demás les dieron la orden de que se retiraran de sus cuerpos lo más pronto posible) en él. De momento sólo había alcanzado ese ambiente que existe entre planos, pero el tiempo seguía su marcha y no podía encontrar aquel al que necesitaba ir.
Sí, Hades y los suyos serían enemigos formidables.
Pero faltaba alguien, y ese alguien podría ser un obstáculo más grande que todos los daimons que vivían en el Averno. Y si Shaka y él fallaban...
No quiso pensar en ello aunque sabía lo que podía pasar. Suspiró y, pese a su calmado exterior, cerró los ojos e inclinó la cabeza, tratando de concentrarse en el resto de su misión.
Pero no pudo hacerlo. Porque si fallaban, si no convencían a aquel a quien debían, Atenea y sus Santos le pertenecerían al Averno por lo que les quedara de vida. Y nadie, absolutamente nadie, podría cambiar esa sentencia.
En eso, sintió dos latigazos mentales y se sobresaltó ante ambos. Hacía mucho que no se alteraba de modo semejante, pero también hacía mucho que no combatía. Cinco guerreros de bronce habían ocupado su lugar en las últimas ocasiones...
— Lo encontré.
Volteó a ver a Shaka. Seguía sentado sobre el suelo y había volteado en su dirección, pero no había abierto los ojos. Aún así, Moo sintió que podía observar todos sus movimientos y expresiones y trató de recuperar su calmada actitud.
— ¿Estás seguro?
Shaka se limitó a mirar hacia él y asentir débilmente, como si le hubiera resultado un poco molesto que Moo dudara. Aries suspiró.
— ¿Y los tresors?
— Se quedarán en un lugar seguro. Nadie que provenga del Averno podrá encontrarlos.
Era lo que habían convenido, y ese era otro motivo por el cual Shaka había sido incluido en esa parte del plan desde el inicio. Si ellos no regresaban del lugar a donde irían, Aldebaran, Milo y Aioria podrían necesitar sus armaduras. Y estarían ocultas a simple vista, en el mismo Averno, al alcance sólo de los seres vivos que provinieran de Terra.
Moo pareció titubear un segundo al ver que Shaka se ponía de pie y se preparaba para seguir adelante. El Santo de Virgo lo notó y, sin expresión alguna en el rostro, afirmó:
— No sabía que esperábamos a alguien más.
Esa vez Moo tuvo que esforzarse un poco más para conservar su apariencia tranquila aun cuando, en teoría, no había ojos que lo estuvieran observando. Así que él no había sido el único que había percibido el momento en que atravesaba el Portal y se teletransportaba.
— No debió venir —respondió.— Pero si permito que permanezca mucho tiempo en el Averno...
Y de repente, Shaka sonrió, o por lo menos tuvo el gesto más parecido posible a una sonrisa en su eterna tranquilidad.
— No tienes que dar explicaciones —sentenció.— Es cuestión de minutos para que llegue a este sitio.
Al decir eso, se sentó sobre el suelo de nuevo. Moo deseó que lo que se decía fuera cierto y que Shaka pudiera ver incluso con los ojos cerrados. Porque aunque no le había dado las gracias, su mirada estaba llena de gratitud.
Lo único que lo mortificó fue que esos minutos que necesitaban para salvar una vida no se tradujeran en minutos que pudieran costar otra.


Elis de Thanatos cerró la puerta del salón principal tras de sí. Con paso firme, se acercó hacia el trono de su señor y, tras saludarlo con un respetuoso ademán, se arrodilló e inclinó la cabeza. Hades asintió en una leve señal de reconocimiento. Y a pesar de que ambos sabían que el Señor de los Muertos sólo usaba esa cámara en ocasiones importantes, ninguno se animó a comentarlo.
— ¿Me llamó, Milord?
De reojo, notó que la expresión de Hades había cambiado. Sabía en parte por qué, pero no estaba seguro de lo demás.
— Debiste notar que el cosmo de Arges de Cíclope se extinguió hace poco —respondió el Señor del Averno, su voz sin mostrar emoción alguna.
Elis inclinó aún más la cabeza y se obligó a decir lo que había rechazado algunos minutos atrás.
— Sí, Milord, lo percibí. Pero también debió sentir que el cosmo del Caballero Ateniense que peleó contra él se ha estancado y no pasará mucho tiempo antes de que también se apague.
Alzó la mirada. El rostro de Hades se había vuelto completamente inexpresivo y, contra su voluntad, se preguntó por qué ocurría eso. Durante todo el tiempo que había vivido en el Tártaro nunca había visto que su señor mostrara esa actitud.
