Capítulo dos
El fin del cicloPor Altair
¡Milord Ares! ¿Cómo es que ha intentado matarla?
¿No comprende que ella es la reencarnación de la diosa Atenea?
¡Dios la envía como un regalo al mundo cada
doscientos años, en ciclos completos!Aioros de Sagitario
Amanecía, pero se supo solamente porque la obscuridad eterna fue menos densa que durante la noche. El sol nunca había iluminado a la Isla ni a las construcciones erigidas sobre ella. Tampoco la luna, ni las estrellas. Porque ese era el sitio donde las almas de los muertos purgaban cuanto tiempo fuese necesario antes de pasar al mundo del sol eterno, que algunos llamaban Paraíso y otros Eliseo. Unos permanecían ahí por siglos, pues sus crímenes habían sido demasiado grandes. Era la Región de los Muertos Indignos.
El palacio no era de tipo griego, aunque albergaba a un dios proveniente de aquella región. La construcción provenía de la Época del Mito, mas su diseño se parecía más a los castillos medievales que a los templos egeos. El Palacio del Tártaro estaba rodeado por una laguna pestilente; cruzado por cinco ríos de fuego, veneno, lágrimas de tristeza, lágrimas de desesperación y lágrimas de odio, todos hirvientes; y protegido por tres murallas de bronce, cada una delimitando un territorio diferente. Era en especial impenetrable para los que no pertenecían ahí.
Dos de sus torres se extendían hacia el cielo. Los moradores no solían entrar a una de ellas mas que cada doscientos años, siempre para obtener el mismo mensaje. Pero en esta ocasión habría de ser diferente, y la mujer que aguardaba afuera de la Cámara no sabía si eso la mortificaba más que la noticia que debía informarse.
Si bien era tan vieja como la mitología, parecía eternamente joven. Era alta y delgada; su clara piel mostraba señas innegables de palidez y ello resaltaba el tono violeta de sus ojos. Su cabello negro como la noche en parte estaba recogido a la altura de la nuca; la otra mitad caía hasta la mitad de su espalda. Vestía una sencilla túnica color marfil de dos pliegues, a la usanza de los antiguos. Un delgado collar de oro y un brazalete —que se enrollaba a lo largo de su brazo derecho, como una serpiente— hacían juego con la tiara que sostenía su cabello y que era adornada por un bidente. Un precioso broche, colocado sobre los pliegues de su pecho, lucía la misma insignia.
Daba la impresión de haber llorado, aunque hacía siglos que sus ojos no conocían las lágrimas y, si las leyendas eran verdad, jamás volverían a hacerlo. Impaciente, se preguntó por qué su esposo tardaba tanto, hasta que escuchó que se abría la puerta de la Cámara. Al voltear, lo miró frente a frente: él vestía una larga túnica negra, como acostumbraba; su cabello, del tono de la nieve, caía más abajo de sus hombros, remarcando unos obscurísimos ojos. Ojos que parecían no tener pupilas.
La mujer se adelantó, apretando las manos contra su pecho. Hizo una muda pregunta, a la que su esposo asintió. Ella bajó la vista.
—Entonces... —murmuró, su voz dulce y solitaria.
—No hay opción —respondió. En contraste, su voz fue muy profunda.— Ha llegado el momento.
Ella no respondió de inmediato.
—¿No es posible que se equivoquen?
—Ellas nunca se equivocan.
El hombre comenzó a caminar. Sus pasos mostraban cansancio, tal vez no de edad sino de pesadumbre. Ella lo siguió sin alzar la vista.
—Es sólo que es tan joven... —insistió.
—Millones han sido llamados antes.
—Pero tiene tanto por hacer todavía.
—Su misión acabó hace tiempo —remarcó.— En este periodo, ha preparado todo sin darse cuenta. Además, si las cosas salen como espero, no tendrá que dar mayor paso que venir conmigo, y será la última ocasión.
—Pero...
El hombre volteó. En sus ojos, aunque inflexibles, podría leerse el mayor de los amores hacia su compañera.
—Si por mí fuera, —confesó— ella sería la única en todo el planeta que no debería cumplir el ciclo. La dejaría vivir por siempre. Pero si tiene que ser así y puede ser nuestra oportunidad, ¿crees que voy a desperdiciarla? Yo no lo decido.
La sujetó por los hombros, mirándola a los ojos.
—Sólo lo ejecuto.
Con ternura, la besó en la frente, mas no fue capaz de sostenerle la mirada. Dio la vuelta y caminó con rapidez hacia el final del pasillo.
—¡Hades!
Él no respondió a su llamado. Sola, volvió a bajar la vista, suspirando y sin llorar. Cloto, Laquesis y Átropos podían ser muy crueles pero los que aparecían como tales eran ella y su esposo. Aún así, sentía que esta vez iba a ser más difícil para todos. Y tuvo un muy mal presentimiento.
El sitio estaba sucio, olía mal y emanaba esa sensación de peligro que sólo existe en los barrios realmente bajos, lejos de la gente decente de cualquier estrato social. Pero después de vivir en una isla de clima infernal, donde el más generoso odiaba y los padres mataban a sus propias hijas, a Ikki le pareció decoración. Abajo de él, al nivel de la calle, alcanzaba a ver a la banda de narcotraficantes que había seguido por semanas.
Actuar como vigilante era muy diferente a ser Caballero Ateniense, lo sabía, pero de momento le agradaba. Poner un poco de orden iba con su naturaleza, aunque estaba consciente de que su aportación quizá fuera ínfima. A diferencia, se le ocurrió, de las Guerras Santas.
Vestía su Armadura plateada, como de costumbre, y dio gracias por la poca retentiva del público. Tres años atrás, su irrupción en el Desafío Galáctico había sido presenciada por todo el mundo, pero para su suerte la mala memoria general había ayudado a que el vigilante descrito como un "ave de fuego" no fuera relacionado con la Fundación Galahaad de Oriente. Eso sí no se lo hubiera perdonado, por más 'bien' que realizara en las calles.
Sintió la cálida energía de su Armadura rodeándolo. Desde que Shun la había reparado, ocurría siempre que empezaba a activar su cosmo. Aún cuando existiera una forma de eliminarla, Ikki no lo habría intentado siquiera; de ese modo, antes de cada ataque, recordaba que tenía un hermano y tres amigos que lo esperaban y por los cuales vivir. Sujetó con fuerza el dije que Atenea le había regalado (que tenía, cual Saori lo había explicado, un fénix recién nacido en su superficie frontal y el final de la túnica de Nike y una a por detrás), pidiéndole al Omnipotente le permitiera llevar a cabo su misión o que al menos le diera la muerte digna de un Guerrero Sagrado. En respuesta, le pareció como si un cosmo tierno y lleno de amor, del color del oro, lo rodeara. Su ruego había sido escuchado y alguien, desde lejos, intercedía por él. Era ella.
No había vuelto al Santuario en un año entero. Posiblemente lo haría pronto, se dijo como siempre aunque supo que no lo cumpliría. Pero cada vez le recordaba que era un joven de entre veintitrés y veinticuatro años bendecido por el Fénix, con una cicatriz junto al ojo izquierdo que el tiempo no absorbería jamás y con buenos motivos para permanecer vivo.
Notó que los paquetes al fin se intercambiaban. Había llegado el momento de empezar, y sabía cómo.
Las plumas-shuriken metálicos de su Armadura se clavaron en las paredes y en el suelo alrededor de los delincuentes. Estos, temerosos pero llenos de adrenalina, miraron hacia arriba, buscando la causa sin hallarla. Le encantaba ver su terror. Pero amaba más su entrada triunfal al teleportarse, apareciendo de la nada hasta encontrarse rodeado por ellos.
Le encantaban las situaciones difíciles. Desde pequeño lo habían acostumbrado a ellas.
—Ha llegado la hora de que paguen por envenenar niños —afirmó, sonriendo amenazadoramente con su gesto incompleto.
Las voces de los delincuentes se mezclaron en gritos y maldiciones sin que Ikki entendiera una palabra de lo que decían. Era obvio que tampoco habían entendido su frase en japonés y que menos lo harían si hablaba en griego o en latín. Después de todo, ¿dónde se encontraba? Ah, sí, en Estados Unidos.
—Ya que no me entienden, —continuó, con un descarado gesto de burla— tendrán de ignorar quién los mandó a la cárcel. Vamos, vengan hacia mí —dijo, haciendo el gesto con las manos para que el idioma no fuera una barrera.— Y diviértanse.
Sus palabras encontraron respuesta en una ráfaga de disparos y en una serie de frases que la experiencia le señaló como groserías. Antes de que una sola bala se le acercara, ya había saltado hacia el otro lado, su Armadura reluciendo como el fuego.
—Van a necesitar más velocidad, muchachos —aconsejó, sonriendo con sarcasmo.
Uno de los de la banda exclamó "¡Batman!", mientras los demás volvían a apuntar hacia él. Todos actúan igual, pensó Ikki. ¿Dónde quedaron los kens mortales, las Otras Dimensiones, los Tesoros del Cielo, etc.? La gente común carece de la clase de los Caballeros, debió reconocerle a su hermano, pero él había elegido ese camino y no tenía por qué quejarse. Llevaba un año sin practicar unas Alas Ardientes en una pelea, ni aplicar un sádico GenMaKen Ken en contra de nadie. Se relacionaba más con armas de fuego.
Justo como aquellas ocho que dispararon contra él en ese segundo.
La idea era conservar la esencia griega del Santuario, se dijo Saori mientras salía de la terma y envolvía su delicado cuerpo en suaves lienzos. Sabía que había a su disposición cuatro doncellas que podían ayudarle, pero si desde niña se acostumbró a bañarse sola, no le veía el caso a cambiar.
Lo del espíritu griego se le había ocurrido debido a que, durante su baño, no dejó de escuchar las noticias que provenían de una radio. Si la Fundación Galahaad tenía a su disposición la más avanzada tecnología japonesa —¡y eso era decir mucho!— ¿por qué no integrarla un poco a Grecia? Al fin y al cabo, el mundo era más que el santuario, y ella estaba ahí para rogar por el mundo entero, ¿o no?
Se sentó frente al tocador, su rostro reflejándose en el espejo. Contra su voluntad, debió admitir que eran ciertas las palabras que Tatsumi, sonriendo, le dijo la última vez que lo vio, unas dos semanas atrás. "Podrán pasar todos los años del tiempo, señora, pero usted siempre será la hermosa niña que corría en la Fundación y que inundó de amor el alma del gran señor Kido". Sí, ahora tenía veinte años pero no había cambiado nada. Su cabello seguía siendo miel con destellos violeta, su piel clara con labios sonrosados, y sus ojos no mostraban pupilas mas que cuando encendía su cosmo. La reencarnación de una diosa joven con el rostro de una muchacha que ya no se confundía ante su dualidad.
Había llegado a la conclusión de que ella era Atenea, la diosa de la Guerra Inteligente renacida en el mundo moderno; y que también era Saori, heredera de la inmensa fortuna de los Kido, a pesar de que ese sólo era su nombre dado durante su infancia. No había ni contradicción ni enfrentamiento entre ambas, aún cuando le gustaba más que le hablaran de tú y la llamaran por su nombre japonés. Por fortuna, los Cuatro Caballeros todavía no iniciaban la formalidad de llamarla "milady" o "señorita" en el uso diario. Y ese pensamiento la hizo suspirar y mirar la fotografía que tenía sobre su tocador, en el marco de plata más hermoso que Moo había forjado en su vida entera.
Saori siempre había sido adicta a las fotografías. Le encantaba tomar imágenes de las personas que amaba y conservarlas, aunque desde la Revelación de su Nombre ya no había podido hacerlo con la frecuencia de cuando era adolescente. Sin embargo, poco después de la derrota de Poseidón y antes de que Ikki desapareciera, se obligó a sí misma a tener el tiempo que le había faltado. Un día, al amanecer, logró reunir a sus Cinco Caballeros para tomarles una fotografía, y después de la inefable serie de protestas (por supuesto que por parte de Seiya), los convenció de que posaran para ella. Se encontraban en el templo, así que detrás del grupo se veían, a lo lejos, algunas ruinas griegas, así como la coloración dorada y rosada del momento en que el sol se levantaba.
En verdad amaba esa fotografía. Aunque nunca había presumido de poseer alguna habilidad para los retratos, a la imagen sólo le faltaba hablar. Shiryu, colocado en la extrema izquierda, daba parcialmente la espalda al grupo, mirándolos de reojo con su calmada sonrisa en el rostro y sus brazos cruzados. Seiya y Hyoga, junto a él, habían pasado sus respectivos brazos sobre el hombro del otro; mientras que la expresión de Pegaso era de abierta burla, levemente inclinado hacia adelante, la de Cygnus era segura, casi conquistadora —y de hecho, hasta que tuvo la foto en las manos Saori descubrió que era un muchacho muy guapo—. Fue obvio que Shun e Ikki se colocaron juntos: El más joven se había puesto de pie sobre una piedra, por lo que parecía mucho más alto que su Nii-San, sobre el que apoyaba su brazo izquierdo (aunque en el momento de tomar la foto, había volteado hacia otro lado). Por último, la expresión de Ikki era seria e indescifrable, como siempre. Ni siquiera a un año de distancia Saori lograba interpretar su mirada, cual si ya hubiese tomado la decisión que habría de separar al grupo días después; lo único que la descontrolaba era que su cicatriz lucía tan rojiza que parecía que todavía había sangre fresca en ella.
¡Ojalá y volvieran a reunirse los Cinco pronto! Hasta ese entonces, comprendió cuánta seguridad sentía, incluso con el Tresor de Sagitario dividido, en la sala privada de la Fundación, cuando conversaba con sus amigos, viendo cómo no prestaban atención a los regaños de Tatsumi y cómo siempre lograban animarla. Pero eso estaba en el pasado. Ahora, a un año de distancia, la ocasión en que llegaban a reunirse era extraña, y no se parecía en nada a las de antes.
Donde Seiya se esforzaba en animarla y contradecirla, casi a pelear con ella, ahora se limitaba casi a observarla en silencio y muda admiración. Saori decidió no continuar en esa línea, por su propio bien.
Hyoga se había limitado a opinar, su mirada fría, distante y reservada meditando, como ordenando en silencio que nadie debía acercársele. Ahora, siempre llegaba con noticias de Asgaard y a averiguar las propias de Grecia, pero conservaba un toque de nostalgia en sus ojos. Un mudo deseo de volver cuanto antes a su nuevo hogar.
Shun siempre estaba callado, de pie atrás del sofá y sólo hablaba para confesar sus temores. Ahora, era el más animado de los Cuatro a la vez que el más discreto, sin haber alterado su lugar de reunión. Pero en su interior había cambiado por completo.
La seria figura de Shiryu apoyado en el respaldo del sillón con los brazos cruzados había sido sustituido por un sitio vacío. Asistía con menos frecuencia al Santuario cada vez y cuando lo hacía, su rostro mostraba tal preocupación que nadie tenía corazón para pedirle se quedara más días. Alguien más lo esperaba en Rozan, pero no por mucho tiempo.
En cuanto al quinto Caballero...
La voz del locutor de radio llamó su atención.
<<En lo que parece otro ataque del vigilante conocido como "Ave de Fuego", una peligrosa banda de narcotraficantes fue desmantelada en la ciudad de Chicago, en Estados Unidos. Los delincuentes han afirmado que "Ave de Fuego" fue el causante.
<<¡Tienen que creerme! —se escuchó la voz de uno de los delincuentes— ¡Parecía un hombre común y corriente, pero de él brotó fuego! ¡Tenía fuego a su alrededor cuando nos atacó y no se quemaba! ¡Era fuego, maldita sea!
<<Sin embargo, —continuó el locutor— no se encontraron pruebas que confirmaran tal versión. Mientras tanto, en el lugar se encontraron rastros de sangre, cuyo tipo AB no corresponde con el de ninguno de los delincuentes. Se presume que uno de ellos logró escapar, aunque los demás niegan que alguien más los haya acompañado. Afirman que podrían haber herido al vigilante...>>
La sonrisa de Saori-Atenea desapareció. Aunque era una diosa, sólo pudo mirar con ansiedad la fotografía que tanto amaba, y sintió la desesperación de una humana.
Estoy listo, porto mi Armadura y recuerdo todo lo que me ha sido instruido. ¿Qué de malo puede ocurrir ahora?
Hacía bastante tiempo que no usaba la Armadura del Unicornio, y ahora que volvía a hacerlo se preguntó si iba a responderle igual que en el pasado. Seiya lo había hecho pelear contra los otros aprendices sin Armadura, y apenas la recuperó al enfrentarse a los demás Caballeros de Bronce que había en el Santuario. Todo tenía que salir bien, o de nuevo a la teoría. Y odiaba la teoría.
En realidad, no había seguido sólo a un instructor durante el último año. Seiya era el principal, explicándole cómo había descubierto el cosmo, se había iniciado en el Séptimo Sentido y había alcanzado la energía dorada por segundos. Lo que no le decían era que, con el nuevo entrenamiento cada vez alcanzaba el Máximo Cosmo con mayor facilidad —¿confesarle eso a Jabu? ¡Nunca!, exclamaría Pegaso.
Marine de Águila y Shaina de Ofiuco corregían los contados errores que Seiya, debido a su inexperiencia como Maestro, cometía. Explicaciones un poco confusas la mayoría de las veces, que aclaraban cuando Pegaso no se encontraba para no herir sus sentimientos y que en sí nunca constituyeron grandes equivocaciones.
La única ocasión en que Marine intervino directamente durante una clase fue en la elección del ken de Jabu. Seiya había querido enseñarle la Lluvia de Meteoros, como él usaba la técnica de Marine, Shiryu la de Dokho y Hyoga las de Crystal y Camus. Sin embargo, Marine se opuso: Si Jabu había ganado la Armadura de Unicornio en su primera instrucción, era porque poseía un ataque. Era posible que nunca lo hubiese unido a su cosmo (como otros tantos Caballeros que no le dan la importancia debida a sus relaciones con la Constelación Protectora) y por ello no había superado su nivel de Bronce. Seiya recordó como, en casa de Saori, Jabu logró cortar la correa de su Urna con sólo mirarla, así que no tuvo más que encogerse de hombros y aceptar la ayuda de su propia Maestra.
Era el momento de ver si había valido la pena.
En una pequeña arena, como si se encontrara en el famoso Coliseo Romano, Jabu miró a Seiya, quien le hablaba desde el lado opuesto. Sentados en las gradas, los observaban Marine, Aioria, Aldebaran y Shun. Nadie portaba su Armadura, y se disponían a ser sus sinodales a la vez que espectadores.
—Bien, Jabu, ya venciste a los otros aprendices y a los Caballeros de Bronce. Daré por concluida esta fase del entrenamiento si logras vencer a un Caballero de Plata.— afirmaba Seiya con la actitud formal que le sentaba tan bien en ciertas ocasiones y que insistía en negarse a usar con mayor frecuencia.
Jabu asintió, decidido.
—Claro que estuvimos a punto de extinguirlos,— prosiguió, un tono bastante notorio de vanidad en sus palabras— pero algunos sobrevivieron.
"¡Qué presumido puedes ser, Seiya!", pensó Shun, mirando a su amigo y sonriendo. "Los que estuvimos a punto de extinguirnos fuimos nosotros. ¿O no recuerdas a Misty de Lagarto?
—Estoy listo.— dijo Jabu, controlando el menor de sus movimientos aunque se encontraba muy nervioso. El nivel de Plata era el de Segunda Jerarquía, al que los Cinco accedieron hacía un año; si él no quería quedarse atrás debería igualarlos, al menos en el Cosmo. Seiya sonrió casi con malignidad al decir:
—Supongo que ya conoces a tu contrincante, ¿verdad Jabu?
Ante la pregunta de su Maestro, miró a la figura que entraba en la arena y apenas contuvo un grito. ¡Vaya que la conocía! ¡Nadie en el Santuario tenía sus bellísimos ojos del tono de las aceitunas, aunque llevara frente a ellos un delicado antifaz!
—Hola, Jabu. —saludó, su voz amable contrastando con su poder— ¿Empezamos?
Sin evitarlo, Jabu la miró sorprendido y con la boca abierta. ¿Iba a tener que combatir con Shaina de Ofiuco? ¡Eso era lo malo que le podía ocurrir!
"No la veas como tu amiga", pensó Marine, esperando que recordara lo que Seiya le había enseñado alguna vez. "Un Caballero debe dejar los sentimientos de lado, incluso en un entrenamiento."
—¿Por qué ella? —preguntó Jabu, mirando a su Maestro en son de protesta.
Seiya, divertido, se cruzó de brazos, dándole la espalda mientras se dirigía a las gradas.
—Shaina es una de las Guerreras de Plata más fuertes del Santuario.— respondió, sonriendo— Y la única calificada para esto. Un aprendiz nunca debe pelear contra su Maestro, ni siquiera en práctica a menos que le esté enseñando algo. Eso nos elimina a Marine y a mí. En cuanto a Shun, él ya no pelea ni aunque le paguen. Lo lamento.
—¡Te estás vengando de todo lo que te he dicho, Pegaso!
Como en ese segundo Shaina atacó por detrás, Jabu ya no logró ver la expresión de Seiya que confirmaba que sí, se estaba vengando.
El golpe en su cintura fue lo bastante fuerte para tirarlo al suelo. Ni siquiera Ban de Lionet, que era enorme, le había pegado tan duro. Reaccionando, se puso de pie, pero no acababa de hacerlo cuando Shaina lo golpeó de nuevo, esta vez por delante, y volvió a caer.
—Esto será una masacre —opinó Aldebaran, a quien los combates le agradaban mucho.— Mejor regresa al chico a su cabaña y déjalo seguir respirando con normalidad.
—Tenle un poco de fe.— dijo Aioria, aunque él mismo empezaba a perderla al ver la sinfonía de golpes que Jabu recibía— Está desconcentrado.
—De ser así, yo estaba desconcentrado también el Día de la Batalla.— concluyó el Santo de Tauro— Medio Santuario lo estaba.
Jabu ya se encontraba con la cara sumergida en el polvo, incapaz de levantarse. Cuando en otros tiempos Shaina lo había golpeado hasta hundirlo por completo, entonces sólo se dio vuelta hacia las gradas.
—No puedo seguir.— confesó— Es injusto. Voy a lastimarlo sin ningún sentido.
—No quiero ver cómo pelean los Caballeros de Bronce a los que venció.— concluyó Aldebaran— En lugar de desconcentrarme, voy a deprimirme.
Seiya se frotó la nuca, el rostro francamente decepcionado.
—Estos alumnos hacen quedar mal a sus maestros. Voy a tener que regresar a la teoría.— y añadió, malhumorado— Odio la teoría.
—¡Miren!
A la exclamación de Shun, todos miraron a Jabu de nuevo. De su cuerpo tirado, emanaba una luz violeta, que crecía y disminuía como la luz viva, arremolinando el polvo a su alrededor.
"Al fin ha despertado a su cosmo", pensó Marine, apretando los puños. "Es del mismo tono de su Armadura y parece provenir de la tierra. Un Cosmo de Tierra."
—Está bien que se rían de mí.— murmuraba Jabu al levantarse, sus ojos reflejando el color de su cosmo —¡Pero soy Jabu de Unicornio! ¡Les debe ser más difícil conseguir su alegría! ¡Y no me rindo fácilmente!
Por desgracia, nadie alcanzó a oírlo con claridad. Se puso de pie y atacó a Shaina, olvidando que era mujer y, sobre todo, su amiga. Ella apenas alcanzó a evitarlo.
—¡Bien, Jabu!— exclamó Aioria, y añadió por lo bajo a Aldebaran— ¿Te parece desconcentrado todavía?
—Hasta que no vea, no creeré.— respondió, una sonrisa menos irónica en su rostro— Pero está mejorando.
Jabu empezó a tirar golpes a diestra y siniestra, concentrándose en avanzar y recuperar cierto terreno. Shaina logró bloquear todos, mas se notaba en su rostro que no era tan fácil como antes. Debía aceptar que había subestimado a Jabu.
Shun no separó la vista del combate, a su pesar encontrándolo entretenido, mas de momento su mente regresó a algo que había ocurrido en Jammyel pocas semanas atrás. Había viajado al Himalaya con Moo para aprender a reparar Armaduras y lo había logrado con relativa facilidad, pero no por ello el Santo de Aries permitió que volviera al Santuario. Como si hubiese algo más que quisiera enseñarle. Era obvio que Kiki no sabía nada al respecto, y no porque Shun le hubiese preguntado y no hubiera podido responder. Simplemente, no había cometido ninguna indiscreción sobre ello.
Un día, Moo le pidió que lo aguardara en una de las cumbres de Jammyel, pues tenía que hablar con él de algo de suma importancia y no quería que Kiki anduviera por ahí. Shun no llevó su Armadura —¿cuándo se ha necesitado para platicar con alguien?— y el niño-elfo recibió la orden de permanecer en la casa. Shun llegó a la cumbre indicada a la hora precisa, pero no había señales de Moo. Después de un rato de esperarlo, acabó por sentarse en el suelo, extrañado por lo que ocurría pero también aburrido. Empezaba a preguntarse si al Santo le había ocurrido algo cuando, de repente, sintió que una piedra lo golpeaba en la espalda. Y luego otro y otra, como una lluvia de rocas.
