Seis profesores en busca de té

Por
Altair




Un simple Plot-what-plot (sin sexo, malpensados) escrito para Ucchan, quien quería leer una escena de estas.
Nota: Esta escena tiene lugar justo antes de que inicie el capítulo 7 de "El Prisionero de Azkaban".



Un lugar tranquilo. Eso era lo que necesitaba, un lugar tranquilo. Estaba su oficina, claro, pero a veces hasta él necesitaba cambiar de aire. Y más luz. Y la verdad, le encantaba el té que se dejaba para el personal. Por más que lo había comprado en Hogsmeade, no le quedaba igual. ¿Tendría que ver con el tiempo que se dejaban las hojas en el agua? Aunque eso sí, era irónico que, siendo el maestro de Pociones, no lograra captar las causas de las sutiles diferencias entre una jarra de té y otra.
El caso, fuera por la tranquilidad, la luz o el té, era que Severus Snape había abandonado su helada oficina para instalarse en la Sala de Maestros. Tenía un poco de tiempo que matar antes de su primera clase del día y luego le seguirían un par de horas libres, así que se dirigió a la Sala de Maestros con una carpeta llena de pergaminos. Tenía algunos reportes que corregir y muy poca cabeza, en ese instante, para experimentar.
Quizá eso era de lo poco que le desagradaba de la vida magisterial. No le dejaba, en ocasiones, mucho tiempo libre para sus experimentos. Estaban las noches, claro, pero hasta el mago más obsesionado con su especialidad necesitaba dormir de vez en cuando.
Cuando llegó a la Sala, sólo encontró a Minerva McGonagall. Estaba sentada frente a la mesa que ocupaba gran parte de la habitación, con un ejemplar de El Profeta desplegado ante ella y, por supuesto, una taza de té al lado. Limón, supo Severus con sólo olerlo.
– Buenos días, Minerva –dijo mientras se acercaba a la mesa y colocaba su carpeta frente a una silla cercana.
– Hola, Severus –respondió, alzando la vista y sonriendo débilmente.– ¿Mucho trabajo pendiente?
– No en realidad –respondió mientras se dirigía a la fuente del aroma a limón y buscaba su taza.– Prefiero adelantarlo antes de que se junte más.
– Y haces bien.
Severus tomó su taza favorita (que era negra y tenía un erizo trazado en verde) y comenzó a servirse su primera dosis del delicioso té que se preparaba en Hogwarts. De reojo, vio la página que Minerva estaba leyendo, y de inmediato puso una mala cara.
Para no variar, y como había ocurrido durante las últimas semanas, una fotografía en movimiento de Sirius Black se publicaba bajo un letrero de “Se busca, vivo o muerto”. Como si no se supiera su cara de memoria, encima tenía que verlo casi a diario.
Minerva notó qué estaba observando y suspiró.
– En verdad que es una pena –dijo, más para sí que para su compañero.– Tenía un futuro tan prometedor...
– No me sorprende –respondió Severus, regresando a la mesa.– Desde joven era obvio cómo iba a acabar.
En eso, el armario que usaban para guardar túnicas de repuesto se agitó. Minerva volteó a verlo, momento que la foto de Sirius aprovechó para hacerle una seña obscena a Snape. Éste frunció el ceño y pensó cuán divertido sería reducir la foto a trocitos... pero el periódico, lamentablemente, no era suyo.
– Buenos días –anunció una voz aguda y cantarina que entró a la Sala.
Severus, olvidándose momentáneamente de la imagen, volteó a ver al diminuto jefe de la casa Ravenclaw y saludó a su vez. Minerva, pensando que lo del ropero había sido su imaginación, también volteó a verlo.
– Llegas temprano, Filius –dijo con una sonrisa.– ¿Tus chicos se portaron bien?
El profesor Flitwick, con toda la dignidad que le era posible, dejó su acostumbrado almohadón sobre la silla que le correspondía.
– Mis chicos siempre se portan bien.
