Capítulo cuatro
Recuerdos perdidos

Por Altair

Léumnades dijo que los sentimientos
y las lágrimas hacen débiles a las
personas. Pero, algunas veces, ese
mismo amor puede volvernos muy
fuertes. Yo casi lo había olvidado.

Ikki de Fénix



¿Quién era Esmeralda? Tal vez si hubiese olvidado todo acerca de ella, justo como Dionisio hizo que Teseo perdiera sus recuerdos sobre Ariadna, ni siquiera se habría hecho esa pregunta y hubiese podido seguir adelante con su vida. Pero no: Ikki sabía que había conocido a una mujer llamada Esmeralda, que había sido muy importante para él y que había muerto tiempo atrás. Y no podía invocar ningún detalle, ni siquiera cómo se veía. Su corazón gritaba por la sensación de pérdida.
Sabía que ella fue el centro de su existencia, su motivo de ser, pero ¿por qué? ¿Qué más había en su nombre?ç
–¿Esmeralda?– murmuró, presa de ese dolor tan intenso que provenía de su mente. Seguía presionando sus manos contra sus sienes, sin que disminuyera ni lograra recuperar imágenes.
Nox de Hypnos volvió a aproximársele. Su voz seguía siendo persuasiva, casi rastrera, pero sus ojos mostraban un poco de color aún cuando antes habían estado vacíos.
–Una mujer que cambió tu vida, Fénix.– dijo con desprecio– ¿No la recuerdas a pesar de todo lo que hizo por ti?
En medio de la confusión y del dolor, Ikki alcanzó a pensar: "La tenía presente conmigo hace un segundo. Estuvo así por años. ¿Por qué no puedo recordarla ahora?"
–Dime, Fénix.– prosiguió Hypnos– ¿Era una niña, una joven o una mujer madura? ¿No recuerdas su edad? Veamos entonces su imagen. ¿Era alta o baja, delgada o gorda? Su cabello de seguro era corto... No, largo. ¿Rubia? ¿Morena? ¿Pelirroja? ¿Blanca? ¿Negra, oriental? Sus labios, ¿finos o gruesos? Y sus ojos... ¿No puedes evocar su color?
Ikki miró al frente sin ver en realidad. La silueta que su mente había formado no dejaba de variar conforme Nox hablaba, y ahora ni siquiera podía recordar su perfil. Había perdido todas las imágenes sensoriales que conservaba de Esmeralda: No podía definir si su aroma había sido a flores o a hierba, ni el timbre de su voz, ni la intensidad de la luz que emanaba de su sonrisa.
Un rictus doloroso dominó su cuerpo, como aquel que tiene el sueño más hermoso de su vida, y al despertar descubre que lo ha perdido. Sus ojos comenzaron a temblar; él se negó a rendirse al llanto, pero no logró motivarse con el pensamiento de sus seres queridos, Atenea entre ellos. No lograba coordinar ni una sola idea.
–¿Sabes? Una imagen no importa tanto. Siempre existen las fotografías... Ah, ¡discúlpame, olvidé que tú no tienes ninguna! –continuó Nox, fingiendo pesar a la vez que conservaba su sonrisa– Bueno, ¿para qué las quieres si conservas los eventos? ¿Por qué no me platicas dónde conociste a Esmeralda?
Ikki estuvo a punto de responder, mas no lo logró. No estaba seguro de qué decir. De repente, sus memorias sobre Death Queen Island parecían más vacías, como si faltara algo. Pero, ¿cuál era la causa? ¿Guardaba alguna relación con su entrenamiento? ¿Acaso con su Maestro?
–Supe que murió. ¿Fue por enfermedad? ¿O por alguna razón distinta? Espero que no hayas tenido nada que ver en ello, Fénix, porque jamás lograrías perdonarte.
La cicatriz de su frente le punzó más fuerte que nunca. Algo en esa marca, tan profunda que jamás se cerraría, debía recordarle algo de Esmeralda. ¿Acaso (pensó, sintiendo que su corazón se detenía un segundo) con el día de su muerte y, cual Nox decía, con algo que hubiese hecho o dejado de hacer? Por reflejo, Ikki vio las temblorosas palmas de sus manos. ¿Estuvieron en algún momento manchadas con su sangre, habían cerrado sus ojos fijos, habían percibido su último aliento? ¿La habría estrechado contra su pecho gritando su nombre, manchándose con su sangre y sintiendo que su alma moría con ella?
El mundo comenzó a dar vueltas a su alrededor. Apretó las manos en puños con tal fuerza que las habría hecho sangrar de no portar los guantes de su armadura. Nox sonrió con deleite. Esa era la parte más divertida de la conversación.
–Supongo que pasaban mucho tiempo platicando.– ahora, su voz fingía ternura, curiosidad y lástima– Deben haber sido charlas muy interesantes y profundas. Lástima que no conservaste ninguna palabra porque, ¿sabes?, es muy fácil que se pierdan con el viento. Quizá así sabrías por qué fue tan importante para ti.
"Alguien llamada Esmeralda evitó que me ocurriera algo", se dijo Ikki. "Que cambiara, que diera un paso del que me arrepentiría siempre. ¿Pero cuál? ¡Maldita sea, cuál!"
De Ikki ya no quedaba prácticamente nada del despiadado y valiente Caballero que entró al Averno por su diosa. En su lugar, sólo había un ser humano que había perdido lo más valioso y amado de su vida. Volvió a llevarse las manos a la cabeza, las lágrimas peleando por salir de sus ojos. La voz de Nox de Hypnos había dejado de fingir, mostrando la más inmensa de las crueldades.
–Claro que falta la mayor pregunta. ¿Qué fue ella de ti?
"¿Qué fue? ¿Qué fue?", pensó Ikki, desesperado. La sombra de esa mujer había sido una presencia constante en su vida, mas no encontraba un solo recuerdo, ni siquiera una pista, que le explicara la razón.
–¿Tu hermana?
Tengo un hermano menor. ¿Acaso mis padres tuvieron tres hijos y no los dos que recuerdo que somos?
–¿Tu amiga?
Ikki se mordió los labios. No podía recordar ni siquiera eso.
–¿El amor de tu vida?
¿Por qué está creciendo tanto este vacío?
–¿O fue algo más?– preguntó Nox, su voz adquiriendo otra intención –¿Llegaron sus dulces labios a unirse a los tuyos? ¿Sentiste alguna vez el contacto de sus manos contra tu piel, y a la vez la tocaste? ¿Pensaste en dormir a su lado, o en efecto lo hicieron?
–¡Maldito!
La exclamación de Ikki provenía de lo más profundo de sus entrañas. Aunque no se había levantado, miró a Nox con lágrimas insistiendo en empañar sus ojos. Sus manos seguían apretadas en puños y el intenso odio que lo hizo cambiar en el pasado se reflejaba en sus ojos. Hypnos continuaba sonriendo.
–¡Eres un miserable ladrón! –continuó, el dolor inundando su alma– ¿Qué demonios has ganado al robarme lo que más amo? Pero no creas, ¡no creas, maldito, que vas a detenerme!
Se puso de pie a pesar de que sus piernas se negaban a obedecerlo. Un temblor compulso recorría todo su cuerpo, mientras el dolor en su cabeza aumentaba.
–Fuera de mi camino, Nox de Hypnos.– amenazó, colocándose en guardia– Te juro que si tratas de intervenir, voy a matarte.
Nox dio un paso hacia atrás, pero en ningún momento aparentó querer retirarse.
–No podrás hacerlo. Quizá no has comprendido en su verdadera dimensión lo que pasó, pero te he robado tu razón de ser. Sin ella, aunque no lo creas, no serás capaz de hacer nada. Ni siquiera pelear por tu diosa.
–Devuélvemela.– gruñó Ikki entre dientes.
Nox se encogió de hombros.
–¡Créeme que aunque quisiera no puedo! –exclamó, fingiendo inocencia– Tengo el don de robar los recuerdos, pero no de conservarlos. Una vez que los tomo, se pierden solos en el flujo del tiempo. Y ahora, –preguntó, disfrutando el sufrimiento que el Caballero mostraba contra su voluntad, su mirada volviéndose amenazadora– ¿verdad que vas a acompañarme con Lord Hades para jurarle lealtad eterna?
Ikki no se dio cuenta de que las lágrimas comenzaban a cruzar su rostro.
–Nunca.
Los ojos de Nox relampaguearon de deleite.
–Que sea como tú deseas.
Ikki se le abalanzó, tirando un golpe tan rápido como le era posible. Con la misma velocidad, Nox se apartó de su camino, pero no respondió a la agresión. En lugar de ello, exclamó:
–¡Cómo pudiste olvidarla!
Ikki apretó los dientes y volvió a atacar. En esta ocasión, sí alcanzó a tocar el pecho del Guardián, y sólo el que diera un paso hacia atrás evitó un daño mayor. Fénix trató de atraparlo con el antebrazo, pero Nox se escabulló. En ningún momento se borró la sonrisa de su rostro.
–¡No lo comprendes, pero estás vacío!
"¡Maldita, maldita sea!", pensó Ikki, cerrando con fuerza los ojos y sintiendo que, por más que trataba de controlarse, una lágrima estaba a punto de escapársele. Tiró el siguiente golpe, pero al no conectarlo, por reflejo encendió su cosmo. ¡Iba a matar al Guardián de Hypnos aunque eso significara perder la vida! Olvidó a Atenea y a sus amigos, Shun se convirtió en un rostro más y su regla de jamás mostrar los sentimientos desapareció. Tenía que vengarse.
Al ver el cambio de táctica, Nox también encendió su cosmo. Su aura tenía la misma obscuridad que la de Elis de Thanatos, con la sensación de vacío y la profundidad que poseen sólo los que vienen del Averno. Sin embargo, no la encendió al máximo y su sonrisa inicial se convirtió en una carcajada burlona.
–¿Es ese tu máximo poder, Fénix?
El aura color fuego de Ikki apenas si brillaba a su alrededor. Respiraba con fuerza, incapaz de ordenar sus pensamientos y, con ellos, de aumentar su cosmo; sus ojos estaban casi ciegos por las lágrimas contenidas, y no importó cuántos movimientos de cabeza hiciera para tratar de alejarlas, porque no lo abandonaban. Sabía que no podría alcanzar lo más alto, y que ni siquiera podría golpear con toda la fuerza de la que era capaz, pero corrió hacia Hypnos, listo para atacarlo.
– ¡No eres ni la mitad de lo que solías ser! –exclamó Nox, sin moverse de su lugar– ¡Tu corazón ahora sí ha muerto, porque mientras estés vivo, jamás podrás recordarla! ¡Y siempre, en cada instante de tu existencia, tendrás muy presente que has perdido la razón que te impulsaba a combatir! Aún más, ¡a vivir!
Ikki quiso gritar, pero no salió voz alguna de su garganta. El Guardián entendió que había ganado y con un hábil movimiento se quitó de su camino y lo empujó por la espalda. Ikki dio la vuelta, pero bastó con que Nox metiera la pierna para que tropezara y cayera al árido suelo. Apenas si tuvo voluntad para interponer sus brazos y no golpear la tierra con el rostro.
–Nunca que divertí tanto con alguien –opinó Hypnos, viéndolo con burla y desprecio mientras se le acercaba.– Has perdido el más valioso de tus recuerdos, Fénix, pero como me has, ¿cómo decirlo?, entretenido mucho, te confesaré un secreto. Hay una manera de recuperarlo, y es muy sencilla.
Se inclinó sobre Ikki, que seguía con la cara contra el suelo. Murmuró en confidencia:
–Muere.
Por toda respuesta, notó que el Caballero apretaba sus manos en puños, sus dedos dejando marcas sobre la tierra.
–¡En serio! –insistió– El recuerdo volverá a ti el día que mueras, pero aunque me supliques que haga el favor de matarte, no te haré caso. – y añadió, su voz más obscura– Lord Hades decidirá ese detalle.
Aunque podía haber continuado con las frases hirientes, guardó silencio. El triunfo era suyo, comprobó, ya que en la ausencia de sonidos que los rodeaba percibió algo que un ser vivo no había escuchado en muchos años.
Ikki de Fénix lloraba.


