Capítulo siete
Asfodelos

Por Altair


¿Cómo irá a terminar todo esto?
Seiya de Pegaso


Si eras frío –u objetivo, la palabra que prefirieras–, el Tártaro era uno de los palacios más hermosos que existían. Estaba diseñado para que no necesitaras salir de él, lo cual era una excelente idea debido a que en el exterior sólo había campos de asfodelos y ríos de lágrimas y fuego. Era ideal, por supuesto, si eras un ocupante o un guardia. No si estabas ahí como prisionera.
Menos aún si, en teoría, podrías estar muerto.
Los seres vivos no debían entrar al Averno. Si lo hacían, se volvían inmortales hasta que le juraran lealtad a Hades o fueran castigados por los Siete Guardianes con la muerte de su alma. Sin embargo, Hades y Perséfone necesitaban sirvientes y soldados con cuerpo, y como no eran injustos ni crueles, aquellos transgresores que entraran a su servicio vivirían su inmortalidad sin mayores preocupaciones. La única condición era que, mientras estuvieran trabajando, no podrían decir una palabra a menos de que les fuera solicitado o estuvieran en sus habitaciones privadas. También deberían cubrir sus rostros y sus identidades bajo capuchas color marrón o armaduras, según el caso, por el resto del tiempo. Nadie dijo que la inmortalidad era gratuita, pero había muchos dispuestos a pagar el precio.
Había visto sirvientes, doncellas, soldados y, por supuesto, daimons. Todos mudos y, en apariencia, carentes de personalidad. Siempre pensó que los que no hablaban era por falta de inteligencia o de carácter, pero estaba comprobando que tal idea había sido un error. Simplemente él mismo, con todo su micro universo personal, llevaba horas obedeciendo en silencio, envuelto por completo en una de las capuchas. De reojo, vio a otro sirviente ataviado de igual forma, y aunque tenían prohibido intercambiar hasta una mirada, imaginó que sus pensamientos serían parecidos.
Se estaban jugando no sólo la vida, sino sus propias almas. Ya se habían arriesgado demasiado el día anterior, pero habían sido entrenados para enfrentar el peligro. Aún así, esto era nuevo. Trató de no sentir temor. No podía darse el lujo: había demasiadas cosas por las cuales preocuparse.
La más evidente tenía que ver con su sombra.
Por alguna razón, los Siete Guardianes no proyectaban sombra en ninguna de las dos dimensiones a menos de que quisieran hacerlo. Ellos, en cambio, lo hacían contra su voluntad. Pero en el Reino de los Muertos era diferente: en lugar de reflejar una silueta de hombre, proyectaban la imagen de su constelación protectora. Como si no fuera suficiente tratar de escuchar algo en un sitio donde nadie hablaba (una ventaja para permanecer ocultos, pero una gran desventaja para todo lo demás), debía también cuidarse de no acercarse demasiado a fuentes de luz intensa.
Era de la mayor importancia que no los descubriesen antes de tiempo. Ya tenían bastante con que el Portal se estuviese cerrando.
Tampoco podía comunicarse con los demás por telepatía. Para ello, debería activar su cosmo y esa era la prohibición número uno. Enciende tu aura y adviérteles en dónde estás, que sobreviviste y que no vienes solo y enviarás a Atenea a un infierno literal. No puedes convocar a la armadura que te ha protegido por años. No puedes consultar tus dudas y preocupaciones a aquel que siempre te ha orientado, aunque a veces no estuvieras de acuerdo con él. Hacía años que no se sentía tan... ordinario.
Había vagado por el invernadero, fingiendo que cuidaba las plantas y preguntándose por qué no había flores en el Averno, cuando vio que Perséfone se aproximaba. Le indicó a una doncella que se encontraba cerca que le llevaran la comida a su sobrina a su habitación, puesto que se encontraba indispuesta para bajar al comedor.
Así que, adelantándose a la doncella, se dirigió a la cocina a esperar que la bandeja estuviese lista. Y de acuerdo con su costumbre, se adelantó a tomarla antes de que ninguno de los sirvientes pudiese hacerlo. Los permisos salían sobrando y los avisos también. Justo como cuando quería ganar el honor de escoltar a Atenea al comedor.
Con un poco de suerte, pronto sería para sacarla del Tártaro y del Averno.
Mientras salía de la cocina, sin embargo, sintió que lo dominaba una ligera angustia. Su sexto sentido le indicaba que algo estaba pasando justo en ese segundo, mas no pudo activar su cosmo para averiguarlo. Lo único que deseó fue que él hubiera sido el único que lo hubiese percibido. Ni sus compañeros ni los Guardianes.
Menos aún Hades.


Lord Hades se había encerrado en la biblioteca a pensar si realmente estaba valiendo la pena tener a Atenea en el Tártaro. Su sobrina no salía de su cuarto, ni siquiera para comer, alegando que no sentía deseos de nada. Perséfone no sólo no le hablaba, sino que lo evitaba. De acuerdo, tenía en su poder a Nike, siete tresors y a una diosa. Pero, ¿qué era más importante?
Se preguntó si era culpable de alterar el orden natural de las cosas. No fue él, se dijo, quien intentó a matar a Atenea cuando apenas era un bebé. Ese había sido Ares. No fue él, continuó, quien hechizó a Hilda de Polaris. Ese había sido Poseidón. No fue él, concluyó, quien engañó a Poseidón para que encarnara fuera de tiempo. El culpable estaba en su reino y, qué humillación, había sido un simple humano.
¿Debía ser el único en esa encarnación que respetara el orden divino? Si nadie lo había hecho, ¿por qué él? Atenea se acostumbraría al Averno y Perséfone lo perdonaría apenas brotaran las primeras flores en la tierra seca de su Reino. Fin.
En eso, sintió una leve vibración en el ambiente. No, no era una. ¿Eran acaso cuatro? ¿O era una dividida en cuatro partes? Pero le dolía la cabeza y decidió no molestarse en rastrear el origen de aquella débil señal.
Aún así, no podía descuidarse.
Hizo sonar una campana que se encontraba sobre una mesa cercana. Tres segundos después, la puerta se abrió. Era Elis de Thanatos.
– ¿Llamó, Milord? –preguntó después de saludarlo.
Hades había extendido un pliego frente a él aunque el realidad no lo estaba leyendo. Fingió que lo hacía para no mostrarle a su Guardián, por más favorito que fuera, las dudas que su sobrina y su esposa le habían provocado.
– ¿Percibiste un paso de energía, Elis? –preguntó con desinterés.
– No, Milord. Al menos no uno que fuera poderoso.
– Supongo entonces que el Portal se estará cerrando –dijo Hades más para sí.– Manda a alguien a revisarlo.
– Sí, Milord.
Elis saludó de nuevo y se dispuso a salir de la biblioteca. Antes de hacerlo, aún así, escuchó nuevamente la voz de Hades.
– Si encuentras cualquier alteración, ocúpate de quien sea responsable.
Elis asintió y afirmó, sonriendo con confianza.
– Sabré cómo hacerlo, Milord.


Era como volver a cruzar el Laberinto de la Casa de Géminis. Ráfagas de Luz y de Obscuridad, de Bien y de Mal, de Alegría y de Tristeza... todos los opuestos que existen en el mundo, sin los numerosos tonos de gris que existen entre el blanco y el negro. Los cuatro se enfrentaron con el lado obscuro de sus personalidades años antes, así que no se extrañaron nada de volver a encontrarse con él. Sin embargo, no estaban preparados para lo que sintieron.
Años atrás, cada uno se percibió como un Pegaso orgulloso, un Dragón discapacitado, un Cygnus insensible y un Andrómeda débil. Pero ahora se enfrentaron a sus demonios internos, no sus defectos, y comprendieron que era un prólogo de lo que iban a hacerles en el Averno.
Seiya se vio como una persona egoísta y orgullosa, incapaz de agradecerle a Mitsumasa Kido el haberle dado un propósito a su vida. Y notó que su egoísmo no se había limitado al primer Maestro, sino también a una joven de ojos aceitunados y a un aprendiz de cabello amielado. Con una no había intentado transcender la barrera de la amistad; con el otro, ni siquiera tuvo la intención de acercársele. A una la había dañado al obsesionarse con el imposible que representaba una diosa reencarnada, y con el otro no se había comportado con justicia, a veces comportándose con más rudeza de la necesaria sólo por desquitarse. Sin querer, se preguntó si había llegado el justo momento para que él se sacrificara por los demás, y no a la inversa.
Hyoga tuvo constancia de cuán cobarde había sido durante los últimos años. De una vida indiferente, se había entregado a un sentimiento por completo, pero careciendo del valor suficiente para aceptarlo tal cual era. Y ahora descubría cuánto daño le había hecho a Flare con esa actitud. ¿Por qué quedarse siempre en el temor a ser rechazado, sabiendo que no iba a ocurrir así?, sintió que alguien le preguntaba. ¿Incluso haber renunciado a su vida de guerrero? ¿Por qué negarse a amar? ¿Acaso por el miedo a perder nuevamente?
Shun no supo por qué se veía a sí mismo en dos extremos. Por un lado, estaba el Caballero frágil, incapaz de decidirse y abrazar el inmenso poder con que había sido dotado. ¿Era realmente por su famosa prudencia y respeto a al vida humana? ¿O era cobardía? O, en el otro extremo, ¿por el temor de no saber controlar su poder? En una faceta opuesta, se enfrentó a un Shun violento, lleno de rencor y de ira hacia su hermano mayor, que había matado voluntariamente a un hombre y que se dirigía al Tártaro a matar a otro. Dos facetas: la frágil y la vengativa. La imagen de Saga cruzó un momento por su mente.
Sólo Shiryu no fue presa de la confusión, o al menos no de una tan intensa como la de sus amigos. Se vio como un guerrero novato que todavía dependía demasiado de su Maestro antes de cualquier batalla. Pero Dokho había muerto y ahora no sabía si estaba preparado para seguir adelante. Quería creer que no le temía a la muerte y que había llevado una vida recta. Se dijo que lo pasado había quedado atrás y lo que habría de venir sería bienvenido sin importar lo que trajera. Por eso, el paso por el Portal no lo afectó tanto, pero cuando salieron fuera de él y vio las expresiones de sus amigos, descubrió que había sido el único.
Una vez en el Averno, los Cuatro miraron hacia atrás. El portal seguía brillando con el cosmo de Hilda y comprendieron en cuánto peligro habían colocado al Santuario. Si Hades se daba cuenta de que la avatar los ayudaba... El pensamiento ayudó a Seiya, Hyoga y Shun a superar sus dudas, aunque no por completo.
Miraron después hacia el frente. Se encontraban en la misma alameda negra a la que Ikki había llegado. El cielo estaba nublado y soplaba un viento frío. Era triste pensar que eso sería lo primero que vería el alma de un pecador después de la muerte, como si el castigo por sus crímenes comenzara desde el primer momento. A lo lejos se escuchaba el mar y frente a ellos vieron una laguna.
– ¿Es la Estigia? –preguntó Shun, sin querer pensando en que Ikki había pasado por ahí.
– Apesta. Seguro que lo es –respondió Seiya.
Shiryu, pensativo, cortó una de las hojas de los álamos que los rodeaban. A pesar de su obscuro color y de su apariencia, era suave al tacto. Hyoga escuchó el sonido distante y miró a su alrededor, sin encontrar lo que buscaba.
– ¿Pueden oír al mar?– preguntó. Después de que sus compañeros asintieron, añadió– ¿Por qué no podemos verlo?
– El mar separa al Averno del Eliseo justo como los océanos separan los continentes –dijo Shiryu, frotando la hoja con los dedos y notando cómo se disolvía al contacto.– Un alma justa no necesita pasar por aquí, sino que va directo al Paraíso.
Seiya se acercó a la orilla. La Estigia era demasiado ancha para cruzarla de un salto y no se veía ningún puente cerca.
– Deberíamos buscar a Caronte para que nos llevara –opinó, viendo hacia la otra orilla y adivinando la silueta del Tártaro en ella.
– No serviría –respondió Hyoga.– Caronte sólo llevaba a los que estaban muertos. Lo más seguro es que llamaría al Cerbero para que nos destrozara.
– Además, ¿no son dos de los Guardianes? –preguntó Shun.
– No me agrada la forma en que se modernizan los mitos –concluyó Seiya.
Shiryu cortó una rama larga del mismo árbol. Seiya miró hacia el agua obscura de la laguna, intentando calcular su profundidad.
– Pues no hay remedio –sentenció.– Tendremos que cruzar la Estigia a nado aunque ese olor me está mareando.
– Espera.
Shiryu se acercó a la laguna con la rama en sus manos. Una vez que estuvo cerca de la corriente, comenzó a sumergirla en ella.
Cuando la rama entró en contacto con la laguna, comenzó una espesa humareda combinada con el sonido de algo que se quema. Sorprendidos, Seiya, Hyoga y Shun vieron cómo Shiryu sacaba la rama, quemada hasta la mitad de su longitud.
Pegaso dejó escapar un suspiro de alivio.
– Pudimos ser nosotros –murmuró.
– Busquemos una barca –propuso Shiryu sin darle importancia al evento.– Las almas deben cruzar de algún modo.
Tiró el resto de la rama a la laguna. Su olor a quemado los siguió aún después de que se marcharan.
Nadie comentó una palabra mientras caminaban. Cerca de ellos la alameda se levantaba como un bosque triste y amenazador. Del otro lado, veían la isla y al palacio en su centro. Aunque la distancia era igual desde cualquier punto, ahora podían notar con mayor claridad las tres murallas que lo rodeaban y las dos torres que sobresalían de ellas. "Ten un poco de paciencia, Saori", pensó Seiya, mirando con añoranza hacia la construcción pero sin atreverse a encender su cosmo. "Ya vamos por ti."
Sus compañeros se detuvieron y él los imitó. Frente a ellos había una vieja barcaza de madera, su base cubierta con una sustancia grasosa.
– Imaginé que la barca de Caronte debía estar gastada, pero no pensé que tanto –dijo.
Shiryu y Hyoga se adelantaron hacia la barca.
– Pues tendrá que servir –comentó Cygnus, empezando a empujarla en dirección al agua, cuidando de no tocarla.– Es la única.
Contra lo que aparentaba, la barcaza era ligera y no tardó en responder a la presión. Mientras la acercaban a la laguna, Shiryu descubrió que estaba hecha con la misma madera de los álamos, pero no pudo descubrir de qué estaba formada la grasa de la base. Cuando la barca entró en contacto con el agua y flotó en lugar de quemarse, comprobó que esa sustancia era lo que los protegería.
De un salto, los Cuatro subieron a la barca. La misma corriente, en respuesta, empezó a dirigirse hacia la isla.


