Capítulo tres
Tío y sobrina

Por Altair

¡No puedo permitir que el mundo sea
despojado por todos esos espíritus malignos!
Zeus en el Cielo, Poseidón en el Mar y Hades en la Tierra de los Muertos... Siempre han querido adueñarse de la Tierra.
¡Harían lo que quisieran con los seres humanos!

Ares/ Saga de Géminis



Dicen que en la Era del Mito, Orión era el mejor cazador del mundo. Hijo de Poseidón y de Gea, no existía criatura que lograra huir de él. Y lo extendía a las mujeres.
Sólo existía una cazadora superior a él, y era Artemis-Diana, la gemela de Apolo y media hermana de Atenea. A pesar de la gran variedad de versiones sobre lo que ocurrió entre ellos, llegó el momento lógico: Orión y Artemis se enfrentaron, sin que importara si la diosa había sido engañada o lo hizo conscientemente. El caso es que, al final, el cazador estaba muerto. El arma de Artemis, brindada por el propio Zeus, había sido un pequeño animal. En respeto a su víctima, la joven pidió a su padre convirtiera a Orión en una constelación, pero que hiciera igual con aquel que le dio muerte. De ahí surgió la figura estelar del Escorpión, uno de los Doce Signos de Atenea.
Tal vez por su mismo origen, cuentan que quienes nacen bajo la protección del Octavo Signo sienten un particular interés hacia todo lo relacionado con la Muerte y el Más Allá. Buscan averiguar más de ese mundo cada día y entenderlo lo más pronto posible, quizá para irse acostumbrando a la morada en la que todos, tarde o temprano, acabaremos habitando.
Milo de Escorpio no era la excepción.
Milo era el Santo más joven y el más impulsivo, igual que Aioria en muchos aspectos, comenzando por la edad. Pero mientras Leo lo mostraba externando sus pensamientos y emociones, en especial cuando estaba enojado, Milo se refugiaba mucho en su propio interior. Y por tal motivo que a lo largo del año anterior había pensado mucho en algo que aconteció durante la Batalla de las Doce Casas y que, en medio de las Guerras Santas, no pudo meditar. Algo que él había provocado pero que no confesaría a nadie —así como jamás dijo que él se negó a atacar a los Cinco Caballeros, a Moo y a Dokho cuando Ares se lo ordenó, con la vana esperanza de evitar el sangriento combate que acabó sucediendo. Es más fácil sobrevivir al veneno de un escorpión que hacer hablar a uno.
Camus de Acuario había sido su amigo cercano, incluso el que más lo ayudó cuando se integró a la Elite de la Orden del Zodiaco. Milo y él se conocían de un modo poco ordinario entre personas que no suelen conversar mucho entre ellas, y el joven creía que si había desarrollado sus letales poderes había sido en gran parte por los consejos que recibía del Maestro del Hielo y del Aire Congelado.
Sin embargo, ¿cómo pagó ese día a su amistad?
Dándole a Hyoga de Cygnus la oportunidad de pasar por la Octava Casa para que al llegar a la Onceava matara a Camus.
Por algunos meses, Milo se sintió responsable por lo que pasó, a pesar del triunfo final de Atenea. Se llegó a considerar un traidor. Después de todo, la relación entre Camus y el alumno de Crystal era algo personal, y si había preferido enterrar a Hyoga en el Ataúd de Hielo no había sido para dañarlo, sino para protegerlo. Milo lo había entendido y se lo había explicado a Cygnus, si bien él no fue quien lo liberó ni le devolvió la vida que estuvo a punto de perder. Pero había detenido la hemorragia provocada por los Quince Aguijones y, al exponerle con claridad la verdadera razón de la actitud de Acuario, le infundió la decisión para actuar como lo había hecho.
El paso del tiempo le demostró que nadie, excepto Camus, había decidido su propio destino. Si estuvo dispuesto a morir, fue para que su protegido alcanzara el Séptimo Sentido al acceder al Cero Absoluto. Además (y eso lo esperanzaba) ¿no había intervenido su espíritu durante la Batalla de Atlantis, enviando el tresor de Acuario al Templo de Poseidón? En algún sitio Camus seguía vivo, protegiendo a los suyos. Milo creía estar incluido entre ellos, pero no había modo de estar seguro.
Aún así, se había vuelto más introvertido desde entonces. En comparación con la extroversión —tal vez aparente— de Aioria y Aldebaran, y con la espiritualidad de Moo y Shaka, Milo se encontraba a medio camino, el Santo de Escorpio interesado en la Muerte, pero sin acceso a su Reino.
Había estado meditando por horas en la Octava Casa, como todos los días, cuando una vibración muy extraña empezó a dominar el Santuario. No era agresiva ni venía con la idea de atacar, pero no estaba en armonía con él. En todo el tiempo que llevaba en Grecia, y eso abarcaba desde su nacimiento, jamás había percibido algo semejante, ni siquiera durante las Guerras Santas. Sin embargo, había desaparecido casi de inmediato, igual que alguien que pasa por una puerta y la cierra tras de sí. Ahora, lo único que permanecía era una presencia ajena en el aire. Que, por alguna razón, estaba muy por debajo del Aura de Atenas, provocando un frío poco natural. Y no venía sola: Había varias acompañándola, y Milo alcanzó a contar que eran siete.
Como a los dos minutos, Milo sintió otro cosmo recién llegado, pero este se encontraba en la misma frecuencia que la Orden del Zodiaco y armonizaba tanto con ella que debía ser uno de sus integrantes. Por todo un año el dueño no había acudido al Santuario, al grado que se pensó que no regresaría nunca.
En definitiva algo estaba ocurriendo.
Pensativo, Milo se dirigió a las Cámaras principales. Una idea comenzaba a bailar en su mente, y no le agradaba nada.
Apenas subió diez escalones, se detuvo y activó su cosmo. Mentalmente, tenía que advertir a los otros Santos que todo indicaba la llegada del Fin del Ciclo.


Jabu, ignorando la misión de Hades —a pesar de que sus lecciones de mitología le recordaban que era el Señor de la Tierra de los Muertos— lo condujo hacia la habitación principal, donde Atenea recibía a los visitantes. Mientras caminaban por los alfombrados pasillos de mármol, notó que Hades despedía tal dignidad que el joven Unicornio se sintió, en efecto, un escudero de la más baja jerarquía. El visitante no había dicho una palabra desde su llegada, y su escolta menos. Jabu recordaba aquellos primeros días en la Fundación Galahaad, cuando no era más que un recogido. ¿Por qué la semejanza de imágenes en su memoria?
Kiki, en cambio, los seguía con desconfianza. En todos los años que llevaba de entrenamiento, jamás había visto ningún ser que no proyectase sombra, en especial cuando el sol la está causando en todo lo que le rodea. Ni siquiera Saga o Hilda, cuando estuvieron poseídos, perdieron las suyas. Pero esos siete jóvenes carecían de ella, al igual que su líder, y por algún motivo, el niño-elfo recordaba viejas narraciones sobre demonios.
Al llegar a la antecámara, Jabu les pidió que aguardaran un momento en lo que los anunciaba. Hades ni siquiera se dignó a asentir, los Siete colocados detrás de él mientras Kiki los miraba con sospecha. Era obvio que sabían que los acompañaba, pero ninguno le había prestado atención. Unicornio, confundido, tocó a la puerta, y apenas obtuvo permiso, entró al cuarto.
Saori-Atenea estaba de pie. ¿Esperándolo?
—Disculpe, señorita Saori,— dijo tras inclinar la cabeza— acaba de llegar una persona que quiere hablar con usted.
Al mirar a la joven, se extrañó de que su rostro fuera tan severo. Como cuando eran niños y regañaba a Seiya para pasar el tiempo. ¿Acaso sabía de la llegada de Lord Hades? Quizá ella sí había logrado percibir su cosmo, pero si había dicho que era su tío, ¿por qué su reacción?
—¿Quién me busca?— preguntó, su voz con un tono que no permitía adivinar lo que pensaba.
—Afirma ser su tío, señorita.
—Mi abuelo, Mitsumasa Kido, no tuvo ni hermanos ni hijos.— respondió— No puede ser mi tío.
Por alguna razón, Jabu presintió que Saori diría eso. Era ilógico que regresara a su vida en Oriente, si sabía que era una diosa. Tal vez no sabía quién era el recién llegado, aunque si hablaba de abuelos, el suyo era Cronos. O tal vez sí lo sabía, ¿mas no quería admitirlo?
—Dijo que su nombre era Lord Hades.— dijo, todavía más confundido ante su actitud.
Los ojos de Atenea relampaguearon. Su gesto se volvió muy parecido al de la estatua que estaba en el Templo, cual si su alma se hubiese transformado en el más firme de los mármoles y su voluntad fuera más fuerte que el acero. Después de una pausa, volvió a ser ella misma (aunque, ¿cuál era la verdadera?, pensó el Caballero) y sentenció:
—Que pase, Jabu.
—Viene acompañado por su escolta. ¿Les indico que esperen afuera?
Saori pareció dudar por un segundo, pero asintió:
—Pueden entrar también.
Jabu volvió a inclinar la cabeza; dio la vuelta y salió. Apenas estuvo afuera, afirmó:
—Lady Atenea lo espera, Lord Hades.
No logró comprender por qué sentía como si, al anunciar esas palabras, cambiara la tensión del aire. Como cuando hay un conjunto de cuerdas extendidas y tensas en un arpa y vibran apenas las rozan. Hades, sin agradecerle, entró al cuarto. Su escolta lo siguió en silencio, a pesar de que Jabu no les había dado ninguna indicación.
En ese instante, Unicornio sintió como si hubiese estado sujeto a un hechizo y éste se evaporara. Una increíble angustia empezó a dominar su corazón al comprender que no debía dejar sola a Saori con ellos. Volvió a dar la vuelta para regresar, pero al hacerlo, uno de los guardianes de Hades le cerró la puerta en la cara. Alcanzó a verlo: Era muy pálido, con ojos y cabello exageradamente negros. Y pareció sonreír con desprecio al dejarlo afuera.
Kiki, de dos saltos, se le acercó:
—¿Qué dijo Atenea, Jabu?— preguntó— ¿Lo conoce?
—Busca a Seiya y a los demás.— contestó Jabu, frunciendo el ceño ante la puerta— Y después, a tu Maestro Moo. Algo está mal aquí...
¿Por qué no podía percibir ningún cosmo en el interior de la Cámara, ni siquiera el de Saori?
—Y muy mal...


Se vieron frente la frente, la joven de largo cabello miel, casi blanco y violeta, y el hombre tan viejo como el mito cuya apariencia no rebasaba los cuarenta años. No dijeron nada. Los ojos de ambos eran tan obscuros que parecían no tener pupilas, y sólo el brillo que la luz reflejaba en ellos permitía saber que estaban vivos, que no eran fragmentos de acerina. En su silencio, se percibía como si el aire se electrificara y llenara de relámpagos, el llamado del Mito y de una época perdida, un Cosmo Dorado enfrentándose a un Cosmo Ausente. La expresión de Saori-Atenea siguió siendo grave, pero la de Lord Hades se suavizó conforme la miraba y al fin sonrió.
—Elegiste una forma hermosa en esta reencarnación, sobrina.— afirmó con una voz muy semejante al retumbar de un trueno— Ese tono de cabello es muy poco usual, pero te queda bien.
Atenea inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—Sois muy amable, tío.— y educadamente preguntó— ¿Gustáis sentaros? ¿Puedo ofreceros algo de comer o de beber?
Hades aceptó el sillón que le había ofrecido, pero su expresión cambió (de forma muy poco notoria) al escuchar sobre la comida.
—No gracias.— respondió— Mejor háblame de tú, como en el pasado.
Atenea miró a la escolta. Los siete habían hincado una rodilla en el suelo, inclinando las miradas, y como no dieron señal de necesitar nada, supuso que se encontraban bien. Se sentó en el sillón que se encontraba frente al de su tío, separados por una mesa pequeña.
—En la Era del Mito, nunca tuve un problema con tu padre.— recordó Hades, su expresión la de un cariñoso pariente humano— Y para esto, tampoco contigo, Atenea. Aunque jamás te veía personalmente, sabía mucho de ti... Eras mi sobrina favorita y lo sigues siendo.
—A decir verdad, no recuerdo mucho de aquel tiempo. Tal vez se deba a que, como reencarno, me tardo mucho en recuperar mis recuerdos.
La sonrisa de Hades se volvió menos franca, cual lo es cuando se oculta una alegría interna. Sin embargo, Atenea se estaba sirviendo un vaso con agua y no lo notó.
—Lo que no me agradaba mucho,—comentó Hades, preparado para ver su reacción— era tu protección hacia aquel grupo. ¿Recuerdas? Hacia Perseo, Belerofonte, Heracles y los demás. Me impediste cumplir mi misión cuando debía hacerlo, y tenía que esperar hasta mucho tiempo después en cada caso.
Atenea sonrió, pero su expresión fue más reservada que de costumbre.
—Supongo que te refieres a la Primera Orden. A ellos y a Teseo, Telémaco y Orfeo, de los que más me acuerdo.
Ante el último nombre, el rostro de Hades se endureció, pero de inmediato volvió a controlarse.
—Exacto. Y esa costumbre de intervenir cuando no debes hacerlo continuó en esta reencarnación. Uniste tres Cordeles Vitales que ya se habían roto hace poco más de tres años.
A pesar de la gravedad de su rostro, los ojos de la diosa reflejaron que no sabía exactamente a qué se refería. Hades volvió a sonreír, sintiendo cómo despertaba en su interior el cariño que había sentido por ella desde la Era del Mito.
—No puedo contar a uno de tus Caballeros, porque se le regaló el don de resurgir de sus cenizas. Y al otro, a tu favorito.
Notó que, contra su voluntad, Atenea se sonrojaba débilmente.
—La muerte nunca lo ha tocado. Ha estado muy cerca de ella, en ocasiones demasiado, pero jamás ha cruzado la línea. Sin embargo, tres de tus Caballeros murieron hace tres años. —y añadió para completar su idea— Uno, con el corazón destrozado por un golpe de espada; otro, congelado hasta el Cero Absoluto; el último, con su sangre drenada hacia el interior de una rosa.
No necesitó aclararle a quiénes se refería. Hades, con el tono de un progenitor que regaña con suavidad a su hijo consentido, afirmó:
—Había llegado el momento de que murieran, y debo admitir que ninguno trató de escapar y enfrentaron el paso con la mayor dignidad posible. Las Moiras cortaron sus tres Cordeles Vitales y sus almas empezaban a dirigirse al Eliseo. Sin embargo, tú no aceptaste que su tiempo hubiese terminado: Le ordenaste a la muerte que se retirara y reuniste los Cordeles.
—Son mis amigos.— respondió Atenea, su gesto serio de nuevo— No iba a permitir que murieran por mi culpa.
—No cuestiono tus razones, sobrina. El caso es que en esta encarnación también desobedeciste los deseos de las Moiras.— y de pronto, sonriendo como en complicidad, concluyó— Pero todos lo hacemos de vez en cuando, ¿no lo crees?
Su expresión era franca y cordial. Saori-Atenea recordó ese gesto, una de las contadas imágenes que tenía de la Era del Mito, y el cariño que siempre había sentido hacia el mayor de los hermanos de Zeus regresó sin barrera alguna. Podía ser que tuvieran diferencias de opinión, como en todas las familias, mas eso no significaba que el amor disminuyera.
—¿Cómo sabes tanto sobre la Orden del Zodiaco, tío?
—¿Por qué crees que casi no necesito subir a la superficie? —respondió— Al Tártaro llegan muchas historias a través de los rumores de las batallas. Y, por supuesto, lo que me dicen todos los guerreros que los tuyos han enviado a mi Reino. Claro que si tenía alguna duda, solamente pedía a las Moiras me dejaran leer sus Cordeles Vitales. Protestaban, pero a mí y a tu tía somos a los únicos a los que nos permiten hacerlo.
Una nueva imagen surgió en la mente de Atenea. La de su tía, Perséfone. Pero no se permitió pensar mucho en ella; antes bien, preguntó, sus ojos reflejando preocupación:
—No vienes por los tres que salvé, ¿verdad?
Hades la vio con cariño e indulgencia.
—No. —afirmó y había tanta sinceridad en su tono, que Saori sintió que su pecho se aligeraba— Cuando tú rehilaste los Cordeles, Cloto volvió a hilarlos. Cambiaste sus destinos al igual que lo has hecho infinidad de veces en el pasado.
Guardaron silencio otra vez. Atenea miró fijamente el vaso que sostenía, y Hades aguardaba a que su sobrina dijera algo. Por su breve plática, también había regresado a él el cariño que sentía hacia la joven, y al haberla encontrado tan sensible, éste era mayor que en sus encarnaciones pasadas. Recordó las palabras de Perséfone y lamentó, igual que en muchas ocasiones anteriores, la misión que el Dios Omnipotente le había asignado.
Bueno, al menos esta vez sería distinto.
—Entonces, ¿cuál es la razón de tu visita?— preguntó Atenea, mirándolo a los ojos— No veniste sólo a recordar viejos tiempos.
Hades no soportó verla de frente. En su expresión, aunque reservada, podía contemplar toda la dulzura y firmeza del mundo.
—Me temo que no.— contestó, la sonrisa desapareciendo de su rostro— Sabes por qué estoy aquí, al igual que en todos los Ciclos.
Atenea, sin cambiar de expresión, afirmó:
—Has venido por mí. Como siempre que termina una Era Obscura, ha llegado la hora.
Hades asintió, genuinamente incapaz de pronunciar las palabras. Atenea, para su propia sorpresa, no mostró temor alguno.
Era el momento de morir. Ya lo había hecho antes, cada doscientos años, y su memoria de diosa le indicó que no era doloroso. Antes de que lo imaginara, habría regresado para guiar a una Nueva Orden a través de otra Nueva Era Obscura. Y que, además, el otro mundo poseía tanta luz que llegar allá era motivo de felicidad para cualquier alma.
Y, sin embargo, se sintió triste. No por Atenea, sino por su contraparte Saori Kido. Había llegado el momento de dejar solos a sus amados Santos y Caballeros, y eso le partió el corazón. Jamás podría volver a ver a ningún Santo, por más que con su absoluta devoción hubiesen tratado de compensar los años que vivieron engañados por Ares. ¿Y Tatsumi? El mayordomo no podría soportar la idea de que ella muriera. Nunca podría volver a hablar con Hilda, a confesarse mutuamente sus temores.
¿Y los Cinco? ¿Quién protegería a Ikki cuando continuara con la misión que él mismo se había impuesto? ¿Cómo podría ver los cambios diarios de Shun, convirtiéndose cada vez en un mejor Caballero? ¿De qué forma lograría consolar a Shiryu, sobre todo ahora que la necesitaría tanto? ¿Tendría que asistir a la boda de Hyoga y Flare solo en espíritu, sin congratular al joven que al fin hallaba la felicidad? Y Seiya...
Dios mío, ¿cómo dejarlo solo?
—Tío...— preguntó, su voz sin quererlo mostrando su tristeza— ¿Me queda tiempo al menos para despedirme?
Los ojos de Hades relampaguearon, pero fue demasiado rápido para que ella no lo notara.
—Hay un pequeño problema, sobrina.— afirmó, su voz tan cariñosa como antes pero más estudiada— Tú has vivido dos existencias, una de humana y otra de diosa. Y el único modo para unir a ambas, y que puedas morir de una vez, es que me acompañes a mi Palacio, en el Averno. En este instante.