Por reflejo, se puso de pie. Trató de buscar la causa, sin hallarla, y no le quedó mas que tratar de evadirlas. En eso, las piedras se hicieron menos frecuentes pero más grandes. En cierto modo era fácil evitarlas, hasta que recordó que estaba en una cumbre rodeada por precipicios. Un sólo movimiento imprudente y se mataría.
—Lo estás haciendo bien.— escuchó, sin que lograra identificar la voz— Pero, ¿qué ocurriría si en lugar de huir te defendieras?
Shun ni siquiera pudo preguntar quién hablaba. Una roca, casi del tamaño de la cumbre, se elevó de la nada y ocultó al sol. Por reflejo, apuntó el brazo derecho hacia ella y hasta entonces recordó que no traía la Cadena de Andrómeda. No tenía nada con qué destruirla excepto...
La roca cayó sobre él a gran velocidad.
Jammyel completo se estremeció al escucharse un relámpago, cual si hubiese caído en una de las montañas cercanas, aunque no llovía ni parecía que fuera a hacerlo. Kiki, al oírlo, corrió asustado hacia la cumbre donde sabía que Shun y Moo estaban, a pesar de la prohibición. ¿Qué podía haber pasado?, se preguntó al teletransportarse.
Apenas se materializó, se encontró rodeado por millones de fragmentos de roca, algunos todavía cayendo hacia el borde y rodando hacia el precipicio. En el centro, de espaldas, vio un muchacho de cabello amielado que se dejaba caer de rodillas. Un cosmo magenta y dorado lo envolvían, al igual que una fuerte corriente de aire que apenas empezaba a debilitarse. Llamándolo, Kiki corrió hacia Shun, quien respiraba con visible esfuerzo. Estaba vivo y bien.
Por supuesto, si puede considerarse "bien" a tener que recurrir al poder que odiaba con tal de salvar su vida. La Tormenta Nebular había destrozado la roca en miles de fragmentos.
—Felicidades, Andrómeda —escucharon.
Al alzar la vista, descubrieron que el causante había sido Moo, quien sonreía.
—Eso era todo lo que quería hablar contigo.
Y sin decir nada más ni contestar preguntas, Aries se dirigió a la casa.
Shun todavía no lograba comprender el por qué de esa prueba. Moo pudo haberlo matado, lo sabía, y quizá había tenido esa intención al soltar la roca. Pero fue para que empleara la Tormenta Nebular, incluso si era sólo para salvar su vida. Hasta entonces comprendió que en el transcurso de un año ninguno de los Cinco había dejado de combatir: Seiya entrenaba a Jabu; Hyoga, a los Guerreros Divinos; Shiryu estudiaba con Dokho y Shaka; y su Nii-San se había convertido en vigilante, según lo que Saori le había comentado. Él había sido el más alejado de las peleas, pero Moo lo había obligado a descubrir que su poder seguía tan activo como siempre.
¿A qué se debía?
En eso, volvió a prestar atención al combate. Jabu lograba mantener a raya a Shaina e iba mejorando. Presintió que pronto el grupo aceptaría a un miembro más.
—No estás quedando tan mal como creías, Seiya —afirmó sin apartar la mirada del enfrentamiento— Mucha de su técnica tiene tu sello.
No vio el rostro de sorpresa de Pegaso. Sí, muchos de los golpes eran como los suyos, debía aceptarlo. Sólo que él no se los había enseñado.
Shaina dio un salto hacia atrás para ampliar la distancia entre ambos.
—Eres bueno en las artes marciales y ya lograste encender tu cosmo.— admitió, sonriendo mientras sus ojos brillaban— Pero, ¿qué tal eres con tu ken?
La máscara de Marine ocultó su descontrol al ver a Shaina ejecutar la kata de la Serpiente. Antes de que Jabu hiciera o dijera algo (pues jamás la había visto actuar así y la observaba fascinado), se escuchó un fuerte grito en la arena, remarcado por un relámpago que rodeaba a la causante.
—¡A mí, Cobra!
Shaina saltó, su figura emanando un cosmo rojizo al aplicarle a Jabu una dosis de su ken. El joven Unicornio no logró contener un grito al sentir la electricidad de miles de voltios recorrer su cuerpo, inutilizándolo como si una serpiente lo rodeara desde los hombros hasta los tobillos, estrangulándolo y listo para devorarlo. Una vez que Shaina pasó a su lado, Jabu cayó nuevamente con el rostro al suelo, sin ni siquiera protegerse con las manos.
—Me voy.— afirmó Aldebaran— Fue entretenido mientras duró.
—No te retires aún, amigo.— dijo Aioria, sonriendo mientras veía al aprendiz— Todavía no acaba.
Jabu se puso de pie, el rostro golpeado y sucio y sangre cubriendo su rostro y sus manos, pero los ojos decididos.
—Es mi turno, señorita.— sentenció, y esta vez todos lo oyeron.
A su alrededor, el cosmo violeta empezó a crecer y a agitarse con vida propia. Ninguno de ellos, excepto Shun, había asistido al Desafío Galáctico el primer día, cuando Jabu se enfrentó a Ban, así que sólo Andrómeda no se sorprendió al ver que inclinaba la cabeza a la vez que gritaba:
—¡Galope del Unicornio!
Del cuerno de su casco, al parecer (porque todos sabían que la Armadura sólo canalizaba el poder del cuerpo y del cosmo), brotó una suave onda que rodeó a Shaina. Fue como si la atacasen con su propio ken, pero con luz y no con electricidad. Se llevó las manos a la cabeza, su experiencia ayudándole a contener un grito al darse cuenta de que no podía moverse y que la luz empezaba a cerrarse a su alrededor. Jabu comprendió que era el momento, así que corrió hacia ella para golpearla y dejarla fuera de combate, como con Ban.
Sin embargo, a centímetros de hacerlo, vio sus verdes ojos. "¡No puedo lastimarla!" pensó, y se detuvo.
—¡No, Jabu, es tu enemiga ahora!— gritó Marine, pero Unicornio permaneció quieto.
—¿Por qué todos los Caballeros jóvenes actúan igual?— preguntó Aldebaran a Shun.
Éste se encogió de hombros, sin responder. No era el más indicado para hacerlo.
Como si se hubiese roto el hechizo, Shaina miró a Jabu a los ojos.
—No vuelvas a hacerlo.— aconsejó en voz baja.
Jabu pensó que se refería a contener el golpe, pero cuando de una patada Shaina le tiró el casco, comprendió que se había referido a atacarla. Al caer, el cuerno se partió en dos, y Jabu apenas permaneció de pie, haciéndose hacia atrás. Aldebaran, ausente, se frotó el cabello del lado del que Seiya rompió su casco años atrás.
Marine se levantó. Ahora sí iban a ver el poder del aprendiz.
—¡A mí, Cobra!— gritó Shaina, corriendo hacia él.
—¡Vamos, Jabu, hazlo aún sin el casco!— exclamó Marine.
Seiya, al escucharla, entendió que el también tenía que apoyarlo. Era su Maestro después de todo.
—¡Sí Jabu, hazlo por Saori!
Se odió al gritar eso, pero conocía lo bastante al muchacho para saber su motivación principal.
Nunca supo si Jabu lo escuchó o no. Lo cierto es que, cuando Shaina estaba a punto de tocarlo, los ojos del joven brillaron y gritó:
—¡Galope del Unicornio!
Un relámpago intenso iluminó la arena; parte de su tono era rojizo y la otra violeta, y convirtió la luz en obscuridad por un momento. Todos, excepto Seiya, apartaron la mirada.
Al apagarse, vieron a Jabu, parado, dándole la espalda a Shaina, que estaba en la misma posición. El joven respiraba con fuerza y sangre manaba en abundancia de algún sitio bajo su bronce cabello, cubriendo parte de sus ojos.
Shaina, en silencio, se dirigió hacia Shun. Al llegar frente a él, la tiara de Ofiuco se partió en dos junto con el antifaz, y cayeron sobre sus manos sin necesidad de que ella se los diera personalmente.
—¿Puedes repararlos, por favor? Ya es costumbre que los rompan.— murmuró con la vista baja, mas una débil sonrisa en su rostro.
En eso, perdió el equilibrio y se desmayó. Shun apenas alcanzó a sostenerla, así que Aldebaran y Aioria se apresuraron a ayudarlo. El Santo de Leo notó que sangre también manaba de abajo de su cabello, pero su preocupación desapareció al ver la herida.
—No es nada grave.— afirmó, mientras pasaba una mano iluminada con Cosmo Dorado por su frente— Sólo tendrá jaqueca al rato.
Jabu, que había permanecido inmóvil en su lugar, respondió sin mirar hacia atrás:
—Yo ya la tengo.
Cayó de rodillas, a punto de imitar a Shaina, gotas de sangre resbalándose a la tierra. Seiya y Marine corrieron hacia él, y Pegaso alcanzó a sostenerlo antes de que perdiera el sentido.
—Tú también necesitas dormir.— dijo la Guerrera de Águila— Fue un solo golpe, pero fue excelente.
Seiya miró al Unicornio con un poco de celos, mas exclamó con franco gusto.
—¡Sí, fue sorprendente!
Jabu alzó la vista, aunque estaba nublada. Seiya, sonriendo, le extendió la mano derecha.
—No te pondré a pelear contra un Santo Dorado, pero créeme: Estoy orgulloso de ti. Mucho.
En respuesta, Jabu estrechó la mano de su Maestro. Había llegado el momento de hacer las paces.
—Algún día me las pagarás.— dijo con sarcasmo, pero sonriendo también.
Aldebaran se aproximó a recoger al aprendiz. Al final, a pesar de todas sus críticas, el combate le había encantado.
—Si estás siempre tan concentrado, vas a llegar lejos, amigo.— afirmó.
Contra una breve protesta, tomó a Jabu en brazos y siguió a Aioria (quien llevaba a Shaina) hacia las Cámaras de los Caballeros de Plata. Una pequeña dosis de cosmoenergía dorada y ambos combatientes estarían listos para comenzar de nuevo. Marine fue con ellos.
Seiya no logró contener un leve gesto de celos. He aquí al amigo de la infancia de Saori, su leal mensajero, protegido por Marine —que en proporción le muestra más cariño a él que a mí. Y yo, justo yo, soy su Maestro.
Shun tomó el roto casco del Unicornio mientras se le aproximaba.
—¿Por qué esa cara, Seiya?— preguntó— Los triunfos de los alumnos lo son también de sus Maestros.
—Quizá. Pero no estoy satisfecho.—respondió, sin confesar todo.
—¿Cuándo lo has estado?
Seiya sonrió. En sus ya veinte años de vida, jamás había conocido el significado de la satisfacción. De hecho, no había cambiado casi nada en el transcurso del último año: Tal vez un poco más de estatura física, mas no la suficiente para pasar a sus amigos, por lo que continuaba siendo el más chaparro, según sus propias palabras.
Lo mismo ocurría con Shun. Diecinueve años y conservaba su linda cara, los ojos más grandes que nunca y sí, todavía le sacaba un poco de altura a Seiya a pesar de la diferencia de meses en sus edades.
—El Galope del Unicornio era poderoso desde el Desafío Galáctico.— dijo Shun, mientras acomodaba el roto cuerno sobre el casco— ¿Qué le enseñaste para que lo fuera tanto?
—En realidad, fue entre Marine y yo.— admitió Seiya— Marine le enseñó sobre su cosmo en relación con su Constelación. Yo, a conectar su ken con su cosmo. Es todo.
—Suena muy fácil.— respondió Shun— Pero en verdad fue impresionante.
Como si ya estuviese acostumbrado, de sus dedos emanó un poco de cosmo dorado hacia el cuerno. Seiya lo miró sorprendido, pues jamás lo había visto reparar Armaduras. El ataque de Jabu no era lo único impresionante de esa mañana.
—Felicidades.— dijo Andrómeda al entregarle el casco del Unicornio perfectamente arreglado. Seiya lo atrapó por inercia— Ahora, lo único que te falta es que Jabu no dependa tanto de su Armadura, y hoy comenzó a hacerlo.
Seiya sonrió.
—Ni yo mismo lo creo a veces.— respondió, pero no supo a qué se refería.
Los dos caminaron en dirección a las Cámaras a ver cómo seguían Jabu y Shaina. En eso, Shun consultó el sol (Moo enseñándole también a leer en él la hora) y se sobresaltó.
—¿Se te hizo tarde para algo?— preguntó Seiya al notar su reacción.
—June llega hoy de Francia. Su clase viene de excursión a Grecia.— explicó apresuradamente — ¡Y ya se me hizo tarde para recogerla!
Seiya se sintió tentado a preguntar desde cuándo se visitaba a un sólo miembro de toda una excursión de turistas, tan frecuentes en Grecia; sin embargo, no tuvo la oportunidad. Shun le dio la tiara de Shaina, también ya reparada.
—¿Puedes devolvérsela, por favor? Tengo que irme.
—Claro que sí.— respondió Seiya, sintiéndose tonto por contestar sólo eso.
—Gracias. Nos vemos en la tarde.
Sin decir más, Shun corrió hacia su propio cuarto para arreglarse un poco y "estar presentable" al recibir a June. Seiya de nuevo mostró su expresión de envidia. Al parecer, todos los que le rodeaban habían progresado mucho durante el año pasado, pero él se había quedado en su sitio, al menos en su opinión.
Con un alumno capaz de vencer a la mejor Guerrera de Plata a su cuidado, mas confundido y silencioso. Como antes. ¡Cuánto envidiaba a los que tenían su vida arreglada!
Involuntariamente, miró hacia el noroeste. En dirección a Asgaard.
—¿No crees que ya estás grande para actuar así?
En respuesta, recibió una risa franca y alegre. El muchacho a quien Balder había hablado contestó sin pensar:
—Afuera está nevando al grado que parece que se va a acabar el mundo y el árbol que me agrada trepar está cubierto de hielo. ¿Pretendes que salga y me congele?
—No sería mala idea.—completó una tercera voz.
Mientras hablaban, un joven trazaba rápidamente la escena en un cuaderno de dibujo que siempre solía llevar consigo. A pesar de la velocidad con que lo hacía, no olvidaba detalles: El gesto burlón, enmarcado por abundante cabello castaño, ojos color miel y una nariz que tendía a lo grande del último que había hablado, alias Dietrich; la expresión serena y gentil del que había advertido, conocido como Balder, cuyo cabello amielado caía en un corte redondo sobre sus hombros y sus ojos verdes relampagueaban con verdadero afecto hacia el causante de la discusión. Y por supuesto que no olvidó a aquel que originó todo: Un muchacho joven colgado de una de las altas vigas del techo, mirando de cabeza hacia el grupo de amigos. Su cabello grisáceo, casi blanco, se reunía en hebras por más que lo cepillaba para unirlo, y caía en dirección al suelo, y sus pícaros ojos violeta centelleaban con expresión traviesa.
—Heimdall, si te caes, te matas.—advirtió Balder, quien lo conocía desde niño y ya lo había visto caer de árboles en infinidad de ocasiones.
Heimdall, en respuesta, volvió a reír mientras avanzaba un poco más sobre la viga. Esta se encontraba a no menos de cuatro metros de altura; si había llegado hasta ahí, fue después de trepar por un pesado mueble de madera del cual se había alejado y al que, a menos de que empezara a acercársele en ese momento, le sería muy difícil regresar después.
—¿Qué es el riesgo para un Guerrero Divino? No más del que corro al regresar a mi casa y soportar a mis cinco hermanos— preguntó, en un tono que combinaba un tanto lo melodramático, al aludir a sus conocida familia, como lo sincero— Corríjanme si me equivoco: Hemos entrenado por casi un año para proteger a Lady Hilda contra la llegada de posibles dioses enemigos, ¿o no?
Aunque nadie respondió, eso no significaba que no estuvieran de acuerdo con él. La puerta de la habitación estaba abierta, como de costumbre, y un joven de tez muy blanca y cabello negro que caminaba por el pasillo se detuvo a escucharlos. Supo que a la avatar no le molestaría si perdía un par de minutos en cumplir su encargo, y no le fue nada difícil comprender la escena.
—Hablas de nuestra misión con demasiada ligereza —opinó Balder, sus verdes ojos llenos de luz.— De acuerdo, somos Guerreros Divinos, pero no somos ni invencibles ni inmortales.
Heimdall avanzó un poco más sobre la viga. El muchacho que estaba dibujándolo frunció el ceño y se apresuró en hacer un par de correcciones a su bosquejo.
—¿Quién lo es en esta tierra? —preguntó Heimdall. Aunque su voz seguía siendo alegre, sus palabras demostraron un sentimiento contrario.— Desde su creación, Asgaard fue elegida como la única zona mística que vivirá el Ragnarok en Europa.
Ante aquella misteriosa palabra, sólo se escuchó el crepitar del fuego que ardía en la chimenea. El trazo del dibujante se detuvo, el gesto de Dietrich dejó de ser tan burlón, y Balder permaneció callado. El muchacho que estaba en el pasillo pensó con tristeza que lo que había dicho era verdad, y en que llegaría el día que los Dioses Asgaardianos perecerían en un Juicio Final, llevándose con ellos a los habitantes de la Tierra de la Nieve y de la Luna, sin importar si eran valerosos guerreros o niños recién nacidos. Por un segundo, Heimdall sintió haber dicho algo incorrecto, a pesar de que la llegada del Ragnarok era algo que lo obsesionaba (al igual que a todos, pensó después) y siguió avanzando por la viga.
—La vida es demasiado corta para no disfrutarla —sentenció.
—Pero es demasiado importante para desperdiciarla —afirmó una voz más suave y, sin embargo, muy segura.
Heimdall miró hacia el joven que estaba sentado frente a la chimenea, cuyo cabello rojizo caía rizado sobre sus hombros, enmarcando unos ojos café.
—¿Crees que la estoy desperdiciando, Hildebrand?
Sin voltear a verlo, el aludido respondió con la sencillez de la gente que proviene de las aldeas, pero también con su sabiduría innata.
—Vas a hacerlo ahora que resbales.
—¿Tienes poderes psíquicos?
—No —concluyó.— Simple sentido común.
Tal vez por demostrar que Hildebrand se equivocaba, Heimdall avanzó más sobre la viga. Sin embargo, no tuvo la firmeza de antes, y aunque intentó sujetarse de nuevo, sintió cómo sus dedos resbalaban sobre la madera. Todo ocurrió demasiado rápido para que intentase hacer algo; sólo pudo ver la viga alejándose de él a gran velocidad y no alcanzó a notar que alguno de sus compañeros se acercaba a ayudarlo. "¡Me voy a matar!", fue lo único que pensó.
O eso creyó hasta que sintió que alguien lo atrapaba. Abrió lo ojos y se encontró frente al mayor de los Guerreros Divinos, un joven de cabellos blanco azulado y ojos carmín, el único de ellos que ya había peleado en el pasado pero que no por ello había perdido el resplandor de su mirada. Como por primera vez, Heimdall notó que se había dejado crecer el cabello hasta los hombros en el transcurso del año anterior, aunque cuando lo conoció lo usaba muy pequeño.
—¡Bud!
El guerrero de Dzeta-Mizhar-Alcor sonrió débilmente al afirmar.
—Me agrada tu entusiasmo, Heimdall, y que siempre estés dispuesto a divertirte, pero deberías escuchar más a tus compañeros. No tiene caso que tomes riesgos innecesarios.
Al decir eso, soltó al muchacho. Heimdall cayó contra el suelo; después, Bud le reconocería que no emitió ni la más leve queja por el golpe inesperado y que en él había mucho por mejorar. En ese momento, miró a los demás con su expresión tranquila mientras decía:
—Es verdad que Asgaard ha sido condenada al Ragnarok desde el inicio del tiempo, y también lo es que cuando ese día llegue, moriremos al lado de los dioses. Sin embargo, jamás dejen que ese pensamiento domine sus corazones.
Ante la seguridad de su tono, los demás muchachos no pudieron sino observarlo con muda admiración. Todos sabían que Bud había sido el único de los anteriores Guerreros Divinos en sobrevivir a la Batalla de Asgaard el año anterior, y tal vez el menos apropiado para hablar de esperanza si, como se rumoraba, su hermano gemelo había muerto frente a sus ojos. Pero la expresión de los ojos del único guerrero de Dzeta, que había unido a las estrellas Mizhar y Alcor en una sola, era de las más luminosas del mundo entero. Como las de aquellos que confían en el futuro, en un mundo donde no hay odio y los padres aman a sus hijos y los hermanos se aman entre sí.
—¿Aumenta o disminuye de algún modo el peligro del Ragnarok si lo están invocando?— continuó— No lo sé, pero lo único de lo que estoy seguro es que lo que pierden es su confianza, su alegría y su seguridad. No piensen en algo que, por más que lo deseemos, no podremos evitar. Mejor procuren aumentar sus cosmos día a día, para que si la necesidad se presenta, sepamos proteger a Lady Hilda y Lady Flare hasta dar nuestras vidas por ellas, justo como Hyoga nos enseñó.
Al nombre de la valkyria y de la princesa, el ambiente de la habitación se volvió más luminoso, y al del Caballero que los reunió a todos para entrenarlos se aligeró por completo. El joven que estaba en la puerta pareció recordar su encargo y, sin dudar, siguió su camino hacia otra de las habitaciones del Valhalla, todavía conservando una leve sonrisa ante lo ocurrido.
Heimdall empezó a levantarse, una vez terminado el discurso de Bud, y al fin se dio cuenta del buen golpe que había recibido —y de cuán grande y mortal habría sido uno completo. Dietrich se le acercó a ayudarle; si bien a Heimdall no le agradaba admitir cuando necesitaba ayuda, de inmediato aceptó la mano que le ofrecía. Apenas estuvo de pie, se encontró frente a un excelente dibujo a lápiz que lo representaba momentos antes de su caída.
—La próxima vez,— aconsejó Erich, el mejor dibujante de Asgaard— no te muevas tanto o cae con más gracia.
Sin evitarlo, Heimdall se echó a reír. La mirada de Balder fue de ligero reproche ante la inmadurez de su mejor amigo mientras se acercaba a Hildebrand. Él continuaba sentado ante la chimenea, sus ojos siempre dulces (¿inocentes y puros?, pensó Balder) y permaneció así cuando su amigo le preguntó:
—¿Cómo supiste que iba a caerse en ese instante?
Quizá Hildebrand no lo habría confesado, pero el cosmo de Balder, hijo único de un Sacerdote de Odin, era tan místico que no titubeó en responder.
—Me lo dijo un espíritu.
Balder no se perturbó en absoluto. Más bien, miró a su alrededor y comprendió algo que una vez alcanzó a percibir: El Valhalla estaba habitado por siete fantasmas. Y cada uno de los nuevos Guerreros Divinos, sin saberlo, estaba protegido por una de esas almas.
Durante años, se acostumbró a no reír. No sentía ganas de hacerlo: El recuerdo de la muerte de su madre y la reciente desaparición de Isaac habían destrozado su alma, congelado su corazón y amargado su espíritu, sus ojos convirtiéndose en dos diamantes tan fríos como el polvo que lanzaba en su ken. Pero de un año a la fecha, Hyoga había cambiado, y distraído pensaba en cuánto se sorprenderían sus amigos si lo vieran en ese instante. Tal vez no lo reconocerían.
Afuera del Palacio de Valhalla nevaba intensamente. No se debía a que porque fuera o no invierno; en Asgaard siempre nevaba como lo haría el día del Ragnarok, a veces iluminado por brillantes días de sol y nieve. Pero en el interior el clima era cálido y agradable, o al menos Hyoga lo sentía así. Estaba en una de las Cámaras descansando, al lado de Lady Flare.
Flare no había cambiado nada en el último año. Seguía siendo la joven tierna y dulce de ojos color primavera y cabello de oro de la que Cygnus se había enamorado aquel día de la Batalla de Asgaard. En contraste, Hyoga sí había cambiado; hacía tiempo que no iba a Atenas y no veía a los demás ni a Saori, pero de haberlo hecho descubrirían cuánto. Veintiún años, bastante más alto y con el cabello un poco más corto, a la manera de los asgaardianos; su piel se había aclarado al alejarse del sol (ahí no se asomaba ni por error, excepto unos pocos días durante el verano. Y sus ojos azules cada día se volvían más expresivos. Sí, había cambiado, y tenía buenas razones para haberlo hecho.
Curiosamente, aunque había cambiado su forma de vestir de su acostumbrada playera a una casaca, hacía menos frío en Asgaard que en Siberia. No se había detenido a pensarlo.
Por primera vez en quizá toda su vida, era feliz. Y la razón casi parecía de cuento: Hubo una vez un Caballero Ateniense y una Princesa Asgaardiana que...