"Hay algo sobrenatural en el ambiente. Sé que parecerá estúpido que lo diga, si pertenezco a la escolta de la Avatar de Odin, pero en realidad percibo algo raro en el ambiente. Creo que... No, ni pensarlo... Pero la verdad es que siento una vibración muy parecida a la de ese día."
Bud escuchaba sus pasos resonar contra el silencioso pasillo del Valhalla, tratando de concentrarse en cualquier cosa diferente a la que lo molestaba. Sin embargo, por más que lo intentaba, acababa regresando a la misma conclusión. Había una perturbación en el ambiente a nivel cósmico, una presencia del mal y del peligro acechándolos, y que no sentía por primera vez.
Era como el día en que Poseidón hechizó a Hilda con la Sortija del Nibelungo.
Esa misma vibración invasora, no propia de la Tierra de la Nieve y de la Luna, era lo que había evitado que pudiese dormir. Aunque era de madrugada y estaba muy cansado, no logró conciliar el sueño, y cuando entendió que no lo lograría en toda la noche, decidió caminar un poco. Sus compañeros debían estar dormidos, posiblemente incapaces de percibir lo mismo que él porque nunca habían estado en combate. Pero él, Bud de Dzeta Mizhar-Alcor, ya había peleado. Había visto sangre derramada, la había derramado él mismo y había derramado la de los demás. Y había perdido a un ser querido en aquella batalla.
Sin querer, Bud volteó a verse sobre uno de los pulidos muros del Valhalla. Su rostro, a pesar de los cambios que él mismo adoptó –sobre todo en cuanto al largo de su cabello– continuaba siendo idéntico al de Syd. Y lo sería hasta el día en que muriese. Contra su voluntad, el pensamiento llegó a su mente como siempre que recordaba a su hermano gemelo: "Fui tu sombra, tratando de ser tan parecido a ti como pudiera, y ahora intento ser tan diferente a ti como me sea posible. ¿No podemos ser simplemente hermanos, iguales y distintos a la vez?"
Y, cual en otras veces en que se realizó la pregunta, llegó la respuesta.
Para eso, Syd debería estar vivo.
Bud ya no quiso profundizar en ello, el dolor todavía demasiado reciente. Había pasado más de un año, pero siete grandes cicatrices cubrían la superficie de Asgaard. Y era muy posible que nunca desaparecerían. Pensó con tristeza en que una de esas marcas era la de su hermano gemelo, al que él mismo quiso ver muerto durante mucho tiempo, y entendió que jamás podría huir de ese remordimiento.
Notó que, por abajo de una de las puertas, se colaba un poco de luz. ¿Quién más podría estar despierto a esa hora? Con suavidad empujó la puerta y entró, descubriendo que la luz se debía a una chimenea encendida. Frente a ella, un joven contemplaba el fuego.
–¿Gunther?
El muchacho apenas si movió la cabeza en respuesta, pues no separó la mirada de las llamas. Bud reparó en que estaba vestido de negro, como de costumbre, y se preguntó por qué prestaba atención a detalles que solían ser comunes y a los que no daba importancia en la vida diaria.
–¿Tampoco puedes dormir, Bud?
Dzeta se acercó a la chimenea. Gunther no lo había volteado a ver, pero de algún modo supo que no se debía a que el joven hubiese sido uno de los sirvientes del Valhalla tiempo atrás y, por humildad, no se atreviera a mirarlo de frente. Notó que sus ojos no podían separarse de las flamas que se elevaban hacia el cañón, como si lo hipnotizaran.
–Creí que era el único despierto.
–Lo eras. –respondió el nuevo Alpha-Dubhe– Yo también estaba dormido, pero me despertó un...
Se interrumpió, como si no se atreviera a continuar. Bud sonrió débilmente y dijo:
–¿Qué no te dejó dormir?
Gunther, sin desviar la vista del fuego, inclinó la cabeza.
–Nada. Nada en realidad, es demasiado tonto.
La mirada de Bud se volvió un poco sospechosa. Esas frases eran típicas de la infancia y de la adolescencia, y conocía a la perfección lo que seguía. Sin embargo, en medio del desequilibrio cósmico que percibía, el mayor peligro estaría en no brindar la importancia a las visiones o presentimientos. Porque comprendió lo que pasaba.
–Un sueño.– afirmó– Un sueño te impidió seguir dormido.
Contra su voluntad, Gunther se sonrojó. Ya no tenía edad para que una pesadilla perturbara su descanso, pero era justo lo que le había ocurrido. Bud se sentó junto a él, sintiendo cómo el calor producido por las llamas lo rodeaba. Era lo más cercano al sol que podía encontrarse en Asgaard.
–Es algo muy tonto.– murmuró Gunther– Pero era tan real que parecía que en verdad lo estaba viviendo y llegó el momento en que desperté.
Bud frotó sus manos frente al fuego. Hasta entonces descubrió cuán fría se encontraba su piel.
–Todos los sueños son así. Los padeces una noche y a la mañana siguiente ya se marcharon. Si fue hermoso tratarás de conservarlo, y si no, lo olvidarás poco a poco. Basta con despertar para recuperar el control.
–¿Tú crees?
Dzeta cerró los ojos, recibiendo el calor en el rostro.
–Así funcionan los sueños.– afirmó.
Aún así, su frase no fue por completo sincera. No era de ese modo cuando soñaba con su hermano.
–Espero separarme de éste.– confesó Gunther de pronto– Estoy despierto, pero continúa conmigo. Todavía lo siento.
Sin esperar respuesta, continuó en voz más baja y sin separar la vista del fuego. Bud no lo interrumpió, sin aclarar que su interés no era sólo por amistad, sino por un mal presentimiento.
–Nos encontrábamos en los sótanos del Valhalla. Las Armaduras Divinas acababan de despertar y brillaban como la nieve y la luna, pero su luz era una palpitación que las rodeaba y comenzó a rodearnos también. Los pude ver a todos ustedes, cada uno enfrente del traje que nos corresponde. Fue algo maravilloso. Pero cuando la luz me envolvió, –añadió, su tono cambiando apenas notoriamente– escuché una voz y vi una sombra frente a mí. Era el señor Sigfried.
Bud guardó silencio. Todos sabían que Gunther había sido, desde adolescente, el escudero de Sigfried, pero muy pocos (apenas Hilda, Flare, Hyoga y él) comprendían que el joven no se limitó a servirlo, sino que lo admiraba como el héroe que era, lo apreciaba con sinceridad y lo admiraba sobre cualquier otra criatura. El día que el Guerrero murió, la persona que más lo lloró, después de la Avatar y de la Princesa, fue él.
En un curioso juego del destino, cuando Hyoga y Bud buscaron a quienes habrían de ser los nuevos Guerreros Divinos, descubrieron que el cosmo de Gunther, a pesar de que no estaba por completo activado, se encontraba en la misma frecuencia del de Sigfried. El muchacho se negó a aceptar tal honor, por respeto al que había sido su “señor”, como lo llamaba. Pero con el argumento de que Alpha mismo lo habría querido así, inclinó la cabeza y aceptó. “Sigue siendo su héroe y su meta a alcanzar”, pensó Dzeta al escuchar sus palabras; sin embargo, comprendió que había más en sus frases que simples proyecciones.
–Me vio en silencio durante un largo rato.–escuchó, retomando el hilo de la conversación– A una señal suya, la Armadura de Alpha-Dubhe se separó y me cubrió. Y entonces me dijo con voz triste: “Estás destinado a vestir la ropa que yo dejé, pero ¿estás dispuesto a perder lo único que tienes?”
Sin querer, Bud comprendió que a él le ocurría lo mismo. Estaba destinado a usar una Armadura que originalmente no había sido suya. La de Syd. El asunto iba más allá de un simple remordimiento.
–¿Le respondiste?–preguntó, un poco ausente.
–Le pregunté a qué se refería. Por toda respuesta, me mostró que mi pecho se había llenado de sangre, justo en el lugar donde a él lo mataron, y sentí que mi espíritu caía en un pozo muy profundo, como si me hubiese separado de mi cuerpo pero sin que estuviera muerto, no entiendo por qué. En ese momento desperté.– concluyó, emocionado y sin separar la vista del fuego.
Por un momento ambos permanecieron en silencio. Bud había escuchado que los muertos se comunican a través de sueños y que ninguna visión que incluya a un fallecido debe tomarse a la ligera. ¿Estaría ocurriendo eso?
–Dicen que la Armadura de Alpha-Dubhe estaba condenada a la destrucción cuando el señor Sigfried murió, pero que Lady Hilda logró recuperar el polvo de estrellas que la formaba y la reconstruyó.– dijo Gunther, extendiendo una mano hacia el fuego, tal vez para calentarse.
–Es lo que todo dios o avatar suele hacer por los suyos.– respondió Dzeta, tratando de restarle importancia. –Fue en honor a él y para esperarte a ti.
Notó que el joven se sonrojaba de nuevo. Era un honor demasiado grande para él, o al menos así lo veía. Tal vez ahí se encontraba la causa del sueño.
–¿Quién soy yo para haber sido elegido? ¿Fue por eso que el señor se quiso comunicar conmigo?
Bud estuvo a punto de responder, pero no pudo hacerlo. El fuego creció como si hubiese caído un combustible muy poderoso en él, una de las llamas alcanzando la mano de Gunther. Sin embargo, el Guerrero no tuvo la oportunidad de darle importancia: la vibración invasora que Bud había sentido estaba más clara que nunca y ahora recibía respuesta, con un cosmo igual de poderoso, originario de esa tierra. Provenía del sótano.
Sin decir una palabra, los dos jóvenes se pusieron de pie y corrieron hacia la Cámara Inferior. No esperaron que alguien los recibiera, y al encontrarse frente a la puerta, la abrieron de golpe. Atrás de ellos, escucharon pasos de personas recién despiertas y la inconfundible voz de Heimdall gritando:
–¡Qué demonios está pasando!
Nadie le respondió. Los Siete Guerreros Divinos, Bud y Gunther al frente, se habían congelado en sus lugares ante la escena que tomaba lugar.
Lady Hilda de Polaris, vestida con sus atributos de Valkyria, sostenía una espada cristalina con ambas manos por encima de su cabeza. Había cerrado los ojos como en oración mientras compartía su luz con la de los Siete Trajes que estaban colocados en semicírculo frente a él. Estaba despertando a las Armaduras dormidas.
–La Espada de Balmung...– murmuró Balder, identificando la luz de Odin en la hoja.
Bud palideció. Era justo como ese día.
Cuando Hilda, poseída por el dios griego del mar, convocó a los Siete Trajes y se los entregó a los suyos para destruir a Atenea y a su Santuario.
Como si la Avatar pudiese leer sus pensamientos, los miró por sobre el hombro. Sus azules ojos estaban llenos de lágrimas, pero su voz permaneció firme al sentenciar.
–La Obscuridad ha vuelto a acercarse. Pero esta vez comenzará por Santuario y después intentará matarnos.
Los Siete, Bud incluido, pensaron en una sola palabra. Ragnarok.


¿Cuándo fue la última vez que el Palacio del Tártaro había sido invadido? Hades no quiso pensar en eso, y a la vez su memoria no era suficiente para alcanzar ese momento. Lo cierto era que, si bien nunca habían dejado de entrar humanos al Averno y las almas que habían sido condenadas a él jamás dejaban de intentar escapar, pocas veces uno de sus Guardianes le había pedido que se ocupara personalmente de la situación. Eso sólo indicaba que era algo grave, y después de la manera en que había tratado a Atenea no quería imaginar quién era responsable.
Su sobrina era la Diosa de la Guerra Inteligente. Era, aunque se negara a actuar así, una guerrera muy peligrosa. ¿Se habría atrevido a atacarlo, justo cuando fue él quien amenazó primero?
A Hades le desagradaba muchísimo tener que lidiar con los hombres que intentaban entrar en el Averno. Ese disgusto provenía desde un incidente ocurrido en la Era Mitológica y al que Atenea, sin querer, había aludido en su conversación. Prefería dejárselos a los Guardianes del Estigio, a riesgo de que volviese a manifestarse como el dios estricto, pero no despiadado, que en realidad era. Un dios capaz de dejar que un ser vivo y un alma escapasen del Averno, aunque por una condición que habían acordado uno de ellos no logró huir. Un dios que se había conmovido con algo tan aparentemente inofensivo como la música y el amor. La sola mención del nombre de Orfeo bastaba para que se pusiera de muy mal humor.
Pero conocía muy bien a los suyos, lo suficiente para saber cuando la situación ameritaba su presencia. Y Nox de Hypnos no la había solicitado en las decenas de años que llevaba a su servicio.
Cuando Elis de Thanatos le informó que Nox lo buscaba, sólo Perséfone notó el cambio que se presentó en su rostro aunque había tratado de mantenerlo firme. Ella misma había contenido el aliento, tratando de imaginar qué era lo que estaba pasando. Y en ese instante, sin animarse a pensar en nada, el Señor del Averno se dirigió a la Cámara en que solía conferenciar con los suyos, apenas controlando el temblor de incertidumbre en sus manos que podría convertirse tanto en miedo como en ira.
Entro al Salón y se dirigió al Trono que usaba en ocasiones muy formales. El resto de la Cámara estaba vacía, sostenida por pilares tan altos que parecían tocar el techo y, como de costumbre, estaba muy obscura. Sabía que Nox lo esperaba del otro lado de la puerta y ordenó con su voz de trueno:
–Adelante.
Ante su indicación, la puerta se abrió y una larga sombra se trazó sobre el trecho de luz que se formó. Como los Guardianes del Estigio no proyectaban sombra, a menos de que ellos mismos decidieran hacerlo, Hades confirmó que habían atrapado a un intruso.
Nox entró primero en la Cámara, su rostro manteniéndose calmado. Elis, que había seguido a su Señor y se había colocado a la derecha del trono, se limitó a mirar la escena sin mostrar mucho interés, aunque en el fondo estaba intrigado por la conducta del invasor.
–Milord...– murmuró Nox, arrodillándose ante el dios, mientras inclinaba la cabeza y colocaba su puño cerrado sobre su corazón.
–¿Por qué solicitaste mi intervención, Guardián de Hypnos? –preguntó Hades, su tono estricto como de costumbre pero su intención debiéndose a la formalidad– Desde siempre han existido almas que intentan salir del Averno y hombres que pretenden entrar. ¿Qué ha ocurrido esta vez como para que solicites mi intervención?
En perfecta concordancia con la ocasión, Nox alzó la vista lentamente y miró a su Señor con respeto. Sus ojos habían vuelto a ser transparentes, como si carecieran de vida propia.
–No me hubiese atrevido a molestaros si se tratara de una situación ordinaria, Milord.– respondió– Pero es un caso en verdad grave, y preferí importunaros para que os enteraseis de inmediato.
–¿A qué te refieres con grave?
Ante sus palabras, Nox hizo una señal hacia el otro extremo del cuarto. No acababa de realizar la indicación cuando la franja luminosa que se trazaba contra el suelo se dibujó con mayor claridad. Otros dos Guardianes, Laertes de Cerbero y Alecto de Erina, entraron. Entre ambos sujetaban a un hombre joven que intentaba liberarse.
Los ojos de Elis relampaguearon y Hades, contra su voluntad, apretó las manos sobre los mangos de su trono. El muchacho portaba una Armadura Estelar. Eso sólo podía significar algo que de momento se negó a aceptar por el amor que sentía hacia su sobrina.
Cerbero y Erina arrojaron al Caballero al suelo justo enfrente de Hades y retrocedieron. Sus manos habían sido atadas a su espalda, así que su rostro golpeó contra las losetas sin que pudiese evitarlo. En reacción, el joven trató de ponerse de pie, pero aunque sus movimientos fueron inmediatos, el dios notó que había más dignidad que voluntad en ellos.
–Lo encontré en el Campo de los Asfodelos, tratando de entrar al Palacio.– afirmó Nox, viendo a Ikki con desprecio– No es un hombre común y por eso lo he traído ante vos.
Fénix se obligó a sí mismo a alzar la mirada y enfrentarse en silencio al Señor del Averno. Cuando lo hizo, descubrió que los ojos sin pupilas del dios relampagueaban como el fuego que se encuentra en el interior de la Tierra, y supo que había sido condenado sin que su juicio hubiese comenzado. Hades sintió cómo la furia que por siglos se había negado a aceptar como propia de alguien de su clase lo invadía, y apenas notó que los ojos del prisionero estaban irritados, como alguien que ha llorado mucho.
–¿Quién eres?– preguntó, su voz de trueno mostrando sus emociones.
Ikki se puso de pie, pero no respondió. Antes bien, su rostro fue altivo y no bajó la mirada.
–¡Te he preguntado quién eres! –insistió el Señor del Averno, su expresión todavía más amenazadora.
Ikki permaneció en silencio. Habría conservado su actitud altanera de no ser porque atrás de él escuchó:
–¡Miserable, un dios te ha hablado! ¡Responde!
Antes de que pudiese reaccionar, sintió un golpe entre los hombros, lo bastante fuerte para obligarlo a arrodillarse. Sin embargo, alcanzó a apoyarse en una rodilla, tratando de disminuir su humillación. Elis reconoció su dignidad. No era sencillo enfrentarse de esa manera a un dios, en especial si, como imaginaba, Nox ya lo había sometido a su particular tortura.
–Ya sé que eres un Caballero de la Orden del Zodiaco.– sentenció Hades, mirándolo con interés– Sólo quiero saber cuál es tu nombre.
–Es Ikki de Ave Fénix.– respondió Nox, entendiendo que el joven no hablaría ni aunque volviese a golpearlo– Uno de los criados de Atenea que, a diferencia de sus compañeros, fue lo bastante estúpido para entrar solo al Averno a desafiaros.
Aunque ya lo imaginaba, las palabras de Hypnos confirmaron la sospecha de Hades. Furioso, se puso de pie y Elis entendió que la tormenta apenas comenzaba.
–¡Así que mi sobrina te ha enviado!– gritó– ¡Nunca creí que fuese tan poco digna como para atacarme de esa manera!
–Ella no me envió.– respondió Ikki, poniéndose de pie a su vez y tratando de que su voz no mostrase el vacío que lo inundaba– ¡Ella no atacaría a traición a nadie, así que jamás te atrevas a rebajarla al mismo nivel en el que tú te encuentras!
No escuchó nada antes de recibir el siguiente ataque. Fue como si un impacto de obscuridad lo golpeara por la espalda, arrojándolo de nuevo al suelo.
–En tu vida, imbécil, te atrevas de hablarle de tú a un dios.– amenazó Nox, pisando al joven sobre los hombros y presionándolo contra el piso.
Ikki trató de levantarse, sin conseguirlo.
–¿Qué te ordenó mi sobrina?– preguntó Hades.
–Nada –respondió con firmeza.
–¡No mientas y responde de una vez!
–¡Ella no me ordenó nada! ¡Ni siquiera sabe que estoy aquí!
Aún desde el piso Ikki seguía mirando a Hades. Sintió cómo Nox lo pisaba en la cabeza, presionando su frente contra su tiara, mas supo que no podía ni debía desviar la vista.
–¿Crees que voy a aceptar eso?– preguntó Hades.
–Pues tendrás que hacerlo, porque es la verdad.
Nox pateó a Ikki en el estómago, pero él se esforzó en no demostrar cuánto lo lastimaba. Elis, desde su sitio, seguía asombrado. Jamás creyó que, incluso en su osadía al enfrentarse a la escolta de un dios, un Caballero fuera capaz de conservar tanta valentía y orgullo.
Hades alzó la mano, ordenando a Nox se detuviera y que obligara a Fénix a alzar la vista. El Guardián se detuvo sólo por la obediencia que le debía a su Señor y sujetó a Ikki del cabello, tirando su cabeza hacia atrás. Sangre fluía de entre sus labios.
–Vas a decirme qué demonios te ordenó mi sobrina.– ordenó Hades, poniéndose de pie y caminando hacia él– ¿Para qué quería que entraras al Averno?
Fénix permaneció en silencio, apretando los dientes y mirando al dios a los ojos.
–Es tan extraño...– afirmó Hades, un deje de decepción notorio en sus palabras– En la Era del Mito jamás dependió de alguno de sus sirvientes para atacar a nadie. Si quería algo, ella misma iba a conseguirlo. Cuando apareció el monstruo Tifeo, ella fue la única de todo el Olimpo que se le enfrentó, y hasta insultó a su padre por haberse atrevido a huir.
Ikki trató de levantarse, no por él ni por Hades sino por la joven quien estaban hablando. La presión que Nox ejercía sobre su espalda fue lo único que impidió que se abalanzara sobre el dios a intentar estrangularlo.
–¿Por qué en esta reencarnación se comporta de manera tan infantil?– continuó Hades, más para sí que para el intruso o para los Guardianes– Haberte enviado la exhibe como una oponente traicionera, poco leal a sus principios y, sobre todo, muy estúpida.
–¡En tu vida te atrevas a hablar así de ella!
La reacción del joven había sido tan visceral y profunda que alcanzó a arrojar a Nox hacia atrás, a pesar de que continuaba atado. Sin el Guardián para estorbarle, se puso de pie.
–¡Ya te dije que Atenea no sabe que estoy aquí! –exclamó, sus ojos relampagueando y mostrando tanta sinceridad que Hades tuvo que reconocer que decía la verdad– ¡Ella jamás intentó atacarte, y si he llegado a este sitio fue por mi propia iniciativa! ¡Porque ella no debe entrar en el Averno, y menos para servirte a ti, hipócrita!
Ikki sintió que su rostro se cubría de sangre cuando, con un pequeñísimo movimiento, Hades reabrió la cicatriz de su rostro. Percibió con claridad cómo el líquido caliente bajaba por sus mejillas hasta su boca y pensó "¡Esto debería recordarme algo!" Trató de sujetar el que podría ser el último hilo conductor de su memoria hacia aquella llamada Esmeralda, pero no le fue posible. Sus ojos se nublaron, no por el dolor ni por la sensación de la sangre recorriendo su piel, sino por la impotencia de haber perdido uno de los fragmentos más valiosos de su vida. Para siempre.
Los Guardianes permanecieron en silencio. Nox sonrió al ver herido a su oponente, que a pesar de su estado no dejaba de ser peligroso. Elis, en apariencia tranquilo, se sorprendió ante la actitud del Caballero, pero un poco más ante la de su dios. Una furia que no había conocido en muchos años lo había guiado a herir al intruso. "Esto es más grave de lo que ninguno de nosotros podría haber imaginado", entendió, aunque su rostro permaneció impasible.
–Hablas con demasiada vehemencia de mi sobrina.– afirmó Hades, su grave voz volviéndose de repente obscura– Hay en tus palabras más que respeto, lealtad o cariño.
Sonrió cuando, con un tono todavía más obscuro, insistió:
–¿Qué sientes en verdad por ella?
Ikki palideció. En un reflejo que había extraído el Señor del Averno, su corazón acaba de responderle.
"La amo."
Sintió que el mundo giraba con violencia a su alrededor.
"La amo con todo mi corazón, aunque en el pasado me negué a pelear en su nombre."
Al enfrentarse de esa manera a su propia alma, conoció lo que experimentaban sus víctimas al recibir un Gen Ma Ken. Pero en su caso fue aún más cruel, porque comprendió que se trataba de un sentimiento imposible que había intentado negar durante todo el año anterior. Una razón, justo la que Nox acababa de robarle, le impedía entregarse por completo a ese amor. Su vida carecía de sentido alguno.
"Te robé tu razón de ser", había dicho el Guardián al quitarle la memoria.
En eso, sintió cómo su cuerpo era envuelto en una especie de niebla. La atadura de sus manos desapareció, pero no pudo moverse y aprovechar el momento para contraatacar; la niebla acababa de sujetarlo de sus extremidades, separándolas y colocando su cuerpo en forma de cruz evitando que realizara cualquier movimiento. La misma neblina (o la cercanía que guardaba con Hades) opacó el brillo de la Armadura del Fénix, que pareció convertirse en una pieza más de ropa.
Hades seguía sonriendo, a pesar de que su gesto se volvió un poco triste.
–En la Era del Mito se mataba a los que se atrevían a mirar a una diosa sin darles oportunidad de defenderse.– murmuró.– Pero tu castigo será peor, Ikki de Fénix.
Lo miró de frente. Ikki trató de moverse, al menos para escupirle o no verlo, pero la niebla se lo impidió.
–Vas a ayudarme a lograr que ella venga al Averno por su propia voluntad.
–Jamás...–respondió Ikki entre dientes, el brillo de sus ojos casi convirtiéndose en fuego.
Hades sonrió con mayor burla.
–Eso crees ahora.– sentenció, dando la vuelta y regresando a su trono– ¡Nox!
Al oír su nombre, Hypnos volvió a acercarse y saludó.
–Milord...
–Tú serás el encargado de aplicarle el castigo.– afirmó, sentándose en su sillón para contemplar la escena.– Elis, trae algo con qué escribir.
Elis, saludando, se retiró. El gesto de Nox se llenó de deleite.
–¿Muerte, Milord?
–No.– respondió Hades, mostrando poco interés– Algo más útil.
Hypnos sonrió. A veces la muerte no es castigo suficiente.
–El Erebo te mostró su pasado y puedes leer su vida en su cuerpo como lo harías con un libro. Él es un Caballero. Deben haberlo herido infinidad de veces durante sus combates anteriores.– y concluyó, dictando su sentencia– Quiero que abras cada una de sus heridas.
–¿Sin matarlo? – preguntó Nox– Es imposible. Ni su cuerpo ni su alma lo soportarán...
–De eso me encargo yo.–interrumpió Hades e insistió– Ábrelas todas.
Nox inclinó la cabeza en señal de obediencia y miró a Fénix, mientras sus pálidas manos empezaban a brillar como el acero. Ikki, aunque lo intentaba, no podía moverse; tal vez no era más que vapor de agua, pero la niebla constituía la más firme de las ataduras que hubiese conocido. Al encontrarse frente a frente con el Guardián, se obligó a mantenerse quieto.
–Vas a desear morirte –murmuró Hypnos con burla.
–Ríete ahora.– respondió Ikki, su rostro cubierto de sangre y con el brillo de sus azules ojos dándole una apariencia casi sobrenatural– Yo seré el último que lo haga.
–¿Tú, miserable despojo? Lo dudo.
Le mostró su mano derecha. Sus dedos estaban estirados y firmes y resplandecían, como si se hubiesen convertido en un cuchillo.
–Disfrútalo.
De inmediato, Ikki sintió cómo ese cuchillo cortaba su cuerpo a lo largo de su abdomen. Su sangre comenzó a caer al suelo y un profundo dolor lo dominó, pero se negó a gritar o a quejarse, apretando los dientes y cerrando los ojos.
–¿Te dolió?– preguntó Nox, riendo– No puedo matarte, así que sólo seré muy cruel.
Y al decir esto, clavó un golpe de espada sobre el corazón de Ikki, lo bastante fuerte para herirlo de gravedad, pero no bastante para matarlo. Su sangre lo salpicó al rostro, dando tanta euforia al Guardián como si fuera una droga.
–Lástima.
Ikki trató de respirar, y de momento no pudo hacerlo. El dolor era el peor que había sentido en toda su vida, incluso después de tantas batallas, pero se negó a demostrarlo cuánto le fuera posible. No mucho.
"¡No puedo rendirme!", alcanzó a pensar. "¡No puedo! Por Shun... Por..."
No logró contener un grito en el momento en que sintió otro golpe más en el pecho, muy cerca de la herida que ya tenía. Un intenso sabor a sangre dominaba su boca, gotas rojizas colándose por entre sus labios. Sus ojos estaban nublados y su cuerpo comenzaba a adormilarse y a estremecerse, y reconoció la misma sensación de alguna ocasión pasada. Iba a morir.
Pero la neblina de Hades no sólo apresaba su cuerpo, sino también su alma, y les impedía separarse, negándole a Ikki el único alivio que habría encontrado en esa situación.
–Esto me está agradando en extremo.– oyó a Nox a lo lejos.
En ese instante, Elis volvió a entrar. Más sensible que su compañero, trató de no mirar el espectáculo tan desagradable que constituía esa tortura y se dirigió a su Señor, entregándole el material para escribir que había solicitado. Ikki apenas pudo ver que Hades tomaba una negrísima pluma de ave, empapada en tinta del mismo color y anotaba en una hoja tan blanca como la nieve.
Eran la muerte y la vida. Las suyas y las de...
–Atenea...
Murmuró, tratando de aferrarse a ese nombre como a la luz.
Un nuevo impacto, ahora en el costado, le impidió pensar nada más. Y lo único que escuchó durante los minutos siguientes fue el corte semejante al de una espada surcando el aire. El de la risa del Guardián. El de su sangre goteando hacia el suelo.
Desde la puerta, una figura atestiguaba la escena. Perséfone miraba en silencio, su propia mano sobre sus labios evitándole intervenir. Y descubrió que sentía compasión por el Caballero y despreciaba esa mirada gozosa que su esposo mostraba. Y que ni una sola vez, en todos los siglos que llevaban juntos, había lucido.