—Creo que está claro: Tenemos que advertir a los Santos Dorados, no tanto sobre el Fin del Ciclo, sino de las intenciones de Hades. Y entre más pronto, mejor.
Shiryu, Hyoga y Seiya escucharon las palabras de Seiya con atención, a pesar de que no eran exactamente alentadoras. El sol reflejaba sus rayos sobre los rostros de los tres, brillando a espaldas de Pegaso, pero no los calentaba mucho. Y no sólo por la misión que ahora tenían: Ese frío casi sobrenatural que los dominaba parecía extenderse por todo el anfiteatro y, aún más, por todo el Santuario.
—También deberíamos informárselo a Hilda.— opinó Hyoga, aunque su rostro permaneció indiferente— Si algo maligno ocurre aquí, Asgaard será la siguiente Tierra Mística en caer.
—¿Y a los otros Caballeros?— preguntó Shun.
—De momento, sólo a los más cercanos.— respondió Seiya.— A Marine, a Shaina, y si quieren, a Jabu. Tenemos que avisar a los Caballeros que están en Japón, por si necesitamos refuerzos.
Era horrible pensar en una batalla sin posibilidad de triunfo, mas nadie lo comentó.
De nuevo se hizo el silencio. Las palabras resultaban tan inútiles que no tenía caso en decirlas, y cada uno sentía exactamente lo mismo que los demás. Hyoga volvió a cerrar los ojos, echando la cabeza hacia atrás; Shun bajó la vista y Seiya se preguntó para qué demonios había combatido tanto tiempo a los dioses si ahora iba a perder la razón de su vida, tanto de Caballero como de hombre.
—Otra vez perdemos la idea principal.— afirmó Shiryu, cruzado de brazos y la cabeza apoyada sobre el pecho— Pensamos demasiado en todos, menos en Atenea.
"Saori, no Atenea", pensó Seiya y preguntó:
—¿A qué te refieres? ¿Debemos informarle que está a punto de morir? ¿Que no está enferma, ni en peligro, ni tratando de salvar al mundo, sino sólo que su tiempo se acabó porque no-tengo-la-menor-idea-quién-fue lo ha determinado?
Ninguno de sus amigos respondió a aquella pregunta.
—No sé ustedes,— insistió Pegaso— pero a mí me parece deprimente.
—Es demasiado cruel...—murmuró Shun— Ella no es sólo una diosa, también es nuestra amiga.
Y añadió, los ojos centellando por el recuerdo.
—Ella nos devolvió la vida durante la Batalla de las Doce Casas. Y ahora que va a perderla, lo único que nos queda por hacer es aceptarlo. No es justo.
Hyoga suspiró.
—Es cierto que Saori es nuestra amiga, no sólo nuestra líder, pero es precisamente por su vida como humana que se encuentra en riesgo.— dijo, la voz llena de ironía.
—¿Y no se les ha ocurrido que tal vez lo sepa?— preguntó Shiryu, sin cambiar de expresión.
Los otros tres voltearon a verlo. El sufrimiento podría haber estilizado su figura física, mas seguía siendo el mismo Dragon realista de costumbre.
—¿Qué quieres decir?
—Seiya, Saori tiene veinte años, pero Atenea vive desde la Era del Mito —respondió.— Ella misma nos contó que recordaba haber reencarnado en otras épocas, en Roma y Rusia entre otros lugares. Es obvio que ha vivido antes y, por tanto, también ha muerto.
Abrió los ojos, mirando de frente a sus compañeros.
—¿No creen que la subestimamos al dar por hecho que ignora que se acerca el Fin del Ciclo?
Silencio. Seiya se sentó en las gradas, dándose por vencido.
—Entonces, lo único que haremos será recordarle su cita con la muerte.— murmuró— Dioses...
—Lo que es muy posible que desconozca es lo referente a Hades.— continuó Shiryu— Nunca había tenido una vida de ser humano común.
—Y nunca tuvo que pelear por su Santuario ni conocer su propio nombre.— añadió Hyoga, pensativo.
—Y si jamás tuvo una familia humana, le creerá a Hades porque es su tío. Así le creería al señor Kido.— concluyó Shun.
—¿Por qué nos tocó a nosotros?— preguntó Seiya, pero la expresión de su rostro reflejó que sólo era una broma.
Una broma amarga, de acuerdo.
—Entonces, ¿debemos avisarle de todos modos?— insistió Andrómeda, aunque era más para sí.
Por tercera vez se hizo el silencio. Sí, debían hablar con ella. Pero, ¿de qué les serviría? Por más advertencias que le hicieran, todavía faltaban las acciones que tomaría Hades y su amada Orden. Y algo les hacía imaginar que no aceptarían que Atenea les dijera "no".
Y la única opción que se les ocurría, evitar la llegada de Hades, era algo predispuesto desde la Era del Mito e imposible de lograr mientras no conocieran la entrada al Averno. La única solución que a Seiya se le ocurría de instante era cortarse las venas y adelantarse a Saori, pero dudó que le serviría de mucho sólo en espíritu.
Quizá si Ikki estuviera con ellos, podrían planear sus acciones un poco mejor, basados en las ocasiones en que había muerto y resurgido. La estancia de su hermano menor y de sus dos amigos en el Reino de la Muerte había sido tan breve que apenas recordaban un vacío inicial, seguido por la más deslumbradora de las luces y por la presencia de sus padres y seres queridos que habían muerto antes que ellos. En cambio Fénix había estado ahí varios días, después de la Batalla del Arrepentimiento, y podría ilustrarlos un poco. Pero esas eran de las experiencias que Ikki no confesaría ni aunque lo torturaran o le suplicaran.
En eso, encima de las ruinas del escenario, apareció Kiki de Appendix. Como siempre que se teletransportaba sin pensar, se apoyaba en un solo pie y por más que trató de equilibrarse, cayó al suelo.
Ninguno de los Cuatro lo mencionó, pero todos pensaron lo mismo. Kiki no mejoraba.
—¿Dónde diablos se meten?— gritó el niño-elfo, poniéndose de pie de un salto, las pecas bailando sobre su cara furiosa y respirando con dificultad— ¡Los he buscado por todas partes! ¡No sabía dónde encontrarlos!
—Calma, Kiki, ya lo hiciste.— respondió Seiya, su expresión y su voz indiferentes cuando en el pasado se hubiera reído.— ¿Qué pasó?
Kiki se esforzó en respirar. Nunca lo habían visto tan alterado, así que los Cuatro se pusieron en guardia y temieron lo peor.
—¡Un hombre llegó a hablar con Atenea!— exclamó— ¡Dice que es su tío y viene acompañado por siete Caballeros, y ninguno proyecta sombra!
Seiya sintió que la sangre se congelaba en sus venas.
—Demonios...—murmuró.
Antes de que Kiki pudiese decir otra cosa, o explicar qué había de sospechoso en los recién llegados, Seiya se levantó y subió corriendo las gradas. Shiryu, Hyoga y Shun no tardaron ni medio segundo en seguirlo, el sol proyectando largas sombras atrás de ellos. Y Kiki, al tiempo en que se teletransportaba a la Casa de Aries, se preguntó si además de telekinético se había convertido en telépata.


—¿Por qué debo acompañarte al Tártaro, tío?— preguntó Saori-Atenea, su mirada reflejando sus dudas— Nunca he tenido que hacerlo.
Trató de interpretar el rostro de Hades, pero no logró hacerlo. Su expresión continuaba siendo afectuosa, pero sus ojos no permitían adivinar mucho más y los dioses no pueden leer la mente de los otros dioses. Él había tomado una copa con agua, mas no bebía de ella, limitándose a sujetarla.
—Nunca tuviste una vida de humana.— respondió— Siempre nacías como Atenea en tu Santuario, y como tal morías...
—Solamente recibía tu aviso, me despedía de la Orden y me quedaba rezando en el Templo, hasta que mi cuerpo se convertía en luz.— interrumpió, la voz monótona ante el recuerdo. Comprendió que había actuado de manera poco educada y murmuró— Lo siento.
Hades indicó con una inclinación de cabeza que no importaba.
—En esta encarnación tu labor fue mucho más difícil.— afirmó con su voz de trueno— El mal te acechó desde que naciste, y la reencarnación de mi hermano Poseidón no se realizó en el momento correcto.— e inclinándose hacia ella, añadió— Así que debes admitir que también eres Saori Kido.
A pesar de que era la Diosa de la Guerra Inteligente, la confusión regresó a la mente de Atenea. ¿Acaso no había aclarado esa cuestión tiempo atrás? ¿No pasó horas meditándolo con Hilda y, sobre todo, con ella misma?
—No soy Saori Kido. Ese es el nombre que me dio el hombre que me crió en Oriente, y que conservé durante mi infancia. Siempre he sido Atenea.
Hades sonrió débilmente. Su gesto pareció dulcificarse, mas no hubo modo de saber si era por indulgencia hacia su sobrina favorita o por alguna causa oculta.
—¿En verdad lo crees? Entonces, por el Olimpo que fue una reencarnación complicada.
Dejó la copa en la mesa, sin haber probado una gota de agua, y continuó:
—Atenea nació en Grecia hace veinte años, pero fue llevada a Oriente cuando tenía tres meses de edad. En Japón, bajo la tutela de Mitsumasa Kido, nació su nieta Saori. Nació con una edad de tres meses, como ocurría en la Era del Mito. Saori se convirtió en la heredera de su imperio económico, mientras Atenea dormía dentro de su cuerpo.
Por la expresión de la joven, el dios adivinó cómo aumentaban sus dudas.
—A los diecisiete años, Atenea despertó, pero Saori no murió. Duerme dentro de ti, y en ocasiones despierta.
Se hizo el silencio. La joven, fuera diosa o humana, sonrió. Con voz tranquila, respondió:
—Lo que me dices no tiene lógica. No se pueden ser dos personas en una, y Saori es tan sólo un apodo de Atenea.
—No es verdad, sobrina.
Ante su frase, el ambiente pareció volverse a tensar. Tenía que deberse a la presencia de dos dioses dentro de una misma habitación.
—Dices que no pueden habitar dos personas en un mismo cuerpo, y sin embargo eso ha ocurrido en todas las Guerras Santas. Ares poseyó a uno de tus Santos, pero no lo mató antes de hacerlo. Mi hermano tomó control de un muchacho griego y lo abandonó cuando lo obligaste. Saori y tú viven en tu interior.
Los ojos de la joven relampaguearon. Era demasiado lógico para negarlo. "Jaque mate", pensó Hades y añadió, a manera de conclusión definitiva.
—Además, tú misma marcas la diferencia entre ambas, sobrina. ¿No es cierto que tus amigos más cercanos te llaman Saori? ¿Que te has dedicado a dividir tu tiempo entre Japón y Grecia? ¿Que llamas "abuelo" a aquel que te salvó?
No obtuvo respuesta.
—Eres Saori y eres Atenea.— insistió— Las dos deben morir, pero nadie puede hacerlo dos veces, ni siquiera tú. Por eso mismo, debes acompañarme al Tártaro.
Volvió a sonreír. Con seguridad reflejada en su voz persuasiva, siguió explicando:
—Recordarás que en mi Reino sólo pueden entrar los muertos. Los únicos seres vivos o, mejor dicho, con carne y espíritu, habitan en mi palacio. Si me acompañas, verás a tu tía Perséfone y entre los tres, después de un corto periodo, lograremos que Saori Kido y tú se integren a la perfección. Cuando las dos sean una sola, volverás a Terra y morirás, como está indicado.
Saori siguió callada. Ante su reserva, concluyó:
—No te estoy privando de nada. Al contrario, estoy tratando de ayudarte. ¿O no confías en mí?
Atenea lo miró a los ojos. Confiaba en su familia, en el hermano de su padre. Y por su expresión, Hades supo que acababa de vencer a la diosa de la inteligencia con su arma principal, que era la lógica. Sin duda que la joven no había alcanzado su poder máximo, por más brillante que fuera su cosmo y a pesar de que había salvado al mundo. Sí, algún día demostraría su Cosmo Dorado en todo su esplendor.
Y sería en su Reino.
—¿Qué va a ser de la Orden del Zodiaco?— preguntó Saori.
Hades apenas logró ocultar un gesto de sorpresa. Tal vez no dudaba en marcharse con él, pero en lugar de pensar en ella lo hacía en los hombres y mujeres que daban su sangre por su causa. Y, notó, muy en especial por cierto muchacho de cabello color chocolate, con ojos sepia y sonrisa franca. ¿Cómo iba a separarse de todos, pero sobre todo de él? "No la conozco tanto como creo hacerlo", pensó. Atenea creyó que no la había escuchado o comprendido, y añadió:
—¿Puede acompañarme al Averno?
La expresión de Hades se volvió tierna. La negativa que le dio con un movimiento de cabeza no era tanto porque la Orden interviniese en sus planes, sino porque empezaba a dudar de la validez de su propósito. La tristeza de su sobrina lo conmovía genuinamente. Aún así, se obligó a afirmar:
—Tienes que venir sola y controlar sus recuerdos. Con sólo verlos, cualquier avance que lográramos se perdería. Tendrás una nueva Orden a tu servicio...
—No quiero sustituir a mis amigos.—interrumpió.
—En primer lugar, Atenea, nunca debiste convertirlos en tus amigos. Si lo ves con objetividad, la Orden del Zodiaco está para servirte, no para que te acompañe a la hora de comer.
Saori bajó la vista.
—En segundo lugar, no los vas a sustituir. Tus Santos y Caballeros van a esperarte aquí y volverás a verlos antes de morir. Mientras tanto, mis propios guerreros te protegerán.
Y al decir esto, señaló a los muchachos vestidos con armaduras negras y brillantes como noche estrellada. Apenas Atenea los miró, todos inclinaron la cabeza en señal de respeto.
—Todos están protegidos por criaturas mitológicas que, en algún momento, habitaron en el Averno. Son leales y valientes, sobrina, y no tendrás por qué extrañar a tu Orden.
Y de nuevo se sintió la tensión en el ambiente cuando sentenció:
—Son los Siete Guardianes del Estigio. Y ahora, Atenea...
La miró de nuevo. Sonreía.
—Vámonos.


No le había costado trabajo regresar al Santuario, a pesar de que su herida apenas sanaba. Era como volver a casa: No importa qué tan lejos te encuentres, siempre encuentras el camino que te llevará de vuelta, algunas veces recto, otras no tanto. Por suerte, Ikki ya había viajado de Khan a Atenas en el pasado y recordaba la ruta a la perfección.
Apenas se encontró en la Tierra Mística, deseó poder buscar a Shun y a los otros. Había pasado un año entero sin verlos, y aunque rara vez mostraba sus sentimientos, no por ello dejaba de amarlos. Sin embargo, en el momento preciso en qué llegó sintió un Cosmo muy poderoso, que a la vez parecía no estar presente; sólo el que hubiera accedido en el pasado al Séptimo Sentido le permitía descubrirlo. ¿Acaso ese nuevo cosmo era más fuerte que el de Atenea? Hasta entonces comprendió contra qué tipo de ser se estarían enfrentando. No iba a ser nada fácil.
Si Ikki llevaba tantos años vivo no había sido por colocar sus sentimientos sobre su deber. No importaba que Kiki, durante la Batalla de Atlantis, lo hubiese acusado de egoísta. Es sólo que, cuando combates, no te quedan muchas opciones, aunque te maldecirás el resto de tu vida por ello.
Así que decidió no manifestarse abiertamente, sino permanecer con su cosmo oculto. Lo que hubiera de ocurrir sería donde estuviera Atenea, así que percibió su aura y la siguió.
Antes, sacó uno de los dibujos de la carpeta que Ellen le había regalado. Iba a comprobar si ese mapa era correcto, y de serlo... ¡Cuídate, Hades, que te acecha la Orden del Zodiaco!