Perséfone llamó a la puerta del cuarto de su sobrina por tercera vez, pero nadie respondió. Quizá estaba dormida, pero la señora del Averno no era tan inocente como para ignorar que Atenea no quería hablar con nadie. Igual había actuado ella miles de años atrás, cuando acababa de ser llevada al Tártaro. Con el paso del tiempo aprendió a amar a su esposo y a disfrutar el lugar aunque no tuviera flores. Pero las primeras semanas habían sido muy difíciles.
Por otra parte, su único amor en aquel entonces había sido Demeter, su madre. Atenea era distinta. Había llevado una vida de humana. Tenía amigos, y se preguntaba si alguno de ellos era más especial de lo que debía. Tal vez podría acostumbrarse al Averno, pero las sombras de aquéllos que le harían falta tardarían mucho en desvanecerse.
Pensó en buscar a Hades y conversar con él sobre lo que estaba ocurriendo, pero se detuvo. Sabía que acabarían discutiendo y quizá hasta peleando, y eso era lo que menos deseaba. La tristeza que percibía en el cosmo de Atenea era tal que, si de ella dependiera, la dejaría volver a su propio mundo, aunque muriera al hacerlo. Aunque ella misma no volviese a ver el mundo superior por el resto del tiempo.
El pensamiento le volvió intolerable al ambiente. Perséfone supo que no podría estar mucho tiempo dentro del palacio sin buscar a su esposo, así que decidió salir del Tártaro sin avisarle. No tenía la intención de abandonar la seguridad de las murallas, aunque a ella no le ocurriría nada, por si su sobrina necesitaba algo. El único lugar en donde podría estar sola pero al mismo tiempo al alcance de ella sería el Campo de los Asfodelos.


"Debemos vernos muy raros", pensó Seiya mientras cruzaban la Estigia. Una vez, en casa de los Kido, vio la réplica de una pintura muy famosa de George Washington cruzando no-recordaba-cuál-río, su casaca flotando sobre el frío viento invernal en actitud de triunfo. Claro que ellos no habían llevado sus capas (o más bien lo que quedó de ellas), ni era invierno ni su actitud era triunfal. Pero el viento estaba helado y destacaban contra la Estigia casi como Washington sobre el río. Eran seres vivos que no pertenecían a ese mundo.
El hedor de la laguna era insoportable. Un olor no tanto a muerte, sino –si era posible y se ponía filosófico– a corrupción y a pecado. Tocar el agua era morir. Morir equivalía a perder el alma.
Lo bueno era que le gustaban los retos.
– No olviden que la primera zona en la que entraremos será el Erebo –iba diciendo Shiryu, recordando el texto y actuando, sin saberlo, cómo lo habría hecho Dokho de Libra.– Nada de lo que veremos ahí será real, a excepción de los ríos infernales.
Infernales. Bonito término, pero apropiado si considerabas que en lugar de agua estaban formados por fuego, lágrimas y lamentos.
Mientras se acercaban, fijaron la vista en la costa. Estaba cubierta por niebla.
– No veo nada –murmuró Shun.
Por costumbre, alzó la mano derecha en dirección a la costa y añadió, al ver la inactividad de su armadura:
– La cadena tampoco percibe la presencia de algún enemigo.
– ¿Es niebla o humo? –preguntó Hyoga.
– Debe ser para que el alma no vea lo que le aguarda –señaló Shiryu.
Seiya se encogió de hombros.
– Es un sitio hermoso –concluyó.
Pero no dijo que urgía sacar a Saori de ahí.
– Pase lo que pase, –continuó Dragón, tratando de recordar las enseñanzas de Shaka sobre cómo no percibir lo irreal cuando la vista te miente– tenemos que permanecer juntos, sobre todo en esa área.
Y sentenció, igual que años atrás.
– Pero con que uno de nosotros llegue con Saori, será suficiente.
Seiya, sin querer, recordó cómo sus amigos habían muerto años atrás con tal de que él llegase con el Patriarca. ¿Iba a repetirse la historia?
En eso, los suaves movimientos de la barca se detuvieron de repente. Pareció que intentaba continuar su camino una, dos veces, pero no lo logró. Los cuatro, que se habían mantenido de pie sobre la embarcación, cayeron de rodillas, cuidando mucho de no tocar el agua que comenzaba a salpicar a su alrededor.
– ¿Qué pasa?– exclamó Seiya, mirando hacia la parte posterior de la barca.
Y notó que comenzaba a hundirse.
Un nuevo tirón volvió a sacudirlos.
– ¡La Estigia descubrió que ninguno de nosotros está muerto! –exclamó Shiryu, mientras un olor a quemado empezaba a dominar al del agua.
Por un momento, Hyoga pensó en tratar de congelar la corriente, pero era demasiado grande y consumiría su cosmo antes de lograrlo. Miró hacia la orilla, esperando encontrar alguna esperanza en la distancia entre ellos y tierra, sin hallarla.
– ¡La costa está demasiado lejos! –exclamó.– ¡Será el fin de la barca, pero también puede ser el nuestro!
No alcanzaban a saltar y ninguno tenía el don de la teleportación. "¿No tuviste que prever esto, verdad Ikki?", alcanzó a pensar Seiya mientras la barca continuaba quemándose.
– Maldición –murmuró.– ¡No hay modo de escapar!
– ¡Esperen, todavía hay algo!
Shun, al igual que los demás, se había colocado en el extremo de la barca que todavía continuaba intacto. Sin tiempo para dudas ni preguntarse si en verdad podría servirles, exclamó:
– ¡Cadena de Andrómeda!
A sus palabras, la cadena se puso en guardia y, en su eterna obediencia, se dirigió hacia el frente tan rápido como un rayo de luz. Un segundo después, se perdió en el blanco de niebla, hasta que un relámpago brilló en los eslabones para indicar que se había encontrado un objetivo. Shun tiró de ella para comprobar que estuviera bien sujeta y trató de acercar la barca hacia la orilla. Sin embargo, apenas lo intentó, la barca se hundió con mayor rapidez. Sólo quedaba una opción, por absurda que pareciera, así que gritó mientras señalaba los eslabones con la cabeza:
– ¡Vamos, no hay tiempo!
– ¿Por la cadena? –preguntó Seiya, a pesar de su dilema sintiéndose inseguro sobre el plan.
Shiryu lo tomó del brazo.
– No hay otra alternativa. Vamos.
Rápidamente, Pegaso saltó hacia las cadenas, que Shun mantenía unidas y con toda la firmeza de la cual era capaz. Al igual que un equilibrista, sintió cómo sus pies entraban en contacto con los eslabones y, con la mayor velocidad posible, comenzó a dar ligeros saltitos sobre ellos. Cuando ya había dejado una distancia prudente detrás de sí, Shiryu lo siguió.
Antes de subir a las cadenas, Hyoga miró sobre su hombro a Shun y preguntó.
– ¿Y tú?
– ¡Cuando lleguen al otro lado, tiren de la cadena para que me impulse! –respondió Andrómeda, la tensión comenzando a reflejarse en el enrojecimiento de sus manos.
Hyoga asintió en respuesta e imitó a los otros. Shun apretó aún más los eslabones entre sí mientras veía cómo sus tres amigos, con una habilidad propia de tres Caballeros de Plata, cruzaban la Estigia. En reacción, la laguna hervía furiosamente, y de reojo miró cómo la barca continuaba quemándose y hundiéndose. El agua estaba ya a centímetros de sus botas.
Miró de nuevo al frente, hacia la costa. Ya no alcanzó a ver a sus amigos. Debían haber entrado al banco de niebla. Unos segundos más y tirarían de los eslabones de la cadena para salvarlo.
Sólo que pasaron los segundos y la cadena permaneció inmóvil.
– ¡Amigos! –gritó, esperando su reacción.
Le respondió el sonido de la madera quemándose y del agua hirviendo. A su alrededor comenzó a levantarse una espesa columna de humo, que invadió sus ojos y su garganta. Aunque el agua no lo había tocado, ya podía percibir su temperatura sobre su piel.
Y la cadena continuó inmóvil.
– ¡Hyoga! ¡Seiya! ¡Shiryu! –gritó, la voz más grave por el humo que había respirado.– ¿Están bien? ¡Por favor, respondan!
Era como si hubieran desaparecido. ¡Pero si estaba seguro de que habían alcanzado la orilla! ¿O acaso...?
Antes de que pudiera llamarlos de nuevo, la barca se agitó con violencia y se partió en dos.


El Guardián de Hecatónquiro sintió un latigazo mental. Había una vibración conocida en el ambiente del Averno. Más que conocida.
Había sido lo bastante breve para que nadie se diese cuenta. Excepto él. Y eso solamente porque le resultaba muy familiar.
La vibración había desaparecido casi con la misma rapidez con la que surgió. Aunque no tenía prisa, se levantó, tomó la máscara de su armadura y la colocó frente a su rostro. Iba a comprobar que el propietario de ese cosmo hubiera muerto. Y si no lo había hecho... ¡vaya que iba a arrepentirse!


Saori había estado rezando por más de una hora, sin salir de su habitación aunque Hades le había ofrecido la Capilla. Como siempre, había rogado por todos. Pero en esta ocasión, también había pedido por ella. Para que algún día lograra aceptar el futuro que su tío había decidido para la diosa y la humanidad a la que debía proteger.
En eso, un relámpago magenta pasó por su mente. Y aunque su cosmo no se activó ni pudo percibir nada más que eso, pudo jurar que había escuchado un grito.
– ¿Shun? –murmuró, abriendo los ojos.
Ya no escuchó nada, excepto los latidos de su propio corazón. No quiso activar su cosmo y rastrearlo para que su tío no se diera cuenta de esa presencia (si no lo había hecho ya), pero no lo necesitó para saber que algo le había ocurrido a Shun.
Y no muy lejos de ahí.
Y si él estaba ahí, seguro que también Hyoga y Shiryu... Y Seiya...
– ¡Dios mío! –murmuró, apretando las manos contra su pecho.– ¡Por favor, no permitas que hayan venido hasta aquí!