El relámpago cayó tan cerca que todos los cristales vibraron, las luces de las velas temblaron y se apagaron, y el resplandor pareció devolver el brillo de una mañana de verano. Shun se sobresaltó. Por algún motivo, su corazón palpitaba con fuerza y sentía una profunda angustia que no lograba explicarse.
Se había quedado dormido hasta que el relámpago, simultáneo al trueno, hizo retumbar el Santuario. Como había despertado con tanta brusquedad, olvidó lo que había estado soñando, pero se encontraba seguro de haber visto a su hermano en él. ¿Por qué, desde que alcanzó a verlo entre la lluvia, estaba tan preocupado?
Shun se levantó casi por inercia y salió de su cuarto, aunque ignoraba qué estaba buscando o por qué abandonaba la calidez de la habitación por el frío del pasillo. Tampoco entendía el por qué de su angustia. La única vez que sintió algo semejante fue varios años atrás, cuando Seiya, Shiryu y él se dirigían hacia la Casa de Virgo durante la Batalla del Santuario. Una vez terminado el combate, y cuando los sobrevivientes reunieron las historias acontecidas aquel día, descubrió que a esa misma hora Ikki había sido atacado por los discípulos de Shaka en la Isla de Khan. Y que había estado a punto de morir.
¿Se encontraba en peligro otra vez? Y si era así, ¿en dónde o por qué?
Jamás había vuelto a sentirse de ese modo. Ni siquiera al averiguar que Ikki se había convertido en un vigilante y que arriesgaba la vida ante delincuentes que portaban armas de fuego. Tampoco cuando escuchaba cuántos héroes, con el mismo propósito, eran muertos por las bandas a las que combatían. Su Nii-San sabía lo que hacía, y no iba a dejar que lo mataran. Ahora...
Era la sombra amenazadora de Lord Hades sobre el Santuario. Todo el mundo estaba triste o molesto, y a él lo alcanzaba por medio de la angustia.
Sin darse cuenta, había llegado a las Cámaras Principales. ¿O alguna fuerza lo había atraído hacia allá? Las lámparas que solían iluminar el Santuario habían sido extinguidas en su mayoría por el viento, y la planta de luz importada de Japón para iluminar ciertas zonas tampoco funcionaba. No le agradaba la obscuridad, a pesar de que no conocía la causa de su desagrado. Quizá si Saori y sus amigos se encontraban en el interior, podría hablar con ellos.
Llamó a la puerta y entró tan pronto como recibió autorización. No se sorprendió mucho al encontrar a Hyoga, Shiryu y al inefable Seiya acompañando a Saori-Atenea. Quizá lo que sí le extrañó fue ver a Pegaso tan apartado de los demás, en un sitio en donde casi no lo alcanzaba la luz de las antorchas. Su excelente intuición le indicó que algo había ocurrido entre Seiya y la diosa y que era posible que hubiesen discutido (¡qué raro!), pero no había más tensión en el ambiente que la producida por el Señor de los Muertos.
–Pasa, Shun, y toma asiento.– invitó Saori– Nos preguntábamos cuánto tardarías en llegar.
Shun vio un sillón desocupado y, como era su costumbre, se sentó en el extremo más cercano a sus amigos.
–No sabía que me esperaban.– respondió.
Saori-Atenea sonrió, pero su gesto fue más por educación que por un sentimiento genuino.
–Kiki había ido a buscarte, pero te encontró dormido y le indiqué que no te despertara. Sabía que vendrías apenas lo hicieras. Todos necesitamos descansar un poco.
Shun agradeció el detalle con una indicación de cabeza. La luz de la habitación era muy poca, y apenas alcanzaba a ver a sus amigos con claridad.
–¿Y para qué me llamaste?– preguntó educadamente– ¿Puedo servirte en algo?
–Saori sólo quería conversar un rato con nosotros.– dijo Hyoga, su voz menos impersonal que de costumbre– Quién sabe cuándo volvamos a tener la oportunidad.
Shiryu se cruzó de brazos y permaneció en silencio. Seiya dio un respingo, enojado con el mundo entero. Shun no respondió.
Saori llenó una copa con el suave vino griego que contenía una botella de cristal cortado y se la dio al Cuarto Caballero. Cuando Andrómeda lo tomó, notó los reflejos rojizos que despedía en contraste con la clara piel de su mano y, por un segundo, tuvo un mal presentimiento que se esforzó en olvidar al instante. Al ver que no se decidía a beber, la diosa se puso de pie y mirando a los suyos afirmó:
–Creo que nunca les he expresado mi gratitud de la manera correcta, y tampoco les he confesado cuánto los quiero. La última vez que estuvimos reunidos de esta forma fue en la cabaña de mi abuelo cerca del Monte Fuji, y de eso ya han pasado años.
Sí, y desconocían el Mal que los amenazaba e Ikki estaba con ellos y se tomaron fotografías para recordar el momento, aunque de seguro esas imágenes se habían perdido. Todos pensaron lo mismo, pero ninguno lo externó.
–Sé que no es suficiente,– prosiguió, fijando la mirada en el vino de su copa– pero ustedes saben lo que en realidad significan para mí. Decirles “muchas gracias por todo” no cubre ni una milésima parte de los sufrimientos que les he hecho pasar.
Shiryu comprendió que la lluvia continuaba manteniéndola deprimida, así que intervino:
–No debes decir eso. Tal vez sea nuestra obligación, pero sabes que nos habríamos enfrentado a todo aunque no lo fuera. Tú eres más importante para nuestras vidas de lo que imaginas.
–Tal vez lo notaste más desde que recordaste tu nombre y recuperaste tu poder.– opinó Hyoga a su vez, sus enormes ojos azules no tan fríos como de costumbre– Pero siempre lo fuiste.
–Y siempre lo vas a ser.– concluyó Shun, su ánimo un poco mejor pero apartando la vista de su copa– Te queremos mucho, Saori.
Seiya no dijo nada, a diferencia de sus amigos. Sólo pensó: “¿Queremos? Yo la amo.”
Saori sonrió, quizá por primera vez desde la visita de su tío.
–Yo también los quiero muchísimo.– confesó– No imaginan cuánto.
“Por desgracia, yo sí”, pensó Seiya.
Por un momento, los cinco permanecieron en silencio. La mente de la diosa se distraía hacia las últimas palabras de Ikki, preguntándose dónde estaba y qué pretendía, mientras que las de sus Caballeros se enfrentaban, contra su voluntad, al hecho de que los días siguientes serían muy desagradables.
–No me gusta regresarlos al mundo real.– dijo Shiryu apenas Saori volvió a sentarse– pero tenemos que pensar qué vamos a hacer cuando Lord Hades regrese.
–Es obvio.–opinó Seiya, hablando por primera vez y mirando al grupo– Vamos a destrozar a sus Guardianes y a él mismo si no corre rápido.
Shiryu negó con la cabeza.
–No sería prudente.– sentenció– En este momento, Hades tiene la ventaja.
–¿Y qué? Poseidón la tenía y ganamos al final.
–Sí, pero fue en su territorio.– insistió Dragón– Y recuerda cómo quedó el lugar después de la batalla. No queremos que lo mismo le ocurra a Terra, ¿verdad?
De ser un poco más cínico, Seiya se habría reído. ¡Ese fue un tiradero para recordar! Pero no, el cínico del grupo era Ikki. Y seguía sin ganas de reír.
–A lo que Shiryu se refiere, –opinó Hyoga después de dar un largo y silencioso trago a su copa– es que, si atacamos ahora y fallamos, Hades podrá presionar más a Saori para que se rinda. Nos encontramos en un estado de sitio.
–¿Y entonces qué?– preguntó Pegaso– ¿Vamos a limitarnos a esperar con paciencia a que el señorón llegue y nos pise?
–Exactamente.
Seiya suspiró, un deje de burla bastante notorio.
–¿Desde cuándo eres así, Hyoga? Recuerdo que antes golpeabas y después preguntabas, y si te quería ayudar una mirada tuya me mandaba directo al demonio. Tu estancia en Asgaard te está afectando.
Todos, Pegaso incluido, se extrañaron al ver que una sombra cubría el rostro de Cygnus al escuchar el nombre de la helada Tierra Mística. Era algo tan profundo que era visible incluso en la obscuridad. Su voz, sin embargo, fue fría e indiferente al responder:
–He matado a muchas personas valiosas por actuar así. Entre ellas, a mis Maestros y al amigo de toda mi vida. Y me odio por eso. ¿Otra pregunta?
Nadie respondió. Más bien, nadie tuvo el ánimo para hacerlo.
–Los Santos Dorados no han comentado nada.– dijo Shiryu, optando por regresar el curso de la conversación a dónde se encontró en un principio.– Llevan todo el día encerrados dentro de sus Templos.
–Quizá estén planeando algo.– comentó Shun.
–Y no piensan incluirnos, por lo que se ve.– concluyó Seiya.
Pensando antes de hablar para no cometer otro error, añadió:
–Me extraña que actúen en silencio y con tanta cautela, sobre todo Aioria, y que estén tan misteriosos. Por algo será.
–La ventaja, si lo quieres ver así,– respondió Shiryu– es que todavía tenemos tiempo. Siempre habrá algún modo de hacerlos compartir su plan.
–¿Si no es por las buenas, por las malas?
Ante la pregunta de Seiya, los demás asintieron. Pegaso echó la cabeza hacia atrás y comentó:
–Lástima que la primera vez en que intentamos convencerlos, todos, menos Moo, nos dieron una golpiza.
Involuntariamente Saori rió ante las francas y honestas palabras de Seiya. Él sintió su risa como un elixir que les devolvía la esperanza y un poco de luz ante la obscuridad, sin saber que igual ocurría con sus amigos. Todo saldría bien, de un modo o de otro. Siempre había ocurrido.
Tenía que continuar así.
En eso, llamaron a la puerta y la diosa dio permiso para que el recién llegado entrara. Al entreabrirse, encontraron a Shaina de Ofiuco, que no se atrevió a entrar a la habitación. No portaba su Armadura, pero había algo raro en su actitud, y Shiryu se preguntó si se debía a haber encontrado a Seiya en la misma habitación que la diosa. Aún así, su tensión no parecía deberse a celos.
–Disculpa, Atenea,– dijo, con la confianza que ahora compartía con sus antiguos enemigos– ¿Me permites un momento a Seiya, por favor?
Para fortuna suya, la obscuridad relativa de la habitación impidió que viese el gesto de molestia del Caballero Pegaso. ¿Por qué justo entonces? Shaina tenía un sexto sentido muy desarrollado, o al menos eso parecía. Trató de ocultar su enojo y dando grandes pasos, salió del cuarto, seguido por la mirada de todos, menos de Hyoga.
Apenas cerró la puerta tras sí, notó una intensa preocupación en el rostro de Shaina. ¿Temor, pena incluso?
–¿Qué ocurre?
Los ojos de Shaina temblaron. Un relámpago distante iluminó su rostro y Seiya, sin querer, sintió una angustia que no supo explicarse.
–Pasó algo.– respondió en voz baja– ¿Sabes qué es un daimon?
Por reflejo, la palabra le recordó a Seiya “demonio”. Pero en esa Tierra Mística, no se relacionaban con el mal. Eran espíritus griegos, en teoría inofensivos, que habitaban en todas las cosas.
–¿Para qué necesito saber qué es un daimon?– respondió, dando a entender que conocía la respuesta y que no estaba dispuesto a participar en el juego de las adivinanzas.
–Porque hoy día son los sirvientes y mensajeros de Hades. Y uno acaba de llegar
Por reflejo, el Caballero se puso en guardia.
–¿Y qué quiere?– preguntó, percibiendo con claridad cómo se elevaba su nivel de adrenalina– ¿Me busca a mí?
Lógico. Lord Hades no se iba a quedar tan conforme después de desenmascararlo y buscaría una forma de vengarse. Sin embargo, la expresión de Shaina le indicó que estaba equivocado, en especial cuando afirmó:
–Trae un mensaje para Atenea. Pero no sólo eso.
Su voz se quebró al llegar a esa frase. Seiya, de momento, no lo notó.
–¿Dónde está?
–Está con Marine al final del pasillo.
Seiya miró hacia donde Shaina le indicaba, pero no alcanzó a ver más que sombras. “Algo está terriblemente mal”, alcanzó a pensar; empezó a dirigirse hacia allá, hasta que sintió que la joven lo sujetaba del brazo.
–Hay algo más que debes saber.– murmuró– Necesitaba decírtelo a ti primero, antes que a Atenea o a...
–¡Dioses, Shaina!– exclamó, soltándose con brusquedad, aunque después no supo si en realidad fue por impaciencia o para evitar el contacto de su mano sobre su piel– ¿Por qué tantos misterios? ¿Qué hay con el daimon?
Shaina fue incapaz de sostenerle la mirada.
–No viene solo...