Severus no dijo nada, fingiendo de repente que el primer ensayo que iba a leer era demasiado interesante. Aunque Filius jamás lo aceptaría, los alumnos de Ravenclaw eran tan o más terribles que los de Slytherin, y en ocasiones darían qué pensar a los de Gryffindor. Era sólo que sabían ocultar mejor la evidencia. En especial, había un grupo de chicas que se la pasaban amenazándose y correteando por los pasillos y que...
– ¿Escucharon el alboroto de ayer por la tarde? –preguntó Flitwick mientras, con su varita, convocaba a su propia taza, ya llena de té.
– No –respondió Minerva, volviendo a alzar la vista de su diario.– ¿A qué se debió?
Severus no había escuchado nada, así que prefirió no responder. Además, y de reojo, había notado que la foto de Sirius seguía haciéndole señas.
– Parecía venir de por aquí –dijo Filius, mirando con orgullo su taza, semejante a un tarro bávaro para cerveza.– Sonaba como un fantasma...
– ¿Sería Peeves?
– Lo creería de no ser porque el Fraile Gordo me dijo que Peeves estaba atormentando a esa hora a unos Hufflepuff de primer año que se habían perdido.
En eso, el armario volvió a agitarse. Minerva volvió a verlo, comprendiendo que la vez anterior no había sido su imaginación. También llamó la atención de Filius. Severus, en cambio, se preguntó si debería comenzar a descontar puntos por ortografía al encontrar la palabra "árnica" adornada con una "h" en el reporte que corregía.
– ¿Decías que el ruido de ayer provenía de aquí, Filius? –preguntó Minerva, poniéndose de pie.
– Eso me pareció.
– Quizá el causante está dentro del armario.
Minerva sujetó su varita sólo por si acaso, pues estaba casi segura de que se trataba de Peeves. Se acercó al armario mientras Severus finalmente alzaba la mirada y Filius dejaba su taza sobre la mesa, emocionado ante lo que podía ocurrir. No acababa de colocar la mano sobre el pomo de la puerta cuando...
– ¡No, Minerva, espera!
Por si acaso, McGonagall obedeció. Flitwick y ella voltearon a ver al recién llegado; Snape, en contraste, hizo una mueca de desagrado. Sólo había algo peor que ver la carota de Sirius Black en una foto, y era ver a Remus Lupin en la puerta.
– Buenos días –dijo Remus, como recordando que no había saludado, y de inmediato añadió.– Es un boggart. Ayer se mudó al armario y el Director me dio permiso para usarlo en clase.
– ¿Un boggart? –preguntó Filius.– ¿Tú fuiste entonces el del escándalo?
Remus se dirigió hacia la mesa donde estaban el té y las tazas y tomó una que tenía estrellas dibujadas.
– Un par de elfos domésticos lo descubrieron. Quisieron abrir el ropero para limpiarlo y se encontraron frente a pilas de ropa de su talla. Casi les dio un ataque.
Minerva aprovechó que Lupin no los estaba viendo para cambiar la página del diario. Lo último que quería era que viera la foto de su alguna vez amigo, aunque seguro que también ya la conocía de memoria. Severus agradeció mentalmente haberse librado al menos de uno de ellos, aunque habría sido más agradable quitarle el periódico a Minerva y reducirlo a pedacitos. Muy, muy, muy pequeñitos.
– Lo malo siempre le toca a los elfos –dijo una voz que entró a la sala y que, al parecer, había escuchado el intercambio anterior.
La figura de la profesora Sprout, su rostro eternamente gentil, apareció en la puerta. Traía una maceta llena de flores amarillas.
– Si hay un fantasma nuevo, su primera víctima es un elfo –continuó.– Si hay un boggart, un elfo lo descubre. Antes digan que el basilisco no afectó a ninguno.
– Quizá haya alguna ventaja en ser un elfo –apuntó Flitwick, usando un encantamiento para volver a llenar su tarro sin levantarse del asiento.– Para comenzar, siempre están contentos.
– Cierto –concedió Minerva.– ¿Gustas té, Pomona?
