Capítulo ocho
Un ayer diferentePor Altair
Piensa en las razones que te impulsan a combatir.
Si no las encuentras, entonces no serás un rival
capaz de derrotar a nadie.Roshi Dokho de Libra
"Esta batalla no será nada fácil", pensé mientras seguía a mis compañeros para continuar nuestro combate contra los Guardianes del Estigio. "Tenemos que perderla y la sola idea me desagrada."
A pesar de la velocidad a la que nos movíamos, podía identificar a la perfección los cosmos que estaban cerca de mí. Milo parecía estar dispuesto a masacrar a los Guardianes, incluso si nuestro plan era completamente opuesto, y Aldebaran compartía un poco del mismo sentimiento a pesar de su fachada tranquila. Shaka, para no variar, era el modelo mismo de la calma (incluso aunque si algo salía mal acabaríamos muertos) y Moo se concentraba en lo que habíamos acordado.
Encontrar el Portal y entrar al Averno, pagáramos el precio que pagáramos.
Sin querer, pensaba en muchas cosas que interrumpían mi concentración. Toda mi vida, impulsado por la supuesta traición de Aioros, me preparé para combatir buscando el triunfo, aunque conocí la derrota en muchos aspectos. Mi único propósito había sido ganar un Tresor y recuperar la honra de mi familia. El dolor y la humillación de la derrota que había sufrido al pensar que mi estirpe era de traidores a Atenea estaban en mi interior, motivándome a seguir adelante e impidiéndome que me rindiera a pesar de lo que ocurriera. La primera vez que perdí un combate fue contra Seiya y contra el espíritu de mi hermano, y no había vuelto a pelear hasta esa noche. Saber que tenía que dejar que me vencieran era lo más difícil del caso.
Miré hacia atrás, a la Cámara del Maestro. Marine había hecho lo que prometió, y la puerta estaba cerrada. Nadie podría salir de ese lugar, por lo menos hasta que Moo cumpliera su parte. "No debo pensar en qué ocurrirá si nos equivocamos", pensé.
No debo pensar en ella.
– ¡Aioria, despierta! –escuché de pronto, el tono sarcástico identificando de inmediato a Milo.– ¡No es momento de distraerse!
Milo tenía razón. Regresé mi mente al combate justo a tiempo para ver los rayos de energía que los Guardianes del Estigio nos lanzaban. Atacar con energía no tiene la misma clase que un ken personal, pero basta para deshacerse de tus enemigos de una forma rápida. Claro, siempre que tus enemigos sean más débiles que tú. Que era justo lo que debíamos aparentar.
Pude escuchar que el líder de ellos, el llamado Thanatos, maldecía. A sus ojos podríamos ser más débiles que su grupo, pero les estaba costando mucho trabajo acabar con nosotros y quitarnos los Tresors que su señor les había pedido. En otra situación, los habría calificado como ilusos, pero no me atreví a hacerlo al ver sus cosmos negros flotando a su alrededor y recordando cómo, minutos antes, habían estado a punto de robarme el aura.
Ya nos habíamos alejado de la Cámara y empezábamos a subir por la escalera que conduce al Templo de Atenea. O mejor dicho, los Guardianes habían empezado a hacerlo. Quizá Moo sí había tenido razón y estaban retrocediendo hacia el Portal.
–¡Ahora! –gritó Moo.
A su señal, llamamos a nuestro kens. El Gran Cuerno se combinó con los Quince Aguijones; lancé mi propio Relámpago de Voltaje y escuché un Sei-Samsara de Shaka. Los Guardianes retrocedieron de momento, aunque apenas era una fracción de nuestro verdadero poder. No imaginaban que en realidad estábamos cubriendo a Moo.
Porque Aries, combinando un Muro de Cristal y un rayo de energía, apuntó hacia la Cámara del Maestro y destruyó sus columnas, provocando que el techo se viniera sobre los que estaban adentro. No quise pensar en Marine y volví a lanzar mi ataque.
Los Siete Guardianes no esperaban que reaccionáramos así y menos aún contra los nuestros. Por un instante, Thanatos no pudo dar órdenes, demasiado sorprendido para continuar peleando. Sacudió la cabeza, como alejando sus dudas, y exclamó:
– ¡No dejen de atacar, pero vamos por refuerzos!
Vi de reojo que Milo sonreía con una expresión que, dentro de su eterna prudencia, podría calificarse como triunfal. Era justo lo que queríamos.
Los Guardianes subieron todavía más escalones y los seguimos de cerca. Y en eso, llegamos al Templo. Y al Portal.
Me sentí como un idiota al descubrir dónde se encontraba. ¡Era tan obvio!
Pero en lugar de que me dominara la sorpresa, de repente sentí un escalofrío. Porque ya habíamos localizado nuestra meta y nuestro objetivo era muy claro. Moo se había ocupado de los posibles obstáculos representados por los Cuatro Caballeros. Sólo faltaba un detalle.
Entrar al Averno.
Y para que no se notara lo que intentábamos, tendríamos que entrar a ese mundo casi al mismo tiempo que los Guardianes. Y aquí venía la parte desagradable. Teníamos que permitir que nos mataran.
Como si ellos lo supieran, se detuvieron justo frente al Portal, ofreciendo una última barrera defensiva. Y a una orden de su líder, los Siete lanzaron sus ataques personales contra nosotros.
A todos nos han herido en combate, me dije cuando Moo nos volteó a ver y con ese mudo gesto nos indicaba que había llegado el momento. Ni siquiera Dokho de Libra, en sus buenos tiempos, fue invulnerable, insistí. Recuerda las barreras psíquicas que has usado antes para reducir el dolor aunque sea un poco, fue lo último que logré pensar con claridad.
Porque los siete ataques se impactaron contra nosotros. No supe quién fue el que me hirió, pero de repente sentí un dolor muy fuerte en el abdomen y la boca se me llenó de sangre. A través de mi cosmo, percibí que los demás también habían sido heridos de gravedad antes de que pudiera verlos. Cuando abrí los ojos, vi que Aldebaran se sujetaba el brazo derecho con fuerza, sangre corriendo entre sus dedos, y que Milo había caído de rodillas, apretando los párpados. Shaka había sido herido en algún lugar de la cabeza, y su rubio cabello empezaba a mancharse con su sangre, pero ni así abrió los ojos. Sólo Moo había resistido de pie, a pesar de que se había puesto demasiado pálido para mi gusto y, a la altura del pecho, su armadura comenzaba a teñirse de rojo.
– ¡Eso es! –escuché que Thanatos gritaba.– ¡Los tenemos!
Los Siete comenzaron a unir sus cosmos para el ataque final. Una enorme aura de color negro comenzó a formarse a su alrededor, pronosticando lo peor para nosotros.
– Es el momento –dijo Shaka de repente con la voz demasiado tranquila para mi gusto.
– No se preocupen por nosotros y protejan a Atenea –sentenció Moo, a manera de despedida.
Recordando lo que habíamos acordado, encendimos nuestros cosmos y comenzamos a combinarlos. Su último ataque y nuestra última defensa dependerían de energía pura. Siete criaturas mitológicas contra cinco de las constelaciones de la Eclíptica. Negro chocó contra dorado, y el impacto fue tan fuerte que todo el Santuario retumbó e incluso se abrió la tierra en algunas zonas aunque el Templo de Atenea, como lugar sagrado, permaneció intacto.
Se dice que, cuando mueres, ves pasar tu vida frente a tus ojos. No la vi, igual y porque todavía no me correspondía morir, pero lo que contemplé fue nuestra muerte. Cuando la intensa luz provocada por el impacto se desvaneció, los Guardianes habían sido impulsados hacia el Averno, del otro lado del Portal. Quizá ya no podían vernos, pero sí percibirnos. Y detectaron que mi cosmo, el de Milo y el de Aldebaran se habían debilitado mientras que los de Moo y Shaka habían desaparecido. Es posible que hayan intentado regresar a nuestro mundo por nuestros tresors, pero rayos de luz dorada brotaron del lugar en el que se supone que habíamos caído y se integraron a la tierra sobre la cual está construido el Santuario. Y, justo como Moo lo había pensado, ya no volvieron a cruzar el Portal.
En definitiva, Shaka es un maestro creando planos irreales.
¿Combatimos? Sí, si lo hicimos. Y sí nos hirieron, aunque no fue a la gravedad a la que los Guardianes creyeron. Sí, me lastimaron en el abdomen, y a Aldebaran en el brazo y el dolor de Milo no era fingido, pero nada que nuestras auras no lograran sanar. Pero desde que Moo destruyó la Cámara del Maestro, un Muro de Cristal nos protegió contra nuestros enemigos. Y la intensa luz que se generó del choque de energía, que sí tuvo lugar, fue el mejor camuflaje para que Moo nos teletransportara del otro lado del Portal de Espacio.
Entonces, ¿por qué percibieron los cambios en nuestros cosmos? Con Aldebaran, Milo y yo se debe a que lo estamos ocultando desde hace horas. Nos correspondió la misión de infiltrarnos en el Tártaro para protegerla hasta que recibamos la señal. No fue muy difícil: muchos seres humanos se convierten en sirvientes para garantizar su inmortalidad, así que nos confundimos entre ellos. ¿Y Moo y Shaka? Bueno, sus auras sí desaparecieron, pero siguen vivos. Es sólo que ingresaron a otro plano del Averno, uno del cual, de acuerdo con ambos, dependerá nuestro triunfo o nuestra derrota aunque no quisieron explicarnos mucho por qué. Nuestros tresors están a salvo. Estoy seguro de ello porque Shaka dijo que él se encargaría de dejarlos en un lugar seguro.
Pero me preocupan varias cosas. La primera, obvio, es cómo estarán Moo y Shaka. Insistieron tanto en que sólo ellos podían cumplir esa misteriosa parte del plan que temo que no volvamos a verlos. La segunda es que el Portal se está cerrando, así que no sólo tenemos a los Guardianes en contra nuestra (que ya han regresado y están activos, no sé por qué) sino al tiempo, el único rival al que no puede vencerse a pesar del esfuerzo.
La tercera es que ignoro qué habrá pasado después de que la Cámara del Maestro fue destruida. Moo la destruyó, pero se aseguró de colocar una barrera invisible alrededor de sus ocupantes para garantizar que sobrevivirían. Pero, ¿y si los Guardianes regresaron creyendo que podríamos estar ahí? ¿Estarán bien Marine y los demás? Ni siquiera quiero pensar si volveremos a verlos algún día.
Le habría contado todo esto de haber tenido tiempo y oportunidad, y lo habría hecho con gusto porque llevaba mucho tiempo sin hablar. Pero no teníamos ni tiempo ni oportunidad, así que me limité a ver a Atenea en silencio.
De momento, pareció que no sabía qué responderme. Era como si no hubiera vuelto a acordarse de sus Santos, y en el fondo no podría culparla si, en lugar de nosotros, pensaba en los Cuatro. Después de todo, Moo había jurado que no intervendríamos, y lo último que esperaba, supongo, fue verme. Cuando noté su descontrol, miré hacia el mensaje que había escrito con el azúcar. Atenea comprendió que estaba insistiendo en mis palabras y se dirigió a cerrar la puerta, mostrando toda la calma posible por si Hades se encontraba cerca.
Una vez que cerró la puerta, se dirigió hacia la ventana y corrió la cortina. Es una diosa precavida, sin duda. Para cuando regresó conmigo, yo ya había levantado el azúcar. Cualquier rastro del mensaje había desaparecido.
– Imagino que le sorprende encontrarme aquí, milady –dije en voz baja. En el mismo tono, Atenea respondió:
– Pensé que nunca volvería a verte. ¿Cuándo entraste al Averno?
– Hace horas, milady. Y no vengo solo.
Me miró con ese aire de eternidad que en ocasiones adquiría a pesar de su edad humana.
– Los Santos están aquí –sentenció.
– Estamos preparando todo para irnos de aquí –anuncié.– No puedo darle muchos detalles todavía, pero quería venir a alertarla.
¿Por qué el rostro de la diosa mostraba desesperanza?
– No hay modo en que podamos salir del Tártaro. Están los Guardianes y los daimons. Y, sobre todos ellos, mi tío.
Traté de sonreír para infundirle seguridad.
– Confíe en nosotros, por favor. Todo saldrá bien –prometí y, en voz un poco más baja, añadí.– Lo único que quería pedirle es que esté preparada. En cualquier momento, uno de nosotros vendrá por usted y tendremos que irnos rápido. Lo que se dice rápido.
– ¿Quiénes vienen contigo?
¿Por qué me preguntaba eso? ¿No acababa de decirle que los Santos?
– Aldebaran está con los daimons y Milo, al igual que yo, con los sirvientes. No sabría decirle sobre Moo y Shaka, pues nos dijeron que tenían su propia misión que cumplir.
¿Acaso temblaron sus ojos?
– ¿Quieres decir –me preguntó– que los Cuatro no los acompañaron?
– No. Nuestro plan no incluía arriesgarlos.
Sentí que mi corazón se detenía cuando Atenea, con la seguridad propia de una diosa, afirmó:
– Aioria, Seiya y los demás también están aquí. En el Averno.
– ¿Debería decir que me sorprende que te hayas quedado, Dragón?
Shiryu seguía dándole la espalda al Guardián que había aparecido tras él. En ese sitio de ficción y de ilusiones, no tenía más alternativa que tratar de resistir a las mismas, aunque estaba consciente de que sería una batalla muy difícil y que quizá había perdido de antemano.
– No sé si quieras sorprenderte –respondió con voz calmada.– Así como tampoco me asombraría si resultara que sabes quién soy.
El Guardián se detuvo a algunos pasos de él. Su negra armadura brillaba con la luz de miles de estrellas, aunque si anochecía en el Averno, seguro que las nubes las ocultarían de la vista de los habitantes de la región.
– En este lugar se conocen todos tus secretos.
– Debido al Erebo, supongo –respondió Shiryu sin darle mayor importancia.
– Veo que has sido bien instruido. ¿Necesitaré decirte que soy Arges de Cíclope o ya lo sabes?
Shiryu abrió los ojos y lo miró por sobre su hombro. “Los cíclopes eran seres mitológicos que tenían un solo ojo colocado en medio de la frente. Como eran artesanos, se les consideraba ayudantes de Hefaestos”, recordó sin querer, pensando en las enseñanzas del Anciano Maestro. Y añoró los consejos que podría haberle dado para esa batalla.
– No conocía tu nombre, pero hubiera descubierto a tu protector de haber tenido un poco más de tiempo –afirmó con voz confiada.
– ¿Lo crees así?
¿Era su imaginación o Arges de Cíclope parecía demasiado interesado en sus pensamientos? Shiryu volteó para verlo cara a cara, aunque no descruzó los brazos.
– Fui instruido por Dokho de Libra, Santo Dorado de Libra y originario de los Cinco Picos de Rozan, China, aunque supongo que ya lo sabes –sentenció.– Así que sí es posible que hubiese sido capaz de averiguarlo.
Arges sonrió con un gesto lleno de indulgencia.
– ¿Cómo fue que descubriste mi presencia?
– Cuando alcanzas cierto nivel en el cosmo, eres capaz de sentir cuando alguien llega aunque tu aura no esté activada –explicó el Dragón.– Mis compañeros estaban más preocupados por sus propios problemas y no le dieron mayor importancia.
Y añadió, su mirada volviéndose más severa.
– En realidad, lo de encontrar la puerta fue un pretexto para que se marcharan y me dejaran pelear contra ti. Pero como apareciste, espero que sí les sirva.
– Eres un ingenuo, Dragón –afirmó Arges, imitando su gesto.
Los ojos de Shiryu relampaguearon un instante, lo suficiente para que Cíclope lo notara.
– No me preocupa lo que opines –respondió con intención cortante.
– Si has sido tan bien instruido como presumes, debes saber que has quedado a disposición de las órdenes de Lord Hades desde el momento que entraste al Averno.
– Sí, lo sé. Y a modo de respuesta, confesaré que no me interesa seguir a tu señor.
– Obedeces a Atenea entonces. ¿Vienes por ella?
Shiryu se puso en guardia. Su escudo relampagueó sobre su brazo izquierdo, reflejando el brillo de su constelación protectora.
– Tu señor no debió traerla a este mundo –afirmó, y Arges notó que sus palabras eran fruto de la convicción, no de alguna orden.– Ella debe reencarnar para guiar al mundo a través de las Eras de Obscuridad, aunque para continuar con el proyecto divino tenga que morir. Sé que ella lo preferiría también, así que no me detendré hasta liberarla.
– ¿Valentía o estupidez? –preguntó Cíclope, encogiéndose de hombros.
– Prefiero considerarlo como lealtad.
Arges comenzó a reír. El eco de su risa resonó en las murallas, y el ambiente sobrenatural del Reino de los Muertos empezó a rodear al joven Caballero. "No puedo perder más tiempo aquí", presintió. "Entre más hablo con él, el peligro aumenta."
