Capítulo uno

Reencuentros

Por Altair



Seiya, ya no estás solo. Tienes a
tus amigos... ¡Me tienes a mí!
Y siempre vamos a estar a tu lado.
Atenea


Rezaba. Oraba al Padre Eterno, al Dios Verdadero de Amor y Compasión, a Aquel que la hacía reencarnar para servirle como un rayo de luz en las Eras de Obscuridad. Hilda lo llamaba Odin y Saga lo había nombrado Zeus, pero ella sabía que era Alguien superior a ambos. Hyoga hablaba de Dios, y ella había decidido que el nombre no importaba, siempre y cuando fuera El Omnipotente.
Por primera vez en meses, rezaba sin miedo, sin una amenaza sobre su Cosmo o corazón. El mundo ya no se encontraba en peligro; al contrario, el sol brillaba como si fuera el último amanecer que la Tierra vería. Pero Saori Kido, la reencarnación de Atenea, sabía que no lo sería en un largo tiempo.
Con los dedos entrelazados y la cabeza inclinada, Atenea rezaba sin formulismos, sino con las palabras, fruto del amor y del respeto, que surgían de su corazón. Roshi Dokho, el Anciano Maestro, le había recomendado que rezara portando sus atributos dorados, y así lo hacía. Lo único que no tomaba en ninguna ocasión era la Nike, la Victoria, en un gesto de humildad. Quizá era una diosa reencarnada, pero a los ojos de un extraño no parecería más que una joven de cabello amielado y largas pestañas, ataviada con una túnica blanca, que cada amanecer rezaba en una de las montañas cercanas al Santuario.
Como siempre, Atenea iniciaba dando gracias por la pacífica época, lejana a la amenaza de Poseidón, que brillaba con el sol matutino. Después, pedía paz para las almas de aquellos que habían muerto por conseguirla e inevitablemente una lágrima recorría su rostro. Primero, por su amado abuelo, Mitsumasa Kido. Luego, por sus guerreros.
Antes que nadie, pensaba en Aioros de Sagitario, el joven Caballero que le había salvado la vida cuando la maldad de Ares infestó el Santuario. Sin que se diera cuenta, suplicaba por Shura de Capricornio y por Camus de Acuario, cuyos pecados los habían pasado mil veces a través de la ayuda que sus almas les habían brindado. Un malentendido o una obsesión no ensombrecen la bondad del espíritu, así que Atenea no temía por el descanso de ambos.
Enseguida, y con fervor, oraba por Saga de Géminis. Dividido entre el Bien y el Mal, y poseído por Ares, había muerto arrepentido en sus brazos. ¡Ojalá y hubiese otra oportunidad para los que mueren!, pensaba. Sabía que Saga no la desperdiciaría esta vez, libre del control del dios de la Guerra Apasionada.
Una vez que rezaba por sus Santos Dorados fallecidos, lo hacía por los Siete Guerreros Divinos. Si hubiese logrado evitar esa lucha... Pero Hilda había estado poseída y la Tierra se inundaba, y no existió modo de salvarla sin combatir. Cuando Hilda y ella llegaban a tocar el tema, los ojos de la Valkyria se llenaban de lágrimas. ¿Cómo vivir, sabiendo que había enviado a Sigfried y a los demás a la muerte? Algún día te perdonarás porque no fue tu culpa, le aseguraba Atenea, mas Hilda dudaba en lograrlo.
También oraba por aquellos enemigos que nunca comprendieron estar en el lado equivocado. Pedía por Deathmask de Cáncer y Afrodita de Piscis, por los Shoguns que estuvieron del lado de Poseidón y por los enviados de Ares cuyos nombres nunca conoció. Ojalá que Dios se compadeciera de ellos y les permitiera conocer la paz, pedía sinceramente.
Suplicaba por el mundo, por la paz y el amor, y por la felicidad de cada ser humano. Y nunca olvidaba a los suyos. La diosa Atenea pedía por el bien de Moo de Aries, Aldebaran de Tauro, Aioria de Leo, Shaka de Virgo, Dokho de Libra y Milo de Escorpio, los Santos que habían sobrevivido. La humana Saori suplicaba por sus mejores amigos: por Seiya de Pegaso, Shiryu de Dragón, Hyoga de Cygnus, Shun de Andrómeda e Ikki de Fénix, por Shaina de Ofiuco y Kiki de Appendix, y por aquellos que siempre estuvieron de su parte, vivos o muertos. Suplicaba que ya no tuvieran que volver a sufrir, que encontraran su bien merecida porción de felicidad, y que a ella le correspondiera un poco de su alegría.
Lo que Saori-Atenea ignoraba era que, mientras rezaba, su brillante y poderoso Cosmo se presentaba en todo su esplendor, sin disminuir ni palidecer. A lo lejos, uno de sus Caballeros la miraba con la admiración, cariño y respeto con que la había visto desde niño. Y, avergonzado, bajó el rostro.
— ¿Señorita Saori?
El cosmo de Atenea bajó de intensidad lentamente. Ella abrió sus ojos, tan obscuros que parecían carecer de pupilas, y lo miró con aprecio.
— ¿Cumpliste mi encargo, Jabu?
El muchacho, de ojos verde obscuro y cabello color madera, se inclinó respetuosamente.
— Sí, señorita— afirmó con el orgullo que lo caracterizaba pero sin su acostumbrada altivez.— Fui a la Mansión Solo, pero no pude hablar con el señor Julián.
— ¿Al menos lo viste o supiste algo de él?
— No. Pero averigüé que, después de su desaparición, ha regresado muy confundido.
Saori sonrió débilmente. Si Julián Solo no estaba confundido después de su odisea como Poseidón, Emperador del Mar, en realidad era un dios reencarnado al cual había subestimado. Ante su sonrisa, Jabu se sintió en confianza para alzar la mirada.
— Partió de viaje por todo el mundo, según me dijo uno de los sirvientes —continuó.— Él y un muchacho que nunca habían visto en la mansión...
— ¿Un muchacho?
Jabu asintió.
— ¿Sabes quién era?
— No. Jamás lo vieron antes, pero parecía conocer mucho al señor Julián y, por lo que comentaron, podría haber sido un estudiante de música. Dicen que solía tocar una flauta a todas horas.
Saori no preguntó nada más sobre aquel misterioso acompañante, como si saber a qué se dedicaba hubiese aclarado las dudas. Comenzó a caminar de regreso al Santuario, seguida de cerca por Jabu.
— ¿Y dejaste algún mensaje?
— Sí —respondió con un poco de burla.— Que la señorita Saori Kido preguntaba por su salud y le deseaba una pronta recuperación de su casi ahogo.
Saori volvió a sonreír. Jabu no había cambiado nada.
— Julián Solo no fue más que una víctima —afirmó.— No la más inocente si, como dijo Ikki, Poseidón no había despertado del todo. Pero fue una víctima.
— Es demasiado generosa, señorita Saori.
La frase de Jabu no pretendía adularla, aún cuando en otro tiempo sí habría tenido esa intención.
— Trato de serlo, Jabu, —confesó— pero todavía me falta mucho. Quizá sea la reencarnación de Atenea...
Su voz bajó de volumen por primera vez. Era algo que no había comentado con Dokho ni con los otros Caballeros, y menos aún con Seiya. Sólo Hilda lo sabía, y ahora Jabu, el amigo de su niñez.
— Pero, en el fondo, también soy Saori Kido. Julián no es el único que está confundido, sólo que yo no lo estoy de tiempo completo.
— ¿Piensa regresar pronto a Japón?
— Posiblemente. Después de todo, Oriente es mi hogar.
¡Cómo quería regresar a la Fundación Galahaad! Pasear por el jardín y quedarse horas en el Planetario, quizá hasta volver a hablar con el abuelo. Sin embargo, la Batalla de Asgaard le había demostrado que el lugar de Atenea estaba en Grecia, por más que su corazón permaneciera al otro lado del mundo.
— Aún así, —añadió Saori— tendré que dividirme entre el Santuario y la Fundación. Si fuera sólo una de las dos, sería fácil decidirme. Pero no lo soy.
De repente se detuvo a unos pasos de entrar al Santuario. Su escolta la imitó.
— Jabu, ¿has pensado en lo que te propuse?
Jabu no portaba su armadura violeta por lo que, al bajar la cabeza, sólo pareció un joven preocupado. No un Caballero a quien se le ha propuesto un honor.
— Sí, señorita.
— ¿Y qué has decidido?
Por un momento, no contestó. Sin embargo, mordiéndose la lengua, alzó la mirada.
— Quisiera negarme a su propuesta, señorita Saori, pero si usted lo cambia de sugerencia a orden, lo haré con gusto.
Saori lo observó, su rostro mostrando sorpresa.
— Señorita, regresar a Japón sería un honor —confesó Jabu, sin tutearla a pesar de los años que llevaban de conocerse.— Creo que convertirme en la tercera autoridad de la Fundación Galahaad, después de usted y de Tatsumi como albacea, es demasiado para un huérfano como yo.
— No es demasiado —afirmó Saori.— Has demostrado ser un muchacho valioso y digno de confianza. Yo no estaré siempre en Japón, así que necesito que alguien en quien crea me ayude allá.
Jabu volvió a inclinar la cabeza.
— Si usted lo ordena, señorita, partiré con los otros Caballeros de Bronce.
Si algo le había brindado a Saori el conocer su verdadero nombre era que su sensibilidad había aumentado. Comprendió que Jabu se marcharía a Oriente si ella se lo pedía; sin embargo, el corazón del Caballero no estaría allá. Y esa felicidad por la que había orado no lo alcanzaría.
— Jabu...
El Caballero la miró, su expresión conteniendo sus emociones. Mas no del todo.
—¿Por qué no quieres marcharte?
En otra ocasión, Jabu habría mentido o culpado a su altivez. Sin embargo, la voz tan dulce de la reencarnación de Atenea lo persuadió silenciosamente a confesar.
— Quiero permanecer a su lado y hacerme digno de usted.
— ¿Digno?
— Señorita, fui enviado a entrenar a Argelia al mismo tiempo que Seiya y los demás, y permanecí ahí los mismos seis años, y gané mi armadura. Pero si me comparo con ellos, sigo siendo un aprendiz.
Saori lo miró, comprendiendo. Jabu se sintió animado para continuar.
— Durante la Batalla de las Doce Casas, los otros me pidieron que subiéramos a ayudar a Seiya y a Shun, pues sentíamos haber perdido a Hyoga y a Shiryu. Yo me negué, no sólo por cuidarla, sino porque percibía cómo sus cosmos aumentaban poco a poco hacia el Séptimo Sentido. Después, cuando Syd de Dzeta-Mizhar la atacó en el jardín de la Fundación, yo sólo pude observar cómo Shun y Seiya lo alejaban de usted. Y en la Batalla de Atlantis, sólo permanecí en el interior de la casa, esperando lo mejor. Sólo, señorita... Pero Seiya y Shun son más jóvenes que yo, y ya han logrado el Cosmo Dorado, aunque fuera por unos minutos.
Admitir su inferioridad ante los demás iba en contra del sentido de dignidad que Jabu tenía. Quién mejor lo sabía que Saori Kido.
— ¿Qué es lo que deseas, entonces? —preguntó.
Jabu bajó la vista y se arrodilló frente a ella.
— Quiero permanecer a su lado y continuar mi entrenamiento, hasta hacerme digno de ser el Caballero del Unicornio.
Los ojos de Saori no perdieron el asombro aunque se enternecieron.
—¿Comprendes que, si te quedas en Atenas, sería a un nivel de aprendiz?
Jabu asintió.
— Es necesario, si quiero alcanzar a los Cinco.
— ¿Y tus otros compañeros?
— Geki, Ichi, Nachi y Ban están listos para volver a Japón. Yo también, si me lo ordena.
Bajó de nuevo la cabeza.
— Pero, se lo suplico, permítame quedarme.
¿Puedo ser tan egoísta como para colocar los intereses de la Fundación sobre la voluntad de este muchacho?, pensó Saori, notando que el joven había apretado las manos en puños. Si bien entendía qué era lo que sentía Jabu, ignoraba qué tan profundo podría ser. Y en ella estaba solucionarlo.
Extendió la mano derecha hasta tocarlo en el rostro para que la mirara. Él no se atrevió.
— ¿Has pensado ya en algún Maestro?
— Sí, señorita.
— Entonces, quédate.
Jabu la vio, su rostro resplandeciendo de asombro y gratitud.
— No puedo obligarte a que te vayas —afirmó Saori.— Quédate y aprende, y conviértete en un Caballero digno de tu Constelación.
Sin pensar, Jabu tomó la mano de Saori y la besó con reverencia. Cuando se levantó, la siguió al interior del Santuario y le dijo a quién había elegido como Maestro, Saori-Atenea sonrió, entendiendo qué curiosa puede ser la vida y cuánta dignidad hay en el orgullo perdido.


La pregunta del millón de dólares: ¿Por qué escribí una “S”?
Frotándose su espeso cabello color chocolate, el joven Caballero miró la letra que había trazado inconscientemente. De entre tantas letras latinas, griegas y japonesas que conocía, ante sus ojos se presentaba una “S” en todo su esplendor.
De acuerdo, cada quien dibuja lo que quiere o puede. La gran pregunta, de nuevo, era por qué precisamente esa letra. O por quién, en ese caso.
Lo obvio, pensó, era por su propio nombre. La voz del cronista del Desafío Galáctico resonó en su mente, tan viva como su acabara de escucharla. “¡Y la multitud aclama al gran favorito, Seiya de Pegaso!” Sonrió. La vanidad era algo que poco a poco vencía, pero estaba seguro de que todos tenemos un poquito adentro que jamás se pierde, y la verdad no pensaba deshacerse de ella. Sin embargo, no era por su nombre. De serlo, y conociéndose, habría escrito las cinco letras que lo integraban.
Entonces, Seiya imaginó, era por sus amigos. Shiryu de Dragón, su mejor amigo y casi hermano, con el que compartía un vínculo invisible, se encontraba a su lado, brazos cruzados y meditando, como era su costumbre. El otro a quien correspondía tal inicial era a Shun de Andrómeda, pero no lo había visto desde la noche anterior. Ahora que lo pensaba, había sido así por días. En fin, de seguro estaba escribiendo esa laaaaarga carta que le había prometido a June de Camaleón y que había pospuesto desde hacía meses atrás.
Comprendió que la “S” no era por sus amigos. De ser así, faltarían dos. Hyoga de Cygnus, cerca de ellos, disfrutaba mirando el amanecer, un privilegio que se le negó cada seis meses durante seis años. Seiya podría apostar que comparaba los tímidos rayos del sol mañanero con el cabello de Lady Flare de Asgaard, y se preguntó si el amor flotaba en el ambiente. El otro amigo cuyo nombre no correspondía era Ikki de Fénix, alguna vez rebelde a Atenea, alguna vez líder de los Caballeros Ankoku, hoy llamado el Caballero de la Esperanza, el que sacrificaba todo al final. En un inicio, no por ella, sino por sus amigos. Ikki los acompañaba, mirando también al sol con rostro de nostalgia. Sin embargo, él nunca dijo qué extrañaba.
Durante las últimas dos semanas, los Cinco Caballeros —exceptuando a Shun en ocasiones— habían pasado mucho tiempo juntos y, cosa rara, Ikki permanecía con el grupo. Esa mañana, aún así, habían despertado más temprano que de costumbre, ya que Moo de Aries les había pedido fueran a la Primera Casa después del amanecer. Y ahí venía otra posible razón para esa “S”.
Sagitario. La Armadura Dorada del ya legendario Aioros lo había protegido varias veces; la última, durante la Batalla de Atlantis. Sin embargo, aunque sentía y presentía que a él le correspondía ese Tresor Dorado, se había separado de su cuerpo apenas estuvieron fuera del agua. En teoría, la Armadura de Caballero protegía al Portador hasta que éste decidía quitársela. Pero el Tresor se apartó por su propia voluntad, una vez terminado el peligro, y lo mismo le ocurrió a Hyoga con el de Acuario y a Shiryu con el de Libra. ¿Qué significaba? Simple: Que no eran suyos aún.
Seiya no era muy dado a la filosofía, menos aún en cuanto a los Armaduras Sagradas, pero lo que comprendía con claridad era que se había convertido en un Caballero sin herencia. De la armadura de Pegaso no quedaron más que fragmentos de estrellas, y el Tresor de Sagitario estaba en la Novena Casa, sin prestarle atención. Era como para llorar.
Para ser sincero, no era esa la única causa por la que lloraría. La “S” le recordaba otro nombre: Seika.
Por meses, estuvo consagrado en cuerpo y alma a proteger a Atenea, pretendiendo olvidar sus problemas personales, pero dos eventos le dieron una leve esperanza. El primero, cuando la Fundación averiguó que el paradero de su hermana llegaba a Grecia y desaparecía misteriosamente. El segundo, la confesión de Asterion de que Marine de Águila, su Maestra, amiga y casi madre era en realidad Seika. Marine nunca había afirmado ni negado nada, y él no había tenido tiempo para hacerlo. Pero Kaysa de Léumnades, al presentarse como Marine-Seika, había reavivado sus dudas. Y sin batallas por delante, empezaban a dominarlo.
Lo único que lo esperanzaba ante la actitud de su Maestra era la nueva disposición de Atenea con respecto a las Amazonas. ¡Y ahí iniciaban las últimas dos posibles razones para esa “S”!
La historia del nuevo decreto era sencilla: Después de la destrucción del Soporte Principal, cuando los Cinco Caballeros se reunieron con Atenea, se les sumaron una Guerrera y un niño-elfo que habían contribuido a la victoria. Saori vio a Shaina de Ofiuco sin máscara (pues Poseidón la había destruido) y había comprendido cuán injusto era que las mujeres portaran una por el hecho de ser... bueno... mujeres. Por tanto, de entonces en adelante, las Amazonas ya no tendrían que usar una máscara, a menos de que lo quisieran. Y todo por Saori y Shaina, las dos razones. Las dos “S”.
De niño, Seiya imaginó que su vida se centraría alrededor de Seika y de la tierna Minho y, de hecho, que quizá se casaría con esta última —lo cual disimulaba molestándola todo el tiempo. Claro, Mitsumasa Kido tuvo que entrar en escena y cambiar el decorado. Por un lado, apareció la arrogante Saori Kido; una vez en el entrenamiento, surgió la violenta Shaina de Ofiuco. Pero las dos mostraron su lado sensible en algún momento y una de ellas incluso le confesó su amor, aunque él había descubierto que amaba a la otra. Ahora, Seiya se encontraba tan confundido como debía estarlo Julián Solo si es que se acordaba algo de su odisea como Poseidón.
Si pensaba en los ojos de Saori, su tono nocturno se convertía en el verde de los de Shaina. Si pretendía recordar la voz de Shaina, la escuchaba diciéndole, “¡eres esclavo de los Kido!” Si reconocía el olor a agua salada del cabello de Saori, recién rescatada del Soporte Principal, percibía el del cabello de Shaina en el jardín del hospital, aroma a hojas húmedas con rocío. Si imaginaba a Shaina arrancando la Flecha Dorada de su espalda, veía a Saori caminando entre el hielo de Asgaard. Si representaba a la Nike, mágicamente una serpiente se enroscaba en ella, formando un caduceo. Si...
Si no pasaba algo pronto, ¡iba a volverse loco!
Se preguntó por qué los asuntos románticos no le eran tan sencillos como para sus amigos. Shiryu y su cariño filial hacia Sunrei, que podía tornarse en amor sin que ambos lo comprendiesen. Hyoga y su enamoramiento hacia Lady Flare. Shun y su amistosa relación (¿o había algo más?) con June de Camaleón. E Ikki... ¡Bueno, al fin había alguien que tampoco lo tenía fácil!
En resumen, la “S” era casi todo en la vida de Seiya. Su nombre, sus amigos, su hermana, sus dos... opciones y su Signo Protector. Ya que comprendía por qué la había dibujado, aunque no la razón exacta, deseó que su destino estuviese igual de marcado.
Eso era algo que ninguno de los Cinco Caballeros había discutido. La Era Obscura había terminado, ¿qué iban a hacer de ahora en adelante? Seiya no sabía si sus amigos ya lo habían decidido, pero él mismo ignoraba qué camino seguir. Lo más posible era que permanecería al lado de Atenea, fuera a dónde fuera.
¿Y su vida personal?
Por suerte, no tuvo que responderse de inmediato, o habría regresado a la cuestión de las dos “S”. De la nada, apareció Kiki de Appendix, aprendiz de Caballero y del arte de la Teletransportación; se detenía en un solo pie y agitaba los brazos, como si hubiese “saltado” sin pensar.
— ¡Hola Seiya, Hyoga, Ikki, amigo Shiryu!
De la impresión, Seiya cayó sobre su espalda.
— ¡Kiki, no vuelvas a hacerlo! —exclamó.
— Pero amigo Seiya, —dijo Appendix, fingiendo inocencia— me he teletransportado ante ti en peores situaciones y nunca te asusté.
Shiryu, Hyoga e Ikki se les acercaron.
— Te estás volviendo confiado, Seiya —afirmó Hyoga, parte en serio y parte en broma.— Un día de estos, Kiki te vencerá si te descuidas.
Seiya se cruzó de brazos, sin incorporarse y fingiendo indignación.
— Si aparece de la nada no le costará trabajo.
Kiki se inclinó sobre él.
— No me subestimes o te pesará —dijo, su sonrisa llena de dientes.
— ¿Ya podemos pasar a ver a Moo, Kiki? —preguntó Shiryu.
Appendix lo miró con afecto, su sonrisa volviéndose menos bromista, y anunció.
—El señor Moo los aguarda.
Shiryu y Hyoga comenzaron a subir las escaleras hacia la Primera Casa. Seiya, de un salto, los imitó tras prometer vengarse del niño-elfo. Ikki, a su lado, preguntó:
— ¿Ya encontraste a Shun?
Kiki sonrió, aunque fue un poco más reservado. Ikki de Fénix siempre le imponía respeto.
— Shun ya sabe sobre esto.
Contra su costumbre, Kiki no dio más detalles. Ikki siguió a los demás mientras el niño-elfo se teletransportaba. Al contrario de los demás, Ikki ya había definido su futuro, pero lo único que aún no decidía era cuándo iba a decírselo a su hermano. Y peor, cómo iban a reaccionar los dos.