Jabu encendió su cosmo a su máximo, un aura violeta envolviéndolo. Ya había empleado todas las técnicas de percepción de energía que aprendió en Liberia y ninguna daba resultado. Era como si los recién llegados carecieran de cosmo y, por ende, no existieran. Y eso era imposible.
Todos los seres humanos tienen un aura. Algunas son débiles y opacas, otras mucho más fuertes y unas pocas son indiscutiblemente elevadas, como las de los grandes jerarcas religiosos y, por supuesto, las de cualquier Orden. Ninguna se ocultaba a los ojos de aquel que supiera visualizarla, sobre todo por el color; no importaba que fuera la de un recién nacido o la de un avatar, como Hilda. Si no, siempre estaban los otros sentidos: Oír la leve vibración del cosmo en el aire, oler el paso de la energía, percibir los leves cambios atmosféricos en la piel... Incluso se decía que alguien muy experimentado notaba un sabor distinto cuando alguien llegaba. Jabu había intentado todo, sin lograr captar el aura de Lord Hades —y, para esto, la de sus acompañantes tampoco. El único sentido que le quedaba era la intuición, y ésta le había hecho llamar a Seiya de inmediato.
Había llegado el momento de aplicar lo aprendido durante el último año. La activación del Cosmo hacia el Séptimo Sentido. Claro que Jabu, cual lo había confesado a Kiki, carecía de la menor idea sobre qué era. Sólo sabía que era su último recurso si quería percibir las intenciones del recién llegado.
Concentrándose, se colocó frente a la puerta y encendió su cosmoenergía, intentando captar la del interior. Casi de inmediato, notó la de Atenea (¡estoy progresando!, pensó), pero estaba rodeada por ocho espacios vacíos. ¡Y eso era todavía más imposible! Porque cuando una persona muere, su aura se disuelve pero el Macrocosmo se llena de inmediato con aire y con su propia vibración en una frecuencia distinta. A pesar de sus razonamientos, en la Cámara había ocho espacios VACÍOS. Como los agujeros negros en el espacio...
Y, peor aún, le pareció que se alimentaban de la energía de Atenea. Una vieja historia sobre vampiros saltó a su mente.
Cuando más concentrado estaba, la puerta se abrió y sus ocupantes salieron de la habitación. Hades venía al frente, caminando al lado de Atenea y atrás, como hacía rato, los seguía la escolta. Uno de ellos, precisamente el Guardián de cabello y ojos obscuros que le había cerrado la puerta en la cara, lo miró de reojo. Al hacerlo, Jabu sintió como si su propio cosmo estuviese siendo absorbido, y por reflejo lo apagó. El Guardián sonrió con desprecio.
Al pasar, la expresión de Atenea fue tan cariñosa como siempre, pero a Jabu no le agradó en nada la intención que leyó en su mirada.
—Señorita Saori...— dijo, sin ocurrírsele más ante lo que veía.
Atenea trató de sonreír, mas no lo logró.
—Volveré pronto, Jabu.— prometió, sin que Hades le permitiese detener su marcha— Me encantaría despedirme de los demás, pero no puedo hacerlo, así que díselos en mi nombre, por favor.
Los ojos de Unicornio centellaron.
—¿Qué dice, señorita? ¿Se marcha usted?
La joven estuvo a punto de detenerse, pero sintió que Hades la sujetaba del hombro, evitando que lo hiciera. El Señor de los Muertos miró al Caballero por encima del hombro.
—Ya escuchaste a mi sobrina.— ordenó, con su voz de trueno— Despídela de los suyos y que no se te ocurra seguirnos.
Jabu miró a Saori, preguntándole en silencio si era verdad lo que escuchaba. Ella bajó la vista, obedeciendo al que decía ser su tío, y siguió adelante. Pero Unicornio la conocía de toda su vida, quizá mejor aún que Hades, y entendió que la estaban obligando a marcharse.
—¡Señorita Saori, espere!— exclamó— ¿Cómo que se marcha? ¿A dónde? ¿Qué le digo a los otros?
Hades lo examinó con una rápida mirada y leyó en su mente que su preocupación era genuina. También descubrió que estaba muy por debajo del poder que debería tener y, sin poderlo evitar, sonrió con burla. Atenea quiso decir algo, explicarle que debía irse pero que volvería pronto. Mas no lo hizo y siguió adelante.
Para el joven fue como si se llevaran la luz de su mundo. Jabu apretó las manos en puños y comenzó a seguirlos, a pesar de que había recibido la orden contraria. De momento, sintió como si sus piernas estuviesen siendo detenidas por una fuerza invisible, y sólo la voluntad de evitar que ella se fuera le permitió superarla. Mas no acababa de dar dos pasos cuando el Guardián que había visto antes se cruzó en su camino. Los otros seis siguieron adelante y Atenea debió esforzarse mucho para no mirar hacia atrás.
—Lord Hades te ordenó que no los siguieras —dijo, su voz grave.— Sé un buen escudero y limítate a comunicar el mensaje.
—¿Qué? —preguntó Jabu, apretando los dientes.
Guardián y Caballero se vieron a los ojos. Este último sintió como si la energía de su cosmo fuera robada a pesar de que lo había desactivado, y le molestó no comprender lo que estaba ocurriendo.
—No tienes por qué seguir ni cuestionar a aquellos que son tus superiores.— prosiguió el Guardián, sonriendo débilmente; era obvio que él se incluía entre ellos— Continúa tu entrenamiento y deja de preocuparte por ella, que no es de tu incumbencia. Al fin y al cabo, eres un simple escudero. ¿Que podría importarte?
Eso fue lo último que Jabu estaba dispuesto a soportar. Él había sido el amigo más cercano de la señorita Saori cuando eran niños. Él fue el primero de los suyos en regresar. ¡Diablos, ella le había propuesto ser autoridad de la Fundación Galahaad! Y ahora, un sujeto cualquiera llegaba para decirle, ¡que no era de su incumbencia!
—¡Escúchame, soy un Caballero de Bronce!— exclamó, tratando de quitarlo del paso sin conseguirlo— ¡No soy un simple escudero, y si alguien no tiene por qué meterse eres tú, que no estás en tu tierra!
Nunca supo la razón por la cual el Guardián comenzó a reírse. ¿El tono de su voz no había sido el correcto? ¿O fue su postura? O, como lo temía, ¿era tan insignificante que lo demostraba en su propia persona?
—Niñito, lo mejor que puedes hacer es largarte.— insistió.
Jabu frunció el ceño. ¿Niño? El Guardián no era mucho mayor que él, lo cual significaba que lo estaba menospreciando.
—No tengo por qué hacerlo.— respondió.
El Guardián arqueó una ceja, en ademán de sorpresa.
—¿Es esto un desafío?
El Caballero no dudó un instante en responder, para honra suya y a pesar de que estaba mil por ciento seguro de que era infinitamente más poderoso que él.
—Tómalo como quieras —exclamó, activando su cosmo.— ¡Pero yo, Jabu de Unicornio, no permitiré que la señorita Saori se vaya con ustedes!
En ese momento, Atenea se detuvo. Hades y ella, así como el resto de la escolta, se habían alejado bastante de ambos, mas la alteración en el cosmo del Caballero había sido casi como un grito llamándola. Al ver la escena y entender hasta dónde había llegado, Saori tuvo un mal presentimiento.
—¿Jabu de Unicornio, dices? —contestó el Guardián, y con orgullo afirmó— Yo soy Elis de Thanatos...
Jabu palideció. Mitológicamente, Thanatos era la personificación de la Muerte.
—¡Y sólo te lo digo para que recuerdes quién te envió al Infierno!
Antes de que Jabu hiciera o dijera algo, sintió un puñetazo en el estómago, tan fuerte que lo mandó volando hacia atrás hasta que su espalda golpeó contra uno de los muros. Conforme resbalaba al suelo, sintió como caía junto a él la roca destrozada, y apenas agradeció que no hubieran sido sus huesos. Un intenso sabor a sangre dominó su boca. De no haber activado su cosmo al lanzar su imprudente reto...
Resbaló hasta el suelo de mármol, dejando caer la cabeza sobre el pecho.
"Maldición...", pensó. "Este tipo es más poderoso que cualquiera de los Cinco. ¡Debe igualarse en poder a uno de los Santos Dorados!"
Y no necesitó que le dijeran que iba a morir.
—Jabu...— murmuró Atenea, el ataque del Guardián demasiado rápido para que pudiese evitarlo.
Jamás esperó ningún ataque de parte de su tío, y así había ocurrido hasta entonces, pero olvidó incluir en tal razonamiento a su escolta. En una reacción natural, ordenó:
— ¡Thanatos, detente!
Trató de acercarse a su Caballero, pero no logró hacerlo. Una mano fuerte como el hierro la había sujetado del hombro.
—No intervengas, sobrina.— escuchó— Un dios no tiene por qué meterse en los asuntos de los mortales.
Esa frase iba en contra de todos los principios de Atenea. Miró por sobre su hombro y preguntó:
—¿Esperas en verdad que crea en eso?
Mientras tanto, Elis se había aproximado a Jabu, deteniéndose a algunos pasos de distancia.
—No debería ser yo quien te disciplinara, Unicornio.— afirmó, concentrándose— Pero te lo ganaste solito.
Jabu, respirando con fuerza, miró a Thanatos. Por primera vez, alcanzaba a notar su cosmo que, tal vez por su origen, era de tono negro. Sintió un nudo en la garganta al comprobar lo que habría de ocurrirle, pero su orgullo le impidió bajar la vista.
—¡Soy una diosa a quien se le encomendaron los mortales!— discutía Atenea con Hades, quien en respuesta la sujetaba con más firmeza— Lo que le pase a uno, sea quien sea, me interesa y es mi responsabilidad.
El rostro del Señor de los Muertos apenas contuvo una sonrisa. ¿Acaso era de lástima?
—Eres tan inocente...— murmuró.
Saori iba a responder de nuevo, pero una explosión interrumpió su frase. Elis acababa de disparar un rayo, también de color negro, hacia el joven Caballero del Unicornio, y la diosa sintió que su corazón se paralizaba al ver su trayectoria dirigirse hacia su pecho desprotegido. Jabu se obligó a sí mismo a no cerrar los ojos.
El impacto pareció golpear contra algo y después fue desviado hacia el techo. Una zona del mismo cayó en fragmentos que levantaron mucho polvo, al grado que Elis tuvo que retroceder un par de pasos. Cuando la polvareda se despejó, todos pudieron ver a un Caballero de Plata de largo cabello obscuro colocado frente a Jabu; el brillante escudo que sostenía en la mano izquierda todavía vibraba ante la intensidad del rayo.
—¡Shiryu! —exclamó Unicornio al descubrir que Dragón lo había protegido alcanzando casi la velocidad de la luz.
—Disculpa la tardanza.— respondió, sin voltear a verlo— Kiki no sabía dónde encontrarnos.
Thanatos no se sorprendió, al igual que Hades y los otros Guardianes. En lugar de ello, se cruzó de brazos y sonrió. El gesto de Atenea, en contraste, fue más de alivio que de alegría.
—En verdad que en este Santuario no conocen el significado de la disciplina.— afirmó Elis— Otro escudero desobediente.
Shiryu se esforzó en sonreír, sus ojos conservando la gravedad de la situación.
—Si quieres verlo así,— sentenció— en total somos Cuatro escuderos desobedientes.
Al decirlo, los Guardianes descubrieron otras tres figuras cerca del joven Dragón, todos vestidos con Armaduras de Plata. Uno, de cabello rubio y gesto frío, era protegido por el cisne; otro, de expresión pícara, por el Caballo Alado; el último, de grandes ojos verdeazules, por la Mujer Encadenada. Uno de los Guardianes, que portaba una máscara frente al rostro, pareció reconocerlo y de momento no supo reaccionar, aunque apretó las manos en puños.
—Disculpen la interrupción.— afirmó Seiya, los ojos brillantes— Sucede que nadie golpea a mi alumno excepto yo.
En otra ocasión, Jabu lo habría maldecido, pero en ese segundo se limitó a verlo con sorpresa. Y una gran sonrisa de agradecimiento en el rostro.
Hades los miró un instante antes de reconocerlos. Alzando la voz, afirmó con franqueza:
—Así que ustedes son los Cuatro Caballeros del Zodiaco. Tenía muchos deseos de conocerlos, en especial a ti, Seiya de Pegaso, porque eres el favorito de mi sobrina.
Seiya trató de ocultar el descontrol que esa frase le provocaba. ¿De dónde sabía quién era? ¿Y sobre su relación con Saori? Estaban ante un dios más poderoso que aquellos a quienes había enfrentado antes, y eso sólo significaría muchos problemas. Por su parte, Jabu mostró sin querer un dejo de celos; después se acusaría por no distinguir entre momentos propios y los que no lo son.
—Y en cuanto a ustedes tres...— prosiguió Hades, mirando a Shiryu, Hyoga y Shun— llevarían tres años en mis dominios de no haber intervenido mi sobrina a favor suyo.
Cygnus y Andrómeda se pusieron en guardia.
—¿Es quien me imagino?— preguntó Hyoga en voz baja.
Shun asintió, sujetando la Cadena Nebular.
—No sé por qué ella los tiene en tanta consideración.— concluyó el dios, dando la vuelta de nuevo y empezando a marcharse— No son nada extraordinario.
Volvió a sujetar a Atenea del brazo, y como en cuestión física era más fuerte, no le costó trabajo llevársela consigo. Ella intentó soltarse, pero no le quedó más que obedecer, pensando en aligerar el trago amargo que significaba esa separación.
—Elis, déjalos en paz y vámonos.— ordenó a Thanatos, cuya mirada de odio se repartía entre Jabu y Shiryu— No tiene caso que combatas con ellos, pues no venimos a pelear. Regálales sus vidas.
El Guardián sonrió con burla y obedeció. Ese gesto fue un golpe a la dignidad de Seiya (o por lo menos él lo sintió así) y antes de que se diera cuenta, gritó:
—¿Regalarnos nuestras vidas? ¡Nos subestima, Lord Hades!
De nuevo, el dios se detuvo. Pero no los miró por sobre el hombro, como un superior ve a un inferior, sino que dio la vuelta como quien se enfrenta a un igual. Saori-Atenea también observó a sus Caballeros, pero no supo entender la expresión de los ojos de Seiya.
—¿Qué tipo de Caballero eres, Pegaso?— preguntó, la intención de sus palabras obscureciendo todavía más su voz de trueno—— Siempre he creído que la Orden del Zodiaco sabe distinguir a quiénes sirven y, como es su deber, les guardan respeto. Pero veo que en esta encarnación Atenea olvidó el control y la educación de sus criados.
Ninguno de los Caballeros ignoró la humillación que la palabra "criados" implicaba. Jabu se puso de pie. Shiryu frunció el ceño. La fría mirada de Hyoga relampagueó. Shun se sonrojó de rabia. Seiya apretó los puños, listo para soltar el golpe. Nunca nadie, a pesar de su origen divino o de su alta condición espiritual, los había rebajado tanto. En las sombras que rodeaban el pasillo hubo en breve destello que poseía la misma intención, pero era tal la tensión del ambiente que a todos les pasó desapercibido; el único que lo notó fue uno de los Guardianes, de cabello dorado, pero no lo demostró. En contraste, sonrió con un gesto amargo.
—¡No tienes por qué humillarlos!— exclamó Atenea, disgustada y soltándose de la mano de su tío— Cada uno de ellos es un Caballero valeroso que no ha dudado en derramar su sangre por cuidarme. ¡No son sirvientes, y bastante lo han probado!
Dicho esto, miró a los suyos, y se sorprendió al ver que la figura de Seiya adquiría una indescriptible dignidad. Como si la diosa hubiese permanecido callada, sentenció:
—Lord Hades, nosotros, los Caballeros del Zodiaco, sabemos cuál es nuestro deber. Servimos a Atenea y le ofrecemos nuestras vidas si es necesario, y no nos importa pasar mil penalidades con tal de protegerla. Si eso, a su juicio, nos coloca al nivel de criados, aceptaremos gustosos la palabra.
Por un momento, el Señor de los Muertos permaneció callado mirando a Pegaso con curiosidad. De repente, ya no era un enigma el por qué su sobrina lo había elegido como su favorito. Seiya no tuvo modo de saber la impresión que le había causado, así que prosiguió:
—Y por supuesto que respetamos a aquellos que están por encima de nosotros, como Milady Atenea. Lo que no respetamos,— y al llegar aquí, su mirada centelló— es a aquellos que pretenden dañarla. Así que no tenemos, o al menos tengo, por qué rendirle ninguna contemplación.
Al escucharlo, la tensión del ambiente pasó de los Caballeros a los Guardianes. A uno solo, formaron una barrera protectora entre los Cuatro y su Señor, preparándose para responder a cualquier ataque o, en su defecto, iniciar la ofensiva. Sus ojos, que cubrían casi todas las tonalidades del arco iris, parecieron estar hechos de fuego cuando uno de ellos, cuyo cabello era del tono de la madera, exclamó.
—¿Qué estás diciendo, infeliz? ¿No sabes a quién te diriges?
A pesar de las vibraciones negativas que empezaban a rodearlo, Seiya no retrocedió ni un centímetro, ni en actitud ni físicamente.
—Hablo con Lord Hades. ¿Y?
Otro de los Guardianes, cuyo cabello era del color de la plata, estuvo a punto de arrojársele encima.
—¡Híncate y pídele perdón como la basura que eres!— exigió.
—No lo haré. No me humillo ante traidores.
Elis de Thanatos, incapaz de contenerse por más tiempo, empezó a acercársele.
—Maldito insolente...
En respuesta, Shiryu, Hyoga y Shun rodearon a Seiya, indicando con su actitud que enfrentar a uno era ofender a todos. Jabu, aunque no portaba Armadura, actuó igual.
—Da un solo pretexto y la guerra comienza aquí— amenazó Cygnus, sonriendo con burla.
La energía que se ocultaba entre las sombras se hizo más fuerte, como si al fin presentara la agresividad que lo caracterizaba. Sin embargo, sólo el Guardián de cabello rubio volvió a sentirla.
—¡Basta!
La voz de Lord Hades, grave y poderosa, detuvo cualquier posibilidad de batalla. Los Guardianes lo miraron e inclinaron la cabeza en ademán de respeto. Los Caballeros se limitaron a verlo con altivez.
—¡No hemos venido a cubrir el Santuario con sangre! —continuó, sin perder su intención amenazadora.— ¡Hacerlo nos rebajaría a otra Era Obscura!
Elis, en nombre de su grupo, mantuvo la cabeza baja más tiempo a manera de disculpa. Atenea miró a los suyos, que no cambiaron de actitud, y dijo, su voz dulce pero tan estricta como la de Hades.
—¡Seiya, no tienes por qué reaccionar así! ¡Nadie te había provocado para que insultaras a mi tío!
Pegaso no evitó una sonrisa burlona. "Ahora no salgas con lazos familiares, Saori", estuvo a punto de responder. Sin embargo, estaba consciente de cuánto debía respetarla, en especial frente a otro dios, y se contuvo. Shiryu, su tono calmado el más apropiado de acuerdo con la situación, sintió que era el momento preciso para intervenir.
—Atenea, hay algo que debes saber. Es sobre Lord Hades...
Elis de Thanatos volvió a reír, a pesar de su actitud. Era una burla abierta.
—¿Ahora dirás que tú sabes más sobre Lord Hades que Atenea, que es su sobrina?
—Por esa misma relación familiar, ella ignora sus pretensiones.— respondió con dignidad.
Antes de que Hades o cualquiera de los Guardianes añadiera algo, la fría voz de Hyoga dijo la frase que un rato antes evitaron mencionar en el anfiteatro.
—Atenea, sabemos que ha llegado el Fin del Ciclo. No es necesario que lo ocultes.
Jabu, espantado, dio un respingo ante lo que oía.
—¿Qué quiere decir?— preguntó en voz baja.
Shun, que estaba junto a él, murmuró sin separar la vista de los Guardianes.
—Esta reencarnación debe morir para cerrar el Ciclo de cada doscientos años.
Los ojos del Unicornio temblaron. No, no podía ser... Esas palabras no debían ser ciertas... Y sin embargo, los Cinco habían sido los más cercanos a la diosa, y nunca se equivocaban.
En una reacción semejante, Atenea bajó la vista. Así como ella no lograba leer la intención de la mirada de Pegaso, él sí logró interpretar la suya. Y le rompió el corazón.
"No querías que sufriéramos al saberlo, ¿verdad?" pensó. "Y sin embargo, lo sabemos y sufrimos."
—Y ya que sabes tanto sobre Lord Hades, —tentó Elis, su tono de completo desprecio— ¿por qué no le permites llevar a cabo su misión?
Jabu se puso extremadamente pálido, sus ojos llenándose de lágrimas.
"¿Quieres decir que ella morirá en este instante?", se preguntó.
Seiya, en contraste, lució más orgullo del usual.
—La misión de Lord Hades es anunciar que el Fin del Ciclo ha llegado.— respondió— De ninguna manera debe llevársela a su reino... Porque eso pensaban hacer, ¿o no?
Por primera vez en el lapso que llevaba en el Santuario, los ojos de Hades relampaguearon. A lo lejos, se escuchó cómo el aire tronaba con el rugir de una tormenta distante.
—Ustedes no entienden.— afirmó Atenea, su voz de nuevo estricta.—Mi tío no busca dañarme, pues él jamás ha tenido problemas con nadie de la familia. Si el Ciclo ha de cerrarse, debo ir a su Palacio en el Tártaro. Es el único modo de unificar mis dos vidas.
—Seguro que tu tío... Lord Hades, no quiere lastimarte.— intervino Shun, su voz moderada como de costumbre.
—No, uno nunca daña aquello que puede aprovechar —interrumpió Seiya con sarcasmo— Pero si vas al Averno, nunca más podrás salir de ahí.
Shiryu lo sujetó del brazo para que callara y, en un cambio de actitud, miró con respeto al Señor de los Muertos. Inclinando la cabeza, el joven Dragón preguntó:
—Lord Hades, un dios jamás puede mentir a un mortal, en especial cuando quiere aprender más. ¿Por qué se les ha prohibido la entrada a los seres vivos a su reino?
El Señor del Tártaro lo miró en silencio, la burla también cambiando en respeto. Shiryu había dicho una gran verdad. Los dioses sólo pueden mentirse entre sí; pueden tratar de engañar a los humanos, y si estos caen, mejor para ellos, pero dejarían de ser dioses si mintieran a una pregunta directa. No le quedó más remedio que responder, consciente de cada palabra que decía:
—Porque se ha decidido que ningún mortal debe conocer su futuro, en el que se encuentra la muerte, y aquel que entra en cuerpo y alma se está adelantando a su tiempo. Y su castigo será decidir entre permanecer ahí por el resto de la eternidad, siguiendo mis órdenes, o ser destruido física y espiritualmente a manos de los Siete Guardianes.
Fue el turno de Seiya de pensar "jaque mate". Tanto él como sus amigos habían imaginado que por alguna razón parecida no se sabía de alguien que hubiese regresado del Reino de los Muertos, pero no pensaron que lo diría con tanta franqueza. Saori-Atenea miró a su tío con asombro.
—Reconozco que han sido bien instruidos.— continuó Hades, hablando con sinceridad— Pero han malinterpretado todo con tal de confundir a mi sobrina. Si quiero llevarla a mi Reino, es para que al fin adquiera el verdadero nivel de su poder divino. Lo único que conseguirán será que su muerte sea dolorosa y su mundo jamás conozca qué tan brillante es su luz.
—Pero su Reino sí lo haría. —respondió Hyoga, manteniendo los ojos fríos. —Y si el Averno la tiene, ¿qué importa el mundo de los humanos?
La expresión de Hades volvió a cambiar en desprecio, y el trueno que se escuchó a la distancia remarcó sus palabras.
—Déjenla en paz y retírense. Es una orden.
Volvió a dar la vuelta, sujetando la mano de Atenea. Ella dudó un segundo, ante lo que sus amados Caballeros habían dicho, pero fue más fuerte el amor familiar y lo imitó. Los Guardianes en especial Elis de Thanatos, sonrieron con burla,y se dispusieron a seguirlos. Sólo uno de ellos, el que usaba una máscara frente al rostro, vio con fijeza a Shun antes de imitar a sus compañeros. Por su parte, el joven rubio pareció tratar de percibir en el ambiente la vibración agresiva que era invisible para todos, menos para él.
—¡No debes irte, Saori! —exclamó Seiya, comprendiendo que a pesar de sus argumentos había perdido— ¡Es sólo una trampa!
Atenea no miró hacia atrás. Hades tampoco lo hizo, pero sentenció:
—¿Cómo pretenden que una diosa confíe en Caballeros mortales que ni siquiera alcanzan el nivel más alto? Son unos estúpidos si piensan lograrlo.
—¡No nos creas a nosotros, entonces!— gritó Shun, dando un paso al frente— ¡Escucha a quienes nos enviaron, por favor!
Saori se detuvo, para sorpresa de Hades, pero siguió viendo al frente y permaneció callada.
—¡Sorrento de Sirene fue quien me lo dijo!— continuó Andrómeda, apretando las cadenas en sus manos— ¿Lo recuerdas? ¡Él fue el Heraldo de Poseidón, que también fue un tío tuyo, y conoce lo suficiente sobre los dioses para advertirnos!
—A mí me lo dijo mi Maestro, Crystal de Siberia.— confesó Hyoga, su voz mostrando un poco de emoción— Lleva muchos años enterrado en el hielo tras su muerte, pero el mal que te acecha no le permite descansar en paz.
—Esa fue la última lección del Anciano Maestro, Dokho de Libra, justo antes de morir.— afirmó Shiryu, sin ocultar del todo la tristeza que no lo abandonaba— No creo que lo hayas olvidado, Atenea. Él también fue tu Maestro, al enseñarte aquellos detalles que ignorabas acerca de los Ritos del Santuario.
—Quizá no te convenza si te digo que tuve una visión en la que Saga de Géminis y Sigfried de Alpha-Dubhe me informaron de esto.— concluyó Seiya— Pero tal vez lo haga si te digo que a ellos los enviaron Aioros de Sagitario, el primero en morir por ti, ¡y tu mismo abuelo, Mitsumasa Kido!
El rostro de Saori resplandeció, sus mejillas sonrojándose. El de Hades se obscureció.
—¿Vas a seguir dudando de nosotros?— preguntó Seiya, acercándosele un poco más aunque, al hacerlo, los Guardianes le cerraron el paso— Hazlo si quieres, que no somos más que tus criados, pero no dudes de aquellos que derramaron su sangre en tu nombre, y menos de aquel que te crió como si fueras su hija a pesar del peligro que lo amenazaba.
Sus amigos se acercaron, movimiento al que los Guardianes respondieron como si fueran a iniciar un baile de la muerte. Había una increíble tensión en el ambiente y ambos equipos sólo aguardaban a que alguien, fuese amigo o enemigo, brindase el pretexto necesario para empezar a combatir. Sin embargo, Hades sonrió de nuevo.
—Insolentes.— sentenció— ¿Van a hablar ahora sobre almas inquietas y pecadores arrepentidos? ¿Continuarán confundiéndola con su existencia como humano, que es raíz de todo este problema? Ella es más que la diosa de la Guerra Inteligente: Es mi sobrina favorita. A mí me conoce desde la Era del Mito y es a la única a quien no he podido negarle nada. A ustedes, miserable conjunto de huérfanos, ¿desde cuándo los conoce? ¿Y qué son años comparados con milenios?
Dio un respingo. Se había transformado en la imagen completa del desprecio, como el rey que de improviso descubre que un harapiento mendigo le está tirando de la túnica y suplicándole un poco de comida.
—Es bueno que vayan aceptando su condición de criados.— continuó, su mano colocándose sobre el hombro de su sobrina, en un gesto de protección pero también de presión— No es necesario que recurran a poesía. Ella no les creerá.
—Estaría equivocada de no hacerlo.
La voz, firme y serena, provino del final del pasillo. Los Guardianes, al mirar en esa dirección, sintieron el reflejo de demasiada luz junta, como nunca se había visto en el Averno, a pesar de que no había ningún cosmo activado. Hades dejó de sonreír, reconociéndolos de inmediato.
—Me preguntaba cuánto tardarían en llegar, Santos Dorados.
—Estaba preparado para todo, por lo que veo.
La luz disminuyó. Atenea y los Caballeros, al igual que Hades y los suyos, vieron de frente a los Cinco Santos Dorados, ataviados con los Tresors de Oro y sus largas capas de lino blanco. Moo, quien había hablado en las dos ocasiones anteriores, venía al frente del grupo; Aldebaran se cruzó de brazos, adoptando la postura básica del Gran Cuerno; Shaka y Milo, los más conscientes de la llegada del Fin del Ciclo, no demostraban nada en su expresión, tanto de ojos cerrados como de ojos reservados; y Aioria parecía estar listo para golpear al primero que se pusiera en su camino. "Los Santos en verdad tienen clase", pensó Jabu, rara vez habiéndolos observado de esa manera y notando el porte que emanaba de sus figuras.
—Si Atenea decidiera no escuchar a los Caballeros del Zodiaco, —prosiguió Moo de Aries, su tono con la eternidad del Himalaya— primero que nada demostraría gran imprudencia por no atender las palabras de quienes la quieren bien.
Miró a la diosa a los ojos. Notó que su expresión se iluminaba poco a poco, y deseó que al menos por un instante alcanzara su completo y verdadero poder. ¡Vaya que el mundo cambiaría después de ello!
—Pero no será por eso, —continuó— pues es una diosa de la Inteligencia. Sin embargo, y más importante, podría dudar de ellos por la forma en que se enteraron. Están hablando contra su propio tío.
Saori miró también hacia los Santos Dorados. La inseguridad que Hades había sembrado en su interior comenzaba a disminuir, sobre todo por la presencia de la luz de varios cosmos de oro juntos. ¿Por qué había dudado, aún cuando Seiya fue quien intentó detenerla? ¿Por la misma relación que ella se negaba a reconocer? Las siguientes palabras de Moo hicieron que se sintiera peor, Hades sin intervenir ante la curiosidad de conocer un poco más a aquellos que formaban la elite de la Orden.
—En tal caso, —afirmó Moo sin misericordia alguna— demostraría ingratitud. Cada uno de ellos han derramado su sangre por ella en más de una ocasión, aunque de momento sólo acrediten a quienes los enviaron. Sólo ellos se enfrentaron al hielo y al mar, a los dioses menores y hasta a nosotros mismos. Conocen la muerte de cerca, pero no les importó hacerlo porque la aman. Y ese puede convertirse en su único error, Lord Hades.
El Señor de los Muertos frunció el ceño. Moo lo miró de frente y sentenció:
—Creyó que se limitarían a obedecerla porque sólo sentirían respeto hacia ella. Pero no: La aman.
Sí, y por ese amor correspondido ella estuvo dispuesta a marcharse al Averno con tal de evitarles el sufrimiento de su muerte. Hades lo sabía; había jugado esa carta y estuvo a punto de ganar. Pensó en cuántos guerreros estarían dispuestos a hacer eso por alguno de los dioses reencarnados, pero prefirió no responderse porque tendría que incluirse entre ellos.
—El amor entre los mortales es conmovedor, pero es más poderoso entre los dioses. —afirmó— No tomemos una decisión que sólo ella puede hacer. Si decide marcharse conmigo, ¿tratarán de detenernos?
—¡Por supuesto que sí!— exclamó Seiya. Sin embargo, antes de que pudiera añadir algo en palabra o en acción, la severa expresión de Moo lo hizo guardar silencio.
—Si ella quiere marcharse, no interferiremos a pesar de que ella ya conoce las consecuencias. Tiene mi palabra.
Los Cuatro Caballeros, Jabu y hasta Aioria y Milo miraron a Aries con incredulidad. El Guardián rubio notó que, en contraste, entre las sombras parecía haber calma. Elis observó a los Santos con atención, pero sobre todo con desconfianza. Sus cosmos, incluso si no estaban activados, brillaban como el sol y eran tanto el complemento como el opuesto de su obscuridad.
—En tal caso, —sentenció Hades, recuperando su majestuosidad— que así sea.
Miró a Atenea, su expresión paternal completamente sincera. La honestidad de su afecto era tan obvia que tanto la diosa como sus seguidores pudieron notarlo. También era verdadero el deseo que tenía de protegerla, de preservarla de la muerte por cuanto tiempo estuviese en sus manos. "No es un dios maligno", pensó Seiya, a pesar de las emociones que lo inundaban y lo bastante realista para reconocerlo. "Es sólo que tiene su oportunidad de ascender a la luz, como Ares y Poseidón lo intentaron antes. A diferencia de ellos, no odia a Saori. Sólo quiere aprovecharse de su cariño."
—Es tu decisión, sobrina. —escuchó— Tu dirás si regresas conmigo a recuperar tu esencia, o te quedas con estos que dicen buscar tu bien mas no saben cómo hacerlo.
Seiya sintió que se le formaba un nudo en la garganta cuando Saori (no, Atenea, se dijo) bajó la mirada y tomó la mano de Hades con la suya. De no haber sentido que Shiryu lo sujetaba del brazo, se hubiera lanzado sobre el Señor del Averno.
—Gracias por todo, tío.— murmuró ella, sonriendo débilmente— Sé, porque te conozco lo suficiente, que sólo quieres que me encuentre bien.
Jabu pensó que su mundo caería hecho pedazos.
—Voy a quedarme en Atenas.— anunció la joven— Si alguien debe solucionar esta confusión, soy yo, sola.
—¿Qué dices?
La voz de Hades, congelada, fue la de un padre que descubre que su hijo favorito le ha mentido porque creía tomar una decisión correcta.
—Iré al templo y rezaré hasta morir, como en los tiempos antiguos. Oraré hasta que la diosa y la humana se unan, cuantos días y noches sean necesarios. Y entonces volveré a encontrarme contigo, de la manera en que debe ser cada Ciclo. En espíritu.— concluyó, soltándolo.
Seiya sonrió en señal de triunfo. Sin embargo, los rostros de sus compañeros variaron desde el alivio hasta la expectación.
Porque los ojos de Lord Hades relampaguearon, y poco a poco sus pupilas comenzaban a notarse conforme su todavía invisible cosmo se encendía. Cuando habló, su voz era amenazadora, no sólo como el trueno, sino con la profundidad de un abismo que llega más allá del fondo de la Tierra.
—Has cometido un error, Atenea.— afirmó, la ira comenzando a mostrarse en su expresión— Debiste obedecerme, en lugar de escuchar a tus lacayos y darles el lugar que a mí me corresponde.
—No pretendo ofenderte.— respondió la joven, con tranquilidad mirándolo de frente— Tú quieres mi bien. Deja que lo busque, pues sé que siempre estarás para ayudarme.
—Me has humillado...— continuó— ¡A mí, que soy de tu misma sangre!
Ante la furiosa exclamación del dios, el aire se llenó de vibraciones obscuras. Todos los Caballeros, Santos y Guardianes volvieron a ponerse en alerta, a excepción de Moo, que permaneció calmado.
Saori-Atenea, en contraste, no mostró ni temor ni arrepentimiento. Al contrario, se alejó de su tío y caminó en dirección a sus Caballeros, su figura dotándose de gran dignidad.
—Confío en ellos.—afirmó, sus ojos brillantes— Perdí de vista por un momento que ganaron mi fe y mi amor a costa de su sangre. Pero saben distinguir entre lo que es bueno y no lo es, a pesar de que no les agrade o les lastime. Insisto, no pretendo humillarte...
Mirándolo otra vez, concluyó:
—Me diste la oportunidad de elegir. Debes permitirme decidir por mí misma, incluso si me equivoco. Y también confiar en mí.
A pesar de la seguridad con la que había hablado, sintió que el corazón se le encogía. Alrededor de los ojos de Hades empezaban a surgir dos sombras, producto sólo del cansancio o de la furia, y una estaba descartada. El Señor de los Muertos sonrió con un deje de malignidad cuando respondió:
—¿Quieres la oportunidad de elegir, sobrina?
Y añadió, su rostro obscureciéndose aún más.
—Bien. La tendrás.
Sobre el Santuario comenzó a llover. Era una de las tormentas más intensas que jamás caerían en sus alrededores. Seiya sintió que el corazón le palpitaba en la garganta, y a pesar de que no se atrevió a despegar la vista de Atenea y de Hades, supo que sus compañeros se encontraban igual. Sus últimas palabras habían parecido más una sentencia que una concesión.
—Como dedujeron tus lacayos, si me acompañaras al Tártaro en cuerpo y alma deberías obedecerme en todo. —confesó— Por supuesto que jamás pensé en dañarte, sino en que ambos podríamos resultar beneficiados de esto: Tú alcanzarías el poder que ni siquiera sueñas tener, y mi tierra obtendría un poco de luz. Esperaba que, si venías voluntariamente, te convertirías en una hija para Perséfone y para mí, que siempre te hemos querido, y que si aceptabas que yo determinara el ritmo de tus reencarnaciones, sería por el cariño que sentimos uno por el otro. Sin embargo, me has dejado sin opciones.
Dobló los brazos frente a su cuerpo, extendiendo las manos con las manos vueltas hacia el cielo. La lluvia había obscurecido el interior de la cámara, así que cuando sobre ellas comenzó a formarse una esfera luminosa no hubo modo de apartar la mirada. Los Siete Guardianes permanecieron tranquilos, los Santos y Caballeros a la expectativa, y el cosmo en las sombras se limitó a aguardar. Porque la esfera no era lo único.
Adentro de ella, empezaban a distinguir figuras. No parecía haber mucha relación entre ellas: Escenas de campo y de ciudad, de día y de noche, de hombres y mujeres, de jóvenes y viejos, de alegría y tristeza...
—¿Lo reconoces, Atenea?
Saori palideció. Sí, lo hacía.
—Es el mundo que he jurado proteger.— respondió— Es la preciosa tierra de los mortales. Terra.
El nombre que los dioses le dieron al planeta resonó en la habitación con una extraña musicalidad. Jamás había sido pronunciado por Atenea, pero Seiya sintió que a nadie más que a ella le correspondía tal honor.
—Querías decidir, jovencita imprudente. Aquí lo tienes: O me acompañas al Tártaro por tu propia voluntad, o los habitantes de Terra serán convertidos en cadáveres y recuerdos.
Santos y Caballeros contuvieron el aliento, alguno dejando escapar una exclamación de rabia o de sorpresa. Moo cerró los ojos, inclinando la cabeza. Sabía que llegarían a esto.
—No hablarás en serio...—murmuró Saori, espantada ante lo que ocurría y conociendo, por experiencia, hasta donde llegaba la furia de un dios— No eres una persona cruel. ¡Jamás lo has sido!
La mirada de Hades se obscureció, sin perder su intención amenazadora.
—Tú nunca tuviste una vida humana. Y ahí se encuentran mi tentación y mi pecado.
—Pero este es un conflicto entre dioses. ¡No tienes por qué involucrar a los hombres!
—Ellos —y al decir esto, el Señor de los Muertos señaló a los Cuatro Caballeros— intervinieron primero. Es a ellos a quienes debes culpar, no a mí.
Seiya sintió que se sonrojaba. No podía ser cierto, lo sabía, y sin embargo esas palabras, dichas por Hades, parecían guardar la verdad absoluta en cada una de sus sílabas. Los ojos de Atenea, contra su voluntad, brillaron al llenarse de lágrimas. Un asunto de su propia vida y muerte no habría importado, pero era diferente hablar de lo mismo en relación con el planeta que le había sido encomendado desde la Era del Mito.
—No lo hagas, por favor...
—Yo no voy a hacerlo. Lo harás tú, con la decisión que quieres tomar.
Hades estuvo a punto de retirarse triunfalmente, pero las lágrimas en los ojos de su sobrina evitaron que tomara tal actitud. Estaba furioso y, según su perspectiva, había sido humillado. Pero amaba a esa joven casi como si fuera su hija, y si bien quería que su luz brillara en el Averno, tampoco quería que volviese a morir. Desapareció la esfera de luz, sumiendo la cámara en la obscuridad, y la acarició con cariño en la mejilla. Estuvo a punto de decir "lo siento", pero su orgullo pudo más y, sonriendo con debilidad, dio la vuelta. Los siete Guardianes del Estigio miraron a la Orden con desprecio, a manera de despedida, y lo siguieron.
—No deberás tomarla ahora, Atenea.— concluyó Hades, sin voltear a verla.— Tienes siete días para elegir la opción que más te convenga. Vendré aquí tan pronto como me invoques, desde este segundo hasta el último del plazo. Pero si al amanecer del octavo día no me has llamado, ordenaré que se produzcan terremotos, hundimientos y cuanta catástrofe natural pueda afectar a Terra. No quedará un ser humano vivo. Y, de permanecer, lamentarán seguir haciéndolo.
—Tío...
—Adiós, Atenea. Nos veremos pronto...
Y añadió con ironía, como si volviera a calificarlos de criados:
—Caballeros...
Elis no logró contener la carcajada. Mientras salían de la Cámara, la Orden pareció recuperar su carácter, y Aioria exclamó:
—¡Miserable!
Estuvo a punto de seguirlos, hasta que sintió que alguien lo sujetaba por los hombros. Y sólo había alguien capaz de detener al León Dorado cuando se disponía a atacar.
—No lo agredas,— ordenó la firme voz de Aldebaran— o le darás un estupendo pretexto para tenerla en su poder.
Ante su frase, ambos miraron hacia Atenea. A pesar del porte de la joven, que mantenía la cabeza en alto y las manos apretadas en puños, no encontraron una diosa humillada o decidida. Sólo había una muchacha al borde del llanto.
—Atenea...— murmuró Moo, acercándose.
—Señorita...— dijo Jabu en voz baja, sin alzar la vista.
—Saori...
La voz de Seiya destruyó el dique que se había obligado a colocar en sus ojos. Saori, sin contenerse, empezó a llorar con grandes sollozos. Parte se debía a la discusión con su tío, parte a la amenaza que pendía sobre Terra. Pero la más grande fue por ellos.
—No Atenea, no debes llorar.— dijo Shaka, con la musicalidad de una voz guiada por el espíritu— No le des ese gusto a Hades.
A pesar de sus palabras, ella ocultó el rostro en las manos. Dio la vuelta, encaminándose hacia el interior de su Cámara y no comentó nada. Sin embargo, una vez en el umbral, los miró por sobre el hombro y murmuró:
—Discúlpenme. Necesito estar sola un momento...
Entró al cuarto y se dispuso a cerrar la puerta. Mientras lo hacía, alcanzó a ver a Seiya, a Shiryu, a Hyoga y a Shun y suplicó:
—Perdónenme por no haberles dicho nada. Pero perdónenme aún más por haber dudado de ustedes y permitir que mi tío los ofendiera.
Sin darles oportunidad de responder, cerró la puerta. Ausente, entró en su recámara, pensando en lo que había ocurrido. Su corazón estuvo a punto de ganar a su mente, el don que el Dios Omnipotente le había otorgado. ¿Era digna acaso de ser una diosa?
¿De tener esos amigos?
Como una mujer común, se dejó caer boca abajo sobre su cama y al fin lloró, con tanta fuerza que sintió que el corazón acabaría reventándose dentro de su pecho.
Afuera, ninguno de los suyos se atrevió a tocar la madera que los separaba de su diosa reencarnada. Los Santos Dorados guardaban un respetuoso silencio, y sólo Aioria se preguntaba si lograría alcanzar y detener a Hades. La mirada de Hyoga había vuelto a ser tan helada como un diamante; la expresión de Shiryu mostraba completa aflicción; los ojos de Shun estaban llenos de lágrimas, igual que los de Jabu aunque éste se mordía los labios, negándose a aceptar el destino que le había sido impuesto a Saori, decidiera lo que decidiera.
Seiya miró sin ver la puerta. Quería abrirla, tomar a Saori entre sus brazos y abrazarla contra su pecho hasta que se hubiese desahogado, murmurándole que todo iba a estar bien, aunque para ello tuviese que dar su vida.
Pero no era Saori. Era Atenea.
Dio la vuelta en dirección contraria a la de la joven y salió de la Cámara, caminando sin rumbo. Sólo sintió la lluvia que caía sobre él.