– ¿Comprendes por qué digo que eres un ingenuo? –insistió Arges, sin borrar la sonrisa de su rostro.– Tu propósito es infantil y tus acciones lo demuestran. Eres tan orgulloso que prefieres que la diosa a la que dices amar y respetar muera, antes de que alguien pueda decir que no cumpliste con tu deber.
El que Shiryu no respondiera de inmediato no significó que las palabras del Guardián no lo afectaran.
– ¿Y eres también tan soberbio como para creer que tus amigos son los únicos que tienen demonios internos y que por eso no podrían haberse enfrentado a mí? –insistió, sus preguntas volviéndose cada vez más insistentes y molestas.– ¿En verdad te crees tan superior a ellos?
– Todos tenemos demonios internos.
– Menos nosotros.
Un trueno resonó a lo lejos. Shiryu, de reojo, miró hacia el cielo y descubrió que estaba todavía más nublado de lo que se encontraba antes. Las nubes tristonas y tristes que habían encontrado a su llegada empezaban a ennegrecerse, como si anunciaran que una fuerte tormenta se aproximaba. De no haber estado concentrándose en la batalla, se habría preguntado si, en efecto, podía llover en esa tierra.
– Milord Hades sabe que están aquí –afirmó Arges, confiado– y que pretenden llevarse a Atenea. El firmamento del Averno lo apoya, al igual que sus Guardianes. Hazte un favor, Dragón, y ríndete sin combatir. Mi señor te perdonará si lo haces y reducirá considerablemente tu castigo.
A pesar de las palabras sarcásticas con las que había tratado de mortificarlo, Arges se sorprendió al encontrar sinceridad en la expresión de Shiryu. Lo que había considerado como orgullo quizá era solamente dignidad.
– Me has demostrado el camino práctico, Cíclope, y cuál sería el más conveniente para mi alma. Por ello debería estarte agradecido. Pero primero está mi deber para con Atenea, sea o no orgullo, y después se encuentra mi propio bienestar. Por mucho.
Alcanzó a ver un relámpago bajo los ojos del Guardián, pero continuó:
– Ha llegado el momento de que yo haga una petición. Arges, por favor déjame continuar mi camino hacia el Tártaro. Estoy dispuesto a pelear y, aunque no quiero hacerte daño, no dudaré en eliminarte si me estorbas.
– Y esas consideraciones, ¿son por mí o por ti? –interrumpió.– No, gracias, tú tienes tu deber y yo tengo el mío, aunque eso signifique que uno de los dos morirá aquí.
Y preguntó, su tono volviéndose más sombrío.
– ¿Conoces el precio que tu alma ha de pagar si mueres en este mundo?
Shiryu asintió débilmente.
– Lo conozco.
– ¿No sientes miedo?
– No tengo por qué sentirlo.
La obscuridad del cielo comenzó a evocar otro sitio en la mente de Shiryu.
Alguna vez estuvo en él, ¿pero cuál era?
Un cosmo negro comenzó a brillar alrededor de Arges.
– Deberías atemorizarte, Shiryu de Dragón. No has vencido a tus demonios internos, a pesar de la confianza que demuestras y de aquel que fue tu Maestro.
Shiryu, en respuesta, también encendió su cosmo verde y dorado, y levantó el escudo frente a sí. Sin embargo, en el momento en que Arges tiró el primer golpe, sus ojos centellaron con un breve reflejo de temor, producto del recuerdo. Había identificado el lugar en el que estuvo antes y que el firmamento le recordaba.
La obscuridad que el Averno estaba adquiriendo era idéntica a la de las Capas del Espíritu.
– ¿También lo sentiste, Hyoga?
Cygnus se había detenido al percibir el choque de ataques muchos metros atrás en el camino que Pegaso y él habían seguido. Y uno de los cosmos involucrados era muy conocido por él.
– Sí –respondió, mirando por sobre su hombro aunque sabía que no iba a encontrar nada.– Shiryu se está enfrentando con uno de los Guardianes.
Otro Seiya en otro tiempo habría exclamado "¡vamos a ayudarle para continuar juntos!" Pero ese Seiya había sido moldeado por el destino, por lo que ocurrió en la Batalla de las Doce Casas, la de Asgaard y la de Atlantis, y había aprendido que nunca hay que mirar hacia atrás, por más que tu corazón y tu alma se estén destrozando. Junto con Hyoga, siguió adelante.
– Tenemos que encontrar la puerta –afirmó, fijando la vista al frente.– El tiempo sigue corriendo y ya saben que estamos aquí.
– ¿Será por eso que el cielo se ha cerrado? –comentó Hyoga casi para sí.– No creo que la tormenta que se aproxime sea natural.
– Si ese Lord Hades estuviera de nuestro lado, habría sido un gran aliado contra Poseidón –comentó Seiya, su tono demostrando que hablaba con sinceridad.– Su energía es casi como la de Saori.
Sólo que él no tenía que morir ni reencarnar y había alcanzado su máximo nivel de poder. Saori-Atenea nunca había empleado su poderosísimo cosmo para controlar la naturaleza ni para atacar a alguien.
– La ambición es terrible –opinó Hyoga, tocando la muralla y percibiendo un débil cambio en la misma.– Crystal me había enseñado que Hades nunca pretendió dominar el cielo, que era de Zeus, ni el mar de Poseidón ni la tierra que quedó encomendada a Atenea, porque hicieron un sorteo entre los tres hermanos y así resultó. Por eso pasaron milenios en los que se limitó a cumplir su nueva misión.
– No creo que escuche razones por más que le hiciéramos ver que está equivocado –respondió Pegaso, pensando en la responsabilidad que Saori había recibido con respecto a la Tierra.
Un deber tal que nunca acabó de comprenderla y ahora hacía que se sintiera increíblemente egoísta. Ella tenía que morir. Por el bien del planeta. ¿Y yo, dónde quedo?
Sintió que Hyoga lo sujetaba por el hombro y lo detenía en el lugar donde se encontraban. Acostumbrado a ese tipo de acciones, no preguntó qué ocurría mas que con la mirada. Al encontrar la de Cygnus más fría que nunca, siguió la misma dirección.
Habían encontrado la puerta. Por un segundo, pensó cuánta razón había tenido Shiryu en que sólo aparecería al enfrentar al Guardián que vigilaba aquella zona. Sin embargo, no pudo continuar con su reflexión.
La puerta estaba abierta y por ella avanzaba una escolta de daimons. De una mirada, Seiya pudo contar más de cuarenta y, contra su voluntad, sintió cómo su corazón se oprimía. "Son demasiados", pensó. "No podremos solos contra todos ellos".
De reojo, miró a Hyoga. Su rostro estaba completamente pálido, pero lleno de odio y de temor a la vez. Entonces, comprendió que no los estaban buscando. Los daimons, con su paso firme y acompasado, siguieron de frente. Por la cercanía que guardaban con el sitio donde se encontraban, Seiya no dudó que los hubiesen percibido. Pero no los atacaron, sino que continuaron su camino, como si ellos no se encontraran ni en su plan ni en sus órdenes. A su paso, una puerta se abrió en la Primera Muralla. También la cruzaron.
Su objetivo no estaba en el Averno.
Percibió que Hyoga se levantaba. Con el rostro completamente inexpresivo, entrelazó los dedos y alzó sus brazos, adoptando la posición de la Ejecución Aurora. Seiya apenas logró incorporarse para evitar que activara su cosmo al colocarse frente a él.
– ¡Hyoga, espera! –murmuró, alterado a pesar del volumen de su voz.–¡No los ataques!
– Podré congelarlos a todos –respondió, su voz sin mostrar emociones.– Déjame.
– ¡No! Para lograrlo, deberás usar toda tu energía. ¡Y te necesitamos en perfecto nivel!
Cygnus volteó a verlo. Su mirada, aunque decidida, parecía un tanto ausente. Como si se encontrara dentro de un sueño o, peor aún, en una pesadilla.
– Sabes a dónde van, Seiya. ¿Pretendes que permita que lo hagan?
– Hyoga...
Como siempre que quería inspirarle confianza, Seiya colocó sus manos sobre los hombros de su amigo, obligándolo a bajar la guardia.
– Te entiendo –confesó– y créeme que yo mismo quisiera detenerlos. Pero nuestras vidas no nos pertenecen. Son de Saori. De Atenea.
Y añadió, en tono más bajo:
– ¿Comprendes?
La mirada de Cygnus de repente mostró tristeza, la primera vez en años que Seiya lo veía así.
– La amo –confesó.– ¿Tengo que esperar que algo le ocurra?
Seiya bajó la vista, incapaz de responder con palabras. Al doblar la esquina y sin preocuparse por ellos, los daimons abandonaban el Campo de los Asfodelos.
"Ya casi... Ya casi..."
Por alguna razón, Jabu sentía muchos deseos de reír. Nunca sabría si era producto del nerviosismo o del triunfo. Kiki y él, en silencio, habían pasado cerca de las ruinas de la Cámara del Maestro. A distancia, vio a Hilda, su blanquísimo cosmo brillando con el tono de la nieve bajo la luna, y sintió admiración ante el poder que se emplea para el bien. Por supuesto, no pudo compararse con la admiración que sentía hacia Saori.
Los siete Guerreros Divinos estaban cerca de ella, pero casi todos se habían quitado sus cascos y esperaban. ¿A qué?, se preguntó Jabu. ¿A que Hades contraatacara? Bueno, él siempre había aguardado y acabó desistiendo de la costumbre. Tal vez su tranquilidad se debía a que en Asgaard siempre se espera un día más soleado, así que la paciencia se convertía en una necesidad. Le pareció que uno de ellos, el joven de cabello negro que portaba el traje de Alpha-Dubhe, se daba cuenta de que él y Appendix se dirigían hacia el Templo, pero no trató de impedirlo.
"Saben que los Cuatro necesitarán ayuda", dedujo. "No van a detener a nadie que quiera acompañarlos".
Vagamente recordó el Desafío Galáctico. A él le correspondió el primer combate de la serie, contra Ban de Leoncillo. Igual que el momento que estaba viviendo, entonces subió los escalones con firmeza, sin mostrar nervios ni temor aunque los sentía. La gente aplaudía y gritaba, emocionada después de la inauguración del evento y la presentación de los contendientes, a pesar de que todavía faltaban tres de ellos. Por edad, a él lo presentaron antes que a Ban. "¡Reciban con un fuerte aplauso al primero de estos valientes guerreros, el Caballero Jabu de Unicornio!" Apenas conteniendo su nerviosismo, Jabu subió a la arena; extendió el brazo derecho y saludó al público, al que no alcanzaba a ver por el reflejo de las luces.
Sólo alcanzaba a distinguir el palco principal, donde se encontraban la señorita Saori y Tatsumi.
Ban le dio una golpiza. Era mucho más alto que él. Era más fuerte que él. Y estaba mucho mejor preparado que él en técnicas marciales. Fue golpeado hasta que sintió que su cuerpo era de jalea y la boca le supo a sangre. Jabu estuvo a punto de rendirse. No valía la pena.
Esto es, hasta que se dejó caer sobre la cadena de la arena y, sin querer, miró al Palco.
Casi pudo adivinar el severo gesto de Saori.
No podía rendirse. Y fue ese día el primero que recurrió al Galope del Unicornio para atacar a alguien. Y ganó.
Luego pasarían muchas otras cosas que cambiaron su destino, pero ese combate estaba muy claro en su memoria. En ese instante, más que nunca. No había ni aplausos, ni gritos, y menos la voz de un locutor. El sol empezaba a declinar en el cielo y su luz no tenía nada de artificial. Y no podía ver a Saori. Pero su espíritu, su sonrisa, las últimas palabras que le había dicho antes de marcharse, lo impulsaban a seguir adelante. Tal vez no era amor, como descubrió durante el año anterior, o tal vez sí lo era. Pero esa mujer, más que la diosa que en ella vivía, se había convertido en la razón de su existencia.
Kiki no decía nada. Dando pequeños saltos, caminaba al lado de Jabu. Sus propios pensamientos eran un misterio.
Subieron por la escalinata del Templo. Jabu nunca había estado ahí a excepción de la Batalla de las Doce Casas porque nunca se consideró digno de visitarlo. Así que se dio un segundo para admirar la estatua dorada de Atenea. He ahí a la Nike, la figura alada en su mano derecha, que asegura su eterna victoria. He ahí al Escudo, que la protegerá de todo mal, en su mano izquierda. Ambos están en el Averno, en las manos de Lord Hades.
Y sin embargo, Jabu le dio más importancia al hecho de que la estatua no se parecía mucho a Saori más que en la mirada.
– ¿Dónde está el Portal? –preguntó Kiki, sacándolo de su contemplación.
Jabu encendió su cosmo, pero no pudo percibirlo.
– El mapa indicaba que está en el Templo, cerca de la estatua. Debe estar en otra frecuencia de energía.
"Sé qué es lo que tengo que hacer", pensó, su mirada mostrando decisión, "pero no encuentro el sitio. ¿También será invisible para la vista?"
En eso, el rostro de Kiki mostró pánico. Tomó a Jabu del brazo, intentando llevarlo a otro lugar, pero Unicornio no se movió.
– ¡Jabu, vámonos, vámonos ya!
– ¿Qué te pasa?
Kiki saltaba a su alrededor, las pecas brincando frenéticamente en su rostro.
– ¡Encuentra el Portal! ¡Pronto!
Empezó a tirarlo del brazo hacia el primer sitio que se le ocurrió, aunque ni siquiera sabía bien cuál era la dirección más conveniente, mientras insistía:
– ¡Si no te apresuras, van a...!
– ¿A dónde creen que se dirigen?
Kiki gritó y de un salto se ocultó detrás de Jabu. Casi de la nada, una figura había aparecido frente a ambos.
– ¡Shaina! –murmuró Jabu.
La joven protegida por Ofiuco lo miró con una expresión que era parte desdén y parte curiosidad. Vestía su armadura de plata con atributos completos, y su nuevo antifaz dejaba ver sus ojos relampagueantes y sus finos labios torcidos en un gesto de disgusto. Pero él, estúpidamente, sólo pudo concentrarse en el tono aceitunado de su mirada.
Kiki permaneció callado y oculto detrás de él. Valiente ayuda...
– ¿Creíste que ibas a entrar al Averno con tanta facilidad? –preguntó Shaina, su voz mostrando reproche.– ¿En serio pensabas que nadie se iba a dar cuenta?
– No pretendía esconderme –se defendió Jabu.– Los Guerreros Divinos me vieron y no me dijeron nada...
– ¡Porque ellos son de Asgaard y su misión es distinta! –interrumpió, apretando las manos en puños.– ¡Tú eres un Caballero Ateniense y tenías tus órdenes!
– Pero, Shaina...
– ¡No quiero escucharte!
Kiki, desde atrás de Jabu, murmuró:
– Por favor, deja que te explique.
Shaina lo miró con enojo.
– Cállate –ordenó.– No eres inocente en esto.
Appendix, por toda respuesta, volvió a ocultarse.
– Si me dejaras... –empezó Jabu, extendiendo una de sus manos hacia ella.
Shaina se apartó con un gesto brusco. Odiaba que la tocaran y Jabu lo sabía, pero lo había olvidado por tratar de convencerla.
– ¡No quiero escucharte! –exclamó.– ¡Sabías que no debías venir, pero lo hiciste!
– ¡De acuerdo! –gritó Jabu, cruzándose de brazos.– ¡No voy a insistir en que me escuches, pero tampoco voy a soportar que me regañes!
De momento, Shaina no respondió. Desde aquellas famosas discusiones que sostenía con Seiya no se había peleado con nadie. Pero ahora, en los ojos de Unicornio, descubría una expresión de enojo y de terquedad muy parecida a la de Pegaso. ¿Nunca se había dado cuenta de cuán parecidos eran o prefirieron ignorarlo?
Ese segundo de silencio bastó para que los dos pensaran en lo que estaban haciendo. Gritarse mutuamente no solucionaría nada, pensó Jabu, aunque el rostro de la joven no mostraba más que rabia. ¿Por qué siempre se tenía que recurrir a la agresión o a los insultos? ¿En realidad no había otras opciones para solucionar las cosas?
– No puedo negar que quiero entrar al Averno –afirmó Jabu, su tono más calmado aunque sus ojos continuaban relampagueando.– De hecho, que voy a entrar.
– Seiya te ordenó que te quedaras en el Santuario –insistió Shaina, todavía molesta.
– Para esto, a ti también.
Volvieron a quedar en silencio. Jabu dio un paso hacia ella. Kiki, precavidamente, se quedó de una columna.
– Yo no estuve ni en Asgaard ni en Atlantis, pero supe que tú fuiste aunque al principio no te incluyeron –afirmó.– Y también sé que la victoria dependió en mucho de ti. Shaina, –añadió, acercándosele más– sé que no voy a cambiar nada, pero mi deber está en el Averno. No aquí.
