Capítulo seis
DespedidasPor Altair
Saori dijo una vez que todos los seres humanos
deberían vivir de acuerdo
a la estrella con la que nacieron.
Unos nacen con estrellas de buena suerte
y otros con estrellas de mala suerte.
Lo único que puedo decir es que
siempre daré lo mejor de mí,
cualquiera que sea mi estrella.Seiya de Pegaso
Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis. Doce constelaciones situadas en la Eclíptica, las doce que rodean a la Tierra, una en el Sol cada determinado tiempo. Doce que determinan en gran parte el destino de todos los seres humanos.
Doce Tresors, uno por constelación, para proteger a la diosa Atenea como su Escudo y justo como la Égida la defendió durante la Era del Mito.
En alguna época, todos tuvieron un portador que vigilaba una de las Doce Casas del Santuario. Sin embargo, veinte años atrás uno de ellos fue asesinado a manos de uno de sus compañeros y su Tresor se dio por perdido. Poco después, cinco murieron durante una Gran Batalla y otro de los protectores renunciaría a su armadura. Siete Tresors vacíos habitaban el Santuario.
Hasta ese día.
Cada uno de los Tresors vacíos había sido extraído de su respectiva urna y de su correspondiente Templo. En grupo, se dirigían obedientes hacia Hades. Cada una de las piezas de las armaduras se había integrado para formar una figura que evocara su signo zodiacal respectivo y avanzaban con la metálica canción de los Trajes Dorados. La Orden del Zodiaco vio con admiración cómo entraban a la Cámara, flotando frente al Señor del Averno y a la diosa reencarnada. Era la primera vez en toda una vida que los Doce se reunían dentro de una misma habitación.
Desde la Batalla de Atlantis, Seiya, Shiryu y Hyoga se habían unido en espíritu con los Tresors que pertenecieron a Aioros, Dokho y Camus. Pero hasta entonces comprendieron que, aunque no fueran suyos, el nexo creado aquel día existía aún y que nunca se rompería.
– ¡Éste es tu Escudo, Atenea!– exclamó Hades por encima de las vibraciones metálicas.– ¡Toda la Orden te protege, pero son los Doce Tresors del Zodiaco los que velan por ti como la Égida que portabas en la Antigüedad!
Los ojos de Saori mostraban temor. Había entendido qué era lo que su tío pretendía.
– ¿Para qué los llamaste? –preguntó, temiendo de antemano la respuesta.
La música metálica cesó. Los siete Tresors flotaban y Hades, mirando a su sobrina a los ojos, respondió.
– Simple. Vienen con nosotros.
– ¿Qué?
La voz de Saori no fue la única que se escuchó. Cada uno de los Santos y Caballeros había dejado escapar la frase en diferentes intenciones. Los Caballeros veían en las armaduras doradas una de las representaciones físicas más tangibles del poder de Atenea. Los Santos se encontraban frente a los ropajes de personas a las que habían amado, respetado o que habían sido sus compañeros. Y que iban a ser llevados al Averno.
– ¡No tío, no puedo permitirlo! –exclamó Saori-Atenea.– ¡Quizá sea mi Escudo, pero son tesoros de esta Tierra Mística y nadie tiene derecho a llevárselos!
– ¿Vas a negarte, sobrina? –preguntó Hades con voz estricta.– La desconfianza que has provocado que sienta me obliga a exigir que sea todo o nada.
Y añadió, mirándola con desprecio:
– Elige: no nos llevamos el Escudo y tu mundo muere, o viene el paquete completo, incluyéndote, para que viva.
– ¿Por qué me haces esto? –respondió Atenea en voz baja.– Sabes que cederé ante tus órdenes, aunque mi interior se niegue.
Lord Hades sonrió con la confianza de un triunfador. En el interior, se odió por tratar así a la sobrina que tanto amaba, pero la misma Orden le había obligado a llegar a esto. Le había demostrado cuánto la amaban y lo ocurrido a Fénix le probó hasta dónde estaban dispuestos a llegar. Su corazón era demasiado orgulloso como para desistir.
Giró para ver de frente a la Orden. Santos y Caballeros habían roto las dos columnas, convirtiéndose en un grupo cerrado listo para atacar.
– Ustedes cinco, –ordenó, dirigiéndose a los Santos– quítense sus Tresors y entréguenlos de inmediato.
En respuesta, Aioria y Milo se colocaron en guardia, Aldebaran adoptó la postura del Gran Cuerno, Shaka unió las palmas de sus manos y Moo, el más reservado, frunció el ceño. El dios insistió:
– Obedezcan.
Moo dio un paso al frente. Para asombro de sus compañeros, se quitó el casco. Pero no lo entregó.
– Perdone que tome la palabra, Lord Hades, –dijo con su voz prudente, mirando al Señor del Averno a los ojos– más debo hablar en nombre de mis compañeros. Si usted nos lo pide, tal vez nos despojemos de los Tresors que tanto nos costó obtener para dárselos. Pero eso no depende de nosotros, ni de Atenea ni de usted mismo. Depende de las armaduras.
Hades no respondió, mirando al Santo de Aries con el respeto que se ganó desde su primer encuentro.
– Todos los Caballeros de la Orden son reconocidos como tales porque portan una armadura, sin importar el nivel de la misma –prosiguió Moo.– Se puede renunciar a ella, pero eso es sólo en apariencia porque la separación nunca es completa. Sólo hay dos formas en que una Armadura, en especial un Tresor, renuncie a uno: por indignidad o por la muerte. Ni siquiera Atenea puede privar a uno de los suyos de la investidura que le otorgó.
– ¿A dónde quieres llegar?
– Milord, si quiere nuestros Tresors, deberá matarnos primero.
Al escuchar esa frase, Seiya comenzó a mirar a los Santos y a los Guardianes sin poder fijar la vista en alguno. Los dos grupos, a pesar de su aparente tranquilidad, estaban listos para matarse mutuamente. Sin embargo, Lord Hades parecía meditar sobre lo que había escuchado. Era obvio que no conocía la forma en que los Caballeros de Atenea, sobre todo los Santos, se relacionaban con sus trajes.
– Tío, –preguntó Atenea, acercándosele– ¿puedo pedirte un favor?
Como Hades se limitó a asentir, ella continuó:
– Me tienes a mí, a Nike y a siete Tresors. Sé que no es un Escudo completo, pero el que permanecerá aquí quedará roto y será menos poderoso como para intentar atacarte. Te suplico, no como tu sobrina, sino como una diosa de esta Tierra, que no humilles a mis Santos al quitarles sus armaduras. Sé que soy indigna, pero también sé que tú eres un dios justo.
Atenea miró a sus guerreros mientras exponía sus pensamientos:
– Todos han sufrido demasiado por mí. Sacrificaron su sangre y su juventud por luchar contra lo que me amenazaba, y ha sido así desde la Época del Mito. Privar a cualquier Caballero de su armadura sería avergonzar sus almas y despreciar los sacrificios que han realizado. Por favor, permite que los conserven.
Hades al fin alzó la vista y respondió:
– Que sea como tú quieres... sobrina.
Miró a los Guardianes e intercambió una mirada rápida con Elis. Éste inclinó la cabeza a modo de respuesta.
– Ahora sí –sentenció Hades.– Vámonos.
Con esas palabras, los siete Tresors vacíos empezaron a disolverse en el aire, anticipando la marcha de los dos dioses hacia el Averno. Su pulsación dorada comenzó a reducirse y su luz se apagó como se extingue la luz del Sol al llegar la noche. Una sensación de tristeza, vacío e impotencia empezó a respirarse en el ambiente. Shiryu y Hyoga apenas soportaron ver cómo las principales posesiones de sus amados maestros eran robadas; Milo apretó las manos en puños por la rabia de atestiguar cómo se perdía la única herencia de Camus; Aioria desvió la mirada para no presenciar cómo se marchaba la armadura por la que su hermano dio la vida; y Seiya sintió que parte de su mismo corazón se disolvía con el Tresor de Sagitario.
La otra parte de su corazón tampoco permaneció mucho tiempo cerca de él. Lord Hades, después de dirigirle una última mirada a la Orden, salió de la Cámara del Maestro. Sujetaba con la mano derecha el hombro de Atenea, quien ya no tuvo corazón para una última despedida. Seiya la vio y sintió que algo lo sujetaba al piso para impedirle correr hacia ella. Y supo que era su propio deber.
– Saori... –murmuró.
Cerca de él, notó la pena de sus amigos, sobre todo de Jabu, cuando la túnica blanca se perdió en la obscuridad del Santuario. Y la siguió el silencio.
Antes de que lograse decir o pensar algo más, descubrió que los Guardianes del Estigio se habían quedado en la Cámara. Elis de Thanatos parecía esperar algo y algunos segundos después, con toda la calma del mundo, se acercó a los Santos. Atrás de él venían los otros seis Guardianes.
– Atenea se ha marchado –sentenció con voz calmada.– Ahora sí, no hay justificación alguna.
– ¿Para qué? –preguntó Seiya, advirtiendo en su propio tono el desafío que siempre mostraba hacia los enemigos de la Orden.
Elis lo miró con desprecio y sonrió.
– El asunto no es contigo, Caballero de Plata. Vete a dormir.
Le dio la espalda a Pegaso, quien no supo si aguardar o hacer un berrinche, y se dirigió hacia Aioria. El joven León lo miró con obvio desagrado.
– Dame tu Tresor, Santo de Leo –ordenó Thanatos.
A esas palabras, la Orden volvió a ponerse en guardia. Milo miró a Moo con inquietud, casi preguntándole qué hacer, pero no obtuvo respuesta.
– Atenea no me lo pidió –respondió Aioria con gesto indiferente.– ¿Por qué he de obedecerte?
– Milord Hades no quiso humillarlos frente a ella, por consideración a su rango y amor a Atenea –afirmó Elis.– Sin embargo, los dos ya se han marchado y ustedes no serán humillados por su presencia.
Y añadió con mirada fría:
– Despójate del Tresor de Leo y dámelo.
Como de costumbre, Aioria cerró los ojos para no demostrar cuán furioso estaba.
– Me parece que no escuchaste a Moo de Aries, Guardián –respondió con arrogancia.– Sólo hay un modo en que lograrás que me lo quite.
Abrió los ojos y sonrió, con una extraña expresión de calma que Seiya no pudo comprender.
– Mátame.
Elis dio un paso hacia atrás.
– Tu deseo será una orden, Santo.
De inmediato, Thanatos activó su cosmo negro. Aioria, en reacción, encendió su aura dorada.
Milo sintió que lo sujetaban de una hombrera y, al voltear, encontró al Guardián de Cerbero.
– No sigas el pésimo ejemplo de tu amigo –ordenó– y dame el Tresor de Escorpio.
Los ojos de Milo relampaguearon y se esforzó en sonreír con el gesto burlón que tan bien le sentaba.
– ¿Tú y cuántos más van a quitármelo? –respondió, soltándose y poniéndose en guardia.
Aldebaran vio con burla al Guardián de Cíclope, el del cabello rojizo y protecciones sobre los ojos, que se le acercaba.
– Antes de que preguntes, ya sabes lo que voy a contestarte –amenazó con su acostumbrado tono amenazador y jovial a la vez.– ¿Te largas?
Cíclope sonrió.
– Me subestimas, Santo.
– ¡Muérete! –gritó Elis al lanzar su ataque contra Aioria.
Por un momento, el joven Santo se quedó paralizado. Le pareció que no podía activar su cosmo, aunque no supo explicarse por qué, y no pudo reaccionar de inmediato. En el último segundo, logró apartarse: el obscuro ken que Elis había convocado, al pasar junto a él, quemó su capa, y finalmente se estrelló contra una de las columnas.
– No vas a acabar conmigo si tratas de destrozarme poco a poco –sentenció Aioria, quitando de sus hombros los trozos de tela que quedaban, y se concentró para lanzar el Relámpago de Voltaje.
Elis sonrió. Y a pesar de que ya había sido atacado, hasta entonces Aioria notó que algo estaba mal. Su cosmo seguía sin responder.
"¿Qué demonios sucede?", se preguntó, tratando de mantener la concentración. "¡Nunca me ha pasado esto, ni siquiera cuando he estado herido! Es como si..."
Miró a Thanatos. A su alrededor flotaba su aura negra semejante a una sombra.
"¡Como si me estuviese robando el cosmo!"
– ¿Ya te convenciste de que no tienes más opciones, Santo? –preguntó Elis con burla.– Ahora sí puedo cumplir tu deseo.
– ¡Guardián!
Elis miró por sobre su hombro y escuchó:
– ¡Lluvia de Meteoros!
La serie de golpes que Elis recibió en la espalda lo distrajo lo suficiente para que Aioria recuperara un poco de su energía. Para no variar, Seiya había sido muy oportuno.
En eso, el suelo se estremeció como si un rebaño de búfalos pasara corriendo por ahí.
– ¡Abandonen el Santuario de Atenea! – exclamó la grave voz de Aldebaran mientras atacaba al Guardián de Cíclope.
Éste lo esquivó sin recibir daño alguno y el golpe dorado partió en dos el grueso muro que estaba detrás de él.
– ¡Eres lento, Santo de Tauro! –exclamó.
Otra zona de la cámara se iluminó con un resplandor diferente. El Guardián de Caronte caminaba en círculos alrededor de la calmada figura de Shaka.
– Impresionas, Santo –reconoció, su obscura armadura reflejando el cosmo dorado de su enemigo.– ¿Puedes hacer algo más que eso?
Shaka no demostró reacción alguna y, con tranquilidad, sentenció:
– Aquel que desconoce el espíritu siempre se quedará rezagado en la forma.
En la confusión, el enmascarado Guardián de Hecatónquiro corrió hacia los Caballeros de Plata, que se habían separado para apoyar a los Santos. Se detuvo a un par de metros de Shun y lo señaló como si lo acusara.
– ¿Por qué no se marchan de una vez? –preguntó Andrómeda cual era su costumbre, aunque esta vez fue con los dientes apretados.– ¿No entienden que no les van a dar los Tresors?
Cuando Hecatónquiro activó su cosmo, Shun notó que era negro pero que tenía un filo en un color más tenue que no alcanzó a definir. En respuesta, sujetó la Cadena Cuadrada. "Vamos, dame un motivo", pensó, como si buscara un pretexto para vengar en alguien la muerte de Ikki.
Hecatónquiro, como si lo comprendiera, dio un paso hacia él.
– ¡Ataca, Cadena Nebular! –exclamó Shun, dejando correr los eslabones.
La cadena avanzó hacia el Guardián, pero se detuvo justo antes de tocarlo. Shun le dio un tirón, pero no reaccionó.
"¿Qué pasa?", pensó, angustiándose. "¡La cadena no responde!"
Aún más, Hecatónquiro comenzó a mover las manos en círculos y la cadena las siguió, como si fuera una serpiente hipnotizada. Shun trató de recuperar el control, pero no lo logró y las dos cadenas cayeron exhaustas, cual si no pertenecieran a su armadura. Antes de que lograra alzar la vista, sintió que Hecatónquiro lo golpeaba en la cara, arrojándolo hacia el muro.
Estaba tan confundido que casi no sintió el impacto que recibió en la espalda. ¿Qué le había ocurrido a la cadena? Hecatónquiro extendió la mano para darle un golpe de espada y corrió hacia él, listo para cortarle el cuello.
Una corriente de aire helado lo detuvo en su sitio.
– ¿Te gusta atacar a los caídos? –preguntó Hyoga, sus dedos entrelazados en la pose del Kholodnyi Smerch.– Entonces, me das permiso de interferir en su pleito.
– ¡Aguja Escarlata! –se escuchó desde otro lado de la cámara.
El Guardián de Cerbero había, con muy poco tacto, tratado de quitarle el casco del tresor a Milo. Pero el problema era que Milo no había notado cuando se le acercó. Había jurado que lo veía de frente cuando sintió que alguien tiraba de su tiara. Y lo mismo ocurría en ese momento: cuando el rayo rojizo se clavó en el Guardián, alguien lo golpeó por detrás.
Al voltear, vio a... ¿Cerbero? ¿Cómo...?
Su sexto sentido le indicó que mirara hacia su derecha. Cerbero también estaba ahí.
"¡Me estoy volviendo loco!", se dijo Milo, tratando de no demostrar su inquietud.
Los tres Cerberos intercambiaron una mirada y se abalanzaron sobre el Santo. No eran reflejos, sino réplicas completas. En eso, dos figuras detuvieron a sendos Guardianes mientras Escorpio eludía el ataque del tercero.
– ¡También podemos verlos, Milo! –exclamó Marine, llamando la atención de uno mientras Shaina se ocupaba del otro.
Los ojos de Shiryu relampaguearon cuando el Guardián de Erina se le aproximó. Su negro cosmo estaba activado, pero no era su apagado tono lo que molestaba al Caballero. Más bien, era la expresión de intensa tristeza que dominaba al Guardián, su largo cabello plateado saliendo por debajo de su casco. Y más que el rostro, la voz.
– No tiene caso que resistas, Caballero –decía, su tono monótono como el de un encantador.– ¿Cómo puedes imaginar siquiera que un pecador como tú...
Shiryu sintió que su corazón se detenía. ¡No podía ser, estaba escuchando...!
–... Joven Dragon, pueda vencer a los Guardianes del Estigio?
– ¿Roshi? –murmuró el Caballero.
Era la voz del Anciano Maestro. ¡Pero él estaba muerto! ¿Cómo podía hablarle por medio de Erina?
El Dragón se quedó quieto, incapaz siquiera de llevarse las manos a los oídos o de alzar su escudo. Erina se aproximaba cada vez más, su gesto de pesar trocándose en amenaza.
– ¡Shiryu, no!
La voz de Jabu logró que Dragón saliera del trance justo cuando Erina se disponía a golpearlo. Casi por inercia, Shiryu esquivó el ataque, pero supo que escuchar la voz de Dokho como si estuviera vivo se había convertido en una desventaja. Jabu, a pesar de su nivel de Bronce, no se separó de su compañero.
Shaka, con toda la paz del mundo en su expresión, liberó un ataque luminoso contra Caronte. Éste lo eludió y, en respuesta, llamó a su aura negra.
– ¿Un ataque de luz, Santo de Virgo? –preguntó.– ¿No sabes que la luz se ahoga en la obscuridad?
Shaka sonrió débilmente.
– ¿Sonríes acaso porque no ves lo horrible de tu destino? –preguntó Caronte, su voz volviéndose muy sutil.– ¿Por qué no abres los ojos?
– No te conviene que lo haga –respondió el Santo sin borrar su sonrisa.
