Capítulo cinco
El último brindisPor Altair
No hay nadie que pueda proteger a este
mundo de la invasión extranjera y ponerla
bajo control. ¡Sería una tontería reunirse
con esa joven creyendo que es Atenea! ¿No
les importaría si el mundo se arruinara?Ares/Saga de Géminis
Nunca conocieron mayor agonía que su regreso al Santuario aquella mañana. La intensidad de la lluvia había disminuido misteriosamente, pero ninguno le prestó atención. Ninguno dijo palabra alguna.
Ikki había muerto.
Por su propia mano.
Una vez que los Cuatro Caballeros no sintieron ni la vibración de cosmo más pequeña, dieron la vuelta y regresaron con lentitud al Santuario, sin derramar lágrimas ni proferir sollozos. Percibían una ligera onda cálida a su alrededor, las últimas Alas Ardientes, una despedida que expresaba la frase que el carácter solitario de Ikki de Fénix le prohibió confesar. Pero ninguno opinó ni consoló a los demás; mucho menos justificó la decisión de su amigo, diciendo que había que entenderlo en lugar de condenarlo. Quizá porque en sus heridos corazones no hallaban sitio para el perdón.
Odiaban a Ikki por haberse suicidado. Pero se odiaban más a sí mismos por no haberlo evitado.
Por primera vez en muchas horas, un tímido rayo de sol se asomó por entre las nubes aunque no dejaba de llover. Sin embargo, Seiya presintió que no traería buenas noticias, a pesar de la tradicional asociación. Lo recién ocurrido era la mejor prueba de ello.
Involuntariamente sus pensamientos comenzaron a alejarse de Ikki y regresaron antes que su cuerpo al Santuario. Seguro que Saori ya habría notado la desaparición del cosmo del Fénix. ¿Qué esperaba que les dijese?
Al pensar en Atenea de inmediato recordó a Lord Hades. ¿Qué decía la carta? Sin duda, había vuelto a amenazarla: vendría por ella y la llevaría al Tártaro aunque tuviera que destruir al mundo entero. ¡Que se atreva a acercarse!, pensó, apretando las manos. La Orden del Zodiaco estaría lista para defenderla, preparada para morir si era necesario.
Su voz interior preguntó: "¿Seguro?"
Todo estaba mal. Moo y los Santos seguían sus propios planes, sin incluirlos, ¡y eso lo ponía de muy mal humor! Ikki, el Caballero más poderoso de los Cinco, había abrazado su propia muerte. Y los demás no eran el mejor ejemplo del equilibrio espiritual: Shiryu conservaba fresca la imagen de Dokho convirtiéndose en luz; Shun acababa de atestiguar en primera fila el suicidio de su hermano; Hyoga se había encerrado en no-sé-qué le ocurrió en Asgaard. Y él estaba, por primera ocasión, perfectamente consciente del amor que existía entre Saori y él y que iba a ser cortado antes de iniciar.
Aún así, lo que más le molestaba era la forma en que sabrían que su misión, tal vez la más importante de sus vidas, se habría cumplido. Cuando muriera la mujer que amaba.
Pensó de nuevo en Ikki. Por lo que alguna vez escuchó, Esmeralda había sido el amor de su vida. Al perderla hasta en su memoria, su espíritu había muerto. El más fuerte de los Cinco, el que había hecho del "no mires hacia atrás" su regla básica, no soportó que jugaran con su alma. Supuso que nadie podría enfrentarse a semejante tortura, y si eso ocurrió con el Fénix, ¿qué podían esperar sus compañeros? ¿Qué podía esperar él?
"¿Por qué lo hiciste, Ikki?", pensó, alzando el rostro y sintiendo las gotas de lluvia correr por su rostro como las lágrimas que no derramaba. "No eras ni cobarde ni temeroso y siempre negaste el sentimentalismo. ¿Por qué decidiste huir de ese modo? ¿No tenías acaso motivos para vivir? ¿No está tu hermano, a quien dejaste solo? ¿No estamos tus amigos, quienes te queremos? ¿No está Atenea, que contaba contigo? ¡Maldito seas, Ikki de Fénix! ¡Maldito por matarte frente a los que te aman! ¡Maldito por abandonarnos cuando más te necesitamos!
"¡Maldito por mostrarme el destino que me aguarda!"
Habían llegado al Santuario, donde hacía minutos se sintió alegre sin tener un motivo. Involuntariamente, se estremeció. Cabo Sunión había parecido otro mundo, una dimensión de pesadilla. Pero los clásicos edificios de mármol le demostraban que todo ocurrió en realidad.
Vio tres siluetas que los aguardaban en la escalinata. Por la estatura, supo que uno era Kiki. Con mirar el perfil de la segunda, la reconoció como Sunrei, quien en los últimos días había actuado con mucha discreción, sabiendo que otros problemas más importantes que ella acosaban a Shiryu y quizá todavía sumida en la tristeza provocada por la muerte del Anciano Maestro. Pero no reconoció a la tercera persona de inmediato. La había visto antes, ¿pero dónde?
Dos escenas se presentaron ante él al mismo tiempo. La aeropista privada de los Kido y la fiesta en el Santuario del año anterior.
No tuvo que llamar a Shun para que éste alzara la vista y descubriera quién lo aguardaba. Su presencia había sido suficiente: su cosmo era suave, fácil de descubrir aunque hubiese renunciado a la Orden.
– ¿Shun?
La voz de la joven del cabello cortado en dos tamaños, anterior protegida del Camaleón, no mostraba su alegría usual.
Luego, Seiya se enteraría que, cuando no recibió noticias del Santuario después de la partida de Sorrento y aquella sobrenatural lluvia cubrió a Atenas, se había separado de su excursión para averiguar qué había pasado. Que encontró a Kiki y a Sunrei y que el niño-elfo se ofreció a buscar a Andrómeda, pero que al no hallar en las Cámaras ni a él ni a sus amigos, los rastreó por percepción de Cosmo. Y que ella, entrenada en el pasado como amazona, sintió con claridad el momento en que un aura que conoció se disolvía en el fuego de su propia pira.
Pero todo lo que supo en aquel momento fue que Shun la miró en silencio, incapaz de moverse a pesar de la lluvia. Era como si en aquellos ojos azul obscuro reconociera el cielo, recién llegado del peor de los infiernos.
– ¿June? –murmuró.
Hasta ese momento, Shun dejó escapar el dolor que le rompía el corazón. Subió la mitad de la escalinata mientras ella descendía la otra y la abrazó, sepultando el rostro en su rubio cabello. Y al fin se soltó llorando como no lo había hecho en toda su vida. June, cariñosa y protectoramente, lo abrazó sin decir una sola palabra.
En silencio, al ver que ya no había más motivos para contener el llanto, cada uno de los Caballeros mostró el pesar que los inundaba. No hubo sollozos ni exclamaciones, sólo las lágrimas que habían ocultado. Sunrei le preguntó con la mirada a Shiryu qué ocurría y era tal su comunicación con él que supo que acababa de perder a un amigo. Hyoga le dio la espalda al grupo, impidiendo que vieran que lloraba por primera vez en mucho tiempo. Kiki bajó la vista. Y Seiya volvió a maldecir a Ikki.
Apenas se calmaron un poco, June guió a Shun hacia el interior de las Cámaras. Los demás los siguieron, Seiya al último. No acababan de entrar cuando vieron a una figura vestida de blanco que los aguardaba. Sus ojos eran tan tristes como los de ellos. Lo habían sido todavía más en los últimos días.
Todos la miraron en silencio. De momento, Saori-Atenea no supo qué decir.
– Lo siento mucho... –murmuró al final.
Shun la vio en silencio. Con voz que nunca supo de dónde sacó, pues tenía la garganta hecha nudo, preguntó:
– ¿Sabías lo que iba a hacer?
Saori asintió.
– Te juro que traté de detenerlo, pero fallé. Perdóname.
Shun bajó la mirada, sin saber él mismo qué responder.
– Están empapados –continuó Atenea, mostrando sincera preocupación en el rostro.– Ya ordené que les preparen algo caliente. Vayan a cambiarse.
– Gracias –respondió Shiryu, el único capaz de hablar. Los demás agradecieron con la mirada y se alejaron, June sin separarse de Shun.
Sólo Seiya permaneció en su sitio. Y Saori tampoco se retiró.
Cuando los otros se marcharon y ya nadie podía escucharlos, voltearon a verse. Saori descubrió tristeza en los húmedos ojos de Pegaso, pero también odio y rencor.
– ¿Me desprecias por no evitar la muerte de Ikki? –le preguntó, acercándosele.
Seiya la miró sorprendido.
– ¿Cómo puedes pensarlo? –respondió, su voz mostrando la alteración que lo dominaba.– ¡Tú no tuviste la culpa! ¡Fue la egoísta decisión de Ikki, eso es todo!
– Ikki no fue egoísta. Sabía cuál era su camino.
– ¿Ahora vas a justificar que se haya matado?
Saori bajó la mirada.
– No –respondió con tristeza.– Sólo entiendo que su vida sería una tortura de ahora en adelante.
"¿Y no lo ha sido la nuestra?", pensó Seiya.
– Sé que algo buscaba, pero no sé qué era –murmuró Saori.– Y ya no lo sabré.
Seiya le dio la espalda. No comprendía la ingenuidad de Atenea, a pesar de ser una diosa reencarnada, y menos aún su "apoyo" a lo hecho por Ikki. ¡Maldito seas, Ikki de Fénix, por hacerle creer a Saori que falló! Debería odiarte por lo que me quede de vida, pero no puedo, porque eres mi amigo y te quiero, justo como sé que tú nos querías a todos.
– Hazme un favor, Saori –dijo, la vista en el suelo y en las gotas que caían de su capucha.– Confiésame algo.
Saori dio un paso hacia él, tocándolo del brazo pero sin tomarlo. Seiya contuvo un estremecimiento y preguntó:
– ¿Qué dice la carta que te envió Hades?
Como ella no respondió de inmediato, Seiya presintió lo peor. Y lo escuchó.
– No me deja opciones. Viene por mí apenas anochezca.
Seiya volteó a verla. Parecía tan frágil, tan joven, como si la diosa que en ella vivía hubiese vuelto a dormir y sólo hubiese quedado la humana.
– No te preocupes –aseguró, aun cuando su voz no era tan confiada como de costumbre.– No permitiremos que te lleve al Tártaro...
– Seiya, –interrumpió, bajando la mirada– debes jurarme que no harás nada por impedirlo.
– ¿Qué dices?
– Cuando Hades me lleve con él, tú permanecerás callado y obedecerás –ordenó, mirándolo de frente.
En una reacción que ni él mismo suprimió, Seiya sujetó a Saori de los brazos. Su gesto mostraba ira, furia, impotencia. Y desesperación.
– ¡Tienes que estar bromeando! ¡No puedes permitir que Hades te domine por el resto de la eternidad!
– Seiya...
– ¿Crees realmente que soy tan estúpido como para dejarte ir?
Atenea jamás lo había visto tan enojado, ni siquiera en el pasado, cuando tenía motivos para despreciarla. Pero, en sentido inverso, él nunca había encontrado tanta decisión en sus ojos.
– Es algo que tengo que hacer –sentenció, su mirada de nuevo semejante a la de la Estatua.– Aunque no lo quiera. Mi tío destruirá al mundo si no acepto.
– ¡Y va a dominarlo si lo haces!
– Al menos seguirá existiendo.
Sus ojos se volvieron duros, con una frialdad que jamás habían mostrado. Seiya comprendió que había actuado con rudeza y la soltó.
– ¿Y tus Caballeros? –preguntó, aludiendo a los que más amaba.– ¿Vas a dejarlos solos, sin saber cómo protegerte?
– Ustedes tendrán que seguir adelante. Sabes que siempre voy a acompañarlos, aunque esté en el Tártaro.
En un tono más confidencial y tierno, y apenas atreviéndose a mirarla de nuevo a los ojos, Seiya murmuró:
– ¿Y tú y yo?
Los ojos de Saori se suavizaron, y de nuevo fueron los de la joven y no los de la diosa.
– Lo nuestro nunca existió –murmuró.– Al fin comprendo por qué.
Pegaso no respondió. Fue el turno de ella de extender la mano para tocarlo.
– Descubrí cuánto te quería hace mucho tiempo –confesó– y yo misma me negué a aceptarlo. Prefería verte siempre a mi lado, como mi amigo y protector.
Seiya no reaccionó.
– Por favor, –suplicó Saori– no lo hagas más difícil.
Antes de que lograra tocar su cabello, Seiya la tomó de la muñeca. Sus ojos eran fríos, iguales a los que ella había mostrado antes.
– Más difícil... Prefiero morir, si sé que te estoy defendiendo.
– Si lo haces, mi tío va a matarte.
– Ares y Poseidón ya te amenazaron y ganamos. ¿Por qué no hemos de lograrlo ahora?
Saori titubeó en contestar. Al final murmuró:
– No hay triunfo posible. De cualquier modo, voy a morir.
Seiya la soltó.
– Además, –añadió la joven en voz más baja– la guerra no ha sido declarada e Ikki ya está muerto. Si me amas, ¡no me permitas ver cómo mi tío te quita la vida!
Sin decir más, Seiya le dio la espalda y se dirigió hacia afuera. Lo último que escuchó, por encima de la lluvia, fue la voz de su diosa reencarnada.
– ¡Júralo!
Seiya asintió, pero no volteó a verla. Salió y sintió la lluvia empapándolo, mas no volvió a protegerse con la capucha. Casi sin darse cuenta, las lágrimas fluyeron de sus ojos, confundiéndose con las gotas. Ya no era sólo por Ikki, sino por Atenea y su muerte, la Orden y su destino, y sobre todo, por él y su soledad, por el amor que debe reprimirse como si fuera un pecado.
Y también sin notarlo, gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
– ¡Maldito seas, Hades!
Quien dijo que las Moiras eran tres ancianas, seguramente vio sólo a una y dedujo que las demás lucían igual. Pero no: si bien eran tres mujeres, sus edades aparentes eran distintas a pesar de que eran tan viejas como el tiempo. Átropos, la del pasado, tenía el aspecto de una anciana de cabello plateado, aunque sus ojos eran muy brillantes. Cloto, la del presente, era una mujer de aproximadamente cuarenta años, con cañas en las sienes y muy pocas arrugas en el rostro. Laquesis, la del futuro, apenas superaría los veinte años, con su largo cabello obscuro atado con lazos. Las tres trabajaban en silencio y usaban vestidos obscuros que llegaban hasta el piso.
Cloto tejía brillantes cordeles. Laquesis los colocaba sobre un telar. Átropos los revisaba y cortaba.
Hacía pocos días, como siempre que llegaba el final del Ciclo, habían mandado llamar a Lord Hades para transmitirle el mensaje que él, a su vez, comunicaría a Atenea. Las variaciones que el señor del Averno planeaba en esta última encarnación no les importaban. Los milagros de la vida no les interesaban, sólo aquéllos que se relacionaban con la muerte.
Átropos estaba molesta. Ese día tenía que cortar el Cordel Vital de Atenea, pero una poderosa aura lo rodeaba, impidiéndoselo. El Cordel seguía hilándose, hermoso y brillante, y por lo que veía seguiría igual por muchos años. Tantos, que no alcanzaba a contarlos.
En contraste, uno de los Cordeles cercanos al de Atenea se había reventado. No preguntó a qué se debía, y lo colocó sobre el telar donde permanecería hasta disolverse.
En eso, como por la resonancia de una maldición exclamada en la superficie, cuatro Cordeles Vitales cercanos al de la diosa reencarnada comenzaron a vibrar, amenazando con romperse. Como una respuesta, los Siete que rodeaban al de Lord Hades transmitieron ondas parecidas. No les interesó a las Moiras. Si alguien preguntaba, sólo se lo dirían a Perséfone, y tal vez ella sí se preocuparía.
–Hoy vendrá por ella. No aceptará ni negativas ni súplicas, y amenaza no sólo con acabar con la Tierra, sino con matarnos a nosotros, empezando con Ikki.
– Pues se le adelantó de bonita manera.
Tal como Moo había ordenado, los cinco Caballeros Dorados se reunieron antes del amanecer para discutir lo que iban a hacer. Claro que, cuando habló con Aioria la noche anterior, no imaginó lo que el Santo de Leo iba a conseguir. Incapaz de permanecer mucho tiempo inactivo o con dudas, y odiándose por lo que se le había ocurrido, había conseguido la carta que Hades le envió a Atenea.
Claro que el orgullo y el sentido del honor de Aioria le impidieron entrar a la habitación de su diosa. Y por ello se odiaba un poco más. Le había pedido a otra persona que lo hiciese; claro que dicha persona, a cambio, exigió conocer el plan del grupo. Así que Marine asistía a la reunión, aunque no había opinado y permanecía en un rincón, su máscara impidiendo adivinar qué era lo que pensaba.