– Recibiste una orden, Jabu –respondió, su expresión sin demostrar que estaba menos enojada.
– ¡A veces hay que desobedecerlas!
– Seiya me pidió que continuara con tu entrenamiento. Aunque lo dudes, se preocupa mucho por tu bien y si te prohibió ir al Averno es porque no quiere que te ocurra nada malo.
La expresión en los ojos de Unicornio se suavizó.
– Lo sé. Todo lo que le dije fue una estupidez.
– ¿Entonces?
Después, Jabu no recordaría bien las palabras que le había dicho ni de dónde habían venido sus pensamientos, pero entonces afirmó con voz sincera.
– Cuando fueron esas grandes batallas, ninguno de los Cinco dudó en combatir aunque sus vidas fuesen cortadas. Podría jurar que la señorita Saori tampoco quería que les pasara nada, pero incluso aunque se los hubiesen pedido, ellos habrían peleado. Y, para esto, tú también.
No logró descifrar la expresión de la joven.
– Recibí una orden, de acuerdo. Y también tengo un deber. ¿Qué está primero?
¿Lo que me dice mi Maestro o lo que me indica mi obligación con respecto a
Atenea?
Shaina no respondió, pero sus ojos relampaguearon de modo tal que el Caballero comprendió que todas las palabras no habían servido de nada.
– ¿Qué pretendes que haga contigo, Jabu? –preguntó.– Seiya no me dio una orden, sino una encomienda, y esa también es mi obligación. Tengo que velar por ti.
– ¿Qué harías si yo no te estorbara?
– Habría cruzado el Portal hace una hora.
La confesión de la amazona lo desconcertó. Y, sin embargo, era justo lo que había esperado que dijera.
– Así que tú eres el único obstáculo para mi propio deber –continuó, señalándolo.– Sólo hay un modo en que pueda cumplir con ambos, y Seiya mismo te lo dijo.
– ¿Vas a llevarme a Cabo Sunión?
– A ti y a tu escolta.
Kiki sintió deseos de gritar en protesta, pero su sentido común se lo impidió.
– ¡No, Shaina! –Jabu exclamó, empezando a irritarse de nuevo.– ¡La solución no está en que me encierres y no voy a permitir que lo hagas!
La mirada de Ofiuco se volvió astuta.
– ¿Qué estás dispuesto a hacer para impedírmelo?
En respuesta, el Caballero encendió su cosmo.
– No me gusta la idea, señorita, pero estoy dispuesto a pelear contigo. Si pierdo, me encierras en Cabo Sunión hasta el invierno. Si gano, me dejas ir al Averno. ¿Te parece?
No lo demostró, pero sentía el corazón en la garganta. Había combatido contra ella hacía poco y quedó en empate. Era una apuesta arriesgada, pero era eso o nada. Su aura violeta flotaba a su alrededor, infundiéndole la confianza que siempre lo caracterizó.
– Es suficiente. Vámonos.
Unicornio sintió como si le hubiesen dado una bofetada.
– ¿Qué?
Shaina sonrió, su expresión llena de desdén. "¡No la comprendo!", se dijo. "¡Si es difícil entender a una mujer, con ella es más complicado!"
– No necesitas pelear conmigo, pero sí requerirás el espíritu que acabas de mostrar –sentenció la amazona sin borrar su sonrisa burlona y con el tono de una maestra y de una amiga.– No vas a rendirte con tanta facilidad como temía.
– ¿Quieres decir que vienes conmigo?
– No sólo yo. Tenemos que esperar a alguien más.
Miró en dirección hacia la Cámara del Maestro. Si su intuición era correcta, como siempre, la persona a la que aludía no tardaría en llegar. Jabu, sin querer, reflejó un poco de sorpresa en su reacción. ¿Había sido una prueba?
Kiki, aliviado, salió de atrás de la columna y se reunió con ellos.
Sin voltear a verlos, Shaina sentenció:
– Supongo que conoces cuál será el precio que podríamos pagar, ¿o no?
– Lo sé.
La voz de Jabu había sido seca e inexpresiva. Pero llena de decisión.
Seiya miró cómo desaparecía el último de los daimons sin atreverse a mirar a Hyoga, e incluso sin atreverse a pensar en lo que ello significaba. "Van por Hilda", se dijo. De algún modo, Hades la había descubierto. Y la atacarían y a los Guerreros Divinos. Y a Lady Flare. Si algo lees ocurría, el Portal se cerraría, dejándolos a todos atrapados en el Averno, a disposición del Señor del lugar. Todos dependían de la Valkyria, y ni siquiera podían ir a ayudarle.
El tiempo era su peor enemigo.
Hyoga salió de la esquina donde se habían ocultado. Su mirada, tan fría como cuando se reencontraron antes del Desafío Galáctico. Miró a los daimons, pero no actuó en contra de ellos a pesar de que su corazón le ordenaba otra cosa. En lugar de ello, se dirigió hacia la puerta de la Segunda Muralla, que permanecía abierta. Seiya lo siguió en silencio. Sabía el dilema que Cygnus sentía en su alma, pero no podía ayudarle en nada. Sólo podían darse prisa.
A diferencia del Campo de los Asfodelos, al cruzar la Segunda Muralla encontraron un bosque de álamos blancos como la luna que jamás asomaba en el Averno. Con el cielo obscureciéndose más a cada instante, brillaban como relámpagos. El lugar empezaba a adquirir un aspecto que sólo se ve en una pesadilla.
Según la carpeta, los álamos blancos cubrían el Campo del Leteo, el arroyo de las lágrimas cuya máxima representación se encontraba en la mítica Fuente de Lete. Los muertos comunes, recordó Seiya, acudían a ella para olvidar el sufrimiento de la vida pasada y de su estancia en el Averno. Sin querer, se lamentó que no estaba muerto para poder beber de ella y olvidar todo lo que estaba ocurriendo.
Soy un estúpido, se dijo.
– ¿Por dónde debemos seguir? –preguntó aunque conocía la respuesta.
– Shiryu nos mostró el camino –afirmó Hyoga, la voz igual de fría que la mirada.– Tenemos que encontrar al Guardián de esta zona para que aparezca la puerta.
Seiya supo, a pesar de que no lo comentó, que la aparente frialdad de su amigo sólo era una máscara para su desesperanza.
– Hay demasiados álamos en esta zona –respondió, mirando en todas direcciones.– Podrían esperarnos en cualquier rincón.
Hyoga no respondió de inmediato. Sin voltear a ver a Seiya, afirmó:
– Creo que lo mejor sería separarnos. No podemos perder más tiempo.
– Supongo que, quienquiera que encuentre al Guardián que sigue, permitirá al otro seguir adelante.
De momento, la mirada de Hyoga se entibió un poco.
– ¿Recuerdas nuestras batallas anteriores? –preguntó en voz baja.– ¿Santuario, Asgaard, Atlantis?
Seiya sonrió débilmente. Habían sido horas de angustia y de dolor, pero también reunieron la mayor manifestación de la amistad y de la lealtad que sentían los llamados Caballeros del Zodiaco.
– Siempre teníamos que separarnos con tal de salvar a Saori –y añadió con tristeza.– ¿No es irónico por qué tenemos que pelear ahora?
Hyoga volteó a verlo. De acuerdo, él estaba desesperado por no poder proteger a Flare, pero frente a él estaba alguien que carecía de la menor oportunidad. La mujer a la que amaba debía morir.
– Estoy seguro de que nos reuniremos en el Tártaro, como antes –sentenció, su voz confiada ocultando sus pensamientos.– Shiryu nos alcanzará y estoy seguro de que Shun también lo hará.
– Claro que sí –respondió Seiya, volteando a verlo.– Como antes.
Y tras un instante, añadió:
– Suerte.
Hyoga sonrió aunque su corazón no estuvo en ello. Sin decir nada, comenzó a correr hacia el lado derecho de la muralla. Seiya se dirigió a la izquierda.
Sólo los álamos blancos vieron cómo se separaban.
– ¡La Cólera del Dragón!
Un relámpago verde con filo dorado brotó del puño derecho de Shiryu, su cosmo empezando a adoptar la silueta de un dragón oriental. La vibración producida se pareció a un rugido de la legendaria criatura. Arges no había esperado una reacción tan rápida a su propio ataque y apenas logró eludirlo, aunque no había alcanzado a ver cómo lo formaba. Shiryu, al contraatacar, también había evitado el ataque del Guardián.
El cosmo de Dragón se estrelló contra la muralla, quemando los pocos asfodelos que se encontraban a su paso.
– ¡Sabes defenderte bien! – reconoció Arges mientras se incorporaba.– Posees un excelente ataque. ¿Te lo enseñó tu Maestro o lo aprendiste sólo?
Shiryu se preguntó si la frase era una ironía o un cumplido, pero no logró distinguirlo.
– Adquirí esta técnica en China. Y sí, fue mi Maestro quien me lo enseñó durante mi largo entrenamiento.
– Al menos creo que esto va a valer la pena.
El Caballero no comprendió a qué se refería. Lo único que le interesó en ese momento fue que Cíclope llamaba a su propio cosmo y volvía a atacar. Esta vez no contraatacó y se limitó a tratar de eludirlo.
Arges tiró manotazos y patadas, cada vez aumentando la velocidad de los mismos. "¡Está peleando al mismo nivel de un Santo!", pensó. Por reflejo, cuando el ataque llegaba casi a la velocidad de la luz, interpuso su Escudo. El golpe del puño de Cíclope contra el metal resonó con la profundidad de una campana. Si el impacto provocó dolor en el Guardián, no lo demostró.
– El famoso Escudo del Dragón –afirmó con un poco de admiración.– El más fuerte de las ochenta y ocho armaduras.
– Sabes mucho sobre la Orden del Zodiaco –reconoció el Caballero, mirándolo a los ojos.
Durante ese breve instante, sintió como se intercambiara un rayo de energía entre ambos. ¿Quiénes eran los Guardianes del Estigio?, se preguntó. ¿Por qué el espíritu de Sigfried nos advirtió tanto sobre sus ataques? Arges, como si presintiera lo que pensaba, sonrió y de un salto se apartó hacia atrás.
– Muchos enemigos y antiguos miembros de tu Orden han llegado aquí antes que ustedes. Eso resuelve tu duda –confesó, incorporándose de nuevo.
En respuesta, Shiryu volvió a colocar el Escudo frente a él, esperando un nuevo ataque. Arges continuaba sonriendo.
– Pareces estar muy seguro de ti mismo, Caballero Dragón. Habla bien de tu Maestro.
¿Por qué insistía tanto en Dokho y en sus enseñanzas?
– Me da la impresión de que lo conociste, Cíclope.
Sin querer, una ligera angustia comenzó a inundarlo. Dokho de Libra había muerto hacía poco. ¿Había pasado por el Averno? ¿Por las Capas del Espíritu? ¿No fue directo al Campo Eliseo? El simple pensamiento de que aquel que fue más que un padre para él había estado en ese horrendo lugar fue lo peor que podía pasarle, en especial durante un combate. A Arges no le pasó desapercibido.
– No conocí a tu Maestro personalmente, aunque por lo que he visto tengo mucho de qué lamentarme. Lo he conocido a través tuyo, Dragón –explicó.– El paso por el Erebo expone tu alma como si fuera un libro. Cualquiera puede verla.
Y volvió a sonreír con un gesto poco agradable.
– Igualmente, cualquiera puede percibir cómo es tu alma –añadió.– Es noble y generosa y se dedica a cumplir con su deber con un celo que cualquiera envidiaría. Lástima que tendrá que ser destruida.
– ¿Y quién lo ha determinado? –preguntó Shiryu, sus ojos mostrando sospecha.
El Guardián estaba tramando algo. Pero, ¿qué?
– Tu propio destino.
Antes de que nada más ocurriera, tiró un puñetazo sin moverse de su lugar. Dragón se cubrió con el Escudo mientras escuchaba:
– ¡Unificación!
Por debajo de los lentes de Cíclope brotó una luz blanca rodeada por un halo negro con la misma velocidad de un relámpago. Shiryu, acostumbrado a los ataques a la velocidad de la luz, activó su propio cosmo. El rayo bicolor del Guardián se entrelazó con su aura verde-dorada y se disolvió junto con ella sin que el Caballero lo hubiese desactivado.
"¡No puede ser!", pensó involuntariamente, bajando la guardia sin querer. Trató de encender su cosmo, como lo había hecho cientos de veces antes. Pero, por primera vez desde que lo descubrió hacía muchos años, éste no respondió.
Por reflejo, comprobó que todavía conservaba sus Seis Sentidos y su armadura. Aún los tenía consigo, pero ¿y el Séptimo? Lo había adquirido desde la Batalla del Santuario y desde entonces había aprendido a vivir con él en todo momento, adquiriendo la capacidad de percibir al mundo solamente por medio de su aura. Pero ya no podía ni activar su aura ni sentir la de Arges.
Éste lo miró. Continuaba sonriendo.
– ¿No encuentras tu cosmo, Dragón?
– ¡Esto es un hechizo! –exclamó Shiryu, la expresión de sus ojos reflejando furia y descontrol.– ¡Es un truco!
Arges se le acercó lentamente.
– No es un hechizo, muchacho. Claro que tienes un cosmo, al igual que todos los seres humanos. Es sólo que no lo has activado todavía, y mucho menos has alcanzado un nivel tan alto como el que has escuchado de boca de tu Maestro.
Y añadió, un relámpago bajo sus lentes.
– Una persona común no necesita activarlo.
Shiryu frunció el ceño.
– ¿A qué te refieres con persona normal?
– ¿O qué creías que eres? ¿Un Caballero? ¿Un Santo?
Arges pasó a su lado, sin voltearlo a ver a los ojos, y sonrió con burla.
– ¡Por favor! ¡Si sólo eres un campesino chino!
De ordinario, Shiryu no le habría dado más importancia a cualquiera de las frases de sus adversarios. Sin embargo, y aunque su intuición le advirtió que no lo hiciera, volteó a verse a sí mismo.
Ya no portaba la armadura del Dragón. Tampoco estaba el Escudo sobre su brazo. En su lugar, vestía su ropa gris azulada de entrenamiento, la misma que Roshi le había regalado años antes y que era tan frecuente entre los jóvenes campesinos de Rozan.
– Claro que en el pasado fuiste un Caballero, y de hecho alcanzaste el honor de convertirte en el protegido del Dragón –continuó Arges, mirándolo por sobre su hombro.– Durante años tomaste el entrenamiento para integrarte a la Orden del Zodiaco bajo la instrucción de Dokho de Libra, e incluso lograste despertar a tu cosmo. Pero no comprendo cómo olvidaste aquella decisión que cambió tu destino, aunque hasta ahora puedes entender de qué forma te afectó.
– ¿De qué hablas? –preguntó Shiryu, volteando a verlo y desesperándose al sentir tela y no metal sobre sus brazos.
– Debes saber que cualquier decisión, por pequeña que parezca, puede cambiar el futuro de una persona y, con él, su destino –continuó Cíclope con voz calmada.– Tú tomaste algo que alteró tu vida y la de todos los seres que amabas.
Shiryu lo miró con incredulidad. Y sin querer se estremeció al escuchar que el Guardián sentenciaba:
– Y la de Atenea.
¡Cómo quería maldecir a Seiya ya sus amigos! ¡Mandar al mismo demonio a los Cuatro Caballeros! Pero no pudo hacerlo. En primera, porque eran los favoritos de Atenea; se habían ganado ese derecho con sangre e incluso insultarlos mentalmente podría extenderse a ofenderla a ella. En segunda, porque eran sus amigos. Y en tercera... ¡porque en su lugar él habría hecho lo mismo!
De momento, sólo dos preguntas preocuparon a Aioria. ¿En qué lugar del Averno se encontraban los Cuatro Caballeros? ¿Y qué le había pasado a Marine? Esta última duda lo angustió más que la primera, pero no lo demostró. Saori, aún así, percibió su descontrol.
– ¿Está segura, milady? –preguntó aunque sabía que era inútil insistir en ello.
– Desde que entré al Averno mi percepción de cosmo ha sido inhibida –respondió la diosa.– No puedo percibir con claridad la energía de nadie que no sea mi tío. Pero estoy segura que los Cuatro están aquí.
La mirada de Aioria se endureció. Tenía que ser así. Si Atenea podía sentirlos, era muy posible que Hades también lo hiciera. Y que con ello pudiera descubrir a los Santos a pesar de que ocultaban sus propios cosmos.
– Entonces tendremos que esperar a que se manifiesten de una manera más abierta, milady –afirmó. odiándose por ello pero sabiendo que los Cuatro, como integrantes de la Orden, comprenderían sus razones.– El tiempo no se encuentra a nuestro favor, así que no podemos modificar nuestro plan.
– ¿Cuál plan? –preguntó Saori, entrelazando los dedos de sus manos.