En realidad, ni Seiya ni Shiryu ni Hyoga habían escuchado a Shun, y menos aún habían notado lo que le había ocurrido. Para esto, ni siquiera se habían dado cuenta de que permanecían juntos. Porque a pesar de todas las advertencias, no habían estado preparados para su paso por el Erebo.
"Nada de lo que veas es real", se decía Seiya, pero fue inútil. Quizá no era real, pero era verdadero, o lo había sido. Era su vida la que presenciaba, convertido en espectador y en actor a la vez, y su corazón se llenó de amor y de tristeza al hacerlo.
Hasta entonces, se dio cuenta de que había olvidado el rostro de sus padres. Su papá era muy parecido a él (¿o era al revés?) y su madre era justo como Seika. Pero ellos murieron cuando era muy pequeño, tanto que no lo recordaba, y su vida continuó en un orfanato, lejos de la casita que había conocido hasta entonces. Empezó a dormir en un cuarto muy grande junto con otros niños, y una niña de espesas coletas se hizo blanco de sus bromas, siempre interrumpidas por Seika. Comprobó que el recuerdo que de ella había conservado era idéntico a su figura real, y volvió a ser joven e inocente, lejos de la guerra y de la muerte.
Esto es, hasta que el sol se convirtió en oro líquido y el olor a agua salada lo rodeó, justo como aquella tarde. Sintió los brazos muy pesados, como si los dos guardaespaldas de Mitsumasa Kido volvieran a sujetarlo. Y antes de que se diera cuenta, estaba llamando nuevamente a Seika, extendiendo los brazos hacia ella. Pero la luz se volvió demasiado intensa para poder mirarla de frente y Seika se disolvió en ella. Al apagarse, en el lugar de la niña había una majestuosa Águila.
Bajo sus alas, él creció como guerrero y como ser humano. Como nunca lo cubrieron con cariño, pero sí con protección, aprendió a volar y a alejarse del nido. Él mismo había dejado de ser un hombre y se había convertido en un caballo alado, y en una rápida sucesión de imágenes se vio al lado de una joven llena de luz, a la cual amaba. Combatió junto a un Dragón, un Cisne y una Mujer Encadenada, y primero en contra de un Fénix y después junto a él. Contra doce constelaciones y siete estrellas y siete mares. Pero nunca volvió a ver a la niña que aquella tarde gritó su nombre entre lágrimas, y le habían quitado a la joven llena de luz aunque le rompieron el corazón al hacerlo.
A lo lejos, escuchó una voz conocida, pero no supo de quién era.
– ¿Mamá?
Hyoga, en sus propias visiones, había regresado a Siberia. Estaba al lado de su madre, su rubio cabello del mismo tono del de ella, pero sus ojos eran idénticos al de un hombre que los acompañaba. ¿Su padre? Creía que jamás lo había conocido, pues el tiempo le había robado su recuerdo. Y ahora veía su cabello grisáceo y su expresión triste, y le parecieron conocidas aunque no supo a bien por qué. Hasta entonces se preguntó si su padre había muerto o si seguía vivo e incluso –Dios lo perdonase– si en efecto se había casado con su madre, o si la había embarazado y se había marchado, y si era por eso que su madre se había vuelto tan religiosa.
Cerró los ojos al ver de nuevo el barco que los llevaría por el mar de Siberia, y se cubrió los oídos con las manos para no escuchar sus gritos al verla morir otra vez. De repente, se hizo el silencio. Al abrir los ojos, se vio a sí mismo encerrado dentro de un cubo de hielo. No era el ataúd que Camus había creado para él. Era el que había creado para su propio espíritu.
Dentro de él, creció bajo la tutela de un hombre hecho de cristal (¿no lo conocía?) y con un muchacho que se convertiría en un Kraken. Sin salir del hielo, se convirtió en un cisne. E igual peleó en innumerables y crueles batallas, y debió reducir al cristal en astillas y ahogar al Aguador y matar al Kraken. Se dejó caer de rodillas, incapaz de soportar verse a sí mismo como el asesino que realmente era.
Entonces vio a la Princesa.
El hielo que lo cubría había sido parcialmente derretido por la estatua de una diosa y cuatro seres mitológicos, pero todavía era firme. Sin embargo, bastó con que la Princesa se acercara y lo rozara para que empezara a fundirse. Sólo un fragmento seguía completo y fue el que estaba clavado en su corazón. Pero no era voluntad del hielo. Él mismo lo había querido así.
A pesar de cuán preparado se había encontrado Shiryu antes de entrar al Erebo, no fue inmune a su efecto. Volvió a encontrarse con los dos jóvenes que fueron sus padres, que aunque nunca los mencionara, conservaba en su memoria con cariño. Recordó cómo eran sus días, tranquilos y felices en su eterna calma, hasta aquella mañana en que ellos salieron y por la tarde una persona extraña le dijo que no los vería nunca más.
Nunca supo exactamente qué sintió en aquel momento. Tristeza, soledad, dolor... Todo combinado, las emociones sucediéndose una a la otra. Desde entonces supo que tenía que volverse fuerte, para que nada ni nadie pudiera volver a lastimarlo. Ni siquiera la muerte de los seres que más amaba.
Se encontró en la Fundación Kido, por primera vez con un propósito en su vida y haciendo todo lo posible por cumplirlo. Y recordó el momento en el cual conoció a los que se convertirían en sus mejores amigos, sobre todo a un niño de cabello color chocolate, un poco menor que él y con el único a quien le demostraba lo que realmente sentía.
Y de nuevo fue a China y conoció a una figura de porcelana que llenó su corazón de ternura. En eso, comprendió que volvía a ver al Anciano Maestro y a Okho, aunque en su lugar vio a una balanza dorada, equilibradamente sabia, y a un tigre de bengala. Con el paso del tiempo, él se convertiría en un dragón. notó que pudo haberse convertido en mil dragones, pero la balanza le advirtió que, si lo hacía, moriría.
Se reunió con el muchacho del cabello chocolate, pero ya no jugaron. Pelearon y estuvieron a punto de matarse, pero cuando comenzó la verdadera guerra, los dos estaban unidos por un vínculo invisible. Los acompañaban una mujer y tres jóvenes en batallas continuas y difíciles. Pero la luz estaba con ellos y sus lazos se volvían cada vez más estrechos.
Hasta que lo rodeó la obscuridad.
Observó la misma pesadilla que había tenido por días después de su combate contra Algol de Medusa. Cuando todo lo que pudo hacer fue sacarse los ojos por salvar a sus amigos. Una cortina de sangre cubrió su mirada y luego ya no pudo ver nada. Por más que Shiryu miró a su alrededor y a pesar de que había recuperado la vista, sólo encontró el horrible tono obscuro que perciben los ciegos.
– ¡Esto no es real! –gritó.– ¡Esto no es real!
Como la luz no regresó, su mente empezó a confundirse. ¿Estaba o no ciego? ¿Estaba perdiendo la razón? En eso escuchó en su cosmo la voz de Dokho y también la de Shaka, aunque no pudo distinguir quién le decía qué. Pero sí comprendió el mensaje.
"Hay mucho más que la vista. Tus cinco sentidos pueden engañarte y el Sexto puede errar. Sólo el Séptimo es perfecto y por eso casi nadie lo alcanza. El Séptimo te permitirá no depender de los otros sentidos. ¿O es que no aprendiste nada, joven Dragón?"
"Estuve ciego muchos días", pensó Shiryu, cerrando los ojos. "Aprendí que lo real no es necesariamente lo que veo, y por eso logré salir de la Casa de Géminis."
No quiso encender su cosmo, pero colocó las palmas de sus manos una frente a la otra. Shaka le había enseñado cómo meditar según las enseñanzas de Buda para que nada lograse confundirlo y empezó a hacerlo, apretando los dientes.
"Casi acepté mi ceguera, pero Seiya y Sunrei lograron devolverme la vista. Por mis maestros, por ellos... por mí mismo, ¡debo probar que no olvidé lo que aprendí durante ese tiempo!"
Una columna de luz traspasó sus párpados, justo como ocurría cada mañana antes de despertar. Cuando abrió los ojos, ya no vio recuerdos frente a él. Se encontraban en un terreno árido, cerca de un río. Había algunos álamos secos y un banco de niebla a lo largo de la costa.
A poca distancia, descubrió que Hyoga había caído de rodillas, apoyando las palmas contra el suelo. Seiya, un poco alejado, caminaba como si persiguiera un espejismo. Supo que no percibían lo mismo que él, sino que sus alucinaciones eran acorde con sus demonios internos. Y por la actitud que lucían, temió que no pudieran superarlas por sí mismos.
– ¡Seiya! ¡Hyoga!
Corrió hasta que llegó al lado de Cygnus. Éste miraba al frente con sus ojos vacíos y cubría su corazón con la mano izquierda. Sus labios se movían en silencio y Dragón no escuchó palabra (en parte por la falta de sonido, pero también por discreción), a excepción del nombre de Lady Flare.
– Confieso que he matado –murmuró Hyoga.– Tuve la culpa de que murieran todos a los que amo.
– Hyoga, no está pasando nada –dijo con voz firme pero amable.– Es un sueño.
La conciencia de que todo era falso hizo que Cygnus mirara al suelo. No se encontraba cubierto de nieve, como había creído. Más bien, era árido y estaba lleno de polvo.
– ¿Shiryu?
Dragón asintió. Al notar la expresión sorprendida de su compañero, supo que había roto el hechizo del Erebo.
– ¿Y los demás?
Shiryu volteó a ver a Seiya. Éste seguía caminando, perdido en sus ensueños, hasta que gritó:
– ¡Seika! ¡Saori!
Y empezó a correr en dirección de un río de fuego.
– ¡Seiya, espera! –gritó Shiryu.
Pegaso no lo escuchó. Al contrario, corrió más de prisa. Tres pasos lo separaban del río, pero él sólo podía ver a Seika y a Saori llamándolo para que al fin pudieran estar juntos.
Hasta que un aro de hielo lo detuvo en su lugar, impidiéndole el paso.
Dos segundos después, Shiryu y Hyoga lo alcanzaron. El cosmo de Cygnus estaba ligeramente activado.
– Seiya... –murmuró Dragón.
– ¡Déjame ir! ¡Si no las alcanzo, jamás podré hacerlo!
– Si lo haces –insistió Shiryu con gentileza– jamás lo harás porque tu alma estará muerta. Mira al suelo y comprueba lo que te digo.
Seiya, todavía intentando liberarse del aro, miró hacia abajo. El río de fuego, del cual se encontraban tan cerca, dio un flamazo que arrojó a los tres hacia atrás.
Sí, era un sueño. Una hermosa visión, pero sólo un sueño. Su mirada recuperó su brillo acostumbrado; sacudió la cabeza con fuerza y recordó en dónde estaba. En el Reino d los Muertos, con dos de sus amigos.
– ¡Maldita sea! –exclamó, demostrando que había vuelto a la normalidad.– ¡Casi muero antes de comenzar!
– Y yo estuve a punto de no empezar siquiera –dijo Hyoga, el remordimiento todavía en su corazón mientras disolvía el aro de hielo.
– Nos contaste que Sigfried te advirtió que en el Averno juegan con tu alma –afirmó Shiryu, su voz firme y calmada.– Esto es sólo el comienzo.
El sonido del viento remarcó sus palabras. Habían pasado la primera prueba, pero sólo porque habían estado juntos.
Un momento...
– ¿Y Shun? –preguntó Seiya.
Shiryu y Hyoga voltearon a verse, sorprendidos.
– ¿No lo viste tú, Seiya? –preguntó Dragón.
– Apenas pasé por la niebla entré al plano irreal –respondió, mirando a su alrededor y de pronto añadió: –¿Quieres decir que tampoco estaba con ustedes?
Antes de que pudieran responder, los tres ya corrían hacia la costa, libres de visiones pero invadidos por la preocupación. Una vez que se acercaron a los árboles, la niebla se volvió menos espesa que antes y miraron hacia la Estigia.
Los fragmentos de la barca estaban acabando de quemarse en medio de una columna de humo. No había rastro ni de Andrómeda ni de la Cadena, a excepción que un árbol que había caído en dirección hacia la laguna y que empezaba a quemarse. Como si algo desde la Estigia hubiese tirado de él.
Hyoga se acercó al tronco caído. Parte de él estaba desgajado, y el tronco de un árbol cercano mostraba las mismas marcas.
– De aquí sujetó la cadena para que pasáramos –dijo, tratando de mantener la voz indiferente.– Shun me pidió que tirásemos de ella cuando llegáramos.
– No contaba con que estaríamos bajo el poder del Erebo –murmuró Shiryu.
– ¿Qué quieren decir? –preguntó Seiya, viendo cómo se hundía el último fragmento de la barca.
Nadie respondió.
– ¿Que Shun está muerto?
Shiryu apartó la vista de la Estigia, mirando alrededor de ese lugar. No muy lejos se alzaba la Primera Muralla.
– Vámonos –ordenó.
Empezó a alejarse de la orilla. Hyoga miró los troncos por última vez, internamente culpándose por lo ocurrido. Se levantó y lo siguió.
Seiya se quedó en su sitio.
– Está muerto, ¿Verdad?
Sin voltear ni detenerse, Shiryu dijo:
– No lo sé. Pero no hay tiempo de buscarlo.
Seiya permaneció en silencio.
– Si lo hiciéramos, –continuó Dragón, deteniéndose– tendríamos que activar nuestro cosmo. Sería tanto como avisar a Hades que hemos llegado. Además, –añadió, su tono un poco más triste– Saori contará sólo con los que queden de nosotros.
"Tienes que seguir adelante sin mirar hacia atrás", pensó Seiya, la voz de Marine en su mente. Ya lo hizo antes. ¿Por qué entonces era tan difícil?
Sin su corazón en ello, empezó a seguir a sus compañeros hacia la muralla mientas pensaba:
"Si estás vivo, Shun, te esperaremos en el Palacio del Tártaro. Si estás muerto, ¡Hades va a pagarlo!"