Moo había leído la nota en voz alta para sus compañeros, conteniendo él mismo su rabia (algo impensable, excepto para quienes lo conocían bien) al ir descubriendo el mensaje. Lo único que les había faltado por saber era la fecha del ataque de Hades. Ahora que la tenían, comprendieron que habían estado preparados para cualquier momento, pero que nunca imaginaron que sería tan pronto.
Milo le pidió la carta en silencio. Mientras la revisaba, los demás trataban de llegar a alguna conclusión. Por supuesto, si existía.
Hacía pocos minutos, Shaka había percibido cómo se extinguía el cosmo de Ikki. La noticia fue recibía con pesar por todos. Pero a diferencia de los Caballeros de Bronce, ellos no podían darse el lujo de lamentarse. De seguir así la situación, de ellos dependerían la vida y la muerte de Atenea.
– ¡Esa carta es una humillación! –exclamó Aioria, los ojos relampagueando a pesar de la aparente serenidad de su rostro– Las palabras de Hades son demasiado estrictas.
– ¿Y cómo querías que fueran?– preguntó Aldebaran, ofensivo y defensivo hasta en su forma de hablar– Si no logra llevársela por las buenas, lo hará por las malas.
Moo meditó en el significado de la carta. Había detalles que no comprendía del todo, pero la actitud de Atenea era transparente como el agua.
– Por algo no quería enseñárnosla –afirmó.– Quiso llevar esa afrenta sola, sin involucrarnos ni humillarnos con ella.
La mirada de Aioria, aún en su rabia, se volvió triste.
– No es justo. ¿No han muerto ya bastantes personas para que ella tenga que sufrir tanto?
Una frase, sin embargo, permaneció sin pronunciarse. Empezando con Aioros y terminando con Ikki. No necesitó decirla, puesto que los cinco pensaron igual.
Milo también estaba muy molesto, aunque no lo demostró abiertamente. Las frases de Hades eran en verdad una afrenta, sobre todo cuando cuestionaba a Atenea sobre el "sentido del honor" que, según él, la caracterizó en el pasado. El joven escorpión sintió el deseo de clavarle al Señor del Averno los Quince Aguijones, pero comenzando con Antares esta vez. En eso, encontró un detalle que llamó su atención.
– Moo, ¿a qué se refiere con la Nike y el Escudo?
En realidad, todos los asistentes se hacían esa pregunta. Moo, a pesar de su juvenil aspecto, era el que más había vivido entre ellos, así que los demás lo miraron para que aclarara sus dudas. Bajando la vista, como acostumbraba, respondió:
– Nike era una de las llamadas diosas personificadas. Esto es, no era una persona, sino una virtud convertida en diosa. Ella representaba a la Victoria y, en la Era Clásica, solía aparecer siempre junto a Atenea.
– La Victoria acompañará a la Guerra que se guíe por la Inteligencia –Shaka apuntó oportunamente.
Moo asintió en señal de acuerdo y prosiguió:
– En el pasado, tenía la forma de un ángel femenino, pero eso cambia con el paso del tiempo. En esta época de tecnología, donde el Santuario es uno de los pocos lugares que no dependen de ella, el diseño de la Nike es más sencillo, pero sigue representando una figura alada. Vamos, todos la hemos visto.
Sólo Shaka no se sorprendió ante su comentario. Moo, con cierta emoción en la voz, añadió:
– Es el báculo que Atenea porta cuando reza, el mismo que convocó al vacío Tresor de Sagitario de regreso aquel día y que hizo vibrar todas nuestras armaduras. Dokho alguna vez me dijo –y al llegar aquí, sus ojos brillaron con añoranza– que, cuando Atenea acaba de renacer, la Nike se envuelve en lienzos y se coloca junto a la Estatua, para asegurar que la Victoria siempre la acompañará. La noche que Aioros la salvó, debió escapar por ahí y se llevó la Nike consigo.
Y luego Mitsumasa Kido la escondió junto con la diosa y con la armadura, y Tatsumi sería el encargado de entregársela para el Desafío Galáctico... Cada vez que recordaba los eventos de los años anteriores, Moo se sorprendía ante el número de personas que, quizá no por completo conscientes de ello, habían desempeñado un papel importante en aquella historia. Y siempre se conmovía.
– Hades quiere la Nike para asegurar su triunfo –concluyó.– Pero no sé a qué se refiera por "escudo".
– La estatua de Atenea tiene uno –intervino Aldebaran.– ¿Se referirá a ese?
– No lo creo –opinó Shaka, quien Moo había esperado pudiese aclarar lo único que él no sabía.– Ese escudo es del tamaño de la estatua. Atenea no podría sostenerlo y no le serviría de mucha protección.
Nadie comentó nada más. Si Dokho continuara vivo, se habría aclarado a qué escudo se refería Hades en la carta. Mas no era así, y tendría que permanecer como un enigma... Al menos, hasta que apareciera la primera estrella.
A lo lejos escucharon las campanadas del Reloj del Zodiaco. Ya era de mañana y la lluvia disminuía un poco, aunque ninguno de ellos comentó algo al respecto. El tiempo se agotaba y, como si el sonido fuese una señal, Moo anunció:
– Atenea no tardará en llamarnos para informar sobre su partida, aunque seguro hablará con Seiya y con los demás primero. ¿Estamos de acuerdo?
Los otros cuatro asintieron.
– Si ofrecemos resistencia, sólo provocaremos un enfrentamiento en el que Atenea muera antes de tiempo y Hades se vengue destruyendo la Tierra. Nada de peleas hasta que lleguen el lugar y el momento adecuados.
– Insisto en que deberíamos decirle a los otros Caballeros –afirmó Aldebaran, a pesar de que sabía las razones para no hacerlo.
Moo no respondió de inmediato. Sí, tal vez deberían. No era la primera ocasión en que dudaba de lo que habían planeado, y quizá debería hacerle caso a su intuición. Sin embargo, no podían darse el lujo de exponer a aquéllos que formarían el cimiento de la nueva Orden.
La vieja Orden estaba a punto de morir.
– Vamos a prepararnos a nuestros respectivos templos –propuso al final.– Nos espera un día muy largo.
Milo volvió a enrollar la carta y se la dio a Moo para que la teletransportara de vuelta al lugar en que, según Marine, Atenea la había guardado. Aries, sin embargo, no se atrevió a mirarlo a los ojos.
"¿Y si Aldebaran tiene razón?", volvió a decirse. "Hay demasiado en juego."
Pero no quiso responderse. No permitiría que los Cuatro los acompañaran.
Antes de salir de la Cámara, Aioria miró hacia el rincón donde Marine había permanecido. Estaba cruzada de brazos y permanecía en silencio.
– ¿Qué te preocupa? –le preguntó, acercándosele y con la voz más suave de lo acostumbrado.
Ella no respondió. A pesar de que portaba su máscara, Aioria percibió la tristeza de su cosmo.
– ¿Temes por Seiya? –insistió, bajando un poco más el volumen.
De nuevo, no obtuvo respuesta.
– Todo va a estar bien, Marine –murmuró.– Lo único que debemos evitar es que él y sus amigos corran peligro.
– Lo sé –respondió por fin, su voz monótona y en volumen bajo.– Y si muere, será como un Caballero. Pero no me preocupo por él.
– ¿Entonces?
– Es por ustedes.
Aioria sonrió débilmente.
– Si morimos, será como Caballeros –dijo, arremedando su frase.
– ¡No es momento para bromas! –afirmó, mirándolo a los ojos a través de su máscara.
El Santo, confundido al mirar unos ojos que no podía ver, respondió.
– Lo sé.
Permanecieron callados un instante. Cariñosamente, Aioria apartó un mechón de rojizo cabello que caía sobre la máscara de Marine.
– No te preocupes. Y menos por mí, por favor –pidió, sus obscuros ojos reflejando la relación que compartían desde tiempo atrás.– Te prometo que no voy a dejar que me maten. Pero, por favor, júrame algo.
La joven no respondió.
– Después de que nos vayamos, dirás a Seiya la verdad.
Por tercera vez, el Santo no obtuvo respuesta inmediata.
– No puedo hacerlo –murmuró Marine.– Sé que no me comprendes, mas no debo. Por su propio bien.
– Entonces, ¿nunca lo sabrá?
Marine no respondió.
Fallé como diosa. Siempre llegué para guiar al mundo a través de las Eras Obscuras en que la ambición del ser humano y de otros dioses pretendía dominarlo. Un grupo de jóvenes se reunía alrededor mío, capaces de desgajar el cielo y de estremecer la tierra con un sólo golpe. Morían si era necesario, seguros y merecedores de alcanzar el Campo Eliseo.
Pero todo fue mal desde este último principio. El Mal me atacó desde que nací, por medio de uno de los Doce Santos destinados a cuidarme. La sangre valiosa que se derramó poco después fue mi bautizo. Todo lo que ocurrió después, ¿sería acaso la involuntaria venganza del alma de Aioros de Sagitario?
¡Si hubiese sido más fuerte! Evité que el mundo se inundara, pero no lo salvé yo, sino los valientes que ofrecieron su sangre y sus vidas por protegerme. ¿De qué sirvió, si ahora mi tío –¡mi propia familia!– amenaza al planeta que tanto amo? Sólo me queda una opción. Ir con él al Tártaro.
Sé que estoy cambiando el destino que debería ocurrir, uno en el que yo muriera y regresara en el siguiente ciclo, para otra época obscura, con una nueva Orden del Zodiaco. Sé bien que estoy decidiendo por niños que todavía no nacen, por un futuro que no me pertenece. Lo sé y lo lamento, pues si por mí fuera, todo ocurriría como antes. No le temo a la muerte. Mas no puedo permitir que una sola vida más sea cortada por mi culpa. Por mi debilidad. Por mi egoísmo. Por negarme a aceptar el destino que las Moiras han previsto para mí por el resto del tiempo.
No me presento ante Ti como debería, con la Nike y con mis Atributos Dorados. No lo merezco. Soy parte humana y parte diosa, y las dos son indignas. ¿Quién soy yo para aparecer con la Victoria cuando he permitido tanto sufrimiento y tanto dolor?
Será la última vez que rece desde esta montaña, desde el Santuario que los antiguos edificaron en mi honor. Y mucho me temo que será la última vez que pronuncie Tu Nombre. En el Tártaro, sin esperanza, sólo suplicaré Tu perdón y comprensión.
Te doy las gracias por la Era de asombro y de tranquilidad que me tocó vivir y Te suplico que, aunque no he de regresar, protejas a la Tierra y a sus habitantes. Que sean sabios y prudentes y capaces de enfrentar las futuras Épocas Obscuras que hayan de venir.
Te suplico por aquéllos que dedicaron su vida a mi servicio. Por la paz de sus almas y su felicidad eterna. Cuida a mi abuelo, pues ahora sé que jamás volveré a verlo. Que no se entristezca y encuentre en Ti el mayor consuelo. Te suplico también por los leales Caballeros a quienes no les importó entregar su sangre con tal de que el Bien triunfara. Por Aioros de Sagitario, cuya vida se interrumpió tan pronto; por Dokho de Libra, para que su sabiduría nos guíe por siempre; por Shura de Capricornio, Camus de Acuario y Saga de Géminis, leales en el fondo de sus corazones, que nos han protegido a pesar de sus muertes. Que todos cuiden a la Orden del Zodiaco cuando me haya ido.
Te suplico por los siete Guerreros Divinos para que sus espíritus siempre protejan a Asgaard y, con esa área, a la Tierra. Por favor, cuida a Hilda y a Flare, pues ahora que me marcho, ellas serán las únicas luces míticas que queden. Permite que Hilda se perdone a sí misma por lo que ocurrió y recupere su máximo poder, ya que ahora será la principal Avatar de nuestro planeta.
Ten piedad de aquéllos que murieron peleando en nuestra contra, tanto por error como por maldad. Te suplico que no les tomes en cuenta sus pecados para que algún día encuentren la paz. En especial, te pido por Deathmask y Afrodita, y que sus armaduras se purifiquen para volver a ser usadas en poco tiempo.
Te suplico por aquéllos que permanecerán aquí. Te pido por los aprendices y Caballeros de Bronce, para que aumenten su poder y nunca dejen de aprender de las estrellas. Cuida a Marine de Águila e ilumínala para que al fin confiese la verdad a su hermano; a Shaina de Ofiuco para que encuentre la felicidad que se ha ganado; a Jabu de Unicornio, mi querido compañero de juegos, para que acepte mi partida con resignación. E igual te pido por el leal Tatsumi, quien lo sabrá hasta después, por los Caballeros de Bronce que se encuentran en Oriente y por Kiki, el niño-elfo.
Pero, en especial, te suplico por mi Orden del Zodiaco. Por que los Santos Dorados comprendan mis propósitos y me obedezcan, pues de ese modo será a Ti a quien sirvan. Permite que Moo, Aldebaran, Aioria, Shaka y Milo por fin se perdonen todo lo pasó y conserven sus virtudes para convertirse en los Maestros de quienes enfrentarán los ataques de los dioses en el futuro. Que se conviertan en una luz tan brillante como la de sus cosmos y sepan ser felices aunque su meta ya no los acompañe.
Y, sobre todo, te pido por los Cinco. Por mis mejores amigos, mis guardias personales, que tanto ha sufrido sin necesidad. Sus sacrificios me parecen tan grandes, ¡y ahora, tan vanos!
Te suplico por Ikki. No le tomes en cuenta, por favor, la opción que ha elegido. Recíbelo con ternura y compasión, pues ha sufrido mucho, y permítele reencontrar a su amada Esmeralda. Te suplico por Shun, para que algún día perdone a su hermano, encuentre la felicidad que se le ha negado toda su vida, y acepte su verdadero poder y lo use por el bien de otros. Te suplico por Hyoga, para que se decida a defender la felicidad que encontró en Asgaard; porque él y Flare no se separen más que cuando llegue el momento y porque se perdone al fin la muerte de sus seres queridos, iniciando por su madre. Te suplico por Shiryu, para que comprenda que su Roshi no se ha marchado sino que siempre lo acompañará en sus enseñanzas y pensamientos. Ayúdale a convertirse en el apoyo de Sunrei, ahora más que nunca, y para que reencuentre la paz que tanto ama.
Te suplico por Seiya, para que encuentre el amor en una persona digna de él y para que me olvide...
Al llegar a este punto, Saori-Atenea ya no se contuvo y comenzó a llorar, una joven igual de triste que la lluvia que caía a su alrededor. Se dejó caer sobre sus rodillas, sin importarle manchar su blanco vestido en el barro, y sepultó el rostro en sus manos. Amaba a sus Caballeros y Santos, pero a Seiya sobre todos ellos. Sería mejor si ella moría, porque se convertiría en un recuerdo en la mente de Pegaso. Pero saber que estaban vivos y separados, o tal vez él muriendo con tal de salvarla... Era demasiado, incluso para una diosa.
Una vez que se desahogó, Saori realizó su último ruego. Te suplico por mí misma, para que acepte mi destino con dignidad y orgullo, para jamás deshonrar a la diosa que habita en mí, a la Orden que me protege y al Dios que me envió.
Sólo faltaba algo por hacer antes de regresar al Santuario y prepararse para la partida.
Flare miraba, entre aburrida y preocupada, cómo caía la nieve alrededor del Palacio del Valhalla. Hacía mucho que no tenían una tormenta semejante en Asgaard, y se preguntó si ocurriría algo semejante en Atenas. Después de todo, había comenzado al día siguiente de que Hyoga se había marchado, e Hilda misma había comentado sobre algo sobrenatural en ella.
Eventos sobrenaturales en una Tierra Mística... Algo estaba muy mal y, por algún motivo, percibía las mismas vibraciones en el aire de aquel día en que su hermana lució la Sortija del Nibelungo.
Las mismas del día que conoció a Hyoga.
Suspiró. ¡Cómo le hacía falta verlo! No estaba a su lado todo el día, pero sentir su presencia en Asgaard era más que suficiente. Ahora no podía percibirlo. Aunque tenía un cosmo, no lo había activado como el de su hermana y tenía que limitarse a la intuición privilegiada que poseía como mujer. Pero no era suficiente.
Las cenas se habían vuelto silenciosas. Los días eran iguales entre sí. ¿Cuánta diferencia significaba un par de ojos azules, fríos como el hielo excepto cuando la miraban?
Algo peor amenazaba con destrozarle el corazón. Hyoga, antes de marcharse, alcanzó a mencionar que se acercaba el Fin del Ciclo con la muerte de Atenea. Y no habían vuelto a recibir noticias del Santuario desde entonces. Atenea no había fallecido todavía –las malas noticias se saben pronto–, pero ¿qué le ocurría a la Orden? ¿Y si algo pasaba y debían seguirla? ¿Y si Hyoga...?
Sus ojos mostraron tristeza. Esos pocos días separada de él le habían demostrado con claridad lo que sentía por Cygnus, emoción surgida desde que lo liberó de la mazmorra, descubierta cuando lo protegió del pobre Hagen, reafirmada cuando se marchó al Templo de Poseidón. Y cultivada durante todo un año.