Saori-Atenea y los tres Caballeros habían guardado un relativo silencio después de la salida de Seiya de la habitación. El malhumor de Hyoga (su causa real permaneciendo en secreto) contribuía a ello, pero la diosa y sus amigos percibían que ya se le estaba pasando.
Por eso no les costó ningún trabajo escuchar el grito de Seiya al final del pasillo. La palabra no fue muy clara, pero su intención de sorpresa y de ira sí lo fue. Sobresaltados, Dragón, Cygnus y Andrómeda salieron corriendo del cuarto, pidiendo a Saori permaneciera en el interior, pero sin intentar detenerla cuando los siguió.
En unos cuantos segundos llegaron al final del pasillo, y sin importar cuán rápida sea la capacidad de imaginar durante una emergencia, no estaban preparados para lo que vieron. Seiya estaba listo para golpear a un extraño que venía envuelto en una capucha negra y, se notaba, portaba una armadura cuyo casco le cubría el rostro. Shaina apenas lograba detenerlo, sujetándolo de los brazos. Shiryu, de inmediato, se adelantó para ayudarla.
–¡Cálmate, Seiya!– exclamó, tomando a su amigo de los brazos mientras Shaina le agradecía su intervención con la mirada.– ¡No lo provoques!
–¿Qué es eso?– preguntó Shun, incapaz de sentir la menor vibración por parte del encapuchado– ¿De dónde viene?
Hyoga trató de mantenerse frío, pero la ausencia de cosmo sólo significaba algo.
–Viene de Hades.– respondió.
Hasta ese momento, Shiryu notó el gesto de ira contenida en el rostro de su mejor amigo, visible en cuán abiertos tenía los ojos. No importaba cuánto Shaina y él trataban de detenerlo: Él insistía en escaparse, como si su fuerza proviniese de la más intensa de las furias. Seiya trató de hablar, pero un nudo en su garganta se lo impidió y, sacudiendo la cabeza, apenas dijo:
–Es que...
No logró terminar la frase. Shiryu siguió el curso de su mirada y su rostro mostró la misma expresión que el de Seiya, aunque no lo soltó ni reaccionó con igual furia.
–Dios mío...– murmuró.
Hyoga, Shun y Saori se acercaron un poco más y, al ver la razón, se quedaron congelados en su sitio. No fue por la apariencia sobrenaturalmente maligna del daimon, que aunque permanecía con expresión seria parecía sonreír con burla.
Marine, atrás de él, apenas sostenía a Ikki de Fénix. Y de momento se preguntaron si no sería más misericordioso que una persona tan herida estuviese muerta y no viva.
Ni siquiera cuando se enfrentó a los dos discípulos de Virgo, ni cuando el mismo Shaka le quitó sus Seis sentidos, o cuando Canon estuvo a punto de matarlo, o cuando... No podían recordar todas las ocasiones. Pero nunca lo habían visto tan lastimado, su cuerpo luciendo absolutamente todas las heridas que había recibido a lo largo de su vida. Su cuerpo presentaba innumerables estocadas a lo largo de brazos, piernas y torso; sangre manaba de su boca, nariz y de algún sitio por debajo de su cabello, y por supuesto que de cada una de las heridas. La cicatriz que estaba cerca de su ojo había sido reabierta, y la sangre que brotaba de ella cubría la mitad de su rostro. Pero no se limitaba a su cuerpo, sino que también la brillante Armadura del Fénix lucía quemada y opaca, como si su propio fuego la hubiese consumido.
Sobre todo, y lo peor para aquellos que lo amaban, Ikki estaba llorando. Jamás había demostrado ese sentimiento delante de ninguno de ellos, ni siquiera en sus momentos más tristes. Pero las lágrimas cruzaban su rostro, por más que trataba de controlarlas. No se debían al dolor físico, sino a algo mucho más profundo, y eso fue como una puñalada en el corazón de sus amigos.
–Nii-San...– murmuró Shun, un enorme nudo ahogando su voz en su garganta e incapaz de continuar.
Hyoga colocó una de sus manos sobre su hombro derecho, tratando de llevárselo y evitarle la escena. Andrómeda no se movió.
Saori, temblando, apenas evitó llevarse una mano a la boca. Ikki le había pedido que no hiciera nada durante tres días. Pero ¿a qué lo había enviado? ¿Qué le habían hecho? Y ella, que tanto amaba a los suyos, ¡era la responsable por habérselo permitido! Esos pensamientos la dominaron y aterraron. El daimon se le acercó.
–¿Lady Atenea?– preguntó, deteniéndose a una distancia prudente. Seiya, Shiryu y Hyoga le cerraron el paso, Dragón soltando a Pegaso.
Sin embargo, y a pesar de que el daimon se había llevado la mano al interior de la capucha, no había intención agresiva en él. La diosa asintió, así que el enviado inclinó la cabeza para reverenciarla. De abajo de la capucha tomó un pergamino.
–Lord Hades le envía este mensaje.– anunció.
Seiya sintió el impulso de arrebatarle el pliego y romperlo en señal de desafío, pero el orgullo con que Saori extendió la mano para tomarlo se lo evitó. En silencio, la diosa rompió el sello y desdobló el pergamino, tratando de no mostrar emoción alguna. Sin embargo, mientras leía era como si escuchara la voz de su tío en su mente, su voz de trueno adquiriendo un tono despectivo y cruel.
"Atenea,
"¡Qué bajo has caído! ¡Ni siquiera en la Era del Mito, en la cual la moral era relativa y el honor algo opcional, atacaste a alguno de los otros dioses a traición! ¡Y menos a mí, porque sabías que siempre fuiste mi sobrina favorita! ¿Cómo pudiste atreverte a enviar a uno de tus protegidos a vulnerarme?
"Lamento que tu última reencarnación haya sido tan nefasta. Tu control sobre tus criados y, peor aún, sobre tus propias emociones, es nulo. Eso, o has perdido las nociones de honor que te caracterizaban en el pasado. Y, sobre todo, del respeto a tu familia y al destino que las Moiras marcan para ti.
"Agradece que mande a tu sirviente aún vivo –y eso en consideración a tu padre, que tú y yo sabemos en dónde se encuentra–, que en otros tiempos te hubiese devuelto sus huesos quemados. ¡Y se habría considerado afortunado de que quedara algo de él!
"Sin embargo, esta ofensa no debe quedar impune. Iré por ti mañana mismo, justo después de que aparezca la primera estrella sobre tu Santuario. Antes no te ordené que llevaras ninguno de tus atributos, pero ahora deberás estar ataviada, portar a la Nike y a tu Escudo. De negarte a acompañarme o a cumplir alguna de estas condiciones, te juro por lo más sagrado que destruiré a tu amada Terra. Pero antes mataré a toda la Orden del Zodiaco frente a tus ojos, empezando por éste y siguiendo con tu favorito.
"No me obligues a actuar como el dios vengativo que no soy.
"Hades"
–Su tío me ordenó que añadiera que la está vigilando,– continuó el daimon, como restándole importancia a que los Caballeros estuvieran ahí– así que sabe a lo que se expone si intenta algo más.
Atenea asintió, sus ojos empezando a nublarse a pesar de la máscara que había colocado ante su rostro. Ella no le había ordenado nada a Ikki, pero iba a permanecer a su lado y a apoyarlo pasara lo que pasara, cual si hubiese estado de acuerdo con él desde el inicio.
Con el orgullo que sólo corresponde a una diosa, afirmó:
–Diga a Lord Hades que recibí el mensaje y que estoy de acuerdo con él, así que puede olvidar las palabras bruscas.
Y añadió, en voz más baja:
–Y que lamento haber actuado de manera indigna.
El daimon volvió a efectuar una reverencia. Dio la vuelta y se dispuso a salir, mirando por encima del hombro a los acompañantes de la diosa. Seiya no logró contenerse, furioso por no entender qué estaba ocurriendo, y gritó:
–¡Espera, demonio! ¡Quédate aquí!
Shaina y Shiryu apenas volvieron a atraparlo mientras el daimon se perdía en la obscuridad del pasillo. Esta vez sí se les habría escapado, hasta que escuchó:
–¡Seiya, es suficiente!
La voz de Saori era cortante y estricta. Sus ojos relampagueaban, como si ella generara la luz en lugar de reflejarla.
–¡Deja que se vaya!– ordenó.
–Pero...
–¡Seiya, escuchaste a Atenea! ¡No insistas!
Esa segunda voz lo descontroló aún más que la primera. Marine lo miraba con fijeza, aún a través de su máscara. Seiya no supo como reaccionar, la orden proviniendo de la mujer que amaba y de la mujer que creía que era su hermana; avergonzado, se liberó con brusquedad de sus amigos y cerró los ojos.
Los únicos sonidos fueron los lejanos pasos del daimon, la lluvia cayendo en el exterior y los relámpagos que iluminaban las cercanías del Santuario como si fueran agujas.
–Perdóname...
La voz de Ikki, aunque conservaba su gravedad, estaba entrecortada por el llanto, pese a que trataba de controlarse. Saori se le acercó, la severidad de su rostro cambiando en su acostumbrada ternura. Los demás también se aproximaron, aunque se mantuvieron a mayor distancia.
–No te preocupes, Ikki.– murmuró Saori, tocándolo en el rostro y obligándolo a verla de frente– Todo estará bien.
Con sus blancos dedos, comenzó a limpiar la sangre del rostro del Fénix. Su caricia equivalió la última estocada de Nox de Hypnos, Ikki al fin consciente de sus verdaderos sentimientos hacia Atenea, y se mordió los labios mientras bajaba la vista.
–Nii-San...– preguntó Shun, mirándolo con sus ojos carentes de brillo– ¿Qué te hicieron?
Ikki miró el rostro de su hermano menor como si fuese la primera vez que lo veía en su vida entera. De pronto, sintió que sus delicadas facciones deberían recordarle las de alguien más. Por alguna razón, pensó que así había sido por años. Tres personas eran especialmente valiosas para él: Atenea, Shun y...
Pero sólo encontró vacío en su mente.
–Esmeralda...– murmuró.
Dicho esto, abrazó a su hermano, las lágrimas fluyendo otra vez y buscando el consuelo que siempre había sido en sentido contrario. Shun también sintió deseos de llorar por lo que no entendía, mas se contuvo. Atenea y los demás los rodearon en un respetuoso silencio, como si formando una barrera humana lograran protegerse unos a otros del sufrimiento.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza. El viento apagó las pocas antorchas que seguían encendidas.