Más por reflejo que por precaución, el León volvió a mirar hacia la puerta y la ventana, sin encontrar motivo alguno de sospecha.
– Apenas recibamos cualquier señal de Moo o de Shaka, uno de nosotros vendrá a advertirle que ha llegado el momento –indicó en voz todavía más baja.– Usted deberá aguardarnos en la capilla del palacio. Déjenos el resto.
– Es demasiado peligroso –opinó la joven con ojos tristes.– Si mi tío los descubre, no dudará en matarlos.
– Es un riesgo que debemos correr, milady.
En el pasado, cinco Caballeros de Bronce habían arriesgado sus propias vidas con tal de salvarla de Ares y de Poseidón. Sus Santos, aquéllos que debían hacerlo, fueron simples espectadores e incluso sus enemigos. Como él. Aunque sea la única vez en que podamos hacer algo por ella, déjanos pelear, había suplicado Aioria al Omnipotente. No importa que todos tengamos que morir.
– Esté preparada entonces, por favor –afirmó cuando ella no le respondió.– Actúe normal con su tío, como si nada hubiera ocurrido.
– Pero, ¿en qué puedo ayudarlos?
Aunque no lo demostró, el Santo se sintió conmovido por la actitud de la diosa. En las batallas anteriores, se había limitado a la valiosa misión de proteger al mundo con su cosmo. Pero ahora que el destino de Terra dependía de ellos y no de ella, se preocupaba por los suyos.
– Si nos ayuda, nos pone en peligro si su tío la descubre –sentenció.– Sólo no coma ni beba nada que proceda del Averno, ni siquiera una gota de agua.
– Por lo mismo que pasó con Perséfone –murmuró Atenea.
Aioria, acomodando de nuevo su capucha sobre su rostro y revisando en el espejo que no se veían sus facciones, asintió.
– Hades podría intentar el truco de nuevo. Depende de usted, milady.
Dio la vuelta para retirarse. Había pasado más tiempo del necesario dentro del cuarto de la huésped o rehén (que cualquiera de los términos se aplicaban a la perfección) y no quería levantar sospechas en el caso de que alguien anduviera por ahí.
– Aioria...
Volteó a verla. De pronto recordó aquella soleada tarde en el jardín del hospital de la Fundación, cuando él la atacó y su hermano, a través de Seiya, lo golpeó. Saori-Atenea lucía la misma expresión, llena de paz y severidad a la vez, de entonces.
– Ten mucho cuidado –pidió la diosa.
El León sonrió débilmente ante su frase. Inclinó la cabeza a modo de saludo y salió de la habitación, cerrando la puerta tras sí.
De momento, Saori no pudo reaccionar. Sus Santos y Caballeros, a pesar de lo que juraron, habían entrado al Averno y ella no podía más que permanecer quieta a riesgo de descubrirlos. ¿Qué iba a pasar?
Mientras suplicaba mentalmente por que nada grave le ocurriera a alguno de ellos, tomó la bandeja con la comida y la ocultó dentro del armario. No tenía ni hambre ni sed, pero quería evitar que descubrieran que no había probado alimento. Tal vez Perséfone lo entendería. Pero no Hades.
Se dirigió a la ventana para volver a abrirla, pero su corazón se encogió al correr la cortina. El cielo, el mismo que la había deprimido con su nublado y tristón aspecto, se había vuelto tan negro como los ojos sin pupilas del Señor del Averno. Y Saori sintió como si él los estuviese vigilando a todos, profetizando dolor y muerte para aquellos a quienes amaba.
Aioria salió de la habitación con toda la sangre fría de la que fue capaz. "No lo hagas ni muy rápido ni muy lento, no demuestres ni nervios ni inquietud", iba diciéndose. No podía permitir que nadie sospechara de él, y menos por un detalle tan aparentemente simple como la forma de caminar.
Sin mirar hacia atrás, se dirigió a las escaleras y descendió por ellas en dirección hacia el sótano, pasando al lado de otros sirvientes e incluso cerca de uno de los Guardianes del Estigio, que parecía absorto en sus propios problemas. Tenía que buscar a Milo. La primera parte del plan, informarle a Atenea que estaban ahí, había sido cumplida. Como se había acostumbrado desde el momento en que entró al Averno, trató de alejarse lo más posible de las fuentes de luz, su cosmo tan desactivado como puede hacerlo un Santo.
De haber encendido su cosmo, al menos a un nivel básico, Aioria se había dado cuenta que el Guardián había volteado a verlo, a él de entre todos los sirvientes. Y había descubierto un brillo extraño en los ojos de Elis de Thanatos.
Bruscamente, Seiya miró hacia atrás. Habría podido jurar que alguien lo observaba y que incluso había escuchado que pasaban cerca de él. Trató de percibir el cosmo de alguien, fuera amigo o enemigo, pero no logró sentir nada. Bueno, Jabu le había comentado que cuando Hades y sus siete alegres muchachos llegaron al Santuario, no había logrado sentirlos, como si sus auras estuviesen en otro nivel.
Ese sitio era tan confuso como la muerte misma, pensó, aunque sólo albergaba a las almas de los injustos para que permanecieran ahí por siempre, o por lo menos hasta que se arrepintieran de sus crímenes. Que solía tener la misma duración de la eternidad en la mayoría de los casos.
Suspiró y siguió su camino, mil pensamientos yendo y viniendo dentro de su cabeza. Por instante, recordaba el choque de kens que percibió en el Campo de los Asfodelos, y se preguntaba cómo la estaría pasando Shiryu. En otros, se preguntaba qué demonios le había ocurrido a Shun, y si acaso estaba muerto trataba de no cuestionarse si había sido su culpa en parte por haber caído bajo la influencia del Erebo. De inmediato, apostaba consigo mismo quién encontraría primero al Guardián, si Hyoga o él, y quién tendría la suerte (o la mala fortuna) de seguir adelante. Trataba, luego, de ser más objetivo con respecto a si Jabu mejoraba o no, calculaba cuánto tiempo le quedaba a Hilda y volvía a imaginarse el rostro de Marine bajo su máscara. En momentos quería llamar a Ikki para descubrir si su alma se le aparecía (y deseando que no lo hiciera porque eso significaría que su suicidio lo había condenado al Averno), e intentaba percibir a los Caballeros Dorados, estuvieran vivos o muertos. Pero, sobre todo, se concentraba en una joven de ojos sin pupilas a la que protegía en su parte humana, respetaba en su parte divina y amaba de cualquier manera.
Ese sitio estaba jugando con él, con sus sentimientos, recuerdos y emociones, comprendió. ¿Sentirían igual todas las almas que llegaban al Averno o era peor con ellos porque habían entrado sin morir primero?
Vagamente recordó la historia del músico Orfeo, la más representativa sobre el paso por el Reino de Hades sin cumplir el requisito de la muerte previa, pero no encontró ninguna respuesta en ella.
Orfeo había sido músico y poeta; se decía que era incluso protegido de Apolo y que jamás participó en ningún combate. Estaba casado con la bella Eurídice. Pero un día, ella fue mordida por una serpiente y murió. Orfeo, se decía, fue incapaz de soportar tal pérdida y decidió hacer todo lo posible por rescatarla del Averno antes de que fuese enviada a los Campos Elíseos, a donde no tendría acceso. Como tocaba la lira a su perfección y su amor por su esposa aumentaba su fuerza de voluntad, logró hechizar a Caronte y convencerlo de que le ayudara a cruzar la Estigia; adormeció a Cerbero para que no lo devorara, e incluso conmovió lo suficiente al estricto Hades y a su esposa Perséfone para que le permitieran regresar con Eurídice al mundo de los vivos. La única condición que le impusieron fue que no debía verla sino hasta que salieran del Averno y la luz del sol la alumbrase por completo.
Sin embargo, la emoción y el amor que Orfeo sentían fueron demasiado para el poeta, y no pudo esperar. Apenas percibió el primer rayo del sol sobre su rostro, volteó a ver a Eurídice. Pero ella todavía se encontraba entre las sombras del Averno y Orfeo, impotente, sólo pudo contemplar cómo se disolvía en el Reino de los Muertos para nunca volver a salir de ahí. El músico moriría en otras circunstancias poco después, así que por lo menos su soledad no había sido tan larga.
Involuntariamente, Seiya se estremeció. ¿Era ese su destino, lo que le esperaba apenas Saori volviera a Terra y muriera? La leyenda, descubrió, guardaba muchas similitudes con su propia historia y de ahí provenía su preocupación.
Él no era artista, sino guerrero. Tal vez si el destino, disfrazado de Mitsumasa Kido, no hubiera aparecido en su vida, habría llegado a serlo (aunque por algún motivo se le ocurrido que, en lugar de guitarrista, se habría convertido en un jugador de soccer). También estaba locamente enamorado, pero el objeto de su devoción era una diosa inalcanzable. Y ella había sido llevada al Averno, aunque no estaba muerta. Él también había ingresado a ese Reino para rescatarla, pero no había hechizado con música ni a Caronte ni a Cerbero, sino que seguro que tendría que enfrentarlos con su ken.
Y al igual que Orfeo, apenas volviera a su mundo, la vería desaparecer sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Sólo le quedaba esperar que su propia soledad, al igual que la del artista, no fuera tan larga.
Quizá por ello no sentía la angustiosa emoción que lo guió en las batallas anteriores. En Atenas se enfrentó a Doce Santos para salvarle la vida. En Asgaard, a Siete Guerreros Divinos, siempre por ella (ah sí, y también para evitar que se derritiera el Polo Norte). Y en Atlantis, también fue por cuidarla y proteger al mundo del Segundo Diluvio. Ahora sólo era por un mundo que ignoraba su existencia, que ni siquiera iba a agradecérselo y que, sin embargo, era la Tierra que a ella le fue encomendada. Para cuidarla, Atenea tenía que morir. No había opciones.
Ella moriría, tal vez ellos con ella... No había forma de que recibieran su merecido final feliz.
Se preguntó qué pasaría si, con toda la dignidad de un Caballero Ateniense, se presentara ante Hades, se arrodillara ante él y dijera: “Milord, ya nos conocemos y temo que nuestro primer encuentro fue poco agradable. Aun así, creo que todavía hay tiempo para remediarlo. Como ya sabe, soy Seiya de Pegaso y quiero anunciarle que estoy enamorado de su sobrina, Lady Atenea, y le solicito permiso para cortejarla. Claro, si le permite conservar su inmortalidad y promete no atacar a la Tierra.”
No, muy formal. Además, lo más seguro era que apenas se presentara ante Hades, los Siete Guardianes lo reducirían al nivel de recuerdo.
– ¿Es triste el amor imposible?
Seiya se detuvo en seco.
– ¿Quién dijo eso? –preguntó, mirando en todas direcciones.
– ¿Realmente te interesa saberlo?
Distinguió una figura un poco más adelante, recargada contra uno de los álamos blancos.
– No me molestaría averiguar tu nombre –respondió, mirándolo de frente.
Era un muchacho no mayor de treinta años, con la piel tostada cual si hubiese pasado muchas horas bajo el sol. Su cabello era blanco, casi como si estuviera compuesto solamente por canas aunque tal característica contrastaba con su aparente juventud. Sus ojos eran grises, pero junto a ellos se notaban líneas de expresión. Era como si, pese a su edad, hubiese sufrido mucho y eso se reflejara en su apariencia. Su armadura, negra y resplandeciente, evocaba una larga capa y a la espalda traía lo que parecía ser un remo.
– ¿Y de qué te serviría saber que soy Minos de Caronte?
Caronte, el mítico barquero que conducía las almas de los fallecidos a través de la laguna Estigia. El mismo al que habían buscado antes.
– Por lo pronto, para quejarme por las pésimas condiciones de tu barca –respondió Seiya, fingiendo confianza.– Eres mal barquero si permites que uno tenga que remar por sí solo.
– ¿Ignoras que el legendario Caronte únicamente conducía a los muertos a cambio de un pago y que se negaba a transportar a los vivos? –preguntó Minos y, viéndolo de reojo, continuó– ¿O es que te das por muerto sin que tu cuerpo se haya separado de tu alma?
Sonrió.
– ¿No serías muy ingenuo? ¿O muy tonto?
Seiya empezaba a encontrar un patrón poco común en el habla del Guardián. De momento, se imaginó si era involuntario o si, cual lo pensaba, era sólo por molestar.
– Tienden a sentirse superiores.
– ¿Y no lo somos?
De nuevo. Ese sujeto sólo hablaba con preguntas. En cuanto a lo último, Seiya trató de quitarle importancia.
– Pues debes saber que me he enfrentado a muchos guerreros que se sentían mejores que yo y les gané a todos –repuso, su seguridad muy natural.– Las pláticas sobre quiénes son superiores resultan inútiles.
Minos volvió a sonreír.
– ¿Lo crees así? –preguntó, su tono comenzando a molestar al Caballero.– ¿Tal vez querrías hablar de algo más?
“Dioses”, pensó Seiya. “El primer Guardián del Estigio al que me enfrento y habla como tarado. Ni Kiki hizo tantas preguntas cuando nos conocimos.”
– No quiero hablar –ordenó.– Quiero que me dejes pasar.
Minos lo miró con curiosidad, preguntando el por qué, esta vez con la expresión de sus ojos. ¡Líbrame de los metiches!, pensó Seiya.
– No vas a hacerme confesar la causa, si eso es lo que quieres –afirmó, la altivez en su actitud parecida a la de Jabu.– De niño, me enseñaron a no hablar con desconocidos y tú eres más que uno.
– ¿Tu enemigo?
Seiya no respondió. De vio ningún caso en hacerlo. Minos se cruzó de brazos.
– ¿Fue tu hermana quien te enseñó lo de no hablar con extraños?
Hasta ese segundo, Seiya pensó en la frase que provocó que interrumpiera su camino. Algo sobre el amor imposible. ¿De dónde lo había averiguado el Guardián? Y ahora seguía esa interrogante sobre su hermana... De algún modo, y recordando lo que había hablado con sus compañeros antes de separarse, entendió que haber pasado por el Erebo había expuesto su alma ante los ojos de quien se interesara.
– ¿No me escucharte? –insistió Minos.– ¿Tengo que hablar más alto?
– ¡Ya me cansaste! –exclamó Seiya, apretando las manos en puños y listo para soltar el golpe.– ¡Nadie tiene por qué meterse en mis asuntos, así que quítate si no quieres que te masacre!
Minos negó con la cabeza. Seiya no tuvo oportunidad de sorprenderse ante la primera respuesta semidirecta de la conversación pues volvió a hablar.
– ¿No sabes que tienes que morir, en cuerpo y alma, por haber entrado vivo al Averno?
– Sí, lo sé –respondió Seiya, encendiendo su cosmo azul dorado.– ¿Intentarás matarme?
Minos de Caronte activó su negra aura. Al hacerlo, pareció más viejo de lo que realmente era.
– ¿Crees que lo voy a intentar?
Y mientras se colocaba en guardia, añadió:
– ¿No comprendes que voy a hacerlo?
Jabu se había sentado en la escalera del Templo a continuar esperando a quién sabe quién. A cada segundo, su corazón palpitaba con mayor fuerza y más cerca de su garganta. Esperar siempre le provocaba la misma reacción. La odiaba. Además, desde la última frase que intercambió con Shaina, el grupo se había sumido en el más profundo de los silencios. Kiki, a su lado, lo miraba de reojo, pues era evidente que seguía enojado con él por lo ocurrido poco antes.
“¿A quién esperaremos?”, se preguntó, mirando cerca de ellos al aura de Hilda de Polaris. “Si hubiese seguido solo, ya estaría en el Averno. Pero, por otra parte...”
Miró a Shaina. Estaba de pie, con los brazos cruzados y aguardando sin dar muestras de impaciencia. El sol brillaba en su antifaz, dando más luz a su rostro. Era muy diferente a Saori, quien con los años se había convertido en el prototipo de su mujer ideal, pero algo en la amazona era más especial que en la diosa reencarnada. Quizá se debía a su humanidad misma, y era tan interesante como la divinidad de Atenea.
Recordó que, durante su entrenamiento con Seiya, Shaina había sido una figura constante. La mejor entre las amazonas, más fuerte que Marine y tan poderosa como un hombre. Jabu aprendió a pensar en ella con curiosidad, admiración y respeto, e incluso en ocasiones con aprecio. Ella solía animarlo durante sus entrenamientos de práctica y sus batallas con otros aprendices. Y él, en cambio, sólo había representado escenas desagradables en su presencia.
¿Qué pensaría Shaina en aquellos momentos? ¿Que era un inmaduro, un Caballero indigno? De sólo imaginarlo, Jabu se avergonzó. Más.
– Oye, amigo Jabu...
– Cállate.
Kiki lo había mirado con picardía al descubrir que el curso de la mirada de Unicornio iba hacia Ofiuco. Trató de iniciar la plática, pero parecía que transcurriría un largo rato antes de que olvidara (y perdonara) el que se hubiese escondido detrás de él en lugar de apoyarlo. Sin embargo, ni eso logró que Shaina volteara.