"Te quiero, Hyoga", pensó, cerrando los ojos y apoyando el rostro sobre la ventana. "Te quiero, te quiero... por Odin, te amo..."
– ¿Flare?
La dulce voz de Hilda hizo que la hermana menor se sobresaltara y volteara a verla, sonrojada hasta lo blanco de los ojos.
– ¿Sí, Hilda?
La hermana mayor fingió que no se percataba del rubor en el rostro de Flare e ignorar por qué había aparecido.
– Bud me comentó que te invitó al entrenamiento de hoy, pero que no aceptaste. ¿Por qué no fuiste? Al menos te habrías distraído un poco.
Flare bajó la vista. Al hacerlo, descubrió que el libro que Hilda guardaba en su regazo seguía en la misma página de media hora antes.
– No quise ofender a Bud ni a los demás, pero no tenía mucho ánimo para verlos –confesó.
Hilda cerró el libro y se puso de pie.
– Te comprendo. El espíritu no es el mejor en este momento.
– ¿Crees que Atenea esté bien?
Polaris no respondió de inmediato.
– Espero que sí. La muerte no es mala, hermanita. Pero esta vez...
No continuó. Demasiadas cosas se habían salido del lineamiento usual. Como una ligera inspiración, Flare se preguntó si lo que acontecía en el Santuario no alteraría a Hilda. Trató de alejar ese pensamiento al ver de nuevo hacia el exterior, angustia reflejada en sus ojos.
– Extrañas a Hyoga, ¿verdad? –escuchó.
– Sí –murmuró la princesa con timidez.– Nunca creí que me hiciera tanta falta.
Hilda quiso preguntarle cuáles eran sus sentimientos con respecto a Cygnus, pero prefirió esperar. Además, pensó, no era difícil adivinarlos. Lo quería.
¡Odin impidiera que le ocurriese lo mismo que a Sigfried!
– Hilda, ¿por qué estabas enojada con él?
De momento, la valkyria no supo qué responder. ¿Cómo decirle que la discusión que habían tenido, la que motivó que saliera a la tormenta donde vio a su difunto maestro, la había tenido como tema principal?
– Hyoga y yo no nos enojamos. Lo que no le agradó fue que le hice ver algunas cuestiones que no había considerado y se molestó –dijo, encubriendo la verdad en parte.– Eso fue todo.
Flare no lo creyó, al menos no por completo. Se sentía triste, aún así, y prefirió no insistir. Miró de nuevo al vacío paisaje, esperando encontrar en él una silueta conocida acercándose, a pesar de que sabía que era imposible. En eso, sintió un suave cosmo que la rodeaba, tibio y gentil pero poderoso.
– ¿Por qué activaste tu cosmo, hermana? –preguntó sin separar la vista de la nieve.
Vio el tono del aura que la envolvía. No era blanca como la nieve, sino dorada como el sol. Y ya la había visto antes, más de un año atrás, cuando esa misma luz impidió que los glaciares se derritieran.
Miró hacia atrás, sorprendida. Hilda, también asombrada, observaba el cosmos sin responder a su pregunta.
– ¿Qué ocurre, Hilda? –exclamó Flare, reuniéndose con ella.– ¿Atenea...?
– No –murmuró Polaris, sus azules ojos comenzando a reflejar el brillo dorado.– Está viva y no amenaza con extinguirse.
El cosmo vibró, provocando leves ondas sonoras. Las princesas alcanzaron a escuchar, en algunas zonas del Valhalla, la resonancia de las armaduras de los guerreros divinos y la música vikinga que parecía brotar del cristalino Traje de Odin cuando se activaba el aura de la espada Balmung. Flare se escondió detrás de su hermana, más por reacción que por temor, hasta que sintió cómo se activaba el elevado cosmo de su hermana, una luz del color de la nieve bajo la luna. Pero eso no fue todo. Su propia aura, que era blanca (pero con el tono de las flores que aparecían durante la primavera asgaardiana), surgió y comenzó a rodearla, al fin activándose después de muchos años. Flare se sorprendió, pero cuanto trató de llamar la atención de Hilda, descubrió que una figura esperaba frente a ellas.
Era un espíritu, o mejor dicho, la proyección de un ser vivo.
//Saludos, Hilda de Polaris, Avatar de Odin. Hola, Lady Flare//, dijo Saori-Atenea sonriendo débilmente, ataviada con todos sus atributos dorados a excepción de la Nike.
– Atenea... –murmuró Hilda, pero recuperó el control y afirmó.– ¡Saludos, Atenea, diosa de la Guerra y de la Inteligencia!
Flare, sorprendida, apenas inclinó la cabeza en señal de respeto.
– ¿Por qué nos honras con tu presencia? –preguntó la valkyria una vez intercambiados los saludos rituales.
Los ojos de Atenea se hicieron tristes.
//Hubiese querido hablar con ustedes en persona, pero ya no tengo tiempo. Ha llegado el momento de despedirnos.//
Hilda asintió, su expresión mostrando su tristeza.
– Hyoga de Cygnus, antes de regresar al Santuario, nos anunció sobre el inminente Fin del Ciclo.
//¡Ojalá y fuera eso//
La inconsciente frase de la diosa sobresaltó a Hilda y a Flare.
//Las Moiras anunciaron el momento en que debía morir y se lo comunicaron, como siempre, a mi tío, Lord Hades...//
"El señor del Averno", recordó Polaris.
//Pero él quiere aprovecharse de mi vida como Saori Kido y llevarme al Tártaro, para impedir mi muerte y convertirme en su emisaria//, concluyó.
– ¡Eso es imposible! –exclamó Hilda.– ¡Tú representas al Omnipotente y no debes servir a nadie más!
//No tengo opciones. Ha amenazado con destruir a la Tierra si no lo acompaño...// y al llegar aquí, los ojos de Saori se volvieron muy tristes. //Ya uno de sus Guardianes provocó la muerte de Ikki.//
Hilda y Flare se miraron con asombro y pena.
– Fénix... –murmuró la princesa.
Polaris recordaba al Quinto Caballero muy bien. Valiente y cínico, el último que protegió a Seiya antes de la aparición de la Armadura de Odin. Ese muchacho, incapaz de rendirse o humillarse... ¿muerto?
//No puedo permitir que eso vuelva a ocurrir//, confesó Saori, la valkyria siendo la única persona en todo el mundo a quien confesaba sus sentimientos y temores.
Y quizá la que mejor los comprendía.
– ¿Existe algo en que pueda ayudarte a impedirlo? –preguntó, sus ojos llenos de lágrimas.
Atenea negó con la cabeza.
//No hay nada que se pueda hacer. Pero, si quieres ayudarme, ¿puedo pedirte un favor?//
– Lo que sea...
Conforme mencionaba su petición, el rostro de Atenea se suavizó, cambiando de diosa en joven humana.
//Cuida a mis Caballeros, en especial a los Cuatro del Zodiaco. Temo que vayan a cometer alguna barbaridad ante mi ausencia. Por favor, permite que te sirvan junto con los Guerreros Divinos por algún tiempo, porque la única luz mítica que quedará en la Tierra estará en Asgaard.//
– Te lo prometo –afirmó Hilda, siendo de nuevo la orgullosa Valkyria de siempre.– Seré estricta y cariñosa con ellos hasta que su dolor disminuya y puedan volver a Atenas.
Saori sonrió, aunque su gesto distaba de la alegría.
//Gracias, amiga. Cuídense mucho. Fue un honor haberlas conocido y haber compartido su amistad.//
El cosmo dorado empezó a disminuir y la imagen a disolverse. Hilda dio un paso al frente, extendiendo la mano hacia el reflejo como si así lograra evitar que Atenea cumpliese su destino.
– ¡Espera! –exclamó.- ¿Esto significa que nunca volveremos a vernos?
Saori la miró con tristeza.
//Me temo que jamás volveremos a estar juntas// murmuró. //Tú irás al Valhalla del Cielo y yo me quedaré en el Averno.//
La imagen se volvió más transparente.
– ¡Perdóname por haber peleado contra ti, Atenea! –añadió antes de que la comunicación se cortara por completo.– ¡Sufriste por mi culpa y a cambio me otorgaste tu amistad! ¡Y ahora me pides que vele por los tuyos!
//No hay nada que perdonar// respondió Saori, sonriendo débilmente. //Entre amigas, no es necesario hacerlo.//
Y tratando de recuperar su dignidad divina, exclamó:
//¡Saludos, Hilda de Polaris, Avatar de Odin! ¡Adiós, Lady Flare! ¡Que la Luz de la Luna siempre ilumine sus pasos y que la felicidad las acompañe por siempre!//
– ¡Saludos, Atenea, diosa de la Guerra y de la Inteligencia! ¡Que la Luz te acompañe eternamente! –respondió Hilda.
Y en voz baja, añadió:
– Adiós amiga. Y gracias.
El cosmo finalmente desapareció, llevándose consigo la imagen pero no el recuerdo de la diosa reencarnada en quien la valkyria había encontrado la amistad verdadera. Las auras de Hilda y de Flare se apagaron en un último gesto de despedida.
La puerta se abrió con violencia. Los Guerreros Divinos entraron, colocándose en guardia; aunque no portaban sus armaduras, sus cosmos estaban activados y listos para atacar. Bud dio un vistazo rápido a la habitación, y cuando comprobó que no había ninguna amenaza visible, se acercó a las hermanas.
– ¿Se encuentran bien, mis señoras? –preguntó.
Flare asintió. Hilda, con apariencia tranquila, respondió:
– Estamos bien, Bud, gracias. ¿Por qué lo preguntas?
– Vibraciones extrañas resonaron en todo el Palacio. Creí que nos invadían de nuevo, pero no logramos acceder a la Cámara de las armaduras –explicó mientras hacía una señal a los demás para que retiraran la guardia.
Gunther, siempre vestido de negro, se aproximó:
– La energía provenía de este lugar, Lady Hilda. Pero la puerta se negó a abrirse cuando quisimos entrar. Temimos que estuvieran en peligro.
"Atenea...", pensó Hilda.
– Gracias por preocuparse –dijo Flare, adivinando sus pensamientos.– Jamás nos encontramos en riesgo.
– Sin embargo, –interrumpió Hilda, su rostro volviéndose severo– todo el mundo está en peligro. Heimdall...
Heimdall dio un paso al frente, sintiéndose orgulloso de que la avatar lo llamara sobre sus compañeros. Se inclinó ante las damas en señal de respeto, aun cuando no era necesario.
– Ordena que la avioneta está lista para despegar en cualquier momento. Puede ser que tengamos que abandonar el Valhalla para ir al Santuario de Atenea.
De reojo, Heimdall miró a Balder como presumiendo de que él hubiese sido el elegido para cumplir tal misión. Balder, en respuesta, lo vio con fingido fastidio. Sus compañeros, un tanto más serios, meditaron más en la posibilidad de una batalla futura, e incluso el rostro de Bud se volvió menos expresivo.
Sin embargo, Flare miró a Hilda con preocupación. Los ojos de su hermana estaban llenos de lágrimas, mitad tristeza y mitad coraje. Y hasta entonces, comprendió que ella se sentía igual, sólo que por razones distintas.
Hilda acababa de confirmar que era muy posible que pronto volviera a ver a Hyoga. Pero, por algún motivo que ni ella misma lograba entender, presentía que sería la última vez que lo haría.
Hades fingía prisa y preocupación a la vez, y sólo Perséfone comprendía que sí, sentía ambas, pero en un nivel mucho menor al que mostraba. Los hombres pueden ser muy exagerados, más si están nerviosos y mucho más si están seguros de triunfar. A las únicas a las que jamás engañan son a sus esposas.
Después de ordenar la reunión de los Siete Guardianes para dirigirse al Portal de Espacio, Hades se enfocó a detalles más hogareños. Había seleccionado ya cuáles sirvientes y doncellas atenderían a su sobrina, aunque por la costumbre del Tártaro ella no conocería sus rostros ni sus voces ni sus nombres, todos ocultos en largas capas marrón. También había elegido la habitación que ocuparía Atenea (la más alta del Palacio, pero también la más espaciosa y bella después de la suya) y ya había ordenado que se prepararan cincuenta vestidos nuevos para su sobrina.
Más que un dios triunfador, se comportaba como una persona que aguarda a un familiar muy querido e importante, como en realidad ocurría. Eso hacía feliz a Perséfone: el cariño que Hades sentía por Atenea seguía vivo, a pesar de que ignoraba si ocurría igual en sentido contrario. Le encantaría ver a la joven diosa con ellos y que permaneciera en el Tártaro una temporada, tal vez por las mismas razones de su esposo. El motivo original, por lo menos.
Hades y Perséfone no tenían hijos. No le extrañaba mucho, por tanto, que quisiera tanto a su sobrina favorita. Lo que la mortificaba era la segunda motivación que lo impulsaba. La misma que provocó la caída de la Era del Mito, lo que acababa de derrotar a Poseidón.
Poder.
No era porque no lo comprendiese. Al contrario, ella también añoraba la superficie. Pero a cada minuto se decía que el camino que su esposo había elegido no era el correcto.
– ¿Qué te pasa, querida? –preguntó Hades al encontrar su serio rostro. Sonreía por primera vez desde que recibió el mensaje de las Moiras.– ¿No te agrada lo que estamos preparando para Atenea?
Perséfone trató de sonreír, pero su gesto no pareció muy sincero.
– Todo está perfecto –respondió.– Supongo que se sentirá cómoda en el Palacio.
– Eso espero...
– Sin embargo...
Se interrumpió. No se sentía con ánimos para proseguir, quizá para no empañar la alegría de su esposo. Sin embargo, él la conocía demasiado bien como para no advertirlo; a pesar de que sabía a qué iba a referirse, se le acercó.
– "Sin embargo", ¿qué? ¿Por qué no lo dices?
Perséfone volvió a titubear, pero al final dijo:
– ¿Estás seguro de lo que haces?
Hades no cambió de actitud. Tal vez ya había pensado en ello, o había meditado sobre las preguntas que sabía que le iba a formular.
– Ahora estoy más seguro que nunca. Pero no temas, –murmuró mientras la tomaba de la barbilla– he meditado sobre ello y sobre mi hermano Poseidón.
Perséfone lo miró a los ojos.
– Entiendo que mi hermano quería dominar a la Tierra, pero sus intenciones eran egoístas. Quería destruirla primero, purificarla y volverla a crear. Aún así, acepto que sus intenciones estaban justificadas. Ese mundo está lleno de crimen y traición. Pero –se apresuró a añadir ante un leve temblor en la mirada de su esposa– te juro que no voy a atacarla. Sí, se purificará, pero con el paso del tiempo y cuando Atenea regrese. Guiada por nosotros.
– No fueron los malos propósitos lo que derrotó a Poseidón. Fueron su ambición y su orgullo. Debió reconocer su error.
– Olvidas algo, querida. Mi hermano recordó su nombre hasta el final de la batalla. Yo he estado en control desde siempre –intentó bromear. Al ver que no surtía efecto, prosiguió.– Atenea llegará a amar este mundo y a nosotros como los padres que no conoció.
– ¿Tú crees?
Hades no respondió de inmediato. En eso, llamaron a la puerta y, un segundo después, entró Elis de Thanatos a la habitación.
– Disculpe, Milord -dijo, después de hacer un saludo–. Vengo a anunciaros que todo está listo.
– ¿Qué hora es en el otro mundo? –preguntó sin voltear a verlo.
– Falta poco para el anochecer.
Hades asintió a modo de respuesta. Elis volvió a saludar y salió de la habitación.
El dios, entonces, besó a su esposa en la frente con ternura y respeto.
– Todo estará bien –prometió.
Dio la vuelta y siguió a Elis, dirigiéndose a donde los Siete Guardianes los esperaban. Perséfone lo vio, un poco más tranquila por sus palabras. Aún así, y para evitarse algún sufrimiento innecesario, decidió que no consultaría a las Moiras sino hasta que Atenea hubiese llegado al Averno.
¿Cuánto tiempo estuvo fuera del Santuario, bajo la lluvia que poco a poco disminuía de intensidad? No lo supo. Tenía hambre, pero su estómago rechazaba hasta el pensamiento de la comida. Tenía sueño, pero su mente se negaba a rendirse al cansancio. Tenía frío, pero provenía de su alma y no de su cuerpo. Tenía deseos de maldecir a todo y a todos, pero sabía que no serviría de nada.
Calculó que ya había pasado la hora de comer. ¿A dónde se había marchado todo aquel tiempo? A donde ya no podría recuperarlo, respondió su voz interna. ¿Cómo era posible que no uno pudiera pensar horas y horas en el mismo asunto, a pesar de que existían muchos pendientes? Seiya decidió no responderse esa última pregunta; chorreando agua, entró a las Cámaras Principales y se dirigió a su cuarto. No había nadie en los pasillos –aunque hubiera, no tenía ganas de platicar–, así que sus pasos resonaban sobre el mármol, justo como el juramento que le hizo a Saori vibraba en su mente.