—Me parece increíble todo lo que me cuentas, Hyoga.— dijo Flare, sonriendo, mientras bebía un poco de su chocolate caliente— ¿En serio que odiaste a Seiya cuando lo encontraste de nuevo?
Hyoga asintió, sonriendo también. Los dos estaban sentados sobre la alfombra; la chimenea ardía, entibiando el ambiente, y en la mesa había una jarra de chocolate y panecillos. Cygnus continuó, a la vez que partía uno a la mitad.
—Por seis años, me había preparado para ganar la Armadura de Oro de la que Kido tanto hablaba. Soporté el frío y el estricto entrenamiento del Maestro Crystal. ¿Qué querías que sintiera, si llego a Japón listo para combatir hasta la muerte y lo primero que encuentro es un póster de Seiya en un puesto de periódicos? Me pareció que no estaba tomando las cosas en serio.
Y añadió, la sonrisa más franca aún.
—Hasta después comprendí cuánto le importaba.
—¿Y los demás?— preguntó Flare con curiosidad. Le encantaban las historias que le narraba sobre su vida anterior a que se conocieran.
Mientras la princesa hablaba, Hyoga había mordido el panqué de canela que había tomado. Era, en efecto, como estar en casa, en el hogar que el destino había insistido en negarle.
—¿Te soy sincero? Shiryu me impresionó desde que éramos niños, como si la paz emanara de su interior, y cuando volví a verlo creí que me ganaría su peleábamos. No llegó a antipatizarme tanto como Seiya. Llevarme bien con Ikki, en cambio, fue muy difícil. Desde el principio nos herimos mutuamente, y no tanto en el cuerpo como en el espíritu. Pero me alegro de que antes de que se fuera, nos hayamos podido llevar mejor: Es un hombre valioso, tal vez demasiado parecido a mí. En cuanto a Shun,— continuó, desviando la mirada del pan hacia Flare— no me provocaba ningún sentimiento. Se veía demasiado amable para la pelea, y supe que iba a vencerlo. Lo que sí me maravilló fue la Cadena Nebular. Es un arma maravillosa que brilla como las estrellas.
—Ese día,— opinó Flare, sin decir "la Batalla de Asgaard" por obvias razones— no alcancé a mirarla, pero si a ti te sorprendió debe ser especial.
De momento, no dijeron nada. Tal vez Hyoga podría continuar contándole de nuevo cómo los cuatro y él habían formado un grupo unido hasta la muerte, y cuán importantes se volvieron sus amigos en su vida. Junto a ellos, otra persona se había convertido en alguien esencial, y estaba a su lado. No supo si Flare adivinó su expresión o lo imaginaba; el caso fue que la princesa asgaardiana sonrió dulcemente, aunque en apariencia no tenía motivos.
—¿Por qué sonríes, Flare?— preguntó, sus ojos entibiándose como cuando era niño y no conocía el dolor.
Flare dejó su taza sobre la mesa. Con timidez tomó la mano de Cygnus como antes lo hacía con Hagen, aunque no lo dijo. Hyoga, acostumbrado a ocultar sus sentimientos, se esforzó en no mostrar cuánta alegría le brindaba aquel gesto, sin lograrlo del todo.
—Es sólo que no te imagino peleando, a pesar de que te he visto.— confesó, bajando la mirada— Tampoco te imagino enojado ni con tus amigos ni con nadie. Aunque eres un guerrero, este último año he conocido a un Hyoga diferente, pero al mismo tiempo muy familiar.
Alzó la mirada, sus ojos azules reflejándose en los del Caballero y encontrando la misma expresión de dulzura y amor no confesado.
—Como si hubiese pasado toda mi vida a tu lado.— murmuró.
El sexto sentido de Hyoga comenzó a gritar dentro de su mente y corazón. ¡Dile, dile!, escuchaba, ¡es el momento preciso! El ambiente era cálido e íntimo, estaban a solas, todo parecía preparado para que le confesara cuánto la amaba, cuánto le importaba, que su alma le perteneció desde el inicio. Pero permaneció callado. Igual que mil veces anteriores.
¿Por qué demonios pasaba eso? No era por temor a la relación entre ambos, ni al compromiso, ni a todas esas telarañas mentales de las que hablan los psicólogos. Era diferente, pero él mismo no lo sabía. Alcanzó a ver una sombra que pasaba entre ambos y no pudo explicarse el por qué. No era la primera vez.
Escucharon que llamaban a la puerta. Hyoga, sin darse cuenta, dio permiso de que entraran. Flare lo soltó, su mirada fijándose en la chimenea.
—Disculpen que los interrumpa.— anunció una voz varonil y agradable, como sólo se encuentran en las Tierras Místicas y en especial en Asgaard.
Ante ellos entró Gunther de Alpha-Dubhe, uno de los nuevos Guerreros Divinos. Era el mismo muchacho que se había detenido en el pasillo para ver a sus compañeros, un joven casi de la misma edad de Cygnus, con piel tan blanca que tendía a lo pálido; su rizado y negro cabello caía en un mechón sobre su frente pero más corto sobre sus hombros, y sus ojos eran igual de obscuros. A pesar de la semejanza en cuanto a edad, admiraba al Caballero como lo haría hacia un Santo Dorado, e incluso si los conociera, era seguro que los colocaría en segundo lugar.
—Milady Hilda me pidió que te buscara, Hyoga.— afirmó, saludando con una inclinación de cabeza— Se encuentra en su Cámara y te solicita que, de ser posible, vayas de inmediato.
—Gracias, Gunther.— respondió, preguntándose qué podría ser tan importante para que Hilda quisiera verlo en ese instante, si siempre hablaban a la hora de la cena.
Gunther volvió a saludarlos con respeto y salió del cuarto, cerrando la puerta tras sí. Flare no había logrado ocultar un poco de descontrol al pensar que ese joven guerrero usaría la Armadura que perteneció a Sigfried durante tantos años, por más que le simpatizaba y había llegado a apreciarlo mucho. Lo que ni siquiera intentó esconder fue el enojo que le provocaba que Hyoga tuviera que irse, a pesar de cuán agradable estaban pasando la tarde. Cygnus se dio cuenta y, apenas volvieron a estar solos, dijo:
—No te molestes con tu hermana. Debe existir un motivo urgente que no puede esperar.
—Hilda es una gran persona, pero a veces puede ser muy inoportuna.— contestó Flare, su expresión la de una niña pequeña.
Hyoga pretendió ignorar el por qué le parecía inoportuna, aunque la mirada de la princesa era más que clara. Se puso se pie y, apenas inclinándose un poco hacia ella, murmuró:
—Nos vemos al rato. Guárdame un poco de chocolate.
Flare volvió a sonreír y asintió. Hyoga, con su mirada por completo cálida, estuvo a punto de besarla en la frente, pero se limitó a corresponder a la sonrisa y a salir del cuarto. Mientras lo hacía, se preguntó de nuevo hasta cuándo iba a responder de esa forma y no de acuerdo con su corazón.
Conforme caminaba por el pasillo, sintió por un momento como si estuviese en Siberia, en su hogar. Claro que ahí nunca vivió en un palacio, sino en una cabaña de madera, mas la vida le enseñó que el hogar es donde se encuentra el corazón. Y el Palacio del Valhalla se había convertido en algo más que uno.
Los días eran semejantes entre sí. Despertaba temprano, entrenaba solo y luego desayunaba con Hilda y Flare. Después, se encontraba con Bud y continuaban la instrucción de los nuevos Guerreros Divinos hasta pasada la hora de comer. Empleaba la tarde en aprender sobre Asgaard y su mitología; en la cena, volvía a reunirse con las Damas y conversaba con ellas hasta la noche. Les contaba sobre las innumerables batallas que los cuatro y él habían enfrentado —evitando obviamente a Asgaard—, pero también hablaba de su madre, del Maestro Crystal, de su amigo Isaac y de Camus de Acuario. Hilda lo miraba con sorpresa al encontrar una persona tan sensible en el interior del Caballero Cygnus, y Flare siempre pedía más historias con la mirada.
Extrañaba Grecia. Echaba de menos a sus amigos, por lo que pasaba largas horas escribiendo cartas, sobre todo a Saori. Pero lo cierto es que extrañaría mucho más a Asgaard el día que se marchase.
Porque sabía que algún día tendría que hacerlo, si no confesaba sus sentimientos.
Llegó a la Cámara que Gunther le había indicado. Llamó a la puerta, mas como sabía que no necesitaba permiso, la abrió y preguntó:
—¿Me buscabas, Hilda?
La valkyria, vestida de azul claro y sentada en un sillón de la estancia, frente al fuego de la chimenea, sonrió al mirarlo por sobre su hombro.
—Pasa, Hyoga, y toma asiento. ¿Gustas una copa?
Mientras Cygnus cerraba la puerta y se acercaba, Hilda sirvió otra copa de vino tinto y se la dio. Por una ventana, se veía la severa tormenta del exterior. A Hyoga no le pasó desapercibido que era por compromiso cuando Hilda preguntó:
—¿Qué tal va el entrenamiento?
—Todo va bien.— respondió educadamente, sentándose en una silla que estaba cerca de ella— Sé que las Armaduras de Ursa Major surgen sólo cuando son requeridas, pero cada uno de los muchachos ya ha elegido cuál de ellas ocupará. Bud ha elegido la de Dzeta-Mizhar aún cuando por rango le corresponde la de Alpha-Dubhe.
A Hyoga no le agradaba mencionar las Armaduras, sobre todo la que perteneció a Sigfried. Poco después de la Batalla de Asgaard, Hilda había ordenado reunir los cuerpos de los Guerreros Divinos —a excepción del de Sigfried, convertido en polvo de estrellas— y sepultarlos bajo un memorial hecho de oro y plata construido cerca de la Gran Figura de Odin. Hyoga le había ocultado lo que Shiryu contó sobre la traición de Alberich de Delta-Megreth, pues no ganaba nada con ensuciar su recuerdo. Estaba seguro de que Hilda iba a ese lugar a menudo, aunque prefería no comentar nada: El tiempo pasaba y la Valkyria parecía sanar. Por ello, conservó su misma intención animada al confesar.
—Todavía no entiendo cómo lograste convencer a Bud de que volviera al Valhalla.
Hyoga bebió un poco de la copa que tenía en la mano. Sin separar la vista de la joven, respondió:
—Ese es mi secreto. Unas palabras un poco rudas y, ya lo ves, fue suficiente.
—Me alegro de ello.
Se hizo un breve silencio. Ninguno de los dos se sentía incómodo, pero tanto la avatar como el Caballero supieron que había terminado la etapa de la plática amable. Hilda se puso de pie y se dirigió a la ventana. Por primera vez en mucho tiempo, no quiso verlo a los ojos y fijó la mirada en la nieve que caía.
—Ya ha pasado un año desde que llegaste aquí, Hyoga, y tu misión está a punto de terminar.
—Si te refieres a los Guerreros Divinos, considera mi misión como concluida.— afirmó para que fuera directo a lo que le interesaba— Como Bud puede constatar, cualquiera de los muchachos está listo para enfrentarse a lo que sea.
—Imaginé que estaban progresando, pero no imaginé que tanto.— admitió Hilda, sus dedos apenas apretando un poco más su copa— A lo que me refiero es algo distinto.— Y al llegar aquí, volteó a verlo— ¿Ya sabes qué vas a hacer desde ahora?
Por supuesto que ya lo había pensado: Proponerle matrimonio a Flare, volver a Grecia durante los preparativos y seguir siendo feliz. Pero en realidad no lo sabía. No había confesado a la princesa lo que sentía, los preparativos no existían mas que en su mente, y no quería arriesgar la felicidad que había encontrado. Entre desear y realizar hay una gran distancia.
—No estoy muy seguro.— respondió, esperando que la insensibilidad que durante tantos años mostraron sus ojos le sirviera entonces— Tengo algunas ideas, pero no lo he planeado en definitiva.
—Creo que es inútil recordarte que siempre serás bienvenido en Asgaard y que sería un honor que te convirtieras en un Guerrero Divino.
Hyoga sonrió con franqueza.
—Lo sé, pero uno de los muchachos se quedaría fuera si aceptara. No quiero morir aquí, y menos aún a sus manos.
La sonrisa de Polaris fue débil al mirarlo de reojo. Vio de nuevo a través de la ventana.
—No quisiera regresar al viejo tema de tu servicio a Atenea, o podría envidiarla por contarte entre los suyos. Mas bien, me refiero a tu otra razón para permanecer aquí.— y con voz firme, preguntó— ¿Cuáles son tus intenciones con respecto a mi hermana?
Hyoga sintió que su cuerpo se tensaba, como cuando se preparaba a combatir contra alguien para de pronto descubrir que era alguien conocido. Y que había aprendido a querer.
—Nunca te he ocultado que entre Flare y yo existe un lazo especial.—afirmó con dignidad, su postura la de un Caballero que defiende a su Dama aunque no había razón para ello— Si me pides sinceridad, te diré que la amo con todo mi corazón.
"Te amo, princesa mía", confesó Sigfried antes de atacar a Sorrento y morir a sus manos, recordó Hilda ausente.
—Por lo mismo, —prosiguió Cygnus sin notarlo— puedes confiar en mí. Nunca haría nada que la lastimara, porque es más valiosa para mí que mi propia vida.
—No es por eso que te lo pregunto.— dijo Hilda, su expresión por completo honesta— Eres un muchacho excelente y un leal Caballero. Es por algo más.
Hyoga trató de dejar de estar a la defensiva, comprendiendo que se había tensado aunque no sabía si había o no razón para ello. Polaris le indicó que se acercara a la ventana y él obedeció.
—¿No es hermoso Asgaard?— preguntó, como si cambiara la conversación.
La nevada había cubierto toda la región con un manto blanco. A pesar de que la tormenta continuaba, no existía manera de ocultar el esplendor de la ciudad ni de las aldeas cercanas.
—Asgaard es una Tierra Mística, al igual que Atenas.— continuó la valkyria, mientras la mirada de Hyoga se perdía entre los copos de nieve— Es de la mayor importancia que sea protegida, y el ataque de Poseidón fue la mejor muestra de ello.
—Con los Guerreros Divinos y la Armadura de Odin no hay por qué preocuparse.— respondió, en apariencia indiferente.
Hilda no respondió de inmediato.
—Sin embargo, no son suficientes por sí solos. Necesitan una cabeza que los guíe, un líder que sea lo bastante fuerte para enfrentar a dioses extranjeros.
—Te tienen a ti.
—Pero no voy a ser eterna y tampoco he sido una buena guía —respondió con humildad. Un instante después, preguntó como si no tuviera la menor importancia— ¿Alguna vez te has imaginado qué pasaría si yo muriera?
Hyoga permaneció en silencio.
—Me correspondió ser Avatar de Odin por haber sido la hermana mayor, pero Flare también es una Valkyria. Si por cualquier motivo yo faltara, ella debería actuar como la nueva guía de Asgaard. ¿Comprendes?
—¿Por qué me dices todo esto?
La voz de Hyoga empezaba a mostrar tensión de nuevo. Las palabras de Hilda eran sencillas en apariencia, pero la verdadera razón de las mismas se presentaba ante él poco a poco.
—Si te casas con mi hermana, deberás cuidar de Asgaard. No podrás regresar a Grecia ni a Siberia, y tendrías que abandonar tu servicio a Atenea. ¿Estás consciente de ello?
—Sabes cuánto amo Grecia y Siberia, y sobre todo a mis amigos.— murmuró Cygnus, apretando las manos en puños.
Un pedazo de madera cayó en medio de las cenizas. Hilda no buscó los ojos de Hyoga y él no quiso mirarla.
—¿Acaso estás tentándome para que me aleje de tu hermana?
—Pero si te quedas,— continuó Hilda como si no lo hubiese escuchado— serás el nuevo gobernante de Asgaard en compañía de Flare. Toda esta tierra te obedecería, comenzando por los Guerreros Divinos, y un huérfano que jamás conoció a su padre cumpliría su destino.— y añadió, como en confidencia— ¿Lo habías pensado?
La valkyria miró al Caballero de reojo. Aunque lo había esperado, se desconcertó al descubrir la expresión furiosa y relampagueante en los ojos de hielo de Cygnus.
—¡No entiendo para qué me dices todo esto, Hilda!— exclamó de repente.—¡Sabes perfectamente que si me quedara no sería por ambición, sino por amor! ¡No me interesa nada que tenga que ver con rangos ni con poder!
—No estoy tentándote ni ofreciéndote nada, Hyoga de Cygnus.
La voz de Hilda era cortante. Hyoga la miró con el respeto que le debía, pero sus ojos apenas lograron ocultar una sombra de rencor. La expresión de la joven fue igualmente fría al observarlo, la conversación habiéndose desvirtuado por completo de su intención original.
—Sólo quiero que seas realista.— afirmó— Si amas o no a mi hermana, no intervendré ni siquiera para evitar que la lastimes, porque ese será un asunto entre ustedes. Pero si en verdad quieres a Flare, no te pierdas en ideales románticos, porque en el mundo verdadero nunca llegan solos. Tendrás que elegir entre Flare y Atenea, y no seré yo quien te obligue a hacerlo.
Le dio la espalda. Se odiaba a sí misma por tener que tratar así a quien le debía tanto.
—Puedes retirarte.
Hilda jamás le había dado una orden, el joven considerado representante de Atenea y huésped de honor. Pero ahora actuaba como una extraña... ¿O le parecía porque lo había enfrentado con una realidad con la que, al no confesar su amor por Flare, no había contado?
Sin añadir nada, Hyoga salió de la Cámara en un gesto de absoluta dignidad y cerró la puerta tras sí. Una vez afuera, casi sin razonarlo, supo que necesitaba estar solo. Pero, ¿dónde?
El sonido de la nevada exterior pareció llamarlo. Sin dudar, tomó una de las capas que se dejaban en el pasillo, se envolvió en ella y se dirigió a la puerta principal. El frío pareció abrir sus brazos para recibirlo, como siempre lo había hecho.
—¿Estás bien, Hyoga?
Cygnus no necesitó ver al guerrero para reconocerlo. Y tampoco notó su gesto de desconcierto.
—Todo bien, Gunther.— respondió— ¿Acaso no es obvio?
Sin añadir nada, cerró la puerta y sintió el helado viento de Asgaard golpear su ardiente rostro. Hasta entonces, notó cuán alterado se encontraba.
Había vivido el último año en completa angustia, al ver cómo su Maestro se consumía cada día un poco más. Tratando de actuar como la persona común que el destino le negó ser, insistió que fuera a ver un médico, mas Shaka afirmó que no era enfermedad. Era el lógico peso de cientos de años. Ahora, había llegado el momento que temió a diario, y descubrió que no estaba preparado, a pesar de haberlo aguardado. Nunca se está preparado para decirle adiós a un ser querido.
Casi tenía veintidós años, pero su mirada reflejaba madurez superior a su edad. El nerviosismo y sufrimiento habían adelgazado todavía más su esbelta figura, por lo que parecía más alto; su larguísimo cabello daba la impresión de que encanecería en cualquier momento. Sin embargo, la corriente del interior de sus ojos estaba más viva que nunca.
Por supuesto que había mandado avisar de emergencia a Saori, pero ni siquiera su relación tan cercana con la diosa le daba esperanza de que alcanzara a su Maestro con vida. Aún así, ¡cuánto daría por estar con ella y con Seiya y con los demás! Se sentía tan solo...
—Shiryu...
La dulce voz, que reflejaba la más profunda de las tristezas, le demostró que no lo estaba. El joven Dragón volteó, asustado, pero sólo encontró la comprensiva mirada de Sunrei. Aquel año no la había cambiado, acostumbrada como estaba al sufrimiento, pero sus ojos se veían más grandes y obscuros en contraste con su blanca piel que parecía de porcelana. Se obligó a mirarlo a los ojos y, ante su muda pregunta, murmuró:
—El Maestro te llama.
Shiryu se levantó, sus movimientos pesados pero rápidos aunque estaba junto a la cascada que tanto amaba, y se dirigió a la casa donde vivió durante años. Sunrei lo siguió en silencio, tratando de consolarlo pero sin encontrar las palabras adecuadas.
Cuando entró a la pagoda, sólo lo recibió el crujir de la madera bajo sus pies. A pesar de que era el hogar donde pasó su infancia y su juventud, en aquel momento fue un sitio desconocido para él, y cada instante le pareció eterno. Frente a las escaleras que lo guiarían a la habitación donde su Maestro estaba, encontró a Shaka de Virgo. No vestía su Tresor y sus ojos estaban cerrados; en medio de sus tristes pensamientos, fue como si se encontrara frente al Ángel de la Muerte.
—Shiryu, no voy a engañarte.— afirmó, el año que entrenó al muchacho habiendo creado afecto y respeto entre ambos— Dokho morirá en cuestión de minutos. No es un asunto de cosmo ni de enfermedad, sino la ley de la vida. Su misión está a punto de ser cumplida.
Shiryu lo miró en silencio, sin preguntar a qué se refería. Contra lo que Shaka pensó, no lloró ni protestó, sino que se limitó a asentir. El Santo no supo si preocuparse o tranquilizarse. Simplemente, lo respetó más.
—¿Puedo verlo?— preguntó el Caballero.
—Él mismo te llama.
Shaka se hizo a un lado, dando a entender que la conversación entre Maestro y Alumno quedaría entre ellos. Shiryu agradeció en silencio su discreción, pero antes de subir las escaleras, miró por sobre su hombro a la joven que estaba con ellos.
—Sunrei, ven conmigo.— pidió, extendiendo la mano derecha a pesar de que ella no respondió— Yo soy el alumno, pero tú has sido su hija.
—No debo.— murmuró ella, bajando la mirada— Tal vez lo que quiera decirte sea un secreto.
Shiryu volteó para verla de frente y, con suavidad, la tomó por los hombros.
—Nunca hemos tenido secretos contigo. Tú nos has acompañado siempre.— e insistió— Ven, todo estará bien.
Sin esperar respuesta, e incluso si había tratado de infundirle confianza con una frase que sabía que era falsa, la guió hacia arriba de las escaleras y al interior del cuarto, Sunrei con las manos unidas al frente y la cabeza inclinada. Shiryu no dijo nada y la siguió. Shaka permaneció en su lugar y, por primera vez desde la Batalla de Atlantis, deseó ver pronto a Atenea. Sin embargo, al igual que Dragón, sabía que era imposible que llegara a tiempo.
Tal vez Shiryu había esperado encontrar a su Sensei en una situación diferente, quizá incapaz de hablar o de razonar. Para su sorpresa, aún así, al entrar al cuarto encontró a Dokho de Libra apoyado contra los almohadones de su cama, viéndolo con ojos enormes y brillantes. Su sombrero de paja se encontraba en la mesa de al lado, y las sábanas envolvían casi toda su túnica verde. Estaba muy pálido pero, a pesar de ello, Shiryu sintió como si se encontraran de nuevo junto a la cascada de Rozan, listos para otra sesión de entrenamiento. Lo único que le recordaba la gravedad de su Maestro eran su alarmante palidez y las ojeras que parecían aumentar a cada segundo.
Involuntariamente, se detuvo en el dintel aunque Sunrei ya había entrado.
—¿Qué ocurre, Shiryu? —preguntó Dokho, su voz fatigada sin perder su tono— No has visto un fantasma.
Y sonriendo, añadió:
—No, todavía no.
El corazón de Shiryu pareció rompérsele en el pecho. ¡A la Puerta de la Muerte y trataba de animarlo! Trató de decir algo, pero no logró pronunciar palabra alguna. Sunrei lo miró con sus ojos llenos de lágrimas.
—Joven Dragón, no puedo creerlo.— dijo el Maestro, incapaz de disimular su fatiga— Has estado a la Puerta de la Muerte en varias ocasiones. En la Batalla del Santuario, incluso la cruzaste, aunque fuera por menos de tres horas. ¿Y ahora sufres por mí?
Shiryu trató de sonreír, el gesto ahogándose en sus labios.
—Perdone, Roshi.— murmuró— Es sólo que...
No pudo seguir. Dokho lo miró, leyéndole la mente como desde que era niño.
—Deathmask de Cáncer.— afirmó, cerrando los ojos y recargándose en su almohadón— Te presentó las Capas del Espíritu en la Cuarta Casa.
—Es un sitio horrible— respondió el muchacho, odiándose por confesar la causa— No puedo... ¡No quiero imaginarlo ahí! ¡A usted, que ha sido más que mi padre!
Sunrei bajó la mirada. Era lo mismo que ella sentía. Shiryu se adelantó hasta sentarse junto a su Sensei, en el lado opuesto de donde la joven estaba. Roshi lo observó, su expresión comprensiva aunque menos clara.
—Shiryu, hijo mío,— dijo con inmenso cariño— Deathmask te mostró las Capas del Espíritu porque quería torturarte. Ese es el lugar a donde las víctimas de muerte violenta o que han perdido la esperanza son enviadas antes de entrar a su mundo definitivo. Se niegan a luchar por su vida, a pesar de que tienen la oportunidad, hasta que caen en Yomotsu.