Mientras subían las escaleras a la Primera Casa, Seiya, Hyoga y Shiryu evocaron el recuerdo de la Batalla del Santuario, cuando todavía sentían la sangre congelada por la impresión de ver herida a Saori. Ninguno de ellos había regresado a la Casa de Aries con frecuencia, pero una vez había bastado para que conocieran el camino a la perfección.
De reojo, Seiya avistó el Reloj del Zodiaco. Desde la batalla, se había establecido que el fuego se prendería una vez que el sol hubiese alumbrado todo a la perfección. Por tanto, todavía no brillaba. Aún así, sintió una leve angustia al mirarlo. ¿Hasta cuándo, se preguntó, vagaría por el Santuario sin recordar el miedo?
¿Qué querría Moo?
Cuando era hora de comer, Atenea se reunía con sus invitados y Caballeros. Ella ocupaba la cabecera; a lo largo de la mesa, se colocaban Hilda de Polaris y Lady Flare de Asgaard, quienes se encontraban de visita en Grecia; los Santos Dorados –Moo de Aries, Aldebaran de Tauro, Aioria de Leo, Shaka de Virgo y Milo de Escorpio– ocupaban un lado, mientras que los Cinco Caballeros se colocaban frente a ellos. Asimismo, los acompañaban Shaina y Kiki. Marine recibía una invitación, pero siempre rehusaba participar. Ahí, en la cena de la noche anterior, Moo les dijo que los esperaría en su Casa después del amanecer.
Ahora que lo pensaba, ¿no había visto una cierta mirada de complicidad entre Flare, Shaina, Shun y Moo? ¡Cuándo iba a aprender a leer los indicios en el momento!, se dijo, pero una brillante luz que procedía del interior de la Casa de Aries distrajo ese pensamiento.
Los Caballeros se detuvieron, maravillados.
— No puede ser... —murmuró Shiryu, su rostro reflejando el brillo.
— Pero si no quedó nada...—añadió Hyoga, sin animarse a completar la frase.
Kiki apareció frente a ellos.
— ¡Vamos, entren! —exclamó gozoso.— ¡El señor Moo les tiene una sorpresa!
El brillo definió su color mientras se acercaban, aunque apenas podían hacerlo por la sorpresa. Al principio, tenía el tono dorado de un Cosmo Superior, como en un día parecido del año anterior. Pero, poco a poco, descubrieron que poseía un tono secundario. Un cosmo magenta.
— ¿Será cierto? —se dijo Ikki, sin aclarar a qué se refería.
Seiya, reuniendo toda su voluntad, recorrió el trecho final seguido por sus amigos y guiado por Kiki. De pronto, vio ante él cuatro armaduras que relucían como Oro, aún cuando su metal original había sido el Bronce.
Frente a él, estaban las reconstruidas armaduras de Pegaso, Dragón y Cygnus, y la reparada túnica del Ave Fénix. Todas parecían hechas de oro.
— ¡Es que esto es sorprendente! ¡No puedo creerlo y no puede ser! —exclamó Seiya, sin atreverse a acercarse a su armadura. Shiryu y Hyoga mostraban la misma emoción, y los ojos de Ikki reflejaban asombro, aunque su rostro no lo hacía.
— Pues créelo, Caballero Seiya de Pegaso.
La voz de Moo resonó fuerte y clara contra las paredes de mármol, mientras el Santo de Aries se aproximaba, sin casco pero con capa por debajo de su espeso cabello del color de las lilas.
— Es un milagro —aseguró Hyoga, sin quitar la vista del dorado Cisne de metal que formaba su armadura.
— Poseidón mismo nos atacó —completó Shiryu.— De nuestros trajes no quedó más que polvo de estrellas y ni siquiera lo reunimos antes de escapar.
— Atenea lo hizo por ustedes —explicó Moo, deteniéndose frente a las cuatro armaduras.— Llevó ese polvo en su Cosmo Divino y nos lo entregó hace días. Fue más tardado repararlas porque necesitamos alearlas con otro metal.
Por primera vez, Seiya miró a Moo con astucia, y no por preguntar cuál era ese otro metal.
— ¿Nos?
— ¿Acaso ves la misma Armadura que restauró la sangre de los Santos tiempo atrás?
Las túnicas centelleaban con la luz de mil estrellas reunidas además de los dos tonos de colores. Seiya de pronto comprendió. Ya había visto tal intensidad luminosa, en la Cadena de...
— Andrómeda— murmuró.
— ¿Dónde está...?
Antes de que Ikki acabara la pregunta, Shun apareció atrás de Moo. Vestía su propia armadura, pero ésta compartía el brillo de las demás; las cadenas reflejaban las mil estrellas que Seiya descubrió durante el Desafío Galáctico.
— Aquí estoy, Nii-San —respondió con su voz dulce y tímida.— Hola, amigos.
Shiryu, Hyoga y Seiya lo miraron incrédulos.
— ¿Tú restauraste las armaduras? —preguntó Hyoga, sus ojos centelleando.
— Ayudé a Moo a hacerlo.
— Pero...
— Seiya, —interrumpió Moo— sé que es difícil de creer, mas debes hacerlo. Shun sabe cómo restaurar una armadura. Lo aprendió solo.
Todos voltearon a verlo. Ahí estaba el pacífico muchacho de siempre, con su cabello miel que destellaba con un ligerísimo tono verde bajo la luz, con sus ojos verdeazules y largas pestañas, vestido con la armadura de los Dos Significados. No había un cosmo especial que anunciase su nueva habilidad, a excepción de la luz magenta que, unida a la dorada, rodeaba las cuatro túnicas reparadas. Sin embargo los demás, y en especial Ikki, supieron que Shun había cambiado.
— Fue durante el enfrentamiento final con Poseidón —explicó, los ojos brillando por el recuerdo.— Nos había atacado por la espalda y perdí el sentido. Pero, al despertar, los vi vestidos con los Tresors Dorados. ¡Tenía que ayudarlos! Sin pensar, encendí mi cosmo a todo lo que pude. Una vez finalizado el peligro, noté que mi armadura había sido reconstruida.
Moo los miró con esa expresión de eternidad que lo caracterizaba. Kiki se colocó a su lado como todo alumno obediente.
— Por alguna razón, —sentenció Aries— el cosmo de Andrómeda reparó su armadura aunque en teoría no sabía cómo hacerlo.
— Debió ser por las estrellas...—comentó Ikki, pensativo.
— ¿Estrellas?
— Sí —afirmó ante la pregunta de Seiya, quien no daba crédito a lo ocurrido.— Las armaduras de todos los niveles parten de una constelación, integrada por cierto número de estrellas. De ahí, un Caballero Digno puede extraer su fuerza y canalizar su poder.
Seiya recordó a Marine al escuchar eso, pero no comentó palabra alguna. Ikki miró a su hermano y continuó:
— De sus trajes no había quedado nada, sino el polvo de esas mismas estrellas. Pero la constelación de Andrómeda tiene una peculiaridad: una Nebulosa. En el fondo, a Shun lo protegen miles de estrellas.
— Por eso brillan tanto sus cadenas —murmuró Hyoga, aunque había adivinado la razón desde el día que se reencontraron en Oriente después de seis años separados.
— Y por eso logró reparar sus armaduras —concluyó Moo.
Se hizo tal silencio que Shun se sonrojó al notar que todos lo observaban. En respuesta, los miró a todos con asombro, aunque había sido al revés por un rato.
— ¡Pero yo no fui el único! —exclamó— ¡También lo hicieron Moo, y la sangre de los Santos Dorados, y el protector cosmo de Atenea! Sin ellos, ni millones de estrellas lo habrían logrado. Y, menos aún, elevarnos al Nivel de Plata.
Al mencionar el nombre de la diosa reencarnada y de su nueva jerarquía, las Armaduras brillaron con el tono del oro; de pronto, se separaron en partes y se colocaron sobre los Caballeros, dejando polvo de estrellas en el aire y estelas doradas tras sí. Seiya descubrió que la túnica de Pegaso estaba casi como nueva, a excepción quizá de que las protecciones de pecho, brazos y piernas eran menores y estaban más estilizadas. La tiara de Cygnus también lucía unas alas de menor tamaño, pero el resto conservaba el brillo del hielo, como Hyoga pudo comprobarlo. El Escudo del Dragón no parecía tan pesado como antes, percibió Shiryu, mas cuando se lo colocó sobre el brazo izquierdo lo sintió tan protector como siempre. En cambio, la Armadura de Fénix seguía siendo la misma, incluyendo la tiara que Canon había destruido. Sin embargo, y al igual que sus compañeros, Ikki sintió que el cambio era más profundo.
Seiya sintió el inmenso deseo de gritar, “¡Abran paso a los Cinco Caballeros del Zodiaco!”, al ver que de nuevo se encontraba bajo la protección del Pegaso —aunque en ese segundo, comprendió que su Constelación jamás lo había abandonado y que había sido un ingrato al creerlo. Aún así, en el instante en que las Armaduras perdieron su tono dorado para recuperar sus colores originales, percibió una vibración que no había notado.
Al ver que Shiryu y Hyoga también palidecían, y que Ikki miraba a Shun, lo comprendió por completo.
— No dijiste que alguien más había ayudado —dijo.
Shun bajó la vista. Le apenaba que Seiya y los demás lo hubiesen descubierto, aunque Moo le advirtió que sería inevitable incluso aunque los voluntarios quisieran guardar el secreto. Ante ello, el Santo de Aries afirmó:
— Creo que todos saben muy bien el procedimiento, sobre todo tú, Shiryu —añadió mirando a Dragón quien, con su expresión mostró que comprendía.— Por hábil que sea el artesano, por fuerte que sea la aleación, por muchas que sean las estrellas protectoras, ¡aún con el Cosmo Divino de Atenea!, es imposible reparar una armadura destruida a menos que...
— ¡Alguien vierta un tercio de su sangre sobre ella! —exclamó Shiryu, preguntándose cómo había pasado eso por alto.
Hyoga miró fijamente su Armadura, blanca como la nieve. Había un nuevo aire frío en ella, algo que jamás tuvo, ni siquiera cuando se enfrentó a Camus.
— ¿Fueron los Santos Dorados otra vez? —murmuró, sabiendo de antemano la respuesta.
El aire frío de la Armadura de Cygnus se hizo más intenso. Hyoga jamás la había sentido así, ni siquiera cuando acababa de extraerla del glaciar de los Hielos Eternos. Aún así, no le era del todo desconocido. No de Siberia, sino de ...
— ¡Dios mío! —exclamó.
Shiryu también había percibido algo nuevo en su Armadura. Por su naturaleza, el traje del Dragón siempre había poseído un aire de eternidad, pero ahora no se limitaba a él. Más bien, era pacífico y paciente, calmado y enormemente sabio; de algún modo, Shiryu sintió que su espíritu se elevaba al portarla consigo. No necesitó preguntar nada.
Sin decir más, salió corriendo de la Casa de Aries, pero en lugar de encaminarse hacia las Habitaciones, se dirigió a la Casa de Tauro y más allá. Hyoga miró a Moo en señal de agradecimiento, pero no dijo una sola palabra y corrió hacia las Cámaras Secundarias.
Seiya, en contraste, permaneció en su lugar, la cabeza sobre el pecho y la Armadura brillando. En lugar de frío o de sabiduría, el traje de Pegaso poseía más vitalidad que nunca. Electricidad.
Dentro de su mente, escuchó un grito de guerra que invocaba a la Cobra.
— Fue ella, ¿verdad? —preguntó sin alzar la vista.
— Sí —respondió Shun.
Seiya suspiró.
— Gracias, Moo. Gracias, Shun —dijo, mientras caminaba hacia afuera de la Primera Casa.— ¿Les importa si platicamos después?
No miró hacia atrás mientras salía, caminando lentamente. De nuevo el enigma de la “S”, pero esta vez había llegado muy lejos. Demasiado.
— Seiya...
— Déjalo ir, Shun —interrumpió Moo, sujetándolo por el hombro.—Creo que esta reconstrucción no será tan fácil de asimilar como la primera.
Kiki de Appendix se tocó repetidamente la nariz, como siempre que se confundía.
— Creí que se alegrarían al recibir sus Armaduras, señor Moo.
Moo miró hacia la puerta y a las tres siluetas que se perdían. Sí, estaban contentos de recuperarlas cuando creían haberlas perdido. Lo que no aceptaban era saber quiénes habían aceptado realizar el sacrificio necesario, y eso era capaz de empañar cualquier alegría.
Ikki vio al Santo de Aries de reojo, y a su lado, al Caballero Andrómeda. No preguntó por qué su Armadura, antes tan impetuosa, ahora se sentía más cálida, hasta dulce.
Le bastó con ver que la mano izquierda de Shun todavía estaba manchada de sangre.


Primero, sus ojos le brindaban luz. Después, su voz le daba esperanza. Siguiente, su cuerpo lo protegía del fuego.
Toda ella le había demostrado que tenía sentimientos dormidos, que el amor no había terminado al hundirse el barco de su madre en el helado Mar de Siberia, ni la lealtad al enfrentarse a Crystal, Camus e Isaac. Sólo ella lo había logrado.
Nunca había hablado con ella de sus sentimientos. No tuvo tiempo de darle las gracias por protegerlo de Hagen de Beta-Merac aunque su joven corazón se rompió al hacerlo. No pudo confesarle que le importaba a pesar del poco tiempo que llevaban juntos, ni cuan importante era para él, y menos aún explicarle que sus ojos se habían convertido en algo muy valioso para él. Atlantis no se lo había permitido, pero también existía entre ambos una sombra que no acababa de definir.
¿Cómo enfrentársele ahora?
Hyoga había llegado a las Cámaras Secundarias, donde los invitados y visitantes al Santuario se alojaban. Los guardias que vigilaban la entrada —más por costumbre que por necesidad— lo dejaron pasar al ver que era uno de los Cinco, el grupo más respetado después de Atenea y de los Santos, y quizá hasta más que estos últimos entre algunas personas.
Apenas se encontró en el interior, Hyoga gritó:
— ¡Flare!
Su voz resonó contra los muros. De inmediato, se reprochó su falta de educación y, aliviado, creyó que la hermana de Hilda de Polaris no se encontraba en la cámara. Apartó un mechón de su rubio cabello del rostro, notando que se había puesto helado, y empezaba a marcharse cuando escuchó:
— ¿Hyoga?
Fue justo como en el calabozo del Palacio de Valhalla. A pesar de la luz del recinto, los ojos de Flare, del tono del cielo de primavera, brillaron al mirar al Caballero Cygnus. Su también rubio cabello era más hermoso que los rayos del sol matutino, comprobó, pero sin oportunidad de contemplarlo se acercó a ella.
— Flare, no debiste hacerlo —dijo, deteniéndose a un paso de distancia. —Te lo agradezco con todo mi corazón, pero no debiste hacerlo.
— ¿Hacer qué?
— No seas amable. Me siento avergonzado —confesó, tratando de controlar sus emociones.
— Pero, ¿de qué me hablas?
Hyoga dio un paso hacia atrás, mostrándole la Armadura restaurada.
— Mira al Cisne —afirmó, el brillo del metal semejante al hielo.— Estaba muerto, más vuelve a nacer gracias a la sangre de una persona valiosa.
La mirada de Flare se volvió más curiosa. Hyoga, olvidando el respeto que le debía a la Dama de Asgaard, se le acercó, la sujetó con cuidado de las muñecas y suavemente levantó las mangas que las cubrían.
— Me refiero a esto.
Sin embargo, descubrió que la piel de sus muñecas estaba íntegra, sin cicatrices ni huellas de haber sido cortada.
— ¿A qué te refieres? —preguntó Flare, mirándolo a los ojos.— ¿Por qué hablas de sangre?
— No lo entiendo... —respondió Hyoga, rozando las muñecas con la punta de sus dedos en un gesto sin querer más osado.— Creí que el aire frío provenía de Asgaard.
— ¿Aire frío?
— La armadura no tenía este aire frío —explicó, esperando que ella también lograse percibirlo.— Ahora sí, gracias a la sangre de quien la reconstruyó. Pensé que habías sido tú.
Por supuesto que no logró continuar y explicar por qué creyó que la sangre usada había pertenecido a Flare. La princesa había entendido a qué se refería. Absolutamente todo.
— Hilda...—murmuró.
Sin añadir más, se soltó del contacto de Cygnus y corrió hacia otra de las habitaciones de la Cámara. Ante la puerta, tocó repetidamente.
Hyoga la siguió, comprendiendo también qué había ocurrido.
— ¡Hilda, hermana, abre por favor!
— Un momento... —escucharon.
Flare dejó de golpear la puerta. Al abrirse, encontraron a Hilda de Polaris, representante de Odin en la Tierra, con una expresión estricta pero voz afectuosa.
— ¡Flare! ¿Qué modo de llamar es ese? —preguntó con severidad y cariño a la vez— ¿Es eso lo correcto en una Dama?
A la vez que inclinaba la cabeza a manera de disculpa, Flare tomó el brazo izquierdo de su hermana y vio bajo la ancha manga de su túnica azul cielo. La muñeca estaba cubierta con una venda que no llevaba muchas horas de colocada, más por protección que por necesidad.
Hyoga vio el vendaje con sorpresa. Jamás pensó que el sacrificio hubiera sido cumplido por la representante de un dios, su corazón demasiado fijo en la princesa.
— Hilda, ¿por qué me dijiste que la sesión del sacrificio se había cancelado? —preguntó Flare, mirándola a los ojos.— ¡Sabías que yo había pedido a Moo que me dejara ayudarlo!
Hilda comprendió por qué su hermana se había alterado. Con cariño, pasó uno de sus brazos sobre los hombros de Flare, mientras la llevaba al interior de la habitación. Hyoga respetuosamente permaneció en el marco de la puerta.
- Crees que iba a permitirlo, hermanita? Ya te he hecho sufrir demasiado para obligarte a esto. Hyoga, —añadió, mirando al Caballero e invitándolo a pasar a la sala con un gesto —Flare quería sacrificar su sangre para ayudarte. ¿La habrías dejado?
— No —confesó, entrando en la sala pero permaneciendo de pie.— Sin embargo, tampoco habría permitido que tú lo hicieras.
Hilda tomó asiento y Flare se colocó a su lado, sobre el suelo. Ocultó de nuevo la venda bajo su manga, restándole importancia al asunto.
— ¿Olvidas que soy una guerrera, Caballero Cygnus? Este tipo de heridas no me lastiman. Soy una Valkyria.
Hyoga quiso responder, pero se quedó en silencio. Hilda prosiguió:
— Flare también tiene la fuerza y voluntad de una Valkyria, pero su tierna naturaleza lo oculta.
Cygnus no dudó ni un instante de ello, recordando cuando en la caverna Flare trató de cubrirlo del Infierno Ardiente de Hagen. Contuvo una sonrisa en sus labios.
— Gustosa habría dado su sangre por ti, —continuó Hilda, pretendiendo ignorar el leve rubor de las mejillas de su hermana y el apenas perceptible descontrol del Caballero.— Sin embargo, ¿qué tipo de hermana mayor sería si la hubiera dejado?
— Por eso me mentiste, Hilda —entendió Flare, sonriendo.
Hilda también sonrió. Su túnica azul le daba a su rostro tal aire de dulzura y generosidad que era difícil imaginarla como una feroz Valkyria —claro, a aquel que no la hubiera visto en batalla. El cariño entre las dos hermanas era fácil de descubrir, y si Hyoga las envidió, aunque fuera un poco, no lo notaron. El Caballero Cygnus sabía ocultar muy bien sus sentimientos.
— Milady Hilda, Lady Flare, no sé cómo agradecerles tanto su sacrificio como sus intenciones —afirmó.— Creí que jamás volvería a usar mi Armadura.
— Hyoga, es innecesario que lo digas —respondió Hilda.— No he podido agradecerte lo que hiciste por mi hermana y por Asgaard. De no ser por ti, no quisiera pensar qué habría ocurrido.
La Batalla de Asgaard era una herida muy reciente, en especial para Polaris. Cygnus sabía cuánto se culpaba por la muerte de los Guerreros Divinos, en especial por Sigfried de Alpha-Dubhe (y temía que Flare hiciese algo parecido por Hagen), así que intentó desviar la plática.
— Sólo he cumplido con mi deber. Aún así, quisiera poder demostrarles mi gratitud.
La mirada de Hyoga reflejó su sinceridad. Hilda, cerrando los ojos, confesó:
— En realidad, sí hay algo que puedes hacer por nosotras.
Flare esperó, emocionada. Sabía qué era lo que iba a pedirle.
— Vuelve con nosotras a Asgaard. Usa la Armadura de Odin y conviértete en el primero de los nuevos Guerreros Divinos.
Hyoga contuvo la respiración. ¿Oía acaso lo que creía? La Valkyria notó su desconcierto, así que se apresuró en añadir.
— No tienes que responder de inmediato. Piénsalo y mañana nos comunicarás tu decisión. Partiremos en un par de días, cualquiera que sea.
Cygnus bajó la mirada. Sentía que Hilda, a pesar de sus palabras, esperaba ya su respuesta y que Flare aguardaba con un nudo en la garganta. Quizá debería pensarlo, se dijo, mas su decisión había sido tomada desde el inicio. Años atrás.
— Hilda, me encantaría poder aceptar tu oferta. Es un verdadero honor.
— Pero... —murmuró Polaris, ante el desencanto de su hermana.
— Es difícil explicarlo. De ustedes no he recibido mas que gracias, y es injusto que responda que no... Más no puedo hacerlo. Soy un Caballero de Atenea, y mi lugar está aquí, con ella.
Dudó un poco antes de continuar. Se sentía mal en responder de ese modo.
— No puedo convertirme en el Portador de la Armadura de Odin, pues no soy de Asgaard y no me corresponde hacerlo. Y tampoco puedo servirlas como Guerrero Divino, pues no sería capaz de dividirme entre Atenea y ustedes. Si he de consagrarme a proteger a alguna, debo hacerlo con todo mi espíritu. Perdóname, Hilda.
Flare bajó la vista, intentando ocultar así el dolor que su respuesta le provocaba. Su hermana suspiró mientras respondía:
— No tienes por qué disculparte. Más bien, perdóname por ponerte en tal dilema.
Hyoga se sintió peor al escucharla.
— Es sólo que no sé qué vamos a hacer —confesó Polaris.— Sin los Guerreros Divinos, Asgaard se encuentra sin protección, por más que contemos con la Armadura de Odin.
El brillo de sus ojos maldijo a Poseidón, a Sorrento de Sirene y a todos los suyos. Si tan sólo hubiera sido más fuerte, si hubiera escuchado a Sigfried...
— Todavía queda alguien.
La afirmación de Hyoga provocó que ambas voltearan a verlo.
— Bud de Alcor no murió en la batalla, si lo que dijo Ikki es cierto —dijo, un relámpago alentador en su mirada.— Seguro que querrá regresar a tu servicio.
— No lo creo —afirmó Hilda sin esperanza.— Jugué con su rencor contra su hermano Syd. Además, si lo quisiera, ya habríamos sabido de él. Debe odiarme.
— Quizá se quedó con sus padres un tiempo —añadió Flare.— ¡Posiblemente no sabe lo que ha ocurrido!
Hilda no respondió. Bud tenía razones para despreciarla y no iba a regresar a su servicio sólo porque sí. Hyoga percibió sus dudas, mas no estaba dispuesto a rendirse.
— Sé que quizá no es suficiente, pero yo hablaré con Bud.
Flare lo miró con ojos resplandecientes.
— Permítanme regresar con ustedes a Asgaard—pidió con dignidad.— Buscaré a Bud y hablaré con él, y sea cual sea su respuesta, las ayudaré con el nuevo grupo de guerreros.
— ¿Y tu promesa de servir a Atenea? —preguntó Hilda.
— Saori me dejará ir y venir de vez en cuando. Ayudándote le sirvo a ella también.
Tomó de la mano a Hilda, a pesar de que se sintió muy atrevido al hacerlo.
— Todo saldrá bien. Te lo prometo.
Al decir eso, sin embargo, miraba a Flare.
Hilda de Polaris sonrió.
— Si estás con nosotros en representación de Atenea, estoy segura de ello.
— Estaré con ustedes por ella y por mí mismo—respondió con orgullo.
— ¡Qué bien! —exclamó Flare, levantándose.— ¡Ven, vamos a buscar a Atenea!
Como una niña, la princesa tomó de la mano a Hyoga de Cygnus y lo guió hacia afuera de la habitación. Mientras se iban, Hilda se sintió un poco más tranquila por Asgaard. Pero, y a decir verdad, un poco intranquila por Flare. Jamás imaginó que conocer al Sol le haría a su hermana tanto bien.