¿Por qué demonios juró no intervenir? Por su honor, tendría que cumplirlo y permanecer callado cuando Hades, con ese aire de grandeza que posee el que gana, se llevara a Atenea al Tártaro mientras los veía con desprecio por sobre su hombro. Maldición.
Llegó a su cuarto. Una vez en el interior, dejó su capucha sobre una silla y se secó un poco con una te las toallas que estaban en su armario. De acuerdo, ya había pasado el momento del sentimentalismo. Había llegado el momento de demostrar por qué era un Caballero de Plata. ¿Qué podía hacer? Lo único que se prohibía a sí mismo era permitir que Hades se llevara a Atenea, hubiese jurado lo que hubiese jurado. De momento, y sorprendido ante su propio egoísmo, se le ocurrió que sería mejor que ella muriera a que se convirtiera en una esclava. "Denme libertad o denme la muerte", alguna vez había escuchado.
¿Aunque eso significara que su corazón muriera junto con ella?
Se sentó sobre su cama, tratando de idear algo que pudiesen hacer. No quiso contar con los Santos Dorados, pues era obvio que no pensaban compartir con ellos lo que estuviesen planeando. Como de costumbre, sólo podría incluir en sus planes a sus amigos...
Excepto a uno. Rayos.
Quizá Marine, Shaina y Jabu podrían ayudarles también, se le ocurrió. Si supieran dónde estaba la entrada al Tártaro, ¡sólo eso!, ya podrían decidir qué hacer. Otra razón para odiar a Ikki: había cruzado el Portal, pero no había tenido la delicadeza de decirles en dónde se encontraba.
Sin ese dato, sólo podían aguardar un milagro. De momento, Seiya tenía la mente demasiado enmarañada como para empezar a planear algo. Tal vez la inspiración llegaría en la noche, cuando ya fuera demasiado tarde.
Distraído, miró a su alrededor, prestando poca atención a los objetos y deseando únicamente despejar las nubes de su cabeza. Se fijó en su mesa de noche y encontró un sobre que no estaba ahí antes.
Una nota. Del escritorio de Saori-Atenea.
Al desdoblarla, encontró las siguientes palabras en su suave caligrafía.
//Seiya,
//Debes odiarme por todo lo que ha ocurrido en los últimos días y no puedo culparte. El destino ha tenido mucho que ver, pero mis errores y mi egoísmo son los principales responsables.//
"¿Egoísmo?", pensó. "Si todo lo que querías era evitar que nos preocupáramos..."
//Sé que cualquier cosa que diga, haga o escriba será inútil para aliviar el dolor que te he provocado, y que no tiene caso alguno insistir en que es lo mejor para Terra y para todos nosotros. Lo único que puedo decir es que confío en que cumplirás el juramento que me hiciste y que en tu conducta prudente, además de cumplir mi última voluntad, me honrarás junto con toda la Orden.//
"Dioses, qué cariñosa..."
//Te suplico que te presentes en la Cámara Principal poco antes del anochecer para comunicarles a nuestros amigos el mensaje de Lord Hades. Ellos no saben nada todavía. Por favor, porta tu armadura con atributos completos.//
Seiya arrugó el papel en sus manos, temblando. Olvidó que no le hubiese dedicado ninguna frase gentil. ¡Eso no podía permitirlo! Si bien agradecía sus palabras y había hallado cierto consuelo en ellas, se negó a permitir que Saori comunicara su decisión a los otros hasta minutos antes de irse. Ellos habían sufrido tanto como él. ¡No era justo!
Lejos del sentimentalismo y de la prudencia, Seiya volvió a ser él mismo. Decidido, salió del cuarto, listo para desobedecer por última vez a su diosa reencarnada.
– ¿Por qué apareces siempre que te necesito?
– Quizá soy tu hada madrina.
Contra su voluntad, Shun sonrió. Pero fue un gesto muy débil. Ignoraba cuántas horas habían pasado, mas estaba seguro de algo: si no hubiera estado June con él, habrían parecido siglos insoportables. Ni siquiera quería pensar en lo que podría haber ocurrido. La imagen de Ikki convirtiéndose en una pira permanecía en su memoria, tratara o no de alejarla de él, y sabía que estaría ahí por el resto de su vida.
Se encontraban dentro de una de las cámaras para visitantes, con antorchas encendidas a pesar de que era de día y sin que generaran ningún calor. O mejor dicho, sin que pudieran percibir calidez alguna. June le estaba sirviendo una taza del té que había mandado pedir. No habían ni desayunado ni comido nada, pero no tenían hambre... ni la tendrían en un buen tiempo.
– Bebe –indicó, dándole la taza.– Te hará bien.
El calor traspasó la loza y entibió sus manos al obedecerla. El dulce aroma del té dominó la mente de Shun por un segundo, aunque el fantasma de Ikki no daba señales de alejarse. Dio un pequeño trago y, cuando se detuvo, volteó a ver a June. Sus azules ojos lo miraban con tristeza.
– Siento mucho lo que pasó –murmuró la joven.
Shun asintió, sus ojos casi sin brillo.
– No hubo nada que pudiera hacer –respondió.– Tal vez...
– Shun, el "tal vez" no existe.
Se miraron en silencio. Entonces, Andrómeda bajó la vista, sus ojos volviendo a llenarse de lágrimas.
– No quise ser ruda –murmuró June, sin saber si debía tomarlo o no de la mano, ni estar segura sobre cuáles eran las palabras más apropiadas en aquel momento.– Perdóname. Es sólo que no quiero que te tortures.
– Te entiendo –respondió Shun en voz igual de baja.– No tienes que disculparte. Al contrario...
Dio otro sorbo al té y su efecto fue tan benéfico como la primera vez. Poco a poco, el calor volvía a su cuerpo.
– Si tú no hubieses estado aquí, no tengo idea de qué habría hecho –confesó, dejando la taza sobre la mesa de centro.– Podría haber cometido muchas tonterías, pero tu presencia las alejó.
– Al menos serví de algo.
June volvió a mirarlo al rostro y descubrió que el Caballero la veía de igual forma. Con un poco de timidez, Shun la tomó de la mano, y descubrió que su piel estaba tan fría como la suya.
– Eres muy importante para mí, June –dijo en voz baja.
– ¿Como tu hada madrina? –respondió, tratando de bromear.
– No. Como un ángel que está iluminando mi obscuridad.
¿Cómo se había animado a pronunciar esas palabras? Shun nunca lo supo. Sólo había sentido que tenía que decirlas. El rostro de June mostró un poco de sorpresa, pero no se sonrojó a pesar de que no podía ver más que el reflejo de sus ojos azules sobre los de su compañero.
De alguna forma, los dos supieron que el sentimiento era mutuo. Aunque el fantasma de Ikki seguía en su mente, como recordándole que no eran ni el momento ni el lugar adecuados, Shun apretó la mano de June con más fuerza, como si buscara algo más que consuelo.
– ¿No es curioso cómo pasa todo? –murmuró Camaleón, sin saber qué más podía decir y qué era lo indicado.
– Quizá el destino no siempre sea cruel –respondió Shun, su voz triste.
Ella no respondió. Por un instante no quiso responder, hasta que escuchó:
– ¿Puedo pedirte un favor?
June asintió casi sin darse cuenta. Y también, casi sin percibirlo, Shun dijo:
– No vuelvas a marcharte.
– Aunque quisiera...
Y ya no pudo decir nada más, las palabras borrándose de su mente. Sean estaba apartando un rubio mechón de su rostro, inclinándose hacia ella, y June actuó igual, sin separar la mirada. Cerró los ojos al sentir cómo sus labios comenzaban a unirse, y descubrió que lo había amado desde tiempo atrás, quizá desde Isla Andrómeda. Shun olvidó un segundo a Ikki, su dolor aliviado un poco por la presencia de la joven.
En eso, la puerta se abrió con brusquedad, como hace alguien que está muy molesto. Shun y June se separaron rápidamente, y al mirar hacia el dintel encontraron a Seiya. Pegaso tenía una franca expresión de sorpresa en su rostro. Atrás de él, Shiryu y Hyoga compartían la misma emoción.
– ¡Dioses! –exclamó Seiya, boquiabierto.
Shun se sonrojó hasta la raíz del cabello y a June no le quedó más que bajar la mirada. Pegaso trató de recuperar la compostura y añadió, tratando de restar importancia al asunto:
– Disculpen, pero es una emergencia. Shun, ven con nosotros a hablar con Saori.
– Recibí la nota de Atenea –respondió, sin lograr calmarse del todo.– ¿Se cambió la hora?
– No. Hay algo que ella tiene que decirles ahora, aunque no quiera.
En silencio, June lo soltó, permitiéndole con ese sencillo ademán que se marchara. Shun se levantó y se dirigió a la puerta.
En eso, Shiryu miró a la joven y dijo:
– June, necesito pedirte un favor. ¿Podrías llevar a Sunrei y a Kiki a la ciudad hoy, antes del anochecer, y regresar hasta mañana a medio día?
Los ojos de Camaleón relampaguearon. Algo estaba mal.
– ¿Temes algún peligro? –preguntó.
– Sí. ¿Puedo contar contigo?
June asintió. Por un instante, lamentó haberse retirado de la Orden. De no haberlo hecho, quizá podría ayudarlos mucho más. Pero cuando no practicas las artes marciales ni enciendes tu cosmo, puedes convertirte en más estorbo que apoyo, y no le quedó más que ayudar en lo único que podía.
Los Caballeros salieron del cuarto. Shun la miró por sobre el hombro al salir y ella sonrió a modo de despedida. Una vez afuera, Andrómeda comprendió cuán mal estaba la situación.
Ninguno de sus amigos había comentado una palabra. Seiya no bromeó ni una sola vez. Y eso devolvió a su corazón la angustia que lo dominaba, el breve consuelo de los labios de June transformándose en un recuerdo.
– ¡No voy a abrir, así que sea quien sea, lárguese!
Su orden fue tajante y llena de orgullo, como correspondía a su personalidad. Sin embargo, como tenía oculto el rostro contra la almohada, apenas se escucharon unos murmullos apagados. ¿Por qué a últimas fechas todo le salía mal?
Tenía mucha hambre, un poco de sueño y una barba de tres días del color de la miel. Ignoraba lo que había pasado en la mañana y no había hablado con nadie en mucho tiempo. Pero Jabu de Unicornio se negaba a mostrar a los otros habitantes del santuario lo afectado que se encontraba, pese a que se dañaba mucho más con su actitud.
¿Por qué iba a perder a la señorita Saori?
Algo en su interior le reprochó su conducta. ¿De qué manera se consideraba un Caballero digno de ascender en el Cosmo, si ni siquiera podía enfrentarse al dolor? Identificaba en ese algo la molesta voz de Seiya, aunque jamás le había dicho palabras semejantes. Sin embargo, la pena que sentía era más fuerte que su propio concepto del honor.
De nuevo llamaron a la puerta. Jabu se volteó boca arriba y volvió a gritar:
– ¡Maldita sea, déjenme en paz!
– ¡Escúchame Jabu! ¡Necesito hablar contigo aunque tú no quieras!
Esta vez no fue su imaginación. Era Seiya, quien seguía golpeando a la puerta.
– ¡No quiero oír a nadie! ¡Vete!
El golpeteo sobre la madera cesó. Jabu, alzando un poco la cabeza, se preguntó si su compañero/adversario/maestro se había cansado de su actitud. Sintió un leve arrepentimiento; sin embargo, su furia fue mayor y se dejó caer sobre la cama otra vez, los brazos cruzados a modo de almohada.
Una ráfaga de golpes azotó su puerta y, dos segundos después, la destrozó. De un salto, Jabu volvió a incorporarse para ver a Seiya entrar a través de la madera que había quedado. Los otros tres Caballeros permanecieron afuera, e incluso alcanzó a ver a Shaina con ellos.
Se sintió avergonzado. ¿Había presenciado la escena anterior?
Aun así, el carácter pudo más que la lógica, y lo primero que hizo fue ver a su Maestro con rabia.
– ¿No conoces el significado de la privacidad, Pegaso? –preguntó, entre enojado y burlón.– ¡Quiero estar solo!
Seiya, de tres pasos, se le acercó y exclamó frente a frente.
– ¡Lo que no comprendo es tu actitud, Jabu! ¡Parece la de un niño estúpido!
Unicornio se cruzó de brazos, sin apartar la mirada.
– ¿Y cómo quieres que esté después de las últimas noticias?
La mirada del maestro se volvió sospechosa, como si no supiera a qué se refería. Jabu prosiguió:
– ¡Tú has protegido a la señorita Saori, pero desde siempre has chocado con ella! ¡Yo siempre la he querido y respetado! ¿Quieres que salte de gusto al saber que va a morir?
Seiya sonrió con cinismo. Su voz, a pesar de que trataba de reflejar la misma expresión, mostró mucha amargura.
– Así que crees que yo no estoy afectado porque Saori vaya a morir. Lo dicho: eres un estúpido.
– ¿Qué dices?
Jabu trató de lanzarse contra Seiya para golpearlo. Antes de acercarse siquiera, sintió cómo Pegaso lo sujetaba de los hombros de su playera y lo halaba hacia sí. Sus ojos relampagueaban con odio, pero también vibraban con... ¿dolor?
– Hablas sobre el sufrimiento, pero no sabes qué es –dijo, apretando los dientes.– No voy a recordarte lo que he pasado por presunción, pero quiero que tengas una mínima idea sobre lo que es sufrir.
Lo arrojó hacia los almohadones. Jabu lo miró con un poco más de rencor, pero ya sin tanto enojo. Seiya exclamó, apretando los puños:
– ¡Yo vi cuando la Flecha Dorada hirió a Saori y lo único que pude hacer que maldecirme por haber permitido que nos acompañara! ¡La vi caminar entre el hielo de Asgaard, y cuando sentí cómo se extinguía su cosmo en medio de la nevada, sólo pude llamarla sin que me respondiera! ¡Vi cómo Poseidón se la llevaba consigo, y apenas la sacamos del Soporte Principal con vida!
Su rostro se suavizó un poco conforme recordaba, parte por la nostalgia pero también porque toda su vida se había centrado alrededor de la mujer que amaba. Sacudió la cabeza para alejar el dolor que le provocaba pensar en ella y continuó:
– ¿No te parece suficiente? Entonces, te diré que en cada ocasión sentí cómo el cosmo, el alma misma de mis mejores amigos, perecía o desaparecía. ¿Sabes lo que es saber que alguien está muriendo para que tú puedas seguir adelante? ¿Sabes lo que es saber que un solo error tuyo, por ejemplo al disparar una Flecha, puede costarle la vida a uno de ellos?
Su voz se volvió más severa y su rostro más obscuro cuando murmuró:
– Hoy en la mañana presencié cómo Ikki, a quien llegué a odiar y a quien todavía amo como a un hermano, murió. Se suicidó. No pude hacer nada para evitarlo. Y hoy en la noche, veré cómo Hades convierte a Atenea en su esclava, y no intervendré porque ella me hizo jurar que no lo haría.
El rencor desapareció por completo de Jabu ante su incapacidad para creer lo que había escuchado. ¿Ikki estaba muerto? ¿La señorita Saori se encontraba a merced de Hades? ¿Por qué diablos se había encerrado en su dolor, alejándose de los demás? Si lo hubiera compartido...
Seiya dio la vuelta y se dirigió hacia lo que quedaba de la puerta. En el dintel, miró a su alumno y sentenció:
– Saori pensaba anunciar su partida apenas antes de irse. Venía por ti para que, como Caballero que eres, nos acompañaras a buscarla, por más difícil que sea enfrentarla. Pero si temes tanto al dolor, sólo preséntate a las seis y media en la Cámara Principal, tu armadura con atributos completos. Adiós.
Sin voltear, salió del cuarto. Jabu escuchó cómo se reunía con los demás y se alejaba por el pasillo. Pero sobre ese sonido, pensaba en algo más.
Durante todos los eventos que Seiya había recordado, él se quedó atrás por una u otra razón. Le había pedido que lo entrenara para que encontrara su propio camino en el cosmo. Y ahora que había llegado el momento de probar su valor, había reaccionado como el humano, no como el guerrero. Cual la persona que siempre permanecía atrás. ¿Iba a hacerlo de nuevo?
Sin dudar, se puso de pie y salió del cuarto. Vio a los otros y, de una carrera corta, los alcanzó. Notó que Shaina lo miraba de reojo y deseó que el rubor que las palabras que su maestro le había provocado desapareciera pronto.
Shiryu, discretamente, lo miró sobre el hombro.
– Jabu viene con nosotros –murmuró a Seiya.
No se sorprendió cuando Pegaso sonrió con un gesto que no carecía de sarcasmo.
– He mejorado como Maestro.