Siempre le gustó la lluvia. Vivió seis años en un sitio donde llovía fuego desde un volcán y casi llegó a olvidarla. Recordaba haber entrado en el Mundo de la Perfecta Armonía (muerto, según los demás) mientras las gotas entraban por las grietas de la Casa de Virgo, aquella tarde en que Shaka le mostró sus peores temores. A pesar de ello, sentía a la lluvia como su aliada, y más en esa ocasión: Su ruido ocultaba el de sus pasos y la falta de visibilidad que brindaba le ayudaba a esconderse.
A distancia veía a Hades escoltado por los Siete Guardianes. Elis iba al frente, guiando al grupo, y los demás seguían a su Señor. Era como si conocieran a la perfección el camino. Por alguna razón la lluvia no los mojaba, como si llevasen un campo de fuerza a su alrededor. Las ventajas de ser un dios, pensó, pero él no las aceptaría por nada del mundo.
Poco a poco, comprobó que la ruta que seguían no sólo le era conocida, sino que era totalmente lógica. Casi se dio una palmada en la frente, recordando una frase que había leído en la Carpeta. ¡Era tan obvio! Pero el Fénix no solía mostrar sus emociones, y menos aun si éstas reflejaban sorpresa.
Cuando llegaron al sitio adecuado, vio un extraño resplandor brillando atrás de la Estatua. Sin embargo, no era producto de un Cosmo Dorado, como la cosmoenergía de Atenea, ni mostraba un sólo tono blanco, como las asgaardianas. Más bien, reunía en sí todos los colores del espectro y sus posibles combinaciones, en una frecuencia tan extraña que no alcanzaría a percibirse —y de forma muy débil— sino con lo más elevado del Séptimo Sentido. Muy contadas personas sabrían que estaba ahí, justo ahí. Y no necesitó que le explicaran que ahí en ese sitio aparecía cada doscientos años el Portal de Espacio que conducía al Averno.
Elis de Thanatos se adelantó y entró al Otro Mundo. Detrás de él, siguió Hades y después, uno a uno, los demás. Al último, iba el Guardián de cabello rubio.
Sin embargo, se detuvo de pronto. Miró hacia atrás, como si escuchara algo a través de la lluvia, y observó justo a donde el Fénix se ocultaba, cual si buscase su mirada. Sonrió con deleite y sentenció:
—La mariposa voló alrededor del candil hasta quemarse las alas.
Sin añadir nada más, entró al Portal.
Ikki sintió como la energía del paso desaparecía y se aproximó hasta que estuvo seguro de que se encontraba solo. Había escuchado las palabras del Guardián. Era la bastante precavido para saber que era una amenaza, pero no se consideraba lo suficientemente paranoico para asegurar que se la había dedicado justo a él, sobre todo por la referencia a "alas". Bueno, ya habría oportunidad de comprobarlo, prevenido de que debería ser muy cuidadoso.
Apenas se encontró bajo techo, sacó la Carpeta de abajo de la capa que portaba, y de ella, el dibujo que lo había guiado a ese lugar. Sonrió con su gesto incompleto. Sí, el mapa era correcto... Y gracias al abuelo de Ellen, ahora sabía dónde se encontraba la entrada al Averno.


