La carta...
Por Altair
Lamento que, por mí, hayan tenido que
pasar por tantos sufrimientos. Gracias
a ustedes, Caballeros, la paz ha vuelto
a este Santuario y al Mundo. Muchas gracias... ¡Pero lo siento tanto!
Atenea
Había vivido en aquella isla casi su vida entera; se había acostumbrado al excesivo calor de los días y al intenso frío de las noches, a la ausencia de ríos y de animales y al violento golpeteo del mar a todas horas. En lo único en que encontraba una invariable razón de asombro era en los atardeceres, cada uno diferente de los otros casi por milagro.
Pero esa vez no miró al sol ni de reojo. No le importaba hacerlo. Ya no le importaba.
Caminando lento pero con paso firme, el joven se dirigió a la habitación de su Maestro. Sabía exactamente por qué había sido llamado, qué iba a escuchar y qué iba a responder. Más no había modo de escapar, e incluso aunque lo hubiera no huiría. Oír, imaginar... daba lo mismo.
Desde el día anterior, todo le daba igual. Cuánto lo odiaba.
El helado viento de la ya cercana noche agitó su dorado cabello contra su rostro, más no cerró sus ojos de color verdeazul. Aunque lo usaba corto, había planeado dejárselo crecer un poco más, a la usanza de los de la Orden. Claro, si decidía continuar en la Orden. Porque el Maestro no le impondría quedarse, lo sabía; por tanto, ya se había fijado un plazo para decidir, confesarlo y despedirse.
¿Con rumbo a dónde, si ahí estaba su hogar? ¿Si había jurado proteger a Ankha? No quiso pensarlo.
De hecho, sabía cuál había sido el momento exacto en el que el Maestro descubrió su estado de ánimo. Sin duda alguna, en el instante en que dejó que la ola que debía detener le cayera encima, revolcándolo en la arena. Un error lo tiene cualquiera, podría justificarse, e igual ocurre con las distracciones. Excepto el mejor de los aprendices del entrenamiento, el del cosmo brillante y el que más aprovecha las corrientes de aire. Y menos aún muestra tan poca voluntad –¿O tanto fastidio? ¿O tanta decepción?– para salir del mar.
Entró a la sencilla construcción de estilo griego en donde estaban las Cámaras principales. Mientras escuchaba el rítmico resonar de sus pasos sobre el suelo de mármol, lamentó haber leído aquella carta destinada al Maestro desde el Santuario y no fue la primera vez. A él no le importaba que lo hiciera, ya que la confianza entre ambos era absoluta. Sin embargo, quizá debió negarle sólo esa. En aquella nota, uno de sus mejores amigos (años ya de relación, sabía), entre noticias varias, hacía referencia a un evento ocurrido hacía más de quince años.
Un hecho muy doloroso que le había robado la razón de su vida.
Si una noche había bastado para provocarle tal angustia, ¿qué podría esperarse de él en días? ¿Semanas? ¿Meses? No se puede formar parte de la Orden del Zodiaco sin esperanza en el corazón, dijo alguna vez su tío. Y el acababa de perderla.
Al llegar a la habitación del Maestro, se detuvo ante la enorme puerta de madera. ¿Y si intentaba disuadirlo después de que le confesara su decisión? Seguro que para lograrlo le narraría una historia, como de costumbre. Se había entusiasmado por la Orden del Zodiaco tras escuchar cómo los Cinco Caballeros de Bronce se conocieron, y deseó pertenecer a ella después de oír cómo fue la Batalla de las Doce Casas. El combate del Valhalla, en Asgaard, reafirmó su voluntad de superar sus dudas, y el de Atlantis le convenció de dedicar su vida a servir a Atenea. Sin embargo, el Maestro y sus amigos no narraban historias posteriores, y por primera vez comprendía por qué.
Aún así, llamó a la puerta. Escuchó el apagado permiso para pasar, así que empujó la madera y entró.
– ¿Me llamaste, Maestro? –preguntó, mirando al interior de la enorme estancia de mármol.