Con mucho cuidado, Jabu entreabrió la puerta de su habitación y miró hacia ambos lados del pasillo. No encontró a nadie, suspiró aliviado y salió de su cuarto.
En realidad, no iba a hacer nada que tuviera que ocultar de los demás. ¿No le había prohibido su Maestro cualquier tipo de acción? Era sólo que no le agradaba mucho la idea de salir y encontrarse con Shaina, después de la humillación que había sufrido frente a ella. Aunque el corazón de Jabu le perteneciera por completo a la señorita Saori (digo, a la diosa Atenea), eso no significara que no sintiera un profundo aprecio por la Amazona, y en cierta forma se identificara con su pésima suerte en cuanto a asuntos románticos.
Pero en ese momento no lo guiaba el corazón, sino la intuición.
Cierta vez, Seiya le enseñó que el Sexto Sentido era el más cercano al Máximo Cosmo, y no tanto por la secuencia numérica. Más bien, se debía a que no requería de algo físico para manifestarse. Una corazonada se presentaba y ya. Aquéllos de naturaleza intuitiva eran más propensos a alcanzar el espiritual Séptimo Sentido con mayor facilidad. "Si tu intuición te dice algo, hazlo", dijo Seiya, mientras rompía una varita con la que había estado jugando. "Lo peor que puede pasar es que te equivoques, necesites pedir una disculpa y tengas que concentrarte más la próxima ocasión."
Jabu era orgulloso, pero no era ni estúpido ni ingrato como para no reconocer que Seiya era un excelente maestro a pesar de su falta de experiencia. Bajo su entrenamiento, había despertado a su cosmo, perfeccionado su ataque y aprendido sobre todo lo relacionado con el Séptimo Sentido, o por lo menos con lo que Pegaso pudo explicarle. Así que ahora que sentía una corazonada, obedecía a su entrenador y la siguió. Lo único que no quería hacer era dar explicaciones.
Sin Atenea, los Santos y los Cuatro, el Santuario no era muy diferente de las demás ruinas griegas. Eso sólo reforzaba la soledad de Jabu. Todos se habían ido, menos él, y se habían llevado el espíritu de la Orden con ellos. Al menos le había permitido tomar una decisión.
Regresaría a Japón y contaría a Tatsumi todo lo ocurrido durante el año pasado. Que la Orden del Zodiaco ya no existiría y que, como Saori había pensado en nombrarlo segunda autoridad de la Fundación, quería preservar alguno de sus legados. No creyó encontrar resistencia en el mayordomo porque siempre había tenido la idea de que había sido él quien propuso su nombramiento a la señorita. Si lo aceptaba, se quedaría en Oriente y trataría de continuar con la labor de los Kido. Volvería a ser una persona común, como nunca debió intentar dejar de serlo.
Había terminado.
Estaba pensando en ello cuando sintió la corazonada de salir de su cuarto. Dudó en seguirla por su decisión de regresar a la normalidad. Sin embargo, también supo que no estaría tranquilo hasta que la aceptara, así que salió de su cuarto y comenzó a caminar, sin saber exactamente a dónde se dirigía.
No más cosmo. No más armaduras. No más Jabu de Unicornio.
De momento, se preguntó si en realidad iba a la cocina y culpaba a su intuición de su hambre. Sin embargo, algo le dijo que se detuviera. Al obedecer, descubrió que se encontraba afuera de la Cámara de las Armaduras. Se encogió de hombros –de inmediato reprochándose por imitar, aunque fuera de manera inconsciente, a su Maestro– y entró.
Iluminadas siempre por una antorcha, estaban las urnas de los trajes de plata y de bronce. La mayoría estaban vacías, pero no una que contenía una armadura que en poco tiempo le sería ajena. La del Unicornio. Jabu sintió que debería comenzar a verla como la propiedad de alguien más. Quizá a eso había acudido a la cámara: a irse acostumbrando a llamarse Jabu a secas.
Hasta que vio la carpeta negra sobre la antorcha.
Jabu era curioso por naturaleza. Si la carpeta estaba ahí, dedujo que cualquiera podría leerla y que de ningún modo era privada. Y había cierto aire de reverencia en la forma que la habían acomodado que se preguntó de qué podría tratarse. La tomó y la abrió, justo como los demás lo hicieron antes, y se encontró frente a los datos que quería olvidar. La Orden del Zodiaco. ¡Lo que le faltaba! Dando un rápido vistazo, notó que había un folio aparte. Y hablaba sobre el Fin del Ciclo.
¡Demonios!
Le pareció una broma de mal gusto. ¿Cómo se encontraba con un texto sobre la Orden aquel que ya pensaba en el retiro? Alguien de Allá Arriba me odia, se dijo, y bastante molesto dejó caer la carpeta al piso.
Se arrepintió de inmediato. De acuerdo, las falsas promesas que se mencionaban en la carpeta ya no le interesaban, pero ¿y si surgía otra generación de incautos y necesitaba el texto?
Se sentó en el piso para volver a acomodarlo. Algunas hojas y el último folio se habían salido de la carpeta. Jabu volvió a abrirla, tratando de arreglar una hoja que se había desprendido y pensando de qué forma podría hacerlo. De reojo, leyó su título.
Era la descripción de la constelación que supuestamente lo protegía. Junto al diseño de la armadura ensamblada, como se guardaba dentro de la urna, estaba el que mostraba cómo lucía el traje cuando era portado. En la esquina superior derecha, estaba un trazo sencillo de la constelación y su posición en el firmamento. Bajo ella, en una hermosa caligrafía, Jabu leyó:
"UNICORNIO, del latín uni, uno, y cornus, cuerno. También llamado Monocerus. Animal legendario representado como un caballo con un cuerno único a la mitad de la frente. Se dice que fue el primer animal creado por el Omnipotente y que atestiguó la creación de la raza humana. Se constituyó como protector espiritual del hombre y representa la pureza.
"Aquel que sea distinguido como Caballero del Unicornio debe poseer un espíritu dispuesto a superarse. Debe amar a los otros seres, en especial a los humanos, justo como su protector. Y debe venerar de forma especial a Dios, manifestándolo en su generoso servicio a Atenea aunque nunca llegue a comprender los motivos que lo guían a ello.
"El Unicornio legendario peleaba sólo cuando era necesario, invocando al cielo para que lo apoyara a través de rayos luminosos. Nunca se rendía, ni siquiera cuando combatía a demonios, aunque si era herido de gravedad podía perder su inmortalidad. Aquel que pretenda hacerse digno de su protección debe actuar igual, sin que le importe lo que pueda ocurrirle.
"Un Caballero del Unicornio combate hasta el final para mantener la pureza en el mundo. Aquel que rechace su misión, estará condenado a permanecer no sólo lejos de los seres humanos a los que debería proteger, sino también de la magnífica Luz del Omnipotente."
Jabu sintió el corazón en la garganta. Miró, casi por inercia, a la urna que contenía su traje. El relieve que lucía de la cabeza de un Unicornio reflejaba el brillo de la antorcha.
La miró durante un rato, mil ideas en su mente. En silencio, dejó la hoja del Unicornio aparte y tomó el folio que hablaba sobre el Averno.