—¿Te sientes bien, Hades?
El Señor del Tártaro negó con un gesto, echando su blanco cabello hacia atrás. Perséfone, atenta y cariñosa, lo tomó del brazo y lo guió hasta su sillón favorito.
—No resultó como esperaba.— confesó, siendo ella la única persona a quien le decía sus fracasos.
Perséfone comenzó a darle un masaje en los hombros, un mechón de su cabello cayendo hasta tocar a su esposo en el rostro. Hades notó que olía, como de costumbre, a asfodelos, y se sintió más relajado y tranquilo.
—Tuviste un problema con Atenea, ¿o no?
Hades asintió débilmente, su sonrisa un poco forzada.
—Casi la convencí de que me acompañara. Te juro que casi la tuve en mis manos. Pero llegaron sus malditos criados y la convencieron de que permaneciera en Atenas e intentara cumplir el Ciclo según la costumbre.
—¿Criados?— preguntó su esposa, sonriendo— En serio que Atenea está perdiendo su dignidad si deja que sus esclavos hablen mientras conversa con otros dioses.
El comentario de Perséfone hizo que la sonrisa de Hades fuera más sincera. Tonto, se dijo, no le explicaste bien a quién te referías.
—Hablo de sus Caballeros.— aclaró, cerrando los ojos— Estoy de acuerdo en que escuche a sus Santos, pero no a aquellos que no tengan Nivel de Oro.
De momento, la diosa se sorprendió. Su esposo no solía menospreciar a ningún ser vivo, sobre todo a aquellos que pertenecieran a cualquier Orden. Hades no se dio cuenta de su reacción y prosiguió:
—La hicieron dudar sobre si debía o no entrar al Averno en cuerpo y alma, y prefirió quedarse. Será la diosa de la Guerra Inteligente, pero se comportó como una niña tonta.
—Es muy joven.— repuso Perséfone— Tú mismo dijiste que no ha alcanzado su máximo poder, aunque logró salvar el mundo. ¿Cómo esperabas que actuara?
Hades torció la boca.
—Haciéndole caso al único de sus tíos que jamás le negó nada. ¿Hay otra manera?
Perséfone dejó de darle masaje. De dos pasos, se colocó frente a él y se arrodilló, mirándolo a los ojos con amor y ternura.
—Se dice que todo en esta vida ocurre por alguna razón. ¿Ya comprendiste que es mejor dejarlo como antes?
—No. Lo que es más, te aseguro que en menos de una semana se encontrará aquí con nosotros.
Ella lo miró con incredulidad. Había colocado sus manos sobre las piernas de él, así que el dios sintió claramente cómo se tensaba.
—¿Cómo lo sabes?
—Ante su actitud, no me quedó sino amenazarla. Si no aceptas venir, le dije, destruiré el mundo que juraste proteger.
Los labios de Perséfone temblaron, sus manos helándose.
—No hablarás en serio...
Hades asintió. Perséfone, incapaz de aceptarlo porque amaba en exceso a Terra, al igual que su sobrina, lo tomó de las manos y murmuró:
—Jamás despreciaste a nadie, incluyendo a los más indignos traidores que fueron condenados a este lugar. Nunca amenazaste a Terra, ni siquiera en la Era del Mito. ¿Por qué has cambiado?
Toda la arrogancia que Lord Hades mostró en el Santuario se disolvió en el aire, al lado de la mujer que tanto amaba y por la cual hacía todo ello. No logró sostenerle la mirada; con lentitud, se levantó y se dirigió hacia una de las ventanas de la estancia. Ella también se puso se pie, pero no lo siguió.
—Podría decirte que lo he hecho porque es mi momento.— respondió Hades, viendo hacia el exterior— Porque llega el momento en que todo debe cambiar, como Ares y Poseidón tuvieron su instante y no supieron aprovecharlo. Porque el tiempo ha sido marcado por la forma en que la reencarnación de Atenea se realizó esta vez. Pero no es eso...
Le hizo la seña a Perséfone de que se acercara y ella obedeció. Desde la ventana, alcanzó a observar al exterior, a los grises patios del Tártaro cuyas terrazas se distinguían con facilidad; más allá, las losetas que cubrían el suelo hasta llegas a las tres murallas de bronce que lo protegían. Entre ellos, se descubrían un bosque de álamos blancos y un campo de flores del mismo color. A lo lejos, un campo seco separaba al palacio de la Laguna Estigia.
—Ve a los asfodelos.— indicó, su voz mostrando pesar mientras señalaba a las flores, reunidas en grupos muy pequeños— Tú antes viviste en la superficie, entre flores de miles de colores. ¿Recuerdas? Fue entonces que te traje al Tártaro y te privé de la belleza del exterior, que tanto echas de menos. Y a excepción de las ocasiones en que he subido a la superficie a avisar a otros dioses reencarnados que ha llegado el Fin de su Ciclo, he permanecido aquí, tu a mi lado.
Perséfone se le aproximó y se apoyó contra su costado, él pasando el brazo alrededor de sus hombros. Sí, al principio ella lo había odiado por llevarla a ese mundo sin flores contra su voluntad. Sin embargo, amaba a su esposo y ya no le importaba el paisaje.
—No quiero tener aquí a Atenea para adueñarme de su poder, como creen los suyos.—confesó, por primera vez externando sus pensamientos a otro ser vivo— Tan sólo con que ella esté en este lugar, parte de su luz se reflejará aquí.
"¿Y si se extingue en lugar de crecer, como ocurrió con la mía?", pensó su esposa, sin decir nada.
—Cuando ella regrese en su siguiente reencarnación, deberá llevar parte de nuestro mundo hacia allá. Hasta que llegue el día en que los dioses puedan regresar sin tener que morir.
—¿A costa de la voluntad de Atenea?— preguntó.
Hades no respondió de inmediato.
—Desde el inicio, ella fue mi sobrina favorita.— murmuró— Si en ella está la clave, lo será.
A pesar de sus palabras, su voz fue hueca y triste. Quizá de conocer la historia, se hubiese comparado con cualquiera de los Guerreros Divinos de Odin que lucharon contra el mundo con tal de sentir la luz del sol en sus rostros.
Y que murieron al intentarlo.