— Arges, antes de morir, logró encerrarlo en un abanico de realidades —afirmó Hades a la vez que sonreía débilmente.— El caballero nunca saldrá de ese laberinto mental.
— Le aseguro que ocurrirá lo mismo con los demás, Milord.
— Ya lo sé —interrumpió Hades.— Al que llaman Pegaso se enfrenta a Minos...
Frunció el ceño un instante. Estaba refiriéndose al favorito de su sobrina.
— En cuanto a Cygnus, —se atrevió a continuar Elis al ver que su señor hacía una pausa— creo que deberíamos compadecerlo. En este momento empieza a enfrentarse a sus crímenes y pecados.
Hades no preguntó quién sería el rival de Hyoga. Desde la Era del Mito, la criatura que protegía al Tercer Guardián era temida hasta por los dioses mismos, empezando por Zeus.
— ¿Y el Cuarto Caballero? —preguntó.— ¿Lo han encontrado?
Por primera vez, Elis no respondió de inmediato.
— Sé que los daimons lo atacaron y lograron herirlo —afirmó.— Ya era hora de que hubiese muerto, pero no he percibido que su cosmo se extinga todavía.
De momento, Hades se preguntó (en vano) si se debía a la protección de Atenea. Sin embargo, tuvo que rechazar esa idea de inmediato. Hacía poco que había hablado con su sobrina y no percibió ningún poder que emanara de ella. Al contrario, ¿no se estaba rodeando su cosmo por un halo negro?
Estaba consciente de que obtendría la respuesta al mal presentimiento que lo había azotado si se dirigía a la biblioteca y hablaba con ellas. Pero no tenía voluntad suficiente para descubrirla y exponerse a reconocer que quizá Perséfone tenía razón.
Eso lo guiaba a la siguiente pregunta, una que tampoco se atrevía a responder por sí mismo.
— Elis, ¿alguna señal de mi esposa?
— No, Milord. No hemos hallado a Lady Perséfone en el Palacio. Debe haber salido.
En un pensamiento fugaz, Hades relacionó la desaparición de Perséfone con el cosmo cubierto del caballero ateniense. No podía ser, rechazó de inmediato. Ella lo amaba y no haría nada que se opusiera a sus deseos. La idea de que estuviera protegiendo a uno de sus enemigos era demasiado absurda para ser verdadera.
— Es necesario que acaben con los Caballeros y encuentren a Perséfone lo más pronto posible –—afirmó, mirando al Guardián.— Es lo que más me preocupa en este momento.
— Así se hará, Milord —respondió Elis, volviendo a bajar la mirada.
Hades se levantó de su trono y caminó hacia una de las pocas ventanas del salón. Ni siquiera siendo el Señor del Reino de los Muertos le gustaban las habitaciones sin ventanas, aunque fuera poca la luz que entraba por ellas. El cielo del Averno se había vuelto obscuro, casi negro, y los relámpagos eran cada vez más frecuentes e iluminaban el interior del Palacio.
— Sé que mi actitud es diferente a como ha sido hasta ahora —afirmó en voz baja, como si estuviera solo.— Perséfone no comprende, las Moiras no dicen nada y mi sobrina me ha repudiado. Espero que al menos tú entiendas lo que está pasando.
Elis, que lo había estado mirando de reojo, permaneció en su lugar. Se llevó la mano al pecho y, con humildad, respondió:
— No tengo por qué entenderlo, Milord. Mi deber es obedecerlo, seguirlo y protegerlo, no comprender ni juzgar sus acciones.
Hades lo miró por sobre el hombro. Por ello, Elis no alcanzó a ver su expresión de gratitud hacia su lealtad.
— Has sido así desde que llegaste al Averno —respondió.— Sé que no confesarás tus verdaderos pensamientos, ni siquiera si te lo pido, pero también sé lo que has vivido durante estos últimos años.
Volteó de nuevo hacia el exterior. Bajo la obscuridad y los relámpagos, veía las murallas y el Erebo y, más allá, la niebla que cubría a la Estigia.
— Siempre hemos vivido en un ambiente triste, sin colores ni plantas —murmuró.— Sólo las sombras de los condenados se pasean en esta tierra. Al principio no me importaba, porque fue lo que convine con mis hermanos.
Hasta que llegó Perséfone, que había conocido la vida en la superficie y la extrañaba. Y comenzó a hablar de fiestas y jardines, de música y flores, y del color que se encuentra en Terra en cualquier momento y en cualquier lugar. Y también de la extraña raza que empezaba a convivir con los dioses griegos, de aquellos seres humanos cuyos nombres poseían una rara y dulce musicalidad.
— Es irónico que, hasta ahora, tenga la posibilidad de cambiarlo. Después de miles de años, de reencarnaciones, de héroes humanos y hermosas ciudades que yacen olvidadas en el tiempo. Él me dio la oportunidad para que el Averno mejores. ¿He de desperdiciarla?