– No, muchas gracias –respondió la cabeza de Hufflepuff, sentándose al lado de Severus.– He trabajado desde el amanecer con manzanilla. Si tomara infusión, me volvería loca.
– ¿Quieres que vaya por un poco de leche? –preguntó Remus.
Pomona sonrió débilmente.
– No, muchacho, gracias. Así estoy bien –y añadió, con el afecto con el cual se dirigía a todos los que eran más jóvenes que ella.– Remus, las canas te lucen bien, pero deberías dejárnoslas a los viejos.
“Lo que me faltaba”, pensó Severus, y casi sin darse cuenta decidió que el ensayo que acababa de leer era bueno, pero podía haber sido mucho mejor.
Minerva sonrió, dándole la razón a Sprout.
– Pareces mayor de lo que eres. Seguro que una poción...
"Ah, no, a mí que ni me la pidan", pensó Snape, decidiendo que sí iba a quitar puntos por ortografía. "Ya tengo bastante con la otra."
– La verdad es que no me molestan –respondió Remus, sonriendo.
– Pero tu cabello tiene un color lindo –insistió Pomona.– Sybill lo dijo el otro día.
Remus, que había aprovechado para dar un trago a su té, estuvo a punto de ahogarse. Severus tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no sonreír burlonamente al pensar en Sybill Trelawney, sus ojos quizá brillando como estrellitas detrás de las enormes gafas que la hacían parecer un insecto, diciendo frases agradables sobre Lupin. Filius, en cambio, encontró muy divertida la situación. Minerva frunció el ceño.
– ¿Así que Sybill ya regresó de su retiro espiritual? –dijo, sin poder ocultar un tono de impaciencia.– Ni siquiera se presentó al banquete de bienvenida.
– Nunca se presenta de todos modos –apuntó Flitwick, como tratando de terminar con esa parte de la conversación.– ¿Qué más dijo del señor Lupin, aquí presente?
Remus comprendió que si se levantaba con cualquier pretexto sería demasiado obvio, así que decidió poner su expresión más neutra posible.
– No debería decirlo yo, –confesó Pomona– pero sé que quizá nunca la encontrarás en un pasillo. Vamos, nunca sale de su aula.
Minerva puso cara de “¿Aula? ¿Un salón de té es un aula?”. Severus, en contraste, fingió que estaba corrigiendo un nuevo ensayo, aunque en realidad estaba escuchando, y el brillo en los ojos de Filius mostraba que no planeaba perder detalle.
– Me dijo que le encantaría ver tu futuro en su bola de cristal –dijo Pomona, como si fuera lo más normal del mundo, mientras limpiaba las hojitas de su planta.
Por suerte, en ese momento el boggart empezó a hacer escándalo. Severus no supo si se había debido a la intención inocente, al menos en apariencia, de Pomona o a las palabras en sí, pero estuvo a punto de soltar una carcajada muy fuerte. A Flitwick le brillaban los ojos, como siempre que se enteraba de un rumor nuevo. Lupin ni siquiera se atrevió a respirar.
– Ni se te ocurra –ordenó Minerva con un tono bastante estricto.– Si por cualquier razón dedujera...
– ¿Quieres decir que Sybill no lo sabe? –preguntó Filius.
Remus bajó la vista, fijándola en su taza de té. Snape regresó a sus ensayos, sin querer torciendo la boca. ¿Por qué, si tenían la misma edad y la misma responsabilidad, Minerva era tan sobreprotectora con Lupin? ¡Cómo si no los engañara a todos, menos a él! Si al menos Dumbledore lo hubiera escuchado...
– Lo que menos necesitamos es que ande esparciendo rumores sobre licántropos entre los alumnos –sentenció Minerva.– No han pasado ni cuatro días de clases y ya le pronosticó la muerte a Potter, entre otras desgracias.
Ante el mismo nombre, Remus frunció el ceño y Severus hizo una nueva mueca.
– Sybill no lo hace de mala fe –afirmó Pomona.– Es parte de su imagen.
