Últimas palabras

Por
Altair

“Con lengua viperina
el relámpago destruye
torres que fueron construidas para durar”.

Peter Gabriel, “Come talk to me”



Salió de la que había sido su oficina sin atreverse a mirar hacia atrás. Quizá porque sabía que no podría volver a ver a Dumbledore a los ojos.
La noche anterior, toda una vida de engaños y de verdades a medias había quedado al descubierto. El Director ya sabía que hubo tres animagos no registrados en Hogwarts, ya sabía por quién esos tres alumnos habían realizado ese peligroso hechizo, y ya sabía que la persona responsable le había ocultado la verdad por mucho tiempo. Tal vez podría haberlo pasado por alto, pero hubo algo peor: años después, esa información había sido fundamental al relacionarse con alguien que todos creían un asesino.
Por un exagerado sentido de la lealtad, había engañado a Dumbledore, la única persona que había confiado en él tanto de joven como de adulto.
Lo había decepcionado.
Y eso jamás podría perdonárselo.
Por eso, Remus no podría volver a mirar a Dumbledore a los ojos ni permanecer mucho tiempo en la misma habitación. La vergüenza lo había empujado a renunciar. O bueno, había sido una de las muchas razones detrás de su decisión. También estaba el hecho de que los alumnos ahora sabían que era un licántropo y que no tomaría mucho tiempo antes de que Dumbledore recibiera las cartas de los indignados padres o incluso alguna orden del Ministerio...
Pero en lo que más pensaba era en que había engañado a la única persona que confió en él. Que le había dado más de una oportunidad cuando otros ni siquiera lo consideraban un ser humano. Y que lo había hecho por años.
Y lo peor era que ni siquiera podía enojarse con Sirius por haberle confesado la verdad al director sobre lo que había ocurrido tanto tiempo atrás. Había hecho bien. Explicarle que Peter era un animago no registrado y desde cuándo lo había conseguido era la única forma en que Dumbledore creería que era inocente.
No, eso no era lo peor. Lo peor era que había vuelto a ocultarle algo a Dumbledore, comportándose como un alumno de sexto curso planeando una expedición a Hogsmeade y no un adulto que acababa de renunciar a su único trabajo.
Antes de irse, le había regalado a Harry el Mapa del Merodeador.
Sin querer, Remus sonrió débilmente. Pensó que decisión habría sido aprobada de inmediato por Sirius, estuviera donde estuviera. Y seguro que James, de saberlo, no podría dejar de reír, de darle palmadas en la espalda e insistir que había hecho bien, que al fin alguien recuperaría las tradiciones de los Merodeadores. No había mentido al decirle a Harry que James se habría decepcionado de saber que su hijo no conocía los pasajes secretos del castillo.
Suspiró. Era maravilloso poder recordar a James y pensar en Sirius sin sentir dolor ni angustia. Sólo una nostalgia que no podía calificar como desagradable.
Y de ahí, ¿qué seguía?
Dumbledore le había dicho que había un carruaje esperándolo. Remus sólo pudo desear dos cosas. Una era, si bien presentía que sería inútil, que el carruaje no hubiera sido pagado.
Pero, ¿a quién engañaba? Quizá ante los ojos del director había quedado como un mentiroso, un aprovechado y un hipócrita, pero Dumbledore no dudaría en seguir ayudándolo. Era demasiado noble.
Era tan difícil ser pobre, pensó con enojo, y se reprochó estar abandonando el único trabajo seguro que había tenido en años. Pero al menos, se obligó a divagar, conservaba su casa, la misma que habían poseído sus padres. La fortuna de los Lupin –grande o pequeña, no recordaba– se había evaporado con el tiempo, toda empleada en tratamientos para su enfermedad. Pero Remus prefería quedarse sin comer a quedarse sin un lugar en dónde dormir, pensó.
Quizá después de ese nuevo exilio, podría volver a enfrentar la mirada de Dumbledore algún día. Quizá.
La otra esperanza que Remus tenía era no encontrar a nadie antes de llegar al carruaje. Ni alumnos ni otros maestros. Ya se había despedido de la mayoría de sus compañeros de trabajo y de Harry, y había recibido desde un “cuídate mucho” de Madame Pomfrey hasta una mirada seria pero cariñosa por parte de Minerva, quien lo había conocido como alumno y como maestro. No quería enfrentarse a ningún chico y recibir sus miradas de curiosidad o de temor ahora que sabían lo que era en realidad, ni a alguno de sus compañeros y percibir compasión alguna. Esperaba, simplemente, poder llegar al carruaje sin toparse con nadie.
Por supuesto que no fue posible.
Poco antes de llegar a la última puerta, había alguien esperándolo. Y al verlo, volvió a ponerse en guardia.
– Te tardaste, Lupin.
La voz de Severus Snape era seca y brusca, y a Remus no le quedó sino reconocer que jamás había sido tan hipócrita como para actuar de forma diferente frente a otras personas. La convivencia entre ambos había sido tensa, pero civilizada. Notó que el rostro del maestro de Pociones estaba muy pálido y que traía un vendaje en la frente. Sin duda, producto de las aventuras de la noche anterior.
Esa frase era tan propia de Sirius...
– Tal vez, Severus –respondió, llamándolo de la forma en que había actuado durante todo el curso a pesar de no haber recibido la misma cortesía.
Pensó en seguir de frente e ignorarlo. No tenía caso tratar de ser amable cuando sólo faltaban algunos pasos para dejar ese sitio de nuevo. Pero algo en su interior lo obligó a decirle una última frase, ese “algo” que por años le había impedido callar cuando había una injusticia, o se hería a alguien a quien apreciaba, o que le había motivado a enfrentar a Neville contra el boggart. O quizá era el “algo” que había caracterizado no a Remus Lupin, maestro en Hogwarts, sino a Moony, el Merodeador.
Fuera lo que fuera, miró con frialdad a Snape y sentenció:
– Supongo que al fin volverás a estar tranquilo, Severus.
– Hogwarts volverá a estar tranquilo, Lupin, no sólo yo.
Remus no respondió. Era obvio a qué se refería, pero aún así, Snape continuó:
– Nos engañaste a todos.
¿Acaso había amargura en su voz?
– Dumbledore nos pidió que confiáramos en ti y caímos en tu juego. Hasta yo quise creer en ti. Fue una suerte que no lo hiciera del todo.
– ¿Te parece así?
Snape sonrió, pero fue un gesto alegre.
– Lo único que lamento fue no haber reaccionado con más rapidez contra Potter y sus insufribles amiguitos.