Mientras subía los escalones que ya había recorrido una vez en su vida, Shiryu comprobaba que recorrer las Casas no era tan tardado. Había tomado, cuando mucho, diez minutos en cada una, y como no se había detenido, estaba a punto de llegar a la Séptima Casa. En verdad influía no llevar heridas en el cuerpo, no dudar de si percibes o no el cosmo de un amigo, no tener que llevar a otro en brazos... No pelear contra los Santos Dorados, ¡ni duda cabe!
Sentía ya no sólo amor y respeto y admiración por él. Si algo lo dominaba, era la gratitud. Primero se convertía en su tutor; después, en su Maestro, amigo y padre espiritual. Ahora, ¿qué era? ¿Qué más podía ser? Shiryu no buscaba nombres. Se conformaba con hablarle.
Al llegar a la Séptima Casa, exclamó:
— ¡Roshi!
Se arrepintió de haber gritado. Frente a él, vio brillando el Tresor de Libra, y a su Anciano Maestro contemplándolo, dando la espalda a la entrada y sentado sobre el suelo. Un silencio absoluto dominaba la Casa.
Era la primera vez que Shiryu miraba la Armadura Dorada de Libra desde la Batalla de Atlantis. Aquel día, todos habían tomado alguna de sus armas para destruir los Siete Pilares, vulnerables sólo a aquellas herramientas capaces de desgajar el cielo. Horas después, la portó para proteger a Seiya de Pegaso/Sagitario. No la había mirado de nuevo después de que, voluntariamente, se desprendió de su cuerpo, pero conocía el motivo. Su Portador verdadero todavía vivía, si bien había renunciado a ella. Y, a diferencia de Seiya, se limitaba a aceptar la decisión de la armadura.
Ante el Tresor estaba su Maestro, Dokho de Libra, meditando. A simple vista, no era más que un anciano encogido y encorvado de espesa barba blanca y piel amoratada. Sin embargo, en el interior de aquel cuerpo pequeño y marchito se encontraba el Cosmo más sabio y poderoso después del de Atenea, el nuevo Master del Santuario; para fines prácticos, el Patriarca, aunque rehusaba ese título. En una de sus meditaciones recientes —pues al fin gozaba del tiempo necesario para pensar con tranquilidad—, Shiryu había descubierto que cada una de las Casas significó un paso más en la evolución de sus jóvenes espíritus. Aún cuando quería discutir con sus amigos sobre sus opiniones, estaba seguro de que Libra fue la Casa de la Sabiduría. Sobre todo por el Dueño.
Dokho no había ido al Santuario desde la desaparición de Aioros y Atenea, hacía ya diecinueve años. “Si bien fue en Cinco Picos donde alcanzó su máximo poder, el Santuario es el sitio por excelencia para entrar en armonía con el Macrocosmo, y ahora debe estarlo llamando”, pensó Shiryu.
No quiso interrumpirlo y dio la vuelta para retirarse en silencio.
— ¿Ya te vas, Shiryu? Tantos combates han erosionado tu educación.
Shiryu miró a su Maestro por sobre su hombro. Se encontraba de pie, viéndolo con la calidez con que se observa al más querido de los hijos. ¿En qué momento se había levantado o lo había escuchado?
— Roshi...
Recordando la costumbre, regresó y se sentó sobre sus rodillas dobladas a cierta distancia de su Maestro. Sólo le faltaba escuchar el murmullo de la cascada para sentirse en China, pero la vibración del Tresor lo substituía.
— No sabía que se encontraba en el Santuario, Roshi —confesó.— Pensé que estaba en Cinco Picos. ¿Por qué no me lo dijo antes?
— ¿Tengo que comunicarte todas mis decisiones, joven Dragón? No sabía que ahora los viejos deben avisar a los jóvenes lo que han de hacer.
Shiryu se sintió avergonzado. Si bien Dokho había dicho que ambos eran Caballeros, él seguía siendo el Maestro cuyo fin principal era acabar con su orgullo.
— Aún así, —continuó Dokho— es bueno que se preocupen por uno. Sunrei te manda sus más cariñosos saludos.
— Sunrei...—murmuró el Dragón, sonriendo con una expresión que él mismo no logró descifrar.— La última vez que la vi, ni siquiera supe cómo despedirme de ella. No entendía por qué me tenía que ir y eso rompió nuestros corazones.
— Las mujeres fingen no entender. Pero en el fondo comprenden más que uno.
Shiryu sonrió. ¿Había algo oculto al pensamiento del Anciano Maestro?
— Usted fue quien ayudó a Moo a reparar la Armadura del Dragón, ¿verdad?
Dokho asintió. Shiryu trató de ver la herida de su muñeca, pero el Cosmo Dorado la había sanado ya y ni siquiera requería de un vendaje. En agradecimiento, Dragón se inclinó, apoyando las palmas de las manos contra el suelo.
— Se lo agradezco infinitamente. No debió hacerlo.
Por su posición, no pudo ver la sabia y tranquila sonrisa de su Maestro al mirar a su alumno favorito, a su casi hijo, dando gracias del modo más humilde que conocía. Sin embargo, trató de parecer estricto.
— Sigues determinando qué es lo que debo y no debo hacer. Shiryu, vencer a tantos enemigos aumenta tu orgullo en lugar de disminuirlo.
Sin cambiar de posición, el muchacho respondió:
— Mi orgullo permanece, pero no dejo de luchar para que disminuya.
Dokho quiso decirle que pronto lo haría; de hecho, señalar que cada vez era menor y que casi desaparecía. Pero supo que, por el bien de su alumno, lo mejor era no comentarlo para que no se rindiera en su crecimiento espiritual.
— Además, no tienes de qué dar las gracias. Eres joven todavía, mas debes comprender que entre los amigos no es necesario decir “por favor” ni “gracias”.
Shiryu lo miró a los ojos, el cabello negro cayendo sobre su frente.
— Mis amigos y yo no usamos esas palabras, pero las sentimos.
— En eso se basa la amistad verdadera.
Shiryu volvió a sonreír.
— Entonces, ¿usted es mi amigo? —dijo, en leve son de broma
— Estás ganándote una palmada en la cabeza, joven Dragón.
A pesar de la frase, Dokho también sonreía.
— ¿Ya has decidido qué vas a hacer de ahora en adelante? —preguntó, mientras Shiryu volvía a sentarse.
— No he pensado mucho en el futuro. ¿En verdad ha terminado la Era de las Guerras Santas?
Por primera vez, su Roshi no respondió de inmediato. Pareció meditar en ello, pero Dragón no pudo interpretar su mirada.
— Atenea cree que ha terminado. También quisiera creerlo, más no hay modo de saberlo con certeza.
— ¿Es posible que resurja Poseidón?— preguntó Shiryu, sintiendo a su pesar de su corazón palpitaba muy fuerte. Él sí había creído en el fin de las batallas.
— Poseidón duerme dentro de la Urna Ateniense y Julián Solo únicamente alberga a su alma. No vendrá de ahí.
— ¿Pero vendrá?
— No lo sé.
La mirada de Shiryu, gris y vibrante como rocas debajo de una corriente, se volvió decidida.
— Entonces, debemos estar preparados.
— ¿No es esa la misión de la Orden del Zodiaco? —preguntó Dokho, paz y severidad en su voz.— Por eso mismo, ¿qué harás de ahora en adelante?
Dragón bajó la vista. A decir verdad, había pensado demasiado en lo ya ocurrido y no en el porvenir.
— Supongo que volveré con usted a Rozan para continuar aprendiendo.
— Pues supones mal —afirmó Dokho.—Te lo dije una vez: Ya no tengo nada que enseñarte.
Por primera ocasión en todo el tiempo que llevaban de conocerse, Shiryu se atrevió a contradecirlo, y antes de comprenderlo, exclamó:
— ¡No es cierto, Roshi! Usted tiene el Cosmo Dorado siempre que lo llama, y a cada segundo que vive lo hace con el Séptimo Sentido. ¡Podría hacer temblar la tierra con sólo desearlo!
Shiryu no pudo soportar la mirada eterna del Anciano Maestro, así que bajó la cabeza. Largos mechones de su obscuro cabello cayeron a lo largo de su rostro.
— ¿Quién soy yo? —continuó, su voz conservando su dignidad aunque su actitud era muy humilde.— Soy el Caballero del Dragón, pero me encuentro a miles de años de usted. El Cosmo Dorado me pertenece sólo cuando mis amigos están en peligro, y no puedo llamarlo a voluntad. Recurro al Séptimo Sentido sólo cuando mi muerte es segura. Roshi, ¡eso no es ser un Caballero Digno de Atenea y menos aún de usted!
Dokho nunca había visto a su alumno comportarse con tal sencillez y desapego de sí mismo y de sus habilidades. Comprendió que el orgullo que cegó a Shiryu con respecto a la Cólera del Dragón había desaparecido y que no regresaría siempre que hubiese alguien superior a él. Ya no le importaba ser el mejor, sino mejorarse a sí mismo al máximo.
— Por favor, Roshi, —suplicó, sin perder por ello su dignidad— permítame regresar a Rozan y continuar entrenando y aprendiendo. Ignoro cuánto tiempo tomará, pero se lo suplico, déjeme seguir como su alumno.
Dokho no tuvo corazón para decirle que lo que aprendería sobre el Cosmo Dorado y sobre el Séptimo Sentido sería con la práctica a través de los años, conforme accediera a ellos con mayor frecuencia. En aquel instante, el Caballero Dragón, a quien amaba como un hijo, quería aprender otras cosas relacionadas con su Maestro, no con su propia aura.
— Escúchame, Shiryu, —afirmó, su voz adquiriendo el tono de autoridad que caracterizaba sus enseñanzas.— Así como los amigos no requieren de palabras como “por favor” y “gracias”, los Santos no necesitan títulos como “Roshi” y “alumno”. El nombre del Patriarca se usa por el honor que representa, pero no porque sea imprescindible.
Por alguna razón, al mirar a su pupilo, le pareció que volvía a ser el muchacho de catorce años que, solo y confundido, llegó a los Antiguos Cinco Picos buscando un Sensei.
— Como ya te dije, te he enseñado todo lo que sé, incluyendo la Cólera del Dragón. De ahora en adelante, compartiremos no el entrenamiento sino las experiencias. Éstas son la mejor escuela. ¿Quieres dominar el Cosmo Dorado? Te hablaremos de cómo lo logramos y de ahí comprenderás por ti mismo lo que debes hacer.
Shiryu lo miró fijamente, sus ojos una interrogante.
— ¿Quién viene con nosotros, Roshi? ¿O es que permaneceremos en este lugar?
— Aunque sé que el Santuario es el punto ideal para el Cosmo, ya no pertenezco aquí. Volveré a Rozan a vivir el tiempo que me quede, entre las rocas, las montañas y las cascadas. Pero tú y tu nuevo tutor irán y vendrán según sea necesario.
En aquel momento, Dokho de Libra reflejó su verdadera edad. Pareció sólo un anciano fatigado que espera el momento de retirarse. Sin embargo, Dragón no le prestó atención por lo que había dicho.
— ¿Nuevo tutor?
— Uno de los Santos más poderosos y sabios que existen.
— ¡Pero usted es el más sabio! —exclamó Shiryu.— ¿Quién puede instruirme algo que no haya hecho ya?
— Shaka de Virgo.
Por algún motivo, el Santo de la Sexta Casa imponía a cualquiera de los Cinco Caballeros, a excepción tal vez de Ikki de Fénix. Lo habían conocido lo bastante como enemigo para desear con todo el corazón jamás tener que encontrarlo de ese modo nuevamente.
— La Orden del Zodiaco es universal —continuó Dokho, en apariencia sin fijarse en la reacción de Shiryu.— En este tiempo has conocido Caballeros que venían de todo el mundo y de todos los puntos cardinales. Sin embargo, Atenea es una diosa de Occidente, ya que ahí se encuentra su Santuario.
— Shaka de Virgo representa al Espíritu de Oriente —murmuró.
— Él y yo venimos de la misma zona. Nuestra labor es equilibrar a los otros Santos, cuyos fines son más prácticos, con el trabajo del espíritu. Y tú compartes ese origen.
— ¿Acaso podré compararme con ustedes? —preguntó humildemente.
— ¿Vas a negar que, en Atlantis, recurriste a técnicas más espirituales que físicas?
Khrisna de Crysaor, ¡quién más! Shiryu había tenido que descubrir sus Siete Chakras para derrotarlo, usando el Ánima de Excalibur. Y sí, su enemigo le había recordado mucho al Santo de Virgo.
— Shaka es el mejor ejemplo del poder del Séptimo Sentido —continuó Dokho.— Lo tiene tan desarrollado que no necesita de percepciones visuales para vencer a sus enemigos, y menos aún para su vida diaria. Tú también has perdido la vista, aunque fuera temporalmente. Hay mucho que aprender de él.
— ¿Y está dispuesto a abandonar el Santuario?
Dokho asintió, acercándose a su alumno.
— Él mismo me lo pidió. Quiere retirarse a hacer penitencia. Claro que el Tresor de Virgo deberá permanecer aquí, igual que el de Libra. Tú serás el único que llevará su Armadura.
Shiryu miró a su Maestro. Habían transcurrido casi ocho años de conocerlo, obedecerlo y escucharlo y todavía le parecía el primer día, cuando se sintió avergonzado de ser tan poco ante el Infinito.
— Como usted diga, Roshi, pero ¿por qué deben quedarse aquí los Trajes Dorados?
— La Armadura de Sagitario no estuvo en su casa durante dieciocho años. Si la Era Obscura se hubiera adelantado, al Patriarca le habría hecho falta uno de Doce Tresors. Uno de sus Doce Santos Dorados. Hubiera sido mortal.
— Y sin embargo, Roshi, hoy sólo existen seis Santos —afirmó Shiryu.
— Cinco, hijo mío —corrigió, bajando la mirada.— Ya no pertenezco al Tresor de Libra. Vine a despedirme de él.
Debido al espesor de sus cejas, Shiryu no pudo descubrir la expresión de tristeza de su Maestro.
— No entiendo por qué a despedirse —respondió.— Vivirá en Rozan, pero no significa que no vaya a regresar.
— Shiryu, —sentenció Dokho— falta que aprendas dos cosas. La primera, los Tresors no pertenecen a nadie, y por eso es necesario que existan Doce Santos. ¿Dices que no eres digno? Pues deberás hacerte digno, si has de portar en el futuro el Tresor Dorado de Libra.
Fue como si a Dragón le hubieran informado el día que iba a morir, su mirada asombrada e incapaz de respirar un instante. ¡Portar la Armadura de Libra! La sorpresa no disminuyó; de hecho, ni siquiera había podido preguntarle al Maestro el por qué cuando escuchó algo más.
— La segunda, que no hay nadie eterno. Ni los Santos ni las diosas, ni tampoco las Eras de Luz. ¡Y jamás debes olvidarlo!
¿Qué había querido decir con eso?
— Roshi...
Sin embargo, Shiryu no tuvo la oportunidad de pedirle que se explicara. Un Cosmo Dorado muy poderoso provino de la entrada de la Casa. Al mirar, encontró al Santo rubio, de larguísimas pestañas sobre ojos cerrados.
— He llegado, Anciano Maestro —afirmó Shaka de Virgo.— Me alegra encontrarte en circunstancias diferentes, Shiryu de Dragón.
Frente a su nuevo Sensei, Shiryu se sintió de nuevo muy inferior, como casi ocho años atrás. Todas las preguntas que quería formular, supo, tendrían que esperar mucho tiempo, pero por primera vez se percató de un cambio en su Maestro.
Sus ojos lucían profundas ojeras bajo ellos. Finalmente, comenzaba a demostrar su verdadera edad.
Y era la segunda ocasión, en una misma plática, que hablaba sobre una Nueva Era de Obscuridad.