A pesar de que esperaba que Marine se les uniera, a Seiya no le extrañó que no la encontraran. De algún modo, desde la Batalla en Atlantis, sabía que su camino y el de su instructora era diferentes aunque siempre estarían unidos. Este último detalle le probó que no se equivocaba, pero no demostró si se sentía lastimado.
Lo que tampoco mostró si lo sorprendía o no fue que, al llegar a la Cámara Principal, llamar a la puerta y recibir permiso para entrar, encontraron a Saori-Atenea de pie, aguardándolos. Usaba su sencillo vestido rosa con blanco, su preferido desde antes de conocer su nombre, y parecía sólo una joven humana. Frente a ella, sobre la mesa, había una botella de vino griego y muchas copas, como si esperara a más personas.
De momento, Seiya y los demás se quedaron congelados en su sitio. Quizá imaginaban que Saori se negaría a recibirlos, o que la encontrarían en un total estado de depresión. Pero no, sonreía a pesar de que su gesto no era tan luminoso como de costumbre.
– No se queden ahí –dijo, indicándoles los sillones que rodeaban la mesa, a manera de cuadro.– Pasen por favor.
Los seis se miraron entre sí, para después obedecerla. Mientras tanto, ella llenó siete copas con vino, pero hasta que no hubo repartido todas nadie dijo una palabra. De momento, los Cuatro Caballeros recordaron las reuniones que habían sostenido en los años anteriores, cuando el Fin del Ciclo y Lord Hades todavía no se asomaban en el horizonte, e Ikki faltaba porque andaba de vigilante en alguna ciudad lejana. Shaina nunca compartió con ellos aquellas sesiones, y Jabu se sentía demasiado apartado como para integrarse al grupo.
Sin embargo, ahí se encontraban casi todos los que estuvieron desde el inicio. De algún modo, el Destino se había encargado de reunirlos alrededor de Atenea, sin importar nacionalidades, edades e incluso rencores entre ellos. Todos habían cumplido una misión de mayor o menor importancia, al igual que muchos otros vivos y muertos. Y, a pesar de lo que pensaran acerca de ellos mismos, todos la habían cumplido. De modo contrario, no estarían ahí.
Nadie bebió de su copa. El silencio no era tanto incómodo como confuso. Parecía que iban a celebrar algo, cuando en realidad en menos de cuatro horas Saori iba a ser llevada por Hades al Averno para jamás volverla a ver. Claro que Seiya era el único que lo sabía, pero para eso estaban los otros ahí, ¿o no? Pero, por alguna razón, la furia que hizo que buscase a sus amigos disminuía y ya no se sentía tan alterado.
– Me alegro de que hayan venido –dijo Saori, tomando asiento, su propia copa en la mano.
– ¿Nos esperabas? –preguntó Hyoga.
Él había estado peleándose con la carta que le mandaría a Flare cuando Seiya llegó por él. A pesar de su calmado aspecto, el mismo que parecía haberse apropiado del Santuario, estaba más seguro que nunca de que iba a morir.
– Sí y no –respondió Saori, mirando a todos a los ojos uno por uno.– No los había citado tan temprano, pero sabía que vendrían antes de cualquier modo. La última nota que escribí me hizo pensarlo.
Y añadió, deteniendo su mirada en uno de ellos.
– ¿No es así, Seiya?
Tal vez había aguardado una reclamación o un reproche, y sin embargo, sentía como si le estuviera dando las gracias.
– ¿Por qué no dices la verdad completa?– preguntó, su voz inconscientemente convirtiéndose en un pequeño desafío.– Sería una crueldad que se los ocultaras hasta el último momento.
Los demás miraron a Atenea. Su expresión se volvió triste y bajó la vista un instante. Cuando volvió a observarlos, lucía tan decidida como la estatua del Templo.
– Pensé en decírselos hasta que llegara el momento, pero Seiya tiene razón. Ustedes han sido mis leales Caballeros y debo ser franca con ustedes.
Suspiró. Tras un instante, afirmó:
– En la carta que mi tío me envió, los plazos se acaban. Vendrá por mí apenas aparezca la primera estrella de esta noche.
Las palabras resonaron en el silencio que obtuvo por respuesta. Cinco pares de ojos la vieron en silencio, mostrando dolor, odio y sorpresa. Seiya bajó la vista. Sabía que, aunque era difícil, haberlos enfrentado era lo más correcto.
– Hay algo más –continuó Saori.– Ninguno puede intervenir. Me iré sin que nadie oponga resistencia.
Ninguno se sorprendió al escucharla. De nuevo, nadie opinó. Seiya pensó que eso significaba el fin de la reunión.
– ¿No hay nada que podamos hacer, Atenea?
Saori negó con la cabeza. Shaina, la joven protegida por Ofiuco, antes enemiga jurada de todos ellos, insistió:
– Sé que es una tontería, pero ¿no hay modo de que alguno de nosotros tome tu lugar? Quizá en sustitución tuya, con tal de que tú no vayas –y añadió con voz decidida.– Yo podría hacerlo.
Saori-Atenea la miró con gratitud, sus negros ojos reflejándose en los del tono de las aceitunas. Con su sensibilidad divina, había percibido desde hacía mucho tiempo atrás la semejanza de los sentimientos de ambas con respecto de la misma persona y se había asombrado al descubrir que la joven, en lugar de luchar por él, se había apartado.
– Te lo agradezco, Shaina –respondió, aunque después se preguntaría a cuál de sus actos generosos se había referido.– Pero mi tío es uno de los dioses antiguos más poderosos. A quien quiere es a mí. En realidad no está contándolos a ustedes más que como un obstáculo. No le importan en tanto no lo interrumpan.
Shaina suspiró.
– Pero, ¿y usted, señorita? –preguntó Jabu, olvidando todos los lúgubres pensamientos que lo habían atormentado y avergonzándose de estar ante ella con su barba de tres jornadas.– Una vez que se encuentre en el reino de su tío, ¿qué hará?
De alguna manera, Seiya sabía que Jabu iba a preguntar eso. Y de algún modo, supo que su alumno pensaba lo mismo que él. ¿Cómo podrían rescatarla del Tártaro?
– No lo sé bien –respondió Saori.– Lo que diga mi tío, supongo.
– Pero, –interrumpió Jabu– ¿morirá en el Averno?
– No.
Inconscientemente, Unicornio dejó escapar un suspiro de alivio. Ella no moriría, aunque estaría a manos de Lord Hades. Entonces, lo golpeó la misma idea que a los demás. ¿Valía la pena que siguiera viva, si su luz perdería su brillo?
Shiryu, Hyoga y Shun no habían dicho nada. Dragón se había cruzado de brazos, cerrando los ojos y la cabeza recargada sobre el pecho. Cygnus observaba, sin ver, las columnas de mármol que sostenían el techo. Andrómeda había bajado la vista, fijándola en la copa que sostenía en sus manos. Desde antes de reunirlos, Pegaso había sabido que esa sería la parte más complicada. Ellos no eran sólo sus Caballeros. Eran sus amigos.
Por eso mismo no se había quedado callado.
Saori miró a los tres con corazón apesadumbrado. No tuvo que aclarar a quiénes se refería cuando preguntó:
– Temo haberme equivocado de nuevo. ¿Están enojados?
Ninguno respondió.
– Sé que no es justificación, pero no quise mortificarlos hasta el último momento.
– A mí me lo dijo porque la obligué a hacerlo –intervino Seiya, esperando que su característica falta de tacto lograra que no fueran tan duros con ella.
Shaina y Jabu se sintieron como intrusos. Pegaso ya pensaba en cómo solucionar ese silencio cuando Shiryu sentenció:
– Saori, no tienes por qué darnos ninguna explicación. Si vas a regresar al mundo bajo la tutela de tu tío, debes dejar de pensar tanto en los otros para ser realmente fuerte.
Atenea lo volteó a ver. El joven Dragón la miró a los ojos, la grisácea corriente de los suyos no tan vivaz como de costumbre.
– Tú eres la reencarnación de una diosa cuya misión es guiar al mundo y protegerlo de los otros dioses –afirmó con esa seriedad que le había acreditado el reconocimiento de ser el más maduro del grupo.– Quizá no deberías amar tanto a la Tierra ni a su gente, pero lo haces. Y por pensar tanto en los demás, para que no sufran, te sacrificas.
Sonrió débilmente.
– ¿Qué más puedo decirte? –preguntó en voz un poco más baja.– Te admiro, eso es todo. Y cualquier decisión que tomes quizá no sea la más agradable, pero siempre será la más adecuada.
– Mira Saori, hay que ser francos –intervino Hyoga, su mirada un poco menos dura que de costumbre.– Tú tienes tu misión y nosotros la nuestra. No tenemos por qué juzgarte. Pero no te preocupes por nosotros, que estamos listos para todo. No nos ha lastimado que lo ocultaras hasta ahorita...
– Pero aún así, qué bueno que ya lo sabemos –concluyó Shun, sus ojos casi sin brillo.– Somos más que tus Caballeros, ¿o no?
Seiya, a modo de remate, afirmó:
– Somos tus amigos. Crecimos juntos. Y siempre estaremos aquí.
Saori sonrió, enternecida. Sin embargo, con esa misma dulzura añadió:
– Necesito algo más. Deben jurar que no impedirán que mi tío me lleve consigo. Dejarán que nos vayamos y ya, sin ofrecer resistencia ni luchar contra él, por más que eso nos lastime a todos.
Eso último no fue tan bien recibido como lo anterior, pero nadie volvió a decir nada de inmediato.
– ¿Nunca volveremos a verte, Saori? –preguntó Shun.
El "no actuar" le había recordado a Ikki.
– Me temo que no –murmuró.– Pero esto no significa que no los acompañe, ni que no los recuerde.
– Entonces, creo que no puedo jurar nada –opinó Hyoga, mirándola de frente.
Fue el único que ofreció resistencia a esa última petición. Seiya lo miró con asombro y con un poco de ironía, pues ni siquiera él había sido tan franco. En eso, Jabu también exclamó:
– ¡Yo tampoco, señorita! ¡No nos convertimos en Caballeros para no defenderla!
En definitiva, estaba mejorando.
Sin embargo, Saori no respondió. Y sus compañeros tampoco dijeron nada. Por alguna razón, Shaina no se sentía en suficiente confianza para opinar; Shiryu y Shun parecían comprender las razones de Atenea, y Seiya empezaba a odiarse por haber aceptado el juramento.
– ¿Para qué existe esta Orden? – preguntó Saori como para sí misma, a pesar de que miraba a Cygnus y a Unicornio.
– Para proteger a Atenea –respondió Jabu.
– Al proteger a la reencarnación de una diosa, están evitando que el mundo sea destruido por una época de obscuridad –respondió Saori, recordando a todos el propósito original del grupo.
Jabu asintió. Hyoga permaneció callado.
– Todos estaban presentes cuando Hades me amenazó con destruir al mundo si no voy con él –afirmó Saori, su rostro mostrando más experiencia que la de una joven de veinte años.– Si, por cualquier motivo, encuentra cualquier oposición en el Santuario, se vengará en la Tierra. Caballeros, antes que en mí, ¡deben pensar en ella!
Sus ojos brillaron cuando concluyó:
– De ahora en adelante, sólo la Orden del Zodiaco podrá guiar a la humanidad a través de la Obscuridad. Atenea no volverá con todo su poder de nuevo, y los Guerreros Divinos guiados por la avatar de Odin están muy lejos. De ustedes dependerá que la Orden subsista y que el mundo sobreviva –y añadió en voz baja.– Yo sólo los acompañaré en memoria y en espíritu, pero eso no debe detenerlos.
Viendo otra vez a Jabu y a Hyoga, pidió:
– Por favor, por el mundo en que nacimos y hemos vivido, juren que no van a evitar que me vaya.
– Lo juro –dijo Jabu casi sin darse cuenta, emocionado por las palabras de aquélla a quien amó desde niño, pero temiendo un poco a la responsabilidad que les aguardaba en el futuro.
Hyoga guardó silencio. Su voz fue menos indiferente de lo usual al decir:
– No puedo jurar que permaneceré quieto viendo cómo te diriges a algo peor que la muerte. No lo haré, así que te pido me permitas no estar presente cuando llegue el momento.
Los ojos de Saori-Atenea mostraron tristeza.
– Tienes otra razón para no querer presenciarlo, ¿me equivoco?
Cygnus asintió, pero no aclaró sus razones. Quizá sus amigos habrían comprendido, pero jamás contó a nadie lo que había ocurrido hacía tantos años en el mar de Siberia. Ni siquiera a Flare.
Saori suspiró.
– Que sea como tú quieras –dijo con firmeza y pesar a la vez.– Entonces, esta será la última ocasión en que nos veremos.
El rostro de Hyoga no mostró emoción alguna. Saori se puso de pie, su copa en la mano derecha.
– Sé que jamás volveremos a estar juntos de esta manera, pues mi futuro acabará apenas entre al Tártaro. No puedo pedirles que estemos felices en estos momentos, porque pareciera que para nosotros la felicidad es imposible.
Y, para sorpresa de todos, sonrió. Sus ojos centellearon con su luz acostumbrada, como una ligera esperanza en el corazón de todos.
– Cuando la felicidad está negada, un poco de alegría es suficiente –sentenció.– Hagamos que este instante sea eterno.
Levantando su copa en un último brindis, afirmó:
– Por la Orden del Zodiaco. Por sus nobles almas, para que sean la nueva luz del mundo, y por el amor que siento por cada uno de ellos. Salud.
Nadie supo qué efecto tuvieron sus palabras en cada uno, a excepción de ellos mismos. Lo cierto fue que, después de tomar un poco de sus copas, se sintieron mejor, incluso consolados. Los ojos de Hyoga se entibiaron un poco, y Shun sonrió aunque su gesto fue muy suave.
Entonces, Seiya comprendió el por qué de esa reunión. Saori-Atenea sabía que, en el momento de la partida, habría mucho pesar en el ambiente y que no había forma de evitarlo. Ella, sabia y prudente, no quería ser recordada así. Y tampoco quería que Hades se diera cuenta de que había ganado. Un pequeño brindis no cambiaría el destino, pero aliviaría el ánimo de todos, aunque fuera por un segundo. Que este segundo sea eterno, se dijo.
Para él sería mucho más difícil aprender a vivir sin Saori que para sus amigos. Él la amaba y ahora sabía que era correspondido. Pero, por todos los dioses, ¡seguro que la iba a apoyar hasta el fin!
– ¿Puedo hacer otro brindis? –preguntó y, sin esperar respuesta, propuso.– Por la diosa reencarnada que el destino, disfrazado de Mitsumasa Kido, nos encomendó.
Y sonrió, como si ya hubiese bebido él solo toda la botella aunque apenas si había probado el vino.
– Y –añadió– por la niña odiosa cuyo pasatiempo era regañarme después de regañar a Tatsumi. En serio que eras insoportable.
Atenea captó la intención del Caballero, y su sonrisa iluminó todavía más el ambiente.
– ¿Así nos llevamos, Seiya? –preguntó, dándose por ofendida.– Pues que sea mejor por el muchacho que ha disfrutado haciéndome enojar cada día de mi vida desde que éramos niños.
Shaina sonrió, sin comprender por qué sentía deseos de hacerlo.
– ¿A ti también te hacía enojar? Es su principal ocupación después de golpear gente, supongo –dijo.
Seiya la miró, fingiendo recelo. Volteó a ver a los demás.
– ¿Tengo o no tengo amigos? –preguntó, solicitando apoyo.– ¿Nadie va a decir algo a mi favor?
Como si fuera telepatía, los cuatro muchachos que permanecían en silencio comprendieron las intenciones de los otros. Shiryu sonrió débilmente.
– No te conviene que te defendamos, Seiya –advirtió, su gesto contrastando con la seriedad de sus palabras.– No puedo hablar por otras personas, en especial por Minho...
Seiya dio un respingo.
– Pero, la verdad, –continuó Dragón– al principio era muy complicado hablar contigo. Cualquier frase la tomabas como agresión.
– Tú empezaste –gruñó aunque no estaba enojado.
Jabu se rió, nuevamente el muchacho orgulloso de la Fundación Galahaad y no el Caballero deprimido de los últimos días.
– ¿Quién se vengó de mí en el último entrenamiento? –preguntó en son de burla y seguro de que su Maestro no lo golpearía por ello.– ¿Ya vas a reconocer que querías vengarte de mí? De haberlo sabido, jamás te hubiese dicho tus verdades... o no, pensándolo bien, lo hubiera hecho de todos modos.
En su interior, Seiya prometió volverse a vengar del Unicornio, regresara o no al entrenamiento.
– Hyoga, es tu turno para reclamar –dijo, mirando a Cygnus y esperando que se integrara a la plática.– ¿O me vas a reconocer como el gran amigo que soy?
– Tú también me debes algo, Seiya –respondió, su fachada indiferente pero los ojos mostrando un poco de emoción.– No me preguntes qué es, pero lo pagarás algún día.