Saori-Atenea había llorado hasta quedarse dormida, la lluvia cayendo con fuerza tanto en la isla donde se encontraba y, simbólicamente, sobre toda la ciudad y alrededores de Atenas. Durmió sin soñar, su mente convertida en una confusa maraña de imágenes. Grecia y Oriente, Mitsumasa Kido y Julián Solo, Hilda de Polaris y los Caballeros, todos se mezclaban con las frases amenazadoras de Lord Hades y con la actitud prepotente de los Siete Guardianes. Y sobre el conjunto, estaba la mirada de unos ojos color sepia.
Despertó, inundada por una profunda tristeza y no se atrevió ni a moverse, aun cuando su piel estaba helada. Siguió pensando, fijando la vista en la ventana y los relámpagos que, de vez en vez, iluminaban el cielo ya nocturno. ¿Por qué se encontraba tan confundida? Antes, su relación con su tío había sido armoniosa, a excepción de las ocasiones en que ella intervenía para salvar a uno de los suyos, según sus propias palabras. Ahora...
Pensó en ir al Templo, como en los Tiempos Antiguos, y rezar intensamente hasta que su cuerpo se disolviera en luz, marcando así el momento de su muerte. Lograría evitar las amenazas de Hades. Pero, ¿y si hacerlo lo irritaba al punto de que destruyera al mundo de cualquier manera? ¿De qué serviría su sacrificio?
Estaba entre la espada y la pared: O ella o Terra. No requería de días para pensar, su decisión muy clara.
Sin embargo, aceptar no significaba perder tan sólo su libertad. Si, en efecto, se convertía en una enviada incondicional de Hades, ¿qué le ocurriría al mundo durante las siguientes Eras Obscuras? ¿Tenía acaso el derecho de elegir en perjuicio de niños no nacidos?
No era tan fácil escoger. De cualquier modo, Terra perdía. Y ya no era una cuestión de lo que ella deseara o temiera.
Suspirando, descubrió que había dejado la ventana abierta. El frío viento golpeteaba la cortina y la lluvia que entraba había formado charcos en el suelo. Quiso cerrarla, pero no se movió. Carecía de la voluntad para ello.
—Abuelo...—murmuró— ¿qué debo hacer?
Sin querer, recordó las tres ocasiones en que había logrado comunicarse con el espíritu de su amado Mitsumasa Kido, incluso cuando ignoraba quién era ella en realidad. En aquel tiempo, bastaba con que mirara el cielo artificial de su planetarium en Japón para que él se manifestara. Ahora, comprendía que se debió a que una diosa reclamaba su presencia, pero aunque ya conocía su verdadero nombre, él nunca volvió a acudir a su llamado. Sentía su espíritu protegiéndolos, pero ya no podía escuchar su voz ni ver su silueta. ¡Cuánto daría por oírlo, por saber que todo iba a estar bien!
Se sentía sola.
Un relámpago, seguido de inmediato por un grave trueno, iluminó brevemente el exterior, trazando siluetas sobre la cortina. Saori, que continuaba con la vista fija en la ventana, distinguió una figura sentada sobre el balcón de la terraza.
Un hombre. Había un hombre afuera de su cuarto, oculto entre la lluvia.
Olvidando que era una diosa reencarnada, se llevó las manos a la boca para no gritar. De niña, había escuchado sobre ladrones y asesinos que usaban las ventanas para entrar a las casas, pero en ese instante no recordó sino a los Guardianes del Estigio. Seguro que su tío —por ese extraño y silencioso código de honor que existía entre los dioses— no enviaría a uno de los suyos a atacarla, mas siempre existe la voluntad propia. ¿Y si uno de ellos había acudido a obligarla a ir al Tártaro, como Sorrento la llevó a Atlantis? ¿O a atacar a los Caballeros? ¿A castigar a Seiya por ser tan insolente?
—¿Quién está ahí?— preguntó, levantándose.
No recibió respuesta. Decidida, se dirigió hacia la ventana, para enfrentarse a quien hubiese llegado. Claro que después se reprocharía el no llamar a alguien, recordando cómo Yamian, el Señor de los Cuervos, la secuestró tiempo atrás. Sin embargo, en ese instante no pudo sino alegrarse de que estuviera sola
Porque, mientras se acercaba, otro relámpago reveló la identidad del visitante.
—Adivina— respondió, con una voz profunda y un poco sarcástica.
El corazón de Saori dio un salto debido a la alegría que la inundó. Sin creerlo, sujetó la húmeda cortina y la apartó, sintiendo cómo la lluvia comenzaba a golpearle el rostro. Sentado en el balcón, sus brazos cruzados, el Quinto Caballero miraba hacia el exterior del Santuario, sin importarle la lluvia que le caía encima.
—¡Ikki!
Al escuchar su nombre, Fénix volteó a verla de reojo. El agua corría por su rostro y su cabello, y de ahí a empapar el resto de su cuerpo, pero su cosmo era tan cálido como de costumbre. Más que cálido, apasionado y agresivo.
—La diosa Atenea no le teme a los ladrones, ¿o sí?—preguntó con su acostumbrada ironía, sin evitar sonreír.
—¿Pero qué haces allá afuera?— respondió Saori, sin prestar atención a su sarcasmo.— ¡Entra, te estás empapando!
Ikki volvió a desviar la mirada, mientras negaba con la cabeza.
—No está bien visto que un hombre entre en la habitación de una mujer, sobre todo cuando es de noche— afirmó, su voz sin mostrar emociones.— Menos aún, un Caballero en la de una diosa. Zeus me partiría con uno de sus rayos por tal atrevimiento.
Sin importarle la lluvia, Saori salió a la terraza. Sujetó a Fénix del brazo para obligarlo y afirmó:
—Zeus está dormido. Y no me preocupa cómo lo vean los demás. Si no lo quieres, te lo ordenaré, aunque sé que nunca me obedeces, o me quedaré aquí afuera contigo.
Ikki la vio a los ojos y volvió a sonreír con su gesto incompleto. Comprendió que era sincera la intención de la joven de permanecer bajo la lluvia con tal de poder hablar con él, así que permitió que lo guiara hacia el interior del cuarto. A pesar del frío, el contacto de su mano era lo más tibio que había sentido desde que Esmeralda murió, una cura gentil para las heridas de su cuerpo y de su corazón.
Una vez adentro, Saori cerró la puerta de la terraza. Al instante, la corriente de agua y el frío se detuvieron.
—¿Dónde has estado, Ikki?— preguntó, mientras corría la cortina.
—Bien lo sabes, Atenea —respondió, el agua que lo había mojado empezando a formar charcos sobre el piso.— Aquí y allá, en todos lados y en ninguno, con tu Cosmo protegiéndome a cada momento y más cuando comenzaba un combate.
Saori comprendió que era su forma de dar las gracias. Algunas frases no se formaban en los labios del Fénix a pesar de que estuviesen en su mente y en su corazón. Desde la Batalla del Santuario, además, no había vuelto a llamarla por su nombre humano, el único de los Cinco que actuaba así.
—Es lo justo...—respondió en voz baja, mirándole aunque él no correspondió a su gesto— Tú me protegiste, yo no puedo ni debo hacer menos. ¿Ya viste a tu hermano?
Fénix continuó dándole la espalda, sin realizar ningún movimiento que pudiese delatarlo. Ella no supo que interpretar cuando su voz, sin emoción alguna, sentenció:
—No. Y no voy a verlo.
—Shun ha cambiado mucho.— insistió, acercándose un poco aunque estaba consciente de que él prefería mantener su distancia en relación con los demás— Te sorprenderías si hablaras con él.
Ikki por fin volteó a verla. Su rostro permanecía inexpresivo, sus ojos brillantes.
—Créeme que me agradaría. Pero no tengo tiempo para visitas familiares. Hay cosas mucho más importantes.
Y añadió, en un tono más confidencial:
—Sé todo sobre Hades.
Los dos se quedaron viendo en silencio, otro trueno el único sonido de la habitación. Saori bajó la mirada y se dirigió a un armario. Mientras buscaba unas toallas para que Ikki se secara, preguntó:
—¿Quién te advirtió? Los demás se enteraron por medio de visiones o reencuentros.
Fénix permaneció en su lugar.
—Ese es mi secreto.— contestó, sin ser grosero— Pero te enterarás algún día. También vi cómo intentó llevarte al Tártaro y de la forma tan digna en que te negaste a ir.
Saori regresó, ofreciéndole un par de lienzos blancos. En una actitud poco común, el Caballero se quitó la tiara, tomó uno y comenzó a secarse el cabello. El perfume de la diosa estaba impregnado en la toalla, e Ikki no pudo menos de aspirarlo, casi embriagarse con él, a pesar de que se negó a reconocer la causa. Ella no se atrevía a preguntarle nada (ese joven al mismo tiempo el más cercano y el más misterioso de su grupo), pero se obligó a murmurar:
—Entonces, sabes lo que ocurrirá si no me marcho con él.
Para su sorpresa, Ikki sonrió con burla.
—Si algo aprendí de Canon es que aquel que amenaza tiene mucho más que perder que uno. No están seguros de qué va a pasar y así suponen tener la sartén por el mango. Palabras sin verdadera intención.
Al quitarse la toalla de la cabeza, notó que Saori lo obligaba en silencio a verla a los ojos. No logró interpretar la expresión de los ojos de la diosa y, por primera vez en mucho tiempo, sintió un descontrol que procuró ocultar. No sólo por ella, sino porque descubría una emoción que creía que era una fantasía debida a la distancia. Pero era real. Muy real.
—Ikki, necesito tu consejo.— confesó, su triste voz más la de la humana que la de la diosa— Tú eres el Caballero más maduro, aquel que el sufrimiento moldeó con fuego y lágrimas. Dime, ¿qué debo hacer?
—¿Cuánto tiempo te dio Hades?
—Siete días.
—Es suficiente.
Volvió a sonreír con una expresión que sólo había reservado para Esmeralda. Lo poco usual de su gesto infundió confianza a Atenea.
—Dame tres días para intentar algo.— pidió, sus ojos mostrando un poco de la sensibilidad que el Fénix guardaba para sí— Trataré de evitar que tengas que ir al Tártaro.
La joven lo miró con incredulidad
—¿Cómo piensas hacerlo?
—Ese es también mi secreto.— respondió con firmeza, intentando que con tal frase ella ya no insistiría. En un abierto cambio de conversación, alzó la toalla que le había dado y preguntó— ¿Puedo llevármela?
Saori asintió apresuradamente e insistió con la mirada. Ikki trató de ignorar su pregunta; se volvió a poner la tiara sobre los suaves rizos de su cabellos y dijo, a modo de despedida y sin verla de frente.
—Si en tres días no he regresado, toma la decisión que creas correcta.
Se dirigió de nuevo a la terraza y abrió la puerta, el viento y el frío volviendo a entrar a la habitación. Sin soltar la toalla, que apretaba con fuerza en la mano izquierda, volvió a verla de reojo y pidió:
—Cuídate mucho, Atenea.
El viento arremolinó las cortinas a su alrededor. Saori no quiso ni imaginar qué era lo que intentaría hacer y, sin recordar que a él no le agradaba el contacto físico, volvió a sujetarlo del brazo. Por un instante, Ikki permaneció en su lugar, el rostro que la joven no alcanzaba a ver un verdadero enigma. "¿Por qué no existen los instantes eternos?", se preguntó mientras recordaba a Esmeralda, su mirada entristeciéndose un poco.
—Por favor, espera.— suplicaba la diosa. —No quiero que tomes riesgos innecesarios...
—Es demasiado tarde para pedir eso.— respondió, tratando de mostrar desdén.
Ella lo sujetó con más fuerza del brazo e Ikki casi tuvo que morderse la lengua para no voltear a verla.
—No te marches aún...
—No tengo tiempo.
A pesar de la intención que trató de dar a la frase, su voz demostró que daría todo por poderse quedar. Saori intentó recurrir a lo último que quedaba con tal de que el joven no se fuera.
—No me has aconsejado todavía.
Ikki la miró por sobre su hombro. Otro relámpago iluminó su silueta, la cicatriz muy visible en su rostro.
—No puedo hacerlo.— dijo con humildad— ¿Quién soy yo para decirte qué debes hacer? Cada uno debe tomar sus propias decisiones, sean malas o buenas. Sobre todo las diosas.
Ante sus palabras, Saori lo soltó. Ikki comprendió que era entonces o nunca, y corrió hacia el exterior de la terraza. La luz reflejada por las gotas de lluvia le permitió a Saori ver cómo se teletransportaba, su figura desapareciendo en la obscuridad. Y cómo se negaba a mirar hacia atrás.
Pensativa, volvió a cerrar la puerta. Ahora, tenía tres días para pensar con calma, meditar lo que debía hacer. Tres días para torturarse o para encontrar la solución. ¿Qué agonías le traería ese plazo?
Y, en especial, ¿que precio estaba Ikki dispuesto a pagar por ello?
Angustiada, trató de buscarlo entre la lluvia. Pero sólo halló relámpagos aislados.


Shun, pensativo, miraba las gotas de lluvia golpetear contra la ventana de su cuarto. Quería hablar con alguien, desahogar el dolor que sentía justo como todos sus compañeros. Lo imposible que le parecía que Saori fuera a morir. Pero ni Seiya, ni Shiryu, ni Hyoga, y menos aún Jabu tenían ganas de platicar. Y quién sabe hasta cuándo volvería a ver a June, sin haber tenido la oportunidad de explicarle lo que ocurría. No quería pensar en que tal vez, si Hades atacaba, no la volvería a ver.
En eso, un relámpago brilló en el exterior. Al principio, creyó que había sido su imaginación, pero no fue así.
En un parpadeo, había alcanzado a ver un Fénix. La imagen había desaparecido casi al segundo.
—¡Ikki!— exclamó— ¡Nii-San!
El cristal contuvo su voz, sin importar cuán fuerte había gritado. Comprendió que su hermano mayor estaba en el Santuario, tan cerca de ellos que había alcanzado a verlo desde su propio cuarto. Quiso salir a buscarlo, hablar con él, contarle lo que estaba ocurriendo, justo como en el pasado.
Pero el tiempo le había demostrado que debía respetar su forma de ser, y con todo el dolor que la madurez provoca, cerró la cortina.


—Tanta lluvia debe ser un mal presagio.— opinó Milo, viendo distraído a través de la ventana.
—¿Por qué lo dices?— preguntó Aldebaran, quien estaba apoyado en un diván de la Cámara.
—Porque empezó en el momento en que Hades amenazó a Atenea.— respondió— Y creo que desaparecerá hasta que ella tome una decisión.
Los Cinco Santos Dorados se habían reunido en uno de los Salones Secundarios. Ya era de noche, pasando incluso la hora en que casi todos en el Santuario se retiraban a dormir, pero ninguno tenía sueño. Ni ánimo para descansar. No portaban sus brillantes tresors, así que cualquier aprendiz (o quien no estuviese familiarizado con lo más alto de la Orden) podría tomarlos como Caballeros comunes y corrientes. No cómo lo que eran, los Maestros del Séptimo Sentido, Vigilantes de las Doce Casas y el Grupo Elite de Atenea.
—Eres demasiado supersticioso.— opinó una tercera voz.
—Un escorpión nunca es supersticioso —respondió, aunque sabía que no había una verdad completa en sus palabras.
Aioria, quien había hablado y que honrando a su constelación protectora caminaba de un lado al otro como un león en una jaula, insistió:
—He escuchado que si llueve durante una boda, la pareja vivirá contenta y sin preocupaciones.
—¿Y quién es el supersticioso ahora?— intervino Aldebaran, recostándose sobre sus brazos cruzados.
La siguiente voz provino desde un rincón, y pareció más propia de un espíritu que de un ser humano. Shaka de Virgo, el hombre más cercano a Dios de entre la Orden, meditaba en posición de flor de loto, cual era su costumbre, y a penas habló para opinar:
—La lluvia no es ni buen ni mal presagio. El hombre trata de dar significados a los fenómenos para sentirse más seguro, y por eso depende de quién lo esté recibiendo. Hay gente que odia mojarse, mientras otras personas salen a empaparse. La naturaleza siempre es la misma.
—Pero esta tormenta no vino por voluntad de la naturaleza.— insistió Milo, sin apartar sus ojos azules de la tormenta.
Moo se acercó a la ventana. Había estado en la parte menos iluminada del cuarto, pensando en silencio después de haber despachado a Kiki a cumplir algunos encargos —la verdadera razón siendo el querer alejar a su discípulo mientras los Santos discutían sobre lo que habría de ocurrir.
—Es parte del plan de Hades.— afirmó, seguro de sí— Los días nublados, las nevadas y las tormentas tienden a deprimir a las personas. Procuró marcharse dejando a Atenea en un estado de ánimo bastante triste, y este panorama la conservará así. Además, —añadió, con voz más obscura— está recordándole que la tiene en su poder, decida lo que decida.
Aioria detuvo su paseo y sonrió con ironía.
—Y dice que la quiere...
—Quizá sí lo haga.— interrumpió Moo.
—Pues es una manera hermosa de demostrárselo.
Moo no respondió. Los Cinco Santos Dorados se habían reunido para pensar cuál sería el curso de acción por tomar, la confrontación con Hades habiéndose mostrado como inevitable. Ellos, en especial Aries, habían estado conscientes del Fin del Ciclo desde el día mismo en que Poseidón fue derrotado, y no les quedó otra opción sino esperar el momento. Pero la actitud del Señor del Averno había cambiado por completo la situación, lo que debía haber sido una sencilla aunque difícil despedida tornándose en la que sería la última de las Guerras Santas.
Un combate que a ellos les correspondía pelear. Ya no a los Cinco que en ese instante les preocupaba más que la misma Atenea. Tantos años de conocerlos les hacían temer por sus vidas y saber que no aceptarían un "retrocedan, que es nuestro turno", aunque fuera una orden.
De momento, nadie supo qué decir sobre lo ocurrido. Shaka seguía meditando, como si se encontrara solo en el cuarto. Aldebaran había cerrado los ojos, pretendiendo dormir aunque era obvio que estaba despierto. Milo, que no era muy afecto a las conversaciones, seguía viendo la lluvia; Moo pensaba y Aioria había vuelto a caminar de un lado a otro.
—Moo, tengo una duda.— dijo, deteniéndose de pronto y mirando a Aries— ¿Por qué le aseguraste a Hades que no impediríamos que se llevara a Atenea si ella aceptaba irse?
—Porque no lo habríamos hecho.— respondió, su voz inexpresiva y su mirada hacia afuera.
Pareció como si el aire crujiera, la expresión de los ojos de Leo casi tan vibrante como los relámpagos del exterior. Se acercó a Moo, apretando sin querer las manos; ninguno de los demás se habían sorprendido ante las palabras de Aries, y menos lo hicieron ante la actitud del Santo más joven.
—¿Quieres decir —preguntó— que si ella hubiese decidido marcharse, nos habríamos limitado a ver y ya?
—Exactamente.
Aioria suspiró con violencia, contraste absoluto a las palabras de Moo. "¡No puedo creerlo!", pensó.
—Hades no esperaba eso.— explicó Milo, quien a pesar de la semejanza de edades había comprendido todo desde el principio— Por eso no estuvo dispuesto a pelear cuando ella se negó a acompañarlo.
Aioria lo miró de reojo, compartiendo con Escorpio el rencor que le dedicaba a Moo.
—¡Te juro que no te entiendo!— exclamó, mirando de nuevo a Moo— Sé que eres el más prudente y que ahora que Dokho ya no está, tú eres nuestro guía...¡pero es la segunda vez en mi vida que no puedo comprenderte!
Moo volteó a verlo, su rostro por completo tranquilo. Como siempre, su mirada era triste.
—¿Vas a decirme que quieres pelear conmigo, como aquel día de la Batalla de Atlantis?
Por un momento, Leo no respondió. Ya no había querido pensar en eso, pero ahora que Aries colocaba esa posibilidad frente a sus ojos, entendió que sí, estaría dispuesto pelear con él como aquella vez.
—¿Te digo la verdad?— preguntó Aioria, recordando lo ocurrido en esa ocasión— Nunca podré perdonarte, ni perdonarme tampoco, por lo que pasó entonces. De no haber sido por los espíritus de Camus, Shura y mi hermano, los Cinco habrían muerto a manos de Poseidón, Atenea con ellos y el mundo por tanto. Y mientras tanto, lo más elevado de la Orden estaba protegiéndose de la lluvia en el Santuario. Te juro que pienso en ello y me da vergüenza.
No quiso preguntarse qué era lo que le provocaba más bochorno. Haberse quedado en Atenas cuando el combate estaba en Atlantis, o haber estado a punto de pelear contra Moo.
—Aioria, tu problema es muy sencillo y nadie puede culparte por ello.— dijo Moo, mirando de nuevo hacia afuera— La mitad de tu vida creíste que tu hermano Aioros era un traidor porque absolutamente todas las personas que conocías te lo decían. Perdiste la capacidad de confiar por completo en los demás.
El Santo más joven no respondió.
—Podría darte mil excusas por las que permanecimos aquí. —continuó Aries, su voz tranquila— Una sería porque un mal mucho mayor podría manifestarse y nosotros deberíamos estar en guardia, evento que no ha ocurrido sino hasta ahora. Otra sería porque el Anciano Maestro sabía que los Cinco tenían que elevar sus Cosmos y subir de nivel, por más arriesgada que fuese su apuesta. Pero la verdad, y que al menos en este momento es muy clara, es que en ningún momento hemos sido lo más elevado de la Orden, aunque fuimos honrados con Tresors Dorados.
Ante su frase, Shaka permaneció completamente tranquilo, Aldebaran trató de no mostrar sus emociones y Milo desvió la mirada de nuevo hacia la lluvia. Aioria siguió sin contestar, bajando la vista.
—Nosotros debimos proteger a Atenea desde su nacimiento y combatir a su lado a Ares y a Poseidón. Por mil razones, mil pretextos si quieres, no lo hicimos, y no es la hora para juzgarnos. Pero la realidad, y que creo que cada uno de nosotros debe aceptar por complicada que sea, es que la verdadera Orden del Zodiaco estuvo formada, desde su inicio, por Cinco Caballeros de Bronce, no por los Cincos Santos Dorados que sobrevivieron. Y sólo ellos podían salvarla, sus cosmos unidos al de ella como los nuestros jamás lo estarán.
En silencio, Aioria se retiró hacia el otro extremo del cuarto. "Valiente Santo", se dijo, sus ojos mostrando furia y tristeza simultáneas. "He sido incapaz de entender cuándo actuar y cuándo no, cuándo confiar en los demás y a quién reconocer como mi superior a pesar de mi rango."
Alzó la mirada en el segundo preciso en que un relámpago iluminaba el cielo. "Hermano", pensó, "soy tan poco digno de ti..."
Moo lo vio de lejos, percibiendo la tristeza que emanaba de su cosmo. Sus ojos azules eran tristes, cuando los de Aioros fueron chispeantes en su seguridad. Aunque era un excelente Santo, el más poderoso de ellos en cuanto a la luz que podía generar con su aura, su desconfianza hacia los demás no era sino el reflejo de la poca fe que en ocasiones sentía con respecto a sí mismo —y que le era invisible a todos, excepto a quienes lo conocían bien. En verdad era un infortunio que se sintiera de ese modo, justo cuando se acercaba la que sería la última Guerra Santa.
—¿Tú crees que sea conveniente que Hades crea que nos tiene atrapados?— preguntó Milo, cambiando el tema de la conversación.
—Lo es.— sentenció Moo, sus ojos de pronto volviéndose fríos— Sabemos que Atenea decidirá marcharse al Tártaro. Y entonces actuaremos.
Aldebaran abrió los ojos y Aioria volvió a mirar en esa dirección.
—Si atacamos aquí a los Siete Guardianes, sólo provocaremos una guerra entre ambos mundos. Tiene que ser en su propio terreno si queremos proteger Terra, a menos que Hades desista...
—Lo que no va a ocurrir.— concluyó Milo.
En eso, Shaka salió de su meditación. No abrió los ojos, pero su impasible gesto mostró un poco de sorpresa; tratándose del Santo de Virgo, algo grave debía haber ocurrido.
—¿Sintieron eso?
Como los demás no respondieron, mirándolo con fijeza, continuó:
—Hubo un cambio en el continuo de espacio. Como cuando una brisa pasa a través de una columna de fuego: Ésta permanece y no cambia, y es lo bastante rápida para que nadie la descubra, pero ahí está. Algo acaba de ocurrir.
Moo suspiró, dejando caer la cabeza sobre el pecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aioria, sin comprender a qué se referían los Santos más espirituales.
Aldebaran se incorporó, y la expresión de sus ojos exigía la misma explicación. Aries les informó, tratando de permanecer indiferente.
—Alguien en el Santuario encontró el Portal de Espacio hacia el Averno y acaba de cruzarlo solo. Podría jurar que fue uno de los Cinco. Y aquí entra el siguiente punto de nuestro plan.
Miró a sus compañeros. Con voz inexpresiva, añadió:
—Aunque las amenazas más visibles son Hades y sus Siete Guardianes, todos sabemos que en el Averno hay un peligro adicional que puede decidir el curso de la batalla —el relampagueo en la mirada de los demás demostró que sabían a qué se refería.— Cuando Atenea se marche al Averno, debemos evitar que los Cinco vayan con nosotros a rescatarla. Éste ya no será un caso de crecimiento cósmico.
Sus ojos se volvieron más tristes.
—Será de supervivencia.