De repente, la amazona dio muestras de animarse.
– Al fin... –dijo para sí.
Jabu se levantó. Kiki, en una reacción idéntica, lo imitó. En pocos segundos, vieron que Marine de Águila se acercaba corriendo. Ella se detuvo al verlos, pero si estaba sorprendida, la máscara impidió que lo demostrara.
– Te tardaste, Marine –afirmó Shaina, mitad broma y mitad ironía.
– No sabía que me esperaban –respondió, acercándoseles.– Pero sí que pensaban entrar al Averno.
Jabu no demostró sorpresa, aunque eso no significaba que no la sintiera. A ese paso, hasta la misma Hilda iba a terminar en el Tártaro.
– Creí que no tendría caso que entrara cada uno por su lado –opinó Shaina.– Si de cualquier modo iremos, es mejor que sea en grupo. Va a necesitarse labor de equipo para alcanzar a los Cuatro.
Hasta ese momento, Marine pareció darse cuenta de la presencia de Jabu. De Kiki no se extrañó, puesto que el niño-elfo se había integrado de tal modo a las anteriores batallas que lo raro habría sido no encontrarlo. Como no pudo interpretar su mirada (vamos, ni siquiera ver su rostro), Jabu se preguntó qué pensaría o si también le ordenaría que se quedara.
– Eres Caballero de Bronce, ¿verdad? –preguntó.
Unicornio asintió, seguro de que no tardaba en...
– Bien. Tendrás que elevar tu cosmo lo más que puedas, pero estoy segura que esforzarte no será nada nuevo para ti –afirmó Marine, su voz igual a la que usaba cuando entrenaba a Seiya.
Jabu sonrió, aunque luego se diría que no debió hacerlo. Al fin alguien que confiaba en él. “Esto va a ponerse interesante”. se dijo. “Difícil, pero interesante.”
Shaina y Marine se adelantaron para buscar el Portal. Kiki, viendo la sonrisa de Unicornio, se le acercó sin ser rechazado y lo siguió, dando saltitos. Jabu notó que las amazonas tampoco percibían la energía del Portal. No había sido un error de percepción de cosmo suyo, sino un problema ajeno. Quizá en eso era tan bueno como los demás, pero sus objetivos (Hades, los Guardianes y el Portal) no habían cooperado en mucho.
Marine no comentó nada con respecto a que el alumno de su alumno las acompañara. Tal vez recordaba que cuando los Cuatro iniciaron la Batalla de las Doce Casas tenían sólo el nivel de Bronce y que aún así vencieron a los mismos Santos Dorados. Seiya había dicho una vez que la vida misma te impulsa a hacer cosas desesperadas, entre las que se incluyen pelear, maximizar el cosmo y alcanzar el Séptimo Sentido. Seguro que se lo había dicho a Jabu alguna vez y, si había sido un alumno listo, lo tendría en cuenta. El verdadero examen de un Caballero no era un combate de entrenamiento contra alguien de nivel superior: era la lucha desesperada por proteger a Atenea y salvar la propia vida tanto como fuera posible. Ésa era la diferencia entre los Caballeros y los Aprendices.
–Sabía que vendrías –murmuró Shaina después de comprobar que ni Unicornio ni Appendix podían escucharlas.– Lo único que no imaginó es por qué lo haces. Marine no volteó a verla.
– Es mi deber, por más que me hayan pedido que instruya a la siguiente generación de la Orden –afirmó con un tono que pretendía ser desdén.– No puedo permanecer aquí esperando que los maten a todos.
Shaina titubeó un momento antes de continuar.
– ¿Es lo único?
Marine la miró a través de su máscara de plata. Aunque por mucho años portó una igual y convivió con otras guerreras cuya obligación era la misma, había perdido la costumbre desde que usaba solamente el antifaz. ¿Qué sentirían los hombres cuando buscaban la expresión de unos ojos y se topaban con una opaca superficie metálica?
– ¿Qué otro motivo podría tener? –preguntó Marine.
– Una vez, en Asgaard, me pediste que cuidara de los Cuatro, pero sobre todo de Seiya –respondió Shaina, tratando de mantener la voz sin tono.
Marine no contestó.
– Ésta será la batalla más peligrosa de todas –continuó Ofiuco.– ¿Temes que Jabu y yo no seamos suficiente apoyo?
La respuesta de Águila no fue inmediata y no demostró ninguna emoción debido a la máscara y a la falta de intención en su voz. Miró hacia el frente para comprobar qué tan cerca se encontraban de la estatua de Atenea.
– No es por eso –confesó.– Ustedes dos son apoyo suficiente. Es por el mismo Seiya.
Shaina trató de disimular su sorpresa.
– Es mi alumno. En cierto modo, también es mi responsabilidad.
Ofiuco comprendió que había esperado demasiado. “¿Y qué más?”, se preguntó. “Sé que es tu hermano. ¿Tiene algo de malo admitirlo?”
Si por ella fuera, en ese momento le diría que aceptar que entre Seiya y ella existían, en efecto, una relación familiar, no disminuiría su capacidad combativa, ni mucho menos sería alguna muestra de debilidad. ¿O ella no le había confesado a Seiya, a media batalla contra Poseidón, su propio amor?
Pero eso ya había quedado en el pasado, a pesar de que el sentimiento permanecía. Y Marine...
Cuando regresaran, hablaría con ella. Si regresaban.
En eso encontraron el Portal y la conversación quedó interrumpida. Al igual que antes, brillaba sin energía perceptible y reflejaba los siete tonos del espectro. Jabu supo que era parte del cosmo de Hilda de Polaris y comprobó que su percepción era correcta. Notó que Shaina y Marine activaban sus auras y, recordando lo que leyó antes, encendió la propia. Cuando su tono violeta lo rodeó, fue como si le infundiera seguridad a su espíritu. Kiki todavía no descubría su cosmo, pero su naturaleza de niño-elfo le ayudaría a traspasar el Portal.
“Ahora sé que no hay marcha atrás”. se dijo Unicornio. “Llegó el momento de probar si soy un Caballero o si hice que todos perdieran su tiempo.”
Miró a las amazonas, listo para adelantarse si descubría que lo aguardaban.
Pero, en lugar de ello, descubrió sorpresa en el rostro de Shaina. Marine no separaba la vista del Portal. Y entonces sintió también el cambio en los niveles de energía. Sin que lo supiera, sus ojos mostraron descontrol.
Había alguien detrás del Portal.
Antes de que pudiesen hacer o decir nada más, dos docenas de daimons cruzaron el Portal y se les echaron encima.
Hilda había tenido los ojos cerrados mientras rezaba, justo como cuando oraba en el helado Altar de Asgaard. No había querido darse la oportunidad de pensar cuán difícil era mantener el Portal abierto, incluso con su poder de Avatar. Lo único que le angustiaba era sentir cómo, poco a poco, se cerraba sin que ella lograra evitarlo. Atenea y sus Caballeros dependían de ella, y seguiría ayudándolos por cuanto tiempo fuera posible.
Los Siete Guerreros Divinos estaban cerca de ella, listos para defenderla contra cualquier ataque. A pesar de que no era su intención, Hilda percibía claramente la tensión que todos sentían, a excepción de Bud. Dzeta-Mizhar tenía la confianza que otorga un combate previo. Pero, para los demás, podría ser un bautizo de fuego.
En eso, percibió una oleada de energía violenta, aunque no iba dirigida en su contra. Provenía del Portal. Abrió los ojos y Flare, quien la acompañaba, preguntó:
– ¿Qué pasa, hermana?
En realidad no esperaba que le respondiera, pero la escuchó. Bud y Gunther también alcanzaron a oírla.
– Hades nos ha descubierto. E intentará detenernos.
Al decirlo, la dulce expresión de Hilda se convirtió en la de la valiente y decidida Valkyria asgaardiana. La representación de aquellas que guiaban las almas de los muertos al Valhalla.
Cuando era pequeño, perdí a mis padres sin que nadie pudiera explicarme el por qué. Se marcharon por la mañana, y para la noche ya se encontraban en otro mundo. Me sentí traicionado por la misma vida, destinado a vivirla solo. Y juré que nada más volvería a lastimarme, aunque nunca logré hacerme invulnerable a las emociones ni al amor hacia los demás. Jamás quise negarme a los sentimientos.
Recuerdo que estuve en la Fundación Galahaad, donde conocí a Seiya, Hyoga, Shun, Ikki, Jabu y Saori, y que cuando se decidió a dónde iría cada uno, me correspondió regresar a China. Dokho de Libra, el Anciano Maestro de los Cinco Viejos Picos de Rozan, fue mi instructor, a pesar de que en aquella época ignoraba que era un Santo Dorado. Sunrei, su hija adoptiva, era huérfana al igual que yo y se convirtió en mi apoyo, mi razón personal de ser. De nuevo tuve una familia: un padre sabio y una dulce hermana.
Roshi me enseñó a llamar al poder del Dragón después de que expulsó a Okho, mi compañero de estudios –aunque nunca fue un amigo cercano. Una tarde, mientras meditaba, me obligó a golpear la cascada de Rozan hasta invertir la dirección de la corriente. Estuve muchos días intentándolo; me lastimé los brazos y las piernas y mi espíritu estaba a punto de negarse a continuar.
Pero, de repente, encontré mi cosmo y me concentré en él. Apareció un dragón sobre mi espalda, su garra derecha coincidiendo con el sitio donde se encontraba mi corazón. Di una patada y logré voltear la corriente, el agua adquiriendo una silueta parecida a la de un dragón que asciende hacia el firmamento. Me había hecho merecedor de la protección de Draco y al nivel de Caballero de Bronce, el cual podía mostrar a los demás por medio de la armadura que había ganado.
Cuando regresé a Japón, participé en el Desafío Galáctico, y mi primer combate fue contra el que se convertiría en mi mejor amigo. Después de que perdí, pensaba regresar a China junto con mi familia, pero el robo de la Armadura Dorada impidió que lo hiciera. Viajé a Jammyel para que Moo el Restaurador arreglara nuestras armaduras. Vi morir y renacer al Fénix. Y supe que la nieta de Kido era en realidad la reencarnación de Atenea.
Sin embargo, me retiré durante un tiempo, aunque no quería hacerlo. Me obligaron a hacerlo. En un combate en una isla cercana a Atenas, Algol de Medusa convirtió a dos de mis mejores amigos en piedra. Traté de vencerlo de todos los modos que imaginé, pero no me quedaron opciones. Tuve que sacarme los ojos para devolverles la vida. Los doctores dijeron que quedaría ciego por el resto de mi existencia.
Regresé a China a recuperarme y llegó el momento en que pensé que en realidad me estaba retirando de la lucha. Pero recuerdo que regresé con Atenea y con mis amigos. ¡Lo recuerdo! ¡Lo sé! ¡Okho regresó y tuve que enfrentarme contra él, y fue entonces que redescubrí el cosmo que creí que había perdido! ¡Deathmask de Cáncer intentó matar a Roshi y tuve que pelear contra él! ¡Combatí hora a hora, Casa por Casa, para salvar a Atenea cuando fue herida al pie de las escaleras del Santuario! ¡Vencí a Deathmask y Shura de Capricornio me encomendó a Excalibur cuando estaba a punto de morir! ¡Combatí entre las nieves de Asgaard y bajo el mar en Atlantis!
– ¿Qué decisión pudo afectarnos a todos? –preguntó Shiryu, su vida entera pasando por delante de sus ojos e intentando no tomarlo como un mal presagio.– ¡El curso de mi vida me ha guiado hasta aquí, a enfrentarme contigo!
Arges de Cíclope se le acercó, su expresión llena de seguridad que incluso rayaba en la soberbia. Debajo de sus lentes, Shiryu alcanzó a ver relámpagos y, por algún motivo, se estremeció.
Hasta hacía un minuto, había portado la Armadura de Plata del Dragón, pero ya no la tenía sobre su cuerpo. Había tenido un cosmo de color verde y dorado, pero ya no podía encenderlo. ¿Qué estaba pasando?
– Tú fuiste alumno de Dokho de Libra –afirmó Arges.– Ganaste el Traje del Dragón y te convertiste en su protegido. Incluso lograste despertar a tu cosmo. Pero, como te dije, tomaste una decisión que cambió el destino de todos tus amigos y compañeros, empezando contigo.
Añadió, su voz más persuasiva.
– Eres un simple campesino. No eres un Caballero.
– ¡No es cierto! ¡Soy Shiryu de Dragón, uno de los Cinco Caballeros del Zodiaco que cuidan a Atenea!
– Cuidaban, querrás decir.
El tono del Guardián estaba lleno de compasión, pero Shiryu no pudo distinguir si era sincera o fingida. Sonreía, pero su gesto estaba lleno de pesar, como si intentara consolarlo.
– ¿O ya olvidaste que Atenea está muerta?
– ¿Acaso Hades se atrevió a matarla? –preguntó, espantado. Arges conservó la sonrisa en su rostro.
– No, no fue mi señor. Fue Ares. ¿Cómo pudiste olvidarlo?
Y con voz más obscura, incluso dentro de su tono compasivo, añadió:
– Tu diosa no sobrevivió a la Batalla de las Doce Casas.
– ¿Qué? –murmuró Shiryu, su corazón palpitando con fuerza.
– Sé que el impacto fue demasiado duro y que por eso tu mente lo había borrado –continuó, su tono cada vez más triste.– Era una más en una larga lista de malas noticias. Saber que la flecha dorada perforó su corazón a la entrada del Santuario...
– ¡Mientes! –gritó el joven, mirándolo con odio.– ¡Seiya la cubrió con la luz del Escudo Dorado justo antes de que se extinguiera el fuego de la Casa de Piscis!
– Muchacho, Seiya murió con Atenea. Igual que tus otros amigos.
Shiryu lo miró con sorpresa e incredulidad, la corriente de su mirada deteniéndose momentáneamente. Cíclope, relámpagos de nuevo bajo sus ojos, sentenció:
– Acéptalo. Los Caballeros del Zodiaco murieron en el Santuario. El único que sobrevivió fuiste tú, pero porque no los acompañabas. Por la culpa que sentiste, te has negado a recordarlo hasta hoy.
Miró frente a frente al joven Dragón. Shiryu lo vio con la confianza de que no había dicho sino una serie de mentiras ridículas. Pero ahí, en el fondo de sus ojos, comenzaba a verse una levísima expresión de duda.
– Antes de entrar al Averno, nos fue advertido que los Guardianes gustan de jugar con las almas ajenas –afirmó el Caballero.– Eso es lo que pretendes hacer conmigo, pero no te va a resultar.
– ¿Por qué habría de jugar contigo? –respondió Arges. desviando por primera vez la vista.– El gato sólo juega con el ratón que va a comerse. Aquí no hay ningún ratón. Querido Shiryu, tu mente se niega a aceptar lo que tu cuerpo ya hizo.
Y ante la mirada interrogante, concluyó, saboreando cada palabra.
– Moriste esta mañana.
– No es cierto –respondió Dragón, tratando de concentrarse en las enseñanzas de Dokho y de Shaka para no ceder ante las palabras de su enemigo.– Tratas de confundirme, pero deberías saber que mis tutores me han enseñado a distinguir entre ilusiones y realidades.
Arges negó con la cabeza débilmente.
– No quiero confundirte. Sólo te ayudo al recordarte lo que realmente ocurrió. Claro que, si no vas a tener la madurez suficiente para aceptar la poca o mucha culpa que tuviste, es tu problema y no tengo por qué seguir hablando contigo.
Dio la vuelta, sonriendo a modo de despedida. Empezó a alejarse sin mirar atrás, o por lo menos comenzó a hacerlo hasta que escuchó que Shiryu se le acercaba.
– ¡Espera, Arges, que aún no terminamos!
Cíclope se detuvo. Mirando por sobre su hombro, preguntó:
– ¿Terminar qué? No comenzamos nada. Adiós.
– ¡Tenemos una batalla pendiente! –exclamó Shiryu, dando otro paso hacia él.– ¡Anda, intenta matarme, pero no me dejes seguir adelante por lástima!
“Tu principal defecto sigue siendo tu orgullo”, recordó el Caballero. Palabras de su Roshi, pero ¿cuándo las había dicho?
– ¿Y por qué he de pelear contra un campesino? –insistió Arges, sin cambiar de posición.– No puedes activar tu cosmo y abandonaste la armadura que habías ganado tras seis años de entrenamiento. Claro que no puedo culparte. Después de todo, es muy desagradable estar ciego.
“¡No lo escuches!”, percibió Shiryu con su sexto sentido. “¡Mientras más lo escuches...!”
– Sí, estuve ciego –afirmó, su expresión tratando de ocultar el miedo humano que conservaba a volver a perder la vista.– Sin embargo, Seiya consiguió la cura para mis ojos. ¡Tienes razón, es desagradable, pero ya lo he superado!