Sintió un hilillo de sangre que escurría de una de las comisuras de su boca, pero no se movió para apartarlo. No quiso moverse. Como si no fuera suficiente con la confusión que le había provocado su paso por el Portal, tenía más razones para que las dudas aumentaran. Y la primera era y no era su culpa.
Todavía percibía el sabor del humo de la Estigia en su garganta. Todo había ocurrido con mucha rapidez, pero al mismo tiempo con mucha simpleza. Por algún motivo, sus amigos no tiraron de los eslabones para rescatarlo. La barca se hundía y la madera se quemaba, como un preludio de lo que iba a ocurrirle. Carecía de espacio suficiente para poder impulsarse sin recurrir a la ayuda ajena, y su punto de apoyo era tan débil que no bastaría para alcanzar la orilla. En eso, la barca se partió a la mitad y él perdió el equilibrio.
¿Había tenido opciones?
Sintió que su cosmo seguía activo, como si se tratara de un reproche. Sin embargo, en ese momento no se debía a que seguramente había alertado a Hades o a los Guardianes de que él y sus amigos habían entrado al Averno. Era algo mucho más personal.
Nunca confesó a Albiore de Cefeo, su Maestro, cómo había descubierto su ken. Había dicho que no lo utilizó durante su entrenamiento porque era demasiado poderoso y no quería lastimar a sus compañeros. Pero cómo despertó a él era un secreto. Para todo el mundo, incluyendo a Albiore, a Ikki y a June. De algún modo, Saori lo sabía, pero él jamás se lo había contado.
Había sido una de esas noches heladas que caracterizaban a Isla Andrómeda, después de una de las clásicas golpizas, cortesía de Reda y de Spica, que habían caracterizado su entrenamiento. Como de costumbre, la mirada de su Maestro había sido reservada, pero por primera vez había descubierto decepción en ella. Como de costumbre, June lo había ayudado a llegar a su cabaña. Pero él, con la hipersensibilidad que tuvo desde niño había presentido que no todo era tan normal como parecía.
Y es que esa misma noche, mientras él encontraba imposible conciliar el sueño, el Maestro de Ikki en Death Queen Island había estado a punto de matarlo a golpes, como un preludio de lo que habría de ocurrirle a Esmeralda y, con ella, a su corazón. Sin embargo, nunca supo con certeza lo que ocurría al otro lado del mundo.
Aún así, salió de su cabaña, el corazón palpitando fuertemente dentro de su pecho. algo más latía en su interior y no podía explicarse las causas. El helado viento golpeó su rostro hasta que se encontró frente al mar, muy lejos del campamento. Sin comprender por qué, gritó hacia el océano el nombre de su hermano, esperando tal vez que le respondiera aunque sabía que era imposible.
Al hacerlo, recordó aquella tarde en la Fundación Galahaad, cuando Ikki desafió a Tatsumi y a Mitsumasa Kido para que lo dejara ir en su lugar al infierno en la Tierra. Lo que estuviese sufriendo en aquel maldito lugar era por su culpa. Si hubiera sido más fuerte, si no hubiera sido tan cobarde ni tan débil, si hubiera aprovechado su estancia en la Fundación, él estaría ahí e Ikki en Isla Andrómeda. Si tan sólo...
Nunca comprendió que fue lo que creció dentro de él, si la furia o la desesperación o tal vez una combinación de ambas, no contra el mundo ni contra Mitsumasa Kido, sino contra él mismo. Llamó a gritos a Ikki de nuevo y, sin pensar, tiró un puñetazo contra una de las rocas que lo rodeaban. Y la piedra se partió en dos, e igual ocurrió con el suelo bajo ella, mientras el helado viento se detenía unos instantes sólo para soplar después con más fuerza.
Y se hizo el silencio.
¿Había sido él?
Inseguro, lo intentó de nuevo. La reacción no fue tan fuerte como la primera vez, pero se presento de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo.
Al día siguiente, apenas llegó la noche y pudo estar solo, volvió a intentarlo. Y volvió a destrozar las rocas.
Conforme pasaba el tiempo y según meditaba y se concentraba más, el poder llegaba con mayor facilidad y fuerza. Pero al mismo tiempo, decidió jamás mostrarlo. Si podía romper las rocas en dos y detener al viento, ¿qué no le haría a los demás? Se lo ocultó a Albiore, que lo obligaría a usarlo. Se lo ocultó a June, que insistiría para que se defendiera. Se lo ocultó a Ikki y a Saori para no sentir que los estaba defraudando.
El poder era suyo, pero no lo quería. O más bien, no quería usarlo a su verdadera intensidad, o mataría a alguien.
Por eso, cuando tuvo que pelear por la armadura, mostró sólo un reflejo de su ken. Y cuando obtuvo el traje, juró que nunca combinaría el poder de ambos. Y que nunca usaría ni el Vapor Nebuloso ni la que (en aquel entonces) pensaba que era una versión más poderosa de él y que no era sino un reflejo del Séptimo Sentido. Ni siquiera aunque estuviera en peligro de muerte. El tiempo le demostraría que los juramentos sí pueden romperse, en especial cuando tus amigos y tu diosa dependen de ti.
Pero esta vez lo había roto por él mismo. Y había combinado su poder con el de la armadura.
Cuando la barcaza se rompió y el agua estuvo a punto de tocarlo, encendió su cosmo y usó el torrente provocado por la Tormenta Nebular como impulso. Por instantes, el viento detuvo un momento la corriente del lago lo suficiente para que, apoyado en aquella fuerza, pudiera impulsarse hacia la costa. El árbol del que se habían sujetado las cadenas se desgajó y cayó, lo cual lo desvió de la dirección que había intentado darle a su ken. Golpeó boca abajo contra el piso.
Shun se había salvado, ¿pero a qué precio?
Y aún así era el primer sacrificio si quería encontrar a Nox de Hypnos y vengar a su hermano.
Entreabrió los ojos, tratando de no pensar. Pero entre la niebla del Erebo, lo recibió una escena que no había esperado.
Vio una pareja joven, acompañada por su hijo pequeño. No tendría ni cinco años de edad. La mujer, de rasgos orientales, sostenía en brazos a un bulto que el hombre (un extranjero en apariencia, quizá inglés o irlandés) miraba con cariño. Ambos se lo mostraron a su hijo, quien sonrió con deleite y con un extraño brillo en los ojos. Involuntariamente, Shun sintió un escalofrío: Acababa de leer en los labios de la mujer que decía, "Ikki, éste es tu hermano." Y descubrió que originalmente iba a llamarse Sean, justo como su padre, pero que lo habían nombrado Shun para conservar casi el mismo sonido pero con el significado "brillo estelar". Desde ahí se había sellado su destino.
No supo cuándo las escenas comenzaron a hacerse más veloces. Contempló su infancia al lado de sus padres y de su hermano, y comprendió que desde entonces había sido el más débil. Vio cómo Ikki tuvo que madurar de golpe después de la inesperada muerte de su padre y, poco después, de su delicada madre, y cualquier rencor que hubiese provocado su suicidio en él desapareció al presenciar cuánto había sufrido con tal de protegerlo. El mayor sacrificio el día en que se decidió el futuro de ambos en el gimnasio de la Fundación.
Isla Andrómeda, el Ritual del Sacrificio, el regreso a Japón y aquel combate en la Guerra Galáctica cuando Ikki trató de matarlo... Shun recordaba todo con claridad a pesar del tiempo transcurrido y que ahora contemplara todo en símbolos. La visión no cambió en nada la opinión que tenía sobre sí mismo: era un cobarde, incapaz de aceptar su propio poder, protegido eternamente por su hermano mayor aunque había tenido mil oportunidades para crecer y madurar. Y en el fondo, un hipócrita capaz de asesinar a pesar de su juramento, por más altos que fueran los ideales que lo motivaron a ello.
¿Acaso Ikki se había suicidado por no haber tenido el mismo apoyo en él? ¿Justo como volvía a presenciar?
– Ikki... –murmuró, dejando caer de nuevo la cabeza sobre el suelo y cerrando los ojos.
En eso, sintió que le daban una patada en el costado con tanta violencia que de momento no pudo respirar. antes de que comprendiere lo que ocurría, un golpe semejante lo atacó por el otro lado y alguien lo pateó en la espalda.
– ¡El Averno no es un lugar para los vivos! –escuchó.
De una patada lo voltearon boca arriba. El hechizo de las visiones del Erebo se había roto y alcanzó a ver a cinco daimons, cubiertos por completo en sus horribles armaduras, que lo rodeaban y agredían.
– ¿Por qué no te defiendes? –preguntó uno.– ¿No sabes cómo?
Shun frunció el ceño y, sin responder, alzó el brazo izquierdo.
– ¿Qué pretendes? –respondió otro.– ¿Quieres que te rompamos el brazo?
Con un reflejo invisible, el daimon sujetó el brazo de Shun y éste sintió como si se lo quemara con el simple contacto. Su rostro se llenó de sudor mientras sintió que le brazo se le paralizaba.
– ¿Te duele? –preguntó el soldado.– Es el principio.
– ¡Defensa Rodante!
Los plateados eslabones relampaguearon con la luz de miles de estrellas al multiplicarse y salir despedidos hacia el aire. En una reacción inmediata, la cadena comenzó a girar con fuerza, haciendo tronar el aire mientras descendía. Como una cúpula y sin dejar de girar, la cadena protegió a Shun como una cúpula, alejando a cuatro daimons. Uno, sin embargo, permaneció dentro del capelo.
– Bonito truco –dijo el soldado, que todavía lo sujetaba del brazo.– Como verás, no sirvió de nada, así que mejor confiesa qué haces aquí.
Shun logró soltarse, aunque por algún motivo no sentía el brazo y, reuniendo fuerzas, se puso de pie.
– No tengo por qué responderte, pero debo advertirse que, si la cadena te toca, recibirás una descarga eléctrica de diez mil voltios –sentenció, toda agresividad oculta bajo su acostumbrado tono amable.– Si sabes lo que es mejor para ti, te marcharás.
El daimon empezó a reír y, del otro lado de la cadena, los demás le hicieron coro.
– Nunca habías estado en el Averno, ¿verdad?
– Vete –insistió el Caballero, la cadena girando con mayor velocidad.– No quiero lastimarte.
Otro daimon, su rostro oculto detrás de su casco, intervino.
– Aquí se saben todos tus secretos. Vienes por Atenea.
– Un daimon ya te ha tocado –añadió un tercero.– No lo sientes ahora, pero el veneno de nuestra piel ya se encuentra en tus venas.
Shun no lo demostró, pero sintió un escalofrío. Ésa tenía que ser la razón por la cual no sentía el brazo. El adormecimiento comenzaba a extenderse hacia su pecho y la cadena izquierda giraba casi por voluntad propia.
– Te quedan un par de horas de vida –afirmó el daimon que se encontraba dentro del capelo.– Tu muerte será lenta y dolorosa, a menos de que permitas que vuelva a tocarte para que llegue con un poco de más rapidez.
– Vete... –insistió, su voz comenzando a mostrar impaciencia.
– Nada de lo que intentes va a servir –concluyó el daimon, extendiendo de nuevo la mano.– Hades tiene a Atenea y no dejará que salga de aquí. Ríndete y muere, es lo mejor.
En un rápido movimiento, el daimon se arrojó contra él. Shun lo eludió y el soldado sólo pudo rozar su armadura. La cadena, en respuesta, se cerró sobre ambos y descargando electricidad. El traje de Andrómeda protegió al Caballero, pero la armadura del daimon funcionó como un conductor excelente.
Electrocutado, el soldado cayó al suelo. Shun no quiso preguntarse si había muerto o si sólo estaba inconsciente (aunque sería obvio lo primero). Casi de reojo, notó que la zona de su armadura que había alcanzado a tocar carecía de brillo.
Los daimons, al ver lo que había ocurrido dentro del capelo, se abalanzaron sobre él.
– ¡Ataca, Cadena Nebular! –exclamó, liberando los eslabones a su derecha.
Con la metálica canción que la identificaba, la cadena se multiplicó para atacar a los daimons. Formando ángulos cuadrados y líneas perfectamente rectas, golpeó a los guardias, atravesando la armadura de uno y derribando a otros dos. Shun trató de ver qué era lo que estaba ocurriendo, pero no le fue posible. Un sudor helado cubría su rostro y su vista se había vuelto menos clara.
No fue sino hasta que la Cadena regresó y se enrolló en su brazo, y la Defensa Rodante se retiró, que vio que los daimons habían sido derrotados y yacían, muertos o inconscientes, sobre el suelo del Erebo. Su desarrollada intuición le advirtió que tenía que irse de ahí tan rápido como pudiese e intentó hacerlo, pero una de sus piernas se negó de momento a obedecerlo. Shun se dejó caer de rodillas, tratando de respirar y sin comprender por qué le costaba trabajo.
"Saben tus secretos", alcanzó a pensar en medio de la fiebre. "¿Será por ello que los demás están aquí? ¿Les hicieron algo y por eso no me ayudaron? ¿O es que acaso...?"
La cadena se puso en guardia, pero Shun no pudo reaccionar a tiempo. Uno de los daimons que solamente habían sido derribados acababa de tocar uno de sus costados. El Caballero no pudo contener un grito de dolor al sentir cómo su piel se quemaba por abajo de su ropa.
– Deséale suerte a los tuyos –sentenció el daimon, alejándose en dirección hacia el Tártaro.– Tú ya no la necesitas.
En una tardía respuesta, la cadena se lanzó a detenerlo, mas ya no lo alcanzó. Los eslabones dependían del cosmo de su portador, y éste...
Shun, sintiendo ya ola mitad del cuerpo paralizado, intentó levantarse. Tenía que seguir adelante, alcanzar a sus amigos y ayudarlos si algo les había ocurrido. Vengar a Ikki.... Rescatar a Saori... Volver con June...
Con la vista cada vez más nublada, alcanzó a notar la Primera Muralla y se dirigió hacia ella. Sin embargo, sus pasos fueron lentos y torpes, como si sus piernas estuvieran sepultadas en concreto.


Los daimons se cubrían el rostro con una máscara sin facciones. Era horrorosa, pero tenía la enorme ventaja de que ocultaba la identidad como un secreto. ¿Por qué le daban tanta importancia en aquel sitio a que no se supiera quién eres?, se preguntó distraído, aunque en realidad no le interesaba averiguarlo. Antes, agradecía la costumbre.
Había notado que los daimons no se tocaban entre sí ni por error. Por alguna conversación aislada, escuchó que tocar la piel de un soldado que se hubiese decidido a atacar o que estuviera practicando sería como recibir la mordedura de una víbora, así que decidió no comprobarlo. Otra ventaja: nadie se le acercaba, y era comprensible si a la amenaza del veneno cutáneo añadía su imponente estatura y físico.
De ese modo, podía actuar con mayor facilidad.
No le agradaba andar a la expectativa, ocultándose en lugar de combatir. Pero ése había sido el plan, en eso habían acordado y eso había aceptado. No tenía opciones, como si en algún momento hubieran existido. Si todo estaba saliendo bien, ella no tardaría en averiguarlo.
Imaginó que la vida en el Tártaro era muy aburrida, a pesar de la calma que se respiraba. Durante el día, no había hecho nada más que la guardia que le correspondía a su turno. Vio cómo llegaba uno de los Guardianes del Estigio con un daimon y le daba órdenes, y luego un pequeño grupo de soldados salía del palacio. Eso había sido lo único interesante, pero quizá era parte de la rutina del lugar.
Pronto ocurriría algo en verdad interesante.
En eso, uno de los daimons que habían salido hacía un rato entró corriendo, llamando a voces a sus compañeros. Ante el escándalo, notó que entraba otro de los Guardianes, pero no alcanzó a escuchar lo que hablaban. No tuvo un buen presentimiento, sobre todo cuando el Guardián se marchó dando pasos veloces y furiosos.
Algo estaba pasando, pero no se relacionaba con ninguno de ellos. Y menos con ella.
Inconscientemente, se cruzó de brazos. Como no se encontraba cerca de la luz, nadie pudo ver la silueta que se formaría detrás de él. Y menos aún que tendría dos grandes cuernos.


– La muralla no está protegida ni por electricidad ni por magia. Vamos.
A la indicación de Shiryu, Seiya y Hyoga dieron algunos pasos hacia atrás y saltaron, el joven Dragón haciendo lo propio. No debían recurrir a sus cosmos por cuanto tiempo fuera posible, así que tuvieron que basarse solamente en la fuerza de sus cuerpos.
Su ánimo no era el mejor. Mientras se dirigían a la muralla, habían estado alertas para percibir la menor señal de Shun. Y, por supuesto, no lo encontraron. Primero Ikki, luego los Santos, ahora Shun... Sus probabilidades ya no de sacar a Saori de ahí, sino incluso de seguir vivos, disminuían más y más y ninguno de los tres quería pensar en ello.
Al subir a la muralla alcanzaron a ver por vez primera el Palacio del Tártaro. Su negra roca relucía sobre el horizonte, recortándose contra el mar. Dos torres relucían en primer plano y, por alguna razón, Seiya presintió que Saori se encontraba dentro de una de ellas. Deseó ser realmente como el Pegaso de la mitología y poder volar hacia su ventana y liberarla. Pero la constelación del caballo alado sólo lo protegía, así que tendría que cruzar todas las murallas y entrar al Palacio para llegar a ella.
Antes de saltar hacia el campo de flores que crecía al pie de la muralla, los tres miraron a su alrededor. Parecía que no había nadie cerca, a excepción de uno de los Guardianes del Estigio que paseaba por ahí. Era blanco y delgado, con una espesa mata de cabello rojizo y lentes que ocultaban sus ojos y la mitad de su rostro. Quizá cuidaba de la Primera Muralla contra aquellos que hubiesen superado el Erebo, o tal vez sólo le había correspondido esa zona por azar. Cualquiera que fuera la razón, era el primer habitante del Averno que encontraban en su camino.
Una extraña luz brotó del Palacio. Los tres se ocultaron lo más que la muralla se los permitió, pero pronto comprendieron que el resplandor no los estaba buscando. El Guardián miró en dirección hacia el Tártaro; se dirigió hacia la segunda muralla y la cruzó, sin que lograsen ver más de él.
Apenas el camino se encontró libre, los tres se dejaron caer sobre el campo de flores. Ningún sonido los recibió a excepción del de los arbustos.
– Bonitas flores, murmuró Seiya, tomando en su mano una que había partido en su caída.– ¿Por qué habrá tan pocas?
– Buena pregunta –respondió Hyoga.– No hemos visto más que álamos y arbustos secos. Ni siquiera en Asgaard hay tan pocas plantas, incluso en invierno.
Trató de permanecer indiferente y no demostrar el dolor que le producía recordar los tiempos felices en aquella Tierra Mística.
– Mi Roshi me dijo una vez que las flores son un regalo de la Madre Tierra –comentó Shiryu, viendo con curiosidad los pocos asfodelos y notando el aire a melancolía que poseían.– Estamos en otra dimensión, lejos de nuestro mundo pero unida a él. Quizá alguien trajo estas flores, aunque hayan sido tan pocas.
Recordó lo que Dokho le había instruido sobre mitología y se preguntó si había sido Perséfone, la esposa de Hades, y si las había llevado cuando fue raptada.
– ¿Qué creen que está pasando? –murmuró Hyoga, poniéndose de pie.– ¿Por qué se habrá marchado el Guardián de esta zona?
Seiya arrancó los pocos pétalos del asfodelo roto mientras se levantaba. Una inmensa sensación de soledad lo inundó al hacerlo.
– Pareció que lo llamaban del Palacio. Tal vez esté relacionado con nosotros
Una pregunta quedó en el aire, aunque no la dijo. ¿Los habían descubierto? ¿Habrían encontrado a Shun? O, peor aún, ¿a Hilda?
– Es mejor que sigamos –dijo Shiryu, incorporándose.– Si es así, no debemos permitir que nos encuentren.
Una segunda luz brotó del Tártaro. De nuevo, los tres se ocultaron cerca de la muralla. Esta vez, les pareció, sí fue como si los buscaran.
– Saben que estamos aquí –murmuró Hyoga con tono frío.– Quizá ignoran cuántos o quiénes somos, pero ya saben que alguien cruzó el Portal.
– Sólo espero que Hades todavía no nos descubran –deseó Shiryu, viendo cómo la luz pasaba cerca de ellos y sin tocarlos casi como si fuera un milagro.– No tanto por los Guardianes, sino por Hilda. Si algo le ocurre...
– Démonos prisa –interrumpió Seiya, sin querer pensar qué sería de ellos si algo malo le pasaba a Polaris.
Señaló el amplio terreno que tendrían que cruzar antes de alcanzar la Segunda Muralla. Como uno solo, los tres trataron de correr lo más rápido que podían hacia ella, evadiendo los haces luminosos que provenían del Palacio en su camino.


