De maestra y alumno

Por Altair


Para Ucchan, mi Scorpio favorita, en sustitución de una tarta porque está medio difícil cruzar el mar


Aunque ella podía convertirse en un gato, como les demostró cuando estudiaba su tercer curso en Hogwarts, siempre la había visto más como un águila. También sabía que ella no pertenecía a la casa de las Águilas, sino a la de los Leones, pero eso no importaba. Su mirada era igual de determinada, sus acciones igual de veloces y firmes, y a veces parecía como si tuviera alas que pudieran extenderse para proteger a los demás.
Por supuesto que Severus nunca lo había comentado con nadie. Sus compañeros de Casa tenían lo que llamaba un “gran orgullo Slytherin”, y por mucho que respetaran a Minerva McGonagall, no dejaba de ser la Jefa de Gryffindor, sus mayores rivales. Pero, incluso en silencio, disfrutaba asistir a sus clases o escuchar cuando se dirigía a los alumnos de cualquier casa. Era justa e igual castigaba o premiaba según se merecía, y aunque no distinguía entre alumnos de una casa o de otra, había notado que era mucho más exigente con los suyos que con los demás.
Por momentos, Severus habría deseado ser un Gryffindor. Claro, hasta que recordaba que eso significaría ser compañero de Potter, Black y de sus dos sicofantes. Eso bastaba para recordarle que en Slytherin aprovecharía su potencial al máximo, y que ya debía ir a la Biblioteca a aprender algún hechizo nuevo que añadir a su cada vez más larga lista.
Una tarde de verano, justo después del O.W.L. de Defensa contra las Artes Obscuras, Severus había salido a pasear junto al lago. Ni siquiera recordaba cómo había llegado ahí; sólo que había estado leyendo la lista de preguntas mientras recordaba sus respuestas y que, con cada una, se sentía cada vez más seguro de obtener una “O”.
Nunca supo cómo todo cambió tan rápido. En cuestión de segundos, su pergamino estaba en el piso, él estaba de cabeza (mostrándole la ropa interior a todo el mundo) y había insultado innecesariamente a la única persona que había demostrado interés por él.
— ¿Quién quiere ver cómo le quito los calzones a Snivellus? —había dicho Potter, sin dejar de apuntar su varita contra él.
Para ese momento, Evans ya se había ido y nadie hablaba a su favor, ni siquiera el pseudo prefecto de Gryffindor. Severus se negaba a aceptar que se burlaran de él aunque parte en su interior se resignaba al hecho, como se había resignado en incontables ocasiones anteriores, cuando de repente escuchó:
— ¡Potter! ¡Haga el favor de dejarse de tonterías!
Lo siguiente que Severus sintió fue el golpe de su cabeza contra el pasto. Potter había suspendido su hechizo ante la voz llena de autoridad que habían escuchado, y Severus confirmó la identidad de la recién llegada cuando vio a una bruja de pelo negrísimo acercándoseles.
Era obvio que la profesora McGonagall sabía quiénes eran los responsables, así que no fue sorpresa para nadie cuando dijo:
— Potter, Black, Pettigrew, Lupin, a mi oficina. En este instante.
Aún cuando seguía en el piso, Severus sintió cierta satisfacción al ver los rostros de Potter y de Black, sobre todo, como si maldijeran en silencio. Pettigrew se había quedado perfectamente callado y Lupin, apenas suspirando, se puso de pie para seguirlos.
— Todos los demás, ¿no tienen nada mejor que hacer? —añadió la profesora, y fue cuestión de instantes para que los otros estudiantes se marcharan.
Fue hasta entonces que pareció fijarse en el joven Slytherin que acababa de incorporarse. No le ofreció ayuda, lo cual Severus agradeció, y de hecho apenas si volteó a verlo. Sólo le dijo:
— No apruebo las venganzas, pero nadie condenaría que aprendiera a defenderse mejor.
Severus nunca confesó, ni a sus compañeros de Casa ni a Evans (claro, cuando volvieron a hablarse) que ése había sido uno de los mejores consejos que recibió en su vida.