¿Qué había sentido en su paso por el portal? Ikki no estuvo muy seguro. Quizá si hubiera pasado por el Laberinto de Luz y Obscuridad de la Casa de Géminis la sensación no le habría parecido desconocida. Pero en ese momento había estado en la isla de Khan, fortaleciendo su mente para no sucumbir al poder de Ares de nuevo, así que no tuvo oportunidad de recordar y comprender lo que sentía.
Mientras lo cruzaba, lo había dominado el frío y el calor, la luz y la obscuridad... ¿Acaso la vida y la muerte? De pronto se enfrentó a sí mismo: Un Ikki cruel y violento, incapaz de sentir amor o gratitud hacia nadie, que había matado a su Maestro, odiado a sus padres e intentado matar a su hermano más joven. Su vida se centraba alrededor del odio; su alma había muerto, y su único interés era la venganza.
Pero el tiempo había pasado, e Ikki ya no era así. Había cambiado, aunque estaba muy lejos de ser solamente virtud; en definitiva, había una gran diferencia entre el que fue y el que ahora era.
Sacudió la cabeza para alejar su confusión mental. No era el momento de la debilidad o de la meditación, sino el de la fuerza. Sobre todo, el de pensar en Atenea y no en él mismo, a pesar de que tampoco quiso profundizar en ello. Sin embargo, por alguna razón, retuvo la conciencia de haber sido un pecador muy grande.
El Portal latía atrás de él. El mapa había sido correcto, ¡más que exacto!, y la indicación que lo acompañaba muy sencilla. "Elevad vuestro cosmo tan alto como podáis y el camino no ofrecerá obstáculo para vos." Lo único que Ikki añadiría era pasar lo más rápido posible, para que nadie se diera cuenta de lo que había hecho. Ni en el Santuario ni en el Tártaro. Aunque Hades no esperara que lo atacaran, era su territorio.
Ante él, vio una laguna amplia y pestilente, cuyas grises y fangosas aguas hervían para quemar cualquier cosa que tocaran. La Estigia, sin duda alguna. Se encontraba cerca de la desembocadura de un río y se preguntó —sólo por curiosidad— si era el Cocytus, de los Lamentos, o el Aqueronte, del Pesar. Precavido, miró a su alrededor en busca del mítico barquero que, mediante el pago correspondiente, conduciría a las almas al Palacio del Tártaro. No lo encontró por ninguna parte. O no se acercaba a él porque estaba vivo y alguien más se encargaba de los transgresores, o se había convertido en uno de los Siete Guardianes. Aun cuando él pertenecía a una de las Órdenes de los Dioses Antiguos, no acababa de convencerle la manera en que los mitos actuaban en la época moderna.
A lo lejos escuchó el murmullo del mar y sobre él, vio un cielo nublado y tristón que podría obscurecerse por completo en cuestión de minutos. Se había transportado a una arboleda de álamos negros... ¡Qué exactitud la del abuelo de Ellen! Era obvio que el señor nunca había estado ahí, ¡pero cuánto conocimiento debía haber poseído, inútilmente destrozado por los alumnos de Shaka! Esa idea le recordó que, por primera vez en una Guerra Santa, no contarían con la sabiduría de Dokho de Libra como apoyo, pero decidió no pensar mucho en el asunto. Había demasiados elementos contra ellos.
Al comprobar que no había nadie alrededor, ni —por lo que alcanzaba a ver— del otro lado de la Laguna, se teletransportó. A Ikki, receloso como de costumbre, no le agradaba mucho tener que activar su cosmo (a su parecer, era como gritar "¡aquí estoy!"), pero si algo estaba en su contra, además de sus enemigos, la falta de apoyo y el terreno, era el tiempo.
Una vez que se encontró en la otra orilla, sintió otro cambio semejante a de aquel cuando pasó a través del Portal. Y a la vez muy diferente. En lugar de enfrentarse consigo mismo y con lo que hubiese sentido alguna vez, observó lo que lo había rodeado a lo largo de su vida. De pronto, mientras caminaba, se encontraba rodeado por decenas de imágenes semejante a un caleidoscopio: Veía a sus padres (¡y a sí mismo!) cuando le mostraron a su hermano, recién nacido. Recordó detalles de su infancia que había olvidado, como el color con que estaban pintadas las paredes de su cuarto. Se enfrentó a la muerte de sus padres, a su estancia en la Fundación Galahaad, a sus problemas con los demás. A aquella tarde en que intercambió su destino con el de Shun.
Volvió a encontrarse en Death Queen Island e, inconscientemente, caminó más de prisa. Ahí fue cuando la irrealidad se hizo más fuerte. Su Maestro había usado una máscara, ¿o no? Entonces, ¿por qué veía en su lugar a un demonio? ¿O era que en realidad había sido un demonio, y no un hombre que se disfrazaba de esa forma? ¿Por qué, en lugar de verse a sí mismo como el ser humano que era, se contemplaba como un ave de fuego? Después, el Fénix se enfrentó a un Pegaso, un Cisne, un Dragón y a una Mujer Encadenada... ¿Por qué no veía a sus amigos y a su hermano, sino a sus constelaciones protectoras? Y a Atenea, ¿como una estatua luminosa? ¿Es que esos eran sus verdaderos seres?
En eso, volvió a ver a un humano entre las ilusiones. Una joven de cabello rubio, apenas cubierta por un vaporoso vestido rosado.
—¿Esmeralda?— murmuró, deteniéndose.
Ella sonrió. Habló, mas no logró escucharla. Pero la sonrisa de la que él se había enamorado, inocente e infantil, era diferente. La expresión de sus ojos también era distinta, mientras extendía sus brazos descubiertos hacia él. "Ven a mí", parecía decirle mientras su vestido, en un súbito contraluz, dejaba que se trazara con claridad el contorno de su cuerpo, el Fénix adivinando el color de su casi descubierta piel. "Te he estado esperando", alcanzó a entender. "Nadie nos interrumpirá aquí. Y ambos lo queremos."
Ikki, contra su voluntad y el recuerdo que guardaba de ella, descubrió que no sólo había estado enamorado de su alma, sino también de su cuerpo, y que ahora que se reencontraban ella quería seducirlo.
Y él cedería. Quería ceder.
"Te amé mucho, Esmeralda", alcanzó a pensar. "Te amo todavía. Por Atenea, ¿por qué no existen los instantes eternos?"
Ella avanzó todavía más e Ikki alcanzó a percibir el olor a flores de su cabello. Sintió un escalofrío. No podría resistirse a tocarla si Esmeralda lo quería así. No iba a resistir. No quería resistir.
Tantos años de recuerdos, de anhelo, de sentimientos y emociones ocultas comenzaban a afectarlo. Al fin ese fantasma, ese ángel, podría ser suyo en cuerpo y en alma. Cuando ella vivió jamás se atrevió a besarla por temor a que su padre la lastimara, y ahora...
Demonios.
Con el corazón palpitando con fuerza en su pecho, Ikki desvió la vista de la imagen, lleno de desconfianza. Para no sucumbir a su encanto, miró hacia el suelo.
Y descubrió que, a menos de un metro de él, se abría un camino de llamas. Era el río Flegetonte.
Ikki no pudo evitar una sonrisa incompleta. ¡Qué hábil era Hades! Recordó que la primera zona del Averno era el Erebo, donde nada de lo que se contempla es real. Un alma seguiría la reconstrucción de su vida hasta llegar al Palacio, y así entendería por qué crímenes se le condenaba. Pero aquellos osados que lograsen entrar en cuerpo y alma se perderían en las imágenes hasta caer en una trampa, llámese uno de los Cinco Ríos (Aqueronte, del Pesar; Estigia, del Odio; Flegetonte, de las Llamas; Cocytus, de los Lamentos; y Lete, del Olvido) o, si no le iba tan bien, uno de los Siete Guardianes.
Apenas comprendió eso, la irrealidad desapareció. Ikki descubrió que se encontraba en un área por completo árida y vacía, cerca de la Primera Muralla de Bronce que habría de pasar. Se había alejado de la puerta principal de la misma, pero no pensó que se tratara de un obstáculo. Al contrario: sería una gran ayuda para no llamar tanto la atención. Se acercó y tocó el muro metálico para comprobar si estaba protegido de alguna forma (desde electricidad hasta magia) que pudiese tratar de detenerlo.
No parecía estarlo. Cuidando de no acercarse demasiado al Flegetonte, dio unos pasos hacia atrás y corrió hacia la muralla; de un salto, se impulsó y subió a lo más alto de la barrera. No era tan alta como le había parecido a primera vista. Desde ahí, notó que no había nadie alrededor y saltó al suelo sin permitirse perder un segundo para no llamar la atención.
Cayó sobre un área cubierta por tierra seca, algunos racimos de flores blancas reunidos aquí y allá. Agradeció mentalmente la perfecta instrucción que había recibido al reconocerlas como asfodelos, las flores del Averno que en la Era del Mito aparecieron en la superficie y que, de acuerdo con la leyenda, habían sido creadas por Perséfone, la esposa de Hades. Aquellas flores, la única belleza de toda el área, le recordó por un instante el milagroso campo que Esmeralda había encontrado en Death Queen Island antes de su muerte, y casi pudo recordar sus palabras exactas.
Aunque ella era su razón de vivir, Ikki se negó a rendirse a la contemplación de su recuerdo. Comprendió que el ambiente jugaba con sus memorias más queridas. Si lograba superarlo, podría seguir hasta el Tártaro.
Se incorporó, preparándose para saltar hacia la siguiente muralla.
—La mariposa se acercó tanto al farol que se quemó las alas.
Sorprendido, aunque sin demostrarlo, Ikki volteó hacia su izquierda. Ahí, a media distancia de él mismo, se encontraba uno de los Siete Guardianes. Era rubio, con cabello brillante que salía por debajo del casco de su negra armadura; sus facciones eran tan suaves que parecían pertenecer a un niño, y sus ojos eran casi transparentes, pero no con el tono azul pálido de los asgaardianos. Más bien, mostraban vacío y tranquilidad. Cruzado de brazos, lo miraba y sonreía débilmente.
Ikki lo reconoció como el mismo Guardián que había hablado antes de entrar al Portal de regreso al Averno. Había sido una frase parecida, pero lo único que alcanzó a preguntarse fue por qué no había sentido su cosmo antes. Sin embargo, si algo lo había ayudado a sobrevivir durante tantos años era jamás demostrar su descontrol, incluso cuando el Guardián añadió:
—No importó que sus alas fueran de fuego. Al contrario, fue mucho más doloroso.
Ikki sonrió con ironía.
—Parece que me conoces,— respondió, encontrándole sentido a la frase que había pronunciado— así que no tiene caso que me presente. Sólo que no soy una mariposa, sino un Fénix.
El Guardián no se inmutó.
—Confundir a alguien es de pésima educación, —continuó— así que si me dejas pasar, tal vez perdone tu imprudencia.
El Guardián enarcó una ceja.
—¿Hablas de perdonarme?— preguntó con una voz muy gentil— Tú eres el que debería pedir disculpas, Ikki de Fénix.
La experiencia de muchos años en combate impidió que el Quinto Caballeo mostrara sorpresa. ¿De dónde conocía su nombre? Los enemigos que parecían saber todo sobre su contrario eran los más peligrosos, así que no respondió.
—Si ya pasaste la primera muralla, —continuó el Guardián, sin cambiar de posición— debes saber, por tanto, que quienes entran vivos al Averno quedan a disposición de las órdenes de Lord Hades.
—No me interesa.— contestó Ikki, sin voltearlo a ver— Supongo que, si sabes tanto de mí, estás enterado de que protejo a a una diosa. Nadie debe servir a dos amos.
El Guardián sonrió. Fénix, por alguna razón, comenzó a sentirse incómodo.
—Aquellos que se niegan a obedecerlo, cualquiera que sea su razón, deberán enfrentarse a nosotros, los Siete Guardianes del Estigio. — advirtió— Su alma morirá a nuestras manos.
Ikki lo vio de reojo, también sonriendo.
—Entonces pierdes tu tiempo, quienquiera que seas. Mi alma ya ha muerto, pero revivió. No fue agradable, mas tampoco definitivo y aquí me encuentro. Sabré enfrentarme a ti, pero como no me interesa, adiós.
Dio dos pasos hacia atrás, listo para saltar la siguiente muralla. El Guardián no dio señales de que intentaría detenerlo, pero se limitó a decir:
—Mi nombre es Nox de Hypnos, Encarnación de los Sueños. Y sobre tu alma muerta, te equivocas. Tu Maestro sólo la adormeció, sin destruirla. Tu resurrección para salvar a Andrómeda del ataque de Fórnax la despertó.
Ikki se detuvo, los ojos centellando. Miró al llamado Nox de Hypnos y descubrió que se le acercaba con lentitud.
—¿Te sorprende que sepa tanto sobre ti?— preguntó el Guardián— Así es en el Averno. Todos tus secretos, incluso los más profundos e inconfesados, se averiguan en segundos.
"Debe ser por el paso a través del Erebo", pensó Ikki, recordando cómo había atestiguado escenas veloces de toda su vida. Esa dimensión era impresionante, hasta algo tétrica, pero no le pareció tanto a quien era capaz de extraer los más profundos temores de su contrario y hacer que se enfrentara a ellos.
—Es otra falta de educación.— opinó, restándole importancia al asunto— Los secretos son privados, pero no me extraña nada si consideramos tu lugar de origen.
Por primera vez en toda la conversación, Nox dio una leve señal de haberse molestado.
—Un cínico. Me agradan.— sentenció— Los que dan la impresión de ser invulnerables son los más sencillos de derrotar. Basta con hacerlos recordar un poco.
Ikki, cansado, dividió su mirada entre Nox y la muralla, para al fin ver de frente al Guardián.
—Parece que no me dejarás hasta que combatamos. De acuerdo,— accedió, preparándose para atacar— te espero. Te regresaré al agujero del que saliste y podré continuar con lo mío.
Sin embargo, Nox sonrió, permaneciendo cruzado de brazos.
—¿Combatir? No me interesa llegar a los golpes contigo, Fénix. Más bien...
Su mirada se volvió amenazadora.
—Quisiera platicar contigo.