Jabu salió de la Cámara de las Armaduras con tanto cuidado como antes, o quizá con más. Su intención de no ser descubierto era la misma, pero la situación era diferente. En primer lugar, ahora sabía a dónde se dirigía, sin seguir solamente una corazonada.
En segundo, portaba la Armadura de Unicornio.
El desconocido autor del texto, sin saberlo, acababa de devolverle la razón de su vida a pesar de la decisión que había tomado y que pensaba que no rompería jamás. El Unicornio combate hasta la muerte por aquello en lo que cree, y no permite que nada ni nadie lo aparte de su propósito. Sólo obedece a la misma encarnación del Bien. En su caso, a Atenea.
Seiya le había ordenado que se quedara atrás. Estuvo a punto de aceptar. Pero, por la diosa a la que servía y por la mujer a la que amó desde niño que no iba a obedecerlo. No esta vez.
Jabu leyó cuando podría servirle en su viaje al Aveno y memorizó lo más que pudo. Sabía dónde se encontraba el Portal, de qué forma se distribuía el Reino de los Muertos y lo poco que el autor conocía sobre los Siete Guardianes. Mientras lo hacía, recordó a Elis de Thanatos y cómo estuvo a punto de matarlo. Seguro que, si iba y volvía a encontrarlo, esta vez sí absorbería hasta la última vibración de su cosmo. Estaría en su terreno. Y ni siquiera era un Caballero de Plata.
Pero prefería la muerte en combate a su espera inútil. Sin que Jabu estuviese consciente de ello, su orgullo estaba cambiando en honor.
En silencio, caminó por los pasillos del Santuario, deseando que sus metálicas botas no hiciesen tanto ruido –por lo menos, a él le parecía mucho. Su armadura relucía, preparada para la batalla después de mucho tiempo de inactividad. Igual sentía su cosmo: latente y listo para explotar y ascender hasta donde fuese necesario. Aún cuando su destino fuera la tumba.
Tratando de guardar más silencio, dio un rodeo por la capilla. En el interior, alcanzó a ver a Sunrei que rezaba. Al parecer estaba sola, pero Jabu no quiso llamar su atención. No tanto por la joven china, sino por cierta joven italiana que no debía estar muy lejos de ahí.
Dando pasos rápidos y ágiles, corrió por el pasillo que le faltaba antes de salir del Santuario, viendo de un lado a otro para comprobar que nadie lo había encontrado. Así, salió del edificio principal. Sólo le faltaba dirigirse a la Cámara del Maestro y, de ahí, al Templo de Atenea.
Sonrió con gesto confiado. ¡Qué sencillo estaba resultando! Miró por última vez por sobre su hombro, en una despedida, y comenzó a correr hacia la Cámara.
Más bien, lo habría hecho de no haberse tropezado con alguien y caído al suelo.
– ¡Fíjate por dónde vas, amigo Jabu!
Unicornio se levantó, más enojado con él mismo que con Kiki, quien estaba dramáticamente tirado sobre el suelo con un leve golpe en el rostro. Antes de que le ofreciera la mano para que se incorporara, el niño-elfo dio un salto y se puso de pie.
– Disculpa. No te vi –respondió.
– Eso es obvio –dijo Kiki, fingiendo que se sacudía el polvo.– ¿A dónde vas? ¿Por qué traes puesta tu armadura?
En un reflejo inmediato, Jabu le cubrió la boca con la mano.
– ¡Guarda silencio! –murmuró, mirando hacia todos lados para comprobar que nadie los había escuchado.– ¡No quiero que nadie me descubra!
Kiki asintió, asegurándole que no hablaría en voz alta si no soltaba. Una vez libre, preguntó en voz baja:
– ¿A dónde vas? ¿Por qué no quieres que lo sepan?
Jabu se arrodilló para quedar a su misma estatura y respondió:
– Voy al Portal de Espacio. Al Averno, para reunirme con Seiya y los otros –y como no quería oír la sorprendida exclamación de Appendix, se apresuró en añadir– Si Shaina lo sabe, tratará de detenerme, así que te prohibo que se lo digas.
– Pero el mismo Seiya te prohibió que los acompañaras.
Unicornio bajó la vista.
– Lo sé. Y Shaina lo sabe. Pero...
Volvió a mirar al niño-elfo a los ojos.
– Éste es el momento de demostrar si soy un Caballero de Atenea o si sólo me engañé a mí mismo e hice perder el tiempo a los demás. Aún cuando tenga que desobedecer a Seiya. No sé si me comprendas...
Kiki sonrió, su cara pecosa reluciendo.
– ¡Claro que sí, amigo Jabu! –exclamó y, bajando la voz de inmediato, añadió.– Es exactamente lo que siento, así que será un honor acompañarte.
– ¿Cómo que acompañarme?
Appendix asintió con expresión astuta.
– ¿No acabas de pedírmelo?
– ¿Cuándo te pedí que vinieras conmigo? –exclamó Jabu, olvidando de momento todas las precauciones que había tomado.
La sonrisa de Kiki se hizo todavía más pícara.
– Cuando me dijiste que nadie más debía saberlo. Verás, amigo Jabu, –afirmó, cruzando los brazos atrás de su cabeza, como era su costumbre, y dándole la espalda a Unicornio para no ver su expresión de rabia– soy muy boca floja. ¡Todo el mundo me lo dice! Así que, si me quedo, es posible que se me escape comentárselo a alguien. ¿Captas?
Jabu sintió el inmenso deseo de ahogarlo.
– ¿Quieres decir que el único modo de que guardes el secreto es llevándote conmigo?
– Ahá. Además, –añadió, dándose un poco de importancia– quiero saber si el señor Moo cruzó por ese Portal. No ha terminado de entrenarme.
Jabu se levantó, los ojos llenos de relámpagos.
– Si no te llevo, ¿qué harías?
– Me teletransporto a buscar a Shaina, le digo lo que planeas y te encierran en Cabo Sunión.
Jabu suspiró, mirando hacia la ya cercana Cámara del Maestro y preguntándose cuánto tiempo había perdido.
– Ganas, Appendix –murmuró, conteniendo la rabia.– Vienes conmigo. Pero si hay algún combate, no podré hacerme responsable de ti.
– ¡Trato hecho, amigo Jabu! –exclamó, las pecas bailándole sobre la nariz.
Con un ademán, Jabu le indicó que lo siguiera hacia el Portal. Mientras se dirigían hacia allá, recordó vagamente las palabras de Seiya y comprendió que acababa de repetirlas. No poderse hacer responsable de alguien. Y hasta entonces entendió la intención de su Maestro.
No lo dejó atrás porque fuera un inútil. Era porque no podría protegerlo del enorme peligro que encontrarían si algo salía mal. Se arrepintió de haberlo malinterpretado.
Ninguno de los dos, aún así, se dio cuenta de que alguien más los seguía. De haberlo hecho, ambos, voluntariamente, habrían cambiado su rumbo hacia Cabo Sunión.


Hades se había encerrado en su habitación. Solo.
Perséfone había salido del palacio. Atenea no quería hablar con nadie. Estaban logrando un hermoso ambiente familiar con el primer disgusto que su esposa y él habían tenido en décadas.
A pesar de las seguridades que Elis de Thanatos le había dado, el dolor de cabeza no se marchaba, y menos aun la sensación de que algo estaba mal en el Averno. La presencia que había rastreado se había dividido en dos fracciones. Una era demasiado pequeña y se estaba extinguiendo. La otra era mucho más segura y firme, aunque no poderosa, y parecía dirigirse al Palacio.
Se sentó sobre su cama para meditar. Era un dios antiguo, dueño de poder superior al de los hombres pero inferior al del Omnipotente. Pero no lo sabía todo. Así que cerró los ojos y encendió su cosmo, cuya negrura flotó a su alrededor.
De momento, no pudo ver nada, como si un delicadísimo tul obscureciera su percepción. Era una bellísima luz dorada que transmitía calma y paz, pero también fuerza e inteligencia. No se sorprendió de encontrarla. Era el cosmo de Atenea.
Se preguntó, antes de concentrarse más, si su sobrina estaba actuando conscientemente. ¿Acaso sentía también la presencia y trataba de impedir que descubriese lo que ocurría? No, no era posible. En medio de la luz dorada pudo ver a Atenea en su cuarto, arrodillada junto a su cama, con los dedos entrelazados y la cabeza inclinada. Estaba rezando al Omnipotente, por sus Santos, sus Caballeros... ¿por ella misma? Hades no quiso leer su mente (aunque podía hacerlo porque se encontraba en sus dominios), pero percibió que no intentaba ni engañarlo ni atacarlo. Simplemente oraba y, al hacerlo, su cosmo se había activado a su alrededor, quizá sin que ella misma se diera cuenta.
Era triste que jamás hubiera alcanzado su máximo poder aunque latiera en su interior. El día que lo alcanzara...
Y entonces notó que un ligero filo gris comenzaba a introducirse en el cosmo de su sobrina.
Hades apartó la imagen con un ademán mental, igual que un manotazo disuelve la neblina. No quiso ver qué era lo que estaba empezando a ocurrir, y menos aún pensar cuál era la causa.
Al principio, las figuras fueron borrosas, como si no quisieran presentarse ante él. Lo primero que percibió no llamó su atención. Eran los cosmos de Perséfone y de las Moiras, las siguientes en jerarquía después de los dioses antiguos. Una semidiosa de origen desconocido y las tres mujeres que decidían, según los trágicos, los destinos de la humanidad. De igual forma, percibió un cosmo realmente obscuro, procedente de la región de juicio a la que ni él se atrevía a ingresar.
Aunque su corazón protestó por ello, Hades trató de no pensar en su esposa y continuar su búsqueda.
Comenzó a captar la vibración de los objetos. Por una parte, estaban los trajes de los Siete Guardianes y la Armadura que, en la Era del Mito, le regalaron los Cíclopes. Por otra, los siete Tresors y la Nike, que habían recibido durante siglos la protección de la Eclíptica y que se habían convertido en el Escudo de Atenea por méritos propios.
Lo siguiente hizo que frunciera el ceño. En la escala seguían los Siete Guardianes. Pudo verlos con la mente, reunidos en el invernadero, discutiendo entre ellos. Parecía que Elis de Thanatos daba órdenes a sus compañeros, todos ataviados con armaduras completas. ¿Por qué tanta actividad? De acuerdo, le había ordenado a Elis que estuviese atento por la variación que había sentido. Pero si, en efecto, estaba preparando un ataque, ¿era porque alguien, en efecto, había cruzado el portal?
Junto a lo anterior, un detalle hizo que se molestara más. Había una extraña vibración en el Tártaro, semejante al cosmo de Atenea. Sólo que esta sí era voluntaria, como si tuviera la intención de ocultarle algo. Hades trató de entrar en esa vibración, llegar al interior de ese cosmo, pero no pudo aunque era un dios. Fue como verse reflejado en un espejo, pero sin distinguir más allá del marco. Mala señal, se dijo. ¿Sería un efecto solamente de la presencia de Atenea? Ese cosmo era tan parecido al suyo, casi como una extensión de su ser...
Decidió pasarlo por alto de momento. No lograba establecer dónde se encontraba ni de dónde partía, ni si tenía una naturaleza independiente a la de su sobrina. Ya habría tiempo de buscarla.
Porque finalmente encontraba la frecuencia que había llamado su atención.
Vio a cuatro jóvenes ataviados con Armaduras en el Averno. Uno se encontraba afuera de la Primera Muralla, estremeciéndose como si hubiese sido envenenado. ¿Acaso habían sido los daimons? Los otros tres recorrían el Campo de los Asfodelos, aparentemente buscando el modo de acercarse a la Segunda Muralla.
Siempre habían entrado seres vivos al Averno, algunos con algún objetivo y otros sólo por divertirse. Había ocurrido así desde la Era del Mito. Pero algo en esos cuatro le era conocido...
Vio con detenimiento a uno de ellos, el de la armadura blanca sobre ropa roja, con enormes ojos y cabello obscuro. Y sintió cómo surgía la ira en su interior.
¡Claro que lo conocía! ¡Era no de los conocidos de su sobrina! ¡Pegaso, su favorito!
Miró a los otros cuatro a la luz de ese descubrimiento e identificó a los que habían muerto siete años atrás, pero que Atenea había salvado.
– ¡Estúpidos! –exclamó, aunque estaba solo.
Ya iba a llamar a Elis cuando notó un detalle adicional alrededor de los cuatro Caballeros. No sólo los cubría el cosmo de Atenea, como había ocurrido desde el día de la Revelación, sino también una energía menos poderosa, del tono de la nieve. Los únicos que se encuentran entre los dioses y los Caballeros son los...
Avatares.
El cosmo adicional los cubría, pero dejaba tras de sí una estela de luz invisible, como si los Caballeros hubiesen atravesado su energía y conservaran su reflejo. Hades siguió el rastro; cruzó con la mente la Estigia y llegó al Portal de Espacio. A la energía del Portal se había sumado aquella aura de nieve, deteniendo su progresivo cierre, sin importar que su fuerza fuera muy superior a ella. En medio de esa unión de vibraciones, descubrió una silueta de mujer, ataviada con instrumentos de plata.
Una avatar proveniente de una tierra de nieve...
Hilda de Polaris, de Asgaard.
– ¡Insolente! –gritó, rompiendo su meditación y poniéndose de pie.– ¿Cómo se atreve a desafiar a los dioses si apenas tiene el cosmo de un avatar?
Salió del cuarto dando pasos largos y pesados. Una Valkyria rebelde, un conjunto de sirvientes osados, ¡todos iban a pagar por su osadía!
Y sin embargo, ¿podía culparlos?
– ¡Elis! –gritó al llegar al balcón interior desde el que podía ver el invernadero.
A su llamado, Thanatos se separó de sus compañeros. Hades, en un gesto digno, permaneció en su sitio, viendo cómo el más cercano de los Siete subía las escaleras con toda la velocidad de la que era capaz. Se detuvo en el último descanso, justo frente a su señor, y saludó.
– Diga, Milord.
– ¿Ya averiguaste qué provocó la vibración que te mandé a investigar?
Elis supo que lo estaba poniendo a prueba, seguro de que su señor ya lo había averiguado. Inclinó la cabeza y respondió:
– Un grupo de daimons encontró a un Caballero Ateniense fuera de la Primera Muralla, Milord, del cual ya se ocuparon. Sin embargo, es muy posible que no haya venido solo, así que he alertado a los Guardianes.
Hades asintió. Elis era tan eficiente y devoto...
– Son cuatro Caballeros –afirmó, frotándose la barbilla con la mano.– Tres ya han cruzado hasta el Campo de los Asfodelos y del que hablaste aún vive, pero no por mucho tiempo.
–Imaginé eso, Milord. He enviado a mis compañeros a proteger cada una de las murallas e impedirles el paso.
– No sólo eso –afirmó Hades, mirándolo a los ojos.– Quiero que se deshagan de los cuatro antes de que lleguen al Palacio. Todos son peligrosos, en especial el llamado Pegaso. ¿Lo recuerdas?
Aunque Elis no respondió, la expresión en sus ojos dio a entender que sí tenía presente al Caballero que los había desafiado.
– No importa qué tan débiles parezcan. Tengan mucho cuidado con ellos –prosiguió el Señor del Averno.
– ¿Quiere que los traigamos a su presencia, Milord?
Hades no respondió de inmediato. A Elis le pareció que su señor dudaba, no por temor (¿cómo le tendría miedo a algo el Señor de los Muertos?) sino por otra razón. En eso, el dios indicó con voz firme.
– No. No quiero que se entere mi sobrina.
– ¿Eso quiere decir...?
– Mátenlos.
Elis bajó el rostro en señal de obediencia.
– Algo más, –afirmó Hades.– Manda un grupo de daimons al Portal que guía hacia la otra dimensión. No creo que sea necesario que yo intervenga para solucionar ese problema –añadió como para sí.
– ¿Cuál es la orden, Milord?
Los ojos de Hades relampaguearon al decir.
– Tienen que detener a Hilda de Polaris y cerrar el Portal. Lo más pronto posible.