Era lógico que aquella noche del sexto curso, cuando Black intentó matarlo, la primera reacción de Severus fuera buscar a McGonagall. Si Potter y su amigo se hubieran detenido a pensarlo, habrían notado que se dirigía hacia la Torre de Gryffindor y no a la Mazmorra de Slytherin. Pero claro que no lo pensarían, y en todo caso lo hicieron hasta que escucharon que McGonagall los llamaba a gritos, preguntándole a todos (incluyéndolo a él) si les parecía gracioso correr por los pasillos a esa hora de la noche.
— ¡Sirius Black intentó matarme!
Habían bastado esas cuatro palabras para ganar su atención, le creyera o no. De inmediato, McGonagall se puso muy seria; escuchó su historia y escuchó la de Potter y claro que escuchó los insultos de Black para callarlo al instante. Sin dudar, los condujo a todos al despacho del director, impidiendo con una sola mirada que Potter dijera algo o que Black intentara otra cosa.
También ella tomó la decisión de que el primero en hablar con Dumbledore fuera él, y en gratitud, Snape no contuvo ninguno de sus pensamientos mientras lo hacía. Le explicó cómo Black le había dicho cómo detener al Sauce Boxeador, o cómo entrar al túnel y llegar a la cabaña. Tuvo que aceptar que Potter había llegado justo antes de que Lu... el licántropo se le arrojara encima, pero eso sólo podía significar que se había arrepentido de su estúpida broma en el último momento.
Dumbledore lo escuchó en silencio y con atención, y apenas Severus terminó de hablar, llamó a la profesora McGonagall y le pidió que lo llevara a la enfermería y, si Madam Pomfrey no decidía otra cosa, a la Mazmorra de Slytherin. En el fondo, saber que ella lo acompañaría hizo que se sintiera más tranquilo.
McGonagall no dijo nada durante el camino, y fue mejor así porque él no se sentía con ganas de conversar. Madam Pomfrey lo revisó y decidió que sería mejor si dormía en la Enfermería (claro, después de una generosa dosis de Pócima para Dormir sin Sueños).
McGonagall le deseó que descansara lo más posible y se retiró. Mientras lo hacía, Severus comprendió que el enojo y la decepción estaban más allá de ella, y por un instante deseó, no por primera vez, ser uno de su casa para darle algo de qué enorgullecerse.
Él no la defraudaría.
A la mañana siguiente, sin embargo, Madam Pomfrey le dijo que alguien lo esperaba. Eran Dumbledore, McGonagall y Black. Éste último se disculpó, claro que sin su corazón en ello.
¿Y eso era todo?
Severus, sorprendido, miró a Dumbledore, pero no pudo leer nada en su fachada de ojos brillantes a pesar de su seriedad. Miró entonces a McGonagall.
Era como si durante la noche hubiera envejecido; tantas huellas había dejado el coraje y la decepción en su rostro. Pero ella tampoco dijo nada, como si una disculpa fuera una compensación suficiente por haber estado en peligro de morir.
Una vez finalizado el trámite, Dumbledore y Black se marcharon. Mientras la profesora se preparaba para seguirlos, Severus no pudo contenerse y dijo:
— ¿Y ya, profesora? ¿Tan poco importó?
Apenas dijo eso, McGonagall apretó los labios y frunció el ceño.
— Descanse, señor Snape —ordenó.— Hablaremos después.
Pero Severus decidió que nunca hablaría con McGonagall sobre lo poco que en apariencia valía su vida. Cuando ella lo buscó, él pretextó tener mucha tarea pendiente, y dado que no se debía a algo estrictamente académico, ella no pudo insistir.
Ella lo había defraudado. Estaban en bandos diferentes.
Severus apenas si volvió a dedicarle un pensamiento durante el poco más de un año que le faltaba de escuela. Asistía a sus clases porque era obligatorio, pero nunca volvió a sentir el deseo de pertenecer a su Casa.
El día del Gran Banquete en honor a su generación, ni siquiera se despidió de ella. A la mañana siguiente, salió de la escuela sin mirar una sola vez hacia atrás.

