Lo que se llevan consigo

Por Altair


Para Ucchan, con todo mi cariño

Nunca había pensado en qué ocurría el día después del festín de despedida, al menos mientras fue alumna. Cada año, su mundo terminaba al momento de abordar el carruaje que la llevaría hacia el Expreso de Hogwarts y, de ahí, a Londres.
Ésa fue una de las cosas que cambiaron cuando se convirtió en maestra. Ahora, sabía que después de que los alumnos se marchaban a sus casas, los profesores permanecían en Hogwarts una o dos semanas más, en dependencia de la carga de trabajo. Tenían reuniones para evaluación, empezaban a planear los programas del curso siguiente y preparaban sus oficinas y habitaciones para las semanas en que no estarían ocupadas. Después, todos se iban a descansar a sus casas o a la región del mundo a la que planearan viajar. Dumbledore era el último en dejar el castillo, después de reforzar las protecciones y, por algunas semanas, Argus Filch sería el único que recorrería sus pasillos.
También habían cambiado sus sentimientos hacia el festín de despedida. No tanto hacia los estudiantes jóvenes que regresarían al siguiente septiembre, sino hacia los de séptimo curso, que ya no volverían a Hogwarts —al menos como estudiantes.
A veces, se organizaba una cena especial para celebrar el fin de su vida escolar en Hogwarts. En otras ocasiones, la celebración se realizaba en Hogsmeade, y era frecuente que se invitara a los maestros. Cualquiera que fuera la situación, lo único que Minerva McGonagall sabía era que, después de una noche en particular, sus alumnos se marcharían. Y que era muy probable que no volvería a verlos.
Sus primeras generaciones habían sido las más difíciles. Una profunda tristeza la invadió cuando los primeros alumnos a quienes había conocido por siete años completos recibieron los resultados de sus N.E.W.T. y, entre sonrisas y lágrimas, se marcharon de la escuela.
Al día siguiente, Filius Flitwick la había encontrado en el salón de maestros tratando de ocultar sus enrojecidos ojos atrás de un pañuelo, huellas de lágrimas todavía presentes en el pergamino en el cual había estado escribiendo. Por toda reacción, Flitwick conjuró una taza con té caliente y se lo dio a beber.
— ¿Sabes, Minerva? —había dicho casualmente mientras bebía su propia taza de té.— Sólo nos los prestan un rato. Nunca son nuestros.
McGonagall, que en aquel entonces todavía no adquiría la experiencia que sólo los años le darían, lo miró en silencio sin apartar el pañuelo de su rostro.
— Pero se llevan algo que sí es nuestro, —continuó Flitwick, sin borrar un instante la sonrisa de su rostro.
— ¿Lo que les enseñamos? —preguntó Minerva en voz baja.
— Más que eso. Nuestro tiempo.
Y, después de tomar otro sorbo de té, añadió:
— Nuestro cariño, también.
Por primera vez en la plática, Minerva sonrió.
— ¿Cariño? Había algunos alumnos a quienes no soportaba.
Ante la exagerada mueca que hizo Filius, añadió:
— Aunque los extrañaré de todos modos.
— ¿Ya lo ves? Ser maestro es una labor de amor.
El resto de la conversación se había borrado de su memoria. Minerva no recordaba si habían continuado el tema, o si alguien había entrado en ese momento y habían desviado la conversación. Lo único que recordaba era que, con el tiempo, Filius se convertiría en uno de sus compañeros más valiosos y amigos más cercanos.
Y que descubriría que sus palabras eran ciertas.
El magisterio era una labor de amor. No importaba cuán grandes fueran su responsabilidad o su integridad, no veía la forma de enseñar a diario (y de felicitar, y de castigar, y de preparar sus clases y de continuar investigando) de no ser porque, en ocasiones, sus alumnos le sonreían. O porque en otras le daban las gracias por su ayuda. O protestaban por algún castigo que les hubiera impuesto pero que, sabían, era por su bien.
Y quien amaba, sabía cuándo era momento de dejar ir.
Así, cada año, en los últimos días de junio, recordaba su vocación mientras guardaba cada rostro y cada voz en su memoria. Entre sus compañeros maestros, se rumoraba que había adquirido la costumbre de extraer esos recuerdos como si fuera a guardarlos en un Pensadero y, así, nunca olvidar a sus alumnos. Pero si era cierto, nadie podía comprobarlo y Minerva (contra su costumbre) no afirmaba ni negaba nada.
Un año, sin embargo, uno de sus alumnos regresó. El Mundo Mágico todavía estaba de festejos por la derrota de El-que-no-debe-nombrarse a manos de un pequeño bebé que había desaparecido (aunque Minerva sabía a la perfección dónde estaba y quién había dispuesto que fuera así). En medio de la algarabía, pocos notaron que había quienes seguían de luto.
Le bastó verlo a los ojos para saber que él era uno de ellos, aún cuando su gesto fuera hosco y, por algún tiempo, se mantuviera alejado de los otros maestros.
Pero un par de años después, lo encontró mirando a través de una ventana. Discretamente, notó que veía a los alumnos que se dirigían hacia los carruajes, pero no pudo interpretar la expresión de su mirada.
— Los extrañaré, —dijo Minerva, con el tono de quien desea iniciar una conversación.
Su ex-alumno hizo una mueca de desagrado.
— Yo no.
— ¿En verdad?
— Todos los años es igual —respondió con un tono brusco.— Cuando se marchan, siento que he desperdiciado mi tiempo con ellos.
Minerva, viendo alternadamente a la ventana y a su ex-alumno, preguntó:
— ¿Por qué lo piensas?
— Ninguno cumplió con las expectativas que tenía.
Sin querer, Minerva sonrió.
— ¿Tenías expectativas? ¿Para ellos?
Su ex-alumno no respondió. Sin borrar su sonrisa, la profesora añadió:
— Supongo que las conservarás para el próximo año.
— Tal vez. Pero estoy seguro de que el próximo año tendremos esta misma conversación y habré vuelto a perder mi tiempo.
Guardaron silencio unos instantes. Minerva pensó en los recuerdos que había almacenado algunas horas antes y, con entonación casual, dijo:
— Una vez, me dijeron que el magisterio es una labor de amor.
Por toda respuesta, su ex-alumno dejó escapar un suspiro de hartazgo.
— Define "amor" y verás que no entro en esos límites.
Pero Minerva lo conocía más de lo que él mismo imaginaba. Tuvo que contenerse para no sonreír con mayor descaro.
Porque el año siguiente, su ex-alumno estaba de nuevo, en la ventana, quejándose sobre los alumnos que abandonaban Hogwarts para nunca regresar. Minerva volvió a escucharlo y repitió (de nueva cuenta) las palabras que Flitwick le había dicho años atrás. Como siempre, su ex-alumno volvió a negar que hubiera apreciado o esperado algo de los alumnos que abandonaban la escuela.
Ése se convirtió en un ritual para ambos.
Porque algunos alumnos se marchaban y nunca volvían, pero se llevaban en sus mentes y corazones su tiempo, sus enseñanzas y su amor.
Pero, de vez en cuando, algunos regresaban. Y cada año, la presencia de Severus Snape junto a la ventana se encargaba de recordárselo.


finis



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