Los ojos de Remus se volvieron aún más fríos.
– Nos habrías llevado con los Dementores. Sirius estaría peor que muerto.
– Quizá tú también.
Lupin no respondió de inmediato, sintiendo que el lobo en su interior amenazaba con despertar aunque el efecto de la luna había pasado.
– No comprendiste nada de lo que intentamos explicarte anoche, ¿verdad? –preguntó con voz baja pero también menos calmada.– No quisiste escucharnos.
– ¿Para qué? Black volvió a convencerte. Lo hizo cuando estábamos en sexto curso y te usó para tratar de matarme.
De nuevo le respondió el silencio. Tenía razón. Sirius había estado a punto de convertirlo en un asesino, y sin embargo, él lo había perdonado. Justo como había vuelto a ocurrir la noche anterior. Snape debió comprender y, torciendo los labios con aún más amargura, continuó en un extraño despliegue de un poco de emoción:
– ¡Debías odiarlo por lo que pudo pasarte! Si me hubieras matado, habrías acabado en Azkaban, o te habrían ejecutado sin juicio por ser lo que eres. Y sin embargo, –añadió con desprecio– lo perdonaste. No tendría que extrañarme que lograra convencerte de nuevo de convertirte en su cómplice.
Y al llegar a ese punto, la expresión de Snape se tornó obscura:
– No pensé que las vidas de Lily y de Potter te importaran tan poco, Remus.
Pero en ese momento, y a pesar de la verdad en las palabras de Snape, Lupin sólo pudo pensar todo lo que había averiguado la noche anterior. Había vivido doce años de infierno, su mundo destrozado en una noche. Y sin embargo, había descubierto que su tormento no era nada en comparación con el vivido por un inocente.
– Las vidas de James y de Lily siguen siendo lo más valioso para mí, Severus. Pero ahora que sé que Sirius es inocente, su vida me resulta igual de importante que la de ellos, y que la de Harry.
– Insisto en que te convenció con demasiada facilidad, licántropo –repuso, torciendo la boca a manera de sonrisa.
– E insisto en que no sabes escuchar. ¿O es que tu orgullo importa más que reconocer que te equivocaste?
– Escúchame de una vez, Lupin –respondió Snape con voz seca y extraña y apretando los dientes, tratando de recuperar la frialdad en su expresión que había momentáneamente perdido.– Los que me importan son Dumbledore y Hogwarts. Black y tú merecen todo lo que les ha tocado vivir, e incluso más.
– ¿Te importa Hogwarts? ¿No comprendes que a la escuela la forman personas como tú o yo o como Harry y Albus? ¿Que Sirius, James y Lily también fueron parte de ella, o mejor dicho, fueron quienes realmente la integraban? ¿Que una escuela no son los muros, sino las personas?
Snape guardó silencio algunos instante. Era obvio que intentaba calmarse.
– Lo sé. Y no sólo fui a detenerlos. Fui a proteger a Potter, y no me importa si lo crees o no.
Para sorpresa de ambos, Remus respondió:
– Te creo.
Por un momento, ninguno habló, como si trataran de aceptar lo que habían dicho. Finalmente, Lupin añadió, apenas manteniendo a raya al lobo:
– Si nos hubieras escuchado, Harry no habría estado a punto de morir.
– De acuerdo. Pero no fue culpa mía solamente. Hubo alguien más culpable que yo.
A Remus no le quedó más remedio que permanecer callado, las palabras abofeteándolo con su realismo.
– No todos podemos protegerlo con sonrisas, Lupin –continuó Snape, finalmente calmado.– Algunos tenemos que demostrarle sus errores, aunque sea a la mala.
– Espero que algún día descubras que se gana más con una palabra amable que con una brusca.
– No lo creo. Y prefiero ser rudo con él y bajarlo de la nube a la que nuestro mundo lo ha elevado, a ser como tú. Un hipócrita.
Los ojos de Remus se volvieron aún más fríos, si eso era posible.
– Nos engañaste, Lupin –insistió Severus, y entonces su voz mostró toda su amargura.– Pero sobre todo, engañaste a Dumbledore, quien confía hasta en quien no debe. Eso jamás podré perdonártelo.
Remus comprendió que no podría preguntarle hasta dónde sabía sobre sus mentiras y verdades a medias sin arriesgarse a revelar que había un secreto todavía mayor que no le pertenecía. No le quedaba sino confiar en la discreción de Dumbledore con respecto a la condición de animago de Sirius, en especial ahora que podría ser la única arma que tendría para proteger su vida.
Se limitó a desviar la mirada y, dando por terminada la conversación, seguir su camino hacia la puerta donde el carruaje lo esperaba. Cuando pasó al lado de Severus, sin embargo, escuchó:
– Me alegro de que te vayas.
Contra su voluntad, se detuvo.
– Lástima que no fue antes.
Remus se limitó a apretar las manos alrededor de su portafolio y de la jaula del Grindylow hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El lobo estaba gritando, exigiéndole que callara al que instintivamente reconocía como un enemigo, que lo golpeaba, que se defendiera por lo menos.
Pero no todas sus palabras habían sido injustificadas. Y en lugar de obedecer al lobo, sólo dijo:
– Nos vemos, Severus.
– Espero que no.
Remus se permitió mirarlo de reojo y añadió:
– Nos guste o no, siempre hemos estado del mismo lado. Lo sabes.
Snape dio un respingo.
– Por mi culpa, –continuó Remus– ayer escapó el sirviente de Lord Voldemort. Así que estoy seguro de que volveremos a encontrarnos.
Notó que Severus también lo miraba de reojo.
– De ser así, Lupin, no dejaré de vigilarte, ni te perdonaré una sola.
– Ten por seguro que haré lo mismo.
Y dicho esto, siguió su camino.
No quiso concentrarse más que en la puerta y en olvidar de una vez todo lo que le rodeaba: los pasillos, los cuadros, los tapices, los alumnos que habían sustituido a Moony, Wormtail, Padfoot y Prongs, y que a su vez serían sustituidos por otros alumnos y posteriormente olvidados. Casi podía jurar que para el próximo septiembre nadie lo recordaría, y no tenía derecho a lamentarse por ello. Así es la vida, se dijo con amargura, no sólo de los maestros o de los licántropos, sino de todos los seres humanos.
Convivimos un instante. Somos olvidados al siguiente. Y no dejamos huellas en nadie.
¿O habría dejado alguna huella que valiera la pena rescatar del olvido?
No quiso seguir por esa línea de pensamiento, que conocía la respuesta demasiado bien –y no le gustaba en absoluto. Mejor se concentró en salir, cerrar la puerta tras de sí, subir al carruaje e indicarle al conductor a dónde se dirigía.