La tumba no había cambiado mucho, a excepción de que la ruda cruz de madera había sido sustituida por una de piedra. Así era más fácil leer el nombre, mientras sobre la tierra se proyectaba una silueta de mujer.
Era muy difícil saber en qué pensaba, su mirada fija sobre la lápida, pero era obvio que Shaina no rezaba. Quizá sólo recordaba, pero no había modo de averiguarlo. Silenciosamente, la joven Guerrera Caballero se arrodilló frente a la tumba.
Terminado el sacrificio, Moo había cerrado las heridas de todos por medio de su cosmo. Sin embargo, Shaina le pidió no cicatrizara del todo la suya. Cuando Aries preguntó por qué, ella había sido incapaz de explicarse., Moo era discreto y noble, y sin preguntar más dejó una herida mínima que no tardaría un par de días en sanar.
Ahora Shaina sabía por qué lo había pedido. Con la cabeza baja, extendió su mano izquierda; con la derecha, apretó la casi cerrada herida, hasta que un par de gotas de sangre cayeron sobre el nombre.
— Casios...— murmuró, los ojos llenos de lágrimas.
Solía ir a ese lugar al menos una vez por semana desde la Batalla del Santuario. Los recientes combates le habían impedido acudir, mas no habían alejado a sus recuerdos. Ni al remordimiento.
Casios había sido su primer alumno, por encargo de su hermano Dócrates de Heracles. Shaina fue más estricta con él que con sus compañeras guerreras, hasta convertirlo en uno de los aprendices más fuertes y aspirante a la Armadura de Pegaso. Pero Seiya, siempre Seiya, se encontraba en el mismo camino, justo como se interpuso en el suyo tiempo atrás.
Su enemistad con Seiya debió quedar aparte y así lo hubiera sido, a no ser por aquel encuentro en el jardín del Hospital Galahaad. Si tanto quiso convencerse de que lo odiaba, ¿por qué se interpuso en la trayectoria del Relámpago de Voltaje de Aioria de Leo? Lo sintió, eso fue todo.
Así actuaba Shaina cuando dejaba de pensar y sólo sentía.
Después, y justo por la misma razón, ella debía haber muerto en la Batalla del Santuario, en la Casa de Leo. Casios, sin embargo, tomó su lugar. Él sentía, pero también pensaba, y comprendió que era lo único que podía hacer. Por Shaina de Ofiuco. Porque la amaba.
En la tumba, yacía también su pasado. Un ayer en que peleó contra Seiya, no a su lado. De enemistad con Marine de Águila, quien en Asgaard le demostró que pertenecían al mismo equipo. De odio hacia los Caballeros con quienes había formado un escudo humano contra Poseidón. Ahora, peleaba por Atenea y en su nombre... Y ahí continuaba su dolor.
Sabía que Seiya amaba a Atenea. O a Saori Kido. O quizá a las dos.
Tal vez por ello Shaina visitaba tanto la tumba de Casios. A pensar qué habría pasado si él no hubiese tomado su lugar y ella hubiera muerto, como debía haber sido. Ahora que la Era Obscura había pasado, ¿qué bien era vivir, mirando al hombre que amaba con otra? Peor aún, ¿con la diosa reencarnada que ella juró proteger?
En todo eso también pensó Seiya mientras la observaba, sus pensamientos muy semejantes a los de Shaina sin saberlo. Ella lo quería. Primero lo salvó de Aioria; después, de la Flecha Dorada. Y ahora, había dado su sangre para devolverle su Armadura. ¿Por qué Shaina, que no quería comprender lo que en verdad sentía por ella? ¿Por qué le pasaba esto a él? ¿Por qué no a los demás?
Trató de imaginar qué harían sus amigos en un caso semejante. Shiryu, sin duda alguna, la convertiría en su hermana espiritual, junto a Sunrei. Hyoga, en cambio, le dedicaría su vida y aprendería a amarla de no existir Lady Flare. Shun se convertiría en su mejor amigo, cuidándola sobre todo cuando se sintiera triste. De Ikki, no tenía la menor idea. Quizá sólo le daría las gracias.
Pero él no podía convertirla en su hermana; si no podría con Marine, ¿querría añadir una más? Tampoco había modo de dedicarle su vida, pues la consagró a Atenea. ¡Menos aún amarla, también debido a Saori! Si bien la tendencia de Ikki era la más práctica, decidió seguir el ejemplo de Shun. Sí, convertirse en su mejor amigo. Tal vez funcionaría...
Y el consuelo debía iniciar de inmediato.
Con el sonido de sus pasos silenciado por la hierba, Seiya avanzó hacia la figura arrodillada. Pensó en colocar la mano sobre su hombro, pues Shaina no portaba la Armadura de Ofiuco, pero decidió no hacerlo. Algo lo evitaba. ¿O alguien?
— ¿Shaina?
La joven volteó a mirarlo, conteniendo las lágrimas.
— Veo que no portas tu máscara —dijo, un tanto sorprendido a pesar suyo. No recordaba que su rostro fuera tan bonito, pues la última vez había estado manchado con sangre.
— Atenea ha permitido que, quienes lo deseen, ya no la usen —afirmó mientras se ponía de pie.— Poseidón rompió la mía.
— ¿Y no quieres que Moo la repare? Yo estoy dispuesto a ayudarlo.
La sonrisa de Seiya mostró su sinceridad, a la vez que extendía la muñeca izquierda. Shaina sonrió débilmente, comprendiendo la gratitud en su expresión.
— Gracias, pero no volveré a usarla —respondió.— Ya no necesito mi máscara.
— ¿Y eso?
— Según la tradición, una Guerrera Caballero no debe permitir que un hombre vea su rostro, pero todos me conocen. No tiene caso volver a ocultarme.
— ¡Pero si no fue casi nadie! —opinó Seiya, comenzando a caminar a su lado y con la intención de alejarla de ese sitio— Sólo fuimos Aioria, Shiryu, Hyoga...
— Seiya... —dijo Shaina, tratando de interrumpir pero sonriendo contra su voluntad.
Pegaso pretendió no escucharla, mientras continuaba enumerando con los dedos.
— Shun, Ikki, Kiki, Julián, ¿o fue Poseidón?, quizá Sorrento de Sirene si andaba por ahí, y los tres horrorosos Caballeros de Plata que me atacaron en el jardín. Ah, y yo. Nadie más.
— Me haces sentir muy conocida —afirmó Shaina, suspirando.
— Popular. Hay una diferencia.
Una vez concluida la frase, Seiya no supo qué más decir. ¿De qué conversas con una mujer que te odió cinco años y que a la vez te ha amado gran parte de ellos?
— ¿Has visto a Marine? —preguntó Shaina.
Marine de Águila era una persona que ambos conocían, apreciaban a su manera y eran correspondidos de igual forma. ¿Qué mejor que recurrir a ella, tanto en los problemas como en las pláticas?
— Sí y no —respondió Seiya con voz obscura.
— Gracias por explicarte tan bien —dijo, arremedando su habla bromista.
Seiya se detuvo. Una ligera brisa revolvió el polvo del suelo y agitó su cabello, aunque la tiara lo mantuvo en su sitio.
— Mi relación con Marine está igual que esta tierra —explicó, mirando el polvo que no se mantenía quieto.— Trato de girar a su alrededor, hacerme notar, y ella permanece fija en su lugar, sin mirarme.
— Creí que Marine actuaba de forma diferente —confesó Shaina.— Ella te quiere mucho. En Asgaard me pidió que te protegiera y lo mismo fue cuando dejé el Santuario con la Armadura de Libra.
La sonrisa de Seiya se volvió irónica.
— ¿Fue como mi instructora o como mi hermana?
Shaina no supo qué contestar. Seiya dio unos pasos sin alejarse, como paseando; mientras hablaba con ella, pareció no hacerlo mas que para sí mismo.
— A lo largo de la Era Obscura, he conocido a muchas parejas de hermanos —afirmó, mostrando los pensamientos en que había meditado pero jamás había compartido.— Aioria y Aioros, aunque a este sólo en espíritu; Syd y Bud, Hilda y Flare... Ikki y Shun. Y cada vez me pregunto por qué no puede ser así con Marine.
— ¿Ella sabe que es tu hermana?
Seiya no respondió de inmediato.
— No lo sé —confesó.— Cuando trato de hablar con ella sobre nuestra relación, no me responde. ¿Lo ignora o pretende hacerlo?
De momento, Seiya se preguntó porque decía esto. Con Atenea jamás lo había platicado, y ni siquiera con Shiryu lo compartió. Seguro porque nadie conocía a Marine como Shaina y él mismo. ¿O eso era lo que quería pensar?
— Cuando Léumnades tomó su figura, —murmuró, aunque nunca lo dijo a nadie, incluidos Hyoga y Shun, quienes pasaron por lo mismo— creí que al fin mi búsqueda había terminado. —y exclamó sarcásticamente— ¡Sí, como no!
— Marine es muy estricta —opinó Shaina.— Si te permitiera que le demostraras que eres su hermano...
— Ni siquiera me permite tocarla. En Asgaard le ofrecí la mano para que se levantara y lo que recibí fue una bofetada y la orden de no mirar hacia atrás.
Shaina se alegró de que él no viera su expresión al mirar a otro lado, o habría descubierto su descontrol. ¿Es que ser una verdadera Guerrera Caballero incluía eliminar los sentimientos, incluyendo el amor a tus hermanos? De ser así jamás lo lograría, sobre todo porque su amor no era de hermanos.
— Claro, podría ser que en realidad la Fundación siguiera una pista falsa, Asterión mintió, Léumnades aprovechó mi confusión y Seika sigue en algún sitio de Oriente, pensando en mí de vez en cuando— concluyó con un ademán lleno de ironía y amargura.
Se detuvo, dándole sin querer la espalda. Alcanzaba a ver el Templo de Atenea rodeado por las Doce Casas. Se preguntó sí, como lo pensaba, Marine se encontraba con Aioria de Leo y, con envidia, si a él sí le demostraba sus sentimientos y su rostro.
— Atenea nos dio la opción de conservar la máscara —afirmó Shaina, acercándosele.— Temo que Marine la seguirá usando. Su rostro no ha sido visto por nadie.
— Otra buena noticia—murmuró Seiya.
Silencio. El sol comenzaba a elevarse en el cielo y a brillar con todo su esplendor, pero Pegaso y Ofiuco sentían mucho frío.
— ¡Qué tonto soy! —exclamó Seiya de repente— Venía a hablarte de algo más y aproveché para mostrar toda mi amargura.
Se frotó la nuca como acostumbraba.
— Soy una pésima compañía—añadió.
— Mas bien, no soy tan buena para consolar como tú —dijo Shaina.
Seiya la miró a los ojos. Eran enormes, del color de las aceitunas, con la viveza de un río y la tristeza de un niño solo. ¿Siempre habían sido así? ¿Lo eran desde que pertenecía a la Orden del Zodiaco? ¿O desde que lo conocía?
— Gracias por tu sangre, Shaina. Tampoco te he agradecido por protegerme de la Flecha Dorada. Todo pasó muy rápido.
Shaina palideció. En ese momento, había confesado dos palabras al Caballero Pegaso, a las que seguro iba a referirse. “Te amo”, resonó en su mente.
— No tienes que agradecer nada —dijo, dándole la espalda. Había pasado años usando una máscara que ocultó sus reacciones y ahora, por primera vez, se veía obligada a aprender a disimularlas.— Cualquiera habría hecho lo mismo.
“No lo creo”, pensó Seiya. Buscó inútilmente las palabras adecuadas para lo que tenía que decir; no las halló y debió decirlo con franqueza.
— Sobre lo que dijiste...
— Olvídalo —interrumpió Shaina, sintiendo cómo se ruborizaba poco a poco.
— No puedo. No es justo para ti.
— Y quién quiere que seas justo?
El tono de su voz volvía a ser la de la Caballero de Ofiuco a la que se enfrentó a las afueras de Santuario. Brusca y seca, pero vibrante.
—Seiya, nunca hemos hablado sobre lo que ocurrió en el jardín, y menos aún en la entrada al Soporte Principal —afirmó, fijando la mirada en una nube distante.— Sobre todo, jamás lo dije con la cabeza lo bastante fría. Siempre lo dije en momentos que nos unían a ambos en el riesgo de morir.
Seiya no se atrevió a acercársele, ni a obligarla a mirarlo a los ojos. Sería fácil confesarle su amor o rechazarla con delicadeza, mas no estaba seguro de sus sentimientos hacia ella. ¿Cómo podría hablar si no tenía nada definido que ofrecerle?
— Tampoco yo he pensado mucho —dijo.— Todo ha sido demasiado rápido. De repente, somos guerreros que descansan. No me acostumbro.
Su intento de cambiar la conversación fue inútil. Shaina prosiguió, como si no lo hubiera oído.
— El odio que sentía por ti se convirtió en amor sin que comprendiera cómo.
Seiya sintió deseos de esconderse debajo de la primera piedra que encontrara.
— Pero no puede ser amor, —continuó Shaina— porque no es correspondido.
Seiya no supo si echarse a correr o cavar un agujero en la tierra y ocultarse en él. Shaina continuó:
— Escúchame: Si reparé tu armadura no fue para obligarte a nada. Eso no es de Caballeros. Lo hice porque te admiro...
“No quiero oír qué más”, pensó Pegaso.
— ...Y a modo de agradecer tu preocupación por mí en la última batalla. Nada más.
Seiya la miró sorprendido. ¿Era esta la misma Shaina que confesó su amor hacía dos semanas? Aparentemente tranquila, continuó:
— El amor verdadero no obliga. Y tengo que aprender si lo que siento es amor, o cariño, o una obsesión. Pero necesito tiempo.
— ¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó Seiya, lo único que se le ocurrió decir y, apenas habiéndolo hecho, arrepintiéndose por ser tan simple.
Shaina negó con la cabeza, sonriendo. Bueno, pensó Pegaso, eso soluciona su problema. ¿Y el mío?
Creyó que en el momento en que Shaina lo “liberara” de cualquier obligación hacia ella, respiraría más tranquilo y se borrarían las nubes de su mente; su afecto por ella encontraría su lugar apropiado y correría hacia Saori. ¿Por qué, en lugar de ello, se sentía incómodo? ¡Caray, no podía estar en paz consigo mismo!
— Aún así, gracias —murmuró.
— Los miembros de un mismo grupo no tienen por qué darlas —respondió Shaina, volteándolo a ver. De momento no supo si había mentido o si había sido sincera, pero lo cierto es que una leve tranquilidad inundaba su corazón. ¿O sería porque no lo obligaba a quererla, un afecto que nunca llega a ser amor?
Seiya volvió a caminar. Shaina permaneció a su lado, dos personas con años de conocerse sin lograr platicar como la gente común. Iba a ser difícil convertirse en su amigo, pensó Seiya, bastante difícil.
— ¿Qué vas a hacer ahora?—escuchó.
— ¿Cómo que qué voy a hacer?
Shaina miró de frente y descubrió que se dirigían hacia el templo de Atenea. En el fondo de su corazón sintió una profunda pena que no confesaría. Acababa de descubrir que todas las palabras que dijo habían sido mentiras.
— Escuché que Atenea cree que la Era Obscura ha terminado —afirmó, la mirada ligeramente desviada hacia el Caballero Pegaso.— De ser así, terminó la época de los guerreros, ¿no crees?
Seiya dio un respingo.
— ¡Qué pregunta!—exclamó.—Si ya pasó lo peor, no volveremos a pelear, pero jamás podremos descuidarnos. La Batalla de Asgaard fue un buen ejemplo.
— No digo que abandonemos la Orden—respondió con brusquedad.— No me malentiendas.
¿Por qué cada vez que hablaba con ella sentía que se equivocaba?
— ¿Qué voy a hacer? —se preguntó a sí mismo.— Es fácil. Voy a permanecer con Atenea, vaya a donde vaya. Quizá regrese a Japón o permanezca en el Santuario. Pero iré a donde se encuentre.
El corazón de Shaina se rompió en silencio. ¿Cómo?, volvió a preguntarse. Seiya, por cortesía, preguntó:
— ¿Y tú?
— Yo permaneceré en el Santuario. Toda mi vida he estado aquí. No me imagino en otro —dijo, su turno para que su voz se obscureciera.
¿Y a dónde ir, sabiendo que él era el principal Caballero de Atenea?
Los rayos del ya resplandeciente sol se reflejaron sobre la Armadura de Seiya de Pegaso. Caminando al lado de Shaina de Ofiuco, se acercó al Templo, mas no hablaron después. Marine, el Tresor de Sagitario, Saori-Atenea, la misma Shaina, todo se confundió en su mente. En fin, pensó como siempre, ya tendría tiempo de arreglar todo. Y tal vez algún día, podría respirar tranquilo.
Su voz interior, respondió: “Sí, como no”.