Aunque Elis no respondió, entendió al momento que se refería al Omnipotente y al libre albedrío que igualaba a ángeles, hombres y dioses antiguos. Libertad de elegir el bien o el mal, de obedecer o de pecar.
— Algún día, Perséfone entenderá que sólo busco unir más nuestro mundo con el otro y me lo agradecerá. En cuanto a Atenea...
No pudo continuar. En su mente recordaba el halo negro que rodeaba su dorado cosmo. Tal vez Perséfone comprendería la validez de sus intenciones, ¿pero justificaría el precio que hacía pagar a su sobrina?
— Encárgate de que sus Caballeros no lleguen al Palacio. Tienen tres murallas para detenerlos y eso deberá ser suficiente —ordenó, cortando de golpe su confesión.— Puedes retirarte.
Elis se puso de pie y volvió a saludar.
— Juro que, para el fin de este día, sólo quedarán los Caballeros o los Guardianes. Los detendremos con nuestras propias vidas, Milord.
Dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Se alegró de que, aunque su señor tenía el poder de leer las mentes de los seres humanos, no lo hiciera por costumbre.
O habría descubierto la inquietud que su fachada segura ocultaba, la misma que no se había atrevido a confesarle a Laertes y que había convertido su mente en un remolino.
Hades escuchó cómo se retiraba sin mirarlo de nuevo. "Voy a cumplir mis propósitos incluso aunque tenga que matar a tus Caballeros, Atenea", pensaba. "Es por tu bien. Es por el bien de Perséfone. Es por mi bien."
No podía sentir arrepentimiento. No tenía por qué hacerlo.


¿Cuánto tiempo había combatido sola a los daimons? Quizá no llevaba o una hora, o capaz que se acercaba a las dos. El caso es que Marine sentía que había peleado por siglos.
A pesar de que se concentraba en su combate, sin querer se preocupó por los tres que habían entrado al Averno. Sabía que Shaina podría enfrentarse a cualquier peligro. Pero Kiki, aunque hubiera participado en la Batalla de Atlantis con valor y entusiasmo, no tenía más arma que su telekinesis. ¿Y Jabu? De acuerdo, poseía un ken, pero le faltaba lo más valioso, algo que alguna vez tuvo pero perdió. Confianza en sí mismo.
Dos daimons se abalanzaron sobre ella, pero logró evadirlos. Por primera vez en muchos años, sentía el aire golpear contra su rostro, y de ahí extraía ánimos para continuar. Eso, y del saber que de ella dependía que esos daimons no se acercaran a la Cámara del Maestro, al avatar que mantenía abierto el Portal y, con ella, a la última esperanza de Atenea, sus Santos y sus Caballeros. Su hermano incluido.
No, falso. El hermano de Seika. No el hermano de Marine de Águila.
¿Por qué no le confesó la verdad después de la derrota de Poseidón? Asterión ya le había revelado su identidad y él no tuvo inconveniente alguno en creerla. La guerra había terminado, ¿qué tenía ya por perder? Y su hermano y alumno, ¿no se había ganado el derecho a averiguarlo?
Tal vez porque ella fue de los pocos que recordó que se aproximaba el Fin del Ciclo. Había sido más una corazonada que una certeza, un presentimiento sobre el conocimiento. El recuerdo de lo que alguna vez leyó en la biblioteca del Santuario, de la imagen de Shion, el verdadero Patriarca, muerto en Star Hill. Atenea iba a morir.
¿Cuándo? Lo ignoraba, pero iba a fallecer como todos deben hacerlo. Y ese día, sabía, iba a ser el más difícil en las vidas de todos, pero en especial en la de su hermano.
Seiya debía continuar su progreso en el cosmo. Y sólo había un modo: apartando los sentimientos. Así que Seika continuó oculta bajo la máscara de Marine a pesar de que Atenea había dictado el fin de esa costumbre.
Pero ni todas las máscaras del mundo lograron evitar que, por cada daimon que derribara, salieran tres más del Portal. En eso, un pequeño grupo empezó a dirigirse hacia la Cámara del Maestro sin que pudiera evitarlo.
— Nada de eso... —gruñó entre dientes.
Empezó a correr hacia ellos, pero un grupo de quince guerreros la rodeó, impidiéndole alcanzarlos mientras, aumentando la velocidad, se dirigían hacia la Cámara del Maestro. Miró a su alrededor. No tenía escape, o al menos no uno inmediato.
Por más que vio sus manos, brillando rojizas con la marca del veneno y listas para tocarla y matarla, no pudo sino maldecir que sólo fuera una amazona en contra de tantos guerreros. Volvió a preguntarse por qué nunca le había confesado la verdad a Seiya.