La tensión en el aire creció tanto que casi podía sentirse la electricidad que fluía entre Santo y Guardián. En eso, Aldebaran lanzó otro ataque; la sacudida se combinó con esa corriente de energía y cuarteó las columnas y parte del techo. Trozos de roca y mucho polvo comenzaron a caer sobre los combatientes.
Seiya sintió que le caía polvo encima y, en lo que sacudía la cabeza para alejarlo de sus ojos, dio una rápida mirada alrededor de la Cámara. Thanatos parecía tener suficiente con Aioria y con él. Mientras, Aldebaran se enfrentaba contra Cíclope, y Shaka, todavía sonriendo, contra Caronte. Milo, Marine y Shaina peleaban contra.... ¿tres Cerberos? Hecatónquiro insistía en atacar a Shun, a quien Hyoga ayudaba, y Shiryu y Jabu se habían unido contra Erina. Si eran más que los Guardianes, ¿por qué no podían detenerlos?
Las palabras de Sigfried resonaron en su mente. Los Guardianes del Estigio no se parecían a nada que hubieran enfrentado antes. ¿En verdad creyó que estarían preparados contra ellos?
En eso, vio que dos guerreros permanecían quietos, uno frente al otro y mirándose en silencio. Moo de Aries y Nox de Hypnos se enfrentaban sin necesidad de atacarse, sus cosmos encendidos pero sin mostrar su agresión. Hasta entonces, Seiya recordó que nunca había visto un ataque de Moo, aunque según Shiryu hasta el mismo Deathmask le había temido.
El rostro de ambos era serio, los ojos violeta del Santo de Aries reflejándose en la mirada transparente del Guardián de Hypnos y viceversa. Se estudiaban uno al otro, aunque permanecían quietos. Seiya apenas salió de su contemplación al escuchar que Aioria le advertía sobre otro ataque de Thanatos.
Un relámpago luminoso cruzó entre Moo y Nox, sin saberse bien quién lo había lanzado. Como escapando del trance, los dos exclamaron al mismo tiempo:
– ¡Santos!
– ¡Guardianes!
En una respuesta inmediata, los combates se detuvieron. Todos miraron a Nox y a Moo, y el primero sentenció con voz lo bastante fuerte como para que todos lo escuchasen.
– Los Santos Dorados no permitirán que los despojemos de sus Tresors.
Moo, en respuesta, afirmó:
– Los Guardianes del Estigio no descansarán hasta quitárnoslos.
– Sólo hay una manera de solucionar esto –continuó Nox.
– La conocemos –dijo Moo con tranquilidad.– Y estamos de acuerdo en ella.
Nox miró a sus compañeros, haciendo un gesto con la cabeza. En respuesta, cada Guardián dio dos pasos hacia atrás, alejándose de aquéllos contra los que peleaban. Al ver la expresión de Moo, los otros cuatro Santos pusieron distancia entre ellos y los Caballeros.
– ¡Ahora! –gritó Nox.
Los Siete Guardianes corrieron hacia afuera de la Cámara, sus capas flotando detrás de ellos. Los Santos los siguieron a la velocidad de la luz, separándose con velocidad de los otros, y sin mirar hacia atrás. Sólo Aioria vio fugazmente a Marine, quien asintió en respuesta.
– ¡Esperen! –gritó Seiya, tratando de seguirlos.
Todos lo imitaron. Sin embargo, Marine se adelantó, de un golpe cerró la puerta y les impidió el paso.
– ¡No salgan! –ordenó.
Los Caballeros se detuvieron, mirando a la Amazona de Águila con incredulidad.
– ¿Qué dices? –preguntó Seiya con ojos relampagueantes.– ¡Apártate, se van a escapar!
Antes de que Marine respondiese, escucharon una explosión. A través de la rendija de la puerta vieron luz dorada y negra.
– Dios mío... –murmuró Hyoga, apretando las manos.
– ¡Van a matarlos! –exclamó Shun, palideciendo.
Seiya sujetó a Marine de los hombros, pero ni así la amazona se apartó de la puerta.
– ¡Por favor, déjanos pasar o tendré que quitarte! –ordenó.
Si iba a negarse, a acceder o a confesar por qué lo hacía, Marine no tuvo oportunidad de decirlo. Un rayo de luz golpeó contra la Cámara del Maestro, destrozando las ya de por sí dañadas columnas. A primera impresión, pareció que era un ataque dorado.
La Cámara comenzó a derrumbarse. Pero antes de que lograsen escapar del lugar, Seiya sintió una especie de barrera invisible que le impedía moverse. Y eso fue lo último que pensó cuando el techo cayó sobre él y sus amigos.
No logró contar cuántos daimons se inclinaron ante ella y su tío mientras entraban al Palacio del Tártaro. Más bien, no quiso hacerlo. Había calculado alrededor de cincuenta sólo en la entrada, sin sumarlos a las decenas que vio entre las Tres Murallas de Bronce. El sitio estaba lleno de soldados. Era una prisión y una residencia a la vez, y su hogar por el resto del Tiempo.
Saori-Atenea ignoraba lo que ocurría en la superficie. Hades y ella habían entrado al Reino de los Muertos y cruzado la Estigia sobre una de las destartaladas barcas que flotaban en su orilla. Había notado que, a su paso por la región del Erebo, no podía percibir más cosmos que los que se encontraban en el Tártaro. Los Siete Guardianes no los habían acompañado, y eso le provocaba un mal presentimiento; sin embargo, Hades no dio explicaciones y ella no las pidió.
¿Cómo estarían los Santos? ¿Los Caballeros?
¿Seiya?
Era la primera vez, desde que conoció su verdadero nombre, que se encontraba casi limitada a su propia mente y descubrió que había perdido la costumbre.
El pensamiento de que jamás podría sentir los cosmos de sus amigos la entristeció tanto que no prestó atención a la plática de su tío. La única esperanza de la joven había sido consolarse sabiendo que estaban bien y que, de un modo u otro, seguían adelante con sus vidas. Pero hasta eso le había sido negado. Sabía a la perfección que, de haber muerto y cumplido el Ciclo, sí se le habría concedido tal percepción: la separación física habría sido igual, pero su espíritu habría permanecido con ellos por siempre. ¿Al menos tendría el derecho de rezar por los suyos o eso también le sería negado?
A lo largo de las antecámaras, las salas de recepción y el espacio destinado a que los recién llegados aguardasen, Atenea vio decenas de daimons y sirvientes que se inclinaban a su paso. Como una leve inspiración, pensó en si podría conversar –al menos– con alguno. Sin embargo, no encontró rostros, sino perfiles ocultos por largas capuchas de color marrón. Y nadie murmuró una palabra.
Notó que las altas columnas del palacio se perdían hacia el techo, y el blanco mármol del piso era cubierto en algunos lugares por gruesas alfombras de tonos obscuros. Al llegar al área central de la construcción, descubrió que no había un cielo raso inmediato. Recordó que, desde el exterior, había visto que el Tártaro consistía en un edificio rectangular de cuatro altos niveles visibles con dos elevadas torres en dos de sus esquinas. En el edificio principal se concentraban las habitaciones y las demás cámaras, que rodeaban un patio interior rectangular. En el centro del mismo, había una fuente con agua tan clara como el cristal; ésta separaba esa área de un salón, probablemente de baile, de un invernadero delimitado por grandes muros de cristal. En su interior, alcanzaba a verse una colección de plantas terrestres combinadas con algunas del Averno. El único detalle extraño era la casi ausencia de flores. Cuando mucho, había algunos retoños blancos, semejantes a los asfodelos que crecían entre la primera y la segunda muralla.
Junto a la fuente, Atenea vio a una mujer. Era alta y delgada, con su negro cabello recogido en un peinado extraño, y con piel muy clara que resaltaba sus ojos violeta. Su túnica y brazaletes a la antigua usanza griega la hacían compartir el mismo espíritu clásico de Atenea, a pesar de que se veía mucho mayor. Saori sintió que la conocía desde siempre, aunque era la primera vez que la había visto en esa vida, y de inmediato percibió el nexo que existía entre ambas. Y se dijo que claro que la conocía, sólo que había sido en encarnaciones pasadas... y en la Era del Mito.
Hades se adelantó. Si la mujer había temido por su esposo, su preocupación desapareció en cuando correspondió a su sonrisa.
– Atenea, –afirmó el dios, orgullo destilando en la luz de sus ojos– ¿recuerdas a tu tía Perséfone?
Quizá en otra ocasión, la joven habría corrido a abrazarla, pues la recordaba y el cariño que sentía hacia ella acababa de revivir. Pero nada de eso debería estar sucediendo: Atenea debería estar muerta y reencontrándose con ellos en espíritu, así que se limitó a asentir y a sonreír débilmente.
Perséfone se le acercó, comprendiendo a la perfección lo que sentía.
– Te ves preciosa, sobrina –dijo sinceramente.– Pasan tus encarnaciones y no cambias nada.
– Gracias –murmuró la joven, inclinando la cabeza.
Hades también percibió el estado de ánimo de la joven diosa. E interiormente no pudo culparla.
– Éste será tu hogar desde hoy, Atenea –dijo, mostrándole los diferentes niveles del palacio y las ventanas cubiertas por elaborados vitrales.– Podrás ir y venir a tu antojo. Si deseas algo, los sirvientes te obedecerán de inmediato, o los castigaré –añadió, tratando de bromear pero sin conseguirlo del todo.– Lo único prohibido por el momento es que salgas de la Primera Muralla que encontramos al ingresar al Reino de los Muertos.
Cuando Atenea lo miró, Hades se desconcertó al encontrar tanta tristeza en su expresión.
– ¿Por qué, tío?
– Como te diste cuenta, el Erebo es una zona de irrealidad –explicó el dios con la paciencia de un padre.– No te afectó porque venías conmigo, pero si sales en este momento, podrías perderte en las ilusiones y caer en alguno de los Cinco Ríos del Erebo. Pero no te preocupes. Una vez que te acostumbres a esta tierra, podrás acompañarnos en nuestros paseos. Es sólo cuestión de paciencia.
Hades no logró soportar su mirada y vio hacia la fuente.
– Apenas tu personalidad humana se funda con la divina, ya no habrá problema alguno –comentó, recordando la justificación original que había usado a su reencuentro, y añadió en tono cariñoso.– Y ahora, ¿qué quieres hacer? ¿Quieres algo de comer?
Atenea, en respuesta, bajó la mirada. Perséfone sintiendo el pesar que la dominaba, dijo:
– Está muy cansada. Han sido días de tensión para todos. ¿Por qué no permites que se retire a sus habitaciones?
– ¿Te gustaría, sobrina?
Saori, sin verlo a los ojos, respondió:
– Será lo mejor.
Hades y Perséfone intercambiaron una mirada. En ella había preocupación y reproche.
– Ven conmigo, Atenea –dijo la diosa.– Te llevaré a tu cuarto.
– Sólo un momento –interrumpió Hades.– Falta un detalle.
Con suavidad, tomó a Saori-Atenea de la mano con que sujetaba la Nike y le quitó el báculo. Ella no ofreció resistencia.
– Nike debe quedarse aquí, en la capilla –afirmó, señalando una pequeña cámara cercana al invernadero.– Siempre que lo quieras, puedes bajar a rezar ahí.
– ¿Y los Tresors?
Hasta entonces, Perséfone notó que en la entrada al invernadero se habían materializado siete Armaduras Doradas que formaban los signos de Géminis, Cáncer, Libra, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis, y miró a su esposo con sorpresa. ¿Se había atrevido a tanto?
Y también descubrió que no habían regresado los Guardianes del Estigio.
– En el segundo nivel hay una habitación especial para Armaduras –respondió Hades, tratando de ignorar la mirada de su esposa.– Permanecerán en ese sitio y quizá algún día puedan volver a la superficie.
Atenea lo miró a los ojos de nuevo y, con sinceridad, dijo:
– Gracias por haber permitido que mis Santos vivos conservaran sus Tresors.
Hades no respondió.
– Bueno, ya fue suficiente plática –interrumpió Perséfone, notando la nube negra que pasó frente al rostro del dios.– Ven conmigo, sobrina.
Al encontrar su mirada, Saori-Atenea no logró contener una sonrisa, aunque fue muy débil. Encontró tristeza y añoranza en aquellos ojos violeta, pero también una especie de alegría por su reencuentro que la alentó un poco.
Las dos mujeres empezaron a subir por la escalera que las guiaría al cuarto nivel, donde estaba la habitación de Saori. Perséfone decía mil y un frases que tal vez no venían al caso, pero que distrajeron a la joven. Hades permaneció en la fuente, observando cómo se marchaban. Y se preguntó si su esposa no habría tenido razón desde el principio, y si él había sido demasiado obstinado y orgulloso como para reconocer que un dios puede equivocarse.
El sol tocó su cara con su suave calidez. Desde niño no había sentido algo semejante, y eso sólo cuando se tiraba sobre el pasto y cerraba los ojos, deseando que le salieran pecas. Por alguna razón, siempre quiso tenerlas. Seika tenía unas pecas diminutas cerca de la nariz, y se las envidiaba.
Pero no, no estaba sobre el pasto de ningún jardín. Tampoco era el sol de medio día, sino el del amanecer, y como todo amanecer que sigue a una tormenta, era demasiado brillante. Con trabajo, entreabrió los ojos. Lo primero que vio ante sí fue la nublada silueta de una cara pecosa.
– ¿Estás bien, amigo Seiya?
Pegaso intentó levantarse, pero no le fue fácil. Sentía cómo protestaba cada hueso de su cuerpo; con lo poco que alcanzó a incorporarse, descubrió que una de sus piernas estaba atrapada bajo una pila de escombros.
– ¿Dónde estamos, Kiki? –preguntó, la voz ronca por el polvo que había respirado.
Kiki, silbando, miró a su alrededor.
– Te diría que estamos en la Cámara del Maestro, pero parece que ésta ya no existe. ¿Qué ocurrió aquí?
De un manotazo, Seiya retiró los escombros que detenían su pierna y se levantó, un zumbido constante dentro de su cabeza. Descubrió que Kiki no venía solo; a su lado, estaban June y Sunrei.
Y recordó qué había pasado. Los Santos y los Guardianes se enfrentaron con todo el poder de sus ataques. Un rayo perdido derrumbó la Cámara y él no había podido escapar porque Marine...
¡Dioses, Marine y los otros!
– ¿A quién más encontraron? –gritó, sus ojos reflejando su desesperación.
– ¿Había alguien más contigo, Seiya? –preguntó June.
De momento, Pegaso no pensó en el susto que les provocaría y respondió:
– Todos, menos los Santos Dorados.
Sunrei y June contuvieron la respiración.
– Shiryu... –murmuró la primera.
– Tranquilízate –dijo June, aunque le temblaban las manos.– Si Seiya está bien, es posible que los otros también lo estén.
"Espero", pensó, mordiéndose los labios.
Seiya se acercó a la pila de escombros, preguntándose qué demonios hacer. No podía usar la Lluvia de Meteoros o podría herirlos, y entre ellos cuatro tardarían demasiado en retirar todas las piedras.
"¿Qué ocurrió?", pensó. "Si fueron los Guardianes, es lógico que intentaran detenernos. Pero, ¿y si fueron los Santos?"
Miró hacia el cielo, que se había despejado casi en su totalidad.
"Saori, ¿estás bien?"
Sunrei, sin esperarlo, se acercó a una pila de escombros. June, detrás de ella, sentenció:
– No vamos a encontrar a nadie si no empezamos de una vez. Sunrei, ¿crees poder quitar esas rocas?
Al mirar a la joven oriental, la Amazona encontró la mirada más decidida que había visto en su vida. Y vaya que había conocido a gente obstinada.
– Haré lo que sea necesario –respondió, su voz demostrando ternura y valentía.
De dos pasos, Seiya se les unió aunque sus huesos protestaron.
– Amigos, –escucharon a Kiki detrás de ellos– ¿puedo ayudar?
– Serías muy egoísta si no lo hicieras –respondió Seiya, sin voltear a verlo.
– Entonces, quítense de ahí.
Pegaso ya iba a arrojarle una piedra cuando vio que, a su alrededor, los escombros comenzaban a elevarse y flotar. ¡Kiki es un condenado telekinético!, recordó mientras le hacía la seña a las muchachas para que se apartaran. Por supuesto que Appendix no lograría elevar todo lo que fue la Cámara del Maestro, pero podrían ir por zonas.
Lo que Kiki alzaba en ese momento era uno de los montones más grandes de escombros. Abajo, cubiertos por una gruesa capa de polvo, encontraron a Shaina, el rostro contra el suelo, y a Shiryu que había tratado de protegerla con su propio cuerpo. Cerca de ellos, Jabu tosió al sentir que el aire fresco volvía a entrar a sus pulmones. Entre Seiya, Sunrei y June, les ayudaron a levantarse (movimiento con el cual Dragón recuperó la conciencia, Unicornio siguió tosiendo y Shaina entreabrió sus aceitunados ojos), mientras el niño-elfo les hacía señas para que se apuraran. Aunque no sujetaba directamente las rocas, empezaban a pesarle.
Al tercer intento, encontraron a Marine. De un vistazo, notaron que su máscara plateada había caído a un lado. Pero antes de que Seiya pudiese acercársele (tanto para ayudarla como para comprobar si su rostro era el de Seika), June se le adelantó. Despertó a Marine y le protegió la cara con la máscara. Fuera de un golpe en el brazo, parecía estar bien.
Encontrar a Hyoga y a Shun fue más difícil. Kiki ya había elevado casi la mitad de la Cámara, las pecas empezando a brincar en su nariz por el cansancio, cuando los encontraron bastante alejados de donde habían estado los demás. Era como si el rayo que destruyó el lugar también los hubiese impulsado hacia allá. Hyoga, al abrir los ojos y ver tanta luz, se preguntó si había vuelto a Asgaard, donde la nieve brilla cuando no hay tormenta, pero cuidó bien de guardar ese pensamiento para sí. Shun lucía un moretón cerca del ojo derecho, pero no se debía al derrumbe sino al golpe que Hecatónquiro le dio en la cara. Mientras Seiya y Shiryu les ayudaban, June no pudo contenerse y gritó:
– ¡Tienes el don de meterte en líos cuando no estoy!
– ¡Luego lo regañas! –exclamó Kiki, quien comenzaba a ponerse morado.
Un rato después, cuando todos recuperaron el aire (Kiki incluido), descubrieron que nadie estaba realmente herido. Era como si algo los hubiese protegido a pesar del derrumbe.
– Pues a los Guardianes no les resultó su plan –afirmó Seiya, viendo su recién estrenada capa reducida a jirones.– Ni nos hirieron ni nos mataron. El lugar es un asco, pero todos estamos bien.