Parecía haber una nube negra alrededor de su esposo, y al igual que las del cielo estaba compuesta por muchos elementos distintos. Ira, tristeza, decepción, coraje... Venganza... Perséfone había sido muy perceptiva desde joven, pero su estancia en el Tártaro la había vuelto mucho más.
Lord Hades había estado muy molesto desde su regreso del Santuario. “No se me acerque nadie”, parecía gritar en su muda expresión. Sin embargo, cuando Nox de Hypnos se presentó ante su trono con el Caballero que intentó infiltrarse al Tártaro, sus ojos habían relampagueado como el firmamento. Y después siguió algo que Perséfone no comprendía del todo: La tortura, el envío de un daimon a Atenas... La carta para su sobrina.
Todo estaba saliendo del patrón usual, sabía. Pero no le preocupaban mucho ni los Caballeros ni los Guardianes (¿no era su deber proteger a sus dioses respectivos?). Su verdadera inquietud eran su sobrina y su esposo.
Al igual que para Hades, Atenea siempre fue su sobrina favorita –aunque, si recordaba las fuentes originales de la mitología, en realidad era una prima lejana... Nunca le gustaron los árboles genealógicos, pues en la antigüedad resultaban arbustos en lugar de ramas–. En cada encarnación, lamentaba el momento en que el Ciclo terminaba, pues creía que haría mucho más bien permaneciendo en la superficie que interrumpiendo su labor. Atenea iluminaba a Terra, y Perséfone amaba mucho a Terra. Como ella y Hades eran los únicos a quienes las Moiras no les negaban ver los Cordeles Vitales, Perséfone había presenciado todo el sufrimiento que Atenea había padecido. ¿Era justo o correcto que culminaba su labor quedando atrapada en el Tártaro por el resto del tiempo?
Y después estaba Hades. Estaban juntos desde la Era del Mito, y a pesar de que él la raptó de la superficie, ella había aprendido a amarlo con todo su corazón, al grado que ya no importaba la forma en que se habían conocido. Sin embargo, en su última misión había cambiado tanto. Todo lo que se decía de él era verdadero: Severo pero no cruel, estricto pero no maligno... Pero Perséfone acababa de ver una emoción desconocida en sus ojos mientras el Caballero era torturado. ¿Había sido deleite? En el pasado Hades mismo castigaba a los mortales que osaban ofenderlo, pero eso había quedado atrás, ¿o no?
Por alguna razón, Perséfone no podía olvidar al Caballero. A pesar de la crueldad de su castigo, podía apostar que su sufrimiento no se debía al dolor físico y que, de hecho, era lo que menos le importaba. Sus lágrimas no eran las de un cobarde, sino las que produce el pesar de perder a un ser amado. Trató de recordar el poder de Nox de Hypnos, mas no le fue posible. Ella nunca se había interesado en los asuntos de los Guardianes. Aún así, comprendía con cuánta crueldad lo habían atacado.
Hades seguía en su trono, apoyando la cabeza en la mano derecha y mantenía los ojos cerrados. Parecía más viejo, incluso agotado. Perséfone dudaba en dirigirse a él (lo quería demasiado para molestarlo) pero finalmente se le acercó. Sin embargo, no cruzó los tres metros que la separaban de él.
–¿Hades?
Su esposo abrió los ojos, mirándola con fingido desinterés. Sin embargo, ella logró ver tristeza en su expresión. Silenciosamente le preguntaba qué quería, así que dijo:
–Estás demasiado afectado por toda esta cuestión sobre Atenea.
El dios sonrió con ironía.
–Yo estoy así y voy ganando. Imagínate cómo esta ella.
Perséfone trató de sonreír, pero no pudo hacerlo.
–Fuiste demasiado estricto en tu carta.– opinó, moderando sus palabras para que no pareciera una crítica– Me avergoncé cuando me la enseñaste, como si fuera un insulto para toda la familia.
Hades no respondió de inmediato. Sus ojos decían muchas palabras más que cuantas lograría pronunciar, y ella lo sabía. Finalmente, afirmó:
–Fue un insulto para todos nosotros. Me atacó a traición.
–Pero, ¿estás seguro de que pretendía atacarte?
La voz de Perséfone, en contraste con la de su esposo, era suave y estaba llena de preocupación. Al escucharla, la sonrisa de Hades desapareció mientras negaba con la cabeza.
–¿Quieres que sea franco contigo?– y aunque titubeó un momento, confesó– Sé que ella no envió a ese Caballero.
La sorpresa de la diosa fue notoria, si bien permaneció en silencio.
–Podría cortarme la cabeza por esto,– continuó– pero él vino solo. No entiendo qué buscaba y lo único que comprendo es que fue una medida desesperada, pero personal. Atenea ignoraba que planeaba hacerlo, o por lo menos no sabía con qué propósito.
–Entonces, ¿por qué mandaste esa carta? Pensé que...
–Dos razones muy simples.– interrumpió Hades a pesar de que esa no era su costumbre– Una, para comprobar cuánto apoya a los suyos. El daimon dijo que se disculpó por haberse comportado indignamente. Pero sabemos que ella no le dio la orden.
“¿Y qué esperabas?” pensó Perséfone. Atenea jamás había sido una diosa maligna o maliciosa. Amaba a sus Caballeros y el mayor descubrimiento de aquella situación tan desagradable era que cualquiera de los suyos estaba dispuesto a todo en su nombre. ¿Cómo creyó que la Orden iba a reaccionar? ¿En silencio, bajando la cabeza y permitiendo que se llevaran a su diosa sin oponer resistencia?
¿Por qué su madre no contó con una Orden? Quizá la hubiesen rescatado del Tártaro cuando Hades la secuestro... Perséfone, de inmediato, se arrepintió por pensar eso.
–La segunda, –prosiguió Hades, sin imaginar los pensamientos de su esposa– es que ya me aseguré que vendrá aquí. Y con todo su poder.
–¿Todo? ¿No me dijiste que no ha alcanzado su máximo Cosmo?
Hades se puso de pie, enternecido ante la inocencia de la diosa para algunas cosas.
–Me refiero a sus atavíos. Y una vez que la Nike y el Escudo estén aquí, habré asegurado mi triunfo. Y podremos regresar a la superficie.
Por primera vez desde el anuncio de las Moiras, Perséfone frunció el ceño. ¿Desde cuándo le importaba el poder o el triunfo? ¿O dominar el mundo exterior? Y, sobre todo, ¿a costa de un familiar, al que ambos amaban tanto?
La imagen del Caballero torturado regresó a su mente. “¡Esto no debe ser!”, se dijo de pronto. “¡No lo fue en la Era del Mito, cuando la ambición y el deseo dominaron a los dioses griegos y provocaron su caída! ¡No lo es en la Era Moderna, donde los dioses regresan pero deben permanecen ocultos! ¡No lo fue entonces, ni hoy, ni lo será nunca!”
Hades se dirigió hacia la salida de la cámara. Su expresión ya era distinta, como si se sintiera aliviado de haber compartido sus pensamientos, pero Perséfone sintió una leve alteración en su cosmo aunque ninguno de los dos estaba activado. Quiso acercársele, pero no lo hizo. En realidad, no sabía qué decirle.
Cuando su esposo pasó a su lado, lo tocó en el brazo.
–Hades...
Él la miró, su expresión tratando de conservar su fachada estricta.
–No imites a tu hermano Poseidón.– suplicó Perséfone, su voz triste– Haz lo que quieras, incluso con Atenea, pero es lo único que te pido.
El dios sonrió. Sin embargo, por primera vez en los siglos que llevaban juntos, su gesto no fue completo.
–No te preocupes.– aseguró– Sé lo que hago.
Antes de que Perséfone pudiera protestar, siguió de frente. Ella ya no lo llamó, su corazón inundado por el pesar. Cuando él la llevó al Tártaro, fue por amor.
Ahora quería a Atenea. Pero por ambición.


Su brillante y dorado Cosmo lo envolvió, tierno como un abrazo y poderoso como la luz del día. Sin embargo, no sirvió de nada, y ella fue la primera en saberlo.
Moo –sin duda alguna, el mejor de los Santos en lo que a medicina se refería–había curado las heridas de Ikki , sus pensamientos en Hades todo el tiempo y lamentando no poder ayudar más. Después de un par de horas, en las que todos comprendieron que sólo una voluntad superior a lo humano había impedido que alma y cuerpo se separaran, quedaban ligeras marcas que tal vez se absorberían con el tiempo. La excepción fue la cicatriz del rostro: Si antes fue poco probable que desapareciera, ahora sería imposible.
Sin embargo, esa no era la cicatriz que más les preocupaba.
Rodeado por sus amigos y consolado por su hermano y su diosa, Ikki había dejado de llorar para sumirse en el más profundo de los silencios. Sus ojos secos e irritados miraban al frente con obstinación. Acababa de comprender el mal que provocó a Atenea cuando sólo intentaba ayudarla. Y eso sí no podía perdonárselo.
Los demás ignoraban sus pensamientos. Saori había pedido a los demás Caballeros que dejaran descansar a Ikki y todos, menos Shun, aguardaban afuera de la habitación.
Por lo poco que Fénix había murmurado, habían deducido que uno de los Siete Guardianes le había robado su recuerdo más importante. Saori-Atenea había activado su Cosmo, tratando de devolvérselo, pero no sabía cómo hacerlo. Se odió a sí misma: En el pasado, pudo rehilar Cordeles Vitales, más no sabía cómo reparar la trama de la memoria. Sin embargo, se odiaba más porque comprendía que –directa o indirectamente– lo que le había ocurrido a Ikki era por su culpa. Él entró al Tártaro para evitar que Hades la controlara. Por el inmenso amor que cada uno de los suyos sentía hacia ella, aunque desconocía el matiz que ese cariño y devoción habían adquirido en el Fénix.
¿Y qué había conseguido? Que su alma fuera destrozada.
Shun, en cambio, se aborrecía por no haber preguntado más a Ikki sobre Esmeralda. ¡Claro que le había interesado saber más sobre aquella misteriosa joven a la que su Nii-San adoraba! Pero su discreción, al notar la pena que en ocasiones su recuerdo le provocaba, le impidió realizar un interrogatorio largo y completo. Ahora que no tenía el recuerdo, irónicamente, el sufrimiento era mucho peor de lo que habría resultado entonces.
Ikki estaba acostado sobre su cama, en el cuarto al que pensó jamás regresaría. Nada había cambiado en él, mas todo era diferente. Le faltaba la razón de su vida, la causa para no rendirse sin importar qué tan difíciles fueran los retos.
–Esmeralda era la hija de tu Maestro– narraba Shun, intentando avivar la vacía mirada de su hermano– y te acompañó cuando entrenabas en Death Queen Island. Me dijiste que sus rasgos eran parecidos a los míos, que sus ojos eran azules y su cabello rubio, y que por el amor que sentías hacia ella no te entregabas al odio al que tu Maestro quería obligarte.
Ikki volteó a verlo. Sin embargo, el fino rostro de su hermano no le decía nada y menos aún le recordaba algo. Shun supo que su plática era inútil, mas decidió no rendirse.
–¿No recuerdas el día que ganaste la Armadura del Fénix? Fue después de que tu Maestro te atacó. Como tú no quisiste agredirlo, él te lanzó su ken a toda potencia, pero no te diste cuenta de que Esmeralda estaba atrás de ti. Ella murió en tus brazos, y la única herida que tú recibiste fue la que te provocó la cicatriz del rostro. En venganza, mataste a tu Maestro y fue entonces que te convertiste en el Fénix. Años después, regresaste a Death Queen Island para acabar con los Caballeros Ankoku que quedaban vivos, y visitaste su tumba justo antes de que el sitio fuera destruido.
Saori intercambió una mirada de preocupación con Shun. Ni su Cosmo ni sus palabras estaban funcionando. La mente de Ikki seguía vacía.
–Después de ese día,– continuó Andrómeda, tratando que sus palabras no reflejasen su desesperación– adoptaste el nombre de “Caballero de la Esperanza” aunque no me explicaste por qué. Lo único que respondiste fue que Esmeralda te llamó así.
Fénix miró fijamente a su hermano, sus ojos inexpresivos y permaneciendo en silencio. Pero tanto el joven como la diosa comprendieron que era porque sus lágrimas se habían agotado. Con cariño, Saori tocó su rostro sin apagar su Cosmo.
–¿Puedes recordar algo?
Ikki trató de concentrarse en si alguna vez había sentido el contacto de manos semejantes en su piel. ¿Había sido tan dulce como en aquel momento? ¿Y tan doloroso?
Negó con la cabeza. Ya ni siquiera tenía una silueta en la mente. Ahora todo eran sombras y niebla. Y vacío.
–Pronto lo harás.– aseguró Saori, su tono mostrando decepción– Todo estará bien, te lo aseguro.
Pareció que Ikki quería responder, pero se arrepintió y permaneció en silencio. “¡Esto no puede estar pasando!”, pensó Shun y añadió, tratando de mostrar esperanza sin lograrlo.
–¡Claro que sí! ¡Antes de que lo imagines la recordarás como antes, tal como piensas en nosotros!
Ikki volvió a observar a su hermano. Cuando habló, su tono carecía de su usual intención sarcástica. Ya ni siquiera mostraba tristeza.
–Shun, ¿podrías dejarnos solos?
Su hermano menor lo miró con sorpresa, pero cuando Saori asintió comprendió que lo mejor era no protestar. Con lentitud se levantó y se dirigió a la puerta, y después de un breve titubeo salió del cuarto. Lo último que Ikki vio fue la tristísima mirada de sus ojos verdeazules.
Apenas cerró la puerta tras sí, Seiya, Hyoga y Shiryu se le acercaron.
–¿Cómo está Ikki? –preguntó Seiya, su rostro todavía mostrando la rabia que lo dominaba desde la llegada del daimon.
Shun bajó la vista. Al fin permitió que las lágrimas que había reprimido surgieran, dos arroyos cristalinos rodando por sus mejillas hasta el suelo.
–Físicamente, mejor...– murmuró– Pero su espíritu...
No pudo continuar. Un sollozo surgió de su garganta de modo incontrolable. Hyoga comenzó a guiarlo a otro lado, de modo que Ikki no alcanzara a oírlo. Los otros dos Caballeros los acompañaron.
–Tienes que estar tranquilo, Shun.– dijo Hyoga, su voz un poco más cálida que su mirada– Ikki siempre fue tu apoyo, pero ahora es tu turno de serlo.
Shun asintió, todavía incapaz de hablar. Seiya odió con más fuerza a Hades y a todos los suyos.
–No es el mismo Ikki de antes.– murmuró Andrómeda– Perdió su razón de ser, y pareciera como si ya nada le importara.
–¡No digas eso!– exclamó Seiya, y en voz más baja, añadió– Ikki es el más fuerte de todos nosotros, se lo ganó a base de fuego, y seguirá así.
–Necesitará tiempo.– opinó Shiryu, adoptando sin saberlo las mismas palabras que el Anciano Maestro habría pronunciado– La herida de Ikki es muy profunda, pero sólo él saldrá adelante. Lo único que podemos hacer es apoyarlo.
“¿Y si no lo hace?”, pensó Shun. “¿Y si no lo hace, y no logra salir adelante, y el resto de su vida es miserablemente vacía y sin sentido?”
–Vete a dormir.– sugirió Shiryu, sonriendo con su gesto triste– Como dijo Hyoga, ahora tú eres el apoyo de tu hermano y tiene que verte en tu mejor forma. No le hace bien que estés triste o cansado.
Shun no respondió, pero siguió caminando. Sus tres compañeros permanecieron en su sitio, viendo en silencio cómo se marchaba. Cuando ya no podría escucharlos, Hyoga murmuró:
–Es más grave de lo que pensaba.
–¿Te refieres a Ikki o a Shun?– preguntó Seiya, sus pensamientos confundidos por el coraje que lo dominaba.
Pareció que Hyoga iba a suspirar, pero el Guerrero de los Hielos se detuvo y afirmó con su voz indiferente:
–Me refiero a todo. Mira lo que un solo Guardián le hizo al más poderoso de los Caballeros del Zodiaco.
–De un solo ataque, y quizá ni siquiera a su potencia máxima, dejó vivo a Ikki pero con el espíritu destrozado.– opinó Shiryu, pensativo como era su costumbre– Jugó con su alma para inutilizarlo como guerrero.
Seiya se frotó la nuca. “Jugar con el alma”... ¿No era eso lo que le advirtió Sigfried durante su visión? ¿No era por ello que sería imposible vencer a los Siete Guardianes del Estigio?
Más allá de poderes físicos y mentales... Dioses...
–Debemos tener mucho cuidado con ellos.– dijo Hyoga– Si los enfrentamos, iremos contra algo que ni siquiera podemos imaginar.
–¿”Si”? –preguntó Seiya, su tono un poco irónico– Seamos sinceros...
Su mirada centelleó, y ante sus palabras, también la de sus amigos.
–La guerra ya comenzó...