Pegaso comprendió que lo que no quería decir era su costumbre de gastarle bromas en relación con Lady Flare. Y eso le recordó algo más.
– Shun, ni siquiera opines –amenazó en son de broma.– Al contrario, tienes muchas explicaciones que dar.
– ¿Yo?
– Shiryu, Jabu y Shaina no lo vieron aquel día, pero primero te apareces en el aeropuerto con una linda desconocida en brazos y ahora demuestras que su relación a progresado a pasos gigantescos. ¿Cuándo vas a olvidar tu discreción?
Saori miró a los Cuatro, preguntando en silencio a qué se refería con "pasos gigantescos". Shiryu y Hyoga sonrieron y Seiya apenas contuvo la risa cuando Shun se sonrojó tanto como un rato atrás.
– June es mi mejor amiga desde hace años –respondió.
– ¿Amiga?
Shaina captó el sentido de las frases y entendió la broma. Saori también, un poco asombrada porque se trataba del más joven. Jabu se limitó a verlo, tratando de entender qué era lo que pasaba pero empezando a presentirlo.
– Sí, la misma amistad –respondió Shun de pronto y con ojos un poco más brillantes– que la que tú llevabas con Minho. Claro está, si le hubieras sido fiel...
El nombre "Minho" trajo, por consecuencia, el de "Masami no-se-qué". Eso fue lo único que Seiya estaba dispuesto a soportar, o por lo menos le pareció así cuando sentenció:
– Todos ustedes han logrado que yo diga algo que ni Poseidón tuvo el honor de escucharme. ¡Me rindo!
– El espíritu de mi hermano vendrá a patearte si te escucha decir eso.
Todos miraron hacia la puerta al escuchar la animada voz de Aioria. No era el único que se encontraba en el dintel; también estaban los otros Santos Dorados, Kiki y hasta Marine, y a pesar de la negra situación que pendía sobre el grupo, parecían estar de buen humor.
Saori sonrió. Ninguno portaba su armadura y cualquiera que los hubiera visto los habría tomado como un conjunto de jóvenes amigos comunes y corrientes.
– ¿Es una reunión privada o cualquiera puede participar? –preguntó Moo en un comentario ligero pero sin perder la seriedad que caracterizaba al Santo de Aries.
Saori-Atenea mostró las copas que quedaban sobre la mesa.
– Ninguno de ustedes necesita invitación.
Cuando los Santos Dorados entraron a la cámara, los demás guardaron silencio. Después de todo, ellos no los estaban incluyendo en su plan –porque seguro que estaban tramando algo. Sin embargo, de inmediato comprendieron que Saori no debería ni siquiera sospechar sus intenciones, así que Seiya se dirigió a ellos con cualquier razón. Si todavía no los consideraban como ayuda, al menos podrían encubrirlos.
No fue una reunión tan agradable como la sostenida un año atrás, cuando el futuro todavía era luminoso. Sin embargo, cuando tiempo después cada uno de los participantes recordó aquella tarde, pensó en la última tertulia de Atenea y de la Orden del Zodiaco como un rayo de luz tal vez no muy grande, pero sí muy luminoso. Distaban de la felicidad, pero un poco de alegría sí era un buen sustituto, e incluso llegaron a escucharse algunas risas, aunque carecieran de su tono usual. Estaba prohibido, aún así, mencionar dos factores: la muerte de Ikki y la cada vez más cercana noche.
En la conversación, hubo anécdotas nuevas y muchas ya conocidas. Cada uno de los partícipes tenía la intención de alegrar a Saori y de lograr que sus últimos momentos en la Tierra que tanto amaba fueran lo más agradables posible. Y, a pesar de que no llegó a la risa, sí la vieron sonreír. Con su innata prudencia, la joven supo repartir su tiempo para estar con cada uno y escucharlos, la última vez que podría hacerlo. Desde Kiki que cada vez aprendía más y que prometía convertirse en Caballero a la primera oportunidad, hasta Jabu que volvió a jurarle lealtad eterna a la diosa y a la humana, Atenea escuchó y consoló lo mejor que pudo. Y poco a poco descubrió que no sólo los Cuatro habían sido sus amigos, sino también todos aquellos que habían jurado protegerla, fueran amazonas sin máscara o Santos de Oro.
Sólo Hyoga no intentó hablar con ella.
Atenea también notó que era la primera vez en que las dos partes principales de la Orden, los Santos y los Caballeros del Zodiaco, se integraban en un solo grupo. Todos estaban luchando por mejorar su ánimo. Y también notó que Jabu comenzaba a sentirse parte de ellos, a pesar de las diferencias entre su cosmo y los de los demás, y se sintió feliz por su compañero de juegos. Sentirse tan querida la reconfortó y le infundió de valor para recibir a Hades con toda la dignidad que fuera posible, quizá como una diosa que debe ceder para proteger a su mundo, pero que no piensa desviar la mirada ni agachar la cabeza.
Quizá hubieran conversado por el resto del tiempo, dejando que el Bien y el Mal pasaran a su lado sin rozarlos siquiera. Sin embargo, las lejanas campanadas del Reloj los regresaron a su realidad. Eran las cinco de la tarde.
Todos los Caballeros se miraron en silencio. A más tardar a las siete, llegarían Lord Hades y los suyos. Saori-Atenea, asumiendo su posición como líder, se puso de pie y sentenció:
– Se aproxima el momento. Prepárense para lo que ha de venir y vistan sus armaduras con atributos completos. Demostremos a mi tío que, en cualquier momento y ante cualquier situación, la Orden del Zodiaco nunca perderá la dignidad y el honor que la caracterizan.
– Puedes apostarlo, Saori –respondió Seiya en nombre de los demás.
Todos, saludándola, salieron de la Cámara. Jabu fue el primero, ansioso por deshacerse de su barba de tres días.
Antes de que se marchara uno de ellos, Saori lo llamó.
– Hyoga...
Cygnus se detuvo. Apenas se quedaron solos, se aproximó a la diosa y la miró en silencio, sus azules ojos oscilando entre la frialdad y la calidez.
– Supongo que ha llegado el momento de despedirnos –murmuró Atenea.– Me hubiera gustado verte hasta el final.
– Te agradecería que no me lo pidieses –respondió Hyoga.– Creo que no podría soportarlo.
De momento, ninguno supo cómo continuar.
– Gracias por todo, Hyoga –murmuró Saori.– Soportaste los peores sufrimientos de tu vida por protegerme, y no tengo modo de agradecerlo.
"No tienes que hacerlo", respondió Cygnus en su mirada. Atenea prosiguió:
– Sólo puedo desearte toda la felicidad del mundo. Espero que Flare y tú...
– Ese asunto terminó –interrumpió el Caballero.– No me digas nada más, o harás que dude de mi decisión.
Saori bajó la vista. A pesar de que todos los Caballeros eran diferentes y que él era uno de los más reservados, nunca esperó esa reacción. Hyoga entendió lo que le ocurría y se arrepintió de ser tan cortante.
– Perdóname. No quería ser grosero. Es sólo que pensar que nunca volveré a verte es horrible –y añadió, en voz más baja.– Ya una vez vi cómo se marchaba la persona a quien más he amado en mi vida sin que pudiera hacer nada. Por favor, no me obligues a pasar por eso de nuevo.
Cuando Saori volvió a mirarlo a los ojos, Hyoga no supo descifrar su expresión.
– No lo haré –respondió.– Si cambias de idea, sabes dónde encontrarnos. Pero si no...
– Fue un honor haberte servido, Atenea. Aun con todo lo que ha ocurrido, no cambiaría ni un instante con tal de estar a tu lado –afirmó el Caballero, su voz y su mirada mostrando absoluta sinceridad.
– ¿Puedo decirte sólo algo más? ¿Como amigos?
Al ver que asentía, Saori sonrió. Extendió la mano derecha hasta tocar a Hyoga en el pecho, palpando una figura metálica bajo la casaca que lo cubría.
– La vida es más que sufrimiento –afirmó, su voz tierna y los ojos brillantes.– No des nada por perdido hasta que no hayas agotado las opciones, e incluso entonces recuerda que siempre habrá Alguien que te protegerá.
Y añadió en tono de confidencia.
– Quien te dio esto, quería que lo recordaras.
Los ojos de Hyoga se habían suavizado por completo, mostrando la sorpresa que le producía descubrir que ella lo sabía. Sin decir más, Saori-Atenea se despidió con una inclinación de cabeza y se retiró. Tenía que acicalarse para la llegada de su tío.
Apenas estuvo solo, Hyoga presionó su propia mano contra su pecho. Sintió los contornos de su principal tesoro, la Cruz del Norte que su madre le dio poco antes de aquel fatídico viaje. Y de nuevo, como años atrás, presintió que le había sido revelada la Verdad que lo acompañaría toda su vida, aunque ahora ya tenía edad para comprenderlo.
La propiedad de la familia Solo, en Grecia, era una de las más hermosas y suntuosas de todo el Mediterráneo. Arquitectura del siglo XVIII, que combinaba todo lo creado en los siglos anteriores con el conocimiento griego y romano, relucía como fuego a las orillas del mar. Tal vez por eso, no pudo alejarse de lo que ocurría en otro punto de Grecia. En un Santuario secreto, cercano a Atenas.
A veces, Sorrento se preguntaba si iba a soportar pasar el resto de su vida en ese sitio. Julián Solo era una persona agradable, pero si era sincero, había perdido mucho de su carisma cuando Poseidón fue vencido. En ocasiones, el heredero de la familia más rica del Mediterráneo se quedaba mirando al mar por horas. ¿Acaso recordaba lo ocurrido y añoraba el poder que le perteneció? Sorrento no lo sabía. Pero estaba ahí para asegurarse de que no lo hiciera.
Él mismo sabía que el primer paso para que Julián se recuperase a sí mismo y Poseidón finalmente durmiera era evitar cualquier mención sobre el dio que había vivido en su cuerpo. Para el heredero de los Solo, Sorrento no era sino un joven sin hogar que lo había encontrado en la playa casi ahogado, aunque desconocía las causas; tenía un gran talento para la música y se había convertido en su mejor amigo. No debía saber que también había sido el Shogun Marino de Sirene, ni que tenía un poderosísimo cosmo del color de la espuma de las olas, ni que podía matar la mente de cualquier enemigo con su música.
A veces, Sorrento sentía el deseo de hablar con alguien sobre todo lo que había vivido. Pero no había nadie con quien pudiese desahogarse. Canon había muerto ahogado, mientras deambulaba por las ruinas de Atlantis. Tethys había vuelto al mar, y cada vez que iba a verlo siempre acababan discutiendo. A Asgaard no podía ni acercarse. Los únicos que quedaban deberían estar reunidos en el Santuario. A punto de perder la luz de sus vidas.
¿Qué hubo en aquella canción que lo había cambiado tanto?
Recordó que, a pesar de que Atenea agonizaba cuando la entonó, su voz permanecía llena de amor por la Tierra y esperanza en su salvación. Él sólo amaba la música, el mar transmitiendo su sonido con mayor belleza. Únicamente algo hermoso podría haberlo conmovido y lo había hecho. La canción de una mujer. De una diosa.
La última frase de Andrómeda resonó en su mente. "¡Únete a nosotros entonces! ¡Ven al Santuario, ayúdanos a protegerla contra Hades, y sírvele también!"
¡Qué más quisiera!, se dijo. Pero ese no era su camino. Él había matado al guerrero más noble de Asgaard. Él había atentado contra los Caballeros. Él había combatido contra Atenea. Su penitencia y su arrepentimiento deberían ser enormes y su corazón, aunque sensible, no daba para tanto. Cada uno tenía su camino...
Miró el atardecer que se reflejaba sobre la superficie del mar al cual perteneció. Sus tonos rojizos, naranjas y dorados brillaron contra su rostro. En el cielo, no tardaría en aparecer la primera estrella. Y con la sensibilidad extrema que poseía, supo que marcaría el principio del final.
Suspirando, Sorrento deseó poder rezar por Atenea. Pero no sabía cómo hacerlo, así que decidió suplicar en el único modo que conocía.
Tomó su flauta. No el instrumento de marfil que Julián le había regalado y que Shun había visto, sino el metálico, aquel que correspondía a la Escama de Sirene. Nunca había vuelto a tocar esa flauta desde la Batalla de Atlantis, mas no dudó en que podría volver a extraer de ella las mejores notas.
Fijando la mirada en el cielo, comenzó a tocar una melodía llena de tristeza. Y casi se llenaron sus ojos de lágrimas al ver cómo aparecía la primera estrella.
Cada uno tenía su camino. Unos peleaban, otros morían, algunos sufrían. Y unos poco interpretaban un réquiem en honor a todos ellos.
Saori sabía que, a partir de aquel instante, muchas reacciones le estarían prohibidas. A pesar de lo triste que se sintiera, no podría llorar ni lamentarse. Sin importar cuánto la humillaran, no podría enojarse. Pese a lo que había de ocurrir, no debía asombrarse. O, mejor dicho, no debería demostrar ninguna de esas emociones, no frente a los suyos que la verían como el único apoyo en ese momento tan difícil y menos aún frente a su tío.
Pero ni siquiera la lógica, que en la Era del Mito había sido su arma favorita, la preparó para la imagen que la recibió al salir de su cámara. Porque al abrir la puerta encontró a los Santos Dorados, ya ataviados con largas capas y con sus cascos en la mano, aguardándola. Y apenas la vieron, los cinco se arrodillaron ante ella y bajaron sus rostros.
Permanecieron en silencio durante algunos minutos, ellos reverenciándola y ella mirándolos con cariño y sorpresa. Incluso sin activar su cosmo divino, Atenea percibió el dolor y el arrepentimiento que cada uno sentía, supuestos miembros de la elite de la Orden y que, sin embargo, habían permitido que cinco guerreros de jerarquía inferior fueran quienes le salvaran la vida en incontables ocasiones.
– Por favor, –dijo al percibirlo y más como humana que como diosa– no hagan esto más difícil. Siempre he contado con ustedes, incluso cuando el Mal se apropió del Santuario.
Moo alzó la vista y, con humildad, respondió:
– Señora nuestra, no sea amable con quienes no lo merecemos. Si alguien de su Orden le falló, fuimos nosotros.
Fue el turno de Shaka de alzar el rostro, aunque sus ojos permanecieron cerrados.
– El Mal no fueron sólo Ares o Poseidón, y no se limitó a Saga ni a aquéllos que se opusieron abiertamente a su revelación –sentenció.– También se encontró en quienes no hicimos nada por salvarle la vida y que nos opusimos a los suyos.
– Y justo ahora, –dijo Aldebaran en voz baja, aunque pareció un gruñido– en el momento en que podríamos demostrarle nuestra lealtad, usted...
El Santo de Tauro no tuvo corazón para terminar la frase ni para mirar a la diosa de frente. Atenea miró a los suyos con compasión, entendiendo lo que sentían y sin encontrar las palabras adecuadas para consolarlos. Notó que Milo había alzado la vista y la observaba con una expresión triste que no creyó que tuviera.
– Nunca fuimos dignos –murmuró el Santo de Escorpio, más para él que para la diosa o para sus compañeros.
– Eso no es cierto.
La voz de Atenea era firme, ya no la de la humana que se enternecía ante los sentimientos de sus protectores, sino la de la diosa que siempre buscó la justicia en sus acciones y en sus palabras. Los cuatro Santos que habían alzado el rostro la miraron a los ojos, y les pareció que éstos brillaban con una luz dorada mientras ella decía:
– Estoy dispuesta a aceptar lo que dicen si se refieren a que no derramaron su sangre por mí –continuó.– Eso, lo sabemos, lo hicieron otros cinco caballeros. Pero no escucharé ni aceptaré el que digan que jamás me protegieron porque, al ayudar a los míos, me defendieron a mí.
A pesar de su voz estricta, su gesto era suave. Aunque no se movió de su lugar, miró a Moo a los ojos y preguntó:
– ¿O no es verdad, Santo de Aries, que antes de que yo conociera mi nombre tú ya velabas por los Cinco, reparando sus armaduras cuando era necesario?
– Era mi deber –respondió humildemente.
– Pero muchos antes acudieron contigo y tuvieron que marcharse con las manos vacíos. Eso, por supuesto, si lograban salir con vida de Jammyel.
Moo no supo qué responder. Atenea, entonces, miró a Aldebaran.
– No puedes culparte por no defender al bien que todavía no conocías, Santo de Tauro –dijo, esta vez con ternura.
– Un verdadero protector de Atenea debe identificar al Bien a primera vista, señorita –repuso.
– Un verdadero protector de Atenea debe asegurarse de que en realidad se trata del Bien y no de un engaño, y hasta entonces protegerlo. ¿O no es verdad que dejaste pasar a los Cinco aunque pudiste haberlos derrotado en un contraataque?
Aldebaran, sin querer, sonrió ante su frase. La diosa vio a Milo, como indicándole que era su turno.