El Caballero no dudó ni un segundo en creer sus palabras. Ese día vio ahí a Hyoga, congelado por Camus, y después averiguó que había perdido el deseo de vivir.
—Para algunos, las Capas del Espíritu son una escala lenta.— prosiguió— Para otros, uno muy pequeño. Quienes mueren en paz con Dios y con ellos mismos no recordarán haberlas cruzado cuando lleguen a un sitio agradable. Algunos lo llaman Paraíso; los griegos lo nombraron Campo Elíseo. El nombre da igual.
Abrió los ojos, viendo a Shiryu y a Sunrei con amor.
—Allá me esperan Aioros y los demás, y los esperaré impaciente a ambos.
Sunrei no logró contener un sollozo. Shiryu, tratando de permanecer calmado, se limitó a bajar la mirada.
—Mi misión casi está cumplida.— afirmó Dokho, al fin mostrando su cansancio— Mis libros son tuyos, la casa es de Sunrei, y Shaka te guiará en lo que te falte por crecer en el Macrocosmo, que es prácticamente nada.
Sin querer, el rostro del joven Dragón resplandeció. Cada vez le era menos difícil alcanzar el Cosmo Dorado. Aún así, ninguno se animaba a despedirse. Era la separación temporal de un padre y un hijo; a pesar de que sabían que volverían a encontrarse algún día, era el tiempo que estarían separados lo que destrozaba el corazón de Shiryu. Ese hablar sin escuchar respuesta y ver con los ojos de la memoria.
—Te llamé para darte mi última lección y me temo que no es una agradable.
—Viniendo de usted lo será, Roshi —respondió Shiryu, arrodillándose a su lado justo como Sunrei.
Dokho negó con la cabeza, mostrando que la Sombra de la Muerte cada vez estaba más cerca.
—Es mi turno de partir —murmuró.— Pero me temo que no seré el único.
Vio a la joven de cabello dorado, siempre cortado en dos tamaños, correr hacia él, y por reflejo corrió hacia ella. Al encontrarse, se abrazaron como hermanos que no se han visto en largo tiempo y comenzó a darle de vueltas. Mientras giraban, él alcanzó a escuchar las risas de las compañeras de su amiga.
—¡Shun! ¿Cómo has estado? —preguntó June, sonriendo— Sigues creciendo, por lo que veo.
Shun la soltó, sonriendo. La anterior Caballero del Camaleón y él llevaban casi seis meses sin verse, a pesar de las largas cartas intercambiadas.
—Exageras.— respondió, su espíritu muy alegre. June vestía una blusa rosa y pantalón corto azul, lo que le encantaba, y para completar su imagen, le dio el regalo que compró para su estancia en Grecia: Un sombrero de paja blanco, con un listón rojo que sujetaba pequeñas flores.
Cuando trató de recordar ese día, sólo pensó en un grupo de muchachas de la misma edad de June, quien le presentó a todas —nombres que olvidó casi de inmediato. Su lindo rostro y finos modales llamaron la atención del grupo, quienes discretamente en ocasiones (y en otras no) trataban de averiguar más sobre él. June, aún así, no compartió muchos detalles, en especial aquellos que pudieran revelar la existencia de la secreta Orden del Zodiaco. ¿A qué se dedicaba? Era orfebre. ¿Dónde lo había conocido? En una excursión a Etiopía. ¿Eran novios? La joven prefirió no responder.
Después, Shun fue presentado con las maestras de June, que parecieron darle el visto bueno para que las acompañara durante la excursión (después de todo, pensaron, no siempre se tiene la oportunidad de ser acompañadas por un guapo experto en el arte griego clásico —que fingió ser en parte). Una vez aceptado, se ofreció a llevar la maleta de June, pero ella se negó como si todavía estuviese activa en la Orden; aún así, él insistió y ella tuvo que acceder. Durante el trayecto al hotel, sonrió a todo el mundo, hizo gala de buena educación y en no pocas veces deseó que Seiya lo hubiese acompañado. Él sí sabía manejar su popularidad.
Apenas notó cuando, a bordo del transporte colectivo, la excursión llegó al hotel. Hacía tanto que no veía a June que sólo tenía ojos para ella y, al mismo tiempo, era como si jamás se hubiesen separado; de momento, era como si estuviesen de nuevo en Isla Andrómeda, y no en la agradable plaza donde se encontraban. Cerca, había un pequeño templo católico y una fuente, cuyo murmullo se confundía con el de las voces, y la imagen completa daba la impresión de haber sido extraída de una postal. Las muchachas bajaron del camión y Shun, tomando la maleta de June, las siguió hasta la entrada del hotel. Justo ahí se detuvo; en reacción, la excursión entera lo imitó sin importar que las maestras siguieran de frente.
—¿Qué pasó?— preguntó June, volteando mientras una leve brisa movía el ala de su sombrero.
—Las espero aquí.— respondió, mirándola sólo a ella como si las demás no existieran— Tienen que instalarse en sus cuartos y no estaría bien que fuera con ustedes.
¡Qué genial!, pensó June. ¿No durmió durante seis años en el cuarto de junto? ¿No era yo quien lo llevaba a su habitación cada que Reda y Spica lo golpeaban? Pero el joven hablaba en serio y añadió:
—Subiré tu maleta y volveré a la plaza a aguardarlas.
June, en respuesta, le quitó el equipaje. Cuando lo hizo, su mano rozó la de Shun, como tantas veces en el pasado, pero nunca antes había sentido la electricidad que generaba ese contacto. Sus miradas, que no se habían separado, relampaguearon y ella afirmó:
—Déjalo. Yo la subiré.— y volviendo a ser ella misma, añadió en son de broma— Pero más te vale que te encuentre aquí. Tengo la tarde libre y quiero ir a saludar a una amiga.
Shun asintió y murmuró:
—¿Vamos al Santuario?
—¡Claro que sí! ¡Me encantará ver a Saori!
El Caballero se alegró de que recordara usar el nombre humano de Atenea, la Orden permaneciendo como un secreto a pesar de los milagros ocurridos en los últimos años. June, sabiéndolo, volvió a sonreír, dio una vuelta a la que no le faltó coquetería, y siguió a sus amigas hacia el interior del hotel. Shun alcanzó a escuchar que una de ellas le decía:
—¡Tu amigo es todo un caballero!
En reacción, Shun volvió a sonreír. Parecía como si estuviese hallando un sentimiento que no le era desconocido, pero que había estado dormido por mucho tiempo. El día estaba muy soleado y la plaza no era la excepción, lo que aumentaba su excelente ánimo. Sólo algo podía nublar a ambos y fue la pregunta de cada día.
¿Dónde estaba su hermano?
Shun, contra su voluntad, ya se había acostumbrado a pensar en Ikki con nostalgia y preocupación. Hacía un año que no sabía nada de él, a excepción de lo que se enteraba por las noticias o lo que Saori, sabiendo cuánto lo extrañaba, llegaba a decirle —claro, sin "traicionar" la confianza que el Fénix había depositado en ella. Su Nii-San le había prometido que lo acompañaría cuando lo necesitara, pero si era sincero, no se había presentado la ocasión. A diferencia de la vida que él debía estar pasando, la suya era tranquila y pacífica, cual siempre lo deseó. Ni siquiera podría reclamarle el no cumplir su promesa.
Lo único de lo que estaba seguro era de que se había convertido en un vigilante, lo cual no lo sorprendió. ¿Ikki sí se asombraría si se volvieran a encontrar? Uno de los Caballeros más poderosos de la Orden, ¿por fin viviendo como una persona común, alejada de la violencia?
Notó por primera vez el pequeño templo católico. Sintió el repentino deseo de entrar y suplicar al Dios Omnipotente por que Ikki se encontrara bien —¿por qué se angustiaba, como si algo le hubiese ocurrido?—, así que obedeció a su corazonada y entró. Shun no era muy religioso ni practicante, pero veneraba a Dios por sobre todos los seres, Saori-Atenea incluida; tal vez por ello, al entrar, el dulce aroma del incienso recién quemado lo envolvió y él lo sintió como una bienvenida.
La iglesia estaba vacía, alumbrada por decenas de veladoras en los diferentes nichos y llena de flores frescas, en su mayoría blancas. Como era temprano, no había nadie en el interior a excepción de un conjunto de mujeres mayores rezando el Rosario. Shun, tal cual su padre le había enseñado, se acercó al altar y se arrodilló ante él; inclinó la cabeza en un gesto de humildad y cerró los ojos mientras entrelazaba los dedos de sus manos. Y casi sin darse cuenta, empezó a rezar, las palabras fluyendo libremente de su corazón. Dio gracias por su felicidad y por la de sus amigos, y suplicó por el bien de todos. Por Saori-Atenea, por Ikki para que se encontrase a salvo, por Seiya, Hyoga y Shiryu, y en especial por el Maestro Dokho... Y por June... Y por...
Una suave música de flauta entró al templo. Shun abrió los ojos, casi sintiendo que el corazón se le detenía y sólo pudo mirar el altar, incapaz de pensar o de reaccionar de momento. Temblando, de repente rezó porque se hubiese equivocado. Pero no, conocía la melodía demasiado bien, suave y triste, tentadora hacia el olvido eterno.
La Canción de la Muerte.
Se levantó casi mecánicamente y miró hacia afuera del templo. Sobre la fuente de la plaza, se había sentado un joven con el cabello de un tono muy parecido al de las lilas, vestido con ropa que parecía ser de seda. Tocaba la flauta con sensibilidad y maestría. En eso, interrumpió su tonada y miró al interior de la iglesia, sus ojos carmesí sin transmitir emociones.
Shun comprendió que lo esperaba. Temiendo que empleara la Canción de la Muerte contra las mujeres, o contra cualquier otro que se encontrara en la plaza, obedeció en silencio y se dirigió hacia él. Al acercársele, murmuró:
—Sorrento...
—Actúa con naturalidad, Andrómeda.— ordenó el Shogun de Sirene, sin separar su mirada de él y acercando la flauta a sus labios— Siéntate, que debo hablar contigo.
La frase carecía en absoluto de alguna intención de amenaza. Ya que lo vio de cerca, Shun confirmó que no portaba la Escama con la que combatió en Atlantis y que la flauta que tocaba no era metálica, sino de marfil. Eso significaba que nadie corría el menor peligro al escuchar la Canción de la Muerte. Sin embargo, su presencia y sobre todo sus palabras, hicieron que obedeciera.
—Creí que habías muerto cuando se destruyó el Templo de Poseidón —confesó.
Sorrento, en respuesta, desvió la mirada. Era como si el nombre del dios al que servía representase un secreto para él.
—Segunda vez que me creen muerto.— respondió, aludiendo a su combate con Sigfried, aunque su frase no mostró el triunfo que hubiese tenido en el pasado.— No, usé la Escama para salir de Atlantis, justo como Testis salvó a Julián Solo y volvió a ser una sirena.
Estuvo a punto de comentar que él había sido el joven misterioso del que Jabu habló, el estudiante de música que vivía en la mansión del anterior avatar del dios del mar. Pero no lo hizo.
—Por lo que veo, sigues tocando la flauta.
¿Era esa una conversación entre dos antiguos enemigos, o entre dos personas que se conocían más de lo que se imaginaban y volvían a encontrarse? Ni Shun ni Sorrento encontraron una respuesta coherente. Sin embargo, el Shogun no hablaba con absoluta franqueza, y el Caballero se preguntaba si debería emplear la Tormenta Nebular en el caso de que atacara, la Cadena habiéndose quedado en el Santuario. Sirene se limitó a responder:
—Jamás podría dejar este instrumento. Es más que un arma para mí. Es mi razón de ser.
Se hizo un silencio intenso entre ambos. Discretamente, Shun miraba a su alrededor, tratando de encontrar la razón por la cual aquel joven había reaparecido si la Batalla de Atlantis había terminado hacía tanto tiempo. Sorrento suspiró y, colocando la flauta en su regazo, afirmó:
—Andrómeda, aunque no me agrade pensarlo, te debo un favor.
—¿Un favor?
Los dos voltearon a verse, y Shun comprobó que, en efecto, sabían más el uno del otro de lo que querrían aceptar jamás. La voz de Sorrento trató de ser cortante, mas no lo logró por completo.
—Pudiste haberme matado con la Tormenta Nebular. Tu ken era lo bastante fuerte para detener no sólo mis movimientos, sino también las funciones de mi corazón y de mi cuerpo. Pero contuviste el golpe y estoy vivo.
¿Es que iban a reclamárselo por toda la eternidad?
—No quise matarte.— confesó, aunque eso lo presentaría como una persona en apariencia débil— Va contra mis principios.
—Pues al no hacerlo, atentaste contra los míos.
Por segunda vez, estuvo a punto de confesar algo más. "Luego, escuché la Canción de Atenea y comprendí que el mundo no era del todo malo, que estábamos peleando por una causa injusta y que todavía existe la bondad en el mundo." Sin embargo, jamás confesaría eso. Ni siquiera a Julián Solo.
—Vengo a devolverte el favor.— sentenció, tratando de alejar su última idea— Después de esta conversación, nunca volveremos a encontrarnos. No te buscaré, como ahora, y tú no sabrás en dónde hallarme. Y si alguien me pregunta si fui yo quien te advirtió, lo negaré por la inmortalidad de mi alma. ¿Está claro?
Shun asintió, un poco más tranquilo aunque preguntándose a qué se refería con "advertir". Sorrento volvió a observar hacia otro lado, incapaz de sostenerle la mirada.
—No te va a gustar nada lo que voy a decir...— murmuró, negando levemente con la cabeza.
Debió pedirle a Shun le dejara ir con él a Atenas. Al menos se habría entretenido. Al menos habría salido del Santuario. Al menos... ¡olvídenlo!
Seiya había descubierto una nueva y extraña tendencia en su conducta. Cada vez que las cosas no salían como debían (o quería), acababa en su cuarto, brazos cruzados bajo su cabeza y mirando el techo. Y es que, aunque el día había comenzado bien con el entrenamiento de Jabu, lentamente se había echado a perder.
Primero, le había llegado carta de Oriente, lo cual alegró su corazón. No contuvo la risa cuando leyó las notas que Makoto y Akira —de ya diez y once años— le enviaban, preguntándole dónde y cuándo eran las inscripciones a la Escuela de Caballeros (¡no les voy a decir!, pensó divertido). Con ellas, también encontró la carta de Minho, la amiga de toda su vida, y ahí fue donde comenzó el problema. Porque entre recuerdos, pláticas y confidencias, mencionaba que desde hacía dos años conocía a un tal Masami no-sé-qué. Que se habían hecho buenos amigos. Que se habían hecho novios. Y que ahora estaban comprometidos. Y que apenas definieran el día de su boda, que esperaría un rato aún, le gustaría que fuera, y que le agradaría mucho que llevara a Saori y a sus amigos, y en especial al simpatiquísimo niño-elfo.
Seiya no quería más a Minho del afecto que existía entre dos casi-hermanos que han crecido juntos y se conocen de toda la vida. Sin embargo, comprender que el mundo había seguido su curso y que él dio por seguro (inconscientemente, lo sabía) el amor y la admiración exclusiva de su amiga, hizo que se preguntara de qué forma él se enfrentaría a los cambios, cual si él hubiese sido el único que permaneció inalterable.
Pensando esto, buscó a Saori.
¿Para qué había querido hablar con ella? Ni él mismo estaba seguro. La causa más clara era comentarle el progreso de Jabu, pero no por presumir ni por recibir una alabanza. Sólo... Por compartir algo. Por escuchar de nuevo su suave voz, como tiempo atrás, confiándole lo que sentía o temía. Pero cuando llegó a su Cámara, encontró dos guardias afuera de ella: Atenea se encontraba en el templo, meditando, y había ordenado que no se le interrumpiera. No importó cuánto insistió —ni exigió— hablar con ella. La orden era muy clara: Nadie podía hablar con ella, ni siquiera Seiya de Pegaso.
Al no poder hablarle, regresó a su cuarto y empezó a pensar muchas tonterías.
¿Por qué huía Saori de él? ¿Por qué se negaba a hablarle? Esa negativa no era sino el reflejo de lo que había ocurrido durante el último año, un periodo completamente distinto al tiempo de las Guerras Santas. Recordó esos días, cuando Saori-Atenea se encontró en peligro constante, y él y sus amigos dieron su sangre y hasta sus vidas con tal de protegerla. Los lazos que se habían creado entre ellos superaban la amistad y el amor, convirtiéndose incluso en uniones de muerte. Sin embargo, Seiya podía apostar que ni Shiryu, ni Hyoga ni Shun, por intensos que fueran su respeto y cariño hacia la diosa reencarnada, la amaban de la forma en que él lo hacía. Era su ideal, su inspiración, su meta y su causa, pero tanto más... También era la mujer que adoraba en sus ademanes y movimientos, en su sentimiento y en sus pensamientos. No supo adivinar qué era lo que Ikki sentía.
Sin querer, los ojos de Seiya se llenaron de lágrimas. Veía de nuevo la escena en aquel cañón, años atrás. Las estrellas brillaban sobre ellos, y Yamian y Shaina los acosaban, intentando matarlo a él y conducirla a ella a manos de Ares. Él sólo pudo saltar al vacío, un loco enamorado tratando de salvar la vida que la persona que era todo para él.
—Saori... — murmuró.
Sintió el suave vaivén del cansancio en su mente y decidió no combatirlo. Esta como si una dulce energía lo rodeara, segura y tierna. Recordó cuando en su niñez jugaba con Seika hasta que se quedaba dormido. Y de pronto lo hizo.
No supo cuándo comenzó a soñar. Ni por qué se presentaron ante él precisamente esas imágenes. Pero de pronto se encontró ante un hermoso campo lleno de flores de colores y verdes árboles, cuyas frondosas ramas ocultaban el sol. Eran demasiado hermosos para saber de qué especies eran y, por un instante, creyó haber regresado al jardín de la Fundación Galahaad. Sin embargo, al ver el edificio cercano, comprobó que no lo era. La piedra de la que estaba construida era increíblemente blanca, casi como si emanara su propia luz, y carecía de un estilo arquitectónico definido. Un enorme portal blanco separaba el lugar donde se encontraba del interior, donde los jardines eran aún más hermosos, y se sintió atraído hacia la construcción. Comenzó a acercársele, descubriendo que su cuerpo no pesaba casi nada.
—No te aproximes, Seiya. Todavía no es tu momento de cruzar ese portal.
Al escuchar esa voz, se detuvo y volteó por sobre su hombro. Descubrió que conocía a esa persona, aunque el recuerdo no vino de inmediato. Era un joven alto, de piel muy blanca y ojos de un tono azul tan claro que parecían transparentes. Su cabello, del color de la madera joven, caía en suaves rizos más abajo de sus hombros. Todo él emanaba dignidad y orgullo, como cualquiera que viniese de la Tierra de la Nieve y de la Luna; vestía una casaca ligera, de color azul pálido y blanco, y Seiya comprendió (y no por primera vez) cuán noble había sido el alma que portó en vida la Armadura de Odin de Alpha-Dubhe.
—¡Sigfried!
El gesto de Alpha permaneció serio, aunque sus ojos brillaron como si nunca hubiese muerto.
—Esto no es un sueño, aunque lo parezca. —indicó, su tono firme pero amable— Tienes que recordar absolutamente todas las palabras que he de decirte si quieres tener alguna oportunidad en el futuro.
Seiya rió, abriendo las palmas de sus manos y encogiéndose de hombros.
—¿Es esa la forma de saludarme?
Aún dentro de la falta de lógica que caracteriza a cualquier sueño, pensó el Caballero vagamente, actuaba como lo haría en la vida real. Sigfried pareció comprender que, para él, no era mas que un delirio provocado por el cansancio. Se esforzó en sonreír, la luz extendiéndose de sus ojos al resto de su cara, y dijo:
—Tienes razón. debí ser más educado. Sin embargo,— añadió mientras suspiraba— no tienes tiempo que perder. Y faltan muchísimas cosas por advertirte. Escúchame.
—Me encantaría hablar contigo largo y tendido, platicarnos nuestras vidas y, si quieres, hasta ir a tomar una taza de café mientras conversamos. Pero estoy soñando.— respondió Seiya, sinceridad en sus palabras a pesar de que la duda empezaba a aparecer en sus pensamientos.— Tú y yo nunca fuimos amigos, aunque me hubiera encantado que lo fuéramos. Pero el destino nos colocó en bandos opuestos. En el momento en que nos conocimos, combatimos. Casi nos matamos mutuamente. Y cuando pareció que podríamos haber cambiado el rumbo de la batalla, llegó Sorrento. Y moriste.
Sigfried permaneció callado.
—Si te veo, es por remordimiento.— concluyó— Porque Hilda habla demasiado de ti a Hyoga, y Hyoga me lo dice a mí. Fin.
—Nada que pueda decir va a convencerte de que no es un sueño, ¿verdad?— preguntó, tratando de sonreír sin conseguirlo— Nada, porque aunque vives en una Tierra Mística no acabas de comprender que un muerto puede comunicarse con un vivo. Sólo me queda pedirte algo, entonces.
Dioses, pensó Seiya. Hablo con un fantasma de mi pasado como lo haría con uno de mis mejores amigos, al que he conocido toda mi vida y al que he llorado menos de lo que debería. Debí comer o beber algo que me hizo daño. No: Fue la carta de Minho y de su amado Masami no-sé-qué.
Un momento, ¿he pensado antes durante algún sueño?
Sigfried lo miró, sus transparentes ojos centelleando. Seiya, por primera vez desconcertado desde que empezaron a hablar, asintió para darle a entender que lo escucharía, si bien de oír a creer todavía hay un trecho muy grande.
—Vengo de parte de muchos que te conocieron y que pelearon contigo, y que saben que tú y los tuyos son la única esperanza que queda. De Camus de Acuario y Shura de Capricornio, y del espíritu de los Guerreros Divinos, porque protegiendo a Atenea también protegemos a Milady Hilda.
Seiya no dijo nada. Si este sueño era una sesión de arrepentimiento, descubría muchísimas cosas que todavía no se había perdonado.
—Pero, sobre todo, me envían tres espíritus que saben que si Atenea ama a alguien, es a ti, y por eso en ti confían.— y añadió en voz más baja— Justo como yo lo fui en relación a Lady Hilda.
Sí, y moriste en su nombre y amándolo, pensó Seiya al recordar (¿en medio de un sueño?) las últimas palabras del Guerrero Divino antes de que Sorrento le destrozara el corazón. Y aunque se había alejado del combate, se preguntó si ese también sería su destino.
—¿Y quiénes son ellos? —preguntó, tratando de recuperar su buen ánimo sin conseguirlo— ¿Los fantasmas de las Tres Navidades?
Intentando no desesperarse, Sigfried continuó:
—Me envían Aioros de Sagitario, quien siempre te ha protegido; Mitsumasa Kido, quien te eligió para ser Caballero...
¿De dónde sabía todo eso? Seiya ya iba a protestar, cuando escuchó una tercera voz:
—Y yo, Saga de Géminis, quien fue poseído por Ares e intentó matar a su diosa, pero que murió arrepentido en sus brazos.
Aunque era una fantasía, Seiya sintió como si la sangre se le congelara al mirar al Santo de Géminis. Saga iba vestido a la antigua usanza griega, con una túnica blanca sin adornos ni lazos. Justo como había sido enterrado, recordó. Su largo cabello claro caía por su espalda y sus tristes ojos brillaban igual que el día que, en Asgaard, lo impulsó a seguir adelante. Para el joven Caballero, verlo fue descubrir que sus espíritus estaban unidos como las dos caras de una moneda. Él que luchó por destruir; el que luchó por proteger. Pero Atenea siendo el eje de ambas vidas.
—Dioses...— murmuró, incapaz de pensar por un instante.
Saga se acercó, deteniéndose a la misma distancia de donde Sigfried estaba, y afirmó:
—Caballero Seiya de Pegaso, esto no es un sueño. Para las almas, no hay otro modo de comunicarse con la Tierra de los Vivos.
—Si te trajimos aquí y hablamos contigo, es para advertirte sobre los acontecimientos futuros —añadió Alpha.
Inconscientemente, Seiya se puso en guardia. Al fin prestaba atención a esa palabra.
—¿Advertirme?
—Sí.— dijo Saga, su ojos tristes mirando hacia el portal blanco y más allá.— Ha llegado el momento de algo inevitable.
Sigfried bajó la mirada.
—Lo que venimos a pedirte, —murmuró— es solamente que nos escuches. Y que no olvides cuanto ha de hablarse aquí.
¡No puedo soportar que mi padre te golpee tanto durante el entrenamiento!
¿Sabes? Creo que en el mundo hay muchas cosas más hermosas que pelear. Como estas flores. Ellas no saben nada de violencia, y viven tranquilamente sin necesidad de conocerla.
Tú eres lo único que me queda.
Para él, dejé de existir desde que regresó del Santuario.
¿Has vuelto a confundirme con tu hermano?
Consigue la Armadura... Haz que mi muerte no sea en vano...