–¿Qué quieres decirme, Ikki?
La puerta cerrada impediría que cualquiera que estuviese afuera pudiera escuchar lo que hablaran el Caballero y la Diosa. Fénix miraba en silencio a Saori-Atenea, tratando de recordar a otra mujer sin conseguirlo (¿qué edad tenía?, era la nueva pregunta), y pensó que si no lo dominara la sensación de vacío, sería muy fácil volcar su corazón por completo en aquella joven. Saori apagó su Cosmo, comprendiendo que había hecho todo cuánto había sido posible. Muy poco.
Ikki se esforzó en incorporarse, ya que a pesar de que sus heridas habían sido curadas, todavía no recuperaba su fuerza característica. Y menos aún su voluntad. Saori trató de detenerlo, más él insistió aunque no evitó que lo sujetara de los hombros.
–Déjame hacerlo, por favor.– insistió– Quiero hablar contigo como se debe.
–¿A qué te refieres?
–Te debo respeto.– afirmó, su voz monótona– No es correcto que esté acostado mientras hablamos. Tú eres una diosa y yo sólo soy un humano.
Saori, con sus ojos tristes, entendió que no tenía caso insistir. En lugar de ello, respondió con dulzura:
–Ya te lo dije una vez, Ikki. Somos amigos. Y tú estás herido.
A pesar de sus palabras, el joven acabó de incorporarse. Ella acomodó las almohadas detrás de su espalda para que se apoyara en ellas y, cuando terminó, se sentó a su lado sobre la cama. No imagino cuánto lastimó al Caballero un gesto tan sencillo. Él no era digno de su protección. Nunca lo había sido.
–No estaba herido cuando me equivoqué.– afirmó, sin mirarla a los ojos– Fue un gran error ir al Tártaro.
La joven tomó una de sus manos. Si no podía devolverle la memoria, al menos debía transmitirle un poco de calor y de apoyo. Notó que en el momento en que lo tocó, los dedos del Fénix se estremecían y pensó que se debía a sus heridas. Ikki, en cambio, entendió que su involuntaria reacción se debía a algo más profundo.
–¿Qué era lo que buscabas? –preguntó ella, con ternura y sin reproches.
–El modo de liberarte del control de Hades.
El volumen de su voz había sido todavía más bajo. Su tristeza era fácil de percibir y comenzaba a afectarla. Afuera seguía lloviendo y, mientras bajaba la vista, murmuró.
–No hay modo de lograrlo. Terra está de por medio y no importa cuánto lo intentemos, él me convertirá en su esclava.
–Por mi culpa, ¿verdad?
Sin darse cuenta, el aura de Saori empezó a transmitir pesar. Sujetó la mano de Ikki con más fuerza, pero ni así el joven volvió a mirarla a los ojos.
–¿Por qué no me dijiste lo que pensabas hacer? –preguntó en voz baja.
Fénix no respondió de inmediato. Se mordió los labios, como si intentará encontrar una respuesta falsa, pero al final confesó:
–Tal vez estoy acostumbrado a actuar solo. O tal vez no quería preocuparte.
Saori suspiró, parcialmente dándole la razón. Ikki se apoyó contra las almohadas, su mente una confusión absoluta de pensamientos sin lograr concentrarse en nada. Cerró los ojos y preguntó:
–¿Cuánto tiempo te dio Hades?
–¿Cómo lo sabes?
Ikki sonrió con desdén, aunque no abrió los ojos.
–Escribió la carta enfrente de mí y no necesito ser un genio para saber que te estaba sentenciándote por mi error. ¿Cuánto tiempo?
La voz de la diosa tembló al murmurar.
–Muy poco.
Apenas había alcanzado a escucharla, e igual fue cuando añadió:
–Vendrá por mí mañana, cuando aparezca la primera estrella de la noche.
Por un instante, ninguno de los dos habló. Afuera se seguían escuchando los truenos y la lluvia que encarcelaba al Santuario, y Saori, al verla a través de la ventana, comprendió que todos se encontraban en la misma situación. En lugar de aquellos fenómenos antinaturales, el poder de Hades era lo que los mantenía en el interior de sus almas temerosas. Sin saber cómo enfrentarse con éxito al Señor del Averno.
–¿Ya lo saben los demás? –preguntó Ikki, su voz más grave que antes.
–No...
Cuando Saori volvió a mirarlo, descubrió que había abierto los ojos, mirando hacia ninguna parte. Nuevamente lloraba. Su cicatriz brillaba rojiza, como la sangre fresca.
–Perdóname...
La diosa volvió a sujetar la mano de su Caballero.
–No digas nada. No fue tu culpa. Después de todo, – y su voz se hizo más baja y triste– ya tenía un plazo. Mi tío sólo lo acortó.
Intentó sonreír, sin conseguirlo.
–Lo que importa en este momento es que te recuperes por completo.
Por un instante, no hubo respuesta. Sin embargo, la diosa escuchó una risa grave, irónica y decepcionada. Entre sollozos, Fénix se estaba riendo.
–Es imposible.– respondió, su tono sarcástico mostrando absoluta sinceridad– No voy a recuperarme y tú lo sabes tan bien como yo. Todos lo saben.
–¡No puedo creer que tú, Ikki de Fénix, digas eso!
Los ojos de Saori relampagueaban como el fuego. En parte, era por el enojo que le provocaba escuchar al más poderoso del grupo hablando con tanta lástima acerca de sí mismo. Pero también era porque sabía que el Quinto Caballero reaccionaba con mayor voluntad cuando se enfrentaba a un reto.
–¡Tú eres el Caballero de la Esperanza!– insistió– ¡Tú te rebelaste al control de Ares aunque firmabas tu sentencia de muerte! ¡Tú siempre has ayudado a los demás a llegar hasta el final! ¡Has conocido el mismo infierno y saliste adelante!
–Esto es más que el infierno.
La frase fue hueca, triste y directa. Y vacía. A pesar de ser una diosa, Atenea no pudo responder ante sus palabras y, más aún, ante la forma en que habían sido pronunciadas. Pero, sobre todo, ante su significado.
–En el infierno entendía qué era lo que me estaba ocurriendo.– murmuró Ikki, mirando al frente sin ver en realidad– Mi mente estaba trastornada y comprendía todo mal, pero lo hacía. Ahora, los escucho hablar sobre Esmeralda y es como si me platicaran una historia que no conozco. Es una trama lejana y ajena a mí, y ni siquiera puedo imaginarla. Y es mi vida.
–Pero nos tienes a nosotros...
–¿Qué bien me hace tenerlos, si no recuerdo el por qué quería despertar cada mañana y vivir por ustedes aunque siempre he querido morirme?
Un trueno cayó cerca de la habitación, remarcando sus palabras. Saori sintió que la sangre se le helaba en las venas, y fue peor cuando escuchó a Ikki añadir:
–Cuando has superado el infierno, sólo queda un camino por seguir. Hypnos me lo dijo y es lo único que me queda...–y, en tono de confidencia, añadió– Tú, hija preferida de Zeus, comprendes demasiado bien cuál es.
Fue como si Atenea recibiera una puñalada. Por reacción, se puso se pie, su rostro pálido y sus ojos temblando. Claro que sabía a qué se refería.
–No pensarás hacerlo...– tartamudeó.
Ikki volteó a verla. Su expresión era triste, pero tan decidida como siempre, o incluso más.
–¿Para qué preguntas, si conoces la respuesta?
Saori, contra su voluntad, negó con la cabeza.
–¿Estás consciente de lo que planeas? ¿De lo que puedes perder?
–¿No es lo que me corresponde por mi signo?
–¡No!– exclamó la joven de repente, entre furiosa y desesperada– ¡Tal vez te corresponda por destino, pero me niego a que lo ejecutes!
El Caballero trató de sonreír, sin conseguirlo.
–Eres una Diosa de la Tierra, no del Cielo ni del Fuego. En teoría, no tienes poder sobre mí.
–Entonces, –sentenció la joven, mirándolo a los ojos y tomándolo de nuevo de la mano, como si tratara de ejercer presión sobre él– te ordeno, como tu diosa patrona, que desistas.
Ikki se encogió de hombros.
–Nunca he obedecido tus órdenes.
Su cinismo la alteraba, más no por la desobediencia y el orgullo que implicaba. Más bien, se debía a la desesperación de saber que ni todo el poder del universo, inferior sólo al del Dios Omnipotente, cambiaría la decisión que el Fénix había tomado.
–¿Y tu hermano?– preguntó en voz más baja– ¿Y tus amigos? ¿Y yo? ¿No te necesitamos acaso?
Ikki suspiró, pero no fue por lástima o por dolor. Fue de cansancio.
–Seamos realistas, Atenea. No les haré mucho bien con el alma destrozada. Su camino no es el mío. Nunca lo fue.
Y mirándola a los ojos, con voz carente de tono pero mirada expresiva, suplicó:
–Si he deshonrado al Santuario con mi vida, entonces...
No concluyó la frase. Había sentido una lágrima que caía sobre su mano derecha, y cómo esta era sujetada con fuerza por dedos temblorosos.
–Soy tan poco digno... –murmuró, recuperando su tono irónico– Y sin embargo, tengo algo que pedirte.
Por imposible que pareciera, titubeó un momento, pero como si ya todo careciera de importancia, añadió:
–Permanece conmigo hasta que me quede dormido, por favor. Sólo así sabré que me has perdonado por pelear en tu contra y traerte tantas desgracias.
Mientras hablaba, su voz se quebró. Saori lo miró de nuevo, tratando de recuperar la calma.
–¿Cuándo?– preguntó, sin atreverse a formar la frase.
–Mañana. Cuando desaparezca la última estrella de la mañana.
Un bálsamo casi milagroso cayó sobre el espíritu de Ikki de Fénix. Porque Atenea, sin protestar, sonrió débilmente.
–Te lo prometo.
Sin embargo, su corazón estaba roto.
Ikki, sujetando a su vez la mano de Saori, la llevó a sus labios y la besó con reverencia. Sin embargo, hubo más en su gesto que simple respeto, y la diosa se dio cuenta. El joven la miró a los ojos, y no necesitó confesar sus sentimientos en voz alta, porque ella lo sabía. No era correspondido, comprendió, pero también que ella siempre lo supo. Justo como quiso hacerlo aquella noche, un año atrás, pero no alcanzó a entenderlo del todo. Y aunque su destino era igual, una separación, en ese momento sabían que no volverían a encontrarse en ese lado del Portal.
Saori, contra su voluntad, se soltó llorando. Ikki tocó su mejilla con la otra mano, tratando de consolarla.
–Por favor, no llores.– suplicó con ojos tristes– Ya te dije que las diosas no deben llorar por los pecadores.
Atenea, bajando la vista, preguntó:
–¿Y no pueden hacerlo por las personas que las aman?
Ikki no respondió.


Si los demás creyeron que se había retirado a su cuarto a dormir, no era sino la señal de cuánto había cambiado. O, al menos, así le gustaba verse.
Ya era bastante tarde. Todos se habían retirado a sus habitaciones, aunque dudaba que alguien pudiese estar dormido. En el exterior seguía lloviendo lo cual, obvio, contribuía a mantener bajo el ánimo en el Santuario. Él no era la excepción, sobre todo después de lo que le había ocurrido al Caballero. A su propio hermano.
Por más que Shun había hablado y hablado y hablado sobre Esmeralda, los ojos de Ikki habían continuado vacíos. Ninguna de sus palabras le había recordado absolutamente nada. Y el suave Cosmo de Saori-Atenea lo había consolado sin devolverle la memoria. Sin querer, sintió un escalofrío. ¿Contra qué tipo de personas tendrían que enfrentarse?
Pero algo más helaba su alma. El saber que nunca le había ayudado en nada a su Nii-San. Entender cuán injusto era que Ikki lo hubiese salvado una y otra vez, sin que él jamás hubiese actuado de modo digno. Excepto aquel par de segundos que logró cubrirlo del poder de Poseidón, la protección siempre había sido en sentido contrario. Del mayor hacia el menor, del fuerte hacia el débil.
Sólo se le ocurría hacer algo. No sería mucho, pero sabía que lo agradecería, y estuvo más convencido de ello apenas abrió la puerta de la Cámara.
Cada uno de los Tresors Dorados, recordó, era guardado en el interior de su respectiva Casa, dentro de su Urna de Oro. Pero, por supuesto, eran los Doce Trajes de la Eclíptica. En cambio, los Caballeros de Plata y de Bronce siempre llevaban sus Armaduras Estelares consigo, fueran a donde fueran. Claro que eso había sido antes. Porque existía una nueva habitación, la Cámara de las Armaduras. Era un salón iluminado únicamente por antorchas, y entre las columnas que sostenían el techo, se encontraban las Urnas de los dos niveles inferiores. Había espacio para muchos, pero de momento no la ocupaban más de diez, todos muy cercanos a la fuente de luz del cuarto. Shun vio las cajas, en aquel momento todas con su traje en el interior: Pegaso, Dragón, Cygnus, Andrómeda, Unicornio, Ofiuco, Águila...
Las dos últimas hicieron que se detuviera. La primera era la vacía Armadura del Camaleón, que quizá esperaba un nuevo Portador o que su dueña regresara. Por un momento, Shun se sintió culpable por pensar en June cuando la situación se encontraba tan mal, pero no pudo evitarlo. Se decía que un Caballero Estelar jamás dejaba de serlo, a pesar de la decisión que hubiera tomado. ¿Recapacitaría algún día June sobre ello?
La segunda era la del Fénix. Por esa había ido.
Cuidadosamente, tratando de no provocar ruido, tomó la Urna y la abrió. En respuesta, un delgado Fénix surgió de su interior. En el pasado, había sido más grande y robusto y había lucido colores distintos, aunque tenía nivel de bronce. Ahora, era de plata, y por tanto era más fina y delicada. Sin embargo, desde su llegada del Tártaro lucía opaca y quemada. Eso no debía ser.
Shun no sabía los planes de su Nii-San, mas lo conocía lo suficiente para comprender que no se quedaría quieto ni resignado. Iba en contra de su propia naturaleza. Hiciera lo que hiciera, no daría un paso sin la Armadura del Fénix. Y no podía portarla en ese estado.
Pero, ¿no tenía a su hermano para solucionar eso?
Moo le había enseñado a reparar Armaduras o, más bien, a aprovechar su innata habilidad para hacerlo. Mientras la veía y tocaba, consideró que no sería necesario emplear sangre –aunque estaba dispuesto a donarla si era el caso– porque el traje no estaba muerto. Estaba dañado y humillado, justo como Ikki. Y justo como para un ser humano no hay como la luz para elevar el espíritu, para una Armadura no habría algo mejor que el polvo de estrellas.
De acuerdo con Aries, era imposible tomar una estrella. Pero había formas de llamar a su materia. Era una cuestión de Cosmo.
Los cosmos de algunas personas tenían más brillo estelar que otros, no porque fueran más o menos poderosos sino porque contaban con una protección más numerosa en cuestión de estrellas. Al escuchar eso, había entendido por qué, cuando Hilda restauró los Hielos de Asgaard, había sido capaz de derramar su Cosmo, parte nieve y parte estrellas, sobre su Tierra Sagrada sin perder la vida. Los Santos Dorados tenían Cosmos de intensidad semejante.
Él no era un Santo, pero su Cosmo estaba lleno de estrellas. Podría hacerlo.
Shun revisó cada uno de los rincones de la Armadura hasta comprobar qué partes necesitarían más luz que otras. Concentrado, encendió su aura mientras pasaba sus dedos por encima del metal y, a través de ellos, caía un delgado polvo brillante sobre el Fénix. Parte de su misma aura.
Poco a poco, sintió cómo la Armadura de Plata recuperaba su luz. Lo único que no supo, porque no podía verlo, era que su Cosmo había crecido. Ahora lucía un tono completamente dorado.


–¡Moo! ¡Espera, necesito hablar contigo!
La voz de Aioria de Leo no había excedido el volumen usual, pero fue más perceptible en la casi completa ausencia de sonidos que dominaba al Santuario. Al Santo de Aries no le costó nada de trabajo notar la alteración en su tono mientras lo veía acercarse por la escalera.
En sí, Moo había salido del Templo de Aries porque no podía dormir. No había modo de hacerlo con la amenaza de Hades sobre ellos. Por eso, no le extrañó que el joven León afuera de su correspondiente Templo, y tampoco dudó que, si permanecía un rato más caminando en la escalinata, hallaría a los otros tres Santos.
Volteó a mirarlo por encima de su hombro, preguntándole qué quería. De tres pasos, Aioria lo alcanzó y bajó aún más la voz.
–No creí encontrarte aquí.– afirmó, mintiendo un poco porque había pensado igual que Aries.– Pensé que hablaría contigo hasta mañana.
–¿Y qué pasó?
–¿Es cierto lo que le pasó a Fénix?
Moo asintió. Su rostro, de por sí poco expresivo, parecía estar tallado en mármol debido a la obscuridad.
– Es cierto. Y todos en el Santuario ya lo saben, – respondió– a pesar de que yo fui el único que lo vio.
En contraste con la impasibilidad de Moo, los ojos de Aioria relampaguearon incluso en aquella carencia de luz.
–Fue uno de los Guardianes del Estigio –sentenció, más como un presentimiento que porque realmente lo supiera.– Por lo que me enteré, le destrozó el espíritu y créeme, esa es toda una proeza tratándose de los Cinco.
–Son muy poderosos aunque no estén conscientes de cuánto –opinó Moo, recordando cómo conoció a Shiryu años atrás y, por medio de Kiki, al resto del grupo.– El poder de Hades es mayor de lo que imaginamos. Más que Poseidón y Ares, me atrevería a decir.
Y añadió, en un tono de confidencia.
–¿Ahora comprendes por qué no quiero involucrarlos?
Aioria asintió. Su actitud humilde iba en contra de su innato orgullo, pero entendía y eso era lo fundamental.
–Van a matarnos.– afirmó, su voz sin mostrar la menor señal de temor– Fénix es muy fuerte y de un sólo ataque lo inutilizaron. ¿Qué no nos van a hacer?
–Necesitamos a alguien que concluya nuestra labor.– sentenció Moo, siguiendo su camino– La Orden del Zodiaco no debe basarse en nuestras vidas.– y dijo, en un tono más decidido– Cuando Atenea reencarne, de ellos habrá dependido que haya quien la aguarde.
El león notó que no usaba un “si”, sino un “cuando”. Así debe pensar un Santo, se dijo.
–Supongo que Hades amenazó a Atenea, aunque no ha confesado a nadie qué estaba escrito en la carta. Es posible que debamos actuar antes de lo previsto.
–¿Entonces?
Se detuvo. Volvió a ver a Aioria, pero éste no quiso interpretar su mirada.
–A primera hora,– ordenó Aries– reúne a los demás en la Primera Casa. Para nosotros, será como si la guerra iniciara mañana.
Sin saberlo, Aioria pensó lo mismo que Seiya. La Guerra ya había empezado.