– No lo sé, Seiya –opinó Shiryu, llevándose la mano al mentón e internamente contento de que Sunrei estuviese junto a él.– ¿Estás seguro de que fueron los Guardianes?
Jabu, quien se encontraba un poco más cerca del grupo de lo usual, dijo:
– ¿A quién le interesaría detenernos? Sólo a ellos.
Shiryu, pensativo, repuso:
– Me pareció ver que el rayo que descubrió la Cámara era dorado.
– Sería un accidente –dijo Shun.
– ¿Conservando tanto poder a esa distancia? No, no lo creo.
Seiya miró a Marine, quien estaba separada de ellos. He ahí alguien que conoce la respuesta, se dijo, pero que no va a confesarlo. Ni aunque la obligue y mucho menos si le suplico.
Kiki ya había regresado a su color normal, así que a nadie le extrañó ver sus pecas bailando de nuevo sobre su nariz cuando preguntó:
– ¿Y los Santos, dónde están?
– ¿Y Atenea? –preguntó June.– No se siente su presencia en el Santuario.
Nadie les respondió de inmediato, aunque sí intercambiaron una mirada.
– Atenea debe estar en el Palacio del Tártaro –dijo Hyoga, el único capaz de formar la frase y expresarla.– Lord Hades se la llevó consigo.
La antes amazona recordó que Shun le había comentado algo sobre el Señor del Averno. Quiso preguntar cuándo volvía, pero el ánimo general le mostró que su ausencia sería para siempre.
– En cuanto a los Santos, –prosiguió Cygnus– no lo sabemos. Lo último que vimos de ellos era que peleaban contra los Guardianes.
– Sus cosmos han desaparecido –explicó Shaina al ver la mirada de espanto de Kiki.– O lograron seguirlos hacia el Averno...
Al decir eso, volteó a ver a Marine, pero no mostró reacción alguna que la delatara.
– O están muertos –concluyó Seiya.
Se hizo el silencio de nuevo. Una suave brisa comenzó a soplar, alejando las nubes y el polvo pero entristeciéndolos a todos.
– ¿Eso significa–preguntó Shun, sus ojos casi sin brillo– que nosotros somos todo lo que queda de la Orden del Zodiaco?
No obtuvo respuesta. Pero todos la conocían.
Era la habitación más bonita que había tenido en su vida. Estaba decorada en tonos pastel, con todos los accesorios en color plata. El cobertor de su cama combinaba con las alfombras y las cortinas, y un delicado trabajo de costura había creado flores artificiales para los jarrones. De momento, Saori-Atenea se sintió de nuevo en la Fundación Galahaad, donde su abuelo le decoraba su cuarto de modo semejante, sólo que lleno de muñecos de peluche, flores naturales y libros de astrología y mitología en los estantes. Sin duda, su tío había dispuesto que fuera el sitio perfecto para ella, pero los detalles revelaban la intervención de su tía.
– ¿Te gusta, Atenea? –preguntó Perséfone, aunque la respuesta era obvia.– Temí que fuese un poco aniñado, así que si quieres cambiar algo, sólo tienes que decírmelo.
Saori se había sentado sobre su cama, la alfombra hundiéndose a cada paso que había dado hacia ella. Llevaba un par de horas escuchando la plática casual con la cual Perséfone trataba de distraerla, pero no recordaba a bien de qué habían hablado.
– Es hermoso, tía –respondió con gratitud.– Me recuerda mucho uno que tuve hace años.
Perséfone se dirigió hacia una de las ventanas para correr las cortinas.
– Según me contó tu tío, durante algún tiempo viviste como humana –comentó, sin aludir al hecho de que precisamente por ello se encontraba atrapada en el Tártaro.– ¿Fue en esa época?
Atenea suspiró. De momento, se sintió como una niña pequeña de nuevo. Perséfone suspiró, acomodando la cortina con un lazo.
– Nunca he tenido una vida de humana. ¿Cómo es?
Aunque Saori no se sentía con muchas ganas de conversar, quería mucho a su tía y dijo:
– Es curioso. Sientes que eres el centro del mundo y que todo gira alrededor tuyo, por más que lo que aprendes te demuestra que no es así. La gente piensa mucho en el futuro, pero sólo se preocupa por el hoy y por lo que ya pasó. Y todos, aunque se traten con respeto, son menos ceremoniosos y mucho más cálidos. Te llaman por tu nombre y no por tu invocación.
– ¿Un nombre? –preguntó Perséfone.– ¿Tuviste otro nombre?
– El hombre que me crió –y al llegar aquí, los ojos de Atenea se volvieron muy tiernos– sabía que un mal terrible que acechaba en Grecia y, como era japonés, me escondió en el Oriente. Nunca me dijo cuál era mi verdadero nombre, así que me dio uno humano.
– ¿Y cuál era?
– Saori.
Perséfone murmuró el nombre, sintiendo un deleite incomprensible al hacerlo. Era hermoso, o tal vez le pareció así porque desconocía los nombres humanos.
– Pues ese hombre debió amarte mucho para llamarte de ese modo –opinó mientras se dirigía al armario.
– El abuelo... digo, el señor Mitsumasa Kido, no tuvo hijos –explicó Saori, tomando uno de los muchos almohadones de su cama.– Decía que yo era un regalo del Cielo.
¡Qué curioso era el humor humano!, pensó Perséfone. Sabiendo quién era realmente, aquel hombre la había cuidado a pesar del peligro que podría correr y de la falta de nexos familiares. Ella lo quería tanto que, incluso después de recordar su verdadero nombre, seguía llamándolo "abuelo". Y, comparado con los eventos recientes, se había portado más como un pariente que aquéllos que en verdad lo eran.
– Tía, –dijo Saori-Atenea, estrechando el almohadón contra su pecho– ¿puedo preguntarte algo?
– Si está en mí responderlo, lo haré con gusto.
Su sonrisa animó a Saori a continuar.
– ¿Hay algún modo de comunicarse con los vivos y con los muertos desde esta región?
De momento, Perséfone no respondió.
– Quisiera poder ver a mis amigos y saber que están bien –confesó la joven, suspirando.– Y uno de ellos murió hace poco.
Perséfone, quien había pensado en abrir el armario para mostrarle los vestidos que se habían confeccionado especialmente para ella, se le acercó. Se sentó a su lado.
– ¿Tus protectores? ¿Ellos son tus amigos?
Saori asintió. He aquí por qué no estaban dispuestos a permitir que se marchara, supo la señora del Averno. Mitsumasa Kido no fue el único que la amó. También ellos. Y el brillo de su mirada reflejó que tal vez había uno en especial y que al parecer era correspondido. Perséfone no quiso pedirle que le contara más para no entristecerla. Al fin y al cabo, tenían tiempo.
– El que haya muerto, –respondió, su intuición indicándole que era el mismo a quien su esposo había ordenado torturar– según sus acciones, se habrá quedado en los Campos del Averno o habrá ido al Campo Eliseo. Pero presiento que está allá.
– ¿Puedo ir a verlo?
– Tienes que esperar un poco a que tu cosmo se acostumbre a estar aquí. Cuando lo haya hecho, le ordenaremos a un daimon que lo localice y entonces lo visitaremos. El Campo Eliseo es muy grande.
– ¿Y a los demás?
– No podrás verlos hasta que ellos también mueran –y al ver la triste expresión de su sobrina, se apresuró a añadir.– Pero hay un modo.
Señaló hacia la ventana. A través de ella, alcanzaba a verse la torre que se encontraba enfrentada con aquélla donde estaba esa habitación. Saori-Atenea le prestó atención por primera vez y percibió una vibración muy extraña en el interior. Era una frecuencia diferente a la de los dioses antiguos y de los seres humanos. Poseía un extraño aire a... ¿eternidad?
– ¿La reconoces, Atenea? –preguntó Perséfone.– Es la Cámara de las Moiras.
Saori recordó a las tres mujeres en lo que su tía continuaba.
– Las Moiras son las encargadas de hilar y cortar los Cordeles Vitales de los seres humanos. Cuando los ves, eres capaz de observar sus vidas aunque estés a distancia. Apenas te acostumbres a este mundo, yo misma te llevaré con ellas.
– Las Moiras no permiten que nadie observe los Cordeles –recordó Atenea.
– A mí es a la única a quien dan permiso. Si voy contigo, no se negarán.
Saori la miró, expresando con ello la gratitud que Perséfone se había ganado. Pero su gesto seguía siendo triste. Jamás volvería a hablar con sus amigos y ellos tampoco sabrían cómo se encontraba, por mucho que pudiese mirarlos a distancia. La Señora del Averno lo percibió.
– Has tenido un día muy intenso, sobrina –dijo mientras se levantaba.– Es mejor que descanses. Si necesitas algo, llámame.
– Gracias, tía –murmuró Saori, estrechando aún más el almohadón contra su pecho.
– Trata de dormir, ¿de acuerdo?
Después de su último consejo, Perséfone se dirigió hacia la puerta. En el dintel, se detuvo y vio de nuevo a la joven de triste mirada. "No es nuestro huésped", pensó. "Es nuestra prisionera. Si sigue así, su cosmo se marchitará en esta tierra. Hades tiene que comprenderlo, pero ¿cómo?"
– Sé que el cambio es difícil, Atenea, y lo sé por experiencia –dijo, su voz mostrando completa sinceridad.– Sólo puedo asegurarte algo: es difícil, pero no imposible.
Y sonriendo, añadió:
– Estaré a tu lado para ayudarte. Te lo prometo.
Saori sonrió. Pero su gesto fue tan débil y había tan poca luz en sus ojos, que el mal presentimiento de Perséfone comenzó a convertirse en temor.
Hades se había quedado en el invernadero por horas, meditando en lo que había ocurrido y concluyendo que quizá había exagerado tanto en la obstinación como en la preocupación. No podía culpar a Atenea por haberse enojado con él después de la tensa situación en que ambos se vieron inmiscuidos, reconoció. Pero, ¿cuándo en sus vidas anteriores Atenea escuchó más a sus Santos y Caballeros que a él?, se respondió.
Comprobó que la última reencarnación había sido difícil y confusa, pero por fortuna ya no habría otra. Atenea permanecería en el Tártaro por siempre y ya no tendría que morir para regresar a la superficie cada doscientos años. Él le había regalado la vida eterna.
Entonces, ¿por qué no se la agradecía? ¿Y por qué él mismo no se sentía contento con su obsequio?
En cuanto a la preocupación, el tiempo sería lo único que le diría si se había equivocado o no. Porque no sentía que se hubiera equivocado, pero tampoco creía que estuviera completamente en lo correcto.
Por lo pronto, todo se encontraba a su favor. Nike estaba en la capilla, los Siete Tresors en una de las Cámaras y Atenea dentro del Tártaro. La Orden, en poco tiempo, quedaría atrapada en su propia dimensión. Al menos ninguno intervendría hasta que su sobrina se adaptara a su nueva vida.
Aún así, se sentía culpable. Atenea creyó que le había permitido a los Santos conservar sus Tresors, cuando en realidad le ordenó a Elis de Thanatos que los matara y los obtuviera. No era correcto que un dios se portara así. Pero bueno, lo que ella no supiera no le haría daño. Bastaría con restringirle el paso a la Cámara de las Armaduras hasta que hubiese aceptado su nueva realidad y no protestase por personas con quien nunca debió tener una relación cercana.
Vio que Perséfone pasaba a lo lejos. Estuvo seguro de que venía del cuarto de Atenea y que ella también lo había visto, pero en una conducta extraña, no quiso hablar con él. Hades decidió que tampoco la buscaría ni trataría de acercársele de inmediato. Su plan le había ganado un par de conversaciones poco agradables con su esposa, y deseó que fueran las únicas. Ni todo el poder del universo valía la pena si la perdía.
¿O sí?
Ese último pensamiento lo confundió. ¿Acaso comenzaba a dudar sobre qué era lo más importante para su corazón, cuando todo lo había planeado para que Perséfone volviera a la superficie? Por fortuna para él (o al menos así quiso verlo), escuchó que un grupo de personas se acercaba.
Los Siete Guardianes del Estigio.
Su escolta se detuvo a una distancia respetuosa, hincando rodilla en tierra e inclinando la cabeza. De una mirada, Hades notó que ya no traían sus capas y que parecían venir de una batalla. Elis de Thanatos, después del gesto ceremonial, se incorporó y dio dos pasos al frente.
– ¡Saludos, Lord Hades, Señor del Averno!
Hades, poniéndose de pie, le devolvió el saludo.
– Dime Elis, ¿dónde están los Tresors que faltaban?
– Me temo que no vienen con nosotros, Milord.
Ante la mirada de reproche del dios, Elis inclinó la cabeza. Sin embargo, no intentó justificarse ni disculparse, y con gran dignidad explicó:
– Los Santos se negaron a entregarnos sus armaduras. Dijeron que preferían morir a hacerlo.
Hades comenzó a caminar por el invernadero mientras Elis lo seguía a distancia. Sus compañeros permanecieron en el lugar donde se habían quedado. Al escuchar las palabras del Guardián, Hades asintió. La Orden del Zodiaco era tan extraña...
– Combatimos en las cercanías del Templo porque nos presionaron tanto que temí que pudiéramos necesitar refuerzos –prosiguió Thanatos, su voz firme y humilde a la vez.– No se nos acercaban y nosotros preferimos atacarlos a distancia. Comprendí que lo único que podíamos hacer era unir nuestros cosmos y atacarlos con energía pura, pero ellos hicieron lo mismo y el choque de auras motivó una explosión.
Hades, sin mirarlo ni detenerse en su lento paseo, preguntó:
– Ustedes sobrevivieron, por lo que veo. ¿Y ellos?
– Nosotros tuvimos suerte –admitió Elis.– La explosión nos arrojó hacia este mundo y el Averno nos protegió. Por eso pudimos sobrevivir.
El dios lo miró por encima del hombro. El Guardián le sostuvo la mirada y fue Hades quien tuvo que apartarla.
– Desde esta tierra, –continuó el joven– alcanzamos a percibir que los cosmos de dos de los Santos se habían extinguido y, aunque no los vimos, podría jurar que murieron. Los otros tres estaban malheridos, pero escaparon y, por más que los rastreamos por medio del cosmos sin cruzar a ese mundo de nuevo, no pudimos localizarlos.
Dos Santos muertos. Hades se esforzó en no escuchar a la conciencia que le reprochaba e insistió:
– ¿Y los Tresors de los que murieron? ¿Dónde están?
– No lo sé, Milord. Sólo alcancé a percibir rayos de luz dorada que se integraban al Santuario, como si hubieran desaparecido con sus propietarios.
Hades se detuvo, y Elis reaccionó igual aunque conservó su distancia. El dios dudó un momento en hacer la pregunta, pero finalmente dijo:
– ¿Quiénes fueron los dos que murieron?
– Aries y Virgo, Milord.
El dios no respondió de inmediato. Recordó que Moo había sido el que impidió que Atenea lo acompañara al Tártaro la primera vez que se reencontraron y el mismo que se negó a que entregaran los Tresors. Las pocas palabras que habían intercambiado bastaron para demostrarle que, de haber sobrevivido, habría tenido que cuidarse mucho de él. Sobre Shaka, en cambio, no había sabido mucho, pero había percibido en él un cosmo tan poderoso que, sin querer, se alegró de no tenerlo que enfrentar en el futuro.
– Milord, ¿quiere que regresemos a buscar los Tresors y a acabar con los demás?
– No Elis. No por el momento.
En su caminata, se había acercado a una de las regaderas principales. El agua clara y brillante le recordó la expresión de los ojos de Atenea en su primer reencuentro. Y también los de Perséfone.
– No quiero que mi sobrina sepa lo que ha ocurrido o intentará escapar. Si entra al Erebo, estará en peligro –afirmó, dando así la orden implícita de que no se le informara nada.– En cuanto a los Tresors y a los Santos que siguen vivos, es cuestión de tiempo.
Miró de nuevo a Thanatos y añadió:
– Atenea no debe descubrir que hay actividad entre ambas dimensiones. Ya tendremos la oportunidad de regresar en el futuro. Además, el portal no tarda en cerrarse y no conviene mantenerlo abierto por más tiempo.
Elis saludó y se disponía a retirarse cuando Hades, sin mirarlo, preguntó:
– ¿Y los demás Caballeros?
Thanatos sonrió cuando respondió:
– Deben estar muertos. Todos se encontraban dentro de la Cámara del Maestro cuando fue destruida y se derrumbó sobre ellos.
– Creí que habían peleado cerca del Templo.
– Lo hicimos –señaló el Guardián.– Pero me pareció que Aries mismo fue quien destruía la Cámara.
Hades frunció el ceño. Eso era bastante extraño y se preguntó si no debían prepararse para algún tipo de ataque. O quizá sólo estaba demasiado preocupado y las cosas eran más sencillas: al querer protegerlos, sin querer Moo los había matado. Los seres humanos eran demasiado complejos, más aún si pertenecen a alguna Orden.
– Gracias por tu reporte, Elis. Puedes retirarte.
Elis inclinó la cabeza, dio la vuelta y se reunió con sus compañeros para retirarse a sus respectivas habitaciones. Hasta entonces, Hades se dio cuenta de que había tomado una ramita sin darse cuenta y que la había roto, justo como las Moiras acababan de cortar los Cordeles Vitales de por lo menos dos de sus enemigos. No le agradó mucho pensar que cinco Tresors todavía se encontraban en Grecia, pero no se preocupó mucho. ¿De que servirían cinco armaduras doradas, la mitad del Escudo de Atenea?
Además, faltaba tan poco para que el portal de espacio volviera a cerrarse que no tenía caso insistir. Quizá en un par de años mandaría a los Guardianes por ellos. Apenas Atenea se acostumbrara a su reino.
"¿Qué me ocurre?", pensó de repente. "¿Desde cuándo le doy tan poca importancia a la vida ajena?"
De momento, recordó a su hermano Poseidón. ¿Estaba pareciéndose demasiado a él? Y aunque su mente no respondió, su corazón sí lo hizo.
"Supongo que siempre acabará aquí, sin importar en dónde haya comenzado", pensó Seiya, mirando las gradas del anfiteatro desde el escenario. "Y con los mismos cuatro que iniciaron. Todo comenzó en una arena y terminará en otra. Es triste."
No le importó que el sol brillara en todo su esplendor después de varios días de lluvia ininterrumpida. A Seiya le habría dado igual que lloviera, nevara o hiciera calor. ¿De qué sirven los cambios si el resto de tu vida será monótono, sin una razón para continuar y siendo prácticamente el único de tu grupo? Que hubiera nubes en el cielo, lluvia entre los árboles, nieve sobre el marco de la ventana, o los tres al mismo tiempo. Saori-Atenea ya no estaba con ellos.