No le molestaba estar en las sombras. Jamás lo había hecho. Después de todo, era lo que le correspondía por signo: estar oculto, prácticamente invisible e inalcanzable. O, en un sentido estricto, abajo de una roca.
Sin querer, sonrió con su acostumbrado gesto cínico al pensarlo. No se escuchaba nada mal, aunque comparara a una persona de su nivel con un sencillo arácnido. Pero compartía con su signo más que la capacidad de ocultarse entre las sombras.
Su carácter era el de un solitario. Alguna vez tuvo un amigo, pero por su culpa –indirecta o indirectamente– había muerto. Sin embargo, eso había quedado en el pasado y ahora podía moverse con facilidad, casi sin ser visto. Y por ello le había correspondido el tipo de misión que le había sido asignada.
Todas las prisiones tienen una entrada. Ingresar a ellas es muy sencillo, puesto que casi siempre es por la puerta principal. Pero salir no es tan fácil, a menos de que quieras encontrarte con todos los guardias y obstáculos posibles en tu camino. No había mejor encomienda, por tanto, que aquel que más facilidad tenía para ocultarse en las sombras fuera el responsable de encontrar una salida de aquel palacio.
En el momento en que escaparan, no tendrían tiempo para enfrentarse a soldados o guardias. Tendrían que huir con rapidez, pues ella los acompañaría. La única opción, por supuesto, era encontrar un camino, ya fuera oculto o visible, que les permitiera salir del Tártaro en el momento en que lo necesitaran.
Había visto a sus dos compañeros durante el día. Uno entre los daimons, averiguando cuanto podía de los movimientos de los ejércitos de Hades. El otro, dirigiéndose a la cámara de la joven, una charola en sus manos. ¿Lo habrían visto a él?
Sonrió de nuevo. De momento no importaba. Para algunas criaturas, es mejor no ser vistas sino hasta el momento mismo del ataque.
Y más aún si dicha criatura es un escorpión.


Los asfodelos emanaban un perfume muy suave, casi nostálgico. Cualquiera que los oliera o tocara podía darse cuenta de ello. Pero si alguien lo sabía, era Perséfone. Ella los había creado.
Invariablemente, siempre que iba al Campo de los Asfodelos recordaba aquel día, hace ya tantos siglos. En aquel tiempo, el Averno se encontraba en la misma dimensión que el mundo de los mortales, sólo que abajo de su superficie. Los dioses dormían en el Monte Olimpo, cuando lo hacían, y convivían con los seres humanos. Ella era llamada Kore, la joven, y no sabía quién había sido su padre, pero no le importaba. Era una semidiosa. Y era feliz al lado de Demeter, su madre.
Cierto día, se encontraba en medio de un campo lleno de flores, de todos colores y perfumes. Le encantaba ese lugar y solía pasar horas ahí. Pero ese día escuchó un trueno, a lo lejos. Se extrañó al ver que no había nubes en el cielo. Un segundo después, comprendió que provenía de abajo del suelo.
Antes de que lograra levantarse, la tierra se abrió y apareció un carruaje negro que relucía como las estrellas, rayos brotando de sus ruedas. Un hombre vestido en una larga túnica negra que se arremolinaba a su alrededor, cuyo cabello era del tono de la nieve, tiraba de las riendas a un corcel del color de la noche.
El hombre era hermoso aún dentro de su terrible aspecto, y ella se quedó un momento mirándolo con admiración y miedo a la vez. No pudo huir cuando él se acercó, la tomó por la cintura y la subió al carruaje. Se dio cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo hasta que vio el cielo desaparecer al cerrarse la tierra sobre sus cabezas, cascadas de flores acompañándolos en su caída.
Le dijo que era Hades, hermano de Zeus y de Poseidón, y que en el reparto que los tres hicieron del mundo a él le había correspondido el Reino de los Muertos. Le propuso convertirse en su esposa y en Reina del Averno, a cambio de que permaneciese con él por siempre. Al principio, Kore se negó. Quería ir con su madre a la superficie, donde había flores y los rayos del sol entibiaban la tierra. Sin embargo, y por haber comido las semillas de una granada, debió quedarse en el Averno una tercera parte de cada año, aun cuando Demeter logró que Zeus ordenara que le fuera devuelta. Y entonces adoptó el nombre de Perséfone.
Con el paso del tiempo, aprendió a amar a su esposo. Detrás de esa fachada terrible había un corazón sensible y generoso, aunque inflexible en lo relacionado con las leyes de hombres y dioses. Cuando ocurrió la Revelación del Omnipotente, se les prometió a ambos que nunca reencarnarían, puesto que seguirían cumpliendo su misión de velar por la región de los Muertos Indignos. La única diferencia con la Era del Mito sería que el Averno se encontraría en otra dimensión, siempre separado del Campo Eliseo por el mar.
Perséfone se acostumbró al Averno, pues había aprendido a amar a Hades y sabía que su existencia tenía un por qué en el enorme esquema de las cosas. Lo único que extrañaba del otro mundo eran las flores. En el Reino de los Muertos, que era una tierra de almas, no podían crecer. Aún así, Hades le había regalado el don de convertir las pocas flores que cayeron con ellos en una nueva especie que sólo viviría en ese mundo. Como en aquella época todavía no dominaba el cosmo, el resultado fue un arbusto de pocos pétalos que transmitía justo lo que ella sentía en aquel momento. De ahí la nostalgia que brotaba de los asfodelos.
Todo eso había regresado a su mente al llegar a ese campo, el único lugar en todo el Averno donde florecían, además de su invernadero. Por alguna razón, estaba particularmente sensible a la tristeza de los asfodelos, como si hubiera regresado al tiempo en el cual llegó al Averno.
Suspirando, se sentó sobre el suelo. Percibía una extraña tensión en el ambiente, pero no le interesó averiguar por qué. Hades estaba aprensivo, casi paranoico a últimas fechas. Había cambiado tanto...
Sabía que debía estar con él y apoyarlo en cualquier decisión que tomara, incluso si iba en contra de otro miembro de la familia –Atenea en ese caso. Ella siempre lo había hecho. Y quería hacerlo. Pero esta vez no tenía el corazón ni para aceptar ni apoyar los proyectos de Hades. Ya no afectaba solamente a su sobrina, sino también a sus propias convicciones. Ante sus ojos, el hombre a quien admiró desde el primer instante en que lo vio se estaba pareciendo más y más al ambicioso Poseidón. Y se dirigía hacia su mismo destino.
Perséfone no deseaba eso para él. Lo amaba. Odiaba haberse distanciado de Hades, aunque sólo hubieran estado así por horas. Deseó poder llorar como antes, no haber perdido esa facultad en el pasado, para poder derramar sus lágrimas por él. Quizá como un sacrificio o como una expiación.
Apenas si escuchó que alguien caminaba del otro lado de la muralla, y que en momentos parecía que se sostenía de ella. A lo lejos, oyó el sonido de una cadena que se desplegaba. No fue sino hasta que una serie de eslabones plateados pasó cerca de ella para clavarse en el suelo que Perséfone, sorprendida, miró hacia la muralla. En silencio y un poco asustada (aunque como semidiosa no habría de ocurrirle nada), vio cómo la cadena empezaba a atraer a alguien.
Sobre la muralla, vio a un joven vestido con armadura. Con un visible esfuerzo, desprendió la cadena del suelo y la atrajo hacia así. En eso, el muchacho perdió el equilibrio y cayó sobre el Campo de Asfodelos; golpeó boca abajo contra el piso y permaneció quieto.
Lentamente, Perséfone se le acercó, lista para retroceder a la menor señal de peligro. Conforme lo hacía, notó que el muchacho seguía vivo, aunque respiraba con dificultad. Su rostro estaba cubierto de sudor y sus labios temblaban. Lo tocó en la frente y descubrió que ardía en fiebre.
Descubrió la quemadura que traía en el brazo. Daimons. Hasta entonces, Perséfone reparó en que era un ser vivo que, habiendo entrado en el Averno, había recibido su castigo.
– Ikki... June... –deliró, las palabras apenas audibles.
Comprendió que no tenía nada que temer por parte del muchacho. Como no reconoció las palabras que pronunciaba, comprendió que eran nombres humanos, llenos de la hermosa musicalidad que tenían. Los ojos de Perséfone mostraron tristeza, como lo hicieron el mismo día en que Orfeo se presentó frente a ellos y pronunció el nombre de Eurídice. Los seres vivos eran incomprensibles: sorteaban decenas de peligros con tal de llegar al Tártaro y volver a ver –y rescatar, de ser posible– a aquellos seres a quienes amaban y habían perdido. Tal vez los dos nombres que mencionaba pertenecían a personas que ya habían muerto y que quería volver a ver.
Perséfone se arrodilló a su lado y comenzó a encender su cosmo, que brilló con una intensidad plateada a su alrededor. A pesar de que casi nunca recurría a él, la semidiosa tenía un ken que ella misma había elegido y desarrollado, tal cual ocurrió con los asfodelos.
Cualquier ser vivo que entrara al Averno y fuese descubierto debía, por mandato divino, perder su alma inmortal como castigo a su atrevimiento. Era la Ley y todos debían obedecerla. Sin embargo, a lo largo de los siglos, Perséfone había entendido que, por amor, muchos son capaces de correr el riesgo. Demeter misma, el joven Orfeo buscando a su esposa... El amor era el impulso y la verdadera fuerza de los seres humanos, aunque se empeñaran en olvidarlo.
No era justo que aquel que amara sufriera el mismo castigo que el aventurero, el osado o el indigno, o al menos Perséfone pensaba así. Por ello, había desarrollado un don especial. Aunque podía aplicar su poder a distancia, prefería tomar suavemente a la persona por el cuello y tocar su aorta hasta detener la circulación sanguínea. Así dolía menos. Cuando la persona moría, ella rescataba con su cosmo el alma, a pesar de que no debía hacerlo, y la llevaba al otro lado de la Estigia. Ahí, el espíritu encontraba su propio camino, aunque eso significara regresar al Averno. Habría perdido la vida, pero no el alma.
Con suavidad, Perséfone acercó su mano al cuello de Shun, que seguía delirando. "Te va a doler un poco", pensó, sabiendo que aunque se lo dijera en voz alta no lo comprendería. "Pero créeme que es lo mejor".
Cuando lo tocó, Shun se estremeció de nuevo, como si se tratara de un daimon y no de una semidiosa.
– Tranquilo, muchacho, tranquilo... –murmuró.– Ya va a terminar.
Lentamente, comenzó a rozar la piel del joven, buscando la aorta y lista ya para sujetar su alma apenas se desprendiera del cuerpo. Sin embargo, percibió una vibración extraña. Algo que sentía en el ambiente desde la llegada de Atenea, como si fuera parte de su cosmo. Desechando la idea, continuó acariciando el cuello de Shun.
Hasta que sintió que una cadena rodeaba su cuello. Y que de ahí provenía la vibración.
Con curiosidad, Perséfone tomó la cadena y el dije que de ella colgaba para verlo. En su dorada superficie, vio el grabado de una brillante estrella, pero no comprendió qué podría representar. Del otro lado, encontró el principio de una estatua y de unas alas. ¿Qué sería? En la orilla del dije, había una letra griega. Una Alpha.
Athena Nike, pensó en una inspiración divina.
Perséfone contuvo el aliento. Ese muchacho, envenenado por los daimons, era uno de los Caballeros Atenienses que protegían a su sobrina. Por eso había tensión en el ambiente. Porque ellos estaban ahí. ¡Para sacarla del Averno!
Se levantó y dio un paso hacia atrás. Supo que tenía que avisar a su esposo. Que debía llamar de inmediato a los Guardianes para que lo mataran. Al menos, que tenía que quitarle el alma de una vez, antes de que se recuperara.
Pero por primera vez en muchos años, Perséfone no estuvo segura de qué era lo que debía ni lo que quería hacer.