Y comprendió que las mejores razones de la mente se derriten frente a las peores razones del corazón.


Durante los seis años de su entrenamiento, tres objetivos lo motivaron a no rendirse y huir del Santuario. El primero, obvio, era volver a ver a Seika. El segundo, obtener la Armadura de Pegaso, pero sólo porque eso lo llevaría a su primera meta. Y el tercero, consecuencia de los dos anteriores, era volver a ver a Mitsumasa Kido, entregarle la armadura, exigir que lo llevara con Seika y, una vez cumplido lo anterior, escupirle al rostro. El enterarse que había muerto un año después de su partida a Grecia echó a perder ese último.
Ahora que tenía frente a sí al hombre que más había odiado durante su vida, comprendió que sin importar cuán grandes hubiesen sido su rencor y su odio, no habría podido hacerlo.
Cuando eres joven, rechazas cualquier forma de autoridad casi por instinto. Sin embargo, sí reconoces ese extraño aire de grandeza y dignidad que algunos poseen. Seiya lo entendió en ese momento, así como que Mitsumasa Kido había sido uno de aquellos seres extraños cuyo espíritu sólo necesita un pequeño motivo para crecer hacia las alturas. Esa razón había sido encontrar a un muchacho moribundo con un bebé en brazos. "Desde que nació debió ser grande", pensó, sorprendido ante lo que sentía. "Pero gracias a Saori y a Aioros, lo fue mucho más."
Kido era tal y como lo recordaba, y vestía el kimono gris y negro que portaba la última vez que lo vio. Su voz, profunda y calmada, continuaba hablándole.
— El que seas un Caballero y no un simple ser humano no te libera de las dudas o de la sospecha, Pegaso. Al contrario, te enfrenta a peores decisiones.
Hasta ese segundo, Seiya descubrió que se había quedado boquiabierto.
— ¿Qué hace usted aquí? —fue lo único que se le ocurrió preguntarle.
Kido se detuvo a cinco metros de distancia.
— Vengo por la misma persona que tú, Seiya de Pegaso.
— ¿Saori? —murmuró el Caballero, sus ojos relampagueando con el brillo del Rigor Mortis.
Las cuerdas le apretaron un poco más, como insistiendo en la decisión que había tomado. Eso le recordó todo lo que quería decirle desde hacía tantos años y exclamó:
— ¡Es por su culpa que estoy aquí!
Kido lo miró fijamente en silencio. Seiya habría agitado la cabeza y hecho mil aspavientos con las manos de no haber sido por la cuerda.
— ¡Usted fue quien eligió mi destino sin consultarme! —continuó, cada vez alzando más la voz.— ¡Usted me separó de mi hermana y me obligó a convertirme en Caballero!
El Gran Mitsumasa, como lo llamaban los diarios, continuó sin responder.
— ¡Sé que tenía una excelente razón para secuestrar niños, pero no tenía por qué escogerme a mí ni destrozarme la vida! —gritó Seiya.— ¡Y no sólo a mí, sino a todos mis amigos! ¡Lo peor es que ni siquiera tuve el derecho de reclamárselo!
Esas últimas palabras, pronunciadas con su propia voz, regresaron a Pegaso a su realidad. No había tenido el derecho de reclamárselo porque Kido había muerto. Pero en ese momento que podía hacerlo y escupirle todo su rencor, cual lo había esperado durante años, comprendió que había otro motivo más importante que impedía sus quejas. El mundo había estado en peligro: las individualidades no contaban y así había ocurrido con él. Su vida personal (y, si pensaba en ello, también las de sus compañeros) habían sido crueles, pero Terra había sido salvada.
Fue como si un balde de agua fría le cayera por la espalda y ya no pudo continuar con sus protestar. Kido se le acercó un poco más, entendiendo que había llegado su turno de hablar.
— En el Averno tienes todo el tiempo del mundo —afirmó.— Así que podré contarte una historia.
En otra situación, Seiya habría mandado las narraciones al demonio. Pero en esa situación se limitó a asentir, aunque no supo si era su mente, su conciencia o el Rigor Mortis lo que lo obligaba a hacerlo.
— Muchos años atrás, un hombre tenía cuanto podía desear —dijo el anciano.— Había logrado una gran fortuna a pesar de que vivía en un país destrozado por la guerra. Había adquirido la reputación que implicaba ser exitoso en los negocios. Había patrocinado una fundación de caridad a la cual destinaba gran parte de su dinero y de su tiempo y que le hacía sentir bien. Y acababa de librarse de sus guardaespaldas para poder vagar por las ruinas de una hermosa ciudad, justo antes del amanecer. Pero ese hombre sabía que le faltaba algo, y hasta ese día supo qué.