Había acabado de escribir la carta. No pudo dormir, así que ¿para qué desperdiciar el tiempo dando vueltas en la cama por el insomnio? Hyoga no confiaba mucho en su sexto sentido, pero lo obedecía de cualquier manera y algo le decía que no le convenía dormir. En el silencio, su mente se alejó por un segundo de Hades y de Atenea y de los Guardianes y de los Caballeros, y regresó a donde en realidad se encontraba su corazón.
Estaba seguro de que iba a morir. Los del Tártaro no se quedarían quietos y ellos, menos aún. Este reto estaba más allá de cualquier obstáculo al que se hubieran enfrentado antes. Ni siquiera, comprendió con toda la frialdad de la que era capaz, podría regresar para decirle que...
Su decisión, por tanto, estaba tomada. A primera hora, le entregaba la carta a Kiki (si las cosas continúan como las imagino, tendrá suerte de ser el único sobreviviente) y le pedía la llevara a Asgaard en el momento en que se enterara de su muerte.
¡Qué pensamiento tan optimista!, exclamó su voz interna. Pero no era pesimismo, sino realismo. Y si era objetivo, en las batallas anteriores él fue el que había estado más cerca de morir. No podía pedirle que esperara a alguien que tal vez no regresaría.
Pensativo, releyó la carta. Sus ojos azules se entibiaron conforme lo hacía, imaginando su rostro, su cabello de sol y su mirada de cielo primaveral.
"Flare,
"Ignoro cómo iniciar esto. Y es muy tonto, ¿no lo crees? Hablé contigo a diario durante los pasados años, pensé en ti cada segundo y ahora las palabras no vienen cuando las llamo. Perdona mi torpeza.
"También perdona el que no me despida personalmente de ti. Hades amenaza al Santuario y no puedo escaparme para hablar contigo. Mis últimos momentos en Asgaard no fueron lo que habría deseado, y apenas si logré explicar por qué debía marcharme.
"Sólo quiero que sepas que el año anterior fue el más hermoso de mi vida, gracias a ti. Había jurado no volver a amar desde la muerte de mi madre, pero tú lograste que me arrepintiera de mi promesa.
"Te suplico perdones mi atrevimiento y, sobre todo, mi muerte. Me enfrentaré a ella pensando en ti, con la fortaleza de un Caballero Ateniense y la dignidad de un Guerrero Divino.
"Por favor, dile a Hilda que agradezco su hospitalidad y le pido una disculpa por mi última conducta. Hubiera estado dispuesto a renunciar al sol por ustedes, pero me separaría de todo lo que amo sólo por tu mirada.
"Te saludo y muero.
"Hyoga de Cygnus"
Hyoga miró pensativo la hoja de papel, repasando cada una de sus palabras. “Te saludo...” ¿Era eso lo que realmente quería decirle, confesarle, lo que había guardado en su interior durante un año entero temiendo que al pronunciar las palabras se rompiera el encanto y la realidad regresara con su carga destructiva? Sin embargo, la realidad los había alcanzado de cualquier modo. Faltaba pronunciar las palabras.
Escribirlas siquiera. Sólo eran dos.
No pudo hacerlo. Eso se dice, no se escribe.
Hyoga maldijo a Hades, a los Guardianes, al destino mismo. ¿Para que habían revivido su corazón, si iban a desgarrárselo con tanta saña? ¿Para qué le hicieron encontrar el amor, si iba a perderlo de esa forma tan cruel? Y Flare, ¿para qué la habían separado de Hagen de Beta-Merac?
Hubo una vez una princesa asgaardiana y un Caballero Ateniense, que...
Arrugó la carta. Ni las palabras ni las confesiones lograrían cambiar el final del cuento.


No había tenido ni el tiempo n la voluntad para meditar durante el día. Al fin, después de horas muy difíciles y recluido en la calma de su cuarto, Shiryu unía los conocimientos de sus dos Maestros con los que él poseía. En posición de flor de loto y con los ojos cerrados, alejaba su mente del Santuario, de Hades y de la lluvia. El Dragón Oriental había aparecido en su espalda, su garra siempre colocada sobre su corazón.
Sin embargo, y él mismo tenía que reconocerlo, no estaba llevando su meditación de la forma correcta. Contra su voluntad su mente se escapaba, y no acababa de atraparla cuando volvía a marcharse. Invariablemente, se dirigía hacia lo ocurrido en los últimos días y, en especial, hacia las personas involucradas. Saori no les había comentado nada, pero él notó que palidecía mientras leía la carta de Hades. Era obvio que otra amenaza, tal vez más grave, pesaba sobre ella, mas ignoraba a qué se refería. Lo único que era claro era que no la condenaba solamente a ella, sino a todos los suyos.
Shiryu no le temía a la muerte. La conocía demasiado bien como para seguirle teniendo miedo. De acuerdo, iban a pelear contra aquellos que jugaban con las almas ajenas y la muerte era una posibilidad muy certera. Pero, insistió, no le temía. Las últimas palabras del Maestro lo alentaban: Morir era una simple separación, seguida por un reencuentro. O al menos, así quería pensarlo. Porque la imagen de las Capas del Espíritu regresaba con sólo escuchar la palabra.
No, no eran mas que un paso, se insistió.
Se preguntó cuál sería el tormento que le correspondería. A Ikki le habían robado su recuerdo más amado. ¿Cuál sería su tortura una vez que se enfrentara con los Guardianes? Sin embargo, y como correspondía a su persona, no era eso lo que le molestaba. Más bien, era la actitud de los Santos Dorados.
Planeaban algo sin incluirlos. ¿Cómo podrían ayudarles si no conocían el proyecto? Claro, si lo tenían.
Porque eso guiaba a una pregunta más. ¿Y si algo le pasaba a los Santos Dorados?
Durante el año en que lo instruyeron su Maestro y Shaka, había descubierto que la gran diferencia entre los Santos y los demás miembros de la Orden era la increíble seguridad que los primeros mostraban. Seguridad de pelear, de vivir y de morir. Sin embargo, no eran invulnerables. La Batalla del Santuario lo había demostrado, y con creces. La única alternativa sería la presencia de Doce Santos Dorados, se le ocurrió. Tal vez el grupo ideado desde la Era del Mito podría defender a Atenea de las manos de Hades. Pero casi de inmediato desechó la idea. No había forma de reunir Doce Santos Dorados en tan poco tiempo.
Aún así, ¡qué útil sería que estuviesen todos, o al menos que hubiesen sobrevivido los leales a la diosa! ¡Seguro que Aioros, Saga, Camus y Shura darían su Cosmo y de nuevo su vida con tal de que a ella no le ocurriera nada!
–¿Lloras por Shura de Capricornio cuando Excalibur habita en tu brazo?
Shiryu abrió los ojos, incrédulo y asustado aunque creía haber perdido la capacidad de sentir miedo.
–¿Roshi?– murmuró.
Recibió un trueno por respuesta. De la impresión, suspendió el hilo de sus pensamientos y apagó su Cosmo. El Dragón desapareció al hacerlo, al igual que las últimas vibraciones de la voz.
Porque no había sido un sueño, ni un engaño de sus sentidos. Había escuchado la voz del Anciano Maestro Dokho de Libra no con el recuerdo. Con los oídos.
–¡Roshi!– exclamó, poniéndose de pie– Por favor, ¡aconséjeme! ¡Dígame qué debemos hacer!
No obtuvo respuesta. Respiró profundamente, tratando de calmarse y de pensar con coherencia. La experiencia, entendió, no era nueva para él. Ya en el pasado había logrado establecer un contacto semejante con el alma de Shura de Capricornio, pero había estado en una situación de tensión absoluta, con su cosmo demasiado sensible. En esta ocasión había sido distinto, como cuando el Anciano Maestro todavía vivo lo guiaba desde China en cada batalla. Shiryu sonrió débilmente.
No estaban solos.


El amanecer llegaría sin grandes anuncios. La lluvia provocada por Hades continuaba; en algunos sitios, había corrientes y pequeños deslaves, y no podía verse el menor rayo de sol por ninguna parte. Ikki miró por la ventana con tristeza. Sabía que apenas Atenea fuera llevada al Tártaro, la lluvia desaparecería y todo volvería a la normalidad. Daría todo porque ese no fuera el recuerdo que ella guardara de su amada Terra.
Tampoco le agradaba pensar que se marcharía en un día lluvioso, aunque siempre había amado la lluvia.
Un relámpago recortó su figura mientras, en brazos, llevaba a Atenea de regreso a su habitación. Saori había cumplido su promesa, permaneciendo a su lado hasta que el cansancio y la tristeza lo habían vencido y se había quedado dormido. Pero ella no había regresado a su propia cámara después. No había querido dejarlo solo. Ése era un gesto que jamás podría pagarle, ni siquiera dedicando a la diosa sus cinco encarnaciones siguientes.
El sol todavía no se asomaba cuando la tomó en brazos y, como una niña pequeña, la llevó a su cuarto. Aunque habían crecido juntos, no hubiera sido correcto que despertara en la habitación del Fénix. En aquel brevísimo instante de felicidad, Ikki sintió su respiración contra su pecho, sus larguísimas pestañas proyectando sombras cuando pasaban cerca de las antorchas. Eso debía recordarle algo más.
Pero no lo hacía.
En otro mundo, él la habría amado con todo su corazón, decidido a ganarse su amor y luchar por él contra quien fuera, sin importarle a quién lastimara. Pero en este mundo, había amado antes y su corazón quedó herido. Seco. Vacío. El Destino había sido cruel con él toda su vida, quizá porque se empeñaba en negar su existencia, pero también actuó con generosidad y le había regalado un poco de cariño y ternura. Parte de ambos le había sido robado y ¡por Dios que estaba dispuesto a recuperarlos!
Pagara el precio que pagara.
Llegó a la Cámara Principal. Con suavidad empujó la puerta con la espalda; una vez en el interior, colocó a Saori sobre su cama y la cubrió con una manta que encontró sobre un baúl. Pensó en retirarse, mas recapacitó y se acercó a Saori, mirando con cariño cómo dormía.
– Gracias...– murmuró, acomodándole el fleco lejos de los ojos.
Jamás debería haberla puesto en riesgo. Nunca debió luchar en su contra. Quizá no debió marcharse un año atrás. Pero ella lo había acompañado siempre.
Antes de salir, volvió a mirar a Atenea y pensó en devolverle el dije de Fénix-Nike. Sin embargo, sabía cuánto la heriría de hacerlo, así que no se lo quitó y cerró la puerta tras sí.
Una vez afuera, pensó en ir de una vez por su armadura. Sin embargo, faltaba algo que a él ya no le serviría.
Y sabía exactamente dónde dejarlo.


Desde la visión que tuvo de Saga y Sigfried dos días atrás, Seiya no había tenido otro sueño. Las pocas horas que lograba dormir eran inquietas y sin imágenes. Pero estas últimas fueron diferentes.
Se vio a sí mismo cuando era niño, e igual vio a sus amigos. Todos estaban en el jardín de la Fundación Galahaad. Arriba el sol brillaba a través de los árboles, cubriéndolos a todos con luz y sombra. Sin embargo, no recordaba haber vivido eso. Seika estaba con ellos, cuando en la realidad jamás volvió a verla. Jabu los acompañaba a ellos, no a Saori, quien los observaba desde lejos. No observaba ni a Mitsumasa Kido ni a Tatsumi por ningún lado, e Ikki ya lucía una cicatriz en el rostro. Aún así, no se había sentido tan feliz en mucho tiempo.
En eso, la obscuridad cayó sobre el jardín. Las hojas de los árboles se congelaron y murieron igual que el día del ataque de Syd de Dzeta-Mizhar. La sombra de un hombre enmascarado al que llamaban "el Patriarca" se proyectó sobre todos, y detrás de él venía un anciano lleno de poder atrapado en un cuerpo joven proveniente del mar. Ambos extendieron las manos para atrapar a Saori. Sin embargo, los que jugaban en el jardín los rechazaron con rayos de colores. Y los alejaron.
De pronto, surgió una tercera amenaza, vestido con una túnica negra y luciendo cabello blanco. Cuando extendió la mano, Ikki intentó detenerlo; con una mirada, el visitante lo convirtió en cenizas. Asustados, los demás lo atacaron y corrieron la misma suerte. Lo último que Seiya sintió fue un intenso dolor en el abdomen...
Seiya se despertó. ¡Cada día estaba peor! ¡Para esos sueños, mejor no tenerlos! Sacudió la cabeza, alejando las imágenes que quedaban.
¿Por qué estaban tan preocupado?, se preguntó tan pronto como recuperó la lógica de su alrededor. Antes se habían enfrentado a peligros semejantes y, de algún modo u otro, habían salvado a Atenea y salido con bien. Este no era sino un reto más. Fin de la historia.
Sí, respondió su voz interior, pero nunca lastimaron tanto a uno de los tuyos. Nunca te sentiste tan lejos de los Santos Dorados, como si ellos pertenecieran a un club privado. Y nunca supiste que acabaríamos perdiendo a Saori-Atenea. Lo que es más, si triunfamos, ella debe...
Nunca le confesaste cuánto te importaba.
De nuevo sacudió la cabeza, pero ahora para alejar sus ideas. Tenía que concentrarse en su misión y en su deber, no en sus sentimientos.
Mas eso fue imposible. Antes que nada, porque si antes el triunfo dependió de su velocidad, ahora sería de su prudencia. Y esa era la única virtud que conocía poco.
Aunque no había amanecido, salió de su cuarto a dar una vuelta. Llovía, de acuerdo, pero la experiencia le había enseñado que el aire frío de la madrugada era un excelente consejero. Tomó su capucha, pues no podía correr el riesgo de enfermarse, y salió. Parecía un buen día y, de no serlo, no se debería a su falta de esfuerzo.
Como siempre.


Sólo algo en todo el universo lo haría dudar sobre su decisión. Y lo tenía frente a sí.
Después de cumplir su último encargo, Ikki se dirigió a la Cámara d las Armaduras por la suya. Ya que iba a hacerlo, al menos debía ser con dignidad, como todo un Caballero. Pero al entrar vio los últimos reflejos de una luz dorada que se apagaba. Y no se sorprendió cuando encontró a Shun dormido sobre la Armadura de Fénix, ésta con el brillo que tuvo de recién reconstruida.
Parecía un niño pequeño que se duerme sujetando su juguete favorito. Ikki supo que la había reparado hasta agotar su última reserva de energía y ya no tuvo fuerza suficiente para regresar a su cuarto. Quizá Atenea tenía razón y había cambiado, pero para él siempre sería su hermano menor, el del corazón puro, ojos brillantes y nobles sentimientos.
¿Y si se quedaba en el Santuario?
Casi de inmediato rechazó la idea. ¿Iba a pasar el resto de su vida como un ciego, lamentando algo que no recordaba? ¿Convirtiéndose en un estorbo para sus amigos? ¿Provocando lástima en su hermano?
¿En realidad sabía Hypnos lo que hacía al darle la respuesta?
Ikki se aproximó a su hermano. Pensó en retirar la armadura de modo que no se despertase, pero si había cambiado, debía hablar con él. Era de hombres ser franco.
– Shun...– murmuró, agitándolo con suavidad del brazo.
De momento, fue como si Shun no supiera en dónde se encontraba. Abrió los ojos con cansancio, miró a su hermano como con sorpresa y, recordando, exclamó:
– ¡Ikki! ¡Deberías estar acostado!
La sonrisa de Fénix fue triste, pero no del todo forzada.
– ¿Ahora el menor va a regañar al mayor?
– ¿Te sientes mejor? –preguntó Shun, incorporándose.
Ikki no respondió. Tampoco logró sostenerle la mirada, lo cual le demostró cuánto daño había recibido su espíritu. Miró hacia la centelleante armadura. Andrómeda lo notó.
– Esperaba mostrártela hasta el rato –dijo sonriendo, pues jamás le había quedado tan bien un traje que hubiera reparado. – Pensé que te alegraría verla.
– Sí –respondió. – Lo hace.
Pero su tono fue seco en contraste con sus palabras. Antes de que Shun pudiese disculparse, Ikki llamó mentalmente al Fénix. La armadura se desensambló, separó en partes y cubrió su cuerpo según la función de cada fragmento.
Apenas estuvo ataviado, Ikki supo que ya nada le impedía cumplir su propósito. Excepto...
– Shun, –dijo sin mirarlo– gracias por reparar mi armadura. y también por hablar tanto conmigo ayer.
– Fue demasiado poco –murmuró con voz triste.
– No lo creas. Me enseñaste el camino que tengo que seguir.
Los ojos de Shun brillaron con duda.
– ¿Qué quieres decir?
Ikki volvió a quedarse callado. Tenía las palabras en la mente; lo que ignoraba era cómo decirlas. Por primera vez, y debido a la profundidad de la Cámara, no alcanzaba a oír el lejano rumor de la lluvia. El silencio era insoportable.
– Hermano, –comenzó, mirándolo frente a frente, sus ojos decididos y su voz volviendo a ser la usual por algunos segundos– nunca debes olvidar lo que voy a decirte. Salvará tu vida si lo haces.
Shun lo miró con extrañeza, pero asintió.
– Saori les dirá algo apenas amanezca. No es nada agradable, así que ella los necesitará más que nunca. Pase lo que pase, debes ser fuerte y motivar a los otros para que sus emociones no los dominen. En especial a Seiya.
– ¿Es por la carta que Hades le envió?
Ikki lo ignoró.
– Seguro se enfrentarán a los Siete Guardianes del Estigio –y sus ojos brillaron con odio al mencionarlos.– Ellos no te atacarán con técnicas de combate, sino con la mente. Deberás olvidar tus sentimientos y matar sin dudarlo.
– Pero...
– ¡No me interrumpas! –exclamó, por vez primera mostrando un poco de la rabia que lo consumía– ¡Sé que odias la idea, pero tienes que matar y dejar a un lado tus principios! ¡Eso, sólo eso, será la diferencia entre morir y seguir viviendo!
Shun lo miró con sorpresa. ¿Qué le ocurría a su hermano?
– Hablar no es de cobardes –continuó Ikki, sujetándolo de los hombros.– En eso reconozco que tienes razón. Pero si muestras un milímetro de tu corazón, un simple vistazo, estarás perdido.
Y añadió, con tono imperativo y mirada llena de odio.
– Si te encuentras con Nox de Hypnos, mátalo sin permitirle saber nada de ti. La entrada al Tártaro te hace vulnerable y él aprovechará eso. Mátalo. –Y en voz más baja, pidió– Y véngame.
– ¿Qué dices?
El rencor en los ojos de Ikki cambió en pesar. De momento no pudo hablar, pero al final dijo:
– Eres el mejor hermano del mundo. Te juro que te protegeré siempre. Sólo recuerda que nada de lo que pase será lo que aparente.
Levemente, lo empujó hacia atrás. Shun, que no lo esperaba, tropezó con la urna del Fénix y apenas evitó caerse.
– ¿A qué te refieres, Ikki? –preguntó. –Hablas como si pensaras...
– Adiós Shun.
Dio la vuelta y comenzó a retirarse sin mirar atrás. Shun comprendió por completo cuál camino seguiría tu hermano.
– Vas a quitarte la vida... -murmuró.
Ikki no respondió, ni se detuvo, ni miró hacia atrás.
– ¿Es así como demuestras tu valentía?– gritó Andrómeda.– ¿Huyendo? ¿Matándote?
De nuevo no contestó. Shun sintió cómo la ira nacía en su interior, la negación y el coraje contra el hombre que más amaba y admiraba.
– ¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! –y añadió, los ojos centelleando pero la voz quebrada– ¡Y no voy a permitirlo!
Corrió hacia Ikki, listo para golpearlo. Nunca pensó en activar su Cosmo en contra de su hermano y ese fue su error, porque apenas se le acercó, Ikki giró y lo golpeó en la boca del estómago, lanzándolo hacia atrás. Shun cayó sobre la urna de Fénix, sangre entre los labios.
– Un último consejo –afirmó Ikki, viéndolo con ojos estrictos y su cicatriz reflejando el fuego de la antorcha.– Olvida tus estúpidos sentimientos y deja que cada uno siga su camino. Adiós.
Dio de nuevo la vuelta y salió del cuarto. Shun, tan rápido como podía moverse con el abdomen lastimado, trató de seguirlo. Sus piernas no le respondieron de inmediato y supo que no era tanto por el dolor físico, sino por...
– ¡Ikki! ¡Espera! ¡Te lo suplico!
Cuando salió al pasillo, no vio a su hermano por ningún lado.
"¡Maldición! ¡Se teletransportó!"
Siempre respetó su decisión de estar solo, pero esta vez no podía hacerlo. Activó su Cosmo al máximo, su luz magenta mostrando agotamiento, buscó el aura de su hermano. En pocos segundos, la percibió y la siguió, tan veloz como podía y dejando lágrimas en el piso sin darse cuenta.