Seiya recordó vagamente el Laberinto de Luz y Obscuridad de la Casa de Géminis mientras rodeaban la Segunda Muralla en busca de una puerta. Esa vez, por más que corrieron y se enfrentaron a los lados obscuros de sus personalidades, regresaban siempre a la entrada. Ahora, sentía como si ya hubiesen dado cinco vueltas al monótono campo, y sin embargo, todavía no acababan de recorrerlo. Y no tenían forma de saber que Perséfone y Shun no se encontraban muy lejos de ahí.
Apenas Shiryu, Hyoga y él llegaron a la Segunda Muralla, intentaron saltar sobre ella, justo como hicieron con la Primera. Pero a diferencia de la situación anterior, una especie de energía los rechazó. Había un muro invisible sobre las murallas, o por lo menos sobre esa. No quisieron usar sus ataques todavía para no alertar a los Guardianes de su presencia (aunque la protección de la muralla parecía indicar que ya no valía la pena tomarse esa molestia), así que comenzaron a buscar una puerta.
Que no hallaban por ningún lado.
– Tal vez no encontramos la entrada –escuchó que Hyoga decía – porque aún permanece con nosotros la ilusión del Erebo.
Cygnus había ido tocando la muralla para percibir cualquier cambio en la muralla, fuera electricidad o magia. Por supuesto que la protección permanecía y la puerta que buscaban no aparecía.
– ¿Qué vamos a hacer? –preguntó Seiya, empezando a desesperarse.– Sólo nos falta cavar un agujero bajo la muralla.
Involuntariamente, se preguntó si una Lluvia de Meteoros podría servirles de algo.
Shiryu no dijo nada, como si estuviera meditando.
– Lo único seguro, –opinó Hyoga, golpeando levemente la muralla– es que hemos jugado al escondite por demasiado tiempo. Deberíamos activar nuestros cosmos y ver qué ocurre.
– Me encantaría, pero equivaldría a que todo el Averno se nos eche encima. Y por desgracia, sólo somos tres –murmuró Seiya.
Sólo tres, pareció escucharse en el ambiente. De ochenta y ocho caballeros, sólo quedaban tres.
Un relámpago mental pasó cerca de ellos, pero sólo Shiryu lo percibió. Su expresión mostró sorpresa, pero la ocultó de inmediato. Con voz segura, ordenó:
– Sigan adelante. Me quedaré aquí.
Como ni Seiya ni Hyoga habían sentido la vibración, lo miraron con extrañeza.
– ¿Qué dijiste? –preguntó el primero.
Shiryu se había detenido. Se les aproximó y afirmó, en voz bastante alta como para que cualquiera que estuviese cerca lo escuchara.
– Es posible que no encontremos la puerta hasta que enfrentemos al velador. Estamos en un mundo donde lo mental domina lo físico y debemos jugar según sus reglas. Sigan adelante. Yo los alcanzaré tan pronto como pueda.
La mirada de Hyoga se volvió tan fría como en el pasado. Seiya, en contraste, respondió:
– Estás hablando de uno de los Siete Guardianes, ¿verdad?
Al ver que Dragón asentía, protestó:
– Pues nos quedaremos y pelearemos juntos, como antes.
– No podemos –respondió Shiryu.– Recuerda que no tenemos tiempo –y añadió en voz baja.– Muchas personas dependen de que nos demos prisa.
Las imágenes de Saori y de Hilda aparecieron en cada una de sus mentes.
– Está bien –dijo Hyoga, dando la vuelta y listo para seguir el camino.– Nos reuniremos en el Palacio, como ha ocurrido antes.
Cygnus y Dragón intercambiaron una rápida mirada y un acuerdo mutuo, lleno de confianza y de apoyo. Pegaso no quiso aceptarlo de momento. Recordó cuando se separaron en la Batalla de las Doce Casas, tres horas antes de que se apagara el fuego del Reloj. Fue para que cada uno de sus amigos muriera por permitirle que siguiera adelante.
Sin embargo, recordó también el juramento que hicieron durante la última hora en que estuvieron juntos, el mismo que había sido escrito en piedra en la Casa de Sagitario. Habían recibido la encomienda de proteger a Atenea. Ella estaba primero que nada, incluyendo sus vidas. Tratando de ocultar su preocupación, dijo:
– Te estaremos esperando, ¿de acuerdo?
La segura mirada de su mejor amigo le dio fuerza suficiente para dar la vuelta y alcanzar a Hyoga.
Shiryu escuchó cómo se perdían sus pasos. Rodearon la muralla y el sonido se hizo todavía más débil una vez que dejó de verlos.
Cerró los ojos, concentrándose, y calculó que sus amigos ya se encontraban a distancia suficiente para no escucharlo ni regresar a intervenir en su combate, a pesar de lo que hubieran prometido. Se cruzó de brazos y, con voz grave, gritó:
– ¡Ya me tienes, Guardián! ¡Preséntate y empecemos de una vez!
A unos diez metros de él, una figura se hizo invisible, como si hubiera estado integrada a la muralla. Era el Guardián de cabello rojizo y lentes frente a los ojos que habían visto dirigirse hacia el Tártaro y que ahora regresaba. Sonreía, y aunque Shiryu lo percibió, no quiso voltear a verlo.


Saori-Atenea ignoraba lo que ocurría afuera del Palacio. Voluntariamente había apagado su cosmo tanto como le era posible para evitar que Hades descubriera a sus amigos. Su intuición, aun así, le indicaba que tal precaución era inútil. Lo único que le quedaba, al igual que en las batallas anteriores, era rezar y suplicar por sus amigos, para que no tuvieran que soportar grandes tormentos por su culpa.
"¿Por qué tuve que ser una diosa?", se preguntaba. "¿Por qué no pude ser solamente humana?
En eso, escuchó que tocaban a su puerta. No se levantó. Si era alguno de sus tíos, no tardarían en llamarla y entonces respondería que no quería hablar con nadie ni salir de su cuarto. Pero en lugar de hablarle volvieron a tocar la puerta, como si esperaran alguna indicación.
– ¿Quién es? –preguntó, sin moverse.
No obtuvo respuesta. De momento, se preguntó quién sería y se incorporó para ir a abrir. Poco antes de llegar a ella, recordó que los sirvientes tenían prohibido hablar cuando estuvieran trabajando. Seguro que era una doncella que quería ver si no se le ofrecía nada.
Al abrir la puerta, encontró a uno de los sirvientes encapuchados. Era más alto que ella, pero no pudo verle el rostro. Sostenía una charola con algunos alimentos, fruta y vino, y un pequeño tazón con azúcar y canela. Con un ademán, le mostró la comida, y Saori comprendió que era lo que se había negado a tomar en el comedor.
– ¿Me lo envía Perséfone? –preguntó, con poco interés.
El sirviente inclinó la cabeza a modo de respuesta. Educadamente, aunque no sentía hambre, Saori ordenó:
– Por favor, déjelo sobre la cómoda.
Dio la vuelta y, en silencio, se sentó sobre una de las sillas de madera del cuarto, mirado a través de la ventana que su tía había arreglado. Contra el nublado cielo, veía la Torre de las Moiras y percibía el poder que emanaba de ella. ¡Cuánto daría por poder hablar con ellas! ¡Por ver los cordeles vitales de los Cuatro y saber que estaban bien!
Que no habían entrado al Averno.
Suspiró, llena de tristeza. Volvió a prestar atención a lo que le rodeaba y escuchó un leve temblor, como de platos. Al voltear, descubrió que el sirviente seguía en la puerta, la charola todavía en las manos.
– ¿Sigue ahí? –preguntó con un poco de asombro.– Le pedí que dejara la comida sobre la cómoda.
El sirviente no se movió. Saori se preguntó si le había entendido, pues sabía que había gente procedente de todas partes del mundo en el Averno. Sin moverse de su lugar, volvió a preguntar:
– ¿Entiende algo de lo que le digo?
El sirviente ni se movió ni respondió. Saori repitió la frase en japonés, en inglés y en latín, los idiomas que dominaba además del griego que solían usar. Pero el encapuchado permaneció en su sitio.
Como si no fuera suficientemente opresivo el ambiente dentro del Tártaro, encima no podía hablar con nadie. Y cuando lo hacían no le entendían.
– De acuerdo –murmuró, mostrando amabilidad a pesar de la situación.– Yo lo haré.
Se puso de pie y se dirigió hacia el sirviente. Trató de sujetar la charola y llevarla ella misma, pero las manos del sirviente eran firmes y no permitió que se la quitara.
– Así que usted tiene que hacerlo... –murmuró, más para sí que para aquel irritante intruso.
Con señas, le mostró la cómoda y le indicó que quería que llevara la comida ahí. Había comprendido que el sirviente se marcharía sólo hasta que cumpliera con su obligación, así que lo condujo hacia el mueble. Después de apartar un cepillo y un espejo de su superficie, ordenó:
– Puede dejar ahí la charola –dijo, reafirmando sus palabras con ademanes.– Siempre que la traiga a mi cuarto, póngala ahí.
El sirviente empezó a colocar los platos sobre la mesa. Saori lo miró en silencio, preguntándose cómo se podía pasar toda una eternidad sin hablar con nadie. Hasta que escuchó que algo se caía.
Había tirado sobre el mueble el tazón de azúcar y canela y la mezcla se extendía sobre su superficie. El sirviente intentaba levantarla, y por la angustia de sus movimientos, la diosa pensó que podría esperarle un castigo por tal falta. No sabía cuáles eran los castigos en ese lugar, así que se le acercó y le aseguró:
– No se preocupe. Fue un accidente y...
No pudo continuar. Al fijarse en el azúcar que se había caído, descubrió letras griegas escritas a gran velocidad.
"CIERRE LA PUERTA."
Pero eso no fue lo que la sorprendió. Fue la última palabra.
"SAORI."
Atenea miró al sirviente al rostro. Éste, con un dedo lleno de azúcar, se apartó la capucha un poco, apenas un instante.
Lo suficiente para que ella descubriera la seria mirada de Aioria de Leo.


Continuará...

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