– Lo mismo va por ti, Santo de Escorpio. Tú no sólo dejaste pasar a uno de los míos, sino que incluso lo sanaste porque estaba muriendo.
– Pero ya fue demasiado tarde –respondió Milo con su acostumbrada seguridad.– Siempre supe lo que Saga planeaba, pero en aquel entonces creí que usted era una impostora. Debí haber hecho más por impedirlo.
– Lo que importa es que lo intentaste –dijo la diosa.– ¿O vas a negar que, cuando Saga te habló sobre la traición de Aries y de Libra, tu primera intención fue evitar un baño de sangre entre Santos?
Y el más joven del grupo, aquel que nunca se quedaba sin palabras, no supo qué decir. Jamás le había confesado a nadie la conversación que había tenido con Saga. Sonriendo, Atenea vio entonces a Shaka, adivinando la expresión de sus ojos aunque los tenía cerrados.
– No podrá opinar lo mismo de mí, diosa reencarnada –dijo Shaka antes de que Atenea dijera una sola palabra.– Abiertamente apoyé a Saga porque, para mí, él era la Justicia. Estuve a punto de matar a los suyos, y si sobrevivieron no se debió a que contuviera el golpe. Y lo peor es que espiritualmente me encontraba sobre todos ellos.
– Si conoces tanto sobre el espíritu, –respondió la joven– entonces sabes lo difícil que es reconocer un error y estar dispuesto a enfrentar las consecuencias. Pero, más que eso, Santo de Virgo...
Y al continuar, su voz se volvió muy tierna.
– Uno de los míos estaba atrapado contigo en una dimensión paralela. Pudo haberse quedado ahí por siempre. Tú pudiste haber regresado sin problema alguno. Pero te humillaste y le pediste ayuda a uno de tus compañeros para traerlo contigo de regreso, porque en él reconociste la verdadera Justicia. Y eso no te lo había agradecido antes.
El usualmente imperturbable rostro de Shaka se suavizó, y aunque no abrió los ojos, era fácil detectar que brillaban.
Atenea observó al último del grupo, el único que no se había atrevido a alzar la mirada.
– ¿De qué vas a acusarte, Santo de Leo? –preguntó.– ¿Por dónde vas a comenzar?
Aioria no respondió. La diosa, sonriendo con dulzura, continuó:
– Tu hermano me salvó la vida aunque eso significó su muerte.
El Santo se mordió los labios y permaneció con la mirada baja. Atenea, todavía sonriendo, continuó:
– Tú te enfrentaste a Saga cuando supiste la verdad. Fuiste el único que lo hizo.
Le respondió el silencio. Los demás Santos voltearon a verlo de reojo, comprendiendo qué le ocurría, y de seguro Aioria se dio cuenta de que lo observaban porque bajó aún más la vista.
– Aunque no te correspondía, siempre trataste de ir a ayudar a los míos cuando se encontraban en peligro –dijo Atenea.– ¿De qué vas a acusarte entonces?
Aioria trató de decir algo. De momento, la voz no le salió de la garganta, pero al final respondió con firmeza:
– De que entre todos sus Santos y Caballeros, Saga incluido, yo fui el único que se atrevió a atacarla.
La diosa no respondió de inmediato. El Santo continuó:
– Fui bendito con un Cosmo dorado y juré protegerla contra el Mal aun cuando Saga nos dijo que jamás podríamos hablar con usted. Pero cuando realmente la tuve frente a mí, y me contó cómo mi hermano la salvó, e incluso aunque percibí su Cosmo Divino... –y, mirándola a los ojos, añadió– Incluso entonces fui lo bastante estúpido y orgulloso como para dudar de lo que veía y percibía y, peor aún, de lo que usted me estaba diciendo, Milady. Todos somos indignos, pero yo soy el peor de todos.
Atenea permaneció en silencio. Para asombro de los Cinco, se arrodilló frente a ellos, extendiendo una mano para imponer silencio cuando estuvieron a punto de protestar.
– No hablemos de pecados entonces, –dijo, mirando a Aioria a los ojos.– Si alguien ha pecado en esta reencarnación, he sido yo.
La diosa guardó silencio un instante, esperando a que los suyos reaccionaran. A pesar de la sorpresa que sentían, aún así, permanecieron callados.
– Si hubiera sido más fuerte, –sentenció la joven– me habría enfrentado a Saga junto con todos ustedes, habría peleado contra Hilda y contra Poseidón en lugar de velar por la Tierra, y ahora me enfrentaría a Hades sin importar las consecuencias que pudiera traer sobre nuestro planeta.
– Señora, usted hizo lo correcto –opinó Moo en nombre de todos.– Si la Tierra se encuentra a salvo, fue gracias a que optó por protegerla en lugar de combatir.
Atenea sonrió, y la obscuridad de la cámara pareció retroceder cuando lo hizo. Sin levantarse, miró a los cinco.
– Así como yo seguí el camino que en cada momento me pareció indicado, ustedes también lo hicieron –sentenció. Mirando de nuevo a Aioria a los ojos, añadió, – No pueden quedarse en el pasado, sin importar qué haya ocurrido. Sobre todo porque el futuro dependerá de ustedes.
Leo quiso responder, pero no se atrevió a hacerlo. A su alrededor, percibió las reacciones de sus compañeros ante la última frase de la diosa. Aunque no los vio, podría jurar que Aldebaran fruncía el ceño mientras Milo se estremecía apenas perceptiblemente, que Shaka aguardaba con su calma eterna y que Moo volvía a preguntarse si estaban haciendo lo correcto. Y, sobre todos, sentía el cosmo de una joven diosa dispuesta a sacrificarse no sólo por un planeta, sino para que ninguno de ellos volviera a sufrir.
Atenea volvió a mirarlos a todos y pidió:
– Ustedes cinco deberán ser mi soporte durante lo que sigue y, una vez que me vaya, de ustedes dependerá que la Orden continúe unida. ¿Puedo contar con todos?
Como si fueran uno solo, los Cinco Santos asintieron. La diosa sonrió otra vez y se puso de pie mientras decía:
– Entonces, vengan conmigo.
Los Santos, imitándola, se levantaron. Pero en lo que Atenea se dirigía al salón continuo por la Nike y sus atributos dorados, intercambiaron una breve mirada entre ellos. Aioria volvió a percibir las emociones de sus compañeros y descubrió que él también estaba nervioso.
"No tiene idea de cuán cierto es lo que dijo, Milady", pensó, mientras se acomodaba la tiara del Tresor sobre su cabello. "Su futuro depende de nosotros."
"Y esta vez, se lo juro, no vamos a fallarle."
Protegidos por el aura de uno de ellos, un dios y siete Guardianes cruzaron la Estigia y se dirigieron hacia la entrada al Reino de los Muertos.
Ahí, como cada doscientos años, un Portal de Espacio se había abierto desde hacía días. Si todo fuera como antes, ya se habría cerrado. Pero demasiadas cosas habían cambiado y esa sólo era una de tantas.
Hades notó de reojo cómo el agua envenenada de la Estigia intentaba alcanzarlos, pero que su energía era absorbida por el cosmo de Elis de Thanatos. Sólo aquel que era protegido por la Muerte puede cruzar la Estigia sin problemas. Hasta el Señor del Averno necesitaba su ayuda en esos casos.
Miró hacia el frente. A través del Portal, alcanzaba a ver las ruinas del Santuario. Quiso suspirar, pero no lo hizo. No le entusiasmaba volver a reunirse con Atenea.
"Es por tu bien, sobrina", se dijo. "Tú me obligaste a llegar a este extremo, pero en serio que es por tu bien."
Se le ocurrió que Perséfone le preguntaría si no era también por el bien del Averno. De la Señora de la Región. Del mismo dios del Inframundo. Pero Hades no quiso responderse, por lo menos no hasta que apareciera la primera estrella en el horizonte.
Existen momentos que uno desearía borrar de su vida. Y Seiya no necesitaba ser psíquico para saber que ese sería uno.
A diferencia de la reunión anterior, nadie conversaba ni sonreía. No había –ni habría– razones para ello. Pero, como Saori les había pedido, aguardaban al Señor de los Muertos con toda la dignidad posible. Las armaduras relucían como fuego y todos, sin excepción, parecían guerreros de la época del mito debido al porte que transmitían. Hasta Jabu, que era el de menor jerarquía, parecía haber alcanzado el siguiente nivel al usar el Traje del Unicornio con su característico orgullo. Kiki había querido participar, pero por órdenes de Saori había acompañado a Sunrei y a June a Atenas. Hyoga era el único ausente.
Exactamente a las seis y media de la tarde, Saori-Atenea, acompañada por los Santos Dorados, entró en la Cámara Principal.
Vestía una túnica blanca con pliegues muy semejante a la de la estatua, y calzaba zapatillas cuyos listones le llegaban hasta las rodillas. Su cinturón hacía juego con su gargantilla y con el brazalete de su antebrazo derecho, todos de oro labrado con rubíes y esmeraldas incrustadas; unos aretes de filigrana dorada y una tiara realizada con el mismo material completaban su arreglo. Como Hades había exigido, portaba consigo el báculo de Nike. Nunca había lucido tan hermosa, y a pesar de que transmitía tristeza, jamás había estado tan llena de fuerza.
Los Caballeros, las Amazonas y Jabu hincaron una rodilla en tierra al verla, aunque ella nunca los acostumbró a tales muestras de respeto. Saori deseó haber sido sólo humana o sólo diosa al ver a los amigos de su infancia arrodillados ante ella. Y sin embargo, también deseaba que ese instante pudiera congelarse por el resto del tiempo. Saber que no volvería a verlos le destrozaba el corazón, aunque como diosa nunca le había correspondido tener uno.
Cuando se incorporaron, Saori comprobó un detalle que había pensado desde antes. Sólo los Santos Dorados portaban capas, aunque su uso estaba pensado en el diseño de todas las armaduras. En medio del silencio, afirmó:
– Les agradezco que se encuentren aquí, acompañándome en este momento tan difícil. Falta poco para la llegada de mi tío y prácticamente estamos listos.
Nadie pudo responder a esa última frase.
– Sin embargo, –continuó– a algunos les hace falta un detalle. Moo...
El Santo de Aries, a quien le había comentado su pensamiento desde antes, asintió. Salió un momento de la Cámara y, cuando regresó algunos segundos después, traía una pila de lienzos doblados. Los Caballeros la vieron con curiosidad y de inmediato supieron de qué se trataba. Eran capas del lienzo griego más fino y blanco que pudiera encontrarse en Grecia.
– A partir del nivel de Plata, todos los Caballeros de la Orden tiene el derecho de portar una capa que marque su jerarquía como guerreros. Ha sido una falta de consideración mía que no se las entregara antes –afirmó Atenea.– ¿Pueden pasar, uno por uno, para que yo misma se las coloque?
– Las damas primero –respondió Seiya, consciente del gran honor que representaría que la misma diosa les entregara sus atavíos.
También trató de ignorar el gesto de decepción que mostró Jabu, a pesar de que el Unicornio había intentado ocultarlo.
Una breve mirada entre Marine y Shaina bastó para que quedaran de acuerdo. La Amazona de Águila se aproximó hacia su diosa y, una vez frente a ella, inclinó la cabeza. Saori tomó uno de los lienzos y, mientras lo acomodaba bajo las hombreras de la armadura, murmuró:
– Marine, ¿puedo pedirte un último favor?
– Claro que sí –respondió en el mismo volumen, entendiendo que lo que dijeran quedaría entre ellas.
– Temo que, cuando me vaya, los Cuatro Caballeros queden desconsolados –confesó.– He pedido a Hilda de Polaris que los reciba en Asgaard por una temporada, pero no creo que todos lo acepten. ¿Podrías...?
– No te preocupes, Atenea –interrumpió.– Convenceré a los otros de que es lo mejor que podemos hacer.
A pesar de las veces que habían conversado, Saori no acababa de acostumbrarse a mirar unos ojos que no estaban ahí. Y, sin embargo, esa misteriosa mujer había sido la único en comprender que la guerra no sería por un Tresor, sino por una diosa. La que, sin saberlo, la guió a conocer su propio nombre.
– Gracias por todo, Seika –murmuró.
La máscara de plata impidió que viera la reacción de Marine, pero dudó que hubiese encontrado alguna de cualquier forma. Marine hincó rodilla en tierra, agradeciendo tal honor, y se retiró.
Cuando Shaina se aproximó, se comportó igual que la otra amazona, y Saori-Atenea procedió a colocarle la capa. No sabía qué decirle, aunque Ofiuco no requirió de palabras para saber en qué pensaba.
– Atenea... –murmuró mientras le acomodaba el lienzo.
– ¿Sí?
Shaina titubeó. Sin embargo, era la última vez que hablarían en el resto de sus vidas, así que preguntó:
– ¿Lo amas?
De momento, Atenea permaneció quieta. Fue demasiado rápido como para que los demás lo notaran, pero Ofiuco sí lo sintió.
– No debería... –fue la única respuesta de la diosa.
Las dos se miraron en silencio, percibiendo el pesar que compartían aunque sus exteriores no lo demostraran.
– Algún día van a reunirse –aseguró Shaina, sin envidia en su voz.– Lo sé.
Hizo una reverencia y se marchó sin decir más.
– Gracias –dijo Atenea, aunque no supo si la había escuchado. Y esta vez, sí supo qué le agradecía.
En voz más alta, llamó al siguiente:
– Jabu, por favor, acércate.
El Caballero del Unicornio, que ya se daba por descontado, miraba entretenido el piso de mármol cuando la voz de la diosa lo sorprendió.
– ¿Yo, señorita?
Saori asintió, su dulce sonrisa brindándole confianza. Jabu sintió que las piernas se negaban a obedecerle, hasta que un empujón propinado por su querido maestro le hizo avanzar. Después de dedicarle una mirada de odio a Seiya, se aproximó y se arrodilló frente a la joven.
– Señorita, no soy digno –afirmó, conservando baja la mirada.– Por favor no lo haga.
– ¿Quién decide quién es digno? ¿El Caballero o la diosa?
La frase había sido dicha con tanto aprecio que Jabu comprendió la intención de su compañera de juegos, y se incorporó. Mientras le ajustaba la capa, Saori le dijo como en confidencia:
– Sé que te sientes apartado porque tu armadura es de bronce y no acompañaste a los otros en las batallas anteriores. Quiero que recuerdes algo, Jabu: el cosmo determina el rango, no el traje que uses. Y sé que puedes alcanzar a los Cuatro el día que te decidas a hacerlo.
– Espero lograrlo, señorita. Pero no lo disfrutaré del todo porque usted no estará conmigo.
La miró a los ojos. De nuevo, eran los niños que corrían en el jardín de la Fundación, no el Caballero indigno y la joven divina.
– Lo sentiré, Jabu. Te lo prometo –dijo Saori con mirada triste.– Por favor, a cambio te encomiendo a Tatsumi. Le escribí una carta, pero no he tenido corazón para enviársela.
– Yo se la daré, señorita. Y gracias.
Volvió a reverenciarla, pero a diferencia de las amazonas, tomó la mano derecha de Saori y la besó, mostrando el más grande de los respetos.
Jabu no acababa de dar la vuelta para irse cuando Seiya se acercó. Unicornio sintió deseos de patearlo por interrumpir su momento, pero las palabras de Saori resonaban en su mente y ya no le dio tanta importancia.
El rostro de Seiya era serio, pero sus chispeantes ojos reflejaron algo que Saori no quiso interpretar. Una vez realizado el saludo, ella confesó:
– No sé cómo decirte esto, Seiya. Es muy difícil para mí.
– Por favor, no te preocupes –respondió Pegaso.– Vamos a vernos otra vez. Entonces hablaremos con más tranquilidad y nos reiremos de estos momentos.
– No vayas a cometer una locura.
– ¿Más de las que he hecho por ti? –preguntó, mirándola a los ojos.
Seiya sintió que ese instante duraría toda la vida. Los ojos sin pupilas pero llenos de luz de la joven que amaba le transmitieron cariño, gratitud y confianza mucho mejor que todas las palabras del mundo.
– Nunca podré olvidarte, Seiya –dijo Saori, la voz muy suave.– Aunque lo intente, jamás podría. Gracias por todo lo que hiciste por mí.
– Me arrancaría el corazón con tal de salvarte –murmuró Pegaso.– Pero muerto no voy a lograrlo. Confía en mí.
Y, sin decir más, la besó en la mano y se marchó. Sin embargo, Saori sintió más que respeto en esa acción. El amor más puro que jamás había conocido.
Apenas si notó cuando Shiryu se acercó y la parte divina obligó a la humana a volver a la realidad. Si el joven Dragón captó lo que pasaba, su prudencia le impidió hacer cualquier comentario al respecto.
– ¿Estás bien, Saori? –preguntó sin esperar respuesta y más que nada por educación.
La joven asintió, pero no comentó nada más aunque confiaba plenamente en él. Mientras lo ataviaba, le preguntó:
– ¿Cómo te has sentido? Con tantos problemas, te he tenido muy abandonado.