No vengas hacia mí... Llegará el momento en que podremos estar juntos.
Tú eres el Caballero de la Esperanza.
La voz de Esmeralda se alejó suavemente junto con su imagen, apenas Ikki abrió los ojos. Igual que todas las noches, igual que siempre que se distraía, igual que había sido desde aquel maldito día en que no se dio cuenta de que ella estaba detrás de él y no logró protegerla del ataque mortal de su propio padre. A últimas fechas la había recordado con mayor frecuencia. ¿Era acaso que, al fin, se acercaba el día de su añorada muerte, cuando al fin podría reunirse con ella y nada, absolutamente nada volvería a separarlos? ¿La muerte que tanto deseaba el único Caballero casi inmortal?
Murmuró su nombre al despertar, seguro de que percibía el aroma a flores frescas de su cabello rubio. Sin embargo, Ikki comprendió que no era mas que el mismo sueño. Entre sus delirios, había extendido la mano, intentando tocarla una vez más, pero lo único que rodeó sus dedos fue el aire.
—¿Señor Caballero?
La infantil voz provenía de la puerta entreabierta. Ikki miró a una niña de casi doce años, pequeña en apariencia pero ya una mujer en espíritu, que ha conocido la maldad y la muerte. Sonrió con ternura al encontrarla.
—Ellen...
—¿Se siente mejor?—preguntó la niña, sus ojos y largo cabello obscuro brillando, a pesar de que la habitación estaba obscura.
Ikki se incorporó sobre la cama en la que se encontraba. Uno de sus brazos había sido vendado, y le dolió un poco al moverlo.
—Sí Ellen, gracias.— respondió— Pero no recuerdo mucho después de que me hirieron.
Y nada más que el simple espíritu de supervivencia le hizo derrotar a la banda de narcotraficantes y, una vez terminado su trabajo, regresar a la Isla de Khan. Ellen se acercó con timidez.
—Llegó malherido y delirando. —explicó en voz baja— Lo habían herido horas atrás y no lo habían curado. El médico de la aldea logró sacarle la bala del brazo y, conociendo su fuerza, tan sólo ordenó que descansara.
Ikki se dejó caer sobre la almohada de nuevo, sintiendo deseos de maldecirse. "Ave de fuego", terror de los delincuentes urbanos, se distrajo lo suficiente para tardarse un miserable segundo en alzar su barrera psíquica. Bastante para que una bala lo hiriera. Por suerte, su duro entrenamiento y las mortales batallas a las que se había enfrentado templaron no sólo su carácter, sino también su cuerpo; un balazo que podía haberle costado el brazo a alguien más, a él solamente lo lastimó. La ventaja de ser un Caballero.
Ellen lo miró en silencio. Desde su primera visita a la Isla de Khan —el día que los alumnos de Shaka de Virgo mataron a su abuelo a golpes—, Ikki de Fénix acudía a ese lugar antes de una batalla importante, se llamara Asgaard o Atlantis. Era la primera vez que llegaba después de un enfrentamiento. ¿O es que acaso iba a enfrentarse a una nueva guerra, y no se lo había contado aún?
—¿Quiere algo de comer, Señor Caballero?
Ikki sonrió débilmente. El transcurso de un año no había completado su gesto.
—Te he dicho que me llamo Ikki. No soy un "Señor Caballero".
— Mi abuelo me educó para tratarlos con respeto.— contestó en voz baja.
—No es ninguna falta de respeto que me llames por mi nombre.— insistió, la calidez de su mirada tratando de infundirle confianza.
Ellen se ruborizó e inclinó la cabeza, ya que se había atrevido a alzar la vista.
—Lo intentaré.— prometió.
El sol entraba por las ventanas, que estaban cubiertas por ligeras cortinas. Era una casa pobre, igual que todas las de Khan, pero era lo más cercano a un hogar que el Fénix conocía. Ni siquiera en Santuario, con Shun y Saori y los demás, se sentía de ese modo. Si bien no permanecía en la isla por largos períodos de tiempo, disfrutaba los pocos días de su estancia. En cada ocasión, descubría con mayor claridad la influencia tranquilizante del humeante volcán, al menos para su alma. Algún día, pensó, llevaría a Shun y a sus amigos a conocerlo.
Algún día.
Mientras pensaba, Ellen se dirigió a uno de los muebles y abrió un cajón. De ahí, extrajo un paquete envuelto en un lienzo negro y atado con un cordel. Después, se acercó a la cama donde el Caballero estaba y se la dio, sin pronunciar una palabra.
—¿Qué es esto?— preguntó Ikki, comprendiendo que quería que lo tomara.
Apenas lo hizo, descubrió que no era un objeto muy pesado, a pesar del tamaño y de su firmeza.
—Es un manuscrito de mi abuelo. Lo encontré el otro día, y pensé que podía leerlo mientras le traigo su comida. Si quiere llevárselo, está bien.
Dicho esto, Ellen se dirigió a la puerta.
—Gracias.— escuchó— Pero, ¿por qué a mí? Supongo que tu abuelo preferiría que tú lo conservaras.
La joven se detuvo en el marco. Se obligó a sí misma a mirarlo a los ojos, aunque volvió a ruborizarse, y afirmó:
—Es lo que él aprendió y conoció sobre la Orden del Zodiaco y su servicio a Atenea. Creo que una sola página le será más útil a usted que todo el texto a cualquiera de nosotros.
Salió, recordando que Ikki le había pedido lo llamara por su nombre.
Fénix vio cómo se marchaba, la imagen de Esmeralda fresca en su memoria. Pero, al lado de ambas, se formó una tercera. Una joven vestida de blanco que no dejaba de rezar por él desde un templo secreto en Grecia, y que cada vez se aparecía con mayor frecuencia en su mente. Pensativo, sin ni siquiera preguntarse qué era lo que estaba ocurriendo, soltó el cordel y desdobló el lienzo. De inmediato percibió el olor del papel viejo y de la tinta seca, al encontrar una carpeta llena de apuntes.
Ikki la revisó por encima. En sus hojas cosidas en folios, con una hermosísima caligrafía a la antigua, encontró información, mensajes y reflexiones sobre las reencarnaciones de la diosa Atenea, al lado de láminas exquisitamente trazadas en tinta negra. Descubrió que la enemistad entre ella y Poseidón distaba de la Era del Mito, cuando los dos disputaron por el control de Ática. Según algunos, porque ella fue hija del dios del mar y no de Zeus, como decía la versión oficial. Pero en lo que todos concluían era que el encuentro más importante fue por la ciudad que, a su victoria, se convirtió en Atenas. Sin embargo, añadían, no siempre habían sido enemigos, y en algunas ocasiones incluso pelearon juntos contra fuerzas que amenazaban con destruir la Tierra que ambos amaban —a sus diferentes maneras.
Encontró también los nombres de muchos héroes mitológicos que gozaron de la protección de la diosa, y que en cierto modo fueron los Primeros Caballeros de la Orden del Zodiaco. Perseo, Heracles, Teseo, Belerofonte, Orfeo, Telémaco... Tantos, que de momento los pasó por alto, confiando en que tendría tiempo para leerlos con calma. En seguida, había un hermoso mapa con la localización de los diversos campos de entrenamiento en el mundo, el más importante en Santuario. Al encontrar la marca de Death Queen Island, pensó que tal vez debería borrarlo para actualizar el texto (ojalá que fuera tan sencillo deshacerse de los recuerdos, pensó). E igual debería ser con los diseños de cinco Armaduras que ya no eran de Bronce, sino de Plata, y que habían cambiado mucho en los últimos años. Porque la siguiente sección mostraba, en una o dos páginas, el diseño de cada uno de las 88 Túnicas Sagradas, con su posición estelar y las leyendas que había en torno suyo. Por supuesto que una estaba dedicada al Fénix; a pesar de que el diseño era exacto al que tuvo antes de la Batalla del Santuario, sus propiedades eran bastante parecidas a las mencionadas.
Ikki no se detuvo en particular en ningún folio, aunque reconocía el increíble valor artístico e informativo del texto, recopilado por quién sabe cuántas personas iniciadas en uno de los grandes secretos de aquella época. Quizá algún día, habría una carpeta igual, con las aventuras de los Cinco Caballeros. No, era demasiada presunción.
Había algunos datos vagos sobre Asgaard, una Tierra Mística que siempre había sido amiga de Atenas, y sobre las Armaduras de Odin y los Siete Zafiros que convocaban a la Espada de Balmung. También se incluía información sobre Atlantis y sus leyendas y de las Escamas Marinas. Y, por supuesto, de otras Tierras Místicas que de momento no estaban tan despiertas como Santuario, y de las Órdenes que protegían a otros dioses, tanto griegos como extranjeros. Tal vez el título verdadero de la carpeta era "Manual Práctico para el Caballero Ateniense", se le ocurrió.
Sin embargo, el último apartado tenía otro tipo de datos, si bien también trataba sobre un dios griego con Orden propia. Ikki comenzó a leerlo con curiosidad, tal vez porque era el folio final de la carpeta. Sin embargo, cuando entendió a lo que se refería, sus ojos centellearon y la cicatriz de su rostro le dolió tanto como el día en que murió Esmeralda.
Después de la desaparición de Isaac, hacía ya una eternidad en Siberia, Hyoga se acostumbró a salir durante las tormentas de nieve. Crystal los había entrenado para que el frío no los afectara; por ello, podía pasar horas bajo el polvo de diamante, pensando. El helado viento acomodaba sus ideas y calmaba sus emociones, sobre todo las provocadas por la aparente muerte de su mejor amigo. Años después, comprobaba que no había perdido su efecto.
Envuelto en la capa y con la cabeza descubierta, Hyoga recibía la nieve con los ojos cerrados. Su dorado cabello era manipulado por el viento y la casaca se pegaba a su cuerpo, mas no le importaba. Al fin, gracias al viento frío y al agua congelada que tan unidos estaban a él, comenzaba a ver todo en su perspectiva correcta.
Hilda no quiso tentarlo a que se alejara de su hermana, ni proponerle que renunciara a Atenea. Simplemente, como ella no estaba en su posición, contemplaba todo desde un punto de vista más objetivo, algo que él no podía hacer. Era sencillo: Si le proponía matrimonio a Flare, se convertiría en Príncipe de Asgaard, PERO tendría que permanecer ahí —y cuidar tanto de ella como de la Tierra Mística si por cualquier motivo Hilda faltaba. Nada es gratis, pensó. Comprendió que había reaccionado de más, alterándose sin una razón verdadera, y que al querer evitar un pleito mayor, Hilda prefirió despedirlo, humillándolo en ese momento. Él le debía una disculpa, pero ella también.
Supuso que en el fondo se preocupaba por algo que todavía no ocurría. Él amaba a Flare. La actitud de ella le demostraba que no le era por completo indiferente, y tal había sido la situación desde el instante en que ella entró a la mazmorra a liberarlo aquel día. Pero él no le había confesado sus sentimientos; por ende, ella no podía aceptarlo. Ni rechazarlo, para esto.
Hyoga entendió que, durante el último año, había sido muy feliz. Contaba con sus amigos en Grecia, China o Jammyel (y uno más quién sabe donde, pero lo tenía). Atenea velaba por él, y él le servía al ayudar en Asgaard. Los nuevos Siete Guerreros Divinos (empezando con Bud y Gunther, y siguiendo con Balder, Hildebrand, Dietrich, Erich y Heimdall) eran sus pupilos, pero también sus compañeros; él se había convertido en un líder a seguir. Y, por supuesto, había hallado una familia en Hilda y Flare. Con tal panorama, no había confesado sus sentimientos por el temor de perderlo.
Cobarde, se dijo. Había llegado la hora de aclarar todo con la princesa, y de afrontar las consecuencias que ello trajera.
Decidió regresar al Palacio del Valhalla, a pesar de que la idea de volverse a enfrentar a Hilda no le agradó mucho. Abrió los ojos, satisfecho de haber llegado a una conclusión, y se disponía a marcharse cuando sintió el cosmo de otra persona acercándose. No logró ver mas que una silueta; recordó su salida intempestiva del Valhalla y se imaginó quién era, preocupado por una situación que jamás se había presentado.
—¿Gunther? — preguntó— ¿Eres tú?
En eso, descubrió que la figura era más alta que él —y, por ende, que el nuevo Alpha. Se detuvo a una corta distancia, pero fue fácil escuchar su voz.
—Hace mucho frío, extranjero. ¿Acaso no lo sientes?
A través de la nieve, Hyoga notó que venía envuelto en una capa. No veía su rostro con claridad, mas su cabello (¿grisáceo?) estaba peinado hacia arriba. Por algún motivo, sintió que conocía esa voz, a pesar de que el viento suele deformar el sonido.
—Siento muy poco. —respondió educadamente— Viví mucho tiempo en Siberia.
Pareció que el extraño comparaba el viento de Asgaard con el Polvo de Diamante. Tras un momento, opinó:
—Hace más frío en Siberia, a pesar de que aquí nunca sale el sol y allá sí.
—Mi Maestro me enseñó a superar ambos. Me hacía nada bajo el lago congelado y permanecer toda la noche en el glaciar. Yo creo que por ello ninguna de las dos tierras me parece tan helada como las consideran los demás.
El extraño no contestó de inmediato.
—Al menos tu Maestro hizo algo bien.
—Era un hombre admirable.— afirmó el Caballero, con el orgullo y respeto que siempre empleaba al referirse a Crystal— Él me convirtió en todo lo que soy.
—No, Hyoga de Cygnus. Eso lo hiciste tú mismo. Camus de Acuario y yo sólo fuimos tus guías.
Hyoga sintió que el corazón se le detenía. No porque conociera su nombre, su constelación, ni quiénes fueron sus Maestros. Acababa de reconocer al recién llegado, y la voz se le ahogó en la garganta.
—Maestro Crystal...
Ahí estaba el hombre que lo instruyó durante seis años, al lado de Isaac de Kraken. El mejor ejecutor del Polvo de Diamante, creador del Ken de Hielo Directo, guardián de la aldea donde Jacob vivía, y alumno favorito de Camus de Acuario, máximo Guerrero del Agua y del Aire Congelado. Aquel que le enseñó a Hyoga todos los secretos del Cosmo que lo convirtieron en el Caballero Cygnus. Y que murió a manos de su propio discípulo cuando Saga de Géminis controló su mente y le obligó a atacarlo, aunque para el joven había sido como matar al padre que nunca conoció, la primera de las heridas que él mismo habría de realizar a su corazón.
Temblando, Hyoga dio un paso hacia él. Crystal miraba hacia el Palacio del Valhalla y, sin verlo, ordenó:
—No te acerques ni me toques. No es tu tiempo todavía.
—Pero...— murmuró, incapaz de creer sus propias palabras— Está vivo, Maestro...
Crystal negó con la cabeza.
—Estoy muerto, Hyoga. Llevo años así.— y mirándolo, añadió— Si dudas de ello, regresa a Siberia. Comprobarás que permanezco en la tumba que construiste para mí.
—Entonces, ¿por qué puedo hablar con usted?
Los ojos de Cygnus se llenaron de lágrimas. Encontrarse de nuevo con Crystal era como contemplar un sueño hecho realidad, donde la culpa no existía y aquellos seres que amas nunca se alejarán de tu lado.
—Están ocurriendo eventos que permiten nuestro contacto temporal, aunque está prohibido que los vivos puedan ver y hablar con los muertos— señaló, la voz semejante a cuando lo instruía.— Cuatro éramos los que queríamos hablar contigo, pero consideramos que era mejor si yo lo hacía.
—¿Cuatro?
Crystal no respondió. Miró de nuevo al Valhalla y en un franco cambio de conversación, preguntó:
—Recuerda lo que te enseñé sobre mitología. Dime, ¿quién es Hades?
—¿Qué?
—Responde, Hyoga.
La mente del Caballero estaba demasiado confundida para pensar o protestar. Sin embargo, su memoria reaccionó de inmediato y, un segundo después, dijo:
—Hades era el Soberano de la Tierra de los Muertos, de acuerdo con los griegos, pero no era la muerte en sí... Se dice que era el gobernante del Tártaro, la Tierra a la que eran dirigidas las almas de los fallecidos cuando, después de ser juzgados, se les consideraba indignos de ir al Paraíso... Lo siento, al Eliseo.
Crystal asintió.
—¿Algo más?— insistió.
Hyoga recordó de nuevo y tardó menos tiempo en continuar.
—Cuentan que era un ser sin piedad. Era inflexible, pero justo, y terrible aunque no maléfico, que se limitaba a cumplir los designios de las Moiras. Y que nunca subía a la Tierra... Pero, Maestro, —añadió, acercándose— ¿a qué viene eso?
Crystal volvió a cambiar la conversación, si bien su tono no permaneció tan estricto.
—¿Por qué encarnan Atenea y otros dioses antiguos?
Atontado como se encontraba, Hyoga se preguntó vagamente si era un examen que el Más Allá quería aplicarle.
—Cuando terminó la Era del Mito, los dioses de la antigüedad fueron desplazados por la Revelación del Dios Omnipotente, según nos explicó Dokho, y quedaron en un nivel inferior, sujetos a Su poder.
Crystal volvió a asentir. ¡Qué sabio era Dokho de Libra! Hyoga prosiguió, casi ausente:
—El Dios Omnipotente recurre a los dioses antiguos, ahora menores, para cumplir ciertas misiones. Odin vigila que el hielo de los Polos permanezca en su sitio. Poseidón está a cargo del Mar y de los cuerpos de agua. Atenea guía a sus Caballeros para liberar a la humanidad durante las Eras Obscuras. Y así se establecen ciclos completos.
—Has de saber entonces, —sentenció Crystal, más serio en ese momento que en toda su vida entera— que Hades también tiene una misión. Resurge poco tiempo después de que acaba la Era Obscura, para dar por concluido el Ciclo.
—¿El Ciclo? ¿De qué forma habría de...?
Hyoga no terminó la frase. Las palabras —y la realización de su significado— se congelaron en su garganta, helando su mente, y su corazón, y por primera vez sintió el frío de Asgaard como lo haría una persona normal, pero en el interior de su alma. Crystal comprendió lo que su alumno sentía y, al mirarlo a los ojos, su mirada fue muy cálida. En voz baja, pero firme, sentenció:
—Hades termina el Ciclo cumpliendo el mandato de las Moiras. Y éste es que ha llegado la hora de que la reencarnación de Atenea muera.
—¿Qué?
La eterna corriente de los ojos de Shiryu se detuvo por un instante. Las palabras de su Maestro eran lo peor que había escuchado en toda su vida. ¡Y vaya que había oído frases terrible! Ni siquiera cuando escuchó que la Cólera del Dragón, su propio ken, lo hacía mortalmente vulnerable, o que quedaría ciego de por vida debido a su sacrificio. Incluso, más que escuchar que su amado Maestro, su padre espiritual, no llegaría a la noche.
Todos menos ella.
Dokho, su voz cada vez más débil, bajó la vista.
—Es lo normal cuando termina una Era Obscura. Después de un tiempo, de no surgir otra amenaza contra la Tierra, la reencarnación de Atenea muere. Es lo normal, hijo mío.
Shiryu agitó la cabeza, negándose a aceptarlo. Él nunca había renegado ante su destino, por difícil que fuera. Sin embargo, ésta era la mayor prueba que jamás había recibido su noble y pacífica alma.
—¡Ella no!— protestó— ¡Es una diosa, y es muy joven! ¡Yo soy sólo un humano y soy mayor que ella!
—A diario mueren recién nacidos y niños pequeños. — murmuró Dokho— La edad no tiene nada que ver.
—¿Y no hay nada que...?
El Anciano Maestro negó débilmente. Shiryu apoyó el rostro contra su mano izquierda, mirando sin ver el borde de la cama e incapaz de decir o pensar en nada. La imagen de Saori-Atenea se intercalaba con la idea de la muerte, representada por Dokho, y fue como si volviese a verla en las Capas del Espíritu, sólo que esta vez caminando sin descanso hacia Yomotsu. Comprendió que, a pesar de la gran cantidad de ocasiones en que ella había estado en peligro, jamás había sido tan real como entonces. Sunrei lo miró en silencio, su angustia repartiéndose entre los dos otros seres que ocupaban la habitación y a los que tanto amaba, sin saber cuál estaba sufriendo más en ese segundo ni a cual consolar primero.
—Ese no es el problema, Shiryu.— afirmó Dokho, mirando a su alumno.
—¿Puede haber uno mayor que saber que Saori está condenada a muerte, Roshi?— murmuró Dragón.
Era irónico hablar de muertes seguras con alguien que empieza a experimentarla, pero ninguno lo descubrió entonces. Sunrei, ausente, pensó en que el hombre está condenado a muerte desde el instante mismo en que es concebido. Toda otra frase salía sobrando.
Como Roshi no respondió de inmediato, Shiryu volteó a verlo con brusquedad, pensando que el momento había llegado. Pero sólo había cerrado los ojos, respirando con debilidad. Sin querer, el joven se preguntó qué había hecho para merecer tal castigo. ¿O acaso, por sus acciones, había atraído la desgracia sobre sus seres queridos, por un pecado muy grande e indigno de misericordia?
—La raíz del problema es que Atenea tuvo una existencia humana.— dijo Dokho, su voz conservando milagrosamente su tono aunque no su volumen —Sin que nadie lo entienda, ni ella misma, se ha convertido en dos personas dentro de un mismo cuerpo.
Shiryu respiró con fuerza, tratando de mantenerse calmado.
—¿Y eso qué importa? Siendo diosa o humana, o ambas, ella logró salvar a la Tierra. De todos modos, va a...
No se atrevió a pronunciarlo.
Dokho miró hacia la ventana. El sol de Oriente empezaba a acercarse a su ocaso, y entendió que lo mismo ocurría con su vida. No podía darse el lujo de perder tiempo, por difícil que fuera lo que faltaba por decir.
—Como todos los Ciclos, Hades aparecerá en el Santuario e informará a Atenea que la hora de morir ha llegado. Pero esta vez, no será para que ella rece hasta desaparecer y llegue al Campo Eliseo.
La imagen de Saori en las Capas del Espíritu y cayendo por Yomotsu regresó a la mente de Shiryu. No, por favor, suplicó en silencio.
—Ares cambió el Ciclo por completo al intentar matarla. Le dio dos existencias, cuando debió tener solamente una. Y Hades intentará aprovecharse de ello y llevarla a su Palacio, en el Tártaro. Así, su luz entrará a la Tierra de los Muertos Indignos, y él podrá controlar sus reencarnaciones por el resto del tiempo.
Su voz bajaba un poco más a cada segundo. Sin embargo, las últimas palabras fueron suficientes para que el Caballero dejara de lamentarse.
—¿Quiere decir que piensa robársela al Dios Omnipotente y convertirse en su nuevo amo?
—Precisamente. Has de saber que la luz del sol o de las estrellas jamás ha entrado en el Averno. Hades vive en su reino, y nunca sale de él ni sube a la superficie. Pero Perséfone, su esposa, lo extraña, y él la adora. Tomará la parte humana de Atenea...
"Saori Kido", pensó Dragón.
—...Argumentará que no debe morir y la conducirá el Averno para que éste refleje su luz y Perséfone ya no quiera regresar a la Tierra. —continuó— Hará de ella su enviada y regulará sus vidas futuras. Con ella, podrá ir dominando el Mundo Superior poco a poco hasta que su amada esposa pueda regresar a él.
Shiryu miró también hacia la ventana, sin fijarse en el sol. Conforme apretaba los dientes y los puños, su expresión se volvía más triste y decidida.
—Atenea dejará de ser la Protectora del Mundo y su Guía en las Eras Obscuras...—sentenció, comprendiendo a la perfección el mensaje de su Roshi— Se convertirá en un simple títere de Hades.
Dokho, agotado, cerró los ojos.
—La última misión de la Orden será evitarlo. Es lo único que queda por hacer en su nombre.
—Y sólo hay una manera de comprobarlo.—murmuró Shiryu con voz lúgubre— Saori... Atenea debe morir en Tierra.
Trató de concentrarse en esa frase. Era claro: Atenea debería...morir... Como en los ciclos anteriores, Hades limitándose a portar el mensaje de las Moiras. Si no lo lograban, la guerra que pelearon contra Ares habría sido perdida de cualquier manera. Supo que, de haber permanecido la trama como en las encarnaciones pasadas, nada de eso ocurriría. Mas lamentarse no serviría de nada.
Incluso si enfrentaban una nueva Guerra entre Dioses. ¿Cómo podrían intervenir los mortales? ¿Por dónde comenzar?
—Roshi,— preguntó Shiryu, su voz decidida— ¿dónde se encuentra el Tártaro?
—Estás loco. ¿Para qué quieres saberlo?
Los ojos de Shun relampaguearon, a pesar de que estaban llenos de lágrimas. Se habían inundado poco a poco, conforme escuchaba las palabras de Sorrento con respecto a Hades y la muerte de Saori-Atenea. Sin embargo, su mirada era diferente, y el Shogun lo descubrió. Ya no era el muchacho tímido que suplicó a Sirene desistiera, porque podía ver la bondad de su alma. En su lugar se encontraba el hombre que no dudó en usar su ken para detenerlo.