Sentía que no había pasado el tiempo y que se encontraban ocho años en el pasado. No era la primera vez, de acuerdo, pero cada una le daba más alegría. Estaba junto a su hermano.
Shun e Ikki no habían hablado mucho desde que abandonaron la Casa de Aries después de darle las gracias a Moo. Caminaron en silencio un buen rato, el Ave Fénix perdido en sus pensamientos y Andrómeda preguntándose qué decían aquellos. De hecho, no sabía si Ikki había llegado a las cercanías de Cabo Sunión por su voluntad o si sólo habían perdido el rumbo.
Lo cierto era que ambos amaban el mar. Habían vivido seis años de sus existencias en dos islas similares. Las dos eran consideradas como infiernos por sus condiciones geológicas y geográficas, veranos permanentes y tierra seca al alejarse de la costa. Pero las vivencias de cada uno fueron diferentes, e igual pasaba con las memorias que la vista del mar motivaba en cada uno. Mientras que a Shun el mar le recordaba el Ritual del Sacrificio, cuando al fin se probó a sí mismo y ganó su Armadura, unido a la cariñosa mirada de Albiore y a la voz jubilosa de June, a Ikki le traía imágenes de golpes y ríos de lava, Caballeros Ankoku y un Maestro Sin Nombre. Pero sobre todo, la tierna silueta de una joven que murió demasiado pronto, su dulce tono acallado para siempre.
Como en cada ocasión en que pensaba en Esmeralda, deseó verla de nuevo. Añoraba su muerte, aún siendo el único Caballero prácticamente inmortal, y entendió que las maldiciones no caen sobre quienes no las necesitan.
Con un poco de sorpresa e ironía, Ikki comprendió que justo ahí, en Cabo Sunión, había comenzado todo. Cuando Saga de Géminis encerró a su hermano Canon en la cárcel submarina y éste, en venganza, despertó a su mitad maligna, haciéndolo el médium perfecto para la posesión de Ares. Al tiempo que Canon invocaba a Poseidón y planeaba dominar al mundo, Saga-Ares intentaba matar a Atenea y asumía el control del Santuario. ¿Cómo saber de qué manera iba a afectar lo que pasaba en Grecia a dos hermanos huérfanos que vivían en el lejano Japón? ¿Cómo imaginar que, por una causa que en realidad no le había importado, iba a intentar matar a Shun? ¿Que Esmeralda moriría en esa lucha por el poder? Sin duda, también habían ocurrido cosas buenas, pero como siempre, las dolorosas parecían superarlas.
Shun miraba al mar. Ikki, desviando un poco sus pensamientos, volteó a verlo. Contra el horizonte, destacaba su armoniosa cara, de ojos enormes y nariz respingada; un rostro de niña, habían dicho muchos a lo largo de la Era Obscura. Su amielado cabello, en parte sostenido por la tiara, le caía sobre los ojos. Ikki se preguntó por qué su hermano lucía esos destellos naturales tan extraños (sin pensar que su propio cabello negro relampagueaba con tonos azul obscuro), y comprendió que aquellos con un cosmo muy particular son diferentes no sólo en espíritu. Justo como también pasaba con Saori.
Lo cierto era que detrás de ese “rostro de niña” Ikki encontraba más cambios día con día. No sabría decir cuándo comenzó, pero no dudaba que Shun era diferente. Desde su primer renacimiento y gracias a poseer el GenMaKen, el Puño del Fantasma del Demonio del Fénix, se había vuelto muy perceptivo. Si su hermano estaba protegido por millones de estrellas, se preguntó, ¿por qué apenas comenzaba a manifestarlo? Aún así, sabía que guardaría ese increíble poder en su interior, usándolo sólo cuando no le quedaran opciones. Dios no dio alas a los alacranes, recordó.
— ¿En qué piensas, Nii-San?
Shun lo había descubierto mirándolo fijamente y al fin reiniciaba la conversación. Ikki sonrió, pero a pesar de que la Era Obscura había terminado, su gesto siguió siendo reservado e incompleto.
— Recordaba cuando éramos más pequeños —dijo Ikki.— Cuando nuestros padres vivían.
Shun lo miró con curiosidad. Él no recordaba muchas cosas de aquel tiempo.
— Un día, —prosiguió el Fénix, observando otra vez al mar— quise enseñarte a trepar a los árboles, así que comencé a empujarte por el tronco del que estaba en nuestro jardín. Tú no querías, pues tenías miedo de lastimarte y al final te caíste.
— Nunca fui muy ágil para eso —respondió, un poco avergonzado de haber sido más débil que Ikki desde entonces.
— Sin embargo, —continuó su hermano mayor— al día siguiente te encontré jugando entre los rosales. Cortabas flores para nuestra madre. Para sorpresa mía, apenas si te habías lastimado, y si lo hacías no te importaba. Desde ahí comprendí que éramos muy distintos.
Shun miró hacia el mar, tratando de hallar lo que cautivaba a su Nii-San.
— Siempre he querido ser como tú. —confesó— Desde niño, tu has sido mi héroe, y lo único que he conseguido es que siempre me salves por creerme más fuerte de lo que soy.
— ¡Eso no es cierto! —exclamó Ikki. El hermano menor sintió que lo observaba, mas no se atrevió a voltear.
— No quiero contar el número de veces que has intervenido en un combate para evitar que me maten. —murmuró Shun— Empezando con Fórnax y terminando con Léumnades. Ya hubiera muerto varias veces de no ser por ti.
"Sí, sólo que tú no tienes la capacidad de renacer", pensó Ikki. "De hacerlo, quizá hubiese dejado que los enfrentaras solo. Pero después de sepultar a nuestros padres y a Esmeralda, no puedo exponerme a perderte."
— No te vencían porque fueran más fuertes —sentenció.— Lo hacían porque tú preferías tratar de arreglar todo hablando y no usar tu ken.
— La Tormenta Nebular puede matar a alguien.— replicó Shun y, bajando la vista, añadió —Ya lo ha hecho.
Aunque Fénix no quiso profundizar, entendía lo que le pasaba. Durante la Era Obscura, Shun se había enfrentado a muchos oponentes, varios de los cuales terminaron muertos. Pero no había sido esa su intención, además de que la mayoría perecía por otras causas. Sin embargo, en la Doceava Casa, tuvo que matar voluntariamente, usando el ken que juró ocultar. Por ello, ni con Mime de Eta-Benetnasch, ni con Syd de Dzeta-Mizhar, y menos aún con Sorrento de Sirene, lo usó a su máximo. El rostro de Afrodita de Piscis se aparecía frente a él apenas pensaba en emplearlo.
— En ocasiones es necesario matar —afirmó Ikki, sus ojos relampagueando como siempre que hablaban sobre los deberes del guerrero.— Después harás penitencia. Pero no debes guardar...
— Compasión hacia el enemigo. Ya lo sé.
— Él no la tendrá hacia ti. —respondió Fénix con voz cortante.
Silencio. El menor no supo qué contestar; el mayor deseó que sus palabras tuvieran algún efecto en él. Ya no lo esperaba. A lo lejos, el mar griego reflejaba los rayos del sol que continuaba ascendiendo.
— Es sólo que no debo matar —murmuró Shun, la vista hacia el mar.— No importa cuánta penitencia haga, no quiero quitarle la vida a otra persona.
— Si insistes en eso, estás preparando tu funeral —respondió Ikki, su voz sin mostrar emociones.
— Todo el mundo me dice lo mismo —afirmó, pensando en Io de Schylla.— Pero no me importa.
Al decirlo, sonrió. Ikki suspiró, aparentando fastidio.
— Eres tan inocente que no lo alcanzas a comprender —sentenció.— El mundo no piensa como tú. El hombre común miente, engaña y mata si lo cree necesario.
— Los Caballeros no somos personas comunes.
De vuelta a la discusión de siempre, pensó Ikki. Él creía —y sabía— que los Caballeros eran personas comunes que de pronto se convierten en extraordinarias, pero que no abandonan la vulgaridad del mundo. Su hermano, en cambio, veía a la Orden como un conjunto de seres elegidos, aún contra su voluntad, para volverse extraordinarios y elevar al mundo del que provenían.
A pesar de sus desacuerdos, Ikki encontraba un consuelo en su hermano menor. Con él, confirmaba que el mundo no era habitado sólo por Maestros Sin Nombre y Canons de Sea Dragon. También existían Esmeraldas y Shuns por quiénes combatir.
— Posees un corazón demasiado puro. No conoces ni entiendes la maldad.
Shun volteó a verlo con extrañeza y con firmeza respondió:
— Nii-San, no estoy ciego.
Su tono había sido igual al de la Batalla de las Doce Casas, cuando le pidió a Seiya no lo subestimara. De repente, sus palabras —por insensatas que fueran— estaban llenas de seguridad, y Fénix comprobó que estaba cambiando. Shun miró de nuevo hacia el mar.
— Claro que entiendo a la maldad —continuó, sus ojos brillando de ese modo tan particular en que lo hacían.— La maldad fue la que intentó asesinar a Saori hace años, la que mató a Aioros de Sagitario, la que nos alejó y te hirió tanto durante nuestra separación. Y muchas cosas más que no acabaría de mencionar. La maldad existe, es muy fuerte, y cualquier persona puede experimentarla.
Ikki no creyó estar oyendo a su hermano. Sí, el mal existía y lo había obligado a atentar contra su vida, a humillarlo en público, a perder el Tresor de Sagitario. A tratar de matar a su propio hermano. Shun pareció no darse cuenta de sus pensamientos y prosiguió:
— Pero el bien también existe, y es igual o más fuerte que la maldad. El bien fue lo que impulsó a Aioros a llegar hasta las ruinas, lo que nos reunió a todos... Lo que hizo que volvieras a ser el mismo. El bien, Nii-San.
Sus ojos brillaron con mayor intensidad. Una esperanzada sonrisa surgió en sus labios.
— Yo no quería ser Caballero, pero ahora comprendo por qué estoy aquí. Para proteger a ese bien, representado en Atenea. Aún así, creo que si venimos del bien, debemos actuar conforme a él. Ikki, debe haber otras formas de solucionar los problemas, además de pelear. La violencia debe ser la última alternativa.
¡Cuánta inocencia!”, pensó Fénix. “Y, sin embargo, ¡cuánto desearía poder pensar así! ¡Cuánto daría por abrigar la esperanza de resolver todo sin golpear a alguien!”
Pero su inocencia yacía en la tumba de Esmeralda.
— Piensas muy bonito, Shun, pero no puedo estar de acuerdo contigo. Con la violencia, los ciegos comprenden que se equivocan. O, al menos, reciben su castigo. Hay gente que no entiende mas que a golpes.
Andrómeda vio a su hermano. La rojiza cicatriz de su rostro enmarcaba una mirada que, aunque decidida, era triste. Supo cuánto había influido en ambos esa separación. Él había tenido en Albiore a un gran instructor y en June a una excelente amiga. Ikki sólo recibió dolor e ilusiones destrozados. ¿Qué hubiera pasado, pensó como tantas veces, si Kido no hubiera aceptado que cambiaran los papeles? ¿Habría cambiado tanto como él o habría muerto?
— Hay veces en que sólo con la violencia puedes defender lo que amas —dijo Ikki, más para sí que para su hermano.— El día que ames intensamente vas a comprenderlo.
En muchas ocasiones, y esa no fue la excepción, Shun había querido preguntarle cómo era Esmeralda. Sin embargo, siempre prefería esperar. Era obvio que era su recuerdo más valioso. Ikki había amado intensamente, pero la violencia que defendía no le devolvió la vida al ser que quiso, y jamás lo haría.
De nuevo, permanecieron callados. Como nadie usaba reloj, Shun no supo cuánto tiempo había pasado. El sol subía y pronto ya no proyectaría sombras. Ikki parecía haber regresado a sus pensamientos y a Shun no le quedó sino meditar sobre el día que amara intensamente. Él amaba a su hermano y a sus amigos y a Atenea, y por eso mismo conservaba sus ideales. ¿O se había referido al día que amara a una mujer?
Sin querer, recordó el rostro de June sin máscara.
No había vuelto a verla desde meses atrás. ¿Qué sería de ella? Con Isla Andrómeda destruida, ¿viajaría al Santuario o abandonaría la Orden? En cualquier caso, lo único que esperó fue que no decidiera alejarse. Era una gran... Amiga.
No se dio cuenta de que la expresión de su rostro cambiaba y que sus ojos parecían más luminosos. Ikki sí lo hizo y, divertido, trató de adivinar a quién recordaba su hermano.
— Shun, ¿eres feliz?
Andrómeda se desconcertó por sólo un segundo.
— ¡Claro que sí! —respondió— La Era Obscura se ha ido, así que no volveré a pelear. Tengo tres excelentes amigos y protejo a una diosa reencarnada. Y tú estar aquí, conmigo. ¿Puedo desear algo más?
Ikki regresó su mirada a las olas.
— ¿Qué piensas hacer ahora? —insistió.
— Sabes que quiero reconstruir Isla Andrómeda —recordó, una idea que no abandonaba su mente aunque no la mencionara.— Pero sé que carezco del poder y del conocimiento para hacerlo, aunque Milo de Escorpio quiere ayudarme, en penitencia.
— ¿Entonces?
— Voy a quedarme aquí, en el Santuario. No quería ser un Caballero, pero ahora que lo soy, voy a convertirme en uno por completo. Moo de Aries va a enseñarme a reparar Armaduras.
— ¿No lo hiciste ya?
La pregunta de Ikki no mostraba ninguna duda. Más bien, era su forma de averiguar más detalles.
— No me costó trabajo reparar las Armaduras porque Moo me iba guiando —explicó Shun.— Además, la sangre de los Santos Dorados hizo el trabajo más sencillo. No siempre voy a contar con ambos.
Ikki sonrió con su gesto incompleto.
— Cuando dijiste que querías superarte como Caballero, pensé que te referías a tus técnicas de combate.
— Las cadenas me protegen y nunca volveré a usar la Tormenta Nebular. Ya no hay para qué —afirmó Shun, sonriendo.
¡Cuánto daría Ikki por poder pensar eso!
— ¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó— ¿Vas a seguir entrenando?
Por primera vez en la plática, Ikki no respondió de inmediato. Eso bastó para que el corazón de Shun se sobrecogiera. Imaginó lo que seguía y no le agradó nada.
— Shun... —comenzó, mirándolo a los ojos.— Hay dos tipos de Caballeros. Los que creen en las personas, como tú, y que ven como su obligación aprender más para servirles; y los que, como yo, piensan que ya no existe nada que aprender, más que en la práctica, para ayudarles.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó, sus ojos temblando.
— Debo volver a marcharme.
Shun no respondió. Ese silencio cuando más necesitaba oír su voz era de lo poco capaz de perturbar a Ikki de Fénix.
— Los Caballeros del Zodiaco pelean por causas universales, como el Bien, la Paz y la Justicia. Pero hay muchas personas, gente anónima que se pierde en el mundo, que también clama por ellas. Debo ayudarles.
— Creí que esta vez sí te quedarías. —murmuró Shun, de momento incapaz en pensar en esos millones de personas necesitadas, sino en el vacío que dejaría su hermano.
Ikki, por un instante, no supo qué contestar.
— También lo había pensado —confesó.— Pero veo que cada uno está tomando su camino. Y tú...
Tomó la mano izquierda de su hermano, sus dedos aún manchados de sangre sin que lo hubiera notado.
— Tú estás protegido por millones de estrellas, y estás eligiendo tu propio destino. Pronto dejarás de necesitarme.
Los ojos de Shun se llenaron de lágrimas.
— Eso no es cierto... —murmuró.— Di mi sangre porque te quiero, Ikki, y prefiero que me protejas tú a que lo hagan las estrellas...
— Hermano, —interrumpió Fénix— Tienes que crecer. Ya lo haces, pero debes continuar. Y yo también.
Sus ojos, contra su voluntad, también se llenaron de lágrimas.
— Déjame seguir por el camino que elegí. Me iré tranquilo, pues he visto tu fuerza interior. No permitirás que nada ni nadie te haga daño.
Se sintió como hacía ocho años, despidiéndose de su hermano en el jardín de la Fundación Galahaad.
— Había pensado en irme sin decir adiós. Pero sé que hablo con un hombre, no con un niño.
Por un instante, las olas fueron su única respuesta. Fue como si el mar quisiera apoyar su proyecto y sus ideas.
— ¿Vendrás a visitarnos? —preguntó Shun como último consuelo.
Ikki sonrió. Así esperaba que reaccionara.
— Te juro, por el recuerdo de Esmeralda, que estaré siempre que me necesites.
Los dos hermanos se miraron frente a frente, lágrimas surcando el rostro del menor y contenidas en los ojos del mayor. En silencio, voltearon por última vez hacia el mar, Ikki de Fénix rodeando los hombros de su hermano con su brazo derecho y sin añadir nada. Recordó de nuevo aquel día cuando niños, de árboles y rosas, mientras sentía junto a él la calidez de millones de estrellas. En cambio, Shun de Andrómeda percibió el fuego de la inmortalidad y presintió, con ese sexto sentido que aborrecía, que era la última vez en mucho tiempo que estaría a su lado.


El día pasó sin que Seiya supiera a ciencia cierta en qué se le fue. Lo único seguro era que la mayoría de lo que deseó hacer no resultó como estaba planeado y que, en consecuencia, estaba aburrido.
Después de su conversación con Shaina —si eso había sido—, ella se retiró apenas de acercaron al Templo de Atenea, con el pretexto de buscar a no-sé-quién. Seiya preguntó si quería que la acompañara, y al escuchar un “no gracias”, no insistió. Decidió entonces hablar con Saori (a toda acción corresponde una reacción, etcétera), pero ella no pudo recibirlo, pues Hyoga y Flare habían llegado primero.
Un momento, ¿Hyoga Y Flare?
Ante eso, quiso platicar con Shiryu, esperando que le ayudara a resolver algunas de sus dudas. Pero su mejor amigo se encontraba con el Anciano Maestro en la Casa de Libra, acompañados por (¡escucha esto!) Shaka de Virgo. Seiya entendió que debían seguir instruyéndolo, así que buscó a Shun y a Ikki. Pero los hermanos habían salido del Santuario desde un rato atrás, y dónde estaban, nadie lo sabía.
En la lista de opciones seguía Marine de Águila. Sin embargo, al encontrarla en las Cámaras de los Caballeros de Plata, obtuvo un “estoy muy ocupada, ¿podrías regresar después?” a su propuesta de conversar. Desde la última batalla, Marine lo evitaba más de lo usual, y Seiya se preguntaba qué demonios había hecho esta vez. ¿O era por lo mismo que le comentó a Shaina?
Como última opción, pensó en hablar con Aioria de Leo. Lo conocía y apreciaba desde que era un aprendiz y hacía bastante tiempo que no platicaba con él. Pero el Santo no estaba en la Quinta Casa; según un guardia, había salido a entrenar.
Ante el éxito obtenido, y antes de que terminara hablando con Tatsumi, Seiya se retiró a su cuarto. Llevaba un buen rato tumbado en su cama, los brazos doblados bajo la cabeza y mirando una mancha en el techo. Recordó que le debía una larguísima carta a Minho, a Makoto, Akira y los otros chicos de Star Children, pero no encontraba la voluntad suficiente para iniciarla.
Lo cierto era que una vez que la Armadura de Pegaso retornaba a su Urna, Seiya dejaba de ser el audaz Caballero que intenta superar sus problemas para convertirse en un simple joven con demasiados problemas.
Estaba pensando seriamente en ir a la cocina y asaltar la despensa (aunque, para su suerte, sólo encontraría aceitunas) cuando escuchó que llamaban a su puerta.
— Adelante —indicó sin incorporarse, pensando que tal vez le habrían dicho a Shiryu que lo buscaba.
La puerta se abrió y cerró sin que el que entrara hiciera ruido.
— Hola, Seiya.
La voz lo sorprendió un poco. Apenas se incorporó para encontrar a un joven de su edad y casi de su misma estatura, con cabello color miel y ojos verde obscuro.
Desde niños habían antagonizado y al reencontrarse estuvieron a punto de llegar a los golpes en casa de Saori. Pero eso fue una vida atrás.
— Hola, Jabu —dijo, dejándose caer sobre sus brazos doblados de nuevo.— No sabía que habías regresado.
— Lo hice apenas en la mañana —respondió Unicornio, sin entrar en detalles.
Seiya volvió a fijarse en la mancha del techo.
— ¿Y qué te trae por aquí?
— La señorita Saori te manda un recado —afirmó Jabu, permaneciendo de pie al notar que Seiya no le había ofrecido asiento. Esto no va a funcionar, pensó.
Sin evitarlo, Pegaso enarcó una ceja.
— ¿Ah, sí?
Se preparó a escuchar que le urgía hablar con él sobre su futuro, sobre el destino de la Orden o algún tema profundo en el que necesitara un consejo de su corazón. O al menos a decirle que lo extrañaba. Porque él sí.
— Manda decirte que para la cena de hoy portes tu Armadura completa.
¿Nada más? Para empeorar las cosas, Seiya estaba seguro de que con el “leal Jabu” hablaba de muchas cosas, además de los recados que le mandaba. Se sintió celoso.
— ¡Gracias! —respondió, tratando de no mostrar su disgusto.— Dile a Saori que iré tan bien presentado como si me fueran a sacar una foto. No tendrá por qué avergonzarse.
A pesar de su intención, a Jabu no le costó trabajo encontrar el sarcasmo (¿o amargura?) en sus palabras. Ignoraba los sentimientos de Seiya con respecto a él y su relación con Atenea; en una ironía aún mayor, su propio sentimiento era idéntico pero en sentido contrario.
Seiya había estado con Saori en los momentos más importantes de su vida. Él presenció cuando conoció su verdadero nombre. Cuando Yamian la secuestró, él la salvo. Él peleó durante Doce Horas para lograr extraerle la flecha del pecho. Él la vio caminando entre el hielo derretido. Él la había sacado del Soporte Principal. Él había sentido su dulce cosmo protegiéndolo y había derramado su sangre por ella.
¿Qué había en Seiya que no tuviera él? Entonces, recordó que la plática no había concluido.
— En sí, no era de lo único de lo que quería hablarte —confesó.
Seiya ya empezaba a trazar una constelación con la mancha al oír lo anterior.
— Dile a Saori que no se preocupe por mi conducta —pretendió adivinar con sarcasmo.— No hablaré mas que cuando ella me lo indique, y no haré bromas a costa de Hyoga y Flare, ¿de acuerdo?
— Ella no manda decirte nada. El que quiere hablar soy yo.
Quiere que le cuente más detalles sobre Asgaard, pensó Seiya, distraído. La presencia de guardias y aprendices solicitándole lo mismo había sido una constante las últimas dos semanas, sólo que ellos no lo fastidiaban tanto como su rival.
— ¿Qué quieres entonces, Jabu?
— Voy a serte franco, Seiya. Tú has llegado mucho más lejos en el Macrocosmo que yo, e igual tus amigos.
— La vida te obliga a hacer muchas cosas desesperadas —respondió sin interés.
— Quiero aprender lo mismo que tú. Y necesito tu ayuda.
Por primera vez, Seiya dejó de pensar en la mancha. Sorprendido, se sentó y miró al Caballero del Unicornio de frente. Permanecía su gesto digno, a pesar de la frase y de que, contra su costumbre, estaba humillándose a sí mismo.
— Muchas cosas las aprendí sobre la marcha —confesó, un poco descontrolado.— Uno expande el cosmo sólo cuando lo necesita; casi siempre para salvarse.
— Lo sé. Pero quiero ser como ustedes.
Como Seiya no respondió, Jabu prosiguió:
— Tú no sabes lo que es quedarse sólo viendo y esperando, cuando tu deber es ayudar. Yo debía estar con ustedes, pero mi ineptitud me arrojó hacia atrás. Quiero cambiar y necesito un instructor.
— Siendo así, —concluyó Seiya, asombrado ante sus palabras— hablaré con Marine. Si está de buen humor, aceptará entrenarte.
Jabu negó con la cabeza.
— Quiero que tú me instruyas. La señorita Saori está de acuerdo.
Seiya sintió un increíble deseo de reír, pero se contuvo.
— ¿Qué? ¿Yo, tu instructor?
— Escuché que ya eres un Caballero de Plata —replicó Jabu, mirando la Urna que contenía la Armadura de Pegaso.— Ya puedes recibir aprendices. Recíbeme a mí.
— Pero yo nunca...
La mirada de Jabu se volvió fría. Seiya no terminó la frase y se preguntó si quería continuar con el pleito de años atrás. Y resolverlo.
— Mira Pegaso, te estoy pidiendo un favor como a alguien que, reconozco, tiene poder y conocimiento para ayudarme. Si no quieres, sólo di “no” y ya. No pongas pretextos.
Jabu era la representación misma de la dignidad, no del orgullo y la altanería. Sabía que se humillaba al pedir que lo instruyera, más no estaba dispuesto a doblegarse demasiado. Seiya sonrió, su gesto pícaro. Ese estilo de persona le agradaba.
Además, si Atenea estuvo de acuerdo, ¿no era ese un modo de obedecerla? Y, mejor aún, ¿recuperar su atención?
— Tienes muchas posibilidades, Jabu —respondió, los ojos brillando como el día del pleito y su sonrisa sin desaparecer.— Veamos qué resulta.
Extendió la mano para cerrar el trato. Jabu respondió al gesto sin sonreír.
— Gracias —dijo, mirándolo a los ojos.
Aquí tenemos a uno con actitud de hombre, pensó Seiya. El tiempo dirá si las palabras se extienden a los hechos.
El día no había sido una pérdida total.