Por alguna razón, la vista de Seiya comenzó a nublarse. Alrededor suyo sólo podía ver las desdibujadas siluetas de los álamos; un borrón obscuro había sustituido al cielo y uno color bronce a la muralla. Lo único que conservaba su delineado perfecto era la figura de Mitsumasa Kido.
— El hombre nunca tuvo hijos —continuó el japonés— porque en medio de sus negocios no había tenido tiempo de enamorarse. Pero nunca había sentido que le faltaran, así que no le interesaba. Tampoco había hecho nada heroico en su vida por el simple hecho de que nunca tuvo que intentar nada extraordinario. Era un adolescente cuando terminó la guerra, y la sola imagen que guardaba de la misma era la destrucción sin sentido de dos ciudades sin que alguien lograse explicarle por qué había ocurrido.
Al llegar a ese punto, los ojos de Kido brillaron por el recuerdo. En medio de su borrosa vista, de esa sensación como de ensueño, Seiya sólo se preguntó si los ojos de los muertos pueden brillar con la misma intensidad que los ojos de los vivos. La respuesta era, en definitiva, con mucha más.
— Pero esa mañana en que logró entrar a las ruinas antes de que se abrieran al público, entendió lo que le faltaba. Le faltaba amar a una persona y sentir el heroísmo cerca de él. Porque encontró a un muchacho moribundo con un bebé en brazos.
"Saori y Aioros", se dijo Seiya, aunque casi desde el inicio había comprendido que la supuesta narración no era una alegoría.
Las cuerdas del Rigor Mortis le apretaron con más fuerza.
— Tampoco yo elegí mi destino por completo aunque tuve la oportunidad —continuó.— Hubiera sido fácil abandonar a Saori o dejarla en un orfanato, justo como pasó contigo. Hubiera sido sencillo esconder el Tresor de Sagitario y usarlo para mi propio provecho. Pero ahí estuvo la decisión por la cual mi destino dejó de pertenecerme. Sufrí mucho en consecuencia, pero hoy que estoy tan lejos de todo, me alegro de haberlo vivido.
— ¿Cuál sufrimiento? —preguntó Seiya, su mirada relampagueando.— ¡Sufrimiento el que hemos vivido hasta este instante!
— Me sorprende que pienses de una forma tan egoísta, Pegaso, cuando fue la generosidad lo que te trajo aquí.
Si bien sus palabras no tenían la menor intención de un reproche, Seiya sintió como si estuviera siendo regañado de nuevo, como si continuara su entrenamiento bajo el cuidado de Marine, o si se enfrentara con Tatsumi en la Fundación Galahaad, o volviera a discutir con Saori cuando disfrutaba hacerla renegar. Pero jamás, que recordara, Kido había regañado a alguno de ellos. "Para todo hay una primera vez", dijo su mente. "Incluso después de muerto."
— Cuidé a Saori desde que era un bebé, sabiendo que era la reencarnación de una diosa desde el inicio —le dijo Kido, acercándosele.— Pero cada vez que la observaba mientras dormía, inevitablemente volvía a mí la imagen de aquel muchacho que dio su vida por ella. Y me decía que si ese era el inicio, ¿cuánta sangre habría de derramarse en su nombre? Y ella, ¿qué juicios habría de enfrentar? Sólo que no lo pensaba con respecto a una desconocida —y añadió, en voz más baja.— Lo pensaba con respecto a mi nieta.
Largas noches en vela pensando lo que aquella vida a su cuidado habría de pasar una vez que conociera su nombre. El dolor, la soledad y el sacrificio. Y la enorme responsabilidad e educarla para que fuera una diosa sin que lo supiera hasta que llegara el momento. El saber que de él dependería que la heredera de un imperio japonés, a pesar de su poderío, fuera capaz de ser generosa y compasiva, de amar a la Tierra y a sus habitantes más que a sí misma... ¿Qué habría sentido Kido en el Más Allá al ver a su amada Saori caer herida por la Flecha Dorada, o inconsciente en el hielo de Asgaard, o casi ahogada dentro del Soporte Principal?, se preguntó Seiya en un segundo.
Renuncia, renuncia, le empezó a parecer que decía el viento entre los álamos.
No escuches al anciano y renuncia ya. Piensa en tus amigos.
Kido no dio señal de oír al viento, pero dijo:
— Y no sufrí sólo por Saori. También sufrí por ustedes.
— ¿Por nosotros? —respondió, su tono lejano a la ironía y cercano a la sorpresa.