—Debe haber algo que podamos hacer.— afirmó, decidido— No podemos permitir que Hades se lleve a Saori, ¡por ningún motivo!
Sirene jugueteó con su flauta, en apariencia evaluando su diseño. Trataba de mantener la expresión indiferente, pero no lo lograba del todo.
—Eres un iluso, Andrómeda. No hay nada que ni mil Santos Dorados puedan hacer. Menos aún ustedes, Caballeros.
Tiene razón, pensó Shun, tiene razón. Pero ya una vez, cuando me enfrenté a Saga de Géminis en la Tercera Casa, quise renunciar, y fue Atenea quien no me permitió darme por vencido. ¿Puedo actuar de otra manera?
—Quizá, —murmuró— podríamos convencer a las Moiras de que dejen vivir a Atenea un poco más, al menos hasta que Hades desista de su idea, y podamos ganar tiempo.
—No hay esperanza en tu voz. —respondió Sirene, cortante— No sabes nada sobre las Moiras.
—¡Claro que sí! Son tres mujeres que tejen la vida de los mortales. Una hila el cordel cuando un humano nace; otra lo mide, conforme vive...
—Y la última lo corta cuando el humano muere.— concluyó con frialdad— Ellas no tienen sentimientos ni se maravillan ante ningún milagro. Se limitan a cumplir su trabajo y no hay modo de convencerlas.
Shun suspiró, dejando caer la cabeza sobre el pecho. Lo sabía desde antes. Como Sorrento dijo, no había tenido esperanza, pero había querido intentarlo. ¿Y de qué sirvió?
—Entonces, debemos ir al Tártaro y enfrentar a Hades, tanto si se lleva a Atenea como si ella permanece aquí. Será la única manera de detener sus planes.
Sus ojos, aunque miraban fijamente el suelo, demostraron la fuerza que había adquirido en los últimos años, incluso si hablaban de recurrir a la tan odiada violencia. Sorrento sintió deseos de reírse, al menos para burlarse de él. Pero esos jóvenes habían derrotado a Poseidón, que era casi tan poderoso como Hades. Y, a pesar de que no lo confesaría, tampoco deseaba que Atenea fuese llevada al Averno. Prefirió sonreír con desdén.
—Estúpido. Tú y todos tus amigos son un conjunto de estúpidos.
—Tal vez.— respondió Shun— Pero no nos daremos por vencidos fácilmente.
Si hubo o no alusión a lo ocurrido en Atlantis, cuando en lugar de pelear junto con su dios abandonó el combate, Sirene pretendió ignorarlo.
—¿Cómo llegamos al Tártaro?— preguntó Shun, más para él que para el Shogun.
—Muertos. Es el único modo.— sentenció, cerrando los ojos y volviendo a tocar la flauta.
La suave melodía que interpretó era diferente a la Canción de la Muerte, pero Shun se sintió tan deprimido como si siguiera escuchándola. La idea de que Saori fuera a morir era lo último que se le había podido ocurrir, como si él, su hermano y sus amigos fueran los únicos que pudieran hacerlo. Tenía que encontrar el modo de evitar que eso ocurriera o, al menos, de que Hades no se apoderara de su luz. No supo si Sorrento lo oiría o no, así que dijo para sí mismo:
—De acuerdo con la mitología, el Averno es el Reino de los Muertos Indignos, que Hades gobierna. El alma, después de que se separa de su cuerpo al morir, debe cruzar la Laguna Estigia para llegar a él, y en el centro se encuentra el Tártaro, que es donde el dios habita. Dicen que hay lagos, fuentes...
—Y muchos peligros.— completó Sirene, dejando de tocar la flauta— Y las almas de los muertos que no fueron lo bastante justos para ir al Campo Eliseo.
—Un momento, —afirmó Shun, los ojos brillantes— ¿cómo es que se sabe todo esto?
El gesto del Shogun perdió su ligera expresión burlona. No respondió. Inconscientemente, Shun se puso de pie y exclamó, sin importarle quién podría oírlo:
—Si se conoce todo esto del Averno, es porque alguien fue capaz de regresar. ¡Un ser vivo sí puede ir al Tártaro! —y volteando a ver a Sorrento, añadió— Y tú sabes la manera.
Sirene bajó la vista, incapaz de sostenerle la mirada.
—No sé a qué te refieres.
—¡Sí lo sabes!— reclamó Andrómeda, sujetándolo de los hombros y obligándolo a verlo de frente— ¡Todo lo que has venido a advertirme yo lo habría averiguado tarde o temprano, si Hades ha de presentarse en el Santuario! Pero tú dijiste... ¡que venías a pagar un favor!
Por primera vez en el tiempo en que lo conocía (y que había combatido contra él), la expresión del Caballero fue amenazadora. Sorrento nunca lo había visto así, ni siquiera cuando estuvo a punto de morir a sus manos. En eso, June salió del hotel, sonriendo y sosteniendo su sombrero de paja con una mano, pero al percibir el cosmo de Shun, encendido e invisible para los demás, se detuvo en seco, la sonrisa congelada en sus labios.
—Si no me lo dices, Sorrento de Sirene, ¡te juro que voy a obligarte a hacerlo!
—No te atreverías.— respondió, su voz débil— Va contra tus principios.
—¡Mi mayor principio es Atenea, y si es por ella, no me importa!
June observó la escena, sorprendida y un poco asustada. Jamás había visto a Shun usando su cosmo, y el cambio que percibía, desde la época del entrenamiento, era más profundo de lo que podía imaginar. De pronto, recordó el aura hostil de Ikki de Fénix. Los hermanos eran muy parecidos y ni siquiera ellos se daban cuenta.
Finalmente, tras un instante de duda, Sorrento afirmó:
—Te diré todo lo que sé. Pero no te servirá de nada.
El cosmo de Shun disminuyó, aunque su rostro seguía alterado.
—¿Por qué lo dices?
Sorrento volvió a desviar la mirada.
—Hades no es el único obstáculo que enfrentarán.
—De acuerdo, está el terreno. ¿Y qué más? ¡Demonios, responde!
Era un sueño, tal vez, pero Seiya sintió que se parecía más a una pesadilla. Aunque estaba seguro de que, al despertar, comprendería que no había sido sino un delirio de su mente cansada, aburrida y emocionalmente lastimada, se repitió que no debía olvidar lo que Saga y Sigfried le estaban diciendo. ¡Pero era ridículo! ¡Completamente estúpido!
No podía ser cierto.
No puedo perder a Saori.
Sigfried lo miró, tristeza reflejada en sus claros ojos. Saga había preferido mirar en otra dirección, incapaz de soportar la desesperación que el rostro de Pegaso mostraba.
—Sé lo que sientes.— murmuró Alpha-Dubhe.
—¡No, no lo sabes!— gritó Seiya, las manos en puños.
La expresión del Guerrero Divino reflejó por vez primera su impotencia y la furia que contenía dentro de sí desde el día en que había muerto.
—¡Sí lo sé! Cuando combatí contra ti, supe que tenías el poder suficiente para matar a Lady Hilda. ¡Lo único que me quedó por hacer fue morir para tratar de evitarlo!
Seiya le dio la espalda. Entendía que lo había ofendido con lo poco capaz de herir a un alma noble; sin embargo, de momento no pensó en él.
—Pero al menos tú pudiste hacer algo por Hilda.
Y añadió, en voz más baja:
—Yo sólo voy a mirar cuando ella... se... Dioses, voy a tener que pelear para que ella pueda morir.
Su voz se quebró. Seiya dio un brusco giro de cabeza para aclarar su garganta, e insistió:
—¿Qué más nos esperará, aparte de Hades?
Maldita pesadilla, pensó. Apenas despierte, iré al Templo a buscar a Saori, golpearé a los guardias para que me dejen pasar, entraré a su Cámara y la abrazaré aunque proteste, para saber que está viva y que lo estará por largo tiempo, que seguiremos viviendo juntos, yo sirviéndole y protegiéndola, y tal vez un día...
¿Por qué no puedo despertar?
—En primera, el terreno, como ya dijiste.— afirmó Saga, aún sin mirarlo. No sólo es la Estigia, con sus aguas hirvientes. Hay otros ríos, de fuego y lágrimas, y campos secos, casi eternos en su longitud.
—Podremos superar todo eso.— aseguró Seiya— Hemos conocido peligros que vinieron de los cuatro elementos y de los diferentes niveles del Macrocosmo. Los superamos todos y cada uno, y volveremos a hacerlo.
La mente de Sigfried, sin su voluntad en ello, se desvió a otros tiempos y lugares. Hacia Asgaard, cuando el futuro era brillante y su silencioso amor hacia la Avatar la principal razón de su vida. Por Hilda, él había hecho eso y mucho más, en medio de la confusión de emociones que dominaron su corazón. Si Seiya conservaba el mismo espíritu que mostró aquel día, seguro que lo lograría, pero permaneció callado.
—No es lo único.— afirmó Saga— Hay algo peor.
Seiya los miró, cruzándose de brazos y ojos relampagueantes, entendiendo a qué se refería.
—Hades tiene su propia Orden, ¿verdad?
Ni Alpha ni Géminis respondieron de inmediato. Pegaso extendió sus brazos, suspirando como quien está harto de una situación y desea que termine. Y despertar, en su caso.
—Pues tendrá cien Órdenes, pero lo venceremos.— sentenció, en extremo confiado— Atenea no está sola. Cuenta con su Cosmo Dorado y además la protege todo el Santuario, los Santos Dorados y por supuesto que sus Cinco Caballeros del Zodiaco. No será fácil...
—Será imposible.
Seiya volteó a ver a Saga, preguntando más con la mirada que con todas las palabras del mundo. El Santo lo observó pero, apenas comenzó a hablar, volvió a desviar los ojos.
—Han conocido el Bronce, la Plata y el Oro, los Zafiros de Odin y las Escamas Marinas. Te has enfrentado a todos los elementos y a cualquier nivel cósmico, a las Constelaciones, Estrellas y Océanos.
Titubeó un poco antes de concluir.
—Sin embargo, nunca te has enfrentado a algo parecido a los Siete Guardianes del Estigio.
Seiya sintió que un escalofrío recorría su espalda al escuchar el nombre de sus próximos enemigos. ¿Era posible temer físicamente durante un sueño?
—¿Los Siete Guardianes del Estigio?
Saga asintió.
—Recordarás que, en la Era Mitológica, Siete Seres y Criaturas fueron condenadas al Averno. Los Cíclopes, que tenían un solo ojo; Caronte, el Barquero que te guía a través de la Estigia; las Erinas o Furias, que acosan a los asesinos; los Hecatónquiros, gigantes de Cien Brazos; Thanatos, la personificación de la Muerte; Hypnos, la representación del Sueño; y Cerbero, el Perro Guardián que evita que las almas escapen. Además, están Hades, Perséfone y las Moiras, y mucho más escondido, el Juez Supremo. No estamos hablando tan sólo de una habitación eterna, sino de un sitio de Condena.
—¿Cuál es el problema, entonces?— preguntó Seiya, sin entender por qué tanta indecisión si habían enfrentado a muchísimos enemigos antes.— Sólo son Siete. Si reuniéramos a todos los Santos y Caballeros, numéricamente seríamos bastantes más que ellos.
Sigfried, sin mirarlo, señaló:
—La mayoría de los Santos y Caballeros a los que te has enfrentado dominaban técnicas físicas y algunas mentales. Los Siete Guardianes del Estigio van más allá. Juegan con tu propia alma.
Seiya sonrió con burla.
—Eso no es nuevo. Varios de nuestros enemigos nos atacaron con ilusiones y poder mental. Uno de los Santos nos agredió así, e incluso uno de nuestro grupo es capaz de usarlas. No será nada nuevo.
Saga por fin lo vio de frente. Su gesto triste se volvió más obscuro al explicar.
—Shaka de Virgo muestra planos irreales. Ikki de Fénix te enfrenta a tus miedos más profundos. Kaysa de Léumnades tomaba la forma de tu ser más querido. Pero sus kens no son nada a comparación de los Guardianes.
—Juegan con tu alma.— insistió Sigfried— No hay modo de vencerlos.
Seiya no respondió. Pesimistas. Se preocupan y asustan ante cualquier enemigo.
Pero ni Saga ni Sigfried jamás temieron a nada.
—Además, —añadió Géminis— no es tan fácil entrar al Palacio del Tártaro.
"Todas las fortalezas tienen un punto débil. El Tártaro no es la excepción."
Le dolía la cabeza, sobre todo la cicatriz, como cuando se enfrentaba a algo demasiado horrible para ser verdad. Ikki había leído cada página con velocidad pero sin perder detalle, su corazón palpitante siendo el único sonido de la habitación.
Debía haber algo que pudiese hacer para salvar a Saori de la muerte. ¿No habían ocurrido ya bastantes sacrificios con el fallecimiento de tantas personas para que ella también perdiese la vida? ¿No fue suficiente perder a seis Santos Dorados? ¿A siete Guerreros Divinos? ¿A quién sabe cuántos enemigos que se habían enfrentado a ellos en un momento u otro?
¿A Esmeralda?
El texto no mencionaba la posibilidad de que Hades intentase controlar a Atenea, pues la diosa jamás había poseído dos vidas en un solo cuerpo. Ikki no tenía la menor idea de que eso pudiera pasar. Sólo sabía que Saori no debía morir, por muchas razones que él mismo no aceptaba.
Gracioso: Aquel que añoraba y deseaba la muerte cada mañana era lo bastante egoísta para negársela a los demás. Ikki no se detuvo en la ironía del asunto.
En eso, encontró otro capítulo del folio. En él, venía una descripción muy completa sobre la distribución geográfica del Averno. El Tártaro en sí era el Palacio de Hades, y estaba rodeado por tres impenetrables murallas de bronce. En sus cercanías, aunque en un sitio no muy bien definido, se encontraba la Fuente de Lete, o del Olvido, en donde un alma que se consideraba que se había purificado lo suficiente para pasar al Eliseo bebía de las aguas que acababan con los remordimientos. Toda la zona estaba protegida por el Erebo —y lo único que se decía de ahí era que nada de lo que se veía era real, sin más detalles—, y por la Estigia y cinco ríos infernales. Algunos monstruos antiguos habían vivido ahí en la Era del Mito, pero supuso que se habían convertido en Armaduras que protegerían a la Orden de Hades. Así funcionan los mitos modernos, pensó.
De acuerdo con el escrito, Hades había raptado a Perséfone para convertirla en su esposa, y después de una trampa en la que ella comió las semillas de una fruta del Tártaro, fue obligada a acceder a quedarse con él. Otras ninfas que habían habitado el Averno fueron convertidas en plantas o árboles. Además, no podía olvidar a las Moiras, o Parcas según los romanos, quienes determinaban el destino de hombres y dioses. Ni al Juzgado de las Almas. Ni a los Muertos Indignos. Un lugar realmente agradable, sin luz de sol ni de estrellas, que se acercaría a la Tierra de los Vivos solamente si estos brillaban contra su negro cielo.
Y al cual Atenea no debía ingresar. Por ningún motivo.
Todo era muy interesante, pero faltaba algo muy importante. ¿Había algún modo de llegar ahí, además de la muerte? Porque si iba a tratar de evitar que Hades atacara, tendría que hacerlo primero.
Dio la vuelta a la hoja. Había un último grabado. Y, genial, Ikki conocía el lugar.
Y, ahora, la forma de entrar al Averno.
—Pero, ¿de qué me sirve saber todo esto?
Los ojos de Hyoga, después de mostrar desde tristeza hasta esperanza, habían regresado a la indiferencia de los años anteriores. No a la usual, sino a la que mostró desde el día de la muerte de su madre y que perdió aquella tarde, en la Casa de Libra, cuando comprobó que tenía amigos dispuestos a dar su vida por él. La frialdad que produce un dolor demasiado grande, que no se quiere aceptar ni compartir, y que sin embargo se enfrenta a cada momento.
Crystal miró de nuevo al Valhalla, su capucha cubierta por copos de nieve. Amaba a Hyoga como si fuese su propio hijo, y entendía el dolor por el que estaba atravesando, pero ante todo era un Caballero de Hielo. El deber, por desagradable que sea, se encuentra muy por encima de los sentimientos.
—No tienes el derecho de decir eso, Hyoga. Tu misión es muy clara.
—¿Debo ver cómo muere Atenea?—preguntó, su voz tratando de no mostrar emociones— Ya he presenciado la muerte de muchas personas a las que amo, incluyéndolo a usted.
Por un instante, sólo el sonido de la tormenta le respondió. En voz un poco más baja, sus ojos relampagueando, murmuró:
—No, es mucho peor. Debo ayudar a que ella muera.
—Debes evitar que Hades la controle.— corrigió el Caballero de Siberia, cerrando los ojos.
—De todos modos, perecerá.
La verdad, por sencilla que sea, no tiene por qué ser agradable. Sólo el que hubiese enfrentado tanto sufrimiento en el pasado ayudó a que Cygnus no empezara a llorar, recordando a su madre, a Camus, Isaac y al mismo Crystal, e imaginando que Saori pronto debería unirse a ellos. Su Maestro abrió los ojos, mirando a su alrededor, y con voz calmada dijo:
—Amas este lugar, justo como amas al planeta entero sin importar qué tan difícil sea la vida en determinado lugar. Si te concentras, notarás que está cubierto de luz, misma que surgió desde hace más de un año. Es la luz de un Cosmo Divino que destruyó la obscuridad, y unió a la Tierra con el Macrocosmo, como cada Ciclo. —y añadió, con voz más firme— Imagina que esa luz desapareciera y jamás volviera a encenderse. La Era Obscura debe comenzar nuevamente en doscientos años, ¿pero y si no existe quien logre acabar con la violencia que la caracteriza?
Hyoga lo miró, sus ojos apenas reflejando su tristeza.
—La Atenea a la que amas, sirves y proteges se habrá convertido en esclava de Hades. Puede que siga viva dentro del Averno, pero su luz se extinguirá. Si no puede proteger a la Tierra, tarde o temprano ella también se marchitará. Y no dejará de ser la esclava del Señor de los Muertos. Hyoga, ¿es eso lo que deseas para ella? ¿Para tus amigos? ¿O para cualquier ser humano?
Cygnus bajó la vista y murmuró:
—No.
No le fue posible descubrir el gesto de satisfacción de Crystal. Acababa de comprobar que había cumplido su principal deber como Maestro y que su muerte, incluso en las circunstancias en las que había ocurrido, no fue en vano.
—Todos sabemos que buscas tu propia felicidad, y créeme que la deseamos para ti más de lo que jamás podrías imaginarlo.— afirmó, volviendo a ser el padre que nunca conoció. — Entiendo que la has encontrado aquí. Pero recuerda que tu misión es primero, incluso si tienes que destrozarte el corazón otra vez.
—No lo olvido, Maestro.
La voz de Hyoga era decidida. Como siempre lo había sido, hasta en esa época en que halló la paz en Asgaard. Podría haber sido feliz, pero nunca dejó de ser el Caballero de Cygnus, el último Guerrero del Agua y del Aire Congelado.
—Le juro que haré cuanto esté en mis manos por salvar el alma de Atenea del control de Hades, aunque deba renunciar a la felicidad que mencionó y sufrir lo indecible al verla morir. E incluso si yo mismo debo ofrecer mi vida en su nombre, lo haré gustoso.
Sin querer, pensó que vivo tenía a sus amigos y a Flare. Muerto...
—Al menos podré encontrarlo de nuevo.
Crystal sintió deseos de colocar su mano sobre el hombro de su alumno, como lo hacía años antes durante el entrenamiento, en una muda expresión de satisfacción y cariño. Sin embargo, el contacto físico entre vivos y muertos estaba prohibido, y dio la vuelta para retirarse. Hyoga, aunque había cerrado los ojos, notó que se marchaba. No imaginaba cuándo podría encontrarlo de nuevo (¿más pronto, acaso, de lo que imaginaba?), y no tenía nada que perder, así que preguntó:
—¿Quiénes lo enviaron?
Sin mirar hacia atrás, el Guerrero respondió:
—Vine porque esta es la última lección que todo Maestro debe impartir, y no tuve tiempo de hacerlo cuando vivía. Isaac quería verte, asegurarte que estaba bien, pero no lo creímos prudente. A pesar del tiempo, no acaba de acostumbrarse al otro mundo. Y pensamos que si mi Maestro Camus venía, desconfiarías de su imagen por lo que Léumnades te hizo pasar.
El rostro de Hyoga resplandeció. Crystal había dicho, al inicio de la conversación, que habían sido cuatro los que quisieron hablar con él.
—Entonces...
—Tu madre te ama. No quiere que sufras, y prefiere que pases este dolor de momento a que te enfrentes después a uno mucho más grande.
Aunque no se sentía con ánimo, Hyoga sonrió. ¿Quién más podría haberse preocupado por él, sino el ángel que lo protegía desde el día que se separaron?
—Maestro, ¿se encuentra bien mi madre?
Como no recibió respuesta, no se sorprendió de que, al voltear, no encontrara a nadie. Crystal se había marchado, regresando al hielo que lo enterraba y a la nieve que lo protegió en vida y en muerte. Había vuelto con aquellos que lo habían enviado. Con ella.
"Maestro, Camus, Isaac... Mamá... No teman", suplicó mentalmente. "No voy a rendirme, se los prometo."
Se llevó la mano al pecho para reafirmar su juramento. Ahí, como desde que era niño, se encontraba la Cruz del Norte que su madre le dio el día que le enseñó a rezar. Pendía de su cuello, protegiéndolo del mal como ella le había dicho. Mas junto a ella sintió otra cadena. El pequeño dije de Cygnus-Nike que Saori le dio un año antes para no tener que decir adiós. Se había convertido en mucho más de lo que significaba originalmente.
Antes de pensar otra cosa, corrió hacia el Valhalla. No tenía tiempo que perder.
Mientras se dirigía al Palacio, casi dejó de sentir la nieve golpeándole el rostro. Como en los viejos tiempos (¡hacía tres años!), olvidó su confusión mental para concentrarse en su propósito. Evitar que Hades controlara la vida futura de Atenea y, con ella, de la Tierra. Y para ello, la diosa debía morir. Qué horrible misión.
Pero no podía ayudar en nada solo, y menos desde Asgaard.
Llegó al Valhalla; sin que el menor de sus movimientos revelara lo que en verdad sentía, cerró la puerta tras sí y con rapidez se dirigió hacia las Cámaras, justo a donde había discutido con Hilda horas atrás. Al abrir la puerta, encontró a la Valkyria, cual lo había imaginado, viendo a través de la ventana la tormenta de nieve y de seguro meditando en lo que había ocurrido. Cerca de ella, Lady Flare leía un libro.
Eso no lo esperaba. Había deseado no encontrarla, y menos en ese momento en que tendría que...
Tocó a la puerta, dando a entender que entraría aunque no había pedido permiso. Flare sonrió al verlo e Hilda permaneció callada. Aunque su gesto no fue hostil, era obvio que ella también habría querido no hablar con él hasta mucho después.
—Debo marcharme.— afirmó Hyoga, dirigiéndose a lo que en ese momento importaba y tratando de no mirar a la princesa— De inmediato.
—¿Por qué?— preguntó Flare, dejando caer el libro en su regazo.
La falta de expresión en los ojos de Hilda no fue difícil de entender por parte del Caballero.
—¿Es por lo que hablamos, Cygnus?— preguntó.
Su hermana menor la vio con inquietud. Hyoga se limitó a negar con la cabeza, sosteniéndole la mirada.
—En absoluto.— respondió— Ese asunto está muy aparte de nuestra conversación, Lady Hilda.
El esfuerzo que hizo por ignorar la mirada de Flare fue uno de los mayores de toda su vida. Jamás en todo el año los dos seres que más amaba se habían referido como "Cygnus" ni como "Lady", y no se necesitaba ser demasiado perceptivo ni leer mentes para entender que algo había ocurrido entre ellos, y algo bastante grave.
—Lo que me obliga a regresar a Atenas es diferente.
Contra su voluntad, la máscara que se obligó a colocar frente a su rostro se desvaneció. Sus ojos se llenaron de lágrimas al murmurar:
—Y demasiado horrible.
—¿Qué quieres decir?—preguntó Hilda, su expresión suavizándose y temiendo, como la Avatar que era, lo que iba a decirle.
Hyoga comenzó a narrarles su encuentro con el fallecido Maestro Crystal. La mala noticia que le había informado, y su futura misión. Y antes de que hubiese llegado a la mitad, Flare también estaba llorando e Hilda había ordenado a un guardia preparase el jet para el regreso inmediato del Caballero a Atenas.
—Pero, ¿qué haré en Atenas, aparte de advertir a Saori y reunirme con mis amigos?
Shiryu había vuelto a colocar el rostro sobre la mano izquierda. Era demasiado para una sola persona, y más en tan poco tiempo, pero no volvió a quejarse. Dokho se había recargado sobre la almohada, su voz más débil y los ojos cerrados. Sunrei sujetaba una de sus manos con fuerza, descubriendo cuán fría estaba, mientras lágrimas fluían por su rostro.