Ya no estaba con él.
Había terminado el espectáculo llamado "La Orden del Zodiaco de Atenea", pensó con sarcasmo. El grupo había permanecido junto por dos años ininterrumpidos y uno más en presentaciones individuales a todo lo largo del mundo, comenzó a desvariar. Desde Grecia hasta Japón, de China a Siberia, de Etiopía a la mística tierra de Asgaard y bajo los siete océanos... Hubo protagonistas de todos los niveles, continuó: desde dioses antiguos reencarnados hasta Santos de oro y Caballeros de Plata y Bronce, con las actuaciones especiales de los Guerreros Divinos de Odin y los Siete Shoguns de Marina. Si durante la Guerra Galáctica hubieran sabido todo lo que iba a ocurrir, ¿cómo lo habrían promocionado? Quizá "¡vean todo tipo de personajes, jóvenes dedicados al bien, pecadores arrepentidos, aliados inesperados, avatares y princesas y las obstinadas fuerzas de lo obscuro! ¡Atestigüen una historia llena de vueltas del destino, con un mensaje para el espíritu (perdón, cosmo) y efectos especiales de primera calidad!"
Pero ahora que la función había terminado y la compañía se había separado, sólo quedaba guardar los disfraces y seguir con sus vidas. Si había manera de hacerlo.
Siguió pensando en la Guerra Galáctica, con sus gradas llena de gente aburrida que buscaba un poco de emoción en aquellos combates sin saber que observaba al grupo de elegidos que los salvaría de Poseidón. Y se preguntó, ante la gradería abandonada y ocupada sólo por los rayos del soy, si todavía había caso en repetir sus líneas: Soy Seiya de Pegaso, mi ken es la Lluvia de Meteoros y busco a mi hermana (de la que fui separado cuando niño), aunque el designio probable del autor de esta farsa es que sea la amazona enmascarada que me instruyó en Grecia. Y esos que vienen ahí serán mis compañeros en nuestras aventuras. Shiryu de Dragon, con el escudo más poderoso de todas las armaduras y el ataque de la Cólera del Dragón, alumno del hombre más sabio de China. Hyoga de Cygnus, el del Polvo de Diamante, cuya vida estará marcada por el arrepentimiento eterno y por los ojos de las mujeres. Shun de Andrómeda, portador de las Dos Cadenas, que oculta en su interior el ataque de la Tormenta Nebular porque se niega a ser violento...
Pero faltaban dos de los protagonistas, Ikki de Fénix y Saori-Atenea. Y los Santos Dorados que constituían la elite de la Orden. Así que se acabó, cada uno a su casa y limpien el escenario lo mejor que se pueda, que en algunos años otros tomarán nuestros disfraces y representarán la misma comedia.
Perdón. Lo olvidé. Ya no habrá otra representación. Nunca.
– ¿Encontraste algo, Seiya? –preguntó Shiryu, quien llegaba por el centro de las gradas.
Pegaso vio que Hyoga también se aproximaba, sólo que él por la izquierda, y que Shun venía por la derecha. Habían quedado de verse ahí a esa hora.
– Ni la menor señal –respondió Seiya, usando la mano para proteger sus ojos de los rayos del sol.– ¿Y ustedes?
Cada uno tomó inconscientemente su lugar acostumbrado. Cygnus se quedó en las gradas, Andrómeda en la primera fila, Dragón de pie cerca del escenario y Pegaso en el proscenio.
– No había nada –respondió Shiryu.– Ningún rastro de sus cosmos ni de las vibraciones de los Tresors.
– Es como si se los hubiera tragado la tierra –opinó Hyoga.– Por más que busqué en el área que me correspondió, no hubo forma de hallarlos. Entiendo que pudieran ocultar su cosmo, pero no la energía de las armaduras.
– Lo único extraño que encontré fue que había muchos daños cerca del Templo– dijo Shun.– Como si se hubieran dirigido hacia allá.
Seiya suspiró, apoyándose contra el muro de los camerinos.
– Así que no hay nada –murmuró.– Lo dicho: o están en el Averno o están muertos.
– ¿No habríamos encontrado sus cuerpos? –preguntó Shun.
Shiryu negó con la cabeza.
– Aquel que alcanza el Séptimo Sentido y muere no necesariamente deja un cuerpo atrás. La energía puede disolverte...
Pero no se atrevió a añadir "como ocurrió con mi maestro".
– Además, no sabemos qué gracias tengan los Siete Guardianes –concluyó Seiya.– Es posible que los mataran, se deshicieran de los cuerpos y se llevaran los Tresors al Averno. Jabu me comentó que al que llaman Thanatos parece ser capaz de absorber la energía de los cosmos ajenos. De ellos puede esperarse todo.
Silencio. Estaban como al principio, sin saber cómo actuar ni qué hacer. Sólo que ya no contaban ni con los Santos ni con Atenea, y menos aún con un plan de ataque.
– Entonces, no van a regresar –afirmó Hyoga, su mirada fría como el hielo.– No tienen a qué.
Y añadió, la voz igualmente fría.
– Y los Santos, aunque vivan, tampoco.
– ¿Te parece así? –preguntó Shiryu, cruzándose de brazos.
Cygnus asintió.
– Nos hemos dedicado a ver todo desde nuestro punto de vista, sin pensar en lo que sentía Atenea ni en lo que los Santos podrían haber planeado –y al decir esto, notó que Seiya fruncía el ceño.– Nunca nos pusimos en su lugar. Miren, Shiryu dijo que el rayo que destruyó la Cámara del Maestro era dorado y yo le creo. Y si me dicen, les diré que no fue un accidente, sino algo premeditado.
– ¿Quieres decir que nuestros propios compañeros nos atacaron? –preguntó Seiya, mostrando enojo en la expresión.
– No nos atacaron. Nos impidieron que fuéramos con ellos.
"Marine", recordó Pegaso.
– Seamos objetivos, Caballeros –continuó Cygnus.– Shun, no respondimos a tu pregunta sobre si somos todo lo que queda de la Orden del Zodiaco. ¿Tú qué piensas?
Shun alzó la mirada, los demás sin acostumbrarse a que sus ojos, antes tan luminosos, ahora fueran tan poco brillantes.
– Que si nos pasaba algo, la Orden del Zodiaco se habría acabado. No existen en el mundo suficientes personas para volverla a crear.
– ¡Un momento! –exclamó Seiya, dando un paso hacia ellos pero sin bajar del escenario.– ¿Dices que los Santos nos quisieron detener para que volvamos a organizarla sin ellos?
Como acostumbraba, Hyoga no respondió a modo de decir "sí". Seiya no fue capaz de creerlo y comenzó a reír nerviosamente.
– ¿Para eso nos dejaron atrás? ¡Dioses, si Atenea ya no va a regresar!
Una nube solitaria cubrió un instante al Sol.
– ¿Qué caso tenía que nos dejaran atrás? ¡Si los hubiéramos acompañado, quizá hubiéramos evitado que los mataran!
"O hubiéramos muerto con ellos", pensó Shiryu de nuevo sin comentarlo.
– Pero sin Tresors y con ella en el Averno por el resto del tiempo, ¿qué caso tiene? ¿Para qué hemos sufrido tanto en los años pasados? ¿Para acabar aquí?
¿Y para qué quería seguir adelante sin la causa que le daba sentido a su vida?
– ¿Qué propones que hagamos, Seiya? –preguntó Shiryu.– ¿Seguir buscando a los Santos?
– No están por aquí –murmuró Shun, su tono sin esperanza.– Ni ellos ni los Tresors. Sólo nosotros.
– Acéptalo, Seiya –concluyó Hyoga.– Todo acabó.
Pegaso apretó las manos en puños. A pesar de la distancia entre los cuatro, los demás notaron que temblaba de rabia mientras exclamaba:
– ¿Entonces qué? ¿Cada quien a seguir adelante, olvidando que alguna vez fuimos Caballeros? Dijiste que seamos objetivos. ¡De acuerdo, lo seré! ¡Ninguno de nosotros tiene nada más fuera de la Orden! ¿O qué pretendes? ¿Que Shiryu regrese a China y se convierta en campesino, como era su destino original?
– Seiya... –llamó Dragón, tratando de calmarlo. Pero Pegaso continuó sin hacerle caso.
– ¿Que Shun olvide que su hermano murió por culpa de Hades?
Andrómeda, abatido, inclinó la cabeza.
– ¿Que yo me quede aquí de guía de turistas?
Hyoga desvió la mirada.
– ¡Claro que tal vez a ti no te importe, Cygnus! ¡Nunca cuentas qué es lo que te pasa, pero es obvio que tú no tienes de qué preocuparte! ¡Tienes un lindo futuro en Asgaard!
– ¡Cállate!
Una ráfaga de aire helado pasó muy cerca de Seiya, congelando parte del camerino. Nadie, ni Hyoga mismo, supo en qué momento había activado su cosmo. Pero los trozos de hielo que cubrían las ruinas demostraban lo que había ocurrido.
– ¡Asgaard es un recuerdo, igual que la Orden e igual que Atenea! –dijo Hyoga, sus ojos mostrando un poco de tristeza bajo su frialdad.– ¡Así que deja de decir que mi vida está resuelta, porque aunque lo estuviera, no sería tan egoísta como para dejarlos!
Seiya lo miró en silencio, comprendiendo que algo grave había pasado en la tierra de la nieve y de la luna.
– Hyoga...
– Ikki tenía toda la razón del mundo –respondió Cygnus.– Ya es hora de que dejemos de actuar como niños.
Dicho esto, dio media vuelta y comenzó a subir por las gradas.
– ¿Qué vas a hacer? –preguntó Shun con tristeza.
Hyoga no respondió de inmediato, pero se detuvo.
– No lo sé –confesó.– ¿Alguno tiene ideas?
Seiya sintió que la furia volvía a llenar su corazón. No era posible que todo terminara de ese modo.
– ¡Demonios!–gritó.
– Si quieres golpearme, y eso te hará sentir bien, –dijo Hyoga, mirándolo por sobre el hombro pero en un evidente tono de disculpa– hazlo. Estás en tu derecho.
Sin darse cuenta, alrededor de Seiya había comenzado a flotar su cosmo azul-dorado. Miró a Hyoga con rabia por ser tan frío y por haber expuesto la triste realidad de su futuro. Cygnus tenía razón. Quería golpear a alguien.
Pero no a su amigo.
Con un rápido movimiento, Seiya golpeó la parte del camerino que estaba congelada y destruyó la columna. Y de inmediato apagó su cosmo, casi sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas.
Hyoga, sin decir nada más, volvió a subir por las gradas. Shiryu cerró los ojos. Shun bajó la mirada.
– ¿Qué es esto?
La voz de Seiya mostró la mayor de las sorpresas. Cuando los tres voltearon a verlo, lo encontraron hincado frente a los trozos de roca, extrayendo un objeto de entre los fragmentos de la columna. Y cuando descubrieron que estaba envuelto en una de las capas que se usaban en el Santuario en los días lluviosos, se acercaron.
Cuando Seiya desdobló el envoltorio no sólo encontraron el interior completamente seco (como debía haber sido la intención de colocarlo así), sino que pudieron percibir un aroma. Era una loción para hombre, no puesta a propósito, sino producto de envolver algo con la ropa de uno. Shun palideció al reconocer el olor.
– ¿Quién lo dejaría aquí? –preguntó Seiya, tratando en vano de localizar en sus recuerdos quién usaba esa loción.
– Ikki –murmuró Shun.
Los demás lo miraron. Shun continuó:
– Mi hermano sabía que acostumbramos reunirnos aquí. Debió haber sabido que tarde o temprano lo encontraríamos... ¡y quería que nos quedáramos con esto!
– Pero, ¿qué es? –preguntó Shiryu, mirando el paquete negro atado con un cordel que quedó descubierto al quitar la capa.
Seiya se sentó en el suelo para evitar que el contenido se dañara, y los otros lo imitaron. Quitó la capa y se la dio a Shun, quien la estrechó con manos temblorosas. Desató el cordel y desdobló el lienzo negro.
En el interior, protegida por una toalla blanca que olía al perfume de Saori, encontraron la carpeta que había escrito el abuelo de Ellen.
Las Moiras trabajaban como de costumbre. Hilar, medir, cortar. La rutina de siempre sobre algo tan variable como es la vida.
Por eso mismo no le prestaban atención a los millones de cordeles. Todos eran iguales. La muerte era la verdadera democracia que no otorgaba privilegios a reyes, nobles ni dioses antiguos, a pesar de que el Cordel Vital de Atenea estaba rodeado por una energía que impedía que fuera cortado.
Y por eso no les interesó que los cuatro cordeles más cercanos al de ella, que ya se habían tranquilizado, volvieran a vibrar intensamente. Y esta vez sí amenazaban con romperse.
– Esto es una belleza –opinó Shiryu, sin poder separar la mirada de los dibujos y letras hermosamente trazados.– ¿Quién pudo realizar un trabajo tan precioso?
Seiya, con cuidado, pasaba cada una de las páginas, deteniéndose en aquellas que sus amigos pedían ver con mayor detalle.
– No lo sé –respondió.– Pero tenía que ser Ikki quien lo guardara.
Algunos de los dibujos habían estado colocados al principio de la carpeta, como si se hubieran soltado y esperaran ser ubicados en el lugar correcto de nuevo.
Hyoga los veía, asombrado ante el detalle que se había puesto en los mapas y diseños de las armaduras y sonriendo al encontrar el modelo original de la túnica de Cygnus.
– Pues quien haya sido, sabía mucho sobre la Orden del Zodiaco –opinó.
Shun veía las páginas con atención y curiosidad, sin dejarse de preguntar de dónde había obtenido su hermano ese tesoro y por qué no se los había enseñado antes.
– ¿Para qué lo habrá dejado aquí? –preguntó, tomando el último folio al descubrir que no estaba empastado junto con lo demás.– Quiero decir, ¿para qué querría que lo encontráramos si hubiera sido más fácil que nos lo diera personalmente?
– Ikki era un misterio –respondió Seiya, encontrando el mapa de los campos de entrenamiento.– Pero esto es un magnífico libro de texto.
Y añadió con una sonrisa muy débil.
– Si el futuro de la Orden dependerá de nosotros, será muy útil.
Le molestaba pensar en ese futuro, pero algo era algo.
– ¡Vean esto!
A la exclamación de Shun, sus amigos miraron el folio que había tomado. Lo había abierto con el mismo interés con el que revisó el resto del manuscrito. Sólo que la primera página, después del número del capítulo, decía:
"El Fin del Ciclo. Hades y el Averno."
Mientras pasaban las hojas, leyeron con rapidez todo lo que sus Maestros y antiguos rivales les habían informado sobre el Final del Ciclo, la muerte de Atenea y el reino de Lord Hades, aunque claro que el folio no contemplaba la posibilidad de lo que había ocurrido. ¡Así que Ikki se enteró de lo que iba a ocurrir gracias a ese misterioso texto! Al leer, los cuatro aprendieron todo lo que Ikki sabía sobre el Averno: Las zonas de la Estigia, del Erebo, los cinco ríos y las tres murallas. Algunos sabían un poco sobre una u otra información, pero la mayor parte les había sido desconocida. Y, sobre todo, leyeron con avidez las páginas que hablaban sobre los Portales de Espacio, capaces de permitir el paso de los seres vivos hacia el Averno a pesar de que, al hacerlo, sus vidas quedarían a la disposición del Señor de los Muertos.
Cuando encontraron la última hoja, la cual parecía que había sido doblada después de ser consultada, sus corazones palpitaron con emoción. Porque ahí se encontraba el mapa que guiaba al Portal de Espacio que les interesaba, el que solía usar Hades desde que le fue encomendada la misión de alertar a Atenea sobre el Fin del Ciclo. Bajo el dibujo, se encontraba la frase: "Sólo los dioses son capaces de hablar de frente con otros dioses".
– No puede ser... –murmuró Hyoga al descubrir el sitio en el mapa.
– Sorrento dijo que el Portal estaba en el Santuario, pero nunca imaginé que ahí –dijo Shun.– Y es muy obvio.
Seiya sujetó el mapa con manos temblorosas. Shiryu, después de verlo, tomó los textos que continuaban después de ese dibujo y se apresuró a leerlos.
– Igual que todos los enigmas, es muy sencillo cuando se conoce la respuesta –opinó Seiya, la voz emocionada.– Pero, ¡qué importa! ¡Ya sabemos la forma de entrar al Averno!
Sonrió. Esta vez su gesto fue mucho más sincero.
– Vamos por nuestras armaduras –continuó.– Llegó el momento de sacar a Atenea de ahí.
No acababa de decirlo cuando se levantó, listo para dirigirse por la armadura de Pegaso. Hyoga y Shun, animados, también sonrieron.
– Esperen.
– ¿Qué pasa? –preguntó Seiya, desconcertado ante la seriedad en la voz de Shiryu.– No vas a decirme que hay Guardianes en la entrada, ¿verdad?
– No. El Portal se está cerrando.
Seiya apretó las manos en puños. Hyoga y Shun voltearon a verse en silencio, mientras Shiryu continuaba leyendo.
– Un Portal de Espacio se abre poco antes de que llegue el momento de que se le requiera, y una vez que ha cumplido su propósito, se cierra al mismo ritmo. Un promedio de 30 horas después. Amigos, –afirmó, mirándolos de frente– si se cierra y no hemos salido del Averno, nos quedaremos ahí por siempre.
Seiya se dejó caer sobre el piso.
– ¿Cuántas horas han pasado?
Hyoga hizo una cuenta rápida con los dedos.
– Habrán transcurrido unas diez horas desde que Saori se marchó.
– No es suficiente –murmuró Seiya.– No vamos a llegar al Averno en tan poco tiempo. Necesitamos un día completo por lo que pudiera pasar.
Regresó el silencio. ¿Qué podían hacer? Lo de menos sería arriesgarse y entrar al Reino de los Muertos. Pero, ¿y si se quedaban atrapados en él? Sólo lograrían que los mataran y pondrían a Atenea en peligro. Shiryu siguió leyendo.
– No hay modo de evitar que el Portal se cierre, pero sí que lo haga con un poco más de lentitud –y prosiguió, la esperanza renaciendo en el corazón de todos.– Un dios puede mantenerlo abierto por el tiempo que desee.
"Descontemos a Saori y a Hades", pensó Seiya.
– Y tres Santos Dorados lo sostendrían por cinco horas más.
"¡Sigue! ¡Sigue!"
El rostro de Dragón mostró extrañeza al leer el siguiente párrafo.