Antes de que Minerva pudiera responder, una figura atravesó uno de los muros. El Profesor Binns, con su expresión formal, visitaba la Sala de Maestros aunque ya no podía beber el té. Tal había sido su costumbre en vida.
– Buenos días, compañeros –dijo con su acostumbrada intención afectada.– Espero que estén bien.
A su saludo, siguieron varios “buenos días” y “gracias, igualmente”, y pareció que el asunto Sybill Trelawney quedó olvidado, para alivio de Remus y contrariedad de Filius. Pomona aprovechó el momento para inclinarse hacia Snape y le dijo:
– Quisiera que te llevaras esta planta, Severus.
El profesor de Pociones miró a los ojos a la profesora de Herbología.
– Es una nueva variedad de manzanilla que he estado cultivando –continuó.– He logrado que el centro sea blanco y los pétalos amarillos, al contrario de lo usual, y me gustaría saber si sus propiedades han variado de la misma manera.
Severus vio a la planta con creciente interés. Era frecuente que Sprout le pidiera consejo sobre los nuevos injertos que obtenía en el invernadero. La verdad era que habían formado un excelente equipo durante varios años.
– Supongo que tienes más macetas como ésta –afirmó.
– Sí, las tengo. Su cuidado es muy sencillo y podrás tenerla en tu mazmorra por un tiempo considerable antes de que necesite volver a recibir luz de sol.
– Perfecto –dijo Snape, y viendo de reojo a Lupin, dijo en voz lo bastante alta como para que lo oyera.– También necesito pedirte más luparia.
Quizá Remus no habría dado señal de escucharlo de no ser porque la palabra clave también llegó a oídos de Minerva. Ella, a su vez, le dijo al profesor de Defensa:
– Necesito organizar unas cuestiones de tu horario contigo, Remus.
– Claro que sí, –respondió educadamente, sin preguntar de qué se trataba.
Sin embargo, era obvio que ella pensaba que sería mejor ponerlo sobre aviso y explicó:
– Tu clase con los alumnos de séptimo de Slytherin queda justo después de la clase de Pomona. En séptimo curso tienen que trabajar con luparia y no quiero que, por ningún motivo, vayan a llevar una planta a tu aula por accidente.
El rostro de Remus se obscureció de momento, pero de inmediato dijo:
– Cuando tú quieras. ¿Ya lo sabe Pomona?
Filius, mientras tanto, había tomado el diario de Minerva y, junto con Binns, leía la columna de Rita Skeeter.
– Esta mujer me mata de risa... perdón, amigo –dijo Flitwick.
– No hay problema –dijo Binns con su mejor tono.
– Es sólo que me encanta cómo describe a Cornelius Fudge después de... –y añadió, bajando la voz–del escape de Black.
Era obvio que Flitwick había encontrado un párrafo en verdad divertido, porque empezó a reír.
– Estaba inspirada –sentenció.– No me había reído así desde que se puso a especular qué le pasó a Gilderoy Lockhart para que tuviera que ingresar a St. Mungo.
Ante el nombre "Gilderoy Lockhart", todos los profesores guardaron silencio. A pesar de lo mucho que querían a Dumbledore y de cuán importante sabían que era no sólo para Hogwarts sino para su mundo, todos se preguntaron (sin encontrar una respuesta lógica) qué estaría pensando cuando decidió contratarlo sin mayor referencia que lo que narraba en sus libros. Severus, por supuesto, no logró reprimir una nueva mueca.
– Siempre dije que ese chico parecía demasiado preocupado por su apariencia como para ser un experto en combate contra la obscuridad –dijo Binns.– Recuerdo que algo semejante pasó a finales de la década de los cincuenta, si no me equivoco, cuando...
El armario volvió a agitarse. Binns lo miró con precaución y todos suspiraron aliviados, esperando haberse librado de uno de sus tradicionales sermones.
– ¿Qué es eso? –preguntó.
– Boggart en el armario –respondieron varias voces casi a coro.