Era muy parecida a las Casas del Santuario, con la diferencia de que las columnas eran menos altas aunque se perdían en la obscuridad. Hacia atrás, notó la llama de una lámpara de aceite, y cerca de ella alcanzó a ver a su Maestro. Estaba sentado sobre suaves cojines de seda en el suelo, la luz de la noche empezando a entrar por un estrecho tragaluz.
– Pasa Alpherzatz, y toma asiento.
El joven cerró la puerta, apartó un mechón de dorado cabello de su rostro y se acercó. La delgada flama aumentó, apenas iluminando sus verdeazules ojos, lo que motivó una sonrisa en el Maestro.
– Sé de qué vas a hablarme –confesó Alpherzatz mientras se sentaba frente a él.
– ¿Sí? –respondió con aparente asombro.
– Primero vas a pedirme que no te llame Maestro.
Alpherzatz no logró contener una sonrisa. Después de todo, no era una charla sólo entre Maestro y Aprendiz, sino entre amigos y más que ello. Su interlocutor seguía sonriendo. Era un verdadero Santo Dorado, aunque no portaba su brillante armadura sino ropa de diario. Alpherzatz descubrió algunas canas en su cabello. Como no era viejo (¿treinta y seis años, más o menos?) imaginó que se debían al sufrimiento.
– Entonces, ¿qué es lo que voy a decirte?
El joven bajó la vista.
– Me preguntarás qué me ocurrió durante el entrenamiento de hoy.
Los ojos del Maestro centellaron con la dulzura que lo caracterizó de joven y que nunca perdería.
– Sé por qué perdiste la concentración. Sé que leíste la carta que llegó ayer del Santuario.
– ¿Todo lo que dice en ella es verdad?
Alpherzatz lo había mirado a los ojos, pero cuando asintió en respuesta, volvió a bajar la vista.
– Entonces, ¿por qué no me lo confesaste antes?
– ¿Antes de qué?
– De que iniciara mi entrenamiento.
De momento, el Maestro no contestó. Él se había hecho una pregunta semejante muchas veces cuando era joven.
– ¿Habrías cambiado tu decisión?
El joven titubeó. ¿Cómo decirle a él, precisamente a él, que lo habría hecho?
– Alpherzatz, te entiendo. Yo no quería ser Caballero Ateniense, pero no me dieron la oportunidad de elegir...
– A mí tampoco me la diste –interrumpió.– No me dijiste nada.
– ¿Habrías cambiado de decisión?
– ¿De haber sabido que hace años que Atenea murió?
Se hizo el silencio. Ninguno de los dos se atrevió a decir algo al respecto, y la frase "Atenea murió" rebotó contra las paredes de mármol.
– Una vez, –murmuró Alpherzatz– se me dijo que sin esperanza no tiene caso pelear. Atenea es nuestra esperanza, pero sin ella, ¿vale la pena que exista la Orden del Zodiaco?
– Alpherzatz...
– ¡Por eso me revolcó la ola! ¡Y por eso no me importó que lo hiciera! –exclamó, cerrando los ojos y apretando los puños.– ¿No lo comprendes? ¡Toda mi vida he reverenciado a Atenea, creyendo que algún día iba a postrarme a sus pies, suplicándole que me permitiese estar a su servicio!
– Escucha...
– ¿Para qué seguir ahora? –continuó sin hacerle caso.– Sagitario fue muy claro.
Al oír el nombre de su amigo, los ojos del Maestro relampaguearon. Alpherzatz concluyó, mirándolo de frente:
– Atenea murió. No hay más.
– ¡Es que no comprende lo que pasó ese día! –exclamó el Maestro, poniéndose de pie.
Alpherzatz creyó ver que el rostro de su Maestro reflejaba más que las llamas de la lámpara a pesar de la obscuridad creciente. Sus serenos rasgos brillaban con un Cosmo Dorado, y afuera escuchó el sonido del viento aumentando de intensidad. Un trueno de color magenta anunció una tormenta que empezaba.
– No me digas que el Santo de Sagitario miente –murmuró.
El Maestro le sostuvo la mirada, sin ojos sin calmarse.
– No. No miente –respondió con firmeza mientras volvía a sentarse.– No comprende, que es distinto.
Y añadió en voz más baja.
– ¿Recuerdas cómo inició todo?