– Pero estuviste conmigo y con Roshi cuando te necesitamos –respondió el Caballero, la corriente de sus ojos disminuyendo un poco de intensidad pero sin detenerse.
Saori sonrió débilmente.
– En ocasiones me siento muy solo –confesó.– Antes, el Anciano Maestro y yo estábamos unidos por medio de la mente, y me guiaba siempre que yo dudaba. Ahora sólo me tengo a mí mismo.
– Tienes su recuerdo.
– Además, –continuó, bajando un poco más el volumen de su voz– por alguna razón, percibo como si me siguiera acompañando. Está muerto, pero también está conmigo. Atenea...
Ella volteó a verlo. Los ojos del muchacho, de ordinario serios y profundos, mostraban pesar y ansiedad.
– Tú no vas a morir. Pero, ¿podré sentirte?
– Siempre estaré contigo. Justo como tú siempre estuviste conmigo, a pesar de todo lo que padeciste. Gracias, Caballero Dragón.
Shiryu, al igual que los otros, la besó en la mano, pero con la veneración que se siente hacia el Bien personificado.
Cuando llegó el turno de Shun, Saori se preguntó cómo acomodarle la capa, ya que las hombreras de la Armadura de Andrómeda eran laterales. De reojo, vio que Shaka usaba su lienzo cruzado entre ambas, así que decidió colocarla igual.
– ¿Te ayudo? –preguntó Shun, siempre el muchacho atento.
– No, gracias. Yo soy quien debería haberte ayudado más en los años pasados.
Shun no respondió. Saori continuó en voz más baja:
– Para todo lo que has vivido, eres muy fuerte. No importa lo que pase, jamás permitas que nada te doblegue.
– ¿Ni siquiera lo que le ocurrió a mi hermano?
– Ni siquiera su recuerdo.
De momento, no dijeron nada. Saori, acomodando los últimos pliegues, añadió:
– Sé que es muy difícil, pero ahora deberás contar sólo contigo mismo. No me preocupo, pues tienes el poder suficiente para hacerlo.
– Juré nunca emplearlo –confesó Shun de repente.– Pero, desde hoy en la mañana, siento cómo late dentro de mí, exigiendo que lo libere.
Aunque su cosmo no estaba activado, Atenea percibió que el aura de calidez que Andrómeda poseía estaba cambiando. A pesar de las diferencias entre ambos, le recordaba el de Ikki. Pero al fin y al cabo, eran hermanos.
– El poder es bueno si lo utilizas para el bien. El secreto es impedir que te corrompa...
Y añadió, su voz llena de confianza.
– Y sé que no lo hará.
– Gracias Saori –dijo Shun, sus ojos llenos de admiración.
– Gracias a ti, Shun. Por todo.
El Caballero Andrómeda se inclinó y la besó. Su gesto estaba lleno de cariño, respeto y gratitud por haberle devuelto a su hermano aunque hubiera vuelto a perderlo.
Saori suspiró. Una vez que todos estuvieron ataviados, no quedaba sino ir a la Cámara del Maestro a esperar la llegada de Hades. En eso, una voz conocida preguntó:
– ¿Es muy tarde para que me les una?
En la puerta, estaba Hyoga vestido con la armadura de Cygnus. Saori-Atenea sonrió mientras asentía, invitándole a pasar. Tomó el último de los lienzos y, cuando el Caballero se le aproximó, confesó:
– Sabía que vendrías.
– Sabía que acabaría viniendo, –respondió Hyoga– aunque esto será muy difícil.
– Cuando se quiere a alguien –respondió Saori con ternura– siempre es difícil.
Los ojos de Hyoga se suavizaron un poco, casi recuperando la mirada que habían lucido en Asgaard.
– Amar significa renunciar a una parte de ti mismo, y por eso no muchos se atreven –añadió la diosa.– Pero tú conoces más al amor que al odio. Por favor, no dudes en aceptarlo.
– Saori...
– Tú y Flare serán muy felices si se atreven. Por favor, atrévete.
Hyoga se inclinó ante ella y besó su mano. Ella era el mayor consuelo, la primera persona que le enseñó a amar después de tantos años.
– ¿Cómo podría pagarte lo que has hecho por mí, Atenea? –murmuró.
Hyoga dio la vuelta y se unió a sus compañeros. Seiya, Shiryu y Shun lo recibieron con sonrisas, aunque no se acercaba una escena agradable.
Saori tomó la Nike. A través de la ventana, descubrió que la primera estrella aparecía en el firmamento, y mirando a su Orden, sólo pudo decir.
– Ya es hora.
Con solemnidad, Atenea se dirigió a la Cámara del Maestro, seguida por sus Santos y Caballeros. Y cuando Shaka percibió que alguien atravesaba el Portal de Espacio que se encontraba en algún lugar del Santuario, decidió no comentarlo y no recordarles a los demás, aunque lo sabían, que era el último camino que compartirían con su diosa reencarnada.
En Asgaard, Hilda miraba a Polaris, su estrella protectora, con tristeza. Al verla rodeada por los siete colores del espectro, recordó a sus siete Guerreros Divinos. ¿Estaría Sigfried presenciando lo que ocurría en las Tierras Místicas? Por alguna razón, estuvo segura de ello.
Heimdall había cumplido su encargo, y el avión despegaría en el momento en que la Valkyria lo decidiera. Tardarían, cuando mucho, tres horas en llegar a Grecia. Sin embargo, Atenea no le había pedido que se dirigiera al Santuario, sino sólo que velara por los suyos. ¿Por qué sentía que pronto se encontraría en Atenas?
En eso, el brillo de Polaris se opacó aunque no había nubes en el cielo. Su aura de espectro desapareció y las estrellas de Ursa Major, siempre tan brillantes, empezaron a titilar.
– Atenea... –murmuró.
Lo único que se le ocurrió hacer fue rezar por ella y suplicar porque su destino no fuera tan severo como amenazaba. Pero no lo hizo como la Avatar de Odin, la poderosa Valkyria asgaardiana. Lo hizo como una joven común que ve cómo su mejor amiga se dirige al infierno sin que pueda hacer nada por ayudarle.
A diferencia de la vez anterior, Lord Hades no portaba solamente su túnica obscura. Abajo de ella, alcanzaba a verse el yelmo que le regalaron los Cíclopes en la Era del Mito: una armadura negra y plateada, con una larguísima espada capaz de brillar como el fuego. Su tiara, del mismo material, arrojaba su blanco cabello hacia atrás.
Antecediéndolo, como siempre, venía Elis de Thanatos. A diferencia de aquella ocasión, y al igual que la Orden del Zodiaco, los Guardianes portaban largas capas de color negro con forro color vino. Todos lucían esa expresión de triunfo y desprecio que poseen los que están seguros de su victoria y que, de hecho, han comenzado a obtenerla.
Al llegar a la Cámara del Maestro, Elis cedió el primer lugar a Hades y se unió a la escolta. Frente a ellos, vieron dos columnas de Santos y Caballeros, situadas a la izquierda y derecha de Lady Atenea, quien portaba todos sus atributos y sostenía un báculo coronado por una estilizada figura. Su rostro era inexpresivo y serio, pero lleno de dignidad.
Igual ocurría con los suyos. Los Santos Dorados estaban más cerca de ella, así que a su derecha, en fila, estaban Moo, Aioria, Milo, Shaina, Seiya y Shun; a la izquierda y frente a sus compañeros, estaban Aldebaran, Shaka, Marine, Shiryu, Hyoga y Jabu. Respetuosamente, todos miraron hacia Hades y los suyos e inclinaron la cabeza a manera de saludo. Sin embargo, eso no evitó que cada uno, en su interior, deseara arrojarse sobre Hades y los suyos y ahogarlos.
Seiya notó que Shun miraba fijamente a los Guardianes del Estigio, y supo que se preguntaba cuál de ellos había destrozado el alma de Ikki. Por primera vez en todos los años que tenían de conocerse, descubrió odio en su expresión.
Lord Hades y su escolta caminaron en medio de las dos columnas, aproximándose a Atenea. Los Caballeros fingieron que no les prestaban demasiada atención, concentrados en guardar una apariencia digna y seria. Aun así, Elis percibió la furia que casi todos contenían, excepto una de las jóvenes, el Dragón y el Santo de los ojos cerrados, y supo que ellos en particular serían de cuidado de presentarse un enfrentamiento. El Guardián que tenía el rostro cubierto volvió a estremecerse de rabia al ver a Shun; se inclinó hacia Nox de Hypnos y murmuró algo. Nox sonrió con deleite al descubrir en aquel jovencito al hermano de Fénix. Elis, por sobre el hombro, miró con burla a Jabu.
Hades fingió que no se daba cuenta de la reacción de sus Guardianes aunque la percibía por medio de su cosmo. Atenea, de igual forma, detectó las sensaciones de odio, pesar y rabia que inundaban a los suyos y deseó poderles evitar ese trago tan amargo. No miró a nadie mas que a su tío en señal de respeto y obediencia, pero incluso aunque hubiese podido apartar la mirada y dirigirla hacia los demás, no lo habría hecho. No soportaría ver las expresiones de sus amados protectores, en especial la de Seiya.
Una vez que Hades estuvo a una respetuosa distancia de su sobrina, se detuvo y exclamó:
– ¡Saludos, Atenea, diosa de la Guerra y de la Inteligencia!
Saori deseó poderse aferrar a su vida como humana por una última vez, pero sabiendo que era imposible, respondió:
– ¡Saludos, Hades, Señor del Averno!
Se hizo un momento de tenso silencio. Los Guardianes, imitando a su señor, se habían inclinado frente a Atenea. Los saludos rituales intercambiados, no quedaba nada qué hablar, excepto quizá una pequeña conversación para aligerar el ambiente. "Y después se la llevará y jamás volveré a verla aunque esté viva", pensó Seiya. Discretamente, vio de reojo a los Santos, en especial hacia Moo, pero no encontró en sus rostros ningún indicio que revelara ni sus planes ni sus pensamientos.
Era obvio que Hades no había llegado en el papel de tío comprensivo que adoptó la ocasión anterior, y sin embargo tampoco venía como el conquistador autoritario en que las circunstancias le obligaron a convertirse. En el cielo, se percibía, ya no había una estrella, sino decenas de ellas a pesar de las nubes, y Seiya se preguntó si las constelaciones que habían velado por Atenea durante siglos surgirían antes de su hora aquella noche en un último gesto de despedida.
– A decir verdad, Atenea, –comentó Lord Hades, su voz lo único audible sobre el palpitar de todos los corazones presentes– no imaginé que nos aguardarían de esta manera. Tu última conducta me hizo pensar en una rebelión, o que sería atacado apenas llegara.
Los ojos de Seiya relampaguearon. Frente a él, Shiryu le indicó con una seña que guardara la calma.
Saori-Atenea se había sonrojado un poco.
– Por medio de tu emisario, mandé disculparme por mi conducta impropia –respondió, su gesto lleno de dignidad.– Si no fue suficiente, permíteme insistir en ello.
E inclinó la cabeza a manera de disculpa. De nuevo, sólo la mirada de Shiryu impidió que Seiya atacara al Señor del Averno, quien en su interior estaba asombrado ante la conducta de la diosa.
– En cuanto a tus temores, –continuó Atenea después de incorporarse– puedes ver que no había motivo para sentirlos. Mis Caballeros saben bien que su deber es protegerme y obedecerme, y yo amo demasiado a Terra y a ellos como para colocarlos en riesgo por mi imprudencia. No tienes de qué preocuparte.
El gesto de Atenea, aunque reservado, era absolutamente sincero. Por un instante, Hades se arrepintió de haber sido tan estricto con ella, pero tal emoción no lo distrajo de su propósito.
– Veo que no te acompaña uno de tus Caballeros –comentó, y la mirada de su sobrina reflejó que sabía a cuál se refería.– ¿Lo disciplinaste por su error de haberse dejado atrapar?
Saori le sostuvo la mirada al sentenciar.
– El Caballero Fénix ha muerto.
Hades apenas se contuvo para no reflejar el asombro que lo dominó. Nox de Hypnos, en cambio, sonrió con deleite.
– No creí que fueses tan severa con los tuyos, Atenea –confesó el dios.
– Yo no lo castigué, tío. Al contrario, le pedí una disculpa por mandarlo al infierno en que su vida se convirtió.
Y añadió, en voz más alta.
– Él mismo se quitó la vida.
Nox estuvo a punto de soltar la carcajada. ¿Por qué siempre reaccionaban así los espíritus débiles? En eso, sintió una vibración negativa y, al mirar por sobre su hombro, descubrió que procedía del Caballero Andrómeda.
– Ikki de Fénix sabía que con su vida deshonraba al Santuario y a la diosa que juró proteger –prosiguió Saori.– Buscó devolverle el honor incluso si debía derramar su sangre para lograrlo.
– No creí que tus Caballeros fueran capaces de pensar así –repuso su tío, su ojos completamente francos, y admitió.– Creo que los subestimé. En fin, lamento que ese incidente haya dañado nuestra relación familiar...
"¡No fue Ikki, maldito, fuiste tú!", pensó Seiya.
– Espero que no persista el rencor entre ambas Órdenes –continuó.– Al fin y al cabo, todos cumplen con el deber de proteger a los dioses.
A pesar de sus palabras, la expresión de la mirada de Atenea era clara. Quizá algún día dejaría de sentir rencor contra él, pero jamás olvidaría la vida cortada que ahora existía entre tío y sobrina.
"Tal vez cumplimos con el mismo deber", pensó Seiya, "pero no somos tan crueles como ellos." Miró hacia los Santos Dorados, pero no encontró ni un ademán ni una reacción que revelara sus planes. Ni siquiera Aioria mostraba tensión; cuando mucho, rabia por lo que estaba ocurriendo. "¡Vamos, hagan algo!", pensó. "¿No nos ignoraron durante sus planes?"
Un momento... ¿había un plan?
– Santos y Caballeros, –sentenció Hades, y entonces todos supieron que el final había llegado– en nombre de Atenea les agradezco el servicio que les prestaron todo este tiempo. Desde hoy, ella vivirá conmigo en el Averno y regresará a la Tierra sólo cuando yo lo decida.
"¡Maldito, maldito!", insistió Seiya, apretando las manos en puños. ¿No iban a hacer nada?
¡Demonios, había jurado no hacerlo!
– Ya pueden regresar a sus Casas y proseguir con sus vidas –concluyó Lord Hades y, dirigiéndose a su sobrino, añadió.– Vámonos.
Saori-Atenea, su rostro reflejando un poco de la inmensa tristeza que la dominaba, miró de nuevo hacia la Orden del Zodiaco sin soportarlo mucho tiempo. Descendió los dos escalones que la separaban de su tío sin voltear a verlo.
Esto es, hasta que sintió que la detenía por el hombro.
– ¿Qué ocurre? –preguntó.
Lord Hades la miró con severidad.
– ¿Tratas de engañarme, Atenea? –cuestionó, aunque no con demasiada rigidez.– Portas a la Nike, pero no traes tu Escudo.
– Discúlpame –pidió Saori, un poco avergonzada.– Sé que no vas a creerme, pero desconozco cuál es mi Escudo.
Esperó que desapareciera la expresión de duda y de asombro de su tío y continuó:
– Como sabes, no crecí en el Santuario. Hace poco falleció el Maestro que me instruía en sus ritos. Sin embargo, nunca me dijo nada sobre el Escudo.
Hades no respondió de inmediato. Su rostro se suavizó.
– Te creo y no te juzgo. Al contrario...
¿Por qué, antes de concluir la frase, Seiya sintió un escalofrío?
– Permíteme que yo mismo lo invoque.
Hizo la señal a los Siete Guardianes de que se quitaran del camino. Después, avanzó hacia la salida de la Cámara, Saori-Atenea a su lado. Cuando pasó frente a él, Seiya quiso sujetarla del brazo, pero su deber como Caballero lo detuvo. Moo, Aioria, Milo y Aldebaran intercambiaron una mirada rápida, y Shaka colocó sus manos como en oración.
Pero apenas la Orden del Zodiaco se encontró a su espalda, y los Guardianes del Estigio a su lado, Lord Hades alzó los brazos, las palmas en dirección hacia la puerta. Ésta, obedeciéndolo, se abrió de par en par, y cuando un viento helado entró con fuerza a la Cámara todos descubrieron que la lluvia había aumentado de intensidad. Una luz negra surgió de los dedos del dios.
En respuesta, la colina que se encontraba bajo la Cámara del Maestro se llenó de una luz dorada. Las vibraciones resonaron en las Armaduras de todos los presentes y el Reloj del Zodiaco sonó, a pesar de que no era hora. Los cinco Santos sintieron una especie de descarga en sus cosmos, que si bien no los dañó, parecía querer quitarles algo. Y entonces, la Orden comprendió cuál era el Escudo de Atenea.
En la luz dorada, llamados por Hades, estaban los Tresors Dorados.