Pensó que encontraría en la mirada de Kido la astucia propia de los hombres de negocios. Sin embargo, en lugar de ello, Seiya halló sinceridad. El hombre no le mentía, y eso se remarcaba en que lo veía de frente sin intentar ocultar absolutamente nada.
— Como ya te dije, Pegaso, vi de joven los horrores de una guerra sin sentido —afirmó Kido, su voz reforzando la franqueza de su expresión.— Hubiera dado todo porque hubiese tenido otra opción, pero cada vez que miraba a Saori pensaba en Aioros de Sagitario y en lo que me hizo jurarle.
"Lo mismo que nos pidió a los que alcanzáramos su templo, su testamento escrito en piedra", pensó Seiya, la niebla de sus sentidos extendiéndose a su mente. "Os encomendaré..."
Una promesa de fantasía, dijo el viento.
— Habría de reunirse un grupo de caballeros alrededor de Saori cuando ella creciera y conociera su nombre —prosiguió el anciano japonés.— Una Orden protegida por armaduras mitológicas y una constelación que les daría poderes. Pero ellos deberían estar dispuestos a morir con tal de salvarla y protegerla, justo como Aioros falleció aquella mañana.
"Aun cuando era muy joven", respondió Seiya mentalmente. "Aun cuando su futuro como nuevo Patriarca era luminoso, incluso aunque tenía un hermano menor y aunque fuera su mejor amigo quien lo mató. Ella estaba primero."
Los héroes acaban muertos. ¿Qué valor hay en el heroísmo si la muerte es tu única recompensa segura?
Kido se acercó a Seiya, deteniéndose a unos cuatro pasos de distancia. La cuerda comenzó a vibrar y a emitir un zumbido, pero ni apretó más al Caballero ni atacó al anciano.
— Aioros me encomendó crear a la nueva Orden —afirmó este último, su mirada clara y tranquila.— Y si estaba escondiendo a Saori, no podía convocar a los aspirantes como se hacía en el pasado.
— ¿Y por eso secuestró huérfanos por todo el mundo? —preguntó Pegaso aunque su tono ya no era agresivo.
Kido bajó la mirada.
— Era lo único que podía hacer. Nadie preguntaría por ustedes.
— ¿Cómo tuvo el corazón par hacerlo si sabía que podríamos morir en el futuro?
No lo escuches, cantaron los álamos.
Kido volvió a verlo a los ojos, con su fachada firme a pesar de su calma.
— El destino de todos es morir —respondió.— Y aunque me partía el corazón cada vez que los veía, estaba consciente de que era lo único que me quedaba por hacer. Si alguien es culpable de lo que tú y tus amigos han sufrido, he sido yo. Y por eso, te pido una disculpa.
Seiya supo que en lo que le quedaba de vida (fueran minutos, horas u años) jamás podría olvidar lo que presenció en ese instante. Porque el Gran Mitsumasa Kido, el magnate japonés, el abuelo adoptivo de la mujer que amaba y el primer integrante de aquella nueva Orden, se arrodilló ante él y se inclinó, presionando su frente contra el piso y pidiéndole una disculpa a la manera tradicional. ¡Dioses!, fue lo único que pensó al ver a la dignidad y grandeza de espíritu reconociendo no un error, sino su responsabilidad en el sufrimiento que había experimentado durante su vida.
Sintió que se le revolvía el estómago. Nunca esperó nada semejante.
Kido volvió a ponerse de pie y, con dignidad, sentenció:
— Pero yo no he fui el único que ha decidido. Ustedes aceptaron el camino que yo les mostré y esa fue su elección. Y, entre ellas, la tuya.
— ¿Qué quiere decir? —murmuró con un hilo de voz.
El helado viento comenzó a soplar con más fuerza, tirando a su paso muchas de las pequeñas ramas de los álamos.
— Te dije que yo no pedí encontrar a Saori ni a Aioros pero elegí cuidar de ella y del Tresor aunque existían otros caminos. Y tu...
Seiya sintió el corazón en la garganta.
— Pudiste haber regresado a Grecia después del Desafío Galáctico, como muchos de tus compañeros, en lugar de permanecer con Saori y buscar el Tresor robado. E igual tus amigos. Pero en lugar de renunciar, han permanecido unidos y ahora han venido al Averno. Por ella. Fue su decisión.
— Es cierto —respondió Seiya, su emoción visible en el temblor de su voz.— Pero ya decidí no continuar.
Kido no respondió.
Los álamos aguardaron.
— A lo largo de los años he visto a mis amigos sufrir con tal de ayudarme y a Saori padecer por salvar a la Tierra —dijo el joven Caballero, apenas sosteniéndole la mirada al anciano.— Ahora ella tiene que morir. No está herida ni enferma. Es sólo que ha llegado su tiempo. ¡Y no puedo aceptarlo!