Severus aprendió con el tiempo que en ocasiones conviene regresar sobre los propios pasos y hacer cosas que se juró que nunca se harían.
Cuatro o cinco años después de haberse marchado del colegio, se descubrió volviendo a él, a pie desde Hogsmeade y en medio de una tormenta. Por suerte el año escolar ya había comenzado, que de otra forma no habría sabido dónde encontrarlos.
Hagrid lo recibió en la puerta del colegio, y si bien Severus nunca le había tenido gran consideración, intuyó que el gigante pronto se ganaría su respeto. Sin mayores preguntas, revelando una sutileza mayor a la que todos le concedían, Hagrid lo condujo hacia el despacho de Dumbledore.
Sin embargo, en el mismo pasillo encontró a alguien más.
Casi no había envejecido desde el último día en que la había visto. Su cabello seguía perfectamente negro y su firme rostro no mostraba más arrugas que las que ya le había conocido. Lo que sí mostraba era cansancio y temor, los mismos que se respiraban en el resto del mundo mágico, y sus ojos revelaron su sorpresa al encontrarlo ahí.
— Señor Snape, qué sorpresa —dijo McGonagall con su inolvidable acento escocés.— ¿Se encuentra bien?
— Necesito hablar con el director.
McGonagall no sabía legilimencia, pero era mujer y, más aún, maestra. Tenía un don especial para percibir lo que sentían las personas que le rodeaban, y más cuando les había dado clases. Al instante supo que Severus no representaba ningún peligro, a pesar de su aspecto y de los muchos rumores que se escuchaban sobre su pertenencia a los Death Eaters.
— Por supuesto que lo necesita —respondió, mientras le hacía a Hagrid una seña para indicarle que ella lo conduciría con Dumbledore.
Minutos después, una vez que frente a sus antiguos profesores había revelado la Marca Tenebrosa en su brazo y había confesado sus pecados y había afirmado que dos familias estaban en peligro y que Lily Evans pertenecía a una de ellas, Severus supo que McGonagall había estado en lo correcto. Vaya que había necesitado hablar con alguien.
También supo que había sido su turno de defraudarla.
Estaban a mano.

— Y ahora, ¿qué piensas hacer?
La guerra había terminado en una noche y un amanecer. Severus había cumplido sus labores como espía por meses, y cuando fue obvio que no podría averiguar más, Dumbledore lo había protegido. Había declarado en su favor ante el Ministerio, al grado que no se le había juzgado, y le había ofrecido quedarse en Hogwarts hasta que las aguas volvieran a su cauce.
Al escuchar la pregunta de la profesora, dio un trago al té que tenía frente a él. Era muy propio de ella recibir gente en su oficina, ofreciéndoles galletas escocesas y té Earl Grey, fueran alumnos o ex-alumnos...
— No lo sé —confesó.— ¿Hay alguien que lo sepa?
Por un instante, recordó a Lupin, aunque hacía meses que no pensaba en él. Pobre estúpido, el único sobreviviente de su banda. Pettigrew había tenido que jugar al héroe. Black había finalmente revelado al mundo entero su verdadero corazón, lástima que no habían podido detenerlo antes. Potter había muerto a causa de su ridícula arrogancia de pensar que nadie podría traicionarlo.
No quiso pensar en Evans.
McGonagall pareció meditar en una posible respuesta, pero no demostró si la había encontrado.
— Hemos perdido a muchos compañeros —dijo.— Necesitaremos nuevos profesores para el próximo curso. La guerra ha terminado y muchos magos volverán a Inglaterra. Habrá niños por enseñar.
Severus torció los labios. ¿Docencia? Después de su vida anterior, incluso le parecía aburrido.
— Pues sólo que fuera el puesto de Defensa contra las Artes Obscuras —confesó, seguro de que nunca se lo darían. Dumbledore era generoso, pero no estúpido.
McGonagall tomó otra galleta.
— Siempre fuiste bueno en Pociones, Severus. Y Slytherin necesita un nuevo jefe de Casa.
Contra su voluntad, Snape sonrió débilmente. No era un gesto agradable, poco acostumbrado que estaba a sonreír (y más aún, a tener motivos para hacerlo).
— ¿Y volverá a jugarse al Quidditch en este lugar? —preguntó.
Aunque no lo jugaba ni le apasionaba, era sabido que el Quidditch era la gran debilidad de la profesora McGonagall. Al escuchar la pregunta, fue su turno de sonreír.
— Por supuesto. Y de volver a ganar la Copa de las Casas.
— ¿Su equipo y cuántos más van a derrotarnos, profesora?
— Por favor...
Y al decir esto, fue como si Severus volviera a ser un alumno. Y como si en lugar de convertirse en gato, ella pudiera convertirse en un águila cuyas alas protegían a quienes la rodeaban.
— Llámame Minerva.
Esa vez, Snape supo que pertenecerían al mismo bando.
Pasara lo que pasara.


finis



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