Justo como habían pensado los Santos Dorados, llovió toda la noche y a la mañana siguiente continuaba haciéndolo. La noticia de la muerte de Atenea y la amenaza que se cernía sobre el mundo se había regado como pólvora entre los mayores niveles de la Orden. Sólo los guardianes y aprendices ignoraban lo ocurrido porque habían recibido órdenes de salir del Santuario y permanecer diez días en Atenas. Era una situación que debía ser solucionada por lo más alto de la Orden del Zodiaco, a riesgo de que toda fuera destruida.
Por tanto, y exceptuando a quienes conocían el destino del Ciclo, parecía no haber un alma en los Templos. El estado de ánimo general no se limitaba a los edificios, aún así, sino a las personas, y ahí se encontraba lo más deprimente. Si bien el Santuario nunca había sido un lugar muy alegre, la presencia divina siempre había aligerado hasta las horas más obscuras. En ese momento, ni tener a Atenea con ellos lo lograba.
Los Santos Dorados seguían reunidos en las Cámaras Secundarias. Sólo Aioria salía de vez en vez, su mirada reflejando coraje y tristeza al mismo tiempo y muy poca disposición para hablar. Jabu permanecía en su cuarto, negándose a comer y a responder cuando alguien lo llamaba. Shiryu había pensado en mostrarle el Santuario a Sunrei, quien nunca había salido de China, pero ella entendió que Dragón no sentía el menor deseo de pasear, así que no se lo recordó. Hyoga, en su habitación, había iniciado seis veces una carta dirigida a Lady Flare, mas su propia confusión le había obligado a romper la misiva en las mismas seis ocasiones. Shun miraba con tristeza las Doce Casas y el Templo de Atenea, sus pensamientos vagando y acabando en Ikki casi siempre.
Saori-Atenea, a pesar de la lluvia, había ido a rezar a la montaña donde acostumbraba. Vestía, como siempre, su túnica blanca y sus atributos dorados, a excepción de Nike (¿de qué manera presentarse ante el Dios Omnipotente con la Victoria en aquel momento, en que el mundo perdería cualquiera que fuese su decisión?) Había suplicado, como todos los días, por todos los Santos y Caballeros vivos y muertos, en especial por Dokho de Libra, pero a diferencia de lo usual, sollozaba.
Rogaba por el mundo que Lord Hades había amenazado y porque ella lograse enfrentar su destino con dignidad.
Pero, sobre todo, por Ikki de Fénix. Él le había pedido tres días, mas ¿qué pensaba hacer en ellos? El Quinto Caballero, por alguno de sus seres amados, era capaz de cruzar el fuego... O de enfrentarse a la muerte misma.
Aun cuando no alcanzaba a ver sus ojos, Seiya no necesitaba que le dijeran lo que Saori-Atenea sentía a pesar de que ignoraba que Ikki la había visitado. De lejos, notaba su Cosmo Dorado brillando como el sol y deteniendo un poco la lluvia a su alrededor. Suspirando, sujetó el paraguas que había tomado y se dirigió a ella.
Justo en el momento en que finalizaba sus oraciones, Saori sintió que la lluvia se interrumpía. Como seguía lloviendo, miró hacia arriba.
—No quiero que te resfríes, Saori.
A su lado, encontró a Seiya sosteniendo el paraguas que la cubría. Él mismo venía ataviado con una capa impermeable para no mojarse; la miraba a los ojos y sonreía, aunque era notorio que se esforzaba mucho para lograrlo.
Como ella no respondió de inmediato, preguntó:
—Disculpa, ¿interrumpí tus oraciones?
Ella negó con la cabeza. Su empapado cabello caía sobre sus hombros y a lo largo de su espalda, y Seiya supo que podría enfermarse aunque fuera una diosa. Sin pensarlo, se desabrochó su capa y hábilmente la colocó sobre los hombros de la joven, usando un solo brazo y sosteniendo el paraguas con el otro.
—Ahora el que se enfermará eres tú.— murmuró Saori.
—Nunca me enfermo.— respondió, tratando de conservar su sonrisa— He estado en el hospital no sé cuántas veces enviado por no sé cuántas razones, pero jamás fue por enfermedad.
Se interrumpió. Una vez, había sido internado como consecuencia del ataque de Shiryu, y otra vez por exceso de cansancio. Pero la más larga fue por una caída, la de esa noche en que, por proteger a Saori de Shaina y Yamian, saltó al vacío. Justo cuando comprendió lo mucho que la amaba. Si ella también lo recordaba, no lo demostró.
—¿Quieres regresar al Santuario? —preguntó, ofreciéndole el brazo que tenía libre.
Aunque en el pasado tal vez se habría negado a aceptarlo, Saori asintió y lo tomó. Ese gesto tan sencillo hizo que el corazón de Seiya casi se saltara una palpitación, pero no era el tiempo para alegrarse, y ambos caminaron en silencio lentamente hacia las Cámaras Principales. Ella no sabía ni qué decir ni cómo empezar. Él sí, mas no se atrevía a dejar salir las palabras. Es imposible, se dijo, que el Caballero que ha vencido a todos enemigos no ose conversar con la diosa reencarnada que juró proteger.
Era más imposible que ella fuera a morir.
—Hay muchas cosas que tengo que decirte, Saori.— confesó al fin, mirándola de reojo.
La joven volteó a verlo, su mirada mostrando una timidez que jamás había reflejado.
—Yo también.— respondió en voz baja— Pero comienza tú.
La sonrisa de Seiya, aunque permaneció, fue más débil. Suspiró, pensando en doce mil maneras de empezar a hablar sin que ninguna le pareciera correcta.
—No quiero mortificarte preguntándote por qué no nos contaste antes sobre el Fin del Ciclo.— afirmó, desviando la mirada— Tuviste tus razones.
Fue el turno de Saori de suspirar.
—Ahora, me parecen tan inútiles y egoístas...
—Estuvieron bien.—interrumpió Seiya, tratando de evitar que pensara más en un asunto que ya no tenía caso discutir— Eso no importa. El caso es que...
De momento, se le trabaron las palabras. "Dame tu fuerza, Pegaso", pensó y continuó, aunque su voz bajó un poco de volumen:
—Sólo quiero que sepas que confío en ti, y que estoy seguro de que todo saldrá bien. Sea cual sea tu decisión, siempre te protegeré y estaré a tu lado.
Se dijo que debía citar que todo el grupo la acompañaría, mas en ese segundo sólo podía hablar por él. No era la mente del Caballero quien lo guiaba, sino el corazón del hombre.
—Siempre.
Los ojos de Saori se llenaron de lágrimas. Moo había estado en lo correcto: El peso de la decisión a tomar, combinado con la lluvia constante, mantenían su ánimo cercano a la depresión. Sin atreverse a mirarlo de frente, respondió:
—He sido tan poco justa contigo, Seiya.
—Últimamente has tenido demasiados problemas.— afirmó, tratando de restarle importancia al asunto.
Saori negó con la cabeza.
—Desde siempre he sido igual de egoísta. Desde que éramos niños. Te traté como si fueras mi sirviente, aunque ahora comprendo que mi abuelo nos recogió igual a ambos. No le daba importancia a lo que hacías porque lo único que me importaba era que recuperaras la Armadura, y no fue sino hasta que vi cuánto se arriesgaban que entendí mi error. Y en este último año, me alejé de ti cuando debimos haber estado juntos.
Seiya trató de sonreír para aligerar el ambiente, sin conseguirlo.
—Ayer que mi tío los humilló, fue como si me pusieran un espejo enfrente y descubrí cuán malagradecida he sido.— continuó, las lágrimas corriendo por sus mejillas— Ni siquiera supe defenderlos cómo debía, e incluso dudé de sus advertencias.
Se detuvo. Seiya apenas si notó que se encontraban cerca de las Cámaras y se obligó a verla de frente. En contraste, ella miraba al suelo, y de no haber estado cubierta por el paraguas, sus lágrimas podrían haberse confundido con la lluvia.
—No merezco tener unos amigos como ustedes.— murmuró— Y menos aún, a alguien como tú cerca de mí.
Por un instante, Seiya no supo qué decir. Todo a lo que aludía era verdadero, pero aunque no lo había olvidado, lo había dejado en el ayer. Esa niña caprichosa se había transformado en la mujer gentil y valiente que había jurado proteger al costo de su vida, al grado que lo que hubiese ocurrido carecía de importancia. Extendió su mano derecha para tocarle el rostro y obligarla a que lo viera a los ojos.
—Saori, deja en el pasado lo que ya pasó.— pidió, su voz segura pero su expresión triste— Lo importante es que estás aquí.
Pareció que ella dudaba en confesar su último pensamiento, pero lo hizo.
—¿Por cuánto tiempo? He desperdiciado demasiado.
Al verla tan débil y vulnerable, aún dentro de su poder divino, Seiya sintió el inmenso deseo de abrazarla, pero no se atrevió.
—Eso no importa.— mintió— Permanecerás siempre con nosotros.
Con cariño, secó sus lágrimas con sus dedos, pero después de que lo hizo, no retiró su mano de su rostro. Antes bien, apoyó su palma contra su mejilla en un gesto de ternura. Saori lo miró con gratitud y con algo más que el Caballero no alcanzó a definir, pero que de imaginarlo llenó su corazón de alegría.
—¿Por qué te alejaste de mí?— murmuró casi sin darse cuenta.
Igual, sin pensarlo, Saori respondió:
—Porque comprendí algo que no debía ser.
Un poco sorprendida ante sus palabras, la joven dio la vuelta y corrió hacia las Cámaras más cercanas, su rostro ruborizándose un poco y las lágrimas volviendo a correr por sus mejillas. La capa la protegió de la lluvia mientras que Seiya se quedaba con el paraguas. Pensó en llamarla, en ir tras de ella, mas permaneció en su lugar y en silencio, sintiendo que el corazón palpitaba en sus oídos.
Sabía qué era lo que había comprendido.
Saori lo amaba también.
Pero también sabía por qué no debía ser. Porque en la Era del Mito Atenea nunca se enamoró de nadie, a pesar de que algunas leyendas muy antiguas afirmaban lo contrario. Diosa unida a mortal fue frecuente en aquella época... Excepto para tres diosas. Hestia. Artemis. Y Palas Parthenon Athena.
Cuando era niño, aborreció con todo su corazón a Saori Kido. Ahora, con toda su alma, se preguntaba por qué no era solamente la rica heredera y no la diosa reencarnada.
Miró con tristeza cómo se perdía hacia el interior del edificio, sin seguirla.
Tampoco notó que, de atrás de unas columnas, lo observaba una joven de cabello del color de las hojas en otoño y con ojos del tono de las aceitunas. Y tampoco percibió la tristeza que emanaba de su cosmo.


¡Cómo quería reírse, franca y abiertamente, como aquel día en que salvaron al mundo de Poseidón! Pero eso lo tenía prohibido. Se decía que "quien se enoja, pierde", pero Ikki le había añadido "quien ríe, llora, sonríe, admite, etc.". La regla número uno de supervivencia en el combate era nunca mostrar lo que se sentía.
—¿Conversar?— preguntó, su sonrisa incompleta y sin bajar la guardia —¿Qué tipo de Orden protege a Hades?
Nox de Hypnos se le acercó un poco más. Seguía cruzado de brazos, pero cerró los ojos como con indulgencia.
—Al menos, —respondió— una más civilizada que la que protege a Atenea.
"No es cuestión de civilización, sino de estilo", pensó Ikki, pero no lo dijo. Esa conversación inútil sólo le estaba haciendo desperdiciar su tiempo y todavía le faltaba llegar al Tártaro.
No quería que llegara otro de los Guardianes a ver qué estaba ocurriendo. Quizá lograrían superarlos uno a uno, pues si eran lo más elevado de la Orden de Hades tendrían el poder equivalente al de un Santo Dorado. Pero no quería intentar enfrentarse a varios juntos, al menos no todavía.
—Me gusta conocer las ideas ajenas, en especial las de mis oponentes, y compararlas con las mías— notó que continuaba Nox, abriendo los ojos— Trato de comprender qué es lo que los motiva a tomar riesgos inútiles.
Ikki sintió que la desesperación comenzaba a dominarlo. Sí, a él también le gustaba platicar antes de iniciar el combate y lanzar un Gen GenMaKen Ken, estando su ataque tan basado en la ilusión y en la psicología. Sólo un problema: No tenía tiempo. Y, para esto, tampoco ganas.
—Si quieres informes míos,— respondió con brusquedad— hay muchos a quienes puedes preguntar; claro, no sé si te contestarán. En esta tierra de pecadores de seguro se encuentran Dócrates de Heracles, Fórnax, Auriga de Capella, Yago de Death Queen Island, Kaysa de Léumnades y, por supuesto, mi Maestro. Ellos podrán explicarte mejor que yo, porque no me gusta hablar de mí mismo.
Nox sonrió con burla.
—¿Quieres impresionarme? No te resultará, Fénix. Además, no serían capaces de responderme lo que quiero saber de ti.
Y añadió, su voz confiada.
—¿Cuáles crees que sean los recuerdos más valiosos?
Dios mío, ahora a hablar del pasado. Ten cuidado, le advirtió el sexto sentido al que recurría tan poco, que aquí este conjunto de miserables saben todo sobre su vida. Sin embargo, Ikki había aprendido a jamás subestimar a ninguno de sus enemigos (ni a sus amigos, si era franco), así que respondió:
—¿Por qué te interesa saber lo que yo pienso?
Nox seguía observándolo con su peculiar mirada. Se acercó un paso más, mientras explicaba.
—Hay muchos tipos de recuerdos. Están los de los eventos de tu vida pasada, los de tus sueños, los de tu imaginación y, sobre todos, los de las personas que has conocido, vivas y muertas. Debo admitir que creo que estos son los más valiosos.
Su voz, cuidadosamente modulada, comenzaba a asemejarse al efecto de una serpiente que con sutileza y cautela va rodeando a su víctima con su cuerpo tras haberla hipnotizado. Fénix, en la última de sus reacciones por completo conscientes, trató de alejarse del Guardián que paso a paso se le aproximaba, sólo para descubrir que había perdido la voluntad para moverse. No podía separar la mirada de los transparentes y vacíos ojos de Nox.
—Como te diste cuenta cuando cruzaste el Erebo, —proseguía, su sonrisa cada vez más notoria—los recuerdos del pasado sólo están dormidos, esperando cualquier detalle para emerger. Es como con un aroma que conoces. Apenas lo percibas recordarás si era el perfume que usaba tu madre, una amiga o algún amor imposible, aunque no siempre estés pensando en ello.
Ikki lo miró con desconfianza, un par de pasos separándolos. La cicatriz de su rostro empezaba a punzarle, mas ni siquiera tuvo voluntad para tocarla.
—Los recuerdos de tus sueños y fantasías viven en tus ideales e intenciones actuales y pasadas, así que en realidad nunca mueren— continuó, dando un paso más hacia el Caballero— ¿Los de las personas vivas? Basta con encontrarlas, mirar una fotografía, leer una carta o hablar por teléfono para recuperarlos. Por eso, los recuerdos más valiosos e importantes, los que debes conservar a cualquier precio, son los de las personas muertas.
"Déjame pasar", pensó Ikki, pero ya no como orden sino, aunque no lo comprendía, casi como súplica. Su sexto sentido le advirtió que tuviese más cuidado que nunca. Nox ya estaba junto a él, apenas centímetros de separación entre ambos.
—Sobre todo, —añadió— si tú eres el único que conoció a esa persona. Si alguien más lo hizo, una conversación la traerá de vuelta. Pero si todos los que supieron de ella ya están muertos, excepto tú... ¿Comprendes a lo que me refiero?
Al decir esto, se inclinó hacia Ikki y tocó su frente con la punta de su dedo índice. De un manotazo Fénix lo apartó, recuperando el control sobre su cuerpo. Había sentido una descarga semejante a la que que recibía al presionar un apagador de luz.
—¿Tú qué opinas?— preguntó Nox, su sonrisa adquiriendo un tinte triunfal.
—Opino que hablas demasiado.— respondió Ikki, obligándose a sonreír a su vez.
Hypnos dio tres pasos hacia atrás, su expresión la de un artista que contempla su obra maestra. Fénix se volvió a poner en guardia, demostrando su impaciencia.
—¿Ya terminaste?— preguntó— ¿O tendré que pelear contigo?
Hypnos también se colocó en guardia. Su sonrisa no se borró ni dejó de ver a Ikki a los ojos.
—Depende.
"No debo activar mi cosmo a menos de que sea absolutamente necesario", pensó el Caballero. "Nox me ha hecho perder demasiado tiempo y es casi como si estuviera anunciando a gritos que me encuentro aquí."
—¿Me dejarás pasar?
—Sólo para conducirte ante Lord Hades, a fin de que le jures lealtad o él mismo acabe contigo, de acuerdo con lo que elijas.
Ikki sonrió con burla.
—Entonces, ya sabes. No te quejes después.
Soltó el golpe, que no recurría a ninguno de sus kens pero sí a toda la fuerza que podía generar. Pero no lo conectó.
Había escuchado una frase de los labios de Nox.
—¿Y cuál es tu recuerdo más valioso, Fénix?
La voz lo congeló en su sitio sin que pudiese explicarse la causa. Aún así, y con desprecio en la mirada, preguntó:
—¿Qué te importa?
Nox comenzó a reír. No era la risa que se produce por la alegría en el corazón; más bien, era de la soberbia que procede de saberse vencedor aunque la batalla no ha iniciado. Ikki sintió un escalofrío.
—Yo ya lo sé.— presumió Hypnos, sonriendo y mirándolo a los ojos— Y confirmas mi teoría. Los recuerdos más valiosos son los de las personas muertas que sólo uno conoció y que nadie más puede evocar.
Ikki no respondió. ¿A qué se refería?
—¿O me vas a negar —preguntó el Guardián— que tu principal tesoro no es Atenea, ni tu hermano, ni tus amigos, sino aquella joven?
Los ojos de Fénix relampaguearon. Nox hizo la pregunta final.
—¿Esmeralda?
En la mente de Ikki, por simple reacción, se formó la silueta de una mujer joven, bella y tierna, muerta demasiado pronto. Pero, por primera vez en muchos años, no logró definirla. Había un extraño vacío en su cerebro, confusión motivada por algo muy parecido a la niebla, una mezcla de colores e imágenes que no se integraban para formar una sola, sino que multiplicaban las opciones en cientos, miles tal vez, y todas diferentes.
Un profundo dolor surgió de su cicatriz y rápidamente se extendió por toda su cabeza. Un grito se ahogó en su garganta, incapaz de expresarse, y no pudo entender lo que estaba ocurriendo; presionó las palmas de sus manos contra sus sienes y se dejó caer de rodillas, sus ojos abiertos y fijos pero sin ver nada en realidad. Un sudor helado recorría su cuerpo. Acababa de descubrir algo.
La silueta de sus recuerdos no podía llenarse con colores, ni formas, ni imágenes de momentos vividos. La variedad a la que estuvo sujeto no le permitía saber cuál era la verdadera. El sonido de una joven y cristalina voz había sido acallada. Mas no había desaparecido del todo, dejando la vaga conciencia semejante a un sueño de que algo faltaba en su corazón.
Había perdido el recuerdo de Esmeralda.



Continuará...

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