Arges comenzó a marcharse de nuevo mientras se reía. Esta vez, con burla.
– No lo superaste hasta hoy en la mañana. En la Tierra de los Muertos no puede haber ceguera, y tu débil mente sólo cree que la recuperó hace tiempo –volvió a reír y concluyó.– Realmente me conmueves.
Shiryu se quedó congelado en su sitio. Él guardaba una serie de recuerdos sobre cómo habían ocurrido las cosas, pero mientras Arges hablaba sentía como si toda su vida hubiese sido un sueño de entre muchos posibles. El destino, comprendió, está compuesto por momentos, y se va formando conforme las decisiones que cada uno de nosotros toma van cambiando el curso. Creo que existe el destino, pero los seres humanos tenemos el poder de cambiarlo, había dicho Ikki alguna vez.
Y, sin embargo, ¿por qué empezaba a descubrir la existencia de varias dimensiones paralelas, creadas a cada instante por decisiones diferentes tomadas en uno o en otro momento? En tal caso, existía un universo donde, en efecto, los Cuatro Caballeros entraron al Averno para rescatar a Atenea del control de Hades. Pero también había muchas otras, en las cuales murieron en el Santuario, o en Asgaard, o en el mundo que había sido inundado por Poseidón. En otros mundos, Saori murió en las llanuras asgaardianas y el dios del mar ganó de cualquier manera. En unos más, cada uno de los Cinco había muerto, o todos, o algunos, o ninguno. En los últimos, ni siquiera se habían convertido en Caballeros. ¿Por qué se necesitaba negar la existencia de tales dimensiones? ¿Para conservar un poco de cordura ante el infinito universo? ¿Porque la mente conocía la totalidad de las posibilidades, o las dominaba, o las controlaba, y era una carga demasiada pesada para cualquier ser humano?
¿Por qué a cada instante estaba menos seguro sobre cuál era la realidad en la que vivía? Las imágenes de la realidad que creía estar viviendo comenzaban a confundirse con las de sus sueños, temores y pesadillas, a formar una sola continuidad indivisible. Una donde estaba y no ciego, donde sus amigos habían muerto y vivían, donde había muerto esa mañana y había entrado con vida al Averno. Arges de Cíclope, sonriendo, leyó sus pensamientos en la expresión de sus ojos.
– ¿Confundido? Tal vez debería ayudarte a recordar un poco.
“¡No lo escuches!”, exclamó su voz interna. “¡Cúbrete los oídos con las manos, destrúyete los tímpanos como Sigfried si es necesario, pero no lo oigas!”
Sin embargo, Shiryu no pudo moverse. Veía a Arges como a través de un sueño.
– Por más que lo intentaste, –empezó Cíclope, su voz activando (¿o creando?) imágenes en la mente del joven Dragón– no lograste recuperar tu cosmo después de que perdiste la vista. Eso fue lo único que tu Roshi no pudo enseñarte, porque el cosmo es muy personal. Pero eso ya lo sabes. Tu amigo Okho regresó a vengarse, y tú redescubriste una pizca de tu aura para matarlo...
Esas últimas palabras fueron dichas con especial crueldad.
– Pero todavía tenías dudas. De acuerdo, él hizo que recurrieras a tu ken, pero sentías que no era suficiente y no reclamaste tu armadura...
Recuerdo eso, se dijo Shiryu. Pero, ¿qué pasó después?
– Cuando Deathmask de Cáncer intentó matar a Dokho de Libra, no pudiste resistir a su ataque del Sekishiki. Sólo la intervención de Moo de Aries impidió que murieras...
“¡Cierto, cierto! Y...”
– Y te sentiste demasiado inútil para enfrentarte a los Santos. Permaneciste en Rozan mientras los demás iban a Atenas a encontrar la muerte.
“¡No lo oigas!”
Pero esta vez, la advertencia fue muy débil.
– Atenea fue herida por la Flecha Dorada. Moo de Aries dejó pasar a tus tres amigos, e igual ocurrió con Aldebaran de Tauro. Hasta ahí iban bien, pero...
Shiryu no alcanzó a escuchar la última advertencia de su mente.
– Camus de Acuario venció a Cygnus. Eso ya lo sabes, así como que lo encerró en un ataúd de hielo. Andrómeda logró salir de la Casa de Géminis, pero no fue adversario suficiente para Deathmask. Pegaso tardó mucho en salir del laberinto y llegó a Cáncer justo a tiempo para ver cómo el Santo se ocupaba de su compañero. Y después de él. En las Capas del Espíritu.
El Caballero sintió como si su corazón se detuviera. ¿Quería decir que Seiya y Shun habían muerto a manos de Deathmask? ¿Y Hyoga...?
– Cygnus todavía está encerrado en el ataúd de hielo. Se derretirá en mil años y tal vez entonces recupere la vida. ¿Sabes? No hubo quien pudiera liberarlo. Ah, y Fénix se enfrentó contra Shaka de Virgo después de ser atacado por sus alumnos, pero nadie lo supo. En este momento, los dos están atrapados dentro de uno de los Seis Infiernos, pues el Santo nunca comprendió la validez de la causa de sus oponentes. Creo que es inútil que sepas lo que pasó al anochecer.
“Ikki... Shaka... Saori...”
– ¿No es curioso cómo una persona puede cambiar tanto una serie de eventos? –preguntó Arges con sarcasmo.– En otro mundo, tú guiaste a Pegaso a través del Laberinto de Luz y Obscuridad, derrotaste a Deathmask y liberaste a Cygnus, y Atenea sobrevivió a esa batalla. Pero fue un mundo que construiste en tus sueños, después de que tu Maestro te contó lo que había sentido por medio de su percepción de cosmo y no pudiste sino lamentarte por la caída de la Orden del Zodiaco. Hasta hoy.
“¿El día que morí?”, se preguntó Shiryu, ya incapaz de distinguir qué era lo real y qué lo ficticio.
– Porque hoy murió la humanidad entera –concluyó Arges.– A pesar de las intenciones de Ares, nunca fue un buen estratega, como su media hermana Atenea. Los Santos Dorados murieron uno a uno, porque Saga los envió a combatir de esa forma. Y no pudo ser rival para Poseidón.
Por unos instantes, Shiryu sólo alcanzó a escuchar los latidos de su corazón. Poseidón había ganado. No tuvo necesidad de controlar a Hilda de Polaris porque Atenea murió en el Santuario, y después de haber vencido a los Santos, inundó la Tierra. Y sus habitantes murieron, indefensos ante el poder de los dioses, en un Segundo Diluvio que purificaría al mundo. La realidad paralela que se presentaba a ojos de Shiryu, gracias al Guardián, se había convertido en la única, la verdadera, la que él había vivido. Como si, en efecto, hubiese estado ciego hasta esa mañana, sus ojos empezaron a obscurecerse, la falta de luz tan semejante a la de las Capas del Espíritu cerrándose a su alrededor.
– El diluvio llegó hasta Rozan –continuó Arges, acercándose y descubriendo que Dragón empezaba a perder la vista.– Al menos, ya que rechazaste la vida de un héroe, aceptaste la muerte de uno. Lástima que no sirvió de nada.
Antes de que su intuición se lo prohibiera, Shiryu preguntó:
– ¿Por qué lo dices?
– Por Sunrei.
El Caballero trató de decir algo, pero no pudo pronunciar ni una sola palabra.
– Trataste de salvarla, ¿o lo has olvidado? Lástima que un ciego no puede guiar a otra persona hacia un sitio más alto cuando el nivel del agua comienza a elevarse. Ella se ahogó poco antes que tú.
– Es imposible... –murmuró.
La voz de Cíclope destilaba pena y veneno al decir:
– Lo siento mucho.
¡Era un engaño, una pesadilla!, gritó todavía la mente de Shiryu, pero su corazón ya había aceptado las palabras de Arges. ¡Tenía que serlo!
¿Y si todo era verdad?
“¡Roshi, ayúdame!”, fue lo último que alcanzó a pensar, pero Dokho de Libra había muerto, aunque no supo cuándo, y no pudieron conectar sus cosmos como antes. ¡Ayúdame!, pensó como lo haría un náufrago que se ahoga, cual ocurrió esa mañana, cual había sido su propia muerte.
Sin poder sentir su armadura ni encender su cosmo, Shiryu se dejó caer de rodillas, las palmas de sus manos apoyadas contra el suelo. Por eso, y también por su ceguera progresiva, no pudo ver la sonrisa del Guardián.
“Sunrei está muerta”, pensaba. “En otro mundo, la simple idea me dio fuerzas para continuar peleando...”
¿O fue un sueño?
– Su dulce alma está en el Campo Eliseo –afirmó Arges, acercándose hasta quedar a su lado.– Tú fuiste enviado al Averno. Fue lo justo, para que recibas tu castigo por tu cobardía y por no encontrar fuerza suficiente para vencer una simple limitación física.
Contra su voluntad, Shiryu sintió lágrimas en su rostro.
Arges, sin borrar ni un instante su sonrisa, se llevó la mano al portaarmas que su armadura tenía en la espalda. A lo lejos, el joven alcanzó a escuchar el sonido del metal que sale de la vaina. Como una espada. Y después la voz del Guardián.
– Ha llegado el momento de que pagues por ello.
Saori-Atenea bajó por la escalera principal del Tártaro, pensativa. Quienquiera que la hubiera visto pensaría que era una joven común y corriente, alojada en el palacio con todo el honor que merece una de las sobrinas más cercanas de Hades, y no que en realidad era la poderosa diosa de la Guerra Inteligente de la Era del Mito. Tal vez se debía a la sencilla túnica que usaba, a su cabello sin más adornos que su tiara dorada, y a que las joyas que usaba seguían siendo las mismas que llevó de la superficie.
Era una prisionera, se decía a sí misma, pero no significaba que debiera parecer una.
En cada uno de los sirvientes que veía trataba de adivinar el rostro de Aioria. Sentía que se encontraba, al igual que sus compañeros, en un peligro muy grande. Y, para esto, justo como los Cuatro. Lo peor, sin duda, era no poder saber nada de ellos, ni siquiera por medio de su cosmo como había hecho en las batallas anteriores.
Hacía tiempo que había escuchado gritar a Shun. Y luego su percepción de cosmo se había reducido casi hasta extinguirse, rodeada por el cosmo de Hades. Era posible que los suyos estuvieran sufriendo, quizá muriendo en el Averno y ni siquiera podía sentirlo o estar segura de ello. ¿Por qué habían entrado a ese mundo? ¿Por qué exponían de ese modo tan irreflexivo y generoso sus vidas?
¿Por qué había aprendido a amarlos, sobre todo a uno de ellos?
Por la misma tensión de no saber qué era lo que estaba ocurriendo y de no atreverse a encender su cosmo para evitar que su tío pudiera descubrirlos, Saori no soportó estar mucho tiempo encerrada dentro del cuarto. Pensó que, siguiendo el consejo de Aioria, debería buscar a Hades y tratar de hablar con él para mostrarse como una buena sobrina y eliminar cualquier sospecha que pudiera albergar hacia ella. Pero el Señor del Averno se había encerrado en su cámara principal y, de momento, se negaba a recibir a nadie. Entonces, quiso buscar a Perséfone y platicar con ella, aunque sabía que le tomaría un gran esfuerzo no confiar en ella y confesarle lo que había ocurrido. Pero lo único que su doncella logró informarle, con frases escuetas y sin mirarla a los ojos, fue que la señora había salido del Palacio, quizá hacia el Campo de los Asfodelos, y que todavía no había regresado.
Mientras caminaba, Saori trataba de imaginar lo que estaba ocurriendo afuera de los muros de palacio y en el mundo exterior. No pudo saber lo que estaba pasando en la Tierra, pero detrás de las Murallas, sabía, seguramente tendría lugar una batalla, la última de las Guerras Santas. ¡Cuánto deseó estar con los suyos, peleando a pesar de que jamás lo había hecho! Pero rebelarse podría provocar sus muertes inmediatas, y con todo el dolor de su corazón, tenía que permanecer sin hacer nada.
Había llegado al invernadero y se sentó sobre una de las bancas que rodeaban la fuente. Algunas plantas crecían a su alrededor y, con curiosidad, tocó una de ellas para sentirla y descubrir qué tan distintas eran de las que vivían en la superficie. Al tacto, pensó, eran iguales, pero había algo extraño en ellas. Era como si estuvieran vacías por dentro, como si fueran sólo imitaciones de las originales y, a pesar de las semejanzas, no pudieran igualarlas.
Por algún motivo, la imagen de Ikki se presentó en su mente al pensar en las plantas vacías. Apareció tal cual había vivido, serio y sarcástico a la vez, su cicatriz rojiza enmarcando sus brillantes ojos. El caballero a quien le había sido imposible aceptar la vida común y tranquila si todavía había tanto pesar en el mundo. Y a quien le habían robado su razón de ser, dejándolo tan vacío como la planta que la diosa sujetaba.
Ikki había sido el primero en morir. Y era posible que los demás lo siguieran. ¡Y todo era culpa no de la fuerza de su tío, sino de su propia debilidad! Saori apretó la mano con desesperación, impotencia y rabia.
"Déjame morir, por favor", suplicó al Omnipotente. "Déjame morir para que ellos vivan y todo sea igual que en el pasado."
Entonces, se dio cuenta de que había activado levemente su cosmo. Al abrir su mano, descubrió que la planta que había sujetado se había marchitado y muerto.
– Lo siento... –murmuró, sorprendida ante lo que había hecho.
Volvió a encender su cosmo, tratando de devolver la vida que involuntariamente había quitado. Era una diosa guerrera, pero no usaba su poder para dañar a otros.
Sin embargo, la planta se disolvió en polvo. La vida no volvió a ella.
"En el pasado, pude devolver la vida a tres personas", pensó, su alma llenándose poco a poco de tristeza y sin poder separar la vista de la planta. "¿Por qué no puedo dársela de nuevo a esta criatura?"
Miró hacia el cielo que se asomaba por las ventanas de la construcción. Su obscuro tono, más que el de la noche, era el de la tormenta.
"¿Es que mi indecisión me ha vuelto indigna?"
No obtuvo respuesta. el Omnipotente no hablaba ni con los dioses reencarnados por el respeto hacia el Libre Albedrío. Saori-Atenea comprendió que el poder con el que había nacido no le eliminaba ni las dudas ni el sufrimiento. Ni las lágrimas por los demás.
Las diosas no deben llorar por los pecadores, le había dicho Ikki.
Pero, ¿y si ella misma había pecado?
Sunrei llevaba horas rezando sin descanso. Prácticamente, había orado desde el segundo en que Shiryu había salido de la habitación en donde se habían despedido en dirección al Templo de Atenea. Kiki la había acompañado hacia la aldea cercana, pero había un rato que no lo veía. A pesar del aprecio que sentía hacia el niño-elfo, sin embargo, no se preguntó por él. Antes que cualquier otra cosa o persona, estaba la encomienda que el Dragón le había hecho antes de marcharse. Incluso sobre su propia seguridad.
Kiki le había sugerido que se quedara en la aldea, o incluso que se fuera a Atenas para estar a salvo en el caso de que Hades invadiera el Santuario. Tal vez, pensó, debió aceptar. Ella no era ni una guerrera ni un avatar ni una sabia, sino sólo una persona común y corriente. Si había un ataque, no tendría forma de defenderse. Pero, ¿cómo podría marcharse a la ciudad sabiendo que todos estaban aportando su mayor esfuerzo a la causa? No conocía a Saori-Atenea más que por lo que Shiryu y el Anciano Maestro le habían dicho, pero el Dragón amaba a la diosa con devoción absoluta y eso había sido más que suficiente para que la joven oriental decidiera permanecer con el grupo.
No había contado cuántas veces le había pedido a Dios, con su sencillez y humildad infantiles, que lo protegiese a él y a sus amigos y les permitiera regresar con bien al Santuario. En el exterior, obscurecía poco a poco. La noche no tardaría en llegar, pero todavía no brillaban suficientes estrellas en el firmamento para que lograse encontrar a Draco.
Aún así, la llegada del atardecer provocaba en ella una leve angustia, muy parecida a la del día de la Batalla de las Doce Casas. Rogó porque no ocurriera lo mismo que aquel día, porque no hubiera estrellas fugaces sobre el firmamento, porque Shiryu regresara con ella en poco tiempo.
Se detuvo un momento, preguntándose dónde estaría Kiki. Un silencio impresionante se extendía por todo el Santuario. ¿Ya habría llegado su telegrama a Japón? Ojalá. Tanta calma era diferente a la que se respiraba en Rozan y le provocaba un mal presentimiento.
¿Estaría bien Shiryu?