—Hades visitará a Atenea, como en cada Ciclo, para anunciarle que ha llegado la hora. Pero esta vez intentará llevársela al Tártaro.— murmuró.
Abrió los ojos. Shiryu descubrió que su vista estaba nublada y comprendió, con todo el dolor de su corazón, que era el momento de despedirse hasta el reencuentro final y definitivo. A pesar de ello, su Maestro le daba más importancia a la próxima misión que a su propia vida. Con la poca fuerza que le quedaba, sujetó a Dragón de la mano.
—No permitas que Atenea se marche con él.— ordenó, su voz recuperando su firmeza— Si ella entra al Reino de los Muertos sin morir, deberá permanecer ahí por toda la eternidad, a menos de que la luz misma vaya a rescatarla.
—Lo intentaré, Roshi.— juró Shiryu, sin darse cuenta de lo que decía— Aunque tengamos que volver a enfrentarnos a los dioses.
En eso, dejó de ser el valiente Caballero que combatía a aquellos sólo inferiores al Dios Omnipotente para convertirse en el muchacho que estaba a punto de perder al hombre que lo había guiado durante toda su vida, a aquel que era más que un padre, un Maestro y un amigo. De nada habrían servido sus oraciones, porque la Muerte es la única que no se conmueve ante los rezos de los humanos, y sus ojos se llenaron de lágrimas que esta vez sí empezaron a derramarse. Estrechó la mano que lo había sujetado y murmuró, con voz quebrada.
—Pero, ¿cómo voy a hacerlo, si usted no me guía? ¿Qué me quedará por hacer?
—Seguir adelante.
—¡No!— respondió, negando con la cabeza— ¡Siempre que necesité saber algo, usted fue quien me instruyó! ¡Cuando dudé, usted me devolvió la confianza!
Y añadió:
—Por usted, es que yo soy quien soy. ¿Cómo podré seguir adelante sin tenerlo como guía?
Dokho trató de incorporarse. Aunque casi no podía ver, fijó sus ojos en los de su alumno y sonrió. Pareció como si empezara a ser rodeado por luz, empezando por la expresión de sus ojos.
—Te di todo lo que necesitarás para seguir adelante, joven Dragón. Tu Armadura fue restaurada con la sangre de los Santos. Tu ken es capaz de voltear la corriente de una cascada. Y cada vez que lo llamas, el Cosmo Dorado viene a ti.
—Usted fue quien me enseñó todo.— murmuró.
El Maestro sonrió, como en los años anteriores.
—¿Y dices, hijo mío, que ya no estaré a tu lado para guiarte?
Shiryu sonrió débilmente entre sus lágrimas. Por primera vez desde que se conocían, no trató de ocultar sus emociones, indicando que su orgullo había desaparecido casi por completo. Dokho volvió a recargarse sobre el almohadón, y su alumno supo que no volvería a levantarse.
—Cuida de Sunrei con tu propia vida.— pidió— Es inocente y el mundo es muy peligroso para quienes lo son.
Sunrei se conmovió al descubrir cuánto la amaba el Anciano Maestro. El largo entrenamiento al que Dragón se había sometido no había sido un asunto de dos, sino en verdad de tres, y el Caballero comprendió que había hecho lo correcto al insistir que ella los acompañara en esos momentos.
—Gracias por ser mi padre, Maestro —agradeció la joven china con suavidad.
—Nuestro padre —añadió Shiryu.
Dokho estrechó las manos de ambos con la poca fuerza que le quedaba. Los dos jóvenes actuaron igual, dominados por la sensación de que sería una separación muy breve, y sus almas llenándose con una enigmática aceptación a pesar de que su llanto no se detenía.
—Mi última herencia es muy valiosa.— murmuró, y recuperando un instante el porte de un Santo Dorado, ordenó— Shiryu, debes hacerte digno del Tresor de Libra.
Dragón quiso responder algo, decir cualquier cosa que demostrara su voluntad, mas no supo qué. Sólo inclinó la cabeza, en señal de juramento. Su Roshi comprendió y concluyó:
—O te daré una tunda cuando volvamos a vernos.
En ese instante, el Cosmo Dorado que había iluminado sus ojos se extendió al resto de su cuerpo, rodeándolo con su cálida y gentil luz. Parecía como si los propios rayos del sol se separaran de la estrella durante el ocaso, huyendo de la noche, para entrar en la habitación. Sunrei miró el fenómeno, entre maravillada y asustada, pero Shiryu ya lo había presenciado antes. Muchas veces ese resplandor lo había protegido, si bien se suponía que era él quien había recibido la encomienda de velar por él. Y la ocasión que más recordaba era cuando una herida en el corazón lo había guiado a la muerte y esa luz, en lugar de conducirlo al Eliseo, lo llevó de regreso a la Tierra y a la vida.
Ahora, serviría de guía en dirección opuesta.
El Cosmo Dorado rodeó a Dokho de Libra hasta ocultarlo de la vista de sus dos hijos. Ellos sintieron cómo sus manos suavemente los soltaban; en reacción, Sunrei se llevó las suyas al rostro, pero no se atrevió a dejar de ver la luz. Sintió que el brillo la rodeaba y la consolaba, asegurándole que sin importar lo que ocurriera, jamás estaría sola.
—Gracias... Muchas gracias...—murmuró Shiryu, mirando la luz con tranquilidad y tristeza, pero por un instante no supo si se lo decía a su Maestro o a Atenea.
Poco a poco, la luz se disolvió. El lugar físico que había ocupado Dokho de Libra, Roshi de las Cinco Antiguas Montañas de Rozan, China, había quedado vacío. Del capullo que había sido su cuerpo habían visto brotar una brillante figura humana, cuya silueta ninguno de los jóvenes alcanzó a definir en todos sus detalles. La materia se había disuelto y el alma estaba unida a ese resplandor, como lo estaría por toda la Eternidad.
Sunrei empezó a llorar pese al hermoso fenómeno que acababa de presenciar. Shiryu, protector y quizá para ocultar su propio dolor, se levantó y la estrechó contra su pecho. Él también lloraba.
"Gracias, Roshi", alcanzó a pensar en medio del sufrimiento que nacía en su pecho, justo donde se encontraba su único punto débil. "Le juro por lo más sagrado que no sólo me haré digno del Tresor de Libra. Por sobre todo, lucharé por hacerme digno de usted."
El sonido de pasos subiendo la escalera se acercó al cuarto y, al detenerse, la puerta se abrió. Shaka entró, los ojos abiertos aunque era el Santo que menos se asombraba ante los milagros, y afirmó:
—Atenea acaba de estar aquí.
Shiryu lo miró, la corriente de sus ojos muy lenta y, sin soltar a Sunrei, murmuró:
—Lo sé.
Pero su voz se quebró al decirlo.
Si bien no acostumbraba demostrar aprecio a nadie, y menos de forma física, Shaka se aproximó y rodeó a ambos jóvenes con sus brazos. Segundos después los sacó de la habitación, esperando que el lento proceso de sanar después de la muerte de un ser querido comenzara cuanto antes. Dokho también le había dejado una herencia, y esta había sido velar por los dos muchachos que habían sido para él más que sus hijos.
Mientras salían, Shiryu recordó el Cosmo Dorado que había rodeado a su Maestro en el trance preciso en que murió. Pensó que, si él y sus amigos no actuaban, el mundo jamás volvería a sentirlo ni a ser protegido por él, y un dolor todavía más profundo inundó su corazón. Por lo que había de ocurrir, y porque precisamente él era responsable de que así pasara. Por ello, cuando Shaka les propuso marcharse una temporada al Santuario, con sus amigos, no tardó ni dos segundos en aceptar. Sin embargo, no comentó ni con Sunrei la causa de su repentino deseo de ir a Grecia.
¿Por dónde debían comenzar?
—Podríamos o no advertir a Saori, digo, a Atenea. Podríamos o no avisar a los Santos Dorados. Podríamos o no sacar a Atenea del Santuario.
—Iluso.— volvió a interrumpir Sorrento— Dices mucho "podríamos o no", y no comprendes que Atenea se enterará, los Santos Dorados también, y Hades los encontrará aunque se oculten en el fin del mundo.
Shun había vuelto a sentarse sobre el borde de la fuente, el cabello cayéndole sobre el rostro y su mirada llena de titubeos. Sirene, a su lado, corregía sus ideas mientras limpiaba su flauta con un pañuelo de seda, si bien era obvio que sentía exactamente lo mismo que el Caballero aunque jamás confesaría la razón. June, aparentando contemplar otros detalles de la plaza, había descubierto que Andrómeda y el visitante no eran los mejores amigos y estaba lista para ayudarlo en el caso de que tuviera que combatir contra él, aunque reconocía que no haber empleado su cosmo por más de un año podía colocarla en desventaja.
—Además, —añadió Sirene— el que uno de los contados Portales de Espacio por los cuales los seres vivos pueden entrar al Averno se encuentre en el Santuario no significa que Hades esté desprotegido o carezca de otros medios para derrotarlos.
"La entrada está en el Santuario", pensó Shun, meditando sobre lo que Sorrento finalmente había confesado. "Un Portal de Espacio, al alcance de nuestra mano aunque ignora el sitio exacto. ¿Dónde estará?"
—Sé que se encuentra ahí porque Poseidón siempre estuvo muy relacionado con Atenas. Fue una ciudad que quería para sí desde la Era del Mito y su energía ha permanecido ahí. Además, —comentó en voz más baja— por debajo el mar las vibraciones de las Tierras Místicas son más fuertes, en especial ahora que los Ciclos han sido tan alterado. Por eso logré descubrir lo que ha de pasar.
Shun no respondió de inmediato. Demasiadas ideas rondaban su cabeza, pero sólo una de ellas era fundamental.
—Tengo que decírselo a los demás. Seiya, Hyoga y Shiryu deben saberlo... Y tengo que encontrar a Ikki.
Aunque no sé cómo, fue lo que no confesó.
—El Ave Fénix.— dijo Sorrento, poniéndose de pie— Un hombre valiente, si los hay. Adiós, Andrómeda.
Hizo ademán de marcharse. A pesar de su distracción, Shun se dio cuenta, así que se levantó con rapidez y le cerró el paso.
—¿A dónde vas?
—A donde me plazca. Soy un hombre libre.— respondió el Shogun— Y aunque lo supiera con seguridad, no te lo diría. Ahora, si me permites pasar...
Trató de dar un paso, pero el Caballero se interpuso de nuevo.
—No, hasta que me digas algo más.— ordenó Shun, sus ojos relampagueando.
Pareció que Sorrento comenzaba a fastidiarse, aunque por la expresión de sus ojos era muy posible que sólo fuese una actuación. Sujetando su flauta como lo haría con una espada, respondió:
—¿Y qué demonios quieres saber? Ya te dije todo lo que sé. No tengo la menor idea de dónde exactamente está el Portal.
Se miraron en silencio, lo ojos verdeazules reflejándose en los carmesí. Hacía tiempo que Sorrento conservaba una débil sonrisa burlona, pero al enfrentarse en silencio con Andrómeda, desapareció. June los miró con disimulo; aunque ninguno de sus cosmos estaba activado, la situación había llegado a una tensión mayor a la de toda la plática.
—Sólo quiero que me confieses la verdadera razón por la cual veniste a advertirme.
Sorrento no respondió. Shun, en contraste, sonrió con suavidad, y ese gesto involuntario le infundió confianza al Shogun. De verdad, ¡cuán parecidos eran!
—Como dije antes, habría averiguado todo esto tarde o temprano, si Hades se presentará en el Santuario y tendremos que enfrentarnos con él.— afirmó, su voz sin amenaza alguna.— Tú y yo fuimos enemigos, y tratamos de matarnos...
A Sorrento no le pasó desapercibido el tiempo pasado.
—Sé que nunca volveré a verte.— continuó Shun, la expresión de sus ojos complementando la intención de sus palabras— Ya lo dijiste: Aunque te busque, no te hallaré porque tú mismo no sabes a dónde irás. No me advertiste sólo por devolverme el favor de no matarte. Por favor, dime por qué lo hiciste.
Como no recibió respuesta, a pesar de que Sirene no desvió la mirada, hizo una última pregunta:
—¿Fue por la misma razón por la que no ayudaste a Canon a matar a Ikki, aunque tú eras el que tenía más que perder al hacerte enemigo de los dos?
Por fin Sorrento sonrió con franqueza. Su gesto careció de burla y de ironía; mas bien, era en extremo semejante al de Shun, que también sonrió. En otra vida, podrían haber sido los mejores amigos, en lugar de los contrarios que el destino había dispuesto.
—Si te elegí a ti fue para devolver el favor que me hiciste. Pero si decidí hacerlo, igual que entonces decidí respetar la vida de Fénix, fue por Atenea.
Los ojos del Caballero brillaron con esa luz tan especial con que lo hacían cuando se hablaba de Saori, y por un instante olvidó que la existencia de la diosa era secreta como para discutir de ella en una plaza. A pesar de su frase, Sorrento no añadió más y se limitó a opinar:
—El problema de ustedes, Caballeros del Zodiaco, es que como la acompañan todo el tiempo sólo la aprecian cuando están a punto de perderla. El destino, o quien tú quieras, dispuso que yo serviría a Poseidón, pero fue Atenea quien me mostró el camino correcto.
—¡Únete a nosotros entonces!— exclamó Shun por impulso, sin comprender que le estaba proponiendo renunciar a todo lo que había sido— ¡Ven al Santuario, ayúdanos a protegerla contra Hades, y sírvele también!
Sirene trató de mantener los ojos inexpresivos, pero no lo logró por completo, y se limitó a negar con la cabeza.
—Ya la serví al hablar contigo. Adiós.
Siguió de frente. Shun ya no lo detuvo; sin embargo, en el momento en que el Shogun y el Caballero estuvieron uno al lado de otro, sin mirarse, escuchó cómo Sorrento decía, su tono por completo sincero:
—Sólo un consejo, Andrómeda. Tienes que decidirte a matar sin misericordia. Los Guardianes del Estigio no serán tan generosos contigo como yo lo fui con tu hermano.
"No podré hacerlo", pensó en respuesta. Sorrento, aún así, lo comprendió. Lo conocía demasiado bien, casi como se entendía a sí mismo.
—Eres un hombre noble, si los hay. Lástima que sean los que mueren primero.
Dicho esto, se marchó, tocando una tonada distinta con su flauta. Era una despedida. Shun no pudo apartar la vista de él hasta que sintió que June se le acercaba.
—¿Quién era?—preguntó en voz baja— ¿Qué quería?
—Debo volver al Santuario de inmediato.
June, sorprendida, lo miró al rostro. Shun estaba más pálido que de costumbre, sus ojos casi sin ver, y el temblor de sus manos demostrando el intenso frío que lo dominaba. Sólo que el cálido sol brillaba resplandeciente en lo alto.
"¿Por qué tiemblo? ¿Por qué estoy nervioso? Esto no es más que un sueño, ¡un estúpido sueño!"
—No nos crees, ¿verdad, Seiya?
Seiya, cruzado de brazos, sonrió con burla mientras golpeaba nerviosamente el suelo con el pie. Sigfried y Saga lo miraron en silencio, sus ojos tristes.
—Si les digo que sí, descansarán en paz.—afirmó Pegaso— No volverán a comunicarse conmigo porque yo he de cumplir la misión. Si vivieran, no me habrían dicho nada porque lo habrían realizado ustedes mismo, ¿o no? —al no recibir respuesta, continuó— ¡Sí, estar muerto es sin duda un inconveniente!
Sin cuerpo, no puedes hacer nada, menos aún pelear, pensó Seiya, tratándose de concentrar en frases inofensivas y sin sentido. Un sueño es parecido. No tienes tu cuerpo, así que crees que nada es realidad ni lógico. ¿Y no es así? Bueno, tienes tu mente. ¿Pero para qué la conservas, si sólo te jugará malas bromas?
—Pero, si les digo que no, volverán a llamarme en otro sueño. Y en otro, y en otro, hasta que invente cualquier pretexto para jamás volver a dormir. ¡Ya sé! —añadió en son de burla— Quizá pueda entrenar a Jabu durante las noches. Así él mejorará y no padeceré mi insomnio forzado.
—No vamos a regresar, no te preocupes.— afirmó Sigfried, su noble rostro mostrando ira y a la vez desesperación— No tendrás que sacrificar ni una sola hora de tu sueño.
La voz de Alpha, estricta y triste, borró del rostro de Seiya cualquier señal de burla. Con una expresión muy parecida, pero con ojos relampagueantes, Saga señaló:
—Te niegas a creerlo por lo doloroso que te resulta.
—¡Saori no va a morir!—protestó— ¡Esto es un sueño!
"Entonces, ¿por qué siento que el corazón se me ahoga?", alcanzó a pensar. "¿Por qué intento despertarme y no lo consigo?"
—¡Deberías sobreponerte a tu pena!— insistió el Santo— ¡Eres un Caballero del Zodiaco, el más cercano a Atenea, y ya no tienes el derecho a dejarte dominar por tus sentimientos!
"¡Mira quién lo dice!", respondió mentalmente, apretando las manos en puños. "¡Si él no hubiese tenido un lado obscuro que ambicionaba poder, Ares no lo habría poseído!"
Un momento. Nunca había meditado en ello. Siempre le había insistido a los demás (sobre todo a Shun, ¿por qué no lo acompañé?) que dejara sus sentimientos de lado cuando se presentara la necesidad de combatir, Atenea siendo lo único que en realidad importaba en sus vidas. ¿No fue eso lo que Marine siempre insistió en que aprendiera desde que era un niño? ¿No había sido esa la lección que Jabu debía extraer de su combate con Shaina?
Entonces, ¿por qué no trataba de ser objetivo? ¿Qué tal si no era un sueño, sino en realidad una visión? En ese caso, sin importar cuánto sufriera, Saori iba a...
—¡Tonterías!— exclamó con menos seguridad y dándoles la espalda— ¡No tengo por qué escucharlos!
—Seiya...
—¡No quiero escucharlos!
Como si fuera un niño pequeño, se llevó las manos a los oídos, cubriéndolos y casi comenzando a cantar o a decir tonterías para no percibir sonido alguno. "Seika, no te voy a oír. No le hice nada a Minho y no tienes por qué regañarme", escuchó a lo lejos.
¿No había perdido ese recuerdo?
—Si no quieres escucharnos, es tu problema. La muerte de Atenea es una realidad a la que tarde o temprano deberás enfrentarte, y si no estás preparado para defenderla de Hades, será peor para ti.
Seiya descubrió que no había escuchado esas palabras con sus sentidos, sino con su cosmo. Su aura azul y dorada flotaba a su alrededor, aunque él no la había llamado, y notó que Saga brillaba con un resplandor completamente Dorado, cual si portara su Tresor. Sigfried lo hacía con una luz blanca como la nieve, casi idéntica a la de Hilda de Polaris.
—Lo que resulta triste es que, siendo el Caballero en quien ella más confía y ama, no puedas responderle igual, aunque eso te destroce el corazón.— concluyó Géminis— Este es el momento en que debes convertirte en su principal apoyo, no en una carga que le haga más difícil el trance.
Avergonzado, Seiya no volteó a verlo. Con voz obscura, repuso:
—Si actúo, ella morirá. ¿Eso es protegerla?
—Pegaso... En verdad que no tienes idea cuánto te entiendo.
La voz de Sigfried ya no mostraba enojo, sino la más absoluta comprensión. Sus ojos fueron muy tristes al murmurar:
—No hay nada más horrible que estar separado de la persona que amas. Daría mi alma misma, lo único que te queda después de morir, con tal de estar cerca de Hilda, y si estuviera en mí protegerla de algún modo, juro por Odin que lo haría. Pero en este segundo sé que es imposible, y no me queda sino aguardar el momento en que nos reencontremos.
Seiya lo miró en silencio, sus ojos mostrando todavía más pesar. Sé que sentimos lo mismo, porque ambos acabaremos separados de las mujeres que amamos, decía su expresión. Pero no es igual. Tú moriste por Hilda. Yo tengo que luchar para que Saori muera.
—Si no haces nada y Atenea es llevada al Averno, aunque permanezca viva, de nada habrá servido el sacrificio de tantas personas a lo largo de los años.— sentenció Saga, cambiando la conversación y tratando de desviar los pensamientos del Caballero— ¿Recuerdas las Eras Obscuras? Ya no se presentaría otra.
—¿Y eso es malo?
Saga asintió.
—De ahora en adelante, sólo habría Obscuridad.
El cosmo de los tres descendió de intensidad y desapareció. Seiya miró fijamente el suelo, pensando en que el bien de la Tierra y de las generaciones que todavía no nacían dependían de la muerte de una diosa. De la mujer que amaba. ¡Era tan injusto! Mas no tuvo tiempo de meditar más en ello; en eso, sintió cómo Alpha y Géminis se alejaban, regresando al Portal del edificio blanco.
—¡Esperen!— llamó, empezando a correr tras ellos.
—No nos sigas. No es tu momento todavía. —insistió Saga.
—Recuerda todo lo que hablamos, Pegaso.— dijo Sigfried, viendo por sobre su hombro y sin detenerse— Si ustedes, que pueden, no defienden a Atenea, caerá el Santuario, y después Asgaard y otras Tierras Místicas, y con ellas el mundo entero.
Seiya asintió, obedeciendo al Santo.
—Recordaré todo en el caso de que esto no sea un sueño. Pero sé que lo es.
El Santo y el Guerrero intercambiaron una mirada, como lamentándose de que pronto comprobaría lo contrario. En eso, un rayo de luz que procedía del Portal pareció iluminar toda la zona, y los dos miraron con sorpresa al lugar a donde iban. El Caballero sintió que estaban escuchando algo que él no alcanzaba a oír, y lo comprobó cuando Saga, deteniéndose, volteó a verlo a los ojos.
—Pegaso, dudas de esta verdad por la forma en que te fue presentada. Pero hay algo de lo que te enterarás cuando despiertes que te demostrará que es cierto.
Volvió a dar la vuelta y, alejándose, añadió:
—Dokho de Libra, el Anciano Maestro de tu mejor amigo, acaba de morir.
—¿Qué dices?— exclamó.
¡De nuevo sus temores ocultos empezaban a atacarlo!
—Por eso Atenea no quiso recibirte cuando fuiste a hablar con ella. Estaba concentrándose para comunicarse con él hasta Rozan, despidiéndose de él y consolando a Dragón.— explicó Sigfried, mostrando el respeto que Shiryu se había ganado durante su único combate.
Seiya sintió como si lo hubiesen abofeteado. Saori, Dokho... Shiryu... Todos sus amigos y miedos se habían combinado y presentado ante sí, y él jurando que todo se debía al desinterés que la diosa le había mostrado últimamente. "Soy un idiota", pensó.
La idea de que todo era un sueño protestó a lo lejos.
—Cuando despiertes, Atenea misma te lo dirá. Y comprobarás que esto no fue tu imaginación. — advirtió Sigfried y, como conclusión, insistió— Mi tierra y la tuya dependen de ustedes, y si hay algún modo de ayudarte, juro por Odín que lo haremos. Buena suerte.
—Espera...—empezó.
Sin embargo, Saga lo interrumpió, su mirada eternamente triste.
—Aioros me pidió te recordara algo.
Seiya guardó silencio. Saga, suspirando, miró al cielo y con voz firme sentenció:
—A ti y a tus amigos, les ha encomendado a Atenea.
Apenas escuchó el juramento, escrito con manos cubiertas de sangre y oculto en la Casa de Sagitario hasta el día en que la diosa regresó a su Santuario, Seiya se sintió muy cansado. Era como si las cinco palabras fueran un hechizo que le provocaba dormir como si no lo hubiese hecho en semanas. Lentamente, una cálida obscuridad cubrió la visión que había tenido y con suavidad cayó en el sueño.
Pero había estado soñando... ¿O no?
¿Qué soñarán los Caballeros? ¿Verán sus combates, sus brillantes Armaduras, sus ideales, sus enemigos? O acaso, ¿tendrán los sueños de las personas normales? ¿Suaves amaneceres, hermosos campos, el olor de las flores y el brillo de las estrellas? ¿Extrañarán a sus amigos ausentes? ¿Querrán regresar a sus hogares? ¿Llorarán cuando están solos y reirán si se sienten alegres? ¿Disfrutarán de la música, de las conversaciones, de los libros y de la comida caliente?
En todo ello pensaba Ellen al llevarle la comida a Ikki. Lo que había preparado una de sus vecinas despedía un delicioso olor a especias que inundaba el pasillo por el que caminaba, y lo único que lamentaba era que hubiese tomado tanto tiempo. Distraída, pensó en cómo el Señor Caballero alborotaba la aldea en cada una de sus poco frecuentes visitas a la aldea, desde aquella primera y trágica ocasión. Khan jamás había vuelto a ser el mismo lugar. Ellen tampoco era la misma persona. Y, para esto, tampoco Ikki, aunque no lo confesara. Siempre que hablaba con él de cualquier tontería, el Fénix la miraba de un modo muy poco común. Como si en ella viera a otra persona o, mejor dicho, a otras personas.