– ¿Pensando bajo la lluvia?
Seiya miró hacia el área cubierta sin sorprenderse ante la voz. Pasaban de las cinco de la mañana y muchos caballeros iniciaban sus actividades a esa hora. Sin embargo, la situación de amenaza que pesaba sobre el Santuario había cambiado en mucho los hábitos de la mayoría.
Por suerte, no los de su mejor amigo.
– Necesitaba un baño –bromeó, aunque la capucha que lo cubría hacía escurrir el agua a su alrededor, sin mojarlo. – ¡Ven, el agua está deliciosa!
Shiryu negó con la cabeza, sonriendo débilmente.
– Gracias. Prefiero el agua tibia.
– Te lo pierdes. ¿Y tú qué haces afuera?
Seiya se le acercó; entre la lluvia y la capucha, no alcanzaba a oírlo bien. El rostro del joven Dragón era calmado, pero su delgadez tardaría bastante en desaparecer. Hasta entonces, Seiya recordó cuán reciente era su propio dolor.
– No podía seguir dormido. Hay algo raro en el aire –respondió Shiryu.
– Sí. Lluvia por cortesía de Lord Hades.
La mirada de Shiryu era seria, pero se volvió todavía más al decir.
– No. Es diferente. Seiya...– su voz se hizo un poco más confidencial, como si revelase algo por vez primera– Antes de la llegada de Hades, ¿nunca percibiste nada raro?
– No –respondió, permaneciendo bajo la lluvia aunque su mejor amigo seguía bajo techo.– No hubo vibraciones extrañas, ni luces en el cielo. Pero...
– Pensándolo bien...
Hasta ese momento, Pegaso relacionó muchos sucesos que creyó coincidencias.
– Saori no perdía su buen humor, pero se alejó un poco de mí. Y también estuve lejos de Hyoga, de Ikki... De ti... Shun se concentraba en sus estudios y yo en entrenar a Jabu.
Y concluyó, comprendiendo por primera vez lo que había ocurrido durante el año pasado.
– Estuvimos separados.
Shiryu se cruzó de brazos.
– ¿Lo ves? El Fin del Ciclo se anunciaba en silencio. ¿Cuándo estuvimos separados antes?
– ¿Quieres decir que Saori se habría... marchado... sin avisar, de no aparecer Hades?
– Más bien, creo que Hades le habría avisado, ella nos habría dicho adiós y ya –dijo, y Seiya notó que ninguno usaba el verbo preciso.– Y sí, habría sido muy doloroso, pero más natural.
Seiya suspiró.
– Ahora es una agonía –murmuró.
– ¿Has hablado con ella?
Pegaso negó con un movimiento de cabeza.
– Se quedó cuidando a Ikki. Y si me lo preguntabas por la carta, no, no la he leído, pero imagino de qué se trata.
De momento, ninguno habló. Era lógico: Vendría por ella. La gran pregunta era, ¿cuándo?
En eso, escucharon los pasos de alguien que venía corriendo. Ninguno mostró descontrol, pero el corazón de Seiya dio un salto, temiendo... Luego se preguntaría qué había temido, cuando Shun pasó, corriendo entre ambos. Fue muy rápido, pero alcanzaron a notar que escurría sangre de entre sus labios.
Antes de que pudieran llamarlo, oyeron que alguien más se acercaba. Al voltear, encontraron a Hyoga corriendo tras el más joven, sus ojos menos fríos que de costumbre.
– ¿A dónde fue Shun? –preguntó desde lejos, sin detenerse.
– Hacia allá –respondió Seiya, señalando en dirección a las afueras del Santuario.– ¿Qué está pasando?
Hyoga no se detuvo. Igual que Andrómeda, pasó junto a sus amigos y salió a la lluvia. Sólo dijo:
– Ikki va a matarse.
Antes de que se dieran cuenta, Seiya y Shiryu ya seguían y alcanzaban a Hyoga, viendo a Shun que llamaba al Cosmo de su hermano. Tuvieron que pasar un par de minutos para que Shiryu descubriera que se dirigían a Cabo Sunión.


Ahí empezó todo hace veinticuatro años. Saga y Canon, los Gemelos, se enfrentaron a sus lados malignos y cambiaron el destino de la última reencarnación de Atenea; con él, la vida de varios niños, algunos no nacidos aún. ¿No era adecuado, entonces, que ahí comenzara también el final?
A causa de la lluvia, el mar golpeaba el risco con más fuerza de lo usual. Aunque amanecía, las nubes tapaban la luz del sol, e Ikki comprendió que igual ocurría con su espíritu. La última escena no había ayudado en nada a aclarar la niebla que Hypnos colocó en su memoria.
Shun estaba equivocado. Su muerte no sería el escape de una situación difícil, y menos aún la aceptaba por falta de valentía. Era diferente, alejado del suicidio y cercano al sacrificio. Pero no pudo explicárselo. No escucharía razones.
Ikki no tenía miedo. Nunca le temió a la muerte y la aceptó gustoso en dos ocasiones con tal de salvar a su hermano y amigos. Sin embargo, esta vez no era por nadie a excepción de sí mismo. Y quizá por el honor de la diosa Atenea. Y por una mujer que no recordaba, aunque su corazón gritaba por el sufrimiento que le había provocado tal pérdida. Tal vez por todo ello, dudaba en el resultado final de su empresa.
Nox de Hypnos le dio la solución. De haber sentido el ánimo, habría sonreído con burla, pero no logró hacerlo. Al fin comprendería el significado de aquellas nueve letras que cambiaron su vida, aunque fuera a un precio tan grande.
La lluvia escurría a lo largo de su cuerpo mientras el sonido del viento marino predominaba sobre el ambiente, pero no en sus pensamientos. Ikki encendió su Cosmo y se concentró en elevarlo. Recordó el texto del abuelo de Ellen que hablaba sobre el sacrificio ritual, semejante al harakiri de los antiguos samurai. El Cosmo Máximo sería esencial para su propósito.
"El cuerpo humano, incluso el de un Caballero, no soporta canalizar un alto nivel de energía a menos de que se encuentre en perfectas condiciones físicas. Los cambios que el Cosmo exige alteran las funciones vitales de tal forma que una sola herida o equivocación pueden ser mortales, a menos que se tenga un conocimiento y experiencia en el Séptimo Sentido dignos sólo de algunos Santos Dorados."
Cuando lo leyó, Ikki entendió por qué el Dragón Naciente podía matar a Shiryu. Que no fue el frío lo que mató a Hyoga al usar el Cero Absoluto contra Camus por primera vez. Por qué Shun peligró tanto al intentar destruir el Pilar cuidado por Schylla. Y por qué Seiya, en su continuo crecimiento, era el único que soportaba la energía cósmica hasta cierto grado.
Y entendió qué hacer.
Su Cosmo aumentó y aumentó hasta generar su propia corriente de aire. Unido al calor, sintió cómo su cabello y su piel se secaban hasta entibiarse. Cerró los ojos, concentrándose y tratando de controlar los latidos de su corazón que resonaban en sus oídos. Después de su meditación, las palabras se acomodaron en su mente.
"Hermano, espero que algún día comprendas. Si hubiera otro camino, créeme que lo seguiría. Pero sólo me queda uno."
Abrió los ojos. Su mirada era triste y serena, las gotas de lluvia evaporándose al tocar su Cosmo.
"Seiya, Shiryu, Hyoga, nuestro juramento permanece. Yo cuidaré de todos, pero ustedes deberán pelear por Atenea. Hades es más peligroso que Saga, Canon y Poseidón juntos, porque en el fondo sólo cumple su deber y en realidad quiere el bien de Atenea."
Suspiró a modo de despedida. Ese mundo estaba a punto de dejar de ser suyo, ¿o era al revés?
"Volveremos a reunirnos. Y ya no tendremos que volver a pelear ni a separarnos. Se los juro."
Su Cosmo estaba casi al máximo. Comenzó a sentir dolor provocado por sus apenas curadas heridas en diversas partes de su cuerpo. Le empezó a punzar la cabeza, pero no era suficiente. Estaba tomando demasiado tiempo. A pesar de que su penitencia debía ser larga, necesitaba que fuera más rápida.
Casi sin pensar, extendió la mano izquierda, viendo a través de la luz de su Cosmo las azuladas venas de su muñeca. Un Caballero nunca usa armas, sino que las porta en su propio cuerpo. Apretó la mazo izquierda hasta que sus venas resaltaron, mientras extendía por completo los dedos de la diestra hasta convertirlos en el símil de una daga. Apenas se hiriese, la energía que generaba se ocuparía del resto.
"Nos vemos, Atenea", pensó. "Jamás aquí de nuevo, sino del otro lado de la puerta."
Cerró los ojos, listo para cortarse.
– ¡Ikki! ¡No lo hagas!
La voz de Shun lo detuvo, aunque no lo volteó a ver.
– ¡Espera, Ikki!
No venía solo. Su Cosmo aumentado le hizo percibir a Hyoga y a Shiryu, y la voz de Seiya lo confirmó. Volteó a verlos por encima de su hombro.
– ¡No se acerquen! –ordenó con voz tajante.
Shun se detuvo a aproximadamente quince metros de distancia de su hermano. Sus amigos hicieron lo mismo. La intensa lluvia que caía los hacía parecer espectros y Fénix se preguntó si comenzaba a alucinar.
– ¡Deja de actuar como un mártir y ven aquí! –exclamó Seiya, mostrando la ira que sentía.
Sin cambiar de posición, Ikki respondió:
– ¿Tú que sabes de mis intenciones?
– ¡No puedes dejarnos así!– gritó Hyoga, la voz un poco más emocionada que de costumbre. –¡Te necesitamos para la siguiente batalla!
– ¿Me lo dices tú, que en Doce Casas te dejaste morir?
Por primera vez en años, Hyoga descubrió que se sonrojaba y apretó las manos en puños. Shun dio un paso hacia adelante.
–Nii-San...
Fénix volvió a mirar hacia el frente, sin decir nada.
– ¿Es necesario que hagas esto?– preguntó Andrómeda, su tono lleno de tristeza.
– No te acerques. No quiero llevarte conmigo.
Shun dio otro paso.
– Tú me enseñaste a olvidar mis sentimientos si quería seguir vivo –dijo, tratando de modular su voz.– Haz lo mismo, por favor.
Ikki no respondió de inmediato. Su voz fue la misma del hermano cariñoso, pero estricto, que siempre había sido al responder:
– Shiryu, tú has permanecido callado. ¿Es porque respetas mi decisión o porque comprendes mis razones?
De momento, el Dragón se sorprendió de que se hubiese dirigido a él, el único que no había comentado ni una palabra. Sin embargo, confesó:
– Yo mismo no lo sé. Siempre has seguido tu propio camino, y ni aunque suplique lograré que desistas.
Seiya y Hyoga lo miraron con sorpresa, y el primero incluso con enojo.
– Estoy en contra de lo que estás a punto de hacer –dijo Shiryu, ignorando a sus amigos.– Quizá espero inútilmente que recuperes tu sentido común y regreses con nosotros.
–Entonces tú también me decepcionas –respondió Ikki sin voltear a verlo.– Los cuatro deberían madurar y dejar de actuar como niños.
Extendió de nuevo la mano derecha y murmuró:
– Nos vemos.
Se hizo sordo al grito de su hermano y al llamado de sus tres amigos, aunque su último pensamiento sería para ellos. Sin dudar, golpeó su muñeca izquierda con la daga en que había convertido su mano, abriéndose la vena.
Gotas de sangre cayeron sobre su armadura y hacia el suelo. Y sonrió al sentir cómo su Cosmo ardía, avivado por el vital combustible al que renunciaba.
"Os encomendaré a Atenea", recordó el juramento de Aioros.
Desde donde los otros Caballeros se encontraban, pareció como si una enorme pira lo devorara.El fuego, avivado por su sangre, se levantó en altas llamas a su alrededor, respetándolo por un instante para luego adherirse a él. No importó que fuera tela, metal o piel: el fuego no respetó nada y, aun contra su voluntad, Ikki dejó escapar un grito de dolor.
Shun trató de acercársele aunque lo más lógico sería que moriría junto con su hermano. Shiryu y Seiya, en una reacción inmediata, lo sujetaron de los brazos y le impidieron escapar. Hyoga no podía separar la vista de la pira, su rostro inexpresivo pero en el interior presintiendo que la escena debería significar algo más.
Ikki cayó de rodillas, todavía gritando. Las lenguas de fuego, cual una misericordiosa cubierta, lo encerraron y ocultaron de la vista de su hermano y amigos. En eso, una luz brillante e intensa, semejante a una explosión, rodeó el sitio donde estaba y produjo un viento tan fuerte y tan caluroso que los demás tuvieron que cerrar los ojos y proteger sus rostros con sus brazos.
Después se hizo un sobrenatural silencio, roto sólo por la caída de la lluvia.
Cuando se atrevieron a mirar de nuevo, descubrieron que una zona de Cabo Sunión había sido devastada, como si una bomba hubiese caído ahí. El cuerpo del Quinto Caballero del Zodiaco, con todo y armadura, se había reducido a cenizas que la brisa marina se llevó consigo.
Y el Cosmo de Ikki de Fénix se había disuelto, tal como la luz parece diluirse en medio de la obscuridad. Y nadie necesitó confirmarles que su eterno deseo de morir finalmente se había cumplido.


Saori-Atenea despertó, el corazón palpitando con fuerza en su pecho y un nudo formándose en su garganta. Sintió una tibia oleada de calor girando alrededor suyo, como el vuelo de un ave hecha de llamas.
– ¿Ikki? –murmuró.
No percibió el Cosmo de Fénix, a excepción de la despedida que la envolvía con respeto y con cariño, renovando su juramento de protegerla aún a costa de su alma.
– ¡Ikki! ¡Ikki!
Al comprender qué había ocurrido, se soltó llorando. Uno de sus Caballeros, el que más había sufrido, acababa de renunciar a tu vida. Y todo como resultado de la acción de uno de los Siete Guardianes.
De ella dependía que no se repitiese.
– Tío...– llamó en voz alta, lágrimas cruzando su rostro.– Ganaste. Te esperaré hoy, justo cuando aparezca la primera estrella, y te juro que no ofreceré resistencia.
Un relámpago fue su respuesta.


– ¡Elis!
– ¿Si, Milord?
– Reúne a los demás. Iremos al Santuario apenas anochezca.
No miró, ni de reojo, la triste mirada de su esposa. No quiso hacerlo.


Continuará...

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