– ¿Perdonen? –preguntó con incredulidad.– ¿Y por qué no lo sacan?
– Es para la clase de Defensa de esta tarde –respondió Minerva, consciente de que usaba su intención estricta.
Aquellos que conocían a la profesora McGonagall de más tiempo supieron por qué lo hacía. El profesor Binns, desde que estaba vivo, había tenido la costumbre de proferir discursos sobre cómo se hacían las cosas en sus tiempos cuando algo no le parecía.
– En mis tiempos jamás enfrentamos a los alumnos contra un boggart.
– Bueno, –respondió Remus– los alumnos de Hogwarts no han tenido mucha práctica en los últimos dos años. Confío en que podrán enfrentarse al boggart sin mayor contratiempo.
– Imagino que pensarás así porque consideras a la obscuridad como algo normal, –repuso Binns– pero cuando yo asistí a Hogwarts, los boggarts eran espíritus que se limitaban a vagar por el Bosque Prohibido. Recuerdo que...
Oh, no, demasiado tarde.
Por guardar los modales, todos permanecieron callados, pero eso no significó que no decidieran enviar sus mentes lo más lejos posible de ahí. Flitwick siguió leyendo El Profeta con el rabillo del ojo, pero cuando terminó la página, supo que no podía pasarla sin llamar la atención. Sprout, como quien no quería, empezó a quitar las hojitas secas de su maceta, preguntándose si decir que era hora de regar los geranios valdría como excusa para retirarse. Lupin, tratando de olvidar lo que Binns había dicho sobre obscuridad, notó que Flitwick había dejado el periódico abierto en la página que mostraba la foto de Sirius, quien lo miraba con seriedad, casi con tristeza. Snape comenzó a hacer un inventario mental de lo que necesitaría pedir que se comprara en Diagon Alley: polvo de cucaracha, raíz de olmo, colas de lagartija, y tendría que revisar su dotación de plumas de fénix y preguntar a Dumbledore si Fawkes cooperaría o si prefería aumentarle el presupuesto. Y McGonagall hizo lo único que todos podían hacer además de escuchar o divagar: se sirvió otra taza de té.
En eso, se escuchó la campana. Para asegurar una puntualidad rigurosa, dicha tarea se le encomendaba a un elfo doméstico.
– Ah, qué pena –dijo Binns.– Justo cuando estábamos llegando a la mejor parte.
– Seguro que la recordarás después –dijo Minerva.– Profesores, es hora de trabajar.
Claro que no habían necesitado que Minerva lo dijera; para cuando terminó la frase, ya todos estaban de pie con sus cosas en la mano. Severus tomó la maceta; tenía clase de Pociones con los de Slytherin y Gryffindor en la mazmorra, así que podía llevársela de una vez. Sin embargo, prefirió dejar los reportes, recordando las dos horas libres que tendría posteriormente.
Binns, con otra frase formal, pero esta vez de despedida, volvió a atravesar la pared para dirigirse a su aula. Remus comprobó que la cerradura del armario continuara bloqueada (el boggart, al percibirlo, se había agitado con más fuerza), y vio de reojo que Minerva recuperaba su periódico.
¿Acaso Sirius había agitado la mano, como saludándolo?
– Oye, Pomona –dijo Flitwick mientras regresaba las tazas a la mesa sin tener que tocarlas.
Sprout se detuvo.
– ¿Sí, Filius?
Flitwick esperó a que los demás acabaran de salir y preguntó:
– La salida a tu invernadero queda cerca de mi aula. En lo que vamos para allá...
Pomona sonrió con algo parecido a la paciencia. Sabía a dónde se dirigía esa parte de la conversación.
– ¿...terminarías de contarme lo que Sybill dijo de Lupin?


finis


Nota:
La mayoría de las personalidades de los profesores de Hogwarts, en especial las de Binns, Sprout y Flitwick, son especulación pura. Siempre he pensado, eso sí, que Flitwick sería un tanto entrometido; no en vano, los de Ravenclaw se interesan en "todo" tipo de conocimiento.



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