Con cuidado, abrió la puerta y entró:
—¿Señor Caballero? Le traje algo de comer. Perdone la tardanza.
Miró hacia la cama y la encontró vacía, como si Ikki se hubiese levantado. Ellen miró en todas direcciones, mas no pudo hallarlo.
—¿Señor Caballero?
En eso, se dio cuenta que, sobre las sábanas, había un vendaje todavía manchado con sangre, que sin duda acababa de quitarse. El manuscrito de su abuelo no se encontraba por ningún lado, lo que no le extrañó puesto que se lo había regalado.
Sin embargo, tampoco estaba la Armadura del Fénix. Y Ellen volvió a sentir esa angustia tan particular que no había experimentado de nuevo desde el día de la Batalla del Santuario.
Cuando Seiya despertó, descubrió que estaba empapado en sudor, y el recuerdo de las heridas que sufrió por el Meteoro Negro —tanto tiempo atrás— regresó de inmediato. Respiraba con fuerza, su garganta estaba tan seca como si no hubiese tomado agua en meses, y parecía que adentro de la cabeza tenía un tambor. "Jamás volveré a vengarme de Jabu", prometió mentalmente. "No tengo idea de cómo lo hizo, pero el muy desgraciado logró responder."
Con la vista no muy clara, miró por la ventana de su cuarto. El sol se ocultaba en ese instante, su suave luz cayendo sobre las construcciones de mármol. Seiya ya iba a mirar hacia otro lado cuando se fijó en un detalle.
Cuando se quedó dormido, todavía no era hora de comer. Y, de acuerdo con el sol, pronto sería hora de cenar. No podía ser tan tarde.
A pesar de la hora, no tenía hambre. En lugar de ello, un vacío casi doloroso dominaba su estómago. Náusea. Bastante mareo.
"¿Qué me pasa?", alcanzó a pensar. "Fue sólo un sueño, y no tiene por qué afectarme?"
Para demostrarse que exageraba, se incorporó con lentitud, pero su estómago se revolvió al hacerlo. Jamás se había sentido tan mal, ni siquiera cuando lo herían. Cuanto trató de levantarse, descubrió un violento temblor en sus piernas apenas colocó los pies sobre el suelo, y sujetó el borde de su cama al sentir que podría desvanecerse hasta el piso.
"Dioses", pensó, sintiendo que el sudor corría por su rostro. "¿Qué es esto?"
—Seiya...
Su reflejo, instantáneo y violento aunque no había razón para ello, lo mareó más. Shun estaba en la puerta, más pálido que un fantasma. Se veía cansado y muy triste, y sus ojos estaban tan hinchados y rojizos como si hubiese llorado mucho, brillando muy poco a pesar de que iba contra lo habitual. Seiya recordó de momento historias clásicas sobre traiciones e intrigas en la corte, y se preguntó si los habrían envenenado a los dos. De inmediato se dijo que era tan absurdo como el sueño que acababa de tener.
—¿Te sientes bien?— preguntó Andrómeda, notando su malestar.
Seiya negó con la cabeza.
—Acabo de tener el peor sueño de toda mi vida.— murmuró, su voz muy grave— Creo que mi cuerpo lo resintió, aunque no entiendo por qué. Pero, ¿y tú?— preguntó, intentando cambiar el tema. —Pensé que estabas en Atenas.
Shun se acercó, sin verlo a los ojos.
—Estuve ahí hasta hace rato.—respondió en voz baja— Luego ocurrió algo y tuve que regresar de inmediato.
Al ver sus ojos, Seiya no dudó que durante todo el camino de regreso hubiese llorado sin lograr contenerse.
—¿Le ocurrió algo a June?
Fue el turno de Shun de negar con la cabeza.
—Ella está bien... Pero vi a alguien a quien no esperaba ver.
—¿A quién?
—A Sorrento de Sirene.
Seiya estuvo a punto de responder: "Y yo vi a Sigfried de Alpha-Dubhe y a Saga de Géminis", pero había sido un sueño —nada más. Shun percibió su descontrol, a pesar de que no sabía a qué se debía, y continuó:
—Me dijo algo horrible... No acabo de creerlo...— sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo y apenas evitó que corrieran por su rostro. Miró a su amigo de frente y pidió— ¿Puedo hablar contigo, a solas?
A decir verdad, Seiya no se sentía lo bastante bien para hablar con nadie, y menos aún si se trataba de "algo horrible". Pero aceptó, un mal presentimiento empezando a dominarlo.
—Sólo que sea afuera. —accedió— Necesito aire.
—Mejor.— contestó Shun— No quiero que nadie más vaya a oírlo.
Se acercó a su amigo y le ayudó a levantarse de la cama, extrañado de encontrarlo tan débil cuando, horas antes, lo dejó completamente normal. Apenas estuvo de pie, Pegaso se sintió un poco mejor, como si su malestar procediese de estar unido al sueño que había tenido.
Con lentitud poco común en ambos, salieron del cuarto hacia el exterior de las Cámaras, Seiya habiendo pasado un brazo sobre los hombros de Shun y apoyándose en él. La mejoría no aumentaba y todavía sentía mucho asco. Entonces, notó que Andrómeda estaba demasiado pálido, y por primera vez se le ocurrió que lo que pudo haber sido algo individual en verdad había sido...
En eso, una suave luz dorada brilló a sus espaldas y aumentó de intensidad.
—¿Qué pasa ahora?— se dijo Seiya.
Shun miró hacia atrás y, a pesar de que parecía muy poco posible, se puso aún más pálido.
—No...—murmuró al ver la causa— No puede ser...
Extrañado, Seiya se obligó a mirar hacia atrás, hacia las Doce Casas. Del Séptimo Templo, el de Libra, brotaba un Cosmo Dorado que se unía con otro que provenía del Templo de Atenea. Era poderoso y cálido, pero se transparentaba poco a poco y amenazaba con desaparecer.
—¿En verdad llegó el momento?— preguntó Andrómeda, sus ojos mostrando infinita tristeza.
Al escucharlo, Seiya sintió que su corazón iba a detenerse.
—¿Qué quieres decir?— preguntó, sin apartar la vista de la luz.
—Moo me dijo que, cuando algo así ocurre, es que...
La voz se le ahogó en la garganta. En ese segundo, y para completar el fenómeno, los cosmos de ambos se activaron sin que los hubieran llamado. Parte de sus auras conservaban sus colores originales (azul y magenta respectivamente), pero el resto era dorado, y ya les pertenecía.
No empezaba Pegaso a preguntar el siguiente por qué de la tarde cuando oyeron la dulce voz de Atenea comunicándose con ellos. De nuevo (¿de nuevo?) en sus cosmos, no por sus sentidos, y entendieron que a pesar de aquella manifestación, no había salido del templo.
//Seiya... Shun...//
—¿Saori?— preguntó el primero. El segundo estuvo a punto de morderse la lengua para no hablar.
La voz de la diosa fue muy suave, de hecho triste, al informarles:
//A partir de mañana, los Cuatros Caballeros volverán a estar juntos. El cosmo de Hilda de Polaris acaba de avisarme que Hyoga ya viene de regreso.//
—Qué bueno.— respondió Seiya, desconcertado sobre el por qué no se sentía alegre aunque se moría por volver a verlo— ¿Y Shiryu?
Atenea no respondió de inmediato, su cosmo volviéndose todavía más triste.
//Shiryu necesita a sus amigos más que nunca.//
Shun cerró los ojos y entrelazó los dedos de sus manos, comenzando a rezar. La diosa añadió, en voz más baja:
//Su amado Maestro acaba de morir.//
Seiya sintió como si lo golpearan en la cabeza y, por reflejo, se llevó las manos a las sienes. Notó que Shun estaba rezando, como siempre que moría alguien a quien conocía, y entendió lo que Moo le había dicho y que provocó que la noticia no fuese tan sorpresiva para él. Cuando un Santo muere lejos del Santuario, su alma pasa por ahí antes de dirigirse al Eliseo. Atenea manifiesta su poder en su totalidad para despedirlo y guiarlo.
Pegaso apenas logró contener un sollozo. De momento, no por su querido amigo y por lo que debía estar pasando, ni por el digno Santo que acababa de abandonarlos. Fue por la puñalada que sentía en su corazón, aunque no existía un cuchillo físico que pudiera ver.
Sigfried le había dicho que esa sería la prueba de que su conversación no había sido un sueño, sino realidad. Que Atenea misma se lo comunicaría. Y todo había sido cierto.
Saori iba a....
Una vez que el cosmo desapareció y sus auras, al volver a dormir, les permitieron ver las estrellas, Seiya cayó sobre sus rodillas. El malestar era muy intenso, pero por fin comenzaba a disminuir.
Shun se inclinó para ayudarle. Pero apenas vio a Seiya a los ojos, comprendió que sabía lo que iba a decirle.
—Hades...— murmuró.
—Atenea...— respondió Seiya.
Los dos se miraron en silencio. Ninguno tuvo el ánimo para decir nada más.
—Por lo que veo, fue la Jornada de los Muertos y de los Desaparecidos. Es obvio que sus conciencias no les permitieron quedarse tranquilos, aunque estuvieran ausentes.
Los ojos de Hyoga permanecieron indiferentes al decirlo, como en los viejos tiempos. Habían pasado pocas horas de su llegada de Asgaard, pero a pesar de que estaba cansado, de inmediato decidió hablar con Seiya y Shun. Era cuestión de un rato para que Shiryu, Shaka y Sunrei regresaran de Rozan —y ese es un trago que no deseo probar, pensaba Pegaso—, así que los tres quisieron compartir primero sus impresiones, seguro de que el cuarto integrante del grupo no se sentiría con ánimo para platicar de ese o de otros temas.
Hyoga les había contado sobre la visita del espíritu del Maestro Crystal (a pesar de que la razón por la cual estaba fuera del Valhalla a media nevada permanecía en el misterio) y de la advertencia que incluyó su mensaje. Shun, por su parte, narró su encuentro con Sorrento de Sirene y de cómo, por haber servido a un dios, logró averiguar lo que habría de ocurrir en Atenas. A Seiya todavía no le inspiraba confianza la visión que había tenido de Saga y de Sigfried, pero no le quedó mas que explicar lo que le habían dicho y, un poco avergonzado, cómo comprobó que no era una mentira. Era obvio que algo sobrenatural provocaba que los fallecidos se presentaran ante los vivos, así que no dudaron ni un segundo en que algo estaba pasando en el Más Allá, se llamara como se llamara. Sin embargo, podrían apostar que los seres humanos comunes —es decir, ni los niños ni los ancianos ni aquellos con un aura muy sensible debido a su espiritualidad— no percibían tales alteraciones. Para variar, empezaría una guerra entre dioses, y nadie se enteraría de la verdad de lo ocurrido. Otro milagro atribuido a los logros de la ciencia.
La advertencia había sido igual para los tres: Se acercaba el Fin del Ciclo, que se cerraba al morir la reencarnación de Atenea (el cómo habían comprendido que el mensaje era idéntico era una prueba más de cuánto se conocían. Ninguno, ni siquiera Hyoga, se había atrevido a decir la frase). La misión mitológica de Hades, Señor de los Muertos, era anunciarle que la hora estaba próxima para que se preparase. Sin embargo, debido a todas las alteraciones en este Ciclo, y que habían provocado que Atenea desarrollase la personalidad de Saori Kido, se sabía en el Más Allá que Hades intentaría llevársela al Averno y controlar sus reencarnaciones futuras, reduciéndola a ser su propia enviada. La misión de la Orden del Zodiaco sería evitar que Atenea fuera conducida al Averno (lo cual equivaldría a provocar su muerte, lo que tampoco decían) para lo cual, de ser necesario, deberían enfrentar al Señor de los Muertos y a su propia Orden, los Siete Guardianes del Estigio, que jugaban con el alma de sus presas.
Además de la lógica inquietud que provocaba el enfrentarse a lo desconocido, tenían otra razón. El Palacio del Tártaro se encontraba en una isla en otra dimensión, que algunos identificaban con el Más Allá. Nadie vivo podía acceder a él, excepto por un Portal de Espacio. Y, según Sorrento, uno existía en el Santuario. Hades aparecería por ahí en cualquier momento. Pero, por otra parte, sería el único modo en que ellos podrían entrar, lo que ojalá y no fuera necesario. El gran problema era averiguar dónde se localizaba exactamente.
La consecuencia era simple y odiosa: O moría Atenea, o caería sobre el mundo la Era de la Obscuridad Eterna. Atenas, Asgaard, todas las Tierras Místicas caerían una a una, y el dominio de Hades desde el Tártaro sería invencible.
Habían guardado un instante de silencio, cada uno meditando sobre sus conclusiones y lo desagradables que resultaban. Los Cinco Caballeros, durante su primera "visita" al Santuario —días después de la Batalla de las Doce Casas— habían descubierto un pequeño anfiteatro en ruinas y lo convirtieron en una especie de sala de juntas privada, en recuerdo al destruido Coliseo que fue edificado por Kido en Japón donde ellos se reencontraron y Atenea conoció su verdadero nombre. Ahora, una eternidad después, los tres se reunieron ahí, pensando en lo que debían hacer. Seiya se paseaba nerviosamente por el proscenio, como un actor a punto de entrar a escena; Shun, en las primeras filas, mantenía la vista fija en unas ruinas lejanas sin darse cuenta; y Hyoga, unas cinco gradas hacia arriba, tenía los ojos cerrados. Los muertos y los desaparecidos habían regresado. Ellos, los vivos y los activos, ignoraban cuál era el camino correcto.
Shun suspiró.
—¿Sabrán esto los Santos Dorados?
—Tal vez saben cómo debe cerrarse el Ciclo, —opinó Hyoga, su tono igual de frío que su mirada— pero ignoran que el momento ha llegado. Ninguno lo había mencionado antes.
—¿Y Shiryu?
Ni Cygnus ni Pegaso respondieron al instante.
—Si nosotros fuimos advertidos, quizá él también.— dijo Seiya, tratando de mantener la voz animada y deteniéndose un segundo antes de continuar su "paseo"— Por como fue con nosotros, no me extrañaría que hubiese sido Dokho, antes de morir.
Shun alzó la mirada, sus ojos relampagueando.
"Entonces, tal vez Ikki también ya esté enterado", pensó. "Posiblemente venga para acá o esté planeando algo. ¿Pero qué?"
—Estamos pensando en nuestros compañeros cuando deberíamos preguntarnos si alguien más ya lo sabe.— afirmó Hyoga, mirando a sus amigos.
La pregunta silenciosa fue entendida a la perfección. ¿Atenea estaba enterada? Y, de ignorarlo, ¿debían decírselo ellos?
—Tal vez debamos hablar primero con Moo y con los otros...— propuso Andrómeda, cambiando el tema y añadió en voz más baja— Sólo hay que esperar a Shiryu...
Seiya pateó una pequeña pila de piedras que había juntado en un solo sitio en otra reunión. Frustración, rencor, rabia... Todos los sentimientos que desde niño te educan a que jamás te dominen empezaban a hacerlo, combinados con lo que debería decirle a su mejor amigo una vez que llegara (¿existe alguien a quien le guste dar el pésame?, se preguntó) y con los obscuros ojos de Saori. Digo, Atenea.
—¿En realidad cambia algo a quién se lo digamos primero?— preguntó, descorazonado— Tanto si peleamos o no contra Hades, incluso si Saori permanece en el Santuario, los que perderemos seremos nosotros. —y añadió, su voz muy obscura— Ella va a morir.
Hyoga y Shun lo miraron en silencio. El sol proyectaba sus sombras sobre las gradas del anfiteatro, primeros indicios del amanecer del que se sería el inicio de los días más largos de su vida, pero Seiya empezó a sentir mucho frío, uno casi sobrenatural. Debía ser consecuencia de su contacto con los muertos.
—¡Nada de lo que intentemos va a servir de nada!— exclamó, pateando de nuevo las pocas rocas que seguían en pie.
La brisa griega se llevó sus palabras. Y su voluntad por seguir adelante.
—De nada...
—No lo juzgues tú, Seiya.
La cuarta voz que acababa de escucharse era fuerte y varonil, pero al mismo tiempo era noble y muy gentil. El sol proyectó una larga sombra adicional, cuyo trazo llegó hasta el proscenio, e incluso sin voltear a ver quién había llegado les bastó con notar el dibujo de su largo cabello agitándose en la brisa para saber quién era.
Los tres voltearon, aunque Seiya no se atrevió a mirarlo a los ojos.
—Deja que el Dios Omnipotente decida si sirve o no.— ordenó Shiryu, la brisa moviendo su ropa en la misma dirección de su cabello— Y permite que sea Atenea quien lo juzgue.
Hyoga y Shun se levantaron, pero fueron incapaces de acercarse a su amigo. Seiya ocultó el dolor que le provocó ver a su mejor amigo tan delgado y pálido, producto de muchos días de sufrimiento y anticipación, y mirándolo a los ojos preguntó:
—¿Sabes lo que le ocurrirá a Atenea?
Shiryu, orgullo y dignidad en su gesto, respondió desde el lugar en que se encontraba:
—Fue la última lección que me dio el Anciano Maestro. Y también sé cuál será nuestra misión.
—¿Y por qué defiendes entonces lo que va a pasar?— insistió Pegaso.
—Porque el Dios Omnipotente es Bondad y Sabiduría, y si ha llegado la hora de que alguien parta, Él sabe las causas. Y por dolorosas que sean, son justas. Incluso con respecto a Saori.
Seiya comenzó a subir por las gradas, dirigiéndose a donde Dragón se encontraba. Su paso y su exterior eran decididos aunque se sentía muy inseguro de lo que iba a decir. Hyoga fue el primero en seguirlo; al verlo, Shun se animó a acompañarlos. Shiryu no se movió, esperando.
Al subir la última grada, Seiya y él se vieron frente a frente. Todo lo que había pensado el día anterior sobre cómo se consuela a un amigo que ha perdido a su padre acababa de evaporarse de su mente, tal vez porque esperaba que, cuando volviese, se encontrara destrozado. Pero si Shiryu tenía el alma hecha pedazos, no lo demostró. Antes que eso, justificaba a Aquel que no necesita explicaciones. Era todavía más noble en la profundidad de su dolor.
Lo único que atinó a decir fue:
—Bienvenido a casa, amigo.
Y lo abrazó, expresándole con ese gesto su pesar, su apoyo y que estaría con él entonces y siempre. Shiryu lo abrazó a su vez; su voz fue muy triste y la corriente de sus ojos muy lenta cuando respondió:
—Necesitaba estar aquí.
Al separarse, apoyó sus manos sobre los hombros del amigo con quien compartía un vínculo invisible creado por la sangre. Hyoga se le acercó.
—Mira, sé lo que te diga será inútil. Sólo puedo decirte que pasé por esto, y de la peor forma —y al recordarlo, tanto su voz como sus ojos se volvieron cálidos.— Sé que saldrás adelante. Por difícil que parezca, vas a hacerlo.
—Tu Maestro siempre estará contigo.— añadió Shun, aludiendo a su propia experiencia aunque no era tan complicada como la de Cygnus— Estará en tus enseñanzas y en tus valores.
—Pero sobre todo en el recuerdo.— concluyó Seiya— Y eso nadie en este mundo puede robártelo.
Los ojos de Shiryu se llenaron de lágrimas. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Y el sol pareció abrillantarse cuando lo hizo.
—Siempre he tenido una duda, amigo Jabu. ¿Por qué te uniste a los Cinco Caballeros del Zodiaco hasta ahora?
Esa era una pregunta que odiaba con todo su corazón porque se la había hecho a diario por años y porque nunca encontró respuesta. Aún así, el carácter de Unicornio había cambiado poco a poco y no se atrevió a contestar: "¿Qué te importa?"
Además, nadie podía negarle una explicación a la pecosa cara de Kiki de Appendix.
—Cuando Ikki irrumpió en el Desafío Galáctico, yo estaba a medio combate con Shun.—comenzó a contar, omitiendo el dato de que iba perdiendo— Bueno, Ikki llega, trata de matar a su hermano, y el sitio se convierte en la locura. Traté de obligarlo a que se fuera, o que al menos se sujetara a las reglas de la competencia.
—¿Y qué pasó?— preguntó Kiki, los ojos enormes.
—¿Sabes cuán rápido y fuerte golpea Ikki?
Kiki decidió no preguntar más. Durante ese año, había continuado su aprendizaje con Moo de Aries, y una de las cosas que entendió muy bien era la virtud de la prudencia —por supuesto que todavía faltaba que la pusiera en práctica. Por lo demás, conservaba la apariencia de un niño-elfo de menos de diez años de edad (y, para su malestar, la misma estatura).
—Estuve algunos días en el hospital, mientras Seiya y los demás se integraban como grupo. Luego regresé a Liberia para continuar mi entrenamiento, pero mis pensamientos se hallaban muy lejos y no aprendí mucho. Pocos son los Maestros que te enseñan a unirte con tus constelaciones espiritual y no sólo físicamente. —prosiguió. Su cabello amielado, un poco más largo que en años atrás, le caía sobre la frente. Como no traía su Armadura, parecía un joven común y corriente y tal idea bastaba para ponerlo de mal humor— El día anterior a la Batalla de las Doce Casas, recibí un telegrama urgente de Tatsumi ordenándome que fuera a Grecia cuanto antes. Fue entonces— añadió, con voz más grave— que me enteré que la señorita Saori era, en realidad la reencarnación de la diosa Atenea.
Y muchas cosas cambiaron. Vio a aquellos a quienes antes despreció pelear por ella. Jamás volvería a discutir con Seiya, ni a humillar a Shun, ni a mirar con envidia a Shiryu y a Hyoga, ni a sentir rencor hacia Ikki. Eran mucho muy superiores a él.
Desde entonces se consideraba un inútil.
—¿Ya alcanzaste el Séptimo Sentido?— preguntó Kiki.
Con Shiryu lejos del Santuario, había necesitado alguien con quien pudiera conversar (con Seiya inevitablemente acababa peleándose en broma) y hasta hacía poco había descubierto que Jabu tenía muchas historias que compartir.
—No —confesó, su dignidad lo único que evitó que se avergonzara.— Seiya dice que es el Sentido que está más allá de ver, oír, sentir, probar, oler e intuir, pero no me explica mucho más. Según él, uno sólo comprende lo que es hasta que lo adquiere. —y sin darse cuenta, comentó— No quiero pensar cuánto voy a tardarme en entenderlo.
Kiki sonrió, entendiendo a Unicornio a la perfección.
—Pronto lo harás, amigo Jabu. Los Santos lo usan todo el tiempo. Los Cinco, cuando lo necesitan. Y podría apostar...
No acabó la frase. Le encantaba dejar pensamientos inconclusos, para que le preguntaran qué más y él pudiera darse un aire de importancia. Esta vez no fue la excepción.
—¿Qué, Kiki?
—Que Shaina ya lo adquirió, pero no se lo ha dicho a nadie.
—¿Cómo lo sabes?
Kiki, sabiendo que la joven no le era muy indiferente al Caballero, se dio aires de gran conocedor.
—A veces, cuando entrena, la orilla de su cosmo se torna dorada. Nadie lo puede ver con claridad, excepto un elfo, y nadie se ha dado cuenta. Shaina tampoco lo presume.
Jabu dejó escapar un silbido. La Sexta Guerrera se acercaba cada día más a los Cinco. Ellos, a los Dorados. ¿Y él? Incapaz de todo, hasta de establecer una relación amistosa y cercana con todos los demás, a excepción del niño-elfo. ¿Cómo explicar que no podía ni acercárseles porque se sentía muy apartado e inferior?
—¿Eres escudero de Lady Atenea?
La voz no era la de Kiki, fue lo primero en lo que Jabu pensó. Extrañado al no sentir ninguna presencia que se hubiera acercado, alzó la mirada y descubrió que alguien había llegado, casi como si fuera un fantasma.
Un hombre de largo cabello, blanco como la nieve, y ojos negros que parecían no tener pupilas, lo miraba con fijeza. Estaba envuelto en una túnica completamente negra, de una tela muy fina y brillante. Jabu no logró leer sus intenciones por su falta de expresión, pero tampoco percibió ninguna vibración agresiva. Para practicar, intentó visualizar su cosmo e interpretarlo.
Sin embargo, era como si no tuviera cosmo. Imposible.
Atrás de él, notó que lo acompañaban siete muchachos. Todos portaban Armaduras Negras que relucían como la noche estrellada. ¿Eran su escolta?
—Puede decirse.— respondió, involuntariamente dándose un poco de importancia.— ¿Quién la busca?
Kiki, distraído, miró a los recién llegados. Y aunque al principio creyó que se equivocaba, descubrió que ninguno proyectaba sombra.
—Condúceme ante Lady Atenea y dile que su tío, Lord Hades, necesita hablar con ella. Ahora.