Dudó un instante antes de continuar.. En todos los años que vivió en China, Dokho nunca le explicó si se debía o no rezar a las almas recién partidas. Sin embargo, si no era correcto, confió en que Dios la perdonaría por la gravedad de la situación, y con su dulce voz, murmuró:
– Maestro, no quisiera molestarte, pero... –titubeó un momento, esperando que el espíritu de Dokho la escuchara y siguió.– Shiryu ha partido a cumplir tu última misión. Debe salvar a Atenea, como antes. Pero esta vez es mucho más peligroso... Tengo miedo de que no regrese.
Al decir esto, sin querer, sus ojos se llenaron de lágrimas. Sólo que, por primera vez en toda su vida, no hubo quien la consolara.
– Por favor, tú que estás cerca de Dios, protégelo y cuídalo para que el mal no lo alcance. Se sentía inseguro porque ya no ibas a poder guiarlo, pero yo sé que puedes interceder por él. Por favor, te lo ruego, ayúdalo.
En eso se le ocurrió que había otra persona que no llevaba mucho tiempo de haberse marchado y que había sido parte de su vida en Rozan. Casi sin darse cuenta, añadió:
– Okho, sé que nos conocimos muy poco, pero tú siempre fuiste amable conmigo e incluso me salvaste la vida. Por favor, también cuida a Shiryu como él me dijo que te pedía antes de la Batalla del Santuario. Te lo pido por el cariño que sentí por ti, a pesar del poco tiempo que convivimos.
Sunrei tenía la vista baja, la cabeza oculta en sus manos entrelazadas. Por eso, no se dio cuenta de que la primera estrella ya había aparecido en el cielo. Y tampoco que estaba justo sobre la Casa de Libra.
– Pobrecito muchacho. Tu egoísmo y tu temor pudieron más que todas las enseñanzas de tu maestro y ahora sólo te falta que tu alma muera. Todo en el mismo día.
Arges, con una maligna luz brillando por abajo de sus lentes, apartó suavemente el cabello del cuello de Shiryu como lo haría un verdugo experto. El joven dragón continuaba arrodillado, las manos contra el suelo y la ciega mirada en la misma dirección, así que le resultó fácil prepararlo para su ejecución. Además, en medio del hechizo, no era capaz de ofrecer resistencia.
Todo lo que Shiryu había vivido hasta ese instante, todos los eventos que lo guiaron desde su nacimiento en China hacia la entrada al Averno, se habían convertido en un sueño en medio de mil realidades paralelas, y la ilusión que Arges de Cíclope le había mostrado se había convertido en la única realidad. Sí, en un universo había ocurrido lo que creyó haber vivido, pero no en ese. Ni siquiera recordaba cómo activar su cosmo y, de hacerlo, sabía que no respondería. Nunca recuperó la armadura de Bronce que ganó en Rozan. El Tresor de Libra jamás lo había protegido.
Y no importaba. Porque todos los que amaba habían muerto, indirectamente por su culpa. Seguía siendo un ciego inútil, incapaz de defenderse a sí mismo o a la única persona que se preocupó por él y que había logrado conservar a su lado en medio del ataque constante de la muerte. En su interior, su intuición insistía en que el ataque del Guardián lo había envuelto en mentiras, pero cada vez se volvía más débil y casi no podía escucharla.
– No te preocupes –afirmó Arges, ultimando los detalles previos a su ejecución.– Ya no tendrás por qué sufrir. Por el resto de la eternidad. Sonrió, su gesto lleno de malicia y crueldad. Sujetó la enorme espada de su armadura con ambas manos, la blandió y la alzó, listo para descargar el golpe. El caballero, o campesino, o lo que fuera, no se movió ni intentó defenderse.
– Adiós, Shiryu.
Y dejó caer la espada justo sobre el cuello del muchacho.
A dos centímetros de su piel, una fuerza invisible detuvo la afilada hoja.
Arges se extrañó. La había blandido con fuerza suficiente para cortar el aire. La levantó de nuevo y volvió a soltar el golpe.
– ¡Muérete! –murmuró en el momento en que la espada atravesó esos dos centímetros que le faltaban.
Sin embargo, la misma fuerza lo detuvo a menos de medio centímetro, cuando la hoja ya rozaba la piel del caballero. Arges, furioso, gritó:
– ¿Quién eres?
Shiryu, por su ceguera física y espiritual, no supo a quién le hablaba, a pesar de que había sentido el aire que se cortaba muy cerca de él. Alzó el rostro, pero no le sirvió de nada. Lo rodeaba la obscuridad y había perdido la percepción de cosmo.
Arges, en cambio, miró hacia la muralla. Apoyado contra ella, vio a un hombre joven cuya edad no pasaría de los treinta años. Era alto y esbelto, su obscuro cabello entre café y negro era corto y alborotado y sus enormes ojos negros centelleaban con un brillo dorado. Estaba cruzado de brazos, su actitud tranquila y alerta a la vez, y al sentir la mirada del Guardián, volteó a verlo y sonrió con amabilidad. A su lado, sentado sobre el piso, había otro muchacho, sólo que este más joven y con menor estatura. Su cabello sepia le caía sobre la espalda y sobre un rostro que mostraba cierta agresividad, aunque la expresión de sus ojos también reflejaba dominio. Arges percibió que del primero había emanado la suave energía que había detenido su espada, o por lo menos así le pareció.
El primer hombre, después de sonreír y ante la muda insistencia de Arges para que respondiera su pregunta, dijo:
– Mi nombre no importa. ¿Cambiaría algo si fuera distinto?
Shiryu sintió un estremecimiento, aunque no comprendió por qué. Nunca había escuchado esa voz, pero había algo en ella que...
Arges, en contraste, miró a los recién llegados con impaciencia.
– Así que te agradan los enigmas –comentó, tratando de ser amable mientras averiguaba si también eran transgresores o si eran almas que vivían en el Averno pero que en ocasiones visitaban el Palacio.– Me pregunto si eres un mago o si conociste alguna esfinge.
– Ni uno ni el otro –respondió.– Únicamente me gusta pensar.
– ¡Ah, un filósofo!
– No exactamente.
No, no eran transgresores. Eran almas, sintió el Guardián, y eso no significaba ninguna molestia adicional más que la pérdida momentánea de tiempo. Hasta entonces, Arges vio con atención a su acompañante y, al descubrir la diferencia de edades incluso en la juventud de ambos, preguntó.
– ¿Tu alumno, alma perdida?
– Puede decirse –afirmó, sin apartar la mirada.– Y no soy un alma perdida.
El alumno asintió a modo de confirmación. Arges descubrió que el aura que los rodeaba era muy diferente a la de aquellos que viven en el Tártaro, y aunque en realidad no necesitaba que le aclararan de dónde provenían, preguntó:
– Vienen del Campo Eliseo, si no me equivoco. ¿Qué les puede interesar en este sitio?
El maestro sonrió débilmente, como si le fuera indiferente encontrarse en el Averno o en el Eliseo. Tal vez, se dijo Cíclope, era de aquellos que no dan importancia al ambiente, sino a la esencia. Ese tipo de almas era el único que podía cruzar entre regiones espirituales y de vuelta.
– Quiero continuar con el entrenamiento de mi alumno –contestó el maestro amablemente, señalando al joven que lo acompañaba.– Si hay algún problema en ello, pídelo y nos retiraremos, pero es una oportunidad demasiado buena como para desperdiciarla.
Arges contuvo una risa burlona.
– Pues bien, Confucio –afirmó, volviendo a alzar la espada.– Si tanto te interesa que tu alumno atestigüe una ejecución, me temo que has esperado mucho para algo tan breve.
Con desprecio, colocó su pie derecho sobre la espalda de Shiryu, cuyos vacíos ojos seguían tratando de averiguar quién hablaba con el Guardián. El dolor de los huesos de su columna fue proporcionalmente menor a la duda que esa tercera voz le había provocado.
Arges alzó por tercera vez la espada para descargar el golpe, pero en esa ocasión no fue energía lo que lo detuvo. Fueron las palabras del maestro.
– Eso es justo lo que nunca debes hacer –indicó a su alumno, quien observaba la escena con sumo interés.– De ninguna de las dos partes.
Cíclope volteó a verlo con fastidio.
– ¿Ahora qué te molesta?
– ¿Quieres saberlo? –preguntó el maestro, como si fuera a comentar algo desagradable.
Un nuevo relámpago brilló bajo los lentes del Guardián. ¡Cómo aborrecía a las almas impertinentes!
– No voy a librarme de ustedes hasta que lo hagas, ¡así que habla de una vez!
Con toda la tranquilidad del universo, el maestro comenzó a explicar sus razones. Pero desde el momento en que comenzó a hablar, Shiryu sintió que se encontraba en otro lugar, muy lejos del Averno, en un sitio donde había hallado la calma, la felicidad y la fuerza que buscó desde que se quedó solo cuando niño. Sin embargo, la Unificación de Arges le seguía haciendo dudar sobre si, en efecto, había ocurrido o si había sido un sueño en una realidad paralela.
– Desde la posición del Guardián, joven tigre –afirmaba, dirigiéndose a su alumno– nunca debes confiarte tanto, por más que todo esté de tu lado.
Hubo un nuevo relámpago bajo los lentes de Cíclope.
– Fíjate en su actitud–continuó.– Ha logrado hipnotizar a su presa por medio de la confusión de realidades paralelas y lo ha convertido en víctima del peor de sus temores. Es un ken mental, como te he enseñado, y esos son los más poderosos de todos, pero éste va un poco más allá de los ordinarios. Juega con el alma del enemigo. En este caso, robándole su pasado y, por tanto, borrando su futuro.
El alumno asintió, su aspecto de concentración demostrando que intentaba memorizar cuanto pudiese de la lección.
– En sí, si eres observador, notarás que la fuerza de uno depende de la debilidad del otro.
– Pero, ¿no es ese nuestro objetivo? –interrumpió el alumno, quien tenía una voz extremadamente grave.– ¿No debemos convertir la fuerza de los otros en debilidad para poder vencerlos?
¡También he escuchado esa voz!, se dijo Shiryu. Pero, ¿en dónde?
– No en lo absoluto –afirmó el maestro.– Un verdadero Caballero no convierte al oponente en un ser débil para triunfar, sino que enfrenta fuerza con fuerza. No ganará el combate porque el otro haya sido más débil que él, sino porque él ha sido más fuerte que su enemigo.
Arges clavó su espada en el suelo, destrozando una pequeña mata de asfodelos que había a sus pies. No le agradaban los instructores que, en lugar de hablar con claridad, recurrían a enigmas y adivinanzas.
– Bonita filosofía, pero poco práctica. Bueno, eso no me importa –afirmó.– ¿Terminaste, Confucio? ¿Ya puedo continuar?
El maestro negó con la cabeza, sonriendo.
– No te quitaré mucho tiempo, Guardián. Permíteme acabar la lección y podrás hacer cuanto quieras.
Impaciente, Arges se apoyó sobre la empuñadura de su espada. El maestro, sin darle mayor importancia, continuó:
– El error principal, aún así, no es por parte del Guardián. Es de su oponente, el Caballero Ateniense. ¿Podrías decirme por qué?
¡Cómo deseó Shiryu no haberse quedado ciego y poder ver al que hablaba! Era como si el recién llegado estuviera reprendiéndolo y, de hecho, como si no fuera la primera vez que ocurría algo así. Porque, a pesar de que sus frases iban dirigidas hacia el alumno, parecía que eran sólo para aquel que sería ejecutado.
El alumno, por su parte, meditó un par de segundos la pregunta que el maestro le había hecho, y sentenció:
– Porque ha perdido el espíritu de lucha. Se limita a esperar la muerte de su alma –y añadió, la voz mostrando un leve tono de tristeza.– Creí que era diferente.
Por primera vez desde su llegada, Cíclope los miró con sospecha.
– Es difícil que jueguen con tu alma –aceptó el maestro, sin prestar atención a la reacción del Guardián.– Por eso, ésta es la más peligrosa de las regiones sagradas. Aquel que se atreva a entrar a ella debe poseer el valor suficiente para desgarrarse el espíritu, si es necesario, y vencer a las ilusiones sin importar lo dolorosas que resulten.
A Shiryu le pareció escuchar el sonido de una cascada a lo lejos.
– Bonita plática, viniendo de un par de muertos –repuso Arges, el relámpago bajo sus ojos conservando el hechizo sobre el Dragón.– ¿Le vas a enseñar también cuán valioso es cumplir el deber y permitir que los otros también lo hagan?
– De acuerdo, el destino se forma por una serie de decisiones –continuó el maestro, ignorándolo.– Una elección distinta puede derivar en un abanico de posibilidades infinitas. Siempre me ha parecido que el hombre, sea de la condición que sea, no debe perder esa perspectiva y agradecer lo que ha vivido, sin importar cuán afortunado o desafortunado ha sido. Porque él ha marcado su camino.
Y preguntó, como para terminar la lección.
– ¿Cuál es el Séptimo Sentido?
– ¡Estúpido! –exclamó Arges, retirando su espada del suelo y blandiéndola de nuevo.– ¡El Séptimo Sentido es un mito que los Caballeros Atenienses usan para elevar su moral!
No es cierto, pensó Shiryu en una reacción inconsciente que no pudo explicarse. El Séptimo Sentido existe. Lo sé porque...
– Es aquel que se encuentra más allá de la vista, del gusto, del olfato, del oído, del tacto y de la intuición –respondió el alumno.– Te permite no depender de ninguno de ellos; los sustituye si los has perdido; te los devuelve si tratas de recuperarlos.
– ¡Insensato! –insistió Arges.
– Quien logra el Séptimo Sentido ha llegado al máximo cosmo y el Aura Dorada se encuentra al alcance de su mano. No se necesita de armaduras ni de escudos...
– Lo sé... –murmuró Shiryu.– ¡Lo sé!
El maestro miró al Guardián con la eterna calma de su expresión. Al hacerlo, pareció que el Aura Dorada de la que había hablado brillara a su alrededor. – La sabiduría de Rozan, el espíritu de Oriente, la Espada del Lago –sentenció.– ¿Los recuerdas?
– ¡Cállate! –exclamó Arges, encendiendo su cosmo y lanzando un rayo negro hacia los intrusos.
Maestro y alumno permanecieron en silencio y se disolvieron en el aire justo antes de que el rayo negro los atravesara. El impacto golpeó contra la muralla y la hizo resonar, porque era de bronce. Furioso, Arges volteó a ver a Shiryu con desprecio y odio.
– ¡No sé quiénes hayan sido, pero si intentaban salvarte la vida, no les resultó! –gritó.
Alzó por última vez la espada y la dejó caer. Ninguna fuerza lo detuvo.
Seiya sintió un latigazo mental, parecido al mal presentimiento que la mayoría de los hombres perciben alguna vez en sus vidas. Pero fue muy fuerte. No era la primera ocasión que era azotado por uno, aún así, y sobre todo proviniendo de la misma persona. Su corazón pareció saltar una palpitación mientras la sangre se helaba en sus venas.
– ¡Shiryu! –exclamó sin darse cuenta.
Estuvo a punto de dirigirse a buscar a Dragón o de al menos orientar su percepción de cosmo para saber qué le había ocurrido, pero no lo hizo. Antes siquiera de que pudiera dar la vuelta, escuchó la voz de Minos de Caronte.
– ¿Sientes haber perdido a tu mejor amigo?
– ¡Demonios, no te importa! –respondió, la angustia en su corazón, el enojo en su mente y una impresionante cantidad de adrenalina en sus puños.
Caronte negó con la cabeza, conteniendo la risa. Seiya se enojó todavía más. A lo largo de su vida, se había enfrentado a muchos enemigos que solían despreciarlo, pero ninguno se había burlado abiertamente de él. Soy un Caballero de Plata, el más poderoso de mi grupo y cercano a la reencarnación de la diosa Atenea, se dijo. No soy una broma para que se rían de mí.
Por un instante, la imagen de Jabu pasó por su mente.
– ¿Cómo pudiste llegar a tu nivel, Pegaso? –preguntó el Guardián.– ¿No crees que ya deberías haberte desecho de todos esos sentimientos inútiles?
– ¿Sentimientos?
– ¿No consideras a la amistad, al amor y al orgullo como sentimientos vanos e inservibles?
Las palabras de Caronte al fin comenzaron a tener sentido, por lo menos en parte. "Este sujeto sabe leer las mentes", se dijo Seiya.
En respuesta, Minos asintió.
– Quizá debería hacerlo –dijo Pegaso, tratando de ignorar esa conversación mental y regresar a la última pregunta.– Pero esos sentimientos inútiles, como les llamas, son lo que me impulsan a seguir adelante cuando todo parece estar perdido. Y, en especial, me diferencian de personas como tú.
Aunque Caronte no demostró molestia por la última frase, arqueó una ceja para darse por enterado.
– Así que, si me lo permites –prosiguió Seiya– déjame pasar a la siguiente muralla. No necesito explicarte mis propósitos.