– No comprendo bien. Dice "sólo aquéllos que estén entre los dioses y lo más alto de una Orden lograrán mantenerlo abierto por doce horas más."
– ¿Quién se encuentra entre los dos niveles? –preguntó Shun, pensativo.– En Grecia, sería el Patriarca.
– ¡Estamos lucidos! –exclamó Seiya.
– Pero en otra Tierra Mística, sería un Avatar.
Todos miraron a Hyoga.
No hubo tiempo para saludos respetuosos ni una ceremonia de bienvenida para la Avatar de Odin. Ya se habían perdido tres horas más en lo que la llamaban y se dirigía al Santuario, lo cual reducía el plazo que ella les iba a conseguir. Claro que la razón por la que Hilda de Polaris se tardó tan poco en preparar su viaje formaba parte de un enigma. O de un milagro.
Venía ataviada con los atributos plateados de la Valkyria, los adecuados según su condición de Avatar. Sólo que esta vez, a diferencia de otras reuniones, portaba un sustituto para el Báculo que siempre usaba. Colgada de un tahalí, traía a la Espada Balmung.
Atrás de ella venían los Guerreros Divinos, y fue la primera vez que Seiya, Shiryu y Shun los vieron. Habían sabido de ellos a través de las cartas que Hyoga les enviaba o de las veces que se habían reunido, y recordaron que ninguno –excepto Bud– tenía experiencia en combate. Todos estaban emocionados y un tanto nerviosos, pero gracias a su juventud su ánimo parecía excelente. Por supuesto, se alegraron al ver a Hyoga ataviado con la armadura de Cygnus, de la cual habían escuchado mucho pero nunca habían visto.
Hilda se detuvo al encontrarse a los Cuatro.
– Gracias por venir, Hilda –dijo Seiya en nombre del grupo.
– De haberlo sabido con exactitud, hubiera venido antes –respondió con dulzura aunque no sonrió.– ¿Puedes mostrarme en dónde está el Portal?
Shiryu desdobló el mapa del Santuario. Hilda vio en dónde se encontraba el Portal y estudió cuál sería el lugar más apropiado. Cuando lo descubrió, lo señaló y dijo:
– Debo colocarme en ese sitio.
– El combate con los Siete Guardianes destruyó la Cámara del Maestro –apuntó Seiya al ver cuál era el lugar que señalaba.
– No importa. Tiene que ser ahí.
Bus tosió discretamente, lo que le recordó a Hilda que, a pesar de la prisa, debía explicar lo que habían planeado en Asgaard. Polaris lo miró con agradecimiento y dijo a los Cuatro Caballeros:
– Imaginé que ninguno de ustedes debería quedarse para protegerme de cualquier contraataque de Lord Hades. Caballeros, permítanme presentarles a los nuevos Guerreros Divinos. Supongo que ya conocen a Bud de Dzeta-Mizhar-Alcor...
Bud se quitó el casco e inclinó la cabeza a modo de saludo. Era la primera vez desde la Batalla de Asgaard que se reencontraba con ellos y, al notar que ya no usaba su cabello como su hermano Syd, comprendieron que estaba no sólo en proceso de sanar, sino también de adquirir su propia personalidad. Hilda notó la mirada que Bud intercambiaba con Hyoga y continuó:
– Ellos son Gunther de Alpha-Dubhe, Dietrich de Beta-Merac, Erich de Gamma-Pertha, Hildebrand de Delta-Megreth, Balder de Epsilon-Arioto y Heimdall de Eta-Benetnasch. Cada uno de ellos se ha hecho merecedor a una armadura con esfuerzo y hoy demostrarán cuán dignos son de portarlas.
Los seis jóvenes saludaron a los Cuatro con respeto. Gracias a los relatos de Hyoga, Hilda, Flare y Bud, sentían que los conocían de tiempo atrás y prácticamente no necesitaron que les dijeran que eran Pegaso, Dragón y Andrómeda.
– Es posible que Hades descubra que estoy tratando de ganar tiempo –afirmó Hilda, sin mostrar temor ante lo que pudiera ocurrirle.– El Portal le obedecerá a él antes que a mí, así que intentará cerrarlo.
– Nosotros protegeremos a Lady Hilda en el caso de un ataque –afirmó Bud con dignidad.
– Así que no se preocupen por ella –intervino Heimdall, no tanto porque quisiera apuntar algo que era obvio sino porque, inconscientemente, quería destacar de entre sus compañeros.– Concéntrense en salvar a Atenea, que nosotros lo haremos en proteger a Lady Hilda.
– Y con ella, a ustedes –concluyó Polaris mientras Balder, que era mucho más prudente, le daba un discreto codazo a Heimdall por presuntuoso.
Seiya asintió. ¿Qué habría sido de ellos, pensó, si Hilda hubiese muerto aquel día? Lo que ella estaba dispuesta a hacer (desafiar al mismísimo Señor de los Muertos siendo sólo una Avatar) ya no mostraba ni penitencia ni arrepentimiento, sino la sincera amistad que Saori e Hilda habían forjado entre ambas.
Hyoga dio un paso hacia adelante. En un gesto poco usual en él, hincó rodilla en tierra frente a Polaris y afirmó:
– No hay modo de agradecerte lo que estás haciendo, Lady Hilda. Estoy seguro que los Guerreros Divinos te protegerán de Lord Hades hasta dar sus vidas por ti si es necesario.
En su ademán, no descubrió que la mirada de Hilda se llenaba de ternura. A pesar de la discusión que habían sostenido, ella supo que ese muchacho era una de las personas más nobles que jamás conocería, y rogó por un instante que regresara con vida del Averno.
– No tienes que agradecerme nada, Hyoga –dijo.– Atenea es tan importante para mí como lo es para ustedes. Es mi amiga.
Hizo una seña a los Guerreros Divinos para que permanecieran en su sitio mientras ella hablaba con los Cuatro. Bud, en nombre de los demás, asintió.
Hilda se apartó un poco de su grupo y, con voz suave, dijo a los Caballeros:
– No tengo muchos consejos que darles a excepción de los que seguramente ya han escuchado. Me encantaría poder hacerlo. Pero sólo les pido que se cuiden mucho. El Averno es un lugar muy peligroso, donde no arriesgan tanto sus cuerpos como sus almas.
– Lo sabemos –respondió Shiryu.
– Sería inútil que les preguntara si están dispuestos a tomar el riesgo.
El silencio que siguió le dio la razón. Esos cuatro jóvenes estaban preparados para pelear y morir de ser necesario, con tal de rescatar a Atenea. Igual habían actuado los Siete Guerreros Divinos originales: tuvieron la misma intención y de ellos sólo había quedado el recuerdo. Y, sin embargo, Hilda no tenía ni el corazón ni la voluntad para detener a los Caballeros. Ya no era cuestión de vida o muerte, sino del bien de un mundo futuro que ya no les correspondería conocer.
– Antes de que Atenea fuese llevada por Hades, se comunicó conmigo –prosiguió Hilda.– Me pidió que cuidase de ustedes porque son lo que más ama en el mundo.
Como hablaba viendo alternadamente a cada uno, no notó el gesto apenas reprimido que sus palabras habían provocado en Seiya.
– Cumpliré parte de mi promesa al mantener abierto el Portal. De ustedes dependerá que la cumpla en su totalidad.
Y añadió, sus ojos tristes.
– Regresen vivos, por favor.
Seiya ya comenzaba a disculparse por no ser capaces de asegurarlo, cuando escuchó que Hyoga decía:
– Tenlo por seguro.
La frase que se quedó sin pronunciar fue: "tengo un buen motivo para hacerlo."
Hilda los miró con tanta dulzura como Saori-Atenea lo hizo alguna vez. Y su expresión bastó para que, en medio de la desesperanza, sintieran que un rayo de luz los protegía.
– En ese caso, no hay más que decir –afirmó, su expresión volviendo a convertirse en la de la valerosa Valkyria.– Que Dios, cualquiera que sea el nombre que le den, los proteja.
Los cuatro inclinaron la cabeza, recibiendo su bendición con respeto.
– Entonces, ¿ya es hora? –preguntó Shun, notando que el aura de Hilda era tan cálida como la de Atenea aún cuando provenía del frío.
– Denme quince minutos para percibir la intensidad de la energía del Portal e integrarme a ella –pidió Polaris.– Mientras, despídanse de quienes tengan que hacerlo.
Sabía que podía romperles el corazón al añadir la siguiente frase, pero lo hizo.
– Si alguna vez hubo un momento adecuado, es éste.
Los Cuatro se miraron entre ellos, sus expresiones mostrando un poco de la ansiedad que la partida les provocaba. Con un gesto, Hilda les permitió retirarse a buscar a aquéllos a quienes quizá no volverían a ver. Seiya, Shiryu y Shun la saludaron y se retiraron, tratando que sus sentimientos no fueran muy evidentes.
Cygnus actuó igual. Pero antes de marcharse, escuchó a Hilda de nuevo.
– Hyoga, quisiera hablar contigo.
Hyoga la miró en silencio. La Valkyria añadió:
– Quería pedirte una disculpa por lo que pasó en Asgaard.
Los azules ojos del Caballero se entibiaron cuando respondió:
– Si alguien tiene que disculparse, soy yo. Sólo fuiste realista, y te lo agradezco. Y ahora me alegro de que jamás le confesé lo que sentía a tu hermana. No soportaría marcharme y dejarla sola –y añadió como en confidencia.– La amo demasiado.
Hilda sabía cuán difícil le resultaba a Cygnus confesar sus sentimientos y sonrió con ternura.
– Cuando regreses, me agradaría que volviéramos a ser amigos –dijo.
Hyoga sonrió débilmente.
– Cuenta con ello.
Los dos se miraron como los viejos amigos que eran. Hilda dudó un momento en continuar, pero al final sonrió y añadió:
– En cuanto a que te alegras de no haberle confesado tus sentimientos a Flare...
No pudo seguir y miró sobre su hombro. Hyoga siguió la dirección que la Avatar le indicaba y sintió que perdía el aliento.
Atrás de los Guerreros, había llegado Lady Flare. Y antes de que pudiese preguntar a Hilda qué hacía ella ahí, la Avatar de Odin se dirigió hacia las ruinas de la Cámara del Maestro, deseándole la mejor de las suertes sin que él supiera bien a qué se refería.
– Esto es un error, Seiya. No deben ir al Averno. Es muy peligroso.
Las palabras de Hilda fueron claras. Es posible que no regresen, así que díganle adiós a aquéllos a quienes amen. Y Seiya no dudó en buscar a Marine de Águila.
Claro que su maestra, compañera de batallas y tal vez la hermana que perdió cuando niño no estaba de acuerdo con el plan de los Cuatro. Pegaso había esperado que reaccionara así, pero a pesar de ello había querido hablarle. Quizá por última vez.
– Sé que es peligroso –aceptó– pero es algo que tenemos que hacer.
La máscara plateada que la amazona portaba impidió que su alumno observara su reacción, pero su voz fue un poco más expresiva que de costumbre.
– El Averno es una dimensión de irrealidad donde podrán leer tu mente y tu alma –dijo Marine.– Nunca has estado en un lugar semejante, y tampoco te has enfrentado a suficientes guerreros que utilicen técnicas mentales como para sentirte preparado.
Seiya la miró y en su expresión había bastante astucia.
– No irás a decirme que sería mejor que me quedara aquí sin hacer nada, ¿o sí? –y añadió, los ojos aún más pícaros.– ¿O te parece que sólo los Santos Dorados podrían enfrentarse con los Guardianes?
– ¿Por qué dices eso?
– Por una razón muy sencilla. Tú sabías que iban a tratar de entrar al Averno y por eso no dejaste que los ayudáramos, ¿verdad?
Aunque no vio la expresión de su maestra, Seiya fue lo bastante sensible como para percibir que se enojaba.
– ¡Cómo te atreves a decir eso! –exclamó.
– Perdona, pero me pareció que lo que hacías era impedirnos el paso –respondió sin buscar una excusa.– ¿Por qué no querías que les ayudáramos?
Al ver que Marine apretaba las manos en puños, Seiya pensó que le soltaría un golpe, como cuando lo entrenaba y él la hacía enojar. Sin embargo, para su sorpresa, la amazona se limitó a mostrar su enojo de esa manera y bajó la mirada, como si recordara algo desagradable o triste.
– Si alguien quería ayudarlos, era yo –confesó.– Pero había prometido que impediría que ustedes se pusieran en riesgo. Fue la condición que pusieron con tal de enterarme lo que planeaban.
– Entrar al Averno –dijo Seiya, pero su maestra no supo si era pregunta o afirmación.
– Sin embargo, no contaban con que Hades tratarían de quitarles sus Tresors... –y añadió en voz más baja.– No sé qué les pasó después.
Lo que no confesó era que no podía percibir el rastro de sus cosmos, e incluso que había una interrupción en las auras de Moo y de Shaka. Y la posibilidad de que ellos hubieran muerto, y de que Aioria, Milo y Aldebaran se encontraran en peligro le había demostrado un sentimiento hacia uno de ellos que todavía no se atrevía a aceptar del todo.
– Si ustedes entran al Averno, –continuó– es posible que mueran y, con ustedes, los últimos integrantes de la Orden del Zodiaco. Y sabrán que han triunfado en el momento en que Atenea muera. ¿Ya consideraste eso, Seiya?
El rostro de Pegaso mostró que sí, que había pensado en todo. En que podrían morir y dejarían a la Orden a la deriva. En que Atenea moriría cuando regresara a Terra porque el Ciclo se habría cumplido. Si perdían, moriría; si ganaba, se quedaría solo. Sin embargo, con ojos relampagueantes respondió:
– Lo sé, Marine. Y no sólo yo. Pero no puedo colocar mi egoísmo sobre mi deber.
Dio un paso hacia su maestra que, contra lo usual, no puso más distancia entre ellos.
– Muchas veces estuve a punto de rendirme, casi desde el momento mismo en que abandoné el Santuario. Incluso antes de que supiéramos que Saori era Atenea, comprendí que no debería rendirme y que la única forma en que podrían detenerme sería matándome. Por un año, pensé que morir violentamente ya no estaba en el proyecto, pero ¡qué más da! ¿Y sabes por qué me negaba a rendirme? Primero, porque recordaba todo lo que me habías enseñado y sentía que no podía decepcionarte. Segundo...
Al llegar aquí, su mirada se volvió triste.
– Porque tengo una hermana por encontrar. Y no me puedo dar el lujo de morir hasta haberlo hecho.
Marine no respondió de inmediato ni reaccionó visiblemente. "¡Cómo odio esa máscara de plata!", pensó Seiya. No sólo le impedía ver el rostro de una persona tan importante para él, sino que también le robaba a aquélla que podía ser su hermana. Pensó en insistir por última vez, en rogarle que le dijera si ella era Seika o si Asterión y Léumnades habían mentido para dañarlo. Sin embargo, sabía que si se enteraba que en efecto era su hermana, perdería la concentración y no podría enfrentarse a los Guardianes en su mejor forma. Y Saori lo necesitaba.
– Entonces, no tiene caso que te pida que no vayas –afirmó Marine, viéndolo de frente con sus ojos cubiertos.– Tienes muchos motivos para regresar con bien.
Y añadió:
– Quiero ir con ustedes.
Seiya se apresuró en responder:
– Gracias, pero no puedo aceptarlo.
– ¿Ahora tú vas a darme órdenes?
– ¡No, Marine, no es eso! ¡Tú misma mencionaste el por qué es necesario que alguien permanezca aquí.
Águila no respondió. Seiya, con voz sincera y ojos relampagueantes, explicó:
– Tú eres mi Maestra y también fuiste tutora de Jabu aunque estaba a mi cuidado. Ninguno de los que quedamos en el Santuario igualamos tus conocimientos sobre el Cosmo, y pocos maestros comprenden la relación con las constelaciones como tú. Si algo te pasara, –y al llegar aquí trató de olvidar cuán posible era que su relación fuera de sangre– todo ese saber se habría perdido y, con él, la posibilidad de recrear la Orden del Zodiaco.
Quiso acercársele y sujetarla por los hombros, como lo hacía con sus amigos para inspirarles confianza. Pero conocía el carácter de Marine y que rechazaba todo tipo de contacto físico, por lo menos por parte de él, y contuvo su ademán.
– Tú eres la única Maestra que queda en el Santuario. Cuando Atenea regrese, de ti dependerá que la Orden siga adelante como desde siglos atrás.
– Entonces, estás listo para morir.
Al decir lo último, la voz de Marine mostró tristeza. A pesar de que no veía su rostro, Seiya percibió pesar en su aura, quizá no tanto por el hecho de quedarse (al fin y al cabo, era una mujer prudente que siempre habría comprendido y aceptado su rol), sino por la posibilidad de que su alumno muriera en el Averno.
¿O pensaba más bien en su hermano?
– Estoy listo, pero no resignado –respondió, esforzándose en sonreír para inspirarle confianza.
– Entonces, que sea como quieras.
La frase fue lo más frío que Marine le había dicho en toda su vida, y Seiya sintió como si lo hubieran abofeteado. Antes de que pudiese decir algo, la amazona dio la vuelta y salió del cuarto.
– ¡Marine! –exclamó Seiya.– ¡Espera!
Sin mirarlo, Águila ordenó.
– No tardes. Hilda de Polaris te espera.
Seiya ya no pudo verla, su figura perdiéndose en el pasillo. Quiso correr hacia ella y decirle que haría todo lo posible por regresar vivo, pero que en el caso contrario, jamás olvidaría todo lo que hizo por él durante su existencia. Desde el Orfanato.
Pero no la siguió. Sólo se preguntó por qué esas cosas tenían que ocurrirle a él.
Trató de alejar de su mente los pensamientos negativos, aunque no lo logró, y comenzó a caminar por el pasillo. No vio a sus amigos por ningún lado. ¿Había usado muy poco del tiempo que Hilda les había dado? Tal vez, pero ya ansiaba encontrarse en el Portal. Odiaba la idea de una batalla, pero ¡vaya que estaba dispuesto a golpear a quien fuera con tal de rescatar a Saori!
¿O había olvidado cómo sabrían que habrían triunfado?
– Demonios... –murmuró.– No hay modo de ganar esta batalla.
Escuchó el ruido de veloces pisadas que se acercaban. Frente a él, vio el brillo de dos armaduras, una de plata y una de bronce, un antifaz enmarcando ojos aceitunados y un casco con cuerno sujetando cabello color miel.
Lo que le faltaba.
– ¿Cómo que van al Averno, Seiya?
La pregunta de Jabu olvidaba la curiosidad y prefería la agresión. Seiya no estaba de humor para discutir con su alumno, así que se limitó a responder.