Las horas pasaron rápido, consumiendo mañana, tarde y fuego, hasta que en el Reloj del Zodiaco sólo quedaron dos llamas. Aioria alcanzaba a verlo desde una de las ventanas del pasillo mientras esperaba a Atenea.
Casi todas las noches era la misma discusión: ¿Quién escoltaría a Atenea al comedor para la cena? Sin embargo, ese día Aioria había sido más práctico que los otros Santos Dorados. Avisó que le tocaba a él. Y nada más.
Ahora aguardaba a que la diosa saliera de sus habitaciones. Sabía que esta cena era especial ya que, en los días siguientes, todos los visitantes regresarían a sus sitios de origen. Entre ellos, Aioria había escuchado que tal vez Shaka de Virgo iría a China, y no estaba seguro sobre si Moo de Aries regresaría a Jammyel. “Este sitio volverá a quedarse sólo”, pensó. No le gustaba mucho la idea.
¿Cuántas cosas habían pasado en los últimos dos años?, se preguntó mientras el Fuego de Acuario se apagaba. Demasiadas, respondió casi de inmediato, y sobre todo, muchos cambios. De creer que Atenea había muerto por culpa del traidor Aioros a descubrir que en realidad era un héroe que la había salvado. De eso sí se alegraba. Gracias a ello, al fin se había reconciliado con el recuerdo de su hermano —y consigo mismo. Sabía que no había modo de recuperar esos diecinueve años que Aioros llevaba de muerto, pero su espíritu estaba un poco más tranquilo.
Sólo un detalle le impedía ser completamente feliz. ¿Qué pensaba Aioros de todo esto?
En el pasado, cuando atacó a Atenea y su golpe se volvió en su contra, escuchó su estricta reprimenda en su cosmo. Ahora que todo había cambiado, ¿por fin estaría satisfecho de su proceder? “Ve a tu hermano menor”, le diría. “Soy, como tú profetizaste, el Santo del cosmo más reluciente y poderoso, igual al tuyo, fiel servidor de Atenea aún cuando antes creí que era una impostora y estoy dispuesto a morir por ella”. En el Más Allá, quizá Aioros sonreiría, orgulloso de su hermano. Pero no había modo de averiguarlo y eso era lo único que en ocasiones lo entristecía.
Escuchó que la puerta de la Cámara se abría y volteó a ver a Atenea. Aún así, no imaginó verla tan hermosa y su descontrol fue notorio. Saori usaba una túnica blanca mucho más delicada que la que lucía la estatua del Templo. Su tiara, collar y cinto brillaban con el tono de las estrellas aunque estaban forjados en oro. Aioria la miró con adoración. Estaba ante una diosa.
— Estoy lista —dijo Saori-Atenea, sonriendo.
Aioria hincó una rodilla en tierra, a modo de reverencia. Sostenía la tiara de su Tresor en su brazo izquierdo y bajó la mirada, justo como esa tarde en el jardín.
— Entonces, será cuando usted lo desee, milady.
— Vamos ya.
Levantándose, Aioria colocó la tiara de Leo sobre su cabello y ofreció su brazo a Saori. Ella se sintió un poco extraña, aunque había crecido en un ambiente lujoso y rodeada por personas de la mejor educación. Como le había confesado a Jabu, tal vez sería la reencarnación de una diosa, pero seguía siendo una mujer humana. Ahora, en el momento en que quisiera, hallaba afuera de su cuarto al menos a dos Santos Dorados dispuestos a servirla y hasta a morir por ella.
Y, sin embargo, le parecía de lo más común que eso ocurriera con los Cinco Caballeros. Era cuestión de tiempo para acostumbrarse, seguro, a ver también a los Santos como amigos. Aceptó el brazo que el Caballero de Leo le ofrecía, y mientras él la guiaba al comedor, Saori lo miró de cerca, como hacía meses no lo hacía.
Por haber sido sólo un bebé en aquel tiempo, no recordaba con imágenes a Aioros de Sagitario, el Santo que le salvó la vida a costa de la propia. Pese ello cuando veía a Aioria sentía que observaba al primero con las obvias diferencias. Aioros había tenido el cabello del color de la madera obscura; Aioria, del leonado tono del bronce. Los ojos del primero habían sido azul noche; los del segundo, azul marino. Mientras que las acciones del mayor fueron finas, las del menor eran menos respingadas. Y sobre todo, en Aioros nunca se adivinaron tristeza ni amargura en su cosmo, y menos aún lucía las ojeras que Aioria tenía y que al parecer nunca desaparecerían.
Aunque el Santo de Leo lo ignoraba, Saori también deseaba comunicarse de algún modo con Aioros. Quería darle las gracias por haberla salvado al nacer, por haber hecho posible el milagro de su vida y con él todos los que ocurrieron después. Y porque había cedido su joven existencia a cambio de la suya.
— ¿Se encuentra bien, milady? —preguntó Aioria, al notar a Saori tan distraída.
— Sí, sólo pensaba en otras cosas —confesó y añadió, sonriendo.— Una de ellas, por qué me hablas de usted si antes nos tuteábamos.
— Le debo respeto, milady —respondió con dignidad.— Sobre todo después de que usted logró salvar al mundo de un Segundo Diluvio. Además, —añadió— mi hermano me mataría si supiera que tuteo a Atenea.
Saori bajó la vista.
— Me encantaría haber tratado a tu hermano. Le debo tanto...
Contra su voluntad, Aioria irradió más orgullo del que acostumbraba.
— Háblame un poco de él, por favor.
— Bueno, no hay mucho más que contar de lo que usted ya sabe —dijo Leo, sus ojos relampagueando.— Era el más veloz de los Santos y su cosmo era muy poderoso, pero cálido también. Él era mi Maestro y el mejor de los hermanos. Cuando usted nació, no hacía más que hablar del servicio que debíamos prestarle porque usted era la encarnación de todo lo bueno que hay en el mundo, y por ello fue más estricto en sus entrenamientos. El Patriarca de aquel tiempo le encomendó su cuidado personal, y planeaba nombrarlo su sucesor...
Los ojos de Saori brillaron con sorpresa. No lo sabía.
— Hasta aquella noche en que entró a su habitación y encontró a Saga, su mejor amigo, intentando matarla, y supo que Ares se había introducido al Santuario. Nunca volví a verlo con vida.
— ¿Sabes? —preguntó Atenea con voz suave.— Siento que tu hermano todavía vive.
— Eso es imposible —afirmó el Santo de Leo, su frase firme pero tratando de no ser cortante con ella.—Aioros lleva diecinueve años muerto.
— Su cuerpo sí. Pero su espíritu está con nosotros.
Aioria se detuvo. Saori-Atenea lo miró, sus ojos color noche brillando.
— En verdad que me gustaría poder creer eso, milady —dijo Aioria, frunciendo el ceño.— Pero lo que he vivido, y en especial estas últimas batallas, me han demostrado que el espíritu de los que mueren parte a otra región. En este mundo sólo quedan los vivos.
— Si tú piensas en tu hermano, seguro que él viene —afirmó Saori.— Las almas reposan en su propio mundo, más no dejan de acudir cuando alguien a quien amaron las llama y las necesita.
Esta vez fue ella quien extendió la mano hacia el Santo.
— Créeme. Tu hermano nos observa desde el Eliseo y es feliz porque nos encuentra bien.
— Lo será siempre que usted esté bien, milady —afirmó, correspondiendo a su gesto.
Aioria no habló hasta que llegaron al comedor; sin embargo, las palabras de Saori habían avivado una llama de esperanza en su corazón. Sí, tal vez algún día podría encontrarse con mayor claridad con el espíritu de Aioros —aunque lo percibió con fuerza durante la Batalla de Atlantis— y al fin vencer la inseguridad que en ocasiones lo asaltaba. Mientras tanto, cumplía con la misión que le había encomendado, sin comprender que día a día se le parecía un poco más.
En el comedor, los aguardaban los otros Santos Dorados, los Cinco Caballeros del Zodiaco y los Caballeros de Bronce que participaron en el Desafío Galáctico, entre otros. Cual Atenea les había pedido, todos vestían sus Armaduras completas. Las Doradas centelleaban como luz en medio de la obscuridad; incluso Aldebaran había pedido a Moo reparase el cuerno que Seiya había roto varios meses atrás, considerando que ya todo el mundo sabía que el Santo más fuerte podía ser derrotado.
Sin darse cuenta, los Cinco Caballeros se habían reunido en un grupo. Era la primera vez en sus vidas que asistirían a una de las fiestas de las que tanto escuchaban. Todos vestían sus restauradas Armaduras, cuyo brillo estelar no desaparecía, pero eso no ocultaba de sus rostros las impresiones de lo que había ocurrido durante el día.
— Así que Aldebaran finalmente aceptó reparar su casco —dijo Seiya, mirando de lejos al Santo de Tauro.— Creo que ya era hora.
— No esperabas que fuera a presumir toda la vida que lo derrotaste, ¿o sí?—preguntó Shiryu.
Seiya se cruzó de brazos. Cual le había dicho a Jabu, se había ataviado casi para que le tomaran una foto. O una pintura. O al menos para que Saori lo volteara a ver.
— Quizá sí esperaba un poco más de modestia —bromeó.— No cualquiera puede presumir que lo vencí.
— Yo lo oculto —afirmó Ikki con seriedad.— Daña mi imagen.
Seiya lo miró de reojo, fingiendo desconfianza.
— Pues estás perdiendo la ocasión de hacerte famoso. ¿No te parece, Shun?
No recibió respuesta. Shun estaba distraído, sin prestarle atención a lo que platicaban. Seiya prefirió no insistir; tal vez estaba cansado después de días de trabajar con Moo.
— Creo que está enamorado—opinó burlón.
— Y si me preguntas, —murmuró Shiryu— me parece que no es el único.
Dicho esto, señaló a Hyoga.
El Caballero Cygnus, al igual que sus compañeros, se había ataviado especialmente para la ocasión. Sin embargo, y a diferencia de ellos, buscaba a alguien en especial dentro del salón. No era difícil adivinar a quién.
— ¿Por qué se escuchan campanas de boda? —preguntó Pegaso lo bastante fuerte para que todos lo escucharan. Hasta Shun le prestó atención y cuando Hyoga volteó para enterarse de qué hablaban, encontró a todos mirándolo.
— ¿Me llamaban?
— No exactamente—respondió Ikki, al comprender que Seiya estaba a punto de soltar la carcajada.— Hablábamos de cuánto ha cambiado el ambiente en este lugar.
— Claro que sí. Según sé, es la primera vez que se llevará a cabo una fiesta en el Santuario desde el nacimiento de Atenea —afirmó Hyoga.
— Es la primera ocasión de muchas cosas —señaló Shiryu.— Todos los Tresors están en el Santuario, terminó la Era Obscura...
Su rostro se nubló al decir esa frase.
— Y las Damas de Asgaard están de visita —completó Seiya, mirando a Cygnus.— Quizá pronto celebremos otra fiesta. Esta vez de compromiso, tú sabes...
Hyoga ya volteaba para preguntarle a qué se refería —y en especial por qué se sentía aludido— cuando vio a Hilda y a Flare entrando al salón. Y se quedó sin palabras.
Hilda de Polaris venía vestida con los atributos de Valkyria que había usado en la Batalla de Asgaard. Sin embargo, como había estado poseída, usó la tiara y la armadura en color negro. Ahora, los lucía del tono de la plata que reflejaba el brillo del hielo y de la luna, y mostraba con claridad un fino trabajo de orfebrería; la falda que la cubría desde la cintura hasta el suelo era de seda azul obscura al igual que la capa que colgaba de sus hombros, lo cual destacaba aún más su cabello grisáceo y sus ojos claros. Pero no fue ella quien realmente llamó su atención
A su lado, venía su hermana menor, Lady Flare de Asgaard. También usaba un vestido largo, pero de color durazno y los adornos en los tonos suaves que sólo se podían encontrar en el Norte; las mangas eran anchas pero transparentes, lo cual destacaba la delicadeza de sus brazos. Traía el cabello en parte suelto y también sujeto por una diadema de plata. Por primera vez que recordara, traía un collar y un cinturón. Hyoga nunca la había visto tan bonita, aún cuando el arreglo la hacía parecer de menor edad, y sintió que la espera había valido la pena.
Sus amigos también las miraron, sorprendidos ante la belleza de ambas. Seiya trató de contenerse, pero no lo logró y exclamó:
— ¡En definitiva aquí falta el toque femenino! ¿Por qué no vas a saludarla, Hyoga?
Como era su costumbre, ni los ojos de Cygnus demostraron lo que sentía aunque la burla de Seiya lo molestó.
— Iré en el momento en que tú escoltes a Shaina. ¿O no te fijaste que ya llegó?
Cerca de las Damas de Asgaard, Seiya alcanzó a ver a Shaina de Ofiuco. Vestía su Armadura plateada, la tiara arreglada y brillante; frente a los ojos, y a modo de nueva máscara, usaba un delgado antifaz metálico. De modo diferente a Flare, Shaina también se veía muy bien, así que Seiya prefirió quedarse callado.
En otra parte del salón, Jabu de Unicornio se limitaba a observar a los demás sin integrarse a ningún grupo. Era estúpido que él, dueño de la situación en la Fundación, no se atreviera a entablar plática con nadie. Pero si era honesto, ningún Caballero de Bronce tenía el derecho de participar en una reunión de superiores, o al menos así lo pensaba.
— Jabu, ¿qué te ocurre?
Unicornio, al mirar, encontró a sus compañeros, también Caballeros de Bronce, que partirían a Japón al día siguiente, y sin querer se le ocurrió que tal vez debería acompañarlos.
— Nada en especial, Nachi —respondió, mirándolos de reojo.— Estoy un poco cansado.
— Esta vida no es para ti— opinó Ichi.— Grecia te hace mal.
— ¿Es cierto que te vas a quedar? —preguntó Geki.
Jabu asintió, cruzándose de brazos.
— En nivel de aprendiz, pero sí, me quedo. Aún me falta mucho por aprender.
Los demás lo miraron con sorpresa. Jamás habían escuchado que hablara así, a excepción de esa tarde en la ladera de Santuario, cuando reconoció su falta de poder.
— ¿Ustedes sí van a regresar? —preguntó a pesar de que conocía la respuesta.
— Nuestro lugar está en Oriente —afirmó Ban.— Nosotros no somos Caballeros del Santuario.
— Conocemos bien nuestra labor, y esa está en la Fundación Galahaad. Si la señorita Saori permanece aquí, habrá mucho más trabajo —dijo Nachi.
— No todos estamos destinados a llegar hasta la cima —sentenció Geki.— Algunos deben quedarse en la base, pero si tú estás dispuesto a luchar, te deseamos la mejor de las suertes.
Por primera vez, Jabu dudó un poco en su decisión. Abandonaba la vida que conoció y a sus amigos por proseguir en su aprendizaje, e incluso renunciaba a su título de Caballero de Bronce para regresar al de aprendiz. ¿En realidad valía la pena?
Cuando vio a Atenea entrar del brazo de Aioria de Leo, se respondió que mil veces sí.
Como era obvio, se hizo el silencio apenas Saori entró al salón; sin embargo, si se sintió insegura o sorprendida no lo demostró. No hubo un Caballero que no mirara con envidia a Aioria mientras la escoltaba hasta la mesa y le ofrecía asiento.
Los demás se acercaron también y se colocaron según los lugares que siempre ocupaban. Las Armaduras de todos destacaban gracias a las antorchas del comedor, pero lo más notorio era la presencia de Dokho de Libra, con una túnica brillante, y la de Marine de Águila. Seiya la miraba, ansioso por que tendría que quitarse la máscara para comer pero, para su mala suerte, usaba una placa estilizada que cubría hasta sus pómulos. Justo como la del Fantasma de la Ópera, que no permitía que se viera nada de su rostro. Jabu sintió cómo, cuando cada uno de los Cinco Caballeros pasaba cerca de Atenea, sus cosmos se unían, y supo que sí quería quedarse ahí, sin importar los sacrificios.
Tatsumi se había encargado de la comida: frutas, vinos y quesos adornaban la mesa, al igual que delicados platillos tanto japoneses como griegos en consideración al doble origen de muchos de los comensales. Cuando el leal mayordomo se alejaba, Saori le hizo la seña de que se quedara y ocupara un lugar. Tatsumi, honrado, se sentó en el extremo opuesto de la mesa.
Antes de comer, Atenea se levantó de su asiento.
— Quisiera darles las gracias a todos por estar aquí —dijo, su voz clara y dulce.— Finalmente nos hemos reunido todos los sobrevivientes de esta Era Obscura, como debió ser desde el principio.
Miró a todos, uno por uno, sin que nadie lograse adivinar su pensamiento. Cuando miró a Seiya, aún así, no apartó la vista de inmediato.
— Sé que muchas cosas que pudiera decir serían inútiles. Puedo ponderar el espíritu de sacrificio de nuestros compañeros sin que eso los traiga de vuelta. Puedo lamentar lo ocurrido pero sólo perturbaré su descanso. Lo único que no debo hacer es olvidarlos y a ello dedicaré mi vida entera. Por ahora, la amenaza que pesaba sobre nuestras cabezas y sobre el mundo se ha desvanecido. Sin embargo, debemos vivir tan atentos como siempre, con la mente fija en nuestro futuro.
Tomó una copa de vino.
— Pero nuestros pensamientos sin apartarse de nuestro pasado.
Alzó la copa a modo de brindis.
— Por ellos. Y por nosotros.
Todos tomaron sus copas e imitaron su gesto, un brindis silencioso por aquellos que murieron y por aquellos que habían quedado vivos. Atenea notó que los ojos de Hilda se llenaban de lágrimas, pues a ella más que a nadie afectaban sus palabras; apenas volvió a sentarse, estrechó la mano de la Valkyria, transmitiéndole su apoyo y tranquilizándola con la calidez de su cosmo.
El resto de la cena transcurrió sin otros hecho notable. Entre felicitaciones al cocinero y continuo chocar de copas, se entrelazaban conversaciones y risas. Tatsumi, comilón como de costumbre, conversaba con los Caballeros de Bronce, presumiendo que él llevaba más años de servir a la señorita Saori que ninguno de los presentes, y dando consejos a Jabu para sobrevivir a su estancia en Grecia, aunque si bromeaba tanto era para ocultar que extrañaría al muchacho. Kiki, al lado de su maestro, miraba de un lado a otro de la mesa, maravillado ante todo, pero preocupado porque el cesto de los panecillos se vaciaba poco a poco. Shaka contaba a los otros Santos sobre su próxima partida a China, a lo que el reservado Milo lo felicitaba y Aldebaran se alegraba. Aioria, en momentos, se perdía en sus propias ideas, provocadas por su conversación con Atenea, y sólo salía de ellas por la plática de Marine, aunque notaba que la joven se esforzaba en ignorar a Seiya. Moo veía con preocupación al Anciano Maestro, que envejecía más a cada segundo a pesar de su excelente ánimo. Shaina pasó casi toda la cena en silencio, a excepción de las ocasiones en que Shiryu amablemente platicaba con ella —y luego confesaría a Seiya la excelente impresión que esa sensible joven le había causado. Shun, contra lo que imaginó, estaba disfrutando mucho la reunión en compañía de su hermano y de Hyoga, que no podía dejar de mirar a Flare. Ella e Hilda hablaban con Atenea de su regreso a Asgaard, agradecían todas sus atenciones y le proponían visitarlas muy pronto. Seiya quiso culpar al vino por encontrar a Saori más hermosa que de costumbre aquella noche, pero supo que media copa no era suficiente causa.
Terminada la cena, algunos de los asistentes sintieron que debían levantarse de la mesa para retirarse a sus habitaciones, puesto que se marcharían al día siguiente. Sin embargo, hacía tanto tiempo que la Orden no la pasaba tan bien que no reunieron el ánimo para irse a pesar de que, apenas llegara la mañana, la desvelada les haría lamentarse. Saori no sabía en dónde Tatsumi había conseguido un conjunto de música tradicional griega, mas se alegró de que lo hubiese hecho al escuchar las notas que inundaban el salón. Sí, las cosas saldrían bien de entonces en adelante. Atenas y Asgaard unidas, representadas por la valkyria y la diosa que compartían un agradable momento. Poseidón vuelto a dormir, la Urna Ateniense alejada de todo aquel que intentase abrirla. Los Caballeros que tanto amaba finamente apartados de toda violencia. Saber lo último tranquilizaba su corazón.
Sonrió. Había muchos motivos para hacerlo.
Conforme fueron transcurriendo las horas, cada uno de los invitados fue formando un grupo con el cual platicar y bromear, tanto en la mesa como en las terrazas o a lo largo del salón. A pesar del gran tiempo transcurrido desde la última vez que hubo una fiesta, parecía que el espíritu ligero jamás se había retirado del Santuario. “Lo que trataste de hacer ha sido destruido, Ares”, pensó Saori, sus ojos sin pupilas relampagueando. “Intentaste convertir a la Orden en tus emisarios de Obscuridad, pero no hay más que luz en lo que fue tu dominio. El mundo al fin podrá encontrar la paz que pretendías negarle.”
Estaba tan contenta que no notó una leve vibración de desánimo en el ambiente, y quizá fue porque provenía de una sola persona. Los Caballeros de Bronce se habían dedicado a contar sus propias aventuras, como olvidándose de que él los acompañaba, y Tatsumi se había levantado para revisar algunas cuestiones de la cocina. Jabu se sentía ignorado y a cada instante más confundido e inseguro de la decisión que había tomado. Ya no era parte de aquel grupo, mas tampoco se había unido a los Cinco, ya ni hablar de los Santos. Su camino iba a ser bastante solitario, presintió.
Discretamente, se levantó de su asiento para dirigirse a una de las ventanas. Necesitaba aire e inspiración, y la mejor fuente de ambos era el cielo estrellado. Pero al acercarse notó que el firmamento estaba nublado; seguro que iba a llover. Como no le agradó la idea de regresar a su lugar, salió a uno de los jardines cercanos al salón. Nadie se daría cuenta de que no se encontraba.
Como las nubes ocultaban toda luz en el cielo, viniese de la luna o las estrellas, el exterior estaba obscuro. Jabu apenas alcanzó a distinguir una fuente —y eso sólo por el sonido que producía el agua al caer—. Llegó junto a ella y se sentó en el borde, mirando la luz que emanaba de las ventanas del salón. Ahí adentro se encontraba todo lo que deseaba y a todo lo que aspiraba, pero también aquello que jamás alcanzaría a ser. El heroísmo, el poder, el valor. Él sólo contaba con el orgullo.
¿A qué se quedaba en Grecia?
— Debo estar loco —afirmó, suspirando.
— Si hablas solo es que sí lo estás.
Un rayo de luz se coló entre las nubes, justo en el instante en que Jabu miró por encima de su hombre para ver quién había hablado. En el borde opuesto de la fuente, donde no había podido notarla, había una joven sentada. Su piel era blanca, casi pálida, en contraste con su cabello del color de las hojas en otoño. Sus enormes ojos del tono de las aceitunas estaban enmarcadas por un antifaz de plata. Aunque jamás había cruzado una palabra con ella no era la primera vez que la encontraba —la primera ocasión, al final de la Batalla de las Doce Casas—, así que Jabu sabía quién era.
— No noté que estuvieras aquí, Shaina —respondió.
— Y de saberlo, ¿habrías guardado tu comentario para ti?
El tono de su voz combinaba la amabilidad con la rudeza, y a Unicornio le agradó. Sonriendo débilmente, se limitó a contestar:
— Tal vez.
— Creo que nunca hemos sido presentados —prosiguió la joven, por primera vez mirándolo a los ojos. —¿Quién eres?
Eso molestó un poco al Caballero-aprendiz. Habían pasado dos años desde que empezó la Guerra Galáctica, ¿y nadie había tenido la decencia de hablarle a Shaina sobre él? Eso acabó de demostrarle lo poco importante que era.
— Soy Jabu de Unicornio —afirmó, su voz demostrando lo que sentía.— No me conoces porque siempre estuve en Oriente y hasta ahora permaneceré en el Santuario.
— ¿Te unes a los Cinco?
— No —respondió tras titubear un instante.— Voy a continuar mi entrenamiento.
Ella pareció entender lo que ocurría (¿o se lo habría dicho alguien?) así que no insistió en el por qué necesitaba seguir aprendiendo si ya era un Caballero de Bronce. En lugar de eso, comentó:
— Es bueno que te quedes. Grecia es un sitio hermoso y estar aquí ayuda a quien sea —y cambiando de tema, preguntó.— ¿Y cómo sabías que soy Shaina?
— Seiya me habló de ti —respondió.
El silencio que siguió mostró a Jabu que había dicho algo incorrecto, pues alcanzó a percibir una tensión en el aire. Repasó sus últimas palabras, sin encontrar una razón, hasta que volteó para preguntar por qué se había quedado callada. Y descubrió una expresión rara en sus ojos, que miraban en dirección al salón.
Comprendió que la palabra errónea había sido un nombre. Seiya. Que él estaba en ese salón con la señorita Saori, como lo habían estado por años y como lo estarían en el futuro. Que él y Shaina habían observado a la persona equivocada. Supo que Shaina pensaba lo mismo por la profundidad de su mirada, y por alguna razón recordó un viejo mito sobre las Moiras, las que hilan, miden y cortan los Cordeles Vitales de los seres humanos. “Si las Moiras existieran y vieran esto, se atacarían de la risa”, pensó.
Un relámpago iluminó el horizonte. No faltaba mucho para que lloviese.
— ¿Quieres regresar al salón? —preguntó Jabu, más por educación que por deseos de volver.
Shaina volvió a mirarlo, sus ojos sin mostrar emociones.
— ¿Tú quieres regresar?
— No.
Unicornio no explicó sus razones y Ofiuco no las pidió. El fuerte sonido de un trueno resonó muy cerca, pero ninguno se asustó. Ella había conocido la furia de un dios, y él estaba dispuesto a enfrentarla de ser necesario, así que no tenían por qué inquietarse.
— Quizá sí estás loco —opinó Shaina.
Pero ella tampoco regresó al interior.