De nuevo la hora de las historias había llegado. Alpherzatz no lamentó que la plática llegara a eso, pero el rostro del Maestro permaneció obscuro.
– ¡Claro que sí! Ares tomó posesión de uno de los Caballeros Dorados, los Doce Santos que protegen a Atenea, y trató de matarla cuando apenas era un bebé. El más joven del grupo logró salvarla a costa de su vida y la sacó del Santuario. Su abuelo adoptivo sería el último de los Kido, quien la crió en Oriente mientras reunía a varios muchachos. Entre ellos estaban los Cinco Caballeros. Se suponía que el ganador del Desafío Galáctico recibiría el Tresor de Oro, pero uno de ellos lo robó. Luego se arrepintió y se unió al grupo, pero la armadura ya se había dividido en partes. Y la Guerra había comenzado.
El Maestro no respondió. Alpherzatz supo que podía continuar.
– Los Cinco se enfrentaron a Caballeros de Bronce y de Plata, a veces resultando heridos en sus corazones, espíritus y cuerpos. Incluso uno de ellos se sacó los ojos para salvar a sus amigos. Atenea conoció su nombre, recuperando en parte su memoria y su poder, pero cuando decidieron retomar el Santuario fue herida. Entonces tuvo lugar la Batalla de las Doce Casas, cuando los Cinco pelearon contra los Santos con tal de salvarle la vida. Para el final del día, después de mucha muerte y sacrificio, Atenea venció a Ares y recuperó su Santuario, y los suyos conocieron el Macrocosmo del Séptimo Sentido.
– Luego resurgió Poseidón –añadió el Maestro, perdido en sus recuerdos.
– Poseidón despertó después de cientos de años. Le colocó a Hilda de Polaris la Sortija del Nibelungo para obligarla a atacar el Santuario. Sus Guerreros Divinos se enfrentaron a los Cinco durante la Batalla del Valhalla, y esa fue la más cruel de las guerras porque los dos grupos sólo cumplían su deber. Ahora que lo pienso, a casi nadie le gusta mencionarla. Sin embargo, al final los Caballeros que creían haber ganado sólo pudieron ver cuando Poseidón, burlándose de ellos, secuestró a Atenea.
Involuntariamente, los ojos de Alpherzatz reflejaron la emoción que esas historias le provocaron de niño. Todavía se conmovía ante aquellos relatos de amistad y heroísmo, pues por ellos había decidido unirse a la Orden. Entendió que, sin importar lo que ocurriera, jamás dejaría de emocionarse al pensar en ellos.
– La última batalla, la de Atlantis, fue la más breve, pues Atenea recibía sobre sí toda la lluvia que debería inundar al mundo. No había tiempo que perder. Cuentan que los mares se estremecieron con violencia al caer los Siete Pilares que los sostenían. Al final, los Shoguns de Marina vencidos, Poseidón fue encerrado de nuevo en la Urna Mítica y el mundo volvió a respirar tranquilo.
– Hasta la Batalla de los Doce Tresors –añadió el Maestro, distraído.
Alpherzatz se quedó callado. Nunca le había contado aquel combate.
Suspirando, el Maestro alzó la mirada y el joven no logró entender su expresión.
– Alpherzatz, ésta será la primera vez que te narre qué pasó después de la Batalla de Atlantis –dijo con voz dulce, pero firme, mientras se servía un vaso de agua y le ofrecía otro a su alumno.– Cuando termine, comprenderás por qué no la había mencionado, y si insistes en abandonar la Orden del Zodiaco no voy a detenerte.
– ¿Se lo dirás también a Ankha?
El Maestro no respondió de inmediato. Su relación con Ankha no era idéntica a la que tenía con el joven, y no tenía el derecho a decidir por su hermano. Sin embargo, no le quedó sino aceptar.
– Te lo prometo.
Alpherzatz asintió, intrigado, mientras bebía un sorbo de agua. El Maestro hizo lo propio, y olvidando por un momento que el muchacho estaba ahí, comenzó:
– Supongo que todo inició dos semanas después de la Batalla de Atlantis. En aquel momento no lo sabíamos, claro, pero hoy estamos seguros de que así fue...
La primera estrella apareció en el horizonte.