– Ya lo ves. Tengo sólo un rato para disfrutar este mundo.
– ¡No bromees, que esto es grave! –exclamó Jabu.– ¡Esos siete malditos van a reducirlos a nada! ¡Sólo son cuatro!
Pegaso se encogió de hombros.
– No me dices nada nuevo –dijo, restándole importancia al indudablemente enorme riesgo que iban a tomar.– También sé matemáticas.
Shaina, quien acompañaba a Unicornio, percibió que se estaba enfureciendo y que no tardaría en cometer una barbaridad, así que intervino:
– No es cuestión de matemáticas. Es de poder.
Seiya no supo qué responder. Era cierto.
– No se preocupen –aseguró, tratando de fingir seguridad.– Antes nos enfrentamos a enemigos mucho más poderosos y salimos bien. Pero no me digan que nunca me he enfrentado a nada igual, por favor, que ya me lo sé de memoria.
Su esfuerzo por bromear resultó inútil.
– Déjanos ir con ustedes –pidió Shaina, su mirada del tono de las aceitunas brillando tras su antifaz.– Al menos los números se aproximarán un poco.
Tal vez se debía a que sí podía ver sus ojos, o porque su relación de amor-odio había sido relativamente estable y lejana a lazos familiares. El caso es que Seiya descubrió que le resultaba mucho más difícil decirle "no" a Shaina que a Marine.
La rabiosa actitud de Jabu tampoco ayudaba en nada.
– Te lo agradezco con todo mi corazón, Shaina, pero será mejor que esta vez no nos acompañes. Será demasiado peligroso.
– Antes no me dijiste eso –respondió ella, su mirada siempre triste.
– Porque nunca te ofreciste a ir –respondió, medio en serio y medio en broma.– Sólo te dejabas ir.
Shaina no respondió. Seiya la tomó de los hombros, como no hizo con Marine, pero no se dio cuenta de que ella se tensaba.
– Nuestras armaduras fueron restauradas con la sangre de los Santos Dorados y de personas muy importantes en nuestras vidas –dijo en tono de confidencia.– Quizá no marque gran diferencia en contra de los Guardianes, pero es una ventaja que ustedes no tienen.
– Creí que era la Sexta del grupo –respondió.
– ¡Y lo eres! Es sólo que...
No se le ocurrió nada. La verdad, sí quería que Shaina los acompañara. Su poder volvería a convertirse en el enorme apoyo que siempre había sido. Pero iban al Averno. ¿Cómo pedirle eso a una mujer, por más amazona que fuera?
– Por mi culpa, te has colocado en demasiados riesgos –afirmó, ocurriéndosele algo quizá poco brillante pero útil para salir del paso.– No acabaría de enumerarlos porque me avergüenzo de haberte pedido tanto.
– Nunca me pediste nada.
La frase de Shaina guardaba una doble intención, pero Seiya estaba tan preocupado por la batalla y por Saori que no la captó.
– Entonces es peor –dijo.– Por favor, por primera vez voy a pedirte algo. Quédate.
De nuevo, no recibió respuesta.
– Como le dije a Marine, es necesario que alguien se quede para volver a organizar la Orden. ¿Quién mejor que ustedes?
Los ojos de Shaina relampaguearon.
– ¿Volver a organizarla? –preguntó.– ¿Crees que no van a regresar?
Seiya, con voz muy segura, sentenció:
– Atenea volverá sin importar el precio.
– Valientes palabras –afirmó Shaina, desviando la mirada.– Y una respuesta más que obvia.
– ¡Por eso mismo deberíamos acompañarte! –exclamó Jabu, aunque hasta entonces había preferido no intervenir en la plática.– De todos modos habrá que pagar un precio. Nosotros podemos ayudar a que sea un poco más bajo.
Fue el turno de que las miradas de maestro y alumno se encontraran. Los ojos de Jabu centellaban como nunca lo habían hecho. Con tanto brillo como, cuando en casa de Saori, el orgullo dominaba sus acciones aunque su significado había cambiado. Shaina aprovechó y dio un paso hacia atrás para que Pegaso la soltara.
– En serio que no saben cómo se los agradezco, –dijo éste a Unicornio– pero no. Prefiero que ustedes se queden aquí, especialmente tú.
– ¿Yo? Dame una buena razón.
Su tono insolente molestó a Seiya. Adiós relación pacífica de los últimos meses, pensó, cuando dijo:
– ¡Podría mencionar diez! En primera, eres Caballero de Bronce...
– ¡Tú lo eras cuando te enfrentaste a los Santos!
– En segunda, –prosiguió, tratando de ignorarlo– prácticamente acabas de despertar a tu cosmo y aún no conoces el Séptimo Sentido.
– ¡Mira quién lo dice! –respondió Jabu con burla.– ¿Acaso lo tienes de tiempo completo o ya olvidaste eso de que la desesperación te obliga a llegar más alto de lo que imaginas?
Seiya apenas se contuvo de darle un puñetazo en la cara. Tenía razón. Pero por lo menos conservaba una ventaja sobre él: Autoridad.
– ¡Y en tercera, soy tu maestro! –exclamó.– ¡Si no lo quiero, no tienes por qué ir! ¡No puedo hacerme responsable de ti!
– ¡Al menos inventa algo más lógico! –respondió Jabu, fuera de sí.– ¡Me enseñaste que sobre todo, incluyendo a los tutores, está nuestro deber hacia Saori!
– Jabu... –murmuró Shaina.
Seiya torció la boca, molesto, y de momento no dijo nada. Jabu creyó que con esa última frase lo había convencido de que primero iba la señorita Saori (perdón, Atenea) y luego el bien de los demás.
Pegaso volteó a verlo.
– Te quedas –sentenció, su mirada indiferente.– Tú decides si obedeces como todo alumno decente o si deberé golpearte hasta dejarte inconsciente y mandar que te encierren en Cabo Sunión.
Esa orden heló la sangre de Jabu en sus venas. No únicamente porque su innato orgullo se negaba a aceptarla, sino porque la actitud de su maestro le demostraba la distancia entre ambos. El Caballero de plata y un aprendiz más, uno demasiado inepto para ascender en el Cosmo.
– No lo dices en serio... –titubeó.
– Inténtalo, Unicornio. Me debes una desde hace años y ya la había olvidado, pero si insistes voy a recordarla con mucho gusto.
Jabu apretó las manos en puños. No temía al castigo. Odiaba la humillación.
– Algún día vas a pagar esto, Seiya –amenazó entre dientes.
Seiya no respondió. Ya no tenía más por decir.
– Supongo que ahora querrás que te desee la mejor de las suertes y te pida que te cuides mucho –afirmó Jabu, sonrojado por el coraje y los ojos brillantes de rabia.– Que te recuerde que tu poder nunca te abandonará si sabes llamarlo. ¿Sabes qué? ¡Vete al infierno!
Después, Pegaso pensaría que eso precisamente era lo que él y sus amigos estaban a punto de intentar, pero en ese segundo no logró responder. Nunca, ni siquiera cuando Unicornio y él eran enemigos declarados, notó tanto odio en su voz. Jabu temblaba por la ira y continuó:
– Tú no sabes que la señorita Saori me había ofrecido dejarme a cargo de la Fundación. Yo no quise porque me interesaba más servirla que mi propio bienestar. ¡Por eso te pedí que me instruyeras! ¡Para jamás volverme a quedar atrás! Y ahora, tú...
Dio la vuelta, pero antes de irse añadió:
– Gracias por demostrarme que no sirvo de nada y que sigo siendo un inútil, Maestro.
– ¡Jabu, espera!
Unicornio no obedeció. Se fue por el pasillo y desapareció, tal cual Marine lo hizo antes. Y agradeció mentalmente que ni Seiya ni Shaina notaran las lágrimas que insistían en nublar sus ojos.
Seiya dejó escapar un suspiro.
– Fuiste demasiado duro con él –opinó Shaina.
– Aunque no lo creas, fue por su bien –confesó, su voz sin dejar dudas sobre su franqueza.– Thanatos casi lo mata la primera vez que vino Hades. Si Jabu entra al Averno, será el más vulnerable de todos.
– ¿Y acaso ustedes no lo serán?
Seiya miró a Shaina a los ojos. Su triste expresión le suplicaba en silencio que le permitiese acompañarlos.
– ¿Sabes por qué cuando trato de hacer un bien sólo consigo que me odien? –preguntó Pegaso, tratando de bromear.
Shaina no respondió.
– Si algo me pasara, –dijo entonces Seiya en voz baja, por primera vez mostrando un poco del temor que sentía– ¿puedo pedirte que termines el entrenamiento de Jabu?
– Entonces, sí piensas morir... –murmuró la amazona.
Seiya no dijo nada.
– No te preocupes por Jabu –dijo Shaina, esperando que con eso al menos le quitara un pendiente de encima, y creyó prudente añadir.– Y tampoco por Marine.
– Gracias –respondió Seiya.
Al verse reflejado en aquellos ojos aceitunados, Seiya se preguntó qué habría pasado si su corazón hubiese respondido al de ella. No con esa amistad que de algún modo habían formado, sino con el amor que esa solitaria mujer merecía –y que temía que no hallara jamás. ¿Habría cambiado en mucho su destino?
Tal vez esa despedida sería más amarga. Pero dudó que la diferencia fuera mucha.
Cuando eres niño, no comprendes muchas cosas y en realidad no te interesa hacerlo. Te rodea un ambiente de inocencia aún en medio del dolor, del sufrimiento y de la muerte misma. Conforme vas creciendo, la inocencia se disuelve (a veces de golpe, en otras poco a poco) hasta que ves la vida como lo que en realidad es: una serie de sufrimientos y amarguras iluminada de vez en cuando por la alegría, la felicidad y la dulzura. Shiryu había llegado a esa conclusión poco antes de la muerte del Anciano Maestro, en una de esas lúgubres reflexiones que se presentan cuando alguien a quien amas está a punto de alejarse de ti para siempre. La vida es cruel; Dios es injusto, y el sufrimiento será lo único que conocerás hasta tu último día.
Sin embargo, e incluso en esos momentos difíciles, no pudo menos de reconocer que su idea no era del todo correcta. La vida no era sencilla, pero también era lo más hermoso que existía porque no se limitaba al dolor. Dios era incomprensible, pero hasta que transcurre el tiempo podía comprenderse por qué dispuso que las cosas ocurrieran de cierto modo. Y no sólo se conoce al sufrimiento, sino también a la alegría, a la felicidad y a la dulzura, que aunque no aparezcan constantemente, basta con que lo hagan una sola vez para convertirse en el mejor consuelo durante los momentos tristes.
Shiryu siempre había tenido a la alegría, a la felicidad y a la dulzura a su lado desde el instante en que llegó a Rozan y fue recibido por una risa infantil. Durante su vida había conocido a muchas mujeres que representaban desde el poder de las diosas y avatares hasta la más sencilla humanidad, desde la mayor compasión hasta la crueldad absoluta. Sólo una parecía salirse de ese marco, aunque estaba relacionada con la Orden. Y ahora estaba con ella.
Sunrei había visto cómo se preparaba para una batalla muchas veces antes. Fue ella quien lo acompañó hasta la aldea de donde partió a Japón para que participara en la Guerra Galáctica. Ella vio cómo se despedía de Dokho cuando se marchó a Grecia, justo antes de aquella noche en que vio una estrella fugaz en dirección de Draco. Y fue ella quien no pudo decirle una palabra después de la Batalla de Asgaard, bajo la intensa lluvia que azotaba al mundo entero, mientras se preparaba para marcharse a Atlantis. Así que verlo alistarse para la siguiente partida no debería significar nada fuera de lo común.
Sólo que esta vez ya no estaba el Anciano Maestro ni para aconsejarlo ni para cuidarla. Ella se encontraba muy lejos de Rozan y de su cascada y de la tranquila existencia que siempre conoció. Shiryu lo sabía, pero no había nada que pudiese hacer o decir para cambiar la situación.
No habían hablado mucho en los últimos días, y menos aún en aquellos minutos. Cuando Hilda los despidió, Shiryu no dudó en buscar a Sunrei, pero una vez que la tuvo frente a sí no supo qué decirle. Esta batalla era semejante a las anteriores y, sin embargo, también diferente. Pelearían para que Atenea pudiese morir cuando antes fue por salvarle la vida. Y estaba seguro de que no sería tan fácil regresar con vida en esa ocasión.
– Shiryu...
La tierna voz de la joven sacó a Dragón de sus pesimistas pensamientos. Cuando la miró, ella se preguntó cómo aquellos ojos tan animados pudieron estar ciegos en el pasado.
– Dime, Sunrei.
Bajando la vista, ella preguntó:
– ¿Es realmente necesario que vayas?
– ¿Por qué lo dices?
De momento, Sunrei no respondió. Si Dokho hubiera estado vivo, seguro que la habría regañado por hacerle tal pregunta. Sin embargo, él ya no estaba, y la había dicho y no había manera de ignorar que lo había hecho, así que murmuró:
– Han ocurrido muchas cosas malas últimamente. Desde que el Maestro te dijo lo que iba a pasarle a Atenea, todo ha estado mal.
Shiryu la miró fijamente tratando de que lo viera a los ojos, pero no lo consiguió.
– No lo negaré –admitió.– Si voy con Seiya y los demás, es para que todo regrese a la normalidad.
– Es que...
En voz más baja, la joven confesó:
– Temo que algo malo te ocurra.
– Sunrei...
– Antes te enfrentaste a grandes peligros, pero nunca me sentí tan angustiada –confesó, su tono visto y su mirada en el piso.– Es como ese día en que te fuiste a Grecia a reunirte con Atenea y los otros Caballeros. Por la noche, el Anciano Maestro lloraba porque tu cosmo había...
No pudo continuar. No tuvo valor para hacerlo.
En eso, sintió cómo el Dragón la sujetaba con delicadeza por la barbilla, obligándola a que sus miradas se encontraran. Con voz calmada, Shiryu preguntó:
– ¿Crees que voy a morir, como ocurrió ese día?
Sunrei asintió y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Si se hubiera tratado de otra persona, el Caballero tal vez habría mentido, asegurándole que no había nada de qué preocuparse después de haber vencido a los Santos, a los Guerreros Divinos y los Shoguns de Marina. De haber tenido un carácter diferente, le habría restado importancia al nuevo reto. Pero Shiryu nunca fingía algo que no sentía, y estaba con la única persona a la que jamás había mentido ni ocultado algo. Simplemente, porque no podía hacerlo.
– No puedo decirte que no temo lo mismo, Sunrei –dijo sin apartar la mirada.– Esta batalla será muy difícil, quizá la peor de todas. Pero es algo que debo hacer.
Sunrei estuvo a punto de pedirle que dejara que los otros Caballeros se ocuparan, más no lo hizo. Una vez, Dokho le enseñó que era de las pocas frases que jamás deben decírsele a un integrante de la Orden.
– Nuestro Roshi –prosiguió Dragón– me dejó como herencia que protegiese a Atenea sin importar lo que me ocurriera –y añadió en voz baja.– ¿Entiendes? No es sólo por Atenea, sino también para cumplir la última voluntad del Anciano Maestro.
Los ojos de la joven se suavizaron. Comprendía.
– Si no rescatamos a Atenea, su alma no podrá descansar –dijo Shiryu, su tono recuperando su seguridad acostumbrada.– Aunque deba sacrificar mi vida, te juro que la traeremos de regreso...
– Pero si tú mueres, yo...
Shiryu supo lo que Sunrei iba a decir. Se quedaría sola, como nunca lo había estado. Sin Dokho, sin él, ¿qué sería de ella, tan lejos de su tierra de origen? No podía escucharlo por más cierto que fuera, así que la abrazó, estrechándola contra su pecho y permitiéndole que llorara libremente.
¿Cuánto tiempo pasó? ¿Segundos, minutos? Shiryu no quiso saberlo. Sólo escuchaba a Sunrei llorar, el rostro apoyado contra su pecho, y descubrió que las lágrimas que eran vertidas sobre su armadura parecían secar las suyas, que habían intentado derramarse un segundo atrás. Con su simple presencia, esa tierna joven siempre le había brindado confianza y seguridad y esa vez no fue la excepción. Por un instante, presintió que iban a lograr que Atenea regresase a Terra, por más cruel que fuera su destino.
Sin embargo, cuando se preguntó por su propia muerte, no encontró respuesta.
Se preguntó, sin comprender cómo llegó a ello, cómo era el amor que sentía por Sunrei. Había crecido a su lado cual una hermana y siempre la había considerado como una. Sin embargo, haber estado tan unidos en medio del sufrimiento hizo que se preguntara si podría surgir algún otro tipo de cariño entre ellos. De algún modo, no podía pensar en su futuro sin Sunrei a su lado, sin su obscuro cabello enmarcando su rostro, sus brillantes y tiernos ojos apoyándolo en todo y su dulce voz animándolo a seguir adelante. Era la primera vez, que recordaba, que ella hablaba claramente sobre su posible muerte. ¿En verdad estaba tan cerca?
Antes de destrozarse más el corazón, interrumpió sus pensamientos. Carecía de un futuro seguro. ¿Cómo podía darse el lujo de pensar en un "y si"?
– ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte, Shiryu? –preguntó Sunrei sin soltarlo ni verlo al rostro.
– Sí. Dos cosas, pero no encontraba cómo pedírtelas.
Shiryu sintió que ella lo dejaba ir y, con suavidad, la soltó. Mirándola fijamente, dijo:
– Por favor, ve a la aldea y llama a la Fundación Galahaad, a cualquiera de los cuatro Caballeros de Bronce que permanecen allá. ¿Recuerdas el número?
Sunrei asintió.
– ¿Qué quieres que les diga?
– Que urge que vengan al Santuario, pero que por ningún motivo se lo digan a Tatsumi.
– ¿Van a esperarlos?
– No tenemos tiempo. Es sólo que...
Al mirarla, supo que Sunrei comprendería cualquier información que le dijese sobre el Averno. Aunque no fuera un miembro activo de la Orden, había sido la hija adoptiva del hombre más sabio de China.
– Hilda mantendrá abierto el Portal de Espacio –explicó.– Eso significa que cualquiera podrá entrar desde este mundo al Reino de los Muertos, y viceversa. Si Hades intenta detener a Hilda y envía a los suyos contra ella, necesitará toda la protección posible. No hay que correr riesgos.
– Lo haré –respondió Sunrei, secando sus lágrimas con el dorso de la mano.– ¿Y qué más?
Shiryu sonrió débilmente.
– Que reces por mí.
Los ojos de Sunrei mostraron su sorpresa.