“Pusiste tu vida en mis manos, Remus”, pensó Snape mientras veía cómo se cerraba la puerta y lo ocultaba de su vista. “Dumbledore te lo dijo, ¿verdad? Black, tú y yo sobrevivimos a esa noche, pero tú fuiste el único que lo sabe, o al menos que puede presentirlo.”
“Te arriesgaste a confiar en mí aún sabiendo lo que fui.”
“Pude haber revelado tu secreto hace meses. Y sin embargo, lo hice hasta hoy. ¿Y sabes por qué? Porque duele. Lograste lastimarme, aunque seguramente no te importa.”
“Estaba empezando a confiar en ti. A pesar de lo que eres.”
“¿Cómo demonios lograste convencerme, sin darte cuenta, de que en otro tiempo pudimos haber sido amigos?”
Pero las palabras no salieron de su garganta, y menos aún fue capaz de decírselas a alguien que acababa de marcharse. Severus miró la puerta. algunos instantes más Luego dio media vuelta y regresó a su oficina.
Hay palabras que es mejor que jamás se digan, pensó. Quizá Lupin estaría de acuerdo.
Pero no importaba, se dijo. No tendría forma de saberlo, de cualquier modo.
Y pronto su mente regresó a listas de ingredientes y a los exámenes que aún tenía que corregir.



finis

art imitates life



Material provisto por