Su exclamación estaba llena de dolor y rabia contenida. Involuntariamente, sus ojos se llenaron de lágrimas que no trató de ocultar.
— Saori ha hecho tanto por la Tierra y ha de morir sin tener la vida que se ganó —murmuró con voz quebrada.— Quizá no sea lo correcto, pero Hades está siendo misericordioso con ella.
El viento entre los álamos se volvió más suave.
— Quiero quedarme a su lado —confesó el joven finalmente.— No puedo creer que algún día volveremos a estar juntos y seguir adelante con esa sola esperanza, como Hilda y Sigfried. Quiero creer en que la veré cada hora de mi vida hasta el fin del tiempo, que podré protegerla contra la eternidad y que jamás nos separaremos.
Ya no pudo sostenerle la mirada a Kido e inclinó la cabeza cuanto se lo permitió el Rigor Mortis.
— Voy a entrar al servicio de Hades —murmuró.— Mis amigos dejarán de sufrir y podré estar con Saori. Por siempre.
Los ojos de Kido se suavizaron dentro de su inmensa pena.
— Amas a Saori, muchacho —dijo con voz suave.
Una lágrima rodó por la mejilla de Seiya.
— Más que a mi vida.
— Cuando amas a alguien, buscas lo que sea mejor para esa persona. Aunque te duela.
Seiya sonrió débilmente, su gesto lleno de ironía.
— ¿La muerte es lo mejor? —preguntó en voz baja.— ¿Es su recompensa?
— Quizá no para Saori, pero sí para la diosa que vive en ella.
Se interrumpió, como si fuera incapaz de continuar. Seiya volvió a mirarlo y sin querer se asustó. La expresión de su rostro mostraba pesar y miedo.
— ¿Le ocurre algo a Saori? —preguntó el Caballero, su corazón comenzando a palpitar furiosamente.
— No soy yo el indicado para decírtelo. Pero su cosmo está siendo absorbido por el Averno. A cada segundo, Saori se convierte en el alimento de la Tierra de los Muertos.
Seiya no se atrevió a responder. Si Saori perdía su brillante cosmo, ¿qué sería de ella?
— Tú eres el Caballero que más ama y aquel en el que ella más confía —sentenció.— Si has de renunciar al grupo, hazlo convencido y con la cabeza en alto, sin sentir vergüenza por tu decisión.
El viento sopló con fuerza.
— Pero —continuó— si de verdad la amas, llévala al Portal y devuélvela a la superficie.
— ¡Morirá si lo hago!
— Será una muerta viviente si no lo haces.
Kido dio la vuelta y empezó a alejarse. Seiya quiso gritarle, incluso humillarse y pedirle que se quedara con él, pero no tuvo corazón para llamarlo.
— Mis amigos y yo moriremos...
— Siempre hay un precio a pagar —respondió Kido sin mirar atrás.— Sé que estás dispuesto a pagar ese precio. Siempre lo has estado. Tus amigos igual...
Los relámpagos se intensificaron en el cielo.
— E igual Atenea —concluyó, su figura apenas visible entre los álamos.
— ¡Pero yo la amo!
El relámpago que iluminó la zona en ese instante borró de su vista la figura de Mitsumasa Kido. Yo la amo, escuchó el eco en su mente y en su corazón. Justo como usted, pero no quiero que muera aunque yo tenga que sacrificarme.
— ¿Y bien, Pegaso? —escuchó una voz conocida.— ¿Vas a darme tu respuesta?
Miró hacia la dirección de donde las palabras habían provenido. Minos de Caronte había regresado y su rostro continuaba lleno de tristeza.
— ¿Te gustaron las palabras del anciano?
— Sabías que estaba aquí... —murmuró el Caballero.
Minos asintió.
— ¿Cambiaría en algo el que lo escuchases?
En eso, Caronte descubrió el rostro que la lágrima había dejado en su rostro y sonrió débilmente.
— ¿Te parece bien si regresamos a mi última pregunta?
Seiya lo miró en silencio y escuchó de nueva cuenta:
— Por amor a Atenea, ¿entrarías al servicio de Hades?
De momento, Pegaso no respondió. Inclinó la cabeza lo más que la cuerda lo dejó. Y pensó en lo que Kido había dicho.
Quería lo mejor para ella.
Quería que siguiera viva.
La amaba.
Y encendió su cosmo. No le importó que el Rigor Mortis empezara a absorberlo, ni que la cuerda lo apretara más. El rostro de Minos, en contraste, se volvió inexpresivo.
— Amo a Saori con toda la fuerza de mi corazón —afirmó Seiya, sus pupilas reflejando el tono azul-dorado de su cosmo.— La amo lo suficiente para saber qué es lo mejor para ella, aunque mi alma se está destrozando.