– ¿Podrá ayudarte en algo?
– Ya una vez me protegiste de la muerte –afirmó Shiryu, recordando su combate contra Deathmask de Cáncer.– Dios escucha a las almas puras, como la tuya.
Sunrei se sonrojó.
– Tal vez tenga el Escudo más fuerte de la Orden, –continuó Dragón– pero tus oraciones han sido mucho más protectoras que él.
La joven bajó la vista y sonrió con un gesto muy suave.
– Te lo juro –murmuró, la emoción clara en su voz.
– Gracias.
Sunrei volvió a alzar la vista, su mirada diciendo más que todas las palabras del mundo. Ojalá y tengamos un futuro, pensó Shiryu, ojalá y pueda regresar vivo para llevarte de nuevo a Rozan, junto a tu amada cascada, para que vivamos en la casa que Roshi sin que tengamos que volver a separarnos. Porque...
En eso, una figura empezó a materializarse dentro de la habitación. Era Kiki de Appendix. Shiryu volteó a verlo y le preguntó:
– ¿Algún rastro de ellos, Kiki?
El rostro del aprendiz mostró su tristeza.
– No. No encontré nada.
Shiryu había esperado que, por haber permanecido tanto tiempo al lado de Moo de Aries, Kiki podría percibir mejor que ellos cualquier rastro del cosmo de los Santos, quizá algo tan pequeño que les hubiera pasado desapercibido. Pero no, no había pasado de una buena idea.
– Kiki, quiero pedirte un favor –dijo Shiryu.
– ¿Quieres que los acompañe?
La frase mostraba el entusiasmo de Appendix. Después de todo, era el mejor (por no decir único) aprendiz de Moo de Aries, quien los acompañó a Asgaard y portó la urna del Tresor de Libra durante la Batalla de Atlantis. Merecía ir con ellos al Averno.
– Quiero que te quedes aquí y ayudes a Hilda en todo lo que necesite.
La frase hizo que las pecas de Kiki saltaran por la decepción.
– Pero...
– Y que, por favor, cuides de Sunrei –interrumpió, quitándole la oportunidad de terminar.
Como Kiki se cruzó de brazos, pretendiendo que estaba enojado, añadió:
– Te estoy encomendando a lo más valioso que la vida me ha dado. Deberías sentirte honrado.
Kiki cerró los ojos, firme en su actitud pero internamente conmovido.
– Si fuera más alto, –preguntó– ¿me dejarías ir con ustedes?
– No.
– Entonces, cuenta conmigo.
– Supongo que no te quedarás ni aunque te ate, ¿verdad?
La voz de June carecía de s usual alegría y del ánimo que solía mostrar. Shun recordó aquel día, cuando de Japón viajaron al Santuario, en que volvió a verla después de un año de su partida de Isla Andrómeda. Cuando ella, a latigazos, le quitó la urna de la armadura y amenazó con romperle el brazo para que no se dirigiera a su muerte. El mismo día que se enteró que Milo de Escorpio había destruido el que fue su hogar durante seis años y que Albiore había muerto. El mismo en que vio por primera vez sus azules ojos por debajo de su máscara de plata. Pensó todo eso en sólo un par de segundos. El tono de su voz era el mismo de entonces.
– ¿Intentarás detenerme? –preguntó, volteándola a ver.
June se había sentado sobre el marco de la ventana del cuarto, el sol brillando a su espalda. Shun, al verla, sintió como si hubiese activado su cosmo y pudiese observarlo a su alrededor.
– Aunque lo hiciera, ¿te quedarías?
Shun negó con la cabeza. En respuesta, June se encogió de hombros.
– Ya una vez traté de que no fueras a una muerte segura y, en venganza, me tiraste la máscara.
– No fue a propósito –se apresuró a aclarar.
– Lo sé. Pero me alegro que haya sido así –y añadió, como con desinterés.– Ese trozo de metal comenzaba a cansarme.
Shun sonrió débilmente. June percibió que no tenía muchos deseos de platicar, pero no pudo culparlo.
Aunque se había separado de la Orden, seguía teniendo las habilidades de una guerrera. Conservaba ese don especial que le permitía saber cuándo una batalla sería más complicada que de costumbre, y eso le dejaba ver que los Cuatro llevaban todas las posibilidades de perder.
¿Y si algo le pasaba a Shun?
– ¿Te quedarás aquí o regresarás a Atenas?
La voz de Andrómeda sacó a June de sus pensamientos. Por un instante, no supo qué responder y se quedó mirándolo, ataviado con el traje de Plata que alguna vez fue de Bronce. He ahí a la persona que más has amado en tu vida, listo para irse al matadero, se dijo. Y también sabes que no va a regresar.
Se puso de pie y se le acercó, viéndolo a los ojos.
– Iré con ustedes al Averno –sentenció.
Fue el turno de Shun para sorprenderse.
– ¿Quieres venir?
– Sí. ¿Algún problema?
Shun intentó sonreír de nuevo, pero no lo consiguió.
– Ya no eres parte de la Orden –dijo.– No puedes combatir a nuestro lado.
– Sí puedo –respondió June con firmeza.– Me retiré, pero no he olvidado cómo pelear. Te apuesto a que, si llamo a la armadura del Camaleón, acudirá de inmediato. En el fondo, nunca he dejado de ser una Amazona.
El Caballero no respondió. Pareció pensar en lo que iba a decir y, acercándosele a su vez, dijo:
– Te agradezco mucho que quieras ayudarnos. No tienes idea cuánto. Pero no puedo aceptarlo.
Como ella no respondió y se limitó a verlo a los ojos, prosiguió:
– Sé que, si llamas a tu armadura, ésta responderá como antes. Pero no combatiremos contra cualquier tipo de guerrero. Los siete a quienes nos enfrentaremos son más que peligrosos.
– ¿Y por eso debo quedarme aquí, esperando a que te maten? –interrumpió June, sus ojos relampagueando en medio de su pesar.
Fue el turno de Shun de permanecer en silencio, hasta que desvió la mirada y murmuró:
– No puedo negarte que es muy posible que me maten. Pero, como te dije hace tiempo, es algo que tengo que hacer –y bajando aún más el volumen de su voz, añadió.– Tal vez sea mi destino morir en una batalla.
Pese al tiempo que había pasado, de haberse alejado del combate, de haber aumentado el poder de su cosmo, Shun no olvidaba el destino que su constelación guardiana marcaba para él: ser sacrificado. Andrómeda era un signo que predecía mucho sufrimiento, pero también felicidad posterior. ¿Se cumpliría en él, o la tradición de la armadura terminaría en el Averno?
– Pero no puedo limitarme a ese destino –continuó, tratando de olvidar esa último idea.– Tengo que enfrentarlo y tratar de cambiarlo, cualquiera que sea el final. Por Saori, mis amigos... Por ti...
– ¿Y por tu hermano?
June no pudo interpretar la expresión de sus ojos. Además de que habían perdido casi todo su brillo desde el día anterior, descubrió en ellos dolor combinado con rabia, amor fundido con rencor. Habían aparecido al mencionar a Fénix.
– Ikki eligió su camino –dijo Shun, pretendiendo ser frío pero, en lugar de ello, mostrando mucha tristeza.– Lo que haga o deje de hacer no va a ayudarlo en nada, aunque él sí me mostró qué es lo que debo hacer.
– ¿Y cuál es tu camino? –preguntó June con voz suave.
Shun desvió la mirada.
– ¿Guardarle rencor a tu hermano toda tu vida? ¿Odiarlo incluso?
Andrómeda no respondió. June estaba tan cerca que casi podía tocarlo, así que se alejó de ella y se dirigió hacia la ventana. El sol golpeó contra su rostro, su luz brillando contra su armadura y rodéandolo como si fuera su propio cosmo.
– No puedo amar a aquel que se mató frente a mis ojos a pesar de que le supliqué que no lo hiciera –murmuró.– Pero tampoco puedo odiar a la persona más importante de mi vida. Ni siquiera cuando trató de matarme pude olvidar el cariño que siempre sentiré por él.
Miró hacia el sol, pero no pudo soportar su brillo.
– Ikki me enseñó que no importa a cuánto dolor me enfrente. Tengo que seguir adelante y dejar atrás muchos de mis principios. Sé que cuando entre al Averno tendré que hacerlo.
June lo miró con tristeza. Sí, ya no era Amazona, pero seguía percibiendo el cosmo de los demás aunque no estuviera activado. Y el de Shun no sólo transmitía pesar, sino también furia. Era parecido al de Fénix, pero en la parte agresiva que lo había caracterizado.
– ¿Puedo preguntarte algo? –murmuró, acercándosele de nuevo.
No recibió respuesta.
– No vas al Averno sólo por salvar a Atenea –afirmó June, completamente segura de lo que decía.– ¿Tienes otro propósito?
Y añadió:
– ¿Uno relacionado con tu hermano?
Sin voltear a verla, Shun confesó:
– Ikki me dijo el nombre del Guardián que lo destrozó y provocó su muerte.
June contuvo el aliento. Pero se asustó más al escuchar lo que faltaba.
– Por el alma de Ikki, el hermano al que tanto amo y que tanto me amó, juro que lo buscaré y lo mataré después de que haya sufrido tanto como él lo hizo.
Su cosmo se volvió aún más agresivo, incluso dentro de la dulce calidez que poseía por naturaleza. Los ojos de June centellearon, incrédulos antes lo que escuchaba y percibía.
– No estás hablando en serio...
Shun trató de mirar el sol, pero de nuevo fue inútil.
– Los demás siempre me presionaron para que fuera más agresivo, pero nunca lo acepté –dijo, su tono triste y poco seguro.– Hoy sí quiero aceptarlo, pelear y vengar a Ikki, aunque sé que voy a odiarme después de que lo haya hecho.
Sin que lo supiera, sus ojos perdieron más brillo y su cosmo un poco de luz. Esto es, hasta que sintió que June se le acercaba por la espalda y lo abrazaba, apoyando su rostro sobre su hombro derecho.
La última vez que recordaba haberse sentido así fue aquel mismo día, la jornada anterior a la Batalla del Santuario, e involuntariamente se preguntó si le aguardaba algo tan peligroso como los Santos Dorados. Y la muerte.
– Shun, tengo miedo de perderte.
– Te prometo que haré todo lo posible por regresar vivo, June.
Sintió que ella lo estrechaba con más fuerza.
– No. No temo que mueras. Temo que te pierdas a ti mismo.
Por un instante, los dos permanecieron callados.
– Jamás pensaste en lastimar a alguien, mucho menos en matarlo –murmuró June, incapaz de imaginar cómo lo afectaban sus palabras.– Por eso eras el favorito de Albiore, porque tu poder se encuentra dentro de tu corazón y siempre dejas que él te guíe en lugar de la violencia. Pero si te rindes a ella, por más que te odies y que hagas penitencia, te habrás perdido.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
– Por eso no permitirás que los acompañe. Porque no quieres que vea cómo cambias. Por favor, si vas a rendirte a la violencia, no vayas.
Shun cerró los ojos. Sí, podría quedarse a su lado por siempre, como en algún momento lo soñó en Isla Andrómeda. Seiya, Shiryu y Hyoga podrían salvar a Saori. Alcanzarían el Cosmo Dorado sin dificultad y vencerían a los Guardianes sin importar la diferencia numérica. Habría salvado su corazón.
¿E Ikki? ¿Él lo entendería?
¿Y Atenea? ¿No le había dicho que el poder no era malo, si no permitía que lo dominara? ¿Que podría enfrentarse a cualquier enemigo si conservaba su corazón en la mano?
En el pasado, fueron Ikki y Saori quienes lo motivaron a salir adelante cuando sólo pensaba en rendirse. Por primera vez, no contaría con ellos. Porque no iba a abandonar a sus amigos sólo por protegerse a sí mismo.
Miró a June de reojo. ¿Sabría ella que, con su abrazo y sus palabras, le había presentado la mayor de las tentaciones? Suspiró, volteó y la abrazó a su vez, sepultando el rostro en su cabello.
– No sé si voy a perderme o no, June –dijo, buscando el consuelo y la paz que tanto le faltaban desde el día anterior.– Pero si no voy, no lo sabré nunca.
Ella no respondió.
– Hay decisiones muy difíciles –prosiguió, su voz un poco más firme.– Creí que ya no me enfrentaría a otra, pero tengo que volver a hacerlo. Y si he de probar cuánto valgo como Caballero y si mi lealtad hacia mi hermano, mis amigos y Saori es verdadera, debo ir al Averno. Aunque muera o me pierda con ello.
– Es tan fácil pensar en la muerte –protestó June.– Es más difícil seguir vivo.
Permanecieron en silencio por otros minutos, sin soltarse. Shun se preguntó desde cuándo la quería . ¿Desde Isla Andrómeda? ¿Desde su reencuentro? ¿Desde aquella fiesta que todos añoraban? De ser así, ¿por qué la vida había sido tan cruel para que lo descubrieran apenas el día anterior?
– Perdóname –murmuró, soltándola.
– ¿Por qué?
Shun supo que, de haberlos acompañado alguien más, se habría sonrojado tanto o más que la vez anterior. Pero con ella, no tenía motivos y dijo:
– Por lo que pasó ayer.
Fue la primera ocasión en toda la plática en que June sonrió con sinceridad, aún a través de sus lágrimas.
– ¿Qué pasó ayer como para que te disculpes?
– Temo que me aproveché cuando me consolabas –confesó, siempre el joven tímido y educado.
De momento, June se limitó a verlo en silencio. Shun se sintió incómodo. ¿La habría ofendido tanto?
Antes de que lograra murmurar otra disculpa, vio el rostro de June muy de cerca y volvió a sentir sus labios tocando los suyos. No acababa de reaccionar cuando ella dejó de besarlo y volvió a verlo a los ojos.
– Fue mi turno para aprovecharme –afirmó.– Estamos a mano.
La expresión de sorpresa de Shun enterneció el corazón de la anterior Amazona. Pero más que el asombro, le conmovió la falta de brillo en su mirada.
– Yo... –titubeó el Caballero.
– Shun, cuando regreses –pidió June, rodeando lentamente su cuello con los brazos– tienes que prometerme que dejarás de ser tan prudente, ¿de acuerdo?
Cinco minutos después, Shun no supo explicarse cómo se encontró de nuevo besándola, mostrándole todo lo que sentía hacia ella pero que no podía demostrarle con palabras, ni cómo él, que se veía a sí mismo tan débil, reunió la fuerza necesaria para separarse de su abrazo y marcharse. Lo único que recordaba con claridad era que, de momento, la vida no le pareció tan cruel. Pero el destino, el mismo que lo condenaba a ser sacrificado, era muy injusto.
Durante toda su vida, no conoció más que el sufrimiento. Desde aquel maldito viaje por el mar, por más que trató de congelar su corazón y de enfriar su mirada, el dolor fue una presencia constante. Llegó el momento en que creyó haberse alejado de la trampa de las emociones y del amor, a excepción del que sentía hacia su madre. Camus intentó consumar su insensibilidad para que alcanzara el Séptimo Sentido, y creyó que había aprendido que los sentimientos jamás deben involucrarse en un combate. Esto es, hasta que surgió la amenaza de Poseidón. Y conoció a Flare.
En sus momentos de tristeza, de soledad o de nostalgia, bastaba con que recordara la luz que le habían brindado sus ojos en la obscuridad de aquella mazmorra para sentir su corazón ligero de nuevo. Humillado, golpeado y encarcelado, Hyoga sólo esperaba que la antes gentil Hilda de Polaris ordenase su ejecución. Sin embargo, en lugar del verdugo, al abrirse la puerta vio el movimiento de un vestido blanco, caireles rubios cayendo sobre la tela y enmarcando unos ojos del tono del cielo primaveral. Antes de imaginarlo siquiera, ella lo había liberado y le había pedido ayuda. Desde entonces, supo que estaría unido a la princesa asgaardiana por el resto de sus días, y lo comprobó cuando la Valkyria lo invitó a irse con ellas a la Tierra Mística.
Pero llegó el Fin del Ciclo. Apareció Hades. Ikki murió. Atenea se marchó. Y atacaron los Siete Guardianes. Sí, estaría unido a ella por el resto de sus días, sólo que éstos estaban a punto de terminar.
Por algún motivo, Hyoga sabía que iba a morir. Sentía esa muda inquietud que precedió su entrada a la Casa de Géminis tiempo atrás. ¿Le aguardaba otra sepultura, parecida al ataúd de hielo en el que Camus lo encerró? De ser así, ¿por qué tenía que pasar antes por el infierno y no después?
Porque Lady Flare estaba a su lado. Para separarse hasta que la muerte volviera a unirlos.
Después de saludarla respetuosamente y sin percatarse de ello, habían caminado hacia una de las cámaras cercanas. Hilda y los Guerreros Divinos ya se encontraban en las ruinas de la habitación del Maestro, ella invocando a Odin y solicitando la protección de Polaris mientras ellos la rodeaban para protegerla de cualquier amenaza. Seiya, Shiryu y Shun se habían retirado. Flare y él estaban solos.
¿Qué había hecho para merecer eso? Y por primera vez, no supo si había sido algo bueno o algo malo.
– ¿En qué piensas, Hyoga?
Su suave voz hizo que Cygnus descubriese que la había estado mirando sin ver, como se contempla a un espíritu o más bien a un ángel. Pero no era un sueño, sino la realidad. Una tentación y un suplicio al mismo tiempo.
– En que no debiste haber venido, Flare –respondió, tratando de que su mirada fuese fría sin conseguirlo.
Ella no comprendió la doble intención que guardaban sus palabras.
– No podía quedarme en Asgaard sabiendo que Atenea, Hilda y ustedes estarían en peligro. Quizá no pueda ayudarlos, pero tenía que venir.
– Gracias por tus intenciones, pero no imaginas cuán peligroso será –afirmó, preocupación en la voz.– El Portal de Espacio estará abierto y es seguro que Hades enviará a sus guardias para detener a Hilda.
Flare no respondió de inmediato. Hyoga tenía razón. Su hermana lo había mencionado y Bud se negó a que los acompañase. Pero no pudo quedarse atrás. Todos a los que amaba iban a arriesgar sus vidas en el Santuario.
– A donde te diriges es mucho más peligroso –murmuró.– ¿Sabes a lo que van a enfrentarse?
Hyoga asintió, pero no pudo mirarla a los ojos.
– Vamos contra el Señor del Averno, el único de los dioses antiguos que no necesita reencarnar, y contra siete Guardianes que destrozan el espíritu de aquéllos a quienes se enfrentan.
"Los mismos que provocaron la muerte de Fénix", pensó Flare, más no se atrevió a pronunciarlo. Aún así, había algo más que, por difícil que fuera, tenía que decir.