– ¿No? ¿No comprendes que tus propósitos son muy evidentes? –preguntó Caronte con burla.– ¿Y no recuerdas que te dije que no voy a dejarte pasar?
El cosmo azul-dorado de Pegaso brilló con mayor intensidad.
– ¡Como quieras! –exclamó y, poniéndose en guardia, gritó.– ¡Lluvia de Meteoros!
A pesar del tiempo que llevaba sin recurrir a su ken, éste se activo tan rápidamente como en el pasado. Seiya, al igual que antes, fue capaz de moverse a la velocidad de la luz, como lo haría un Santo. Lo único que no percibió fue que la parte dorada de su cosmo se volvía más reluciente que la azul.
Una ráfaga de ataques luminosos, idéntica a una lluvia de estrellas por la noche, rodeó a Caronte. Seiya no alcanzó a ver si lo golpeaba, pero de momento no le importó. Claro, hasta que, en un contraste total a su actitud, el Guardián preguntó, de nuevo sonriendo:
– ¿Es esto todo lo que sabes hacer?
El Caballero no respondió, pero siguió atacándolo y aumentando la velocidad de su ken. Estaba acostumbrado a que su oponente tratara de humillarlo, así que trató de no darle valor a sus palabras. Sin embargo, su intuición le indicó que algo estaba mal, y sobre las luminosas trayectorias de cada uno de sus golpes, fijó la vista en Minos.
Por algún motivo, ninguno de los meteoros lo había tocado. Eso significaba o que el Guardián era muy veloz y lograba esquivarlos –¡lo cual significaría moverse más rápido que la luz!– o no lo estaban alcanzando.
Le pareció que Minos volvía a leer su mente; sonrió y preguntó:
– ¿Por qué tus golpes son tan lentos?
Ante sus palabras, Seiya prestó más atención y notó que cada meteoro reducía su rapidez al aproximarse a su enemigo. Su cauda se acortaba y el golpe se detenía antes de llegar al Guardián, desvaneciéndose en el aire unos segundos después.
"¡Demonios!", pensó. "¡Estoy lanzando la Lluvia de Meteoros a la misma velocidad de cuando combatí antes! ¡No puede ser que la pierdan cuando están cerca de él!"
Se concentró lo más que pudo, su brillo dorado empezando a dominar al azul, y continuó atacando. Caronte sonrió con mayor franqueza.
– ¿Tiene caso que continúes desperdiciando tu energía de ese modo? –volvió a preguntar, su intención descaradamente burlona.
Seiya trató de borrar cualquier pensamiento de su mente, recordando que ese tipo era émpata, pero no lo logró por completo.
– ¡Maldición! –exclamó sin pensar.– ¡No puede estar pasando esto!
El Guardián volvió a sonreír, elevando más la intensidad de su cosmo.
– ¿No te has cansado? ¿No crees que ha llegado el momento de que pruebes mi propio ataque?
Y antes de que Seiya lograra pensar o responder nada, gritó:
– ¡Rigor Mortis!
El negro rayo que pareció fluir de su capa cubrió la trayectoria de la Lluvia de Meteoros, absorbiendo tanto la luz azul como la dorada y dirigiéndose hacia el Caballero. El rayo golpeó a Seiya en el pecho, arrojándolo hacia atrás, pero Pegaso jamás cayó contra el suelo. A escasos centímetros de éste, el mismo rayo que lo había atacado contuvo su caída, suspendiéndolo en el aire mientras se dividía en delgadas hebras luminosas que se entretejieron en una especie de red. Como si fuera una gigantesca telaraña, la red empezó a rodear a Seiya, separando sus extremidades e incluso hasta los dedos de sus manos para que no pudiera apretarlas en puños. Por más que el Caballero gritó y trató de defenderse, permaneció atrapado y, de repente, se encontró de pie, suspendido a cierta altura sobre el suelo por la energía misma.
La red se había colocado entre las troncos de dos álamos blancos. Volvió a intentar liberarse, pero fue como si millones de cuidadosas puntadas lo hubiesen cosido al aire, y el hilo –comprendió– era parte de su propio cosmo. Entre más se concentraba para soltarse, la cuerda le apretaba con mayor fuerza y comenzaba a herir su piel y a dañar su armadura.
Caronte se le acercó, brazos cruzados y sonriendo con la actitud de quien admira algo que él mismo ha creado.
– ¿Sorprendido?
Seiya no respondió mas que con su mejor mirada fulminante. "¡Diablos, diablos, diablos!", pensó, pero para el Guardián esa reacción fue suficiente.
– ¿Supongo que descubres que, entre más resistas, más te aprieta?
– ¡Buen truco! –exclamó Seiya, tratando de restarle importancia.– ¿Quieres que te aplauda?
– ¿Sabes que tu actitud es muy infantil?
– ¡Deja de hablar con preguntas por un instante!
De momento, Caronte no respondió, como si jamás le hubieran pedido eso o, más bien, como si no lo hubieran hecho por mucho tiempo. Bajó la mirada y de momento perdió su actitud triunfal. Mientras, Seiya volvió a tratar de liberar su mano derecha, pero la cuerda le apretó con mayor fuerza.
– De acuerdo –contestó Minos, pasando de su aparente alegría a cierto aire de nostalgia.– Seré breve porque me disgusta hablar así, pero no te escaparás de mi última pregunta.
Alzó la vista. Su mirada no era tan luminosa como antes y, hasta entonces, Seiya reparó en el grisáceo y tristón tono de sus ojos.
– A lo largo de cada uno de tus combates, estuviste a punto de morir en muchas ocasiones –explicó el Guardián.– Si lo recuerdas, cada vez tu cuerpo se inmovilizó, como si empezara a poseerlo el rigor de la muerte. Pero continuabas vivo y pronto tu energía regresaba a ti.
Por abajo de su casco, Seiya notó que su expresión había envejecido. Era muy extraño. Minos no era viejo y apenas tendría cinco o seis años más que él.
– El Rigor Mortis –continuó, tratando de ignorar que había leído ese pensamiento– te detiene en ese ciclo. Tu cosmo está consumiéndose y estás perdiendo tu energía, pero no se ha extinguido todavía.
– Gracias por la explicación –respondió Seiya, dejando de luchar por liberarse ante la debilidad que comenzaba a sentir.
Ese ken, comprendió, era muy parecido a la Coraza Amatista de Alberich de Delta-Megreth. Lo detenía y le quitaba su energía a la vez. Antes fue Shiryu quien lo salvó. Pero ahora estaba solo. Caronte leyó ese pensamiento y, cuando volvió a hablar, su tono continuó siendo triste.
– Sí, esta vez no hay nadie que pueda ayudarte, excepto yo.
– ¿Y por qué querrías ayudarme? –preguntó, a punto de abofetearse a sí mismo cuando comprendió cómo había hablado.– Los Guardianes del Estigio protegen a Lord Hades y matan a quienes pretenden atacarlo.
– Cierto. Pero tú...
Minos titubeó un momento, sus ojos entristeciéndose un poco más.
– Eres diferente. No estás aquí por el mismo motivo que tus compañeros.
Seiya sintió que la red que lo apresaba bajaba un poco de altura. Al hacerlo, la cuerda lo apretó todavía más, como previniendo cualquier intento de escape. Caronte se le acercó.
– Voy a hacerte una última pregunta, Pegaso. Yo te daré la opción, pero serás tú...
Seiya lo miró con desconfianza.
– Serás quien salve tu propia vida.
Volvió a tocar la muralla, pero esta vez sonrió débilmente. Sí, había vuelto a percibir la débil vibración que sintió en la Primera Muralla después de que dejaron a Shiryu enfrentándose contra el primer Guardián. Así que era seguro que Seiya se había encontrado con el segundo. "Gracias, amigo", pensó. "Acabas de abrir la siguiente puerta hacia el Palacio."
Hyoga había caminado por la Alameda Blanca sin ocultarse. Sabía que uno de los dos tendría que enfrentarse al Guardián de ese nivel y, en realidad, daba igual quién fuera con tal de alcanzar a Saori. Tanto Seiya como él habían tenido el mismo propósito. Los dos habían tenido prisa. Y los dos habían tenido una motivación adicional además del cumplimiento del deber.
No podía apartar de su mente la imagen del ejército de daimons abandonando el Averno. Sin duda se dirigían al Santuario a atacar a Hilda. ¡Y él sin poder ayudarla ni protegerla! Y, más aún, sin poder ayudar ni proteger a una joven princesa que ni siquiera contaba con un cosmo que pudiese activar como escudo.
No tenía más opción que confiar en los Guerreros Divinos, en el año de entrenamiento que habían compartido y en su propio sentido común al acceder a entregarles sus armaduras. "Bud", pensó como si Dzeta-Mizhar-Alcor pudiera escucharlo. "Si de verdad me debes algo, como me dijiste ese día, por favor protege a Flare y a Hilda en mi nombre."
Tendría que rezar por un milagro. Era lo único que le quedaba por hacer.
Inconscientemente se llevó la mano al pecho, buscando la Cruz del Norte. Pero no la encontró. Hasta entonces recordó que se la había dado a Flare como un recuerdo, tal vez como lo único que quedaría de él después de esa batalla. Al pensar en ello, el amor al que su corazón había despertado lo hirió con la misma fuerza de una espada. Quiso apartar de su mente esa última idea, pero lo único que logró fue estar a punto de ver sus ojos de cielo primaveral frente a él aunque estuvieran solamente en su memoria.
– Flare... –murmuró, su nombre su solo aliento ahora que no portaba la Cruz consigo.
Fue la única concesión que se permitió. La puerta aparecería en cualquier instante y debía concentrar su mente en su único deber. Atenea, no Saori. Polaris, no Hilda. La guerra contra Hades. No Flare.
Y, sin embargo, se sentía tan desprotegido sin la Cruz...
– ¡Hyoga!
La voz hizo que se quedara congelado en su sitio. Automáticamente negó lo que acababa de escuchar, a pesar del sitio en que se encontraba. Ni siquiera miró hacia atrás, de donde había provenido el llamado; en contraste, volvió a tocar la muralla. La vibración se hacía más fuerte y supo que se estaba acercando.
Su mente estaba comenzando a jugar trucos con él, recurriendo a todos los pecados que no se había perdonado.
Era curioso cómo el no portar el rosario que su madre le regaló podía provocar que se sintiera así. Nunca lo pensó o, de saberlo, le hubiera dado a Flare el dije de Cygnus-Nike que había conservado y llevaba consigo. Se obligó a que su indiferencia pasada volviera a él. No sirve de nada lamentarse, se dijo. Sigue.
Al doblar la esquina, encontró la puerta. Brillaba débilmente, como si llevara poco tiempo de haber sido abierta. Con movimientos seguros, se acercó para cruzarla.
– ¡Hyoga!
La misma voz la llamó, pero esta vez permaneció en su mente y oídos. No había sido su imaginación. No había sido un remordimiento. La había oído. Y no podía ser.
Aunque sabía que no debía hacerlo, dio la vuelta, tratando de mantener la cabeza fría. Pero cuando vio frente a sí a Isaac de Kraken, el hielo en el que había tratado de convertir su mirada se derritió de inmediato.
¡Vaya que había progresado en ese último año!, se dijo Jabu mientras, con sus mejores golpes, lograba detener a tres daimons que acababan de salir del Portal. Recordó cómo le había ganado al enorme Ban en el Desafío Galáctico y cómo en la Batalla de las Doce Casas los demás Caballeros de Bronce y él vencieron a los guardias que amenazaban a la señorita Saori y a Tatsumi. Pero si antes no dependió de su cosmo, era la leve activación del mismo lo que lo guiaba en aquel instante. Y descubrió que, a pesar de la situación, disfrutaba al fin entrar en contacto con su constelación protectora.
Shaina tampoco había recurrido a su ken, e igual actuaba Marine. Kiki trataba de hacer levitar a algunos soldados para que sus compañeros los vencieran con mayor facilidad. Pero, por cada uno que vencían, aparecían dos o tres más que ni los dejaban pasar al Portal ni desistían de dirigirse hacia las ruinas de la Cámara del Maestro.
En eso, Kiki se fijó más en uno de los daimons que hacía levitar. No se extrañó de su horrible uniforme ni de la careta que cubría su rostro, y menos aún de la falta de sombra de su cuerpo. Lo que le sorprendió fue descubrir un palpitar rojizo en las palmas de sus manos a pesar de que traían guantes, como si pudiera ver a través de su piel un corazón sangrante en cada una.
– ¡No permitan que los toquen con las palmas de sus manos! –gritó espantado.– ¡La marca del veneno está en ellos!
Jabu, que había estado a punto de sujetar a uno de las palmas para romperle las manos, dio un salto hacia atrás, y apenas logró evitar a uno que Shaina había arrojado en esa dirección sin darse cuenta de que Unicornio estaba ahí.
En lo que evadía el ataque de tres daimons, Marine alcanzó a ver el Portal. Aunque su rostro no mostró turbación debido a su máscara, contuvo el aliento. El tamaño de la puerta interdimensional se había reducido a pesar de las vibraciones del cosmo de Hilda. Los daimons, al detenerlos, estaban introduciendo en ese mundo energía del Reino de los Muertos y ayudando a que se cerrase con mayor velocidad.
– ¡Shaina, Jabu, Kiki! –gritó por sobre las frenéticas exclamaciones de los daimons.– ¡Entren ya al Averno! ¡Yo los cubro!
– ¿Qué dices? –respondió Shaina, deteniéndose un momento pero no lo bastante para que un daimon alcanzara a tocarla.– ¡No podemos dejarte aquí!
Y añadió con voz más fuerte.
– ¡No vas a poder tú sola contra tantos!
– ¡Váyanse ya! –insistió Marine, su tono cortante.– ¡Seiya y los demás los necesitan más que yo!
Jabu alcanzó a escucharla y, por un momento, se imaginó a la Amazona de Águila enfrentándose a aquellos demonios. Aunque fuera muy fuerte, eran muchísimos y, de seguro, entrarían todavía más. Era una locura permitir que una mujer hiciera eso.
– ¡Deja que yo me quede! –gritó.– ¡No soy tan importante como tú!
En respuesta, Marine le arrojó uno de los daimons que habían osado hacerle frente. El Caballero apenas logró evitarlo.
– ¡Con esa actitud no vas a llegar a ningún lado! –regañó la amazona con voz seca y añadió.– ¡Que se vayan de una vez!
El que Unicornio no lograra responderle no significó que sus palabras no lo afectaran. Sin querer, sólo pudo pensar en que su propia actitud estaba bloqueando su crecimiento cósmico. Apenas si sintió cuando Shaina, sujetándolo del brazo, le dio un tirón y lo arrojó hacia el interior del Portal. Kiki, aprovechando su capacidad para teletransportarse, hizo lo mismo.
Antes de seguirlos, Shaina se detuvo un instante, insegura sobre si dejar sola a Marine o no. El año transcurrido no las había convertido en las mejores amigas del mundo, pero estaban más cercanas que antes y habían aprendido a apreciarse mutuamente. No podía abandonarla con aquellos locos.
Marine, en contraste, no le prestó atención mas que para comprobar si había entrado o no al Averno.
Uno de los daimons, en eso, lanzó un rayo en contra de ambas. En una reacción inmediata, Shaina dio dos pasos hacia atrás, esquivándolo. El ataque golpeó contra el Portal y se separó en decenas de reflejos. Uno de ellos, casi tan veloz como la luz, golpeó contra la máscara de Marine.
Ofiuco sintió que su sangre se helaba al mirar cómo la amazona se llevaba la mano al rostro, inclinando la cabeza hacia adelante.
– ¡Marine! –gritó, sintiendo un nudo en su garganta.
Antes de que pudiera acercársele para ayudarla, Águila encendió su cosmo. Un resplandor anaranjado, semejante al color de su cabello, la rodeó y mantuvo a los daimons alejados.
– Vete –ordenó sin mirarla.– Estoy bien.
Shaina quiso protestar, pero tenía años de conocerla y sabía que no lograría nada. Odiándose a sí misma, atravesó el Portal para alcanzar a Jabu y a Kiki.
Apenas estuvo sola, Marine vio hacia los otros daimons y se puso en guardia, lista para liberar su ken si pretendían seguir a los demás o dirigirse a la Cámara del Maestro. Sobre la vibración de su cosmo sólo se escuchó el sonido del metal golpeando el piso.
Era una máscara de plata partida en dos.
Los daimons, entonces, pudieron ver el rostro de una joven que no tendría más de veinticinco años, una tiara apenas sujetando su cabello cobrizo bajo del cual fluía un delgado hilillo de sangre. Su piel era clara y su respingada nariz era prácticamente perfecta. Pero, sobre todo, miraron sus enormes ojos sepia, enmarcados por largas y espesas pestañas pelirrojas. Ojos idénticos a los de uno de los Cuatro Caballeros Atenienses que, de haber sabido lo que estaba ocurriendo, habría dado su vida entera con tal de ser un daimon en ese segundo.