Marine caminó de vuelta al salón sin prisa alguna. Había ido a su habitación para cambiar la máscara que había portado por la que acostumbraba usar; como le cubría todo el rostro, le agradaba más. Y no había manera de saber lo que pensaba cuando esa protección metálica ocultaba sus facciones. La única emoción que demostraba era el enojo y cuando lo hacía a nadie le agradaba estar cerca de ella. En sí, sólo se permitiría esa emoción de entonces en adelante. No podía ni debía flaquear en ese aspecto.
Porque todos festejaban el fin de las Guerras Santas y de la Era Obscura y Marine no era la excepción. Pero si, en efecto, la maldad de los dioses menores había acabado y ya no amenazaba a la Tierra, sólo faltaba algo. Y eso...
La sombra de una capa se agitó entre las columnas del pasillo. El lúgubre pensamiento de Marine fue sustituido por otro; de inmediato se puso en guardia, lista para combatir al intruso. Sin embargo, no escuchó una amenaza sino una voz que conocía y apreciaba, tal vez más de lo que pensó en un inicio.
— Necesito hablar contigo, Marine.
Aioria no tuvo forma de ver su reacción. Había sido así por años, desde que ella abandonó el campamento de las Guerreras Caballero e ingresó al Santuario como Maestra. Desde el principio le fue difícil hablar de frente con alguien cuyos ojos estaban cubiertos, mas no tuvo opción alguna y llevaba más de seis años hablando con ella sin mirarla en verdad.
— Pudiste decirlo hasta que llegara al salón —afirmó, un poco cortante.— Todos estamos nerviosos todavía para que aparezcas de la nada.
— Es que nadie más debe oírlo.
El sonido de los truenos en el exterior opacó el de las metálicas botas del Santo acercándose. Marine sólo había visto esa expresión cuando hablaban de Aioros y comprendió que el asunto era muy serio. Aioria se detuvo a poca distancia de ella; con voz firme, que trataba de ser monótona sin conseguirlo, confesó:
— Creí que nuestra relación era distinta. Tu actitud me daba a entender que podríamos ser más que amigos. Creí que tú sentías por mí lo mismo que siento por ti.
Sólo la máscara de Marine impidió que notara su descontrol. De todas las cosas que él podría haber dicho esa fue la única que no había esperado.
— ¿A qué te refieres? —murmuró.
A Aioria no le fue fácil continuar. La expresión de sus ojos y de su voz fue mucho más franca al preguntar:
— ¿Por qué has cambiado? Yo sé que siempre has puesto tu deber sobre tus sentimientos, pero te has vuelto tan fría...— y al llegar aquí frunció el ceño.— A menos que eso signifique algo nuevo.
— No te entiendo —interrumpió Marine, su actitud tratando de recuperar su calma usual sin conseguirlo por completo.— No he cambiado contigo.
— Pero sí con Seiya.
Ante el nombre de Pegaso, la Maestra se tensó. Aioria alcanzó a percibirlo más que a verlo, lo que comprobó sus sospechas, y sin pensarlo añadió, alzando la voz:
— Ya presencié esto antes. Shaina amaba a Seiya y como él no le correspondía, se dedicó a tratar de matarlo.
— ¿Qué?
En voz más baja y seca, Leo concluyó:
— No tratas a tu alumno como antes. Toda la cena, qué digo, desde que regresó de Atlantis te has esforzado en ignorarlo cuando en el pasado no lo habías hecho. Sólo dos sentimientos te guían a la indiferencia, y son el odio y el amor —y añadió en voz más baja y un tanto triste.— Yo lo he vivido.
— ¿Quieres decir que crees que odio o amo a Seiya? —preguntó Marine en un tono entre enojado y burlón— ¿Sabes leer las mentes?
Aioria desvió la mirada.
— No puedes odiarlo. Fue tu alumno. ¿Es que acaso...?
La joven empezó a alejarse. Su voz mostró bastante molestia cuando dijo:
— Por favor, la próxima vez que quieras hablar conmigo, piensa antes de hacerlo. Es increíble que un Santo Dorado piense y diga tantas incoherencias.
No alcanzó a marcharse. Aioria la sujetó con fuerza del brazo, cerrando los ojos como cuando estaba muy enojado.
— Contéstame.
— ¡No tengo por qué contestar nada! —exclamó Marine, dando un manotazo.
Aunque no logró liberarse, Aioria sintió que lo haría en un segundo intento. Trató de sujetarla del otro brazo a la vez que ella insistía en soltarse, entendiendo que había sido imprudente al hablarle así, pero antes de que pudiera disculparse, ella intentó irse. Por reflejó, la volvió a sujetar del brazo, dándole un tirón más fuerte que el anterior.
Jamás supo qué fue lo que pasó. Si fue la firmeza con que sujetó su brazo, la resistencia que ella ofreció, o el hecho de que acababa de ponerse su máscara. El caso es que, en ese momento, escuchó el sonido de una placa de metal que caía contra el suelo. Como si lo que se hubiese oído fuera un disparo, los dos se quedaron congelados en su sitio, en silencio. El pasillo era muy obscuro, pero el resplandor del relámpago que Shaina y Jabu vieron en el jardín entró por la ventana. Y Aioria sintió deseos de morirse.
Acababa de ver el rostro de Marine por primera vez desde que se conocían.
— Tus ojos... —murmuró, incapaz de razonar correctamente—Tus ojos son...
Marine no se movió. Ni siquiera trató de ocultar su faz.
— ¿Ahora me comprendes? —preguntó en voz baja.
Aioria no pudo responder. Sentía como si acabasen de revelarle un crimen. Peor aún, que ahora sería parte de él.


“Debemos vernos muy graciosos”, pensó Seiya, recargado sobre el balcón de mármol de la terraza a la cual salió junto con sus amigos. “Henos aquí, guerreros capaces de enfrentar a los dioses, recuperar un Santuario para una diosa y estremecer el fondo del mar, pero no de soportar una fiesta completa o de decidirnos a confesar que amamos a alguien. Sí, en definitiva debe ser chistoso”.
Quizá por su propia falta de costumbre para las reuniones, los cinco habían salido a tomar aire. No importaba que fueran los invitados de honor. Ikki se había sentado sobre el balcón, mirando a la cada vez más cercana tormenta y perdido en sus pensamientos. Hyoga, Shiryu y Shun continuaban de pie, Seiya junto a ellos, pero apenas les prestaba atención. Por más que lo intentaba, su mente continuaba desviándose al significado de la “S” y no se atrevía a mirar al interior del salón.
Aunque la rodeara la gente más elevada espiritualmente de la región, ¿había modo de no mirarla?
— ¿Dices que regresarás a China?
La pregunta de Shun regresó a Seiya a su realidad. Por sobre su hombro, vio que Shiryu asentía en respuesta.
— Voy a continuar con mi entrenamiento —afirmó, su voz como de costumbre seria y calmada.— Mi Maestro ha aceptado, así que volveré con él a Rozan. Todavía me queda mucho por aprender.
— No puedo creerlo —confesó Seiya, tratando de buscar estrellas sin conseguirlo.— A mí me cuesta trabajo aceptar que ya todo ha terminado, y cuando lo entiendo me dan ganas de saltar de alegría. Pero tú te niegas y quieres seguir adelante.
El rostro de Shiryu se obscureció.
— La verdad, al principio mi entrenamiento era mi prioridad —confesó.— Pero ahora me preocupa más mi Maestro.
— ¿Qué le pasa a Dokho? —preguntó Hyoga.
— No lo sé. Está cambiado, pero ignoro a qué se debe.
Pensó en comentarles sobre la velada advertencia sobre una posible Segunda Era de Obscuridad, mas prefirió dejarlo para después. A excepción de ello, su horizonte era brillante, alejado de la violencia y por fin libres para elegir el curso de sus vidas. En contraste, el cielo se obscureció más.
— Pues yo permaneceré con Saori a donde vaya —dijo Seiya alegremente, sin mostrar sus verdaderos sentimientos.— Si le pidiera a Marine que siguiera instruyéndome, lo más seguro es que me expulsaría a patadas.
— El Maestro Albiore murió hace tiempo, así que ahora estudiaré con Moo —afirmó Shun, sin mencionar la partida de su hermano.— Supongo que en ocasiones estaré aquí y en otras en Jammyel.
— Yo parto a Asgaard —confesó Hyoga con frialdad.— Hilda me pidió que permanezca allá algún tiempo.
Shiryu, Seiya y Shun lo miraron con sorpresa, el segundo incorporándose y con un ligero gesto de envidia. Eso era lo que último que imaginaban. Ikki fue el único que pareció no inmutarse.
Tras un instante de silencio, Seiya volvió a apoyarse sobre el balcón, dejando escapar un suspiro. Su voz no mostró el menor indicio de broma al preguntar.
— Cada uno está tomando su camino. ¿Es este el fin de nuestro grupo?
— No tiene por qué serlo.
Ante la calmada voz, Seiya sintió como si la angustia que lo había dominado de momento desapareciera poco a poco. Sus amigos también voltearon a ver a Shiryu, pero Ikki apenas lo hizo de reojo, y mientras Dragón hablaba, dio la impresión de meditar en sus palabras.
— Una separación nunca es el final —respondió, su tiara relampagueando en sustitución de las estrellas del cielo.— Muchas personas pierden la relación si se separan, pero la amistad que compartimos es diferente. Aún cuando nos alejemos, incluso aunque haya miles de kilómetros entre nosotros, nuestros espíritus continuarán unidos. Y cuando nos reencontremos, será como si hubiésemos estados juntos todo ese tiempo.
Los demás guardaron silencio. Lo que decía era verdad y se había demostrado durante los dos años anteriores. Pero esta separación era distinta. Desde su regreso a Japón habían estado juntos, enfrentándose a toda clase de peligros, incluyendo la muerte segura, y si llegaron a separarse fue siempre con Atenea como objetivo. Ahora, cada uno elegía y partía hacia su propio destino. Era confuso y extraño.
— ¿Y tú que piensas hacer, Ikki? —preguntó Seiya, sin mirarlo.
Fénix no mostró voluntad de responder y ni siquiera se vio obligado a dar una evasiva. Escucharon el sonido de pasos acercándose, seguidos por la suave voz de una mujer.
— Disculpen que los interrumpa —dijo Flare, entrando a la terraza como el sol que se asoma en cada amanecer. Todos comprobaron que se veía especialmente bonita aquella noche, y Seiya disfrutó al descubrir el poco notorio resplandor de los ojos de Hyoga.— Alguien te busca, Shun.
— Gracias—respondió Andrómeda. —¿Quién es?
Detrás de Flare, una persona más salió a la terraza. Era una joven delgada, con ojos azules y cabello dorado cortado en dos tamaños, corto alrededor del rostro y largo sobre la espalda. Si bien era una Guerrera Caballero, no portaba máscara ni armadura, y usaba una sencilla túnica atada en la cintura. Fue el turno de que los ojos de Shun centellaran y todos los notaron, en especial Ikki.
— ¡June!
Sin permitirle decir más, la joven se le abalanzó y lo rodeó con sus brazos, exclamando diez frases de saludo al mismo tiempo. Shun, contra su voluntad, se había sonrojado al devolverle el abrazo. “¡Estas chicas modernas sí que son decididas!”, pensó Seiya, a la vez que Ikki se imaginaba si era ella quien ocupaba los pensamientos de su hermano. De pronto comprendió la causa de su llegada, cuando hacía más de un año que no se veían.
— Atenea me mandó avisar sobre la cena de hoy, pero el avión no pudo despegar a tiempo. ¿Cuándo lo hacen? —decía June de Camaleón, sin soltarlo— ¡Creí que jamás volvería a verte vivo!
Al decir eso, lo estrechó con más fuerza. Hyoga y Shiryu intercambiaron una mirada divertida, mientras Flare observaba la escena con ternura.
— Mira nada más —murmuró June, soltándolo y mirándolo con cariño.— Estás un poco más alto.
— Ha pasado casi un año —respondió Shun, recuperando la calma aunque sus ojos no habían brillado tanto en mucho tiempo.
— No portas la misma Armadura que Albiore te dio. ¿Qué ha ocurrido?
Seiya comenzó a buscar un sitio para sentarse. Si ella esperaba una respuesta a cada una de sus preguntas y a las que se le fueran ocurriendo, iba a ser una noche muy larga. Al ver a sus amigos para tratar de imaginar lo que pensaban, descubrió la extraña expresión de Ikki (¿como de sorpresa combinada con seguridad?), mas no logró interpretar a qué se debía.
— Demasiados cambios. Iba a escribirte todo, pero no sabía que vendrías. ¡Mejor! —exclamó Shun, sonriendo e incapaz de apartar la mirada de la joven protegida por el Camaleón. Había pensado mucho en ella después de su plática con Ikki y, como un ángel, llegaba en el momento preciso.
Seiya tosió, tratando de llamar la atención de la pareja. Shun entendió en el acto; educadamente, volteó hacia el grupo y afirmó:
— Amigos, ella es June de Camaleón, mi compañera durante mi entrenamiento y mi mejor amiga. Ya la conocieron el Día de la Batalla del Santuario, pero no hubo ocasión de presentarla.
Claro, recordó Hyoga. Cuando ella intentó convencerte a latigazos de que no nos acompañaras a Grecia. Hay amores letales.
— Ellos son, —continuó, señalando a sus amigos— Lady Flare, princesa de Asgaard y hermana de Lady Hilda de Polaris; Hyoga de Cygnus, de Siberia; Shiryu de Dragón, de China; Seiya de Pegaso, de Grecia...
Seiya, sonriendo, alzó la mano en señal de saludo. June correspondió a todos con un gesto idéntico, sintiendo como si los conociera de toda su vida. Shun, orgulloso, miró hacia el joven que estaba en el balcón y afirmó:
— Y mi hermano, Ikki de Fénix.
Ikki y June se miraron en silencio, la sonrisa de la joven congelándose. Por seis años, Shun le habló sobre su Nii-San como su modelo, guía y esperanza, al grado que ella se formó una imagen del aludido. Y ahora que lo tenía ante sí, entendía que jamás logró visualizarlo como en realidad era. No tanto en el físico, que a pesar de las diferencias poseía el mismo aire de familia que Shun. Era su cosmo: Violento, terrible, lleno de furia, propio de aquel que conoce el odio y la muerte, y que a la vez era increíblemente generoso. Era dueño de un corazón de oro envuelto en lienzos de dolor, percibió con sólo verlo. Ese joven, tan serio y triste, era el hermano por el que Shun no renunció a su entrenamiento aunque deseaba hacerlo.
— Encantada —murmuró, impresionada.
Ikki la miró con fijeza y sonrió, su gesto siempre incompleto. Shun percibió el asombro de June y se sintió tan orgulloso como si él mismo fuera un dios.
— Acompáñame —propuso, ofreciéndole el brazo.— Quiero presentarte a los demás. ¿Ya saludaste a Atenea?
— Muy rápido —confesó ella, apenas saliendo de su admiración. —Creo que lo mejor será hablarle con más calma.
June tomó a Shun del brazo, sonriendo a modo de despedida mientras el caballero prometía regresar en un instante. Cuando salían de la terraza, aún así, escucharon a la joven formular más preguntas con respecto a todo lo que se le venía a la cabeza.
— ¿Por qué presiento que lo volveremos a ver hasta mañana? —comentó Shiryu, sonriendo. Su mente había volado a Rozan, no por completo sin su voluntad.
— Pues si Shun no se pone en guardia, tendremos dos bodas y no una, como habíamos pensado —señaló Seiya, la mueca franca en los labios y observando con descaro a Hyoga.
Hyoga notó que lo estaba viendo y no por primera vez en la noche comprendió a la perfección de qué se trataba. Le dedicó una de sus mejores miradas fulminantes, mas Flare no se dio por aludida —o quizá fingió no hacerlo. En eso, desde el salón se escuchó música griega muy alegre, y por reflejo tomó al Caballero de la mano.
— ¡Ven, Hyoga! —exclamó.— Bailemos esta pieza, por favor.
Fue la primera ocasión en mucho tiempo que el Guerrero de los Hielos fue incapaz de honrar a su título.
— No sé bailar —confesó, su eterna calma sustituida por descontrol. Dirigió una muda súplica de auxilio a los demás y Seiya, en divertida venganza, se encogió de hombros en son de burla.
— Yo te enseñaré —prometió Flare, sin soltarlo.
La voluntad de la joven valkyria afloró en aquel segundo. Con cariño y firmeza, sujetó a Hyoga de la mano y lo llevó de nuevo al salón. Éste prometió mentalmente que pronto Pegaso lamentaría haberlo abandonado. Bastaría con que lo encontrara a solas. Nunca había probado el Polvo de Diamante, ¿verdad?
Apenas se retiraron, Seiya volvió a apoyarse sobre el balcón, doblado por el ataque de risa que sufría. Pocas veces se había carcajeado tan fuerte y con tanto gusto. Ikki se limitó a sonreír, de nuevo de manera incompleta, y Shiryu también rió, aunque no con el volumen de Pegaso.
— Ya, Seiya, van a oírte... —aconsejó con su acostumbrada prudencia.
— ¡Es que te juro que no lo creo! —exclamó, conteniendo las lágrimas— ¿Es que ahora nuestros obstáculos van a ser mujeres?
— Dudo que alguno de nosotros sea invulnerable a ellas.
La frase de Dragón calmó a Seiya. No, yo no soy invulnerable a las mujeres, pensó. No quiero serlo. Se enderezó, respirando profundamente y esforzándose en dejar de reír.
— ¡Cómo da vueltas la vida! —concluyó— ¿No lo crees...?
Calló antes de terminar la frase. Ikki se había bajado del balcón y, de pie, los miró como si no pensara jamás volver a verlos. Seiya sintió como si hubiese recibido una bofetada y Shiryu, aunque no lo demostró, tuvo el mismo presentimiento. La postura erguida del Fénix y la decisión de su mirada, cerca de su cicatriz, no fueron más que un marco propio para sus palabras.
— Por favor, cuiden a mi hermano —pidió.— Vigilen que no se meta en un lío demasiado grande. Despídanme de Hyoga y díganle que le deseo suerte.
— ¿Qué dices? —preguntó Shiryu.
Seiya, sorprendido, se limitó a observarlo. Ikki se trepó al balcón, dándoles la espalda, y por sobre su hombro, confesó:
—Gracias por todo. No los olvidaré.
Un relámpago, seguido de inmediato por un trueno, iluminó su silueta con tanta luz que Pegaso y Dragón se vieron obligados a protegerse los ojos. Cuando el resplandor se disolvió y volvieron a abrirlos, Ikki ya no estaba.
Seiya corrió hacia el balcón desde donde había hablado y miró hacia abajo. Sólo estaba la escarpada montaña del Santuario.
— ¡Ikki!
La lluvia que empezó a caer fue su única respuesta.
— ¿Dónde estás? —insistió— ¿Qué quisiste decir con que no nos olvidarás? ¡Demonios, habla!
Sintió que Shiryu colocaba una mano sobre su hombro derecho. Era el modo en que su mejor amigo trataba de tranquilizarlo.
— No insistas, Seiya —murmuró, su voz lejana a su alteración inicial.— Ikki se ha marchado, y aunque esté todavía por aquí, no va a responderte.
Seiya lo miró boquiabierto por sobre su hombro.
— ¡Se fue! —exclamó, incapaz de creerlo— Como siempre, ¡se fue!
El agua empezó a aplastar su cabello contra el rostro. Murmuró:
— No le dijo adiós a su hermano.
— A Ikki no le gustan las despedidas. Ya deberías conocerlo.
— Pero esa mirada... —protestó, volviendo a ver hacia el interior del salón, buscando inútilmente a Fénix.
Shiryu, bajando la vista, completó su pensamiento.
— Era como si no planeara regresar nunca... O más bien, como si no creyera poder hacerlo.
Seiya alcanzó a ver a Shun a través de los cristales. Sonriente, acompañaba a June y la presentaba con los Santos sin imaginar lo que había ocurrido.
— Maldito Ikki —gruñó, sintiendo un nudo en la garganta.
— Respeta su decisión —pidió Shiryu, sus ojos tristes.— Es el destino que él eligió y no tienes por qué juzgarlo.
Después de un instante de silencio, Seiya preguntó:
— ¿Es lo que nos espera a todos? ¿Separarnos sin saber si volveremos a estar juntos?
Shiryu no supo qué decir. Pasó un rato antes de que Pegaso y Dragón regresaran al interior del recinto; cuando lo hicieron, las expresiones de sus rostros fueron causa suficiente para impedir que alguien les preguntara por qué preferían estar bajo la lluvia.