– ¿Qué pasará si no logran rescatar a Atenea? –preguntó.
– Ella se quedará para siempre en el Tártaro –dijo Cygnus, mostrando un poco de tristeza incluso en su aparente frialdad.– No morirá, pero será la esclava de Hades por siempre. Y nosotros moriremos.
Los ojos de Flare se estremecieron.
– No quisiera decirte esto, –murmuró– pero no debes permitir que ninguno de tus amigos muera en el Averno.
¿Por qué se rehusaba a pensar que él también podría morir?
– Una leyenda, no sólo de Asgaard sino común a varias mitologías, habla sobre aquellos transgresores que mueren en el Reino de los Muertos –continuó mientras su voz comenzaba a mostrar la angustia que empezaba a dominarla.– Quien muere ahí sin pertenecer a ese mundo o servirle a su Señor, pierde su alma. Su espíritu se disuelve en el vacío y la obscuridad lo rodea hasta el fin del mundo. Un alma muerta, ¿entiendes?
Cygnus no tuvo el corazón para verla de frente.
– ¡Hyoga, debes jurar que no permitirás que te maten en ese lugar! –exclamó la princesa de repente.– ¡Si has de ofrendar tu vida por Atenea, cruza primero el Portal o jamás podré volverte a ver!
Nunca supo cuál frase le había dolido más: si la noticia de que su alma podría morir en el Averno, perdiendo así la vida eterna de la que su madre tanto le habló, o aquella revelación velada de Flare.
– ¿Qué dices? –murmuró.
– Si algo te pasa, no podré soportarlo –respondió, buscando su mirada sin conseguirlo.– A un guerrero nunca se le debe pedir que desista. Pero...
No pudo continuar. No sabía cuáles eran las palabras correctas, a pesar de que había conversado con aquel Caballero todos los días durante un año. Hyoga quería abrazarla más que nada en el mundo, como el último consuelo de un condenado a muerte, pero no lo hizo. Pensó cómo un corazón que se ha negado a amar por años duele con tanta intensidad al volver a sentir esa emoción.
– No puedo asegurarte nada, Flare –respondió, sus palabras frías pero su voz no tanto.– Es mi deber, y si he de morir, no huiré de mi destino.
– ¿No comprendes lo que acabo de decirte? –interrumpió, sus ojos tristes– Si dejas que te maten, será tu final. Sin vida posterior, como todos los que han muerto antes.
Y añadió en voz más baja:
– Como Hagen.
De repente, Hyoga comprendió por qué nunca le había confesado su amor. ¡Eres un estúpido!, se dijo. ¡No se lo dijiste por miedo a perderla o a destruir la felicidad que habías encontrado! ¡Fue por la sombra de Hagen!
Lo había matado, pero jamás lo odió. Siempre pensó en el guerrero de Beta-Merac como un pobre guerrero dividido entre el amor y el deber, cegado por el desprecio que, como posible rival, le había provocado. Pero por vez primera lo odió con todo su corazón por haberse interpuesto involuntariamente entre Flare y él. O más bien, se odiaba a sí mismo por colocarlo ahí.
– Si mi destino es morir al igual que Hagen, no hay modo de cambiarlo –afirmó Cygnus.– No importa que mi alma sea destruida si con ello Saori regresa.
– ¿No ha sido suficiente que hayan muerto tantas personas? –preguntó Flare entre triste y furiosa.– ¿Tus maestros y tu amigo? ¿Hagen y los demás?
– No para Hades.
Hyoga había tratado de mantener la vista alejada para contener el impulso de tomarla en sus brazos. Sólo algo lo obligó a que volteara a verla.
Flare estaba llorando.
Y recordó lo que, en el pasado, le dijo a Hagen. "Peleo para que Flare vuelva a ser feliz".
– No es justo –murmuró la joven.– ¿Por qué tuvo que pasar cuando más felices éramos? ¿Cómo voy a vivir sabiendo que jamás volveremos a encontrarnos?
– Flare...
– Cuando murió Hagen, –empezó a confesar con voz suave, algo que ni siquiera le había dicho a Hilda– perdí al amigo de toda mi vida. Sé que volveré a verlo algún día y le agradezco que haya peleado hasta el final por mi hermana. Pero si tú mueres en el Averno, no tendré ese consuelo. Tú no eres sólo mi amigo. Yo...
– ¡Flare, por favor, no sigas! –exclamó Hyoga, sujetándola de los hombros y mirándola a los ojos.
Su voz se había alejado por fin de la indiferencia y mostraba desesperación al ver cómo sus deseos amenazaban con tornarse en realidad en el más inoportuno de los momentos.
– No tienes idea qué solo quedó Asgaard después de que te marchaste –sentenció Flare.
– No sigas –pidió Hyoga, bajando el volumen de la voz.
– No sé por qué te peleaste con mi hermana, pero no me importa.
– Por favor...
– Te amo, Hyoga.
Cygnus y la princesa se miraron en silencio, el primero casi jurando que escuchaba el palpitar de sus corazones. "Ella me ama", pensó, "me ama y por eso no quiere que me vaya. Dios mío, ¿por qué me haces esto?"
Flare lo miró, su rostro cubierto por un ligero rubor, sus brillantes ojos llenos de lágrimas regalándole tanta luz como aquel día. Ella percibía la calidez de sus manos a través de su vestido y supo que quería estar así, a su lado, por siempre.
Hyoga no la soltó, pero bajó la mirada.
– ¿Qué te digo? –murmuró, parte para sí.– Todo lo que siento por ti está anotado en una carta que escribí diez veces y que acabé rompiendo porque las palabras nunca fueron suficientes.
Volvió a verla a los ojos.
– Sabes que mi corazón murió con mi madre y que fue congelado con Crystal e Isaac. Camus me enseñó que no debo tener sentimientos. Mis amigos me demostraron que todavía podría sentir cariño por alguien. Pero si alguien lo revivió, fuiste tú.
Sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Fue inútil que tratara de contenerse.
– Nunca sabrás cuánta esperanza me brindaste el día que me ayudaste a escapar. Nunca te agradecí que me protegieras de Hagen, aunque tu corazón se estaba destrozando. Nunca te dije que me quedé en Asgaard no sólo por ayudarlas con los muchachos, sino para poder verte todos los días.
Las lágrimas se escaparon de sus ojos y ya no trató de impedirlo.
– ¿Sabes por qué discutí con Hilda? –confesó.– Porque ella me recordó que, antes que un enamorado, soy un Caballero Ateniense. Me dijo que debía elegir y dedicarme sólo a una persona. Pero no puedo. Tengo un deber, pero soy un ser humano.
Se esforzó en sonreír y añadió:
– Por favor, no le guardes rencor a Hilda. No siento por ella más que gratitud.
– Hyoga... –murmuró, enternecida.
– Te amo, Flare.
Notó que la sujetaba con mayor fuerza.
– Voy a amarte toda la eternidad, aun si mi alma es destrozada.
Sin darse cuenta, había acercado su rostro tanto al de ella que casi no existía nada para él además de sus azules ojos. Flare también se le acercó. Él, cerrando los ojos, entreabrió los labios hasta que percibió la respiración de la joven como si se tratara de su espíritu dulce e inocente.
Y comprendió que no debía ser.
Flare, que había sentido cómo sus labios empezaban a rozarse, de pronto percibió que la soltaba. Sorprendida, abrió los ojos y su primera impresión fue que Cygnus se había marchado.
Pero seguía frente a ella, arrodillándose e inclinando la cabeza con veneración. Tomó su mano derecha y la besó con toda la ternura, la pasión y, sobre todo, el amor que sentía por ella. Flare trató de decirle algo, pedirle al menos que se levantara, pero no pudo murmurar una palabra cuando Hyoga ocultó el rostro entre sus dedos y notó que estaba llorando.
La princesa sintió que su cosmo se había activado, todavía a un nivel muy bajo, y de algún modo se unía con el del Caballero. Ese debería ser su destino. Los dos juntos hasta que la muerte los separara, e incluso después de ella. Sin embargo, no podía ser así. No debía ser así.
Cerró los ojos, suplicando a Odin que todo fuera un mal sueño. En eso, sintió una nueva textura, al parecer metálica, sobre su mano y la cerró, comprendiendo que era un regalo de Hyoga. Al mirarlo nuevamente, ya se había puesto de pie.
– Mis dos tesoros están juntos –sentenció.– Te saludo, Lady Flare, y te juro que la última palabra que pronunciaré antes de morir será tu nombre.
Dio la vuelta y corrió hacia la puerta.
– ¡Hyoga, no te vayas!
Cygnus no volvió la vista atrás. Hubo una vez una princesa asgaardiana y un Caballero Ateniense que se amaban. Pudieron haber sido felices, pero el destino se interpuso entre ambos, pensó.
Sin contener el llanto, pero tratando de mantenerse calmada, Flare abrió la mano que él había besado. Y, sobre su palma, encontró un rosario con la Cruz del Norte.
Cuando los Cuatro se reencontraron, y a pesar de cuánto se conocían, ninguno supo leer en el rostro de los demás. Seiya se veía enojado; Shiryu, tranquilo; Shun, decidido, y Hyoga tenía los ojos irritados, aunque no se distinguía si era por tristeza o de furia. Todos portaban sus armaduras completas, brillantes como la plata y relucientes como las estrellas.
Cuatro pares de ojos de diferentes colores se miraron entre sí y, a una muda indicación, se dirigieron hacia las ruinas de la Cámara del Maestro.
Al pasar por ahí, vieron a Hilda de Polaris y se maravillaron al observar cómo su cosmo, blanco como la nieve, flotaba a su alrededor. Ya se encontraba en meditación, sus atributos plateados brillando por la energía de su aura y comenzando a reflejar el espectro de siete colores de su estrella protectora. Había colocado algunas piedras a modo de altar y, sobre él, había colocado la Espada Balmung, que compartía el mismo resplandor.
A cierta distancia, se encontraban los Guerreros Divinos. Al ver que pasaban, Bud se separó del grupo y se les acercó.
– Llegó el momento, Caballeros –afirmó, quitándose el casco.– Lady Hilda ha unido su cosmo a la energía del Portal.
– Tenemos poco menos de un día –señaló Shiryu.
– Bud, es casi seguro que Hades mande a los suyos a detenerla –advirtió Seiya.– Tengan mucho cuidado.
En respuesta, Bud se esforzó en sonreír con una confianza que no estaba seguro si sentía.
– Lo tendremos –prometió.– Por fin veremos de cuánto sirvió el entrenamiento.
Gunther, Balder y Heimdall, que se encontraban cerca, alcanzaron a oírlo. Gunther se limitó a asentir en silencio, recordando sin querer la pesadilla que había tenido. Balder se mordió los labios. Heimdall sonrió, tratando de sentirse seguro pero sin lograrlo.
– Buena suerte, Caballeros del Zodiaco –dijo Bud a modo de despedida.
Los Cuatro inclinaron la cabeza y siguieron su camino. Sólo Hyoga permaneció atrás un instante y sus amigos comprendieron la razón.
– Bud, por favor –pidió en voz baja– cuida mucho a Flare. A diferencia de ustedes, no sabe pelear.
Dzeta no se extrañó al ver que hablaba de la princesa con tanta familiaridad, ni tampoco al notar el casi imperceptible cambio en la intención de Cygnus.
– Te debo una, Hyoga –respondió.– Te juro que la protegeré con mi vida.
Y sin querer, ambos sonrieron. El Caballero sabía a qué se refería, pero no comentó nada y siguió a sus amigos. Bud volvió a ponerse el casco y regresó con sus compañeros.
Los Cuatro cruzaron la que había sido la Cámara del Maestro y se encontraron ante las escaleras que los conducirían al Portal de Espacio.
No comentaron nada mientras subían, uno a uno, los escalones hacia el nivel más alto del Santuario. A diferencia del día de la gran batalla, no corrieron. No tenían tiempo de sobra, pero no existe nadie que corra ansioso hacia su propia muerte. Y aunque no lo habían dicho en voz alta, sabían que se dirigían hacia ella.
De momento, a pesar de que no lo confesaran, cada uno sintió que su vida había sido muy breve. ¿Y si Atenea hubiese muerto normalmente? Quizá habrían continuado con sus existencias comunes, capaces de aceptar el amor o la amistad que acababan de rechazar. Seiya fue el único cuyo corazón se encontraba del otro lado del Portal. Iba a ver a Saori de nuevo, como se lo prometió. Lo que no quiso preguntarse fue por cuánto tiempo volverían a estar juntos.
– No quiero ser pesimista, pero deben saber algo –dijo Hyoga cuando habían recorrido la mitad del camino.
– Si es algo más sobre los siete Guardianes, no quiero oírte –respondió Seiya, sintiendo que tenía que bromear y aligerar el ambiente.
Sin lograrlo
– Estamos dispuestos a morir por Saori, pero no debe ser en el Averno –continuó Cygnus.– De ocurrir, no sólo morirían nuestros cuerpos, sino también nuestras almas.
– Es lógico –opinó Shiryu.– ¿Qué ha de ocurrirte si mueres en el Reino de los Muertos?
– ¿Significa que tenemos que arrastrarnos hasta el Portal si nos hieren? –preguntó Seiya con ironía.– No, no podremos.
Y añadió, su voz más grave.
– Van a matarnos y, con nuestros cuerpos, perderemos nuestras almas.
– Al menos pudimos decir adiós a los que queríamos –afirmó Shun, mirando al frente con sus ojos tristes.
Nadie respondió. La mente de tres de ellos bajó por la escalera y se reunió con aquellas a quienes su corazón pertenecía, fueran jóvenes orientales, amazonas retiradas o princesas asgaardianas. Sólo la mente de uno se dirigió hacia el Averno.
– ¿Estarán los Santos del otro lado? –preguntó Hyoga, para variar el único capaz de romper el silencio.
– Ojalá –dijo Seiya.– De por sí nos superan en número. Pero tenemos que pensar que están muertos.
– Seguro que Roshi, Aioros y los demás nos protegerán, aunque sea en espíritu.
La frase de Shiryu no trataba de inspirarles una falsa confianza. En realidad creía que los espíritus de los guerreros muertos los ayudarían. Shun estuvo a punto de añadir a Ikki, pero permaneció callado.
– La entrada al Averno nos hará vulnerables –afirmó, aunque no aclaró cómo lo sabía.– Hay que desconfiar de todo.
Seiya suspiró.
– ¿Alguna vez tuvimos que recordar tantas cosas antes de una batalla?
En eso se terminaron los escalones e, inconscientemente, volvieron a guardar silencio. Miraron hacia atrás, observando el mundo del que provenían por última vez. Sin decir una palabra, caminaron hacia el Portal.
Mientras se dirigían a él, Seiya hacia el cielo. Estaba parcialmente cubierto por la enorme estatua de Palas Parthenon Athena y, sin querer, sonrió. Supuso que el texto que Ikki encontró era claro: "Los dioses sólo pueden hablar de frente con otros dioses", decía, y la respuesta era tan obvia como había comentado.
El Portal de Espacio estaba frente a la estatua de Atenea. De él no emanaba ninguna energía, a excepción del cosmo añadido cuya luz blanca y espectro de colores indicaban como propiedad de Hilda. Era invisible a todos los sentidos, y por eso no lo habían encontrado. Gracias al cosmo de Polaris, podían distinguir una abertura entre dimensiones, pero no alcanzaban a ver ningún detalle del Averno. "Ni siquiera así puedes mirarlo", pensó Seiya. "Sólo lo conocerás hasta que mueras. O que cruces un Portal."
Recordó aquel día en las montañas cuando saltó al vacío con Saori en sus brazos para protegerla. Estaban a punto de arrojarse a un abismo diferente. Por ella. Dejando todo atrás.
Su instinto de conservación le dijo "quédate". Pero su corazón, más que su deber, lo impulsó a seguir.
– Es hora –afirmó con ojos relampagueantes.– Creo que sería inútil preguntar si alguien quiere quedarse.
– Sería descortés –opinó Shiryu.
Entonces, no nos demos por muertos todavía –concluyó Pegaso.– Que les cueste trabajo a los Guardianes.
Sujetó el dije de Pegasus-Nike que portaba y exclamó:
– ¡Vamos!
Y empezó a correr hacia el Portal, activando su cosmo y listo para apagarlo apenas cruzara. "¡Espera un poco más, Saori!", pensó.
Shiryu fue el primero en seguirlo, el escudo centelleando sobre su brazo y seguro de que las oraciones de Sunrei ya lo protegían.
Shun fue el siguiente, sus ojos brillando mas no del modo en que acostumbraban hacerlo mientras sujetaba la cadena como si fuese una espada.
Hyoga, por un segundo, miró hacia atrás y sintió cómo palpitaba su corazón. Quería regresar y nunca separarse de ella.
Pero siguió a sus amigos, los alcanzó justo a tiempo y los cuatro, como si fueran uno solo, cruzaron el Portal.
Al mismo tiempo, una joven china acompañada de un niño elfo abandonaban el Santuario en dirección hacia la aldea más cercana. En su mano, traía un papel doblado con un número telefónico escrito en él. A pesar de que iba acompañada, no hablaba. Sus labios se movían en silenciosa plegaria.
Otra joven, de cabello rubio cortado en dos capas, entró a la Cámara de las Armaduras. Casi todas las urnas estaban vacías, pero no era así con una que alguna vez le perteneció. Se quedó un rato mirándola y, por la expresión de sus ojos, pareció que se maldecía a sí misma.
Una figura rubia con un largo vestido blanco caminaba con expresión ausente por los pasillos que la guiarían hacia la Cámara del Maestro. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y en su mano derecha apretaba con fuerza un crucifijo metálico. Cuando llegó a las ruinas, vio a su hermana mayor rodeada por su blanco cosmo y a siete jóvenes cerca de ella. Se sentó en el suelo y se quedó mirándolos sin ver en realidad.
Una guerrera con ojos del color de las aceitunas golpeaba insistentemente contra una puerta de madera, llamando al Caballero de Bronce que se encontraba en el interior del cuarto. Después de un rato en el cual no obtuvo respuesta, se dirigió a una tumba no muy alejada de las Doce Casas y se quedó pensando en ese lugar.
Otra amazona, una muchacha cuyo rostro estaba cubierto por una máscara plateada, miró desde Star Hill hacia el Templo de Atenea. Percibió el levísimo cambio de vibraciones en el aire, y supo que Seiya y sus amigos acababan de entrar al Averno.
Que era muy probable que ya no regresarían.
Se quitó la máscara. Y, por primera vez en muchos años, se arrepintió de nunca haberle confesado la verdad.