Esta vez el viento que los rodeó provino de su energía.
— Voy a sacar a Atenea del Averno. Sé que morirá cuando lleguemos a la superficie, pero también sé que es lo que ella me pediría que hiciera.
Minos se obligó a sonreír, pero su gesto estaba lleno de pena.
— Temía que dijeras eso —murmuró.


Aunque no lo sabía, la expresión de sus ojos era triste mientras veía las lejanas murallas que rodeaban al Palacio. Su mente voló a tiempos más felices, cuando al igual que en ese momento se apoyaba sobre sus brazos en el marco de una ventana y miraba hacia el Reloj del Santuario, aquellas tardes en que su misión más importante consistía en adelantarse a sus compañeros para ganar el derecho de escoltar a Atenea hacia el comedor. En ese instante, sin embargo, no contemplaba ni el blanco mármol griego ni el dorado atardecer y sabía que nunca volvería a hacerlo.
Dentro de su capucha, los azules ojos de Aioria se concentraron en la obscuridad que rodeaba al Averno. ¿Por qué había caído esa noche tan irreal de repente? En el poco tiempo que llevaba ahí nunca había visto un sol luminoso, pero el cielo estaba mucho más que nublado. Era negro. Antinatural. Obviamente provocado.
¿Sabía Hades que los Cuatro Caballeros estaban ahí? Lo ignoraba, pero si Atenea había percibido los cosmos de los recién llegados, era muy posible que ocurriera igual con el Señor del Averno. "Así que de nuevo estás en peligro, Seiya", pensó, "Y tus amigos te siguieron, como siempre. Por algo aprendí a admirarlos tanto."
No quiso preguntarse si Hades sabía que los Santos estaban ahí. Si todo salía bien, no habría forma de que los descubrieran.
Tampoco habría forma de sobrevivir.
A distancia, los relámpagos se hicieron más frecuentes, apenas iluminando el borde de su capucha, pero Aioria no les prestó atención. ¿Por qué tardaban tanto en llamarlo, Atenea o Moo o cualquiera de sus amigos?, se preguntó. ¿Por qué todavía no llegaba el momento en que pudieran actuar? ¿Cómo estarían Moo y Shaka?
Y sin darse cuenta empezó a preguntarse qué habría ocurrido con Marine y si estaría bien. Comprendió por qué no se había atrevido a confesar muchas palabras durante el año pasado, pero no pudo alegrarse por ello y porque quizá la joven lo extrañaría menos de esa forma cuando ya no pudiera regresar a su lado. "Lo siento, Marine", pensó, bajando la mirada y sus ojos volviéndose más tristes. "Sé que jamás volveré a verte. Pero sólo puedo jurarte que, si está en mí, defenderé a tu hermano para que él sí pueda regresar contigo."
Un relámpago cayó casi a los pies del Palacio. La intensísima luz hizo que alzara la vista rápidamente y lo cegó un segundo después. Aioria parpadeó, confundido.
Había visto a alguien en medio de la luz.
"¿Aioros?"
Porque la silueta que había percibido había sido la de su hermano mayor, muerto hacía años. No la pose calmada y estricta de la única vez en que había visto su fantasma. Lo había visto con expresión preocupada y extendiendo una mano hacia él, como si le advirtiera de algo.
Estremeciéndose sin querer, Aioria miró hacia atrás por sobre su hombro derecho, pero no encontró a nadie cerca. Estaba solo y no quiso activar su percepción de cosmo para comprobarlo.
"¿Qué pasa, hermano?", pensó, volviendo a ver hacia el exterior pero descubriendo que los relámpagos se habían alejado. "¿Qué te impide descansar? ¿Es que le va a ocurrir algo a Atenea? ¿O acaso...?"
Sintió un escalofrío.
"¿A mí?"


No había tenido por qué bajar a ese nivel. Debería haber salido del Palacio en dirección a las murallas. Pero no lo hizo a pesar de la encomienda de su señor. Y había descubierto algo.
Cuando brilló el último relámpago, todo, absolutamente todo, había proyectado una sombra. Los pilares. Las cortinas. El aburrido sirviente que miraba por la ventana.
Al verlo, Elis de Thanatos se había ocultado atrás de una columna. Acababa de comprender por qué antes había sentido que conocía a ese sirviente. Si hubiera sido hacía dos horas, lo habría matado en el acto. Pero en ese segundo, no supo qué era lo que debía hacer.
Porque los pilares proyectaron las sombras de pilares. Y las cortinas, las de cortinas.
Pero el sirviente había proyectado la sombra de un león.


Continuará...

Material provisto por