Kiki le había dado el mensaje de que uno de los Cinco la aguardaba en la entrada a la Cámara del Maestro. Saori-Atenea no preguntó de quién se trataba; se levantó, pidiendo una disculpa a Hilda y rehusando la escolta de algún Santo Dorado.
El viento agitó con fuerza las antorchas del pasillo, pero Saori no sintió frío. Sus pasos resonaron contra el mármol, hasta que distinguió la silueta del joven Caballero que la había llamado y se detuvo. Ya no vestía su Armadura: la había guardado en la Urna que portaba a la espalda, y una capa caía sobre sus hombros.
— Así que por fin te decides a marcharte —afirmó Saori al encontrarlo.— Me preguntaba cuánto más tardarías en hacerlo.
El Caballero sonrió con su gesto incompleto.
— ¿Vas a ordenarme que me quede?
Saori también sonrió, negando con la cabeza.
— Ya lo hice una vez y te marchaste de todos modos. No, no voy a ordenarte nada, aunque no me guste que te vayas.
A pesar de sus palabras, no había rencor en su voz.
— Puede ser que no estés de acuerdo, pero en tal caso, ¿por qué llamaste a June? —y tras un instante, añadió— ¿Para que mi hermano no sintiera tanto mi ausencia?
Saori se le acercó un poco más. Fue la primera vez en años que él no se apartó.
— Parece que sí sabes leer las mentes —dijo con su dulce voz.— Imaginé que te marcharías pronto y sólo pensé en facilitar tu partida.
Un trueno resonó a la distancia. El reflejo del relámpago posterior brilló en el rostro de Ikki.
— El Fénix no puede estar enjaulado —confesó, aunque no lo habría hecho antes. En el pasado, ni siquiera se habría despedido de ella.— Y no quiero decir adiós a mi hermano. La única vez que lo hice nuestra separación fue muy desafortunada.
— ¿Shun sabe que te marchas?
Ikki asintió y permaneció en silencio. Saori suspiró.
— No voy a detenerte —murmuró.— Pero el mundo al que te diriges es diferente. En nuestro mundo, peleas por un dios contra jóvenes que poseen tu misma causa. En el exterior, ni siquiera sabrás por qué luchas ni a quien defiendes y jamás recibirás la gratitud de nadie. El camino que has elegido es muy peligroso.
— ¿Más que servirte, Atenea?
Fue el turno de Saori de no responder. Ikki lamentó haberle hablado así, mas lo ocultó y se limitó a añadir:
— Compréndeme. No puedo quedarme aquí toda mi vida.
Una fuerte corriente de viento apagó las antorchas del pasillo. La tormenta crecía, como aguardando, y Saori entendió con tristeza que el camino de Ikki de Fénix siempre había sido distinto, y que continuaría siéndolo. A los Cuatro y a ella les correspondía el sol. A él, la soledad y la lluvia.
— Sólo ten cuidado —suplicó, mirándolo a los ojos.— El mundo es más cruel de lo que imaginas.
— Lo sé —murmuró Ikki con amargura, la cicatriz de su rostro visible incluso en la obscuridad.
Sin decir más, dio la media vuelta, listo para marcharse. Sin embargo, no se atrevió a hacerlo. Ya jamás podría irse como en el pasado, y menos frente a esa joven.
Se acercó a Atenea y se arrodilló ante ella, tomándole la mano y besándola. Sólo una vez en su vida había besado a una mujer, y fue cuando tocó con sus labios la frente de Esmeralda al sepultarla. No comprendió bien por qué había sentido el impulso de hacerlo. Al soltarla, descubrió que su diosa le había entregado una pequeña cajita, que con la mirada le ordenaba abrir después. Fénix estrechó aquel regalo con toda su fuerza.
— Que Dios te bendiga, Ikki —dijo Saori, sus ojos llenándose de lágrimas.
— La luz estará conmigo si me recuerdas de vez en cuando —respondió Ikki, pero si estaba triste no lo demostró. Ni tampoco que, por alguna razón desconocida, de repente no quería marcharse.
Se puso de pie, mirando a la joven con cariño. Con la mano que tenía libre, acarició su rostro, cual si se quisiera llevar un último recuerdo.
— Pero no llores —pidió.— Las diosas no deben llorar por nadie, y menos por los pecadores.
Entonces, dio la vuelta y no miró hacia atrás de nuevo, perdiéndose en la obscuridad. Saori escuchó la lluvia con mayor fuerza al abrirse la entrada, y el eco de cuando se cerró resonó en toda la Cámara y en su corazón.
Sólo se había marchado uno. Pero pronto, recordó, los demás seguirían los pasos de Ikki. Crecer es parte de la vida y no tenía por qué agradarle.


A la mañana siguiente, como sus amigos y Atenea lo habían pensado, Shun despertó bastante triste. A decir verdad, no fue el único: Ikki era uno de los Caballeros más queridos en el Santuario a pesar de su carácter solitario, y su sorpresiva partida afectó a todos los que lo conocían. Sin embargo, y a diferencia de en el pasado, Shun no se preguntó por qué, ni se lamentó a toda hora, ni lloró con amargura; ocultó su pesar bajo una máscara de aceptación y, poco después, de buen humor —si bien por dentro estaba desolado. Con ello, elevó el espíritu de los demás. La presencia de June tuvo mucho que ver en ello.
Los Caballeros de Bronce partieron a Japón a medio día, jurándole lealtad a Atenea y prometiendo que la cumplirían al realizar sus encargos en la Fundación Galahaad. Tatsumi estuvo a punto de pedir a Saori lo dejara permanecer a su lado para servirle, pero entendió que continuaría atendiéndola a pesar de la distancia. Saori, con dulzura y verdadero cariño en su fachada estricta, le prometió que iría pronto a verlo en Oriente.
Jabu vio cómo se marchaba su avión, confundido y preguntándose si no era demasiado tarde para abordar y acompañarlos. Sin embargo, apenas la nave se separó del suelo y se perdió entre las nubes, sintió su vocación más firme que nunca. En una semana, comenzaría su entrenamiento con Seiya de Pegaso.
Las cosas volvieron a la normalidad por casi dos días. El amanecer del tercero, aún así, una gran tristeza inundó el corazón de Saori mientras rezaba. Ese día, Hilda y Flare volvían a Asgaard, y Dokho y Shaka partían a China. Pero lo que más la lastimaba era que Hyoga y Shiryu se marchaban con ellos, y todavía no estaba lista para otra despedida.


"Debe ser extraño tener que marcharse ahora que no hay por qué hacerlo", pensó Seiya mientras miraba a Hyoga y a Shiryu revisar las Urnas de sus Armaduras para cerciorarse de que todo estaba en orden. Había buscado la frase apropiada para decirla con su acostumbrado buen humor y distraer a todos, pero no encontró ninguna adecuada. Y no se sentía de humor.
Ninguno de los Cuatro había mencionado palabra alguna durante la mañana completa, aunque la noche anterior quedaron en encontrarse en esa habitación para despedirse. Era una pequeña cámara donde se reunían cada noche para comentar los eventos del día y bromear antes de irse a dormir. En ese instante, no había nada más lejano que las bromas: Hyoga no parecía decidirse en tomar la Urna o esperar más. Shiryu, en cambio, ya la portaba sobre su espalda, aunque no daba señales de querer marcharse. Shun los miraba en silencio, sentado sobre uno de los divanes y rodeando con sus brazos sus piernas flexionadas. Seiya, sobre el marco de una ventana, dividía su visión entre ellos y el sol que despertaba.
¿Quién iba a imaginar que los Cuatro Caballeros que no se dirigían la palabra al inicio del Desafío Galáctico iban a volverse tan unidos? Recordaba con claridad cómo Hyoga lo había mirado con frío desprecio, Shiryu con cautela y Shun ni siquiera se atrevió a verlo de frente. Dos años después, habían compartido la sangre, el dolor y la muerte y eran más que amigos. Eran prácticamente hermanos. La amistad, comprendió, es curiosa e injusta, pues te hace amar a personas que se marcharán tarde o temprano.
Por la ventana, vio dos autos preparados para dirigirse a la pista privada. Cerca de uno, Hilda de Polaris y Lady Flare, también tristes, esperaban a Hyoga; en el otro, los Santos Dorados se despedían de Dokho y Shaka. Aún así, Seiya no comprendió el por qué percibía un cosmo tan... ¿nostálgico? ¿Como si una de las personas que abandonaban el Santuario lo hiciera para siempre?
Finalmente, Shiryu y Hyoga parecieron listos para marcharse. Shun se puso de pie y Seiya se bajó del marco, pero los cuatro se observaron sin decir nada.
— Creo que ya es la hora —señaló Hyoga, como quien recuerda que debe hacer algo que no desea.
— No es para que estemos tan tristes —dijo Shiryu, fingiendo un optimismo del que carecía.— Vamos a vernos pronto.
— Además, no es de hombres llorar como niñas por una separación temporal —afirmó Seiya, tratando de aparentar confianza sin conseguirlo.
Shun no añadió nada, pero cuando miró a sus amigos sus ojos verdeazules estaban llenos de lágrimas.
— Voy a extrañarlos —murmuró.
— Vamos, Shun, esto no es para siempre —insistió Shiryu, aunque los ojos grises también estaban húmedos.
E igual los azules y los sepias.
En eso, se abrió la puerta y entró Saori, ataviada con su sencillo vestido blanco y rosa. Ella también había querido evitar ese momento, mas no había modo. Porque a un amigo no se le dice adiós desde lejos.
— Soy buena para decir hermosos discursos, —confesó, su voz muy triste— pero no sé cómo despedirme de ustedes.
Sin alzar la vista, extendió las manos para mostrar cuatro pequeñas cajitas doradas.
— Quizá esto sí lo haga —murmuró.
Cada una de las cajitas tenía un kanji en la superficie, el ideograma de sus respectivos nombres. Los cuatro tomaron la que les correspondía y, al abrirla, encontraron un dije. Todos eran rectangulares y no mayores de centímetro y medio, hechos de oro labrado, y tenían una cadenita del mismo material para que se los colgaran del cuello.
Sin embargo, eran diferentes. El de Seiya, en una de sus caras, mostraba un pequeño pegaso volando con sus alas extendidas; el de Shiryu, un dragón que emergía de un lago; el de Hyoga, un cisne volando hacia el norte; el de Shun, el eslabón de una cadena hecha con estrellas, en representación de las miles que lo protegían.
Todos los miraron con asombro.
— Son preciosos... —dijo Seiya, maravillado ante la delicadeza del trabajo.
— Le pedí a Moo que los hiciera —explicó Saori, conservando la vista baja.— El de Ikki, que se llevó consigo, tiene un fénix. Pero eso no es lo único. Miren atrás de las placas.
Al voltearlos, los Caballeros encontraron grabadas figuras sin sentido. Parecían piezas de un rompecabezas con una letra griega distinta colocada a la izquierda. Shiryu se fijó un poco más en el diseño y comentó:
— Parecen parte de la Nike antigua.
— Lo son —respondió Saori.
Al comparar sus dijes, notaron que las letras no habían sido colocadas al azar. El de Shun tenía una a, el de Seiya una t, el de Hyoga una e, y el de Shiryu una n. Obvio, el de Ikki luciría otra a, y todos juntos dirían Athena.
— Si reúnen los cinco dijes, —prosiguió— según su edad y la letra que los guía, del menor al mayor, se formará el trazo de la Nike antigua. Y la Victoria estará con ustedes.
Los miró con cariño y pesar.
— Y así, ¿saben?, tenemos otro buen motivo para volvernos a ver. Que será pronto, ¿verdad?
En ese momento, Saori dejó de ser la diosa reencarnada que se despedía de dos de sus mejores Caballeros. No era mas que una joven mujer separándose de dos de sus más queridos amigos.
Murmurando el nombre japonés de la muchacha, no el griego de la diosa, Shiryu y Hyoga la abrazaron aunque en el pasado o en otra situación no se habrían atrevido. Después, se despidieron de igual forma de Shun y de Seiya, el abrazo de éste con Dragón más fuerte, y salieron de la habitación. Saori, intentando contener el llanto, fue con ellos.
Los dos Caballeros más jóvenes miraron desde la ventana cómo Hyoga y Shiryu se despedían de los demás y subían a sus respectivos autos. Una vez que se pusieron en marcha, Hyoga de Cygnus no volvió la vista ni una sola vez, Lady Flare siendo la única que notó su silencioso llanto. Shiryu se despidió, agitando la mano, hasta que el Santuario se perdió de vista y sólo su Maestro logró consolarlo entonces.
Una nueva era empezaba. A pesar de que no era obscura, traería otro tipo de sacrificios.


Un par de semanas después, June de Camaleón se presentó ante Atenea y, suplicándole que la perdonara, le pidió le permitiese abandonar la Orden del Zodiaco. Con la Era Obscura terminada, y sin jamás haber ayudado en las Guerras Santas, se consideraba indigna de ocupar una Armadura que podría servirle a alguien más valioso. Para su sorpresa, Saori le indicó que su turno de ayudar todavía no llegaba, pero que lo haría, y se ofreció a pagar sus estudios en la universidad francesa que más le agradara. June trató de rechazarlo, mas la diosa insistió que ya encontraría algún día la forma de corresponder. La joven no pudo sino aceptar.
Poco después, Moo de Aries regresó a Jammyel por un breve lapso. Kiki y Shun fueron con él, pero esta vez la despedida no fue tan triste. Seiya y él sabían que a más tardar en un mes volverían a encontrarse. Cuando se reencontraron, Pegaso descubrió que su amigo ya había adquirido el aire de eternidad que tienen todos los que viven en el Himalaya.
Jabu inició su entrenamiento, decidido a ganarse el título de Caballero del Unicornio. Conforme pasó el tiempo, no sólo tuvo a Seiya como Maestro, sino también a Shaina, quien le ayudaba a repasar sus lecciones. Seiya no confesaría que su anterior antagonista le agradaba bastante y menos aún que gracias a él seguía aprendiendo.
Shiryu prosiguió su entrenamiento con Dokho y Shaka. El Santo de Virgo se sorprendió al ver la innata facilidad del joven Dragón para avanzar en el crecimiento cósmico, su aura tornándose más dorada cada vez. Pero ambos se preocupaban al ver cómo el Anciano Maestro se marchitaba poco a poco con cada día que pasaba.
En Asgaard, Hyoga buscó y encontró a Bud de Alcor. Nunca contó a Hilda de qué habló con él, pero si bien regresó solo esa tarde, Bud se presentó en el Palacio del Valhalla dos días después. Y se quedó ahí, el primero de los Siete nuevos jóvenes elegidos por Odin.
De Ikki no se supo nada con certeza. Sin embargo, en ocasiones se mencionaba en los medios de comunicación la supuesta existencia de una "ave de fuego" que atacaba a grupos de terroristas y narcotraficantes y que desaparecía apenas cumplía su labor.
Saori dividió su tiempo entre Oriente y el Santuario. A donde fuera, la seguían Seiya y, por supuesto, Jabu.
Shaina permaneció en el Santuario.
Marine volvió a ser la Maestra accesible que Seiya había conocido, siempre que no mencionara cualquier posible parentesco entre ambos. Si Aioria y Shaina tuvieron algo que ver, nunca lo confesarían.
Los Cuatro Caballeros se veían de vez en cuando, aunque nunca tan seguido como les habría gustado. En cada ocasión, encontraban a Shiryu más sombrío, a Hyoga más enamorado, a Shun más contento, y a Seiya más confundido. Saori-Atenea los miraba con cariño, cada vez más hermosa.
La primera terminó y empezó el verano. Después lo siguió el otoño, y luego el invierno. Para cuando llegó la siguiente primavera, apenas notaron que había transcurrido un año.



Continuará...

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